Mis lecturas de 2019

Resultado de imagen de leyendo un libro

Desde hace unos años, concretamente desde que estoy escribiendo este blog, se me ocurre hacer memoria de los libros leídos a lo largo de un año. Más que para presumir (de poco se puede presumir cuando el número de libros leídos en 52 semanas apenas alcanza la veintena), es para recordar, para tener claro qué libros no debo releer, cuáles me han gustado y qué lecturas apenas me han servido para pasar el tiempo. Reconozco que estoy demasiado pegado a las críticas literarias, que me dejo llevar con excesiva facilidad por las listas de los superventas y que le hago caso a los amigos que me aconsejan. Aunque yo no soy de los que abominan de los éxitos literarios, porque la lectura, entre otras cosas, sirve para divertirse, para fantasear, para vivir instantes que nunca se han vivido. Y, normalmente, los bestsellers suelen servir para eso. Casi nunca se releen porque poco nos han enseñado, pero sí nos han permitido disfrutar.

De todas formas, siempre me pasa lo mismo, cada vez se va haciendo más grande la lista de libros que debería leer o haber leído y se han quedado en las estanterías. Es imposible abarcar tal cantidad de publicaciones, así que no hay más remedio que seleccionar. Así que paso a recordar cuáles han sido mis lecturas del último (o penúltimo, según se mire) año de la década.

Sabotaje, de Arturo Pérez-Reverte. No lo pude evitar, tenía que leer la última novela de la saga que comenzó con Falcó y continuó con Eva. Quizás es la que menos me ha gustado, pero reconozco que los personajes y las situaciones, desde mi punto de vista, están bien definidos y traídos.

La hispanibundia, de Mauricio Wiesenthal. Curioso libro que nos analiza como españoles, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Una buena manera de conocernos y criticarnos.

Ordesa, de Manuel Vilas. Un libro muy valiente y muy bien escrito. Hace falta tener valor y honestidad para escribir sobre uno mismo y sobre la propia familia, sobre todo el padre y la madre. Me gustaría saber escribir como Manuel Vilas y poder hacer algo parecido con los míos.

El rey recibe, de Eduardo Mendoza. Uno de mis escritores favoritos, pero no es el libro que más me ha gustado de él. No llegué a empatizar ni con los personajes ni con la escritura.

El profeta, de Gibran Khalil Gibrán. Lo había leído cuando era un adolescente y no me acordaba bien, así que decidí releerlo. Será un clásico, pero a mí no me terminan de convencer sus recetas ni sus consejos. Demasiado metafórico, para mi gusto.

La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Tres libros en uno, autobiográficos. Quizás sea uno de los libros que más me ha gustado en los últimos años. Describe como nadie la España de principios y mediados del siglo XX, la vida miserable en Madrid, las guerras de África, la Guerra Civil española. Lectura imprescindible y un gran desconocido.

Las palabras rotas, de Luis García Montero. Sólo había leído artículos y algún poema, pero Las palabras rotas me ha enganchado. No es de lectura fácil, lo reconozco. La defensa de las palabras, de las ideas que han ido perdiendo su sentido porque han sido manoseadas y manipuladas es encomiable.

Yo, Julia, de Santiago Posteguillo. Aunque prefiero la trilogía de Escipión, este libro no desmerece. De todas formas, sigo teniendo la impresión de que Posteguillo simpatiza con unos personajes, a los que mima, y odia a otros, a los que destroza.

Crímenes exquisitos, de Vicente Garrido. Novela negra, demasiado larga para mi gusto. Pero como se desarrolla fundamentalmente en Coruña, mi ciudad, y me ha descubierto a los pintores prerrafaelitas, lo apruebo. Creo que se podría hacer una buena película o, mejor, una serie, que engancharía a la gente.

Con todas las de perder, de Víctor Jiménez. Víctor fue compañero mío en el Colegio Gustavo Adolfo Bécquer. Es uno de los mejores poetas sevillanos actuales. Ciento doce soleares componen este pequeño libro, que recoge recuerdos de la infancia, añoranza de la juventud perdida, de la madre que se fue, de la muerte. La sencillez hecha hondura.

Lolita, de Vladimir Nabokov. Había visto la película, pero el libro me ha sorprendido. Es uno de los mejores que he leído este año, junto con La forja de un rebelde. Tal y como están las cosas en la actualidad, Vox no hubiera permitido su publicación. La relación entre un adulto obsesionado y su hijastra de doce o trece años está descrita con bastante contención, pero no deja de ser perturbadora. No me extraña que muchas editoriales se negaran a publicarla en su momento.

Los libros siguientes habían quedado en la mochila, en lugares ocultos de la memoria y del olvido que, de alguna forma, regresaron y tuvieron que ser leídos. Todos ellos me gustaron y forman parte ya de mi bagaje.

La agonía de Francia, de Manuel Chaves Nogales.

La condena y El Proceso, de Frank Kafka.

Wlliam Wilson, de Edgar Allan Poe.

El alquimista y otros relatos, de H.P. Lovecraft.

El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle.

La casa en el confín de la Tierra, de William Hope Hodgson

Con la suerte en los tacones

Imagen relacionada

Cuando terminó de ver el último capítulo de la última temporada de la serie que le había tenido pegado al sillón en los cinco últimos años, el vacío se apoderó de X. Aquel jueves por la noche, una hora antes de que la melodía de violín, piano y guitarra española que tan bien conocía sonara en los cascos conectados al sistema de cine en casa que se había regalado las pasadas navidades, mientras las letras rojas y blancas del título y de los protagonistas bailaban en la pantalla, se había preparado un menú acorde con la ocasión: una lata de sardinillas gallegas en aceite de oliva, un tomate rajado con sal, un par de rodajas de lomo, unas cuñas de queso curado de oveja, un poco de pan y una botella de buen vino de Navarra enfriada en la vinoteca ubicada al lado del televisor. Nunca cenaba tanto, apenas un yogur o un vaso de leche y un poco de embutido, pero hoy era un día especial, el fin de una era, de una época fundamental en su vida. Ya nada volvería a ser lo mismo y quizás ya nada tendría sentido a partir de ahora.

Había temido ese momento, sabía que iba a llegar y se había estado preparando durante los últimos meses. Los jueves por la noche nada le había impedido asistir a un derroche de imaginación, misterio, tensión, terror e ironía como nunca había creído que una serie podría alcanzar. Pero todo tiene un principio y un fin. La eternidad sólo existe en la mente de algunos filósofos y en las creencias religiosas. Y él no era ni filósofo ni creyente, así que siempre había sabido que el final iba a llegar.

El capítulo transcurrió por los derroteros que se había imaginado. Algunos de los personajes secundarios a los que le había tomado cariño fueron desapareciendo, muriendo a manos del ser maligno que lo había aterrorizado desde la segunda temporada. El cerco se iba cerrando cada vez más. Parecía imposible encontrar una salida a tanta desgracia y con tantos problemas que se habían ido acumulando. El clímax y el frenesí se alcanzaron en los últimos minutos. El Bien y el Mal frente a frente, por fin, como tiene que ser. En el fondo sabía que los buenos casi siempre ganan, pero ese punto de incertidumbre que rodea a todo lo que es ficción le hacía dudar. ¿Y si al final los guionistas decidían que los dos protagonistas, Él y Ella, cayeran al Abismo en medio de una vorágine de dolor, odio y sufrimiento? ¿Y si resultaba que todo había sido un sueño del Doctor? ¿Y si la Tierra Prometida no existía y la lucha y el esfuerzo de tantos años no servían para nada? No quería imaginárselo, pero más de una vez había sufrido decepciones con otras series y un punto de duda siempre le atormentaba. Pero no, al final todo ocurrió como tenía que suceder y la mezcla de alivio por un final tan brillante, y de congoja por no poder esperar una nueva temporada, se mezclaron. Dejó que la conocida melodía se fuera apagando poco a poco mientras los títulos de crédito iban pasando lentamente por la pantalla de abajo arriba, hasta que un fundido en negro y la música chillona de un anuncio lo sacó de su ensimismamiento y lo trajo a la realidad de su vacío interior.

Apagó el televisor, encendió la luz de la lámpara de la mesita situada al lado del sillón y miró a su alrededor, ligeramente aturdido y con las últimas imágenes de la pantalla en su cabeza. Vio las paredes llenas de reproducciones de cuadros y de fotos, de estanterías con libros, el equipo de música, el espejo, la mesa del comedor. No tenía ganas de acostarse, pero tampoco quería leer ni escuchar música, así que llevó los restos de la cena a la cocina y decidió dar un paseo. En el mes de julio las madrugadas de la pequeña ciudad castellana son frescas e invitan a deambular por calles tenuemente iluminadas, tranquilas y solitarias, sin ruido de coches, con apenas algún transeúnte que fuma tranquilamente un cigarro o pasea a su perro. Le gustaban los sonidos amortiguados de la noche, los ladridos lejanos, las conversaciones a media voz o, mejor, el silencio a secas, ese silencio que sólo se puede percibir en la oscuridad de la meseta castellana o en los pequeños y escondidos valles de su Galicia natal.

Cuando salió a la calle pasaban unos minutos de las dos de la mañana. Cuatro o cinco personas andaban como sonámbulas por las aceras, perdidas en sus pensamientos. Estaba convencido de que a todas ellas les pasaba lo mismo que a él, necesitaban poner en orden sus ideas, digerir lo que habían visto y sentido en las últimas horas. La serie había sido un auténtico fenómeno social del que todo el mundo hablaba y que servía para llenar páginas enteras de los periódicos y horas en la televisión. Sus compañeros de trabajo también estaban enganchados y seguramente mañana se dedicarían a comentar el final, que no por previsible, dejaba de ser original.

Cruzó a la otra acera por un paso de peatones y comprobó que delante de él una mujer joven, algo más joven que él, con un vestido de color verde claro con flores amarillas, estaba hablando por su móvil y paseaba llevando su misma dirección. Se fue detrás de ella casi sin darse cuenta, siguiendo unos tacones blancos que le llamaron la atención y que sonaban apagados en la noche. Tenía una bonita figura, no muy alta y una melena morena que le llegaba a los hombros. No podía verle la cara, aunque se la imaginó guapa y quiso acompasar su paso y seguirla, sin saber bien por qué. Ella seguía hablando, pero en voz tan baja que no podía saber de qué iba la conversación. Se dio cuenta de que se estaba acercando demasiado, así que se detuvo un momento y dejó que se alejase, no quería dar una impresión equivocada.

Después de unos segundos, en los que aprovechó para encender un cigarrillo y mirar la hora en su reloj, siguió de lejos a la muchacha. Como la avenida era larga, volvió a cambiar de acera y la siguió sin perderla de vista. No dejaba de hablar por el móvil, riéndose de vez en cuando. Volvió a fijarse en los tacones blancos, altísimos. Siempre le había parecido un misterio y le había fascinado la capacidad y la habilidad de las mujeres para mantener el equilibrio elevadas sobre sus talones con unas piezas delgadas como agujas. Y aquellos tacones eran unas agujas finísimas. Una caída desde esa altura podía ser un grave problema.

Ella cambió de acera, después de mirar a un lado y a otro de la avenida y fijarse durante un instante en el único ser que en ese momento estaba a la vista, él. No debió sentir ningún temor pues cuando terminó de cruzar con un paso que a él le pareció más lento que el que llevaba con anterioridad, quedaron casi a la misma altura. Era realmente bonita, sí y con una voz muy agradable, que sonaba clara y risueña en el silencio de la noche. Como se había imaginado, estaba hablando con una amiga sobre los detalles de la serie, aunque también comentaba algo sobre una compañera de piso a la que no le gustaba y que le parecía cosa de niños. Él seguía pendiente de su paso, de sus tacones, de las piernas, del movimiento de sus caderas, de sus tacones blancos… En ese momento el tacón izquierdo se introdujo en un pequeño agujero de la acera y la muchacha torció el tobillo, balanceándose peligrosamente y emitiendo un pequeño grito, mezcla de dolor y susto. Antes de que cayera al suelo, él se precipitó a recogerla en sus brazos. No calculó bien el gesto y los dos rodaron por la acera. Durante un momento, que a él le parecieron horas, sus rostros permanecieron pegados. Él se levantó primero, con un rápido y ágil movimiento y la ayudó a levantarse. A ella le costó un poco más, pues el tacón se había roto y desprendido por la parte que se unía al talón, y el tobillo le dolía un poco, según le comentó cuando se pudo poner en pie.

Después de agradecerle la ayuda y dedicarle una sonrisa que le iluminó la cara, dirigió su mirada al suelo y dijo que había perdido su móvil en la caída. Los dos lo buscaron y a los pocos segundos él lo vio al lado de uno de los árboles que estaban plantados en la acera. Cuando se agachó a recogerlo comprobó que la pantalla se había roto y que estaba inutilizado. Se lo entregó y ella, de forma casi inaudible, aunque pudo entenderla perfectamente, masculló una frase poco elegante, una imprecación que a él le sorprendió. Inmediatamente se dio cuenta de lo que había dicho y se disculpó diciendo que el móvil era un regalo que le había hecho hacía poco su padre y no recordaba si estaba asegurado. Él le quitó importancia, era lógico que se enfadara pues era un buen móvil. También recogió y le entregó el tacón roto y el zapato que, al igual que el móvil, estaba totalmente inservible. Ella se quitó el otro zapato, se despidió de él dándole la mano, una mano suave pero que apretaba con firmeza y comenzó a andar descalza. Pero al segundo paso tuvo que detenerse, pues el tobillo le dolía al apoyar el pie en el suelo. Él acudió nuevamente, la sujetó por el codo y le dijo que si quería llamar a un taxi, pero ella se negó, ya que su casa estaba bastante cerca.

