Festa dos maios

Aunque en Coruña capital no recuerdo que se celebrara la fiesta de los mayos (festa dos maios), en los pueblos, sobre todo en los de Ourense y Pontevedra, sí se celebraban y espero y deseo que lo sigan haciendo.
Basado en ritos prerromanos y precristianos, el culto a la naturaleza, a la agricultura, ha estado siempre muy presente en Galicia y en muchas partes de España.
La fiesta consiste en realizar diversas representaciones alrededor de un árbol o escultura, llamada maio o mayo, consistente en una armazón o esqueleto de palos o tablas de forma cónica o piramidal, recubierto de tela metálica o arpillera, que se cubre de ramas, helechos, flores, hojas, hinojo o hierba. El armazón se construye sobre una plataforma que, a modo de camilla, permite transportar el mayo por las calles del lugar.
Acompañando a los mayos, hay grupos de personas, a menudo niñas o niños disfrazados —que también reciben la denominación de mayas y mayos— adornados con flores, hojas o ramas y con una corona de flores, que danzan y cantan coplas populares o «cantigas», a veces dialogadas, mientras caminan alrededor de la escultura, acompañados de la percusión de dos palos. Era habitual pedir a los asistentes un aguinaldo que, por Lugo y Orense, solía consistir en un puñado de castañas maiolas (castañas secas), nueces o avellanas, sustituidos hoy por dinero.
También se aprovechaba para realizar críticas a los poderosos, políticos y clero sobre todo, como se suele hacer en carnaval.

Curros Enríquez es uno de los grandes poetas gallegos, figura clave en el Rexurdimento, el renacimiento de la literatura gallega. Como los otros dos grandes poetas gallegos del XIX, Rosalía de Castro y Eduardo Pondal, los temas de sus poemas se centran en los problemas del pueblo gallego: la emigración, la pobreza, la explotación por parte del poder político y eclesiástico…

Uno de los poemas más conocidos de Curros Enríquez es «Ahí ven o maio», al que le puso música Luis Emilio Batallán.

https://youtu.be/R9RqiUfDn58

Ahi ven o maio
De frores cuberto
Puxéronse a porta
Cantándome os nenos
Os puchos furados
Pra min extendendo
Pedíronme crocas
Dos meus castiñeiros

Pasai rapaciños
Calados e quedos
Que o que é polo de hoxe
Que darvos non teño
Eu son voso probe
O pobo galego
Pra min non hai maio
Pra min sempre é inverno

Cando eu me atopare
De donos liberto
Que o pan non mo quiten
Trabucos e préstemos
Que, como os do abade
Frorezan meus eidos
Chegado habrá entón
O maio que eu quero

Queredes castañas
Dos meus castiñeiros
Cantádeme un maio
Sin bruxas nin demos
Un maio sin segas
Usuras nin preitos

….

Ahí viene mayo
De flores cubierto
Se pusieron en la puerta
A cantar los niños
Los sombreros agujereados
Hacia mí extendiendo
Me pidieron castañas
De mis castaños
Pasad, chiquillos
Callados y quietos
Que lo que es por lo de hoy
Que daros no tengo

Yo soy el pobre
Del pueblo gallego
Para mí no hay mayo
Para mí siempre es invierno.

Cuando yo me encuentre
De dueños libre

Que el pan no me lo quiten
Tributos y deudas
Que, como los del abad
Florezcan mis campos
Llegado habrá entonces
El mayo que yo quiero.

Queréis castañas
De mis castaños
Cantadme un mayo
Sin brujas ni demonios
Un mayo sin siegas
Usuras ni pleitos

Un covitoso en Rota

Alguna ventaja tendría que tener estar covitoso, otro neologismo que no sé si la rae lo habrá aceptado o lo aceptará próximamente.

Llevo ya doce días con covid, sin apenas síntomas, dando positivo sin duda, que las dos rayas del test, la C y la T, bien marcadas que están. Mi mujer también se contagió pero ella ya ha dado negativo. Como uno sigue siendo muy responsable, a pesar de la edad, que dicen las malas lenguas que cuando uno pasa de los sesentaytantos pierde la vergüenza, pues me he venido a mi retiro de Rota, solo, sin mi santa esposa, que ya es negativa (de covid, se entiende) y que cada vez que se cruza conmigo se pone la mascarilla. Como en nuestro piso de Sevilla, que es muy pequeño, nos estamos cruzando continuamente, pues resulta que continuamente mi mujer se pone la mascarilla, no vaya a ser que yo, positivo, vuelva a contagiarla a ella, negativa. Por mucho que yo le explique que con tres vacunas, además de la de la gripe y la del neumococo, y recién contagiada, el número de anticuerpos que tiene que tener debe de superar cualquier estadística, que el pobre virus ni se atreverá a acercarse a ella, que mis virus ya tienen que estar exhaustos y debilitados después de casi dos semanas y que no serían capaces de contagiar absolutamente a nadie, no hay manera, ella todo el día con la mascarilla y mirándome raro.

Así que he tomado la drástica decisión de dejarla sola en Sevilla y venirme yo a Rota. Ella, como es lógico, me ha animado y ha aplaudido mi decisión. Eso de «en la salud y en la enfermedad» creo que no lo entendió bien. Qué se le va a hacer, vivo con una hipocondríaca y no lo puede evitar.

Así que aquí estoy, yo solito, poniendo una lavadora y tendiéndola, planchando y limpiando algo el piso, aunque mi hija lo ha dejado como los chorros del oro. Pero también me he podido dedicar a otros menesteres: pasear por la playa hasta Punta Candor, tomar un café en la Plaza de las Canteras y después una cerveza en una terraza, comprar comida preparada en el Mercadito (costillas con salsa barbacoa, gambones al ajillo y patatas panaderas), escuchar a Mozart en el equipo de música, después ver una película repantingado en el sofá, leer un capítulo de Ágata ojo de gato de José Caballero Bonald e, incluso, me ha dado tiempo a acercarme a la Feria de Rota, aunque llovió y se me quitaron las ganas de quedarme.

