Burgos, Vitoria, Pamplona y Cuenca en una semana (un atracón de viaje, y IV)

15 de septiembre, domingo. De Pamplona a Cuenca, parando en Olite.

No sé si será por el cansancio acumulado, porque la habitación del hotel está en la octava planta y no se escucha ruido alguno o porque las camas son muy cómodas, quizás sean las tres cosas juntas, hoy hemos dormido estupendamente. Me asomo a la ventana y compruebo que esta noche ha llovido algo porque hay humedad en las calles y se ven pequeños charcos. El cielo, sin embargo, está despejado. Hace algo de fresco, lo que agradecemos porque estos últimos días hemos pasado calor. Terminamos de hacer las maletas, las bajo al garaje y pagamos en recepción. Es temprano todavía, así que hemos decidido desayunar por el camino, en Olite, que está a poco más de media hora de Pamplona. Como siempre, antes de salir pongo el Google Maps y saludo a la voz que nos acompañará durante el camino. Una pena que no pueda darle una propina, porque se está portando de lujo.

Después de circunvalar la ciudad y equivocarme una vez, cómo no, en una de las rotondas, salimos a la AP-15, que es la autovía que nos llevará hasta Olite. Muy poco tráfico, como corresponde a una mañana de domingo. Llegamos a Olite sobre las nueve y media de la mañana. Aparcamos al lado de un gran edificio que parece un monasterio y que después me entero que es el convento de San Francisco. Es un buen sitio para aparcar, en plena ronda del castillo. Lo que vemos, lo que se ve desde casi cualquier sitio, es el Palacio Real, un imponente edificio con muchas torres. Entramos por un arco que nos conduce hasta la plaza del ayuntamiento. Hay poca gente por las calles. En la plaza hay varios puestos y carpas cerrados, banderines de colores y vallas de madera que la rodean casi por completo. Olite está en fiestas. Entramos en una cafetería que está  llena de gente joven, algunos disfrazados de la manera más variopinta, con las caras pintarrajeadas de negro y otros vestidos con la clásica indumentaria navarra: camisa y pantalón blancos y pañolico rojo en el cuello.

Olite 021Olite 002

No queremos demorarnos demasiado y nos dirigimos a la entrada del Palacio Real, que se conoce también como Palacio de los Reyes de Navarra y Castillo de Olite. Es un monumento impresionante, que combina el carácter cortesano y defensivo de manera muy armoniosa. Si desde lejos parece un castillo de cuento de hadas, cuando se entra al interior la sensación es que nos encontramos en un espléndido edificio de torres esbeltas, chapiteles, estancias grandes, gruesos muros, galerías, patios, jardines. Aunque las paredes están desnudas, habría que imaginárselo, como se nos informa en la guía que nos dan a la entrada y en el plano que seguimos religiosamente, revestido de gruesos tapices dorados y rojos, alfombras mullidas, artesonados y puertas de madera pintadas de diferentes colores, chimeneas calentando las frías habitaciones, cortesanos y cortesanas vestidos con ricos ropajes paseando y charlando. Durante más de una hora recorremos el palacio, subimos a las torres, descendemos hasta los primitivos cimientos y recreamos siglos de historia. Un auténtico placer (si queréis saber más pinchad en el enlace Castillo de Olite)

Olite 030Olite 029Olite 033Olite 025Olite 032

Cuando salimos, contemplamos la hermosa fachada gótica y la portada de arco ojival de la Iglesia de Santa María la Real, adosada al Palacio. No pudimos entrar porque estaba cerrada y nos dio pena porque el retablo creo que es una maravilla.

Olite 017Olite 019

Llegamos nuevamente a la plaza mayor y nos encontramos con una sorpresa: un encierro de novillos y vaquillas. Lógicamente, nos quedamos un buen rato viendo la habilidad de los jóvenes que esquivaban las embestidas o corrían delante de los animales. Antes de irnos paseamos por callejuelas solitarias y silenciosas, llegando hasta la iglesia de San Pedro, que también estaba cerrada. ¿Cuándo y dónde van a misa los domingos los olitenses?

Olite 011Olite 012Olite 014

Todavía nos quedan casi cuatrocientos kilómetros para llegar a Cuenca, nuestro próximo destino. Según mis cálculos, como son las doce de la mañana, supongo que llegaremos sobre las tres y media o cuatro de la tarde, así que habrá que comer por el camino. Poco a poco el cielo se va encapotando. Dejamos a nuestra izquierda el siempre imponente Moncayo y pueblos que habrá que visitar en otra ocasión: Cintruénigo, Ágreda (hay un cartel que indica Vera de Moncayo, cerca del cual está el Monasterio de Veruela, donde Gustavo Adolfo Bécquer pasó varios meses y escribió una de sus obras más famosas, “Cartas desde mi celda”), Almazán, Medinaceli, donde estuvimos a punto de detenernos, pero comenzaba a llover con insistencia y el cielo se oscurecía cada vez más. Cuando dejamos la autovía y nos adentramos en la N-204, la cosa comenzó a ponerse fea, no sólo por las curvas sino por el tiempo. Nuestra llegada al pueblo de Sacedón fue épica, porque nos cayó una buena tormenta, que nos hacía temer que ocurriera algo similar a lo estaba pasando esos día en el levante, con inundaciones, coches atrapados, personas en peligro, etc. Así que nos detuvimos allí y entramos en un mesón que está a la entrada, el restaurante Pacheco. Si pasáis por ahí, no os perdáis el conejo al ajillo y otras delicias, fundamentalmente de carne.

Esperamos a que escampara un poco y seguimos el viaje. Llegamos a Cuenca pasadas las cinco de la tarde y nos alojamos en unos apartamentos muy recomendables, los Apartamentos Santa Marta, situados cerca de la Plaza Mayor. Como Carmen quería escuchar misa fuimos primero a la catedral y allí nos informaron de que a esa hora no la celebraban, pero que en una iglesia cercana sí había hora y media más tarde, a las ocho. Aprovechamos el tiempo visitando la Catedral de Cuenca. Lo primero que llama la atención es su fachada, que se contempla perfectamente desde la plaza. Según nos informaron a la entrada, esta fachada, construida a comienzos del siglo XX, reproduce la fachada inicial, que se derrumbó. Nos dan una audioguía que permite una mejor comprensión de lo que vamos viendo. El interior es muy interesante: altas columnas, bóveda estrellada, un ábside central con arcos muy apuntados. Da sensación de amplitud, con mucha claridad, como corresponde a un edificio gótico, pero también de gran robustez. Nos detenemos en varias capillas, en el coro, en la sacristía y salimos en determinado momento al exterior, desde donde se contempla una magnífica vista de la Hoz del río Huécar y del Puente de San Pablo, que visitaremos más tarde. Seguimos con el recorrido por la catedral y terminamos pasadas las siete de la tarde.

Cuenca 016

Cuenca 004Cuenca 006Cuenca 014

Subimos por la calle San Pedro hasta la iglesia del mismo nombre, donde Carmen escuchará misa y yo dedicaré el tiempo  a visitar esa zona de la ciudad vieja de Cuenca. Entramos un momento en la iglesia, que todavía está casi vacía. El interior es prácticamente una circunferencia y se adivina que está muy restaurada. Dejo a Carmen dentro y subo por la calle del Trabuco, pasando por el convento de las Carmelitas Descalzas, que hoy es una fundación, hasta las murallas y restos del Castillo, pasando debajo del Arco de Bezudo. Desde allí las vistas de la Hoz del Huécar son magníficas. Bajo otra vez por la calle del Trabuco hasta la plaza del mismo nombre y desciendo por unas escaleras para contemplar la Hoz del Júcar y averiguar dónde se encuentran los Ojos de la Mora, en la pared de enfrente del barranco. Allí los veo.

Cuenca 018Cuenca 025

Comienza a llover un poco y me refugio en el vestíbulo de la iglesia de San Pedro, esperando a que termine la misa y sigamos recorriendo la ciudad. Cuenca está en fiestas, las fiestas de San Mateo, y tanto en la plaza mayor como en muchas calles y plazas más pequeñas, hay puestos que imitan las fiestas medievales. Queremos ver las casas colgadas y descendemos por calles llenas de gente que está comprando en puestos de artesanía, dulces, ropa. En el aire resuenan gaitas y tamboriles. Por fin llegamos al Puente de San Pablo, desde el que se puede contemplar una de las mejores vistas de una ciudad que parece de ensueño, a punto de caer sobre un precipicio. La Hoz del Huécar, el Parador (antiguo convento de San Pablo), parte de la catedral, los curiosos rascacielos conquenses. Debajo del puente apenas se adivina un hilo de agua. ¿A quién se le ocurriría levantar una ciudad en un lugar tan extraño? Creo que pocas ciudades en el mundo tienen un entorno tan original y privilegiado.

Cuenca 019Cuenca 021Cuenca 023

Está casi anocheciendo y comienzan a encenderse algunas luces. Ahora la ciudad parece mágica, encantada, como de cuento. Subimos despacio y llegamos a una plaza, creo que la Plaza de Ronda, donde entre los puestos destaca una enorme parrilla en la que están asando carne, morcilla, chorizos, costillas. El penetrante olor hace que comencemos a buscar un sitio donde cenar, pero no ahí, porque a Carmen no le gusta la carne. Cenamos en uno de los restaurantes que hay en los laterales de la plaza. Como la comida había sido excesivamente abundante, ahora nos limitamos a tomar una cerveza y un poco de queso porque, a pesar de lo que hemos andado, subido y bajado cuestas y escaleras, creo que todavía estamos haciendo la digestión del almuerzo. Ahora, a descansar.

16 de septiembre, lunes. Regreso a Sevilla

Como ayer no nos dio tiempo a ver algunas cosas y nos hemos levantado temprano, desayunamos también en la Plaza Mayor, que como ya dije está casi al lado de los apartamentos. Por la calle se ve poca gente, sólo algunos operarios del ayuntamiento que están terminando de limpiar las calles. Han quitado los puestos de la plaza y ahora se puede ver en todo su esplendor. Ha llovido durante la noche y hace algo de fresco. Nos tenemos que abrigar bien. Se nota que se acerca el otoño, pues en el aire se percibe el olor acre de la tierra mojada. Callejones solitarios, ventanas, balcones y puertas cerradas, rincones y recovecos que sorprenden a cada instante. Todo irradia melancolía y romanticismo. Llegamos hasta un pasadizo entre varias casas y levantando la vista vemos un Cristo que da nombre al lugar y una pequeña ventana con una reja. En un lateral podemos leer la leyenda que, como en muchos otros lugares, cuenta los anhelos de dos jóvenes, Julián e Inés, que se prometieron amor eterno bajo el Cristo pero que, y aquí no voy a contar toda la historia, no quiero hacer spoiler para que vayáis a verlo, terminó “malamente”, como diría Rosalía.

Cuenca 030Cuenca 031Cuenca 033

Seguimos la ronda y volvemos a encontrarnos con callejones desiertos, placitas coquetas y escondidas, miradores sobre las dos Hoces (sin martillos) del Júcar y del Huécar, como los miradores de San Miguel. Subimos hacia la plaza donde se encuentra la Torre de Mangana, muy cerca del Museo de las Ciencias de Castilla La Mancha, cerrado por ser lunes, desde la que se contemplan unas vistas excelentes tanto de la ciudad antigua como de la moderna ciudad. Como tenemos que dejar los apartamentos antes de las doce de la mañana, regresamos, terminamos de hacer las maletas y bajamos con ellas por la calle Alfonso VIII hasta unos aparcamientos cercanos, donde la tarde anterior habíamos dejado el coche.

Cuenca 036

Cuenca 037

El regreso a Sevilla, unas seis horas de viaje parando para comer cerca de Bailén, transcurrió sin incidencias. Como resumen diré que no sé si merece la pena intentar ver tantas cosas en tan poco espacio de tiempo, recorrer tantos kilómetros en coche, andar hasta llegar casi al agotamiento. Seguramente en otras ocasiones elegiremos menos lugares pero les dedicaremos más tiempo a conocerlos mejor.

Burgos, Vitoria, Pamplona y Cuenca en una semana (un atracón de viaje, III)

14 de septiembre, sábado. De Pamplona al valle de Baztán y Zugarramurdi.

Hoy hay que salir temprano de Pamplona, que queda una buena tirada hasta casi la frontera con Francia. Nos espera una excursión en teoría apasionante: el valle de Baztán y las cuevas de Zugarramurdi. El valle de Baztán, que siempre ha estado ahí, desde la prehistoria y más allá, se ha hecho famoso últimamente por las novelas que componen la Trilogía del Baztán, de la escritora Dolores Redondo. Seguro que con anterioridad muchos viajeros y muchos peregrinos recorrieron sus senderos, sus montañas, que a pesar de que forman parte del Pirineo no superan los mil metros de altitud, sus bosques, sus pueblos. Pero gracias al fenómeno literario de la escritora donostiarra, son miles las personas que, fascinadas por el misterio y las descripciones de sus libros hemos sido llamadas a visitar estas tierras. Zugarramurdi es un pueblo conocido fundamentalmente por sus cuevas, que se encuentran a menos de medio kilómetro del casco urbano. Son conocidas como “las cuevas de las brujas” porque a comienzos del siglo XVII tuvo lugar un auto de fe…, pero vayamos por partes, que me estoy adelantando.

Después de tomar un pequeño desayuno en una cafetería cercana al hotel (desayunar en los hoteles es casi prohibitivo, en este querían cobrarnos 18 euros a cada uno, nosotros, que con un café y una tostada vamos listos), ponemos a trabajar a nuestra acompañante más fiel y eficaz. Google Maps nos informa de que hasta Elizondo, la capital del valle de Baztán, hay 50 km y unos 50 minutos en coche. Nos ponemos en marcha saliendo del garaje del hotel (si el desayuno me parece caro, el aparcamiento por 24 horas me parece barato, 8 euros). Por cierto, creo que no he dicho que nos alojamos en el NH Pamplona Iruña Park. Buen hotel, con habitaciones amplias y con todas las comodidades que se pueden pedir a un hotel de cuatro estrellas.

Una vez que abandonamos Pamplona el paisaje va cambiando. La carretera es buena e invita a conducir demorándose en la contemplación del paisaje. Yo no puedo disfrutar demasiado porque hay que estar concentrado en la conducción y, como siempre, pongo música. Tengo que cambiar el repertorio porque las grabaciones tienen ya bastantes años y hay que actualizarse. Árboles a un lado y a otro de la calzada, caseríos, pequeños pueblos en las laderas de las montañas, verdes prados, riachuelos que corren al lado de la carretera y que se cruzan en pequeños puentes. Sol y sombra intercambiándose cada poco tiempo. El sol luce más que otros días y estoy tentado de parar varias veces a retozar en el campo como cuando era niño en los campos de Arteixo.

No nos detenemos hasta llegar a Elizondo, la capital del valle. Paramos a tomar un café en una cafetería que se encuentra en la carretera que atraviesa el pueblo y allí preguntamos, a pesar de que yo llevaba mucha información al respecto, qué podríamos visitar allí. El camarero, después de decirle cuál era nuestro plan, nos recomendó que fuésemos primero a Zugarramurdi, que comiéramos por allí o en Dantxarinea y que a la vuelta nos detuviéramos en Amaiur y en Elizondo, los dos principales pueblos, según él, del valle. Mencioné la posibilidad de ir hasta Roncesvalles, pero me quitó la idea de la cabeza, sobre todo porque era casi imposible ver bien todo y serían demasiados kilómetros.

Así que otra vez al coche. La carretera se iba haciendo cada vez más tortuosa y empinada, aunque no demasiado, hasta que comenzó la subida al puerto de Otxondo, que sirve para conectar las dos partes del valle de Baztan (por cierto, después me enteré de que Baztán es el nombre que se le da al río Bidasoa en su curso superior). Nos encontramos a muchos ciclistas que quieren emular a Indurain o a Pedro Delgado. Da miedo cómo bajan a tumba abierta (esta expresión es la que se escucha habitualmente en las retransmisiones del Tour o de la Vuelta) y da pena ver cómo suben echando los bofes. Uno de ellos es más listo pues va en una bicicleta eléctrica. Ir en coche por una carretera de montaña, aunque sea bastante ancha y con poco tráfico, siempre es peligroso cuando hay muchos ciclistas. En Mallorca es una auténtica odisea.

