¿Educación sin cultura?

José Antonio Marina, escritor, filósofo y pedagogo, suele ser relativamente conciliador entre la pedagogía clásica y la denominada “pedagogía moderna”. Ni es rupturista ni antediluviano. Y eso, a mucha gente le molesta. Queremos que todo el mundo se manifieste a un lado o a otro, “o estás conmigo o contra mí”, o eres de Lope o de Calderón o eres de derechas o de izquierdas (según muchos, sobre todo en la izquierda, el centro, la equidistancia, no existe, es una quimera, es una forma de intentar pintar a la derecha de un cierto barniz progresista). Cuando presentó, hace un par de años, su Libro Blanco sobre el Pacto Educativo recibió muchas críticas y pocos elogios. Se le tildó, sobre todo, de retrógrado y de defender las ideas de la derecha. Es casi lo mismo que le pasó, pero esta vez criticado por la parte contraria, a Ángel Gabilondo cuando era ministro de educación e intentó, sin éxito, alcanzar un Pacto de Estado por la educación. Estamos abocados al fracaso, me temo que va a ser imposible alcanzar acuerdos, aunque sean mínimos, en educación.

Eso ya lo sufrió en sus carnes, sin entrar en comparaciones y teniendo en cuenta la diferencia de época y de situaciones, Manuel Chaves Nogales, que tuvo que irse de España a poco de empezar la guerra civil porque estaba amenazado por ambos bandos. El prólogo de su novela “A sangre y fuego” es buena muestra de lo que millones de españoles pensaban en su tiempo, pero no se atrevían o no podían decir. Recomiendo su lectura en este enlace:

http://www.librosdelasteroide.com/IMG/pdf/Empieza_a_leer.pdf


Pero me estoy desviando. Vuelvo a José Antonio Marina y a su artículo titulado “El obstáculo educativo que ni los padres ni la escuela pueden superar”. El resumen del texto también se encuentra en la cabecera del artículo: “La educación depende siempre y en última instancia del entorno cultural en el que se da. De ello dependerá el éxito o fracaso de cada uno de los sistemas dirigidos a mejorarla”. Por eso, ya podemos incrementar el gasto en educación hasta alcanzar el 10 o el 15 por ciento del PIB porque nada será suficiente si la sociedad no valora en su justa medida la importancia de la cultura, no sólo de la educación. No me estoy refiriendo a bajar el iva de los cines o de los libros, a incrementar la ayuda al teatro o a las artes, que también es importante. No. Es, sobre todo, conseguir una masa crítica de personas, de familias, de grupos sociales, que amen la literatura, la música, el teatro, el cine, la pintura. Que dediquen tiempo a leer, a escuchar música, a ir al cine y al teatro, a visitar museos… Que quieran hablar bien, que cambien de canal de tv cuando los programas sean infumables, barriobajeros, vulgares o ramplones. Si es cierto que los programas aparecen y desaparecen en función del número de telespectadores y, por consiguiente, del de anunciantes, hasta que dejen de emitirse los que todos ya sabemos no habrá nada que hacer.

Admitámoslo, Finlandia, por ejemplo, no obtiene tan buenos resultados en educación porque sus profesores sean mejores o sus alumnos más listos y responsables; es porque la sociedad, el país entero, tiene un nivel cultural, en general, superior al nuestro. Por eso creo que lo que Marina expone en su artículo es muy razonable. 

El obstáculo educativo que ni los padres ni la escuela pueden superar

Resultado de imagen de cultura y educación