Jornada de reflexión y Ensayo sobre la lucidez

Han pasado un par de días desde el lamentable espectáculo que nos ofrecieron en el debate los candidatos a las elecciones del próximo día 10. Lo único que se salvó, a mi modo de ver, fue la intervención de Ana Blanco, la presentadora de Televisión Española, viendo lo que tenía delante y teniendo en cuenta uno de los temas a tratar en el siguiente bloque, la igualdad: cinco hombres y ninguna mujer.

Cuando quedan menos de 72 horas para que se abran las urnas, no me resisto a compartir una reflexión de mi antiguo compañero de Instituto, José María González-Serna acerca de lo que pudimos ver y oír en ese debate. A muchos se nos cayó la cara de vergüenza ante el clamoroso silencio de los candidatos, sobre todo Sánchez e Iglesias,  que tendrían que haber replicado con dureza, ante las mentiras y barbaridades que soltó Abascal. Aunque me duela decirlo ninguno, repito, ninguno, de los cinco candidatos, merece presidir el próximo gobierno. Sé que no hay alternativa y que Sánchez o Casado serán presidentes, pero si hubiera justicia divina, que no la hay, eso no debería suceder.

Sé que es una utopía, pero me gustaría que se cumpliera lo que José Saramago escribió en su novela Ensayo sobre la lucidez. En algún momento todos nuestros políticos, sin excepción, tendrían que recibir una soberana lección. Y una de las maneras, ya sabéis, es mostrando nuestra indignación con un mayoritario voto en blanco. De todas formas, aunque no os lo creáis, todavía no sé lo que voy a hacer el próximo domingo porque, sin duda, nos jugamos mucho.

José María González-Serna comienza su artículo así:

“Hace un par de días hubo debate electoral. Ya saben: cinco candidatos representando a otros tantos partidos, de la derecha a la izquierda; cinco mensajes; cinco actitudes, más o menos diferentes; cinco posibilidades. Subyacía la idea de que había que elegir; flotaba en el ambiente que, si no decidías, serías culpable de lo que pasase.
Uno de ellos, Santiago Abascal, el líder de Vox, coloca su mensaje: sereno, sin estridencias, mirando a cámara, que es como mirarnos a todos a los ojos. Dice que hay miles -¿Ochenta mil? No recuerdo- de denuncias de mujeres por violencia machista archivadas en los juzgados. Silencio. El resto de los candidatos -de la derecha a la izquierda- callan, miran sus papeles, hacen como que anotan, buscan en sus maletines, no sé. Espero la réplica de alguno de ellos. Silencio de nuevo. Se cambia de tema. Un rato después, el mismo Abascal vuelve a disponer de la palabra. Ahora se centra en los MENAS, ya saben, esas siglas con las que ahora parece que hay que referirse a los menores -niños y niñas, no olvidemos- inmigrantes sin papeles. Mediante una anécdota que alude a un centro de atención de Madrid, creo, vincula con determinación la inseguridad ciudadana y la presencia de estos niños. Silencio atronador tras su intervención. Los otros políticos presentes siguen leyendo, anotando, buscando en el baúl de los recuerdos. Estoy anonado. Sigue hablando el tal Abascal: protección de la mujer contra violadores inmigrantes en manada que se van de rositas. Y sigue y sigue, mientras los demás también siguen empeñados en un disimulo melancólico que podría arrancarnos una sonrisa si no fuera tan trágica la situación…”

Seguid leyendo en el siguiente enlace, porque merece la pena.

Jornada de reflexión (por José María González-Serna).

 

Las palabras prestadas

Hay palabras que enamoran, otras palabras hieren, nos atrapan o nos hacen reír y llorar, muchas se desconocen, pero siempre nos acompañan, nos rodean, forman parte de nuestra vida, nos permiten tener conciencia de nosotros mismos como individuos y como miembros de una comunidad. Sin las palabras podríamos sentir dolor, alegría, tristeza o miedo, emociones que seríamos capaces de expresar con gestos, con gemidos, con movimiento, pero no podrían explicar ni explicarnos qué nos sucede, no podríamos organizar los pensamientos ni darle forma al mundo.

Cuando al poco de nacer aprendemos a fijar los ojos en los rostros cercanos, que vamos reconociendo, que nos sonríen, que hacen gestos y emiten sonidos que, sin darnos cuenta, imitamos y repetimos, se está produciendo un auténtico milagro: estamos entrando en el universo que nos acompañará a lo largo de nuestra vida, en el universo del lenguaje, de la comunicación. Imitamos, nos sonríen, gritan, hablan, señalan, repetimos y, sin darnos cuenta, vamos asimilando la creación más profundamente humana, estamos entrando en el asombro de la comunicación mediante las palabras, que se convertirán en frases, en ideas cada vez más complejas.

De la palabra hablada, la que utilizamos en los primeros años de nuestra vida, aquella que permitió transmitir en los albores de la humanidad la experiencia de unas generaciones a otras, la que inventó el relato, la imaginación, el misterio, la sorpresa, la que intentó someter la naturaleza a las leyes de la lógica primitiva, se pasó a otro hito, la aparición del lenguaje escrito, signos que durante mucho tiempo fueron considerados mágicos y que sólo conocían unos pocos ya que la información, como ha seguido sucediendo a lo largo de la historia, es poder. El pueblo escuchaba lo que los aedos, los rapsodas o los juglares cantaban o recitaban, las epopeyas de los héroes, la historia que se perdía en la noche de los tiempos, pero no sabía leer ni escribir. Hasta que hace relativamente poco tiempo, poco más de quinientos años, la imprenta democratizó y extendió la lectura y la escritura, que se consolidó durante los siglos posteriores.

Miles de años hablando y escribiendo, acariciando, persiguiendo, maltratando, hiriendo con las palabras o arrojándolas al vertedero, en soledad o acompañados. Están ahí, ampliando o limitando horizontes mentales y expresivos. Se podría pensar que con el paso del tiempo, con la mejora de las condiciones económicas, con la extensión de la educación obligatoria, con el aumento de los libros que se escriben y se venden y con la posibilidad de acceder a un mayor número de medios de información, entre otras circunstancias, se incrementaría la población que conociera y dominara un mayor vocabulario, una gramática y una sintaxis más correcta; en suma, que se mejoraría sustancialmente el uso del lenguaje. Sin embargo, siendo realistas, creo que cada vez se habla y se escribe peor, se utilizan menos palabras, se expresan peor las ideas y éstas se infantilizan, se simplifican, pero no con el afán de hacerlas más comprensibles, sino, sospecho, con el deseo de manipularlas mejor y manipular al sujeto que las recibe y al que cada vez le cuesta más seguir o realizar pensamientos complejos.

(Aquí hago un breve inciso. El español tiene alrededor de 100.000 palabras; habitualmente, en nuestro círculo más cercano sólo utilizamos unas 1.000, aunque las personas que tienen una cultura media podrían llegar a usar unos 5.000 vocablos y conocer hasta unos 10.000. Cervantes utilizó en El Quijote casi 23.000 palabras diferentes, muchas de las cuales hoy apenas se usan. Todos estos datos me sirven para llamar la atención sobre un hecho que desde hace unos años se está manifestando e intensificando, el empobrecimiento del lenguaje y el subsiguiente empobrecimiento de las ideas. Porque una cosa es la economía, el uso conciso, breve, adecuado y sin circunloquios de las frases y otra es la pobreza, el desconocimiento, el uso inapropiado o los errores gramaticales y sintácticos que, por desgracia, se repiten cada vez más.

Cuando tenía nueve años me diagnosticaron una nefritis aguda que me tuvo varios meses en cama, con reposo absoluto y con una dieta muy estricta de verduras y baja en sal. Para un niño de esa edad estar en cama es un auténtico suplicio, sobre todo cuando los amigos que venían a visitarme me contaban las aventuras que disfrutaban y lo bien que se lo pasaban peleando contra las otras pandillas. Durante las horas que me encontraba solo en la habitación me fui aficionando a escuchar la radio y, sobre todo, a leer. Era capaz de pasarme horas y horas leyendo las Selecciones del Reader’s Digest de mi tío Arcadio, los tebeos que me traían mis amigos y los libros que había en casa. Lo malo es que esos libros eran poco adecuados para un niño de nueve años y la economía familiar no era demasiado boyante en esa época como para comprarme libros infantiles o juveniles. Así que leí muchos libros de Zane Grey y, lo recuerdo perfectamente, la Ilíada y la Odisea, dos libros que mi padre me recomendó encarecidamente. Menos mal que las versiones que teníamos en casa de esos dos libros eran dos buenas adaptaciones para jóvenes, porque si no los hubiera abandonado nada más empezar. Comencé leyendo la Ilíada, las batallas de la guerra de Troya, las interminables luchas entre los héroes troyanos y aqueos, las disputas de los dioses que apoyaban a unos y otros, la muerte de Héctor a manos de Aquiles. Lo malo es que en la primera frase “Canta, diosa, la cólera funesta del Pelida Aquiles, que causó innumerables dolores a los aqueos y arrojó al Hades muchas almas famosas de héroes…”, comenzaron los problemas. No tenía ni idea de lo que significaba Pelida ni aqueos ni Hades, así que había que acudir con bastante frecuencia al diccionario enciclopédico que teníamos en casa. Poco a poco, a medida que iba reconociendo las palabras y los personajes, la lectura se hizo más amena. Con la Odisea todo fue más fácil ya que las aventuras de Ulises y el viaje para llegar a Ítaca me sedujeron desde el primer momento.

Poco a poco me fui enganchando a la lectura. Mi primer libro en propiedad, un regalo de Primera Comunión, fue Veinte mil leguas de viaje submarino. Ahora ya no quería juguetes, cosas de niños, sino libros. Emilio Salgari y Julio Verne se hicieron mis amigos y era capaz de pasarme horas y horas enfrascado en la lectura. Después, en el Bachillerato, mis compañeros de clase y yo intercambiábamos libros y nos recomendábamos lecturas. En Magisterio nos entusiasmaban los escritores malditos, los prohibidos, la Generación del 27, la del 50, Antonio Machado, Lorca, Alberti, León Felipe, Goytisolo, Aldecoa, Cernuda, Ángel González o José Ángel Valente. Hasta hoy, que he dejado demasiado abandonada la poesía y me dedico sobre todo a la novela. Mea culpa).

