Viaje a La Manga (II)

Segundo día. 1 de abril

Como el horario de desayuno habitual es de 8 a 10 de la mañana, nos demoramos todo lo que podemos y bajamos casi a última hora. Lo malo es que todo el mundo ha pensado lo mismo, hoy es domingo y el comedor está a reventar. Como se ve que la cosa está complicada, el responsable del comedor abre un anexo y allí nos sentamos. Buen desayuno: fruta, zumo de máquina, café, tostadas con aceite, algún dulce. Y si hubiera querido, huevos revueltos o duros, salchichas… Antes dije que hoy es domingo, así que Manoli y Carmen buscan una iglesia para ir a misa. En recepción se informa de todo, así que buscamos horarios y ubicación de las iglesias que hay en La Manga. Sólo hay dos y una más en Cabo de Palos. Se deciden por una que empieza a las 12 y media y que está aproximadamente a un kilómetro del hotel. Vamos paseando. Pasamos primero por una Gola, un canal semiartificial, es decir, que se ha aprovechado una pequeña salida natural del Mar Menor al Mediterráneo para ampliarla y así las aguas de ambos mares se pueden comunicar. Como la información que nos habían dado no era demasiado exacta, tuvimos que preguntar varias veces hasta encontrar la iglesia, situada muy cerca del mar, amplia y moderna. Faltaba más de media hora para que empezara la ceremonia, así que Juan Esteban y yo decidimos dejarlas y seguir caminando hasta la población de Cabo de Palos. Es un paseo muy cómodo que deja a la izquierda el Mediterráneo, que se va divisando entre edificios de apartamentos, casas bajas y hoteles. Legamos a una zona más despejada desde la que se ve, elevado sobre un pequeño promontorio, el faro de Cabo de Palos.

Tras casi una hora de tranquilo paseo llegamos hasta las primeras edificaciones del pueblo, un Mercadona, la oficina de turismo y varios comercios cerrados. Baja gente con muchas bolsas que viene del mercadillo que se organiza todos los domingos por la mañana. Juan y yo no somos muy dados a este tipo de cosas así que esperamos en la parada del autobús que nos lleve de regreso al hotel. Pasa un primer autobús que viene lleno y, poco después, un segundo que, aunque también está bastante cargado, nos permite subir. Es un trayecto corto y llegamos en menos de diez minutos. Carmen y Manoli llegan un poco después y otra vez al comedor.

Por la tarde decidimos ir en autobús hasta Cabo de Palos. Por mí hubiera ido andando los poco más de tres kilómetros que hay desde el hotel al pueblo, pero el personal que me acompaña no está por la labor. Les recuerdo que anduvimos mucho más cuando fuimos hace un par de años a Nueva York, pero ni caso. Esto es un viaje del Imserso y hay que demostrarlo. Así que fuimos a la parada del autobús y cuando estábamos esperando se acerca un taxi y nos dice que por seis euros nos acerca hasta el Cabo. No lo pensamos así que nos subimos y nos acercó hasta la base de cabo. Hay que subir por un pequeño camino asfaltado en el que se pueden leer frases como “Salvemos el faro” o “No a la especulación”. Resulta que hay un proyecto de convertir los faros en hoteles, privatizándolos y se pretende evitar que, como siempre, unos pocos se beneficien y la mayoría no pueda acceder a los lugares públicos.

Estuvimos una hora visitando la base del faro, haciendo fotos, divisando las Islas Hormigas y recreándonos en las vistas del pueblo y de la Manga. Tarde espléndida de sol y sin apenas viento, una sorpresa. Bajamos hasta el pueblo y, frente al puerto nos tomamos un café. Yo aproveché para tomarme un café asiático, una especialidad de la zona de Cartagena (la mayor parte de La Manga pertenece a ese municipio) a base de café, como es lógico, leche condensada, coñac, Licor 43 y canela. Muy rico, pero una bomba de calorías. Regresamos en autobús hasta el hotel, aunque hay que comentar que el servicio de autobuses está demasiado espaciado, pasa cada tres cuartos de hora; supongo que en verano el horario se ampliará.

En la cena vuelve a repetirse la pasarela con el lazo amarillo, que se pasea de un lado a otro del comedor, exhibiéndose orgullosamente. La pareja está hoy comiendo sola, no sé si porque sus compañeros no han bajado a cenar o porque ya se han ido. El caso es que, a su lado, y al nuestro, pues sólo nos separan un par de mesas, un hombre se ha puesto un pin con una bandera española en el jersey. Ya empezamos con la guerra de símbolos y de banderas. Siento alguna inquietud por si hubiera algún incidente, pero no pasa nada. ¿Qué necesidad hay de todo esto?

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Tercer día. 2 de abril

Hoy toca la primera excursión organizada y el primer madrugón. El autobús sale a las nueve menos cuarto, así que tenemos que bajar al comedor a desayunar a primera hora, es decir, a las ocho. Siempre me he preguntado por qué, cuando se está de vacaciones, tiene uno que sacrificarse más que cuando está en su casita. Ahora que estoy jubilado no tengo horario, pero levantarme antes de las ocho me parece una herejía. Tampoco es que me quede demasiado tiempo remoloneando en la cama, pero ya hace mucho que no me levanto temprano.

Tras casi una hora y tres cuartos de viaje el autobús nos deja frente al Ayuntamiento, que estaba siendo engalanado para la lectura del Pregón. Da la casualidad de que mañana martes es el día grande las fiestas de primavera de Murcia, al que aquí llaman El Bando de la Huerta y desde allí llegamos andando hasta la Plaza Belluga. Se nota que hay buen ambiente, pues por casi todos lados hay trabajadores del Ayuntamiento colocando flores, levantando andamios y palcos, etc. En la plaza Belluga, aunque habría que decir más correctamente Plaza del Cardenal Belluga, ilustre personaje del que habría que hablar largo y tendido, nos encontramos lo que un estudioso de la arquitectura urbana definiría como eclecticismo: la catedral de Murcia, el Palacio Episcopal y el Ayuntamiento nuevo, anexo al que mencioné anteriormente. Para asombro y enfado de muchos murcianos, el arquitecto Rafael Moneo diseñó y construyó un edificio que rompe con el estilo de los edificios anteriores. No quiero entrar en polémicas, pero no me parece mal y, encima, me gustan sus líneas rectas y sencillas.

Antes de entrar en la catedral, contemplamos la torre-campanario, realmente excepcional. Según nos explica la guía, es la segunda más alta de España, tras la de Sevilla. Entramos en la catedral y recorremos sus naves y capillas, deteniéndonos sobre todo en la capilla de los Vélez. Al salir, rodeamos el espléndido edificio y después nos dirigimos andando hasta la calle Trapería, una de las más importantes de la ciudad y donde se encuentra otro edificio que merece la pena visitar, el Real Casino de Murcia. Otro edificio de estilo ecléctico, algo muy habitual en esta ciudad, donde al lado de iglesias o catedrales barrocas o neoclásicas, te encuentras de pronto con obras rompedoras y vanguardistas. La verdad es que el Casino merece la pena visitar.

Nos dejan un poco de tiempo libre que aprovechamos para recorrer el centro de la ciudad y nos encontramos con hombres y mujeres vestidos con el traje típico de la huerta murciana pues van a hacer una especie de desfile por las principales calles hasta llegar al ayuntamiento. Aprovechamos para charlar y hacernos fotos con ellas y nos dicen que vienen representantes de Valencia y de Alicante vestidas también con sus trajes típicos. Volvemos al autobús para que nos acerque al Museo Salzillo, para contemplar las obras de este escultor. En Sevilla estamos acostumbrados a ver imágenes extraordinarias la Semana Santa: Martínez Montañés, Juan de Mesa…, pero las esculturas de Francisco Salzillo tienen una calidad y una expresividad únicas. Visita imprescindible.

Comemos en La Alberca, una pedanía en las afueras de Murcia, antes de subir al Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta, que es la patrona de Murcia. Esta virgen sustituyó a la anterior patrona, la Virgen de la Arrixaca debido, según parece, a que tenía más mano a la hora de acabar con las sequías que, periódicamente, asuelan esta zona. La vista desde el Santuario de toda la vega murciana es magnífica. En el exterior del edificio se puede destacar la fachada central y en el interior el retablo y la imagen de la Virgen.

Regresamos sobre las siete y media y nos encontramos con José Luis y Magdalena, que han hecho el viaje desde Sevilla en coche y que estarán con nosotros hasta el lunes día 9, que es cuando termina nuestra estancia aquí.

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Viaje a La Manga (I)

Primer día. 31 de agosto

Si no fuera porque el Imserso ofrece unas condiciones muy ventajosas, casi imposibles de rechazar, nunca se me habría ocurrido plantearme pasar diez días en La Manga del Mar Menor. Había visto reportajes sobre la masificación de hoteles y edificios, sobre el colapso que está a punto de sufrir ese mar por la contaminación, las medusas y el cemento, sobre los problemas de tráfico en verano, cuando el número de habitantes se multiplica por veinte… O sea, no me apetecía mucho. Pero como las fechas eran buenas y otros destinos ya los conocíamos, nos decidimos Carmen, yo y el grupo de amigos que solemos viajar juntos, a visitar ese rincón. Y nunca mejor dicho lo de rincón, porque hay que ver lo arrinconado que está.

Salimos el día 31 de marzo, sábado santo. Después de semanas y meses de lluvia, la semana santa se había presentado radiante, con apenas algún chubasco que no deslució para nada las procesiones. Así que el sábado, después de dejar el coche en el aparcamiento de larga duración del aeropuerto (mucho más cómodo y más barato que el taxi), salimos hacia Alicante Juan Esteban, Manoli, Carmen y yo. Aterrizamos a mediodía en El Altet, el aeropuerto de Alicante-Elche, tras poco menos de una hora de vuelo. Allí nos trasladaron en autobús hasta el hotel de La Manga, el Cavanna. Echamos más tiempo en este traslado que en el viaje de avión, cerca de una hora y media.

