Almudena Grandes, adiós

Hoy, 27 de noviembre de 2021, falleció Almudena Grandes en Madrid, ciudad en la que nació, que ella amaba tanto y sobre la que tanto escribió. Leí el primer libro de Almudena Grandes, Las edades de Lulú, hace muchos años, concretamente en 1989, cuando ganó el concurso erótico literario La sonrisa vertical. En su momento causó bastante revuelo, sobre todo por el tema, la iniciación de una adolescente en el mundo del sexo en el Madrid desenfrenado de los años 80, y por el lenguaje, explícito, sin sinónimos, retruécanos, metáforas ni ningún lenguaje figurado. Este año 2021 se cumplieron cien años del nacimiento de Luis García Berlanga, que presidió el jurado del Premio La sonrisa vertical desde su primera convocatoria en 1979, así que en 2021 se cierra el círculo, el nacimiento de un genio del cine, un enorme artista, y la muerte de otra gran artista, Almudena, que hizo honor a su apellido. Parece mentira que en solo treinta y dos años, desde que publicó esa primera novela, haya sido capaz de forjar y crear un mundo literario tan rico y tan extenso.

Admiradora de Benito Pérez Galdós, Almudena Grandes quiso escribir, según sus propias palabras, algo semejante a los Episodios Nacionales. Para ello comenzó una obra casi enciclopédica que recorre y explica la España de la Guerra Civil y de la posguerra. Con una intensa y profunda investigación, que la llevó a recorrer gran parte del país, entrevistarse con decenas de personas y leer cientos de libros, revistas y periódicos, consiguió con Los Episodios de una guerra interminable, sacar a la luz muchos acontecimientos que se habían olvidado y perdido. Reconozco que apenas había oído hablar del intento de invasión desde el norte de España por parte de antiguos combatientes republicanos, ni cómo se realizó la construcción en el valle de Cuelgamuros de la basílica y la enorme cruz del que se conoce actualmente como Valle de los Caídos. Inés y la alegría, Los pacientes del doctor García, Las tres bodas de Manolita, El lector de Julio Verne o La madre de Frankenstein son lecturas que me han acompañado estos últimos años y esperaba con expectación la que creo que iba a ser la última obra de esta serie de seis libros, Mariano en el Bidasoa, una obra inédita que no sé si habrá podido terminar de escribir.

He visto muchas veces en Rota, donde veraneo hace muchos años, a Almudena, a su pareja Luis García Montero, a Benjamín Prado, a Felipe Benítez Reyes o a Joaquín Sabina. He asistido a presentaciones de sus libros en uno de sus bares favoritos, La calabaza mecánica, he sido espectador y escuchante de lecturas de poemas en un acontecimiento que esperaba con mucha ilusión en Rota, La Noche de la Literatura en la calle, de la que se llevan ya doce ediciones. Almudena no podrá asistir a la décimo tercera y ya no será lo mismo Rota sin su presencia paseando por la playa de Punta Candor o por las calles siempre sonriente y deteniéndose cuando la gente se paraba a saludarla o comprando en el mercadillo de los miércoles. Grandes es su apellido, grande era su presencia y grande será su ausencia.

Recuerdo con cariño la charla que dio en la Fundación Cajasol en mayo de 2017 con motivo de la clausura de la primera edición del ciclo de conferencias «Letras en Sevilla». Ese año se titulaba «Literatura y Guerra Civil». Fue una conferencia muy amena, en la que Almudena explicó cómo se empezó a interesar por el tema de la guerra civil. Tuve la suerte de que me firmara y dedicara varios libros en la Feria del Libro de Sevilla de 2018, libros que guardaré como auténtico oro en paño.

5 de mayo. Jornada de reflexión

Las jornadas de reflexión antes del día de las votaciones siempre me han parecido una tontería. Nadie reflexiona nada, todos tienen ya decidido su voto y muy pocos dedican ese día a pensar sobre el sentido del voto al día siguiente. Como también me parece absurdo que no se puedan realizar ni publicar encuestas desde una semana antes de la fecha de la votación, como si eso pudiera influir algo. Las personas responsables, que han leído los programas, que han analizado qué han hecho en el gobierno y en la oposición los diferentes partidos, no dejándose cegar por los cantos de sirena y por las promesas de los candidatos, deciden su voto con mucha antelación. Otros tienen dudas razonables entre dos partidos con programas similares y esperan alguna señal que les ilumine a última hora, pero no dedican un día entero a pensar el sentido de su voto. Algunos hasta echarán una moneda al aire un poco antes de salir hacia la mesa electoral y se decantarán por una candidatura que, aunque no les convenza totalmente, es con seguridad mejor que otras según su punto de vista. Y por último, están los que votan «contra» un partido, y su papeleta irá a parar a aquel otro que le haga más daño al «enemigo», como en la guerra y en el fútbol.

Por eso me gustan más la jornada o jornadas de reflexión una vez pasadas las elecciones. Porque es hora de analizar lo que ha ocurrido, por qué se ha votado de una u otra manera. No soy analista político y hoy televisiones y radios echarán humo con las tertulias post-5 de mayo. Pero me voy a atrever, como acabo de hacer en Facebook. Una cosa está clara: ha arrasado Ayuso. Y eso, aunque a muchos no les ha gustado, hay que decirles: es la democracia, amigos y amigas. Algunos han dicho que los madrileños y madrileñas se han equivocado y que les dan vergüenza los resultados. Y yo me pregunto: ¿se equivocan los votantes independentistas catalanes cuando sus partidos son mayoría? ¿Se equivocaron los andaluces votando durante casi cuarenta años a la izquierda? ¿Se equivocaron los españoles haciendo que partidos de izquierda gobiernen actualmente el país? La democracia es eso, cambiar votos y partidos según las necesidades, percepciones y resultados que ven los ciudadanos.

Espero alguna autocrítica por parte de PSOE y Podemos, que han perdido en todos sus feudos madrileños. No ha ganado Ayuso, ha perdido la izquierda, y por algo será. Los partidos socialistas europeos están casi todos desaparecidos porque no han sabido adaptarse a la nuevos tiempos. Espero que eso no le suceda al PSOE. A Iván Redondo, a Sánchez y a Tezanos tendrían que pedírsele responsabilidades. Al primero por diseñar una campaña nefasta, al segundo por dejarse convencer por un márketing artificial de despacho y al tercero por escribir la tontería de llamar tabernarios a los que votan al PP, además de manipular y equivocarse en las encuestas. Además, es incomprensible que un miembro del Comité Ejecutivo del PSOE sea nombrado presidente del CIS, un organismo que puede influir en la percepción de los ciudadanos sobre la situación real del país.

