Viaje a Croacia (IV). Zadar, Sibenik, Trogir y Split.

De locos, hoy ha sido un día de locos. No recomiendo a nadie que quiera conocer, aunque sea superficialmente, alguna zona de cualquier país, incluso el propio, que se recorra cuatro ciudades en un solo día. Porque al final lo único que va a conseguir es que en su cabeza se forme un caos que le impida recordar si la plaza que vio era de Trogir o de Zadar, si aquella calle tan bonita era de Split o Sibenik o si el café que se tomó sentado en una terraza era de Burgos o de León. Y eso es lo que me está pasando a mí cuando repaso las fotografías (y menos mal que ahora con las cámaras digitales es más fácil saberlo porque te informan del día y la hora en que sacaste la foto).

Estamos a mitad de viaje y volvemos a cambiar de hotel, así que otra vez a hacer maletas y llevarlas todo el día en el autobús. En cuatro días, tres hoteles, no está mal.

24 de agosto.

Volvemos a madrugar, cómo no. Nos despedimos del Hotel Kolovare  y, para aquellos que lo visiten, recomiendo que se sienten en los sillones que están frente a recepción y hurguen en ellos, porque se pueden encontrar con la sorpresa de que aparezcan como por arte de magia monedas varias, como le pasó a nuestro amigo Juan Esteban, que hurgando, hurgando recogió hasta 17 kunas, que no es mucho pero da para una cerveza. Una típica anécdota que suele suceder en los viajes y que sirve para comentar cuando nos reunamos dentro de un tiempo.

Cargamos las maletas en el autobús, que nos lleva hasta la pequeña península que conforma el centro de Zadar, y nos deja cerca de un parque rodeado por un muro y próximo también al puerto. Tomamos referencias porque luego tendremos que regresar solos. La guía inicia el recorrido por el casco antiguo, deteniéndonos en la Plaza del Pueblo (Narodni Trg, en croata), donde se encuentra el edificio City Sentinel, de 1562, con un hermoso reloj.

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Seguimos andando por la Kalelarga hasta desembocar en la zona principal de la ciudad, el Foro Romano, donde se encuentran la iglesia de San Donato (siglo IX), de planta circular y la catedral de Santa Anastasia (siglo XIII), con un campanario al que también subí, como a casi todos los que me fuimos encontrando durante el viaje. El conjunto impresiona, ya que nos encontramos en un espacio reducido con tres monumentos que aglutinan diez siglos de historia.

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(Carmen y Manoli escuchando atentamente las explicaciones de la guía delante de la iglesia de San Donato y de la Catedral de Santa Anastasia)

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(Isabel y Jesús, con la guía, cuyo nombre no recuerdo, andando hacia la Columna de la Vergüenza, donde se encadenaba a gente que había cometido delitos menores).

Después nos dirigimos hacia el Órgano del mar y el Saludo al sol, que están muy cerca. El primero es un conjunto de tubos que se activan con las olas que rompen en unas escaleras que dan al mar; el segundo es un círculo de 22 metros de diámetro realizado a bases de placas de vidrio que representa el Sistema Solar y que se ilumina por la noche. Descansamos un poco porque llevamos un buen ritmo.

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20170824_095422El grupo se divide, cada uno a su bola, unos a comprar, otros a callejear. Yo me dirijo hacia el mercado (no sé por qué, pero siempre me ha gustado el ambiente que se vive en cualquier mercado, mucho más natural y menos contaminado por el turismo) y me fijo en los productos que se venden y en la gente que deambula, comprando o curioseando. Más tarde me voy a la plaza y me encuentro con Jesús y Juan Esteban, con los que me tomo un café. Como se acerca la hora de salir, esperamos que lleguen los demás y nos vamos hacia el autobús.

Después de comer nos dirigimos a Sibenik, en la desembocadura del río Krka, que forma un parque natural. En esta ciudad se rodó Juego de Tronos y aquí le saben sacar mucho partido.

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Es una delicia pasear por sus calles. Parece que hemos hecho un viaje en el tiempo y aterrizado en la Edad Media o en el Renacimiento. La Catedral de Santiago y la Plaza del Ayuntamiento son dos auténticas joyas. Pero el tiempo apremia y estamos poco más de hora y media en esta bonita ciudad.

Catedral de Santiago en Sibenik, Croacia

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Ahora nos dirigimos, por una carretera con vistas extraordinarias, a Trogir. Es una ciudad pequeña, de callejas y plazas con mucho encanto, situada sobre una isla a la que se accede por un puente que nos permite entrar en la parte antigua. Después de andar por algunas calles estrechas y cuidadas, llegamos a la catedral de San Lorenzo, que tiene una preciosa portada y un campanario al que, como es lógico subí y desde el que pude contemplar unas vistas que impresionan. Después de deambular por calles y plazas, salimos al puerto y llegamos hasta el Castillo del Camarlengo, un edificio situado en el extremo del paseo marítimo que bordea al puerto y destinado por los venecianos, que lo construyeron en el siglo XV, a residencia del gobernador y a puesto de vigilancia. Nos demoramos todo lo que pudimos, ya que el paseo, con la luz de media tarde, el mar, una temperatura muy agradable y la cantidad de rincones que invitaban al descanso, fue de las cosas más bonitas que realizamos en todo el viaje.

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Con pesar, nos alejamos de Trogir camino de Split, que está a unos 20 kilómetros. Llegamos casi anocheciendo y la entrada a la ciudad fue más lenta de lo normal ya que esa noche se jugaba un partido entre el Hajduk Split y un equipo inglés. El autobús bordeó la ciudad pues el hotel Katarina se encontraba a unos quince kilómetros. No quiero hacer una propaganda excesivamente negativa, pero ese hotel no debería estar en los circuitos turísticos de cierta calidad. Creemos que para evitar muchas quejas, Katia nos dijo que después de cenar haríamos una visita nocturna al Palacio de Diocleciano y a la Plaza de la República, que aunque los veríamos con calma y en profundidad por la mañana, merecía la pena visitarlos de noche. Y eso hicimos. Y claro que mereció la pena, pues sobre todo el palacio, del que hablaré en la siguiente entrada, es una ciudad en sí misma. El ambiente nocturno de esas dos zonas no tiene nada que envidiar a ninguno de los grandes lugares que he visitado hasta ahora. Conciertos, iluminación cuidada, terrazas al aire libre, ambiente festivo. Todo invitaba a quedarnos hasta altas horas de la madrugada. Pero sólo pudimos estar hora y media, pues mañana, cómo no, teníamos que visitar la ciudad por la mañana y después un viaje de muchas horas hasta Dubrovnik.

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Viaje a Croacia (III). Parque nacional y lagos de Plitvice

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Aquello parecía la portada de la Feria de Sevilla el día de la inauguración del alumbrado, o la Gran vía de Madrid en el puente de la Inmaculada. O las Ramblas en la fiesta de San Jordi. No recordaba tanta gente haciendo cola desde la Expo del 92. ¿Cómo se puede consentir que en un parque natural dejen entrar en el mismo día varias decenas de miles de personas? Supongo que será por la pela, que diría un catalán ahora que están tan de moda.

Día 23 de agosto.

Hoy es nuestro último día en el hotel Jadrán porque esta noche dormiremos en Zadar, así que la tarde anterior dejamos las maletas listas. Después del madrugón de turno y un buen desayuno para comenzar el día, nos subimos al autobús y Katia, nuestra guía, nos explica el plan para hoy, que consistirá en recorrer una parte del Parque nacional y los lagos de Plitvice, zona forestal situada a 500 metros sobre el nivel del mar y Reserva Natural de la UNESCO desde 1979. Nos advierte, para que no nos coja por sorpresa, que suele haber mucha gente y que quizás tengamos que esperar “algo” para poder entrar al parque. A medio camino hacemos una parada en el paralelo 45, cerca de la ciudad de Senj, frente a la gran isla de Krk, con carteles que indicaban que estábamos a 5.000 kilómetros del polo norte y a otros 5.000 kilómetros del ecuador. Fotos de rigor porque no siempre se tiene la oportunidad de estar en un lugar tan señalado.

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Seguimos camino y volvemos a detenernos en un puesto en el que se venden productos típicos de la zona: miel, queso, conservas, cerámica… Al lado hay una serie de viviendas en las que se pueden observar todavía impactos de proyectiles de la guerra. Supongo que los conservarán (ya que se nota que las casas han sido restauradas) como recordatorio de la barbarie que se vivió en la antigua Yugoslavia durante cinco largos años. Aunque de vez en cuando Katia hace mención al conflicto, hemos comprobado que, salvo raras excepciones, prefieren pasar de puntillas sobre este tema, todavía demasiado reciente y que ha dejado muchas grietas y mucho dolor en los pueblos que sufrieron esta terrible experiencia.

En este pequeño vídeo se resume el conflicto. Nunca deberíamos perder de vista la historia cuando visitamos un país, pues nos dice mucho de sus gentes, de su organización, de sus costumbres, de la construcción de sus ciudades… Y nos parece mentira que a finales del siglo XX, en una Europa moderna y modelo para muchas otras zonas del mundo, se pudiera haber vivido un odio tan intenso.

Bosnia, Serbia y Croacia: la guerra de Yugoslavia en 6 minutos.

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Llegamos al parque y comemos en un restaurante cerca de la entrada. Podemos observar los cientos de personas que ya están entrando. Pero no podíamos imaginarnos lo que nos íbamos a encontrar cuando, sobre las cuatro de la tarde, nos bajamos del autobús.

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Sólo diré que no disfruté demasiado de esta experiencia. El calor, las pasarelas atestadas de gente, las colas para esperar el barco que nos trasladó de un extremo a otro de uno de los lagos, las esperas hasta conseguir que se hiciera un pequeño vacío a tu alrededor para hacer una foto decente… Todo eso hizo que no nos sintiéramos cómodos. Además, y según nos comentó la guía, este año había sido muy seco y no había tanta agua como en los anteriores. De todas formas, merece la pena acercarse, ya que, a pesar de todo, el paisaje, el agua, las cascadas, el verdor, son únicos, pero recomiendo que se haga en otra época del año. Y el paseo en barco por el lago no merece la pena, es preferible bordearlo andando, que se hace en menos de media hora, mientras que en la cola estuvimos cerca de una hora y el paseo dura poco más de quince minutos.

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Logramos salir del parque a duras penas, luchando con el gentío y con las cuestas. Y al atardecer llegamos al hotel Kolovare, en Zadar, donde nos alojaremos esta noche. La guía nos dice que podríamos visitar el centro de la ciudad, que está a unos veinte minutos, y ver  el curioso Saludo al Sol, un gigantesco círculo de 22 metros de diámetro realizado a base de placas de vidrio que representa el Sistema Solar (por la noche se ilumina). Como estamos cansados, lo dejaremos para el día siguiente, aunque no lo podremos ver iluminado.

