Jornada de reflexión y Ensayo sobre la lucidez

Han pasado un par de días desde el lamentable espectáculo que nos ofrecieron en el debate los candidatos a las elecciones del próximo día 10. Lo único que se salvó, a mi modo de ver, fue la intervención de Ana Blanco, la presentadora de Televisión Española, viendo lo que tenía delante y teniendo en cuenta uno de los temas a tratar en el siguiente bloque, la igualdad: cinco hombres y ninguna mujer.

Cuando quedan menos de 72 horas para que se abran las urnas, no me resisto a compartir una reflexión de mi antiguo compañero de Instituto, José María González-Serna acerca de lo que pudimos ver y oír en ese debate. A muchos se nos cayó la cara de vergüenza ante el clamoroso silencio de los candidatos, sobre todo Sánchez e Iglesias,  que tendrían que haber replicado con dureza, ante las mentiras y barbaridades que soltó Abascal. Aunque me duela decirlo ninguno, repito, ninguno, de los cinco candidatos, merece presidir el próximo gobierno. Sé que no hay alternativa y que Sánchez o Casado serán presidentes, pero si hubiera justicia divina, que no la hay, eso no debería suceder.

Sé que es una utopía, pero me gustaría que se cumpliera lo que José Saramago escribió en su novela Ensayo sobre la lucidez. En algún momento todos nuestros políticos, sin excepción, tendrían que recibir una soberana lección. Y una de las maneras, ya sabéis, es mostrando nuestra indignación con un mayoritario voto en blanco. De todas formas, aunque no os lo creáis, todavía no sé lo que voy a hacer el próximo domingo porque, sin duda, nos jugamos mucho.

José María González-Serna comienza su artículo así:

“Hace un par de días hubo debate electoral. Ya saben: cinco candidatos representando a otros tantos partidos, de la derecha a la izquierda; cinco mensajes; cinco actitudes, más o menos diferentes; cinco posibilidades. Subyacía la idea de que había que elegir; flotaba en el ambiente que, si no decidías, serías culpable de lo que pasase.
Uno de ellos, Santiago Abascal, el líder de Vox, coloca su mensaje: sereno, sin estridencias, mirando a cámara, que es como mirarnos a todos a los ojos. Dice que hay miles -¿Ochenta mil? No recuerdo- de denuncias de mujeres por violencia machista archivadas en los juzgados. Silencio. El resto de los candidatos -de la derecha a la izquierda- callan, miran sus papeles, hacen como que anotan, buscan en sus maletines, no sé. Espero la réplica de alguno de ellos. Silencio de nuevo. Se cambia de tema. Un rato después, el mismo Abascal vuelve a disponer de la palabra. Ahora se centra en los MENAS, ya saben, esas siglas con las que ahora parece que hay que referirse a los menores -niños y niñas, no olvidemos- inmigrantes sin papeles. Mediante una anécdota que alude a un centro de atención de Madrid, creo, vincula con determinación la inseguridad ciudadana y la presencia de estos niños. Silencio atronador tras su intervención. Los otros políticos presentes siguen leyendo, anotando, buscando en el baúl de los recuerdos. Estoy anonado. Sigue hablando el tal Abascal: protección de la mujer contra violadores inmigrantes en manada que se van de rositas. Y sigue y sigue, mientras los demás también siguen empeñados en un disimulo melancólico que podría arrancarnos una sonrisa si no fuera tan trágica la situación…”

Seguid leyendo en el siguiente enlace, porque merece la pena.

Jornada de reflexión (por José María González-Serna).

 

Las palabras prestadas

Hay palabras que enamoran, otras palabras hieren, nos atrapan o nos hacen reír y llorar, muchas se desconocen, pero siempre nos acompañan, nos rodean, forman parte de nuestra vida, nos permiten tener conciencia de nosotros mismos como individuos y como miembros de una comunidad. Sin las palabras podríamos sentir dolor, alegría, tristeza o miedo, emociones que seríamos capaces de expresar con gestos, con gemidos, con movimiento, pero no podrían explicar ni explicarnos qué nos sucede, no podríamos organizar los pensamientos ni darle forma al mundo.

Cuando al poco de nacer aprendemos a fijar los ojos en los rostros cercanos, que vamos reconociendo, que nos sonríen, que hacen gestos y emiten sonidos que, sin darnos cuenta, imitamos y repetimos, se está produciendo un auténtico milagro: estamos entrando en el universo que nos acompañará a lo largo de nuestra vida, en el universo del lenguaje, de la comunicación. Imitamos, nos sonríen, gritan, hablan, señalan, repetimos y, sin darnos cuenta, vamos asimilando la creación más profundamente humana, estamos entrando en el asombro de la comunicación mediante las palabras, que se convertirán en frases, en ideas cada vez más complejas.

De la palabra hablada, la que utilizamos en los primeros años de nuestra vida, aquella que permitió transmitir en los albores de la humanidad la experiencia de unas generaciones a otras, la que inventó el relato, la imaginación, el misterio, la sorpresa, la que intentó someter la naturaleza a las leyes de la lógica primitiva, se pasó a otro hito, la aparición del lenguaje escrito, signos que durante mucho tiempo fueron considerados mágicos y que sólo conocían unos pocos ya que la información, como ha seguido sucediendo a lo largo de la historia, es poder. El pueblo escuchaba lo que los aedos, los rapsodas o los juglares cantaban o recitaban, las epopeyas de los héroes, la historia que se perdía en la noche de los tiempos, pero no sabía leer ni escribir. Hasta que hace relativamente poco tiempo, poco más de quinientos años, la imprenta democratizó y extendió la lectura y la escritura, que se consolidó durante los siglos posteriores.

Miles de años hablando y escribiendo, acariciando, persiguiendo, maltratando, hiriendo con las palabras o arrojándolas al vertedero, en soledad o acompañados. Están ahí, ampliando o limitando horizontes mentales y expresivos. Se podría pensar que con el paso del tiempo, con la mejora de las condiciones económicas, con la extensión de la educación obligatoria, con el aumento de los libros que se escriben y se venden y con la posibilidad de acceder a un mayor número de medios de información, entre otras circunstancias, se incrementaría la población que conociera y dominara un mayor vocabulario, una gramática y una sintaxis más correcta; en suma, que se mejoraría sustancialmente el uso del lenguaje. Sin embargo, siendo realistas, creo que cada vez se habla y se escribe peor, se utilizan menos palabras, se expresan peor las ideas y éstas se infantilizan, se simplifican, pero no con el afán de hacerlas más comprensibles, sino, sospecho, con el deseo de manipularlas mejor y manipular al sujeto que las recibe y al que cada vez le cuesta más seguir o realizar pensamientos complejos.

(Aquí hago un breve inciso. El español tiene alrededor de 100.000 palabras; habitualmente, en nuestro círculo más cercano sólo utilizamos unas 1.000, aunque las personas que tienen una cultura media podrían llegar a usar unos 5.000 vocablos y conocer hasta unos 10.000. Cervantes utilizó en El Quijote casi 23.000 palabras diferentes, muchas de las cuales hoy apenas se usan. Todos estos datos me sirven para llamar la atención sobre un hecho que desde hace unos años se está manifestando e intensificando, el empobrecimiento del lenguaje y el subsiguiente empobrecimiento de las ideas. Porque una cosa es la economía, el uso conciso, breve, adecuado y sin circunloquios de las frases y otra es la pobreza, el desconocimiento, el uso inapropiado o los errores gramaticales y sintácticos que, por desgracia, se repiten cada vez más.

Cuando tenía nueve años me diagnosticaron una nefritis aguda que me tuvo varios meses en cama, con reposo absoluto y con una dieta muy estricta de verduras y baja en sal. Para un niño de esa edad estar en cama es un auténtico suplicio, sobre todo cuando los amigos que venían a visitarme me contaban las aventuras que disfrutaban y lo bien que se lo pasaban peleando contra las otras pandillas. Durante las horas que me encontraba solo en la habitación me fui aficionando a escuchar la radio y, sobre todo, a leer. Era capaz de pasarme horas y horas leyendo las Selecciones del Reader’s Digest de mi tío Arcadio, los tebeos que me traían mis amigos y los libros que había en casa. Lo malo es que esos libros eran poco adecuados para un niño de nueve años y la economía familiar no era demasiado boyante en esa época como para comprarme libros infantiles o juveniles. Así que leí muchos libros de Zane Grey y, lo recuerdo perfectamente, la Ilíada y la Odisea, dos libros que mi padre me recomendó encarecidamente. Menos mal que las versiones que teníamos en casa de esos dos libros eran dos buenas adaptaciones para jóvenes, porque si no los hubiera abandonado nada más empezar. Comencé leyendo la Ilíada, las batallas de la guerra de Troya, las interminables luchas entre los héroes troyanos y aqueos, las disputas de los dioses que apoyaban a unos y otros, la muerte de Héctor a manos de Aquiles. Lo malo es que en la primera frase “Canta, diosa, la cólera funesta del Pelida Aquiles, que causó innumerables dolores a los aqueos y arrojó al Hades muchas almas famosas de héroes…”, comenzaron los problemas. No tenía ni idea de lo que significaba Pelida ni aqueos ni Hades, así que había que acudir con bastante frecuencia al diccionario enciclopédico que teníamos en casa. Poco a poco, a medida que iba reconociendo las palabras y los personajes, la lectura se hizo más amena. Con la Odisea todo fue más fácil ya que las aventuras de Ulises y el viaje para llegar a Ítaca me sedujeron desde el primer momento.

