Ocio y negocio

Me ha costado trabajo, demasiado diría yo, ponerme delante de la pantalla y del teclado del ordenador. Más de un mes sin escribir y sólo dos o tres entradas en el blog durante el verano. Pero para eso están las vacaciones… Aunque ahora que me doy cuenta, yo ya no tengo vacaciones, sino que vivo dentro de las vacaciones, como en una maravillosa burbuja que me permite estirar el tiempo o comprimirlo a mi gusto. Cuando escucho a otras personas o en los medios de comunicación hablar sobre el puente del Pilar o de la Constitución, sobre las Navidades o la Semana Santa, de los millones de desplazamientos, de los aeropuertos y las estaciones de tren repletas (salvando el paréntesis de la pandemia, claro), respiro aliviado y recuerdo la ilusión y la alegría de los primeros días de descanso y la tristeza y la ansiedad de la incorporación al trabajo, la revisión del calendario para averiguar cuándo sería el próximo puente, las horas que faltaban para llegar al viernes por la noche y la angustia de las tardes de domingo pensando en el lunes. Claro que tenía otra edad y podía soportar mucho mejor el estrés y el agobio de trabajar fuera de casa, estudiar, preparar oposiciones, cuidar de los hijos y todo lo que conlleva tener una familia. Visto en la distancia, no sé cómo podía estirar y aprovechar tanto el tiempo.

Lo reconozco, prefiero el ocio al negocio. Ya lo decían los filósofos griegos y muchos otros que los siguieron: el fin del hombre es ser feliz y la base de la felicidad está en la capacidad para emplear debidamente el ocio. Lo malo es que la sociedad y la educación sólo te preparan para el neg-ocio, para el no-ocio, para el trabajo. Lo importante en la educación formal, es decir, en la escuela, en los institutos y en la universidad, y en la educación informal, o sea, la familia y la sociedad en general, es hacer neg-ocio, produciendo, vendiendo, comprando, negando el ocio. Y ahí está la gran contradicción, lo que quiere hacernos creer desde que tenemos uso de razón y expresó tan bien José Agustín Goytisolo y cantó Paco Ibáñez: “Me lo decía mi abuelito,/ me lo decía mi papá,/ me lo dijeron muchas veces/ y lo olvidaba muchas más./ Trabaja, niño, no te pienses/ que sin dinero vivirás./ Junta el esfuerzo y el ahorro,/ ábrete paso, ya verás/ cómo la vida te depara buenos momentos…”. Estamos instalados en la cultura del trabajo, donde se vive para trabajar, lo que significa que si no se trabaja produciendo se pierde el tiempo. Es decir, lo importante es el trabajo y el ocio es sólo un medio para reponer fuerzas y poder seguir trabajando. Leer un libro, pasear, escuchar música, jugar, hacer deporte, tocar la guitarra, charlar con los amigos, escribir por placer, no se hace como algo que tiene valor en sí mismo, sino como un medio para poder trabajar más y más.

Y en eso estamos educados y vivimos felices. Tener un buen trabajo, ganar mucho dinero, comprar casa, coche, viajar, buena ropa, consumir y consumir. “¡Es la economía, estúpido!”, célebre frase de un asesor de campaña de Bill Clinton. Y efectivamente, estamos instalados, queramos o no, en la rueda de la economía: estudiar para trabajar, trabajar para consumir, consumir más para trabajar más y así hasta que nos muramos, con pequeños intervalos para vacaciones, puentes y, al final, la jubilación, cuando las fuerzas y las ganas están en franco retroceso. Por eso jugamos a la primitiva y al euromillones, y soñamos con que nos toque el gordo de Navidad, aunque este último no da para vivir de las rentas. Vivir de las rentas, eso sí que es un buen negocio, o mejor dicho, el mejor ocio. La vida, hay que reconocerlo, es mucho más feliz si no tenemos que pelearnos con nuestro jefe o con nuestros empleados, si no tenemos la obligación de levantarnos todos los días a las siete de la mañana para llegar a la oficina, al tajo o a dar clase, como hice durante cuarenta años. Porque no me tocó la lotería, si no de qué.

Arbeit macht frei, el trabajo os hará libres. Ese letrero infame, colocado a la entrada del campo de exterminio de Auschwitz, era de un cinismo y de una crueldad inimaginables. Sin llegar a tanto, ni mucho menos, sigo pensando que esa frase sobre la libertad que da el trabajo fue inventada por un torturador de mentes y de cuerpos, un Torquemada de tomo y lomo. Lo que nos hace libres realmente es no tener que depender de nada para vivir. Ojalá fuéramos como esas aves del evangelio, que no siembran, ni siegan, ni recogen en granero, pero el padre celestial las alimenta.

El ocio, para los griegos, era un fin en sí mismo, el objetivo de una vida feliz, algo por lo que merece la pena luchar y lo que la humanidad debe alcanzar. Aristóteles ya apuntó la idea de que las máquinas hicieran el trabajo y que el hombre se dé al ocio. Avanzado que era el filósofo; lo malo es que en aquella época todavía no se habían inventado los robots, por lo que propuso que unos hombres se dedicaran a trabajar y otros se dedicaran al ocio. O sea, defendía la esclavitud para que los ciudadanos libres pudieran permanecer ociosos. Eso es algo que todavía pervive, dos mil quinientos años después: hoy muchos trabajan para que unos pocos disfruten del ocio. Aristóteles, visto desde nuestra perspectiva, no es políticamente correcto, pero hay que reconocer que dio en el clavo en muchas cosas y ayudó a pensar y a plantearse preguntas. A ver si los políticos toman nota.

¿Os he convencido? ¿Estáis de acuerdo en todo lo que he dicho sobre el ocio y el negocio? Me quedan muchas cosas en el tintero y podría seguir escribiendo sobre ello, sobre las diferentes visiones que romanos, católicos, protestantes y utópicos tenían sobre el ocio y el trabajo, sobre las bondades del ocio y la esclavitud del trabajo, pero…

¡TODO LO QUE HE DICHO ES MENTIRA!

MENTIRA

MENTIRA Y MENTIRA

Porque en estos momentos lo único que quiero y deseo es que mi hija Carmen, que se examina la próxima semana del último ejercicio de las oposiciones, las apruebe y trabaje, trabaje y trabaje. Y que mi hijo Santiago siga trabajando, trabajando y trabajando. Y que los millones de parados que hay en España, consigan trabajos dignos y bien pagados. Entre otras cosas porque si no, a ver quién me va a pagar la pensión. Pero me gusta crear el caos y entrar en contradicción conmigo mismo y discutir, que para eso está el ocio para, entre otras cosas, dedicarse a la discusión, que es una manera muy fácil y divertida de pasar el rato.

Termino. Muy pocos ciudadanos nacidos a partir de los años 80 conocen a Josep Tarradellas, que dijo una frase que ha quedado para la posteridad. Seguro que dijo muchas más, pero esta se lleva la palma: Ja sóc aquí, ya estoy aquí, traducido para los que no hablan catalán en la intimidad. Sí, amenazo con seguir escribiendo para esos poquitos que leen lo que se me ocurre. A ver si también continúo con la historia de mi familia, que la tengo muy abandonada.

El arte de no hacer nada

Cuarenta años

El 4 de julio de 1981 Carmen y yo unimos nuestro futuro. Yo tenía veintiséis años y Carmen era un poco mayor. Tres años de noviazgo separados por mil kilómetros, sin teléfonos móviles, tiempos aquellos en que las llamadas semanales eran controladas por las telefonistas de Aroche y de Camariñas, cartas de novios que todavía conservamos, encuentros en vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. Si contamos los días, nos vimos poco más de cinco meses en esos tres años, es decir, ciento cincuenta días de noviazgo. Pero la distancia no fue un obstáculo y quiero creer que, quizás, nos unió más. Es mentira eso de que la distancia es el olvido. Y eso que, algunas veces, pasábamos el tiempo juntos enfadados y sin hablarnos, los típicos enfados de novios que sirven para comprobar hasta qué punto el amor es capaz de vencer las dificultades. Visto en la distancia, todavía no entiendo cómo conseguimos llegar al 4 de julio y unir nuestros destinos hasta ahora. Cuarenta años, que se dice pronto.