Hotel antiguo, de los años sesenta, no demasiado remodelado en todo este tiempo, pero en general, bien. Después de instalarnos en la habitación, amplia y limpia, con excelentes vistas a los dos mares, y de colgar alguna ropa en los armarios, bajamos a realizar nuestra primera comida. Para la mayor parte de las personas que utilizan el Imserso, este momento es fundamental. ¿Será comida abundante, variada, sana, bien cocinada, de calidad? Cuando entramos en el comedor, éste ya estaba casi lleno, pero de un primer vistazo las preguntas anteriores fueron contestadas positivamente. Arroz, costillas de cerdo asadas, lasaña, pollo, mucha ensalada, dulces… Los platos rebosaban, lo que siempre me hace pensar por qué, siendo un bufé del que puede uno llenar el plato las veces que quiera, tiene que llenarse sin dejar ni un hueco, como si fuera a acabarse la comida. No sé si será por pereza, por no tener que levantarse varias veces de la mesa, por reminiscencias de la época del hambre de la posguerra (la edad de algunos hace adivinar que seguramente la sufrieron), pero la verdad es nunca dejo de sorprenderme de que una y otra vez se repita la misma escena. Encontramos una mesa de cuatro y, como estábamos hambrientos pues hacía horas que no tomábamos nada, llenamos a rebosar nuestros platos, pero en nuestra descargar diré que no sobró nada en ellos.

Subimos a la habitación y después de una reparadora siesta, como diría algún cursi, aproximadamente a las seis de la tarde bajamos a un salón a recibir la charla informativa que, ineludiblemente, se recibe cuando uno comienza este tipo de viajes: teléfonos de urgencia para caso de problemas de salud, horario médico, excursiones previstas y que hay que pagar aparte… Después de un pequeño debate entre los cuatro, decidimos realizar tres excursiones organizadas y una o varias más por nuestra cuenta en los ocho días completos que todavía nos quedan: Murcia, Caravaca de la Cruz y Lorca. Finalizada la charla y pagadas las excursiones decidimos dar una vuelta por los alrededores y conocer un poco la zona. Nos recibió un frío y una brisa que no esperábamos y que nos acompañó durante toda la estancia en La Manga. Será por su situación pero siempre soplaba viento, lo que aprovechan los practicantes de kitesurf para divertirse y hacer piruetas. Lo primero que llama la atención es la estrechez de La Manga. Entre el Mar Menor y el Mediterráneo hay puntos que apenas tienen 100 metros de ancho, aunque otros, los menos, alcanzan el kilómetro. Los 18 kilómetros que tiene de largo se pueden recorrer en un autobús que lleva desde el Cabo de Palos, la población más cercana, hasta Veneziola, el extremo donde se abre un estrecho que permite la comunicación de las aguas y que impide que la salinidad del Mar Menor sea excesiva. El primer paseo lo hicimos por el Mar Mayor, como lo llaman por aquí, bien abrigados. En la playa apenas había un par de personas, demasiadas para el frío que hacía. Cuando llegamos al final de un pequeño paseo marítimo, y como no teníamos ganas de llenarnos de arena, cruzamos la carretera y pasamos al Mar Menor. Algunas tiendas, pocas, abiertas, casi todas las ventanas cerradas, algún coche de vez en cuando. No se puede llamar desolación, pero si no fuera por los del Imserso y por algún extranjero que hace deporte en el agua, esto estaría desierto.

El Mar Menor, a diferencia del Mediterráneo, en el que las olas rompían con cierta fuerza en la orilla, era una balsa de aceite. Nos llamó la atención la poca profundidad que tenía en la playa. Algunos kitesurfistas se adentraban metros y metros en el agua y ésta les cubría sólo hasta las rodillas. A poca distancia de la costa una isla, la Isla del Ciervo, a la que, según nos informó una mujer que iba en bicicleta y que se paró a hacernos una pregunta, se puede llegar andando sin que te cubra el agua, pues hay una especie de pasarela que en su momento estaba señalizada que está a poca profundidad. Como el tiempo es demasiado desapacible no creo que probemos.

Tenemos el primer turno de cena, a las ocho de la tarde, así que regresamos al hotel y después de darnos una ducha, bajamos al comedor. Otra vez casi lleno y otra vez problemas para encontrar una mesa de cuatro. Al fondo había una, cerca de un grupo de seis y ocho personas que charlaban animadamente en catalán. Allí nos sentamos y comenzamos el ritual de investigar qué sorpresas culinarias nos tenían preparadas. Nos cuidan muy bien a los pensionistas porque también la cena es variada, sana y abundante. Mientras comemos, Manoli se da cuenta de que algunos de nuestros vecinos catalanes llevan un pin metálico grande con el lazo amarillo. Dentro de unos años seguramente nos habremos olvidado de esto, porque no creo que se estudie en los libros de historia, pero entre nosotros comentamos que, respetando como es lógico cualquier manifestación política y la libertad de expresión no nos parece ni el momento ni el lugar de reivindicar lo que algunos definen como “libertad para los presos políticos”. Una de las que lleva el lazo se levanta varias veces y se pasea entre las mesas, yo diría que con mirada y actitud desafiante, aunque no puedo asegurarlo. Parece como si esperara que alguien dijera algo, que seguramente tendría preparada una respuesta para aquel que se atreviera a llamarle la atención, pero nadie en el gran comedor hace comentario alguno, más bien la tratan con indiferencia. Si yo fuera independentista catalán, pienso, lo último que haría sería viajar a un país como España que les roba, que los maltrata, que los oprime, que utiliza la represión y la violencia para acallar las justas reivindicaciones, un país atrasado, inculto, lleno de fascistas que no les comprenden. Pero así son las cosas de contradictorias: me quiero independizar del país, pero me sigo aprovechando de las ventajas que me proporciona. Como siempre se ha hecho y se seguirá haciendo.

Después de cenar tomamos una infusión en el Café Britannia, allí mismo en el hotel. Seguimos hablando y planificando lo que haremos mañana domingo pues hasta el lunes no tenemos la primera excursión. Y temprano, pues el día ha sido intenso, como siempre ocurre cuando se viaja, nos vamos a la habitación y dormimos profundamente.

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Tarde de paseo por Aroche. El camino del Carmen

Después de unas semanas de lluvia que habían dejado el aire limpio y fresco, las piedras de las calles relucientes y la tierra encharcada, aquella mañana había amanecido con un sol radiante que mostraba el pueblo y el campo en todo su rotundo esplendor. El blanco parecía más blanco y el verde adquiría tonos esmeraldas y olivas que competían con el intenso color azul del cielo que se reflejaba en charcos y albercas. A diferencia de los días anteriores ni una sola nube se adivinaba en el horizonte. Una ligera brisa movía perezosamente las hojas del naranjo y del limonero de la huerta. Salí al porche y contemplé las casas de tejados a dos aguas, las terrazas, los balcones, el campanario de la iglesia, la torre de la cilla, el castillo y, al fondo, la sierra, recortando el horizonte con sus matices verdes y grisáceos.

La mañana había discurrido tranquilamente, bajar al sótano para subir unos troncos y unos palos para encender la chimenea, el desayuno en la sala mientras veía las noticias en la televisión y las comentaba con mi madre, las compras en el supermercado, el café en el casino, saludos a los conocidos. De vuelta a casa, y como me quedaba poco para terminar el libro que estaba leyendo, me sumergí en las últimas páginas y escuché a Paco Ibáñez en el equipo de música. Una cerveza y unos cacahuetes de aperitivo, una comida ligera, recoger la mesa, fregar los platos y una cabezada en el sillón, tapado con la ropa de la mesa camilla, pues dentro de la casa hace más frío que fuera, el ruido del televisor al fondo. Me desperecé de la breve siesta. Mi madre seguía durmiendo, la boca abierta y las gafas en la punta de la nariz. El fuego de la chimenea se había apagado pero la luz que, tamizada por la cortina, entraba por la ventana, me alejó el pensamiento de avivarlo. Me levanté sin hacer ruido y salí para coger las últimas naranjas del árbol. Algunas se habían caído esta noche y reposaban en el suelo. Me agaché a recogerlas, las limpié de la tierra que se había pegado a la piel y terminé de llenar una bolsa que rebosaba de frutos. Después recogí la ropa que mi madre había tendido fuera esta mañana, aprovechando que es el primer día sin lluvia y con sol después de mucho tiempo. Mi madre ya se había despertado y, saliendo en bata y con el pelo revuelto me preguntó que qué estaba haciendo, que cómo no la había avisado, que se aburre sin hacer nada. Le sonreí y le dije que volviera a entrar en casa, que todavía hacía frío, aunque hubiera salido el sol. Entró protestando y volvió a sentarse en la mesa camilla.

La tarde anterior había bajado hasta los Llanos de la Belleza, pasando al lado del cortijo y observando las nuevas plantaciones de árboles frutales y de arándanos que desde hace unos años han cambiado la fisonomía del campo, cubriéndolo de plástico. Todo sea por el trabajo y la riqueza que está proporcionando, pero el paisaje ha perdido encanto. Ya queda poco espacio sin cultivar y la agreste perfección de una llanura de hierba virgen que unos años antes sólo estaba salpicada por algunas ovejas ha desaparecido. Seguí andando por el camino de los Lobos hasta llegar a la Rivera del Chanza. En el cielo una bandada de buitres negros volaba alto haciendo círculos y un avión, mucho más arriba, dejaba una larga estela blanca. En el puente me detuve a contemplar la gran cantidad de agua que, gracias a las últimas lluvias, había limpiado y llenado el cauce. Seguramente habría habido alguna crecida los días anteriores porque ramas y pequeños troncos salpicaban la orilla. Me quedé un rato acodado en la baranda, esperando ver a la nutria que, según había escuchado unos días antes, solía acercarse. Pero no hubo suerte y regresé al pueblo sin subir, como hice la semana pasada, hasta el Cortijo de Los Lobos.