Poco a poco me fui enganchando a la lectura. Mi primer libro en propiedad, un regalo de Primera Comunión, fue Veinte mil leguas de viaje submarino. Ahora ya no quería juguetes, cosas de niños, sino libros. Emilio Salgari y Julio Verne se hicieron mis amigos y era capaz de pasarme horas y horas enfrascado en la lectura. Después, en el Bachillerato, mis compañeros de clase y yo intercambiábamos libros y nos recomendábamos lecturas. En Magisterio nos entusiasmaban los escritores malditos, los prohibidos, la Generación del 27, la del 50, Antonio Machado, Lorca, Alberti, León Felipe, Goytisolo, Aldecoa, Cernuda, Ángel González o José Ángel Valente. Hasta hoy, que he dejado demasiado abandonada la poesía y me dedico sobre todo a la novela. Mea culpa).

Hay momentos de alegría, tristeza u otras circunstancias emocionantes en los que no encontramos la manera de expresarlas; buscamos las palabras y siempre nos salen las mismas: “esto es lo más grande que me ha sucedido” o “no tengo palabras para decir lo que siento”. Delante de una página en blanco las ideas desaparecen, se diluyen y las palabras se esconden; no soy escritor, pero sé que a muchos autores les sucede periódicamente. Por eso es tan importante estar atento, escuchar con atención, sumergirnos en la lectura, bucear en el lenguaje y, sobre todo, aprender de los que nos rodean y de aquellos que nos han precedido porque si no encontramos las palabras, ellas están ahí, en la poesía, en las novelas, en el teatro, en los ensayos.

Por eso, porque no soy escritor ni lo pretendo, me dedico a hacer pequeños ejercicios de escritura que me impidan caer en la desidia, en la monotonía, en el aburrimiento. Me hubiera gustado poseer la capacidad, la habilidad, la imaginación o la perseverancia para embarcarme en la aventura de escribir un libro de relatos o una novela. Admiro a mi amiga Magdalena, que ya ha escrito tres y tiene dos libros más casi terminados. Y no digamos nada de mi amigo Víctor Jiménez, uno de los grandes poetas sevillanos actuales, que ha escrito ya una docena de libros, uno de los cuales presentó hace unos días, presentación a la que tuve la suerte de asistir. Y aquí es donde quiero hacer referencia al título de esta entrada, Las palabras prestadas. Porque los escritores nos prestan su palabra, su modo de ver y entender el mundo, la realidad que nos rodea o la ficción que se imaginan, la delicadeza de la expresión o la fuerza de una imagen. Yo no sabré decir ni escribir dos o tres ideas con sentido, pero ellos, que han trabajado y pulido el lenguaje, nos enseñan, nos muestran el camino. Eligen los términos más adecuados, los analizan, buscan el contexto, el ambiente, pulen los personajes, les dan vida. O miran a su alrededor o escarban ellos en su interior y buscan y encuentran y nos muestran la belleza de las palabras. Y nos las dan para que nosotros también, en un ejercicio de voluntad creativa, nos las apropiemos y las amoldemos a nuestro gusto.

Cuando Cervantes dice “La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta…” o “Con la iglesia hemos dado, amigo Sancho” (aunque ahora se diga con la iglesia hemos topado) o “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”, entramos en un mundo que, casi quinientos años después, nos sigue fascinando y enseñando, como también nos asombra lo que hace casi tres mil años escribiera Homero “Acertóle en la cimera del casco guarnecido con crines de caballo, la lanza se clavó en la frente, la broncínea punta atravesó el hueso y las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero”. O Antonio Machado, con “Nunca perseguí la gloria,/ ni dejar en la memoria/ de los hombres mi canción/ yo amo los mundos sutiles/ ingrávidos y gentiles/como pompas de jabón.” También nos emociona leer en Ocnos, de Luis Cernuda “Aquellos seres cuya hermosura admiramos un día, ¿dónde están? Caídos, manchados, vencidos, si no muertos. Mas la eterna maravilla de la juventud sigue en pie”. Cientos, miles de escritores, nos dejaron una herencia colosal que nosotros debemos continuar, en nuestra memoria, con nuestra admiración, con nuestro reconocimiento.

Hay palabras hermosas que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, no sólo por su agradable sonido, sino por lo que representan. Arrebol, evanescencia, inefable, melancolía, alba, nostalgia, esplendor… Cada uno, seguramente, tendrá las suyas y procurará utilizarlas aunque en algunas ocasiones no vengan al caso. Pero son nuestras amigas, seguramente las habremos aprendido hace muchos años, quizás en la infancia o dichas al oído por alguien a quien queríamos.

En el último mes he leído tres libros: Crímenes exquisitos, de Vicente Garrido, Las palabras rotas, de Luis García Montero y Con todas las de perder, de Víctor Jiménez. El primero es la típica novela de un asesino en serie y los esfuerzos por encontrarlo. Vale como entretenimiento, tiene para mí el encanto de que se desarrolla en Coruña y poco más. Sin embargo, me detendré en los otros dos libros que, según mi opinión, tienen una gran calidad.

Víctor Jiménez, además de un excelente poeta, es amigo. Aunque no nos vemos con frecuencia, si lo hacemos nos gusta echar un rato de charla, hablando de nuestras anécdotas en el colegio, del Sevilla o del Dépor, de política o del tiempo. El caso es hablar, conversar, reconocernos en el tiempo a pesar de las frecuentes ausencias. Hace una semana estuve en la presentación de su último libro Con todas las de perder. Aunque no soy un experto en poesía ni crítico literario, reconozco en Víctor la esencia de la escuela poética sevillana. Palabras claras, versos repletos de imágenes de buen gusto que suenan a tradición, a romance, a soneto, pero en las que se encuentran una apertura a la modernidad que a veces descoloca. En este libro, sin embargo, nos sorprende con más de cien coplas o soleares en las que va recorriendo su infancia en el barrio de San Bernardo o nos habla de la vida, del amor y de la muerte de una forma en apariencia sencilla pero que esconde una gran complejidad, con el uso exacto de una rima elegante y precisa, como se puede comprobar en la pequeña selección que sigue:

Los trenes, aquellos trenes

siempre por aquellas vías…

Y el niño por los andenes.

Supo el niño, con los años,

que las riadas de la vida

lo arrastran todo a su paso.

¿Qué cómo me va la vida?

Mejor que no te la cuente,

por no contarte mentiras.

La vida vive en tu calle.

¿Qué haces ya que no le dices

que la quieres más que a nadie?

Qué secreto ni secreto…

Si estás leyendo en mis ojos

igual que en un libro abierto.

Si todo lo cura el tiempo,

qué hago yo con esta pena

con los años que ya tengo.

Quien, al fin, siempre te espera,

no es el amor ni la gloria.

Es el fuego o es la tierra.

Lo tuyo no tiene arreglo.

La vida se va con otros

y tú escribiéndole versos.

Para escribir y escribir,

hay que leer y leer…

Y hay que vivir y vivir.

Y para terminar esta selección, los versos con los que se introduce el libro y que suponen una declaración de principios de lo que vendrá después:

Esto es luchar contra el tiempo.

Con todas las de perder,

sin más armas que mis versos.

Sensibilidad, delicadeza, amor por la palabra bien elegida y por el verso exacto, esto es una pequeña muestra de lo que Víctor ha desgranado en las noventa páginas del libro y son las palabras que Víctor Jiménez nos ha dejado y que yo he cogido prestadas.

En Las palabras rotas, Luis García Montero hace un recorrido por aquellas palabras que parecen estar perdiendo o modificando su significado; palabras que, a pesar de pertenecernos a todos y ser el soporte y la columna de las ideas más elevadas, son secuestradas por los poderosos, por aquellos que pretenden atemorizarnos o apropiarse de nuestra libertad o por aquellos que ignoran la esencia del ser humano. Verdad, progreso, política, bondad, tiempo… tendrían que ser universales, ser reconocidas como algo alejado de los intereses particulares que pretenden parcelar la realidad. Pero, por desgracia, no es así y García Montero analiza esas palabras y reflexiona sobre lo que esas palabras comunican y significan. ¿Podremos llegar a ponernos de acuerdo nuevamente en algo tan sustancial como el significado de las palabras? Recojo a partir de ahora algunas de las ideas que se recogen en el libro.

