Valor y precio

Precio y Valor

No soy experto en cuestiones económicas, a veces creo que me quedé en la peseta, en los dos reales, en los duros. Acostumbrado desde que era poco más que un adolescente, con sólo veinte años, a cobrar nóminas del Estado (sí, lo reconozco, fui funcionario y ahora soy pensionista), lo único que hice fue gastar poco y ahorrar poco, pues poco era lo que cobraba al principio. La libreta de ahorros empezaba y terminaba el año casi igual, con un saldo que se movía muy poco. No había tarjetas de crédito ni cajeros automáticos, así que había que entrar a menudo en la oficina del banco a retirar el dinero, de dos mil en dos mil pesetas, o sea, de 12 en 12 euros de ahora, parece mentira, y el empleado te conocía y después te saludaba por la calle e incluso te tomabas un vino con él, lo de tomarse unas cervezas fue posterior. Después pude juntar algo más porque me casé con otra funcionaria y la historia cambió porque con veinticinco años no tuve más remedio que aprender, a la fuerza ahogan, a tener una cuenta corriente, a firmar cheques, a pedir préstamos hipotecarios, a subrogar hipotecas (todavía me cuesta trabajo entender qué significa eso), a comprar a crédito muebles y electrodomésticos, a realizar equilibrios para llegar a fin de mes. Pero de todo fuimos saliendo. Incluso me atreví, osado de mí, a comprar acciones de Telefónica con las que creo que gané algún dinero.

En mi familia el único que sabía bastante de cuentas era mi padre, pues trabajó en la construcción y montó con otro socio una empresa que se dedicaba, fundamentalmente, a asfaltar las calles de La Coruña y que llegó a levantar un pequeño edificio en Pontedeume, a unos kilómetros de la ciudad herculina. Recuerdo que se pasaba tardes enteras haciendo cálculos para cuadrar los balances y pagar las nóminas, para acudir a concursos de obras y ofrecer las mejores propuestas, a dirigir a los trabajadores, a negociar créditos, etc. Pero a mí me aburría todo eso, me daba miedo equivocarme con el dinero, arriesgar, perder los ahorros o arruinarme si algo salía mal. Para eso hay que valer. Así que me dediqué a la enseñanza, en la que también da miedo que te equivoques con algún alumno, a veces pierdes los papeles aunque se encuentran pronto, te arriesgas a aburrir y nunca te aburres. Pero era otra cosa, me gustaba enseñar y aprender, comprobar que poco a poco, unos más y otros menos, casi todos los estudiantes salían adelante, mejoraban y, en muchos casos, agradecían tu trabajo y te saludaban muchos años después, recordando el tiempo que habían pasado en el colegio o en el Instituto.

El caso es que nunca fui bueno con los números, con los balances, con las inversiones. Y nunca, tampoco, he sabido si el valor de algo se corresponde con el precio que he pagado por él. A mucha gente le pasa lo mismo. Por ejemplo, si voy a comprar una prenda de ropa a una tienda y poco después compruebo que la misma es mucho más barata en otra me pregunto qué criterios se han seguido para poner un precio tan diferente. Porque se supone que el valor es el mismo. Será porque el primero paga más impuestos por el local, tiene más empleados o se gasta más en publicidad. Pero a mí, que soy el cliente, me da lo mismo, lo que me importa es que me den la misma calidad por un precio menor. Esto pasa en muchos ámbitos, sobre todo ahora que hay tanta competencia y tanta oferta.

Pero sigue sin haber un criterio claro cuando hablamos de materiales, objetos, servicios, obras o elementos en los que intervengan factores como el tiempo y el material empleado, por ejemplo, en artesanía, en gastronomía o en arte. Es difícil calcular el precio porque va a depender del valor que tiene para el creador, los beneficios que espera obtener por su esfuerzo o dedicación, por la preparación previa o los estudios que ha tenido que realizar (estoy pensando también en la enseñanza, en la medicina, en la ingeniería o en cualquier otro trabajo que requiere una educación a la que se le ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo). Así que todo se complica cuando alguien tiene que fijar un precio para algo y quiere que otro lo compre, si es que el comprador está dispuesto a valorar y a cuantificar todos los aspectos que he mencionado. Y no digamos ya si, encima, intervienen aspectos emocionales, porque eso sí que es imposible cuantificar. ¿Qué valor tendría esa joya que perteneció a la familia durante generaciones y que ahora pones a la venta? ¿Qué precio pagarían por ella sin que un nudo en la garganta te impidiera decir que no la vendes?

¿A qué viene todo esto? Si os acordáis, escribí un pequeño artículo titulado ¿A alguien le interesa un chalet en Aroche?, donde explicaba las razones de la venta de una casa que mi madre tiene en el pueblo, una casa en la que pasaba temporadas pero que ya, con 90 años y viviendo en La Coruña dice que no tiene sentido mantener. Pues resulta que debí valorar en exceso la vivienda y me dejé llevar por el impulso emocional, por el aprecio que le tengo, por los buenos momentos que allí hemos pasado. Pero eso, como me han hecho ver las personas que me han llamado o escrito interesándose por la vivienda, está muy lejos del precio que, actualmente, se paga en el mercado. Me aconsejaron que preguntara, que visitara portales de venta de casas (ya sabéis, Fotocasa, Idealista, Milanuncios…) y que utilizara una herramienta del BBVA para valorar las viviendas, BBVA Valora. Esta última me dio una primera pista ya que el precio que indica es de 150.000 euros. Vaya, me dije, me he pasado, como mínimo, en 30.000 euros. Por eso en los portales donde he anunciado el chalet bajé el precio de venta hasta esa cantidad. Aun así, la última persona que me llamó me dijo que todavía era demasiado, que yo no vendería el chalet por ese precio.

Y ahora me encuentro en una encrucijada. ¿Merece la pena que siga con la venta si creo que nadie va a pagar el precio que yo considero justo? ¿Debo seguir esperando? ¿Tendré que bajar aún más, 140.000, 130.000…? ¿Haré como hacen los americanos, y cada vez más en nuestro país, una subasta para ver hasta dónde se puede llegar?

Como tengo muchos amigos y el artículo mencionado sobre la venta del chalet sigue teniendo muchas visitas, espero vuestros consejos. Y si alguien se anima, ya sabe, estoy dispuesto a escuchar ofertas.

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Viaje a Rusia (III): San Petersburgo

Como habíamos llegado demasiado tarde al hotel la noche anterior y mi cuerpo todavía estaba muy tocado por la colitis, enteritis o lo que fuera aquello, no pude dormir demasiado ni me apetecía comer, y he de decir que hasta el último día de nuestra estancia en San Petersburgo no pude disfrutar plenamente de la ciudad. Y, además, el tiempo tampoco acompañó demasiado.

El domingo 15, nuestro primer día en la ciudad, amaneció muy desapacible. Nuestra nueva guía, Olga, seguía cumpliendo los cánones de las mujeres rusas: alta, muy rubia, grande, con una cara redonda muy graciosa en la que destacaban sus ojos azules y unos dientes superiores que sobresalían un poco y que hacían que su boca pareciera estar riendo continuamente. Además, como nos demostró a lo largo de nuestra estancia, tenía un humor muy irónico y con propensión a contar chistes. Nos recibió en el vestíbulo del hotel, nos explicó la programación prevista según el tipo de viaje que tuviéramos contratado, las excursiones alternativas y una serie de recomendaciones a tener en cuenta, como el cuidado en las aglomeraciones ya que abundaban los carteristas.

Iniciamos un circuito en autobús para conocer los lugares más emblemáticos de San Petersburgo: la conocida Perspectiva Nevski (la más conocida avenida de la ciudad), plazas, palacios (pasamos por delante de algunos impresionantes, como el Palacio de Invierno, canales… Muchos los habíamos visto la noche anterior, pero de día parecía un paisaje totalmente nuevo. La pena es que la lluvia y el frío deslucían el paseo, aunque al adentrarnos en el barrio Dostoyevski parecía que nos habíamos trasladado a alguna de sus novelas y el tiempo era perfecto para retrotraernos al ambiente y a los personajes que describía en sus textos; nos bajamos para entrar en el mercado central, el mercado Kuznechny, que a pesar de ser domingo estaba abierto, aunque poco concurrido y también entramos en una iglesia que estaba celebrando una misa ortodoxa. No permanecimos mucho tiempo allí por respeto y porque, también hay que decirlo, son demasiado largas y pesadas.

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El autobús nos llevó hasta la fortaleza de Pedro y Pablo, construida en tiempos de Pedro el Grande, donde se encuentra también la catedral de San Pedro y San Pablo, con su enorme cúpula dorada,  y el Museo de Historia.

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Visitamos la catedral, en la que se encuentran las tumbas de casi todos los zares, incluidas las de la familia Romanov, cuyos restos fueron trasladados hasta aquí en 1998. Finalizada la visita a la fortaleza subimos al autobús, que continúa el recorrido por la ciudad. Pasamos al lado del crucero Aurora, hoy un buque museo, que el 25 de octubre de 1917 (en realidad, el 7 de noviembre según el calendario gregoriano), con un disparo de cañón, dio la señal para el asalto al Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares, con lo que dio comienzo la revolución bolchevique.

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Termina la visita panorámica, sigo sin encontrarme bien y no puedo comer, por lo que dejo a Carmen en el comedor y subo a la habitación. Pasadas un par de horas parece que me repongo y como la tarde ha mejorado, decidimos dar un paseo para despejarme por la avenida Macaroba. El hotel Marriot Courtyard está muy bien situado, al lado de uno de los brazos del río Neva, que desemboca en el Báltico, en el golfo de Finlandia, formando un delta. El recorrido es precioso, la tarde luminosa, apenas se veía una nube en el cielo. Llegamos a una plaza con un parque al lado del río donde varias decenas de parejas de todas las edades bailaban al son de la música que salía de un equipo que alguien había llevado. Seguramente es una costumbre que se lleva a cabo todos los domingos por la tarde. Como soy muy mal bailarín no me atrevo a bailar y Carmen me lo reprocha. Pero como tengo mala cara porque llevo un par de días con diarrea y sin comer y, sobre todo, porque el nivel de las parejas es muy alto, como si todas hubieran ido a clases de baile, no hace más comentarios. Enfrente tenemos el Palacio de Invierno, es decir, el edificio principal del Museo del Hermitage y, aunque me apetecía seguir el paseo, vemos que unas nubes amenazadoras se van acercando desde el mar, por lo que decidimos volver al hotel. Menos mal, porque nada más entrar, comenzó a llover de forma copiosa, incluso con truenos y relámpagos. Por la noche me atrevo a cenar algo porque parece que me encuentro mejor. Creo que fue un error.

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Al día siguiente el tiempo sigue frío y lluvioso. Apenas he dormido y mis visitas al baño durante la noche han sido frecuentes. San Petersburgo está siendo una tortura. Una pena porque hoy por la mañana tenemos una excursión a la ciudad de Pushkin y a Pavlovsk, el palacio de Pablo I y a los jardines de Catalina. Como todo lo que hemos visto hasta ahora, tanto el exterior como el interior son un ejemplo de por qué los rusos se rebelaron en 1917. Era imposible aguantar el despilfarro, la ostentación y la riqueza de los zares y de la nobleza rusa mientras el pueblo se moría de hambre (véase, si no, el artículo sobre Los lujosos palacios de los zares en San Petersburgo) y, encima, los habían empujado a morir en la I Guerra Mundial. Lo dicho, tuvieron mucha paciencia y aguantaron mucho.

