Un domingo por la mañana

Este domingo por la mañana me levanté temprano, antes de las 8. En otros tiempos eso era levantarse tarde, muy tarde, diría yo. Nunca me gustó quedarme remoloneando en la cama los fines de semana; lo máximo que me permitía era escuchar el transistor, pegado a la oreja para no despertar a mi mujer, y escuchar las noticias o las tertulias. Pero aguantaba poco porque me parecía una pérdida de tiempo. Aprovechaba que no había tráfico, que las calles estaban solitarias y silenciosas y salía a correr o a andar. Me gustaba el fresco de la mañana, los escasos paseantes o los locos que, como yo, salíamos a hacer deporte. Alguna anciana también salía temprano para ir a misa y algún perro sacaba a pasear a su amo. Cuando regresaba a casa, mis hijos seguían acostados y yo podía ducharme y desayunar tranquilamente, charlando con Carmen o viendo la televisión. Planeábamos lo que íbamos a hacer durante el día, aunque casi siempre a ella le tocaba hacer de comer y a mí hacer las camas y limpiar un poco el piso, ya que durante la semana no teníamos tiempo. Desde que me jubilé, las cosas han cambiado. Puede ser la edad, que la perspectiva es otra, que el cuerpo ya no aguanta lo que aguantaba, pero las cosas han cambiado, sí. Ahora ya no me impongo obligaciones (levantarse temprano, correr o andar tantos kilómetros a la semana, leer tantos libros al mes), ya no estoy pendiente de esa tiranía, quiero disfrutar de la posibilidad de olvidarme del reloj, de no agobiarme con metas u objetivos que, mirándolo bien, no tienen demasiado sentido.

Ya no salgo a correr en invierno por la mañana, ni cuando hace mucho frío, o llueve, o hace mucho calor. Ni cuando no me apetece. Antes era otra cosa. Me obligaba a entrenarme cinco o seis veces por semana, hiciera el tiempo que hiciera o estuviera de viaje. Me llevaba la equipación deportiva a todas partes. Porque tenía que mantener o rebajar mis marcas. Llegué a correr la maratón de Sevilla en 3 horas y 11 minutos, es decir, a 4,30 el kilómetro, un tiempo que ahora se me antoja inalcanzable. Quería bajar de las 3 horas al año siguiente, pero una inoportuna lesión, un esguince en el tobillo a unas pocas semanas de la carrera, me lo impidieron. Y a partir de entonces todo cambió. Por querer volver al entrenamiento demasiado rápido, esa lesión no se me curó y ahora, treinta años después, padezco un esguince crónico de tobillo. Siempre corro con dolor y con tobillera, me he acostumbrado al doloroso pinchazo que siento cuando me levanto o cuando hago demasiado ejercicio. Hay días que se hace casi insoportable y tengo que cojear. Pero no me importa, sigo corriendo porque el placer es demasiado intenso. Estoy seguro de que la mayor parte de las personas no lo entenderán, pero también estoy seguro de que aquellos que hacen deporte habitualmente sí lo comprenden. Entreno sólo dos o tres veces en semana porque si fuerzo más, el tobillo, las rodillas y casi todas las articulaciones empiezan a protestar. Recuerdo lo que me dijo un compañero hace años: la mayor parte de los corredores de maratón terminan con las articulaciones hechas polvo. En mi caso, casi se ha cumplido. Pero sigo corriendo, participando en la carrera nocturna del Guadalquivir y en las carreras populares que organiza el ayuntamiento.