  • La melancolía es peligrosa cuando afirma que cualquier tiempo pasado fue mejor. Renuncia a la promesa estafadora de un paraíso futuro para crear el recuerdo falso de un edén perdido.
  • La emoción poética en la lectura y en la escritura permite vivir por un momento la armonía del mundo exterior (casi siempre hostil) y el mundo interior (casi siempre necesitado de salir de sí mismo para habitar la realidad). Nos emociona aquello que pone de acuerdo por unos instantes nuestra intimidad con las realidades que vivimos, ya sea en la alegría o en la tristeza.
  • Recordemos a Larra: “El corazón del hombre necesita creer en algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer”.
  • La buena soledad es tan importante como la buena compañía.
  • Buscar la verdad es más un compromiso de no mentir (o no mentirse) que un creerse en posesión de la verdad.
  • La velocidad del mundo, acentuada por las redes sociales, nos ha convertido en habladores compulsivos. Las palabras que circulan provienen con frecuencia de gente que dice lo que piensa sin pensar en lo que dice.
  • El naufragio de las grandes utopías, […], la crueldad de quienes pensaron que el fin justifica los medios y borra la ética en el presente, ha desacreditado la honestidad y la verdad de las convicciones. El neoliberalismo ha jugado con esta desilusión para potenciar un relativismo en el que nada importa y todo es engaño… Ridiculizar este deseo de bondad es parte fundamental del pensamiento reaccionario… La otra jugada es convertir la bondad en un peligro y crear la teoría del buenismo como una falta de inteligencia llamada a generar graves problemas.
  • La globalización y las desigualdades económicas, junto con la violencia cultivada por la industria armamentística, han provocado grandes movimientos migratorios.
  • [Hablo también] del ejercicio de madurez que supone llegar a comprender los sueños del otro y el valor que tiene a veces la renuncia a esos sueños por generosidad, más allá de las discrepancias política.
  • El tiempo de la literatura conforma una memoria de la experiencia humana, un saber de siglos. Alegrías y sufrimientos que nos convierten en seres con memoria y que nos comprometen con el futuro.
  • Que los nacionalismos estén brotando en el mundo como vías totalitarias es el gran logro de los que consideran sus patrias como un cortijo supremacista.
  • Lo que ocurre es que la democracia encarna su conciencia en leyes, en procedimientos, en instituciones […] Una democracia no puede saltarse las leyes a la torera, no puede cumplir los deseos al margen de las instituciones si no quiere degradarse en una experiencia totalitaria. Más que violar las leyes o los concordatos, es necesario cambiarlos, facilitar que sus procedimientos no se separen de la vida real de una sociedad, como la razón no puede separarse de los sentimientos, ni los sentimientos de la razón.
  • El relato no es sólo un modo de oponerse al desorden y la nada, sino una forma determinada de ordenar el mundo, la identidad de los seres humanos, su condición, sus ilusiones.
  • Escribir es cuidar las palabras para darse al otro, preparar una habitación en espera del otro […] La necesidad de contar surge del deseo humano de que se conserven las historias que el olvido y la muerte condenan a la desaparición… El lenguaje es social hasta el último rincón de sus sótanos.
  • El empobrecimiento social de lo común facilita un empobrecimiento inmediato del lenguaje.
  • Fue un error grave de interpretación de la historia lo que llevo al Partido Comunista a no presentar en las primeras elecciones democráticas a candidatos de las generaciones jóvenes que representaran bien su significado de un futuro democrático en 1977… La lealtad a la memoria hizo que el protagonismo electoral cayese en personalidades como Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Ignacio Gallego o Rafael Alberti, rostros muy dignos, emocionantes, pero que llegaban a la nueva democracia como una secuela de los tiempos de la Guerra Civil.
  • Son los jóvenes maltratados por la situación económica quienes no comprenden la lucha de sus mayores […] Con el 15M volvió la juventud política a la calle. Pero la educación adánica recibida impidió el nuevo diálogo generacional, Se pasó a despreciar por igual a todos los que habían trabajado por conseguir una democracia…
  • Son tan corrosivos los viejos cascarrabias como los jóvenes sin memoria.
  • Perder el respeto a las leyes significa tanto no cumplirlas como dejar que se pudran vacías de legitimidad. [El jurista Luigi Ferrajoli advirtió] de los peligros que supone la sustitución de la democracia constitucional por la democracia plebiscitaria. Giorgio Agamben analizó también el fenómeno al denunciar que la suspensión transitoria de la legalidad se estaba convirtiendo en una norma de las sociedades modernas. Esto nos sitúa en un “umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”.
  • Los datos son sustituidos por el clamor de opiniones surgidas en un segundo… Puede arse bajo el disfraz del narcotráfico, el resurgimiento nacionalista de la extrema derecha, el autoritarismo religioso, las aspiraciones independentistas de los territorios ricos frente a los más pobres o las demagogias de los líderes carismáticos que llegan a sustituir el vacío dejado por el descrédito de la política y la justicia… Se ha extendido el cultivo de las identidades locales, la xenofobia, el racismo y la fe ciega o transitoria en los demagogos.
  • El neoliberalismo radical transforma la libertad individual en la ley del más fuerte y la conciencia crítica en el desprestigio de cualquier promesa, ilusión o compromiso colectivo.

El libro termina con un epílogo cuyo título es Unas pocas palabras verdaderas que comienza con la frase “Más que racionales, los humanos somos seres de costumbres… Vivimos en las costumbres y en las palabras porque son un puente entre la realidad y la abstracción, una forma de ser y de estar a la vez, de ser estando.”

La necesidad de compartir lo que pensamos y sentimos con los demás no debe ser obstaculizada por nuestras limitaciones lingüísticas. El español es demasiado rico y son tantos los autores que lo han enriquecido y lo siguen haciendo que deberíamos saber elegir entre los miles de textos aquello que queremos expresar. Son las palabras prestadas.

Los relatos que forman el libro tienen como protagonista el agua.

Esplendor en la hierba y Oda a la inmortalidad

“Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufrimiento,
y en la fe que mira a través de la
muerte.

Gracias al corazón humano,
por el cual vivimos,
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer,
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.”

Oda a la inmortalidad. William Wordsworth

 

Las tardes de verano, sobre todo después de una copiosa comida, invitan a la pereza, a la indolencia, a dejarse vencer por el sopor, por el dolce far niente y tomar conciencia de la levedad del ser. El cuerpo y la mente se convierten en una masa gelatinosa, insensible a los estímulos externos. Si, además, te rodea el silencio, una relativa oscuridad y una cómoda posición horizontal, se crea la atmósfera ideal para disfrutar de una siesta perfecta. No sé si en los próximos siglos o milenios existirá un país que se llame España, Federación de Estados Ibéricos o si, como me temo, aquí no quedará nadie por mor del cambio climático y de la estulticia e incompetencia de los políticos. No tengo una bola de cristal ni la más mínima curiosidad por saber lo que va a ocurrir cuando yo ya no esté. Como seguramente dijeron mis antepasados, arreglaos como podáis. Pero de lo que sí estoy seguro o casi, es que nuestra más famosa y reconocida invención, la siesta, seguirá existiendo, con “personas humanas” o sin ellas. Los robots, los alienígenas o las cucarachas, que dicen que son los seres más resistentes, tendrán su “momento siesta”. La paella, el flamenco, el pulpo a la gallega o la tortilla de patatas, esos grandes inventos hispanos, quizás dejen de existir, pero lo que no concibo es un mundo sin el que, en algún lugar o situación, alguien disfrute de la siesta.

Tengo la suerte de veranear en Rota, en un piso que compramos hace unos años. Nuestra urbanización está cerca de la playa y tiene una piscina que los días de levante o de fuerte poniente nos permiten tomar el sol y refrescarnos sin padecer el castigo del aire que, por esos lares, suele soplar con cierta frecuencia. No tanto como en Tarifa o en Zahara, pero sí de forma desagradable a veces. Si vemos que las copas de los árboles que se divisan desde la terraza se inclinan y mueven demasiado, nos quedamos en casa y bajamos a mediodía a darnos un baño en la piscina. No merece la pena gastar energías cargando con sillas, sombrillas y bolsas para tener que regresar al poco rato llenos de arena.

Este verano ha habido pocos días sofocantes y con viento en Rota. Veíamos con estupor cómo en otras zonas de España se estaban asando literalmente, rompiendo todas las estadísticas y récords y haciéndonos conscientes de que lo del cambio climático ya estaba aquí, pero nosotros disfrutamos de unos días soleados y cálidos, sin llegar al agobio, con una temperatura del agua que invitaba a nadar y a dejarse mecer por las olas.

Pues bien. Una de esos escasos días de levante en los que no bajamos a la playa y nos quedamos tomando el sol y bañándonos en la piscina, subimos relativamente temprano al piso. Terminamos de comer alrededor de las tres de la tarde y mi hija y mi mujer se quedaron en el salón viendo alguna serie o algún programa sobre restauración de viviendas o de muebles, porque ahora les ha dado por eso. Resulta que hay un par de gemelos norteamericanos (o canadienses, no sé) que por pocos dólares te dejan la casa como si fuera la mansión de un multimillonario. Una casa vieja y desvencijada, después de unas cuantas semanas, la convierten en un auténtico palacio. Eso sí, esas casas son de madera y de pladur, por lo que el mérito, digo yo, no es demasiado grande; si lo tuvieran que hacer de ladrillo y cemento, como hacen los albañiles españoles, otro gallo cantaría. Y encima hay otro programa, creo que en el mismo canal, que hacen auténticas maravillas con la restauración de muebles viejos, la decoración de la casa y la customización, palabreja de origen inglés que ahora está de moda, de prendas de vestir. No sé para qué ven tanto programa de este tipo si luego se compran los muebles en Ikea y la ropa en Zara. Total, que yo las dejo disfrutando con esos programas y yo me voy al dormitorio, me tiendo en la cama, pongo la televisión que tengo en frente, veo las noticias, me entero de lo que ocurre en el mundo y, poco a poco, me va entrando una modorra con la que me resulta imposible enterarme de los deportes o del tiempo, que es lo que ponen al final del telediario. Si hay una etapa de montaña en el tour, quizás me quede despierto, pero para ver un sprint, no merece la pena perder el tiempo.

