Relato XIII: La historia más corta

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Hoy el escritor podría demostrar su ingenio y su originalidad escribiendo la historia más corta, como aquella en la que alguien se despierta y comprueba que el dinosaurio todavía estaba allí o la del hombre que era invisible pero nadie se percató de ello o la que me hace más gracia, cuando la pantera dice te devoraré y la espada contesta peor para ti. Hay días en que la brevedad del tiempo y la claridad de ideas van de la mano y permiten que el folio blanco o la pantalla del ordenador se vayan llenando de microrrelatos, de palabras que adquieren más sentido cuanta menos cantidad y menos sonidos tengan. Veamos algunos ejemplos que se le ocurren un jueves por la mañana:

  • El átomo te tomó de la mano y te timó.
  • El ciego alzó la mirada y no pudo ver el cielo color ceniza.
  • Él la besó y ella le dijo: -No abuses de los besos si no son bálsamos de amor.
  • La historia se repite cuando repites la misma historia que se repite.

Así podría continuar varias líneas más, alineando palabras y frases que demuestran el ingenio y que satisfacen su deseo de originalidad. Pero un inoportuno ataque  de tos le hace derramar el vaso de agua que tiene siempre sobre la mesa y que cae sobre el teclado del ordenador, creando un caos de lápices y bolígrafos que vuelan descontrolados, sillas arrastradas de golpe, carreras para ir rápidamente en busca de trapos que empapen las superficies e impidan que el desastre sea mayor, hojas y libros mojados, maldiciones e improperios por la torpeza, gritos de la mujer desde la cocina preguntando sobre el desastre. Las musas corren despavoridas y asustadas y dejan al pobre aprendiz de escritor mascullando insultos y deseando que el dinosaurio se coma al hombre invisible, a la pantera o a su mujer, que sigue gritando en la cocina.

El ejemplo de Pablo Ráez

Esta entrada también la publiqué en el Blog de Orientación del IES Hermanos Machado. Creo que la ocasión y el ejemplo merecen que se reproduzca en este blog. Pocas veces las redes sociales han sido un instrumento más adecuado para conocer a alguien con valores tan profundos. Aunque la suerte lo ha abandonado al final, ojalá que su vida y su muerte sirvan para hacernos mejores.

El ejemplo de Pablo Ráez

Es difícil mirar a la muerte de frente y mantenerse erguido, con dignidad, incluso con alegría o, al menos, sin caer en la desesperación, el miedo o el abatimiento. Aunque todos sabemos que la muerte forma parte de la vida son pocos los que tienen el valor de enfrentarse a esta idea, imaginarse cómo puede ser el momento del fin y sumergirse en la nada, en el vacío, en el no ser. La religión, la filosofía, la ciencia, todas ellas tienen a la muerte como uno de sus temas centrales, como no podía ser de otra manera, aunque cada uno con un punto de vista distinto. Esperanza para unos, transformación para otros, indiferencia o angustia, el final de la vida tiene un significado que muchos no se atreven a intentar descifrar.

La educación, como gran parte de la sociedad actual, vive de espaldas a la muerte. Sólo en contadas ocasiones se menciona, como cuando ocurre algún hecho excepcional, el fallecimiento de algún alumno o de algún padre, pero siempre desde un punto de vista lejano, con miedo de que se vaya a traumatizar o manchar la inocencia de la niñez o de la adolescencia. Hurtar esa realidad, sin embargo, no deja de ser un error. Tarde o temprano todos, niños o ancianos, hombres  y mujeres, ricos y pobres, tenemos que llegar al instante final y cuanto más preparados estemos, mejor. Si no negamos la realidad del sufrimiento, de las guerras, de la enfermedad o de la opresión, si intentamos concienciar a nuestros estudiantes de las injusticias, del hambre o de las persecuciones en el mundo y hablamos de todo ello en las tutorías, ¿por qué ocultar esa realidad que nos acompaña desde que nacemos?

Hace unos días fue noticia destacada la muerte de Pablo Ráez, un joven de veinte años que luchó con valentía contra la leucemia. Gracias a su entereza, a su espíritu de lucha, a su empeño para incrementar las donaciones de médula ósea, a su extraordinaria utilización de las redes de sociales para hacer visible su enfermedad, fue capaz de concienciar a sus semejantes de que hay que luchar, solidarizarse con los que sufren. Todo ello es un ejemplo, un espejo en el que contemplarnos y comprobar que la juventud actual no solo son botellonas, ninis, desencanto, abandono de estudios, falta de esfuerzo. Fue emocionante seguir su lucha en facebook, desde que en agosto de 2016 escribió una carta (Siempre fuerte, siempre) en la que daba a conocer la enfermedad y la necesidad que tenía que recibir un trasplante de médula. En las redes sociales, en radio y televisión su caso despertó enorme simpatía y cariño porque él era fundamentalmente simpático y cariñoso. Y fuerte y valiente. Por todo ello, porque Pablo se merece que lo conozcamos y lo admiremos, creo que no estaría de más dedicarle algún tiempo en las clases, para que su ejemplo nos sirva para ser mejores y para que siempre tengamos esperanza en nuestra juventud. Hay oportunidades que no se deben dejar pasar y ésta, por desgracia y también por suerte, es una de ellas.

Tres poemas escogidos… y un cuarto al azar

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Los poetas son capaces de mirar el mundo de otra manera, saben plasmar en pocas frases, con palabras escogidas, bellas, rotundas o frágiles, instantes, pensamientos y emociones que el resto de los mortales expresamos, cuando podemos, de forma vulgar o cursi. Leer a Lorca, a Machado, a Neruda, a Miguel Hernández, a Garcilaso de la Vega, a Aleixandre, a Bécquer, a Rosalía de Castro o a Celaya, por ejemplo, y solo menciono a una pequeña parte de los que escriben en castellano, es elevarse a una esfera diferente, a un mundo casi inaprensible. Siempre los he admirado y envidiado y, lo confieso, algunas veces me he atrevido a escribir algo parecido a un poema. En un primer momento me parecía que tenía cierta gracia o alguna belleza, pero cuando lo releía, caía en la cuenta de que allí no había ni belleza ni profundidad ni, mucho menos, calidad. Así que me dedico a escribir pequeños relatos que me sirven para aliviar, de alguna forma, la frustración de mi incapacidad como poeta y la necesidad de expresar y no dejar en el tintero esas ideas que, como relámpagos, me asaltan de vez en cuando. Soy consciente de que estos relatos tampoco merecen la pena, no alcanzan a explicar lo que realmente pasa por mi cabeza. Pero, al menos, me sirven para vislumbrar lo que podría haber hecho si hubiera dedicado más tiempo a leer y a escribir, a intentar comprender los mecanismos que permiten a los escritores dominar el idioma, encontrar las palabras adecuadas y expresar con fluidez y gracia lo que perciben y sienten. Por eso he buscado aquellas poesías que, con su música, con su forma y con las ideas que transmiten, se acercan a pensamientos que yo he tenido alguna vez o que, al leerlas, despiertan en mí sentimientos que estaban dormidos o que apenas sabía que existían.

