La calle donde nací

Domingo por la mañana. Estoy tendido en la cama mientras contemplo cómo la luz penetra por las rendijas de la persiana y las motas de polvo revolotean en la habitación. Me levanto y me desperezo. Abro la puerta del salón, salgo a la terraza y compruebo que la avenida está solitaria, sin tráfico y que las aceras están vacías, apenas alguien que pasea con el perro o un corredor despistado que quiere quemar las calorías del fin de semana. En el ambiente no se respira otoño y la naturaleza se desespera esperando una lluvia que no llega. Apenas recuerdo ya el olor de la tierra mojada, el color de las nubes cargadas de agua, el frescor de las primeras horas del día. Me apoyo en la barandilla y miro los árboles, las casas y el patio de una urbanización que hay enfrente. Un par de cotorras, que estaban posadas en el árbol cuyas ramas casi tocan la terraza, salen volando con gritos estruendosos. Hace unos años estas aves sólo se veían en los documentales sobre la naturaleza, pero ahora están invadiendo las grandes ciudades. En este instante la memoria, siempre tan juguetona, me trae un recuerdo de la infancia. Es un gran misterio el mecanismo de la memoria. Un sonido, un color, un olor, una mirada, cualquier pequeño detalle, hacen detonar como una explosión momentos que estaban al acecho en cualquier recóndito lugar del cerebro.

—José Manuel ¿vas a ir a casa de la madrina antes o después de misa? Hoy tienes que llevarte a tu hermano, que hoy tenemos muchas cosas que hacer y no podemos estar pendientes de él.

Escucho la voz de mi madre, que habla desde la cocina. Mi hermano y yo estamos asomados al balcón de la calle San Isidoro, en Coruña. Mi abuela Florentina está cosiendo en el salón. Vivimos de alquiler en la segunda planta de un pequeño edificio sin ascensor. Es un piso no muy grande. Recuerdo que al entrar está el pasillo, a la izquierda el cuarto de baño, la cocina y una habitación; a la derecha dos habitaciones y el salón que también hace las veces de comedor. En el salón hay una puerta corredera que da a una habitación interior y otra puerta que se abre al pequeño balcón que da a la calle. El edificio tiene cuatro plantas sin ascensor. No recuerdo quién vive encima de nosotros pero sí me acuerdo de que en el primer piso viven una mujer mayor y su sobrina soltera. Las dos suben a menudo a casa y mi hermano y yo, cuando las oímos, nos escondemos para que no nos besen con sus enormes labios pintados, que nos dejan marcas rojas y pegajosas en la cara. En la planta baja vive un matrimonio con una hija mayor y un niño de mi edad, Amancito, uno de mis mejores amigos.

Rafael y yo estamos mirando el descampado que se ve desde nuestra casa, lleno de charcos donde chapotean ya nuestros amigos, que están jugando con un perro callejero. Más que jugar lo están maltratando, le quieren poner una cuerda en cuyo extremo han atado una gran piedra. Pero el perro, al principio confiado y juguetón, seguramente por instinto o por haber vivido situaciones similares, sale corriendo y se pierde por la calle San Sebastián. Uno de los niños es Amancito, el más travieso de la calle, que siempre está inventando trastadas y por culpa del cual estamos casi siempre castigados. Él nos mira desde abajo y nos hace una seña para que bajemos. Yo le digo que se espere un poco. Quiero terminar de leer un tebeo que compré la semana pasada con parte de la paga que nos da todos los domingos la madrina. Amancito se murió unos días antes de que hiciéramos la primera comunión. Lo amortajaron con el traje de marinero que se hubiera puesto y que hacía juego con el pequeño ataúd blanco, que yo contemplé con una mezcla de temor y de curiosidad. Sus padres, cuando vieron que yo llegaba acompañando a los míos, que querían darles el pésame, se levantaron de las sillas que ocupaban al lado del féretro, me cogieron de la mano y me llevaron a ver la carita de Amancito, que parecía dormido bajo el cristal. La madre se sentó al lado del féretro y me sentó sobre sus rodillas mientras me acariciaba el pelo. Sé que me dijo unas palabras al oído, pero no las recuerdo.

Cuando escucho la voz de mi madre yo tengo siete años, me quedan un par de meses para cumplir los ocho y mi hermano tres menos. Febrero o marzo de 1963. Yo había nacido un lunes de mayo en el año 1955, en casa, de parto natural, con comadrona, pues mi madre y mi abuela se empeñaron en seguir la tradición de parir lejos de los hospitales, lugares inhóspitos y peligrosos, no fuera a ser que cogiera alguna infección o que mis primeras imágenes fueran las de una habitación impersonal y fría y quedara traumatizado para siempre. Con mi hermano Rafael juzgaron que era más seguro ir al maternal, pues era absurdo correr el riesgo de complicaciones, como era relativamente frecuente. No creo que mi hermano se quedara traumatizado. En ese año 1963 todavía vivía mi abuelo Castro, al que todos dicen que me parezco mucho, pero no le quedaba demasiado tiempo de vida, pues murió al año siguiente, con los pulmones casi deshechos por la silicosis, una enfermedad maldita en mi familia gallega, mi padre también la padeció desde muy joven, aunque en aquel momento que estoy describiendo todavía está sano. En esa época aún no había oído hablar de mi abuelo José, el de Aroche. Tampoco sabía nada, porque en las casas no se hablaban de esos temas, del sufrimiento del abuelo arocheno, depurado por ser maestro y alcalde republicano y que se murió de cáncer y de pena en 1948, ni de la paliza que le dieron los falangistas al abuelo Castro, que se libró de ser paseado en una cuneta gracias a que el párroco de Arteixo lo impidió. Pero esto son otras historias, que quizás cuente alguna vez para que no se disuelvan en el olvido.

A principios de los años 60 del siglo XX, la calle San Isidoro de Coruña, en el barrio de Santa Margarita, estaba a medio hacer y había mucho terreno sin construir que servía de zona de juegos a la gran cantidad de niños que vivíamos por allí. Delante de casa, antes de que bastante tiempo después se levantaran varios edificios de cuatro y cinco plantas, estaba el gran descampado que llegaba hasta la calle San Leandro, donde vivían padrino y madrina, en las casas baratas. Zanjas, montones de arena, charcos, matorrales, piedras y rocas dispersas servían para inventarnos aventuras en países y bosques lejanos, emboscadas, escondites, guerrillas. Raro era el día en que alguno de nosotros no llegaba a casa descalabrado, con heridas en rodillas y codos, pantalones rotos, ropa embarrada, zapatos deshechos. Las madres protestaban y gritaban y los padres nos miraban serios, pero con un punto de malicia y orgullo en la mirada.