Hay momentos de alegría, tristeza u otras circunstancias emocionantes en los que no encontramos la manera de expresarlas; buscamos las palabras y siempre nos salen las mismas: “esto es lo más grande que me ha sucedido” o “no tengo palabras para decir lo que siento”. Delante de una página en blanco las ideas desaparecen, se diluyen y las palabras se esconden; no soy escritor, pero sé que a muchos autores les sucede periódicamente. Por eso es tan importante estar atento, escuchar con atención, sumergirnos en la lectura, bucear en el lenguaje y, sobre todo, aprender de los que nos rodean y de aquellos que nos han precedido porque si no encontramos las palabras, ellas están ahí, en la poesía, en las novelas, en el teatro, en los ensayos.

Por eso, porque no soy escritor ni lo pretendo, me dedico a hacer pequeños ejercicios de escritura que me impidan caer en la desidia, en la monotonía, en el aburrimiento. Me hubiera gustado poseer la capacidad, la habilidad, la imaginación o la perseverancia para embarcarme en la aventura de escribir un libro de relatos o una novela. Admiro a mi amiga Magdalena, que ya ha escrito tres y tiene dos libros más casi terminados. Y no digamos nada de mi amigo Víctor Jiménez, uno de los grandes poetas sevillanos actuales, que ha escrito ya una docena de libros, uno de los cuales presentó hace unos días, presentación a la que tuve la suerte de asistir. Y aquí es donde quiero hacer referencia al título de esta entrada, Las palabras prestadas. Porque los escritores nos prestan su palabra, su modo de ver y entender el mundo, la realidad que nos rodea o la ficción que se imaginan, la delicadeza de la expresión o la fuerza de una imagen. Yo no sabré decir ni escribir dos o tres ideas con sentido, pero ellos, que han trabajado y pulido el lenguaje, nos enseñan, nos muestran el camino. Eligen los términos más adecuados, los analizan, buscan el contexto, el ambiente, pulen los personajes, les dan vida. O miran a su alrededor o escarban ellos en su interior y buscan y encuentran y nos muestran la belleza de las palabras. Y nos las dan para que nosotros también, en un ejercicio de voluntad creativa, nos las apropiemos y las amoldemos a nuestro gusto.

Cuando Cervantes dice “La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta…” o “Con la iglesia hemos dado, amigo Sancho” (aunque ahora se diga con la iglesia hemos topado) o “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”, entramos en un mundo que, casi quinientos años después, nos sigue fascinando y enseñando, como también nos asombra lo que hace casi tres mil años escribiera Homero “Acertóle en la cimera del casco guarnecido con crines de caballo, la lanza se clavó en la frente, la broncínea punta atravesó el hueso y las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero”. O Antonio Machado, con “Nunca perseguí la gloria,/ ni dejar en la memoria/ de los hombres mi canción/ yo amo los mundos sutiles/ ingrávidos y gentiles/como pompas de jabón.” También nos emociona leer en Ocnos, de Luis Cernuda “Aquellos seres cuya hermosura admiramos un día, ¿dónde están? Caídos, manchados, vencidos, si no muertos. Mas la eterna maravilla de la juventud sigue en pie”. Cientos, miles de escritores, nos dejaron una herencia colosal que nosotros debemos continuar, en nuestra memoria, con nuestra admiración, con nuestro reconocimiento.

Hay palabras hermosas que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, no sólo por su agradable sonido, sino por lo que representan. Arrebol, evanescencia, inefable, melancolía, alba, nostalgia, esplendor… Cada uno, seguramente, tendrá las suyas y procurará utilizarlas aunque en algunas ocasiones no vengan al caso. Pero son nuestras amigas, seguramente las habremos aprendido hace muchos años, quizás en la infancia o dichas al oído por alguien a quien queríamos.

En el último mes he leído tres libros: Crímenes exquisitos, de Vicente Garrido, Las palabras rotas, de Luis García Montero y Con todas las de perder, de Víctor Jiménez. El primero es la típica novela de un asesino en serie y los esfuerzos por encontrarlo. Vale como entretenimiento, tiene para mí el encanto de que se desarrolla en Coruña y poco más. Sin embargo, me detendré en los otros dos libros que, según mi opinión, tienen una gran calidad.

Víctor Jiménez, además de un excelente poeta, es amigo. Aunque no nos vemos con frecuencia, si lo hacemos nos gusta echar un rato de charla, hablando de nuestras anécdotas en el colegio, del Sevilla o del Dépor, de política o del tiempo. El caso es hablar, conversar, reconocernos en el tiempo a pesar de las frecuentes ausencias. Hace una semana estuve en la presentación de su último libro Con todas las de perder. Aunque no soy un experto en poesía ni crítico literario, reconozco en Víctor la esencia de la escuela poética sevillana. Palabras claras, versos repletos de imágenes de buen gusto que suenan a tradición, a romance, a soneto, pero en las que se encuentran una apertura a la modernidad que a veces descoloca. En este libro, sin embargo, nos sorprende con más de cien coplas o soleares en las que va recorriendo su infancia en el barrio de San Bernardo o nos habla de la vida, del amor y de la muerte de una forma en apariencia sencilla pero que esconde una gran complejidad, con el uso exacto de una rima elegante y precisa, como se puede comprobar en la pequeña selección que sigue:

Los trenes, aquellos trenes

siempre por aquellas vías…

Y el niño por los andenes.

Supo el niño, con los años,

que las riadas de la vida

lo arrastran todo a su paso.

¿Qué cómo me va la vida?

Mejor que no te la cuente,

por no contarte mentiras.

La vida vive en tu calle.

¿Qué haces ya que no le dices

que la quieres más que a nadie?

Qué secreto ni secreto…

Si estás leyendo en mis ojos

igual que en un libro abierto.

Si todo lo cura el tiempo,

qué hago yo con esta pena

con los años que ya tengo.

Quien, al fin, siempre te espera,

no es el amor ni la gloria.

Es el fuego o es la tierra.

Lo tuyo no tiene arreglo.

La vida se va con otros

y tú escribiéndole versos.

Para escribir y escribir,

hay que leer y leer…

Y hay que vivir y vivir.

Y para terminar esta selección, los versos con los que se introduce el libro y que suponen una declaración de principios de lo que vendrá después:

Esto es luchar contra el tiempo.

Con todas las de perder,

sin más armas que mis versos.

Sensibilidad, delicadeza, amor por la palabra bien elegida y por el verso exacto, esto es una pequeña muestra de lo que Víctor ha desgranado en las noventa páginas del libro y son las palabras que Víctor Jiménez nos ha dejado y que yo he cogido prestadas.

En Las palabras rotas, Luis García Montero hace un recorrido por aquellas palabras que parecen estar perdiendo o modificando su significado; palabras que, a pesar de pertenecernos a todos y ser el soporte y la columna de las ideas más elevadas, son secuestradas por los poderosos, por aquellos que pretenden atemorizarnos o apropiarse de nuestra libertad o por aquellos que ignoran la esencia del ser humano. Verdad, progreso, política, bondad, tiempo… tendrían que ser universales, ser reconocidas como algo alejado de los intereses particulares que pretenden parcelar la realidad. Pero, por desgracia, no es así y García Montero analiza esas palabras y reflexiona sobre lo que esas palabras comunican y significan. ¿Podremos llegar a ponernos de acuerdo nuevamente en algo tan sustancial como el significado de las palabras? Recojo a partir de ahora algunas de las ideas que se recogen en el libro.

