DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (y IV)

17 de noviembre de 2021. Esto no es una carta a los Reyes Magos

Terque es un pequeño pueblo de la alpujarra almeriense de menos de 500 habitantes, pero que sorprende por la cantidad de museos, cuatro, por su teatro, por su jardín botánico, por sus casas señoriales y por su gastronomía. Increíble que en un pueblo tan pequeño pueda haber tantas cosas. En uno de sus museos, el de Escritura Popular, se conserva la primera carta a los Reyes Magos de la que se tiene noticia. Pertenece a una niña almeriense, Amalia Yebra, y es de 1899. En ella pedía una muñeca de China, una caja de dulces  y un cabás, una maleta pequeña en la que llevar los libros u otros utensilios al colegio. Peticiones modestas de una niña rica. Los pobres poco podían pedir y apenas tenían para escribir, si es que sabían hacerlo. Quizás se habrían escrito otras cartas a los Reyes con anterioridad, pero no se conservan. Lo que sí sabemos es que esa tradición de mediados del siglo XIX, nació como un intento de competir con San Nicolás, obispo turco que es el antecedente directo de Papá Noel. San Nicolás tenía fama de benefactor y eso dio pie a la leyenda e hizo que desde el siglo XIII más o menos empezase a dejar regalos a los niños de varios países europeos el 6 de diciembre, que en España se cambió por el 6 de enero, día de la Epifanía, también conocida por festividad de los Reyes Magos. Aquí termina este párrafo de cultura histórica y legendaria, no os quejaréis, y paso al siguiente.

Por estas fechas nuestra familia suele escribir su carta a los Reyes y no quiero que se pierda esta costumbre. Pero he releído las que escribí en años anteriores (esa es la ventaja de hacerlo en el ordenador y publicarlo en el blog) y me he dado cuenta de que estos señores me hacen caso sólo en los regalos materiales, y no siempre, que si libros, que si ropa, que si algún juguete electrónico… o sea, lo fácil. Para eso no necesito a los Reyes, me lo compro yo y punto. También se han portado con el tema de la salud de la familia, no nos podemos quejar, aunque la salud en general está hecha unos zorros, con la pandemia. Pero en otros temas han patinado y no me han hecho ni puñetero caso. Así que este año, paso de pedir cosas materiales. Que se rompan la cabeza adivinando, que me sorprendan, porque eso de saber qué es lo que te vas a encontrar el 6 de enero por la mañana, más que sorpresa es hipocresía, o desilusión, en el caso de que alguna de las cosas que habías señalado y subrayado con rotulador rojo y grueso, no aparece. Sólo pido una cosa, eso sí, que reitero, a ver si alguna vez alguno de esos llamados magos, que vaya usted a saber lo que serían en realidad, quizás ricos comerciantes, porque regalarle oro, incienso y mirra a un recién nacido, tiene miga. Regálese una buena manta, una cuna, ropita de abrigo, pañales, colonias, algún sonajero…, algo práctico para que los padres no tengan que gastarse el dinero, que no creo que fueran ricos, que un carpintero no debería nadar en la abundancia. Repito, a ver si se dignan regalar un buen trabajo para mi hija, que mi hijo ya lo tiene, que unos tanto y otros tampoco, que hay que compensar la cosa, que ya está bien, que no hay derecho. O en su defecto, como alternativa que tampoco habría que desdeñar, o ahora que lo pienso, mejor que el trabajo, es que nos tocara una buena primitiva o un buen euromillones, de esos que te permiten no dar un palo al agua ni a ti ni a tu familia ni a varias generaciones de Castro Vázquez.

Con esto termino lo que no es una carta a los Reyes Magos, que a San Nicolás, Santa Claus, Papá Noel y a la bruja Befana ya les escribí otros años y tampoco me hicieron demasiado caso. El único que acertó fue San Black Friday, maldito invento yanqui, que nos ha abducido, hipnotizado e idiotizado. Este año tampoco pienso escribirle, que se fastidie, pienso gastarme el dinero, a ver si la cosa pandémica mejora, en viajes, gastronomía y enología y lo demás en rebajas, que también habrá que elevarlas a la categoría de Santas.

Por cierto, ya sabía que me iba a pasar, me conozco lo suficiente. Ya me he cansado de escribir el Diario de un aprendiz de escritor, porque esto no es ni un diario, ni yo soy escritor ni nada que se le parezca. Seguiré escribiendo cuando me pete, de las chorradas que se me ocurran cuando se me ocurran si es que tengo ganas de que se me ocurra algo. Ahora voy a ir a full, como dicen los modernos, con la historia de la familia. Todavía me queda mucho por hacer, así que quizás no me veáis por aquí en algún tiempo. O sí, depende.

Don erre que erre, un ejemplo.

El cine de Sainz de Heredia no es, precisamente, un dechado de virtudes ni él es uno de mis directores favoritos. Comenzando por «Raza», a comienzos de los años cuarenta, película a mayor gloria del fascismo español basado en una ¿novela? de Francisco Franco y continuando con las de destape de los años sesenta y setenta, hay en su filmografía alguna obra de mérito, hay que reconocerlo. Por ejemplo, «Historias de la radio» o «Los ojos dejan huellas». Pero haber dirigido «Franco, ese hombre» o ser primo de José Antonio Primo de Rivera no ayudan, la verdad, a no ser que comas habitualmente en el Asador Guadalmina, de Marbella.

