¿La clase trabajadora se equivoca votando a la derecha?

«El voto obrero gira a la derecha en medio centenar de democracias». Artículo de ABC publicado el 16 de mayo de este año.

El citado artículo empieza así: «Los obreros y las clases sociales más modestas hace años que dejaron de votar a los partidos de izquierdas, socialistas, comunistas, demócratas, populistas, para comenzar a votar de manera creciente a los partidos conservadores, muy conservadores, de extrema derecha y populistas. Esa es la conclusión de un estudio realizado en cincuenta democracias, analizando los datos electorales, entre 1948 y 2020, coordinado por un famoso economista de izquierdas, Thomas Piketty.» Este artículo, publicado en Le Monde, parece que ha pasado desapercibido o no ha sido analizado ni comprendido por los partidos de izquierdas, ya que siguen cometiendo los mismos errores que los han llevado, salvo pequeñas excepciones, a una irrelevancia en Europa perniciosa para los intereses de la clase trabajadora.

No pretendo ser ni convertirme en uno de esos expertos tertulianos que son capaces de pontificar y dar lecciones sobre cualquier tema de actualidad: un fuera de juego en el partido Francia-España, la lava del volcán Campo Viejo de La Palma, aconsejar a los especialistas sobre la pandemia de Covid-19 o escandalizarse o aplaudir la subida del salario mínimo interprofesional. Me admira su enorme preparación y su seguridad a la hora de dar opiniones sin dar muestras de la más mínima duda o vacilación. Se equivocan muchas veces, pero nunca se dan por aludidos ni se sonrojan ni reconocen sus errores. Y las cadenas de radio y televisión los siguen contratando y los espectadores y escuchantes asisten extasiados a sus conferencias y discursos. No pretendo ser uno de ellos, pero sí me gusta opinar y, como ya dije en alguna que otra ocasión, polemizar. Por eso me atrevo a escribir lo siguiente: el proyecto político de la izquierda está fracasando y los partidos políticos de la izquierda no son capaces de comprender ni analizar las causas que empujan a la clase obrera a votar a la derecha. Ni más ni menos. Me centraré en el caso de España.

La izquierda y muchos analistas políticos están de acuerdo en que las medidas que aplicó la derecha en la anterior crisis, que no vino provocada por una pandemia a nivel mundial sino por sus malas gestiones con los bancos, agrandaron la brecha entre ricos y pobres, asfixiaron a una enorme cantidad de trabajadores y empobrecieron a la clase media. Leí no hace mucho en Facebook una entrada que decía lo siguiente:

«– ¿Habéis olvidado que nos bajaron la indemnización por despido de 45 días por año a 20 días por año?, ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

– ¿Habéis olvidado que nos subieron el IVA del 18% al 21%.? ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

– ¿Habéis olvidado que fomentaron la masificación de contratos basura? ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

– ¿No recordáis que nos impusieron el copago farmacéutico? ¿Qué hicisteis?: NADA. Tragar como borregos.

– ¿Recordáis que nos pusieron una penalización a las renovables? ¿Qué hicisteis?: NADA, tragar.

– ¿Habéis olvidado que sacaron la Ley mordaza? ¿ Qué hicisteis? NADA, a tragar.

– ¿Recordáis que nos redujeron las inversiones públicas en sanidad, educación e infraestructuras? ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

Dieron una amnistía fiscal a los evasores. ¿Qué hicisteis? NADA

– Basaron su modelo en las concesiones a empresas privadas con una perdida de calidad en los servicios (geriátricos, hospitales…). ¿Qué hicisteis? NADA, tragar.

– Rescataron a la banca y a las autopistas. ¿Qué hicisteis? : NADA.

Os acordáis que fueron condenados por corrupción? ¿Qué hicisteis? NADA.

– ¿Habéis olvidado que hicieron recaer todo el peso de la crisis sobre autónomos y las clases trabajadoras? ¿Qué hicisteis? No hiciste NADA .

– Y cuando permitieron los desahucios masivos… ¿Qué hicisteis? NADA.

– ¿Recordáis que regalaron 60 mil millones con nuestro dinero a los bancos…. ¿Qué hicisteis? NADA, tragar.

– No podéis haber olvidado que hicieron la mayor reforma laboral y pérdida de derechos de los trabajadores ¿y que hicisteis?: NADA, aguantar.

– Y podíamos seguir haciendo un rápido repaso de todo lo que al parecer «SE OS HA OLVIDADO», como los fondos buitre, los aeropuertos valencianos, el Yak 42, el 11-M, la guerra de Irak con sus armas de destrucción masiva, o de cómo metieron la mano en la caja de las pensiones, o de las tarjetas black o de la plana mayor del PP enchironada, de los archivos de Bárcenas, etc., etc.,…Vamos que tendríamos temita para rato. ES TRISTE ESCUCHAR A UN OBRERO ¡ YO VOTO A LA DERECHA!….¡¡IDIOTA!! MAS QUE IDIOTA».

Bien, aquí está la bronca que echa el sacerdote desde el púlpito a los que van a misa por no seguir a rajatabla los diez mandamientos o las filípicas de algún obrero a sus compañeros por no afiliarse a algún sindicato o no seguir las directrices del partido. Y así no se consigue nada, ni con insultos, ni con amenazas ni con desprecio. No se puede hacer ni decir lo mismo que Juan Barranco, exalcalde socialista de Madrid, en un mitin en las últimas elecciones madrileñas: No hay nada más tonto que un trabajador de derechas. Así le va a la izquierda, haciendo amigos, y así fueron los resultados en Madrid. Va a resultar que los votantes se equivocaron, votaron mal, como diría Vargas Llosa. Este tipo de frases son de un reduccionismo enorme, ya que se considera a los trabajadores y trabajadoras como un sujeto colectivo que, de forma unánime y al unísono, optan por una opción política conservadora, negando su capacidad de tomar decisiones y obrar en consecuencia. Con ese tipo de actitudes se simplifican los motivos por los que una persona se siente atraída por un partido de derechas o por la ultraderecha. Y supone e implica, también, una superioridad moral que impide a la izquierda reflexionar sobre lo que ha hecho mal.

Los que votan al PP o a Vox no forman un grupo homogéneo, movidos por la indignación o la repulsa hacia determinadas posturas de la izquierda (sintonía con el independentismo catalán o con la defensa del movimiento bolivariano, por poner algún ejemplo). Ni todos los que votan al PP o a Vox son fachas ni son estúpidos, ni xenófobos, ni homófobos ni franquistas. En las últimas elecciones generales consiguieron diez millones de votos y me niego a creer que haya tanto facha, tanto estúpido y tanta añoranza por la dictadura franquista en mi país. De hecho, soy amigo de personas que votan al PP y son demócratas, inteligentes y no pertenecen a la clase alta. Y, por supuesto, son capaces de explicar por qué votan a la derecha. Se estará de acuerdo o no con sus argumentos, pero en una democracia hay que respetar las decisiones a la hora de votar y de estar de acuerdo con tal o cual partido, faltaría más.

