Bendita sea tu pureza

Mi madre termina de refregarme bien. Estoy sentado en el barreño de latón, el agua todavía templada. Mi abuela llega con más agua caliente, que me echa poco a poco por encima, para quitarme el jabón que aún me queda, sobre todo en la cabeza. Me pican los ojos y protesto, y me quejo aún más cuando me limpian las orejas, que me duelen de tanto hurgar en ellas. No me explico esa manía por tener brillantes las orejas. Tiemblo un poco y mamá me seca muy bien, no vaya a resfriarme. Tengo cuatro o cinco años, más o menos. Ella está en la banqueta del cuarto de baño y me sienta sobre sus rodillas. Más refregones sobre mi delicada piel de niño, roja ya como un pimiento. Me vuelvo a quejar, pero como si nada.

Ahora empieza el ritual, mi madre recitando la oración que ya me sé de memoria y que yo repito con ella.

Bendita sea tu pureza, empieza a ponerme la camiseta blanca de algodón, calentita porque mi abuela la ha tenido cerca de la bilbaína, la cocina de leña y carbón que todavía se utiliza en casa; quedan un par de años para que se cambie por una de butano y la leñera se convierta en una alacena.

Y eternamente lo sea, meto el brazo izquierdo, el que siempre me cuesta más, todavía no controlo bien ese movimiento, levantar el brazo por encima de la cabeza y empujar para que la manga se introduzca del todo.

Pues todo un Dios se recrea, ahora el brazo derecho me cuesta menos. Va a ser que seré diestro, menos mal, porque los zurdos lo pasan mal en la escuela, según dicen madre y abuela.

En tan graciosa belleza, me baja bien la camiseta, y me da un beso en la cara. Mi madre es siempre muy cariñosa conmigo y yo también le devuelvo el beso. En casa somos muy de besos, cuando salimos o entramos de la calle, cuando nos levantamos o acostamos. Estamos todo el día dándonos besos.

A ti, celestial princesa, ahora me pone los calzoncillos, también blancos de algodón y calentitos y me remete bien la camiseta por dentro.

Virgen, sagrada María, la camisa de los domingos, hoy es domingo y por eso me han bañado, sólo me lavan todo el cuerpo, en el barreño de latón, los domingos, el resto de los días la cara, las manos, las rodillas y las orejas, siempre las orejas, relucientes como patenas. Y vuelve la dificultad con el brazo izquierdo, sobre todo porque tengo que coger el extremo de la manga de la camiseta con la mano, para que no se me suba cuando me meta el brazo en la manga de la camisa. A mi se me escapa muchas veces y me da mucha rabia, porque es muy molesto.

Yo te ofrezco en este día, el brazo derecho, muy bien, José Manuel, dice mi madre.

Alma, vida y corazón, empieza a abotonarme la camisa desde arriba, con cuidado, para no saltarse ningún ojal. Yo todavía no sé abotonarme bien, ese movimiento es muy difícil, introducir un pequeño botón en un agujero más pequeño. Son ganas de complicar las cosas.

Mírame con compasión, me pone el pantalón corto, de pequeños siempre nos ponían pantalón corto, verano e invierno, hasta que no se hacía la primera comunión no nos ponían pantalón largo, pero sólo en contadas ocasiones y sólo en invierno.

No me dejes, madre mía. Termina de vestirme con el jersey de los domingos, me peina y echa colonia. Me abraza y me da dos besos, esta es la parte que más me gusta, rodearle el cuello con los brazos y darle muchos besos, mamá huele muy bien, a Heno de Pravia, y también canta muy bien, siempre está cantando y yo aprendo muchas de sus canciones. Ya estoy listo para el paseo de los domingos con mis padres y mi hermano pequeño, que lavarán un poco más tarde porque todavía estará dormido en la cuna. Seguramente iremos al parque de Santa Margarita o al centro, a los jardines de Méndez Núñez y nos montaremos en el trolebús, en la parte de arriba, que es la que más me gusta.

Y ahora me toca a mí, noventa años después.

Mi madre hace algunos meses que ha perdido movilidad. Le cuesta andar, lo hace muy despacio y con andador o buscando apoyos en los muebles y en las paredes, y también le cuesta asearse o vestirse sola, llevarse el tenedor o la cuchara a la boca. Pero sigue teniendo buen humor, siempre canturreando o silbando bajito, con la sonrisa perenne en la boca, mirando con sus ojillos miopes, siempre brillantes de alegría  aunque, qué pena, a veces se apagan y miran hacia no se sabe dónde, hacia el interior, hacia un pasado que se olvida y se escapa ya con demasiada frecuencia, nombres, lugares, fechas que ya no recuerda. Pero hoy está contenta y más ágil y despierta que los días anteriores.

Hoy es domingo y hoy me toca a mí comenzar el ritual por la mañana, después del desayuno y el aseo. La siento en su cama, le quito la bata y la parte superior del pijama con mucho trabajo, porque ya le cuesta subir los brazos y moverlos de manera coordinada.

Bendita sea tu pureza, le dejo la camiseta puesta, una camiseta que está limpia porque se duchó ayer y todavía huele a la colonia Álvarez Gómez que le gusta tanto.

Y eternamente lo sea, dice ella, que no ha olvidado la oración, se acuerda todavía de muchas cosas, menos mal. Le pongo un jersey de cuello alto, azul, que le gusta mucho porque le abriga el cuello, ella es muy friolera, lo ha sido siempre y a medida que cumple años, aún más. Venir de Andalucía a Galicia tiene esas cosas, además, las personas mayores siempre tienen frío. Yo no soy demasiado mayor, pero ya voy notando que necesito más ropa de abrigo.

Pues todo un Dios se recrea, recitamos la oración los dos juntos a partir de ahora, como hacíamos muchas veces cuando yo era pequeño. Le quito el pañal de la noche, que apenas está húmedo, pues se ha levantado un par de veces al cuarto de baño. Ya no tiene el pudor de los primeros días y se deja hacer sin resistencia, intentando ayudarme con sus pocas fuerzas.

En tan graciosa belleza, ella sigue recitando sin equivocarse, le pongo un nuevo pañal con dificultad, es complicado que meta las dos piernas, unas piernas que siempre han sido muy bonitas, y lo siguen siendo, a pesar de la edad, cumplió noventa y cuatro años el octubre pasado. Se ríe porque le hago cosquillas. Y aunque no le haga cosquillas, también se ríe, es una bendición.

A ti, celestial princesa, el pantalón que le compré hace unos días tiene su complicación. Ella está sentada y al ponerla de pie para ajustárselo, apenas es capaz de sostenerse y agarrarse a mí y así es muy difícil maniobrar.

Virgen, sagrada María, seguimos luchando con el pantalón que, finalmente, soy capaz de ponerle.

Yo te ofrezco en este día, lo que queda es más fácil, una chaqueta de punto, blanca con dibujos, que intenta abotonar ella sola, pero tengo que ayudarla. El dedo índice de su mano derecha está deformado por la artrosis y le impide realizar movimientos finos y complicados.

Alma, vida y corazón, le pongo la bata, una bata marrón que es la que más le gusta. Las personas mayores son muy maniáticas con la ropa, les suele gustar ponerse siempre lo mismo y es complicado convencerlas de que cambien algunas prendas.

Mírame con compasión le ayudo a calzarse las zapatillas y se pone de pie con mi ayuda.

No me dejes, madre mía decimos los dos juntos y ella me mira, sonriente y me da las gracias. Se acerca al andador, con pasitos cortos, vacilantes, pero no quiere mi ayuda. Yo me quedo detrás, recogiendo la ropa del suelo para poner una lavadora y tirar el pañal sucio a la basura. La miro alejarse por el pasillo adelante, muy despacio, camino del salón, cantando como siempre. Y yo repito muy bajito y con un pequeño nudo en la garganta, no me dejes, madre mía, no me dejes todavía.

El pasillo del miedo

Durante el día, el pasillo que va del salón comedor a la cocina tiene una luz que entra por la primera puerta, la que está a la izquierda, la habitación de los padres. A la derecha está la habitación de mi abuela, pero esa es una habitación interior, no tiene ninguna ventana y por ahí no entra luz alguna. Durante el día, la puerta de la habitación de los padres está siempre abierta, se ve la cama perfectamente hecha, el armario, la mesilla de noche y la lámpara con apliques que cuelga del techo. La luz entra por el balcón que está frente a la puerta. Es una luz tenue pues las cortinas no permiten que el sol entre a raudales. No es de buen gusto que los vecinos puedan ver los dormitorios. A mitad del pasillo está la puerta de entrada al piso, con su mirilla para comprobar si quien llama es alguien conocido o no. Cuando me quedo solo, me prohíben abrir la puerta; si suena el timbre tengo que permanecer callado, como si no hubiera nadie en casa.

Al final del pasillo está el baño, pero ahí sólo hay un ventanuco cerca del techo que apenas deja entrar alguna claridad, está siempre como en una especie de penumbra por lo que hay que encender la bombilla que cuelga del techo. A un lado del baño está la cocina, con la mesa que sirve para desayunar y colocar algunos platos, una panera y algunos botes con harina, arroz, azúcar o sal. Encima de la mesa está la repisa y sobre ella la radio, siempre encendida con canciones dedicadas o radionovelas. Frente a la cocina y al lado del baño está mi habitación. Es una habitación pequeña, con una cama, una mesilla con una lamparita y una mesa de estudio. La mesa de estudio está bajo la ventana, que se asoma a un pequeño descampado al final del cual está una carretera de salida de la ciudad. Vivimos casi en las afueras, aunque la ciudad está creciendo por esa zona y cada vez se construyen más casas y se asfaltan más calles. En esa carretera hay una parada de autobuses de los que se bajan las mujeres que traen por la mañana la leche, las lechugas, las berzas y las patatas que luego venden en el mercado o en los puestos que ponen cerca de casa. Esa ventana tiene que estar casi siempre cerrada pues da al norte y por ahí entra mucho frío y mucha humedad, pero también mucha luz. Yo me distraigo viendo pasar las nubes, los pájaros y las gaviotas que revolotean sobre los edificios en los días de temporal y esos días no soy capaz de concentrarme para estudiar la tabla de multiplicar o el catecismo.

Durante el día voy del comedor a mi habitación, al baño o a la cocina sin ningún problema, andando sin prisa, mirando las fotos y los cuadros que hay en las paredes. Uno de los cuadros es un paisaje desértico, con algunas palmeras y una tienda de tela, una jaima dice mi padre que se llama. Seguramente lo trajo mi tío, que estuvo haciendo el servicio militar en África. Otro tío estuvo en Brasil y trajo una foto de una enorme montaña de piedra encima de la cual hay un Cristo con los brazos abiertos.

Durante el día, por las tardes, cuando subo de la calle o regreso del colegio, el único sitio en el que juego con tranquilidad es el pasillo. En el salón comedor no me dejan jugar casi nunca, mi madre y mi abuela planchando, haciendo calceta o viendo la televisión y cuando mi padre está en casa lee mucho, el periódico, novelas del oeste, de un tal Homero, libros de la colección Austral o de viajes, mi padre es un gran lector y aunque nunca estudió una carrera tiene mucha cultura. Cuando tengo alguna duda del colegio o de alguna cosa que sale por televisión o dicen por la radio, mi padre siempre sabe la respuesta. De mayor me gustaría parecerme a mi padre.

Durante el día, cuando llego del colegio o de jugar en la calle, quiero seguir jugando, yo no leo, no tengo libros que me gusten, no entiendo los que lee mi padre y otras veces, cuando quiero coger alguno de la estantería me dicen que eso no se puede leer, que no es lectura para niños y entonces me entra la curiosidad. A los niños no nos dejan hacer muchas cosas, pero sí puedo jugar en el pasillo, siempre que no haga demasiado ruido, no se puede molestar a los mayores, pero los niños siempre molestan a los mayores en casa, por eso nos dejan estar mucho tiempo en la calle. Por eso puedo cerrar la puerta que comunica el salón comedor con el pasillo y juego con la pelota, sin darle fuerte, o juego a las chapas o a las canicas. A veces sube mi amigo Felipe y jugamos los dos. Felipe es mi mejor amigo, estudiamos los dos en el mismo colegio y estamos casi siempre juntos. Felipe tiene un balón de reglamento que es la envidia de todos los niños de la calle. En el pasillo no podemos jugar al escondite, ni a quedar, porque no hay sitio para esconderse, así que lo único que nos queda es el balón, las canicas o las chapas. Él es mejor que yo jugando al balón, pero yo siempre le gano a las chapas y a las canicas.

