Todos somos okies

[…] y en los ojos de la gente se refleja el fracaso, y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y cogen peso, listas para la vendimia.

Las uvas de la ira. John Steinbeck

El dios vengador envió al ángel para expulsar al hombre del paraíso. Envió la plaga, la sequía, la inundación. Y el hombre tuvo que huir a otro lugar. Y empezó a sufrir, a tener que trabajar con el sudor de su frente, y a la mujer le dijo que pariría con dolor. Caín mató a Abel. Ya tenemos el caos.

Desde tiempos inmemoriales, el hombre, desde que está sobre la Tierra, ha sido expulsado por los terremotos, los tsunamis, el cambio climático, la ira de la naturaleza, siempre madre amorosa y también vengativa, o la ira de un dios celoso de su poder, que puede serle arrebatado o igualado por el hombre. Y éste se puso en marcha. Dejó atrás todo lo que tenía, que sería muy poco o casi nada y se llevó sólo lo imprescindible porque no podía o no quería llevar nada que le recordara el sufrimiento. Viajó de un lado para otro, impulsado por la fe en un futuro mejor. Al principio sólo tenía que luchar contra los elementos, contra otros depredadores, contra la inmensidad de estepas, enormes montañas que se interponían en el camino, mares profundos, bosques interminables. Pero su constancia, su valor, la necesidad y, por qué no, la curiosidad, eran capaces de vencer todos los obstáculos. Fue poblando poco a poco las zonas más templadas, siguiendo a las manadas de animales que le servían de alimento, asentándose en lugares donde había árboles frutales, agua y pocos peligros.

Cuando descubrió la agricultura y la ganadería y no necesitó desplazarse tan a menudo, empezó a unirse a otras familias, a otros seres que, como él, también querían evitar el continuo trasiego. Se fundaron aldeas, poblados, pueblos, ciudades y todo fue creciendo. Pero también descubrió con el tiempo que podía ser propietario de las tierras que cultivaba y de los animales que apacentaba. Lo que antes pertenecía al clan o a la tribu, pasó a ser propiedad del individuo, de la familia. A partir de ese momento todo cambió. Había que proteger la tierra, la casa, los animales propios. Comenzaron a surgir las clases sociales. Miles de años de evolución para terminar siendo egoísta, individualista. Yo y mío sustituyeron al nosotros y nuestro. Surgieron las fronteras, las clases sociales, las invasiones para apoderarse de las riquezas de los otros…Ya se sabe, homo homini lupus.

Los que no tenían poder ni eran propietarios eran cada vez más numerosos. Los que poseían la tierra y las riquezas querían tener más y más. Se rodearon de murallas, de ejércitos, de fronteras, de leyes que los protegían. Se olvidaron de que ellos tampoco habían tenido nada, de que habían disfrutado compartiendo lo que tenían con los demás. Pero de eso hacía mucho tiempo. Y los desheredados, los hambrientos, los oprimidos, lo que huyen de la guerra, de la enfermedad, los que buscan un mundo mejor para ellos y, sobre todo, para sus hijos, eran cada vez más numerosos.

Los primeros africanos, los primeros hombres, recorriendo el mundo y poblándolo. Las invasiones “bárbaras”. Las emigraciones europeas a América. En España, el éxodo provocado por la Guerra Civil. Gallegos, andaluces, extremeños, emigrando a Europa o a las grandes ciudades huyendo de la miseria. Muchos más movimientos masivos, todos producidos por la necesidad, el hambre, la enfermedad, las persecuciones, las guerras. Así ha sido siempre y así será.

El libro “Las uvas de la ira” refleja con enorme crudeza y realismo uno de los episodios más dramáticos de la historia de los Estados Unidos. En los años 30 del siglo pasado, después del desastre de la bolsa del 29 y de una serie de años de sequía en varios estados se produjo una enorme crisis económica, que provocó la ruina de miles de granjeros, cuyas tierras pasaron a manos de los bancos y de grandes corporaciones. Los ricos se hicieron más ricos y los pobres que tenían algo lo perdieron todo. La esperanza estaba al oeste, en California, una tierra rica que precisaba de mano de obra para recoger las cosechas, melocotones, uvas, algodón, naranjas. Cientos de miles de hombres y mujeres desesperados procedentes de Oklahoma, de Tennessee, de Arkansas, de Texas vendieron lo poco que tenían y se dirigieron hacia la tierra prometida en vehículos destartalados. En el camino tuvieron que afrontar grandes peligros, atravesar montañas, grandes desiertos y, sobre todo, la incomprensión, el desprecio y el odio de sus compatriotas, que tenían miedo de que esos invasores pacíficos les quitaran lo que tenían o tuvieran que compartirlo. Okies los llamaban. En principio la palabra okie era un diminutivo que hasta entonces servía para referirse a los habitantes de Oklahoma, pero a partir de entonces designaba de una manera despectiva a todos aquellos que se desplazaban en busca de trabajo y de comida. En una conversación entre dos trabajadores en un comedor se dice: “Antes okie significaba que eres de Oklahoma. Ahora quiere decir que eres un cerdo hijo de perra, que eres una mierda”. Y más adelante “Esos condenados okies no tienen sensatez ni sentimiento. No son humanos. Un ser humano no podría vivir como viven ellos. Un ser humano no resistiría tanta suciedad y miseria. No son mucho mejores que gorilas”. Llegaban a un lugar y se asentaban durante unos días para descansar. Eran campamentos improvisados, algunos organizados por el gobierno, pero de estos había muy pocos. La mayoría no tenía agua corriente y estaban expuestos a ser devastados por la ira y el odio de los habitantes de pueblos cercanos, apoyados por la policía.

La voz del narrador describe a la perfección las penurias y los sufrimientos de estas personas. “El oeste atrajo a los desposeídos […] familias, tribus, expulsados por el polvo y los tractores […] gentes hambrientas, sin hogar, fluyeron por las montañas, hambrientos, inquietos […] buscando a toda prisa trabajo: levantar, empujar, arrastrar, recolectar, cortar, cualquier cosa, por comida… Tenían hambre y eran fieros. Esperaban encontrar un hogar y sólo encontraron odio. Okies… los propietarios los detestaban porque sabían que ellos eran débiles y los okies fuertes. […] Cundió el pánico cuando los emigrantes se multiplicaron en las carreteras. Los que tenían propiedades temieron por ellas. Hombres que nunca habían tenido hambre vieron los ojos de los hambrientos. Se convencieron a sí mismos de que ellos eran buenos y los invasores malos».

En Grecia, en Italia, en las costas andaluzas y canarias, en los muros de los Estados Unidos y de Ceuta y Melilla, en las afueras de las ciudades, en la Cañada Real, en el Canal de la Mancha. Espaldas mojadas, charnegos, maketos, moros, sudacas, okies. En mi familia también hubo okies que tuvieron que huir de una tierra que no les alimentaba. Siempre hemos tenido que salir a buscar mundos mejores. En España lo sabemos bien. En estos últimos años cientos de miles de jóvenes bien preparados tuvieron que emigrar porque aquí no supimos ofrecerles un futuro. No nos damos cuenta, pero todos somos okies. No debemos olvidarlo, sobre todo cuando a nuestras costas llegan seres exhaustos que se han jugado la vida. No sabemos si alguna vez nosotros tendremos que hacerlo. Y ellos son fuertes y nosotros cada vez más débiles.