Llegamos hasta la frontera con Francia, en Dantxarinea. Esta parte del pueblo está llena de tiendas y restaurantes. Sólo se ven coches con matrícula francesa. Pienso por un momento cruzar la frontera, pero veo el cartel que indica Zugarramurdi y giro en el cruce. Ahora la carretera es más estrecha, aunque la distancia es muy corta, unos cuatro kilómetros. El pueblo es muy pequeño, creo que algo más de doscientos habitantes, y parece como de juguete. Las típicas casas de esta zona, con tejado a dos aguas, muros blancos, esquinas adornadas con piedra, piedra que también rodean las ventanas, balconadas de madera y muchas flores. En bastantes ocasiones, en lugar de muros encalados las casas son de piedra, lo que da una impresión de gran robustez, propio del carácter de estas tierras. Y hablando del carácter, hay que decir que siempre nos encontramos con personas amables, dispuestas a ayudar, a acompañarte cuando te veían despistado, a informarte cuando tenías alguna duda. Y una cosa que nos llamó la atención fue que, aunque la mayor parte de la cartelería y de la información estaba en euskera, prácticamente no escuchamos hablar en ese idioma. Sólo en una ocasión, en Urdax, me encontré con una pareja que entre ellos hablaban en vasco.

Aparcamos el coche en una pequeña plaza. Hay muchos coches y, sobre todo, motos. Vamos andando hasta las cuevas, que están a unos quinientos metros del pueblo. El paseo es muy agradable porque luce un sol espléndido y la temperatura es deliciosa. Casi calor. A un lado y otro del camino, prados, caballos, vacas, hayedos, castaños. Todo muy verde y mucho silencio, sólo roto por las conversaciones de las personas que vienen de visitar las cuevas. Después de pagar la entrada nos dan un plano y nos informan del itinerario a seguir. Subimos por el estrecho camino que rodea las cuevas hasta llegar a un mirador desde el que se contempla el pueblo y las tierras que lo rodean. Cuando bajamos y entramos en la cueva principal, leo la información en el folleto que nos han entregado, donde se cuenta la historia de “las brujas”. Hay que remontarse a principios del siglo XVII, un lugar aislado, donde la gente sólo hablaba euskera y apenas entendía el castellano, con costumbre ancestrales, acostumbrada a convivir con la naturaleza, a utilizar remedios caseros de plantas, a veces conjuros que, desde siempre y en todo lugar han ayudado a combatir las enfermedades (teniendo en cuenta, además, cómo era la medicina en aquellos tiempos). Pues señor, con la iglesia hemos topado. Entre la enorme ignorancia de los usos y costumbres de la zona, de que los curas tampoco es que fueran doctores en filosofía, que había que ser sí o sí católicos y seguir los mandamientos de la santa madre iglesia, que las mujeres en el norte se suelen reunir para charlar, contar historias, hablar de sus problemas, etc., ya tenemos el caldo de cultivo suficiente para decir que allí había brujas y que se comunicaban con el macho cabrío, con el demonio. Además, las cuevas donde según parece se reunían, completaban un escenario bastante lúgubre (acompáñese de lluvia y oscuridad y tendremos el marco ideal para soliviantar la imaginación). En resumen, auto de fe, muertes por tortura, mujeres quemadas y ya tenemos la leyenda de las “brujas de Zugarramurdi”.

Las cuevas tampoco son para tirar cohetes. Es más la impresión de lo que allí ocurrió que lo que en realidad se puede contemplar. Aunque tiene gran altura no hay ni estalactitas ni estalagmitas, ni lagos, ni pinturas rupestres ni un paisaje sobrecogedor. Se pueden visitar pero si no se visitan tampoco nos perdemos gran cosa.

Zugarramurdi 001

Zugarramurdi 003

Zugarramurdi 004

Zugarramurdi 007

Zugarramurdi 012

Zugarramurdi 014

Una vez finalizada la visita a las cuevas, que dura aproximadamente una hora y cuarto, nos fuimos a comer a Dantxarinea, pueblo fronterizo con Francia. Aquello parece una romería de franceses (de hecho, se escucha hablar más en francés que en castellano o en euskera) porque hay muchas tiendas que venden lo que dicen ser productos low cost, cosa que no nos pareció ni a Carmen ni a mí. Familias enteras cruzan la frontera para pasar el día aquí. Nada reseñable, ni en el pueblo ni en la comida.

Ahora volvemos a coger el coche y regresamos por donde vinimos. Nos desviamos hacia Urdax, que también está muy cerca. Después de la experiencia de las otras cuevas, no nos detenemos a visitar las que también hay aquí (dice Carmen que después de haber visto las de Aracena y la reproducción de las de Altamira, nada nos puede impresionar; estoy de acuerdo). En Urdax (o Urdazubi) hace calor. Paro el coche a la sombra. Carmen está medio dormida y se queda dentro. Yo me bajo a tomar un café en un sitio precioso, al lado de un molino de agua. Ahí es donde escucho hablar euskera por primera vez. Cuando termino contemplo la portada del Monasterio de Urdax y entro en la iglesia. Estoy solo y el silencio lo invade todo. Hay un cartel que indica que se puede visitar el claustro, pero el acceso está cerrado, será por la hora. Como el interior está muy fresco, me siento un momento a contemplar las paredes, las imágenes, los muros y el techo. Es una delicia poder hacerlo sin nadie que te moleste. Cuando salgo, Carmen sigue dormida.

Urdax 001

Urdax 002

Urdax 003

Conocido el terreno, la carretera de regreso parece que no es tan pesada ni peligrosa. Será también por la hora, alrededor de las tres de la tarde, en la que casi todo el mundo estará comiendo. Una vez sobrepasado el puerto de Otxondo, nos desviamos a Amaiur. Hasta ahora, es uno de los pueblos que más me ha gustado. La calle por la que se accede, prácticamente la única calle del pueblo, está flanqueada por casas que merecen abrir portadas de libros de viajes. Piedra, madera, cal, flores, verde, forman un conjunto armonioso y delicioso. No sé cómo será vivir aquí, si tienen todos los servicios que se necesitan en el mundo moderno. Quizás no sea tan bucólico pasar la niñez y la juventud en un pueblo de apenas 300 habitantes. Pero para pasar una pequeña temporada y descansar, es ideal. Subo hasta los restos del castillo por un empinado camino, llego sudando y jadeando, pero el esfuerzo merece la pena ya que la vista del valle es maravillosa: al fondo, Elizondo, pequeños caseríos, bosques, montañas, prados. Parece que estamos en Suiza. Me detengo un buen rato a aspirar un aire limpio, puro, aromático, a escuchar un silencio que lo envuelve todo. En estos tiempos es difícil encontrar lugares así. Aunque llevamos ya más de mil kilómetros en coche y no sé cuantos a pie, momentos como este hacen que merezca la pena el viaje.

Amaiur 001

Amaiur 008

Amaiur 005

Amaiur 006

Seguimos bajando hasta Elizondo. Aparcamos el coche en una calle transversal a la carretera porque no me atrevo a entrar hasta el centro. Como tampoco es un pueblo demasiado grande, llegamos pronto a la calle más larga, la calle Jaime Urrutia, paralela al río Bidasoa (parece que aquí ya no le llaman Baztán) y pasamos por el ayuntamiento. Intento recordar las descripciones de los libros de Dolores Redondo, pero no soy capaz de rememorarlas. Únicamente cuando llego al puente de Txokoto, donde está la pequeña presa, me acuerdo de algunas cosas. Pero mientras que en el libro casi siempre se describe la humedad, la lluvia, la oscuridad, la soledad, Elizondo es bastante bullicioso, con mucho ambiente. Entramos a comprar en una tienda de recuerdos y el dueño nos dice que se ha notado mucho la influencia de los libros, que ahora viene mucha más gente, que hay más vida. Recorremos el pueblo y después queremos visitar la Iglesia de Santiago, pero, oh sorpresa, aquí también se está celebrando un funeral. Debe de ser alguien importante porque hay mucha gente, dentro y fuera de la iglesia. La fachada es imponente, con dos torres campanario barrocas y un gran rosetón. El interior, a pesar de que queríamos respetar la celebración y apenas pudimos verlo, tiene unas medidas muy grandes y también una gran altura. Habrá que verla en otro momento, cuando no haya nadie.

Elizondo 001

Elizondo 004

Elizondo 005

Elizondo 008

Elizondo 013

Alrededor de las siete de la tarde regresamos al coche y tomamos camino a Pamplona. La verdad es que estoy cansado de andar y de conducir. La edad no perdona y llevamos muchos kilómetros a cuestas. Además, mañana nos quedan más de cuatro horas de coche para llegar a Cuenca, así que cuando llegamos a hotel, cerca de las ocho, dudamos entre ir otra vez al centro a cenar de pintxos o quedarnos más cerca, como ayer, en el Bar Letyana, que tan buen sabor de boca nos dejó. Optamos por esto último y nos vamos temprano a descansar. El contador de pasos del reloj está pidiendo una tregua ya que hoy hemos hecho otros doce kilómetros, así como quien no quiere la cosa. El del coche va ya casi por los mil cuatrocientos.

Burgos, Vitoria, Pamplona y Cuenca en una semana (un atracón de viaje, II)

Continuamos la narración del viaje por cuatro provincias de cuatro comunidades autónomas diferentes. Como decíamos ayer, un verdadero atracón de kilómetros en coche y muchos también andando. Tengo la espalda hecha mixtos todavía y me sostengo a base de friegas, calor e ibuprofeno. Y lo malo es que dentro de una semana corro con mi hija la Nocturna del Guadalquivir. A ver si puedo hacerla, aunque sea andando, porque llevo entre unas cosas y otras casi un mes sin entrenar, encima con estos dolores.

Pero vayamos al grano y sigamos con la descripción del viaje, que todavía queda mucho que contar.

12 de septiembre, jueves. De Burgos a Vitoria, pasando por Haro.

Hoy nos hemos levantado temprano y nos hemos dado un homenaje desayunando chocolate con churros Valor, cerca de la Catedral. Dejamos el apartamento y subimos con el coche ya cargado con el equipaje al castillo, desde el que se puede contemplar una vista magnífica de Burgos. Hoy parece que hace menos frío y el cielo está casi despejado.

Burgos 013

Abro el Google Maps y elijo como destino Haro. Queremos visitar alguna bodega y pasear por un pueblo que, según hemos leído, no sólo destaca por el vino. Son poco más de 90 km y tardamos una hora en llegar, alrededor de las doce de la mañana. Tomamos un café en la cafetería de un hotel y allí preguntamos qué podemos visitar, aparte de las bodegas, en el pueblo. Nos proporcionan un mapa y nos señalan los lugares de interés. Aunque no lo sabemos, estamos cometiendo un error: no hemos reservado ninguna visita a alguna bodega. Callejeamos algo, contemplando varios palacios espléndidos. Llegamos hasta la plaza del ayuntamiento y después entramos en la Iglesia de Santo Tomás. Están celebrando un funeral de cuerpo presente. Vaya por Dios. Salimos rápidamente y, para cambiar el mal cuerpo que se nos había quedado,  bajamos hasta la zona donde están la mayor parte de las bodegas: el Barrio de la Estación. Está relativamente cerca de la plaza y, como es cuesta abajo, vamos caminando (otro error, porque luego hay que regresar subiendo). Entramos en la primera bodega que encontramos, CVNE y cuando queremos sacar las entradas para ver la bodega, nos dicen que ya está completo y que hasta el día siguiente no podremos hacerlo. Compramos un par de botellas de crianza y nos dirigimos a otra bodega, las bodegas bilbaínas, al lado de la estación de RENFE. Están cerradas. Hace calor y me tengo que quitar ropa. Ahora vamos a las bodegas Muga y nos pasa como en la primera, está completo el cupo de visitas. Me enfado y no compro ninguna botella. Llamo por teléfono a otras bodegas, Ramón Bilbao y Martínez Lacuesta y en todas me contestan lo mismo, que ya no hay plazas para hacer las visitas hoy. ¿A quien se le ocurre visitar bodegas un miércoles de septiembre? A nosotros y a otras quinientas personas más. Parece mentira que no conozca el percal. Este país, entre propios y extraños, está lleno de irresponsables bebedores. Lo que pasa es que los otros han sido más listos y han reservado. El tonto he sido yo, y mira que me gusta planificar y organizar. Pero esto no lo había previsto, mea culpa. Fiasco total en Haro (el segundo, después de lo que nos ocurrió en Silos).

Haro 002Haro 001Haro 003Haro 005

Subimos la maldita cuesta, cabreados y sudando. Llegamos al coche y tiro las botellas en el maletero de cualquier forma. Menos mal que no se rompieron; hubiera sido el remate del tomate. Tenía pensado pasarme por Laguardia, pero después de esto, habrá que dejarlo para otra ocasión, en la que espero ser más previsor (y no llevar el coche, porque si no, a ver quién conduce después de las catas).

Otra vez el Google Maps, esta vez poniendo como destino Vitoria. Menos mal que está cerca, algo menos de 50 km, y tardamos en llegar al hotel unos tres cuartos de hora. Buen hotel, el Silken Ciudad de Vitoria, recomendable cien por cien. Subimos a la habitación, dejamos las maletas y preguntamos en recepción dónde podríamos comer. Como si no hubiera sitios en Vitoria. El recepcionista nos da un plano de la ciudad y nos señala cuatro o cinco restaurantes. Elegimos uno que está cerca de la plaza de la Virgen Blanca, uno de los sitios más conocidos de la ciudad, donde se eleva el monumento a la Batalla de Vitoria. El restaurante se llama Arkupe. Comimos, de manera excelente, en la barra porque había una celebración en el comedor y estaba lleno. Muy buena relación calidad precio. Recomendable. Paseamos por el casco antiguo y llegamos hasta la catedral de Santa María. Aunque ya lo sabíamos, la catedral está hecha unos zorros, llena de andamios por dentro y por fuera. Compramos la entrada, esperamos una media hora que dedicamos a hacer fotos y entramos. Primero nos ponen un documental sobre los orígenes de Vitoria y de la catedral y después nos ponen unos cascos (como en Atapuerca). Mala señal, puede significar que hay desprendimientos o que las cubiertas se nos pueden caer encima. Primero bajamos a los cimientos, a los primeros vestigios de la ciudad y de la catedral. Subimos hasta la nave central en la que nos explican que hay algunas columnas torcidas y varios refuerzos para impedir que la catedral se caiga. Me dan ganas de salirme ya, pero no quiero mostrar nerviosismo porque hay niños y daría mal ejemplo. Subimos hasta el triforio, muy estrecho y después hasta el campanario. Intento escuchar ruidos raros, pero no, parece que todo está controlado. Las vistas desde la torre son espectaculares. A lo lejos se ve la segunda catedral. Ahora me entero que Vitoria tiene dos catedrales, la de Santa María y la de María Inmaculada. Estos vascos son muy religiosos. Sevilla, que es mucho más grande, sólo tiene una.

Vitoria 004Vitoria 005Vitoria 010Vitoria 016Vitoria 022Vitoria 003

Salimos y respiro aliviado. Me hago una foto con la estatua de Ken Follet, que escribió Los pilares de la tierra y Un mundo sin fin, basándose en la construcción de esta catedral. Hace una tarde espléndida y paseamos por calles estrechas, llenas de bares y con muchas pintadas. Los tipos de los jóvenes son idénticos a los que aparecen en la película Ocho apellidos vascos. No sé si será una opinión muy subjetiva, porque todo el mundo habla maravillas de esta ciudad, pero esta zona me parece muy descuidada y decadente. El resto de Vitoria sí me gusta: muchos parques, plazas amplias y calles cuidadas y limpias, no como en el casco antiguo al que los autóctonos llaman La Almendra. Carmen está cansada y se va al hotel a descansar, pero yo me quedo en la plaza de la Virgen Blanca a tomarme un café. Es una pena desperdiciar una tarde tan hermosa.

Por la noche salimos a pasear. Ahora sí me gusta mucho lo que veo, sobre todo el ambiente. Cenamos en el Sagartoki, otra de las recomendaciones del recepcionista. Todavía mejor que en el anterior. Las tapas, mejor dicho los pintxos, como se dice aquí son para hacerles la ola. Nos vamos muy contentos para el hotel, que está bastante cerca. Mi reloj marca 16.200 pasos, o sea, más de doce kilómetros. Estamos batiendo récords.

13 de septiembre, viernes. De Vitoria a Pamplona, pasando por Estella y Puente la Reina

Uno de los mejores días de todo el viaje. El tiempo está mejorando, sólo hace algo de fresco por la mañana. Para salir de Vitoria, un poema. Menos mal que la amiga de Google Maps (digo amiga porque la voz es de una mujer) nos va indicando las calles, rotondas, avenidas, circunvalaciones, etc., que hay que hacer para sortear todos los obstáculos. De vez en cuando me equivoco y en lugar de tomar la segunda salida de la rotonda tomo la tercera y hay que volver a empezar. Tardamos cerca de media hora en alejarnos de Vitoria. Destino, Estella, a 70 km. Viaje muy tranquilo, con poco tráfico. Cuando llegamos, buscamos un aparcamiento vigilado, porque este pueblo es más grande de lo que yo creía y vamos con el coche cargado y con equipaje a la vista. Aparcamos cerca de la estación. Me pongo mi sombrero Panamá, porque hace mucho sol y no puede darme en la frente. Parezco un guiri americano. Vamos a la Oficina de Información y Turismo y nos explican los monumentos más importantes que podremos visitar en una hora y media, que es lo que he previsto para poder parar después en Puente la Reina y que no se nos haga demasiado tarde.

