Las (otras) guerras actuales en el mundo

Todos los focos están apuntando en este momento a la guerra de Ucrania, aunque, según Putin, Rusia no está en guerra ni ha declarado guerra alguna, ni está invadiendo Ucrania. Putin describe la intervención en Ucrania como una «operación militar especial» que tiene como objetivo «desmilitarizar» y «desnazificar» a Ucrania, así como garantizar la seguridad rusa frente a la ampliación de la OTAN. Mientras tanto, dos millones setecientos mil ucranianos, a día de hoy y subiendo la cifra, han huido del país refugiándose en Polonia, Rumanía o Moldavia, entre otras naciones. La solidaridad europea acogiendo, sobre todo, a mujeres, niños y personas mayores, es loable, aunque en otras ocasiones no lo ha sido tanto, como veremos.

Como suele ocurrir en estos casos estamos aprendiendo la geografía y la historia de un país asolado por la guerra. Aparte de su capital, Kiev, de Chernóbil por el desastre nuclear o de Odesa, la mayor parte apenas habíamos oído hablar de Járkov, de Jerson o de Mariúpol. Después de haber asistido a las explicaciones detalladas en la televisiones de los ataques rusos y de la valiente y esforzada defensa de los ucranianos, somos capaces de ubicar casi sin esfuerzo ni titubeos la situación de esas ciudades y de otras como Leópolis, Dónetsk, Jersón o Zaporiyia. El nacimiento de Ucrania, las causas de la guerra, la anexión de Crimea a Rusia o los intentos de independencia del Donbás salen continuamente en los medios de comunicación, apoyados por los análisis de militares, politólogos, historiadores, economistas y esos tertulianos que son capaces de opinar sobre pandemias, volcanes, guerras o cualquier tema que se ponga a tiro.

La guerra de Ucrania se libra, además de en los frentes de batalla y en las ciudades que son asoladas de manera inmisericorde, en los frentes de la propaganda, de la economía y de la política. Aunque hay decenas de periodistas informando sobre el terreno, la visión sesgada es inevitable. Los buenos siempre están de nuestro lado y los malos siempre están enfrente. Las televisiones muestran las penurias de la gente sin agua, sin comida, los muertos en las calles, los edificios destrozados, los bombardeos, los tanques. En Rusia, Putin es un héroe que quiere reponer la dignidad y el peso específico perdidos con la desmembración de la URSS y conseguir que la OTAN se mantenga lejos de sus fronteras; en Europa y en la mayor parte de las democracias occidentales el héroe es Zelensky, el presidente de Ucrania, que con sus mensajes, sus vídeos desde las calles de Kiev y su apelación a la ayuda de occidente pretende mantener la moral de sus conciudadanos, a pesar del enorme desequilibrio de fuerzas. En medio, miles de muertos, millones de desplazados, ciudades devastadas. Se pretende aislar a Rusia imponiendo sanciones económicas y prohibiendo que sus oligarcas, de los que se dice que son los que mantienen a Putin en el poder, puedan beneficiarse de las libertades de las que disponen a lo largo y ancho del mundo. El deporte y la cultura también se están viendo afectados por esta guerra. Cientos de empresas han salido de Rusia y los paquetes con las sanciones se van ampliando casi diariamente. Seguramente en Rusia irán sintiendo cada vez más el peso de estas medidas, que también nos afectan a nosotros; la subida de los carburantes, de la electricidad o el desabastecimiento de varios productos son algunas de esas consecuencias, que viendo lo que les ocurre a los ucranianos no parecen gran cosa.

Cuando en los años 90 en Europa —también en Europa, vaya por Dios— se desarrolló la guerra de los Balcanes, donde las atrocidades sobre la población fueron quizás mucho peores que las que ahora se están produciendo, no se produjo un movimiento solidario tan grande como el que ahora estamos viendo. Después de la desmembración de la URSS, las ansias de independencia en las antiguas repúblicas yugoslavas provocaron que primero se independizara Eslovenia sin apenas conflicto, pero después comenzó la auténtica guerra entre Serbia y Croacia y más tarde Bosnia. La complejidad de los conflictos, étnicos, religiosos y territoriales, devino en matanzas como la de Srebenica, las violaciones masivas de mujeres, los asedios de Vukovar, Sarajevo o Mostar, el bombardeo sobre Dubrovnik. Nosotros veíamos la guerra desde nuestros sillones, pero como aquello estaba lejos, apenas echábamos cuenta. Hoy, cuando viajamos a Serbia o a Croacia, nos enseñan algunos ejemplos de lo que fue esa guerra: los tejados destrozados de Dubrovnik, los agujeros de balas en casas y en algún museo…, así que no sería extraño que dentro de unos años el morbo nos lleve a viajar a Ucrania, un país que nos mostrará los destrozos que provocó esta guerra-invasión-desmilitarización-desnazificación-operaciónmilitarespecial y nos conmoveremos y lamentaremos sobre lo que allí ocurrió y pudimos contemplar, también, en nuestros televisores.

Lo que ocurre es que esta sealoqueseaosellame no nos deja ver o nos ha hecho olvidar o dejar a un lado las otras guerras que, sí, también, por desgracia, están asolando otras zonas del mundo, que están empobreciendo naciones, provocando miles de muertos, millones de refugiados y desplazados y que no me resisto a enumerar:

  • Guerra civil yemení, que comenzó en 2015 con la intervención de Arabia Saudí. Más de 60.000 víctimas.
  • Intervención militar en Tigray. Conflicto entre Etiopía y Sudán. Más de 40.000 víctimas.
  • Conflicto entre Israel y Palestina, que parece no tener fin.
  • Frentes yihadistas en Mali, zonas del Sahel, Níger, Burkina Fasso, Mozambique o el Congo

Y tampoco podemos olvidarnos de Birmania y la persecución contra los Rohinya, el conflicto de Panshir en Afganistán, la guerra civil siria, con más de medio millón de víctimas… Según muchas fuentes, en la actualidad hay 65 conflictos en todo el mundo. Miles de muertos, millones de desplazados, economías devastadas. A todo ello hay que sumar la guerra que la humanidad está librando contra el planeta, agotando sus recursos y destrozando la naturaleza. Supongo que lo llevaremos en nuestros genes, que desde que somos humanos nuestro destino es destruir, acabar con todo aquello que nos estorba en nuestros planes, sean estos el enriquecernos, alcanzar el poder, ampliar las fronteras, imponer nuestra religión o nuestra cultura, acabar con el diferente porque lo sentimos como una amenaza. Cada vez me cuesta más trabajo creer que el hombre es bueno por naturaleza, porque tampoco hay que olvidar que nuestra solidaridad se dirige, sobre todo, a aquellos que se parecen mucho a nosotros, aquellos que son «blancos y de ojos azules», como ha dicho alguien, que no vienen en pateras, como si los «otros» no sufrieran tanto o más que los ucranianos. «No a la guerra en cualquier parte del mundo» y «sí a la solidaridad con cualquiera persona que sufra y venga de donde venga».

Bendita sea tu pureza

Mi madre termina de refregarme bien. Estoy sentado en el barreño de latón, el agua todavía templada. Mi abuela llega con más agua caliente, que me echa poco a poco por encima, para quitarme el jabón que aún me queda, sobre todo en la cabeza. Me pican los ojos y protesto, y me quejo aún más cuando me limpian las orejas, que me duelen de tanto hurgar en ellas. No me explico esa manía por tener brillantes las orejas. Tiemblo un poco y mamá me seca muy bien, no vaya a resfriarme. Tengo cuatro o cinco años, más o menos. Ella está en la banqueta del cuarto de baño y me sienta sobre sus rodillas. Más refregones sobre mi delicada piel de niño, roja ya como un pimiento. Me vuelvo a quejar, pero como si nada.

