DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (II)

2 de noviembre de 2021

Me gusta visitar los cementerios, sobre todo en estas fechas. Me atrae el silencio escondido entre las tumbas y que revolotea sobre las paredes blanqueadas, el olor de las flores recién cortadas, colocadas con amor por hijos, padres, sobrinos o amigos, la paz de los muertos que vigilan atentos, callados, expectantes, sabiendo que tarde o temprano les haremos compañía. Son los primeros días de otoño y suele oler a lluvia y a tierra mojada, estos últimos días ha llovido mucho. Los sonidos apagados y las conversaciones en voz baja apenas se escuchan. Hombres y mujeres recorren las calles deteniéndose de vez en cuando ante una lápida, recordando a un pariente, a un amigo que dejó hace mucho o poco este mundo. Quizás alguno reza una pequeña oración y después sigue su camino, leyendo nombres y apellidos, frases que recuerdan al ser querido o contemplando un retrato del que allí descansa y por último se detiene ante un nicho, una tumba, un panteón o una lápida. El corazón se encoge un poco y tal vez un pequeño nudo en la garganta, un escalofrío o una repentina humedad en los ojos se presenta de manera inesperada. Hace tiempo que no voy al cementerio de Coruña. Cada vez que visito la ciudad me propongo acercarme hasta San Amaro y contemplar las tumbas, los nichos y la vista de la ría que se extiende poco más allá de los muros. Allí están mi padre y mis tíos, pero siempre lo pospongo y quizás no supiera encontrar el nicho de mi padre. Mi madre ya no está capaz de ir, como hacía todos los años hasta hace muy poco tiempo. Ahora es mi prima María Esther la que suele hacerlo “le voy a llevar unas flores a padrino”, me dijo hace unos días.

El domingo pasado Carmen, Concha, a la que habíamos recogido en el pueblo y yo, como solemos hacer todos los años, detuvimos el coche en la rotonda de entrada del cementerio de Aroche. A Carmen no le gusta entrar, pero si lo hace conmigo parece que encuentra algo de valor. El cementerio de Aroche, el nuevo, está en el cruce de la carretera que lleva a Portugal y la que va a Encinasola. En el antiguo, ya abandonado y hasta hace poco lleno de maleza y escombros que ya se han limpiado y arreglado, en la “carretera del cañón”, una de las entradas al pueblo, se construyó un pequeño memorial con los nombres de las personas represaliadas, entre ellos mi abuelo José Díaz. Mi abuelo quizás fuera de los primeros que se enterró en el nuevo cementerio. Su nicho, en el que también está enterrada mi abuela Florentina, está situado entrando a la izquierda, después de atravesar la pequeña entrada abovedada que da paso a una amplia y diáfana explanada. El exterior, con paredes encaladas, presenta en su parte central tres arcos y otros en los laterales y en la parte superior una espadaña con una pequeña campana. Desde fuera se pueden ver las copas de los cipreses que suelen crecer en los cementerios, como una reminiscencia griega y romana, que permite encaminar y guiar, con sus troncos rectos y frondosos hacia la copa, las almas de los difuntos hacia los cielos.

Como siempre suelo hacer, coloqué unos claveles blancos en el jarroncito lateral del nicho y me detuve unos minutos, recordando a mis abuelos y comprometiéndome a seguir profundizando en la historia de la familia. Realmente ya no me queda demasiado material para finalizar su vida y andanzas, dignas de una saga. Carmen y Concha se habían adelantado para acercarse a los nichos de sus padres. Muy cerca están también los de sus abuelos, tíos y otros parientes. Los apellidos de la familia, Vázquez, Fernández, Lobo, Soria o Cañado son casi mayoría entre tumbas y nichos. Claveles blancos y flores amarillas, que Carmen había comprado el día anterior en Sevilla, fueron colocados en diferentes lugares para adornar y alegrar las lápidas. El día, que había amanecido lluvioso, se aclaró y sólo algunas nubes recorrían perezosas el cielo. Una hora después de llegar, regresamos al pueblo, comimos en el Mesón San Mamés una buena carne a la brasa y unas salchichas, lo típico, como debe hacerse cuando uno visita la sierra y nos fuimos a casa a descansar, a tomar un café con dulces que habíamos comprado en la venta Los Ángeles de Valdeflores por la mañana y a media tarde regresamos a Sevilla. Con el cambio de hora, oscurece muy pronto y no queríamos demorarnos en la carretera. Realmente fue un buen día.

Los cementerios de Huelva incluidos en el Catálogo de Patrimonio Histórico  Andaluz

Paseo hasta el Portiño

Un rayo de luz comienza a flotar sobre el horizonte y las estrellas se esconden poco a poco. He salido a caminar temprano, aprovechando la buena temperatura de estos días. El invierno se acurruca entre los montes, esperando mejores días, sabe esperar pacientemente. Cerca de casa, después de atravesar la calle, todavía solitaria, está la explanada donde descansan los coches durante la noche. Veo al fondo una figura solitaria que se acerca despacio. Lleva una bolsa vacía y doblada en la mano.