  • La melancolía es peligrosa cuando afirma que cualquier tiempo pasado fue mejor. Renuncia a la promesa estafadora de un paraíso futuro para crear el recuerdo falso de un edén perdido.
  • La emoción poética en la lectura y en la escritura permite vivir por un momento la armonía del mundo exterior (casi siempre hostil) y el mundo interior (casi siempre necesitado de salir de sí mismo para habitar la realidad). Nos emociona aquello que pone de acuerdo por unos instantes nuestra intimidad con las realidades que vivimos, ya sea en la alegría o en la tristeza.
  • Recordemos a Larra: “El corazón del hombre necesita creer en algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer”.
  • La buena soledad es tan importante como la buena compañía.
  • Buscar la verdad es más un compromiso de no mentir (o no mentirse) que un creerse en posesión de la verdad.
  • La velocidad del mundo, acentuada por las redes sociales, nos ha convertido en habladores compulsivos. Las palabras que circulan provienen con frecuencia de gente que dice lo que piensa sin pensar en lo que dice.
  • El naufragio de las grandes utopías, […], la crueldad de quienes pensaron que el fin justifica los medios y borra la ética en el presente, ha desacreditado la honestidad y la verdad de las convicciones. El neoliberalismo ha jugado con esta desilusión para potenciar un relativismo en el que nada importa y todo es engaño… Ridiculizar este deseo de bondad es parte fundamental del pensamiento reaccionario… La otra jugada es convertir la bondad en un peligro y crear la teoría del buenismo como una falta de inteligencia llamada a generar graves problemas.
  • La globalización y las desigualdades económicas, junto con la violencia cultivada por la industria armamentística, han provocado grandes movimientos migratorios.
  • [Hablo también] del ejercicio de madurez que supone llegar a comprender los sueños del otro y el valor que tiene a veces la renuncia a esos sueños por generosidad, más allá de las discrepancias política.
  • El tiempo de la literatura conforma una memoria de la experiencia humana, un saber de siglos. Alegrías y sufrimientos que nos convierten en seres con memoria y que nos comprometen con el futuro.
  • Que los nacionalismos estén brotando en el mundo como vías totalitarias es el gran logro de los que consideran sus patrias como un cortijo supremacista.
  • Lo que ocurre es que la democracia encarna su conciencia en leyes, en procedimientos, en instituciones […] Una democracia no puede saltarse las leyes a la torera, no puede cumplir los deseos al margen de las instituciones si no quiere degradarse en una experiencia totalitaria. Más que violar las leyes o los concordatos, es necesario cambiarlos, facilitar que sus procedimientos no se separen de la vida real de una sociedad, como la razón no puede separarse de los sentimientos, ni los sentimientos de la razón.
  • El relato no es sólo un modo de oponerse al desorden y la nada, sino una forma determinada de ordenar el mundo, la identidad de los seres humanos, su condición, sus ilusiones.
  • Escribir es cuidar las palabras para darse al otro, preparar una habitación en espera del otro […] La necesidad de contar surge del deseo humano de que se conserven las historias que el olvido y la muerte condenan a la desaparición… El lenguaje es social hasta el último rincón de sus sótanos.
  • El empobrecimiento social de lo común facilita un empobrecimiento inmediato del lenguaje.
  • Fue un error grave de interpretación de la historia lo que llevo al Partido Comunista a no presentar en las primeras elecciones democráticas a candidatos de las generaciones jóvenes que representaran bien su significado de un futuro democrático en 1977… La lealtad a la memoria hizo que el protagonismo electoral cayese en personalidades como Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Ignacio Gallego o Rafael Alberti, rostros muy dignos, emocionantes, pero que llegaban a la nueva democracia como una secuela de los tiempos de la Guerra Civil.
  • Son los jóvenes maltratados por la situación económica quienes no comprenden la lucha de sus mayores […] Con el 15M volvió la juventud política a la calle. Pero la educación adánica recibida impidió el nuevo diálogo generacional, Se pasó a despreciar por igual a todos los que habían trabajado por conseguir una democracia…
  • Son tan corrosivos los viejos cascarrabias como los jóvenes sin memoria.
  • Perder el respeto a las leyes significa tanto no cumplirlas como dejar que se pudran vacías de legitimidad. [El jurista Luigi Ferrajoli advirtió] de los peligros que supone la sustitución de la democracia constitucional por la democracia plebiscitaria. Giorgio Agamben analizó también el fenómeno al denunciar que la suspensión transitoria de la legalidad se estaba convirtiendo en una norma de las sociedades modernas. Esto nos sitúa en un “umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”.
  • Los datos son sustituidos por el clamor de opiniones surgidas en un segundo… Puede arse bajo el disfraz del narcotráfico, el resurgimiento nacionalista de la extrema derecha, el autoritarismo religioso, las aspiraciones independentistas de los territorios ricos frente a los más pobres o las demagogias de los líderes carismáticos que llegan a sustituir el vacío dejado por el descrédito de la política y la justicia… Se ha extendido el cultivo de las identidades locales, la xenofobia, el racismo y la fe ciega o transitoria en los demagogos.
  • El neoliberalismo radical transforma la libertad individual en la ley del más fuerte y la conciencia crítica en el desprestigio de cualquier promesa, ilusión o compromiso colectivo.

El libro termina con un epílogo cuyo título es Unas pocas palabras verdaderas que comienza con la frase “Más que racionales, los humanos somos seres de costumbres… Vivimos en las costumbres y en las palabras porque son un puente entre la realidad y la abstracción, una forma de ser y de estar a la vez, de ser estando.”

La necesidad de compartir lo que pensamos y sentimos con los demás no debe ser obstaculizada por nuestras limitaciones lingüísticas. El español es demasiado rico y son tantos los autores que lo han enriquecido y lo siguen haciendo que deberíamos saber elegir entre los miles de textos aquello que queremos expresar. Son las palabras prestadas.

Los relatos que forman el libro tienen como protagonista el agua.

Entrevista a un orientador

Dentro de un mes se cumplirán cuatro años de mi jubilación. ¡Cuatro años ya! Miedo da ver la rapidez con la que el tiempo pasa. En cuatro años han ocurrido muchas cosas, tanto desde el punto de vista personal y familiar como en la sociedad. El cambio se produce cada vez más deprisa y no estamos preparados, yo por lo menos, para absorber tantas modificaciones. Menos mal que la experiencia es un grado y los de mi edad y generación creo que podemos afrontarlos con más herramientas y perspectiva que las jóvenes generaciones. De algo debe servir haber nacido con Franco y educarse inmersos en una ideología tan opresora sin que ahora tengamos pesadillas. También nacimos en la era analógica y por eso somos capaces de leer un mapa, utilizar un casete, buscar una dirección en un plano y, también, utilizar Google Maps, Internet, escuchar música en Spotify, ser usuarios de Instagram o Facebook, tener nuestro propio blog… Creo que, en eso, tenemos más ventajas que las nuevas generaciones. Pero, claro, está la edad. Mi reino por 20 o 30 años menos sin regresar a los 90 o incluso antes.

Tuve la suerte de tener contacto con personas que me introdujeron en el mundo de los blogs. Y también pude realizar un máster de nuevas tecnologías aplicadas a la educación, por lo que, cuando me incorporé a mi trabajo de orientador pude aplicar los conocimientos de la web para crear un blog de orientación que me supuso grandes alegrías y muchas experiencias, ya que me permitió estar en contacto permanente con compañeros y compañeros de toda España.

Todavía sigo teniendo una cierta relación con mi antigua profesión, mejor dicho, profesiones, maestro y orientador, y mantengo contacto con mis compañeros del Colectivo Orienta, una plataforma que sirve de cauce de expresión, aprendizaje y reflexión de cientos de orientadores y orientadoras de toda España. Hace unos meses se pusieron en contacto conmigo para hacerme una entrevista y yo, que participé durante años en este colectivo, acepté encantado.

Aquí os dejo el resultado de dicha entrevista. Espero que os guste.

Entrevista a José Manuel Castro: “Hay que autoevaluarse continuamente…, y evitar caer en los mismos errores”

Entrevistamos a José Manuel Castro. Cuenta con cuarenta años de experiencia en educación y promovió activamente la orientación en red, desde su blog de orientación del IES Hermanos Machado. Tras jubilarse hace tres años, comparte hoy su mirada reflexiva sobre la práctica de la orientación. Actualmente podemos seguir sus reflexiones sobre educación y actualidad a través del blog Trece Gatos Negros. 

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La entrevista completa la podéis leer en siguiente enlace:

https://colectivorienta.wordpress.com/2019/05/27/entrevista-a-jose-manuel-castro-hay-que-autoevaluarse-continuamente-y-evitar-caer-en-los-mismos-errores/

Laura Luelmo y la prisión permanente revisable

Rocío Wanninkhof, Diana Quer, el pequeño Gabriel, Laura Luelmo… Son algunos de los nombres que han estremecido al país por la crueldad de sus muertes. Y por la obscenidad con la que muchos medios de comunicación las han utilizado para exacerbar emociones, exponer sin escrúpulos teorías que, algunas ocasiones eran falsas, acusar sin pruebas, exigir venganza. Porque esto es, al final, lo que se pretende, no justicia, sino linchamiento. Aunque en el caso de Laura Luelmo (¡qué cruel destino!, tu juventud, tu ilusión, tu primer trabajo y tener la increíble mala suerte de alquilar una casa al lado de un asesino sin escrúpulos) casi no dio tiempo a realizar acusaciones en falso. Recordamos el caso de Rocío Wanninkhof y la acusación, juicio y declaración de culpabilidad de Dolores Vázquez. La histeria popular creada por los medios de comunicación entró en los anales de los errores judiciales y mediáticos. Con Diana Quer pasó algo parecido, aunque sin llegar a ese extremo: los señalados entonces fueron unos feriantes que se encontraban en el pueblo en el momento de la desaparición de la muchacha. Y lo mismo en el “caso Gabriel”, cuando durante muchos días se puso el foco sobre un antiguo acosador de la madre.

Todavía más obscena que la actuación de los medios es la utilización política de estas muertes. Aprovechar el sufrimiento para defender las ideas propias y atacar al adversario para obtener réditos electorales, que es lo que al final se pretende, es impúdico e indecente. Aunque ya estamos acostumbrados, por desgracia, a estas situaciones, no deja de causarme asco e indignación. La comparación con chacales o hienas, que me perdonen los amantes de los animales, es inevitable.

Puedo entender que una familia destrozada y traspasada por el dolor exija que todo el peso de la ley caiga sobre el delincuente. Es también lo que queremos todos. Pero siempre la ley y nada por encima de ella. No puedo ni quiero imaginarme pasar por una situación así o por la que pasaron los familiares de las víctimas de ETA o las de la matanza de Atocha. Pero también hay otras tan crueles y que no acaparan tantas páginas, como, por ejemplo, la muerte en accidente de tráfico causada por un energúmeno que va hasta las cejas de alcohol o de cualquier droga. El resultado para la víctima es el mismo y para sus familias y amigos un dolor infinito, inexplicable.

Eso no significa que no haya que establecer medidas legales y policiales contra aquellos a los que, por desgracia, es casi imposible reinsertar, porque reinciden y ponen en peligro la vida de los ciudadanos. No hay que hurtar un debate sobre qué hacer con esos individuos, un porcentaje mínimo si atendemos a las estadísticas, que no responden a la reinserción social. ¿Aislamiento, difusión de sus datos como se hace en algunos países, control una vez que salen de la cárcel? Pero, sobre todo, más medios, más preparación en jueces y policías, más prevención. Y más educación, más igualdad, menos pobreza, menos marginación.

Para terminar, es casi una obligación exponer datos, cifras que luchen contra la manipulación de los sentimientos. Eso es lo que tendrían que hacer los políticos, contrastar las ideas con la realidad, con los hechos. Me voy a limitar a reproducir leyes, artículos periodísticos, gráficos y datos. Y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Leyes, datos, cifras, hechos

El artículo 25.2 de la Constitución Española afirma lo siguiente:

“Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados. El condenado a pena de prisión que estuviere cumpliendo la misma gozará de los derechos fundamentales de este Capítulo, a excepción de los que se vean expresamente limitados por el contenido del fallo condenatorio, el sentido de la pena y la ley penitenciaria. En todo caso, tendrá derecho a un trabajo remunerado y a los beneficios correspondientes de la Seguridad Social, así como al acceso a la cultura y al desarrollo integral de su personalidad.”

