La vida no es aburrida

Hace tiempo vi un programa de televisión dedicado a esos pueblos que se distribuyen por la geografía española, fundamentalmente por las dos Castillas, que se han ido despoblando o en los que quedan apenas media docena de personas, casi todas ellas ancianas. En uno de esos pueblos vivía sólo un hombre, de unos sesenta o sesenta y cinco años, que había nacido allí, se había ido a trabajar a una gran ciudad y, una vez jubilado, decidió regresar al lugar donde había pasado su infancia. El lugar tenía poco más de una docena de casas, todas de piedra y con las puertas y ventanas cerradas menos la suya, una hermosa vivienda con un banco, también de piedra, adosado a la pared y un arriate de flores que me parecieron hortensias, un gran salón donde el fuego crepitaba alegremente en una chimenea situada en un rincón, con muebles de madera oscura que daban la impresión de ser antiguos y de calidad. En el salón, al que se accedía directamente desde la puerta de la calle, destacaba, sobre todo, una gran librería que ocupaba todo un testero, del suelo al techo y rebosante de libros y discos. La cámara se paseó lentamente por los libros y pude leer alguno de los títulos: La Celestina, la Divina Comedia, La Regenta, Episodios Nacionales, La colmena, El capitán Alatriste…. No se adivinaba un orden especial, una organización o una planificación por épocas, autores o alfabética. Creo que eso es lo mejor para las librerías personales, ir colocando los libros en los espacios que van quedando libres y, de vez en cuando, revisar y encontrarte con sorpresas, como me ocurrió hace poco, cuando vi un libro que había comprado hacía un par de años y que no recordaba que lo tenía. Aunque soy ordenado para algunas cosas, para esta en concreto soy un pequeño desastre. Me he planteado dedicar un tiempo a hacer una base de datos con todos los libros que tengo, apuntando una información muy básica: título, autor y estante en el que se encuentra. Pero siempre busco alguna excusa para no hacerlo.

El reportaje hacía un seguimiento del día a día del solitario personaje, que desgranaba con sencillez cómo transcurría el tiempo en un pueblo que, aunque no muy alejado de núcleos urbanos más grandes y poblados, sólo contaba con su presencia, sin nadie con quien conversar, distraerse o, en caso de necesidad, acudir para solicitar ayuda. Según dijo, estaba acostumbrado a vivir solo, nunca se había casado, era hijo único y cuando sus padres fallecieron, heredó la casa que ahora habitaba. Él cultivaba un pequeño huerto situado en la parte de atrás de la vivienda, daba largos paseos por los alrededores llegando hasta un arroyo de aguas transparentes y en el que se podía ver un fondo pedregoso. La periodista intentaba indagar en el pasado del personaje, qué le había llevado realmente a llegar a su situación actual, pero éste sólo quería hablar de su presente, de cómo organizaba el día, de las plantas que cultivaba, de cómo limpiaba de vez en cuando las hierbas que nacían entre las calles empedradas, de sus esporádicos viajes al pueblo cercano para comprar lo necesario, de sus visitas periódicas al médico para revisar su salud, que le preocupaba sobre todo para poder seguir disfrutando de su apacible vida.

—Teniendo salud, lo demás no me importa —le comentó a la periodista, que asistía con cierto asombro a una muestra de austeridad y de sobriedad del que su entrevistado hacía gala desde el comienzo del reportaje.

Para finalizar, la reportera preguntó:

—¿No se aburre con este tipo de vida, todo el año haciendo lo mismo no le resulta monótono?

Y nuestro personaje, que me caía cada vez más simpático y al que admiraba y envidiaba al mismo tiempo, se quedó mirando a la cámara y dijo:

—Hay muchos libros que leer, mucha música que escuchar y muchos caminos que recorrer. De ese modo, la vida nunca puede ser aburrida.

Fueron sólo un par de frases que resumían toda una filosofía de vida y que terminaron por ganarme. ¿Qué más se puede necesitar? Algunos dirán, o diremos, que la familia, los viajes, el amor. Y seguramente tendrán, tendremos, razón, porque todo eso es importante. Pero para alguien que ha tomado la decisión de vivir en soledad o para los que ya han superado y alcanzado algunas metas, las palabras de ese personaje solitario reflejan y explican lo que muchos pensamos y deseamos: la vida es maravillosa con un buen libro en las manos, una buena música sonando en un salón tranquilo y paseando por caminos que no lleven a ninguna parte.

Y si a todo eso sumamos los últimos días de mayo y los trece días de junio que llevamos, todo se torna apasionante: la sentencia del caso Gürtel en Madrid y Valencia, que demuestra que el PP se financió irregularmente; una moción de censura sin apenas posibilidades de salir adelante pero que, cosas de la política, ganó Pedro Sánchez; la formación de un gobierno que mayoritariamente está formado por mujeres; la acogida por España de los inmigrantes que se hacinan en el barco Aquarius; el fichaje de Lopetegui por el Madrid y su expulsión de la selección española; la sentencia del Supremo que ratifica el ingreso en prisión de Inaki Urdangarín; la dimisión del ministro de Cultura y Deporte, Maxim Huerta por defraudar a Hacienda… Y fuera de España, la entrevista entre dos personajes que dan risa y miedo a la vez, Trump y Kim Jong Un. Total, que es imposible aburrirse pero, por favor, que la política nos dé un respiro, que así no hay quien viva con sosiego.

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Cincuenta años después

7 de junio de 1968. José Ángel Pardines Arcay, un guardia civil de tráfico, coruñés de Malpica, daba el alto en Villabona, Guipúzcoa, no se sabe si por casualidad o porque el vehículo había hecho alguna maniobra extraña,  a un seat 850 en el que viajaban dos personas para pedirles la documentación. La carretera estaba en obras, el coche se detuvo y cuando el guardia se acercó uno de los individuos le disparó un tiro en la cabeza. El etarra Txabi salió del coche y lo remató con cuatro disparos en el pecho. Fue el primer asesinato de ETA. 853 muertos después (otros dicen que 829), miles de heridos y otros muchos miles exiliados (esos sí que son exiliados de verdad) por las amenazas y el terror, hoy parece ser que ETA, 50 años después, dice adiós. Pero lo hace como siempre ha hecho, con una retórica que habla de conflicto, de lucha del pueblo, de liberación nacional, de responsabilidad y honestidad de su militancia, de activación popular.

Los que crecimos con los atentados diarios (recuerdo especialmente el de Miguel Ángel Blanco por su crueldad y cinismo, el de Carrero Blanco por su influencia en el final del régimen franquista, en el de Hipercor en Barcelona o el de la casa-cuartel de Zaragoza, estos dos últimos por su indiscriminación,  entre otros muchos), con los funerales, con los reportajes sobre la opresión asfixiante que se vivía en el País Vasco, sobre todo en los pueblos pequeños y medianos en los que todo el mundo se conoce o con el testimonio de los familiares de las víctimas, llegamos a pensar que era imposible que esa situación se normalizara. Porque la memoria es frágil y selectiva, pero partidos que hoy rechazan e incluso abominan del terrorismo hubo un tiempo que miraban para otro lado y apenas lo condenaban. Estoy hablando del PNV, que durante muchos años se aprovechó del terror para intentar influir en la política nacional y del País Vasco. Recordamos la frase del presidente del PNV Xavier Arzallus: unos sacuden el árbol para que caigan las nueces y otros las recogen para repartirlas. Como se sabe, ETA nació en el seno de las juventudes católicas del PNV por lo que la iglesia vasca siempre vio con cierta condescendencia, a veces incluso con simpatía, a la banda terrorista. No hace falta más que recordar al obispo José María Setién que, entre otras cosas, se negó a celebrar el funeral del socialista asesinado Enrique Casas en la catedral. Y como él, bastantes sacerdotes que también negaban esa posibilidad en muchos pueblos cada vez que se producía un atentado.