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El palacio es realmente espectacular. Y resulta todavía más sorprendente cuando nos cuentan que en el año 1944 fue prácticamente destruido por los alemanes, que montaron allí un centro de operaciones y que, cuando tuvieron que irse por la derrota, lo incendiaron. El proceso de reconstrucción fue muy costoso, pero el resultado es magnífico. Las salas con diferentes decoraciones, estilos y obras (egipcio, italiano, griego…) proporcionan un conjunto variado pero muy armonioso. El control dentro del palacio es absoluto: tienes que ponerte unas protecciones en los zapatos para evitar rallar el suelo y siempre hay algún vigilante, generalmente mujeres, que están pendientes de que no te acerques a los objetos ni roces absolutamente nada. Cuando salimos a los jardines apenas pudimos pasear por ellos porque estaba lloviendo y era desagradable recorrerlos bajo los paraguas.

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Como teníamos la tarde libre, nuestra primera intención fue la de aprovechar para recorrer las calles y canales de San Petersburgo. Pero el tiempo seguía muy desapacible, con una lluvia continua y con frío y aunque estuvimos tentados de regresar al hotel después de comer en un restaurante a las afueras de San Petersburgo (los que pudieron comer, claro, porque yo seguía a dieta), la guía nos ofreció la alternativa de dejarnos en un conocido centro comercial, la Galería, para terminar de comprar y gastarnos los rublos que todavía teníamos. Para aquellos que le gusten las compras (yo no soy uno de ellos, por cierto) este centro, con cinco plantas y una gran cantidad de tiendas, es un auténtico paraíso. O un infierno, porque las tentaciones son demasiado grandes. Menos mal que allí también había baños, y fue una de las primeras cosas que comprobé. Durante un par de horas, recorrimos la mayor parte de la Galería y nos hicimos fotos delante de una exposición de coches americanos (si Lenin o Stalin levantaran la cabeza…). Como habíamos quedado a una hora determinada con dos parejas de argentinos y un par de mujeres mallorquinas, decidimos, tras votación, regresar en taxi (los hombres queríamos hacerlo en metro, porque nos habían dicho que, sin ser tan espectacular como el de Moscú, el metro de San Petersburgo tiene también algunas estaciones dignas de visitar). Pero no pudo ser, porque las mujeres eran mayoría y ellas no querían aventuras y prefirieron el taxi. Como nos dijo una vez Olga, la guía “A mí no me gustan las votaciones, porque siempre gana Putin”. Pues eso. Y aquí también se demostró que los argentinos están acostumbrados al regateo, porque una de ellas, tras varios intentos, consiguió dos taxis que nos acercaron al hotel, que estaba bastante alejado, por 600 rublos cada taxi (unos 7 euros). Como la Galería estaba cerca de la Perspectiva Nevski, la volvimos a recorrer y volvimos a recrearnos, pues tanto los edificios como su iluminación nunca dejan de sorprender.

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En el hotel dejé a Carmen en el restaurante y yo me subí, después de coger un yogur y una botella de agua, a la habitación. Otro día a dieta.

La última jornada fue muy intensa, demasiado, diría yo. Menos mal que esta vez el tiempo nos acompañó y pudimos disfrutar sin paraguas. Por la mañana, visita al Palacio Peterhof, en pleno golfo de Finlandia, a unos 30 km de San Petersburgo. El viaje de ida lo hicimos en autobús y el de vuelta en un barco rápido que tardó poco más de media hora en acercarnos a uno de los muelles que estaban cerca de nuestro hotel. El conjunto del palacio y de los jardines es Patrimonio de la Humanidad y no me extraña, porque es realmente extraordinario y si alguna vez vais a San Petersburgo no dejéis de visitarlo. A este palacio le pasó lo mismo que al de Pavlovsk, también fue casi derruido por los alemanes y reconstruido piedra a piedra por los rusos (los alemanes no son precisamente amiguitos de los rusos, como podréis ver). Peterhof es otra muestra del estilo barroco que tanto gusta por estos lares, mucho pan de oro, mucha rocalla, muchas florituras, muchas salas parecidas a las de Versalles (no en balde llaman a este palacio el Versalles ruso), muebles valiosos, espejos, lámparas…

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Pero lo que más llama la atención son los jardines y las fuentes, sobre todo estas últimas, ya que conforman, según comentó Olga, el complejo de fuentes más grandes del mundo, con una extensión de más de 100 hectáreas.

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Después de un paseo agradable, por fin, por los jardines, admirando la variedad y cantidad de fuentes, el regreso en barco nos permitió contemplar San Petersburgo de lejos, con la imponente Torre Gazprom o Lakhta Center, el rascacielos más alto de Europa, y el futurista estadio de fútbol del Zenith, actualmente el mejor equipo de Rusia, construido para el recientemente celebrado campeonato del mundo de fútbol. La comida fue en un restaurante típico ucraniano y esta vez me atreví con una sopa.

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Y por la tarde, la traca final, que nos supo a poco: El Hermitage. Había leído y visto mucho sobre este museo, uno de los mejores y más visitados del mundo, pero la realidad superó a las expectativas. En realidad, el museo consta de cinco grandes edificios unidos entre sí, aunque el principal y más conocido es el Palacio de Invierno. Desde la majestuosa escalera que permite acceder a la primera planta, a las grandes salas, cuadros, esculturas, decoración… Hubiera sido una auténtica gozada sin los millones de asiáticos que pululaban por pasillos y salas, impidiendo ver los cuadros. Sólo estuvimos un par de horas, contemplando únicamente las obras más conocidas. Pero la visita al Hermitage precisa de mucho más tiempo, no sólo por las obras de arte que alberga, sino también por la belleza del palacio en sí, porque techos, paredes, lámparas, todo, constituyen también una obra de arte.

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Salimos del museo mareados y abrumados por tanta belleza (me acordé del síndrome de Stendhal porque a punto estuve de padecerlo, quizás también influido por mi estado físico), comentando todo lo que habíamos visto, lamentando la dificultad para verlo con tranquilidad y prometiéndonos volver para seguir admirando todo lo que encierra en su interior.

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Con pena nos montamos en el autobús, porque con esta visita habíamos terminado realmente el viaje. Sólo nos quedaba regresar al hotel, hacer las maletas, comer algo, yo tomando líquidos, naturalmente porque no quería arriesgarme a que en el viaje de vuelta montara un número en los aviones, e intentar descansar un poco porque, aunque la salida de nuestro avión (recuerdo: San Petersburgo-Munich-Madrid-Sevilla) era a las 5,45 de la madrugada, nos venían a recoger al hotel a las 2,45. Yo fui capaz de dormir un par de horas, que me sentaron muy bien.

Nada reseñable que decir del viaje de regreso, sólo la pesadez de los aeropuertos y estaciones, así que hasta la próxima.

Viaje a Rusia (II): Moscú

El viaje de ida. De Sevilla a Domodedovo

Como dije en la introducción, cualquier viaje necesita de anécdotas, de complicaciones, de situaciones difíciles (siempre dentro de un orden, claro), que son la salsa, el condimento indispensable para que el conjunto final sea inolvidable y sobresalga de otras experiencias viajeras. Por ejemplo, en el viaje a Nueva York nunca se nos olvidarán los prolegómenos, la angustia de no saber, unos días antes, si lo podríamos realizar porque la agencia de viajes no nos confirmaba uno de los traslados y todo estaba en el aire, la madre de Manoli se cayó, se rompió la cadera y la tuvieron que operar, Juan Estaban, con una medio pulmonía que no terminaba de curarse, yo con gastroenteritis aguda y perdiendo kilos sin parar… Sin embargo, todo se solucionó y el viaje fue un completo éxito.

Pues este viaje a Rusia también tiene sus anécdotas. Pasaré por alto las inclemencias meteorológicas (nada importantes teniendo en cuenta que el país tiene fama de frío y lluvioso fuera del verano) o el criminal horario de los viajes (en la ida, salir de Sevilla en AVE a las 6,45 de la mañana y llegar a Moscú a las 23,50, o sea, 17 horas, casi como si fuéramos a Australia y en la vuelta, salir del hotel de San Petersburgo a las 2,30 de la madrugada para llegar a Sevilla a las 15,10) que me temo fue una mala planificación por parte de la agencia de viajes y también por mi parte, que no eché mucha cuenta y me conformé con lo que me presentaron.

La primera anécdota ocurrió nada más pisar suelo ruso, en el aeropuerto Domodedovo de Moscú, uno de los tres aeropuertos internacionales que tiene esta ciudad. Resulta que es el más alejado, a más de 40 km y desde el que se tarda más tiempo en llegar al centro de Moscú. Nada más recoger las maletas, nos dirigimos a la salida, esperando encontrar al conductor que, con nuestros nombres en un cartel, nos llevaría hasta el hotel. Había unos diez o doce carteles, pero en ninguno figuraba nuestro nombre ni el de la agencia de viajes. Nos dedicamos a recorrer la gran sala, por si se hubiera despistado, pero no había ni rastro. Y aquí empezaron las elucubraciones: doce de la noche, no saber hablar ni ruso ni inglés, tirados en un aeropuerto desconocido, en un país desconocido, sin otros viajeros que nos acompañaran… La sala comenzó a vaciarse y ya sólo quedábamos seis o siete personas. No suelo ponerme nervioso, pero la situación amenazaba con derivar en un ataque de nervios. Ya estaba a punto de llamar a un teléfono que la agencia de viajes me había dado para caso de emergencias (y aquella, a fe mía que lo estaba pareciendo), cuando vemos aparecer corriendo a un hombre joven, bajo y musculoso, con una camiseta negra y el pelo cortado casi al cero, con un pequeño cartel que levantaba y en el que podía leerse C.Lobo +1, por lo que deduje, aliviado, que se refería a nosotros (mi mujer se llama Carmen Vázquez Lobo y yo lógicamente, era el +1). Nos dirigimos hacia él hablándole en castellano y por señas y comprendió, porque para eso los españoles sabemos comunicarnos perfectamente sin saber idiomas, que éramos sus clientes. Agarró una de las maletas y sin decir ni una palabra dio media vuelta y salió de la terminal, atravesó varios aparcamientos a toda velocidad mientras hablaba por teléfono y llegó a un coche negro, un Toyota híbrido con buena pinta. Nosotros íbamos detrás casi sin aliento y procurando no perderlo de vista. Sin dejar de hablar por teléfono en ruso, metió el equipaje en el maletero, nos indicó que subiéramos a los asientos de atrás y arrancó.

El coche salió del aeropuerto y se metió en una autopista mal iluminada, con poco tráfico y fueron pasando los minutos. No se veía absolutamente nada a un lado y a otro de la carretera. De vez en cuando se adivinaba algún edificio. El hombre, con el manos libres, llamaba o recibía llamadas y seguía comunicándose con alguien. Aquello pintaba mal: ¿habríamos sido secuestrados por la mafia rusa y pedirían un rescate por nosotros? ¿Estaría hablando con sus camaradas para robarnos y dejarnos tirados en algún arcén apartado? Carmen me miraba asustada y yo fingía estar tranquilo, aunque en el fondo no las tenía todas conmigo. ¿Y si C.Lobo +1 no éramos nosotros y el auténtico conductor estaba esperándonos en el aeropuerto? ¿Y si los del hotel estuvieran compinchados con el conductor y todo formara parte de un plan perfectamente organizado? Mientras mi nerviosismo iba incrementándose, esperando que en cualquier momento el ruso saliera de la autopista y nos metiera en una carretera secundaria, comprobé con cierto alivio que iban apareciendo cada vez más edificios iluminados, que la circulación se iba incrementando y que el conductor había dejado de hablar por teléfono y miraba cada vez con más insistencia la pantalla del GPS que tenía delante.

Las primeras barriadas periféricas de lo que yo ya podía asegurar que era Moscú fueron apareciendo. Carmen y yo nos miramos y pudimos empezar a hablar con cierta tranquilidad, porque hasta ese momento habíamos permanecido en silencio, sumidos en las más negras elucubraciones. En determinado momento, cuando ya llevábamos más de media hora de viaje, salimos de la autopista y empezamos a circular por grandes avenidas, bien iluminadas y con un tráfico bastante denso para la hora que era. A lo lejos observamos un grupo de rascacielos que yo había visto en televisión cientos de veces y que están situados en la barriada financiera de Moscú.