THE GRAPES OF WRATH: Okies On the Road to the Promised Land | Dust bowl,  Dorothea lange, History
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Alegato en favor de la lectura

Escuchar la radio en la cama cuando me despierto es uno de mis placeres favoritos. Me suelo despertar sobre las siete y media u ocho de la mañana. Mi hija hace un rato que se ha levantado para comenzar su cotidiana tarea de preparación de oposiciones, que este año seguro que saca una plaza. Me lo han dicho un pajarito, la lectura de los posos del café en la taza, las cartas del tarot y hace unos días una tía abuela que se murió cuando yo era niño pero que de vez en cuando me habla en sueños. «Carmelita va a aprobar este año», me dice mientras yo estoy comprando pan de centeno en una aldea gallega, vaya usted a saber por qué. Ella está detrás de mí haciendo calceta y me habla con su característica voz susurrante. Pero, sobre todo lo sé porque confía en ella misma y porque se está preparando muy bien. Eso es lo más importante.

Vuelvo al presente. Escucho también la ducha de los vecinos de arriba y las persianas que se levantan en algún piso. Los domingos es diferente. Me quedo en la cama hasta las nueve y remoloneo cambiando de cadena, aunque casi siempre me paro en la SER, divirtiéndome con Javier del Pino y su programa A vivir que son dos días, que suele reunir a colaboradores muy diversos e interesantes. Hoy, mientras lo escuchaba a eso de las ocho y media, interrumpió a un sociólogo que estaba hablando sobre las redes sociales y el daño que están haciendo por ser altavoces de mentiras, insultos e ignominias de todo tipo, para intercalar el discurso que dio Bruno Le Maire, ministro de finanzas francés en unas jornadas sobre el libro de economía, pero dirigiéndose directamente a los estudiantes, haciendo un alegato maravilloso y emotivo a favor de la lectura. Me llamó la atención que alguien que está hablando constantemente de inflación, de optimización de recursos, de subir o bajar impuestos o de cualquier tema económico, cambie de registro y sepa explicar tan bien qué sentimientos, qué cualidades y qué beneficios proporciona la lectura, aunque no me extraña, porque ha habido grandes escritores economistas, como por ejemplo, José Luis Sanpedro. Como el ministro lo dice mucho mejor que yo, transcribo aquello que me parece más sustancial de su discurso:

«Leed. No os imagináis el placer que vais a sentir… La lectura es un placer inmenso que va a desarrollar vuestra imaginación, que os va a permitir abriros a mundos radicalmente nuevos en los que no habríais entrado si no fuera por las palabras, que os va a permitir entender quiénes sois, que va a poner palabras a aquello que sentís y que ni siquiera sabéis sobre vosotros. Y que una persona totalmente desconocida a la cual nunca habéis visto y a la que probablemente nunca veáis os susurrará al oído, en el silencio de la lectura, cosas que nunca habríais comprendido sobre vosotros si nunca las hubierais leído. Aprendemos más sobre el deseo de aventura leyendo «Robinson Crusoe» que yéndonos de viaje. Aprendemos más sobre el deseo y los celos, a veces en la base del deseo leyendo «Albertine desaparecida» o «La prisionera» que por la experiencia propia. Y cuando uno mismo tenga celos porque quiere a alguien que no le quiere a él, basta con leer a Proust para entender ese sentimiento, para ponerle palabras. Y esas palabras os van a colmar porque os harán comprender que formáis parte de una comunidad que siente las mismas cosas, no estáis solos. Esta es la singularidad de la lectura, es una actividad solitaria que os abre al resto del mundo. Estáis solos, pero nunca estáis tan cerca de los demás como cuando leéis un libro.

A todos los jóvenes que nos escuchan: leed. Apartaos de las pantallas. Salid de las pantallas. Las pantallas os devoran, la lectura os alimenta. Esa es la diferencia. Las pantallas os vacían, los libros os llenan. Esa es la diferencia. Está claro que es un combate. Porque las pantallas son lo fácil, captan tu atención, te atrapan, y además están muy bien organizadas. Saben daros, como a las ratas, pequeños estímulos nerviosos cada 5 segundos, cada 10 segundos, que os obligan a seguir pegados a la pantalla. Pero, por desgracia, eso no os permitirá desarrollar vuestra libertad. La literatura es un arma de libertad. Y las pantallas… no todas, aquí no hablo de las pantallas de cine, hablo de las pantallas de los gigantes digitales que pueden convertirse muchas veces en instrumentos de sometimiento. Las pantallas os pueden someter en vuestro consumo, en vuestro comportamiento, en vuestras prácticas o en vuestros gestos para orientar vuestros pensamientos.

La literatura os da libertad. Las palabras os dan libertad para construiros y ser quienes sois. Se lo digo a todos los estudiantes que nos escuchan: cada uno de vosotros es único. La literatura y los libros os permitirán descubrir hasta qué punto sois únicos. Cada persona es única, y es la literatura la que nos lo enseña».

¡Qué envidia explicar tan bien el poder de la lectura, de los libros, de la literatura! Y qué envidia, también, tener ministros que se preocupen de impulsar la cultura, el afán de leer, el mundo maravilloso que nos permite salir de lo cotidiano y embarcarnos en la aventura y en la fantasía y vivir en mundos que, seguramente, nunca podríamos imaginar ni experimentar. Si queréis escuchar el discurso, pinchad aquí.

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Los libros que 2020 me ha dejado leer

Yo no leo para ser más inteligente,
leo para ignorar un poco menos.
Yo no leo para enriquecer mi vocabulario,
leo para no endeudarme con mi lengua.
Yo no leo para olvidarme de la realidad,
leo para transformar la mía.
Yo no leo para transportarme a otras historias,
leo para que otras historias sean parte de la mía.
Yo no leo porque vaya a ser mejor persona,
yo simplemente leo porque leo.
Juana Inés de la Cruz

Aquellos que leen de vez en cuando mis escritos saben que una de mis pasiones es la lectura. Pocos placeres encuentro más hermosos y gratificantes que tener un libro en la mano y dejarme absorber por los misterios que encierra, por las emociones que produce, por las palabras y las frases que nos transportan a lugares y tiempos lejanos o cercanos, tanto da. Por eso, por no olvidarme de lo leído, y también como una especie de homenaje a los autores y sus obras, desde hace algún tiempo confecciono la lista de los libros que leo a lo largo del año. Unos están en las estanterías de mi casa y otros los tengo guardados en el libro electrónico. Es mucho más sugerente abrir el libro y pasar las páginas de papel, pero en determinados momentos o épocas, reconozco que el e-book me ha facilitado mucho las cosas, sobre todo cuando estoy leyendo en la cama o voy de viaje. Más de una vez he tenido que dejar libros en casa porque en las maletas ya no cabía ni un centímetro cúbico más. Así que, también en esta ocasión, quizás con algo de retraso, vuelvo a referirme a los libros que leí el año pasado.