Ahora empieza el ritual, mi madre recitando la oración que ya me sé de memoria y que yo repito con ella.

Bendita sea tu pureza, empieza a ponerme la camiseta blanca de algodón, calentita porque mi abuela la ha tenido cerca de la bilbaína, la cocina de leña y carbón que todavía se utiliza en casa; quedan un par de años para que se cambie por una de butano y la leñera se convierta en una alacena.

Y eternamente lo sea, meto el brazo izquierdo, el que siempre me cuesta más, todavía no controlo bien ese movimiento, levantar el brazo por encima de la cabeza y empujar para que la manga se introduzca del todo.

Pues todo un Dios se recrea, ahora el brazo derecho me cuesta menos. Va a ser que seré diestro, menos mal, porque los zurdos lo pasan mal en la escuela, según dicen madre y abuela.

En tan graciosa belleza, me baja bien la camiseta, y me da un beso en la cara. Mi madre es siempre muy cariñosa conmigo y yo también le devuelvo el beso. En casa somos muy de besos, cuando salimos o entramos de la calle, cuando nos levantamos o acostamos. Estamos todo el día dándonos besos.

A ti, celestial princesa, ahora me pone los calzoncillos, también blancos de algodón y calentitos y me remete bien la camiseta por dentro.

Virgen, sagrada María, la camisa de los domingos, hoy es domingo y por eso me han bañado, sólo me lavan todo el cuerpo, en el barreño de latón, los domingos, el resto de los días la cara, las manos, las rodillas y las orejas, siempre las orejas, relucientes como patenas. Y vuelve la dificultad con el brazo izquierdo, sobre todo porque tengo que coger el extremo de la manga de la camiseta con la mano, para que no se me suba cuando me meta el brazo en la manga de la camisa. A mi se me escapa muchas veces y me da mucha rabia, porque es muy molesto.

Yo te ofrezco en este día, el brazo derecho, muy bien, José Manuel, dice mi madre.

Alma, vida y corazón, empieza a abotonarme la camisa desde arriba, con cuidado, para no saltarse ningún ojal. Yo todavía no sé abotonarme bien, ese movimiento es muy difícil, introducir un pequeño botón en un agujero más pequeño. Son ganas de complicar las cosas.

Mírame con compasión, me pone el pantalón corto, de pequeños siempre nos ponían pantalón corto, verano e invierno, hasta que no se hacía la primera comunión no nos ponían pantalón largo, pero sólo en contadas ocasiones y sólo en invierno.

No me dejes, madre mía. Termina de vestirme con el jersey de los domingos, me peina y echa colonia. Me abraza y me da dos besos, esta es la parte que más me gusta, rodearle el cuello con los brazos y darle muchos besos, mamá huele muy bien, a Heno de Pravia, y también canta muy bien, siempre está cantando y yo aprendo muchas de sus canciones. Ya estoy listo para el paseo de los domingos con mis padres y mi hermano pequeño, que lavarán un poco más tarde porque todavía estará dormido en la cuna. Seguramente iremos al parque de Santa Margarita o al centro, a los jardines de Méndez Núñez y nos montaremos en el trolebús, en la parte de arriba, que es la que más me gusta.

Y ahora me toca a mí, noventa años después.

Mi madre hace algunos meses que ha perdido movilidad. Le cuesta andar, lo hace muy despacio y con andador o buscando apoyos en los muebles y en las paredes, y también le cuesta asearse o vestirse sola, llevarse el tenedor o la cuchara a la boca. Pero sigue teniendo buen humor, siempre canturreando o silbando bajito, con la sonrisa perenne en la boca, mirando con sus ojillos miopes, siempre brillantes de alegría  aunque, qué pena, a veces se apagan y miran hacia no se sabe dónde, hacia el interior, hacia un pasado que se olvida y se escapa ya con demasiada frecuencia, nombres, lugares, fechas que ya no recuerda. Pero hoy está contenta y más ágil y despierta que los días anteriores.

Hoy es domingo y hoy me toca a mí comenzar el ritual por la mañana, después del desayuno y el aseo. La siento en su cama, le quito la bata y la parte superior del pijama con mucho trabajo, porque ya le cuesta subir los brazos y moverlos de manera coordinada.

Bendita sea tu pureza, le dejo la camiseta puesta, una camiseta que está limpia porque se duchó ayer y todavía huele a la colonia Álvarez Gómez que le gusta tanto.

Y eternamente lo sea, dice ella, que no ha olvidado la oración, se acuerda todavía de muchas cosas, menos mal. Le pongo un jersey de cuello alto, azul, que le gusta mucho porque le abriga el cuello, ella es muy friolera, lo ha sido siempre y a medida que cumple años, aún más. Venir de Andalucía a Galicia tiene esas cosas, además, las personas mayores siempre tienen frío. Yo no soy demasiado mayor, pero ya voy notando que necesito más ropa de abrigo.

Pues todo un Dios se recrea, recitamos la oración los dos juntos a partir de ahora, como hacíamos muchas veces cuando yo era pequeño. Le quito el pañal de la noche, que apenas está húmedo, pues se ha levantado un par de veces al cuarto de baño. Ya no tiene el pudor de los primeros días y se deja hacer sin resistencia, intentando ayudarme con sus pocas fuerzas.

En tan graciosa belleza, ella sigue recitando sin equivocarse, le pongo un nuevo pañal con dificultad, es complicado que meta las dos piernas, unas piernas que siempre han sido muy bonitas, y lo siguen siendo, a pesar de la edad, cumplió noventa y cuatro años el octubre pasado. Se ríe porque le hago cosquillas. Y aunque no le haga cosquillas, también se ríe, es una bendición.

A ti, celestial princesa, el pantalón que le compré hace unos días tiene su complicación. Ella está sentada y al ponerla de pie para ajustárselo, apenas es capaz de sostenerse y agarrarse a mí y así es muy difícil maniobrar.

Virgen, sagrada María, seguimos luchando con el pantalón que, finalmente, soy capaz de ponerle.

Yo te ofrezco en este día, lo que queda es más fácil, una chaqueta de punto, blanca con dibujos, que intenta abotonar ella sola, pero tengo que ayudarla. El dedo índice de su mano derecha está deformado por la artrosis y le impide realizar movimientos finos y complicados.

Alma, vida y corazón, le pongo la bata, una bata marrón que es la que más le gusta. Las personas mayores son muy maniáticas con la ropa, les suele gustar ponerse siempre lo mismo y es complicado convencerlas de que cambien algunas prendas.

Mírame con compasión le ayudo a calzarse las zapatillas y se pone de pie con mi ayuda.

No me dejes, madre mía decimos los dos juntos y ella me mira, sonriente y me da las gracias. Se acerca al andador, con pasitos cortos, vacilantes, pero no quiere mi ayuda. Yo me quedo detrás, recogiendo la ropa del suelo para poner una lavadora y tirar el pañal sucio a la basura. La miro alejarse por el pasillo adelante, muy despacio, camino del salón, cantando como siempre. Y yo repito muy bajito y con un pequeño nudo en la garganta, no me dejes, madre mía, no me dejes todavía.

¿La clase trabajadora se equivoca votando a la derecha?

