De la encina a la caseta

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Soy gallego de La Coruña, A Coruña o simplemente Coruña, como decimos por allí para no molestar a nadie, aunque los de Ferrol, Santiago y Vigo sí que se molestan porque nos tienen envidia, qué se le va a hacer, será porque la nuestra es la ciudad más bonita y alegre de Galicia y de más allá. Mi madre y mi mujer, que se llaman igual, Carmen, son de Aroche, un pueblo del norte de la provincia de Huelva, encaramado a un cerro desde el que se puede contemplar una sierra, los Picos de Aroche, últimas estribaciones de Sierra Morena, y un valle que ha ido creando a lo largo de miles de años el río Chanza.

Mi mujer y yo, a pesar de haber nacido a mil kilómetros uno del otro, somos primos segundos. Para que se entienda lo explicaré en pocas frases: nuestras abuelas eran hermanas, Florentina y Carmen. Mi abuela Florentina estudió magisterio en Sevilla, pero, a pesar de terminar la carrera nunca recogió el título porque, cosas de aquellos tiempos, tuvo que irse al pueblo a cuidar a sus padres. Mi abuelo José, maestro y alcalde republicano de Aroche durante unos meses, fue represaliado y no pudo ejercer más, así que tuvo que ganarse la vida dando clases particulares y vendiendo casi todo lo que tenía. Falleció en el año 1946 y un par de años después, un tío mío, Juan José, que trabajaba cantando en Coruña (formó parte de un grupo que tuvo cierto éxito en su momento, Luisa Linares y los Galindos, que algunos quizás conozcan porque son los que cantaron por primera vez Dinero al bote o el pasodoble de Aroche), llamó a mi abuela y a mi madre, que en aquella época tenía 20 años, para que se fueran a vivir con él. Así que lo demás se puede adivinar: mi madre conoció a un gallego, se casó con él, tuvo dos hijos y al cabo de un tiempo, comenzó a visitar Aroche con cierta asiduidad. Cuando yo tenía trece o catorce años conocí a la que después sería mi mujer, Carmen, hija de un primo hermano de mi madre, Pedro. A finales de los setenta mis padres construyeron una casa en Aroche a la que llamamos “el chalet”, donde me refugio a veces para leer, escuchar música o iniciar los paseos de los que alguna vez he hablado.

¿A qué viene todo esto? ¿Qué tiene que ver con el título que, como algunos quizás hayan adivinado, tiene relación con la Romería de Aroche? Paciencia, queda todavía un poco de historia, que, por cierto, estoy escribiendo con bastante más extensión, pero con mucha pereza pues he querido novelarla y ahí estoy atascado.

Pues resulta que, casualidades de la vida, tuve que hacer el servicio militar en Andalucía, la primera parte en el campamento de Cerro Muriano y el resto en el cuartel de Intendencia de Sevilla, en la Puerta de la Carne. Estamos hablando de los años 1976 y 1977. En mayo de este último año fui por primera vez a la romería. Yo tenía 22 años recién cumplidos. Aproveché que me habían dado permiso el fin de semana y cogí el autobús el sábado por la mañana. Para aquellos que son más jóvenes, les informaré que antes la romería se organizaba de otra manera: el sábado había misa en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, el domingo era cuando el Santo, en procesión, se llevaba hasta la ermita de San Mamés (o de San Pedro de la Zarza), se oficiaba la misa, las familias se ubicaban en las encinas del llano de la Belleza y al anochecer, el Santo regresaba otra vez al pueblo. El lunes, que creo recordar que era festivo, también se dedicaba a actividades lúdicas, entregándose los premios a los diferentes concursos como el de la mejor pareja o el mejor caballista.

Lo malo es que no recuerdo prácticamente nada de mi primera romería. Yo nunca he sido una persona bebedora porque le alcohol me sienta mal. Pero yo era soldado, estaba fuera del cuartel, hacía un día precioso (de eso sí me acuerdo), iba con mis primos y amigos de Aroche, todo era libertad, lo que no tenía en Sevilla. Así que durante el camino comencé a beber manzanilla y fino (nada de cerveza o rebujito, como ahora) y cuando llegamos a la Belleza, yo ya casi no sabía ni donde estaba. Después me contaron que seguí bebiendo con alguien de Cortegana, que nos pusimos a cantar, que casi perdí el conocimiento y que tuvieron que llevarme al pueblo donde estuve durmiendo muchas hora. Quizás no lo creáis, pero no recuerdo si regresé a Sevilla ese mismo día en el coche de alguien o si cogí el autobús, que sale muy temprano, el lunes por la mañana. Lo que sí puedo asegurar, lo recuerde o no, es que tendría un dolor de cabeza enorme, porque es lo que me pasa cuando bebo demasiado. El caso es que hay como un agujero negro de esos días que impide que los recuerdos salgan a la superficie. Esa experiencia me sirvió para alejarme del fino y de la manzanilla durante un tiempo, aunque ahora no le hago ascos a ninguna de esas bebidas. De todas formas, no todo hay que achacarlo al vino, los cuarenta y un años que han pasado también tienen la culpa.

Mi segunda romería ya es del año 1981, cuando ya vivía en Sevilla y era novio de la que unos meses después sería mi mujer, Carmen. El sábado a mediodía y por la noche el ambiente en el pueblo era extraordinario y, a pesar de que al día siguiente había que levantarse temprano era imposible hacerlo antes de las dos o tres de la mañana. El domingo, entre los cohetes y la diana no había quien durmiera. Desde primera hora se notaba el trasiego de caballos, coches y mucha gente que se iba hasta la Plaza de la Constitución (antigua Queipo de Llano) pues desde allí salía y sale actualmente la procesión.

Esta vez bajé en coche, como todas las siguientes hasta hoy porque alguien tiene que encargarse de las mesas, las sillas, la comida, la familia y eso siempre me toca a mí, así que me pierdo la alegría, las canciones y el ambiente de romeros y romeras que hacen el camino hasta la ermita acompañando la carreta de San Mamés. El ritual era siempre el mismo: esperar a que los últimos carruajes, personas y caballos de la procesión salieran del pueblo y empezar a cargar los coches. Después, bajar por la Corredera hasta la antigua carretera que enlaza con la N-433 y por el carril que está frente a la gasolinera, atravesar la Belleza y buscar una encina bien situada y con abundante sombra. Aunque más de una vez tuvimos que quedarnos en el coche porque la lluvia y el mal tiempo impedían que montáramos el tinglado. Juan Esteban, Manolo, Mari Loli, Manoli y nosotros bajábamos todo de los coches, calculábamos hacia dónde se movía el sol para aprovechar la sombra y comenzaba el ritual de ubicar correctamente mesas y sillas. La comida, que estaba en las neveras, la dejábamos para el final y se quedaba en los maleteros. Mientras tanto, esperábamos a que la procesión se acercara y en ese momento todos nos íbamos a recibir a San Mamés a la puerta de la ermita: campanas, cohetes y vivas al santo y al “chiquinino”, como se le conoce cariñosamente entre los arochenos. Después, dentro de la ermita, sevillanas y canciones romeras.

Cuando se terminaba el acto religioso volvíamos a la encina. Y allí comenzábamos a sacar poco a poco comida y bebida, se atendía a los amigos que nos visitaban, a los familiares que nos acompañaban y, cuando habían pasado unas horas, también nos dedicábamos a buscar las encinas de los conocidos y estar con ellos. Al atardecer se terminaba todo. Recogíamos los bártulos y los montábamos en el coche antes de que la romería regresara al pueblo (recuerdo que esto se hacía el domingo) y nosotros volvíamos a Sevilla.

Durante unos años decidimos alejarnos un poco del jaleo que rodeaba a la caseta de San Mamés y buscamos una ubicación cercana a la ribera. Allí, ayudados por nuestros hijos, que se dedicaban a recoger ramas, jaramagos y plantas similares, construíamos alrededor de la encina un pequeño cercado que daba al recinto algo más de alegría y originalidad. El problema es que unos años después comenzaron las excavaciones de Turóbriga y ya no pudimos aposentarnos allí. Además, hubo un cambio importante en los primeros años 90 del siglo XX, ya que se adelantó el día grande de la romería del domingo al sábado, lo que nos permitía a los que vivíamos fuera del pueblo organizarnos mejor y descansar el domingo, aunque también era día de romería, pero ya con menos agobios. Pero esto comenzó a cambiar desde que la romería pasó de hacerse un día, el domingo, a celebrarse en dos días, sábado y domingo.

