Me gusta la polémica

Me gusta polemizar, lo reconozco. La verdad es que hasta hace unos años prefería callar y dar la razón a los demás, aunque yo estuviera convencido de que mis ideas eran mejores o más sensatas o más realistas, antes que embarcarme en agrias discusiones, en disputas estériles, en enfados inútiles. Aunque en las grandes cuestiones (la libertad, la tolerancia, la igualdad, el respeto a los derechos de las personas, la defensa de lo público ante lo privado y algunas otras más) siempre he sido bastante inflexible y marcaba una línea roja que no quería traspasar, pues no concebía el menoscabo o el menosprecio de las mismas, en cuestiones menores no me costaba trabajo dar mi brazo a torcer. No se trataba de ser más o menos pusilánime, sino que priorizaba las relaciones, el estar a gusto con los demás, en ceder para llegar a acuerdos. A veces, sin embargo, después de un silencio o de una concesión demasiado rápida, llegaba el remordimiento por no haber dicho algo, por no haber defendido con más fuerza o vehemencia alguna idea. Y durante días no paraba de darle vueltas a la cabeza, arrepintiéndome de mi falta de valor o de reflejos para contrarrestar las razones de los demás.

Pero todo eso se ha terminado. Supongo que será por la edad y por la experiencia, porque ya no tengo necesidad de bajar la cabeza o mirar para otro lado o permanecer en silencio. Ahora casi busco la confrontación por la confrontación, como una forma de poner a prueba mi capacidad de persuasión, a veces de manipulación. Sigo defendiendo las mismas ideas, quizás de una manera un poco más radical, pero sin perder, todavía, las formas. Y también defiendo, por qué no, algunas ideas con las que, en el fondo, no estoy de acuerdo. Por poner un ejemplo, la cuestión catalana. Hace unos años yo era partidario de un referéndum consultivo (no vinculante) de autodeterminación en el País Vasco y ahora en Cataluña. Es bueno conocer lo que opina el pueblo, no mediante encuestas que pueden manipularse fácilmente y siempre que las preguntas sean las adecuadas. No poniendo a los ciudadanos en tesituras maniqueistas, en el estás conmigo o contra mí, en el todo o nada. Incluso podría estar de acuerdo con un referéndum vinculante, después de un amplio debate, sin dejarse llevar por las emociones, dando un tiempo prudencial para que todos pudieran, de una manera libre y sin coacciones de ningún tipo, dar sus argumentos y opiniones. Y la vinculación tendría que ser con unas premisas muy claras: un porcentaje de participación alto (no menos de un 70%) y un apoyo a la independencia también alto (nunca inferior al 70%). Si se dieran todas esas circunstancias, creo que podría llegarse a un acuerdo.

Por desgracia, las posiciones están demasiado alejadas. Por un lado, ha habido una falta de lealtad, una hipocresía y una enorme cantidad de mentiras, de sobreactuación, de manipulación y de confrontación con el Estado, fuera quien fuera el gobierno, en el lado de los independentistas, apoyados por una izquierda acomplejada, que no ha sido capaz de analizar con valentía la situación y que ha defendido ideas y valores muy alejados de lo que siempre ha sido esa izquierda. No todo vale, compañeros. Eso de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, aquí no se sostiene. Por otro lado, la derecha. ¿Cómo catalogar lo que han hecho PP y Ciudadanos en los últimos años? Se ha pasado de un apoyo al independentismo de aproximadamente el 25% a casi el 50% desde que Mariano Rajoy llegó al poder. Acordémonos de los tiempos de Aznar, ese que hablaba catalán en la intimidad y firmó con Pujol el Pacto del Majestic y que denominó a ETA Movimiento Vasco de Liberación Nacional, autorizó entablar negociaciones con ellos y liberó a más de doscientos etarras. Ahora Aznar es el máximo enemigo, el azote de catalanes y vascos. Cousas veredes, que decimos los gallegos.

Pues ahora, señoras y señores, estoy hasta las narices de los independentistas catalanes y, a pesar de que sigo pensando que tolerancia, libertad e igualdad son innegociables, discrepo con todo aquel que los defiende. Y polemizo, y discuto. Y ya me pueden llamar fascista, ese término que ha perdido su significado de tanto manipularlo. Llamar fascistas a la gente del PP o de Ciudadanos por ser de derechas es insultar a la memoria de mi abuelo Castro, ese al que unos fascistas, esos sí, estuvieron a punto de matar de una paliza cuando comenzó la guerra civil, y que sólo se libró del paredón gracias al párroco de Arteixo. Por eso me revienta que se utilice con tanta frivolidad. Por eso, me revienta que llamen fascista a Rivera, a Rajoy, a Serrat a Manuel Vicent o a cualquier otro que no piense como lo que, según determinados sectores del independentismo, e incluso de la izquierda, se debería pensar. Hay que ser mucho más serios.

Me gusta polemizar y discutir de política. En algunos casos como si yo fuera de derechas (pocas veces, como mucho, de Ciudadanos) y otras veces de izquierda, que lo soy, pero que no comulgo con determinados personajes, ni acepto la corrupción del PSOE ni sus maneras, a veces chulescas, ni con la actitud de Podemos y sus confluencias en relación con Cataluña o cuando pudo pactar con el PSOE para que gobernara la izquierda y no lo hizo, oportunidad que pocas veces se volverá a plantear, porque lo de ahora no tiene sentido. No tengo que pagar peajes.

Me gusta discutir de religión, respetando las creencias, pero poniendo en un brete a aquellos que intentan convencerme de las bondades de las misas y de la liturgia. Ha habido demasiados millones de muertos y demasiado sufrimiento por culpa de las religiones, y los sigue habiendo, como para que intenten convencerme de las bondades de seguir fervorosamente a un dios que, si realmente existiera, debería hacer algo más por un mundo tan injusto y tan cruel y no mirar para otro lado.

También me gusta polemizar y discutir, sobre todo con mi hijo Santiago, de fútbol. Aunque nunca he sido un talibán ni un radical futbolero, resulta que Santi me ha salido del Barça. Y eso, para uno que simpatiza con el Madrid y es seguidor del Dépor, es casi una herejía, porque recuerdo que mi equipo coruñés perdió una liga en el último minuto del último partido por culpa de un penalti fallado por Djukic. La liga se la llevó el Barcelona de Cruyf, que seguramente compró al portero, claro.

Y por último, las discusiones con mi mujer, sobre todos los temas anteriores y sobre muchas más cosas. Llevamos casados treinta y siete años y raro es el día que no discutimos sobre algo. Y esa es la salsa, el condimento que nos permite estar más unidos. Porque si no se discute, si no se discrepa, todo sería demasiado empalagoso y aburrido. Como ella casi nunca me lee, no podremos discutir sobre esto. Con mi hija Carmen apenas discuto, somos demasiado parecidos y pensamos igual en muchas cosas. Pero no somos inmunes a las discrepancias, no creáis. Son pocas, pero intensas.

Así que estoy dispuesto a discutir con quien sea y sobre lo que sea. Aquí me tenéis, estoy a vuestra disposición.

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¿Educación sin cultura?

José Antonio Marina, escritor, filósofo y pedagogo, suele ser relativamente conciliador entre la pedagogía clásica y la denominada “pedagogía moderna”. Ni es rupturista ni antediluviano. Y eso, a mucha gente le molesta. Queremos que todo el mundo se manifieste a un lado o a otro, “o estás conmigo o contra mí”, o eres de Lope o de Calderón o eres de derechas o de izquierdas (según muchos, sobre todo en la izquierda, el centro, la equidistancia, no existe, es una quimera, es una forma de intentar pintar a la derecha de un cierto barniz progresista). Cuando presentó, hace un par de años, su Libro Blanco sobre el Pacto Educativo recibió muchas críticas y pocos elogios. Se le tildó, sobre todo, de retrógrado y de defender las ideas de la derecha. Es casi lo mismo que le pasó, pero esta vez criticado por la parte contraria, a Ángel Gabilondo cuando era ministro de educación e intentó, sin éxito, alcanzar un Pacto de Estado por la educación. Estamos abocados al fracaso, me temo que va a ser imposible alcanzar acuerdos, aunque sean mínimos, en educación.

Eso ya lo sufrió en sus carnes, sin entrar en comparaciones y teniendo en cuenta la diferencia de época y de situaciones, Manuel Chaves Nogales, que tuvo que irse de España a poco de empezar la guerra civil porque estaba amenazado por ambos bandos. El prólogo de su novela “A sangre y fuego” es buena muestra de lo que millones de españoles pensaban en su tiempo, pero no se atrevían o no podían decir. Recomiendo su lectura en este enlace:

http://www.librosdelasteroide.com/IMG/pdf/Empieza_a_leer.pdf


Pero me estoy desviando. Vuelvo a José Antonio Marina y a su artículo titulado “El obstáculo educativo que ni los padres ni la escuela pueden superar”. El resumen del texto también se encuentra en la cabecera del artículo: “La educación depende siempre y en última instancia del entorno cultural en el que se da. De ello dependerá el éxito o fracaso de cada uno de los sistemas dirigidos a mejorarla”. Por eso, ya podemos incrementar el gasto en educación hasta alcanzar el 10 o el 15 por ciento del PIB porque nada será suficiente si la sociedad no valora en su justa medida la importancia de la cultura, no sólo de la educación. No me estoy refiriendo a bajar el iva de los cines o de los libros, a incrementar la ayuda al teatro o a las artes, que también es importante. No. Es, sobre todo, conseguir una masa crítica de personas, de familias, de grupos sociales, que amen la literatura, la música, el teatro, el cine, la pintura. Que dediquen tiempo a leer, a escuchar música, a ir al cine y al teatro, a visitar museos… Que quieran hablar bien, que cambien de canal de tv cuando los programas sean infumables, barriobajeros, vulgares o ramplones. Si es cierto que los programas aparecen y desaparecen en función del número de telespectadores y, por consiguiente, del de anunciantes, hasta que dejen de emitirse los que todos ya sabemos no habrá nada que hacer.

Admitámoslo, Finlandia, por ejemplo, no obtiene tan buenos resultados en educación porque sus profesores sean mejores o sus alumnos más listos y responsables; es porque la sociedad, el país entero, tiene un nivel cultural, en general, superior al nuestro. Por eso creo que lo que Marina expone en su artículo es muy razonable. 