Esta tarde decidí cambiar de recorrido. Alrededor de las seis, después de ponerme ropa y calzado cómodo y de abrigarme bien, pues refresca mucho cuando se pone el sol, salí por la parte de atrás al callejón. El olivar del cercado en pendiente cuya sombra enfría las casas y que impide que el sol las caliente hasta bien entrada la tarde ha sembrado de hojitas el suelo húmedo. Debo tener cuidado para no resbalar. Llegué hasta la Fuente Nueva, saltando sobre el pequeño regato que sale de las piedras que sostienen los inclinados huertos y que se introduce por un aliviadero que lo llevará hasta el barranco de la Vica, saludé a Santito que, como siempre, está arreglando coches y al llegar a la altura del Salón Félix Lunar dejé la calle Puerta de Sevilla y giré a la izquierda subiendo por la empinada calle San Mamés. Apenas hay gente. Las cuestas del pueblo son para personas entrenadas pues la pendiente es continua y andar por las calles empedradas dificulta la caminata. Volví a girar a la izquierda, pasando por la calle Águila y la calle Senabra, dejando a mi derecha la Almena, la Torre de San Ginés. Una vez abandonadas las últimas casas del pueblo continué subiendo por un camino rural que hace unos años era de tierra y se embarraba con facilidad, pero lo han arreglado y ahora se puede andar mucho más cómodamente.

La pendiente se suavizó un poco. A un lado pequeños cercados de huertos, olivos, encinas y alcornoques en los que se ve, de vez en cuando, a alguien trabajando la tierra; a mi derecha, un desnivel abrupto que desciende hasta el ambulatorio, las casas que se levantaron donde se ubicaba el antiguo colegio y, poco más allá, el colegio nuevo. Sigo caminando sin prisa. Saludo a un hombre con un morral al hombro que me dice “amoallá”, vamos allá, un saludo habitual por estos lares, como si las personas adivinaran hacia donde uno se dirige. Me detengo ante un azulejo que han debido colocar hace poco y que informa de que estoy en el Camino Viejo del Cerro o Camino Antiguo del Hurón, un camino circular que enlaza con el Carril del Mármol. Me entra una duda porque justo al lado sale una estrecha senda muy inclinada y con piedras sueltas que no invita, precisamente, a adentrarse en ella. ¿Cuál será el Camino Viejo, el que estoy siguiendo o la pequeña senda? Ya se lo preguntaré a alguien.

Miro el reloj y son casi las seis y media. El sol todavía está bastante alto, aunque las sombras se han ido alargando y la temperatura ha descendido. El paisaje cambia un poco más adelante. El camino, que se había allanado durante unos cientos de metros, vuelve a subir y se bifurca. Un cartel indica que a la derecha hay un camino particular y ahí mismo, una finca con una piara de cerdos. Me acuerdo de la frase “dar de comer margaritas a los cerdos” y recojo algunas que crecen en los bordes de la finca. Dos o tres cochinillos se acercan curiosos y yo les tiro las margaritas, y aunque alguno hace ademán de comerlas, al final se da media vuelta y se aleja para seguir hozando en la tierra, rebuscando bellota entre las encinas.

El campo muestra la exuberancia que le proporciona el agua. Si yo entendiera de flora y fauna, si me hubiera criado en un pueblo, si mi padre no hubiera enfermado tan pronto, él que entendía tanto del campo y que me ayudaba a distinguir un roble de un castaño, un pino de un abeto o el canto de un mirlo del de un jilguero… Pero la enfermedad le atrapó demasiado pronto a él y demasiado niño a mí y le impidió acompañarme en los paseos por las corredoiras y por los bosques. En cuanto andaba unos metros se asfixiaba. Yo apenas tenía ocho años y ya no pude aprender con él. Casi todos los fines de semana íbamos a la aldea, a jugar con los primos y a corretear por el campo, pero él apenas podía seguirme y yo no tenía paciencia para andar a su ritmo. Por eso, cuando veo los árboles, las flores, los arbustos, los pájaros, sólo me queda acordarme de todo lo que he leído y escuchado. Sí reconozco las encinas, los olivos, los alcornoques, los pinos, los castaños, los naranjos…, pero poco más. Sé muchos nombres: quejigos, hayas, chopos, fresnos, álamos, alisos, pero no sabría distinguirlos. Y por el camino voy encontrando una gran variedad. Muchos de ellos nacen justo en el borde, sobrepasando las alambradas o los muros de piedra que, según me contaron hace tiempo, construyeron por aquí cuadrillas de gallegos, grandes expertos en levantar esos muros que separan unas leiras de otras, las fincas de los vecinos, los caminos de las tierras de labor.

El sendero ahora ya no está empedrado, sino que le han echado una capa de cemento. Donde antes las ovejas y las bestias caminaban sobre tierra y guijarros, ahora, seguramente para facilitar el paso de los coches, lo hacen sobre una superficie mucho más dura. El camino se bifurca y dos letreros me informan de que uno se llama “Camino del Merendero” y otro “Camino del Carmen”. Elijo este último. El camino sigue subiendo, pero la cuesta se hace más llevadera. A la derecha veo, a lo lejos, restos del mármol de la cantera. Poco más adelante sonrío al ver un muñeco con la cabeza de goma y el cuerpo de trapo colocado boja abajo sobre una alambrada, observando el paso de los caminantes. Durante una decena de metros se ven las marcas del paso de un rebaño que pasaría sobre el cemento cuando la argamasa estaría todavía fresca. Se van sucediendo fincas y dehesas con cerdos, cabras, ovejas, perros que me ladran al pasar o que se acercan curiosos y moviendo la cola. Ahora la vereda vuelve a ser de tierra y los charcos y los hilos de agua que corren al lado me acompañan con su sonido y se suman al canto de los pájaros, ¿serán jilgueros, pinzones, petirrojos, herrerillos…?

Sin darme cuenta el sol ha descendido mucho y mi sombra se ha alargado. La luz se tamiza entre las hojas de los árboles, que en algunos momentos se cierran sobre mi cabeza. Son cerca de las siete, casi una hora de marcha y decido dar la vuelta pues no quiero andar de noche por lugares que no conozco demasiado bien. En otra ocasión tendré que salir más temprano o hacerlo cuando la primavera esté más avanzada y las tardes sean más largas y cálidas. Varios coches me adelantan y tengo que apartarme pues el camino es estrecho. Los paisanos, que seguramente habrán estado trabajando durante todo el día en sus campos, regresan al pueblo. Uno se detiene un momento para preguntarme si me quiero subir con él al coche, que me acerca hasta donde yo quiera. Se lo agradezco, pero le contesto que prefiero ir caminando, que han sido muchos días encerrado en casa por la lluvia y que me apetece andar, que la tarde es perfecta para hacerlo. Me saluda y se aleja.

El sol se pone entre los cerros y diviso las primeras casas del pueblo. Hago una última foto con el teléfono móvil, aprovechando el contraluz, y me adentro en las calles silbando el pasodoble de Aroche.

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Un domingo por la mañana

Este domingo por la mañana me levanté temprano, antes de las 8. En otros tiempos eso era levantarse tarde, muy tarde, diría yo. Nunca me gustó quedarme remoloneando en la cama los fines de semana; lo máximo que me permitía era escuchar el transistor, pegado a la oreja para no despertar a mi mujer, y escuchar las noticias o las tertulias. Pero aguantaba poco porque me parecía una pérdida de tiempo. Aprovechaba que no había tráfico, que las calles estaban solitarias y silenciosas y salía a correr o a andar. Me gustaba el fresco de la mañana, los escasos paseantes o los locos que, como yo, salíamos a hacer deporte. Alguna anciana también salía temprano para ir a misa y algún perro sacaba a pasear a su amo. Cuando regresaba a casa, mis hijos seguían acostados y yo podía ducharme y desayunar tranquilamente, charlando con Carmen o viendo la televisión. Planeábamos lo que íbamos a hacer durante el día, aunque casi siempre a ella le tocaba hacer de comer y a mí hacer las camas y limpiar un poco el piso, ya que durante la semana no teníamos tiempo. Desde que me jubilé, las cosas han cambiado. Puede ser la edad, que la perspectiva es otra, que el cuerpo ya no aguanta lo que aguantaba, pero las cosas han cambiado, sí. Ahora ya no me impongo obligaciones (levantarse temprano, correr o andar tantos kilómetros a la semana, leer tantos libros al mes), ya no estoy pendiente de esa tiranía, quiero disfrutar de la posibilidad de olvidarme del reloj, de no agobiarme con metas u objetivos que, mirándolo bien, no tienen demasiado sentido.

Ya no salgo a correr en invierno por la mañana, ni cuando hace mucho frío, o llueve, o hace mucho calor. Ni cuando no me apetece. Antes era otra cosa. Me obligaba a entrenarme cinco o seis veces por semana, hiciera el tiempo que hiciera o estuviera de viaje. Me llevaba la equipación deportiva a todas partes. Porque tenía que mantener o rebajar mis marcas. Llegué a correr la maratón de Sevilla en 3 horas y 11 minutos, es decir, a 4,30 el kilómetro, un tiempo que ahora se me antoja inalcanzable. Quería bajar de las 3 horas al año siguiente, pero una inoportuna lesión, un esguince en el tobillo a unas pocas semanas de la carrera, me lo impidieron. Y a partir de entonces todo cambió. Por querer volver al entrenamiento demasiado rápido, esa lesión no se me curó y ahora, treinta años después, padezco un esguince crónico de tobillo. Siempre corro con dolor y con tobillera, me he acostumbrado al doloroso pinchazo que siento cuando me levanto o cuando hago demasiado ejercicio. Hay días que se hace casi insoportable y tengo que cojear. Pero no me importa, sigo corriendo porque el placer es demasiado intenso. Estoy seguro de que la mayor parte de las personas no lo entenderán, pero también estoy seguro de que aquellos que hacen deporte habitualmente sí lo comprenden. Entreno sólo dos o tres veces en semana porque si fuerzo más, el tobillo, las rodillas y casi todas las articulaciones empiezan a protestar. Recuerdo lo que me dijo un compañero hace años: la mayor parte de los corredores de maratón terminan con las articulaciones hechas polvo. En mi caso, casi se ha cumplido. Pero sigo corriendo, participando en la carrera nocturna del Guadalquivir y en las carreras populares que organiza el ayuntamiento.

Así que ayer me levanté temprano, hice mis abluciones matinales, tomé algo de fruta y comencé el ritual. Me vestí con la ropa de deporte que había preparado la noche anterior: pantalón corto, una camiseta de manga larga y otra de manga corta, la que me habían entregado con la bolsa del corredor unos días antes, encima. Hice un poco de estiramiento y calentamiento de músculos y me puse una sudadera y un pantalón de chándal. Salí a la terraza que da a la avenida y comprobé que hacía frío y amenazaba lluvia, así que no me arriesgué, como otras veces, a ir trotando hasta la salida de la carrera para terminar de calentar, ya que eran casi tres kilómetros y después quedaba el regreso hasta casa. Si le daba por llover podía coger una buena pulmonía. Tomé las llaves del coche y el dorsal con unos imperdibles, me puse un chubasquero y salí de casa sin hacer ruido. Nadie se había levantado para despedirme.