Por cierto, aprovecho para recomendar una página que visité días antes de viajar a Croacia y que me dio muchos consejos y muchas pistas para recorrer lugares que, aunque al hacerlo en grupo con guías y con horarios muy estrictos no pudimos ver, sí podría serviros para aquellos que hagáis turismo por vuestra cuenta. Se llama Los apuntes del viajero y aquí os dejo el enlace a Croacia:

http://www.losapuntesdelviajero.com/europa/croacia/

Viaje a Croacia (II). La Península de Istria

El día 21 de agosto, lunes, el despertador sonó a las seis de la mañana. Hacía dos días que estábamos en Sevilla, donde el calor apretaba de lo lindo y que, después de pasar las semanas anteriores en Galicia y Rota, parecía la antesala del infierno. Apenas había pegado ojo por el bochorno y el nerviosismo. Repaso a los últimos detalles: sobre todo la documentación (incluido el pasaporte, por si acaso) , confirmación del tiempo que va a hacer en Croacia, tomar algo de fruta, cerrar las maletas y la puerta de casa… Salimos a la avenida y, confiando en que por ella suelen pasar taxis con frecuencia, esperamos casi diez minutos. No cunde el pánico porque tenemos mucho margen y la estación del ave está cerca. Cuando llegamos ya están allí los Anarte y poco después llegan los “Marines”. Esta vez no ha habido percances de última hora, así que llegamos a Madrid a las 10,15 y como el vuelo sale de Barajas a las 13,45, nos atrevemos a coger el cercanías de la misma estación. Es muy cómodo y, además, gratuito si el vuelo y el tren se hacen en el mismo día. Mis compañeros de viaje, acostumbrados a desplazarse como señores en taxis y limusinas (véanse las entradas anteriores tituladas Un turista en Nueva York) eran un poco reticentes pero los convencí y allí nos mezclamos con otra muchedumbre que, como nosotros, salía de viaje. Hay que tener en cuenta que el cercanías deja en la terminal 4, por lo que si el vuelo sale de otra terminal hay que tomar una lanzadera, que es lo que tuvimos que hacer nosotros. Carmen dice que ella no vuelve a hacer esto, que donde se ponga un taxi que se quiten estas complicaciones, que subir y bajar maletas de trenes y autobuses es un atraso… Y los demás secundan la idea. Menos mal que todos somos de izquierda y apostamos por los servicios públicos y gratuitos. Me callo.

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Como no hubo incidencias en el vuelo, comentaré que llegamos a Pula a las 16,20. Resulta que la hora española y la croata es la misma por los misterios de unos gobernantes que desde hace décadas (exactamente desde que Franco lo decidió en 1940) nos mantienen en el uso horario de Berlín. ¿A nadie se le ha ocurrido cambiarlo desde entonces? Porque resulta que en Croacia amanece y anochece dos horas antes que en nuestro país, pero tenemos el mismo horario. Menos mal que nos habíamos comido unos bocadillos en el aeropuerto porque si no habríamos llegado muertos de hambre, ya que en el avión nos dieron agua y un pequeño sobre con patatas fritas o algo parecido. Ténganlo en cuenta aquellos turistas que hagan el viaje a la misma hora y en la misma compañía aérea SmartWings. Y encima no pudimos pararnos a merendar algo porque en al aeropuerto nos recogió un autobús que nos llevó hasta Rijeka (la antigua Fiume italiana), nuestro primer destino y en donde pasaríamos dos noches. El viaje de casi dos horas nos permitió contemplar un paisaje, el de la Península de Istria, que en cierto modo se parece al de mi tierra, Galicia, muy verde, con suaves colinas y muchos bosques. Empezamos bien. Como el hotel Jadran estaba bastante alejado del centro y ya era algo tarde, decidimos cenar temprano y andar un poco por los alrededores. Lo mejor del hotel, las vistas al Adriático, con unos grandes ventanales que nos permitían contemplar el puerto y la bahía de Carnaro, así como la isla de Krk (pronúnciese Kirk, como el capitán de la nave Enterprise o el actor apellidado Douglas).

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En la cena nos sentamos en una mesa de ocho, donde ya se encontraba un matrimonio de Burgos que nos acompañó a lo largo de todo el viaje por Croacia. Jaime y María Teresa estaban celebrando sus bodas de oro y la verdad es que no lo parecía porque se conservan bastante bien. En esa primera cena ya empezamos a pagar las bebidas: seis cervezas, 124 kunas, es decir, unos 18 euros. Y así durante todas las comidas y cenas del viaje. Parece que no, pero al final se nota. Por eso es importante que ese tipo de detalles se conozcan antes de contratar el viaje o que, por lo menos, se informe convenientemente.

Como nos habíamos levantado muy temprano, decidimos acostarnos pronto porque a la mañana siguiente, como ocurriría todos los días, tendríamos otro madrugón. Menos mal que la habitación era muy buena, la televisión panorámica y la cama, mejor.

Día 22 de agosto. Región de Opatija, Porec y Rovinj

Suena el despertador del móvil a las 6,30, hora croata y española. Si estuviera en Rota a estas horas estaría dormido. O no, porque últimamente duermo menos, será cosa de la edad. En otras circunstancias me tomaría media pastilla para dormir, pero tengo miedo de quedarme dormido. El desayuno es a las siete. Aprovechamos que el autobús no sale hasta las ocho y podemos contemplar nuestras primeras horas de la mañana en el Adriático. Ya hay gente bañándose y la tibia luz del sol se refleja en unas aguas cristalinas que invitan a sumergirse en ellas. No tenemos tiempo y la verdad es que los envidio. En la terraza del comedor unas gaviotas se posan en las mesas, esperando que algún incauto se acerque y puedan birlarle la comida. Me acuerdo de Alfred Hitchcock.

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El autobús nos lleva a Opatija, a la que llegamos en poco más de media hora. Es una ciudad muy turística, aunque todavía no llega a alcanzar el esplendor que adquirió durante la dominación del imperio austro-húngaro, con un paseo marítimo en el que se encuentra una zona similar al paseo de las estrellas de Hollywood, pero con nombres de personajes croatas. Allí podemos ver a Nikola Tesla y a Drazen Petrovic, inventor y jugador de baloncesto, respectivamente, muy admirados en su país, donde se los nombra frecuentemente. Los croatas, como es lógico, se indignan con aquellos inventores como Edison y Marconi, que se llevaron los méritos y la fama (véase este artículo para comprobarlo) en lugar de su compatriota, que realmente fue el inventor de la corriente alterna y de la radio. Después de un paseo de una hora regresamos al autobús para seguir camino hacia Porec, en la costa occidental de la península de Istria.

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El autobús nos llevó hasta una estación desde la que nos dirigimos al centro de la ciudad, de unos veinte mil habitantes. Tiene un casco antiguo en el que todavía se puede observar la influencia romana y bizantina y en la que destaca sobre todo la Basílica de San Eufrasio, del siglo VI, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Recorrer la basílica, detenerse en las diferentes salas y en la capilla y subir a la torre-campanario, es una experiencia que nadie que visite Croacia debería perderse. El recorrido nos llevó una hora, aunque podríamos haber estado mucho más tiempo. Ese es uno de los problemas que más me molestan de los viajes en grupo, que los horarios son excesivamente estrictos y te impiden disfrutar de aquello que realmente te gusta. Ya lo dice el refrán: el que mucho abarca, poco aprieta.

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Después de comer en una especie de venta a las afueras de Porec, salimos hacia Rovinj. Reconozco que nunca había oído hablar de esta ciudad, como me ocurre con la mayor parte de las ciudades croatas, exceptuando la capital Zagreb, Zadar (por el equipo de baloncesto), Split (por el equipo de fútbol), Dubrovnik y pare usted de contar. Y luego dirán que el deporte no es cultura. Tendré que repasar geografía.

En Rovinj nos esperaba Fortunato, un guía que resultó todo un personaje. Nos contó que había aprendido español navegando por todo el mundo con marineros españoles, estuvo viajando por España y vivió un mes en Cádiz, donde, además de perfeccionar el idioma con los gaditanos, también practicaba (el idioma) con una marroquí que limpiaba en su en su casa y que dominaba muy bien el castellano ya que había servido durante años en la casa de un militar en Ceuta. La manera de explicarnos la historia y la cultura croatas habría servido para escribir una novela. Antes de recorrer la ciudad nos dio una visión histórico-cultural de Rovinj que hubiera dejado boquiabierto a cualquier profesor de universidad. Después de pasar por el mercado, donde nos explicó que allí la fruta era casi toda importada (un ejemplo: un kilo de uvas valía 7 euros), nos detuvimos en una pequeña plaza frente al puerto, en donde nos comentó que ese lugar era un canal que separaba la península de la isla, la antigua Ruvigno, y que fue rellenado a mediados del siglo XVIII. Comenzamos a subir por una calle (Ulica Carera) hasta la Basílica de Santa Eufemia, en lo alto de la colina que domina la ciudad vieja. Las vistas del Adriático y de las islas cercanas son de las más bonitas que se pueden contemplar en la península de Istria. Lo más notable de la iglesia, que no es de las más bonitas que se pueden encontrar en el país, es la gran torre de 60 metros de alto imita al campanile de San Marcos y el sepulcro de la santa que se encuentra en el interior.

No voy a explicar aquí la controversia sobre los restos de la santa, una de cuyas reliquias se encuentra en Antequera, de la que es su patrona, ni el milagro del sepulcro de siete toneladas que flotaba en el mar, ni otros hechos extraordinarios que nos relató Fortunato, porque me extendería demasiado. Descendimos de la colina por otro camino, contemplando la costa y fotografiando un precioso mar azul salpicado de pequeñas islas que reverberaban con la luz de la tarde. Nos detuvimos a tomar un café en una cafetería cercana al puerto y regresamos al hotel cuando ya estaba anocheciendo. Día intenso, como todos los que nos esperaban en lo que restaba de semana.

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Viaje a Croacia (I). Preparación

Según leí no hace mucho, uno de los primeros turistas fue Mark Twain, el creador de dos personajes inolvidables, Tom Sawyer y Huckleberry Finn y calificado por Faulkner como el padre de la literatura norteamericana. En un artículo de Luis Martínez, Turistas de nosotros, se mencionaba el primer tour organizado que ha conocido el mundo moderno, en 1861, y que fue descrito con su habitual humor por el escritor norteamericano en su libro Guía para viajeros inocentes. Ahí ya se decía una verdad que después se ha ido confirmando sin remisión: hacer turismo es y será la más gozosa de las pesadillas. Lamentablemente ya no hay viajeros, por mucho que algunos se nieguen a reconocerlo. Esos personajes, reales o imaginarios, que recorrían un mundo casi virgen, inexplorado en muchas ocasiones y que después lo contaban a sus coetáneos, plagados de aventuras y anécdotas (¿dónde están los Willy Fogg que daban la vuelta a mundo en 80 días o los Washington Irving que recorrían una Andalucía casi primigenia) han desaparecido. Desde 1841 con Thomas Cook o 1861 con Mark Twain, todos somos turistas.

La auténtica verdad de los viajes en verano, aquella que nadie quiere reconocer pero que todos sabemos, es que son insufribles. Aunque ya he dicho que casi nadie es viajero en el mundo actual, muchos quieren creer que todavía pertenecen o permanecen en un mundo ya perdido en que el asombro, la inocencia, la aventura o la novedad se encuentran en cada recodo del camino. Pero ya hemos perdido la capacidad de asombrarnos y la mayor aventura se esconde, seguramente, a la vuelta de la esquina.

