¿Correr es de cobardes?

“Yo no corro míster, porque correr es de cobardes”, es una frase mítica del jugador bético Rogelio dirigida a su entrenador Iriondo en los años 70, cuando éste, en un entrenamiento, le pidió que corriera más. Es una de las frases que muchos sedentarios, los que suelen ver los toros desde la barrera y cuyo único deporte suele consistir en levantar el brazo para llevarse la cerveza a la boca o acercarse a comprar el pan a Polvillo, acostumbran a decir cuando ven a algún amigo, compañero o vecino en pantalón corto y camiseta corriendo por calles y parques. A mí me lo dijeron muchas veces, sobre todo cuando empecé a correr a comienzos de los 80, porque no había demasiados corredores (runners se dice ahora) ni tantos gimnasios como hay hoy en día. Ahora ya no tiene ningún mérito participar en carreras populares, apuntarse a un gimnasio para machacarse, ponerse un chándal para andar algunos kilómetros…

Corría el año 1980 cuando… No, espera, no puedo empezar así porque a continuación voy a decir que a finales de agosto llegué a Sevilla y comencé a correr en el mes de septiembre, por lo que voy a caer en una repetición del verbo correr que no va a ser, precisamente, una figura literaria. Aunque, pensándolo bien, si añado unas frases más quizás no quede tan mal. Veamos:

“Corría el año 1980, concretamente finales de agosto, cuando llegué a Sevilla procedente de la verde Galicia, de la alegre Coruña, ciudad en la que nadie es forastero. Después de pasar un par de noches en un hostal cuyo nombre prefiero no recordar, me instalé en el piso que fue mi vivienda durante dieciséis años. No contaré ahora las vicisitudes y los hechos que sucedieron en las siguientes semanas, eso lo dejaré para mejor ocasión. Lo que sí puedo asegurar es que los primeros meses fueron digamos que algo deprimentes, pues vivir solo, en un piso prácticamente sin muebles, sin teléfono, con una cama plegable, una mesa, cuatro sillas y una pequeña cocina de camping gas (hasta que pusieron los muebles de cocina habría de pasar casi un semestre), fue una experiencia, cómo podríamos decir sin caer en la exageración, indescriptible. Menos mal que los fines de semana podía ver a Carmen, que en aquella época trabajaba en Aroche, y las penas desaparecían. Pero las semanas se hacían interminables. Así que dedicaba mi tiempo libre a preparar clases, corregir y, aquí entramos ya en el núcleo de la cuestión, a correr. Pero eran carreras sin técnica, sin material adecuado, sin planificar. Diez o quince minutos diarios, como mucho. Así pasó el tiempo. Abreviando, que es gerundio. Me casé, tuve mi primera hija, Carmen también, y en el año 1985 se celebró la primera maratón de Sevilla. Unos meses antes me había planteado la posibilidad de correrla, pero cuando hice un test e intenté correr una hora, casi me muero. Así que sólo pude asistir como espectador y eso fue lo que provocó en mí un deseo profundo de correr la maratón al año siguiente. Me emocionaba y asombraba al mismo tiempo la capacidad de sufrimiento de personas mucho mayores que yo, casi ancianos, hombres y mujeres, que pasaban delante de mí, unos corriendo y otros andando, con cara de sufrimiento, pero sin abandonar. Yo todavía no había cumplido treinta años y me avergonzaba de no haber sido capaz de intentarlo.

Así que me compré una pequeña equipación en la que sobresalían unas zapatillas Joma, un libro que creo recordar que se titulaba ¡Vamos a correr!, que he buscado en casa y no lo encuentro y poco a poco fui incrementando las distancias y mejorando el tiempo. Pero lo que más me ayudó fue la coincidencia con otros corredores que también estaban preparando la maratón y formamos un grupo de unas seis o siete personas que, aunque animosas, no teníamos grandes dotes atléticas”.

Como habéis podido comprobar, he evitado la reiteración pero creo que he metido un buen rollo. No quiero extenderme demasiado, por lo que iré al grano. Corrí cuatro maratones seguidas, rebajando considerablemente el tiempo de las anteriores, hasta llegar al año 1989, en que me había propuesto bajar de las tres horas. Hacía un par de meses que había corrido la media maratón Sevilla-Los Palacios en una hora y veinticinco minutos, es decir, a poco más de cuatro minutos el kilómetro. Pasé por el punto intermedio de la maratón en una hora y veintisiete minutos, un tiempo excelente y que me hacía pensar en que sí iba a ser capaz de lograr bajar de las tres horas, pero un pinchazo en la pierna derecha en el kilómetro treinta y uno me obligó a bajar mucho el ritmo y terminé la carrera en tres horas y once minutos. A partir de esa carrera ya nada fue igual. Yo estaba a punto de cumplir treinta y cuatro años, una edad muy buena para correr muchas maratones más, pero comenzaron las lesiones, los dolores articulares, la falta de tiempo porque nació mi hijo Santiago y con dos hijos pequeños era complicado compaginar trabajo, cuidado de hijos, entrenamientos largos, etc. Continué participando en carreras populares de diez o doce klómetros (sigo corriendo habitualmente la carrera nocturna del Guadalquivir a finales de septiembre), salgo a correr un par de veces a la semana durante una hora u hora y cuarto, es decir, me mantengo porque una vez que uno se acostumbra al placer que provocan las endorfinas cuando se corre y la felicidad que proporcionan, ya no se puede prescindir de esa droga.

No, correr no es de cobardes, sino de personas que buscan la felicidad, el placer de dominar el propio cuerpo, estar en contacto con la naturaleza, el orgullo de alcanzar un objetivo o encontrar la solidaridad de personas que corren contigo y que te animan, que se paran para ayudarte… No es necesario machacarse, correr al límite, agotarse física y mentalmente. Pero hay un término medio entre eso y ser un sedentario.

Si el próximo domingo diecinueve de febrero estáis en Sevilla, no dudéis en salir a las calles y animar a los que dedican parte de su tiempo libre a entrenarse y correr la maratón. Os puedo asegurar, por propia experiencia, que ver a la gente animando y aplaudiendo al paso de los corredores hace que el esfuerzo sea mucho más llevadero. Yo ya no corro la maratón, pero nunca me pierdo esta cita.

Maratón de Sevilla. 19 de febrero de 2017

Y a continuación un recuerdo de mis participaciones.

Maratón de Sevilla. Año 1986

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Maratón de Sevilla. Año 1987

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Maratón de Sevilla. Año 1988

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Maratón de Sevilla. Año 1989

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Media Maratón Sevilla-Los Palacios. Diciembre de 1988

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Hasta las narices. Conversación sobre la política actual

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—Pero, ¿no te das cuenta de la enorme hipocresía de nuestros políticos, periodistas y ciudadanía en general? Todos, los de aquí y los de allende nuestras fronteras. Lo de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, ¿te suena? Ya está bien de querer dar lecciones al yanki, al rubio colorado, a más de sesenta millones de votantes, que deben ser todos subnormales, incultos, desinformados, manipulados, indignados… Y él, el más xenófobo, deslenguado, machista, soberbio y todo lo que quieras achacarle. Mal le iría a EEUU si todo eso fuera cierto. Cuando lo votaron, ¿creían que eran bravuconadas o payasadas, estás seguro?

