Viaje a Rusia (III): San Petersburgo

Como habíamos llegado demasiado tarde al hotel la noche anterior y mi cuerpo todavía estaba muy tocado por la colitis, enteritis o lo que fuera aquello, no pude dormir demasiado ni me apetecía comer, y he de decir que hasta el último día de nuestra estancia en San Petersburgo no pude disfrutar plenamente de la ciudad. Y, además, el tiempo tampoco acompañó demasiado.

El domingo 15, nuestro primer día en la ciudad, amaneció muy desapacible. Nuestra nueva guía, Olga, seguía cumpliendo los cánones de las mujeres rusas: alta, muy rubia, grande, con una cara redonda muy graciosa en la que destacaban sus ojos azules y unos dientes superiores que sobresalían un poco y que hacían que su boca pareciera estar riendo continuamente. Además, como nos demostró a lo largo de nuestra estancia, tenía un humor muy irónico y con propensión a contar chistes. Nos recibió en el vestíbulo del hotel, nos explicó la programación prevista según el tipo de viaje que tuviéramos contratado, las excursiones alternativas y una serie de recomendaciones a tener en cuenta, como el cuidado en las aglomeraciones ya que abundaban los carteristas.

Iniciamos un circuito en autobús para conocer los lugares más emblemáticos de San Petersburgo: la conocida Perspectiva Nevski (la más conocida avenida de la ciudad), plazas, palacios (pasamos por delante de algunos impresionantes, como el Palacio de Invierno, canales… Muchos los habíamos visto la noche anterior, pero de día parecía un paisaje totalmente nuevo. La pena es que la lluvia y el frío deslucían el paseo, aunque al adentrarnos en el barrio Dostoyevski parecía que nos habíamos trasladado a alguna de sus novelas y el tiempo era perfecto para retrotraernos al ambiente y a los personajes que describía en sus textos; nos bajamos para entrar en el mercado central, el mercado Kuznechny, que a pesar de ser domingo estaba abierto, aunque poco concurrido y también entramos en una iglesia que estaba celebrando una misa ortodoxa. No permanecimos mucho tiempo allí por respeto y porque, también hay que decirlo, son demasiado largas y pesadas.

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El autobús nos llevó hasta la fortaleza de Pedro y Pablo, construida en tiempos de Pedro el Grande, donde se encuentra también la catedral de San Pedro y San Pablo, con su enorme cúpula dorada,  y el Museo de Historia.

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Visitamos la catedral, en la que se encuentran las tumbas de casi todos los zares, incluidas las de la familia Romanov, cuyos restos fueron trasladados hasta aquí en 1998. Finalizada la visita a la fortaleza subimos al autobús, que continúa el recorrido por la ciudad. Pasamos al lado del crucero Aurora, hoy un buque museo, que el 25 de octubre de 1917 (en realidad, el 7 de noviembre según el calendario gregoriano), con un disparo de cañón, dio la señal para el asalto al Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares, con lo que dio comienzo la revolución bolchevique.

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Termina la visita panorámica, sigo sin encontrarme bien y no puedo comer, por lo que dejo a Carmen en el comedor y subo a la habitación. Pasadas un par de horas parece que me repongo y como la tarde ha mejorado, decidimos dar un paseo para despejarme por la avenida Macaroba. El hotel Marriot Courtyard está muy bien situado, al lado de uno de los brazos del río Neva, que desemboca en el Báltico, en el golfo de Finlandia, formando un delta. El recorrido es precioso, la tarde luminosa, apenas se veía una nube en el cielo. Llegamos a una plaza con un parque al lado del río donde varias decenas de parejas de todas las edades bailaban al son de la música que salía de un equipo que alguien había llevado. Seguramente es una costumbre que se lleva a cabo todos los domingos por la tarde. Como soy muy mal bailarín no me atrevo a bailar y Carmen me lo reprocha. Pero como tengo mala cara porque llevo un par de días con diarrea y sin comer y, sobre todo, porque el nivel de las parejas es muy alto, como si todas hubieran ido a clases de baile, no hace más comentarios. Enfrente tenemos el Palacio de Invierno, es decir, el edificio principal del Museo del Hermitage y, aunque me apetecía seguir el paseo, vemos que unas nubes amenazadoras se van acercando desde el mar, por lo que decidimos volver al hotel. Menos mal, porque nada más entrar, comenzó a llover de forma copiosa, incluso con truenos y relámpagos. Por la noche me atrevo a cenar algo porque parece que me encuentro mejor. Creo que fue un error.

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Al día siguiente el tiempo sigue frío y lluvioso. Apenas he dormido y mis visitas al baño durante la noche han sido frecuentes. San Petersburgo está siendo una tortura. Una pena porque hoy por la mañana tenemos una excursión a la ciudad de Pushkin y a Pavlovsk, el palacio de Pablo I y a los jardines de Catalina. Como todo lo que hemos visto hasta ahora, tanto el exterior como el interior son un ejemplo de por qué los rusos se rebelaron en 1917. Era imposible aguantar el despilfarro, la ostentación y la riqueza de los zares y de la nobleza rusa mientras el pueblo se moría de hambre (véase, si no, el artículo sobre Los lujosos palacios de los zares en San Petersburgo) y, encima, los habían empujado a morir en la I Guerra Mundial. Lo dicho, tuvieron mucha paciencia y aguantaron mucho.

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El palacio es realmente espectacular. Y resulta todavía más sorprendente cuando nos cuentan que en el año 1944 fue prácticamente destruido por los alemanes, que montaron allí un centro de operaciones y que, cuando tuvieron que irse por la derrota, lo incendiaron. El proceso de reconstrucción fue muy costoso, pero el resultado es magnífico. Las salas con diferentes decoraciones, estilos y obras (egipcio, italiano, griego…) proporcionan un conjunto variado pero muy armonioso. El control dentro del palacio es absoluto: tienes que ponerte unas protecciones en los zapatos para evitar rallar el suelo y siempre hay algún vigilante, generalmente mujeres, que están pendientes de que no te acerques a los objetos ni roces absolutamente nada. Cuando salimos a los jardines apenas pudimos pasear por ellos porque estaba lloviendo y era desagradable recorrerlos bajo los paraguas.

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Como teníamos la tarde libre, nuestra primera intención fue la de aprovechar para recorrer las calles y canales de San Petersburgo. Pero el tiempo seguía muy desapacible, con una lluvia continua y con frío y aunque estuvimos tentados de regresar al hotel después de comer en un restaurante a las afueras de San Petersburgo (los que pudieron comer, claro, porque yo seguía a dieta), la guía nos ofreció la alternativa de dejarnos en un conocido centro comercial, la Galería, para terminar de comprar y gastarnos los rublos que todavía teníamos. Para aquellos que le gusten las compras (yo no soy uno de ellos, por cierto) este centro, con cinco plantas y una gran cantidad de tiendas, es un auténtico paraíso. O un infierno, porque las tentaciones son demasiado grandes. Menos mal que allí también había baños, y fue una de las primeras cosas que comprobé. Durante un par de horas, recorrimos la mayor parte de la Galería y nos hicimos fotos delante de una exposición de coches americanos (si Lenin o Stalin levantaran la cabeza…). Como habíamos quedado a una hora determinada con dos parejas de argentinos y un par de mujeres mallorquinas, decidimos, tras votación, regresar en taxi (los hombres queríamos hacerlo en metro, porque nos habían dicho que, sin ser tan espectacular como el de Moscú, el metro de San Petersburgo tiene también algunas estaciones dignas de visitar). Pero no pudo ser, porque las mujeres eran mayoría y ellas no querían aventuras y prefirieron el taxi. Como nos dijo una vez Olga, la guía “A mí no me gustan las votaciones, porque siempre gana Putin”. Pues eso. Y aquí también se demostró que los argentinos están acostumbrados al regateo, porque una de ellas, tras varios intentos, consiguió dos taxis que nos acercaron al hotel, que estaba bastante alejado, por 600 rublos cada taxi (unos 7 euros). Como la Galería estaba cerca de la Perspectiva Nevski, la volvimos a recorrer y volvimos a recrearnos, pues tanto los edificios como su iluminación nunca dejan de sorprender.

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En el hotel dejé a Carmen en el restaurante y yo me subí, después de coger un yogur y una botella de agua, a la habitación. Otro día a dieta.

La última jornada fue muy intensa, demasiado, diría yo. Menos mal que esta vez el tiempo nos acompañó y pudimos disfrutar sin paraguas. Por la mañana, visita al Palacio Peterhof, en pleno golfo de Finlandia, a unos 30 km de San Petersburgo. El viaje de ida lo hicimos en autobús y el de vuelta en un barco rápido que tardó poco más de media hora en acercarnos a uno de los muelles que estaban cerca de nuestro hotel. El conjunto del palacio y de los jardines es Patrimonio de la Humanidad y no me extraña, porque es realmente extraordinario y si alguna vez vais a San Petersburgo no dejéis de visitarlo. A este palacio le pasó lo mismo que al de Pavlovsk, también fue casi derruido por los alemanes y reconstruido piedra a piedra por los rusos (los alemanes no son precisamente amiguitos de los rusos, como podréis ver). Peterhof es otra muestra del estilo barroco que tanto gusta por estos lares, mucho pan de oro, mucha rocalla, muchas florituras, muchas salas parecidas a las de Versalles (no en balde llaman a este palacio el Versalles ruso), muebles valiosos, espejos, lámparas…

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Pero lo que más llama la atención son los jardines y las fuentes, sobre todo estas últimas, ya que conforman, según comentó Olga, el complejo de fuentes más grandes del mundo, con una extensión de más de 100 hectáreas.

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Después de un paseo agradable, por fin, por los jardines, admirando la variedad y cantidad de fuentes, el regreso en barco nos permitió contemplar San Petersburgo de lejos, con la imponente Torre Gazprom o Lakhta Center, el rascacielos más alto de Europa, y el futurista estadio de fútbol del Zenith, actualmente el mejor equipo de Rusia, construido para el recientemente celebrado campeonato del mundo de fútbol. La comida fue en un restaurante típico ucraniano y esta vez me atreví con una sopa.

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Y por la tarde, la traca final, que nos supo a poco: El Hermitage. Había leído y visto mucho sobre este museo, uno de los mejores y más visitados del mundo, pero la realidad superó a las expectativas. En realidad, el museo consta de cinco grandes edificios unidos entre sí, aunque el principal y más conocido es el Palacio de Invierno. Desde la majestuosa escalera que permite acceder a la primera planta, a las grandes salas, cuadros, esculturas, decoración… Hubiera sido una auténtica gozada sin los millones de asiáticos que pululaban por pasillos y salas, impidiendo ver los cuadros. Sólo estuvimos un par de horas, contemplando únicamente las obras más conocidas. Pero la visita al Hermitage precisa de mucho más tiempo, no sólo por las obras de arte que alberga, sino también por la belleza del palacio en sí, porque techos, paredes, lámparas, todo, constituyen también una obra de arte.

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Salimos del museo mareados y abrumados por tanta belleza (me acordé del síndrome de Stendhal porque a punto estuve de padecerlo, quizás también influido por mi estado físico), comentando todo lo que habíamos visto, lamentando la dificultad para verlo con tranquilidad y prometiéndonos volver para seguir admirando todo lo que encierra en su interior.

