En tierra de nadie

(Texto escrito inicialmente en el Blog de Orientación del IES Hermanos Machado, que también administro)

En tierra de nadie

En tierra de nadie

El lenguaje, palabras, vocales y consonantes reunidas para configurar el pensamiento, para describir la realidad, el mundo que nos rodea y el que transita por nuestro interior. Es nuestro bien más preciado, el que deberíamos cuidar con mimo y defenderlo contra todos aquellos que intentan manipularlo y envenenarlo, que pretenden recortar y que pierda su sentido, su valor. En demasiadas ocasiones el lenguaje ya no sirve para confrontar ideas, para comunicarnos, para apreciar y expresar la belleza, sino para degradar y destruir el pensamiento, para desalentar a aquellos que luchan cotidianamente para difundir valores, conocimientos, emociones.

El significado de palabras tan hermosas como libertad, igualdad, compromiso, justicia, honestidad o dignidad, entre otras muchas, se ha desvirtuado, ha perdido su relación con su significante cuando aquellos que tienen que dar ejemplo, sean los políticos, los intelectuales, los comunicadores o los jueces han preferido defender sus intereses, los intereses de los poderosos, antes que defender la integridad de las ideas, el bienestar de los ciudadanos o el desarrollo de la sociedad.

Ángela María Ramos Nieto, escritora y profesora de Lengua Castellana y Literatura en un instituto de Sevilla, escribió hace cinco años un magnífico artículo titulado En tierra de nadie, publicado en INED21 en el que expresaba el desasosiego, el desaliento de levantarse cada mañana con la sensación de vivir en tierra de nadie, de no comprender el mundo que la rodeaba, un mundo que era imposible explicar a sus alumnos, que no entendían muchos de los conceptos que ella intentaba comunicar pues todo lo que veían y escuchaban era incompatible con el significado que ella pretendía darles. Después de todos esos años el artículo sigue manteniendo en la actualidad, por desgracia, toda su vigencia. Podéis leerlo completo pinchando en el enlace.

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La educación actual, a juicio

Aunque todos los que nos dedicamos a la educación lo sabemos, la profesión docente es una de las más difíciles de ejercer. Son tantos y tan complejos los factores que intervienen que es prácticamente imposible controlarlos todos. Incluso partiendo de una excelente preparación del profesorado y de unas condiciones materiales adecuadas, sigue siendo una tarea extremadamente difícil y de una enorme responsabilidad, y más si tenemos en cuenta la época que nos ha tocado vivir, en la que apenas se encuentran faros o balizas claras y nítidas que señalen la ruta, ya que son demasiadas y, a veces, esconden oscuros intereses (por ejemplo, intereses políticos, editoriales…). Y tampoco se encuentran caminos anchos y bien asfaltados por los que sea cómodo caminar, pues están sembrados de numerosos obstáculos, baches y trampas. Estos caminos tendrían que ser construidos por las administraciones educativas pero, ya veremos más adelante, que en lugar de carreteras o autopistas, construyen caminos de cabras o destruyen los que estaban ya bien hechos

Si empezamos por la preparación del profesorado, son numerosas las voces autorizadas que, desde hace décadas, claman en el desierto por la escasa formación didáctica, metodológica y práctica que se imparte en las facultades de educación. Hay excesivos contenidos teóricos que después tienen poca o nula aplicación en las aulas. Y eso con los maestros de primaria, porque con los futuros profesores de secundaria, bachillerato y formación profesional el panorama es todavía peor. En la actualidad, los másteres de educación secundaria (MAES) se limitan a introducir, de manera burda y poco elaborada, algunos contenidos didácticos que sólo pretenden cubrir el expediente. La universidad todavía está muy lejos de poder implantar un protocolo y una estrategia capaz de conectar al futuro profesorado con la vida real de los centros educativos. Únicamente la experiencia, años de trabajo en colegios e institutos, el apoyo y la ayuda de los compañeros y de la dirección, y el esfuerzo y la dedicación personal, son las herramientas que sustituyen a la formación inicial del profesorado. Tampoco ayudan mucho, la verdad, los centros de profesores (centros del profesorado en Andalucía), que se han convertido en una extensión más de la administración educativa y que conectan mal con las necesidades reales de los docentes.

Otro obstáculo, todavía peor que los anteriores, es la administración educativa. Por si no fuera compleja la realidad de las aulas, muchas de ellas con excesivo número de alumnos, algunos con necesidades específicas de apoyo educativo, con dificultades de aprendizaje, con situaciones familiares extremas (paro, desarraigo, maltrato…), alumnado inmigrante, a veces el bullying, el uso inadecuado de las tic (en el caso de que éstas funcionen, claro), tengo que confesar que de mis cuarenta años de experiencia docente, los últimos los he vivido con auténtica desazón por la cantidad de horas que tenía que dedicarle a tareas burocráticas. Y lo peor es que la inspección, lejos de ayudar y de orientar al profesorado se ha dedicado, con honrosas excepciones, a vigilar y a comprobar que esas tareas estaban correctamente realizadas. Desconozco la situación de otras comunidades autónomas, pero en Andalucía sé de compañeros que tienen pesadillas con Séneca, la aplicación diseñada por la Consejería de Educación para llevar a cabo todo el proceso de gestión administrativa que conlleva la labor docente. Y aquí está el quid de la cuestión: ese proceso se ha multiplicado de tal forma que es incalculable el número de horas que hay que dedicarle para hacerlo correctamente: tutorías, entrevistas de padres, sesiones de evaluación, boletines de notas, programaciones docentes, comunicaciones a las familias… Aunque es lógico que exista control por parte de la administración, ya que es ella la que proporciona los medios, no es lógico que quiera controlarlo todo, pues impide la necesaria creatividad docente, que cada vez encuentra más dificultades para desarrollarse.

