Relato XIV: Bajo la piedra

“Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Sirve para eso, para caminar.”

EDUARDO GALEANO  de su obra “Las palabras andantes”.

 

Mi padre me contó que Germán Gonzales comenzó a cavar su tumba cuando el reloj de la iglesia dio la última campanada del año en que yo nací. También me contó otras cosas que quiero recordar para que mis hijos o quizás mis nietos lean esta pequeña historia y no olviden.

Germán tenía poco más de cuarenta años y gran parte de ese tiempo lo dedicó a luchar sobre una tierra seca, polvorienta, llena de guijarros que la azada no conseguía eliminar y de algunos cardos que absorbían la poca humedad que las frías noches posaban en el suelo. Año tras año se dedicó a limpiar y a trabajar el terreno que su padre le dejó y a buscar, sin éxito, algún pozo de agua que aliviara la sed. Todas las mañanas se levantaba mucho antes de que el sol saliera para recalentar la llanura y comenzaba el ritual diario de hacer el café en la candela, mojarse un poco la cara aprovechando el agua que, en las escasas tormentas que acaecían muy de cuando en cuando recogía en tinajas que administraba de forma milagrosa, y vestirse de manera pausada, como si fuera una ceremonia, empezando por los raídos pantalones de pana, una vieja camisa que hacía años había dejado de ser azul y ahora tendía más al gris y unas botas de cuero que había arreglado docenas de veces en el cercano pueblo. Cuando hacía frío solo se ponía encima una chaqueta también gastada. Tenía ropa más nueva y moderna, pero aquella le gustaba especialmente porque era más cómoda y, sobre todo, porque se la había regalado su mujer. Abría el ventanuco que estaba orientado al este, como había querido cuando diseñó y construyó la vivienda con sus propias manos, poco a poco a lo largo de los años, sin más ayuda que la del mulo que le permitía acarrear la madera y las piedras que necesitaba. Aunque todavía era de noche, podía ver las escasas luces del pueblo y algunas estrellas que titilaban sobre el horizonte.

Después de desayunar frugalmente migando el café con pan duro, salía a la puerta de la casa y cerraba los ojos, concentrándose en los escasos ruidos que a esas horas podían escucharse en el campo, como algún ratón correteando, un perro que ladraba asustado a lo lejos, el vuelo nocturno de una lechuza. Ese era el mejor momento, aquel en el que se fundían el recuerdo y la esperanza, el deseo y el olvido, la ausencia y los afanes. Un leve escalofrío le recorría la espalda y era entonces cuando encendía el único cigarrillo que fumaba en todo el día, apoyado en la puerta, aspirando el humo lentamente, dejándolo unos segundos en los pulmones y expulsándolo poco a poco, como con miedo a que se perdiera en el aire como se pierden las últimas imágenes del último sueño de la noche. Después iba al pequeño cuarto que utilizaba como almacén, cogía la azada y salía al campo a cuidar la pequeña huerta que la mayor parte de los años se perdía por la escasez de agua, pero que le servía como distracción y como una especie de homenaje a su padre, un hombre de campo que nunca pudo ver cumplido su sueño de poseer y trabajar una tierra fértil y generosa.

Aquel día vio cómo se apagaba la estrella de luz que habían colocado en la torre de la iglesia para iluminar las ilusiones de las buenas gentes. Él no era creyente, pero no le molestaba la alegría de los demás, sobre todo la de los niños que correteaban por las calles, a los que miraba con cierta tristeza acordándose de aquel pequeño ser sin vida que acunó unos minutos en sus manos y que nunca tuvo un nombre para no incrementar el dolor, porque pensó que un cuerpo sin nombre se hundiría en su memoria y desaparecería en poco tiempo. Pero no fue así. La mujer duró un poco más, unos días que lo consumieron a solas en el hospital hasta que todo se acabó. Y cuando regresó a lo que había sido un hogar y ahora eran solo cuatro paredes frías y llenas de recuerdos, cogió todo lo que era de ella, su ropa, la silla en la que se sentaba por las tardes a coser y el escaso ajuar que había ido tejiendo desde que se hicieron novios, y lo quemó cerca de la casa, mirando absorto cómo las llamas consumían la poca felicidad que la vida le había proporcionado. Después reunió las cenizas, las guardó en una caja metálica de galletas, las que ella solía comer por las tardes cuando tomaban café, y enterró la caja cerca de la casa y del camino que llevaba al pueblo. Solo guardó en el cajón de su mesilla de noche la única foto de la boda, dos jóvenes cargados de ilusiones y esperanzas que miraban tímidamente a la cámara.