No soy muy amigo de la nostalgia, de la saudade, de la morriña, como decimos los gallegos. A veces la he tenido y por eso respeto ese sentimiento, lo comprendo, pero creo que no ayuda mucho. Añorar un tiempo pasado, un lugar, alguien que se fue, forma parte de la vida, es inevitable, pero no debemos caer en esa especie de tristeza que nos invade cuando contemplamos alguna foto, escuchamos una canción o hablamos de aquellos que ya no están. No me gusta la nostalgia, pero sí la memoria. Admiro a esas personas que son capaces de recordar conversaciones, gestos, momentos que ocurrieron hace muchos años. Reconozco que mi memoria es frágil, que cuando alguien habla de hechos que compartimos y que el otro es capaz de describir con todo tipo de detalles y yo no recuerdo absolutamente nada, envidio esa capacidad. Porque la vida, en realidad, consiste en eso, en estar continuamente recordando para, con la experiencia, proyectar el futuro. El presente no existe. Lo que yo estoy escribiendo o hablando apenas dura una milésima de segundo, por tanto, ya es pasado. Y no sigo por este camino porque entraría en una discusión filosófica que muchos otros antes que yo ya han recorrido, analizado y debatido.

¿Y por qué he hecho ese pequeño paréntesis sobre la nostalgia? Porque a partir de mediados de los años 90 mucha gente comenzó a pasar la noche del sábado en los llanos de la Belleza y a levantar casetas particulares. De la sencillez de la encina se pasó a la sofisticación de la caseta, se llevó corriente eléctrica a todo el recinto de la romería para que pudieran conectarse frigoríficos, congeladores, bombillas y cocinas eléctricas, de la tortilla, el aliño y la ensaladilla se pasó a los guisos, el pulpo y platos cada vez más complicados. El trabajo se multiplicó, lo que antiguamente sólo requería bajar los días previos para colocar un cartel indicando que la encina estaba reservada ahora precisaba todo un protocolo de encargar la estructura metálica, los toldos y las cortinas, bajarlos con una furgoneta o un camión, montar y levantar la caseta, adornarla, alquilar los botelleros, encargar y colocar la bebida…

Total, que todo tiene sus pros y sus contras. Ahora, gracias a la caseta, se puede soportar mejor el calor, el frío o la lluvia, agasajar de forma más adecuada a los amigos, y estar más cómodos. Pero sigo recordando con cierta añoranza los tiempos de la encina. El campo, no debemos olvidarlo, tiene el suficiente encanto sin necesidad de adornarlo artificialmente. Y una romería no deja de ser una fiesta religiosa y también lúdica. ¿Para qué tanta complicación y tanto trabajo? ¿Realmente merece la pena?

Dejo estas preguntas en el aire.

Por cierto, en los siguientes enlaces se explica muy bien la evolución de la Romería de San Mamés.

Romería de San Mamés, Aroche

Romería de San Mamés, una devoción popular transfronteriza en Aroche (Huelva)

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La moda masculina o ¿pero tú has visto cómo vas?

—Joselito, ¿pero tú has visto cómo vas?

Carmen dice es frase mientras espera delante del ascensor y yo, acabando de cerrar la puerta de casa, me dirijo hacia ella. Cuando emplea el término Joselito es para echarse a temblar, algo habré hecho mal. Doy un par de pasos más y en el momento que se abre la puerta del ascensor me miro en el gran espejo que, para mi desgracia, ocupa la parte posterior del habitáculo. Contemplo a un hombre maduro, delgado, con canas que ya sustituyen en su totalidad al abundante pelo castaño que no hace tanto tiempo cubría su cabeza y gafas de sol que impiden ver unos ojos inquietos que intentan encontrar alguna incongruencia en la vestimenta: zapatos negros, pantalón de tela azul no demasiado oscuro, camisa azul de no sé qué tonalidad ni nombre, aunque sé que no es azul marino ni azul turquesa ¿o sí? y chaleco también azul un poco más claro que la camisa.

El caso es que hemos estado en casa, nos hemos cruzado varias veces mientras ella y yo íbamos y veníamos en busca de un cinturón para mí, un pañuelo para ella, algo de colonia para los dos. Ella dándose los últimos retoques, yo subiéndome a la escalera para buscar los zapatos ¡cuidado, no te vayas a caer! me dijo, y seguramente ni me miró. Y si me vio, no echó cuenta, como siempre. Y encima, hemos estado haciendo tiempo porque todavía era demasiado temprano para salir. Pero no, ese no era el momento de decir nada.

—¿Pero no habíamos quedado en que había que eliminar ciertas combinaciones de colores? ¡Pero si llevo el mismo color en todo, menos en los zapatos! Ya he aprendido, por ejemplo, que no se puede poner azul con verde (los dos colores que más me gustan no se pueden combinar, vaya por Dios), rojo y naranja (en mi vida me pondría eso) y que no se pueden mezclar rayas y cuadros y…

Y ahí me quedé. Mi conocimiento de las reglas del vestir en los hombres no alcanza mucho más. Por supuesto, no soy, ni quiero serlo, un árbitro de la moda, un Petronio cualquiera, sobre todo porque no quiero terminar como él. Me da la impresión de que a la mayoría de los hombres de mi generación les pasa lo mismo, no echamos cuenta en las normas correctas (¿eso quién lo dictamina, digo yo, como no sean las casas de moda para fastidiarnos y hacer su agosto?). Sin embargo, los jóvenes parece que ya han aprendido, por lo menos, a preguntar. Mi hijo Santiago, por ejemplo, antes de vestirse consulta a su madre y a su hermana si lo que tiene pensado ponerse es adecuado: “¿esta corbata va bien con la camisa?”, “¿esta chaqueta pega con el pantalón?”, “¿este jersey combina bien con la camisa y con el pantalón?”. Yo reconozco que apenas me fijo. Cojo una camisa que me guste y que haga ya algún tiempo que no me pongo, un pantalón cómodo y, dependiendo de la época del año, chaleco, chaqueta, chaquetón o lo que haga falta. Reconozco que alguna vez me he puesto un pantalón de rayas y una camisa a cuadros, pero es por despiste porque ya he aprendido que eso puede conducir a la hoguera.

—Pero vamos a ver, vamos a ver —dice ella con un tono de voz bajo, ritmo lento y cierto desaliento, acompañado de una media sonrisa que quiere manifestar paciencia, pero que a mí me parece resignación—, ¿tú no ves que eso no pega ni con cola? ¿Cómo vas a ponerte tres tonos diferentes de azul, alma cándida?

El caso es que yo me miro en el espejo y no encuentro incongruencias. Pienso para mí, “pero si en la decoración de las casas, que lo he visto yo con estos ojitos en la tele, en ese programa que ve por las mañanas y también algunas tardes, se puede combinar casi cualquier cosa, ¿cómo es posible que en la moda no se puedan seguir esas mismas reglas? Pero si yo veo algunos desfiles de moda, como esos de Ágata Ruiz de la Prada, que da grima verlos y combina los colores como le da la gana”. Lo pienso, claro, pero no lo digo en voz alta, por si acaso su paciencia y resignación se convierten en otra cosa.

—Pues nada, media vuelta y a cambiarme. Y ahora, ven conmigo al armario y me dices que es lo que tengo que ponerme.

(Armario que, por cierto, está en la habitación de mi hijo que ya se ha ido de casa, por ahora, crucemos los dedos, porque en el mío yo no tengo narices a colgar nada. He podido conseguir una pequeña parcela, un rinconcito para mí solo porque el resto de la casa está invadida por la ropa de Carmen madre y Carmen hija. Lo hacen poco a poco, primero un pantalón, después un vestido, más adelante un abrigo… Y así, cuando me doy cuenta, ya me he quedado sin espacio y tengo que apretar los pantalones y las camisas con calzador y colgarlos de tres en tres o de cuatro en cuatro. Encima, cuando quiero ponerme algo y está arrugado me dicen que cómo no cuelgo bien las cosas. Me callaré y me morderé la lengua. Yo tengo que deshacerme periódicamente de pantalones, camisas y otras prendas que, según parece y dicen, están ya pasadas de moda o muy usadas. Pero ellas han ocupado totalmente el armario del pasillo y yo ahí no tengo espacio para colocar nada mío).

Total, pantalón azul, camisa blanca y jersey gris. Un aburrimiento, vamos. Lo clásico de lo clásico. Será porque mi señora no quiere que destaque y las muchachas y las damas se fijen en mí, supongo.

Menos mal que siempre salimos con tiempo y vamos a llegar al cine con mucha antelación. Tendré que poner un poco más de atención, buscar en Internet o, lo que es más cómodo, preguntar antes de ponerme algo. Todo sea por no tener que vestirme y desvestirme varias veces. Estoy esperando a que algún gurú de la moda saque un eslogan, como hizo en su día Adolfo Domínguez con lo de “la arruga es bella” y ponga de moda, valga la redundancia, algo así como “combina los colores, las rayas y los cuadros como quieras, sé original”. Hasta que no llegue ese momento, aviado voy.