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Con pena nos montamos en el autobús, porque con esta visita habíamos terminado realmente el viaje. Sólo nos quedaba regresar al hotel, hacer las maletas, comer algo, yo tomando líquidos, naturalmente porque no quería arriesgarme a que en el viaje de vuelta montara un número en los aviones, e intentar descansar un poco porque, aunque la salida de nuestro avión (recuerdo: San Petersburgo-Munich-Madrid-Sevilla) era a las 5,45 de la madrugada, nos venían a recoger al hotel a las 2,45. Yo fui capaz de dormir un par de horas, que me sentaron muy bien.

Nada reseñable que decir del viaje de regreso, sólo la pesadez de los aeropuertos y estaciones, así que hasta la próxima.

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Viaje a Rusia (II): Moscú

El viaje de ida. De Sevilla a Domodedovo

Como dije en la introducción, cualquier viaje necesita de anécdotas, de complicaciones, de situaciones difíciles (siempre dentro de un orden, claro), que son la salsa, el condimento indispensable para que el conjunto final sea inolvidable y sobresalga de otras experiencias viajeras. Por ejemplo, en el viaje a Nueva York nunca se nos olvidarán los prolegómenos, la angustia de no saber, unos días antes, si lo podríamos realizar porque la agencia de viajes no nos confirmaba uno de los traslados y todo estaba en el aire, la madre de Manoli se cayó, se rompió la cadera y la tuvieron que operar, Juan Estaban, con una medio pulmonía que no terminaba de curarse, yo con gastroenteritis aguda y perdiendo kilos sin parar… Sin embargo, todo se solucionó y el viaje fue un completo éxito.

Pues este viaje a Rusia también tiene sus anécdotas. Pasaré por alto las inclemencias meteorológicas (nada importantes teniendo en cuenta que el país tiene fama de frío y lluvioso fuera del verano) o el criminal horario de los viajes (en la ida, salir de Sevilla en AVE a las 6,45 de la mañana y llegar a Moscú a las 23,50, o sea, 17 horas, casi como si fuéramos a Australia y en la vuelta, salir del hotel de San Petersburgo a las 2,30 de la madrugada para llegar a Sevilla a las 15,10) que me temo fue una mala planificación por parte de la agencia de viajes y también por mi parte, que no eché mucha cuenta y me conformé con lo que me presentaron.

La primera anécdota ocurrió nada más pisar suelo ruso, en el aeropuerto Domodedovo de Moscú, uno de los tres aeropuertos internacionales que tiene esta ciudad. Resulta que es el más alejado, a más de 40 km y desde el que se tarda más tiempo en llegar al centro de Moscú. Nada más recoger las maletas, nos dirigimos a la salida, esperando encontrar al conductor que, con nuestros nombres en un cartel, nos llevaría hasta el hotel. Había unos diez o doce carteles, pero en ninguno figuraba nuestro nombre ni el de la agencia de viajes. Nos dedicamos a recorrer la gran sala, por si se hubiera despistado, pero no había ni rastro. Y aquí empezaron las elucubraciones: doce de la noche, no saber hablar ni ruso ni inglés, tirados en un aeropuerto desconocido, en un país desconocido, sin otros viajeros que nos acompañaran… La sala comenzó a vaciarse y ya sólo quedábamos seis o siete personas. No suelo ponerme nervioso, pero la situación amenazaba con derivar en un ataque de nervios. Ya estaba a punto de llamar a un teléfono que la agencia de viajes me había dado para caso de emergencias (y aquella, a fe mía que lo estaba pareciendo), cuando vemos aparecer corriendo a un hombre joven, bajo y musculoso, con una camiseta negra y el pelo cortado casi al cero, con un pequeño cartel que levantaba y en el que podía leerse C.Lobo +1, por lo que deduje, aliviado, que se refería a nosotros (mi mujer se llama Carmen Vázquez Lobo y yo lógicamente, era el +1). Nos dirigimos hacia él hablándole en castellano y por señas y comprendió, porque para eso los españoles sabemos comunicarnos perfectamente sin saber idiomas, que éramos sus clientes. Agarró una de las maletas y sin decir ni una palabra dio media vuelta y salió de la terminal, atravesó varios aparcamientos a toda velocidad mientras hablaba por teléfono y llegó a un coche negro, un Toyota híbrido con buena pinta. Nosotros íbamos detrás casi sin aliento y procurando no perderlo de vista. Sin dejar de hablar por teléfono en ruso, metió el equipaje en el maletero, nos indicó que subiéramos a los asientos de atrás y arrancó.

El coche salió del aeropuerto y se metió en una autopista mal iluminada, con poco tráfico y fueron pasando los minutos. No se veía absolutamente nada a un lado y a otro de la carretera. De vez en cuando se adivinaba algún edificio. El hombre, con el manos libres, llamaba o recibía llamadas y seguía comunicándose con alguien. Aquello pintaba mal: ¿habríamos sido secuestrados por la mafia rusa y pedirían un rescate por nosotros? ¿Estaría hablando con sus camaradas para robarnos y dejarnos tirados en algún arcén apartado? Carmen me miraba asustada y yo fingía estar tranquilo, aunque en el fondo no las tenía todas conmigo. ¿Y si C.Lobo +1 no éramos nosotros y el auténtico conductor estaba esperándonos en el aeropuerto? ¿Y si los del hotel estuvieran compinchados con el conductor y todo formara parte de un plan perfectamente organizado? Mientras mi nerviosismo iba incrementándose, esperando que en cualquier momento el ruso saliera de la autopista y nos metiera en una carretera secundaria, comprobé con cierto alivio que iban apareciendo cada vez más edificios iluminados, que la circulación se iba incrementando y que el conductor había dejado de hablar por teléfono y miraba cada vez con más insistencia la pantalla del GPS que tenía delante.

Las primeras barriadas periféricas de lo que yo ya podía asegurar que era Moscú fueron apareciendo. Carmen y yo nos miramos y pudimos empezar a hablar con cierta tranquilidad, porque hasta ese momento habíamos permanecido en silencio, sumidos en las más negras elucubraciones. En determinado momento, cuando ya llevábamos más de media hora de viaje, salimos de la autopista y empezamos a circular por grandes avenidas, bien iluminadas y con un tráfico bastante denso para la hora que era. A lo lejos observamos un grupo de rascacielos que yo había visto en televisión cientos de veces y que están situados en la barriada financiera de Moscú.

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A partir de ese instante sabía que no tendríamos problemas. Y así fue, ya que unos diez minutos después llegamos al hotel, el Renaissance Monarch Centre, un excelente hotel en el que nos alojamos tres noches. Sin decir palabra, el conductor entró con las dos maletas grandes en el vestíbulo del hotel, saludó a una mujer joven que le estaba esperando con un cartel de la mayorista de viajes GoingRussia, la que nos acompañaría a lo largo de toda nuestra estancia en las dos ciudades, y con un simple apretón de manos se despidió de nosotros y desapareció rápidamente. La muchacha, en perfecto castellano, nos saludó y fue con nosotros hasta la recepción, donde entregamos la documentación, y nos indicó que, a las nueve de la mañana, allí mismo, se celebraría la reunión informativa con la guía que nos acompañaría en Moscú. Por cierto, allí conocimos a nuestros primeros compañeros de viaje, una pareja que vive en Alicante aunque son de Albacete. Por fin contactamos con compatriotas y pudimos relajarnos definitivamente. Subimos a la habitación, muy grande y muy bien equipada y, cerca de las dos de la madrugada, nos quedamos dormidos. Para ser el primer día, la experiencia no había estado mal.

Tres días en Moscú

Después de desayunar con un buffet de bastante calidad y muy abundante, nos dirigimos al vestíbulo donde ya había unas treinta personas, todas hablando castellano pero con acentos muy diferentes, pues además de catalanes, mallorquines, madrileños y de otras partes de España, había una buena representación de argentinos, uruguayos, salvadoreños y mexicanos (dos chicas jóvenes mexicanas, Paulina y Daniela, con las que congeniamos mucho). Además, había también cinco o seis portugueses que formaron parte del grupo durante todo el viaje, aunque en San Petersburgo se alojaron en otro hotel.

La guía, una mujer joven típicamente rusa, o por lo menos a mí me lo pareció, era grande, robusta, rubia, sonriente, y se llamaba Anastasia. Y cuando subimos al autobús nos presentó al conductor, Vladimir. Con esos nombres, más no se podía pedir para empezar nuestro viaje por Moscú. Sólo faltaba algún miembro de la KGB para completar el cuadro, aunque, ¿pudiera ser que Anastasia o Vladimir fueran de la KGB o como se conoce actualmente, la FSB? Nunca lo pudimos averiguar, pero por si acaso procuramos no decir ni hacer nada sospechoso.

Primero realizamos una visita panorámica en la que pudimos apreciar, además de grandes edificios y amplias avenidas, que Moscú tiene muchas zonas verdes, muchos parques. Después de recorrer la Plaza Roja, con el Kremlin (que visitaríamos al día siguiente), los Almacenes Gum (la encarnación del capitalismo más puro en uno de los lugares más emblemáticos del comunismo), donde entramos a admirar la arquitectura de pasillos y puentes y las exclusivas tiendas, además de tomarnos un café en la cafetería Bosco (donde nos rascaron 1200 rublos, unos 15 euros, por dos cafés y una botella pequeña de agua), las Iglesias de San Basilio y de Kazán, en lsa que también entraríamos al día siguiente, el mausoleo de Lenin (en el que no entramos porque había que hacer una cola de más de tres horas), seguimos con el autobús hasta el parque Victoria. Allí se encuentra el Museo de la Gran Guerra Patria, como allí denominan a la Segunda Guerra Mundial, así como un gran obelisco lleno de simbolismos guerreros como la estatua de la diosa Nike o un santo alanceando un dragón. Ya he dicho que si hay algo que caracterice a este pueblo es la exaltación de sus victorias, sobre todo contra los franceses y contra los alemanes, que repiten y conmemoran continuamente.

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Después nos llevaron a una tienda para que comprásemos los típicos recuerdos (matrioskas, ámbar, camisetas, gorros, etc.) donde nos recibieron con vasos de vodka, que alegraron el ánimo y nos predispusieron para gastarnos los ahorros. Sobre las dos de la tarde nos llevaron a un céntrico restaurante donde iniciamos las relaciones con nuestros compañeros de viaje. Siempre se ha dicho que las comidas son una buena manera de conocer a las personas, de establecer relaciones, de cerrar acuerdos. También en esta ocasión se demostró, ya que nos sentamos a comer con Paulina y Daniela, dos jóvenes amigas mexicanas que nos contaron su viaje desde México DF hasta Rusia y que después continuarán por otras ciudades europeas. Pudimos comprobar que casi todos los turistas que provienen de América aprovechan para conocer diferentes países, lo que es lógico dadas las distancias; realizar un viaje de tantas horas para estar sólo una semana en uno o dos lugares no merece la pena. En otras comidas conocimos a varias parejas argentinas que nos hablaron de los problemas que acucian actualmente a su país; unos apoyaban a Macri y otros a Cristina Kirchner, unos eran de Boca, otros de River y alguno de Independiente. Y todos, casi sin excepción, de Messi y del Barça, qué se le va a hacer.