Por la noche el pasillo se convierte en otra cosa, en un terreno desconocido, terrorífico, solitario, silencioso, el pasillo del miedo. Cenamos temprano en el salón viendo la televisión y después ayudo a mi madre y a mi abuela a recoger las cosas y llevarlas a la cocina. Me gusta ayudarlas porque me siento importante y porque me estoy haciendo mayor. Cuando era más pequeño no me dejaban ayudar porque decían que se me podían caer las cosas al suelo y romperse. Ahora ya no, ahora tengo mucho cuidado. Las luces del pasillo y de la cocina se encienden para que no tropecemos y cuando está todo recogido nos quedamos a ver la televisión. Mi padre no, mi padre sigue leyendo y sólo levanta la cabeza cuando sale alguna noticia que le interesa y la comenta con mi madre. A mi no me gustan las noticias, sólo veo los dibujos animados y una serie de marionetas que me hace mucha gracia.

Me acuesto pronto, cuando en la pantalla salen unos dibujitos que les dicen a los niños que tienen que acostarse “vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar”. Cuando termina la canción, mi madre me mira y ya sé lo que tengo que hacer. Y en ese momento empieza la angustia. Yo ya soy mayor, ya me sé la tabla de multiplicar casi entera, la del siete es la que se me atraganta un poco, y me dejan ayudar a poner y a quitar la mesa y me envían a la tienda a comprar. Ya soy mayor y los niños mayores no pueden demostrar que tienen miedo, los niños, si tienen miedo, se aguantan, tienen que ser valientes, pero las niñas sí pueden tener miedo y llorar, eso no es justo. En esos momentos me gustaría ser una niña y decirle a mi madre que me da miedo irme solo a la cama, que en la habitación, que está a oscuras, puede haber algún monstruo, algún fantasma o algún demonio. Mi madre, mi abuela, en la radio, cuentan muchas historias y muchos cuentos que me dan miedo. Me gusta escucharlos, pero cuando abro la puerta del pasillo me acuerdo del hombre del saco, de Hansel y Gretel, de Pulgarcito, de Caperucita Roja. Siempre hay una bruja, un gigante, un monstruo que está escondido y que engaña a los niños, a los que se atreven a ir solos por el bosque o por pasillos oscuros y solitarios. Yo supongo que esas historias se contarán para que tengamos miedo y no nos vayamos a sitios peligrosos. A mí siempre me ha dado miedo la oscuridad porque me parece que ahí siempre se esconde un peligro desconocido, un ser que desaparece durante el día pero que aparece por la noche acechando a los niños incautos y se muestra cruel e implacable con ellos.

El pasillo es largo, interminable y está lleno de sombras. El pasillo ya no es un pasillo ni un camino sino un laberinto en el desierto, con palmeras que se inclinan hacia la arena, intentando atrapar a los que pasan a su lado, un mar que se mueve acompasadamente con el viento, un mar en el que nadan monstruos de ojos rojos, dientes afilados y aletas vigorosas, que suben hasta la superficie para mirar a los que se atreven a pasar por allí para hipnotizarlos, para tragarlos de un solo bocado e introducirse con ellos hacia las profundidades, como nos contó una vez el maestro de una ballena que se tragó a un hombre y lo tuvo tres días en su vientre. Recuerdo que ese hombre se llamaba Jonás, un nombre muy raro, como casi todos los de la Biblia, porque esa historia es de la Biblia. Yo he leído una biblia para niños, pero la verdad es que muchas de las historias que allí se cuentan también dan mucho miedo, no parece un libro para niños, la verdad.

Enciendo la luz del pasillo, pero es una luz que apenas sirve para ver que al final del pasillo está mi habitación a oscuras. No sé si en la habitación hay alguien, siempre me parece que algo se mueve allí o que de allí sale algún ruido extraño. Durante el día me gusta estar solo en mi habitación, sin que nadie me moleste, pero por la noche mi habitación es un mundo extraño y desconocido hasta que enciendo la luz y puedo comprobar que no hay nadie y que nada ni nadie hay debajo de la cama. Pero el camino por el pasillo es puro terror. Yo voy recitando en voz baja la tabla del cinco, que me la sé muy bien y me tranquiliza, pero me acerco a mi habitación y empiezo con la tabla del siete y me equivoco y me asusto y quiero regresar al lado de mis padres y de mi abuela pero ellos ya han cerrado la puerta del salón y yo estoy solo y no me atrevo a entrar, dudo entre salir corriendo hacia la seguridad del salón o atreverme a encender la luz de mi habitación y comprobar aterrorizado que allí hay un demonio o una ballena o una bruja o el hombre del saco. Pero no puedo volverme atrás, ya estoy en la puerta y pulso el botón de la luz y compruebo que la ventana está cerrada, que la persiana está bajada, que no hay nadie y me atrevo a mirar debajo de la cama, muy asustado, y allí tampoco hay nada. Y respiro aliviado.

Otra noche que he sido valiente, o eso creen mis padres, que no sé si se dan cuenta del miedo que paso o si se dan cuenta, no me dicen nada para que vaya aprendiendo a soportar el miedo. Eso no se hace con un niño. Entonces me acuesto, rezo las oraciones que me enseñó mi abuela y tardo poco en dormirme. Seguramente volveré a soñar con monstruos que se arrastran por el pasillo o por cuevas oscuras y se comen a los hombres y a los niños incautos que se atreven a meterse en cuevas. Y me despertaré por la noche gritando y nadie me escuchará porque la habitación de mis padres y de mi abuela están al final de pasillo del miedo y no me atreveré a levantarme para decirles que me da miedo dormir solo. No puedo decirles eso porque ya soy un niño mayor.

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Almudena Grandes, adiós

Hoy, 27 de noviembre de 2021, falleció Almudena Grandes en Madrid, ciudad en la que nació, que ella amaba tanto y sobre la que tanto escribió. Leí el primer libro de Almudena Grandes, Las edades de Lulú, hace muchos años, concretamente en 1989, cuando ganó el concurso erótico literario La sonrisa vertical. En su momento causó bastante revuelo, sobre todo por el tema, la iniciación de una adolescente en el mundo del sexo en el Madrid desenfrenado de los años 80, y por el lenguaje, explícito, sin sinónimos, retruécanos, metáforas ni ningún lenguaje figurado. Este año 2021 se cumplieron cien años del nacimiento de Luis García Berlanga, que presidió el jurado del Premio La sonrisa vertical desde su primera convocatoria en 1979, así que en 2021 se cierra el círculo, el nacimiento de un genio del cine, un enorme artista, y la muerte de otra gran artista, Almudena, que hizo honor a su apellido. Parece mentira que en solo treinta y dos años, desde que publicó esa primera novela, haya sido capaz de forjar y crear un mundo literario tan rico y tan extenso.

Admiradora de Benito Pérez Galdós, Almudena Grandes quiso escribir, según sus propias palabras, algo semejante a los Episodios Nacionales. Para ello comenzó una obra casi enciclopédica que recorre y explica la España de la Guerra Civil y de la posguerra. Con una intensa y profunda investigación, que la llevó a recorrer gran parte del país, entrevistarse con decenas de personas y leer cientos de libros, revistas y periódicos, consiguió con Los Episodios de una guerra interminable, sacar a la luz muchos acontecimientos que se habían olvidado y perdido. Reconozco que apenas había oído hablar del intento de invasión desde el norte de España por parte de antiguos combatientes republicanos, ni cómo se realizó la construcción en el valle de Cuelgamuros de la basílica y la enorme cruz del que se conoce actualmente como Valle de los Caídos. Inés y la alegría, Los pacientes del doctor García, Las tres bodas de Manolita, El lector de Julio Verne o La madre de Frankenstein son lecturas que me han acompañado estos últimos años y esperaba con expectación la que creo que iba a ser la última obra de esta serie de seis libros, Mariano en el Bidasoa, una obra inédita que no sé si habrá podido terminar de escribir.

He visto muchas veces en Rota, donde veraneo hace muchos años, a Almudena, a su pareja Luis García Montero, a Benjamín Prado, a Felipe Benítez Reyes o a Joaquín Sabina. He asistido a presentaciones de sus libros en uno de sus bares favoritos, La calabaza mecánica, he sido espectador y escuchante de lecturas de poemas en un acontecimiento que esperaba con mucha ilusión en Rota, La Noche de la Literatura en la calle, de la que se llevan ya doce ediciones. Almudena no podrá asistir a la décimo tercera y ya no será lo mismo Rota sin su presencia paseando por la playa de Punta Candor o por las calles siempre sonriente y deteniéndose cuando la gente se paraba a saludarla o comprando en el mercadillo de los miércoles. Grandes es su apellido, grande era su presencia y grande será su ausencia.

Recuerdo con cariño la charla que dio en la Fundación Cajasol en mayo de 2017 con motivo de la clausura de la primera edición del ciclo de conferencias «Letras en Sevilla». Ese año se titulaba «Literatura y Guerra Civil». Fue una conferencia muy amena, en la que Almudena explicó cómo se empezó a interesar por el tema de la guerra civil. Tuve la suerte de que me firmara y dedicara varios libros en la Feria del Libro de Sevilla de 2018, libros que guardaré como auténtico oro en paño.

DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (III)

10 de noviembre de 2021. Un viaje inolvidable entre Coruña y Aroche.

Hay personas a las que no les gusta viajar porque se acomodan a un espacio conocido, a su pueblo, a su barrio, a su hogar. Todo lo que suponga salir de su ambiente les provoca cierto temor, una especie de desasosiego que les impide disfrutar de nuevas experiencias. Como se está en casa, no se está en ninguna parte, suelen decir mientras se beben un buen vino tinto acompañado de queso y jamón sentados en el salón de su casa viendo un partido de fútbol o cualquier otro programa de televisión. Saludar diariamente a los amigos, charlar con ellos horas y horas, tomarse un café o una cerveza en el bar al que acuden hace muchos años. Otras personas simplemente no pueden viajar porque su economía se lo impide o tienen que viajar obligatoriamente para escapar, huir de la miseria, del hambre, de la guerra. No son viajes de placer, son travesías hacia la esperanza y lo desconocido. En realidad, más que viajar la palabra exacta es emigrar, buscar una vida mejor. En España sabemos mucho de eso.

A mí siempre me ha gustado viajar, hacer turismo, conocer nuevos países, nuevas ciudades, nuevas culturas. No tengo ni el dinero ni la ambición, ni quizás el valor, para ser un viajero intrépido que recorre lugares casi inaccesibles, solitarios, peligrosos, desconocidos, aunque me hubiera gustado. Creo que mi primer viaje, cuando sólo tenía dos años, fue una pequeña odisea. Viajar en el año 1957 en una locomotora de vapor, en un vagón de tercera con asientos de madera desde Coruña a Sevilla y después en autobús de Sevilla a Aroche, tuvo que ser épico. Entre unas cosas y otras tardamos tres días y mis padres supongo que llegarían exhaustos, aunque dichosos, porque mi madre hacía nueve años que no regresaba a su pueblo. Como es lógico, no me acuerdo de nada, pero las fotos que conservo me muestran como un niño tímido, siempre cogido a las faldas de mi madre.

Ya he contado algunos viajes, como cuando viajé a Rusia, a Nueva York, a Londres o a Italia. En todos ha habido anécdotas y algunos momentos realmente difíciles y complicados, sobre todo cuando únicamente sabes hablar español y apenas entiendes algo de francés. De inglés, ni hablamos, nunca mejor dicho. Y eso que cada vez que salgo al extranjero y me encuentro con problemas de comunicación me planteo empezar a aprender inglés. Pero cuando me voy a poner en serio a la faena, porque en broma ya lo he intentado muchas veces, pienso que qué necesidad, que el español es el segundo idioma más hablado y que aprendan los demás el nuestro, que para eso tenemos al mejor novelista, Cervantes, y a la mejor liga del mundo, o eso dicen.

Hoy, sin embargo, quiero contar un viaje que se podría calificar de complicado, desastroso, épico, peligroso o cualquier otro adjetivo similar, aunque el que mejor le cuadra es el de inolvidable. Por supuesto que lo mejor sería olvidarlo, meterlo en una de esas cajas que según dicen tenemos en nuestra memoria, ponerle un cerrojo, cerrarlo y tirar la llave lo más lejos posible. Pero ya se sabe que la memoria es rebelde y que cuando menos se piensa salta la liebre. Ahí vamos, pero antes hay que ponerse en situación.

