¿A alguien le interesa un chalet en Aroche?

Siempre me ha costado desprenderme de las cosas. Y hay mucha gente que le pasa lo mismo. Por supuesto, no soy capaz de deshacerme de un libro, aunque me haya gustado muy poco, aunque las hojas y las pastas ya estén desgastadas por el uso. Intento recomponerlo, pegar aquello que está roto, buscar la forma de impedir que alguien de mi familia, al verlo tan viejo, lo tire a la basura y con él, los emocionantes momentos o los disgustos que me proporcionó. Así que, con paciencia, uno las hojas desprendidas, pego los cantos, forro o sustituyo las cubiertas y, si el resultado no me convence, lo guardo en alguna caja hasta que encuentre un lugar adecuado. Mi amigo Rafael, el frutero, siempre me dice lo mismo: mi padre no me dejó dinero ni casas ni fincas, pero me dejó algo mucho más valioso y que me ha permitido vivir con mucha libertad y amplitud de miras: una gran biblioteca. Cuando me acerco a comprar algo de fruta, a veces me suelta: te doy dos kilos de naranjas y las obras completas de Dostoiewski por un euro. Siempre acepto, pero declino recoger los libros porque pesan demasiado. Yo no sé si podré dejar algo a mis hijos porque la vida, ya se sabe, da muchas vueltas, pero sí pretendo dejarles varios cientos de libros. Por lo menos, ya he conseguido algo, y es que les encanta leer.

Me cuesta deshacerme de la ropa, de muebles, fotos, juguetes, de cualquier cosa que haya pasado por mis manos y haya adquirido algo de mí y yo algo de ellos, que haya impregnado mi piel o mis recuerdos con sus átomos, con su tacto, con el tiempo dedicado a poseerlos, a disfrutar, a utilizarlos. Se crea una relación que es muy difícil de deshacer, hay unos hilos invisibles que nos unen y es complicado cortarlos. Un jersey descolorido, una camisa con el cuello gastado, un sillón en el que he pasado horas y horas leyendo o trabajando, un balón o una espada de madera, forman parte de la propia existencia. Me viene a la memoria una canción de Serrat, Aquellas pequeñas cosas, que habla de todo esto. Y cuántas veces me he arrepentido de haber tirado un pantalón que se había quedado antiguo y que ahora vuelve a estar de moda, o un álbum de colección que le podría haber regalado a mis hijos. Pero reconozco que es imposible ir acumulando tantos objetos, muchos de ellos inútiles o inservibles, que sólo son importantes para mí y que para los demás representan un espacio menos en una habitación o en un trastero y que, en la mayoría de los casos, acumulan polvo y suciedad durante años sin que nadie, ni uno mismo, acuda de vez en cuando a echarles una mirada.

Ahora tengo que resolver una difícil ecuación, aunque conozco la solución, cuyos términos constan de recuerdos, de tiempo y de sentimientos, por un lado, y de habitaciones, pasillos, salón, cocina, cuartos de baño, garaje, etc., por otro. Estoy seguro de que a muchos de vosotros os habrá pasado lo mismo. Vivís en una casa durante unos años, quizás la hayáis recibido como herencia o la habréis comprado con mil esfuerzos o, y lo que es peor, habréis nacido, pasado la infancia y la juventud con padres y hermanos y, por diferentes circunstancias, os veis obligados a deshaceros de ella. Y entonces entran las dudas, el miedo a equivocarse, a vender parte de uno mismo, porque estamos hechos de memoria, de momentos, de recuerdos. Pero reconozco que no soy amigo de ir acumulando bienes, de poseer fincas, casas, coches porque he llegado a la conclusión, a la que también han llegado muchos más antes que yo, que es absurdo poseer y no disfrutar, tener demasiados apegos porque después cuesta mucho trabajo abandonarlos.

Hace algunos meses escribí una serie de relatos sobre mis paseos por los caminos de Aroche. En todos ellos, la caminata comenzaba en el chalet (así lo llamamos en la familia, aunque no deja de ser una casa con un pequeño terreno en el que hay dos naranjos y un limonero y el vecino, Antonio, siembra tomates y pimientos) y después, pasando por delante de la Fuente Nueva y frente al Salón Félix Lunar, subía por la calle San Mamés y salía del pueblo. El Camino del Carmen, el Camino Viejo del Cerro y el Camino del Merendero me hicieron pasar muy buenos momentos. Como los que pasé, desde finales de los años setenta, cuando mi padre compró el terreno y después levantó la casa, en el chalet. Casi cuarenta años. Pero ha llegado el momento de, sin aspavientos, sin caer en la melancolía o en la pena (hay cosas muchos peores), deshacernos de ella. Cada vez la utilizamos menos, mi madre, que en dos meses cumple 91 años, ya no está para vivir sola allí, cuesta trabajo, tiempo y dinero mantenerla. Tenemos otra casa en el pueblo, la de mi mujer y sus hermanos, una casa grande, amplia, cómoda, en pleno centro. Sé que a mis hijos, a mi hermano y a mi madre les da pena, pero también reconocen que no merece la pena seguir con ella. Hay que pasar página y quitarse pesos de encima, ir cada vez más ligeros de equipaje.

Así que hemos decidido vender el chalet. ¿Alguien está interesado? Todavía no sabemos cuánto pedir por él. Ya se sabe que no es lo mismo valor y precio; para nosotros, para la familia, es muy valioso, tendríamos que pedir mucho, pero hay que ser realista. Me informaré y si alguien pregunta, espero poder darle una respuesta y llegar a un acuerdo. Sólo diré que las vistas son magníficas, que se puede contemplar el pueblo y la sierra sentado en la terraza y disfrutar de unos atardeceres maravillosos, que está muy bien conservado, que tiene una planta de 120 metros cuadrados con salón, tres habitaciones, dos baños y cocina, que en la planta baja hay otra habitación, un garaje amplio y una leñera. Que en la parte de atrás hay un pequeño huerto… Allí hemos vivido muy bien y estoy seguro de que si alguien lo compra, también disfrutaría mucho de él.

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