El obstáculo educativo que ni los padres ni la escuela pueden superar

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Encuentros de Lobos

En los últimos tiempos se han perdido algunas costumbres que permitían mantener en las familias una impresión de continuidad, de pertenecer a un mismo clan, de dotarse de una especie de cemento que unía a todos los miembros de diferentes generaciones. Las conversaciones a luz de una candela o alrededor de una mesa camilla donde se contaban las historias familiares y las anécdotas que pasaban de padres a hijos, los retratos de los abuelos en sepia o en blanco y negro colgados de una pared o encima de una mesa, las cartas que se enviaban con periodicidad y que daban cuenta de la salud, del trabajo, o de los hijos nacidos en tierras lejanas, las fotos dedicadas… Casi todo esto ha pasado a mejor vida. Es una lástima, sobre todo en una época en que las comunicaciones, los viajes y los contactos son mucho más cómodos y más fáciles. Internet, móviles, skype, vuelos baratos, coches rápidos, autopistas… todo ello debería invitar a la unión, a la cercanía, al conocimiento. Pero, no se sabe muy bien por qué, la norma general es aislarnos, crear vínculos débiles, superficiales, inconstantes. Estamos más pendientes del móvil o de facebook que de la frase que nos dirige el que está al lado. De vez en cuando una llamada, una reunión o una comida, alguna visita corta para no molestar. Y se van perdiendo los lazos y las historias, las relaciones y los contactos.

Tengo la suerte de pertenecer a una familia en la que eso no está ocurriendo. Ni por parte de los Castro Díaz, los gallego-andaluces, ni por los Vázquez Lobo, los arochenos. No tanto como sería deseable porque ha habido una cierta dispersión a la hora de establecerse (Coruña, Limiñón, Pilas, Sevilla, Tomares, Córdoba), pero seguimos estando razonablemente en contacto. La familia es bastante más amplia en el lado andaluz. Solamente con los Díaz, los Vázquez y los Lobo hay para escribir miles de páginas. Ahora que estoy intentando elaborar un árbol genealógico y una historia familiar en la que Galicia y Andalucía se unen por misterios y azares del destino, me estoy encontrando con unas posibilidades casi inagotables para crear una saga en la pueden aparecer decenas y decenas de personas y de personajes. Creo que todas las familias, generación a generación, deberían hacer lo mismo, intentar salvaguardar su memoria, recopilar no sólo las fotos que permanecen olvidadas en cajas y en álbumes que paulatinamente van perdiendo el color y diluyéndose en el pasado, sino leer y recordar todo aquello que, de alguna y otra manera, nos ha ido forjando y haciendo que seamos como ahora somos y seremos.

Nos detendremos y comenzaremos en la familia Lobo. ¿Y por qué no empezar por los Castro, que es mi apellido, se preguntarán algunos? Porque hay algunas circunstancias que facilitan dicho comienzo. Por ejemplo, la cercanía o el mayor número de datos de los que dispongo en este momento y, sobre todo, hay otro motivo que, aunque pueda parecer simple, fue el detonante: la comida que organizó Pilar, allá por el año 2011, en un restaurante cerca de Pilas, donde ella vive, a la que asistimos los Castro Vázquez, los Vázquez Lobo, los Burgos Vázquez, los Vázquez Romero, los Maestre Lobo, los Vázquez Pérez… Veinticuatro personas en total. No recuerdo muy bien de quién partió la idea ni cómo, pero, a pesar de la improvisación y la rapidez con la que se organizó todo, fue una experiencia preciosa que nos comprometimos a repetir, porque, además, faltaron Ana María, Carlos y Carlota, los de Granada, que se quedaron con muchas ganas de venir. Y el día acompañó con una temperatura y una claridad impropias del otoño.

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Como todo había salido muy bien y el resto de la familia arochena, sobre todo aquellos que viven en Cádiz y Huelva no se habían enterado, se apuntaron rápidamente a la segunda reunión, que esta vez se celebró en marzo de 2017 en Córdoba para facilitar la presencia de los granaínos. Habían pasado ya seis años desde la primera comida porque diferentes circunstancias habían retrasado el encuentro y había que darse prisa para que no se enfriaran los ánimos. Los encargados de la organización fueron Miguel Pedro e Inmaculada. Buscaron restaurante, llamado Los Lobos, por cierto, hotel y allí que nos presentamos más familias (Inmaculada y José Manuel, José Pedro y Felisa…) aunque también con ausencias ya que es complicado que todos puedan venir. Ni Santiago, ni Manuel ni los hijos de Pilar ni las hijas de José Manuel e Inmaculada… El tiempo, aunque la comida se hizo en marzo, tampoco fue demasiado bueno, pero eso era lo de menos. Coincidió, además, con el cumpleaños de Rafaela, así que todo volvió a salir redondo. La comida de Lobos ya se iba convirtiendo en tradición, así que, sin solución de continuidad, al poco tiempo comenzamos a hablar ya de la siguiente, que esta vez debería celebrarse en Aroche, cosa lógica teniendo en cuenta el origen de la mayoría de los Lobo.

Aquí abriré un pequeño paréntesis para recordar el origen del apellido, pues siempre es bueno volver al pasado por si éste ha tenido influencia en el presente, lo ha condicionado o ha permitido establecer una línea en el tiempo cuya duración y continuidad esperemos que sea larga y fructífera.

Dicen los estudiosos de la genealogía y la heráldica que el solar originario del apellido Lobo estuvo ubicado en el lugar de Melón, del partido de Rivadavia, en Orense, por lo que el tronco sería Galicia. En Melón se encontraba situado el monasterio de monjes de los Bernardos y es de dicha localidad de la que descienden todos los del apellido Lobo, al igual que los Lobera, Loberos y Lobones ya que unos y otros parece ser que tomaron su origen en la reina Claudia Lupavia, señora de Galicia, que se convirtió al cristianismo en el Pico Sacro, según afirma la tradición y habiendo cedido su palacio a San Eufragio para casa y sepultura del apóstol Santiago, se retiró a los Montes de Melón. Eso es lo que indica García Garrafa, en su Enciclopedia Heráldica y Genealógica.

Otros, sin embargo, dicen que ese apellido, muy extendido por España, procede del nombre latino Lupus “lobo”, muy usado en la Edad Media en referencia al valor, fuerza, valentía y astucia de dicho animal. Eso significaría que habría habido distintas casas del apellido Lobo, no emparentadas entre ellas. Así, estarían los Lobo de Asturias, procedentes de un caballero godo que acompañó a Don Pelayo en Covadonga, que dejó también descendencia en Castilla. Otra rama, en Portugal, procedería de Galicia, a partir de los Lobo de Melón, de la que partieron diferentes líneas que se establecieron en el país vecino y en distintos lugares de España.

Existió una casa con ese linaje en Siruela, Badajoz y en Navarrete, Logroño. Por último, probaron hidalguía en la Real Chancillería de Granada, Francisco Lobo, Villar de Rey (Cáceres) en 1696, José Manuel Lobo y Arjona, vecino de Aracena (Huelva), en 1752 y Antonio Lobo Borja, vecino de Osuna, en 1707.

He indagado un poco en la historia familiar de Carmen, mi mujer, y he llegado hasta 1854, fecha en la que nació el primer Lobo del que, en estos momentos, tengo noticia: el farmacéutico de Aroche Miguel Lobo Carquesa que, por diferentes circunstancias que sería muy largo contar y que merecen un capítulo aparte, se fue del pueblo y se instaló en Cortegana, donde inició la línea de los Lobo corteganeses que, por lo que pude comprobar es, actualmente, la más numerosa. Su hermano Pedro, bisabuelo de Carmen, se quedó en Aroche y de ahí proceden los Lobo Vázquez, Lobo López, Vázquez Lobo, etc.  Los hijos de Miguel, Horacio y Dantón son los ascendientes de los Lobo de Cortegana y los hijos de Pedro, Miguel, Félix y Segismundo son los de Aroche. Como curiosidad diré que mi bisabuelo Juan Díaz Carlos y el hermano del bisabuelo de Carmen, Miguel Lobo, fueron miembros destacados del último triángulo masón que se creó en la provincia de Huelva, el Triángulo Hijos de la Luz, mi bisabuelo con el nombre simbólico “Miguel Servet” y Miguel Lobo con el de “Volney”. Mi abuelo José Díaz Alcaide, también masón y con el nombre “Beethoven” no pasó del primer grado. Todos ellos, por cierto, fervientes republicanos.

Cierro este paréntesis y me centro en el tercer encuentro de los Lobo que, como ya comenté, se celebró en Aroche. A mediados de octubre comenzaron las propuestas de fechas y se decidió la del 17 de noviembre. A partir de ese momento, la organización corrió a cargo de Inmaculada y José Pedro. Ellos se encargaron de buscar actividades (sobre todo visitar los lugares más emblemáticos del pueblo) y encontrar un restaurante en el que cupieran todas las personas que íbamos a asistir. Lo que en un principio comenzó con poco más de veinte, terminó pasando de ochenta. Y eso que, por diversos motivos, no pudieron ir más de veinte personas, con lo que el número total hubiera sobrepasado los cien. Como una boda.

No quiero extenderme demasiado porque el artículo está siendo excesivamente largo y prolijo. Sí diré que el primer contacto de la familia ese día fue en la ermita de San Mamés, aunque su nombre verdadero es ermita de San Pedro de la Zarza, construida sobre la basílica de Turóbriga, la antigua ciudad hispanorromana fundada en el siglo I, en época de Nerón. Cuando llegamos, alrededor de las once la mañana, ya estaban en las inmediaciones Miguel Pedro y José Pedro, como anfitriones, rodeados de los Lobo de Cortegana. Empezaron las presentaciones y, aunque ya conocía a algunos parientes de Carmen, comencé a perderme con los nombres y los parentescos. Empezamos visitando la ermita y después las excavaciones de Turóbriga. Aunque sólo se lleva excavado menos de un veinte por ciento de la ciudad, nos podemos hacer una idea de la importancia que tuvo en su tiempo. Después de más de una hora de visita y explicaciones por parte de la guía, nos montamos en los coches y subimos hasta Aroche. Allí, desde la plaza del Ayuntamiento, subimos hasta el convento de la Cilla, donde actualmente se encuentran el museo arqueológico y el museo del Santo Rosario. Continuamos aprendiendo más sobre la historia y las costumbres del pueblo. Seguimos con la visita a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, una iglesia parroquial que asombra a todo el que la ve por primera vez. Finalizamos la visita cultural en el Castillo de Aroche, construido entre los siglos XI y XII, en época andalusí y que, en el siglo XIX, después de un periodo de abandono, fue reconvertido en la actual plaza de toros.

Ya eran más de las dos de la tarde y después de la caminata, de las cuestas y de las explicaciones históricas, era hora de pasar al meollo de la cuestión, es decir, a la comida. Porque toda visita cultural tiene que tener, para que sea completa, un colofón gastronómico. Así que bajamos andando hasta lo que hoy se conoce como La Fábrica (o Centro Polivalente Manuel Sancha “La Comunal”), la antigua fábrica de harinas y electricidad que, además del restaurante La Comunal, donde se celebró la comida, alberga una piscina cubierta climatizada, el gimnasio municipal, el Aula Guadalinfo, salas para cursos, salas de reuniones, etc. Parecía imposible que allí pudiéramos comer tantas personas, pero lo hicimos. Después de las palabras de bienvenida de José Pedro, pasamos a la comida, que se alargó hasta las seis de la tarde. Un menú serrano, con lomo, jamón, queso, salchichas de aguardiente de Aroche, sopa de peso y carrillá, con bebida y postre, sirvió para incrementar los lazos y conocernos mucho mejor.