También encuentro un grave defecto en el discurso de la izquierda: el paternalismo y la falta de empatía para entender por qué hay personas de clase obrera que votan a la derecha, ya que todo lo reducen a lo dicho anteriormente, o son fachas o son estúpidos. No soy analista político, pero sí veo lo que pasa a mi alrededor y me informo y leo y escucho. Soy de izquierdas y por eso me duele escuchar algunos discursos simplistas que nada ayudan para atraer a los desencantados y a los cabreados con las políticas de la izquierda. Sé que es muy difícil gobernar en minoría, que los dos partidos que están en el poder se encuentran con enormes dificultades sobrevenidas, como es la pandemia, pero ayudaría bastante que los roces y las desavenencias no se airearan a golpe de twit o de declaraciones extemporáneas. Como suele decirse en el mundo del fútbol, los trapos sucios se lavan en el vestuario. Así que más reflexión, más análisis, menos insultos y más políticas sociales. Digan lo que digan, los ERTEs, la subida del SMI, el incremento del gasto en pensiones, sanidad y educación, la subida progresiva de impuestos, la planificación y la lucha contra la pandemia, etc., han mejorado o mejorarán la percepción de la ciudadanía hacia el gobierno. Todavía queda tiempo para demostrar que la socialdemocracia y el comunismo bolivariano e indigenista, que según algunos nos gobiernan, saben hacer las cosas bien. Y así, seguramente, muchos obreros quizás vuelvan a votar a la izquierda.

Las tres neuronas de un obrero de derechas | Wall Street International  Magazine

Ocio y negocio

Me ha costado trabajo, demasiado diría yo, ponerme delante de la pantalla y del teclado del ordenador. Más de un mes sin escribir y sólo dos o tres entradas en el blog durante el verano. Pero para eso están las vacaciones… Aunque ahora que me doy cuenta, yo ya no tengo vacaciones, sino que vivo dentro de las vacaciones, como en una maravillosa burbuja que me permite estirar el tiempo o comprimirlo a mi gusto. Cuando escucho a otras personas o en los medios de comunicación hablar sobre el puente del Pilar o de la Constitución, sobre las Navidades o la Semana Santa, de los millones de desplazamientos, de los aeropuertos y las estaciones de tren repletas (salvando el paréntesis de la pandemia, claro), respiro aliviado y recuerdo la ilusión y la alegría de los primeros días de descanso y la tristeza y la ansiedad de la incorporación al trabajo, la revisión del calendario para averiguar cuándo sería el próximo puente, las horas que faltaban para llegar al viernes por la noche y la angustia de las tardes de domingo pensando en el lunes. Claro que tenía otra edad y podía soportar mucho mejor el estrés y el agobio de trabajar fuera de casa, estudiar, preparar oposiciones, cuidar de los hijos y todo lo que conlleva tener una familia. Visto en la distancia, no sé cómo podía estirar y aprovechar tanto el tiempo.

Lo reconozco, prefiero el ocio al negocio. Ya lo decían los filósofos griegos y muchos otros que los siguieron: el fin del hombre es ser feliz y la base de la felicidad está en la capacidad para emplear debidamente el ocio. Lo malo es que la sociedad y la educación sólo te preparan para el neg-ocio, para el no-ocio, para el trabajo. Lo importante en la educación formal, es decir, en la escuela, en los institutos y en la universidad, y en la educación informal, o sea, la familia y la sociedad en general, es hacer neg-ocio, produciendo, vendiendo, comprando, negando el ocio. Y ahí está la gran contradicción, lo que quiere hacernos creer desde que tenemos uso de razón y expresó tan bien José Agustín Goytisolo y cantó Paco Ibáñez: “Me lo decía mi abuelito,/ me lo decía mi papá,/ me lo dijeron muchas veces/ y lo olvidaba muchas más./ Trabaja, niño, no te pienses/ que sin dinero vivirás./ Junta el esfuerzo y el ahorro,/ ábrete paso, ya verás/ cómo la vida te depara buenos momentos…”. Estamos instalados en la cultura del trabajo, donde se vive para trabajar, lo que significa que si no se trabaja produciendo se pierde el tiempo. Es decir, lo importante es el trabajo y el ocio es sólo un medio para reponer fuerzas y poder seguir trabajando. Leer un libro, pasear, escuchar música, jugar, hacer deporte, tocar la guitarra, charlar con los amigos, escribir por placer, no se hace como algo que tiene valor en sí mismo, sino como un medio para poder trabajar más y más.

Y en eso estamos educados y vivimos felices. Tener un buen trabajo, ganar mucho dinero, comprar casa, coche, viajar, buena ropa, consumir y consumir. “¡Es la economía, estúpido!”, célebre frase de un asesor de campaña de Bill Clinton. Y efectivamente, estamos instalados, queramos o no, en la rueda de la economía: estudiar para trabajar, trabajar para consumir, consumir más para trabajar más y así hasta que nos muramos, con pequeños intervalos para vacaciones, puentes y, al final, la jubilación, cuando las fuerzas y las ganas están en franco retroceso. Por eso jugamos a la primitiva y al euromillones, y soñamos con que nos toque el gordo de Navidad, aunque este último no da para vivir de las rentas. Vivir de las rentas, eso sí que es un buen negocio, o mejor dicho, el mejor ocio. La vida, hay que reconocerlo, es mucho más feliz si no tenemos que pelearnos con nuestro jefe o con nuestros empleados, si no tenemos la obligación de levantarnos todos los días a las siete de la mañana para llegar a la oficina, al tajo o a dar clase, como hice durante cuarenta años. Porque no me tocó la lotería, si no de qué.

Arbeit macht frei, el trabajo os hará libres. Ese letrero infame, colocado a la entrada del campo de exterminio de Auschwitz, era de un cinismo y de una crueldad inimaginables. Sin llegar a tanto, ni mucho menos, sigo pensando que esa frase sobre la libertad que da el trabajo fue inventada por un torturador de mentes y de cuerpos, un Torquemada de tomo y lomo. Lo que nos hace libres realmente es no tener que depender de nada para vivir. Ojalá fuéramos como esas aves del evangelio, que no siembran, ni siegan, ni recogen en granero, pero el padre celestial las alimenta.

El ocio, para los griegos, era un fin en sí mismo, el objetivo de una vida feliz, algo por lo que merece la pena luchar y lo que la humanidad debe alcanzar. Aristóteles ya apuntó la idea de que las máquinas hicieran el trabajo y que el hombre se dé al ocio. Avanzado que era el filósofo; lo malo es que en aquella época todavía no se habían inventado los robots, por lo que propuso que unos hombres se dedicaran a trabajar y otros se dedicaran al ocio. O sea, defendía la esclavitud para que los ciudadanos libres pudieran permanecer ociosos. Eso es algo que todavía pervive, dos mil quinientos años después: hoy muchos trabajan para que unos pocos disfruten del ocio. Aristóteles, visto desde nuestra perspectiva, no es políticamente correcto, pero hay que reconocer que dio en el clavo en muchas cosas y ayudó a pensar y a plantearse preguntas. A ver si los políticos toman nota.

¿Os he convencido? ¿Estáis de acuerdo en todo lo que he dicho sobre el ocio y el negocio? Me quedan muchas cosas en el tintero y podría seguir escribiendo sobre ello, sobre las diferentes visiones que romanos, católicos, protestantes y utópicos tenían sobre el ocio y el trabajo, sobre las bondades del ocio y la esclavitud del trabajo, pero…

¡TODO LO QUE HE DICHO ES MENTIRA!