Mis amigos y yo salíamos todas las mañanas camino del colegio del Ventorrillo con nuestros mandilones blancos y la bolsa con la taza donde beberíamos, a la hora del recreo, la leche que enviaban los americanos. Era una leche en polvo que se disolvía con agua en grandes recipientes que nos repartían por turnos, con un sabor algo desagradable porque tenía un punto agrio y un olor característico, artificial, aunque hacía una espuma que nos gustaba y que nos dejábamos en los labios durante casi todo el recreo. Al colegio, que era propiedad de la Caja de Ahorros y que estaba regentado por la Grande Obra de Atocha de las Hijas de la Natividad de María, se llegaba por la avenida de Finisterre, pasábamos delante del cine del mismo nombre y andábamos casi un kilómetro por el arcén. Apenas había alguna casa aislada y el resto era campo, leiras cultivadas de patatas y repollos, pasaban pocos coches y casi todo el tiempo nos dedicábamos a recoger margaritas, cuando era la época, para lanzarlas después con el tiratacos. La avenida de Finisterre en realidad era la carretera que pasando por Meicende y Pastoriza, unía la ciudad con Arteixo, Laracha, Carballo, Coristanco… hasta llegar a Finisterre. Esa carretera la recorrí cientos de veces cuando trabajé en Camariñas. Esa también es otra historia.

Como había colegio mañana y tarde y durante el invierno oscurecía muy pronto, apenas teníamos tiempo de jugar en la calle, pero lo hacíamos. Llegábamos a casa, soltábamos la maleta con la Enciclopedia Álvarez, la tabla de multiplicar y un pequeño cuaderno de sucio (el de limpio se quedaba en la escuela) y salíamos de estampida con un trozo de pan y una onza de chocolate, nuestra merienda diaria. Algunas veces teníamos que repasar en casa las tablas o aprendernos de memoria los ríos con sus afluentes o las cordilleras con las montañas más altas, pero esas veces eran las menos. En la calle pasábamos el tiempo, jugábamos a la pelota, al ché, a las canicas, a la bujaina, a escondernos, a pelearnos con los de las calles vecinas. Porque la calle, antes de que Fraga se hiciera con ella, era nuestra, de nuestra pandilla. Era el mundo que nos pertenecía y no consentíamos que otros grupos nos lo disputaran. Así que a base de espadas hechas con palos, con piedras, a puñetazos y patadas, defendíamos nuestra posesión. Cada dos o tres semanas había pelea y si perdíamos, no teníamos más remedio que compartir el descampado. Pero si ganábamos, podíamos ampliar durante algún tiempo nuestro campo de juego. 

Casi nadie tenía televisión, en la radio no había programas infantiles, las casas eran pequeñas, los maestros no nos ponían deberes, en la calle no había coches ni peligro de que alguien nos secuestrase y las madres no nos querían en la casa, siempre por medio y enredando. Éramos niños autónomos, que sabíamos defendernos y encontrar aventura y misterio en cada esquina, en cada portal, en cada descampado, que en aquella época abundaban. Cerca estaba el parque de Santa Margarita, pero las madres eran reticentes a dejarnos ir allí, pues había que cruzar varias calles y no podían tenernos a la vista ni gritarnos cuando se hacía tarde o cuando teníamos que subir a por dinero para hacer algún recado. Antes nos gustaba hacer recados, porque nos hacía mayores y con suerte, nos quedábamos con la vuelta.

Los domingos por la mañana mi hermano y yo teníamos la costumbre, que llegó a convertirse en ritual, de visitar a la madrina para que nos diera la paga de la semana. La madrina Carmen, hermana de mi abuela Marina, había estado casada con Amaro, un rudo y cariñoso trabajador al que siempre conocí con su boina, que apenas se quitaba para rascarse cuando hacía mucho calor. El padrino Amaro se había muerto uno o dos años antes y ella ahora vestía de luto riguroso, con un pañuelo negro que le cubría la cabeza totalmente, dejando escapar apenas un pequeño mechón de pelo blanco en la frente que ella procuraba esconder con gesto mecánico. No habían tenido hijos y tampoco habían podido apadrinar ni a mi padre ni a mi tía Marina, ni a ninguno de nosotros, pero desde pequeños quisieron que les llamáramos padrino y madrina. Por eso nos hacían un cierto chantaje dándonos un poco de dinero para los escasos gastos que podíamos hacer en aquellos tiempos: ir al cine Finisterre o al Rex, comprar pipas y también, si éramos capaces de ahorrar algo, comprar o cambiar tebeos. Los que más me gustaban eran los de Pulgarcito, TBO, Supermán, el capitán Trueno y Jabato. Cuando terminábamos de leerlos se podían cambiar en los kioscos por una perra gorda. Llegué a tener una buena colección, pero en los diferentes cambios de domicilio se fueron perdiendo y extraviando, sobre todo cuando nos fuimos a vivir a Madrid.

Termino de leer el tebeo, mi madre nos peina, comprueba que nos hemos lavado la cara, que las rodillas y las orejas están limpias y nos da un beso. Nos acercamos a mamá Florentina, que sigue cosiendo en el salón, y nos despedimos de ella, como era costumbre, con otro beso. Bajo corriendo las escaleras. Mi hermano, más pequeño, tarda una enormidad porque le da miedo ir tan deprisa, así que lo espero en el portal, donde ya están Amancito, José Antonio y Vicente. José Antonio es el hijo del zapatero que tiene su zapatería al lado de nuestra casa. Nos gusta ir allí, a verlo trabajar, a coser o pegar las suelas, oler a cuero y a pegamento y, sobre todo, a escuchar el canto de las decenas de jilgueros y canarios que cantan en las jaulas colgadas en las paredes. Era un gran entendido y sabía cruzar las parejas. Vendía muchos pájaros. Mi padre le compró una vez un jilguero y nos encantaba a mi hermano y a mí llenar los recipientes del alpiste y del agua. Era un buen pájaro cantor y nos dio mucha pena cuando se murió.

Los cinco vamos recogiendo a otros amigos que llevan ya un rato en la calle. Algunos son algo mayores y han hecho la primera comunión y juntos vamos a misa de doce en la Sagrada Familia. Don Manuel, el párroco. y don Emiliano, el coadjutor, pasan lista antes de empezar para comprobar que los que vamos a hacer la primera comunión no nos perdemos ni un acto religioso. La misa es en latín y somos capaces de repetir, sin equivocarnos, el páter noster. Cuando termina, salimos en estampida de la iglesia y volvemos a nuestra calle. Antes, mi hermano y yo pasamos por casa de la madrina, que nos da el duro de rigor y con el que podremos comprar pipas, ir al cine y seguro que todavía nos sobrará algo. Las tardes de domingo son eternas. Después de comer nos juntamos todos y vamos al cine. Nos gusta más el Rex porque está cerca del parque de Santa Margarita y cuando termine la película podremos perdernos entre los árboles, revolcarnos por el césped, jugar al escondite o descubrir nuevos rincones, lo que siempre es una aventura. Regresamos antes de que anochezca para seguir jugando en nuestra calle y que las madres nos vean y nos puedan vigilar. Somos niños traviesos pero obedientes. La obediencia de la zapatilla, se llama eso.

Poco a poco se fueron construyendo casas, desaparecieron los descampados y los carros tirados por caballos, empezaron a aparecer las vespas y los seiscientos y aparcaron en la calle porque antes no había garajes, los televisores se hicieron dueños de las casas, así que, casi sin darnos cuenta, fuimos perdiendo espacio de juego. Seguíamos saliendo a la calle, pero ya nunca fue lo mismo. Ahora hablábamos de Los Picapiedra, El Santo, Rin tin tín y, sobre todo, Bonanza, la serie que cambió las tardes de los domingos y nos impulsó a pedirle a los Reyes Magos pistolas, cartucheras y sombreros de cowboy. Y, para colmo, la familia Telerín nos mandaba a la cama a las nueve de noche “Vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar”. No había derecho. La televisión nos cambió el mundo y la calle San Isidoro, como todas las calles de las ciudades, fue perdiendo el encanto y la atracción.