Él dudó apenas un segundo. No es que fuera demasiado tímido, pero con las mujeres siempre le pasaba lo mismo, le costaba entender sus reacciones y le daba una mezcla de miedo y vergüenza relacionarse con aquellas que no conocía. Sin embargo, esta vez presintió que se habían dado unas circunstancias extraordinarias, como si el destino hubiera puesto en su camino a aquella muchacha y los dados tirados al azar hubieran sacado su número. Así que se ofreció a acompañarla, si a ella no le importaba.

Había pasado poco más de media hora desde que había salido a pasear. La luna llena y las farolas iluminaban la avenida de manera que se podía vislumbrar cualquier detalle, sobre todo si estaba cerca, con total nitidez. Ella lo miró a los ojos, primero con seriedad y después con una sonrisa que se fue dibujando poco a poco en su bonito rostro y con naturalidad se cogió del brazo de él, le entregó el zapato y el tacón roto para que lo tirara en la primera papelera que viera y comenzaron a andar despacio. Al principio apenas hablaron, pero ella sacó la conversación sobre el final de la serie que había visto en casa de unos amigos, donde habían quedado para verla juntos. Ese fue el comienzo de todo.

Cuando llegaron a una esquina, él tiró el zapato roto en una papelera, pero se guardó el tacón en el bolsillo de su pantalón. Era su tacón de la suerte.

Navidad blanca, negra Navidad

Resultado de imagen de navidad en la cárcel

Pasar la Navidad en la cárcel no era mi primera opción, por supuesto. Aquellos que me conocéis sabéis que no soy malo, que no tengo mal corazón. Diréis que soy huraño, seco, poco sociable, antipático, pero nunca le he hecho, mejor dicho, nunca le había hecho daño a nadie. Sin embargo, a veces la vida te sorprende y te pone en situaciones ante las cuales no sabes cómo reaccionar y actúas de manera que nunca hubieras imaginado. Uno puede llegar al final de su vida sin saber realmente si es cobarde, valiente o violento porque no se han dado las circunstancias precisas.

¿Qué mejor época para entrar en la cárcel que la Navidad? Como ya sabéis, y si no lo sabéis os lo digo ahora, estoy en contra, me repele, tengo animadversión, a todo lo que rodea a una celebración que me parece de lo más hipócrita y excesiva. Las luces, la alegría fingida, los regalos obligatorios (sobre todo esa aberración del “amigo invisible”), las comidas en grupo, los villancicos, los belenes… Y qué decir de Papá Noel y de los Reyes Magos. Cuando los veo me entra como un sarpullido, un rechazo que no consigo evitar. Por eso, desde hace treinta años, la mitad de mi vida, cojo las vacaciones en estas fechas y me alejo lo más posible de una sociedad que parece vivir de espaldas a los problemas reales o que quiere aparcarlos durante unos días o aparentar felicidad. Al final es eso, la apariencia, el engaño. Por eso se envían fotos de lo bien que se pasa en las comidas, en los viajes, con la familia, con los amigos. Como yo no tengo familia ni amigos, me libro de toda esta hipocresía. Y no los tengo porque lo decidí en su momento, cuando la vida me dio un buen revolcón y tuve que tomar la decisión de alejarme lo más posible de los demás. No del todo, porque, al final, siempre se depende de un trabajo, de un médico, de un banco, de un técnico que arregle aquello que se estropea. Sí, amigos, queramos o no, vivimos en sociedad.

Así que me subo al avión y me voy a la Patagonia, al sur de África, a Turquía o a cualquier país donde no se celebre la navidad, por ejemplo, un país musulmán que no esté en guerra o en el que me puedan poner una bomba o secuestrarme, aunque cada vez quedan menos. Me desconecto de Internet y me adentro en selvas, desiertos, lugares inhóspitos y aislados. Es mi forma de protestar contra todo lo que nos han ido metiendo en la cabeza desde que somos niños. Hay que reír sin ganas, hablar sin tener nada que decir, alegrarse porque tenemos que estar alegres. Todo es falso, pero como estamos inmersos en un mundo en el que nada es lo que parece, la navidad es, precisamente, el paradigma de la hipocresía.

Hace diez años me tocó el gordo de la lotería de navidad. Y dio la casualidad de que fue en el único número del que llevaba dos décimos. Suelo jugar uno con los compañeros de trabajo. A veces compro también en la cafetería donde desayuno los domingos. Por seguir la tradición de la que fue mi familia y que ya no lo es por decisión propia, también compro un décimo en la Puerta del Sol. Ese es otro de los fastidios que tienen estas fechas, las costumbres de las que es muy difícil alejarse o desprenderse. Quiera o no quiera, a pesar de que soy una persona solitaria y alejada de todos los tics habituales, me resulta imposible evitar comprar lotería en navidad. Lo he intentado, pero debe ser tan difícil como dejar de fumar o de beber, porque no hay manera de que, llegado el momento, me niegue a comprar la lotería del trabajo o deje de ir a la Puerta del Sol a comprar el décimo.

Esa vez, recuerdo que era un sábado de diciembre por la mañana, pasé delante de una administración de loterías en Bravo Murillo. Yo vivía cerca, en un pequeño piso alquilado de la calle Lérida, una calle tranquila dentro de una de las zonas más populosas y populares de Madrid. El día era muy frío. Había amanecido la típica mañana madrileña de cielo azul intenso y ligero viento de la sierra de Guadarrama que cortaba la respiración y enrojecía la nariz, las orejas y las manos. Antes de salir del portal me abotoné bien el tabardo, me coloqué los guantes y me enrollé la bufanda alrededor del cuello. No podía permitirme coger un resfriado, pues los últimos días en la oficina eran realmente importantes, ya que se ultimaban muchos acuerdos y se cerraban los balances de todo el año. Reconozco que soy raro, pero también muy responsable en mi trabajo.

Como todos los fines de semana me dirigí a Cuatro Caminos por Bravo Murillo. Muchos comercios todavía estaban cerrados y había pocas personas y escasos coches por la calle. Compré el periódico en un kiosco sin entablar conversación con el kiosquero, que siempre lo intenta, pero al que nunca sigo la corriente, entré en la cafetería, pedí mi tradicional chocolate con churros de diciembre, cosa que no suelo hacer el resto del año, que me limito a desayunar café con leche y una tostada con aceite y, durante una hora me fui enterando de las noticias y comprobando que la cafetería y la calle se iban animando. El camarero me comentó que sólo quedaban dos décimos del número que se jugaba este año, que era muy bonito, que terminaba en 13 y que seguro tocaba. Lo miré muy serio y negué con la cabeza.

Terminé alrededor de las diez de la mañana y, remoloneando y mirando los escaparates de las tiendas que ya estaban abriendo, llegué a la altura de una administración de loterías. Nunca había entrado allí. En la puerta había un mendigo pidiendo limosna. En realidad, más que pedir, avanzaba con timidez, como avergonzándose, su mano derecha, que apenas sobresalía de una gastada chaqueta de cuadros. De manera excepcional, ya que no me gusta dar dinero por caridad, que para eso están los impuestos que le pago al Estado y al Ayuntamiento, que tienen muy buenos albergues y ayudas para estas personas, le di un par de euros que llevaba sueltos en el bolsillo del tabardo, la vuelta de lo que había desayunado en la cafetería. El mendigo, un anciano vestido con ropas humildes pero limpias, encorvado, enjuto y con una barba blanca que le llegaba a la mitad del pecho, tenía una gran dignidad en su figura y en su rostro, muy moreno, surcado de arrugas. Miró con extrañeza y asombro lo que yo le había dado y me dijo con un susurro “Muchas gracias, caballero. Va a tener suerte con el número que compre; si termina en 4, seguro que le toca”. Tenía pensado pasar de largo, pero estas palabras me extrañaron e intrigaron. Lo saludé con una pequeña inclinación de cabeza, entré y le pedí a la lotera que me diera un décimo del 78.294, que era uno de los que estaban colocados en la ventanilla.

Cuando salí, el mendigo volvió a darme las gracias y a desearme suerte. Pasaron los días, que siguieron siendo fríos y claros, con mucho trabajo en la oficina, situada en un edificio de Santa Engracia, al que puedo ir andando desde mi casa. Cuando llegó el día del sorteo, un martes, los compañeros de trabajo tenían puesta la radio con el sonsonete de los niños de San Ildefonso. Ese sonido también me molesta, los comentarios absurdos de los periodistas que retransmiten el sorteo, los lugares comunes, las entrevistas a los agraciados, las celebraciones con cava… Tener que aguantar eso todos los años y los sempiternos y alternativos comentarios de que lo importante es la salud, desgraciado en el juego, afortunado en amores, el dinero no da la felicidad y otras lindezas semejantes. Nunca se me ocurriría emitir frases tan simples. Me limito a quedarme sentado en mi mesa, a rellenar los formularios, escribir los informes y cuadrar los balances. Por eso puedo irme casi siempre a mi hora mientras que los demás no tienen más remedio que quedarse bastante más tiempo para terminar su trabajo.

Mientras estábamos haciendo un descanso para tomar el café de media mañana (en ese descanso es cuando únicamente comparto un poco de tiempo con mis compañeros), se oyó un grito al fondo de la sala “¡ha salido el gordo, ha salido el gordo!”. Todos salieron precipitadamente de la salita donde tenemos la máquina del café, menos yo, claro, que permanecí sentado. Al poco rato regresó una de las secretarias, que había dejado su café a medio terminar, diciendo que el primer premio había terminado en 4 y que, como siempre, no había tocado en el número que jugaba la empresa. Un poco más tarde llegó el jefe de seguridad, comentando que había tocado en una administración que estaba cerca, en Bravo Murillo. Reconozco que me dio un pequeño vuelco el corazón. Todavía no sabía cuál era el número agraciado, pero algo me decía que mis décimos, que tenía guardados en una pequeña caja de mi dormitorio, eran los premiados. Como es lógico, no mostré ningún nerviosismo, no dije nada ni participé en las charlas de mis compañeros de trabajo. Sin saber cómo, fui capaz de terminar los objetivos del día y a las tres en punto me despedí de todos, que se quedaron sentados para terminar lo que no habían hecho durante la jornada.

Sin apresurarme salí del edificio, pasé delante de las instalaciones del Canal de Isabel II, subí por Santa Engracia hasta llegar a Cuatro Caminos y me adentré en Bravo Murillo. A esas horas había mucha gente en bares y cafeterías, y a medida que me iba acercando a la administración de lotería pude comprobar que delante había una pequeña multitud y varias furgonetas de televisión. En la acera, delante del local donde había comprado los décimos, cuatro o cinco periodistas entrevistaban a algunas personas a las que le había tocado el gordo, la dueña había abierto una botella de cava y un gran cartel informaba de que el número 78.294, el gordo, había caído allí. Cambié de acera, giré por la calle de La Coruña hasta llegar a mi calle y subí despacio, saboreando el momento. Abrí la puerta, llegué hasta la habitación y levanté la tapa de la caja donde había guardado la lotería. Efectivamente, tenía dos décimos del Gordo. En mis manos, temblando, 600.000 euros. Me senté en el sillón de la sala, encendí la televisión y cerré los ojos mientras escuchaba de fondo las noticias y los reportajes sobre los premios de la lotería. Fueron unas horas que pasaron sin darme cuenta. Creo que me quedé dormido y cuando abrí los ojos ya era noche cerrada. Entonces fue cuando empecé a darme cuenta exacta de lo que me había ocurrido y reflexioné sobre lo que haría en los próximos días como entrevistarme con el director del banco para ingresar los décimos y estudiar cómo invertir el dinero, con el compromiso de que mantuviera el secreto, iniciar la búsqueda discreta de un pequeño apartamento en el barrio de Chamberí, imaginar los lugares que podría visitar en los próximos años, algunas compras… Lo más importante era continuar durante varios meses con mis rutinas, para evitar que nadie sospechara lo que me había ocurrido.

Lo primero que hice fue ordenar el equipaje del tradicional viaje de fin de año. Ya había comprado un viaje organizado a Nairobi, en Kenia, a una de las reservas nacionales de ese país, en el Parque Nacional Amboseli, desde el que pude contemplar el Kilimanjaro y hacer excursiones guiadas. Fue una semana realmente apasionante en la que observé especies de animales y plantas que sólo había visto en documentales de National Geographic. Tomé muchas notas y realicé cientos de fotografías que tengo organizadas en varios archivos en el ordenador. Como seguramente tendré mucho tiempo libre y estaré aislado muchas horas, espero que me dejen trabajar en mi celda. Lo malo es que la “circunstancia”, cual espada de Damocles, está siempre presente y no me dejará finalizar los proyectos que tengo en la cabeza.

Y así fue durante diez años, trabajando, planificando, viajando. Seguí yendo al trabajo puntualmente, sin cambiar ni un ápice mi forma de ser ni de comportarme con los demás, siempre solo, siempre callado y esquivo, sin permitir que nada ni nadie modificara mis costumbres. El único cambio, pero que a nadie le extrañó porque pocos se enteraron, fue que me apunté a un gimnasio cerca del piso al que asistía tres o cuatro veces por semana. Cinta, body combat, pesas y remo me permitían mantenerme en forma. Nunca más volví a comprar lotería en la administración donde me tocó, porque nunca más volví a ver al mendigo cuyo susurro me cambió la vida. Hoy estoy en la cárcel escribiendo estas hojas, con mucho dinero en el banco y orgulloso de lo que ha sucedido en ese tiempo, sobre todo de lo que ocurrió hace un par de días. Veamos.

