Paseo por el Camino Viejo del Cerro, en Aroche

20180424_185807Mi paseo comienza como siempre, aunque esta vez hay un pequeño cambio. Me he comprado una de esas pulseras de actividad que, conectadas con una aplicación del móvil, me informa de la distancia, las calorías quemadas y, gracias al GPS, del mapa del recorrido. Lo voy a probar por primera vez, así que desconozco su fiabilidad. La tarde está incierta, como las anteriores, con nubes altas pero amenazadoras. Hace un par de días cayó una tormenta como no había visto en años. Los relámpagos y los truenos se sucedían vertiginosamente y los cristales retumbaban como si una mano los golpeara. La verdad es que no me gustaría que la tormenta me pillara en medio del campo, entre árboles, pero como las últimas veces sucedió de madrugada, me arriesgo.

Hace algo de bochorno, pero no me fío por si la temperatura desciende bruscamente, que en las tardes de primavera a veces ocurre, así que, además, de la camiseta llevo una sudadera que me ato a la cintura. Empiezo el paseo a media tarde y, tras pasar por la fuente Nueva, las calles Puerta de Sevilla, San Mamés, Águila y Torre Alta, dejo atrás las últimas casas del pueblo. No hace ni diez minutos que estoy andando, siempre subiendo cuestas, y ya estoy sudando. Esta vez, cuando llego a la señal que indica Camino Viejo del Cerro, me detengo un momento y decido aventurarme por este sendero. Nadie me había hablado de él porque, según me informaron después, ha sido habilitado hace poco tiempo. Los primeros metros no me animan demasiado, ya que la cuesta descendente es muy abrupta, el suelo es irregular, lleno de piedras y muy estrecho. Tengo que ir con cuidado porque puedo pisar mal y torcerme el tobillo o resbalar y caerme. Estoy a punto de volverme y regresar, no me gusta tener que ir pendiente de los pasos que voy dando y no poder disfrutar del paisaje o de los sonidos. Por eso me detengo con frecuencia a contemplar lo que me rodea: matorrales, arbustos y árboles cuyo nombre desconozco crecen a orillas del camino, entre las piedras que apenas me dejan ver las dehesas de encinas y alcornoques y las pequeñas casas diseminadas de las fincas que rodean al pueblo. De vez en cuando hilos de agua cruzan el sendero y forman charcos que me obligan a hacer equilibrio y dar pequeños saltos.

Cuando llevo una media hora de paseo el terreno que piso cambia. Parece que ya ha terminado la cuesta descendente y el sendero se convierte en un camino algo más ancho. En lugar de tierra y piedras irregulares me encuentro una especie de calzada mucho mejor empedrada y, más adelante, subiendo ligeramente, tierra apelmazada y cubierta de hojas.

El paisaje, que apenas podía percibir porque me lo impedía la espesura de los matorrales también cambia. En lugar de pequeñas fincas ahora me encuentro con dehesas de encinas y algunos alcornoques crecen en medio del camino, como figuras solitarias que lo vigilaran.

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Después de unos centenares de metros de plácida caminata, comienzan otra vez las dificultades, pues además de que otra vez comienza la subida, agua, tierra y piedras se entremezclan y apenas permiten andar. Incluso un poco más adelante una gran piedra, como si hubiera sido puesta allí por un gigante para impedir el paso, ocupa prácticamente todo el ancho del camino.

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Durante todo el paseo, el canto de los pájaros y el sonido del agua me ha acompañado y ahora también el rebuzno de algunos burros que, al acercarme, se callan y me miran con curiosidad. Después de una subida bastante pronunciada desemboco en el camino del Mármol, mucho más ancho y con un terreno más uniforme y llano.

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Veo al pueblo a mi derecha y sigo sacando fotos con el móvil pues la estampa merece la pena: en primer lugar encinas y olivos parecen acunar al pueblo que se levanta sobre el cerro coronado por el castillo. También se aprecia el valle de la Ribera del Chanza, una dehesa de pastos y encinares y al fondo, la sierra, que no se ve con claridad pues la tarde está declinando y una pequeña neblina parece levantarse del valle, se recorta contra un cielo que ya no es azul sino grisáceo.

La altura del camino permite apreciar en todo su esplendor los montes y los bosques de encinas y alcornoques. De vez en cuando, a lo lejos, se divisa el caserío del Álamo y pequeños cortijos desperdigados. A lo largo del camino ya me voy encontrando con algún coche que regresa al pueblo, algún jinete que pasea tranquilamente, quizás preparando a su caballo para la romería que tendrá lugar dentro de un mes.