También podríamos hablar de la ambigüedad que durante muchos años mantuvo la izquierda española, y sobre todo la de muchos países europeos y americanos, con ETA. Hasta no hace mucho tiempo, los terroristas podían campar a sus anchas por los países de nuestro entorno: Francia, Bélgica, Gran Bretaña, y sobre, todo, en latinoamérica: Cuba, Venezuela, Colombia o El Salvador eran paraísos donde los etarras eran acogidos casi como héroes. Por último, si no llega a ser por los atentados del 11S en Nueva York y del 11M en Madrid y la aparición del ISIS y su ola de atentados en todo el mundo, que mostraron en toda su crudeza la crueldad del terrorismo, quizás la historia y el final de ETA habría sido otro. Todos los países se dieron cuenta, unos antes que otros (por ejemplo, la colaboración de Francia a partir de los noventa, cuando Felipe González llegó a un acuerdo con François Mitterrand supuso un antes y un después en la lucha antiterrorista) del sufrimiento que suponía para la sociedad española en su conjunto el terrorismo de ETA y que la propaganda que ésta llevaba realizando durante décadas estaba basada en mentiras y en la deformación de la realidad, que apelaba a un pasado que no había existido y a una sociedad irreconocible.

Ahora, antes de intentar pasar página y de que el tiempo vaya curando heridas y permita la reconciliación, lo que no supone olvido ni perdón; ahora que muchos jóvenes no saben quién fue Miguel Ángel Blanco, ni saben nada de atentados, que viven en un País Vasco próspero y con grandes perspectivas; ahora que estamos asistiendo a otra construcción de una realidad y de un pasado y presente en Cataluña que provoca reparos ya que cierta izquierda está cayendo en el mismo error que se cayó en el caso vasco, es necesario que la educación juegue un papel esencial, que desde todas las instancias se analice y se reescriba la historia para que no vuelvan a repetirse los mismos errores y las mismas barbaridades.

Termino este artículo recordando al guardia civil de Aroche, José Miguel Maestre Rodríguez, de 27 años de edad asesinado el 2 de mayo de 1979 junto con otro compañero en Villafranca de Ordicia, Guipuzcoa. Su muerte y la de tantos otros sólo sirvió para aumentar el sufrimiento de su familia y de sus amigos. Y todo esto, ¿para qué?

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Pedir papas o sobre lo más importante

—¿Pides papas?

La pregunta me sorprendió. Hacía años que no la escuchaba. Cuando era pequeño o un poco más joven de lo que ahora soy y alguien te proponía un acertijo, una adivinanza o un problema, y pasaba el tiempo y no encontrabas la respuesta, el otro te conminaba a rendirte, a abandonar, a darte por vencido preguntando, a veces con sorna “¿pides papas?”. Casi nunca queríamos rendirnos, por eso casi nunca pedíamos papas, éramos demasiado orgullosos. Preferíamos quedarnos con la duda a ser humillados, ya encontraríamos la respuesta o la solución otra vez o preguntando más adelante, pero rendirse, jamás y pedir papas, menos. He buscado en Internet, en el diccionario de la RAE, en diccionarios de uso de la lengua y no he encontrado la expresión. ¿Se utilizará solamente en Galicia, como ocurre con “pedir colo”, “estar chosco”, “non vaia a ser o demo”, “vaiche boa” y otras muchas más? Quizás provenga de algún país sudamericano, a donde muchos gallegos emigraron durante la primera mitad del siglo veinte, como hicieron mi abuelo Castro, que emigró a Cuba y mis tías Pepita y Elena, hermanas de mi abuela Marina, que emigraron a Uruguay cuando eran casi unas niñas y allí estuvieron más de una década. Cuando esos paisanos míos regresaron, puede ser que introdujeran la expresión porque los gallegos no decimos “papas” sino “patacas”. Seguiré buscando la explicación y pensando cómo contar las historias de mi abuelo, de mis tías y de otros tíos un poco más lejanos que emigraron a Inglaterra, pues sus experiencias allí tuvieron que ser épicas.

Pero volvamos al principio. Llevaba un buen rato intentando encontrar la respuesta a un dilema que nos preocupaba. Un grupo de policías insulta y amenaza en un chat a su alcaldesa diciendo, entre otras lindezas “es terrible que ella no estuviera en el despacho de Atocha cuando mataron a sus compañeros”, “que se muera la vieja zorra ya”, “ojalá explote la sexta con todos ellos dentro y que ese día estén también Pablo Iglesias y Rufián”. A pesar de esas barbaridades, el juez no ve delito de odio y no lo investiga porque no hay denuncia. Por otro lado, el Supremo ratifica la prisión de tres años y medio para el rapero Valtonyc por expresiones como “un pistoletazo en la frente de tu jefe está justificado o siempre queda esperar a que le secuestre algún GRAPO”, “que explote un bus del PP con nitroglicerina cargada” o “mataría a Esperanza Aguirre, pero antes, le haría ver como su hijo vive entre ratas”. Si se analiza bien, apenas hay diferencia entre unos y otros. Tendríamos que ponernos en contexto, ver qué variables atenúan o agravan las frases, pero, aun sin ser experto en leyes ni contar con toda la información ni con las resoluciones judiciales completas, extraña la diferencia de criterio. Yo estoy a favor de la libertad de expresión, sobre todo cuando se produce en un ámbito como el artístico que en muchas épocas ha causado escándalo, aunque reconozco que todo lo que he reproducido líneas arriba me parece de muy mal gusto y poco artístico. Pero creo que hay una diferencia en cada uno de los actos. Me da la impresión de que las letras del rapero, que no son precisamente un dechado de virtudes literarias, lo único que pretenden es provocar, acosar, fustigar, denunciar. En todas las épocas, desde griegos y romanos, pasando por la Edad Media o el Siglo de Oro (Aristófanes, Plauto, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, los hermanos Bécquer…), escritores o pintores han criticado, a veces de manera muy cruel, a los poderosos. Casi siempre de forma sutil e inteligente, aunque muchas veces llegaban al insulto. Por eso es chocante que siglos después haya habido un retroceso en este ámbito. Podríamos seguir con las últimas noticias de estos días: la retirada de Arco de una obra de Santiago Sierra, el secuestro por orden judicial del libro Fariñala condena a Cassandra Vera por sus tuits sobre Carrero Blanco, etc. Así que resulta cuanto menos llamativo que los policías se hayan ido de rositas, sin un apercibimiento ni reconvención, porque sus expresiones podrían considerarse más graves, ya que son servidores públicos, teóricamente garantes del cumplimiento de las leyes, pagados con el dinero de los impuestos y cuyo cometido es proteger a los ciudadanos y no acosarlos, insultarlos o amenazarlos. Y, encima, con permiso para llevar y utilizar armas, yo no digo nada.

Mi interlocutor, Felipe, un vecino que había llegado hacía poco y que nos había invitado a su casa a mi mujer y a mí para presentarse y conocernos un poco más, comenzó a decirnos que había llegado a la ciudad por motivos de trabajo, una gran empresa farmacéutica en la que él trabajaba como comercial y visitador. Alto y delgado, bien vestido con ropa de marca, con una pequeña barba muy cuidada, en la que ya se podían apreciar algunas canas,  y unas gafas modernas de pasta, casi siempre estaba sonriendo, pero su mirada era un poco más fría, distante y calculadora de lo normal, como si estuviera siempre alerta, intentando adivinar qué pensaba yo; seguramente era un defecto profesional, los vendedores, los que intentan convencer para que se les compre un producto, deben averiguar cuáles son las debilidades, incluso los secretos de los demás. Eso me intranquilizaba, me provocaba una cierta desazón desde que me lo encontré por primera vez en el ascensor. Parecía una persona afable, acostumbrada a tratar con la gente, a caerle bien a las personas y a estudiarlas, a conocerlas a fondo. Su voz era ronca, profunda, modulada con educación y su lenguaje denotaba cultura y aplomo. Hablaba de forma pausada, sin apenas levantar la voz, pero siempre con la intención de persuadir, de convencer. Más que lo que decía, que muchas veces no dejaban de ser lugares comunes, llamaba la atención cómo lo decía, con qué seguridad y convencimiento.