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Cincuenta años después

7 de junio de 1968. José Ángel Pardines Arcay, un guardia civil de tráfico, coruñés de Malpica, daba el alto en Villabona, Guipúzcoa, no se sabe si por casualidad o porque el vehículo había hecho alguna maniobra extraña,  a un seat 850 en el que viajaban dos personas para pedirles la documentación. La carretera estaba en obras, el coche se detuvo y cuando el guardia se acercó uno de los individuos le disparó un tiro en la cabeza. El etarra Txabi salió del coche y lo remató con cuatro disparos en el pecho. Fue el primer asesinato de ETA. 853 muertos después (otros dicen que 829), miles de heridos y otros muchos miles exiliados (esos sí que son exiliados de verdad) por las amenazas y el terror, hoy parece ser que ETA, 50 años después, dice adiós. Pero lo hace como siempre ha hecho, con una retórica que habla de conflicto, de lucha del pueblo, de liberación nacional, de responsabilidad y honestidad de su militancia, de activación popular.

Los que crecimos con los atentados diarios (recuerdo especialmente el de Miguel Ángel Blanco por su crueldad y cinismo, el de Carrero Blanco por su influencia en el final del régimen franquista, en el de Hipercor en Barcelona o el de la casa-cuartel de Zaragoza, estos dos últimos por su indiscriminación,  entre otros muchos), con los funerales, con los reportajes sobre la opresión asfixiante que se vivía en el País Vasco, sobre todo en los pueblos pequeños y medianos en los que todo el mundo se conoce o con el testimonio de los familiares de las víctimas, llegamos a pensar que era imposible que esa situación se normalizara. Porque la memoria es frágil y selectiva, pero partidos que hoy rechazan e incluso abominan del terrorismo hubo un tiempo que miraban para otro lado y apenas lo condenaban. Estoy hablando del PNV, que durante muchos años se aprovechó del terror para intentar influir en la política nacional y del País Vasco. Recordamos la frase del presidente del PNV Xavier Arzallus: unos sacuden el árbol para que caigan las nueces y otros las recogen para repartirlas. Como se sabe, ETA nació en el seno de las juventudes católicas del PNV por lo que la iglesia vasca siempre vio con cierta condescendencia, a veces incluso con simpatía, a la banda terrorista. No hace falta más que recordar al obispo José María Setién que, entre otras cosas, se negó a celebrar el funeral del socialista asesinado Enrique Casas en la catedral. Y como él, bastantes sacerdotes que también negaban esa posibilidad en muchos pueblos cada vez que se producía un atentado.

También podríamos hablar de la ambigüedad que durante muchos años mantuvo la izquierda española, y sobre todo la de muchos países europeos y americanos, con ETA. Hasta no hace mucho tiempo, los terroristas podían campar a sus anchas por los países de nuestro entorno: Francia, Bélgica, Gran Bretaña, y sobre, todo, en latinoamérica: Cuba, Venezuela, Colombia o El Salvador eran paraísos donde los etarras eran acogidos casi como héroes. Por último, si no llega a ser por los atentados del 11S en Nueva York y del 11M en Madrid y la aparición del ISIS y su ola de atentados en todo el mundo, que mostraron en toda su crudeza la crueldad del terrorismo, quizás la historia y el final de ETA habría sido otro. Todos los países se dieron cuenta, unos antes que otros (por ejemplo, la colaboración de Francia a partir de los noventa, cuando Felipe González llegó a un acuerdo con François Mitterrand supuso un antes y un después en la lucha antiterrorista) del sufrimiento que suponía para la sociedad española en su conjunto el terrorismo de ETA y que la propaganda que ésta llevaba realizando durante décadas estaba basada en mentiras y en la deformación de la realidad, que apelaba a un pasado que no había existido y a una sociedad irreconocible.

Ahora, antes de intentar pasar página y de que el tiempo vaya curando heridas y permita la reconciliación, lo que no supone olvido ni perdón; ahora que muchos jóvenes no saben quién fue Miguel Ángel Blanco, ni saben nada de atentados, que viven en un País Vasco próspero y con grandes perspectivas; ahora que estamos asistiendo a otra construcción de una realidad y de un pasado y presente en Cataluña que provoca reparos ya que cierta izquierda está cayendo en el mismo error que se cayó en el caso vasco, es necesario que la educación juegue un papel esencial, que desde todas las instancias se analice y se reescriba la historia para que no vuelvan a repetirse los mismos errores y las mismas barbaridades.

Termino este artículo recordando al guardia civil de Aroche, José Miguel Maestre Rodríguez, de 27 años de edad asesinado el 2 de mayo de 1979 junto con otro compañero en Villafranca de Ordicia, Guipuzcoa. Su muerte y la de tantos otros sólo sirvió para aumentar el sufrimiento de su familia y de sus amigos. Y todo esto, ¿para qué?

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Paseo por el camino del Merendero, en Aroche

Las tardes de primavera invitan al paseo por el campo; la temperatura, la duración de los días, el colorido de las flores, el agua corriendo por barrancos y arroyos, la vida que renace. Pero aquellos que somos alérgicos al polen tenemos cierta reticencia a salir de casa en esta época. Cada vez que salgo a caminar tengo que cruzar los dedos, armarme de paciencia y valor y arriesgarme a que la histamina no haga de las suyas. Este año las lluvias han impedido que la polinización sea regular y por ahora me estoy librando de estornudos, toses, picor de ojos y ese malestar general que se asemeja a la gripe y que sufrimos todos aquellos que hemos sido tocados por la varita mágica de la hipersensibilización a las sustancias que nos agreden y que son producidas en abundancia por olivos, malezas, gramíneas, plataneros, pinos y otros enemigos del bienestar humano.

Pero todo sea por el placer de caminar, de sentirse liberado de tensiones, de comunicarse y fundirse con la naturaleza. Aunque yo podría ser definido como un urbanita, ese ser que se encuentra como pez en el agua entre coches, contaminación, ruido, asfalto y mucha gente, reconozco que me atrae el campo, el silencio, el canto de los pájaros, la contemplación de un atardecer en la montaña, la soledad. Soy un poco contradictorio o ecléctico, como se prefiera, pero con la edad que tengo ya no puedo ni quiero cambiar.

Así que, aprovechando que mi madre está en Aroche, voy a verla todas las semanas desde Sevilla y me paso allí dos o tres días, dedicándome a leer, a escuchar música, a olvidarme del ordenador y, sobre todo, a caminar. Intento encontrar lugares que todavía no he recorrido o repetir aquellos que me han gustado. Bajar hasta la Ribera del Chanza, llegar hasta el pantano, acercarme a la ermita de San Mamés o subir por el paseo de los frailes es lo que solía hacer habitualmente, pero en estos últimos tiempos prefiero salir del pueblo por la calle Torre Alta y seguir los diferentes senderos que se pueden encontrar a uno y otro lado. En las últimas semanas he subido y bajado cuestas por el Camino del Carmen y por el Camino Viejo del Cerro, dos recorridos muy diferentes y que sorprenden por la variedad de paisajes que atraviesan.

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Hoy dejé a un lado mis dos anteriores recorridos y, al llegar al cruce que bifurca el camino, cojo el de la izquierda. El cartel que indica “Camino del Merendero” está caído y lo levanto e intento colocarlo bien, pero no lo consigo, ya que  se ha despegado de la base y lo dejo como estaba. No sé si habrá “servicio de mantenimiento”, pero aquí dejo la información para ver si alguien consigue arreglarlo. Como ya estoy acostumbrado subir repechos, como esos ciclistas que suelo ver en verano en el tour de Francia tumbado en el sofá, esta vez parece que me cuesta menos trabajo porque, además, la pendiente no es demasiado acusada y el camino está muy bien. Demasiado bien, quizás, porque, sobre todo la primera parte, tiene una capa de cemento, supongo que para facilitar el paso de los coches con los que me cruzo o me adelantan de vez en cuando y que se dirigen a los cortijos y casas que voy encontrando. Hoy hace calor y el sudor y los grillos me acompañan durante todo el paseo. Adelanto a dos mujeres que van charlando y las saludo. El sendero es ancho y bastante más cómodo que el Camino Viejo del Cerro, aunque quizás carezca del encanto y de la variedad de éste. A un lado y a otro las fincas y los cortijos se van sucediendo y después de unos dos kilómetros de subida casi continua comienza el descenso.