Esta tarde de domingo han repuesto por enésima vez «Don erre que erre», una película graciosa, que se deja ver y sin grandes aspiraciones. Pero reconozco que a mí me gusta, sobre todo por reflejar muy bien, aunque sea quizás demasiado exagerada o con un exceso de caricatura, la lucha del individuo contra el sistema, contra aquello que considera una injusticia. El respeto al consumidor, al cliente, que el banco quiere pisotear, es contestado de manera tozuda y pertinaz por el protagonista, Paco Martínez Soria, un actor que tuvo grandes éxitos en la pantalla y admirado y querido, sobre todo en su tierra natal, Aragón. Al final de la película, David vence a Goliat. Lo malo es que en la vida real eso ocurre pocas veces. Bancos, compañías telefónicas, eléctricas, aseguradoras…, desconocen y pisotean nuestros derechos, saltándose la ley o, por lo menos, bordeándola o dejándola a un lado. Doy fe porque tengo, al menos, tres grandes ejemplos. Uno, el Banco de Santander, con la cláusula suelo de mi hipoteca: a pesar de tener resoluciones judiciales a mi favor, así como sentencias del Supremo y de la justicia europea, sigo empantanado en los juzgados porque el banco recurre y recurre y se niega a pagarme lo que me debe. Así llevo ya cerca de cuatro años. Dos, Vodafone, que me reclamó en su momento cuatrocientos euros por un servicio que no me prestó. También tuve una resolución en su momento del Ministerio de Industria y Telecomunicaciones y, a pesar de eso, me siguieron reclamando el dinero varios años más, haciéndome perder el tiempo de manera lamentable. Y tres, Iberdrola y Endesa, que me engañaron vilmente con la letra pequeña de sus contratos.

Bancos rescatados con el dinero del contribuyente y que no lo han devuelto ni devolverán, incrementando nuestra deuda y frenando la recuperación del país. Compañías eléctricas en cuyos consejos de administración se han sentado o se sientan presidentes de gobierno, ministros y secretarios de Estado que, en lugar de defender a los ciudadanos, apoyan a las empresas que controlan la generación, la distribución y la comercialización de la energía, llevando a cabo una política energética a medida de los intereses del oligopolio que domina el mercado eléctrico.

El último de los expolios, además del continuo incremento del precio de la luz, lo ocurrido con el desembalse de la poca agua que todavía quedaba en los sedientos pantanos de uno de los países más secos de Europa. Si los políticos tuvieran dignidad habrían presentado su dimisión hace ya tiempo. Pero me temo que ni la tienen ni la conocen.

Por eso, si en este país hubiera o hubiese muchos Don erre que erre, otro gallo nos cantaría.

Fotografía

El pasado fin de semana realicé un curso de fotografía que mi mujer y mis hijos me regalaron por mi cumpleaños. Buscaron en Internet y encontraron a Seba, un fotógrafo profesional que, entre otras cosas, se dedica a enseñar fotografía digital en diferentes niveles. Mis compañeros de Instituto tuvieron la deferencia de preguntarme, cuando me jubilé, qué regalo me gustaría y yo, casi sin pensar, me decanté por una cámara fotográfica. Cuando llegó el ansiado momento de la despedida, me encontré con una cámara Nikon D5200. La ventaja de las cámaras reflex digitales es que pueden hacer fotos en modo automático y en la mayor parte de las ocasiones los resultados son buenos. Y siempre existe la posibilidad de retocar las fotos con programas como Photoshop o Lightroom.

El caso es que durante unos años usé la cámara en muchas ocasiones, viajes y eventos varios sobre todo. Pero llega un momento en que el desconocimiento de todas las posibilidades lleva al aburrimiento y dejé de llevar la cámara porque, entre otras cosas, los móviles tienen ya objetivos mejores y son más cómodas de llevar a cualquier parte. Así que cuando me encontré con el curso de fotografía, me alegré porque sabía que la cámara era buena, a mi me gusta hacer fotos y tenía la oportunidad de aprender a manejar la cámara.

Fueron tres días, viernes, sábado y domingo, trece horas en total, muy intensos. Seba, un joven francés nacido en Saint Tropez, en plena Costa Azul francesa, pero que ha encontrado en Sevilla su auténtico hogar, es un gran comunicador y enseña los secretos de la fotografía con pasión y de manera muy intuitiva, lo que se agradece mucho. El enfoque, la velocidad, la luz, la sensibilidad, la distancia focal, los botones de la cámara, todo en el modo manual, explicadas por Seba parecen cosas fáciles de aprender y de practicar. Eso es lo que más me gustó, la perfecta combinación entre teoría y práctica.