En el año 2015 el Parlamento español, con el único apoyo del PP, que contaba con mayoría absoluta, modificó el Código Penal para incluir la figura de la prisión permanente revisable. Los tribunales podrán aplicarla en algunos tipos agravados de asesinatos en los siguientes supuestos:

– Cuando la víctima sea menor de 16 años o se trate de una persona especialmente vulnerable.

– Cuando el asesinato se cometa después de un delito contra la libertad sexual.

– En los asesinatos múltiples.

– En los asesinatos cometidos por miembros de una organización criminal.

– Delitos contra la Corona.

– Delitos contra el Derecho de Gentes.

– Delitos de genocidio.

– Delitos de lesa humanidad.

Antes de la implantación de la prisión permanente revisable, había en España unas penas máximas de 25, 30 o 40 años de cárcel para casos de extrema gravedad. La prisión permanente lo que cambia es exigir que el criminal cumpla de forma íntegra entre 25 y 35 años de pena, dependiendo del tipo del delito y de si la pena es por uno o varios, tras lo cual se revisará. Si no se cumplen determinados requisitos para la libertad, el preso seguirá en prisión.

Cumplir 35 años, por cierto, no significa que vaya a estar en prisión todo ese tiempo. El penado puede solicitar permiso de salida ordinarios una vez haya cumplido un mínimo de ocho años de prisión, aunque lo cierto es que en el caso de asesinatos graves, bien por lo largo de su condena bien por la alarma social, lo más normal es que se les deniegue el tercer grado.

Hasta el momento este tipo de pena sólo se ha aplicado una vez. El 7 julio 2017 fue condenado por primera vez en España, el parricida de Pontevedra, David Oubel por degollar a sus hijas. El tribunal del jurado, por unanimidad, halló culpable a Oubel de asesinar con alevosía a las pequeñas de 4 y 9 años con una sierra eléctrica.

La implantación de la prisión permanente revisable en 2015 no impidió el asesinato de Diana Quer en 2016 ni el de Gabriel en 2018.

La pena de muerte en Estados Unidos no impide que haya casi ocho veces más homicidios y asesinatos que en España.

Muchos de los países en los que existe la pena de muerte o la cadena perpetua son también los que tienen un mayor índice de criminalidad.

Generalmente, a mayor nivel de vida, menor tasa de criminalidad. En los países desarrollados, son las zonas, las ciudades o los barrios más desfavorecidos los que concentran mayor número de delitos. Por tanto, la solución no consiste en tener más policías, más cárceles o leyes más duras, sino mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos.

Las penas máximas en países de nuestro entorno

Francia. La pena más dura es “perpetuidad irreducible”. En casos excepcionales establece una prisión efectiva ilimitada. Este castigo se destina especialmente a los condenados por asesinato de una víctima menor de 15 años y cuya muerte estuviese “precedida o acompañada de una violación, de torturas o de actos de barbarie”.

Italia. La máxima pena de prisión prevista, de acuerdo a la legislación vigente, es la cadena perpetua. A partir del cumplimiento de al menos 20 años de prisión es posible la aplicación de beneficios penitenciarios, y cumplidos al menos 26 de la pena impuesta, se puede optar a la libertad condicional

Portugal. La máxima pena que recoge la ley es de 25 años de cárcel.

Reino Unido. El condenado puede optar a la libertad condicional después de un periodo de tiempo que fija el juez. En casos excepcionales el magistrado puede dictaminar que la condena sea “orden de toda la vida”, sin acceso a la libertad condicional.

Alemania. Contempla una permanencia en prisión que, tras un mínimo de 15 años, debe examinar un nuevo tribunal cada caso de manera individual.

Noruega y Dinamarca. Existe la figura de la “custodia” similar a la cadena perpetua revisable para personas que han cometido crímenes especialmente graves y cuando existe riesgo de que puedan repetirlos.

Bélgica. El preso tiene la posibilidad de solicitar la libertad condicional transcurridos 15 años desde su entrada en la cárcel.

Holanda. La prisión permanente cuenta con la posibilidad de revisión de la condena tras cumplirse 27 años de la pena y ante las sospechas de que se haya producido una injusticia por parte del tribunal.

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Para terminar, no me resisto a incluir algunas frases de mi paisana, Concepción Arenal (El Ferrol, 1820-1893), que fue una auténtica adelantada a su tiempo y que muchos políticos tendrían que leer y tener como referencia más a menudo.

“Las malas leyes hallarán siempre, y contribuirán a formar, hombres peores que ellas, encargados de ejecutarlas”.

“Abrid escuelas y se cerrarán cárceles”.

“Odia el delito y compadece al delincuente”.

“Cuántos siglos necesita la razón para llegar a la justicia que el corazón comprende instantáneamente”.

 

Encuentros de Lobos

En los últimos tiempos se han perdido algunas costumbres que permitían mantener en las familias una impresión de continuidad, de pertenecer a un mismo clan, de dotarse de una especie de cemento que unía a todos los miembros de diferentes generaciones. Las conversaciones a luz de una candela o alrededor de una mesa camilla donde se contaban las historias familiares y las anécdotas que pasaban de padres a hijos, los retratos de los abuelos en sepia o en blanco y negro colgados de una pared o encima de una mesa, las cartas que se enviaban con periodicidad y que daban cuenta de la salud, del trabajo, o de los hijos nacidos en tierras lejanas, las fotos dedicadas… Casi todo esto ha pasado a mejor vida. Es una lástima, sobre todo en una época en que las comunicaciones, los viajes y los contactos son mucho más cómodos y más fáciles. Internet, móviles, skype, vuelos baratos, coches rápidos, autopistas… todo ello debería invitar a la unión, a la cercanía, al conocimiento. Pero, no se sabe muy bien por qué, la norma general es aislarnos, crear vínculos débiles, superficiales, inconstantes. Estamos más pendientes del móvil o de facebook que de la frase que nos dirige el que está al lado. De vez en cuando una llamada, una reunión o una comida, alguna visita corta para no molestar. Y se van perdiendo los lazos y las historias, las relaciones y los contactos.

Tengo la suerte de pertenecer a una familia en la que eso no está ocurriendo. Ni por parte de los Castro Díaz, los gallego-andaluces, ni por los Vázquez Lobo, los arochenos. No tanto como sería deseable porque ha habido una cierta dispersión a la hora de establecerse (Coruña, Limiñón, Pilas, Sevilla, Tomares, Córdoba), pero seguimos estando razonablemente en contacto. La familia es bastante más amplia en el lado andaluz. Solamente con los Díaz, los Vázquez y los Lobo hay para escribir miles de páginas. Ahora que estoy intentando elaborar un árbol genealógico y una historia familiar en la que Galicia y Andalucía se unen por misterios y azares del destino, me estoy encontrando con unas posibilidades casi inagotables para crear una saga en la pueden aparecer decenas y decenas de personas y de personajes. Creo que todas las familias, generación a generación, deberían hacer lo mismo, intentar salvaguardar su memoria, recopilar no sólo las fotos que permanecen olvidadas en cajas y en álbumes que paulatinamente van perdiendo el color y diluyéndose en el pasado, sino leer y recordar todo aquello que, de alguna y otra manera, nos ha ido forjando y haciendo que seamos como ahora somos y seremos.

Nos detendremos y comenzaremos en la familia Lobo. ¿Y por qué no empezar por los Castro, que es mi apellido, se preguntarán algunos? Porque hay algunas circunstancias que facilitan dicho comienzo. Por ejemplo, la cercanía o el mayor número de datos de los que dispongo en este momento y, sobre todo, hay otro motivo que, aunque pueda parecer simple, fue el detonante: la comida que organizó Pilar, allá por el año 2011, en un restaurante cerca de Pilas, donde ella vive, a la que asistimos los Castro Vázquez, los Vázquez Lobo, los Burgos Vázquez, los Vázquez Romero, los Maestre Lobo, los Vázquez Pérez… Veinticuatro personas en total. No recuerdo muy bien de quién partió la idea ni cómo, pero, a pesar de la improvisación y la rapidez con la que se organizó todo, fue una experiencia preciosa que nos comprometimos a repetir, porque, además, faltaron Ana María, Carlos y Carlota, los de Granada, que se quedaron con muchas ganas de venir. Y el día acompañó con una temperatura y una claridad impropias del otoño.

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Como todo había salido muy bien y el resto de la familia arochena, sobre todo aquellos que viven en Cádiz y Huelva no se habían enterado, se apuntaron rápidamente a la segunda reunión, que esta vez se celebró en marzo de 2017 en Córdoba para facilitar la presencia de los granaínos. Habían pasado ya seis años desde la primera comida porque diferentes circunstancias habían retrasado el encuentro y había que darse prisa para que no se enfriaran los ánimos. Los encargados de la organización fueron Miguel Pedro e Inmaculada. Buscaron restaurante, llamado Los Lobos, por cierto, hotel y allí que nos presentamos más familias (Inmaculada y José Manuel, José Pedro y Felisa…) aunque también con ausencias ya que es complicado que todos puedan venir. Ni Santiago, ni Manuel ni los hijos de Pilar ni las hijas de José Manuel e Inmaculada… El tiempo, aunque la comida se hizo en marzo, tampoco fue demasiado bueno, pero eso era lo de menos. Coincidió, además, con el cumpleaños de Rafaela, así que todo volvió a salir redondo. La comida de Lobos ya se iba convirtiendo en tradición, así que, sin solución de continuidad, al poco tiempo comenzamos a hablar ya de la siguiente, que esta vez debería celebrarse en Aroche, cosa lógica teniendo en cuenta el origen de la mayoría de los Lobo.

Aquí abriré un pequeño paréntesis para recordar el origen del apellido, pues siempre es bueno volver al pasado por si éste ha tenido influencia en el presente, lo ha condicionado o ha permitido establecer una línea en el tiempo cuya duración y continuidad esperemos que sea larga y fructífera.

