Luisiño O Chosco

La mirada de Luisiño es la mirada de todos los niños que he conocido. Fue la primera mirada que me conmovió, que desarmó mis enfados de maestro inexperto y me enseñó a contemplar ese mundo que se abría ante mí, un mundo resumido en una clase con cuarenta y dos niños y niñas de siete años. No había nada más fuera de las cuatro paredes. Eran ochenta y tres ojos de todos los colores, azules, verdes, marrones, grises, negros que me miraban al principio con miedo y después con confianza. Y todos con la misma luz, con el mismo deseo de entender lo que ocurría dentro del mundo, dentro de la clase, ávidos de aprender, curiosos por naturaleza. Yo sólo tenía que leer alguna pequeña frase, dibujar una sola línea en la pizarra o quedarme callado durante unos segundos y entonces ocurría el milagro. Con los niños pequeños siempre ocurre lo mismo, sólo hay que cambiar algo, esperar el momento adecuado, callar cuando es preciso y hablar lo menos posible. Dejar que ellos se expresen, pregunten por cosas que no entienden y contestar, a veces, con otra pregunta. Un diálogo de preguntas. Maestro, ¿qué es el aire? ¿qué es el viento? Y no respondes, sino que devuelves la pregunta, ¿habéis visto una hoja moviéndose en el árbol?  ¿habéis visto volar a los pájaros? ¿Y moverse los barcos de vela en el mar? Y entonces, con la respuesta positiva, les hablas del aire y, si estás inspirado, recitas la poesía de Lorca, Mariposa del aire. La recitas despacio, Mariposa del aire/qué hermosa eres/mariposa del aire/dorada y verde.

Y los ochenta y tres ojos no se apartan, siguen mi paseo entre las mesas. Termino de leer y ellos, que no han dicho ni una palabra, están callados unos segundos esperando que yo siga. Me quedo al final de la clase y empiezo a dictar la poesía para que ellos la copien en sus cuadernos. Estoy de pie, al lado de Luisiño, que todavía no ha sacado la libreta ni el lápiz. Es siempre el último en hacerlo. Porque a Luisiño no le gusta escribir. Me lo dijo su abuela el primer día de clase: a Luisiño no le gusta escribir porque dice que tiene la letra muy grande y muy fea, como siempre le decía la maestra del curso pasado, menos mal que se jubiló, porque mi nieto no aprendió nada con ella.

Luisiño tiene un ojo vago y por eso el médico le ha puesto un parche en el ojo sano. Luisiño tiene unas pequeñas gafas de pasta porque también tiene un poco de miopía. Tendría que haber puesto a Luisiño en la primera fila desde el primer día, pero a él le gustaba estar al final, lejos de la pizarra y, sobre todo, lejos de los enfados del maestro. Porque Luisiño es el más revoltoso, el más inquieto, el más hablador, el que siempre está dando la lata. No le gustaba el colegio y sufría leyendo, escribiendo, haciendo cuentas. Pasó la primera semana y volví a decirle a Luisiño que se pusiera en la primera fila y esta vez aceptó. Yo le caigo bien porque hablo mucho con él durante el recreo y no le riño demasiado. Me hacen gracia sus expresiones, sus travesuras, aunque no puedo demostrárselo. Tiene un vocabulario muy rico, mucho más que sus compañeros de clase. Me extraña porque no le gusta leer y se lo pregunto a su abuela un día que vino a recogerlo. A Luisiño le gusta que yo le cuente cuentos, me dice, y que le lea historias y poesías. Y cuando recibe cartas de sus padres, que emigraron cuando él tenía cuatro años, a él le gusta encerrarse en su cuarto y leerlas a solas. El padre y la madre le cuentan lo que hacen en Suiza, en una ciudad que está al lado de un lago, con montañas cubiertas de nieve casi todo el año, con bosques más grandes que los de la aldea en la que nacieron sus padres y Luisiño. Es una pequeña aldea cerca de Carballo, pero decidieron venirse a Coruña y alquilar un piso en el Agra del Orzán para que el niño, que había nacido muy débil y con problemas en la vista, estuviera cerca de buenos médicos. Por eso decidieron emigrar y dejar al niño al cuidado de la abuela. Viven los dos solos. La abuela, una mujer de unos sesenta años, me contó un día que le pusieron Luis porque al padre le gustaba mucho el fútbol y admiraba a Luis Suárez, el mejor jugador, junto con Fran y Amancio, que ha dado el Deportivo.

A Luisiño los niños, con ese punto de crueldad que suelen tener de vez en cuando, empezaron a llamarle O Chosco, el tuerto en gallego, porque el médico le puso a Luisiño un parche en el ojo izquierdo y lleva con él ya tres años. Al principio se enfadaba mucho y no quería ir al colegio ni salir a la calle, le daba vergüenza, pero gracias a su abuela ahora está encantado y no se lo quiere quitar. Le contó historias de piratas con parche en el ojo que surcaban los mares en busca de tesoros y de aventuras, le contó la mitología de los Cíclopes y de Polifemo, el gigante con un solo ojo en la frente y todo ello le ayudó a admirar a personajes que eran capaces de ser más valientes, más fuertes y de ver más allá que las personas normales. Se sintió diferente, mejor que los niños normales que podían ver con los dos ojos. Tenía suerte, según me contó alguna vez mientras se comía el bocadillo que le había preparado su abuela.

La mirada transparente, distraída, muchas veces ausente, de Lusiño O Chosco, se iluminó un día, iluminó su ojo derecho, cerca ya del fin de curso, cuando las mañanas en el colegio están llenas de luz y de esperanza por la llegada de las vacaciones y las tardes son casi interminables. Yo les leí un poema de Gloria Fuertes titulado En mi cara redondita, que dice así:

En mi cara redondita

tengo ojos y nariz,

y también una boquita

para hablar y para reír.

Con mis ojos veo todo,

con la nariz hago achís,

con mi boca como como

palomitas de maíz.

Y después lo escribí en la pizarra. A todos les hizo mucha gracia, se rieron y disfrutaron con otras poesías de Gloria Fuertes, como La gallinita o El camello cojito. Nunca habían escuchado ni leído cosas parecidas. Les digo, entonces, tenéis que escribir una pequeña poesía sobre vosotros, parecida a la cara redondita, a ver qué se os ocurre.