Pablo Iglesias y Podemos hace tiempo que se están equivocando. Demasiadas purgas internas, mucho amiguismo, mucha soberbia. Aunque no lo parezca, no han sabido conectar con los ciudadanos. Contradicciones aparte, que eso lo tienen todos los partidos, Podemos quiso en su momento dar el sorpasso al PSOE, pero no pudo o no supo. Y a partir de ahí, todo cuesta abajo. Que Vox haya ganado en votos y en escaños a Podemos parecía imposible, pero así ha sido. El caso de Andalucía es paradigmático y las mareas en Galicia también. Ha hecho bien Pablo Iglesias yéndose de la política, con mucha dignidad, por cierto (aunque algunos apuntan que Roures, el de Mediapro, ya le ha prometido un buen puesto y un mejor sueldo; veremos si es cierto o es otra mentira de la derecha; si fuera así, después de lo del chalet, acabaría con todo el prestigio de Pablo).

Ciudadanos ha desaparecido de la escena en Madrid y, al paso que va, desaparecerá también de España. Sigue el mismo camino que UPyD, del que ya casi nadie se acuerda. Lo que nació como un partido bisagra se convirtió en una muleta del PP. El desastre fue iniciado por Albert Rivera y continuado por Inés Arrimadas. El fiasco provocado por su pésima estrategia en Murcia y en Castilla León provocó el tsunami madrileño. Ayuso y el PP supongo que se lo agradecerán

El único partido que ha sabido conectar con la realidad madrileña (y espero que eso se traslade al resto de España) es Más Madrid. Dos buenos candidatos, Errejón y Mónica García, que han sabido fajarse con mucha dignidad con Ayuso y Monasterio. La izquierda tiene dos años para reflexionar y cambiar muchas cosas. Dejémonos de Redondos y de Tezanos y conectemos con los ciudadanos (perdonad el ripio, pero me ha salido así).

Breves -brevísimos en este caso- apuntes sobre los procesos electorales  (12): la anacrónica y analógica jornada de reflexión. | El derecho y el  revés

Efectos secundarios, Astrazeneca y otros medicamentos

En Europa, a fecha de 4 de abril, se ha informado de un total de 222 casos de trombosis entre 34 millones de vacunados con AstraZeneca, lo cual equivale a 1 caso de cada 150.000. Los países europeos, basándose en estos datos, han decidido paralizar esta vacuna y dejarla únicamente para los mayores de 60 años, cuando hace unas semanas solamente se ponía a los menores de esa edad. Incluso algunos países y alguna comunidad autónoma española decidieron paralizar la vacuna. Todo ello, en contra de la opinión de la Agencia Europea del Medicamento y de la mayor parte de los expertos, que no se cansan de decir que son mucho mayores las ventajas que los inconvenientes.

Ya sabemos que el método científico se basa en hechos comprobables, en el establecimiento de hipótesis y en la comprobación de que esas hipótesis se cumplen o no bajo determinadas condiciones y parámetros. Los políticos dicen que sus decisiones se corresponden con lo que les indican los expertos, pero, visto lo visto, eso es una mentira como una catedral. Los políticos, como casi siempre, se rigen por perspectivas de poder y electorales. Si no, no se entiende este empecinamiento en llevar la contraria al sentido común y a lo que aconsejan los que saben de virus, de bacterias, de epidemias y de remedios para luchar contra las enfermedades. Había que salvar la semana santa, el verano, las navidades y todo lo que suponga fiesta y jolgorio. La gente está muy cansada ya de estos vaivenes, de que no llegan las vacunas, de la insólita y absurda ley sobre las mascarillas, que el mismo día que se publicó ya se dio cuenta todo el mundo de que era una auténtica barbaridad, tener que llevar mascarilla en medio del campo o paseando por la playa. ¿A qué cabeza pensante se le ocurriría esa tontería? Pues a nuestros congresistas y senadores, que ganan un dineral para poner negro sobre blanco semejantes gilipolleces. Eso sí, la gente puede ir fumando por la calle y echarme el humo y todo lo que sea sin ningún tipo de problema, hablar a gritos en las terrazas sin mascarillas, acompañar a los equipos de fútbol a cientos, con gritos, cánticos, mariachis y bengalas sin que la policía intervenga. ¡Amos, anda! ¡Iros a tomar viento!

La paciencia de la gente está llegando a un límite que no sé dónde terminará. Ahora está lo de la vacuna rusa. Nuestra ínclita Ayuso, además de los alemanes, cuya opinión cada vez me merece menos respeto, están negociando la compra de esa vacuna saltándose todo lo acordado en Bruselas y lo que dice la EMA, que todavía no ha aprobado la utilización de esa vacuna (si esto lo llegan a hacer en Cataluña, ya estaríamos despotricando contra los independentistas, qué se creerán estos, que pueden hacer lo que les dé la gana, saltarse todas las leyes). Una de las zonas más ricas del planeta y va dando palos de ciego, sin nadie que ponga orden. Aunque viendo el papelón de la diplomacia europea en la visita a Turquía, con la señora Von der Leyen, presidenta de la Comisión, siendo humillada por Erdogan, mientras el Jefe del Consejo Europeo Charles Michel permanecía sentado sin hacer ni el menor gesto, denota bien a las claras en manos de quién estamos. Ni han sabido negociar con las farmacéuticas ni tienen criterios claros sobre cómo afrontar la pandemia. Mucho apoyarse en la EMA, mucho decir que sólo se pondrán aquellas vacunas apoyadas por esa Agencia, mucho vanagloriarse del rigor científico, pero en cuanto alguien dice «yo no me vacuno con Astrazeneca porque no es segura», todos al suelo. Y seguramente, valga la redundancia, esa misma persona se toma una aspirina, un nolotil, un ibuprofeno, un omeprazol o un primperán sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo. Pues veamos algunos efectos secundarios que pueden provocar estos medicamentos tan comunes, que los tomamos con frecuencia y que no se nos ocurre poner en cuestión:

Aspirina, su uso continuado se ha asociado a úlceras de entre 1 y 10 pacientes de cada 100 personas, y a daño cerebral súbito de entre 1 y 10 de cada 1.000. 

Nolotil, según su propio prospecto, puede provocar agranulocitosis en 1 de cada 10.000 personas. Es una disminución severa de los glóbulos blancos que puede producir la muerte debida a infecciones graves.

Omeprazol, que además de la ya mencionada agranulocitosis en una de cada diez mil personas que lo toman, puede provocar problemas graves de riñón en uno de cada mil pacientes.

Ibuprofeno, puede aumentar el riesgo de infarto, pérdida de audición, aumento de easinófilos y de sangrado, incremento de posibilidad de sufrir ictus isquémico, etc.

