Los libros que he leído en 2018

“Eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa”
Don Quijote a Sancho. Capítulo 25

Pocas frases expresan tan bien la idea de la relatividad de la Verdad, con mayúsculas, de la interpretación subjetiva de los hechos, de la realidad tal y como creemos observarla. Por eso este pasaje tan conocido de la novela de Cervantes es considerado un magnífico ejemplo y un homenaje a la tolerancia, al respeto a las opiniones de los demás. Cada persona tiene su verdad y nada me autoriza a descalificar a quien no opine o piense como yo.

Una vez escrito esto para solicitar la comprensión de aquellos que tienen muy claros los conceptos sobre qué se debe y no se debe leer, paso a enumerar y describir brevemente los libros que he leído a lo largo de 2018, costumbre que inicié el año pasado con el artículo Algunas lecturas de 2017 y que me sirve para recordar y anotar las lecturas realizadas. Debo haber perdido mucho tiempo, dedicado a menesteres menos provechosos, porque me parecen muy pocos, solo veinte libros completos y capítulos y poemas de algunos otros a los que vuelvo una y otra vez, como las aves migratorias regresan todos los años para anidar y criar a sus polluelos. Admiro a aquellos que leen cuarenta, cincuenta o más libros al año. Más que leer, devoran. Esa es la única manera de poder llegar a cifras, a lo largo de toda una vida, de varios miles de libros. Yo me conformaré con alcanzar, a este paso, el millar o poco más.

He tenido la precaución de ir apuntando en las notas del móvil el título de los libros, porque el año pasado me dejé guiar por la memoria y esta, por suerte o por desgracia, está empezando, mejor dicho, lleva ya algún tiempo, fallando. No sé cuántas neuronas de mi cerebro habrán fenecido en los últimos trescientos sesenta y cinco días, pero habrán sido un montón. Así que, sin más demora, aquí va la lista.

  • Las legiones malditas y La traición de Roma, de Santiago Posteguillo, el ganador del último Premio Planeta, libros con los que completa la Trilogía de Roma sobre Escipión, el Africano. El año pasado comencé la lectura de dicha Trilogía con Africanus, libro que me había gustado mucho por explicar la Historia con un lenguaje ágil y que permite entender de forma amena a los personajes y los hechos históricos de los que son protagonistas.
  • Berta Isla, de Javier Marías. Aunque las críticas sobre este libro son muy positivas y llenas de alabanzas, no me parece la mejor obra de Marías. Excesivamente premioso, no llego a sumergirme realmente en la trama.
  • Falcó, de Javier Pérez-Reverte. Falcó, personaje sin escrúpulos, se mueve, como en su día Alatriste, en un país y en un tiempo lleno de luces y sombras, de intrigas, de traiciones, de intereses contrapuestos. Me gustan esos personajes que nunca son buenos o malos totalmente, sino seres de carne y hueso, llenos de contradicciones.
  • Eva, de Javier Pérez-Reverte. El complemento perfecto de Falcó, una espía que puede moverse por ideales o por intereses de cualquier tipo. Ambas novelas reflejan la turbulencia de un tiempo que todavía no ha sido estudiado ni descrito en profundidad, pero al que Pérez-Reverte se acerca con mano firme y con un profundo estudio y respeto.

No voy a explicar los siguientes libros, sino solo mencionar títulos y autores. Yo no soy crítico y me cuesta trabajo describir o desmenuzar tanto los argumentos como los valores literarios de las obras. Sí podréis comprobar que tanto Almudena Grandes, como Pérez-Reverte o también Julio Muñoz Gijón, este último por la gracia que rezuman sus libros, son autores que me gustan y de los que suelo leer los libros que publican. Pocas veces me han decepcionado. Por último reseñar que suelo releer aquellos libros a los que me acerqué en la adolescencia o en la primera juventud, para comprobar si la fama y la huella que habían dejado en mí era realmente merecida o no. Ninguno me ha decepcionado.

  • Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes.
  • Siempre fuimos más jóvenes que hoy, de Magalena Gómez Amores.
  • Los besos en el pan, de Almudena Grandes.
  • Operación chotis en adobo, de Julio Muñoz Gijón.
  • Juliano, el Apóstata, de Gore Vidal.
  • El rumor del oleaje, de Yukio Mishima.
  • Son de mar, de Manuel Vicent.
  • Un hombre-lobo en el Rocío, de Julio Muñoz Gijón.
  • Los aires difíciles, de Almudena Grandes.
  • El sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle.
  • Historia de dos ciudades, de Charles Dickens.
  • 4 3 2 1, de Paul Auster.
  • Crimen y castigo, de Fedor Dostoyevski.
  • Moby Dyck, de Herman Melville.
  • Un otoño romano, de Javier Reverte.

Y, además, tres o cuatro capítulos sueltos de D. Quijote, imprescindible, algunos poemas de San Juan de la Cruz,  Miguel Hernández, Antonio Machado y Rosalía de Castro, mi paisana. Tendré que dedicar más tiempo a la lectura de poemas, porque los he abandonado un poco. Como habréis podido comprobar, el eclecticismo y la falta de criterio en la selección es lo que mejor me definen en este ámbito.

Ahora estoy esperando a ver qué traen los Reyes Magos, que siempre suelen acordarse de mi amor por los libros. Espero que sean generosos.