No quiero dejar de mencionar la carta que leyó Pepe Luis, nieto de Miguel Lobo, que realmente nos emocionó. Cuando se murió Pedro, el hermano de Miguel,  éste escribió una carta dirigida a la mujer de Pedro, Juana y a sus sobrinos Miguel, Félix y Segismundo. La carta es de 1922 y demuestra la grandeza, la educación y la sensibilidad de una persona en la que se pueden encontrar valores que son un ejemplo a seguir. Reproduzco alguno de sus párrafos:

Queridos sobrinos y estimada Juana.

Vuestras penas las comprendo, porque se confunden con las mías.

¿Quién os acompaña de la familia de vuestro padre y marido? La soledad.

Sed honrados, que la honradez es una llave que os abre las puertas del bien. Obedeced a vuestra madre, que es la mayor santidad que hay en la Tierra y no provocarle disgustos que aumenten sus penas. Así, pues, os encargo que la mayor armonía que puede haber en la familia es la que está basada en el cariño que se tengan los miembros que la componen… De esta manera, podréis conservar la paz en la familia y a vuestra madre llena de consuelo en sus aflicciones.

Son muchos en la familia Lobo. En este encuentro había cuatro generaciones, muchos de cuyos miembros no se conocían o hacía años que no se veían. Se recordaron historias, anécdotas divertidas, se conocieron y se reconocieron en gustos, en costumbres comunes o parecidas y se comprometieron, nos comprometimos, a continuar estos encuentros. Creo que la próxima vez se organizará en Cortegana. Que no decaigan los buenos deseos y que la manada de los Lobo siga creciendo en armonía.

Queridos Melchor y Gaspar

Como en mi familia el Rey Mago favorito es Baltasar, por aquello del exotismo, de la multiculturalidad o de ponerse de lado del más débil, que según parece ser negro es signo de debilidad, véase el negro del WhatsApp, no quiero que al pobre se le acumule el trabajo y tenga que hacer horas extras mientras sus dos compañeros se rascan la barriga. Así que la carta va dirigida expresamente al Rey Mago rubio, Gaspar y al de pelo blanco, Melchor. Como a mí me gusta documentarme, he leído la historia, en este caso leyenda, de los tres reyes magos, que según parece no eran reyes ni eran magos, sino astrólogos que seguían un cometa. Pero no quiero entrar en disquisiciones teológicas así que me limitaré a realizar las tradicionales peticiones, a ver si mis queridos reyes se acuerdan de este humilde ciudadano, que no súbdito.

Si la memoria no me falla, los reyes pasados estuvieron muy bien con los regalos personales, yo diría que inmejorables, pero me fallasteis en lo demás, es decir, en lo de Putin, Trump, el tema catalán… Y para colmo, ahora tenemos a Casado, a la Italia de Salvini, más muertes en el Mediterráneo, etc. Como no os espabiléis, aquí puede ganar hasta Vox. Parecía que la cosa se había arreglado con Pedro Sánchez pero no sé, no sé, algunas expectativas se están desmoronando.

Así que, para concretar, hay que arreglar primero el tema político aquí en España, porque ya me diréis cómo va uno a dormir tranquilo. Haced el favor de no mirar para otro lado, que si no, ni tendremos presupuestos ni ná. Encima, tengo amigos y amigas que no dejan de enviarme Whatsapp con todas las chorradas que se le ocurrieron decir antes de ser presidente del gobierno, que no tienen nada que ver con lo que ahora hace y dice. Lo curioso es que los y las que me envían esas cosas ven la paja en el ojo ajeno pero no quieren ver las barbaridades que hicieron y dijeron los otros que, por supuesto, fueron bastante peores. A un lado y a otro del espectro político, por cierto. Tampoco os olvidéis de los otros países, algunos de los cuales están hechos unos zorros, expresión que viene, por cierto, del utensilio usado para limpiar el polvo (lo que en la actualidad llamaríamos ‘plumero’) y que se componía de un mango al que se le unía unas tiras de piel, unos trozos de tejido basto o la cola de un animal (frecuentemente la del zorro o cordero). Como el susodicho objeto terminaba hecho una porquería, de ahí la expresión (dedicado todo esto a mi hijo Santiago, al que le gusta explicar de vez en cuando el origen de las expresiones). Ni os olvidéis de las guerras olvidadas (véase el fino juego de palabras y de ideas), ni de los inmigrantes. Eso sí que sería un punto, que pudierais arreglar, aunque sólo fuera en parte, esos problemas.

Y para mí, lo de siempre: salud, amor y ayudarme a ahorrar algo, que últimamente se me va el dinero de las manos, porque no paran de estropearse cosas y no dejamos de hacer obras en casa. De Hacienda ni hablo. Para terminar, si puede ser, el último libro de Pérez-Reverte, uno de mis escritores favoritos, que se llama Sabotaje. Otros libros que me han recomendado son Ordesa, de Manuel Vilas o El rey recibe, de Eduardo Mendoza… Ahora que tengo tiempo para leer, los libros son el mejor regalo. Lo único malo es que ocupan mucho lugar y cada vez nos queda menos espacio. El tema ropa, para las rebajas.

Así que, queridos Melchor y Gaspar, a ver si os estiráis algo con lo primero que os he pedido. Recuerdos a Baltasar y que alguien también os lleve regalos a vosotros, que no todo va a ser dar y repartir ilusión. Sería curioso saber qué cosas pedirías vosotros. Otro día a ver si se me ocurre algo sobre eso y lo escribo.

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¿Qué hemos hecho para merecer esto?

Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.

Don Juan Tenorio, de José Zorrilla

Noviembre es el mes de los difuntos. Hasta hace unos años era tradición representar Don Juan Tenorio en muchos teatros de España. generalmente el primero de noviembre, porque el acto final de la obra tiene lugar en la noche de Todos los Santos, víspera del Día de Difuntos, el 2 de noviembre. Ahora, en su lugar, influenciados como en muchas otras cosas por los norteamericanos y por las academias de inglés, todo hay que decirlo, celebramos Halloween. Creo que hemos perdido bastante.

Tenía pensado escribir sobre ese tema, sobre la pérdida de la identidad y de algunas tradiciones (aunque no es que yo esté demasiado apegado al pasado, la verdad), de la uniformización de costumbres y de modos de vida, casi siempre venidas de la otra parte del Atlántico. Volví a leer el comienzo de Don Juan Tenorio, por aquello de sumergirme en el tema, y cuando llegué a los versos que recita Don Juan y que reproduzco al principio, cambié de idea. Ya no me apetecía hablar de ese tema porque, inmediatamente, asocié las rimas a los políticos actuales, no a todos, pero sí a la mayoría. Eso de dejar en todas partes memoria amarga va unido, casi indefectiblemente, a Pablo, a Pedro, a Albert, a Mariano, a José Luis, a Quim, a Jordi, a Carles, a Artur… Podríamos seguir ad infinitum.

Y si analizamos lo que ocurre por el mundo, es para echarse a temblar. Primero Trump, después Salvini, ahora Bolsonaro. Y antes aun Hungría, Polonia. También Chile. Y Argentina. Las perspectivas tampoco son halagüeñas en muchos otros países, sobre todo en Europa. Espero que Vox no se nos suba a la cabeza. Se decía que los partidos políticos tradicionales habían colapsado, se habían convertido en máquinas de corrupción, de comprar y cautivar votos, de colocar a los suyos, de mirarse el ombligo y alejarse de los ciudadanos cuando llegan al poder. Es verdad, hay muchos ejemplos que lo corroboran. Pero el problema es que a los nuevos partidos les pasa lo mismo. Al poco tiempo de haberse creado con el objetivo, según dijeron en su momento, de cambiar la vida política, de traer aires nuevos, de acabar con la corrupción, de llevar la calle al Parlamento, caen en los mismos errores y siguen las mismas pautas que sus hermanos mayores.

Después de varios años en los que hemos podido comprobar cómo funcionaban, cómo trabajaban y luchaban para conseguir sus propósitos, cómo maniobraban en su lucha para socavar el poder de los dinosaurios que durante décadas se habían instalado en el poder, creo que, una vez más, se vuelve a cumplir la máxima del príncipe de Lampedusa (esa isla que intermitentemente es noticia por la llegada de inmigrantes) de que todo debe cambiar para que nada cambie. Podríamos pensar que con el final de bipartidismo la política española había entrado en una nueva etapa, que la corrupción sería perseguida sin tregua, que, ante la casi imposibilidad de que se lograran mayorías absolutas, las negociaciones y los pactos renovarían la fe de los ciudadanos en sus políticos. Pero me temo que nada de eso ha sucedido. Los nuevos partidos son una copia peor que sus hermanos mayores. Ciudadanos no mejora al PP y Podemos no mejora a IU ni al PSOE. Porque no sólo de palabras vive el hombre, sino, y sobre todo, de hechos.

Lo vivimos hace poco con la moción de censura que llevó al poder a Pedro Sánchez. Poner de acuerdo a partidos tan diferentes para, según dijeron en su momento, acabar con la corrupción del PP y encauzar la situación de Cataluña parecía el comienzo de una nueva era, en la que el sentido común y la honradez se iban a instalar por mucho tiempo en nuestro país. Además de las palabras, parecía que los hechos también acompañaban porque la composición del Consejo de Ministros y Ministras hacía albergar muchas esperanzas. La cosa comenzó a torcerse un poco con las dimisiones de Maxim Huerta y de Carmen Montón y las más recientes dificultades por las que han pasado Pedro Duque y Dolores Delgado. Pero teniendo en cuenta lo que había ocurrido en los anteriores gobiernos del PP, en los que los ministros, por cosas mucho peores, aguantaron en sus cargos mucho más tiempo, parecía que, efectivamente, los tiempos habían cambiado y ahora no se aceptaba ni la más leve sospecha ya no digo de corrupción, sino de utilización beneficiosa de la fiscalidad.

También parecía que los problemas en Cataluña iban mejorando, que el diálogo se había restablecido, que las aguas volvían al cauce político, aunque los independentistas nunca han facilitado las cosas, siempre han intentado doblar el brazo al Estado y apenas han dejado un resquicio en su discurso monolítico y excluyente. Ese es un problema muy complejo, difícil de resolver y los próximos meses, con el juicio a los líderes del “procés”, van a ser muy duros. Ahora lo estamos viendo con la negociación de los presupuestos. Si es difícil que IU-Podemos, PSOE y PNV se pongan de acuerdo para aprobarlos, resultará tarea casi imposible convencer a los catalanes, así que, si un milagro no lo impide, habrá otra vez prórroga de presupuestos o nuevas elecciones.