«El voto obrero gira a la derecha en medio centenar de democracias». Artículo de ABC publicado el 16 de mayo de este año.

El citado artículo empieza así: «Los obreros y las clases sociales más modestas hace años que dejaron de votar a los partidos de izquierdas, socialistas, comunistas, demócratas, populistas, para comenzar a votar de manera creciente a los partidos conservadores, muy conservadores, de extrema derecha y populistas. Esa es la conclusión de un estudio realizado en cincuenta democracias, analizando los datos electorales, entre 1948 y 2020, coordinado por un famoso economista de izquierdas, Thomas Piketty.» Este artículo, publicado en Le Monde, parece que ha pasado desapercibido o no ha sido analizado ni comprendido por los partidos de izquierdas, ya que siguen cometiendo los mismos errores que los han llevado, salvo pequeñas excepciones, a una irrelevancia en Europa perniciosa para los intereses de la clase trabajadora.

No pretendo ser ni convertirme en uno de esos expertos tertulianos que son capaces de pontificar y dar lecciones sobre cualquier tema de actualidad: un fuera de juego en el partido Francia-España, la lava del volcán Campo Viejo de La Palma, aconsejar a los especialistas sobre la pandemia de Covid-19 o escandalizarse o aplaudir la subida del salario mínimo interprofesional. Me admira su enorme preparación y su seguridad a la hora de dar opiniones sin dar muestras de la más mínima duda o vacilación. Se equivocan muchas veces, pero nunca se dan por aludidos ni se sonrojan ni reconocen sus errores. Y las cadenas de radio y televisión los siguen contratando y los espectadores y escuchantes asisten extasiados a sus conferencias y discursos. No pretendo ser uno de ellos, pero sí me gusta opinar y, como ya dije en alguna que otra ocasión, polemizar. Por eso me atrevo a escribir lo siguiente: el proyecto político de la izquierda está fracasando y los partidos políticos de la izquierda no son capaces de comprender ni analizar las causas que empujan a la clase obrera a votar a la derecha. Ni más ni menos. Me centraré en el caso de España.

La izquierda y muchos analistas políticos están de acuerdo en que las medidas que aplicó la derecha en la anterior crisis, que no vino provocada por una pandemia a nivel mundial sino por sus malas gestiones con los bancos, agrandaron la brecha entre ricos y pobres, asfixiaron a una enorme cantidad de trabajadores y empobrecieron a la clase media. Leí no hace mucho en Facebook una entrada que decía lo siguiente:

«– ¿Habéis olvidado que nos bajaron la indemnización por despido de 45 días por año a 20 días por año?, ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

– ¿Habéis olvidado que nos subieron el IVA del 18% al 21%.? ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

– ¿Habéis olvidado que fomentaron la masificación de contratos basura? ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

– ¿No recordáis que nos impusieron el copago farmacéutico? ¿Qué hicisteis?: NADA. Tragar como borregos.

– ¿Recordáis que nos pusieron una penalización a las renovables? ¿Qué hicisteis?: NADA, tragar.

– ¿Habéis olvidado que sacaron la Ley mordaza? ¿ Qué hicisteis? NADA, a tragar.

– ¿Recordáis que nos redujeron las inversiones públicas en sanidad, educación e infraestructuras? ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

Dieron una amnistía fiscal a los evasores. ¿Qué hicisteis? NADA

– Basaron su modelo en las concesiones a empresas privadas con una perdida de calidad en los servicios (geriátricos, hospitales…). ¿Qué hicisteis? NADA, tragar.

– Rescataron a la banca y a las autopistas. ¿Qué hicisteis? : NADA.

Os acordáis que fueron condenados por corrupción? ¿Qué hicisteis? NADA.

– ¿Habéis olvidado que hicieron recaer todo el peso de la crisis sobre autónomos y las clases trabajadoras? ¿Qué hicisteis? No hiciste NADA .

– Y cuando permitieron los desahucios masivos… ¿Qué hicisteis? NADA.

– ¿Recordáis que regalaron 60 mil millones con nuestro dinero a los bancos…. ¿Qué hicisteis? NADA, tragar.

– No podéis haber olvidado que hicieron la mayor reforma laboral y pérdida de derechos de los trabajadores ¿y que hicisteis?: NADA, aguantar.

– Y podíamos seguir haciendo un rápido repaso de todo lo que al parecer «SE OS HA OLVIDADO», como los fondos buitre, los aeropuertos valencianos, el Yak 42, el 11-M, la guerra de Irak con sus armas de destrucción masiva, o de cómo metieron la mano en la caja de las pensiones, o de las tarjetas black o de la plana mayor del PP enchironada, de los archivos de Bárcenas, etc., etc.,…Vamos que tendríamos temita para rato. ES TRISTE ESCUCHAR A UN OBRERO ¡ YO VOTO A LA DERECHA!….¡¡IDIOTA!! MAS QUE IDIOTA».

Bien, aquí está la bronca que echa el sacerdote desde el púlpito a los que van a misa por no seguir a rajatabla los diez mandamientos o las filípicas de algún obrero a sus compañeros por no afiliarse a algún sindicato o no seguir las directrices del partido. Y así no se consigue nada, ni con insultos, ni con amenazas ni con desprecio. No se puede hacer ni decir lo mismo que Juan Barranco, exalcalde socialista de Madrid, en un mitin en las últimas elecciones madrileñas: No hay nada más tonto que un trabajador de derechas. Así le va a la izquierda, haciendo amigos, y así fueron los resultados en Madrid. Va a resultar que los votantes se equivocaron, votaron mal, como diría Vargas Llosa. Este tipo de frases son de un reduccionismo enorme, ya que se considera a los trabajadores y trabajadoras como un sujeto colectivo que, de forma unánime y al unísono, optan por una opción política conservadora, negando su capacidad de tomar decisiones y obrar en consecuencia. Con ese tipo de actitudes se simplifican los motivos por los que una persona se siente atraída por un partido de derechas o por la ultraderecha. Y supone e implica, también, una superioridad moral que impide a la izquierda reflexionar sobre lo que ha hecho mal.

Los que votan al PP o a Vox no forman un grupo homogéneo, movidos por la indignación o la repulsa hacia determinadas posturas de la izquierda (sintonía con el independentismo catalán o con la defensa del movimiento bolivariano, por poner algún ejemplo). Ni todos los que votan al PP o a Vox son fachas ni son estúpidos, ni xenófobos, ni homófobos ni franquistas. En las últimas elecciones generales consiguieron diez millones de votos y me niego a creer que haya tanto facha, tanto estúpido y tanta añoranza por la dictadura franquista en mi país. De hecho, soy amigo de personas que votan al PP y son demócratas, inteligentes y no pertenecen a la clase alta. Y, por supuesto, son capaces de explicar por qué votan a la derecha. Se estará de acuerdo o no con sus argumentos, pero en una democracia hay que respetar las decisiones a la hora de votar y de estar de acuerdo con tal o cual partido, faltaría más.