—No digo nada de eso. Claro que sabían lo que hacían. Como muchos en Francia, por ejemplo, que antes votaban al Partido Comunista y ahora votan a Le Pen. ¿Y por qué ese cambio tan radical? ¿Solo por desencanto o indignación, por la crisis económica, por el paro, por la corrupción…? Si fuera por esas u otras causas, más que votar a un antisistema habría que salir a las calles día y noche, plantarse delante del parlamento y de las sedes de los partidos políticos y obligarles a romper con todo lo anterior y crear leyes nuevas, echar a patadas a todos, todos los corruptos, no dejar títere con cabeza, empezando por los que están más arriba y continuando por sus amiguetes, asesores, paniaguados y petimetres que imitan a sus jefes y se arriman siempre a la sombra del poder, sea de la ideología que sea. Pero hay algo más sutil como es la emoción, las entrañas, el corazón, eso que arrasa en muchas ocasiones a la razón y al cálculo. Es más que indignación, es rechazo absoluto, no querer tocar nada que haya estado contaminado por la corrupción. Es alergia al poder actual porque el cuerpo se defiende contra aquello que cree que lo ataca o lo ha estado atacando. Y eso es lo que han hecho casi todos los partidos, atacar a los ciudadanos, hacer todo lo que fuera para alcanzar el poder y mantenerlo a toda costa, creyendo que aguantarían todo lo que ellos hicieran. Pero ahora muchos han dicho: hasta aquí hemos llegado. Es lo que ha pasado en las elecciones americanas y, en menor medida, lo que pasó en España con Podemos y lo que podría pasar en Francia, Alemania, Holanda…

—Vale, muy bien. Pero no compares lo que pasa en Europa con lo que sucede en Estados Unidos. Llevamos una hora discutiendo y no nos ponemos de acuerdo. Nuestra política, la española o la europea, y la norteamericana, no son comparables porque son sistemas y culturas distintas, parten de visiones casi contrapuestas de la sociedad. Por ejemplo, los partidos políticos y el sistema electoral. Aquí los partidos suelen ser estructuras muy cerradas, jerarquizadas, con fuerte carga ideológica, en los que es fácil comprar y vender adhesiones y favores para alcanzar la cúpula y el poder dentro del partido. El compromiso, al final, no es con los votantes, sino con el comité, al que se debe obediencia casi absoluta. En Estados Unidos, son las comunidades locales, las bases sociales las que eligen a sus candidatos y es a ellas y no al partido, que no suele tener una carga ideológica excesiva, a quien tienen que dar explicaciones y justificar sus decisiones. Los senadores y congresistas norteamericanos tienen un contacto mucho más directo con sus electores, aunque también dependen mucho de aquellos que les han proporcionado los medios para ganar las elecciones que, en algún momento, van a solicitarle su favor político. Vaya una cosa por la otra. En Europa hay mucha hipocresía, los políticos se dedican a hacer promesas que luego incumplen con la mayor desfachatez y no pasa nada. Siempre encuentran justificaciones, cuando no es culpa de la crisis global es por la herencia de los gobiernos precedentes…

—Vamos a ver, has hablado varias veces de hipocresía. No me digas que los americanos no son mucho más hipócritas, siempre con la familia por delante en todos los actos, jurando sobre la biblia defender la constitución, con la mano en el pecho cuando tocan el himno, con la bandera de las barras y estrellas en todas las casas. Pero son el pueblo más individualista y egoísta del mundo. Y les importa un bledo familia, religión y nación si se atacan sus derechos individuales. Todo lo público, sea sanidad, educación o transportes, es infame. Se aprecia mucho más lo privado, la capacidad de luchar machacando al otro, saltándose valores como la solidaridad, la tolerancia o el respeto al diferente, con honrosas excepciones. Te recuerdo que hasta hace muy poco, bien entrados los años setenta del siglo XX, los negros no tenían derechos. Luego hablaremos de Donald Trump, por supuesto. “Sálvese quién pueda”, así debería comenzar la letra de su himno.

—Me estoy dando cuenta de que en el fondo no estamos tan en desacuerdo. Ahora que mencionas a Trump, creo que lo que está haciendo en su país lo ha aprendido observando lo que hemos hecho aquí, que tenemos ejemplos para dar y tomar. ¿Es peor lo que quiere hacer con los inmigrantes, impidiendo la entrada de los musulmanes de ciertos países o construyendo un muro en la frontera con México, que lo que ha hecho Europa con los refugiados que se mueren cruzando el Mediterráneo, creando guetos en las ciudades y campamentos en Turquía, levantando muros en Ceuta y Melilla? ¿Que Trump quiere saltarse la ley aprobando leyes anticonstitucionales y diciendo que la justicia está politizada? Pues fíjate lo que hace el gobierno catalán, apoyado por bastantes partidos, que se salta a la torera la constitución y dice que los jueces están bajo las órdenes del gobierno español y que harán un referéndum digan lo que digan los jueces o el tribunal constitucional. ¿Que en Estados Unidos se va a desmantelar la sanidad y la educación públicas? Pues eso es lo que ha pasado en España y en otros países europeos. Así que de dar lecciones a los demás, nada.

—Total, que esto no hay quien lo arregle, visto lo visto este fin de semana en España con los congresos de PP y Podemos y lo que le puede suceder al PSOE. Cambalaches, posturitas, besitos y este cargo para mí, no te olvides. Y, mientras, empleos más precarios, “pero la economía va cada vez mejor”, juicios y condenas por corrupción “eso es cosa del pasado, ya no son de nuestro partido, el que la hace la paga, aguanta Luis, qué bueno es Manolo”, más mujeres muertas por violencia machista “toda la sociedad debe oponerse, llamar al 016 que no deja huella en la factura”, brecha cada vez más grande entre ricos y pobres “pero hay cada vez más millonarios en España”…

Y los dos amigos se levantaron de la mesa y gritaron al unísono, para que todos los que estaban en el bar los escucharan :

—¡Estamos hasta las narices! ¡Que viva el caos!

Salieron a la calle y se fueron de rebajas, que acaban la semana que viene.

Relato XII: La culpa

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Lucía leyó lo que su marido había escrito aquella mañana. Como siempre, las primeras hojas nunca le convencían y las tiraba a la papelera, pero esta vez había algo especial y, tras la discusión y el golpe, él se había encerrado en el despacho y escribió frenéticamente durante más de tres horas. Después salió a la calle sin que ella se diera cuenta. Al comienzo de su matrimonio, a Lucía le encantaba analizar y estudiar cómo iban surgiendo las novelas, las distintas alternativas, los laberintos y las dudas de los personajes. Pero ahora…

“Después de cometer el atentado, se dirigió con sus dos compañeros al vehículo y, nada más iniciar la marcha, conectaron con la frecuencia de la policía. Tuvieron que esperar unos minutos hasta que comenzaron a escuchar las primeras comunicaciones: se ha producido una fuerte explosión en la Avenida Ramón y Cajal provocada por un coche-bomba, parece que hay dos víctimas, una de ellas todavía está viva, aunque muy grave… Pasada media hora, se confirmaron las sospechas. La explosión se había producido demasiado tarde, después de haber pasado el vehículo oficial, alcanzando de lleno a un turismo que circulaba inmediatamente detrás y matando a un médico y a su mujer.

–¡Maldita sea!– exclamó Juan, –otro error, y esta vez se ha escapado un general–”

Al margen, escritas a mano, podían leerse las siguientes frases:

Este personaje no está bien definido. Debe mostrar algún indicio de arrepentimiento. A pesar de su crueldad, debo buscar la manera de que se sienta culpable…  El lector quiere encontrar una  esperanza, sobre todo  en las situaciones límite.

