Relato XV: El torturador

La tortura en México es recurrente como método de las fuerzas policiales para obtener confesiones.

Lo que más me gusta es el principio. Siempre comienza igual. Se abre la puerta y el individuo se sienta frente a mí. Unas veces saluda tímidamente, otras veces se muestra desafiante, orgulloso, combativo; en ocasiones entra llorando, abatido, pero casi siempre el silencio es el saludo que lo acompaña. La puerta se cierra, la cierran. Yo permanezco callado. El individuo se sienta frente a mí, en una silla un poco más baja y que me permite mirarlo desde una altura que impide cualquier señal de rebeldía, mira a su alrededor y después me mira. Mi rostro es una máscara y mis ojos no se apartan de los suyos. Sé lo que ven porque después me lo cuentan. Yo les enseño lo que me interesa y que la imaginación trabaje. El potro de tortura, las tenazas, las sierras, el soplete, las agujas…

Lo importante es mantener la calma, impedir que la compasión, aunque sea por un instante, se instale en la atmósfera. Hay que saber crear el clima adecuado, las palabras, los silencios, los gestos precisos. En eso no hay quien me supere y todos me lo dicen, sumisos y aduladores, sobre todo mis compañeros que, en el fondo, envidian mi dominio de la situación. La experiencia adquirida en años de entrenamiento es fundamental. He tenido muy buenos profesores, ejemplos excelentes que me enseñaron todo lo que ahora pongo en práctica. Pero yo he mejorado las técnicas, la experiencia de años me ha permitido afinar la psicología, el lenguaje de los gestos, de los silencios calculados, de las frases precisas dichas con el tono adecuado. Apenas necesito las herramientas ancestrales, que se han quedado obsoletas, anticuadas, sobre todo porque las víctimas ya las conocen y saben cómo enfrentarse a ellas.

Noto su estremecimiento y una oleada de placer me recorre la espina dorsal. Aquellos que nunca han tenido este poder sobre las personas no conocen realmente el éxtasis, la voluptuosidad, la felicidad auténtica. El individuo al principio lo niega todo, busca excusas, quiere encontrar una explicación y convencerme, utiliza los argumentos más absurdos o los más lógicos. Pero no lo consigue. Permanezco impasible y esa es la auténtica fortaleza, la que me proporciona la ventaja definitiva. Sigo mirando, callando o utilizando las palabras que más convienen y veo cómo se derrumba. No necesito nada más.

–Vamos a ver, alma cándida. ¿Me quieres decir por qué te has peleado con tu compañero? ¿Por qué has faltado a clase? ¿Por qué has fumado en el servicio? ¿Por qué has falsificado las notas? ¿Por qué…?

Y siempre me cuenta la verdad y se arrepiente, promete no volver a hacerlo. Nunca he fallado. Y por eso soy el Jefe de Estudios del Instituto y nadie se atreve a hacerme sombra. Que se atrevan, si son capaces.

Relato XIV: Bajo la piedra

“Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Sirve para eso, para caminar.”

EDUARDO GALEANO  de su obra “Las palabras andantes”.

 

Mi padre me contó que Germán Gonzales comenzó a cavar su tumba cuando el reloj de la iglesia dio la última campanada del año en que yo nací. También me contó otras cosas que quiero recordar para que mis hijos o quizás mis nietos lean esta pequeña historia y no olviden.

Germán tenía poco más de cuarenta años y gran parte de ese tiempo lo dedicó a luchar sobre una tierra seca, polvorienta, llena de guijarros que la azada no conseguía eliminar y de algunos cardos que absorbían la poca humedad que las frías noches posaban en el suelo. Año tras año se dedicó a limpiar y a trabajar el terreno que su padre le dejó y a buscar, sin éxito, algún pozo de agua que aliviara la sed. Todas las mañanas se levantaba mucho antes de que el sol saliera para recalentar la llanura y comenzaba el ritual diario de hacer el café en la candela, mojarse un poco la cara aprovechando el agua que, en las escasas tormentas que acaecían muy de cuando en cuando recogía en tinajas que administraba de forma milagrosa, y vestirse de manera pausada, como si fuera una ceremonia, empezando por los raídos pantalones de pana, una vieja camisa que hacía años había dejado de ser azul y ahora tendía más al gris y unas botas de cuero que había arreglado docenas de veces en el cercano pueblo. Cuando hacía frío solo se ponía encima una chaqueta también gastada. Tenía ropa más nueva y moderna, pero aquella le gustaba especialmente porque era más cómoda y, sobre todo, porque se la había regalado su mujer. Abría el ventanuco que estaba orientado al este, como había querido cuando diseñó y construyó la vivienda con sus propias manos, poco a poco a lo largo de los años, sin más ayuda que la del mulo que le permitía acarrear la madera y las piedras que necesitaba. Aunque todavía era de noche, podía ver las escasas luces del pueblo y algunas estrellas que titilaban sobre el horizonte.

Después de desayunar frugalmente migando el café con pan duro, salía a la puerta de la casa y cerraba los ojos, concentrándose en los escasos ruidos que a esas horas podían escucharse en el campo, como algún ratón correteando, un perro que ladraba asustado a lo lejos, el vuelo nocturno de una lechuza. Ese era el mejor momento, aquel en el que se fundían el recuerdo y la esperanza, el deseo y el olvido, la ausencia y los afanes. Un leve escalofrío le recorría la espalda y era entonces cuando encendía el único cigarrillo que fumaba en todo el día, apoyado en la puerta, aspirando el humo lentamente, dejándolo unos segundos en los pulmones y expulsándolo poco a poco, como con miedo a que se perdiera en el aire como se pierden las últimas imágenes del último sueño de la noche. Después iba al pequeño cuarto que utilizaba como almacén, cogía la azada y salía al campo a cuidar la pequeña huerta que la mayor parte de los años se perdía por la escasez de agua, pero que le servía como distracción y como una especie de homenaje a su padre, un hombre de campo que nunca pudo ver cumplido su sueño de poseer y trabajar una tierra fértil y generosa.

Aquel día vio cómo se apagaba la estrella de luz que habían colocado en la torre de la iglesia para iluminar las ilusiones de las buenas gentes. Él no era creyente, pero no le molestaba la alegría de los demás, sobre todo la de los niños que correteaban por las calles, a los que miraba con cierta tristeza acordándose de aquel pequeño ser sin vida que acunó unos minutos en sus manos y que nunca tuvo un nombre para no incrementar el dolor, porque pensó que un cuerpo sin nombre se hundiría en su memoria y desaparecería en poco tiempo. Pero no fue así. La mujer duró un poco más, unos días que lo consumieron a solas en el hospital hasta que todo se acabó. Y cuando regresó a lo que había sido un hogar y ahora eran solo cuatro paredes frías y llenas de recuerdos, cogió todo lo que era de ella, su ropa, la silla en la que se sentaba por las tardes a coser y el escaso ajuar que había ido tejiendo desde que se hicieron novios, y lo quemó cerca de la casa, mirando absorto cómo las llamas consumían la poca felicidad que la vida le había proporcionado. Después reunió las cenizas, las guardó en una caja metálica de galletas, las que ella solía comer por las tardes cuando tomaban café, y enterró la caja cerca de la casa y del camino que llevaba al pueblo. Solo guardó en el cajón de su mesilla de noche la única foto de la boda, dos jóvenes cargados de ilusiones y esperanzas que miraban tímidamente a la cámara.