Se dice que el turista viaja siempre en grupo y el viajero es un lobo solitario, que los primeros viajan para conocer nuevas culturas y paisajes diferentes en los que prefieren dedicar el tiempo a realizar cientos de fotos que luego comentarán con sus amigos (a los que les importa un bledo lo bien que te lo has pasado y las anécdotas que te han ocurrido y que a ti te hacen mucha gracia pero que a ellos lo único que les provoca es aburrimiento), en lugar de pasear despacio por las calles, salirse de las rutas trilladas, hablar con la gente, aspirar los olores que son característicos de cada lugar y apreciar sus diferentes colores, acentos, miradas y silencios. El turista quiere cambiar la monotonía de su vida diaria por la monotonía de las estaciones de autobús, de los aeropuertos, de las multitudes que pasean por los mismos lugares, visitan los mismos monumentos y comen los mismos platos preparados en restaurantes que tanto podrían estar en Estambul como en un pueblo de la Patagonia. El viajero prefiere buscar y encontrar su propio camino, el turista aprecia la seguridad que le proporciona el grupo, la experiencia de los demás, la tranquilidad de lo ya vivido y experimentado por otros, la comodidad. El viajero nunca se acomodará. Y por eso ya casi nadie es viajero, porque ya todo está vivido y contado y experimentado. Ya no hay caminos ni paisajes desconocidos o por descubrir. Y en la actualidad todos los viajes son cómodos y seguros (no me refiero, claro, a los que huyen de las guerras o del hambre) aunque se hagan andando y con mochila.

Ya es hora de entrar en materia. Quiero aclarar que yo he sido siempre un turista y no un viajero, a mucha honra. Aunque muchos de mis viajes no han sido en grupo ni organizados por agencias, he buscado siempre lugares conocidos, con gente, ciudades y también paisajes, puestas de sol, playas o pueblos recónditos, naturaleza pero civilizada. No me busquéis en el desierto ni en el Amazonas. Me dan miedo los animales salvajes y los insectos y soy alérgico a las picaduras de mosquitos. Así que si sois aventureros seguramente este artículo sobre mi experiencia en Croacia os aburrirá, por lo que os recomiendo que no sigáis leyendo y cambiéis de página.

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Preparación del viaje.

Por esta vez, y sin que sirva de precedente, el viaje no lo organicé yo, sino mis amigos Jesús y Juan Esteban (yo estaba de viaje en Galicia y, después, pasando unos días en Rota por lo que no podía dedicarme a esos menesteres). El primero se dirigió a una agencia de viajes, pidió información sobre circuitos para conocer Croacia y, después de un par de reuniones, se decidió contratar uno denominado Gran Tour de Croacia, 8 días y 7 noches visitando de norte a sur cuatro zonas del país: Región de Opatija, región de Zadar, región de Split y Dubrovnik (es decir, península de Istria y Dalmacia). El segundo se encargó de los viajes en tren de Sevilla a Madrid ida y vuelta y del hotel donde nos alojamos el día de regreso. Lo que menos me gustó fueron los días elegidos: del 21 al 28 de agosto, pues me temía, como así ocurrió, que nos íbamos a encontrar con millones de turistas como nosotros. En régimen de todo incluido (menos la cerveza o el vino, como se comentará más adelante), lo primero que hicimos, como corresponde a personas que les gusta preparar los viajes, fue buscar información sobre el país. Google y la Wikipedia no tienen precio para estas cosas. La primera curiosidad, si se observa el mapa, es su forma: unos dicen que se parece a un dragón y otros a un caballito de mar, cada uno que se apunte a lo que quiera. En cuanto a tamaño es más pequeño que Andalucía y un poco más grande que Aragón; en concreto tiene una extensión de 56 594 km², incluidas las más de mil islas que se ubican frente a la costa en el Mar Adriático. Esa es una de las cosas que más me llamó la atención; cuando recorrimos el país en autobús, casi siempre junto al mar, en pocas ocasiones se podía ver el horizonte marino ya que era tapado por las islas y dando la impresión de que era un continuo, enorme y alargado estrecho que separara dos continentes.

Croacia es miembro de la Unión Europea desde el 1 de julio de 2013 pero no se encuentra dentro del espacio común europeo de régimen Schengen. Sin embargo, los ciudadanos españoles podemos entrar en Croacia con pasaporte o con un DNI vigente para estancias inferiores a 90 días. La validez del pasaporte o del documento nacional de identidad debe cubrir toda la duración de la estancia prevista en Croacia.

La moneda local es la kuna que se cambia, dependiendo de las zonas, a 0,14 euros. Eso en el mejor de los casos. Como nosotros utilizamos la tarjeta EVO, cuando retirábamos en un cajero 1000 kunas, al cambio eran 140,11 euros. Pero si cambiáis euros en hoteles o establecimientos de cambio, lo habitual es que por 100 euros os den 680 kunas, por lo que recomiendo que, siempre que se pueda, se pague con tarjeta en la moneda local.

En cuanto a la comida, como la mayor parte de las veces era ya contratada por la agencia, sólo diré que comimos mucho pollo, ensaladas y poco pescado. La cerveza es muy buena, o por lo menos a mi me gustó. La más conocida es la Ozujsko. Los precios no son baratos, pensando que el nivel de vida es bastante inferior al español. Para que os hagáis una idea, en el enlace siguiente podéis encontrar los precios de los artículos más comunes: precios en Croacia 2017.

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No voy a recordar aquí las vicisitudes de la guerra de independencia croata, que ocurrió no hace demasiado tiempo (realmente terminó en 1995), pero sí advertiré de que a lo largo del viaje tanto Katja, la guía que nos acompañó desde el primer momento, como el resto de guías locales, la mencionaron con frecuencia. Y en algunas zonas todavía se dejan ver las consecuencias.

Si vais a visitar este precioso país os recomiendo, entre otras páginas y foros la Guía de Turismo de Croacia, la guía de Lonely Planet y el foro de losviajeros.com. Otra guía que me gusta bastante es la de turistaloserastu.es.

Seguiré en próximas entregas.

 

 

 

 

Relato XVIII: Quince meses y un día (y III)

Pasaron las semanas y, a finales de mayo o principios de junio, Sevilla, como las demás ciudades y pueblos de España, se llenó de carteles de propaganda electoral puesto que el BOE había publicado que el 15 de junio se celebrarían elecciones generales al congreso y al senado. Suárez. Fraga, Felipe, Carrillo, Tierno Galván. A esos nombres se unían otros menos conocidos entonces y más conocidos ahora: Ruiz-Jiménez, Eladio García Castro, Heribert Barrera, Jordi Pujol. La televisión, la radio y la prensa escrita se llenaban de artículos, de entrevistas, de noticias, casi todas relacionadas con unas elecciones que, por primera vez en más de cuarenta años, exactamente desde febrero de 1936, permitirían elegir democráticamente a los representantes del pueblo. Elecciones, democracia, pueblo. Tres palabras que, juntas, armonizaban con las ansias de renovación y de cambio, de ruptura con la dictadura anterior y de igualdad con los países de nuestro entorno que admirábamos y envidiábamos.

La vida en el cuartel, aunque seguía su ritmo de oficinas, guardias, saludos, toques de corneta, izado y arriado de bandera, había sufrido un pequeño cambio. La libertad que se vivía en el exterior se había convertido en más rigidez dentro del acuartelamiento, como una reacción que evitara que ese virus se instalara entre las cuatro paredes militares. Yo había pensado solicitar un permiso para visitar a mi familia en La Coruña, pero todos los que se habían presentado eran rechazados sin más explicaciones. De todas formas, entregué mi solicitud por si las moscas. Y entonces ocurrió un hecho que me facilitó las cosas.

A finales de mayo se publicaron las notas del graduado escolar y mis dos alumnos, el teniente y la hija del teniente coronel, aprobaron con buenas notas. En primer lugar, fui felicitado por el teniente y un par de días después un cabo primero que me conocía se presentó en la oficina y, dirigiéndose a mí, dijo en voz alta:

—Cabo Castro, tiene que presentarse al teniente coronel en su despacho. Acompáñeme.

A todo esto, tengo que decir que hacía unos meses había aprobado un pequeño examen que me permitió ascender a cabo rojo, denominación que se nos daba a aquellos que teníamos los galones rojos en las mangas de la guerrera, en la gorra y en los hombros. Era algo más simbólico que efectivo, pero me facilitaba algo más las cosas, sobre todo en el tema de las guardias porque los soldados hacían muchas más que los cabos.

Todos se volvieron hacia donde yo estaba, incluido el teniente que, desde su mesa, me interrogó con la mirada alzando la ceja derecha, que era un tic característico que unas veces significaba que estaba enfadado y otras que se divertía. No pude descifrar su significado esta vez, porque la situación y el miedo que me entró no me lo permitieron, pero mucho me temía que no podría ser nada bueno. Me levanté y, tras pedir permiso al teniente, como era reglamentario, seguí al cabo primero que, un paso por delante y sin volver la cabeza, me preguntó:

—Vamos a ver, Castro. ¿Has hecho algo malo?

Puedo asegurar que esas palabras no me tranquilizaron en absoluto, como se puede comprender. En los pocos segundos que pasaron  hasta que llegamos a la puerta cerrada del despacho de nuestro superior, intenté hacer memoria de los últimos días, intentando recordar qué había dicho, qué había hecho o qué había dejado de hacer. Pero no se me ocurría nada, a no ser que alguien se hubiera ido de la lengua y se hubiera chivado de lo que hacíamos en el piso, que tampoco era para tanto, ni siquiera para una sanción. Pero no las tenía todas conmigo. Entonces el cabo primero llegó al despacho del teniente coronel, y tras golpear suavemente la puerta, la abrió y solicitó permiso para entrar. Desde dentro se escuchó la voz que ya conocía y entré tras el cabo primero.

—Como ordenó usía, el cabo Castro.

El teniente coronel dejó de firmar unos papeles que estaban en una carpeta de piel y cerrándola, ordenó al cabo primero que saliera. Éste saludó y cerró la puerta, dejándome solo, confuso y envarado, muy tieso y mirando al frente por encima de la cabeza del teniente coronel, que dirigiéndose a mí, dijo:

—Descanse, cabo.

Durante unos segundos, que se me hicieron interminables, el teniente coronel buscó algo entre unas hojas que tenía encima del escritorio hasta que encontró un papel que leyó atentamente y después firmó. Entregándomelo, dijo:

—Vamos a ver. Desde hace unas semanas se han cancelado todos los permisos. De hecho, sólo he firmado dos por causas excepcionales que no vienen al caso; pero tú creo que te mereces un pequeño regalo por mi parte. He hablado con tu teniente y me ha asegurado que eres muy eficiente en tu trabajo. Yo también he quedado muy satisfecho con las clases que le has dado a mi hija, que nunca había sacado tan buenas notas. Así que aquí tienes el permiso que habías solicitado.

Sin saber apenas qué decir, balbuceé unas palabras de agradecimiento que el teniente coronel cortó diciendo:

—Puede retirarse cabo. Que disfrute de estos días con su familia.