Son muchas las poesías que me han acompañado desde mi juventud, incluso sería capaz de repetir alguna de memoria, aunque ésta sea frágil. Poemas sobre el amor o la muerte, la soledad, la angustia de vivir o la pérdida de un ser querido, la lucha social, el paso del tiempo… Temas que se repiten a lo largo de los siglos pero que siempre tienen vigencia. Cada época nos marca el camino de la lectura, el ánimo señala el poema preferido y volvemos a él para encontrar alivio o, por el contrario, sumergirnos en el dolor, pero un dolor querido, buscado y reconfortante en el fondo. Hay tres poesías que me causaron una profunda impresión, que removieron algo en un momento dado que desde entonces ha permanecido conmigo. Seguramente no serán las más bellas, ni las más conocidas, ni se encontrarán en muchas antologías literarias, pero, como pasa con cualquier obra de arte, sea un fragmento musical o un cuadro, basta conque te elijan para que caigas en su embrujo. Los tres poemas estuvieron colgados en mi despacho de orientación casi desde el primer día que entré en él.

El primero es un poema de Rudyar Kipling, Si, que una profesora de lengua de magisterio nos leyó varias veces y sobre el que tuvimos que hacer un comentario de texto. Recuerdo que lo que más me impresionó fue la lectura pausada, los silencios exactos y los énfasis, la cadencia y la claridad de su dicción. Todo ello acompañado de un leve movimiento de la mano, como si quisiera dirigir las palabras hacia nuestras mentes, que no se perdiera ninguna. Hay imágenes y sonidos que se quedan grabados y uno de ellos es este. Después de esta primera impresión, que dejó a toda la clase muda y realmente cautivada, sin ser realmente conscientes de lo que el poeta quería decir, la profesora nos dijo que iba a dictarlo despacio para que lo fuéramos copiando en nuestros cuadernos. Y entonces nos dimos cuenta de la profundidad de su mensaje porque abarca, realmente, toda la vida de la persona.

 SI

Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduría…

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso 
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas…

Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice “¡Continuad!”.

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

La segunda poesía es Viaje a Ítaca, de Constantino Cavafis, un poeta coetáneo de Kipling. Conocí el poema mientras hacía el servicio militar gracias a un compañero que me recomendaba lecturas de lo más variopintas, desde los cómics de Tintin al Libro Rojo de Mao (teniendo en cuenta que estamos hablando del año 1977 era bastante atrevido), de canciones y poemas de Jacques Brel a sonetos de Góngora, pasando por obritas prohibidas del Marqués de Sade. Todo un lujo. Pero reconozco que este poema era su favorito y llegó a ser uno de los míos también. Deleitarse en los pequeños placeres, vivir la vida con intensidad, la importancia del camino y lo que aprendemos mientras lo recorremos, es, entre otras cosas, lo que Cavafis pretende recordarnos.

VIAJE A ÍTACA

Si vas a emprender el viaje hacia Itaca
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencia, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperlas y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
Rico en saber y vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas.

El tercer poema siempre lo he conocido como una obra de Gabriel Celaya, aunque últimamente he encontrado diversos artículos que lo atribuyen a Fermín Gainza. Lo cierto es que, según parece, no se encuentra entre los libros publicados por el escritor vasco. Sea de quien fuere la poesía, expresa con sensibilidad y precisión lo que cualquier maestro o profesor realiza en su labor diaria, esa capacidad de dar y la esperanza de que, al final, el esfuerzo haya merecido la pena.

EDUCAR

Educar es lo mismo
que poner motor a una barca…
hay que medir, pesar, equilibrar…
… y poner todo en marcha.
Para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia
concentrada.

Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera
enarbolada.

Pensaba terminar en este punto, pero me levanto y me acerco a la librería, deslizando la vista por los libros que, desordenados, están a la espera de que alguna vez los saque de las estanterías y vuelva a leerlos. Hay uno que destaca porque sobresale un poco del resto. Lo cojo y compruebo que es la Antología Rota de León Felipe, de la Editorial Losada. Es la octava edición, publicada en Argentina en el año 1977, aunque el libro lo compré en junio de 1979, es decir, cuando trabajaba como maestro en Camariñas y me iba los fines de semana a Coruña. Abro por las primeras páginas y me encuentro con otra poesía que también he leído muchas veces porque me identifico con el autor, con su melancolía, con la añoranza por aquello que se tuvo y ya se fue o por aquello que nunca hemos poseído. Es un poco largo, pero merece la pena detenerse y saborear sus versos.

¡QUÉ LÁSTIMA!

Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!
¡Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima
que yo no tenga una patria!
Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa
desde una tierra a otra tierra, desde una raza
a otra raza,
como pasan
esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca.
¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada;
pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña.
Después… ya no he vuelto a echar el ancla,
y ninguna de estas tierras me levanta
ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa
rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
(que me contaran
viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala)
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra en el puño de la espada!
Y, ¡qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque…, ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
¡Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!

Sin embargo…
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla
en una sala
muy amplia
y muy blanca
que está en la parte más baja
y más fresca de la casa.
Tiene una luz muy clara
esta sala
tan amplia
y tan blanca…
Una luz muy clara
que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana
vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas
leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
la gente a través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga
de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
siempre y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia
tiene su cara
en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa…
Ella entonces me llama
¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa
por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de muy mala gana,
ni se para
en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala,
muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara,
por esta calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban
en una caja
muy blanca…
En una caja
muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana…
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja
tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por el cristal de mi ventana…
¡Y la muerte también pasa!

¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria
que apenas tiene una capa…
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

¿Correr es de cobardes?

