Una presentación, la mano negra y las hordas

Aquellos que tienen la (buena) costumbre de leer mi blog y me siguen en Facebook saben que he escrito un libro titulado La vida es un cuento cuya presentación estaba prevista para el 20 de abril de este año. Era una fecha muy buena y bien escogida por la Editorial, entre la Semana Santa y la Feria de Sevilla. La gente estaría en un período de tranquilidad, descansando de las caminatas por la ciudad para ver las imágenes o recuperando fuerzas de los viajes durante ese período de vacaciones. A la Feria todavía le quedaban diez días y aunque muchas personas estarían ya adornando las casetas, siempre podrían dedicarle un poco de su tiempo a acompañarme en este magno acontecimiento. Iba a poner magno entre paréntesis o entre comillas, para ironizar, pero no, para mí, tenéis que reconocerlo, era uno de los actos más importantes en mi vida como jubilado. No llegaría, quizás, a ser «la más alta ocasión que vieron los siglos» (para los de la ESO, la LOMCE y las últimas leyes educativas, que ya ni me acuerdo cuántas van, frase de Miguel de Cervantes para calificar la batalla naval de Lepanto donde él participó y en donde, debido a un disparo, se le quedó inutilizada la mano izquierda, de ahí su apodo de «el manco de Lepanto», aunque en realidad no llegó a perder dicha mano), pero para mí sí es una ocasión destacada e importante.

Pero lo que son las cosas, dos años con mascarilla, con tres vacunas, eliminando las salidas y los viajes que no fueran indispensables, reduciendo hasta la mínima expresión los contactos con familiares y amigos, evitando entrar en lugares cerrados o las multitudes…, pero nada, el día 16 de abril empezamos con síntomas, el 17 el test dio positivo y puestos en contacto con la editorial para comunicárselo, se decidió anular la presentación y posponerla para otra fecha. Primer contratiempo.

Después de diversas vicisitudes y de intentar cuadrar los días libres de la editorial, los míos (que yo también tengo muchos compromisos, sobre todo revisiones médicas, que ya voy teniendo una edad y achaques que van apareciendo sin saber cómo) y los de los lugares donde realizar la presentación, decidimos de común acuerdo que la fecha sería la del 18 de mayo, a las 19,30 horas. Tampoco era mala fecha, los sevillanos ya descansados y recuperados de los excesos feriantes, el Rocío quedaba un poco lejos, las vacaciones de verano también, era un miércoles, es decir un día que ni fu ni fa por eso de que los lunes el personal está enfadado por tener que empezar a trabajar o tiene resaca del fin de semana y tampoco es jueves o fin de semana, que las personas ya sólo piensan en divertirse y la presentación de un libro pues no es un acontecimiento que atraiga demasiado. Sobre todo si el escritor no es conocido ni es una promesa o una figura emergente de las letras castellanas y yo no lo soy, por supuesto.

Pero tenía que haber una mano negra que quería boicotear, obstaculizar o impedir la presentación de mi libro. La envidia es muy mala y seguro que algún famoso escritor, conociendo por el boca a boca y las redes sociales que lo que yo había escrito era muy bueno y no quería competencia, empezó a mover los hilos para impedir el acto. O eso o es que realmente una mano negra estaba detrás.

(NOTA DEL AUTOR: La Mano Negra, Mano Nera en italiano, fue una banda criminal italiana e italoestadounidense especializada en extorsión, que actuó en Italia y Estados Unidos a finales del XIX y principios del XX. Las tácticas típicas de la Mano Negra implicaban enviar una carta a una víctima firmada con una mano abierta manchada de tinta negra o sangre, que amenazaba con daños corporales, secuestro, incendio premeditado o asesinato. En Andalucía parece que también se organizó una Mano Negra, de origen anarquista, que actuó alrededor de 1880, en el contexto de un clima de aguda lucha de clases en el campo andaluz. En castellano es un término usado para expresar las aviesas intenciones, los manejos turbios en la sombra que pretenden conseguir unos fines de forma ilícita pero discreta).

Así que no tengo ninguna duda de que detrás de los intentos de dificultar la presentación había una Mano Negra. Y a los hechos me remito.

  1. Mi contagio de covid fue provocado por alguien cercano a mí que, de manera subrepticia e inmisericorde, aprovechó un descuido para inocularme el virus e impedir la presentación el 20 de abril.
  2. Alguien convenció o compró a la UEFA, sobre todo a su presidente Aleksander Čeferin, para ubicar en Sevilla el mismo día y casi a la misma hora la final de la Europa Ligue entre un equipo escocés y uno alemán. Mirad que había días y ciudades para celebrar esa final, pero no, tenía que ser en Sevilla el 18 de mayo, a las 21 horas. Por más intensas que fueron nuestras gestiones ante ese organismo, hablando directamente con el señor Čeferin, todo fue infructuoso. Sobre todo porque yo sólo hablo castellano y él sólo habla esloveno y muy poquito inglés, y por teléfono, sin poder comunicarnos por señas, aquello fue un diálogo de sordos y a gritos. No hubo manera de cambiar la fecha ni el lugar de la final. Así que una horda de miles, qué digo miles, cientos de miles, de alemanes y escoceses se presentaron en Sevilla, acabaron con las reservas de alcohol de la ciudad y alrededores y se reunieron (los escoceses) en la Alameda, justo al lado de donde se celebraba la presentación. Así era casi imposible llegar.
  3. Una ola de calor. Nadie será capaz de convencerme de que esta ola de calor a mediados de mayo es normal. Ni cambio climático ni leches. Han comprado a los de la AEMET para que el 18 las temperaturas batieran todos los récords. Cerca de 40 grados a la sombra, un sinvivir. ¿Cómo salir a la calle sin tener una buena excusa? Y, encima, yo con la ropa de invierno todavía en los altillos, menos mal que alguna camisa y algún pantalón veraniego tenía en el armario.
  4. El Día Internacional de los Museos, también se celebró el mismo día 18 de mayo. 365 días tiene el año, por lo que, estadísticamente era muy difícil que coincidiera con la presentación. Pues sí, al ministro de cultura, señor Iceta, también se le ocurrió poner este día para abrir los museos y entrar en ellos de manera gratuita, por lo que mucha gente, como es lógico, prefirió entrar en el Museo de Bellas Artes o en cualquier otro museo sevillana, que en el Bar Mutante a escuchar a Xosé Manoel Castro. Intenté contactar con el ministro pero su secretario me dijo que estaba ensayando el baile de SloMo, de Chanel, porque quería dar una sorpresa a sus compañeros en el próximo Consejo de ministros. Así no hay manera de convencer a nadie, pensé yo.
  5. Un ataque de alergia como hacía años que no tenía. Tos, estornudos, ahogos, picor de ojos, ronquera… Creo que, viendo que tenía una gran determinación y no iba a suspender mi actuación, el ministro de Agricultura, el señor Planas, también convocó un gabinete de urgencia para incrementar de manera exponencial el polen circulante en la atmósfera sevillana: los niveles de pólenes de gramíneas, olivo, malezas, plátanos de sombra…, todos a los que yo soy alérgico, alcanzaron niveles nunca vistos. Casi tengo que salir de casa con una escafandra de buzo.
  6. Lo último, lo que casi colmó el vaso de la indignidad y de la desvergüenza de quien sea que fuese el que estaba detrás de este complot y que a punto estuvo de conseguir su propósito, fue la aplicación para reservar el taxi que nos iba a llevar al lugar de la charla. El día anterior se reservó y a la hora convenida, las 18,30, o sea, una hora antes del comienzo, estaba previsto que nos recogiera un taxi frente a nuestra casa. Bajamos al portal, esperamos, mis hijos, mi mujer y yo, a que llegara el vehículo, pasaban los minutos y nada, ni un mensaje ni un taxi a la vista. Cuando estábamos a punto de llamar al aeropuerto para contratar los servicios de un helicóptero, vemos llegar en lontananza un taxi con la lucecita verde encendida. Haciéndole señas, nuestro benefactor se detuvo y dos grandes lágrimas de alegría y agradecimiento resbalaron por mis mejillas. Los cuatro nos abrazamos alborozados (Santiago con cierta dificultad porque sostenía la caja con los libros) y no besamos y abrazamos al taxista porque nos dio un poco de corte.