No recuerdo cómo eran los poemitas que escribieron, aunque seguramente imitarían de manera descarada el que estaba en la pizarra. Sin embargo, el poema de Luisiño, que había mejorado mucho su escritura durante el curso, fue totalmente diferente y el más original, uno de los mejores que escribieron mis centenares de alumnos a lo largo de los años. Era mi primer año de maestro en una escuela que está frente a la casa de mis padres y leyendo el poema que escribió Luisiño comprendí que merecía la pena esa profesión, aunque sólo fuera por conseguir que mis alumnos llegaran a escribir cosas así y sentí que yo era parte de ese pequeño milagro. Repito que no recuerdo la poesía entera, que guardé durante muchos años, pero que se traspapeló y se perdió en los cambios de vivienda, o quizás esté escondida entre los papeles o en medio de alguna carpeta polvorienta que todavía conservo en el trastero. El comienzo decía así:

Yo soy un pirata y un gigante.

Pequeño de estatura, con un ojo grande.

Todo lo veo gracias a mi poder.

Si yo lo quiero nadie me ve.

En la hoja que me entregó Luisiño escribí al final una frase que tampoco se me ha olvidado: “El verso se hizo luz y habitó en tu mirada”. No sé si es la frase de algún poeta, si la había leído o escuchado alguna vez, pero me salió del alma

Una vez acabado el curso, ese mismo verano me fui a Córdoba a hacer el servicio militar y después ya comenzó mi periplo de maestro por Camariñas, Dos Hermanas, Montequinto. He tenido extraordinarios alumnos de los que todavía me acuerdo con cariño y con los que, gracias a las redes sociales, mantengo cierto contacto. Pero Luisiño O Chosco, al que hace más de cuarenta y cinco años que no veo, nunca dejará de estar en mi corazón.

Cíclope Pirata/ Pirate Cyclops | Karim Estefan | Flickr

¿La clase trabajadora se equivoca votando a la derecha?

“El voto obrero gira a la derecha en medio centenar de democracias”. Artículo de ABC publicado el 16 de mayo de este año.

El citado artículo empieza así: “Los obreros y las clases sociales más modestas hace años que dejaron de votar a los partidos de izquierdas, socialistas, comunistas, demócratas, populistas, para comenzar a votar de manera creciente a los partidos conservadores, muy conservadores, de extrema derecha y populistas. Esa es la conclusión de un estudio realizado en cincuenta democracias, analizando los datos electorales, entre 1948 y 2020, coordinado por un famoso economista de izquierdas, Thomas Piketty.” Este artículo, publicado en Le Monde, parece que ha pasado desapercibido o no ha sido analizado ni comprendido por los partidos de izquierdas, ya que siguen cometiendo los mismos errores que los han llevado, salvo pequeñas excepciones, a una irrelevancia en Europa perniciosa para los intereses de la clase trabajadora.

No pretendo ser ni convertirme en uno de esos expertos tertulianos que son capaces de pontificar y dar lecciones sobre cualquier tema de actualidad: un fuera de juego en el partido Francia-España, la lava del volcán Campo Viejo de La Palma, aconsejar a los especialistas sobre la pandemia de Covid-19 o escandalizarse o aplaudir la subida del salario mínimo interprofesional. Me admira su enorme preparación y su seguridad a la hora de dar opiniones sin dar muestras de la más mínima duda o vacilación. Se equivocan muchas veces, pero nunca se dan por aludidos ni se sonrojan ni reconocen sus errores. Y las cadenas de radio y televisión los siguen contratando y los espectadores y escuchantes asisten extasiados a sus conferencias y discursos. No pretendo ser uno de ellos, pero sí me gusta opinar y, como ya dije en alguna que otra ocasión, polemizar. Por eso me atrevo a escribir lo siguiente: el proyecto político de la izquierda está fracasando y los partidos políticos de la izquierda no son capaces de comprender ni analizar las causas que empujan a la clase obrera a votar a la derecha. Ni más ni menos. Me centraré en el caso de España.

La izquierda y muchos analistas políticos están de acuerdo en que las medidas que aplicó la derecha en la anterior crisis, que no vino provocada por una pandemia a nivel mundial sino por sus malas gestiones con los bancos, agrandaron la brecha entre ricos y pobres, asfixiaron a una enorme cantidad de trabajadores y empobrecieron a la clase media. Leí no hace mucho en Facebook una entrada que decía lo siguiente:

– ¿Habéis olvidado que nos bajaron la indemnización por despido de 45 días por año a 20 días por año?, ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

– ¿Habéis olvidado que nos subieron el IVA del 18% al 21%.? ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

– ¿Habéis olvidado que fomentaron la masificación de contratos basura? ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

– ¿No recordáis que nos impusieron el copago farmacéutico? ¿Qué hicisteis?: NADA. Tragar como borregos.

– ¿Recordáis que nos pusieron una penalización a las renovables? ¿Qué hicisteis?: NADA, tragar.

– ¿Habéis olvidado que sacaron la Ley mordaza? ¿ Qué hicisteis? NADA, a tragar.

– ¿Recordáis que nos redujeron las inversiones públicas en sanidad, educación e infraestructuras? ¿Qué hicisteis? NADA, tragar como borregos.

Dieron una amnistía fiscal a los evasores. ¿Qué hicisteis? NADA

– Basaron su modelo en las concesiones a empresas privadas con una perdida de calidad en los servicios (geriátricos, hospitales…). ¿Qué hicisteis? NADA, tragar.

– Rescataron a la banca y a las autopistas. ¿Qué hicisteis? : NADA.

Os acordáis que fueron condenados por corrupción? ¿Qué hicisteis? NADA.

– ¿Habéis olvidado que hicieron recaer todo el peso de la crisis sobre autónomos y las clases trabajadoras? ¿Qué hicisteis? No hiciste NADA .

– Y cuando permitieron los desahucios masivos… ¿Qué hicisteis? NADA.

– ¿Recordáis que regalaron 60 mil millones con nuestro dinero a los bancos…. ¿Qué hicisteis? NADA, tragar.

– No podéis haber olvidado que hicieron la mayor reforma laboral y pérdida de derechos de los trabajadores ¿y que hicisteis?: NADA, aguantar.

– Y podíamos seguir haciendo un rápido repaso de todo lo que al parecer “SE OS HA OLVIDADO”, como los fondos buitre, los aeropuertos valencianos, el Yak 42, el 11-M, la guerra de Irak con sus armas de destrucción masiva, o de cómo metieron la mano en la caja de las pensiones, o de las tarjetas black o de la plana mayor del PP enchironada, de los archivos de Bárcenas, etc., etc.,…Vamos que tendríamos temita para rato. ES TRISTE ESCUCHAR A UN OBRERO ¡ YO VOTO A LA DERECHA!….¡¡IDIOTA!! MAS QUE IDIOTA”.