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Queridos Melchor y Gaspar

Como en mi familia el Rey Mago favorito es Baltasar, por aquello del exotismo, de la multiculturalidad o de ponerse de lado del más débil, que según parece ser negro es signo de debilidad, véase el negro del WhatsApp, no quiero que al pobre se le acumule el trabajo y tenga que hacer horas extras mientras sus dos compañeros se rascan la barriga. Así que la carta va dirigida expresamente al Rey Mago rubio, Gaspar y al de pelo blanco, Melchor. Como a mí me gusta documentarme, he leído la historia, en este caso leyenda, de los tres reyes magos, que según parece no eran reyes ni eran magos, sino astrólogos que seguían un cometa. Pero no quiero entrar en disquisiciones teológicas así que me limitaré a realizar las tradicionales peticiones, a ver si mis queridos reyes se acuerdan de este humilde ciudadano, que no súbdito.

Si la memoria no me falla, los reyes pasados estuvieron muy bien con los regalos personales, yo diría que inmejorables, pero me fallasteis en lo demás, es decir, en lo de Putin, Trump, el tema catalán… Y para colmo, ahora tenemos a Casado, a la Italia de Salvini, más muertes en el Mediterráneo, etc. Como no os espabiléis, aquí puede ganar hasta Vox. Parecía que la cosa se había arreglado con Pedro Sánchez pero no sé, no sé, algunas expectativas se están desmoronando.

Así que, para concretar, hay que arreglar primero el tema político aquí en España, porque ya me diréis cómo va uno a dormir tranquilo. Haced el favor de no mirar para otro lado, que si no, ni tendremos presupuestos ni ná. Encima, tengo amigos y amigas que no dejan de enviarme Whatsapp con todas las chorradas que se le ocurrieron decir antes de ser presidente del gobierno, que no tienen nada que ver con lo que ahora hace y dice. Lo curioso es que los y las que me envían esas cosas ven la paja en el ojo ajeno pero no quieren ver las barbaridades que hicieron y dijeron los otros que, por supuesto, fueron bastante peores. A un lado y a otro del espectro político, por cierto. Tampoco os olvidéis de los otros países, algunos de los cuales están hechos unos zorros, expresión que viene, por cierto, del utensilio usado para limpiar el polvo (lo que en la actualidad llamaríamos ‘plumero’) y que se componía de un mango al que se le unía unas tiras de piel, unos trozos de tejido basto o la cola de un animal (frecuentemente la del zorro o cordero). Como el susodicho objeto terminaba hecho una porquería, de ahí la expresión (dedicado todo esto a mi hijo Santiago, al que le gusta explicar de vez en cuando el origen de las expresiones). Ni os olvidéis de las guerras olvidadas (véase el fino juego de palabras y de ideas), ni de los inmigrantes. Eso sí que sería un punto, que pudierais arreglar, aunque sólo fuera en parte, esos problemas.

Y para mí, lo de siempre: salud, amor y ayudarme a ahorrar algo, que últimamente se me va el dinero de las manos, porque no paran de estropearse cosas y no dejamos de hacer obras en casa. De Hacienda ni hablo. Para terminar, si puede ser, el último libro de Pérez-Reverte, uno de mis escritores favoritos, que se llama Sabotaje. Otros libros que me han recomendado son Ordesa, de Manuel Vilas o El rey recibe, de Eduardo Mendoza… Ahora que tengo tiempo para leer, los libros son el mejor regalo. Lo único malo es que ocupan mucho lugar y cada vez nos queda menos espacio. El tema ropa, para las rebajas.

Así que, queridos Melchor y Gaspar, a ver si os estiráis algo con lo primero que os he pedido. Recuerdos a Baltasar y que alguien también os lleve regalos a vosotros, que no todo va a ser dar y repartir ilusión. Sería curioso saber qué cosas pedirías vosotros. Otro día a ver si se me ocurre algo sobre eso y lo escribo.

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Yo también hice un máster

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Me ha costado mucho tiempo reconocerlo porque la vergüenza y el sentido de culpabilidad me atenazaban. Siempre lo he mantenido en silencio, oculto y únicamente mi familia más cercana lo sabe, pero les había hecho prometer, jurar incluso, que no dijeran nada. Durante catorce años, catorce largos años, el secreto no ha salido a luz, lo cual es realmente milagroso. Sé que hay personas que han investigado, que han utilizado los más sórdidos recursos y las estratagemas más odiosas para averiguar la verdad. Noches y noches enteras sin dormir, días y días pegado a la televisión, a la radio, al teléfono, esperando el fatídico momento en que algún avispado periodista o un amigo traidor que hubiera sonsacado o sospechado algo, acabaran por delatarme, por encontrar un resquicio, una prueba. A veces, algunos comentarios aislados me hacían temer lo peor, que alguien se hubiera ido de la lengua, pero al final mis temores eran siempre infundados. Hasta ahora nadie había sabido nada.