Total, un aburrimiento esto de estar covitoso en Rota. Estoy dudando si hacerme otro test mañana o dejarlo ya, para más seguridad, hasta la semana que viene. La feria termina el domingo, este fin de semana hay carreras de motos en Jerez, parece que va a hacer buen tiempo. Porque mira que si mañana el test sale negativo…

El horóscopo

Hay ocasiones en que se hacen las cosas sin pensar, sin planificar y salen bien, y otras, seguramente la mayor parte de las veces, salen mal. Actuar o hablar de manera irreflexiva o emocional suele conducir a situaciones imprevistas y catastróficas y por eso no me gusta actuar o hablar así, aunque a veces, por pensar demasiado las cosas, he dejado pasar muchas buenas oportunidades.

Dicen que los tauro somos personas previsibles, sistemáticas, prácticas, ordenadas, en suma, personas aburridas. Por eso no nos gusta improvisar, quizás porque tenemos aversión a las sorpresas y porque no tenemos reflejos para responder de la manera más apropiada a aquello que surge de repente. También dicen los expertos en astrología que somos personas tranquilas y plácidas la mayor parte del tiempo, pero impetuosos y brutales cuando se nos enfada o se nos cruzan los cables. Serios, trabajadores y pragmáticos, si se nos mete una cosa en la cabeza no paramos hasta conseguirla porque la constancia es una de nuestras más reconocidas virtudes. Pero la monotonía, la planificación o el orden tienen hoy muy mala prensa, por eso los tauro estamos de capa caída. Ahora hay que tener un pensamiento divergente, original, que se salga de lo corriente, saber improvisar, sorprender. Pero no busquéis en los tauro sorpresas, ni fuegos artificiales. Por lo menos en la mayor parte de los tauro, aunque habrá honrosas excepciones, supongo.

Eugenio y yo estábamos de acuerdo en muy pocas cosas; yo era del Madrid y él del Barça, a mi me gustaba hacer deporte y leer mucho y él se pasaba el tiempo libre tumbado viendo la televisión, a mí me gustaba viajar y él sólo se movía del pueblo para visitar a la familia o para ir al médico, yo de izquierdas y él de derechas, a mí me gustaban las morenas y delgadas y a él las rubias y gorditas. Total, que no compartíamos casi ningún gusto, pero simpatizábamos, vaya usted a saber por qué y siempre buscábamos momentos para estar juntos. Era un buen conversador y sabía argumentar sus razonamientos con mucha inteligencia y habilidad y me costaba, lo reconozco, vencerle en las discusiones. Por eso, quizás, me gustaba, porque veía en él un contrincante a mi altura con el que merecía la pena competir, sobre todo en ajedrez. Una de las pocas cosas que compartíamos era nuestra afición al ajedrez, pero en esto también diferíamos. A mi me gustaba plantear partidas tranquilas, con movimientos poco arriesgados, basándome en la defensa y arriesgándome sólo lo imprescindible. Una defensa Caro Kan, una india de dama o una Petrov eran mis favoritas mientras que a Eulogio le gustaban la siciliana o la india de rey. Él siempre buscaba sacrificios imposibles, aperturas raras para que yo no pudiera basarme en la teoría o distracciones de cualquier tipo para que no pudiera concentrarme. Yo quería planteamientos a largo plazo, situando mis piezas sin fisuras, pero él prefería los golpes de efecto, las improvisaciones, los movimientos arriesgados. «Prefiero morir matando a morirme de aburrimiento» era su frase preferida cuando llevábamos más de una hora sentados ante el tablero. «Eulogio, el ajedrez es un juego de lógica, de previsión, de planificación, no una forma de suicidio». La verdad es que yo era mejor jugador y ganaba la mayor parte de las partidas, pero a veces me sorprendía con jugadas maravillosas que después comentábamos cuando me ganaba. En las tardes de invierno, con el viento soplando furioso, las olas balanceando los barcos y las gotas de lluvia golpeando los cristales, un café caliente, una copa de brandy y una partida de ajedrez eran el mejor modo de pasar el tiempo.

En aquella época el tiempo transcurría con lentitud, con amable y tranquila pereza y las horas y los días se desgranaban sin apenas sobresaltos, unos iguales a otros, sin luces ni sombras ni altibajos ni estrépito. No éramos conscientes de que la vida era eso y no fuimos capaces de saborearla, de concentrarnos en apresar los momentos como un auténtico tesoro, como un placer de los sentidos, que se acorchaban sin remedio, ausentes y distraídos. El tiempo flotaba delante de nosotros, como las hojas doradas en el otoño, como globos irisados, y no supimos cerrar las manos alrededor y apresarlo y hacer un lazo y amarrarlo y esconderlo en lo más hondo y profundo del pecho para que nunca se escapara. Y se escapó. Y ya nunca más busqué el tiempo perdido ni lo encontré en una magdalena. El olvido arrinconó o diluyó demasiados recuerdos. Esos días, sin embargo, los puedo recordar con nitidez, como si hubieran transcurrido ayer, pero han pasado ya demasiados años.

Recuerdo a mi compañero Eulogio sentado al lado de la puerta del café, abriendo el periódico todas las mañanas por la página donde leía lo que los astros le deparaban. Supersticioso como pocas personas a las que he conocido, se creía al pie de la letra todo lo que pronosticaba el experto en astrología del diario, que seguramente también escribiría sobre deportes, sucesos o notas de sociedad y me leía en voz alta lo que allí se decía, mientras yo me tomaba el café con la tostada. Un escorpio como él era opuesto a mí, según decía, aunque también nos complementábamos. Me gustaba charlar con él y discutir sobre las cosas más variadas y peregrinas, de fútbol, de política, de mujeres, de economía, de pesca, del tiempo o de cualquier tema que surgiera.

