¡Qué difícil es hacer buena política!

Supongo que la presión producida por la pandemia, la crisis económica asociada a ella, la fragmentación actual en el panorama político español, el juicio de “los papeles de Bárcenas”, la cercanía de las elecciones catalanas y alguna que otra cosa más, provocan que los líderes políticos de nuestro país actúen de manera diferente a si la situación fuera más “normal”. Aunque echando la vista atrás, creo que en España no se recuerda una década de normalidad o tranquilidad. Desde la caída del Imperio Romano, cuando todavía España no era un país, ya comenzaron las luchas internas y externas de los visigodos, la invasión musulmana y la denominada Reconquista, las guerras por el poder en los reinos hispanos… No voy a hacer aquí una relación detallada de nuestra historia, pero si analizo y profundizo un poco, no ha habido ni un solo siglo en el que no hayamos estado inmersos en guerras civiles, en guerras de conquista, en conflictos con turcos, franceses o ingleses, con Estados Unidos, guerras de sucesión, de independencia, atentados terroristas y asesinatos de primeros ministros, dictaduras… Parecía que con la llegada de la democracia íbamos a entrar en un período de tranquilidad, pero ETA y el Grapo así como intentos de golpe de estado como el de Tejero tampoco nos dejaban respirar. Después, con la llegada del PSOE al poder parecía que nuestra entrada en Europa y en la OTAN, el buen hacer del rey Juan Carlos, los Juegos Olímpicos de Barcelona o la EXPO’92 de Sevilla nos abrían al mundo y nos mostraban como un país moderno, preparado y alegre.

Pero entonces comenzaron a amontonarse los casos de corrupción: se destapó el caso Filesa por el que el PSOE fue condenado por financiación ilegal, la dimisión de Alfonso Guerra, ETA seguía matando y el País Vasco era un quebradero de cabeza. Llegó José María Aznar al poder en 1996 y otra vez parecía que todo se calmaba y que la economía española daba un tirón que nos ponía a la altura de otros países europeos. Entramos en el Euro pero ETA no dejaba de matar, apoyamos la guerra de Irak, sufrimos los atentados yihadistas de 2004 y Zapatero llegó al poder. La crisis económica de 2008, el 15M en 2011, la abdicación del rey Juan Carlos en 2014, los atentados yihadistas en Cataluña en 2017, la declaración unilateral de independencia de Cataluña en ese año…

Llegamos al año 2018 con la moción de censura a Mariano Rajoy y la llegada al poder por primera vez de Pedro Sánchez, ratificada más adelante en las elecciones generales de 2019, pactando con Podemos y gobernando en coalición los dos partidos de izquierda con apoyo de los partidos independentistas catalanes y el PNV vasco. He dejado muchas cosas, como es lógico, en el tintero, porque esto no quiere ser una lección de historia. Lo que quiero reflejar es que este país siempre ha vivido convulsionado. Algunos dirán que durante la dictadura de Franco hubo una relativa paz, pero claro, muy relativa porque eso fue así para los que ganaron la guerra porque para los otros fueron años de sufrimiento, de falta de libertades, de opresión. Y cuando se ha querido pasar página no ha sido posible, porque la Transición, como ya comenté en mi anterior entrada, no fue aceptada por los más extremistas dejando, además, muchas cosas sin cerrar bien. Pero eso es otro tema y daría para un debate mucho mayor.

Ahora quiero centrarme en lo que ocurre en la actualidad, a seis días de las elecciones catalanas. Resulta que cuando se convocaron en diciembre de 2020 para que se realizaran el 14 de febrero de 2021 algunos pensaron que quizás era demasiado precipitado celebrarlas en esa fecha dada la situación de pandemia. Pero la mayoría estaba de acuerdo que la situación catalana exigía que hubiera un gobierno que se dedicara a gestionar bien y no a estar continuamente enfrentándose con el Estado y dividiendo a los catalanes entre buenos y malos según apoyaran o no la independencia. Hubo un intento de aplazamiento mediante un decreto de la Generalitat pero el TSJC lo dejó sin efecto y las elecciones se celebrarán ese día, a no ser que ocurra un cambio radical en la evolución de la pandemia. Y en esa estamos, en plena campaña electoral, cada partido tirándole los trastos a los demás y todos contra Illa. Pero el que más daño está haciendo, siento decirlo porque es un personaje que no me cae mal a pesar de todas sus contradicciones, es Pablo Iglesias. Sus últimas intervenciones hablando de Cataluña, de los “exiliados”, de los “presos políticos”, de que “no hay una situación de plena normalidad política y democrática en España,  cuando los líderes de los dos partidos que gobiernan Cataluña, uno está en prisión y el otro en Bruselas” dejan, desde mi modesto punto de vista, mucho que desear y dejan en muy mal lugar al gobierno y a nuestro país, ese al que dice amar tanto. Hablar de exiliados y de presos políticos después de lo que ocurrió el 1 de octubre de 2017 con un referéndum ilegal y de la proclamación el 10 de octubre de la independencia de Cataluña, es una auténtica barbaridad. En ninguna democracia se hubiera permitido esto y seguramente los responsables hubieran sido condenados incluso con mayor severidad. Los independentistas catalanes ponen como ejemplo a Escocia y a Canadá, pero ellos saben aunque lo repiten hasta la saciedad, como seguramente lo sabe también Pablo Iglesias, que los casos son muy distintos, como se explica muy bien en este artículo: Cataluña, Escocia y Québec, sus diferencias.