Habían pasado más de quince años pero el recuerdo de la mujer y del niño acudía a su mente a diario, cada vez que se ponía en camino hacia el pueblo para abrir la pequeña tienda en la que trabajaba desde que terminó los estudios que su padre le obligó a hacer contra su voluntad. Pasaba delante de la piedra que colocó donde había enterrado la caja y se detenía un instante para no olvidar las ilusiones que habían forjado en el poco tiempo que pasaron juntos. Ninguna se había cumplido. Tuvo que vender el mulo y la casa del pueblo para pagar los gastos de la enfermedad del padre y el dinero restante lo gastó poco después en el entierro de la esposa y del hijo. Y sin embargo, no podía quejarse porque tenía un trabajo que le permitía vivir sin agobios, las gentes del pueblo lo apreciaban, lo querían, lo saludaban y charlaban con él amigablemente.

Cuando llegaba a la tienda se ponía la bata gris que le había comprado su jefe y repasaba con la vista todas las estanterías donde las latas de conserva, las botellas de leche, las cajas de galletas, las legumbres y todos los demás productos que allí se vendían. Poco después llegaban el panadero y el frutero, con los que charlaba mientras colocaba el pan, la fruta y la verdura en las cajas correspondientes. Cuando se iban limpiaba el mostrador, barría un poco el suelo, abría la caja registradora y comprobaba que había cambio suficiente. Un poco antes de las nueve de la mañana levantaba las persianas metálicas de las ventanas y de la puerta y abría, paseaba despacio por el pasillo y esperaba a que entrara el primer cliente, casi siempre alguna mujer mayor que venía de misa. Al poco rato llegaba su jefe, el dueño de la tienda, algo más joven que él y que había llegado al pueblo cuando todavía era un niño, hijo de guardia civil al que habían destinado allí y que unos años después se quiso ir al norte porque quería saber lo que era el miedo, el riesgo y volvió a los pocos meses dentro de un féretro envuelto en una bandera roja y gualda, acompañado de personas importantes que le dieron la mano y hablaron del valor del padre y de la cobardía de los que lo habían matado. Su madre y él se quedaron allí porque el padre había comprado la tienda a una viuda y eso les permitió vivir con holgura y distraer a la mujer durante un tiempo, hasta que se murió, dicen, de pena. Nunca volvió al cementerio porque lo que más había querido, sus padres, su mujer, su hijo, ya no existían, eran solo gusanos, huesos, polvo.

El dueño revisaba las cuentas, los gastos y las compras que había que realizar y se iba al poco rato, dejándolo solo hasta que llegaba la hora de cerrar. Se llevaban muy bien y nunca habían tenido ni el más mínimo problema porque Germán siempre había demostrado su capacidad de trabajo y su seriedad. El tiempo pasaba lentamente, un trasiego monótono de caras, conversaciones, comerciales, reponedores. A la hora de comer se acercaba al bar de mi padre y allí charlaba en la barra un rato con él, tomándose un vaso de vino y hablando de cualquier tema, siempre en voz baja, dejando que las palabras se fundieran con otras conversaciones y saludando a todo el que entraba. Después se iba a comer solo a una mesa, siempre la misma, en un rincón alejado al que nadie se acercaba pues sabían que le gustaban esos momentos de tranquilidad. Cuando terminaba el último plato se tomaba un café con leche y mi padre le acercaba el periódico del día que leía atentamente, con parsimonia y rellenaba el crucigrama. Algunas veces se llevaba un libro que pedía prestado en la biblioteca pública y leía moviendo ligeramente los labios, apoyado el respaldo de la silla en la pared. Media hora antes de abrir la tienda por la tarde salía del bar y daba un paseo por las afueras del pueblo, buscando la sombra de los pocos árboles que crecían desperdigados por la llanura. Así día tras día, año tras año.

Las tardes eran aburridas, sobre todo en verano. Entraban muy pocos clientes y entonces se dedicaba a recordar su vida pasada, las pocas anécdotas que le habían ocurrido. Su infancia en el colegio, los  veranos en el pueblo de su madre con los primos, el noviazgo, los planes que habían hecho juntos, los viajes planeados y no realizados. Una noche de invierno leyeron, sentados bajo la bombilla que colgaba del cielo raso de la casa, un inquietante cuento de un escritor del que nunca habían oído hablar, Jorge Luis Borges, titulado Utopía de un hombre que está cansado. Le había pedido a la bibliotecaria un libro de cuentos porque a su mujer le cansaban las novelas con muchos personajes. Decía que los escritores no sabían nada de la vida real, que se inventaban historias porque no comprendían el mundo en que vivían y tenían que vivir en otros mundos que fueran menos duros y crueles. A ella le hizo gracia la palabra utopía y buscaron su significado en el pequeño diccionario que Germán tenía en su mesilla, como otros tenían una biblia, que consultaba todas las noches. Cuando él le explicó lo que quería decir ella se quedó un momento pensativa y dijo que no le gustaría vivir en un mundo perfecto, que lo bonito era reír y llorar, sentir placer y sentir dolor, caer y levantarse. Que lo demás eran tonterías, como el paraíso del que hablaban los curas, toda la eternidad riendo y mirando a Dios, qué aburrimiento. El cuento les produjo una gran tristeza y comentaron que vivir en un futuro así no merecía la pena. Esa noche concibieron al pequeño que nunca llegó a vivir ni a conocer qué significa el paso del tiempo.

Nunca había imaginado un futuro lleno de luz, pero tampoco esperaba este presente gris, este vacío que lo agotaba y lo consumía. Buscaba una salida, un camino que le llevara a un sitio diferente, pero la piedra bajo la que estaban sus recuerdos más queridos lo atraía como un imán y le impedía alejarse de allí. Y poco a poco fue perdiendo la ilusión, las ganas de vivir. Su cuerpo era todavía joven, pero en su espíritu se había acelerado el tiempo y notaba que un peso insufrible le oprimía algo más que el pecho o el corazón.

No supo cuándo, quizás después del verano, en los primeros días en los que el silencio comienza a adueñarse de las tardes, cuando el viento del oeste hace caer las hojas de los árboles, preparándose para el desasosiego que antecede al invierno. Los pensamientos se fueron oscureciendo y se adueñaron del campo yermo que era su vida sin sentido. Pocos notaron la transformación, entre ellos mi padre. Apenas sonreía con las ocurrencias de los parroquianos en el bar, las comidas eran cada vez más frugales y ya no le interesaba la lectura del periódico ni de los libros. Se quedaba ensimismado, ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Se levantaba cuando terminaba de comer, salía y paseaba por todo el pueblo, las manos metidas en los bolsillos, la cabeza baja y saludando distraído a los que se cruzaban con él. Atendía la tienda con su amabilidad y presteza de siempre, pero a veces se olvidaba de apuntar los encargos o se equivocaba con el cambio. El dueño le tuvo que llamar la atención alguna vez y él asentía en silencio, respondiendo que no volvería a suceder. El regreso a su casa suponía una liberación, el encuentro con lo único que apreciaba, la piedra y lo que estaba enterrado debajo. Y sentado delante de ella, mirando el retrato que estaba cada vez más desvaído, la idea comenzó a tomar forma.

