La pasión del ajedrez

Resultado de imagen de las mejores partidas de ajedrez de la historia

Parece mentira que un juego en el que dos personas se sientan una frente a otra durante minutos, horas o incluso días, mirando fijamente un tablero y unas piezas blancas y negras que representan a reyes, reinas, torres, caballeros, caballos y soldados, pueda llegar a apasionar. Pues amigos, eso me ha sucedido a mí y a millones de personas en todo el mundo y durante siglos. No hace falta ser un gran maestro ni siquiera un aficionado aventajado para, una vez aprendidos los principios básicos y jugado y analizado algunas partidas, llegar a comprender la enorme belleza que encierra este juego. Dicen que es un deporte y puedo dar fe que tras una partida intensa uno queda física y mentalmente agotado, sobre todo si se pierde, porque la derrota en ajedrez a muchos jugadores le supone perder la autoestima, la confianza en uno mismo. No es mi caso, porque siempre he sabido reconocer mis limitaciones y la superioridad del contrario sin complejos.

No recuerdo cuándo aprendí a jugar ni quién me enseñó. Tuvo que ser bastante tarde. En mi familia no había nadie que fuera aficionado. Sí recuerdo que cuando estudiaba bachillerato jugué bastantes partidas con un compañero de instituto. A ninguno nos gustaba el fútbol, sobre todo porque éramos muy malos y nadie nos quería para su equipo así que, en lugar de dedicarnos a dar patadas a un balón durante el recreo, nos íbamos alguna vez a la biblioteca y allí jugábamos alguna partida de ajedrez. Como muchas veces no daba tiempo a terminar la partida y no sabíamos todavía la notación que se utiliza para apuntar las jugadas, dibujábamos un tablero en una hoja de papel y escribíamos las piezas con la inicial: Ab era alfil blanco, pn era peón negro, Db era dama blanca y así. Al día siguiente colocábamos las piezas según el dibujo y seguíamos la partida.

Cuando comencé a estudiar magisterio la cosa cambió. Me hice amigo de José Antonio González Coto, al que también le gustaba el ajedrez y empezamos a jugar un poco más en serio. Había una cafetería en la Plaza de Pontevedra de Coruña, el Café Unión, donde muchas tardes de sábado y domingo primero nos limitábamos a contemplar las partidas que jugaban los mejores ajedrecistas de la ciudad, que formaban parte, muchos de ellos, de clubes de ajedrez y que participaban en campeonatos, incluso a nivel nacional. Recuerdo, sobre todo, a Domingo Merino, que fue varias veces campeón de Galicia, medalla de bronce a nivel nacional y primer alcalde democrático de Coruña. También jugaban allí Venancio Carro, los hermanos Prada (Emiliano y Fernando), Álvaro Santiso… Llegué a codearme con ellos y a ganarles alguna partida (nunca pude hacerlo con Merino ni con los hermanos Prada), y finalmente Coto y yo, animados por Santiso, nos introdujimos en los campeonatos de ajedrez apuntándonos al club Sagrada Familia. Todavía conservo muchas de las partidas que jugué en aquella época y, analizándolas desde la distancia, reconozco que tenían un cierto nivel. Le dedicábamos horas y horas, disfrutando con los problemas, con los finales, con las aperturas. Formábamos un grupo alegre, que se tomaba el ajedrez como un juego competitivo pero sin que asomara ni una pizca de rencor cuando perdíamos ni soberbia cuando ganábamos. Yo sabía que nunca llegaría a ser un gran jugador, pero los retos que propone el ajedrez eran un estímulo que me gustaba.

Durante un par de años jugamos campeonatos de club e individuales, pero el servicio militar y mi destino como maestro en Camariñas, donde no encontré a nadie que jugara al ajedrez, me alejaron del juego y de mis antiguos compañeros. Seguía jugando, pero ya sin la dedicación ni el interés anterior. Después me vine a Andalucía y aquí fui perdiendo la preparación que había llegado a alcanzar, pero lo que nunca perdí fue la afición. Tuve la suerte, además, de poder asistir al duelo que protagonizaron en Sevilla Kárpov y Kaspárov por el campeonato del mundo de ajedrez. Fue un duelo apasionante y siempre recordaré a Kaspárov acompañado por su madre y su gesto antideportivo ante un error de Kárpov.

Ahora me dedico a jugar en Internet. Hay muchas páginas en las que se puede participar en torneos, entrenar alguna apertura, resolver problemas. Es la ventaja de la informática, de la www.

Para terminar, dos enlaces. En el primero se recogen las que, para algunos, son las diez mejores partidas de ajedrez de la historia. Sobre esto hay muchas opiniones, como sobre los mejores libros, las mejores películas, etc.  El segundo enlace es la sección de ajedrez de El País digital, que recomiendo.

Las diez mejores partidas de ajedrez de la historia

Sección de ajedrez de El País.com