Dicen los estudiosos de la genealogía y la heráldica que el solar originario del apellido Lobo estuvo ubicado en el lugar de Melón, del partido de Rivadavia, en Orense, por lo que el tronco sería Galicia. En Melón se encontraba situado el monasterio de monjes de los Bernardos y es de dicha localidad de la que descienden todos los del apellido Lobo, al igual que los Lobera, Loberos y Lobones ya que unos y otros parece ser que tomaron su origen en la reina Claudia Lupavia, señora de Galicia, que se convirtió al cristianismo en el Pico Sacro, según afirma la tradición y habiendo cedido su palacio a San Eufragio para casa y sepultura del apóstol Santiago, se retiró a los Montes de Melón. Eso es lo que indica García Garrafa, en su Enciclopedia Heráldica y Genealógica.

Otros, sin embargo, dicen que ese apellido, muy extendido por España, procede del nombre latino Lupus “lobo”, muy usado en la Edad Media en referencia al valor, fuerza, valentía y astucia de dicho animal. Eso significaría que habría habido distintas casas del apellido Lobo, no emparentadas entre ellas. Así, estarían los Lobo de Asturias, procedentes de un caballero godo que acompañó a Don Pelayo en Covadonga, que dejó también descendencia en Castilla. Otra rama, en Portugal, procedería de Galicia, a partir de los Lobo de Melón, de la que partieron diferentes líneas que se establecieron en el país vecino y en distintos lugares de España.

Existió una casa con ese linaje en Siruela, Badajoz y en Navarrete, Logroño. Por último, probaron hidalguía en la Real Chancillería de Granada, Francisco Lobo, Villar de Rey (Cáceres) en 1696, José Manuel Lobo y Arjona, vecino de Aracena (Huelva), en 1752 y Antonio Lobo Borja, vecino de Osuna, en 1707.

He indagado un poco en la historia familiar de Carmen, mi mujer, y he llegado hasta 1854, fecha en la que nació el primer Lobo del que, en estos momentos, tengo noticia: el farmacéutico de Aroche Miguel Lobo Carquesa que, por diferentes circunstancias que sería muy largo contar y que merecen un capítulo aparte, se fue del pueblo y se instaló en Cortegana, donde inició la línea de los Lobo corteganeses que, por lo que pude comprobar es, actualmente, la más numerosa. Su hermano Pedro, bisabuelo de Carmen, se quedó en Aroche y de ahí proceden los Lobo Vázquez, Lobo López, Vázquez Lobo, etc.  Los hijos de Miguel, Horacio y Dantón son los ascendientes de los Lobo de Cortegana y los hijos de Pedro, Miguel, Félix y Segismundo son los de Aroche. Como curiosidad diré que mi bisabuelo Juan Díaz Carlos y el hermano del bisabuelo de Carmen, Miguel Lobo, fueron miembros destacados del último triángulo masón que se creó en la provincia de Huelva, el Triángulo Hijos de la Luz, mi bisabuelo con el nombre simbólico “Miguel Servet” y Miguel Lobo con el de “Volney”. Mi abuelo José Díaz Alcaide, también masón y con el nombre “Beethoven” no pasó del primer grado. Todos ellos, por cierto, fervientes republicanos.

Cierro este paréntesis y me centro en el tercer encuentro de los Lobo que, como ya comenté, se celebró en Aroche. A mediados de octubre comenzaron las propuestas de fechas y se decidió la del 17 de noviembre. A partir de ese momento, la organización corrió a cargo de Inmaculada y José Pedro. Ellos se encargaron de buscar actividades (sobre todo visitar los lugares más emblemáticos del pueblo) y encontrar un restaurante en el que cupieran todas las personas que íbamos a asistir. Lo que en un principio comenzó con poco más de veinte, terminó pasando de ochenta. Y eso que, por diversos motivos, no pudieron ir más de veinte personas, con lo que el número total hubiera sobrepasado los cien. Como una boda.

No quiero extenderme demasiado porque el artículo está siendo excesivamente largo y prolijo. Sí diré que el primer contacto de la familia ese día fue en la ermita de San Mamés, aunque su nombre verdadero es ermita de San Pedro de la Zarza, construida sobre la basílica de Turóbriga, la antigua ciudad hispanorromana fundada en el siglo I, en época de Nerón. Cuando llegamos, alrededor de las once la mañana, ya estaban en las inmediaciones Miguel Pedro y José Pedro, como anfitriones, rodeados de los Lobo de Cortegana. Empezaron las presentaciones y, aunque ya conocía a algunos parientes de Carmen, comencé a perderme con los nombres y los parentescos. Empezamos visitando la ermita y después las excavaciones de Turóbriga. Aunque sólo se lleva excavado menos de un veinte por ciento de la ciudad, nos podemos hacer una idea de la importancia que tuvo en su tiempo. Después de más de una hora de visita y explicaciones por parte de la guía, nos montamos en los coches y subimos hasta Aroche. Allí, desde la plaza del Ayuntamiento, subimos hasta el convento de la Cilla, donde actualmente se encuentran el museo arqueológico y el museo del Santo Rosario. Continuamos aprendiendo más sobre la historia y las costumbres del pueblo. Seguimos con la visita a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, una iglesia parroquial que asombra a todo el que la ve por primera vez. Finalizamos la visita cultural en el Castillo de Aroche, construido entre los siglos XI y XII, en época andalusí y que, en el siglo XIX, después de un periodo de abandono, fue reconvertido en la actual plaza de toros.

Ya eran más de las dos de la tarde y después de la caminata, de las cuestas y de las explicaciones históricas, era hora de pasar al meollo de la cuestión, es decir, a la comida. Porque toda visita cultural tiene que tener, para que sea completa, un colofón gastronómico. Así que bajamos andando hasta lo que hoy se conoce como La Fábrica (o Centro Polivalente Manuel Sancha “La Comunal”), la antigua fábrica de harinas y electricidad que, además del restaurante La Comunal, donde se celebró la comida, alberga una piscina cubierta climatizada, el gimnasio municipal, el Aula Guadalinfo, salas para cursos, salas de reuniones, etc. Parecía imposible que allí pudiéramos comer tantas personas, pero lo hicimos. Después de las palabras de bienvenida de José Pedro, pasamos a la comida, que se alargó hasta las seis de la tarde. Un menú serrano, con lomo, jamón, queso, salchichas de aguardiente de Aroche, sopa de peso y carrillá, con bebida y postre, sirvió para incrementar los lazos y conocernos mucho mejor.

No quiero dejar de mencionar la carta que leyó Pepe Luis, nieto de Miguel Lobo, que realmente nos emocionó. Cuando se murió Pedro, el hermano de Miguel,  éste escribió una carta dirigida a la mujer de Pedro, Juana y a sus sobrinos Miguel, Félix y Segismundo. La carta es de 1922 y demuestra la grandeza, la educación y la sensibilidad de una persona en la que se pueden encontrar valores que son un ejemplo a seguir. Reproduzco alguno de sus párrafos:

Queridos sobrinos y estimada Juana.

Vuestras penas las comprendo, porque se confunden con las mías.

¿Quién os acompaña de la familia de vuestro padre y marido? La soledad.

Sed honrados, que la honradez es una llave que os abre las puertas del bien. Obedeced a vuestra madre, que es la mayor santidad que hay en la Tierra y no provocarle disgustos que aumenten sus penas. Así, pues, os encargo que la mayor armonía que puede haber en la familia es la que está basada en el cariño que se tengan los miembros que la componen… De esta manera, podréis conservar la paz en la familia y a vuestra madre llena de consuelo en sus aflicciones.

Son muchos en la familia Lobo. En este encuentro había cuatro generaciones, muchos de cuyos miembros no se conocían o hacía años que no se veían. Se recordaron historias, anécdotas divertidas, se conocieron y se reconocieron en gustos, en costumbres comunes o parecidas y se comprometieron, nos comprometimos, a continuar estos encuentros. Creo que la próxima vez se organizará en Cortegana. Que no decaigan los buenos deseos y que la manada de los Lobo siga creciendo en armonía.

La vida no es aburrida

Hace tiempo vi un programa de televisión dedicado a esos pueblos que se distribuyen por la geografía española, fundamentalmente por las dos Castillas, que se han ido despoblando o en los que quedan apenas media docena de personas, casi todas ellas ancianas. En uno de esos pueblos vivía sólo un hombre, de unos sesenta o sesenta y cinco años, que había nacido allí, se había ido a trabajar a una gran ciudad y, una vez jubilado, decidió regresar al lugar donde había pasado su infancia. El lugar tenía poco más de una docena de casas, todas de piedra y con las puertas y ventanas cerradas menos la suya, una hermosa vivienda con un banco, también de piedra, adosado a la pared y un arriate de flores que me parecieron hortensias, un gran salón donde el fuego crepitaba alegremente en una chimenea situada en un rincón, con muebles de madera oscura que daban la impresión de ser antiguos y de calidad. En el salón, al que se accedía directamente desde la puerta de la calle, destacaba, sobre todo, una gran librería que ocupaba todo un testero, del suelo al techo y rebosante de libros y discos. La cámara se paseó lentamente por los libros y pude leer alguno de los títulos: La Celestina, la Divina Comedia, La Regenta, Episodios Nacionales, La colmena, El capitán Alatriste…. No se adivinaba un orden especial, una organización o una planificación por épocas, autores o alfabética. Creo que eso es lo mejor para las librerías personales, ir colocando los libros en los espacios que van quedando libres y, de vez en cuando, revisar y encontrarte con sorpresas, como me ocurrió hace poco, cuando vi un libro que había comprado hacía un par de años y que no recordaba que lo tenía. Aunque soy ordenado para algunas cosas, para esta en concreto soy un pequeño desastre. Me he planteado dedicar un tiempo a hacer una base de datos con todos los libros que tengo, apuntando una información muy básica: título, autor y estante en el que se encuentra. Pero siempre busco alguna excusa para no hacerlo.