En el año 1981, cuando suceden los acontecimientos que voy a relatar a continuación, no había teléfonos móviles, no había tarjetas de crédito y, por supuesto, tampoco había Internet. Cuando uno quería viajar y llevar el dinero suficiente, una buena parte la llevaba en efectivo, guardada y escondida; también había cheques de viaje y, además, podía usarse la libreta de ahorros. Para ello había que acercarse al banco y en la oficina indicabas qué cantidad querías disponer durante los días que estuvieras viajando. Esa cantidad tenía un límite dependiendo de tus ahorros. En la libreta te acuñaban unas líneas para que, cuando necesitaras efectivo, acudieras a una oficina bancaria de una entidad asociada a este sistema y fueras retirando el dinero necesario que se iba inscribiendo en la libreta hasta completar la cantidad marcada. Si te surgía una urgencia un día festivo y no llevabas dinero encima, a ponerse a rezar. Todo mucho más complicado, como se puede comprender.

El fin de año 1981 lo pasamos en Coruña. Los años de noviazgo y los primeros años de casados Carmen y yo solíamos pasar las navidades en Aroche y el fin de año en Coruña, había que repartirse entre las dos familias, como es comprensible. Pero los Reyes también los pasábamos en Aroche, participando de la cabalgata que allí se celebra, un auténtico espectáculo al que hace ya muchos años que no asistimos. Así que el 5 de diciembre del nuevo año, después de cargar hasta arriba el maletero y los asientos traseros de nuestro Seat 127 amarillo, un coche muy popular en aquella época que a mí me dio muy buen resultado y al que le tenía mucho cariño y cuidaba como a un hijo, salimos de madrugada, calculo que sobre las cinco de la mañana. El viaje era largo, casi mil kilómetros y las carreteras muy malas, no como las de ahora. Solíamos tardar unas doce o trece horas, contando las paradas para comer y para descansar. Además de nuestro equipaje, un par de maletas llenas de varias mudas y mucha ropa de abrigo, el mayor volumen lo ocupaban las cajas con los regalos de reyes para la familia.

Los días anteriores había llovido mucho, pero afortunadamente el día de nuestra partida no había nubes y las estrellas brillaban en un cielo limpio y sin luna. El frío, sin embargo, era intenso y había mucha humedad.. Arranqué con cierta dificultad el coche y esperé a que el motor se calentara para encender la calefacción y caldear el interior. A esa hora no había tráfico y la salida de Coruña por la avenida de Alfonso Molina y el puente del Burgo fue muy tranquila. Algún que otro camión, coches aislados y poco más. Pasamos Betanzos, Guitiriz, Lugo, sin apenas compañía. A un lado y otro de la carretera, los árboles y las casas pasaban velozmente. En el radiocasete del coche, música de Pink Floyd, Beatles o Milladoiro. Carmen adormilada a mi lado. Llegamos a Becerreá y poco más adelante, la subida al puerto de Piedrafita. La nacional VI en aquella época era de doble sentido, así que como en los puertos de montaña o en zonas con muchas curvas te encontraras con un camión, había que echarle paciencia, reducir y esperar el mejor momento para adelantar. Yo conocía bien la carretera porque la había recorrido muchas veces, primero con mis padres, a bordo de un seat 600 primero, un seat 850 más tarde y por último con el 127 que después sería mío. Cuando Carmen y yo nos hicimos novios, aprovechaba las vacaciones para visitarla en Aroche, así que me sabía casi de memoria las rectas y las curvas, los pueblos y aldeas que yo iba memorizando y repitiendo, ahora viene Baamonde, falta poco para Begonte, casi estamos en Rábade, en Outeiro de Rei (en aquella época se escribía y decía Otero de Rey), ya casi estamos en Lugo… más adelante Corgo, Baralla, el puerto de Campo de Arbre, que muchos inviernos está cerrado por la nieve, y cuando llegábamos a Becerreá solíamos parar para tomar un café. Pero en este viaje todavía era muy temprano y estaba todo cerrado. El frío era cada vez más intenso y la calefacción estaba al máximo así que seguí camino rumbo a Piedrafita (hoy Pedrafita do Cebreiro) en el límite con la provincia de León, subiendo el puerto del mismo nombre. Pasábamos por Nogales (As Nogáis) y Noceda. Por suerte, apenas tuve que adelantar a algún camión que subía las rampas con dificultad. Tenía que tener mucho cuidado pues el asfalto estaba cubierto de hielo y podía llevarme algún susto. En Piedrafita no se veía un alma y sólo dos o tres luces en algunas casas daban fe de que el pueblo estaba habitado.

Comencé el descenso del puerto, lleno de curvas peligrosas y muy pocas rectas. Delante de mí, un camión que me impedía adelantar. El camión debía de ir vacío porque llevaba una gran velocidad, así que como era casi imposible pasarlo decidí reducir la marcha y dejar que se alejara. Ya llegaría el final del puerto y podría adelantarlo sin dificultad. Pasamos Ambasmestas, la Vega del Valcarce y Trabadelo. A un lado y otro de la carretera, altas montañas y bosques frondosos que la oscuridad impide ver pero se adivinan y, además, sé que están ahí y observan impasibles nuestra marcha. El río Valcarce, impetuoso, se cruza varias veces en el camino. No puedo verlo por la oscuridad pero sé que lleva mucha agua. Falta poco para Pereje, pienso y en ese momento, cuando intento reducir la marcha porque me estoy acercando a una curva cerrada, comienza el espectáculo. Sin saber qué pasa en un primer momento, me encuentro con la palanca de cambios en la mano, suelta totalmente del engranaje. Freno bruscamente porque me acerco a la curva y busco una zona donde pueda apartar el coche y parar. Menos mal que los frenos funcionan bien, la velocidad desciende y un poco más adelante encuentro un lugar llano fuera de la carretera. Intento maniobrar con la palanca, para ver si ha sido un fallo pasajero y puedo volver a engranar la marcha. Imposible, se ha roto el cambio de marchas. Noche cerrada, ni un alma ni una luz a la vista. Carmen se ha despertado y me pregunta qué pasa. ¿Que qué pasa? digo yo entre asustado y enfadado. Que nos hemos quedado tirados, que el coche se ha estropeado, que es de noche, que no veo nada, que el pueblo más cercano está a un kilómetro o más, que allí no habrá ningún taller, que no sé si esto tiene arreglo… Me estoy poniendo cada vez más nervioso, pero con mi proverbial capacidad de afrontar las dificultades, o eso dicen que tengo y yo me lo creo, empiezo a respirar profundamente y noto que el corazón, que se había desbocado, late ya más despacio.

Salgo del coche y espero unos minutos a ver si pasa algún vehículo, algún camión para hacerle señales y que me acerque a Pereje, para llamar desde allí al seguro y que me envíen una grúa. No pasa ni un alma, ni coche, ni camión ni ciclista ni peregrino, ni siquiera la santa compaña o algún alma en pena. Estamos solos en el mundo, seguro que una catástrofe mundial ha acabado con la humanidad y Carmen y yo somos los únicos supervivientes. Eso se me pasa por la cabeza un instante, sólo un instante, pero me llena de angustia. El río Valcarce suena a mi derecha, muy cerca, un rumor que, en lugar de tranquilizar, pone más nerviosa a Carmen. El coche está bien situado así que le digo a mi mujer que voy a llevarme la documentación del coche y llegar andando hasta Pereje, a ver si hay algún bar, algún comercio o algún alma caritativa que me permita usar el teléfono. Carmen se pone pálida y empieza a tartamudear, me me me vas a dejar aquí sola, en medio de la nada, con el frío que hace, con el miedo que me da la oscuridad, no no y no, ni hablar, me voy contigo, yo no me quedo aquí sola, faltaría más. Abre la puerta del coche y en cuanto nota el frío en la cara y en el cuerpo, vuelve a introducirse inmediatamente. Creo que lo ha pensado mejor.

Total, que después de otro intercambio de frases, ten cuidado, mira que apenas se ve, a ver si pasa algún coche y te puede acercar al pueblo, no te preocupes, tendré cuidado, te dejo el coche encendido con la calefacción, procura abrir un poco la ventanilla para que no te asfixies, eso, tú tranquilízame, jeje, hay que tomarse las cosas con humor en los peores momentos, me abrigo bien con mi lobo marino azul con el que parezco el capitán de un barco ballenero, sólo me falta el gorro y la pipa, paso a la izquierda de la carretera y comienzo la caminata a buen ritmo, no sólo por llegar antes, sino porque hace un frío que pela. Viene algún coche de frente y también pasan varios coches y un camión en mi mismo sentido pero ninguno para a pesar de que les hago señales. Mi figura no debe ser tranquilizadora pues en esa época tenía barba y el pelo bastante largo, un hippi o un asesino en serie, pensarían. La noche, aunque sin luna, es bastante clara y puedo ver las estrellas y las constelaciones en el cielo. El río y su murmullo me acompañan así como algunos ruidos de animales que no me tranquilizan precisamente, entre ellos uno que parece un búho, una lechuza o vaya usted a saber qué otro ave de no muy buen agüero. Diez o quince minutos después diviso las primeras casas de Pereje, casas de piedra con chimenea, de algunas de la cuales sale un tenue humo azulado. Miro el reloj, las siete y media y todavía es de noche, aunque observo que en el horizonte comienza a clarear ligeramente y ya se pueden ver las cimas de algunas montañas.

Albricias, una mujer está abriendo una especie de tienda, abacería o similar y es como si se me apareciera alguna virgen que viniera a auxiliarme. Le explico lo que me pasa y, por supuesto, me deja usar el teléfono. Llamo al seguro y después de dar mis datos y la ubicación aproximada del vehículo, me dicen que me enviarán una grúa desde Ponferrada. Regreso junto a Carmen. Parece que todo se va solucionando y ya estoy de mejor humor. Cuando llego al coche, Carmen está en shock, que si ha escuchado ruidos raros, que cómo he tardado tanto, que no vuelva a dejarla sola, que si llega a saber que iba a tardar tanto se hubiera ido conmigo, que está muerta de frío porque apagó el motor no fuera a asfixiarse… prefiero no decir nada porque entiendo su nerviosismo. Ahora sólo queda esperar la llegada de la grúa. Nos quedamos callados, los ojos cerrados, absortos en nuestros pensamientos, sin atrevernos a hacer pronósticos sobre el resto del viaje. Y menos mal, porque todavía nos quedaba lo mejor, o lo peor, según se mire.

Cerca de una hora después, sobre las ocho y media o nueve de la mañana, ya con el sol sobre el horizonte y con buena visibilidad, comprobamos que estamos muy cerca de un pequeño puente sobre el río Valcarce. Para desentumecernos, salimos del coche y nos acercamos a ver el río. Si no fuera por la situación, seguro que disfrutaríamos del paisaje. Bosques tupidos, prados de un verde intenso, montañas en alguna de las cuales hay nieve, un río de aguas cristalinas y un hermoso amanecer. Pero lo único que queremos es que llegue lo antes posible la grúa. Y llegó, claro.

Pasaré por alto, porque realmente no recuerdo mucho eso, el viaje con el coche estropeado sobre la grúa. Cuando llegamos a Ponferrada, serían ya cerca de las diez de la mañana. El dueño del taller nos dijo que el arreglo iba a ser caro, pero que el coche podría continuar el camino sin problemas, que tardaría un par de horas y que fuera preparando un buen fajo de billetes. Yo estaba temblando, porque miré el saldo del que podía disponer en la libreta de ahorros y aunque era una cantidad bastante elevada no sabía si bastaría para pagar la avería. Dejamos el coche en el taller y nos fuimos a desayunar a una cafetería cercana. Allí preguntamos por una sucursal bancaria donde saqué todo el dinero disponible, creo que unas veinte o veinticinco mil pesetas, que en aquella época era la mitad del sueldo de un mes, un dineral, porque la hipoteca del piso nos dejaba los ahorros tiritando, sobre todo en enero.