Leyes educativas cambiantes, currículos cada vez más cerrados, reválidas, evaluaciones de centros, menor inversión en educación, bajas que no se cubren, desinterés general por la educación tanto por parte de muchos padres como por los partidos políticos, que la utilizan como medio de atacar al adversario o de introducir determinadas ideologías. Así podríamos seguir páginas y páginas, horas y horas.

Aunque ya soy un profesor jubilado, me duele la situación actual de la educación. Se habla desde hace mucho tiempo de que hay que alcanzar un gran pacto por la educación, pero mientras se haga exclusivamente desde el ámbito político y no seamos capaces de implicar de manera efectiva a todos los que directamente están implicados en la enseñanza (profesorado, familias, alumnado, agentes sociales…), seguiremos lamentándonos y perdiendo un tiempo precioso.

Dejo para el final un vídeo impactante que refleja una parte, quizás la más importante, de la enseñanza: qué hacemos actualmente en las escuelas. ¿Preparamos realmente a los estudiantes para el futuro o seguimos mirando sólo al pasado, reproduciendo patrones y errores que sabemos que existen pero no somos capaces de evitar?

Relato VI: Duos habet et bene pendentes (o cómo empecé a amar la historia y la enseñanza)

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La primera vez que escuché esta frase latina fue en cuarto del antiguo bachillerato elemental, que cursé en el Instituto Masculino de La Coruña (hoy IES Salvador de Madariaga). Estamos hablando de abril o mayo del año 1969, cuando acababa de cumplir 14 años o estaba a punto de cumplirlos. Había terminado la clase de matemáticas y estábamos esperando a que llegara el profesor de historia, seguramente haciendo un ruido de mil demonios, todos levantados y hablando a gritos, lo que era normal teniendo en cuenta que la disciplina era férrea durante las clases y los únicos momentos para que una pandilla de adolescentes se desfogara era en los intermedios entre clase y clase y a la hora del recreo. Yo me sentaba al lado de Casanova, un chicarrón que, a pesar de su enorme tamaño, iba siempre con unos pantalones cortos muy ajustados, cosa normal si era verano, pero que él llevaba durante todo el año y que dejaban ver una piernas que siempre estaban llenas de heridas y de costras. Yo le tenía un cierto respeto, por no decir miedo, ya que solía aprovecharse de su fuerza y de mi natural medroso para obligarme a decirle las soluciones de los ejercicios, susurrarle las respuestas en los exámenes  y cuando le preguntaba algún profesor o hacerle los deberes que casi nunca solía traer hechos. Ahora comprendo que para él sería casi imposible el estudio, pues vivía en una aldea a unos quince o veinte kilómetros de Coruña y teníamos clase mañana y tarde por lo que, cuando llegara a su casa, después de coger un par de autobuses, no creo que tuviera muchas ganas de estudiar ni de hacer deberes. Algunos años más tarde, cuando terminé los estudios de magisterio y comencé a trabajar, me lo encontré en un taller mecánico y me cambió las pastillas de freno mientras recordábamos viejos tiempos. Yo le eché en cara los malos momentos que me hizo pasar, pero, en realidad, terminé agradeciéndole que me ayudara a defenderme y a saber salir de situaciones comprometidas. Hace más de cuarenta y cinco años que no le veo, pero todavía recuerdo como si fuera ayer su tímida sonrisa de despedida y su mirada triste, mezcla de envidia y de nostalgia por un pasado que, seguramente, sería mejor que su futuro.

Además de Casanova, recuerdo a Cortón y a Cao, los más listos de la clase y que nos miraban por encima del hombro, como si fuéramos medio retrasados y no pudiéramos entender sus ingeniosos juegos de palabras y sus alusiones a científicos y escritores que nunca nos sonaban; a Ricardo y a Balsa, amigos inseparables y que continuamente estaban inventando bromas y trastadas, que siempre quedaban impunes pues nadie podía acusarlos si uno no quería ser considerado un chivato, el peor insulto que alguien podía recibir. También recuerdo a Carré y a Dequidt, dos grandes deportistas, el primero creo que llegó a ser campeón gallego de cuatrocientos metros vallas y después se hizo un excelente y reconocido fotógrafo, mientras que el segundo competía en esgrima. He perdido la pista de casi todos ellos, pues ninguno siguió la vocación de la enseñanza y se dedicaron a otros menesteres.