En la calle había poca gente y menos coches, por lo que tardé poco tiempo en llegar. Lo peor fue encontrar aparcamiento pues lo mismo que pensé yo lo pensaron también los miles de corredores que ya estaban correteando por allí. Después de varias vueltas aparqué a casi un kilómetro de la salida. Así que me quité la sudadera, el pantalón de chándal, me puse el dorsal que, indefectiblemente me queda torcido, guardé la ropa en el maletero, lo cerré y guardé la llave en una muñequera que tengo para estos casos. Como todavía quedaba una media hora, me fui acercando poco a poco a la línea de salida, andando y corriendo, parándome para hacer estiramientos y flexiones y comprobando que cada vez hay más locos como yo que se levantan temprano un domingo por la mañana para castigar el cuerpo. No tenemos remedio pero somos felices así.

Cuando llegué aquello parecía una romería, pero cambiando los trajes de gitana y la música rociera o similar por los pantalones cortos y las camisetas y música estridente. Según parece, los organizadores deben animar al personal poniendo música a todo trapo, con lo que en lugar de calentar músculo se calientan y ensordecen los tímpanos. Y otra costumbre: todo el mundo lleva ya sus móviles y se dedica, nos dedicamos, a hacer fotos y selfies por un tubo. Véase el ejemplo, donde se puede contemplar al que esto escribe y a un simpático compañero de fatigas, al que no conozco, pero que muestra su optimismo y ganas de correr haciendo el doble signo de la victoria. No se imaginaba que al poco de salir lo sobrepasé con un adelantamiento por la derecha y no lo volví a ver en toda la carrera.

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Unos minutos antes de la hora de partir comenzó a chispear. Me temía lo peor, pero sólo fue un pequeño susto porque después no cayó ni una gota y la temperatura fue la ideal para correr. Como siempre ocurre en estas carreras, como no te pongas delante pierdes casi un minuto hasta que realmente cruzas la línea de salida. Por eso yo no suelo poner el cronómetro en marcha hasta que no la sobrepaso y también por eso nunca coincide el tiempo que marca la organización y el que mido yo. En este caso sólo hay treinta segundos de diferencia: 52’50” de la organización y 52’20” lo que marcaba mi reloj.

Reconozco que no estoy en mi mejor forma, que ya me cuesta mantener un ritmo alto y constante, que me duele cada vez más el tobillo y ahora comienzo también con la rodilla derecha. Pero nada de eso importa. Mientras uno está corriendo se olvida de todo, sólo está atento a las señales del cuerpo: ahora vas a buen ritmo, puedes incrementarlo o, por el contrario, vas demasiado deprisa y vas a terminar reventado. Como ya son muchos años de experiencia, reconozco todos los signos y terminé la carrera sin problemas. Todavía puedo aguantar sin demasiado sufrimiento diez kilómetros, como se puede ver en la siguiente foto, al poco de entrar en la meta. La cara un poco más colorada y sudando, pero bien.

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Y por la tarde, un paseo andando de casi seis kilómetros con Carmen para intentar ver los pasos en las iglesias. Se acerca la Semana Santa y es otra tradición que no queremos perder. Imposible hacerlo un domingo, las colas eran interminables y sólo pudimos entrar en la Anunciación a ver la hermandad del Valle.

Hoy me levanté cojeando y con el tobillo hinchado. Qué se le va a hacer.

Pedir papas o sobre lo más importante

—¿Pides papas?

La pregunta me sorprendió. Hacía años que no la escuchaba. Cuando era pequeño o un poco más joven de lo que ahora soy y alguien te proponía un acertijo, una adivinanza o un problema, y pasaba el tiempo y no encontrabas la respuesta, el otro te conminaba a rendirte, a abandonar, a darte por vencido preguntando, a veces con sorna “¿pides papas?”. Casi nunca queríamos rendirnos, por eso casi nunca pedíamos papas, éramos demasiado orgullosos. Preferíamos quedarnos con la duda a ser humillados, ya encontraríamos la respuesta o la solución otra vez o preguntando más adelante, pero rendirse, jamás y pedir papas, menos. He buscado en Internet, en el diccionario de la RAE, en diccionarios de uso de la lengua y no he encontrado la expresión. ¿Se utilizará solamente en Galicia, como ocurre con “pedir colo”, “estar chosco”, “non vaia a ser o demo”, “vaiche boa” y otras muchas más? Quizás provenga de algún país sudamericano, a donde muchos gallegos emigraron durante la primera mitad del siglo veinte, como hicieron mi abuelo Castro, que emigró a Cuba y mis tías Pepita y Elena, hermanas de mi abuela Marina, que emigraron a Uruguay cuando eran casi unas niñas y allí estuvieron más de una década. Cuando esos paisanos míos regresaron, puede ser que introdujeran la expresión porque los gallegos no decimos “papas” sino “patacas”. Seguiré buscando la explicación y pensando cómo contar las historias de mi abuelo, de mis tías y de otros tíos un poco más lejanos que emigraron a Inglaterra, pues sus experiencias allí tuvieron que ser épicas.

Pero volvamos al principio. Llevaba un buen rato intentando encontrar la respuesta a un dilema que nos preocupaba. Un grupo de policías insulta y amenaza en un chat a su alcaldesa diciendo, entre otras lindezas “es terrible que ella no estuviera en el despacho de Atocha cuando mataron a sus compañeros”, “que se muera la vieja zorra ya”, “ojalá explote la sexta con todos ellos dentro y que ese día estén también Pablo Iglesias y Rufián”. A pesar de esas barbaridades, el juez no ve delito de odio y no lo investiga porque no hay denuncia. Por otro lado, el Supremo ratifica la prisión de tres años y medio para el rapero Valtonyc por expresiones como “un pistoletazo en la frente de tu jefe está justificado o siempre queda esperar a que le secuestre algún GRAPO”, “que explote un bus del PP con nitroglicerina cargada” o “mataría a Esperanza Aguirre, pero antes, le haría ver como su hijo vive entre ratas”. Si se analiza bien, apenas hay diferencia entre unos y otros. Tendríamos que ponernos en contexto, ver qué variables atenúan o agravan las frases, pero, aun sin ser experto en leyes ni contar con toda la información ni con las resoluciones judiciales completas, extraña la diferencia de criterio. Yo estoy a favor de la libertad de expresión, sobre todo cuando se produce en un ámbito como el artístico que en muchas épocas ha causado escándalo, aunque reconozco que todo lo que he reproducido líneas arriba me parece de muy mal gusto y poco artístico. Pero creo que hay una diferencia en cada uno de los actos. Me da la impresión de que las letras del rapero, que no son precisamente un dechado de virtudes literarias, lo único que pretenden es provocar, acosar, fustigar, denunciar. En todas las épocas, desde griegos y romanos, pasando por la Edad Media o el Siglo de Oro (Aristófanes, Plauto, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, los hermanos Bécquer…), escritores o pintores han criticado, a veces de manera muy cruel, a los poderosos. Casi siempre de forma sutil e inteligente, aunque muchas veces llegaban al insulto. Por eso es chocante que siglos después haya habido un retroceso en este ámbito. Podríamos seguir con las últimas noticias de estos días: la retirada de Arco de una obra de Santiago Sierra, el secuestro por orden judicial del libro Fariñala condena a Cassandra Vera por sus tuits sobre Carrero Blanco, etc. Así que resulta cuanto menos llamativo que los policías se hayan ido de rositas, sin un apercibimiento ni reconvención, porque sus expresiones podrían considerarse más graves, ya que son servidores públicos, teóricamente garantes del cumplimiento de las leyes, pagados con el dinero de los impuestos y cuyo cometido es proteger a los ciudadanos y no acosarlos, insultarlos o amenazarlos. Y, encima, con permiso para llevar y utilizar armas, yo no digo nada.

Mi interlocutor, Felipe, un vecino que había llegado hacía poco y que nos había invitado a su casa a mi mujer y a mí para presentarse y conocernos un poco más, comenzó a decirnos que había llegado a la ciudad por motivos de trabajo, una gran empresa farmacéutica en la que él trabajaba como comercial y visitador. Alto y delgado, bien vestido con ropa de marca, con una pequeña barba muy cuidada, en la que ya se podían apreciar algunas canas,  y unas gafas modernas de pasta, casi siempre estaba sonriendo, pero su mirada era un poco más fría, distante y calculadora de lo normal, como si estuviera siempre alerta, intentando adivinar qué pensaba yo; seguramente era un defecto profesional, los vendedores, los que intentan convencer para que se les compre un producto, deben averiguar cuáles son las debilidades, incluso los secretos de los demás. Eso me intranquilizaba, me provocaba una cierta desazón desde que me lo encontré por primera vez en el ascensor. Parecía una persona afable, acostumbrada a tratar con la gente, a caerle bien a las personas y a estudiarlas, a conocerlas a fondo. Su voz era ronca, profunda, modulada con educación y su lenguaje denotaba cultura y aplomo. Hablaba de forma pausada, sin apenas levantar la voz, pero siempre con la intención de persuadir, de convencer. Más que lo que decía, que muchas veces no dejaban de ser lugares comunes, llamaba la atención cómo lo decía, con qué seguridad y convencimiento.

