Relato IX: Héroes y villanos

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Ser un héroe que posee poderes extraordinarios, con una máscara y un traje que impiden que lo reconozcan y ser admirado por defender a los débiles contra los malvados que intentan apoderarse o destruir el mundo, es muy fácil, muy sencillo y no tiene mérito alguno. Normalmente esos poderes son adquiridos sin esfuerzo, por una casualidad o por un conjunto de circunstancias ajenas a su voluntad, por lo que sólo tienen que luchar contra el mal y hacer el bien. Porque si no lo hicieran, no sé para qué querrían esos superpoderes, digo yo, estarían aburridos todo el día. Si pueden volar, levantar pesos enormes, correr a la velocidad del rayo o hacerse invisibles y sólo lo utilizan para divertirse o para presumir delante de los demás, llegaría un momento que tanto él como los otros se aburrirían y se plantearían qué hacen en este mundo, para qué sirven.

Por regla general, cada héroe tiene un antihéroe, un villano que también posee superpoderes y que se divierte haciendo el mal, asustando y haciendo sufrir a los pobres mortales que carecen de antídotos contra sus fechorías. Si no tuvieran un personaje que se enfrentara a ellos podrían ocurrir varias cosas: hacerse el amo del mundo y esclavizar a toda la humanidad o acabar con ella y quedarse solo. Más aburrimiento todavía o peor aún, tendría que luchar contra sí mismo lo que podría acarrearle graves consecuencias.

Pero hay otro tipo de héroes y de villanos de carne y hueso, con habilidades y herramientas adquiridas con esfuerzo, con paciencia y con inteligencia, y es de estos de quien quiero hablar.

Aquella mañana, como había ocurrido en las tres últimas, nuestro héroe no pudo salir de su casa para defender a los débiles, a los oprimidos, a los incautos, a los desvalidos. Tenía un ligero dolor de cabeza, los párpados hinchados y un malestar general, en el que se incluía también un cierto sentido de culpabilidad o de remordimiento (no era capaz de reconocer si era sólo uno o ambos los sentimientos que hacía tres días que lo inquietaban).

Llamó por teléfono al despacho, para comunicarle a su secretaria que todavía no se había recuperado y que si había algún problema grave lo llamara al móvil. Notó en las breves respuestas de la muchacha un tono de preocupación, pero prefirió no preguntar la causa, porque cada vez que lo hacía tenía que salir corriendo o volando a resolver situaciones casi desesperadas.

Era un héroe sin capa, ni máscara, ni prendas ajustadas. Volaba en una rápida berlina o en el tren de cercanías que lo acercaba al centro de la ciudad, donde tenía su despacho. Vestía elegante traje gris marengo y portaba habitualmente una cartera negra de piel. Los asuntos los resolvía a base de denuncias y defensas numantinas en el juzgado, entrevistas ante las cámaras y comunicados en prensa y radio. Había evitado en los últimos meses que muchos poderosos, ruines, sórdidos y mezquinos personajes o instituciones se aprovecharan de los desfavorecidos.

El último caso había sido el más sonado, el que lo había llevado a las portadas de los periódicos que, con grandes titulares, lo calificaban como un Robin Hood moderno, como un luchador incansable contra las grandes empresas y corporaciones que explotaban a sus trabajadores, como un líder de los desahuciados o de los inmigrantes sin papeles, y que podía tener un gran futuro si se dedicaba a la política. Esto ya lo había pensado varias veces, sobre todo en el último curso de la carrera, cuando, con otro grupo de compañeros, se había enfrentado al decano y al profesor de Filosofía del Derecho. Después de varias tormentosas reuniones, consiguió que anularan las notas de uno de los exámenes, que había sido programado, precisamente, un día de huelga. A partir de ese momento, cuando terminó los estudios con brillantes notas, pudo colocarse en uno de los bufetes más prestigiosos de la ciudad, cuyo responsable era un antiguo abogado laboralista. Poco a poco se fue haciendo un nombre, a base de ganar causas complejas y escribir artículos en periódicos y revistas, con contenidos que trataban, sobre todo, de la defensa de los derechos de los trabajadores.