Parecía que todo se había solucionado, pero todavía quedaban algunas dificultades: las obras cercanas a donde yo vivo, que tienen cortadas varias calles y avenidas, el intenso tráfico y las hordas de escoceses y alemanes, borrachos como cubas, que aparecían donde menos lo esperabas e intentaban asaltar cualquier vehículo, ocupado o no. A mitad de la calle Torneo decidimos bajarnos del taxi y hacer el último tramo andando. Cuando desembocamos en la calle Calatrava, miles de escoceses, con camisetas azules o sin camisetas, pero con botellas y vasos de cerveza en la mano, cantando, colorados como pimientos morrones y andando a duras penas debido al nivel de alcohol en sangre, apenas nos dejaban pasar. Menos mal que pudimos llegar sanos y salvos a nuestro destino, el Bar Mutante de la calle Fresa.

Poco a poco fueron llegando compañeros y amigos, que con grave riesgo de su integridad y salvando múltiples obstáculos y dificultades, pudieron acompañarme. Muchos otros me llamaron o me enviaron mensajes disculpando su ausencia debido a todo lo que acabo de explicar. Claro que los disculpo y los entiendo, si yo casi no soy capaz de llegar ni de intervenir.

Pero al final, creo que todo salió muy bien. Unas veinte o veintidós personas en un pequeño espacio, un bar con una decoración original y que merece la pena visitar, unos amigos que me hicieron sentir muy cómodo y nada nervioso y una presentación que intenté que fuera amena y corta, explicando el contenido del libro, los relatos que lo forman, cómo surgió el título y cómo mi sueño de publicar se hizo realidad. Al final hubo un interesante turno de preguntas que intenté responder lo mejor posible y la dedicatoria de libros. Una velada inolvidable para mí.

Nunca estaré lo suficientemente agradecido a los que asistieron pese a las dificultades. Y también a los que quisieron asistir pero no pudieron. Ahora, lo importante es que disfruten con la lectura. Como dije al final, citando a Javier Cercas, yo ya he puesto la mitad del libro, ahora los que lo lean, tienen que poner la otra mitad.

¡¡Gracias!!

Las (otras) guerras actuales en el mundo

Todos los focos están apuntando en este momento a la guerra de Ucrania, aunque, según Putin, Rusia no está en guerra ni ha declarado guerra alguna, ni está invadiendo Ucrania. Putin describe la intervención en Ucrania como una «operación militar especial» que tiene como objetivo «desmilitarizar» y «desnazificar» a Ucrania, así como garantizar la seguridad rusa frente a la ampliación de la OTAN. Mientras tanto, dos millones setecientos mil ucranianos, a día de hoy y subiendo la cifra, han huido del país refugiándose en Polonia, Rumanía o Moldavia, entre otras naciones. La solidaridad europea acogiendo, sobre todo, a mujeres, niños y personas mayores, es loable, aunque en otras ocasiones no lo ha sido tanto, como veremos.

Como suele ocurrir en estos casos estamos aprendiendo la geografía y la historia de un país asolado por la guerra. Aparte de su capital, Kiev, de Chernóbil por el desastre nuclear o de Odesa, la mayor parte apenas habíamos oído hablar de Járkov, de Jerson o de Mariúpol. Después de haber asistido a las explicaciones detalladas en la televisiones de los ataques rusos y de la valiente y esforzada defensa de los ucranianos, somos capaces de ubicar casi sin esfuerzo ni titubeos la situación de esas ciudades y de otras como Leópolis, Dónetsk, Jersón o Zaporiyia. El nacimiento de Ucrania, las causas de la guerra, la anexión de Crimea a Rusia o los intentos de independencia del Donbás salen continuamente en los medios de comunicación, apoyados por los análisis de militares, politólogos, historiadores, economistas y esos tertulianos que son capaces de opinar sobre pandemias, volcanes, guerras o cualquier tema que se ponga a tiro.

La guerra de Ucrania se libra, además de en los frentes de batalla y en las ciudades que son asoladas de manera inmisericorde, en los frentes de la propaganda, de la economía y de la política. Aunque hay decenas de periodistas informando sobre el terreno, la visión sesgada es inevitable. Los buenos siempre están de nuestro lado y los malos siempre están enfrente. Las televisiones muestran las penurias de la gente sin agua, sin comida, los muertos en las calles, los edificios destrozados, los bombardeos, los tanques. En Rusia, Putin es un héroe que quiere reponer la dignidad y el peso específico perdidos con la desmembración de la URSS y conseguir que la OTAN se mantenga lejos de sus fronteras; en Europa y en la mayor parte de las democracias occidentales el héroe es Zelensky, el presidente de Ucrania, que con sus mensajes, sus vídeos desde las calles de Kiev y su apelación a la ayuda de occidente pretende mantener la moral de sus conciudadanos, a pesar del enorme desequilibrio de fuerzas. En medio, miles de muertos, millones de desplazados, ciudades devastadas. Se pretende aislar a Rusia imponiendo sanciones económicas y prohibiendo que sus oligarcas, de los que se dice que son los que mantienen a Putin en el poder, puedan beneficiarse de las libertades de las que disponen a lo largo y ancho del mundo. El deporte y la cultura también se están viendo afectados por esta guerra. Cientos de empresas han salido de Rusia y los paquetes con las sanciones se van ampliando casi diariamente. Seguramente en Rusia irán sintiendo cada vez más el peso de estas medidas, que también nos afectan a nosotros; la subida de los carburantes, de la electricidad o el desabastecimiento de varios productos son algunas de esas consecuencias, que viendo lo que les ocurre a los ucranianos no parecen gran cosa.