Su mujer, bastante más joven que él y que apenas pasaría de los treinta, era mucho más tímida, quizás un poco acomplejada ante el dominio que mostraba su marido. Su ropa también era cara, como me susurró mi mujer en un aparte, cuando el matrimonio se levantó un momento para ir a la cocina a preparar unos aperitivos. Melena corta que movía con gracia y que dejaba ver un poco de su largo cuello, de pelo castaño claro con algunas mechas rubias, se movía con elegancia, como si flotara. Daba la impresión de ser una deportista, lo que nos confirmó un poco más adelante cuando comentó que salía a correr casi todos los días y que, en su anterior ciudad, acudía periódicamente a un gimnasio. No trabajaba, había terminado los estudios de derecho, pero se habían casado jóvenes y el trabajo de su marido requería que cambiaran con frecuencia de ciudad por lo que nunca se pudo centrar en la búsqueda de un empleo. Sin embargo, ahora tomó la decisión colocarse en algún bufete, aunque fuera como becaria, porque les habían prometido en la empresa que esta vez iban a permanecer al menos dos o tres años allí, no tenían hijos y no quería pasarse sola en casa todo el tiempo. Mi mujer la animó y le dijo que la ayudaría, que tenía mucho tiempo libre porque los dos estábamos jubilados y que no le importaba acompañarla hasta que conociera mejor la ciudad. En un momento de la conversación se levantaron las dos porque Anabel, nuestra anfitriona, quería enseñarle el piso y algunas reformas que quería hacer.

Mientras Felipe y yo charlábamos de cómo eran el resto de los vecinos, de si había problemas en la comunidad, de la rivalidad entre Betis y Sevilla y de otras cosas más banales, nos detuvimos un momento a escuchar en la televisión la noticia de que el Supremo había confirmado la condena a Valtonyc. La presentadora del informativo resumió la noticia, haciendo hincapié en las injurias al Rey y al enaltecimiento del terrorismo, incluyendo alguna de las desafortunadas frases del rapero que se reproducían en la sentencia. En ese momento Felipe hizo un comentario de manera muy exaltada, lo que me extrañó, “ya era hora de que pusieran en su sitio a estos malnacidos”, porque hasta entonces me había parecido una persona muy tranquila y que controlaba sus emociones, y porque todavía no teníamos la suficiente confianza como para expresar opiniones que, de alguna manera, podían molestar a alguien a quien no conocía y con el que pretendía establecer una buena relación.

Yo permanecí callado unos momentos, valorando si debería intervenir o no. No tenía claro si lo que había dicho era una forma de ponerme a prueba, de provocarme para comprobar cómo pensaba, de qué lado me decantaría. Podía ser una táctica de vendedor, la manera de conocer mis simpatías políticas o mi capacidad de encajar opiniones adversas, de discutir, de expresarme. Pero sólo fue un instante, porque suelo ser vehemente cuando me provocan, sobre todo si es de una forma tan explícita y, por qué no decirlo, tan grosera. A pesar de que estaba “en territorio enemigo”, opiné que me parecía que en los últimos años se había producido un retroceso en la libertad de expresión y que, tirando de refranero español, “no ofende quien quiere sino quien puede” y una frase de Diógenes que me había aprendido para demostrar mi vasta cultura en determinadas circunstancias, y ésta era propicia: “el insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe”. Ahí queda eso, pensé yo. No creas que me vas a cerrar la boca tan fácilmente. Y si lo has hecho sólo para provocarme o para conocerme más, mejor que mejor.

Felipe volvió a sonreír e hizo un gesto con la mano como diciendo que no tenía importancia y que no quería discutir. Ese gesto me molestó todavía más, no hay cosa más me fastidie que la displicencia, la prepotencia, el estar por encima de los demás. Mal habíamos empezado.

—Perdona por la frase, —me dijo, —pero algunos se están pasando de la raya y no está de más que se los ponga en su sitio. No todo vale en democracia, creo. Guardar las formas, respetar las instituciones y la ley son la norma básica de los estados democráticos modernos. De un tiempo a esta parte algunos se creen que pueden usar la libertad de expresión impunemente, sin ningún tipo de cortapisas ni de respeto. Así que estas sentencias me parecen ejemplarizantes. Y yo diría más, en algunos casos, como el de los insultos a las víctimas del terrorismo, la justicia tendría que ser aún más dura.

—De acuerdo en lo del respeto a la ley, —dije—, pero entonces, ¿por qué los jueces, que son los encargados de impartirla, castigan a unos con tanta severidad y otros no son ni amonestados? ¿No es la ley igual para todos? ¿Cómo se explica la disparidad de criterios? ¿Crees, de verdad, que la justicia se ha impartido igual? —Yo no estaba dispuesto a ceder ante unos hechos que me parecían injustos y desproporcionados en unos casos, mientras que el de los policías madrileños era inadmisible.

—Dímelo tú, porque supongo que tendrás una opinión formada, por lo que veo, sobre estas actuaciones de la justicia. Yo tengo la mía pero, si no te importa, me gustaría escuchar primero la tuya.

—La única explicación posible y lógica, a la vista de los hechos, es que la justicia no es tal, que hay muchos jueces politizados y con convicciones retrógradas, ancladas en un pasado que ya suponíamos superado. Mientras que la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y el Constitucional sean elegidos por los políticos y no por méritos estrictamente profesionales y demostrados, nunca habrá una justicia imparcial y objetiva.

—Sí, pero los jueces lo único que hacen es aplicar la ley o, como mucho, interpretarla. Son los políticos en el Congreso y en el Senado los que las elaboran y aprueban. Además, hay instancias superiores que pueden revocarlas, como ha ocurrido en bastantes ocasiones. Y si algunos creen que la justicia española no actúa correctamente, siempre se puede acudir al Tribunal de Estrasburgo, digo yo. Además, fíjate en una cosa: los policías escribieron los insultos y amenazas en un chat privado, mientras que en las otras situaciones eran públicos. Supongo que la difusión será un motivo agravante. No es lo mismo lo que yo diga y exprese en público o en las redes sociales que lo que manifieste en privado. 

Reconozco que me estaba quedando sin argumentos. Felipe era un duro contrincante, acostumbrado a ganar, a vencer con su retórica, a convencer a sus oponentes, a sus clientes. Yo me sentía empequeñecido y a punto de tirar la toalla. No se me ocurría nada mejor para rebatir su argumentación.

—¿No tienes otra explicación, no quieres argumentar algo más? —Felipe seguía sonriendo y yo tenía ganas de borrarle esa sonrisa de superioridad, aunque fuera a base de tortazos. Pero no era plan, ya que suelo ser un invitado educado y poco proclive a los excesos, sobre todo a los que emplean la violencia. Además, estoy seguro de que por la fuerza, él también me ganaría. Era más alto, más joven y más robusto que yo. —Quizás mi último razonamiento te pueda convencer —esta vez lo dijo con un tono mucho más serio.

Dudé durante unos segundos. Aproveché que había empezado a llover después de mucho tiempo, tanto que ya se decía que estábamos en prealerta por sequía, me levanté del sofá y me acerqué a la puerta de cristales del salón que daba a la avenida. Me quedé hipnotizado viendo los goterones que golpeaban contra el asfalto y contra las hojas de los árboles que casi llegaban a la altura del piso. Había oscurecido muy rápido, sin darnos cuenta y las farolas comenzaron a encenderse con una luz amarillenta que apenas iluminaba. Entonces surgió la pregunta que me desconcertó y me hizo revivir mi infancia y mi juventud, ya muy lejanas en el tiempo pero cercanas en la memoria, pues cada vez dedicaba más horas a rememorar anécdotas, personas y lugares, como suelen, solemos hacer, las personas cuyo presente es sólo un pálido reflejo de lo vivido y que nunca alcanzará el color y la intensidad de antaño.

—¿Pides papas?

Me di media vuelta y me acerqué despacio hasta donde estaba sentado. Me quedé mirándolo con un gesto en el que seguramente él vería sorpresa, curiosidad, desconcierto. Y eso era realmente lo que yo sentía en esos momentos. Me había olvidado por completo de la discusión, de las leyes, de los jueces, de raperos y policías. Ahora sólo quería saber una cosa.

—¿Tú, por casualidad, no serás gallego, no? Porque si lo eres, no tienes acento, pareces más bien castellano, madrileño o incluso, navarro. ¿Eres gallego, como yo? Porque esa expresión sólo la he escuchado en Galicia. Y me trae muchos recuerdos.

Y entonces, cuando él me respondió que sí, que era gallego y que se alegraba mucho de tener como vecino un paisano, dejamos de discutir y comenzamos a contarnos cosas de nuestra tierra, de nuestras vivencias, de lo que habíamos dejado atrás y de lo que nos gustaría hacer si regresábamos. Y cuando Anabel y mi mujer regresaron al salón, nos encontraron charlando animadamente, riendo, como si nos conociéramos de toda la vida. Y es que hay cosas más importantes que la política o las leyes.