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A partir de ese instante sabía que no tendríamos problemas. Y así fue, ya que unos diez minutos después llegamos al hotel, el Renaissance Monarch Centre, un excelente hotel en el que nos alojamos tres noches. Sin decir palabra, el conductor entró con las dos maletas grandes en el vestíbulo del hotel, saludó a una mujer joven que le estaba esperando con un cartel de la mayorista de viajes GoingRussia, la que nos acompañaría a lo largo de toda nuestra estancia en las dos ciudades, y con un simple apretón de manos se despidió de nosotros y desapareció rápidamente. La muchacha, en perfecto castellano, nos saludó y fue con nosotros hasta la recepción, donde entregamos la documentación, y nos indicó que, a las nueve de la mañana, allí mismo, se celebraría la reunión informativa con la guía que nos acompañaría en Moscú. Por cierto, allí conocimos a nuestros primeros compañeros de viaje, una pareja que vive en Alicante aunque son de Albacete. Por fin contactamos con compatriotas y pudimos relajarnos definitivamente. Subimos a la habitación, muy grande y muy bien equipada y, cerca de las dos de la madrugada, nos quedamos dormidos. Para ser el primer día, la experiencia no había estado mal.

Tres días en Moscú

Después de desayunar con un buffet de bastante calidad y muy abundante, nos dirigimos al vestíbulo donde ya había unas treinta personas, todas hablando castellano pero con acentos muy diferentes, pues además de catalanes, mallorquines, madrileños y de otras partes de España, había una buena representación de argentinos, uruguayos, salvadoreños y mexicanos (dos chicas jóvenes mexicanas, Paulina y Daniela, con las que congeniamos mucho). Además, había también cinco o seis portugueses que formaron parte del grupo durante todo el viaje, aunque en San Petersburgo se alojaron en otro hotel.

La guía, una mujer joven típicamente rusa, o por lo menos a mí me lo pareció, era grande, robusta, rubia, sonriente, y se llamaba Anastasia. Y cuando subimos al autobús nos presentó al conductor, Vladimir. Con esos nombres, más no se podía pedir para empezar nuestro viaje por Moscú. Sólo faltaba algún miembro de la KGB para completar el cuadro, aunque, ¿pudiera ser que Anastasia o Vladimir fueran de la KGB o como se conoce actualmente, la FSB? Nunca lo pudimos averiguar, pero por si acaso procuramos no decir ni hacer nada sospechoso.

Primero realizamos una visita panorámica en la que pudimos apreciar, además de grandes edificios y amplias avenidas, que Moscú tiene muchas zonas verdes, muchos parques. Después de recorrer la Plaza Roja, con el Kremlin (que visitaríamos al día siguiente), los Almacenes Gum (la encarnación del capitalismo más puro en uno de los lugares más emblemáticos del comunismo), donde entramos a admirar la arquitectura de pasillos y puentes y las exclusivas tiendas, además de tomarnos un café en la cafetería Bosco (donde nos rascaron 1200 rublos, unos 15 euros, por dos cafés y una botella pequeña de agua), las Iglesias de San Basilio y de Kazán, en lsa que también entraríamos al día siguiente, el mausoleo de Lenin (en el que no entramos porque había que hacer una cola de más de tres horas), seguimos con el autobús hasta el parque Victoria. Allí se encuentra el Museo de la Gran Guerra Patria, como allí denominan a la Segunda Guerra Mundial, así como un gran obelisco lleno de simbolismos guerreros como la estatua de la diosa Nike o un santo alanceando un dragón. Ya he dicho que si hay algo que caracterice a este pueblo es la exaltación de sus victorias, sobre todo contra los franceses y contra los alemanes, que repiten y conmemoran continuamente.

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Después nos llevaron a una tienda para que comprásemos los típicos recuerdos (matrioskas, ámbar, camisetas, gorros, etc.) donde nos recibieron con vasos de vodka, que alegraron el ánimo y nos predispusieron para gastarnos los ahorros. Sobre las dos de la tarde nos llevaron a un céntrico restaurante donde iniciamos las relaciones con nuestros compañeros de viaje. Siempre se ha dicho que las comidas son una buena manera de conocer a las personas, de establecer relaciones, de cerrar acuerdos. También en esta ocasión se demostró, ya que nos sentamos a comer con Paulina y Daniela, dos jóvenes amigas mexicanas que nos contaron su viaje desde México DF hasta Rusia y que después continuarán por otras ciudades europeas. Pudimos comprobar que casi todos los turistas que provienen de América aprovechan para conocer diferentes países, lo que es lógico dadas las distancias; realizar un viaje de tantas horas para estar sólo una semana en uno o dos lugares no merece la pena. En otras comidas conocimos a varias parejas argentinas que nos hablaron de los problemas que acucian actualmente a su país; unos apoyaban a Macri y otros a Cristina Kirchner, unos eran de Boca, otros de River y alguno de Independiente. Y todos, casi sin excepción, de Messi y del Barça, qué se le va a hacer.

Terminamos el primer día, por la tarde, en otra visita obligada, el metro de Moscú. Es un auténtico espectáculo, un museo subterráneo que tendría que dejar boquiabiertos a los moscovitas cuando se inauguró a mediados de los años treinta del siglo XX y que nos sigue admirando a los foráneos. Recorrimos varias líneas y nos bajamos en cinco o seis estaciones, cada una de ellas semejante a un museo de pintura o de escultura. Imprescindible. Y sobre todo, a pesar de los caracteres cirílicos, relativamente fácil de manejar.

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El día 14 de septiembre amaneció espléndido, con un cielo azul inmaculado y una temperatura muy agradable. Visitamos el Templo de Cristo Salvador, una perfecta recreación del edificio original, que fue demolido en 1931 y que comenzó a ser reconstruido en 1995. Es una iglesia cuyas cúpulas doradas pueden verse desde casi toda la ciudad y que alberga preciosos iconos, retablos, cuadros murales y bóvedas que compiten en belleza con cualquier catedral occidental. Desde allí, en autobús, nos acercamos hasta el Kremlin, en el que entramos alrededor de las doce de la mañana. Miles de chinos (o coreanos, que no soy capaz de distinguirlos) haciendo cola, empujando, gritando como posesos. Acostumbrado a la educación japonesa, es difícil reconocer en ellos la tan renombrada cortesía oriental. Los europeos en general y los hispanohablantes en particular parecíamos monjas ursulinas a su lado. La misma guía se indignó varias veces por los modales, mejor dicho, por la falta de modales de los mencionados chinos. Y así a lo largo de todo el viaje.

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El Kremlin me decepcionó. Primero tuvimos que pasar una serie de controles exhaustivos. Y después, aunque no esperaba que nos dejaran entrar en las dependencias, sólo pudimos pasear, y de forma muy limitada, por los espacios que separan los edificios. Y todo ello sin salirnos de unas líneas marcadas en el suelo, porque siempre había algún guardia que rápidamente llamaba la atención. Pasamos al lado del cañón y de la campana más grandes del mundo (lo dicho, todo lo tienen más grande, con perdón) y para finalizar entramos en dos de las cinco catedrales que hay en el Kremlin: la de la Anunciación (o de la Dormición, como la llaman ellos) y la del Arcángel, que por su belleza hacen que merezca la pena la visita al Kremlin. Tanto por dentro como por fuera llama la atención la riqueza y la exuberante decoración, llena de dorados y de iconos bizantinos. Nos dimos cuenta, y la guía nos lo confirmó, que el pueblo ruso es, en general, muy religioso y la iglesia ortodoxa tiene bastante poder e influencia. Los años de la revolución soviética no lograron impedir que la tradición religiosa se olvidara en un pueblo que durante siglos observó con devoción los preceptos de su religión.

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Al salir, aprovechamos que teníamos una hora libre para visitar el interior de la iglesia de San Basilio. Por fuera parece una tarta de colores y por dentro es todavía más curiosa, pues está formada por una serie de iglesias o capillas más pequeñas unidas por estrechos pasillos, como un pequeño laberinto decorado no con tanta riqueza como las iglesias del Kremlin, pero sí con mucho gusto y la típica ornamentación ortodoxa.

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Por la tarde visitamos un museo del que nunca había oído hablar, el museo o galería Tretyakov, un rico comerciante ruso que se dedicó a coleccionar obras de arte, principalmente pinturas de artistas rusos de los siglos XVIII y XIX. Aunque no llega a la calidad de la mayor parte de los museos de pintura occidentales, tiene algunas obras de notable valor artístico y que, en general, nos gustaron.

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Finalizó nuestra estancia en Moscú el día sábado día 15. Cargamos las maletas en el autobús, pues por la tarde saldríamos hacia San Petersburgo y nos dirigimos hacia Sergiev Posad, un pueblo situado a unos 70 km. donde se encuentra el monasterio de la Trinidad y de San Sergio, el centro espiritual de la iglesia ortodoxa rusa, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Tardamos cerca de dos horas en llegar pues había muchísimo tráfico. Según parece, a los moscovitas les gusta salir los fines de semana, muchos de ellos a sus dachas o casas de campo familiares.

La verdad es que merece la pena esta visita, pues aunque ya estábamos un poco cansados del número de iglesias que habíamos visto, este conjunto monumental sobresale, no sólo por el contenido de las mismas, sino por la gran cantidad y variedad de peregrinos que, venidos de toda Rusia, pasaban mucho tiempo para rezar a sus vírgenes y santos. Casi todas las mujeres llevaban un velo que les tapaba la cabeza, encendían y colocaban velas en lugares destinados a ello y escribían sus peticiones (consistentes en el nombre de las personas a quienes querían beneficiar) en pequeñas hojas que introducían en unas cajas y que después los sacerdotes, durante la misa, leían en voz alta. Por eso las misas ortodoxas, no sólo aquí sino en cualquier otra iglesia, tenían una duración de unas dos horas y media. El paseo por las instalaciones del monasterio es muy atractivo, no sólo por las iglesias, sino por los jardines y espacios que, a pesar de la gran cantidad de personas que hacíamos la visita, estaban impregnados de tranquilidad y silencio.

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Para terminar nuestra estancia en Moscú, una vez finalizada la visita a Sergiev Posad, el autobús nos llevó hasta un barrio de Moscú, Izmailovo, que para los sevillanos podría compararse a Sevilla Este. Comemos en uno de los cinco grandes hoteles (con nombres de las letras del alfabeto griego, Alfa, Beta, Delta…) que allí hay, quizás la mejor comida hasta ahora. Nada más terminar de comer nos fuimos a uno de los mercadillos más extraordinarios que conozco. No soy muy amigo de comprar en ese tipo de sitios, porque generalmente la calidad deja mucho que desear, pero sí me gusta el ambiente, los gritos de los vendedores, la variedad de productos que se venden. Pero éste supera a todos los que conozco, no sólo por los cientos de puestos en los que se puede encontrar prácticamente de todo, desde los más corrientes souvenirs hasta los más sofisticados abrigos de visón (aprovechamos para comprar casi todos los regalos que teníamos pensado llevar a nuestros hijos y a mi madre), sino porque tiene unos precios muy asequibles. Intentamos regatear, porque la guía nos había dicho que, con un poco de suerte, podríamos rebajar el precio inicial, pero apenas tuvimos suerte. Nos llamó la atención la gran cantidad de antigüedades, objetos de arte y de la antigua Unión Soviética, desde pistolas (supongo que fuera de uso) pasando por insignias, gorros, ropa militar, hasta viejas fotografías y libros de y sobre los mandatarios soviéticos.