Sin embargo ese día, haciendo zapping, o sea, cambiando de canal (como sigamos así terminaremos todos en este país hablando y escribiendo en spanglish) estaba comenzando una película que en su momento, cuando yo era un adolescente, me causó un gran impacto, Esplendor en la hierba. Creo que la vi por primera vez bastantes años después de que fuera estrenada en el año 1961. Sería allá por 1970 cuando la repusieron en el Cine Avenida de Coruña, en un ciclo de películas de los años 50 y 60, entre las que también proyectaron Con faldas y a lo loco, una de mis películas preferidas.

Nunca se me olvidará la última parte, el encuentro de una maravillosa Natalie Wood, en el mejor papel de su carrera, con el amor de su vida en la película, Warren Beatty. La triste sonrisa de ambos personajes, sus miradas llenas de ternura y de melancolía, de querer atisbar lo que pudo haber sido y no fue su vida, rota por la intransigencia de los padres, el puritanismo de la época y las circunstancias que los rodeaban, entre otras el crash de 1929. Una película que retrata con crudeza y a la vez con un halo de melancolía los primeros amores, el despertar del sexo, el poder del dinero, la sumisión de los hijos y la falta de rebeldía ante la incomprensión de los padres. El contraste entre la belleza de Natalie, con su vestido blanco, su collar de perlas y su pamela, y el de la mujer de Warren, embarazada, sin arreglar, intentando recomponer la figura, y el propio Warren Beatty, vestido de granjero y desaliñado, provocan realmente un nudo en la garganta. En la escena final, mientras el coche se aleja de la granja y la cámara enfoca el rostro de Natalie Wood y su evocadora mirada, se escucha en off el fragmento del poema Oda a la inmortalidad Aunque nada pueda hacer/volver la hora del esplendor en la hierba,/de la gloria en las flores,/no debemos afligirnos/porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo. 

Hay películas que, además de contar historias que nos hacen reír o llorar, nos emocionan o nos asustan, también nos obligan a reflexionar, a mirar el mundo y la vida de otra manera. Y también nos ayudan a amar la música, la pintura o la lectura, a encontrar la belleza en lo cotidiano, en lo que nos rodea. Algunas no son obras maestras, pero perduran en la memoria porque hay algo que nos impacta, que nos llega al corazón. Con esta película descubrí a un poeta del que nunca había oído hablar y una poesía que, como pocas, nos habla de nostalgia, de melancolía, de juventud perdida, pero también de esperanza, de buscarnos en el recuerdo. No soy crítico de cine, sin embargo creo que Esplendor en la hierba podría entrar en el olimpo de las obras maestras del cine. Elia Kazan, su director, a pesar de la antipatía que le tengo por sus delaciones ante el Comité de Actividades Antiamericanas, lo que se conoce como la caza de brujas del mccarthismo, reconozco que supo encontrar y reflejar, en esta y en otras muchas películas suyas, el ambiente, el pulso, el ritmo, los diálogos y la interpretación de los personajes que lo convierten en uno de los grandes directores del cine. Aunque sólo sea por esta película y por ayudarme a descubrir a William Wordsworth te perdono, Elia.

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Entrevista a un orientador

Dentro de un mes se cumplirán cuatro años de mi jubilación. ¡Cuatro años ya! Miedo da ver la rapidez con la que el tiempo pasa. En cuatro años han ocurrido muchas cosas, tanto desde el punto de vista personal y familiar como en la sociedad. El cambio se produce cada vez más deprisa y no estamos preparados, yo por lo menos, para absorber tantas modificaciones. Menos mal que la experiencia es un grado y los de mi edad y generación creo que podemos afrontarlos con más herramientas y perspectiva que las jóvenes generaciones. De algo debe servir haber nacido con Franco y educarse inmersos en una ideología tan opresora sin que ahora tengamos pesadillas. También nacimos en la era analógica y por eso somos capaces de leer un mapa, utilizar un casete, buscar una dirección en un plano y, también, utilizar Google Maps, Internet, escuchar música en Spotify, ser usuarios de Instagram o Facebook, tener nuestro propio blog… Creo que, en eso, tenemos más ventajas que las nuevas generaciones. Pero, claro, está la edad. Mi reino por 20 o 30 años menos sin regresar a los 90 o incluso antes.

Tuve la suerte de tener contacto con personas que me introdujeron en el mundo de los blogs. Y también pude realizar un máster de nuevas tecnologías aplicadas a la educación, por lo que, cuando me incorporé a mi trabajo de orientador pude aplicar los conocimientos de la web para crear un blog de orientación que me supuso grandes alegrías y muchas experiencias, ya que me permitió estar en contacto permanente con compañeros y compañeros de toda España.

Todavía sigo teniendo una cierta relación con mi antigua profesión, mejor dicho, profesiones, maestro y orientador, y mantengo contacto con mis compañeros del Colectivo Orienta, una plataforma que sirve de cauce de expresión, aprendizaje y reflexión de cientos de orientadores y orientadoras de toda España. Hace unos meses se pusieron en contacto conmigo para hacerme una entrevista y yo, que participé durante años en este colectivo, acepté encantado.

Aquí os dejo el resultado de dicha entrevista. Espero que os guste.

Entrevista a José Manuel Castro: “Hay que autoevaluarse continuamente…, y evitar caer en los mismos errores”

Entrevistamos a José Manuel Castro. Cuenta con cuarenta años de experiencia en educación y promovió activamente la orientación en red, desde su blog de orientación del IES Hermanos Machado. Tras jubilarse hace tres años, comparte hoy su mirada reflexiva sobre la práctica de la orientación. Actualmente podemos seguir sus reflexiones sobre educación y actualidad a través del blog Trece Gatos Negros. 

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La entrevista completa la podéis leer en siguiente enlace:

https://colectivorienta.wordpress.com/2019/05/27/entrevista-a-jose-manuel-castro-hay-que-autoevaluarse-continuamente-y-evitar-caer-en-los-mismos-errores/

Dos meses intensos

Diez de abril. Son las seis de la tarde. He terminado de leer un capítulo de La forja, la primera de las novelas biográficas que componen la trilogía La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Llevaba mucho tiempo queriendo leer esta obra, pero siempre encontraba una excusa, alguna lectura que alguien me recomendaba, me prestaba o me regalaba, algún éxito literario que sobresalía de la mediocridad y que me llamaba poderosamente la atención, alguna crítica que me encandilaba o cierta entrevista a un autor que vendía con habilidad su último éxito. Pero esta vez ya no lo he dejado pasar. Los primeros capítulos me han enganchado describiendo la infancia de un niño de principios del XX en Madrid, una ciudad pobre, provinciana, con personajes humildes, sencillos, que pasan penurias y calamidades, pero que viven con intensidad cada instante.

Me caliento en el microondas un poco de café descafeinado con leche semidesnatada y mojo en la taza una galleta mientras leo en el ordenador las últimas noticias que giran, desde hace mucho tiempo, sobre dos grandes temas: el juicio del procés (pronúnciese prucés) y la eterna precampaña electoral que amenaza con engullir nuestras vidas y dejarnos exhaustos, aunque hoy, cosa rara, casi todos los periódicos y noticieros de televisión vespertinos abren con una noticia científica: la primera foto de un agujero negro que, según los periodistas y los expertos en física cuántica, demuestran que Einstein vuelve a tener razón, por si quedaba alguna duda.

El juicio ha caído en una cierta monotonía con las declaraciones de policías y guardias civiles que describen los momentos de tensión que vivieron en la jornada del 1-O. Los fiscales se frotan las manos, aunque es difícil que puedan demostrar que lo ocurrido fue una rebelión o una sedición. Hace unas semanas habían declarado los mossos, que según parece, son menos independentistas que Santiago Abascal. Y no detuvieron a Puigdemont porque nadie se lo dijo, si no ahora estaría entre rejas y delante de Marchena, que se está convirtiendo en un juez estrella, como antes lo fueron Garzón, Gómez Bermúdez o Pablo Ruz. Para que aprenden los americanos, que parecía que tenían la exclusiva de las películas sobre juicios (véase Vencedores o vencidos o Matar a un ruiseñor, dos películas que nunca me canso de ver). La realidad siempre supera a la ficción. Lo único malo es que hay testigos que son muy aburridos y después de casi dos meses de juicio es difícil que ya nos sorprenda algo.

Los que sí nos sorprenden son los políticos. ¿Para qué queremos humoristas o monologuistas con personajes como los que quieren gobernar este país? Esos sí que se superan día a día. Si uno dice una barbaridad otro le gana por una cabeza y el de más allá, que no quiere quedarse atrás, inventa una sandez mayor. El caso es llenar titulares, competir por las frases más absurdas y peregrinas. Que si los neandertales eran expertos en abortos, que si en Nueva York se mata a los niños que ya han nacido (o sea, ya no es aborto, es directamente infanticidio… si Adolfo Suárez, el verdadero, levantara la cabeza), que si todos los españoles de bien deberíamos llevar armas, que si el adversario prefiere tener las manos manchadas de sangre que pintadas de blanco, y otras lindezas por el estilo. Yo creo que lo hacen a propósito, que les pagan a sus asesores para que se inventen las barbaridades y puedan llenar páginas en los periódicos y minutos en los telediarios. Y ahora, con esto de los fichajes estrella (periodistas, toreros, actores, militares…) el Congreso va a ser mucho más divertido. Antes nos sorprendíamos con la política italiana, que solía llevarse la palma en ese sentido: actrices porno, cantantes, estrellas del humor, pero ya les vamos ganando, no íbamos a ser menos que ellos. Me imagino a un militar franquista y a un torero defendiendo los presupuestos generales del estado o una ley educativa. Si las cadenas de televisión o las radios no le sacan partido a eso es que no se merecen el sueldo. 