Bien, aquí está la bronca que echa el sacerdote desde el púlpito a los que van a misa por no seguir a rajatabla los diez mandamientos o las filípicas de algún obrero a sus compañeros por no afiliarse a algún sindicato o no seguir las directrices del partido. Y así no se consigue nada, ni con insultos, ni con amenazas ni con desprecio. No se puede hacer ni decir lo mismo que Juan Barranco, exalcalde socialista de Madrid, en un mitin en las últimas elecciones madrileñas: No hay nada más tonto que un trabajador de derechas. Así le va a la izquierda, haciendo amigos, y así fueron los resultados en Madrid. Va a resultar que los votantes se equivocaron, votaron mal, como diría Vargas Llosa. Este tipo de frases son de un reduccionismo enorme, ya que se considera a los trabajadores y trabajadoras como un sujeto colectivo que, de forma unánime y al unísono, optan por una opción política conservadora, negando su capacidad de tomar decisiones y obrar en consecuencia. Con ese tipo de actitudes se simplifican los motivos por los que una persona se siente atraída por un partido de derechas o por la ultraderecha. Y supone e implica, también, una superioridad moral que impide a la izquierda reflexionar sobre lo que ha hecho mal.

Los que votan al PP o a Vox no forman un grupo homogéneo, movidos por la indignación o la repulsa hacia determinadas posturas de la izquierda (sintonía con el independentismo catalán o con la defensa del movimiento bolivariano, por poner algún ejemplo). Ni todos los que votan al PP o a Vox son fachas ni son estúpidos, ni xenófobos, ni homófobos ni franquistas. En las últimas elecciones generales consiguieron diez millones de votos y me niego a creer que haya tanto facha, tanto estúpido y tanta añoranza por la dictadura franquista en mi país. De hecho, soy amigo de personas que votan al PP y son demócratas, inteligentes y no pertenecen a la clase alta. Y, por supuesto, son capaces de explicar por qué votan a la derecha. Se estará de acuerdo o no con sus argumentos, pero en una democracia hay que respetar las decisiones a la hora de votar y de estar de acuerdo con tal o cual partido, faltaría más.

También encuentro un grave defecto en el discurso de la izquierda: el paternalismo y la falta de empatía para entender por qué hay personas de clase obrera que votan a la derecha, ya que todo lo reducen a lo dicho anteriormente, o son fachas o son estúpidos. No soy analista político, pero sí veo lo que pasa a mi alrededor y me informo y leo y escucho. Soy de izquierdas y por eso me duele escuchar algunos discursos simplistas que nada ayudan para atraer a los desencantados y a los cabreados con las políticas de la izquierda. Sé que es muy difícil gobernar en minoría, que los dos partidos que están en el poder se encuentran con enormes dificultades sobrevenidas, como es la pandemia, pero ayudaría bastante que los roces y las desavenencias no se airearan a golpe de twit o de declaraciones extemporáneas. Como suele decirse en el mundo del fútbol, los trapos sucios se lavan en el vestuario. Así que más reflexión, más análisis, menos insultos y más políticas sociales. Digan lo que digan, los ERTEs, la subida del SMI, el incremento del gasto en pensiones, sanidad y educación, la subida progresiva de impuestos, la planificación y la lucha contra la pandemia, etc., han mejorado o mejorarán la percepción de la ciudadanía hacia el gobierno. Todavía queda tiempo para demostrar que la socialdemocracia y el comunismo bolivariano e indigenista, que según algunos nos gobiernan, saben hacer las cosas bien. Y así, seguramente, muchos obreros quizás vuelvan a votar a la izquierda.

Las tres neuronas de un obrero de derechas | Wall Street International  Magazine

Ocio y negocio

Me ha costado trabajo, demasiado diría yo, ponerme delante de la pantalla y del teclado del ordenador. Más de un mes sin escribir y sólo dos o tres entradas en el blog durante el verano. Pero para eso están las vacaciones… Aunque ahora que me doy cuenta, yo ya no tengo vacaciones, sino que vivo dentro de las vacaciones, como en una maravillosa burbuja que me permite estirar el tiempo o comprimirlo a mi gusto. Cuando escucho a otras personas o en los medios de comunicación hablar sobre el puente del Pilar o de la Constitución, sobre las Navidades o la Semana Santa, de los millones de desplazamientos, de los aeropuertos y las estaciones de tren repletas (salvando el paréntesis de la pandemia, claro), respiro aliviado y recuerdo la ilusión y la alegría de los primeros días de descanso y la tristeza y la ansiedad de la incorporación al trabajo, la revisión del calendario para averiguar cuándo sería el próximo puente, las horas que faltaban para llegar al viernes por la noche y la angustia de las tardes de domingo pensando en el lunes. Claro que tenía otra edad y podía soportar mucho mejor el estrés y el agobio de trabajar fuera de casa, estudiar, preparar oposiciones, cuidar de los hijos y todo lo que conlleva tener una familia. Visto en la distancia, no sé cómo podía estirar y aprovechar tanto el tiempo.

Lo reconozco, prefiero el ocio al negocio. Ya lo decían los filósofos griegos y muchos otros que los siguieron: el fin del hombre es ser feliz y la base de la felicidad está en la capacidad para emplear debidamente el ocio. Lo malo es que la sociedad y la educación sólo te preparan para el neg-ocio, para el no-ocio, para el trabajo. Lo importante en la educación formal, es decir, en la escuela, en los institutos y en la universidad, y en la educación informal, o sea, la familia y la sociedad en general, es hacer neg-ocio, produciendo, vendiendo, comprando, negando el ocio. Y ahí está la gran contradicción, lo que quiere hacernos creer desde que tenemos uso de razón y expresó tan bien José Agustín Goytisolo y cantó Paco Ibáñez: “Me lo decía mi abuelito,/ me lo decía mi papá,/ me lo dijeron muchas veces/ y lo olvidaba muchas más./ Trabaja, niño, no te pienses/ que sin dinero vivirás./ Junta el esfuerzo y el ahorro,/ ábrete paso, ya verás/ cómo la vida te depara buenos momentos…”. Estamos instalados en la cultura del trabajo, donde se vive para trabajar, lo que significa que si no se trabaja produciendo se pierde el tiempo. Es decir, lo importante es el trabajo y el ocio es sólo un medio para reponer fuerzas y poder seguir trabajando. Leer un libro, pasear, escuchar música, jugar, hacer deporte, tocar la guitarra, charlar con los amigos, escribir por placer, no se hace como algo que tiene valor en sí mismo, sino como un medio para poder trabajar más y más.