El mercado se encuentra dentro de un recinto llamado el Kremlin de Izmailovo, una construcción amurallada en la que hay edificios de madera pintada con cúpulas encebolladas, torres puntiagudas, pasillos, puentes y calles que, a diferentes alturas, organizan los cientos de puestos, así como restaurantes, plazas donde se suceden actuaciones, fuentes… Y muchas bodas. Estos rusos se casan mucho y muy jóvenes, eneso no nos parecemos los españoles, que nos casamos cada vez más tarde, y aprovechan que allí se encuentra el Palacio de Bodas, que se complementa con la gran cantidad de salones donde terminar la celebración.

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Comencé a sentirme mal, con retortijones y náuseas, y tuve que salir de prisa y volver al hotel donde habíamos comido. Lo achacamos a algo que habíamos desayunado, porque había pasado muy poco tiempo de la comida para que el efecto fuera tan rápido. El autobús nos llevó otra vez a nuestro hotel, que estaba relativamente cerca de la estación. Allí se estaban celebrando otras dos bodas, o sea, una auténtica epidemia. Y allí aprendimos otra cosa de los rusos. La guía nos comentó que en lugar de gritar a los recién casados “¡que se besen, que se besen! como es costumbre en España, se dice “¡gorku, gorku!” que significa amargo, para indicar que, fuera de los besos, todo es amargo y conseguimos que, tras varios intentos y con todos los turistas gritando, los novios se besasen.

El final del día en Moscú y el viaje en el tren rápido a San Petersburgo fue casi una pesadilla. Entre los miles de chinos que también viajaban con nosotros, sus empujones y gritos, el control de equipajes, la caminata hasta nuestro vagón, que era uno de los más alejados, el continuo trasiego hasta los baños, etc., la despedida de la capital rusa no fue la más apropiada ni la deseada. Menos mal que en uno de los momentos de tranquilidad, salí a uno de los descansillos entre los vagones y tuve una charla muy animada con uno de los argentinos y un salvadoreño. Hablamos de política, tanto de la nuestra como de la suya, que está pasando por unos momentos delicados y también de fútbol, cómo no. Cuando llegamos a San Petersburgo, ya de noche cerrada, salimos sin problemas de la estación y pudimos admirar la ciudad, sus grandes avenidas iluminadas, sobre todo la Perspectiva Nevski, de más de cuatro kilómetros que recorrimos prácticamente en su totalidad y la gran cantidad de plazas, canales y puentes que recorreríamos en los próximos días. A pesar del mal cuerpo, la visión me reconfortó y cuando llegamos al hotel, céntrico y no demasiado alejado del Palacio de Invierno, mi humor había cambiado y esperaba que los próximos días mejorara mi salud.

Viaje a Rusia (I): Introducción

¿No avanzas tú, Rusia, como una troika a la que nadie puede dar alcance? Se alzan nubes de polvo por donde tú pasas, retiemblan los puentes y todo lo dejas atrás. El espectador se detiene pasmado por ese milagro de Dios. ¿No es un rayo que cayó del cielo? ¿Qué significa ese terrorífico movimiento? ¿Qué ignorada fuerza encierran para el mundo esos desconocidos corceles? Ah, corcelas, corceles. ¿Lleváis un torbellino en vuestras crines? ¿Lleváis un sensible oído en cada una de vuestras fibras? Oyen la familiar canción que les llega de arriba, ponen en tensión al unísono los pechos de bronce y, casi sin rozar el suelo en los cascos, convertidos en una alargada línea, vuelan por el aire y avanza la troika impulsada por el hálito divino… ¿Adónde vas, Rusia? Responde. No contesta. Se oye el portentoso son de la campanilla. Resuena y se convierte en viento el aire rasgado a su paso. Pasa de largo todo cuanto hay en la tierra, miran, se apartan y le ceden el camino otros pueblos y naciones.

Almas muertas. Nicolai Gogol

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Antes de emprender un viaje suelo informarme bien sobre los países y las ciudades que visito. No sólo el clima, los monumentos, los transportes, los museos, los horarios, las calles o los restaurantes, sino también cómo son las costumbres habituales: si se saluda dando la mano, dando uno o dos besos, sonriendo o con una reverencia; de qué se puede y no se puede hablar, qué está prohibido o se considera de mal gusto, qué está bien visto… Es una costumbre que todos los turistas o los viajeros deberían tener porque así se evitan sorpresas y situaciones desagradables y facilitan el contacto con los ciudadanos nativos; nunca se sabe cuándo y cómo los necesitaremos; no hay cosa que más me moleste que los que nos visitan me miren como a un bicho raro, como si fuera un espécimen a estudiar con una lupa o bajo un microscopio.

Las tradiciones, la historia y la cultura conforman una malla en la personalidad de los ciudadanos de un país que suele diferenciarlos de cualquier otro. Aunque se habla mucho de globalización, y es verdad que cada vez nos parecemos más gracias o por desgracia, depende, a Internet y a todas las tecnologías que nos permiten reconocernos en el metro de París o en una aldea de la Patagonia, cada pueblo tiene una idiosincrasia que proviene de siglos de educación, de repetición de usos y costumbres, de ver en nuestra familia y a nuestro alrededor gestos o frases que nos han ido moldeando. Hablar a gritos o en susurros, comer o andar de una determinada manera, pedir las cosas por favor o mediante órdenes, querer destacar o pasar desapercibido, preferir la soledad o la compañía, etc., son características que suelen explicar la procedencia de unos y otros. Siempre hay excepciones, siempre nos podemos equivocar, a veces se han creado imágenes falsas de determinados países y de sus habitantes. Por eso es bueno, yo diría que imprescindible, viajar para comprobar si es cierto lo que se cuenta y para relativizar los conceptos. Y también para comparar, para saber si lo nuestro es tan bueno o mejorable y si las típicas frases “en España se vive mejor que en ningún lado” o “la mejor comida es la española” o al revés, “los españoles no tenemos ni educación ni cultura” tienen algún sentido.

Además de las recomendaciones que realiza el Ministerio de Asuntos Exteriores, suelo leer diferentes guías de viaje como la de Civitatis o Lonelyplanet , opiniones en blogs de viajeros y blogs de nativos del país que voy a visitar para conocer de manera más precisa aquello que nos vamos a encontrar, como por ejemplo el blog del bloguero ruso Raymond Saint que dice, entre otras cosas en Rusia resulta peligroso sonreír a personas desconocidas en la calle. La ‘sonrisa americana’ se considera falsa y da rabia a los rusos. Una cara sombría provoca más confianza porque revela los apuros cotidianos que sufre todo el mundo o también en Rusia no es peligroso pasear por las calles y la idea generalizada de que es un país inseguro no es más que un mito. O sea, hay que ir siempre serio por la calle, no vaya a ser que los rusos se enfaden, y podemos dar un paseo por los alrededores del hotel si no tenemos sueño, aunque sean las tres de la madrugada. Preguntaremos allí a los guías y en el hotel, no sea que el bloguero ruso se haya reído de todo el mundo y a ver quién le pide responsabilidades después.

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Una vez leído todo lo anterior, de haber releído a Tolstoi y Dostoievsk  y después de hablar con algunos amigos que ya visitaron Moscú y San Petersburgo, puedo hacerme una idea bastante aproximada de lo que me voy a encontrar. Pero sé que todo es muy subjetivo, que las opiniones varían en función de las experiencias previas, de la agencia de viajes contratada, de los hoteles elegidos, de las excursiones realizadas, de la época del año, de si los que visitaron y te hablan del país lo hicieron hace mucho o hace poco tiempo. Total que, aunque ya sé mucho, temo que tampoco sé demasiado.

Carmen, mi mujer, y yo tenemos un grave hándicap: apenas sabemos hablar inglés. Cuando yo estudiaba bachillerato el idioma que ofrecían casi exclusivamente en los institutos era el francés y sólo unos pocos años después de terminar esos estudios fue cuando comenzó a generalizarse el inglés. Reconozco que he empezado algunos cursos, que fui un año a la escuela de idiomas en La Coruña, que me gusta la música en inglés, que me he propuesto muchas veces aprender ese idioma que es casi imprescindible para viajar…, pero es inútil. Me pasa lo mismo que con la bicicleta, no aprendí a montar de pequeño, fue pasando el tiempo y ahora me da vergüenza y algo de reparo aprender. Sé que si me lo propongo puedo adquirir un nivel que me permita defenderme, por lo menos para lo más básico, pero lo voy dejando por pereza o porque surgen nuevas actividades que me ilusionan más. Y así estamos a día de hoy (como diría mi hijo Santiago: Nota mental, aprender inglés ¡¡¡YA!!!)

Total, que como no tenemos ni idea de inglés y menos de ruso, nos dio miedo organizar el viaje por nuestra cuenta como hemos hecho otras veces y nos dirigimos a una agencia de viajes. Resultado: todo es más cómodo, más caro, menos flexible y mucho menos divertido. Aunque no me gusta dejar demasiado a la improvisación, siempre es conveniente dar algo de margen a las pequeñas aventuras, esas que, al final, suelen ser el aderezo imprescindible de cualquier viaje. Así que, después de pedir varios presupuestos y analizar diferentes propuestas, elegimos una agencia que está muy cerca de casa y que al final, era la que ofrecía la mejor relación calidad-precio.

Primero decidimos las fechas, del 12 al 19 de septiembre. Este mes es uno de los mejores para viajar a casi cualquier país en general y a Rusia en particular, sobre todo por el clima. Por cierto, en Rusia, según nos comentaron las guías, el otoño comienza el 1 de septiembre; además de los caracteres cirílicos y de otras costumbres curiosas que iremos explicando, a los rusos les encanta, por lo que se ve, diferenciarse de los demás. Y sobre todo, decir continuamente que son los mejores, los más fuertes, los más orgullosos de su historia, de sus victorias. En ese sentido tenemos mucho que aprender, porque pocos pueblos habrá tan acomplejados por la historia propia que los españoles, continuamente estamos despotricando contra hechos que en la mayor parte de los países serían fuente de orgullo, de conmemoraciones. A lo largo de todo el viaje nos encontramos estatuas y monumentos que recordaban, por ejemplo, las victorias contra Napoleón o contra los nazis alemanes. Las dos guías que nos acompañaron durante el viaje ensalzaban continuamente esos hechos históricos. Y los españoles que íbamos en el grupo nos mirábamos y comentábamos entre nosotros la necesidad de ese pueblo por demostrar su fortaleza ante los demás y el silencio de los españoles, que solemos pasar de puntillas por nuestra historia.

Y, sin embargo, el pueblo ruso y el español no son tan diferentes como dijo en su día Miguel de Unamuno: “Me interesa mucho en Rusia todo lo ruso, todo lo tradicional, lo menos cosmopolita. Yo siempre estuve convencido de que existen analogías indudables entre los caracteres español y ruso: la misma actitud hacia la vida, la religiosidad de las masas y los impulsos místicos de los elegidos. Incluso la doctrina de León Tolstoi nos es mucho más cercana que a Francia o Italia, países latinizados y demasiado paganos”. Eso se nota, entre otras cosas, por la enorme admiración y el conocimiento que los rusos tienen de D. Quijote. Me atrevería a decir que ellos lo conocen mejor que nosotros y que lo quieren más. D. Quijote y Sancho son dos personajes con los que se sienten identificados, les fascina su actitud, su desprendimiento, su gallardía, su búsqueda de la libertad. Lo leen en las escuelas y luego en sus casas. Y nosotros, pues ya se sabe, me temo que hay un porcentaje muy grande de la población que sólo lo conoce por los dibujos animados.