Al otro lado de la explanada comienza el camino de tierra que asciende lentamente. Me detengo a atarme bien los cordones de las zapatillas deportivas. La luz del día va ganando protagonismo y el brillo de las farolas apenas se percibe ya. La mujer llega a mi altura y me saluda con un bon día que respondo de igual manera. El suelo de tierra está mojado de los chubascos que cayeron hace un par noches y algunos charcos salpican aquí y allá el terreno. A un lado tojos, silvas y matorrales y al otro un huerto urbano dividido en pequeñas parcelas cuadradas y rectangulares muy cuidadas, con lechugas, patatas y otras plantas que no distingo bien. En un lateral está la caseta de madera donde se guardan, seguramente, las herramientas. Nadie está trabajando todavía la tierra, la gente de la ciudad no está acostumbrada a madrugar.

El camino se ensancha de manera continua y casi imperceptible. La claridad se acentúa y el sol está a punto de salir, aunque los edificios de la ciudad, a mi derecha, me impedirán contemplar su salida. La última vez que recorrí el sendero lo hice corriendo, pero mis rodillas dijeron basta hace unos meses y ahora me conformo con dar largos paseos, añorando el esfuerzo, el cansancio, el sudor y la libertad del cuerpo. Hay que reconocer los mensajes de nuestro cuerpo y saber adaptarse a las limitaciones que nos impone el paso del tiempo.

La primavera se asoma con timidez, pintando de blanco las flores de algunos árboles que se dispersan por el campo. Escucho ladridos lejanos y el motor de un coche arrancando. Delante de mí, una corta pendiente que cuesta subir. A mi izquierda una fuente escondida entre arbustos deja correr un hilo de agua que se pierde entre hierbas altas. Después de la cuesta el camino gira a la derecha y se hace más llano. Un gato me observa expectante, esperando desde lo alto del muro que rodea una casa y cuando me acerco desaparece de un salto. La casa tiene un pequeño terreno alrededor, con un rastrillo, una pala y una carretilla llena de hierba. En la primera planta, una galería acristalada rodea la vivienda.

Continúo caminando, rodeado ahora de pastos, bosquecillos, casas dispersas. Hay un trozo asfaltado porque voy a pasar por el túnel que está bajo la carretera que circunvala la ciudad, ahora llamada Ronda Real Club Deportivo de La Coruña (pobre Dépor, quizás dentro de poco sea sólo un recuerdo). Pintadas en las paredes, el hombre siempre dispuesto a dejar su impronta, siempre la necesidad de comunicación, de expresarse, pero estas no son pintadas artísticas, sino groseras, insultantes, agresivas. Salgo del túnel y ahora el camino vuelve a ascender, más estrecho y oscuro, con más charcos, terraplenes, maleza que crece salvaje. A unos cien metros el camino termina en la carretera que sube hasta el Parque de Bens a la izquierda y baja hasta las casas de San Pedro de Visma. Dudo un momento, pero ya estoy cansado de subir y decido tirar hacia las casas. Cruzo la carretera y acelero el paso un poco, aprovechando la inercia. Las casas son feas, como casi todas las de esta zona. Viviendas de dos o tres plantas, sin gracia, anodinas, grises. A los cinco minutos llego a otro cruce con una pequeña rotonda y aquí vuelvo a dudar. Si sigo de frente subiré hasta el Monte de San Pedro, con las mejores vistas de la ciudad, la Torre de Hércules, las playas, las rías, el océano; a la izquierda baja la carretera hasta el Portiño y el comienzo del paseo marítimo, y a la derecha se baja hasta Los Rosales y la Ronda de Outeiro para regresar otra vez a casa. Miro el reloj y son poco más de las ocho, no me apetece seguir subiendo ni regresar, así que me dirijo hasta el Portiño.

Los coruñeses le tenemos un cariño especial a esta zona alejada de la ciudad, pero lo suficientemente cerca para poder llegar andando sin excesivo esfuerzo. Recuerdo mi adolescencia, cuando llegar allí era una pequeña aventura y mi pandilla de amigos disfrutábamos atravesando campos, leiras, bosques que nos atemorizaban, rodear el Monte de San Pedro, una zona militar prohibida, las chabolas de Penamoa, peligrosas si te aventurabas demasiado, y llegar hasta ese diminuto puerto que a veces nos servía para darnos un baño en verano. Nos quedábamos sentados contemplando las cuatro islas de San Pedro y las olas que suelen romper con fuerza. Alguna vez nos planteamos cruzar el pequeño estrecho que las separa de la costa, pero nunca nos atrevimos.

El Portiño fue siempre un lugar ideal para contemplar el atardecer. Un pequeño bar, frecuentado por jóvenes y adultos que buscan la tranquilidad y el contacto con una naturaleza que ahí se muestra, sobre todo en invierno, en todo su esplendor. En verano es otra cosa, demasiado multitudinaria y estridente. Ahora, con la pandemia y la inauguración hace unos meses del local de la Estrella de Galicia, ha perdido su encanto, pero sigue siendo un lugar que, para aquellos que la visitan por primera vez, es fascinante.