No es preciso que os recuerde que 2020 fue un año muy especial y que 2021 va por el mismo camino o peor. Aquellos a los que les gusta vivir momentos históricos están de enhorabuena. En pocos meses se han concentrado una gran cantidad de hechos que difícilmente podremos olvidar y que esperamos contar a nuestros nietos y, si fuera posible, a nuestros bisnietos. Todos estaréis pensando en lo mismo que yo: la pandemia del Covid-19 y Filomena, un nombre bastante feo para una borrasca mucho más fea. Yo también añado otras más: el esfuerzo de la ciencia para acelerar el descubrimiento de vacunas contra el coronavirus, cosa que se logró en mucho menos tiempo y con técnicas que seguramente servirán para otras enfermedades, el asalto al Capitolio en Washington y la salida indigna de Trump de la Casa Blanca. Creo que todos guardaremos en la memoria imágenes difíciles de borrar de los energúmenos que invadieron estancias que creíamos sagradas y, cómo no, de más de media España cubierta de nieve. Y para vergüenza de los responsables políticos madrileños, también será difícil olvidar las calles de Madrid sin limpiar durante más de diez días. Pero no os hagáis ilusiones: Ayuso y Almeida seguramente volverán a ganar.

Pues bien, gracias al confinamiento provocado por la pandemia y por las restricciones en la movilidad, he tenido bastante más tiempo para dedicarme a la lectura, aunque no lo he aprovechado suficientemente. También para ver series y películas que en otras circunstancias no habría visto. Quizás dedique algún artículo a esas series que me han calado y que tampoco podré olvidar. Pasemos al meollo de la cuestión, los libros. En 2020, además de lo ya ocurrido y ya reseñado, se han conmemorado dos acontecimientos que deberían haber tenido mucha más repercusión, pero que la situación ha impedido celebrarlo como se merecían: el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós y el centenario del nacimiento de Miguel Delibes; 1920, por tanto, fue un año también inolvidable para las letras españolas. Así que no podía dejar pasar la ocasión de leer a esos dos grandes escritores. Mi amiga Magdalena publicó en diciembre de 2019 el que, quizás, sea su mejor libro hasta ahora, adentrándose en el complejo territorio de la novela histórica con un personaje femenino que, lo reconozco, desconocía y fue todo un descubrimiento. Y también leí, cómo no, novelas de otros grandes y admirados escritores españoles actuales: Manuel Vilas, Javier Cercas, Dolores Redondo, Pérez-Reverte y Almudena Grandes, entre otros. Leí también dos obras del tristemente fallecido Carlos Ruiz Zafón, quizás el mejor escritor de finales del siglo XX y principios del XXI. Y otros clásicos como Dickens, Cortázar, Pardo Bazán… Dejo para el final a Cervantes, que juega en otra liga. Ahí os dejo todos los libros que 2020 me ha permitido leer. Como dije con anterioridad, he tenido más tiempo que otros años para dedicarme a la lectura, es verdad, pero muchas veces el ánimo no acompañaba y prefería ver los informativos, series y películas, aplaudir a los sanitarios y limpiar mucho: litros y litros de lejía y de gel hidroalcohólico, que me han dejado las manos resecas y ásperas.

Podéis comprobar que es una lista de lo más ecléctica y variopinta.

Ayluna, la última reina visigoda, de Magdalena Gómez Amores. Un libro totalmente recomendable, no sólo por la calidad de la escritura sino por un tema que rara vez se recoge en la literatura histórica, una reina que fue capaz de sobresalir e imponerse en una época convulsa y que marcó el devenir de la historia en la península ibérica.

Alegría, de Manuel Vilas. Finalista del Premio Planeta 2019. Podría considerarse como una continuación de su anterior novela, Ordesa, pero esta vez, en lugar de centrarse en la figura de los padres, busca la unión con sus hijos. Muy recomendable también.

Maigret y el falso culpable, de Georges Simenón. Se pasa un buen rato con su lectura, que me lleva a los libros de mi adolescencia, como las novelas de Ágatha Christie.

Terra Alta, de Javier Cercas. Ganador del Premio Planeta 2019. Absorbente, trepidante, no se puede dejar de leer. Diferente a las otras obras de Cercas, un extraordinario escritor.

Juan Belmonte, matador de toros. Su vida y sus hazañas, de Manuel Chaves Nogales. En estos últimos años se está descubriendo a Chaves Nogales. Más que la biografía de Belmonte, este libro es la disección de una época y de unos personajes memorables. Aprovecho para recomendaros encarecidamente que leáis su obra A sangre y fuego. Su prólogo debería ser de lectura obligatoria en todos nuestros centros educativos. Aquí os lo dejo (Prólogo de A sangre y fuego)

Y ahora vienen los libros de Benito Pérez Galdós que he leído este año. Si tuviera que elegir alguno, me quedaría con dos de ellos: Fortunata y Jacinta, y Trafalgar. Pero todos, sin excepción, son una delicia. El dominio del lenguaje y la capacidad de representar las épocas y los personajes son inigualables. Nunca he sido capaz de explicarme cómo Galdós tenía esa facilidad para escribir tanto y tan bien.

Fortunata y Jacinta

Episodios Nacionales: Zaragoza, Gerona, Cádiz y Trafalgar

La cara norte del corazón, de Dolores Redondo. Precuela, como se dice ahora, de la Trilogía del Baztán. Extraordinaria ambientación de la ciudad de Nueva Orleáns durante el paso del huracán Katrina. Otro libro absorbente que recomiendo si queréis pasar buenos ratos.

Azaña, de Carlos Rojas. Premio Planeta 1973. Excelente retrato del personaje y del contexto histórico, con una serie de matices y de claroscuros que desvelan la complejidad del que fue último presidente de la República.

La gangrena, de Mercedes Salisachs. Premio Planeta 1975. Historia de España desde los años veinte hasta los setenta del siglo XX en España. Un buen retrato de la alta sociedad de la época.

Los relatos. 3. Pasajes, de Julio Cortázar. Nunca me resultó fácil leer a Cortázar. Por ejemplo, reconozco que nunca fui capaz de pasar de la página 50 de Rayuela. Pero estos relatos sí merecen la pena ser leídos.

A propósito de nada. Autobiografía, de Woody Allen. Totalmente prescindible. Me gustan sus películas, sus guiones y el personaje, pero su biografía y sus problemas con Mia Farrow me dejan indiferente.

La madre de Frankenstein, de Almudena Grandes. Forma parte de la serie Episodios de una Guerra Interminable. Reconozco mi admiración por la escritora, que nunca decepciona. Creo que esta es la mejor obra de la serie, hasta ahora. Es fascinante cómo Almudena Grandes cuenta las historias, construye los personajes y nos pone la piel de gallina en cada página.

Sidi, de Arturo Pérez-Reverte. Me gusta Pérez-Reverte, pero esta obra me ha decepcionado un poco.

El arte de la guerra, de Sun Tzu. Lo leí por curiosidad, porque alguien me habló de él. Si os interesa la estrategia militar y la guerra, bien. De todas formas, algunas de las cosas que dice se podrían aplicar perfectamente a la política.

Historias y cuentos de Galicia, de Emilia Pardo Bazán. Aunque son cuentos que se leen con facilidad, no llegan a la altura de Los pazos de Ulloa.

Las luces de septiembre, de Carlos Ruiz Zafón. Maravilloso libro, una novela corta llena de misterio y de aventuras.