O sea, a esto apenas le damos importancia, los médicos los recetan sin problemas, nosotros tomamos estos medicamentos sin plantearnos sus posibles efectos secundarios, pero eso sí, tenemos mucho más miedo a una vacuna cuya estadística es infinitamente menos peligrosa que las mencionadas medicinas. Según los datos actuales, uno de cada 625 españoles ha muerto por coronavirus (si somos 47 millones de habitantes y han muerto cerca de 80 mil, sale esa cifra). El número de muertos por la vacuna de Astrazeneca es de unos 25, sin estar totalmente seguros de que sea la vacuna la causante real. O sea, la proporción es de una muerte por cada 1.350.000 vacunas. Creo que no hay color. En cuanto me llamen, me vacuno con Astrazeneca.

Medicinas con más efectos adversos que la vacuna de AstraZeneca - NIUS

Bandera blanca

“La única bandera pacífica es la blanca que se ondea al rendirse. Todas las demás se diseñaron para ir a la guerra detrás de ellas, para plantarlas en tierra conquistada. Salir con una bandera, sea cual sea, es un gesto intrínsecamente agresivo, incompatible con una voluntad de paz y convivencia.”

El Frente Nacional español. CTXT (30/09/2017). Sergio del Molino

Dirigentes de partidos políticos insultándose delante de las cámaras y en la Cámara sin ningún pudor ni vergüenza. Bandera blanca. Compra de voluntades, cambios de chaqueta sin ningún pudor ni vergüenza. Bandera blanca. Miles de muertos y millones de contagiados mientras gobierno y oposición, sin ningún pudor ni vergüenza, se echan a la cara los errores cometidos, como si alguien, digan algún ejemplo, por favor, supiera cómo se combate de manera eficaz la pandemia. Bandera blanca. No llegan las vacunas. Bandera blanca. Millones de parados, miles y miles de autónomos y empresas con el agua al cuello o ahogadas, miles y miles de personas en las colas del hambre, miles de inmigrantes llegando exhaustos a las costas europeas y miles también en el fondo del océano y miramos para otro lado. Bandera blanca.

Cataluña, Murcia, Cartagena, Madrid. Bandera Blanca. Dos bloques irreconciliables y en el medio, no, en el centro, millones y millones que asistimos, ausentes unos, indiferentes otros, indignados, desalentados, sorprendidos, cabreados, muy cabreados, enormemente cabreados, cagándonos en la leche, en mi negra estampa, en la puta de oros, en la madre que los parió, en sus muertos, en todo lo que se menea, en todo lo que verdeguea, la inmensa mayoría, pero ellos van a lo suyo, están en su jaula de cristal, hablan de dignidad y de traición pero no dejan de mirarse el ombligo. Bandera blanca.

Ni rojigualda, ni tricolor, ni senyera, ni cuatribarrada, ni ikurriña, ni verde y blanca, ni blanca y azul, ni roja. Bandera blanca, por favor.

Hace 20 años, por estas fechas, todo era muy diferente en el mundo y en España. Bush llegaba la Casa Blanca y le quedaban ocho años para llegar a ser uno de los peores presidentes de los Estados Unidos. Durante su primer mandato el caos se instaló como algo cotidiano en nuestro mundo. Los atentados del 11 de septiembre y después los de Madrid y Londres en el primer lustro del siglo XXI hacían temer lo peor, y los hechos dieron la razón: las guerras de Afganistán e Irak, la crisis hipotecaria estadounidense, la quiebra de Lehman Brothers y el inicio de la crisis económica y financiera mundial. Desde entonces, nada es igual. Veinte años que parecen veinte siglos. Hace veinte años nació la Wikipedia y no existían ni Facebook, ni Gmail, ni Twitter, ni WhatsApp, ni Instagram, ni Youtube, ni Tik Tok, ni Amazon, ni Netflix. Ahora no sabríamos cómo vivir sin ellos ni en qué emplear tantas horas, con las pocas horas que tiene el día. Imaginaos la pandemia y el confinamiento sin las redes sociales ni las plataformas de streaming; a pocos se le ocurre leer libros en su tiempo libre. Por todo ello, bandera blanca.

La bandera de la comprensión, de la tolerancia, del respeto, de la justicia, de la paz, pero ya se sabe que no hay paz para los malvados y, por desgracia, hay demasiados malvados que enarbolan otras banderas. Pero la bandera blanca también es la bandera de la insumisión, de los que no permanecen impasibles ante las injusticias, de los que se indignan con los indignos y sus indignidades, de los que luchan por la libertad, por la auténtica libertad con justicia y con igualdad. Menos mal que, aunque cada vez menos, todavía hay esperanza. Bandera blanca.

(Históricamente, la bandera blanca se asocia a rendición en tiempos de guerra ya desde la época de los romanos, como lo describe el historiador Tito Livio en el siglo I a.C. Más recientemente, se ha reconocido como un símbolo para iniciar un alto el fuego, un cese de hostilidades y el comienzo de un periodo de negociaciones en medio de la batalla. Durante nuestra guerra civil, los soldados agitaban banderas blancas en señal de tregua para recoger los cuerpos de sus compañeros heridos).

Hoy hay muchos heridos, muchas hostilidades, muchas batallas y muchas negociaciones que hacer. Bandera blanca, bandera blanca, bandera blanca.

bandera blanca - El dulce porvenir

¡Qué difícil es hacer buena política!

Supongo que la presión producida por la pandemia, la crisis económica asociada a ella, la fragmentación actual en el panorama político español, el juicio de «los papeles de Bárcenas», la cercanía de las elecciones catalanas y alguna que otra cosa más, provocan que los líderes políticos de nuestro país actúen de manera diferente a si la situación fuera más «normal». Aunque echando la vista atrás, creo que en España no se recuerda una década de normalidad o tranquilidad. Desde la caída del Imperio Romano, cuando todavía España no era un país, ya comenzaron las luchas internas y externas de los visigodos, la invasión musulmana y la denominada Reconquista, las guerras por el poder en los reinos hispanos… No voy a hacer aquí una relación detallada de nuestra historia, pero si analizo y profundizo un poco, no ha habido ni un solo siglo en el que no hayamos estado inmersos en guerras civiles, en guerras de conquista, en conflictos con turcos, franceses o ingleses, con Estados Unidos, guerras de sucesión, de independencia, atentados terroristas y asesinatos de primeros ministros, dictaduras… Parecía que con la llegada de la democracia íbamos a entrar en un período de tranquilidad, pero ETA y el Grapo así como intentos de golpe de estado como el de Tejero tampoco nos dejaban respirar. Después, con la llegada del PSOE al poder parecía que nuestra entrada en Europa y en la OTAN, el buen hacer del rey Juan Carlos, los Juegos Olímpicos de Barcelona o la EXPO’92 de Sevilla nos abrían al mundo y nos mostraban como un país moderno, preparado y alegre.