Pero, claro, una cosa es saber enfocar, calcular el ISO adecuado, la velocidad o la apertura correcta del diafragma, y otra muy diferente es sacar buenas fotos. Viendo las que hacía él y las que hice yo, la distancia es abismal. Las mías se podrían considerar correctas, con la luz adecuada y bien enfocadas, pero sin más. El artista hace otra cosa, es capaz de ver y de captar lo que otros no somos capaces de adivinar. Un ejemplo puede ser la foto que me hizo Seba el domingo por la mañana en el Parque de los Príncipes. Mi mujer y mis hijos dicen que esta foto me envejece, que al natural yo parezco más joven.

Sebaphotographer.com

Yo no estoy de acuerdo. La fotografía en blanco y negro recoge quizás con más fidelidad que el color el auténtico ser de las personas. Yo sí me reconozco aquí, un hombre de 66 años, tranquilo, que se ha dejado una pequeña perilla, no sé si por vanidad, por cambiar un poco la fisonomía o por dar un aire de seriedad a un rostro en el que los únicos rasgos destacados son una nariz prominente y una frente amplia, cada vez más amplia. La sonrisa, tímida, quizás porque esconde una dentadura irregular que siempre le ha causado cierta vergüenza y que le impide reirse a carcajadas. Le gusta mirar de frente porque no tiene nada que esconder, siempre siente curiosidad por los demás y sabe que la única manera de averiguar cómo son es mostrarse franco, tal como es, intentando que los otros hagan lo mismo. Por desgracia, en demasiadas ocasiones no es correspondido y sufre por ello. Aquí parece un reportero gráfico, con la cámara y el bolso en bandolera, uno de esos personajes que le gustaría haber sido, pero que la falta de valor, no la cobardía sino su manera de acomodarse a las circunstancias, le ha impedido llegar a ser.

La foto está tomada a una distancia media, lo que impide apreciar las arrugas que cada vez más van apareciendo en la frente y alrededor de los ojos. No son arrugas de sufrimiento porque en su vida, por suerte, no ha tenido experiencias demasiado desagradables, la muerte del padre es una de ellas, pero poco más. Tampoco se destacan las canas, que se esconden sutilmente. El monocromo suaviza los defectos, pero no oculta la edad. Ahora está de moda aparentar menos años, parecer más joven, mostrar siempre los aspectos más felices y esto, con las fotografías en blanco y negro es más complicado, por eso me gustan. En la vida suelen predominar los grises y son pocas las ocasiones, en las personas normales como yo, en las que sobresale lo extraordinario.

Aprovecharé este curso para intentar captar y comprender lo que me rodea, aprender a mirar lo simple y a desvelar lo oculto a la mirada. Sería una buena manera de convertirme, aunque soy consciente de las limitaciones, en algo parecido a un reportero gráfico de andar por casa. Quizás alguna vez me veais, cámara en mano, enfocando cualquier cosa, paseando por Sevilla o por cualquier otro lugar, despistado como siempre.

Día das Letras Galegas 2021

Hai moitos anos…
Hace muchos años, cuarenta para ser exacto, que no celebro en Galicia el Día das Letras Galegas. Por si no lo sabéis, cada 17 de mayo se homenajea a alguna personalidad destacada en el mundo literario gallego.
El 17 de mayo de 1863 se publicó el primer ejemplar de Cantares gallegos, de Rosalía de Castro, fecha que marca el «Rexurdimento», el resurgimiento cultural gallego. 100 años después, en 1963, la Real Academia Galega comenzó a celebrar ese día, eligiendo, como era lógico, la figura de Rosalía de Castro, una de las más insignes escritoras gallegas y españolas.

Este año se ha elegido a Xela Arias, una escritora de la que, lo reconozco, apenas había oído hablar. Demasiados años alejado de Galicia y de la cultura que allí ha ido naciendo sin que yo echara cuenta. Mea culpa. Pero leyendo su biografía y alguno de sus escritos, no me cabe la menor duda de que es un homenaje muy merecido.

Muerta demasiado joven, a los 41 años, dejó, sin embargo, una obra transgresora, inconformista y comprometida con la lucha de la mujer y con todos los problemas de la sociedad gallega. Profesora, poeta, traductora, editora, en sus pocos años hizo muchas cosas y dejó una impronta que marcó a su generación y a las posteriores.

Dejo aquí una pequeña biografía, un poema en castellano y un vídeo con poemas en galego.

Día das Letras Galegas 2021: La poesía incómoda y renovadora de Xela Arias regresa del olvido | Cultura

Hoy me estoy abandonando de ti amor, de Xela Arias

Hoy me estoy abandonando de ti amor

Hoy me estoy abandonando de ti amor
estoy fuera en las higueras cargadas y las aguas de las nubes
pero no fui yo quien eligió partir
una nave extraña que me robó tu mano
me succionó la decisión

¡cómo parten mi amor las ramas en el río bajaban
escaleras de preguntas
como tu boca y mi boca se abrasan
atontando esta distancia que buscamos
aún no aún no podemos —arder
como frágil leña en los incendios
de las selvas las casas del mar como somos
dos caballos cuatro peces y un larguísimo aliso
tejiendo dibujos por el viento movido
esas hojas
el jugo de estas venas
es sangre de animal asesinado!