Cuando llego, algunas personas están paseando ya por el paseo marítimo. También hay un corredor que me da mucha envidia. El Portiño está lleno de barcas y de lanchas sobre el muelle y un par de barquitos, en el mar, se mueven acompasadamente con el ligero oleaje. Las olas rompen con fuerza en las islas, pero el agua llega mansa hasta las dos embarcaciones. No bajo hasta allí, sino que me paro contemplando la playita, las islas y la costa. Después de unos minutos, decido regresar, pues no he desayunado y tengo hambre. Todavía me quedan unos días en Coruña. Intentaré disfrutar, si el tiempo no lo impide, de paseos como éste.

Atardecer en El Portiño

Un escritor asesino

Me gusta escribir en el estudio, la puerta cerrada para que nadie me interrumpa, lo que es una tontería porque vivo solo, pero me da una sensación de aislamiento que no encuentro con la puerta abierta. Tengo que escribir con música de fondo en el tocadiscos para concentrarme bien. El silencio completo me agobia. Antes de sentarme elijo el disco, generalmente rock tranquilo o alguna obra clásica, que forman una especie de mar de fondo donde sumergirme cuando me canso de escribir o cuando me quedo atascado en alguna frase, lo que sucede con demasiada frecuencia. No tengo un horario fijo, porque suelo escribir ocasionalmente, cuando se me ocurre alguna idea que considero original, cuando estoy aburrido y no me apetece salir o ver la televisión o cuando hay alguna noticia que me llama la atención y la comento, casi siempre sobre política, lo que da mucho juego. Después de escribir en el procesador de textos paso el texto al blog y lo cuelgo en Facebook. Como mucho, dedicaré a la escritura seis o siete horas semanales. Me lee muy poca gente, así que no tengo problemas a la hora de expresar abiertamente mis opiniones, pero me doy cuenta de que la política suele producir ampollas y la gente se enfada cuando la opinión de otro no coincide con la suya. Pero disfruto, me gusta la polémica.

Ahora estoy en racha. Me he enganchado a una historia que se me ocurrió hace un mes sobre un grupo de indeseables que se dedican a secuestrar a personas, generalmente jóvenes y niños, para traficar con sus órganos. A veces con engaños y otras por la fuerza, los retienen en una venta de las afueras de un pueblo, habilitada con seis o siete habitaciones perfectamente acondicionadas e insonorizadas en un sótano, así como una sala con un quirófano donde se realizan las operaciones de extracción de las diferentes partes del cuerpo. El dueño de la venta, su mujer, su hijo y dos vecinos del pueblo, albañiles que han construido poco a poco el siniestro refugio, son ayudados por un médico sin escrúpulos. Los secuestros se realizan muy espaciados y en lugares diferentes, para que la policía no investigue demasiado.

(En este momento oigo una pequeña llamada en la puerta del estudio, que se abre y escucho la voz de la mujer que viene a limpiar dos veces por semana:

–¿Me puedes decir dónde está el rascador de la vitrocerámica, que no lo encuentro?

Me levanto, abro el cajón donde ha estado siempre y se lo doy.

–Vaya, no habré mirado bien –dice con descaro, sin pedir disculpas por haberme interrumpido sin motivo.

Estoy acostumbrado a sus desplantes desde que mi mujer y yo nos divorciamos y prefirió quedarse conmigo porque yo le pago más. Pero alguna vez tendré que pararle los pies).

Vuelvo al estudio. El tocadiscos se ha detenido porque el disco que puse (uno de Pink Floyd) ha terminado en su cara A. Le doy la vuelta y comienza Have a cigar. Me entretengo mirando la portada del LP, dos hombres trajeados dándose la mano en la calle de un polígono industrial. Uno de los hombres, el de la derecha, tiene llamas en el pelo, en un brazo y en una pierna. Supongo que la imagen tendrá que ver con alguna de las letras del disco, pero como no sé inglés, no tengo una explicación.

Continúo con la historia de los traficantes de órganos. Ahora estoy enredado con la descripción de uno de los personajes, el médico que realiza las operaciones. Era un médico de prestigio, número uno de su promoción, persona generosa cuando comenzó a ejercer, afable y cercano con los pacientes, pero la envidia de varios compañeros, el mal resultado de una difícil operación y la denuncia de los familiares del enfermo provocaron que lo despidieran de la clínica y tuviera que irse a un pueblo como médico de familia. Amargado y dolido, es contactado por una red que se dedica al comercio ilegal de órganos.

(Cuando llevo escritas unas quince o veinte líneas, totalmente concentrado y entusiasmado porque, por fin, encuentro el ritmo y las frases adecuadas, vuelvo a escuchar golpecitos en la puerta.

–Me puedes ayudar a quitar las ventanas del salón, que yo sola no puedo?

Levanto las manos del teclado, me giro lentamente y la miro a los ojos durante un par de segundos.

–Hasta ahora siempre lo has hecho tú sola –intento hablar con tranquilidad, pero noto que la voz me tiembla ligeramente.