MENTIRA

MENTIRA Y MENTIRA

Porque en estos momentos lo único que quiero y deseo es que mi hija Carmen, que se examina la próxima semana del último ejercicio de las oposiciones, las apruebe y trabaje, trabaje y trabaje. Y que mi hijo Santiago siga trabajando, trabajando y trabajando. Y que los millones de parados que hay en España, consigan trabajos dignos y bien pagados. Entre otras cosas porque si no, a ver quién me va a pagar la pensión. Pero me gusta crear el caos y entrar en contradicción conmigo mismo y discutir, que para eso está el ocio para, entre otras cosas, dedicarse a la discusión, que es una manera muy fácil y divertida de pasar el rato.

Termino. Muy pocos ciudadanos nacidos a partir de los años 80 conocen a Josep Tarradellas, que dijo una frase que ha quedado para la posteridad. Seguro que dijo muchas más, pero esta se lleva la palma: Ja sóc aquí, ya estoy aquí, traducido para los que no hablan catalán en la intimidad. Sí, amenazo con seguir escribiendo para esos poquitos que leen lo que se me ocurre. A ver si también continúo con la historia de mi familia, que la tengo muy abandonada.

El arte de no hacer nada

Cuarenta años

El 4 de julio de 1981 Carmen y yo unimos nuestro futuro. Yo tenía veintiséis años y Carmen era un poco mayor. Tres años de noviazgo separados por mil kilómetros, sin teléfonos móviles, tiempos aquellos en que las llamadas semanales eran controladas por las telefonistas de Aroche y de Camariñas, cartas de novios que todavía conservamos, encuentros en vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. Si contamos los días, nos vimos poco más de cinco meses en esos tres años, es decir, ciento cincuenta días de noviazgo. Pero la distancia no fue un obstáculo y quiero creer que, quizás, nos unió más. Es mentira eso de que la distancia es el olvido. Y eso que, algunas veces, pasábamos el tiempo juntos enfadados y sin hablarnos, los típicos enfados de novios que sirven para comprobar hasta qué punto el amor es capaz de vencer las dificultades. Visto en la distancia, todavía no entiendo cómo conseguimos llegar al 4 de julio y unir nuestros destinos hasta ahora. Cuarenta años, que se dice pronto.

Cambié el azul del mar, el gris del cielo, la luz suave y el verde de campos y bosques de mi Galicia natal por el azul del cielo, la luz intensa y los campos de variados colores de Andalucía. Ya sabéis que no soy amigo de las palabras grandilocuentes, ni de esas frases pseudofilosóficas a lo Paulo Coelho que pretenden mostrar unas emociones y sentimientos que sólo los grandes y buenos escritores, sobre todo los poetas, son capaces de reflejar. Así que únicamente diré que el tiempo ha pasado deprisa, que cuando uno tiene veintiséis años no puede ni debe intentar adivinar cómo será cuarenta años después porque eso es una temeridad y, seguramente, se equivocará. Pero echando la vista atrás, no imagino un tiempo mejor ni más feliz que el que he pasado junto a Carmen y a mis dos hijos. En la balanza, el platillo de la felicidad y de los buenos momentos está lleno y pesa mucho más que el de las penas o las frustraciones. No todo el mundo puede decir lo mismo ni todos han tenido la misma suerte.

Cuarenta años de matrimonio dan para muchas anécdotas y momentos inolvidables, sobre todo el nacimiento de los hijos, los viajes, las celebraciones de todo tipo con la familia y los amigos. Y también los disgustos, la tristeza por la pérdida de seres queridos, las decepciones por no haber podido cumplir todos los deseos. Siempre hay que mirar por el retrovisor sin nostalgia, con agradecimiento por todo lo bueno recibido y sin olvidar lo malo, pero con la vista fija en el futuro con la fuerza y la ilusión que nos proporciona lo vivido en la mejor compañía.

Gracias por todo.

Fotografía

El pasado fin de semana realicé un curso de fotografía que mi mujer y mis hijos me regalaron por mi cumpleaños. Buscaron en Internet y encontraron a Seba, un fotógrafo profesional que, entre otras cosas, se dedica a enseñar fotografía digital en diferentes niveles. Mis compañeros de Instituto tuvieron la deferencia de preguntarme, cuando me jubilé, qué regalo me gustaría y yo, casi sin pensar, me decanté por una cámara fotográfica. Cuando llegó el ansiado momento de la despedida, me encontré con una cámara Nikon D5200. La ventaja de las cámaras reflex digitales es que pueden hacer fotos en modo automático y en la mayor parte de las ocasiones los resultados son buenos. Y siempre existe la posibilidad de retocar las fotos con programas como Photoshop o Lightroom.

El caso es que durante unos años usé la cámara en muchas ocasiones, viajes y eventos varios sobre todo. Pero llega un momento en que el desconocimiento de todas las posibilidades lleva al aburrimiento y dejé de llevar la cámara porque, entre otras cosas, los móviles tienen ya objetivos mejores y son más cómodas de llevar a cualquier parte. Así que cuando me encontré con el curso de fotografía, me alegré porque sabía que la cámara era buena, a mi me gusta hacer fotos y tenía la oportunidad de aprender a manejar la cámara.

Fueron tres días, viernes, sábado y domingo, trece horas en total, muy intensos. Seba, un joven francés nacido en Saint Tropez, en plena Costa Azul francesa, pero que ha encontrado en Sevilla su auténtico hogar, es un gran comunicador y enseña los secretos de la fotografía con pasión y de manera muy intuitiva, lo que se agradece mucho. El enfoque, la velocidad, la luz, la sensibilidad, la distancia focal, los botones de la cámara, todo en el modo manual, explicadas por Seba parecen cosas fáciles de aprender y de practicar. Eso es lo que más me gustó, la perfecta combinación entre teoría y práctica.

Pero, claro, una cosa es saber enfocar, calcular el ISO adecuado, la velocidad o la apertura correcta del diafragma, y otra muy diferente es sacar buenas fotos. Viendo las que hacía él y las que hice yo, la distancia es abismal. Las mías se podrían considerar correctas, con la luz adecuada y bien enfocadas, pero sin más. El artista hace otra cosa, es capaz de ver y de captar lo que otros no somos capaces de adivinar. Un ejemplo puede ser la foto que me hizo Seba el domingo por la mañana en el Parque de los Príncipes. Mi mujer y mis hijos dicen que esta foto me envejece, que al natural yo parezco más joven.

Sebaphotographer.com

Yo no estoy de acuerdo. La fotografía en blanco y negro recoge quizás con más fidelidad que el color el auténtico ser de las personas. Yo sí me reconozco aquí, un hombre de 66 años, tranquilo, que se ha dejado una pequeña perilla, no sé si por vanidad, por cambiar un poco la fisonomía o por dar un aire de seriedad a un rostro en el que los únicos rasgos destacados son una nariz prominente y una frente amplia, cada vez más amplia. La sonrisa, tímida, quizás porque esconde una dentadura irregular que siempre le ha causado cierta vergüenza y que le impide reirse a carcajadas. Le gusta mirar de frente porque no tiene nada que esconder, siempre siente curiosidad por los demás y sabe que la única manera de averiguar cómo son es mostrarse franco, tal como es, intentando que los otros hagan lo mismo. Por desgracia, en demasiadas ocasiones no es correspondido y sufre por ello. Aquí parece un reportero gráfico, con la cámara y el bolso en bandolera, uno de esos personajes que le gustaría haber sido, pero que la falta de valor, no la cobardía sino su manera de acomodarse a las circunstancias, le ha impedido llegar a ser.