Menos los ya mencionados Cortón y Cao, que estarían hablando de filosofía o de literatura, los demás estábamos tirándonos bolas y aviones de papel, persiguiéndonos entre las mesas dando alaridos o haciendo cualquier otra tontería cuando, de pronto, se hizo un silencio sepulcral y todos corrieron a sentarse en sus respectivos asientos, todos menos Casanova y yo, que estábamos al final de la clase, él corriendo, como casi siempre, detrás de mí para darme alguna colleja o hacerme caer con una zancadilla. Y así fue como nos encontró un profesor que nunca habíamos visto en el Instituto, un hombre alto, de pelo largo y lacio que casi le llegaba a los hombros, barba recortada, con jersey negro de cuello subido y pantalones vaqueros, indumentaria que contrastaba vivamente con la que solían utilizar todos los profesores del instituto, que vestían con el típico uniforme docente de aquella época, traje o chaqueta y, por supuesto, corbata, y don Germán, el profesor de religión, con sotana, como no podía ser de otra manera.

Por mucho que mi compañero y yo intentamos pasar desapercibidos, fue inútil. Comenzamos a movernos despacio hacia nuestras sillas, pero él, con un gesto de la mano, ordenó que nos estuviéramos quietos. Se acercó lentamente a la tarima donde se encontraban la mesa y el sillón del profesor mientras en su rostro se apreciaban una mirada y una medio sonrisa que denotaban una mezcla de diversión y de sadismo, y eso provocó en toda la clase, y sobre todo en Casanova y en mí, una reacción de pánico que nos duró hasta que, tras un breve silencio que a nosotros nos pareció eterno, soltó su primera frase:

— A ver, el correcaminos y el coyote, que se acerquen.

En ese momento, el pánico se tornó en una carcajada general y todos, incluidos los aludidos, soltamos un suspiro de alivio. De pie, delante de toda la clase y con la pizarra detrás de nosotros, mi compañero y yo pudimos fijarnos mejor en el nuevo profesor mientras éste explicaba que en lo que quedaba de curso, que era apenas un par de meses, él iba a sustituir a don Alberto Cardona, el profesor de Historia, que había contraído una enfermedad (luego nos enteramos que era hepatitis) y tenía que guardar reposo. Muchos no se contuvieron y mostraron su alegría, ya que las clases de Historia, con la reconquista, los Reyes, Católicos, la relación de reinos y reyes, batallas, fechas, matrimonios, líneas del tiempo, mapas históricos, etc., nos habían dejado exhaustos y algunos teníamos la impresión de que algún día nos iba a estallar la cabeza. El problema era adivinar por dónde irían los tiros con el nuevo profesor. Mientras nos explicaba todo esto, pudimos comprobar que no se había sentado, sino que iba andando entre las mesas, abriendo algunos libros y  libretas, fijándose en el nombre que figuraba en la primera página de cada libro. Su voz era ronca, grave y hablaba despacio, como pensando bien lo que estaba diciendo. Cuando llegó al fondo de la clase, se dio la vuelta y desde allí se dirigió a los dos dibujos animados:

— Veamos. El coyote perseguidor, que borre la pizarra. Y que la deje bien limpia, no quiero ver ni una cifra. Por cierto, esa última ecuación está mal resuelta. Y cuando termine, haga el favor de sentarse.

Mientras mi compañero borraba la pizarra, yo intentaba imaginarme los tormentos que me tendría preparado el profesor, entre los que estaban escribir doscientas o trescientas  veces “me comportaré correctamente en clase”, ser enviado al jefe de estudios para que su reprimenda llegara a oídos de todo el Instituto, bajarme puntos en la nota final o cualquier otro castigo, a cual peor. Pero se limitó a decirme:

— Según el jefe de estudios, ustedes comenzaron a estudiar la semana pasada a Carlos I de España y V de Alemania. Vamos a ver qué sabe Vd. de todo lo que le han explicado y dígaselo a sus compañeros. Ah, y espero que tenga buena memoria.

Esta última frase hizo que yo empezara a temblar como un poseso. La verdad es que me acordaba muy poco, así que, entre balbuceos, y observando cómo mis compañeros me miraban entre sonrisas, sobre todo Cortón y Cao, y caras muy serias todos los demás, por si les tocaba a ellos completar lo que yo decía, empecé con lo más simple: que si era hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, nieto de los Reyes Católicos, que había nacido y se había criado en Gante, que llegó a España siendo muy joven y casi sin saber hablar castellano, y poco más pude decir,  según creo recordar. Mientras yo hablaba, el profesor iba escribiendo en la pizarra algo que yo no veía. Cuando terminé y me di la vuelta para ver la reacción del profesor, éste me dijo que leyera en voz alta lo que había escrito: “Me llamo Adrián, igual que uno de los maestros de Carlos I. Ese maestro fue conocido posteriormente como el papa Adriano VI”. Y más abajo había otra frase en latín: “Duos habet et bene pendentes”.

— Espero que sepa algo más de latín que de historia. Traduzca esa frase, por favor.

Por suerte, no me pareció excesivamente difícil, ya que, aunque aunque no había aprendido demasiado latín en los dos cursos con el Sr. Ripoll, eso me sonaba algo, así que, con cierto aplomo, dije:

— Tiene dos y bien pendientes—, aunque esta última palabra con alguna duda, pues no tenía total seguridad.