¡cómo parten mi amor los pájaros hacia el más allá!
tal vez golondrinas en los tejados posen hoy
la palabra que no digo pero cómo clavaron
los veleros arrastrados huyendo de la tormenta
cómo clavaron nuestros movimientos
secos —de un golpe— contra las paredes!
¿deserción móvil? mi amor porque te amo

¡Vete al médico!

Hemos escuchado esta frase muchas veces. No te quejes tanto y vete al médico. No esperes a que te duela más, vete al médico. Vamos al médico a hacernos revisiones periódicas, a por recetas, a buscar respuestas.

Hoy hemos vuelto a escucharla en el Congreso de los Diputados cuando Iñigo Errejón estaba terminando su intervención solicitando mayores ayudas y gasto para mejorar la salud mental de los españoles que, según demostró con datos, está muy mal. A quién se le ocurre hablar de esta tontería con lo que está pasando en Murcia, en Madrid, con Pablo Iglesias… No está al loro este Iñigo. Por eso hay que apreciar en todo su valor el loable consejo del diputado Carmelo Romero, que seguramente querrá lo mejor para su adversario de Más País. Lo habrá visto desmejorado, abatido y con mala cara, por eso le aconseja que acuda a un médico. Eso es lo que han tenido que hacer muchos compatriotas, pero ninguno tuvo la suerte de tener el consejo de su señoría.

No sé por qué se ha producido tanto revuelo, la verdad. Aunque unas horas después el diputado del PP le pidió perdón a su contrincante por su «desafortunada frase» así como a las familias que sufren las consecuencias de esas enfermedades, no era necesario, por favor, si ese señor es una persona muy educada, solidaria, comprensiva y con gran empatía. Ahora, la izquierda y los medios que la apoyan se dedicarán a atacar a Carmelo Romero. Incluso pedirán su dimisión y lo crucificarán. No hay derecho, pobre hombre. Venga, vamos a hacer una campaña en su apoyo: #vetealmedico #pobreCarmelo.

Un resfriado y Tristeza de amor

Hace tiempo que no escribo y ahora lo hago en el móvil, tendido sobre la cama. En estos casos no echo de menos mi Olivetti Lettera que guardo en el trastero y que no sé si todavía funcionará. Tengo que descansar durante unos días. He pillado un buen resfriado (maldito aire acondicionado) y hay que cuidarse, que no está el horno para bollos. Así que me quedaré en casa, leeré como si no hubiera un mañana y escucharé música en el salón. Lo del aire acondicionado en Rota es raro, porque aquí apenas se necesita, pero hay días en que el caluroso levante recalienta el aire y no hay más remedio que encenderlo. Pero a mí me pilló desprevenido el frío artificial durmiendo la siesta y cuando desperté ya no había remedio: Frenadol y mucha agua, algo de tos, moqueo, ojos cargados y mal cuerpo. Mínimo cuatro o cinco días sin poder bajar a la playa ni a la piscina. Cosas de la edad, hace treinta años sólo me resfriaba en invierno, como debe ser.

Carmen anda por la casa con la mascarilla puesta, como si yo fuera un apestado. «Por si no es un resfriado y tienes el coronavirus. Mira que te advertí que no salieras a correr sin mascarilla, que eres un insensato». Eso dice ella, que puso el aire acondicionado cuando sabía que yo estaría durmiendo la siesta, sin avisar, sin esperar por lo menos a que me despertara, que cuando me di cuenta estaba tiritando. Lo del coronavirus lo lleva muy mal. Su natural hipocondría se ha acentuado hasta límites insospechados. Esto es un sinvivir de higiene, las manos desolladas de estar todo el día con el hidrogel, varios pantalones y camisetas hechos polvo por la lejía… Como no inventen pronto la vacuna o el milagroso fármaco que cure el Covid-19, esto termina mal.

Como ya no tengo que montar el número con las sillas de la playa, la sombrilla, las toallas, los bañadores, el protector solar, la caminata cargado hasta La Costilla, los veinte minutos de natación y la hora de paseo, etc., y como tampoco podré salir a correr durante unos días, dedico el tiempo a otros menesteres, sentado en la terraza, viendo cómo el personal se baña en la piscina, leyendo a Pérez Galdós y a mi paisana Pardo Bazán, y de fondo, la música del grupo californiano de folk-rock I’ts a beautiful day, del que casi nadie ha oído hablar. Como que tiene más de cincuenta años y creo que sólo publicó un disco de relativo éxito. Pero su canción White bird me sigue asombrando. Lo conocí, cómo no, gracias a Ángel Álvarez y a su mítico programa de radio Vuelo 605, que nos dio a conocer a la gente de mi generación la música que se hacía en Estados Unidos. Yo no había cumplido ni quince años.

A todo esto, yo quería escribir sobre Hilario Camacho y la serie Tristeza de amor, así que no sé qué demonios he hecho escribiendo todo lo anterior, que no tiene nada que ver.

Navegando por el proceloso océano de la web me encuentro, como suele ocurrir cuando uno busca en Google cosas como «curar un resfriado con métodos naturales», «deshacerse de la esposa sin dejar rastro», «ligar a partir de los 60» o «por qué vuelan los pájaros», se adivina que estoy aburrido, me encuentro con la canción Volar es para pájaros, compuesta y cantada por Hilario Camacho.