Habían pasado más de quince años pero el recuerdo de la mujer y del niño acudía a su mente a diario, cada vez que se ponía en camino hacia el pueblo para abrir la pequeña tienda en la que trabajaba desde que terminó los estudios que su padre le obligó a hacer contra su voluntad. Pasaba delante de la piedra que colocó donde había enterrado la caja y se detenía un instante para no olvidar las ilusiones que habían forjado en el poco tiempo que pasaron juntos. Ninguna se había cumplido. Tuvo que vender el mulo y la casa del pueblo para pagar los gastos de la enfermedad del padre y el dinero restante lo gastó poco después en el entierro de la esposa y del hijo. Y sin embargo, no podía quejarse porque tenía un trabajo que le permitía vivir sin agobios, las gentes del pueblo lo apreciaban, lo querían, lo saludaban y charlaban con él amigablemente.

Cuando llegaba a la tienda se ponía la bata gris que le había comprado su jefe y repasaba con la vista todas las estanterías donde las latas de conserva, las botellas de leche, las cajas de galletas, las legumbres y todos los demás productos que allí se vendían. Poco después llegaban el panadero y el frutero, con los que charlaba mientras colocaba el pan, la fruta y la verdura en las cajas correspondientes. Cuando se iban limpiaba el mostrador, barría un poco el suelo, abría la caja registradora y comprobaba que había cambio suficiente. Un poco antes de las nueve de la mañana levantaba las persianas metálicas de las ventanas y de la puerta y abría, paseaba despacio por el pasillo y esperaba a que entrara el primer cliente, casi siempre alguna mujer mayor que venía de misa. Al poco rato llegaba su jefe, el dueño de la tienda, algo más joven que él y que había llegado al pueblo cuando todavía era un niño, hijo de guardia civil al que habían destinado allí y que unos años después se quiso ir al norte porque quería saber lo que era el miedo, el riesgo y volvió a los pocos meses dentro de un féretro envuelto en una bandera roja y gualda, acompañado de personas importantes que le dieron la mano y hablaron del valor del padre y de la cobardía de los que lo habían matado. Su madre y él se quedaron allí porque el padre había comprado la tienda a una viuda y eso les permitió vivir con holgura y distraer a la mujer durante un tiempo, hasta que se murió, dicen, de pena. Nunca volvió al cementerio porque lo que más había querido, sus padres, su mujer, su hijo, ya no existían, eran solo gusanos, huesos, polvo.

El dueño revisaba las cuentas, los gastos y las compras que había que realizar y se iba al poco rato, dejándolo solo hasta que llegaba la hora de cerrar. Se llevaban muy bien y nunca habían tenido ni el más mínimo problema porque Germán siempre había demostrado su capacidad de trabajo y su seriedad. El tiempo pasaba lentamente, un trasiego monótono de caras, conversaciones, comerciales, reponedores. A la hora de comer se acercaba al bar de mi padre y allí charlaba en la barra un rato con él, tomándose un vaso de vino y hablando de cualquier tema, siempre en voz baja, dejando que las palabras se fundieran con otras conversaciones y saludando a todo el que entraba. Después se iba a comer solo a una mesa, siempre la misma, en un rincón alejado al que nadie se acercaba pues sabían que le gustaban esos momentos de tranquilidad. Cuando terminaba el último plato se tomaba un café con leche y mi padre le acercaba el periódico del día que leía atentamente, con parsimonia y rellenaba el crucigrama. Algunas veces se llevaba un libro que pedía prestado en la biblioteca pública y leía moviendo ligeramente los labios, apoyado el respaldo de la silla en la pared. Media hora antes de abrir la tienda por la tarde salía del bar y daba un paseo por las afueras del pueblo, buscando la sombra de los pocos árboles que crecían desperdigados por la llanura. Así día tras día, año tras año.