También encuentro un grave defecto en el discurso de la izquierda: el paternalismo y la falta de empatía para entender por qué hay personas de clase obrera que votan a la derecha, ya que todo lo reducen a lo dicho anteriormente, o son fachas o son estúpidos. No soy analista político, pero sí veo lo que pasa a mi alrededor y me informo y leo y escucho. Soy de izquierdas y por eso me duele escuchar algunos discursos simplistas que nada ayudan para atraer a los desencantados y a los cabreados con las políticas de la izquierda. Sé que es muy difícil gobernar en minoría, que los dos partidos que están en el poder se encuentran con enormes dificultades sobrevenidas, como es la pandemia, pero ayudaría bastante que los roces y las desavenencias no se airearan a golpe de twit o de declaraciones extemporáneas. Como suele decirse en el mundo del fútbol, los trapos sucios se lavan en el vestuario. Así que más reflexión, más análisis, menos insultos y más políticas sociales. Digan lo que digan, los ERTEs, la subida del SMI, el incremento del gasto en pensiones, sanidad y educación, la subida progresiva de impuestos, la planificación y la lucha contra la pandemia, etc., han mejorado o mejorarán la percepción de la ciudadanía hacia el gobierno. Todavía queda tiempo para demostrar que la socialdemocracia y el comunismo bolivariano e indigenista, que según algunos nos gobiernan, saben hacer las cosas bien. Y así, seguramente, muchos obreros quizás vuelvan a votar a la izquierda.

Las tres neuronas de un obrero de derechas | Wall Street International  Magazine

Ocio y negocio

Me ha costado trabajo, demasiado diría yo, ponerme delante de la pantalla y del teclado del ordenador. Más de un mes sin escribir y sólo dos o tres entradas en el blog durante el verano. Pero para eso están las vacaciones… Aunque ahora que me doy cuenta, yo ya no tengo vacaciones, sino que vivo dentro de las vacaciones, como en una maravillosa burbuja que me permite estirar el tiempo o comprimirlo a mi gusto. Cuando escucho a otras personas o en los medios de comunicación hablar sobre el puente del Pilar o de la Constitución, sobre las Navidades o la Semana Santa, de los millones de desplazamientos, de los aeropuertos y las estaciones de tren repletas (salvando el paréntesis de la pandemia, claro), respiro aliviado y recuerdo la ilusión y la alegría de los primeros días de descanso y la tristeza y la ansiedad de la incorporación al trabajo, la revisión del calendario para averiguar cuándo sería el próximo puente, las horas que faltaban para llegar al viernes por la noche y la angustia de las tardes de domingo pensando en el lunes. Claro que tenía otra edad y podía soportar mucho mejor el estrés y el agobio de trabajar fuera de casa, estudiar, preparar oposiciones, cuidar de los hijos y todo lo que conlleva tener una familia. Visto en la distancia, no sé cómo podía estirar y aprovechar tanto el tiempo.

Lo reconozco, prefiero el ocio al negocio. Ya lo decían los filósofos griegos y muchos otros que los siguieron: el fin del hombre es ser feliz y la base de la felicidad está en la capacidad para emplear debidamente el ocio. Lo malo es que la sociedad y la educación sólo te preparan para el neg-ocio, para el no-ocio, para el trabajo. Lo importante en la educación formal, es decir, en la escuela, en los institutos y en la universidad, y en la educación informal, o sea, la familia y la sociedad en general, es hacer neg-ocio, produciendo, vendiendo, comprando, negando el ocio. Y ahí está la gran contradicción, lo que quiere hacernos creer desde que tenemos uso de razón y expresó tan bien José Agustín Goytisolo y cantó Paco Ibáñez: “Me lo decía mi abuelito,/ me lo decía mi papá,/ me lo dijeron muchas veces/ y lo olvidaba muchas más./ Trabaja, niño, no te pienses/ que sin dinero vivirás./ Junta el esfuerzo y el ahorro,/ ábrete paso, ya verás/ cómo la vida te depara buenos momentos…”. Estamos instalados en la cultura del trabajo, donde se vive para trabajar, lo que significa que si no se trabaja produciendo se pierde el tiempo. Es decir, lo importante es el trabajo y el ocio es sólo un medio para reponer fuerzas y poder seguir trabajando. Leer un libro, pasear, escuchar música, jugar, hacer deporte, tocar la guitarra, charlar con los amigos, escribir por placer, no se hace como algo que tiene valor en sí mismo, sino como un medio para poder trabajar más y más.

Y en eso estamos educados y vivimos felices. Tener un buen trabajo, ganar mucho dinero, comprar casa, coche, viajar, buena ropa, consumir y consumir. “¡Es la economía, estúpido!”, célebre frase de un asesor de campaña de Bill Clinton. Y efectivamente, estamos instalados, queramos o no, en la rueda de la economía: estudiar para trabajar, trabajar para consumir, consumir más para trabajar más y así hasta que nos muramos, con pequeños intervalos para vacaciones, puentes y, al final, la jubilación, cuando las fuerzas y las ganas están en franco retroceso. Por eso jugamos a la primitiva y al euromillones, y soñamos con que nos toque el gordo de Navidad, aunque este último no da para vivir de las rentas. Vivir de las rentas, eso sí que es un buen negocio, o mejor dicho, el mejor ocio. La vida, hay que reconocerlo, es mucho más feliz si no tenemos que pelearnos con nuestro jefe o con nuestros empleados, si no tenemos la obligación de levantarnos todos los días a las siete de la mañana para llegar a la oficina, al tajo o a dar clase, como hice durante cuarenta años. Porque no me tocó la lotería, si no de qué.

Arbeit macht frei, el trabajo os hará libres. Ese letrero infame, colocado a la entrada del campo de exterminio de Auschwitz, era de un cinismo y de una crueldad inimaginables. Sin llegar a tanto, ni mucho menos, sigo pensando que esa frase sobre la libertad que da el trabajo fue inventada por un torturador de mentes y de cuerpos, un Torquemada de tomo y lomo. Lo que nos hace libres realmente es no tener que depender de nada para vivir. Ojalá fuéramos como esas aves del evangelio, que no siembran, ni siegan, ni recogen en granero, pero el padre celestial las alimenta.

El ocio, para los griegos, era un fin en sí mismo, el objetivo de una vida feliz, algo por lo que merece la pena luchar y lo que la humanidad debe alcanzar. Aristóteles ya apuntó la idea de que las máquinas hicieran el trabajo y que el hombre se dé al ocio. Avanzado que era el filósofo; lo malo es que en aquella época todavía no se habían inventado los robots, por lo que propuso que unos hombres se dedicaran a trabajar y otros se dedicaran al ocio. O sea, defendía la esclavitud para que los ciudadanos libres pudieran permanecer ociosos. Eso es algo que todavía pervive, dos mil quinientos años después: hoy muchos trabajan para que unos pocos disfruten del ocio. Aristóteles, visto desde nuestra perspectiva, no es políticamente correcto, pero hay que reconocer que dio en el clavo en muchas cosas y ayudó a pensar y a plantearse preguntas. A ver si los políticos toman nota.

¿Os he convencido? ¿Estáis de acuerdo en todo lo que he dicho sobre el ocio y el negocio? Me quedan muchas cosas en el tintero y podría seguir escribiendo sobre ello, sobre las diferentes visiones que romanos, católicos, protestantes y utópicos tenían sobre el ocio y el trabajo, sobre las bondades del ocio y la esclavitud del trabajo, pero…

¡TODO LO QUE HE DICHO ES MENTIRA!

MENTIRA

MENTIRA Y MENTIRA

Porque en estos momentos lo único que quiero y deseo es que mi hija Carmen, que se examina la próxima semana del último ejercicio de las oposiciones, las apruebe y trabaje, trabaje y trabaje. Y que mi hijo Santiago siga trabajando, trabajando y trabajando. Y que los millones de parados que hay en España, consigan trabajos dignos y bien pagados. Entre otras cosas porque si no, a ver quién me va a pagar la pensión. Pero me gusta crear el caos y entrar en contradicción conmigo mismo y discutir, que para eso está el ocio para, entre otras cosas, dedicarse a la discusión, que es una manera muy fácil y divertida de pasar el rato.

