Viaje a Rusia (III): San Petersburgo

Como habíamos llegado demasiado tarde al hotel la noche anterior y mi cuerpo todavía estaba muy tocado por la colitis, enteritis o lo que fuera aquello, no pude dormir demasiado ni me apetecía comer, y he de decir que hasta el último día de nuestra estancia en San Petersburgo no pude disfrutar plenamente de la ciudad. Y, además, el tiempo tampoco acompañó demasiado.

El domingo 15, nuestro primer día en la ciudad, amaneció muy desapacible. Nuestra nueva guía, Olga, seguía cumpliendo los cánones de las mujeres rusas: alta, muy rubia, grande, con una cara redonda muy graciosa en la que destacaban sus ojos azules y unos dientes superiores que sobresalían un poco y que hacían que su boca pareciera estar riendo continuamente. Además, como nos demostró a lo largo de nuestra estancia, tenía un humor muy irónico y con propensión a contar chistes. Nos recibió en el vestíbulo del hotel, nos explicó la programación prevista según el tipo de viaje que tuviéramos contratado, las excursiones alternativas y una serie de recomendaciones a tener en cuenta, como el cuidado en las aglomeraciones ya que abundaban los carteristas.

Iniciamos un circuito en autobús para conocer los lugares más emblemáticos de San Petersburgo: la conocida Perspectiva Nevski (la más conocida avenida de la ciudad), plazas, palacios (pasamos por delante de algunos impresionantes, como el Palacio de Invierno, canales… Muchos los habíamos visto la noche anterior, pero de día parecía un paisaje totalmente nuevo. La pena es que la lluvia y el frío deslucían el paseo, aunque al adentrarnos en el barrio Dostoyevski parecía que nos habíamos trasladado a alguna de sus novelas y el tiempo era perfecto para retrotraernos al ambiente y a los personajes que describía en sus textos; nos bajamos para entrar en el mercado central, el mercado Kuznechny, que a pesar de ser domingo estaba abierto, aunque poco concurrido y también entramos en una iglesia que estaba celebrando una misa ortodoxa. No permanecimos mucho tiempo allí por respeto y porque, también hay que decirlo, son demasiado largas y pesadas.

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El autobús nos llevó hasta la fortaleza de Pedro y Pablo, construida en tiempos de Pedro el Grande, donde se encuentra también la catedral de San Pedro y San Pablo, con su enorme cúpula dorada,  y el Museo de Historia.

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Visitamos la catedral, en la que se encuentran las tumbas de casi todos los zares, incluidas las de la familia Romanov, cuyos restos fueron trasladados hasta aquí en 1998. Finalizada la visita a la fortaleza subimos al autobús, que continúa el recorrido por la ciudad. Pasamos al lado del crucero Aurora, hoy un buque museo, que el 25 de octubre de 1917 (en realidad, el 7 de noviembre según el calendario gregoriano), con un disparo de cañón, dio la señal para el asalto al Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares, con lo que dio comienzo la revolución bolchevique.

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Termina la visita panorámica, sigo sin encontrarme bien y no puedo comer, por lo que dejo a Carmen en el comedor y subo a la habitación. Pasadas un par de horas parece que me repongo y como la tarde ha mejorado, decidimos dar un paseo para despejarme por la avenida Macaroba. El hotel Marriot Courtyard está muy bien situado, al lado de uno de los brazos del río Neva, que desemboca en el Báltico, en el golfo de Finlandia, formando un delta. El recorrido es precioso, la tarde luminosa, apenas se veía una nube en el cielo. Llegamos a una plaza con un parque al lado del río donde varias decenas de parejas de todas las edades bailaban al son de la música que salía de un equipo que alguien había llevado. Seguramente es una costumbre que se lleva a cabo todos los domingos por la tarde. Como soy muy mal bailarín no me atrevo a bailar y Carmen me lo reprocha. Pero como tengo mala cara porque llevo un par de días con diarrea y sin comer y, sobre todo, porque el nivel de las parejas es muy alto, como si todas hubieran ido a clases de baile, no hace más comentarios. Enfrente tenemos el Palacio de Invierno, es decir, el edificio principal del Museo del Hermitage y, aunque me apetecía seguir el paseo, vemos que unas nubes amenazadoras se van acercando desde el mar, por lo que decidimos volver al hotel. Menos mal, porque nada más entrar, comenzó a llover de forma copiosa, incluso con truenos y relámpagos. Por la noche me atrevo a cenar algo porque parece que me encuentro mejor. Creo que fue un error.