Cambié el azul del mar, el gris del cielo, la luz suave y el verde de campos y bosques de mi Galicia natal por el azul del cielo, la luz intensa y los campos de variados colores de Andalucía. Ya sabéis que no soy amigo de las palabras grandilocuentes, ni de esas frases pseudofilosóficas a lo Paulo Coelho que pretenden mostrar unas emociones y sentimientos que sólo los grandes y buenos escritores, sobre todo los poetas, son capaces de reflejar. Así que únicamente diré que el tiempo ha pasado deprisa, que cuando uno tiene veintiséis años no puede ni debe intentar adivinar cómo será cuarenta años después porque eso es una temeridad y, seguramente, se equivocará. Pero echando la vista atrás, no imagino un tiempo mejor ni más feliz que el que he pasado junto a Carmen y a mis dos hijos. En la balanza, el platillo de la felicidad y de los buenos momentos está lleno y pesa mucho más que el de las penas o las frustraciones. No todo el mundo puede decir lo mismo ni todos han tenido la misma suerte.

Cuarenta años de matrimonio dan para muchas anécdotas y momentos inolvidables, sobre todo el nacimiento de los hijos, los viajes, las celebraciones de todo tipo con la familia y los amigos. Y también los disgustos, la tristeza por la pérdida de seres queridos, las decepciones por no haber podido cumplir todos los deseos. Siempre hay que mirar por el retrovisor sin nostalgia, con agradecimiento por todo lo bueno recibido y sin olvidar lo malo, pero con la vista fija en el futuro con la fuerza y la ilusión que nos proporciona lo vivido en la mejor compañía.

Gracias por todo.

Cumpleaños

Y bueno, pues,
Un día (un año) más
Que se va colando
De contrabando.

Y bueno, pues,
Adiós a ayer
Y cada uno
A lo que hay que hacer.

Joan Manuel Serrat. Canción infantil...

Gracias, hermano, por ser el segundo (los primeros fueron mis hijos y mi mujer ayer por la noche, pasadas las doce y finalizado el estado de alarma) en felicitarme con esta hermosa canción de Serrat. Un poema lleno de alegría y de esperanza. Y sigue la letra con estas palabras «Que hay que empezar un día más./Tire pa’lante que empujan atrás». Uno de los que más empuja, porque tiene mucha fuerza y mucho optimismo y fe en la vida, es mi hijo Santiago, que hoy también cumple años. Él 32 y yo 66. Nos separan 34 cuatro años, mejor dicho, nos unen 34 años que hemos pasado juntos, desde que lo cogí por primera vez una tarde, cuando yo estaba viendo una etapa ciclista en la habitación, no recuerdo si del Giro o de la Vuelta. En aquella época no era normal que los padres asistiéramos a los partos y yo lo agradecía, porque seguramente hubiera tenido que salir mareado o me hubiera desmayado y en lugar de ayudar o acompañar sería un estorbo. Antes tampoco era frecuente que las mujeres asistieran a clases de parto acompañadas de sus maridos, así que la naturaleza y los médicos eran las únicas herramientas. A mi hija Carmen me la entregó el médico en mitad del pasillo, donde yo paseaba nervioso esperando noticias, una fría tarde de febrero. Envuelta en una mantita, apenas podía ver su rostro, porque era más pequeña de lo normal. Se había adelantado el parto y pesaba algo menos de dos kilos y medio. Durante unos minutos que se me hicieron eternos, paseé con ella en brazos intentando adivinar el misterio que tenía entre mis manos. Creo que ese misterio, como el de cualquier recién nacido, nunca somos capaces de entenderlo. Después llegó mi cuñada Pilar, nos fuimos a la habitación y todo se tranquilizó hasta que trajeron a mi mujer, despierta y casi como si no hubiera tenido a la niña hacía poco.

Esos treinta y cuatro años y los otros treinta y dos anteriores ya son historia y no se pueden cambiar. Por eso hay que vivir el presente. Yo ya estoy en la segunda mitad de mi vida y dicen que esta parte la vivimos recordando la primera. No estoy de acuerdo. Es bonito recordar los buenos momentos, sobre todo cuando se está en compañía y se han pasado juntos, o cuando una mala racha se supera aferrándose a los recuerdos para coger fuerzas, pero ya se sabe que en demasiadas ocasiones reproducimos las imágenes pasadas con excesiva benevolencia y olvidándonos de las emociones que nos provocan. Nadie nos asegura que aquello que recordamos sucedió realmente así, porque la memoria, ya se sabe, es frágil. Incluso, a veces, recordamos cosas que no han sucedido, que las hemos soñado o que nos las hemos inventado en determinado momento pero que, de tanto repetirlas, forman ya parte de nosotros mismos y las asumimos como realmente nuestras.

Lo importante es siempre el presente. Ni siquiera el futuro debe marcarnos o condicionarnos porque en demasiadas ocasiones lo que nos acontece no depende de nosotros. El destino, las revueltas del camino, son inexplicables, así que, como no somos adivinos, poco podemos hacer más que disfrutar de la vida cuando ésta nos lo permite y sobrellevar los malos momentos con actitud positiva. Ponemos las piedras y la argamasa, empleamos todas nuestras fuerzas y nuestra ilusión, pero una pandemia, por ejemplo, puede dar al traste con todo.

Hoy teníamos pensado ir a comer los cuatro a un restaurante como solemos hacer para celebrar el cumpleaños. Habíamos reservado una mesa en la terraza de un hotel con unas maravillosas vistas de Sevilla, pero como se anunciaba mal tiempo hemos decidido dejarlo para más adelante. Lo dicho, nosotros proponemos pero Dios, el destino, las circunstancias, el mal tiempo, llámesele como se quiera, disponen.

Hoy cumplo 66 años y mi hijo Santiago 32. Tenemos ambos toda una vida por delante.

Bandera blanca

“La única bandera pacífica es la blanca que se ondea al rendirse. Todas las demás se diseñaron para ir a la guerra detrás de ellas, para plantarlas en tierra conquistada. Salir con una bandera, sea cual sea, es un gesto intrínsecamente agresivo, incompatible con una voluntad de paz y convivencia.”

El Frente Nacional español. CTXT (30/09/2017). Sergio del Molino

Dirigentes de partidos políticos insultándose delante de las cámaras y en la Cámara sin ningún pudor ni vergüenza. Bandera blanca. Compra de voluntades, cambios de chaqueta sin ningún pudor ni vergüenza. Bandera blanca. Miles de muertos y millones de contagiados mientras gobierno y oposición, sin ningún pudor ni vergüenza, se echan a la cara los errores cometidos, como si alguien, digan algún ejemplo, por favor, supiera cómo se combate de manera eficaz la pandemia. Bandera blanca. No llegan las vacunas. Bandera blanca. Millones de parados, miles y miles de autónomos y empresas con el agua al cuello o ahogadas, miles y miles de personas en las colas del hambre, miles de inmigrantes llegando exhaustos a las costas europeas y miles también en el fondo del océano y miramos para otro lado. Bandera blanca.

Cataluña, Murcia, Cartagena, Madrid. Bandera Blanca. Dos bloques irreconciliables y en el medio, no, en el centro, millones y millones que asistimos, ausentes unos, indiferentes otros, indignados, desalentados, sorprendidos, cabreados, muy cabreados, enormemente cabreados, cagándonos en la leche, en mi negra estampa, en la puta de oros, en la madre que los parió, en sus muertos, en todo lo que se menea, en todo lo que verdeguea, la inmensa mayoría, pero ellos van a lo suyo, están en su jaula de cristal, hablan de dignidad y de traición pero no dejan de mirarse el ombligo. Bandera blanca.

Ni rojigualda, ni tricolor, ni senyera, ni cuatribarrada, ni ikurriña, ni verde y blanca, ni blanca y azul, ni roja. Bandera blanca, por favor.