Cuando los pronósticos del horóscopo eran favorables y el viento soplaba a favor, los días al lado de Eulogio eran alegres, divertidos, llenos de conversaciones inteligentes, irónicas, de largos paseos por los caminos que rodeaban el pueblo o que se asomaban a la ría. Pero si los pronósticos eran aciagos o pesimistas, yo tenía que alejarme, distanciarme de un ser que podía llegar a ser nocivo, incluso violento. Lo bueno es que los horóscopos raras veces predecían días totalmente negativos, sino que siempre dejaban una puerta a la esperanza y a eso me agarraba yo e intentaba que él también se apoyara en la parte más positiva. Pero en esos días los silencios se agrandaban, el gesto de su rostro era hosco, desagradable y la mirada perdida y baja, las manos en los bolsillos de la chaqueta o de los pantalones, los pasos largos. Como yo estaba acostumbrado a esa situación, caminaba a su lado y apenas le hablaba. Sólo cuando se iba acercando la medianoche y el día estaba a punto de terminar, las miradas al reloj eran cada vez más frecuentes y en su cara se percibía el cambio de humor. Entonces era cuando podíamos comenzar a hablar casi sin problemas ni malos modos.

Una tarde de invierno, anocheciendo, sentados frente al tablero de ajedrez al lado de la ventana que daba al puerto y a la ría, comentábamos un suceso que había ocurrido días atrás en la fábrica de conservas del pueblo. El dueño había echado a una mujer porque, según decía, había estado robando latas a lo largo de varios meses. El encargado había sospechado de ella y la estuvo vigilando durante dos o tres semanas. Efectivamente, la mujer, una señora casada con un carpintero y madre de cuatro hijos todavía pequeños, metía cada vez tres o cuatro latas de conservas en su bolso y se las llevaba a su casa. Después, según se comprobó, las vendía a las vecinas y se ganaba un dinero extra. Ese dinero, según comentó después ante magistratura, era para compensar lo poco que ganaba en la fábrica y que le permitía llegar a fin de mes. Nosotros conocíamos a la familia y considerábamos muy injusta la decisión de la magistratura, que le dio la razón al propietario y dejó a la mujer sin trabajo. «No hay derecho a que se explote así a la gente», «con los millones que gana la conservera, podían haber hecho la vista gorda o llamarle la atención y avisarla, pero no echarla, a ver qué van a hacer ahora, porque con lo que gana el marido imposible vivir dignamente», «y lo malo es que a ver ahora quién la contrata para hacer cualquier trabajo, porque en los pueblos ya se sabe». Cuando llevábamos hablando un buen rato sobre el tema, Eulogio dijo «esto no puede quedar así, tenemos que darle una lección al dueño para que aprenda». Yo estuve de acuerdo, pero dije que no se me ocurría nada, como no fuera intentar hablar con él para convencerle de que volviera a contratarla. «Eso seguro que no arregla nada, conociendo al personaje, que es un impresentable y un hijo de su madre» comentó mi compañero. «Pues ya me dirás, porque dejar de comprarle latas de conserva no me parece que sea demasiado eficaz, o hacer campaña en contra en el pueblo sería ineficaz y contraproducente, porque la mayor parte de las familias depende de ese trabajo», terminé de razonar. No veía una solución porque, entre otras cosas, la mujer había confesado los hurtos y el empresario no iba a dar marcha atrás, porque quería dar un escarmiento y que nadie volviera a intentar llevarse nada de la fábrica.

No me gusta tomar decisiones a la ligera porque me asustan las posibles consecuencias negativas, o el ridículo, o el qué dirán. Por eso, cuando Eulogio me dijo que se le había ocurrido algo, mientras nos dirigíamos hacia la fábrica que estaba situada en las afueras del pueblo, en la carretera que llevaba hacia la capital, algo me dijo que debería detenerlo. «A ver, qué se te ha ocurrido», dije con un pequeño temblor en la voz. «Ya lo verás, y si no quieres acompañarme, quédate aquí».

Hay situaciones, momentos en la vida o decisiones que pueden cambiar el destino de los hombres. La mayor parte de las veces son acciones sin importancia, que hacemos con frecuencia, como cruzar una calle distraído, pasar debajo de un balcón con macetas, comer sin masticar bien un trozo de pollo, decir sí o no, callar cuando tienes que hablar o hablar cuando deberías permanecer callado, llegar tarde a una cita, coger un avión o un coche… Todos los días realizamos gestos como esos y casi nunca tienen trascendencia. Pero un coche que se salta un semáforo, una maceta suelta, decir una palabra o una frase a destiempo, girar a la derecha en lugar de a la izquierda o aplazar un viaje, por ejemplo, pueden acabar con uno en un instante o con el futuro hecho trizas. Yo no sabía en ese momento que la decisión de seguir andando al lado de Eulogio o detenerme y darme la vuelta podía cambiar mi vida. Los tauro somos prudentes pero no cobardes y el tono de voz de Eulogio era desafiante, como un trapo rojo que ponía delante de mí y yo, sin dudarlo, acudí sin pensar al engaño. Ese es nuestro problema, a veces pensamos demasiado las cosas pero nos dejamos convencer o llevar con cierta facilidad. Eulogio no me engañó, pero me retó, y eso, todo hay que decirlo en honor a la verdad, suponía que Eulogio me conocía muy bien. No intentó convencerme, sino desafiarme, una de las mejores maneras de hacer actuar a un tauro.

Llegamos a una de las puertas de la fábrica, una nave enorme, paredes muy altas, con cierto aire decadente o de abandono, desconchones en las paredes, cristales sucios. Había dos coches aparcados en un lateral, uno de ellos lo conocíamos muy bien, un Mercedes negro con matrícula antigua, pero muy bien cuidado. El otro vehículo era un Ford Fiesta. Eulogio me dijo que diéramos una vuelta. Algunos focos iluminaban el exterior. Sabíamos que Luis, el guarda de la conservera, un  marinero jubilado que tenía muy malas pulgas, estaba de baja por una lesión en una pierna; lo veíamos todos los días acodado en la barra de uno de los bares del paseo marítimo charlando con otros marineros, contando sus aventuras en el Mar del Norte. En la fábrica no se necesitaba un guarda, nunca habían intentado robar, entre otras cosas porque en las oficinas no había dinero en efectivo y a nadie se le ocurriría, según se decía en el pueblo, robar latas de conservas. Pero Luis había sido amigo de la infancia del dueño, había trabajado en uno de sus barcos pesqueros y era una manera de agradecerle los servicios prestados y añadir algo de dinero a la escasa pensión.