Lucía acarició pensativamente su pómulo derecho. La hinchazón había remitido un poco desde aquella mañana, cuando su marido le había dado el puñetazo. Y pensó en la policía, en su marido…

                en la bomba,

                        en su marido,

                              en la bomba,

                                    en la culpa…

Relato XI: Rutina (y III)

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Sus compañeros fueron llegando poco a poco y, aunque le saludaban cortésmente, evitaban iniciar las charlas que antes eran frecuentes y que versaban casi siempre sobre política o deporte. Desde que comenzaron a publicarse algunos reportajes en un periódico local, y que tuvieron eco en la prensa nacional, que dudaban de la limpieza de la Consejería en las adjudicaciones de algunas obras, le fueron haciendo el vacío, dejaron de hacerle partícipe de las bromas y de los comentarios que servían de distracción y amenizaban los tediosos días de trabajo. Su jefa apenas le dirigía la palabra, a pesar de que era el funcionario más antiguo de su departamento y el que más experiencia, y seguramente conocimientos, tenía. Hacía varias semanas que no le convocaba a reuniones o le llamaba a su despacho para hacerle alguna consulta. No sabía bien por qué, pero sospechaban que él era el que filtraba las informaciones y esto se había extendido como una mancha de aceite por todos los departamentos de la Consejería. No era verdad, él nunca habría facilitado datos de manera anónima, sino que, previamente, habría denunciado los hechos ante cualquier instancia superior y, si no le hubieran hecho caso, habría acudido a un juez. Pero él no era un quijote y sabía que si se hubiese atrevido, sus últimos años en la Consejería serían un infierno. Seguramente sería alguno de los enchufados que se sentaban frente a él y cuyos méritos consistían en hacer comentarios graciosos, copiar y pegar documentos y presentarlos como originales, hacer fotocopias o actividades similares. Pero no le preocupaba, ya no le preocupaba.

Así que, después de descartar varios planes, decidió utilizar el viejo sistema que ya se estaba empleando, pero de una manera mucho más sutil. En las últimas semanas había estado haciendo copias de documentos y correos, incluso de borradores y los guardaba en su pen, eliminando cualquier rastro de su ordenador. Su amigo Julián el informático le dio unas pequeñas clases y claves para hacerlo sin dejar huella. Sabía cómo entrar en los ordenadores de sus compañeros, como desencriptar archivos, cómo hacerse con sus claves… Todo era demasiado sencillo, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de los sistemas operativos y programas del departamento eran piratas, que los ordenadores eran antiguos y que nadie se había preocupado de invertir en seguridad informática. Hoy era el día decisivo, el final de la cuenta atrás, la caída del castillo de naipes.

Llegó la jefa de servicio y la saludó con un gesto, al que ella no contestó. Leyó el correo, clasificó algunos documentos y envió otros, navegó por algunos periódicos de internet para enterarse de las últimas noticias, tomó de pie, solo, el indescriptible café de la máquina, pues ninguno de sus compañeros le invitó a sumarse al grupo, salió a la calle a media mañana para despejarse y llevó un borrador de unas instrucciones al departamento jurídico. La misma rutina desde hacía años, con alguna pequeña modificación.

Al final de la mañana copió el último archivo que estaba encriptado en su ordenador, el que demostraba de manera definitiva que varios altos cargos de la Consejería y cinco o seis empresarios se habían apropiado de cantidades importantes de dinero público. Tenía material suficiente para escribir esa novela que rondaba en su cabeza desde que decidió sacar a la luz todo el entramado. Pero sabía que no tenía madera de escritor. Borró todo vestigio de su ordenador, repasando varias veces los pasos que le había recomendado Julián. Cuando finalizó era casi la hora de salir y lo hizo un poco antes que sus compañeros, saludándolos con un ¡hasta luego! al que nadie respondió. Eso le alegró, porque así no tendría remordimientos cuando todo saliera a la luz y la mayor parte de ellos tuvieran que buscarse la vida en otros lares. Se lo merecían por chivatos, por aduladores.

Esta vez no regresó andando por el mismo camino de siempre, sino que torció en la primera bocacalle y después de andar durante media hora y comprarse un bocadillo, entró en un locutorio alejado del trabajo y de su casa. Se sentó delante de un ordenador libre, introdujo su clave y entró en el disco virtual que había creado semanas antes, con un nombre ficticio, El Fantasma de la Libertad, que había elegido de una novela de Paul Auster, Leviatán. Ese personaje, un escritor algo desequilibrado, fantasioso y que por ironías del destino se había convertido en un aprendiz de terrorista, siempre le había fascinado. Copió el último archivo en la nube y a partir de entonces comenzaron a entrarle las dudas, porque había llegado el momento de cerrar el círculo, abrir el correo electrónico, escribir un pequeño texto explicando el contenido de los archivos que iba a adjuntar y dirigirlo al periodista que había comenzado a destapar el escándalo de la Consejería. Pero hasta ahora los datos se referían a pequeñas fechorías. Lo que iba a enviar era el escándalo, la ignominia, la prueba fehaciente de la gran mentira que habían urdido bajo su mirada y que, en cierto modo, había consentido y ocultado. Por eso se preguntaba si era correcto lo que iba a hacer, si tenía derecho a traicionar a los que habían sido sus compañeros, aunque no le cayeran bien, aunque supiera que eran unos delincuentes, porque él también lo era, por acción y por omisión. El caso es que nadie podía acusarle de nada, no había pruebas contra él, no se había beneficiado. Pero se había callado y había mirado para otro lado. Los demás iban a pagar y él no. En el fondo sabía que era injusto y que tendría que saldar cuentas de alguna manera. Se comió despacio el bocadillo, pensando en lo que iba a hacer. No es lo mismo planificar hasta el último detalle que pasar a la acción. Pulsar el botón es siempre lo más difícil, y él no era precisamente una persona decidida.

No estaba preparado, no podía hacer eso, no era un traidor ni un chivato. Cerró el correo, quitó el pen, apagó el ordenador y pagó al encargado del locutorio. Eran cerca de las siete de la tarde y lentamente fue desandando el camino, acercándose con recelo a su casa, temiendo a la soledad que le impediría tranquilizar su conciencia. Se fue deteniendo en escaparates, observando cómo las farolas y las luces de neón se iban encendiendo, cómo el cielo se oscurecía y las primeras estrellas, con Venus de vigía y director de la escena, aparecían en el cielo. Llegó al portal desalentado y sin aliento, como si hubiera hecho un esfuerzo sobrehumano. Esta vez no pudo subir al piso andando, como hacía siempre, y subió en el ascensor. Cuando abrió la puerta, comenzó la rutina nocturna de quitarse la ropa, lavarse las manos, ponerse el pijama, prepararse la cena, cada vez más frugal, y sentarse a comer delante del televisor.

Hoy debería descansar más, pensó, pues mañana tendría que tomar la decisión, quizás la más difícil de su vida. Así que llevó los restos de la cena a la cocina, se lavó los dientes, llevó al salón el vaso de agua, puso la manta y el mando de la televisión cerca, apagó la luz, se acostó en el sillón y se concentró en lo que había hecho a lo largo del día. Lo recordaba como si fuera una película y cada instante, cada encuadre, cada pensamiento, ahondaban en el remordimiento, en la culpa, en el desasosiego. Cuando llegó a la escena del locutorio ya se había decidido.

Volvió a levantarse, cogió el ordenador portátil, lo encendió e introdujo el pen en uno de los puertos usb. Descargó los archivos en el ordenador y los comprimió en un nuevo documento llamado “conciencia.zip”. Abrió su correo personal y sin pensarlo dos veces lo envió al periodista con un pequeño mensaje que quizás no entendiera: “No soy el Fantasma de la Libertad, ya no tengo miedo aunque sí me remuerde la conciencia. Pero ahora ya podré mirar a los ojos a mis hijos”.