Las tardes eran aburridas, sobre todo en verano. Entraban muy pocos clientes y entonces se dedicaba a recordar su vida pasada, las pocas anécdotas que le habían ocurrido. Su infancia en el colegio, los  veranos en el pueblo de su madre con los primos, el noviazgo, los planes que habían hecho juntos, los viajes planeados y no realizados. Una noche de invierno leyeron, sentados bajo la bombilla que colgaba del cielo raso de la casa, un inquietante cuento de un escritor del que nunca habían oído hablar, Jorge Luis Borges, titulado Utopía de un hombre que está cansado. Le había pedido a la bibliotecaria un libro de cuentos porque a su mujer le cansaban las novelas con muchos personajes. Decía que los escritores no sabían nada de la vida real, que se inventaban historias porque no comprendían el mundo en que vivían y tenían que vivir en otros mundos que fueran menos duros y crueles. A ella le hizo gracia la palabra utopía y buscaron su significado en el pequeño diccionario que Germán tenía en su mesilla, como otros tenían una biblia, que consultaba todas las noches. Cuando él le explicó lo que quería decir ella se quedó un momento pensativa y dijo que no le gustaría vivir en un mundo perfecto, que lo bonito era reír y llorar, sentir placer y sentir dolor, caer y levantarse. Que lo demás eran tonterías, como el paraíso del que hablaban los curas, toda la eternidad riendo y mirando a Dios, qué aburrimiento. El cuento les produjo una gran tristeza y comentaron que vivir en un futuro así no merecía la pena. Esa noche concibieron al pequeño que nunca llegó a vivir ni a conocer qué significa el paso del tiempo.

Nunca había imaginado un futuro lleno de luz, pero tampoco esperaba este presente gris, este vacío que lo agotaba y lo consumía. Buscaba una salida, un camino que le llevara a un sitio diferente, pero la piedra bajo la que estaban sus recuerdos más queridos lo atraía como un imán y le impedía alejarse de allí. Y poco a poco fue perdiendo la ilusión, las ganas de vivir. Su cuerpo era todavía joven, pero en su espíritu se había acelerado el tiempo y notaba que un peso insufrible le oprimía algo más que el pecho o el corazón.

No supo cuándo, quizás después del verano, en los primeros días en los que el silencio comienza a adueñarse de las tardes, cuando el viento del oeste hace caer las hojas de los árboles, preparándose para el desasosiego que antecede al invierno. Los pensamientos se fueron oscureciendo y se adueñaron del campo yermo que era su vida sin sentido. Pocos notaron la transformación, entre ellos mi padre. Apenas sonreía con las ocurrencias de los parroquianos en el bar, las comidas eran cada vez más frugales y ya no le interesaba la lectura del periódico ni de los libros. Se quedaba ensimismado, ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Se levantaba cuando terminaba de comer, salía y paseaba por todo el pueblo, las manos metidas en los bolsillos, la cabeza baja y saludando distraído a los que se cruzaban con él. Atendía la tienda con su amabilidad y presteza de siempre, pero a veces se olvidaba de apuntar los encargos o se equivocaba con el cambio. El dueño le tuvo que llamar la atención alguna vez y él asentía en silencio, respondiendo que no volvería a suceder. El regreso a su casa suponía una liberación, el encuentro con lo único que apreciaba, la piedra y lo que estaba enterrado debajo. Y sentado delante de ella, mirando el retrato que estaba cada vez más desvaído, la idea comenzó a tomar forma.