Terminamos el primer día, por la tarde, en otra visita obligada, el metro de Moscú. Es un auténtico espectáculo, un museo subterráneo que tendría que dejar boquiabiertos a los moscovitas cuando se inauguró a mediados de los años treinta del siglo XX y que nos sigue admirando a los foráneos. Recorrimos varias líneas y nos bajamos en cinco o seis estaciones, cada una de ellas semejante a un museo de pintura o de escultura. Imprescindible. Y sobre todo, a pesar de los caracteres cirílicos, relativamente fácil de manejar.

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El día 14 de septiembre amaneció espléndido, con un cielo azul inmaculado y una temperatura muy agradable. Visitamos el Templo de Cristo Salvador, una perfecta recreación del edificio original, que fue demolido en 1931 y que comenzó a ser reconstruido en 1995. Es una iglesia cuyas cúpulas doradas pueden verse desde casi toda la ciudad y que alberga preciosos iconos, retablos, cuadros murales y bóvedas que compiten en belleza con cualquier catedral occidental. Desde allí, en autobús, nos acercamos hasta el Kremlin, en el que entramos alrededor de las doce de la mañana. Miles de chinos (o coreanos, que no soy capaz de distinguirlos) haciendo cola, empujando, gritando como posesos. Acostumbrado a la educación japonesa, es difícil reconocer en ellos la tan renombrada cortesía oriental. Los europeos en general y los hispanohablantes en particular parecíamos monjas ursulinas a su lado. La misma guía se indignó varias veces por los modales, mejor dicho, por la falta de modales de los mencionados chinos. Y así a lo largo de todo el viaje.

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El Kremlin me decepcionó. Primero tuvimos que pasar una serie de controles exhaustivos. Y después, aunque no esperaba que nos dejaran entrar en las dependencias, sólo pudimos pasear, y de forma muy limitada, por los espacios que separan los edificios. Y todo ello sin salirnos de unas líneas marcadas en el suelo, porque siempre había algún guardia que rápidamente llamaba la atención. Pasamos al lado del cañón y de la campana más grandes del mundo (lo dicho, todo lo tienen más grande, con perdón) y para finalizar entramos en dos de las cinco catedrales que hay en el Kremlin: la de la Anunciación (o de la Dormición, como la llaman ellos) y la del Arcángel, que por su belleza hacen que merezca la pena la visita al Kremlin. Tanto por dentro como por fuera llama la atención la riqueza y la exuberante decoración, llena de dorados y de iconos bizantinos. Nos dimos cuenta, y la guía nos lo confirmó, que el pueblo ruso es, en general, muy religioso y la iglesia ortodoxa tiene bastante poder e influencia. Los años de la revolución soviética no lograron impedir que la tradición religiosa se olvidara en un pueblo que durante siglos observó con devoción los preceptos de su religión.

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Al salir, aprovechamos que teníamos una hora libre para visitar el interior de la iglesia de San Basilio. Por fuera parece una tarta de colores y por dentro es todavía más curiosa, pues está formada por una serie de iglesias o capillas más pequeñas unidas por estrechos pasillos, como un pequeño laberinto decorado no con tanta riqueza como las iglesias del Kremlin, pero sí con mucho gusto y la típica ornamentación ortodoxa.

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Por la tarde visitamos un museo del que nunca había oído hablar, el museo o galería Tretyakov, un rico comerciante ruso que se dedicó a coleccionar obras de arte, principalmente pinturas de artistas rusos de los siglos XVIII y XIX. Aunque no llega a la calidad de la mayor parte de los museos de pintura occidentales, tiene algunas obras de notable valor artístico y que, en general, nos gustaron.

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Finalizó nuestra estancia en Moscú el día sábado día 15. Cargamos las maletas en el autobús, pues por la tarde saldríamos hacia San Petersburgo y nos dirigimos hacia Sergiev Posad, un pueblo situado a unos 70 km. donde se encuentra el monasterio de la Trinidad y de San Sergio, el centro espiritual de la iglesia ortodoxa rusa, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Tardamos cerca de dos horas en llegar pues había muchísimo tráfico. Según parece, a los moscovitas les gusta salir los fines de semana, muchos de ellos a sus dachas o casas de campo familiares.

La verdad es que merece la pena esta visita, pues aunque ya estábamos un poco cansados del número de iglesias que habíamos visto, este conjunto monumental sobresale, no sólo por el contenido de las mismas, sino por la gran cantidad y variedad de peregrinos que, venidos de toda Rusia, pasaban mucho tiempo para rezar a sus vírgenes y santos. Casi todas las mujeres llevaban un velo que les tapaba la cabeza, encendían y colocaban velas en lugares destinados a ello y escribían sus peticiones (consistentes en el nombre de las personas a quienes querían beneficiar) en pequeñas hojas que introducían en unas cajas y que después los sacerdotes, durante la misa, leían en voz alta. Por eso las misas ortodoxas, no sólo aquí sino en cualquier otra iglesia, tenían una duración de unas dos horas y media. El paseo por las instalaciones del monasterio es muy atractivo, no sólo por las iglesias, sino por los jardines y espacios que, a pesar de la gran cantidad de personas que hacíamos la visita, estaban impregnados de tranquilidad y silencio.

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Para terminar nuestra estancia en Moscú, una vez finalizada la visita a Sergiev Posad, el autobús nos llevó hasta un barrio de Moscú, Izmailovo, que para los sevillanos podría compararse a Sevilla Este. Comemos en uno de los cinco grandes hoteles (con nombres de las letras del alfabeto griego, Alfa, Beta, Delta…) que allí hay, quizás la mejor comida hasta ahora. Nada más terminar de comer nos fuimos a uno de los mercadillos más extraordinarios que conozco. No soy muy amigo de comprar en ese tipo de sitios, porque generalmente la calidad deja mucho que desear, pero sí me gusta el ambiente, los gritos de los vendedores, la variedad de productos que se venden. Pero éste supera a todos los que conozco, no sólo por los cientos de puestos en los que se puede encontrar prácticamente de todo, desde los más corrientes souvenirs hasta los más sofisticados abrigos de visón (aprovechamos para comprar casi todos los regalos que teníamos pensado llevar a nuestros hijos y a mi madre), sino porque tiene unos precios muy asequibles. Intentamos regatear, porque la guía nos había dicho que, con un poco de suerte, podríamos rebajar el precio inicial, pero apenas tuvimos suerte. Nos llamó la atención la gran cantidad de antigüedades, objetos de arte y de la antigua Unión Soviética, desde pistolas (supongo que fuera de uso) pasando por insignias, gorros, ropa militar, hasta viejas fotografías y libros de y sobre los mandatarios soviéticos.

El mercado se encuentra dentro de un recinto llamado el Kremlin de Izmailovo, una construcción amurallada en la que hay edificios de madera pintada con cúpulas encebolladas, torres puntiagudas, pasillos, puentes y calles que, a diferentes alturas, organizan los cientos de puestos, así como restaurantes, plazas donde se suceden actuaciones, fuentes… Y muchas bodas. Estos rusos se casan mucho y muy jóvenes, eneso no nos parecemos los españoles, que nos casamos cada vez más tarde, y aprovechan que allí se encuentra el Palacio de Bodas, que se complementa con la gran cantidad de salones donde terminar la celebración.

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Comencé a sentirme mal, con retortijones y náuseas, y tuve que salir de prisa y volver al hotel donde habíamos comido. Lo achacamos a algo que habíamos desayunado, porque había pasado muy poco tiempo de la comida para que el efecto fuera tan rápido. El autobús nos llevó otra vez a nuestro hotel, que estaba relativamente cerca de la estación. Allí se estaban celebrando otras dos bodas, o sea, una auténtica epidemia. Y allí aprendimos otra cosa de los rusos. La guía nos comentó que en lugar de gritar a los recién casados “¡que se besen, que se besen! como es costumbre en España, se dice “¡gorku, gorku!” que significa amargo, para indicar que, fuera de los besos, todo es amargo y conseguimos que, tras varios intentos y con todos los turistas gritando, los novios se besasen.

El final del día en Moscú y el viaje en el tren rápido a San Petersburgo fue casi una pesadilla. Entre los miles de chinos que también viajaban con nosotros, sus empujones y gritos, el control de equipajes, la caminata hasta nuestro vagón, que era uno de los más alejados, el continuo trasiego hasta los baños, etc., la despedida de la capital rusa no fue la más apropiada ni la deseada. Menos mal que en uno de los momentos de tranquilidad, salí a uno de los descansillos entre los vagones y tuve una charla muy animada con uno de los argentinos y un salvadoreño. Hablamos de política, tanto de la nuestra como de la suya, que está pasando por unos momentos delicados y también de fútbol, cómo no. Cuando llegamos a San Petersburgo, ya de noche cerrada, salimos sin problemas de la estación y pudimos admirar la ciudad, sus grandes avenidas iluminadas, sobre todo la Perspectiva Nevski, de más de cuatro kilómetros que recorrimos prácticamente en su totalidad y la gran cantidad de plazas, canales y puentes que recorreríamos en los próximos días. A pesar del mal cuerpo, la visión me reconfortó y cuando llegamos al hotel, céntrico y no demasiado alejado del Palacio de Invierno, mi humor había cambiado y esperaba que los próximos días mejorara mi salud.

Viaje a Rusia (I): Introducción

¿No avanzas tú, Rusia, como una troika a la que nadie puede dar alcance? Se alzan nubes de polvo por donde tú pasas, retiemblan los puentes y todo lo dejas atrás. El espectador se detiene pasmado por ese milagro de Dios. ¿No es un rayo que cayó del cielo? ¿Qué significa ese terrorífico movimiento? ¿Qué ignorada fuerza encierran para el mundo esos desconocidos corceles? Ah, corcelas, corceles. ¿Lleváis un torbellino en vuestras crines? ¿Lleváis un sensible oído en cada una de vuestras fibras? Oyen la familiar canción que les llega de arriba, ponen en tensión al unísono los pechos de bronce y, casi sin rozar el suelo en los cascos, convertidos en una alargada línea, vuelan por el aire y avanza la troika impulsada por el hálito divino… ¿Adónde vas, Rusia? Responde. No contesta. Se oye el portentoso son de la campanilla. Resuena y se convierte en viento el aire rasgado a su paso. Pasa de largo todo cuanto hay en la tierra, miran, se apartan y le ceden el camino otros pueblos y naciones.

Almas muertas. Nicolai Gogol

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Antes de emprender un viaje suelo informarme bien sobre los países y las ciudades que visito. No sólo el clima, los monumentos, los transportes, los museos, los horarios, las calles o los restaurantes, sino también cómo son las costumbres habituales: si se saluda dando la mano, dando uno o dos besos, sonriendo o con una reverencia; de qué se puede y no se puede hablar, qué está prohibido o se considera de mal gusto, qué está bien visto… Es una costumbre que todos los turistas o los viajeros deberían tener porque así se evitan sorpresas y situaciones desagradables y facilitan el contacto con los ciudadanos nativos; nunca se sabe cuándo y cómo los necesitaremos; no hay cosa que más me moleste que los que nos visitan me miren como a un bicho raro, como si fuera un espécimen a estudiar con una lupa o bajo un microscopio.