La elección de Pablo Casado como nuevo presidente del PP tampoco va a ayudar mucho a tranquilizar la vida política, teniendo en cuenta cómo está actuando. Creo que va a hacer bueno a Rajoy. De Albert Rivera poco se puede decir, porque cada día su posición es distinta, sólo se preocupa de las encuestas. Unas veces apoya al PSOE, otras a PP y pocas veces tiene un discurso claro.

Así que esa es la situación. Casi todos subieron a los palacios, algunos bajaron a las cabañas, quizás también escalaron claustros, si no de obra, sí de pensamiento, por lo del morbo, y todos dejaron o dejarán memoria amarga.

¿De verdad que los ciudadanos nos merecemos esto? ¿Habrá alguna manera pacífica de arreglar los desaguisados en que nos suelen meter esos tenorios de pacotilla? Porque otras maneras prefiero no mencionarlas porque ya se sabe, no se debe mentar al diablo, y menos en noviembre.

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Valor y precio

Precio y Valor

No soy experto en cuestiones económicas, a veces creo que me quedé en la peseta, en los dos reales, en los duros. Acostumbrado desde que era poco más que un adolescente, con sólo veinte años, a cobrar nóminas del Estado (sí, lo reconozco, fui funcionario y ahora soy pensionista), lo único que hice fue gastar poco y ahorrar poco, pues poco era lo que cobraba al principio. La libreta de ahorros empezaba y terminaba el año casi igual, con un saldo que se movía muy poco. No había tarjetas de crédito ni cajeros automáticos, así que había que entrar a menudo en la oficina del banco a retirar el dinero, de dos mil en dos mil pesetas, o sea, de 12 en 12 euros de ahora, parece mentira, y el empleado te conocía y después te saludaba por la calle e incluso te tomabas un vino con él, lo de tomarse unas cervezas fue posterior. Después pude juntar algo más porque me casé con otra funcionaria y la historia cambió porque con veinticinco años no tuve más remedio que aprender, a la fuerza ahogan, a tener una cuenta corriente, a firmar cheques, a pedir préstamos hipotecarios, a subrogar hipotecas (todavía me cuesta trabajo entender qué significa eso), a comprar a crédito muebles y electrodomésticos, a realizar equilibrios para llegar a fin de mes. Pero de todo fuimos saliendo. Incluso me atreví, osado de mí, a comprar acciones de Telefónica con las que creo que gané algún dinero.

En mi familia el único que sabía bastante de cuentas era mi padre, pues trabajó en la construcción y montó con otro socio una empresa que se dedicaba, fundamentalmente, a asfaltar las calles de La Coruña y que llegó a levantar un pequeño edificio en Pontedeume, a unos kilómetros de la ciudad herculina. Recuerdo que se pasaba tardes enteras haciendo cálculos para cuadrar los balances y pagar las nóminas, para acudir a concursos de obras y ofrecer las mejores propuestas, a dirigir a los trabajadores, a negociar créditos, etc. Pero a mí me aburría todo eso, me daba miedo equivocarme con el dinero, arriesgar, perder los ahorros o arruinarme si algo salía mal. Para eso hay que valer. Así que me dediqué a la enseñanza, en la que también da miedo que te equivoques con algún alumno, a veces pierdes los papeles aunque se encuentran pronto, te arriesgas a aburrir y nunca te aburres. Pero era otra cosa, me gustaba enseñar y aprender, comprobar que poco a poco, unos más y otros menos, casi todos los estudiantes salían adelante, mejoraban y, en muchos casos, agradecían tu trabajo y te saludaban muchos años después, recordando el tiempo que habían pasado en el colegio o en el Instituto.

El caso es que nunca fui bueno con los números, con los balances, con las inversiones. Y nunca, tampoco, he sabido si el valor de algo se corresponde con el precio que he pagado por él. A mucha gente le pasa lo mismo. Por ejemplo, si voy a comprar una prenda de ropa a una tienda y poco después compruebo que la misma es mucho más barata en otra me pregunto qué criterios se han seguido para poner un precio tan diferente. Porque se supone que el valor es el mismo. Será porque el primero paga más impuestos por el local, tiene más empleados o se gasta más en publicidad. Pero a mí, que soy el cliente, me da lo mismo, lo que me importa es que me den la misma calidad por un precio menor. Esto pasa en muchos ámbitos, sobre todo ahora que hay tanta competencia y tanta oferta.

Pero sigue sin haber un criterio claro cuando hablamos de materiales, objetos, servicios, obras o elementos en los que intervengan factores como el tiempo y el material empleado, por ejemplo, en artesanía, en gastronomía o en arte. Es difícil calcular el precio porque va a depender del valor que tiene para el creador, los beneficios que espera obtener por su esfuerzo o dedicación, por la preparación previa o los estudios que ha tenido que realizar (estoy pensando también en la enseñanza, en la medicina, en la ingeniería o en cualquier otro trabajo que requiere una educación a la que se le ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo). Así que todo se complica cuando alguien tiene que fijar un precio para algo y quiere que otro lo compre, si es que el comprador está dispuesto a valorar y a cuantificar todos los aspectos que he mencionado. Y no digamos ya si, encima, intervienen aspectos emocionales, porque eso sí que es imposible cuantificar. ¿Qué valor tendría esa joya que perteneció a la familia durante generaciones y que ahora pones a la venta? ¿Qué precio pagarían por ella sin que un nudo en la garganta te impidiera decir que no la vendes?

¿A qué viene todo esto? Si os acordáis, escribí un pequeño artículo titulado ¿A alguien le interesa un chalet en Aroche?, donde explicaba las razones de la venta de una casa que mi madre tiene en el pueblo, una casa en la que pasaba temporadas pero que ya, con 90 años y viviendo en La Coruña dice que no tiene sentido mantener. Pues resulta que debí valorar en exceso la vivienda y me dejé llevar por el impulso emocional, por el aprecio que le tengo, por los buenos momentos que allí hemos pasado. Pero eso, como me han hecho ver las personas que me han llamado o escrito interesándose por la vivienda, está muy lejos del precio que, actualmente, se paga en el mercado. Me aconsejaron que preguntara, que visitara portales de venta de casas (ya sabéis, Fotocasa, Idealista, Milanuncios…) y que utilizara una herramienta del BBVA para valorar las viviendas, BBVA Valora. Esta última me dio una primera pista ya que el precio que indica es de 150.000 euros. Vaya, me dije, me he pasado, como mínimo, en 30.000 euros. Por eso en los portales donde he anunciado el chalet bajé el precio de venta hasta esa cantidad. Aun así, la última persona que me llamó me dijo que todavía era demasiado, que yo no vendería el chalet por ese precio.

Y ahora me encuentro en una encrucijada. ¿Merece la pena que siga con la venta si creo que nadie va a pagar el precio que yo considero justo? ¿Debo seguir esperando? ¿Tendré que bajar aún más, 140.000, 130.000…? ¿Haré como hacen los americanos, y cada vez más en nuestro país, una subasta para ver hasta dónde se puede llegar?

Como tengo muchos amigos y el artículo mencionado sobre la venta del chalet sigue teniendo muchas visitas, espero vuestros consejos. Y si alguien se anima, ya sabe, estoy dispuesto a escuchar ofertas.

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Viaje a Rusia (III): San Petersburgo

Como habíamos llegado demasiado tarde al hotel la noche anterior y mi cuerpo todavía estaba muy tocado por la colitis, enteritis o lo que fuera aquello, no pude dormir demasiado ni me apetecía comer, y he de decir que hasta el último día de nuestra estancia en San Petersburgo no pude disfrutar plenamente de la ciudad. Y, además, el tiempo tampoco acompañó demasiado.

El domingo 15, nuestro primer día en la ciudad, amaneció muy desapacible. Nuestra nueva guía, Olga, seguía cumpliendo los cánones de las mujeres rusas: alta, muy rubia, grande, con una cara redonda muy graciosa en la que destacaban sus ojos azules y unos dientes superiores que sobresalían un poco y que hacían que su boca pareciera estar riendo continuamente. Además, como nos demostró a lo largo de nuestra estancia, tenía un humor muy irónico y con propensión a contar chistes. Nos recibió en el vestíbulo del hotel, nos explicó la programación prevista según el tipo de viaje que tuviéramos contratado, las excursiones alternativas y una serie de recomendaciones a tener en cuenta, como el cuidado en las aglomeraciones ya que abundaban los carteristas.

Iniciamos un circuito en autobús para conocer los lugares más emblemáticos de San Petersburgo: la conocida Perspectiva Nevski (la más conocida avenida de la ciudad), plazas, palacios (pasamos por delante de algunos impresionantes, como el Palacio de Invierno, canales… Muchos los habíamos visto la noche anterior, pero de día parecía un paisaje totalmente nuevo. La pena es que la lluvia y el frío deslucían el paseo, aunque al adentrarnos en el barrio Dostoyevski parecía que nos habíamos trasladado a alguna de sus novelas y el tiempo era perfecto para retrotraernos al ambiente y a los personajes que describía en sus textos; nos bajamos para entrar en el mercado central, el mercado Kuznechny, que a pesar de ser domingo estaba abierto, aunque poco concurrido y también entramos en una iglesia que estaba celebrando una misa ortodoxa. No permanecimos mucho tiempo allí por respeto y porque, también hay que decirlo, son demasiado largas y pesadas.

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El autobús nos llevó hasta la fortaleza de Pedro y Pablo, construida en tiempos de Pedro el Grande, donde se encuentra también la catedral de San Pedro y San Pablo, con su enorme cúpula dorada,  y el Museo de Historia.

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Visitamos la catedral, en la que se encuentran las tumbas de casi todos los zares, incluidas las de la familia Romanov, cuyos restos fueron trasladados hasta aquí en 1998. Finalizada la visita a la fortaleza subimos al autobús, que continúa el recorrido por la ciudad. Pasamos al lado del crucero Aurora, hoy un buque museo, que el 25 de octubre de 1917 (en realidad, el 7 de noviembre según el calendario gregoriano), con un disparo de cañón, dio la señal para el asalto al Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares, con lo que dio comienzo la revolución bolchevique.