El último día del año trabajó hasta las dos de la tarde. El dueño se había acercado un poco antes y le había dicho que no abriera después de comer y que cenara aquella noche con ellos, con su mujer, sus dos hijas y sus suegros, pero él, aunque agradeció la invitación, contestó que no, que prefería estar solo, que ese tipo de celebraciones siempre le entristecían, que prefería irse temprano a la cama. Cogió dos sobres, algunas hojas de papel y un bolígrafo, echó una última mirada y cerró despacio la puerta. Como hacía todos los días, se dirigió al bar de mi padre, que ese día estaba más concurrido de lo normal, con los parroquianos bebiendo y brindando por el año que iba a comenzar en unas horas. También como todos los días, charló un poco en la barra y después se sentó en su mesa. Mi padre vio cómo sacaba una hoja de papel de un bolsillo de la chaqueta y comenzaba a escribir, deteniéndose cada poco tiempo, como buscando palabras que no encontraba. Era la primera vez que lo veía escribir. Se acercó a llevarle el primer plato del menú y Germán se lo agradeció con su tímida sonrisa, más triste de lo habitual. Mi padre lo observaba con curiosidad y comprobó que apenas probaba bocado y seguía escribiendo despacio, como dudando, pero sin hacer tachaduras. Cuando le hizo una seña, le retiró el plato y poco después llevó el segundo. Mi padre ya no pudo seguir mirando porque había mucha gente y tuvo que seguir atendiendo a los demás clientes. Germán terminó la primera hoja, la firmó y la metió en uno de los sobres. Después siguió escribiendo hasta casi la hora del cierre del bar en el que sólo quedaban él y mi padre y cuando terminó le entregó uno de los sobres, rogándole que no lo abriera hasta el día siguiente. El otro sobre se lo guardó en uno de los bolsillos y se despidió de mi padre como nunca lo había hecho hasta entonces, con un fuerte abrazo y deseándole un feliz año nuevo.

Germán regresó a la tienda, la abrió y dejó el sobre al lado de la caja registradora, bien visible. Por la noche apenas cenó y esperó sentado a la puerta de la casa, como hacía siempre, reconociendo los ruidos amortiguados que llegaban como murmullos del pueblo. La luna, en lo más alto del cielo, inundaba el paisaje con su luz blanquecina, pero le impedía ver y reconocer aquellas estrellas que el maestro le había enseñado hacía muchos años y que nunca había olvidado. Esperó pacientemente y escuchó las campanadas de las diez, de las once y poco antes de que sonaran las últimas del año se levantó y cogió la azada, el pico y la pala que guardaba en el pequeño cuarto destinado a las herramientas, una linterna y un cuchillo de cocina. Fue contando una a una las doce campanadas y cuando se apagó el eco de la última, retiró la piedra solitaria que formaba parte de su vida y comenzó a cavar, primero con fuerza y después con delicadeza, para no estropear la caja de los recuerdos. Cuando llegó a ella la cogió un momento y la colocó al lado del agujero, que fue agrandando poco a poco. No pensaba en nada, solo quería terminar, impedir que la luz del sol cegara su determinación.

Después de cuatro o cinco horas consideró que ya tenía el tamaño y la profundidad suficiente. Estaba de pie y la cabeza no le llegaba al borde, la luz de la luna apenas iluminaba el fondo del hoyo. Descansó durante unos minutos mientras miraba la caja y la foto, en la que apenas reconocía los rostros. Después, con parsimonia, como cuando se desenvuelve un regalo que ya conocemos, abrió la caja e introdujo la foto en ella.

El tiempo se detuvo. Ya no existían los minutos ni los siglos, ni el ayer ni el mañana, ni siquiera un presente que nunca había poseído, que se le había ido escapando de las manos esperando algo, no sabía qué. Se tumbó boca arriba, los ojos cerrados aunque hacía mucho que ya no miraban y colocó el cuchillo sobre el corazón.