Estella 003Estella 008Estella 014

Primero visitamos la iglesia de San Pedro de la Rúa. Si el día anterior habíamos subido escaleras, ahora tampoco nos quedamos atrás. Hay una buena escalinata hasta llegar al pórtico, románico aunque con influencia árabe. Ábside románico y claustro que invita a la meditación. Bajamos en ascensor (nos dimos cuenta tarde, lo teníamos que haber utlizado para subir) que está a la salida del templo y entramos en el Palacio de los Reyes de Navarra, que ahora se destina únicamente a museo. Obras no demasiado conocidas, destacando dos grabados de Picasso, a los que les hago fotos. Salimos y llegamos hasta el Puente de la Cárcel. Seguimos paseando por calles muy tranquilas, la Plaza de los Fueros y subimos hasta la Iglesia de San Miguel. Carmen se niega a hacer el último tramo y no me extraña. No he contado los escalones que hemos subido hoy, pero son muchos, muchos.

Estella 012

Estella 018

Estella 017

La distancia entre Estella (o Lizarra, como se dice en euskera) y Puente la Reina es de unos 23 km, así que llegamos pronto. Mucho más pequeña que Estella, no llega a los tres mil habitantes, se recorre en poco tiempo. Lo primero que hicimos fue entrar en la Iglesia de Santiago. Varios peregrinos franceses dentro un sacerdote francés explicando las características de la iglesia, que contiene una talla conocida del Apóstol Santiago. Antes de llegar al puente románico que da nombre al pueblo (en realidad, primero se construyó el puente y años después se hizo la calle mayor y algunas casas que  se fueron ampliando con los siglos) nos sentamos a tomar algo en la plaza del ayuntamiento. Nos sentamos fuera, a la sombra porque hoy hace calor. En la plaza están las barreras de los toros, pues ahí, como en muchos otros pueblos, se celebran festejos taurinos. Como no podía ser de otra manera, llegamos hasta el Puente sobre el río Arga por el que pasan los peregrinos. Este puente fue construido por orden de la esposa del rey Sancho el Mayor o por la del rey García de Nájera, no se sabe con total seguridad. Lo que sí se sabe es que se construyó en el siglo XI y que en la actualidad, quizás gracias al trasiego de los peregrinos y a la riqueza que eso genera, tiene bastante vida.

Puente la Reina 002Puente la Reina 003Puente la Reina 004Puente la Reina 007

Puente la Reina 011

Llegamos a Pamplona pasadas las dos de la tarde y preguntamos en recepción, como hicimos en Vitoria, un sitio donde comer cerca del hotel, porque el centro queda bastante alejado. El consejo, como la vez anterior, fue totalmente acertado. Comimos en la Avenida de Bayona en el Mesón Letyana. Además del camarero, muy profesional y simpático, a destacar los pintxos, el vino y el precio.

Descansamos algo en el hotel y alrededor de las siete nos fuimos andando hasta el centro. Tardamos una media hora, así que el cuenta pasos estaba ya calentito. Lo primero que hicimos fue acercarnos hasta la Oficina de Información y Turismo (somos muy tradicionales y nos gusta que nos den planos, mapas y guías, que luego guardamos como recuerdo) que está al lado del ayuntamiento. Una manifestación con muchas ikurriñas amenizaba el ambiente. Creo que protestaban por el juicio que se iba a hacer en la Audiencia Nacional unos días después.

Cómo no, iniciamos la visita a Pamplona bajando desde el Ayuntamiento por la Cuesta de Santo Domingo hasta el lugar donde comienzan los encierros. Nos paramos delante de la pequeña imagen de San Fermín, llegamos hasta la plaza del Ayuntamiento (muy pequeña, mucho más de lo que parece en la televisión), calle Mercaderes, Estafeta, Telefónica y Plaza de Toros. Poco más de 800 metros, que andando se recorren en diez minutos. Después visitamos la catedral y la plaza del Castillo. Entramos en la cafetería Iruña, de visita obligada por ser el café preferido de Ernest Hemingway. Como ya era hora, nos fuimos de tapeo por la calle Estafeta. Hay donde elegir entre las decenas de bares, mesones y restaurantes. Entramos primero en uno llamado La Estafeta y después en otro que hace esquina que se llama algo así como Txirrintxa, donde elaboran una cerveza propia. En los dos comimos muy bien. Ya era tarde y estábamos cansados, así que nos fuimos de regreso al hotel. Esta vez el número de pasos fue 17.850 , o sea, trece km y medio. Nuevo récord. Lo bueno de esto que dormimos a pierna suelta.

Pamplona 001Pamplona 002Pamplona 006Pamplona 007

Burgos, Vitoria, Pamplona y Cuenca en una semana (un atracón de viaje, I)

Creo que en este blog he dejado claro que me gusta viajar. Cambiar de aires, de paisajes, de comida, de luz, de sonidos o de gente es siempre muy sano. Confrontar lo propio con lo ajeno, lo conocido con lo extraño, apreciar lo diferente y valorar lo propio, dejar a un lado la suspicacia. Abrir la mente a nuevas experiencias y a nuevos ambientes enriquece y amplía horizontes.

Desde que tengo recuerdos, he estado viajando. Primero con mis padres, con amigos o solo, con mi mujer, con mis hijos y ahora otra vez Carmen y yo solos. Es como una necesidad de salir periódicamente de la monotonía, de la vida cotidiana, más ahora que estamos jubilados y, teóricamente, tenemos más tiempo libre (aunque esto es relativo, porque parece que las horas se comprimen y pasan cada vez más rápidamente). A lo largo del año procuramos hacer tres o cuatro viajes. En los últimos tiempos habíamos adquirido la costumbre de salir a extranjero por lo menos una vez al año: la Toscana, Londres, Nueva York, Croacia, Rusia… pero hemos decidido dejar lo más lejano para más adelante y centrarnos en conocer lo que está más cerca, nuestro país, porque revisando el mapa de España, resulta que hay muchas ciudades, pueblos y comarcas que todavía no conocemos, así que durante los próximos años recorreremos la península ibérica.

Carmen y yo somos turistas normales y corrientes, no somos aventureros ni nos gusta el riesgo. Somos más bien urbanitas y nuestras excursiones a la naturaleza son escasas. Haciendo memoria podríamos hablar de las Tablas de Daimiel, el Torcal de Antequera, la sierra norte de Sevilla, la sierra de Segura y muy pocos sitios más. Así que del Amazonas, de la estepa siberiana o de la Tierra de Fuego, ni hablamos. No busquéis sobresaltos ni descripciones de bosques, altas montañas o ríos caudalosos en estas páginas porque os llevarías una desilusión.

Así que durante el verano, después de nuestro habitual viaje a Coruña para volver a los orígenes, ver a madre, hermano, sobrinos y amigos, comenzamos a pensar cuál podría ser nuestro destino en el mes de septiembre. Como este año parece que el tema Imserso está poco claro, decidimos recorrer parte del norte de España y regresar por Cuenca, ciudad a la que desde hace tiempo le teníamos echado el ojo. Así que empecé (esta vez yo solo porque a Carmen le gusta encontrarse todo hecho) a mirar posibles destinos, lugares y alojamientos. Desplegar un mapa de España y seguir con el dedo las rutas y sus alternativas es algo que siempre me ha gustado. Ahora lo complemento con el Google Maps, que me ayuda a calcular distancias y tiempos. Algunas dudas iniciales que se fueron disipando. Lápiz y papel para ir apuntando todo. Et voilà, al fin pude sincronizarlo todo y empezar a buscar alojamiento. Nada de casas rurales en medio del monte ni hotelitos con encanto. Como mucho, apartamentos en el centro de la ciudad y hoteles bien situados, por supuesto de cuatro estrellas. Mi señora no se conforma con menos.

Sobre el papel, un viaje muy completo, en el que se conjugan con cierto equilibrio historia, cultura, arte, paisaje y, por supuesto, gastronomía. En la realidad, un atracón de kilómetros. Puse el cuentakilómetros, velocidad media y consumo a cero, para saber al final del viaje qué me encontraba. Y lo que me encontré es que en siete días hicimos 2.394 kilómetros a una media de 82 km/h y con un consumo de 5,5 litros cada 100 kilómetros. Puede parecer una velocidad media no muy alta, pero teniendo en cuenta la entrada y salida de las ciudades y algunas carreteras con muchas curvas y tráfico, es una media más que aceptable. Y el consumo, excelente. Este coche, un Ford Mondeo Econetic que tiene ya diez años y algo más de 130.000 kilómetros, está en su mejor momento. En cuanto a los kilómetros andados, el reloj que, además de marcar las horas, marca los pasos y la distancia recorrida, nos informó de que cada día hicimos una media de doce kilómetros, unos 16.000 pasos. Eso es patearse bien las ciudades y los pueblos, sí señor, Y muchas escaleras, también.

10 de septiembre, martes. De Sevilla a Burgos, algo más de 700 kms.

A mí me gusta conducir y no me pesan las horas al volante. Pero a aquellos que no les guste pueden hacerse pesados tantos kilómetros en un solo día. Salimos temprano, alrededor de las 8 de la mañana. Como cada vez que viajamos por la Ruta de la Plata, desayunamos en Leo, un área de servicio cerca de Monesterio. Está siempre lleno de autobuses, camiones y turistas, pero sirven con rapidez y no es muy caro. Llegamos hasta Salamanca y la circunvalamos. Todavía es pronto para comer, así que seguimos camino de Tordesillas y un poco más adelante paramos para tomar algo antes de llegar a Burgos. Sobre las cuatro de la tarde llegamos a nuestro primer destino. Nos alojamos en los Apartamentos La Puebla, en la calle Fernán González. La dueña es muy simpática y habladora. Lo mejor de los apartamentos es su situación, a menos de cinco minutos de la Catedral, en pleno centro de la ciudad.

Burgos 006Burgos 009Burgos 015Burgos 001

Después de situarnos y descansar un poco, salimos a dar una vuelta bien abrigados, porque hacía un día casi invernal. Si es así en septiembre no me imagino el frío que hará en enero. Obligatorio, entrar en la catedral. Primero, un paseo por el exterior, para admirar las agujas y las diferentes fachadas. El interior también es magnífico, y algunas capillas y salas, realmente espectaculares. Salimos al Paseo del Espolón por la Puerta de Santa María y nos dirigimos al Museo de la Evolución Humana, muy didáctico y que nos permitirá hacernos una idea de lo que hemos sido y lo que somos como especie. Además, nos sirve como introducción a la visita que haremos mañana a Atapuerca.

Burgos 005

Cuando salimos del Museo, seguimos paseando por la Plaza Mayor y las calles adyacentes. Ya notamos un cierto cosquilleo en el estómago y, siguiendo los consejos de mi amiga María Jesús, burgalesa que desde hace años vive en Sevilla, recorremos las calles Los Herreros, Sombrerería y La Flora, entre otras, que están llenas de bares. Entramos en varios mesones y ninguno nos defraudó. Como estábamos muy cansados no nos paramos a escuchar el himno del Burgos en el Victoria, una de las recomendaciones de María Jesús. Lo dejaremos para otra ocasión. Antes de las once de la noche caímos rendidos y dormimos como lirones. No hay como cansarse para dormir bien.

11 de septiembre, miércoles. Atapuerca y el triángulo del Arlanza (Lerma, Covarrubias y Santo Domingo de Silos).

Hemos reservado hace días la visita a Atapuerca. Nos citan en Ibeas de Juarros, a unos 15 km de Burgos por la carretera de Logroño, donde nos recogerá un autobús a las 12 de la mañana. Iván, el guía, que supongo será un estudiante de postgrado, nos explica el pasado, el presente y el futuro de Atapuerca. La casualidad del tren minero que sacó a la luz varias cuevas, aunque ya en siglos pasados y a comienzos del XX ya se tenían noticias y se habían estudiado algunos restos. Los hombres y animales que habitaron las diferentes cuevas, el trabajo de campo que se hace durante los meses de julio y agosto, los estudios posteriores que permiten catalogar los hallazgos, el enorme trabajo que queda por hacer.

Atapuerca 001Atapuerca 010

Salimos de Atapuerca sobre la 13,30 y nos dirigimos en nuestro coche desde Ibeas de Juarros hasta Lerma. Llegamos poco después de las dos de la tarde y nos dio tiempo a recorrer un poco del pueblo. Muy bien conservado, con calles empedradas y casas, iglesias, conventos y palacios que nos hablan de un pasado esplendoroso. Entramos en el núcleo histórico por la Puerta de la Cárcel y llegamos por la calle Mayor hasta la Plaza Mayor, una preciosa plaza porticada donde hay varios mesones y tiendas de productos típicos. Comimos, más bien tapeamos, en la Taberna del Pícaro, que se encuentra en la misma Plaza. Después tomamos café en el Parador, antiguo Palacio Ducal. No nos detuvimos demasiado, aunque merecía la pena, ya que queríamos ir a Covarrubias y llegar antes de las siete a Santo Domingo de Silos, a escuchar los cantos gregorianos de los monjes.

Lerma 001Lerma 007

Lerma 008

Covarrubias es un pueblo con encanto, muy bien conservado y cuidado. Es uno de los que más nos gustó de este viaje. Paseamos un buen rato por sus calles y llegamos hasta la Iglesia de San Cosme y San Damián, una antigua Colegiata, cerca del río Arlanza, hasta donde llegamos para refrescarnos un poco. Placitas con casas balconadas y llenas de flores, calles empedradas, silencio. muy poca gente por las calles y, lo que es también de agradecer, poco turismo, igual que en Lerma. Acostumbrados a las multitudes de Sevilla, Córdoba o cualquier otra ciudad por donde apenas se puede dar un paso, es un lujo pasear en silencio, detenerse a hacer fotos y hablar bajo, para no romper el encanto.

Covarrubias 001Covarrubias 008Covarrubias 010Covarrubias 013

Después nos dirigimos hacia Santo Domingo de Silos. El triángulo del Arlanza (Lerma, Covarrubias, Santo Domingo de Silos) se recorre en poco tiempo. Merece la pena dedicarle un día completo y detenerse varias horas en cada pueblo. Nosotros los recorrimos en una sola tarde y nos dejaron con la miel en los labios. En Santo Domingo no tuvimos suerte. Llegamos al Monasterio a las seis y tres minutos y nos encontramos con la puerta cerrada. A pesar de que llamamos y nos abrieron la puerta, la mujer encargada de la entrada nos dijo que se había cerrado a las seis. Por más que insistimos y le dijimos que las visitas terminaban a las seis y media, que habíamos venido de muy lejos y no sabíamos cuándo podríamos volver, no hubo manera de convencerla. Así que nos quedamos sin ver uno de los claustros más bellos que se pueden contemplar y tampoco pudimos rememorar los famosos versos de Gerardo Diego: “Enhiesto surtidor de sombra y sueño / que acongojas el cielo con tu lanza…”. Había buscado el soneto en Google y pensaba recitarlo y y grabarlo allí mismo. Otra vez será.

Lo que sí pudimos hacer fue escuchar los cánticos de Vísperas de los monjes de Silos. Ese día, además, se conmemoraba la traslación de las reliquias del Santo. Veintidós monjes, durante casi una hora, cantando en latín, sentándose, levantándose, inclinándose hasta casi tocar el suelo. Y así varias veces a lo largo del día. Algunos de los monjes, ya muy mayores, tenían que permanecer sentados pues apenas podían moverse. Ora et labora. Tiene que ser agotador levantarse muy temprano para los maitines, trabajar, rezar y cantar varias veces al día. Y nosotros nos quejamos.

S Domingo de S 004S Domingo de S 005S Domingo de Silos 006

Casi anocheciendo regresamos a Burgos, después de hacer unos 180 kilómetros en coche y trece o catorce andando. Cenamos también alrededor de la catedral y otra vez nos acostamos temprano. Todavía nos quedan cinco días de viaje y hay que guardar fuerzas.

 

Un viaje espacial

“Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya.”