— No está mal, aunque podría traducirse mejor por “tiene dos y le cuelgan bien” pero, ¿sabe a qué se refiere y quién la decía?—. Como mi cara debía ser el perfecto reflejo de mi ignorancia, se dirigió al resto de la clase por si alguien sabía la respuesta. Pero el silencio que siguió demostraba que nadie tenía ni idea.

Después de decirme que me sentara y de aconsejarnos a los dos cogidos “in fraganti” y al resto de la clase que no volviéramos a hacer tanto jaleo, comenzó la primera clase de historia que me gustó en mi vida y que, además, forjó mi posterior vocación docente. Habló de las intrigas y de los intereses que rodeaban la elección de los papas, del poder de la Iglesia y de las relaciones entre reyes y papas, de la leyenda de la Papisa Juana… A medida que iba hablando, con una voz bien modulada y que nos envolvía como si estuviéramos sumergidos en un mar cálido en el que las palabras nos acompañaran como si fueran peces de colores brillantes, se abría ante nosotros un mundo totalmente desconocido pero fascinante. De vez en cuando se detenía y nos hacía alguna pregunta o nos animaba a hacerla, y nos hizo ver que más importante que saber las respuestas, que eso se conseguía con un poco de atención o de interés, era hacer las preguntas adecuadas, porque demostraba que sabíamos lo que queríamos aprender o comprender. ¿Por qué nadie, nunca, nos había mostrado esa historia, que nos parecía mucho más divertida y real que la que aparecía en los libros, que nos obligaban a estudiar de memoria y que olvidábamos poco después de los exámenes? Las miradas de complicidad entre nosotros, hasta ese momento alumnos pasivos, desinteresados por la historia y por casi cualquier tema de los que estudiábamos por entonces, me convencieron de que estaba ante alguien que me marcaba un camino, el de la enseñanza, el de ayudar a los demás a entender las cosas, a ordenarlas o desordenarlas, a crear e impulsar la curiosidad. Entonces no fui realmente consciente de lo que me estaba sucediendo, pero al cabo de unos pocos años, cuando tuve que tomar una decisión al terminar el bachillerato, me acordé de don Adrián y de esta primera clase. Y no fue difícil hacer la elección.

Faltaban menos de diez minutos para finalizar y todavía no había hablado sobre la frase que nos tenía intrigados. ¿Qué eran esos dos que le colgaban bien? Y entonces, como el número final de circo que se presenta con un redoble de tambor, Adrián nos explicó que los papas tenían que ser examinados manualmente para demostrar su virilidad. Para ello se sentaban en una silla perforada, la sedia stercoraria, y un diácono se agachaba y tocaba los testículos, y cuando comprobaba fehacientemente la masculinidad del nuevo papa, enunciaba la citada frase y todos los asistentes respondían Deo Gratias (gracias a Dios).

Ni que decir tiene que los cuchicheos, risas y comentarios que siguieron a esta historia se convirtieron en algarabía, que Adrián permitió durante unos segundos pero que acalló con tres palabras, dichas en un tono muy bajo:

— Silencio, por favor.

Era la primera vez que un profesor del centro nos pedía de manera educada que nos calláramos y el efecto fue instantáneo. Lo normal era hacerlo mediante amenazas, castigos, gritos. Y todos comprendimos que algo nuevo iba a suceder de ahí en adelante en las clases de historia porque era la primera vez también que un profesor nos había seducido. Y para terminar, después de tenernos una hora prendidos de sus palabras y de sus gestos, nos regaló dos frases que todavía recuerdo casi literalmente:

— Espero que a lo largo de sus vidas contraigan suficientes méritos para que no tengan que hacer valer sus atributos sexuales. Estos vienen de nacimiento y, por tanto, no hay mérito alguno en poseerlos, como no hay mérito en ser guapo o alto. El mérito está en el esfuerzo, en la constancia, en el pundonor, en luchar para conseguir algo.

Y la última frase de ese día, uno de los más memorables que recuerdo de mi paso por el Instituto, fue la que decantó mi gusto y admiración por la Historia:

— La Historia es para la Humanidad lo que la Memoria es para el Hombre. Las personas somos fundamentalmente memoria, recuerdos, instantes vividos con los otros, con los que nos rodean, con los que queremos u odiamos. Recordamos momentos tristes y alegres, gestos, palabras, emociones; es decir, vivimos de y con nuestras experiencias pasadas porque nos permiten adivinar lo que nos queda por vivir, que es lo más importante. Por eso, lo peor que le puede pasar a alguien es perder los recuerdos porque dejará de disfrutar realmente de la vida. Y la Historia consiste en eso, en recordar lo que le ha ido ocurriendo a la Humanidad, comprender por qué le ha ocurrido, explicar las causas, las consecuencias de los hechos. Porque en el pasado está la base del futuro, de vuestro futuro, del mío y de todas las generaciones que nos sucederán.

Y con el final de esta frase, dicha casi en la puerta de la clase mientras sonaba la sirena, se despidió con un saludo y nos dejó mudos, mirándonos los unos a los otros y siendo conscientes de que algo muy hermoso había sucedido. Algo que, después de haber pasado más de cuarenta años, nunca se me ha olvidado.