El reportaje hacía un seguimiento del día a día del solitario personaje, que desgranaba con sencillez cómo transcurría el tiempo en un pueblo que, aunque no muy alejado de núcleos urbanos más grandes y poblados, sólo contaba con su presencia, sin nadie con quien conversar, distraerse o, en caso de necesidad, acudir para solicitar ayuda. Según dijo, estaba acostumbrado a vivir solo, nunca se había casado, era hijo único y cuando sus padres fallecieron, heredó la casa que ahora habitaba. Él cultivaba un pequeño huerto situado en la parte de atrás de la vivienda, daba largos paseos por los alrededores llegando hasta un arroyo de aguas transparentes y en el que se podía ver un fondo pedregoso. La periodista intentaba indagar en el pasado del personaje, qué le había llevado realmente a llegar a su situación actual, pero éste sólo quería hablar de su presente, de cómo organizaba el día, de las plantas que cultivaba, de cómo limpiaba de vez en cuando las hierbas que nacían entre las calles empedradas, de sus esporádicos viajes al pueblo cercano para comprar lo necesario, de sus visitas periódicas al médico para revisar su salud, que le preocupaba sobre todo para poder seguir disfrutando de su apacible vida.

—Teniendo salud, lo demás no me importa —le comentó a la periodista, que asistía con cierto asombro a una muestra de austeridad y de sobriedad del que su entrevistado hacía gala desde el comienzo del reportaje.

Para finalizar, la reportera preguntó:

—¿No se aburre con este tipo de vida, todo el año haciendo lo mismo no le resulta monótono?

Y nuestro personaje, que me caía cada vez más simpático y al que admiraba y envidiaba al mismo tiempo, se quedó mirando a la cámara y dijo:

—Hay muchos libros que leer, mucha música que escuchar y muchos caminos que recorrer. De ese modo, la vida nunca puede ser aburrida.

Fueron sólo un par de frases que resumían toda una filosofía de vida y que terminaron por ganarme. ¿Qué más se puede necesitar? Algunos dirán, o diremos, que la familia, los viajes, el amor. Y seguramente tendrán, tendremos, razón, porque todo eso es importante. Pero para alguien que ha tomado la decisión de vivir en soledad o para los que ya han superado y alcanzado algunas metas, las palabras de ese personaje solitario reflejan y explican lo que muchos pensamos y deseamos: la vida es maravillosa con un buen libro en las manos, una buena música sonando en un salón tranquilo y paseando por caminos que no lleven a ninguna parte.

Y si a todo eso sumamos los últimos días de mayo y los trece días de junio que llevamos, todo se torna apasionante: la sentencia del caso Gürtel en Madrid y Valencia, que demuestra que el PP se financió irregularmente; una moción de censura sin apenas posibilidades de salir adelante pero que, cosas de la política, ganó Pedro Sánchez; la formación de un gobierno que mayoritariamente está formado por mujeres; la acogida por España de los inmigrantes que se hacinan en el barco Aquarius; el fichaje de Lopetegui por el Madrid y su expulsión de la selección española; la sentencia del Supremo que ratifica el ingreso en prisión de Inaki Urdangarín; la dimisión del ministro de Cultura y Deporte, Maxim Huerta por defraudar a Hacienda… Y fuera de España, la entrevista entre dos personajes que dan risa y miedo a la vez, Trump y Kim Jong Un. Total, que es imposible aburrirse pero, por favor, que la política nos dé un respiro, que así no hay quien viva con sosiego.

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Cincuenta años después

7 de junio de 1968. José Ángel Pardines Arcay, un guardia civil de tráfico, coruñés de Malpica, daba el alto en Villabona, Guipúzcoa, no se sabe si por casualidad o porque el vehículo había hecho alguna maniobra extraña,  a un seat 850 en el que viajaban dos personas para pedirles la documentación. La carretera estaba en obras, el coche se detuvo y cuando el guardia se acercó uno de los individuos le disparó un tiro en la cabeza. El etarra Txabi salió del coche y lo remató con cuatro disparos en el pecho. Fue el primer asesinato de ETA. 853 muertos después (otros dicen que 829), miles de heridos y otros muchos miles exiliados (esos sí que son exiliados de verdad) por las amenazas y el terror, hoy parece ser que ETA, 50 años después, dice adiós. Pero lo hace como siempre ha hecho, con una retórica que habla de conflicto, de lucha del pueblo, de liberación nacional, de responsabilidad y honestidad de su militancia, de activación popular.

Los que crecimos con los atentados diarios (recuerdo especialmente el de Miguel Ángel Blanco por su crueldad y cinismo, el de Carrero Blanco por su influencia en el final del régimen franquista, el de Hipercor en Barcelona o el de la casa-cuartel de Zaragoza, estos dos últimos por su indiscriminación,  entre otros muchos), con los funerales, con los reportajes sobre la opresión asfixiante que se vivía en el País Vasco, sobre todo en los pueblos pequeños y medianos en los que todo el mundo se conoce o con el testimonio de los familiares de las víctimas, llegamos a pensar que era imposible que esa situación se normalizara. Porque la memoria es frágil y selectiva, pero partidos que hoy rechazan e incluso abominan del terrorismo hubo un tiempo que miraban para otro lado y apenas lo condenaban. Estoy hablando del PNV, que durante muchos años se aprovechó del terror para intentar influir en la política nacional y del País Vasco. Recordamos la frase del presidente del PNV Xavier Arzallus: unos sacuden el árbol para que caigan las nueces y otros las recogen para repartirlas. Como se sabe, ETA nació en el seno de las juventudes católicas del PNV por lo que la iglesia vasca siempre vio con cierta condescendencia, a veces incluso con simpatía, a la banda terrorista. No hace falta más que recordar al obispo José María Setién que, entre otras cosas, se negó a celebrar el funeral del socialista asesinado Enrique Casas en la catedral. Y como él, bastantes sacerdotes que también negaban esa posibilidad en muchos pueblos cada vez que se producía un atentado.

También podríamos hablar de la ambigüedad que durante muchos años mantuvo la izquierda española, y sobre todo la de muchos países europeos y americanos, con ETA. Hasta no hace mucho tiempo, los terroristas podían campar a sus anchas por los países de nuestro entorno: Francia, Bélgica, Gran Bretaña, y sobre, todo, en latinoamérica: Cuba, Venezuela, Colombia o El Salvador eran paraísos donde los etarras eran acogidos casi como héroes. Por último, si no llega a ser por los atentados del 11S en Nueva York y del 11M en Madrid y la aparición del ISIS y su ola de atentados en todo el mundo, que mostraron en toda su crudeza la crueldad del terrorismo, quizás la historia y el final de ETA habría sido otro. Todos los países se dieron cuenta, unos antes que otros (por ejemplo, la colaboración de Francia a partir de los noventa, cuando Felipe González llegó a un acuerdo con François Mitterrand supuso un antes y un después en la lucha antiterrorista) del sufrimiento que suponía para la sociedad española en su conjunto el terrorismo de ETA y que la propaganda que ésta llevaba realizando durante décadas estaba basada en mentiras y en la deformación de la realidad, que apelaba a un pasado que no había existido y a una sociedad irreconocible.

Ahora, antes de intentar pasar página y de que el tiempo vaya curando heridas y permita la reconciliación, lo que no supone olvido ni perdón; ahora que muchos jóvenes no saben quién fue Miguel Ángel Blanco, ni saben nada de atentados, que viven en un País Vasco próspero y con grandes perspectivas; ahora que estamos asistiendo a otra construcción de una realidad y de un pasado y presente en Cataluña que provoca reparos ya que cierta izquierda está cayendo en el mismo error que cayó en el caso vasco, es necesario que la educación juegue un papel esencial, que desde todas las instancias se analice y se reescriba la historia para que no vuelvan a repetirse los mismos errores y las mismas barbaridades.

Termino este artículo recordando al guardia civil de Aroche, José Miguel Maestre Rodríguez, de 27 años de edad asesinado el 2 de mayo de 1979 junto con otro compañero en Villafranca de Ordicia, Guipuzcoa. Su muerte y la de tantos otros sólo sirvió para aumentar el sufrimiento de su familia y de sus amigos. Y todo esto, ¿para qué?

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Pedir papas o sobre lo más importante

—¿Pides papas?

La pregunta me sorprendió. Hacía años que no la escuchaba. Cuando era pequeño o un poco más joven de lo que ahora soy y alguien te proponía un acertijo, una adivinanza o un problema, y pasaba el tiempo y no encontrabas la respuesta, el otro te conminaba a rendirte, a abandonar, a darte por vencido preguntando, a veces con sorna “¿pides papas?”. Casi nunca queríamos rendirnos, por eso casi nunca pedíamos papas, éramos demasiado orgullosos. Preferíamos quedarnos con la duda a ser humillados, ya encontraríamos la respuesta o la solución otra vez o preguntando más adelante, pero rendirse, jamás y pedir papas, menos. He buscado en Internet, en el diccionario de la RAE, en diccionarios de uso de la lengua y no he encontrado la expresión. ¿Se utilizará solamente en Galicia, como ocurre con “pedir colo”, “estar chosco”, “non vaia a ser o demo”, “vaiche boa” y otras muchas más? Quizás provenga de algún país sudamericano, a donde muchos gallegos emigraron durante la primera mitad del siglo veinte, como hicieron mi abuelo Castro, que emigró a Cuba y mis tías Pepita y Elena, hermanas de mi abuela Marina, que emigraron a Uruguay cuando eran casi unas niñas y allí estuvieron más de una década. Cuando esos paisanos míos regresaron, puede ser que introdujeran la expresión porque los gallegos no decimos “papas” sino “patacas”. Seguiré buscando la explicación y pensando cómo contar las historias de mi abuelo, de mis tías y de otros tíos un poco más lejanos que emigraron a Inglaterra, pues sus experiencias allí tuvieron que ser épicas.