Cuando en los años 90 en Europa —también en Europa, vaya por Dios— se desarrolló la guerra de los Balcanes, donde las atrocidades sobre la población fueron quizás mucho peores que las que ahora se están produciendo, no se produjo un movimiento solidario tan grande como el que ahora estamos viendo. Después de la desmembración de la URSS, las ansias de independencia en las antiguas repúblicas yugoslavas provocaron que primero se independizara Eslovenia sin apenas conflicto, pero después comenzó la auténtica guerra entre Serbia y Croacia y más tarde Bosnia. La complejidad de los conflictos, étnicos, religiosos y territoriales, devino en matanzas como la de Srebenica, las violaciones masivas de mujeres, los asedios de Vukovar, Sarajevo o Mostar, el bombardeo sobre Dubrovnik. Nosotros veíamos la guerra desde nuestros sillones, pero como aquello estaba lejos, apenas echábamos cuenta. Hoy, cuando viajamos a Serbia o a Croacia, nos enseñan algunos ejemplos de lo que fue esa guerra: los tejados destrozados de Dubrovnik, los agujeros de balas en casas y en algún museo…, así que no sería extraño que dentro de unos años el morbo nos lleve a viajar a Ucrania, un país que nos mostrará los destrozos que provocó esta guerra-invasión-desmilitarización-desnazificación-operaciónmilitarespecial y nos conmoveremos y lamentaremos sobre lo que allí ocurrió y pudimos contemplar, también, en nuestros televisores.

Lo que ocurre es que esta sealoqueseaosellame no nos deja ver o nos ha hecho olvidar o dejar a un lado las otras guerras que, sí, también, por desgracia, están asolando otras zonas del mundo, que están empobreciendo naciones, provocando miles de muertos, millones de refugiados y desplazados y que no me resisto a enumerar:

  • Guerra civil yemení, que comenzó en 2015 con la intervención de Arabia Saudí. Más de 60.000 víctimas.
  • Intervención militar en Tigray. Conflicto entre Etiopía y Sudán. Más de 40.000 víctimas.
  • Conflicto entre Israel y Palestina, que parece no tener fin.
  • Frentes yihadistas en Mali, zonas del Sahel, Níger, Burkina Fasso, Mozambique o el Congo

Y tampoco podemos olvidarnos de Birmania y la persecución contra los Rohinya, el conflicto de Panshir en Afganistán, la guerra civil siria, con más de medio millón de víctimas… Según muchas fuentes, en la actualidad hay 65 conflictos en todo el mundo. Miles de muertos, millones de desplazados, economías devastadas. A todo ello hay que sumar la guerra que la humanidad está librando contra el planeta, agotando sus recursos y destrozando la naturaleza. Supongo que lo llevaremos en nuestros genes, que desde que somos humanos nuestro destino es destruir, acabar con todo aquello que nos estorba en nuestros planes, sean estos el enriquecernos, alcanzar el poder, ampliar las fronteras, imponer nuestra religión o nuestra cultura, acabar con el diferente porque lo sentimos como una amenaza. Cada vez me cuesta más trabajo creer que el hombre es bueno por naturaleza, porque tampoco hay que olvidar que nuestra solidaridad se dirige, sobre todo, a aquellos que se parecen mucho a nosotros, aquellos que son «blancos y de ojos azules», como ha dicho alguien, que no vienen en pateras, como si los «otros» no sufrieran tanto o más que los ucranianos. «No a la guerra en cualquier parte del mundo» y «sí a la solidaridad con cualquiera persona que sufra y venga de donde venga».

No todo el mundo se corrompe

Manhattan, esa extraordinaria película de Woody Allen que habré visto unas dos o tres mil veces, más o menos, finaliza con una frase de Mariel Hemingway, cuando se despide de Allen camino de Londres y éste intenta detenerla temiendo que pierda su inocencia, su mejor cualidad: «No todo el mundo se corrompe. Tienes que tener un poco de fe en la gente». He ahí una hermosa frase para la esperanza, para el optimismo. En días tan aciagos, conviene acudir a libros, películas y ejemplos que nos reconcilien con nuestros congéneres.

Lo malo es que hay demasiados ejemplos, sobre todo en política, que parecen contradecir esa frase. El «tamayazo», la fallida moción de censura en Murcia y el último y vergonzoso suceso acaecido en el Congreso de los Diputados, con la casi segura compra de los dos diputados de UPN por… no es preciso, creo, decir nombres, producen un profundo sentimiento de vergüenza y de rabia. Siempre he creído en la honradez de la mayor parte de nuestros representantes políticos, con algunas excepciones que, por desgracia, se van ampliando con rapidez. Pero esa creencia y esa confianza se van deteriorando por momentos y cada vez más.

Espero que se desenmascare y salga a la luz pública, con pruebas fehacientes, lo ocurrido el pasado jueves día 3. Aunque me temo, como ya ha ocurrido con anterioridad que, a pesar de todo, los responsables se hagan los locos, lo nieguen y que el partido los apoye. Y el distanciamiento de los ciudadanos de sus representantes políticos se hará cada vez mayor.

¿Debemos perder la esperanza? ¿Hay alguien que nos la pueda devolver intacta? Menos mal que siempre nos quedará Nadal y su ejemplo.

Almudena Grandes, adiós

Hoy, 27 de noviembre de 2021, falleció Almudena Grandes en Madrid, ciudad en la que nació, que ella amaba tanto y sobre la que tanto escribió. Leí el primer libro de Almudena Grandes, Las edades de Lulú, hace muchos años, concretamente en 1989, cuando ganó el concurso erótico literario La sonrisa vertical. En su momento causó bastante revuelo, sobre todo por el tema, la iniciación de una adolescente en el mundo del sexo en el Madrid desenfrenado de los años 80, y por el lenguaje, explícito, sin sinónimos, retruécanos, metáforas ni ningún lenguaje figurado. Este año 2021 se cumplieron cien años del nacimiento de Luis García Berlanga, que presidió el jurado del Premio La sonrisa vertical desde su primera convocatoria en 1979, así que en 2021 se cierra el círculo, el nacimiento de un genio del cine, un enorme artista, y la muerte de otra gran artista, Almudena, que hizo honor a su apellido. Parece mentira que en solo treinta y dos años, desde que publicó esa primera novela, haya sido capaz de forjar y crear un mundo literario tan rico y tan extenso.

Admiradora de Benito Pérez Galdós, Almudena Grandes quiso escribir, según sus propias palabras, algo semejante a los Episodios Nacionales. Para ello comenzó una obra casi enciclopédica que recorre y explica la España de la Guerra Civil y de la posguerra. Con una intensa y profunda investigación, que la llevó a recorrer gran parte del país, entrevistarse con decenas de personas y leer cientos de libros, revistas y periódicos, consiguió con Los Episodios de una guerra interminable, sacar a la luz muchos acontecimientos que se habían olvidado y perdido. Reconozco que apenas había oído hablar del intento de invasión desde el norte de España por parte de antiguos combatientes republicanos, ni cómo se realizó la construcción en el valle de Cuelgamuros de la basílica y la enorme cruz del que se conoce actualmente como Valle de los Caídos. Inés y la alegría, Los pacientes del doctor García, Las tres bodas de Manolita, El lector de Julio Verne o La madre de Frankenstein son lecturas que me han acompañado estos últimos años y esperaba con expectación la que creo que iba a ser la última obra de esta serie de seis libros, Mariano en el Bidasoa, una obra inédita que no sé si habrá podido terminar de escribir.