Me retiré con un temblor de piernas que sólo desapareció cuando salí del despacho a la galería del primer piso que rodeaba la plaza central del cuartel. Me parecía mentira y miré la hoja con atención: ¡veinticinco días de permiso! Del 1 al 25 de junio. Siempre he sido una persona bastante comedida en la manifestación de mis emociones, pero di un salto enorme que hubiera podido ser récord olímpico o por lo menos de España. Salí corriendo como una exhalación hacia la oficina y, calmándome un poco, entré y me dirigí al teniente:

—Mi teniente, el teniente coronel ha autorizado el viaje a La Coruña que solicité hace unos días—. Y le entregué la hoja. La leyó durante unos segundos, y con una ligera sonrisa, que no era habitual en él, me dijo:

—Has tenido suerte, Castro, como siempre. Que te preparen los papeles. Y cuando los tengas listos, recoge tus cosas y puedes irte.

Así que en un par de horas ya tenía toda la documentación del viaje, había preparado el petate con mis cosas, me había despedido de mis compañeros y del teniente y había salido del cuartel, no sin antes haber escuchado varias veces las palabras enchufado, vendido, suertudo y cosas similares que, la verdad, me resbalaban. Cogí un taxi y me fui hasta la estación de Córdoba para saber a qué hora salía el tren hacia Madrid. Allí tenía pensado coger un avión hasta Coruña. Ahora todo es mucho más fácil, pero en aquella época, sin Internet ni teléfonos móviles, y con vuelos mucho más caros y sin tanta periodicidad como en estos tiempos, ya había comprobado que tren y avión era la forma más rápida, fácil y barata de ir desde Sevilla hasta mi ciudad.

Cuando pude organizar todos los traslados, que me ocuparon casi toda la tarde, y después de llamar a mis padres para comunicarles la noticia de mi viaje, acogida con las naturales muestras de sorpresa y alegría, fui a descansar al piso, que no quedaba lejos de la estación. El tren salía a las 10 y el viaje se hacía de noche, llegando, casi doce horas después, a Madrid. Esperaba que no hubiera ningún retraso, avería o similar, bastante frecuente en aquella época, porque el avión salía de Madrid a las cuatro de la tarde. No me detendré en más detalles porque no hubo ninguna incidencia digna de mención, a no ser el cansancio del viaje en tren, donde no pude pegar ojo y el miedo del viaje en avión, ya que se hacía en un cuatrimotor de hélice, con un ruido infernal y un aterrizaje en el aeropuerto de Alvedro digno de película de terror.

Aquellos días de junio de 1977 que pasé en Coruña los recuerdo como si hubiera estado dentro de un torbellino. Apenas retengo algunas imágenes de mítines de Santiago Carrillo en el Pabellón de Deportes y del PSP de Tierno Galván en una explanada en Mera, donde mi hermano tocó con su grupo para amenizar la fiesta, vestido con mi chupa militar con la que se fotografió y que casi me provoca un infarto, pues no sabía si eso estaría penado o no. Como es lógico, no pasó nada. Acompañado por mis amigos Antonio y Javier, a los que hace muchos años que no veo, recuerdo vagamente haber asistido a otros mítines pero sin figuras relevantes a nivel nacional, sino de los candidatos que se presentaban en la provincia. Era realmente emocionante mezclarse con los miles de personas que acudían a la llamada de los partidos, cantando la Internacional o el Himno Galego, que hasta hacía muy poco tiempo habían estado prohibidos. Más que los discursos, de los que no recuerdo nada, me acuerdo de la alegría y del enardecimiento de los asistentes, de las banderas, de las pancartas, del fervor, de los gritos a favor o en contra del gobierno o de los otros líderes. Todo era nuevo, vivificante, y mis veintidós años y el ambiente que se respiraba ayudaban a imaginar una España moderna, libre de prejuicios, de ataduras, igualitaria, justa.

Y llegó el día de las elecciones. El 15 de junio era miércoles, no como ahora, que todas las elecciones se celebran en domingo. Yo había comprobado que figuraba en las listas y podía votar, porque no las tenía todas conmigo ya que al estar realizando el servicio militar en Sevilla podría haber algún problema. Pero no lo hubo, así que, con auténtico nerviosismo y emoción me dirigí hacia el local donde tenía que votar. Ahora son colegios electorales, centros educativos que acondicionan algún salón donde se ubican las mesas, pero en los primeros años me tocó votar en una especie de almacén cercano a mi casa, donde por cierto fui presidente en dos elecciones que se celebraron el año 1979. Recuerdo que había una cola numerosa que salía del local y llegaba hasta la acera. Desde ese día, y ya han pasado muchos años y muchas elecciones, tengo la costumbre de votar a mediodía para tomar después un aperitivo con la familia. Aquella vez salí con Antonio y con Javier y fuimos a tomarnos unos vinos a la calle Barcelona, muy cerca de donde yo vivía, en el Agra del Orzán. El ambiente en la calle y en los bares era extraordinario y todo el mundo comentaba anécdotas que habían escuchado o vivido y que, desde entonces, se repiten: los que acuden sin documento de identidad y enseñan un carnet deportivo y discuten con el presidente para que los deje votar, los que se equivocan y meten el carnet en lugar de la papeleta, los que preguntaban si había que firmar el voto, y cosas similares. Pero nosotros lo único que hacíamos era intentar adivinar quién podía ganar. Y la verdad es que acertamos. Suárez fue elegido presidente y ahí comenzó una nueva historia que todavía no ha sido escrita en su totalidad aunque ahora, como suele hacerse en épocas de incertidumbre y crisis de valores e ideas, hay muchos que critican la forma en que se desarrolló la democracia española. No es el lugar ni el momento, pero es fácil hablar a toro pasado, sobre todo si no se ha vivido en esa época ni se tuvieron que tomar decisiones tan complejas, tan rápidas y poner de acuerdo a tantos que pensaban tan diferente y tenían intereses tan opuestos.

Y finalizo, que ya está bien con las batallitas del abuelo. Pasó el mes de junio. Regresé a Sevilla. Volvió la rutina del cuartel, los días interminables de verano, las mañanas de calor en la oficina sin aire acondicionado, las tarde soñolientas de julio y agosto en la cantina o en el dormitorio, porque dejamos el piso cuando regresé del permiso, las charlas en las cafeterías del centro comentando qué sería de nuestras vidas cuando regresáramos a nuestras casas, las promesas de seguir en contacto y escribirnos regularmente. No he vuelto a saber nada de mis compañeros. Años después, la foto de uno de los vascos apareció en la prensa. Era un integrante de un comando de apoyo de ETA y creo que fue absuelto o amnistiado. En la época que conocí su detención yo ya tenía otras preocupaciones y no seguí su caso.

Una mañana de mediados de octubre de 1977, quince meses y un día después de mi viaje desde La Coruña hasta Cerro Muriano, salí vestido de paisano por el portón del cuartel de Intendencia con mi cartilla blanca en la que el teniente coronel jefe rubricaba con su firma la evaluación que habían hecho mis superiores durante el tiempo de servicio:

  • Valor: Se le supone
  • Conducta: Buena
  • Carácter: Normal
  • Aplicación: Buena
  • Amor al servicio: Normal
  • Aseo y presentación: Bueno

O sea, que como no había participado en guerra alguna, se podía suponer que yo tenía valor para enfrentarme al enemigo. Qué poca psicología, yo que siempre he sido antimilitarista. Lo de amor al servicio normal habría que analizarlo porque no sé qué amor al servicio puede tener alguien que no pudo elegir y fue llevado en contra de su voluntad a pasar quince meses y un día haciendo algo que no le gustaba. Pero había que disimular. Y todavía no soy capaz de entender lo que significa tener un carácter normal. Es decir, que no sobresalía ni para bien ni para mal, que era una persona gris y aburrida, que no me ponía a discutir con los superiores o a dar gritos como loco. Pues vaya. Seré normal entonces.

Anduve despacio durante muchos minutos, horas quizás, con una pequeña bolsa de deportes en la que había metido las pocas pertenencias que tenía. Atravesé el barrio de Santa Cruz, desemboqué en la plaza del Triunfo y entré un momento en la catedral, no para rezar sino para aislarme y reflexionar sobre lo que había vivido y lo que me esperaba. Tantos momentos con amistades eternas que duraron unos meses, la diferencia entre el muchacho que salió un día de su ciudad y el hombre que regresaba a ella, los cambios que se habían producido en tan poco tiempo. Han pasado cuarenta años pero hay cosas que recuerdo como si hubieran ocurrido ayer. Quizás dentro de cuarenta años alguien escriba un pequeño relato de esta época en la que él tenía veintidós años. Y espero que sus recuerdos sean tan hermosos como los míos.

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Relato XVIII: Quince meses y un día (II)

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Y llegó el mes de abril de 1977. Y con él la semana santa, y seguramente sabréis lo que pasó el sábado santo, más conocido como el “sábado santo rojo”. Sí, eso es, se legalizó el Partido Comunista de España de Santiago Carrillo. Yo no estaba en el cuartel porque desde hacía unos meses los siete amigos, es decir, el madrileño, el catalán, el valenciano, los tres vascos y yo, habíamos alquilado un piso en la calle Torneo, una calle que estaba separada de las vías del ferrocarril de la estación de Córdoba, que corrían paralelas al río Guadalquivir, por un horrible muro lleno de pintadas poco estéticas. La exposición universal del 92 derribó el muro, eliminó las vías del tren y ahora la calle Torneo es una calle ancha y con excelentes vistas al río, no la calle triste y sucia de entonces. El piso era muy antiguo, de dos habitaciones, una de ellas interior, y un salón con un balcón que daba a la calle, una pequeña cocina y un cuarto de aseo, con desconchones y humedad en las paredes, muebles viejos y desvencijados, cuadros descoloridos y mucha suciedad que nosotros, que sólo pasábamos allí seis o siete días al mes, no teníamos ganas de limpiar. No recuerdo ni una sola vez que pasáramos una fregona por el suelo ni quitáramos el polvo a los muebles. Tampoco limpiábamos la cocina porque no hacíamos de comer. Sólo queríamos el piso para charlar con libertad, beber, fumar, escuchar música y tener un lugar donde dormir cuando teníamos algún día libre y nos dejaban pasar la noche fuera del cuartel. Para no tener que lavar sábanas y mantas, que el propietario no nos había proporcionado ni queríamos comprar, cada uno se llevó un saco de dormir.