Eulogio se asomó con precaución a la ventana de la oficina. Allí estaba el dueño, revisando un libro de cuentas y charlando con uno de sus hijos, el menor, el que seguramente se haría con las riendas de la fábrica ya que los otros dos, un médico y un arquitecto, se había ido del pueblo hacía años. El hijo era un muchacho alto, muy fuerte, acostumbrado a hacer deporte. Siempre en chándal, se paseaba por las calles luciendo palmito y atrayendo las miradas de las muchachas, guapo, rico, simpático, el mejor partido de la localidad. Él picaba aquí y allá, pero todavía no había elegido. Según decían las malas lenguas, le gustaba más la carne que el pescado, lo que en un pueblo marinero era una auténtica herejía.

Eulogio me hizo una señal para que nos deslizáramos bajo la ventana para evitar ser vistos. Sacó un spray de su chaquetón y se dirigió al Mercedes. Antes de que pudiera darme cuenta, había escrito con pintura blanca en el lateral “Conservera, mafia explotadora” y lo culminó con círculos y rayas alrededor de todo el coche. Intenté evitarlo, pero se dirigió al otro coche y escribió “Paco es maric”. Esto ya no lo pude consentir y antes de que terminara de escribir, intenté quitarle el spray. Hay líneas que no se deben traspasar. Yo era más fuerte y más ágil que Eulogio, pero se resistía con uñas y dientes. Los resoplidos y el forcejeo llamaron la atención de padre e hijo, que salieron a la puerta y nos vieron luchando. Al principio no se dieron cuenta de lo que pasaba y se acercaron con la intención de separarnos, diciéndonos que dejáramos de pelear. Pero Paco, viendo lo que Eulogio había escrito, se lo señaló a su padre, se enfureció, volvió a entrar en la oficina y salió con un bate de béisbol, que seguramente tendría el guarda como arma disuasoria. Sin mediar palabra, le dio un fuerte golpe a Eulogio en un costado y éste cayó al suelo retorciéndose entre gritos de dolor. Después se dirigió a mí e intentó hacer lo mismo. En aquella época yo era bastante fuerte y muy flexible, así que me eché a un lado y esquivé el primer golpe. El padre intentó impedir la pelea, mientras le decía a su hijo que no siguiera, que nos denunciarían y que ya pagaríamos lo que habíamos hecho. Pero Paco estaba ya fuera de sí porque había leído lo que se había intentado escribir en su coche. Me arrinconó en una esquina y lo último que recuerdo fue un estallido de luz y un enorme dolor en la cabeza.

Treinta y cinco años después, a mil kilómetros de distancia, sentado en un banco frente a un mar tranquilo por el que algunos veleros navegan perezosamente, no sé por qué hoy me viene a la memoria lo que ocurrió ese día. Según me contaron después, estuve cerca de un mes en coma, rodeado de máquinas que me ayudaban a respirar, cables que monitorizaban corazón, pulmones, tensión arterial, ondas cerebrales. El golpe había sido brutal en la frente y estuvo a punto de matarme. Poco a poco, sin embargo, fui recuperándome, salí del coma y comencé a mover los ojos, las manos, los brazos, empecé a hablar, a recordar, lentamente, lo que había pasado. Sufría, y sufro todavía, grandes lagunas de memoria, aunque lo sucedido ese día, curiosamente, lo recuerdo con total claridad, pero la movilidad de las piernas costó mucho más. Años de rehabilitación, fuertes dolores en la cabeza, lapsus en el habla y otros problemas neurológicos me impidieron volver a dar clase. Me dieron la baja definitiva y desde entonces cobro una pensión que me permite vivir sin problemas. Me alejé del pueblo y busqué otro lugar tranquilo, también al lado del mar. Me sería imposible vivir lejos de la gran madre, de donde todos venimos, de su arrullo, de su abrazo, lánguido a veces, furioso otras, pero siempre amoroso.

La conservera desapareció. Después del incidente, la policía investigó el suceso y encontró que el dueño de la conservera y su hijo se dedicaban al tráfico de drogas, al blanqueo de dinero y a otros negocios sucios, incluido el tráfico de mujeres. A ellos los metieron en la cárcel, donde estuvieron muchos años y hoy, muerto el padre, no se sabe dónde está el hijo que me agredió. Quizás saliera del país, se haya establecido en algún paraíso fiscal o en algún lugar donde no se pueda localizar.

Mi amigo Eugenio me viene a ver a veces. Se jubiló hace tres o cuatro años y tampoco se casó. “No soy capaz de aguantarme a mí mismo, como para aguantar a otra persona; al único que soportaba un poco era a ti”, me dice muchas veces, sonriendo. Él tuvo más suerte que yo, sólo tres o cuatro costillas rotas y un pequeño golpe en la cabeza. Después del incidente dejó de leer el horóscopo “menuda mierda de predicción la de aquel día, que tendríamos un día lleno de aventuras, claro que fue una aventura, pero estuvo a punto de costarnos la vida y de eso no decía nada, así que ya no lo leo nunca”. “Pues mira tú, yo sí que me aficioné a leer el horóscopo”, le dije “porque más acertado ese día no pudo ser”.

Desde entonces miro la vida con otros ojos. He dejado de ser tauro y ahora me he apuntado a los piscis, a los que más les gusta improvisar del zodiaco. Abro todos los días la página por donde el periodista, el astrólogo o el becario de turno escriben aquello que se les ocurre sobre lo que me sucederá a lo largo del día y dejo que ellos y el destino decidan por mí, total, si el azar o las estrellas lo dirigen todo, para qué preocuparse.