El último día del año trabajó hasta las dos de la tarde. El dueño se había acercado un poco antes y le había dicho que no abriera después de comer y que cenara aquella noche con ellos, con su mujer, sus dos hijas y sus suegros, pero él, aunque agradeció la invitación, contestó que no, que prefería estar solo, que ese tipo de celebraciones siempre le entristecían, que prefería irse temprano a la cama. Cogió dos sobres, algunas hojas de papel y un bolígrafo, echó una última mirada y cerró despacio la puerta. Como hacía todos los días, se dirigió al bar de mi padre, que ese día estaba más concurrido de lo normal, con los parroquianos bebiendo y brindando por el año que iba a comenzar en unas horas. También como todos los días, charló un poco en la barra y después se sentó en su mesa. Mi padre vio cómo sacaba una hoja de papel de un bolsillo de la chaqueta y comenzaba a escribir, deteniéndose cada poco tiempo, como buscando palabras que no encontraba. Era la primera vez que lo veía escribir. Se acercó a llevarle el primer plato del menú y Germán se lo agradeció con su tímida sonrisa, más triste de lo habitual. Mi padre lo observaba con curiosidad y comprobó que apenas probaba bocado y seguía escribiendo despacio, como dudando, pero sin hacer tachaduras. Cuando le hizo una seña, le retiró el plato y poco después llevó el segundo. Mi padre ya no pudo seguir mirando porque había mucha gente y tuvo que seguir atendiendo a los demás clientes. Germán terminó la primera hoja, la firmó y la metió en uno de los sobres. Después siguió escribiendo hasta casi la hora del cierre del bar en el que sólo quedaban él y mi padre y cuando terminó le entregó uno de los sobres, rogándole que no lo abriera hasta el día siguiente. El otro sobre se lo guardó en uno de los bolsillos y se despidió de mi padre como nunca lo había hecho hasta entonces, con un fuerte abrazo y deseándole un feliz año nuevo.

Germán regresó a la tienda, la abrió y dejó el sobre al lado de la caja registradora, bien visible. Por la noche apenas cenó y esperó sentado a la puerta de la casa, como hacía siempre, reconociendo los ruidos amortiguados que llegaban como murmullos del pueblo. La luna, en lo más alto del cielo, inundaba el paisaje con su luz blanquecina, pero le impedía ver y reconocer aquellas estrellas que el maestro le había enseñado hacía muchos años y que nunca había olvidado. Esperó pacientemente y escuchó las campanadas de las diez, de las once y poco antes de que sonaran las últimas del año se levantó y cogió la azada, el pico y la pala que guardaba en el pequeño cuarto destinado a las herramientas, una linterna y un cuchillo de cocina. Fue contando una a una las doce campanadas y cuando se apagó el eco de la última, retiró la piedra solitaria que formaba parte de su vida y comenzó a cavar, primero con fuerza y después con delicadeza, para no estropear la caja de los recuerdos. Cuando llegó a ella la cogió un momento y la colocó al lado del agujero, que fue agrandando poco a poco. No pensaba en nada, solo quería terminar, impedir que la luz del sol cegara su determinación.

Después de cuatro o cinco horas consideró que ya tenía el tamaño y la profundidad suficiente. Estaba de pie y la cabeza no le llegaba al borde, la luz de la luna apenas iluminaba el fondo del hoyo. Descansó durante unos minutos mientras miraba la caja y la foto, en la que apenas reconocía los rostros. Después, con parsimonia, como cuando se desenvuelve un regalo que ya conocemos, abrió la caja e introdujo la foto en ella.

El tiempo se detuvo. Ya no existían los minutos ni los siglos, ni el ayer ni el mañana, ni siquiera un presente que nunca había poseído, que se le había ido escapando de las manos esperando algo, no sabía qué. Se tumbó boca arriba, los ojos cerrados aunque hacía mucho que ya no miraban y colocó el cuchillo sobre el corazón.

Mi padre leyó la carta varias veces, solo, en su habitación y después la rompió. Era temprano, pero mi madre ya se había levantado y estaba preparando el café. No le comentó nada. Desayunaron juntos, callados, aunque mi madre, con una sonrisa tímida y a la vez radiante, le dio la noticia que hacía años estaban esperando. Con las manos entrelazadas, de pie frente la ventana que daba a la calle, se miraron a los ojos durante algunos minutos. Yo nacería un caluroso día de principios de agosto de ese año.

Mi padre dijo que quería pasear por el campo, que necesitaba salir a tomar el aire y mi madre, que tenía que preparar la comida de ese día de fiesta a la que asistirían su hermana y su cuñado,  asintió, aunque presentía que había algo más. Se montó en la bicicleta y llegó a la casa de Germán. Vio el agujero, la tumba, y comprobó que el cuerpo estaba boca arriba, con el cuchillo clavado en el corazón. No sintió pena ni lástima por el amigo, sólo una pequeña punzada en el estómago, un vacío por su ausencia y por la suerte que, esquiva, nunca le había acompañado.

Tal y como le había rogado Germán, cogió el saco de cal viva que guardaba en el almacén y lo echó sobre el cuerpo. Esperó unos minutos y después comenzó a tapar la tumba con la tierra que, en montones, había alrededor del agujero. Cuando terminó volvió a colocar la piedra en el mismo sitio, guardó las herramientas y el saco, cerró la puerta y comprobó que apenas quedaban señales de lo que había hecho. Todo el mundo de Germán estaba bajo la piedra.

Regresó a casa, mi madre lo miró y supo, de alguna forma, que algo grave había pasado, pero no hizo preguntas. Al día siguiente, el dueño de la tienda se acercó al bar y le enseñó a mi padre la carta que le había dejado Germán, en la que decía que el nuevo año le había abierto los ojos, que necesitaba cambiar de aires, irse del pueblo y buscar fortuna lejos, donde los recuerdos y su vida pasada no lo alcanzaran y que algún día, quizás, regresaría. Brindaron a su salud y el dueño, aunque dolido por la forma en que se había despedido, deseó que el futuro deparara a Germán una vida mejor que la que había dejado atrás.

Han pasado muchos veranos. Mis padres han muerto y casi todos los que conocieron a Germán Gonzales, también. Ahora estoy delante del ordenador, vigilando por la ventana cómo mis dos nietos juegan en el patio de la casa mientras mi hijo y mi nuera ayudan en la cocina a mi mujer. Estoy escribiendo la historia que mi padre me contó el día que cumplí dieciocho años. No la escribí antes porque me hizo prometer que esperara a que el tiempo borrara de la memoria a ese hombre, que había pasado por el pueblo sin ruido y que sin ruido se fue.

Poco a poco la casa de Germán se fue deteriorando, algunos desaprensivos rompieron la puerta y se llevaron lo poco de valor que allí había y destrozaron las ventanas. La gente del pueblo dejó de hablar de él y su recuerdo se fue perdiendo. El olvido es el mejor aliado del tiempo o el tiempo es el mejor amigo del olvido, tanto da, porque al final solo queda la piedra o su sombra.

La pasión del ajedrez

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Parece mentira que un juego en el que dos personas se sientan una frente a otra durante minutos, horas o incluso días, mirando fijamente un tablero y unas piezas blancas y negras que representan a reyes, reinas, torres, caballeros, caballos y soldados, pueda llegar a apasionar. Pues amigos, eso me ha sucedido a mí y a millones de personas en todo el mundo y durante siglos. No hace falta ser un gran maestro ni siquiera un aficionado aventajado para, una vez aprendidos los principios básicos y jugado y analizado algunas partidas, llegar a comprender la enorme belleza que encierra este juego. Dicen que es un deporte y puedo dar fe que tras una partida intensa uno queda física y mentalmente agotado, sobre todo si se pierde, porque la derrota en ajedrez a muchos jugadores le supone perder la autoestima, la confianza en uno mismo. No es mi caso, porque siempre he sabido reconocer mis limitaciones y la superioridad del contrario sin complejos.

No recuerdo cuándo aprendí a jugar ni quién me enseñó. Tuvo que ser bastante tarde. En mi familia no había nadie que fuera aficionado. Sí recuerdo que cuando estudiaba bachillerato jugué bastantes partidas con un compañero de instituto. A ninguno nos gustaba el fútbol, sobre todo porque éramos muy malos y nadie nos quería para su equipo así que, en lugar de dedicarnos a dar patadas a un balón durante el recreo, nos íbamos alguna vez a la biblioteca y allí jugábamos alguna partida de ajedrez. Como muchas veces no daba tiempo a terminar la partida y no sabíamos todavía la notación que se utiliza para apuntar las jugadas, dibujábamos un tablero en una hoja de papel y escribíamos las piezas con la inicial: Ab era alfil blanco, pn era peón negro, Db era dama blanca y así. Al día siguiente colocábamos las piezas según el dibujo y seguíamos la partida.