Quedan sesenta días intensos: Semana Santa, campaña electoral, elecciones generales el 28 de abril, Feria de Sevilla del 4 al 11 de mayo, mi cumpleaños y el de Santiago el 9 de mayo, jueves de feria, otra campaña electoral que empieza cuando termina la feria, elecciones municipales, europeas y autonómicas el 26 de mayo, la romería de Aroche el 31 de mayo y el 1 y el 2 de junio, la exhumación de Franco (si el PP y Vox no lo impiden) el 10 de junio. Eso sin contar con las oposiciones de mi hija Carmen, que empezaron el 6 de abril y que, con una poca de suerte, las aprobará en junio. Así, sin descanso ni dejando respirar. Y yo con un tratamiento de queratosis actínica que me ha puesto la frente como un ecce homo. Resulta que me recetaron una pomada que se llama Zyclara que es una bomba, que arrasa todo lo que toca. Su componente principal debe ser el ácido sulfúrico, o similar. A ver quién sale a la calle lleno de costras como si me hubiera caído de una moto. Cuando voy andando los niños me señalan con el dedo y le preguntan a sus madres ¿qué le ha pasado a ese señor? Y yo pongo cara de pena y de sufrimiento, como si me doliera mucho. No va a quedar bien que me ponga chaqueta y corbata en Semana Santa y en Feria y la gente, en lugar de admirar mi porte elegante, sólo se fije en mi frente. Y cuando vaya a votar, el presidente de la mesa dudará entre pedirme el carnet de identidad o un certificado médico de que lo mío no es contagioso.

Sólo quedan dos meses. Y después, los pactos. Pero ese será otro tema.

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No quiero salir de mi zona de confort

He decidido no volver a mis sesiones de coaching. Y tampoco voy a utilizar más ese anglicismo, habiendo expresiones en español que significan lo mismo: entrenamiento personal, por ejemplo. Pues bien, mi coach, perdón, mi entrenador personal, lleva repitiéndome hace meses que todo lo interesante de la vida ocurre fuera de nuestra zona de confort, que debo intentar salir de ella, de esa especie de narcótico o de burbuja en la que vivo, que me estoy adocenando, que voy a caer en la rutina o en la depresión, que se va a rebajar mi autoestima, que voy a perder habilidades, que voy a ser incapaz de resolver problemas, que me voy a aburrir o a convertirme en una persona aburrida, que mi vida futura sólo va a consistir en levantarme, desayunar, dar de comer a las palomas en los parques, quedarme observando a los trabajadores en las obras, pasar horas delante del televisor y esperar sentado, cada vez más viejo y cansado, a que a esa señora con una capucha y una herramienta agrícola en la mano se le ocurra visitarme y yo no pueda salir corriendo porque, claro, como estoy en mi zona de confort, me dará miedo lo desconocido. Acojona, oiga.

Porque yo me decía: con lo a gustito que se está haciendo lo que me da la real gana, como buen español que soy, haciendo lo que me gusta sin dar explicaciones a nadie, esforzándome lo justo para vivir y sobrevivir en un mundo cada vez más complejo y difícil, sin buscarme problemas y sin creárselos a nadie, ¿para qué complicarme la vida? ¿Quién dice que el dolce far niente es malo? ¿Acaso epicúreos, hedonistas y demás filósofos que buscan el placer como fin estaban equivocados o hay que estar permanentemente en un valle de lágrimas, como quieren algunos, sobre todo esas religiones monoteístas a las que tanto molesta la diversión y el pasárselo bien? Hombre, diréis aquellos que me conocéis, pero si a ti te gusta machacarte y correr diez o doce kilómetros, andar durante horas, comer frugalmente, beber poco, leer mucho, etc., ¿esos no son sacrificios que a muchos les horrorizarían? Ahí está el quid de la cuestión, amigos. Porque cada uno tiene su zona de confort, que no tiene por qué coincidir con la de los demás.

Para unos, dedicarse a realizar deportes extremos, viajar a lugares inhóspitos, castigar al cuerpo, es una necesidad, forma parte de su vida y no la conciben de otra manera. Para otros, trabajar durante horas y horas, romperse la cabeza buscando nuevas oportunidades de negocio, sacrificar su tiempo libre, también es una forma de disfrutar, sobre todo si va acompañada de un aumento de su cuenta corriente. A otros les gusta la política y alcanzar el poder, aunque sea sacrificando ideales y a su familia. Otros, y a estos sí que los admiro y envidio, dedican su tiempo a los demás, ayudando a los necesitados, a los desfavorecidos y encuentran su satisfacción en la entrega, en la solidaridad. Parecerá mentira, pero esa es su zona de confort porque son felices así.

Por eso le dije a mi entrenador: mira, muchacho (tenía confianza con él y era, además, mucho más joven que yo, de ahí lo de muchacho), seamos sinceros, todos buscamos quedarnos en nuestra zona de confort, sea lo que sea eso para cada uno. Y si podemos, nos quedamos ahí y no nos mueve ni Dios. Sé que te ganas la vida muy bien comiéndole el coco a la gente con la chorrada esa de salir de la zona de confort, que si hay que motivarse, buscar nuevos límites y nuevos retos, afrontar con valentía las dificultades, ser creativos. Yo, como Unamuno: que inventen ellos. Los que quieren salir de esa zona o son tontos o no tienen más remedio que hacerlo para buscarse las habichuelas. Ahí te quedas. Y dando media vuelta, lo dejé plantado.

Ahora estoy de lujo en mi casa, leyendo cuando quiero, viendo la televisión, viajando cuando puedo (que es cuando quiere mi mujer), andando por la ciudad y corriendo dos o tres veces en semana, aprendiendo alguna cosa nueva de vez en cuando porque sigo siendo una persona curiosa (tampoco muchas, que la cabeza ya no da para más), reuniéndome con los amigos para charlar y disfrutar alrededor de buenos platos y buenos vasos de vino, dejando que la vida discurra plácidamente, que es como tiene que discurrir. Si la suerte me acompaña y el destino quiere, aquí me quedo confortablemente aburrido o aburridamente confortado, como queráis.

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Laura Luelmo y la prisión permanente revisable

Rocío Wanninkhof, Diana Quer, el pequeño Gabriel, Laura Luelmo… Son algunos de los nombres que han estremecido al país por la crueldad de sus muertes. Y por la obscenidad con la que muchos medios de comunicación las han utilizado para exacerbar emociones, exponer sin escrúpulos teorías que, algunas ocasiones eran falsas, acusar sin pruebas, exigir venganza. Porque esto es, al final, lo que se pretende, no justicia, sino linchamiento. Aunque en el caso de Laura Luelmo (¡qué cruel destino!, tu juventud, tu ilusión, tu primer trabajo y tener la increíble mala suerte de alquilar una casa al lado de un asesino sin escrúpulos) casi no dio tiempo a realizar acusaciones en falso. Recordamos el caso de Rocío Wanninkhof y la acusación, juicio y declaración de culpabilidad de Dolores Vázquez. La histeria popular creada por los medios de comunicación entró en los anales de los errores judiciales y mediáticos. Con Diana Quer pasó algo parecido, aunque sin llegar a ese extremo: los señalados entonces fueron unos feriantes que se encontraban en el pueblo en el momento de la desaparición de la muchacha. Y lo mismo en el “caso Gabriel”, cuando durante muchos días se puso el foco sobre un antiguo acosador de la madre.

Todavía más obscena que la actuación de los medios es la utilización política de estas muertes. Aprovechar el sufrimiento para defender las ideas propias y atacar al adversario para obtener réditos electorales, que es lo que al final se pretende, es impúdico e indecente. Aunque ya estamos acostumbrados, por desgracia, a estas situaciones, no deja de causarme asco e indignación. La comparación con chacales o hienas, que me perdonen los amantes de los animales, es inevitable.

Puedo entender que una familia destrozada y traspasada por el dolor exija que todo el peso de la ley caiga sobre el delincuente. Es también lo que queremos todos. Pero siempre la ley y nada por encima de ella. No puedo ni quiero imaginarme pasar por una situación así o por la que pasaron los familiares de las víctimas de ETA o las de la matanza de Atocha. Pero también hay otras tan crueles y que no acaparan tantas páginas, como, por ejemplo, la muerte en accidente de tráfico causada por un energúmeno que va hasta las cejas de alcohol o de cualquier droga. El resultado para la víctima es el mismo y para sus familias y amigos un dolor infinito, inexplicable.