“Yo no corro míster, porque correr es de cobardes”, es una frase mítica del jugador bético Rogelio dirigida a su entrenador Iriondo en los años 70, cuando éste, en un entrenamiento, le pidió que corriera más. Es una de las frases que muchos sedentarios, los que suelen ver los toros desde la barrera y cuyo único deporte suele consistir en levantar el brazo para llevarse la cerveza a la boca o acercarse a comprar el pan a Polvillo, acostumbran a decir cuando ven a algún amigo, compañero o vecino en pantalón corto y camiseta corriendo por calles y parques. A mí me lo dijeron muchas veces, sobre todo cuando empecé a correr a comienzos de los 80, porque no había demasiados corredores (runners se dice ahora) ni tantos gimnasios como hay hoy en día. Ahora ya no tiene ningún mérito participar en carreras populares, apuntarse a un gimnasio para machacarse, ponerse un chándal para andar algunos kilómetros…

Corría el año 1980 cuando… No, espera, no puedo empezar así porque a continuación voy a decir que a finales de agosto llegué a Sevilla y comencé a correr en el mes de septiembre, por lo que voy a caer en una repetición del verbo correr que no va a ser, precisamente, una figura literaria. Aunque, pensándolo bien, si añado unas frases más quizás no quede tan mal. Veamos:

“Corría el año 1980, concretamente finales de agosto, cuando llegué a Sevilla procedente de la verde Galicia, de la alegre Coruña, ciudad en la que nadie es forastero. Después de pasar un par de noches en un hostal cuyo nombre prefiero no recordar, me instalé en el piso que fue mi vivienda durante dieciséis años. No contaré ahora las vicisitudes y los hechos que sucedieron en las siguientes semanas, eso lo dejaré para mejor ocasión. Lo que sí puedo asegurar es que los primeros meses fueron digamos que algo deprimentes, pues vivir solo, en un piso prácticamente sin muebles, sin teléfono, con una cama plegable, una mesa, cuatro sillas y una pequeña cocina de camping gas (hasta que pusieron los muebles de cocina habría de pasar casi un semestre), fue una experiencia, cómo podríamos decir sin caer en la exageración, indescriptible. Menos mal que los fines de semana podía ver a Carmen, que en aquella época trabajaba en Aroche, y las penas desaparecían. Pero las semanas se hacían interminables. Así que dedicaba mi tiempo libre a preparar clases, corregir y, aquí entramos ya en el núcleo de la cuestión, a correr. Pero eran carreras sin técnica, sin material adecuado, sin planificar. Diez o quince minutos diarios, como mucho. Así pasó el tiempo. Abreviando, que es gerundio. Me casé, tuve mi primera hija, Carmen también, y en el año 1985 se celebró la primera maratón de Sevilla. Unos meses antes me había planteado la posibilidad de correrla, pero cuando hice un test e intenté correr una hora, casi me muero. Así que sólo pude asistir como espectador y eso fue lo que provocó en mí un deseo profundo de correr la maratón al año siguiente. Me emocionaba y asombraba al mismo tiempo la capacidad de sufrimiento de personas mucho mayores que yo, casi ancianos, hombres y mujeres, que pasaban delante de mí, unos corriendo y otros andando, con cara de sufrimiento, pero sin abandonar. Yo todavía no había cumplido treinta años y me avergonzaba de no haber sido capaz de intentarlo.

Así que me compré una pequeña equipación en la que sobresalían unas zapatillas Joma, un libro que creo recordar que se titulaba ¡Vamos a correr!, que he buscado en casa y no lo encuentro y poco a poco fui incrementando las distancias y mejorando el tiempo. Pero lo que más me ayudó fue la coincidencia con otros corredores que también estaban preparando la maratón y formamos un grupo de unas seis o siete personas que, aunque animosas, no teníamos grandes dotes atléticas”.

Como habéis podido comprobar, he evitado la reiteración pero creo que he metido un buen rollo. No quiero extenderme demasiado, por lo que iré al grano. Corrí cuatro maratones seguidas, rebajando considerablemente el tiempo de las anteriores, hasta llegar al año 1989, en que me había propuesto bajar de las tres horas. Hacía un par de meses que había corrido la media maratón Sevilla-Los Palacios en una hora y veinticinco minutos, es decir, a poco más de cuatro minutos el kilómetro. Pasé por el punto intermedio de la maratón en una hora y veintisiete minutos, un tiempo excelente y que me hacía pensar en que sí iba a ser capaz de lograr bajar de las tres horas, pero un pinchazo en la pierna derecha en el kilómetro treinta y uno me obligó a bajar mucho el ritmo y terminé la carrera en tres horas y once minutos. A partir de esa carrera ya nada fue igual. Yo estaba a punto de cumplir treinta y cuatro años, una edad muy buena para correr muchas maratones más, pero comenzaron las lesiones, los dolores articulares, la falta de tiempo porque nació mi hijo Santiago y con dos hijos pequeños era complicado compaginar trabajo, cuidado de hijos, entrenamientos largos, etc. Continué participando en carreras populares de diez o doce klómetros (sigo corriendo habitualmente la carrera nocturna del Guadalquivir a finales de septiembre), salgo a correr un par de veces a la semana durante una hora u hora y cuarto, es decir, me mantengo porque una vez que uno se acostumbra al placer que provocan las endorfinas cuando se corre y la felicidad que proporcionan, ya no se puede prescindir de esa droga.

No, correr no es de cobardes, sino de personas que buscan la felicidad, el placer de dominar el propio cuerpo, estar en contacto con la naturaleza, el orgullo de alcanzar un objetivo o encontrar la solidaridad de personas que corren contigo y que te animan, que se paran para ayudarte… No es necesario machacarse, correr al límite, agotarse física y mentalmente. Pero hay un término medio entre eso y ser un sedentario.

Si el próximo domingo diecinueve de febrero estáis en Sevilla, no dudéis en salir a las calles y animar a los que dedican parte de su tiempo libre a entrenarse y correr la maratón. Os puedo asegurar, por propia experiencia, que ver a la gente animando y aplaudiendo al paso de los corredores hace que el esfuerzo sea mucho más llevadero. Yo ya no corro la maratón, pero nunca me pierdo esta cita.

Maratón de Sevilla. 19 de febrero de 2017

Y a continuación un recuerdo de mis participaciones.