A comienzos de este año fui nombrado presidente de la comunidad. Como ya comenté, cuando me tocó la lotería estuve viendo apartamentos en calles no muy alejadas de mi trabajo, máximo media hora andando. Después de varios meses recorriendo la zona, viendo pisos nuevos y usados, entrevistándome con muchos vendedores y leyendo anuncios en la prensa, me fijé en un edificio de cinco plantas, con sólo diez viviendas, que habían reformado y estaban a punto de entregar en la calle de Viriato, una calle más bulliciosa que la calle Lérida, pero no tan ruidosa como las grandes avenidas de Chamberí. En los carteles se anunciaba la venta pisos y apartamentos de 1, 2 y 3 dormitorios desde 200.000 euros con trastero y plaza de garaje, una ganga. Estábamos en plena crisis y había que aprovechar el momento. Me acerqué a la oficina de ventas, mostré interés por un apartamento de dos dormitorios en la última planta y después de una semana en la que negocié con el vendedor las condiciones, entregué una pequeña entrada, firmé el contrato de compraventa y me entregaron las llaves a finales de junio, precisamente el día que anunciaron la muerte de Michael Jackson, uno de mis cantantes preferidos. No era una buena señal, como pude comprobar años después. Empecé a ver y comprar muebles que fui instalando poco a poco, a dar de alta la luz y el gas, a comprar lámparas y cuadros… o sea, todo lo que hay que hacer cuando uno se compra un piso nuevo. Cuando llegaron las vacaciones de verano, sin comentar nada con mis compañeros de trabajo que nunca se enteraron de lo que me había pasado, cancelé el contrato de la calle Lérida y me instalé en mi nuevo apartamento. Es una vivienda muy luminosa, con un salón amplio, dos dormitorios, una pequeña cocina y una terraza en la que he instalado una mesita y una silla donde me siento en las noches de verano. Predominan los colores claros de los muebles y de las paredes. Yo no es que sea precisamente un cascabel o una persona optimista y alegre. Se podría pensar, dado mi carácter huraño y mi gusto por la soledad, que me irían mejor los colores oscuros y ocres, la música, los muebles y los cuadros clásicos; pero no, prefiero los muebles funcionales, la música de jazz y de rock y colores blancos o estridentes. Soy pura contradicción, lo reconozco. Me pongo nervioso en reuniones de pocas personas, en las que me pueden dirigir la palabra o mirarme abiertamente, pero me encuentro a gusto entre la multitud, en las aglomeraciones, porque ahí paso desapercibido, soy totalmente anónimo, nadie me ve y no tengo que aguantar conversaciones insulsas o miradas escrutadoras. Es la mejor manera de estar solo.

Fui uno de los primeros propietarios que se instaló en el edificio. Poco a poco fueron llegando los vecinos, una pareja madura, profesores seguramente a punto de jubilarse y una pareja de lesbianas ya talluditas que habían tenido un hijo por inseminación artificial (se llevaron un gran disgusto cuando supieron el sexo de su hijo) en el primero, un médico, soltero, separado o viudo, nunca lo supe, y su madre, una señora de unos ochenta años pero que se conservaba muy bien, que compraron dos viviendas en el segundo y cada uno vivía en la suya, y un matrimonio con dos hijos adolescentes en el cuarto. Hasta finales de año, las viviendas, dos por planta, se fueron ocupando con personajes muy diferentes: un actor poco conocido, que salía esporádicamente en series de televisión, y un agente comercial soltero que pasaba grandes temporadas fuera de Madrid, pero que siempre que se quedaba algún tiempo en el piso venía con una mujer diferentes. Las dos viviendas restantes eran de alquiler y por ellas fueron pasando inquilinos muy diversos, estudiantes, profesores, vendedores ambulantes, parejas jóvenes, abogados. No es que tuviera demasiado interés en saber sus nombres o sus profesiones, pero la madre del médico, que estaba siempre sola y salía a hacer la compra o daba pequeños paseos por el barrio con una amiga, hacía todo lo posible por encontrarse con los vecinos y trataba de enterarse de sus vidas. Por supuesto, a mí, en estos diez años me sacó poco más que mi nombre y dónde trabajaba. Pero siempre que me la encontraba en el portal o en el ascensor, me contaba pormenores de todos los que vivían en el bloque.

Soy alérgico a las reuniones de vecinos. No sé cómo a la gente le gusta, cómo hay personas que harían lo posible por presidir una comunidad durante toda su vida. En este caso no entiendo eso de la erótica del poder. En la calle Lérida, como inquilino, no asistí a ninguna reunión porque había pocas personas y ya comenté que no me gusta que me observen o me interpelen, pero es que, además, me importaba muy poco lo que se pudiera decidir en ellas. La propietaria de la vivienda sí asistía de vez en cuando y si me afectaba alguna cosa, como podía ser la subida de la cuota, me lo comunicaba por carta. Sin embargo, como propietario, decidí asistir a la primera reunión de la calle de Viriato, que se celebró en la oficina de ventas situada en el bajo y que todavía no se había convertido, como ocurrió unos años después, en una tienda de artículos deportivos. Esa reunión fue convocada por la Promotora y en ella, como suele ser habitual en estos casos, se constituyó la comunidad de propietarios, se decidió cómo se realizaría el nombramiento de presidente, se le autorizó a abrir una cuenta corriente, se acordó completar la provisión de fondos que tenía la Promotora, etc. Se llegó al acuerdo de que el nombramiento se realizaría por un año, comenzando por el 1º A y el resto se nombraría de manera correlativa hasta llegar al último piso, el 5º B, que era el mío. Yo tardaría diez años en ser presidente, lo que me supuso un gran alivio, porque en todo ese tiempo podría evitar reunirme con los vecinos. Ya me iría inventando excusas.

Desde esa primera reunión pude comprobar cómo transcurriría mi vida en el edificio. Los del primero, los profesores y las lesbianas, una morena y una rubia, como en la zarzuela, congeniaron nada más conocerse y se hicieron grandes amigos, llegando incluso a hacer viajes juntos. El médico y su madre también asistieron, ella, que seguramente lo hizo para estar al corriente de todo, presentarse y relacionarse con los vecinos, fue la que más habló y la que hizo más propuestas para “adecentar” la entrada del portal que, según su opinión, era excesivamente austera. Que si unas plantas, que si cuadros, que si espejos… Pero todos nos negamos en redondo, sobre todo el representante de la Promotora, ya que era todavía pronto para realizar gastos extraordinarios. Nos explicó con cifras que nos pasó en una hoja, los principales conceptos en los que se iba a gastar el dinero y presentó una propuesta de presupuestos, con los ingresos y gastos corrientes. El presidente realizó una serie de planteamientos razonables y demostró que tenía experiencia en dirigir reuniones, adquirida seguramente en los claustros de profesores. Como es lógico, yo hablé muy poco, y tampoco intervinieron el actor, el médico y el matrimonio. El agente comercial no asistió, seguramente porque estaba de viaje.

Finalizada la reunión, se propuso tomar una cerveza en un bar cercano, pero yo me excusé aduciendo que no me gustaba beber. Quería dejar clara desde un primer momento mi postura. Pasó el tiempo y la rutina volvió a adueñarse de mi vida. Trabajo, lectura, viajes, café y tostada los domingos, chocolate con churros en diciembre, poco contacto con los vecinos, conversaciones insulsas en el ascensor, hola, adiós, qué frío hace, dicen que mañana hará más calor que hoy. La madre del médico adoptó un perro para que le hiciera compañía, pero se murió a los pocos meses de una enfermedad del riñón y no volvió a querer más animales en su casa. El niño de la pareja de lesbianas se convirtió en un adolescente callado y estudioso, mientras que los adolescentes del cuarto empezaron a dar la lata con fiestas los fines de semana, cuando sus padres los pasaban en un pueblo de la sierra. Tuvimos que llamarles la atención un par de veces, pero no hicieron caso hasta que se llamó a la policía local. Hubo bronca en esa casa y parece que ahora todo está más tranquilo. Los del primero se hicieron prácticamente con el poder de las decisiones de la comunidad. Les gustaba el protagonismo, demostrar que eran personas preocupadas por el bienestar de los vecinos y en todas las reuniones, a las que casi nunca asistía, pero de las que me enteraba por las actas que introducían en los buzones, se aprobaban propuestas imaginativas sobre limpieza, decoración del portal, ahorro de energía, etc. Yo me limitaba a asistir cada dos o tres años a una de las asambleas, pero seguí sin participar en las discusiones ni aportar ideas.

Así fue transcurriendo el tiempo hasta que hace ahora un año, casi de forma simultánea, ocurrieron dos cosas que son las que provocaron mi reciente entrada en la cárcel. Primero, el ascensor y después, mi “circunstancia” personal. A los recalcitrantes vecinos del primero no se les ocurrió otra cosa que negarse a pagar la misma cantidad que el resto de los vecinos para el mantenimiento del ascensor, con el razonamiento de que ellos nunca lo usaban porque les gustaba hacer ejercicio. Profesores y lesbianas hicieron piña y propusieron calcular el gasto en función de la planta en la que viviera cada vecino, es decir, los de la quinta planta pagarían cinco veces más por ese concepto que los de la primera. Como yo no asistí a la reunión en la que se realizó esa propuesta, fue la madre del médico la que tuvo una excusa para subir a mi piso y durante diez minutos, en la puerta, ya que yo no la invité a que entrara y cotilleara allí dentro, me explicó lo que había pasado en la reunión. La verdad es que a mí me daba igual, pero como ya le había cogido una cierta animadversión a esos impertinentes vecinos, le di la razón y firmé la propuesta de reunión para la segunda quincena de febrero de este año, precisamente la primera asamblea vecinal que yo presidiría, donde se tomaría definitivamente la decisión sobre el ascensor.

Tres semanas antes de la reunión me dieron el resultado de lo que he denominado “la circunstancia”. No me detendré demasiado en ella, ya que una de las cosas que más me molestan es el drama, el morbo, la autoflagelación. Sólo diré que en la revisión médica anual que hacemos en la empresa, después de una serie de pruebas y análisis me detectaron una de esas enfermedades raras que desembocaría, de manera indefectible, en mi desaparición de este mundo a más tardar en tres o cuatro años. La verdad es que me lo tomé con bastante filosofía. Nunca me había detenido a pensar en la muerte, pero ahora que me la habían pronosticado con tanta crudeza, casi me hice su amigo. Hablaba con ella como si fuera mi compañera de piso, mi confidente. Cuando me miraba en el espejo contemplaba una expresión obstinada, decidida, dura, pero no de luchador contra el destino, sino la misma que podría tener la parca ante las súplicas de aquellos que no quieren abandonar la vida cuando les toca. Y entonces le hablaba, me hablaba como nunca lo había hecho antes, con una franqueza que me asustaba. Todas las mañanas y todas las noches me plantaba ante mi reflejo y comenzaba a preguntarle, a preguntarme sobre temas trascendentales o sobre trivialidades. Desde “¿Qué hay al otro lado, por qué eres tan injusta y voluble o por qué te cebas con los más débiles y oprimidos? hasta ¿quién mató a Kennedy o cuándo se acabará el mundo? Las respuestas eran siempre silenciosas porque desde el primer momento el espejo me dijo que las palabras eran inútiles, que estaban sobrevaloradas, que siempre se aprende más de un silencio que de una frase. Pero sí me advirtió de que tuviera cuidado con las cosas que ocurrirían antes de finalizar 2019.

Mi primera reunión como presidente fue un desastre. No había preparado nada, no me había leído la Ley de Propiedad Horizontal, que es, según parece, como la Constitución para los que viven en una comunidad de vecinos. Una vez leída el acta anterior, comenzó de inmediato la discusión sobre el ascensor. Los del primero se hicieron fuertes, leyeron artículos de esa Ley, aportaron documentos de otras comunidades, sentencias judiciales y amenazaron con llevar a los vecinos a juicio si no se aprobaba su propuesta. Se negarían a pagar las cuotas, pondrían carteles en las ventanas protestando contra la injusticia que se estaba llevando a cabo en nuestro edificio, dejarían de colaborar y dejarían de hablarnos (como si eso me importara). Fue una de las pocas veces que se discutió acaloradamente y que intervinieron todos. Se gritó, se llegó al insulto y se denegó, como era lógico, la propuesta. A partir de ese momento se enrarecieron las relaciones. Las cuatro últimas plantas hicimos piña y los del primero se enrocaron. Fue una época aciaga para mí porque los vecinos querían que yo, como presidente, tomara decisiones drásticas. Casi todos los días la madre del médico venía a hablar conmigo, se hacía la encontradiza en el ascensor o en el portal y sacaba a colación el tema de la denuncia en el juzgado. No se podía consentir que los del primero colgaran carteles en los balcones del tipo “En este edificio no hay libertad”, “Exigimos soluciones, ya” o “Los vecinos nos roban”. Que dos propietarios, una minoría, quisieran imponerse a una mayoría razonable como nosotros era inadmisible. Ninguna de sus amigas tenía ese problema y yo, que era el presidente, tenía que solucionarlo. Era lo que me faltaba. Un asocial como yo intentando mediar entre dos partes irreconciliables. ¿A qué me recordaba esta situación?

En los años anteriores nunca se había estropeado el ascensor, pero, qué casualidad, a lo largo de 2019 se ha averiado siete u ocho veces: que si exceso de peso y se bloquea, que aparecen los botones hundidos o quemados, que una puerta cierra mal. A la tercera o cuarta vez, la empresa de mantenimiento canceló el contrato y tuvimos que contratar con otra empresa, pero volvió a ocurrir lo mismo. Todos sabíamos que era un sabotaje, pero fue imposible demostrarlo. Así que llegó la última reunión del año, hace cuatro días. Los ánimos estaban bastante exaltados entre los afectados, sobre todo teniendo en cuenta las sonrisas maliciosas y los comentarios irónicos de los del primero.

Hacía varios meses que estaba tomando una medicación bastante fuerte, con unos efectos secundarios evidentes, como cambios de humor, accesos de violencia, somnolencia o falta de apetito, entre otros síntomas. Mis compañeros de trabajo notaron los cambios, pero como yo no compartía mis problemas con nadie actuaban como si no ocurriera nada. En el edificio, la única que se dio cuenta de que algo me pasaba fue la madre del médico. Un día me preguntó qué me ocurría, pero yo le respondí de una manera tan abrupta que nunca más volvió a intentarlo. Y llegó el día de la reunión, la última de mi mandato, que voy a contar sin demasiados pormenores, porque mi abogada me aconseja que procure evitar los detalles incriminatorios. De todas formas, como ya me da igual todo, sí explicaré los hechos tal y como ocurrieron.

