Dos meses intensos

Diez de abril. Son las seis de la tarde. He terminado de leer un capítulo de La forja, la primera de las novelas biográficas que componen la trilogía La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Llevaba mucho tiempo queriendo leer esta obra, pero siempre encontraba una excusa, alguna lectura que alguien me recomendaba, me prestaba o me regalaba, algún éxito literario que sobresalía de la mediocridad y que me llamaba poderosamente la atención, alguna crítica que me encandilaba o cierta entrevista a un autor que vendía con habilidad su último éxito. Pero esta vez ya no lo he dejado pasar. Los primeros capítulos me han enganchado describiendo la infancia de un niño de principios del XX en Madrid, una ciudad pobre, provinciana, con personajes humildes, sencillos, que pasan penurias y calamidades, pero que viven con intensidad cada instante.

Me caliento en el microondas un poco de café descafeinado con leche semidesnatada y mojo en la taza una galleta mientras leo en el ordenador las últimas noticias que giran, desde hace mucho tiempo, sobre dos grandes temas: el juicio del procés (pronúnciese prucés) y la eterna precampaña electoral que amenaza con engullir nuestras vidas y dejarnos exhaustos, aunque hoy, cosa rara, casi todos los periódicos y noticieros de televisión vespertinos abren con una noticia científica: la primera foto de un agujero negro que, según los periodistas y los expertos en física cuántica, demuestran que Einstein vuelve a tener razón, por si quedaba alguna duda.

El juicio ha caído en una cierta monotonía con las declaraciones de policías y guardias civiles que describen los momentos de tensión que vivieron en la jornada del 1-O. Los fiscales se frotan las manos, aunque es difícil que puedan demostrar que lo ocurrido fue una rebelión o una sedición. Hace unas semanas habían declarado los mossos, que según parece, son menos independentistas que Santiago Abascal. Y no detuvieron a Puigdemont porque nadie se lo dijo, si no ahora estaría entre rejas y delante de Marchena, que se está convirtiendo en un juez estrella, como antes lo fueron Garzón, Gómez Bermúdez o Pablo Ruz. Para que aprenden los americanos, que parecía que tenían la exclusiva de las películas sobre juicios (véase Vencedores o vencidos o Matar a un ruiseñor, dos películas que nunca me canso de ver). La realidad siempre supera a la ficción. Lo único malo es que hay testigos que son muy aburridos y después de casi dos meses de juicio es difícil que ya nos sorprenda algo.

Los que sí nos sorprenden son los políticos. ¿Para qué queremos humoristas o monologuistas con personajes como los que quieren gobernar este país? Esos sí que se superan día a día. Si uno dice una barbaridad otro le gana por una cabeza y el de más allá, que no quiere quedarse atrás, inventa una sandez mayor. El caso es llenar titulares, competir por las frases más absurdas y peregrinas. Que si los neandertales eran expertos en abortos, que si en Nueva York se mata a los niños que ya han nacido (o sea, ya no es aborto, es directamente infanticidio… si Adolfo Suárez, el verdadero, levantara la cabeza), que si todos los españoles de bien deberíamos llevar armas, que si el adversario prefiere tener las manos manchadas de sangre que pintadas de blanco, y otras lindezas por el estilo. Yo creo que lo hacen a propósito, que les pagan a sus asesores para que se inventen las barbaridades y puedan llenar páginas en los periódicos y minutos en los telediarios. Y ahora, con esto de los fichajes estrella (periodistas, toreros, actores, militares…) el Congreso va a ser mucho más divertido. Antes nos sorprendíamos con la política italiana, que solía llevarse la palma en ese sentido: actrices porno, cantantes, estrellas del humor, pero ya les vamos ganando, no íbamos a ser menos que ellos. Me imagino a un militar franquista y a un torero defendiendo los presupuestos generales del estado o una ley educativa. Si las cadenas de televisión o las radios no le sacan partido a eso es que no se merecen el sueldo. 

Quedan sesenta días intensos: Semana Santa, campaña electoral, elecciones generales el 28 de abril, Feria de Sevilla del 4 al 11 de mayo, mi cumpleaños y el de Santiago el 9 de mayo, jueves de feria, otra campaña electoral que empieza cuando termina la feria, elecciones municipales, europeas y autonómicas el 26 de mayo, la romería de Aroche el 31 de mayo y el 1 y el 2 de junio, la exhumación de Franco (si el PP y Vox no lo impiden) el 10 de junio. Eso sin contar con las oposiciones de mi hija Carmen, que empezaron el 6 de abril y que, con una poca de suerte, las aprobará en junio. Así, sin descanso ni dejando respirar. Y yo con un tratamiento de queratosis actínica que me ha puesto la frente como un ecce homo. Resulta que me recetaron una pomada que se llama Zyclara que es una bomba, que arrasa todo lo que toca. Su componente principal debe ser el ácido sulfúrico, o similar. A ver quién sale a la calle lleno de costras como si me hubiera caído de una moto. Cuando voy andando los niños me señalan con el dedo y le preguntan a sus madres ¿qué le ha pasado a ese señor? Y yo pongo cara de pena y de sufrimiento, como si me doliera mucho. No va a quedar bien que me ponga chaqueta y corbata en Semana Santa y en Feria y la gente, en lugar de admirar mi porte elegante, sólo se fije en mi frente. Y cuando vaya a votar, el presidente de la mesa dudará entre pedirme el carnet de identidad o un certificado médico de que lo mío no es contagioso.

Sólo quedan dos meses. Y después, los pactos. Pero ese será otro tema.

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