Regreso al presente, a la avenida Ramón y Cajal. Poco a poco se ha ido llenando de ruido de coches, de personas y de perritos. Han aparecido algunas nubes en el cielo que antes era totalmente azul. Entro en el salón y me voy a la cocina a hacer café. Mi mujer y mi hija siguen en la cama porque todavía es temprano. Queda todo un domingo por delante.

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La radio de mi infancia

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Cuando yo era más joven, en los años sesenta pongamos por caso, se escuchaba mucho la radio, música, concursos y seriales sobre todo. Mi madre y mi abuela la tenían casi todo el tiempo encendida. La primera radio fue una de Marca Telefunken, pero se estropeó. Recuerdo que mi padre, que siempre fue un manitas y una persona muy hábil y curiosa, había hecho un curso de electrónica a distancia y otro de delineación. Todas las semanas recibía por correo apuntes y algún material y poco a poco fue tomando forma una radio de válvulas que alegró las mañanas y las tardes en la cocina de casa. El aparato que había construido mi padre, una caja rectangular de madera, tenía delante los altavoces tapados por una rejilla de tela o de plástico, no recuerdo, dos botones, uno para encenderla y aumentar o bajar el volumen y otro botón para sintonizar la frecuencia, que casi siempre era la onda media. Creo que en casa, durante mi infancia, apenas se utilizó la frecuencia modulada. En aquellos tiempos, la vida en mi casa se regía por los horarios de la radio: el ángelus a medio día, el parte de las dos y media, los seriales y el rosario. El resto de mi tiempo estaba ocupado por el colegio y los juegos de las tardes, la compra y la comida que hacían mi madre y mi abuela, la llegada de mi padre del trabajo, casi siempre al anochecer, y sentarse alrededor de la mesa de comedor por las noches, cuando se contaban historias del pueblo, recuerdos de su infancia y las peleas y juegos que yo había tenido durante el día. También les solía contar lo que había aprendido en el colegio, aunque eso era lo menos frecuente.

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Había varios programas que se me quedaron grabados. Uno era el de las canciones dedicadas, que podía empezar así: “Mamá le dedica a Juanito, por su cumpleaños, para que disfrute del día y siga siendo tan bueno como hasta ahora,  el cuento “Garbancito” (tachín, tachán, tachón, mucho cuidado con lo que hacéis; tachín, tachán, tachón, a Garbancito no piséis;  la letra, la música, la voz del narrador y la de Garbancito nunca se me han olvidado); o bien, “De María Jesús a su novio Pepe con motivo de su santo, la canción Luna de miel, de Gloria Laso“. Aunque los más famosos cantantes y los que más éxito tenían para las dedicatorias eran Rosa Mary y José Guardiola con la canción Di papáAntonio Molina con Soy minero. Sin embargo, cuando se acercaba el mes de mayo arrasaban Juanito Valderrama y Su primera comunión o Antonio Machín con Madrecita. De vez en cuando acudo a Youtube y regreso a mi infancia poniendo estas canciones. Quizás no lo creáis, pero algo se remueve dentro de mí y aparecen imágenes, olores y sensaciones que parecían haberse perdido. Si  habéis nacido en los cincuenta y pincháis en los enlaces anteriores y en los que están a lo largo de todo este artículo, quizás entendáis lo que os digo. Y si sois más jóvenes, también deberíais escuchar esas grabaciones, porque formaron y forman parte de nuestra historia.

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Otro programa que estaba deseando escuchar era el de “Matilde, Perico y Periquín“, una serie de historietas cómicas, en las que Periquín, un niño muy travieso, estaba siempre metiendo la pata y recibiendo una torta, generalmente de su padre Perico (“nene pupa no” era la frase con la que casi siempre terminaba la historia; lo del maltrato a la infancia todavía no se había inventado). Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Matilde Vilariño, Juana Ginzo o Teófilo Martínez ponían voz a ese programa y a las radionovelas que causaron furor y que madre y abuela escuchaban y comentaban diariamente. Terminábamos de comer, se fregaban los platos y las dos se sentaba junto a la radio, que estaba en una repisa de la cocina.  En esos momentos, mi hermano y yo teníamos que irnos al comedor y dejarlas tranquilas para que no se perdieran una palabra. La que más les gustaba era Ama Rosa, de Guillermo Gautier Casaseca, una celebridad radiofónica en su época. Ama Rosa era un auténtico folletín que duró varios años y un dramón: una viuda que creyendo inminente su muerte, da su hijo en adopción a una familia adinerada. Esta familia contrata a Rosa como “ama” de la casa para que pueda estar cerca de su hijo con la condición de que nunca desvele que ella es la madre. El hijo, a medida que va creciendo, la desprecia y sólo al final, en el lecho de muerte de la madre, descubre la verdad. Nudos en la garganta, lágrimas a raudales y exclamaciones de protesta y de rabia contenida eran provocadas por unos actores cuyas voces me acompañaron durante la infancia. Después llegaron Simplemente María y Lucecita, todas ellas muchachas humildes e ingenuas que eran engañadas y mancilladas por hombres sin escrúpulos, que solían tener un final feliz, pero que ya no fueron seguidas con tanta dedicación en mi casa porque la televisión fue sustituyendo poco a poco a la radio.

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Había otros programas que tuvieron mucho éxito y que también se escuchaban a lo largo del día y de la noche (como máximo hasta las diez, que era la hora oficial de acostar a los niños): Ustedes son formidables, de Alberto Oliveras, Operación Plus Ultra, de Joaquín Peláez, Cabalgata fin de semana con Bobby Deglané y, por supuesto, el Carrusel deportivo de los domingos, dirigido en sus primeros tiempos por Vicente Marco y en el que trabajaron Juan de Toro y Joaquín Prat. Y, cómo no, no puedo dejar de mencionar dos programas que eran diarios, obligatorios e imprescindibles. Uno era el “parte” de Radio Nacional, el programa informativo que todas las radios tenían la obligación de transmitir. Las radios comerciales, como la SER o Radio Popular tenían la obligación de conectarse a las dos o dos y media de la tarde para retransmitir las noticias que ofrecía Radio Nacional, ya que no se podían dar informaciones que previamente no hubieran pasado la censura y la mejor manera era esa, reproducir lo que decía la radio oficial. La conexión se iniciaba con una música muy característica, la Generala, que jamás se me olvidará.  Muy poca política nacional, a excepción de las inauguraciones de pantanos del Generalísimo, las leyes aprobadas en la Cortes franquistas, deportes, sucesos, notas de sociedad y poco más. También se hacía referencia a las noticias internacionales, aunque con pocas referencias a las decisiones democráticas que se hubieran podido tomar. Sí recuerdo, como si fuera hoy, la noticia del asesinato de Kennedy, que mis padres, mi abuela y yo escuchamos con asombro y con pena. “Esto en España no podría suceder”, dijo alguien. Cualquiera le pegaba un tiro a Franco. Creo que hubo algunos intentos, pero no tuvieron éxito, como se puede colegir de cómo ocurrió la muerte del General.