Ahí fue cuando mis gustos musicales y literarios comenzaron a dar un giro radical. Hasta ese momento yo no pasaba de los Beatles, Serrat, Juan Pardo, Cervantes, Pardo Bazán o Baroja, todo muy convencional. En el piso de la calle Torneo, mientras el madrileño, un chaval alto y desgarbado, siempre sonriente y gastando bromas, con unas pequeñas gafitas a lo Jonh Lennon, me descubría a grupos como Black Sabbat o The Who, a David Bowie y a Janis Joplin, entre otros, los vascos, que a pesar de la fama de hombretones eran más bajos que yo aunque bastante más fuertes, y el catalán, rubio y con una cara ancha y llena de granos, con un fuerte acento que intentaba disimular en el cuartel pero que asomaba cuando hablaba con nosotros en el piso o por la calle, me acercaron a la canción protesta de Llach, Paco Ibáñez o Labordeta y a las canciones sudamericanas de Violeta Parra, Víctor Jara o Quilapayún. El catalán tocaba la guitarra estupendamente y se conocía casi todas las canciones, que cantaba con una voz de barítono que llegué a envidiar, yo, que siempre había tenido fama de ser un buen cantante. El valenciano, que tenía un pequeño bigote y unas gafas que lo asemejaban a un funcionario de hacienda, era el más callado y siempre con un libro en la mano me abrió las puertas a un mundo de lecturas que, aunque había oído hablar de él nunca hubiera sospechado que me pudiera gustar: Walt Whitman, Cernuda, Sartre, Borges, Neruda. Todo era nuevo, refrescante, auténtico, libre de ataduras. Yo, que me creía una persona formada, culta, con inquietudes, me di cuenta de que había vivido en un ambiente cerrado, con horizontes muy limitados. Nada sabía de música, de política, de literatura y ahora se me abría un mundo totalmente diferente a lo que conocía y que, además de prohibido o censurado, mostraba una fuerza y un poder que cambió mi forma de pensar y de afrontar la vida en muchos aspectos. Las discusiones políticas, la crítica a lo que estaba haciendo la izquierda en ese momento, cómo plantear la lucha al franquismo, las aspiraciones nacionalistas, los derechos de los trabajadores… Todo eso que ahora puede exponerse con tranquilidad y sin temor a represalias, centraba nuestras charlas y discusiones mientras fumábamos y bebíamos y comíamos unos bocadillos y cuando nos cansábamos el catalán se ponía a cantar, el madrileño ponía música en un reproductor de cassette o el valenciano nos recitaba unos poemas de Neruda o de Alberti. Tardes y noches inolvidables, sensación de estar rompiendo con un mundo viejo y que, como una crisálida, nacería una nueva estructura, un nuevo país, una atmósfera más limpia y menos opresiva.

Y llegó, repito, la Semana Santa de 1977. Aunque intentamos conseguir algunos días libres y poder hacer alguna escapada, no hubo manera. La superioridad no consideró conveniente dejar abandonado el cuartel y, teniendo en cuenta que no era solo yo el enchufado ni el más poderoso pues no era hijo, sobrino o nieto de un oficial de alta graduación, otros consiguieron los correspondientes permisos y los demás nos tuvimos que quedar. Menos mal que los siete magníficos solo teníamos que estar durante el día en el cuartel y a partir de las siete u ocho de la tarde podíamos salir con el llamado “pase de pernocta”, que consistía en dormir en tu casa o donde quisieras y regresar por la mañana temprano. Lo malo es que los únicos que lo teníamos éramos el valenciano, el madrileño y yo, así que los demás tenían que esperar al fin de semana, en el que algunas ocasiones los demás también podían dormir fuera del cuartel. Esa semana santa comencé a admirar con la ayuda de un cabo nazareno, no uno que hace estación de penitencia con su hábito y su capirote, sino uno que era de Dos Hermanas, las procesiones de Sevilla. Sus explicaciones nos gustaban y nos permitían admirar situaciones y circunstancias que nos podían pasar desapercibidas y que él explicaba con verdadero fervor y apasionamiento. Pero al tercer día ya estábamos cansados de ver cofradías, imágenes, pasos y miles de nazarenos, así que decidimos dedicarnos a recorrer los alrededores de Sevilla en autobús: Carmona, Alcalá de Guadaira, Écija, Utrera. En todas ellas huíamos de las procesiones y nos centrábamos en visitar los monumentos, pasear por las calles, comer en tascas y tabernas, descansar en los parques. Hasta que llegó el sábado. Ese día nos quedamos en Sevilla y, después de dar algún paseo y comprarnos unos bocadillos, nos fuimos a pasar la tarde en el piso. La verdad es que nos habíamos quedado sin un duro y teníamos que ahorrar. Así que nos acostamos relativamente temprano y nos dormimos pronto mientras en la calle se escuchaban gritos, cantos, bocinas de coches y mucho ruido, que achacamos a que, según la tradición católica, Cristo había resucitado y la gente sevillana mostraba así su alegría.

El domingo de resurrección nos levantamos sobre las siete de la mañana pues teníamos que llegar antes de las ocho al cuartel y, callejeando por Sevilla, nos encontramos a un grupo de jóvenes que portaban banderas rojas con la hoz y el martillo y cantaban a voz en grito la Internacional. Paramos a uno de ellos y nos dio la noticia que ya se sabía desde la noche anterior y que nosotros aún no conocíamos: Adolfo Suárez había legalizado el Partido Comunista. Nos abrazamos a ellos, aunque ya estábamos vestidos de soldados y eso podía haber sido peligroso en aquellos tiempos, y dándonos mucha prisa para no llegar tarde, llegamos al cuartel cuyo portón estaba cerrado a cal y canto. Llamamos al cabo de guardia, que nos abrió la puerta peatonal y nos instó a que subiéramos rápido a los dormitorios para que bajáramos cuando sonara el toque de diana, que los domingos se hacía una hora más tarde. Todos los soldados ya estaban despiertos, incluidos nuestros amigos vascos y el catalán, y el tema único de conversación era la legalización del PCE y qué harían los militares. Sonó el quinto levanta y bajamos presurosos a formar en el patio. Adivinamos que algo inusual pasaba porque, además del cabo primero y el sargento que solían pasar revista, también había varios tenientes y un comandante. Este último se dirigió a nosotros con un tono mucho más serio de lo habitual. Sin hacer mención a lo que había sucedido la noche anterior, nos dijo que se cancelaban todos los permisos y que se doblaban las guardias. El portalón de entrada permanecería cerrado durante todo el día y sólo se abriría la puerta de peatones cuando algún militar tuviera que entrar o salir por algo excepcional. Debía evitarse, a toda costa, que se concentraran demasiadas personas delante del cuartel y no se tolerarían provocaciones.

Cuando nos mandaron romper filas y antes de dirigirnos al comedor para desayunar, nos reunimos los siete magníficos y decidimos no mostrar demasiada alegría pues el horno no estaba para bollos. Y el catalán comentó, asustado, si cuando pasaran unos días no irían a registrar la casa que teníamos alquilada y encontrarían alguna propaganda subversiva que allí teníamos y varios ejemplares de la revista Ajoblanco, Cambio 16, Cuadernos para el Diálogo. Como no sabíamos cuándo podríamos salir decidimos que nos desharíamos de todo eso en la primera ocasión. Pero no hubo necesidad pues una semana después se convocaron elecciones generales y casi todo lo que hasta entonces era subversivo y peligroso dejó de serlo. Aunque algunos partidos trotskistas, leninistas, estalinistas, maoístas y otros istas más fueron legalizados más tarde, se presentaron bajo diferentes siglas y pudieron participar en las elecciones. Los militares no podríamos manifestar expresamente nuestra ideología, sobre todo si era de izquierdas, pero no sería delito, nos dijimos, tener en nuestra casa escritos que defendieran la democracia desde diferentes perspectivas. Nunca ocurrió nada, pero la desazón, sobre todo a mí, poco dado a heroicidades, no me abandonó en unas semanas.

En el cuartel se produjo una auténtica conmoción. En esos días tuve que hacer un par de guardias y los comentarios que escuché de los oficiales podrían ser considerados, vistos en perspectiva, abiertamente golpistas. Que si “España se va al carajo”, “los que asesinaron en Paracuellos ahora son héroes”, “si se me pusiera por delante Carrillo se le iba a borrar las sonrisa de golpe” y otras lindezas por el estilo. Eran otros tiempos, el cambio había sido muy rápido y drástico y la costumbre de influir de manera decisiva en la vida política durante los últimos cuarenta años no se iba a diluir de un plumazo. De hecho, cuatro años después, un 23 de febrero, se demostró que el ejército todavía quería mantener el protagonismo. La sociedad ya había cambiado y no había un caldo de cultivo adecuado para que triunfaran. Pero esa es otra historia.

Relato XVIII: Quince meses y un día (I)

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En junio de 1977 tenía yo 22 años y estaba haciendo el servicio militar en el cuartel de Intendencia de Sevilla, en la Puerta de la Carne, que recibe su nombre de una de las puertas que permitían la entrada y la salida de la ciudad cuando ésta estaba amurallada. Se llama así porque hace siglos la puerta estaba frente al matadero municipal. Y para completar la información diré que parte del cuartel se construyó sobre un antiguo cementerio judío, lo que explicaría algunos fenómenos paranormales que ocurrieron durante mi estancia allí y que quizás describa en otra ocasión. Hace ya muchos años que el edificio dejó de ser cuartel y se convirtió en sede de la Diputación; es decir, que antes se dedicaba a la gestión y aprovisionamiento de los recursos militares y ahora se dedica al aprovisionamiento de muchos políticos y, según dicen, a la gestión y al reparto de recursos entre los pueblos de la provincia. No entremos en más detalles y no discutamos sobre la necesidad de la existencia o no de este organismo que genera tantas controversias.  Mentes más agudas y preparadas se han encargado de cuestionar o alabar su existencia.

Aunque el edificio no llama la atención por su belleza arquitectónica, quizás sí por su tamaño ya que ocupa una hectárea de superficie, su situación es magnífica: enfrente están los Jardines de Murillo, que flanquean una de las murallas del Alcázar; se encuentra muy cerca del barrio de Santa Cruz, del edificio de la Real Fábrica de Tabacos, hoy Rectorado de la Universidad de Sevilla, del Parque de María Luisa, de la Plaza de España… Si en lugar de estar cumpliendo con la obligación que, felizmente para las nuevas generaciones aunque esto podría ser objeto de una acalorada discusión en la que se pueden encontrar pros y contras de todo tipo, se imponía en aquellos tiempos, de levantarse y acostarse a golpe de corneta, saludos marciales y continuos a todo el que llevara insignias o estrellas, amenazas de castigo por cualquier tontería como no tener bien los botones de la camisa o la guerrera, guardias de 24 horas, mañanas en la oficina rellenando oficios y escritos absurdos y tardes interminables que se sobrellevaban gracias a la camaradería y buen ambiente que reinaba entre los soldados, frío indescriptible en invierno —sí, frío en Sevilla aunque no os lo creáis—  y calor insufrible en verano, si en lugar de todo eso, repito, estuviera en un apartamento o en un hotel ubicado en el mismo lugar que el cuartel, podría llegar a los principales monumentos y lugares de interés en muy poco tiempo y me hubiera dedicado a menesteres más placenteros, interesantes o productivos. Pero no, estaba haciendo el servicio militar en una época que, vista desde la perspectiva del tiempo, fue realmente histórica e irrepetible y que se conoce como Transición española. Hacía menos de dos años que se había muerto Franco, ese hombre, que el Rey Juan Carlos había nombrado presidente del gobierno a Adolfo Suárez, el osado, después de defenestrar a Arias Navarro, el triste, que se había aprobado mediante referéndum, en el que no pude participar porque la superioridad no dio permiso para votar, no fuera que dicho acto se hiciera costumbre, la Ley para la Reforma Política que derogó el sistema franquista y que conmocionó a un país acostumbrado al ordeno y mando y al no rechistes que te denuncio y te enchirono. Una época que merece ser recordada y admirada porque generó una ilusión y un entusiasmo como pocas veces se vivió ni creo que pueda vivirse en este país, y porque, con todos los errores y fallos que se cometieron, el resultado no fue tan malo. Y si no, fijaos en lo que ha ocurrido con la primavera árabe, por ejemplo. Sé que esto es también motivo de discusión y revisionismo por algunos, ahora que se revisa todo y se critica y cuestiona lo que se hizo en esos años. Los que vivimos el sobresalto, el tumulto, el apasionamiento, la esperanza, el miedo y el torbellino que nos rodeaba y amenazaba, damos por bueno lo alcanzado. Por lo menos yo.