Y en eso estamos educados y vivimos felices. Tener un buen trabajo, ganar mucho dinero, comprar casa, coche, viajar, buena ropa, consumir y consumir. “¡Es la economía, estúpido!”, célebre frase de un asesor de campaña de Bill Clinton. Y efectivamente, estamos instalados, queramos o no, en la rueda de la economía: estudiar para trabajar, trabajar para consumir, consumir más para trabajar más y así hasta que nos muramos, con pequeños intervalos para vacaciones, puentes y, al final, la jubilación, cuando las fuerzas y las ganas están en franco retroceso. Por eso jugamos a la primitiva y al euromillones, y soñamos con que nos toque el gordo de Navidad, aunque este último no da para vivir de las rentas. Vivir de las rentas, eso sí que es un buen negocio, o mejor dicho, el mejor ocio. La vida, hay que reconocerlo, es mucho más feliz si no tenemos que pelearnos con nuestro jefe o con nuestros empleados, si no tenemos la obligación de levantarnos todos los días a las siete de la mañana para llegar a la oficina, al tajo o a dar clase, como hice durante cuarenta años. Porque no me tocó la lotería, si no de qué.

Arbeit macht frei, el trabajo os hará libres. Ese letrero infame, colocado a la entrada del campo de exterminio de Auschwitz, era de un cinismo y de una crueldad inimaginables. Sin llegar a tanto, ni mucho menos, sigo pensando que esa frase sobre la libertad que da el trabajo fue inventada por un torturador de mentes y de cuerpos, un Torquemada de tomo y lomo. Lo que nos hace libres realmente es no tener que depender de nada para vivir. Ojalá fuéramos como esas aves del evangelio, que no siembran, ni siegan, ni recogen en granero, pero el padre celestial las alimenta.

El ocio, para los griegos, era un fin en sí mismo, el objetivo de una vida feliz, algo por lo que merece la pena luchar y lo que la humanidad debe alcanzar. Aristóteles ya apuntó la idea de que las máquinas hicieran el trabajo y que el hombre se dé al ocio. Avanzado que era el filósofo; lo malo es que en aquella época todavía no se habían inventado los robots, por lo que propuso que unos hombres se dedicaran a trabajar y otros se dedicaran al ocio. O sea, defendía la esclavitud para que los ciudadanos libres pudieran permanecer ociosos. Eso es algo que todavía pervive, dos mil quinientos años después: hoy muchos trabajan para que unos pocos disfruten del ocio. Aristóteles, visto desde nuestra perspectiva, no es políticamente correcto, pero hay que reconocer que dio en el clavo en muchas cosas y ayudó a pensar y a plantearse preguntas. A ver si los políticos toman nota.

¿Os he convencido? ¿Estáis de acuerdo en todo lo que he dicho sobre el ocio y el negocio? Me quedan muchas cosas en el tintero y podría seguir escribiendo sobre ello, sobre las diferentes visiones que romanos, católicos, protestantes y utópicos tenían sobre el ocio y el trabajo, sobre las bondades del ocio y la esclavitud del trabajo, pero…

¡TODO LO QUE HE DICHO ES MENTIRA!

MENTIRA

MENTIRA Y MENTIRA

Porque en estos momentos lo único que quiero y deseo es que mi hija Carmen, que se examina la próxima semana del último ejercicio de las oposiciones, las apruebe y trabaje, trabaje y trabaje. Y que mi hijo Santiago siga trabajando, trabajando y trabajando. Y que los millones de parados que hay en España, consigan trabajos dignos y bien pagados. Entre otras cosas porque si no, a ver quién me va a pagar la pensión. Pero me gusta crear el caos y entrar en contradicción conmigo mismo y discutir, que para eso está el ocio para, entre otras cosas, dedicarse a la discusión, que es una manera muy fácil y divertida de pasar el rato.

Termino. Muy pocos ciudadanos nacidos a partir de los años 80 conocen a Josep Tarradellas, que dijo una frase que ha quedado para la posteridad. Seguro que dijo muchas más, pero esta se lleva la palma: Ja sóc aquí, ya estoy aquí, traducido para los que no hablan catalán en la intimidad. Sí, amenazo con seguir escribiendo para esos poquitos que leen lo que se me ocurre. A ver si también continúo con la historia de mi familia, que la tengo muy abandonada.

El arte de no hacer nada

Don erre que erre, un ejemplo.

El cine de Sainz de Heredia no es, precisamente, un dechado de virtudes ni él es uno de mis directores favoritos. Comenzando por “Raza”, a comienzos de los años cuarenta, película a mayor gloria del fascismo español basado en una ¿novela? de Francisco Franco y continuando con las de destape de los años sesenta y setenta, hay en su filmografía alguna obra de mérito, hay que reconocerlo. Por ejemplo, “Historias de la radio” o “Los ojos dejan huellas”. Pero haber dirigido “Franco, ese hombre” o ser primo de José Antonio Primo de Rivera no ayudan, la verdad, a no ser que comas habitualmente en el Asador Guadalmina, de Marbella.

Esta tarde de domingo han repuesto por enésima vez “Don erre que erre”, una película graciosa, que se deja ver y sin grandes aspiraciones. Pero reconozco que a mí me gusta, sobre todo por reflejar muy bien, aunque sea quizás demasiado exagerada o con un exceso de caricatura, la lucha del individuo contra el sistema, contra aquello que considera una injusticia. El respeto al consumidor, al cliente, que el banco quiere pisotear, es contestado de manera tozuda y pertinaz por el protagonista, Paco Martínez Soria, un actor que tuvo grandes éxitos en la pantalla y admirado y querido, sobre todo en su tierra natal, Aragón. Al final de la película, David vence a Goliat. Lo malo es que en la vida real eso ocurre pocas veces. Bancos, compañías telefónicas, eléctricas, aseguradoras…, desconocen y pisotean nuestros derechos, saltándose la ley o, por lo menos, bordeándola o dejándola a un lado. Doy fe porque tengo, al menos, tres grandes ejemplos. Uno, el Banco de Santander, con la cláusula suelo de mi hipoteca: a pesar de tener resoluciones judiciales a mi favor, así como sentencias del Supremo y de la justicia europea, sigo empantanado en los juzgados porque el banco recurre y recurre y se niega a pagarme lo que me debe. Así llevo ya cerca de cuatro años. Dos, Vodafone, que me reclamó en su momento cuatrocientos euros por un servicio que no me prestó. También tuve una resolución en su momento del Ministerio de Industria y Telecomunicaciones y, a pesar de eso, me siguieron reclamando el dinero varios años más, haciéndome perder el tiempo de manera lamentable. Y tres, Iberdrola y Endesa, que me engañaron vilmente con la letra pequeña de sus contratos.