Cuando comencé a estudiar magisterio la cosa cambió. Me hice amigo de José Antonio González Coto, al que también le gustaba el ajedrez y empezamos a jugar un poco más en serio. Había una cafetería en la Plaza de Pontevedra de Coruña, el Café Unión, donde muchas tardes de sábado y domingo primero nos limitábamos a contemplar las partidas que jugaban los mejores ajedrecistas de la ciudad, que formaban parte, muchos de ellos, de clubes de ajedrez y que participaban en campeonatos, incluso a nivel nacional. Recuerdo, sobre todo, a Domingo Merino, que fue varias veces campeón de Galicia, medalla de bronce a nivel nacional y primer alcalde democrático de Coruña. También jugaban allí Venancio Carro, los hermanos Prada (Emiliano y Fernando), Álvaro Santiso… Llegué a codearme con ellos y a ganarles alguna partida (nunca pude hacerlo con Merino ni con los hermanos Prada), y finalmente Coto y yo, animados por Santiso, nos introdujimos en los campeonatos de ajedrez apuntándonos al club Sagrada Familia. Todavía conservo muchas de las partidas que jugué en aquella época y, analizándolas desde la distancia, reconozco que tenían un cierto nivel. Le dedicábamos horas y horas, disfrutando con los problemas, con los finales, con las aperturas. Formábamos un grupo alegre, que se tomaba el ajedrez como un juego competitivo pero sin que asomara ni una pizca de rencor cuando perdíamos ni soberbia cuando ganábamos. Yo sabía que nunca llegaría a ser un gran jugador, pero los retos que propone el ajedrez eran un estímulo que me gustaba.

Durante un par de años jugamos campeonatos de club e individuales, pero el servicio militar y mi destino como maestro en Camariñas, donde no encontré a nadie que jugara al ajedrez, me alejaron del juego y de mis antiguos compañeros. Seguía jugando, pero ya sin la dedicación ni el interés anterior. Después me vine a Andalucía y aquí fui perdiendo la preparación que había llegado a alcanzar, pero lo que nunca perdí fue la afición. Tuve la suerte, además, de poder asistir al duelo que protagonizaron en Sevilla Kárpov y Kaspárov por el campeonato del mundo de ajedrez. Fue un duelo apasionante y siempre recordaré a Kaspárov acompañado por su madre y su gesto antideportivo ante un error de Kárpov.

Ahora me dedico a jugar en Internet. Hay muchas páginas en las que se puede participar en torneos, entrenar alguna apertura, resolver problemas. Es la ventaja de la informática, de la www.

Para terminar, dos enlaces. En el primero se recogen las que, para algunos, son las diez mejores partidas de ajedrez de la historia. Sobre esto hay muchas opiniones, como sobre los mejores libros, las mejores películas, etc.  El segundo enlace es la sección de ajedrez de El País digital, que recomiendo.

Las diez mejores partidas de ajedrez de la historia

Sección de ajedrez de El País.com

Relato XIII: La historia más corta

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Hoy el escritor podría demostrar su ingenio y su originalidad escribiendo la historia más corta, como aquella en la que alguien se despierta y comprueba que el dinosaurio todavía estaba allí o la del hombre que era invisible pero nadie se percató de ello o la que me hace más gracia, cuando la pantera dice te devoraré y la espada contesta peor para ti. Hay días en que la brevedad del tiempo y la claridad de ideas van de la mano y permiten que el folio blanco o la pantalla del ordenador se vayan llenando de microrrelatos, de palabras que adquieren más sentido cuanta menos cantidad y menos sonidos tengan. Veamos algunos ejemplos que se le ocurren un jueves por la mañana:

  • El átomo te tomó de la mano y te timó.
  • El ciego alzó la mirada y no pudo ver el cielo color ceniza.
  • Él la besó y ella le dijo: -No abuses de los besos si no son bálsamos de amor.
  • La historia se repite cuando repites la misma historia que se repite.

Así podría continuar varias líneas más, alineando palabras y frases que demuestran el ingenio y que satisfacen su deseo de originalidad. Pero un inoportuno ataque  de tos le hace derramar el vaso de agua que tiene siempre sobre la mesa y que cae sobre el teclado del ordenador, creando un caos de lápices y bolígrafos que vuelan descontrolados, sillas arrastradas de golpe, carreras para ir rápidamente en busca de trapos que empapen las superficies e impidan que el desastre sea mayor, hojas y libros mojados, maldiciones e improperios por la torpeza, gritos de la mujer desde la cocina preguntando sobre el desastre. Las musas corren despavoridas y asustadas y dejan al pobre aprendiz de escritor mascullando insultos y deseando que el dinosaurio se coma al hombre invisible, a la pantera o a su mujer, que sigue gritando en la cocina.

El ejemplo de Pablo Ráez

Esta entrada también la publiqué en el Blog de Orientación del IES Hermanos Machado. Creo que la ocasión y el ejemplo merecen que se reproduzca en este blog. Pocas veces las redes sociales han sido un instrumento más adecuado para conocer a alguien con valores tan profundos. Aunque la suerte lo ha abandonado al final, ojalá que su vida y su muerte sirvan para hacernos mejores.

El ejemplo de Pablo Ráez

Es difícil mirar a la muerte de frente y mantenerse erguido, con dignidad, incluso con alegría o, al menos, sin caer en la desesperación, el miedo o el abatimiento. Aunque todos sabemos que la muerte forma parte de la vida son pocos los que tienen el valor de enfrentarse a esta idea, imaginarse cómo puede ser el momento del fin y sumergirse en la nada, en el vacío, en el no ser. La religión, la filosofía, la ciencia, todas ellas tienen a la muerte como uno de sus temas centrales, como no podía ser de otra manera, aunque cada uno con un punto de vista distinto. Esperanza para unos, transformación para otros, indiferencia o angustia, el final de la vida tiene un significado que muchos no se atreven a intentar descifrar.

La educación, como gran parte de la sociedad actual, vive de espaldas a la muerte. Sólo en contadas ocasiones se menciona, como cuando ocurre algún hecho excepcional, el fallecimiento de algún alumno o de algún padre, pero siempre desde un punto de vista lejano, con miedo de que se vaya a traumatizar o manchar la inocencia de la niñez o de la adolescencia. Hurtar esa realidad, sin embargo, no deja de ser un error. Tarde o temprano todos, niños o ancianos, hombres  y mujeres, ricos y pobres, tenemos que llegar al instante final y cuanto más preparados estemos, mejor. Si no negamos la realidad del sufrimiento, de las guerras, de la enfermedad o de la opresión, si intentamos concienciar a nuestros estudiantes de las injusticias, del hambre o de las persecuciones en el mundo y hablamos de todo ello en las tutorías, ¿por qué ocultar esa realidad que nos acompaña desde que nacemos?

Hace unos días fue noticia destacada la muerte de Pablo Ráez, un joven de veinte años que luchó con valentía contra la leucemia. Gracias a su entereza, a su espíritu de lucha, a su empeño para incrementar las donaciones de médula ósea, a su extraordinaria utilización de las redes de sociales para hacer visible su enfermedad, fue capaz de concienciar a sus semejantes de que hay que luchar, solidarizarse con los que sufren. Todo ello es un ejemplo, un espejo en el que contemplarnos y comprobar que la juventud actual no solo son botellonas, ninis, desencanto, abandono de estudios, falta de esfuerzo. Fue emocionante seguir su lucha en facebook, desde que en agosto de 2016 escribió una carta (Siempre fuerte, siempre) en la que daba a conocer la enfermedad y la necesidad que tenía que recibir un trasplante de médula. En las redes sociales, en radio y televisión su caso despertó enorme simpatía y cariño porque él era fundamentalmente simpático y cariñoso. Y fuerte y valiente. Por todo ello, porque Pablo se merece que lo conozcamos y lo admiremos, creo que no estaría de más dedicarle algún tiempo en las clases, para que su ejemplo nos sirva para ser mejores y para que siempre tengamos esperanza en nuestra juventud. Hay oportunidades que no se deben dejar pasar y ésta, por desgracia y también por suerte, es una de ellas.