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Termina la visita panorámica, sigo sin encontrarme bien y no puedo comer, por lo que dejo a Carmen en el comedor y subo a la habitación. Pasadas un par de horas parece que me repongo y como la tarde ha mejorado, decidimos dar un paseo para despejarme por la avenida Macaroba. El hotel Marriot Courtyard está muy bien situado, al lado de uno de los brazos del río Neva, que desemboca en el Báltico, en el golfo de Finlandia, formando un delta. El recorrido es precioso, la tarde luminosa, apenas se veía una nube en el cielo. Llegamos a una plaza con un parque al lado del río donde varias decenas de parejas de todas las edades bailaban al son de la música que salía de un equipo que alguien había llevado. Seguramente es una costumbre que se lleva a cabo todos los domingos por la tarde. Como soy muy mal bailarín no me atrevo a bailar y Carmen me lo reprocha. Pero como tengo mala cara porque llevo un par de días con diarrea y sin comer y, sobre todo, porque el nivel de las parejas es muy alto, como si todas hubieran ido a clases de baile, no hace más comentarios. Enfrente tenemos el Palacio de Invierno, es decir, el edificio principal del Museo del Hermitage y, aunque me apetecía seguir el paseo, vemos que unas nubes amenazadoras se van acercando desde el mar, por lo que decidimos volver al hotel. Menos mal, porque nada más entrar, comenzó a llover de forma copiosa, incluso con truenos y relámpagos. Por la noche me atrevo a cenar algo porque parece que me encuentro mejor. Creo que fue un error.

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Al día siguiente el tiempo sigue frío y lluvioso. Apenas he dormido y mis visitas al baño durante la noche han sido frecuentes. San Petersburgo está siendo una tortura. Una pena porque hoy por la mañana tenemos una excursión a la ciudad de Pushkin y a Pavlovsk, el palacio de Pablo I y a los jardines de Catalina. Como todo lo que hemos visto hasta ahora, tanto el exterior como el interior son un ejemplo de por qué los rusos se rebelaron en 1917. Era imposible aguantar el despilfarro, la ostentación y la riqueza de los zares y de la nobleza rusa mientras el pueblo se moría de hambre (véase, si no, el artículo sobre Los lujosos palacios de los zares en San Petersburgo) y, encima, los habían empujado a morir en la I Guerra Mundial. Lo dicho, tuvieron mucha paciencia y aguantaron mucho.

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El palacio es realmente espectacular. Y resulta todavía más sorprendente cuando nos cuentan que en el año 1944 fue prácticamente destruido por los alemanes, que montaron allí un centro de operaciones y que, cuando tuvieron que irse por la derrota, lo incendiaron. El proceso de reconstrucción fue muy costoso, pero el resultado es magnífico. Las salas con diferentes decoraciones, estilos y obras (egipcio, italiano, griego…) proporcionan un conjunto variado pero muy armonioso. El control dentro del palacio es absoluto: tienes que ponerte unas protecciones en los zapatos para evitar rallar el suelo y siempre hay algún vigilante, generalmente mujeres, que están pendientes de que no te acerques a los objetos ni roces absolutamente nada. Cuando salimos a los jardines apenas pudimos pasear por ellos porque estaba lloviendo y era desagradable recorrerlos bajo los paraguas.

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Como teníamos la tarde libre, nuestra primera intención fue la de aprovechar para recorrer las calles y canales de San Petersburgo. Pero el tiempo seguía muy desapacible, con una lluvia continua y con frío y aunque estuvimos tentados de regresar al hotel después de comer en un restaurante a las afueras de San Petersburgo (los que pudieron comer, claro, porque yo seguía a dieta), la guía nos ofreció la alternativa de dejarnos en un conocido centro comercial, la Galería, para terminar de comprar y gastarnos los rublos que todavía teníamos. Para aquellos que le gusten las compras (yo no soy uno de ellos, por cierto) este centro, con cinco plantas y una gran cantidad de tiendas, es un auténtico paraíso. O un infierno, porque las tentaciones son demasiado grandes. Menos mal que allí también había baños, y fue una de las primeras cosas que comprobé. Durante un par de horas, recorrimos la mayor parte de la Galería y nos hicimos fotos delante de una exposición de coches americanos (si Lenin o Stalin levantaran la cabeza…). Como habíamos quedado a una hora determinada con dos parejas de argentinos y un par de mujeres mallorquinas, decidimos, tras votación, regresar en taxi (los hombres queríamos hacerlo en metro, porque nos habían dicho que, sin ser tan espectacular como el de Moscú, el metro de San Petersburgo tiene también algunas estaciones dignas de visitar). Pero no pudo ser, porque las mujeres eran mayoría y ellas no querían aventuras y prefirieron el taxi. Como nos dijo una vez Olga, la guía “A mí no me gustan las votaciones, porque siempre gana Putin”. Pues eso. Y aquí también se demostró que los argentinos están acostumbrados al regateo, porque una de ellas, tras varios intentos, consiguió dos taxis que nos acercaron al hotel, que estaba bastante alejado, por 600 rublos cada taxi (unos 7 euros). Como la Galería estaba cerca de la Perspectiva Nevski, la volvimos a recorrer y volvimos a recrearnos, pues tanto los edificios como su iluminación nunca dejan de sorprender.

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En el hotel dejé a Carmen en el restaurante y yo me subí, después de coger un yogur y una botella de agua, a la habitación. Otro día a dieta.

La última jornada fue muy intensa, demasiado, diría yo. Menos mal que esta vez el tiempo nos acompañó y pudimos disfrutar sin paraguas. Por la mañana, visita al Palacio Peterhof, en pleno golfo de Finlandia, a unos 30 km de San Petersburgo. El viaje de ida lo hicimos en autobús y el de vuelta en un barco rápido que tardó poco más de media hora en acercarnos a uno de los muelles que estaban cerca de nuestro hotel. El conjunto del palacio y de los jardines es Patrimonio de la Humanidad y no me extraña, porque es realmente extraordinario y si alguna vez vais a San Petersburgo no dejéis de visitarlo. A este palacio le pasó lo mismo que al de Pavlovsk, también fue casi derruido por los alemanes y reconstruido piedra a piedra por los rusos (los alemanes no son precisamente amiguitos de los rusos, como podréis ver). Peterhof es otra muestra del estilo barroco que tanto gusta por estos lares, mucho pan de oro, mucha rocalla, muchas florituras, muchas salas parecidas a las de Versalles (no en balde llaman a este palacio el Versalles ruso), muebles valiosos, espejos, lámparas…

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Pero lo que más llama la atención son los jardines y las fuentes, sobre todo estas últimas, ya que conforman, según comentó Olga, el complejo de fuentes más grandes del mundo, con una extensión de más de 100 hectáreas.

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Después de un paseo agradable, por fin, por los jardines, admirando la variedad y cantidad de fuentes, el regreso en barco nos permitió contemplar San Petersburgo de lejos, con la imponente Torre Gazprom o Lakhta Center, el rascacielos más alto de Europa, y el futurista estadio de fútbol del Zenith, actualmente el mejor equipo de Rusia, construido para el recientemente celebrado campeonato del mundo de fútbol. La comida fue en un restaurante típico ucraniano y esta vez me atreví con una sopa.

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Y por la tarde, la traca final, que nos supo a poco: El Hermitage. Había leído y visto mucho sobre este museo, uno de los mejores y más visitados del mundo, pero la realidad superó a las expectativas. En realidad, el museo consta de cinco grandes edificios unidos entre sí, aunque el principal y más conocido es el Palacio de Invierno. Desde la majestuosa escalera que permite acceder a la primera planta, a las grandes salas, cuadros, esculturas, decoración… Hubiera sido una auténtica gozada sin los millones de asiáticos que pululaban por pasillos y salas, impidiendo ver los cuadros. Sólo estuvimos un par de horas, contemplando únicamente las obras más conocidas. Pero la visita al Hermitage precisa de mucho más tiempo, no sólo por las obras de arte que alberga, sino también por la belleza del palacio en sí, porque techos, paredes, lámparas, todo, constituyen también una obra de arte.

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Salimos del museo mareados y abrumados por tanta belleza (me acordé del síndrome de Stendhal porque a punto estuve de padecerlo, quizás también influido por mi estado físico), comentando todo lo que habíamos visto, lamentando la dificultad para verlo con tranquilidad y prometiéndonos volver para seguir admirando todo lo que encierra en su interior.

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Con pena nos montamos en el autobús, porque con esta visita habíamos terminado realmente el viaje. Sólo nos quedaba regresar al hotel, hacer las maletas, comer algo, yo tomando líquidos, naturalmente porque no quería arriesgarme a que en el viaje de vuelta montara un número en los aviones, e intentar descansar un poco porque, aunque la salida de nuestro avión (recuerdo: San Petersburgo-Munich-Madrid-Sevilla) era a las 5,45 de la madrugada, nos venían a recoger al hotel a las 2,45. Yo fui capaz de dormir un par de horas, que me sentaron muy bien.

Nada reseñable que decir del viaje de regreso, sólo la pesadez de los aeropuertos y estaciones, así que hasta la próxima.

Viaje a Rusia (II): Moscú

El viaje de ida. De Sevilla a Domodedovo

Como dije en la introducción, cualquier viaje necesita de anécdotas, de complicaciones, de situaciones difíciles (siempre dentro de un orden, claro), que son la salsa, el condimento indispensable para que el conjunto final sea inolvidable y sobresalga de otras experiencias viajeras. Por ejemplo, en el viaje a Nueva York nunca se nos olvidarán los prolegómenos, la angustia de no saber, unos días antes, si lo podríamos realizar porque la agencia de viajes no nos confirmaba uno de los traslados y todo estaba en el aire, la madre de Manoli se cayó, se rompió la cadera y la tuvieron que operar, Juan Estaban, con una medio pulmonía que no terminaba de curarse, yo con gastroenteritis aguda y perdiendo kilos sin parar… Sin embargo, todo se solucionó y el viaje fue un completo éxito.

Pues este viaje a Rusia también tiene sus anécdotas. Pasaré por alto las inclemencias meteorológicas (nada importantes teniendo en cuenta que el país tiene fama de frío y lluvioso fuera del verano) o el criminal horario de los viajes (en la ida, salir de Sevilla en AVE a las 6,45 de la mañana y llegar a Moscú a las 23,50, o sea, 17 horas, casi como si fuéramos a Australia y en la vuelta, salir del hotel de San Petersburgo a las 2,30 de la madrugada para llegar a Sevilla a las 15,10) que me temo fue una mala planificación por parte de la agencia de viajes y también por mi parte, que no eché mucha cuenta y me conformé con lo que me presentaron.