El Principito. Antoine de Saint-Exupéry

A comienzos del año 1969 X tenía 13 años y estudiaba cuarto de bachillerato elemental en el Instituto Masculino de La Coruña, que ahora se llama IES Salvador de Madariaga. Cuarto no fue un curso especialmente brillante para X, apenas una media de cinco, y un poco más, no demasiado, en el examen de reválida. La foto del Libro de Calificación Escolar emitido por el Ministerio de Educación Nacional muestra a un preadolescente que mira a la cámara de una manera segura y tranquila, con grandes gafas de pasta y el pelo largo y oscuro peinado con una raya al lado. Por cierto, antes nadie decía A Coruña, como se dice ahora, y casi ninguno de sus amigos hablaba gallego. En casa su padre lo hablaba muy bien y él lo fue aprendiendo de manera natural, escuchándolo y usando de vez en cuando alguna palabra suelta, pero apenas lo empleaba en la familia, quizás porque su madre es andaluza, pero, sobre todo, porque en aquellos tiempos hablar gallego era casi un estigma, era “falar mal”, una forma de expresarse de “pailanes”, de gente sin cultura, ignorante, aldeana. Sin embargo, cuando iba en vacaciones o los fines de semana al Barral, en Arteijo (nadie decía entonces Arteixo), donde había nacido y vivido su padre en la infancia y donde vivían tíos y primos, entonces sí hablaba gallego con ellos. Y lo hacía de forma natural, sin apenas darse cuenta. Aunque lo consideraban un niño de la ciudad y se burlaban al principio de él, le encantaba jugar con una libertad que no tenía en Coruña.

El Barral, O Barral, era lo que en Galicia se conoce como lugar, un grupo de apenas seis o siete casas a lo largo de un camino de tierra y piedras que en invierno estaba siempre embarrado. Como el padre no compró el seiscientos hasta el año 1967, la familia llegaba hasta la aldeíta en autobús de línea, que los dejaba en la carretera de arriba, la que unía Coruña con Arteixo, a un centenar de metros de la casa de sus abuelos. Rodeado de leiras, de pequeños bosquecillos de pinos y eucaliptos, siempre moviendo sus copas porque raro el día que no hacía algo de viento o soplaba una ligera brisa, de corredoiras estrechas y umbrías y de algunas tierras sin cultivar, O Barral le parecía un sitio fuera del tiempo y del mundo conocido, algo irreal, fascinante y misterioso. Las mujeres, calzadas con zuecos y llevando enormes cargas de toxos o acompañadas de varias vacas para llevarlas a pastar al campo, los hombres con boinas negras, delante de los carros de bueyes a los que, de vez en cuando aguijoneaban con una vara acabada en una punta de hierro. Niños y niñas sucios sentados a las puertas de las casas, comiendo alguna mazorca de maíz o un mendrugo de pan y que miraban con grandes ojos asombrados. Pequeños hilos de humo salían de las chimeneas a todas horas, calentando el hogar y el pote que estaría colgado sobre la lareira. Aunque fuera verano, siempre recordaba un hilillo de agua que corría en medio del camino, humedeciéndolo, llenándolo de hierbas y de barro que ensuciaba los zapatos. Supongo que de ahí vendrá el nombre de Barral.

“Xa está aquí o primo” (ya está aquí el primo), decía J.R. a los demás.

J.R., además de su primo, era el jefe de la pandilla por varios motivos: porque les llevaba dos o tres años, porque era mucho más alto y fuerte que los demás y porque tenía autoridad, no la que se obtiene con la fuerza bruta sino con la sensatez, porque convencía y proponía cosas que a los demás les gustaban. Parecía un adulto pequeño. Tenía una cabeza grande, con el pelo casi negro, siempre despeinado, cara ancha, pecosa, sonriente, con un punto de malicia. Al contrario que los demás, que iban en pantalón corto, él llevaba un pantalón largo de pana, gastado. Cuando se veían por primera vez después de un tiempo, llegaba el momento que X más temía, el del abrazo que duraba unos segundos que le parecían interminables y casi le asfixiaban. Después de recobrar el aliento, X empezaba a hablar, a saludarles, primero en castellano y poco a poco pasaba al gallego, al principio con miedo y timidez, por si se reían de él, pero eso no pasaba y X seguía hablando cada vez con más soltura. Pasados unos minutos ya era uno más y corría y saltaba y se caía. Tendría entonces unos siete u ocho años y era un niño delgaducho y con una salud delicada, siempre resfriado, con dolor de garganta y de oídos y con frecuencia tenía fiebre. Así que los médicos aconsejaban a sus padres que pasara temporadas en el campo, al aire libre, para ver si se fortalecía.

Cuando llegaba a la casa de los abuelos, una casa de piedra de dos plantas, lo primero que hacía era recorrerla de arriba abajo porque, acostumbrado como estaba a vivir en un pequeño piso de ciudad, aquella casa le parecía llena de encanto y de rincones misteriosos. En la planta baja estaba la cocina, que hacía las veces de sala y comedor con una gran mesa de madera donde comían todos, abuelos, padres, tías, su hermano, unos años más pequeño, y X. En un rincón estaba la lareira, casi siempre encendida, un pequeño cuarto trastero y, al fondo de la sala, una puerta que daba a un gran huerto con manzanos, perales, ciruelos y otros árboles cuyo nombre desconocía y nunca preguntó. También había un pozo del que su madre, su abuela y una de sus tías sacaban el agua y llenaban las sellas que después llevaban a la cocina sobre la cabeza, con un equilibrio que él admiraba. En la planta alta, a la que se accedía por unas escaleras, estaban las habitaciones y un pequeño cuarto de baño. Había un pasillo con suelo de madera a lo largo de toda la planta y en medio de él una trampilla en el suelo que daba al cortello, a la cuadra, que estaba debajo. En muchas casas de la aldea había un establo con un par de vacas y algún buey. Leche, trabajo, calor. Un par de vacas eran un auténtico tesoro. X no recuerda cuántas tenían sus abuelos y sus tías, pero de lo que sí se acuerda es que aprendió a ordeñarlas y siempre que podía, se acercaba con alguno de sus abuelos al establo. Al principio le daba miedo el tamaño de los animales, sus mugidos y el movimiento continuo de los rabos espantando a las moscas. El abuelo se sentaba en una pequeña banqueta y comenzaba a hablar despacio, dando pequeñas palmadas en el costado de la vaca y después de colocar el caldero de latón debajo del animal, comenzaba a acariciar las ubres y a apretar las tetillas de las que salía un chorro de leche caliente que, al golpear contra el recipiente, hacía un ruido característico, al principio metálico, cuando apenas había líquido, pero que después se amortiguaba a medida que iba llenándose.

Uno de los juegos favoritos de sus amigos del Barral era ir en busca de nidos. Casi todas las tardes, después de comer, iban a buscar a X a casa. En O Barral, como ya se comentó, apenas había seis o siete viviendas a lo largo de un camino de tierra, todas de piedra, algunas con dos plantas, como la de sus abuelos. Pero nunca entraban en las casas de los amigos, porque había una especie de pudor, de vergüenza en mostrar y ver la excesiva humildad de los hogares, la pobreza, salpicada de vez en cuando por algunas pinceladas de algo que podría llamarse abundancia o exceso: sucedía cuando alguna familia había emigrado y se había traído algún ahorro y compraba un pequeño tractor o una motocicleta o un frigorífico, como fue el caso de los padres de Tonecho. El hogar de los niños eran las leiras, las corredoiras, los bosques de pinos y de eucaliptos, las carballeiras. Y allí se entretenían andando por los estrechos senderos llenos de helechos, toxos y moreiras, jugando al escondite, recogiendo piñas que después llevaban a casa para encender la lareira y, sobre todo, buscando nidos. X nunca entendió demasiado bien el placer de buscar los nidos, subir a los árboles para cogerlos o, lo que era peor, cazar pájaros con los tirachinas. Nunca fue muy hábil con ellos, a pesar de que su padre le hizo algunos que eran la envidia de sus amigos. Aunque entrenaba mucho, tanto en Coruña como en el Barral, apenas era capaz de darle a un tronco grande. Así que lo de cazar pájaros era una quimera para X. Tampoco era demasiado hábil subiendo a los árboles, por lo que la mayor parte de las ocasiones se limitaba a mirar como sus amigos subían con agilidad y bajaban trayendo un nido en el que había dos o tres huevecillos. Como él era el niño de la ciudad, el señorito, como algunas veces le llamaban para reírse a su costa, no era capaz de distinguir si era un nido de jilguero, de mirlo o de cualquier otro pájaro, pero ellos sí lo sabían y disfrutaban y presumían diciéndoselo. Ellos podían presumir siempre porque eran más rápidos, más fuertes, más ágiles y conocían el nombre de los árboles, de las flores, de los arbustos, de los pájaros. X pensaba que de nada le servía leer y estudiar tanto en la escuela si después no era capaz de silbar imitando el sonido de un jilguero o de un mirlo, si no sabía distinguir un toxo de un helecho, si nunca ganaba en las carreras y, sobre todo, si no era capaz de subir a un carballo para bajar con un nido, todas esas cosas tan importantes para un niño y que fue aprendiendo poco a poco con ellos. Todas menos la fuerza para tirar las piedras más lejos, ganar un pulso o la habilidad para subir a los árboles.

Después de bajar el nido al suelo, contar los huevos y ver cuánto tiempo les faltaba para que saliera algún pájaro, casi siempre volvían a subirse para dejarlo en su sitio. Pero X recuerda una vez en la que, además de los huevos, había una pequeña cría que piaba desconsolada. Los muy bestias la cogían y la tiraban al aire para ver si volaba, pasándosela unos a otros, pero todavía no era capaz porque sólo tenía un ligero plumón, apenas visible y aunque movía sus alitas desesperada, no lograba volar. “Mira, X, se parece a ti cuando saltas un regato”, dijo uno de ellos, Tonecho, un chaval menudo, lleno de arañazos y de postillas en las piernas, fuerte, con pelo crespo y rubio y unos ojos azules casi transparentes. Era el más bajito de todos, pero también el más atrevido y travieso, el que siempre se inventaba los juegos y las aventuras más arriesgadas y el que más se metía con él, sobre todo cuando mostraba mi torpeza en alguna de las actividades que proponía. Cuando le tocó recogerla a X, no quería tirarla otra vez al aire y se la quedó unos segundos entre las manos. El calor y el piar del pajarillo, que se estremecía espantado, le angustió y quiso llevárselo, pero los demás niños lo rodearon y se lo quitaron. X se enfadó y salió corriendo hacia su casa, con lágrimas de rabia y de pena en los ojos, porque no entendía esa crueldad, no veía la diversión por ninguna parte. Aunque lo llamaron a voces, no regresó porque, a pesar de todo, tenía su orgullo y no quería que le vieran llorar. Sus padres le preguntaron qué le pasaba, pero X, entre avergonzado y rabioso, sólo pudo balbucear alguna mentira y se encerró en el cuarto. Se prometió no volver a jugar con ellos, que no respetaban a seres indefensos y disfrutaban haciéndoles sufrir. Todo lo contrario de lo que hacía con sus amigos en la ciudad, que se limitaban a jugar al fútbol en los descampados que había frente a su casa, a las canicas o a las chapas, a indios y vaqueros, a cambiar cromos y tebeos… Alguna que otra vez cogían una lagartija y le cortaban la cola, porque sabían, porque se lo había explicado una vez la maestra, que al poco tiempo le crecía una nueva. Pero su crueldad no pasaba de ahí.

Al día siguiente del enfado se fueron a Coruña porque sus padres querían hacer unas compras, sobre todo ropa, y arreglar algunos papeles, como decía el padre y dos o tres días después regresaron al Barral. El mismo día que llegó, J.R., que según los abuelos había ido a preguntar continuamente por él, entró en casa mientras X estaba merendando un poco de pan con chocolate y le dijo que el pájaro ya volaba y que ellos lo dejaban tranquilo y no intentaban ni siquiera cazarlo. Aunque X seguía enfadado con su primo y con todos los demás, salió y fueron los dos a reunirse con el resto de los chavales, que le acogieron como si nada hubiera sucedido. Se dirigieron al árbol del nido y después de unos minutos pudo ver a varios pajarillos, tres o cuatro, que revoloteaban, todavía con cierta torpeza, entre los árboles. Uno de ellos era al que habían maltratado y hecho sufrir con sus juegos, pero no pudo distinguirlo de los demás. A partir de ese momento, iban a verlos todas las tardes hasta que finalizó el verano y todos se despidieron entre empujones, carreras y abrazos. Las visitas a Arteixo, al Barral, se fueron espaciando cada vez más hasta que los abuelos vendieron la casa y se fueron a vivir definitivamente a Coruña. Aunque seguían yendo a ver a los tíos y a los primos, eran visitas de un día, iban a las playas de Arteixo, a Valcobo, a Barrañán, al Rañal, compraban las empanadas de Rozas, paseaban por el campo, recogían moras y flores que su madre colocaba después en un jarrón. Pero ya nunca fue lo mismo porque perdió el contacto con la pandilla y, sobre todo, con José Ramón, que era mayor que él y con el tenía más confianza, pero que empezó salir desde muy joven con una chica, se volvió demasiado serio y decía, cuando comía alguna vez con la familia, que X todavía era un crío y que él ya no quería hacer tonterías Nunca volvió a ver a Tonecho ni a Míguez, otro de los chavales de la pandilla, porque se fueron a vivir a otros pueblos. X no recuerda el nombre ni cómo eran los demás. O Barral fue cambiando, los caminos de tierra se convirtieron en calles asfaltadas y las casas de piedra fueron desapareciendo para ser sustituidas por feas casas de cemento, ladrillo y azulejos. Al mismo tiempo que se alejaba la niñez, también fue desapareciendo la belleza y la inocencia de un lugar que ya sólo se conserva en la memoria. Hace un par de años X regresó para comprobar cómo era ese lugar de su infancia y apenas pudo reconocerlo. Se arrepintió de haber querido recuperar un pedazo de su niñez.

El recuerdo del pájaro nunca le abandonó, sobre todo el calorcillo y el temblor espantado del animal, el obligado vuelo de mano en mano, el temor a que se cayera y se estrellara contra el suelo, el inútil sufrimiento, la absurda diversión. Y volvió con fuerza unos años más tarde, cuando estaba en el Instituto estudiando cuarto de bachillerato elemental… creo que eso ya se dijo al principio. El profesor de lengua propuso participar en un concurso de redacción que había organizado una conocida marca de refrescos con el título “Un viaje espacial”. El profesor seleccionaría dos trabajos por clase y los enviaría al concurso. En aquellos meses casi no se hablaba de otra cosa. La Nasa llevaba varios años preparando la llegada del hombre a la Luna, en una carrera que quería ganar a toda costa a los rusos. Raro el día que en televisión no saliera una noticia sobre los preparativos del viaje, sobre el peligro que podrían correr los astronautas, las grandes dificultades técnicas, las opiniones de los expertos, los grandes avances que beneficiarían a la humanidad, el prometedor futuro que se abría ante los hombres, la conquista del espacio. Para un adolescente como X, lleno de sueños y ávido lector de libros de ciencia ficción, el viaje a la luna le parecía una aventura fascinante, un sueño en el que le gustaría participar de algún modo. El concurso de redacción era una oportunidad de desplegar sus conocimientos sobre el tema, los que había ido adquiriendo con la lectura de los libros de Julio Verne, de Isaac Asimov, de Ray Brabury, de H.G. Wells. También había ido a ver la película 2001, una odisea en el espacio, pero no la había entendido demasiado bien, le había parecido muy lenta y no comprendió cuál era el significado del final, así que sólo la utilizaría para describir algo de la nave y de los trajes de los astronautas.

C y B, los odiados empollones, los más listos de la clase, los que siempre ganaban todos los concursos de matemáticas, de redacción, de ciencias o de cualquier tema que se plantease, se iban a enterar. El profesor de lengua, un hombrecillo calvo, con gafitas metálicas, bajo y delgado, vestido con una chaqueta que le quedaba grande, una corbata que le molestaba pues se metía el dedo índice entre el cuello y la camisa y subido siempre a la tarima desde la que se dirigía a los alumnos con voz engolada, sabía de antemano quiénes serían los finalistas, pero esta vez X les daría una sorpresa. Él estaba totalmente seguro de que ninguno de los dos le superaba en conocimientos astronómicos. Conocía los últimos avances de la ciencia espacial, dominaba, porque lo había leído muchas veces, el libro de Verne, De la Tierra a la Luna. Y también Crónicas marcianas, de Bradbury, que había comentado hacía poco con su compañero Casanova. Lo único que le hacía dudar era que las últimas redacciones que había escrito no habían merecido más que un aprobado raspado, con comentarios más bien hirientes por parte del profesor, como “escaso vocabulario”, “estructura simple y demasiado tradicional”, “pésimas descripciones” o, y éste fue el que más le dolió, “carente de imaginación”. Daban ganas de dedicarse a destripar terrones, frase que de manera despectiva muchos profesores dedicaban a aquellos pobres estudiantes que apenas eran capaces de aprobar más que Religión, Gimnasia o Formación del Espíritu Nacional, las tres Marías.