El otro programa diario que escuchaban mi madre y mi abuela cuando ya había anochecido, supongo que sería alrededor de las ocho, era el rosario. No sé si se conectaba diariamente con alguna iglesia, si estaba grabado o se hacía en algún estudio de la radio. Lo que sí me acuerdo es de la sintonía, la Tocata y fuga de Bach, y de alguna de las letanías en latín que se rezaban al final: Sancta María, ora pro nobis; Sancta Dei Génetrix, ora pro nobis; Sancta Virgo Vírginum, ora pro nobis; Mater Christi, ora pro nobis; Mater Ecclesiae, ora pro nobis…

Yo tenía un transistor Toshiba que me había traído de Brasil mi tío Arcadio y ya en el Instituto, un poco más tarde, a mediados y finales de los sesenta, escuchaba fundamentalmente programas musicales de los que recuerdo, sobre todo, Caravana Musical y Vuelo 605, los dos de Ángel Álvarez, un locutor con una voz inconfundible, intimista y cálida. Este locutor era también un radiotelegrafista de Iberia y gracias a eso podía traer de Nueva York y de otras ciudades americanas una gran cantidad de discos y canciones que apenas se podían encontrar en España y que eran muy adelantadas en su tiempo. Mi compañero de instituto Casanova y yo, dos seguidores incondicionales de Ángel Álvarez, comentábamos las últimas novedades y los demás nos miraban como bichos raros, porque nuestros amigos sólo escuchaban a Los Brincos, Fórmula V o, como mucho, a Los Bravos o a Los Módulos. Bob Dylan, la música folk o el jazz les sonaba a chino. Nosotros los mirábamos con cierta conmiseración, dándonos pena por su incultura musical y su desconocimiento de la música que se hacía fuera de nuestras fronteras.

Los nostálgicos de aquella época y los jóvenes curiosos de ahora pueden hacerse una idea de lo que escuchábamos pinchando en el enlace al blog de Rafael Castillejo Aquella radio en casa de nuestros padres. Ahí podrán oír fragmentos de programas, sintonías, anuncios o canciones que os transportarán a un tiempo ya perdido y demasiado lejano.

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Hace 25 años, Djukic

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Hoy hace 25 años que dejó de gustarme el fútbol. Yo nunca había sido un gran aficionado, pero disfrutaba con partidos a los que iba de vez en cuando, sobre todo si el Deportivo jugaba contra el Madrid, el Barcelona o el Celta. Recuerdo haber ido de pequeño alguna vez con mi padre o con mi tío Narciso a Riazor y con los amigos a los partidos del Teresa Herrera. Mi padre sí era muy aficionado, fue socio del Deportivo durante muchos años y conocía a Arsenio Iglesias “O bruxo de Arteixo”, que fue jugador y entrenador del Deportivo. Una vez, cuando iba paseando con mi padre, yo tendría apenas siete u ocho años, se encontraron y se saludaron, recordando su infancia en Arteixo, cuando el único entretenimiento era darle patadas a un balón en los prados. Mi padre era un poco mayor, pero se acordaba perfectamente de los regates y de la velocidad de Arsenio. Fuimos paseando los tres, yo en medio y cogido de la mano de Arsenio y de mi padre, andando por la Avenida de Finisterre, mientras ellos hablaban de fútbol y yo le daba patadas a cualquier cosa tirada en el suelo. Arsenio me animaba diciendo “Tes unha boa esquerda, rapaz”.  Aquello no fue una premonición ya que nunca fui capaz de jugar ni medianamente bien al fútbol.

En los años sesenta y primeros setenta del siglo XX el Deportivo, el Dépor, subía y bajaba continuamente de primera a segunda división. Nos llevábamos grandes alegrías cuando ascendía. Recuerdo sobre todo un partido contra el Rayo Vallecano, el último de la temporada, con un gol de Beci. Yo tendría 15 o 16 años. En aquellos años jugaban Seoane, Belló, Reija, Sertucha, Domínguez, Loureda, Pellicer… Me sabía las alineaciones de memoria. Al año siguiente, decepción, otra vez a segunda. Así una y otra vez. Por ello recibió el nombre de “equipo ascensor”. Mis amigos y yo comprábamos, cuando éramos capaces de ahorrar algo del dinero que nos daban nuestros padres, las entradas más baratas, las de la Torre de Maratón, lo que en otros campos sería el gol norte. Eran gradas de cemento y, a no ser que hubiera poca gente, no podíamos sentarnos, teníamos que ver todo el partido de pie. Y la mayor parte de las veces terminábamos empapados, ya que era una grada descubierta y como el cambio climático todavía no se había producido, llovía desde el mes de septiembre hasta el mes de mayo, como tiene que ser. No sé a quién se le ocurriría la idea de hacer un campo de fútbol al lado de una playa, por donde entran todos los vientos del norte y del oeste. Arreciaba la lluvia, pero no caían los goles. Los paraguas apenas nos dejaban ver el partido y muchas veces nos perdimos alguna buena jugada. Pero el ambiente merecía la pena ser vivido y comentado.

Todos los partidos se jugaban los domingos por la tarde y cuando terminaba el fútbol, los aficionados salíamos y nos dispersábamos por el paseo de la playa de Riazor, por Rubine hacia la plaza de Pontevedra, por Ciudad Jardín… Nosotros nos íbamos a la plaza de Pontevedra, al café Unión, y solíamos tomarnos un café o un refresco mientras estábamos rodeados de jugadores de ajedrez. Comentábamos en voz baja las incidencias del partido y observábamos las partidas rápidas donde Merino o Prada ganaban siempre. Poco a poco me fui aficionando y dejé de lado el fútbol, donde nunca destaqué y me dediqué a jugar al ajedrez, donde tampoco brillé y no pasé de principiante o poco más.

Muchos coruñeses, además de deportivistas éramos también del Real Madrid. Sobre todo porque bastantes jugadores de la cantera del Dépor llegaron a jugar en el club blanco: Amancio, Veloso, Buyo… Y también muchos del Madrid jugaron en el Deportivo: Aldana, Martín Vázquez, Víctor González, Amavisca, Arbeloa… Así que teníamos el corazón partío, sobre todo cuando se enfrentaban ambos equipos. Lo bueno era que nunca salíamos decepcionados del todo, perdiera quien perdiera. Por otro lado, en La Coruña siempre veraneaban muchos madrileños y el Real Madrid jugaba en numerosas ediciones del Terresa Herrera. Había una buena hermandad y camaradería entre ambas aficiones. Hasta que le Deportivo se convirtió en el Súper Dépor. De la mano, mejor dicho, de los pies de jugadores como Bebeto, Donato, Mauro Silva, Fran, Liaño, López Rekarte o Claudio y con la sabiduría de un modesto entrenador, Arsenio Iglesias, el Deportivo de La Coruña fue capaz de tratar casi como a iguales a los todopoderosos Madrid y Barcelona. Y ahí cambió todo, porque ahora los dos grandes, sobre todo el Madrid, el equipo más grande de Europa, ya eran rivales a los que durante algún tiempo el Deportivo trató de tú a tú y llegó a luchar con ellos por el campeonato de Liga. Así que la amistad y la camaradería se convirtió en rivalidad, en enfrentamientos a cara de perro. El Madrid ya no era el amigo, sino un enemigo declarado, casi como el Celta, aunque esto son palabras mayores.