La foto está tomada a una distancia media, lo que impide apreciar las arrugas que cada vez más van apareciendo en la frente y alrededor de los ojos. No son arrugas de sufrimiento porque en su vida, por suerte, no ha tenido experiencias demasiado desagradables, la muerte del padre es una de ellas, pero poco más. Tampoco se destacan las canas, que se esconden sutilmente. El monocromo suaviza los defectos, pero no oculta la edad. Ahora está de moda aparentar menos años, parecer más joven, mostrar siempre los aspectos más felices y esto, con las fotografías en blanco y negro es más complicado, por eso me gustan. En la vida suelen predominar los grises y son pocas las ocasiones, en las personas normales como yo, en las que sobresale lo extraordinario.

Aprovecharé este curso para intentar captar y comprender lo que me rodea, aprender a mirar lo simple y a desvelar lo oculto a la mirada. Sería una buena manera de convertirme, aunque soy consciente de las limitaciones, en algo parecido a un reportero gráfico de andar por casa. Quizás alguna vez me veais, cámara en mano, enfocando cualquier cosa, paseando por Sevilla o por cualquier otro lugar, despistado como siempre.

Cumpleaños

Y bueno, pues,
Un día (un año) más
Que se va colando
De contrabando.

Y bueno, pues,
Adiós a ayer
Y cada uno
A lo que hay que hacer.

Joan Manuel Serrat. Canción infantil...

Gracias, hermano, por ser el segundo (los primeros fueron mis hijos y mi mujer ayer por la noche, pasadas las doce y finalizado el estado de alarma) en felicitarme con esta hermosa canción de Serrat. Un poema lleno de alegría y de esperanza. Y sigue la letra con estas palabras «Que hay que empezar un día más./Tire pa’lante que empujan atrás». Uno de los que más empuja, porque tiene mucha fuerza y mucho optimismo y fe en la vida, es mi hijo Santiago, que hoy también cumple años. Él 32 y yo 66. Nos separan 34 cuatro años, mejor dicho, nos unen 34 años que hemos pasado juntos, desde que lo cogí por primera vez una tarde, cuando yo estaba viendo una etapa ciclista en la habitación, no recuerdo si del Giro o de la Vuelta. En aquella época no era normal que los padres asistiéramos a los partos y yo lo agradecía, porque seguramente hubiera tenido que salir mareado o me hubiera desmayado y en lugar de ayudar o acompañar sería un estorbo. Antes tampoco era frecuente que las mujeres asistieran a clases de parto acompañadas de sus maridos, así que la naturaleza y los médicos eran las únicas herramientas. A mi hija Carmen me la entregó el médico en mitad del pasillo, donde yo paseaba nervioso esperando noticias, una fría tarde de febrero. Envuelta en una mantita, apenas podía ver su rostro, porque era más pequeña de lo normal. Se había adelantado el parto y pesaba algo menos de dos kilos y medio. Durante unos minutos que se me hicieron eternos, paseé con ella en brazos intentando adivinar el misterio que tenía entre mis manos. Creo que ese misterio, como el de cualquier recién nacido, nunca somos capaces de entenderlo. Después llegó mi cuñada Pilar, nos fuimos a la habitación y todo se tranquilizó hasta que trajeron a mi mujer, despierta y casi como si no hubiera tenido a la niña hacía poco.

Esos treinta y cuatro años y los otros treinta y dos anteriores ya son historia y no se pueden cambiar. Por eso hay que vivir el presente. Yo ya estoy en la segunda mitad de mi vida y dicen que esta parte la vivimos recordando la primera. No estoy de acuerdo. Es bonito recordar los buenos momentos, sobre todo cuando se está en compañía y se han pasado juntos, o cuando una mala racha se supera aferrándose a los recuerdos para coger fuerzas, pero ya se sabe que en demasiadas ocasiones reproducimos las imágenes pasadas con excesiva benevolencia y olvidándonos de las emociones que nos provocan. Nadie nos asegura que aquello que recordamos sucedió realmente así, porque la memoria, ya se sabe, es frágil. Incluso, a veces, recordamos cosas que no han sucedido, que las hemos soñado o que nos las hemos inventado en determinado momento pero que, de tanto repetirlas, forman ya parte de nosotros mismos y las asumimos como realmente nuestras.

Lo importante es siempre el presente. Ni siquiera el futuro debe marcarnos o condicionarnos porque en demasiadas ocasiones lo que nos acontece no depende de nosotros. El destino, las revueltas del camino, son inexplicables, así que, como no somos adivinos, poco podemos hacer más que disfrutar de la vida cuando ésta nos lo permite y sobrellevar los malos momentos con actitud positiva. Ponemos las piedras y la argamasa, empleamos todas nuestras fuerzas y nuestra ilusión, pero una pandemia, por ejemplo, puede dar al traste con todo.

Hoy teníamos pensado ir a comer los cuatro a un restaurante como solemos hacer para celebrar el cumpleaños. Habíamos reservado una mesa en la terraza de un hotel con unas maravillosas vistas de Sevilla, pero como se anunciaba mal tiempo hemos decidido dejarlo para más adelante. Lo dicho, nosotros proponemos pero Dios, el destino, las circunstancias, el mal tiempo, llámesele como se quiera, disponen.

Hoy cumplo 66 años y mi hijo Santiago 32. Tenemos ambos toda una vida por delante.

Efectos secundarios, Astrazeneca y otros medicamentos

En Europa, a fecha de 4 de abril, se ha informado de un total de 222 casos de trombosis entre 34 millones de vacunados con AstraZeneca, lo cual equivale a 1 caso de cada 150.000. Los países europeos, basándose en estos datos, han decidido paralizar esta vacuna y dejarla únicamente para los mayores de 60 años, cuando hace unas semanas solamente se ponía a los menores de esa edad. Incluso algunos países y alguna comunidad autónoma española decidieron paralizar la vacuna. Todo ello, en contra de la opinión de la Agencia Europea del Medicamento y de la mayor parte de los expertos, que no se cansan de decir que son mucho mayores las ventajas que los inconvenientes.

Ya sabemos que el método científico se basa en hechos comprobables, en el establecimiento de hipótesis y en la comprobación de que esas hipótesis se cumplen o no bajo determinadas condiciones y parámetros. Los políticos dicen que sus decisiones se corresponden con lo que les indican los expertos, pero, visto lo visto, eso es una mentira como una catedral. Los políticos, como casi siempre, se rigen por perspectivas de poder y electorales. Si no, no se entiende este empecinamiento en llevar la contraria al sentido común y a lo que aconsejan los que saben de virus, de bacterias, de epidemias y de remedios para luchar contra las enfermedades. Había que salvar la semana santa, el verano, las navidades y todo lo que suponga fiesta y jolgorio. La gente está muy cansada ya de estos vaivenes, de que no llegan las vacunas, de la insólita y absurda ley sobre las mascarillas, que el mismo día que se publicó ya se dio cuenta todo el mundo de que era una auténtica barbaridad, tener que llevar mascarilla en medio del campo o paseando por la playa. ¿A qué cabeza pensante se le ocurriría esa tontería? Pues a nuestros congresistas y senadores, que ganan un dineral para poner negro sobre blanco semejantes gilipolleces. Eso sí, la gente puede ir fumando por la calle y echarme el humo y todo lo que sea sin ningún tipo de problema, hablar a gritos en las terrazas sin mascarillas, acompañar a los equipos de fútbol a cientos, con gritos, cánticos, mariachis y bengalas sin que la policía intervenga. ¡Amos, anda! ¡Iros a tomar viento!