Apagó el ordenador y se fue directamente a la cama. Mañana sería otro día y, seguramente, se acabaría la rutina durante mucho tiempo.

FIN

Relato XI: Rutina (II)

(Continuación)

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El sol ya había salido y el cielo azul, con algunas pequeñas nubes de algodón teñidas de ligero tinte rojizo y suspendidas sobre los edificios, prometía un día caluroso de finales de abril. Siguió andando despacio, controlando el tiempo y mirando su reflejo en los cristales de los comercios, que devolvían una figura frágil, ligeramente encorvada y delgada, un traje gris que le quedaba demasiado grande, mirada miope y triste, tez pálida en un rostro vulgar. Faltaban pocos segundos para las siete y media, hora a la que llegaba siempre con exquisita exactitud, que comprobaba en el reloj que también le habían regalado sus hijos cuando cumplió los cincuenta años: “Papá, sabemos que la puntualidad es otra de tus obsesiones, así que ahora no tendrás problemas con este reloj, que nos ha costado una pasta”. Y de eso hacía casi una década. El guardia de seguridad, sentado en su garita y rodeado de pantallas de televisión que vigilaban los cuatro pisos del edificio, lo saludó con un movimiento de cabeza y una medio sonrisa, que cada vez era menos cálida y más distante. Él, sin embargo, sí lo saludó con la amabilidad que había sido su mejor arma y que ahora parecía ser una carga. Pasó la tarjeta de control por la máquina de tornos y subió por la escalera hasta la segunda planta, que se abría en un amplio vestíbulo con tres puertas acristaladas, en cada una de las cuales se podían leer los diferentes departamentos que componían la Consejería. Él pertenecía al Departamento de Estudios y Presupuestos, en el que trabajaba desde su creación hacía ya nueve años. Abrió la puerta de la derecha y encendió las luces, como hacía todas las mañanas, ya que era el primero en llegar. Paseó la mirada por la sala y comprobó que el despacho de la jefa de servicio estaba cerrado, que las otras ocho mesas estaban vacías de cuerpos y de almas, que las paredes seguían con el color gris azulado que le producía una mezcla de tristeza y desidia y que los archivadores estaban correctamente colocados en las estanterías. Se dirigió a su mesa, que estaba al lado del despacho de la jefa, se quitó la chaqueta que colocó en el respaldo del sillón, dejó la cartera en una silla y encendió el ordenador. Los mismos gestos, las mismas emociones día tras día y año tras año, aunque en los últimos tiempos se habían producido cambios, al principio pequeños, pero que en los últimos días habían sido significativos y que en unas horas, tras muchas dudas y meditaciones, podrían ser decisivos.

Mientras se cargaba el sistema operativo, sacó de la cartera una carpeta y un pen drive, que mantuvo en su puño cerrado mientras se terminaban de cargar todos los programas. El puño encerraba, como una metáfora de lo que habían sido sus últimos años y de lo que podría acontecer en las próximas horas y en el resto de su vida, las dudas, las vacilaciones, las certezas, los engaños y las mentiras que quería sacar a la luz. Sin saber muy bien por qué, aunque en el fondo lo adivinaba, porque nunca había sido una persona ambiciosa ni medrosa, había conocido y consentido arbitrariedades, amaños, enriquecimientos ilícitos (menos el suyo, porque nunca se había aprovechado a pesar de los numerosos intentos), obras que nunca se habían llevado a cabo… Al principio lo engañaron con argumentos débiles, pero él cerró los ojos a la verdad, o más bien los abrió a los encantos insinuantes de la jefa de servicio y, al cabo de poco tiempo, aun a sabiendas de lo que ocurría, permaneció mudo y consintió todo el entramado de fechorías que habían sido denunciadas, la mayor parte de las veces sin pruebas, por la prensa. Creía que, por fin, había encontrado el cariño que tanto necesitaba desde que ella lo abandonara y se entregó, con todas sus armas y bagajes, a las causas que se le proponían, primero de manera velada y cada vez de forma más burda. Fue consintiendo, sin un reproche por su parte, sin ninguna advertencia o amenaza de denuncia, las diferentes tramas que se urdieron año tras año. Lo consideraron uno de los suyos y él, como un adolescente acomplejado que quisiera ser aceptado en una pandilla de gamberros, permitió, ayudó y planificó.

Pero había llegado el momento de acallar a su conciencia, de regresar a lo que antes había sido y era en realidad, un funcionario gris, eficiente y honrado, había llegado la hora, al fin, de poder mirar a los ojos a sus hijos, que le habían hecho algún comentario sobre su responsabilidad en lo que se publicaba.

(Ya queda poco para el final. Continuará y finalizará dentro unos días, supongo)

Relato XI: Rutina (I)

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(Reconozco que me estoy volviendo un vago, que estoy pasando por una etapa de relajación impropia en una persona que no se puede estar quieta, que no le gusta permanecer sentada delante del televisor, del ordenador, o leyendo un libro durante horas, que necesita cambiar de actividad constantemente… Quizás sea por eso, por la dispersión, porque podría ser un hiperactivo y hasta ahora no me había dado cuenta, que salto de una tarea a otra sin descanso ni tregua. Hace pocos meses me había marcado una serie de objetivos para este año y mucho me temo que, o cambian mucho las cosas, o no voy a ser capaz de cumplir ninguno. Lo de escribir dos libros me parece ya una entelequia, una utopía prácticamente inalcanzable porque me he liado, he cambiado las historias y los personajes tres o cuatro veces porque ellas y ellos me lo han pedido, no les gustaba ni el argumento ni su personalidad ni los hechos que les acontecían, se han rebelado como hizo Augusto, el protagonista de Niebla, aquella “nivola” de Unamuno, así que me encuentro en un callejón sin salida. Por eso, volveré a escribir pequeños relatos que requieren menos capacidad de concentración y de atención, y menos complejidad, que en estos momentos las musas me han abandonado.

Esta es la primera parte de uno que nadie sabe, y menos yo mismo, cuándo tendrá continuación. Aunque algunos pueden pensarlo porque son muy mal pensados, que ya lo sé, no es nada autobiográfico).

Acostado en el sillón, como solía hacer todas las noches antes de irse a la cama, con la luz apagada y el televisor encendido con el sonido muy bajo, esperaba a que le llegara el sueño reparador de un día como todos, agotador física y mentalmente. La diferencia es que mañana tenía que tomar una decisión que podía cambiar su vida y eso le provocaba un pellizco en el estómago y una opresión en el pecho que auguraban una noche de insomnio. Se aseguró de tener cerca el vaso de agua, el mando del televisor y la pequeña manta que se pondría en los pies cuando le diera frío.