La primera anécdota ocurrió nada más pisar suelo ruso, en el aeropuerto Domodedovo de Moscú, uno de los tres aeropuertos internacionales que tiene esta ciudad. Resulta que es el más alejado, a más de 40 km y desde el que se tarda más tiempo en llegar al centro de Moscú. Nada más recoger las maletas, nos dirigimos a la salida, esperando encontrar al conductor que, con nuestros nombres en un cartel, nos llevaría hasta el hotel. Había unos diez o doce carteles, pero en ninguno figuraba nuestro nombre ni el de la agencia de viajes. Nos dedicamos a recorrer la gran sala, por si se hubiera despistado, pero no había ni rastro. Y aquí empezaron las elucubraciones: doce de la noche, no saber hablar ni ruso ni inglés, tirados en un aeropuerto desconocido, en un país desconocido, sin otros viajeros que nos acompañaran… La sala comenzó a vaciarse y ya sólo quedábamos seis o siete personas. No suelo ponerme nervioso, pero la situación amenazaba con derivar en un ataque de nervios. Ya estaba a punto de llamar a un teléfono que la agencia de viajes me había dado para caso de emergencias (y aquella, a fe mía que lo estaba pareciendo), cuando vemos aparecer corriendo a un hombre joven, bajo y musculoso, con una camiseta negra y el pelo cortado casi al cero, con un pequeño cartel que levantaba y en el que podía leerse C.Lobo +1, por lo que deduje, aliviado, que se refería a nosotros (mi mujer se llama Carmen Vázquez Lobo y yo lógicamente, era el +1). Nos dirigimos hacia él hablándole en castellano y por señas y comprendió, porque para eso los españoles sabemos comunicarnos perfectamente sin saber idiomas, que éramos sus clientes. Agarró una de las maletas y sin decir ni una palabra dio media vuelta y salió de la terminal, atravesó varios aparcamientos a toda velocidad mientras hablaba por teléfono y llegó a un coche negro, un Toyota híbrido con buena pinta. Nosotros íbamos detrás casi sin aliento y procurando no perderlo de vista. Sin dejar de hablar por teléfono en ruso, metió el equipaje en el maletero, nos indicó que subiéramos a los asientos de atrás y arrancó.

El coche salió del aeropuerto y se metió en una autopista mal iluminada, con poco tráfico y fueron pasando los minutos. No se veía absolutamente nada a un lado y a otro de la carretera. De vez en cuando se adivinaba algún edificio. El hombre, con el manos libres, llamaba o recibía llamadas y seguía comunicándose con alguien. Aquello pintaba mal: ¿habríamos sido secuestrados por la mafia rusa y pedirían un rescate por nosotros? ¿Estaría hablando con sus camaradas para robarnos y dejarnos tirados en algún arcén apartado? Carmen me miraba asustada y yo fingía estar tranquilo, aunque en el fondo no las tenía todas conmigo. ¿Y si C.Lobo +1 no éramos nosotros y el auténtico conductor estaba esperándonos en el aeropuerto? ¿Y si los del hotel estuvieran compinchados con el conductor y todo formara parte de un plan perfectamente organizado? Mientras mi nerviosismo iba incrementándose, esperando que en cualquier momento el ruso saliera de la autopista y nos metiera en una carretera secundaria, comprobé con cierto alivio que iban apareciendo cada vez más edificios iluminados, que la circulación se iba incrementando y que el conductor había dejado de hablar por teléfono y miraba cada vez con más insistencia la pantalla del GPS que tenía delante.

Las primeras barriadas periféricas de lo que yo ya podía asegurar que era Moscú fueron apareciendo. Carmen y yo nos miramos y pudimos empezar a hablar con cierta tranquilidad, porque hasta ese momento habíamos permanecido en silencio, sumidos en las más negras elucubraciones. En determinado momento, cuando ya llevábamos más de media hora de viaje, salimos de la autopista y empezamos a circular por grandes avenidas, bien iluminadas y con un tráfico bastante denso para la hora que era. A lo lejos observamos un grupo de rascacielos que yo había visto en televisión cientos de veces y que están situados en la barriada financiera de Moscú.

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A partir de ese instante sabía que no tendríamos problemas. Y así fue, ya que unos diez minutos después llegamos al hotel, el Renaissance Monarch Centre, un excelente hotel en el que nos alojamos tres noches. Sin decir palabra, el conductor entró con las dos maletas grandes en el vestíbulo del hotel, saludó a una mujer joven que le estaba esperando con un cartel de la mayorista de viajes GoingRussia, la que nos acompañaría a lo largo de toda nuestra estancia en las dos ciudades, y con un simple apretón de manos se despidió de nosotros y desapareció rápidamente. La muchacha, en perfecto castellano, nos saludó y fue con nosotros hasta la recepción, donde entregamos la documentación, y nos indicó que, a las nueve de la mañana, allí mismo, se celebraría la reunión informativa con la guía que nos acompañaría en Moscú. Por cierto, allí conocimos a nuestros primeros compañeros de viaje, una pareja que vive en Alicante aunque son de Albacete. Por fin contactamos con compatriotas y pudimos relajarnos definitivamente. Subimos a la habitación, muy grande y muy bien equipada y, cerca de las dos de la madrugada, nos quedamos dormidos. Para ser el primer día, la experiencia no había estado mal.

Tres días en Moscú

Después de desayunar con un buffet de bastante calidad y muy abundante, nos dirigimos al vestíbulo donde ya había unas treinta personas, todas hablando castellano pero con acentos muy diferentes, pues además de catalanes, mallorquines, madrileños y de otras partes de España, había una buena representación de argentinos, uruguayos, salvadoreños y mexicanos (dos chicas jóvenes mexicanas, Paulina y Daniela, con las que congeniamos mucho). Además, había también cinco o seis portugueses que formaron parte del grupo durante todo el viaje, aunque en San Petersburgo se alojaron en otro hotel.

La guía, una mujer joven típicamente rusa, o por lo menos a mí me lo pareció, era grande, robusta, rubia, sonriente, y se llamaba Anastasia. Y cuando subimos al autobús nos presentó al conductor, Vladimir. Con esos nombres, más no se podía pedir para empezar nuestro viaje por Moscú. Sólo faltaba algún miembro de la KGB para completar el cuadro, aunque, ¿pudiera ser que Anastasia o Vladimir fueran de la KGB o como se conoce actualmente, la FSB? Nunca lo pudimos averiguar, pero por si acaso procuramos no decir ni hacer nada sospechoso.

Primero realizamos una visita panorámica en la que pudimos apreciar, además de grandes edificios y amplias avenidas, que Moscú tiene muchas zonas verdes, muchos parques. Después de recorrer la Plaza Roja, con el Kremlin (que visitaríamos al día siguiente), los Almacenes Gum (la encarnación del capitalismo más puro en uno de los lugares más emblemáticos del comunismo), donde entramos a admirar la arquitectura de pasillos y puentes y las exclusivas tiendas, además de tomarnos un café en la cafetería Bosco (donde nos rascaron 1200 rublos, unos 15 euros, por dos cafés y una botella pequeña de agua), las Iglesias de San Basilio y de Kazán, en lsa que también entraríamos al día siguiente, el mausoleo de Lenin (en el que no entramos porque había que hacer una cola de más de tres horas), seguimos con el autobús hasta el parque Victoria. Allí se encuentra el Museo de la Gran Guerra Patria, como allí denominan a la Segunda Guerra Mundial, así como un gran obelisco lleno de simbolismos guerreros como la estatua de la diosa Nike o un santo alanceando un dragón. Ya he dicho que si hay algo que caracterice a este pueblo es la exaltación de sus victorias, sobre todo contra los franceses y contra los alemanes, que repiten y conmemoran continuamente.

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Después nos llevaron a una tienda para que comprásemos los típicos recuerdos (matrioskas, ámbar, camisetas, gorros, etc.) donde nos recibieron con vasos de vodka, que alegraron el ánimo y nos predispusieron para gastarnos los ahorros. Sobre las dos de la tarde nos llevaron a un céntrico restaurante donde iniciamos las relaciones con nuestros compañeros de viaje. Siempre se ha dicho que las comidas son una buena manera de conocer a las personas, de establecer relaciones, de cerrar acuerdos. También en esta ocasión se demostró, ya que nos sentamos a comer con Paulina y Daniela, dos jóvenes amigas mexicanas que nos contaron su viaje desde México DF hasta Rusia y que después continuarán por otras ciudades europeas. Pudimos comprobar que casi todos los turistas que provienen de América aprovechan para conocer diferentes países, lo que es lógico dadas las distancias; realizar un viaje de tantas horas para estar sólo una semana en uno o dos lugares no merece la pena. En otras comidas conocimos a varias parejas argentinas que nos hablaron de los problemas que acucian actualmente a su país; unos apoyaban a Macri y otros a Cristina Kirchner, unos eran de Boca, otros de River y alguno de Independiente. Y todos, casi sin excepción, de Messi y del Barça, qué se le va a hacer.

Terminamos el primer día, por la tarde, en otra visita obligada, el metro de Moscú. Es un auténtico espectáculo, un museo subterráneo que tendría que dejar boquiabiertos a los moscovitas cuando se inauguró a mediados de los años treinta del siglo XX y que nos sigue admirando a los foráneos. Recorrimos varias líneas y nos bajamos en cinco o seis estaciones, cada una de ellas semejante a un museo de pintura o de escultura. Imprescindible. Y sobre todo, a pesar de los caracteres cirílicos, relativamente fácil de manejar.

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El día 14 de septiembre amaneció espléndido, con un cielo azul inmaculado y una temperatura muy agradable. Visitamos el Templo de Cristo Salvador, una perfecta recreación del edificio original, que fue demolido en 1931 y que comenzó a ser reconstruido en 1995. Es una iglesia cuyas cúpulas doradas pueden verse desde casi toda la ciudad y que alberga preciosos iconos, retablos, cuadros murales y bóvedas que compiten en belleza con cualquier catedral occidental. Desde allí, en autobús, nos acercamos hasta el Kremlin, en el que entramos alrededor de las doce de la mañana. Miles de chinos (o coreanos, que no soy capaz de distinguirlos) haciendo cola, empujando, gritando como posesos. Acostumbrado a la educación japonesa, es difícil reconocer en ellos la tan renombrada cortesía oriental. Los europeos en general y los hispanohablantes en particular parecíamos monjas ursulinas a su lado. La misma guía se indignó varias veces por los modales, mejor dicho, por la falta de modales de los mencionados chinos. Y así a lo largo de todo el viaje.

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El Kremlin me decepcionó. Primero tuvimos que pasar una serie de controles exhaustivos. Y después, aunque no esperaba que nos dejaran entrar en las dependencias, sólo pudimos pasear, y de forma muy limitada, por los espacios que separan los edificios. Y todo ello sin salirnos de unas líneas marcadas en el suelo, porque siempre había algún guardia que rápidamente llamaba la atención. Pasamos al lado del cañón y de la campana más grandes del mundo (lo dicho, todo lo tienen más grande, con perdón) y para finalizar entramos en dos de las cinco catedrales que hay en el Kremlin: la de la Anunciación (o de la Dormición, como la llaman ellos) y la del Arcángel, que por su belleza hacen que merezca la pena la visita al Kremlin. Tanto por dentro como por fuera llama la atención la riqueza y la exuberante decoración, llena de dorados y de iconos bizantinos. Nos dimos cuenta, y la guía nos lo confirmó, que el pueblo ruso es, en general, muy religioso y la iglesia ortodoxa tiene bastante poder e influencia. Los años de la revolución soviética no lograron impedir que la tradición religiosa se olvidara en un pueblo que durante siglos observó con devoción los preceptos de su religión.