Mis cartas a los Reyes Magos

Supongo que a estas alturas de enero la mayor parte de vosotros ya habréis escrito vuestra carta a los Reyes Magos en las que, supongo también, les habréis pedido con mucho énfasis, SALUD, MUCHA SALUD. Y no es para menos vistas las circunstancias. Cada vez conozco a más gente contagiada, y cada vez está más cerca el contagio, rondando peligrosamente. Lo malo es que por mucho que uno ponga todo el empeño siguiendo las medidas que están a su alcance no podemos ni debemos vivir en una burbuja. Mascarilla, distancia social, vacuna, lavado frecuente de manos… Todos conocemos el protocolo, pero no cabe duda de que no existe un cien por cien de seguridad. Así que hay que tomárselo con filosofía y pensar que tarde o temprano nos vamos a contagiar, esperemos que los síntomas sean leves o, en su defecto, que nos coja confesados

En estos últimos años he escrito cartas los Reyes Magos que han servido a algunos como ejemplo. Lo sé porque me lo han dicho, no porque yo lo haya adivinado. Y como hay que empezar el año de alguna manera y escribiendo cualquier cosa en este blog, que durante las vacaciones lo he tenido algo abandonado, a continuación hago una recopilación de esas cartas, por si os sirven de inspiración. Todavía estáis a tiempo de que vuestros deseos se hagan realidad, porque los Reyes Magos, aunque no os lo creáis, están ahí, dispuestos a ayudaros. Intentar lo intentan, pero, a veces, las circunstancias no les permiten trabajar como ellos quisieran. Felices Reyes y feliz 2022.

Carta a los Reyes Magos (noviembre de 2017)

Queridos Melchor y Gaspar (noviembre de 2018)

Queridos Melchor y Gaspar Black Friday (noviembre de 2019)

Cartas a los Reyes Magos (noviembre de 2020)

Esto no es una carta a los Reyes Magos (noviembre de 2021)

Imprimible gratis! Carta los Reyes Magos de Oriente | Carta a los reyes, Cartas  reyes magos, Carta a papá noel

DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (y IV)

17 de noviembre de 2021. Esto no es una carta a los Reyes Magos

Terque es un pequeño pueblo de la alpujarra almeriense de menos de 500 habitantes, pero que sorprende por la cantidad de museos, cuatro, por su teatro, por su jardín botánico, por sus casas señoriales y por su gastronomía. Increíble que en un pueblo tan pequeño pueda haber tantas cosas. En uno de sus museos, el de Escritura Popular, se conserva la primera carta a los Reyes Magos de la que se tiene noticia. Pertenece a una niña almeriense, Amalia Yebra, y es de 1899. En ella pedía una muñeca de China, una caja de dulces  y un cabás, una maleta pequeña en la que llevar los libros u otros utensilios al colegio. Peticiones modestas de una niña rica. Los pobres poco podían pedir y apenas tenían para escribir, si es que sabían hacerlo. Quizás se habrían escrito otras cartas a los Reyes con anterioridad, pero no se conservan. Lo que sí sabemos es que esa tradición de mediados del siglo XIX, nació como un intento de competir con San Nicolás, obispo turco que es el antecedente directo de Papá Noel. San Nicolás tenía fama de benefactor y eso dio pie a la leyenda e hizo que desde el siglo XIII más o menos empezase a dejar regalos a los niños de varios países europeos el 6 de diciembre, que en España se cambió por el 6 de enero, día de la Epifanía, también conocida por festividad de los Reyes Magos. Aquí termina este párrafo de cultura histórica y legendaria, no os quejaréis, y paso al siguiente.

Por estas fechas nuestra familia suele escribir su carta a los Reyes y no quiero que se pierda esta costumbre. Pero he releído las que escribí en años anteriores (esa es la ventaja de hacerlo en el ordenador y publicarlo en el blog) y me he dado cuenta de que estos señores me hacen caso sólo en los regalos materiales, y no siempre, que si libros, que si ropa, que si algún juguete electrónico… o sea, lo fácil. Para eso no necesito a los Reyes, me lo compro yo y punto. También se han portado con el tema de la salud de la familia, no nos podemos quejar, aunque la salud en general está hecha unos zorros, con la pandemia. Pero en otros temas han patinado y no me han hecho ni puñetero caso. Así que este año, paso de pedir cosas materiales. Que se rompan la cabeza adivinando, que me sorprendan, porque eso de saber qué es lo que te vas a encontrar el 6 de enero por la mañana, más que sorpresa es hipocresía, o desilusión, en el caso de que alguna de las cosas que habías señalado y subrayado con rotulador rojo y grueso, no aparece. Sólo pido una cosa, eso sí, que reitero, a ver si alguna vez alguno de esos llamados magos, que vaya usted a saber lo que serían en realidad, quizás ricos comerciantes, porque regalarle oro, incienso y mirra a un recién nacido, tiene miga. Regálese una buena manta, una cuna, ropita de abrigo, pañales, colonias, algún sonajero…, algo práctico para que los padres no tengan que gastarse el dinero, que no creo que fueran ricos, que un carpintero no debería nadar en la abundancia. Repito, a ver si se dignan regalar un buen trabajo para mi hija, que mi hijo ya lo tiene, que unos tanto y otros tampoco, que hay que compensar la cosa, que ya está bien, que no hay derecho. O en su defecto, como alternativa que tampoco habría que desdeñar, o ahora que lo pienso, mejor que el trabajo, es que nos tocara una buena primitiva o un buen euromillones, de esos que te permiten no dar un palo al agua ni a ti ni a tu familia ni a varias generaciones de Castro Vázquez.

Con esto termino lo que no es una carta a los Reyes Magos, que a San Nicolás, Santa Claus, Papá Noel y a la bruja Befana ya les escribí otros años y tampoco me hicieron demasiado caso. El único que acertó fue San Black Friday, maldito invento yanqui, que nos ha abducido, hipnotizado e idiotizado. Este año tampoco pienso escribirle, que se fastidie, pienso gastarme el dinero, a ver si la cosa pandémica mejora, en viajes, gastronomía y enología y lo demás en rebajas, que también habrá que elevarlas a la categoría de Santas.

Por cierto, ya sabía que me iba a pasar, me conozco lo suficiente. Ya me he cansado de escribir el Diario de un aprendiz de escritor, porque esto no es ni un diario, ni yo soy escritor ni nada que se le parezca. Seguiré escribiendo cuando me pete, de las chorradas que se me ocurran cuando se me ocurran si es que tengo ganas de que se me ocurra algo. Ahora voy a ir a full, como dicen los modernos, con la historia de la familia. Todavía me queda mucho por hacer, así que quizás no me veáis por aquí en algún tiempo. O sí, depende.

Don erre que erre, un ejemplo.

