Mis lecturas de 2019

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Desde hace unos años, concretamente desde que estoy escribiendo este blog, se me ocurre hacer memoria de los libros leídos a lo largo de un año. Más que para presumir (de poco se puede presumir cuando el número de libros leídos en 52 semanas apenas alcanza la veintena), es para recordar, para tener claro qué libros no debo releer, cuáles me han gustado y qué lecturas apenas me han servido para pasar el tiempo. Reconozco que estoy demasiado pegado a las críticas literarias, que me dejo llevar con excesiva facilidad por las listas de los superventas y que le hago caso a los amigos que me aconsejan. Aunque yo no soy de los que abominan de los éxitos literarios, porque la lectura, entre otras cosas, sirve para divertirse, para fantasear, para vivir instantes que nunca se han vivido. Y, normalmente, los bestsellers suelen servir para eso. Casi nunca se releen porque poco nos han enseñado, pero sí nos han permitido disfrutar.

De todas formas, siempre me pasa lo mismo, cada vez se va haciendo más grande la lista de libros que debería leer o haber leído y se han quedado en las estanterías. Es imposible abarcar tal cantidad de publicaciones, así que no hay más remedio que seleccionar. Así que paso a recordar cuáles han sido mis lecturas del último (o penúltimo, según se mire) año de la década.

Sabotaje, de Arturo Pérez-Reverte. No lo pude evitar, tenía que leer la última novela de la saga que comenzó con Falcó y continuó con Eva. Quizás es la que menos me ha gustado, pero reconozco que los personajes y las situaciones, desde mi punto de vista, están bien definidos y traídos.

La hispanibundia, de Mauricio Wiesenthal. Curioso libro que nos analiza como españoles, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Una buena manera de conocernos y criticarnos.

Ordesa, de Manuel Vilas. Un libro muy valiente y muy bien escrito. Hace falta tener valor y honestidad para escribir sobre uno mismo y sobre la propia familia, sobre todo el padre y la madre. Me gustaría saber escribir como Manuel Vilas y poder hacer algo parecido con los míos.

El rey recibe, de Eduardo Mendoza. Uno de mis escritores favoritos, pero no es el libro que más me ha gustado de él. No llegué a empatizar ni con los personajes ni con la escritura.

El profeta, de Gibran Khalil Gibrán. Lo había leído cuando era un adolescente y no me acordaba bien, así que decidí releerlo. Será un clásico, pero a mí no me terminan de convencer sus recetas ni sus consejos. Demasiado metafórico, para mi gusto.

La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Tres libros en uno, autobiográficos. Quizás sea uno de los libros que más me ha gustado en los últimos años. Describe como nadie la España de principios y mediados del siglo XX, la vida miserable en Madrid, las guerras de África, la Guerra Civil española. Lectura imprescindible y un gran desconocido.

Las palabras rotas, de Luis García Montero. Sólo había leído artículos y algún poema, pero Las palabras rotas me ha enganchado. No es de lectura fácil, lo reconozco. La defensa de las palabras, de las ideas que han ido perdiendo su sentido porque han sido manoseadas y manipuladas es encomiable.

Yo, Julia, de Santiago Posteguillo. Aunque prefiero la trilogía de Escipión, este libro no desmerece. De todas formas, sigo teniendo la impresión de que Posteguillo simpatiza con unos personajes, a los que mima, y odia a otros, a los que destroza.

Crímenes exquisitos, de Vicente Garrido. Novela negra, demasiado larga para mi gusto. Pero como se desarrolla fundamentalmente en Coruña, mi ciudad, y me ha descubierto a los pintores prerrafaelitas, lo apruebo. Creo que se podría hacer una buena película o, mejor, una serie, que engancharía a la gente.

Con todas las de perder, de Víctor Jiménez. Víctor fue compañero mío en el Colegio Gustavo Adolfo Bécquer. Es uno de los mejores poetas sevillanos actuales. Ciento doce soleares componen este pequeño libro, que recoge recuerdos de la infancia, añoranza de la juventud perdida, de la madre que se fue, de la muerte. La sencillez hecha hondura.

Lolita, de Vladimir Nabokov. Había visto la película, pero el libro me ha sorprendido. Es uno de los mejores que he leído este año, junto con La forja de un rebelde. Tal y como están las cosas en la actualidad, Vox no hubiera permitido su publicación. La relación entre un adulto obsesionado y su hijastra de doce o trece años está descrita con bastante contención, pero no deja de ser perturbadora. No me extraña que muchas editoriales se negaran a publicarla en su momento.

Los libros siguientes habían quedado en la mochila, en lugares ocultos de la memoria y del olvido que, de alguna forma, regresaron y tuvieron que ser leídos. Todos ellos me gustaron y forman parte ya de mi bagaje.

La agonía de Francia, de Manuel Chaves Nogales.

La condena y El Proceso, de Frank Kafka.

Wlliam Wilson, de Edgar Allan Poe.

El alquimista y otros relatos, de H.P. Lovecraft.

El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle.