Pero entonces comenzaron a amontonarse los casos de corrupción: se destapó el caso Filesa por el que el PSOE fue condenado por financiación ilegal, la dimisión de Alfonso Guerra, ETA seguía matando y el País Vasco era un quebradero de cabeza. Llegó José María Aznar al poder en 1996 y otra vez parecía que todo se calmaba y que la economía española daba un tirón que nos ponía a la altura de otros países europeos. Entramos en el Euro pero ETA no dejaba de matar, apoyamos la guerra de Irak, sufrimos los atentados yihadistas de 2004 y Zapatero llegó al poder. La crisis económica de 2008, el 15M en 2011, la abdicación del rey Juan Carlos en 2014, los atentados yihadistas en Cataluña en 2017, la declaración unilateral de independencia de Cataluña en ese año…

Llegamos al año 2018 con la moción de censura a Mariano Rajoy y la llegada al poder por primera vez de Pedro Sánchez, ratificada más adelante en las elecciones generales de 2019, pactando con Podemos y gobernando en coalición los dos partidos de izquierda con apoyo de los partidos independentistas catalanes y el PNV vasco. He dejado muchas cosas, como es lógico, en el tintero, porque esto no quiere ser una lección de historia. Lo que quiero reflejar es que este país siempre ha vivido convulsionado. Algunos dirán que durante la dictadura de Franco hubo una relativa paz, pero claro, muy relativa porque eso fue así para los que ganaron la guerra porque para los otros fueron años de sufrimiento, de falta de libertades, de opresión. Y cuando se ha querido pasar página no ha sido posible, porque la Transición, como ya comenté en mi anterior entrada, no fue aceptada por los más extremistas dejando, además, muchas cosas sin cerrar bien. Pero eso es otro tema y daría para un debate mucho mayor.

Ahora quiero centrarme en lo que ocurre en la actualidad, a seis días de las elecciones catalanas. Resulta que cuando se convocaron en diciembre de 2020 para que se realizaran el 14 de febrero de 2021 algunos pensaron que quizás era demasiado precipitado celebrarlas en esa fecha dada la situación de pandemia. Pero la mayoría estaba de acuerdo que la situación catalana exigía que hubiera un gobierno que se dedicara a gestionar bien y no a estar continuamente enfrentándose con el Estado y dividiendo a los catalanes entre buenos y malos según apoyaran o no la independencia. Hubo un intento de aplazamiento mediante un decreto de la Generalitat pero el TSJC lo dejó sin efecto y las elecciones se celebrarán ese día, a no ser que ocurra un cambio radical en la evolución de la pandemia. Y en esa estamos, en plena campaña electoral, cada partido tirándole los trastos a los demás y todos contra Illa. Pero el que más daño está haciendo, siento decirlo porque es un personaje que no me cae mal a pesar de todas sus contradicciones, es Pablo Iglesias. Sus últimas intervenciones hablando de Cataluña, de los «exiliados», de los «presos políticos», de que «no hay una situación de plena normalidad política y democrática en España,  cuando los líderes de los dos partidos que gobiernan Cataluña, uno está en prisión y el otro en Bruselas» dejan, desde mi modesto punto de vista, mucho que desear y dejan en muy mal lugar al gobierno y a nuestro país, ese al que dice amar tanto. Hablar de exiliados y de presos políticos después de lo que ocurrió el 1 de octubre de 2017 con un referéndum ilegal y de la proclamación el 10 de octubre de la independencia de Cataluña, es una auténtica barbaridad. En ninguna democracia se hubiera permitido esto y seguramente los responsables hubieran sido condenados incluso con mayor severidad. Los independentistas catalanes ponen como ejemplo a Escocia y a Canadá, pero ellos saben aunque lo repiten hasta la saciedad, como seguramente lo sabe también Pablo Iglesias, que los casos son muy distintos, como se explica muy bien en este artículo: Cataluña, Escocia y Québec, sus diferencias.

No sé si Pablo Iglesias hace estas declaraciones por convencimiento o por tacticismo político, para diferenciarse de su socio en Madrid y contrincante en Cataluña, pero sea por lo que sea, un gobernante, y él lo es aunque le pese, debe ser leal a su país y al gobierno al que pertenece. Pero me temo que él va por libre, que antepone sus intereses personales y partidistas, sin medir bien (o midiéndolo perfectamente, quién sabe) sus palabras. No leo habitualmente lo que dice el Papa Francisco, pero suele dejar a veces frases para reflexionar. Así, dice que el «buen político es el que practica aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad”. Y habla de las graves anomalías que socaban el ideal de una democracia auténtica y ponen en peligro la paz social. Esto es, “la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la ´razón de Estado´, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio”. No creo que el Papa Francisco pensara en Puigdemónt cuando dijo estas palabras, ya que, precisamente el político catalán si por algo se caracterizó es por el incumplimiento de las normas y la negación del derecho.

Me temo que pocos políticos de nuestro país pueden presumir de seguir las recomendaciones de Francisco. Mejor dicho, pocos políticos en el mundo pueden hacerlo. Por eso es tan difícil ser un buen político. Esperemos que las elecciones catalanas no tengan que repetirse y que los que las ganen respeten la Constitución, que la pandemia finalice, que la economía mejore y que podamos vivir unos años de tranquilidad, que falta nos hace.

Resultado de imagen de pandemia y elecciones catalanas

Salvados no salva a Pablo Iglesias

Suelo ver el programa Salvados, de la Sexta, el lunes por la mañana, porque el domingo por la noche no me gusta esperar durante los minutos de publicidad y prefiero ver alguna película o serie en Netflix, donde no hay anuncios. La entrevista de Gonzo a Pablo Iglesias es muy buena e intensa, no deja prácticamente ningún tema de la política y de la actualidad española en el tintero y repite las preguntas una y otra vez si ve que Iglesias quiere salirse por la tangente: las relaciones con el presidente Sánchez, los acuerdos de gobierno, la factura de las eléctricas, los escraches, República y Monarquía, la diferencia entre estar en la oposición y en el gobierno y las dificultades para cumplir lo prometido, la pandemia…

La entrevista va por los cauces esperados: Gonzo es incisivo en las preguntas e Iglesias hábil con las respuestas, intentando llevar el juego a su terreno. La técnica es la de siempre: Gonzo pone ante el entrevistado imágenes y palabras dichas por éste cuando estaba en la oposición para que las comente. Iglesias nunca ve contradicción entre lo que decía antes y lo que hace y dice ahora, aunque a veces sus respuestas chirrían y le cuesta trabajo salir del apuro: por qué no se baja la electricidad, por qué son diferentes los escraches a unos políticos y a otros, por qué no se fiaba de Sánchez pero pacta con él, por qué está en el gobierno, pero en el Congreso su partido presenta propuestas diferentes, etc. Iglesias quiere mostrar tranquilidad, dominio de la situación, pero el periodista no ceja en su empeño. Jordi Évole tiene un excelente sustituto.