He visto muchas veces en Rota, donde veraneo hace muchos años, a Almudena, a su pareja Luis García Montero, a Benjamín Prado, a Felipe Benítez Reyes o a Joaquín Sabina. He asistido a presentaciones de sus libros en uno de sus bares favoritos, La calabaza mecánica, he sido espectador y escuchante de lecturas de poemas en un acontecimiento que esperaba con mucha ilusión en Rota, La Noche de la Literatura en la calle, de la que se llevan ya doce ediciones. Almudena no podrá asistir a la décimo tercera y ya no será lo mismo Rota sin su presencia paseando por la playa de Punta Candor o por las calles siempre sonriente y deteniéndose cuando la gente se paraba a saludarla o comprando en el mercadillo de los miércoles. Grandes es su apellido, grande era su presencia y grande será su ausencia.

Recuerdo con cariño la charla que dio en la Fundación Cajasol en mayo de 2017 con motivo de la clausura de la primera edición del ciclo de conferencias «Letras en Sevilla». Ese año se titulaba «Literatura y Guerra Civil». Fue una conferencia muy amena, en la que Almudena explicó cómo se empezó a interesar por el tema de la guerra civil. Tuve la suerte de que me firmara y dedicara varios libros en la Feria del Libro de Sevilla de 2018, libros que guardaré como auténtico oro en paño.

5 de mayo. Jornada de reflexión

Las jornadas de reflexión antes del día de las votaciones siempre me han parecido una tontería. Nadie reflexiona nada, todos tienen ya decidido su voto y muy pocos dedican ese día a pensar sobre el sentido del voto al día siguiente. Como también me parece absurdo que no se puedan realizar ni publicar encuestas desde una semana antes de la fecha de la votación, como si eso pudiera influir algo. Las personas responsables, que han leído los programas, que han analizado qué han hecho en el gobierno y en la oposición los diferentes partidos, no dejándose cegar por los cantos de sirena y por las promesas de los candidatos, deciden su voto con mucha antelación. Otros tienen dudas razonables entre dos partidos con programas similares y esperan alguna señal que les ilumine a última hora, pero no dedican un día entero a pensar el sentido de su voto. Algunos hasta echarán una moneda al aire un poco antes de salir hacia la mesa electoral y se decantarán por una candidatura que, aunque no les convenza totalmente, es con seguridad mejor que otras según su punto de vista. Y por último, están los que votan «contra» un partido, y su papeleta irá a parar a aquel otro que le haga más daño al «enemigo», como en la guerra y en el fútbol.

Por eso me gustan más la jornada o jornadas de reflexión una vez pasadas las elecciones. Porque es hora de analizar lo que ha ocurrido, por qué se ha votado de una u otra manera. No soy analista político y hoy televisiones y radios echarán humo con las tertulias post-5 de mayo. Pero me voy a atrever, como acabo de hacer en Facebook. Una cosa está clara: ha arrasado Ayuso. Y eso, aunque a muchos no les ha gustado, hay que decirles: es la democracia, amigos y amigas. Algunos han dicho que los madrileños y madrileñas se han equivocado y que les dan vergüenza los resultados. Y yo me pregunto: ¿se equivocan los votantes independentistas catalanes cuando sus partidos son mayoría? ¿Se equivocaron los andaluces votando durante casi cuarenta años a la izquierda? ¿Se equivocaron los españoles haciendo que partidos de izquierda gobiernen actualmente el país? La democracia es eso, cambiar votos y partidos según las necesidades, percepciones y resultados que ven los ciudadanos.

Espero alguna autocrítica por parte de PSOE y Podemos, que han perdido en todos sus feudos madrileños. No ha ganado Ayuso, ha perdido la izquierda, y por algo será. Los partidos socialistas europeos están casi todos desaparecidos porque no han sabido adaptarse a la nuevos tiempos. Espero que eso no le suceda al PSOE. A Iván Redondo, a Sánchez y a Tezanos tendrían que pedírsele responsabilidades. Al primero por diseñar una campaña nefasta, al segundo por dejarse convencer por un márketing artificial de despacho y al tercero por escribir la tontería de llamar tabernarios a los que votan al PP, además de manipular y equivocarse en las encuestas. Además, es incomprensible que un miembro del Comité Ejecutivo del PSOE sea nombrado presidente del CIS, un organismo que puede influir en la percepción de los ciudadanos sobre la situación real del país.

Pablo Iglesias y Podemos hace tiempo que se están equivocando. Demasiadas purgas internas, mucho amiguismo, mucha soberbia. Aunque no lo parezca, no han sabido conectar con los ciudadanos. Contradicciones aparte, que eso lo tienen todos los partidos, Podemos quiso en su momento dar el sorpasso al PSOE, pero no pudo o no supo. Y a partir de ahí, todo cuesta abajo. Que Vox haya ganado en votos y en escaños a Podemos parecía imposible, pero así ha sido. El caso de Andalucía es paradigmático y las mareas en Galicia también. Ha hecho bien Pablo Iglesias yéndose de la política, con mucha dignidad, por cierto (aunque algunos apuntan que Roures, el de Mediapro, ya le ha prometido un buen puesto y un mejor sueldo; veremos si es cierto o es otra mentira de la derecha; si fuera así, después de lo del chalet, acabaría con todo el prestigio de Pablo).

Ciudadanos ha desaparecido de la escena en Madrid y, al paso que va, desaparecerá también de España. Sigue el mismo camino que UPyD, del que ya casi nadie se acuerda. Lo que nació como un partido bisagra se convirtió en una muleta del PP. El desastre fue iniciado por Albert Rivera y continuado por Inés Arrimadas. El fiasco provocado por su pésima estrategia en Murcia y en Castilla León provocó el tsunami madrileño. Ayuso y el PP supongo que se lo agradecerán

El único partido que ha sabido conectar con la realidad madrileña (y espero que eso se traslade al resto de España) es Más Madrid. Dos buenos candidatos, Errejón y Mónica García, que han sabido fajarse con mucha dignidad con Ayuso y Monasterio. La izquierda tiene dos años para reflexionar y cambiar muchas cosas. Dejémonos de Redondos y de Tezanos y conectemos con los ciudadanos (perdonad el ripio, pero me ha salido así).

Breves -brevísimos en este caso- apuntes sobre los procesos electorales  (12): la anacrónica y analógica jornada de reflexión. | El derecho y el  revés

Efectos secundarios, Astrazeneca y otros medicamentos

En Europa, a fecha de 4 de abril, se ha informado de un total de 222 casos de trombosis entre 34 millones de vacunados con AstraZeneca, lo cual equivale a 1 caso de cada 150.000. Los países europeos, basándose en estos datos, han decidido paralizar esta vacuna y dejarla únicamente para los mayores de 60 años, cuando hace unas semanas solamente se ponía a los menores de esa edad. Incluso algunos países y alguna comunidad autónoma española decidieron paralizar la vacuna. Todo ello, en contra de la opinión de la Agencia Europea del Medicamento y de la mayor parte de los expertos, que no se cansan de decir que son mucho mayores las ventajas que los inconvenientes.

