Todos somos okies

[…] y en los ojos de la gente se refleja el fracaso, y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y cogen peso, listas para la vendimia.

Las uvas de la ira. John Steinbeck

El dios vengador envió al ángel para expulsar al hombre del paraíso. Envió la plaga, la sequía, la inundación. Y el hombre tuvo que huir a otro lugar. Y empezó a sufrir, a tener que trabajar con el sudor de su frente, y a la mujer le dijo que pariría con dolor. Caín mató a Abel. Ya tenemos el caos.

Desde tiempos inmemoriales, el hombre, desde que está sobre la Tierra, ha sido expulsado por los terremotos, los tsunamis, el cambio climático, la ira de la naturaleza, siempre madre amorosa y también vengativa, o la ira de un dios celoso de su poder, que puede serle arrebatado o igualado por el hombre. Y éste se puso en marcha. Dejó atrás todo lo que tenía, que sería muy poco o casi nada y se llevó sólo lo imprescindible porque no podía o no quería llevar nada que le recordara el sufrimiento. Viajó de un lado para otro, impulsado por la fe en un futuro mejor. Al principio sólo tenía que luchar contra los elementos, contra otros depredadores, contra la inmensidad de estepas, enormes montañas que se interponían en el camino, mares profundos, bosques interminables. Pero su constancia, su valor, la necesidad y, por qué no, la curiosidad, eran capaces de vencer todos los obstáculos. Fue poblando poco a poco las zonas más templadas, siguiendo a las manadas de animales que le servían de alimento, asentándose en lugares donde había árboles frutales, agua y pocos peligros.

Cuando descubrió la agricultura y la ganadería y no necesitó desplazarse tan a menudo, empezó a unirse a otras familias, a otros seres que, como él, también querían evitar el continuo trasiego. Se fundaron aldeas, poblados, pueblos, ciudades y todo fue creciendo. Pero también descubrió con el tiempo que podía ser propietario de las tierras que cultivaba y de los animales que apacentaba. Lo que antes pertenecía al clan o a la tribu, pasó a ser propiedad del individuo, de la familia. A partir de ese momento todo cambió. Había que proteger la tierra, la casa, los animales propios. Comenzaron a surgir las clases sociales. Miles de años de evolución para terminar siendo egoísta, individualista. Yo y mío sustituyeron al nosotros y nuestro. Surgieron las fronteras, las clases sociales, las invasiones para apoderarse de las riquezas de los otros…Ya se sabe, homo homini lupus.

Los que no tenían poder ni eran propietarios eran cada vez más numerosos. Los que poseían la tierra y las riquezas querían tener más y más. Se rodearon de murallas, de ejércitos, de fronteras, de leyes que los protegían. Se olvidaron de que ellos tampoco habían tenido nada, de que habían disfrutado compartiendo lo que tenían con los demás. Pero de eso hacía mucho tiempo. Y los desheredados, los hambrientos, los oprimidos, lo que huyen de la guerra, de la enfermedad, los que buscan un mundo mejor para ellos y, sobre todo, para sus hijos, eran cada vez más numerosos.

Los primeros africanos, los primeros hombres, recorriendo el mundo y poblándolo. Las invasiones “bárbaras”. Las emigraciones europeas a América. En España, el éxodo provocado por la Guerra Civil. Gallegos, andaluces, extremeños, emigrando a Europa o a las grandes ciudades huyendo de la miseria. Muchos más movimientos masivos, todos producidos por la necesidad, el hambre, la enfermedad, las persecuciones, las guerras. Así ha sido siempre y así será.

El libro “Las uvas de la ira” refleja con enorme crudeza y realismo uno de los episodios más dramáticos de la historia de los Estados Unidos. En los años 30 del siglo pasado, después del desastre de la bolsa del 29 y de una serie de años de sequía en varios estados se produjo una enorme crisis económica, que provocó la ruina de miles de granjeros, cuyas tierras pasaron a manos de los bancos y de grandes corporaciones. Los ricos se hicieron más ricos y los pobres que tenían algo lo perdieron todo. La esperanza estaba al oeste, en California, una tierra rica que precisaba de mano de obra para recoger las cosechas, melocotones, uvas, algodón, naranjas. Cientos de miles de hombres y mujeres desesperados procedentes de Oklahoma, de Tennessee, de Arkansas, de Texas vendieron lo poco que tenían y se dirigieron hacia la tierra prometida en vehículos destartalados. En el camino tuvieron que afrontar grandes peligros, atravesar montañas, grandes desiertos y, sobre todo, la incomprensión, el desprecio y el odio de sus compatriotas, que tenían miedo de que esos invasores pacíficos les quitaran lo que tenían o tuvieran que compartirlo. Okies los llamaban. En principio la palabra okie era un diminutivo que hasta entonces servía para referirse a los habitantes de Oklahoma, pero a partir de entonces designaba de una manera despectiva a todos aquellos que se desplazaban en busca de trabajo y de comida. En una conversación entre dos trabajadores en un comedor se dice: “Antes okie significaba que eres de Oklahoma. Ahora quiere decir que eres un cerdo hijo de perra, que eres una mierda”. Y más adelante “Esos condenados okies no tienen sensatez ni sentimiento. No son humanos. Un ser humano no podría vivir como viven ellos. Un ser humano no resistiría tanta suciedad y miseria. No son mucho mejores que gorilas”. Llegaban a un lugar y se asentaban durante unos días para descansar. Eran campamentos improvisados, algunos organizados por el gobierno, pero de estos había muy pocos. La mayoría no tenía agua corriente y estaban expuestos a ser devastados por la ira y el odio de los habitantes de pueblos cercanos, apoyados por la policía.

La voz del narrador describe a la perfección las penurias y los sufrimientos de estas personas. “El oeste atrajo a los desposeídos […] familias, tribus, expulsados por el polvo y los tractores […] gentes hambrientas, sin hogar, fluyeron por las montañas, hambrientos, inquietos […] buscando a toda prisa trabajo: levantar, empujar, arrastrar, recolectar, cortar, cualquier cosa, por comida… Tenían hambre y eran fieros. Esperaban encontrar un hogar y sólo encontraron odio. Okies… los propietarios los detestaban porque sabían que ellos eran débiles y los okies fuertes. […] Cundió el pánico cuando los emigrantes se multiplicaron en las carreteras. Los que tenían propiedades temieron por ellas. Hombres que nunca habían tenido hambre vieron los ojos de los hambrientos. Se convencieron a sí mismos de que ellos eran buenos y los invasores malos».

En Grecia, en Italia, en las costas andaluzas y canarias, en los muros de los Estados Unidos y de Ceuta y Melilla, en las afueras de las ciudades, en la Cañada Real, en el Canal de la Mancha. Espaldas mojadas, charnegos, maketos, moros, sudacas, okies. En mi familia también hubo okies que tuvieron que huir de una tierra que no les alimentaba. Siempre hemos tenido que salir a buscar mundos mejores. En España lo sabemos bien. En estos últimos años cientos de miles de jóvenes bien preparados tuvieron que emigrar porque aquí no supimos ofrecerles un futuro. No nos damos cuenta, pero todos somos okies. No debemos olvidarlo, sobre todo cuando a nuestras costas llegan seres exhaustos que se han jugado la vida. No sabemos si alguna vez nosotros tendremos que hacerlo. Y ellos son fuertes y nosotros cada vez más débiles.

THE GRAPES OF WRATH: Okies On the Road to the Promised Land | Dust bowl,  Dorothea lange, History
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