El cine de Sainz de Heredia no es, precisamente, un dechado de virtudes ni él es uno de mis directores favoritos. Comenzando por «Raza», a comienzos de los años cuarenta, película a mayor gloria del fascismo español basado en una ¿novela? de Francisco Franco y continuando con las de destape de los años sesenta y setenta, hay en su filmografía alguna obra de mérito, hay que reconocerlo. Por ejemplo, «Historias de la radio» o «Los ojos dejan huellas». Pero haber dirigido «Franco, ese hombre» o ser primo de José Antonio Primo de Rivera no ayudan, la verdad, a no ser que comas habitualmente en el Asador Guadalmina, de Marbella.

Esta tarde de domingo han repuesto por enésima vez «Don erre que erre», una película graciosa, que se deja ver y sin grandes aspiraciones. Pero reconozco que a mí me gusta, sobre todo por reflejar muy bien, aunque sea quizás demasiado exagerada o con un exceso de caricatura, la lucha del individuo contra el sistema, contra aquello que considera una injusticia. El respeto al consumidor, al cliente, que el banco quiere pisotear, es contestado de manera tozuda y pertinaz por el protagonista, Paco Martínez Soria, un actor que tuvo grandes éxitos en la pantalla y admirado y querido, sobre todo en su tierra natal, Aragón. Al final de la película, David vence a Goliat. Lo malo es que en la vida real eso ocurre pocas veces. Bancos, compañías telefónicas, eléctricas, aseguradoras…, desconocen y pisotean nuestros derechos, saltándose la ley o, por lo menos, bordeándola o dejándola a un lado. Doy fe porque tengo, al menos, tres grandes ejemplos. Uno, el Banco de Santander, con la cláusula suelo de mi hipoteca: a pesar de tener resoluciones judiciales a mi favor, así como sentencias del Supremo y de la justicia europea, sigo empantanado en los juzgados porque el banco recurre y recurre y se niega a pagarme lo que me debe. Así llevo ya cerca de cuatro años. Dos, Vodafone, que me reclamó en su momento cuatrocientos euros por un servicio que no me prestó. También tuve una resolución en su momento del Ministerio de Industria y Telecomunicaciones y, a pesar de eso, me siguieron reclamando el dinero varios años más, haciéndome perder el tiempo de manera lamentable. Y tres, Iberdrola y Endesa, que me engañaron vilmente con la letra pequeña de sus contratos.

Bancos rescatados con el dinero del contribuyente y que no lo han devuelto ni devolverán, incrementando nuestra deuda y frenando la recuperación del país. Compañías eléctricas en cuyos consejos de administración se han sentado o se sientan presidentes de gobierno, ministros y secretarios de Estado que, en lugar de defender a los ciudadanos, apoyan a las empresas que controlan la generación, la distribución y la comercialización de la energía, llevando a cabo una política energética a medida de los intereses del oligopolio que domina el mercado eléctrico.

El último de los expolios, además del continuo incremento del precio de la luz, lo ocurrido con el desembalse de la poca agua que todavía quedaba en los sedientos pantanos de uno de los países más secos de Europa. Si los políticos tuvieran dignidad habrían presentado su dimisión hace ya tiempo. Pero me temo que ni la tienen ni la conocen.

Por eso, si en este país hubiera o hubiese muchos Don erre que erre, otro gallo nos cantaría.

Fotografía

El pasado fin de semana realicé un curso de fotografía que mi mujer y mis hijos me regalaron por mi cumpleaños. Buscaron en Internet y encontraron a Seba, un fotógrafo profesional que, entre otras cosas, se dedica a enseñar fotografía digital en diferentes niveles. Mis compañeros de Instituto tuvieron la deferencia de preguntarme, cuando me jubilé, qué regalo me gustaría y yo, casi sin pensar, me decanté por una cámara fotográfica. Cuando llegó el ansiado momento de la despedida, me encontré con una cámara Nikon D5200. La ventaja de las cámaras reflex digitales es que pueden hacer fotos en modo automático y en la mayor parte de las ocasiones los resultados son buenos. Y siempre existe la posibilidad de retocar las fotos con programas como Photoshop o Lightroom.

El caso es que durante unos años usé la cámara en muchas ocasiones, viajes y eventos varios sobre todo. Pero llega un momento en que el desconocimiento de todas las posibilidades lleva al aburrimiento y dejé de llevar la cámara porque, entre otras cosas, los móviles tienen ya objetivos mejores y son más cómodas de llevar a cualquier parte. Así que cuando me encontré con el curso de fotografía, me alegré porque sabía que la cámara era buena, a mi me gusta hacer fotos y tenía la oportunidad de aprender a manejar la cámara.

Fueron tres días, viernes, sábado y domingo, trece horas en total, muy intensos. Seba, un joven francés nacido en Saint Tropez, en plena Costa Azul francesa, pero que ha encontrado en Sevilla su auténtico hogar, es un gran comunicador y enseña los secretos de la fotografía con pasión y de manera muy intuitiva, lo que se agradece mucho. El enfoque, la velocidad, la luz, la sensibilidad, la distancia focal, los botones de la cámara, todo en el modo manual, explicadas por Seba parecen cosas fáciles de aprender y de practicar. Eso es lo que más me gustó, la perfecta combinación entre teoría y práctica.

Pero, claro, una cosa es saber enfocar, calcular el ISO adecuado, la velocidad o la apertura correcta del diafragma, y otra muy diferente es sacar buenas fotos. Viendo las que hacía él y las que hice yo, la distancia es abismal. Las mías se podrían considerar correctas, con la luz adecuada y bien enfocadas, pero sin más. El artista hace otra cosa, es capaz de ver y de captar lo que otros no somos capaces de adivinar. Un ejemplo puede ser la foto que me hizo Seba el domingo por la mañana en el Parque de los Príncipes. Mi mujer y mis hijos dicen que esta foto me envejece, que al natural yo parezco más joven.