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Algunas lecturas de 2017

Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar.
El tiempo. Ocnos. Luis Cernuda

Después de releer ese maravilloso párrafo de Cernuda, rompí en mil pedazos la hoja en la que había comenzado a escribir un pequeño relato. Pero después me dije, José Manuel, no seas tan duro contigo mismo, no estás aspirando a vivir en el Parnaso de las letras, sólo eres un humilde escribidor como los miles y miles que en el mundo han sido y serán y que también tenemos derecho a poner nuestro granito de arena, sin más aspiración que leernos dentro de unos años, disfrutar imaginando historias, sonreír ante nuestra falta de pudor y ejercitar las neuronas que nos van quedando.

En mi anterior entrada escribí sobre mi falta de criterio para seleccionar las lecturas. Efectivamente, no tengo criterios, ni prioridades, ni nada que suponga un mínimo de planificación u organización. Repaso mi biblioteca, que tiene unos 700 u 800 libros, y me encuentro con muchos que compré hace tiempo porque me llamaron la atención o porque me los recomendaron y resulta que todavía no los he leído. Entre otras cosas porque no me apetece hacerlo, bien porque ya han cambiado mis gustos, porque el tema o el argumento o el autor ya no me interesa o porque le he cogido manía, vaya usted a saber por qué.

Pero una cosa es falta de criterio y otra muy diferente carecer de motivos, de la necesidad de leer. Con el tiempo me he dado cuenta de que esa necesidad nace de fuentes muy diferentes. A veces, la lectura de la novela de un autor que nunca había leído con anterioridad pero que alguien que sí lo ha hecho y del que te fías y te lo recomienda, te descubre facetas, estilos o temas que te gustan. Me pasó, por ejemplo, con Carlos Ruiz Zafón y su primer gran éxito, La sombra del viento. He leído su tetralogía de El cementerio de los libros olvidados y, aunque ya ha cerrado el círculo de esa serie, seguro que escribirá otra y volveré a engancharme sin remisión. Una vez que te aficionas a un escritor, ya no puedes dejar de leerlo. Es lo que me pasa con otros tres escritores actuales más: Dolores Redondo, Almudena Grandes y Arturo Pérez-Reverte. Cada vez que publican un libro tengo que comprarlo. Y rara vez me arrepiento, porque han sabido crear mundos y lenguajes que, por alguna misteriosa razón, han conseguido interesarme. Sé que en esto de las lecturas hay mucho hooligan, aprecios y desprecios que no se basan en criterios racionales, sino en afinidades o enemistades que pueden provenir de ámbitos muy diversos. Por ejemplo, nunca se me olvidará el razonamiento que me dio una compañera de trabajo, doctora en lengua castellana y literatura, que me espetó, así, sin anestesia, que ella no había leído y nunca leería a Mario Vargas Llosa, “por ser un facha”. Toma del frasco, Carrasco. Y estoy seguro de que otros y otras, personas todas ellas formadas y educadas, tampoco leerán a Gabriel García Márquez, por “ser izquierdista”. Ellos se lo pierden. Si leemos o dejamos de leer a alguien por su adscripción política es que el mundo se ha vuelto realmente loco (aquí tampoco me dejo de acordar de alguien que llamó machista a Aristóteles: hay gente que no es más tonta porque no entrena).

Durante este año 2017 podréis comprobar que mi bagaje lector no ha sido demasiado extenso. Aunque según un estudio del CIS estoy en la parte alta de la clasificación, pues me encuentro dentro del 5,5% de españoles que lee entre 9 y 12 libros al año, eso no me consuela, pues estoy seguro que podría organizarme mejor y leer más. Ahora que tengo mucho tiempo libre, resulta que lo malgasto, o no, que no estoy demasiado seguro, de mala manera. Cuando no estoy jugando una partida de ajedrez o de Apalabrados con mis amigos estoy viajando, escribiendo chorradas como ésta, viendo series de televisión, haciendo deporte, caminando por las calles de Sevilla, escuchando la radio y, sobre todo, cabreándome mucho con lo de Cataluña. La de horas que le habré dedicado a las tertulias sobre este tema tan cansino. Menos mal que ya sólo quedan un par de días para las elecciones. Lo malo es que eso no va a mejorar mi dedicación a menesteres más sensatos, como sería entregarme en cuerpo y alma a escribir una novela que ganara el Planeta y me sacara de pobre. Porque luego viene la noche electoral, el análisis de los resultados, las opiniones de los políticos y de los tertulianos, las posibles coaliciones, las coaliciones reales, el cabreo del gobierno con los independentistas y de los indepes con el gobierno, la frustración de la mayoría que ha ganado pero no va a resolver el problema, etc., etc.

Así que antes de que vuelva a perder más tiempo os voy a decir qué es lo que he leído este año y me dejo de otras tonterías. La verdad es que no sé a quién le puede interesar esto, como no sea a una empresa que se dedique a analizar los gustos lectores de los españoles, pero así me acuerdo de las lecturas y, quizás, a alguien le entre el gusanillo de leer alguno de los libros que aquí reflejo. El orden no significa nada, ni preeminencia porque me hayan gustado más, porque los recuerde mejor o porque hayan sido los últimos en llegar a mis manos. Seguro que me he dejado alguno, sobre todo los que leí a comienzos de año, pero será porque no han dejado huella o porque la memoria ya no es todo lo fiable que debiera ser. Los años no pasan en balde. Además, he añadido alguna relectura de libros a los que merece la pena volver de vez en cuando.

El laberinto de los espíritus, de Carlos Ruiz Zafón. Final de la serie El cementerio de los libros olvidados. Junto con el primero, La sombra del viento, el mejor para mi gusto. La recreación de ambientes y personajes es insuperable y, como toda buena novela, los últimos capítulos los fui leyendo con premura, paladeando las palabras, pues sabía que cuando lo terminara me iba a dar mucha pena, como así fue.

El monarca de las sombras, de Javier Cercas. Tiene cierta similitud con Soldados de Salamina. En la búsqueda de la verdad sobre la muerte en la guerra civil de un tío abuelo suyo, Javier Cercas se desenvuelve con auténtica maestría, acercando el pasado investigado con datos, fechas, documentos y entrevistas con personas que lo conocieron, y el presente, la duda entre realizar un relato novelado o reflejar sin más un hecho que fue historia de su familia y la de muchas familias más.

El lector de Julio Verne, de Almudena Grandes. Esta escritoria se desenvuelve con una facilidad que pasma por el mundo de la guerra civil y de la posguerra. La mirada de un niño que vive en un cuartel de la guardia civil en un pueblo de la sierra jiennense se desliza entre aquellos que han ganado la guerra pero no tienen motivos para celebrarlo y aquellos otros que la han perdido pero muestran su orgullo y su dignidad sin abdicar de sus ideas.

Rabos de lagartija, de Juan Marsé. Hacía muchos años que no leía a Juan Marsé y en esta novela se muestra como uno de los grandes escritores del siglo XX. Ahora que ha sido uno de los damnificados por su postura ante el independentismo recomiendo su lectura para que admiremos su dominio del lenguaje y su amor por todo lo catalán.

A Sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. Todo un descubrimiento. A partir de unas jornadas celebradas en Sevilla sobre la literatura y la guerra civil, coordinadas por Arturo Pérez-Reverte, he conocido a este extraordinario periodista y escritor. El prólogo de este libro debería ser lectura obligatoria en ESO y Bachillerato. Pocas veces he leído un texto que con tanta claridad y certeza describa lo que, seguramente, sentiría la mayoría silenciosa de españoles que se vieron arrastrados a una guerra tan despiadada.

Todo esto te daré, de Dolores Redondo. No sé si será porque la novela se desarrolla en mi tierra, concretamente en la Ribeira Sacra, pero reconozco que me mantuvo enganchado durante toda su lectura. Se nota que domina, como ya lo demostró en su trilogía del Baztán, que también me encantó, el mundo de la investigación policial. Sin grandes aspiraciones, esta novela es una digna ganadora del Premio Planeta.