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N del A: casi todos los personajes y situaciones son reales, aunque algunos nombres son inventados. Dejo a la imaginación del lector descubrir qué es realidad y qué ficción.

Ser realmente joven

He publicado en el Blog de Orientación del IES Hermanos Machado, en el que sigo escribiendo de manera ocasional, una entrada titulada Ser realmente joven, cuyo contenido no se circunscribe únicamente al ámbito de la orientación o de la educación, sino que puede inscribirse en uno más amplio de opinión, de reflexión sobre la juventud, esa etapa cada vez más larga de la vida debido, sobre todo, a la dificultad que tienen los más jóvenes de alcanzar una autonomía que les permita realizarse plenamente.

Reproduzco ese artículo.

Ser realmente joven

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Hace poco me recordaron el comienzo del discurso que Antonio Machado tenía pensado realizar en la Conferencia Nacional de Juventudes que se celebró en Valencia los días 15, 16 y 17 de enero de 1937. Por problemas de organización no lo pudo leer, pero fue incluido en su libro La guerra, publicado ese mismo año. Esa intervención fallida la tituló Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas.

En aquellos tiempos convulsos era imprescindible encontrar y lanzar al viento palabras e ideas que canalizaran e impulsaran las energías de los que iban a reconstruir el país, que se estaba desangrando y desmoronando por una cruel guerra civil. Si en todas las épocas la esperanza de mejorar el presente se encuentra en la juventud, que es la que tiene la fuerza, la pasión, la pureza y la rebeldía necesarias para luchar contra los problemas y contra las injusticias, es en momentos difíciles cuando hay que fomentar todos esos valores. No hay que centrarse en los errores, propios de la inexperiencia o de la impulsividad que son características de esas edades, sino aprovecharlos para que se analicen los fallos y para encontrar mejores soluciones. Esa es precisamente una de las principales labores de los docentes, la de ayudar a los estudiantes a reflexionar sobre los problemas de la sociedad, a buscar diferentes alternativas, a realizar preguntas y a encontrar respuestas.

Estamos en momentos complicados que afectan fundamentalmente a los jóvenes, pero debemos concienciarlos de que son ellos, su generación, los que con su esfuerzo, su disciplina, su preparación y su ilusión encontrarán los caminos, los senderos que permitirán salir de esta situación. Nosotros, los adultos, debemos acompañarlos, ayudarlos cuando tengan dudas, evitar que caigan en la desesperación y la apatía que también son compañeros indeseables de viaje. Nuestra labor es difícil: acompañar sin asfixiar, interferir y aconsejar lo menos posible, ayudar cuando nos lo soliciten o cuando sospechemos que necesitan nuestra ayuda, mantener las distancias adecuadas y suficientes, ni demasiado cerca ni excesivamente lejanas. No hay manuales perfectos porque nosotros tampoco lo somos y no podemos pedir su perfección cuando también somos imperfectos.

Dejo hablar al sabio, al poeta, al profesor y reproduzco algunos párrafos del mencionado discurso de Antonio Machado, ese canto ilusionado e ilusionante a la juventud, porque recoge en esencia lo que cualquier persona que se dedique a la enseñanza o a trabajar con adolescentes y jóvenes debería tener constantemente presente.

Acaso el mejor consejo que puede darse a un joven es que lo sea realmente. Ya sé que a muchos parecerá superfluo este consejo. A mi juicio, no lo es. Porque siempre puede servir para contrarrestar el consejo contrario, implícito en una educación perversa: procura ser viejo lo antes posible.

Se vela por la pureza de la niñez; se la defiende, sobre todo, de los peligros de una pubescencia anticipada. Muy pocos velan por la pureza de la juventud; a muy pocos inquieta el peligro, no menos grave, de una vejez prematura. Sabemos ya, y acaso lo hemos creído siempre, que la infancia no se enturbia a sí misma, y hemos adquirido un respeto al niño, loable, en verdad, si no alcanzase los linderos de la idolatría. Se sigue creyendo, en cambio, que toda la turbulencia que advertimos en los jóvenes es de fuente juvenil, y que al joven sólo puede curarle la vejez. Yo he pensado siempre lo contrario. Por ello he dicho siempre a los jóvenes: adelante con vuestra juventud. No que ella se extienda más allá de sus naturales límites en el tiempo, sino que, dentro de ellos, la viváis plenamente. Adelante, sobre todo, con vuestra faena juvenil: ella es absolutamente intransferible; nadie la hará, si vosotros no la hacéis.

Nada temo de la indisciplina juvenil, porque nunca he creído en ella. Mucho temo, mucho he temido siempre de la mansa indisciplina de la vejez, de esa vejez anárquica, en el sentido peyorativo de estas dos palabras —un hombre encanecido en actividades heroicas sabe guardar como un tesoro la llama íntegra de su juventud, y un anarquista verdadero puede ser un santo— de ese espíritu díscolo y rebelde a toda idealidad, siempre avaro de bienes materiales, codicioso de mando para imponer la servidumbre, que, en suma, sólo obedece a lo más groseramente individual: los humores, y apetitos de su cuerpo averiado, sus rencores más turbios, sus lujurias más extemporáneas. A eso, que es la vejez misma, he temido siempre.