Maratón de Sevilla. Año 1986

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Maratón de Sevilla. Año 1987

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Maratón de Sevilla. Año 1988

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Maratón de Sevilla. Año 1989

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Media Maratón Sevilla-Los Palacios. Diciembre de 1988

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Hasta las narices. Conversación sobre la política actual

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—Pero, ¿no te das cuenta de la enorme hipocresía de nuestros políticos, periodistas y ciudadanía en general? Todos, los de aquí y los de allende nuestras fronteras. Lo de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, ¿te suena? Ya está bien de querer dar lecciones al yanki, al rubio colorado, a más de sesenta millones de votantes, que deben ser todos subnormales, incultos, desinformados, manipulados, indignados… Y él, el más xenófobo, deslenguado, machista, soberbio y todo lo que quieras achacarle. Mal le iría a EEUU si todo eso fuera cierto. Cuando lo votaron, ¿creían que eran bravuconadas o payasadas, estás seguro?

—No digo nada de eso. Claro que sabían lo que hacían. Como muchos en Francia, por ejemplo, que antes votaban al Partido Comunista y ahora votan a Le Pen. ¿Y por qué ese cambio tan radical? ¿Solo por desencanto o indignación, por la crisis económica, por el paro, por la corrupción…? Si fuera por esas u otras causas, más que votar a un antisistema habría que salir a las calles día y noche, plantarse delante del parlamento y de las sedes de los partidos políticos y obligarles a romper con todo lo anterior y crear leyes nuevas, echar a patadas a todos, todos los corruptos, no dejar títere con cabeza, empezando por los que están más arriba y continuando por sus amiguetes, asesores, paniaguados y petimetres que imitan a sus jefes y se arriman siempre a la sombra del poder, sea de la ideología que sea. Pero hay algo más sutil como es la emoción, las entrañas, el corazón, eso que arrasa en muchas ocasiones a la razón y al cálculo. Es más que indignación, es rechazo absoluto, no querer tocar nada que haya estado contaminado por la corrupción. Es alergia al poder actual porque el cuerpo se defiende contra aquello que cree que lo ataca o lo ha estado atacando. Y eso es lo que han hecho casi todos los partidos, atacar a los ciudadanos, hacer todo lo que fuera para alcanzar el poder y mantenerlo a toda costa, creyendo que aguantarían todo lo que ellos hicieran. Pero ahora muchos han dicho: hasta aquí hemos llegado. Es lo que ha pasado en las elecciones americanas y, en menor medida, lo que pasó en España con Podemos y lo que podría pasar en Francia, Alemania, Holanda…

—Vale, muy bien. Pero no compares lo que pasa en Europa con lo que sucede en Estados Unidos. Llevamos una hora discutiendo y no nos ponemos de acuerdo. Nuestra política, la española o la europea, y la norteamericana, no son comparables porque son sistemas y culturas distintas, parten de visiones casi contrapuestas de la sociedad. Por ejemplo, los partidos políticos y el sistema electoral. Aquí los partidos suelen ser estructuras muy cerradas, jerarquizadas, con fuerte carga ideológica, en los que es fácil comprar y vender adhesiones y favores para alcanzar la cúpula y el poder dentro del partido. El compromiso, al final, no es con los votantes, sino con el comité, al que se debe obediencia casi absoluta. En Estados Unidos, son las comunidades locales, las bases sociales las que eligen a sus candidatos y es a ellas y no al partido, que no suele tener una carga ideológica excesiva, a quien tienen que dar explicaciones y justificar sus decisiones. Los senadores y congresistas norteamericanos tienen un contacto mucho más directo con sus electores, aunque también dependen mucho de aquellos que les han proporcionado los medios para ganar las elecciones que, en algún momento, van a solicitarle su favor político. Vaya una cosa por la otra. En Europa hay mucha hipocresía, los políticos se dedican a hacer promesas que luego incumplen con la mayor desfachatez y no pasa nada. Siempre encuentran justificaciones, cuando no es culpa de la crisis global es por la herencia de los gobiernos precedentes…

—Vamos a ver, has hablado varias veces de hipocresía. No me digas que los americanos no son mucho más hipócritas, siempre con la familia por delante en todos los actos, jurando sobre la biblia defender la constitución, con la mano en el pecho cuando tocan el himno, con la bandera de las barras y estrellas en todas las casas. Pero son el pueblo más individualista y egoísta del mundo. Y les importa un bledo familia, religión y nación si se atacan sus derechos individuales. Todo lo público, sea sanidad, educación o transportes, es infame. Se aprecia mucho más lo privado, la capacidad de luchar machacando al otro, saltándose valores como la solidaridad, la tolerancia o el respeto al diferente, con honrosas excepciones. Te recuerdo que hasta hace muy poco, bien entrados los años setenta del siglo XX, los negros no tenían derechos. Luego hablaremos de Donald Trump, por supuesto. “Sálvese quién pueda”, así debería comenzar la letra de su himno.

—Me estoy dando cuenta de que en el fondo no estamos tan en desacuerdo. Ahora que mencionas a Trump, creo que lo que está haciendo en su país lo ha aprendido observando lo que hemos hecho aquí, que tenemos ejemplos para dar y tomar. ¿Es peor lo que quiere hacer con los inmigrantes, impidiendo la entrada de los musulmanes de ciertos países o construyendo un muro en la frontera con México, que lo que ha hecho Europa con los refugiados que se mueren cruzando el Mediterráneo, creando guetos en las ciudades y campamentos en Turquía, levantando muros en Ceuta y Melilla? ¿Que Trump quiere saltarse la ley aprobando leyes anticonstitucionales y diciendo que la justicia está politizada? Pues fíjate lo que hace el gobierno catalán, apoyado por bastantes partidos, que se salta a la torera la constitución y dice que los jueces están bajo las órdenes del gobierno español y que harán un referéndum digan lo que digan los jueces o el tribunal constitucional. ¿Que en Estados Unidos se va a desmantelar la sanidad y la educación públicas? Pues eso es lo que ha pasado en España y en otros países europeos. Así que de dar lecciones a los demás, nada.

—Total, que esto no hay quien lo arregle, visto lo visto este fin de semana en España con los congresos de PP y Podemos y lo que le puede suceder al PSOE. Cambalaches, posturitas, besitos y este cargo para mí, no te olvides. Y, mientras, empleos más precarios, “pero la economía va cada vez mejor”, juicios y condenas por corrupción “eso es cosa del pasado, ya no son de nuestro partido, el que la hace la paga, aguanta Luis, qué bueno es Manolo”, más mujeres muertas por violencia machista “toda la sociedad debe oponerse, llamar al 016 que no deja huella en la factura”, brecha cada vez más grande entre ricos y pobres “pero hay cada vez más millonarios en España”…

Y los dos amigos se levantaron de la mesa y gritaron al unísono, para que todos los que estaban en el bar los escucharan :

—¡Estamos hasta las narices! ¡Que viva el caos!