Tres poemas escogidos… y un cuarto al azar

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Los poetas son capaces de mirar el mundo de otra manera, saben plasmar en pocas frases, con palabras escogidas, bellas, rotundas o frágiles, instantes, pensamientos y emociones que el resto de los mortales expresamos, cuando podemos, de forma vulgar o cursi. Leer a Lorca, a Machado, a Neruda, a Miguel Hernández, a Garcilaso de la Vega, a Aleixandre, a Bécquer, a Rosalía de Castro o a Celaya, por ejemplo, y solo menciono a una pequeña parte de los que escriben en castellano, es elevarse a una esfera diferente, a un mundo casi inaprensible. Siempre los he admirado y envidiado y, lo confieso, algunas veces me he atrevido a escribir algo parecido a un poema. En un primer momento me parecía que tenía cierta gracia o alguna belleza, pero cuando lo releía, caía en la cuenta de que allí no había ni belleza ni profundidad ni, mucho menos, calidad. Así que me dedico a escribir pequeños relatos que me sirven para aliviar, de alguna forma, la frustración de mi incapacidad como poeta y la necesidad de expresar y no dejar en el tintero esas ideas que, como relámpagos, me asaltan de vez en cuando. Soy consciente de que estos relatos tampoco merecen la pena, no alcanzan a explicar lo que realmente pasa por mi cabeza. Pero, al menos, me sirven para vislumbrar lo que podría haber hecho si hubiera dedicado más tiempo a leer y a escribir, a intentar comprender los mecanismos que permiten a los escritores dominar el idioma, encontrar las palabras adecuadas y expresar con fluidez y gracia lo que perciben y sienten. Por eso he buscado aquellas poesías que, con su música, con su forma y con las ideas que transmiten, se acercan a pensamientos que yo he tenido alguna vez o que, al leerlas, despiertan en mí sentimientos que estaban dormidos o que apenas sabía que existían.

Son muchas las poesías que me han acompañado desde mi juventud, incluso sería capaz de repetir alguna de memoria, aunque ésta sea frágil. Poemas sobre el amor o la muerte, la soledad, la angustia de vivir o la pérdida de un ser querido, la lucha social, el paso del tiempo… Temas que se repiten a lo largo de los siglos pero que siempre tienen vigencia. Cada época nos marca el camino de la lectura, el ánimo señala el poema preferido y volvemos a él para encontrar alivio o, por el contrario, sumergirnos en el dolor, pero un dolor querido, buscado y reconfortante en el fondo. Hay tres poesías que me causaron una profunda impresión, que removieron algo en un momento dado que desde entonces ha permanecido conmigo. Seguramente no serán las más bellas, ni las más conocidas, ni se encontrarán en muchas antologías literarias, pero, como pasa con cualquier obra de arte, sea un fragmento musical o un cuadro, basta conque te elijan para que caigas en su embrujo. Los tres poemas estuvieron colgados en mi despacho de orientación casi desde el primer día que entré en él.

El primero es un poema de Rudyar Kipling, Si, que una profesora de lengua de magisterio nos leyó varias veces y sobre el que tuvimos que hacer un comentario de texto. Recuerdo que lo que más me impresionó fue la lectura pausada, los silencios exactos y los énfasis, la cadencia y la claridad de su dicción. Todo ello acompañado de un leve movimiento de la mano, como si quisiera dirigir las palabras hacia nuestras mentes, que no se perdiera ninguna. Hay imágenes y sonidos que se quedan grabados y uno de ellos es este. Después de esta primera impresión, que dejó a toda la clase muda y realmente cautivada, sin ser realmente conscientes de lo que el poeta quería decir, la profesora nos dijo que iba a dictarlo despacio para que lo fuéramos copiando en nuestros cuadernos. Y entonces nos dimos cuenta de la profundidad de su mensaje porque abarca, realmente, toda la vida de la persona.

 SI

Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduría…

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso 
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas…

Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice “¡Continuad!”.

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

La segunda poesía es Viaje a Ítaca, de Constantino Cavafis, un poeta coetáneo de Kipling. Conocí el poema mientras hacía el servicio militar gracias a un compañero que me recomendaba lecturas de lo más variopintas, desde los cómics de Tintin al Libro Rojo de Mao (teniendo en cuenta que estamos hablando del año 1977 era bastante atrevido), de canciones y poemas de Jacques Brel a sonetos de Góngora, pasando por obritas prohibidas del Marqués de Sade. Todo un lujo. Pero reconozco que este poema era su favorito y llegó a ser uno de los míos también. Deleitarse en los pequeños placeres, vivir la vida con intensidad, la importancia del camino y lo que aprendemos mientras lo recorremos, es, entre otras cosas, lo que Cavafis pretende recordarnos.

VIAJE A ÍTACA

Si vas a emprender el viaje hacia Itaca
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencia, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperlas y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
Rico en saber y vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas.

El tercer poema siempre lo he conocido como una obra de Gabriel Celaya, aunque últimamente he encontrado diversos artículos que lo atribuyen a Fermín Gainza. Lo cierto es que, según parece, no se encuentra entre los libros publicados por el escritor vasco. Sea de quien fuere la poesía, expresa con sensibilidad y precisión lo que cualquier maestro o profesor realiza en su labor diaria, esa capacidad de dar y la esperanza de que, al final, el esfuerzo haya merecido la pena.

EDUCAR

Educar es lo mismo
que poner motor a una barca…
hay que medir, pesar, equilibrar…
… y poner todo en marcha.
Para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia
concentrada.

Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera
enarbolada.

Pensaba terminar en este punto, pero me levanto y me acerco a la librería, deslizando la vista por los libros que, desordenados, están a la espera de que alguna vez los saque de las estanterías y vuelva a leerlos. Hay uno que destaca porque sobresale un poco del resto. Lo cojo y compruebo que es la Antología Rota de León Felipe, de la Editorial Losada. Es la octava edición, publicada en Argentina en el año 1977, aunque el libro lo compré en junio de 1979, es decir, cuando trabajaba como maestro en Camariñas y me iba los fines de semana a Coruña. Abro por las primeras páginas y me encuentro con otra poesía que también he leído muchas veces porque me identifico con el autor, con su melancolía, con la añoranza por aquello que se tuvo y ya se fue o por aquello que nunca hemos poseído. Es un poco largo, pero merece la pena detenerse y saborear sus versos.

¡QUÉ LÁSTIMA!

Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!
¡Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima
que yo no tenga una patria!
Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa
desde una tierra a otra tierra, desde una raza
a otra raza,
como pasan
esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca.
¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada;
pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña.
Después… ya no he vuelto a echar el ancla,
y ninguna de estas tierras me levanta
ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa
rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
(que me contaran
viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala)
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra en el puño de la espada!
Y, ¡qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque…, ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
¡Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!

Sin embargo…
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla
en una sala
muy amplia
y muy blanca
que está en la parte más baja
y más fresca de la casa.
Tiene una luz muy clara
esta sala
tan amplia
y tan blanca…
Una luz muy clara
que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana
vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas
leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
la gente a través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga
de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
siempre y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia
tiene su cara
en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa…
Ella entonces me llama
¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa
por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de muy mala gana,
ni se para
en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala,
muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara,
por esta calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban
en una caja
muy blanca…
En una caja
muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana…
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja
tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por el cristal de mi ventana…
¡Y la muerte también pasa!

¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria
que apenas tiene una capa…
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

¿Correr es de cobardes?

“Yo no corro míster, porque correr es de cobardes”, es una frase mítica del jugador bético Rogelio dirigida a su entrenador Iriondo en los años 70, cuando éste, en un entrenamiento, le pidió que corriera más. Es una de las frases que muchos sedentarios, los que suelen ver los toros desde la barrera y cuyo único deporte suele consistir en levantar el brazo para llevarse la cerveza a la boca o acercarse a comprar el pan a Polvillo, acostumbran a decir cuando ven a algún amigo, compañero o vecino en pantalón corto y camiseta corriendo por calles y parques. A mí me lo dijeron muchas veces, sobre todo cuando empecé a correr a comienzos de los 80, porque no había demasiados corredores (runners se dice ahora) ni tantos gimnasios como hay hoy en día. Ahora ya no tiene ningún mérito participar en carreras populares, apuntarse a un gimnasio para machacarse, ponerse un chándal para andar algunos kilómetros…

Corría el año 1980 cuando… No, espera, no puedo empezar así porque a continuación voy a decir que a finales de agosto llegué a Sevilla y comencé a correr en el mes de septiembre, por lo que voy a caer en una repetición del verbo correr que no va a ser, precisamente, una figura literaria. Aunque, pensándolo bien, si añado unas frases más quizás no quede tan mal. Veamos:

“Corría el año 1980, concretamente finales de agosto, cuando llegué a Sevilla procedente de la verde Galicia, de la alegre Coruña, ciudad en la que nadie es forastero. Después de pasar un par de noches en un hostal cuyo nombre prefiero no recordar, me instalé en el piso que fue mi vivienda durante dieciséis años. No contaré ahora las vicisitudes y los hechos que sucedieron en las siguientes semanas, eso lo dejaré para mejor ocasión. Lo que sí puedo asegurar es que los primeros meses fueron digamos que algo deprimentes, pues vivir solo, en un piso prácticamente sin muebles, sin teléfono, con una cama plegable, una mesa, cuatro sillas y una pequeña cocina de camping gas (hasta que pusieron los muebles de cocina habría de pasar casi un semestre), fue una experiencia, cómo podríamos decir sin caer en la exageración, indescriptible. Menos mal que los fines de semana podía ver a Carmen, que en aquella época trabajaba en Aroche, y las penas desaparecían. Pero las semanas se hacían interminables. Así que dedicaba mi tiempo libre a preparar clases, corregir y, aquí entramos ya en el núcleo de la cuestión, a correr. Pero eran carreras sin técnica, sin material adecuado, sin planificar. Diez o quince minutos diarios, como mucho. Así pasó el tiempo. Abreviando, que es gerundio. Me casé, tuve mi primera hija, Carmen también, y en el año 1985 se celebró la primera maratón de Sevilla. Unos meses antes me había planteado la posibilidad de correrla, pero cuando hice un test e intenté correr una hora, casi me muero. Así que sólo pude asistir como espectador y eso fue lo que provocó en mí un deseo profundo de correr la maratón al año siguiente. Me emocionaba y asombraba al mismo tiempo la capacidad de sufrimiento de personas mucho mayores que yo, casi ancianos, hombres y mujeres, que pasaban delante de mí, unos corriendo y otros andando, con cara de sufrimiento, pero sin abandonar. Yo todavía no había cumplido treinta años y me avergonzaba de no haber sido capaz de intentarlo.

Así que me compré una pequeña equipación en la que sobresalían unas zapatillas Joma, un libro que creo recordar que se titulaba ¡Vamos a correr!, que he buscado en casa y no lo encuentro y poco a poco fui incrementando las distancias y mejorando el tiempo. Pero lo que más me ayudó fue la coincidencia con otros corredores que también estaban preparando la maratón y formamos un grupo de unas seis o siete personas que, aunque animosas, no teníamos grandes dotes atléticas”.

Como habéis podido comprobar, he evitado la reiteración pero creo que he metido un buen rollo. No quiero extenderme demasiado, por lo que iré al grano. Corrí cuatro maratones seguidas, rebajando considerablemente el tiempo de las anteriores, hasta llegar al año 1989, en que me había propuesto bajar de las tres horas. Hacía un par de meses que había corrido la media maratón Sevilla-Los Palacios en una hora y veinticinco minutos, es decir, a poco más de cuatro minutos el kilómetro. Pasé por el punto intermedio de la maratón en una hora y veintisiete minutos, un tiempo excelente y que me hacía pensar en que sí iba a ser capaz de lograr bajar de las tres horas, pero un pinchazo en la pierna derecha en el kilómetro treinta y uno me obligó a bajar mucho el ritmo y terminé la carrera en tres horas y once minutos. A partir de esa carrera ya nada fue igual. Yo estaba a punto de cumplir treinta y cuatro años, una edad muy buena para correr muchas maratones más, pero comenzaron las lesiones, los dolores articulares, la falta de tiempo porque nació mi hijo Santiago y con dos hijos pequeños era complicado compaginar trabajo, cuidado de hijos, entrenamientos largos, etc. Continué participando en carreras populares de diez o doce klómetros (sigo corriendo habitualmente la carrera nocturna del Guadalquivir a finales de septiembre), salgo a correr un par de veces a la semana durante una hora u hora y cuarto, es decir, me mantengo porque una vez que uno se acostumbra al placer que provocan las endorfinas cuando se corre y la felicidad que proporcionan, ya no se puede prescindir de esa droga.

No, correr no es de cobardes, sino de personas que buscan la felicidad, el placer de dominar el propio cuerpo, estar en contacto con la naturaleza, el orgullo de alcanzar un objetivo o encontrar la solidaridad de personas que corren contigo y que te animan, que se paran para ayudarte… No es necesario machacarse, correr al límite, agotarse física y mentalmente. Pero hay un término medio entre eso y ser un sedentario.

Si el próximo domingo diecinueve de febrero estáis en Sevilla, no dudéis en salir a las calles y animar a los que dedican parte de su tiempo libre a entrenarse y correr la maratón. Os puedo asegurar, por propia experiencia, que ver a la gente animando y aplaudiendo al paso de los corredores hace que el esfuerzo sea mucho más llevadero. Yo ya no corro la maratón, pero nunca me pierdo esta cita.

Maratón de Sevilla. 19 de febrero de 2017

Y a continuación un recuerdo de mis participaciones.

Maratón de Sevilla. Año 1986

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Maratón de Sevilla. Año 1987

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Maratón de Sevilla. Año 1988

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Maratón de Sevilla. Año 1989

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Media Maratón Sevilla-Los Palacios. Diciembre de 1988

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Hasta las narices. Conversación sobre la política actual

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—Pero, ¿no te das cuenta de la enorme hipocresía de nuestros políticos, periodistas y ciudadanía en general? Todos, los de aquí y los de allende nuestras fronteras. Lo de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, ¿te suena? Ya está bien de querer dar lecciones al yanki, al rubio colorado, a más de sesenta millones de votantes, que deben ser todos subnormales, incultos, desinformados, manipulados, indignados… Y él, el más xenófobo, deslenguado, machista, soberbio y todo lo que quieras achacarle. Mal le iría a EEUU si todo eso fuera cierto. Cuando lo votaron, ¿creían que eran bravuconadas o payasadas, estás seguro?