Las tradiciones, la historia y la cultura conforman una malla en la personalidad de los ciudadanos de un país que suele diferenciarlos de cualquier otro. Aunque se habla mucho de globalización, y es verdad que cada vez nos parecemos más gracias o por desgracia, depende, a Internet y a todas las tecnologías que nos permiten reconocernos en el metro de París o en una aldea de la Patagonia, cada pueblo tiene una idiosincrasia que proviene de siglos de educación, de repetición de usos y costumbres, de ver en nuestra familia y a nuestro alrededor gestos o frases que nos han ido moldeando. Hablar a gritos o en susurros, comer o andar de una determinada manera, pedir las cosas por favor o mediante órdenes, querer destacar o pasar desapercibido, preferir la soledad o la compañía, etc., son características que suelen explicar la procedencia de unos y otros. Siempre hay excepciones, siempre nos podemos equivocar, a veces se han creado imágenes falsas de determinados países y de sus habitantes. Por eso es bueno, yo diría que imprescindible, viajar para comprobar si es cierto lo que se cuenta y para relativizar los conceptos. Y también para comparar, para saber si lo nuestro es tan bueno o mejorable y si las típicas frases “en España se vive mejor que en ningún lado” o “la mejor comida es la española” o al revés, “los españoles no tenemos ni educación ni cultura” tienen algún sentido.

Además de las recomendaciones que realiza el Ministerio de Asuntos Exteriores, suelo leer diferentes guías de viaje como la de Civitatis o Lonelyplanet , opiniones en blogs de viajeros y blogs de nativos del país que voy a visitar para conocer de manera más precisa aquello que nos vamos a encontrar, como por ejemplo el blog del bloguero ruso Raymond Saint que dice, entre otras cosas en Rusia resulta peligroso sonreír a personas desconocidas en la calle. La ‘sonrisa americana’ se considera falsa y da rabia a los rusos. Una cara sombría provoca más confianza porque revela los apuros cotidianos que sufre todo el mundo o también en Rusia no es peligroso pasear por las calles y la idea generalizada de que es un país inseguro no es más que un mito. O sea, hay que ir siempre serio por la calle, no vaya a ser que los rusos se enfaden, y podemos dar un paseo por los alrededores del hotel si no tenemos sueño, aunque sean las tres de la madrugada. Preguntaremos allí a los guías y en el hotel, no sea que el bloguero ruso se haya reído de todo el mundo y a ver quién le pide responsabilidades después.

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Una vez leído todo lo anterior, de haber releído a Tolstoi y Dostoievsk  y después de hablar con algunos amigos que ya visitaron Moscú y San Petersburgo, puedo hacerme una idea bastante aproximada de lo que me voy a encontrar. Pero sé que todo es muy subjetivo, que las opiniones varían en función de las experiencias previas, de la agencia de viajes contratada, de los hoteles elegidos, de las excursiones realizadas, de la época del año, de si los que visitaron y te hablan del país lo hicieron hace mucho o hace poco tiempo. Total que, aunque ya sé mucho, temo que tampoco sé demasiado.

Carmen, mi mujer, y yo tenemos un grave hándicap: apenas sabemos hablar inglés. Cuando yo estudiaba bachillerato el idioma que ofrecían casi exclusivamente en los institutos era el francés y sólo unos pocos años después de terminar esos estudios fue cuando comenzó a generalizarse el inglés. Reconozco que he empezado algunos cursos, que fui un año a la escuela de idiomas en La Coruña, que me gusta la música en inglés, que me he propuesto muchas veces aprender ese idioma que es casi imprescindible para viajar…, pero es inútil. Me pasa lo mismo que con la bicicleta, no aprendí a montar de pequeño, fue pasando el tiempo y ahora me da vergüenza y algo de reparo aprender. Sé que si me lo propongo puedo adquirir un nivel que me permita defenderme, por lo menos para lo más básico, pero lo voy dejando por pereza o porque surgen nuevas actividades que me ilusionan más. Y así estamos a día de hoy (como diría mi hijo Santiago: Nota mental, aprender inglés ¡¡¡YA!!!)

Total, que como no tenemos ni idea de inglés y menos de ruso, nos dio miedo organizar el viaje por nuestra cuenta como hemos hecho otras veces y nos dirigimos a una agencia de viajes. Resultado: todo es más cómodo, más caro, menos flexible y mucho menos divertido. Aunque no me gusta dejar demasiado a la improvisación, siempre es conveniente dar algo de margen a las pequeñas aventuras, esas que, al final, suelen ser el aderezo imprescindible de cualquier viaje. Así que, después de pedir varios presupuestos y analizar diferentes propuestas, elegimos una agencia que está muy cerca de casa y que al final, era la que ofrecía la mejor relación calidad-precio.

Primero decidimos las fechas, del 12 al 19 de septiembre. Este mes es uno de los mejores para viajar a casi cualquier país en general y a Rusia en particular, sobre todo por el clima. Por cierto, en Rusia, según nos comentaron las guías, el otoño comienza el 1 de septiembre; además de los caracteres cirílicos y de otras costumbres curiosas que iremos explicando, a los rusos les encanta, por lo que se ve, diferenciarse de los demás. Y sobre todo, decir continuamente que son los mejores, los más fuertes, los más orgullosos de su historia, de sus victorias. En ese sentido tenemos mucho que aprender, porque pocos pueblos habrá tan acomplejados por la historia propia que los españoles, continuamente estamos despotricando contra hechos que en la mayor parte de los países serían fuente de orgullo, de conmemoraciones. A lo largo de todo el viaje nos encontramos estatuas y monumentos que recordaban, por ejemplo, las victorias contra Napoleón o contra los nazis alemanes. Las dos guías que nos acompañaron durante el viaje ensalzaban continuamente esos hechos históricos. Y los españoles que íbamos en el grupo nos mirábamos y comentábamos entre nosotros la necesidad de ese pueblo por demostrar su fortaleza ante los demás y el silencio de los españoles, que solemos pasar de puntillas por nuestra historia.

Y, sin embargo, el pueblo ruso y el español no son tan diferentes como dijo en su día Miguel de Unamuno: “Me interesa mucho en Rusia todo lo ruso, todo lo tradicional, lo menos cosmopolita. Yo siempre estuve convencido de que existen analogías indudables entre los caracteres español y ruso: la misma actitud hacia la vida, la religiosidad de las masas y los impulsos místicos de los elegidos. Incluso la doctrina de León Tolstoi nos es mucho más cercana que a Francia o Italia, países latinizados y demasiado paganos”. Eso se nota, entre otras cosas, por la enorme admiración y el conocimiento que los rusos tienen de D. Quijote. Me atrevería a decir que ellos lo conocen mejor que nosotros y que lo quieren más. D. Quijote y Sancho son dos personajes con los que se sienten identificados, les fascina su actitud, su desprendimiento, su gallardía, su búsqueda de la libertad. Lo leen en las escuelas y luego en sus casas. Y nosotros, pues ya se sabe, me temo que hay un porcentaje muy grande de la población que sólo lo conoce por los dibujos animados.

Termino esta introducción con consejos más prácticos y que pueden ayudar a facilitar el viaje:

  • Tramitad con mucha antelación el visado para entrar en Rusia, que ya sabéis que es absolutamente obligatorio. Es muy pesado el papeleo y tarda alrededor de un mes, como mínimo. Y, sobre todo, comprobad que los datos sean totalmente correctos; cualquier error en el nombre puede conllevar que no os dejen entrar. Son muy estrictos en ese aspecto.
  • Elegir un buen seguro médico. Además de que no puedes entrar en Rusia sin él, te puede evitar disgustos.
  • Aunque nosotros estuvimos tres días completos en cada ciudad, es recomendable estar como mínimo cuatro días en cada una. Aún así, os quedarán muchas cosas por ver.
  • En cualquier época del año, sobre todo si no es en verano, llévate ropa de abrigo, ya que hace bastante más frío que en España, especialmente por la noche.
  • No es preciso llevarse dinero ruso, rublos, ya que casi todo se puede pagar con tarjeta de crédito. Además, en casi todos los hoteles hay máquinas que cambian dólares o euros a rublos. Yo saqué dinero en un cajero automático sin problemas y el cambio es prácticamente igual al oficial. De todas formas, en la siguiente entrada hallaréis consejos sobre dónde es mejor realizar el cambio: ¿Dónde es mejor cambiar moneda extranjera?

Y encontraréis más consejos en el siguiente enlace:

Consejos para viajar a Rusia, especialmente a Moscú y San Petersburgo.

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Viaje a La Manga (y IV)

Sexto día. 5 de abril

Hoy nos hemos dado una paliza de autobús. La Manga está muy bien aunque aburrida en esta época, el hotel es bueno, las comidas abundantes, variadas y de calidad, pero la situación para poder recorrer Murcia no es la más adecuada ya que está en un extremo de la provincia y las ciudades y pueblos más importantes están muy alejados. Si uno quiere descansar y desconectar, pues bueno, puede elegir La Manga, pero como quiera conocer la Comunidad mejor que elija otro lugar.

La segunda excursión que hemos programado con Mundiplan es a Caravaca de la Cruz y al Santuario de la Virgen de la Esperanza en Calasparra. Hasta Caravaca hay una hora y media de viaje en autobús, unos 135 kilómetros. Como salimos sobre las nueve de la mañana llegamos allí a las diez y media aproximadamente. Aunque las carreteras son buenas, no deja de ser un viaje pesado. El autobús nos deja en el restaurante donde comeremos a mediodía. Desde allí vamos dando un paseo por el pueblo hasta llegar al Museo de los caballos del vino, situado en una casa-palacio del siglo XVIII. En diferentes salas, mediante una visita guiada, se puede ver todo lo relativo a esta fiesta que se celebra el 2 de mayo y que gira en torno a la importancia del caballo y que culmina con la carrera en la que diferentes peñas rivalizan para recorrer en el menor tiempo posible la cuesta del castillo. Los caballos están cubiertos con mantos bordados durante el año y cuatro mozos se agarran a los lados y corren a la par. El caballo queda eliminado si alguno de los mozos se suelta. Aunque no he visto la celebración en directo las imágenes de la carrera son realmente espectaculares.

Después nos dirigimos por el mismo camino por el que discurre la carrera al Santuario de la Vera Cruz, una cuesta bastante empinada. Mucha gente, no sólo los que vamos de excursión se acerca a la Basílica en peregrinación para besar la pequeña cruz en la que se encuentra el Lignum Crucis, es decir, un fragmento de la cruz en la que Jesucristo fue crucificado. Tanto el interior de la Basílica, sobre todo el presbiterio, como la portada, que asemeja a un retablo barroco, son dignos de resaltar. A continuación visitamos el Museo de la Vera Cruz, adosado al Santuario, donde se encuentra la Custodia de la Cruz, una pieza de gran valor ornamental.