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Puedo contemplar la sierra, las dehesas, las casas que nacen entre las encinas, los perros que se acercan ladrando y que, en algún momento me cogen desprevenido y me aceleran el pulso. Escucho a lo lejos un sonido que rompe la placidez de la tarde. Hasta ahora sólo el rumor de mis pasos sobre la tierra, el silbo de los pájaros, el balido de las ovejas, los ladridos o la brisa entre los árboles me había acompañado. Y el silencio, un silencio que lo envuelve todo en algunos momentos, como si nada quisiera romper la magia. Pero empiezo a escuchar una disonancia, algo que rompe el encanto, una sierra mecánica. Sigo andando y me encuentro a un hombre cortando con la sierra el tronco de lo que parece una encina. Se detiene un momento, se seca el sudor, me saluda y vuelve a arrancar, atronando, el arma asesina de La matanza de Texas. Por si acaso, acelero el paso y sigo descendiendo.

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Me encuentro, subiendo un repecho y cerca de un cortijo que se levanta al lado del camino, a un muchacho que viene andando en sentido contrario. Su indumentaria parece militar: pantalón de camuflaje verde y camiseta de manga corta lisa del mismo color. Es joven y ancho, sin llegar a ser grueso, pero con unos brazos que seguramente estarán acostumbrados a levantar fuertes pesos y a hacer ejercicio. Cuando llego a su altura me detengo y le pregunto que a dónde conduce el camino. Y él, sonriendo, me contesta:

—Si sigue andando llega hasta Cortegana.

 —Me parece que lo voy a dejar para otro día, ya es tarde, —le contesto. Y los dos seguimos nuestro camino.

Pero creo que ese sería un buen plan, salir temprano por la mañana, con una pequeña mochila, algo de comida y agua y llegar hasta Cortegana y, después de dar una vuelta por el pueblo, regresar por la tarde. Supongo, y eso sería cuestión de comprobarlo, que entre ida y vuelta serán unos veinte o veinticinco kilòmetros, nada que alguien acostumbrado a caminar no pueda hacer.

El paisaje vuelve a cambiar. Parece que me he trasladado sin darme cuenta a otra geografía, a otro país. Una arboleda tupida, de un verde exuberante, casi lujurioso, me acompaña durante un centenar de metros. En un recodo del camino el sonido del agua se hace intenso y veo un arroyo que lleva una gran cantidad de agua. Quizás sea la Ribera del Chanza, que nace a unos kilómetros de aquí, u otro arroyo que vierta sus aguas en ella. El caso es que vista y oído se alegran. Al poco rato diviso, escondida entre árboles y matorrales, una pequeña edificación con un panel solar. Me acerco y compruebo que hay una cancela cerrada con un nombre, “El Merendero”. Ahora me explico por qué el camino recibe este nombre. Lo que no sé es si realmente es un merendero al que se pueda venir a descansar y tomar algo después de una larga caminata o se corresponde con otro sentido. Sigo andando y unos cientos de metros después vuelvo a encontrarme con un caserío, un cortijo mucho más grande. Y cuando paso su lado, el nombre es el mismo, “El Merendero”. Ahora sí que no encuentro una explicación. Que dos viviendas separadas por unos centenares de metros tengan el mismo nombre no tiene demasiado sentido para mí. Tendré que preguntar en el pueblo.

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Miro el móvil y compruebo en la aplicación Mi Fit que ya llevo andados cuatro kilómetros y medio y unos cincuenta minutos. Me detengo y durante unos segundos dudo entre seguir hasta llegar a los cinco kilómetros o dar media vuelta. Son ya las siete y media de la tarde y me queda algo más de una hora de luz, pero recuerdo que los últimos kilómetros he estado bajando por lo que, ahora, durante bastante tiempo, tengo que subir. Así que me giro y comienzo el regreso. No me había dado cuenta pero la cuesta en muy pronunciada. Menos mal que el calzado y la ropa son muy cómodas y me facilitan el trabajo. Cuando termino la cuesta estoy casi empapado; no quiero ni imaginarme lo que puede ser hacer este recorrido en verano. Menos mal que ahora todo va a ser bajada. A la izquierda hay un pequeño cortijo y el perro que me había ladrado a la ida vuelve a intentar intimidarme y ganarse la pitanza de hoy. Ahora, además, lo acompaña el graznido (¿se llamará así?) de los pavos, que le hacen competencia. Sigo mi camino sin hacerles caso, lo que desanima a los animales y dejan de saludarme.

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La temperatura ha bajado algo, muy poco, pero por lo menos ya no me agobia el calor que hacía al principio. A lo lejos veo un grupo de mujeres que, seguramente con más experiencia en estas caminatas, han salido a andar más tarde y se van acercando. Cuando nos cruzamos las saludo y creo reconocer a alguna, pero soy muy despistado y no recuerdo quién es. Bajo un poco el ritmo pues quiero disfrutar de los últimos momentos. Mañana regreso a Sevilla y como mi madre también se irá a La Coruña, ya tendré menos ocasiones para repetir estos paseos. Además, el calor irá aumentando y la alergia no me permitirá disfrutar como lo he hecho estos días.

Cuando llego a casa mi madre me pregunta que por dónde he ido hoy y se lo explico. Ella se fue del pueblo hace setenta años, cuando era muy joven, y no conoce ninguno de los sitios que he recorrido estos días, pero le gusta escuchar mis explicaciones. Y como sé que la memoria es frágil y traicionera, me pongo a escribir estas notas para que no se olviden los momentos y los lugares que espero poder repetir lo antes posible.

Paseo por el Camino Viejo del Cerro, en Aroche

20180424_185807Mi paseo comienza como siempre, aunque esta vez hay un pequeño cambio. Me he comprado una de esas pulseras de actividad que, conectadas con una aplicación del móvil, me informa de la distancia, las calorías quemadas y, gracias al GPS, del mapa del recorrido. Lo voy a probar por primera vez, así que desconozco su fiabilidad. La tarde está incierta, como las anteriores, con nubes altas pero amenazadoras. Hace un par de días cayó una tormenta como no había visto en años. Los relámpagos y los truenos se sucedían vertiginosamente y los cristales retumbaban como si una mano los golpeara. La verdad es que no me gustaría que la tormenta me pillara en medio del campo, entre árboles, pero como las últimas veces sucedió de madrugada, me arriesgo.

Hace algo de bochorno, pero no me fío por si la temperatura desciende bruscamente, que en las tardes de primavera a veces ocurre, así que, además, de la camiseta llevo una sudadera que me ato a la cintura. Empiezo el paseo a media tarde y, tras pasar por la fuente Nueva, las calles Puerta de Sevilla, San Mamés, Águila y Torre Alta, dejo atrás las últimas casas del pueblo. No hace ni diez minutos que estoy andando, siempre subiendo cuestas, y ya estoy sudando. Esta vez, cuando llego a la señal que indica Camino Viejo del Cerro, me detengo un momento y decido aventurarme por este sendero. Nadie me había hablado de él porque, según me informaron después, ha sido habilitado hace poco tiempo. Los primeros metros no me animan demasiado, ya que la cuesta descendente es muy abrupta, el suelo es irregular, lleno de piedras y muy estrecho. Tengo que ir con cuidado porque puedo pisar mal y torcerme el tobillo o resbalar y caerme. Estoy a punto de volverme y regresar, no me gusta tener que ir pendiente de los pasos que voy dando y no poder disfrutar del paisaje o de los sonidos. Por eso me detengo con frecuencia a contemplar lo que me rodea: matorrales, arbustos y árboles cuyo nombre desconozco crecen a orillas del camino, entre las piedras que apenas me dejan ver las dehesas de encinas y alcornoques y las pequeñas casas diseminadas de las fincas que rodean al pueblo. De vez en cuando hilos de agua cruzan el sendero y forman charcos que me obligan a hacer equilibrio y dar pequeños saltos.

Cuando llevo una media hora de paseo el terreno que piso cambia. Parece que ya ha terminado la cuesta descendente y el sendero se convierte en un camino algo más ancho. En lugar de tierra y piedras irregulares me encuentro una especie de calzada mucho mejor empedrada y, más adelante, subiendo ligeramente, tierra apelmazada y cubierta de hojas.

El paisaje, que apenas podía percibir porque me lo impedía la espesura de los matorrales también cambia. En lugar de pequeñas fincas ahora me encuentro con dehesas de encinas y algunos alcornoques crecen en medio del camino, como figuras solitarias que lo vigilaran.

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Después de unos centenares de metros de plácida caminata, comienzan otra vez las dificultades, pues además de que otra vez comienza la subida, agua, tierra y piedras se entremezclan y apenas permiten andar. Incluso un poco más adelante una gran piedra, como si hubiera sido puesta allí por un gigante para impedir el paso, ocupa prácticamente todo el ancho del camino.

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Durante todo el paseo, el canto de los pájaros y el sonido del agua me ha acompañado y ahora también el rebuzno de algunos burros que, al acercarme, se callan y me miran con curiosidad. Después de una subida bastante pronunciada desemboco en el camino del Mármol, mucho más ancho y con un terreno más uniforme y llano.