Termino. Muy pocos ciudadanos nacidos a partir de los años 80 conocen a Josep Tarradellas, que dijo una frase que ha quedado para la posteridad. Seguro que dijo muchas más, pero esta se lleva la palma: Ja sóc aquí, ya estoy aquí, traducido para los que no hablan catalán en la intimidad. Sí, amenazo con seguir escribiendo para esos poquitos que leen lo que se me ocurre. A ver si también continúo con la historia de mi familia, que la tengo muy abandonada.

El arte de no hacer nada

Cuarenta años

El 4 de julio de 1981 Carmen y yo unimos nuestro futuro. Yo tenía veintiséis años y Carmen era un poco mayor. Tres años de noviazgo separados por mil kilómetros, sin teléfonos móviles, tiempos aquellos en que las llamadas semanales eran controladas por las telefonistas de Aroche y de Camariñas, cartas de novios que todavía conservamos, encuentros en vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. Si contamos los días, nos vimos poco más de cinco meses en esos tres años, es decir, ciento cincuenta días de noviazgo. Pero la distancia no fue un obstáculo y quiero creer que, quizás, nos unió más. Es mentira eso de que la distancia es el olvido. Y eso que, algunas veces, pasábamos el tiempo juntos enfadados y sin hablarnos, los típicos enfados de novios que sirven para comprobar hasta qué punto el amor es capaz de vencer las dificultades. Visto en la distancia, todavía no entiendo cómo conseguimos llegar al 4 de julio y unir nuestros destinos hasta ahora. Cuarenta años, que se dice pronto.

Cambié el azul del mar, el gris del cielo, la luz suave y el verde de campos y bosques de mi Galicia natal por el azul del cielo, la luz intensa y los campos de variados colores de Andalucía. Ya sabéis que no soy amigo de las palabras grandilocuentes, ni de esas frases pseudofilosóficas a lo Paulo Coelho que pretenden mostrar unas emociones y sentimientos que sólo los grandes y buenos escritores, sobre todo los poetas, son capaces de reflejar. Así que únicamente diré que el tiempo ha pasado deprisa, que cuando uno tiene veintiséis años no puede ni debe intentar adivinar cómo será cuarenta años después porque eso es una temeridad y, seguramente, se equivocará. Pero echando la vista atrás, no imagino un tiempo mejor ni más feliz que el que he pasado junto a Carmen y a mis dos hijos. En la balanza, el platillo de la felicidad y de los buenos momentos está lleno y pesa mucho más que el de las penas o las frustraciones. No todo el mundo puede decir lo mismo ni todos han tenido la misma suerte.

Cuarenta años de matrimonio dan para muchas anécdotas y momentos inolvidables, sobre todo el nacimiento de los hijos, los viajes, las celebraciones de todo tipo con la familia y los amigos. Y también los disgustos, la tristeza por la pérdida de seres queridos, las decepciones por no haber podido cumplir todos los deseos. Siempre hay que mirar por el retrovisor sin nostalgia, con agradecimiento por todo lo bueno recibido y sin olvidar lo malo, pero con la vista fija en el futuro con la fuerza y la ilusión que nos proporciona lo vivido en la mejor compañía.

Gracias por todo.

Fotografía

El pasado fin de semana realicé un curso de fotografía que mi mujer y mis hijos me regalaron por mi cumpleaños. Buscaron en Internet y encontraron a Seba, un fotógrafo profesional que, entre otras cosas, se dedica a enseñar fotografía digital en diferentes niveles. Mis compañeros de Instituto tuvieron la deferencia de preguntarme, cuando me jubilé, qué regalo me gustaría y yo, casi sin pensar, me decanté por una cámara fotográfica. Cuando llegó el ansiado momento de la despedida, me encontré con una cámara Nikon D5200. La ventaja de las cámaras reflex digitales es que pueden hacer fotos en modo automático y en la mayor parte de las ocasiones los resultados son buenos. Y siempre existe la posibilidad de retocar las fotos con programas como Photoshop o Lightroom.

El caso es que durante unos años usé la cámara en muchas ocasiones, viajes y eventos varios sobre todo. Pero llega un momento en que el desconocimiento de todas las posibilidades lleva al aburrimiento y dejé de llevar la cámara porque, entre otras cosas, los móviles tienen ya objetivos mejores y son más cómodas de llevar a cualquier parte. Así que cuando me encontré con el curso de fotografía, me alegré porque sabía que la cámara era buena, a mi me gusta hacer fotos y tenía la oportunidad de aprender a manejar la cámara.

Fueron tres días, viernes, sábado y domingo, trece horas en total, muy intensos. Seba, un joven francés nacido en Saint Tropez, en plena Costa Azul francesa, pero que ha encontrado en Sevilla su auténtico hogar, es un gran comunicador y enseña los secretos de la fotografía con pasión y de manera muy intuitiva, lo que se agradece mucho. El enfoque, la velocidad, la luz, la sensibilidad, la distancia focal, los botones de la cámara, todo en el modo manual, explicadas por Seba parecen cosas fáciles de aprender y de practicar. Eso es lo que más me gustó, la perfecta combinación entre teoría y práctica.

Pero, claro, una cosa es saber enfocar, calcular el ISO adecuado, la velocidad o la apertura correcta del diafragma, y otra muy diferente es sacar buenas fotos. Viendo las que hacía él y las que hice yo, la distancia es abismal. Las mías se podrían considerar correctas, con la luz adecuada y bien enfocadas, pero sin más. El artista hace otra cosa, es capaz de ver y de captar lo que otros no somos capaces de adivinar. Un ejemplo puede ser la foto que me hizo Seba el domingo por la mañana en el Parque de los Príncipes. Mi mujer y mis hijos dicen que esta foto me envejece, que al natural yo parezco más joven.

Sebaphotographer.com

Yo no estoy de acuerdo. La fotografía en blanco y negro recoge quizás con más fidelidad que el color el auténtico ser de las personas. Yo sí me reconozco aquí, un hombre de 66 años, tranquilo, que se ha dejado una pequeña perilla, no sé si por vanidad, por cambiar un poco la fisonomía o por dar un aire de seriedad a un rostro en el que los únicos rasgos destacados son una nariz prominente y una frente amplia, cada vez más amplia. La sonrisa, tímida, quizás porque esconde una dentadura irregular que siempre le ha causado cierta vergüenza y que le impide reirse a carcajadas. Le gusta mirar de frente porque no tiene nada que esconder, siempre siente curiosidad por los demás y sabe que la única manera de averiguar cómo son es mostrarse franco, tal como es, intentando que los otros hagan lo mismo. Por desgracia, en demasiadas ocasiones no es correspondido y sufre por ello. Aquí parece un reportero gráfico, con la cámara y el bolso en bandolera, uno de esos personajes que le gustaría haber sido, pero que la falta de valor, no la cobardía sino su manera de acomodarse a las circunstancias, le ha impedido llegar a ser.

La foto está tomada a una distancia media, lo que impide apreciar las arrugas que cada vez más van apareciendo en la frente y alrededor de los ojos. No son arrugas de sufrimiento porque en su vida, por suerte, no ha tenido experiencias demasiado desagradables, la muerte del padre es una de ellas, pero poco más. Tampoco se destacan las canas, que se esconden sutilmente. El monocromo suaviza los defectos, pero no oculta la edad. Ahora está de moda aparentar menos años, parecer más joven, mostrar siempre los aspectos más felices y esto, con las fotografías en blanco y negro es más complicado, por eso me gustan. En la vida suelen predominar los grises y son pocas las ocasiones, en las personas normales como yo, en las que sobresale lo extraordinario.