Después del almuerzo volvemos al autobús y, por una carretera estrecha y con muchas curvas nos acercamos al Santuario de la Virgen de la Esperanza, en Calasparra. El Santuario está situado en una gruta excavada en la Roca y en él se encuentran dos imágenes de la Virgen: La Pequeñica y La Grande. Subimos hasta el camerino de La Grande y podemos contemplar las joyas y los mantos de la Virgen. El río Segura, que en este lugar lleva bastante caudal, corre a pocos metros, entre una abundante vegetación que contrasta con la sequedad con la que nos encontramos generalmente en Murcia. La verdad es que tanto el Santuario como el entorno merecen la pena visitarse. Regresamos por una carretera diferente, pero el paisaje sigue siendo casi el mismo: tierras calizas y arcillosas, escasa vegetación, muy poca agua, y la poca que hay es la que vemos en el trasvase del Tajo-Segura y muchas huertas. Es admirable la capacidad de estas gentes de cultivar la tierra sin apenas agua. No me puedo imaginar lo que harían si lloviera un poco más lo que, por cierto, no ocurrió ni una sola vez en los diez días que estuvimos por aquí mientras que en el resto de España las borrascas regaban prácticamente a todas las provincias.

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Séptimo día. 6 de abril

Hoy visitamos Lorca, tercera ciudad en importancia de la región, tras Murcia y Cartagena. Si ayer llegamos bastante cansados de la excursión a Caravaca de la Cruz y Calasparra hoy no nos podemos quejar, pues tanto el viaje en autobús como el recorrido por la ciudad y el castillo han sido bastante más tranquilos. José Luis y Magdalena no han venido porque ellos ya habían parado en Lorca cuando vinieron a La Manga y, además, habían dormido en el Parador, que se encuentra dentro del recinto del castillo.

El autobús nos deja muy cerca del Centro de Atención al Visitante de Lorca, donde nos dejan un plano de la ciudad, nos explican que es el segundo término municipal más extenso, tras Cáceres, y comenzamos la visita. Primero nos detenemos en una de las puertas de la antigua muralla que cerraba la ciudad medieval y que bajaba desde el castillo. Callejeando, entre numerosos edificios en los que se observan todavía los estragos del terremoto de 2011, llegamos hasta la Plaza de España, donde se encuentran el Ayuntamiento y la iglesia ex-colegiata de San Patricio, en la que entramos y deambulamos por ella mientras la guía nos explica los puntos de mayor interés. Al salir nos detenemos delante del Imafronte, la fachada principal y uno de los elementos más destacados de la iglesia. En una esquina de la plaza nos encontramos también el Palacio del Corregidor y las Salas Capitulares, lo que hace que el conjunto de la plaza sea realmente extraordinario y una de las plazas más bonitas que conozco.

Como la guía nos deja un poco de tiempo libre, mientras Carmen y Manoli se quedan comprando en los alrededores de la plaza, Juan Esteban y yo andamos un poco y nos dirigimos a la Calle Mayor, una de las principales vías de la ciudad. Allí preguntamos a varias personas donde podemos comprar los dulces más famosos de Lorca, las yemas. Nos recomiendan una pastelería en esa calle y compramos de dos tipos: las tradicionales de caramelo y unas de ron que nos dan a probar y, por supuesto, caemos en la tentación.

Regresamos al punto de encuentro, el Museo de Bordados del Paso Blanco (MUBBLA). Aquí debo mencionar una de las tradiciones más famosas de Lorca, las procesiones de Semana Santa, que se realizan el Viernes de Dolores, el Domingo de Ramos, el Jueves Santo y el Viernes Santo. Aunque hay procesiones exclusivamente religiosas, las más conocidas son los desfiles bíblico-pasionales en los que se contemplan, a modo de los desfiles de moros y cristianos, diferentes representaciones de la Biblia y algunos personajes históricos. El pueblo hebreo, Cleopatra, cuadrigas de caballos, romanos, egipcios o etíopes se entremezclan con imágenes religiosas. Había visto algunos reportajes en la televisión, pero ver los bordados y las imágenes en el MUBBLA, ubicado en el antiguo convento de Santo Domingo, realmente es espectacular. El trabajo artesano de las bordadoras o la riqueza de las imágenes es de las cosas que más nos han gustado. Después de una hora de visita callejeamos un poco por Lorca, comprobando que es una ciudad monumental, con grandes palacios e iglesias.

Después de comer subimos al Castillo de Lorca por una carretera sinuosa y estrecha. En el interior del castillo está el Parador de Lorca. Recorremos los diversos espacios, subimos a las almenas y a una de las torres, concretamente la Torre del Homenaje, desde donde podemos observar no sólo la ciudad de Lorca, sino los valles y montañas que la rodean. También entramos en la sinagoga que se encuentra dentro del castillo, quizás la mejor conservada de España. Si uno lo piensa bien, prácticamente todos los monumentos que se admiran en los viajes y a nuestro alrededor tienen que ver con la religión y con la guerra; en definitiva, con el poder y con el miedo. O sea, con el poder.

Y regreso a La Manga.

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Días octavo, noveno y décimo. 7, 8 y 9 de abril

Voy a condensar estos tres días en unas pocas líneas porque apenas nos movimos. El sábado dimos un paseo andando hasta el Zoco, una zona comercial que está a un par de kilómetros del hotel. Mientras Juan Esteban, José Luis y yo nos quedamos tomando un café en un mesón que tenía unas mesas en un patio exterior, Carmen, Manoli y Magdalena se dedicaron a recorrer las tiendas y comprar algunos regalos. Después de casi dos horas regresamos en autobús al hotel. Por la tarde, paseo tranquilo entre los dos mares.

El domingo fuimos andando hasta el mercadillo de Cabo de Gata, más por curiosidad y por matar el tiempo que por ganas de comprar algo porque, efectivamente, nada compramos. Pero pudimos comprobar el éxito de estos mercadillos porque cientos de nacionales y extranjeros deambulaban entre los puestos entre la curiosidad y la esperanza de encontrar alguna ganga.

Y el lunes, regreso en avión, aunque José Luis y Magdalena, que llegaron un par de días más tarde, se quedaron hasta el miércoles. La verdad es que nos sobraron dos o tres días de estancia porque con seis o siete sobra para descansar y ver lo más importante. Tomamos nota para otra ocasión.

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Viaje a La Manga (III)

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Cuarto día. 3 de abril

Hoy nos hemos quedado en La Manga y la hemos recorrido en autobús las tres parejas. Por la mañana, visita a Veneziola, uno de los extremos de La Manga perteneciente a Cartagena. La otra, el extremo norte, son los arenales de San Pedro del Pinatar. La verdad es que no nos gustó demasiado la mezcla de naturaleza virgen, muy poca, y las edificaciones. En este país habría que tener un debate en profundidad sobre la conservación de los espacios naturales, como sobre la educación, la sanidad, la precariedad laboral, la inmigración… No es este el lugar ni el momento por lo que no me extiendo.

Por la tarde, otra vez a Cabo de Palos, que ya nos lo conocemos bastante bien. Nada digno que reseñar en una tranquila tarde de paseo.

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Quinto día. 4 de abril

Hoy viajamos hasta Cartagena. Yo había leído hacía poco un libro de Santiago Posteguillo, Africanus, el hijo del cónsul, donde se relata la conquista de Qart Hadasht o Cartago Nova, la ciudad fundada por el general cartaginés Asdrúbal, por parte de Publio Cornelio Escipión, el Africano. Así que tenía muy presente la batalla y los lugares que se describen en la novela que, una vez allí, es difícil encontrar. Así, el antiguo estero o mar interior, luego laguna (Almarjal) por la que pudieron atacar los romanos ya no existe, sino que  se rellenó y se convirtió en el actual Ensanche. Quedan algunos lienzos de la antigua muralla cartaginesa y lo que sí se conserva muy bien es el teatro romano, restaurado por el arquitecto Rafael Moneo.

Después de llegar a la estación de autobuses y de conseguir un plano de la ciudad en un cercano punto de información turística, comenzamos la visita en el Palacio de Riquelme, sede del Museo del Teatro Romano que, a través de un pasaje subterráneo, comunica con salas donde se exponen piezas halladas en las excavaciones del teatro y mediante una escalera mecánica se accede al teatro romano. Solamente por contemplarlo merece la pena visitar Cartagena. Una vez finalizada esta visita nos dirigimos al puerto y allí visitamos el Museo Nacional de Arqueología Subacuática que conserva restos relacionados con el tráfico marítimo en el Mediterráneo con materiales fenicios, cartagineses o romanos, entre otros. Destacan también los restos de los barcos fenicios de Mazarrón y de barcos romanos.

Después de comer en el puerto llegamos al cercano Museo Naval de Cartagena, donde se puede contemplar el submarino Isaac Peral y numerosas piezas relacionadas con la construcción naval, cartografía y navegación, artillería naval, etc. Y después visitamos el Ayuntamiento, un edificio modernista construido a comienzos del siglo XX que sufrió diversos daños pero que ha sido restaurado y abierto otra vez en 2006. Tras subir por una espléndida escalera imperial, la guía que enseña el ayuntamiento nos mostró la sala de plenos, el despacho del alcalde y otras dependencias.

Y después de pasear por el centro de Cartagena regresamos a la estación de autobuses pues terminamos bastante cansados y nos quedaba casi una hora de camino hasta nuestro hotel. Además, teníamos ganas de ver otra vez a nuestra querida amiga catalana con su lazo amarillo. ¿Habría más personas con banderas de España? Nuestro gozo en un pozo porque nos enteramos que esa mañana había abandonado el hotel pues había finalizado su estancia en La Manga.

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Viaje a La Manga (II)

Segundo día. 1 de abril

Como el horario de desayuno habitual es de 8 a 10 de la mañana, nos demoramos todo lo que podemos y bajamos casi a última hora. Lo malo es que todo el mundo ha pensado lo mismo, hoy es domingo y el comedor está a reventar. Como se ve que la cosa está complicada, el responsable del comedor abre un anexo y allí nos sentamos. Buen desayuno: fruta, zumo de máquina, café, tostadas con aceite, algún dulce. Y si hubiera querido, huevos revueltos o duros, salchichas… Antes dije que hoy es domingo, así que Manoli y Carmen buscan una iglesia para ir a misa. En recepción se informa de todo, así que buscamos horarios y ubicación de las iglesias que hay en La Manga. Sólo hay dos y una más en Cabo de Palos. Se deciden por una que empieza a las 12 y media y que está aproximadamente a un kilómetro del hotel. Vamos paseando. Pasamos primero por una Gola, un canal semiartificial, es decir, que se ha aprovechado una pequeña salida natural del Mar Menor al Mediterráneo para ampliarla y así las aguas de ambos mares se pueden comunicar. Como la información que nos habían dado no era demasiado exacta, tuvimos que preguntar varias veces hasta encontrar la iglesia, situada muy cerca del mar, amplia y moderna. Faltaba más de media hora para que empezara la ceremonia, así que Juan Esteban y yo decidimos dejarlas y seguir caminando hasta la población de Cabo de Palos. Es un paseo muy cómodo que deja a la izquierda el Mediterráneo, que se va divisando entre edificios de apartamentos, casas bajas y hoteles. Legamos a una zona más despejada desde la que se ve, elevado sobre un pequeño promontorio, el faro de Cabo de Palos.

Tras casi una hora de tranquilo paseo llegamos hasta las primeras edificaciones del pueblo, un Mercadona, la oficina de turismo y varios comercios cerrados. Baja gente con muchas bolsas que viene del mercadillo que se organiza todos los domingos por la mañana. Juan y yo no somos muy dados a este tipo de cosas así que esperamos en la parada del autobús que nos lleve de regreso al hotel. Pasa un primer autobús que viene lleno y, poco después, un segundo que, aunque también está bastante cargado, nos permite subir. Es un trayecto corto y llegamos en menos de diez minutos. Carmen y Manoli llegan un poco después y otra vez al comedor.