Aunque parezca mentira, el arreglo se llevó la práctica totalidad de lo que teníamos, menos unas dos o tres mil pesetas para gasolina. Estamos hablando de unos quince euros actuales, para hacerse una idea del coste de la vida en aquellos tiempos. Salimos de Ponferrada cerca de la una de la tarde. El coche funcionaba perfectamente así que, dejando a un lado el dineral de la avería, que no se me quitaba de la cabeza, lo que yo podría haber hecho con ese dinero, la de cuotas de hipoteca que habría quitado de en medio, las comidas y viajes… mejor no pensar. Una vez pasada Salamanca, serían las cuatro de la tarde, decidimos parar, arrimando el coche al arcén para comernos los bocadillos que Carmen había preparado la noche anterior. Error, inmenso error. El arcén era de tierra apisonada, o eso parecía, así que frené y giré el coche para sacarlo de la carretera en un larga recta. Nada más pisar la tierra las dos ruedas laterales derechas, el coche se hundió más de dos cuartas. La abundante lluvia caída los días anteriores había convertido la tierra en un barrizal que no pudo aguantar el peso. Así que teníamos un nuevo problema. Yo salí del coche dando gritos y andando a grandes zancadas carretera adelante, echando por la boca sapos y culebras, acordándome de todo lo que se movía en el universo, y de lo que no se movía también me acordaba. Carmen no podía salir por su puerta, ya que tropezaba con la tierra, así que, aprovechando su agilidad, salió por la puerta del conductor e intentó tranquilizarme. Ahora era yo el nervioso. Otra vez ejercicios de respiración profunda y acompasamiento de los latidos del corazón. Intentamos mover algo el coche, tarea imposible, cada vez se hundía y escoraba más. Lo malo es que esta vez el pueblo más cercano estaba a bastantes kilómetros, así que la única alternativa era que algún alma caritativa pudiera ayudarme. Mientras tanto, nos pusimos a comer los bocadillos, las penas con pan son menos.

Apenas habíamos dado dos o tres mordiscos cuando se paró un land rover delante de nosotros. Ahí estaba el alma caritativa, un hombre corpulento, más bien rollizo, yo diría que muy entrado en carnes, gordo, para qué andarse con florituras, pero muy amable. Salí rápidamente del coche y le expliqué la situación, aunque el hombre, que sabía lo que se hacía, no metió las ruedas en la cuneta. Vamos a sacar el coche con una cuerda, y mientras lo decía, sacaba una soga que seguramente serviría para colgarse de alguna viga en momentos de desesperación. Menos mal que yo no tenía una a mano hacía unos minutos. Así que ató la cuerda con un nudo a nuestro parachoques delantero y con otro nudo a su vehículo. Otro craso, crasísimo error, porque en cuanto arrancó el land rover, mi parachoques salió arrastrando por la carretera y el coche no se movió ni un milímetro. Se me quedó cara de tonto.

Claro, dijo el hombre con una media sonrisa, tendría que haber atado la cuerda a la carrocería, no al parachoques, ha sido un fallo mío, pero esto tiene fácil arreglo, ya verá. Dicho y hecho, con una habilidad que todavía no me explico, fue capaz de atar con varias cuerdas el parachoques y colocarlo perfectamente, y esta vez sí que lo hizo todo bien. Total, resumiendo, que esto ya se está haciendo muy largo y todavía quedan muchas aventuras, que a los poco minutos el 127 estaba ya listo para seguir camino. Quise darle al hombre mil pesetas por su trabajo, aunque esto supusiera, quizás, quedarme tirado sin gasolina, pero no lo consintió, lo cual agradecí en el fondo, así que nos despedimos con muchas muestras de agradecimiento, abrazos del oso varios, suyos sobre mí y mi mujer, y deseos de vernos en mejor situación para tomarnos alguna botella de vino.

Estábamos todavía a mitad de camino y llevábamos ya once horas de viaje. Yo calculaba que me quedarían otras seis horas, o sea, llegaríamos a Aroche, con suerte, a las 12 de la noche. Con suerte, nunca mejor dicho. Terminamos los bocadillos y continuamos rumbo a nuestro destino, que yo vislumbraba lejano, muy lejano. La siguiente población importante era Béjar. El puerto de Béjar ahora se pasa sin dificultad, pero hace cuarenta años era como el Tourmalet, una carretera con muchas curvas y bastante pendiente. Yo estaba con la mosca tras la oreja, cambiando de marcha lo menos posible por si volvía a fallar la mecánica y pendiente también del parachoques, no fuera a caerse y darme un susto. Yo tenía pánico de encontrarme, tanto a la subida como a la bajada del puerto, con una de esas trilladoras o segadoras que ocupan casi toda la calzada porque eso supondría perder mucho más tiempo, pero no nos encontramos con ninguna. La suerte parecía estar cambiando.

Baños de Montemayor y Aldeanueva fueron los siguientes pueblos que cruzamos. Estábamos ya en Extremadura. Cáceres y Badajoz eran y siguen siendo dos provincias interminables, con un paisaje lleno de encinas y un campo que invita a parar y descansar, pero nosotros estábamos deseando llegar a Aroche. Antes de llegar a Plasencia la carretera se estrecha y se llena de curvas. Ahora, gracias a la autovía, se circunvala y se deja a un lado, pero entonces se atravesaba la población, cruzando un puente sobre el río Jerte. Nada más entrar, vemos en la carretera, pasado el acueducto, una barrera metálica y una señal que nos desvía hacia la derecha, al centro del pueblo. Estarán de obras, pensé, así que callejeando, intenté encontrar otra vez la carretera. Mi sentido de la orientación (otra cosa no tendré pero sí sentido de la orientación, eso tengo que reconocerlo) me llevó otra vez a la ruta principal. Delante de mí, una especie de carreta con muchos adornos me impedía pasar. A un lado y a otro, gente gritando en las aceras, muchas familias con niños haciéndonos señas y riéndose. Pequeños golpes en el techo, que poco después descubrimos que eran caramelos. No entendíamos nada, hasta que Carmen, mirando hacia atrás, y con una exclamación de asombro, me dice ¡estamos en la cabalgata de Reyes! Yo no me lo podía creer, formábamos parte sin ser conscientes de ello, de la cabalgata de Reyes de Plasencia. Durante cinco o diez minutos disfrutamos, entre Gaspar y Baltasar, como unos actores más, como si fuéramos pajes, romanos, pastores o cualquier otro personaje. Encima, llevábamos juguetes en el maletero, toda una premonición. Cuando ya saludábamos como si fuéramos los protagonistas, un policía local, con poco sentido del humor y muy enfadado, nos hizo señas para que saliéramos del cortejo. Nos detuvo y cuando ya iba a multarnos o a llevarnos al calabozo, le explicamos nuestra odisea, casi con lágrimas en los ojos. Hasta creo que mi mujer hizo algunos pucheros para darle más dramatismo a la historia. En resumen, que tuvimos que esperar a que la cabalgata pasara, más de una hora parados. Noche cerrada, supongo que las diez o las once de la noche, ya ni me acuerdo. Después de Plasencia, Cáceres y Mérida, sin incidentes reseñables. Paramos a echar gasolina y gastarnos los últimos billetes que nos quedaban. No teníamos ni para cenar.

A la altura de Almendralejo se me cerraban los ojos. Ya llevaba diecisiete o dieciocho horas al volante y tuve que parar a descansar. A Carmen se le ocurrió la idea entrar en Los Santos de Maimona, donde vivía una prima suya, para pasar la noche con ella y llegar al día siguiente a Aroche, pero en esas fechas su prima estaba pasando los Reyes en el pueblo, así que nuestro gozo en un pozo. Fregenal de la Sierra e Higuera la Real eran los siguientes pueblos, este último frontera con la provincia de Huelva. Y aquí empezaban los temibles Arriscaeros, una de las carreteras con más curvas que conozco, muy estrecha y sin arcén. Hace mucho que no paso por allí, supongo que ya la habrán arreglado y mejorado. Para más inri, la niebla cayó sobre nosotros impidiendo ver más allá de cinco o diez metros. Se me quitó el sueño de golpe. Árboles, rocas, barrancos, animales que durante un instante se detenían delante del coche abriendo mucho un par de ojos que se iluminaban como si fueran fantasmas y desaparecían al momento. Yo había apagado hacía mucho rato el casete, no me apetecía escuchar música y quería concentrarme sólo en la carretera. No pasaba de segunda y sólo en algunos momentos muy puntuales era capaz de meter tercera. Yo no suelo rezar, pero estoy seguro de que durante los eternos minutos que tardamos en cruzar los Arriscaeros, recé todas las oraciones que conocía. Cuando llegamos a La Nava parecía que habíamos llegado a Nueva York, porque la carretera empezó a ensancharse y a tener más rectas. Desembocamos en la Nacional 433 y aquello ya era otra cosa, aunque seguía habiendo curvas, pero todo era mucho más conocido y seguro. El Repilado, Cortegana y ¡por fin! Aroche. Veintitrés horas después de salir de Coruña llegamos al chalet, metimos el coche en la cochera y sin apenas decir nada, subimos las escaleras y nos tiramos en la cama, deshechos física y mentalmente. La media, poco más de cuarenta kilómetros a la hora, a paso de tortuga con artritis. Me río yo de la Odisea de Ulises, el nuestro sí que fue un viaje heroico e inolvidable.

SEAT segunda mano en Badalona | WALLAPOP - Página 3

Luisiño O Chosco

La mirada de Luisiño es la mirada de todos los niños que he conocido. Fue la primera mirada que me conmovió, que desarmó mis enfados de maestro inexperto y me enseñó a contemplar ese mundo que se abría ante mí, un mundo resumido en una clase con cuarenta y dos niños y niñas de siete años. No había nada más fuera de las cuatro paredes. Eran ochenta y tres ojos de todos los colores, azules, verdes, marrones, grises, negros que me miraban al principio con miedo y después con confianza. Y todos con la misma luz, con el mismo deseo de entender lo que ocurría dentro del mundo, dentro de la clase, ávidos de aprender, curiosos por naturaleza. Yo sólo tenía que leer alguna pequeña frase, dibujar una sola línea en la pizarra o quedarme callado durante unos segundos y entonces ocurría el milagro. Con los niños pequeños siempre ocurre lo mismo, sólo hay que cambiar algo, esperar el momento adecuado, callar cuando es preciso y hablar lo menos posible. Dejar que ellos se expresen, pregunten por cosas que no entienden y contestar, a veces, con otra pregunta. Un diálogo de preguntas. Maestro, ¿qué es el aire? ¿qué es el viento? Y no respondes, sino que devuelves la pregunta, ¿habéis visto una hoja moviéndose en el árbol?  ¿habéis visto volar a los pájaros? ¿Y moverse los barcos de vela en el mar? Y entonces, con la respuesta positiva, les hablas del aire y, si estás inspirado, recitas la poesía de Lorca, Mariposa del aire. La recitas despacio, Mariposa del aire/qué hermosa eres/mariposa del aire/dorada y verde.

Y los ochenta y tres ojos no se apartan, siguen mi paseo entre las mesas. Termino de leer y ellos, que no han dicho ni una palabra, están callados unos segundos esperando que yo siga. Me quedo al final de la clase y empiezo a dictar la poesía para que ellos la copien en sus cuadernos. Estoy de pie, al lado de Luisiño, que todavía no ha sacado la libreta ni el lápiz. Es siempre el último en hacerlo. Porque a Luisiño no le gusta escribir. Me lo dijo su abuela el primer día de clase: a Luisiño no le gusta escribir porque dice que tiene la letra muy grande y muy fea, como siempre le decía la maestra del curso pasado, menos mal que se jubiló, porque mi nieto no aprendió nada con ella.

Luisiño tiene un ojo vago y por eso el médico le ha puesto un parche en el ojo sano. Luisiño tiene unas pequeñas gafas de pasta porque también tiene un poco de miopía. Tendría que haber puesto a Luisiño en la primera fila desde el primer día, pero a él le gustaba estar al final, lejos de la pizarra y, sobre todo, lejos de los enfados del maestro. Porque Luisiño es el más revoltoso, el más inquieto, el más hablador, el que siempre está dando la lata. No le gustaba el colegio y sufría leyendo, escribiendo, haciendo cuentas. Pasó la primera semana y volví a decirle a Luisiño que se pusiera en la primera fila y esta vez aceptó. Yo le caigo bien porque hablo mucho con él durante el recreo y no le riño demasiado. Me hacen gracia sus expresiones, sus travesuras, aunque no puedo demostrárselo. Tiene un vocabulario muy rico, mucho más que sus compañeros de clase. Me extraña porque no le gusta leer y se lo pregunto a su abuela un día que vino a recogerlo. A Luisiño le gusta que yo le cuente cuentos, me dice, y que le lea historias y poesías. Y cuando recibe cartas de sus padres, que emigraron cuando él tenía cuatro años, a él le gusta encerrarse en su cuarto y leerlas a solas. El padre y la madre le cuentan lo que hacen en Suiza, en una ciudad que está al lado de un lago, con montañas cubiertas de nieve casi todo el año, con bosques más grandes que los de la aldea en la que nacieron sus padres y Luisiño. Es una pequeña aldea cerca de Carballo, pero decidieron venirse a Coruña y alquilar un piso en el Agra del Orzán para que el niño, que había nacido muy débil y con problemas en la vista, estuviera cerca de buenos médicos. Por eso decidieron emigrar y dejar al niño al cuidado de la abuela. Viven los dos solos. La abuela, una mujer de unos sesenta años, me contó un día que le pusieron Luis porque al padre le gustaba mucho el fútbol y admiraba a Luis Suárez, el mejor jugador, junto con Fran y Amancio, que ha dado el Deportivo.