Meses de vértigo que no pude vivir plenamente porque en julio de 1976 me llevaron con algunos cientos de jóvenes más, no diré como borregos pero algo parecido, desde Coruña a Córdoba en un viaje en tren que duró cerca de 24 horas porque todavía no había ave ni los trenes eran rápidos y no teníamos prioridad y parábamos para dejar pasar otros trenes de mercancías o viajeros, y después en un camión militar de Córdoba a Cerro Muriano, en la sierra cordobesa, donde pasé dos meses de instrucción haciendo mucho ejercicio, con comida que seguramente hoy no pasaría los más elementales controles sanitarios, ejercicios de tiro, gritos y amenazas de cabos y sargentos, clases teóricas y prácticas sobre cómo reconocer a los diferentes mandos, leyes militares, cómo desmontar y montar un rifle y lo que más me gustaba, clases para enseñar a reclutas que no sabían leer ni escribir ni nunca habían salido de sus aldeas o pueblos y que se asombraban y amedrentaban con cualquier circunstancia que se saliera un poco de lo normal. Y calor, mucho, mucho calor con restricciones de agua debido a la sequía. Recuerdo compañeros que se desmayaban en plena marcha de veinte o treinta kilómetros por los montes cordobeses, subiendo y bajando cuestas por caminos polvorientos y con el sonido ensordecedor de las cigarras, cargados con más de veinte kilos de peso a nuestras espaldas, azuzados por los gritos de los suboficiales que exigían más rapidez o marcialidad. Todo el tiempo ensayando cómo desfilar con y sin fusil para mostrar el día de la jura de bandera la excelente preparación del soldadito español.

Cuando faltaban unos días para el solemne acto, que estuvo presidido por el capitán general de la II Región Militar Pedro Merry Gordon (que más parece por sus apellidos un general americano o inglés que español; pero es lógico, dado que nació en Jerez y ya se sabe la estrecha relación entre la pérfida Albión y la capital del Sherry) tristemente conocido por algunos hechos ocurridos unos años después, nos informaron a dónde nos iban a destinar. A mí me tocó la lotería de continuar el servicio a la Patria durante once meses más en Sevilla, casi en el centro de una ciudad que visité por primera vez cuando tenía unos tres años, según me contaron mis padres y he podido comprobar en alguna foto que se guarda en casa y que, cosas del destino y de circunstancias que también debería contar, pero en otra ocasión, continúa siendo la ciudad en la que vivo. Todos me felicitaron porque, según las referencias, era el mejor destino. Y lo fue, lo reconozco, como contaré más adelante. Nos volvieron a trasladar en camiones militares y llegamos al cuartel creo recordar que a mediados de septiembre. Aunque ya éramos soldados y no reclutas y se nos suponía una cierta experiencia, la llegada al destino nos causaba una cierta desazón pues los veteranos del campamento nos habían descrito las novatadas que solían realizarse en los cuarteles y algunas ponían los pelos de punta. Falsa alarma porque en ningún momento sufrimos vejaciones, torturas o hechos similares.

Los primeros días en el cuartel fueron de tanteo y reconocimiento del terreno. En primer lugar los cuarenta o cincuenta soldados que habíamos llegado por la mañana formamos perfectamente alineados en el gran patio central mientras nos contemplaban con curiosidad algunos soldados desde la galería de la primera planta. Un joven oficial, en un tono jovial y no exento de ironía, nos dio la bienvenida y nos explicó el horario y otros pormenores de nuestra estancia. A continuación subimos al dormitorio, una enorme nave  con techos altos y algunas ventanas que daban al patio central y a otro patio situado en la parte trasera, en la que había varias decenas de literas. Cada uno eligió el catre y la taquilla donde dormir y guardar las escasas pertenencias que cabían en el petate y que habíamos podido traer desde el campamento. Desde el primer instante me hice amigo de un valenciano, un madrileño, un catalán y tres vascos, dos de ellos mellizos y el tercero…, bueno, del tercero es mejor no hablar porque años después vi su foto y su nombre en un periódico y no porque hubiera recibido un premio, precisamente. Todos teníamos estudios superiores e inquietudes intelectuales y políticas, aunque estas últimas apenas podían expresarse en el recinto cuartelario porque las paredes oían y había fantasmas que podían no ser amigos y porque cualquier desliz podía costarte un disgusto.

Por las mañanas nos dedicábamos a trabajar en la oficina, bajo la supervisión de un teniente bastante menos simpático que el que nos había recibido, al que teníamos que entregar diariamente cuatro o cinco escritos dirigidos a diferentes destinos militares, dar entrada y salida y archivar documentos de todo tipo y, sobre todo, la mayor parte del tiempo se destinaba a darle clase al susodicho teniente que estaba preparando el examen de graduado escolar. Problemas de matemáticas, redacciones, análisis de texto, geografía, historia… Diariamente el madrileño y yo teníamos que preparar ejercicios, explicar contenidos y corregir los exámenes que le hacíamos todos los viernes (por cierto, algunos elaborados con muy mala idea, para disfrutar viendo cómo el teniente sudaba y maldecía por lo bajo cuando no era capaz de resolverlos a plena satisfacción). Tan contento quedó nuestro teniente que se lo comentó al Teniente Coronel Jefe, la máxima autoridad del cuartel, que me llamó a su despacho y me propuso darle clase a su hija que también estaba preparando dicho examen. Como es lógico acepté encantado, aunque tampoco podría haberle dado otra respuesta, claro, y todas las tardes salía vestido de paisano, todo un privilegio reservado a los enchufados, y yo me había convertido en uno de ellos. Poder entrar y salir del cuartel con una autorización así provocaba la envidia de mis compañeros y el respeto de mis superiores. Más no se podía pedir en situación tan precaria.

Como acabo de decir, todas las tardes salía del cuartel y me iba dando un paseo hasta los Remedios, el barrio donde vivía el teniente coronel. Como nadie preguntaba a qué hora tenía la clase y nunca se preocuparon de hacerlo, me cambiaba la ropa, salía un poco después de comer y disfrutaba de esos momentos de libertad. Pocas veces he tenido esa sensación, después de traspasar el cuerpo de guardia y salir a la avenida, de poder respirar llenándome los pulmones sin sentir ningún tipo de opresión. Andaba despacio, atravesaba el parque de María Luisa recreándome en el frescor y el sonido del agua y de los pájaros, cruzaba el puente sobre el río y, poco después, tras más de media hora de paseo, llegaba a mi destino. El primer día me esperaba la familia, padre, madre e hija y me recibieron con cordialidad y educación, aunque con un cierto distanciamiento, sobre todo la madre. Lo primero que vi en el recibidor fue una enorme fotografía a tamaño casi natural en la que el general Franco, serio y circunspecto como casi siempre, saludaba al teniente coronel, que bajaba la cabeza en señal de respeto y yo diría que sumisión. Esa imagen inicial de la casa me impactó de tal manera que todavía la recuerdo. A continuación, y sin más preámbulos, alumna y profesor pasamos a la cocina, que desde aquel día fue nuestra zona de estudio. Y a partir del día siguiente, en lugar de abrirme la puerta principal, era recibido por la puerta de servicio que daba directamente a la cocina, no fuera yo a pensar que podía tomarme confianzas. Como eso quedó meridianamente claro y teniendo en cuenta quién era el padre, jamás se me ocurrió iniciar algún tipo de acercamiento galante a pesar de que la muchacha estaba de buen ver. Durante un par de horas diarias seguí casi al pie de la letra las mismas actividades, ejercicios y contenidos que preparaba por la mañana al teniente. Reconozco que ambos, teniente e hija (fijaos que no digo sus nombres porque no los recuerdo; y aunque los recordara tampoco lo diría para no dar pistas por si acaso, ya que quizás sigan viviendo por estos lares), eran estudiantes aplicados e inteligentes, así que, cuando llegaron los exámenes en el mes de mayo los superaron con facilidad y buena nota, lo que, como se podrá comprobar más adelante, contribuyó a mejorar mi situación en el cuartel, que ya de por sí era relativamente buena.

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Relato XVII: Un nuevo personaje

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Hoy ha aparecido de manera silenciosa, sin avisar, casi a traición, un personaje nuevo. Me he asustado porque no esperaba una presencia tan contundente, tan real, a trasmano de todo lo que me rodeaba. Ni el lugar, ni la hora, ni siquiera la forma, me indujeron a pensar que ocurriría. Todo estaba perfectamente planificado, medido, pesado. La situación no presagiaba nada fuera de lo normal. En la habitación se estaba desarrollando una escena habitual, tranquila. Roberto y Ángela estaban charlando como otras veces, como las últimas tardes de ese otoño interminable, quejándose y alejándose poco a poco, de manera imperceptible, como dos navíos que han seguido el mismo rumbo y ahora eligen su derrota en busca de destinos distantes. La única diferencia es que Roberto estaba algo distraído, como sopesando una idea que iba a expresar de un momento a otro y Ángela se estaba dando cuenta.

—Tú no puedes ir por la vida esperando que ésta te reciba siempre con los brazos abiertos. Despierta, Roberto,  porque mañana puede ser el comienzo o el fin de todo—, dijo Ángela elevando el tono de voz a medida que iba hablando.

—Sé que tienes razón, Ángela, pero cada uno afronta las circunstancias de manera diferente—, respondió Roberto mientras miraba por la ventana. —Tú siempre has tenido el apoyo de tu familia, de tus amigos, pero sabes que llevo demasiado tiempo solo, alejado del mundo y me cuesta trabajo entender lo que pasa a mi alrededor. Todo es demasiado complejo y las relaciones sociales contienen demasiadas normas, demasiados sobreentendidos. que los demás comprendéis y yo no entiendo—.

La tarde se iba apagando y el ruido de los coches llegaba en sordina, como si un manto de nieve comenzara a caer y se posara lentamente en las calles de la ciudad. Las cortinas estaban descorridas y los cristales sucios de la ventana dejaban entrever los altos edificios que rodeaban la plaza, una plaza pequeña pero acogedora, con bancos donde las madres se sentaban a hablar y vigilar cómo los niños jugaban entre los árboles y las farolas. Ángela y Roberto se miraron y ella contempló, en la mirada perdida de su compañero, un punto de tristeza, de nostalgia, y también de rabia contenida. Sabía que iba a seguir hablando y que no le iba a gustar.

En ese momento llamaron a la puerta, con los nudillos, pues el timbre estaba estropeado. Tres golpes espaciados, el último casi imperceptible, como si escondiera una duda, como si no quisiera sonar, como si contuviera un arrepentimiento en el último momento. Ángela y Roberto se miraron sorprendidos, pues no esperaban a nadie y nadie, teóricamente, sabía que estaban allí..