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Veo al pueblo a mi derecha y sigo sacando fotos con el móvil pues la estampa merece la pena: en primer lugar encinas y olivos parecen acunar al pueblo que se levanta sobre el cerro coronado por el castillo. También se aprecia el valle de la Ribera del Chanza, una dehesa de pastos y encinares y al fondo, la sierra, que no se ve con claridad pues la tarde está declinando y una pequeña neblina parece levantarse del valle, se recorta contra un cielo que ya no es azul sino grisáceo.

La altura del camino permite apreciar en todo su esplendor los montes y los bosques de encinas y alcornoques. De vez en cuando, a lo lejos, se divisa el caserío del Álamo y pequeños cortijos desperdigados. A lo largo del camino ya me voy encontrando con algún coche que regresa al pueblo, algún jinete que pasea tranquilamente, quizás preparando a su caballo para la romería que tendrá lugar dentro de un mes.

Un chalet se levanta frente al pueblo. Me gustan su situación y las vistas. Sentarse en el porche al atardecer, con una cerveza y escuchando solamente el canto de los grillos y de alguna lechuza tiene que ser envidiable.

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Ahora desemboco en la última parte del recorrido, en el camino de la Portilla. Se está cerrando el círculo pues Aroche está ya a menos de un kilómetro.

Ahora sí me encuentro con más personas que pasean como yo o que vuelven después de un día de trabajo. Entro en el pueblo por la carretera del cementerio, después de pasar por el colegio y por el restaurante Las Lajitas y, en lugar de seguir por la Corredera, me aventuro, como si no hubiera subido hoy cuestas suficientes, por calles que he pisado muy poco: calle Pan, calle Luna, calle José Guerra Galán. Tengo que detenerme al lado de tres mujeres que están sentadas a las puertas de sus casas y que charlan tranquilamente.

—¡Las cuestas de este pueblo…! —comento en voz alta. Ellas se ríen y me dicen:

—Es que los de ciudad no están acostumbrados. Llevamos muchos años cargando bolsas y subiendo y bajando por aquí. Lo habremos hecho miles de veces.

Me despido cuando la respiración se acompasa y el corazón late ya con normalidad.

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Continúo por la calle Senabra y, después de una hora y veinte minutos de camino, entro en casa. Compruebo lo que marca la aplicación y me informa de que he tardado una hora y veintiún minutos, he andado seis kilómetros y trescientos treinta metros y he quemado doscientas veinte calorías, que no me parecen muchas, pues estoy bastante cansado. No ha caído ni una gota y las nubes, que una hora antes parecía que podrían descargar algo de lluvia, casi han desaparecido. Mañana, si el tiempo no lo impide, otro paseo.

El día de los libros

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En Galicia, cada 17 de mayo se celebra el Día das Letras Galegas, que conmemora la publicación tal día como ese, en 1862, del primer ejemplar de Cantares Gallegos, de Rosalía de Castro. Y es festivo en toda la Comunidad Autónoma, lo que demuestra que, pese a todo, hay alguna esperanza. Quizás por eso, también debería ser festivo el 16 de enero, fecha en la que se publicó por primera vez, en 1605, El Quijote que, tomando el eslogan de un club al que no admiro precisamente, es “algo más que un libro”, el libro de todos los libros, el referente en el que se han mirado todos los escritores que en el mundo han sido desde que salió a la luz.

Hoy se celebra, más que el Día del Libro, recordando que el 23 de abril de 1606 fallecieron, y ya es casualidad, Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega, el día de los libros, esos amigos que, por desgracia, no suelen acompañar a una parte importante de la humanidad. Entre los que todavía son analfabetos funcionales y culturales, los que alardean de que nunca leen un libro, los que no pueden leerlo por sus circunstancias (estoy pensando, por ejemplo, en los millones de niños sirios y de otros países en guerra) o los que carecen de posibilidades de acceder a la lectura aunque sepan leer, son cientos de millones los que quizás no puedan leer un libro en su vida. Es tan triste no poder disfrutar del placer de la lectura, tener que anteponer el pan al libro, aunque Lorca dijera aquello de “Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro.” A veces no se puede pedir porque no hay nadie a quien pedir o porque nadie quiere dar porque están sordos y ciegos.

Por desgracia, no podemos llegar a todos aquellos que no pueden leer. Podemos colaborar con organizaciones, prestar o donar libros, animar a la lectura, dar ejemplo a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a todos aquellos que nos rodean. Las familias son importantes a la hora de crear hábitos de lectura, los profesores también. Si hay algo que he intentado siempre es que mis hijos disfruten leyendo y creo que lo he conseguido. Desde que eran muy pequeños les contaba cuentos, les regalaba libros, leía con ellos, me veían leer y comprar libros. Casi siempre, el día de reyes, de su cumpleaños o de su santo se encontraban con algún libro y ahora, cada uno, tiene su pequeña biblioteca y espero que la sigan ampliando.

Hace años, todos los 23 de abril compro libros. Previamente hago una pequeña lista que siempre se queda corta. ¡Son tantos los libros que me gustaría leer! Pero por mucho tiempo que dedique a la lectura, son demasiados los que se quedan atrás, en una cuneta cada vez más larga y más ancha. Me aterra la cifra de libros que se publican cada año en España: en el año 2016 la producción editorial en nuestro país fue de ¡86.000 libros! Supongo que muchos serán libros comerciales, de texto, de propaganda y que novela, poesía o ensayo, que es lo que leo, serán una pequeña parte, pero aun así, son demasiados. Si calculo cuántas páginas leo al día, no paso de treinta o cuarenta como mucho. Eso supone que si un libro tiene unas trescientas páginas, puedo leer un máximo de tres libros al mes, treinta y seis libros al año, aproximadamente. Y eso, ahora que tengo más tiempo, pero antes, diez o doce libros. Total, que he leído, como mucho, unos mil libros. ¡Sólo mil libros, por favor! Clásicos y modernos, poetas y ensayistas, dramaturgos, son tantos, tantos los que no puedo ni podré leer que me angustia, me da rabia, me apena.

Pero procuraré no agobiarme, que hoy es un día para disfrutar. Así que os diré, por si alguno lee esto hoy o alguna vez que he comprado cuatro libros y, como hay hacen descuento, me he ahorrado un diez por ciento. Y los libros son: Besos en el pan, de Almudena Grandes; Lolita, de Nabokov; El rumor del oleaje, de Mishima y El ruido y la furia, de Faulkner. Y todavía me quedan bastantes que compré o me regalaron y están en las estanterías de mi casa esperando que los atienda. Paciencia, amigos, que no os olvido.

 

Viaje a La Manga (y IV)

Sexto día. 5 de abril

Hoy nos hemos dado una paliza de autobús. La Manga está muy bien aunque aburrida en esta época, el hotel es bueno, las comidas abundantes, variadas y de calidad, pero la situación para poder recorrer Murcia no es la más adecuada ya que está en un extremo de la provincia y las ciudades y pueblos más importantes están muy alejados. Si uno quiere descansar y desconectar, pues bueno, puede elegir La Manga, pero como quiera conocer la Comunidad mejor que elija otro lugar.

La segunda excursión que hemos programado con Mundiplan es a Caravaca de la Cruz y al Santuario de la Virgen de la Esperanza en Calasparra. Hasta Caravaca hay una hora y media de viaje en autobús, unos 135 kilómetros. Como salimos sobre las nueve de la mañana llegamos allí a las diez y media aproximadamente. Aunque las carreteras son buenas, no deja de ser un viaje pesado. El autobús nos deja en el restaurante donde comeremos a mediodía. Desde allí vamos dando un paseo por el pueblo hasta llegar al Museo de los caballos del vino, situado en una casa-palacio del siglo XVIII. En diferentes salas, mediante una visita guiada, se puede ver todo lo relativo a esta fiesta que se celebra el 2 de mayo y que gira en torno a la importancia del caballo y que culmina con la carrera en la que diferentes peñas rivalizan para recorrer en el menor tiempo posible la cuesta del castillo. Los caballos están cubiertos con mantos bordados durante el año y cuatro mozos se agarran a los lados y corren a la par. El caballo queda eliminado si alguno de los mozos se suelta. Aunque no he visto la celebración en directo las imágenes de la carrera son realmente espectaculares.

Después nos dirigimos por el mismo camino por el que discurre la carrera al Santuario de la Vera Cruz, una cuesta bastante empinada. Mucha gente, no sólo los que vamos de excursión se acerca a la Basílica en peregrinación para besar la pequeña cruz en la que se encuentra el Lignum Crucis, es decir, un fragmento de la cruz en la que Jesucristo fue crucificado. Tanto el interior de la Basílica, sobre todo el presbiterio, como la portada, que asemeja a un retablo barroco, son dignos de resaltar. A continuación visitamos el Museo de la Vera Cruz, adosado al Santuario, donde se encuentra la Custodia de la Cruz, una pieza de gran valor ornamental.