A Luisiño los niños, con ese punto de crueldad que suelen tener de vez en cuando, empezaron a llamarle O Chosco, el tuerto en gallego, porque el médico le puso a Luisiño un parche en el ojo izquierdo y lleva con él ya tres años. Al principio se enfadaba mucho y no quería ir al colegio ni salir a la calle, le daba vergüenza, pero gracias a su abuela ahora está encantado y no se lo quiere quitar. Le contó historias de piratas con parche en el ojo que surcaban los mares en busca de tesoros y de aventuras, le contó la mitología de los Cíclopes y de Polifemo, el gigante con un solo ojo en la frente y todo ello le ayudó a admirar a personajes que eran capaces de ser más valientes, más fuertes y de ver más allá que las personas normales. Se sintió diferente, mejor que los niños normales que podían ver con los dos ojos. Tenía suerte, según me contó alguna vez mientras se comía el bocadillo que le había preparado su abuela.

La mirada transparente, distraída, muchas veces ausente, de Lusiño O Chosco, se iluminó un día, iluminó su ojo derecho, cerca ya del fin de curso, cuando las mañanas en el colegio están llenas de luz y de esperanza por la llegada de las vacaciones y las tardes son casi interminables. Yo les leí un poema de Gloria Fuertes titulado En mi cara redondita, que dice así:

En mi cara redondita

tengo ojos y nariz,

y también una boquita

para hablar y para reír.

Con mis ojos veo todo,

con la nariz hago achís,

con mi boca como como

palomitas de maíz.

Y después lo escribí en la pizarra. A todos les hizo mucha gracia, se rieron y disfrutaron con otras poesías de Gloria Fuertes, como La gallinita o El camello cojito. Nunca habían escuchado ni leído cosas parecidas. Les digo, entonces, tenéis que escribir una pequeña poesía sobre vosotros, parecida a la cara redondita, a ver qué se os ocurre.

No recuerdo cómo eran los poemitas que escribieron, aunque seguramente imitarían de manera descarada el que estaba en la pizarra. Sin embargo, el poema de Luisiño, que había mejorado mucho su escritura durante el curso, fue totalmente diferente y el más original, uno de los mejores que escribieron mis centenares de alumnos a lo largo de los años. Era mi primer año de maestro en una escuela que está frente a la casa de mis padres y leyendo el poema que escribió Luisiño comprendí que merecía la pena esa profesión, aunque sólo fuera por conseguir que mis alumnos llegaran a escribir cosas así y sentí que yo era parte de ese pequeño milagro. Repito que no recuerdo la poesía entera, que guardé durante muchos años, pero que se traspapeló y se perdió en los cambios de vivienda, o quizás esté escondida entre los papeles o en medio de alguna carpeta polvorienta que todavía conservo en el trastero. El comienzo decía así:

Yo soy un pirata y un gigante.

Pequeño de estatura, con un ojo grande.

Todo lo veo gracias a mi poder.

Si yo lo quiero nadie me ve.

En la hoja que me entregó Luisiño escribí al final una frase que tampoco se me ha olvidado: “El verso se hizo luz y habitó en tu mirada”. No sé si es la frase de algún poeta, si la había leído o escuchado alguna vez, pero me salió del alma

Una vez acabado el curso, ese mismo verano me fui a Córdoba a hacer el servicio militar y después ya comenzó mi periplo de maestro por Camariñas, Dos Hermanas, Montequinto. He tenido extraordinarios alumnos de los que todavía me acuerdo con cariño y con los que, gracias a las redes sociales, mantengo cierto contacto. Pero Luisiño O Chosco, al que hace más de cuarenta y cinco años que no veo, nunca dejará de estar en mi corazón.

Cíclope Pirata/ Pirate Cyclops | Karim Estefan | Flickr

Senderismo por Chelo

Hacía muchos años que no visitaba Chelo, un lugar, una fraga, área natural que bordea el río Mandeo, muy cerca de Betanzos. Cuando en muchas zonas de España los ríos bajan casi sin agua y los campos amarillean, Chelo parece que se aísla en el espacio y en el tiempo con una exuberancia que apabulla. Robles, chopos, fresnos, alisos, helechos, líquenes, se disputan, centímetro a centímetro,  las márgenes del río. En muchas zonas, los rayos del sol no llegan al suelo y la luz, irreal, se esconde entre tanto verdor.

Mis padres, mi hermano y yo solíamos ir en verano, primero en el 600 y después en el 850. Eran coches que podían recorrer sin dificultad el estrecho camino asfaltado que desciende hasta el Mandeo, por el que ahora, con vehículos bastante más voluminosos, hay que hacer auténticos juegos malabares cuando se cruzan dos coches. Si por casualidad te encuentras con algún camión de los que cargan troncos, hay que rezar a San Cristóbal.

Antes había un merendero en el que comprábamos las bebidas o tomábamos un café. La comida la preparaba mi madre con la clásica tortilla de patatas, filetes empanados, empanada de atún o similar. Mi hermano y yo pasábamos el día bañándonos en las heladas aguas, cerca de la represa que saltaban los salmones para remontar río arriba a desovar. Reconozco que nunca tuve la oportunidad de ver alguno, pero seguro que abundan, según cuentan las crónicas y los pescadores.

En la zona de la represa, la más cercana a los aparcamientos y donde la amplitud y profundidad permite bañarse y nadar con comodidad, hay también mesas y bancos, parrillas para hacer churrasco o sardiñadas. Mis padres preferían espacios más tranquilos y alejados del bullicio, aunque nosotros, unos niños todavía, buscábamos compañía para jugar y demostrar nuestra habilidad en el agua.

Años más tarde, ya adolescente, íbamos amigos y amigas a pasar el día, con tocadiscos portátiles y discos de Los Brincos, Los Beatles o Los Pekenikes. No me extraña que los salmones o las truchas se escondieran. Primeros amores, primeras ilusiones, primeras decepciones que no han dejado huellas ni cicatrices, aunque sí bonitos recuerdos.

De todo eso hablamos mi hermano Rafael y yo mientras recorríamos el sendero izquierdo del Mandeo. Yo llevé mi cámara réflex e intenté recoger tanta belleza, pero es imposible, todavía no domino el secreto de la luz, que se esconde y juega conmigo. Imágenes demasiado claras u oscuras. Sombras, reflejos en el agua, en los troncos de los árboles, en las húmedas hojas de los helechos o en el amarillo verdoso de los líquenes se escapan al objetivo, se me escapan. Pero retengo las imágenes en mi retina y el sonido del agua que salta veloz entre las rocas, entre las raíces sumergidas.

El sendero, un camino pedregoso e irregular en la orilla izquierda del río, invita a detenerse a menudo y contemplar el misterioso juego del agua que se precipita entre pequeñas cascadas y rápidos cuando el cauce se estrecha. Y de pronto, un remanso que incita al baño. La tarde, tibia, pero húmeda, nos hace sudar. Subidas y bajadas, muchas piedras, algún viejo eucalipto fuera de lugar, arroyos y cintas de agua que desembocan en el Mandeo y muchos árboles, muchos helechos. Hay que tener cuidado y pisar bien para no resbalar.

Dejamos a nuestra derecha un puente de hierro y poco más adelante aparecen los restos de un antiguo balneario, dos edificios que casi desaparecen entre la vegetación. Parecen ruinas mayas. Entre ambos, una pequeña fuente de agua sulfurosa, la que se utilizaba en el balneario para los males de la piel y del hígado. Un incendio, en los años cuarenta del siglo pasado, destrozó los edificios y nunca volvieron a funcionar. Dentro de la primera construcción, el sonido del agua y de los pájaros se amortigua, como si entráramos en otra dimensión, a años luz de cualquier lugar habitado o conocido. Nos detenemos unos minutos a descansar y decidimos regresar. Cuando llegamos al puente de hierro nos sentamos con las piernas colgando y, en silencio, contemplamos abortos todo lo que nos rodea. Aprovechamos para reponer líquidos con una bebida reconstituyente y con un poco de chocolate. Yo tengo una camiseta de manga corta y estoy sudando, casi empapado. Cruzamos el puente y regresamos por la otra orilla. Hasta el momento no nos hemos encontrado con nadie y podemos respirar con total libertad, sin mascarillas. Un lujo.

El camino es bastante más cómodo y ancho, apenas presenta dificultades y tardamos menos tiempo que a la ida. Aquí sí que nos cruzamos con otros senderistas y a veces tenemos que volver a taparnos la boca. En un determinado momento comprobamos que hay un desprendimiento de rocas que llega hasta el río causado, seguramente, por las abundantes lluvias del invierno. Hay árboles caídos, ramas y piedras que, por suerte, no han llegado a taponar el cauce.

Casi sin darnos cuenta llegamos al coche. Hora y media de caminata. Chelo nunca decepciona y sigue manteniendo el encanto de lo oculto, de lo misterioso y desconocido. Jamás me cansaré de recorrerlo.

Cuarenta años

El 4 de julio de 1981 Carmen y yo unimos nuestro futuro. Yo tenía veintiséis años y Carmen era un poco mayor. Tres años de noviazgo separados por mil kilómetros, sin teléfonos móviles, tiempos aquellos en que las llamadas semanales eran controladas por las telefonistas de Aroche y de Camariñas, cartas de novios que todavía conservamos, encuentros en vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. Si contamos los días, nos vimos poco más de cinco meses en esos tres años, es decir, ciento cincuenta días de noviazgo. Pero la distancia no fue un obstáculo y quiero creer que, quizás, nos unió más. Es mentira eso de que la distancia es el olvido. Y eso que, algunas veces, pasábamos el tiempo juntos enfadados y sin hablarnos, los típicos enfados de novios que sirven para comprobar hasta qué punto el amor es capaz de vencer las dificultades. Visto en la distancia, todavía no entiendo cómo conseguimos llegar al 4 de julio y unir nuestros destinos hasta ahora. Cuarenta años, que se dice pronto.

Cambié el azul del mar, el gris del cielo, la luz suave y el verde de campos y bosques de mi Galicia natal por el azul del cielo, la luz intensa y los campos de variados colores de Andalucía. Ya sabéis que no soy amigo de las palabras grandilocuentes, ni de esas frases pseudofilosóficas a lo Paulo Coelho que pretenden mostrar unas emociones y sentimientos que sólo los grandes y buenos escritores, sobre todo los poetas, son capaces de reflejar. Así que únicamente diré que el tiempo ha pasado deprisa, que cuando uno tiene veintiséis años no puede ni debe intentar adivinar cómo será cuarenta años después porque eso es una temeridad y, seguramente, se equivocará. Pero echando la vista atrás, no imagino un tiempo mejor ni más feliz que el que he pasado junto a Carmen y a mis dos hijos. En la balanza, el platillo de la felicidad y de los buenos momentos está lleno y pesa mucho más que el de las penas o las frustraciones. No todo el mundo puede decir lo mismo ni todos han tenido la misma suerte.

Cuarenta años de matrimonio dan para muchas anécdotas y momentos inolvidables, sobre todo el nacimiento de los hijos, los viajes, las celebraciones de todo tipo con la familia y los amigos. Y también los disgustos, la tristeza por la pérdida de seres queridos, las decepciones por no haber podido cumplir todos los deseos. Siempre hay que mirar por el retrovisor sin nostalgia, con agradecimiento por todo lo bueno recibido y sin olvidar lo malo, pero con la vista fija en el futuro con la fuerza y la ilusión que nos proporciona lo vivido en la mejor compañía.

Gracias por todo.

Martes de carnaval

Febrero de 1978. Mañana es miércoles de ceniza por lo que hoy es martes de entroido, martes de carnaval. En Camariñas no suele celebrarse, quizás dentro de unos años, sí. Aquí tiene más tradición la romería de la Virxe do Monte y la Virxe do Carmen. No es festivo, hay que dar clase.