El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón. Resulta que me había quedado por leer este libro, que forma parte de la tetralogía de El Cementerio de los Libros Olvidados, a pesar de que lo había comprado hacía unos años. Pero se había quedado en la estantería al lado de los otros ejemplares. Otro hermoso libro de un autor que nos ha dejado demasiado joven y en plena madurez

El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger. Lo leí hace muchos años y no me gustó, a pesar de que era un libro de culto. Lo he vuelto a leer para darle una segunda oportunidad. Todavía me gustó menos. No entiendo esa admiración.

Grandes esperanzas, de Charles Dickens. Un descubrimiento, quizás el mejor libro de Dickens.

Los santos inocentes, de Miguel Delibes. Además de la historia, me llamó la atención la técnica narrativa, muy diferente de otras obras de Delibes. Es un placer su lectura.

El Quijote, de Cervantes, versión de Andrés Trapiello. Si hubiera leído el Quijote en esta versión, lo hubiera releído muchas más veces. Y eso que todos los años leo capítulos sueltos, pero esta vez lo he vuelto a leer completo. Sólo diré, porque no soy crítico literario, que tendría que ser obligatoria su lectura para poseer todos los derechos ciudadanos, como poder votar, sacarse el carnet de conducir u obtener un título universitario, por ejemplo. Creo recordar que cuando una persona cumple los dieciocho años y ya puede ejercer su derecho al voto, le envían un ejemplar de la Constitución española; por lo menos a mis hijos se lo enviaron. Pues yo añadiría, además, un ejemplar de El Quijote, pero en esta versión. Ha tenido que ser un trabajo complejo, además de valiente, pero el resultado, una maravilla.

Como habréis comprobado, son 25 libros, muy lejos de los 47 que, como media, leen los finlandeses que, según parece, son los que más leen en el mundo. No me extraña, porque en Finlandia no creo que se pueda salir mucho a pasear y ver una serie o una película en finlandés tiene que ser muy aburrido. Pero quizás tenga que añadir a esto el número de páginas leídas, porque no es lo mismo leer un libro de 1000 páginas que uno que apenas sobrepasa las 100. Quizás lo haga a partir de ahora, para hacerme una idea de cuántas páginas soy capaz de leer en un año.

Mis lecturas de 2019

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Desde hace unos años, concretamente desde que estoy escribiendo este blog, se me ocurre hacer memoria de los libros leídos a lo largo de un año. Más que para presumir (de poco se puede presumir cuando el número de libros leídos en 52 semanas apenas alcanza la veintena), es para recordar, para tener claro qué libros no debo releer, cuáles me han gustado y qué lecturas apenas me han servido para pasar el tiempo. Reconozco que estoy demasiado pegado a las críticas literarias, que me dejo llevar con excesiva facilidad por las listas de los superventas y que le hago caso a los amigos que me aconsejan. Aunque yo no soy de los que abominan de los éxitos literarios, porque la lectura, entre otras cosas, sirve para divertirse, para fantasear, para vivir instantes que nunca se han vivido. Y, normalmente, los bestsellers suelen servir para eso. Casi nunca se releen porque poco nos han enseñado, pero sí nos han permitido disfrutar.

De todas formas, siempre me pasa lo mismo, cada vez se va haciendo más grande la lista de libros que debería leer o haber leído y se han quedado en las estanterías. Es imposible abarcar tal cantidad de publicaciones, así que no hay más remedio que seleccionar. Así que paso a recordar cuáles han sido mis lecturas del último (o penúltimo, según se mire) año de la década.

Sabotaje, de Arturo Pérez-Reverte. No lo pude evitar, tenía que leer la última novela de la saga que comenzó con Falcó y continuó con Eva. Quizás es la que menos me ha gustado, pero reconozco que los personajes y las situaciones, desde mi punto de vista, están bien definidos y traídos.

La hispanibundia, de Mauricio Wiesenthal. Curioso libro que nos analiza como españoles, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Una buena manera de conocernos y criticarnos.

Ordesa, de Manuel Vilas. Un libro muy valiente y muy bien escrito. Hace falta tener valor y honestidad para escribir sobre uno mismo y sobre la propia familia, sobre todo el padre y la madre. Me gustaría saber escribir como Manuel Vilas y poder hacer algo parecido con los míos.

El rey recibe, de Eduardo Mendoza. Uno de mis escritores favoritos, pero no es el libro que más me ha gustado de él. No llegué a empatizar ni con los personajes ni con la escritura.

El profeta, de Gibran Khalil Gibrán. Lo había leído cuando era un adolescente y no me acordaba bien, así que decidí releerlo. Será un clásico, pero a mí no me terminan de convencer sus recetas ni sus consejos. Demasiado metafórico, para mi gusto.

La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Tres libros en uno, autobiográficos. Quizás sea uno de los libros que más me ha gustado en los últimos años. Describe como nadie la España de principios y mediados del siglo XX, la vida miserable en Madrid, las guerras de África, la Guerra Civil española. Lectura imprescindible y un gran desconocido.

Las palabras rotas, de Luis García Montero. Sólo había leído artículos y algún poema, pero Las palabras rotas me ha enganchado. No es de lectura fácil, lo reconozco. La defensa de las palabras, de las ideas que han ido perdiendo su sentido porque han sido manoseadas y manipuladas es encomiable.

Yo, Julia, de Santiago Posteguillo. Aunque prefiero la trilogía de Escipión, este libro no desmerece. De todas formas, sigo teniendo la impresión de que Posteguillo simpatiza con unos personajes, a los que mima, y odia a otros, a los que destroza.

Crímenes exquisitos, de Vicente Garrido. Novela negra, demasiado larga para mi gusto. Pero como se desarrolla fundamentalmente en Coruña, mi ciudad, y me ha descubierto a los pintores prerrafaelitas, lo apruebo. Creo que se podría hacer una buena película o, mejor, una serie, que engancharía a la gente.

Con todas las de perder, de Víctor Jiménez. Víctor fue compañero mío en el Colegio Gustavo Adolfo Bécquer. Es uno de los mejores poetas sevillanos actuales. Ciento doce soleares componen este pequeño libro, que recoge recuerdos de la infancia, añoranza de la juventud perdida, de la madre que se fue, de la muerte. La sencillez hecha hondura.

Lolita, de Vladimir Nabokov. Había visto la película, pero el libro me ha sorprendido. Es uno de los mejores que he leído este año, junto con La forja de un rebelde. Tal y como están las cosas en la actualidad, Vox no hubiera permitido su publicación. La relación entre un adulto obsesionado y su hijastra de doce o trece años está descrita con bastante contención, pero no deja de ser perturbadora. No me extraña que muchas editoriales se negaran a publicarla en su momento.

Los libros siguientes habían quedado en la mochila, en lugares ocultos de la memoria y del olvido que, de alguna forma, regresaron y tuvieron que ser leídos. Todos ellos me gustaron y forman parte ya de mi bagaje.

La agonía de Francia, de Manuel Chaves Nogales.

La condena y El Proceso, de Frank Kafka.

Wlliam Wilson, de Edgar Allan Poe.

El alquimista y otros relatos, de H.P. Lovecraft.

El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle.

La casa en el confín de la Tierra, de William Hope Hodgson

Las palabras prestadas

Hay palabras que enamoran, otras palabras hieren, nos atrapan o nos hacen reír y llorar, muchas se desconocen, pero siempre nos acompañan, nos rodean, forman parte de nuestra vida, nos permiten tener conciencia de nosotros mismos como individuos y como miembros de una comunidad. Sin las palabras podríamos sentir dolor, alegría, tristeza o miedo, emociones que seríamos capaces de expresar con gestos, con gemidos, con movimiento, pero no podrían explicar ni explicarnos qué nos sucede, no podríamos organizar los pensamientos ni darle forma al mundo.