Por la tarde decidimos ir en autobús hasta Cabo de Palos. Por mí hubiera ido andando los poco más de tres kilómetros que hay desde el hotel al pueblo, pero el personal que me acompaña no está por la labor. Les recuerdo que anduvimos mucho más cuando fuimos hace un par de años a Nueva York, pero ni caso. Esto es un viaje del Imserso y hay que demostrarlo. Así que fuimos a la parada del autobús y cuando estábamos esperando se acerca un taxi y nos dice que por seis euros nos acerca hasta el Cabo. No lo pensamos así que nos subimos y nos acercó hasta la base de cabo. Hay que subir por un pequeño camino asfaltado en el que se pueden leer frases como “Salvemos el faro” o “No a la especulación”. Resulta que hay un proyecto de convertir los faros en hoteles, privatizándolos y se pretende evitar que, como siempre, unos pocos se beneficien y la mayoría no pueda acceder a los lugares públicos.

Estuvimos una hora visitando la base del faro, haciendo fotos, divisando las Islas Hormigas y recreándonos en las vistas del pueblo y de la Manga. Tarde espléndida de sol y sin apenas viento, una sorpresa. Bajamos hasta el pueblo y, frente al puerto nos tomamos un café. Yo aproveché para tomarme un café asiático, una especialidad de la zona de Cartagena (la mayor parte de La Manga pertenece a ese municipio) a base de café, como es lógico, leche condensada, coñac, Licor 43 y canela. Muy rico, pero una bomba de calorías. Regresamos en autobús hasta el hotel, aunque hay que comentar que el servicio de autobuses está demasiado espaciado, pasa cada tres cuartos de hora; supongo que en verano el horario se ampliará.

En la cena vuelve a repetirse la pasarela con el lazo amarillo, que se pasea de un lado a otro del comedor, exhibiéndose orgullosamente. La pareja está hoy comiendo sola, no sé si porque sus compañeros no han bajado a cenar o porque ya se han ido. El caso es que, a su lado, y al nuestro, pues sólo nos separan un par de mesas, un hombre se ha puesto un pin con una bandera española en el jersey. Ya empezamos con la guerra de símbolos y de banderas. Siento alguna inquietud por si hubiera algún incidente, pero no pasa nada. ¿Qué necesidad hay de todo esto?

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Tercer día. 2 de abril

Hoy toca la primera excursión organizada y el primer madrugón. El autobús sale a las nueve menos cuarto, así que tenemos que bajar al comedor a desayunar a primera hora, es decir, a las ocho. Siempre me he preguntado por qué, cuando se está de vacaciones, tiene uno que sacrificarse más que cuando está en su casita. Ahora que estoy jubilado no tengo horario, pero levantarme antes de las ocho me parece una herejía. Tampoco es que me quede demasiado tiempo remoloneando en la cama, pero ya hace mucho que no me levanto temprano.

Tras casi una hora y tres cuartos de viaje el autobús nos deja frente al Ayuntamiento, que estaba siendo engalanado para la lectura del Pregón. Da la casualidad de que mañana martes es el día grande las fiestas de primavera de Murcia, al que aquí llaman El Bando de la Huerta y desde allí llegamos andando hasta la Plaza Belluga. Se nota que hay buen ambiente, pues por casi todos lados hay trabajadores del Ayuntamiento colocando flores, levantando andamios y palcos, etc. En la plaza Belluga, aunque habría que decir más correctamente Plaza del Cardenal Belluga, ilustre personaje del que habría que hablar largo y tendido, nos encontramos lo que un estudioso de la arquitectura urbana definiría como eclecticismo: la catedral de Murcia, el Palacio Episcopal y el Ayuntamiento nuevo, anexo al que mencioné anteriormente. Para asombro y enfado de muchos murcianos, el arquitecto Rafael Moneo diseñó y construyó un edificio que rompe con el estilo de los edificios anteriores. No quiero entrar en polémicas, pero no me parece mal y, encima, me gustan sus líneas rectas y sencillas.

Antes de entrar en la catedral, contemplamos la torre-campanario, realmente excepcional. Según nos explica la guía, es la segunda más alta de España, tras la de Sevilla. Entramos en la catedral y recorremos sus naves y capillas, deteniéndonos sobre todo en la capilla de los Vélez. Al salir, rodeamos el espléndido edificio y después nos dirigimos andando hasta la calle Trapería, una de las más importantes de la ciudad y donde se encuentra otro edificio que merece la pena visitar, el Real Casino de Murcia. Otro edificio de estilo ecléctico, algo muy habitual en esta ciudad, donde al lado de iglesias o catedrales barrocas o neoclásicas, te encuentras de pronto con obras rompedoras y vanguardistas. La verdad es que el Casino merece la pena visitar.

Nos dejan un poco de tiempo libre que aprovechamos para recorrer el centro de la ciudad y nos encontramos con hombres y mujeres vestidos con el traje típico de la huerta murciana pues van a hacer una especie de desfile por las principales calles hasta llegar al ayuntamiento. Aprovechamos para charlar y hacernos fotos con ellas y nos dicen que vienen representantes de Valencia y de Alicante vestidas también con sus trajes típicos. Volvemos al autobús para que nos acerque al Museo Salzillo, para contemplar las obras de este escultor. En Sevilla estamos acostumbrados a ver imágenes extraordinarias la Semana Santa: Martínez Montañés, Juan de Mesa…, pero las esculturas de Francisco Salzillo tienen una calidad y una expresividad únicas. Visita imprescindible.

Comemos en La Alberca, una pedanía en las afueras de Murcia, antes de subir al Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta, que es la patrona de Murcia. Esta virgen sustituyó a la anterior patrona, la Virgen de la Arrixaca debido, según parece, a que tenía más mano a la hora de acabar con las sequías que, periódicamente, asuelan esta zona. La vista desde el Santuario de toda la vega murciana es magnífica. En el exterior del edificio se puede destacar la fachada central y en el interior el retablo y la imagen de la Virgen.

Regresamos sobre las siete y media y nos encontramos con José Luis y Magdalena, que han hecho el viaje desde Sevilla en coche y que estarán con nosotros hasta el lunes día 9, que es cuando termina nuestra estancia aquí.

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Viaje a La Manga (I)

Primer día. 31 de agosto

Si no fuera porque el Imserso ofrece unas condiciones muy ventajosas, casi imposibles de rechazar, nunca se me habría ocurrido plantearme pasar diez días en La Manga del Mar Menor. Había visto reportajes sobre la masificación de hoteles y edificios, sobre el colapso que está a punto de sufrir ese mar por la contaminación, las medusas y el cemento, sobre los problemas de tráfico en verano, cuando el número de habitantes se multiplica por veinte… O sea, no me apetecía mucho. Pero como las fechas eran buenas y otros destinos ya los conocíamos, nos decidimos Carmen, yo y el grupo de amigos que solemos viajar juntos, a visitar ese rincón. Y nunca mejor dicho lo de rincón, porque hay que ver lo arrinconado que está.

Salimos el día 31 de marzo, sábado santo. Después de semanas y meses de lluvia, la semana santa se había presentado radiante, con apenas algún chubasco que no deslució para nada las procesiones. Así que el sábado, después de dejar el coche en el aparcamiento de larga duración del aeropuerto (mucho más cómodo y más barato que el taxi), salimos hacia Alicante Juan Esteban, Manoli, Carmen y yo. Aterrizamos a mediodía en El Altet, el aeropuerto de Alicante-Elche, tras poco menos de una hora de vuelo. Allí nos trasladaron en autobús hasta el hotel de La Manga, el Cavanna. Echamos más tiempo en este traslado que en el viaje de avión, cerca de una hora y media.

Hotel antiguo, de los años sesenta, no demasiado remodelado en todo este tiempo, pero en general, bien. Después de instalarnos en la habitación, amplia y limpia, con excelentes vistas a los dos mares, y de colgar alguna ropa en los armarios, bajamos a realizar nuestra primera comida. Para la mayor parte de las personas que utilizan el Imserso, este momento es fundamental. ¿Será comida abundante, variada, sana, bien cocinada, de calidad? Cuando entramos en el comedor, éste ya estaba casi lleno, pero de un primer vistazo las preguntas anteriores fueron contestadas positivamente. Arroz, costillas de cerdo asadas, lasaña, pollo, mucha ensalada, dulces… Los platos rebosaban, lo que siempre me hace pensar por qué, siendo un bufé del que puede uno llenar el plato las veces que quiera, tiene que llenarse sin dejar ni un hueco, como si fuera a acabarse la comida. No sé si será por pereza, por no tener que levantarse varias veces de la mesa, por reminiscencias de la época del hambre de la posguerra (la edad de algunos hace adivinar que seguramente la sufrieron), pero la verdad es nunca dejo de sorprenderme de que una y otra vez se repita la misma escena. Encontramos una mesa de cuatro y, como estábamos hambrientos pues hacía horas que no tomábamos nada, llenamos a rebosar nuestros platos, pero en nuestra descargar diré que no sobró nada en ellos.

Subimos a la habitación y después de una reparadora siesta, como diría algún cursi, aproximadamente a las seis de la tarde bajamos a un salón a recibir la charla informativa que, ineludiblemente, se recibe cuando uno comienza este tipo de viajes: teléfonos de urgencia para caso de problemas de salud, horario médico, excursiones previstas y que hay que pagar aparte… Después de un pequeño debate entre los cuatro, decidimos realizar tres excursiones organizadas y una o varias más por nuestra cuenta en los ocho días completos que todavía nos quedan: Murcia, Caravaca de la Cruz y Lorca. Finalizada la charla y pagadas las excursiones decidimos dar una vuelta por los alrededores y conocer un poco la zona. Nos recibió un frío y una brisa que no esperábamos y que nos acompañó durante toda la estancia en La Manga. Será por su situación pero siempre soplaba viento, lo que aprovechan los practicantes de kitesurf para divertirse y hacer piruetas. Lo primero que llama la atención es la estrechez de La Manga. Entre el Mar Menor y el Mediterráneo hay puntos que apenas tienen 100 metros de ancho, aunque otros, los menos, alcanzan el kilómetro. Los 18 kilómetros que tiene de largo se pueden recorrer en un autobús que lleva desde el Cabo de Palos, la población más cercana, hasta Veneziola, el extremo donde se abre un estrecho que permite la comunicación de las aguas y que impide que la salinidad del Mar Menor sea excesiva. El primer paseo lo hicimos por el Mar Mayor, como lo llaman por aquí, bien abrigados. En la playa apenas había un par de personas, demasiadas para el frío que hacía. Cuando llegamos al final de un pequeño paseo marítimo, y como no teníamos ganas de llenarnos de arena, cruzamos la carretera y pasamos al Mar Menor. Algunas tiendas, pocas, abiertas, casi todas las ventanas cerradas, algún coche de vez en cuando. No se puede llamar desolación, pero si no fuera por los del Imserso y por algún extranjero que hace deporte en el agua, esto estaría desierto.

