Burgos, Vitoria, Pamplona y Cuenca en una semana (un atracón de viaje, II)

Continuamos la narración del viaje por cuatro provincias de cuatro comunidades autónomas diferentes. Como decíamos ayer, un verdadero atracón de kilómetros en coche y muchos también andando. Tengo la espalda hecha mixtos todavía y me sostengo a base de friegas, calor e ibuprofeno. Y lo malo es que dentro de una semana corro con mi hija la Nocturna del Guadalquivir. A ver si puedo hacerla, aunque sea andando, porque llevo entre unas cosas y otras casi un mes sin entrenar, encima con estos dolores.

Pero vayamos al grano y sigamos con la descripción del viaje, que todavía queda mucho que contar.

12 de septiembre, jueves. De Burgos a Vitoria, pasando por Haro.

Hoy nos hemos levantado temprano y nos hemos dado un homenaje desayunando chocolate con churros Valor, cerca de la Catedral. Dejamos el apartamento y subimos con el coche ya cargado con el equipaje al castillo, desde el que se puede contemplar una vista magnífica de Burgos. Hoy parece que hace menos frío y el cielo está casi despejado.

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Abro el Google Maps y elijo como destino Haro. Queremos visitar alguna bodega y pasear por un pueblo que, según hemos leído, no sólo destaca por el vino. Son poco más de 90 km y tardamos una hora en llegar, alrededor de las doce de la mañana. Tomamos un café en la cafetería de un hotel y allí preguntamos qué podemos visitar, aparte de las bodegas, en el pueblo. Nos proporcionan un mapa y nos señalan los lugares de interés. Aunque no lo sabemos, estamos cometiendo un error: no hemos reservado ninguna visita a alguna bodega. Callejeamos algo, contemplando varios palacios espléndidos. Llegamos hasta la plaza del ayuntamiento y después entramos en la Iglesia de Santo Tomás. Están celebrando un funeral de cuerpo presente. Vaya por Dios. Salimos rápidamente y, para cambiar el mal cuerpo que se nos había quedado,  bajamos hasta la zona donde están la mayor parte de las bodegas: el Barrio de la Estación. Está relativamente cerca de la plaza y, como es cuesta abajo, vamos caminando (otro error, porque luego hay que regresar subiendo). Entramos en la primera bodega que encontramos, CVNE y cuando queremos sacar las entradas para ver la bodega, nos dicen que ya está completo y que hasta el día siguiente no podremos hacerlo. Compramos un par de botellas de crianza y nos dirigimos a otra bodega, las bodegas bilbaínas, al lado de la estación de RENFE. Están cerradas. Hace calor y me tengo que quitar ropa. Ahora vamos a las bodegas Muga y nos pasa como en la primera, está completo el cupo de visitas. Me enfado y no compro ninguna botella. Llamo por teléfono a otras bodegas, Ramón Bilbao y Martínez Lacuesta y en todas me contestan lo mismo, que ya no hay plazas para hacer las visitas hoy. ¿A quien se le ocurre visitar bodegas un miércoles de septiembre? A nosotros y a otras quinientas personas más. Parece mentira que no conozca el percal. Este país, entre propios y extraños, está lleno de irresponsables bebedores. Lo que pasa es que los otros han sido más listos y han reservado. El tonto he sido yo, y mira que me gusta planificar y organizar. Pero esto no lo había previsto, mea culpa. Fiasco total en Haro (el segundo, después de lo que nos ocurrió en Silos).

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Subimos la maldita cuesta, cabreados y sudando. Llegamos al coche y tiro las botellas en el maletero de cualquier forma. Menos mal que no se rompieron; hubiera sido el remate del tomate. Tenía pensado pasarme por Laguardia, pero después de esto, habrá que dejarlo para otra ocasión, en la que espero ser más previsor (y no llevar el coche, porque si no, a ver quién conduce después de las catas).