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Al salir, aprovechamos que teníamos una hora libre para visitar el interior de la iglesia de San Basilio. Por fuera parece una tarta de colores y por dentro es todavía más curiosa, pues está formada por una serie de iglesias o capillas más pequeñas unidas por estrechos pasillos, como un pequeño laberinto decorado no con tanta riqueza como las iglesias del Kremlin, pero sí con mucho gusto y la típica ornamentación ortodoxa.

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Por la tarde visitamos un museo del que nunca había oído hablar, el museo o galería Tretyakov, un rico comerciante ruso que se dedicó a coleccionar obras de arte, principalmente pinturas de artistas rusos de los siglos XVIII y XIX. Aunque no llega a la calidad de la mayor parte de los museos de pintura occidentales, tiene algunas obras de notable valor artístico y que, en general, nos gustaron.

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Finalizó nuestra estancia en Moscú el día sábado día 15. Cargamos las maletas en el autobús, pues por la tarde saldríamos hacia San Petersburgo y nos dirigimos hacia Sergiev Posad, un pueblo situado a unos 70 km. donde se encuentra el monasterio de la Trinidad y de San Sergio, el centro espiritual de la iglesia ortodoxa rusa, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Tardamos cerca de dos horas en llegar pues había muchísimo tráfico. Según parece, a los moscovitas les gusta salir los fines de semana, muchos de ellos a sus dachas o casas de campo familiares.

La verdad es que merece la pena esta visita, pues aunque ya estábamos un poco cansados del número de iglesias que habíamos visto, este conjunto monumental sobresale, no sólo por el contenido de las mismas, sino por la gran cantidad y variedad de peregrinos que, venidos de toda Rusia, pasaban mucho tiempo para rezar a sus vírgenes y santos. Casi todas las mujeres llevaban un velo que les tapaba la cabeza, encendían y colocaban velas en lugares destinados a ello y escribían sus peticiones (consistentes en el nombre de las personas a quienes querían beneficiar) en pequeñas hojas que introducían en unas cajas y que después los sacerdotes, durante la misa, leían en voz alta. Por eso las misas ortodoxas, no sólo aquí sino en cualquier otra iglesia, tenían una duración de unas dos horas y media. El paseo por las instalaciones del monasterio es muy atractivo, no sólo por las iglesias, sino por los jardines y espacios que, a pesar de la gran cantidad de personas que hacíamos la visita, estaban impregnados de tranquilidad y silencio.

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Para terminar nuestra estancia en Moscú, una vez finalizada la visita a Sergiev Posad, el autobús nos llevó hasta un barrio de Moscú, Izmailovo, que para los sevillanos podría compararse a Sevilla Este. Comemos en uno de los cinco grandes hoteles (con nombres de las letras del alfabeto griego, Alfa, Beta, Delta…) que allí hay, quizás la mejor comida hasta ahora. Nada más terminar de comer nos fuimos a uno de los mercadillos más extraordinarios que conozco. No soy muy amigo de comprar en ese tipo de sitios, porque generalmente la calidad deja mucho que desear, pero sí me gusta el ambiente, los gritos de los vendedores, la variedad de productos que se venden. Pero éste supera a todos los que conozco, no sólo por los cientos de puestos en los que se puede encontrar prácticamente de todo, desde los más corrientes souvenirs hasta los más sofisticados abrigos de visón (aprovechamos para comprar casi todos los regalos que teníamos pensado llevar a nuestros hijos y a mi madre), sino porque tiene unos precios muy asequibles. Intentamos regatear, porque la guía nos había dicho que, con un poco de suerte, podríamos rebajar el precio inicial, pero apenas tuvimos suerte. Nos llamó la atención la gran cantidad de antigüedades, objetos de arte y de la antigua Unión Soviética, desde pistolas (supongo que fuera de uso) pasando por insignias, gorros, ropa militar, hasta viejas fotografías y libros de y sobre los mandatarios soviéticos.

El mercado se encuentra dentro de un recinto llamado el Kremlin de Izmailovo, una construcción amurallada en la que hay edificios de madera pintada con cúpulas encebolladas, torres puntiagudas, pasillos, puentes y calles que, a diferentes alturas, organizan los cientos de puestos, así como restaurantes, plazas donde se suceden actuaciones, fuentes… Y muchas bodas. Estos rusos se casan mucho y muy jóvenes, eneso no nos parecemos los españoles, que nos casamos cada vez más tarde, y aprovechan que allí se encuentra el Palacio de Bodas, que se complementa con la gran cantidad de salones donde terminar la celebración.

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Comencé a sentirme mal, con retortijones y náuseas, y tuve que salir de prisa y volver al hotel donde habíamos comido. Lo achacamos a algo que habíamos desayunado, porque había pasado muy poco tiempo de la comida para que el efecto fuera tan rápido. El autobús nos llevó otra vez a nuestro hotel, que estaba relativamente cerca de la estación. Allí se estaban celebrando otras dos bodas, o sea, una auténtica epidemia. Y allí aprendimos otra cosa de los rusos. La guía nos comentó que en lugar de gritar a los recién casados “¡que se besen, que se besen! como es costumbre en España, se dice “¡gorku, gorku!” que significa amargo, para indicar que, fuera de los besos, todo es amargo y conseguimos que, tras varios intentos y con todos los turistas gritando, los novios se besasen.

El final del día en Moscú y el viaje en el tren rápido a San Petersburgo fue casi una pesadilla. Entre los miles de chinos que también viajaban con nosotros, sus empujones y gritos, el control de equipajes, la caminata hasta nuestro vagón, que era uno de los más alejados, el continuo trasiego hasta los baños, etc., la despedida de la capital rusa no fue la más apropiada ni la deseada. Menos mal que en uno de los momentos de tranquilidad, salí a uno de los descansillos entre los vagones y tuve una charla muy animada con uno de los argentinos y un salvadoreño. Hablamos de política, tanto de la nuestra como de la suya, que está pasando por unos momentos delicados y también de fútbol, cómo no. Cuando llegamos a San Petersburgo, ya de noche cerrada, salimos sin problemas de la estación y pudimos admirar la ciudad, sus grandes avenidas iluminadas, sobre todo la Perspectiva Nevski, de más de cuatro kilómetros que recorrimos prácticamente en su totalidad y la gran cantidad de plazas, canales y puentes que recorreríamos en los próximos días. A pesar del mal cuerpo, la visión me reconfortó y cuando llegamos al hotel, céntrico y no demasiado alejado del Palacio de Invierno, mi humor había cambiado y esperaba que los próximos días mejorara mi salud.

Viaje a Rusia (I): Introducción

¿No avanzas tú, Rusia, como una troika a la que nadie puede dar alcance? Se alzan nubes de polvo por donde tú pasas, retiemblan los puentes y todo lo dejas atrás. El espectador se detiene pasmado por ese milagro de Dios. ¿No es un rayo que cayó del cielo? ¿Qué significa ese terrorífico movimiento? ¿Qué ignorada fuerza encierran para el mundo esos desconocidos corceles? Ah, corcelas, corceles. ¿Lleváis un torbellino en vuestras crines? ¿Lleváis un sensible oído en cada una de vuestras fibras? Oyen la familiar canción que les llega de arriba, ponen en tensión al unísono los pechos de bronce y, casi sin rozar el suelo en los cascos, convertidos en una alargada línea, vuelan por el aire y avanza la troika impulsada por el hálito divino… ¿Adónde vas, Rusia? Responde. No contesta. Se oye el portentoso son de la campanilla. Resuena y se convierte en viento el aire rasgado a su paso. Pasa de largo todo cuanto hay en la tierra, miran, se apartan y le ceden el camino otros pueblos y naciones.

Almas muertas. Nicolai Gogol

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Antes de emprender un viaje suelo informarme bien sobre los países y las ciudades que visito. No sólo el clima, los monumentos, los transportes, los museos, los horarios, las calles o los restaurantes, sino también cómo son las costumbres habituales: si se saluda dando la mano, dando uno o dos besos, sonriendo o con una reverencia; de qué se puede y no se puede hablar, qué está prohibido o se considera de mal gusto, qué está bien visto… Es una costumbre que todos los turistas o los viajeros deberían tener porque así se evitan sorpresas y situaciones desagradables y facilitan el contacto con los ciudadanos nativos; nunca se sabe cuándo y cómo los necesitaremos; no hay cosa que más me moleste que los que nos visitan me miren como a un bicho raro, como si fuera un espécimen a estudiar con una lupa o bajo un microscopio.

Las tradiciones, la historia y la cultura conforman una malla en la personalidad de los ciudadanos de un país que suele diferenciarlos de cualquier otro. Aunque se habla mucho de globalización, y es verdad que cada vez nos parecemos más gracias o por desgracia, depende, a Internet y a todas las tecnologías que nos permiten reconocernos en el metro de París o en una aldea de la Patagonia, cada pueblo tiene una idiosincrasia que proviene de siglos de educación, de repetición de usos y costumbres, de ver en nuestra familia y a nuestro alrededor gestos o frases que nos han ido moldeando. Hablar a gritos o en susurros, comer o andar de una determinada manera, pedir las cosas por favor o mediante órdenes, querer destacar o pasar desapercibido, preferir la soledad o la compañía, etc., son características que suelen explicar la procedencia de unos y otros. Siempre hay excepciones, siempre nos podemos equivocar, a veces se han creado imágenes falsas de determinados países y de sus habitantes. Por eso es bueno, yo diría que imprescindible, viajar para comprobar si es cierto lo que se cuenta y para relativizar los conceptos. Y también para comparar, para saber si lo nuestro es tan bueno o mejorable y si las típicas frases “en España se vive mejor que en ningún lado” o “la mejor comida es la española” o al revés, “los españoles no tenemos ni educación ni cultura” tienen algún sentido.

Además de las recomendaciones que realiza el Ministerio de Asuntos Exteriores, suelo leer diferentes guías de viaje como la de Civitatis o Lonelyplanet , opiniones en blogs de viajeros y blogs de nativos del país que voy a visitar para conocer de manera más precisa aquello que nos vamos a encontrar, como por ejemplo el blog del bloguero ruso Raymond Saint que dice, entre otras cosas en Rusia resulta peligroso sonreír a personas desconocidas en la calle. La ‘sonrisa americana’ se considera falsa y da rabia a los rusos. Una cara sombría provoca más confianza porque revela los apuros cotidianos que sufre todo el mundo o también en Rusia no es peligroso pasear por las calles y la idea generalizada de que es un país inseguro no es más que un mito. O sea, hay que ir siempre serio por la calle, no vaya a ser que los rusos se enfaden, y podemos dar un paseo por los alrededores del hotel si no tenemos sueño, aunque sean las tres de la madrugada. Preguntaremos allí a los guías y en el hotel, no sea que el bloguero ruso se haya reído de todo el mundo y a ver quién le pide responsabilidades después.

