No quiero salir de mi zona de confort

He decidido no volver a mis sesiones de coaching. Y tampoco voy a utilizar más ese anglicismo, habiendo expresiones en español que significan lo mismo: entrenamiento personal, por ejemplo. Pues bien, mi coach, perdón, mi entrenador personal, lleva repitiéndome hace meses que todo lo interesante de la vida ocurre fuera de nuestra zona de confort, que debo intentar salir de ella, de esa especie de narcótico o de burbuja en la que vivo, que me estoy adocenando, que voy a caer en la rutina o en la depresión, que se va a rebajar mi autoestima, que voy a perder habilidades, que voy a ser incapaz de resolver problemas, que me voy a aburrir o a convertirme en una persona aburrida, que mi vida futura sólo va a consistir en levantarme, desayunar, dar de comer a las palomas en los parques, quedarme observando a los trabajadores en las obras, pasar horas delante del televisor y esperar sentado, cada vez más viejo y cansado, a que a esa señora con una capucha y una herramienta agrícola en la mano se le ocurra visitarme y yo no pueda salir corriendo porque, claro, como estoy en mi zona de confort, me dará miedo lo desconocido. Acojona, oiga.

Porque yo me decía: con lo a gustito que se está haciendo lo que me da la real gana, como buen español que soy, haciendo lo que me gusta sin dar explicaciones a nadie, esforzándome lo justo para vivir y sobrevivir en un mundo cada vez más complejo y difícil, sin buscarme problemas y sin creárselos a nadie, ¿para qué complicarme la vida? ¿Quién dice que el dolce far niente es malo? ¿Acaso epicúreos, hedonistas y demás filósofos que buscan el placer como fin estaban equivocados o hay que estar permanentemente en un valle de lágrimas, como quieren algunos, sobre todo esas religiones monoteístas a las que tanto molesta la diversión y el pasárselo bien? Hombre, diréis aquellos que me conocéis, pero si a ti te gusta machacarte y correr diez o doce kilómetros, andar durante horas, comer frugalmente, beber poco, leer mucho, etc., ¿esos no son sacrificios que a muchos les horrorizarían? Ahí está el quid de la cuestión, amigos. Porque cada uno tiene su zona de confort, que no tiene por qué coincidir con la de los demás.

Para unos, dedicarse a realizar deportes extremos, viajar a lugares inhóspitos, castigar al cuerpo, es una necesidad, forma parte de su vida y no la conciben de otra manera. Para otros, trabajar durante horas y horas, romperse la cabeza buscando nuevas oportunidades de negocio, sacrificar su tiempo libre, también es una forma de disfrutar, sobre todo si va acompañada de un aumento de su cuenta corriente. A otros les gusta la política y alcanzar el poder, aunque sea sacrificando ideales y a su familia. Otros, y a estos sí que los admiro y envidio, dedican su tiempo a los demás, ayudando a los necesitados, a los desfavorecidos y encuentran su satisfacción en la entrega, en la solidaridad. Parecerá mentira, pero esa es su zona de confort porque son felices así.

Por eso le dije a mi entrenador: mira, muchacho (tenía confianza con él y era, además, mucho más joven que yo, de ahí lo de muchacho), seamos sinceros, todos buscamos quedarnos en nuestra zona de confort, sea lo que sea eso para cada uno. Y si podemos, nos quedamos ahí y no nos mueve ni Dios. Sé que te ganas la vida muy bien comiéndole el coco a la gente con la chorrada esa de salir de la zona de confort, que si hay que motivarse, buscar nuevos límites y nuevos retos, afrontar con valentía las dificultades, ser creativos. Yo, como Unamuno: que inventen ellos. Los que quieren salir de esa zona o son tontos o no tienen más remedio que hacerlo para buscarse las habichuelas. Ahí te quedas. Y dando media vuelta, lo dejé plantado.

Ahora estoy de lujo en mi casa, leyendo cuando quiero, viendo la televisión, viajando cuando puedo (que es cuando quiere mi mujer), andando por la ciudad y corriendo dos o tres veces en semana, aprendiendo alguna cosa nueva de vez en cuando porque sigo siendo una persona curiosa (tampoco muchas, que la cabeza ya no da para más), reuniéndome con los amigos para charlar y disfrutar alrededor de buenos platos y buenos vasos de vino, dejando que la vida discurra plácidamente, que es como tiene que discurrir. Si la suerte me acompaña y el destino quiere, aquí me quedo confortablemente aburrido o aburridamente confortado, como queráis.

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