Sebaphotographer.com

Yo no estoy de acuerdo. La fotografía en blanco y negro recoge quizás con más fidelidad que el color el auténtico ser de las personas. Yo sí me reconozco aquí, un hombre de 66 años, tranquilo, que se ha dejado una pequeña perilla, no sé si por vanidad, por cambiar un poco la fisonomía o por dar un aire de seriedad a un rostro en el que los únicos rasgos destacados son una nariz prominente y una frente amplia, cada vez más amplia. La sonrisa, tímida, quizás porque esconde una dentadura irregular que siempre le ha causado cierta vergüenza y que le impide reirse a carcajadas. Le gusta mirar de frente porque no tiene nada que esconder, siempre siente curiosidad por los demás y sabe que la única manera de averiguar cómo son es mostrarse franco, tal como es, intentando que los otros hagan lo mismo. Por desgracia, en demasiadas ocasiones no es correspondido y sufre por ello. Aquí parece un reportero gráfico, con la cámara y el bolso en bandolera, uno de esos personajes que le gustaría haber sido, pero que la falta de valor, no la cobardía sino su manera de acomodarse a las circunstancias, le ha impedido llegar a ser.

La foto está tomada a una distancia media, lo que impide apreciar las arrugas que cada vez más van apareciendo en la frente y alrededor de los ojos. No son arrugas de sufrimiento porque en su vida, por suerte, no ha tenido experiencias demasiado desagradables, la muerte del padre es una de ellas, pero poco más. Tampoco se destacan las canas, que se esconden sutilmente. El monocromo suaviza los defectos, pero no oculta la edad. Ahora está de moda aparentar menos años, parecer más joven, mostrar siempre los aspectos más felices y esto, con las fotografías en blanco y negro es más complicado, por eso me gustan. En la vida suelen predominar los grises y son pocas las ocasiones, en las personas normales como yo, en las que sobresale lo extraordinario.

Aprovecharé este curso para intentar captar y comprender lo que me rodea, aprender a mirar lo simple y a desvelar lo oculto a la mirada. Sería una buena manera de convertirme, aunque soy consciente de las limitaciones, en algo parecido a un reportero gráfico de andar por casa. Quizás alguna vez me veais, cámara en mano, enfocando cualquier cosa, paseando por Sevilla o por cualquier otro lugar, despistado como siempre.

Día das Letras Galegas 2021

Hai moitos anos…
Hace muchos años, cuarenta para ser exacto, que no celebro en Galicia el Día das Letras Galegas. Por si no lo sabéis, cada 17 de mayo se homenajea a alguna personalidad destacada en el mundo literario gallego.
El 17 de mayo de 1863 se publicó el primer ejemplar de Cantares gallegos, de Rosalía de Castro, fecha que marca el «Rexurdimento», el resurgimiento cultural gallego. 100 años después, en 1963, la Real Academia Galega comenzó a celebrar ese día, eligiendo, como era lógico, la figura de Rosalía de Castro, una de las más insignes escritoras gallegas y españolas.

Este año se ha elegido a Xela Arias, una escritora de la que, lo reconozco, apenas había oído hablar. Demasiados años alejado de Galicia y de la cultura que allí ha ido naciendo sin que yo echara cuenta. Mea culpa. Pero leyendo su biografía y alguno de sus escritos, no me cabe la menor duda de que es un homenaje muy merecido.

Muerta demasiado joven, a los 41 años, dejó, sin embargo, una obra transgresora, inconformista y comprometida con la lucha de la mujer y con todos los problemas de la sociedad gallega. Profesora, poeta, traductora, editora, en sus pocos años hizo muchas cosas y dejó una impronta que marcó a su generación y a las posteriores.

Dejo aquí una pequeña biografía, un poema en castellano y un vídeo con poemas en galego.

Día das Letras Galegas 2021: La poesía incómoda y renovadora de Xela Arias regresa del olvido | Cultura

Hoy me estoy abandonando de ti amor, de Xela Arias

Hoy me estoy abandonando de ti amor

Hoy me estoy abandonando de ti amor
estoy fuera en las higueras cargadas y las aguas de las nubes
pero no fui yo quien eligió partir
una nave extraña que me robó tu mano
me succionó la decisión

¡cómo parten mi amor las ramas en el río bajaban
escaleras de preguntas
como tu boca y mi boca se abrasan
atontando esta distancia que buscamos
aún no aún no podemos —arder
como frágil leña en los incendios
de las selvas las casas del mar como somos
dos caballos cuatro peces y un larguísimo aliso
tejiendo dibujos por el viento movido
esas hojas
el jugo de estas venas
es sangre de animal asesinado!

¡cómo parten mi amor los pájaros hacia el más allá!
tal vez golondrinas en los tejados posen hoy
la palabra que no digo pero cómo clavaron
los veleros arrastrados huyendo de la tormenta
cómo clavaron nuestros movimientos
secos —de un golpe— contra las paredes!
¿deserción móvil? mi amor porque te amo

¡Vete al médico!

Hemos escuchado esta frase muchas veces. No te quejes tanto y vete al médico. No esperes a que te duela más, vete al médico. Vamos al médico a hacernos revisiones periódicas, a por recetas, a buscar respuestas.

Hoy hemos vuelto a escucharla en el Congreso de los Diputados cuando Iñigo Errejón estaba terminando su intervención solicitando mayores ayudas y gasto para mejorar la salud mental de los españoles que, según demostró con datos, está muy mal. A quién se le ocurre hablar de esta tontería con lo que está pasando en Murcia, en Madrid, con Pablo Iglesias… No está al loro este Iñigo. Por eso hay que apreciar en todo su valor el loable consejo del diputado Carmelo Romero, que seguramente querrá lo mejor para su adversario de Más País. Lo habrá visto desmejorado, abatido y con mala cara, por eso le aconseja que acuda a un médico. Eso es lo que han tenido que hacer muchos compatriotas, pero ninguno tuvo la suerte de tener el consejo de su señoría.

No sé por qué se ha producido tanto revuelo, la verdad. Aunque unas horas después el diputado del PP le pidió perdón a su contrincante por su «desafortunada frase» así como a las familias que sufren las consecuencias de esas enfermedades, no era necesario, por favor, si ese señor es una persona muy educada, solidaria, comprensiva y con gran empatía. Ahora, la izquierda y los medios que la apoyan se dedicarán a atacar a Carmelo Romero. Incluso pedirán su dimisión y lo crucificarán. No hay derecho, pobre hombre. Venga, vamos a hacer una campaña en su apoyo: #vetealmedico #pobreCarmelo.