Ya sabemos que el método científico se basa en hechos comprobables, en el establecimiento de hipótesis y en la comprobación de que esas hipótesis se cumplen o no bajo determinadas condiciones y parámetros. Los políticos dicen que sus decisiones se corresponden con lo que les indican los expertos, pero, visto lo visto, eso es una mentira como una catedral. Los políticos, como casi siempre, se rigen por perspectivas de poder y electorales. Si no, no se entiende este empecinamiento en llevar la contraria al sentido común y a lo que aconsejan los que saben de virus, de bacterias, de epidemias y de remedios para luchar contra las enfermedades. Había que salvar la semana santa, el verano, las navidades y todo lo que suponga fiesta y jolgorio. La gente está muy cansada ya de estos vaivenes, de que no llegan las vacunas, de la insólita y absurda ley sobre las mascarillas, que el mismo día que se publicó ya se dio cuenta todo el mundo de que era una auténtica barbaridad, tener que llevar mascarilla en medio del campo o paseando por la playa. ¿A qué cabeza pensante se le ocurriría esa tontería? Pues a nuestros congresistas y senadores, que ganan un dineral para poner negro sobre blanco semejantes gilipolleces. Eso sí, la gente puede ir fumando por la calle y echarme el humo y todo lo que sea sin ningún tipo de problema, hablar a gritos en las terrazas sin mascarillas, acompañar a los equipos de fútbol a cientos, con gritos, cánticos, mariachis y bengalas sin que la policía intervenga. ¡Amos, anda! ¡Iros a tomar viento!

La paciencia de la gente está llegando a un límite que no sé dónde terminará. Ahora está lo de la vacuna rusa. Nuestra ínclita Ayuso, además de los alemanes, cuya opinión cada vez me merece menos respeto, están negociando la compra de esa vacuna saltándose todo lo acordado en Bruselas y lo que dice la EMA, que todavía no ha aprobado la utilización de esa vacuna (si esto lo llegan a hacer en Cataluña, ya estaríamos despotricando contra los independentistas, qué se creerán estos, que pueden hacer lo que les dé la gana, saltarse todas las leyes). Una de las zonas más ricas del planeta y va dando palos de ciego, sin nadie que ponga orden. Aunque viendo el papelón de la diplomacia europea en la visita a Turquía, con la señora Von der Leyen, presidenta de la Comisión, siendo humillada por Erdogan, mientras el Jefe del Consejo Europeo Charles Michel permanecía sentado sin hacer ni el menor gesto, denota bien a las claras en manos de quién estamos. Ni han sabido negociar con las farmacéuticas ni tienen criterios claros sobre cómo afrontar la pandemia. Mucho apoyarse en la EMA, mucho decir que sólo se pondrán aquellas vacunas apoyadas por esa Agencia, mucho vanagloriarse del rigor científico, pero en cuanto alguien dice «yo no me vacuno con Astrazeneca porque no es segura», todos al suelo. Y seguramente, valga la redundancia, esa misma persona se toma una aspirina, un nolotil, un ibuprofeno, un omeprazol o un primperán sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo. Pues veamos algunos efectos secundarios que pueden provocar estos medicamentos tan comunes, que los tomamos con frecuencia y que no se nos ocurre poner en cuestión:

Aspirina, su uso continuado se ha asociado a úlceras de entre 1 y 10 pacientes de cada 100 personas, y a daño cerebral súbito de entre 1 y 10 de cada 1.000. 

Nolotil, según su propio prospecto, puede provocar agranulocitosis en 1 de cada 10.000 personas. Es una disminución severa de los glóbulos blancos que puede producir la muerte debida a infecciones graves.

Omeprazol, que además de la ya mencionada agranulocitosis en una de cada diez mil personas que lo toman, puede provocar problemas graves de riñón en uno de cada mil pacientes.

Ibuprofeno, puede aumentar el riesgo de infarto, pérdida de audición, aumento de easinófilos y de sangrado, incremento de posibilidad de sufrir ictus isquémico, etc.

O sea, a esto apenas le damos importancia, los médicos los recetan sin problemas, nosotros tomamos estos medicamentos sin plantearnos sus posibles efectos secundarios, pero eso sí, tenemos mucho más miedo a una vacuna cuya estadística es infinitamente menos peligrosa que las mencionadas medicinas. Según los datos actuales, uno de cada 625 españoles ha muerto por coronavirus (si somos 47 millones de habitantes y han muerto cerca de 80 mil, sale esa cifra). El número de muertos por la vacuna de Astrazeneca es de unos 25, sin estar totalmente seguros de que sea la vacuna la causante real. O sea, la proporción es de una muerte por cada 1.350.000 vacunas. Creo que no hay color. En cuanto me llamen, me vacuno con Astrazeneca.

Medicinas con más efectos adversos que la vacuna de AstraZeneca - NIUS

Bandera blanca

“La única bandera pacífica es la blanca que se ondea al rendirse. Todas las demás se diseñaron para ir a la guerra detrás de ellas, para plantarlas en tierra conquistada. Salir con una bandera, sea cual sea, es un gesto intrínsecamente agresivo, incompatible con una voluntad de paz y convivencia.”

El Frente Nacional español. CTXT (30/09/2017). Sergio del Molino

Dirigentes de partidos políticos insultándose delante de las cámaras y en la Cámara sin ningún pudor ni vergüenza. Bandera blanca. Compra de voluntades, cambios de chaqueta sin ningún pudor ni vergüenza. Bandera blanca. Miles de muertos y millones de contagiados mientras gobierno y oposición, sin ningún pudor ni vergüenza, se echan a la cara los errores cometidos, como si alguien, digan algún ejemplo, por favor, supiera cómo se combate de manera eficaz la pandemia. Bandera blanca. No llegan las vacunas. Bandera blanca. Millones de parados, miles y miles de autónomos y empresas con el agua al cuello o ahogadas, miles y miles de personas en las colas del hambre, miles de inmigrantes llegando exhaustos a las costas europeas y miles también en el fondo del océano y miramos para otro lado. Bandera blanca.

Cataluña, Murcia, Cartagena, Madrid. Bandera Blanca. Dos bloques irreconciliables y en el medio, no, en el centro, millones y millones que asistimos, ausentes unos, indiferentes otros, indignados, desalentados, sorprendidos, cabreados, muy cabreados, enormemente cabreados, cagándonos en la leche, en mi negra estampa, en la puta de oros, en la madre que los parió, en sus muertos, en todo lo que se menea, en todo lo que verdeguea, la inmensa mayoría, pero ellos van a lo suyo, están en su jaula de cristal, hablan de dignidad y de traición pero no dejan de mirarse el ombligo. Bandera blanca.