Pero volvamos al principio. Llevaba un buen rato intentando encontrar la respuesta a un dilema que nos preocupaba. Un grupo de policías insulta y amenaza en un chat a su alcaldesa diciendo, entre otras lindezas “es terrible que ella no estuviera en el despacho de Atocha cuando mataron a sus compañeros”, “que se muera la vieja zorra ya”, “ojalá explote la sexta con todos ellos dentro y que ese día estén también Pablo Iglesias y Rufián”. A pesar de esas barbaridades, el juez no ve delito de odio y no lo investiga porque no hay denuncia. Por otro lado, el Supremo ratifica la prisión de tres años y medio para el rapero Valtonyc por expresiones como “un pistoletazo en la frente de tu jefe está justificado o siempre queda esperar a que le secuestre algún GRAPO”, “que explote un bus del PP con nitroglicerina cargada” o “mataría a Esperanza Aguirre, pero antes, le haría ver como su hijo vive entre ratas”. Si se analiza bien, apenas hay diferencia entre unos y otros. Tendríamos que ponernos en contexto, ver qué variables atenúan o agravan las frases, pero, aun sin ser experto en leyes ni contar con toda la información ni con las resoluciones judiciales completas, extraña la diferencia de criterio. Yo estoy a favor de la libertad de expresión, sobre todo cuando se produce en un ámbito como el artístico que en muchas épocas ha causado escándalo, aunque reconozco que todo lo que he reproducido líneas arriba me parece de muy mal gusto y poco artístico. Pero creo que hay una diferencia en cada uno de los actos. Me da la impresión de que las letras del rapero, que no son precisamente un dechado de virtudes literarias, lo único que pretenden es provocar, acosar, fustigar, denunciar. En todas las épocas, desde griegos y romanos, pasando por la Edad Media o el Siglo de Oro (Aristófanes, Plauto, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, los hermanos Bécquer…), escritores o pintores han criticado, a veces de manera muy cruel, a los poderosos. Casi siempre de forma sutil e inteligente, aunque muchas veces llegaban al insulto. Por eso es chocante que siglos después haya habido un retroceso en este ámbito. Podríamos seguir con las últimas noticias de estos días: la retirada de Arco de una obra de Santiago Sierra, el secuestro por orden judicial del libro Fariñala condena a Cassandra Vera por sus tuits sobre Carrero Blanco, etc. Así que resulta cuanto menos llamativo que los policías se hayan ido de rositas, sin un apercibimiento ni reconvención, porque sus expresiones podrían considerarse más graves, ya que son servidores públicos, teóricamente garantes del cumplimiento de las leyes, pagados con el dinero de los impuestos y cuyo cometido es proteger a los ciudadanos y no acosarlos, insultarlos o amenazarlos. Y, encima, con permiso para llevar y utilizar armas, yo no digo nada.

Mi interlocutor, Felipe, un vecino que había llegado hacía poco y que nos había invitado a su casa a mi mujer y a mí para presentarse y conocernos un poco más, comenzó a decirnos que había llegado a la ciudad por motivos de trabajo, una gran empresa farmacéutica en la que él trabajaba como comercial y visitador. Alto y delgado, bien vestido con ropa de marca, con una pequeña barba muy cuidada, en la que ya se podían apreciar algunas canas,  y unas gafas modernas de pasta, casi siempre estaba sonriendo, pero su mirada era un poco más fría, distante y calculadora de lo normal, como si estuviera siempre alerta, intentando adivinar qué pensaba yo; seguramente era un defecto profesional, los vendedores, los que intentan convencer para que se les compre un producto, deben averiguar cuáles son las debilidades, incluso los secretos de los demás. Eso me intranquilizaba, me provocaba una cierta desazón desde que me lo encontré por primera vez en el ascensor. Parecía una persona afable, acostumbrada a tratar con la gente, a caerle bien a las personas y a estudiarlas, a conocerlas a fondo. Su voz era ronca, profunda, modulada con educación y su lenguaje denotaba cultura y aplomo. Hablaba de forma pausada, sin apenas levantar la voz, pero siempre con la intención de persuadir, de convencer. Más que lo que decía, que muchas veces no dejaban de ser lugares comunes, llamaba la atención cómo lo decía, con qué seguridad y convencimiento.

Su mujer, bastante más joven que él y que apenas pasaría de los treinta, era mucho más tímida, quizás un poco acomplejada ante el dominio que mostraba su marido. Su ropa también era cara, como me susurró mi mujer en un aparte, cuando el matrimonio se levantó un momento para ir a la cocina a preparar unos aperitivos. Melena corta que movía con gracia y que dejaba ver un poco de su largo cuello, de pelo castaño claro con algunas mechas rubias, se movía con elegancia, como si flotara. Daba la impresión de ser una deportista, lo que nos confirmó un poco más adelante cuando comentó que salía a correr casi todos los días y que, en su anterior ciudad, acudía periódicamente a un gimnasio. No trabajaba, había terminado los estudios de derecho, pero se habían casado jóvenes y el trabajo de su marido requería que cambiaran con frecuencia de ciudad por lo que nunca se pudo centrar en la búsqueda de un empleo. Sin embargo, ahora tomó la decisión colocarse en algún bufete, aunque fuera como becaria, porque les habían prometido en la empresa que esta vez iban a permanecer al menos dos o tres años allí, no tenían hijos y no quería pasarse sola en casa todo el tiempo. Mi mujer la animó y le dijo que la ayudaría, que tenía mucho tiempo libre porque los dos estábamos jubilados y que no le importaba acompañarla hasta que conociera mejor la ciudad. En un momento de la conversación se levantaron las dos porque Anabel, nuestra anfitriona, quería enseñarle el piso y algunas reformas que quería hacer.

Mientras Felipe y yo charlábamos de cómo eran el resto de los vecinos, de si había problemas en la comunidad, de la rivalidad entre Betis y Sevilla y de otras cosas más banales, nos detuvimos un momento a escuchar en la televisión la noticia de que el Supremo había confirmado la condena a Valtonyc. La presentadora del informativo resumió la noticia, haciendo hincapié en las injurias al Rey y al enaltecimiento del terrorismo, incluyendo alguna de las desafortunadas frases del rapero que se reproducían en la sentencia. En ese momento Felipe hizo un comentario de manera muy exaltada, lo que me extrañó, “ya era hora de que pusieran en su sitio a estos malnacidos”, porque hasta entonces me había parecido una persona muy tranquila y que controlaba sus emociones, y porque todavía no teníamos la suficiente confianza como para expresar opiniones que, de alguna manera, podían molestar a alguien a quien no conocía y con el que pretendía establecer una buena relación.

Yo permanecí callado unos momentos, valorando si debería intervenir o no. No tenía claro si lo que había dicho era una forma de ponerme a prueba, de provocarme para comprobar cómo pensaba, de qué lado me decantaría. Podía ser una táctica de vendedor, la manera de conocer mis simpatías políticas o mi capacidad de encajar opiniones adversas, de discutir, de expresarme. Pero sólo fue un instante, porque suelo ser vehemente cuando me provocan, sobre todo si es de una forma tan explícita y, por qué no decirlo, tan grosera. A pesar de que estaba “en territorio enemigo”, opiné que me parecía que en los últimos años se había producido un retroceso en la libertad de expresión y que, tirando de refranero español, “no ofende quien quiere sino quien puede” y una frase de Diógenes que me había aprendido para demostrar mi vasta cultura en determinadas circunstancias, y ésta era propicia: “el insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe”. Ahí queda eso, pensé yo. No creas que me vas a cerrar la boca tan fácilmente. Y si lo has hecho sólo para provocarme o para conocerme más, mejor que mejor.

Felipe volvió a sonreír e hizo un gesto con la mano como diciendo que no tenía importancia y que no quería discutir. Ese gesto me molestó todavía más, no hay cosa más me fastidie que la displicencia, la prepotencia, el estar por encima de los demás. Mal habíamos empezado.

—Perdona por la frase, —me dijo, —pero algunos se están pasando de la raya y no está de más que se los ponga en su sitio. No todo vale en democracia, creo. Guardar las formas, respetar las instituciones y la ley son la norma básica de los estados democráticos modernos. De un tiempo a esta parte algunos se creen que pueden usar la libertad de expresión impunemente, sin ningún tipo de cortapisas ni de respeto. Así que estas sentencias me parecen ejemplarizantes. Y yo diría más, en algunos casos, como el de los insultos a las víctimas del terrorismo, la justicia tendría que ser aún más dura.

—De acuerdo en lo del respeto a la ley, —dije—, pero entonces, ¿por qué los jueces, que son los encargados de impartirla, castigan a unos con tanta severidad y otros no son ni amonestados? ¿No es la ley igual para todos? ¿Cómo se explica la disparidad de criterios? ¿Crees, de verdad, que la justicia se ha impartido igual? —Yo no estaba dispuesto a ceder ante unos hechos que me parecían injustos y desproporcionados en unos casos, mientras que el de los policías madrileños era inadmisible.

—Dímelo tú, porque supongo que tendrás una opinión formada, por lo que veo, sobre estas actuaciones de la justicia. Yo tengo la mía pero, si no te importa, me gustaría escuchar primero la tuya.

—La única explicación posible y lógica, a la vista de los hechos, es que la justicia no es tal, que hay muchos jueces politizados y con convicciones retrógradas, ancladas en un pasado que ya suponíamos superado. Mientras que la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y el Constitucional sean elegidos por los políticos y no por méritos estrictamente profesionales y demostrados, nunca habrá una justicia imparcial y objetiva.

—Sí, pero los jueces lo único que hacen es aplicar la ley o, como mucho, interpretarla. Son los políticos en el Congreso y en el Senado los que las elaboran y aprueban. Además, hay instancias superiores que pueden revocarlas, como ha ocurrido en bastantes ocasiones. Y si algunos creen que la justicia española no actúa correctamente, siempre se puede acudir al Tribunal de Estrasburgo, digo yo. Además, fíjate en una cosa: los policías escribieron los insultos y amenazas en un chat privado, mientras que en las otras situaciones eran públicos. Supongo que la difusión será un motivo agravante. No es lo mismo lo que yo diga y exprese en público o en las redes sociales que lo que manifieste en privado. 