Termino esta introducción con consejos más prácticos y que pueden ayudar a facilitar el viaje:

  • Tramitad con mucha antelación el visado para entrar en Rusia, que ya sabéis que es absolutamente obligatorio. Es muy pesado el papeleo y tarda alrededor de un mes, como mínimo. Y, sobre todo, comprobad que los datos sean totalmente correctos; cualquier error en el nombre puede conllevar que no os dejen entrar. Son muy estrictos en ese aspecto.
  • Elegir un buen seguro médico. Además de que no puedes entrar en Rusia sin él, te puede evitar disgustos.
  • Aunque nosotros estuvimos tres días completos en cada ciudad, es recomendable estar como mínimo cuatro días en cada una. Aún así, os quedarán muchas cosas por ver.
  • En cualquier época del año, sobre todo si no es en verano, llévate ropa de abrigo, ya que hace bastante más frío que en España, especialmente por la noche.
  • No es preciso llevarse dinero ruso, rublos, ya que casi todo se puede pagar con tarjeta de crédito. Además, en casi todos los hoteles hay máquinas que cambian dólares o euros a rublos. Yo saqué dinero en un cajero automático sin problemas y el cambio es prácticamente igual al oficial. De todas formas, en la siguiente entrada hallaréis consejos sobre dónde es mejor realizar el cambio: ¿Dónde es mejor cambiar moneda extranjera?

Y encontraréis más consejos en el siguiente enlace:

Consejos para viajar a Rusia, especialmente a Moscú y San Petersburgo.

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Yo también hice un máster

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Me ha costado mucho tiempo reconocerlo porque la vergüenza y el sentido de culpabilidad me atenazaban. Siempre lo he mantenido en silencio, oculto y únicamente mi familia más cercana lo sabe, pero les había hecho prometer, jurar incluso, que no dijeran nada. Durante catorce años, catorce largos años, el secreto no ha salido a luz, lo cual es realmente milagroso. Sé que hay personas que han investigado, que han utilizado los más sórdidos recursos y las estratagemas más odiosas para averiguar la verdad. Noches y noches enteras sin dormir, días y días pegado a la televisión, a la radio, al teléfono, esperando el fatídico momento en que algún avispado periodista o un amigo traidor que hubiera sonsacado o sospechado algo, acabaran por delatarme, por encontrar un resquicio, una prueba. A veces, algunos comentarios aislados me hacían temer lo peor, que alguien se hubiera ido de la lengua, pero al final mis temores eran siempre infundados. Hasta ahora nadie había sabido nada.

Pero ya no puedo más. He envejecido prematuramente, mis cabellos se han cubierto de canas, la tristeza se ha apoderado de mi mirada y una continua opresión se ha instalado en mi pecho. Mi mujer y mis hijos sabían lo que me pasaba y, sin embargo, siempre estaban a mi lado con una frase, una caricia, un silencio a tiempo. Nunca podré agradecerles suficientemente su apoyo, las palabras de ánimo, el saber mantener la boca cerrada a pesar de que, seguramente, les habrán ofrecido mucho dinero o muchas prebendas por una mínima prueba, por un documento que me delatara. La familia es lo único que se puede salvar en un mundo traidor, envidioso, cruel, que busca hundir a aquellos que sobresalen un poco. Los enemigos buscan tu caída, cuanto más estrepitosa y humillante, mejor; pero tus amigos pretenden lo mismo y aunque delante de ti se muestren apesadumbrados y te apoyen, la verdad es que se alegran porque así podrán ocupar tu lugar y deshacerse de alguien que les impida crecer o alcanzar mejores puestos.

Así que, después de meditarlo mucho, de consultarlo con la almohada, con mi mujer y mis hijos, hoy he decidido contar la verdad, lanzarla a los cuatro vientos, publicarla en las redes sociales, llamar a la prensa y mostrar las pruebas: en el curso 2003-2004 hice un Máster de Nuevas Tecnologías Aplicadas a la Educación. En abril de 2004, después de haber realizado todas las actividades que mi tutor me indicaba, aunque nunca discutí con él la facilidad de alguna de ellas, haber aprobado todos los módulos, trece en total, a pesar de que no asistí ni una vez a una clase presencial, aunque en mi descarga diré que era un máster on line organizado por la UOC, Universidad Oberta de Catalunya (más oprobio y vergüenza, una universidad catalana, no sé si cercana al independentismo, vade retro), entregué el Proyecto Final de Máster titulado “La formación de asesores y asesoras de Andalucía en Tecnologías de la Información y la Comunicación”. Elegí ese tema porque en ese momento, más oprobio, más vergüenza, no sé si podré salir de todo esto, era el Jefe del Subprograma de Formación del Profesorado de Andalucía, es decir, el coordinador de los centros del profesorado andaluces y responsable, entre otras cosas, de que los asesores y asesoras de dichos centros estuvieran bien preparados. En junio de 2004 defendí el Proyecto, también de manera on line. Me encerré en el estudio, me conecté a la UOC vía Internet y con una webcam, durante una hora contesté a las preguntas del tribunal, tres o cuatro profesores, no recuerdo bien, que intentaron ayudarme lo más posible y que, al final, me dieron un notable alto y meses después, la UOC me envió el título, que, nada más recibirlo, guardé bajo siete llaves en un rincón del trastero.

Por fin he confesado. Al fin estoy libre y podré dormir tranquilo. Y puedo decir, sin rubor y con cierto orgullo, que no he querido esperar a que un periódico sacara a la luz la noticia. No sé si recibí trato de favor, si alguien manipuló las notas, si realicé todos los trabajos que se requerían para aprobar, si al final me dieron una calificación mayor de la que merecía. Yo sólo hice lo que me dijo mi tutor y el director del Máster. Si hubo alguna irregularidad no es mi culpa, será de ellos o de algún funcionario malintencionado y ya puedo exhibir con tranquilidad el título, que por cierto, no sé si podré encontrarlo o si la humedad y las polillas me impedirán colgarlo en una de las paredes del pasillo, junto con los títulos que mis hijos han colgado allí.

Espero de vuestra benevolencia que sepáis perdonarme y comprender lo que hice. No calculé ni fui capaz de prever lo que podría ocurrir muchos años después. Menos mal que no elegí la Universidad Rey Juan Carlos ni el director del Máster fue Álvarez Conde porque entonces, además de Cifuentes, Casado y Montón, mi apellido se hubiera visto arrastrado por el fango.

¿A alguien le interesa un chalet en Aroche?

Siempre me ha costado desprenderme de las cosas. Y hay mucha gente que le pasa lo mismo. Por supuesto, no soy capaz de deshacerme de un libro, aunque me haya gustado muy poco, aunque las hojas y las pastas ya estén desgastadas por el uso. Intento recomponerlo, pegar aquello que está roto, buscar la forma de impedir que alguien de mi familia, al verlo tan viejo, lo tire a la basura y con él, los emocionantes momentos o los disgustos que me proporcionó. Así que, con paciencia, uno las hojas desprendidas, pego los cantos, forro o sustituyo las cubiertas y, si el resultado no me convence, lo guardo en alguna caja hasta que encuentre un lugar adecuado. Mi amigo Rafael, el frutero, siempre me dice lo mismo: mi padre no me dejó dinero ni casas ni fincas, pero me dejó algo mucho más valioso y que me ha permitido vivir con mucha libertad y amplitud de miras: una gran biblioteca. Cuando me acerco a comprar algo de fruta, a veces me suelta: te doy dos kilos de naranjas y las obras completas de Dostoiewski por un euro. Siempre acepto, pero declino recoger los libros porque pesan demasiado. Yo no sé si podré dejar algo a mis hijos porque la vida, ya se sabe, da muchas vueltas, pero sí pretendo dejarles varios cientos de libros. Por lo menos, ya he conseguido algo, y es que les encanta leer.

Me cuesta deshacerme de la ropa, de muebles, fotos, juguetes, de cualquier cosa que haya pasado por mis manos y haya adquirido algo de mí y yo algo de ellos, que haya impregnado mi piel o mis recuerdos con sus átomos, con su tacto, con el tiempo dedicado a poseerlos, a disfrutar, a utilizarlos. Se crea una relación que es muy difícil de deshacer, hay unos hilos invisibles que nos unen y es complicado cortarlos. Un jersey descolorido, una camisa con el cuello gastado, un sillón en el que he pasado horas y horas leyendo o trabajando, un balón o una espada de madera, forman parte de la propia existencia. Me viene a la memoria una canción de Serrat, Aquellas pequeñas cosas, que habla de todo esto. Y cuántas veces me he arrepentido de haber tirado un pantalón que se había quedado antiguo y que ahora vuelve a estar de moda, o un álbum de colección que le podría haber regalado a mis hijos. Pero reconozco que es imposible ir acumulando tantos objetos, muchos de ellos inútiles o inservibles, que sólo son importantes para mí y que para los demás representan un espacio menos en una habitación o en un trastero y que, en la mayoría de los casos, acumulan polvo y suciedad durante años sin que nadie, ni uno mismo, acuda de vez en cuando a echarles una mirada.

Ahora tengo que resolver una difícil ecuación, aunque conozco la solución, cuyos términos constan de recuerdos, de tiempo y de sentimientos, por un lado, y de habitaciones, pasillos, salón, cocina, cuartos de baño, garaje, etc., por otro. Estoy seguro de que a muchos de vosotros os habrá pasado lo mismo. Vivís en una casa durante unos años, quizás la hayáis recibido como herencia o la habréis comprado con mil esfuerzos o, y lo que es peor, habréis nacido, pasado la infancia y la juventud con padres y hermanos y, por diferentes circunstancias, os veis obligados a deshaceros de ella. Y entonces entran las dudas, el miedo a equivocarse, a vender parte de uno mismo, porque estamos hechos de memoria, de momentos, de recuerdos. Pero reconozco que no soy amigo de ir acumulando bienes, de poseer fincas, casas, coches porque he llegado a la conclusión, a la que también han llegado muchos más antes que yo, que es absurdo poseer y no disfrutar, tener demasiados apegos porque después cuesta mucho trabajo abandonarlos.

Hace algunos meses escribí una serie de relatos sobre mis paseos por los caminos de Aroche. En todos ellos, la caminata comenzaba en el chalet (así lo llamamos en la familia, aunque no deja de ser una casa con un pequeño terreno en el que hay dos naranjos y un limonero y el vecino, Antonio, siembra tomates y pimientos) y después, pasando por delante de la Fuente Nueva y frente al Salón Félix Lunar, subía por la calle San Mamés y salía del pueblo. El Camino del Carmen, el Camino Viejo del Cerro y el Camino del Merendero me hicieron pasar muy buenos momentos. Como los que pasé, desde finales de los años setenta, cuando mi padre compró el terreno y después levantó la casa, en el chalet. Casi cuarenta años. Pero ha llegado el momento de, sin aspavientos, sin caer en la melancolía o en la pena (hay cosas muchos peores), deshacernos de ella. Cada vez la utilizamos menos, mi madre, que en dos meses cumple 91 años, ya no está para vivir sola allí, cuesta trabajo, tiempo y dinero mantenerla. Tenemos otra casa en el pueblo, la de mi mujer y sus hermanos, una casa grande, amplia, cómoda, en pleno centro. Sé que a mis hijos, a mi hermano y a mi madre les da pena, pero también reconocen que no merece la pena seguir con ella. Hay que pasar página y quitarse pesos de encima, ir cada vez más ligeros de equipaje.

Así que hemos decidido vender el chalet. ¿Alguien está interesado? Todavía no sabemos cuánto pedir por él. Ya se sabe que no es lo mismo valor y precio; para nosotros, para la familia, es muy valioso, tendríamos que pedir mucho, pero hay que ser realista. Me informaré y si alguien pregunta, espero poder darle una respuesta y llegar a un acuerdo. Sólo diré que las vistas son magníficas, que se puede contemplar el pueblo y la sierra sentado en la terraza y disfrutar de unos atardeceres maravillosos, que está muy bien conservado, que tiene una planta de 120 metros cuadrados con salón, tres habitaciones, dos baños y cocina, que en la planta baja hay otra habitación, un garaje amplio y una leñera. Que en la parte de atrás hay un pequeño huerto… Allí hemos vivido muy bien y estoy seguro de que si alguien lo compra, también disfrutaría mucho de él.