Hace 20 años, por estas fechas, todo era muy diferente en el mundo y en España. Bush llegaba la Casa Blanca y le quedaban ocho años para llegar a ser uno de los peores presidentes de los Estados Unidos. Durante su primer mandato el caos se instaló como algo cotidiano en nuestro mundo. Los atentados del 11 de septiembre y después los de Madrid y Londres en el primer lustro del siglo XXI hacían temer lo peor, y los hechos dieron la razón: las guerras de Afganistán e Irak, la crisis hipotecaria estadounidense, la quiebra de Lehman Brothers y el inicio de la crisis económica y financiera mundial. Desde entonces, nada es igual. Veinte años que parecen veinte siglos. Hace veinte años nació la Wikipedia y no existían ni Facebook, ni Gmail, ni Twitter, ni WhatsApp, ni Instagram, ni Youtube, ni Tik Tok, ni Amazon, ni Netflix. Ahora no sabríamos cómo vivir sin ellos ni en qué emplear tantas horas, con las pocas horas que tiene el día. Imaginaos la pandemia y el confinamiento sin las redes sociales ni las plataformas de streaming; a pocos se le ocurre leer libros en su tiempo libre. Por todo ello, bandera blanca.

La bandera de la comprensión, de la tolerancia, del respeto, de la justicia, de la paz, pero ya se sabe que no hay paz para los malvados y, por desgracia, hay demasiados malvados que enarbolan otras banderas. Pero la bandera blanca también es la bandera de la insumisión, de los que no permanecen impasibles ante las injusticias, de los que se indignan con los indignos y sus indignidades, de los que luchan por la libertad, por la auténtica libertad con justicia y con igualdad. Menos mal que, aunque cada vez menos, todavía hay esperanza. Bandera blanca.

(Históricamente, la bandera blanca se asocia a rendición en tiempos de guerra ya desde la época de los romanos, como lo describe el historiador Tito Livio en el siglo I a.C. Más recientemente, se ha reconocido como un símbolo para iniciar un alto el fuego, un cese de hostilidades y el comienzo de un periodo de negociaciones en medio de la batalla. Durante nuestra guerra civil, los soldados agitaban banderas blancas en señal de tregua para recoger los cuerpos de sus compañeros heridos).

Hoy hay muchos heridos, muchas hostilidades, muchas batallas y muchas negociaciones que hacer. Bandera blanca, bandera blanca, bandera blanca.

bandera blanca - El dulce porvenir

¡Qué difícil es hacer buena política!

Supongo que la presión producida por la pandemia, la crisis económica asociada a ella, la fragmentación actual en el panorama político español, el juicio de «los papeles de Bárcenas», la cercanía de las elecciones catalanas y alguna que otra cosa más, provocan que los líderes políticos de nuestro país actúen de manera diferente a si la situación fuera más «normal». Aunque echando la vista atrás, creo que en España no se recuerda una década de normalidad o tranquilidad. Desde la caída del Imperio Romano, cuando todavía España no era un país, ya comenzaron las luchas internas y externas de los visigodos, la invasión musulmana y la denominada Reconquista, las guerras por el poder en los reinos hispanos… No voy a hacer aquí una relación detallada de nuestra historia, pero si analizo y profundizo un poco, no ha habido ni un solo siglo en el que no hayamos estado inmersos en guerras civiles, en guerras de conquista, en conflictos con turcos, franceses o ingleses, con Estados Unidos, guerras de sucesión, de independencia, atentados terroristas y asesinatos de primeros ministros, dictaduras… Parecía que con la llegada de la democracia íbamos a entrar en un período de tranquilidad, pero ETA y el Grapo así como intentos de golpe de estado como el de Tejero tampoco nos dejaban respirar. Después, con la llegada del PSOE al poder parecía que nuestra entrada en Europa y en la OTAN, el buen hacer del rey Juan Carlos, los Juegos Olímpicos de Barcelona o la EXPO’92 de Sevilla nos abrían al mundo y nos mostraban como un país moderno, preparado y alegre.

Pero entonces comenzaron a amontonarse los casos de corrupción: se destapó el caso Filesa por el que el PSOE fue condenado por financiación ilegal, la dimisión de Alfonso Guerra, ETA seguía matando y el País Vasco era un quebradero de cabeza. Llegó José María Aznar al poder en 1996 y otra vez parecía que todo se calmaba y que la economía española daba un tirón que nos ponía a la altura de otros países europeos. Entramos en el Euro pero ETA no dejaba de matar, apoyamos la guerra de Irak, sufrimos los atentados yihadistas de 2004 y Zapatero llegó al poder. La crisis económica de 2008, el 15M en 2011, la abdicación del rey Juan Carlos en 2014, los atentados yihadistas en Cataluña en 2017, la declaración unilateral de independencia de Cataluña en ese año…

Llegamos al año 2018 con la moción de censura a Mariano Rajoy y la llegada al poder por primera vez de Pedro Sánchez, ratificada más adelante en las elecciones generales de 2019, pactando con Podemos y gobernando en coalición los dos partidos de izquierda con apoyo de los partidos independentistas catalanes y el PNV vasco. He dejado muchas cosas, como es lógico, en el tintero, porque esto no quiere ser una lección de historia. Lo que quiero reflejar es que este país siempre ha vivido convulsionado. Algunos dirán que durante la dictadura de Franco hubo una relativa paz, pero claro, muy relativa porque eso fue así para los que ganaron la guerra porque para los otros fueron años de sufrimiento, de falta de libertades, de opresión. Y cuando se ha querido pasar página no ha sido posible, porque la Transición, como ya comenté en mi anterior entrada, no fue aceptada por los más extremistas dejando, además, muchas cosas sin cerrar bien. Pero eso es otro tema y daría para un debate mucho mayor.

Ahora quiero centrarme en lo que ocurre en la actualidad, a seis días de las elecciones catalanas. Resulta que cuando se convocaron en diciembre de 2020 para que se realizaran el 14 de febrero de 2021 algunos pensaron que quizás era demasiado precipitado celebrarlas en esa fecha dada la situación de pandemia. Pero la mayoría estaba de acuerdo que la situación catalana exigía que hubiera un gobierno que se dedicara a gestionar bien y no a estar continuamente enfrentándose con el Estado y dividiendo a los catalanes entre buenos y malos según apoyaran o no la independencia. Hubo un intento de aplazamiento mediante un decreto de la Generalitat pero el TSJC lo dejó sin efecto y las elecciones se celebrarán ese día, a no ser que ocurra un cambio radical en la evolución de la pandemia. Y en esa estamos, en plena campaña electoral, cada partido tirándole los trastos a los demás y todos contra Illa. Pero el que más daño está haciendo, siento decirlo porque es un personaje que no me cae mal a pesar de todas sus contradicciones, es Pablo Iglesias. Sus últimas intervenciones hablando de Cataluña, de los «exiliados», de los «presos políticos», de que «no hay una situación de plena normalidad política y democrática en España,  cuando los líderes de los dos partidos que gobiernan Cataluña, uno está en prisión y el otro en Bruselas» dejan, desde mi modesto punto de vista, mucho que desear y dejan en muy mal lugar al gobierno y a nuestro país, ese al que dice amar tanto. Hablar de exiliados y de presos políticos después de lo que ocurrió el 1 de octubre de 2017 con un referéndum ilegal y de la proclamación el 10 de octubre de la independencia de Cataluña, es una auténtica barbaridad. En ninguna democracia se hubiera permitido esto y seguramente los responsables hubieran sido condenados incluso con mayor severidad. Los independentistas catalanes ponen como ejemplo a Escocia y a Canadá, pero ellos saben aunque lo repiten hasta la saciedad, como seguramente lo sabe también Pablo Iglesias, que los casos son muy distintos, como se explica muy bien en este artículo: Cataluña, Escocia y Québec, sus diferencias.