Aprovecharé este curso para intentar captar y comprender lo que me rodea, aprender a mirar lo simple y a desvelar lo oculto a la mirada. Sería una buena manera de convertirme, aunque soy consciente de las limitaciones, en algo parecido a un reportero gráfico de andar por casa. Quizás alguna vez me veais, cámara en mano, enfocando cualquier cosa, paseando por Sevilla o por cualquier otro lugar, despistado como siempre.

Cumpleaños

Y bueno, pues,
Un día (un año) más
Que se va colando
De contrabando.

Y bueno, pues,
Adiós a ayer
Y cada uno
A lo que hay que hacer.

Joan Manuel Serrat. Canción infantil...

Gracias, hermano, por ser el segundo (los primeros fueron mis hijos y mi mujer ayer por la noche, pasadas las doce y finalizado el estado de alarma) en felicitarme con esta hermosa canción de Serrat. Un poema lleno de alegría y de esperanza. Y sigue la letra con estas palabras «Que hay que empezar un día más./Tire pa’lante que empujan atrás». Uno de los que más empuja, porque tiene mucha fuerza y mucho optimismo y fe en la vida, es mi hijo Santiago, que hoy también cumple años. Él 32 y yo 66. Nos separan 34 cuatro años, mejor dicho, nos unen 34 años que hemos pasado juntos, desde que lo cogí por primera vez una tarde, cuando yo estaba viendo una etapa ciclista en la habitación, no recuerdo si del Giro o de la Vuelta. En aquella época no era normal que los padres asistiéramos a los partos y yo lo agradecía, porque seguramente hubiera tenido que salir mareado o me hubiera desmayado y en lugar de ayudar o acompañar sería un estorbo. Antes tampoco era frecuente que las mujeres asistieran a clases de parto acompañadas de sus maridos, así que la naturaleza y los médicos eran las únicas herramientas. A mi hija Carmen me la entregó el médico en mitad del pasillo, donde yo paseaba nervioso esperando noticias, una fría tarde de febrero. Envuelta en una mantita, apenas podía ver su rostro, porque era más pequeña de lo normal. Se había adelantado el parto y pesaba algo menos de dos kilos y medio. Durante unos minutos que se me hicieron eternos, paseé con ella en brazos intentando adivinar el misterio que tenía entre mis manos. Creo que ese misterio, como el de cualquier recién nacido, nunca somos capaces de entenderlo. Después llegó mi cuñada Pilar, nos fuimos a la habitación y todo se tranquilizó hasta que trajeron a mi mujer, despierta y casi como si no hubiera tenido a la niña hacía poco.

Esos treinta y cuatro años y los otros treinta y dos anteriores ya son historia y no se pueden cambiar. Por eso hay que vivir el presente. Yo ya estoy en la segunda mitad de mi vida y dicen que esta parte la vivimos recordando la primera. No estoy de acuerdo. Es bonito recordar los buenos momentos, sobre todo cuando se está en compañía y se han pasado juntos, o cuando una mala racha se supera aferrándose a los recuerdos para coger fuerzas, pero ya se sabe que en demasiadas ocasiones reproducimos las imágenes pasadas con excesiva benevolencia y olvidándonos de las emociones que nos provocan. Nadie nos asegura que aquello que recordamos sucedió realmente así, porque la memoria, ya se sabe, es frágil. Incluso, a veces, recordamos cosas que no han sucedido, que las hemos soñado o que nos las hemos inventado en determinado momento pero que, de tanto repetirlas, forman ya parte de nosotros mismos y las asumimos como realmente nuestras.

Lo importante es siempre el presente. Ni siquiera el futuro debe marcarnos o condicionarnos porque en demasiadas ocasiones lo que nos acontece no depende de nosotros. El destino, las revueltas del camino, son inexplicables, así que, como no somos adivinos, poco podemos hacer más que disfrutar de la vida cuando ésta nos lo permite y sobrellevar los malos momentos con actitud positiva. Ponemos las piedras y la argamasa, empleamos todas nuestras fuerzas y nuestra ilusión, pero una pandemia, por ejemplo, puede dar al traste con todo.

Hoy teníamos pensado ir a comer los cuatro a un restaurante como solemos hacer para celebrar el cumpleaños. Habíamos reservado una mesa en la terraza de un hotel con unas maravillosas vistas de Sevilla, pero como se anunciaba mal tiempo hemos decidido dejarlo para más adelante. Lo dicho, nosotros proponemos pero Dios, el destino, las circunstancias, el mal tiempo, llámesele como se quiera, disponen.

Hoy cumplo 66 años y mi hijo Santiago 32. Tenemos ambos toda una vida por delante.

Efectos secundarios, Astrazeneca y otros medicamentos

En Europa, a fecha de 4 de abril, se ha informado de un total de 222 casos de trombosis entre 34 millones de vacunados con AstraZeneca, lo cual equivale a 1 caso de cada 150.000. Los países europeos, basándose en estos datos, han decidido paralizar esta vacuna y dejarla únicamente para los mayores de 60 años, cuando hace unas semanas solamente se ponía a los menores de esa edad. Incluso algunos países y alguna comunidad autónoma española decidieron paralizar la vacuna. Todo ello, en contra de la opinión de la Agencia Europea del Medicamento y de la mayor parte de los expertos, que no se cansan de decir que son mucho mayores las ventajas que los inconvenientes.

Ya sabemos que el método científico se basa en hechos comprobables, en el establecimiento de hipótesis y en la comprobación de que esas hipótesis se cumplen o no bajo determinadas condiciones y parámetros. Los políticos dicen que sus decisiones se corresponden con lo que les indican los expertos, pero, visto lo visto, eso es una mentira como una catedral. Los políticos, como casi siempre, se rigen por perspectivas de poder y electorales. Si no, no se entiende este empecinamiento en llevar la contraria al sentido común y a lo que aconsejan los que saben de virus, de bacterias, de epidemias y de remedios para luchar contra las enfermedades. Había que salvar la semana santa, el verano, las navidades y todo lo que suponga fiesta y jolgorio. La gente está muy cansada ya de estos vaivenes, de que no llegan las vacunas, de la insólita y absurda ley sobre las mascarillas, que el mismo día que se publicó ya se dio cuenta todo el mundo de que era una auténtica barbaridad, tener que llevar mascarilla en medio del campo o paseando por la playa. ¿A qué cabeza pensante se le ocurriría esa tontería? Pues a nuestros congresistas y senadores, que ganan un dineral para poner negro sobre blanco semejantes gilipolleces. Eso sí, la gente puede ir fumando por la calle y echarme el humo y todo lo que sea sin ningún tipo de problema, hablar a gritos en las terrazas sin mascarillas, acompañar a los equipos de fútbol a cientos, con gritos, cánticos, mariachis y bengalas sin que la policía intervenga. ¡Amos, anda! ¡Iros a tomar viento!