Pero ya no puedo más. He envejecido prematuramente, mis cabellos se han cubierto de canas, la tristeza se ha apoderado de mi mirada y una continua opresión se ha instalado en mi pecho. Mi mujer y mis hijos sabían lo que me pasaba y, sin embargo, siempre estaban a mi lado con una frase, una caricia, un silencio a tiempo. Nunca podré agradecerles suficientemente su apoyo, las palabras de ánimo, el saber mantener la boca cerrada a pesar de que, seguramente, les habrán ofrecido mucho dinero o muchas prebendas por una mínima prueba, por un documento que me delatara. La familia es lo único que se puede salvar en un mundo traidor, envidioso, cruel, que busca hundir a aquellos que sobresalen un poco. Los enemigos buscan tu caída, cuanto más estrepitosa y humillante, mejor; pero tus amigos pretenden lo mismo y aunque delante de ti se muestren apesadumbrados y te apoyen, la verdad es que se alegran porque así podrán ocupar tu lugar y deshacerse de alguien que les impida crecer o alcanzar mejores puestos.

Así que, después de meditarlo mucho, de consultarlo con la almohada, con mi mujer y mis hijos, hoy he decidido contar la verdad, lanzarla a los cuatro vientos, publicarla en las redes sociales, llamar a la prensa y mostrar las pruebas: en el curso 2003-2004 hice un Máster de Nuevas Tecnologías Aplicadas a la Educación. En abril de 2004, después de haber realizado todas las actividades que mi tutor me indicaba, aunque nunca discutí con él la facilidad de alguna de ellas, haber aprobado todos los módulos, trece en total, a pesar de que no asistí ni una vez a una clase presencial, aunque en mi descarga diré que era un máster on line organizado por la UOC, Universidad Oberta de Catalunya (más oprobio y vergüenza, una universidad catalana, no sé si cercana al independentismo, vade retro), entregué el Proyecto Final de Máster titulado “La formación de asesores y asesoras de Andalucía en Tecnologías de la Información y la Comunicación”. Elegí ese tema porque en ese momento, más oprobio, más vergüenza, no sé si podré salir de todo esto, era el Jefe del Subprograma de Formación del Profesorado de Andalucía, es decir, el coordinador de los centros del profesorado andaluces y responsable, entre otras cosas, de que los asesores y asesoras de dichos centros estuvieran bien preparados. En junio de 2004 defendí el Proyecto, también de manera on line. Me encerré en el estudio, me conecté a la UOC vía Internet y con una webcam, durante una hora contesté a las preguntas del tribunal, tres o cuatro profesores, no recuerdo bien, que intentaron ayudarme lo más posible y que, al final, me dieron un notable alto y meses después, la UOC me envió el título, que, nada más recibirlo, guardé bajo siete llaves en un rincón del trastero.

Por fin he confesado. Al fin estoy libre y podré dormir tranquilo. Y puedo decir, sin rubor y con cierto orgullo, que no he querido esperar a que un periódico sacara a la luz la noticia. No sé si recibí trato de favor, si alguien manipuló las notas, si realicé todos los trabajos que se requerían para aprobar, si al final me dieron una calificación mayor de la que merecía. Yo sólo hice lo que me dijo mi tutor y el director del Máster. Si hubo alguna irregularidad no es mi culpa, será de ellos o de algún funcionario malintencionado y ya puedo exhibir con tranquilidad el título, que por cierto, no sé si podré encontrarlo o si la humedad y las polillas me impedirán colgarlo en una de las paredes del pasillo, junto con los títulos que mis hijos han colgado allí.

Espero de vuestra benevolencia que sepáis perdonarme y comprender lo que hice. No calculé ni fui capaz de prever lo que podría ocurrir muchos años después. Menos mal que no elegí la Universidad Rey Juan Carlos ni el director del Máster fue Álvarez Conde porque entonces, además de Cifuentes, Casado y Montón, mi apellido se hubiera visto arrastrado por el fango.

¿A alguien le interesa un chalet en Aroche?

Siempre me ha costado desprenderme de las cosas. Y hay mucha gente que le pasa lo mismo. Por supuesto, no soy capaz de deshacerme de un libro, aunque me haya gustado muy poco, aunque las hojas y las pastas ya estén desgastadas por el uso. Intento recomponerlo, pegar aquello que está roto, buscar la forma de impedir que alguien de mi familia, al verlo tan viejo, lo tire a la basura y con él, los emocionantes momentos o los disgustos que me proporcionó. Así que, con paciencia, uno las hojas desprendidas, pego los cantos, forro o sustituyo las cubiertas y, si el resultado no me convence, lo guardo en alguna caja hasta que encuentre un lugar adecuado. Mi amigo Rafael, el frutero, siempre me dice lo mismo: mi padre no me dejó dinero ni casas ni fincas, pero me dejó algo mucho más valioso y que me ha permitido vivir con mucha libertad y amplitud de miras: una gran biblioteca. Cuando me acerco a comprar algo de fruta, a veces me suelta: te doy dos kilos de naranjas y las obras completas de Dostoiewski por un euro. Siempre acepto, pero declino recoger los libros porque pesan demasiado. Yo no sé si podré dejar algo a mis hijos porque la vida, ya se sabe, da muchas vueltas, pero sí pretendo dejarles varios cientos de libros. Por lo menos, ya he conseguido algo, y es que les encanta leer.