Salieron a la calle y se fueron de rebajas, que acaban la semana que viene.

Relato XII: La culpa

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Lucía leyó lo que su marido había escrito aquella mañana. Como siempre, las primeras hojas nunca le convencían y las tiraba a la papelera, pero esta vez había algo especial y, tras la discusión y el golpe, él se había encerrado en el despacho y escribió frenéticamente durante más de tres horas. Después salió a la calle sin que ella se diera cuenta. Al comienzo de su matrimonio, a Lucía le encantaba analizar y estudiar cómo iban surgiendo las novelas, las distintas alternativas, los laberintos y las dudas de los personajes. Pero ahora…

“Después de cometer el atentado, se dirigió con sus dos compañeros al vehículo y, nada más iniciar la marcha, conectaron con la frecuencia de la policía. Tuvieron que esperar unos minutos hasta que comenzaron a escuchar las primeras comunicaciones: se ha producido una fuerte explosión en la Avenida Ramón y Cajal provocada por un coche-bomba, parece que hay dos víctimas, una de ellas todavía está viva, aunque muy grave… Pasada media hora, se confirmaron las sospechas. La explosión se había producido demasiado tarde, después de haber pasado el vehículo oficial, alcanzando de lleno a un turismo que circulaba inmediatamente detrás y matando a un médico y a su mujer.

–¡Maldita sea!– exclamó Juan, –otro error, y esta vez se ha escapado un general–”

Al margen, escritas a mano, podían leerse las siguientes frases:

Este personaje no está bien definido. Debe mostrar algún indicio de arrepentimiento. A pesar de su crueldad, debo buscar la manera de que se sienta culpable…  El lector quiere encontrar una  esperanza, sobre todo  en las situaciones límite.

Lucía acarició pensativamente su pómulo derecho. La hinchazón había remitido un poco desde aquella mañana, cuando su marido le había dado el puñetazo. Y pensó en la policía, en su marido…

                en la bomba,

                        en su marido,

                              en la bomba,

                                    en la culpa…

Relato XI: Rutina (y III)

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Sus compañeros fueron llegando poco a poco y, aunque le saludaban cortésmente, evitaban iniciar las charlas que antes eran frecuentes y que versaban casi siempre sobre política o deporte. Desde que comenzaron a publicarse algunos reportajes en un periódico local, y que tuvieron eco en la prensa nacional, que dudaban de la limpieza de la Consejería en las adjudicaciones de algunas obras, le fueron haciendo el vacío, dejaron de hacerle partícipe de las bromas y de los comentarios que servían de distracción y amenizaban los tediosos días de trabajo. Su jefa apenas le dirigía la palabra, a pesar de que era el funcionario más antiguo de su departamento y el que más experiencia, y seguramente conocimientos, tenía. Hacía varias semanas que no le convocaba a reuniones o le llamaba a su despacho para hacerle alguna consulta. No sabía bien por qué, pero sospechaban que él era el que filtraba las informaciones y esto se había extendido como una mancha de aceite por todos los departamentos de la Consejería. No era verdad, él nunca habría facilitado datos de manera anónima, sino que, previamente, habría denunciado los hechos ante cualquier instancia superior y, si no le hubieran hecho caso, habría acudido a un juez. Pero él no era un quijote y sabía que si se hubiese atrevido, sus últimos años en la Consejería serían un infierno. Seguramente sería alguno de los enchufados que se sentaban frente a él y cuyos méritos consistían en hacer comentarios graciosos, copiar y pegar documentos y presentarlos como originales, hacer fotocopias o actividades similares. Pero no le preocupaba, ya no le preocupaba.

Así que, después de descartar varios planes, decidió utilizar el viejo sistema que ya se estaba empleando, pero de una manera mucho más sutil. En las últimas semanas había estado haciendo copias de documentos y correos, incluso de borradores y los guardaba en su pen, eliminando cualquier rastro de su ordenador. Su amigo Julián el informático le dio unas pequeñas clases y claves para hacerlo sin dejar huella. Sabía cómo entrar en los ordenadores de sus compañeros, como desencriptar archivos, cómo hacerse con sus claves… Todo era demasiado sencillo, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de los sistemas operativos y programas del departamento eran piratas, que los ordenadores eran antiguos y que nadie se había preocupado de invertir en seguridad informática. Hoy era el día decisivo, el final de la cuenta atrás, la caída del castillo de naipes.

Llegó la jefa de servicio y la saludó con un gesto, al que ella no contestó. Leyó el correo, clasificó algunos documentos y envió otros, navegó por algunos periódicos de internet para enterarse de las últimas noticias, tomó de pie, solo, el indescriptible café de la máquina, pues ninguno de sus compañeros le invitó a sumarse al grupo, salió a la calle a media mañana para despejarse y llevó un borrador de unas instrucciones al departamento jurídico. La misma rutina desde hacía años, con alguna pequeña modificación.

Al final de la mañana copió el último archivo que estaba encriptado en su ordenador, el que demostraba de manera definitiva que varios altos cargos de la Consejería y cinco o seis empresarios se habían apropiado de cantidades importantes de dinero público. Tenía material suficiente para escribir esa novela que rondaba en su cabeza desde que decidió sacar a la luz todo el entramado. Pero sabía que no tenía madera de escritor. Borró todo vestigio de su ordenador, repasando varias veces los pasos que le había recomendado Julián. Cuando finalizó era casi la hora de salir y lo hizo un poco antes que sus compañeros, saludándolos con un ¡hasta luego! al que nadie respondió. Eso le alegró, porque así no tendría remordimientos cuando todo saliera a la luz y la mayor parte de ellos tuvieran que buscarse la vida en otros lares. Se lo merecían por chivatos, por aduladores.