Patria, de Fernando Aramburu. Me la habían recomendado muchas personas y, realmente, no decepciona. Inquieta saber hasta qué punto puede llegar a degradarse el ser humano y cómo el ambiente opresor de un pequeño pueblo puede destrozar las vidas de las familias y las amistades. Sin embargo, a pesar de todo el sufrimiento que viven los protagonistas o la obsesión por mantener unas ideas que en el fondo saben que son injustas y equivocadas, nos queda la esperanza de que, al final, siempre podemos encontrar una salida

Gog, de Giovanni Papini. Extraña novela que describe a un multimillonario eogísta, sin escrúpulos y que sólo busca su felicidad a cualquier precio, que se entrevista con los personajes más importantes de su época: Gandhi, Freud, Einstein, Edison…, con objeto de conocer cuáles son los males y problemas de la sociedad. Aunque late un curioso  sentido del humor a lo largo de toda la novela, reconozco que su lectura dejó en mí un regusto amargo y que no sé si volvería a leer.

Africanus, el hijo del cónsul, de Santiago Posteguillo. Es la novela que estoy leyendo actualmente. Me gusta la novela histórica y ésta contiene todo lo que busco en este tipo de lecturas: personajes bien trazados y perfilados, hechos que he estudiado en los libros de historia pero que aquí se describen de una manera mucho más cercana, lenguaje sencillo pero bien estructurado, etc. Los dos personajes principales, Aníbal y Publio Cornelio Escipión, el Africano, muestran su valor y su inteligencia a lo largo de setecientas páginas que se leen con gran facilidad.

Olas de levante, de Magdalena Gómez Amores. Dejo para el final esta novela de mi amiga Magdalena. Con su primera obra, El temblor de las estrellas, la escritora reflejó la sociedad española de los años veinte y treinta del pasado siglo en un pequeño pueblo de Castellón. Mientras que “las dos Españas” van enconando sus posiciones hasta desembocar en la guerra civil, las mujeres tienen que enfrentarse a un mundo hostil en el que ellas tienen que luchar y demostrar su valía sin ayuda de ningún tipo. En su segunda novela, Olas de levante, las mujeres vuelven a ser las protagonistas. La acción se desarrolla durante los años 30 en Ceuta, ciudad que ella conoce bien pues allí nació y vivió durante su adolescencia y a la que vuelve cada vez que puede. Con un estilo ágil y un lenguaje cada vez más sólido, fluido y maduro a medida que va adquiriendo la experiencia del escritor, Magdalena desentraña la historia de dos mujeres que bien pueden ser la cara y cruz de dos vidas que, en el fondo, no son tan diferentes, sino que los acontecimientos y las circunstancias, además de la personalidad, van marcando a fuego. En una, la utopía y la valentía, en otra, la tradición y el pragmatismo, pero siempre la lucha, la resistencia, el dolor.

Relecturas. Casi nunca releo un libro completo, sino que lo abro al azar y dejo que la casualidad o la suerte me lleve a algún párrafo que me evoque otros instantes de feliz lectura. Y casi siempre la suerte me acompaña.

Ocnos, de Luis Cernuda. Hacía años que no volvía a leer a este extraordinario poeta sevillano. Ocnos es autobiografía lírica, poesía en prosa, llena de nostalgia porque fue escrita en el exilio. Una infancia y una juventud que se desarrollaron en una Sevilla, en un ambiente, que ya casi no reconocemos. Imprescindible.

Algunos capítulos de El Quijote, de Cervantes. Siempre hay que volver al caballero de la triste figura y a su compañero Sancho. Cada frase encierra un mundo literario que nunca ha sido superado.

También he vuelto a un maestro, Juan de Mairena, de Antonio Machado. No deja de sorprenderme su capacidad para la “filosofía práctica” que subyace en cualquier sentencia de este profesor. Abro el libro por cualquier página y me encuentro, por ejemplo, con perlas como estas:

“El reloj es, en efecto, una prueba indirecta de la creencia del hombre en su mortalidad. Porque sólo un tiempo finito puede medirse”.

“─Hay hombres, decía mi maestro, que van de la poética a la filosofía; otros que van de la filosofía a la poética. Lo inevitable es ir de lo uno a lo otro, en esto, como en todo”.

“Aprendió tantas cosas –escribía mi maestro, a la muerte de un amigo erudito–, que no tuvo tiempo para pensar en ninguna de ellas”

“Ayudadme a comprender lo que os digo, y os lo explicaré más despacio”.

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Sobre la lectura

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No hay tiempo mejor utilizado que el dedicado a la lectura. Sumergirse en un libro, dejar volar la imaginación, penetrar en la mente de héroes y villanos, recorrer mundos reales o imposibles, conocer otros pueblos y culturas, presentes, pasadas o futuras, amar u odiar a los personajes y a los autores, abrir las mentes. Son tantas las emociones que pueden provocar la lectura de una poesía, de un cuento o de una novela, que nunca podremos agradecer lo suficiente a aquellos primeros hombres que necesitaron comunicar o expresar algo y se les ocurrió utilizar pieles de animales, pergaminos, papiros, paredes de cuevas o tablillas y plasmar mediante signos y símbolos lo que pensaban para que otros pudieran leerlo. A este primer gran invento, unos miles de años más tarde, se le añadió otro del que sí sabemos su autor, Gutemberg: la imprenta de tipos móviles, que permitió extender la lectura a niveles desconocidos hasta entonces. Y aquí cambió la historia del pensamiento y de la cultura. Los libros pasaron de los monasterios y de los palacios de reyes y nobles, es decir, del ámbito religioso y político, a otros diferentes, como el del entretenimiento y el de la divulgación científica, que la pujante clase media, más culta y preparada, demandaba cada vez más.

Y en esa estamos. Cientos de años después de la aparición de la imprenta, se ha conseguido que un porcentaje muy alto de la humanidad disfrute con la lectura, aunque siempre ha tenido enemigos muy poderosos. Los más importantes, aquellos que querían evitar que las clases más desfavorecidas y humildes accedieran a la educación (y, por tanto, a saber leer y escribir) o que ésta fuera muy restrictiva y sólo destinada a preparar mejores trabajadores que después fueran convenientemente explotados. Porque la lectura, la cultura en general, abre las mentes, ayuda a ser críticos, despierta la imaginación y eso es demasiado peligroso. Y también han ido surgiendo enemigos, o más bien contrincantes, de otro tipo: la televisión, el ordenador, los videojuegos, el móvil…, pero no porque compitan con el libro, sino por el excesivo tiempo, si no se sabe controlar, que se dedica a ellos. Pero en este sentido, como en otros ámbitos, hay que ser inteligentes y utilizar la máxima de Sun Tzu (El arte de la guerra): si no puedes con tu enemigo, únete a él. Es decir, siempre se pueden utilizar las mencionadas herramientas para hacer más atractiva la lectura, como se puede comprobar en los siguientes enlaces:

Actividades TIC de animación a la lectura

Informe de la UNESCO: La lectura en la era móvil

Fomento de la lectura a través de los videojuegos

Pues bien, cuando os digan que el mejor amigo del hombre es el perro podéis decirle que, sintiéndolo mucho, no estáis de acuerdo, y que el mejor amigo del hombre es un libro. Y, además, tiene muchas más ventajas: no hay que sacarlo de paseo dos o tres veces al día, llueva, ventee o haga un frío que obligue a los grajos a volar bajo, no hay que llevarlo al veterinario, no se te rompe el corazón cuando se muere… Aunque, espera, sí da mucha pena leer la palabra Fin si el libro nos ha fascinado.

Por último, tres enlaces cuyos títulos nos resumen su contenido. Aconsejo, como no podía ser de otro modo dado el tema que estamos tratando, que los leáis.

¿Cómo conseguir que tus hijos odien la lectura?

El poder del libro para cambiar la vida

Consejos para la lectura

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Os rumorosos poden calar para sempre

Cuando Eduardo Pondal escribió allá por 1890 su poema Os Pinos (al que le puso música Pascual Veiga y se convirtió después en el himno gallego), poco podía imaginarse que “os rumorosos”, los pinos que representan al pueblo gallego, gritarían desesperados, desgarrados por lo que ha sucedido estos días en Galicia, en Portugal, en Asturias.

A la sequía, las altas temperaturas, el fuerte viento o la falta de humedad, que son las condiciones necesarias, pero no suficientes, para provocar los incendios, se han unido y conjurado las otras circunstancias por todos sabidas desde hace mucho tiempo pero que nunca se abordan debido, entre otras cosas a la desidia de unos políticos a los que se paga para planificar y prevenir y que sólo saben lamentarse y acusar a pirómanos o a “terroristas ambientales”.