La casa en el confín de la Tierra, de William Hope Hodgson

Los libros que he leído en 2018

“Eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa”
Don Quijote a Sancho. Capítulo 25

Pocas frases expresan tan bien la idea de la relatividad de la Verdad, con mayúsculas, de la interpretación subjetiva de los hechos, de la realidad tal y como creemos observarla. Por eso este pasaje tan conocido de la novela de Cervantes es considerado un magnífico ejemplo y un homenaje a la tolerancia, al respeto a las opiniones de los demás. Cada persona tiene su verdad y nada me autoriza a descalificar a quien no opine o piense como yo.

Una vez escrito esto para solicitar la comprensión de aquellos que tienen muy claros los conceptos sobre qué se debe y no se debe leer, paso a enumerar y describir brevemente los libros que he leído a lo largo de 2018, costumbre que inicié el año pasado con el artículo Algunas lecturas de 2017 y que me sirve para recordar y anotar las lecturas realizadas. Debo haber perdido mucho tiempo, dedicado a menesteres menos provechosos, porque me parecen muy pocos, solo veinte libros completos y capítulos y poemas de algunos otros a los que vuelvo una y otra vez, como las aves migratorias regresan todos los años para anidar y criar a sus polluelos. Admiro a aquellos que leen cuarenta, cincuenta o más libros al año. Más que leer, devoran. Esa es la única manera de poder llegar a cifras, a lo largo de toda una vida, de varios miles de libros. Yo me conformaré con alcanzar, a este paso, el millar o poco más.

He tenido la precaución de ir apuntando en las notas del móvil el título de los libros, porque el año pasado me dejé guiar por la memoria y esta, por suerte o por desgracia, está empezando, mejor dicho, lleva ya algún tiempo, fallando. No sé cuántas neuronas de mi cerebro habrán fenecido en los últimos trescientos sesenta y cinco días, pero habrán sido un montón. Así que, sin más demora, aquí va la lista.

  • Las legiones malditas y La traición de Roma, de Santiago Posteguillo, el ganador del último Premio Planeta, libros con los que completa la Trilogía de Roma sobre Escipión, el Africano. El año pasado comencé la lectura de dicha Trilogía con Africanus, libro que me había gustado mucho por explicar la Historia con un lenguaje ágil y que permite entender de forma amena a los personajes y los hechos históricos de los que son protagonistas.
  • Berta Isla, de Javier Marías. Aunque las críticas sobre este libro son muy positivas y llenas de alabanzas, no me parece la mejor obra de Marías. Excesivamente premioso, no llego a sumergirme realmente en la trama.
  • Falcó, de Javier Pérez-Reverte. Falcó, personaje sin escrúpulos, se mueve, como en su día Alatriste, en un país y en un tiempo lleno de luces y sombras, de intrigas, de traiciones, de intereses contrapuestos. Me gustan esos personajes que nunca son buenos o malos totalmente, sino seres de carne y hueso, llenos de contradicciones.
  • Eva, de Javier Pérez-Reverte. El complemento perfecto de Falcó, una espía que puede moverse por ideales o por intereses de cualquier tipo. Ambas novelas reflejan la turbulencia de un tiempo que todavía no ha sido estudiado ni descrito en profundidad, pero al que Pérez-Reverte se acerca con mano firme y con un profundo estudio y respeto.

No voy a explicar los siguientes libros, sino solo mencionar títulos y autores. Yo no soy crítico y me cuesta trabajo describir o desmenuzar tanto los argumentos como los valores literarios de las obras. Sí podréis comprobar que tanto Almudena Grandes, como Pérez-Reverte o también Julio Muñoz Gijón, este último por la gracia que rezuman sus libros, son autores que me gustan y de los que suelo leer los libros que publican. Pocas veces me han decepcionado. Por último reseñar que suelo releer aquellos libros a los que me acerqué en la adolescencia o en la primera juventud, para comprobar si la fama y la huella que habían dejado en mí era realmente merecida o no. Ninguno me ha decepcionado.

  • Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes.
  • Siempre fuimos más jóvenes que hoy, de Magalena Gómez Amores.
  • Los besos en el pan, de Almudena Grandes.
  • Operación chotis en adobo, de Julio Muñoz Gijón.
  • Juliano, el Apóstata, de Gore Vidal.
  • El rumor del oleaje, de Yukio Mishima.
  • Son de mar, de Manuel Vicent.
  • Un hombre-lobo en el Rocío, de Julio Muñoz Gijón.
  • Los aires difíciles, de Almudena Grandes.
  • El sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle.
  • Historia de dos ciudades, de Charles Dickens.
  • 4 3 2 1, de Paul Auster.
  • Crimen y castigo, de Fedor Dostoyevski.
  • Moby Dyck, de Herman Melville.
  • Un otoño romano, de Javier Reverte.

Y, además, tres o cuatro capítulos sueltos de D. Quijote, imprescindible, algunos poemas de San Juan de la Cruz,  Miguel Hernández, Antonio Machado y Rosalía de Castro, mi paisana. Tendré que dedicar más tiempo a la lectura de poemas, porque los he abandonado un poco. Como habréis podido comprobar, el eclecticismo y la falta de criterio en la selección es lo que mejor me definen en este ámbito.

Ahora estoy esperando a ver qué traen los Reyes Magos, que siempre suelen acordarse de mi amor por los libros. Espero que sean generosos.

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