Cuando al poco de nacer aprendemos a fijar los ojos en los rostros cercanos, que vamos reconociendo, que nos sonríen, que hacen gestos y emiten sonidos que, sin darnos cuenta, imitamos y repetimos, se está produciendo un auténtico milagro: estamos entrando en el universo que nos acompañará a lo largo de nuestra vida, en el universo del lenguaje, de la comunicación. Imitamos, nos sonríen, gritan, hablan, señalan, repetimos y, sin darnos cuenta, vamos asimilando la creación más profundamente humana, estamos entrando en el asombro de la comunicación mediante las palabras, que se convertirán en frases, en ideas cada vez más complejas.

De la palabra hablada, la que utilizamos en los primeros años de nuestra vida, aquella que permitió transmitir en los albores de la humanidad la experiencia de unas generaciones a otras, la que inventó el relato, la imaginación, el misterio, la sorpresa, la que intentó someter la naturaleza a las leyes de la lógica primitiva, se pasó a otro hito, la aparición del lenguaje escrito, signos que durante mucho tiempo fueron considerados mágicos y que sólo conocían unos pocos ya que la información, como ha seguido sucediendo a lo largo de la historia, es poder. El pueblo escuchaba lo que los aedos, los rapsodas o los juglares cantaban o recitaban, las epopeyas de los héroes, la historia que se perdía en la noche de los tiempos, pero no sabía leer ni escribir. Hasta que hace relativamente poco tiempo, poco más de quinientos años, la imprenta democratizó y extendió la lectura y la escritura, que se consolidó durante los siglos posteriores.

Miles de años hablando y escribiendo, acariciando, persiguiendo, maltratando, hiriendo con las palabras o arrojándolas al vertedero, en soledad o acompañados. Están ahí, ampliando o limitando horizontes mentales y expresivos. Se podría pensar que con el paso del tiempo, con la mejora de las condiciones económicas, con la extensión de la educación obligatoria, con el aumento de los libros que se escriben y se venden y con la posibilidad de acceder a un mayor número de medios de información, entre otras circunstancias, se incrementaría la población que conociera y dominara un mayor vocabulario, una gramática y una sintaxis más correcta; en suma, que se mejoraría sustancialmente el uso del lenguaje. Sin embargo, siendo realistas, creo que cada vez se habla y se escribe peor, se utilizan menos palabras, se expresan peor las ideas y éstas se infantilizan, se simplifican, pero no con el afán de hacerlas más comprensibles, sino, sospecho, con el deseo de manipularlas mejor y manipular al sujeto que las recibe y al que cada vez le cuesta más seguir o realizar pensamientos complejos.

(Aquí hago un breve inciso. El español tiene alrededor de 100.000 palabras; habitualmente, en nuestro círculo más cercano sólo utilizamos unas 1.000, aunque las personas que tienen una cultura media podrían llegar a usar unos 5.000 vocablos y conocer hasta unos 10.000. Cervantes utilizó en El Quijote casi 23.000 palabras diferentes, muchas de las cuales hoy apenas se usan. Todos estos datos me sirven para llamar la atención sobre un hecho que desde hace unos años se está manifestando e intensificando, el empobrecimiento del lenguaje y el subsiguiente empobrecimiento de las ideas. Porque una cosa es la economía, el uso conciso, breve, adecuado y sin circunloquios de las frases y otra es la pobreza, el desconocimiento, el uso inapropiado o los errores gramaticales y sintácticos que, por desgracia, se repiten cada vez más.

Cuando tenía nueve años me diagnosticaron una nefritis aguda que me tuvo varios meses en cama, con reposo absoluto y con una dieta muy estricta de verduras y baja en sal. Para un niño de esa edad estar en cama es un auténtico suplicio, sobre todo cuando los amigos que venían a visitarme me contaban las aventuras que disfrutaban y lo bien que se lo pasaban peleando contra las otras pandillas. Durante las horas que me encontraba solo en la habitación me fui aficionando a escuchar la radio y, sobre todo, a leer. Era capaz de pasarme horas y horas leyendo las Selecciones del Reader’s Digest de mi tío Arcadio, los tebeos que me traían mis amigos y los libros que había en casa. Lo malo es que esos libros eran poco adecuados para un niño de nueve años y la economía familiar no era demasiado boyante en esa época como para comprarme libros infantiles o juveniles. Así que leí muchos libros de Zane Grey y, lo recuerdo perfectamente, la Ilíada y la Odisea, dos libros que mi padre me recomendó encarecidamente. Menos mal que las versiones que teníamos en casa de esos dos libros eran dos buenas adaptaciones para jóvenes, porque si no los hubiera abandonado nada más empezar. Comencé leyendo la Ilíada, las batallas de la guerra de Troya, las interminables luchas entre los héroes troyanos y aqueos, las disputas de los dioses que apoyaban a unos y otros, la muerte de Héctor a manos de Aquiles. Lo malo es que en la primera frase «Canta, diosa, la cólera funesta del Pelida Aquiles, que causó innumerables dolores a los aqueos y arrojó al Hades muchas almas famosas de héroes…», comenzaron los problemas. No tenía ni idea de lo que significaba Pelida ni aqueos ni Hades, así que había que acudir con bastante frecuencia al diccionario enciclopédico que teníamos en casa. Poco a poco, a medida que iba reconociendo las palabras y los personajes, la lectura se hizo más amena. Con la Odisea todo fue más fácil ya que las aventuras de Ulises y el viaje para llegar a Ítaca me sedujeron desde el primer momento.

Poco a poco me fui enganchando a la lectura. Mi primer libro en propiedad, un regalo de Primera Comunión, fue Veinte mil leguas de viaje submarino. Ahora ya no quería juguetes, cosas de niños, sino libros. Emilio Salgari y Julio Verne se hicieron mis amigos y era capaz de pasarme horas y horas enfrascado en la lectura. Después, en el Bachillerato, mis compañeros de clase y yo intercambiábamos libros y nos recomendábamos lecturas. En Magisterio nos entusiasmaban los escritores malditos, los prohibidos, la Generación del 27, la del 50, Antonio Machado, Lorca, Alberti, León Felipe, Goytisolo, Aldecoa, Cernuda, Ángel González o José Ángel Valente. Hasta hoy, que he dejado demasiado abandonada la poesía y me dedico sobre todo a la novela. Mea culpa).

Hay momentos de alegría, tristeza u otras circunstancias emocionantes en los que no encontramos la manera de expresarlas; buscamos las palabras y siempre nos salen las mismas: «esto es lo más grande que me ha sucedido» o «no tengo palabras para decir lo que siento». Delante de una página en blanco las ideas desaparecen, se diluyen y las palabras se esconden; no soy escritor, pero sé que a muchos autores les sucede periódicamente. Por eso es tan importante estar atento, escuchar con atención, sumergirnos en la lectura, bucear en el lenguaje y, sobre todo, aprender de los que nos rodean y de aquellos que nos han precedido porque si no encontramos las palabras, ellas están ahí, en la poesía, en las novelas, en el teatro, en los ensayos.