—No digo nada de eso. Claro que sabían lo que hacían. Como muchos en Francia, por ejemplo, que antes votaban al Partido Comunista y ahora votan a Le Pen. ¿Y por qué ese cambio tan radical? ¿Solo por desencanto o indignación, por la crisis económica, por el paro, por la corrupción…? Si fuera por esas u otras causas, más que votar a un antisistema habría que salir a las calles día y noche, plantarse delante del parlamento y de las sedes de los partidos políticos y obligarles a romper con todo lo anterior y crear leyes nuevas, echar a patadas a todos, todos los corruptos, no dejar títere con cabeza, empezando por los que están más arriba y continuando por sus amiguetes, asesores, paniaguados y petimetres que imitan a sus jefes y se arriman siempre a la sombra del poder, sea de la ideología que sea. Pero hay algo más sutil como es la emoción, las entrañas, el corazón, eso que arrasa en muchas ocasiones a la razón y al cálculo. Es más que indignación, es rechazo absoluto, no querer tocar nada que haya estado contaminado por la corrupción. Es alergia al poder actual porque el cuerpo se defiende contra aquello que cree que lo ataca o lo ha estado atacando. Y eso es lo que han hecho casi todos los partidos, atacar a los ciudadanos, hacer todo lo que fuera para alcanzar el poder y mantenerlo a toda costa, creyendo que aguantarían todo lo que ellos hicieran. Pero ahora muchos han dicho: hasta aquí hemos llegado. Es lo que ha pasado en las elecciones americanas y, en menor medida, lo que pasó en España con Podemos y lo que podría pasar en Francia, Alemania, Holanda…

—Vale, muy bien. Pero no compares lo que pasa en Europa con lo que sucede en Estados Unidos. Llevamos una hora discutiendo y no nos ponemos de acuerdo. Nuestra política, la española o la europea, y la norteamericana, no son comparables porque son sistemas y culturas distintas, parten de visiones casi contrapuestas de la sociedad. Por ejemplo, los partidos políticos y el sistema electoral. Aquí los partidos suelen ser estructuras muy cerradas, jerarquizadas, con fuerte carga ideológica, en los que es fácil comprar y vender adhesiones y favores para alcanzar la cúpula y el poder dentro del partido. El compromiso, al final, no es con los votantes, sino con el comité, al que se debe obediencia casi absoluta. En Estados Unidos, son las comunidades locales, las bases sociales las que eligen a sus candidatos y es a ellas y no al partido, que no suele tener una carga ideológica excesiva, a quien tienen que dar explicaciones y justificar sus decisiones. Los senadores y congresistas norteamericanos tienen un contacto mucho más directo con sus electores, aunque también dependen mucho de aquellos que les han proporcionado los medios para ganar las elecciones que, en algún momento, van a solicitarle su favor político. Vaya una cosa por la otra. En Europa hay mucha hipocresía, los políticos se dedican a hacer promesas que luego incumplen con la mayor desfachatez y no pasa nada. Siempre encuentran justificaciones, cuando no es culpa de la crisis global es por la herencia de los gobiernos precedentes…

—Vamos a ver, has hablado varias veces de hipocresía. No me digas que los americanos no son mucho más hipócritas, siempre con la familia por delante en todos los actos, jurando sobre la biblia defender la constitución, con la mano en el pecho cuando tocan el himno, con la bandera de las barras y estrellas en todas las casas. Pero son el pueblo más individualista y egoísta del mundo. Y les importa un bledo familia, religión y nación si se atacan sus derechos individuales. Todo lo público, sea sanidad, educación o transportes, es infame. Se aprecia mucho más lo privado, la capacidad de luchar machacando al otro, saltándose valores como la solidaridad, la tolerancia o el respeto al diferente, con honrosas excepciones. Te recuerdo que hasta hace muy poco, bien entrados los años setenta del siglo XX, los negros no tenían derechos. Luego hablaremos de Donald Trump, por supuesto. “Sálvese quién pueda”, así debería comenzar la letra de su himno.

—Me estoy dando cuenta de que en el fondo no estamos tan en desacuerdo. Ahora que mencionas a Trump, creo que lo que está haciendo en su país lo ha aprendido observando lo que hemos hecho aquí, que tenemos ejemplos para dar y tomar. ¿Es peor lo que quiere hacer con los inmigrantes, impidiendo la entrada de los musulmanes de ciertos países o construyendo un muro en la frontera con México, que lo que ha hecho Europa con los refugiados que se mueren cruzando el Mediterráneo, creando guetos en las ciudades y campamentos en Turquía, levantando muros en Ceuta y Melilla? ¿Que Trump quiere saltarse la ley aprobando leyes anticonstitucionales y diciendo que la justicia está politizada? Pues fíjate lo que hace el gobierno catalán, apoyado por bastantes partidos, que se salta a la torera la constitución y dice que los jueces están bajo las órdenes del gobierno español y que harán un referéndum digan lo que digan los jueces o el tribunal constitucional. ¿Que en Estados Unidos se va a desmantelar la sanidad y la educación públicas? Pues eso es lo que ha pasado en España y en otros países europeos. Así que de dar lecciones a los demás, nada.

—Total, que esto no hay quien lo arregle, visto lo visto este fin de semana en España con los congresos de PP y Podemos y lo que le puede suceder al PSOE. Cambalaches, posturitas, besitos y este cargo para mí, no te olvides. Y, mientras, empleos más precarios, “pero la economía va cada vez mejor”, juicios y condenas por corrupción “eso es cosa del pasado, ya no son de nuestro partido, el que la hace la paga, aguanta Luis, qué bueno es Manolo”, más mujeres muertas por violencia machista “toda la sociedad debe oponerse, llamar al 016 que no deja huella en la factura”, brecha cada vez más grande entre ricos y pobres “pero hay cada vez más millonarios en España”…

Y los dos amigos se levantaron de la mesa y gritaron al unísono, para que todos los que estaban en el bar los escucharan :

—¡Estamos hasta las narices! ¡Que viva el caos!

Salieron a la calle y se fueron de rebajas, que acaban la semana que viene.

Relato XII: La culpa

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Lucía leyó lo que su marido había escrito aquella mañana. Como siempre, las primeras hojas nunca le convencían y las tiraba a la papelera, pero esta vez había algo especial y, tras la discusión y el golpe, él se había encerrado en el despacho y escribió frenéticamente durante más de tres horas. Después salió a la calle sin que ella se diera cuenta. Al comienzo de su matrimonio, a Lucía le encantaba analizar y estudiar cómo iban surgiendo las novelas, las distintas alternativas, los laberintos y las dudas de los personajes. Pero ahora…

“Después de cometer el atentado, se dirigió con sus dos compañeros al vehículo y, nada más iniciar la marcha, conectaron con la frecuencia de la policía. Tuvieron que esperar unos minutos hasta que comenzaron a escuchar las primeras comunicaciones: se ha producido una fuerte explosión en la Avenida Ramón y Cajal provocada por un coche-bomba, parece que hay dos víctimas, una de ellas todavía está viva, aunque muy grave… Pasada media hora, se confirmaron las sospechas. La explosión se había producido demasiado tarde, después de haber pasado el vehículo oficial, alcanzando de lleno a un turismo que circulaba inmediatamente detrás y matando a un médico y a su mujer.

–¡Maldita sea!– exclamó Juan, –otro error, y esta vez se ha escapado un general–”

Al margen, escritas a mano, podían leerse las siguientes frases:

Este personaje no está bien definido. Debe mostrar algún indicio de arrepentimiento. A pesar de su crueldad, debo buscar la manera de que se sienta culpable…  El lector quiere encontrar una  esperanza, sobre todo  en las situaciones límite.