Un chalet se levanta frente al pueblo. Me gustan su situación y las vistas. Sentarse en el porche al atardecer, con una cerveza y escuchando solamente el canto de los grillos y de alguna lechuza tiene que ser envidiable.

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Ahora desemboco en la última parte del recorrido, en el camino de la Portilla. Se está cerrando el círculo pues Aroche está ya a menos de un kilómetro.

Ahora sí me encuentro con más personas que pasean como yo o que vuelven después de un día de trabajo. Entro en el pueblo por la carretera del cementerio, después de pasar por el colegio y por el restaurante Las Lajitas y, en lugar de seguir por la Corredera, me aventuro, como si no hubiera subido hoy cuestas suficientes, por calles que he pisado muy poco: calle Pan, calle Luna, calle José Guerra Galán. Tengo que detenerme al lado de tres mujeres que están sentadas a las puertas de sus casas y que charlan tranquilamente.

—¡Las cuestas de este pueblo…! —comento en voz alta. Ellas se ríen y me dicen:

—Es que los de ciudad no están acostumbrados. Llevamos muchos años cargando bolsas y subiendo y bajando por aquí. Lo habremos hecho miles de veces.

Me despido cuando la respiración se acompasa y el corazón late ya con normalidad.

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Continúo por la calle Senabra y, después de una hora y veinte minutos de camino, entro en casa. Compruebo lo que marca la aplicación y me informa de que he tardado una hora y veintiún minutos, he andado seis kilómetros y trescientos treinta metros y he quemado doscientas veinte calorías, que no me parecen muchas, pues estoy bastante cansado. No ha caído ni una gota y las nubes, que una hora antes parecía que podrían descargar algo de lluvia, casi han desaparecido. Mañana, si el tiempo no lo impide, otro paseo.

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Tarde de paseo por Aroche. El camino del Carmen

Después de unas semanas de lluvia que habían dejado el aire limpio y fresco, las piedras de las calles relucientes y la tierra encharcada, aquella mañana había amanecido con un sol radiante que mostraba el pueblo y el campo en todo su rotundo esplendor. El blanco parecía más blanco y el verde adquiría tonos esmeraldas y olivas que competían con el intenso color azul del cielo que se reflejaba en charcos y albercas. A diferencia de los días anteriores ni una sola nube se adivinaba en el horizonte. Una ligera brisa movía perezosamente las hojas del naranjo y del limonero de la huerta. Salí al porche y contemplé las casas de tejados a dos aguas, las terrazas, los balcones, el campanario de la iglesia, la torre de la cilla, el castillo y, al fondo, la sierra, recortando el horizonte con sus matices verdes y grisáceos.

La mañana había discurrido tranquilamente, bajar al sótano para subir unos troncos y unos palos para encender la chimenea, el desayuno en la sala mientras veía las noticias en la televisión y las comentaba con mi madre, las compras en el supermercado, el café en el casino, saludos a los conocidos. De vuelta a casa, y como me quedaba poco para terminar el libro que estaba leyendo, me sumergí en las últimas páginas y escuché a Paco Ibáñez en el equipo de música. Una cerveza y unos cacahuetes de aperitivo, una comida ligera, recoger la mesa, fregar los platos y una cabezada en el sillón, tapado con la ropa de la mesa camilla, pues dentro de la casa hace más frío que fuera, el ruido del televisor al fondo. Me desperecé de la breve siesta. Mi madre seguía durmiendo, la boca abierta y las gafas en la punta de la nariz. El fuego de la chimenea se había apagado pero la luz que, tamizada por la cortina, entraba por la ventana, me alejó el pensamiento de avivarlo. Me levanté sin hacer ruido y salí para coger las últimas naranjas del árbol. Algunas se habían caído esta noche y reposaban en el suelo. Me agaché a recogerlas, las limpié de la tierra que se había pegado a la piel y terminé de llenar una bolsa que rebosaba de frutos. Después recogí la ropa que mi madre había tendido fuera esta mañana, aprovechando que es el primer día sin lluvia y con sol después de mucho tiempo. Mi madre ya se había despertado y, saliendo en bata y con el pelo revuelto me preguntó que qué estaba haciendo, que cómo no la había avisado, que se aburre sin hacer nada. Le sonreí y le dije que volviera a entrar en casa, que todavía hacía frío, aunque hubiera salido el sol. Entró protestando y volvió a sentarse en la mesa camilla.