La paciencia de la gente está llegando a un límite que no sé dónde terminará. Ahora está lo de la vacuna rusa. Nuestra ínclita Ayuso, además de los alemanes, cuya opinión cada vez me merece menos respeto, están negociando la compra de esa vacuna saltándose todo lo acordado en Bruselas y lo que dice la EMA, que todavía no ha aprobado la utilización de esa vacuna (si esto lo llegan a hacer en Cataluña, ya estaríamos despotricando contra los independentistas, qué se creerán estos, que pueden hacer lo que les dé la gana, saltarse todas las leyes). Una de las zonas más ricas del planeta y va dando palos de ciego, sin nadie que ponga orden. Aunque viendo el papelón de la diplomacia europea en la visita a Turquía, con la señora Von der Leyen, presidenta de la Comisión, siendo humillada por Erdogan, mientras el Jefe del Consejo Europeo Charles Michel permanecía sentado sin hacer ni el menor gesto, denota bien a las claras en manos de quién estamos. Ni han sabido negociar con las farmacéuticas ni tienen criterios claros sobre cómo afrontar la pandemia. Mucho apoyarse en la EMA, mucho decir que sólo se pondrán aquellas vacunas apoyadas por esa Agencia, mucho vanagloriarse del rigor científico, pero en cuanto alguien dice «yo no me vacuno con Astrazeneca porque no es segura», todos al suelo. Y seguramente, valga la redundancia, esa misma persona se toma una aspirina, un nolotil, un ibuprofeno, un omeprazol o un primperán sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo. Pues veamos algunos efectos secundarios que pueden provocar estos medicamentos tan comunes, que los tomamos con frecuencia y que no se nos ocurre poner en cuestión:

Aspirina, su uso continuado se ha asociado a úlceras de entre 1 y 10 pacientes de cada 100 personas, y a daño cerebral súbito de entre 1 y 10 de cada 1.000. 

Nolotil, según su propio prospecto, puede provocar agranulocitosis en 1 de cada 10.000 personas. Es una disminución severa de los glóbulos blancos que puede producir la muerte debida a infecciones graves.

Omeprazol, que además de la ya mencionada agranulocitosis en una de cada diez mil personas que lo toman, puede provocar problemas graves de riñón en uno de cada mil pacientes.

Ibuprofeno, puede aumentar el riesgo de infarto, pérdida de audición, aumento de easinófilos y de sangrado, incremento de posibilidad de sufrir ictus isquémico, etc.

O sea, a esto apenas le damos importancia, los médicos los recetan sin problemas, nosotros tomamos estos medicamentos sin plantearnos sus posibles efectos secundarios, pero eso sí, tenemos mucho más miedo a una vacuna cuya estadística es infinitamente menos peligrosa que las mencionadas medicinas. Según los datos actuales, uno de cada 625 españoles ha muerto por coronavirus (si somos 47 millones de habitantes y han muerto cerca de 80 mil, sale esa cifra). El número de muertos por la vacuna de Astrazeneca es de unos 25, sin estar totalmente seguros de que sea la vacuna la causante real. O sea, la proporción es de una muerte por cada 1.350.000 vacunas. Creo que no hay color. En cuanto me llamen, me vacuno con Astrazeneca.

Medicinas con más efectos adversos que la vacuna de AstraZeneca - NIUS

Bandera blanca

“La única bandera pacífica es la blanca que se ondea al rendirse. Todas las demás se diseñaron para ir a la guerra detrás de ellas, para plantarlas en tierra conquistada. Salir con una bandera, sea cual sea, es un gesto intrínsecamente agresivo, incompatible con una voluntad de paz y convivencia.”

El Frente Nacional español. CTXT (30/09/2017). Sergio del Molino

Dirigentes de partidos políticos insultándose delante de las cámaras y en la Cámara sin ningún pudor ni vergüenza. Bandera blanca. Compra de voluntades, cambios de chaqueta sin ningún pudor ni vergüenza. Bandera blanca. Miles de muertos y millones de contagiados mientras gobierno y oposición, sin ningún pudor ni vergüenza, se echan a la cara los errores cometidos, como si alguien, digan algún ejemplo, por favor, supiera cómo se combate de manera eficaz la pandemia. Bandera blanca. No llegan las vacunas. Bandera blanca. Millones de parados, miles y miles de autónomos y empresas con el agua al cuello o ahogadas, miles y miles de personas en las colas del hambre, miles de inmigrantes llegando exhaustos a las costas europeas y miles también en el fondo del océano y miramos para otro lado. Bandera blanca.

Cataluña, Murcia, Cartagena, Madrid. Bandera Blanca. Dos bloques irreconciliables y en el medio, no, en el centro, millones y millones que asistimos, ausentes unos, indiferentes otros, indignados, desalentados, sorprendidos, cabreados, muy cabreados, enormemente cabreados, cagándonos en la leche, en mi negra estampa, en la puta de oros, en la madre que los parió, en sus muertos, en todo lo que se menea, en todo lo que verdeguea, la inmensa mayoría, pero ellos van a lo suyo, están en su jaula de cristal, hablan de dignidad y de traición pero no dejan de mirarse el ombligo. Bandera blanca.

Ni rojigualda, ni tricolor, ni senyera, ni cuatribarrada, ni ikurriña, ni verde y blanca, ni blanca y azul, ni roja. Bandera blanca, por favor.

Hace 20 años, por estas fechas, todo era muy diferente en el mundo y en España. Bush llegaba la Casa Blanca y le quedaban ocho años para llegar a ser uno de los peores presidentes de los Estados Unidos. Durante su primer mandato el caos se instaló como algo cotidiano en nuestro mundo. Los atentados del 11 de septiembre y después los de Madrid y Londres en el primer lustro del siglo XXI hacían temer lo peor, y los hechos dieron la razón: las guerras de Afganistán e Irak, la crisis hipotecaria estadounidense, la quiebra de Lehman Brothers y el inicio de la crisis económica y financiera mundial. Desde entonces, nada es igual. Veinte años que parecen veinte siglos. Hace veinte años nació la Wikipedia y no existían ni Facebook, ni Gmail, ni Twitter, ni WhatsApp, ni Instagram, ni Youtube, ni Tik Tok, ni Amazon, ni Netflix. Ahora no sabríamos cómo vivir sin ellos ni en qué emplear tantas horas, con las pocas horas que tiene el día. Imaginaos la pandemia y el confinamiento sin las redes sociales ni las plataformas de streaming; a pocos se le ocurre leer libros en su tiempo libre. Por todo ello, bandera blanca.

La bandera de la comprensión, de la tolerancia, del respeto, de la justicia, de la paz, pero ya se sabe que no hay paz para los malvados y, por desgracia, hay demasiados malvados que enarbolan otras banderas. Pero la bandera blanca también es la bandera de la insumisión, de los que no permanecen impasibles ante las injusticias, de los que se indignan con los indignos y sus indignidades, de los que luchan por la libertad, por la auténtica libertad con justicia y con igualdad. Menos mal que, aunque cada vez menos, todavía hay esperanza. Bandera blanca.

(Históricamente, la bandera blanca se asocia a rendición en tiempos de guerra ya desde la época de los romanos, como lo describe el historiador Tito Livio en el siglo I a.C. Más recientemente, se ha reconocido como un símbolo para iniciar un alto el fuego, un cese de hostilidades y el comienzo de un periodo de negociaciones en medio de la batalla. Durante nuestra guerra civil, los soldados agitaban banderas blancas en señal de tregua para recoger los cuerpos de sus compañeros heridos).