No sé si Pablo Iglesias hace estas declaraciones por convencimiento o por tacticismo político, para diferenciarse de su socio en Madrid y contrincante en Cataluña, pero sea por lo que sea, un gobernante, y él lo es aunque le pese, debe ser leal a su país y al gobierno al que pertenece. Pero me temo que él va por libre, que antepone sus intereses personales y partidistas, sin medir bien (o midiéndolo perfectamente, quién sabe) sus palabras. No leo habitualmente lo que dice el Papa Francisco, pero suele dejar a veces frases para reflexionar. Así, dice que el «buen político es el que practica aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad”. Y habla de las graves anomalías que socaban el ideal de una democracia auténtica y ponen en peligro la paz social. Esto es, “la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la ´razón de Estado´, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio”. No creo que el Papa Francisco pensara en Puigdemónt cuando dijo estas palabras, ya que, precisamente el político catalán si por algo se caracterizó es por el incumplimiento de las normas y la negación del derecho.

Me temo que pocos políticos de nuestro país pueden presumir de seguir las recomendaciones de Francisco. Mejor dicho, pocos políticos en el mundo pueden hacerlo. Por eso es tan difícil ser un buen político. Esperemos que las elecciones catalanas no tengan que repetirse y que los que las ganen respeten la Constitución, que la pandemia finalice, que la economía mejore y que podamos vivir unos años de tranquilidad, que falta nos hace.

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La matanza de Atocha y la Transición

Sociólogos y psicólogos afirman que cualquier generación tiene más vívidos y presentes los sucesos que le ocurren durante su juventud. Es lógico, ya que aquello que nos ocurre entre los quince y los veinticinco años lo hacen en el periodo de nuestra vida en que somos más impresionables, cuando nuestra visión del mundo está formándose, cuando se configuran nuestras actitudes hacia la política y la sociedad. Cuando se murió Franco yo tenía veinte años y comencé a trabajar, ya como funcionario. Eran los años de la transición, años convulsos, en los que a diario sucedían cosas extraordinarias. Ahora está de moda utilizar la expresión “hecho histórico”. Puedo asegurar que entre los años 1974 y 1981, entre mis diecinueve y veintiséis años, rara era la semana que no nos sobresaltábamos o alegrábamos con algún acontecimiento extraordinario, con algún hecho histórico. Además de la muerte del dictador en 1975, el asesinato de Carrero Blanco dos años antes, la subida al trono de Juan Carlos I (El Breve, como muchos decían o decíamos en aquellos momentos), el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, la legalización de los partidos políticos, previo “suicidio” de las Cortes franquistas, las primeras elecciones generales en 1977, además de secuestros y atentados, intentos de golpes de Estado… Y mientras tanto, los jóvenes de mi generación asistíamos con esperanza y también con miedo a todo aquello. A veces teníamos que retener el aliento, esperando que todo se derrumbara. Los que habían pasado la guerra civil tenían aún más miedo, porque no querían revivir otra guerra similar. Todo eso nos marcó y nos predispuso a tener una mayor conciencia para participar políticamente. Es difícil que aquellos que tenemos entre sesenta y setenta años pasemos de la política. Como será difícil que los que hoy tienen dieciocho o veinte años no queden marcados por la pandemia. Se verá dentro de unos años.

Aunque tengo mala memoria para los nombres y las fechas, hay momentos de esa época que nunca podré olvidar. Una de ellas es mi paso por el servicio militar (ya está el abuelo con sus batallitas, os diréis). Pero, ¿cómo se me van a olvidar aquellos meses que coincidieron con una de las épocas más turbulentas y peligrosas de la historia reciente de España? Y que coincidió, precisamente, con mi estancia en el cuartel de Intendencia de la Puerta de la Carne, en Sevilla. Después de dos meses infernales, julio y agosto de 1976, en Cerro Muriano, en Córdoba, con un calor asfixiante, con ejercicios y marchas interminables, con restricciones de agua por la sequía, etc., llegaron unos meses de relativa tranquilidad en el cuartel: trabajar en una oficina, alguna guardia de vez en cuando, buenas relaciones con los superiores y los compañeros, bastante libertad para entrar y salir del cuartel, disciplina relativamente relajada. Un paraíso comparándolo con los meses anteriores.

Otros cuatro compañeros y yo pudimos alquilar un piso en la calle Torneo, donde solíamos reunirnos cuando nos daban permiso, que era casi todos los fines de semana. Allí podíamos charlar tranquilamente, sin cortapisas, hablando casi siempre de política. Uno de ellos tocaba estupendamente la guitarra y aprovechábamos para cantar canciones de Mercedes Sosa, de Quilapayún, de Paco Ibáñez, de Labordeta o de Lluis Llach. Había dos catalanes, dos vascos y yo. Todos con ideología de izquierda, así que las discusiones solían girar en torno al momento que se estaba viviendo en España. Aunque todos queríamos que se produjeran cambios revolucionarios, rápidos y que se enterrara de una vez el régimen de Franco, también éramos conscientes de las enormes dificultades. No nos gustaba Adolfo Suárez (había sido designado precisamente el día que yo salía de Coruña en tren camino del campamento de Cerro Muriano), veíamos que las Cortes eran todavía las franquistas, que la ultraderecha campaba a sus anchas en el territorio español, sobre todo los guerrilleros de Cristo Rey, y que los grupos terroristas (ETA y el Grapo, fundamentalmente) ponían piedras en la maquinaria que intentaba poner en marcha el nuevo gobierno. Los dos vascos justificaban las acciones de ETA porque se dirigían, fundamentalmente, a las fuerzas represoras del Régimen (ejército, policía y guardia civil, que impedían el cambio y detenían y torturaban a los militantes y simpatizantes de la izquierda). Los catalanes tenían como mantra “libertad, amnistía y Estatut de Autonomía” y simpatizaban también con la lucha que llevaba a cabo ETA. Yo, por mi parte, defendía las ideas de la Unión do Povo Galego, de la Asamblea Nacional Popular Galega y de todo aquello que sonara a lucha por las libertades de la Nación Galega. También había tenido la oportunidad de hacerme militante del PSOE, ya que coincidió conmigo durante la carrera de Magisterio y en mi primer destino provisional como maestro en el Colegio Raquel Camacho, una destacada figura socialista de Coruña, Rubén Ballesteros que, además, estaba casado con mi profesora de francés en el Instituto Masculino, Berta Canel, a la que yo apreciaba ya que me había dado una matrícula de honor. Pero en mi familia habían sucedido demasiadas cosas negativas durante la posguerra y a mí se me había metido el miedo en el cuerpo. Yo nunca destaqué por mi valentía, así que le dije que no. Después me arrepentí, pero era demasiado orgulloso para dirigirme a él y solicitarle mi entrada en el partido. En mi defensa diré que sólo tenía 21 años, que era muy tímido y precavido y, visto en perspectiva, creo que hice lo mejor. La política no estaba hecha para mí. Eso de la disciplina de partido no iba con mi forma de ser.

Retomo lo que estaba diciendo de las reuniones con mis compañeros de piso. Nosotros escuchábamos a los militares en el cuartel, los comentarios que realizaban sin ningún reparo delante de los soldados, veíamos el retrato del General en muchos despachos y sabíamos que el ejército iba a ser un impedimento difícil de salvar, aunque, en el fondo, deseábamos con todas nuestras fuerzas que llegara el momento real del cambio, nada nos quitaba la ilusión.

Pero llegó la funesta semana, los fatídicos siete días de enero de 1977. El día 23 fue asesinado por un grupo de extrema derecha vinculado a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, Arturo Ruiz, un estudiante, albañil y activo militante de izquierdas, mientras participaba en una manifestación proamnistía en la Gran Vía madrileña. Al día siguiente, en una manifestación contra el asesinato de Arturo Ruiz, muere la estudiante Mari Luz Nájera como consecuencia del impacto en pleno rostro de un bote de humo lanzado por los antidisturbios. Ese mismo día 24 es secuestrado por los GRAPO el teniente general Villaescusa (el mismo grupo que un mes antes había secuestrado a Oriol y Urquijo, presidente del Consejo de Estado) y por la noche, tres asesinos irrumpen en el despacho laboralista del número 55 de la calle Atocha y matan a cinco personas, además de herir gravemente a otras cuatro (por cierto, en ese despacho era donde habitualmente trabajaba Manuela Carmena, pero ese día le habían pedido que lo prestara para reunirse los que después fueron asesinados). El día 26 de enero se produce una manifestación convocada por el Partido Comunista, todavía ilegal, y Comisiones Obreras. Una manifestación de más de 100.000 personas que recorren las calles en perfecto orden y silencio, una demostración de civismo y de organización que emociona y asombra a la España de aquella época y que muchos analistas consideran el punto de partida de la legalización del Partido Comunista, que se produjo unos meses después, el famoso Sábado Santo Rojo, el 9 de abril de 1977.