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La vida no es aburrida

Hace tiempo vi un programa de televisión dedicado a esos pueblos que se distribuyen por la geografía española, fundamentalmente por las dos Castillas, que se han ido despoblando o en los que quedan apenas media docena de personas, casi todas ellas ancianas. En uno de esos pueblos vivía sólo un hombre, de unos sesenta o sesenta y cinco años, que había nacido allí, se había ido a trabajar a una gran ciudad y, una vez jubilado, decidió regresar al lugar donde había pasado su infancia. El lugar tenía poco más de una docena de casas, todas de piedra y con las puertas y ventanas cerradas menos la suya, una hermosa vivienda con un banco, también de piedra, adosado a la pared y un arriate de flores que me parecieron hortensias, un gran salón donde el fuego crepitaba alegremente en una chimenea situada en un rincón, con muebles de madera oscura que daban la impresión de ser antiguos y de calidad. En el salón, al que se accedía directamente desde la puerta de la calle, destacaba, sobre todo, una gran librería que ocupaba todo un testero, del suelo al techo y rebosante de libros y discos. La cámara se paseó lentamente por los libros y pude leer alguno de los títulos: La Celestina, la Divina Comedia, La Regenta, Episodios Nacionales, La colmena, El capitán Alatriste…. No se adivinaba un orden especial, una organización o una planificación por épocas, autores o alfabética. Creo que eso es lo mejor para las librerías personales, ir colocando los libros en los espacios que van quedando libres y, de vez en cuando, revisar y encontrarte con sorpresas, como me ocurrió hace poco, cuando vi un libro que había comprado hacía un par de años y que no recordaba que lo tenía. Aunque soy ordenado para algunas cosas, para esta en concreto soy un pequeño desastre. Me he planteado dedicar un tiempo a hacer una base de datos con todos los libros que tengo, apuntando una información muy básica: título, autor y estante en el que se encuentra. Pero siempre busco alguna excusa para no hacerlo.

El reportaje hacía un seguimiento del día a día del solitario personaje, que desgranaba con sencillez cómo transcurría el tiempo en un pueblo que, aunque no muy alejado de núcleos urbanos más grandes y poblados, sólo contaba con su presencia, sin nadie con quien conversar, distraerse o, en caso de necesidad, acudir para solicitar ayuda. Según dijo, estaba acostumbrado a vivir solo, nunca se había casado, era hijo único y cuando sus padres fallecieron, heredó la casa que ahora habitaba. Él cultivaba un pequeño huerto situado en la parte de atrás de la vivienda, daba largos paseos por los alrededores llegando hasta un arroyo de aguas transparentes y en el que se podía ver un fondo pedregoso. La periodista intentaba indagar en el pasado del personaje, qué le había llevado realmente a llegar a su situación actual, pero éste sólo quería hablar de su presente, de cómo organizaba el día, de las plantas que cultivaba, de cómo limpiaba de vez en cuando las hierbas que nacían entre las calles empedradas, de sus esporádicos viajes al pueblo cercano para comprar lo necesario, de sus visitas periódicas al médico para revisar su salud, que le preocupaba sobre todo para poder seguir disfrutando de su apacible vida.

—Teniendo salud, lo demás no me importa —le comentó a la periodista, que asistía con cierto asombro a una muestra de austeridad y de sobriedad del que su entrevistado hacía gala desde el comienzo del reportaje.

Para finalizar, la reportera preguntó:

—¿No se aburre con este tipo de vida, todo el año haciendo lo mismo no le resulta monótono?

Y nuestro personaje, que me caía cada vez más simpático y al que admiraba y envidiaba al mismo tiempo, se quedó mirando a la cámara y dijo:

—Hay muchos libros que leer, mucha música que escuchar y muchos caminos que recorrer. De ese modo, la vida nunca puede ser aburrida.

Fueron sólo un par de frases que resumían toda una filosofía de vida y que terminaron por ganarme. ¿Qué más se puede necesitar? Algunos dirán, o diremos, que la familia, los viajes, el amor. Y seguramente tendrán, tendremos, razón, porque todo eso es importante. Pero para alguien que ha tomado la decisión de vivir en soledad o para los que ya han superado y alcanzado algunas metas, las palabras de ese personaje solitario reflejan y explican lo que muchos pensamos y deseamos: la vida es maravillosa con un buen libro en las manos, una buena música sonando en un salón tranquilo y paseando por caminos que no lleven a ninguna parte.

Y si a todo eso sumamos los últimos días de mayo y los trece días de junio que llevamos, todo se torna apasionante: la sentencia del caso Gürtel en Madrid y Valencia, que demuestra que el PP se financió irregularmente; una moción de censura sin apenas posibilidades de salir adelante pero que, cosas de la política, ganó Pedro Sánchez; la formación de un gobierno que mayoritariamente está formado por mujeres; la acogida por España de los inmigrantes que se hacinan en el barco Aquarius; el fichaje de Lopetegui por el Madrid y su expulsión de la selección española; la sentencia del Supremo que ratifica el ingreso en prisión de Inaki Urdangarín; la dimisión del ministro de Cultura y Deporte, Maxim Huerta por defraudar a Hacienda… Y fuera de España, la entrevista entre dos personajes que dan risa y miedo a la vez, Trump y Kim Jong Un. Total, que es imposible aburrirse pero, por favor, que la política nos dé un respiro, que así no hay quien viva con sosiego.

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La caseta del jubilata. Romería de San Mamés 2018

No busquéis en las líneas que siguen palabras de alabanza altisonantes o un panegírico sobre la Romería de San Mamés que pretenda provocar la emoción porque no soy amigo de esas expresiones que en mi escritura serían vanas y huecas, o más bien hipócritas. Tampoco haré una descripción pormenorizada de todos los actos, sean religiosos o festivos. Seguramente otros lo harán con mucha más precisión y conocimiento. No soy una persona religiosa, nunca he sido llamado a seguir el camino de la fe, aunque respeto a aquellos que sí lo hacen y viven el día a día de la religión; son dignas de admiración y, en muchos casos, de envidia porque reciben un consuelo y una esperanza que, en otras circunstancias, no serían capaces de obtener. Pero no me digáis que esas personas son multitud; son más bien una minoría militante y comprometida porque el resto se limita a circunscribirse a las fiestas que van aparejadas a las celebraciones de la Iglesia. Navidades, Semana Santa, El Rocío o la misma Romería de San Mamés no se entenderían por parte de la mayoría de la gente si no hubiera fiesta gastronómica, bebida, caballos, estreno de ropa, cantos. Diversión, en suma.

Reconozco, sin embargo, que me atrae todo aquello que gira en torno a la liturgia, a la cultura que rodea al fenómeno religioso y que ha creado tanta belleza: el recogimiento de las pequeñas iglesias románicas, la majestuosidad de las catedrales góticas, el canto gregoriano, las pinturas bizantinas, el barroco… No podría entenderse occidente sin la influencia que en él ha tenido el cristianismo, como tampoco podría entenderse nuestro país y el norte de África, Asia Menor y muchas partes del mundo sin las costumbres, la arquitectura y las demás manifestaciones culturales musulmanas…

—A ver, José Manuel, deja de enrollarte y vamos al lío, que ya está bien de hacer este tipo de introducciones. ¿A quién le pueden importar estas digresiones que lo único que pretenden es demostrar tu capacidad de poner una palabra tras otra sin tino y sin cuento? Veamos, ¿tienes algo que decir sobre la Romería de San Mamés?

—Pues sí, y perdona por el despliegue de mis amplios y vastos conocimientos, que bien sé que te molestan. La envidia es muy mala, compañero. Diré, por ejemplo, que es la primera vez que participo en el montaje y desmontaje de nuestra caseta. Hasta ahora, como estaba trabajando en Sevilla, no podía llegar al pueblo hasta el viernes por la tarde y Manolo, Sebastián, Mari Loli y Concha ya se habían encargado de colocarlo todo. Es decir, que los que veníamos de fuera, Juan Esteban, Manoli, Carmen y yo, nos encontrábamos todo hecho y sólo teníamos que disfrutar de la fiesta. Pero este año, ya jubilados y después de un par de años que, por diferentes circunstancias no montamos la caseta y tuvimos que ser acogidos generosamente por la de enfrente, la de José Luis Ataca, mi cuñado Miguel Pedro, Manolo Pina, los Humanes, etc., por fin pudimos poner la nuestra.

Pasaré por alto el trabajo que le cuesta a un grupo de ocho personas, siete de las cuales están ya jubiladas, cargar todo lo necesario en una furgoneta, descargarlo, encaramarse a los hierros de la estructura de la caseta, fijar el toldo del techo y los laterales, instalar el enganche de luz, colgar los adornos, mover frigorífico y botelleros y llenarlos con la bebida y la comida… Un trabajo que nos llevó la tarde del jueves y la mañana del viernes y que, gracias a la experiencia adquirida a lo largo del tiempo, permitió que todo se realizara con relativa rapidez y facilidad. Tenemos más de sesenta años, pero todavía nos mantenemos en forma (unos más que otros, todo hay que decirlo).

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Así que la tarde del viernes pudimos descansar algo y ver la procesión de San Mamés por las calles del pueblo. No conozco demasiado el protocolo de este acto, pero sé que, acompañando a la imagen del santo iban las romeras y las romeras infantiles que fueron coronadas el viernes anterior así como la nueva directiva de la hermandad. La verdad es que no había mucha gente acompañando al santo, quizás porque la procesión sale demasiado tarde, cerca de las diez de la noche, y muchos aprovechan para coger sitio en las mesas de la plaza o en el casino y, cómodamente, verla pasar. Creo que si se realizara antes muchas personas se animarían, pero yo no soy nadie para hacer semejante propuesta.

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Llegó el sábado. Como siempre, me despertaron los cohetes y los tamborileros, aunque creo que esta vez lo hicieron más tarde y pude dormir más tiempo. Amaneció un día despejado pero que poco a poco se fue nublando, aunque sin amenazar lluvia. Para los que padecemos de alergia el tiempo era magnífico, pues no hacía calor y no había mucho polen en el aire. Otros años apenas podía disfrutar por culpa de los estornudos, el lacrimeo o la tos pero esta vez no padecí ninguno de estos síntomas.

En romerías anteriores yo dedicaba la mañana a cocer el pulpo, una especialidad que se me da bastante bien y que me ha hecho famoso en este y en otros lares (perdonad la inmodestia, pero es así, lo siento), pero que, para poder comerse caliente, que es como está bueno, tenía que hacerlo mientras pasaban los romeros y San Mamés por las calles del pueblo. O sea, que me perdía el ambiente de la mañana, que es realmente extraordinario. Pero ya me he negado y pude, desde primera hora de la mañana, comprobar que había mucha gente, muchos caballos y carruajes, mucha alegría y muchas ganas de divertirse. Para seguir la tradición nos fuimos al casino a tomarnos un aguardiente. Es la única vez que lo hago en todo el año porque no me gusta. Me recuerda a mis años de Camariñas, cuando en la pensión donde paré el primer curso de los tres que ejercí allí, la señora Carmen, la dueña, lo primero que hacía era ponerme por delante un aguardiente de orujo y no paraba hasta que me lo bebía entero. Los marineros, antes de salir a faenar, no tenían más remedio que hacerlo debido al frío, la humedad y la lluvia que calaba hasta los huesos en esa zona de la costa de la muerte. Sí calentaba todo el cuerpo, aunque no me parecía demasiado ejemplar ir a dar clase a niños pequeños oliendo a aguardiente. Pero como mis compañeros de pensión, un sargento de la guardia civil, el farero de Cabo Vilán y otro maestro más, lo bebían con fruición y deleitándose, no me quedaba más remedio que acompañarlos y hacer como que me gustaba. Así que, como iba diciendo, nos fuimos al casino mi mujer, Carmen, y mi cuñado y primo, Miguel Pedro y allí, rodeados por amigos y parientes, nos tomamos el aguardiente con agua, una palomita, esperando que se acercara la procesión. Y a hacer fotos a la familia, que también es tradición.