Me cuesta deshacerme de la ropa, de muebles, fotos, juguetes, de cualquier cosa que haya pasado por mis manos y haya adquirido algo de mí y yo algo de ellos, que haya impregnado mi piel o mis recuerdos con sus átomos, con su tacto, con el tiempo dedicado a poseerlos, a disfrutar, a utilizarlos. Se crea una relación que es muy difícil de deshacer, hay unos hilos invisibles que nos unen y es complicado cortarlos. Un jersey descolorido, una camisa con el cuello gastado, un sillón en el que he pasado horas y horas leyendo o trabajando, un balón o una espada de madera, forman parte de la propia existencia. Me viene a la memoria una canción de Serrat, Aquellas pequeñas cosas, que habla de todo esto. Y cuántas veces me he arrepentido de haber tirado un pantalón que se había quedado antiguo y que ahora vuelve a estar de moda, o un álbum de colección que le podría haber regalado a mis hijos. Pero reconozco que es imposible ir acumulando tantos objetos, muchos de ellos inútiles o inservibles, que sólo son importantes para mí y que para los demás representan un espacio menos en una habitación o en un trastero y que, en la mayoría de los casos, acumulan polvo y suciedad durante años sin que nadie, ni uno mismo, acuda de vez en cuando a echarles una mirada.

Ahora tengo que resolver una difícil ecuación, aunque conozco la solución, cuyos términos constan de recuerdos, de tiempo y de sentimientos, por un lado, y de habitaciones, pasillos, salón, cocina, cuartos de baño, garaje, etc., por otro. Estoy seguro de que a muchos de vosotros os habrá pasado lo mismo. Vivís en una casa durante unos años, quizás la hayáis recibido como herencia o la habréis comprado con mil esfuerzos o, y lo que es peor, habréis nacido, pasado la infancia y la juventud con padres y hermanos y, por diferentes circunstancias, os veis obligados a deshaceros de ella. Y entonces entran las dudas, el miedo a equivocarse, a vender parte de uno mismo, porque estamos hechos de memoria, de momentos, de recuerdos. Pero reconozco que no soy amigo de ir acumulando bienes, de poseer fincas, casas, coches porque he llegado a la conclusión, a la que también han llegado muchos más antes que yo, que es absurdo poseer y no disfrutar, tener demasiados apegos porque después cuesta mucho trabajo abandonarlos.

Hace algunos meses escribí una serie de relatos sobre mis paseos por los caminos de Aroche. En todos ellos, la caminata comenzaba en el chalet (así lo llamamos en la familia, aunque no deja de ser una casa con un pequeño terreno en el que hay dos naranjos y un limonero y el vecino, Antonio, siembra tomates y pimientos) y después, pasando por delante de la Fuente Nueva y frente al Salón Félix Lunar, subía por la calle San Mamés y salía del pueblo. El Camino del Carmen, el Camino Viejo del Cerro y el Camino del Merendero me hicieron pasar muy buenos momentos. Como los que pasé, desde finales de los años setenta, cuando mi padre compró el terreno y después levantó la casa, en el chalet. Casi cuarenta años. Pero ha llegado el momento de, sin aspavientos, sin caer en la melancolía o en la pena (hay cosas muchos peores), deshacernos de ella. Cada vez la utilizamos menos, mi madre, que en dos meses cumple 91 años, ya no está para vivir sola allí, cuesta trabajo, tiempo y dinero mantenerla. Tenemos otra casa en el pueblo, la de mi mujer y sus hermanos, una casa grande, amplia, cómoda, en pleno centro. Sé que a mis hijos, a mi hermano y a mi madre les da pena, pero también reconocen que no merece la pena seguir con ella. Hay que pasar página y quitarse pesos de encima, ir cada vez más ligeros de equipaje.

Así que hemos decidido vender el chalet. ¿Alguien está interesado? Todavía no sabemos cuánto pedir por él. Ya se sabe que no es lo mismo valor y precio; para nosotros, para la familia, es muy valioso, tendríamos que pedir mucho, pero hay que ser realista. Me informaré y si alguien pregunta, espero poder darle una respuesta y llegar a un acuerdo. Sólo diré que las vistas son magníficas, que se puede contemplar el pueblo y la sierra sentado en la terraza y disfrutar de unos atardeceres maravillosos, que está muy bien conservado, que tiene una planta de 120 metros cuadrados con salón, tres habitaciones, dos baños y cocina, que en la planta baja hay otra habitación, un garaje amplio y una leñera. Que en la parte de atrás hay un pequeño huerto… Allí hemos vivido muy bien y estoy seguro de que si alguien lo compra, también disfrutaría mucho de él.

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Otra más de Santiago

Mi hijo Santiago, Santi para la mayoría, sigue queriendo emularme y a fe que a veces lo consigue. No sé si tendrá tantos seguidores y admiradores como yo, pero va camino de ello. Dicen que nos parecemos, no en lo físico, claro, yo soy más guapo y atractivo, sino en la forma de ser. En su personalidad hay una mezcla, quizás podría calificarse de mezcolanza, entre Galicia y Andalucía, entre gusto por ir a la última moda, gastándose un dineral en ropa, y presumir de ser muy de izquierdas (sólo diré que vota a Podemos y justifica cualquier cosa que ese partido haga o diga), entre ser del Barça (creo que por llevarle la contraria a su padre) y vivir al lado del Bernabéu, ser un deportista y descontrolar los fines de semana… Así podría continuar, pero no quiero pasarme. Porque además de ser hijo mío, admiro su forma de ser y su capacidad para organizarse. No sé cómo tiene tiempo para trabajar doce o catorce horas diarias y hacer todo lo que hace: viajar, leer, ver series de televisión que luego me recomienda, ir al gimnasio, patearse Madrid, escribir… Porque todas las semanas escribe en su blog. Con lo que a mí me cuesta escribir dos párrafos seguidos y, sin embargo, él consigue escribir, y muy bien, relatos y opiniones que son un compendio de inteligencia, sensibilidad, madurez y calidad. Escribe sobre cualquier cosa porque tiene mucha facilidad para ello. Y si no, leed lo último que ha escrito hoy y disfrutad.