Hoy hay muchos heridos, muchas hostilidades, muchas batallas y muchas negociaciones que hacer. Bandera blanca, bandera blanca, bandera blanca.

bandera blanca - El dulce porvenir

Todos somos okies

[…] y en los ojos de la gente se refleja el fracaso, y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y cogen peso, listas para la vendimia.

Las uvas de la ira. John Steinbeck

El dios vengador envió al ángel para expulsar al hombre del paraíso. Envió la plaga, la sequía, la inundación. Y el hombre tuvo que huir a otro lugar. Y empezó a sufrir, a tener que trabajar con el sudor de su frente, y a la mujer le dijo que pariría con dolor. Caín mató a Abel. Ya tenemos el caos.

Desde tiempos inmemoriales, el hombre, desde que está sobre la Tierra, ha sido expulsado por los terremotos, los tsunamis, el cambio climático, la ira de la naturaleza, siempre madre amorosa y también vengativa, o la ira de un dios celoso de su poder, que puede serle arrebatado o igualado por el hombre. Y éste se puso en marcha. Dejó atrás todo lo que tenía, que sería muy poco o casi nada y se llevó sólo lo imprescindible porque no podía o no quería llevar nada que le recordara el sufrimiento. Viajó de un lado para otro, impulsado por la fe en un futuro mejor. Al principio sólo tenía que luchar contra los elementos, contra otros depredadores, contra la inmensidad de estepas, enormes montañas que se interponían en el camino, mares profundos, bosques interminables. Pero su constancia, su valor, la necesidad y, por qué no, la curiosidad, eran capaces de vencer todos los obstáculos. Fue poblando poco a poco las zonas más templadas, siguiendo a las manadas de animales que le servían de alimento, asentándose en lugares donde había árboles frutales, agua y pocos peligros.

Cuando descubrió la agricultura y la ganadería y no necesitó desplazarse tan a menudo, empezó a unirse a otras familias, a otros seres que, como él, también querían evitar el continuo trasiego. Se fundaron aldeas, poblados, pueblos, ciudades y todo fue creciendo. Pero también descubrió con el tiempo que podía ser propietario de las tierras que cultivaba y de los animales que apacentaba. Lo que antes pertenecía al clan o a la tribu, pasó a ser propiedad del individuo, de la familia. A partir de ese momento todo cambió. Había que proteger la tierra, la casa, los animales propios. Comenzaron a surgir las clases sociales. Miles de años de evolución para terminar siendo egoísta, individualista. Yo y mío sustituyeron al nosotros y nuestro. Surgieron las fronteras, las clases sociales, las invasiones para apoderarse de las riquezas de los otros…Ya se sabe, homo homini lupus.

Los que no tenían poder ni eran propietarios eran cada vez más numerosos. Los que poseían la tierra y las riquezas querían tener más y más. Se rodearon de murallas, de ejércitos, de fronteras, de leyes que los protegían. Se olvidaron de que ellos tampoco habían tenido nada, de que habían disfrutado compartiendo lo que tenían con los demás. Pero de eso hacía mucho tiempo. Y los desheredados, los hambrientos, los oprimidos, lo que huyen de la guerra, de la enfermedad, los que buscan un mundo mejor para ellos y, sobre todo, para sus hijos, eran cada vez más numerosos.

Los primeros africanos, los primeros hombres, recorriendo el mundo y poblándolo. Las invasiones “bárbaras”. Las emigraciones europeas a América. En España, el éxodo provocado por la Guerra Civil. Gallegos, andaluces, extremeños, emigrando a Europa o a las grandes ciudades huyendo de la miseria. Muchos más movimientos masivos, todos producidos por la necesidad, el hambre, la enfermedad, las persecuciones, las guerras. Así ha sido siempre y así será.

El libro “Las uvas de la ira” refleja con enorme crudeza y realismo uno de los episodios más dramáticos de la historia de los Estados Unidos. En los años 30 del siglo pasado, después del desastre de la bolsa del 29 y de una serie de años de sequía en varios estados se produjo una enorme crisis económica, que provocó la ruina de miles de granjeros, cuyas tierras pasaron a manos de los bancos y de grandes corporaciones. Los ricos se hicieron más ricos y los pobres que tenían algo lo perdieron todo. La esperanza estaba al oeste, en California, una tierra rica que precisaba de mano de obra para recoger las cosechas, melocotones, uvas, algodón, naranjas. Cientos de miles de hombres y mujeres desesperados procedentes de Oklahoma, de Tennessee, de Arkansas, de Texas vendieron lo poco que tenían y se dirigieron hacia la tierra prometida en vehículos destartalados. En el camino tuvieron que afrontar grandes peligros, atravesar montañas, grandes desiertos y, sobre todo, la incomprensión, el desprecio y el odio de sus compatriotas, que tenían miedo de que esos invasores pacíficos les quitaran lo que tenían o tuvieran que compartirlo. Okies los llamaban. En principio la palabra okie era un diminutivo que hasta entonces servía para referirse a los habitantes de Oklahoma, pero a partir de entonces designaba de una manera despectiva a todos aquellos que se desplazaban en busca de trabajo y de comida. En una conversación entre dos trabajadores en un comedor se dice: “Antes okie significaba que eres de Oklahoma. Ahora quiere decir que eres un cerdo hijo de perra, que eres una mierda”. Y más adelante “Esos condenados okies no tienen sensatez ni sentimiento. No son humanos. Un ser humano no podría vivir como viven ellos. Un ser humano no resistiría tanta suciedad y miseria. No son mucho mejores que gorilas”. Llegaban a un lugar y se asentaban durante unos días para descansar. Eran campamentos improvisados, algunos organizados por el gobierno, pero de estos había muy pocos. La mayoría no tenía agua corriente y estaban expuestos a ser devastados por la ira y el odio de los habitantes de pueblos cercanos, apoyados por la policía.

La voz del narrador describe a la perfección las penurias y los sufrimientos de estas personas. “El oeste atrajo a los desposeídos […] familias, tribus, expulsados por el polvo y los tractores […] gentes hambrientas, sin hogar, fluyeron por las montañas, hambrientos, inquietos […] buscando a toda prisa trabajo: levantar, empujar, arrastrar, recolectar, cortar, cualquier cosa, por comida… Tenían hambre y eran fieros. Esperaban encontrar un hogar y sólo encontraron odio. Okies… los propietarios los detestaban porque sabían que ellos eran débiles y los okies fuertes. […] Cundió el pánico cuando los emigrantes se multiplicaron en las carreteras. Los que tenían propiedades temieron por ellas. Hombres que nunca habían tenido hambre vieron los ojos de los hambrientos. Se convencieron a sí mismos de que ellos eran buenos y los invasores malos».

En Grecia, en Italia, en las costas andaluzas y canarias, en los muros de los Estados Unidos y de Ceuta y Melilla, en las afueras de las ciudades, en la Cañada Real, en el Canal de la Mancha. Espaldas mojadas, charnegos, maketos, moros, sudacas, okies. En mi familia también hubo okies que tuvieron que huir de una tierra que no les alimentaba. Siempre hemos tenido que salir a buscar mundos mejores. En España lo sabemos bien. En estos últimos años cientos de miles de jóvenes bien preparados tuvieron que emigrar porque aquí no supimos ofrecerles un futuro. No nos damos cuenta, pero todos somos okies. No debemos olvidarlo, sobre todo cuando a nuestras costas llegan seres exhaustos que se han jugado la vida. No sabemos si alguna vez nosotros tendremos que hacerlo. Y ellos son fuertes y nosotros cada vez más débiles.