El Mar Menor, a diferencia del Mediterráneo, en el que las olas rompían con cierta fuerza en la orilla, era una balsa de aceite. Nos llamó la atención la poca profundidad que tenía en la playa. Algunos kitesurfistas se adentraban metros y metros en el agua y ésta les cubría sólo hasta las rodillas. A poca distancia de la costa una isla, la Isla del Ciervo, a la que, según nos informó una mujer que iba en bicicleta y que se paró a hacernos una pregunta, se puede llegar andando sin que te cubra el agua, pues hay una especie de pasarela que en su momento estaba señalizada que está a poca profundidad. Como el tiempo es demasiado desapacible no creo que probemos.

Tenemos el primer turno de cena, a las ocho de la tarde, así que regresamos al hotel y después de darnos una ducha, bajamos al comedor. Otra vez casi lleno y otra vez problemas para encontrar una mesa de cuatro. Al fondo había una, cerca de un grupo de seis y ocho personas que charlaban animadamente en catalán. Allí nos sentamos y comenzamos el ritual de investigar qué sorpresas culinarias nos tenían preparadas. Nos cuidan muy bien a los pensionistas porque también la cena es variada, sana y abundante. Mientras comemos, Manoli se da cuenta de que algunos de nuestros vecinos catalanes llevan un pin metálico grande con el lazo amarillo. Dentro de unos años seguramente nos habremos olvidado de esto, porque no creo que se estudie en los libros de historia, pero entre nosotros comentamos que, respetando como es lógico cualquier manifestación política y la libertad de expresión no nos parece ni el momento ni el lugar de reivindicar lo que algunos definen como “libertad para los presos políticos”. Una de las que lleva el lazo se levanta varias veces y se pasea entre las mesas, yo diría que con mirada y actitud desafiante, aunque no puedo asegurarlo. Parece como si esperara que alguien dijera algo, que seguramente tendría preparada una respuesta para aquel que se atreviera a llamarle la atención, pero nadie en el gran comedor hace comentario alguno, más bien la tratan con indiferencia. Si yo fuera independentista catalán, pienso, lo último que haría sería viajar a un país como España que les roba, que los maltrata, que los oprime, que utiliza la represión y la violencia para acallar las justas reivindicaciones, un país atrasado, inculto, lleno de fascistas que no les comprenden. Pero así son las cosas de contradictorias: me quiero independizar del país, pero me sigo aprovechando de las ventajas que me proporciona. Como siempre se ha hecho y se seguirá haciendo.

Después de cenar tomamos una infusión en el Café Britannia, allí mismo en el hotel. Seguimos hablando y planificando lo que haremos mañana domingo pues hasta el lunes no tenemos la primera excursión. Y temprano, pues el día ha sido intenso, como siempre ocurre cuando se viaja, nos vamos a la habitación y dormimos profundamente.

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El Caminito del Rey y Abengoa

Si hace algún tiempo me hubieran propuesto establecer una conexión entre el Caminito del Rey y la empresa Abengoa, lo único que se me habría ocurrido es que esta última hubiera participado en la rehabilitación de este camino mediante alguna empresa subcontratada. El pasado viernes 3 de noviembre tuve la oportunidad de recorrer esa senda peatonal construida en las paredes del Desfiladero de los Gaitanes, una garganta de unos tres kilómetros de longitud abierta por el río Guadalhorce en el lugar conocido por el Chorro. Ese paseo es una experiencia extraordinaria porque se puede contemplar de una manera fehaciente cómo el ser humano ha sido capaz de aprovechar los recursos que ofrece la naturaleza respetándola. El paisaje es realmente espectacular, en momentos llega a sobrecoger, como también es espectacular el esfuerzo que ha supuesto la construcción de las presas, el ferrocarril que recorre el desfiladero y, en último término, la pasarela que nos permite contemplar sin apenas sensación de peligro ese lugar único.

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Hay que tener en cuenta que, aunque el recorrido por las pasarelas son unos tres kilómetros, el total supone casi ocho kilómetros, ya que como el camino es lineal y no se puede volver atrás, hay que sumar la distancia entre el aparcamiento donde se deja el coche y el control de entrada y los más de dos kilómetros de tramo final hasta la estación de tren de El Chorro, donde hay que tomar un autobús que te devolverá al lugar donde se aparcó el coche.

Pero volvamos a la relación entre el Caminito del Rey y Abengoa. Cuando llegamos a la zona de recepción de visitantes, nos entregaron un intercomunicador para escuchar las explicaciones de la guía y un casco que es obligatorio colocarse, como en las obras. Antes de comenzar el recorrido la guía nos puso en antecedentes, explicándonos el entorno natural y paisajístico, las grandes obras de construcción de presas y ferrocarril y la historia de la pasarela conocida como Caminito del Rey. No me voy a extender en estas explicaciones que se pueden encontrar en los enlaces que he ido colocando a largo del texto, aunque sí comentaré que la pasarela primitiva se construyó entre 1901 y 1905 fundamentalmente por marineros reconvertidos en albañiles, ya que estaban acostumbrados a subir y bajar por las cuerdas de los barcos y para poder realizar las obras era imprescindible colgarse de las paredes del desfiladero.

El caso es que el responsable de la construcción del Caminito del Rey, así como de la central hidroeléctrica del Guadalhorce y del Pantano del Chorro fue el ingeniero Rafael Benjumea y Burínque aunque nació en Sevilla, desarrolló su vida profesional en Málaga. Como ingeniero se ganó el reconocimiento de sus paisanos y también del rey Alfonso XIII, que le nombró ministro de Fomento. Tuvo también una destacada carrera política, llevando a cabo numerosos proyectos como el trazado, reparación y mantenimiento de las carreteras españolas y la creación de las Confederaciones Hidrográficas. Se exilió en Argentina durante la Segunda República y regresó a España en el año 1947, siendo nombrado por Franco presidente del consejo de administración de RENFE. Falleció en Málaga en 1952.

Rafael Benjumea Burín. Foto::Commons

Un sobrino de Rafael Benjumea, el ingeniero Javier Benjumea Puigcerver (hijo de Javier Benjumea Burín) fundó en Sevilla, en el año 1941, junto con otro ingeniero, José Manuel Abaurre, la empresa Abengoa.

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Ya tenemos explicada la relación entre el Caminito del Rey y Abengoa, pero es preciso añadir algunos detalles relevantes. En primer lugar, la gran influencia política de los Benjumea, una familia de la alta burguesía sevillana, que desde comienzos del siglo XX ocuparon puestos relevantes en tres regímenes diferentes a lo largo de toda la mitad de ese siglo, la monarquía de Alfonso XIII, la dictadura de Primo de Rivera y la dictadura del General Franco: Rafael Benjumea Burín y Joaquín Benjumea Burín fueron ministros con Primo de Rivera y con Franco, respectivamente.

En segundo lugar, la gran labor del ingeniero Javier Benjumea Puigcerver al frente de Abengoa que, en sesenta años se convirtió en una de las mayores y mejores empresas andaluzas y españolas, hasta tal punto que, en 2001 controlaba más de sesenta sociedades en España y cuarenta en el extranjero repartidas en cuatro continentes. En el año 1991 le sucedió su hijo Felipe Benjumea Llorente y la empresa siguió creciendo y diversificándose, dedicando gran parte de su negocio empresarial a las energías renovables. Pero en los últimos años, la mala gestión la llevó a anunciar en el año 2015 preconcurso de acreedores y en la actualidad las perspectivas no son muy favorables.

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Para concluir, un detalle curioso. La caída de Abengoa en el año 2015 coincide con la inauguración ese mismo año del rehabilitado Caminito del Rey, que es visitado diariamente por cientos de personas y que se ha convertido en un núcleo de atracción turística y un ejemplo de conservación del medio ambiente. ¿Casualidad? ¿Se cierra el círculo de los Benjumea?

Viaje a Croacia (y VII). Epílogo

“El viaje no acaba nunca. Solo los viajeros acaban. E incluso estos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: “no hay nada más que ver”, sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino.”
“Viaje a Portugal”. José Saramago

Los viajes de regreso después de unas vacaciones suelen albergar dos sentimientos contradictorios. Por un lado, pena por tener que volver a la rutina diaria, a los horarios estrictos cuando uno se incorpora al trabajo o, como es nuestro caso de tres parejas de jubilados, a los quehaceres propios de nuestra situación: finaliza el verano, los días más cortos, la luz mortecina de las tardes de otoño, los paseos, las lecturas, el deporte, la escritura, planificación de pequeños viajes durante los próximos meses (ahora que lo pienso, no es tan duro el regreso). Y por otro lado,  volver a terrenos conocidos, olores, sabores, sonidos y paisajes que, aunque es bueno dejar durante un tiempo, permanecen en la trastienda y sabemos que están ahí agazapados y nos reclaman, la alegría de volver a ver a la familia y a los amigos que dejamos en nuestro país, las costumbres conocidas y deseadas, las comidas caseras y las que hacemos cuando nos reunimos de vez en cuando, descargar y organizar los cientos de fotografías que hemos hecho durante estos días. Supongo que habrá personas que no pueden arraigarse y que no les importa ir de un sitio para otro continuamente. Pero nosotros necesitamos regresar a terrenos conocidos. Somos así y así nos han educado, qué se le va a hacer.

Día 28. El regreso a Madrid

El avión sale del aeropuerto de Dubrovnik, que está a una media hora del hotel, a las once menos cinco de la mañana. El autobús debe salir, para llegar con tiempo, a las 8,30, pero se retrasa porque alguien ha puesto un coche de tal forma que impide la salida. Después de un cuarto de hora de espera, logramos arrancar. Hay bastante tráfico y tardamos más de lo previsto, pero todavía hay tiempo de sobra, o eso creemos. Lo malo es que la facturación se demoró mucho, pero aún así, a las 10,20 ya estábamos listos para embarcar. Como nos sobraban algunas kunas, comenzamos a mirar por las tiendas del aeropuerto para gastarlas y llevar algún recuerdo. Pero antes de poder comprar algo, por los altavoces se escuchó, en inglés, la última llamada para los pasajeros de nuestro vuelo. Nos miramos sin entender bien lo que pasaba, porque todavía quedaba más de media hora, así que me acerco hasta el mostrador y, efectivamente, me confirman que tenemos tres minutos para embarcar, que es un vuelo charter y que han decidido adelantar la salida. Como no queremos discutir, y además es la primera vez que un vuelo se adelanta en lugar de retrasarse, hay que vivir esa experiencia. Así que en lugar de despegar a las 10,55 lo hicimos a las 10,45. Lo que no sé es qué habría pasado si alguno se hubiera despistado o hubiera llegado a la hora que figuraba en el billete, ¿lo habrían dejado en tierra?

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Llegamos a Madrid a las dos de la tarde en medio del diluvio. Hacía tiempo que no veía llover tanto. Ni nos planteamos realizar el viaje como a la ida, en el cercanías hasta Atocha, entre otras cosas porque no quiero imaginarme ir con las maletas bajo la lluvia desde la estación hasta el cercano hotel que hemos reservado para esta noche. Nos quedamos un día más porque queremos ver a mi hijo Santiago, que trabaja en Madrid desde hace unos meses y aprovechar para ver alguna exposición temporal de las que suele haber en los museos madrileños. El taxi nos acercó hasta casi el vestíbulo del hotel, entrando el coche en la acera para evitar que nos mojáramos, todo un detalle.