La paciencia de la gente está llegando a un límite que no sé dónde terminará. Ahora está lo de la vacuna rusa. Nuestra ínclita Ayuso, además de los alemanes, cuya opinión cada vez me merece menos respeto, están negociando la compra de esa vacuna saltándose todo lo acordado en Bruselas y lo que dice la EMA, que todavía no ha aprobado la utilización de esa vacuna (si esto lo llegan a hacer en Cataluña, ya estaríamos despotricando contra los independentistas, qué se creerán estos, que pueden hacer lo que les dé la gana, saltarse todas las leyes). Una de las zonas más ricas del planeta y va dando palos de ciego, sin nadie que ponga orden. Aunque viendo el papelón de la diplomacia europea en la visita a Turquía, con la señora Von der Leyen, presidenta de la Comisión, siendo humillada por Erdogan, mientras el Jefe del Consejo Europeo Charles Michel permanecía sentado sin hacer ni el menor gesto, denota bien a las claras en manos de quién estamos. Ni han sabido negociar con las farmacéuticas ni tienen criterios claros sobre cómo afrontar la pandemia. Mucho apoyarse en la EMA, mucho decir que sólo se pondrán aquellas vacunas apoyadas por esa Agencia, mucho vanagloriarse del rigor científico, pero en cuanto alguien dice «yo no me vacuno con Astrazeneca porque no es segura», todos al suelo. Y seguramente, valga la redundancia, esa misma persona se toma una aspirina, un nolotil, un ibuprofeno, un omeprazol o un primperán sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo. Pues veamos algunos efectos secundarios que pueden provocar estos medicamentos tan comunes, que los tomamos con frecuencia y que no se nos ocurre poner en cuestión:

Aspirina, su uso continuado se ha asociado a úlceras de entre 1 y 10 pacientes de cada 100 personas, y a daño cerebral súbito de entre 1 y 10 de cada 1.000. 

Nolotil, según su propio prospecto, puede provocar agranulocitosis en 1 de cada 10.000 personas. Es una disminución severa de los glóbulos blancos que puede producir la muerte debida a infecciones graves.

Omeprazol, que además de la ya mencionada agranulocitosis en una de cada diez mil personas que lo toman, puede provocar problemas graves de riñón en uno de cada mil pacientes.

Ibuprofeno, puede aumentar el riesgo de infarto, pérdida de audición, aumento de easinófilos y de sangrado, incremento de posibilidad de sufrir ictus isquémico, etc.

O sea, a esto apenas le damos importancia, los médicos los recetan sin problemas, nosotros tomamos estos medicamentos sin plantearnos sus posibles efectos secundarios, pero eso sí, tenemos mucho más miedo a una vacuna cuya estadística es infinitamente menos peligrosa que las mencionadas medicinas. Según los datos actuales, uno de cada 625 españoles ha muerto por coronavirus (si somos 47 millones de habitantes y han muerto cerca de 80 mil, sale esa cifra). El número de muertos por la vacuna de Astrazeneca es de unos 25, sin estar totalmente seguros de que sea la vacuna la causante real. O sea, la proporción es de una muerte por cada 1.350.000 vacunas. Creo que no hay color. En cuanto me llamen, me vacuno con Astrazeneca.

Medicinas con más efectos adversos que la vacuna de AstraZeneca - NIUS

Bandera blanca

“La única bandera pacífica es la blanca que se ondea al rendirse. Todas las demás se diseñaron para ir a la guerra detrás de ellas, para plantarlas en tierra conquistada. Salir con una bandera, sea cual sea, es un gesto intrínsecamente agresivo, incompatible con una voluntad de paz y convivencia.”

El Frente Nacional español. CTXT (30/09/2017). Sergio del Molino

Dirigentes de partidos políticos insultándose delante de las cámaras y en la Cámara sin ningún pudor ni vergüenza. Bandera blanca. Compra de voluntades, cambios de chaqueta sin ningún pudor ni vergüenza. Bandera blanca. Miles de muertos y millones de contagiados mientras gobierno y oposición, sin ningún pudor ni vergüenza, se echan a la cara los errores cometidos, como si alguien, digan algún ejemplo, por favor, supiera cómo se combate de manera eficaz la pandemia. Bandera blanca. No llegan las vacunas. Bandera blanca. Millones de parados, miles y miles de autónomos y empresas con el agua al cuello o ahogadas, miles y miles de personas en las colas del hambre, miles de inmigrantes llegando exhaustos a las costas europeas y miles también en el fondo del océano y miramos para otro lado. Bandera blanca.

Cataluña, Murcia, Cartagena, Madrid. Bandera Blanca. Dos bloques irreconciliables y en el medio, no, en el centro, millones y millones que asistimos, ausentes unos, indiferentes otros, indignados, desalentados, sorprendidos, cabreados, muy cabreados, enormemente cabreados, cagándonos en la leche, en mi negra estampa, en la puta de oros, en la madre que los parió, en sus muertos, en todo lo que se menea, en todo lo que verdeguea, la inmensa mayoría, pero ellos van a lo suyo, están en su jaula de cristal, hablan de dignidad y de traición pero no dejan de mirarse el ombligo. Bandera blanca.

Ni rojigualda, ni tricolor, ni senyera, ni cuatribarrada, ni ikurriña, ni verde y blanca, ni blanca y azul, ni roja. Bandera blanca, por favor.

Hace 20 años, por estas fechas, todo era muy diferente en el mundo y en España. Bush llegaba la Casa Blanca y le quedaban ocho años para llegar a ser uno de los peores presidentes de los Estados Unidos. Durante su primer mandato el caos se instaló como algo cotidiano en nuestro mundo. Los atentados del 11 de septiembre y después los de Madrid y Londres en el primer lustro del siglo XXI hacían temer lo peor, y los hechos dieron la razón: las guerras de Afganistán e Irak, la crisis hipotecaria estadounidense, la quiebra de Lehman Brothers y el inicio de la crisis económica y financiera mundial. Desde entonces, nada es igual. Veinte años que parecen veinte siglos. Hace veinte años nació la Wikipedia y no existían ni Facebook, ni Gmail, ni Twitter, ni WhatsApp, ni Instagram, ni Youtube, ni Tik Tok, ni Amazon, ni Netflix. Ahora no sabríamos cómo vivir sin ellos ni en qué emplear tantas horas, con las pocas horas que tiene el día. Imaginaos la pandemia y el confinamiento sin las redes sociales ni las plataformas de streaming; a pocos se le ocurre leer libros en su tiempo libre. Por todo ello, bandera blanca.

La bandera de la comprensión, de la tolerancia, del respeto, de la justicia, de la paz, pero ya se sabe que no hay paz para los malvados y, por desgracia, hay demasiados malvados que enarbolan otras banderas. Pero la bandera blanca también es la bandera de la insumisión, de los que no permanecen impasibles ante las injusticias, de los que se indignan con los indignos y sus indignidades, de los que luchan por la libertad, por la auténtica libertad con justicia y con igualdad. Menos mal que, aunque cada vez menos, todavía hay esperanza. Bandera blanca.

(Históricamente, la bandera blanca se asocia a rendición en tiempos de guerra ya desde la época de los romanos, como lo describe el historiador Tito Livio en el siglo I a.C. Más recientemente, se ha reconocido como un símbolo para iniciar un alto el fuego, un cese de hostilidades y el comienzo de un periodo de negociaciones en medio de la batalla. Durante nuestra guerra civil, los soldados agitaban banderas blancas en señal de tregua para recoger los cuerpos de sus compañeros heridos).

Hoy hay muchos heridos, muchas hostilidades, muchas batallas y muchas negociaciones que hacer. Bandera blanca, bandera blanca, bandera blanca.

bandera blanca - El dulce porvenir

Todos somos okies

[…] y en los ojos de la gente se refleja el fracaso, y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y cogen peso, listas para la vendimia.