Y aquí se desencadena el furibundo baile de las neuronas, que estaban medio dormidas y se despiertan a base de fogonazos en las sinapsis: de Hilario Camacho a su canción Tristeza de amor, cabecera de la serie del mismo nombre protagonizada por Alfredo Landa. En milisegundos, decenas de imágenes y recuerdos. Maravilloso y sorprendente el funcionamiento de la mente. Todo un misterio.

Hilario Camacho fue uno de mis cantautores preferidos en los setenta, ochenta y noventa. Su música y sus letras están dotadas de gran belleza y sensibilidad y me recuerdan en ocasiones a Sabina y a Aute, quizás más a este ultimo, con los que cantó y colaboró. Nunca fue un cantante de grandes masas, aunque sí contaba con miles de seguidores y admiradores, entre los que me encuentro. En mi 127 tenía dos o tres cassettes suyos, que escuchaba continuamente, hasta que una noche me los robaron, junto con el reproductor y muchas otras cintas de Pink Floyd, Beatles, Miguel Ríos y otros. Me dio mucha pena y mucha rabia, además del dinero que me costó arreglar el cristal y comprar otra radio. Si Hilario Camacho viviera -se suicidó en 2006- tendría ahora la edad de Sabina, más o menos. Y seguramente seguiría deleitándonos con sus canciones.

Tristeza de amor fue una serie de mediados de los ochenta a la que Carmen y yo nos enganchamos desde el primer capítulo y que podíamos ver una vez que acostábamos a nuestra hija, agotados de un día duro de trabajo y de cuidados de una niña de tres años.  La música de cabecera era de Hilario Camacho y recogía toda la melancolía y la nostalgia que Alfredo Landa representaba en su personaje. Alguien desencantado, de vuelta de todo, amargado. La mirada y los gestos de un gran actor que ya nos había cautivado en El crack, en Los santos inocentes y en muchas películas de los años sesenta y setenta que ahora vemos con otros ojos, pero siempre con cariño y admiración.

Estoy sudando debido al  resfriado, al Frenadol y al calor que desprende el colchón. Echo de menos el baño en la playa, pero no tengo más remedio que aguantarme. Bastante tiempo pasé confinado para que ahora no pueda soportar estar sin salir unos días. Ahora buscaré en Youtube las canciones de Hilario Camacho o los capítulos de Tristeza de  amor y descansaré de la lectura de Galdós. Hay que repartir bien el tiempo.

(Nota: menos mal que ya estoy jubilado, porque en caso contrario estaría a punto del suicidio o de la depresión viendo la que se avecina con el comienzo de curso en los centros. Tengo a mis antiguos compañeros y a todos los docentes en el pensamiento y sólo puedo desearles mucho ánimo, mucha fuerza y mucha suerte).

Mis lecturas de 2019

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Desde hace unos años, concretamente desde que estoy escribiendo este blog, se me ocurre hacer memoria de los libros leídos a lo largo de un año. Más que para presumir (de poco se puede presumir cuando el número de libros leídos en 52 semanas apenas alcanza la veintena), es para recordar, para tener claro qué libros no debo releer, cuáles me han gustado y qué lecturas apenas me han servido para pasar el tiempo. Reconozco que estoy demasiado pegado a las críticas literarias, que me dejo llevar con excesiva facilidad por las listas de los superventas y que le hago caso a los amigos que me aconsejan. Aunque yo no soy de los que abominan de los éxitos literarios, porque la lectura, entre otras cosas, sirve para divertirse, para fantasear, para vivir instantes que nunca se han vivido. Y, normalmente, los bestsellers suelen servir para eso. Casi nunca se releen porque poco nos han enseñado, pero sí nos han permitido disfrutar.

De todas formas, siempre me pasa lo mismo, cada vez se va haciendo más grande la lista de libros que debería leer o haber leído y se han quedado en las estanterías. Es imposible abarcar tal cantidad de publicaciones, así que no hay más remedio que seleccionar. Así que paso a recordar cuáles han sido mis lecturas del último (o penúltimo, según se mire) año de la década.

Sabotaje, de Arturo Pérez-Reverte. No lo pude evitar, tenía que leer la última novela de la saga que comenzó con Falcó y continuó con Eva. Quizás es la que menos me ha gustado, pero reconozco que los personajes y las situaciones, desde mi punto de vista, están bien definidos y traídos.

La hispanibundia, de Mauricio Wiesenthal. Curioso libro que nos analiza como españoles, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Una buena manera de conocernos y criticarnos.

Ordesa, de Manuel Vilas. Un libro muy valiente y muy bien escrito. Hace falta tener valor y honestidad para escribir sobre uno mismo y sobre la propia familia, sobre todo el padre y la madre. Me gustaría saber escribir como Manuel Vilas y poder hacer algo parecido con los míos.

El rey recibe, de Eduardo Mendoza. Uno de mis escritores favoritos, pero no es el libro que más me ha gustado de él. No llegué a empatizar ni con los personajes ni con la escritura.

El profeta, de Gibran Khalil Gibrán. Lo había leído cuando era un adolescente y no me acordaba bien, así que decidí releerlo. Será un clásico, pero a mí no me terminan de convencer sus recetas ni sus consejos. Demasiado metafórico, para mi gusto.