Mi padre leyó la carta varias veces, solo, en su habitación y después la rompió. Era temprano, pero mi madre ya se había levantado y estaba preparando el café. No le comentó nada. Desayunaron juntos, callados, aunque mi madre, con una sonrisa tímida y a la vez radiante, le dio la noticia que hacía años estaban esperando. Con las manos entrelazadas, de pie frente la ventana que daba a la calle, se miraron a los ojos durante algunos minutos. Yo nacería un caluroso día de principios de agosto de ese año.

Mi padre dijo que quería pasear por el campo, que necesitaba salir a tomar el aire y mi madre, que tenía que preparar la comida de ese día de fiesta a la que asistirían su hermana y su cuñado,  asintió, aunque presentía que había algo más. Se montó en la bicicleta y llegó a la casa de Germán. Vio el agujero, la tumba, y comprobó que el cuerpo estaba boca arriba, con el cuchillo clavado en el corazón. No sintió pena ni lástima por el amigo, sólo una pequeña punzada en el estómago, un vacío por su ausencia y por la suerte que, esquiva, nunca le había acompañado.

Tal y como le había rogado Germán, cogió el saco de cal viva que guardaba en el almacén y lo echó sobre el cuerpo. Esperó unos minutos y después comenzó a tapar la tumba con la tierra que, en montones, había alrededor del agujero. Cuando terminó volvió a colocar la piedra en el mismo sitio, guardó las herramientas y el saco, cerró la puerta y comprobó que apenas quedaban señales de lo que había hecho. Todo el mundo de Germán estaba bajo la piedra.

Regresó a casa, mi madre lo miró y supo, de alguna forma, que algo grave había pasado, pero no hizo preguntas. Al día siguiente, el dueño de la tienda se acercó al bar y le enseñó a mi padre la carta que le había dejado Germán, en la que decía que el nuevo año le había abierto los ojos, que necesitaba cambiar de aires, irse del pueblo y buscar fortuna lejos, donde los recuerdos y su vida pasada no lo alcanzaran y que algún día, quizás, regresaría. Brindaron a su salud y el dueño, aunque dolido por la forma en que se había despedido, deseó que el futuro deparara a Germán una vida mejor que la que había dejado atrás.

Han pasado muchos veranos. Mis padres han muerto y casi todos los que conocieron a Germán Gonzales, también. Ahora estoy delante del ordenador, vigilando por la ventana cómo mis dos nietos juegan en el patio de la casa mientras mi hijo y mi nuera ayudan en la cocina a mi mujer. Estoy escribiendo la historia que mi padre me contó el día que cumplí dieciocho años. No la escribí antes porque me hizo prometer que esperara a que el tiempo borrara de la memoria a ese hombre, que había pasado por el pueblo sin ruido y que sin ruido se fue.

Poco a poco la casa de Germán se fue deteriorando, algunos desaprensivos rompieron la puerta y se llevaron lo poco de valor que allí había y destrozaron las ventanas. La gente del pueblo dejó de hablar de él y su recuerdo se fue perdiendo. El olvido es el mejor aliado del tiempo o el tiempo es el mejor amigo del olvido, tanto da, porque al final solo queda la piedra o su sombra.

El gran procrastinador y su serendipia

Comenzaré confesando que las palabras procrastinar y serendipia eran dos desconocidas para mí hasta hace unos pocos años. Es lo que tiene dedicarse a leer autores clásicos durante la mayor parte de tu vida. Ni Homero, Cervantes, Rosalía de Castro o Pérez Galdós, que yo sepa, utilizaron estos términos. Serendipia porque es una creación reciente, un neologismo del siglo XVIII y de origen inglés. Si buscáis en Internet, y más concretamente en la Wikipedia, comprobaréis que significa “un descubrimiento o un hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta…  En términos más generales se puede denominar así también a la casualidad, coincidencia o accidente.” En castellano tenemos un término más coloquial y conocido que significa prácticamente lo mismo: chiripa. Como es lógico, a mí me gusta más este último, mucho más castizo y reconocible y sin tener que acudir a orígenes foráneos.