La misma tarde del día en que se planteó el reto de la redacción, X se puso a la tarea. Tenía un par de semanas por delante, pero él quería esmerarse, encontrar el argumento adecuado, los personajes, el vocabulario. No quería que le pasara como siempre, así que rebuscó entre los libros de su pequeña biblioteca y puso encima de su mesa de estudio a Asimov, Verne, y H.G. Wells. Hojeó los libros que casi conocía de memoria y escribió algunas de las frases que más le gustaban en una hoja en blanco, para después aprovecharlas y, cambiando algunas cosas, escribirlas en la redacción. Su primer borrador era muy simple: un par de astronautas son lanzados en un cohete camino a Marte. La Nasa ya había realizado otros viajes anteriores y había dejado mucho material en el planeta rojo. El reto era encontrar vestigios de vida y comenzar una colonización que ya se había iniciado con éxito en la Luna.

En los días siguientes escribió varias páginas, pero no le terminaba de convencer ni el argumento ni las descripciones. Y el vocabulario seguía pareciéndole muy pobre y simple. Intentó meter con calzador algunas de las frases de los libros que tenía encima de la mesa, sobre todo el comienzo de “La guerra de los mundos”, de Wells:

En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él; que mientras los hombres se ocupaban de sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua.

La redacción de X quería, al contrario que el libro de Wells, mostrar que la humanidad colonizaría Marte, pero de una manera pacífica, sin aniquilar a los posibles seres vivos que poblaran el planeta. Era una idea razonablemente buena, pero no terminaba de gustarle. Y así pasó una semana, sin encontrar un buen tema. Cuando ya estaba a punto de tirar la toalla recordó que su tío A le había regalado hacía unos años un libro que le había gustado mucho y que también hablaba de planetas y de viajes siderales: El Principito. X buscó el libro y lo encontró casi escondido entre el Quijote y algunos Episodios Nacionales. Comenzó a hojearlo y a recordar la extraña sensación que siempre le producía su lectura, sus raros personajes, las frases, a veces tan complejas para ser dichas por un niño y, sobre todo, la tristeza que siempre le producía leer el final.

Sin saber bien por qué, X relacionó El Principito con la experiencia de su infancia en Barral, el cruel juego de su pandilla con el pobre pajarillo que no sabía volar, el calor y el temblor del pájaro, la angustia que seguramente sentiría.

Y entonces se le ocurrió el argumento, casi sin pensar, de manera espontánea: dos astronautas realizan experimentos en una nave que vuela alrededor de la Tierra para comprobar el efecto de la falta de gravedad en animales y plantas (había visto en la televisión un reportaje sobre eso, aunque no recordaba si se habían producido resultados). Uno de los experimentos se hacía con varios huevos de pato, para comprobar cómo les afectaba, y si, al llegar a la Tierra, los patitos serían capaces de volar. Poco a poco la redacción comenzó a tomar forma y el final, al contrario que en El Principito, fue un final feliz. Lo más complicado fue encontrar la frase que diera comienzo al texto, que impactara, que interesara al profesor de lengua, porque era él el que tenía que seleccionar a los finalistas. Daba por descontado que C y B serían sus grandes rivales, que se inventarían historias deslumbrantes y conmovedoras. Así que él tendría que competir con otras armas, con la originalidad que siempre le había faltado, con la sorpresa. Le dio muchas vueltas hasta que creyó hallar las palabras adecuadas:

Cuando el patito fue capaz de romper el cascarón que llevaba intentando abrir desde hacía un buen rato, lo primero que vio fue una cabeza muy grande, un par de ojos que le miraban con curiosidad y una mano que se acercaba para ayudarlo a salir. Su instinto le susurró que aquella debería ser su madre y desde el primer momento sintió un gran amor hacia ella.

A partir de ese momento, la historia se desarrollaba en el interior de la nave. Después de conocer a su madre se dio cuenta de que al fondo había otro ser vivo parecido, lo que le hizo suponer que aquel sería su padre. Y se sintió feliz y protegido. El patito flotaba en el reducido espacio, mirando todos los instrumentos y los aparatos con gran curiosidad, las luces que parpadeaban, los tubos, la mesa grane con mandos. Al poco tiempo de nacer el primer patito, otros tres comenzaron a romper sus cascarones y los cuatro comenzaron a jugar a esconderse, a chocar lentamente en el aire, a volar sin mover sus alitas flotando de un lado para otro sin ton ni son. Mientras tanto, sus padres, los dos astronautas que habían sido enviados para realizar experimentos durante varios meses dando vueltas alrededor de la Tierra en la nave espacial más grande construida hasta entonces, jugaban de vez en cuando con ellos, acariciándolos, dándoles de comer y beber en unos pequeños recipientes en los que tenían que meter sus picos para hacerlo y dejándoles mirar por una de las ventanillas laterales que daban al exterior, por la que se veían pequeñas lucecitas y una especie de globo muy grande y azul, alrededor del cual daban vueltas continuamente. También veían otro globo más pequeño, blanco y brillante y, más lejos, una pequeña bola de fuego. Pasaron varias semanas y se convirtieron en cuatro patos grandes que pasaban la mayor parte del tiempo dentro de una jaula para evitar que llenaran el interior de la nave con sus excrementos y que les molestaran con sus continuas ganas de jugar.

Un día vieron, con gran asombro, que sus padres se colocaban unos trajes muy raros y que se sentaban en los dos sillones que había frente al cristal. A las pocas horas comenzaron a notar una sensación muy extraña, una opresión en el cuerpo, un peso que los aplastaba contra el suelo. También notaron un calor muy fuerte y unos movimientos y ruidos que los atemorizaron durante muchos minutos. De pronto, un golpe brusco y todo, el tiempo incluido, pareció detenerse. Los patos se miraron asustados, sin saber lo que pasaba y poco después se abrió una puerta que ellos no habían visto y aparecieron otros seres que se parecían mucho a sus padres. Al cabo de unos momentos todos, sus padres y los patos, fueron sacados de la nave e introducidos en una especie de caja grande que se mecía sobre una superficie azul que se movía de una manera muy curiosa.

Pero lo que más le llamaba la atención era esa sensación que les oprimía todo el cuerpo, impidiendo que se movieran con la libertad que tenían cuando estaban en la nave. Poco a poco fueron aprendiendo que aquello era el peso de la gravedad y que tendrían que acostumbrarse a él, pues los acompañaría toda su vida.

El final de la redacción, que sólo podía tener cuatro páginas como máximo, consistía en que dejaron de ver a sus padres y que al cabo de unos días ya los habían olvidado, que fueron observados por multitud de personas con batas blancas y, sobre todo, que aprendieron a volar. La frase final, aquella que los lectores, sobre todo el profesor de lengua, no podrían olvidar fue:

La sensación de flotar sobre los campos, sobre los ríos, entre las nubes, moviendo con fuerza sus alas y dirigiéndose hacia tierras lejanas y extrañas, era mucho más placentera que cualquier viaje espacial del hombre, algo que este nunca podría llegar a sentir.

X entregó la redacción el mismo día que terminaba el plazo y esperó con ansiedad los resultados. Y llegó el anhelado momento en que el profesor, subiéndose a la tarima, dejó su cartera encima de la mesa, sacó un sobre en el que, seguramente, estarían las obras seleccionadas y miró sonriente a la clase. Esperó unos segundos que a X le parecieron interminables. Le gustaba crear expectación, como el consumado director teatral que era, pues también dirigía las obras de teatro que anualmente se representaban a final de curso en el salón de actos del Instituto.

—Aunque no todos habéis participado en el concurso de redacción, porque era una actividad voluntaria —comenzó diciendo—, el número de trabajos presentados ha sido muy grande, se nota que el tema y el premio, todo hay que decirlo, os han motivado.

Volvió a hacer una pausa y después continuó:

—He de reconocer que la elección ha sido difícil, pues hay varias redacciones muy buenas. Y me he llevado alguna sorpresa muy agradable.

En ese momento, X sabía que se estaba refiriendo a él, estaba convencido. Después de otros segundos de silencio, el profesor siguió:

—He estado dudando hasta el último momento entre varios trabajos que sobresalen sobre el resto. Pero, al final, me he decidido por el de dos compañeros vuestros que nunca me han decepcionado y siempre han demostrado la gran calidad de sus textos. C y B, me gustaría que vinierais aquí y leyerais las redacciones a vuestros compañeros.

X no se lo podía creer. Sabía que se había cometido una enorme injusticia. Sintió una rabia enorme y un sabor agridulce le llenó la boca. Parecía como si le faltara el aire, los oídos comenzaron a zumbarle y las lágrimas asomaron a sus ojos. No quería que los demás se dieran cuenta y bajó la vista. Vio por el rabillo del ojo cómo sus compañeros se dirigían hacia la mesa del profesor y uno de ellos comenzó a leer, con voz lenta, pausada, una historia maravillosa sobre el heroísmo de un grupo de personas que habían decidido dar su vida para enfrentarse a unos invasores extraterrestres que los citaban en la Luna. Si los humanos ganaban, los invasores tendrían que irse; en caso contrario, la humanidad sería aniquilada. Al final, ganaron los hombres y la Tierra se salvó. Había que reconocerlo, era una historia preciosa, de entrega, de valentía, de generosidad, de héroes y villanos, de tensión e intriga. La otra historia hablaba de saltos en el tiempo, de viajes interestelares, de descubrimiento de nuevos planetas… Otra preciosa historia, como las que le gustaban a él. Las dos, había que reconocerlo, eran mejores que la suya.

Después de escuchar a sus compañeros notó un cierto alivio. La elección había sido justa, no podía negarlo. Tendría que seguir leyendo más, escribiendo más, esforzándose más, aunque sabía que nunca sería capaz de llegar a la altura de esos dos talentos. Pero entonces volvió a escuchar la voz del profesor:

—No quiero terminar la clase sin mencionar otro excelente trabajo que me ha sorprendido mucho, sobre todo porque no me lo esperaba. Es el de vuestro compañero X, que ha demostrado una gran originalidad, saliéndose de los argumentos habituales y utilizando la imaginación como pocas veces había visto en esta clase. Es una pena que haya tenido pequeños fallos gramaticales y léxicos, así como un incorrecto uso de determinadas formas verbales. Pero eso se puede pulir con esfuerzo y con trabajo. Enhorabuena. ¿Te importa leer la redacción a tus compañeros?

Pocas veces había sentido X tanta alegría, tanto orgullo. Había pasado en un momento de la rabia y la desesperación a la euforia. Notaba su rostro rojo como un tomate y comenzó a andar hacia sus dos compañeros que, como toda la clase, prorrumpían en un largo y sonoro aplauso. Ese fue uno de los momentos más memorables de su vida, uno de los que jamás olvidaría.

Imagen relacionada

Viaje a Rusia (III): San Petersburgo

Como habíamos llegado demasiado tarde al hotel la noche anterior y mi cuerpo todavía estaba muy tocado por la colitis, enteritis o lo que fuera aquello, no pude dormir demasiado ni me apetecía comer, y he de decir que hasta el último día de nuestra estancia en San Petersburgo no pude disfrutar plenamente de la ciudad. Y, además, el tiempo tampoco acompañó demasiado.

El domingo 15, nuestro primer día en la ciudad, amaneció muy desapacible. Nuestra nueva guía, Olga, seguía cumpliendo los cánones de las mujeres rusas: alta, muy rubia, grande, con una cara redonda muy graciosa en la que destacaban sus ojos azules y unos dientes superiores que sobresalían un poco y que hacían que su boca pareciera estar riendo continuamente. Además, como nos demostró a lo largo de nuestra estancia, tenía un humor muy irónico y con propensión a contar chistes. Nos recibió en el vestíbulo del hotel, nos explicó la programación prevista según el tipo de viaje que tuviéramos contratado, las excursiones alternativas y una serie de recomendaciones a tener en cuenta, como el cuidado en las aglomeraciones ya que abundaban los carteristas.

Iniciamos un circuito en autobús para conocer los lugares más emblemáticos de San Petersburgo: la conocida Perspectiva Nevski (la más conocida avenida de la ciudad), plazas, palacios (pasamos por delante de algunos impresionantes, como el Palacio de Invierno, canales… Muchos los habíamos visto la noche anterior, pero de día parecía un paisaje totalmente nuevo. La pena es que la lluvia y el frío deslucían el paseo, aunque al adentrarnos en el barrio Dostoyevski parecía que nos habíamos trasladado a alguna de sus novelas y el tiempo era perfecto para retrotraernos al ambiente y a los personajes que describía en sus textos; nos bajamos para entrar en el mercado central, el mercado Kuznechny, que a pesar de ser domingo estaba abierto, aunque poco concurrido y también entramos en una iglesia que estaba celebrando una misa ortodoxa. No permanecimos mucho tiempo allí por respeto y porque, también hay que decirlo, son demasiado largas y pesadas.

153-sanpetersburgo-2018

El autobús nos llevó hasta la fortaleza de Pedro y Pablo, construida en tiempos de Pedro el Grande, donde se encuentra también la catedral de San Pedro y San Pablo, con su enorme cúpula dorada,  y el Museo de Historia.

175-sanpetersburgo-2018

Visitamos la catedral, en la que se encuentran las tumbas de casi todos los zares, incluidas las de la familia Romanov, cuyos restos fueron trasladados hasta aquí en 1998. Finalizada la visita a la fortaleza subimos al autobús, que continúa el recorrido por la ciudad. Pasamos al lado del crucero Aurora, hoy un buque museo, que el 25 de octubre de 1917 (en realidad, el 7 de noviembre según el calendario gregoriano), con un disparo de cañón, dio la señal para el asalto al Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares, con lo que dio comienzo la revolución bolchevique.

157-sanpetersburgo-2018160-sanpetersburgo-2018161-sanpetersburgo-2018

Termina la visita panorámica, sigo sin encontrarme bien y no puedo comer, por lo que dejo a Carmen en el comedor y subo a la habitación. Pasadas un par de horas parece que me repongo y como la tarde ha mejorado, decidimos dar un paseo para despejarme por la avenida Macaroba. El hotel Marriot Courtyard está muy bien situado, al lado de uno de los brazos del río Neva, que desemboca en el Báltico, en el golfo de Finlandia, formando un delta. El recorrido es precioso, la tarde luminosa, apenas se veía una nube en el cielo. Llegamos a una plaza con un parque al lado del río donde varias decenas de parejas de todas las edades bailaban al son de la música que salía de un equipo que alguien había llevado. Seguramente es una costumbre que se lleva a cabo todos los domingos por la tarde. Como soy muy mal bailarín no me atrevo a bailar y Carmen me lo reprocha. Pero como tengo mala cara porque llevo un par de días con diarrea y sin comer y, sobre todo, porque el nivel de las parejas es muy alto, como si todas hubieran ido a clases de baile, no hace más comentarios. Enfrente tenemos el Palacio de Invierno, es decir, el edificio principal del Museo del Hermitage y, aunque me apetecía seguir el paseo, vemos que unas nubes amenazadoras se van acercando desde el mar, por lo que decidimos volver al hotel. Menos mal, porque nada más entrar, comenzó a llover de forma copiosa, incluso con truenos y relámpagos. Por la noche me atrevo a cenar algo porque parece que me encuentro mejor. Creo que fue un error.

165-sanpetersburgo-2018167-sanpetersburgo-2018

Al día siguiente el tiempo sigue frío y lluvioso. Apenas he dormido y mis visitas al baño durante la noche han sido frecuentes. San Petersburgo está siendo una tortura. Una pena porque hoy por la mañana tenemos una excursión a la ciudad de Pushkin y a Pavlovsk, el palacio de Pablo I y a los jardines de Catalina. Como todo lo que hemos visto hasta ahora, tanto el exterior como el interior son un ejemplo de por qué los rusos se rebelaron en 1917. Era imposible aguantar el despilfarro, la ostentación y la riqueza de los zares y de la nobleza rusa mientras el pueblo se moría de hambre (véase, si no, el artículo sobre Los lujosos palacios de los zares en San Petersburgo) y, encima, los habían empujado a morir en la I Guerra Mundial. Lo dicho, tuvieron mucha paciencia y aguantaron mucho.