Pero hacía tres días que el secretario de organización de uno de los nuevos partidos políticos emergentes se había puesto en contacto con él. Quería contar con su experiencia, con su carisma, con su popularidad, con su facilidad de palabra y con su capacidad para argumentar y desmontar las teorías de los adversarios. Le gustaba su entusiasmo, su buena presencia ante las cámaras y su aplomo ante las preguntas de los periodistas. Era una figura popular, los ciudadanos apreciaban su honradez y su lucha frente a los poderosos y si se unía al partido, éste le garantizaba más recursos y posibilidad de acceder a muchas más personas.

Aunque la vanidad nunca había sido uno de sus defectos, en el fondo le gustaba que le admiraran, que lo llenaran de elogios. Seamos sinceros, a todo el mundo le gusta que hablen bien de uno. Además, el reto le atraía, la posibilidad de intervenir en la vida pública, de mejorar la vida de los ciudadanos, de cambiar el rumbo de un país que se alejaba cada vez más deprisa de la igualdad, de la justicia, de la tolerancia… Pero si aceptaba el reto eso implicaría el abandono, aunque fuera temporal, de su trabajo como abogado, dejar varios casos que podrían suponer la liberación de personas detenidas por realizar huelgas o protestas, quizás la pérdida de contacto con la realidad y con los problemas diarios. como solía ocurrirle a la mayor parte de los políticos. Sabía que la política absorbía de tal manera que ya casi no tendría vida privada, que se granjearía muchos más enemigos de los que tenía ahora, que sería envidiado y vilipendiado, que intentarían sobornarle…

¿Soborno? Dejó de pensar y leyó el mensaje que le habían enviado a su teléfono el día anterior: “No lo dudes y acepta. La honestidad no existe, sólo la apariencia de honestidad; la igualdad no existe, sólo la armonía; la verdad no existe, sólo la inteligencia. Tú tienes una gran apariencia, toda tu persona desprende armonía y eres inteligente. Con estas armas, vencerás siempre y seguirás siendo un héroe. Yo te ayudaré y formaremos un gran equipo, te lo prometo”.

Habían intentado sobornarlo muchas veces y nunca había aceptado. Pero no cabía ninguna duda de que el mensaje lo había halagado, aunque en el fondo sabía que lo estaban comprando, si no a él, a lo que representaba. No era vanidad, ni orgullo, ni soberbia. Quizás fuera curiosidad, saber hasta dónde podía llegar, si era tan querido y tan admirado como decían los que lo rodeaban.

Después de meditarlo, de pensar los pros y los contras, de imaginarse qué pasaría tanto si triunfaba como si fracasaba, marcó el número de teléfono y dijo: “Sólo aceptaré con dos condiciones: si voy de número dos y si puedo votar en conciencia cuando no me convenzan las propuestas del partido”. Pasaron varios días sin obtener respuesta. Mientras tanto, continuó estudiando casos, trabajando en su despacho y concediendo entrevistas. Hasta que una mañana sonó su móvil y vio en la pantalla que era la llamada que estaba esperando. Después de escuchar la respuesta, cortó la comunicación y respiró aliviado. El otro no admitía imposiciones. Era un partido nuevo, sin demasiada experiencia, todavía no estaban contaminados por el poder, por la corrupción, por la burocracia, pero si de algo estaban seguros es de que era muy arriesgado aceptar a alguien que, en algún momento podía poner en cuestión las decisiones y la disciplina que emanaba de su comité de dirección. 

Muy bien, se dijo, seguiría siendo un héroe sin capa ni máscara y ya tenía otro villano más contra quien luchar.

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Propósitos para 2017

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No voy a esperar al 31 de diciembre para acometer la ardua y casi siempre inútil tarea de elaborar una lista de propósitos para el próximo año. No es que yo sea muy original, pero no creo recordar una sola vez que me haya propuesto hacer o conseguir algo en fechas determinadas, y menos el último día de cualquier año. Bastante tengo con sobrellevar la nochebuena, la navidad, el fin de año, el año nuevo,,, y todo en una semana, como también detenerme a pensar en qué me propongo hacer los próximos trescientos sesenta y cinco o sesenta y seis días. Pero este año voy a hacer una excepción.