Lucía acarició pensativamente su pómulo derecho. La hinchazón había remitido un poco desde aquella mañana, cuando su marido le había dado el puñetazo. Y pensó en la policía, en su marido…

                en la bomba,

                        en su marido,

                              en la bomba,

                                    en la culpa…

Relato XI: Rutina (y III)

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Sus compañeros fueron llegando poco a poco y, aunque le saludaban cortésmente, evitaban iniciar las charlas que antes eran frecuentes y que versaban casi siempre sobre política o deporte. Desde que comenzaron a publicarse algunos reportajes en un periódico local, y que tuvieron eco en la prensa nacional, que dudaban de la limpieza de la Consejería en las adjudicaciones de algunas obras, le fueron haciendo el vacío, dejaron de hacerle partícipe de las bromas y de los comentarios que servían de distracción y amenizaban los tediosos días de trabajo. Su jefa apenas le dirigía la palabra, a pesar de que era el funcionario más antiguo de su departamento y el que más experiencia, y seguramente conocimientos, tenía. Hacía varias semanas que no le convocaba a reuniones o le llamaba a su despacho para hacerle alguna consulta. No sabía bien por qué, pero sospechaban que él era el que filtraba las informaciones y esto se había extendido como una mancha de aceite por todos los departamentos de la Consejería. No era verdad, él nunca habría facilitado datos de manera anónima, sino que, previamente, habría denunciado los hechos ante cualquier instancia superior y, si no le hubieran hecho caso, habría acudido a un juez. Pero él no era un quijote y sabía que si se hubiese atrevido, sus últimos años en la Consejería serían un infierno. Seguramente sería alguno de los enchufados que se sentaban frente a él y cuyos méritos consistían en hacer comentarios graciosos, copiar y pegar documentos y presentarlos como originales, hacer fotocopias o actividades similares. Pero no le preocupaba, ya no le preocupaba.

Así que, después de descartar varios planes, decidió utilizar el viejo sistema que ya se estaba empleando, pero de una manera mucho más sutil. En las últimas semanas había estado haciendo copias de documentos y correos, incluso de borradores y los guardaba en su pen, eliminando cualquier rastro de su ordenador. Su amigo Julián el informático le dio unas pequeñas clases y claves para hacerlo sin dejar huella. Sabía cómo entrar en los ordenadores de sus compañeros, como desencriptar archivos, cómo hacerse con sus claves… Todo era demasiado sencillo, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de los sistemas operativos y programas del departamento eran piratas, que los ordenadores eran antiguos y que nadie se había preocupado de invertir en seguridad informática. Hoy era el día decisivo, el final de la cuenta atrás, la caída del castillo de naipes.

Llegó la jefa de servicio y la saludó con un gesto, al que ella no contestó. Leyó el correo, clasificó algunos documentos y envió otros, navegó por algunos periódicos de internet para enterarse de las últimas noticias, tomó de pie, solo, el indescriptible café de la máquina, pues ninguno de sus compañeros le invitó a sumarse al grupo, salió a la calle a media mañana para despejarse y llevó un borrador de unas instrucciones al departamento jurídico. La misma rutina desde hacía años, con alguna pequeña modificación.

Al final de la mañana copió el último archivo que estaba encriptado en su ordenador, el que demostraba de manera definitiva que varios altos cargos de la Consejería y cinco o seis empresarios se habían apropiado de cantidades importantes de dinero público. Tenía material suficiente para escribir esa novela que rondaba en su cabeza desde que decidió sacar a la luz todo el entramado. Pero sabía que no tenía madera de escritor. Borró todo vestigio de su ordenador, repasando varias veces los pasos que le había recomendado Julián. Cuando finalizó era casi la hora de salir y lo hizo un poco antes que sus compañeros, saludándolos con un ¡hasta luego! al que nadie respondió. Eso le alegró, porque así no tendría remordimientos cuando todo saliera a la luz y la mayor parte de ellos tuvieran que buscarse la vida en otros lares. Se lo merecían por chivatos, por aduladores.

Esta vez no regresó andando por el mismo camino de siempre, sino que torció en la primera bocacalle y después de andar durante media hora y comprarse un bocadillo, entró en un locutorio alejado del trabajo y de su casa. Se sentó delante de un ordenador libre, introdujo su clave y entró en el disco virtual que había creado semanas antes, con un nombre ficticio, El Fantasma de la Libertad, que había elegido de una novela de Paul Auster, Leviatán. Ese personaje, un escritor algo desequilibrado, fantasioso y que por ironías del destino se había convertido en un aprendiz de terrorista, siempre le había fascinado. Copió el último archivo en la nube y a partir de entonces comenzaron a entrarle las dudas, porque había llegado el momento de cerrar el círculo, abrir el correo electrónico, escribir un pequeño texto explicando el contenido de los archivos que iba a adjuntar y dirigirlo al periodista que había comenzado a destapar el escándalo de la Consejería. Pero hasta ahora los datos se referían a pequeñas fechorías. Lo que iba a enviar era el escándalo, la ignominia, la prueba fehaciente de la gran mentira que habían urdido bajo su mirada y que, en cierto modo, había consentido y ocultado. Por eso se preguntaba si era correcto lo que iba a hacer, si tenía derecho a traicionar a los que habían sido sus compañeros, aunque no le cayeran bien, aunque supiera que eran unos delincuentes, porque él también lo era, por acción y por omisión. El caso es que nadie podía acusarle de nada, no había pruebas contra él, no se había beneficiado. Pero se había callado y había mirado para otro lado. Los demás iban a pagar y él no. En el fondo sabía que era injusto y que tendría que saldar cuentas de alguna manera. Se comió despacio el bocadillo, pensando en lo que iba a hacer. No es lo mismo planificar hasta el último detalle que pasar a la acción. Pulsar el botón es siempre lo más difícil, y él no era precisamente una persona decidida.

No estaba preparado, no podía hacer eso, no era un traidor ni un chivato. Cerró el correo, quitó el pen, apagó el ordenador y pagó al encargado del locutorio. Eran cerca de las siete de la tarde y lentamente fue desandando el camino, acercándose con recelo a su casa, temiendo a la soledad que le impediría tranquilizar su conciencia. Se fue deteniendo en escaparates, observando cómo las farolas y las luces de neón se iban encendiendo, cómo el cielo se oscurecía y las primeras estrellas, con Venus de vigía y director de la escena, aparecían en el cielo. Llegó al portal desalentado y sin aliento, como si hubiera hecho un esfuerzo sobrehumano. Esta vez no pudo subir al piso andando, como hacía siempre, y subió en el ascensor. Cuando abrió la puerta, comenzó la rutina nocturna de quitarse la ropa, lavarse las manos, ponerse el pijama, prepararse la cena, cada vez más frugal, y sentarse a comer delante del televisor.

Hoy debería descansar más, pensó, pues mañana tendría que tomar la decisión, quizás la más difícil de su vida. Así que llevó los restos de la cena a la cocina, se lavó los dientes, llevó al salón el vaso de agua, puso la manta y el mando de la televisión cerca, apagó la luz, se acostó en el sillón y se concentró en lo que había hecho a lo largo del día. Lo recordaba como si fuera una película y cada instante, cada encuadre, cada pensamiento, ahondaban en el remordimiento, en la culpa, en el desasosiego. Cuando llegó a la escena del locutorio ya se había decidido.

Volvió a levantarse, cogió el ordenador portátil, lo encendió e introdujo el pen en uno de los puertos usb. Descargó los archivos en el ordenador y los comprimió en un nuevo documento llamado “conciencia.zip”. Abrió su correo personal y sin pensarlo dos veces lo envió al periodista con un pequeño mensaje que quizás no entendiera: “No soy el Fantasma de la Libertad, ya no tengo miedo aunque sí me remuerde la conciencia. Pero ahora ya podré mirar a los ojos a mis hijos”.

Apagó el ordenador y se fue directamente a la cama. Mañana sería otro día y, seguramente, se acabaría la rutina durante mucho tiempo.

FIN