THE GRAPES OF WRATH: Okies On the Road to the Promised Land | Dust bowl,  Dorothea lange, History
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Alegato en favor de la lectura

Escuchar la radio en la cama cuando me despierto es uno de mis placeres favoritos. Me suelo despertar sobre las siete y media u ocho de la mañana. Mi hija hace un rato que se ha levantado para comenzar su cotidiana tarea de preparación de oposiciones, que este año seguro que saca una plaza. Me lo han dicho un pajarito, la lectura de los posos del café en la taza, las cartas del tarot y hace unos días una tía abuela que se murió cuando yo era niño pero que de vez en cuando me habla en sueños. «Carmelita va a aprobar este año», me dice mientras yo estoy comprando pan de centeno en una aldea gallega, vaya usted a saber por qué. Ella está detrás de mí haciendo calceta y me habla con su característica voz susurrante. Pero, sobre todo lo sé porque confía en ella misma y porque se está preparando muy bien. Eso es lo más importante.

Vuelvo al presente. Escucho también la ducha de los vecinos de arriba y las persianas que se levantan en algún piso. Los domingos es diferente. Me quedo en la cama hasta las nueve y remoloneo cambiando de cadena, aunque casi siempre me paro en la SER, divirtiéndome con Javier del Pino y su programa A vivir que son dos días, que suele reunir a colaboradores muy diversos e interesantes. Hoy, mientras lo escuchaba a eso de las ocho y media, interrumpió a un sociólogo que estaba hablando sobre las redes sociales y el daño que están haciendo por ser altavoces de mentiras, insultos e ignominias de todo tipo, para intercalar el discurso que dio Bruno Le Maire, ministro de finanzas francés en unas jornadas sobre el libro de economía, pero dirigiéndose directamente a los estudiantes, haciendo un alegato maravilloso y emotivo a favor de la lectura. Me llamó la atención que alguien que está hablando constantemente de inflación, de optimización de recursos, de subir o bajar impuestos o de cualquier tema económico, cambie de registro y sepa explicar tan bien qué sentimientos, qué cualidades y qué beneficios proporciona la lectura, aunque no me extraña, porque ha habido grandes escritores economistas, como por ejemplo, José Luis Sanpedro. Como el ministro lo dice mucho mejor que yo, transcribo aquello que me parece más sustancial de su discurso:

«Leed. No os imagináis el placer que vais a sentir… La lectura es un placer inmenso que va a desarrollar vuestra imaginación, que os va a permitir abriros a mundos radicalmente nuevos en los que no habríais entrado si no fuera por las palabras, que os va a permitir entender quiénes sois, que va a poner palabras a aquello que sentís y que ni siquiera sabéis sobre vosotros. Y que una persona totalmente desconocida a la cual nunca habéis visto y a la que probablemente nunca veáis os susurrará al oído, en el silencio de la lectura, cosas que nunca habríais comprendido sobre vosotros si nunca las hubierais leído. Aprendemos más sobre el deseo de aventura leyendo «Robinson Crusoe» que yéndonos de viaje. Aprendemos más sobre el deseo y los celos, a veces en la base del deseo leyendo «Albertine desaparecida» o «La prisionera» que por la experiencia propia. Y cuando uno mismo tenga celos porque quiere a alguien que no le quiere a él, basta con leer a Proust para entender ese sentimiento, para ponerle palabras. Y esas palabras os van a colmar porque os harán comprender que formáis parte de una comunidad que siente las mismas cosas, no estáis solos. Esta es la singularidad de la lectura, es una actividad solitaria que os abre al resto del mundo. Estáis solos, pero nunca estáis tan cerca de los demás como cuando leéis un libro.

A todos los jóvenes que nos escuchan: leed. Apartaos de las pantallas. Salid de las pantallas. Las pantallas os devoran, la lectura os alimenta. Esa es la diferencia. Las pantallas os vacían, los libros os llenan. Esa es la diferencia. Está claro que es un combate. Porque las pantallas son lo fácil, captan tu atención, te atrapan, y además están muy bien organizadas. Saben daros, como a las ratas, pequeños estímulos nerviosos cada 5 segundos, cada 10 segundos, que os obligan a seguir pegados a la pantalla. Pero, por desgracia, eso no os permitirá desarrollar vuestra libertad. La literatura es un arma de libertad. Y las pantallas… no todas, aquí no hablo de las pantallas de cine, hablo de las pantallas de los gigantes digitales que pueden convertirse muchas veces en instrumentos de sometimiento. Las pantallas os pueden someter en vuestro consumo, en vuestro comportamiento, en vuestras prácticas o en vuestros gestos para orientar vuestros pensamientos.

La literatura os da libertad. Las palabras os dan libertad para construiros y ser quienes sois. Se lo digo a todos los estudiantes que nos escuchan: cada uno de vosotros es único. La literatura y los libros os permitirán descubrir hasta qué punto sois únicos. Cada persona es única, y es la literatura la que nos lo enseña».

¡Qué envidia explicar tan bien el poder de la lectura, de los libros, de la literatura! Y qué envidia, también, tener ministros que se preocupen de impulsar la cultura, el afán de leer, el mundo maravilloso que nos permite salir de lo cotidiano y embarcarnos en la aventura y en la fantasía y vivir en mundos que, seguramente, nunca podríamos imaginar ni experimentar. Si queréis escuchar el discurso, pinchad aquí.

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La matanza de Atocha y la Transición

Sociólogos y psicólogos afirman que cualquier generación tiene más vívidos y presentes los sucesos que le ocurren durante su juventud. Es lógico, ya que aquello que nos ocurre entre los quince y los veinticinco años lo hacen en el periodo de nuestra vida en que somos más impresionables, cuando nuestra visión del mundo está formándose, cuando se configuran nuestras actitudes hacia la política y la sociedad. Cuando se murió Franco yo tenía veinte años y comencé a trabajar, ya como funcionario. Eran los años de la transición, años convulsos, en los que a diario sucedían cosas extraordinarias. Ahora está de moda utilizar la expresión “hecho histórico”. Puedo asegurar que entre los años 1974 y 1981, entre mis diecinueve y veintiséis años, rara era la semana que no nos sobresaltábamos o alegrábamos con algún acontecimiento extraordinario, con algún hecho histórico. Además de la muerte del dictador en 1975, el asesinato de Carrero Blanco dos años antes, la subida al trono de Juan Carlos I (El Breve, como muchos decían o decíamos en aquellos momentos), el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, la legalización de los partidos políticos, previo “suicidio” de las Cortes franquistas, las primeras elecciones generales en 1977, además de secuestros y atentados, intentos de golpes de Estado… Y mientras tanto, los jóvenes de mi generación asistíamos con esperanza y también con miedo a todo aquello. A veces teníamos que retener el aliento, esperando que todo se derrumbara. Los que habían pasado la guerra civil tenían aún más miedo, porque no querían revivir otra guerra similar. Todo eso nos marcó y nos predispuso a tener una mayor conciencia para participar políticamente. Es difícil que aquellos que tenemos entre sesenta y setenta años pasemos de la política. Como será difícil que los que hoy tienen dieciocho o veinte años no queden marcados por la pandemia. Se verá dentro de unos años.