Su mujer, bastante más joven que él y que apenas pasaría de los treinta, era mucho más tímida, quizás un poco acomplejada ante el dominio que mostraba su marido. Su ropa también era cara, como me susurró mi mujer en un aparte, cuando el matrimonio se levantó un momento para ir a la cocina a preparar unos aperitivos. Melena corta que movía con gracia y que dejaba ver un poco de su largo cuello, de pelo castaño claro con algunas mechas rubias, se movía con elegancia, como si flotara. Daba la impresión de ser una deportista, lo que nos confirmó un poco más adelante cuando comentó que salía a correr casi todos los días y que, en su anterior ciudad, acudía periódicamente a un gimnasio. No trabajaba, había terminado los estudios de derecho, pero se habían casado jóvenes y el trabajo de su marido requería que cambiaran con frecuencia de ciudad por lo que nunca se pudo centrar en la búsqueda de un empleo. Sin embargo, ahora tomó la decisión colocarse en algún bufete, aunque fuera como becaria, porque les habían prometido en la empresa que esta vez iban a permanecer al menos dos o tres años allí, no tenían hijos y no quería pasarse sola en casa todo el tiempo. Mi mujer la animó y le dijo que la ayudaría, que tenía mucho tiempo libre porque los dos estábamos jubilados y que no le importaba acompañarla hasta que conociera mejor la ciudad. En un momento de la conversación se levantaron las dos porque Anabel, nuestra anfitriona, quería enseñarle el piso y algunas reformas que quería hacer.

Mientras Felipe y yo charlábamos de cómo eran el resto de los vecinos, de si había problemas en la comunidad, de la rivalidad entre Betis y Sevilla y de otras cosas más banales, nos detuvimos un momento a escuchar en la televisión la noticia de que el Supremo había confirmado la condena a Valtonyc. La presentadora del informativo resumió la noticia, haciendo hincapié en las injurias al Rey y al enaltecimiento del terrorismo, incluyendo alguna de las desafortunadas frases del rapero que se reproducían en la sentencia. En ese momento Felipe hizo un comentario de manera muy exaltada, lo que me extrañó, “ya era hora de que pusieran en su sitio a estos malnacidos”, porque hasta entonces me había parecido una persona muy tranquila y que controlaba sus emociones, y porque todavía no teníamos la suficiente confianza como para expresar opiniones que, de alguna manera, podían molestar a alguien a quien no conocía y con el que pretendía establecer una buena relación.

Yo permanecí callado unos momentos, valorando si debería intervenir o no. No tenía claro si lo que había dicho era una forma de ponerme a prueba, de provocarme para comprobar cómo pensaba, de qué lado me decantaría. Podía ser una táctica de vendedor, la manera de conocer mis simpatías políticas o mi capacidad de encajar opiniones adversas, de discutir, de expresarme. Pero sólo fue un instante, porque suelo ser vehemente cuando me provocan, sobre todo si es de una forma tan explícita y, por qué no decirlo, tan grosera. A pesar de que estaba “en territorio enemigo”, opiné que me parecía que en los últimos años se había producido un retroceso en la libertad de expresión y que, tirando de refranero español, “no ofende quien quiere sino quien puede” y una frase de Diógenes que me había aprendido para demostrar mi vasta cultura en determinadas circunstancias, y ésta era propicia: “el insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe”. Ahí queda eso, pensé yo. No creas que me vas a cerrar la boca tan fácilmente. Y si lo has hecho sólo para provocarme o para conocerme más, mejor que mejor.

Felipe volvió a sonreír e hizo un gesto con la mano como diciendo que no tenía importancia y que no quería discutir. Ese gesto me molestó todavía más, no hay cosa más me fastidie que la displicencia, la prepotencia, el estar por encima de los demás. Mal habíamos empezado.

—Perdona por la frase, —me dijo, —pero algunos se están pasando de la raya y no está de más que se los ponga en su sitio. No todo vale en democracia, creo. Guardar las formas, respetar las instituciones y la ley son la norma básica de los estados democráticos modernos. De un tiempo a esta parte algunos se creen que pueden usar la libertad de expresión impunemente, sin ningún tipo de cortapisas ni de respeto. Así que estas sentencias me parecen ejemplarizantes. Y yo diría más, en algunos casos, como el de los insultos a las víctimas del terrorismo, la justicia tendría que ser aún más dura.

—De acuerdo en lo del respeto a la ley, —dije—, pero entonces, ¿por qué los jueces, que son los encargados de impartirla, castigan a unos con tanta severidad y otros no son ni amonestados? ¿No es la ley igual para todos? ¿Cómo se explica la disparidad de criterios? ¿Crees, de verdad, que la justicia se ha impartido igual? —Yo no estaba dispuesto a ceder ante unos hechos que me parecían injustos y desproporcionados en unos casos, mientras que el de los policías madrileños era inadmisible.

—Dímelo tú, porque supongo que tendrás una opinión formada, por lo que veo, sobre estas actuaciones de la justicia. Yo tengo la mía pero, si no te importa, me gustaría escuchar primero la tuya.

—La única explicación posible y lógica, a la vista de los hechos, es que la justicia no es tal, que hay muchos jueces politizados y con convicciones retrógradas, ancladas en un pasado que ya suponíamos superado. Mientras que la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y el Constitucional sean elegidos por los políticos y no por méritos estrictamente profesionales y demostrados, nunca habrá una justicia imparcial y objetiva.

—Sí, pero los jueces lo único que hacen es aplicar la ley o, como mucho, interpretarla. Son los políticos en el Congreso y en el Senado los que las elaboran y aprueban. Además, hay instancias superiores que pueden revocarlas, como ha ocurrido en bastantes ocasiones. Y si algunos creen que la justicia española no actúa correctamente, siempre se puede acudir al Tribunal de Estrasburgo, digo yo. Además, fíjate en una cosa: los policías escribieron los insultos y amenazas en un chat privado, mientras que en las otras situaciones eran públicos. Supongo que la difusión será un motivo agravante. No es lo mismo lo que yo diga y exprese en público o en las redes sociales que lo que manifieste en privado. 

Reconozco que me estaba quedando sin argumentos. Felipe era un duro contrincante, acostumbrado a ganar, a vencer con su retórica, a convencer a sus oponentes, a sus clientes. Yo me sentía empequeñecido y a punto de tirar la toalla. No se me ocurría nada mejor para rebatir su argumentación.

—¿No tienes otra explicación, no quieres argumentar algo más? —Felipe seguía sonriendo y yo tenía ganas de borrarle esa sonrisa de superioridad, aunque fuera a base de tortazos. Pero no era plan, ya que suelo ser un invitado educado y poco proclive a los excesos, sobre todo a los que emplean la violencia. Además, estoy seguro de que por la fuerza, él también me ganaría. Era más alto, más joven y más robusto que yo. —Quizás mi último razonamiento te pueda convencer —esta vez lo dijo con un tono mucho más serio.

Dudé durante unos segundos. Aproveché que había empezado a llover después de mucho tiempo, tanto que ya se decía que estábamos en prealerta por sequía, me levanté del sofá y me acerqué a la puerta de cristales del salón que daba a la avenida. Me quedé hipnotizado viendo los goterones que golpeaban contra el asfalto y contra las hojas de los árboles que casi llegaban a la altura del piso. Había oscurecido muy rápido, sin darnos cuenta y las farolas comenzaron a encenderse con una luz amarillenta que apenas iluminaba. Entonces surgió la pregunta que me desconcertó y me hizo revivir mi infancia y mi juventud, ya muy lejanas en el tiempo pero cercanas en la memoria, pues cada vez dedicaba más horas a rememorar anécdotas, personas y lugares, como suelen, solemos hacer, las personas cuyo presente es sólo un pálido reflejo de lo vivido y que nunca alcanzará el color y la intensidad de antaño.

—¿Pides papas?

Me di media vuelta y me acerqué despacio hasta donde estaba sentado. Me quedé mirándolo con un gesto en el que seguramente él vería sorpresa, curiosidad, desconcierto. Y eso era realmente lo que yo sentía en esos momentos. Me había olvidado por completo de la discusión, de las leyes, de los jueces, de raperos y policías. Ahora sólo quería saber una cosa.

—¿Tú, por casualidad, no serás gallego, no? Porque si lo eres, no tienes acento, pareces más bien castellano, madrileño o incluso, navarro. ¿Eres gallego, como yo? Porque esa expresión sólo la he escuchado en Galicia. Y me trae muchos recuerdos.

Y entonces, cuando él me respondió que sí, que era gallego y que se alegraba mucho de tener como vecino un paisano, dejamos de discutir y comenzamos a contarnos cosas de nuestra tierra, de nuestras vivencias, de lo que habíamos dejado atrás y de lo que nos gustaría hacer si regresábamos. Y cuando Anabel y mi mujer regresaron al salón, nos encontraron charlando animadamente, riendo, como si nos conociéramos de toda la vida. Y es que hay cosas más importantes que la política o las leyes.

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Otra más de Santiago

Mi hijo Santiago, Santi para la mayoría, sigue queriendo emularme y a fe que a veces lo consigue. No sé si tendrá tantos seguidores y admiradores como yo, pero va camino de ello. Dicen que nos parecemos, no en lo físico, claro, yo soy más guapo y atractivo, sino en la forma de ser. En su personalidad hay una mezcla, quizás podría calificarse de mezcolanza, entre Galicia y Andalucía, entre gusto por ir a la última moda, gastándose un dineral en ropa, y presumir de ser muy de izquierdas (sólo diré que vota a Podemos y justifica cualquier cosa que ese partido haga o diga), entre ser del Barça (creo que por llevarle la contraria a su padre) y vivir al lado del Bernabéu, ser un deportista y descontrolar los fines de semana… Así podría continuar, pero no quiero pasarme. Porque además de ser hijo mío, admiro su forma de ser y su capacidad para organizarse. No sé cómo tiene tiempo para trabajar doce o catorce horas diarias y hacer todo lo que hace: viajar, leer, ver series de televisión que luego me recomienda, ir al gimnasio, patearse Madrid, escribir… Porque todas las semanas escribe en su blog. Con lo que a mí me cuesta escribir dos párrafos seguidos y, sin embargo, él consigue escribir, y muy bien, relatos y opiniones que son un compendio de inteligencia, sensibilidad, madurez y calidad. Escribe sobre cualquier cosa porque tiene mucha facilidad para ello. Y si no, leed lo último que ha escrito hoy y disfrutad.

El humor, por Santiago Castro Vázquez, en su blog Kimochi.

La magia del sofá

En el equipo de música suena el melancólico solo de clarinete con el que comienza E lucevan le stelle. “Y brillaban las estrellas, y se olía la tierra, rechinaba la puerta del huerto…”. Clarinete y voz dialogan durante unos segundos que son eternos, inmortales. Cavaradossi, a punto de ser ejecutado, recuerda en su celda los momentos vividos con Tosca. Está a punto de amanecer, la hora final de los condenados. Dejo de escribir y me concentro en el aria. Pavarotti lo vive, lo siente y transmite toda la emoción que requiere el momento. Antes de que finalice la orquesta, los aplausos y los bravos rompen el ensueño.