178-sanpetersburgo-2018

El palacio es realmente espectacular. Y resulta todavía más sorprendente cuando nos cuentan que en el año 1944 fue prácticamente destruido por los alemanes, que montaron allí un centro de operaciones y que, cuando tuvieron que irse por la derrota, lo incendiaron. El proceso de reconstrucción fue muy costoso, pero el resultado es magnífico. Las salas con diferentes decoraciones, estilos y obras (egipcio, italiano, griego…) proporcionan un conjunto variado pero muy armonioso. El control dentro del palacio es absoluto: tienes que ponerte unas protecciones en los zapatos para evitar rallar el suelo y siempre hay algún vigilante, generalmente mujeres, que están pendientes de que no te acerques a los objetos ni roces absolutamente nada. Cuando salimos a los jardines apenas pudimos pasear por ellos porque estaba lloviendo y era desagradable recorrerlos bajo los paraguas.

183-sanpetersburgo-2018

191-sanpetersburgo-2018188-sanpetersburgo-2018186-sanpetersburgo-2018

Como teníamos la tarde libre, nuestra primera intención fue la de aprovechar para recorrer las calles y canales de San Petersburgo. Pero el tiempo seguía muy desapacible, con una lluvia continua y con frío y aunque estuvimos tentados de regresar al hotel después de comer en un restaurante a las afueras de San Petersburgo (los que pudieron comer, claro, porque yo seguía a dieta), la guía nos ofreció la alternativa de dejarnos en un conocido centro comercial, la Galería, para terminar de comprar y gastarnos los rublos que todavía teníamos. Para aquellos que le gusten las compras (yo no soy uno de ellos, por cierto) este centro, con cinco plantas y una gran cantidad de tiendas, es un auténtico paraíso. O un infierno, porque las tentaciones son demasiado grandes. Menos mal que allí también había baños, y fue una de las primeras cosas que comprobé. Durante un par de horas, recorrimos la mayor parte de la Galería y nos hicimos fotos delante de una exposición de coches americanos (si Lenin o Stalin levantaran la cabeza…). Como habíamos quedado a una hora determinada con dos parejas de argentinos y un par de mujeres mallorquinas, decidimos, tras votación, regresar en taxi (los hombres queríamos hacerlo en metro, porque nos habían dicho que, sin ser tan espectacular como el de Moscú, el metro de San Petersburgo tiene también algunas estaciones dignas de visitar). Pero no pudo ser, porque las mujeres eran mayoría y ellas no querían aventuras y prefirieron el taxi. Como nos dijo una vez Olga, la guía “A mí no me gustan las votaciones, porque siempre gana Putin”. Pues eso. Y aquí también se demostró que los argentinos están acostumbrados al regateo, porque una de ellas, tras varios intentos, consiguió dos taxis que nos acercaron al hotel, que estaba bastante alejado, por 600 rublos cada taxi (unos 7 euros). Como la Galería estaba cerca de la Perspectiva Nevski, la volvimos a recorrer y volvimos a recrearnos, pues tanto los edificios como su iluminación nunca dejan de sorprender.

192-sanpetersburgo-2018

En el hotel dejé a Carmen en el restaurante y yo me subí, después de coger un yogur y una botella de agua, a la habitación. Otro día a dieta.

La última jornada fue muy intensa, demasiado, diría yo. Menos mal que esta vez el tiempo nos acompañó y pudimos disfrutar sin paraguas. Por la mañana, visita al Palacio Peterhof, en pleno golfo de Finlandia, a unos 30 km de San Petersburgo. El viaje de ida lo hicimos en autobús y el de vuelta en un barco rápido que tardó poco más de media hora en acercarnos a uno de los muelles que estaban cerca de nuestro hotel. El conjunto del palacio y de los jardines es Patrimonio de la Humanidad y no me extraña, porque es realmente extraordinario y si alguna vez vais a San Petersburgo no dejéis de visitarlo. A este palacio le pasó lo mismo que al de Pavlovsk, también fue casi derruido por los alemanes y reconstruido piedra a piedra por los rusos (los alemanes no son precisamente amiguitos de los rusos, como podréis ver). Peterhof es otra muestra del estilo barroco que tanto gusta por estos lares, mucho pan de oro, mucha rocalla, muchas florituras, muchas salas parecidas a las de Versalles (no en balde llaman a este palacio el Versalles ruso), muebles valiosos, espejos, lámparas…

255-sanpetersburgo-2018

214-sanpetersburgo-2018219-sanpetersburgo-2018224-sanpetersburgo-2018

240-sanpetersburgo-2018

Pero lo que más llama la atención son los jardines y las fuentes, sobre todo estas últimas, ya que conforman, según comentó Olga, el complejo de fuentes más grandes del mundo, con una extensión de más de 100 hectáreas.

229-sanpetersburgo-2018232-sanpetersburgo-2018235-sanpetersburgo-2018237-sanpetersburgo-2018

Después de un paseo agradable, por fin, por los jardines, admirando la variedad y cantidad de fuentes, el regreso en barco nos permitió contemplar San Petersburgo de lejos, con la imponente Torre Gazprom o Lakhta Center, el rascacielos más alto de Europa, y el futurista estadio de fútbol del Zenith, actualmente el mejor equipo de Rusia, construido para el recientemente celebrado campeonato del mundo de fútbol. La comida fue en un restaurante típico ucraniano y esta vez me atreví con una sopa.

264-sanpetersburgo-2018

266-sanpetersburgo-2018

Y por la tarde, la traca final, que nos supo a poco: El Hermitage. Había leído y visto mucho sobre este museo, uno de los mejores y más visitados del mundo, pero la realidad superó a las expectativas. En realidad, el museo consta de cinco grandes edificios unidos entre sí, aunque el principal y más conocido es el Palacio de Invierno. Desde la majestuosa escalera que permite acceder a la primera planta, a las grandes salas, cuadros, esculturas, decoración… Hubiera sido una auténtica gozada sin los millones de asiáticos que pululaban por pasillos y salas, impidiendo ver los cuadros. Sólo estuvimos un par de horas, contemplando únicamente las obras más conocidas. Pero la visita al Hermitage precisa de mucho más tiempo, no sólo por las obras de arte que alberga, sino también por la belleza del palacio en sí, porque techos, paredes, lámparas, todo, constituyen también una obra de arte.

268-sanpetersburgo-2018270-sanpetersburgo-2018271-sanpetersburgo-2018280-sanpetersburgo-2018284-sanpetersburgo-2018288-sanpetersburgo-2018307-sanpetersburgo-2018

Salimos del museo mareados y abrumados por tanta belleza (me acordé del síndrome de Stendhal porque a punto estuve de padecerlo, quizás también influido por mi estado físico), comentando todo lo que habíamos visto, lamentando la dificultad para verlo con tranquilidad y prometiéndonos volver para seguir admirando todo lo que encierra en su interior.

310-sanpetersburgo-2018

Con pena nos montamos en el autobús, porque con esta visita habíamos terminado realmente el viaje. Sólo nos quedaba regresar al hotel, hacer las maletas, comer algo, yo tomando líquidos, naturalmente porque no quería arriesgarme a que en el viaje de vuelta montara un número en los aviones, e intentar descansar un poco porque, aunque la salida de nuestro avión (recuerdo: San Petersburgo-Munich-Madrid-Sevilla) era a las 5,45 de la madrugada, nos venían a recoger al hotel a las 2,45. Yo fui capaz de dormir un par de horas, que me sentaron muy bien.

Nada reseñable que decir del viaje de regreso, sólo la pesadez de los aeropuertos y estaciones, así que hasta la próxima.

Viaje a Rusia (II): Moscú

El viaje de ida. De Sevilla a Domodedovo

Como dije en la introducción, cualquier viaje necesita de anécdotas, de complicaciones, de situaciones difíciles (siempre dentro de un orden, claro), que son la salsa, el condimento indispensable para que el conjunto final sea inolvidable y sobresalga de otras experiencias viajeras. Por ejemplo, en el viaje a Nueva York nunca se nos olvidarán los prolegómenos, la angustia de no saber, unos días antes, si lo podríamos realizar porque la agencia de viajes no nos confirmaba uno de los traslados y todo estaba en el aire, la madre de Manoli se cayó, se rompió la cadera y la tuvieron que operar, Juan Estaban, con una medio pulmonía que no terminaba de curarse, yo con gastroenteritis aguda y perdiendo kilos sin parar… Sin embargo, todo se solucionó y el viaje fue un completo éxito.

Pues este viaje a Rusia también tiene sus anécdotas. Pasaré por alto las inclemencias meteorológicas (nada importantes teniendo en cuenta que el país tiene fama de frío y lluvioso fuera del verano) o el criminal horario de los viajes (en la ida, salir de Sevilla en AVE a las 6,45 de la mañana y llegar a Moscú a las 23,50, o sea, 17 horas, casi como si fuéramos a Australia y en la vuelta, salir del hotel de San Petersburgo a las 2,30 de la madrugada para llegar a Sevilla a las 15,10) que me temo fue una mala planificación por parte de la agencia de viajes y también por mi parte, que no eché mucha cuenta y me conformé con lo que me presentaron.

La primera anécdota ocurrió nada más pisar suelo ruso, en el aeropuerto Domodedovo de Moscú, uno de los tres aeropuertos internacionales que tiene esta ciudad. Resulta que es el más alejado, a más de 40 km y desde el que se tarda más tiempo en llegar al centro de Moscú. Nada más recoger las maletas, nos dirigimos a la salida, esperando encontrar al conductor que, con nuestros nombres en un cartel, nos llevaría hasta el hotel. Había unos diez o doce carteles, pero en ninguno figuraba nuestro nombre ni el de la agencia de viajes. Nos dedicamos a recorrer la gran sala, por si se hubiera despistado, pero no había ni rastro. Y aquí empezaron las elucubraciones: doce de la noche, no saber hablar ni ruso ni inglés, tirados en un aeropuerto desconocido, en un país desconocido, sin otros viajeros que nos acompañaran… La sala comenzó a vaciarse y ya sólo quedábamos seis o siete personas. No suelo ponerme nervioso, pero la situación amenazaba con derivar en un ataque de nervios. Ya estaba a punto de llamar a un teléfono que la agencia de viajes me había dado para caso de emergencias (y aquella, a fe mía que lo estaba pareciendo), cuando vemos aparecer corriendo a un hombre joven, bajo y musculoso, con una camiseta negra y el pelo cortado casi al cero, con un pequeño cartel que levantaba y en el que podía leerse C.Lobo +1, por lo que deduje, aliviado, que se refería a nosotros (mi mujer se llama Carmen Vázquez Lobo y yo lógicamente, era el +1). Nos dirigimos hacia él hablándole en castellano y por señas y comprendió, porque para eso los españoles sabemos comunicarnos perfectamente sin saber idiomas, que éramos sus clientes. Agarró una de las maletas y sin decir ni una palabra dio media vuelta y salió de la terminal, atravesó varios aparcamientos a toda velocidad mientras hablaba por teléfono y llegó a un coche negro, un Toyota híbrido con buena pinta. Nosotros íbamos detrás casi sin aliento y procurando no perderlo de vista. Sin dejar de hablar por teléfono en ruso, metió el equipaje en el maletero, nos indicó que subiéramos a los asientos de atrás y arrancó.

El coche salió del aeropuerto y se metió en una autopista mal iluminada, con poco tráfico y fueron pasando los minutos. No se veía absolutamente nada a un lado y a otro de la carretera. De vez en cuando se adivinaba algún edificio. El hombre, con el manos libres, llamaba o recibía llamadas y seguía comunicándose con alguien. Aquello pintaba mal: ¿habríamos sido secuestrados por la mafia rusa y pedirían un rescate por nosotros? ¿Estaría hablando con sus camaradas para robarnos y dejarnos tirados en algún arcén apartado? Carmen me miraba asustada y yo fingía estar tranquilo, aunque en el fondo no las tenía todas conmigo. ¿Y si C.Lobo +1 no éramos nosotros y el auténtico conductor estaba esperándonos en el aeropuerto? ¿Y si los del hotel estuvieran compinchados con el conductor y todo formara parte de un plan perfectamente organizado? Mientras mi nerviosismo iba incrementándose, esperando que en cualquier momento el ruso saliera de la autopista y nos metiera en una carretera secundaria, comprobé con cierto alivio que iban apareciendo cada vez más edificios iluminados, que la circulación se iba incrementando y que el conductor había dejado de hablar por teléfono y miraba cada vez con más insistencia la pantalla del GPS que tenía delante.

Las primeras barriadas periféricas de lo que yo ya podía asegurar que era Moscú fueron apareciendo. Carmen y yo nos miramos y pudimos empezar a hablar con cierta tranquilidad, porque hasta ese momento habíamos permanecido en silencio, sumidos en las más negras elucubraciones. En determinado momento, cuando ya llevábamos más de media hora de viaje, salimos de la autopista y empezamos a circular por grandes avenidas, bien iluminadas y con un tráfico bastante denso para la hora que era. A lo lejos observamos un grupo de rascacielos que yo había visto en televisión cientos de veces y que están situados en la barriada financiera de Moscú.

027-moscu-2018

A partir de ese instante sabía que no tendríamos problemas. Y así fue, ya que unos diez minutos después llegamos al hotel, el Renaissance Monarch Centre, un excelente hotel en el que nos alojamos tres noches. Sin decir palabra, el conductor entró con las dos maletas grandes en el vestíbulo del hotel, saludó a una mujer joven que le estaba esperando con un cartel de la mayorista de viajes GoingRussia, la que nos acompañaría a lo largo de toda nuestra estancia en las dos ciudades, y con un simple apretón de manos se despidió de nosotros y desapareció rápidamente. La muchacha, en perfecto castellano, nos saludó y fue con nosotros hasta la recepción, donde entregamos la documentación, y nos indicó que, a las nueve de la mañana, allí mismo, se celebraría la reunión informativa con la guía que nos acompañaría en Moscú. Por cierto, allí conocimos a nuestros primeros compañeros de viaje, una pareja que vive en Alicante aunque son de Albacete. Por fin contactamos con compatriotas y pudimos relajarnos definitivamente. Subimos a la habitación, muy grande y muy bien equipada y, cerca de las dos de la madrugada, nos quedamos dormidos. Para ser el primer día, la experiencia no había estado mal.

Tres días en Moscú

Después de desayunar con un buffet de bastante calidad y muy abundante, nos dirigimos al vestíbulo donde ya había unas treinta personas, todas hablando castellano pero con acentos muy diferentes, pues además de catalanes, mallorquines, madrileños y de otras partes de España, había una buena representación de argentinos, uruguayos, salvadoreños y mexicanos (dos chicas jóvenes mexicanas, Paulina y Daniela, con las que congeniamos mucho). Además, había también cinco o seis portugueses que formaron parte del grupo durante todo el viaje, aunque en San Petersburgo se alojaron en otro hotel.

La guía, una mujer joven típicamente rusa, o por lo menos a mí me lo pareció, era grande, robusta, rubia, sonriente, y se llamaba Anastasia. Y cuando subimos al autobús nos presentó al conductor, Vladimir. Con esos nombres, más no se podía pedir para empezar nuestro viaje por Moscú. Sólo faltaba algún miembro de la KGB para completar el cuadro, aunque, ¿pudiera ser que Anastasia o Vladimir fueran de la KGB o como se conoce actualmente, la FSB? Nunca lo pudimos averiguar, pero por si acaso procuramos no decir ni hacer nada sospechoso.

Primero realizamos una visita panorámica en la que pudimos apreciar, además de grandes edificios y amplias avenidas, que Moscú tiene muchas zonas verdes, muchos parques. Después de recorrer la Plaza Roja, con el Kremlin (que visitaríamos al día siguiente), los Almacenes Gum (la encarnación del capitalismo más puro en uno de los lugares más emblemáticos del comunismo), donde entramos a admirar la arquitectura de pasillos y puentes y las exclusivas tiendas, además de tomarnos un café en la cafetería Bosco (donde nos rascaron 1200 rublos, unos 15 euros, por dos cafés y una botella pequeña de agua), las Iglesias de San Basilio y de Kazán, en lsa que también entraríamos al día siguiente, el mausoleo de Lenin (en el que no entramos porque había que hacer una cola de más de tres horas), seguimos con el autobús hasta el parque Victoria. Allí se encuentra el Museo de la Gran Guerra Patria, como allí denominan a la Segunda Guerra Mundial, así como un gran obelisco lleno de simbolismos guerreros como la estatua de la diosa Nike o un santo alanceando un dragón. Ya he dicho que si hay algo que caracterice a este pueblo es la exaltación de sus victorias, sobre todo contra los franceses y contra los alemanes, que repiten y conmemoran continuamente.