Repasó lo que había hecho desde primera hora, cuando sonó la radio del despertador con las noticias de las seis de la mañana. Después de unos minutos que aprovechaba para desperezarse y remolonear, echó las sábanas y la manta a un lado y con cuidado, para evitar que se reprodujera la lumbalgia que le había amargado la existencia unas semanas atrás, se puso las zapatillas, levantó la persiana y abrió la ventana para que comenzara a ventilarse la habitación. Todavía era de noche y apenas había tráfico en la avenida, pero en el edificio de enfrente ya se veían algunas luces encendidas. Comprobó que su amigo Felipe también se había levantado y, seguramente, estaría desayunando en la cocina. Se dirigió al baño para “realizar sus abluciones”, como eufemísticamente denominaba su amigo Juan a descargar la vejiga u otros desechos acumulados, pesarse en la báscula y constatar que seguía con el mismo peso que hacía diez años, darse una ducha de agua templada, peinarse y ponerse el pijama que se había quitado antes de acostarse, pues sólo dormía con los calzoncillos. Miró para el lado izquierdo de la cama, aquel que hacía ya cerca de veinte años que permanecía vacío desde que ella lo dejó solo gritándole a la puerta que había cerrado tras de sí después de la enésima discusión, lado que él nunca se atrevía a ocupar por si alguna noche regresaba. Salió al pasillo y volvió a colocar bien los cuadros que, por alguna razón misteriosa, todas las mañanas aparecían ligeramente torcidos. Se detuvo, como siempre, ante la reproducción del beso de Klimt que habían comprado en Ámsterdam en el viaje de novios y descubrió alguna flor nueva que estaba escondida bajo la rodilla de la amante. El color dorado del cuadro le producía una sensación de bienestar y de optimismo que le duraba hasta que pisaba la acera de la calle.

Se preparó el desayuno con el ritual que le permitía pensar en lo que iba a hacer durante el resto del día: primero llenó la cafetera eléctrica con el agua y el café y la encendió, después exprimió tres naranjas y llenó un vaso con el zumo, cogió dos piezas de fruta y unas nueces, cortó un par de rebanadas del pan que había sobrado del día anterior y las puso en la tostadora plana, regalo de sus hijos en el último cumpleaños. “Papá, a ver si con esto no se te queman las tostadas, que siempre tienes que tirarlas”. Aunque vivía solo, porque Susana y Luis hacía ya varios años que se habían independizado, los veía a menudo y solían comer juntos varias veces al mes. Ella, sin embargo, nunca estaba. “¿Sabes algo de mamá?”, solía preguntar Susana. Él negaba con la cabeza y bajaba la vista. Siempre la misma rutina, la misma pregunta y el mismo gesto.

Tomaba primero la fruta y el zumo con la pastilla para la tensión mientras vigilaba que el café y las tostadas estuvieran preparados. Seguía escuchando las noticias de la radio y, cuando se cansaba, cambiaba a una emisora con música. Terminado el desayuno, se lavaba los dientes, se vestía con parsimonia, hacía la cama cuidadosamente, dejando las sábanas y la colcha bien estiradas, cogía el maletín negro en el que, con letras doradas, se leía “Consejería de Obras Públicas” y salía, no sin antes comprobar varias veces que la puerta estaba bien cerrada. Bajaba los tres pisos por las escaleras, para ir desentumeciendo los músculos y pisaba la acera con el pie derecho, una superstición que le acompañaba desde que tenía memoria. Reconocía que era un poco maniático, pero no le daba mayor importancia porque ¿quién no tenía manías? Sin ir más lejos, ella tenía la costumbre de beber siempre el agua en la botella de medio litro, sin utilizar vaso, lo que le provocaba a él mucha vergüenza cuando estaban en grupo o comían fuera. Ella decía que no se fiaba de la limpieza de los vasos, y menos en los restaurantes o en los bares.

El paseo de media hora hasta su lugar de trabajo y de tortura comenzaba con un saludo a los trabajadores de la limpieza que todas las mañanas se cruzaban con él mientras se dirigían a recoger sus herramientas de trabajo en un local cercano. Eran muchos años y se había establecido una especie de complicidad y camaradería que desconocían, ellos limpiarían las calles de la ciudad mientras él se dedicaba a elaborar presupuestos para hacer carreteras o autopistas y limpiar y dejar sin un duro las arcas de la comunidad. No era lo mismo pero sí algo parecido.

Continuaba caminando mientras las luces de las farolas se iban apagando y la claridad del amanecer iba venciendo a la oscuridad. Esa lucha le fascinaba y le asombraban cotidianamente los variados matices de rojo, azul, violeta o amarillo que se fundían con el negro del cielo que desaparecía por momentos. Pero en lugar de la alegría o la tranquilidad que esos minutos le habían provocado en los primeros años de la llegada a la ciudad y su incorporación al trabajo, ahora sólo sentía opresión y tristeza, pues cada minuto que pasaba y cada paso que daba le acercaban al tormento, a la pesadilla que supondría enfrentarse a la desidia y al ostracismo al que le habían relegado en su departamento. Compró el periódico en el kiosco de Venancio, la primera persona que conoció en el barrio y que le resumía en pocas frases las últimas novedades deportivas y políticas, leyó los titulares y la columna de la contraportada, lo dobló y siguió andando sin prisas, pues, como siempre, tenía mucho margen de tiempo. Cruzó varias calles, se detuvo delante de la tienda de deportes y prometió comprarse una buena equipación para comenzar a hacer ejercicio, primero andar y después correr, ya que decían que era muy bueno para regular la tensión y a él le había subido bastante en los últimos años.

(Continuará, digo yo)

Qué nos puede esperar tras la jubilación

Hace unas semanas Alberto del Mazo, uno de los editores del Colectivo Orienta, del cual formo parte, me invitó a colaborar con un artículo en el que orientadores que nos hubiéramos jubilado en los últimos meses o años explicáramos cómo había cambiado nuestra vida y qué consejos podíamos dar a aquellos que ven cercano el momento de su jubilación. Con el título Jubilarse no es dejar de orientar, cinco orientadores y orientadoras recién jubilados expresamos nuestras opiniones. Aquí os dejo mi aportación y os recomiendo, tanto si ya os habéis jubilado como si os falta poco, que leáis también las otras intervenciones.

Somos lo que hacemos

¿Qué nos espera a los orientadores y orientadoras tras la jubilación? La respuesta a esta pregunta creo que debe realizarse partiendo de la más genérica, ¿qué nos puede esperar tras la jubilación? Para contestarla, reproduzco una frase de Galeano que siempre he tenido presente “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Desde que nacemos, nuestra vida gira en torno a ejes muy concretos que nos van definiendo y conforman nuestra personalidad: familia, amigos, estudio, trabajo, ambiciones, aficiones … Y sobre todos ellos y sobre todo lo demás, presidiéndolo como un gran tirano, el tiempo, impasible y vigilante, que unas veces nos apremia y otras nos permite respirar con tranquilidad.

Si durante nuestra infancia, la juventud, la edad adulta, hemos ido haciendo y enriqueciéndonos, adaptándonos a la realidad o intentando modificar aquello que no nos gusta, es decir, hemos ido haciendo y haciéndonos, cambiando lo que hemos podido y cambiándonos sin dejar de ser lo que realmente somos, llegaremos a la jubilación en plenitud. Hasta el mismo día de la jubilación trabajé con ilusión y entusiasmo, poniendo todo el corazón en lo que hacía, creyendo que mi trabajo era el más importante. Con esa misma ilusión, con ese mismo entusiasmo me planteo la jubilación.