Como la lista es muy corta, porque si algo me dicta la experiencia es que no se debe ser demasiado ambicioso, la resumiré en pocas líneas.

1. Comenzar a escribir dos libros, seguramente relatos cortos (como diría mi hijo Santi, no uno ni dos, sino dos). Para ser más precisos diré que ya tengo el argumento, las principales ideas y los personajes de los dos, e incluso ya he escrito alguna página, pero no sé si seré capaz de terminarlos. Como me he vuelto una persona muy tranquila y no quiero estresarme ahora que ya me ha bajado bastante la tensión, lo tomaré con calma, escribiendo cuando realmente me apetezca o cuando las musas tengan a bien. No quiero hacerme un esclavo ni un burócrata de la escritura, ni seré capaz de escribir 14 o 15 páginas diarias como dicen que hacía Galdós, y encima de gran calidad; yo con una o dos me conformo. Así que ya iré contando cómo me va (por cierto, este deseo quizás provenga de envidiar a mi amiga Magdalena, que ha escrito ya dos libros en dos años).

2. Retomar el aprendizaje del inglés. Y no porque quiera comunicarme con los hijos de la pérfida Albión y con aquellos que votaron al más pérfido Trump. Es por simple necesidad de enterarme bien cuando veo las series americanas o inglesas que me gustan. Son mucho mejores en el idioma original y eso de tener que estar leyendo continuamente los subtítulos llega a cansar.

3. A poder ser, y con permiso de mi señora esposa, cuyos planes son totalmente herméticos e imposibles de adivinar, viajar un poquito más. Este año hemos hecho nuestro primer viaje del Imserso y he conseguido convencerla para ir a Nueva York, todo un éxito. Y mi intención era, además, haber ido a otra ciudad, esta vez europea y más concretamente, Berlín. Pero diversas circunstancias no han facilitado la tarea. Así que ahí queda esta propuesta.

Y ya está. No son muchas, aunque ahora que las vuelvo a leer, retiro lo de que no debía ser muy ambicioso. Creo que me he pasado, pero lo escrito, escrito está.

Relato VIII: Mañana de otoño en el parque

Otoño por la mañana wallpapers

Le susurraron muchas veces que buscara la verdad dentro de ella. Y siempre le mintieron, nunca la encontró. También le gritaron que luchara hasta la extenuación para lograr sus sueños, y le mintieron, nunca los alcanzó. “Camina sin rumbo y llegarás a tu destino, el que sea, habla y te escucharán aunque no digas nada, calla y te respetarán aunque los odies”. Nada, nada se cumplió. No conoce la diferencia entre mentira y verdad, entre belleza y fealdad, entre bondad y malicia.

Ahora está sentada frente a mi en un banco del parque, queriendo decirme algo sin palabras y no adivino qué es. Sólo desea que el tiempo y el espacio se fundan, que los niños dejen de gritar a su alrededor y pueda comerse el helado tranquila, esperando que las hojas del otoño caigan despacio y la vayan cubriendo poco a poco, ocultándola a la vista de todos, incluso a la mía. Desliza la mirada por los rostros de los ancianos que pasean encorvados y tristes a nuestro lado. Hace un pequeño dibujo en el aire con su dedo índice, como si fuera un pájaro de hielo y vuelve a mirarme. No la conozco y me sonríe pero adivino lo que piensa y me entristece su tristeza, su vacío, porque son idénticos a los míos. La envidio porque no envidia nada, porque ha encontrado la felicidad auténtica, la libertad única.

Ahora se levanta, mira a su alrededor y poco a poco se aleja de mí y de todos. El camino se pierde entre los árboles y ella se pierde en el camino. Sé que no volveré a verla, que todo habrá parecido un sueño, que la música del aire se disolverá en sus pasos, pero todo habrá valido la pena. Solo fueron unos minutos, unos instantes de luz que quizás no hayan sucedido, pero mucho más reales que el frío que hace esta mañana de otoño en el parque.