Pero las grandes alegrías vienen acompañadas, sobre todo cuando no se está acostumbrado a ellas, de grandes decepciones. La peor de todas, con mucha diferencia, se produjo hace exactamente 25 años, al final de la temporada 1993/94. El Súper Dépor había estado casi toda la temporada de líder de la Liga, con un juego muy seguro en defensa y eficaz en el ataque. La rapidez y capacidad goleadora de Bebeto, la fuerza, potencia y determinación de Donato y Mauro Silva, la calidad de Fran, la seguridad de  Liaño en la portería y la clase de Djukic en la defensa; todo ello hizo que prácticamente toda la España aficionada al fútbol deseara que el Deportivo de La Coruña, por primera vez en su historia, se proclamara campeón de Liga. Llegó el fatídico 14 de mayo de 1994, último partido del campeonato en Riazor, contra el Valencia, que no se jugaba nada. El Barcelona, que estaba entrenado por Cruyf, jugaba contra el Sevilla.

Reconozco que yo estaba muy nervioso. Que un equipo modesto, mi equipo, fuera capaz de lograr un trofeo tan valioso me parecía casi imposible. Así que decidí no ver el partido. Nos fuimos Carmen y yo a Sevilla (entonces vivíamos en Montequinto) y nos metimos en el cine, a ver la película Lo que queda del día, protagonizada por Antony Hopkins y Emma Thompson. Casi no me enteré del argumento ni me fijé en lo que ocurría en la pantalla. En aquella época no había teléfonos móviles y no podía ir sabiendo el resultado. Los minutos fueron pasando muy lentamente y mi nerviosismo fue aumentando. Así que cuando salimos, nos metimos en el primer bar que encontramos y nada más entrar escuché los comentarios de algunos parroquianos. El corazón me dio un vuelco. Estaban repitiendo las jugadas del partido y pude ver cómo Djukic fallaba el penalti en el último minuto, la desesperación de jugadores y aficionados, la fuente de Cuatro Caminos vacía. Se me hizo un nudo en la garganta y se me saltaron las lágrimas de rabia, de pena. No fui capaz de tomarme ni una cerveza y le dije a Carmen que nos fuéramos para casa. No tenía el cuerpo para farolillos. Lo peor es que Carmen, que no entendía aquello, se enfadó y me dijo que se alegraba de lo que había pasado. Prefiero no recordar la amargura de la derrota y las crueles palabras de mi mujer. Lo malo es que nos enteramos de que el Barcelona había pagado muy bien a los jugadores valencianistas, que lo reconocieron unos años después. El poderoso, como casi siempre, había vencido al débil. Lo de David y Goliat se ve muy pocas veces. 

A partir de aquello decidí que no valía la pena tomarse semejantes sofocones por el fútbol, ni por ningún deporte. Poco a poco me fui apartando y dejé de seguir a mis equipos. Me alegraba algo si ganaban pero apenas me conmovía si perdían. Ahora veo algún partido de fútbol, baloncesto o tenis con mucha placidez, relajado, disfrutando del espectáculo pero sin agobiarme por el resultado. Quizás el que menos me atrae es el fútbol. Lo único que me molesta es que mi hijo Santiago es del Barcelona. ¿A quién habrá salido este niño?

Están a punto de cumplirse 25 años del penalty fallado por Djukic

Encuentros de Lobos

En los últimos tiempos se han perdido algunas costumbres que permitían mantener en las familias una impresión de continuidad, de pertenecer a un mismo clan, de dotarse de una especie de cemento que unía a todos los miembros de diferentes generaciones. Las conversaciones a luz de una candela o alrededor de una mesa camilla donde se contaban las historias familiares y las anécdotas que pasaban de padres a hijos, los retratos de los abuelos en sepia o en blanco y negro colgados de una pared o encima de una mesa, las cartas que se enviaban con periodicidad y que daban cuenta de la salud, del trabajo, o de los hijos nacidos en tierras lejanas, las fotos dedicadas… Casi todo esto ha pasado a mejor vida. Es una lástima, sobre todo en una época en que las comunicaciones, los viajes y los contactos son mucho más cómodos y más fáciles. Internet, móviles, skype, vuelos baratos, coches rápidos, autopistas… todo ello debería invitar a la unión, a la cercanía, al conocimiento. Pero, no se sabe muy bien por qué, la norma general es aislarnos, crear vínculos débiles, superficiales, inconstantes. Estamos más pendientes del móvil o de facebook que de la frase que nos dirige el que está al lado. De vez en cuando una llamada, una reunión o una comida, alguna visita corta para no molestar. Y se van perdiendo los lazos y las historias, las relaciones y los contactos.

Tengo la suerte de pertenecer a una familia en la que eso no está ocurriendo. Ni por parte de los Castro Díaz, los gallego-andaluces, ni por los Vázquez Lobo, los arochenos. No tanto como sería deseable porque ha habido una cierta dispersión a la hora de establecerse (Coruña, Limiñón, Pilas, Sevilla, Tomares, Córdoba), pero seguimos estando razonablemente en contacto. La familia es bastante más amplia en el lado andaluz. Solamente con los Díaz, los Vázquez y los Lobo hay para escribir miles de páginas. Ahora que estoy intentando elaborar un árbol genealógico y una historia familiar en la que Galicia y Andalucía se unen por misterios y azares del destino, me estoy encontrando con unas posibilidades casi inagotables para crear una saga en la pueden aparecer decenas y decenas de personas y de personajes. Creo que todas las familias, generación a generación, deberían hacer lo mismo, intentar salvaguardar su memoria, recopilar no sólo las fotos que permanecen olvidadas en cajas y en álbumes que paulatinamente van perdiendo el color y diluyéndose en el pasado, sino leer y recordar todo aquello que, de alguna y otra manera, nos ha ido forjando y haciendo que seamos como ahora somos y seremos.

Nos detendremos y comenzaremos en la familia Lobo. ¿Y por qué no empezar por los Castro, que es mi apellido, se preguntarán algunos? Porque hay algunas circunstancias que facilitan dicho comienzo. Por ejemplo, la cercanía o el mayor número de datos de los que dispongo en este momento y, sobre todo, hay otro motivo que, aunque pueda parecer simple, fue el detonante: la comida que organizó Pilar, allá por el año 2011, en un restaurante cerca de Pilas, donde ella vive, a la que asistimos los Castro Vázquez, los Vázquez Lobo, los Burgos Vázquez, los Vázquez Romero, los Maestre Lobo, los Vázquez Pérez… Veinticuatro personas en total. No recuerdo muy bien de quién partió la idea ni cómo, pero, a pesar de la improvisación y la rapidez con la que se organizó todo, fue una experiencia preciosa que nos comprometimos a repetir, porque, además, faltaron Ana María, Carlos y Carlota, los de Granada, que se quedaron con muchas ganas de venir. Y el día acompañó con una temperatura y una claridad impropias del otoño.