La reunión comenzó a las ocho y media de la noche, en el portal. La madre del médico, de la que me parece que todavía no he dicho su nombre, Herminia, se había encargado de adornarlo un poco, como hacía todos los años, con un árbol de navidad en una esquina y un pequeño belén en otra, acompañado de unos detalles consistentes en estrellas, guirnaldas y luces led en las plantas, cuadros y espejos que habían ido decorando a lo largo de los años la entrada. Aquello parecía un escaparate de El Corte Inglés, pero todo el mundo, como siempre, la felicitó efusivamente. Todos menos yo, como es lógico conociendo mi aversión a esta y a otras festividades.

Fui uno de los primeros en bajar y poco a poco fueron llegando los demás vecinos, que se saludaban cordialmente y hablaban en voz baja sobre la forma de intentar solucionar las desavenencias y los problemas que últimamente se estaban produciendo. Aunque nadie lo había dicho abiertamente, yo notaba que, de alguna manera, me culpaban por no haber sabido encauzar bien la situación. Ni caso. Los últimos en llegar, como me imaginaba, fueron los díscolos propietarios de la primera planta. Saludaron de forma seria y di comienzo a la reunión. Después de la lectura del acta de la sesión anterior, expuse, de manera sucinta, los problemas de convivencia que habían surgido a raíz de la propuesta de los vecinos del primero, las sospechosas averías del ascensor, las provocadoras pancartas que acusaban injustificadamente de falta de libertad o de acoso, e intenté ofrecer una solución intermedia, incrementando ligeramente la cuota de los vecinos del segundo al quinto y disminuyendo proporcionalmente las del primero. En otra época yo hubiera preferido soluciones más drásticas, como denunciar a los rebeldes, pero todo me daba igual. O eso creía.

Cuando terminé de hablar comenzaron las protestas y los gritos. Nadie estaba de acuerdo. Unos me llamaban traidor, desleal y cobarde y otros, pusilánime y términos mucho más ofensivos que no reproduciré. Los del primero apenas intervinieron, pero en sus rostros advertí una sonrisa de desprecio y de triunfo que me hirió mucho más que los insultos. Si hay algo que no puedo soportar es la prepotencia, la chulería, el desprecio. En mi interior fue creciendo una ira y una rabia que me ahogaban. En un primer momento intenté poner orden, pero nadie me hacía caso. Los afectados por la propuesta de subida amenazaban a los otros, que apenas se inmutaban y permanecían impertérritos y sonrientes.

Entonces algo en mi interior estalló como la erupción de un volcán y aprovechando que todos estaban exaltados e inmersos en la discusión, sin hacerme demasiado caso, me planté delante del profesor, que ya estaba jubilado, aunque no era demasiado mayor, le di un enorme puñetazo en el rostro y a continuación le golpeé en la cabeza con una de las macetas que estaban a su lado. Actué de una manera controlada y calculada, como me decía el profesor de body combat y seguí sacudiendo al indefenso profesor que yacía inconsciente y sangrando abundantemente. En un primer momento ninguno pudo ni supo oponerse a lo que yo estaba haciendo pues nadie esperaba una reacción tan violenta. Pero al cabo de unos segundos todos se abalanzaron sobre mí y me sujetaron, a pesar de que yo me resistí y comencé a golpear a diestro y siniestro, pero sin emitir ningún sonido. Los únicos que gritaban, aullaban, gemían o sollozaban eran los demás. Fuera, en la calle, se empezó a formar un corro de curiosos y al poco tiempo escuché una sirena de la policía. El profesor estaba tumbado, con el rostro lleno de heridas, uno de los ojos totalmente hinchado, una enorme brecha en la frente, la nariz rota, una oreja colgando. Lo que había hecho en tan poco tiempo me tenía asombrado. El médico intentaba reanimarlo y limpiaba y tapaba las heridas con gasas y algodón que la madre había ido a buscar a su casa, lo que había aprovechado para llamar a una ambulancia. Creí que lo había matado, pero el médico dijo que, a pesar de la violencia de los golpes, ninguno había sido mortal. Todo había ocurrido en unos minutos que yo había vivido a cámara lenta, como flotando en una nube roja de ira y odio incontenibles.

Cuando una pareja de policías entró en el portal, la mujer del profesor estaba sentada en la escalera, sollozando y las lesbianas intentaban golpearme con pies y manos, aunque los demás se lo impedían. Yo ya estaba bastante calmado, aunque el actor y alguien más que no recuerdo me sujetaban los brazos. Los policías preguntaron qué había pasado y cuando se hicieron una idea, me esposaron sin que yo ofreciera resistencia alguna y tomaron los datos de todos los que habían asistido a la reunión. En ese momento llegó una ambulancia y después de hablar con el médico y cerciorarse de que las heridas no revestían excesiva gravedad, se llevaron al profesor hasta el hospital más cercano.

Era ya muy tarde y la policía me llevó hasta las dependencias de la Comisaría de la Policía Nacional que está en la calle Rafael Calvo y allí me metieron en un calabozo. Pasé la noche tumbado en un catre y al día siguiente, después de preguntarme por qué había actuado de una manera tan violenta, me llevaron al juzgado de guardia. A la vista de lo que había ocurrido, de la gravedad de las lesiones del profesor, de los informes policiales y de las respuestas tan concisas que di, la jueza decidió ingresarme provisionalmente en la cárcel, desde la que estoy escribiendo estas páginas. Me acusan de intento de homicidio. Con un poco de suerte, podría haber sido homicidio a secas. Si hubiera tenido unos segundo más, el profesor no hubiera vuelto a sonreír.

Hoy es 24 de diciembre. Esta noche creo que nos van a dar una cena especial. No sé por qué el Estado tiene que gastarse tanto dinero en alimentar a unos indeseables como yo. Y yo soy de los mejores, según he podido comprobar en el poco tiempo que llevo aquí. Si todo sigue su curso, espero no tener que celebrar la próxima navidad, sea por mis “circunstancias” o por mi condena. Estar aquí, en la cárcel, es una bendición, son todo ventajas. Tenía que haberlo pensado antes.

Queridos Melchor y Gaspar Black Friday

Dos cosas. Primero, no me olvido de Baltasar, no. Me cae simpático, suele ser el preferido de los niños y también de mi familia, pero tiene cada vez más complicada la cosa esa de atravesar el Mediterráneo si no vas en crucero o en un yate de superlujo. Salvini ya no está en Italia, aunque ahora Berlusconi, que es incombustible, se ha sacado de la manga, como buen prestidigitador que es, la idea de crear un ejército europeo que reciba a cañonazos a aquellos que se atrevan a asomar la cabeza de manera ilegal a la vieja Europa. Como a Italia no tenéis que ir, que allí os hace la competencia la buena y anciana bruja Befana, no tendréis problema.  Pero aquí ha llegado Vox, que tampoco es moco de pavo. Y en este momento es cuando, para seguir con la tradición iniciada por mi hijo Santiago de añadir expresiones de este tipo para así alargar los textos y tener que romperse menos la cabeza, viene la explicación del origen de esta expresión tan castellana:

Se emplea la expresión “no es moco de pavo” para indicar que algo tiene más valor o trascendencia de la que parece. Habitualmente se utiliza para hacer hincapié en el valor de algo que otra persona no tiene en cuenta.

Se dice que el origen de este modismo proviene de la España del siglo XVI, cuando era común y extendido el uso de relojes de bolsillo, que los rufianes se dedicaban a robar. Para robarlos más fácilmente, los ladrones separaban la esfera del reloj de la cadena a la que iban sujetos, que estaba a su vez fijada a un botón en las ropas de sus víctimas. La cadena quedaba entonces colgando, pero sin reloj. Estos ladrones llamaban “pavo” a sus víctimas, siendo el “moco” la cadena sin valor que dejaban colgando de sus ropas, haciendo alusión a la membrana flácida que posee el mencionado animal sobre su pico. Una vez robado, la cadena era “moco de pavo”, es decir, algo que colgaba sin valor. De ahí que cuando se dice que algo “no es moco de pavo”, quiere decir que no se trata de algo sin valor, sino de algo importante (explicación sacada del periódico Las Provincias).

Segundo. Lo del apellido Black Friday es por el tema de la crisis que se avecina y que, según todos los astrólogos y comentaristas políticos de la Cope, Okdiario, PeriodistaDigital y similares, está a la vuelta de la esquina. Sobre todo, si Pedro y Pablo consiguen formar gobierno con el apoyo de independentistas y demás ralea, según los mencionados diarios, y los Eres de Andalucía no lo impiden. Así que habrá que aprovechar que nos hemos vuelto locos con estos inventos americanos, pero que, si sirven para ahorrar, bienvenidos sean. A vosotros os vendrá bien, ya que la realeza está de capa caída (aquí no me extenderé en explicar de dónde viene esta expresión también muy castiza, porque proviene de la tauromaquia y a mí, la verdad sea dicha, no me atrae ese llamado arte), véase si no el annus horribilis de la casa real inglesa, y tendréis que ahorrar para la jubilación que, según se pronostica, cada vez será más precaria.

OS RECUERDO que el tema político lo lleváis muy mal, a pesar de que hace tiempo que os lo pido: seguimos igual, yo diría peor, que hace un año. Ni más gobierno ni menos independentismo y, por supuesto, mucho más Vox. Así que me dirigiré en este tema a la Bruja Befana, a San Nicolás o a Papá Noel (no, a este no, que es de la Coca-Cola). Por si acaso esta vez  queréis trabajar en ese tema sólo os pido una cosa: que no haya nuevas elecciones, por favor. Porque si no, Vox será el partido más votado y Abascal el nuevo presidente. Así que no os arriendo las ganancias: sois inmigrantes que venís de Asia, pasáis por África y cruzáis el estrecho en compañía de un negro. Milagro sería que Abascal no se uniera con Berlusconi y os fusilaran ipso facto, sin juicio ni nada.

Por tanto, pediré lo de siempre: salud, mucho amor y buenos trabajos para mis hijos, aunque Santiago no se puede quejar, así que a él dejadlo estar como está en lo del trabajo y presentadle a una muchacha que le convenga; a Carmen, lo de siempre, que tampoco ayudáis demasiado en este tema: o le buscáis un novio que la quiera mucho, rico, joven y guapo (si no puede ser todo, por lo menos las dos primera características), que apruebe las oposiciones y un buen trabajo (esto último seguramente vendría aparejado con lo de las oposiciones, pero si hay una alternativa mejor, no lo dudéis, un buen trabajo, que le guste, se gane mucho y sea de por vida).

Para mí, lo de siempre: libros para leer y una buena librería donde colocarlos, que ya apenas tengo sitio. Libros que me gustaría leer: el ganador y el finalista del Premio Planeta, o sea, Terra Alta, de Javier Cercas y Alegría, de Manuel Vilas. Son dos de los escritores actuales que más me gustan. Tampoco me importaría el último de Dolores Redondo, La cara norte del corazón, que es la precuela de la trilogía del Baztán que tanto me gustó, o Malaherba, de Manuel Jabois. Pero creo que son muchos libros, así que habrá que dejar alguno para el santo, el cumpleaños o el día del libro.

Me despido con un deseo que hago extensivo a todo el mundo: sed felices, aunque vosotros lo tenéis fácil porque siempre es más feliz quien hace feliz a los demás.

Resultado de imagen de reyes magos y black friday

Tempestades

En el año 1977 pasé de la disciplina, el desasosiego y el tiempo tirado y perdido en la mili, al trabajo en Camariñas. De una gran ciudad monumental y luminosa como Sevilla, a un pequeño pueblo acostado en una ensenada y escondido en una ría, en plena Costa da Morte. De las mañanas en una oficina rodeado de soldados y oficiales, tecleando en una máquina de escribir absurdos oficios, dando clases de lengua, matemáticas o historia a un teniente para que aprobara el examen que le permitiría ascender a capitán, a mañanas rodeado de niños y niñas traviesos, curiosos, dicharacheros, inocentes. De tardes interminables y aburridas en el cuartel a tardes llenas de conversaciones con los compañeros y excursiones por los alrededores del pueblo, descubriendo cada día rincones llenos de encanto y de misterio.

El primer año de Camariñas tenía una habitación alquilada en la pensión de la señora Carmen. La habitación estaba en la primera planta, a la que se accedía por una escalera con escalones de madera. Era un cuarto pequeño, en el que apenas cabían una cama, una mesilla y un armario. Encima de la cama, un crucifijo sencillo y en una de las paredes una foto en blanco y negro del faro del Cabo Vilán (en aquella época le llamábamos el cabo Villano). Lo mejor era el pequeño y estrecho balcón que daba a la ría. Abría las dos hojas de la puerta, me acodaba en la barandilla y podía pasar las horas mirando el puerto, los barcos de pesca, las pequeñas barcas varadas en la arena, las gaviotas y, sobre todo, los temporales, aunque en este caso, tenía que ver el espectáculo con la puerta del balcón cerrada. El viento del oeste entraba aullando por la boca de la ría, arrastrando nubes cargadas de agua y olas que movían furiosamente los pesqueros fondeados y las copas de los pinos que bordeaban la costa.

En la pensión desayunaba y comía el farero, Luis, un hombre alto, delgado, con grandes entradas en el pelo, nariz aguileña y ojos muy claros. Era poco hablador y apenas participaba en las conversaciones que teníamos después de comer la señora Carmen, Arturo, otro maestro que tenía una habitación alquilada como yo, Arsenio, el sargento de la guardia civil, que también comía allí y un comerciante que un par de días a la semana dormía en la pensión.