Medio pan y un libro

Nueva entrada en el Blog de Orientación del IES Hermanos Machado. Como llevo un poco de tiempo alejado de la suerte y del destino y estoy cruzando los dedos esperando el desenlace de mañana en las elecciones yankis, pues nada, a repetir lo que dije en mi otro blog. Si los que piensan votar a Trump leyeran algo más, vieran un poco menos la televisión y se dedicaran al bonito deporte de andar y contemplar la naturaleza mientras piensan qué hacen en el mundo hartándose de hamburguesas y de Coca-Cola mientras su cuerpo adquiere dimensiones pantagruélicas, seguramente a ellos y probablemente a nosotros nos iría un poco mejor.

Lo malo es que no sabemos que lo está ocurriendo allí puede pasar aquí dentro de poco. La gente ya está cansada, muy cansada, de escuchar siempre lo mismo a los mismos y lo mismo a los nuevos mientras el común de los mortales sigue pasándolas canutas para llegar a fin de mes, carece de oportunidades, comprueba que los viejos y los nuevos partidos dedican la mayor parte de los esfuerzos a luchas de poder, a hacernos comer con ruedas de molino, a justificar a los suyos hagan lo que hagan. Así no hay manera. Luego nos quejaremos de por qué hay cada vez más jóvenes desencantados y alejados de la política, crean lo que crean unos y otros. Por eso, vuelvo a gritar con Lorca, ¡libros! ¡más libros! La cultura y la educación es lo único, repito, lo único, que nos puede salvar. Todavía no es demasiado tarde.

Medio pan y un libro: discurso pronunciado por Federico García Lorca en la inauguración de la biblioteca de Fuente Vaqueros, en 1931

Hace poco más de 85 años, concretamente en septiembre de 1931, Federico García Lorca dirigía un discurso a sus paisanos de Fuente Vaqueros con motivo de la inauguración de la biblioteca pública de su pueblo natal. La República dedicó un enorme esfuerzo para llevar la cultura a los más desfavorecidos invirtiendo en bibliotecas, escuelas, maestros, materiales… Tuvo demasiado poco tiempo para que este esfuerzo obtuviera recompensa pero en la memoria de todos, y a pesar del obligado silencio y de la pesada losa de la dictadura, han llegado hasta nuestros días muchos de sus logros (os lo dice con orgullo un nieto de maestro republicano).

Ahora que se habla mucho de invertir en tecnologías, en materiales digitales, en introducir los móviles en las aulas, creo que no debemos perder de vista que sin la lectura, sea en libros de papel o electrónicos, no existiría educación, seríamos más incultos, careceríamos de perspectiva, perderíamos uno de los más bellos placeres que podemos encontrar en la vida. Vivir la vida de los otros, imaginarnos mundos diferentes, revivir épocas pasadas, quedar absorbidos en historias que nos fascinan, no tiene precio. Me da pena que muchos de nuestros estudiantes no sean capaces de sentir el placer de la lectura, de buscar cualquier momento posible para dedicarse a leer aunque sea unas pocas páginas.

Tampoco es que tengamos que flagelarnos los docentes porque no toda la culpa es nuestra. A mí me inculcaron ese placer mis padres, que leían en casa y tenían una biblioteca razonable para la situación económica que vivían. Y yo he intentando inculcárselo a mis hijos, en los que creo que he inoculado ese dulce veneno que, seguro, les acompañará toda la vida, porque cuando se mete muy adentro ya no hay antídoto posible. Las familias son fundamentales para que los hijos adquieran estos hábitos desde pequeños. Se comienza contándoles cuentos, leyendo con ellos tebeos, regalándoles libros adaptados a las diferentes edades, leyendo delante de ellos en casa… Pero esto daría para un artículo mucho más largo. Así que os dejo con ese precioso discurso, resumido a continuación y que se puede leer íntegro en el enlace final.

Discurso pronunciado por Federico Garcia Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros, en 1931

“Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro.”

Federico García Lorca

‎”Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.”

Discurso íntegro pronunciado por Federico Garcia Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros (Granada), en septiembre del año 1931.