Otra vez el Google Maps, esta vez poniendo como destino Vitoria. Menos mal que está cerca, algo menos de 50 km, y tardamos en llegar al hotel unos tres cuartos de hora. Buen hotel, el Silken Ciudad de Vitoria, recomendable cien por cien. Subimos a la habitación, dejamos las maletas y preguntamos en recepción dónde podríamos comer. Como si no hubiera sitios en Vitoria. El recepcionista nos da un plano de la ciudad y nos señala cuatro o cinco restaurantes. Elegimos uno que está cerca de la plaza de la Virgen Blanca, uno de los sitios más conocidos de la ciudad, donde se eleva el monumento a la Batalla de Vitoria. El restaurante se llama Arkupe. Comimos, de manera excelente, en la barra porque había una celebración en el comedor y estaba lleno. Muy buena relación calidad precio. Recomendable. Paseamos por el casco antiguo y llegamos hasta la catedral de Santa María. Aunque ya lo sabíamos, la catedral está hecha unos zorros, llena de andamios por dentro y por fuera. Compramos la entrada, esperamos una media hora que dedicamos a hacer fotos y entramos. Primero nos ponen un documental sobre los orígenes de Vitoria y de la catedral y después nos ponen unos cascos (como en Atapuerca). Mala señal, puede significar que hay desprendimientos o que las cubiertas se nos pueden caer encima. Primero bajamos a los cimientos, a los primeros vestigios de la ciudad y de la catedral. Subimos hasta la nave central en la que nos explican que hay algunas columnas torcidas y varios refuerzos para impedir que la catedral se caiga. Me dan ganas de salirme ya, pero no quiero mostrar nerviosismo porque hay niños y daría mal ejemplo. Subimos hasta el triforio, muy estrecho y después hasta el campanario. Intento escuchar ruidos raros, pero no, parece que todo está controlado. Las vistas desde la torre son espectaculares. A lo lejos se ve la segunda catedral. Ahora me entero que Vitoria tiene dos catedrales, la de Santa María y la de María Inmaculada. Estos vascos son muy religiosos. Sevilla, que es mucho más grande, sólo tiene una.

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Salimos y respiro aliviado. Me hago una foto con la estatua de Ken Follet, que escribió Los pilares de la tierra y Un mundo sin fin, basándose en la construcción de esta catedral. Hace una tarde espléndida y paseamos por calles estrechas, llenas de bares y con muchas pintadas. Los tipos de los jóvenes son idénticos a los que aparecen en la película Ocho apellidos vascos. No sé si será una opinión muy subjetiva, porque todo el mundo habla maravillas de esta ciudad, pero esta zona me parece muy descuidada y decadente. El resto de Vitoria sí me gusta: muchos parques, plazas amplias y calles cuidadas y limpias, no como en el casco antiguo al que los autóctonos llaman La Almendra. Carmen está cansada y se va al hotel a descansar, pero yo me quedo en la plaza de la Virgen Blanca a tomarme un café. Es una pena desperdiciar una tarde tan hermosa.

Por la noche salimos a pasear. Ahora sí me gusta mucho lo que veo, sobre todo el ambiente. Cenamos en el Sagartoki, otra de las recomendaciones del recepcionista. Todavía mejor que en el anterior. Las tapas, mejor dicho los pintxos, como se dice aquí son para hacerles la ola. Nos vamos muy contentos para el hotel, que está bastante cerca. Mi reloj marca 16.200 pasos, o sea, más de doce kilómetros. Estamos batiendo récords.

13 de septiembre, viernes. De Vitoria a Pamplona, pasando por Estella y Puente la Reina

Uno de los mejores días de todo el viaje. El tiempo está mejorando, sólo hace algo de fresco por la mañana. Para salir de Vitoria, un poema. Menos mal que la amiga de Google Maps (digo amiga porque la voz es de una mujer) nos va indicando las calles, rotondas, avenidas, circunvalaciones, etc., que hay que hacer para sortear todos los obstáculos. De vez en cuando me equivoco y en lugar de tomar la segunda salida de la rotonda tomo la tercera y hay que volver a empezar. Tardamos cerca de media hora en alejarnos de Vitoria. Destino, Estella, a 70 km. Viaje muy tranquilo, con poco tráfico. Cuando llegamos, buscamos un aparcamiento vigilado, porque este pueblo es más grande de lo que yo creía y vamos con el coche cargado y con equipaje a la vista. Aparcamos cerca de la estación. Me pongo mi sombrero Panamá, porque hace mucho sol y no puede darme en la frente. Parezco un guiri americano. Vamos a la Oficina de Información y Turismo y nos explican los monumentos más importantes que podremos visitar en una hora y media, que es lo que he previsto para poder parar después en Puente la Reina y que no se nos haga demasiado tarde.