Yo también me sobresalté, como si esa llamada se produjera en ese mismo instante en la puerta de mi estudio. La historia continuaba con una fuerte discusión, en la que Roberto acusaba a Ángela de infidelidad, de falta de paciencia, de orgullo. Sus cinco años en la cárcel los habían distanciado. Él sospechaba que en todo ese tiempo ella lo había engañado con Miguel, su amigo de la infancia, su correligionario, el número dos del partido que habían creado en la clandestinidad con otros estudiantes de la facultad, entre ellos Ángela. Sus ideas extremistas los habían llevado a luchar contra la dictadura, primero con pintadas y carteles en los que exigían libertad y justicia, después con asaltos a bancos para conseguir dinero con el que financiar más propaganda y comprar armas con las que luchar contra las fuerzas represivas. Mientras tanto, la relación entre Roberto y Ángela se fue estrechando y llegaron a convivir durante unos meses en un piso que habían alquilado cerca de la facultad de derecho.

Cuando ya habían decidido dar un salto cualitativo y pasar a la acción armada, uno de los estudiantes resultó ser un chivato de la policía y los denunció. En poco tiempo todos fueron detenidos y encarcelados. Él, como cabecilla y máximo responsable, fue juzgado y condenado a más de diez años de cárcel. Miguel, Ángela y los otros compañeros sufrieron condenas menos severas y pudieron salir en un par de años. Cuando murió el dictador y después se aprobó la Ley de Amnistía, Roberto salió de la cárcel una húmeda mañana de octubre. Sólo fueron a recibirlo Miguel, Ángela y María, la compañera de Miguel, con la que vivía desde que ambos terminaron la carrera y pudieron crear un bufete de abogados laboralistas.

Toda la novela giraba en torno a la vida de los cuatro personajes, sus ilusiones, su lucha durante la dictadura, sus amores y desencuentros, la nostalgia de una infancia y una adolescencia feliz y sin preocupaciones, aunque la de Roberto, con la ausencia del padre, que los había abandonado sin dejar rastro, había sido más complicada. Pero el trasfondo era el desamparo, la amargura de las personas insatisfechas con su vida, desencantadas con una sociedad que se había adormecido, anestesiado con promesas que al poco tiempo se mostraban crudamente vacías de contenido. Era mi vida, la vida de mis semejantes la que se exponía en las trescientas páginas que ya había escrito. La novela se desarrollaba en una ciudad del norte de España. El clima húmedo y frío, las calles tristes, el silencio de las personas que transitaban alrededor de los protagonistas, la miseria moral de aquellos que habían medrado durante la dictadura y ahora también habían sabido adaptarse sin pudor a los nuevos tiempos, aprovechándose de su experiencia y de sus amenazas. Todo era muy sabido, ya había sido tratado en otras novelas de autores de mi generación. Pero yo necesitaba expresarlo con mis propias palabras, con mi experiencia personal, con mis dudas, con las miserias de las situaciones que yo había vivido y conocido. El previsible final era el del acomodamiento de los cuatro protagonistas, la aceptación de sus complejos, de sus culpas, de sus miserias. Y el distanciamiento definitivo de Roberto y Ángela, que terminarían su relación y unirían su futuro a otras causas más pragmáticas. Un final amargo y acorde con el ánimo con el que había afrontado la novela porque yo tampoco me encontraba en mi mejor momento personal. La novela se componía de capítulos cortos, cada uno de los cuales, a partir de noticias de las diferentes épocas y con saltos atrás en el tiempo para definir y colocar a los personajes en su sitio, mostraba a unos seres que afrontaron sus vidas con coraje, con ilusión, con ganas de cambiar una sociedad gris que despertaba poco a poco, pero demasiado despacio para sus aspiraciones y deseos.

El presente de la obra se desarrollaba a mediados de los noventa, cuando los protagonistas Roberto, Ángela, Miguel y María tenían alrededor de cuarenta años, una edad alejada de la pasión, del torbellino y de los ideales que los habían impulsado en su juventud pero que los había curtido y preparado para afrontar cualquier revés, cualquier situación complicada. Habían vivido intensamente, arriesgando, atesorando experiencia, cayendo y levantándose continuamente, pero siempre con la ilusión y el objetivo de ser mejores y hacer mejor la vida de los que los rodeaban. El final se iba prefigurando porque no quería sorprender al lector. No era un argumento tramposo ni pretendía ser original. La amistad, el amor, la lucha política, la cotidianidad, la evolución de los personajes y del país. Todo muy previsible, medido y argumentado, aderezado con anécdotas reales que me habían ocurrido, que había escuchado o que había leído en la prensa. La imaginación se quedaba a un lado, quería desplazarla de la novela, desnudarla de artificio, de complejidad. La única licencia eran los saltos en el tiempo porque contenían la explicación de lo que ocurría en el presente; cada anécdota o suceso del pasado tenía su correlato en la actualidad, se trataba de ir componiendo un puzle de emociones, de contradicciones, de vidas que discurrían muchas veces al margen de los deseos de los personajes.

Pero ahora aparecía algo nuevo. Alguien llamaba a la puerta sin estar previsto. Yo no lo había previsto. Ni siquiera los personajes de la novela lo habían previsto. Porque no tenía sentido que después de trescientas páginas la historia cambiara, porque eso podría significar dar un vuelco innecesario o modificar un final que yo deseaba, porque, y eso era lo peor y lo que me aterrorizaba, quizás tuviera que cambiarlo todo, empezar de nuevo, reescribir desde la primera página lo que me había costado más de un año organizar, planificar, argumentar, investigar y vivir dentro de mí. Yo me había identificado con Roberto, un héroe anónimo, un esforzado defensor de la igualdad y la justicia, un inconfesable romántico que se jugó todo el futuro a una carta y perdió.

Miré la pantalla del ordenador, mis dedos posados sobre el teclado. Últimamente escribía más rápido, más seguro, sin mirar apenas las teclas, siempre a la pantalla, comprobando cómo las palabras y las frases se deslizaban con fluidez, fuente Calibri, tamaño 12, alineación justificada, interlineado sencillo, sin sangrías, el cursor parpadeando al final de los puntos suspensivos. Y continué escribiendo.

Roberto se levantó y abrió la puerta. De pie, con un traje gris impecable y una pequeña maleta de viaje, se encontraba un hombre de unos sesenta años, con pelo cano, una barba recortada y unos ojos azules que le recordaban a alguien. Era un poco más bajo que él y más delgado, aunque el traje dejaba adivinar un cuerpo fibroso y atlético. Tenía un rostro agradable y la sonrisa revelaba unos dientes blancos y perfectamente alineados. El hombre lo miró de arriba abajo durante unos instantes sin dejar de sonreír y preguntó con un acento que denotaba un origen sudamericano:

—¿Tú eres Roberto, verdad? Yo también me llamo Roberto y, si no me engaño, soy tu padre.

A partir de ese momento, y como me temía, tuve que rehacer la novela y la historia cambió radicalmente. Ya no se centró en la lucha antifranquista, ni en el amor y los desencuentros de Ángela y Roberto, ni en las utopías perseguidas y perdidas, ni en el desencanto de la generación que vivió entre dos regímenes antitéticos, dictadura y democracia. Ahora el hilo conductor giraba sobre el padre desaparecido y su búsqueda, la desesperación de una madre sola que tiene que luchar por salir adelante, el hijo que crece sin el referente paterno y que soporta las burlas y los comentarios hirientes de sus amigos.

¿Quién dijo que escribir una historia era fácil y que sólo había que buscar un buen argumento, encontrar el lenguaje y el tono adecuados o crear unos personajes creíbles y que sean capaces de conectar con los futuros lectores? El problema es que en demasiadas ocasiones los personajes nacen y crecen a espaldas del escritor y son capaces de vivir independientemente de lo que quieren sus creadores. Y si para colmo el escritor no es capaz ni de manejar a su antojo la presentación, el nudo y el desenlace porque hay un nuevo personaje que aparece cuando menos se lo espera, mejor dedicarse a preparar oposiciones a bibliotecario. Por lo menos tendrás en tus manos historias acabadas y conocidas y podrás organizarlas a tu antojo y sin sobresaltos.

En tierra de nadie

(Texto escrito inicialmente en el Blog de Orientación del IES Hermanos Machado, que también administro)

En tierra de nadie

En tierra de nadie

El lenguaje, palabras, vocales y consonantes reunidas para configurar el pensamiento, para describir la realidad, el mundo que nos rodea y el que transita por nuestro interior. Es nuestro bien más preciado, el que deberíamos cuidar con mimo y defenderlo contra todos aquellos que intentan manipularlo y envenenarlo, que pretenden recortar y que pierda su sentido, su valor. En demasiadas ocasiones el lenguaje ya no sirve para confrontar ideas, para comunicarnos, para apreciar y expresar la belleza, sino para degradar y destruir el pensamiento, para desalentar a aquellos que luchan cotidianamente para difundir valores, conocimientos, emociones.

El significado de palabras tan hermosas como libertad, igualdad, compromiso, justicia, honestidad o dignidad, entre otras muchas, se ha desvirtuado, ha perdido su relación con su significante cuando aquellos que tienen que dar ejemplo, sean los políticos, los intelectuales, los comunicadores o los jueces han preferido defender sus intereses, los intereses de los poderosos, antes que defender la integridad de las ideas, el bienestar de los ciudadanos o el desarrollo de la sociedad.

Ángela María Ramos Nieto, escritora y profesora de Lengua Castellana y Literatura en un instituto de Sevilla, escribió hace cinco años un magnífico artículo titulado En tierra de nadie, publicado en INED21 en el que expresaba el desasosiego, el desaliento de levantarse cada mañana con la sensación de vivir en tierra de nadie, de no comprender el mundo que la rodeaba, un mundo que era imposible explicar a sus alumnos, que no entendían muchos de los conceptos que ella intentaba comunicar pues todo lo que veían y escuchaban era incompatible con el significado que ella pretendía darles. Después de todos esos años el artículo sigue manteniendo en la actualidad, por desgracia, toda su vigencia. Podéis leerlo completo pinchando en el enlace.

Relato XVI: El moscardón y la declaración de la renta

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Pues resulta que una noche, después de un día agotador en el trabajo y un descanso merecido tomándome unas cervezas y unos güisquis con los amigos, estaba embarcado en la ardua e ingrata tarea de examinar en el ordenador el borrador de la declaración de la renta, con la ventana abierta esperando que entrara un poco de aire fresco en una habitación recalentada desde hace semanas por la más extraña primavera que conocieron los siglos —exagero, claro está, porque habrá que ver cuántas primaveras calurosas y extrañas se habrán producido a lo largo de la historia, pero la hipérbole forma parte por estos lares del lenguaje coloquial, como por ejemplo Eres más pesao que una vaca en brazos o Eres más bruto que un arao o Es terco como una mula, y vivo en una ciudad que vive con, de, en y para la hipérbole, y yo no voy a ser menos, faltaría más—, cuando un moscardón entró y comenzó a volar alocadamente por toda la habitación y a chocar contra paredes, cristales y puertas. Al principio no hice mucho caso, abrí la ventana y descorrí las cortinas para facilitar la salida del molesto díptero, que con su grave zumbido y su descontrolado vuelo, comenzó poco a poco a alterar mis ya soliviantados nervios por la comprobación de que la declaración de la renta también me iba a salir a pagar este año, como todos los anteriores, a pesar de que los sufridos ciudadanos con muchos trienios a las espaldas bastante tenemos con sobrellevar resignadamente el peso y el paso del tiempo, las horas que circunvalan la memoria y los achaques producidos por y asociados a una juventud descontrolada y a una edad adulta alejada de los más mínimos criterios de contención.