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Como todo había salido muy bien y el resto de la familia arochena, sobre todo aquellos que viven en Cádiz y Huelva no se habían enterado, se apuntaron rápidamente a la segunda reunión, que esta vez se celebró en marzo de 2017 en Córdoba para facilitar la presencia de los granaínos. Habían pasado ya seis años desde la primera comida porque diferentes circunstancias habían retrasado el encuentro y había que darse prisa para que no se enfriaran los ánimos. Los encargados de la organización fueron Miguel Pedro e Inmaculada. Buscaron restaurante, llamado Los Lobos, por cierto, hotel y allí que nos presentamos más familias (Inmaculada y José Manuel, José Pedro y Felisa…) aunque también con ausencias ya que es complicado que todos puedan venir. Ni Santiago, ni Manuel ni los hijos de Pilar ni las hijas de José Manuel e Inmaculada… El tiempo, aunque la comida se hizo en marzo, tampoco fue demasiado bueno, pero eso era lo de menos. Coincidió, además, con el cumpleaños de Rafaela, así que todo volvió a salir redondo. La comida de Lobos ya se iba convirtiendo en tradición, así que, sin solución de continuidad, al poco tiempo comenzamos a hablar ya de la siguiente, que esta vez debería celebrarse en Aroche, cosa lógica teniendo en cuenta el origen de la mayoría de los Lobo.

Aquí abriré un pequeño paréntesis para recordar el origen del apellido, pues siempre es bueno volver al pasado por si éste ha tenido influencia en el presente, lo ha condicionado o ha permitido establecer una línea en el tiempo cuya duración y continuidad esperemos que sea larga y fructífera.

Dicen los estudiosos de la genealogía y la heráldica que el solar originario del apellido Lobo estuvo ubicado en el lugar de Melón, del partido de Rivadavia, en Orense, por lo que el tronco sería Galicia. En Melón se encontraba situado el monasterio de monjes de los Bernardos y es de dicha localidad de la que descienden todos los del apellido Lobo, al igual que los Lobera, Loberos y Lobones ya que unos y otros parece ser que tomaron su origen en la reina Claudia Lupavia, señora de Galicia, que se convirtió al cristianismo en el Pico Sacro, según afirma la tradición y habiendo cedido su palacio a San Eufragio para casa y sepultura del apóstol Santiago, se retiró a los Montes de Melón. Eso es lo que indica García Garrafa, en su Enciclopedia Heráldica y Genealógica.

Otros, sin embargo, dicen que ese apellido, muy extendido por España, procede del nombre latino Lupus “lobo”, muy usado en la Edad Media en referencia al valor, fuerza, valentía y astucia de dicho animal. Eso significaría que habría habido distintas casas del apellido Lobo, no emparentadas entre ellas. Así, estarían los Lobo de Asturias, procedentes de un caballero godo que acompañó a Don Pelayo en Covadonga, que dejó también descendencia en Castilla. Otra rama, en Portugal, procedería de Galicia, a partir de los Lobo de Melón, de la que partieron diferentes líneas que se establecieron en el país vecino y en distintos lugares de España.

Existió una casa con ese linaje en Siruela, Badajoz y en Navarrete, Logroño. Por último, probaron hidalguía en la Real Chancillería de Granada, Francisco Lobo, Villar de Rey (Cáceres) en 1696, José Manuel Lobo y Arjona, vecino de Aracena (Huelva), en 1752 y Antonio Lobo Borja, vecino de Osuna, en 1707.

He indagado un poco en la historia familiar de Carmen, mi mujer, y he llegado hasta 1854, fecha en la que nació el primer Lobo del que, en estos momentos, tengo noticia: el farmacéutico de Aroche Miguel Lobo Carquesa que, por diferentes circunstancias que sería muy largo contar y que merecen un capítulo aparte, se fue del pueblo y se instaló en Cortegana, donde inició la línea de los Lobo corteganeses que, por lo que pude comprobar es, actualmente, la más numerosa. Su hermano Pedro, bisabuelo de Carmen, se quedó en Aroche y de ahí proceden los Lobo Vázquez, Lobo López, Vázquez Lobo, etc.  Los hijos de Miguel, Horacio y Dantón son los ascendientes de los Lobo de Cortegana y los hijos de Pedro, Miguel, Félix y Segismundo son los de Aroche. Como curiosidad diré que mi bisabuelo Juan Díaz Carlos y el hermano del bisabuelo de Carmen, Miguel Lobo, fueron miembros destacados del último triángulo masón que se creó en la provincia de Huelva, el Triángulo Hijos de la Luz, mi bisabuelo con el nombre simbólico “Miguel Servet” y Miguel Lobo con el de “Volney”. Mi abuelo José Díaz Alcaide, también masón y con el nombre “Beethoven” no pasó del primer grado. Todos ellos, por cierto, fervientes republicanos.

Cierro este paréntesis y me centro en el tercer encuentro de los Lobo que, como ya comenté, se celebró en Aroche. A mediados de octubre comenzaron las propuestas de fechas y se decidió la del 17 de noviembre. A partir de ese momento, la organización corrió a cargo de Inmaculada y José Pedro. Ellos se encargaron de buscar actividades (sobre todo visitar los lugares más emblemáticos del pueblo) y encontrar un restaurante en el que cupieran todas las personas que íbamos a asistir. Lo que en un principio comenzó con poco más de veinte, terminó pasando de ochenta. Y eso que, por diversos motivos, no pudieron ir más de veinte personas, con lo que el número total hubiera sobrepasado los cien. Como una boda.

No quiero extenderme demasiado porque el artículo está siendo excesivamente largo y prolijo. Sí diré que el primer contacto de la familia ese día fue en la ermita de San Mamés, aunque su nombre verdadero es ermita de San Pedro de la Zarza, construida sobre la basílica de Turóbriga, la antigua ciudad hispanorromana fundada en el siglo I, en época de Nerón. Cuando llegamos, alrededor de las once la mañana, ya estaban en las inmediaciones Miguel Pedro y José Pedro, como anfitriones, rodeados de los Lobo de Cortegana. Empezaron las presentaciones y, aunque ya conocía a algunos parientes de Carmen, comencé a perderme con los nombres y los parentescos. Empezamos visitando la ermita y después las excavaciones de Turóbriga. Aunque sólo se lleva excavado menos de un veinte por ciento de la ciudad, nos podemos hacer una idea de la importancia que tuvo en su tiempo. Después de más de una hora de visita y explicaciones por parte de la guía, nos montamos en los coches y subimos hasta Aroche. Allí, desde la plaza del Ayuntamiento, subimos hasta el convento de la Cilla, donde actualmente se encuentran el museo arqueológico y el museo del Santo Rosario. Continuamos aprendiendo más sobre la historia y las costumbres del pueblo. Seguimos con la visita a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, una iglesia parroquial que asombra a todo el que la ve por primera vez. Finalizamos la visita cultural en el Castillo de Aroche, construido entre los siglos XI y XII, en época andalusí y que, en el siglo XIX, después de un periodo de abandono, fue reconvertido en la actual plaza de toros.

Ya eran más de las dos de la tarde y después de la caminata, de las cuestas y de las explicaciones históricas, era hora de pasar al meollo de la cuestión, es decir, a la comida. Porque toda visita cultural tiene que tener, para que sea completa, un colofón gastronómico. Así que bajamos andando hasta lo que hoy se conoce como La Fábrica (o Centro Polivalente Manuel Sancha “La Comunal”), la antigua fábrica de harinas y electricidad que, además del restaurante La Comunal, donde se celebró la comida, alberga una piscina cubierta climatizada, el gimnasio municipal, el Aula Guadalinfo, salas para cursos, salas de reuniones, etc. Parecía imposible que allí pudiéramos comer tantas personas, pero lo hicimos. Después de las palabras de bienvenida de José Pedro, pasamos a la comida, que se alargó hasta las seis de la tarde. Un menú serrano, con lomo, jamón, queso, salchichas de aguardiente de Aroche, sopa de peso y carrillá, con bebida y postre, sirvió para incrementar los lazos y conocernos mucho mejor.