Después del almuerzo volvemos al autobús y, por una carretera estrecha y con muchas curvas nos acercamos al Santuario de la Virgen de la Esperanza, en Calasparra. El Santuario está situado en una gruta excavada en la Roca y en él se encuentran dos imágenes de la Virgen: La Pequeñica y La Grande. Subimos hasta el camerino de La Grande y podemos contemplar las joyas y los mantos de la Virgen. El río Segura, que en este lugar lleva bastante caudal, corre a pocos metros, entre una abundante vegetación que contrasta con la sequedad con la que nos encontramos generalmente en Murcia. La verdad es que tanto el Santuario como el entorno merecen la pena visitarse. Regresamos por una carretera diferente, pero el paisaje sigue siendo casi el mismo: tierras calizas y arcillosas, escasa vegetación, muy poca agua, y la poca que hay es la que vemos en el trasvase del Tajo-Segura y muchas huertas. Es admirable la capacidad de estas gentes de cultivar la tierra sin apenas agua. No me puedo imaginar lo que harían si lloviera un poco más lo que, por cierto, no ocurrió ni una sola vez en los diez días que estuvimos por aquí mientras que en el resto de España las borrascas regaban prácticamente a todas las provincias.

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Séptimo día. 6 de abril

Hoy visitamos Lorca, tercera ciudad en importancia de la región, tras Murcia y Cartagena. Si ayer llegamos bastante cansados de la excursión a Caravaca de la Cruz y Calasparra hoy no nos podemos quejar, pues tanto el viaje en autobús como el recorrido por la ciudad y el castillo han sido bastante más tranquilos. José Luis y Magdalena no han venido porque ellos ya habían parado en Lorca cuando vinieron a La Manga y, además, habían dormido en el Parador, que se encuentra dentro del recinto del castillo.

El autobús nos deja muy cerca del Centro de Atención al Visitante de Lorca, donde nos dejan un plano de la ciudad, nos explican que es el segundo término municipal más extenso, tras Cáceres, y comenzamos la visita. Primero nos detenemos en una de las puertas de la antigua muralla que cerraba la ciudad medieval y que bajaba desde el castillo. Callejeando, entre numerosos edificios en los que se observan todavía los estragos del terremoto de 2011, llegamos hasta la Plaza de España, donde se encuentran el Ayuntamiento y la iglesia ex-colegiata de San Patricio, en la que entramos y deambulamos por ella mientras la guía nos explica los puntos de mayor interés. Al salir nos detenemos delante del Imafronte, la fachada principal y uno de los elementos más destacados de la iglesia. En una esquina de la plaza nos encontramos también el Palacio del Corregidor y las Salas Capitulares, lo que hace que el conjunto de la plaza sea realmente extraordinario y una de las plazas más bonitas que conozco.

Como la guía nos deja un poco de tiempo libre, mientras Carmen y Manoli se quedan comprando en los alrededores de la plaza, Juan Esteban y yo andamos un poco y nos dirigimos a la Calle Mayor, una de las principales vías de la ciudad. Allí preguntamos a varias personas donde podemos comprar los dulces más famosos de Lorca, las yemas. Nos recomiendan una pastelería en esa calle y compramos de dos tipos: las tradicionales de caramelo y unas de ron que nos dan a probar y, por supuesto, caemos en la tentación.

Regresamos al punto de encuentro, el Museo de Bordados del Paso Blanco (MUBBLA). Aquí debo mencionar una de las tradiciones más famosas de Lorca, las procesiones de Semana Santa, que se realizan el Viernes de Dolores, el Domingo de Ramos, el Jueves Santo y el Viernes Santo. Aunque hay procesiones exclusivamente religiosas, las más conocidas son los desfiles bíblico-pasionales en los que se contemplan, a modo de los desfiles de moros y cristianos, diferentes representaciones de la Biblia y algunos personajes históricos. El pueblo hebreo, Cleopatra, cuadrigas de caballos, romanos, egipcios o etíopes se entremezclan con imágenes religiosas. Había visto algunos reportajes en la televisión, pero ver los bordados y las imágenes en el MUBBLA, ubicado en el antiguo convento de Santo Domingo, realmente es espectacular. El trabajo artesano de las bordadoras o la riqueza de las imágenes es de las cosas que más nos han gustado. Después de una hora de visita callejeamos un poco por Lorca, comprobando que es una ciudad monumental, con grandes palacios e iglesias.

Después de comer subimos al Castillo de Lorca por una carretera sinuosa y estrecha. En el interior del castillo está el Parador de Lorca. Recorremos los diversos espacios, subimos a las almenas y a una de las torres, concretamente la Torre del Homenaje, desde donde podemos observar no sólo la ciudad de Lorca, sino los valles y montañas que la rodean. También entramos en la sinagoga que se encuentra dentro del castillo, quizás la mejor conservada de España. Si uno lo piensa bien, prácticamente todos los monumentos que se admiran en los viajes y a nuestro alrededor tienen que ver con la religión y con la guerra; en definitiva, con el poder y con el miedo. O sea, con el poder.

Y regreso a La Manga.

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Días octavo, noveno y décimo. 7, 8 y 9 de abril

Voy a condensar estos tres días en unas pocas líneas porque apenas nos movimos. El sábado dimos un paseo andando hasta el Zoco, una zona comercial que está a un par de kilómetros del hotel. Mientras Juan Esteban, José Luis y yo nos quedamos tomando un café en un mesón que tenía unas mesas en un patio exterior, Carmen, Manoli y Magdalena se dedicaron a recorrer las tiendas y comprar algunos regalos. Después de casi dos horas regresamos en autobús al hotel. Por la tarde, paseo tranquilo entre los dos mares.

El domingo fuimos andando hasta el mercadillo de Cabo de Gata, más por curiosidad y por matar el tiempo que por ganas de comprar algo porque, efectivamente, nada compramos. Pero pudimos comprobar el éxito de estos mercadillos porque cientos de nacionales y extranjeros deambulaban entre los puestos entre la curiosidad y la esperanza de encontrar alguna ganga.

Y el lunes, regreso en avión, aunque José Luis y Magdalena, que llegaron un par de días más tarde, se quedaron hasta el miércoles. La verdad es que nos sobraron dos o tres días de estancia porque con seis o siete sobra para descansar y ver lo más importante. Tomamos nota para otra ocasión.

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Viaje a La Manga (III)

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Cuarto día. 3 de abril

Hoy nos hemos quedado en La Manga y la hemos recorrido en autobús las tres parejas. Por la mañana, visita a Veneziola, uno de los extremos de La Manga perteneciente a Cartagena. La otra, el extremo norte, son los arenales de San Pedro del Pinatar. La verdad es que no nos gustó demasiado la mezcla de naturaleza virgen, muy poca, y las edificaciones. En este país habría que tener un debate en profundidad sobre la conservación de los espacios naturales, como sobre la educación, la sanidad, la precariedad laboral, la inmigración… No es este el lugar ni el momento por lo que no me extiendo.

Por la tarde, otra vez a Cabo de Palos, que ya nos lo conocemos bastante bien. Nada digno que reseñar en una tranquila tarde de paseo.

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Quinto día. 4 de abril

Hoy viajamos hasta Cartagena. Yo había leído hacía poco un libro de Santiago Posteguillo, Africanus, el hijo del cónsul, donde se relata la conquista de Qart Hadasht o Cartago Nova, la ciudad fundada por el general cartaginés Asdrúbal, por parte de Publio Cornelio Escipión, el Africano. Así que tenía muy presente la batalla y los lugares que se describen en la novela que, una vez allí, es difícil encontrar. Así, el antiguo estero o mar interior, luego laguna (Almarjal) por la que pudieron atacar los romanos ya no existe, sino que  se rellenó y se convirtió en el actual Ensanche. Quedan algunos lienzos de la antigua muralla cartaginesa y lo que sí se conserva muy bien es el teatro romano, restaurado por el arquitecto Rafael Moneo.

Después de llegar a la estación de autobuses y de conseguir un plano de la ciudad en un cercano punto de información turística, comenzamos la visita en el Palacio de Riquelme, sede del Museo del Teatro Romano que, a través de un pasaje subterráneo, comunica con salas donde se exponen piezas halladas en las excavaciones del teatro y mediante una escalera mecánica se accede al teatro romano. Solamente por contemplarlo merece la pena visitar Cartagena. Una vez finalizada esta visita nos dirigimos al puerto y allí visitamos el Museo Nacional de Arqueología Subacuática que conserva restos relacionados con el tráfico marítimo en el Mediterráneo con materiales fenicios, cartagineses o romanos, entre otros. Destacan también los restos de los barcos fenicios de Mazarrón y de barcos romanos.