Esta vez no regresó andando por el mismo camino de siempre, sino que torció en la primera bocacalle y después de andar durante media hora y comprarse un bocadillo, entró en un locutorio alejado del trabajo y de su casa. Se sentó delante de un ordenador libre, introdujo su clave y entró en el disco virtual que había creado semanas antes, con un nombre ficticio, El Fantasma de la Libertad, que había elegido de una novela de Paul Auster, Leviatán. Ese personaje, un escritor algo desequilibrado, fantasioso y que por ironías del destino se había convertido en un aprendiz de terrorista, siempre le había fascinado. Copió el último archivo en la nube y a partir de entonces comenzaron a entrarle las dudas, porque había llegado el momento de cerrar el círculo, abrir el correo electrónico, escribir un pequeño texto explicando el contenido de los archivos que iba a adjuntar y dirigirlo al periodista que había comenzado a destapar el escándalo de la Consejería. Pero hasta ahora los datos se referían a pequeñas fechorías. Lo que iba a enviar era el escándalo, la ignominia, la prueba fehaciente de la gran mentira que habían urdido bajo su mirada y que, en cierto modo, había consentido y ocultado. Por eso se preguntaba si era correcto lo que iba a hacer, si tenía derecho a traicionar a los que habían sido sus compañeros, aunque no le cayeran bien, aunque supiera que eran unos delincuentes, porque él también lo era, por acción y por omisión. El caso es que nadie podía acusarle de nada, no había pruebas contra él, no se había beneficiado. Pero se había callado y había mirado para otro lado. Los demás iban a pagar y él no. En el fondo sabía que era injusto y que tendría que saldar cuentas de alguna manera. Se comió despacio el bocadillo, pensando en lo que iba a hacer. No es lo mismo planificar hasta el último detalle que pasar a la acción. Pulsar el botón es siempre lo más difícil, y él no era precisamente una persona decidida.

No estaba preparado, no podía hacer eso, no era un traidor ni un chivato. Cerró el correo, quitó el pen, apagó el ordenador y pagó al encargado del locutorio. Eran cerca de las siete de la tarde y lentamente fue desandando el camino, acercándose con recelo a su casa, temiendo a la soledad que le impediría tranquilizar su conciencia. Se fue deteniendo en escaparates, observando cómo las farolas y las luces de neón se iban encendiendo, cómo el cielo se oscurecía y las primeras estrellas, con Venus de vigía y director de la escena, aparecían en el cielo. Llegó al portal desalentado y sin aliento, como si hubiera hecho un esfuerzo sobrehumano. Esta vez no pudo subir al piso andando, como hacía siempre, y subió en el ascensor. Cuando abrió la puerta, comenzó la rutina nocturna de quitarse la ropa, lavarse las manos, ponerse el pijama, prepararse la cena, cada vez más frugal, y sentarse a comer delante del televisor.

Hoy debería descansar más, pensó, pues mañana tendría que tomar la decisión, quizás la más difícil de su vida. Así que llevó los restos de la cena a la cocina, se lavó los dientes, llevó al salón el vaso de agua, puso la manta y el mando de la televisión cerca, apagó la luz, se acostó en el sillón y se concentró en lo que había hecho a lo largo del día. Lo recordaba como si fuera una película y cada instante, cada encuadre, cada pensamiento, ahondaban en el remordimiento, en la culpa, en el desasosiego. Cuando llegó a la escena del locutorio ya se había decidido.

Volvió a levantarse, cogió el ordenador portátil, lo encendió e introdujo el pen en uno de los puertos usb. Descargó los archivos en el ordenador y los comprimió en un nuevo documento llamado “conciencia.zip”. Abrió su correo personal y sin pensarlo dos veces lo envió al periodista con un pequeño mensaje que quizás no entendiera: “No soy el Fantasma de la Libertad, ya no tengo miedo aunque sí me remuerde la conciencia. Pero ahora ya podré mirar a los ojos a mis hijos”.

Apagó el ordenador y se fue directamente a la cama. Mañana sería otro día y, seguramente, se acabaría la rutina durante mucho tiempo.

FIN

Relato XI: Rutina (II)

(Continuación)

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El sol ya había salido y el cielo azul, con algunas pequeñas nubes de algodón teñidas de ligero tinte rojizo y suspendidas sobre los edificios, prometía un día caluroso de finales de abril. Siguió andando despacio, controlando el tiempo y mirando su reflejo en los cristales de los comercios, que devolvían una figura frágil, ligeramente encorvada y delgada, un traje gris que le quedaba demasiado grande, mirada miope y triste, tez pálida en un rostro vulgar. Faltaban pocos segundos para las siete y media, hora a la que llegaba siempre con exquisita exactitud, que comprobaba en el reloj que también le habían regalado sus hijos cuando cumplió los cincuenta años: “Papá, sabemos que la puntualidad es otra de tus obsesiones, así que ahora no tendrás problemas con este reloj, que nos ha costado una pasta”. Y de eso hacía casi una década. El guardia de seguridad, sentado en su garita y rodeado de pantallas de televisión que vigilaban los cuatro pisos del edificio, lo saludó con un movimiento de cabeza y una medio sonrisa, que cada vez era menos cálida y más distante. Él, sin embargo, sí lo saludó con la amabilidad que había sido su mejor arma y que ahora parecía ser una carga. Pasó la tarjeta de control por la máquina de tornos y subió por la escalera hasta la segunda planta, que se abría en un amplio vestíbulo con tres puertas acristaladas, en cada una de las cuales se podían leer los diferentes departamentos que componían la Consejería. Él pertenecía al Departamento de Estudios y Presupuestos, en el que trabajaba desde su creación hacía ya nueve años. Abrió la puerta de la derecha y encendió las luces, como hacía todas las mañanas, ya que era el primero en llegar. Paseó la mirada por la sala y comprobó que el despacho de la jefa de servicio estaba cerrado, que las otras ocho mesas estaban vacías de cuerpos y de almas, que las paredes seguían con el color gris azulado que le producía una mezcla de tristeza y desidia y que los archivadores estaban correctamente colocados en las estanterías. Se dirigió a su mesa, que estaba al lado del despacho de la jefa, se quitó la chaqueta que colocó en el respaldo del sillón, dejó la cartera en una silla y encendió el ordenador. Los mismos gestos, las mismas emociones día tras día y año tras año, aunque en los últimos tiempos se habían producido cambios, al principio pequeños, pero que en los últimos días habían sido significativos y que en unas horas, tras muchas dudas y meditaciones, podrían ser decisivos.