Procrastinar, aunque tiene un origen latino (proviene de procrastinare, diferir, aplazar) ha comenzado a utilizarse en castellano hace muy pocos años, concretamente entró en el DRAE en el año 1992, es decir, ayer por la mañana. La versión inglesa procastinate, de la que deriva el neologismo español, sí se usa con frecuencia en ese idioma, que se está convirtiendo en nuestra segunda lengua, sobre todo entre los más jóvenes. La procrastinación  es algo que solemos hacer con frecuencia por estos lares: vaguear, dejar las cosas para mañana, esperar que todo se resuelva por sí mismo. Cuando me dedicaba a mi última profesión conocida, la de orientador, una de las frases que repetía continuamente a los estudiantes era la de que dedicaran sus esfuerzos a planificar el trabajo, a priorizar las tareas y que no dejaran todo para última hora. Vanos consejos la mayor parte de las veces, porque debe estar en nuestros genes latino-árabes lo de intentar estirar el tiempo, aplazar las decisiones y, en definitiva, dedicarnos a la procrastinación. Darse atracones de estudiar un par de días antes de los exámenes o terminar los trabajos de prisa y corriendo es lo más habitual y lo que suelen encontrarse los docentes, aunque, si observamos a nuestro alrededor, también ocurre en otros aspectos de nuestras vidas, como esas obras que comienzan tarde y terminan convirtiéndose en chapuzas, esas llamadas o mensajes que teníamos que hacer y que los vamos dejando para cuando, en muchas ocasiones, ya no tienen sentido, dejar de fumar o de beber, hacer deporte, etc., etc.

Y ahora paso al meollo de la cuestión y a dar forma a lo que pretendo decir con el título de esta entrada, que también podría haber titulado “el gran vago y su chiripa”, por ejemplo, pero hubiera sido mucho más prosaico y algunos de los que lean esto no hubieran aprendido las dos nuevas palabras. Me refiero, claro está, a nuestro ínclito presidente del gobierno, don Mariano Rajoy Brey, conocido por su afición al descanso, a ver el deporte por televisión en lugar de practicarlo (aunque casi mejor que verlo andar con esos movimientos que sus correligionarios califican como peculiares y otros, los malos de la película, como estrambóticos o ridículos), y a dejar que los problemas se pudran o se resuelvan por sí solos. A muchos de los que trabajan con él les saca de quicio esa forma de enfrentarse a situaciones que a otros los llevarían a pasarse noches y días enteros sin descansar. Porque a él lo caricaturizan tumbado y fumando un puro no por casualidad, sino porque es una persona tranquila, otros dirían que indecisa, confiada en que el tiempo pone las cosas en su sitio y que es mejor no hacer nada que hacer algo equivocado.

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¿Que la mitad de los dirigentes de su partido en Madrid o Valencia están imputados o en la cárcel por corrupción? No pasa nada, me callo, miro para otro lado y digo que la cosa no va conmigo porque, o bien ya no son miembros de mi partido o lo hacían a título personal. Y como la justicia ya sabemos que funciona como funciona, pasarán los días, meses y años, fuese y no hubo nada, como dijo el príncipe de los ingenios. Y si hubo, que lo habrá, como no sabía nada, pues ojos que no ven, corazón que no siente y no tiene culpa, claro.