El humor, por Santiago Castro Vázquez, en su blog Kimochi.

Algunas lecturas de 2017

Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar.
El tiempo. Ocnos. Luis Cernuda

Después de releer ese maravilloso párrafo de Cernuda, rompí en mil pedazos la hoja en la que había comenzado a escribir un pequeño relato. Pero después me dije, José Manuel, no seas tan duro contigo mismo, no estás aspirando a vivir en el Parnaso de las letras, sólo eres un humilde escribidor como los miles y miles que en el mundo han sido y serán y que también tenemos derecho a poner nuestro granito de arena, sin más aspiración que leernos dentro de unos años, disfrutar imaginando historias, sonreír ante nuestra falta de pudor y ejercitar las neuronas que nos van quedando.

En mi anterior entrada escribí sobre mi falta de criterio para seleccionar las lecturas. Efectivamente, no tengo criterios, ni prioridades, ni nada que suponga un mínimo de planificación u organización. Repaso mi biblioteca, que tiene unos 700 u 800 libros, y me encuentro con muchos que compré hace tiempo porque me llamaron la atención o porque me los recomendaron y resulta que todavía no los he leído. Entre otras cosas porque no me apetece hacerlo, bien porque ya han cambiado mis gustos, porque el tema o el argumento o el autor ya no me interesa o porque le he cogido manía, vaya usted a saber por qué.

Pero una cosa es falta de criterio y otra muy diferente carecer de motivos, de la necesidad de leer. Con el tiempo me he dado cuenta de que esa necesidad nace de fuentes muy diferentes. A veces, la lectura de la novela de un autor que nunca había leído con anterioridad pero que alguien que sí lo ha hecho y del que te fías y te lo recomienda, te descubre facetas, estilos o temas que te gustan. Me pasó, por ejemplo, con Carlos Ruiz Zafón y su primer gran éxito, La sombra del viento. He leído su tetralogía de El cementerio de los libros olvidados y, aunque ya ha cerrado el círculo de esa serie, seguro que escribirá otra y volveré a engancharme sin remisión. Una vez que te aficionas a un escritor, ya no puedes dejar de leerlo. Es lo que me pasa con otros tres escritores actuales más: Dolores Redondo, Almudena Grandes y Arturo Pérez-Reverte. Cada vez que publican un libro tengo que comprarlo. Y rara vez me arrepiento, porque han sabido crear mundos y lenguajes que, por alguna misteriosa razón, han conseguido interesarme. Sé que en esto de las lecturas hay mucho hooligan, aprecios y desprecios que no se basan en criterios racionales, sino en afinidades o enemistades que pueden provenir de ámbitos muy diversos. Por ejemplo, nunca se me olvidará el razonamiento que me dio una compañera de trabajo, doctora en lengua castellana y literatura, que me espetó, así, sin anestesia, que ella no había leído y nunca leería a Mario Vargas Llosa, “por ser un facha”. Toma del frasco, Carrasco. Y estoy seguro de que otros y otras, personas todas ellas formadas y educadas, tampoco leerán a Gabriel García Márquez, por “ser izquierdista”. Ellos se lo pierden. Si leemos o dejamos de leer a alguien por su adscripción política es que el mundo se ha vuelto realmente loco (aquí tampoco me dejo de acordar de alguien que llamó machista a Aristóteles: hay gente que no es más tonta porque no entrena).

Durante este año 2017 podréis comprobar que mi bagaje lector no ha sido demasiado extenso. Aunque según un estudio del CIS estoy en la parte alta de la clasificación, pues me encuentro dentro del 5,5% de españoles que lee entre 9 y 12 libros al año, eso no me consuela, pues estoy seguro que podría organizarme mejor y leer más. Ahora que tengo mucho tiempo libre, resulta que lo malgasto, o no, que no estoy demasiado seguro, de mala manera. Cuando no estoy jugando una partida de ajedrez o de Apalabrados con mis amigos estoy viajando, escribiendo chorradas como ésta, viendo series de televisión, haciendo deporte, caminando por las calles de Sevilla, escuchando la radio y, sobre todo, cabreándome mucho con lo de Cataluña. La de horas que le habré dedicado a las tertulias sobre este tema tan cansino. Menos mal que ya sólo quedan un par de días para las elecciones. Lo malo es que eso no va a mejorar mi dedicación a menesteres más sensatos, como sería entregarme en cuerpo y alma a escribir una novela que ganara el Planeta y me sacara de pobre. Porque luego viene la noche electoral, el análisis de los resultados, las opiniones de los políticos y de los tertulianos, las posibles coaliciones, las coaliciones reales, el cabreo del gobierno con los independentistas y de los indepes con el gobierno, la frustración de la mayoría que ha ganado pero no va a resolver el problema, etc., etc.