Eso no significa que no haya que establecer medidas legales y policiales contra aquellos a los que, por desgracia, es casi imposible reinsertar, porque reinciden y ponen en peligro la vida de los ciudadanos. No hay que hurtar un debate sobre qué hacer con esos individuos, un porcentaje mínimo si atendemos a las estadísticas, que no responden a la reinserción social. ¿Aislamiento, difusión de sus datos como se hace en algunos países, control una vez que salen de la cárcel? Pero, sobre todo, más medios, más preparación en jueces y policías, más prevención. Y más educación, más igualdad, menos pobreza, menos marginación.

Para terminar, es casi una obligación exponer datos, cifras que luchen contra la manipulación de los sentimientos. Eso es lo que tendrían que hacer los políticos, contrastar las ideas con la realidad, con los hechos. Me voy a limitar a reproducir leyes, artículos periodísticos, gráficos y datos. Y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Leyes, datos, cifras, hechos

El artículo 25.2 de la Constitución Española afirma lo siguiente:

“Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados. El condenado a pena de prisión que estuviere cumpliendo la misma gozará de los derechos fundamentales de este Capítulo, a excepción de los que se vean expresamente limitados por el contenido del fallo condenatorio, el sentido de la pena y la ley penitenciaria. En todo caso, tendrá derecho a un trabajo remunerado y a los beneficios correspondientes de la Seguridad Social, así como al acceso a la cultura y al desarrollo integral de su personalidad.”

En el año 2015 el Parlamento español, con el único apoyo del PP, que contaba con mayoría absoluta, modificó el Código Penal para incluir la figura de la prisión permanente revisable. Los tribunales podrán aplicarla en algunos tipos agravados de asesinatos en los siguientes supuestos:

– Cuando la víctima sea menor de 16 años o se trate de una persona especialmente vulnerable.

– Cuando el asesinato se cometa después de un delito contra la libertad sexual.

– En los asesinatos múltiples.

– En los asesinatos cometidos por miembros de una organización criminal.

– Delitos contra la Corona.

– Delitos contra el Derecho de Gentes.

– Delitos de genocidio.

– Delitos de lesa humanidad.

Antes de la implantación de la prisión permanente revisable, había en España unas penas máximas de 25, 30 o 40 años de cárcel para casos de extrema gravedad. La prisión permanente lo que cambia es exigir que el criminal cumpla de forma íntegra entre 25 y 35 años de pena, dependiendo del tipo del delito y de si la pena es por uno o varios, tras lo cual se revisará. Si no se cumplen determinados requisitos para la libertad, el preso seguirá en prisión.

Cumplir 35 años, por cierto, no significa que vaya a estar en prisión todo ese tiempo. El penado puede solicitar permiso de salida ordinarios una vez haya cumplido un mínimo de ocho años de prisión, aunque lo cierto es que en el caso de asesinatos graves, bien por lo largo de su condena bien por la alarma social, lo más normal es que se les deniegue el tercer grado.

Hasta el momento este tipo de pena sólo se ha aplicado una vez. El 7 julio 2017 fue condenado por primera vez en España, el parricida de Pontevedra, David Oubel por degollar a sus hijas. El tribunal del jurado, por unanimidad, halló culpable a Oubel de asesinar con alevosía a las pequeñas de 4 y 9 años con una sierra eléctrica.

La implantación de la prisión permanente revisable en 2015 no impidió el asesinato de Diana Quer en 2016 ni el de Gabriel en 2018.

La pena de muerte en Estados Unidos no impide que haya casi ocho veces más homicidios y asesinatos que en España.

Muchos de los países en los que existe la pena de muerte o la cadena perpetua son también los que tienen un mayor índice de criminalidad.

Generalmente, a mayor nivel de vida, menor tasa de criminalidad. En los países desarrollados, son las zonas, las ciudades o los barrios más desfavorecidos los que concentran mayor número de delitos. Por tanto, la solución no consiste en tener más policías, más cárceles o leyes más duras, sino mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos.

Las penas máximas en países de nuestro entorno

Francia. La pena más dura es “perpetuidad irreducible”. En casos excepcionales establece una prisión efectiva ilimitada. Este castigo se destina especialmente a los condenados por asesinato de una víctima menor de 15 años y cuya muerte estuviese “precedida o acompañada de una violación, de torturas o de actos de barbarie”.

Italia. La máxima pena de prisión prevista, de acuerdo a la legislación vigente, es la cadena perpetua. A partir del cumplimiento de al menos 20 años de prisión es posible la aplicación de beneficios penitenciarios, y cumplidos al menos 26 de la pena impuesta, se puede optar a la libertad condicional

Portugal. La máxima pena que recoge la ley es de 25 años de cárcel.

Reino Unido. El condenado puede optar a la libertad condicional después de un periodo de tiempo que fija el juez. En casos excepcionales el magistrado puede dictaminar que la condena sea “orden de toda la vida”, sin acceso a la libertad condicional.

Alemania. Contempla una permanencia en prisión que, tras un mínimo de 15 años, debe examinar un nuevo tribunal cada caso de manera individual.

Noruega y Dinamarca. Existe la figura de la “custodia” similar a la cadena perpetua revisable para personas que han cometido crímenes especialmente graves y cuando existe riesgo de que puedan repetirlos.

Bélgica. El preso tiene la posibilidad de solicitar la libertad condicional transcurridos 15 años desde su entrada en la cárcel.

Holanda. La prisión permanente cuenta con la posibilidad de revisión de la condena tras cumplirse 27 años de la pena y ante las sospechas de que se haya producido una injusticia por parte del tribunal.

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Tasa de criminalidad en Europa. Año 2016

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Países en los que está vigente la cadena perpetua

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Para terminar, no me resisto a incluir algunas frases de mi paisana, Concepción Arenal (El Ferrol, 1820-1893), que fue una auténtica adelantada a su tiempo y que muchos políticos tendrían que leer y tener como referencia más a menudo.

“Las malas leyes hallarán siempre, y contribuirán a formar, hombres peores que ellas, encargados de ejecutarlas”.

“Abrid escuelas y se cerrarán cárceles”.

“Odia el delito y compadece al delincuente”.

“Cuántos siglos necesita la razón para llegar a la justicia que el corazón comprende instantáneamente”.

 

¿Educación sin cultura?

José Antonio Marina, escritor, filósofo y pedagogo, suele ser relativamente conciliador entre la pedagogía clásica y la denominada “pedagogía moderna”. Ni es rupturista ni antediluviano. Y eso, a mucha gente le molesta. Queremos que todo el mundo se manifieste a un lado o a otro, “o estás conmigo o contra mí”, o eres de Lope o de Calderón o eres de derechas o de izquierdas (según muchos, sobre todo en la izquierda, el centro, la equidistancia, no existe, es una quimera, es una forma de intentar pintar a la derecha de un cierto barniz progresista). Cuando presentó, hace un par de años, su Libro Blanco sobre el Pacto Educativo recibió muchas críticas y pocos elogios. Se le tildó, sobre todo, de retrógrado y de defender las ideas de la derecha. Es casi lo mismo que le pasó, pero esta vez criticado por la parte contraria, a Ángel Gabilondo cuando era ministro de educación e intentó, sin éxito, alcanzar un Pacto de Estado por la educación. Estamos abocados al fracaso, me temo que va a ser imposible alcanzar acuerdos, aunque sean mínimos, en educación.

Eso ya lo sufrió en sus carnes, sin entrar en comparaciones y teniendo en cuenta la diferencia de época y de situaciones, Manuel Chaves Nogales, que tuvo que irse de España a poco de empezar la guerra civil porque estaba amenazado por ambos bandos. El prólogo de su novela “A sangre y fuego” es buena muestra de lo que millones de españoles pensaban en su tiempo, pero no se atrevían o no podían decir. Recomiendo su lectura en este enlace:

http://www.librosdelasteroide.com/IMG/pdf/Empieza_a_leer.pdf


Pero me estoy desviando. Vuelvo a José Antonio Marina y a su artículo titulado “El obstáculo educativo que ni los padres ni la escuela pueden superar”. El resumen del texto también se encuentra en la cabecera del artículo: “La educación depende siempre y en última instancia del entorno cultural en el que se da. De ello dependerá el éxito o fracaso de cada uno de los sistemas dirigidos a mejorarla”. Por eso, ya podemos incrementar el gasto en educación hasta alcanzar el 10 o el 15 por ciento del PIB porque nada será suficiente si la sociedad no valora en su justa medida la importancia de la cultura, no sólo de la educación. No me estoy refiriendo a bajar el iva de los cines o de los libros, a incrementar la ayuda al teatro o a las artes, que también es importante. No. Es, sobre todo, conseguir una masa crítica de personas, de familias, de grupos sociales, que amen la literatura, la música, el teatro, el cine, la pintura. Que dediquen tiempo a leer, a escuchar música, a ir al cine y al teatro, a visitar museos… Que quieran hablar bien, que cambien de canal de tv cuando los programas sean infumables, barriobajeros, vulgares o ramplones. Si es cierto que los programas aparecen y desaparecen en función del número de telespectadores y, por consiguiente, del de anunciantes, hasta que dejen de emitirse los que todos ya sabemos no habrá nada que hacer.

Admitámoslo, Finlandia, por ejemplo, no obtiene tan buenos resultados en educación porque sus profesores sean mejores o sus alumnos más listos y responsables; es porque la sociedad, el país entero, tiene un nivel cultural, en general, superior al nuestro. Por eso creo que lo que Marina expone en su artículo es muy razonable. 