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Primero visitamos la iglesia de San Pedro de la Rúa. Si el día anterior habíamos subido escaleras, ahora tampoco nos quedamos atrás. Hay una buena escalinata hasta llegar al pórtico, románico aunque con influencia árabe. Ábside románico y claustro que invita a la meditación. Bajamos en ascensor (nos dimos cuenta tarde, lo teníamos que haber utlizado para subir) que está a la salida del templo y entramos en el Palacio de los Reyes de Navarra, que ahora se destina únicamente a museo. Obras no demasiado conocidas, destacando dos grabados de Picasso, a los que les hago fotos. Salimos y llegamos hasta el Puente de la Cárcel. Seguimos paseando por calles muy tranquilas, la Plaza de los Fueros y subimos hasta la Iglesia de San Miguel. Carmen se niega a hacer el último tramo y no me extraña. No he contado los escalones que hemos subido hoy, pero son muchos, muchos.

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La distancia entre Estella (o Lizarra, como se dice en euskera) y Puente la Reina es de unos 23 km, así que llegamos pronto. Mucho más pequeña que Estella, no llega a los tres mil habitantes, se recorre en poco tiempo. Lo primero que hicimos fue entrar en la Iglesia de Santiago. Varios peregrinos franceses dentro un sacerdote francés explicando las características de la iglesia, que contiene una talla conocida del Apóstol Santiago. Antes de llegar al puente románico que da nombre al pueblo (en realidad, primero se construyó el puente y años después se hizo la calle mayor y algunas casas que  se fueron ampliando con los siglos) nos sentamos a tomar algo en la plaza del ayuntamiento. Nos sentamos fuera, a la sombra porque hoy hace calor. En la plaza están las barreras de los toros, pues ahí, como en muchos otros pueblos, se celebran festejos taurinos. Como no podía ser de otra manera, llegamos hasta el Puente sobre el río Arga por el que pasan los peregrinos. Este puente fue construido por orden de la esposa del rey Sancho el Mayor o por la del rey García de Nájera, no se sabe con total seguridad. Lo que sí se sabe es que se construyó en el siglo XI y que en la actualidad, quizás gracias al trasiego de los peregrinos y a la riqueza que eso genera, tiene bastante vida.

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Llegamos a Pamplona pasadas las dos de la tarde y preguntamos en recepción, como hicimos en Vitoria, un sitio donde comer cerca del hotel, porque el centro queda bastante alejado. El consejo, como la vez anterior, fue totalmente acertado. Comimos en la Avenida de Bayona en el Mesón Letyana. Además del camarero, muy profesional y simpático, a destacar los pintxos, el vino y el precio.

Descansamos algo en el hotel y alrededor de las siete nos fuimos andando hasta el centro. Tardamos una media hora, así que el cuenta pasos estaba ya calentito. Lo primero que hicimos fue acercarnos hasta la Oficina de Información y Turismo (somos muy tradicionales y nos gusta que nos den planos, mapas y guías, que luego guardamos como recuerdo) que está al lado del ayuntamiento. Una manifestación con muchas ikurriñas amenizaba el ambiente. Creo que protestaban por el juicio que se iba a hacer en la Audiencia Nacional unos días después.

Cómo no, iniciamos la visita a Pamplona bajando desde el Ayuntamiento por la Cuesta de Santo Domingo hasta el lugar donde comienzan los encierros. Nos paramos delante de la pequeña imagen de San Fermín, llegamos hasta la plaza del Ayuntamiento (muy pequeña, mucho más de lo que parece en la televisión), calle Mercaderes, Estafeta, Telefónica y Plaza de Toros. Poco más de 800 metros, que andando se recorren en diez minutos. Después visitamos la catedral y la plaza del Castillo. Entramos en la cafetería Iruña, de visita obligada por ser el café preferido de Ernest Hemingway. Como ya era hora, nos fuimos de tapeo por la calle Estafeta. Hay donde elegir entre las decenas de bares, mesones y restaurantes. Entramos primero en uno llamado La Estafeta y después en otro que hace esquina que se llama algo así como Txirrintxa, donde elaboran una cerveza propia. En los dos comimos muy bien. Ya era tarde y estábamos cansados, así que nos fuimos de regreso al hotel. Esta vez el número de pasos fue 17.850 , o sea, trece km y medio. Nuevo récord. Lo bueno de esto que dormimos a pierna suelta.

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