Así que antes de que vuelva a perder más tiempo os voy a decir qué es lo que he leído este año y me dejo de otras tonterías. La verdad es que no sé a quién le puede interesar esto, como no sea a una empresa que se dedique a analizar los gustos lectores de los españoles, pero así me acuerdo de las lecturas y, quizás, a alguien le entre el gusanillo de leer alguno de los libros que aquí reflejo. El orden no significa nada, ni preeminencia porque me hayan gustado más, porque los recuerde mejor o porque hayan sido los últimos en llegar a mis manos. Seguro que me he dejado alguno, sobre todo los que leí a comienzos de año, pero será porque no han dejado huella o porque la memoria ya no es todo lo fiable que debiera ser. Los años no pasan en balde. Además, he añadido alguna relectura de libros a los que merece la pena volver de vez en cuando.

El laberinto de los espíritus, de Carlos Ruiz Zafón. Final de la serie El cementerio de los libros olvidados. Junto con el primero, La sombra del viento, el mejor para mi gusto. La recreación de ambientes y personajes es insuperable y, como toda buena novela, los últimos capítulos los fui leyendo con premura, paladeando las palabras, pues sabía que cuando lo terminara me iba a dar mucha pena, como así fue.

El monarca de las sombras, de Javier Cercas. Tiene cierta similitud con Soldados de Salamina. En la búsqueda de la verdad sobre la muerte en la guerra civil de un tío abuelo suyo, Javier Cercas se desenvuelve con auténtica maestría, acercando el pasado investigado con datos, fechas, documentos y entrevistas con personas que lo conocieron, y el presente, la duda entre realizar un relato novelado o reflejar sin más un hecho que fue historia de su familia y la de muchas familias más.

El lector de Julio Verne, de Almudena Grandes. Esta escritoria se desenvuelve con una facilidad que pasma por el mundo de la guerra civil y de la posguerra. La mirada de un niño que vive en un cuartel de la guardia civil en un pueblo de la sierra jiennense se desliza entre aquellos que han ganado la guerra pero no tienen motivos para celebrarlo y aquellos otros que la han perdido pero muestran su orgullo y su dignidad sin abdicar de sus ideas.

Rabos de lagartija, de Juan Marsé. Hacía muchos años que no leía a Juan Marsé y en esta novela se muestra como uno de los grandes escritores del siglo XX. Ahora que ha sido uno de los damnificados por su postura ante el independentismo recomiendo su lectura para que admiremos su dominio del lenguaje y su amor por todo lo catalán.

A Sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. Todo un descubrimiento. A partir de unas jornadas celebradas en Sevilla sobre la literatura y la guerra civil, coordinadas por Arturo Pérez-Reverte, he conocido a este extraordinario periodista y escritor. El prólogo de este libro debería ser lectura obligatoria en ESO y Bachillerato. Pocas veces he leído un texto que con tanta claridad y certeza describa lo que, seguramente, sentiría la mayoría silenciosa de españoles que se vieron arrastrados a una guerra tan despiadada.

Todo esto te daré, de Dolores Redondo. No sé si será porque la novela se desarrolla en mi tierra, concretamente en la Ribeira Sacra, pero reconozco que me mantuvo enganchado durante toda su lectura. Se nota que domina, como ya lo demostró en su trilogía del Baztán, que también me encantó, el mundo de la investigación policial. Sin grandes aspiraciones, esta novela es una digna ganadora del Premio Planeta.

Patria, de Fernando Aramburu. Me la habían recomendado muchas personas y, realmente, no decepciona. Inquieta saber hasta qué punto puede llegar a degradarse el ser humano y cómo el ambiente opresor de un pequeño pueblo puede destrozar las vidas de las familias y las amistades. Sin embargo, a pesar de todo el sufrimiento que viven los protagonistas o la obsesión por mantener unas ideas que en el fondo saben que son injustas y equivocadas, nos queda la esperanza de que, al final, siempre podemos encontrar una salida

Gog, de Giovanni Papini. Extraña novela que describe a un multimillonario eogísta, sin escrúpulos y que sólo busca su felicidad a cualquier precio, que se entrevista con los personajes más importantes de su época: Gandhi, Freud, Einstein, Edison…, con objeto de conocer cuáles son los males y problemas de la sociedad. Aunque late un curioso  sentido del humor a lo largo de toda la novela, reconozco que su lectura dejó en mí un regusto amargo y que no sé si volvería a leer.

Africanus, el hijo del cónsul, de Santiago Posteguillo. Es la novela que estoy leyendo actualmente. Me gusta la novela histórica y ésta contiene todo lo que busco en este tipo de lecturas: personajes bien trazados y perfilados, hechos que he estudiado en los libros de historia pero que aquí se describen de una manera mucho más cercana, lenguaje sencillo pero bien estructurado, etc. Los dos personajes principales, Aníbal y Publio Cornelio Escipión, el Africano, muestran su valor y su inteligencia a lo largo de setecientas páginas que se leen con gran facilidad.