Reválida y selectividad

Se van conociendo poco a poco las características de la reválida y de la selectividad que se realizarán a partir del próximo curso, según el calendario de implantación de la LOMCE. Después de muchos tiras y aflojas, negociaciones con las Comunidades Autónomas y con las Universidades y diferentes globos-sonda que se han dejado caer en los últimos meses, resulta que va a haber pocos cambios en relación con la selectividad, aunque sí con la necesidad de aprobar la reválida final de Bachillerato para obtener el título.

Siempre he considerado que  la manera de acceder a la Universidad mediante una prueba no era la mejor alternativa, pero hay que ser realistas ya que, dados los limitados recursos, hay que realizar una selección. Que sea de esta o de otra manera, se puede discutir. Pero lo que es indiscutible desde mi punto de vista es que una reválida para obtener un título es. además de injusto, una auténtica barbaridad. Se cuestiona la capacidad de los profesores  y de la administración para proporcionar una educación de calidad y unos resultados acordes con las posibilidades reales y el esfuerzo realizado. Ahora va a resultar que si un estudiante logra superar todas las materias del bachillerato, eso no implica necesariamente que tenga las competencias de un bachiller, que las evaluaciones no son objetivas y que los docentes regalan títulos. Apañados estamos porque eso pone en cuestión todo el sistema. Lo mismo se podría hacer al finalizar la Universidad: nadie obtiene un título hasta que supere una prueba, no vaya a ser que se regalen aprobados en determinadas asignaturas. Supongo que estamos confundiendo titulación con oposición o calidad con memoria.

Y la LOMCE, todavía en el aire.

Pinchar en la imagen para ver las características (por ahora) de la reválida.

¿Guerra en la escuela?

Es curioso, pero da la casualidad que ayer escribí una entrada en la que, a partir de dos artículos de un mismo diario digital, se reflejaban dos visiones casi contradictorias del profesorado actual, una en la que se pone el acento en la autoridad del docente, la disciplina, el esfuerzo y la transmisión del conocimiento, y otra en la que el profesor es alguien que domina las tecnologías, está atento a las necesidades de sus alumnos, es innovador o se forma continuamente. Hoy se publica en otro periódico un artículo de similares características y que viene muy bien en un período de incertidumbre, pactos y tácticas políticas en el que, de una manera casi tangencial, se habla de la necesidad de un pacto por la educación.

Dicho artículo es Guerra en la escuela: autoridad y conocimientos frente a creatividad y habilidades. Ya estamos con la vieja oposición entre antiguo y moderno, tradición e innovación, progreso o estancamiento, pedagogos y antipedagogos. La guerra política en la escuela, podríamos subtitular el artículo. Porque, si bien es verdad que la educación es uno de los pilares de las sociedades modernas, también es verdad que ha sido utilizada, muchas veces de manera torticera, por los partidos políticos, por la iglesia, por los empresarios…, como una forma de influir o incluso manipular a la ciudadanía que asegurase o facilitase sus intereses. En un país tan cainita como el nuestro, llegar a un acuerdo sobre un tema tan importante parece tarea imposible.

En el artículo mencionado, podemos encontrar una abierta discrepancia entre los denominados pedagogos y los antipedagogos. Estos últimos, mayoritariamente profesores de secundaria y bachillerato, se quejan de la jerga, la “charlatanería”, el daño que ha hecho la Logse, la falta de interés y de esfuerzo de los alumnos, la eliminación de la autoridad docente, etc. Por su parte, los pedagogos ponen el acento en la motivación, la creatividad, la empatía:

Los primeros -que se han autodenominado «los antipedagogos»- defienden a capa y espada el «esfuerzo», el «mérito», la «autoridad», la «disciplina», la «exigencia», la«memoria» y la «evaluación», mientras que los segundos -englobados bajo el término común de «pedagogos», aunque también hay psicólogos, sociólogos y representantes de otras disciplinas- consideran que las clases magistrales han quedado «obsoletas» y apuestan más por lo que llaman «una educación del siglo XXI», con «metodologías» en las que se habla de «motivación», «creatividad»,«originalidad», «integración», «coaching» y «empatía». Los primeros hablan de«enseñar» y los segundos, de «intentar que los alumnos aprendan».

La verdad es que ya estoy un poco cansado de este debate que me ha acompañado a lo largo de toda mi vida docente, pero me sigue importando. Sé que es muy difícil, yo diría que imposible, llegar a acuerdos, a pactos que dejen a un lado los intereses corporativos o políticos, en una España que siempre, siempre, se ha caracterizado por la lucha entre dos bandos prácticamente irreconciliables y en la que aquellos que han intentado vías intermedias o conciliar voluntades han sido absorbidos, estigmatizados o machacados por los otros dos extremos. Así que dejo que la opinión de cada uno, desde su experiencia, intente verse reflejada en alguna de las posturas y considere la posibilidad de acercarse a la otra, en bien, sobre todo, de las generaciones actuales y futuras.

Para terminar, un vídeo del año 1988, en el que el visionario Isaac Asimov, al que admiro como divulgador científico y escritor desde mi juventud, fue capaz de prever la importancia de Internet en la educación de los jóvenes, habla de la formación a lo largo de toda la vida y de la necesidad de una enseñanza individualizada y adaptada a los intereses de cada uno. No es un pedagogo ni fue profesor, pero tiene las ideas muy claras sobre lo que debería ser la educación.