Bancos rescatados con el dinero del contribuyente y que no lo han devuelto ni devolverán, incrementando nuestra deuda y frenando la recuperación del país. Compañías eléctricas en cuyos consejos de administración se han sentado o se sientan presidentes de gobierno, ministros y secretarios de Estado que, en lugar de defender a los ciudadanos, apoyan a las empresas que controlan la generación, la distribución y la comercialización de la energía, llevando a cabo una política energética a medida de los intereses del oligopolio que domina el mercado eléctrico.

El último de los expolios, además del continuo incremento del precio de la luz, lo ocurrido con el desembalse de la poca agua que todavía quedaba en los sedientos pantanos de uno de los países más secos de Europa. Si los políticos tuvieran dignidad habrían presentado su dimisión hace ya tiempo. Pero me temo que ni la tienen ni la conocen.

Por eso, si en este país hubiera o hubiese muchos Don erre que erre, otro gallo nos cantaría.

Senderismo por Chelo

Hacía muchos años que no visitaba Chelo, un lugar, una fraga, área natural que bordea el río Mandeo, muy cerca de Betanzos. Cuando en muchas zonas de España los ríos bajan casi sin agua y los campos amarillean, Chelo parece que se aísla en el espacio y en el tiempo con una exuberancia que apabulla. Robles, chopos, fresnos, alisos, helechos, líquenes, se disputan, centímetro a centímetro,  las márgenes del río. En muchas zonas, los rayos del sol no llegan al suelo y la luz, irreal, se esconde entre tanto verdor.

Mis padres, mi hermano y yo solíamos ir en verano, primero en el 600 y después en el 850. Eran coches que podían recorrer sin dificultad el estrecho camino asfaltado que desciende hasta el Mandeo, por el que ahora, con vehículos bastante más voluminosos, hay que hacer auténticos juegos malabares cuando se cruzan dos coches. Si por casualidad te encuentras con algún camión de los que cargan troncos, hay que rezar a San Cristóbal.

Antes había un merendero en el que comprábamos las bebidas o tomábamos un café. La comida la preparaba mi madre con la clásica tortilla de patatas, filetes empanados, empanada de atún o similar. Mi hermano y yo pasábamos el día bañándonos en las heladas aguas, cerca de la represa que saltaban los salmones para remontar río arriba a desovar. Reconozco que nunca tuve la oportunidad de ver alguno, pero seguro que abundan, según cuentan las crónicas y los pescadores.

En la zona de la represa, la más cercana a los aparcamientos y donde la amplitud y profundidad permite bañarse y nadar con comodidad, hay también mesas y bancos, parrillas para hacer churrasco o sardiñadas. Mis padres preferían espacios más tranquilos y alejados del bullicio, aunque nosotros, unos niños todavía, buscábamos compañía para jugar y demostrar nuestra habilidad en el agua.

Años más tarde, ya adolescente, íbamos amigos y amigas a pasar el día, con tocadiscos portátiles y discos de Los Brincos, Los Beatles o Los Pekenikes. No me extraña que los salmones o las truchas se escondieran. Primeros amores, primeras ilusiones, primeras decepciones que no han dejado huellas ni cicatrices, aunque sí bonitos recuerdos.

De todo eso hablamos mi hermano Rafael y yo mientras recorríamos el sendero izquierdo del Mandeo. Yo llevé mi cámara réflex e intenté recoger tanta belleza, pero es imposible, todavía no domino el secreto de la luz, que se esconde y juega conmigo. Imágenes demasiado claras u oscuras. Sombras, reflejos en el agua, en los troncos de los árboles, en las húmedas hojas de los helechos o en el amarillo verdoso de los líquenes se escapan al objetivo, se me escapan. Pero retengo las imágenes en mi retina y el sonido del agua que salta veloz entre las rocas, entre las raíces sumergidas.

El sendero, un camino pedregoso e irregular en la orilla izquierda del río, invita a detenerse a menudo y contemplar el misterioso juego del agua que se precipita entre pequeñas cascadas y rápidos cuando el cauce se estrecha. Y de pronto, un remanso que incita al baño. La tarde, tibia, pero húmeda, nos hace sudar. Subidas y bajadas, muchas piedras, algún viejo eucalipto fuera de lugar, arroyos y cintas de agua que desembocan en el Mandeo y muchos árboles, muchos helechos. Hay que tener cuidado y pisar bien para no resbalar.

Dejamos a nuestra derecha un puente de hierro y poco más adelante aparecen los restos de un antiguo balneario, dos edificios que casi desaparecen entre la vegetación. Parecen ruinas mayas. Entre ambos, una pequeña fuente de agua sulfurosa, la que se utilizaba en el balneario para los males de la piel y del hígado. Un incendio, en los años cuarenta del siglo pasado, destrozó los edificios y nunca volvieron a funcionar. Dentro de la primera construcción, el sonido del agua y de los pájaros se amortigua, como si entráramos en otra dimensión, a años luz de cualquier lugar habitado o conocido. Nos detenemos unos minutos a descansar y decidimos regresar. Cuando llegamos al puente de hierro nos sentamos con las piernas colgando y, en silencio, contemplamos abortos todo lo que nos rodea. Aprovechamos para reponer líquidos con una bebida reconstituyente y con un poco de chocolate. Yo tengo una camiseta de manga corta y estoy sudando, casi empapado. Cruzamos el puente y regresamos por la otra orilla. Hasta el momento no nos hemos encontrado con nadie y podemos respirar con total libertad, sin mascarillas. Un lujo.

El camino es bastante más cómodo y ancho, apenas presenta dificultades y tardamos menos tiempo que a la ida. Aquí sí que nos cruzamos con otros senderistas y a veces tenemos que volver a taparnos la boca. En un determinado momento comprobamos que hay un desprendimiento de rocas que llega hasta el río causado, seguramente, por las abundantes lluvias del invierno. Hay árboles caídos, ramas y piedras que, por suerte, no han llegado a taponar el cauce.

Casi sin darnos cuenta llegamos al coche. Hora y media de caminata. Chelo nunca decepciona y sigue manteniendo el encanto de lo oculto, de lo misterioso y desconocido. Jamás me cansaré de recorrerlo.