No sé si Pablo Iglesias hace estas declaraciones por convencimiento o por tacticismo político, para diferenciarse de su socio en Madrid y contrincante en Cataluña, pero sea por lo que sea, un gobernante, y él lo es aunque le pese, debe ser leal a su país y al gobierno al que pertenece. Pero me temo que él va por libre, que antepone sus intereses personales y partidistas, sin medir bien (o midiéndolo perfectamente, quién sabe) sus palabras. No leo habitualmente lo que dice el Papa Francisco, pero suele dejar a veces frases para reflexionar. Así, dice que el “buen político es el que practica aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad”. Y habla de las graves anomalías que socaban el ideal de una democracia auténtica y ponen en peligro la paz social. Esto es, “la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la ´razón de Estado´, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio”. No creo que el Papa Francisco pensara en Puigdemónt cuando dijo estas palabras, ya que, precisamente el político catalán si por algo se caracterizó es por el incumplimiento de las normas y la negación del derecho.

Me temo que pocos políticos de nuestro país pueden presumir de seguir las recomendaciones de Francisco. Mejor dicho, pocos políticos en el mundo pueden hacerlo. Por eso es tan difícil ser un buen político. Esperemos que las elecciones catalanas no tengan que repetirse y que los que las ganen respeten la Constitución, que la pandemia finalice, que la economía mejore y que podamos vivir unos años de tranquilidad, que falta nos hace.

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Salvados no salva a Pablo Iglesias

Suelo ver el programa Salvados, de la Sexta, el lunes por la mañana, porque el domingo por la noche no me gusta esperar durante los minutos de publicidad y prefiero ver alguna película o serie en Netflix, donde no hay anuncios. La entrevista de Gonzo a Pablo Iglesias es muy buena e intensa, no deja prácticamente ningún tema de la política y de la actualidad española en el tintero y repite las preguntas una y otra vez si ve que Iglesias quiere salirse por la tangente: las relaciones con el presidente Sánchez, los acuerdos de gobierno, la factura de las eléctricas, los escraches, República y Monarquía, la diferencia entre estar en la oposición y en el gobierno y las dificultades para cumplir lo prometido, la pandemia…

La entrevista va por los cauces esperados: Gonzo es incisivo en las preguntas e Iglesias hábil con las respuestas, intentando llevar el juego a su terreno. La técnica es la de siempre: Gonzo pone ante el entrevistado imágenes y palabras dichas por éste cuando estaba en la oposición para que las comente. Iglesias nunca ve contradicción entre lo que decía antes y lo que hace y dice ahora, aunque a veces sus respuestas chirrían y le cuesta trabajo salir del apuro: por qué no se baja la electricidad, por qué son diferentes los escraches a unos políticos y a otros, por qué no se fiaba de Sánchez pero pacta con él, por qué está en el gobierno, pero en el Congreso su partido presenta propuestas diferentes, etc. Iglesias quiere mostrar tranquilidad, dominio de la situación, pero el periodista no ceja en su empeño. Jordi Évole tiene un excelente sustituto.

Hay varios momentos que me llaman la atención y que me enfadan. El primero, cuando compara e iguala el exilio de Puigdemónt con el exilio de los republicanos después de la guerra civil. Esa comparación es indigna de ti, Iglesias, y me decepcionas. Espero que haya algún comunicado al respecto de miembros o asociaciones de la Memoria Histórica. Comparar la democracia y los mecanismos que ésta tiene con la venganza y la persecución de la dictadura franquista es insultar nuestra inteligencia. Y para colmo, mete también en el mismo saco al rey emérito que, por cierto, todavía no ha sido juzgado ni condenado ni ha sido declarado en rebeldía ni prófugo.

Otro momento es cuando Iglesias dice que los políticos no deben meterse en el trabajo de los periodistas. Aquí Gonzo salta: “Dígaselo a alguno de su partido” (recuerdo el lema “la máquina del fango” contra PRISA, durante las primarias de 2016 o las críticas hacia periodistas vertidas por Iglesias y otros miembros de la formación morada a raíz del caso del excomisario José Manuel Villarejo y del de la exasesora de Podemos Dina Bousselham).

Y otro momento es cuando Gonzo le recuerda las palabras de Gabilondo diciendo que Podemos era injusto con la generación de la transición, ya que se hizo lo que se pudo y que cada generación se enfrenta con su presente. Aquí, Iglesias no se desdice de sus críticas y no contesta a este tema sino que hace un cambio a la remanguillé y se centra en lo que le dijo Gabilondo sobre que le iban a reventar cuando llegara al poder. Yo, que tuve la suerte de poder vivir aquellos momentos de la transición, aunque reconozco que sólo como mero espectador y con pequeñas escaramuzas corriendo delante de la policía, pero sin heroicidad alguna, a diferencia de otros que sí corrieron muchos riesgos, estoy de acuerdo con Sabina en la entrevista que se publicó en elDiario.es el 7 de enero de este año, Historia de una canción (De Purísima y Oro): “Los rencores de la Guerra Civil se superaron con la Transición y la Constitución del 78, aunque no definitivamente”. “Ha vuelto esa historia de buenos y malos, de las dos Españas, y una crispación y un sectarismo que abomino absolutamente y que me tiene muy preocupado”.

Lo siento, Iglesias, me has decepcionado. Estás cayendo en los mismos errores que criticabas: no reconoces los errores, quieres estar en el gobierno y en la oposición al mismo tiempo y te cuesta aceptar las críticas. Casi lo mismo que hace Sánchez, por cierto. De Casado prefiero no hablar.

Pablo Iglesias no se corta en 'Salvados' | El Correo