En el cuartel, nosotros apenas nos atrevíamos a hablar. Decidimos no ir al piso, porque la tensión que se respiraba en el ambiente era enorme. Parecía que todos nos vigilaban, que en cualquier momento nos iban a llamar a algún despacho y nos iban a detener, a pesar de que nada podíamos temer porque nada habíamos hecho, pero era mejor prevenir. Finalmente, nada ocurrió, pero desde entonces espaciamos más las visitas al piso, nos deshicimos de toda la propaganda y de todas las revistas y recortes de periódicos que habíamos ido acumulando durante meses (Cambio 16, Diario 16, Cuadernos para el Diálogo y El País, sobre todo). Era una exageración, era un temor injustificado, después nos dimos cuenta y nos arrepentimos y avergonzamos de la cobardía. ¡Menudos revolucionarios de pacotilla! Pero todos no pueden ser héroes, nos dijimos. Así que seguimos cantando a Serrat, a Moustaki y a Violeta Parra. Sólo servíamos para eso. Y sólo los que vivimos aquella época, podemos darnos cuenta de los peligros que corrió la democracia, de que estuvimos en la cuerda floja y en un tris de que todo se viniera abajo. Afortunadamente, y a pesar de todos los errores cometidos, creo que valió la pena el sacrificio de tantas personas. Por eso me da pena y rabia que muchos que no vivieron aquellos años y sólo los conocen por los libros de historia, se atrevan a criticar alegre y superficialmente, incluso a despreciar, lo que conocemos por la Transición. Hicimos lo que pudimos, nada más y nada menos.

'El abrazo' (1976), de Juan Genovés.

El abrazo, de Juan Genovés

Trump y La Ola

En otoño de 1967 Ron Jones, un profesor de historia de un instituto de Palo Alto en California, en el Cubberley High School, no tuvo respuesta para la pregunta de uno de sus alumnos: ¿Cómo es posible que el pueblo alemán alegue ignorancia a la masacre del pueblo judío? ¿Cómo pudo el pueblo alemán alegar su ignorancia del genocidio judío? ¿Cómo podía la gente de las ciudades, los obreros, los profesores, los doctores, decir que no sabían nada de los campos de concentración y las matanzas? ¿Cómo gente que eran vecinos o incluso amigos de judíos podían decir que no estaban allí cuando sucedió todo? Al no poder explicar a sus alumnos por qué los ciudadanos alemanes (especialmente los no judíos) permitieron que el Partido Nazi exterminara a millones de judíos y otros llamados “indeseables”, decidió mostrárselo. Decidió hacer un experimento con sus alumnos: instituyó un régimen de extrema disciplina en su clase, restringiéndoles sus libertades y haciéndoles formar en unidad. El nombre de este movimiento fue The Third Wave.

Jones llamó al movimiento “La Tercera Ola”, debido a la noción popular de que la tercera de una serie de olas en el mar es siempre la más fuerte, y afirmó que sus miembros revolucionarían al mundo. Ante el asombro del profesor, los alumnos se entusiasmaron hasta tal punto que a los pocos días empezaron a espiarse unos a otros y a acosar a los que no querían unirse a su grupo. El experimento cobró vida propia, con alumnos de toda la escuela uniéndose a él. Jones se preocupó acerca del resultado del ejercicio y lo detuvo al quinto día haciendo ver a sus alumnos que el movimiento tenía un líder mundial: Adolf Hitler. Se rumoreó que hubo implicaciones, como el suicidio de uno de los alumnos, pero poco ha trascendido sobre el asunto.

En 1981, el escritor estadounidense Todd Strasser, bajo el pseudónimo Morton Rhue, narró esos hechos en su libro “The Wave”, La Ola, y en 2011 el director Dennis Gansel realizó una película con el mismo título, ubicando los hechos en Alemania en la época actual; un carismático profesor de instituto aborda en su clase la autocracia. Relacionándolo con el surgimiento de dictaduras, el fascismo y el nazismo, Wenger articula unas sesiones muy prácticas, en que presenta los elementos que explican su atractivo: espíritu de grupo, ideales comunes, ayuda mutua, uniformes y parafernalia exterior…

En apenas unos días, lo que comienza con una serie de ideas inocuas como la disciplina y el sentimiento de comunidad se va convirtiendo en un movimiento real: «La Ola». Los jóvenes se entusiasman, mejoran notablemente en autoestima e iniciativa, superan sus diferencias raciales y sociales, se implican en el diseño de lemas y logos, y hasta adoptan un uniforme común. Las críticas de varias alumnas al experimento —cuestionado también por otros profesores y por grupos anarquistas— llevan la situación mucho más allá de lo que nadie había imaginado. Al tercer día, los alumnos comienzan a aislarse y amenazarse entre sí. Cuando el conflicto finalmente rompe en violencia, el profesor decide no seguir con el experimento, pero para entonces es demasiado tarde, «La Ola» se ha descontrolado… No cuento el trágico final, por si no la habéis visto, pero podéis imaginarlo.

Viendo las imágenes del 6 de enero en el Capitolio, en Washington, me han venido a la cabeza las imágenes y el argumento de la película. Y me hago unas preguntas similares a las del alumno: ¿Cómo es posible que el pueblo norteamericano alegue ignorancia ante las barbaridades que dice Trump? ¿Cómo es posible que se crea, a pesar de todos los datos en contra, que las elecciones fueron un fraude? ¿Cómo es posible alegar ignorancia ante las consecuencias del COVID-19? ¿Cómo creerse las continuas mentiras, lo que ahora se denomina fake news, que continuamente emite su presidente? En época de Hitler, Goebels aprovechó la prensa y la radio para bombardear al pueblo alemán con continuas mentiras sobre los judíos. Ahora, Trump aprovecha Facebook y Twitter para hacer lo mismo, esta vez con mucho mayor delito ya que el pueblo norteamericano, como el de cualquier otro país democrático, tiene otras muchas herramientas para contrastar la información. Pero, al igual que ocurre casi siempre, las personas sólo creemos aquello que nos interesa y sólo acudimos a los medios de información que corroboran aquello que queremos creer. En esto se apoya Trump, que no es nada tonto y sabe cómo, a quién y qué debe transmitir. Sus mensajes durante cuatro años han provocado e incendiado a casi la mitad de los norteamericanos con discursos y mensajes que han ido calando en una sociedad cada vez más polarizada y, por desgracia, cada vez más violenta. Los casos de brutalidad policial contra los negros, aunque han existido siempre en Estados Unidos, se han agudizado durante la presidencia de Trump. El caso de George Floyd, con unas imágenes que han impactado por su brutalidad, se une al de otros muchos negros que han muerto por palizas o por disparos de la policía. Y el problema es que desde la Casa Blanca, no se han tomado las medidas ni se han condenado de una manera clara para que hechos de esa naturaleza no vuelvan a repetirse.

Pero lo que ya ha colmado el vaso ha sido el asalto al Capitolio, alentado un par de horas antes por unas palabras de Trump por las que merecería ser procesado, juzgado y, casi con toda seguridad, condenado. Comenzó por enumerar los supuestos fraudes electorales, arremetió contra los republicanos “patéticos” y “débiles” que no apoyaban su exigencia de detener la certificación de votos que se llevaría a cabo momentos después en el Congreso. «Increíble por lo que tenemos que pasar, y tener que hacer que tu gente luche. Si ellos no luchan, tenemos que eliminar a los que no luchan», arengó a sus seguidores. Expresó su desconfianza en que el vicepresidente Pence, que por su cargo dirigía la ceremonia en el Capitolio, hiciera algo por detener la certificación de votos: «Espero que defienda el bien de nuestra Constitución y el bien de nuestro país.