Cuarenta años

El 4 de julio de 1981 Carmen y yo unimos nuestro futuro. Yo tenía veintiséis años y Carmen era un poco mayor. Tres años de noviazgo separados por mil kilómetros, sin teléfonos móviles, tiempos aquellos en que las llamadas semanales eran controladas por las telefonistas de Aroche y de Camariñas, cartas de novios que todavía conservamos, encuentros en vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. Si contamos los días, nos vimos poco más de cinco meses en esos tres años, es decir, ciento cincuenta días de noviazgo. Pero la distancia no fue un obstáculo y quiero creer que, quizás, nos unió más. Es mentira eso de que la distancia es el olvido. Y eso que, algunas veces, pasábamos el tiempo juntos enfadados y sin hablarnos, los típicos enfados de novios que sirven para comprobar hasta qué punto el amor es capaz de vencer las dificultades. Visto en la distancia, todavía no entiendo cómo conseguimos llegar al 4 de julio y unir nuestros destinos hasta ahora. Cuarenta años, que se dice pronto.

Cambié el azul del mar, el gris del cielo, la luz suave y el verde de campos y bosques de mi Galicia natal por el azul del cielo, la luz intensa y los campos de variados colores de Andalucía. Ya sabéis que no soy amigo de las palabras grandilocuentes, ni de esas frases pseudofilosóficas a lo Paulo Coelho que pretenden mostrar unas emociones y sentimientos que sólo los grandes y buenos escritores, sobre todo los poetas, son capaces de reflejar. Así que únicamente diré que el tiempo ha pasado deprisa, que cuando uno tiene veintiséis años no puede ni debe intentar adivinar cómo será cuarenta años después porque eso es una temeridad y, seguramente, se equivocará. Pero echando la vista atrás, no imagino un tiempo mejor ni más feliz que el que he pasado junto a Carmen y a mis dos hijos. En la balanza, el platillo de la felicidad y de los buenos momentos está lleno y pesa mucho más que el de las penas o las frustraciones. No todo el mundo puede decir lo mismo ni todos han tenido la misma suerte.

Cuarenta años de matrimonio dan para muchas anécdotas y momentos inolvidables, sobre todo el nacimiento de los hijos, los viajes, las celebraciones de todo tipo con la familia y los amigos. Y también los disgustos, la tristeza por la pérdida de seres queridos, las decepciones por no haber podido cumplir todos los deseos. Siempre hay que mirar por el retrovisor sin nostalgia, con agradecimiento por todo lo bueno recibido y sin olvidar lo malo, pero con la vista fija en el futuro con la fuerza y la ilusión que nos proporciona lo vivido en la mejor compañía.

Gracias por todo.

Fotografía

El pasado fin de semana realicé un curso de fotografía que mi mujer y mis hijos me regalaron por mi cumpleaños. Buscaron en Internet y encontraron a Seba, un fotógrafo profesional que, entre otras cosas, se dedica a enseñar fotografía digital en diferentes niveles. Mis compañeros de Instituto tuvieron la deferencia de preguntarme, cuando me jubilé, qué regalo me gustaría y yo, casi sin pensar, me decanté por una cámara fotográfica. Cuando llegó el ansiado momento de la despedida, me encontré con una cámara Nikon D5200. La ventaja de las cámaras reflex digitales es que pueden hacer fotos en modo automático y en la mayor parte de las ocasiones los resultados son buenos. Y siempre existe la posibilidad de retocar las fotos con programas como Photoshop o Lightroom.

El caso es que durante unos años usé la cámara en muchas ocasiones, viajes y eventos varios sobre todo. Pero llega un momento en que el desconocimiento de todas las posibilidades lleva al aburrimiento y dejé de llevar la cámara porque, entre otras cosas, los móviles tienen ya objetivos mejores y son más cómodas de llevar a cualquier parte. Así que cuando me encontré con el curso de fotografía, me alegré porque sabía que la cámara era buena, a mi me gusta hacer fotos y tenía la oportunidad de aprender a manejar la cámara.

Fueron tres días, viernes, sábado y domingo, trece horas en total, muy intensos. Seba, un joven francés nacido en Saint Tropez, en plena Costa Azul francesa, pero que ha encontrado en Sevilla su auténtico hogar, es un gran comunicador y enseña los secretos de la fotografía con pasión y de manera muy intuitiva, lo que se agradece mucho. El enfoque, la velocidad, la luz, la sensibilidad, la distancia focal, los botones de la cámara, todo en el modo manual, explicadas por Seba parecen cosas fáciles de aprender y de practicar. Eso es lo que más me gustó, la perfecta combinación entre teoría y práctica.

Pero, claro, una cosa es saber enfocar, calcular el ISO adecuado, la velocidad o la apertura correcta del diafragma, y otra muy diferente es sacar buenas fotos. Viendo las que hacía él y las que hice yo, la distancia es abismal. Las mías se podrían considerar correctas, con la luz adecuada y bien enfocadas, pero sin más. El artista hace otra cosa, es capaz de ver y de captar lo que otros no somos capaces de adivinar. Un ejemplo puede ser la foto que me hizo Seba el domingo por la mañana en el Parque de los Príncipes. Mi mujer y mis hijos dicen que esta foto me envejece, que al natural yo parezco más joven.

Sebaphotographer.com

Yo no estoy de acuerdo. La fotografía en blanco y negro recoge quizás con más fidelidad que el color el auténtico ser de las personas. Yo sí me reconozco aquí, un hombre de 66 años, tranquilo, que se ha dejado una pequeña perilla, no sé si por vanidad, por cambiar un poco la fisonomía o por dar un aire de seriedad a un rostro en el que los únicos rasgos destacados son una nariz prominente y una frente amplia, cada vez más amplia. La sonrisa, tímida, quizás porque esconde una dentadura irregular que siempre le ha causado cierta vergüenza y que le impide reirse a carcajadas. Le gusta mirar de frente porque no tiene nada que esconder, siempre siente curiosidad por los demás y sabe que la única manera de averiguar cómo son es mostrarse franco, tal como es, intentando que los otros hagan lo mismo. Por desgracia, en demasiadas ocasiones no es correspondido y sufre por ello. Aquí parece un reportero gráfico, con la cámara y el bolso en bandolera, uno de esos personajes que le gustaría haber sido, pero que la falta de valor, no la cobardía sino su manera de acomodarse a las circunstancias, le ha impedido llegar a ser.