Mientras se cargaba el sistema operativo, sacó de la cartera una carpeta y un pen drive, que mantuvo en su puño cerrado mientras se terminaban de cargar todos los programas. El puño encerraba, como una metáfora de lo que habían sido sus últimos años y de lo que podría acontecer en las próximas horas y en el resto de su vida, las dudas, las vacilaciones, las certezas, los engaños y las mentiras que quería sacar a la luz. Sin saber muy bien por qué, aunque en el fondo lo adivinaba, porque nunca había sido una persona ambiciosa ni medrosa, había conocido y consentido arbitrariedades, amaños, enriquecimientos ilícitos (menos el suyo, porque nunca se había aprovechado a pesar de los numerosos intentos), obras que nunca se habían llevado a cabo… Al principio lo engañaron con argumentos débiles, pero él cerró los ojos a la verdad, o más bien los abrió a los encantos insinuantes de la jefa de servicio y, al cabo de poco tiempo, aun a sabiendas de lo que ocurría, permaneció mudo y consintió todo el entramado de fechorías que habían sido denunciadas, la mayor parte de las veces sin pruebas, por la prensa. Creía que, por fin, había encontrado el cariño que tanto necesitaba desde que ella lo abandonara y se entregó, con todas sus armas y bagajes, a las causas que se le proponían, primero de manera velada y cada vez de forma más burda. Fue consintiendo, sin un reproche por su parte, sin ninguna advertencia o amenaza de denuncia, las diferentes tramas que se urdieron año tras año. Lo consideraron uno de los suyos y él, como un adolescente acomplejado que quisiera ser aceptado en una pandilla de gamberros, permitió, ayudó y planificó.

Pero había llegado el momento de acallar a su conciencia, de regresar a lo que antes había sido y era en realidad, un funcionario gris, eficiente y honrado, había llegado la hora, al fin, de poder mirar a los ojos a sus hijos, que le habían hecho algún comentario sobre su responsabilidad en lo que se publicaba.

(Ya queda poco para el final. Continuará y finalizará dentro unos días, supongo)

Relato XI: Rutina (I)

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(Reconozco que me estoy volviendo un vago, que estoy pasando por una etapa de relajación impropia en una persona que no se puede estar quieta, que no le gusta permanecer sentada delante del televisor, del ordenador, o leyendo un libro durante horas, que necesita cambiar de actividad constantemente… Quizás sea por eso, por la dispersión, porque podría ser un hiperactivo y hasta ahora no me había dado cuenta, que salto de una tarea a otra sin descanso ni tregua. Hace pocos meses me había marcado una serie de objetivos para este año y mucho me temo que, o cambian mucho las cosas, o no voy a ser capaz de cumplir ninguno. Lo de escribir dos libros me parece ya una entelequia, una utopía prácticamente inalcanzable porque me he liado, he cambiado las historias y los personajes tres o cuatro veces porque ellas y ellos me lo han pedido, no les gustaba ni el argumento ni su personalidad ni los hechos que les acontecían, se han rebelado como hizo Augusto, el protagonista de Niebla, aquella “nivola” de Unamuno, así que me encuentro en un callejón sin salida. Por eso, volveré a escribir pequeños relatos que requieren menos capacidad de concentración y de atención, y menos complejidad, que en estos momentos las musas me han abandonado.

Esta es la primera parte de uno que nadie sabe, y menos yo mismo, cuándo tendrá continuación. Aunque algunos pueden pensarlo porque son muy mal pensados, que ya lo sé, no es nada autobiográfico).

Acostado en el sillón, como solía hacer todas las noches antes de irse a la cama, con la luz apagada y el televisor encendido con el sonido muy bajo, esperaba a que le llegara el sueño reparador de un día como todos, agotador física y mentalmente. La diferencia es que mañana tenía que tomar una decisión que podía cambiar su vida y eso le provocaba un pellizco en el estómago y una opresión en el pecho que auguraban una noche de insomnio. Se aseguró de tener cerca el vaso de agua, el mando del televisor y la pequeña manta que se pondría en los pies cuando le diera frío.

Repasó lo que había hecho desde primera hora, cuando sonó la radio del despertador con las noticias de las seis de la mañana. Después de unos minutos que aprovechaba para desperezarse y remolonear, echó las sábanas y la manta a un lado y con cuidado, para evitar que se reprodujera la lumbalgia que le había amargado la existencia unas semanas atrás, se puso las zapatillas, levantó la persiana y abrió la ventana para que comenzara a ventilarse la habitación. Todavía era de noche y apenas había tráfico en la avenida, pero en el edificio de enfrente ya se veían algunas luces encendidas. Comprobó que su amigo Felipe también se había levantado y, seguramente, estaría desayunando en la cocina. Se dirigió al baño para “realizar sus abluciones”, como eufemísticamente denominaba su amigo Juan a descargar la vejiga u otros desechos acumulados, pesarse en la báscula y constatar que seguía con el mismo peso que hacía diez años, darse una ducha de agua templada, peinarse y ponerse el pijama que se había quitado antes de acostarse, pues sólo dormía con los calzoncillos. Miró para el lado izquierdo de la cama, aquel que hacía ya cerca de veinte años que permanecía vacío desde que ella lo dejó solo gritándole a la puerta que había cerrado tras de sí después de la enésima discusión, lado que él nunca se atrevía a ocupar por si alguna noche regresaba. Salió al pasillo y volvió a colocar bien los cuadros que, por alguna razón misteriosa, todas las mañanas aparecían ligeramente torcidos. Se detuvo, como siempre, ante la reproducción del beso de Klimt que habían comprado en Ámsterdam en el viaje de novios y descubrió alguna flor nueva que estaba escondida bajo la rodilla de la amante. El color dorado del cuadro le producía una sensación de bienestar y de optimismo que le duraba hasta que pisaba la acera de la calle.

Se preparó el desayuno con el ritual que le permitía pensar en lo que iba a hacer durante el resto del día: primero llenó la cafetera eléctrica con el agua y el café y la encendió, después exprimió tres naranjas y llenó un vaso con el zumo, cogió dos piezas de fruta y unas nueces, cortó un par de rebanadas del pan que había sobrado del día anterior y las puso en la tostadora plana, regalo de sus hijos en el último cumpleaños. “Papá, a ver si con esto no se te queman las tostadas, que siempre tienes que tirarlas”. Aunque vivía solo, porque Susana y Luis hacía ya varios años que se habían independizado, los veía a menudo y solían comer juntos varias veces al mes. Ella, sin embargo, nunca estaba. “¿Sabes algo de mamá?”, solía preguntar Susana. Él negaba con la cabeza y bajaba la vista. Siempre la misma rutina, la misma pregunta y el mismo gesto.