La tarde anterior había bajado hasta los Llanos de la Belleza, pasando al lado del cortijo y observando las nuevas plantaciones de árboles frutales y de arándanos que desde hace unos años han cambiado la fisonomía del campo, cubriéndolo de plástico. Todo sea por el trabajo y la riqueza que está proporcionando, pero el paisaje ha perdido encanto. Ya queda poco espacio sin cultivar y la agreste perfección de una llanura de hierba virgen que unos años antes sólo estaba salpicada por algunas ovejas ha desaparecido. Seguí andando por el camino de los Lobos hasta llegar a la Rivera del Chanza. En el cielo una bandada de buitres negros volaba alto haciendo círculos y un avión, mucho más arriba, dejaba una larga estela blanca. En el puente me detuve a contemplar la gran cantidad de agua que, gracias a las últimas lluvias, había limpiado y llenado el cauce. Seguramente habría habido alguna crecida los días anteriores porque ramas y pequeños troncos salpicaban la orilla. Me quedé un rato acodado en la baranda, esperando ver a la nutria que, según había escuchado unos días antes, solía acercarse. Pero no hubo suerte y regresé al pueblo sin subir, como hice la semana pasada, hasta el Cortijo de Los Lobos.

Esta tarde decidí cambiar de recorrido. Alrededor de las seis, después de ponerme ropa y calzado cómodo y de abrigarme bien, pues refresca mucho cuando se pone el sol, salí por la parte de atrás al callejón. El olivar del cercado en pendiente cuya sombra enfría las casas y que impide que el sol las caliente hasta bien entrada la tarde ha sembrado de hojitas el suelo húmedo. Debo tener cuidado para no resbalar. Llegué hasta la Fuente Nueva, saltando sobre el pequeño regato que sale de las piedras que sostienen los inclinados huertos y que se introduce por un aliviadero que lo llevará hasta el barranco de la Vica, saludé a Santito que, como siempre, está arreglando coches y al llegar a la altura del Salón Félix Lunar dejé la calle Puerta de Sevilla y giré a la izquierda subiendo por la empinada calle San Mamés. Apenas hay gente. Las cuestas del pueblo son para personas entrenadas pues la pendiente es continua y andar por las calles empedradas dificulta la caminata. Volví a girar a la izquierda, pasando por la calle Águila y la calle Senabra, dejando a mi derecha la Almena, la Torre de San Ginés. Una vez abandonadas las últimas casas del pueblo continué subiendo por un camino rural que hace unos años era de tierra y se embarraba con facilidad, pero lo han arreglado y ahora se puede andar mucho más cómodamente.

La pendiente se suavizó un poco. A un lado pequeños cercados de huertos, olivos, encinas y alcornoques en los que se ve, de vez en cuando, a alguien trabajando la tierra; a mi derecha, un desnivel abrupto que desciende hasta el ambulatorio, las casas que se levantaron donde se ubicaba el antiguo colegio y, poco más allá, el colegio nuevo. Sigo caminando sin prisa. Saludo a un hombre con un morral al hombro que me dice “amoallá”, vamos allá, un saludo habitual por estos lares, como si las personas adivinaran hacia donde uno se dirige. Me detengo ante un azulejo que han debido colocar hace poco y que informa de que estoy en el Camino Viejo del Cerro o Camino Antiguo del Hurón, un camino circular que enlaza con el Carril del Mármol. Me entra una duda porque justo al lado sale una estrecha senda muy inclinada y con piedras sueltas que no invita, precisamente, a adentrarse en ella. ¿Cuál será el Camino Viejo, el que estoy siguiendo o la pequeña senda? Ya se lo preguntaré a alguien.

Miro el reloj y son casi las seis y media. El sol todavía está bastante alto, aunque las sombras se han ido alargando y la temperatura ha descendido. El paisaje cambia un poco más adelante. El camino, que se había allanado durante unos cientos de metros, vuelve a subir y se bifurca. Un cartel indica que a la derecha hay un camino particular y ahí mismo, una finca con una piara de cerdos. Me acuerdo de la frase “dar de comer margaritas a los cerdos” y recojo algunas que crecen en los bordes de la finca. Dos o tres cochinillos se acercan curiosos y yo les tiro las margaritas, y aunque alguno hace ademán de comerlas, al final se da media vuelta y se aleja para seguir hozando en la tierra, rebuscando bellota entre las encinas.