La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Tres libros en uno, autobiográficos. Quizás sea uno de los libros que más me ha gustado en los últimos años. Describe como nadie la España de principios y mediados del siglo XX, la vida miserable en Madrid, las guerras de África, la Guerra Civil española. Lectura imprescindible y un gran desconocido.

Las palabras rotas, de Luis García Montero. Sólo había leído artículos y algún poema, pero Las palabras rotas me ha enganchado. No es de lectura fácil, lo reconozco. La defensa de las palabras, de las ideas que han ido perdiendo su sentido porque han sido manoseadas y manipuladas es encomiable.

Yo, Julia, de Santiago Posteguillo. Aunque prefiero la trilogía de Escipión, este libro no desmerece. De todas formas, sigo teniendo la impresión de que Posteguillo simpatiza con unos personajes, a los que mima, y odia a otros, a los que destroza.

Crímenes exquisitos, de Vicente Garrido. Novela negra, demasiado larga para mi gusto. Pero como se desarrolla fundamentalmente en Coruña, mi ciudad, y me ha descubierto a los pintores prerrafaelitas, lo apruebo. Creo que se podría hacer una buena película o, mejor, una serie, que engancharía a la gente.

Con todas las de perder, de Víctor Jiménez. Víctor fue compañero mío en el Colegio Gustavo Adolfo Bécquer. Es uno de los mejores poetas sevillanos actuales. Ciento doce soleares componen este pequeño libro, que recoge recuerdos de la infancia, añoranza de la juventud perdida, de la madre que se fue, de la muerte. La sencillez hecha hondura.

Lolita, de Vladimir Nabokov. Había visto la película, pero el libro me ha sorprendido. Es uno de los mejores que he leído este año, junto con La forja de un rebelde. Tal y como están las cosas en la actualidad, Vox no hubiera permitido su publicación. La relación entre un adulto obsesionado y su hijastra de doce o trece años está descrita con bastante contención, pero no deja de ser perturbadora. No me extraña que muchas editoriales se negaran a publicarla en su momento.

Los libros siguientes habían quedado en la mochila, en lugares ocultos de la memoria y del olvido que, de alguna forma, regresaron y tuvieron que ser leídos. Todos ellos me gustaron y forman parte ya de mi bagaje.

La agonía de Francia, de Manuel Chaves Nogales.

La condena y El Proceso, de Frank Kafka.

Wlliam Wilson, de Edgar Allan Poe.

El alquimista y otros relatos, de H.P. Lovecraft.

El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle.

La casa en el confín de la Tierra, de William Hope Hodgson

Tempestades

En el año 1977 pasé de la disciplina, el desasosiego y el tiempo tirado y perdido en la mili, al trabajo en Camariñas. De una gran ciudad monumental y luminosa como Sevilla, a un pequeño pueblo acostado en una ensenada y escondido en una ría, en plena Costa da Morte. De las mañanas en una oficina rodeado de soldados y oficiales, tecleando en una máquina de escribir absurdos oficios, dando clases de lengua, matemáticas o historia a un teniente para que aprobara el examen que le permitiría ascender a capitán, a mañanas rodeado de niños y niñas traviesos, curiosos, dicharacheros, inocentes. De tardes interminables y aburridas en el cuartel a tardes llenas de conversaciones con los compañeros y excursiones por los alrededores del pueblo, descubriendo cada día rincones llenos de encanto y de misterio.

El primer año de Camariñas tenía una habitación alquilada en la pensión de la señora Carmen. La habitación estaba en la primera planta, a la que se accedía por una escalera con escalones de madera. Era un cuarto pequeño, en el que apenas cabían una cama, una mesilla y un armario. Encima de la cama, un crucifijo sencillo y en una de las paredes una foto en blanco y negro del faro del Cabo Vilán (en aquella época le llamábamos el cabo Villano). Lo mejor era el pequeño y estrecho balcón que daba a la ría. Abría las dos hojas de la puerta, me acodaba en la barandilla y podía pasar las horas mirando el puerto, los barcos de pesca, las pequeñas barcas varadas en la arena, las gaviotas y, sobre todo, los temporales, aunque en este caso, tenía que ver el espectáculo con la puerta del balcón cerrada. El viento del oeste entraba aullando por la boca de la ría, arrastrando nubes cargadas de agua y olas que movían furiosamente los pesqueros fondeados y las copas de los pinos que bordeaban la costa.

En la pensión desayunaba y comía el farero, Luis, un hombre alto, delgado, con grandes entradas en el pelo, nariz aguileña y ojos muy claros. Era poco hablador y apenas participaba en las conversaciones que teníamos después de comer la señora Carmen, Arturo, otro maestro que tenía una habitación alquilada como yo, Arsenio, el sargento de la guardia civil, que también comía allí y un comerciante que un par de días a la semana dormía en la pensión.

Una mañana, Luis, cosa extraña en él y como hablando para sí mismo o para alguien que no estaba en el comedor pues éramos los únicos que desayunábamos en ese momento, dijo:

– Esta tarde se espera un buen temporal. ¿Te gustaría verlo desde el faro?