«Así que vamos a caminar por la avenida Pensilvania al Capitolio», siguió «Vamos a intentar darles a nuestros republicanos, a los débiles, porque los fuertes no necesitan nuestra ayuda, el tipo de amor propio y audacia que necesitan para recuperar nuestro país».

“Sé que todos los presentes pronto marcharán hacia el edificio del Capitolio para hacer oír sus voces de manera pacífica y patriótica. Hoy veremos si los republicanos se mantienen firmes a favor de la integridad de nuestras elecciones», añadió.

Unas horas después, el mundo pudo comprobar con asombro, cómo una turba de incontrolados tomaba por asalto el Congreso de la mayor democracia del planeta. Cinco muertos después, hoy ha salido Trump para desmarcarse de lo ocurrido, seguramente para evitar su procesamiento. Pero esas imágenes ya están grabadas en las retinas de millones de personas en todo el mundo. Como ocurre en La Ola, una vez que se inicia, se alienta y se premia un determinado comportamiento o unas determinadas ideas en personas con poco criterio o fáciles de manipular, después es muy difícil volverse atrás. El presidente Biden lo tiene muy complicado.

Asalto Capitolio | Manifestantes proTrump toman el edificio
Trump justifica el asalto al Capitolio y Twitter bloquea su cuenta

Si yo supiera escribir historias…

Encima de la mesa del estudio he desplegado álbumes de fotos y varios documentos que podrían servir como base para escribir la historia de mi familia. Pero yo no sé escribir historias.

Un escritor tiene una idea, pergeña un argumento, una trama, crea unos personajes, inventa o describe ambientes, busca estilos y lenguajes y se imagina el final. Ese proceso puede durar unos pocos minutos, horas, días o semanas. Puede plasmarlo en el papel, en el ordenador o, quizás, lo vaya madurando poco a poco en su imaginación. Hará y deshará, recorrerá caminos llenos de trampas, llegará a bifurcaciones, dará marcha atrás, romperá hojas o borrará líneas y páginas en el procesador de textos, cambiará argumentos, se encontrará con muros que le impedirán proseguir y tendrá que saltarlos o rodearlos. Pero, si es constante y cree en sí mismo, si tiene experiencia y capacidad, finalizará su obra. He comenzado varios relatos con la intención de convertirlos en alguna novela, pero se han quedado en eso, en intentos infructuosos, porque yo no soy escritor ni sé escribir historias.

Hasta ahora, me he limitado a escribir algunos cuentos de pocas páginas como distracción, como entretenimiento, comenzando por alguna frase ocurrente o alguna idea surgida por casualidad que me ha llevado a seguir desarrollándola durante algún tiempo hasta que, agotado, termino el relato de manera abrupta, casi sin sentido. No tengo paciencia para detenerme a pensar en grandes frases, en ideas profundas. Quizás porque yo no tengo ideas profundas y me quedo en la superficie. Siempre me pasa lo mismo y es porque, seguramente, yo no soy escritor ni sé escribir historias.

Por eso me da mucha pena no saber escribir la historia de mi familia porque está llena de personajes admirables que han vivido experiencias irrepetibles o eso es lo que me parece. Porque la casualidad o el destino quisieron unir dos pequeños pueblos alejados mil kilómetros y la historia se volvió a repetir unas décadas después en sentido inverso, creo que ya lo he contado alguna vez. Porque he podido reunir una extensa documentación sobre mi abuelo materno que podría servir para rellenar cientos de páginas. Imaginaos un maestro republicano y masón, antimonárquico, que el día 19 de abril de 1931 escribió una carta dirigida al ministro de Instrucción Pública Marcelino Domingo que comenzaba así: “Respetable Jefe: quiso el Destino que pudiéramos paladear las mieles de la Justicia, arrojando del seno de nuestra Patria la peste inmunda de la realeza”.  Amante de la música, entró a formar parte del Triángulo masón “Hijos de la Luz”, de Aroche, con el nombre simbólico de Beethoven. Fue alcalde de su pueblo durante nueve meses, durante el denominado bienio negro. A finales de 1934 se fue con toda la familia a Carmona, donde le sorprendió el comienzo de la guerra civil y donde se inició su odisea que duró diez años, hasta su muerte: detención y entrada en la cárcel y en el campo de concentración de Tablada, procesamiento, condena a doce años de cárcel, aunque sólo cumplió una pequeña parte, separación definitiva del cargo de maestro, intentos infructuosos de rehabilitación… Una lástima que yo no sea escritor ni tenga paciencia ni aptitudes para escribir su historia.

Y también es una pena porque mi madre tiene una memoria prodigiosa y me ha contado muchas anécdotas de su vida y de la vida de los que la rodearon y que yo he ido apuntando para que no se me olvidaran. Porque conocí a mi abuela andaluza, a mis abuelos gallegos y guardo muchos y agradables recuerdos de ellos. Porque un tío arocheno que hizo la guerra cuando apenas tenía dieciocho años, vivió después en África, en Madrid y en La Coruña, fue miembro de un grupo musical, bodeguero, mayordomo de un rico matrimonio norteamericano, gerente de una conocida cafetería y una de las personas más graciosas y simpáticas que he conocido. Porque otro tío, bastante más serio, dejó un buen puesto de trabajo y emigró a Brasil en busca de aventuras y de un futuro mejor, pero volvió sin haber logrado cumplir sus sueños.

Porque mi abuelo gallego, como otros muchos, emigró a Cuba a principios de los años 20 del siglo XX. Pero tuvo que regresar al poco tiempo porque mi abuela le comunicó que estaba embarazada. Quizás perdió la oportunidad de volver millonario y mi vida también hubiera cambiado. Trabajó duro toda su vida, yendo y viniendo de Arteixo a Coruña en bicicleta durante años para trabajar de peón y de albañil. A mi abuelo gallego estuvieron a punto de matarlo en la guerra y se salvó gracias a la intervención de un sacerdote, que llegó a casa cuando los falangistas le estaban dando una tremenda paliza y querían llevárselo para darle el “paseo”. Una pena que yo no sea capaz de reflejar esa vida llena de aventuras.

Porque mi padre dejó en mí una gran huella y no puedo olvidarlo y me gustaría que su recuerdo no se perdiera. Dicen que me parezco a él y me siento orgulloso de ese parecido. Recuerdo nuestros paseos por los campos y playas de Arteixo, su respiración fatigosa cuando la silicosis se agarró a sus pulmones y ya no lo soltó. Los viajes en seiscientos de Coruña a Aroche, las excursiones domingueras a Barrañán y Valcobo. Su seriedad y su buen humor, sus gestos cariñosos. Una pena que mis hijos no lo hayan conocido (Carmen era muy pequeña cuando se murió).

Me gustaría que no se perdiera el recuerdo de ninguno de mis antepasados. Y porque creo que todas las familias, generación a generación, deberían hacer lo mismo, intentar salvaguardar su memoria, recopilar no sólo las fotos que permanecen olvidadas en cajas y en álbumes que paulatinamente van perdiendo el color y diluyéndose en el pasado, sino leer y recordar todo aquello que, de alguna y otra manera, nos ha ido forjando y haciendo que seamos como ahora somos y seremos.

Pero yo no sé escribir historias. Leo con envidia a esos novelistas que en dos frases son capaces de atraparte, de hipnotizarte con palabras llenas de sentido y de belleza. Que crean personajes de la nada o son capaces de componerlos de su propia experiencia o de las experiencias de los demás, que se inventan argumentos o los recrean de argumentos ya leídos y escritos por otros, que buscan en su interior, que investigan en bibliotecas, que viajan a lugares recónditos, que se entrevistan con diferentes personas y que, después, saben plasmarlos sobre el papel de forma admirable. Pienso en Galdós, en Delibes, en Almudena Grandes, en Arturo Pérez-Reverte, en Carlos Ruiz Zafón, en Paul Auster y en tantos otros que te enganchan y te mantienen pegados a los libros durante horas y horas. No me atrevo a hablar de Cervantes, claro, el más grande.