Una mañana, Luis, cosa extraña en él y como hablando para sí mismo o para alguien que no estaba en el comedor pues éramos los únicos que desayunábamos en ese momento, dijo:

– Esta tarde se espera un buen temporal. ¿Te gustaría verlo desde el faro?

Era la primera vez que Luis se dirigía a mi de manera tan directa, así que tardé unos instantes en contestar, quizás aturdido por la sorpresa.

-Claro, me encantaría. Salgo de clase a las cuatro y media, así que sobre las cinco allí estaré.

Seguimos desayunando sin cruzar una palabra más.

El día transcurrió como cualquier otro en el colegio. Niños y niñas distraídos, inquietos, levantándose de los asientos sin el menor motivo o atentos a alguna explicación, escribiendo o resolviendo problemas. Yo estaba pendiente del viento y de las nubes y aguardaba con impaciencia el final de las clases. A las cuatro y media en punto sonó la sirena y una vez que todos salieron del aula y que yo intercambiara algunas palabras con mis compañeros, me subí a mi 127 amarillo y puse rumbo al faro.

Había recorrido ese camino muchas veces. Una vez dejadas atrás las últimas casas, la carretera se empina ligeramente. Los maizales y sembrados de patatas y berzas van dejando paso a pinos y eucaliptos. El mar se adivina a la izquierda y se puede ver la ermita de la Virgen del Monte. Poco después el paisaje cambia, la vegetación casi desaparece, apenas unos matorrales y tojos, y se divisa el imponente faro que se yergue en una roca alzada sobre el mar. Las olas rompen con fuerza y el ruido sordo llega hasta la explanada en la que aparcan los coches.

Aquella tarde fui más despacio que otras veces, pues no quería llegar antes de tiempo. Subí la última cuesta que lleva hasta el faro. A la derecha, playas vírgenes de arena blanca y el camino de tierra que solía recorrer para ir hasta las aldeas de Santa Mariña y Arou y al pueblo de Camelle, pasando por el cementerio de los ingleses, donde se encuentran los restos de los marineros del acorazado inglés Serpent y por el Monte Branco, una enorme duna a cuyos pies crecen las caramiñas, unos arbustos autóctonos.

A las cinco en punto, cuando yo estaba aparcando el coche, Luis salió del edificio por el que se accede a la base del faro, miró al cielo y me saludó, haciéndome un gesto para que lo siguiera. Nunca había entrado en el blanco edificio cuadrado y de dos plantas. Me enseñó algunas dependencias de las que apenas recuerdo una especie de sala con muchos aparatos electrónicos y entramos en el túnel que lleva desde el edificio a la base del faro. Ascendimos por una estrecha escalera por la torre hasta llegar a la linterna. No conté el número de escalones, pero la subida no parecía tener fin.

Cuando llegamos al foco, me quedé sin respiración. La vista era realmente impresionante. Aunque todavía quedaban un par de horas de luz, el cielo se estaba oscureciendo con rapidez, pues unas nubes negras estaban ocultando el sol. El viento soplaba cada vez más fuerza y llegó un momento en que noté que la torre se movía. Entré en pánico, pero Luis me tranquilizó diciéndome que todos los edificios altos tienen que tener una cierta flexibilidad pues una rigidez absoluta podría dañarlos e incluso derribarlos debido a un fuerte viento o a terremotos. Y también me explicó, mientras andábamos alrededor del foco, que éste flotaba sobre una cuba llena de mercurio que permitía el giro del conjunto óptico. Me aseguró que algunas veces, cuando el viento era muy fuerte, el mercurio podía salirse de la cuba.

En un determinado momento el foco comenzó a girar y a emitir los destellos que se podrían ver a muchos kilómetros de distancia. Yo estaba totalmente extasiado con lo que veía y sentía: olas cada vez más altas que se estrellaban contra las rocas produciendo enormes cortinas de espuma, nubes oscuras que se desplazaban con rapidez y de las que, de vez en cuando, salían relámpagos, la lluvia que comenzaba a golpear con fuerza el cerramiento acristalado de la linterna, el ruido cada vez más ensordecedor del viento, el movimiento de la torre… No sé cuánto tiempo pasó. A mí me parecieron horas, pero cuando miré el reloj eran poco más de las seis y media de la tarde. Luis comprobó que todo estaba en orden y funcionando sin problemas y comenzamos a descender. Seguía notando cada vez más amortiguado el movimiento de la torre y llegamos hasta el edificio. La tormenta estaba en todo su apogeo y Luis me convenció para que no me fuera y que esperara a que la tempestad amainara algo. Me preparó un café y charlamos relajadamente durante un par de horas. Quizás en otra ocasión cuente algunas de las experiencias que, según él, le ocurrieron en otras tierras y en otros faros.

Ayer reviví aquella tarde en el faro de Camariñas. Por la mañana, Carmen y yo contemplamos las olas en Riazor, el Orzán y la Torre de Hércules. La marea estaba baja y aunque el viento soplaba con fuerza y las olas rompían con estruendo en las rocas y en la arena, cubriéndose en gran parte de espuma blanca, aún no llegaba a ser un espectáculo sublime, como sí pudimos contemplar mi hermano Rafael y yo por la tarde. Esta vez Carmen no quiso venir, pues ya había tenido suficiente con la experiencia matutina.

Llegamos con el coche hasta el Portiño y aparcamos frente a las Islas de San Pedro, que reciben el mismo nombre que el monte que tenemos detrás. El viento apenas nos deja abrir las puertas y tenemos que hacer verdaderos esfuerzos para andar. Ya hay varias personas que están haciendo fotos a las olas que rompen con estruendo contra las rocas de la costa. El canal que separa la tierra de las islas está totalmente blanco por la espuma y el ruido es cada vez más ensordecedor. Saco el móvil y hago algunas fotos y vídeos. En un determinado momento el viento casi me arranca el móvil de las manos. La naturaleza se muestra en todo su esplendor, pero también con todo su peligro. Tenemos que ser humildes y reconocer que somos muy frágiles ante los elementos.

Regresamos al coche, seguimos por la carretera que nos lleva hasta el Milenium y allí volvemos a parar y bajarnos. Ahora vemos la belleza del oleaje rompiendo contra Riazor y el Orzán. Mar azul y blanco, los colores de la bandera gallega y de la camiseta del Dépor. Pobre Dépor.

Ya es casi de noche y el faro de la Torre de Hércules comienza a destellar. Es hora de regresar y echo una última mirada al paisaje que nos ha deleitado con una demostración de fuerza y de belleza que hacía mucho tiempo que no disfrutaba. Los meteorólogos predicen que esto continuará unos días más. Qué suerte.

Jornada de reflexión y Ensayo sobre la lucidez

Han pasado un par de días desde el lamentable espectáculo que nos ofrecieron en el debate los candidatos a las elecciones del próximo día 10. Lo único que se salvó, a mi modo de ver, fue la intervención de Ana Blanco, la presentadora de Televisión Española, viendo lo que tenía delante y teniendo en cuenta uno de los temas a tratar en el siguiente bloque, la igualdad: cinco hombres y ninguna mujer.

Cuando quedan menos de 72 horas para que se abran las urnas, no me resisto a compartir una reflexión de mi antiguo compañero de Instituto, José María González-Serna acerca de lo que pudimos ver y oír en ese debate. A muchos se nos cayó la cara de vergüenza ante el clamoroso silencio de los candidatos, sobre todo Sánchez e Iglesias,  que tendrían que haber replicado con dureza, ante las mentiras y barbaridades que soltó Abascal. Aunque me duela decirlo ninguno, repito, ninguno, de los cinco candidatos, merece presidir el próximo gobierno. Sé que no hay alternativa y que Sánchez o Casado serán presidentes, pero si hubiera justicia divina, que no la hay, eso no debería suceder.

Sé que es una utopía, pero me gustaría que se cumpliera lo que José Saramago escribió en su novela Ensayo sobre la lucidez. En algún momento todos nuestros políticos, sin excepción, tendrían que recibir una soberana lección. Y una de las maneras, ya sabéis, es mostrando nuestra indignación con un mayoritario voto en blanco. De todas formas, aunque no os lo creáis, todavía no sé lo que voy a hacer el próximo domingo porque, sin duda, nos jugamos mucho.

José María González-Serna comienza su artículo así:

“Hace un par de días hubo debate electoral. Ya saben: cinco candidatos representando a otros tantos partidos, de la derecha a la izquierda; cinco mensajes; cinco actitudes, más o menos diferentes; cinco posibilidades. Subyacía la idea de que había que elegir; flotaba en el ambiente que, si no decidías, serías culpable de lo que pasase.
Uno de ellos, Santiago Abascal, el líder de Vox, coloca su mensaje: sereno, sin estridencias, mirando a cámara, que es como mirarnos a todos a los ojos. Dice que hay miles -¿Ochenta mil? No recuerdo- de denuncias de mujeres por violencia machista archivadas en los juzgados. Silencio. El resto de los candidatos -de la derecha a la izquierda- callan, miran sus papeles, hacen como que anotan, buscan en sus maletines, no sé. Espero la réplica de alguno de ellos. Silencio de nuevo. Se cambia de tema. Un rato después, el mismo Abascal vuelve a disponer de la palabra. Ahora se centra en los MENAS, ya saben, esas siglas con las que ahora parece que hay que referirse a los menores -niños y niñas, no olvidemos- inmigrantes sin papeles. Mediante una anécdota que alude a un centro de atención de Madrid, creo, vincula con determinación la inseguridad ciudadana y la presencia de estos niños. Silencio atronador tras su intervención. Los otros políticos presentes siguen leyendo, anotando, buscando en el baúl de los recuerdos. Estoy anonado. Sigue hablando el tal Abascal: protección de la mujer contra violadores inmigrantes en manada que se van de rositas. Y sigue y sigue, mientras los demás también siguen empeñados en un disimulo melancólico que podría arrancarnos una sonrisa si no fuera tan trágica la situación…”

Seguid leyendo en el siguiente enlace, porque merece la pena.

Jornada de reflexión (por José María González-Serna).

 

Las palabras prestadas

Hay palabras que enamoran, otras palabras hieren, nos atrapan o nos hacen reír y llorar, muchas se desconocen, pero siempre nos acompañan, nos rodean, forman parte de nuestra vida, nos permiten tener conciencia de nosotros mismos como individuos y como miembros de una comunidad. Sin las palabras podríamos sentir dolor, alegría, tristeza o miedo, emociones que seríamos capaces de expresar con gestos, con gemidos, con movimiento, pero no podrían explicar ni explicarnos qué nos sucede, no podríamos organizar los pensamientos ni darle forma al mundo.

Cuando al poco de nacer aprendemos a fijar los ojos en los rostros cercanos, que vamos reconociendo, que nos sonríen, que hacen gestos y emiten sonidos que, sin darnos cuenta, imitamos y repetimos, se está produciendo un auténtico milagro: estamos entrando en el universo que nos acompañará a lo largo de nuestra vida, en el universo del lenguaje, de la comunicación. Imitamos, nos sonríen, gritan, hablan, señalan, repetimos y, sin darnos cuenta, vamos asimilando la creación más profundamente humana, estamos entrando en el asombro de la comunicación mediante las palabras, que se convertirán en frases, en ideas cada vez más complejas.

De la palabra hablada, la que utilizamos en los primeros años de nuestra vida, aquella que permitió transmitir en los albores de la humanidad la experiencia de unas generaciones a otras, la que inventó el relato, la imaginación, el misterio, la sorpresa, la que intentó someter la naturaleza a las leyes de la lógica primitiva, se pasó a otro hito, la aparición del lenguaje escrito, signos que durante mucho tiempo fueron considerados mágicos y que sólo conocían unos pocos ya que la información, como ha seguido sucediendo a lo largo de la historia, es poder. El pueblo escuchaba lo que los aedos, los rapsodas o los juglares cantaban o recitaban, las epopeyas de los héroes, la historia que se perdía en la noche de los tiempos, pero no sabía leer ni escribir. Hasta que hace relativamente poco tiempo, poco más de quinientos años, la imprenta democratizó y extendió la lectura y la escritura, que se consolidó durante los siglos posteriores.

Miles de años hablando y escribiendo, acariciando, persiguiendo, maltratando, hiriendo con las palabras o arrojándolas al vertedero, en soledad o acompañados. Están ahí, ampliando o limitando horizontes mentales y expresivos. Se podría pensar que con el paso del tiempo, con la mejora de las condiciones económicas, con la extensión de la educación obligatoria, con el aumento de los libros que se escriben y se venden y con la posibilidad de acceder a un mayor número de medios de información, entre otras circunstancias, se incrementaría la población que conociera y dominara un mayor vocabulario, una gramática y una sintaxis más correcta; en suma, que se mejoraría sustancialmente el uso del lenguaje. Sin embargo, siendo realistas, creo que cada vez se habla y se escribe peor, se utilizan menos palabras, se expresan peor las ideas y éstas se infantilizan, se simplifican, pero no con el afán de hacerlas más comprensibles, sino, sospecho, con el deseo de manipularlas mejor y manipular al sujeto que las recibe y al que cada vez le cuesta más seguir o realizar pensamientos complejos.

(Aquí hago un breve inciso. El español tiene alrededor de 100.000 palabras; habitualmente, en nuestro círculo más cercano sólo utilizamos unas 1.000, aunque las personas que tienen una cultura media podrían llegar a usar unos 5.000 vocablos y conocer hasta unos 10.000. Cervantes utilizó en El Quijote casi 23.000 palabras diferentes, muchas de las cuales hoy apenas se usan. Todos estos datos me sirven para llamar la atención sobre un hecho que desde hace unos años se está manifestando e intensificando, el empobrecimiento del lenguaje y el subsiguiente empobrecimiento de las ideas. Porque una cosa es la economía, el uso conciso, breve, adecuado y sin circunloquios de las frases y otra es la pobreza, el desconocimiento, el uso inapropiado o los errores gramaticales y sintácticos que, por desgracia, se repiten cada vez más.