–Sí, es verdad, pero hoy me duele algo la espalda y tengo miedo de que me dé un parraque y me quede como una alcayata –me dice con una medio sonrisa, como disculpándose.

Miro las últimas frases en la pantalla del ordenador, esperando que cuando regrese no haya perdido la inspiración, aunque estoy casi seguro de que no va a ser así. Me levanto, ayudo a la mujer a quitar las ventanas, que hay que reconocer que pesan mucho porque son de climalit y me vuelvo al estudio).

Como me temía, no soy capaz de finalizar el último párrafo sobre el médico. La frase “Estaba sentado en la puerta de la casa, contemplando un paisaje de cielo gris azulado y nubes que se acercaban amenazadoras, como un reflejo de su vida actual, gris e inquietante, sumergida en un líquido espeso que lo tenía atrapado…”. No sé cómo continuar. Escribo palabras que no tienen sentido y las borro con furia en la pantalla.

Dejo la descripción del médico y cambio de página. Ahora me dedico a describir el miedo y la desesperación de una de las personas atrapadas en una habitación. Es una mujer maltratada que huye de su casa con el rostro tumefacto después de la última paliza de su pareja. Llevaban conviviendo dos años y en ese tiempo, lo que comenzó como una apasionada historia de amor, se ha convertido en un infierno de insultos, gritos, golpes y vejaciones de todo tipo. No quiero detenerme demasiado en su historia, porque lo que me interesa es reflejar la angustia, el pánico que siente desde hace tres semanas, el tiempo que lleva secuestrada. Contactó con ella el hijo del dueño, un muchacho de unos veinticinco años, de aspecto agradable, siempre sonriente y muy hablador, aunque sus fríos ojos verdes desentonan en el conjunto. Vio a la mujer en la estación de autobuses de una ciudad del centro del país, y desde el primer momento supo que era una víctima fácil.

(Maldita sea, vuelvo a escuchar los golpes en la puerta y esta vez, antes de que se abra, casi grito:

–¿Qué quieres ahora? ¿No puedes dejarme trabajar sin interrumpirme cada cinco minutos?

–Perdona, sólo quiero que me ayudes a poner las ventanas en su sitio –me dice con un ligero retintín–. No creo que eso sea demasiada molestia, que a ti no te cuesta ningún trabajo.

Vuelvo a levantarme, cada vez más enfadado. La mujer lleva sólo una hora en casa y ya he tenido que suspender la escritura tres veces. Poner las ventanas me cuesta mucho más trabajo, más de un cuarto de hora. Termino sudando y maldiciendo la hora en que se me ocurrió mantenerla a mi servicio. Si hubiera contratado a una mujer del este o sudamericana, seguro que tendría menos problemas. O acudir a una empresa de limpieza, que sería mucho más cómodo, aunque también más caro, y mi economía, después del divorcio y con la pensión que le tengo que pasar a mi ex todos los meses no está demasiado boyante. Pero esta señora ya ha cogido demasiadas confianzas y es más un estorbo que una ayuda. Mi enfado va subiendo varios grados por momentos, así no hay quien trabaje ni quien se concentre).

¿Dónde me había quedado? En el miedo de la mujer maltratada, sí. Ahora vuelvo atrás y describo con crudeza los insultos del marido, los golpes, las patadas. Me identifico con él y cada golpe lo doy con furia, disfrutando, sin atender a las súplicas, a los gemidos, a la sangre que brota de los labios partidos, a los moratones que aparecen en la piel de la cara, cada vez más tumefacta. Un párrafo, dos, tres. Y cuando estoy a punto de terminar esta parte, saboreando el momento y viendo, como si fuera una escena a cámara lenta, el puño levantado, la sonrisa malvada del marido que sabe dónde va a golpear para que duela más…

(Tres golpes enérgicos en la puerta. Esto no está sucediendo, me digo. Esta vez no se atreve o no quiere abrir la puerta.

–Necesito que me des dinero para ir a comprar lejía, que se ha terminado y no puedo seguir limpiando).

Noto que algo ha cambiado en mi interior. Dejo de escribir, le doy un último vistazo a la última frase, me levanto despacio y cojo un candelero de bronce que está en una repisa al lado de la puerta. Nos lo regaló mi suegra, al año de casados, para que decoráramos un poco la casa, que según ella parecía un hospital robado, sin adornos de ningún tipo. Es un candelero pesado, con una base redonda más ancha y que me va a servir perfectamente. Nunca lo habíamos utilizado para poner una vela y encenderla, ni siquiera en las cenas íntimas que organizábamos cuando aún quedaba algún rescoldo de cariño. Pero ahora le voy a dar un uso muy adecuado.

Abro la puerta y antes de que la mujer pueda abrir la boca ni hacer un gesto, le asesto un golpe tremendo en la cabeza. Veo su mirada asombrada, pero no asustada. No le ha dado tiempo a proferir ni un grito y cuando cae, sigo golpeando, siempre en la cabeza, hasta que ésta se convierte en una masa informe. Ahora ya sé perfectamente lo que siente un asesino y podré utilizarlo en mi novela. En esta o en las próximas que voy a escribir.