La foto está tomada a una distancia media, lo que impide apreciar las arrugas que cada vez más van apareciendo en la frente y alrededor de los ojos. No son arrugas de sufrimiento porque en su vida, por suerte, no ha tenido experiencias demasiado desagradables, la muerte del padre es una de ellas, pero poco más. Tampoco se destacan las canas, que se esconden sutilmente. El monocromo suaviza los defectos, pero no oculta la edad. Ahora está de moda aparentar menos años, parecer más joven, mostrar siempre los aspectos más felices y esto, con las fotografías en blanco y negro es más complicado, por eso me gustan. En la vida suelen predominar los grises y son pocas las ocasiones, en las personas normales como yo, en las que sobresale lo extraordinario.

Aprovecharé este curso para intentar captar y comprender lo que me rodea, aprender a mirar lo simple y a desvelar lo oculto a la mirada. Sería una buena manera de convertirme, aunque soy consciente de las limitaciones, en algo parecido a un reportero gráfico de andar por casa. Quizás alguna vez me veais, cámara en mano, enfocando cualquier cosa, paseando por Sevilla o por cualquier otro lugar, despistado como siempre.

Día das Letras Galegas 2021

Hai moitos anos…
Hace muchos años, cuarenta para ser exacto, que no celebro en Galicia el Día das Letras Galegas. Por si no lo sabéis, cada 17 de mayo se homenajea a alguna personalidad destacada en el mundo literario gallego.
El 17 de mayo de 1863 se publicó el primer ejemplar de Cantares gallegos, de Rosalía de Castro, fecha que marca el “Rexurdimento”, el resurgimiento cultural gallego. 100 años después, en 1963, la Real Academia Galega comenzó a celebrar ese día, eligiendo, como era lógico, la figura de Rosalía de Castro, una de las más insignes escritoras gallegas y españolas.

Este año se ha elegido a Xela Arias, una escritora de la que, lo reconozco, apenas había oído hablar. Demasiados años alejado de Galicia y de la cultura que allí ha ido naciendo sin que yo echara cuenta. Mea culpa. Pero leyendo su biografía y alguno de sus escritos, no me cabe la menor duda de que es un homenaje muy merecido.

Muerta demasiado joven, a los 41 años, dejó, sin embargo, una obra transgresora, inconformista y comprometida con la lucha de la mujer y con todos los problemas de la sociedad gallega. Profesora, poeta, traductora, editora, en sus pocos años hizo muchas cosas y dejó una impronta que marcó a su generación y a las posteriores.

Dejo aquí una pequeña biografía, un poema en castellano y un vídeo con poemas en galego.

Día das Letras Galegas 2021: La poesía incómoda y renovadora de Xela Arias regresa del olvido | Cultura

Hoy me estoy abandonando de ti amor, de Xela Arias

Hoy me estoy abandonando de ti amor

Hoy me estoy abandonando de ti amor
estoy fuera en las higueras cargadas y las aguas de las nubes
pero no fui yo quien eligió partir
una nave extraña que me robó tu mano
me succionó la decisión

¡cómo parten mi amor las ramas en el río bajaban
escaleras de preguntas
como tu boca y mi boca se abrasan
atontando esta distancia que buscamos
aún no aún no podemos —arder
como frágil leña en los incendios
de las selvas las casas del mar como somos
dos caballos cuatro peces y un larguísimo aliso
tejiendo dibujos por el viento movido
esas hojas
el jugo de estas venas
es sangre de animal asesinado!

¡cómo parten mi amor los pájaros hacia el más allá!
tal vez golondrinas en los tejados posen hoy
la palabra que no digo pero cómo clavaron
los veleros arrastrados huyendo de la tormenta
cómo clavaron nuestros movimientos
secos —de un golpe— contra las paredes!
¿deserción móvil? mi amor porque te amo

Cumpleaños

Y bueno, pues,
Un día (un año) más
Que se va colando
De contrabando.

Y bueno, pues,
Adiós a ayer
Y cada uno
A lo que hay que hacer.

Joan Manuel Serrat. Canción infantil...

Gracias, hermano, por ser el segundo (los primeros fueron mis hijos y mi mujer ayer por la noche, pasadas las doce y finalizado el estado de alarma) en felicitarme con esta hermosa canción de Serrat. Un poema lleno de alegría y de esperanza. Y sigue la letra con estas palabras “Que hay que empezar un día más./Tire pa’lante que empujan atrás”. Uno de los que más empuja, porque tiene mucha fuerza y mucho optimismo y fe en la vida, es mi hijo Santiago, que hoy también cumple años. Él 32 y yo 66. Nos separan 34 cuatro años, mejor dicho, nos unen 34 años que hemos pasado juntos, desde que lo cogí por primera vez una tarde, cuando yo estaba viendo una etapa ciclista en la habitación, no recuerdo si del Giro o de la Vuelta. En aquella época no era normal que los padres asistiéramos a los partos y yo lo agradecía, porque seguramente hubiera tenido que salir mareado o me hubiera desmayado y en lugar de ayudar o acompañar sería un estorbo. Antes tampoco era frecuente que las mujeres asistieran a clases de parto acompañadas de sus maridos, así que la naturaleza y los médicos eran las únicas herramientas. A mi hija Carmen me la entregó el médico en mitad del pasillo, donde yo paseaba nervioso esperando noticias, una fría tarde de febrero. Envuelta en una mantita, apenas podía ver su rostro, porque era más pequeña de lo normal. Se había adelantado el parto y pesaba algo menos de dos kilos y medio. Durante unos minutos que se me hicieron eternos, paseé con ella en brazos intentando adivinar el misterio que tenía entre mis manos. Creo que ese misterio, como el de cualquier recién nacido, nunca somos capaces de entenderlo. Después llegó mi cuñada Pilar, nos fuimos a la habitación y todo se tranquilizó hasta que trajeron a mi mujer, despierta y casi como si no hubiera tenido a la niña hacía poco.

Esos treinta y cuatro años y los otros treinta y dos anteriores ya son historia y no se pueden cambiar. Por eso hay que vivir el presente. Yo ya estoy en la segunda mitad de mi vida y dicen que esta parte la vivimos recordando la primera. No estoy de acuerdo. Es bonito recordar los buenos momentos, sobre todo cuando se está en compañía y se han pasado juntos, o cuando una mala racha se supera aferrándose a los recuerdos para coger fuerzas, pero ya se sabe que en demasiadas ocasiones reproducimos las imágenes pasadas con excesiva benevolencia y olvidándonos de las emociones que nos provocan. Nadie nos asegura que aquello que recordamos sucedió realmente así, porque la memoria, ya se sabe, es frágil. Incluso, a veces, recordamos cosas que no han sucedido, que las hemos soñado o que nos las hemos inventado en determinado momento pero que, de tanto repetirlas, forman ya parte de nosotros mismos y las asumimos como realmente nuestras.