No quiero dejar de mencionar la carta que leyó Pepe Luis, nieto de Miguel Lobo, que realmente nos emocionó. Cuando se murió Pedro, el hermano de Miguel,  éste escribió una carta dirigida a la mujer de Pedro, Juana y a sus sobrinos Miguel, Félix y Segismundo. La carta es de 1922 y demuestra la grandeza, la educación y la sensibilidad de una persona en la que se pueden encontrar valores que son un ejemplo a seguir. Reproduzco alguno de sus párrafos:

Queridos sobrinos y estimada Juana.

Vuestras penas las comprendo, porque se confunden con las mías.

¿Quién os acompaña de la familia de vuestro padre y marido? La soledad.

Sed honrados, que la honradez es una llave que os abre las puertas del bien. Obedeced a vuestra madre, que es la mayor santidad que hay en la Tierra y no provocarle disgustos que aumenten sus penas. Así, pues, os encargo que la mayor armonía que puede haber en la familia es la que está basada en el cariño que se tengan los miembros que la componen… De esta manera, podréis conservar la paz en la familia y a vuestra madre llena de consuelo en sus aflicciones.

Son muchos en la familia Lobo. En este encuentro había cuatro generaciones, muchos de cuyos miembros no se conocían o hacía años que no se veían. Se recordaron historias, anécdotas divertidas, se conocieron y se reconocieron en gustos, en costumbres comunes o parecidas y se comprometieron, nos comprometimos, a continuar estos encuentros. Creo que la próxima vez se organizará en Cortegana. Que no decaigan los buenos deseos y que la manada de los Lobo siga creciendo en armonía.

La magia del sofá

En el equipo de música suena el melancólico solo de clarinete con el que comienza E lucevan le stelle. “Y brillaban las estrellas, y se olía la tierra, rechinaba la puerta del huerto…”. Clarinete y voz dialogan durante unos segundos que son eternos, inmortales. Cavaradossi, a punto de ser ejecutado, recuerda en su celda los momentos vividos con Tosca. Está a punto de amanecer, la hora final de los condenados. Dejo de escribir y me concentro en el aria. Pavarotti lo vive, lo siente y transmite toda la emoción que requiere el momento. Antes de que finalice la orquesta, los aplausos y los bravos rompen el ensueño.

Estoy escribiendo sentado en el sofá mientras escucho música y mi madre cose y me interrumpe de vez en cuando acordándose de cosas que le sucedieron en su juventud y que ya me ha contado muchas veces. Escribo en un cuaderno cuadriculado y pienso que hacía mucho tiempo que no utilizaba la pluma. Ésta me la regalaron mis hijos en Reyes y creo que voy a seguir escribiendo así, sentado en el sofá del salón, escuchando música, solo o acompañado, porque delante del ordenador me distraigo, soy incapaz de concentrarme y la pantalla me absorbe las ideas, me paraliza. El papel, sin embargo, me llama, me susurra palabras, me define y concreta lo que pienso. Es un aliado, un amigo, alguien que me comprende, que está ahí siempre.

Ahora recuerdo las horas de estudio tumbado en el sofá de mi casa en Coruña. No sé cómo adquirí esa costumbre, pero era incapaz de concentrarme sentado en una silla, con el libro abierto encima de la mesa. Únicamente cuando tenía que hacer algún trabajo escrito me levantaba, entraba en mi cuarto y me sentaba delante de la mesa que estaba frente a la ventana que daba a un pequeño patio del que sólo podía ver una pared y un par de ventanas de mis vecinos. Las paredes de la habitación estaban empapeladas con posters de cantantes y grupos musicales de finales de los sesenta y principios de los setenta. El poco dinero que podía ahorrar lo dedicaba a comprar discos y revistas de música. Llegaba al kiosco, hojeaba las que me gustaban y elegía aquella que trajera una foto o un dibujo a doble página de grupos como Led Zeppelin, Credence, The Who, Deep Purple, Chicago… Cuando llegaba a casa lo primero que hacía era sacar el póster y pegarlo a la pared. Llegó un momento en que ya no había más espacio y tuve que ir retirando alguno y sustituirlo por los nuevos grupos.

Vivíamos en un edificio de color gris, con la fachada cubierta de manchas de humedad que se oscurecían más cuando llovía, que era casi siempre. Aunque nuestro piso era alto entraba poca claridad y casi siempre tenía que encender la luz del flexo. Aquellos otoños, inviernos y primaveras de estudiante eran siempre oscuros, fríos, lluviosos. Sólo se iluminaban en vacaciones y los fines de semana. Antes llovía más y las nubes apenas dejaban ver un cielo que en escasas ocasiones era realmente azul. La niebla, el cielo plomizo, el orballo, casi nunca dejaban ver con nitidez el horizonte, el paisaje. Semanas y meses que pasaban entre brumas, mañanas aburridas en las clases y tardes encerrado estudiando. Cuando tenía tiempo salía a pasear con mi pandilla de amigos o leía un libro, casi siempre de intriga, de misterio, con personajes complejos, brumosos, inacabados, como envueltos en una niebla que impide ver lo que hay dentro, como un reflejo de lo que yo veía y sentía. Estaba convencido, como lo estoy ahora, de que nunca podemos ni siquiera adivinar lo que se esconde en el interior de las personas, como si siempre estuvieran, estuviéramos actuando. Sólo los escritores que inventan historias y personajes pueden llegar hasta el fondo, moldearlos o crear protagonistas que responden a estereotipos o que son un mosaico de todos aquellos individuos que conocen o que se cruzan en sus vidas. Divago.

Me deprimía sentarme en mi pequeño cuarto, en el que apenas cabían dos camas donde dormíamos mi hermano y yo, y una mesa que también compartíamos. Como yo era el mayor necesitaba más tiempo de estudio y no podía concentrarme con mi hermano al lado, así que me iba al salón. Me acostumbré a estudiar conviviendo con los sonidos que llegaban del televisor o de la radio. Llegó un momento en que ya no era capaz de retener las ideas en silencio, sino que necesitaba escuchar música de fondo o deslizar la vista por las imágenes en blanco y negro del televisor. Mis padres no podían creerse que yo fuera capaz de estudiar así, pero llegaban las notas del Instituto e invariablemente aprobaba, menos aquel año que me suspendieron las matemáticas de tercero, pero eso no fue culpa de la radio o del televisor, sino que a mí no me gustaban y no las entendía.