Tengo la ropa, la cara y las manos llenas de sangre y así, sin lavarme, vuelvo a sentarme delante del ordenador. Me pongo en situación y termino la descripción del maltrato. En mi novela, el hombre no mata a la mujer, pero hay que ir pensando en alguna historia de asesinos en serie. Termino y, sin mirar hacia la puerta donde está la asistenta muerta, cojo el teléfono y llamo a la policía. Sale una voz ronca que me pregunta qué deseo.

–Acabo de matar a la mujer que viene a limpiar a casa. Mi dirección es… Por cierto, ¿sabe usted si en la cárcel permiten tener un ordenador, una máquina de escribir o, en su defecto, folios y bolígrafo?

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La vida no es aburrida

Hace tiempo vi un programa de televisión dedicado a esos pueblos que se distribuyen por la geografía española, fundamentalmente por las dos Castillas, que se han ido despoblando o en los que quedan apenas media docena de personas, casi todas ellas ancianas. En uno de esos pueblos vivía sólo un hombre, de unos sesenta o sesenta y cinco años, que había nacido allí, se había ido a trabajar a una gran ciudad y, una vez jubilado, decidió regresar al lugar donde había pasado su infancia. El lugar tenía poco más de una docena de casas, todas de piedra y con las puertas y ventanas cerradas menos la suya, una hermosa vivienda con un banco, también de piedra, adosado a la pared y un arriate de flores que me parecieron hortensias, un gran salón donde el fuego crepitaba alegremente en una chimenea situada en un rincón, con muebles de madera oscura que daban la impresión de ser antiguos y de calidad. En el salón, al que se accedía directamente desde la puerta de la calle, destacaba, sobre todo, una gran librería que ocupaba todo un testero, del suelo al techo y rebosante de libros y discos. La cámara se paseó lentamente por los libros y pude leer alguno de los títulos: La Celestina, la Divina Comedia, La Regenta, Episodios Nacionales, La colmena, El capitán Alatriste…. No se adivinaba un orden especial, una organización o una planificación por épocas, autores o alfabética. Creo que eso es lo mejor para las librerías personales, ir colocando los libros en los espacios que van quedando libres y, de vez en cuando, revisar y encontrarte con sorpresas, como me ocurrió hace poco, cuando vi un libro que había comprado hacía un par de años y que no recordaba que lo tenía. Aunque soy ordenado para algunas cosas, para esta en concreto soy un pequeño desastre. Me he planteado dedicar un tiempo a hacer una base de datos con todos los libros que tengo, apuntando una información muy básica: título, autor y estante en el que se encuentra. Pero siempre busco alguna excusa para no hacerlo.

El reportaje hacía un seguimiento del día a día del solitario personaje, que desgranaba con sencillez cómo transcurría el tiempo en un pueblo que, aunque no muy alejado de núcleos urbanos más grandes y poblados, sólo contaba con su presencia, sin nadie con quien conversar, distraerse o, en caso de necesidad, acudir para solicitar ayuda. Según dijo, estaba acostumbrado a vivir solo, nunca se había casado, era hijo único y cuando sus padres fallecieron, heredó la casa que ahora habitaba. Él cultivaba un pequeño huerto situado en la parte de atrás de la vivienda, daba largos paseos por los alrededores llegando hasta un arroyo de aguas transparentes y en el que se podía ver un fondo pedregoso. La periodista intentaba indagar en el pasado del personaje, qué le había llevado realmente a llegar a su situación actual, pero éste sólo quería hablar de su presente, de cómo organizaba el día, de las plantas que cultivaba, de cómo limpiaba de vez en cuando las hierbas que nacían entre las calles empedradas, de sus esporádicos viajes al pueblo cercano para comprar lo necesario, de sus visitas periódicas al médico para revisar su salud, que le preocupaba sobre todo para poder seguir disfrutando de su apacible vida.

—Teniendo salud, lo demás no me importa —le comentó a la periodista, que asistía con cierto asombro a una muestra de austeridad y de sobriedad del que su entrevistado hacía gala desde el comienzo del reportaje.

Para finalizar, la reportera preguntó:

—¿No se aburre con este tipo de vida, todo el año haciendo lo mismo no le resulta monótono?

Y nuestro personaje, que me caía cada vez más simpático y al que admiraba y envidiaba al mismo tiempo, se quedó mirando a la cámara y dijo:

—Hay muchos libros que leer, mucha música que escuchar y muchos caminos que recorrer. De ese modo, la vida nunca puede ser aburrida.

Fueron sólo un par de frases que resumían toda una filosofía de vida y que terminaron por ganarme. ¿Qué más se puede necesitar? Algunos dirán, o diremos, que la familia, los viajes, el amor. Y seguramente tendrán, tendremos, razón, porque todo eso es importante. Pero para alguien que ha tomado la decisión de vivir en soledad o para los que ya han superado y alcanzado algunas metas, las palabras de ese personaje solitario reflejan y explican lo que muchos pensamos y deseamos: la vida es maravillosa con un buen libro en las manos, una buena música sonando en un salón tranquilo y paseando por caminos que no lleven a ninguna parte.