¿Que la economía está de pena, que la deuda crece de forma imparable, que las desigualdades se hacen cada vez más grandes, que se han destruido miles de puestos de trabajo y los que quedan son precarios y mal pagados, que los jóvenes tienen que salir en masa de nuestro país a buscarse las habichuelas fuera, que la educación y la sanidad están peor que hace veinte o treinta años? Eso es una visión equivocada e interesada y si hay algo de eso es por culpa de los pésimos gestores anteriores que nos dejaron una herencia terrible, pero nuestro buen hacer, nuestro sentido común, nuestra seriedad, nuestra experiencia, conseguirán que dentro de unos años ya no haya paro y España se convierta en la segunda o tercera potencia europea. Los españoles son pacientes, sumisos, aguantarán lo que sea y, además, tienen miedo de que alcancen el poder los podemitas, que nos dejarán hechos unos zorros y peor que en Venezuela, que ya vemos cómo está y ya nos encargamos nosotros de airearlo convenientemente.

¿Que los catalanes quieren irse y que los independentistas han crecido un veinte o un treinta por ciento desde que está Rajoy en el poder? Tranquilos, poco a poco eso se irá desinflando cuando se den cuenta de que todo es una maniobra política que lo único que intenta es ocultar los tejemanejes de los Pujol y de CIU, que como se pongan flamencos no les compramos ni el cava ni la butifarra y a ver después de qué van a comer. Y si no, ahí está el señor Fernández Díaz, que lo tiene todo atado y bien atado, con un ángel de la guarda que, además de ayudarlo a aparcar, también vigila a los sediciosos separatistas, a los que les está buscando todas las faltas, delitos y tropelías para perseguirlos o desprestigiarlos. Y cuando las saque a la luz, ya verás cómo los catalanes de bien volverán al redil y rendirán pleitesía al que les quitó la venda de los ojos.

¿Que ningún partido político, excepto Ciudadanos y estos con muchas reticencias, quiere pactar con ellos porque durante los cuatro años con mayoría absoluta quemó todos los puentes y actuó con una soberbia y una desfachatez inusitadas? Ya se enterarán, ya. Como siga habiendo elecciones, que es lo que más le interesa, vuelve a arrasar y después será peor, que la siguiente mayoría absoluta será el chirriar y el crujir de dientes, os vais a enterar.

Y lo malo o lo peor, es que a esa falta de acción, que parece que le está dando buenos resultados, sobre todo si miramos lo que ocurrió en las dos elecciones anteriores y lo que dicen todos los entendidos que puede pasar si hay unas terceras, se le suma la torpeza de sus contrincantes. Y aquí entra la serendipia, la chiripa que tiene mi paisano orquestada por sus contrincantes políticos, esos dirigentes que ya perdieron una oportunidad y van camino de perder otra. Cada uno enrocado en sus posiciones. Cuando no es por el pasado de unos es por el presente de otros o por el posible futuro de los de más allá, por sus alianzas, por sus pretensiones, por su falta de visión, por su estrechez de miras. O conmigo o contra mí, no hay términos medios. ¿Pactar con independentistas, con chavistas, con sociatas de eme, con figuritas, con figurines o con figurones? Anda ya, faltaría más, yo me debo a mis votantes y mis votantes no me votaron para eso, que yo los conozco bien, que para eso me pateo las calles, leo todos los twits, manejo todas las redes sociales, hablo con mis paisanos, con los bases y con los barones, con todo quisque si hace falta. Y escucho las tertulias radiofónicas y los editoriales de los periódicos y escribo artículos y salgo en televisión, que para eso Bertín o Susana me entrevistan y digo cosas muy guays.

Y mientras tanto, Mariano serendipetea o chiripetea y se sienta a la puerta de la sede de su partido, que está medio embargada y contempla, con su tranquilo y barbudo semblante, con el puro en una mano y el Marca en la otra, cómo pasan los cadáveres de sus enemigos. No le hace falta más. Ni menos.

La suerte ¿en tus manos?

Decía Bernardo de Chartres que somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura.

La suerte ¿en tus manos?