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Y comenzaron a llegar los caballos. Uno, y otro, y otro, en dos filas interminables. Hombres y mujeres solos, parejas, niños y niñas, ellos perfectamente equipados con sus chaquetillas, zahones, sombreros de ala ancha, ellas con trajes de gitana y flores en el pelo, aunque muchas amazonas también lucías sus habilidades solas en el caballo (este párrafo me recuerda a las descripciones del NODO, pero lo voy a dejar para que no se diga).

 Una vez que dejaron de pasar los caballos aparecieron los tamborileros, las mujeres de la hermandad con sus varas y, detrás, la carroza tirada por dos bueyes con la imagen de San Mamés. La maniobra de girar en la calle Real siempre me ha parecido peligrosa, pero que yo recuerde los boyeros siempre lo han hecho con habilidad y nunca ha ocurrido nada. Y detrás del Santo, una auténtica multitud de hombres, mujeres y niños cantando. Esta vez sí había una gran masa de gente, como pocas veces había visto. Una vez que pasó toda la comitiva comenzó la segunda parte: cargar los coches con la comida y dirigirnos a los Llanos de la Belleza. Nos fuimos por la carretera vieja, como es lógico, pues por la otra bajaba la procesión. En el cruce con la carretera general me paró una pareja de tráfico y me hizo soplar. 0,0, como es lógico. No es lo mismo soplar a la una del mediodía que a las doce de la noche. Después de dejar todo bien colocado en la caseta, esperamos a que comenzaran a sonar las campanas anunciando la llegada de la procesión, que lo hizo pasadas las tres, por lo que nos dio tiempo a tomarnos un par de cervezas.

 Como ya comenté, no me emocionan especialmente las manifestaciones religiosas, pero reconozco que la llegada de San Mamés a la ermita, el canto de la nana al Santo, las lágrimas de mucha gente, quizás recordando a las personas que ya no están o que no pueden venir, hizo que se me pusieran los pelos de punta, quizás por simpatía, por solidaridad, por cercanía a los que me rodeaban. ¡Qué se le va a hacer, uno no es de piedra!

Y regresamos a nuestra caseta. Comimos, bebimos y cantamos y bailamos poco, pues no somos muy dados al folclore. Nos visitó mucha gente y en un determinado momento Cristina, la hija de Manolo y Mari Loli, sacó la tarta que nos había regalado por las jubilaciones de prácticamente todos los miembros de la caseta, que seguramente pasará a llamarse a partir de ahora “La caseta del jubilata”. Antes habíamos intentado ponerle el nombre de “El florido pensil” o “La caseta del pulpo”, pero ninguno cuajó. A ver si éste dura un poco más.

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(La hija de Cristina, Alegría, y la mujer de Sebastián, Concha, son los únicos “no jubilatas” de la foto, como podrá uno imaginarse).

Ese día se jugaba la final de la Champions entre el Madrid y el Liverpool, así que mientras unos se iban al Rosario, otros nos dedicamos a disfrutar del fútbol. Como ganó el Madrid, todos contentos menos algún “degenerado barcelonista o antimadridista”, dicho con todo el cariño, que esa noche no puedo descansar bien. No nos acercamos al bingo, que le tocó a José Pedro el veterinario, sobrino de mi mujer, ni al concurso de sevillanas, que no sé quién ganó. Y nos fuimos alrededor de la una de la madrugada para casa, que habían sido tres días muy intensos y había que descansar. Esta vez, menos mal, no me paró tráfico.

El domingo bajamos un poco antes de que comenzara la misa. Yo dejé a Carmen en la ermita y seguí con Pilar y con Vicente, que vinieron con nosotros, hasta la caseta de la hermana de Carmen. Allí siempre nos reciben bien y se come mejor. No se me olvida el guarrito, Pilar.

Seguimos comiendo y bebiendo, como no podía ser de otra manera. Y mediada la tarde nos fuimos parte del grupo a la caseta de nuestros amigos José Luis Ataca, los Humanes, Manolo Pina, etc. En la nuestra se quedaron Mari Loli, Sebastián y Concha, agasajando al cura párroco y a dos jóvenes amigos suyos que se acercaron y que dieron buena cuenta de las viandas. En la caseta de los amigos pasamos un rato estupendo porque al poco de llegar nosotros entraron los tamborileros que comenzaron a tocar sevillanas y allí que se arrancaron mi mujer y mis cuñadas, que bailaron con Manolo “Gallito” y con Vicente, como podéis ver en las fotos.

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Como soy poco bailarín y no tengo ni idea de bailar sevillanas, me dediqué a charlar con la gente y a hacer fotos y entre ellas destacaré la de mi buen amigo Manolo Pina y su mujer Carmen, a los que les prometí que sacaría en este blog. Y como suelo cumplir las promesas, ahí están.

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Siguió la tarde, siempre con muy buena temperatura, lo que nunca podré agradecer suficiente. Como se acercaba la hora de la procesión de San Mamés, acompañado por la comitiva romera por todo el recinto de los Llanos de la Belleza, nos fuimos casi todos a verla pasar. Y vuelvo a reconocer que este tipo de actos me gustan, sobre todo por el colorido, la alegría y la hora, porque los colores están como difuminados y el campo y la gente se ve como a través de un fino velo (o será cosa del vino y la cerveza que me bebí a lo largo del día, no sé).

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Poco a poco, la tarde se fue apagando y oscureciendo. Comenzó a hacer frío y casi a medianoche, cayó una fina lluvia. Tuvimos que cerrar las cortinas, abrigarnos y tomarnos un caldo caliente que nos sentó de maravilla y allí, solos los socios de la caseta y Alegría, que estaba a lo suyo con todos los juguetes que le compraron sus abuelos, comentamos las anécdotas de estos días. Y termino. No cuento cómo fue la mañana del lunes, que dedicamos a desmontar todo. Otra Romería más.

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De la encina a la caseta

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Soy gallego de La Coruña, A Coruña o simplemente Coruña, como decimos por allí para no molestar a nadie, aunque los de Ferrol, Santiago y Vigo sí que se molestan porque nos tienen envidia, qué se le va a hacer, será porque la nuestra es la ciudad más bonita y alegre de Galicia y de más allá. Mi madre y mi mujer, que se llaman igual, Carmen, son de Aroche, un pueblo del norte de la provincia de Huelva, encaramado a un cerro desde el que se puede contemplar una sierra, los Picos de Aroche, últimas estribaciones de Sierra Morena, y un valle que ha ido creando a lo largo de miles de años el río Chanza.

Mi mujer y yo, a pesar de haber nacido a mil kilómetros uno del otro, somos primos segundos. Para que se entienda lo explicaré en pocas frases: nuestras abuelas eran hermanas, Florentina y Carmen. Mi abuela Florentina estudió magisterio en Sevilla, pero, a pesar de terminar la carrera nunca recogió el título porque, cosas de aquellos tiempos, tuvo que irse al pueblo a cuidar a sus padres. Mi abuelo José, maestro y alcalde republicano de Aroche durante unos meses, fue represaliado y no pudo ejercer más, así que tuvo que ganarse la vida dando clases particulares y vendiendo casi todo lo que tenía. Falleció en el año 1946 y un par de años después, un tío mío, Juan José, que trabajaba cantando en Coruña (formó parte de un grupo que tuvo cierto éxito en su momento, Luisa Linares y los Galindos, que algunos quizás conozcan porque son los que cantaron por primera vez Dinero al bote o el pasodoble de Aroche), llamó a mi abuela y a mi madre, que en aquella época tenía 20 años, para que se fueran a vivir con él. Así que lo demás se puede adivinar: mi madre conoció a un gallego, se casó con él, tuvo dos hijos y al cabo de un tiempo, comenzó a visitar Aroche con cierta asiduidad. Cuando yo tenía trece o catorce años conocí a la que después sería mi mujer, Carmen, hija de un primo hermano de mi madre, Pedro. A finales de los setenta mis padres construyeron una casa en Aroche a la que llamamos “el chalet”, donde me refugio a veces para leer, escuchar música o iniciar los paseos de los que alguna vez he hablado.

¿A qué viene todo esto? ¿Qué tiene que ver con el título que, como algunos quizás hayan adivinado, tiene relación con la Romería de Aroche? Paciencia, queda todavía un poco de historia, que, por cierto, estoy escribiendo con bastante más extensión, pero con mucha pereza pues he querido novelarla y ahí estoy atascado.

Pues resulta que, casualidades de la vida, tuve que hacer el servicio militar en Andalucía, la primera parte en el campamento de Cerro Muriano y el resto en el cuartel de Intendencia de Sevilla, en la Puerta de la Carne. Estamos hablando de los años 1976 y 1977. En mayo de este último año fui por primera vez a la romería. Yo tenía 22 años recién cumplidos. Aproveché que me habían dado permiso el fin de semana y cogí el autobús el sábado por la mañana. Para aquellos que son más jóvenes, les informaré que antes la romería se organizaba de otra manera: el sábado había misa en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, el domingo era cuando el Santo, en procesión, se llevaba hasta la ermita de San Mamés (o de San Pedro de la Zarza), se oficiaba la misa, las familias se ubicaban en las encinas del llano de la Belleza y al anochecer, el Santo regresaba otra vez al pueblo. El lunes, que creo recordar que era festivo, también se dedicaba a actividades lúdicas, entregándose los premios a los diferentes concursos como el de la mejor pareja o el mejor caballista.

Lo malo es que no recuerdo prácticamente nada de mi primera romería. Yo nunca he sido una persona bebedora porque le alcohol me sienta mal. Pero yo era soldado, estaba fuera del cuartel, hacía un día precioso (de eso sí me acuerdo), iba con mis primos y amigos de Aroche, todo era libertad, lo que no tenía en Sevilla. Así que durante el camino comencé a beber manzanilla y fino (nada de cerveza o rebujito, como ahora) y cuando llegamos a la Belleza, yo ya casi no sabía ni donde estaba. Después me contaron que seguí bebiendo con alguien de Cortegana, que nos pusimos a cantar, que casi perdí el conocimiento y que tuvieron que llevarme al pueblo donde estuve durmiendo muchas hora. Quizás no lo creáis, pero no recuerdo si regresé a Sevilla ese mismo día en el coche de alguien o si cogí el autobús, que sale muy temprano, el lunes por la mañana. Lo que sí puedo asegurar, lo recuerde o no, es que tendría un dolor de cabeza enorme, porque es lo que me pasa cuando bebo demasiado. El caso es que hay como un agujero negro de esos días que impide que los recuerdos salgan a la superficie. Esa experiencia me sirvió para alejarme del fino y de la manzanilla durante un tiempo, aunque ahora no le hago ascos a ninguna de esas bebidas. De todas formas, no todo hay que achacarlo al vino, los cuarenta y un años que han pasado también tienen la culpa.

Mi segunda romería ya es del año 1981, cuando ya vivía en Sevilla y era novio de la que unos meses después sería mi mujer, Carmen. El sábado a mediodía y por la noche el ambiente en el pueblo era extraordinario y, a pesar de que al día siguiente había que levantarse temprano era imposible hacerlo antes de las dos o tres de la mañana. El domingo, entre los cohetes y la diana no había quien durmiera. Desde primera hora se notaba el trasiego de caballos, coches y mucha gente que se iba hasta la Plaza de la Constitución (antigua Queipo de Llano) pues desde allí salía y sale actualmente la procesión.