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Al día siguiente el tiempo sigue frío y lluvioso. Apenas he dormido y mis visitas al baño durante la noche han sido frecuentes. San Petersburgo está siendo una tortura. Una pena porque hoy por la mañana tenemos una excursión a la ciudad de Pushkin y a Pavlovsk, el palacio de Pablo I y a los jardines de Catalina. Como todo lo que hemos visto hasta ahora, tanto el exterior como el interior son un ejemplo de por qué los rusos se rebelaron en 1917. Era imposible aguantar el despilfarro, la ostentación y la riqueza de los zares y de la nobleza rusa mientras el pueblo se moría de hambre (véase, si no, el artículo sobre Los lujosos palacios de los zares en San Petersburgo) y, encima, los habían empujado a morir en la I Guerra Mundial. Lo dicho, tuvieron mucha paciencia y aguantaron mucho.

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El palacio es realmente espectacular. Y resulta todavía más sorprendente cuando nos cuentan que en el año 1944 fue prácticamente destruido por los alemanes, que montaron allí un centro de operaciones y que, cuando tuvieron que irse por la derrota, lo incendiaron. El proceso de reconstrucción fue muy costoso, pero el resultado es magnífico. Las salas con diferentes decoraciones, estilos y obras (egipcio, italiano, griego…) proporcionan un conjunto variado pero muy armonioso. El control dentro del palacio es absoluto: tienes que ponerte unas protecciones en los zapatos para evitar rallar el suelo y siempre hay algún vigilante, generalmente mujeres, que están pendientes de que no te acerques a los objetos ni roces absolutamente nada. Cuando salimos a los jardines apenas pudimos pasear por ellos porque estaba lloviendo y era desagradable recorrerlos bajo los paraguas.

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Como teníamos la tarde libre, nuestra primera intención fue la de aprovechar para recorrer las calles y canales de San Petersburgo. Pero el tiempo seguía muy desapacible, con una lluvia continua y con frío y aunque estuvimos tentados de regresar al hotel después de comer en un restaurante a las afueras de San Petersburgo (los que pudieron comer, claro, porque yo seguía a dieta), la guía nos ofreció la alternativa de dejarnos en un conocido centro comercial, la Galería, para terminar de comprar y gastarnos los rublos que todavía teníamos. Para aquellos que le gusten las compras (yo no soy uno de ellos, por cierto) este centro, con cinco plantas y una gran cantidad de tiendas, es un auténtico paraíso. O un infierno, porque las tentaciones son demasiado grandes. Menos mal que allí también había baños, y fue una de las primeras cosas que comprobé. Durante un par de horas, recorrimos la mayor parte de la Galería y nos hicimos fotos delante de una exposición de coches americanos (si Lenin o Stalin levantaran la cabeza…). Como habíamos quedado a una hora determinada con dos parejas de argentinos y un par de mujeres mallorquinas, decidimos, tras votación, regresar en taxi (los hombres queríamos hacerlo en metro, porque nos habían dicho que, sin ser tan espectacular como el de Moscú, el metro de San Petersburgo tiene también algunas estaciones dignas de visitar). Pero no pudo ser, porque las mujeres eran mayoría y ellas no querían aventuras y prefirieron el taxi. Como nos dijo una vez Olga, la guía “A mí no me gustan las votaciones, porque siempre gana Putin”. Pues eso. Y aquí también se demostró que los argentinos están acostumbrados al regateo, porque una de ellas, tras varios intentos, consiguió dos taxis que nos acercaron al hotel, que estaba bastante alejado, por 600 rublos cada taxi (unos 7 euros). Como la Galería estaba cerca de la Perspectiva Nevski, la volvimos a recorrer y volvimos a recrearnos, pues tanto los edificios como su iluminación nunca dejan de sorprender.