Hay que reconocerlo: gran parte de lo que somos, de lo que hemos logrado llegar a ser, de lo que seremos en el futuro, se lo debemos a la suerte, buena o mala, al azar. No me digáis que todo ha sido fruto del esfuerzo, del trabajo, de la lucha continua, del sudor de nuestra frente. Tanto los que han triunfado como los que han fracasado deben en buena parte su fortuna o su pobreza, su miseria o su desgracia, a la casualidad. No es que crea en el fatum (el hado) de los clásicos, en el destino, en la providencia, en que nuestra vida está determinada y que hagamos lo que hagamos, todo está escrito y no podemos cambiarlo. Sería demasiado fácil y cómodo para nosotros, lo usaríamos como una excusa para justificarnos, sobre todo cuando las circunstancias nos son adversas. Pero el azar, el estar en el sitio justo en el momento exacto, la casualidad, lo queramos o no, ha influido en nuestra situación actual.

Fijaos: por mucho que ha avanzado la ciencia, todavía no se sabe con absoluta certeza cómo surgió la vida en la Tierra, aunque las últimas teorías presuponen que pudo provenir de ingredientes de meteoritos que chocaron contra su superficie y que reaccionaron con azúcares, aminoácidos y otras sustancias que ya estaban presentes en los albores de nuestro planeta. Es decir, la vida en sí es una pura casualidad, ya que tuvieron que darse una enorme cantidad de circunstancias para que se formara la primera célula viva.  Y de ahí, después de miles de millones de años y otras muchas casualidades, nació el primer hombre, hace unos pocos cientos de miles de años. Que la evolución haya conseguido que seamos como somos en la actualidad es también puro azar.

Pero hay más: el simple hecho de haber nacido con unas características físicas y psicológicas concretas, en una familia, en un lugar y en un momento dados, haber contraído o no una enfermedad, sufrir un accidente, la educación recibida, el haber coincidido con determinadas personas, nuestros amigos y nuestros enemigos…, han supuesto tal cúmulo de coincidencias que no dependen de nosotros, que asusta pensar el enorme número de vidas diferentes que podríamos haber vivido si alguna de las decisiones tomadas o cualquier otra circunstancia hubieran variado un poco.

Eso no significa que debamos resignarnos. Porque, por otro lado, hay muchas situaciones que sí podemos controlar, aunque no sea totalmente. Creo en la fuerza de voluntad que lucha, a veces denodadamente, contra entornos muy adversos y que, también en muchas ocasiones, sale victoriosa. Creo en la educación, en el esfuerzo, en la valentía o en el sacrificio que, dentro de unos límites, pueden torcerle el brazo a la adversidad. Pero hay que ser humildes y sinceros, porque nuestro poder no puede ir más allá de pequeños cambios dentro de un camino o de una dirección ya marcada.

Algunos podrían decirme: ¿es que los ejemplos de Gandhi, Mandela o Stephen Hawking, entre otros muchos, no contradicen tus afirmaciones? ¿Es que sus vidas y sus actos no reflejan el poder del hombre sobre su destino o sobre el destino de los demás? Y yo les digo que no, que ellos lo único que han hecho ha sido aprovechar sus potencialidades y ponerlas al servicio de alguna idea porque la inteligencia o la voluntad forman parte de un mismo magma, de una sustancia profunda sobre la que no podemos influir, pero que nos conforma y sobre la que estamos instalados. Esa sustancia es como la madre primigenia, el conjunto de creencias, culturas, conocimientos, saberes que se han ido acumulando a lo largo de la historia y que, lo queramos o no, nos impiden ser y actuar de manera diferente a como lo hacemos.

Como siempre me ha interesado este tema, haré referencia a él en numerosas ocasiones en este blog. Y para comenzar, un cuento no muy conocido de Hans Christian Andersen: La suerte puede estar en un palito, en el que se puede encontrar un claro ejemplo de que la suerte, nuestra suerte, puede estar escondida justo a nuestro lado. Si es buena o mala, puede depender, o no, de nosotros mismos.