En el hotel Paseo del Arte casi nos conocen, porque hemos estado allí varias veces. Está muy bien situado si vienes en el Ave o si te apetece ir andando hasta el centro, porque por la calle Atoche se tardan quince o veinte minutos y, además, tiene un precio muy asequible en relación con la calidad que ofrece. Comemos al lado del Museo Reina Sofía y después nos vamos a hotel a dormir un poco de siesta, que falta nos hace.

Santiago llega sobre las siete y nos vamos dando un paseo hasta la Plaza Mayor, porque allí cerca ha reservado la cena en el restaurante Metro Bistro. Echábamos de menos este tipo de comida, bien elaborada y con un trato exquisito por parte de los camareros. ¿Es chovinismo decir que en España se come mejor que en casi cualquier país del mundo? Nos despedimos de Santiago, que coge el metro en Sol y nosotros regresamos bajando por Atocha hasta el hotel. Hay que bajar la cena.

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Día 29 de agosto.

Me levanto temprano, para no perder la costumbre. Antes de desayunar me doy un paseo solo, los demás ni se han levantado, por la Cuesta Moyano y llego hasta el Retiro. Muchos operarios están echando tierra sobre los charcos que dejaron los aguaceros de ayer. El aire es limpio y la temperatura invita a recrearse y perderse por los caminos del parque. Pero me llaman al móvil y me dicen que van a bajar a desayunar. Miro el reloj y son las 9 y media. Regreso por el Paseo del Prado, demorándome un poco y recordando los paseos que daba con mis padres cuando, durante un año, vivimos en Madrid, allá por el año 1965 (quizás lo cuente alguna vez).

Después del desayuno en el hotel, Jesús e Isabel se van a ver a su hija, a su yerno y a sus nietos que viven en San Martín de la Vega y nosotros subimos hasta la entrada del Museo del Prado. Visitamos la exposición temporal “Tesoros de la Hispanic Society of America. Visiones del mundo hispánico”, una auténtica maravilla y descubro la labor de un personaje del que había oído hablar pero que a partir de ahora admiraré y respetaré mucho más: Archer Milton Huntington, un coleccionista e hispanista americano que creó una institución que, a través de una biblioteca y unas colecciones de arte elegidas de manera erudita y sistemática, fomenta la apreciación de la cultura española y profundizara en el estudio de la literatura y el arte de España, Portugal y América Latina.

Tesoros de la Hispanic Society of America

Nos demoramos unas dos horas en el museo y cuando salimos nos dirigimos al museo Thyssen, para ver la exposición El Renacimiento en Venecia.

Carmen, Juan Esteban y Manoli salieron camino de la Puerta del Sol para buscar un sitio donde comer por los alrededores y comprar lotería en Doña Manolita, como es tradición, y yo me quedé un poco más en el museo para ver las colecciones permanentes. Hacía mucho tiempo que no entraba en el Thyssen y me apetecía.

Y después de comer, poco más, ya que el Ave salía a las 7 de la tarde y nos daba tiempo a tomarnos un café, recoger las maletas en el hotel y llegar a la estación. Todo había salido casi a la perfección. Y digo casi porque la perfección no existe y porque las imperfecciones son las que hacen la vida más interesante, si no, menudo aburrimiento.

Terminaré con una frase de San Agustín que oí o leí no sé cuándo ni dónde pero que resume muy bien lo que pienso sobre nuestra pasión por viajar y que esperamos seguir fomentando y repitiendo:

“El mundo es un libro y aquellos que no viajan solo leen una página”.

Viaje a Croacia (VI). Dubrovnik en dos días

Será que Dubrovnik es una de las ciudades europeas de moda porque pocas veces he visto tanta gente en tan poco espacio. Mira que se lo dije a mis compañeros: viajar a finales de agosto es una temeridad, porque medio mundo va de un lado para otro y el otro medio no va porque no puede, que si no… Pero salvando este inconveniente, grande o pequeño según se mire, la antigua Ragusa, capital de la República del mismo nombre y cuyo lema era la libertad no se vende ni por todo el oro del mundo (en latín, “Non bene pro toto libertas venditur auro”), no decepciona, No me extraña que Lord Byron la definiera como “la perla del Adriático” y que Bernard Show la calificara como “el paraíso en la Tierra”. Y quizás por eso la agencia de viajes, al planificar el recorrido por Croacia, dedicara dos días completos a esta ciudad. En la anterior entrada describí un paseo nocturno en el que pudimos deleitarnos con un ambiente que, a pesar de la gran cantidad de turistas que como nosotros disfrutaban de la ciudad, no resultaba agobiante. Pero la mañana siguiente fue diferente.

26 de agosto. Dubrovnik e isla de Lopud

Por la mañana el autobús nos dejó frente a la puerta de Pile, donde suelen parar los autobuses turísticos y descargar a cientos de personas que se dedican a realizar fotos que apenas mirarán cuando regresen a sus casas. Si os fijáis, un porcentaje bastante alto de turistas apenas escuchan a los guías,profesionales generalmente muy bien preparados, y se dedican a hacerse selfies, fotografiar con móviles o cámaras, detenerse a comprar recuerdos o interrumpirlos con preguntas absurdas. Menos mal que suelen estar acostumbrados y responden con una agradable sonrisa, porque la educación y la paciencia entran en el sueldo. Nos recibe una guía local, una colombiana que llegó a Croacia hace muchos años y aquí se quedó. Se nota que es una enamorada de este país y de esta ciudad en concreto.

La vista desde la plaza que se encuentra frente a la puerta de Pile nos retrotrae a cinco o seis siglos atrás. No puedo evitar acordarme otra vez de Juego de Tronos y de aquellas escenas que se rodaron aquí. He encontrado un enlace donde se recrean los diferentes escenarios: Escenarios de Juego de Tronos en Dubrovnik.

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Entramos en el caso antiguo y una de los primeros lugares que vemos es la Gran Fuente de Onofrio, donde nos detenemos un momento antes de entrar en el primer edificio que visitamos, el Monasterio Franciscano, en cuyo interior se encuentra una de las farmacias mas antiguas de Europa y un museo en el que se conservan restos del bombardeo que sufrió la ciudad el 6 de diciembre de 1991, durante la guerra yugoslava. DSC_0368

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Continuamos la visita caminando por la calle principal, Stradun, hasta desembocar en la plaza Luza donde se encuentran la Columna de Orlando, la Torre de la Campana y la Pequeña Fuente de Onofrio. Entramos en el Palacio del Rector, edificio que combina los estilos gótico y renacentista. Según nuestra guía, era la sede del electo Rector regente de la República de Ragusa y la sede de la administración del Estado. Durante el período de gobierno (solamente de un mes), el rector no podía salir del edificio sin el permiso del Senado. Hoy en día este palacio se ha convertido en el Museo de Historia de la República de Ragusa. Entramos y nos encontramos con un patio central de bellas arcadas y unas escaleras que llevan a las estancias superiores, donde se encuentran valiosas piezas que dan muestra de la riqueza de la República.

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Una vez finalizada la visita entramos en la Catedral de Dubrovnik, también conocida como Iglesia de la Asunción, un edificio que fue primero una basílica bizantina, después un templo románico y por último, después de un terrible terremoto en 1667, la edificación que se construyó fue de estilo barroco. En él se conservan reliquias de San Blas, un santo cuya imagen se repite en toda la ciudad.

San Blas

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Por la tarde hacemos un recorrido en barco por las Islas Elafiti, situadas frente a Dubrovnik y desembarcamos en una de ellas, Lopud. El viaje, de unos 40 minutos, nos permitió admirar la costa dálmata, que desde el mar ofrece unas vistas preciosas. Entran ganas de alquilar un barco. Carmen y yo aprovechamos para darnos un baño en el Adriático. El agua estaba deliciosa, una pena que estuviéramos apenas una hora en la isla y no pudimos recorrerla, como nos hubiera gustado.

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Por la noche bajamos a la piscina del hotel donde hay también un bar y un escenario con actuaciones. Nos quedamos un rato tomándonos unas copas y comentando las inevitables anécdotas del día. Además, como mañana tenemos día libre no habrá que madrugar así que aprovechamos para relajarnos, que llevamos un ritmo…

Día 27 de agosto.

Hoy tenemos día libre, por fin, así que no tenemos que madrugar. Por la mañana compramos en el hotel la Dubrovnik Card de un día, una tarjeta que te permite visitar muchos de los monumentos más importantes de la ciudad y utilizar el transporte público gratis durante un día. Nos costó unos 20 euros al cambio y vale la pena, ya que con que subas a las murallas y utilices una vez el transporte prácticamente se amortiza.

Cogemos el autobús que nos acerca hasta la conocida puerta de Pile y atravesamos toda la calle Stradun hasta llegar a la plaza Luza, ya que nos recomendó la guía que cerca estaba la mejor entrada para recorrer las murallas. Es mejor hacerlo temprano porque el calor aprieta a mediodía y hay muchas cuestas y escaleras. Si visitas Dubrovnik, tienes que recorrer sí o sí, como diría el expresidente de un equipo sevillano, las murallas que rodean la ciudad vieja, pero sin prisas, deteniéndote a cada momento para ver las estrechas calles que cruzan transversalmente la ciudad hasta desembocar en la arteria principal, la calle Stradun, los tejados de las casas, un noventa por ciento de los cuales tuvieron que restaurarse debido al bombardeo del año 1991, los palacios, las iglesias, las plazas… Aunque dicen que se pueden recorrer en menos de una hora (tienen casi dos kilómetros de longitud), si queremos detenernos a contemplar la ciudad, subir a alguna de sus torres, sacar fotos, etc., se tarda casi dos horas. Por eso es mejor hacer lo que hicimos nosotros, comenzar a recorrerlas antes de las diez de la mañana.

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Antes de comer nos separamos porque había diferentes pareceres sobre qué hacer antes de comer. Así que nos dividimos en tres grupos. Juan Esteban, Jaime y yo visitamos el museo naval y después nos sentamos a tomarnos unas cervezas frente al puerto. Un buen plan, sí señor.

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Comimos, también frente al puerto, en el Restaurante Arsenal, muy elegante y con unas vistas magníficas. La relación calidad-precio, bastante buena.

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Antes de salir otra vez por la puerta de Pile me llamó la atención un hombre sentado al lado del Convento de Santa Clara, delante de una mesita redonda con un tablero de ajedrez y algunos libros, con un cartel en inglés que decía: “Gordan Markotic, juega y aprende ajedrez con un maestro internacional”. Porque no quería dejar solos a mis amigos y a mi mujer, y desconozco el inglés, pero me hubiera encantado sentarme con él un rato y echar alguna partida. Me apenó que alguien que llegó a ser un conocido jugador a nivel internacional tuviera que ganarse la vida así. ¿Será también otro daño colateral de la guerra?

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Y por la tarde, descanso, aunque yo aproveché para darme otro baño en la playa que está debajo del hotel y en la piscina. Después, Carmen y yo nos dimos un paseo por los alrededores. Teníamos que relajarnos pues el viaje llegaba casi a su fin y la semana había sido muy, muy intensa. Y todavía teníamos que hacer las maletas. Pero una tarde da para mucho.

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