Lo importante es siempre el presente. Ni siquiera el futuro debe marcarnos o condicionarnos porque en demasiadas ocasiones lo que nos acontece no depende de nosotros. El destino, las revueltas del camino, son inexplicables, así que, como no somos adivinos, poco podemos hacer más que disfrutar de la vida cuando ésta nos lo permite y sobrellevar los malos momentos con actitud positiva. Ponemos las piedras y la argamasa, empleamos todas nuestras fuerzas y nuestra ilusión, pero una pandemia, por ejemplo, puede dar al traste con todo.

Hoy teníamos pensado ir a comer los cuatro a un restaurante como solemos hacer para celebrar el cumpleaños. Habíamos reservado una mesa en la terraza de un hotel con unas maravillosas vistas de Sevilla, pero como se anunciaba mal tiempo hemos decidido dejarlo para más adelante. Lo dicho, nosotros proponemos pero Dios, el destino, las circunstancias, el mal tiempo, llámesele como se quiera, disponen.

Hoy cumplo 66 años y mi hijo Santiago 32. Tenemos ambos toda una vida por delante.

5 de mayo. Jornada de reflexión

Las jornadas de reflexión antes del día de las votaciones siempre me han parecido una tontería. Nadie reflexiona nada, todos tienen ya decidido su voto y muy pocos dedican ese día a pensar sobre el sentido del voto al día siguiente. Como también me parece absurdo que no se puedan realizar ni publicar encuestas desde una semana antes de la fecha de la votación, como si eso pudiera influir algo. Las personas responsables, que han leído los programas, que han analizado qué han hecho en el gobierno y en la oposición los diferentes partidos, no dejándose cegar por los cantos de sirena y por las promesas de los candidatos, deciden su voto con mucha antelación. Otros tienen dudas razonables entre dos partidos con programas similares y esperan alguna señal que les ilumine a última hora, pero no dedican un día entero a pensar el sentido de su voto. Algunos hasta echarán una moneda al aire un poco antes de salir hacia la mesa electoral y se decantarán por una candidatura que, aunque no les convenza totalmente, es con seguridad mejor que otras según su punto de vista. Y por último, están los que votan “contra” un partido, y su papeleta irá a parar a aquel otro que le haga más daño al “enemigo”, como en la guerra y en el fútbol.

Por eso me gustan más la jornada o jornadas de reflexión una vez pasadas las elecciones. Porque es hora de analizar lo que ha ocurrido, por qué se ha votado de una u otra manera. No soy analista político y hoy televisiones y radios echarán humo con las tertulias post-5 de mayo. Pero me voy a atrever, como acabo de hacer en Facebook. Una cosa está clara: ha arrasado Ayuso. Y eso, aunque a muchos no les ha gustado, hay que decirles: es la democracia, amigos y amigas. Algunos han dicho que los madrileños y madrileñas se han equivocado y que les dan vergüenza los resultados. Y yo me pregunto: ¿se equivocan los votantes independentistas catalanes cuando sus partidos son mayoría? ¿Se equivocaron los andaluces votando durante casi cuarenta años a la izquierda? ¿Se equivocaron los españoles haciendo que partidos de izquierda gobiernen actualmente el país? La democracia es eso, cambiar votos y partidos según las necesidades, percepciones y resultados que ven los ciudadanos.

Espero alguna autocrítica por parte de PSOE y Podemos, que han perdido en todos sus feudos madrileños. No ha ganado Ayuso, ha perdido la izquierda, y por algo será. Los partidos socialistas europeos están casi todos desaparecidos porque no han sabido adaptarse a la nuevos tiempos. Espero que eso no le suceda al PSOE. A Iván Redondo, a Sánchez y a Tezanos tendrían que pedírsele responsabilidades. Al primero por diseñar una campaña nefasta, al segundo por dejarse convencer por un márketing artificial de despacho y al tercero por escribir la tontería de llamar tabernarios a los que votan al PP, además de manipular y equivocarse en las encuestas. Además, es incomprensible que un miembro del Comité Ejecutivo del PSOE sea nombrado presidente del CIS, un organismo que puede influir en la percepción de los ciudadanos sobre la situación real del país.

Pablo Iglesias y Podemos hace tiempo que se están equivocando. Demasiadas purgas internas, mucho amiguismo, mucha soberbia. Aunque no lo parezca, no han sabido conectar con los ciudadanos. Contradicciones aparte, que eso lo tienen todos los partidos, Podemos quiso en su momento dar el sorpasso al PSOE, pero no pudo o no supo. Y a partir de ahí, todo cuesta abajo. Que Vox haya ganado en votos y en escaños a Podemos parecía imposible, pero así ha sido. El caso de Andalucía es paradigmático y las mareas en Galicia también. Ha hecho bien Pablo Iglesias yéndose de la política, con mucha dignidad, por cierto (aunque algunos apuntan que Roures, el de Mediapro, ya le ha prometido un buen puesto y un mejor sueldo; veremos si es cierto o es otra mentira de la derecha; si fuera así, después de lo del chalet, acabaría con todo el prestigio de Pablo).

Ciudadanos ha desaparecido de la escena en Madrid y, al paso que va, desaparecerá también de España. Sigue el mismo camino que UPyD, del que ya casi nadie se acuerda. Lo que nació como un partido bisagra se convirtió en una muleta del PP. El desastre fue iniciado por Albert Rivera y continuado por Inés Arrimadas. El fiasco provocado por su pésima estrategia en Murcia y en Castilla León provocó el tsunami madrileño. Ayuso y el PP supongo que se lo agradecerán

El único partido que ha sabido conectar con la realidad madrileña (y espero que eso se traslade al resto de España) es Más Madrid. Dos buenos candidatos, Errejón y Mónica García, que han sabido fajarse con mucha dignidad con Ayuso y Monasterio. La izquierda tiene dos años para reflexionar y cambiar muchas cosas. Dejémonos de Redondos y de Tezanos y conectemos con los ciudadanos (perdonad el ripio, pero me ha salido así).

Breves -brevísimos en este caso- apuntes sobre los procesos electorales  (12): la anacrónica y analógica jornada de reflexión. | El derecho y el  revés