Estoy escribiendo sentado en el sofá mientras escucho música y mi madre cose y me interrumpe de vez en cuando acordándose de cosas que le sucedieron en su juventud y que ya me ha contado muchas veces. Escribo en un cuaderno cuadriculado y pienso que hacía mucho tiempo que no utilizaba la pluma. Ésta me la regalaron mis hijos en Reyes y creo que voy a seguir escribiendo así, sentado en el sofá del salón, escuchando música, solo o acompañado, porque delante del ordenador me distraigo, soy incapaz de concentrarme y la pantalla me absorbe las ideas, me paraliza. El papel, sin embargo, me llama, me susurra palabras, me define y concreta lo que pienso. Es un aliado, un amigo, alguien que me comprende, que está ahí siempre.

Ahora recuerdo las horas de estudio tumbado en el sofá de mi casa en Coruña. No sé cómo adquirí esa costumbre, pero era incapaz de concentrarme sentado en una silla, con el libro abierto encima de la mesa. Únicamente cuando tenía que hacer algún trabajo escrito me levantaba, entraba en mi cuarto y me sentaba delante de la mesa que estaba frente a la ventana que daba a un pequeño patio del que sólo podía ver una pared y un par de ventanas de mis vecinos. Las paredes de la habitación estaban empapeladas con posters de cantantes y grupos musicales de finales de los sesenta y principios de los setenta. El poco dinero que podía ahorrar lo dedicaba a comprar discos y revistas de música. Llegaba al kiosco, hojeaba las que me gustaban y elegía aquella que trajera una foto o un dibujo a doble página de grupos como Led Zeppelin, Credence, The Who, Deep Purple, Chicago… Cuando llegaba a casa lo primero que hacía era sacar el póster y pegarlo a la pared. Llegó un momento en que ya no había más espacio y tuve que ir retirando alguno y sustituirlo por los nuevos grupos.

Vivíamos en un edificio de color gris, con la fachada cubierta de manchas de humedad que se oscurecían más cuando llovía, que era casi siempre. Aunque nuestro piso era alto entraba poca claridad y casi siempre tenía que encender la luz del flexo. Aquellos otoños, inviernos y primaveras de estudiante eran siempre oscuros, fríos, lluviosos. Sólo se iluminaban en vacaciones y los fines de semana. Antes llovía más y las nubes apenas dejaban ver un cielo que en escasas ocasiones era realmente azul. La niebla, el cielo plomizo, el orballo, casi nunca dejaban ver con nitidez el horizonte, el paisaje. Semanas y meses que pasaban entre brumas, mañanas aburridas en las clases y tardes encerrado estudiando. Cuando tenía tiempo salía a pasear con mi pandilla de amigos o leía un libro, casi siempre de intriga, de misterio, con personajes complejos, brumosos, inacabados, como envueltos en una niebla que impide ver lo que hay dentro, como un reflejo de lo que yo veía y sentía. Estaba convencido, como lo estoy ahora, de que nunca podemos ni siquiera adivinar lo que se esconde en el interior de las personas, como si siempre estuvieran, estuviéramos actuando. Sólo los escritores que inventan historias y personajes pueden llegar hasta el fondo, moldearlos o crear protagonistas que responden a estereotipos o que son un mosaico de todos aquellos individuos que conocen o que se cruzan en sus vidas. Divago.

Me deprimía sentarme en mi pequeño cuarto, en el que apenas cabían dos camas donde dormíamos mi hermano y yo, y una mesa que también compartíamos. Como yo era el mayor necesitaba más tiempo de estudio y no podía concentrarme con mi hermano al lado, así que me iba al salón. Me acostumbré a estudiar conviviendo con los sonidos que llegaban del televisor o de la radio. Llegó un momento en que ya no era capaz de retener las ideas en silencio, sino que necesitaba escuchar música de fondo o deslizar la vista por las imágenes en blanco y negro del televisor. Mis padres no podían creerse que yo fuera capaz de estudiar así, pero llegaban las notas del Instituto e invariablemente aprobaba, menos aquel año que me suspendieron las matemáticas de tercero, pero eso no fue culpa de la radio o del televisor, sino que a mí no me gustaban y no las entendía.

Sigo escribiendo estas pequeñas notas que no quieren llegar a ninguna parte, palabras que aparecen en la hoja sin ningún objetivo, sin pretensión de reflejar alguna idea preconcebida. Pero me distraigo y disfruto, improviso y me dejo llevar. Después las pasaré al ordenador y, seguramente, al blog. He emborronado un par de páginas mientras sigo escuchando música, esta vez de versiones acústicas de conocidas canciones de Beatles, Elton John, Elvis. Mi madre sigue cosiendo y Carmen, que acaba de sentarse a mi lado después de haber estado cocinando algo, comienza a leer un libro que, me confiesa, le está cansando. Pero, y ya es cuestión de orgullo, quiere terminarlo, aunque le aburra. Siempre está el consuelo de que el final sea mejor y deslumbre. Todo está tranquilo y pienso que estos son los momentos que hay que saborear y disfrutar. Porque, y esta vez filosofo un poco, demasiadas veces la vida pasa delante de nosotros esperando que suceda lo extraordinario, aquello que dejará una huella indeleble y que recordaremos hasta el fin. Vamos dejando pasar el tiempo, los días y las noches transcurren con placidez, pero no estamos a gusto, todo nos parece monótono. Ver amanecer, charlar con los amigos, una comida en familia, una tarde de pesca, leer un libro, ver el capítulo de una serie que nos gusta. Disfrutamos con eso, sí, pero no estamos satisfechos, siempre esperamos más, una emoción fuerte, mucho más intensa. Hay momentos puntuales, el nacimiento de un hijo, un beso apasionado, un atardecer lleno de colores increíbles. Recordamos esos instantes y esperamos que se repitan una y otra vez. Volvemos a los lugares, reproducimos las situaciones, pero ya no es lo mismo, la magia del instante ha pasado.

Pero no nos damos cuenta de que lo cotidiano, las risas lejanas que nos alegran las tardes del domingo, el párrafo perfecto de un libro que nos hipnotiza, el fragmento de una ópera, la mirada intensa que nos contempla desde un cuadro, esa es realmente la esencia de la felicidad, la que se repite día a día, los pequeños instantes no calculados ni deseados. Y termino la hoja. El sofá sigue siendo mi gran aliado, mi compañero inseparable, mi fuente de inspiración.

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Hermosa diversidad, necesaria inclusión

Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas
y las reconfortaba...
Cuando en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras preguntar algo a tu imagen,
no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.
La plaza. Vicente Aleixandre 

 

Ahora tengo mucho tiempo para pasear. Aunque también hago otras cosas, como leer, escribir en este blog y en el de orientación, escuchar música, viajar o cualquier otra actividad que me permita seguir cultivando y distrayendo la mente y el cuerpo, el paseo por las calles y las plazas de la ciudad es una de mis aficiones favoritas. Salgo a la avenida e improviso la ruta; es difícil que se repita dos días seguidos pues me gusta descubrir nuevos rincones, lugares distintos. Y una ciudad como Sevilla, como supongo que también sucederá en otras ciudades, siempre tiene algo diferente. Incluso una misma calle, a distintas horas, con una luz que atenúa o intensifica las sombras, que acentúa, mitiga o esconde los colores, es siempre nueva. Y también depende de los días de la semana; un sábado o un domingo parece que hay una alegría, una pausa, un ambiente en el aire que no tiene nada que ver con las prisas y las urgencias de un martes o un jueves.

Siempre hay que estar atento a los colores, las miradas, los acentos, los olores. Por eso no suelo escuchar música mientras paseo, para concentrarme en lo que me rodea, en lo que voy viendo u oyendo. Gente que pasa a mi lado sin verme, mirando las pantallas de los móviles o hablando por teléfono, idiomas que no reconozco, personas que hablan a gritos, que ríen o que susurran, que preguntan o contestan, niños y niñas que van al colegio o juegan en los parques. La raza humana en toda su diversidad: rubios, morenos, altos, bajos, gruesos, ancianos que se sientan a ver pasar la vida y pandillas de jóvenes que se beben esa vida y que no se paran a pensar, sólo viven y no reflexionan, ¿para qué reflexionar si tienen toda la vida y las ilusiones por delante? Y ropas multicolores y grandes edificios o casitas bajas. ¡Qué variedad, qué hermosa diversidad!

Recuerdo que en mi infancia, en una ciudad mucho más pequeña que Sevilla, cada vez que veíamos a una persona negra o que fuera vestida de manera extravagante, nos quedábamos mirando con ojos asombrados, curiosos. Incluso nos reíamos o la seguíamos durante un tiempo hasta que nos cansábamos o encontrábamos algo que nos llamara más la atención, porque, y esto también ha cambiado mucho, antes pasábamos la mayor parte del tiempo en la calle y nuestros padres nos dejaban y sólo ponían alguna condición: subir a merendar y no llegar más tarde de las nueve de la noche. Las modas eran seguidas con sumisión y sin apenas salirse de los cánones establecidos. Eran muy pocos los que se atrevían a sobresalir, a destacarse, los que se denominaban snobs. Emigrábamos para buscar una vida mejor lejos de nuestras fronteras y regresábamos con otra mirada, con otra visión del mundo, y aquí nos sentíamos oprimidos, encorsetados.

En los colegios la diversidad consistía en que unos eran más listos y ganaban todos los premios y la mayoría nos conformábamos con evitar los castigos y sobrellevar con resignación las horas que pasábamos sentados repitiendo muchas veces ideas que apenas entendíamos, corriendo como alma que lleva el diablo cuando sonaba el timbre o la sirena que señalaba el fin de la jornada escolar. No había extranjeros en las aulas. Y existía el pensamiento único, el que nos obligaba a agachar la cabeza cuando alguna autoridad, fuera la del maestro o la del agente de policía, te llamaba la atención. Pero eso hace mucho que pasó, aunque si lo pienso, no hace tanto, no hace tanto.