Un resfriado y Tristeza de amor

Hace tiempo que no escribo y ahora lo hago en el móvil, tendido sobre la cama. En estos casos no echo de menos mi Olivetti Lettera que guardo en el trastero y que no sé si todavía funcionará. Tengo que descansar durante unos días. He pillado un buen resfriado (maldito aire acondicionado) y hay que cuidarse, que no está el horno para bollos. Así que me quedaré en casa, leeré como si no hubiera un mañana y escucharé música en el salón. Lo del aire acondicionado en Rota es raro, porque aquí apenas se necesita, pero hay días en que el caluroso levante recalienta el aire y no hay más remedio que encenderlo. Pero a mí me pilló desprevenido el frío artificial durmiendo la siesta y cuando desperté ya no había remedio: Frenadol y mucha agua, algo de tos, moqueo, ojos cargados y mal cuerpo. Mínimo cuatro o cinco días sin poder bajar a la playa ni a la piscina. Cosas de la edad, hace treinta años sólo me resfriaba en invierno, como debe ser.

Carmen anda por la casa con la mascarilla puesta, como si yo fuera un apestado. «Por si no es un resfriado y tienes el coronavirus. Mira que te advertí que no salieras a correr sin mascarilla, que eres un insensato». Eso dice ella, que puso el aire acondicionado cuando sabía que yo estaría durmiendo la siesta, sin avisar, sin esperar por lo menos a que me despertara, que cuando me di cuenta estaba tiritando. Lo del coronavirus lo lleva muy mal. Su natural hipocondría se ha acentuado hasta límites insospechados. Esto es un sinvivir de higiene, las manos desolladas de estar todo el día con el hidrogel, varios pantalones y camisetas hechos polvo por la lejía… Como no inventen pronto la vacuna o el milagroso fármaco que cure el Covid-19, esto termina mal.

Como ya no tengo que montar el número con las sillas de la playa, la sombrilla, las toallas, los bañadores, el protector solar, la caminata cargado hasta La Costilla, los veinte minutos de natación y la hora de paseo, etc., y como tampoco podré salir a correr durante unos días, dedico el tiempo a otros menesteres, sentado en la terraza, viendo cómo el personal se baña en la piscina, leyendo a Pérez Galdós y a mi paisana Pardo Bazán, y de fondo, la música del grupo californiano de folk-rock I’ts a beautiful day, del que casi nadie ha oído hablar. Como que tiene más de cincuenta años y creo que sólo publicó un disco de relativo éxito. Pero su canción White bird me sigue asombrando. Lo conocí, cómo no, gracias a Ángel Álvarez y a su mítico programa de radio Vuelo 605, que nos dio a conocer a la gente de mi generación la música que se hacía en Estados Unidos. Yo no había cumplido ni quince años.

A todo esto, yo quería escribir sobre Hilario Camacho y la serie Tristeza de amor, así que no sé qué demonios he hecho escribiendo todo lo anterior, que no tiene nada que ver.

Navegando por el proceloso océano de la web me encuentro, como suele ocurrir cuando uno busca en Google cosas como «curar un resfriado con métodos naturales», «deshacerse de la esposa sin dejar rastro», «ligar a partir de los 60» o «por qué vuelan los pájaros», se adivina que estoy aburrido, me encuentro con la canción Volar es para pájaros, compuesta y cantada por Hilario Camacho.

Y aquí se desencadena el furibundo baile de las neuronas, que estaban medio dormidas y se despiertan a base de fogonazos en las sinapsis: de Hilario Camacho a su canción Tristeza de amor, cabecera de la serie del mismo nombre protagonizada por Alfredo Landa. En milisegundos, decenas de imágenes y recuerdos. Maravilloso y sorprendente el funcionamiento de la mente. Todo un misterio.

Hilario Camacho fue uno de mis cantautores preferidos en los setenta, ochenta y noventa. Su música y sus letras están dotadas de gran belleza y sensibilidad y me recuerdan en ocasiones a Sabina y a Aute, quizás más a este ultimo, con los que cantó y colaboró. Nunca fue un cantante de grandes masas, aunque sí contaba con miles de seguidores y admiradores, entre los que me encuentro. En mi 127 tenía dos o tres cassettes suyos, que escuchaba continuamente, hasta que una noche me los robaron, junto con el reproductor y muchas otras cintas de Pink Floyd, Beatles, Miguel Ríos y otros. Me dio mucha pena y mucha rabia, además del dinero que me costó arreglar el cristal y comprar otra radio. Si Hilario Camacho viviera -se suicidó en 2006- tendría ahora la edad de Sabina, más o menos. Y seguramente seguiría deleitándonos con sus canciones.

Tristeza de amor fue una serie de mediados de los ochenta a la que Carmen y yo nos enganchamos desde el primer capítulo y que podíamos ver una vez que acostábamos a nuestra hija, agotados de un día duro de trabajo y de cuidados de una niña de tres años.  La música de cabecera era de Hilario Camacho y recogía toda la melancolía y la nostalgia que Alfredo Landa representaba en su personaje. Alguien desencantado, de vuelta de todo, amargado. La mirada y los gestos de un gran actor que ya nos había cautivado en El crack, en Los santos inocentes y en muchas películas de los años sesenta y setenta que ahora vemos con otros ojos, pero siempre con cariño y admiración.

Estoy sudando debido al  resfriado, al Frenadol y al calor que desprende el colchón. Echo de menos el baño en la playa, pero no tengo más remedio que aguantarme. Bastante tiempo pasé confinado para que ahora no pueda soportar estar sin salir unos días. Ahora buscaré en Youtube las canciones de Hilario Camacho o los capítulos de Tristeza de  amor y descansaré de la lectura de Galdós. Hay que repartir bien el tiempo.

(Nota: menos mal que ya estoy jubilado, porque en caso contrario estaría a punto del suicidio o de la depresión viendo la que se avecina con el comienzo de curso en los centros. Tengo a mis antiguos compañeros y a todos los docentes en el pensamiento y sólo puedo desearles mucho ánimo, mucha fuerza y mucha suerte).