Sigo escribiendo estas pequeñas notas que no quieren llegar a ninguna parte, palabras que aparecen en la hoja sin ningún objetivo, sin pretensión de reflejar alguna idea preconcebida. Pero me distraigo y disfruto, improviso y me dejo llevar. Después las pasaré al ordenador y, seguramente, al blog. He emborronado un par de páginas mientras sigo escuchando música, esta vez de versiones acústicas de conocidas canciones de Beatles, Elton John, Elvis. Mi madre sigue cosiendo y Carmen, que acaba de sentarse a mi lado después de haber estado cocinando algo, comienza a leer un libro que, me confiesa, le está cansando. Pero, y ya es cuestión de orgullo, quiere terminarlo, aunque le aburra. Siempre está el consuelo de que el final sea mejor y deslumbre. Todo está tranquilo y pienso que estos son los momentos que hay que saborear y disfrutar. Porque, y esta vez filosofo un poco, demasiadas veces la vida pasa delante de nosotros esperando que suceda lo extraordinario, aquello que dejará una huella indeleble y que recordaremos hasta el fin. Vamos dejando pasar el tiempo, los días y las noches transcurren con placidez, pero no estamos a gusto, todo nos parece monótono. Ver amanecer, charlar con los amigos, una comida en familia, una tarde de pesca, leer un libro, ver el capítulo de una serie que nos gusta. Disfrutamos con eso, sí, pero no estamos satisfechos, siempre esperamos más, una emoción fuerte, mucho más intensa. Hay momentos puntuales, el nacimiento de un hijo, un beso apasionado, un atardecer lleno de colores increíbles. Recordamos esos instantes y esperamos que se repitan una y otra vez. Volvemos a los lugares, reproducimos las situaciones, pero ya no es lo mismo, la magia del instante ha pasado.

Pero no nos damos cuenta de que lo cotidiano, las risas lejanas que nos alegran las tardes del domingo, el párrafo perfecto de un libro que nos hipnotiza, el fragmento de una ópera, la mirada intensa que nos contempla desde un cuadro, esa es realmente la esencia de la felicidad, la que se repite día a día, los pequeños instantes no calculados ni deseados. Y termino la hoja. El sofá sigue siendo mi gran aliado, mi compañero inseparable, mi fuente de inspiración.

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El primer recuerdo

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—¿Que cuál es mi primer recuerdo, me pregunta? No sé por qué los psiquiatras tienen esa obsesión por los recuerdos infantiles. Es verdad que la infancia marca el futuro de las personas, pero retorcer el pasado, sobre todo el de una época que suele ser, en las personas normales, la más feliz de la vida, me parece innecesario. Que ahora mismo tenga una pequeña depresión, seguramente producto de la ansiedad que me provoca el trabajo, no creo que tenga nada que ver con mi infancia. Mi jefe es el culpable, seguro. O mi mujer, que está todo el día dale que dale con que hagamos viajes, que salga de casa, que haga deporte. Pero si a mí lo que más me gusta es estar delante de la televisión o leer un libro repantingado en el sofá o quedarme quieto mirando a las musarañas. No quiero pensar, sólo deseo que la vida vaya pasando despacio, sin agobios, sin sobresaltos. Bastantes disgustos me han dado mis hijos, que se fueron sin siquiera despedirse, y mis amigos, que se fueron alejando, alejando sin dar una explicación, yo que siempre los llamaba para salir a tomarnos unas cañas o a jugar un partido de futbito. O mi hermana, la única que tengo y que siempre me había apoyado, pero que ahora ya ni me felicita en navidades. Pero ya que lo dice, intentaré recordar, aunque no puedo asegurar que lo que voy a contar haya ocurrido realmente. A veces sueño cosas que se repiten varias veces y creo que me han sucedido, como esa en la que me veo a orillas de un río que corre por un valle rodeado de frondosos bosques. Veo también, al fondo, algunas casas y campos verdes. Una pequeña columna de humo sale de la chimenea de una de las casas y me parece escuchar la voz de alguien, quizás mi padre, que me dice algo que no entiendo. No veo a nadie, sólo escucho la voz. Debe de estar detrás de mí. Estoy tumbado en la hierba y muerdo, distraído, un pequeño tallo. Levanto la vista y veo un cielo muy azul, sin nubes. Todo se desarrolla muy lentamente. No pasa nada, pero siento una enorme paz, como si estuviera dentro de una campana de cristal que me protegiera contra todo, contra todos. Y el tiempo se detiene y deja de fluir el río y el humo de la chimenea también se queda quieto. De pronto me doy cuenta de que estoy viendo un cuadro que estaba en casa de mis abuelos, encima del aparador donde también hay un retrato en sepia de un matrimonio que mira a la cámara muy serio. Supongo que eso será un recuerdo de la infancia, de cuando tenía cuatro o cinco años, no más, porque después mi abuelo se murió, mi abuela vendió la casa y se vino a vivir con nosotros. A veces le preguntaba por el cuadro pero ella me decía que encima del aparador del comedor había un cuadro de la Santa Cena y que no recordaba un cuadro como el que yo le describía. Por eso ya no sé si lo que acabo de contar sólo fue un sueño u ocurrió en realidad.

El psiquiatra está callado y escribe algo en su cuaderno. Yo no estoy tumbado, como veo en las películas que están los pacientes. Él está sentado en un cómodo sillón detrás de una mesa sobre la que hay varios libros y un teléfono. Yo me siento en una silla y apoyo de vez en cuando uno de los codos en el borde de la mesa, fijándome en una pequeña mancha que parece una quemadura, como si alguien hubiera dejado un cigarro y éste hubiera quemado un poco el barniz. Cuando quiero concentrarme necesito fijarme en algo que me permita aislarme y olvidar lo que me rodea. Es como si todos los objetos y las personas se diluyeran en una penumbra y se convirtieran en sombras mudas que me observan y atienden expectantes a lo que pienso o digo. Ahora sigo hablando.

—Creo que mi primer recuerdo es un viaje en tren que hice con mis padres al sur, un viaje que duró dos días, haciendo una pequeña parada en Madrid. Tan cansado debía de  estar que sólo quería acurrucarme en los brazos de mi madre, que me cantaba canciones infantiles y coplas de Marifé de Triana o de doña Concha Piquer. Por eso me gusta tanto la copla, creo. Pero eso no lo recuerdo, pero sí guardo una imagen, sólo una, de un andén. Yo estoy andando por él, de la mano de mis padres, y de pronto me asusto con un fuerte ruido, quizás del vapor del tren o del silbido, porque tengo la imagen grabada de gente con maletas, de las ruedas del tren, de la estructura metálica de la estación. Supongo que sería la estación del norte o la de Atocha, no lo sé.

— ¿El recuerdo de un viaje es su primer recuerdo? —pregunta el psiquiatra. —Es curioso y muy significativo, dice. No me explica por qué, pero me anima a seguir hablando…

La verdad es que casi todo me lo acabo de inventar. Nunca he ido a un psiquiatra, ni mi mujer me habla continuamente de hacer viajes, sino más bien al contrario, soy yo el que la castiga con el tema. No tengo una hermana, sino un hermano. Ni mis hijos se han ido sin despedirse ni mis amigos se han ido alejando. Pero esto, que comenzó como un pequeño juego de una tarde de enero en la que mi mujer y mi hija se fueron a ver trajes de gitana y me dejaron solo, me ha dado pie para comenzar a escribir un relato en el que voy a insertar recuerdos de infancia y de juventud, mezclados con parte de la historia de la familia. Supongo que muchos escritores habrán comenzado así, partiendo de lo cercano y conocido a lo más extraño. Ya veremos cómo termina esta experiencia, si es que termina.