Por eso, porque no soy escritor ni lo pretendo, me dedico a hacer pequeños ejercicios de escritura que me impidan caer en la desidia, en la monotonía, en el aburrimiento. Me hubiera gustado poseer la capacidad, la habilidad, la imaginación o la perseverancia para embarcarme en la aventura de escribir un libro de relatos o una novela. Admiro a mi amiga Magdalena, que ya ha escrito tres y tiene dos libros más casi terminados. Y no digamos nada de mi amigo Víctor Jiménez, uno de los grandes poetas sevillanos actuales, que ha escrito ya una docena de libros, uno de los cuales presentó hace unos días, presentación a la que tuve la suerte de asistir. Y aquí es donde quiero hacer referencia al título de esta entrada, Las palabras prestadas. Porque los escritores nos prestan su palabra, su modo de ver y entender el mundo, la realidad que nos rodea o la ficción que se imaginan, la delicadeza de la expresión o la fuerza de una imagen. Yo no sabré decir ni escribir dos o tres ideas con sentido, pero ellos, que han trabajado y pulido el lenguaje, nos enseñan, nos muestran el camino. Eligen los términos más adecuados, los analizan, buscan el contexto, el ambiente, pulen los personajes, les dan vida. O miran a su alrededor o escarban ellos en su interior y buscan y encuentran y nos muestran la belleza de las palabras. Y nos las dan para que nosotros también, en un ejercicio de voluntad creativa, nos las apropiemos y las amoldemos a nuestro gusto.

Cuando Cervantes dice «La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta…» o «Con la iglesia hemos dado, amigo Sancho» (aunque ahora se diga con la iglesia hemos topado) o «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos», entramos en un mundo que, casi quinientos años después, nos sigue fascinando y enseñando, como también nos asombra lo que hace casi tres mil años escribiera Homero “Acertóle en la cimera del casco guarnecido con crines de caballo, la lanza se clavó en la frente, la broncínea punta atravesó el hueso y las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero». O Antonio Machado, con «Nunca perseguí la gloria,/ ni dejar en la memoria/ de los hombres mi canción/ yo amo los mundos sutiles/ ingrávidos y gentiles/como pompas de jabón.» También nos emociona leer en Ocnos, de Luis Cernuda «Aquellos seres cuya hermosura admiramos un día, ¿dónde están? Caídos, manchados, vencidos, si no muertos. Mas la eterna maravilla de la juventud sigue en pie». Cientos, miles de escritores, nos dejaron una herencia colosal que nosotros debemos continuar, en nuestra memoria, con nuestra admiración, con nuestro reconocimiento.

Hay palabras hermosas que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, no sólo por su agradable sonido, sino por lo que representan. Arrebol, evanescencia, inefable, melancolía, alba, nostalgia, esplendor… Cada uno, seguramente, tendrá las suyas y procurará utilizarlas aunque en algunas ocasiones no vengan al caso. Pero son nuestras amigas, seguramente las habremos aprendido hace muchos años, quizás en la infancia o dichas al oído por alguien a quien queríamos.

En el último mes he leído tres libros: Crímenes exquisitos, de Vicente Garrido, Las palabras rotas, de Luis García Montero y Con todas las de perder, de Víctor Jiménez. El primero es la típica novela de un asesino en serie y los esfuerzos por encontrarlo. Vale como entretenimiento, tiene para mí el encanto de que se desarrolla en Coruña y poco más. Sin embargo, me detendré en los otros dos libros que, según mi opinión, tienen una gran calidad.

Víctor Jiménez, además de un excelente poeta, es amigo. Aunque no nos vemos con frecuencia, si lo hacemos nos gusta echar un rato de charla, hablando de nuestras anécdotas en el colegio, del Sevilla o del Dépor, de política o del tiempo. El caso es hablar, conversar, reconocernos en el tiempo a pesar de las frecuentes ausencias. Hace una semana estuve en la presentación de su último libro Con todas las de perder. Aunque no soy un experto en poesía ni crítico literario, reconozco en Víctor la esencia de la escuela poética sevillana. Palabras claras, versos repletos de imágenes de buen gusto que suenan a tradición, a romance, a soneto, pero en las que se encuentran una apertura a la modernidad que a veces descoloca. En este libro, sin embargo, nos sorprende con más de cien coplas o soleares en las que va recorriendo su infancia en el barrio de San Bernardo o nos habla de la vida, del amor y de la muerte de una forma en apariencia sencilla pero que esconde una gran complejidad, con el uso exacto de una rima elegante y precisa, como se puede comprobar en la pequeña selección que sigue:

Los trenes, aquellos trenes

siempre por aquellas vías…

Y el niño por los andenes.

Supo el niño, con los años,

que las riadas de la vida

lo arrastran todo a su paso.

¿Qué cómo me va la vida?

Mejor que no te la cuente,

por no contarte mentiras.

La vida vive en tu calle.

¿Qué haces ya que no le dices

que la quieres más que a nadie?

Qué secreto ni secreto…

Si estás leyendo en mis ojos

igual que en un libro abierto.

Si todo lo cura el tiempo,

qué hago yo con esta pena

con los años que ya tengo.

Quien, al fin, siempre te espera,

no es el amor ni la gloria.

Es el fuego o es la tierra.

Lo tuyo no tiene arreglo.

La vida se va con otros

y tú escribiéndole versos.

Para escribir y escribir,

hay que leer y leer…

Y hay que vivir y vivir.

Y para terminar esta selección, los versos con los que se introduce el libro y que suponen una declaración de principios de lo que vendrá después:

Esto es luchar contra el tiempo.

Con todas las de perder,

sin más armas que mis versos.

Sensibilidad, delicadeza, amor por la palabra bien elegida y por el verso exacto, esto es una pequeña muestra de lo que Víctor ha desgranado en las noventa páginas del libro y son las palabras que Víctor Jiménez nos ha dejado y que yo he cogido prestadas.

En Las palabras rotas, Luis García Montero hace un recorrido por aquellas palabras que parecen estar perdiendo o modificando su significado; palabras que, a pesar de pertenecernos a todos y ser el soporte y la columna de las ideas más elevadas, son secuestradas por los poderosos, por aquellos que pretenden atemorizarnos o apropiarse de nuestra libertad o por aquellos que ignoran la esencia del ser humano. Verdad, progreso, política, bondad, tiempo… tendrían que ser universales, ser reconocidas como algo alejado de los intereses particulares que pretenden parcelar la realidad. Pero, por desgracia, no es así y García Montero analiza esas palabras y reflexiona sobre lo que esas palabras comunican y significan. ¿Podremos llegar a ponernos de acuerdo nuevamente en algo tan sustancial como el significado de las palabras? Recojo a partir de ahora algunas de las ideas que se recogen en el libro.