Ni rojigualda, ni tricolor, ni senyera, ni cuatribarrada, ni ikurriña, ni verde y blanca, ni blanca y azul, ni roja. Bandera blanca, por favor.

Hace 20 años, por estas fechas, todo era muy diferente en el mundo y en España. Bush llegaba la Casa Blanca y le quedaban ocho años para llegar a ser uno de los peores presidentes de los Estados Unidos. Durante su primer mandato el caos se instaló como algo cotidiano en nuestro mundo. Los atentados del 11 de septiembre y después los de Madrid y Londres en el primer lustro del siglo XXI hacían temer lo peor, y los hechos dieron la razón: las guerras de Afganistán e Irak, la crisis hipotecaria estadounidense, la quiebra de Lehman Brothers y el inicio de la crisis económica y financiera mundial. Desde entonces, nada es igual. Veinte años que parecen veinte siglos. Hace veinte años nació la Wikipedia y no existían ni Facebook, ni Gmail, ni Twitter, ni WhatsApp, ni Instagram, ni Youtube, ni Tik Tok, ni Amazon, ni Netflix. Ahora no sabríamos cómo vivir sin ellos ni en qué emplear tantas horas, con las pocas horas que tiene el día. Imaginaos la pandemia y el confinamiento sin las redes sociales ni las plataformas de streaming; a pocos se le ocurre leer libros en su tiempo libre. Por todo ello, bandera blanca.

La bandera de la comprensión, de la tolerancia, del respeto, de la justicia, de la paz, pero ya se sabe que no hay paz para los malvados y, por desgracia, hay demasiados malvados que enarbolan otras banderas. Pero la bandera blanca también es la bandera de la insumisión, de los que no permanecen impasibles ante las injusticias, de los que se indignan con los indignos y sus indignidades, de los que luchan por la libertad, por la auténtica libertad con justicia y con igualdad. Menos mal que, aunque cada vez menos, todavía hay esperanza. Bandera blanca.

(Históricamente, la bandera blanca se asocia a rendición en tiempos de guerra ya desde la época de los romanos, como lo describe el historiador Tito Livio en el siglo I a.C. Más recientemente, se ha reconocido como un símbolo para iniciar un alto el fuego, un cese de hostilidades y el comienzo de un periodo de negociaciones en medio de la batalla. Durante nuestra guerra civil, los soldados agitaban banderas blancas en señal de tregua para recoger los cuerpos de sus compañeros heridos).

Hoy hay muchos heridos, muchas hostilidades, muchas batallas y muchas negociaciones que hacer. Bandera blanca, bandera blanca, bandera blanca.

bandera blanca - El dulce porvenir

¡Qué difícil es hacer buena política!

Supongo que la presión producida por la pandemia, la crisis económica asociada a ella, la fragmentación actual en el panorama político español, el juicio de «los papeles de Bárcenas», la cercanía de las elecciones catalanas y alguna que otra cosa más, provocan que los líderes políticos de nuestro país actúen de manera diferente a si la situación fuera más «normal». Aunque echando la vista atrás, creo que en España no se recuerda una década de normalidad o tranquilidad. Desde la caída del Imperio Romano, cuando todavía España no era un país, ya comenzaron las luchas internas y externas de los visigodos, la invasión musulmana y la denominada Reconquista, las guerras por el poder en los reinos hispanos… No voy a hacer aquí una relación detallada de nuestra historia, pero si analizo y profundizo un poco, no ha habido ni un solo siglo en el que no hayamos estado inmersos en guerras civiles, en guerras de conquista, en conflictos con turcos, franceses o ingleses, con Estados Unidos, guerras de sucesión, de independencia, atentados terroristas y asesinatos de primeros ministros, dictaduras… Parecía que con la llegada de la democracia íbamos a entrar en un período de tranquilidad, pero ETA y el Grapo así como intentos de golpe de estado como el de Tejero tampoco nos dejaban respirar. Después, con la llegada del PSOE al poder parecía que nuestra entrada en Europa y en la OTAN, el buen hacer del rey Juan Carlos, los Juegos Olímpicos de Barcelona o la EXPO’92 de Sevilla nos abrían al mundo y nos mostraban como un país moderno, preparado y alegre.

Pero entonces comenzaron a amontonarse los casos de corrupción: se destapó el caso Filesa por el que el PSOE fue condenado por financiación ilegal, la dimisión de Alfonso Guerra, ETA seguía matando y el País Vasco era un quebradero de cabeza. Llegó José María Aznar al poder en 1996 y otra vez parecía que todo se calmaba y que la economía española daba un tirón que nos ponía a la altura de otros países europeos. Entramos en el Euro pero ETA no dejaba de matar, apoyamos la guerra de Irak, sufrimos los atentados yihadistas de 2004 y Zapatero llegó al poder. La crisis económica de 2008, el 15M en 2011, la abdicación del rey Juan Carlos en 2014, los atentados yihadistas en Cataluña en 2017, la declaración unilateral de independencia de Cataluña en ese año…

Llegamos al año 2018 con la moción de censura a Mariano Rajoy y la llegada al poder por primera vez de Pedro Sánchez, ratificada más adelante en las elecciones generales de 2019, pactando con Podemos y gobernando en coalición los dos partidos de izquierda con apoyo de los partidos independentistas catalanes y el PNV vasco. He dejado muchas cosas, como es lógico, en el tintero, porque esto no quiere ser una lección de historia. Lo que quiero reflejar es que este país siempre ha vivido convulsionado. Algunos dirán que durante la dictadura de Franco hubo una relativa paz, pero claro, muy relativa porque eso fue así para los que ganaron la guerra porque para los otros fueron años de sufrimiento, de falta de libertades, de opresión. Y cuando se ha querido pasar página no ha sido posible, porque la Transición, como ya comenté en mi anterior entrada, no fue aceptada por los más extremistas dejando, además, muchas cosas sin cerrar bien. Pero eso es otro tema y daría para un debate mucho mayor.