015-moscu-2018

013-moscu-2018

097-moscu-2018

059-moscu-2018

022-moscu-2018

Después nos llevaron a una tienda para que comprásemos los típicos recuerdos (matrioskas, ámbar, camisetas, gorros, etc.) donde nos recibieron con vasos de vodka, que alegraron el ánimo y nos predispusieron para gastarnos los ahorros. Sobre las dos de la tarde nos llevaron a un céntrico restaurante donde iniciamos las relaciones con nuestros compañeros de viaje. Siempre se ha dicho que las comidas son una buena manera de conocer a las personas, de establecer relaciones, de cerrar acuerdos. También en esta ocasión se demostró, ya que nos sentamos a comer con Paulina y Daniela, dos jóvenes amigas mexicanas que nos contaron su viaje desde México DF hasta Rusia y que después continuarán por otras ciudades europeas. Pudimos comprobar que casi todos los turistas que provienen de América aprovechan para conocer diferentes países, lo que es lógico dadas las distancias; realizar un viaje de tantas horas para estar sólo una semana en uno o dos lugares no merece la pena. En otras comidas conocimos a varias parejas argentinas que nos hablaron de los problemas que acucian actualmente a su país; unos apoyaban a Macri y otros a Cristina Kirchner, unos eran de Boca, otros de River y alguno de Independiente. Y todos, casi sin excepción, de Messi y del Barça, qué se le va a hacer.

Terminamos el primer día, por la tarde, en otra visita obligada, el metro de Moscú. Es un auténtico espectáculo, un museo subterráneo que tendría que dejar boquiabiertos a los moscovitas cuando se inauguró a mediados de los años treinta del siglo XX y que nos sigue admirando a los foráneos. Recorrimos varias líneas y nos bajamos en cinco o seis estaciones, cada una de ellas semejante a un museo de pintura o de escultura. Imprescindible. Y sobre todo, a pesar de los caracteres cirílicos, relativamente fácil de manejar.

034-moscu-2018042-moscu-2018

El día 14 de septiembre amaneció espléndido, con un cielo azul inmaculado y una temperatura muy agradable. Visitamos el Templo de Cristo Salvador, una perfecta recreación del edificio original, que fue demolido en 1931 y que comenzó a ser reconstruido en 1995. Es una iglesia cuyas cúpulas doradas pueden verse desde casi toda la ciudad y que alberga preciosos iconos, retablos, cuadros murales y bóvedas que compiten en belleza con cualquier catedral occidental. Desde allí, en autobús, nos acercamos hasta el Kremlin, en el que entramos alrededor de las doce de la mañana. Miles de chinos (o coreanos, que no soy capaz de distinguirlos) haciendo cola, empujando, gritando como posesos. Acostumbrado a la educación japonesa, es difícil reconocer en ellos la tan renombrada cortesía oriental. Los europeos en general y los hispanohablantes en particular parecíamos monjas ursulinas a su lado. La misma guía se indignó varias veces por los modales, mejor dicho, por la falta de modales de los mencionados chinos. Y así a lo largo de todo el viaje.

066-moscu-2018

El Kremlin me decepcionó. Primero tuvimos que pasar una serie de controles exhaustivos. Y después, aunque no esperaba que nos dejaran entrar en las dependencias, sólo pudimos pasear, y de forma muy limitada, por los espacios que separan los edificios. Y todo ello sin salirnos de unas líneas marcadas en el suelo, porque siempre había algún guardia que rápidamente llamaba la atención. Pasamos al lado del cañón y de la campana más grandes del mundo (lo dicho, todo lo tienen más grande, con perdón) y para finalizar entramos en dos de las cinco catedrales que hay en el Kremlin: la de la Anunciación (o de la Dormición, como la llaman ellos) y la del Arcángel, que por su belleza hacen que merezca la pena la visita al Kremlin. Tanto por dentro como por fuera llama la atención la riqueza y la exuberante decoración, llena de dorados y de iconos bizantinos. Nos dimos cuenta, y la guía nos lo confirmó, que el pueblo ruso es, en general, muy religioso y la iglesia ortodoxa tiene bastante poder e influencia. Los años de la revolución soviética no lograron impedir que la tradición religiosa se olvidara en un pueblo que durante siglos observó con devoción los preceptos de su religión.

084-moscu-2018088-moscu-2018089-moscu-2018

115-moscu-2018

Al salir, aprovechamos que teníamos una hora libre para visitar el interior de la iglesia de San Basilio. Por fuera parece una tarta de colores y por dentro es todavía más curiosa, pues está formada por una serie de iglesias o capillas más pequeñas unidas por estrechos pasillos, como un pequeño laberinto decorado no con tanta riqueza como las iglesias del Kremlin, pero sí con mucho gusto y la típica ornamentación ortodoxa.

099-moscu-2018

070-moscu-2018

Por la tarde visitamos un museo del que nunca había oído hablar, el museo o galería Tretyakov, un rico comerciante ruso que se dedicó a coleccionar obras de arte, principalmente pinturas de artistas rusos de los siglos XVIII y XIX. Aunque no llega a la calidad de la mayor parte de los museos de pintura occidentales, tiene algunas obras de notable valor artístico y que, en general, nos gustaron.

092-moscu-2018

Finalizó nuestra estancia en Moscú el día sábado día 15. Cargamos las maletas en el autobús, pues por la tarde saldríamos hacia San Petersburgo y nos dirigimos hacia Sergiev Posad, un pueblo situado a unos 70 km. donde se encuentra el monasterio de la Trinidad y de San Sergio, el centro espiritual de la iglesia ortodoxa rusa, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Tardamos cerca de dos horas en llegar pues había muchísimo tráfico. Según parece, a los moscovitas les gusta salir los fines de semana, muchos de ellos a sus dachas o casas de campo familiares.

La verdad es que merece la pena esta visita, pues aunque ya estábamos un poco cansados del número de iglesias que habíamos visto, este conjunto monumental sobresale, no sólo por el contenido de las mismas, sino por la gran cantidad y variedad de peregrinos que, venidos de toda Rusia, pasaban mucho tiempo para rezar a sus vírgenes y santos. Casi todas las mujeres llevaban un velo que les tapaba la cabeza, encendían y colocaban velas en lugares destinados a ello y escribían sus peticiones (consistentes en el nombre de las personas a quienes querían beneficiar) en pequeñas hojas que introducían en unas cajas y que después los sacerdotes, durante la misa, leían en voz alta. Por eso las misas ortodoxas, no sólo aquí sino en cualquier otra iglesia, tenían una duración de unas dos horas y media. El paseo por las instalaciones del monasterio es muy atractivo, no sólo por las iglesias, sino por los jardines y espacios que, a pesar de la gran cantidad de personas que hacíamos la visita, estaban impregnados de tranquilidad y silencio.

118-moscu-2018119-moscu-2018120-moscu-2018134-moscu-2018

Para terminar nuestra estancia en Moscú, una vez finalizada la visita a Sergiev Posad, el autobús nos llevó hasta un barrio de Moscú, Izmailovo, que para los sevillanos podría compararse a Sevilla Este. Comemos en uno de los cinco grandes hoteles (con nombres de las letras del alfabeto griego, Alfa, Beta, Delta…) que allí hay, quizás la mejor comida hasta ahora. Nada más terminar de comer nos fuimos a uno de los mercadillos más extraordinarios que conozco. No soy muy amigo de comprar en ese tipo de sitios, porque generalmente la calidad deja mucho que desear, pero sí me gusta el ambiente, los gritos de los vendedores, la variedad de productos que se venden. Pero éste supera a todos los que conozco, no sólo por los cientos de puestos en los que se puede encontrar prácticamente de todo, desde los más corrientes souvenirs hasta los más sofisticados abrigos de visón (aprovechamos para comprar casi todos los regalos que teníamos pensado llevar a nuestros hijos y a mi madre), sino porque tiene unos precios muy asequibles. Intentamos regatear, porque la guía nos había dicho que, con un poco de suerte, podríamos rebajar el precio inicial, pero apenas tuvimos suerte. Nos llamó la atención la gran cantidad de antigüedades, objetos de arte y de la antigua Unión Soviética, desde pistolas (supongo que fuera de uso) pasando por insignias, gorros, ropa militar, hasta viejas fotografías y libros de y sobre los mandatarios soviéticos.

El mercado se encuentra dentro de un recinto llamado el Kremlin de Izmailovo, una construcción amurallada en la que hay edificios de madera pintada con cúpulas encebolladas, torres puntiagudas, pasillos, puentes y calles que, a diferentes alturas, organizan los cientos de puestos, así como restaurantes, plazas donde se suceden actuaciones, fuentes… Y muchas bodas. Estos rusos se casan mucho y muy jóvenes, eneso no nos parecemos los españoles, que nos casamos cada vez más tarde, y aprovechan que allí se encuentra el Palacio de Bodas, que se complementa con la gran cantidad de salones donde terminar la celebración.

142-moscu-2018143-moscu-2018145-moscu-2018149-moscu-2018150-moscu-2018

Comencé a sentirme mal, con retortijones y náuseas, y tuve que salir de prisa y volver al hotel donde habíamos comido. Lo achacamos a algo que habíamos desayunado, porque había pasado muy poco tiempo de la comida para que el efecto fuera tan rápido. El autobús nos llevó otra vez a nuestro hotel, que estaba relativamente cerca de la estación. Allí se estaban celebrando otras dos bodas, o sea, una auténtica epidemia. Y allí aprendimos otra cosa de los rusos. La guía nos comentó que en lugar de gritar a los recién casados “¡que se besen, que se besen! como es costumbre en España, se dice “¡gorku, gorku!” que significa amargo, para indicar que, fuera de los besos, todo es amargo y conseguimos que, tras varios intentos y con todos los turistas gritando, los novios se besasen.

El final del día en Moscú y el viaje en el tren rápido a San Petersburgo fue casi una pesadilla. Entre los miles de chinos que también viajaban con nosotros, sus empujones y gritos, el control de equipajes, la caminata hasta nuestro vagón, que era uno de los más alejados, el continuo trasiego hasta los baños, etc., la despedida de la capital rusa no fue la más apropiada ni la deseada. Menos mal que en uno de los momentos de tranquilidad, salí a uno de los descansillos entre los vagones y tuve una charla muy animada con uno de los argentinos y un salvadoreño. Hablamos de política, tanto de la nuestra como de la suya, que está pasando por unos momentos delicados y también de fútbol, cómo no. Cuando llegamos a San Petersburgo, ya de noche cerrada, salimos sin problemas de la estación y pudimos admirar la ciudad, sus grandes avenidas iluminadas, sobre todo la Perspectiva Nevski, de más de cuatro kilómetros que recorrimos prácticamente en su totalidad y la gran cantidad de plazas, canales y puentes que recorreríamos en los próximos días. A pesar del mal cuerpo, la visión me reconfortó y cuando llegamos al hotel, céntrico y no demasiado alejado del Palacio de Invierno, mi humor había cambiado y esperaba que los próximos días mejorara mi salud.

Viaje a Rusia (I): Introducción

¿No avanzas tú, Rusia, como una troika a la que nadie puede dar alcance? Se alzan nubes de polvo por donde tú pasas, retiemblan los puentes y todo lo dejas atrás. El espectador se detiene pasmado por ese milagro de Dios. ¿No es un rayo que cayó del cielo? ¿Qué significa ese terrorífico movimiento? ¿Qué ignorada fuerza encierran para el mundo esos desconocidos corceles? Ah, corcelas, corceles. ¿Lleváis un torbellino en vuestras crines? ¿Lleváis un sensible oído en cada una de vuestras fibras? Oyen la familiar canción que les llega de arriba, ponen en tensión al unísono los pechos de bronce y, casi sin rozar el suelo en los cascos, convertidos en una alargada línea, vuelan por el aire y avanza la troika impulsada por el hálito divino… ¿Adónde vas, Rusia? Responde. No contesta. Se oye el portentoso son de la campanilla. Resuena y se convierte en viento el aire rasgado a su paso. Pasa de largo todo cuanto hay en la tierra, miran, se apartan y le ceden el camino otros pueblos y naciones.

Almas muertas. Nicolai Gogol

064-moscu-2018

 

Antes de emprender un viaje suelo informarme bien sobre los países y las ciudades que visito. No sólo el clima, los monumentos, los transportes, los museos, los horarios, las calles o los restaurantes, sino también cómo son las costumbres habituales: si se saluda dando la mano, dando uno o dos besos, sonriendo o con una reverencia; de qué se puede y no se puede hablar, qué está prohibido o se considera de mal gusto, qué está bien visto… Es una costumbre que todos los turistas o los viajeros deberían tener porque así se evitan sorpresas y situaciones desagradables y facilitan el contacto con los ciudadanos nativos; nunca se sabe cuándo y cómo los necesitaremos; no hay cosa que más me moleste que los que nos visitan me miren como a un bicho raro, como si fuera un espécimen a estudiar con una lupa o bajo un microscopio.

Las tradiciones, la historia y la cultura conforman una malla en la personalidad de los ciudadanos de un país que suele diferenciarlos de cualquier otro. Aunque se habla mucho de globalización, y es verdad que cada vez nos parecemos más gracias o por desgracia, depende, a Internet y a todas las tecnologías que nos permiten reconocernos en el metro de París o en una aldea de la Patagonia, cada pueblo tiene una idiosincrasia que proviene de siglos de educación, de repetición de usos y costumbres, de ver en nuestra familia y a nuestro alrededor gestos o frases que nos han ido moldeando. Hablar a gritos o en susurros, comer o andar de una determinada manera, pedir las cosas por favor o mediante órdenes, querer destacar o pasar desapercibido, preferir la soledad o la compañía, etc., son características que suelen explicar la procedencia de unos y otros. Siempre hay excepciones, siempre nos podemos equivocar, a veces se han creado imágenes falsas de determinados países y de sus habitantes. Por eso es bueno, yo diría que imprescindible, viajar para comprobar si es cierto lo que se cuenta y para relativizar los conceptos. Y también para comparar, para saber si lo nuestro es tan bueno o mejorable y si las típicas frases “en España se vive mejor que en ningún lado” o “la mejor comida es la española” o al revés, “los españoles no tenemos ni educación ni cultura” tienen algún sentido.

Además de las recomendaciones que realiza el Ministerio de Asuntos Exteriores, suelo leer diferentes guías de viaje como la de Civitatis o Lonelyplanet , opiniones en blogs de viajeros y blogs de nativos del país que voy a visitar para conocer de manera más precisa aquello que nos vamos a encontrar, como por ejemplo el blog del bloguero ruso Raymond Saint que dice, entre otras cosas en Rusia resulta peligroso sonreír a personas desconocidas en la calle. La ‘sonrisa americana’ se considera falsa y da rabia a los rusos. Una cara sombría provoca más confianza porque revela los apuros cotidianos que sufre todo el mundo o también en Rusia no es peligroso pasear por las calles y la idea generalizada de que es un país inseguro no es más que un mito. O sea, hay que ir siempre serio por la calle, no vaya a ser que los rusos se enfaden, y podemos dar un paseo por los alrededores del hotel si no tenemos sueño, aunque sean las tres de la madrugada. Preguntaremos allí a los guías y en el hotel, no sea que el bloguero ruso se haya reído de todo el mundo y a ver quién le pide responsabilidades después.

077-moscu-2018

Una vez leído todo lo anterior, de haber releído a Tolstoi y Dostoievsk  y después de hablar con algunos amigos que ya visitaron Moscú y San Petersburgo, puedo hacerme una idea bastante aproximada de lo que me voy a encontrar. Pero sé que todo es muy subjetivo, que las opiniones varían en función de las experiencias previas, de la agencia de viajes contratada, de los hoteles elegidos, de las excursiones realizadas, de la época del año, de si los que visitaron y te hablan del país lo hicieron hace mucho o hace poco tiempo. Total que, aunque ya sé mucho, temo que tampoco sé demasiado.

Carmen, mi mujer, y yo tenemos un grave hándicap: apenas sabemos hablar inglés. Cuando yo estudiaba bachillerato el idioma que ofrecían casi exclusivamente en los institutos era el francés y sólo unos pocos años después de terminar esos estudios fue cuando comenzó a generalizarse el inglés. Reconozco que he empezado algunos cursos, que fui un año a la escuela de idiomas en La Coruña, que me gusta la música en inglés, que me he propuesto muchas veces aprender ese idioma que es casi imprescindible para viajar…, pero es inútil. Me pasa lo mismo que con la bicicleta, no aprendí a montar de pequeño, fue pasando el tiempo y ahora me da vergüenza y algo de reparo aprender. Sé que si me lo propongo puedo adquirir un nivel que me permita defenderme, por lo menos para lo más básico, pero lo voy dejando por pereza o porque surgen nuevas actividades que me ilusionan más. Y así estamos a día de hoy (como diría mi hijo Santiago: Nota mental, aprender inglés ¡¡¡YA!!!)