Ahora, por suerte, las cosas son muy diferentes. El mundo se ha vuelto más pequeño, se viaja más, se conoce más de otras culturas porque muchos han venido para poder vivir mejor aquí. Y, sin embargo, otros se han tenido que ir para poder vivir mejor y desarrollar todo lo que han aprendido porque aquí no se les valora. Esas son las incongruencias que apenas podemos entender.

Ahora se habla de fusión en casi todo: en la cocina, en la música, en el arte. Aunque algunos quieran hacer de la exclusión su bandera, y no estoy hablando sólo de política, somos un pueblo, el español, que ha sabido fundir de una manera sabia todas los diferentes pueblos y culturas que por aquí han pasado y se han quedado. Iberos, celtas,  romanos, godos, judíos, musulmanes… Todos ellos han dejado su impronta. Nuestra sangre, nuestros rasgos, nuestra cultura y nuestras costumbres, fundamentalmente mediterráneas, también han sabido asumir sin complejos aquello que ha venido del norte o del oeste. Somos un mosaico, un crisol como solía decirse hace unos años o un patchwork, que también se ha puesto de moda ahora. Y tenemos que estar orgullosos por ello. Dejad a un lado la pureza de sangre, eso no existe. No hay que olvidarse de nuestras tradiciones, tenemos que conservarlas, pero no debemos dejar que nos ahoguen y nos impidan ver más allá.

Y todo esto, llevado a la educación, que es a donde quería llegar, supone reconocer la enorme importancia de la escuela inclusiva. ¿Qué se entiende por escuela inclusiva? Es aquella que respeta y reconoce la diferencia del alumnado y que se organiza de una forma flexible, a fin de que pueda atender a toda la diversidad de alumnado existente. Aunque suele definirse en relación con las necesidades asociadas a la discapacidad, la educación inclusiva tiene en cuenta las necesidades de los estudiantes sin distinción de raza, fe o condición social y cultural. Me da pena, lástima, incluso rabia, cuando escucho o leo el interés de muchos por intentar uniformizar la escuela, las aulas, pretender que todos alcancen los mismos objetivos en el mismo tiempo, con el mismo curriculum, con la misma evaluación, con el mismo sistema, sin atender a las diferencias personales, culturales, sociales. Se dirá que es mejor separar por sexos o por niveles, que lo mejor es homogeneizar al grupo, que así se atiende mejor y se alcanzarán mejores resultados. Cuando el horizonte es el resultado, seguiremos cayendo en los errores de siempre. Es mucho más enriquecedor y beneficioso conocer, ser conscientes de las dificultades de los demás, de aceptar sus diferencias para comprenderlos mejor, para aceptarlos, para ser más tolerantes. No todo debe girar en torno a las competencias, a los estándares de aprendizaje, a los resultados que se obtengan en PISA. La sociedad es mucho más compleja, más rica.

Os dejo aquí algunos enlaces que explican con toda claridad los beneficios y las ventajas de la diversidad en las aulas, así como materiales con los que trabajar con los alumnos.

El beneficio de que haya alumnos con distintas capacidades en el aula.

Todoinclusión  es una web decana de recursos para profesionales de la inclusión educativa en español, que comenzó su andadura en el año 1997 con el nombre de AdaptacionesCurriculares.com. Si entráis en su página encontraréis un gran número de recursos y contenidos prácticos (guías, adaptaciones curriculares, materiales para todas las etapas educativas) que nos ayudarán a realizar la inclusión en nuestras aulas. En el siguiente enlace podéis ver acceder a dos guías de gran utilizad y que se descargan en formato pdf

Guía metodológica sobre dificultades específicas de aprendizaje y Evaluación y orientación psicopedagógica de los alumnos con necesidad de apoyo en audición y lenguaje.

Fevas Plena inclusión Euskadi es una entidad sin ánimo de lucro que promueve los derechos de las personas con discapacidad intelectual o del desarrollo y de sus familias. En su página podemos encontrar una gran cantidad de guías y materiales con los que trabajar en las familias y en las aulas, como por ejemplo: 

Guía de materiales para la inclusión educativa. Secundaria. Discapacidad intelectual y del desarrollo

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El primer recuerdo

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—¿Que cuál es mi primer recuerdo, me pregunta? No sé por qué los psiquiatras tienen esa obsesión por los recuerdos infantiles. Es verdad que la infancia marca el futuro de las personas, pero retorcer el pasado, sobre todo el de una época que suele ser, en las personas normales, la más feliz de la vida, me parece innecesario. Que ahora mismo tenga una pequeña depresión, seguramente producto de la ansiedad que me provoca el trabajo, no creo que tenga nada que ver con mi infancia. Mi jefe es el culpable, seguro. O mi mujer, que está todo el día dale que dale con que hagamos viajes, que salga de casa, que haga deporte. Pero si a mí lo que más me gusta es estar delante de la televisión o leer un libro repantingado en el sofá o quedarme quieto mirando a las musarañas. No quiero pensar, sólo deseo que la vida vaya pasando despacio, sin agobios, sin sobresaltos. Bastantes disgustos me han dado mis hijos, que se fueron sin siquiera despedirse, y mis amigos, que se fueron alejando, alejando sin dar una explicación, yo que siempre los llamaba para salir a tomarnos unas cañas o a jugar un partido de futbito. O mi hermana, la única que tengo y que siempre me había apoyado, pero que ahora ya ni me felicita en navidades. Pero ya que lo dice, intentaré recordar, aunque no puedo asegurar que lo que voy a contar haya ocurrido realmente. A veces sueño cosas que se repiten varias veces y creo que me han sucedido, como esa en la que me veo a orillas de un río que corre por un valle rodeado de frondosos bosques. Veo también, al fondo, algunas casas y campos verdes. Una pequeña columna de humo sale de la chimenea de una de las casas y me parece escuchar la voz de alguien, quizás mi padre, que me dice algo que no entiendo. No veo a nadie, sólo escucho la voz. Debe de estar detrás de mí. Estoy tumbado en la hierba y muerdo, distraído, un pequeño tallo. Levanto la vista y veo un cielo muy azul, sin nubes. Todo se desarrolla muy lentamente. No pasa nada, pero siento una enorme paz, como si estuviera dentro de una campana de cristal que me protegiera contra todo, contra todos. Y el tiempo se detiene y deja de fluir el río y el humo de la chimenea también se queda quieto. De pronto me doy cuenta de que estoy viendo un cuadro que estaba en casa de mis abuelos, encima del aparador donde también hay un retrato en sepia de un matrimonio que mira a la cámara muy serio. Supongo que eso será un recuerdo de la infancia, de cuando tenía cuatro o cinco años, no más, porque después mi abuelo se murió, mi abuela vendió la casa y se vino a vivir con nosotros. A veces le preguntaba por el cuadro pero ella me decía que encima del aparador del comedor había un cuadro de la Santa Cena y que no recordaba un cuadro como el que yo le describía. Por eso ya no sé si lo que acabo de contar sólo fue un sueño u ocurrió en realidad.

El psiquiatra está callado y escribe algo en su cuaderno. Yo no estoy tumbado, como veo en las películas que están los pacientes. Él está sentado en un cómodo sillón detrás de una mesa sobre la que hay varios libros y un teléfono. Yo me siento en una silla y apoyo de vez en cuando uno de los codos en el borde de la mesa, fijándome en una pequeña mancha que parece una quemadura, como si alguien hubiera dejado un cigarro y éste hubiera quemado un poco el barniz. Cuando quiero concentrarme necesito fijarme en algo que me permita aislarme y olvidar lo que me rodea. Es como si todos los objetos y las personas se diluyeran en una penumbra y se convirtieran en sombras mudas que me observan y atienden expectantes a lo que pienso o digo. Ahora sigo hablando.

—Creo que mi primer recuerdo es un viaje en tren que hice con mis padres al sur, un viaje que duró dos días, haciendo una pequeña parada en Madrid. Tan cansado debía de  estar que sólo quería acurrucarme en los brazos de mi madre, que me cantaba canciones infantiles y coplas de Marifé de Triana o de doña Concha Piquer. Por eso me gusta tanto la copla, creo. Pero eso no lo recuerdo, pero sí guardo una imagen, sólo una, de un andén. Yo estoy andando por él, de la mano de mis padres, y de pronto me asusto con un fuerte ruido, quizás del vapor del tren o del silbido, porque tengo la imagen grabada de gente con maletas, de las ruedas del tren, de la estructura metálica de la estación. Supongo que sería la estación del norte o la de Atocha, no lo sé.

— ¿El recuerdo de un viaje es su primer recuerdo? —pregunta el psiquiatra. —Es curioso y muy significativo, dice. No me explica por qué, pero me anima a seguir hablando…

La verdad es que casi todo me lo acabo de inventar. Nunca he ido a un psiquiatra, ni mi mujer me habla continuamente de hacer viajes, sino más bien al contrario, soy yo el que la castiga con el tema. No tengo una hermana, sino un hermano. Ni mis hijos se han ido sin despedirse ni mis amigos se han ido alejando. Pero esto, que comenzó como un pequeño juego de una tarde de enero en la que mi mujer y mi hija se fueron a ver trajes de gitana y me dejaron solo, me ha dado pie para comenzar a escribir un relato en el que voy a insertar recuerdos de infancia y de juventud, mezclados con parte de la historia de la familia. Supongo que muchos escritores habrán comenzado así, partiendo de lo cercano y conocido a lo más extraño. Ya veremos cómo termina esta experiencia, si es que termina.