Las uvas de la ira. John Steinbeck

El dios vengador envió al ángel para expulsar al hombre del paraíso. Envió la plaga, la sequía, la inundación. Y el hombre tuvo que huir a otro lugar. Y empezó a sufrir, a tener que trabajar con el sudor de su frente, y a la mujer le dijo que pariría con dolor. Caín mató a Abel. Ya tenemos el caos.

Desde tiempos inmemoriales, el hombre, desde que está sobre la Tierra, ha sido expulsado por los terremotos, los tsunamis, el cambio climático, la ira de la naturaleza, siempre madre amorosa y también vengativa, o la ira de un dios celoso de su poder, que puede serle arrebatado o igualado por el hombre. Y éste se puso en marcha. Dejó atrás todo lo que tenía, que sería muy poco o casi nada y se llevó sólo lo imprescindible porque no podía o no quería llevar nada que le recordara el sufrimiento. Viajó de un lado para otro, impulsado por la fe en un futuro mejor. Al principio sólo tenía que luchar contra los elementos, contra otros depredadores, contra la inmensidad de estepas, enormes montañas que se interponían en el camino, mares profundos, bosques interminables. Pero su constancia, su valor, la necesidad y, por qué no, la curiosidad, eran capaces de vencer todos los obstáculos. Fue poblando poco a poco las zonas más templadas, siguiendo a las manadas de animales que le servían de alimento, asentándose en lugares donde había árboles frutales, agua y pocos peligros.

Cuando descubrió la agricultura y la ganadería y no necesitó desplazarse tan a menudo, empezó a unirse a otras familias, a otros seres que, como él, también querían evitar el continuo trasiego. Se fundaron aldeas, poblados, pueblos, ciudades y todo fue creciendo. Pero también descubrió con el tiempo que podía ser propietario de las tierras que cultivaba y de los animales que apacentaba. Lo que antes pertenecía al clan o a la tribu, pasó a ser propiedad del individuo, de la familia. A partir de ese momento todo cambió. Había que proteger la tierra, la casa, los animales propios. Comenzaron a surgir las clases sociales. Miles de años de evolución para terminar siendo egoísta, individualista. Yo y mío sustituyeron al nosotros y nuestro. Surgieron las fronteras, las clases sociales, las invasiones para apoderarse de las riquezas de los otros…Ya se sabe, homo homini lupus.

Los que no tenían poder ni eran propietarios eran cada vez más numerosos. Los que poseían la tierra y las riquezas querían tener más y más. Se rodearon de murallas, de ejércitos, de fronteras, de leyes que los protegían. Se olvidaron de que ellos tampoco habían tenido nada, de que habían disfrutado compartiendo lo que tenían con los demás. Pero de eso hacía mucho tiempo. Y los desheredados, los hambrientos, los oprimidos, lo que huyen de la guerra, de la enfermedad, los que buscan un mundo mejor para ellos y, sobre todo, para sus hijos, eran cada vez más numerosos.

Los primeros africanos, los primeros hombres, recorriendo el mundo y poblándolo. Las invasiones “bárbaras”. Las emigraciones europeas a América. En España, el éxodo provocado por la Guerra Civil. Gallegos, andaluces, extremeños, emigrando a Europa o a las grandes ciudades huyendo de la miseria. Muchos más movimientos masivos, todos producidos por la necesidad, el hambre, la enfermedad, las persecuciones, las guerras. Así ha sido siempre y así será.

El libro “Las uvas de la ira” refleja con enorme crudeza y realismo uno de los episodios más dramáticos de la historia de los Estados Unidos. En los años 30 del siglo pasado, después del desastre de la bolsa del 29 y de una serie de años de sequía en varios estados se produjo una enorme crisis económica, que provocó la ruina de miles de granjeros, cuyas tierras pasaron a manos de los bancos y de grandes corporaciones. Los ricos se hicieron más ricos y los pobres que tenían algo lo perdieron todo. La esperanza estaba al oeste, en California, una tierra rica que precisaba de mano de obra para recoger las cosechas, melocotones, uvas, algodón, naranjas. Cientos de miles de hombres y mujeres desesperados procedentes de Oklahoma, de Tennessee, de Arkansas, de Texas vendieron lo poco que tenían y se dirigieron hacia la tierra prometida en vehículos destartalados. En el camino tuvieron que afrontar grandes peligros, atravesar montañas, grandes desiertos y, sobre todo, la incomprensión, el desprecio y el odio de sus compatriotas, que tenían miedo de que esos invasores pacíficos les quitaran lo que tenían o tuvieran que compartirlo. Okies los llamaban. En principio la palabra okie era un diminutivo que hasta entonces servía para referirse a los habitantes de Oklahoma, pero a partir de entonces designaba de una manera despectiva a todos aquellos que se desplazaban en busca de trabajo y de comida. En una conversación entre dos trabajadores en un comedor se dice: “Antes okie significaba que eres de Oklahoma. Ahora quiere decir que eres un cerdo hijo de perra, que eres una mierda”. Y más adelante “Esos condenados okies no tienen sensatez ni sentimiento. No son humanos. Un ser humano no podría vivir como viven ellos. Un ser humano no resistiría tanta suciedad y miseria. No son mucho mejores que gorilas”. Llegaban a un lugar y se asentaban durante unos días para descansar. Eran campamentos improvisados, algunos organizados por el gobierno, pero de estos había muy pocos. La mayoría no tenía agua corriente y estaban expuestos a ser devastados por la ira y el odio de los habitantes de pueblos cercanos, apoyados por la policía.

La voz del narrador describe a la perfección las penurias y los sufrimientos de estas personas. “El oeste atrajo a los desposeídos […] familias, tribus, expulsados por el polvo y los tractores […] gentes hambrientas, sin hogar, fluyeron por las montañas, hambrientos, inquietos […] buscando a toda prisa trabajo: levantar, empujar, arrastrar, recolectar, cortar, cualquier cosa, por comida… Tenían hambre y eran fieros. Esperaban encontrar un hogar y sólo encontraron odio. Okies… los propietarios los detestaban porque sabían que ellos eran débiles y los okies fuertes. […] Cundió el pánico cuando los emigrantes se multiplicaron en las carreteras. Los que tenían propiedades temieron por ellas. Hombres que nunca habían tenido hambre vieron los ojos de los hambrientos. Se convencieron a sí mismos de que ellos eran buenos y los invasores malos».

En Grecia, en Italia, en las costas andaluzas y canarias, en los muros de los Estados Unidos y de Ceuta y Melilla, en las afueras de las ciudades, en la Cañada Real, en el Canal de la Mancha. Espaldas mojadas, charnegos, maketos, moros, sudacas, okies. En mi familia también hubo okies que tuvieron que huir de una tierra que no les alimentaba. Siempre hemos tenido que salir a buscar mundos mejores. En España lo sabemos bien. En estos últimos años cientos de miles de jóvenes bien preparados tuvieron que emigrar porque aquí no supimos ofrecerles un futuro. No nos damos cuenta, pero todos somos okies. No debemos olvidarlo, sobre todo cuando a nuestras costas llegan seres exhaustos que se han jugado la vida. No sabemos si alguna vez nosotros tendremos que hacerlo. Y ellos son fuertes y nosotros cada vez más débiles.

THE GRAPES OF WRATH: Okies On the Road to the Promised Land | Dust bowl,  Dorothea lange, History
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