Seguiremos, como en edades anteriores, teniendo unos ejes de referencia; familia, amigos, ambiciones, aficiones. Podremos seguir teniendo ganas de estudiar o de trabajar, por supuesto. Y sobre todo, ganas de seguir aprendiendo. No he perdido nada de eso. Pero mis prioridades ahora son otras. Y vuelvo a hablar del tiempo, pero ya no como un tirano que me condicionaba, sino como aliado y cómplice. Sigo haciendo cosas, muchas cosas: leo y escribo más, sigo haciendo deporte, paso más tiempo con mi familia, mantengo el blog de orientación del Instituto y he creado otro blog más personal, colaboro esporádicamente en una ONG, viajo, aprendo cosas nuevas como la fotografía, a la que me estoy aficionando, paseo por mi ciudad y descubro rincones hasta ahora desconocidos. Pero todo de una manera más tranquila, sin agobios, sin crearme obligaciones, sin planificar, reflexionando y recreándome en lo que hago y en lo que podría hacer pero no hago porque no quiero. Ya no estoy pendiente del reloj; si no me da tiempo a hacer o terminar algo no pasa nada. Nada hay tan urgente que me impida saborear los pequeños placeres, disfrutarlos como pocas veces los he disfrutado.

Así que, para aquellos que ya ven cerca la jubilación y pueden estar preocupados sobre cómo gestionar su tiempo, vuelvo a la frase de Galeano y añado algo más: somos lo que hacemos para cambiar lo que somos y alcanzar la plenitud. Y esa plenitud se alcanza, como ya nos dijeron los filósofos griegos, con el ocio, con la ausencia de necesidad de estar ocupado. No tengáis remordimientos si os apetece dedicaros por un tiempo al dolce far niente. No hay mayor placer que saber que, si queremos, no haremos nada y, aun así, estaremos alcanzando la plenitud, porque lo haremos de manera libre y consciente. Pero también podéis crearos obligaciones, si queréis. Esa es la gran ventaja, la libertad de poder domar al tiempo.

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(Vamos a) Educar al margen de las leyes (educativas)

(Publicado originalmente en el Blog del IES Hermanos Machado, que también administro, pero me parecía un tema interesante para publicarlo igualmente aquí)

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No nos va a quedar otra. O mejor dicho, no os va a quedar otra a los que todavía estáis al pie del cañón o en las trincheras, perdonad por los términos bélicos que estoy empleando en un ámbito tan poco guerrero como es o debería ser la educación, que trabajar al margen, cuando no contra, la normativa educativa. Supongo que la mayor parte de los docentes están ya hartos de los vaivenes a los que son sometidos diariamente desde las instancias superiores, llámense ministerio, consejería o delegación a base de instrucciones, reglamentos, órdenes, decretos o leyes educativas. Realmente me podéis creer si os confieso que terminé mi largo periplo como maestro y orientador cansado de tener que leerme diariamente la normativa que se publicaba, como si trabajara en un bufete de abogados o en una notaría. En los últimos años, lo primero que hacía era entrar en la página del BOJA o de la Consejería de Educación (o en la web de la inspección, que me permitía, además, saber si el Ministerio también había  tenido alguna ocurrencia) y cruzar los dedos o rezarle al santo o santa del día para que no hubiera novedades al respecto. Si no las había, ya podía respirar y trabajar tranquilo, procurando recordar lo último que se había publicado relativo a currículum, organización y funcionamiento, evaluación, titulación, acceso a la universidad, formación del profesorado, absentismo escolar, atención a la diversidad… Porque el orientador, por si no lo sabéis, abarca prácticamente todos los ámbitos en que se desenvuelve la acción escolar. Y raro era el día en que algún compañero no me venía preguntando cualquier cosa relativa a su responsabilidad docente, aunque también sobre concursos de traslados, comisiones de servicio, régimen disciplinario, permisos y licencias, etc., etc.

Cuando ya parecía que me había enterado de la última disposición surgida de la mente preclara de algún adscrito, jefe de sección, jefe de servicio, director general o consejero, y era capaz de decir de corrido el título, la fecha de publicación e incluso el número y el texto completo de algún artículo o disposición transitoria, ¡zas!, se publicaba una nueva que hacía inservible todo lo que ya sabía. Y aquí tengo que confesar que yo también formé parte durante algún tiempo de ese batallón que se dedicaba a elaborar normativa, porque trabajé como adscrito, jefe de subprograma y técnico, respectivamente, en varias direcciones generales de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía y durante trece años, trece nada más y nada menos, una de mis funciones fue la de trabajar sobre instrucciones y órdenes de evaluación y formación del profesorado (alguna de la cual quizás siga en vigor, prefiero no comprobarlo).

Vuelvo al comienzo. Si hace unos años era agobiante trabajar en los centros ateniéndose a lo que emanaba de la normativa educativa, pues suponía en muchos casos tener las manos atadas para elaborar materiales, realizar actividades extraescolares, modificar horarios y agrupamientos, cambiar contenidos, etc., en la situación actual debe ser, y digo debe porque ya no lo vivo en primera persona, desesperante. Lo más cómodo es decirse que para qué voy a luchar contra molinos de viento y darme un trompazo con la realidad de falta de recursos personales y materiales, aumento de la ratio, incremento de la burocracia, cambios constantes en todo lo relacionado con la LOMCE, informes PISA…, así que bajo las manos y hago lo que me diga el inspector y la consejería. Pero eso significa perder el entusiasmo y dejar de creer en el valor de la educación como herramienta transformadora e impulsora de la sociedad.

Así que os propongo, viendo los toros desde la barrera de la jubilación, pero también desde la experiencia de cuarenta años trabajando en primera línea, que paséis de todo eso, que os tapéis los oídos y que pongáis en funcionamiento vuestra creatividad. Proponed a vuestros compañeros de departamento, al equipo directivo, un proyecto ambicioso, con entusiasmo, basado en lo que los estudiantes saben realmente y en lo que podrían llegar a saber con los medios con los que contáis (acordaos: Zona de Desarrollo Potencial). Preguntadle también a vuestros estudiantes: cómo os gustaría aprender, qué os gustaría aprender, para qué queréis aprender. Puede parecer una tontería, pero seguro que os encontraréis con sorpresas agradables. Y no os costaría mucho tiempo, una sesión de clase, quizás (ahora escucho a mis compañeros de bachillerato riéndose y preguntándome que qué hacen con la selectividad, pero eso es otro tema; yo estoy dirigiéndome, fundamentalmente, al profesorado de secundaria). Y por qué no, preguntar también a los padres. La mayor parte tiene interés en la educación de sus hijos, escuchan lo que les dicen en casa, tienen su propia experiencia. Con probar no se pierde nada.

Trabajar al margen de la ley no es ir contra las leyes, sino hacer como si no existieran, pensando fundamentalmente en el bien de nuestros estudiantes. El problema principal es que siempre estamos comparando y siendo comparados (me he negado esta vez a realizar comentario alguno sobre el último informe PISA), obviando que cada persona es distinta y que no se puede evaluar con los parámetros que se utilizan habitualmente, usando el mismo rasero para todos. Pero ahora me preguntaréis, ¿quién le pone el cascabel al gato?, ¿quién se atreve a ir contra corriente, modificando curriculum, cambiando horarios y agrupamientos, realizando propuestas novedosas? Pues ya hay muchos centros que lo hacen, que se niegan a bajar los brazos y la cabeza y que, a pesar de todo y de todos, están obteniendo excelentes resultados. Seguro que si buscáis, encontraréis muchos ejemplos como los que propongo a continuación:

Las pedagogías alternativas

El Aprendizaje Basado en Proyectos

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Se admiten sugerencias.