Era la primera vez que Luis se dirigía a mi de manera tan directa, así que tardé unos instantes en contestar, quizás aturdido por la sorpresa.

-Claro, me encantaría. Salgo de clase a las cuatro y media, así que sobre las cinco allí estaré.

Seguimos desayunando sin cruzar una palabra más.

El día transcurrió como cualquier otro en el colegio. Niños y niñas distraídos, inquietos, levantándose de los asientos sin el menor motivo o atentos a alguna explicación, escribiendo o resolviendo problemas. Yo estaba pendiente del viento y de las nubes y aguardaba con impaciencia el final de las clases. A las cuatro y media en punto sonó la sirena y una vez que todos salieron del aula y que yo intercambiara algunas palabras con mis compañeros, me subí a mi 127 amarillo y puse rumbo al faro.

Había recorrido ese camino muchas veces. Una vez dejadas atrás las últimas casas, la carretera se empina ligeramente. Los maizales y sembrados de patatas y berzas van dejando paso a pinos y eucaliptos. El mar se adivina a la izquierda y se puede ver la ermita de la Virgen del Monte. Poco después el paisaje cambia, la vegetación casi desaparece, apenas unos matorrales y tojos, y se divisa el imponente faro que se yergue en una roca alzada sobre el mar. Las olas rompen con fuerza y el ruido sordo llega hasta la explanada en la que aparcan los coches.

Aquella tarde fui más despacio que otras veces, pues no quería llegar antes de tiempo. Subí la última cuesta que lleva hasta el faro. A la derecha, playas vírgenes de arena blanca y el camino de tierra que solía recorrer para ir hasta las aldeas de Santa Mariña y Arou y al pueblo de Camelle, pasando por el cementerio de los ingleses, donde se encuentran los restos de los marineros del acorazado inglés Serpent y por el Monte Branco, una enorme duna a cuyos pies crecen las caramiñas, unos arbustos autóctonos.

A las cinco en punto, cuando yo estaba aparcando el coche, Luis salió del edificio por el que se accede a la base del faro, miró al cielo y me saludó, haciéndome un gesto para que lo siguiera. Nunca había entrado en el blanco edificio cuadrado y de dos plantas. Me enseñó algunas dependencias de las que apenas recuerdo una especie de sala con muchos aparatos electrónicos y entramos en el túnel que lleva desde el edificio a la base del faro. Ascendimos por una estrecha escalera por la torre hasta llegar a la linterna. No conté el número de escalones, pero la subida no parecía tener fin.

Cuando llegamos al foco, me quedé sin respiración. La vista era realmente impresionante. Aunque todavía quedaban un par de horas de luz, el cielo se estaba oscureciendo con rapidez, pues unas nubes negras estaban ocultando el sol. El viento soplaba cada vez más fuerza y llegó un momento en que noté que la torre se movía. Entré en pánico, pero Luis me tranquilizó diciéndome que todos los edificios altos tienen que tener una cierta flexibilidad pues una rigidez absoluta podría dañarlos e incluso derribarlos debido a un fuerte viento o a terremotos. Y también me explicó, mientras andábamos alrededor del foco, que éste flotaba sobre una cuba llena de mercurio que permitía el giro del conjunto óptico. Me aseguró que algunas veces, cuando el viento era muy fuerte, el mercurio podía salirse de la cuba.

En un determinado momento el foco comenzó a girar y a emitir los destellos que se podrían ver a muchos kilómetros de distancia. Yo estaba totalmente extasiado con lo que veía y sentía: olas cada vez más altas que se estrellaban contra las rocas produciendo enormes cortinas de espuma, nubes oscuras que se desplazaban con rapidez y de las que, de vez en cuando, salían relámpagos, la lluvia que comenzaba a golpear con fuerza el cerramiento acristalado de la linterna, el ruido cada vez más ensordecedor del viento, el movimiento de la torre… No sé cuánto tiempo pasó. A mí me parecieron horas, pero cuando miré el reloj eran poco más de las seis y media de la tarde. Luis comprobó que todo estaba en orden y funcionando sin problemas y comenzamos a descender. Seguía notando cada vez más amortiguado el movimiento de la torre y llegamos hasta el edificio. La tormenta estaba en todo su apogeo y Luis me convenció para que no me fuera y que esperara a que la tempestad amainara algo. Me preparó un café y charlamos relajadamente durante un par de horas. Quizás en otra ocasión cuente algunas de las experiencias que, según él, le ocurrieron en otras tierras y en otros faros.

Ayer reviví aquella tarde en el faro de Camariñas. Por la mañana, Carmen y yo contemplamos las olas en Riazor, el Orzán y la Torre de Hércules. La marea estaba baja y aunque el viento soplaba con fuerza y las olas rompían con estruendo en las rocas y en la arena, cubriéndose en gran parte de espuma blanca, aún no llegaba a ser un espectáculo sublime, como sí pudimos contemplar mi hermano Rafael y yo por la tarde. Esta vez Carmen no quiso venir, pues ya había tenido suficiente con la experiencia matutina.