Se sabe que el 95% de los incendios está provocado por la mano humana, bien por negligencia o descuido o por intereses económicos (madereras, asociaciones de caza, recalificaciones de terrenos, disputas o conflictos vecinales).

Y los políticos no es sólo que no sepan o no quieran planificar; es que tampoco quieren poner los medios suficientes para casos extremos como los que se han vivido estos días en Galicia: el despido de brigadistas (436 que se encargaban de labores de vigilancia y conducción de vehículos y otros 500 que se ocupaban de tareas de extinción) cuando todavía las condiciones climatológicas eran desfavorables, demuestran escasa sensibilidad y preocupación, porque podía haberse previsto que hasta que no llegaran las lluvias el desastre podía ocurrir en cualquier momento. ¿Tanto había que ahorrar? ¿Mereció la pena?

A todo lo anterior se puede añadir la mala planificación forestal y la prevención que no se están adaptando al calentamiento global y al cambio climático, que exigen un análisis de cómo actuar en cada ocasión. O la Ley de la Xunta sobre iniciativas empresariales, que justifica las expropiaciones de suelo para las eléctricas, que facilita los trámites a las empresas mineras para explorar el subsuelo gallego o que favorece la expansión de plantaciones de eucalipto, que propaga con mucha facilidad las llamas.

Para colmo, hay una investigación judicial que revela que en España y Portugal existe una mafia empresarial que ha conseguido 250 millones de euros públicos amañando concursos de extinción. Lo que faltaba, la corrupción también se ceba en el desastre medioambiental, quemando dinero público en España y Portugal. Recomiendo que se lean los dos reportajes siguientes para hacerse una idea de hasta dónde puede llegar la ambición y el fraude.

El cártel del fuego (I)

El cártel del fuego (y II)

En el himno gallego se quiere expresar que Galicia debe despertar de un sueño y emprender el camino de la libertad. En eso estamos pero esos rumorosos pinos que nos interpelan quieren ser acallados, calcinados por el fuego, y como no pongamos todo el empeño quizás algún día callen para siempre. Y el hogar de Breogán puede convertirse, más pronto que tarde, en un erial.

Himno de Galicia (en gallego)

Que din os rumorosos
na costa verdescente,
ao raio transparente
do prácido luar?

Que din as altas copas
de escuro arume arpado
co seu ben compasado
monótono fungar?

Do teu verdor cinguido
e de benignos astros,
confín dos verdes castros
e valeroso chan,

non des a esquecemento
da inxuria o rudo encono;
esperta do teu sono
Fogar de Breogán.

 

Himno de Galicia (en castellano)

¿Qué dicen los rumorosos,
en la costa verdeante
al rayo transparente
de la plácida luz de luna?


¿Qué dicen las altas copas
de oscuro follaje arpado
con su bien acompasado
monótono zumbar?

De tu verdor ceñido
y de benignos astros
confín de los verdes castros
y valeroso suelo.

No des al olvido
de la injuria el rudo encono;
despierta de tu sueño
Hogar de Breogán.

 

 

En tierra de nadie

(Texto escrito inicialmente en el Blog de Orientación del IES Hermanos Machado, que también administro)

En tierra de nadie

En tierra de nadie

El lenguaje, palabras, vocales y consonantes reunidas para configurar el pensamiento, para describir la realidad, el mundo que nos rodea y el que transita por nuestro interior. Es nuestro bien más preciado, el que deberíamos cuidar con mimo y defenderlo contra todos aquellos que intentan manipularlo y envenenarlo, que pretenden recortar y que pierda su sentido, su valor. En demasiadas ocasiones el lenguaje ya no sirve para confrontar ideas, para comunicarnos, para apreciar y expresar la belleza, sino para degradar y destruir el pensamiento, para desalentar a aquellos que luchan cotidianamente para difundir valores, conocimientos, emociones.

El significado de palabras tan hermosas como libertad, igualdad, compromiso, justicia, honestidad o dignidad, entre otras muchas, se ha desvirtuado, ha perdido su relación con su significante cuando aquellos que tienen que dar ejemplo, sean los políticos, los intelectuales, los comunicadores o los jueces han preferido defender sus intereses, los intereses de los poderosos, antes que defender la integridad de las ideas, el bienestar de los ciudadanos o el desarrollo de la sociedad.

Ángela María Ramos Nieto, escritora y profesora de Lengua Castellana y Literatura en un instituto de Sevilla, escribió hace cinco años un magnífico artículo titulado En tierra de nadie, publicado en INED21 en el que expresaba el desasosiego, el desaliento de levantarse cada mañana con la sensación de vivir en tierra de nadie, de no comprender el mundo que la rodeaba, un mundo que era imposible explicar a sus alumnos, que no entendían muchos de los conceptos que ella intentaba comunicar pues todo lo que veían y escuchaban era incompatible con el significado que ella pretendía darles. Después de todos esos años el artículo sigue manteniendo en la actualidad, por desgracia, toda su vigencia. Podéis leerlo completo pinchando en el enlace.

Los mastuerzos y la libertad

Si uno busca la palabra mastuerzo en el Diccionario de la Real Academia Española, comprobamos que la primera definición es “1. m. Planta herbácea anual, hortense, de la familia de las crucíferas, con tallo de 30 a 60 cm de altura, hojas inferiores recortadas, y lineales las superiores con flores blancas y fruto seco capsular con dos semillas. Vive en España, América del Norte y América Central, es comestible y tiene usos en medicina tradicional”. Reconozco que nunca había utilizado el término con semejante acepción, ni siquiera con la segunda 2. m Berro, cuyo significado sí conozco porque mi madre y mi mujer me han dicho muchas veces que les encantan los guisos de berros, plantas silvestres que se suelen encontrar en las orillas de los riachuelos. Creo que alguna vez he probado un guiso de esa planta, pero realmente no recuerdo si me gustó o no. No tuvo que ser una experiencia mística ni gastronómica excepcional porque en caso contrario me acordaría. En Aroche era frecuente, y digo era porque ahora ya no sé si continúa esta costumbre, que hombres y mujeres fueran a buscar berros a Arochete, un arroyo que vierte sus aguas en la Rivera de Chanza y que forma uno de los límites de Los Lobos, una preciosa finca de encinas, algunos alcornoques, jara, jaguarzo, romero…,  y un eucalipto que da sombra junto al cortijo que es propiedad de los cuatro hermanos Vázquez Lobo. Mi mujer, Carmen, es uno de ellos. He paseado muchas veces por la finca, que se encuentra a unos tres kilómetros del pueblo, paseos en los que parece que las horas se detienen y el silencio se adueña del aire y del tiempo.

Sí he utilizado la palabra mastuerzo en su tercera acepción 3. m. majadero (‖ hombre necio y porfiado). U. t. c. adj., aunque reconozco que suelo emplear otros términos más contundentes: energúmeno, besugo, idiota, imbécil, mentecato, mostrenco… Me encuentro más a gusto, se me llena la boca y el espíritu, quizás con cierto regodeo, cuando describo con esas palabras a alguna persona cuyo comportamiento adolece de la más mínima educación y la emprende contra los demás de forma violenta, agresiva y empleando como único argumento su fuerza bruta. Raro es el día que no me desayuno con una noticia de este jaez: “Profesor abofeteado por un padre de alumno por haberle llamado la atención en clase”, “Médico insultado y golpeado por un paciente”, “Pelea entre padres durante un partido de fútbol de infantiles”, “Hombre apaleado por salir en defensa de una joven que estaba siendo maltratada”. Así podríamos continuar varios párrafos más.