Después de comer en el puerto llegamos al cercano Museo Naval de Cartagena, donde se puede contemplar el submarino Isaac Peral y numerosas piezas relacionadas con la construcción naval, cartografía y navegación, artillería naval, etc. Y después visitamos el Ayuntamiento, un edificio modernista construido a comienzos del siglo XX que sufrió diversos daños pero que ha sido restaurado y abierto otra vez en 2006. Tras subir por una espléndida escalera imperial, la guía que enseña el ayuntamiento nos mostró la sala de plenos, el despacho del alcalde y otras dependencias.

Y después de pasear por el centro de Cartagena regresamos a la estación de autobuses pues terminamos bastante cansados y nos quedaba casi una hora de camino hasta nuestro hotel. Además, teníamos ganas de ver otra vez a nuestra querida amiga catalana con su lazo amarillo. ¿Habría más personas con banderas de España? Nuestro gozo en un pozo porque nos enteramos que esa mañana había abandonado el hotel pues había finalizado su estancia en La Manga.

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Viaje a La Manga (II)

Segundo día. 1 de abril

Como el horario de desayuno habitual es de 8 a 10 de la mañana, nos demoramos todo lo que podemos y bajamos casi a última hora. Lo malo es que todo el mundo ha pensado lo mismo, hoy es domingo y el comedor está a reventar. Como se ve que la cosa está complicada, el responsable del comedor abre un anexo y allí nos sentamos. Buen desayuno: fruta, zumo de máquina, café, tostadas con aceite, algún dulce. Y si hubiera querido, huevos revueltos o duros, salchichas… Antes dije que hoy es domingo, así que Manoli y Carmen buscan una iglesia para ir a misa. En recepción se informa de todo, así que buscamos horarios y ubicación de las iglesias que hay en La Manga. Sólo hay dos y una más en Cabo de Palos. Se deciden por una que empieza a las 12 y media y que está aproximadamente a un kilómetro del hotel. Vamos paseando. Pasamos primero por una Gola, un canal semiartificial, es decir, que se ha aprovechado una pequeña salida natural del Mar Menor al Mediterráneo para ampliarla y así las aguas de ambos mares se pueden comunicar. Como la información que nos habían dado no era demasiado exacta, tuvimos que preguntar varias veces hasta encontrar la iglesia, situada muy cerca del mar, amplia y moderna. Faltaba más de media hora para que empezara la ceremonia, así que Juan Esteban y yo decidimos dejarlas y seguir caminando hasta la población de Cabo de Palos. Es un paseo muy cómodo que deja a la izquierda el Mediterráneo, que se va divisando entre edificios de apartamentos, casas bajas y hoteles. Legamos a una zona más despejada desde la que se ve, elevado sobre un pequeño promontorio, el faro de Cabo de Palos.

Tras casi una hora de tranquilo paseo llegamos hasta las primeras edificaciones del pueblo, un Mercadona, la oficina de turismo y varios comercios cerrados. Baja gente con muchas bolsas que viene del mercadillo que se organiza todos los domingos por la mañana. Juan y yo no somos muy dados a este tipo de cosas así que esperamos en la parada del autobús que nos lleve de regreso al hotel. Pasa un primer autobús que viene lleno y, poco después, un segundo que, aunque también está bastante cargado, nos permite subir. Es un trayecto corto y llegamos en menos de diez minutos. Carmen y Manoli llegan un poco después y otra vez al comedor.

Por la tarde decidimos ir en autobús hasta Cabo de Palos. Por mí hubiera ido andando los poco más de tres kilómetros que hay desde el hotel al pueblo, pero el personal que me acompaña no está por la labor. Les recuerdo que anduvimos mucho más cuando fuimos hace un par de años a Nueva York, pero ni caso. Esto es un viaje del Imserso y hay que demostrarlo. Así que fuimos a la parada del autobús y cuando estábamos esperando se acerca un taxi y nos dice que por seis euros nos acerca hasta el Cabo. No lo pensamos así que nos subimos y nos acercó hasta la base de cabo. Hay que subir por un pequeño camino asfaltado en el que se pueden leer frases como “Salvemos el faro” o “No a la especulación”. Resulta que hay un proyecto de convertir los faros en hoteles, privatizándolos y se pretende evitar que, como siempre, unos pocos se beneficien y la mayoría no pueda acceder a los lugares públicos.

Estuvimos una hora visitando la base del faro, haciendo fotos, divisando las Islas Hormigas y recreándonos en las vistas del pueblo y de la Manga. Tarde espléndida de sol y sin apenas viento, una sorpresa. Bajamos hasta el pueblo y, frente al puerto nos tomamos un café. Yo aproveché para tomarme un café asiático, una especialidad de la zona de Cartagena (la mayor parte de La Manga pertenece a ese municipio) a base de café, como es lógico, leche condensada, coñac, Licor 43 y canela. Muy rico, pero una bomba de calorías. Regresamos en autobús hasta el hotel, aunque hay que comentar que el servicio de autobuses está demasiado espaciado, pasa cada tres cuartos de hora; supongo que en verano el horario se ampliará.

En la cena vuelve a repetirse la pasarela con el lazo amarillo, que se pasea de un lado a otro del comedor, exhibiéndose orgullosamente. La pareja está hoy comiendo sola, no sé si porque sus compañeros no han bajado a cenar o porque ya se han ido. El caso es que, a su lado, y al nuestro, pues sólo nos separan un par de mesas, un hombre se ha puesto un pin con una bandera española en el jersey. Ya empezamos con la guerra de símbolos y de banderas. Siento alguna inquietud por si hubiera algún incidente, pero no pasa nada. ¿Qué necesidad hay de todo esto?

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Tercer día. 2 de abril

Hoy toca la primera excursión organizada y el primer madrugón. El autobús sale a las nueve menos cuarto, así que tenemos que bajar al comedor a desayunar a primera hora, es decir, a las ocho. Siempre me he preguntado por qué, cuando se está de vacaciones, tiene uno que sacrificarse más que cuando está en su casita. Ahora que estoy jubilado no tengo horario, pero levantarme antes de las ocho me parece una herejía. Tampoco es que me quede demasiado tiempo remoloneando en la cama, pero ya hace mucho que no me levanto temprano.

Tras casi una hora y tres cuartos de viaje el autobús nos deja frente al Ayuntamiento, que estaba siendo engalanado para la lectura del Pregón. Da la casualidad de que mañana martes es el día grande las fiestas de primavera de Murcia, al que aquí llaman El Bando de la Huerta y desde allí llegamos andando hasta la Plaza Belluga. Se nota que hay buen ambiente, pues por casi todos lados hay trabajadores del Ayuntamiento colocando flores, levantando andamios y palcos, etc. En la plaza Belluga, aunque habría que decir más correctamente Plaza del Cardenal Belluga, ilustre personaje del que habría que hablar largo y tendido, nos encontramos lo que un estudioso de la arquitectura urbana definiría como eclecticismo: la catedral de Murcia, el Palacio Episcopal y el Ayuntamiento nuevo, anexo al que mencioné anteriormente. Para asombro y enfado de muchos murcianos, el arquitecto Rafael Moneo diseñó y construyó un edificio que rompe con el estilo de los edificios anteriores. No quiero entrar en polémicas, pero no me parece mal y, encima, me gustan sus líneas rectas y sencillas.

Antes de entrar en la catedral, contemplamos la torre-campanario, realmente excepcional. Según nos explica la guía, es la segunda más alta de España, tras la de Sevilla. Entramos en la catedral y recorremos sus naves y capillas, deteniéndonos sobre todo en la capilla de los Vélez. Al salir, rodeamos el espléndido edificio y después nos dirigimos andando hasta la calle Trapería, una de las más importantes de la ciudad y donde se encuentra otro edificio que merece la pena visitar, el Real Casino de Murcia. Otro edificio de estilo ecléctico, algo muy habitual en esta ciudad, donde al lado de iglesias o catedrales barrocas o neoclásicas, te encuentras de pronto con obras rompedoras y vanguardistas. La verdad es que el Casino merece la pena visitar.

Nos dejan un poco de tiempo libre que aprovechamos para recorrer el centro de la ciudad y nos encontramos con hombres y mujeres vestidos con el traje típico de la huerta murciana pues van a hacer una especie de desfile por las principales calles hasta llegar al ayuntamiento. Aprovechamos para charlar y hacernos fotos con ellas y nos dicen que vienen representantes de Valencia y de Alicante vestidas también con sus trajes típicos. Volvemos al autobús para que nos acerque al Museo Salzillo, para contemplar las obras de este escultor. En Sevilla estamos acostumbrados a ver imágenes extraordinarias la Semana Santa: Martínez Montañés, Juan de Mesa…, pero las esculturas de Francisco Salzillo tienen una calidad y una expresividad únicas. Visita imprescindible.