Aunque tengo mala memoria para los nombres y las fechas, hay momentos de esa época que nunca podré olvidar. Una de ellas es mi paso por el servicio militar (ya está el abuelo con sus batallitas, os diréis). Pero, ¿cómo se me van a olvidar aquellos meses que coincidieron con una de las épocas más turbulentas y peligrosas de la historia reciente de España? Y que coincidió, precisamente, con mi estancia en el cuartel de Intendencia de la Puerta de la Carne, en Sevilla. Después de dos meses infernales, julio y agosto de 1976, en Cerro Muriano, en Córdoba, con un calor asfixiante, con ejercicios y marchas interminables, con restricciones de agua por la sequía, etc., llegaron unos meses de relativa tranquilidad en el cuartel: trabajar en una oficina, alguna guardia de vez en cuando, buenas relaciones con los superiores y los compañeros, bastante libertad para entrar y salir del cuartel, disciplina relativamente relajada. Un paraíso comparándolo con los meses anteriores.

Otros cuatro compañeros y yo pudimos alquilar un piso en la calle Torneo, donde solíamos reunirnos cuando nos daban permiso, que era casi todos los fines de semana. Allí podíamos charlar tranquilamente, sin cortapisas, hablando casi siempre de política. Uno de ellos tocaba estupendamente la guitarra y aprovechábamos para cantar canciones de Mercedes Sosa, de Quilapayún, de Paco Ibáñez, de Labordeta o de Lluis Llach. Había dos catalanes, dos vascos y yo. Todos con ideología de izquierda, así que las discusiones solían girar en torno al momento que se estaba viviendo en España. Aunque todos queríamos que se produjeran cambios revolucionarios, rápidos y que se enterrara de una vez el régimen de Franco, también éramos conscientes de las enormes dificultades. No nos gustaba Adolfo Suárez (había sido designado precisamente el día que yo salía de Coruña en tren camino del campamento de Cerro Muriano), veíamos que las Cortes eran todavía las franquistas, que la ultraderecha campaba a sus anchas en el territorio español, sobre todo los guerrilleros de Cristo Rey, y que los grupos terroristas (ETA y el Grapo, fundamentalmente) ponían piedras en la maquinaria que intentaba poner en marcha el nuevo gobierno. Los dos vascos justificaban las acciones de ETA porque se dirigían, fundamentalmente, a las fuerzas represoras del Régimen (ejército, policía y guardia civil, que impedían el cambio y detenían y torturaban a los militantes y simpatizantes de la izquierda). Los catalanes tenían como mantra “libertad, amnistía y Estatut de Autonomía” y simpatizaban también con la lucha que llevaba a cabo ETA. Yo, por mi parte, defendía las ideas de la Unión do Povo Galego, de la Asamblea Nacional Popular Galega y de todo aquello que sonara a lucha por las libertades de la Nación Galega. También había tenido la oportunidad de hacerme militante del PSOE, ya que coincidió conmigo durante la carrera de Magisterio y en mi primer destino provisional como maestro en el Colegio Raquel Camacho, una destacada figura socialista de Coruña, Rubén Ballesteros que, además, estaba casado con mi profesora de francés en el Instituto Masculino, Berta Canel, a la que yo apreciaba ya que me había dado una matrícula de honor. Pero en mi familia habían sucedido demasiadas cosas negativas durante la posguerra y a mí se me había metido el miedo en el cuerpo. Yo nunca destaqué por mi valentía, así que le dije que no. Después me arrepentí, pero era demasiado orgulloso para dirigirme a él y solicitarle mi entrada en el partido. En mi defensa diré que sólo tenía 21 años, que era muy tímido y precavido y, visto en perspectiva, creo que hice lo mejor. La política no estaba hecha para mí. Eso de la disciplina de partido no iba con mi forma de ser.

Retomo lo que estaba diciendo de las reuniones con mis compañeros de piso. Nosotros escuchábamos a los militares en el cuartel, los comentarios que realizaban sin ningún reparo delante de los soldados, veíamos el retrato del General en muchos despachos y sabíamos que el ejército iba a ser un impedimento difícil de salvar, aunque, en el fondo, deseábamos con todas nuestras fuerzas que llegara el momento real del cambio, nada nos quitaba la ilusión.

Pero llegó la funesta semana, los fatídicos siete días de enero de 1977. El día 23 fue asesinado por un grupo de extrema derecha vinculado a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, Arturo Ruiz, un estudiante, albañil y activo militante de izquierdas, mientras participaba en una manifestación proamnistía en la Gran Vía madrileña. Al día siguiente, en una manifestación contra el asesinato de Arturo Ruiz, muere la estudiante Mari Luz Nájera como consecuencia del impacto en pleno rostro de un bote de humo lanzado por los antidisturbios. Ese mismo día 24 es secuestrado por los GRAPO el teniente general Villaescusa (el mismo grupo que un mes antes había secuestrado a Oriol y Urquijo, presidente del Consejo de Estado) y por la noche, tres asesinos irrumpen en el despacho laboralista del número 55 de la calle Atocha y matan a cinco personas, además de herir gravemente a otras cuatro (por cierto, en ese despacho era donde habitualmente trabajaba Manuela Carmena, pero ese día le habían pedido que lo prestara para reunirse los que después fueron asesinados). El día 26 de enero se produce una manifestación convocada por el Partido Comunista, todavía ilegal, y Comisiones Obreras. Una manifestación de más de 100.000 personas que recorren las calles en perfecto orden y silencio, una demostración de civismo y de organización que emociona y asombra a la España de aquella época y que muchos analistas consideran el punto de partida de la legalización del Partido Comunista, que se produjo unos meses después, el famoso Sábado Santo Rojo, el 9 de abril de 1977.

En el cuartel, nosotros apenas nos atrevíamos a hablar. Decidimos no ir al piso, porque la tensión que se respiraba en el ambiente era enorme. Parecía que todos nos vigilaban, que en cualquier momento nos iban a llamar a algún despacho y nos iban a detener, a pesar de que nada podíamos temer porque nada habíamos hecho, pero era mejor prevenir. Finalmente, nada ocurrió, pero desde entonces espaciamos más las visitas al piso, nos deshicimos de toda la propaganda y de todas las revistas y recortes de periódicos que habíamos ido acumulando durante meses (Cambio 16, Diario 16, Cuadernos para el Diálogo y El País, sobre todo). Era una exageración, era un temor injustificado, después nos dimos cuenta y nos arrepentimos y avergonzamos de la cobardía. ¡Menudos revolucionarios de pacotilla! Pero todos no pueden ser héroes, nos dijimos. Así que seguimos cantando a Serrat, a Moustaki y a Violeta Parra. Sólo servíamos para eso. Y sólo los que vivimos aquella época, podemos darnos cuenta de los peligros que corrió la democracia, de que estuvimos en la cuerda floja y en un tris de que todo se viniera abajo. Afortunadamente, y a pesar de todos los errores cometidos, creo que valió la pena el sacrificio de tantas personas. Por eso me da pena y rabia que muchos que no vivieron aquellos años y sólo los conocen por los libros de historia, se atrevan a criticar alegre y superficialmente, incluso a despreciar, lo que conocemos por la Transición. Hicimos lo que pudimos, nada más y nada menos.

'El abrazo' (1976), de Juan Genovés.

El abrazo, de Juan Genovés