Cuando tenía nueve años me diagnosticaron una nefritis aguda que me tuvo varios meses en cama, con reposo absoluto y con una dieta muy estricta de verduras y baja en sal. Para un niño de esa edad estar en cama es un auténtico suplicio, sobre todo cuando los amigos que venían a visitarme me contaban las aventuras que disfrutaban y lo bien que se lo pasaban peleando contra las otras pandillas. Durante las horas que me encontraba solo en la habitación me fui aficionando a escuchar la radio y, sobre todo, a leer. Era capaz de pasarme horas y horas leyendo las Selecciones del Reader’s Digest de mi tío Arcadio, los tebeos que me traían mis amigos y los libros que había en casa. Lo malo es que esos libros eran poco adecuados para un niño de nueve años y la economía familiar no era demasiado boyante en esa época como para comprarme libros infantiles o juveniles. Así que leí muchos libros de Zane Grey y, lo recuerdo perfectamente, la Ilíada y la Odisea, dos libros que mi padre me recomendó encarecidamente. Menos mal que las versiones que teníamos en casa de esos dos libros eran dos buenas adaptaciones para jóvenes, porque si no los hubiera abandonado nada más empezar. Comencé leyendo la Ilíada, las batallas de la guerra de Troya, las interminables luchas entre los héroes troyanos y aqueos, las disputas de los dioses que apoyaban a unos y otros, la muerte de Héctor a manos de Aquiles. Lo malo es que en la primera frase “Canta, diosa, la cólera funesta del Pelida Aquiles, que causó innumerables dolores a los aqueos y arrojó al Hades muchas almas famosas de héroes…”, comenzaron los problemas. No tenía ni idea de lo que significaba Pelida ni aqueos ni Hades, así que había que acudir con bastante frecuencia al diccionario enciclopédico que teníamos en casa. Poco a poco, a medida que iba reconociendo las palabras y los personajes, la lectura se hizo más amena. Con la Odisea todo fue más fácil ya que las aventuras de Ulises y el viaje para llegar a Ítaca me sedujeron desde el primer momento.

Poco a poco me fui enganchando a la lectura. Mi primer libro en propiedad, un regalo de Primera Comunión, fue Veinte mil leguas de viaje submarino. Ahora ya no quería juguetes, cosas de niños, sino libros. Emilio Salgari y Julio Verne se hicieron mis amigos y era capaz de pasarme horas y horas enfrascado en la lectura. Después, en el Bachillerato, mis compañeros de clase y yo intercambiábamos libros y nos recomendábamos lecturas. En Magisterio nos entusiasmaban los escritores malditos, los prohibidos, la Generación del 27, la del 50, Antonio Machado, Lorca, Alberti, León Felipe, Goytisolo, Aldecoa, Cernuda, Ángel González o José Ángel Valente. Hasta hoy, que he dejado demasiado abandonada la poesía y me dedico sobre todo a la novela. Mea culpa).

Hay momentos de alegría, tristeza u otras circunstancias emocionantes en los que no encontramos la manera de expresarlas; buscamos las palabras y siempre nos salen las mismas: “esto es lo más grande que me ha sucedido” o “no tengo palabras para decir lo que siento”. Delante de una página en blanco las ideas desaparecen, se diluyen y las palabras se esconden; no soy escritor, pero sé que a muchos autores les sucede periódicamente. Por eso es tan importante estar atento, escuchar con atención, sumergirnos en la lectura, bucear en el lenguaje y, sobre todo, aprender de los que nos rodean y de aquellos que nos han precedido porque si no encontramos las palabras, ellas están ahí, en la poesía, en las novelas, en el teatro, en los ensayos.

Por eso, porque no soy escritor ni lo pretendo, me dedico a hacer pequeños ejercicios de escritura que me impidan caer en la desidia, en la monotonía, en el aburrimiento. Me hubiera gustado poseer la capacidad, la habilidad, la imaginación o la perseverancia para embarcarme en la aventura de escribir un libro de relatos o una novela. Admiro a mi amiga Magdalena, que ya ha escrito tres y tiene dos libros más casi terminados. Y no digamos nada de mi amigo Víctor Jiménez, uno de los grandes poetas sevillanos actuales, que ha escrito ya una docena de libros, uno de los cuales presentó hace unos días, presentación a la que tuve la suerte de asistir. Y aquí es donde quiero hacer referencia al título de esta entrada, Las palabras prestadas. Porque los escritores nos prestan su palabra, su modo de ver y entender el mundo, la realidad que nos rodea o la ficción que se imaginan, la delicadeza de la expresión o la fuerza de una imagen. Yo no sabré decir ni escribir dos o tres ideas con sentido, pero ellos, que han trabajado y pulido el lenguaje, nos enseñan, nos muestran el camino. Eligen los términos más adecuados, los analizan, buscan el contexto, el ambiente, pulen los personajes, les dan vida. O miran a su alrededor o escarban ellos en su interior y buscan y encuentran y nos muestran la belleza de las palabras. Y nos las dan para que nosotros también, en un ejercicio de voluntad creativa, nos las apropiemos y las amoldemos a nuestro gusto.

Cuando Cervantes dice “La del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta…” o “Con la iglesia hemos dado, amigo Sancho” (aunque ahora se diga con la iglesia hemos topado) o “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”, entramos en un mundo que, casi quinientos años después, nos sigue fascinando y enseñando, como también nos asombra lo que hace casi tres mil años escribiera Homero “Acertóle en la cimera del casco guarnecido con crines de caballo, la lanza se clavó en la frente, la broncínea punta atravesó el hueso y las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero”. O Antonio Machado, con “Nunca perseguí la gloria,/ ni dejar en la memoria/ de los hombres mi canción/ yo amo los mundos sutiles/ ingrávidos y gentiles/como pompas de jabón.” También nos emociona leer en Ocnos, de Luis Cernuda “Aquellos seres cuya hermosura admiramos un día, ¿dónde están? Caídos, manchados, vencidos, si no muertos. Mas la eterna maravilla de la juventud sigue en pie”. Cientos, miles de escritores, nos dejaron una herencia colosal que nosotros debemos continuar, en nuestra memoria, con nuestra admiración, con nuestro reconocimiento.

Hay palabras hermosas que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, no sólo por su agradable sonido, sino por lo que representan. Arrebol, evanescencia, inefable, melancolía, alba, nostalgia, esplendor… Cada uno, seguramente, tendrá las suyas y procurará utilizarlas aunque en algunas ocasiones no vengan al caso. Pero son nuestras amigas, seguramente las habremos aprendido hace muchos años, quizás en la infancia o dichas al oído por alguien a quien queríamos.

En el último mes he leído tres libros: Crímenes exquisitos, de Vicente Garrido, Las palabras rotas, de Luis García Montero y Con todas las de perder, de Víctor Jiménez. El primero es la típica novela de un asesino en serie y los esfuerzos por encontrarlo. Vale como entretenimiento, tiene para mí el encanto de que se desarrolla en Coruña y poco más. Sin embargo, me detendré en los otros dos libros que, según mi opinión, tienen una gran calidad.

Víctor Jiménez, además de un excelente poeta, es amigo. Aunque no nos vemos con frecuencia, si lo hacemos nos gusta echar un rato de charla, hablando de nuestras anécdotas en el colegio, del Sevilla o del Dépor, de política o del tiempo. El caso es hablar, conversar, reconocernos en el tiempo a pesar de las frecuentes ausencias. Hace una semana estuve en la presentación de su último libro Con todas las de perder. Aunque no soy un experto en poesía ni crítico literario, reconozco en Víctor la esencia de la escuela poética sevillana. Palabras claras, versos repletos de imágenes de buen gusto que suenan a tradición, a romance, a soneto, pero en las que se encuentran una apertura a la modernidad que a veces descoloca. En este libro, sin embargo, nos sorprende con más de cien coplas o soleares en las que va recorriendo su infancia en el barrio de San Bernardo o nos habla de la vida, del amor y de la muerte de una forma en apariencia sencilla pero que esconde una gran complejidad, con el uso exacto de una rima elegante y precisa, como se puede comprobar en la pequeña selección que sigue:

Los trenes, aquellos trenes

siempre por aquellas vías…

Y el niño por los andenes.

Supo el niño, con los años,

que las riadas de la vida

lo arrastran todo a su paso.

¿Qué cómo me va la vida?

Mejor que no te la cuente,

por no contarte mentiras.

La vida vive en tu calle.

¿Qué haces ya que no le dices

que la quieres más que a nadie?

Qué secreto ni secreto…

Si estás leyendo en mis ojos

igual que en un libro abierto.

Si todo lo cura el tiempo,

qué hago yo con esta pena

con los años que ya tengo.

Quien, al fin, siempre te espera,

no es el amor ni la gloria.

Es el fuego o es la tierra.

Lo tuyo no tiene arreglo.

La vida se va con otros

y tú escribiéndole versos.

Para escribir y escribir,

hay que leer y leer…

Y hay que vivir y vivir.

Y para terminar esta selección, los versos con los que se introduce el libro y que suponen una declaración de principios de lo que vendrá después:

Esto es luchar contra el tiempo.

Con todas las de perder,

sin más armas que mis versos.

Sensibilidad, delicadeza, amor por la palabra bien elegida y por el verso exacto, esto es una pequeña muestra de lo que Víctor ha desgranado en las noventa páginas del libro y son las palabras que Víctor Jiménez nos ha dejado y que yo he cogido prestadas.

En Las palabras rotas, Luis García Montero hace un recorrido por aquellas palabras que parecen estar perdiendo o modificando su significado; palabras que, a pesar de pertenecernos a todos y ser el soporte y la columna de las ideas más elevadas, son secuestradas por los poderosos, por aquellos que pretenden atemorizarnos o apropiarse de nuestra libertad o por aquellos que ignoran la esencia del ser humano. Verdad, progreso, política, bondad, tiempo… tendrían que ser universales, ser reconocidas como algo alejado de los intereses particulares que pretenden parcelar la realidad. Pero, por desgracia, no es así y García Montero analiza esas palabras y reflexiona sobre lo que esas palabras comunican y significan. ¿Podremos llegar a ponernos de acuerdo nuevamente en algo tan sustancial como el significado de las palabras? Recojo a partir de ahora algunas de las ideas que se recogen en el libro.

  • La melancolía es peligrosa cuando afirma que cualquier tiempo pasado fue mejor. Renuncia a la promesa estafadora de un paraíso futuro para crear el recuerdo falso de un edén perdido.
  • La emoción poética en la lectura y en la escritura permite vivir por un momento la armonía del mundo exterior (casi siempre hostil) y el mundo interior (casi siempre necesitado de salir de sí mismo para habitar la realidad). Nos emociona aquello que pone de acuerdo por unos instantes nuestra intimidad con las realidades que vivimos, ya sea en la alegría o en la tristeza.
  • Recordemos a Larra: “El corazón del hombre necesita creer en algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer”.
  • La buena soledad es tan importante como la buena compañía.
  • Buscar la verdad es más un compromiso de no mentir (o no mentirse) que un creerse en posesión de la verdad.
  • La velocidad del mundo, acentuada por las redes sociales, nos ha convertido en habladores compulsivos. Las palabras que circulan provienen con frecuencia de gente que dice lo que piensa sin pensar en lo que dice.
  • El naufragio de las grandes utopías, […], la crueldad de quienes pensaron que el fin justifica los medios y borra la ética en el presente, ha desacreditado la honestidad y la verdad de las convicciones. El neoliberalismo ha jugado con esta desilusión para potenciar un relativismo en el que nada importa y todo es engaño… Ridiculizar este deseo de bondad es parte fundamental del pensamiento reaccionario… La otra jugada es convertir la bondad en un peligro y crear la teoría del buenismo como una falta de inteligencia llamada a generar graves problemas.
  • La globalización y las desigualdades económicas, junto con la violencia cultivada por la industria armamentística, han provocado grandes movimientos migratorios.
  • [Hablo también] del ejercicio de madurez que supone llegar a comprender los sueños del otro y el valor que tiene a veces la renuncia a esos sueños por generosidad, más allá de las discrepancias política.
  • El tiempo de la literatura conforma una memoria de la experiencia humana, un saber de siglos. Alegrías y sufrimientos que nos convierten en seres con memoria y que nos comprometen con el futuro.
  • Que los nacionalismos estén brotando en el mundo como vías totalitarias es el gran logro de los que consideran sus patrias como un cortijo supremacista.
  • Lo que ocurre es que la democracia encarna su conciencia en leyes, en procedimientos, en instituciones […] Una democracia no puede saltarse las leyes a la torera, no puede cumplir los deseos al margen de las instituciones si no quiere degradarse en una experiencia totalitaria. Más que violar las leyes o los concordatos, es necesario cambiarlos, facilitar que sus procedimientos no se separen de la vida real de una sociedad, como la razón no puede separarse de los sentimientos, ni los sentimientos de la razón.
  • El relato no es sólo un modo de oponerse al desorden y la nada, sino una forma determinada de ordenar el mundo, la identidad de los seres humanos, su condición, sus ilusiones.
  • Escribir es cuidar las palabras para darse al otro, preparar una habitación en espera del otro […] La necesidad de contar surge del deseo humano de que se conserven las historias que el olvido y la muerte condenan a la desaparición… El lenguaje es social hasta el último rincón de sus sótanos.
  • El empobrecimiento social de lo común facilita un empobrecimiento inmediato del lenguaje.
  • Fue un error grave de interpretación de la historia lo que llevo al Partido Comunista a no presentar en las primeras elecciones democráticas a candidatos de las generaciones jóvenes que representaran bien su significado de un futuro democrático en 1977… La lealtad a la memoria hizo que el protagonismo electoral cayese en personalidades como Dolores Ibárruri, Santiago Carrillo, Ignacio Gallego o Rafael Alberti, rostros muy dignos, emocionantes, pero que llegaban a la nueva democracia como una secuela de los tiempos de la Guerra Civil.
  • Son los jóvenes maltratados por la situación económica quienes no comprenden la lucha de sus mayores […] Con el 15M volvió la juventud política a la calle. Pero la educación adánica recibida impidió el nuevo diálogo generacional, Se pasó a despreciar por igual a todos los que habían trabajado por conseguir una democracia…
  • Son tan corrosivos los viejos cascarrabias como los jóvenes sin memoria.
  • Perder el respeto a las leyes significa tanto no cumplirlas como dejar que se pudran vacías de legitimidad. [El jurista Luigi Ferrajoli advirtió] de los peligros que supone la sustitución de la democracia constitucional por la democracia plebiscitaria. Giorgio Agamben analizó también el fenómeno al denunciar que la suspensión transitoria de la legalidad se estaba convirtiendo en una norma de las sociedades modernas. Esto nos sitúa en un “umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”.
  • Los datos son sustituidos por el clamor de opiniones surgidas en un segundo… Puede arse bajo el disfraz del narcotráfico, el resurgimiento nacionalista de la extrema derecha, el autoritarismo religioso, las aspiraciones independentistas de los territorios ricos frente a los más pobres o las demagogias de los líderes carismáticos que llegan a sustituir el vacío dejado por el descrédito de la política y la justicia… Se ha extendido el cultivo de las identidades locales, la xenofobia, el racismo y la fe ciega o transitoria en los demagogos.
  • El neoliberalismo radical transforma la libertad individual en la ley del más fuerte y la conciencia crítica en el desprestigio de cualquier promesa, ilusión o compromiso colectivo.

