Me gusta la polémica

Me gusta polemizar, lo reconozco. La verdad es que hasta hace unos años prefería callar y dar la razón a los demás, aunque yo estuviera convencido de que mis ideas eran mejores o más sensatas o más realistas, antes que embarcarme en agrias discusiones, en disputas estériles, en enfados inútiles. Aunque en las grandes cuestiones (la libertad, la tolerancia, la igualdad, el respeto a los derechos de las personas, la defensa de lo público ante lo privado y algunas otras más) siempre he sido bastante inflexible y marcaba una línea roja que no quería traspasar, pues no concebía el menoscabo o el menosprecio de las mismas, en cuestiones menores no me costaba trabajo dar mi brazo a torcer. No se trataba de ser más o menos pusilánime, sino que priorizaba las relaciones, el estar a gusto con los demás, en ceder para llegar a acuerdos. A veces, sin embargo, después de un silencio o de una concesión demasiado rápida, llegaba el remordimiento por no haber dicho algo, por no haber defendido con más fuerza o vehemencia alguna idea. Y durante días no paraba de darle vueltas a la cabeza, arrepintiéndome de mi falta de valor o de reflejos para contrarrestar las razones de los demás.

Pero todo eso se ha terminado. Supongo que será por la edad y por la experiencia, porque ya no tengo necesidad de bajar la cabeza o mirar para otro lado o permanecer en silencio. Ahora casi busco la confrontación por la confrontación, como una forma de poner a prueba mi capacidad de persuasión, a veces de manipulación. Sigo defendiendo las mismas ideas, quizás de una manera un poco más radical, pero sin perder, todavía, las formas. Y también defiendo, por qué no, algunas ideas con las que, en el fondo, no estoy de acuerdo. Por poner un ejemplo, la cuestión catalana. Hace unos años yo era partidario de un referéndum consultivo (no vinculante) de autodeterminación en el País Vasco y ahora en Cataluña. Es bueno conocer lo que opina el pueblo, no mediante encuestas que pueden manipularse fácilmente y siempre que las preguntas sean las adecuadas. No poniendo a los ciudadanos en tesituras maniqueistas, en el estás conmigo o contra mí, en el todo o nada. Incluso podría estar de acuerdo con un referéndum vinculante, después de un amplio debate, sin dejarse llevar por las emociones, dando un tiempo prudencial para que todos pudieran, de una manera libre y sin coacciones de ningún tipo, dar sus argumentos y opiniones. Y la vinculación tendría que ser con unas premisas muy claras: un porcentaje de participación alto (no menos de un 70%) y un apoyo a la independencia también alto (nunca inferior al 70%). Si se dieran todas esas circunstancias, creo que podría llegarse a un acuerdo.

Por desgracia, las posiciones están demasiado alejadas. Por un lado, ha habido una falta de lealtad, una hipocresía y una enorme cantidad de mentiras, de sobreactuación, de manipulación y de confrontación con el Estado, fuera quien fuera el gobierno, en el lado de los independentistas, apoyados por una izquierda acomplejada, que no ha sido capaz de analizar con valentía la situación y que ha defendido ideas y valores muy alejados de lo que siempre ha sido esa izquierda. No todo vale, compañeros. Eso de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, aquí no se sostiene. Por otro lado, la derecha. ¿Cómo catalogar lo que han hecho PP y Ciudadanos en los últimos años? Se ha pasado de un apoyo al independentismo de aproximadamente el 25% a casi el 50% desde que Mariano Rajoy llegó al poder. Acordémonos de los tiempos de Aznar, ese que hablaba catalán en la intimidad y firmó con Pujol el Pacto del Majestic y que denominó a ETA Movimiento Vasco de Liberación Nacional, autorizó entablar negociaciones con ellos y liberó a más de doscientos etarras. Ahora Aznar es el máximo enemigo, el azote de catalanes y vascos. Cousas veredes, que decimos los gallegos.

Pues ahora, señoras y señores, estoy hasta las narices de los independentistas catalanes y, a pesar de que sigo pensando que tolerancia, libertad e igualdad son innegociables, discrepo con todo aquel que los defiende. Y polemizo, y discuto. Y ya me pueden llamar fascista, ese término que ha perdido su significado de tanto manipularlo. Llamar fascistas a la gente del PP o de Ciudadanos por ser de derechas es insultar a la memoria de mi abuelo Castro, ese al que unos fascistas, esos sí, estuvieron a punto de matar de una paliza cuando comenzó la guerra civil, y que sólo se libró del paredón gracias al párroco de Arteixo. Por eso me revienta que se utilice con tanta frivolidad. Por eso, me revienta que llamen fascista a Rivera, a Rajoy, a Serrat a Manuel Vicent o a cualquier otro que no piense como lo que, según determinados sectores del independentismo, e incluso de la izquierda, se debería pensar. Hay que ser mucho más serios.

Me gusta polemizar y discutir de política. En algunos casos como si yo fuera de derechas (pocas veces, como mucho, de Ciudadanos) y otras veces de izquierda, que lo soy, pero que no comulgo con determinados personajes, ni acepto la corrupción del PSOE ni sus maneras, a veces chulescas, ni con la actitud de Podemos y sus confluencias en relación con Cataluña o cuando pudo pactar con el PSOE para que gobernara la izquierda y no lo hizo, oportunidad que pocas veces se volverá a plantear, porque lo de ahora no tiene sentido. No tengo que pagar peajes.

Me gusta discutir de religión, respetando las creencias, pero poniendo en un brete a aquellos que intentan convencerme de las bondades de las misas y de la liturgia. Ha habido demasiados millones de muertos y demasiado sufrimiento por culpa de las religiones, y los sigue habiendo, como para que intenten convencerme de las bondades de seguir fervorosamente a un dios que, si realmente existiera, debería hacer algo más por un mundo tan injusto y tan cruel y no mirar para otro lado.

También me gusta polemizar y discutir, sobre todo con mi hijo Santiago, de fútbol. Aunque nunca he sido un talibán ni un radical futbolero, resulta que Santi me ha salido del Barça. Y eso, para uno que simpatiza con el Madrid y es seguidor del Dépor, es casi una herejía, porque recuerdo que mi equipo coruñés perdió una liga en el último minuto del último partido por culpa de un penalti fallado por Djukic. La liga se la llevó el Barcelona de Cruyf, que seguramente compró al portero, claro.

Y por último, las discusiones con mi mujer, sobre todos los temas anteriores y sobre muchas más cosas. Llevamos casados treinta y siete años y raro es el día que no discutimos sobre algo. Y esa es la salsa, el condimento que nos permite estar más unidos. Porque si no se discute, si no se discrepa, todo sería demasiado empalagoso y aburrido. Como ella casi nunca me lee, no podremos discutir sobre esto. Con mi hija Carmen apenas discuto, somos demasiado parecidos y pensamos igual en muchas cosas. Pero no somos inmunes a las discrepancias, no creáis. Son pocas, pero intensas.

Así que estoy dispuesto a discutir con quien sea y sobre lo que sea. Aquí me tenéis, estoy a vuestra disposición.

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