El campo muestra la exuberancia que le proporciona el agua. Si yo entendiera de flora y fauna, si me hubiera criado en un pueblo, si mi padre no hubiera enfermado tan pronto, él que entendía tanto del campo y que me ayudaba a distinguir un roble de un castaño, un pino de un abeto o el canto de un mirlo del de un jilguero… Pero la enfermedad le atrapó demasiado pronto a él y demasiado niño a mí y le impidió acompañarme en los paseos por las corredoiras y por los bosques. En cuanto andaba unos metros se asfixiaba. Yo apenas tenía ocho años y ya no pude aprender con él. Casi todos los fines de semana íbamos a la aldea, a jugar con los primos y a corretear por el campo, pero él apenas podía seguirme y yo no tenía paciencia para andar a su ritmo. Por eso, cuando veo los árboles, las flores, los arbustos, los pájaros, sólo me queda acordarme de todo lo que he leído y escuchado. Sí reconozco las encinas, los olivos, los alcornoques, los pinos, los castaños, los naranjos…, pero poco más. Sé muchos nombres: quejigos, hayas, chopos, fresnos, álamos, alisos, pero no sabría distinguirlos. Y por el camino voy encontrando una gran variedad. Muchos de ellos nacen justo en el borde, sobrepasando las alambradas o los muros de piedra que, según me contaron hace tiempo, construyeron por aquí cuadrillas de gallegos, grandes expertos en levantar esos muros que separan unas leiras de otras, las fincas de los vecinos, los caminos de las tierras de labor.

El sendero ahora ya no está empedrado, sino que le han echado una capa de cemento. Donde antes las ovejas y las bestias caminaban sobre tierra y guijarros, ahora, seguramente para facilitar el paso de los coches, lo hacen sobre una superficie mucho más dura. El camino se bifurca y dos letreros me informan de que uno se llama “Camino del Merendero” y otro “Camino del Carmen”. Elijo este último. El camino sigue subiendo, pero la cuesta se hace más llevadera. A la derecha veo, a lo lejos, restos del mármol de la cantera. Poco más adelante sonrío al ver un muñeco con la cabeza de goma y el cuerpo de trapo colocado boja abajo sobre una alambrada, observando el paso de los caminantes. Durante una decena de metros se ven las marcas del paso de un rebaño que pasaría sobre el cemento cuando la argamasa estaría todavía fresca. Se van sucediendo fincas y dehesas con cerdos, cabras, ovejas, perros que me ladran al pasar o que se acercan curiosos y moviendo la cola. Ahora la vereda vuelve a ser de tierra y los charcos y los hilos de agua que corren al lado me acompañan con su sonido y se suman al canto de los pájaros, ¿serán jilgueros, pinzones, petirrojos, herrerillos…?

Sin darme cuenta el sol ha descendido mucho y mi sombra se ha alargado. La luz se tamiza entre las hojas de los árboles, que en algunos momentos se cierran sobre mi cabeza. Son cerca de las siete, casi una hora de marcha y decido dar la vuelta pues no quiero andar de noche por lugares que no conozco demasiado bien. En otra ocasión tendré que salir más temprano o hacerlo cuando la primavera esté más avanzada y las tardes sean más largas y cálidas. Varios coches me adelantan y tengo que apartarme pues el camino es estrecho. Los paisanos, que seguramente habrán estado trabajando durante todo el día en sus campos, regresan al pueblo. Uno se detiene un momento para preguntarme si me quiero subir con él al coche, que me acerca hasta donde yo quiera. Se lo agradezco, pero le contesto que prefiero ir caminando, que han sido muchos días encerrado en casa por la lluvia y que me apetece andar, que la tarde es perfecta para hacerlo. Me saluda y se aleja.

El sol se pone entre los cerros y diviso las primeras casas del pueblo. Hago una última foto con el teléfono móvil, aprovechando el contraluz, y me adentro en las calles silbando el pasodoble de Aroche.

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Un domingo por la mañana

Este domingo por la mañana me levanté temprano, antes de las 8. En otros tiempos eso era levantarse tarde, muy tarde, diría yo. Nunca me gustó quedarme remoloneando en la cama los fines de semana; lo máximo que me permitía era escuchar el transistor, pegado a la oreja para no despertar a mi mujer, y escuchar las noticias o las tertulias. Pero aguantaba poco porque me parecía una pérdida de tiempo. Aprovechaba que no había tráfico, que las calles estaban solitarias y silenciosas y salía a correr o a andar. Me gustaba el fresco de la mañana, los escasos paseantes o los locos que, como yo, salíamos a hacer deporte. Alguna anciana también salía temprano para ir a misa y algún perro sacaba a pasear a su amo. Cuando regresaba a casa, mis hijos seguían acostados y yo podía ducharme y desayunar tranquilamente, charlando con Carmen o viendo la televisión. Planeábamos lo que íbamos a hacer durante el día, aunque casi siempre a ella le tocaba hacer de comer y a mí hacer las camas y limpiar un poco el piso, ya que durante la semana no teníamos tiempo. Desde que me jubilé, las cosas han cambiado. Puede ser la edad, que la perspectiva es otra, que el cuerpo ya no aguanta lo que aguantaba, pero las cosas han cambiado, sí. Ahora ya no me impongo obligaciones (levantarse temprano, correr o andar tantos kilómetros a la semana, leer tantos libros al mes), ya no estoy pendiente de esa tiranía, quiero disfrutar de la posibilidad de olvidarme del reloj, de no agobiarme con metas u objetivos que, mirándolo bien, no tienen demasiado sentido.