Ahora quiero centrarme en lo que ocurre en la actualidad, a seis días de las elecciones catalanas. Resulta que cuando se convocaron en diciembre de 2020 para que se realizaran el 14 de febrero de 2021 algunos pensaron que quizás era demasiado precipitado celebrarlas en esa fecha dada la situación de pandemia. Pero la mayoría estaba de acuerdo que la situación catalana exigía que hubiera un gobierno que se dedicara a gestionar bien y no a estar continuamente enfrentándose con el Estado y dividiendo a los catalanes entre buenos y malos según apoyaran o no la independencia. Hubo un intento de aplazamiento mediante un decreto de la Generalitat pero el TSJC lo dejó sin efecto y las elecciones se celebrarán ese día, a no ser que ocurra un cambio radical en la evolución de la pandemia. Y en esa estamos, en plena campaña electoral, cada partido tirándole los trastos a los demás y todos contra Illa. Pero el que más daño está haciendo, siento decirlo porque es un personaje que no me cae mal a pesar de todas sus contradicciones, es Pablo Iglesias. Sus últimas intervenciones hablando de Cataluña, de los «exiliados», de los «presos políticos», de que «no hay una situación de plena normalidad política y democrática en España,  cuando los líderes de los dos partidos que gobiernan Cataluña, uno está en prisión y el otro en Bruselas» dejan, desde mi modesto punto de vista, mucho que desear y dejan en muy mal lugar al gobierno y a nuestro país, ese al que dice amar tanto. Hablar de exiliados y de presos políticos después de lo que ocurrió el 1 de octubre de 2017 con un referéndum ilegal y de la proclamación el 10 de octubre de la independencia de Cataluña, es una auténtica barbaridad. En ninguna democracia se hubiera permitido esto y seguramente los responsables hubieran sido condenados incluso con mayor severidad. Los independentistas catalanes ponen como ejemplo a Escocia y a Canadá, pero ellos saben aunque lo repiten hasta la saciedad, como seguramente lo sabe también Pablo Iglesias, que los casos son muy distintos, como se explica muy bien en este artículo: Cataluña, Escocia y Québec, sus diferencias.

No sé si Pablo Iglesias hace estas declaraciones por convencimiento o por tacticismo político, para diferenciarse de su socio en Madrid y contrincante en Cataluña, pero sea por lo que sea, un gobernante, y él lo es aunque le pese, debe ser leal a su país y al gobierno al que pertenece. Pero me temo que él va por libre, que antepone sus intereses personales y partidistas, sin medir bien (o midiéndolo perfectamente, quién sabe) sus palabras. No leo habitualmente lo que dice el Papa Francisco, pero suele dejar a veces frases para reflexionar. Así, dice que el «buen político es el que practica aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad”. Y habla de las graves anomalías que socaban el ideal de una democracia auténtica y ponen en peligro la paz social. Esto es, “la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la ´razón de Estado´, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio”. No creo que el Papa Francisco pensara en Puigdemónt cuando dijo estas palabras, ya que, precisamente el político catalán si por algo se caracterizó es por el incumplimiento de las normas y la negación del derecho.

Me temo que pocos políticos de nuestro país pueden presumir de seguir las recomendaciones de Francisco. Mejor dicho, pocos políticos en el mundo pueden hacerlo. Por eso es tan difícil ser un buen político. Esperemos que las elecciones catalanas no tengan que repetirse y que los que las ganen respeten la Constitución, que la pandemia finalice, que la economía mejore y que podamos vivir unos años de tranquilidad, que falta nos hace.

Resultado de imagen de pandemia y elecciones catalanas

Salvados no salva a Pablo Iglesias

Suelo ver el programa Salvados, de la Sexta, el lunes por la mañana, porque el domingo por la noche no me gusta esperar durante los minutos de publicidad y prefiero ver alguna película o serie en Netflix, donde no hay anuncios. La entrevista de Gonzo a Pablo Iglesias es muy buena e intensa, no deja prácticamente ningún tema de la política y de la actualidad española en el tintero y repite las preguntas una y otra vez si ve que Iglesias quiere salirse por la tangente: las relaciones con el presidente Sánchez, los acuerdos de gobierno, la factura de las eléctricas, los escraches, República y Monarquía, la diferencia entre estar en la oposición y en el gobierno y las dificultades para cumplir lo prometido, la pandemia…

La entrevista va por los cauces esperados: Gonzo es incisivo en las preguntas e Iglesias hábil con las respuestas, intentando llevar el juego a su terreno. La técnica es la de siempre: Gonzo pone ante el entrevistado imágenes y palabras dichas por éste cuando estaba en la oposición para que las comente. Iglesias nunca ve contradicción entre lo que decía antes y lo que hace y dice ahora, aunque a veces sus respuestas chirrían y le cuesta trabajo salir del apuro: por qué no se baja la electricidad, por qué son diferentes los escraches a unos políticos y a otros, por qué no se fiaba de Sánchez pero pacta con él, por qué está en el gobierno, pero en el Congreso su partido presenta propuestas diferentes, etc. Iglesias quiere mostrar tranquilidad, dominio de la situación, pero el periodista no ceja en su empeño. Jordi Évole tiene un excelente sustituto.

Hay varios momentos que me llaman la atención y que me enfadan. El primero, cuando compara e iguala el exilio de Puigdemónt con el exilio de los republicanos después de la guerra civil. Esa comparación es indigna de ti, Iglesias, y me decepcionas. Espero que haya algún comunicado al respecto de miembros o asociaciones de la Memoria Histórica. Comparar la democracia y los mecanismos que ésta tiene con la venganza y la persecución de la dictadura franquista es insultar nuestra inteligencia. Y para colmo, mete también en el mismo saco al rey emérito que, por cierto, todavía no ha sido juzgado ni condenado ni ha sido declarado en rebeldía ni prófugo.

Otro momento es cuando Iglesias dice que los políticos no deben meterse en el trabajo de los periodistas. Aquí Gonzo salta: «Dígaselo a alguno de su partido» (recuerdo el lema «la máquina del fango» contra PRISA, durante las primarias de 2016 o las críticas hacia periodistas vertidas por Iglesias y otros miembros de la formación morada a raíz del caso del excomisario José Manuel Villarejo y del de la exasesora de Podemos Dina Bousselham).

Y otro momento es cuando Gonzo le recuerda las palabras de Gabilondo diciendo que Podemos era injusto con la generación de la transición, ya que se hizo lo que se pudo y que cada generación se enfrenta con su presente. Aquí, Iglesias no se desdice de sus críticas y no contesta a este tema sino que hace un cambio a la remanguillé y se centra en lo que le dijo Gabilondo sobre que le iban a reventar cuando llegara al poder. Yo, que tuve la suerte de poder vivir aquellos momentos de la transición, aunque reconozco que sólo como mero espectador y con pequeñas escaramuzas corriendo delante de la policía, pero sin heroicidad alguna, a diferencia de otros que sí corrieron muchos riesgos, estoy de acuerdo con Sabina en la entrevista que se publicó en elDiario.es el 7 de enero de este año, Historia de una canción (De Purísima y Oro): «Los rencores de la Guerra Civil se superaron con la Transición y la Constitución del 78, aunque no definitivamente». «Ha vuelto esa historia de buenos y malos, de las dos Españas, y una crispación y un sectarismo que abomino absolutamente y que me tiene muy preocupado».

Lo siento, Iglesias, me has decepcionado. Estás cayendo en los mismos errores que criticabas: no reconoces los errores, quieres estar en el gobierno y en la oposición al mismo tiempo y te cuesta aceptar las críticas. Casi lo mismo que hace Sánchez, por cierto. De Casado prefiero no hablar.