No quiero ser pesimista ni alarmista, ni caer en la tentación de pedirle a los políticos que endurezcan el código penal, a las fuerzas del orden que se empleen con más contundencia ni a los jueces que castiguen con más rigor. Creo que en el fondo de todo subyace una permisividad que nació del complejo que teníamos de haber vivido en una dictadura que impedía y perseguía con saña cualquier tipo de comportamiento considerado inadecuado. De la opresión, de la censura, del control más absoluto, quisimos pasar, sin solución de continuidad, a la libertad más irreflexiva, a la falta de respeto, a lo que algunos denominan libertinaje y otros la ley de la selva en la que el más fuerte es el que se impone. Algunos hemos vivido la época del bofetón en la mili o en la comisaría, el coscorrón o la palmeta en la escuela, las demostraciones sindicales del Primero de Mayo, el silencio y el luto durante la semana santa. Se luchó y se padeció mucho para que ahora se haya olvidado la máxima de que “mi libertad termina donde empieza la del otro”. El problema estriba en desconocer lo que significa la palabra libertad y cómo ejercerla. Si acudimos nuevamente a nuestro diccionario, comprobaremos que la primera acepción de libertad es 1. f. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. Y aquí está el quid de la cuestión, porque la libertad es fundamentalmente la posibilidad de actuar, de hacer o dejar de hacer algo, pero siempre conforme a una responsabilidad que debemos ir aprendiendo desde pequeños. Pero todavía hay varias generaciones que no tuvieron la oportunidad de aprender a ejercer esa responsabilidad porque no tenían opción, porque no nacieron ni vivieron en libertad. Y como no aprendieron a ejercer la libertad tampoco han sabido, no hemos sabido, transmitir ni enseñar que tras un acto, por encima de un acto, está la responsabilidad de sus consecuencias. Y no confundamos las bromas pesadas, las gamberradas de adolescentes y jóvenes, que siempre las ha habido y las habrá, y que evitaban a toda costa que fueran descubiertos, con la impunidad que ahora se exhibe de manera grosera en las redes sociales, para que todos las vean y puedan ser denunciados y acusados por la policía. Encima, gilipollas, palabra vulgar pero que también figura en el diccionario con el significado de “tonto o idiota”, no se me escandalicen algunos.

Hemos criado niños y adolescentes caprichosos, consentidos, irresponsables. Pueden hacer todo lo que quieran sin ninguna barrera que impida sus desmanes. Y es una pena que asistamos de manera impasible al espectáculo de una sociedad, que ha demostrado cordura, paciencia y sensatez y de la que ha surgido una de las generaciones mejor preparadas de nuestra historia, con más sentido de la solidaridad, de la tolerancia, del respeto, siendo asaltada por grupos de energúmenos, de mastuerzos, de individuos que consideran que pueden hacer lo que les dé la gana cuando quieran y donde quieran sin atender a sus consecuencias.

No es sólo cuestión de educación en la escuela o en la familia. Hay que pararlos a tiempo, entre todos, antes de que sea demasiado tarde. Todo ello, mucho mejor expresado, lo podemos encontrar en el último artículo de Javier Marías en el País Semanal, titulado GENERACIONES DE MASTUERZOS.

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Tres poemas escogidos… y un cuarto al azar

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Los poetas son capaces de mirar el mundo de otra manera, saben plasmar en pocas frases, con palabras escogidas, bellas, rotundas o frágiles, instantes, pensamientos y emociones que el resto de los mortales expresamos, cuando podemos, de forma vulgar o cursi. Leer a Lorca, a Machado, a Neruda, a Miguel Hernández, a Garcilaso de la Vega, a Aleixandre, a Bécquer, a Rosalía de Castro o a Celaya, por ejemplo, y solo menciono a una pequeña parte de los que escriben en castellano, es elevarse a una esfera diferente, a un mundo casi inaprensible. Siempre los he admirado y envidiado y, lo confieso, algunas veces me he atrevido a escribir algo parecido a un poema. En un primer momento me parecía que tenía cierta gracia o alguna belleza, pero cuando lo releía, caía en la cuenta de que allí no había ni belleza ni profundidad ni, mucho menos, calidad. Así que me dedico a escribir pequeños relatos que me sirven para aliviar, de alguna forma, la frustración de mi incapacidad como poeta y la necesidad de expresar y no dejar en el tintero esas ideas que, como relámpagos, me asaltan de vez en cuando. Soy consciente de que estos relatos tampoco merecen la pena, no alcanzan a explicar lo que realmente pasa por mi cabeza. Pero, al menos, me sirven para vislumbrar lo que podría haber hecho si hubiera dedicado más tiempo a leer y a escribir, a intentar comprender los mecanismos que permiten a los escritores dominar el idioma, encontrar las palabras adecuadas y expresar con fluidez y gracia lo que perciben y sienten. Por eso he buscado aquellas poesías que, con su música, con su forma y con las ideas que transmiten, se acercan a pensamientos que yo he tenido alguna vez o que, al leerlas, despiertan en mí sentimientos que estaban dormidos o que apenas sabía que existían.

Son muchas las poesías que me han acompañado desde mi juventud, incluso sería capaz de repetir alguna de memoria, aunque ésta sea frágil. Poemas sobre el amor o la muerte, la soledad, la angustia de vivir o la pérdida de un ser querido, la lucha social, el paso del tiempo… Temas que se repiten a lo largo de los siglos pero que siempre tienen vigencia. Cada época nos marca el camino de la lectura, el ánimo señala el poema preferido y volvemos a él para encontrar alivio o, por el contrario, sumergirnos en el dolor, pero un dolor querido, buscado y reconfortante en el fondo. Hay tres poesías que me causaron una profunda impresión, que removieron algo en un momento dado que desde entonces ha permanecido conmigo. Seguramente no serán las más bellas, ni las más conocidas, ni se encontrarán en muchas antologías literarias, pero, como pasa con cualquier obra de arte, sea un fragmento musical o un cuadro, basta conque te elijan para que caigas en su embrujo. Los tres poemas estuvieron colgados en mi despacho de orientación casi desde el primer día que entré en él.

El primero es un poema de Rudyar Kipling, Si, que una profesora de lengua de magisterio nos leyó varias veces y sobre el que tuvimos que hacer un comentario de texto. Recuerdo que lo que más me impresionó fue la lectura pausada, los silencios exactos y los énfasis, la cadencia y la claridad de su dicción. Todo ello acompañado de un leve movimiento de la mano, como si quisiera dirigir las palabras hacia nuestras mentes, que no se perdiera ninguna. Hay imágenes y sonidos que se quedan grabados y uno de ellos es este. Después de esta primera impresión, que dejó a toda la clase muda y realmente cautivada, sin ser realmente conscientes de lo que el poeta quería decir, la profesora nos dijo que iba a dictarlo despacio para que lo fuéramos copiando en nuestros cuadernos. Y entonces nos dimos cuenta de la profundidad de su mensaje porque abarca, realmente, toda la vida de la persona.

 SI

Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduría…

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso 
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas…

Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice “¡Continuad!”.

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

La segunda poesía es Viaje a Ítaca, de Constantino Cavafis, un poeta coetáneo de Kipling. Conocí el poema mientras hacía el servicio militar gracias a un compañero que me recomendaba lecturas de lo más variopintas, desde los cómics de Tintin al Libro Rojo de Mao (teniendo en cuenta que estamos hablando del año 1977 era bastante atrevido), de canciones y poemas de Jacques Brel a sonetos de Góngora, pasando por obritas prohibidas del Marqués de Sade. Todo un lujo. Pero reconozco que este poema era su favorito y llegó a ser uno de los míos también. Deleitarse en los pequeños placeres, vivir la vida con intensidad, la importancia del camino y lo que aprendemos mientras lo recorremos, es, entre otras cosas, lo que Cavafis pretende recordarnos.

VIAJE A ÍTACA

Si vas a emprender el viaje hacia Itaca
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencia, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperlas y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
Rico en saber y vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas.

El tercer poema siempre lo he conocido como una obra de Gabriel Celaya, aunque últimamente he encontrado diversos artículos que lo atribuyen a Fermín Gainza. Lo cierto es que, según parece, no se encuentra entre los libros publicados por el escritor vasco. Sea de quien fuere la poesía, expresa con sensibilidad y precisión lo que cualquier maestro o profesor realiza en su labor diaria, esa capacidad de dar y la esperanza de que, al final, el esfuerzo haya merecido la pena.

EDUCAR

Educar es lo mismo
que poner motor a una barca…
hay que medir, pesar, equilibrar…
… y poner todo en marcha.
Para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia
concentrada.

Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera
enarbolada.