Sefa entra la sala de profesores. Al fondo estamos los más jóvenes, hablando de cualquier cosa, relajándonos después de las dos primeras horas de clase. Sefa se acerca a Javier, su marido y dice, dirigiéndose también a nosotros:

–Te recuerdo, Javier, que hoy es martes de entroido y que no hemos preparado nada. Cuando estudiábamos en Santiago nos disfrazábamos siempre. Todavía no he hecho las filloas ni las orejas.

Yo llevo sólo cuatro meses en Camariñas. Me incorporé a finales de septiembre después de hacer la mili. Soy el más joven, el más inexperto y el más tímido. Espero que nadie haga caso y que la indirecta de Sefa caiga en saco roto. Desde que llegué, Javier, Sefa, Mari Carmen, María Jesús, Arturo, Áurea y yo hemos congeniado y solemos reunirnos muchas tardes en casa de Javier y Sefa, un piso que han comprado en la entrada del pueblo. Allí charlamos de todo, incluso de política, escuchamos música, organizamos excursiones para cuando haga buen tiempo, leemos poesía. Es un grupo de gente, alegre, abierta. He tenido suerte. Desde el salón, la vista del puerto de Camariñas es magnífica. Barcos de pesca grandes y pequeños, barcas para navegar por la ría, algún velero fondeado durante unos días. Hay una pequeña zona de arena, sin llegar a ser playa, en la parte más cercana. Allí se ven varadas siempre tres o cuatro barcas, alguna de ellas inutilizada para salir a la mar.

–Ya –dice Javier– pero es que aquí nadie se disfraza, mientras que, en Santiago, sobre todo cuando estudiábamos, hacíamos hasta concursos. Y muchas veces ganábamos nosotros. Pero aquí haríamos el ridículo.

Sefa está comiendo un poco de fruta que ha sacado del bolso. Tiene esa costumbre durante el recreo. Es una muchacha alta, de pelo rubio recogido siempre en una trenza, con un rostro serio que se ilumina cuando sonríe o suelta una carcajada que nos asusta por ser siempre intempestiva. Hace un par de semanas nos enteramos de que está embarazada, pero todavía no se le nota. Javier es ligeramente más bajo que ella, el rostro redondo y con una ligera barba muy cuidada, a diferencia de la mía, que no sé cómo recortarla bien. Desde que llegué del servicio militar no me he afeitado. Una costumbre muy propia de aquella época, casi todos los que regresábamos de la mili estábamos un tiempo sin cortarnos el pelo ni la barba.

–Pues a mí me apetece disfrazarme hoy –dice Sefa, con un ligero mohín y con un tono más bien caprichoso.

–Ea, la embarazada empieza con los antojos –dice Arturo, el mayor de todos–. Tendréis que disfrazaros, Javier, no vaya a salir el niño o la niña con una mancha en forma de careta de peliqueiro. Arturo es el más alto, con una gran melena y una barba que le llega casi hasta la cintura. Según me dijo una vez, toca la guitarra en un grupo de rock en su pueblo de la costa de Lugo. También es un gran bebedor de todo lo que lleve alcohol, no le hace ascos a nada. Por su culpa casi me convierto en un alcohólico en los tres años que pasé en Camariñas.

Javier nos mira compungido, esperando que los demás lo apoyemos. Mari Carmen, que da clase en 7º de EGB y que también es la que ensaya el teatro con los niños para el festival de fin curso, dice entre risas:

–Esta noche nos disfrazamos todos. María Jesús y yo nos encargamos de los disfraces, que tenemos experiencia con el teatro. Con un poco de ropa vieja, unas sábanas, unas bolsas de basura, unas escobas, unas cartulinas y maquillaje, en un par de horas, cuando salgamos de clase por la tarde, lo preparamos todo. Si alguno tiene interés en algún personaje concreto, que lo diga. Y si no, improvisamos, que es mejor.

Yo no digo nada. Estoy buscando una disculpa para no participar. Bastante tiempo estuve disfrazado durante trece meses, con ropa color caqui, para tener que volver a beber de ese cáliz. Cuando estaba a punto de decir que tenía mucho trabajo, muchos cuadernos que corregir, muchas clases que preparar, que me dolía la cabeza o cualquier otra excusa, Arturo, dándome un codazo, dice:

–José Manuel y yo nos queremos disfrazar de curas. Yo estudié en el seminario todo el bachillerato y José Manuel me dijo el otro día que había sido catequista, así que ese papel nos viene que ni pintado.

Me giro hacia él y le digo aterrado:

–¿Estás loco, Arturo? ¿Y de dónde vamos a sacar las sotanas?

–De curas no, pero de Papa es muy fácil –dice Mari Carmen, que ya está haciendo diseños en un folio.

Siempre admiré su capacidad y su imaginación para dibujar, para confeccionar disfraces, para decorar el escenario con muy pocos materiales. Los demás se ponen detrás de ella para ver qué es lo que está dibujando. Yo no me atrevo. Me levanto y salgo al patio de recreo.

Nunca me he disfrazado, ni en carnaval ni en ninguna representación teatral. Nunca participé en obra de teatro alguna, ni me atreví a subirme a ningún escenario. Cuando era estudiante y tenía que salir a la pizarra para resolver algún problema o contestar al profesor, me bloqueaba, empezaba a sudar, a tartamudear y terminaba diciendo cualquier tontería. Lo que más me costó durante el año de prácticas de Magisterio fue ponerme delante de los niños y explicar el tema que me proponían o que me tocaba. Con el tiempo fui cambiando, pero los primeros años de maestro fueron un sufrimiento. Menos mal que los cuatro o cinco primeros cursos di clase a niños pequeños, de primero a cuarto de primaria. En esas edades me encontraba a gusto, era capaz de ponerme a su altura, les contaba cuentos, historias y dejaba correr la imaginación para explicar cualquier tema de lengua, de matemáticas o de sociales. Eso no me costaba ningún trabajo. Después ya fue todo coser y cantar. Pero en esa época, en Camariñas, apenas intervenía en los claustros y sólo era capaz de hablar en los círculos más íntimos de amigos. Con las mujeres era todavía peor. Como ellas no tomaran la iniciativa, yo era incapaz.

Tocó la sirena para regresar a clase. Cada profesor tiene una zona donde esperar a los niños de su clase, que se colocan en fila perfectamente alineados para entrar cuando el director lo diga. Peor que en la mili. Años después eso será una utopía, cada niño entrará en el aula dando empujones. La clase de Arturo y la mía están juntas y las filas también. Mientras esperamos a que se dé la orden para entrar, Arturo me dice:

–Hemos quedado en casa de Javier y Sefa a las seis, que nos invitan a merendar. Después, entre todos, hacemos los disfraces. Cuando sean las nueve o las diez, depende, nos vamos a ir en dos coches hasta la playa do Lago. Allí podremos cenar cualquier cosa, escuchar música, cantar. Javier ha convencido a los demás para no salir aquí en el pueblo, porque unos maestros que encima tienen fama de juerguistas no deberían dar la nota disfrazados por las calles, así que sólo vamos a vernos nosotros.

Menos mal, pienso. Por lo menos no haremos el ridículo. Sólo de imaginarme la cara de la señora Carmen, la del sargento, la de las madres que nos vieran por la calle o las de cualquier compañero del colegio, me pongo enfermo.

Pasan las horas en el colegio muy lentamente. Los niños me notan distraído y aprovechan para hablar más de la cuenta o para levantarse sin permiso. Se tiran papeles, hacen ruido con las sillas. De vez en cuando les llamo la atención, pero tengo la cabeza en otro sitio. Me entran sudores sólo de pensar que alguien nos vea. O que mis amigos me vean. Siempre he tenido miedo al ridículo. Bueno, hace años que ya me importa menos lo que piensen los demás, pero en aquella época, con 22 años, yo era una persona muy diferente.

Y llegaron las seis de la tarde, la hora fatídica. Arturo y yo, que tenemos una habitación cada uno en la pensión de la señora Carmen, nos acercamos en su coche hasta la puerta de la casa, a pesar de que está a poco más de cien metros. Por la noche, cuando salgamos disfrazados, María Jesús y yo vamos a ir con él, Mari Carmen, Áurea, Sefa y Javier en el otro coche. Viven en el segundo piso. El panadero está en la puerta de la casa y nos da las buenas tardes. Es el dueño de todo el edificio, un bajo donde está la panadería, el primero, donde viven el panadero, su mujer y dos hijas y el segundo, donde viven Javier y Sefa.

Cuando llegamos Arturo y yo, ya están todos los demás en faena. Sefa en la cocina haciendo filloas, orejas y café, ayudada por Áurea. Los otros están en el salón, rodeados de sábanas viejas, cartulinas recortadas, pegamento, lanas de distintos colores, tijeras… Mari Carmen, María Jesús y Javier están recortando unas sábanas que, según dice Javier, son viejas y nada más que iban a servir para hacer trapos. Los demás nos ponemos a recortar cartulinas según los diseños que ha dibujado Mari Carmen. No me caracterizo por mi habilidad, pero como sólo hay que seguir las líneas dibujadas, eso sí que soy capaz de hacerlo sin salirme. Apruebo.

Sefa y Áurea, una maestra regordita y pecosa a la que le gusta mucho la cocina, se acercan con un par de bandejas. Dulces, café, leche y colacao sirven para hacer un alto y tomar fuerzas. Las filloas y las orejas están muy buenas y el café muy cargado, para que podamos aguantar por la noche. Antes de que sea más tarde, Arturo y yo nos acercamos al bar del paseo para que nos hagan unos bocadillos y compramos también un poco de empanada, queso, chorizo, vino, cervezas…. Tenemos que cenar bien en la playa y meternos calorías para el cuerpo, que hará mucho frío y, sobre todo, humedad. Menos mal que hace un par de días que no llueve.

Cerca de las nueve ya está todo terminado. Me parece increíble haber sido capaces de hacer siete disfraces en un par de horas. Arturo y yo, con sábanas, unas cuerdas como cíngulos, unas cartulinas en la cabeza simulando tiaras y los palos de escobas como báculos, somos la perfecta representación del Papa Pablo VI. Por cierto, ese año 1978 fue el año de los tres papas: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. No sé si nuestros disfraces fueron una premonición o una maldición. Prefiero no saberlo

Javier y Sefa, para complementar nuestros disfraces, se vistieron de monjas. Los hábitos estaban hechos con bolsas de basura y las tocas con trozos de sábana y cartulinas. Mari Carmen, María Jesús y Áurea, de fantasmas de la Santa Compaña, con velas y cadenas hechas de bolas con cartulina negra, cuerdas y bolsas de basura. No sé cuántas sábanas se cortaron ese día, pero me parece que el ajuar de Sefa y Javier menguó bastante. Todavía no puedo comprender cómo nos pudimos disfrazar en tan poco tiempo.

Llegó la hora de la verdad. Como buen Papa, yo rezaba a todos los santos y vírgenes para que nos viera nadie. Era noche cerrada. Los dos coches estaban aparcados delante de la puerta. Como el edificio estaba relativamente alejado del centro del pueblo y era la hora de la cena, tuve suerte, aunque los demás formaban bastante jaleo. Los fantasmas ululando, y los demás rezando en voz alta el rosario en latín, como era menester para evitar que la Santa Compaña nos llevara al inframundo o a recorrer la Tierra durante las noches.

Por suerte, nadie nos vio, o eso creo. Una vez en los coches, respiré aliviado. Cruzamos Xaviña, Ponte do Porto pasando sobre el río Grande y cogimos por la carretera que bordea la ría frente a Camariñas. Era una noche relativamente clara, con una luna en cuarto creciente y algunas estrellas. Hacía frío. La carretera, solitaria, bordeada de pinos y eucaliptos. A la derecha se adivina la ría. Arturo ha puesto en el radiocasete del coche música de los Beatles. María Jesús protesta, quiere escuchar a Fuxan os Ventos, pero Arturo se niega. María Jesús está casada, su marido es profesor de instituto en un pueblo de Orense y se ven todos los fines de semana en Santiago, donde viven habitualmente. Es una muchacha menuda, delgada, con una nariz aguileña que le da un gran carácter a su rostro. Siempre habla de política, es militante del Movimiento Comunista y nos intenta concienciar sobre la lucha de clases. La mayor parte de nosotros está en otra onda, más nacionalista.

