Esplendor en la hierba y Oda a la inmortalidad

“Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufrimiento,
y en la fe que mira a través de la
muerte.

Gracias al corazón humano,
por el cual vivimos,
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer,
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.”

Oda a la inmortalidad. William Wordsworth

 

Las tardes de verano, sobre todo después de una copiosa comida, invitan a la pereza, a la indolencia, a dejarse vencer por el sopor, por el dolce far niente y tomar conciencia de la levedad del ser. El cuerpo y la mente se convierten en una masa gelatinosa, insensible a los estímulos externos. Si, además, te rodea el silencio, una relativa oscuridad y una cómoda posición horizontal, se crea la atmósfera ideal para disfrutar de una siesta perfecta. No sé si en los próximos siglos o milenios existirá un país que se llame España, Federación de Estados Ibéricos o si, como me temo, aquí no quedará nadie por mor del cambio climático y de la estulticia e incompetencia de los políticos. No tengo una bola de cristal ni la más mínima curiosidad por saber lo que va a ocurrir cuando yo ya no esté. Como seguramente dijeron mis antepasados, arreglaos como podáis. Pero de lo que sí estoy seguro o casi, es que nuestra más famosa y reconocida invención, la siesta, seguirá existiendo, con “personas humanas” o sin ellas. Los robots, los alienígenas o las cucarachas, que dicen que son los seres más resistentes, tendrán su “momento siesta”. La paella, el flamenco, el pulpo a la gallega o la tortilla de patatas, esos grandes inventos hispanos, quizás dejen de existir, pero lo que no concibo es un mundo sin el que, en algún lugar o situación, alguien disfrute de la siesta.

Tengo la suerte de veranear en Rota, en un piso que compramos hace unos años. Nuestra urbanización está cerca de la playa y tiene una piscina que los días de levante o de fuerte poniente nos permiten tomar el sol y refrescarnos sin padecer el castigo del aire que, por esos lares, suele soplar con cierta frecuencia. No tanto como en Tarifa o en Zahara, pero sí de forma desagradable a veces. Si vemos que las copas de los árboles que se divisan desde la terraza se inclinan y mueven demasiado, nos quedamos en casa y bajamos a mediodía a darnos un baño en la piscina. No merece la pena gastar energías cargando con sillas, sombrillas y bolsas para tener que regresar al poco rato llenos de arena.

Este verano ha habido pocos días sofocantes y con viento en Rota. Veíamos con estupor cómo en otras zonas de España se estaban asando literalmente, rompiendo todas las estadísticas y récords y haciéndonos conscientes de que lo del cambio climático ya estaba aquí, pero nosotros disfrutamos de unos días soleados y cálidos, sin llegar al agobio, con una temperatura del agua que invitaba a nadar y a dejarse mecer por las olas.

Pues bien. Una de esos escasos días de levante en los que no bajamos a la playa y nos quedamos tomando el sol y bañándonos en la piscina, subimos relativamente temprano al piso. Terminamos de comer alrededor de las tres de la tarde y mi hija y mi mujer se quedaron en el salón viendo alguna serie o algún programa sobre restauración de viviendas o de muebles, porque ahora les ha dado por eso. Resulta que hay un par de gemelos norteamericanos (o canadienses, no sé) que por pocos dólares te dejan la casa como si fuera la mansión de un multimillonario. Una casa vieja y desvencijada, después de unas cuantas semanas, la convierten en un auténtico palacio. Eso sí, esas casas son de madera y de pladur, por lo que el mérito, digo yo, no es demasiado grande; si lo tuvieran que hacer de ladrillo y cemento, como hacen los albañiles españoles, otro gallo cantaría. Y encima hay otro programa, creo que en el mismo canal, que hacen auténticas maravillas con la restauración de muebles viejos, la decoración de la casa y la customización, palabreja de origen inglés que ahora está de moda, de prendas de vestir. No sé para qué ven tanto programa de este tipo si luego se compran los muebles en Ikea y la ropa en Zara. Total, que yo las dejo disfrutando con esos programas y yo me voy al dormitorio, me tiendo en la cama, pongo la televisión que tengo en frente, veo las noticias, me entero de lo que ocurre en el mundo y, poco a poco, me va entrando una modorra con la que me resulta imposible enterarme de los deportes o del tiempo, que es lo que ponen al final del telediario. Si hay una etapa de montaña en el tour, quizás me quede despierto, pero para ver un sprint, no merece la pena perder el tiempo.

Sin embargo ese día, haciendo zapping, o sea, cambiando de canal (como sigamos así terminaremos todos en este país hablando y escribiendo en spanglish) estaba comenzando una película que en su momento, cuando yo era un adolescente, me causó un gran impacto, Esplendor en la hierba. Creo que la vi por primera vez bastantes años después de que fuera estrenada en el año 1961. Sería allá por 1970 cuando la repusieron en el Cine Avenida de Coruña, en un ciclo de películas de los años 50 y 60, entre las que también proyectaron Con faldas y a lo loco, una de mis películas preferidas.

Nunca se me olvidará la última parte, el encuentro de una maravillosa Natalie Wood, en el mejor papel de su carrera, con el amor de su vida en la película, Warren Beatty. La triste sonrisa de ambos personajes, sus miradas llenas de ternura y de melancolía, de querer atisbar lo que pudo haber sido y no fue su vida, rota por la intransigencia de los padres, el puritanismo de la época y las circunstancias que los rodeaban, entre otras el crash de 1929. Una película que retrata con crudeza y a la vez con un halo de melancolía los primeros amores, el despertar del sexo, el poder del dinero, la sumisión de los hijos y la falta de rebeldía ante la incomprensión de los padres. El contraste entre la belleza de Natalie, con su vestido blanco, su collar de perlas y su pamela, y el de la mujer de Warren, embarazada, sin arreglar, intentando recomponer la figura, y el propio Warren Beatty, vestido de granjero y desaliñado, provocan realmente un nudo en la garganta. En la escena final, mientras el coche se aleja de la granja y la cámara enfoca el rostro de Natalie Wood y su evocadora mirada, se escucha en off el fragmento del poema Oda a la inmortalidad Aunque nada pueda hacer/volver la hora del esplendor en la hierba,/de la gloria en las flores,/no debemos afligirnos/porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo. 

Hay películas que, además de contar historias que nos hacen reír o llorar, nos emocionan o nos asustan, también nos obligan a reflexionar, a mirar el mundo y la vida de otra manera. Y también nos ayudan a amar la música, la pintura o la lectura, a encontrar la belleza en lo cotidiano, en lo que nos rodea. Algunas no son obras maestras, pero perduran en la memoria porque hay algo que nos impacta, que nos llega al corazón. Con esta película descubrí a un poeta del que nunca había oído hablar y una poesía que, como pocas, nos habla de nostalgia, de melancolía, de juventud perdida, pero también de esperanza, de buscarnos en el recuerdo. No soy crítico de cine, sin embargo creo que Esplendor en la hierba podría entrar en el olimpo de las obras maestras del cine. Elia Kazan, su director, a pesar de la antipatía que le tengo por sus delaciones ante el Comité de Actividades Antiamericanas, lo que se conoce como la caza de brujas del mccarthismo, reconozco que supo encontrar y reflejar, en esta y en otras muchas películas suyas, el ambiente, el pulso, el ritmo, los diálogos y la interpretación de los personajes que lo convierten en uno de los grandes directores del cine. Aunque sólo sea por esta película y por ayudarme a descubrir a William Wordsworth te perdono, Elia.

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