Reconozco que me estaba quedando sin argumentos. Felipe era un duro contrincante, acostumbrado a ganar, a vencer con su retórica, a convencer a sus oponentes, a sus clientes. Yo me sentía empequeñecido y a punto de tirar la toalla. No se me ocurría nada mejor para rebatir su argumentación.

—¿No tienes otra explicación, no quieres argumentar algo más? —Felipe seguía sonriendo y yo tenía ganas de borrarle esa sonrisa de superioridad, aunque fuera a base de tortazos. Pero no era plan, ya que suelo ser un invitado educado y poco proclive a los excesos, sobre todo a los que emplean la violencia. Además, estoy seguro de que por la fuerza, él también me ganaría. Era más alto, más joven y más robusto que yo. —Quizás mi último razonamiento te pueda convencer —esta vez lo dijo con un tono mucho más serio.

Dudé durante unos segundos. Aproveché que había empezado a llover después de mucho tiempo, tanto que ya se decía que estábamos en prealerta por sequía, me levanté del sofá y me acerqué a la puerta de cristales del salón que daba a la avenida. Me quedé hipnotizado viendo los goterones que golpeaban contra el asfalto y contra las hojas de los árboles que casi llegaban a la altura del piso. Había oscurecido muy rápido, sin darnos cuenta y las farolas comenzaron a encenderse con una luz amarillenta que apenas iluminaba. Entonces surgió la pregunta que me desconcertó y me hizo revivir mi infancia y mi juventud, ya muy lejanas en el tiempo pero cercanas en la memoria, pues cada vez dedicaba más horas a rememorar anécdotas, personas y lugares, como suelen, solemos hacer, las personas cuyo presente es sólo un pálido reflejo de lo vivido y que nunca alcanzará el color y la intensidad de antaño.

—¿Pides papas?

Me di media vuelta y me acerqué despacio hasta donde estaba sentado. Me quedé mirándolo con un gesto en el que seguramente él vería sorpresa, curiosidad, desconcierto. Y eso era realmente lo que yo sentía en esos momentos. Me había olvidado por completo de la discusión, de las leyes, de los jueces, de raperos y policías. Ahora sólo quería saber una cosa.

—¿Tú, por casualidad, no serás gallego, no? Porque si lo eres, no tienes acento, pareces más bien castellano, madrileño o incluso, navarro. ¿Eres gallego, como yo? Porque esa expresión sólo la he escuchado en Galicia. Y me trae muchos recuerdos.

Y entonces, cuando él me respondió que sí, que era gallego y que se alegraba mucho de tener como vecino un paisano, dejamos de discutir y comenzamos a contarnos cosas de nuestra tierra, de nuestras vivencias, de lo que habíamos dejado atrás y de lo que nos gustaría hacer si regresábamos. Y cuando Anabel y mi mujer regresaron al salón, nos encontraron charlando animadamente, riendo, como si nos conociéramos de toda la vida. Y es que hay cosas más importantes que la política o las leyes.

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Sobre la lectura

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No hay tiempo mejor utilizado que el dedicado a la lectura. Sumergirse en un libro, dejar volar la imaginación, penetrar en la mente de héroes y villanos, recorrer mundos reales o imposibles, conocer otros pueblos y culturas, presentes, pasadas o futuras, amar u odiar a los personajes y a los autores, abrir las mentes. Son tantas las emociones que pueden provocar la lectura de una poesía, de un cuento o de una novela, que nunca podremos agradecer lo suficiente a aquellos primeros hombres que necesitaron comunicar o expresar algo y se les ocurrió utilizar pieles de animales, pergaminos, papiros, paredes de cuevas o tablillas y plasmar mediante signos y símbolos lo que pensaban para que otros pudieran leerlo. A este primer gran invento, unos miles de años más tarde, se le añadió otro del que sí sabemos su autor, Gutemberg: la imprenta de tipos móviles, que permitió extender la lectura a niveles desconocidos hasta entonces. Y aquí cambió la historia del pensamiento y de la cultura. Los libros pasaron de los monasterios y de los palacios de reyes y nobles, es decir, del ámbito religioso y político, a otros diferentes, como el del entretenimiento y el de la divulgación científica, que la pujante clase media, más culta y preparada, demandaba cada vez más.

Y en esa estamos. Cientos de años después de la aparición de la imprenta, se ha conseguido que un porcentaje muy alto de la humanidad disfrute con la lectura, aunque siempre ha tenido enemigos muy poderosos. Los más importantes, aquellos que querían evitar que las clases más desfavorecidas y humildes accedieran a la educación (y, por tanto, a saber leer y escribir) o que ésta fuera muy restrictiva y sólo destinada a preparar mejores trabajadores que después fueran convenientemente explotados. Porque la lectura, la cultura en general, abre las mentes, ayuda a ser críticos, despierta la imaginación y eso es demasiado peligroso. Y también han ido surgiendo enemigos, o más bien contrincantes, de otro tipo: la televisión, el ordenador, los videojuegos, el móvil…, pero no porque compitan con el libro, sino por el excesivo tiempo, si no se sabe controlar, que se dedica a ellos. Pero en este sentido, como en otros ámbitos, hay que ser inteligentes y utilizar la máxima de Sun Tzu (El arte de la guerra): si no puedes con tu enemigo, únete a él. Es decir, siempre se pueden utilizar las mencionadas herramientas para hacer más atractiva la lectura, como se puede comprobar en los siguientes enlaces:

Actividades TIC de animación a la lectura

Informe de la UNESCO: La lectura en la era móvil

Fomento de la lectura a través de los videojuegos

Pues bien, cuando os digan que el mejor amigo del hombre es el perro podéis decirle que, sintiéndolo mucho, no estáis de acuerdo, y que el mejor amigo del hombre es un libro. Y, además, tiene muchas más ventajas: no hay que sacarlo de paseo dos o tres veces al día, llueva, ventee o haga un frío que obligue a los grajos a volar bajo, no hay que llevarlo al veterinario, no se te rompe el corazón cuando se muere… Aunque, espera, sí da mucha pena leer la palabra Fin si el libro nos ha fascinado.

Por último, tres enlaces cuyos títulos nos resumen su contenido. Aconsejo, como no podía ser de otro modo dado el tema que estamos tratando, que los leáis.

¿Cómo conseguir que tus hijos odien la lectura?

El poder del libro para cambiar la vida

Consejos para la lectura

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Os rumorosos poden calar para sempre

Cuando Eduardo Pondal escribió allá por 1890 su poema Os Pinos (al que le puso música Pascual Veiga y se convirtió después en el himno gallego), poco podía imaginarse que “os rumorosos”, los pinos que representan al pueblo gallego, gritarían desesperados, desgarrados por lo que ha sucedido estos días en Galicia, en Portugal, en Asturias.

A la sequía, las altas temperaturas, el fuerte viento o la falta de humedad, que son las condiciones necesarias, pero no suficientes, para provocar los incendios, se han unido y conjurado las otras circunstancias por todos sabidas desde hace mucho tiempo pero que nunca se abordan debido, entre otras cosas a la desidia de unos políticos a los que se paga para planificar y prevenir y que sólo saben lamentarse y acusar a pirómanos o a “terroristas ambientales”.

Se sabe que el 95% de los incendios está provocado por la mano humana, bien por negligencia o descuido o por intereses económicos (madereras, asociaciones de caza, recalificaciones de terrenos, disputas o conflictos vecinales).

Y los políticos no es sólo que no sepan o no quieran planificar; es que tampoco quieren poner los medios suficientes para casos extremos como los que se han vivido estos días en Galicia: el despido de brigadistas (436 que se encargaban de labores de vigilancia y conducción de vehículos y otros 500 que se ocupaban de tareas de extinción) cuando todavía las condiciones climatológicas eran desfavorables, demuestran escasa sensibilidad y preocupación, porque podía haberse previsto que hasta que no llegaran las lluvias el desastre podía ocurrir en cualquier momento. ¿Tanto había que ahorrar? ¿Mereció la pena?

A todo lo anterior se puede añadir la mala planificación forestal y la prevención que no se están adaptando al calentamiento global y al cambio climático, que exigen un análisis de cómo actuar en cada ocasión. O la Ley de la Xunta sobre iniciativas empresariales, que justifica las expropiaciones de suelo para las eléctricas, que facilita los trámites a las empresas mineras para explorar el subsuelo gallego o que favorece la expansión de plantaciones de eucalipto, que propaga con mucha facilidad las llamas.

Para colmo, hay una investigación judicial que revela que en España y Portugal existe una mafia empresarial que ha conseguido 250 millones de euros públicos amañando concursos de extinción. Lo que faltaba, la corrupción también se ceba en el desastre medioambiental, quemando dinero público en España y Portugal. Recomiendo que se lean los dos reportajes siguientes para hacerse una idea de hasta dónde puede llegar la ambición y el fraude.

El cártel del fuego (I)

El cártel del fuego (y II)

En el himno gallego se quiere expresar que Galicia debe despertar de un sueño y emprender el camino de la libertad. En eso estamos pero esos rumorosos pinos que nos interpelan quieren ser acallados, calcinados por el fuego, y como no pongamos todo el empeño quizás algún día callen para siempre. Y el hogar de Breogán puede convertirse, más pronto que tarde, en un erial.

Himno de Galicia (en gallego)

Que din os rumorosos
na costa verdescente,
ao raio transparente
do prácido luar?

Que din as altas copas
de escuro arume arpado
co seu ben compasado
monótono fungar?

Do teu verdor cinguido
e de benignos astros,
confín dos verdes castros
e valeroso chan,

non des a esquecemento
da inxuria o rudo encono;
esperta do teu sono
Fogar de Breogán.

 

Himno de Galicia (en castellano)

¿Qué dicen los rumorosos,
en la costa verdeante
al rayo transparente
de la plácida luz de luna?


¿Qué dicen las altas copas
de oscuro follaje arpado
con su bien acompasado
monótono zumbar?

De tu verdor ceñido
y de benignos astros
confín de los verdes castros
y valeroso suelo.

No des al olvido
de la injuria el rudo encono;
despierta de tu sueño
Hogar de Breogán.