Ya no salgo a correr en invierno por la mañana, ni cuando hace mucho frío, o llueve, o hace mucho calor. Ni cuando no me apetece. Antes era otra cosa. Me obligaba a entrenarme cinco o seis veces por semana, hiciera el tiempo que hiciera o estuviera de viaje. Me llevaba la equipación deportiva a todas partes. Porque tenía que mantener o rebajar mis marcas. Llegué a correr la maratón de Sevilla en 3 horas y 11 minutos, es decir, a 4,30 el kilómetro, un tiempo que ahora se me antoja inalcanzable. Quería bajar de las 3 horas al año siguiente, pero una inoportuna lesión, un esguince en el tobillo a unas pocas semanas de la carrera, me lo impidieron. Y a partir de entonces todo cambió. Por querer volver al entrenamiento demasiado rápido, esa lesión no se me curó y ahora, treinta años después, padezco un esguince crónico de tobillo. Siempre corro con dolor y con tobillera, me he acostumbrado al doloroso pinchazo que siento cuando me levanto o cuando hago demasiado ejercicio. Hay días que se hace casi insoportable y tengo que cojear. Pero no me importa, sigo corriendo porque el placer es demasiado intenso. Estoy seguro de que la mayor parte de las personas no lo entenderán, pero también estoy seguro de que aquellos que hacen deporte habitualmente sí lo comprenden. Entreno sólo dos o tres veces en semana porque si fuerzo más, el tobillo, las rodillas y casi todas las articulaciones empiezan a protestar. Recuerdo lo que me dijo un compañero hace años: la mayor parte de los corredores de maratón terminan con las articulaciones hechas polvo. En mi caso, casi se ha cumplido. Pero sigo corriendo, participando en la carrera nocturna del Guadalquivir y en las carreras populares que organiza el ayuntamiento.

Así que ayer me levanté temprano, hice mis abluciones matinales, tomé algo de fruta y comencé el ritual. Me vestí con la ropa de deporte que había preparado la noche anterior: pantalón corto, una camiseta de manga larga y otra de manga corta, la que me habían entregado con la bolsa del corredor unos días antes, encima. Hice un poco de estiramiento y calentamiento de músculos y me puse una sudadera y un pantalón de chándal. Salí a la terraza que da a la avenida y comprobé que hacía frío y amenazaba lluvia, así que no me arriesgué, como otras veces, a ir trotando hasta la salida de la carrera para terminar de calentar, ya que eran casi tres kilómetros y después quedaba el regreso hasta casa. Si le daba por llover podía coger una buena pulmonía. Tomé las llaves del coche y el dorsal con unos imperdibles, me puse un chubasquero y salí de casa sin hacer ruido. Nadie se había levantado para despedirme.

En la calle había poca gente y menos coches, por lo que tardé poco tiempo en llegar. Lo peor fue encontrar aparcamiento pues lo mismo que pensé yo lo pensaron también los miles de corredores que ya estaban correteando por allí. Después de varias vueltas aparqué a casi un kilómetro de la salida. Así que me quité la sudadera, el pantalón de chándal, me puse el dorsal que, indefectiblemente me queda torcido, guardé la ropa en el maletero, lo cerré y guardé la llave en una muñequera que tengo para estos casos. Como todavía quedaba una media hora, me fui acercando poco a poco a la línea de salida, andando y corriendo, parándome para hacer estiramientos y flexiones y comprobando que cada vez hay más locos como yo que se levantan temprano un domingo por la mañana para castigar el cuerpo. No tenemos remedio pero somos felices así.