Hay varios momentos que me llaman la atención y que me enfadan. El primero, cuando compara e iguala el exilio de Puigdemónt con el exilio de los republicanos después de la guerra civil. Esa comparación es indigna de ti, Iglesias, y me decepcionas. Espero que haya algún comunicado al respecto de miembros o asociaciones de la Memoria Histórica. Comparar la democracia y los mecanismos que ésta tiene con la venganza y la persecución de la dictadura franquista es insultar nuestra inteligencia. Y para colmo, mete también en el mismo saco al rey emérito que, por cierto, todavía no ha sido juzgado ni condenado ni ha sido declarado en rebeldía ni prófugo.

Otro momento es cuando Iglesias dice que los políticos no deben meterse en el trabajo de los periodistas. Aquí Gonzo salta: «Dígaselo a alguno de su partido» (recuerdo el lema «la máquina del fango» contra PRISA, durante las primarias de 2016 o las críticas hacia periodistas vertidas por Iglesias y otros miembros de la formación morada a raíz del caso del excomisario José Manuel Villarejo y del de la exasesora de Podemos Dina Bousselham).

Y otro momento es cuando Gonzo le recuerda las palabras de Gabilondo diciendo que Podemos era injusto con la generación de la transición, ya que se hizo lo que se pudo y que cada generación se enfrenta con su presente. Aquí, Iglesias no se desdice de sus críticas y no contesta a este tema sino que hace un cambio a la remanguillé y se centra en lo que le dijo Gabilondo sobre que le iban a reventar cuando llegara al poder. Yo, que tuve la suerte de poder vivir aquellos momentos de la transición, aunque reconozco que sólo como mero espectador y con pequeñas escaramuzas corriendo delante de la policía, pero sin heroicidad alguna, a diferencia de otros que sí corrieron muchos riesgos, estoy de acuerdo con Sabina en la entrevista que se publicó en elDiario.es el 7 de enero de este año, Historia de una canción (De Purísima y Oro): «Los rencores de la Guerra Civil se superaron con la Transición y la Constitución del 78, aunque no definitivamente». «Ha vuelto esa historia de buenos y malos, de las dos Españas, y una crispación y un sectarismo que abomino absolutamente y que me tiene muy preocupado».

Lo siento, Iglesias, me has decepcionado. Estás cayendo en los mismos errores que criticabas: no reconoces los errores, quieres estar en el gobierno y en la oposición al mismo tiempo y te cuesta aceptar las críticas. Casi lo mismo que hace Sánchez, por cierto. De Casado prefiero no hablar.

Pablo Iglesias no se corta en 'Salvados' | El Correo

Trump y La Ola

En otoño de 1967 Ron Jones, un profesor de historia de un instituto de Palo Alto en California, en el Cubberley High School, no tuvo respuesta para la pregunta de uno de sus alumnos: ¿Cómo es posible que el pueblo alemán alegue ignorancia a la masacre del pueblo judío? ¿Cómo pudo el pueblo alemán alegar su ignorancia del genocidio judío? ¿Cómo podía la gente de las ciudades, los obreros, los profesores, los doctores, decir que no sabían nada de los campos de concentración y las matanzas? ¿Cómo gente que eran vecinos o incluso amigos de judíos podían decir que no estaban allí cuando sucedió todo? Al no poder explicar a sus alumnos por qué los ciudadanos alemanes (especialmente los no judíos) permitieron que el Partido Nazi exterminara a millones de judíos y otros llamados “indeseables”, decidió mostrárselo. Decidió hacer un experimento con sus alumnos: instituyó un régimen de extrema disciplina en su clase, restringiéndoles sus libertades y haciéndoles formar en unidad. El nombre de este movimiento fue The Third Wave.

Jones llamó al movimiento “La Tercera Ola”, debido a la noción popular de que la tercera de una serie de olas en el mar es siempre la más fuerte, y afirmó que sus miembros revolucionarían al mundo. Ante el asombro del profesor, los alumnos se entusiasmaron hasta tal punto que a los pocos días empezaron a espiarse unos a otros y a acosar a los que no querían unirse a su grupo. El experimento cobró vida propia, con alumnos de toda la escuela uniéndose a él. Jones se preocupó acerca del resultado del ejercicio y lo detuvo al quinto día haciendo ver a sus alumnos que el movimiento tenía un líder mundial: Adolf Hitler. Se rumoreó que hubo implicaciones, como el suicidio de uno de los alumnos, pero poco ha trascendido sobre el asunto.

En 1981, el escritor estadounidense Todd Strasser, bajo el pseudónimo Morton Rhue, narró esos hechos en su libro “The Wave”, La Ola, y en 2011 el director Dennis Gansel realizó una película con el mismo título, ubicando los hechos en Alemania en la época actual; un carismático profesor de instituto aborda en su clase la autocracia. Relacionándolo con el surgimiento de dictaduras, el fascismo y el nazismo, Wenger articula unas sesiones muy prácticas, en que presenta los elementos que explican su atractivo: espíritu de grupo, ideales comunes, ayuda mutua, uniformes y parafernalia exterior…

En apenas unos días, lo que comienza con una serie de ideas inocuas como la disciplina y el sentimiento de comunidad se va convirtiendo en un movimiento real: «La Ola». Los jóvenes se entusiasman, mejoran notablemente en autoestima e iniciativa, superan sus diferencias raciales y sociales, se implican en el diseño de lemas y logos, y hasta adoptan un uniforme común. Las críticas de varias alumnas al experimento —cuestionado también por otros profesores y por grupos anarquistas— llevan la situación mucho más allá de lo que nadie había imaginado. Al tercer día, los alumnos comienzan a aislarse y amenazarse entre sí. Cuando el conflicto finalmente rompe en violencia, el profesor decide no seguir con el experimento, pero para entonces es demasiado tarde, «La Ola» se ha descontrolado… No cuento el trágico final, por si no la habéis visto, pero podéis imaginarlo.