Llegamos con el coche hasta el Portiño y aparcamos frente a las Islas de San Pedro, que reciben el mismo nombre que el monte que tenemos detrás. El viento apenas nos deja abrir las puertas y tenemos que hacer verdaderos esfuerzos para andar. Ya hay varias personas que están haciendo fotos a las olas que rompen con estruendo contra las rocas de la costa. El canal que separa la tierra de las islas está totalmente blanco por la espuma y el ruido es cada vez más ensordecedor. Saco el móvil y hago algunas fotos y vídeos. En un determinado momento el viento casi me arranca el móvil de las manos. La naturaleza se muestra en todo su esplendor, pero también con todo su peligro. Tenemos que ser humildes y reconocer que somos muy frágiles ante los elementos.

Regresamos al coche, seguimos por la carretera que nos lleva hasta el Milenium y allí volvemos a parar y bajarnos. Ahora vemos la belleza del oleaje rompiendo contra Riazor y el Orzán. Mar azul y blanco, los colores de la bandera gallega y de la camiseta del Dépor. Pobre Dépor.

Ya es casi de noche y el faro de la Torre de Hércules comienza a destellar. Es hora de regresar y echo una última mirada al paisaje que nos ha deleitado con una demostración de fuerza y de belleza que hacía mucho tiempo que no disfrutaba. Los meteorólogos predicen que esto continuará unos días más. Qué suerte.

Queridos Melchor y Gaspar

Como en mi familia el Rey Mago favorito es Baltasar, por aquello del exotismo, de la multiculturalidad o de ponerse de lado del más débil, que según parece ser negro es signo de debilidad, véase el negro del WhatsApp, no quiero que al pobre se le acumule el trabajo y tenga que hacer horas extras mientras sus dos compañeros se rascan la barriga. Así que la carta va dirigida expresamente al Rey Mago rubio, Gaspar y al de pelo blanco, Melchor. Como a mí me gusta documentarme, he leído la historia, en este caso leyenda, de los tres reyes magos, que según parece no eran reyes ni eran magos, sino astrólogos que seguían un cometa. Pero no quiero entrar en disquisiciones teológicas así que me limitaré a realizar las tradicionales peticiones, a ver si mis queridos reyes se acuerdan de este humilde ciudadano, que no súbdito.

Si la memoria no me falla, los reyes pasados estuvieron muy bien con los regalos personales, yo diría que inmejorables, pero me fallasteis en lo demás, es decir, en lo de Putin, Trump, el tema catalán… Y para colmo, ahora tenemos a Casado, a la Italia de Salvini, más muertes en el Mediterráneo, etc. Como no os espabiléis, aquí puede ganar hasta Vox. Parecía que la cosa se había arreglado con Pedro Sánchez pero no sé, no sé, algunas expectativas se están desmoronando.

Así que, para concretar, hay que arreglar primero el tema político aquí en España, porque ya me diréis cómo va uno a dormir tranquilo. Haced el favor de no mirar para otro lado, que si no, ni tendremos presupuestos ni ná. Encima, tengo amigos y amigas que no dejan de enviarme Whatsapp con todas las chorradas que se le ocurrieron decir antes de ser presidente del gobierno, que no tienen nada que ver con lo que ahora hace y dice. Lo curioso es que los y las que me envían esas cosas ven la paja en el ojo ajeno pero no quieren ver las barbaridades que hicieron y dijeron los otros que, por supuesto, fueron bastante peores. A un lado y a otro del espectro político, por cierto. Tampoco os olvidéis de los otros países, algunos de los cuales están hechos unos zorros, expresión que viene, por cierto, del utensilio usado para limpiar el polvo (lo que en la actualidad llamaríamos ‘plumero’) y que se componía de un mango al que se le unía unas tiras de piel, unos trozos de tejido basto o la cola de un animal (frecuentemente la del zorro o cordero). Como el susodicho objeto terminaba hecho una porquería, de ahí la expresión (dedicado todo esto a mi hijo Santiago, al que le gusta explicar de vez en cuando el origen de las expresiones). Ni os olvidéis de las guerras olvidadas (véase el fino juego de palabras y de ideas), ni de los inmigrantes. Eso sí que sería un punto, que pudierais arreglar, aunque sólo fuera en parte, esos problemas.

Y para mí, lo de siempre: salud, amor y ayudarme a ahorrar algo, que últimamente se me va el dinero de las manos, porque no paran de estropearse cosas y no dejamos de hacer obras en casa. De Hacienda ni hablo. Para terminar, si puede ser, el último libro de Pérez-Reverte, uno de mis escritores favoritos, que se llama Sabotaje. Otros libros que me han recomendado son Ordesa, de Manuel Vilas o El rey recibe, de Eduardo Mendoza… Ahora que tengo tiempo para leer, los libros son el mejor regalo. Lo único malo es que ocupan mucho lugar y cada vez nos queda menos espacio. El tema ropa, para las rebajas.

Así que, queridos Melchor y Gaspar, a ver si os estiráis algo con lo primero que os he pedido. Recuerdos a Baltasar y que alguien también os lleve regalos a vosotros, que no todo va a ser dar y repartir ilusión. Sería curioso saber qué cosas pedirías vosotros. Otro día a ver si se me ocurre algo sobre eso y lo escribo.

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