En algo menos de media hora estábamos,  ya en la Playa do Lago. La playa es una de las más bonitas de la Costa da Morte, con una arena muy fina y los pinos llegando casi hasta la orilla. Allí desemboca el río Lago, formando un pequeño meandro que se ensancha al subir la marea. Cuando llegue el buen tiempo iremos casi todas las tardes a darnos un chapuzón. Desde allí se ve perfectamente el pueblo de Camariñas, una línea de luces al otro lado de la ría. En un extremo de la playa hay un pequeño faro cuya luz destellea acompasadamente, dos destellos largos.

Bajamos de los coches cerca de las once de la noche y lo primero que hacemos es cenar. Estamos muertos de hambre. Primero terminamos los bocadillos y después dimos buena cuenta de empanada, queso, chorizo y unos chicharrones que a última hora trajo Sefa. Está en todo. No sé cuánto bebimos, pero tuvo que ser mucho. Y entonces empezamos a cantar “A saya da Carolina” a voz en grito. Monjas, papas y fantasmas girando cogidos de la mano en círculo, con dos o tres velas encendidas en medio. Si alguien nos hubiera visto en esos momentos hubiera huido despavorido, pero estamos en medio de la nada, no hay un alma en kilómetros a la redonda. Quizás nos escuchen enfrente o en algún barco que haya salido a pescar. Después siguieron otras canciones y música instrumental de Milladoiro. Sefa paró a descansar muy pronto, pero los demás continuamos sin freno. Yo ya no me acordaba de mi timidez y era el que más alto cantaba y el que daba los saltos más grandes.

Pero todo acabó de golpe. En plena fiesta de saltos, gritos y música, dos potentes luces nos deslumbraron y la voz de alguien que hablaba por un megáfono cortó en seco nuestra alegría:

–Hagan el favor de callarse y acercarse. Somos la guardia civil de Muxía.

Bastó esa simple frase para que la alegría y el jolgorio cesaran. Todos nos fuimos acercando a las luces, que salían de un Land Rover verde aparcado en una pequeña elevación entre los pinos. María Jesús era la que abría el grupo, rezongando sobre la falta de libertad, sobre la dictadura, sobre la represión, y yo el que lo cerraba, muerto de miedo y de vergüenza. Formábamos una pandilla que, ahora lo pienso, era muy sospechosa. Playa gallega, de noche, atuendos bastante inapropiados por no decir ridículos, medio borrachos, época de contrabando de tabaco… Como para meternos en la cárcel sin preguntar y sin juicio. Todavía no se había aprobado la Constitución, faltaban unos meses, así que estaban vigentes las leyes franquistas. Yo me veía torturado en una celda, condenado por escándalo público, expedientado y apartado de la carrera, como mi abuelo, pero con mucha menos dignidad. Tiritaba de frío, el alcohol se había evaporado de golpe y notaba que se me estaba descomponiendo el vientre.

Llegamos hasta el coche y vimos que en realidad eran dos vehículos y cuatro guardias armados de metralletas. Lo primero que hicieron fue pedirnos la documentación. Menos mal que todos la llevábamos encima. Mientras la revisaban, María Jesús, Javier y Sefa les explicaban quiénes éramos, dónde trabajábamos y qué era lo que estábamos haciendo. Sin decirnos una palabra, uno de los guardias se metió en el Land Rover y comenzó a hablar por radio con alguien. Al poco rato, más sonriente, nos devolvió los DNI y nos tranquilizó. Había contactado con el puesto de la guardia civil de Camariñas y el sargento, al que yo conocía porque comía en la misma pensión que yo, les había confirmado quiénes éramos.

–Haced el favor de no venir otra vez de noche por aquí –nos dijo–. En esta zona se producen desembarcos de tabaco y nosotros patrullamos para detener a los contrabandistas, así que también puede ser peligroso para vosotros si, por casualidad, coincidís con ellos.

Dando las gracias y pidiendo disculpas, incluida la comunista María Jesús, nos despedimos y regresamos a los coches. No paramos de hablar en todo el camino, comentando todo lo ocurrido, riéndonos a carcajadas cuando nos mirábamos y veíamos las pintas que llevábamos, dos papas y una fantasma. Llegamos a Camariñas sobre las dos o tres de la madrugada y subimos al piso. No había un alma en el pueblo, menos mal. Intentando no hacer demasiado ruido empezamos a cambiarnos, pero las carcajadas de Sefa nos contagiaron y el resto de la noche siguió entre risas, humo de tabaco y cubatas. Mañana sería otro día.

No pegamos ojo y cuando llegó la hora de ir a trabajar, casi todos teníamos dolor de cabeza y mal cuerpo, pero cumplimos nuestro deber con total profesionalidad, creo. No sé si alguno de los maestros notó algo raro, pero en la sala de profesores, las carcajadas de Sefa sonaron como nunca.

Una noche de carnaval inolvidable mágica e irrepetible. Una pena que en aquella época no hubiera móviles para hacernos selfis, ni Instagram. Hubiéramos sido trending topic, seguro.

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La matanza de Atocha y la Transición

Sociólogos y psicólogos afirman que cualquier generación tiene más vívidos y presentes los sucesos que le ocurren durante su juventud. Es lógico, ya que aquello que nos ocurre entre los quince y los veinticinco años lo hacen en el periodo de nuestra vida en que somos más impresionables, cuando nuestra visión del mundo está formándose, cuando se configuran nuestras actitudes hacia la política y la sociedad. Cuando se murió Franco yo tenía veinte años y comencé a trabajar, ya como funcionario. Eran los años de la transición, años convulsos, en los que a diario sucedían cosas extraordinarias. Ahora está de moda utilizar la expresión “hecho histórico”. Puedo asegurar que entre los años 1974 y 1981, entre mis diecinueve y veintiséis años, rara era la semana que no nos sobresaltábamos o alegrábamos con algún acontecimiento extraordinario, con algún hecho histórico. Además de la muerte del dictador en 1975, el asesinato de Carrero Blanco dos años antes, la subida al trono de Juan Carlos I (El Breve, como muchos decían o decíamos en aquellos momentos), el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, la legalización de los partidos políticos, previo “suicidio” de las Cortes franquistas, las primeras elecciones generales en 1977, además de secuestros y atentados, intentos de golpes de Estado… Y mientras tanto, los jóvenes de mi generación asistíamos con esperanza y también con miedo a todo aquello. A veces teníamos que retener el aliento, esperando que todo se derrumbara. Los que habían pasado la guerra civil tenían aún más miedo, porque no querían revivir otra guerra similar. Todo eso nos marcó y nos predispuso a tener una mayor conciencia para participar políticamente. Es difícil que aquellos que tenemos entre sesenta y setenta años pasemos de la política. Como será difícil que los que hoy tienen dieciocho o veinte años no queden marcados por la pandemia. Se verá dentro de unos años.

Aunque tengo mala memoria para los nombres y las fechas, hay momentos de esa época que nunca podré olvidar. Una de ellas es mi paso por el servicio militar (ya está el abuelo con sus batallitas, os diréis). Pero, ¿cómo se me van a olvidar aquellos meses que coincidieron con una de las épocas más turbulentas y peligrosas de la historia reciente de España? Y que coincidió, precisamente, con mi estancia en el cuartel de Intendencia de la Puerta de la Carne, en Sevilla. Después de dos meses infernales, julio y agosto de 1976, en Cerro Muriano, en Córdoba, con un calor asfixiante, con ejercicios y marchas interminables, con restricciones de agua por la sequía, etc., llegaron unos meses de relativa tranquilidad en el cuartel: trabajar en una oficina, alguna guardia de vez en cuando, buenas relaciones con los superiores y los compañeros, bastante libertad para entrar y salir del cuartel, disciplina relativamente relajada. Un paraíso comparándolo con los meses anteriores.

Otros cuatro compañeros y yo pudimos alquilar un piso en la calle Torneo, donde solíamos reunirnos cuando nos daban permiso, que era casi todos los fines de semana. Allí podíamos charlar tranquilamente, sin cortapisas, hablando casi siempre de política. Uno de ellos tocaba estupendamente la guitarra y aprovechábamos para cantar canciones de Mercedes Sosa, de Quilapayún, de Paco Ibáñez, de Labordeta o de Lluis Llach. Había dos catalanes, dos vascos y yo. Todos con ideología de izquierda, así que las discusiones solían girar en torno al momento que se estaba viviendo en España. Aunque todos queríamos que se produjeran cambios revolucionarios, rápidos y que se enterrara de una vez el régimen de Franco, también éramos conscientes de las enormes dificultades. No nos gustaba Adolfo Suárez (había sido designado precisamente el día que yo salía de Coruña en tren camino del campamento de Cerro Muriano), veíamos que las Cortes eran todavía las franquistas, que la ultraderecha campaba a sus anchas en el territorio español, sobre todo los guerrilleros de Cristo Rey, y que los grupos terroristas (ETA y el Grapo, fundamentalmente) ponían piedras en la maquinaria que intentaba poner en marcha el nuevo gobierno. Los dos vascos justificaban las acciones de ETA porque se dirigían, fundamentalmente, a las fuerzas represoras del Régimen (ejército, policía y guardia civil, que impedían el cambio y detenían y torturaban a los militantes y simpatizantes de la izquierda). Los catalanes tenían como mantra “libertad, amnistía y Estatut de Autonomía” y simpatizaban también con la lucha que llevaba a cabo ETA. Yo, por mi parte, defendía las ideas de la Unión do Povo Galego, de la Asamblea Nacional Popular Galega y de todo aquello que sonara a lucha por las libertades de la Nación Galega. También había tenido la oportunidad de hacerme militante del PSOE, ya que coincidió conmigo durante la carrera de Magisterio y en mi primer destino provisional como maestro en el Colegio Raquel Camacho, una destacada figura socialista de Coruña, Rubén Ballesteros que, además, estaba casado con mi profesora de francés en el Instituto Masculino, Berta Canel, a la que yo apreciaba ya que me había dado una matrícula de honor. Pero en mi familia habían sucedido demasiadas cosas negativas durante la posguerra y a mí se me había metido el miedo en el cuerpo. Yo nunca destaqué por mi valentía, así que le dije que no. Después me arrepentí, pero era demasiado orgulloso para dirigirme a él y solicitarle mi entrada en el partido. En mi defensa diré que sólo tenía 21 años, que era muy tímido y precavido y, visto en perspectiva, creo que hice lo mejor. La política no estaba hecha para mí. Eso de la disciplina de partido no iba con mi forma de ser.

Retomo lo que estaba diciendo de las reuniones con mis compañeros de piso. Nosotros escuchábamos a los militares en el cuartel, los comentarios que realizaban sin ningún reparo delante de los soldados, veíamos el retrato del General en muchos despachos y sabíamos que el ejército iba a ser un impedimento difícil de salvar, aunque, en el fondo, deseábamos con todas nuestras fuerzas que llegara el momento real del cambio, nada nos quitaba la ilusión.

Pero llegó la funesta semana, los fatídicos siete días de enero de 1977. El día 23 fue asesinado por un grupo de extrema derecha vinculado a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, Arturo Ruiz, un estudiante, albañil y activo militante de izquierdas, mientras participaba en una manifestación proamnistía en la Gran Vía madrileña. Al día siguiente, en una manifestación contra el asesinato de Arturo Ruiz, muere la estudiante Mari Luz Nájera como consecuencia del impacto en pleno rostro de un bote de humo lanzado por los antidisturbios. Ese mismo día 24 es secuestrado por los GRAPO el teniente general Villaescusa (el mismo grupo que un mes antes había secuestrado a Oriol y Urquijo, presidente del Consejo de Estado) y por la noche, tres asesinos irrumpen en el despacho laboralista del número 55 de la calle Atocha y matan a cinco personas, además de herir gravemente a otras cuatro (por cierto, en ese despacho era donde habitualmente trabajaba Manuela Carmena, pero ese día le habían pedido que lo prestara para reunirse los que después fueron asesinados). El día 26 de enero se produce una manifestación convocada por el Partido Comunista, todavía ilegal, y Comisiones Obreras. Una manifestación de más de 100.000 personas que recorren las calles en perfecto orden y silencio, una demostración de civismo y de organización que emociona y asombra a la España de aquella época y que muchos analistas consideran el punto de partida de la legalización del Partido Comunista, que se produjo unos meses después, el famoso Sábado Santo Rojo, el 9 de abril de 1977.