Relato XIX: Una mañana en la consulta del médico

Hacía tiempo que las enfermedades me respetaban y no tenía que acudir al médico. Pero ya se sabe que el invierno es traicionero, sobre todo si previamente el otoño ha sido una continuación del verano y la ropa de abrigo sigue colgada en la parte menos accesible del armario. O simplemente, no la has bajado de los altillos donde suele guardarse cuando llegan los primeros calores. De pronto, una mañana, cuando menos te lo esperas y ya te has convencido de que este país se ha trasladado de forma misteriosa a una zona tropical cercana al golfo de Guinea o al Caribe, cual ocurre en La balsa de piedra de Saramago, abres la ventana y el frío te da una bofetada. Así, sin previo aviso, sin encomendarse ni a dios ni al diablo. Antes de que me dé cuenta estoy tiritando. El frío se me ha colado en los huesos y no hay manera de quitármelo de encima. Acudo al armario y no tengo ni un jersey gordito, ni un chaquetón a la vista. En mis pies, unas chanclas de verano. Así que, antes de hacer el café o tomarme mi zumo de naranja y mi fruta, sin hacer demasiado ruido para no despertar al resto del personal que vive conmigo, descuelgo la escalera y me encaramo a uno de los altillos donde supongo que hace meses se guardó la ropa de invierno. Empiezo a bajar bolsas y a colocarlas encima de la cama de mi hijo, que como ya no vive aquí se utiliza como improvisada tabla de salvación para múltiples actividades: para colocar la ropa planchada y sin planchar, bolsas de compras varias de El Corte Inglés, almohadas o cojines que apenas se usan, etc. Empiezo a abrir las bolsas del altillo y encuentro de todo menos mi ropa de invierno: edredones, sábanas, cortinas, zapatos, ropa de invierno de mi mujer, mantas (aparto un par de ellas para poner en la cama esta noche)… pero ni rastro de mi ropa de invierno, que estará en los altillos de la habitación donde duerme mi hija. Pero no voy a despertarla que todavía no son las nueve de la mañana. Mi mujer sigue dormida en el sofá del salón con la televisión encendida; después me dirá que ha pasado mala noche y que por eso se levanta tarde. Así que con las chanclas y mi pijama de verano, empiezo a hacer el café. Mientras está pasando el agua, el primer estornudo que seguro ha despertado a toda la vecindad; en primer lugar a mi mujer, claro, que con cara de sueño entra en la cocina, me da los buenos días y comenta lo obvio: ¡hay que ver qué frío hace! La miro con cara de circunstancias y le explico lo que he estado haciendo hasta ahora. Pues habrá que despertar a la niña… pero antes de que termine la frase, aparece mi hija en la cocina, también con cara de sueño, los pelos como si hubiera visto una aparición y abriendo la boca. ¡Hay que ver qué frío hace! No, si esta mañana la conversación va a girar en torno al frío. Segundo y tercer estornudos seguidos. Me empieza a picar la garganta y tengo que acudir a los pañuelos de papel pues se me está cayendo la moquilla.

Entre estornudo y estornudo, toses varias, sorbos de café y mordiscos a la tostada, organizamos la búsqueda de la ropa de invierno. Yo me subiré a la escalera, iré bajando las bolsas y mi mujer y mi hija la irán sacando y apartando. Además, aprovecharemos para guardar la ropa de verano, cómo no. Me empieza a doler la cabeza y no paro de toser y estornudar. Mala señal, ¿será gripe? Mujer e hija se apartan. ¡Claro, como estás con el pijama y las chanclas de verano, vas a coger una pulmonía! Las miro con cara de odio: ¿acaso tengo yo la culpa de que ayer hiciera un día de verano y hoy estemos en Siberia? Me callo por no liarla, porque, además, saldría perdiendo. Me entran escalofríos, ¿tendré fiebre? Se me ha debido poner mala cara porque ambas, mujer e hija, me miran de forma rara. ¡José, bájate de la escalera y ya te estás poniendo otra ropa, que has cogido frío! Sí, bwana, pienso y no replico.

La mañana pasa muy lentamente. Cada vez me siento peor. Me he tomado un frenadol pero no hace efecto. ¡Ya estamos yendo a urgencias, que esto va a ser gripe y ya no eres un niño! ¡Mira que te dije que te pusieras la vacuna, pero nada, ni caso! Me callo otra vez, pero los pensamientos asesinos se acumulan en mi mente. ¿Cómo iba a ponerme la vacuna si hace un par de días estuvimos bañándonos en la playa? Pienso en Psicosis, en La matanza de Texas, en el estrangulador de Boston. Frena, José Manuel, que vas por mal camino y la cabeza ya no te rige bien. Entre otras cosas, porque parece que me va a estallar. Y sigo tosiendo, moqueando, doliéndome la garganta. Al final, decidimos ir a urgencias. ¿Quieres que te acompañe o puedes ir solo? La b, la b. El ambulatorio está cerca, así que me visto en condiciones, bien abrigado con la ropa arrugada de estar varios meses doblada, pero más calentito. Salgo a la calle. Todavía hay gente que pasea en pantalón corto y camiseta. Hace falta estar loco. El camino hasta el ambulatorio es un sufrimiento. Cada vez me encuentro peor. Esto va a ser neumonía o el virus del ébola, vaya usted a saber, pero gripe seguro que no.

Entro en el ambulatorio y todavía tienen puesto el aire acondicionado porque, claro, dice una celadora, es que ayer hacía más de treinta grados y no se paraba. Cuando no se para es ahora, le replico. Qué pasa, ¿es que quieren cargarse a todos los pensionistas para ahorrarle un dinero al gobierno? Haga usted el favor de no gritar, me dice una señora que ha venido en bata a la consulta. ¿Gritar yo? Usted no sabe lo que es gritar, señora. Me calmo porque no he podido seguir hablando por un ataque de tos. Me dirijo a la máquina que da el turno y consigo un asiento lejos de la puerta de entrada, aunque no sé si hace más frío dentro que fuera, pero por lo menos evitaré las corrientes de aire. Ya dijo Napoléon que tenía más miedo a una corriente de aire que una bala. La verdad es que no sé si lo dijo él u otro personaje histórico, pero alguien lo dijo alguna vez. O lo dirá. A mi lado hay dos gitanas que no paran de hablar. Las dos llevan unas zapatillas de estar en casa con calcetines de lunares, un moño en todo lo alto de la cabeza y chaquetas de lana. ¡Hay que ver qué frío hace hoy! dice una de ellas. Eso mismo dijeron esta mañana mi mujer y mi hija, les digo. Y lo mismo dijo mi Manué, dice la otra. Entablamos una animada conversación hasta que me da un ataque de tos, me pongo rojo como un tomate y las dos gitanas se levantan como un resorte. A ver si nos va a contagiar usté algo malo, dicen. Ah, ¿pero ellas no están malas? Cuando se alejan, un hombre con un poblado bigote que está sentado enfrente me dice que seguramente no, que las ve muy a menudo por aquí y se ponen a charlar. A lo mejor es que han venido al mercado, que está al lado del ambulatorio, y vienen a descansar. ¿A usted que le pasa?, me pregunta. Habré cogido frío esta mañana, le digo, porque me encuentro para el arrastre. Sí, es que ¡hay que ver el frío que hace hoy! me suelta mi enfrentado acompañante. Me hago el loco mirando para mi móvil. No tengo ganas de hablar del tiempo.

Cerca hay una pareja joven con un niño casi recién nacido en un carrito de bebé. El niño parece dormido. Ellos no dejan de mirar sus móviles y no paran de reírse. ¿Has visto el vídeo del perro? No, ahora estoy hablando por whatsapp con mi prima, que está de viaje por el extranjero. Pues cuando puedas ve el vídeo del perro que ha mandado el Yonni, es pa mearse, dice él. Ahora no, Paco, que mi prima me está diciendo que hay una tormenta y que no pueden salir del hotel, vaya mala suerte, para una vez que viaja y llevan dos días sin poder ver nada. A quién se le ocurre viajar en estas fechas, dice el Paco, lo mejor es el verano. Claro, dice la Vanessa, que es así como la ha llamado él hace un rato, como que la gente puede viajar cuando quiere. Con lo caro que es viajar en verano. Ahora, ahora es cuando se pueden coger buenas ofertas. Si no tuviéramos a la niña (resulta que es una niña, no un niño) podríamos haber ido con ella. ¿Y con el trabajo, qué hago con el trabajo? dice el Paco, ¿me lo llevo también de viaje? Desconecto de la pareja y miro a la pantalla y al papelito que me ha dado la máquina de turnos. Tengo más de diez personas delante. Voy a estar toda la mañana aquí.

¿Pero es que no se puede quitar el aire acondicionado? grita alguien al fondo de la sala de espera. Apoyo lo moción, me digo para mí mismo. No quiero hablar en voz alta para no señalarme ante la celadora, que en ese momento coge el teléfono y habla con alguien. Después de unos segundos de charla, informa de que se va a poner la calefacción, pero que todavía tardará un rato porque ese cambio lleva tiempo. Explica no sé qué de unas turbinas, de una palanca y de un responsable (no sé si de la palanca o de las turbinas, pero responsable de algo). Gritos de alivio en el personal. Vuelvo a desconectar y me fijo en una señora que está sentada al lado del hombre del bigote. Lleva un abrigo largo y una carpeta abultada de la que ha sacado un par de hojas que mira con atención. Debe ser profesora porque parece que está corrigiendo ejercicios con un rotulador rojo. De vez en cuando mueve la cabeza, tacha frases de las hojas y escribe en los márgenes. Sí, es profesora porque la he visto poner una nota y rodearla con un círculo. Como yo he sido profesor, me solidarizo con ella. Me dan ganas de ponerme a hablar de la educación, pero no quiero molestarla porque está concentrada en su labor. De vez en cuando comenta algo en voz baja y dice algo así como “mira que lo he explicado veces, pues nada, que no se enteran, estarán pensado en las musarañas, cada vez se estudia menos…” Más solidaridad.

La mañana va pasando y los números se van acercando al mío. La consulta está casi vacía. El teléfono  vibra y compruebo que mi mujer me ha enviado un mensaje. ¿Cómo te encuentras, te falta mucho? Estoy mu malito, ya me falta poco para entrar, escribo y pongo un emoticono de pena, con una lágrima. Eres un quejica, ya verás como no es nada, recibo por respuesta. Ajolá, respondo. Te estoy haciendo un caldito, para que el cuerpo te entre en caja, leo en la pantalla. Muchas gracias, reina, qué haría yo sin tí. Te dejo que ya voy a entrar.

Cuando mi número aparece en la pantalla, me levanto con dificultad ya que los músculos se me han agarrotado (engarrotado, que dice la muchacha que viene a casa). Golpeo suavemente la puerta de la consulta, en la que está escrito el nombre del médico, doctor Nwelati Ahmed. Vaya, un médico sirio o árabe. ¿Este hombre sabrá algo de resfriados? porque en su país seguro que verá pocos, con el calor que hará allí. Escucho una voz que dice pasen y entro. Son casi las dos de la tarde. En la consulta ya no queda nadie. Soy el último paciente de la mañana.

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