Olas de levante, de Magdalena Gómez Amores. Dejo para el final esta novela de mi amiga Magdalena. Con su primera obra, El temblor de las estrellas, la escritora reflejó la sociedad española de los años veinte y treinta del pasado siglo en un pequeño pueblo de Castellón. Mientras que “las dos Españas” van enconando sus posiciones hasta desembocar en la guerra civil, las mujeres tienen que enfrentarse a un mundo hostil en el que ellas tienen que luchar y demostrar su valía sin ayuda de ningún tipo. En su segunda novela, Olas de levante, las mujeres vuelven a ser las protagonistas. La acción se desarrolla durante los años 30 en Ceuta, ciudad que ella conoce bien pues allí nació y vivió durante su adolescencia y a la que vuelve cada vez que puede. Con un estilo ágil y un lenguaje cada vez más sólido, fluido y maduro a medida que va adquiriendo la experiencia del escritor, Magdalena desentraña la historia de dos mujeres que bien pueden ser la cara y cruz de dos vidas que, en el fondo, no son tan diferentes, sino que los acontecimientos y las circunstancias, además de la personalidad, van marcando a fuego. En una, la utopía y la valentía, en otra, la tradición y el pragmatismo, pero siempre la lucha, la resistencia, el dolor.

Relecturas. Casi nunca releo un libro completo, sino que lo abro al azar y dejo que la casualidad o la suerte me lleve a algún párrafo que me evoque otros instantes de feliz lectura. Y casi siempre la suerte me acompaña.

Ocnos, de Luis Cernuda. Hacía años que no volvía a leer a este extraordinario poeta sevillano. Ocnos es autobiografía lírica, poesía en prosa, llena de nostalgia porque fue escrita en el exilio. Una infancia y una juventud que se desarrollaron en una Sevilla, en un ambiente, que ya casi no reconocemos. Imprescindible.

Algunos capítulos de El Quijote, de Cervantes. Siempre hay que volver al caballero de la triste figura y a su compañero Sancho. Cada frase encierra un mundo literario que nunca ha sido superado.

También he vuelto a un maestro, Juan de Mairena, de Antonio Machado. No deja de sorprenderme su capacidad para la “filosofía práctica” que subyace en cualquier sentencia de este profesor. Abro el libro por cualquier página y me encuentro, por ejemplo, con perlas como estas:

“El reloj es, en efecto, una prueba indirecta de la creencia del hombre en su mortalidad. Porque sólo un tiempo finito puede medirse”.

“─Hay hombres, decía mi maestro, que van de la poética a la filosofía; otros que van de la filosofía a la poética. Lo inevitable es ir de lo uno a lo otro, en esto, como en todo”.

“Aprendió tantas cosas –escribía mi maestro, a la muerte de un amigo erudito–, que no tuvo tiempo para pensar en ninguna de ellas”

“Ayudadme a comprender lo que os digo, y os lo explicaré más despacio”.

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Carta a los Reyes Magos

Desde hace muchos años, quizás desde que mis dos hijos estaban todavía en la adolescencia, por estas fechas tenemos la costumbre en casa de escribir una carta dirigida a los Reyes Magos y pegarla en la puerta del frigorífico para que todos podamos leerla, una tradición que espero que se mantenga durante muchos años más, porque eso significaría que todavía conservamos intacta una ilusión que, como muchas otras, tiende a desaparecer. La verdad es que eso nos ha facilitado las cosas a la hora de seleccionar los regalos, ya que así se evitan errores que, con anterioridad, se producían con cierta frecuencia. Como aquella vez que alguien recibió un disco CD que ya tenía o un libro que ya había leído. Así que ahora es más difícil que sus majestades metan la pata.

Voy a transcribir mi carta de este año, para que os hagáis una idea del tono que suelen tener y que no se limitan a una simple enumeración de regalos y a lo bien que nos hemos portado, como es habitual en este tipo de misivas, sino que suelen hacer referencia a sucesos de actualidad o a deseos menos materiales.

“Queridos Reyes Magos.

Cada vez lo tenéis más difícil. Primero porque venís de una zona que hace unos cuantos milenios tenía su aquel y era la admiración del mundo y lo dominaba (Persia, Mesopotamia, Babilonia…) pero ahora está hecha unos zorros y si no, fijaos cómo están Irán, Irak o Afganistán, por poner sólo un ejemplo de los modernos países que sustituyeron a aquellos imperios. Así que podíais dedicaros a arreglar primero aquello, evitar que la gente se mate por unos dioses o unas ideas que no difieren tanto y no tengan que atravesar desiertos, pagar a mafias o atravesar el mar en pateras. Pero, claro, como vosotros venís en camellos y sois magos, no tenéis ese problema.

Pero es que, además, os han salido unos competidores tremendos: que si el Black Friday, que si Papá Noel, que si las rebajas de Zara  y El Corte Inglés. No sé ni cómo os atrevéis a venir por estos lares. Por cierto, ya que, a pesar de todo, vais a hacer el viaje, a ver si podéis hacer algo con lo de Cataluña, que estamos ya un poco hartos.