El libro termina con un epílogo cuyo título es Unas pocas palabras verdaderas que comienza con la frase “Más que racionales, los humanos somos seres de costumbres… Vivimos en las costumbres y en las palabras porque son un puente entre la realidad y la abstracción, una forma de ser y de estar a la vez, de ser estando.”

La necesidad de compartir lo que pensamos y sentimos con los demás no debe ser obstaculizada por nuestras limitaciones lingüísticas. El español es demasiado rico y son tantos los autores que lo han enriquecido y lo siguen haciendo que deberíamos saber elegir entre los miles de textos aquello que queremos expresar. Son las palabras prestadas.

Los relatos que forman el libro tienen como protagonista el agua.

La calle donde nací

Domingo por la mañana. Estoy tendido en la cama mientras contemplo cómo la luz penetra por las rendijas de la persiana y las motas de polvo revolotean en la habitación. Me levanto y me desperezo. Abro la puerta del salón, salgo a la terraza y compruebo que la avenida está solitaria, sin tráfico y que las aceras están vacías, apenas alguien que pasea con el perro o un corredor despistado que quiere quemar las calorías del fin de semana. En el ambiente no se respira otoño y la naturaleza se desespera esperando una lluvia que no llega. Apenas recuerdo ya el olor de la tierra mojada, el color de las nubes cargadas de agua, el frescor de las primeras horas del día. Me apoyo en la barandilla y miro los árboles, las casas y el patio de una urbanización que hay enfrente. Un par de cotorras, que estaban posadas en el árbol cuyas ramas casi tocan la terraza, salen volando con gritos estruendosos. Hace unos años estas aves sólo se veían en los documentales sobre la naturaleza, pero ahora están invadiendo las grandes ciudades. En este instante la memoria, siempre tan juguetona, me trae un recuerdo de la infancia. Es un gran misterio el mecanismo de la memoria. Un sonido, un color, un olor, una mirada, cualquier pequeño detalle, hacen detonar como una explosión momentos que estaban al acecho en cualquier recóndito lugar del cerebro.

—José Manuel ¿vas a ir a casa de la madrina antes o después de misa? Hoy tienes que llevarte a tu hermano, que hoy tenemos muchas cosas que hacer y no podemos estar pendientes de él.

Escucho la voz de mi madre, que habla desde la cocina. Mi hermano y yo estamos asomados al balcón de la calle San Isidoro, en Coruña. Mi abuela Florentina está cosiendo en el salón. Vivimos de alquiler en la segunda planta de un pequeño edificio sin ascensor. Es un piso no muy grande. Recuerdo que al entrar está el pasillo, a la izquierda el cuarto de baño, la cocina y una habitación; a la derecha dos habitaciones y el salón que también hace las veces de comedor. En el salón hay una puerta corredera que da a una habitación interior y otra puerta que se abre al pequeño balcón que da a la calle. El edificio tiene cuatro plantas sin ascensor. No recuerdo quién vive encima de nosotros pero sí me acuerdo de que en el primer piso viven una mujer mayor y su sobrina soltera. Las dos suben a menudo a casa y mi hermano y yo, cuando las oímos, nos escondemos para que no nos besen con sus enormes labios pintados, que nos dejan marcas rojas y pegajosas en la cara. En la planta baja vive un matrimonio con una hija mayor y un niño de mi edad, Amancito, uno de mis mejores amigos.

Rafael y yo estamos mirando el descampado que se ve desde nuestra casa, lleno de charcos donde chapotean ya nuestros amigos, que están jugando con un perro callejero. Más que jugar lo están maltratando, le quieren poner una cuerda en cuyo extremo han atado una gran piedra. Pero el perro, al principio confiado y juguetón, seguramente por instinto o por haber vivido situaciones similares, sale corriendo y se pierde por la calle San Sebastián. Uno de los niños es Amancito, el más travieso de la calle, que siempre está inventando trastadas y por culpa del cual estamos casi siempre castigados. Él nos mira desde abajo y nos hace una seña para que bajemos. Yo le digo que se espere un poco. Quiero terminar de leer un tebeo que compré la semana pasada con parte de la paga que nos da todos los domingos la madrina. Amancito se murió unos días antes de que hiciéramos la primera comunión. Lo amortajaron con el traje de marinero que se hubiera puesto y que hacía juego con el pequeño ataúd blanco, que yo contemplé con una mezcla de temor y de curiosidad. Sus padres, cuando vieron que yo llegaba acompañando a los míos, que querían darles el pésame, se levantaron de las sillas que ocupaban al lado del féretro, me cogieron de la mano y me llevaron a ver la carita de Amancito, que parecía dormido bajo el cristal. La madre se sentó al lado del féretro y me sentó sobre sus rodillas mientras me acariciaba el pelo. Sé que me dijo unas palabras al oído, pero no las recuerdo.

Cuando escucho la voz de mi madre yo tengo siete años, me quedan un par de meses para cumplir los ocho y mi hermano tres menos. Febrero o marzo de 1963. Yo había nacido un lunes de mayo en el año 1955, en casa, de parto natural, con comadrona, pues mi madre y mi abuela se empeñaron en seguir la tradición de parir lejos de los hospitales, lugares inhóspitos y peligrosos, no fuera a ser que cogiera alguna infección o que mis primeras imágenes fueran las de una habitación impersonal y fría y quedara traumatizado para siempre. Con mi hermano Rafael juzgaron que era más seguro ir al maternal, pues era absurdo correr el riesgo de complicaciones, como era relativamente frecuente. No creo que mi hermano se quedara traumatizado. En ese año 1963 todavía vivía mi abuelo Castro, al que todos dicen que me parezco mucho, pero no le quedaba demasiado tiempo de vida, pues murió al año siguiente, con los pulmones casi deshechos por la silicosis, una enfermedad maldita en mi familia gallega, mi padre también la padeció desde muy joven, aunque en aquel momento que estoy describiendo todavía está sano. En esa época aún no había oído hablar de mi abuelo José, el de Aroche. Tampoco sabía nada, porque en las casas no se hablaban de esos temas, del sufrimiento del abuelo arocheno, depurado por ser maestro y alcalde republicano y que se murió de cáncer y de pena en 1948, ni de la paliza que le dieron los falangistas al abuelo Castro, que se libró de ser paseado en una cuneta gracias a que el párroco de Arteixo lo impidió. Pero esto son otras historias, que quizás cuente alguna vez para que no se disuelvan en el olvido.

A principios de los años 60 del siglo XX, la calle San Isidoro de Coruña, en el barrio de Santa Margarita, estaba a medio hacer y había mucho terreno sin construir que servía de zona de juegos a la gran cantidad de niños que vivíamos por allí. Delante de casa, antes de que bastante tiempo después se levantaran varios edificios de cuatro y cinco plantas, estaba el gran descampado que llegaba hasta la calle San Leandro, donde vivían padrino y madrina, en las casas baratas. Zanjas, montones de arena, charcos, matorrales, piedras y rocas dispersas servían para inventarnos aventuras en países y bosques lejanos, emboscadas, escondites, guerrillas. Raro era el día en que alguno de nosotros no llegaba a casa descalabrado, con heridas en rodillas y codos, pantalones rotos, ropa embarrada, zapatos deshechos. Las madres protestaban y gritaban y los padres nos miraban serios, pero con un punto de malicia y orgullo en la mirada.

Mis amigos y yo salíamos todas las mañanas camino del colegio del Ventorrillo con nuestros mandilones blancos y la bolsa con la taza donde beberíamos, a la hora del recreo, la leche que enviaban los americanos. Era una leche en polvo que se disolvía con agua en grandes recipientes que nos repartían por turnos, con un sabor algo desagradable porque tenía un punto agrio y un olor característico, artificial, aunque hacía una espuma que nos gustaba y que nos dejábamos en los labios durante casi todo el recreo. Al colegio, que era propiedad de la Caja de Ahorros y que estaba regentado por la Grande Obra de Atocha de las Hijas de la Natividad de María, se llegaba por la avenida de Finisterre, pasábamos delante del cine del mismo nombre y andábamos casi un kilómetro por el arcén. Apenas había alguna casa aislada y el resto era campo, leiras cultivadas de patatas y repollos, pasaban pocos coches y casi todo el tiempo nos dedicábamos a recoger margaritas, cuando era la época, para lanzarlas después con el tiratacos. La avenida de Finisterre en realidad era la carretera que pasando por Meicende y Pastoriza, unía la ciudad con Arteixo, Laracha, Carballo, Coristanco… hasta llegar a Finisterre. Esa carretera la recorrí cientos de veces cuando trabajé en Camariñas. Esa también es otra historia.

Como había colegio mañana y tarde y durante el invierno oscurecía muy pronto, apenas teníamos tiempo de jugar en la calle, pero lo hacíamos. Llegábamos a casa, soltábamos la maleta con la Enciclopedia Álvarez, la tabla de multiplicar y un pequeño cuaderno de sucio (el de limpio se quedaba en la escuela) y salíamos de estampida con un trozo de pan y una onza de chocolate, nuestra merienda diaria. Algunas veces teníamos que repasar en casa las tablas o aprendernos de memoria los ríos con sus afluentes o las cordilleras con las montañas más altas, pero esas veces eran las menos. En la calle pasábamos el tiempo, jugábamos a la pelota, al ché, a las canicas, a la bujaina, a escondernos, a pelearnos con los de las calles vecinas. Porque la calle, antes de que Fraga se hiciera con ella, era nuestra, de nuestra pandilla. Era el mundo que nos pertenecía y no consentíamos que otros grupos nos lo disputaran. Así que a base de espadas hechas con palos, con piedras, a puñetazos y patadas, defendíamos nuestra posesión. Cada dos o tres semanas había pelea y si perdíamos, no teníamos más remedio que compartir el descampado. Pero si ganábamos, podíamos ampliar durante algún tiempo nuestro campo de juego. 

Casi nadie tenía televisión, en la radio no había programas infantiles, las casas eran pequeñas, los maestros no nos ponían deberes, en la calle no había coches ni peligro de que alguien nos secuestrase y las madres no nos querían en la casa, siempre por medio y enredando. Éramos niños autónomos, que sabíamos defendernos y encontrar aventura y misterio en cada esquina, en cada portal, en cada descampado, que en aquella época abundaban. Cerca estaba el parque de Santa Margarita, pero las madres eran reticentes a dejarnos ir allí, pues había que cruzar varias calles y no podían tenernos a la vista ni gritarnos cuando se hacía tarde o cuando teníamos que subir a por dinero para hacer algún recado. Antes nos gustaba hacer recados, porque nos hacía mayores y con suerte, nos quedábamos con la vuelta.

Los domingos por la mañana mi hermano y yo teníamos la costumbre, que llegó a convertirse en ritual, de visitar a la madrina para que nos diera la paga de la semana. La madrina Carmen, hermana de mi abuela Marina, había estado casada con Amaro, un rudo y cariñoso trabajador al que siempre conocí con su boina, que apenas se quitaba para rascarse cuando hacía mucho calor. El padrino Amaro se había muerto uno o dos años antes y ella ahora vestía de luto riguroso, con un pañuelo negro que le cubría la cabeza totalmente, dejando escapar apenas un pequeño mechón de pelo blanco en la frente que ella procuraba esconder con gesto mecánico. No habían tenido hijos y tampoco habían podido apadrinar ni a mi padre ni a mi tía Marina, ni a ninguno de nosotros, pero desde pequeños quisieron que les llamáramos padrino y madrina. Por eso nos hacían un cierto chantaje dándonos un poco de dinero para los escasos gastos que podíamos hacer en aquellos tiempos: ir al cine Finisterre o al Rex, comprar pipas y también, si éramos capaces de ahorrar algo, comprar o cambiar tebeos. Los que más me gustaban eran los de Pulgarcito, TBO, Supermán, el capitán Trueno y Jabato. Cuando terminábamos de leerlos se podían cambiar en los kioscos por una perra gorda. Llegué a tener una buena colección, pero en los diferentes cambios de domicilio se fueron perdiendo y extraviando, sobre todo cuando nos fuimos a vivir a Madrid.