Viendo las imágenes del 6 de enero en el Capitolio, en Washington, me han venido a la cabeza las imágenes y el argumento de la película. Y me hago unas preguntas similares a las del alumno: ¿Cómo es posible que el pueblo norteamericano alegue ignorancia ante las barbaridades que dice Trump? ¿Cómo es posible que se crea, a pesar de todos los datos en contra, que las elecciones fueron un fraude? ¿Cómo es posible alegar ignorancia ante las consecuencias del COVID-19? ¿Cómo creerse las continuas mentiras, lo que ahora se denomina fake news, que continuamente emite su presidente? En época de Hitler, Goebels aprovechó la prensa y la radio para bombardear al pueblo alemán con continuas mentiras sobre los judíos. Ahora, Trump aprovecha Facebook y Twitter para hacer lo mismo, esta vez con mucho mayor delito ya que el pueblo norteamericano, como el de cualquier otro país democrático, tiene otras muchas herramientas para contrastar la información. Pero, al igual que ocurre casi siempre, las personas sólo creemos aquello que nos interesa y sólo acudimos a los medios de información que corroboran aquello que queremos creer. En esto se apoya Trump, que no es nada tonto y sabe cómo, a quién y qué debe transmitir. Sus mensajes durante cuatro años han provocado e incendiado a casi la mitad de los norteamericanos con discursos y mensajes que han ido calando en una sociedad cada vez más polarizada y, por desgracia, cada vez más violenta. Los casos de brutalidad policial contra los negros, aunque han existido siempre en Estados Unidos, se han agudizado durante la presidencia de Trump. El caso de George Floyd, con unas imágenes que han impactado por su brutalidad, se une al de otros muchos negros que han muerto por palizas o por disparos de la policía. Y el problema es que desde la Casa Blanca, no se han tomado las medidas ni se han condenado de una manera clara para que hechos de esa naturaleza no vuelvan a repetirse.

Pero lo que ya ha colmado el vaso ha sido el asalto al Capitolio, alentado un par de horas antes por unas palabras de Trump por las que merecería ser procesado, juzgado y, casi con toda seguridad, condenado. Comenzó por enumerar los supuestos fraudes electorales, arremetió contra los republicanos “patéticos” y “débiles” que no apoyaban su exigencia de detener la certificación de votos que se llevaría a cabo momentos después en el Congreso. «Increíble por lo que tenemos que pasar, y tener que hacer que tu gente luche. Si ellos no luchan, tenemos que eliminar a los que no luchan», arengó a sus seguidores. Expresó su desconfianza en que el vicepresidente Pence, que por su cargo dirigía la ceremonia en el Capitolio, hiciera algo por detener la certificación de votos: «Espero que defienda el bien de nuestra Constitución y el bien de nuestro país.

«Así que vamos a caminar por la avenida Pensilvania al Capitolio», siguió «Vamos a intentar darles a nuestros republicanos, a los débiles, porque los fuertes no necesitan nuestra ayuda, el tipo de amor propio y audacia que necesitan para recuperar nuestro país».

“Sé que todos los presentes pronto marcharán hacia el edificio del Capitolio para hacer oír sus voces de manera pacífica y patriótica. Hoy veremos si los republicanos se mantienen firmes a favor de la integridad de nuestras elecciones», añadió.

Unas horas después, el mundo pudo comprobar con asombro, cómo una turba de incontrolados tomaba por asalto el Congreso de la mayor democracia del planeta. Cinco muertos después, hoy ha salido Trump para desmarcarse de lo ocurrido, seguramente para evitar su procesamiento. Pero esas imágenes ya están grabadas en las retinas de millones de personas en todo el mundo. Como ocurre en La Ola, una vez que se inicia, se alienta y se premia un determinado comportamiento o unas determinadas ideas en personas con poco criterio o fáciles de manipular, después es muy difícil volverse atrás. El presidente Biden lo tiene muy complicado.

Asalto Capitolio | Manifestantes proTrump toman el edificio
Trump justifica el asalto al Capitolio y Twitter bloquea su cuenta

Atrapado en el tiempo. Y ahora, la Ley Celáa

¡Qué pereza! Esta exclamación, lanzada de vez en cuando por uno de los personajes de una conocida serie española, la repito varias veces al día últimamente. Cuando leo las noticias sobre el coronavirus, sobre las elecciones americanas, sobre las disputas en el seno del gobierno, sobre las negociaciones de los presupuestos, suspiro intentando rebajar la opresión que en el pecho tengo desde hace semanas y me digo ¡qué pereza! Otra vez lo mismo de ayer y de anteayer y de la semana pasada y del mes pasado.

No me entra bien el aire en los pulmones y tengo que tomarlo con fuerza y expulsarlo haciendo un esfuerzo. Inhalación, espiración, inhalación, espiración. Cierro los ojos e intento dejar la mente en blanco, me centro en los latidos del corazón y en la respiración. Inhalación, espiración, inhalación, espiración. Recuerdo la época en la que practicaba yoga y que me habituó a centrarme en la respiración, en el control de la mente. Era capaz de rebajar de manera notable el número de latidos del corazón. Tendré que volver a practicar yoga, porque los tiempos que vivimos requieren mucho control de las emociones para evitar salir a las terrazas o a la calle lanzando gritos desesperados de auxilio, de rabia, de frustración. Estamos cerca del colapso y parece que no hay nadie dispuesto a evitarlo. Si caigo yo, que caigan todos conmigo, parecen decirse unos y otros.

Si no teníamos bastante con los problemas mencionados, ahora añadimos otro que se viene repitiendo cada cinco o seis años: el debate sobre la reforma educativa, sobre cambiar la actual Ley de Educación. Somos el país europeo y seguramente mundial que más veces ha modificado sus leyes educativas. Cada vez que cambia un gobierno, cambia la ley, porque ya se sabe que el gobierno anterior no apeló al consenso y, claro, ahora hay que aprovechar que tengo la sartén por el mango, hago de mi capa un sayo y cambio la ley. Por cierto, es curiosa la importancia que en este país le damos a los ministros y ministras de educación, que últimamente suelen ser más conocidos porque las leyes educativas llevan su nombre: Ley Wert (LOMCE) y Ley Celáa (LOMLOE), sin ir más lejos.

Cuando me dedicaba a administrar mi antiguo blog (Blog de Orientación del IES Hermanos Machado) que, aunque parezca mentira y después de dos años que me despedí de él, sigue recibiendo visitas diariamente, escribí muchos artículos sobre el desánimo, la frustración, el desencanto o el enfado que producía este desbarajuste en los docentes que, se quiera o no, son los que tienen que llevar a cabo y poner en práctica lo que los políticos aprueban en las Cortes en materia educativa, aunque esos políticos se pasen por la piedra lo que propongan o protesten maestros y profesores de instituto. Uno de los últimos artículos que escribí se titulaba El imposible consenso sobre la educación. Si lo leéis, podréis comprobar que, punto por punto, se puede aplicar al actual momento. Si antes los obstáculos eran la religión, la educación para la ciudadanía, el apoyo a la enseñanza concertada o la inclusión del castellano como lengua vehicular, por ejemplo, ahora esos obstáculos son, precisamente, según los partidos de la oposición, la supresión del castellano como lengua vehicular, el menor peso de la religión y un supuesto ataque a la enseñanza concertada, entre otros cambios, lo que provoca el rechazo de dichos partidos.