Vuelvo a mirar los documentos. “Escuela Normal Superior de Maestras de Sevilla. Expediente personal de la alumna Florentina Fernández Salazar”. Lo abro y leo varias páginas escritas con una letra que conozco, clara y pulcra, la de mi abuela, dirigida a la directora, solicitando su admisión en la citada Escuela. En otras páginas se certifica su buena conducta, su preparación y su buena salud. Es el año 1903. Mi abuela tenía entonces quince años. Se fue a vivir a Sevilla, a una escuela de señoritas, donde estuvo los dos años siguientes. Siguen otras páginas con las notas de las diferentes asignaturas, casi todas Notables y Sobresalientes. Terminó los estudios elementales de magisterio, pero no se sacó el título ni llegó a ejercer porque sus padres la reclamaron para que se fuera a vivir con ellos, para que los acompañara y cuidara. Seguramente se malogró una maestra extraordinaria.

Podría seguir con mis tías abuelas gallegas que emigraron a Uruguay cuando apenas eran unas adolescentes y que me contaban cómo era su vida en tierras tan lejanas. Y muchos otros familiares que componen una saga deliciosa de vidas y de anécdotas cuyos recuerdos ya se han ido desvaneciendo. También mi vida, una vida mucho más anodina y normal, sin grandes experiencias, con algunos hechos graciosos y curiosos, como los ha tenido todo el mundo, que en algunas ocasiones tuvo momentos de brillantez o de originalidad. Y no se me olvida la familia de los Lobo, la familia de mi mujer, pero eso es harina de otro costal, porque entonces ya no se podría hablar de saga, sino que los Episodios Nacionales de Galdós se quedarían pequeños.

Pero ya sabéis que yo no soy escritor ni lo pretendo, lo he repetido muchas veces. Sin embargo, si yo supiera escribir historias, os aseguro que la de mi familia os podría llegar a fascinar. Quizás algún día…

Todo ser humano que se precie…

Todo ser humano que se precie, cuando llegue a la periferia de su vida, o sea, cuando está más cerca del omega que del alfa y vea en el horizonte lo que algunos llaman el final de este valle de lágrimas, debe arrepentirse de algo y redimirse. No cabe duda de que se sentirá más orgulloso, pleno y feliz con el bien que haya podido realizar, pero, al mismo tiempo, cuantas más sean las cosas de las que deba avergonzarse, mejor. Esto significa, con toda seguridad, que ha vivido plenamente. No me refiero, como se podrá suponer, a hechos delictivos, violentos o que vayan en contra de la dignidad de los otros. No soy tan retorcido ni tan villano. Pero esas mentiras que nos han permitido salir de situaciones embarazosas, algunas copas de más con los amigos provocando altercados en la vía pública, comidas pantagruélicas, engaños a Hacienda, discusiones sabiendo que uno no llevaba razón pero mantenía hasta el final su razonamiento sólo para molestar y fastidiar o no dar el brazo a torcer, a eso me refiero. No son grandes maldades pero seguramente salpimientan la vulgaridad de nuestras vidas y alumbran las tardes de tedio que acompañan estos aburridos meses de pandemia. Alguno se dirá, «menuda tontería, lo que de verdad me hubiera gustado era robar un banco y darme la gran vida en las playas del Caribe, haber engañado a mi mujer (o a mi marido) con alguna rubia despampanante (o algún negro bien dotado) o cargarme al jefe habiéndolo torturado antes; eso sí que serían cosas de las que arrepentirse o alegrarse al final de la vida, pero lo otro, de eso no merece la pena ni acordarse». Puede que lleven razón, pero uno es así de modesto, pacato, aburrido o poco imaginativo, qué se le va a hacer.

Cuando era niño, quizás a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta del pasado siglo, en el aire se escuchaban continuamente dos palabras: culpa y pecado. Desde los púlpitos, fueran los de las iglesias o los de los poderes del estado, los sacerdotes religiosos y los otros lanzaban amenazas y pintaban con gruesos trazos un infierno al que íbamos a caer (puesto que el infierno siempre estaba debajo y el cielo en las alturas) debido a nuestro comportamiento o, y eso era lo peor, a nuestros pensamientos. El infierno podía estar en la tierra, que era lo más frecuente y por eso a uno lo podían meter en la cárcel en cuanto se desviara lo más mínimo, o en el más allá. Era cruel aterrorizar a inocentes criaturas con torturas espantosas si uno cometía un pecado mortal y justo en ese instante, vaya usted a saber por qué, se le ocurría a ese mismo uno morirse sin haberle dado tiempo al arrepentimiento. De cabeza al infierno donde Satanás y sus adláteres nos esperaban con sus cuernos, su cola y su tridente, echando fuego por los ojos y conduciéndonos a empujones hacia las calderas ardientes donde nos abrasaríamos durante toda la eternidad.

La de noches que me habré despertado con auténticas pesadillas y llorando porque me acordaba de alguna pequeña trastada que yo consideraba el más horrible de los pecados. Estaba deseando salir del colegio y acercarme a la parroquia para irme a confesar y quitarme ese enorme peso de encima. Lo que más temía era morirme en pecado mortal. Porque si sólo era un pecado venial, tenías que pasar un poco de tiempo en el purgatorio, quemarte algo, no demasiado, y después de unos meses o años, que eso no lo teníamos claro y los curas no lo explicaban, ya podías subir al cielo y gozar con las almas buenas, los ángeles y todos los coros celestiales. Lo del cielo no lo entendía muy bien porque suponía que llegaría un momento que sería algo aburrido, pero lo del infierno, eso sí que era terrible, sobre todo porque los curas tenían armas excesivamente persuasivas: «Seguramente os habréis quemado alguna vez y os acordaréis del dolor que eso produce. ¡Pues imaginaos toda una eternidad con ese terrible sufrimiento!». Como para no tener pesadillas. Y luego venía la explicación sobre lo que era la eternidad, que para unas mentes infantiles e inocentes era un concepto casi incomprensible. Recuerdo que una vez alguien, no recuerdo quién, si fue el profesor de religión o un cura en la iglesia, puso el siguiente ejemplo: «Si un pájaro se posa cada cien años en una bola de acero del tamaño de la Tierra, se produce un leve desgaste en la bola; pues cuando toda la bola se haya desgastado, el tiempo transcurrido podría asemejarse a la eternidad». Más sudores y más taquicardias en mi pequeño corazón. Todavía no me explico cómo fui capaz de sobrevivir a semejantes torturas.

Vamos a dejarnos de estos temas escatológicos y centrémonos en lo que ocurre estos días, que en el fondo tienen que ver con lo anterior. A pesar de la invasión americana en forma de disfraces halloweninianos que llenan escaparates, academias de inglés y tiendas de chinos, persiste la tradición, de las pocas que todavía no han sido abducidas por el enemigo americano, del culto a los muertos, que aunque no llega al nivel de cómo lo celebran en México, aquí tampoco nos quedamos cortos. No digo lo de enemigo americano en el sentido bélico de la palabra porque, a pesar de los pesares, los yanquis no me caen mal, Trump y algunos otros aparte. Y mira que muchos presidentes americanos han sido nefastos, desde Washington hasta el actual, pero reconozco que su democracia y su forma de ser tienen muchas cosas positivas.

Veo por las calle personas que han comprado calabazas con ojos y bocas dentadas, arañas y telarañas, disfraces de brujas, murciélagos, velas negras, máscaras terroríficas. Algunos de estos objetos sólo se veían en carnavales, pero ahora llenan los últimos días de octubre y los primeros de noviembre. Este año con menos parafernalia debido al confinamiento, al cierre de bares y restaurantes a horas tempranas, a la prohibición de reuniones de más de seis personas y otras normas que pretender que se termine esta pesadilla. Esto sí es terror y no Halloween.