  • La melancolía es peligrosa cuando afirma que cualquier tiempo pasado fue mejor. Renuncia a la promesa estafadora de un paraíso futuro para crear el recuerdo falso de un edén perdido.
  • La emoción poética en la lectura y en la escritura permite vivir por un momento la armonía del mundo exterior (casi siempre hostil) y el mundo interior (casi siempre necesitado de salir de sí mismo para habitar la realidad). Nos emociona aquello que pone de acuerdo por unos instantes nuestra intimidad con las realidades que vivimos, ya sea en la alegría o en la tristeza.
  • Recordemos a Larra: “El corazón del hombre necesita creer en algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer”.
  • La buena soledad es tan importante como la buena compañía.
  • Buscar la verdad es más un compromiso de no mentir (o no mentirse) que un creerse en posesión de la verdad.
  • La velocidad del mundo, acentuada por las redes sociales, nos ha convertido en habladores compulsivos. Las palabras que circulan provienen con frecuencia de gente que dice lo que piensa sin pensar en lo que dice.
  • El naufragio de las grandes utopías, […], la crueldad de quienes pensaron que el fin justifica los medios y borra la ética en el presente, ha desacreditado la honestidad y la verdad de las convicciones. El neoliberalismo ha jugado con esta desilusión para potenciar un relativismo en el que nada importa y todo es engaño… Ridiculizar este deseo de bondad es parte fundamental del pensamiento reaccionario… La otra jugada es convertir la bondad en un peligro y crear la teoría del buenismo como una falta de inteligencia llamada a generar graves problemas.
  • La globalización y las desigualdades económicas, junto con la violencia cultivada por la industria armamentística, han provocado grandes movimientos migratorios.
  • [Hablo también] del ejercicio de madurez que supone llegar a comprender los sueños del otro y el valor que tiene a veces la renuncia a esos sueños por generosidad, más allá de las discrepancias política.
  • El tiempo de la literatura conforma una memoria de la experiencia humana, un saber de siglos. Alegrías y sufrimientos que nos convierten en seres con memoria y que nos comprometen con el futuro.
  • Que los nacionalismos estén brotando en el mundo como vías totalitarias es el gran logro de los que consideran sus patrias como un cortijo supremacista.
  • Lo que ocurre es que la democracia encarna su conciencia en leyes, en procedimientos, en instituciones […] Una democracia no puede saltarse las leyes a la torera, no puede cumplir los deseos al margen de las instituciones si no quiere degradarse en una experiencia totalitaria. Más que violar las leyes o los concordatos, es necesario cambiarlos, facilitar que sus procedimientos no se separen de la vida real de una sociedad, como la razón no puede separarse de los sentimientos, ni los sentimientos de la razón.
  • El relato no es sólo un modo de oponerse al desorden y la nada, sino una forma determinada de ordenar el mundo, la identidad de los seres humanos, su condición, sus ilusiones.
  • Escribir es cuidar las palabras para darse al otro, preparar una habitación en espera del otro […] La necesidad de contar surge del deseo humano de que se conserven las historias que el olvido y la muerte condenan a la desaparición… El lenguaje es social hasta el último rincón de sus sótanos.
  • El empobrecimiento social de lo común facilita un empobrecimiento inmediato del lenguaje.
  • Fue un error grave de interpretación de la historia lo que llevo al Partido Comunista a no presentar en las primeras elecciones democráticas a candidatos de las generaciones jóvenes que representaran bien su significado de un futuro democrático en 1977… La lealtad a la memoria hizo que el protagonismo electoral cayese en personalidades como Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Ignacio Gallego o Rafael Alberti, rostros muy dignos, emocionantes, pero que llegaban a la nueva democracia como una secuela de los tiempos de la Guerra Civil.
  • Son los jóvenes maltratados por la situación económica quienes no comprenden la lucha de sus mayores […] Con el 15M volvió la juventud política a la calle. Pero la educación adánica recibida impidió el nuevo diálogo generacional, Se pasó a despreciar por igual a todos los que habían trabajado por conseguir una democracia…
  • Son tan corrosivos los viejos cascarrabias como los jóvenes sin memoria.
  • Perder el respeto a las leyes significa tanto no cumplirlas como dejar que se pudran vacías de legitimidad. [El jurista Luigi Ferrajoli advirtió] de los peligros que supone la sustitución de la democracia constitucional por la democracia plebiscitaria. Giorgio Agamben analizó también el fenómeno al denunciar que la suspensión transitoria de la legalidad se estaba convirtiendo en una norma de las sociedades modernas. Esto nos sitúa en un “umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”.
  • Los datos son sustituidos por el clamor de opiniones surgidas en un segundo… Puede arse bajo el disfraz del narcotráfico, el resurgimiento nacionalista de la extrema derecha, el autoritarismo religioso, las aspiraciones independentistas de los territorios ricos frente a los más pobres o las demagogias de los líderes carismáticos que llegan a sustituir el vacío dejado por el descrédito de la política y la justicia… Se ha extendido el cultivo de las identidades locales, la xenofobia, el racismo y la fe ciega o transitoria en los demagogos.
  • El neoliberalismo radical transforma la libertad individual en la ley del más fuerte y la conciencia crítica en el desprestigio de cualquier promesa, ilusión o compromiso colectivo.

El libro termina con un epílogo cuyo título es Unas pocas palabras verdaderas que comienza con la frase “Más que racionales, los humanos somos seres de costumbres… Vivimos en las costumbres y en las palabras porque son un puente entre la realidad y la abstracción, una forma de ser y de estar a la vez, de ser estando.”

La necesidad de compartir lo que pensamos y sentimos con los demás no debe ser obstaculizada por nuestras limitaciones lingüísticas. El español es demasiado rico y son tantos los autores que lo han enriquecido y lo siguen haciendo que deberíamos saber elegir entre los miles de textos aquello que queremos expresar. Son las palabras prestadas.

Los relatos que forman el libro tienen como protagonista el agua.

Los libros que he leído en 2018

“Eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa”
Don Quijote a Sancho. Capítulo 25

Pocas frases expresan tan bien la idea de la relatividad de la Verdad, con mayúsculas, de la interpretación subjetiva de los hechos, de la realidad tal y como creemos observarla. Por eso este pasaje tan conocido de la novela de Cervantes es considerado un magnífico ejemplo y un homenaje a la tolerancia, al respeto a las opiniones de los demás. Cada persona tiene su verdad y nada me autoriza a descalificar a quien no opine o piense como yo.

Una vez escrito esto para solicitar la comprensión de aquellos que tienen muy claros los conceptos sobre qué se debe y no se debe leer, paso a enumerar y describir brevemente los libros que he leído a lo largo de 2018, costumbre que inicié el año pasado con el artículo Algunas lecturas de 2017 y que me sirve para recordar y anotar las lecturas realizadas. Debo haber perdido mucho tiempo, dedicado a menesteres menos provechosos, porque me parecen muy pocos, solo veinte libros completos y capítulos y poemas de algunos otros a los que vuelvo una y otra vez, como las aves migratorias regresan todos los años para anidar y criar a sus polluelos. Admiro a aquellos que leen cuarenta, cincuenta o más libros al año. Más que leer, devoran. Esa es la única manera de poder llegar a cifras, a lo largo de toda una vida, de varios miles de libros. Yo me conformaré con alcanzar, a este paso, el millar o poco más.

He tenido la precaución de ir apuntando en las notas del móvil el título de los libros, porque el año pasado me dejé guiar por la memoria y esta, por suerte o por desgracia, está empezando, mejor dicho, lleva ya algún tiempo, fallando. No sé cuántas neuronas de mi cerebro habrán fenecido en los últimos trescientos sesenta y cinco días, pero habrán sido un montón. Así que, sin más demora, aquí va la lista.