Esta vez bajé en coche, como todas las siguientes hasta hoy porque alguien tiene que encargarse de las mesas, las sillas, la comida, la familia y eso siempre me toca a mí, así que me pierdo la alegría, las canciones y el ambiente de romeros y romeras que hacen el camino hasta la ermita acompañando la carreta de San Mamés. El ritual era siempre el mismo: esperar a que los últimos carruajes, personas y caballos de la procesión salieran del pueblo y empezar a cargar los coches. Después, bajar por la Corredera hasta la antigua carretera que enlaza con la N-433 y por el carril que está frente a la gasolinera, atravesar la Belleza y buscar una encina bien situada y con abundante sombra. Aunque más de una vez tuvimos que quedarnos en el coche porque la lluvia y el mal tiempo impedían que montáramos el tinglado. Juan Esteban, Manolo, Mari Loli, Manoli y nosotros bajábamos todo de los coches, calculábamos hacia dónde se movía el sol para aprovechar la sombra y comenzaba el ritual de ubicar correctamente mesas y sillas. La comida, que estaba en las neveras, la dejábamos para el final y se quedaba en los maleteros. Mientras tanto, esperábamos a que la procesión se acercara y en ese momento todos nos íbamos a recibir a San Mamés a la puerta de la ermita: campanas, cohetes y vivas al santo y al “chiquinino”, como se le conoce cariñosamente entre los arochenos. Después, dentro de la ermita, sevillanas y canciones romeras.

Cuando se terminaba el acto religioso volvíamos a la encina. Y allí comenzábamos a sacar poco a poco comida y bebida, se atendía a los amigos que nos visitaban, a los familiares que nos acompañaban y, cuando habían pasado unas horas, también nos dedicábamos a buscar las encinas de los conocidos y estar con ellos. Al atardecer se terminaba todo. Recogíamos los bártulos y los montábamos en el coche antes de que la romería regresara al pueblo (recuerdo que esto se hacía el domingo) y nosotros volvíamos a Sevilla.

Durante unos años decidimos alejarnos un poco del jaleo que rodeaba a la caseta de San Mamés y buscamos una ubicación cercana a la ribera. Allí, ayudados por nuestros hijos, que se dedicaban a recoger ramas, jaramagos y plantas similares, construíamos alrededor de la encina un pequeño cercado que daba al recinto algo más de alegría y originalidad. El problema es que unos años después comenzaron las excavaciones de Turóbriga y ya no pudimos aposentarnos allí. Además, hubo un cambio importante en los primeros años 90 del siglo XX, ya que se adelantó el día grande de la romería del domingo al sábado, lo que nos permitía a los que vivíamos fuera del pueblo organizarnos mejor y descansar el domingo, aunque también era día de romería, pero ya con menos agobios. Pero esto comenzó a cambiar desde que la romería pasó de hacerse un día, el domingo, a celebrarse en dos días, sábado y domingo.

No soy muy amigo de la nostalgia, de la saudade, de la morriña, como decimos los gallegos. A veces la he tenido y por eso respeto ese sentimiento, lo comprendo, pero creo que no ayuda mucho. Añorar un tiempo pasado, un lugar, alguien que se fue, forma parte de la vida, es inevitable, pero no debemos caer en esa especie de tristeza que nos invade cuando contemplamos alguna foto, escuchamos una canción o hablamos de aquellos que ya no están. No me gusta la nostalgia, pero sí la memoria. Admiro a esas personas que son capaces de recordar conversaciones, gestos, momentos que ocurrieron hace muchos años. Reconozco que mi memoria es frágil, que cuando alguien habla de hechos que compartimos y que el otro es capaz de describir con todo tipo de detalles y yo no recuerdo absolutamente nada, envidio esa capacidad. Porque la vida, en realidad, consiste en eso, en estar continuamente recordando para, con la experiencia, proyectar el futuro. El presente no existe. Lo que yo estoy escribiendo o hablando apenas dura una milésima de segundo, por tanto, ya es pasado. Y no sigo por este camino porque entraría en una discusión filosófica que muchos otros antes que yo ya han recorrido, analizado y debatido.

¿Y por qué he hecho ese pequeño paréntesis sobre la nostalgia? Porque a partir de mediados de los años 90 mucha gente comenzó a pasar la noche del sábado en los llanos de la Belleza y a levantar casetas particulares. De la sencillez de la encina se pasó a la sofisticación de la caseta, se llevó corriente eléctrica a todo el recinto de la romería para que pudieran conectarse frigoríficos, congeladores, bombillas y cocinas eléctricas, de la tortilla, el aliño y la ensaladilla se pasó a los guisos, el pulpo y platos cada vez más complicados. El trabajo se multiplicó, lo que antiguamente sólo requería bajar los días previos para colocar un cartel indicando que la encina estaba reservada ahora precisaba todo un protocolo de encargar la estructura metálica, los toldos y las cortinas, bajarlos con una furgoneta o un camión, montar y levantar la caseta, adornarla, alquilar los botelleros, encargar y colocar la bebida…

Total, que todo tiene sus pros y sus contras. Ahora, gracias a la caseta, se puede soportar mejor el calor, el frío o la lluvia, agasajar de forma más adecuada a los amigos, y estar más cómodos. Pero sigo recordando con cierta añoranza los tiempos de la encina. El campo, no debemos olvidarlo, tiene el suficiente encanto sin necesidad de adornarlo artificialmente. Y una romería no deja de ser una fiesta religiosa y también lúdica. ¿Para qué tanta complicación y tanto trabajo? ¿Realmente merece la pena?

Dejo estas preguntas en el aire.

Por cierto, en los siguientes enlaces se explica muy bien la evolución de la Romería de San Mamés.

Romería de San Mamés, Aroche

Romería de San Mamés, una devoción popular transfronteriza en Aroche (Huelva)

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La moda masculina o ¿pero tú has visto cómo vas?

—Joselito, ¿pero tú has visto cómo vas?

Carmen dice es frase mientras espera delante del ascensor y yo, acabando de cerrar la puerta de casa, me dirijo hacia ella. Cuando emplea el término Joselito es para echarse a temblar, algo habré hecho mal. Doy un par de pasos más y en el momento que se abre la puerta del ascensor me miro en el gran espejo que, para mi desgracia, ocupa la parte posterior del habitáculo. Contemplo a un hombre maduro, delgado, con canas que ya sustituyen en su totalidad al abundante pelo castaño que no hace tanto tiempo cubría su cabeza y gafas de sol que impiden ver unos ojos inquietos que intentan encontrar alguna incongruencia en la vestimenta: zapatos negros, pantalón de tela azul no demasiado oscuro, camisa azul de no sé qué tonalidad ni nombre, aunque sé que no es azul marino ni azul turquesa ¿o sí? y chaleco también azul un poco más claro que la camisa.

El caso es que hemos estado en casa, nos hemos cruzado varias veces mientras ella y yo íbamos y veníamos en busca de un cinturón para mí, un pañuelo para ella, algo de colonia para los dos. Ella dándose los últimos retoques, yo subiéndome a la escalera para buscar los zapatos ¡cuidado, no te vayas a caer! me dijo, y seguramente ni me miró. Y si me vio, no echó cuenta, como siempre. Y encima, hemos estado haciendo tiempo porque todavía era demasiado temprano para salir. Pero no, ese no era el momento de decir nada.

—¿Pero no habíamos quedado en que había que eliminar ciertas combinaciones de colores? ¡Pero si llevo el mismo color en todo, menos en los zapatos! Ya he aprendido, por ejemplo, que no se puede poner azul con verde (los dos colores que más me gustan no se pueden combinar, vaya por Dios), rojo y naranja (en mi vida me pondría eso) y que no se pueden mezclar rayas y cuadros y…

Y ahí me quedé. Mi conocimiento de las reglas del vestir en los hombres no alcanza mucho más. Por supuesto, no soy, ni quiero serlo, un árbitro de la moda, un Petronio cualquiera, sobre todo porque no quiero terminar como él. Me da la impresión de que a la mayoría de los hombres de mi generación les pasa lo mismo, no echamos cuenta en las normas correctas (¿eso quién lo dictamina, digo yo, como no sean las casas de moda para fastidiarnos y hacer su agosto?). Sin embargo, los jóvenes parece que ya han aprendido, por lo menos, a preguntar. Mi hijo Santiago, por ejemplo, antes de vestirse consulta a su madre y a su hermana si lo que tiene pensado ponerse es adecuado: “¿esta corbata va bien con la camisa?”, “¿esta chaqueta pega con el pantalón?”, “¿este jersey combina bien con la camisa y con el pantalón?”. Yo reconozco que apenas me fijo. Cojo una camisa que me guste y que haga ya algún tiempo que no me pongo, un pantalón cómodo y, dependiendo de la época del año, chaleco, chaqueta, chaquetón o lo que haga falta. Reconozco que alguna vez me he puesto un pantalón de rayas y una camisa a cuadros, pero es por despiste porque ya he aprendido que eso puede conducir a la hoguera.

—Pero vamos a ver, vamos a ver —dice ella con un tono de voz bajo, ritmo lento y cierto desaliento, acompañado de una media sonrisa que quiere manifestar paciencia, pero que a mí me parece resignación—, ¿tú no ves que eso no pega ni con cola? ¿Cómo vas a ponerte tres tonos diferentes de azul, alma cándida?

El caso es que yo me miro en el espejo y no encuentro incongruencias. Pienso para mí, “pero si en la decoración de las casas, que lo he visto yo con estos ojitos en la tele, en ese programa que ve por las mañanas y también algunas tardes, se puede combinar casi cualquier cosa, ¿cómo es posible que en la moda no se puedan seguir esas mismas reglas? Pero si yo veo algunos desfiles de moda, como esos de Ágata Ruiz de la Prada, que da grima verlos y combina los colores como le da la gana”. Lo pienso, claro, pero no lo digo en voz alta, por si acaso su paciencia y resignación se convierten en otra cosa.

—Pues nada, media vuelta y a cambiarme. Y ahora, ven conmigo al armario y me dices que es lo que tengo que ponerme.

(Armario que, por cierto, está en la habitación de mi hijo que ya se ha ido de casa, por ahora, crucemos los dedos, porque en el mío yo no tengo narices a colgar nada. He podido conseguir una pequeña parcela, un rinconcito para mí solo porque el resto de la casa está invadida por la ropa de Carmen madre y Carmen hija. Lo hacen poco a poco, primero un pantalón, después un vestido, más adelante un abrigo… Y así, cuando me doy cuenta, ya me he quedado sin espacio y tengo que apretar los pantalones y las camisas con calzador y colgarlos de tres en tres o de cuatro en cuatro. Encima, cuando quiero ponerme algo y está arrugado me dicen que cómo no cuelgo bien las cosas. Me callaré y me morderé la lengua. Yo tengo que deshacerme periódicamente de pantalones, camisas y otras prendas que, según parece y dicen, están ya pasadas de moda o muy usadas. Pero ellas han ocupado totalmente el armario del pasillo y yo ahí no tengo espacio para colocar nada mío).

Total, pantalón azul, camisa blanca y jersey gris. Un aburrimiento, vamos. Lo clásico de lo clásico. Será porque mi señora no quiere que destaque y las muchachas y las damas se fijen en mí, supongo.

Menos mal que siempre salimos con tiempo y vamos a llegar al cine con mucha antelación. Tendré que poner un poco más de atención, buscar en Internet o, lo que es más cómodo, preguntar antes de ponerme algo. Todo sea por no tener que vestirme y desvestirme varias veces. Estoy esperando a que algún gurú de la moda saque un eslogan, como hizo en su día Adolfo Domínguez con lo de “la arruga es bella” y ponga de moda, valga la redundancia, algo así como “combina los colores, las rayas y los cuadros como quieras, sé original”. Hasta que no llegue ese momento, aviado voy.

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