Ya se ha perdido la costumbre de representar el Tenorio en los teatros o en la televisión en estas fechas. En el Estudio 1, el mítico programa de televisión española, se reponía casi todos los años. Grandes actores y actrices pugnaban por hacer de Don Juan o de Doña Inés. Las jóvenes generaciones quizás desconozcan esta costumbre y, me temo, tampoco conozcan la obra de Zorrilla y de Tirso de Molina. Los jóvenes, por lo menos en las grandes ciudades, tampoco suelen visitar los cementerios. Yo tampoco solía hacerlo, aunque de vez en cuando acompañaba a mi madre al cementerio de San Amaro en Coruña y, últimamente, a Carmen al pequeño cementerio de Aroche. No es que sea muy dado a este tipo de celebraciones, pero tienen cierta ternura y entiendo que muchas personas necesiten visitar a sus seres queridos ya desaparecidos. El olvido es la muerte real y por eso, para evitar la desaparición definitiva, en muchos países se mantiene la costumbre de, por lo menos una vez al año, acudir al cementerio, llevar flores, limpiar las tumbas, quizás hablar en voz alta o en susurro para contar lo que nos ha sucedido, para tener la impresión de que nos escuchan, de que siguen ahí esperándonos para compartir el tiempo en compañía. Los cementerios no me parecen lugares lúgubres, bien al contrario, suelen estar cuidados, limpios, diáfanos. Y en muchos de ellos se pueden encontrar verdaderas obras de arte, desde la más sencilla lápida hasta esculturas y mausoleos barrocos y exagerados. Y frases que conmueven o que nos arrancan una sonrisa. No me resisto a reproducir algunas: «¿Veis cómo era verdad que me dolía?», «Ya decía yo que ese médico no valía mucho», «Un amigo y yo apostamos quién aguantaba más debajo del agua. Gané» «Que conste que yo no quería», «Aquí yace mi mujer, fría como siempre», «Recuerdo de todos tus hijos (menos Ricardo, que no dio nada)».

Y como todos, aunque no pensemos mucho en ello, vamos a terminar haciéndonos compañía en una necrópolis, mejor irse haciendo a la idea poco a poco. Por eso, todo ser humano que se precie debe mirar de vez en cuando su interior, rebuscar en el pasado, alegrarse y sentirse orgulloso con la felicidad que haya podido provocar, lamentar y arrepentirse del daño causado y, por supuesto, reivindicar y recrearse en los placeres disfrutados. Todo esto pienso mientras la luminosa mañana del Día de los Difuntos en Sevilla invita al paseo y a dejar de pensar en cosas profundas y tristes. La vida sigue y hay que gozarla con toda plenitud.

Sevilla recuerda a sus difuntos

No lo entiendo

Los años no pasan en balde. Todos sabemos que a medida que transcurre el tiempo la mayor parte de los materiales van perdiendo flexibilidad y se vuelven más rígidos, llegando un punto en que pueden resquebrajarse y romperse. Los efectos de la erosión, la oxidación, la humedad, la temperatura, el envejecimiento de los materiales… Son muchos los factores que influyen en el deterioro de los cuerpos. A los humanos nos sucede lo mismo y en mucha mayor medida porque, lo queramos o no, somos mucho más frágiles. Si una bolsa de plástico puede permanecer varios cientos de años sin degradarse, nuestros cuerpos y mentes se estropean mucho antes.

Será por eso que mi deterioro físico y mental, propio de la edad provecta en la que ya me encuentro, y no me puedo quejar, provoca una rigidez e inflexibilidad en los huesos, en los músculos y, sobre todo en mi pensamiento que, seguramente, hace unos años no tenía. Ya hay muchas cosas que me resbalan, paso de ellas, me importan un bledo, carecen de importancia, cuando hasta hace unos pocos años me enervaban, y ahora me cuesta cada vez más cambiar de ideas, someterme a las ideas de los demás, entender determinadas actitudes y situaciones (sin embargo, dicen que los abuelos, a pesar de la edad, son mucho más permisivos con los nietos que lo fueron con sus hijos, pero como yo no tengo nietos no puedo opinar).

La presente situación de pandemia de virus y de ideas estrafalarias, de colapso económico y político, quizás haya sido el detonante de todo lo que me está ocurriendo. ¿Cómo soportar de manera estoica los debates del Estado de la Nación, las cifras de contagios y muertos por el Covid-19, los discursos inanes de Sánchez, Iglesias, Casado, Ayuso, Torra, Puigdemón o Abascal, el caso Dina, la Gürtel, la falta de empatía de los políticos con los ciudadanos, la soberbia de casi todos, la incapacidad de ponerse de acuerdo en una situación tan crítica, la ignorancia que flota en el aire, la escasa conciencia y el egoísmo de muchas personas que son incapaces de mantener una mínima disciplina…? Noto que cada vez me cuesta más ver y escuchar las noticias de radio y televisión, que ya no me enganchan los debates, que me estoy apartando de la actualidad y de la realidad y cada vez me refugio más en la ficción de novelas, poesía, música, arte en general. Me limito a ver los titulares de la prensa o de los noticiarios para no encerrarme del todo y conocer lo que pasa en nuestro país y en el mundo, pero de ahí no paso. Es tan decepcionante y desalentador ver y escuchar a los políticos, a los pretendidamente expertos virólogos, que apenas se ponen de acuerdo en unas pocas premisas, a los gurús y visionarios que pronostican catástrofes o remedios inmediatos pero que apenas aciertan, a los comunicadores que vociferan en las ondas, insultando a unos y halagando a otros, tergiversando torticeramente la realidad, que ya me he hartado. Pero antes de tirar la toalla definitivamente y confinarme en cuerpo y alma de manera voluntaria y no salir en mucho tiempo, quizás alguien me pueda ayudar y explicarme lo que me pasa y lo que está pasando. Pondré algunos ejemplos.

1. Es obligatorio andar por la calle con mascarilla. Pero cuando haces deporte y pasas junto a la gente o te sientas con un grupo de amigos en una terraza, te la puedes quitar. No lo entiendo.

2. En muchos lugares cierran parques y jardines pero permiten sentarse en lugares cerrados como restaurantes o cafeterías, aunque sea con distancia y medidas higiénicas. No lo entiendo.

3. Cierran perimetralmente ciudades pero permiten que las personas se muevan libremente dentro de ellas sin apenas restricciones. No lo entiendo.

4. Si viajas en metro, en tren, en avión o en Bla bla car apenas hay restricciones. No lo entiendo.

5. Cada vez entiendo menos a los políticos. Ayer dicen blanco y hoy dicen negro y no se les cae la cara de vergüenza. Son tantos los ejemplos que podrían llenar páginas y páginas. Si buscáis en las hemerotecas encontraréis mucha información y quizás alguna vez dedique un poco de tiempo a hacerlo. Esto no quiere decir que todos los políticos sean iguales. La mayor parte son honrados y trabajan por lo que ellos creen justo. Pero no prometas aquello que no puedas cumplir ni digas algo de lo que después te tengas que arrepentir. Por eso yo no me he hecho político y cada vez entiendo menos la política.

6. Apenas somos críticos con los partidos políticos a los que solemos votar y denostamos cualquier cosa de los adversarios. Somos como los radicales en el fútbol, con la diferencia de que el fútbol es juego y diversión y la política determina gran parte de nuestra vida diaria. No lo entiendo.

7. Sin haber educado ni haber responsabilizado antes a las personas ahora no se les puede pedir educación ni responsabilidad. Eso sí lo entiendo.

8. No entiendo que grupos de amigos o familiares se enfaden por culpa de la política. Si uno lee Patria, analiza lo que ocurre en Cataluña o lo que pasa en Madrid, se dará cuenta de cuántas amistades se han roto.

9. Acabo de terminar de leer El guardián entre el centeno. Lo había leído cuando era apenas un adolescente y no me gustó y ahora tampoco me gusta. No entiendo cómo ese libro es un icono para mucha gente y la crítica lo ponga por las nubes.

10. Hay programas de televisión tan deleznables que tendrían que ser eliminados ipso facto y sin anestesia. Que se emitan bodrios como Sálvame, First dates o La isla de las tentaciones, entre otros, es un síntoma de lo bajo que caen algunas cadenas y lo poco que les importa la salud mental de los teleespectadores. No entiendo que la fiscalía no actúe de oficio.

Podría seguir con muchos más ejemplos que no tienen nada que ver con la política ni con la pandemia y sí con la vida cotidiana de ciudadanos normales y corrientes, pero con esto me llega por hoy, y si alguien puede ayudarme a entender algo, ruego que me lo explique porque cada vez estoy más desorientado y perdido.