Y si a todo eso sumamos los últimos días de mayo y los trece días de junio que llevamos, todo se torna apasionante: la sentencia del caso Gürtel en Madrid y Valencia, que demuestra que el PP se financió irregularmente; una moción de censura sin apenas posibilidades de salir adelante pero que, cosas de la política, ganó Pedro Sánchez; la formación de un gobierno que mayoritariamente está formado por mujeres; la acogida por España de los inmigrantes que se hacinan en el barco Aquarius; el fichaje de Lopetegui por el Madrid y su expulsión de la selección española; la sentencia del Supremo que ratifica el ingreso en prisión de Inaki Urdangarín; la dimisión del ministro de Cultura y Deporte, Maxim Huerta por defraudar a Hacienda… Y fuera de España, la entrevista entre dos personajes que dan risa y miedo a la vez, Trump y Kim Jong Un. Total, que es imposible aburrirse pero, por favor, que la política nos dé un respiro, que así no hay quien viva con sosiego.

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Duos habet et bene pendentes (o cómo empecé a amar la historia y la enseñanza)

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La primera vez que escuché esta frase latina fue en cuarto del antiguo bachillerato elemental, que cursé en el Instituto Masculino de La Coruña (hoy IES Salvador de Madariaga). Estamos hablando de abril o mayo del año 1969, cuando acababa de cumplir 14 años o estaba a punto de cumplirlos. Había terminado la clase de matemáticas y estábamos esperando a que llegara el profesor de historia, seguramente haciendo un ruido de mil demonios, todos levantados y hablando a gritos, lo que era normal teniendo en cuenta que la disciplina era férrea durante las clases y los únicos momentos para que una pandilla de adolescentes se desfogara era en los intermedios entre clase y clase y a la hora del recreo. Yo me sentaba al lado de Casanova, un chicarrón que, a pesar de su enorme tamaño, iba siempre con unos pantalones cortos muy ajustados, cosa normal si era verano, pero que él llevaba durante todo el año y que dejaban ver una piernas que siempre estaban llenas de heridas y de costras. Yo le tenía un cierto respeto, por no decir miedo, ya que solía aprovecharse de su fuerza y de mi natural medroso para obligarme a decirle las soluciones de los ejercicios, susurrarle las respuestas en los exámenes  y cuando le preguntaba algún profesor o hacerle los deberes que casi nunca solía traer hechos. Ahora comprendo que para él sería casi imposible el estudio, pues vivía en una aldea a unos quince o veinte kilómetros de Coruña y teníamos clase mañana y tarde por lo que, cuando llegara a su casa, después de coger un par de autobuses, no creo que tuviera muchas ganas de estudiar ni de hacer deberes. Algunos años más tarde, cuando terminé los estudios de magisterio y comencé a trabajar, me lo encontré en un taller mecánico y me cambió las pastillas de freno mientras recordábamos viejos tiempos. Yo le eché en cara los malos momentos que me hizo pasar, pero, en realidad, terminé agradeciéndole que me ayudara a defenderme y a saber salir de situaciones comprometidas. Hace más de cuarenta y cinco años que no le veo, pero todavía recuerdo como si fuera ayer su tímida sonrisa de despedida y su mirada triste, mezcla de envidia y de nostalgia por un pasado que, seguramente, sería mejor que su futuro.

Además de Casanova, recuerdo a Cortón y a Cao, los más listos de la clase y que nos miraban por encima del hombro, como si fuéramos medio retrasados y no pudiéramos entender sus ingeniosos juegos de palabras y sus alusiones a científicos y escritores que nunca nos sonaban; a Ricardo y a Balsa, amigos inseparables y que continuamente estaban inventando bromas y trastadas, que siempre quedaban impunes pues nadie podía acusarlos si uno no quería ser considerado un chivato, el peor insulto que alguien podía recibir. También recuerdo a Carré y a Dequidt, dos grandes deportistas, el primero creo que llegó a ser campeón gallego de cuatrocientos metros vallas y después se hizo un excelente y reconocido fotógrafo, mientras que el segundo competía en esgrima. He perdido la pista de casi todos ellos, pues ninguno siguió la vocación de la enseñanza y se dedicaron a otros menesteres.

Menos los ya mencionados Cortón y Cao, que estarían hablando de filosofía o de literatura, los demás estábamos tirándonos bolas y aviones de papel, persiguiéndonos entre las mesas dando alaridos o haciendo cualquier otra tontería cuando, de pronto, se hizo un silencio sepulcral y todos corrieron a sentarse en sus respectivos asientos, todos menos Casanova y yo, que estábamos al final de la clase, él corriendo, como casi siempre, detrás de mí para darme alguna colleja o hacerme caer con una zancadilla. Y así fue como nos encontró un profesor que nunca habíamos visto en el Instituto, un hombre alto, de pelo largo y lacio que casi le llegaba a los hombros, barba recortada, con jersey negro de cuello subido y pantalones vaqueros, indumentaria que contrastaba vivamente con la que solían utilizar todos los profesores del instituto, que vestían con el típico uniforme docente de aquella época, traje o chaqueta y, por supuesto, corbata, y don Germán, el profesor de religión, con sotana, como no podía ser de otra manera.