He tenido la tentación de hacer una tabla comparativa entre las diferentes leyes educativas, ocho en cuarenta años contando esta última que se aprobará en poco tiempo (LOECE 1980, LODE 1985, LOGSE 1990, LOPEGCE 1995, LOCE 2002, LOE 2006, LOMCE 2013 y LOMLOE 2020) pero ¡qué pereza!, me he vuelto a repetir. Y, además, para qué, de qué serviría ese esfuerzo. Que lo hagan otros, como dijo más o menos el filósofo. Como veo los toros desde la barrera y estoy algo desentrenado, habrá seguramente muchos que lo harán en mi lugar. Cuando cambien las tornas, que cambiarán y si no, al tiempo, volveremos a la carga con este tema. Así que esta tarde, si puedo, veré la película Atrapado en el tiempo, para hacerme a la idea del eterno retorno en la política y en la educación. Nos volveremos a encontrar.

Forges on Twitter: "¿Leyes Educativas Consensuadas...? ¿Aquí ? ¡  Imposeibol..!.- #forges http://t.co/1KQkqp8Sie"

No lo entiendo

Los años no pasan en balde. Todos sabemos que a medida que transcurre el tiempo la mayor parte de los materiales van perdiendo flexibilidad y se vuelven más rígidos, llegando un punto en que pueden resquebrajarse y romperse. Los efectos de la erosión, la oxidación, la humedad, la temperatura, el envejecimiento de los materiales… Son muchos los factores que influyen en el deterioro de los cuerpos. A los humanos nos sucede lo mismo y en mucha mayor medida porque, lo queramos o no, somos mucho más frágiles. Si una bolsa de plástico puede permanecer varios cientos de años sin degradarse, nuestros cuerpos y mentes se estropean mucho antes.

Será por eso que mi deterioro físico y mental, propio de la edad provecta en la que ya me encuentro, y no me puedo quejar, provoca una rigidez e inflexibilidad en los huesos, en los músculos y, sobre todo en mi pensamiento que, seguramente, hace unos años no tenía. Ya hay muchas cosas que me resbalan, paso de ellas, me importan un bledo, carecen de importancia, cuando hasta hace unos pocos años me enervaban, y ahora me cuesta cada vez más cambiar de ideas, someterme a las ideas de los demás, entender determinadas actitudes y situaciones (sin embargo, dicen que los abuelos, a pesar de la edad, son mucho más permisivos con los nietos que lo fueron con sus hijos, pero como yo no tengo nietos no puedo opinar).

La presente situación de pandemia de virus y de ideas estrafalarias, de colapso económico y político, quizás haya sido el detonante de todo lo que me está ocurriendo. ¿Cómo soportar de manera estoica los debates del Estado de la Nación, las cifras de contagios y muertos por el Covid-19, los discursos inanes de Sánchez, Iglesias, Casado, Ayuso, Torra, Puigdemón o Abascal, el caso Dina, la Gürtel, la falta de empatía de los políticos con los ciudadanos, la soberbia de casi todos, la incapacidad de ponerse de acuerdo en una situación tan crítica, la ignorancia que flota en el aire, la escasa conciencia y el egoísmo de muchas personas que son incapaces de mantener una mínima disciplina…? Noto que cada vez me cuesta más ver y escuchar las noticias de radio y televisión, que ya no me enganchan los debates, que me estoy apartando de la actualidad y de la realidad y cada vez me refugio más en la ficción de novelas, poesía, música, arte en general. Me limito a ver los titulares de la prensa o de los noticiarios para no encerrarme del todo y conocer lo que pasa en nuestro país y en el mundo, pero de ahí no paso. Es tan decepcionante y desalentador ver y escuchar a los políticos, a los pretendidamente expertos virólogos, que apenas se ponen de acuerdo en unas pocas premisas, a los gurús y visionarios que pronostican catástrofes o remedios inmediatos pero que apenas aciertan, a los comunicadores que vociferan en las ondas, insultando a unos y halagando a otros, tergiversando torticeramente la realidad, que ya me he hartado. Pero antes de tirar la toalla definitivamente y confinarme en cuerpo y alma de manera voluntaria y no salir en mucho tiempo, quizás alguien me pueda ayudar y explicarme lo que me pasa y lo que está pasando. Pondré algunos ejemplos.

1. Es obligatorio andar por la calle con mascarilla. Pero cuando haces deporte y pasas junto a la gente o te sientas con un grupo de amigos en una terraza, te la puedes quitar. No lo entiendo.

2. En muchos lugares cierran parques y jardines pero permiten sentarse en lugares cerrados como restaurantes o cafeterías, aunque sea con distancia y medidas higiénicas. No lo entiendo.

3. Cierran perimetralmente ciudades pero permiten que las personas se muevan libremente dentro de ellas sin apenas restricciones. No lo entiendo.

4. Si viajas en metro, en tren, en avión o en Bla bla car apenas hay restricciones. No lo entiendo.

5. Cada vez entiendo menos a los políticos. Ayer dicen blanco y hoy dicen negro y no se les cae la cara de vergüenza. Son tantos los ejemplos que podrían llenar páginas y páginas. Si buscáis en las hemerotecas encontraréis mucha información y quizás alguna vez dedique un poco de tiempo a hacerlo. Esto no quiere decir que todos los políticos sean iguales. La mayor parte son honrados y trabajan por lo que ellos creen justo. Pero no prometas aquello que no puedas cumplir ni digas algo de lo que después te tengas que arrepentir. Por eso yo no me he hecho político y cada vez entiendo menos la política.

6. Apenas somos críticos con los partidos políticos a los que solemos votar y denostamos cualquier cosa de los adversarios. Somos como los radicales en el fútbol, con la diferencia de que el fútbol es juego y diversión y la política determina gran parte de nuestra vida diaria. No lo entiendo.

7. Sin haber educado ni haber responsabilizado antes a las personas ahora no se les puede pedir educación ni responsabilidad. Eso sí lo entiendo.

8. No entiendo que grupos de amigos o familiares se enfaden por culpa de la política. Si uno lee Patria, analiza lo que ocurre en Cataluña o lo que pasa en Madrid, se dará cuenta de cuántas amistades se han roto.

9. Acabo de terminar de leer El guardián entre el centeno. Lo había leído cuando era apenas un adolescente y no me gustó y ahora tampoco me gusta. No entiendo cómo ese libro es un icono para mucha gente y la crítica lo ponga por las nubes.