Comemos en La Alberca, una pedanía en las afueras de Murcia, antes de subir al Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta, que es la patrona de Murcia. Esta virgen sustituyó a la anterior patrona, la Virgen de la Arrixaca debido, según parece, a que tenía más mano a la hora de acabar con las sequías que, periódicamente, asuelan esta zona. La vista desde el Santuario de toda la vega murciana es magnífica. En el exterior del edificio se puede destacar la fachada central y en el interior el retablo y la imagen de la Virgen.

Regresamos sobre las siete y media y nos encontramos con José Luis y Magdalena, que han hecho el viaje desde Sevilla en coche y que estarán con nosotros hasta el lunes día 9, que es cuando termina nuestra estancia aquí.

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Viaje a La Manga (I)

Primer día. 31 de agosto

Si no fuera porque el Imserso ofrece unas condiciones muy ventajosas, casi imposibles de rechazar, nunca se me habría ocurrido plantearme pasar diez días en La Manga del Mar Menor. Había visto reportajes sobre la masificación de hoteles y edificios, sobre el colapso que está a punto de sufrir ese mar por la contaminación, las medusas y el cemento, sobre los problemas de tráfico en verano, cuando el número de habitantes se multiplica por veinte… O sea, no me apetecía mucho. Pero como las fechas eran buenas y otros destinos ya los conocíamos, nos decidimos Carmen, yo y el grupo de amigos que solemos viajar juntos, a visitar ese rincón. Y nunca mejor dicho lo de rincón, porque hay que ver lo arrinconado que está.

Salimos el día 31 de marzo, sábado santo. Después de semanas y meses de lluvia, la semana santa se había presentado radiante, con apenas algún chubasco que no deslució para nada las procesiones. Así que el sábado, después de dejar el coche en el aparcamiento de larga duración del aeropuerto (mucho más cómodo y más barato que el taxi), salimos hacia Alicante Juan Esteban, Manoli, Carmen y yo. Aterrizamos a mediodía en El Altet, el aeropuerto de Alicante-Elche, tras poco menos de una hora de vuelo. Allí nos trasladaron en autobús hasta el hotel de La Manga, el Cavanna. Echamos más tiempo en este traslado que en el viaje de avión, cerca de una hora y media.

Hotel antiguo, de los años sesenta, no demasiado remodelado en todo este tiempo, pero en general, bien. Después de instalarnos en la habitación, amplia y limpia, con excelentes vistas a los dos mares, y de colgar alguna ropa en los armarios, bajamos a realizar nuestra primera comida. Para la mayor parte de las personas que utilizan el Imserso, este momento es fundamental. ¿Será comida abundante, variada, sana, bien cocinada, de calidad? Cuando entramos en el comedor, éste ya estaba casi lleno, pero de un primer vistazo las preguntas anteriores fueron contestadas positivamente. Arroz, costillas de cerdo asadas, lasaña, pollo, mucha ensalada, dulces… Los platos rebosaban, lo que siempre me hace pensar por qué, siendo un bufé del que puede uno llenar el plato las veces que quiera, tiene que llenarse sin dejar ni un hueco, como si fuera a acabarse la comida. No sé si será por pereza, por no tener que levantarse varias veces de la mesa, por reminiscencias de la época del hambre de la posguerra (la edad de algunos hace adivinar que seguramente la sufrieron), pero la verdad es nunca dejo de sorprenderme de que una y otra vez se repita la misma escena. Encontramos una mesa de cuatro y, como estábamos hambrientos pues hacía horas que no tomábamos nada, llenamos a rebosar nuestros platos, pero en nuestra descargar diré que no sobró nada en ellos.

Subimos a la habitación y después de una reparadora siesta, como diría algún cursi, aproximadamente a las seis de la tarde bajamos a un salón a recibir la charla informativa que, ineludiblemente, se recibe cuando uno comienza este tipo de viajes: teléfonos de urgencia para caso de problemas de salud, horario médico, excursiones previstas y que hay que pagar aparte… Después de un pequeño debate entre los cuatro, decidimos realizar tres excursiones organizadas y una o varias más por nuestra cuenta en los ocho días completos que todavía nos quedan: Murcia, Caravaca de la Cruz y Lorca. Finalizada la charla y pagadas las excursiones decidimos dar una vuelta por los alrededores y conocer un poco la zona. Nos recibió un frío y una brisa que no esperábamos y que nos acompañó durante toda la estancia en La Manga. Será por su situación pero siempre soplaba viento, lo que aprovechan los practicantes de kitesurf para divertirse y hacer piruetas. Lo primero que llama la atención es la estrechez de La Manga. Entre el Mar Menor y el Mediterráneo hay puntos que apenas tienen 100 metros de ancho, aunque otros, los menos, alcanzan el kilómetro. Los 18 kilómetros que tiene de largo se pueden recorrer en un autobús que lleva desde el Cabo de Palos, la población más cercana, hasta Veneziola, el extremo donde se abre un estrecho que permite la comunicación de las aguas y que impide que la salinidad del Mar Menor sea excesiva. El primer paseo lo hicimos por el Mar Mayor, como lo llaman por aquí, bien abrigados. En la playa apenas había un par de personas, demasiadas para el frío que hacía. Cuando llegamos al final de un pequeño paseo marítimo, y como no teníamos ganas de llenarnos de arena, cruzamos la carretera y pasamos al Mar Menor. Algunas tiendas, pocas, abiertas, casi todas las ventanas cerradas, algún coche de vez en cuando. No se puede llamar desolación, pero si no fuera por los del Imserso y por algún extranjero que hace deporte en el agua, esto estaría desierto.

El Mar Menor, a diferencia del Mediterráneo, en el que las olas rompían con cierta fuerza en la orilla, era una balsa de aceite. Nos llamó la atención la poca profundidad que tenía en la playa. Algunos kitesurfistas se adentraban metros y metros en el agua y ésta les cubría sólo hasta las rodillas. A poca distancia de la costa una isla, la Isla del Ciervo, a la que, según nos informó una mujer que iba en bicicleta y que se paró a hacernos una pregunta, se puede llegar andando sin que te cubra el agua, pues hay una especie de pasarela que en su momento estaba señalizada que está a poca profundidad. Como el tiempo es demasiado desapacible no creo que probemos.

Tenemos el primer turno de cena, a las ocho de la tarde, así que regresamos al hotel y después de darnos una ducha, bajamos al comedor. Otra vez casi lleno y otra vez problemas para encontrar una mesa de cuatro. Al fondo había una, cerca de un grupo de seis y ocho personas que charlaban animadamente en catalán. Allí nos sentamos y comenzamos el ritual de investigar qué sorpresas culinarias nos tenían preparadas. Nos cuidan muy bien a los pensionistas porque también la cena es variada, sana y abundante. Mientras comemos, Manoli se da cuenta de que algunos de nuestros vecinos catalanes llevan un pin metálico grande con el lazo amarillo. Dentro de unos años seguramente nos habremos olvidado de esto, porque no creo que se estudie en los libros de historia, pero entre nosotros comentamos que, respetando como es lógico cualquier manifestación política y la libertad de expresión no nos parece ni el momento ni el lugar de reivindicar lo que algunos definen como “libertad para los presos políticos”. Una de las que lleva el lazo se levanta varias veces y se pasea entre las mesas, yo diría que con mirada y actitud desafiante, aunque no puedo asegurarlo. Parece como si esperara que alguien dijera algo, que seguramente tendría preparada una respuesta para aquel que se atreviera a llamarle la atención, pero nadie en el gran comedor hace comentario alguno, más bien la tratan con indiferencia. Si yo fuera independentista catalán, pienso, lo último que haría sería viajar a un país como España que les roba, que los maltrata, que los oprime, que utiliza la represión y la violencia para acallar las justas reivindicaciones, un país atrasado, inculto, lleno de fascistas que no les comprenden. Pero así son las cosas de contradictorias: me quiero independizar del país, pero me sigo aprovechando de las ventajas que me proporciona. Como siempre se ha hecho y se seguirá haciendo.

Después de cenar tomamos una infusión en el Café Britannia, allí mismo en el hotel. Seguimos hablando y planificando lo que haremos mañana domingo pues hasta el lunes no tenemos la primera excursión. Y temprano, pues el día ha sido intenso, como siempre ocurre cuando se viaja, nos vamos a la habitación y dormimos profundamente.

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