Intenté concentrarme en los enrevesados, abstrusos e incomprensibles entresijos de las casillas que conforman el mencionado borrador, sobresaltándome con conceptos cuyo significado solo está al alcance de expertos en derecho tributario o de los siniestros funcionarios del ministerio de hacienda, como Régimen de atribución de rentas y rendimientos del capital y de actividades económicas y ganancias y pérdidas patrimoniales. Aquí me inflamo porque me han asignado una cantidad en la casilla 208 cuyo título es Ganancias patrimoniales no derivadas de transmisiones, atribuidas por la entidad. Cielos, qué será eso y por qué el borrador me incluye una cantidad cercana a los mil euros. Investigo, busco papeles que me han enviado bancos, oenegés y otras entidades y encuentro uno del administrador de la propiedad del piso que me informa de que tenemos que incluir esa cantidad en nuestra declaración porque hemos arreglado los ascensores, además de con nuestro peculio particular, con un préstamo a fondo perdido de la Junta de Andalucía. Yo ni había leído semejante carta y me asombro. O sea, que encima de que nos hemos gastado un dineral arreglando los ascensores que estaban hechos un asco y pedimos una subvención a la administración, ahora resulta que se la tengo que devolver vía impuestos. Lo comido por lo servido. Continúo enfadándome con el ministro de hacienda, con los funcionarios que siguen lealmente sus absurdas consignas, con el administrador de la comunidad que no nos informó debidamente en su momento, con la página de la agencia tributaria que se ha colgado —colgar, lo que dice colgarse, colgaba a quien yo me sé—, con la Junta de Andalucía y con el sursum corda, y sigo con la declaración. Estoy agotado, pero quiero terminar el suplicio hoy mismo, darle al botón de enviar y olvidarme hasta el año que viene, que volverá a repetirse la misma historia.

Se me vienen a la mente, no sé por qué, la declaración de la guerra de independencia, la declaración a mi mujer una calurosa tarde de julio, la declaración de los derechos humanos. ¿Habrá algo más inhumano que una mañana perdida haciendo números, rompiéndome la cabeza, luchando contra el ordenador? Sí, ya sé que es un poco exagerado, que hay cosas mucho más inhumanas, mucho peores. Pero como dije antes es un decir, una hipérbole, una exageración, un… Maldita sea, otra vez el moscardón entra en escena. Ahora comienza a volar como un loco alrededor de la mesa de trabajo, se da contra el cristal de la ventana en lugar de salir por la parte que he dejado abierta y medio atontado, choca contra la pantalla del ordenador. No sé qué me molesta más, si el revoloteo o el zumbido. Lo sigo con la mirada y compruebo que se posa en un lateral de la estantería. Es la mía, pienso con una sonrisa que se dibuja en mis labios, la primera de todo el día. El rostro se relaja, el ceño deja de fruncirse y lentamente, saboreando la escena que se va a desarrollar a continuación, me levanto del sillón, me quito una zapatilla y me acerco despacio, muy despacio, al incauto animal. Debe ser mi imaginación, pero parece que se escucha una vocecita ronca parecida al chillido de una rata acatarrada. Miro alrededor y no veo nada, así que me sigo acercando dando pasos muy cortos y observo con horror y estupefacción que en lugar de la cabeza con sus antenas, sus enormes ojos y su trompa, veo una cabeza humana blanca, casi calva, con grandes orejas, ojos pequeños y una expresión aterrada. No puede ser, seguro que estoy soñando porque esa cabeza es la de… la del ministro de Hacienda. Bebí demasiado, me digo, porque esto es lo mismo que sucede en la película La mosca, que repusieron hace unos días en uno de los canales de televisión. Cada vez que veo la película me angustia el personaje, un científico que inventa una máquina para teletransportar materia que experimenta consigo mismo, produciéndose un terrible fallo al introducirse una mosca en la máquina y mezclándose los átomos, con lo que la cabeza y un brazo tienen la forma de mosca y el resto del cuerpo es humano. Eso implica que hay otro ser con cabeza y un brazo humanos y el resto del cuerpo con patas y alas que quedó volando por ahí.

Con la zapatilla levantada, a punto de golpear al horrible insecto, algo me detiene. Es la mirada que me atraviesa, que me conmueve, que me suplica. Ahora se me viene a la mente Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis, de Kafka, un personaje con el que siempre simpaticé por la crueldad de su situación y la incomprensión y asco que provocaba en su familia. El moscardón ha conseguido una primera victoria, impedir que lo aplaste. Esta vez no sonríe con la suficiencia con la que suele dirigirse a los diputados, a la prensa, a los contribuyentes, sino que, con el rostro muy serio y gritando para que yo pudiera escucharle, me contó que hacía unos días, cuando iba en el coche del ministerio a una rueda de prensa, leyendo unas notas preparadas por su secretaria y bebiendo de una botella de agua que le había proporcionado el conserje antes de subir al coche, empezó a sentirse muy raro. Notó como un cosquilleo en la piel y un fuerte dolor de cabeza y se desmayó. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero al despertarse comprobó con horror que todo era enorme, que veía de una manera muy rara y que, en lugar de manos y piernas tenía patas y alas. El conductor del coche estaba hablando por su móvil con alguien que debía ser importante porque lo trataba con gran deferencia, diciendo que no sabía lo que había pasado, que había estado viendo al ministro por el retrovisor todo el tiempo pero que, en un momento dado, había desaparecido. Sin embargo, su ropa, sus gafas y el maletín seguían en el asiento de atrás. Es como si se hubiera volatilizado, decía con voz nerviosa. No tenía explicación alguna.

Al cabo de un momento se presentaron varios policías y aprovechando que el conductor abrió la puerta, salió volando como un meteoro. Todo lo hacía de manera instintiva. No sabía cómo enviaba las órdenes a las alas para que se movieran a tal velocidad. Tampoco era capaz de averiguar por qué se movía a un lado o a otro. Todo era nuevo, incomprensible, irreconocible, enorme, cercano y a la vez muy lejano. Reconoció que la sensación de volar libremente y contemplar la ciudad desde lo alto le produjo una sensación de placer y de plenitud indescriptibles, pero eso duró poco, porque el pánico volvió a apoderarse de él, pasados los primeros momentos de euforia, de libertad, de ingravidez.

Durante varias horas estuvo volando sin rumbo, sin sentido, evitando a los pájaros para no terminar atravesado por sus picos y en sus buches. No había perdido ni por un momento su capacidad de razonar, de pensar con frialdad pero no es lo mismo dedicar el tiempo a encontrar modos y formas de recaudar más dinero que a buscar la manera de salir del atolladero en el que se encontraba. Primero tenía que refugiarse en un lugar seguro donde meditar, saber por qué le había ocurrido esa metamorfosis y cómo salir de ella, regresar a su estado anterior, a ser el azote de empresarios y trabajadores, el que exprimía hasta el último céntimo a asalariados y autónomos, el que era más permisivo con los que se forraban pero dejaban una pequeña parte, unas migajas, en las arcas del Estado. ¿Sería que alguien lo había hechizado, le había echado un mal de ojo? Él no creía en esas cosas, pero si muchos millones de españoles le deseaban el mal quizás esa fuerza negativa se había concentrado y canalizado de alguna forma y lo habían convertido en un ser indefenso, diminuto y al albur de cualquier contratiempo que lo aplastara, que lo hiciera desaparecer del mundo sin dejar rastro. Eso era lo que más le dolía; él, una persona temida y odiada, conocida por su vanidad y su inteligencia, por su experiencia, por su lucidez, podía acabar engullido por un ave, aplastado por un manotazo o enviado a mejor vida por el rabo de un bóvido. No lo podía consentir, tenía que encontrar la causa de todo aquello, buscar una solución y volver a su estado natural, aunque fuera como simple inspector de hacienda o, poniéndose en el peor de los casos, como pensionista de la seguridad social. Todo menos seguir mosqueado… Vaya, pensó, a pesar de todo sigo conservando mi famoso sentido del humor, ese que tanto le molesta a la opinión pública y, sobre todo, a la oposición.

Después de un tiempo, ya más acostumbrado a deambular entre edificios, coches y personas que no se percataban de quién era, y aprendiendo a controlar la dirección y la velocidad del vuelo, el ministro-mosca se elevó un poco y vio una ventana abierta en la primera planta de una casa en la que no se apreciaba movimiento. Con precaución, disminuyendo la velocidad para no estrellarse, porque sus ojos eran demasiado pequeños y no controlaba bien las distancias, entró en la vivienda, pero iba demasiado rápido, demasiado, y se golpeó varias veces contra la pared, contra la puerta, contra… ¡Pero si hay una persona en la habitación! ¡Tengo que salir como sea! Siguió volando y se golpeó contra el cristal de la ventana con tal fuerza que por un instante cayó atontado al suelo, pero se rehízo y continuó el vuelo, esta vez con más cuidado, aunque también se golpeó contra la pantalla de un ordenador. Por un instante creyó ver allí una página de la declaración de la renta, pero lo achacó a su estado de ansiedad y a su estado, como diríamos, ¿moscardonil? Seguro que no existía esa palabra, pero tanto le daba, ahora era una mosca, un moscardón o algo similar, así que se podía permitir el lujo de inventarse palabras, igual que se inventaba modos de exprimir a los contribuyentes.

Como todavía estaba aturdido, buscó un sitio escondido, en el lateral de una estantería, donde creía que el individuo que miraba tan atentamente el ordenador no lo vería. Pero se equivocaba. Allí estaba yo, dispuesto a acabar con sus problemas, aplastándolo como se suele hacer con los mosquitos, las moscas, las cucarachas o cualquier otro insecto nauseabundo. Y él lo era por partida doble, por ser un ministro odioso y por el ser en el que se había convertido. Yo tenía en mi mano un poder absoluto sobre la vida de una de las personas que más animadversión concitaba en todo el país. Si en esos momentos pudiera hacer un referéndum seguro que ganaría por mayoría absoluta la opción A: hacer desaparecer al ministro. Y yo no soy alguien que se mueva entre minorías ni que le guste llevar la contraria a las opiniones más extendidas. Así que se concitaron los hados contra el señor ministro y yo lo ejecuté sin miramientos, aplastándolo con todas mis fuerzas contra el mueble. Mi grito de triunfo y su grito de terror se mezclaron en una especie de chillido ronco que despertó a mi mujer, que se había quedado dormida, como casi todas las noches, en el sofá del salón. Acudió corriendo, asustada, creyendo que me había pasado algo malo. Y me encontró en el estudio con una zapatilla en la mano, riendo y balbuceando palabras inconexas, entre las que distinguía renta… hacienda… mosca… ministro…  ventana… Yo la miraba con una expresión de triunfo que ella no comprendía. ¿No estabas haciendo la declaración de la renta? Sí, le contesté. Este año seguro que nos sale a devolver. Y si no, da igual, siempre saldremos ganando.