Cuando llegué aquello parecía una romería, pero cambiando los trajes de gitana y la música rociera o similar por los pantalones cortos y las camisetas y música estridente. Según parece, los organizadores deben animar al personal poniendo música a todo trapo, con lo que en lugar de calentar músculo se calientan y ensordecen los tímpanos. Y otra costumbre: todo el mundo lleva ya sus móviles y se dedica, nos dedicamos, a hacer fotos y selfies por un tubo. Véase el ejemplo, donde se puede contemplar al que esto escribe y a un simpático compañero de fatigas, al que no conozco, pero que muestra su optimismo y ganas de correr haciendo el doble signo de la victoria. No se imaginaba que al poco de salir lo sobrepasé con un adelantamiento por la derecha y no lo volví a ver en toda la carrera.

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Unos minutos antes de la hora de partir comenzó a chispear. Me temía lo peor, pero sólo fue un pequeño susto porque después no cayó ni una gota y la temperatura fue la ideal para correr. Como siempre ocurre en estas carreras, como no te pongas delante pierdes casi un minuto hasta que realmente cruzas la línea de salida. Por eso yo no suelo poner el cronómetro en marcha hasta que no la sobrepaso y también por eso nunca coincide el tiempo que marca la organización y el que mido yo. En este caso sólo hay treinta segundos de diferencia: 52’50” de la organización y 52’20” lo que marcaba mi reloj.

Reconozco que no estoy en mi mejor forma, que ya me cuesta mantener un ritmo alto y constante, que me duele cada vez más el tobillo y ahora comienzo también con la rodilla derecha. Pero nada de eso importa. Mientras uno está corriendo se olvida de todo, sólo está atento a las señales del cuerpo: ahora vas a buen ritmo, puedes incrementarlo o, por el contrario, vas demasiado deprisa y vas a terminar reventado. Como ya son muchos años de experiencia, reconozco todos los signos y terminé la carrera sin problemas. Todavía puedo aguantar sin demasiado sufrimiento diez kilómetros, como se puede ver en la siguiente foto, al poco de entrar en la meta. La cara un poco más colorada y sudando, pero bien.

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Y por la tarde, un paseo andando de casi seis kilómetros con Carmen para intentar ver los pasos en las iglesias. Se acerca la Semana Santa y es otra tradición que no queremos perder. Imposible hacerlo un domingo, las colas eran interminables y sólo pudimos entrar en la Anunciación a ver la hermandad del Valle.

Hoy me levanté cojeando y con el tobillo hinchado. Qué se le va a hacer.

La pasión del ajedrez

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Parece mentira que un juego en el que dos personas se sientan una frente a otra durante minutos, horas o incluso días, mirando fijamente un tablero y unas piezas blancas y negras que representan a reyes, reinas, torres, caballeros, caballos y soldados, pueda llegar a apasionar. Pues amigos, eso me ha sucedido a mí y a millones de personas en todo el mundo y durante siglos. No hace falta ser un gran maestro ni siquiera un aficionado aventajado para, una vez aprendidos los principios básicos y jugado y analizado algunas partidas, llegar a comprender la enorme belleza que encierra este juego. Dicen que es un deporte y puedo dar fe que tras una partida intensa uno queda física y mentalmente agotado, sobre todo si se pierde, porque la derrota en ajedrez a muchos jugadores le supone perder la autoestima, la confianza en uno mismo. No es mi caso, porque siempre he sabido reconocer mis limitaciones y la superioridad del contrario sin complejos.

No recuerdo cuándo aprendí a jugar ni quién me enseñó. Tuvo que ser bastante tarde. En mi familia no había nadie que fuera aficionado. Sí recuerdo que cuando estudiaba bachillerato jugué bastantes partidas con un compañero de instituto. A ninguno nos gustaba el fútbol, sobre todo porque éramos muy malos y nadie nos quería para su equipo así que, en lugar de dedicarnos a dar patadas a un balón durante el recreo, nos íbamos alguna vez a la biblioteca y allí jugábamos alguna partida de ajedrez. Como muchas veces no daba tiempo a terminar la partida y no sabíamos todavía la notación que se utiliza para apuntar las jugadas, dibujábamos un tablero en una hoja de papel y escribíamos las piezas con la inicial: Ab era alfil blanco, pn era peón negro, Db era dama blanca y así. Al día siguiente colocábamos las piezas según el dibujo y seguíamos la partida.