 

Los profesores de hoy en día

En un mismo diario digital encuentro dos artículos que en apariencia son contradictorios, pero que en el fondo no lo son tanto. En el primero se asegura que “los profesores de hoy en día le dan mil vueltas a los que había antes”. La frase es de Francesc Pedrò, analista de políticas en el centro de la OCDE para la Investigación Educativa e Innovación, referencia en materia de política educativa y aplicación tecnológica. Lo más importante es el docente, no las políticas ni los dispositivos, continúa diciendo, haciendo hincapié en la necesidad de preguntar más a los profesores qué es lo que necesitan y, algo fundamental, su formación, tanto inicial como continua.

La visión pesimista que se tiene de las capacidades docentes actuales es refutada por Francesc Pedrò: es una falacia que el profesorado siga enseñando igual que en el siglo XIX porque, aunque las aulas, los pupitres o la distribución de espacios sigan siendo similares, lo que ha cambiado radicalmente es el tipo de actividades y la capacitación técnica docente: “Lo difícil ahora es mantener la atención y la disciplina de una clase así, y para eso se requieren competencias que no eran necesarias en el siglo XIX. Los docentes de ahora les dan mil vueltas a los que había”. Reconoce que el alumnado, las familias, el ambiente cultural y social…, condicionan la enseñanza. Ni los contenidos pueden ser los mismos, ni la forma de impartirlos, ni las necesidades de los estudiantes ni de la sociedad en la que tienen que insertarse, por lo que la revisión de todos estos aspectos debe ser continua. Si analizamos la enorme cantidad de cambios que se producen y la rapidez de los mismos, es impensable mantener los conocimientos, las habilidades y las estrategias de enseñanza aprendizaje de hace unos años. Lo que hay que plantearse es si la pedagogía responde a las necesidades que el país tiene y no empecinarse y rasgarse las vestiduras por el fracaso escolar, la escasa transmisión de contenidos, la falta de autoridad del profesorado, etc.

El otro artículo, titulado “Cómo la educación española se echó a perder, contado por una profesora veterana”, también pone el acento y la importancia de la enseñanza en el profesorado (por cierto, yo siempre había creído que lo importante eran los alumnos y su educación), pero con una visión pesimista por parte de la entrevistada, Luisa Juanatey, profesora de instituto jubilada con más de 30 años de experiencia docente, que ha escrito el libro “Qué pasó con la enseñanza. Elogio del profesor”. Según parece, los males de la enseñanza están en la pérdida de autoridad del profesorado y su falta de valoración por parte de la sociedad en general, la devaluación de la enseñanza a partir de la LOGSE, el desprecio de la memoria y del esfuerzo, los padres malcriadores y consentidores, etc. No niego que parte de este análisis pueda tener razón en algunos puntos, pero creo que es excesivamente simplista. Es cierto que se ha desvirtuado la importancia de la educación, que se han implantado leyes educativas sin dejar que tomaran cuerpo, que no se han tenido en cuenta las opiniones del profesorado y sus necesidades, que no se ha formado adecuadamente a los docentes, que se ha politizado excesivamente la educación…

Pero es imposible comparar la educación que se impartía hace 30 o 40 años con la actual porque las circunstancias son radicalmente diferentes. Ni la sociedad, ni las personas, ni los medios, ni las necesidades son las mismas. Padres que acudían a la escuela o al instituto con una mezcla de temor o de reverencia son impensables en la actualidad, porque ningún ciudadano, por ejemplo, admitiría la impunidad o la amenaza de algún agente de la autoridad o la soberbia y el descaro de algún político (bueno, esto último lo pongo entre paréntesis); profesores que impartían sus clases en silencio absoluto, sin plantearse una enseñanza diversificada y adaptada y que podían expulsar a los alumnos en cuanto se incumplía alguna norma; alumnos respetuosos y obedientes, que no se planteaban protestar o interrumpir las clases… Todo eso ha pasado o debería haber pasado a la historia. Ahora existen los derechos y deberes del alumnado, del profesorado y de las familias, las adaptaciones curriculares, alumnado con necesidades de apoyo educativo, los consejos escolares, la participación de las familias, etc. Y eso no significa que me olvide de todos los problemas y males que aquejan a la educación, que son muchos, pero en todas las épocas los ha habido, y los profesores nos hemos quejado (cuando empecé en el año 1975, mis compañeros de colegio más veteranos también se quejaban y en el instituto, en los años 60, cuando yo era alumno, los profesores también nos decían que éramos unos incompetentes y que no queríamos estudiar, nosotros, que teníamos que hacer una prueba de ingreso y dos reválidas, cuando la enseñanza no era obligatoria).