Pablo Iglesias no se corta en 'Salvados' | El Correo

Trump y La Ola

En otoño de 1967 Ron Jones, un profesor de historia de un instituto de Palo Alto en California, en el Cubberley High School, no tuvo respuesta para la pregunta de uno de sus alumnos: ¿Cómo es posible que el pueblo alemán alegue ignorancia a la masacre del pueblo judío? ¿Cómo pudo el pueblo alemán alegar su ignorancia del genocidio judío? ¿Cómo podía la gente de las ciudades, los obreros, los profesores, los doctores, decir que no sabían nada de los campos de concentración y las matanzas? ¿Cómo gente que eran vecinos o incluso amigos de judíos podían decir que no estaban allí cuando sucedió todo? Al no poder explicar a sus alumnos por qué los ciudadanos alemanes (especialmente los no judíos) permitieron que el Partido Nazi exterminara a millones de judíos y otros llamados “indeseables”, decidió mostrárselo. Decidió hacer un experimento con sus alumnos: instituyó un régimen de extrema disciplina en su clase, restringiéndoles sus libertades y haciéndoles formar en unidad. El nombre de este movimiento fue The Third Wave.

Jones llamó al movimiento “La Tercera Ola”, debido a la noción popular de que la tercera de una serie de olas en el mar es siempre la más fuerte, y afirmó que sus miembros revolucionarían al mundo. Ante el asombro del profesor, los alumnos se entusiasmaron hasta tal punto que a los pocos días empezaron a espiarse unos a otros y a acosar a los que no querían unirse a su grupo. El experimento cobró vida propia, con alumnos de toda la escuela uniéndose a él. Jones se preocupó acerca del resultado del ejercicio y lo detuvo al quinto día haciendo ver a sus alumnos que el movimiento tenía un líder mundial: Adolf Hitler. Se rumoreó que hubo implicaciones, como el suicidio de uno de los alumnos, pero poco ha trascendido sobre el asunto.

En 1981, el escritor estadounidense Todd Strasser, bajo el pseudónimo Morton Rhue, narró esos hechos en su libro “The Wave”, La Ola, y en 2011 el director Dennis Gansel realizó una película con el mismo título, ubicando los hechos en Alemania en la época actual; un carismático profesor de instituto aborda en su clase la autocracia. Relacionándolo con el surgimiento de dictaduras, el fascismo y el nazismo, Wenger articula unas sesiones muy prácticas, en que presenta los elementos que explican su atractivo: espíritu de grupo, ideales comunes, ayuda mutua, uniformes y parafernalia exterior…

En apenas unos días, lo que comienza con una serie de ideas inocuas como la disciplina y el sentimiento de comunidad se va convirtiendo en un movimiento real: «La Ola». Los jóvenes se entusiasman, mejoran notablemente en autoestima e iniciativa, superan sus diferencias raciales y sociales, se implican en el diseño de lemas y logos, y hasta adoptan un uniforme común. Las críticas de varias alumnas al experimento —cuestionado también por otros profesores y por grupos anarquistas— llevan la situación mucho más allá de lo que nadie había imaginado. Al tercer día, los alumnos comienzan a aislarse y amenazarse entre sí. Cuando el conflicto finalmente rompe en violencia, el profesor decide no seguir con el experimento, pero para entonces es demasiado tarde, «La Ola» se ha descontrolado… No cuento el trágico final, por si no la habéis visto, pero podéis imaginarlo.

Viendo las imágenes del 6 de enero en el Capitolio, en Washington, me han venido a la cabeza las imágenes y el argumento de la película. Y me hago unas preguntas similares a las del alumno: ¿Cómo es posible que el pueblo norteamericano alegue ignorancia ante las barbaridades que dice Trump? ¿Cómo es posible que se crea, a pesar de todos los datos en contra, que las elecciones fueron un fraude? ¿Cómo es posible alegar ignorancia ante las consecuencias del COVID-19? ¿Cómo creerse las continuas mentiras, lo que ahora se denomina fake news, que continuamente emite su presidente? En época de Hitler, Goebels aprovechó la prensa y la radio para bombardear al pueblo alemán con continuas mentiras sobre los judíos. Ahora, Trump aprovecha Facebook y Twitter para hacer lo mismo, esta vez con mucho mayor delito ya que el pueblo norteamericano, como el de cualquier otro país democrático, tiene otras muchas herramientas para contrastar la información. Pero, al igual que ocurre casi siempre, las personas sólo creemos aquello que nos interesa y sólo acudimos a los medios de información que corroboran aquello que queremos creer. En esto se apoya Trump, que no es nada tonto y sabe cómo, a quién y qué debe transmitir. Sus mensajes durante cuatro años han provocado e incendiado a casi la mitad de los norteamericanos con discursos y mensajes que han ido calando en una sociedad cada vez más polarizada y, por desgracia, cada vez más violenta. Los casos de brutalidad policial contra los negros, aunque han existido siempre en Estados Unidos, se han agudizado durante la presidencia de Trump. El caso de George Floyd, con unas imágenes que han impactado por su brutalidad, se une al de otros muchos negros que han muerto por palizas o por disparos de la policía. Y el problema es que desde la Casa Blanca, no se han tomado las medidas ni se han condenado de una manera clara para que hechos de esa naturaleza no vuelvan a repetirse.

Pero lo que ya ha colmado el vaso ha sido el asalto al Capitolio, alentado un par de horas antes por unas palabras de Trump por las que merecería ser procesado, juzgado y, casi con toda seguridad, condenado. Comenzó por enumerar los supuestos fraudes electorales, arremetió contra los republicanos “patéticos” y “débiles” que no apoyaban su exigencia de detener la certificación de votos que se llevaría a cabo momentos después en el Congreso. «Increíble por lo que tenemos que pasar, y tener que hacer que tu gente luche. Si ellos no luchan, tenemos que eliminar a los que no luchan», arengó a sus seguidores. Expresó su desconfianza en que el vicepresidente Pence, que por su cargo dirigía la ceremonia en el Capitolio, hiciera algo por detener la certificación de votos: «Espero que defienda el bien de nuestra Constitución y el bien de nuestro país.

«Así que vamos a caminar por la avenida Pensilvania al Capitolio», siguió «Vamos a intentar darles a nuestros republicanos, a los débiles, porque los fuertes no necesitan nuestra ayuda, el tipo de amor propio y audacia que necesitan para recuperar nuestro país».

“Sé que todos los presentes pronto marcharán hacia el edificio del Capitolio para hacer oír sus voces de manera pacífica y patriótica. Hoy veremos si los republicanos se mantienen firmes a favor de la integridad de nuestras elecciones», añadió.

Unas horas después, el mundo pudo comprobar con asombro, cómo una turba de incontrolados tomaba por asalto el Congreso de la mayor democracia del planeta. Cinco muertos después, hoy ha salido Trump para desmarcarse de lo ocurrido, seguramente para evitar su procesamiento. Pero esas imágenes ya están grabadas en las retinas de millones de personas en todo el mundo. Como ocurre en La Ola, una vez que se inicia, se alienta y se premia un determinado comportamiento o unas determinadas ideas en personas con poco criterio o fáciles de manipular, después es muy difícil volverse atrás. El presidente Biden lo tiene muy complicado.

Asalto Capitolio | Manifestantes proTrump toman el edificio
Trump justifica el asalto al Capitolio y Twitter bloquea su cuenta