El obstáculo educativo que ni los padres ni la escuela pueden superar

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Encuentros de Lobos

En los últimos tiempos se han perdido algunas costumbres que permitían mantener en las familias una impresión de continuidad, de pertenecer a un mismo clan, de dotarse de una especie de cemento que unía a todos los miembros de diferentes generaciones. Las conversaciones a luz de una candela o alrededor de una mesa camilla donde se contaban las historias familiares y las anécdotas que pasaban de padres a hijos, los retratos de los abuelos en sepia o en blanco y negro colgados de una pared o encima de una mesa, las cartas que se enviaban con periodicidad y que daban cuenta de la salud, del trabajo, o de los hijos nacidos en tierras lejanas, las fotos dedicadas… Casi todo esto ha pasado a mejor vida. Es una lástima, sobre todo en una época en que las comunicaciones, los viajes y los contactos son mucho más cómodos y más fáciles. Internet, móviles, skype, vuelos baratos, coches rápidos, autopistas… todo ello debería invitar a la unión, a la cercanía, al conocimiento. Pero, no se sabe muy bien por qué, la norma general es aislarnos, crear vínculos débiles, superficiales, inconstantes. Estamos más pendientes del móvil o de facebook que de la frase que nos dirige el que está al lado. De vez en cuando una llamada, una reunión o una comida, alguna visita corta para no molestar. Y se van perdiendo los lazos y las historias, las relaciones y los contactos.

Tengo la suerte de pertenecer a una familia en la que eso no está ocurriendo. Ni por parte de los Castro Díaz, los gallego-andaluces, ni por los Vázquez Lobo, los arochenos. No tanto como sería deseable porque ha habido una cierta dispersión a la hora de establecerse (Coruña, Limiñón, Pilas, Sevilla, Tomares, Córdoba), pero seguimos estando razonablemente en contacto. La familia es bastante más amplia en el lado andaluz. Solamente con los Díaz, los Vázquez y los Lobo hay para escribir miles de páginas. Ahora que estoy intentando elaborar un árbol genealógico y una historia familiar en la que Galicia y Andalucía se unen por misterios y azares del destino, me estoy encontrando con unas posibilidades casi inagotables para crear una saga en la pueden aparecer decenas y decenas de personas y de personajes. Creo que todas las familias, generación a generación, deberían hacer lo mismo, intentar salvaguardar su memoria, recopilar no sólo las fotos que permanecen olvidadas en cajas y en álbumes que paulatinamente van perdiendo el color y diluyéndose en el pasado, sino leer y recordar todo aquello que, de alguna y otra manera, nos ha ido forjando y haciendo que seamos como ahora somos y seremos.

Nos detendremos y comenzaremos en la familia Lobo. ¿Y por qué no empezar por los Castro, que es mi apellido, se preguntarán algunos? Porque hay algunas circunstancias que facilitan dicho comienzo. Por ejemplo, la cercanía o el mayor número de datos de los que dispongo en este momento y, sobre todo, hay otro motivo que, aunque pueda parecer simple, fue el detonante: la comida que organizó Pilar, allá por el año 2011, en un restaurante cerca de Pilas, donde ella vive, a la que asistimos los Castro Vázquez, los Vázquez Lobo, los Burgos Vázquez, los Vázquez Romero, los Maestre Lobo, los Vázquez Pérez… Veinticuatro personas en total. No recuerdo muy bien de quién partió la idea ni cómo, pero, a pesar de la improvisación y la rapidez con la que se organizó todo, fue una experiencia preciosa que nos comprometimos a repetir, porque, además, faltaron Ana María, Carlos y Carlota, los de Granada, que se quedaron con muchas ganas de venir. Y el día acompañó con una temperatura y una claridad impropias del otoño.

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Como todo había salido muy bien y el resto de la familia arochena, sobre todo aquellos que viven en Cádiz y Huelva no se habían enterado, se apuntaron rápidamente a la segunda reunión, que esta vez se celebró en marzo de 2017 en Córdoba para facilitar la presencia de los granaínos. Habían pasado ya seis años desde la primera comida porque diferentes circunstancias habían retrasado el encuentro y había que darse prisa para que no se enfriaran los ánimos. Los encargados de la organización fueron Miguel Pedro e Inmaculada. Buscaron restaurante, llamado Los Lobos, por cierto, hotel y allí que nos presentamos más familias (Inmaculada y José Manuel, José Pedro y Felisa…) aunque también con ausencias ya que es complicado que todos puedan venir. Ni Santiago, ni Manuel ni los hijos de Pilar ni las hijas de José Manuel e Inmaculada… El tiempo, aunque la comida se hizo en marzo, tampoco fue demasiado bueno, pero eso era lo de menos. Coincidió, además, con el cumpleaños de Rafaela, así que todo volvió a salir redondo. La comida de Lobos ya se iba convirtiendo en tradición, así que, sin solución de continuidad, al poco tiempo comenzamos a hablar ya de la siguiente, que esta vez debería celebrarse en Aroche, cosa lógica teniendo en cuenta el origen de la mayoría de los Lobo.

Aquí abriré un pequeño paréntesis para recordar el origen del apellido, pues siempre es bueno volver al pasado por si éste ha tenido influencia en el presente, lo ha condicionado o ha permitido establecer una línea en el tiempo cuya duración y continuidad esperemos que sea larga y fructífera.

Dicen los estudiosos de la genealogía y la heráldica que el solar originario del apellido Lobo estuvo ubicado en el lugar de Melón, del partido de Rivadavia, en Orense, por lo que el tronco sería Galicia. En Melón se encontraba situado el monasterio de monjes de los Bernardos y es de dicha localidad de la que descienden todos los del apellido Lobo, al igual que los Lobera, Loberos y Lobones ya que unos y otros parece ser que tomaron su origen en la reina Claudia Lupavia, señora de Galicia, que se convirtió al cristianismo en el Pico Sacro, según afirma la tradición y habiendo cedido su palacio a San Eufragio para casa y sepultura del apóstol Santiago, se retiró a los Montes de Melón. Eso es lo que indica García Garrafa, en su Enciclopedia Heráldica y Genealógica.

Otros, sin embargo, dicen que ese apellido, muy extendido por España, procede del nombre latino Lupus “lobo”, muy usado en la Edad Media en referencia al valor, fuerza, valentía y astucia de dicho animal. Eso significaría que habría habido distintas casas del apellido Lobo, no emparentadas entre ellas. Así, estarían los Lobo de Asturias, procedentes de un caballero godo que acompañó a Don Pelayo en Covadonga, que dejó también descendencia en Castilla. Otra rama, en Portugal, procedería de Galicia, a partir de los Lobo de Melón, de la que partieron diferentes líneas que se establecieron en el país vecino y en distintos lugares de España.

Existió una casa con ese linaje en Siruela, Badajoz y en Navarrete, Logroño. Por último, probaron hidalguía en la Real Chancillería de Granada, Francisco Lobo, Villar de Rey (Cáceres) en 1696, José Manuel Lobo y Arjona, vecino de Aracena (Huelva), en 1752 y Antonio Lobo Borja, vecino de Osuna, en 1707.

He indagado un poco en la historia familiar de Carmen, mi mujer, y he llegado hasta 1854, fecha en la que nació el primer Lobo del que, en estos momentos, tengo noticia: el farmacéutico de Aroche Miguel Lobo Carquesa que, por diferentes circunstancias que sería muy largo contar y que merecen un capítulo aparte, se fue del pueblo y se instaló en Cortegana, donde inició la línea de los Lobo corteganeses que, por lo que pude comprobar es, actualmente, la más numerosa. Su hermano Pedro, bisabuelo de Carmen, se quedó en Aroche y de ahí proceden los Lobo Vázquez, Lobo López, Vázquez Lobo, etc.  Los hijos de Miguel, Horacio y Dantón son los ascendientes de los Lobo de Cortegana y los hijos de Pedro, Miguel, Félix y Segismundo son los de Aroche. Como curiosidad diré que mi bisabuelo Juan Díaz Carlos y el hermano del bisabuelo de Carmen, Miguel Lobo, fueron miembros destacados del último triángulo masón que se creó en la provincia de Huelva, el Triángulo Hijos de la Luz, mi bisabuelo con el nombre simbólico “Miguel Servet” y Miguel Lobo con el de “Volney”. Mi abuelo José Díaz Alcaide, también masón y con el nombre “Beethoven” no pasó del primer grado. Todos ellos, por cierto, fervientes republicanos.

Cierro este paréntesis y me centro en el tercer encuentro de los Lobo que, como ya comenté, se celebró en Aroche. A mediados de octubre comenzaron las propuestas de fechas y se decidió la del 17 de noviembre. A partir de ese momento, la organización corrió a cargo de Inmaculada y José Pedro. Ellos se encargaron de buscar actividades (sobre todo visitar los lugares más emblemáticos del pueblo) y encontrar un restaurante en el que cupieran todas las personas que íbamos a asistir. Lo que en un principio comenzó con poco más de veinte, terminó pasando de ochenta. Y eso que, por diversos motivos, no pudieron ir más de veinte personas, con lo que el número total hubiera sobrepasado los cien. Como una boda.