Así que ayer me levanté temprano, hice mis abluciones matinales, tomé algo de fruta y comencé el ritual. Me vestí con la ropa de deporte que había preparado la noche anterior: pantalón corto, una camiseta de manga larga y otra de manga corta, la que me habían entregado con la bolsa del corredor unos días antes, encima. Hice un poco de estiramiento y calentamiento de músculos y me puse una sudadera y un pantalón de chándal. Salí a la terraza que da a la avenida y comprobé que hacía frío y amenazaba lluvia, así que no me arriesgué, como otras veces, a ir trotando hasta la salida de la carrera para terminar de calentar, ya que eran casi tres kilómetros y después quedaba el regreso hasta casa. Si le daba por llover podía coger una buena pulmonía. Tomé las llaves del coche y el dorsal con unos imperdibles, me puse un chubasquero y salí de casa sin hacer ruido. Nadie se había levantado para despedirme.

En la calle había poca gente y menos coches, por lo que tardé poco tiempo en llegar. Lo peor fue encontrar aparcamiento pues lo mismo que pensé yo lo pensaron también los miles de corredores que ya estaban correteando por allí. Después de varias vueltas aparqué a casi un kilómetro de la salida. Así que me quité la sudadera, el pantalón de chándal, me puse el dorsal que, indefectiblemente me queda torcido, guardé la ropa en el maletero, lo cerré y guardé la llave en una muñequera que tengo para estos casos. Como todavía quedaba una media hora, me fui acercando poco a poco a la línea de salida, andando y corriendo, parándome para hacer estiramientos y flexiones y comprobando que cada vez hay más locos como yo que se levantan temprano un domingo por la mañana para castigar el cuerpo. No tenemos remedio pero somos felices así.

Cuando llegué aquello parecía una romería, pero cambiando los trajes de gitana y la música rociera o similar por los pantalones cortos y las camisetas y música estridente. Según parece, los organizadores deben animar al personal poniendo música a todo trapo, con lo que en lugar de calentar músculo se calientan y ensordecen los tímpanos. Y otra costumbre: todo el mundo lleva ya sus móviles y se dedica, nos dedicamos, a hacer fotos y selfies por un tubo. Véase el ejemplo, donde se puede contemplar al que esto escribe y a un simpático compañero de fatigas, al que no conozco, pero que muestra su optimismo y ganas de correr haciendo el doble signo de la victoria. No se imaginaba que al poco de salir lo sobrepasé con un adelantamiento por la derecha y no lo volví a ver en toda la carrera.

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Unos minutos antes de la hora de partir comenzó a chispear. Me temía lo peor, pero sólo fue un pequeño susto porque después no cayó ni una gota y la temperatura fue la ideal para correr. Como siempre ocurre en estas carreras, como no te pongas delante pierdes casi un minuto hasta que realmente cruzas la línea de salida. Por eso yo no suelo poner el cronómetro en marcha hasta que no la sobrepaso y también por eso nunca coincide el tiempo que marca la organización y el que mido yo. En este caso sólo hay treinta segundos de diferencia: 52’50” de la organización y 52’20” lo que marcaba mi reloj.

Reconozco que no estoy en mi mejor forma, que ya me cuesta mantener un ritmo alto y constante, que me duele cada vez más el tobillo y ahora comienzo también con la rodilla derecha. Pero nada de eso importa. Mientras uno está corriendo se olvida de todo, sólo está atento a las señales del cuerpo: ahora vas a buen ritmo, puedes incrementarlo o, por el contrario, vas demasiado deprisa y vas a terminar reventado. Como ya son muchos años de experiencia, reconozco todos los signos y terminé la carrera sin problemas. Todavía puedo aguantar sin demasiado sufrimiento diez kilómetros, como se puede ver en la siguiente foto, al poco de entrar en la meta. La cara un poco más colorada y sudando, pero bien.

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Y por la tarde, un paseo andando de casi seis kilómetros con Carmen para intentar ver los pasos en las iglesias. Se acerca la Semana Santa y es otra tradición que no queremos perder. Imposible hacerlo un domingo, las colas eran interminables y sólo pudimos entrar en la Anunciación a ver la hermandad del Valle.

Hoy me levanté cojeando y con el tobillo hinchado. Qué se le va a hacer.

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