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Una vez leído todo lo anterior, de haber releído a Tolstoi y Dostoievsk  y después de hablar con algunos amigos que ya visitaron Moscú y San Petersburgo, puedo hacerme una idea bastante aproximada de lo que me voy a encontrar. Pero sé que todo es muy subjetivo, que las opiniones varían en función de las experiencias previas, de la agencia de viajes contratada, de los hoteles elegidos, de las excursiones realizadas, de la época del año, de si los que visitaron y te hablan del país lo hicieron hace mucho o hace poco tiempo. Total que, aunque ya sé mucho, temo que tampoco sé demasiado.

Carmen, mi mujer, y yo tenemos un grave hándicap: apenas sabemos hablar inglés. Cuando yo estudiaba bachillerato el idioma que ofrecían casi exclusivamente en los institutos era el francés y sólo unos pocos años después de terminar esos estudios fue cuando comenzó a generalizarse el inglés. Reconozco que he empezado algunos cursos, que fui un año a la escuela de idiomas en La Coruña, que me gusta la música en inglés, que me he propuesto muchas veces aprender ese idioma que es casi imprescindible para viajar…, pero es inútil. Me pasa lo mismo que con la bicicleta, no aprendí a montar de pequeño, fue pasando el tiempo y ahora me da vergüenza y algo de reparo aprender. Sé que si me lo propongo puedo adquirir un nivel que me permita defenderme, por lo menos para lo más básico, pero lo voy dejando por pereza o porque surgen nuevas actividades que me ilusionan más. Y así estamos a día de hoy (como diría mi hijo Santiago: Nota mental, aprender inglés ¡¡¡YA!!!)

Total, que como no tenemos ni idea de inglés y menos de ruso, nos dio miedo organizar el viaje por nuestra cuenta como hemos hecho otras veces y nos dirigimos a una agencia de viajes. Resultado: todo es más cómodo, más caro, menos flexible y mucho menos divertido. Aunque no me gusta dejar demasiado a la improvisación, siempre es conveniente dar algo de margen a las pequeñas aventuras, esas que, al final, suelen ser el aderezo imprescindible de cualquier viaje. Así que, después de pedir varios presupuestos y analizar diferentes propuestas, elegimos una agencia que está muy cerca de casa y que al final, era la que ofrecía la mejor relación calidad-precio.

Primero decidimos las fechas, del 12 al 19 de septiembre. Este mes es uno de los mejores para viajar a casi cualquier país en general y a Rusia en particular, sobre todo por el clima. Por cierto, en Rusia, según nos comentaron las guías, el otoño comienza el 1 de septiembre; además de los caracteres cirílicos y de otras costumbres curiosas que iremos explicando, a los rusos les encanta, por lo que se ve, diferenciarse de los demás. Y sobre todo, decir continuamente que son los mejores, los más fuertes, los más orgullosos de su historia, de sus victorias. En ese sentido tenemos mucho que aprender, porque pocos pueblos habrá tan acomplejados por la historia propia que los españoles, continuamente estamos despotricando contra hechos que en la mayor parte de los países serían fuente de orgullo, de conmemoraciones. A lo largo de todo el viaje nos encontramos estatuas y monumentos que recordaban, por ejemplo, las victorias contra Napoleón o contra los nazis alemanes. Las dos guías que nos acompañaron durante el viaje ensalzaban continuamente esos hechos históricos. Y los españoles que íbamos en el grupo nos mirábamos y comentábamos entre nosotros la necesidad de ese pueblo por demostrar su fortaleza ante los demás y el silencio de los españoles, que solemos pasar de puntillas por nuestra historia.

Y, sin embargo, el pueblo ruso y el español no son tan diferentes como dijo en su día Miguel de Unamuno: “Me interesa mucho en Rusia todo lo ruso, todo lo tradicional, lo menos cosmopolita. Yo siempre estuve convencido de que existen analogías indudables entre los caracteres español y ruso: la misma actitud hacia la vida, la religiosidad de las masas y los impulsos místicos de los elegidos. Incluso la doctrina de León Tolstoi nos es mucho más cercana que a Francia o Italia, países latinizados y demasiado paganos”. Eso se nota, entre otras cosas, por la enorme admiración y el conocimiento que los rusos tienen de D. Quijote. Me atrevería a decir que ellos lo conocen mejor que nosotros y que lo quieren más. D. Quijote y Sancho son dos personajes con los que se sienten identificados, les fascina su actitud, su desprendimiento, su gallardía, su búsqueda de la libertad. Lo leen en las escuelas y luego en sus casas. Y nosotros, pues ya se sabe, me temo que hay un porcentaje muy grande de la población que sólo lo conoce por los dibujos animados.

Termino esta introducción con consejos más prácticos y que pueden ayudar a facilitar el viaje:

  • Tramitad con mucha antelación el visado para entrar en Rusia, que ya sabéis que es absolutamente obligatorio. Es muy pesado el papeleo y tarda alrededor de un mes, como mínimo. Y, sobre todo, comprobad que los datos sean totalmente correctos; cualquier error en el nombre puede conllevar que no os dejen entrar. Son muy estrictos en ese aspecto.
  • Elegir un buen seguro médico. Además de que no puedes entrar en Rusia sin él, te puede evitar disgustos.
  • Aunque nosotros estuvimos tres días completos en cada ciudad, es recomendable estar como mínimo cuatro días en cada una. Aún así, os quedarán muchas cosas por ver.
  • En cualquier época del año, sobre todo si no es en verano, llévate ropa de abrigo, ya que hace bastante más frío que en España, especialmente por la noche.
  • No es preciso llevarse dinero ruso, rublos, ya que casi todo se puede pagar con tarjeta de crédito. Además, en casi todos los hoteles hay máquinas que cambian dólares o euros a rublos. Yo saqué dinero en un cajero automático sin problemas y el cambio es prácticamente igual al oficial. De todas formas, en la siguiente entrada hallaréis consejos sobre dónde es mejor realizar el cambio: ¿Dónde es mejor cambiar moneda extranjera?

Y encontraréis más consejos en el siguiente enlace:

Consejos para viajar a Rusia, especialmente a Moscú y San Petersburgo.

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Yo también hice un máster

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Me ha costado mucho tiempo reconocerlo porque la vergüenza y el sentido de culpabilidad me atenazaban. Siempre lo he mantenido en silencio, oculto y únicamente mi familia más cercana lo sabe, pero les había hecho prometer, jurar incluso, que no dijeran nada. Durante catorce años, catorce largos años, el secreto no ha salido a luz, lo cual es realmente milagroso. Sé que hay personas que han investigado, que han utilizado los más sórdidos recursos y las estratagemas más odiosas para averiguar la verdad. Noches y noches enteras sin dormir, días y días pegado a la televisión, a la radio, al teléfono, esperando el fatídico momento en que algún avispado periodista o un amigo traidor que hubiera sonsacado o sospechado algo, acabaran por delatarme, por encontrar un resquicio, una prueba. A veces, algunos comentarios aislados me hacían temer lo peor, que alguien se hubiera ido de la lengua, pero al final mis temores eran siempre infundados. Hasta ahora nadie había sabido nada.

Pero ya no puedo más. He envejecido prematuramente, mis cabellos se han cubierto de canas, la tristeza se ha apoderado de mi mirada y una continua opresión se ha instalado en mi pecho. Mi mujer y mis hijos sabían lo que me pasaba y, sin embargo, siempre estaban a mi lado con una frase, una caricia, un silencio a tiempo. Nunca podré agradecerles suficientemente su apoyo, las palabras de ánimo, el saber mantener la boca cerrada a pesar de que, seguramente, les habrán ofrecido mucho dinero o muchas prebendas por una mínima prueba, por un documento que me delatara. La familia es lo único que se puede salvar en un mundo traidor, envidioso, cruel, que busca hundir a aquellos que sobresalen un poco. Los enemigos buscan tu caída, cuanto más estrepitosa y humillante, mejor; pero tus amigos pretenden lo mismo y aunque delante de ti se muestren apesadumbrados y te apoyen, la verdad es que se alegran porque así podrán ocupar tu lugar y deshacerse de alguien que les impida crecer o alcanzar mejores puestos.

Así que, después de meditarlo mucho, de consultarlo con la almohada, con mi mujer y mis hijos, hoy he decidido contar la verdad, lanzarla a los cuatro vientos, publicarla en las redes sociales, llamar a la prensa y mostrar las pruebas: en el curso 2003-2004 hice un Máster de Nuevas Tecnologías Aplicadas a la Educación. En abril de 2004, después de haber realizado todas las actividades que mi tutor me indicaba, aunque nunca discutí con él la facilidad de alguna de ellas, haber aprobado todos los módulos, trece en total, a pesar de que no asistí ni una vez a una clase presencial, aunque en mi descarga diré que era un máster on line organizado por la UOC, Universidad Oberta de Catalunya (más oprobio y vergüenza, una universidad catalana, no sé si cercana al independentismo, vade retro), entregué el Proyecto Final de Máster titulado “La formación de asesores y asesoras de Andalucía en Tecnologías de la Información y la Comunicación”. Elegí ese tema porque en ese momento, más oprobio, más vergüenza, no sé si podré salir de todo esto, era el Jefe del Subprograma de Formación del Profesorado de Andalucía, es decir, el coordinador de los centros del profesorado andaluces y responsable, entre otras cosas, de que los asesores y asesoras de dichos centros estuvieran bien preparados. En junio de 2004 defendí el Proyecto, también de manera on line. Me encerré en el estudio, me conecté a la UOC vía Internet y con una webcam, durante una hora contesté a las preguntas del tribunal, tres o cuatro profesores, no recuerdo bien, que intentaron ayudarme lo más posible y que, al final, me dieron un notable alto y meses después, la UOC me envió el título, que, nada más recibirlo, guardé bajo siete llaves en un rincón del trastero.

Por fin he confesado. Al fin estoy libre y podré dormir tranquilo. Y puedo decir, sin rubor y con cierto orgullo, que no he querido esperar a que un periódico sacara a la luz la noticia. No sé si recibí trato de favor, si alguien manipuló las notas, si realicé todos los trabajos que se requerían para aprobar, si al final me dieron una calificación mayor de la que merecía. Yo sólo hice lo que me dijo mi tutor y el director del Máster. Si hubo alguna irregularidad no es mi culpa, será de ellos o de algún funcionario malintencionado y ya puedo exhibir con tranquilidad el título, que por cierto, no sé si podré encontrarlo o si la humedad y las polillas me impedirán colgarlo en una de las paredes del pasillo, junto con los títulos que mis hijos han colgado allí.

Espero de vuestra benevolencia que sepáis perdonarme y comprender lo que hice. No calculé ni fui capaz de prever lo que podría ocurrir muchos años después. Menos mal que no elegí la Universidad Rey Juan Carlos ni el director del Máster fue Álvarez Conde porque entonces, además de Cifuentes, Casado y Montón, mi apellido se hubiera visto arrastrado por el fango.