¿Por qué dije al principio que estos dos artículos no eran en el fondo contradictorios aunque lo parezcan? Porque ambos, con diferentes perspectivas, hablan desde el amor a la enseñanza y reivindican la figura del profesor, piedra angular de la institución educativa, aunque sea el alumno su razón de ser. Mientras los partidos políticos y las autoridades educativas no lo tengan claro y trabajen al unísono, dejando a un lado sus diferencias y mientras la sociedad no exija a sus dirigentes que la educación sea el centro de sus discursos, puesto que el progreso y el cambio real sólo se realizará con ciudadanos bien formados, todo lo que digamos y escribamos no servirá para nada y se quedará en esto, en artículos, libros y entrevistas que únicamente mostrarán el desencanto y la frustración de los docentes y los brindis al sol de los políticos.

Cutrez (II): Educación cutre

Me duele utilizar el sustantivo educación, palabra que amo y respeto profundamente pues ha sido y seguirá siendo un faro que ha guiado prácticamente toda mi vida, añadiéndole un adjetivo tan desagradable, que contamina y degrada al nombre que acompaña. Pero no me queda más remedio que hacerlo al analizar la actual situación de la educación en nuestro país, que puede considerarse cercana al colapso. No por falta de medios materiales que, aunque no abundantes, podrían considerarse suficientes, pero sí por escasez de recursos humanos, de voluntad política y de conciencia de la sociedad. Analicemos brevemente los hechos que me llevan a utilizar el titular de esta entrada.

La crisis económica, provocada de manera seguramente premeditada desde poderes fácticos sin escrúpulos, llámense bancos, agencias de calificación, monopolios de medios de comunicación, empresarios, Banco Mundial, grupo Bildelberg, etc., sólo atentos a obtener más poder y riqueza apelando a nuestros miedos y eliminando derechos y libertades, ha sido la excusa perfecta para reducir las inversiones en educación y convertir a ésta en una máquina de hacer ciudadanos sumisos y obedientes con el poder (ya estoy escuchando al fondo gritos de ¡rojo! ¡perroflauta! ¡podemita! y otras similares).

No es que sea excesivamente partidario de teorías conspiratorias, pero da la casualidad de que los únicos que no hemos tenido ni arte ni parte en el descalabro económico, los ciudadanos de a pie, también somos los únicos que estamos pagando el pato, nos hemos empobrecido desde que comenzó la crisis mientras que los ricos se han hecho todavía más ricos y poderosos. Hasta dónde llegará la situación que nuestro país está entre las 10 economías más miserables del mundo, según la agencia Bloomberg, es decir, entre las 10 economías más cutres. Hasta Turquía o Kazajstán están mejor situados que nosotros. Indignado es poco. Los políticos han preferido recortar en sanidad, educación o servicios sociales para poder salvar a los bancos, a los que han inyectado miles de millones de euros para que puedan seguir aprovechándose de sus usuarios, incrementando las comisiones y el acceso a créditos personales o hipotecarios. Y así, la educación pública tiene menos profesores, más alumnos por aula, menos dinero para becas, menos profesorado de apoyo: el gasto público en educación cayó el año pasado a niveles de 2006. Nos hemos gastado auténticas millonadas en puentes, aeropuertos, edificios o estadios que no se utilizan, a mayor gloria de alcaldes, concejales, ministros o similares que sabían que eso daba votos y no en colegios, institutos, becas, más profesores, más formación…¡dónde va a parar!

Y no digamos nada en cuanto a las leyes educativas de nuestro país. En democracia, desde el año 1976 hemos tenido siete leyes: LOCE, LODE, LOGSE, LOPEG, LCE, LOE y para rematar la faena la impresentable LOMCE. Como ya he hablado muchas veces sobre ella, dejo aquí un enlace en el que se habla del españolísimo cachondeo normativo en relación con la educación.

El desánimo, el desencanto, la falta de ilusión, han calado entre un elevado porcentaje de profesores porque, además de todo lo expuesto anteriormente, la falta de interés (en general, aunque con honrosísimas excepciones) de la sociedad sobre la educación es bien patente. Aquí podemos salir a la calle, hacer una revolución o movilizar a miles de personas para defender la vigencia de tradiciones tan “cultas” como el toro de Tordesillas, el lanzamiento de la pava de Cazalilla, los correfous o toros de fuego en Cataluña, el descenso de un equipo de fútbol en los despachos, la permanencia de un figurín en un concurso de televisión o cualquier otra actividad de similar categoría. Es verdad que alguna vez se ha protestado porque han suprimido algún aula o porque no han comenzado las clases a tiempo en algún colegio o instituto (con lo que eso supone, claro, para padres trabajadores que no tienen con quien dejar a sus hijos, no porque hayan dejado de aprender algo, que ya tendrán tiempo de recuperarlo), pero se podrían contar con los dedos de las manos.

Colegios que tienen caracolas en lugar de aulas, sustituciones de profesorado que tardan semanas en cubrirse o nombramientos que se hacen tarde y mal, estudiantes que no pueden realizar la carrera de sus sueños porque no tienen ni medios ni becas… Y no digamos nada de la burocracia que se ha instalado en los centros por mor de la necesidad de “controlar” a un profesorado que debe ser incompetente o sin profesionalidad demostrada: es más importante rellenar bien un papel que dar una clase o preparar una asignatura en condiciones. Lo importante es la apariencia de eficiencia, no la eficiencia en sí. Así que, aunque me duela, he llegado a la conclusión de que, pese al esfuerzo de nuestro profesorado, la educación en España es, actualmente, cutre, muy cutre.