  • Las legiones malditas y La traición de Roma, de Santiago Posteguillo, el ganador del último Premio Planeta, libros con los que completa la Trilogía de Roma sobre Escipión, el Africano. El año pasado comencé la lectura de dicha Trilogía con Africanus, libro que me había gustado mucho por explicar la Historia con un lenguaje ágil y que permite entender de forma amena a los personajes y los hechos históricos de los que son protagonistas.
  • Berta Isla, de Javier Marías. Aunque las críticas sobre este libro son muy positivas y llenas de alabanzas, no me parece la mejor obra de Marías. Excesivamente premioso, no llego a sumergirme realmente en la trama.
  • Falcó, de Javier Pérez-Reverte. Falcó, personaje sin escrúpulos, se mueve, como en su día Alatriste, en un país y en un tiempo lleno de luces y sombras, de intrigas, de traiciones, de intereses contrapuestos. Me gustan esos personajes que nunca son buenos o malos totalmente, sino seres de carne y hueso, llenos de contradicciones.
  • Eva, de Javier Pérez-Reverte. El complemento perfecto de Falcó, una espía que puede moverse por ideales o por intereses de cualquier tipo. Ambas novelas reflejan la turbulencia de un tiempo que todavía no ha sido estudiado ni descrito en profundidad, pero al que Pérez-Reverte se acerca con mano firme y con un profundo estudio y respeto.

No voy a explicar los siguientes libros, sino solo mencionar títulos y autores. Yo no soy crítico y me cuesta trabajo describir o desmenuzar tanto los argumentos como los valores literarios de las obras. Sí podréis comprobar que tanto Almudena Grandes, como Pérez-Reverte o también Julio Muñoz Gijón, este último por la gracia que rezuman sus libros, son autores que me gustan y de los que suelo leer los libros que publican. Pocas veces me han decepcionado. Por último reseñar que suelo releer aquellos libros a los que me acerqué en la adolescencia o en la primera juventud, para comprobar si la fama y la huella que habían dejado en mí era realmente merecida o no. Ninguno me ha decepcionado.

  • Los pacientes del doctor García, de Almudena Grandes.
  • Siempre fuimos más jóvenes que hoy, de Magalena Gómez Amores.
  • Los besos en el pan, de Almudena Grandes.
  • Operación chotis en adobo, de Julio Muñoz Gijón.
  • Juliano, el Apóstata, de Gore Vidal.
  • El rumor del oleaje, de Yukio Mishima.
  • Son de mar, de Manuel Vicent.
  • Un hombre-lobo en el Rocío, de Julio Muñoz Gijón.
  • Los aires difíciles, de Almudena Grandes.
  • El sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle.
  • Historia de dos ciudades, de Charles Dickens.
  • 4 3 2 1, de Paul Auster.
  • Crimen y castigo, de Fedor Dostoyevski.
  • Moby Dyck, de Herman Melville.
  • Un otoño romano, de Javier Reverte.

Y, además, tres o cuatro capítulos sueltos de D. Quijote, imprescindible, algunos poemas de San Juan de la Cruz,  Miguel Hernández, Antonio Machado y Rosalía de Castro, mi paisana. Tendré que dedicar más tiempo a la lectura de poemas, porque los he abandonado un poco. Como habréis podido comprobar, el eclecticismo y la falta de criterio en la selección es lo que mejor me definen en este ámbito.

Ahora estoy esperando a ver qué traen los Reyes Magos, que siempre suelen acordarse de mi amor por los libros. Espero que sean generosos.

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El día de los libros

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En Galicia, cada 17 de mayo se celebra el Día das Letras Galegas, que conmemora la publicación tal día como ese, en 1863, del primer ejemplar de Cantares Gallegos, de Rosalía de Castro. Y es festivo en toda la Comunidad Autónoma, lo que demuestra que, pese a todo, hay alguna esperanza. Quizás por eso, también debería ser festivo el 16 de enero, fecha en la que se publicó por primera vez, en 1605, El Quijote que, tomando el eslogan de un club al que no admiro precisamente, es «algo más que un libro», el libro de todos los libros, el referente en el que se han mirado todos los escritores que en el mundo han sido desde que salió a la luz.

Hoy se celebra, más que el Día del Libro, recordando que el 23 de abril de 1606 fallecieron, y ya es casualidad, Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega, el día de los libros, esos amigos que, por desgracia, no suelen acompañar a una parte importante de la humanidad. Entre los que todavía son analfabetos funcionales y culturales, los que alardean de que nunca leen un libro, los que no pueden leerlo por sus circunstancias (estoy pensando, por ejemplo, en los millones de niños sirios y de otros países en guerra) o los que carecen de posibilidades de acceder a la lectura aunque sepan leer, son cientos de millones los que quizás no puedan leer un libro en su vida. Es tan triste no poder disfrutar del placer de la lectura, tener que anteponer el pan al libro, aunque Lorca dijera aquello de “Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro.” A veces no se puede pedir porque no hay nadie a quien pedir o porque nadie quiere dar porque están sordos y ciegos.

Por desgracia, no podemos llegar a todos aquellos que no pueden leer. Podemos colaborar con organizaciones, prestar o donar libros, animar a la lectura, dar ejemplo a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a todos aquellos que nos rodean. Las familias son importantes a la hora de crear hábitos de lectura, los profesores también. Si hay algo que he intentado siempre es que mis hijos disfruten leyendo y creo que lo he conseguido. Desde que eran muy pequeños les contaba cuentos, les regalaba libros, leía con ellos, me veían leer y comprar libros. Casi siempre, el día de reyes, de su cumpleaños o de su santo se encontraban con algún libro y ahora, cada uno, tiene su pequeña biblioteca y espero que la sigan ampliando.

Hace años, todos los 23 de abril compro libros. Previamente hago una pequeña lista que siempre se queda corta. ¡Son tantos los libros que me gustaría leer! Pero por mucho tiempo que dedique a la lectura, son demasiados los que se quedan atrás, en una cuneta cada vez más larga y más ancha. Me aterra la cifra de libros que se publican cada año en España: en el año 2016 la producción editorial en nuestro país fue de ¡86.000 libros! Supongo que muchos serán libros comerciales, de texto, de propaganda y que novela, poesía o ensayo, que es lo que leo, serán una pequeña parte, pero aun así, son demasiados. Si calculo cuántas páginas leo al día, no paso de treinta o cuarenta como mucho. Eso supone que si un libro tiene unas trescientas páginas, puedo leer un máximo de tres libros al mes, treinta y seis libros al año, aproximadamente. Y eso, ahora que tengo más tiempo, pero antes, diez o doce libros. Total, que he leído, como mucho, unos mil libros. ¡Sólo mil libros, por favor! Clásicos y modernos, poetas y ensayistas, dramaturgos, son tantos, tantos los que no puedo ni podré leer que me angustia, me da rabia, me apena.

Pero procuraré no agobiarme, que hoy es un día para disfrutar. Así que os diré, por si alguno lee esto hoy o alguna vez que he comprado cuatro libros y, como hay hacen descuento, me he ahorrado un diez por ciento. Y los libros son: Besos en el pan, de Almudena Grandes; Lolita, de Nabokov; El rumor del oleaje, de Mishima y El ruido y la furia, de Faulkner. Y todavía me quedan bastantes que compré o me regalaron y están en las estanterías de mi casa esperando que los atienda. Paciencia, amigos, que no os olvido.