Por mucho que mi compañero y yo intentamos pasar desapercibidos, fue inútil. Comenzamos a movernos despacio hacia nuestras sillas, pero él, con un gesto de la mano, ordenó que nos estuviéramos quietos. Se acercó lentamente a la tarima donde se encontraban la mesa y el sillón del profesor mientras en su rostro se apreciaban una mirada y una medio sonrisa que denotaban una mezcla de diversión y de sadismo, y eso provocó en toda la clase, y sobre todo en Casanova y en mí, una reacción de pánico que nos duró hasta que, tras un breve silencio que a nosotros nos pareció eterno, soltó su primera frase:

— A ver, el correcaminos y el coyote, que se acerquen.

En ese momento, el pánico se tornó en una carcajada general y todos, incluidos los aludidos, soltamos un suspiro de alivio. De pie, delante de toda la clase y con la pizarra detrás de nosotros, mi compañero y yo pudimos fijarnos mejor en el nuevo profesor mientras éste explicaba que en lo que quedaba de curso, que era apenas un par de meses, él iba a sustituir a don Alberto Cardona, el profesor de Historia, que había contraído una enfermedad (luego nos enteramos que era hepatitis) y tenía que guardar reposo. Muchos no se contuvieron y mostraron su alegría, ya que las clases de Historia, con la reconquista, los Reyes, Católicos, la relación de reinos y reyes, batallas, fechas, matrimonios, líneas del tiempo, mapas históricos, etc., nos habían dejado exhaustos y algunos teníamos la impresión de que algún día nos iba a estallar la cabeza. El problema era adivinar por dónde irían los tiros con el nuevo profesor. Mientras nos explicaba todo esto, pudimos comprobar que no se había sentado, sino que iba andando entre las mesas, abriendo algunos libros y  libretas, fijándose en el nombre que figuraba en la primera página de cada libro. Su voz era ronca, grave y hablaba despacio, como pensando bien lo que estaba diciendo. Cuando llegó al fondo de la clase, se dio la vuelta y desde allí se dirigió a los dos dibujos animados:

— Veamos. El coyote perseguidor, que borre la pizarra. Y que la deje bien limpia, no quiero ver ni una cifra. Por cierto, esa última ecuación está mal resuelta. Y cuando termine, haga el favor de sentarse.

Mientras mi compañero borraba la pizarra, yo intentaba imaginarme los tormentos que me tendría preparado el profesor, entre los que estaban escribir doscientas o trescientas  veces «me comportaré correctamente en clase», ser enviado al jefe de estudios para que su reprimenda llegara a oídos de todo el Instituto, bajarme puntos en la nota final o cualquier otro castigo, a cual peor. Pero se limitó a decirme:

— Según el jefe de estudios, ustedes comenzaron a estudiar la semana pasada a Carlos I de España y V de Alemania. Vamos a ver qué sabe Vd. de todo lo que le han explicado y dígaselo a sus compañeros. Ah, y espero que tenga buena memoria.

Esta última frase hizo que yo empezara a temblar como un poseso. La verdad es que me acordaba muy poco, así que, entre balbuceos, y observando cómo mis compañeros me miraban entre sonrisas, sobre todo Cortón y Cao, y caras muy serias todos los demás, por si les tocaba a ellos completar lo que yo decía, empecé con lo más simple: que si era hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, nieto de los Reyes Católicos, que había nacido y se había criado en Gante, que llegó a España siendo muy joven y casi sin saber hablar castellano, y poco más pude decir,  según creo recordar. Mientras yo hablaba, el profesor iba escribiendo en la pizarra algo que yo no veía. Cuando terminé y me di la vuelta para ver la reacción del profesor, éste me dijo que leyera en voz alta lo que había escrito: «Me llamo Adrián, igual que uno de los maestros de Carlos I. Ese maestro fue conocido posteriormente como el papa Adriano VI». Y más abajo había otra frase en latín: «Duos habet et bene pendentes».

— Espero que sepa algo más de latín que de historia. Traduzca esa frase, por favor.

Por suerte, no me pareció excesivamente difícil, ya que, aunque aunque no había aprendido demasiado latín en los dos cursos con el Sr. Ripoll, eso me sonaba algo, así que, con cierto aplomo, dije:

— Tiene dos y bien pendientes—, aunque esta última palabra con alguna duda, pues no tenía total seguridad.

— No está mal, aunque podría traducirse mejor por «tiene dos y le cuelgan bien» pero, ¿sabe a qué se refiere y quién la decía?—. Como mi cara debía ser el perfecto reflejo de mi ignorancia, se dirigió al resto de la clase por si alguien sabía la respuesta. Pero el silencio que siguió demostraba que nadie tenía ni idea.