10. Hay programas de televisión tan deleznables que tendrían que ser eliminados ipso facto y sin anestesia. Que se emitan bodrios como Sálvame, First dates o La isla de las tentaciones, entre otros, es un síntoma de lo bajo que caen algunas cadenas y lo poco que les importa la salud mental de los teleespectadores. No entiendo que la fiscalía no actúe de oficio.

Podría seguir con muchos más ejemplos que no tienen nada que ver con la política ni con la pandemia y sí con la vida cotidiana de ciudadanos normales y corrientes, pero con esto me llega por hoy, y si alguien puede ayudarme a entender algo, ruego que me lo explique porque cada vez estoy más desorientado y perdido.

Fatigas

Piel de toro. En el enorme ruedo estamos todos. Somos muchos millones. La mayor parte de nosotros está charlando, mirando los móviles, escuchando la radio o viendo la televisión; una minoría lee el periódico y se dice que algunos también trabajan. En las gradas, a la sombra, unos pocos, la mayor parte hombres, aunque también se puede ver alguna mujer, asisten como espectadores y lanzan miradas aburridas al espectáculo que se presenta ante sus ojos. Visten ropas elegantes, zapatos caros y relojes y joyas de alta gama. Charlan entre ellos, ríen y, a veces, se separan del resto y susurran palabras ininteligibles que los demás no pueden escuchar.

Abajo, en el ruedo, que no está relleno de albero, sino de cemento, de campos cultivados y sin cultivar, montañas, ríos, desiertos, carreteras… hay unos miles de personas que visten trajes de luces. La mayoría están en el centro de la plaza y el resto se distribuye a todo lo largo y ancho en pueblos, ciudades y aldeas. A una señal de uno de los espectadores, un grupo de toreros se destaca del resto y, dirigiéndose a todos los ángulos, mueven lentamente la capa. Se nota que dominan el arte, que no es la primera vez que lo hacen. Muy quietos, el rostro impasible, serio, circunspecto, lanzan algún grito para que los millones de personas dejen de charlar o de hacer lo que quiera que hagan. Prestan atención al movimiento de las capas. Cada uno elige la que más le gusta y acude de manera hipnótica al engaño. Apenas prestan atención a las manos, a los gritos de los toreros, al cuerpo que se esconde a sus miradas. Solo esperan el momento oportuno para embestir, para golpear el trapo y destrozarlo. Cada vez avanzan con mas rapidez, con más furia. Parece que van a tocar, y finalmente lo hacen, la capa. Pero desconocen que alguien la está moviendo, que los está llevando a su terreno, que se envuelven en el engaño. Codiciosos, embisten una y otra vez, pero los toreros son muy profesionales y saben hurtar el peligro. En toda la piel de toro está ocurriendo lo mismo. Se han hecho muchos grupos. De vez en cuando, uno de los toreros es arrollado, pero rápidamente es sustituido por otro. En ese caso los espectadores parecen salir de su letargo y cuchichean entre ellos. Algunos aplauden y otros silban descontentos.

Ya sé, ya sé que es una metáfora muy burda, que ya os habéis dado cuenta de que estoy hablando de los ciudadanos, de los políticos, de los problemas que nos agobian, de los poderes fácticos. Los ciudadanos, por desgracia, somos muy fáciles de llevar al huerto. Nos presentan el engaño, problemas menores que se pueden despachar con facilidad y con buena voluntad, para desviar la atención de lo que realmente importa: la sanidad, la educación, la economía, la pandemia, en definitiva, el bienestar y la prosperidad de los españoles. Dilapidamos las energías, ahora que son tan necesarias, insultando, mintiendo, mirando para otro lado, metiendo la cabeza en el agujero o cerrando los ojos ante una realidad que nos está, esta vez sí, corneando con brutalidad. Pero no tenemos políticos de altura. Ya no se puede decir eso de que se pueden contar con los dedos de mi mano, a no ser que el que lo dice sea manco. O la cita bíblica sobre Sodoma y Gomorra: no se encuentran ni diez, ni cinco justos, por tanto, seremos destruidos si un milagro no lo impide.

Cada vez asisto con más estupor, unido a desengaño, decepción, cabreo y otras emociones negativas, al espectáculo bochornoso de políticos ineptos e ineficaces, de adláteres y corifeos que viven de ellos, de figuras televisivas y radiofónicas que son la voz de su amo, de presuntos especialistas tertulianos que se dedican a echar más leña al fuego. ¡Más madera!, gritaría Groucho Marx. No hace falta, nos bastamos y sobramos para inmolarnos, como ya hemos hecho demasiadas veces. Me temo que somos incorregibles.

Al sur de Despeñaperros la palabra fatiga no se suele emplear, aunque también, en el sentido de cansancio, de ahogo, de agotamiento. Cuando un andaluz dice “tengo fatiga”, puede significar, entre otras cosas, que le da apuro o reparo (me da fatiga pedirle ese favor), que tiene náuseas (he comido demasiado, me están entrando unas fatigas…) y también puede implicar pasar malos momentos (estoy pasando unas fatiguitas…). Hay más significados, pero con estos tres me llega.

Pues a mí que soy medio andaluz y medio gallego, me entran todo tipo de fatigas. Me dan náuseas, me da fatiga, ver las sesiones de control al gobierno, los insultos en las televisiones y en el Congreso, la falta de preparación y de decencia, la desfachatez con la que se dirigen a nosotros, creyendo que somos ignorantes o que todo nos da igual y que los seguiremos votando hagan lo que hagan (me temo que en esto no se equivocan demasiado).

También me fatiga, me cansa, me agota, además del lenguaje, cada vez más soez y barriobajero, este continuo sinvivir de noticias negativas. Apenas una pequeña anécdota, como una flor en el desierto, atisbamos de vez en cuando, pero seguimos instalados en un páramo de ideas, de hechos. La realidad se impone con toda su crudeza. Y según algunos, esto es sólo la punta del iceberg. Aviados estamos.

Y qué fatiguitas estoy pasando con esta maldita pandemia y con estos ineptos y descarados políticos. Quizás pretendan que nos desenganchemos, que sólo se queden aquellos incondicionales, como los radicales en el fútbol, para que puedan hacer y deshacer lo que les venga en gana. Aunque todavía no lo han conseguido, les falta poco. Últimamente sólo me interesa la familia, los amigos, la buena música, los libros, hacer deporte y algunas series de televisión. Pero a una de mis pasiones, la política, le puede pasar como a otra de mis aficiones de la que ya me he alejado, el fútbol. Sería una lástima, pero es así.

Dibujo Pase de capa. | Toros y toreros, Arte taurino, Galeria de arte