Pensaba terminar en este punto, pero me levanto y me acerco a la librería, deslizando la vista por los libros que, desordenados, están a la espera de que alguna vez los saque de las estanterías y vuelva a leerlos. Hay uno que destaca porque sobresale un poco del resto. Lo cojo y compruebo que es la Antología Rota de León Felipe, de la Editorial Losada. Es la octava edición, publicada en Argentina en el año 1977, aunque el libro lo compré en junio de 1979, es decir, cuando trabajaba como maestro en Camariñas y me iba los fines de semana a Coruña. Abro por las primeras páginas y me encuentro con otra poesía que también he leído muchas veces porque me identifico con el autor, con su melancolía, con la añoranza por aquello que se tuvo y ya se fue o por aquello que nunca hemos poseído. Es un poco largo, pero merece la pena detenerse y saborear sus versos.

¡QUÉ LÁSTIMA!

Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!
¡Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima
que yo no tenga una patria!
Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa
desde una tierra a otra tierra, desde una raza
a otra raza,
como pasan
esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca.
¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada;
pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña.
Después… ya no he vuelto a echar el ancla,
y ninguna de estas tierras me levanta
ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa
rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
(que me contaran
viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala)
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra en el puño de la espada!
Y, ¡qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque…, ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
¡Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!

Sin embargo…
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla
en una sala
muy amplia
y muy blanca
que está en la parte más baja
y más fresca de la casa.
Tiene una luz muy clara
esta sala
tan amplia
y tan blanca…
Una luz muy clara
que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana
vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas
leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
la gente a través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga
de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
siempre y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia
tiene su cara
en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa…
Ella entonces me llama
¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa
por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de muy mala gana,
ni se para
en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala,
muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara,
por esta calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban
en una caja
muy blanca…
En una caja
muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana…
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja
tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por el cristal de mi ventana…
¡Y la muerte también pasa!

¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria
que apenas tiene una capa…
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

Hasta las narices. Conversación sobre la política actual

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—Pero, ¿no te das cuenta de la enorme hipocresía de nuestros políticos, periodistas y ciudadanía en general? Todos, los de aquí y los de allende nuestras fronteras. Lo de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, ¿te suena? Ya está bien de querer dar lecciones al yanki, al rubio colorado, a más de sesenta millones de votantes, que deben ser todos subnormales, incultos, desinformados, manipulados, indignados… Y él, el más xenófobo, deslenguado, machista, soberbio y todo lo que quieras achacarle. Mal le iría a EEUU si todo eso fuera cierto. Cuando lo votaron, ¿creían que eran bravuconadas o payasadas, estás seguro?

—No digo nada de eso. Claro que sabían lo que hacían. Como muchos en Francia, por ejemplo, que antes votaban al Partido Comunista y ahora votan a Le Pen. ¿Y por qué ese cambio tan radical? ¿Solo por desencanto o indignación, por la crisis económica, por el paro, por la corrupción…? Si fuera por esas u otras causas, más que votar a un antisistema habría que salir a las calles día y noche, plantarse delante del parlamento y de las sedes de los partidos políticos y obligarles a romper con todo lo anterior y crear leyes nuevas, echar a patadas a todos, todos los corruptos, no dejar títere con cabeza, empezando por los que están más arriba y continuando por sus amiguetes, asesores, paniaguados y petimetres que imitan a sus jefes y se arriman siempre a la sombra del poder, sea de la ideología que sea. Pero hay algo más sutil como es la emoción, las entrañas, el corazón, eso que arrasa en muchas ocasiones a la razón y al cálculo. Es más que indignación, es rechazo absoluto, no querer tocar nada que haya estado contaminado por la corrupción. Es alergia al poder actual porque el cuerpo se defiende contra aquello que cree que lo ataca o lo ha estado atacando. Y eso es lo que han hecho casi todos los partidos, atacar a los ciudadanos, hacer todo lo que fuera para alcanzar el poder y mantenerlo a toda costa, creyendo que aguantarían todo lo que ellos hicieran. Pero ahora muchos han dicho: hasta aquí hemos llegado. Es lo que ha pasado en las elecciones americanas y, en menor medida, lo que pasó en España con Podemos y lo que podría pasar en Francia, Alemania, Holanda…

—Vale, muy bien. Pero no compares lo que pasa en Europa con lo que sucede en Estados Unidos. Llevamos una hora discutiendo y no nos ponemos de acuerdo. Nuestra política, la española o la europea, y la norteamericana, no son comparables porque son sistemas y culturas distintas, parten de visiones casi contrapuestas de la sociedad. Por ejemplo, los partidos políticos y el sistema electoral. Aquí los partidos suelen ser estructuras muy cerradas, jerarquizadas, con fuerte carga ideológica, en los que es fácil comprar y vender adhesiones y favores para alcanzar la cúpula y el poder dentro del partido. El compromiso, al final, no es con los votantes, sino con el comité, al que se debe obediencia casi absoluta. En Estados Unidos, son las comunidades locales, las bases sociales las que eligen a sus candidatos y es a ellas y no al partido, que no suele tener una carga ideológica excesiva, a quien tienen que dar explicaciones y justificar sus decisiones. Los senadores y congresistas norteamericanos tienen un contacto mucho más directo con sus electores, aunque también dependen mucho de aquellos que les han proporcionado los medios para ganar las elecciones que, en algún momento, van a solicitarle su favor político. Vaya una cosa por la otra. En Europa hay mucha hipocresía, los políticos se dedican a hacer promesas que luego incumplen con la mayor desfachatez y no pasa nada. Siempre encuentran justificaciones, cuando no es culpa de la crisis global es por la herencia de los gobiernos precedentes…

—Vamos a ver, has hablado varias veces de hipocresía. No me digas que los americanos no son mucho más hipócritas, siempre con la familia por delante en todos los actos, jurando sobre la biblia defender la constitución, con la mano en el pecho cuando tocan el himno, con la bandera de las barras y estrellas en todas las casas. Pero son el pueblo más individualista y egoísta del mundo. Y les importa un bledo familia, religión y nación si se atacan sus derechos individuales. Todo lo público, sea sanidad, educación o transportes, es infame. Se aprecia mucho más lo privado, la capacidad de luchar machacando al otro, saltándose valores como la solidaridad, la tolerancia o el respeto al diferente, con honrosas excepciones. Te recuerdo que hasta hace muy poco, bien entrados los años setenta del siglo XX, los negros no tenían derechos. Luego hablaremos de Donald Trump, por supuesto. “Sálvese quién pueda”, así debería comenzar la letra de su himno.

—Me estoy dando cuenta de que en el fondo no estamos tan en desacuerdo. Ahora que mencionas a Trump, creo que lo que está haciendo en su país lo ha aprendido observando lo que hemos hecho aquí, que tenemos ejemplos para dar y tomar. ¿Es peor lo que quiere hacer con los inmigrantes, impidiendo la entrada de los musulmanes de ciertos países o construyendo un muro en la frontera con México, que lo que ha hecho Europa con los refugiados que se mueren cruzando el Mediterráneo, creando guetos en las ciudades y campamentos en Turquía, levantando muros en Ceuta y Melilla? ¿Que Trump quiere saltarse la ley aprobando leyes anticonstitucionales y diciendo que la justicia está politizada? Pues fíjate lo que hace el gobierno catalán, apoyado por bastantes partidos, que se salta a la torera la constitución y dice que los jueces están bajo las órdenes del gobierno español y que harán un referéndum digan lo que digan los jueces o el tribunal constitucional. ¿Que en Estados Unidos se va a desmantelar la sanidad y la educación públicas? Pues eso es lo que ha pasado en España y en otros países europeos. Así que de dar lecciones a los demás, nada.

—Total, que esto no hay quien lo arregle, visto lo visto este fin de semana en España con los congresos de PP y Podemos y lo que le puede suceder al PSOE. Cambalaches, posturitas, besitos y este cargo para mí, no te olvides. Y, mientras, empleos más precarios, “pero la economía va cada vez mejor”, juicios y condenas por corrupción “eso es cosa del pasado, ya no son de nuestro partido, el que la hace la paga, aguanta Luis, qué bueno es Manolo”, más mujeres muertas por violencia machista “toda la sociedad debe oponerse, llamar al 016 que no deja huella en la factura”, brecha cada vez más grande entre ricos y pobres “pero hay cada vez más millonarios en España”…

Y los dos amigos se levantaron de la mesa y gritaron al unísono, para que todos los que estaban en el bar los escucharan :

—¡Estamos hasta las narices! ¡Que viva el caos!

Salieron a la calle y se fueron de rebajas, que acaban la semana que viene.