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En el hotel dejé a Carmen en el restaurante y yo me subí, después de coger un yogur y una botella de agua, a la habitación. Otro día a dieta.

La última jornada fue muy intensa, demasiado, diría yo. Menos mal que esta vez el tiempo nos acompañó y pudimos disfrutar sin paraguas. Por la mañana, visita al Palacio Peterhof, en pleno golfo de Finlandia, a unos 30 km de San Petersburgo. El viaje de ida lo hicimos en autobús y el de vuelta en un barco rápido que tardó poco más de media hora en acercarnos a uno de los muelles que estaban cerca de nuestro hotel. El conjunto del palacio y de los jardines es Patrimonio de la Humanidad y no me extraña, porque es realmente extraordinario y si alguna vez vais a San Petersburgo no dejéis de visitarlo. A este palacio le pasó lo mismo que al de Pavlovsk, también fue casi derruido por los alemanes y reconstruido piedra a piedra por los rusos (los alemanes no son precisamente amiguitos de los rusos, como podréis ver). Peterhof es otra muestra del estilo barroco que tanto gusta por estos lares, mucho pan de oro, mucha rocalla, muchas florituras, muchas salas parecidas a las de Versalles (no en balde llaman a este palacio el Versalles ruso), muebles valiosos, espejos, lámparas…

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Pero lo que más llama la atención son los jardines y las fuentes, sobre todo estas últimas, ya que conforman, según comentó Olga, el complejo de fuentes más grandes del mundo, con una extensión de más de 100 hectáreas.

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Después de un paseo agradable, por fin, por los jardines, admirando la variedad y cantidad de fuentes, el regreso en barco nos permitió contemplar San Petersburgo de lejos, con la imponente Torre Gazprom o Lakhta Center, el rascacielos más alto de Europa, y el futurista estadio de fútbol del Zenith, actualmente el mejor equipo de Rusia, construido para el recientemente celebrado campeonato del mundo de fútbol. La comida fue en un restaurante típico ucraniano y esta vez me atreví con una sopa.

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Y por la tarde, la traca final, que nos supo a poco: El Hermitage. Había leído y visto mucho sobre este museo, uno de los mejores y más visitados del mundo, pero la realidad superó a las expectativas. En realidad, el museo consta de cinco grandes edificios unidos entre sí, aunque el principal y más conocido es el Palacio de Invierno. Desde la majestuosa escalera que permite acceder a la primera planta, a las grandes salas, cuadros, esculturas, decoración… Hubiera sido una auténtica gozada sin los millones de asiáticos que pululaban por pasillos y salas, impidiendo ver los cuadros. Sólo estuvimos un par de horas, contemplando únicamente las obras más conocidas. Pero la visita al Hermitage precisa de mucho más tiempo, no sólo por las obras de arte que alberga, sino también por la belleza del palacio en sí, porque techos, paredes, lámparas, todo, constituyen también una obra de arte.

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Salimos del museo mareados y abrumados por tanta belleza (me acordé del síndrome de Stendhal porque a punto estuve de padecerlo, quizás también influido por mi estado físico), comentando todo lo que habíamos visto, lamentando la dificultad para verlo con tranquilidad y prometiéndonos volver para seguir admirando todo lo que encierra en su interior.

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Con pena nos montamos en el autobús, porque con esta visita habíamos terminado realmente el viaje. Sólo nos quedaba regresar al hotel, hacer las maletas, comer algo, yo tomando líquidos, naturalmente porque no quería arriesgarme a que en el viaje de vuelta montara un número en los aviones, e intentar descansar un poco porque, aunque la salida de nuestro avión (recuerdo: San Petersburgo-Munich-Madrid-Sevilla) era a las 5,45 de la madrugada, nos venían a recoger al hotel a las 2,45. Yo fui capaz de dormir un par de horas, que me sentaron muy bien.

Nada reseñable que decir del viaje de regreso, sólo la pesadez de los aeropuertos y estaciones, así que hasta la próxima.

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