Después de decirme que me sentara y de aconsejarnos a los dos cogidos «in fraganti» y al resto de la clase que no volviéramos a hacer tanto jaleo, comenzó la primera clase de historia que me gustó en mi vida y que, además, forjó mi posterior vocación docente. Habló de las intrigas y de los intereses que rodeaban la elección de los papas, del poder de la Iglesia y de las relaciones entre reyes y papas, de la leyenda de la Papisa Juana… A medida que iba hablando, con una voz bien modulada y que nos envolvía como si estuviéramos sumergidos en un mar cálido en el que las palabras nos acompañaran como si fueran peces de colores brillantes, se abría ante nosotros un mundo totalmente desconocido pero fascinante. De vez en cuando se detenía y nos hacía alguna pregunta o nos animaba a hacerla, y nos hizo ver que más importante que saber las respuestas, que eso se conseguía con un poco de atención o de interés, era hacer las preguntas adecuadas, porque demostraba que sabíamos lo que queríamos aprender o comprender. ¿Por qué nadie, nunca, nos había mostrado esa historia, que nos parecía mucho más divertida y real que la que aparecía en los libros, que nos obligaban a estudiar de memoria y que olvidábamos poco después de los exámenes? Las miradas de complicidad entre nosotros, hasta ese momento alumnos pasivos, desinteresados por la historia y por casi cualquier tema de los que estudiábamos por entonces, me convencieron de que estaba ante alguien que me marcaba un camino, el de la enseñanza, el de ayudar a los demás a entender las cosas, a ordenarlas o desordenarlas, a crear e impulsar la curiosidad. Entonces no fui realmente consciente de lo que me estaba sucediendo, pero al cabo de unos pocos años, cuando tuve que tomar una decisión al terminar el bachillerato, me acordé de don Adrián y de esta primera clase. Y no fue difícil hacer la elección.

Faltaban menos de diez minutos para finalizar y todavía no había hablado sobre la frase que nos tenía intrigados. ¿Qué eran esos dos que le colgaban bien? Y entonces, como el número final de circo que se presenta con un redoble de tambor, Adrián nos explicó que los papas tenían que ser examinados manualmente para demostrar su virilidad. Para ello se sentaban en una silla perforada, la sedia stercoraria, y un diácono se agachaba y tocaba los testículos, y cuando comprobaba fehacientemente la masculinidad del nuevo papa, enunciaba la citada frase y todos los asistentes respondían Deo Gratias (gracias a Dios).

Ni que decir tiene que los cuchicheos, risas y comentarios que siguieron a esta historia se convirtieron en algarabía, que Adrián permitió durante unos segundos pero que acalló con tres palabras, dichas en un tono muy bajo:

— Silencio, por favor.

Era la primera vez que un profesor del centro nos pedía de manera educada que nos calláramos y el efecto fue instantáneo. Lo normal era hacerlo mediante amenazas, castigos, gritos. Y todos comprendimos que algo nuevo iba a suceder de ahí en adelante en las clases de historia porque era la primera vez también que un profesor nos había seducido. Y para terminar, después de tenernos una hora prendidos de sus palabras y de sus gestos, nos regaló dos frases que todavía recuerdo casi literalmente:

— Espero que a lo largo de sus vidas contraigan suficientes méritos para que no tengan que hacer valer sus atributos sexuales. Estos vienen de nacimiento y, por tanto, no hay mérito alguno en poseerlos, como no hay mérito en ser guapo o alto. El mérito está en el esfuerzo, en la constancia, en el pundonor, en luchar para conseguir algo.

Y la última frase de ese día, uno de los más memorables que recuerdo de mi paso por el Instituto, fue la que decantó mi gusto y admiración por la Historia:

— La Historia es para la Humanidad lo que la Memoria es para el Hombre. Las personas somos fundamentalmente memoria, recuerdos, instantes vividos con los otros, con los que nos rodean, con los que queremos u odiamos. Recordamos momentos tristes y alegres, gestos, palabras, emociones; es decir, vivimos de y con nuestras experiencias pasadas porque nos permiten adivinar lo que nos queda por vivir, que es lo más importante. Por eso, lo peor que le puede pasar a alguien es perder los recuerdos porque dejará de disfrutar realmente de la vida. Y la Historia consiste en eso, en recordar lo que le ha ido ocurriendo a la Humanidad, comprender por qué le ha ocurrido, explicar las causas, las consecuencias de los hechos. Porque en el pasado está la base del futuro, de vuestro futuro, del mío y de todas las generaciones que nos sucederán.

Y con el final de esta frase, dicha casi en la puerta de la clase mientras sonaba la sirena, se despidió con un saludo y nos dejó mudos, mirándonos los unos a los otros y siendo conscientes de que algo muy hermoso había sucedido. Algo que, después de haber pasado más de cuarenta años, nunca se me ha olvidado.

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N del A: casi todos los personajes y situaciones son reales, aunque algunos nombres son inventados. Dejo a la imaginación del lector descubrir qué es realidad y qué ficción.