Relato X: Historia del sabio

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Hace unos años asistí a una sesión de coaching sobre cómo afrontar y resolver los problemas que surgen tanto en la vida diaria como en los centros de trabajo. Siempre he sentido un poco de aprensión hacia esas personas que dan una sensación de seguridad, de dominio de las situaciones, de estar por encima del bien y del mal que al resto de los mortales nos acompleja. Siempre he desconfiado, es verdad, de todos aquellos que creen estar en posesión de la verdad, que nunca se equivocan, que hablan con suficiencia y que muestran cierto desprecio hacia aquellos que solemos poner en duda lo que hacemos y lo que decimos. Si por algo me caracterizo es porque estoy seguro de muy pocas cosas, que doy la razón a los demás con excesiva frecuencia. En ese grupo de personas tan firmes y seguras están, por regla general, los coach (anglicismo innecesario que podría sustituirse por entrenador o preparador, tal y como se puede comprobar en la Wikipedia, herramienta a la que, me avergüenza decirlo, acudo con frecuencia). Pues bien, esos preparadores suelen aprenderse una serie de frases que van colocando a lo largo de la charla y que les sirven para fijar la atención de los asistentes, a los que emboban con su, generalmente, verbo fácil y resuelto. También es frecuente que salpiquen esas sesiones con anécdotas (que casi siempre les han ocurrido a ellos o a personas cercanas) o con historias que transmiten enseñanzas que, como es lógico, van a servirnos para que nuestra vida fluya con mucha más facilidad y seamos mucho más felices en familia y en el trabajo (por cierto, esto mismo lo encontramos en los manuales de autoayuda, que han proliferado como hongos en las librerías y en Amazon).

En la sesión a la que aludo, el coach-entrenador-preparador nos iluminó con su receta para afrontar cualquier problema. Resumo con sus propias palabras lo que, a la postre, es el compendio de toda la charla y que no se cansó de repetir a lo largo de la misma:

Para resolver un problema hay que seguir tres pasos:

  • Toma de conciencia
  • Asumir responsabilidades
  • Pasar a la acción, actuar

Como se puede comprobar, todo muy práctico y que me ha servido para que, desde entonces, pueda afrontar el resto de mis días con mucha más tranquilidad e ilusión. A vosotros seguro que también os ha despejado muchas dudas.

Sin embargo, a pesar de todo, hubo una parte de la sesión que sí me gustó y fue aquella en la que contó un cuento al que llamó “Historia del sabio” y que, a pesar del tiempo transcurrido, todavía recuerdo, aunque hay partes, creo que alguna bastante importante, que no soy capaz de poner en pie. Lo reproduzco a continuación y supongo que sabréis sacar una enseñanza o una moraleja de la misma.

Hace muchos años, en un pueblo situado en la ladera de una montaña, había un anciano muy sabio que era envidiado por sus paisanos y fue expulsado del pueblo. La envidia es muy mala, como sabéis, eso de que los demás posean algo que nosotros no tenemos hay personas que no pueden aguantarlo. Y crea muy mala sangre, un sentimiento mezcla de tristeza, de rabia, de odio. Así que, una vez que sus vecinos tomaron la decisión de echarlo del pueblo le dijeron que se fuera lo antes posible. Pero él no quería pasar más tiempo en un pueblo tan desagradecido y envidioso así que ese mismo día cogió un pequeño saco con ropa y algunos utensilios, porque no necesitaba más, y se fue a vivir a la cima de la montaña. Allí, a pesar de su aislamiento, la fama de su sabiduría se fue extendiendo por toda la comarca y acudían a pedirle consejo cada vez más personas. Aunque no quería nada a cambio de sus palabras, siempre le dejaban algún presente que él solía guardar en una cueva cercana. Se decía que su riqueza era enorme y que, si quisiera, podría comprar el pueblo entero y sus tierras.

Sus antiguos paisanos ya tenían más motivos de envidia, porque a su sabiduría se añadió la fama y la riqueza que iba adquiriendo, por lo que decidieron buscar una forma de acabar con él y se reunieron en la plaza para exponer sus ideas. Podéis comprobar que era un pueblo muy democrático, a pesar de todos sus defectos, porque todo lo decidían en asamblea. Lo que pasa es que deberían haber utilizado la democracia para otras cosas, no para fastidiar a un semejante. Unos querían matarlo una noche y deshacerse de su cuerpo, enterrándolo en algún lugar escondido; otros preferían envenenarlo con alguna pócima o secuestrarlo, pero la mayoría del pueblo quería evitar la violencia, no vayamos a pensar que eran unos monstruos sin escrúpulos. A alguien se le ocurrió la idea de que lo mejor era desprestigiarlo, avergonzarlo y que su fama se perdiera, por lo que la gente dejaría de visitarlo y moriría solo y abandonado. A todos les pareció bien, pero nadie conseguía encontrar una manera de hacerlo, ya que la inteligencia del sabio seguramente se impondría a todos los trucos que intentaran engañarlo.

Hasta que un niño de poco más de diez años les dijo:

– Creo que he encontrado la forma de conseguir que el sabio se equivoque. Habrá que esperar a que haya mucha gente viéndolo para que sean testigos de lo que va a ocurrir y puedan contarlo a todo el mundo. Cogeré un pájaro y lo esconderé detrás de mí. Y entonces le diré al sabio: “Tengo un pájaro en mi mano. Tú que sabes tanto, dime si está vivo o muerto. Si me dice que está muerto, abriré mi mano y se podrá comprobar que está vivo. Si me dice que está vivo, aprovecharé que lo tengo escondido, le retorceré el cuello, morirá y verán que está muerto. Es decir, que siempre se equivocará”. 

Todos estuvieron de acuerdo en que aquella era una gran idea y de que el sabio nunca podría acertar. Hay que ver lo bien preparados que están los niños de este pueblo. Habrá que hacerle un homenaje al maestro. Pues bien, una vez que se consiguió el pájaro, un humilde gorrión que fue cazado por varios niños con una red (otra muestra de que la infancia de este pueblo tiene un gran futuro), se repasó el plan con el niño y la mañana del día siguiente, muy temprano, casi todo el pueblo comenzó a subir a la cima de la montaña, mezclándose con los cientos de personas que solían acudir, unos por curiosidad y otros porque querían que el sabio les resolviera los diferentes problemas que traían. En sus manos, en bolsas o en cestas llevaban regalos que, al final del día, dejarían a los pies del anciano.

El niño se acercó al sabio, con el gorrión escondido entre sus manos a su espalda e hizo la pregunta:

– Maestro, tengo un pájaro en mis manos. Tú que eres tan sabio, nunca te equivocas y puedes resolver los problemas más difíciles, ¿puedes adivinar si está vivo o muerto?

Sus antiguos paisanos contuvieron la respiración, y esperaron la respuesta equivocada para gritar con todas fuerzas “¡se ha equivocado, se ha equivocado, no es tan sabio como dicen!”. Ya saboreaban la victoria y se miraban unos a otros con sonrisas de complacencia. Y lo mejor, cómo disfrutarían con la cara de sorpresa de los demás asistentes y con el sufrimiento del anciano.

El maestro miró al niño a los ojos, posó la vista en la multitud que esperaba ansiosa sus palabras y después de unos segundos contestó:

– Tú lo has dicho. La respuesta está en tus manos.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Podría haber continuado la historia describiendo la cara de perplejidad del niño y de sus antiguos vecinos y las palabras de reproche del anciano, demostrando que habían querido tenderle una trampa y avergonzándolos ante todos, dándoles una lección, pero prefiero que cada uno termine la historia como más le guste y que saque su conclusión y su enseñanza, yo no quiero hacerlo porque bastante hago con haceros pasar el rato

(Y sigue lloviendo en Sevilla como si no hubiera un mañana. Por eso me dedico a escribir estas cosas que no tienen demasiado sentido. O sí, depende cómo se mire).