Cuando comencé a estudiar magisterio la cosa cambió. Me hice amigo de José Antonio González Coto, al que también le gustaba el ajedrez y empezamos a jugar un poco más en serio. Había una cafetería en la Plaza de Pontevedra de Coruña, el Café Unión, donde muchas tardes de sábado y domingo primero nos limitábamos a contemplar las partidas que jugaban los mejores ajedrecistas de la ciudad, que formaban parte, muchos de ellos, de clubes de ajedrez y que participaban en campeonatos, incluso a nivel nacional. Recuerdo, sobre todo, a Domingo Merino, que fue varias veces campeón de Galicia, medalla de bronce a nivel nacional y primer alcalde democrático de Coruña. También jugaban allí Venancio Carro, los hermanos Prada (Emiliano y Fernando), Álvaro Santiso… Llegué a codearme con ellos y a ganarles alguna partida (nunca pude hacerlo con Merino ni con los hermanos Prada), y finalmente Coto y yo, animados por Santiso, nos introdujimos en los campeonatos de ajedrez apuntándonos al club Sagrada Familia. Todavía conservo muchas de las partidas que jugué en aquella época y, analizándolas desde la distancia, reconozco que tenían un cierto nivel. Le dedicábamos horas y horas, disfrutando con los problemas, con los finales, con las aperturas. Formábamos un grupo alegre, que se tomaba el ajedrez como un juego competitivo pero sin que asomara ni una pizca de rencor cuando perdíamos ni soberbia cuando ganábamos. Yo sabía que nunca llegaría a ser un gran jugador, pero los retos que propone el ajedrez eran un estímulo que me gustaba.

Durante un par de años jugamos campeonatos de club e individuales, pero el servicio militar y mi destino como maestro en Camariñas, donde no encontré a nadie que jugara al ajedrez, me alejaron del juego y de mis antiguos compañeros. Seguía jugando, pero ya sin la dedicación ni el interés anterior. Después me vine a Andalucía y aquí fui perdiendo la preparación que había llegado a alcanzar, pero lo que nunca perdí fue la afición. Tuve la suerte, además, de poder asistir al duelo que protagonizaron en Sevilla Kárpov y Kaspárov por el campeonato del mundo de ajedrez. Fue un duelo apasionante y siempre recordaré a Kaspárov acompañado por su madre y su gesto antideportivo ante un error de Kárpov.

Ahora me dedico a jugar en Internet. Hay muchas páginas en las que se puede participar en torneos, entrenar alguna apertura, resolver problemas. Es la ventaja de la informática, de la www.

Para terminar, dos enlaces. En el primero se recogen las que, para algunos, son las diez mejores partidas de ajedrez de la historia. Sobre esto hay muchas opiniones, como sobre los mejores libros, las mejores películas, etc.  El segundo enlace es la sección de ajedrez de El País digital, que recomiendo.

Las diez mejores partidas de ajedrez de la historia

Sección de ajedrez de El País.com

¿Correr es de cobardes?

“Yo no corro míster, porque correr es de cobardes”, es una frase mítica del jugador bético Rogelio dirigida a su entrenador Iriondo en los años 70, cuando éste, en un entrenamiento, le pidió que corriera más. Es una de las frases que muchos sedentarios, los que suelen ver los toros desde la barrera y cuyo único deporte suele consistir en levantar el brazo para llevarse la cerveza a la boca o acercarse a comprar el pan a Polvillo, acostumbran a decir cuando ven a algún amigo, compañero o vecino en pantalón corto y camiseta corriendo por calles y parques. A mí me lo dijeron muchas veces, sobre todo cuando empecé a correr a comienzos de los 80, porque no había demasiados corredores (runners se dice ahora) ni tantos gimnasios como hay hoy en día. Ahora ya no tiene ningún mérito participar en carreras populares, apuntarse a un gimnasio para machacarse, ponerse un chándal para andar algunos kilómetros…

Corría el año 1980 cuando… No, espera, no puedo empezar así porque a continuación voy a decir que a finales de agosto llegué a Sevilla y comencé a correr en el mes de septiembre, por lo que voy a caer en una repetición del verbo correr que no va a ser, precisamente, una figura literaria. Aunque, pensándolo bien, si añado unas frases más quizás no quede tan mal. Veamos:

“Corría el año 1980, concretamente finales de agosto, cuando llegué a Sevilla procedente de la verde Galicia, de la alegre Coruña, ciudad en la que nadie es forastero. Después de pasar un par de noches en un hostal cuyo nombre prefiero no recordar, me instalé en el piso que fue mi vivienda durante dieciséis años. No contaré ahora las vicisitudes y los hechos que sucedieron en las siguientes semanas, eso lo dejaré para mejor ocasión. Lo que sí puedo asegurar es que los primeros meses fueron digamos que algo deprimentes, pues vivir solo, en un piso prácticamente sin muebles, sin teléfono, con una cama plegable, una mesa, cuatro sillas y una pequeña cocina de camping gas (hasta que pusieron los muebles de cocina habría de pasar casi un semestre), fue una experiencia, cómo podríamos decir sin caer en la exageración, indescriptible. Menos mal que los fines de semana podía ver a Carmen, que en aquella época trabajaba en Aroche, y las penas desaparecían. Pero las semanas se hacían interminables. Así que dedicaba mi tiempo libre a preparar clases, corregir y, aquí entramos ya en el núcleo de la cuestión, a correr. Pero eran carreras sin técnica, sin material adecuado, sin planificar. Diez o quince minutos diarios, como mucho. Así pasó el tiempo. Abreviando, que es gerundio. Me casé, tuve mi primera hija, Carmen también, y en el año 1985 se celebró la primera maratón de Sevilla. Unos meses antes me había planteado la posibilidad de correrla, pero cuando hice un test e intenté correr una hora, casi me muero. Así que sólo pude asistir como espectador y eso fue lo que provocó en mí un deseo profundo de correr la maratón al año siguiente. Me emocionaba y asombraba al mismo tiempo la capacidad de sufrimiento de personas mucho mayores que yo, casi ancianos, hombres y mujeres, que pasaban delante de mí, unos corriendo y otros andando, con cara de sufrimiento, pero sin abandonar. Yo todavía no había cumplido treinta años y me avergonzaba de no haber sido capaz de intentarlo.

Así que me compré una pequeña equipación en la que sobresalían unas zapatillas Joma, un libro que creo recordar que se titulaba ¡Vamos a correr!, que he buscado en casa y no lo encuentro y poco a poco fui incrementando las distancias y mejorando el tiempo. Pero lo que más me ayudó fue la coincidencia con otros corredores que también estaban preparando la maratón y formamos un grupo de unas seis o siete personas que, aunque animosas, no teníamos grandes dotes atléticas”.

Como habéis podido comprobar, he evitado la reiteración pero creo que he metido un buen rollo. No quiero extenderme demasiado, por lo que iré al grano. Corrí cuatro maratones seguidas, rebajando considerablemente el tiempo de las anteriores, hasta llegar al año 1989, en que me había propuesto bajar de las tres horas. Hacía un par de meses que había corrido la media maratón Sevilla-Los Palacios en una hora y veinticinco minutos, es decir, a poco más de cuatro minutos el kilómetro. Pasé por el punto intermedio de la maratón en una hora y veintisiete minutos, un tiempo excelente y que me hacía pensar en que sí iba a ser capaz de lograr bajar de las tres horas, pero un pinchazo en la pierna derecha en el kilómetro treinta y uno me obligó a bajar mucho el ritmo y terminé la carrera en tres horas y once minutos. A partir de esa carrera ya nada fue igual. Yo estaba a punto de cumplir treinta y cuatro años, una edad muy buena para correr muchas maratones más, pero comenzaron las lesiones, los dolores articulares, la falta de tiempo porque nació mi hijo Santiago y con dos hijos pequeños era complicado compaginar trabajo, cuidado de hijos, entrenamientos largos, etc. Continué participando en carreras populares de diez o doce klómetros (sigo corriendo habitualmente la carrera nocturna del Guadalquivir a finales de septiembre), salgo a correr un par de veces a la semana durante una hora u hora y cuarto, es decir, me mantengo porque una vez que uno se acostumbra al placer que provocan las endorfinas cuando se corre y la felicidad que proporcionan, ya no se puede prescindir de esa droga.

No, correr no es de cobardes, sino de personas que buscan la felicidad, el placer de dominar el propio cuerpo, estar en contacto con la naturaleza, el orgullo de alcanzar un objetivo o encontrar la solidaridad de personas que corren contigo y que te animan, que se paran para ayudarte… No es necesario machacarse, correr al límite, agotarse física y mentalmente. Pero hay un término medio entre eso y ser un sedentario.

Si el próximo domingo diecinueve de febrero estáis en Sevilla, no dudéis en salir a las calles y animar a los que dedican parte de su tiempo libre a entrenarse y correr la maratón. Os puedo asegurar, por propia experiencia, que ver a la gente animando y aplaudiendo al paso de los corredores hace que el esfuerzo sea mucho más llevadero. Yo ya no corro la maratón, pero nunca me pierdo esta cita.

Maratón de Sevilla. 19 de febrero de 2017

Y a continuación un recuerdo de mis participaciones.

Maratón de Sevilla. Año 1986

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Maratón de Sevilla. Año 1987

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Maratón de Sevilla. Año 1988

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Maratón de Sevilla. Año 1989

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Media Maratón Sevilla-Los Palacios. Diciembre de 1988

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