En el cuartel, nosotros apenas nos atrevíamos a hablar. Decidimos no ir al piso, porque la tensión que se respiraba en el ambiente era enorme. Parecía que todos nos vigilaban, que en cualquier momento nos iban a llamar a algún despacho y nos iban a detener, a pesar de que nada podíamos temer porque nada habíamos hecho, pero era mejor prevenir. Finalmente, nada ocurrió, pero desde entonces espaciamos más las visitas al piso, nos deshicimos de toda la propaganda y de todas las revistas y recortes de periódicos que habíamos ido acumulando durante meses (Cambio 16, Diario 16, Cuadernos para el Diálogo y El País, sobre todo). Era una exageración, era un temor injustificado, después nos dimos cuenta y nos arrepentimos y avergonzamos de la cobardía. ¡Menudos revolucionarios de pacotilla! Pero todos no pueden ser héroes, nos dijimos. Así que seguimos cantando a Serrat, a Moustaki y a Violeta Parra. Sólo servíamos para eso. Y sólo los que vivimos aquella época, podemos darnos cuenta de los peligros que corrió la democracia, de que estuvimos en la cuerda floja y en un tris de que todo se viniera abajo. Afortunadamente, y a pesar de todos los errores cometidos, creo que valió la pena el sacrificio de tantas personas. Por eso me da pena y rabia que muchos que no vivieron aquellos años y sólo los conocen por los libros de historia, se atrevan a criticar alegre y superficialmente, incluso a despreciar, lo que conocemos por la Transición. Hicimos lo que pudimos, nada más y nada menos.

'El abrazo' (1976), de Juan Genovés.

El abrazo, de Juan Genovés

El Quijote y la misa

Don Quijote de La Mancha | Don quijote dibujo, Frases de don quijote,  Quijote de la mancha

Hace ya mucho tiempo que C no sale de casa para escuchar misa en la parroquia. Mejor dicho, hace ya mucho tiempo que C no sale de casa. No es que padezca agorafobia, trastorno de la personalidad, reniegue de las relaciones sociales ni nada por el estilo, pero parece que la actual situación la ha paralizado, rechaza todo aquello que suponga pisar la calle. Desde el mes de octubre, se pueden contar con los dedos de una mano las veces que ha salido. Antes de que empezara la pandemia, teníamos la costumbre de acercarnos hasta el centro de la ciudad dando un largo paseo. Avenida Ramón y Cajal, la Enramadilla, el Prado de San Sebastián, calle San Fernando, avenida de la Constitución, Plaza Nueva y calle Tetuán hasta llegar a la Iglesia del Santo Ángel. Era un paseo agradable, aprovechando que las mañanas de domingo en Sevilla suelen ser muy luminosas, incluso cuando está el cielo cubierto o llueve. Es una luz que pinta las casas y las calles, los jardines y los parques con una paleta de colores muy definidos y reconocibles, diferentes a otros lugares. Mientras que en Coruña, mi otra ciudad, en esta época las líneas y las formas se difuminan como si mirásemos a través de un velo que suavizara los objetos o se fundieran en un abrazo, en Sevilla cada cosa se distingue con nitidez, se individualiza, se destaca de los otros y brilla con luz propia. Son dos paletas de colores distintas, cada una con su belleza, con su encanto, las dos admirables. C entraba en la iglesia y yo aprovechaba para dar un paseo o sentarme en una terraza a tomar un café y leer el periódico. Y cuando terminaba la misa, yo la recogía y nos íbamos al Salvador o a cualquiera de las muchas tabernas que hay en Sevilla a beber un vino o una cerveza. La mayoría de las veces terminábamos comiendo con un par de tapas y regresábamos a casa caminando o cogiendo el tranvía.

Pero todo eso terminó cuando la pandemia cambió nuestra forma de vivir. C no quiere entrar en una iglesia por muchas restricciones, medidas de seguridad, distancia, gel y mascarillas que se utilicen. No se fía ni siquiera de andar al aire libre por un parque solitario, así que, desde entonces, a pesar de que ya no estamos confinados desde hace muchos meses, C decidió no ir a misa, quedarse en casa y verla por televisión. Así que suelo quedarme sentado en el salón leyendo mientras ella ve y escucha la misa. Sigue la liturgia realizando todos los ritos establecidos: se levanta, se sienta, se persigna y reza cuando es menester. A mí no me molesta. De vez en cuando levanto la vista del libro y me fijo en lo que emite la televisión. La misa se retransmite cada día desde lugares diferentes. Hoy se celebra el Día de la Inmaculada Concepción y la televisión pública se ha desplazado hasta un pueblo de la provincia de Toledo. No me he fijado en el nombre, pero compruebo que la iglesia es amplia, de paredes blancas, con una nave central y dos naves laterales. Las columnas son rectangulares y se unen mediante arcos de medio punto. Está decorada con austeridad, apenas se ven imágenes, aunque el retablo que la preside destaca por su color dorado, cuatro o cinco santos y una virgen con un niño en brazos. Parece que se respetan las medidas de seguridad establecidas por el gobierno, sólo dos personas en cada banco. En total debe haber unos cincuenta fieles en la iglesia, pero me llama la atención el número tan grande que puebla el altar mayor, doce, entre sacerdotes, diáconos y monaguillos, todos con mascarilla, pero sin mantener ni la más mínima distancia social. Mal ejemplo.

Es una misa concelebrada y cantada. Los sacerdotes visten casulla de color azul celeste, como corresponde a tan señalado día. Hay un coro en el lateral con instrumentos de cuerda y de percusión. Cuando entran los celebrantes, precedidos por una nube de incienso que sale del incensario que mueve el diácono, el coro comienza a cantar. Esto va para largo, me digo, así que abro el Quijote que comencé a leer hace una semana. Este Quijote es la versión traducida al castellano actual por Andrés Trapiello. Después de haber leído las primeras páginas llego a la conclusión de que si nuestros estudiantes se hubieran acercado al Quijote en esta versión, el número de lectores se habría multiplicado, porque reconozco la dificultad de leer el libro en un castellano del siglo XVII, más alejado del nuestro de lo que se cree. Deslizo la vista por el comienzo del capítulo XXV, aquel en que Don Quijote, a imitación de Amadís de Gaula, comienza a realizar la penitencia que él mismo se ha impuesto.

Este es el lugar, oh cielos, que destino y escojo para llorar la desventura en que vosotros mismos me habéis puesto. Este es el sitio donde el humor de mis ojos acrecentará las aguas de este pequeño arroyo, y mis continuos y profundos suspiros moverán sin cesar las hojas de estos montaraces árboles, en testimonio y señal de la pena que padece mi asendereado corazón.

Continúo leyendo y admirándome del dominio, de la precisión, del humor, del lenguaje de Cervantes, cuando levanto la vista y compruebo que el diácono está leyendo una epístola. En este momento viene a mi memoria un pasado ya lejano, cuando durante un año mis amigos y yo nos hicimos catequistas. Don José, el párroco de San Antonio, me conocía por haber estudiado yo en el Ventorrillo, donde él decía misa y muchas veces yo le ayudaba de monaguillo porque la señorita Lola, la directora, me había recomendado por mi buen comportamiento. Muchos años después, la señorita Lola fue mi compañera de claustro en Camariñas (alguna vez debería escribir algo sobre mi paso por las escuelas del Ventorrillo y mis experiencias en Camariñas, que fueron muchas y muy variadas, pero no sé si me atreveré, porque algunas anécdotas no son para ser contadas ni para ser leídas por personas decentes y de buenas costumbres). Las misas se decían en latín y a mí me gustaba ser protagonista, estar en el altar y que viera todo el mundo lo bien que tocaba la campanilla cuando el sacerdote levantaba la hostia y lo bien que lo acompañaba durante toda la ceremonia. Por eso, cuando el Jueves Santo se realizaba el lavatorio de pies, yo era el primero en apuntarme de voluntario. Los actos litúrgicos de la Semana Santa se celebraban en el patio del colegio y asistían todos los alumnos y sus padres. Era un auténtico espectáculo y yo no cabía en mí de orgullo, sentado en primera fila y siendo observado por cientos de personas mientras don José nos lavaba los pies. Años después, cuando ya estaba estudiando primero o segundo de magisterio, el sacerdote se dirigió a mí al final de la misa, porque entonces yo iba todos los domingos y fiestas de guardar, no como ahora, que sólo voy a entierros, funerales, bodas o bautizos, quién me ha visto y quién me ve, y me planteó la posibilidad de que me hiciera catequista. Yo había sido un buen feligrés, un buen alumno y, encima, estudiaba magisterio. Tenía todas las papeletas para no negarme. Y así fue. JA, J, F y yo nos hicimos catequistas, yo por compromiso con Don José y los demás porque había unas chicas catequistas que eran guapas y simpáticas. Como se comprenderá, esto último también jugó a favor de que yo me decidiera. Nos dieron una breve charla, un pequeño libro y durante aquel año dedicábamos un día a la semana a enseñar los preceptos del cristianismo. Yo seguía poco el libro, y más bien me dedicaba a charlar con los niños, a contarles cuentos sobre historia sagrada, que es muy jugosa y poco más. Pero lo que más nos gustaba eran las reuniones y los guateques que celebrábamos una vez terminadas las charlas. Aquí lo dejo.

Sigo con mi lectura del Quijote. En esa página, El Caballero de la Triste Figura está diciéndole a Sancho quién era Dulcinea del Toboso y la sorpresa que se llevó el escudero cuando supo que era en realidad Aldonza Lorenzo, a la que describe, en contra de las perfecciones que se figura D. Quijote, como una campesina fuerte y decidida.

La conozco bien, dijo Sancho, y sé decir que lanza el fierro en el juego de la barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador que es moza con arrestos, hecha y derecha y de pelo en pecho!

Vuelvo a dejar la lectura y escucho con atención el canto en latín que hace el coro. La directora es extranjera, polaca quizás, y lo hace muy bien. En el altar, ni distancia social ni nada por el estilo. Sacerdotes, diáconos y monaguillos campan a sus anchas, Illa y Fernando Simón se deben estar haciendo cruces, nunca mejor dicho. Pero el movimiento acompasado de los oficiantes, las genuflexiones, las bendiciones, las palabras de los concelebrantes, el cántico de los sacerdotes y de los fieles, el movimiento del incensario, todo como si estuviera perfectamente ensayado, me hipnotiza y no puedo dejar de mirar. Cierro el libro por unos instantes. Y aquí me vuelve a venir a la memoria una anécdota que me contaron alguna vez pero que yo no he leído. Según parece, durante la República, Azaña o algún otro ministro, fue invitado a unirse a la masonería y él aceptó. Cuando se produjo el acto de iniciación, una especie de bautismo mediante el que la persona se convierte en francmasón, con una serie de ritos que podrían asemejarse de algún modo a los rituales cristianos, le preguntaron al final que qué le había parecido y él contestó: “Prefiero una misa” y no volvió a asistir nunca más a las reuniones. Vuelvo al Quijote porque a la misa todavía le queda todavía un buen rato.

En el capítulo XXVI, Sancho deja a D. Quijote con su penitencia y se apresta a llevar la carta que le ha dado su amo para llevársela a su amada, al pueblo del Toboso. Llega a la venta donde había sido manteado y se encuentra con el cura y el barbero, que lo convencen para volver a buscar a D. Quijote y hacerle regresar a su casa con una estratagema. Es un capítulo corto y paso al XXVII, donde los tres personajes se encuentran con Cardenio, que está recitando sus famosos versos:

¿Quién menoscaba mis bienes?

Desdenes.

Y ¿quién aumenta mis duelos?

Los celos.

Y ¿quién prueba mi paciencia?

Ausencia.

De ese modo, en mi dolencia

ningún remedio se alcanza,

pues me matan la esperanza

desdenes, celos y ausencia.

Me sumerjo en la lectura y dejo de mirar la televisión. Cardenio cuenta al cura, al barbero y a Sancho su desventura, el engaño del que fue objeto por parte de Fernando, que mediante mentiras fue capaz de convencer a Cardenio de que se alejara de su pueblo mientras él se dedicaba a seducir a su amada Luscinda, casándose con ella y sumiendo en la desesperación y la desdicha al joven enamorado, que, casi enloquecido, fue a parar a lo más profundo del bosque en Sierra Morena.

Cuando estoy a punto de terminar ese capítulo, compruebo que la misa ya ha finalizado, que C se ha levantado para trastear en la cocina y que el día está muy bueno para salir a dar un paseo, por lo que cierro el libro y aprovecho para concluir yo también porque, como diría Sancho “Lo poco agrada y lo mucho cansa”.