Relato IX: Héroes y villanos

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Ser un héroe que posee poderes extraordinarios, con una máscara y un traje que impiden que lo reconozcan y ser admirado por defender a los débiles contra los malvados que intentan apoderarse o destruir el mundo, es muy fácil, muy sencillo y no tiene mérito alguno. Normalmente esos poderes son adquiridos sin esfuerzo, por una casualidad o por un conjunto de circunstancias ajenas a su voluntad, por lo que sólo tienen que luchar contra el mal y hacer el bien. Porque si no lo hicieran, no sé para qué querrían esos superpoderes, digo yo, estarían aburridos todo el día. Si pueden volar, levantar pesos enormes, correr a la velocidad del rayo o hacerse invisibles y sólo lo utilizan para divertirse o para presumir delante de los demás, llegaría un momento que tanto él como los otros se aburrirían y se plantearían qué hacen en este mundo, para qué sirven.

Por regla general, cada héroe tiene un antihéroe, un villano que también posee superpoderes y que se divierte haciendo el mal, asustando y haciendo sufrir a los pobres mortales que carecen de antídotos contra sus fechorías. Si no tuvieran un personaje que se enfrentara a ellos podrían ocurrir varias cosas: hacerse el amo del mundo y esclavizar a toda la humanidad o acabar con ella y quedarse solo. Más aburrimiento todavía o peor aún, tendría que luchar contra sí mismo lo que podría acarrearle graves consecuencias.

Pero hay otro tipo de héroes y de villanos de carne y hueso, con habilidades y herramientas adquiridas con esfuerzo, con paciencia y con inteligencia, y es de estos de quien quiero hablar.

Aquella mañana, como había ocurrido en las tres últimas, nuestro héroe no pudo salir de su casa para defender a los débiles, a los oprimidos, a los incautos, a los desvalidos. Tenía un ligero dolor de cabeza, los párpados hinchados y un malestar general, en el que se incluía también un cierto sentido de culpabilidad o de remordimiento (no era capaz de reconocer si era sólo uno o ambos los sentimientos que hacía tres días que lo inquietaban).

Llamó por teléfono al despacho, para comunicarle a su secretaria que todavía no se había recuperado y que si había algún problema grave lo llamara al móvil. Notó en las breves respuestas de la muchacha un tono de preocupación, pero prefirió no preguntar la causa, porque cada vez que lo hacía tenía que salir corriendo o volando a resolver situaciones casi desesperadas.

Era un héroe sin capa, ni máscara, ni prendas ajustadas. Volaba en una rápida berlina o en el tren de cercanías que lo acercaba al centro de la ciudad, donde tenía su despacho. Vestía elegante traje gris marengo y portaba habitualmente una cartera negra de piel. Los asuntos los resolvía a base de denuncias y defensas numantinas en el juzgado, entrevistas ante las cámaras y comunicados en prensa y radio. Había evitado en los últimos meses que muchos poderosos, ruines, sórdidos y mezquinos personajes o instituciones se aprovecharan de los desfavorecidos.

El último caso había sido el más sonado, el que lo había llevado a las portadas de los periódicos que, con grandes titulares, lo calificaban como un Robin Hood moderno, como un luchador incansable contra las grandes empresas y corporaciones que explotaban a sus trabajadores, como un líder de los desahuciados o de los inmigrantes sin papeles, y que podía tener un gran futuro si se dedicaba a la política. Esto ya lo había pensado varias veces, sobre todo en el último curso de la carrera, cuando, con otro grupo de compañeros, se había enfrentado al decano y al profesor de Filosofía del Derecho. Después de varias tormentosas reuniones, consiguió que anularan las notas de uno de los exámenes, que había sido programado, precisamente, un día de huelga. A partir de ese momento, cuando terminó los estudios con brillantes notas, pudo colocarse en uno de los bufetes más prestigiosos de la ciudad, cuyo responsable era un antiguo abogado laboralista. Poco a poco se fue haciendo un nombre, a base de ganar causas complejas y escribir artículos en periódicos y revistas, con contenidos que trataban, sobre todo, de la defensa de los derechos de los trabajadores.

Pero hacía tres días que el secretario de organización de uno de los nuevos partidos políticos emergentes se había puesto en contacto con él. Quería contar con su experiencia, con su carisma, con su popularidad, con su facilidad de palabra y con su capacidad para argumentar y desmontar las teorías de los adversarios. Le gustaba su entusiasmo, su buena presencia ante las cámaras y su aplomo ante las preguntas de los periodistas. Era una figura popular, los ciudadanos apreciaban su honradez y su lucha frente a los poderosos y si se unía al partido, éste le garantizaba más recursos y posibilidad de acceder a muchas más personas.

Aunque la vanidad nunca había sido uno de sus defectos, en el fondo le gustaba que le admiraran, que lo llenaran de elogios. Seamos sinceros, a todo el mundo le gusta que hablen bien de uno. Además, el reto le atraía, la posibilidad de intervenir en la vida pública, de mejorar la vida de los ciudadanos, de cambiar el rumbo de un país que se alejaba cada vez más deprisa de la igualdad, de la justicia, de la tolerancia… Pero si aceptaba el reto eso implicaría el abandono, aunque fuera temporal, de su trabajo como abogado, dejar varios casos que podrían suponer la liberación de personas detenidas por realizar huelgas o protestas, quizás la pérdida de contacto con la realidad y con los problemas diarios. como solía ocurrirle a la mayor parte de los políticos. Sabía que la política absorbía de tal manera que ya casi no tendría vida privada, que se granjearía muchos más enemigos de los que tenía ahora, que sería envidiado y vilipendiado, que intentarían sobornarle…

¿Soborno? Dejó de pensar y leyó el mensaje que le habían enviado a su teléfono el día anterior: “No lo dudes y acepta. La honestidad no existe, sólo la apariencia de honestidad; la igualdad no existe, sólo la armonía; la verdad no existe, sólo la inteligencia. Tú tienes una gran apariencia, toda tu persona desprende armonía y eres inteligente. Con estas armas, vencerás siempre y seguirás siendo un héroe. Yo te ayudaré y formaremos un gran equipo, te lo prometo”.

Habían intentado sobornarlo muchas veces y nunca había aceptado. Pero no cabía ninguna duda de que el mensaje lo había halagado, aunque en el fondo sabía que lo estaban comprando, si no a él, a lo que representaba. No era vanidad, ni orgullo, ni soberbia. Quizás fuera curiosidad, saber hasta dónde podía llegar, si era tan querido y tan admirado como decían los que lo rodeaban.

Después de meditarlo, de pensar los pros y los contras, de imaginarse qué pasaría tanto si triunfaba como si fracasaba, marcó el número de teléfono y dijo: “Sólo aceptaré con dos condiciones: si voy de número dos y si puedo votar en conciencia cuando no me convenzan las propuestas del partido”. Pasaron varios días sin obtener respuesta. Mientras tanto, continuó estudiando casos, trabajando en su despacho y concediendo entrevistas. Hasta que una mañana sonó su móvil y vio en la pantalla que era la llamada que estaba esperando. Después de escuchar la respuesta, cortó la comunicación y respiró aliviado. El otro no admitía imposiciones. Era un partido nuevo, sin demasiada experiencia, todavía no estaban contaminados por el poder, por la corrupción, por la burocracia, pero si de algo estaban seguros es de que era muy arriesgado aceptar a alguien que, en algún momento podía poner en cuestión las decisiones y la disciplina que emanaba de su comité de dirección. 

Muy bien, se dijo, seguiría siendo un héroe sin capa ni máscara y ya tenía otro villano más contra quien luchar.