Como sabéis de años anteriores, soy poco ambicioso. Con algo de salud y de dinero para toda la familia y un buen trabajo y autonomía para Carmen y Santiago, voy que chuto. Pero si queréis tener un detalle, con un par de libros me conformo: el último de Paul Auster, el último de Almudena Grandes o los dos últimos de Pérez-Reverte, por ejemplo. Pero sólo un par, repito, que después vendrán las rebajas y os evito que carguéis con tanto peso u os gastéis un dineral.

Y ya de paso, si podéis hacer algo con Putin, Trump y el Kin Jong Un ese, tampoco estaría mal. A Puigdemón, Junqueras, Rajoy, Pablo Iglesias, Pedro Sánchez y compañía, dadles un toque, aunque sea pequeño, a ver si espabilan.

Y nada más. Salud, compañeros. Un saludo

Vuestro fiel seguidor,

José Manuel”

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Propósitos para 2017

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No voy a esperar al 31 de diciembre para acometer la ardua y casi siempre inútil tarea de elaborar una lista de propósitos para el próximo año. No es que yo sea muy original, pero no creo recordar una sola vez que me haya propuesto hacer o conseguir algo en fechas determinadas, y menos el último día de cualquier año. Bastante tengo con sobrellevar la nochebuena, la navidad, el fin de año, el año nuevo,,, y todo en una semana, como también detenerme a pensar en qué me propongo hacer los próximos trescientos sesenta y cinco o sesenta y seis días. Pero este año voy a hacer una excepción.

Como la lista es muy corta, porque si algo me dicta la experiencia es que no se debe ser demasiado ambicioso, la resumiré en pocas líneas.

1. Comenzar a escribir dos libros, seguramente relatos cortos (como diría mi hijo Santi, no uno ni dos, sino dos). Para ser más precisos diré que ya tengo el argumento, las principales ideas y los personajes de los dos, e incluso ya he escrito alguna página, pero no sé si seré capaz de terminarlos. Como me he vuelto una persona muy tranquila y no quiero estresarme ahora que ya me ha bajado bastante la tensión, lo tomaré con calma, escribiendo cuando realmente me apetezca o cuando las musas tengan a bien. No quiero hacerme un esclavo ni un burócrata de la escritura, ni seré capaz de escribir 14 o 15 páginas diarias como dicen que hacía Galdós, y encima de gran calidad; yo con una o dos me conformo. Así que ya iré contando cómo me va (por cierto, este deseo quizás provenga de envidiar a mi amiga Magdalena, que ha escrito ya dos libros en dos años).

2. Retomar el aprendizaje del inglés. Y no porque quiera comunicarme con los hijos de la pérfida Albión y con aquellos que votaron al más pérfido Trump. Es por simple necesidad de enterarme bien cuando veo las series americanas o inglesas que me gustan. Son mucho mejores en el idioma original y eso de tener que estar leyendo continuamente los subtítulos llega a cansar.

3. A poder ser, y con permiso de mi señora esposa, cuyos planes son totalmente herméticos e imposibles de adivinar, viajar un poquito más. Este año hemos hecho nuestro primer viaje del Imserso y he conseguido convencerla para ir a Nueva York, todo un éxito. Y mi intención era, además, haber ido a otra ciudad, esta vez europea y más concretamente, Berlín. Pero diversas circunstancias no han facilitado la tarea. Así que ahí queda esta propuesta.

Y ya está. No son muchas, aunque ahora que las vuelvo a leer, retiro lo de que no debía ser muy ambicioso. Creo que me he pasado, pero lo escrito, escrito está.

Volver

Para comenzar este nuevo curso, qué digo, este segundo año de jubileo, una preciosa canción, un tango que cantado por Estrella Morente en el tema principal de la película de Almodóvar Volver, recoge nostalgia, recuerdo, dolor…, pero también esperanza, deseo de avanzar hacia el futuro. No la he elegido al azar, sino porque pertenece a una de las películas que más me gustan de un director que, después de tantos años y de tantas películas, mantiene una frescura y una delicadeza en su cine que es envidiable (si no habéis visto su última obra, Julieta, os recomiendo que no la dejéis de ver). Y eso es lo que yo pretendo, mantener en este blog un tono fresco, divertido, poliédrico y, siempre que pueda, sorprendente. De todas formas, no prometo nada. Reconozco que el tiempo es traicionero y no se deja atrapar, por mucho que pretendo organizarme, planificar los días, cada vez me cuesta más.

La realidad que nos rodea tampoco ayuda. El bochorno atmosférico y el aún más bochornoso espectáculo político me tienen anonadado, así que tendremos que esperar a que venga el frío y se vayan estos estafermos, sobre todo mi paisano, para que la imaginación pueda trabajar sin sobresaltos.

Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.
 Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor.
 Y aunque no quise el regreso
siempre se vuelve
al primer amor.
 La vieja calle
donde me cobijo
tuya es su vida
tuyo es su querer.
 Bajo el burlón
mirar de las estrellas
que con indiferencia
hoy me ven volver.
 Volver
con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
 Sentir
que es un soplo la vida
que veinte años no es nada
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
 Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.
 Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.
 Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenen mi sonar.
 Pero el viajero que huye
tarde o temprano
detiene su andar.
 Y aunque el olvido
que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión,
guardo escondida
una esperanza humilde
que es toda la fortuna
de mi corazón.
 Volver
con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
Sentir
que es un soplo la vida
que veinte años no es nada
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
 Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.