Total, que como no tenemos ni idea de inglés y menos de ruso, nos dio miedo organizar el viaje por nuestra cuenta como hemos hecho otras veces y nos dirigimos a una agencia de viajes. Resultado: todo es más cómodo, más caro, menos flexible y mucho menos divertido. Aunque no me gusta dejar demasiado a la improvisación, siempre es conveniente dar algo de margen a las pequeñas aventuras, esas que, al final, suelen ser el aderezo imprescindible de cualquier viaje. Así que, después de pedir varios presupuestos y analizar diferentes propuestas, elegimos una agencia que está muy cerca de casa y que al final, era la que ofrecía la mejor relación calidad-precio.

Primero decidimos las fechas, del 12 al 19 de septiembre. Este mes es uno de los mejores para viajar a casi cualquier país en general y a Rusia en particular, sobre todo por el clima. Por cierto, en Rusia, según nos comentaron las guías, el otoño comienza el 1 de septiembre; además de los caracteres cirílicos y de otras costumbres curiosas que iremos explicando, a los rusos les encanta, por lo que se ve, diferenciarse de los demás. Y sobre todo, decir continuamente que son los mejores, los más fuertes, los más orgullosos de su historia, de sus victorias. En ese sentido tenemos mucho que aprender, porque pocos pueblos habrá tan acomplejados por la historia propia que los españoles, continuamente estamos despotricando contra hechos que en la mayor parte de los países serían fuente de orgullo, de conmemoraciones. A lo largo de todo el viaje nos encontramos estatuas y monumentos que recordaban, por ejemplo, las victorias contra Napoleón o contra los nazis alemanes. Las dos guías que nos acompañaron durante el viaje ensalzaban continuamente esos hechos históricos. Y los españoles que íbamos en el grupo nos mirábamos y comentábamos entre nosotros la necesidad de ese pueblo por demostrar su fortaleza ante los demás y el silencio de los españoles, que solemos pasar de puntillas por nuestra historia.

Y, sin embargo, el pueblo ruso y el español no son tan diferentes como dijo en su día Miguel de Unamuno: “Me interesa mucho en Rusia todo lo ruso, todo lo tradicional, lo menos cosmopolita. Yo siempre estuve convencido de que existen analogías indudables entre los caracteres español y ruso: la misma actitud hacia la vida, la religiosidad de las masas y los impulsos místicos de los elegidos. Incluso la doctrina de León Tolstoi nos es mucho más cercana que a Francia o Italia, países latinizados y demasiado paganos”. Eso se nota, entre otras cosas, por la enorme admiración y el conocimiento que los rusos tienen de D. Quijote. Me atrevería a decir que ellos lo conocen mejor que nosotros y que lo quieren más. D. Quijote y Sancho son dos personajes con los que se sienten identificados, les fascina su actitud, su desprendimiento, su gallardía, su búsqueda de la libertad. Lo leen en las escuelas y luego en sus casas. Y nosotros, pues ya se sabe, me temo que hay un porcentaje muy grande de la población que sólo lo conoce por los dibujos animados.

Termino esta introducción con consejos más prácticos y que pueden ayudar a facilitar el viaje:

  • Tramitad con mucha antelación el visado para entrar en Rusia, que ya sabéis que es absolutamente obligatorio. Es muy pesado el papeleo y tarda alrededor de un mes, como mínimo. Y, sobre todo, comprobad que los datos sean totalmente correctos; cualquier error en el nombre puede conllevar que no os dejen entrar. Son muy estrictos en ese aspecto.
  • Elegir un buen seguro médico. Además de que no puedes entrar en Rusia sin él, te puede evitar disgustos.
  • Aunque nosotros estuvimos tres días completos en cada ciudad, es recomendable estar como mínimo cuatro días en cada una. Aún así, os quedarán muchas cosas por ver.
  • En cualquier época del año, sobre todo si no es en verano, llévate ropa de abrigo, ya que hace bastante más frío que en España, especialmente por la noche.
  • No es preciso llevarse dinero ruso, rublos, ya que casi todo se puede pagar con tarjeta de crédito. Además, en casi todos los hoteles hay máquinas que cambian dólares o euros a rublos. Yo saqué dinero en un cajero automático sin problemas y el cambio es prácticamente igual al oficial. De todas formas, en la siguiente entrada hallaréis consejos sobre dónde es mejor realizar el cambio: ¿Dónde es mejor cambiar moneda extranjera?

Y encontraréis más consejos en el siguiente enlace:

Consejos para viajar a Rusia, especialmente a Moscú y San Petersburgo.

Imagen relacionada

Viaje a La Manga (y IV)

Sexto día. 5 de abril

Hoy nos hemos dado una paliza de autobús. La Manga está muy bien aunque aburrida en esta época, el hotel es bueno, las comidas abundantes, variadas y de calidad, pero la situación para poder recorrer Murcia no es la más adecuada ya que está en un extremo de la provincia y las ciudades y pueblos más importantes están muy alejados. Si uno quiere descansar y desconectar, pues bueno, puede elegir La Manga, pero como quiera conocer la Comunidad mejor que elija otro lugar.

La segunda excursión que hemos programado con Mundiplan es a Caravaca de la Cruz y al Santuario de la Virgen de la Esperanza en Calasparra. Hasta Caravaca hay una hora y media de viaje en autobús, unos 135 kilómetros. Como salimos sobre las nueve de la mañana llegamos allí a las diez y media aproximadamente. Aunque las carreteras son buenas, no deja de ser un viaje pesado. El autobús nos deja en el restaurante donde comeremos a mediodía. Desde allí vamos dando un paseo por el pueblo hasta llegar al Museo de los caballos del vino, situado en una casa-palacio del siglo XVIII. En diferentes salas, mediante una visita guiada, se puede ver todo lo relativo a esta fiesta que se celebra el 2 de mayo y que gira en torno a la importancia del caballo y que culmina con la carrera en la que diferentes peñas rivalizan para recorrer en el menor tiempo posible la cuesta del castillo. Los caballos están cubiertos con mantos bordados durante el año y cuatro mozos se agarran a los lados y corren a la par. El caballo queda eliminado si alguno de los mozos se suelta. Aunque no he visto la celebración en directo las imágenes de la carrera son realmente espectaculares.

Después nos dirigimos por el mismo camino por el que discurre la carrera al Santuario de la Vera Cruz, una cuesta bastante empinada. Mucha gente, no sólo los que vamos de excursión se acerca a la Basílica en peregrinación para besar la pequeña cruz en la que se encuentra el Lignum Crucis, es decir, un fragmento de la cruz en la que Jesucristo fue crucificado. Tanto el interior de la Basílica, sobre todo el presbiterio, como la portada, que asemeja a un retablo barroco, son dignos de resaltar. A continuación visitamos el Museo de la Vera Cruz, adosado al Santuario, donde se encuentra la Custodia de la Cruz, una pieza de gran valor ornamental.

Después del almuerzo volvemos al autobús y, por una carretera estrecha y con muchas curvas nos acercamos al Santuario de la Virgen de la Esperanza, en Calasparra. El Santuario está situado en una gruta excavada en la Roca y en él se encuentran dos imágenes de la Virgen: La Pequeñica y La Grande. Subimos hasta el camerino de La Grande y podemos contemplar las joyas y los mantos de la Virgen. El río Segura, que en este lugar lleva bastante caudal, corre a pocos metros, entre una abundante vegetación que contrasta con la sequedad con la que nos encontramos generalmente en Murcia. La verdad es que tanto el Santuario como el entorno merecen la pena visitarse. Regresamos por una carretera diferente, pero el paisaje sigue siendo casi el mismo: tierras calizas y arcillosas, escasa vegetación, muy poca agua, y la poca que hay es la que vemos en el trasvase del Tajo-Segura y muchas huertas. Es admirable la capacidad de estas gentes de cultivar la tierra sin apenas agua. No me puedo imaginar lo que harían si lloviera un poco más lo que, por cierto, no ocurrió ni una sola vez en los diez días que estuvimos por aquí mientras que en el resto de España las borrascas regaban prácticamente a todas las provincias.

DSC_0478

20180405_153145

20180405_122853

DSC_0485

20180405_125508

20180405_16421720180405_164240

Séptimo día. 6 de abril

Hoy visitamos Lorca, tercera ciudad en importancia de la región, tras Murcia y Cartagena. Si ayer llegamos bastante cansados de la excursión a Caravaca de la Cruz y Calasparra hoy no nos podemos quejar, pues tanto el viaje en autobús como el recorrido por la ciudad y el castillo han sido bastante más tranquilos. José Luis y Magdalena no han venido porque ellos ya habían parado en Lorca cuando vinieron a La Manga y, además, habían dormido en el Parador, que se encuentra dentro del recinto del castillo.

El autobús nos deja muy cerca del Centro de Atención al Visitante de Lorca, donde nos dejan un plano de la ciudad, nos explican que es el segundo término municipal más extenso, tras Cáceres, y comenzamos la visita. Primero nos detenemos en una de las puertas de la antigua muralla que cerraba la ciudad medieval y que bajaba desde el castillo. Callejeando, entre numerosos edificios en los que se observan todavía los estragos del terremoto de 2011, llegamos hasta la Plaza de España, donde se encuentran el Ayuntamiento y la iglesia ex-colegiata de San Patricio, en la que entramos y deambulamos por ella mientras la guía nos explica los puntos de mayor interés. Al salir nos detenemos delante del Imafronte, la fachada principal y uno de los elementos más destacados de la iglesia. En una esquina de la plaza nos encontramos también el Palacio del Corregidor y las Salas Capitulares, lo que hace que el conjunto de la plaza sea realmente extraordinario y una de las plazas más bonitas que conozco.

Como la guía nos deja un poco de tiempo libre, mientras Carmen y Manoli se quedan comprando en los alrededores de la plaza, Juan Esteban y yo andamos un poco y nos dirigimos a la Calle Mayor, una de las principales vías de la ciudad. Allí preguntamos a varias personas donde podemos comprar los dulces más famosos de Lorca, las yemas. Nos recomiendan una pastelería en esa calle y compramos de dos tipos: las tradicionales de caramelo y unas de ron que nos dan a probar y, por supuesto, caemos en la tentación.

Regresamos al punto de encuentro, el Museo de Bordados del Paso Blanco (MUBBLA). Aquí debo mencionar una de las tradiciones más famosas de Lorca, las procesiones de Semana Santa, que se realizan el Viernes de Dolores, el Domingo de Ramos, el Jueves Santo y el Viernes Santo. Aunque hay procesiones exclusivamente religiosas, las más conocidas son los desfiles bíblico-pasionales en los que se contemplan, a modo de los desfiles de moros y cristianos, diferentes representaciones de la Biblia y algunos personajes históricos. El pueblo hebreo, Cleopatra, cuadrigas de caballos, romanos, egipcios o etíopes se entremezclan con imágenes religiosas. Había visto algunos reportajes en la televisión, pero ver los bordados y las imágenes en el MUBBLA, ubicado en el antiguo convento de Santo Domingo, realmente es espectacular. El trabajo artesano de las bordadoras o la riqueza de las imágenes es de las cosas que más nos han gustado. Después de una hora de visita callejeamos un poco por Lorca, comprobando que es una ciudad monumental, con grandes palacios e iglesias.

Después de comer subimos al Castillo de Lorca por una carretera sinuosa y estrecha. En el interior del castillo está el Parador de Lorca. Recorremos los diversos espacios, subimos a las almenas y a una de las torres, concretamente la Torre del Homenaje, desde donde podemos observar no sólo la ciudad de Lorca, sino los valles y montañas que la rodean. También entramos en la sinagoga que se encuentra dentro del castillo, quizás la mejor conservada de España. Si uno lo piensa bien, prácticamente todos los monumentos que se admiran en los viajes y a nuestro alrededor tienen que ver con la religión y con la guerra; en definitiva, con el poder y con el miedo. O sea, con el poder.

Y regreso a La Manga.

DSC_0492DSC_0493DSC_0498

20180406_16211620180406_16463820180406_173619

Días octavo, noveno y décimo. 7, 8 y 9 de abril

Voy a condensar estos tres días en unas pocas líneas porque apenas nos movimos. El sábado dimos un paseo andando hasta el Zoco, una zona comercial que está a un par de kilómetros del hotel. Mientras Juan Esteban, José Luis y yo nos quedamos tomando un café en un mesón que tenía unas mesas en un patio exterior, Carmen, Manoli y Magdalena se dedicaron a recorrer las tiendas y comprar algunos regalos. Después de casi dos horas regresamos en autobús al hotel. Por la tarde, paseo tranquilo entre los dos mares.

El domingo fuimos andando hasta el mercadillo de Cabo de Gata, más por curiosidad y por matar el tiempo que por ganas de comprar algo porque, efectivamente, nada compramos. Pero pudimos comprobar el éxito de estos mercadillos porque cientos de nacionales y extranjeros deambulaban entre los puestos entre la curiosidad y la esperanza de encontrar alguna ganga.

Y el lunes, regreso en avión, aunque José Luis y Magdalena, que llegaron un par de días más tarde, se quedaron hasta el miércoles. La verdad es que nos sobraron dos o tres días de estancia porque con seis o siete sobra para descansar y ver lo más importante. Tomamos nota para otra ocasión.

20180407_11114120180408_193202

Viaje a La Manga (III)

La_Manga_del_Mar_Menor

Cuarto día. 3 de abril

Hoy nos hemos quedado en La Manga y la hemos recorrido en autobús las tres parejas. Por la mañana, visita a Veneziola, uno de los extremos de La Manga perteneciente a Cartagena. La otra, el extremo norte, son los arenales de San Pedro del Pinatar. La verdad es que no nos gustó demasiado la mezcla de naturaleza virgen, muy poca, y las edificaciones. En este país habría que tener un debate en profundidad sobre la conservación de los espacios naturales, como sobre la educación, la sanidad, la precariedad laboral, la inmigración… No es este el lugar ni el momento por lo que no me extiendo.

Por la tarde, otra vez a Cabo de Palos, que ya nos lo conocemos bastante bien. Nada digno que reseñar en una tranquila tarde de paseo.

20180403_201101

Quinto día. 4 de abril

Hoy viajamos hasta Cartagena. Yo había leído hacía poco un libro de Santiago Posteguillo, Africanus, el hijo del cónsul, donde se relata la conquista de Qart Hadasht o Cartago Nova, la ciudad fundada por el general cartaginés Asdrúbal, por parte de Publio Cornelio Escipión, el Africano. Así que tenía muy presente la batalla y los lugares que se describen en la novela que, una vez allí, es difícil encontrar. Así, el antiguo estero o mar interior, luego laguna (Almarjal) por la que pudieron atacar los romanos ya no existe, sino que  se rellenó y se convirtió en el actual Ensanche. Quedan algunos lienzos de la antigua muralla cartaginesa y lo que sí se conserva muy bien es el teatro romano, restaurado por el arquitecto Rafael Moneo.

Después de llegar a la estación de autobuses y de conseguir un plano de la ciudad en un cercano punto de información turística, comenzamos la visita en el Palacio de Riquelme, sede del Museo del Teatro Romano que, a través de un pasaje subterráneo, comunica con salas donde se exponen piezas halladas en las excavaciones del teatro y mediante una escalera mecánica se accede al teatro romano. Solamente por contemplarlo merece la pena visitar Cartagena. Una vez finalizada esta visita nos dirigimos al puerto y allí visitamos el Museo Nacional de Arqueología Subacuática que conserva restos relacionados con el tráfico marítimo en el Mediterráneo con materiales fenicios, cartagineses o romanos, entre otros. Destacan también los restos de los barcos fenicios de Mazarrón y de barcos romanos.

Después de comer en el puerto llegamos al cercano Museo Naval de Cartagena, donde se puede contemplar el submarino Isaac Peral y numerosas piezas relacionadas con la construcción naval, cartografía y navegación, artillería naval, etc. Y después visitamos el Ayuntamiento, un edificio modernista construido a comienzos del siglo XX que sufrió diversos daños pero que ha sido restaurado y abierto otra vez en 2006. Tras subir por una espléndida escalera imperial, la guía que enseña el ayuntamiento nos mostró la sala de plenos, el despacho del alcalde y otras dependencias.

Y después de pasear por el centro de Cartagena regresamos a la estación de autobuses pues terminamos bastante cansados y nos quedaba casi una hora de camino hasta nuestro hotel. Además, teníamos ganas de ver otra vez a nuestra querida amiga catalana con su lazo amarillo. ¿Habría más personas con banderas de España? Nuestro gozo en un pozo porque nos enteramos que esa mañana había abandonado el hotel pues había finalizado su estancia en La Manga.

20180404_12334920180404_125225

20180404_172232

20180404_181100