No quiero extenderme demasiado porque el artículo está siendo excesivamente largo y prolijo. Sí diré que el primer contacto de la familia ese día fue en la ermita de San Mamés, aunque su nombre verdadero es ermita de San Pedro de la Zarza, construida sobre la basílica de Turóbriga, la antigua ciudad hispanorromana fundada en el siglo I, en época de Nerón. Cuando llegamos, alrededor de las once la mañana, ya estaban en las inmediaciones Miguel Pedro y José Pedro, como anfitriones, rodeados de los Lobo de Cortegana. Empezaron las presentaciones y, aunque ya conocía a algunos parientes de Carmen, comencé a perderme con los nombres y los parentescos. Empezamos visitando la ermita y después las excavaciones de Turóbriga. Aunque sólo se lleva excavado menos de un veinte por ciento de la ciudad, nos podemos hacer una idea de la importancia que tuvo en su tiempo. Después de más de una hora de visita y explicaciones por parte de la guía, nos montamos en los coches y subimos hasta Aroche. Allí, desde la plaza del Ayuntamiento, subimos hasta el convento de la Cilla, donde actualmente se encuentran el museo arqueológico y el museo del Santo Rosario. Continuamos aprendiendo más sobre la historia y las costumbres del pueblo. Seguimos con la visita a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, una iglesia parroquial que asombra a todo el que la ve por primera vez. Finalizamos la visita cultural en el Castillo de Aroche, construido entre los siglos XI y XII, en época andalusí y que, en el siglo XIX, después de un periodo de abandono, fue reconvertido en la actual plaza de toros.

Ya eran más de las dos de la tarde y después de la caminata, de las cuestas y de las explicaciones históricas, era hora de pasar al meollo de la cuestión, es decir, a la comida. Porque toda visita cultural tiene que tener, para que sea completa, un colofón gastronómico. Así que bajamos andando hasta lo que hoy se conoce como La Fábrica (o Centro Polivalente Manuel Sancha “La Comunal”), la antigua fábrica de harinas y electricidad que, además del restaurante La Comunal, donde se celebró la comida, alberga una piscina cubierta climatizada, el gimnasio municipal, el Aula Guadalinfo, salas para cursos, salas de reuniones, etc. Parecía imposible que allí pudiéramos comer tantas personas, pero lo hicimos. Después de las palabras de bienvenida de José Pedro, pasamos a la comida, que se alargó hasta las seis de la tarde. Un menú serrano, con lomo, jamón, queso, salchichas de aguardiente de Aroche, sopa de peso y carrillá, con bebida y postre, sirvió para incrementar los lazos y conocernos mucho mejor.

No quiero dejar de mencionar la carta que leyó Pepe Luis, nieto de Miguel Lobo, que realmente nos emocionó. Cuando se murió Pedro, el hermano de Miguel,  éste escribió una carta dirigida a la mujer de Pedro, Juana y a sus sobrinos Miguel, Félix y Segismundo. La carta es de 1922 y demuestra la grandeza, la educación y la sensibilidad de una persona en la que se pueden encontrar valores que son un ejemplo a seguir. Reproduzco alguno de sus párrafos:

Queridos sobrinos y estimada Juana.

Vuestras penas las comprendo, porque se confunden con las mías.

¿Quién os acompaña de la familia de vuestro padre y marido? La soledad.

Sed honrados, que la honradez es una llave que os abre las puertas del bien. Obedeced a vuestra madre, que es la mayor santidad que hay en la Tierra y no provocarle disgustos que aumenten sus penas. Así, pues, os encargo que la mayor armonía que puede haber en la familia es la que está basada en el cariño que se tengan los miembros que la componen… De esta manera, podréis conservar la paz en la familia y a vuestra madre llena de consuelo en sus aflicciones.

Son muchos en la familia Lobo. En este encuentro había cuatro generaciones, muchos de cuyos miembros no se conocían o hacía años que no se veían. Se recordaron historias, anécdotas divertidas, se conocieron y se reconocieron en gustos, en costumbres comunes o parecidas y se comprometieron, nos comprometimos, a continuar estos encuentros. Creo que la próxima vez se organizará en Cortegana. Que no decaigan los buenos deseos y que la manada de los Lobo siga creciendo en armonía.

La vida no es aburrida

Hace tiempo vi un programa de televisión dedicado a esos pueblos que se distribuyen por la geografía española, fundamentalmente por las dos Castillas, que se han ido despoblando o en los que quedan apenas media docena de personas, casi todas ellas ancianas. En uno de esos pueblos vivía sólo un hombre, de unos sesenta o sesenta y cinco años, que había nacido allí, se había ido a trabajar a una gran ciudad y, una vez jubilado, decidió regresar al lugar donde había pasado su infancia. El lugar tenía poco más de una docena de casas, todas de piedra y con las puertas y ventanas cerradas menos la suya, una hermosa vivienda con un banco, también de piedra, adosado a la pared y un arriate de flores que me parecieron hortensias, un gran salón donde el fuego crepitaba alegremente en una chimenea situada en un rincón, con muebles de madera oscura que daban la impresión de ser antiguos y de calidad. En el salón, al que se accedía directamente desde la puerta de la calle, destacaba, sobre todo, una gran librería que ocupaba todo un testero, del suelo al techo y rebosante de libros y discos. La cámara se paseó lentamente por los libros y pude leer alguno de los títulos: La Celestina, la Divina Comedia, La Regenta, Episodios Nacionales, La colmena, El capitán Alatriste…. No se adivinaba un orden especial, una organización o una planificación por épocas, autores o alfabética. Creo que eso es lo mejor para las librerías personales, ir colocando los libros en los espacios que van quedando libres y, de vez en cuando, revisar y encontrarte con sorpresas, como me ocurrió hace poco, cuando vi un libro que había comprado hacía un par de años y que no recordaba que lo tenía. Aunque soy ordenado para algunas cosas, para esta en concreto soy un pequeño desastre. Me he planteado dedicar un tiempo a hacer una base de datos con todos los libros que tengo, apuntando una información muy básica: título, autor y estante en el que se encuentra. Pero siempre busco alguna excusa para no hacerlo.

El reportaje hacía un seguimiento del día a día del solitario personaje, que desgranaba con sencillez cómo transcurría el tiempo en un pueblo que, aunque no muy alejado de núcleos urbanos más grandes y poblados, sólo contaba con su presencia, sin nadie con quien conversar, distraerse o, en caso de necesidad, acudir para solicitar ayuda. Según dijo, estaba acostumbrado a vivir solo, nunca se había casado, era hijo único y cuando sus padres fallecieron, heredó la casa que ahora habitaba. Él cultivaba un pequeño huerto situado en la parte de atrás de la vivienda, daba largos paseos por los alrededores llegando hasta un arroyo de aguas transparentes y en el que se podía ver un fondo pedregoso. La periodista intentaba indagar en el pasado del personaje, qué le había llevado realmente a llegar a su situación actual, pero éste sólo quería hablar de su presente, de cómo organizaba el día, de las plantas que cultivaba, de cómo limpiaba de vez en cuando las hierbas que nacían entre las calles empedradas, de sus esporádicos viajes al pueblo cercano para comprar lo necesario, de sus visitas periódicas al médico para revisar su salud, que le preocupaba sobre todo para poder seguir disfrutando de su apacible vida.

—Teniendo salud, lo demás no me importa —le comentó a la periodista, que asistía con cierto asombro a una muestra de austeridad y de sobriedad del que su entrevistado hacía gala desde el comienzo del reportaje.

Para finalizar, la reportera preguntó:

—¿No se aburre con este tipo de vida, todo el año haciendo lo mismo no le resulta monótono?

Y nuestro personaje, que me caía cada vez más simpático y al que admiraba y envidiaba al mismo tiempo, se quedó mirando a la cámara y dijo:

—Hay muchos libros que leer, mucha música que escuchar y muchos caminos que recorrer. De ese modo, la vida nunca puede ser aburrida.

Fueron sólo un par de frases que resumían toda una filosofía de vida y que terminaron por ganarme. ¿Qué más se puede necesitar? Algunos dirán, o diremos, que la familia, los viajes, el amor. Y seguramente tendrán, tendremos, razón, porque todo eso es importante. Pero para alguien que ha tomado la decisión de vivir en soledad o para los que ya han superado y alcanzado algunas metas, las palabras de ese personaje solitario reflejan y explican lo que muchos pensamos y deseamos: la vida es maravillosa con un buen libro en las manos, una buena música sonando en un salón tranquilo y paseando por caminos que no lleven a ninguna parte.

Y si a todo eso sumamos los últimos días de mayo y los trece días de junio que llevamos, todo se torna apasionante: la sentencia del caso Gürtel en Madrid y Valencia, que demuestra que el PP se financió irregularmente; una moción de censura sin apenas posibilidades de salir adelante pero que, cosas de la política, ganó Pedro Sánchez; la formación de un gobierno que mayoritariamente está formado por mujeres; la acogida por España de los inmigrantes que se hacinan en el barco Aquarius; el fichaje de Lopetegui por el Madrid y su expulsión de la selección española; la sentencia del Supremo que ratifica el ingreso en prisión de Inaki Urdangarín; la dimisión del ministro de Cultura y Deporte, Maxim Huerta por defraudar a Hacienda… Y fuera de España, la entrevista entre dos personajes que dan risa y miedo a la vez, Trump y Kim Jong Un. Total, que es imposible aburrirse pero, por favor, que la política nos dé un respiro, que así no hay quien viva con sosiego.

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