Tomaba primero la fruta y el zumo con la pastilla para la tensión mientras vigilaba que el café y las tostadas estuvieran preparados. Seguía escuchando las noticias de la radio y, cuando se cansaba, cambiaba a una emisora con música. Terminado el desayuno, se lavaba los dientes, se vestía con parsimonia, hacía la cama cuidadosamente, dejando las sábanas y la colcha bien estiradas, cogía el maletín negro en el que, con letras doradas, se leía “Consejería de Obras Públicas” y salía, no sin antes comprobar varias veces que la puerta estaba bien cerrada. Bajaba los tres pisos por las escaleras, para ir desentumeciendo los músculos y pisaba la acera con el pie derecho, una superstición que le acompañaba desde que tenía memoria. Reconocía que era un poco maniático, pero no le daba mayor importancia porque ¿quién no tenía manías? Sin ir más lejos, ella tenía la costumbre de beber siempre el agua en la botella de medio litro, sin utilizar vaso, lo que le provocaba a él mucha vergüenza cuando estaban en grupo o comían fuera. Ella decía que no se fiaba de la limpieza de los vasos, y menos en los restaurantes o en los bares.

El paseo de media hora hasta su lugar de trabajo y de tortura comenzaba con un saludo a los trabajadores de la limpieza que todas las mañanas se cruzaban con él mientras se dirigían a recoger sus herramientas de trabajo en un local cercano. Eran muchos años y se había establecido una especie de complicidad y camaradería que desconocían, ellos limpiarían las calles de la ciudad mientras él se dedicaba a elaborar presupuestos para hacer carreteras o autopistas y limpiar y dejar sin un duro las arcas de la comunidad. No era lo mismo pero sí algo parecido.

Continuaba caminando mientras las luces de las farolas se iban apagando y la claridad del amanecer iba venciendo a la oscuridad. Esa lucha le fascinaba y le asombraban cotidianamente los variados matices de rojo, azul, violeta o amarillo que se fundían con el negro del cielo que desaparecía por momentos. Pero en lugar de la alegría o la tranquilidad que esos minutos le habían provocado en los primeros años de la llegada a la ciudad y su incorporación al trabajo, ahora sólo sentía opresión y tristeza, pues cada minuto que pasaba y cada paso que daba le acercaban al tormento, a la pesadilla que supondría enfrentarse a la desidia y al ostracismo al que le habían relegado en su departamento. Compró el periódico en el kiosco de Venancio, la primera persona que conoció en el barrio y que le resumía en pocas frases las últimas novedades deportivas y políticas, leyó los titulares y la columna de la contraportada, lo dobló y siguió andando sin prisas, pues, como siempre, tenía mucho margen de tiempo. Cruzó varias calles, se detuvo delante de la tienda de deportes y prometió comprarse una buena equipación para comenzar a hacer ejercicio, primero andar y después correr, ya que decían que era muy bueno para regular la tensión y a él le había subido bastante en los últimos años.

(Continuará, digo yo)

Qué nos puede esperar tras la jubilación

Hace unas semanas Alberto del Mazo, uno de los editores del Colectivo Orienta, del cual formo parte, me invitó a colaborar con un artículo en el que orientadores que nos hubiéramos jubilado en los últimos meses o años explicáramos cómo había cambiado nuestra vida y qué consejos podíamos dar a aquellos que ven cercano el momento de su jubilación. Con el título Jubilarse no es dejar de orientar, cinco orientadores y orientadoras recién jubilados expresamos nuestras opiniones. Aquí os dejo mi aportación y os recomiendo, tanto si ya os habéis jubilado como si os falta poco, que leáis también las otras intervenciones.

Somos lo que hacemos

¿Qué nos espera a los orientadores y orientadoras tras la jubilación? La respuesta a esta pregunta creo que debe realizarse partiendo de la más genérica, ¿qué nos puede esperar tras la jubilación? Para contestarla, reproduzco una frase de Galeano que siempre he tenido presente “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Desde que nacemos, nuestra vida gira en torno a ejes muy concretos que nos van definiendo y conforman nuestra personalidad: familia, amigos, estudio, trabajo, ambiciones, aficiones … Y sobre todos ellos y sobre todo lo demás, presidiéndolo como un gran tirano, el tiempo, impasible y vigilante, que unas veces nos apremia y otras nos permite respirar con tranquilidad.

Si durante nuestra infancia, la juventud, la edad adulta, hemos ido haciendo y enriqueciéndonos, adaptándonos a la realidad o intentando modificar aquello que no nos gusta, es decir, hemos ido haciendo y haciéndonos, cambiando lo que hemos podido y cambiándonos sin dejar de ser lo que realmente somos, llegaremos a la jubilación en plenitud. Hasta el mismo día de la jubilación trabajé con ilusión y entusiasmo, poniendo todo el corazón en lo que hacía, creyendo que mi trabajo era el más importante. Con esa misma ilusión, con ese mismo entusiasmo me planteo la jubilación.

Seguiremos, como en edades anteriores, teniendo unos ejes de referencia; familia, amigos, ambiciones, aficiones. Podremos seguir teniendo ganas de estudiar o de trabajar, por supuesto. Y sobre todo, ganas de seguir aprendiendo. No he perdido nada de eso. Pero mis prioridades ahora son otras. Y vuelvo a hablar del tiempo, pero ya no como un tirano que me condicionaba, sino como aliado y cómplice. Sigo haciendo cosas, muchas cosas: leo y escribo más, sigo haciendo deporte, paso más tiempo con mi familia, mantengo el blog de orientación del Instituto y he creado otro blog más personal, colaboro esporádicamente en una ONG, viajo, aprendo cosas nuevas como la fotografía, a la que me estoy aficionando, paseo por mi ciudad y descubro rincones hasta ahora desconocidos. Pero todo de una manera más tranquila, sin agobios, sin crearme obligaciones, sin planificar, reflexionando y recreándome en lo que hago y en lo que podría hacer pero no hago porque no quiero. Ya no estoy pendiente del reloj; si no me da tiempo a hacer o terminar algo no pasa nada. Nada hay tan urgente que me impida saborear los pequeños placeres, disfrutarlos como pocas veces los he disfrutado.

Así que, para aquellos que ya ven cerca la jubilación y pueden estar preocupados sobre cómo gestionar su tiempo, vuelvo a la frase de Galeano y añado algo más: somos lo que hacemos para cambiar lo que somos y alcanzar la plenitud. Y esa plenitud se alcanza, como ya nos dijeron los filósofos griegos, con el ocio, con la ausencia de necesidad de estar ocupado. No tengáis remordimientos si os apetece dedicaros por un tiempo al dolce far niente. No hay mayor placer que saber que, si queremos, no haremos nada y, aun así, estaremos alcanzando la plenitud, porque lo haremos de manera libre y consciente. Pero también podéis crearos obligaciones, si queréis. Esa es la gran ventaja, la libertad de poder domar al tiempo.

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