Termino de leer el tebeo, mi madre nos peina, comprueba que nos hemos lavado la cara, que las rodillas y las orejas están limpias y nos da un beso. Nos acercamos a mamá Florentina, que sigue cosiendo en el salón, y nos despedimos de ella, como era costumbre, con otro beso. Bajo corriendo las escaleras. Mi hermano, más pequeño, tarda una enormidad porque le da miedo ir tan deprisa, así que lo espero en el portal, donde ya están Amancito, José Antonio y Vicente. José Antonio es el hijo del zapatero que tiene su zapatería al lado de nuestra casa. Nos gusta ir allí, a verlo trabajar, a coser o pegar las suelas, oler a cuero y a pegamento y, sobre todo, a escuchar el canto de las decenas de jilgueros y canarios que cantan en las jaulas colgadas en las paredes. Era un gran entendido y sabía cruzar las parejas. Vendía muchos pájaros. Mi padre le compró una vez un jilguero y nos encantaba a mi hermano y a mí llenar los recipientes del alpiste y del agua. Era un buen pájaro cantor y nos dio mucha pena cuando se murió.

Los cinco vamos recogiendo a otros amigos que llevan ya un rato en la calle. Algunos son algo mayores y han hecho la primera comunión y juntos vamos a misa de doce en la Sagrada Familia. Don Manuel, el párroco. y don Emiliano, el coadjutor, pasan lista antes de empezar para comprobar que los que vamos a hacer la primera comunión no nos perdemos ni un acto religioso. La misa es en latín y somos capaces de repetir, sin equivocarnos, el páter noster. Cuando termina, salimos en estampida de la iglesia y volvemos a nuestra calle. Antes, mi hermano y yo pasamos por casa de la madrina, que nos da el duro de rigor y con el que podremos comprar pipas, ir al cine y seguro que todavía nos sobrará algo. Las tardes de domingo son eternas. Después de comer nos juntamos todos y vamos al cine. Nos gusta más el Rex porque está cerca del parque de Santa Margarita y cuando termine la película podremos perdernos entre los árboles, revolcarnos por el césped, jugar al escondite o descubrir nuevos rincones, lo que siempre es una aventura. Regresamos antes de que anochezca para seguir jugando en nuestra calle y que las madres nos vean y nos puedan vigilar. Somos niños traviesos pero obedientes. La obediencia de la zapatilla, se llama eso.

Poco a poco se fueron construyendo casas, desaparecieron los descampados y los carros tirados por caballos, empezaron a aparecer las vespas y los seiscientos y aparcaron en la calle porque antes no había garajes, los televisores se hicieron dueños de las casas, así que, casi sin darnos cuenta, fuimos perdiendo espacio de juego. Seguíamos saliendo a la calle, pero ya nunca fue lo mismo. Ahora hablábamos de Los Picapiedra, El Santo, Rin tin tín y, sobre todo, Bonanza, la serie que cambió las tardes de los domingos y nos impulsó a pedirle a los Reyes Magos pistolas, cartucheras y sombreros de cowboy. Y, para colmo, la familia Telerín nos mandaba a la cama a las nueve de noche “Vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar”. No había derecho. La televisión nos cambió el mundo y la calle San Isidoro, como todas las calles de las ciudades, fue perdiendo el encanto y la atracción.

Regreso al presente, a la avenida Ramón y Cajal. Poco a poco se ha ido llenando de ruido de coches, de personas y de perritos. Han aparecido algunas nubes en el cielo que antes era totalmente azul. Entro en el salón y me voy a la cocina a hacer café. Mi mujer y mi hija siguen en la cama porque todavía es temprano. Queda todo un domingo por delante.

Imagen relacionada

Esplendor en la hierba y Oda a la inmortalidad

“Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufrimiento,
y en la fe que mira a través de la
muerte.

Gracias al corazón humano,
por el cual vivimos,
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer,
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.”

Oda a la inmortalidad. William Wordsworth

 

Las tardes de verano, sobre todo después de una copiosa comida, invitan a la pereza, a la indolencia, a dejarse vencer por el sopor, por el dolce far niente y tomar conciencia de la levedad del ser. El cuerpo y la mente se convierten en una masa gelatinosa, insensible a los estímulos externos. Si, además, te rodea el silencio, una relativa oscuridad y una cómoda posición horizontal, se crea la atmósfera ideal para disfrutar de una siesta perfecta. No sé si en los próximos siglos o milenios existirá un país que se llame España, Federación de Estados Ibéricos o si, como me temo, aquí no quedará nadie por mor del cambio climático y de la estulticia e incompetencia de los políticos. No tengo una bola de cristal ni la más mínima curiosidad por saber lo que va a ocurrir cuando yo ya no esté. Como seguramente dijeron mis antepasados, arreglaos como podáis. Pero de lo que sí estoy seguro o casi, es que nuestra más famosa y reconocida invención, la siesta, seguirá existiendo, con “personas humanas” o sin ellas. Los robots, los alienígenas o las cucarachas, que dicen que son los seres más resistentes, tendrán su “momento siesta”. La paella, el flamenco, el pulpo a la gallega o la tortilla de patatas, esos grandes inventos hispanos, quizás dejen de existir, pero lo que no concibo es un mundo sin el que, en algún lugar o situación, alguien disfrute de la siesta.

Tengo la suerte de veranear en Rota, en un piso que compramos hace unos años. Nuestra urbanización está cerca de la playa y tiene una piscina que los días de levante o de fuerte poniente nos permiten tomar el sol y refrescarnos sin padecer el castigo del aire que, por esos lares, suele soplar con cierta frecuencia. No tanto como en Tarifa o en Zahara, pero sí de forma desagradable a veces. Si vemos que las copas de los árboles que se divisan desde la terraza se inclinan y mueven demasiado, nos quedamos en casa y bajamos a mediodía a darnos un baño en la piscina. No merece la pena gastar energías cargando con sillas, sombrillas y bolsas para tener que regresar al poco rato llenos de arena.

Este verano ha habido pocos días sofocantes y con viento en Rota. Veíamos con estupor cómo en otras zonas de España se estaban asando literalmente, rompiendo todas las estadísticas y récords y haciéndonos conscientes de que lo del cambio climático ya estaba aquí, pero nosotros disfrutamos de unos días soleados y cálidos, sin llegar al agobio, con una temperatura del agua que invitaba a nadar y a dejarse mecer por las olas.

Pues bien. Una de esos escasos días de levante en los que no bajamos a la playa y nos quedamos tomando el sol y bañándonos en la piscina, subimos relativamente temprano al piso. Terminamos de comer alrededor de las tres de la tarde y mi hija y mi mujer se quedaron en el salón viendo alguna serie o algún programa sobre restauración de viviendas o de muebles, porque ahora les ha dado por eso. Resulta que hay un par de gemelos norteamericanos (o canadienses, no sé) que por pocos dólares te dejan la casa como si fuera la mansión de un multimillonario. Una casa vieja y desvencijada, después de unas cuantas semanas, la convierten en un auténtico palacio. Eso sí, esas casas son de madera y de pladur, por lo que el mérito, digo yo, no es demasiado grande; si lo tuvieran que hacer de ladrillo y cemento, como hacen los albañiles españoles, otro gallo cantaría. Y encima hay otro programa, creo que en el mismo canal, que hacen auténticas maravillas con la restauración de muebles viejos, la decoración de la casa y la customización, palabreja de origen inglés que ahora está de moda, de prendas de vestir. No sé para qué ven tanto programa de este tipo si luego se compran los muebles en Ikea y la ropa en Zara. Total, que yo las dejo disfrutando con esos programas y yo me voy al dormitorio, me tiendo en la cama, pongo la televisión que tengo en frente, veo las noticias, me entero de lo que ocurre en el mundo y, poco a poco, me va entrando una modorra con la que me resulta imposible enterarme de los deportes o del tiempo, que es lo que ponen al final del telediario. Si hay una etapa de montaña en el tour, quizás me quede despierto, pero para ver un sprint, no merece la pena perder el tiempo.

Sin embargo ese día, haciendo zapping, o sea, cambiando de canal (como sigamos así terminaremos todos en este país hablando y escribiendo en spanglish) estaba comenzando una película que en su momento, cuando yo era un adolescente, me causó un gran impacto, Esplendor en la hierba. Creo que la vi por primera vez bastantes años después de que fuera estrenada en el año 1961. Sería allá por 1970 cuando la repusieron en el Cine Avenida de Coruña, en un ciclo de películas de los años 50 y 60, entre las que también proyectaron Con faldas y a lo loco, una de mis películas preferidas.

Nunca se me olvidará la última parte, el encuentro de una maravillosa Natalie Wood, en el mejor papel de su carrera, con el amor de su vida en la película, Warren Beatty. La triste sonrisa de ambos personajes, sus miradas llenas de ternura y de melancolía, de querer atisbar lo que pudo haber sido y no fue su vida, rota por la intransigencia de los padres, el puritanismo de la época y las circunstancias que los rodeaban, entre otras el crash de 1929. Una película que retrata con crudeza y a la vez con un halo de melancolía los primeros amores, el despertar del sexo, el poder del dinero, la sumisión de los hijos y la falta de rebeldía ante la incomprensión de los padres. El contraste entre la belleza de Natalie, con su vestido blanco, su collar de perlas y su pamela, y el de la mujer de Warren, embarazada, sin arreglar, intentando recomponer la figura, y el propio Warren Beatty, vestido de granjero y desaliñado, provocan realmente un nudo en la garganta. En la escena final, mientras el coche se aleja de la granja y la cámara enfoca el rostro de Natalie Wood y su evocadora mirada, se escucha en off el fragmento del poema Oda a la inmortalidad Aunque nada pueda hacer/volver la hora del esplendor en la hierba,/de la gloria en las flores,/no debemos afligirnos/porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo. 

Hay películas que, además de contar historias que nos hacen reír o llorar, nos emocionan o nos asustan, también nos obligan a reflexionar, a mirar el mundo y la vida de otra manera. Y también nos ayudan a amar la música, la pintura o la lectura, a encontrar la belleza en lo cotidiano, en lo que nos rodea. Algunas no son obras maestras, pero perduran en la memoria porque hay algo que nos impacta, que nos llega al corazón. Con esta película descubrí a un poeta del que nunca había oído hablar y una poesía que, como pocas, nos habla de nostalgia, de melancolía, de juventud perdida, pero también de esperanza, de buscarnos en el recuerdo. No soy crítico de cine, sin embargo creo que Esplendor en la hierba podría entrar en el olimpo de las obras maestras del cine. Elia Kazan, su director, a pesar de la antipatía que le tengo por sus delaciones ante el Comité de Actividades Antiamericanas, lo que se conoce como la caza de brujas del mccarthismo, reconozco que supo encontrar y reflejar, en esta y en otras muchas películas suyas, el ambiente, el pulso, el ritmo, los diálogos y la interpretación de los personajes que lo convierten en uno de los grandes directores del cine. Aunque sólo sea por esta película y por ayudarme a descubrir a William Wordsworth te perdono, Elia.

Resultado de imagen de esplendor en la hierba

Hoy es el 1-O, el Día Internacional de la Música

Pues sí, hoy es 1 de octubre. Miro el calendario y me doy cuenta de que sus hojas vuelan, de que julio, agosto y septiembre se han pasado en un suspiro. Hace calor. He dormido con la ventana abierta de par en par, lo que era impensable hace unos años en estas fechas. De madrugada refresca algo pero la temperatura en la habitación sigue siendo demasiado alta. Llevo una temporada que me despierto muchas veces durante la noche, no sé si por el calor o porque ya necesito dormir menos, así que aprovecho para escuchar la radio de bolsillo que tengo en la mesilla. En casi todas las emisoras se habla de lo mismo, de la conmemoración del 1-O en Cataluña, de que si habrá manifestaciones, de que si lo que ocurrió hace dos años fue un ataque o un golpe de Estado, una desobediencia alentada desde las instituciones catalanas, de la torpeza del gobierno de Rajoy, sobre todo de Sáez de Santamaría y Zoido, que no supieron prever lo que iba a ocurrir, que no pudieron evitar que aparecieran urnas y papeletas a pesar de que alardearon reiteradas veces de que nunca se iba a celebrar un referéndum, de la innecesaria violencia policial, del posterior victimismo de los independentistas…

Cambio de emisora pero es igual, es un monotema. Pero, ¡oh sorpresa!, en Radio Clásica me recuerdan que hoy se celebra el Día Internacional de la Música, que fue establecido por la UNESCO en 1975. Para justificar esta conmemoración, el mencionado organismo declaró ese día “en un intento de unir a todos los pueblos a través de sus diversas manifestaciones artísticas, específicamente la música, como símbolo de igualdad, ya que todos pueden identificarse con ella”. Lo de la unidad de los pueblos es una quimera, visto lo visto en nuestro país y en el mundo actual, donde patriotismos exacerbados y excluyentes se están imponiendo a ideas de unidad, de cooperación, de respeto.

No sé si la música amansa a las fieras, ayuda a que las vacas den más y mejor leche o a que las plantas crezcan más lozanas y hermosas. Pero hoy escucharé con más placer si cabe los cuartetos de cuerda de Mozart, un concierto de Sibelius, el Moldau de Smetana o alguna canción de Queen o de Sabina. El caso es disfrutar de una de las creaciones humanas que deberían servir para, de una vez por todas, acabar con las miserias en las que nos quieren embarcar determinados políticos.

Así que os dejo, me dirijo al equipo de música del salón, escojo alguno de los discos que os he mencionado, me olvido de la radio, de la televisión, del móvil y de Internet y comienzo a sumergirme en las notas musicales que elevarán mi espíritu. Os recomiendo que hagáis lo mismo, que recuperéis fuerzas para las semanas que se nos avecinan, que pueden ser de aúpa.

Resultado de imagen de día internacional de la música