Como un niño con zapatos nuevos

Cada vez se utiliza menos esta frase, porque, por suerte, la mayoría de los niños estrena zapatos con relativa frecuencia. Sobre todo, zapatos deportivos, que son más cómodos y duran más. Antes se le daba mucha importancia a estrenar ropa, llámense zapatos, camisas, jerséis o chaquetas. Esta era la época, fundamentalmente el Domingo de Ramos, en que las familias aprovechaban para comprar y estrenar nueva indumentaria, y también en el Corpus. Ahora, con las rebajas, que se realizan en casi cualquier mes, la ropa de Zara y la de las tiendas chinas, esto ha pasado a la historia y ahora se puede estrenar ropa en cualquier momento del año. Y como se estrenaba muy pocas veces, porque la economía no daba para más, los niños nos poníamos muy contentos y presumíamos de ropa nueva, sobre todo los zapatos, porque esos duraban más y se cambiaban muy de tarde en tarde.

Hoy me han entregado los primeros ejemplares de mi libro LA VIDA ES UN CUENTO. No estaba en casa cuando trajeron el paquete, así que cuando entré por la puerta, me encontré a mi mujer y a mi hija, muy sonrientes y con un ejemplar en la mano. Reconozco que hay emociones complicadas de describir, pero hojear el libro, mi primer libro, contemplar la portada y la contraportada o releer algunos párrafos al azar me han hecho muy feliz y estoy, realmente, como un niño con zapatos nuevos. Aunque ahora que lo pienso, este no es el primero, ya que ese fue ¡Vamos a hacer dibujos animados!, una experiencia educativa que publicó la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, realizada por varios maestros del CEIP Gustavo Adolfo Bécquer, de Montequinto. Otro sueño más cumplido. Hay muchas frases sobre sueños y realidad, pero como soy un admirador de Saint-Exupéry y de su obra El Principito, terminaré con una de sus frases más célebres: «Haz de tu vida un sueño y de tu sueño una realidad». Uno más cumplido y que se cumplan muchos más.

La presentación se realizará el 20 de abril, a las 7 de la tarde, en el Bar Mutante, en la calle Fresa (una bocacalle de la calle Calatrava, en la Alameda). Si queréis acompañarme y no tenéis planes mejores, allí os espero.

Mi primer libro: La vida es un cuento

La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido. Macbeth, 5° acto, escena V. William Shakespeare

Hace cerca de siete años, cuando me jubilé, se me ocurrió crear un blog con el objetivo de escribir sobre todo aquello que me interesara, la fotografía, los viajes, el ajedrez, la política, los recuerdos…, para ocupar parte del tiempo libre que, teóricamente, iba a tener. Después de buscar varios títulos se me ocurrió el de TRECEGATOSNEGROS, el trece y el gato negro unidos, dos símbolos de la mala suerte, según parece, una forma de dar a entender la importancia que el azar o la suerte, lo que se llama destino o fatum tienen en nuestras vidas. Estar en el lugar y en el momento oportunos o inoportunos pueden conducir el futuro de nuestra vida en una dirección u otra, ejemplos hay que lo demuestran.

Después de algunas semanas de prueba comencé a insertar relatos, historias en las que dejaba volar la imaginación, contaba recuerdos y experiencias o mezclaba ambas cosas, un recuerdo adornado con algo de fantasía. Y reconozco que cada vez me gustaba más escribir esas historias. Llegué a plantearme incluso escribir una novela, redactando varios argumentos, imaginando lugares, personajes, tramas. Pero no me veía ni con fuerzas ni con paciencia para dedicar horas y horas a trabajar en la novela, así que deseché la idea y seguí con los relatos.

Desde entonces habré escrito unas sesenta historias y después de alguna duda decidí lanzarme al vacío y no sé si por osadía o inconsciencia, seleccioné veinticuatro de esos relatos y los envié a varias editoriales. Tres de ellas me propusieron la autoedición, o sea, pagar yo la impresión y venta de los libros, pero no me gustaba la idea de sablear a mis amigos o ir puerta por puerta vendiendo mi producto, y la cuarta editorial, Libros Indie, me publica la citada selección porque considera que tiene calidad y se arriesga a publicar la primera obra de un autor desconocido, a la que he titulado La vida es un cuento. Son relatos y microrrelatos que, entre otras historias, reflexionan y describen diferentes momentos de la vida de las personas, con alguna nota autobiográfica y experiencias personales. Héroes y villanos, jovenes y ancianos, ganadores y perdedores, realidad y fantasía, se entremezclan a lo largo de los relatos, sin un claro o definido hilo conductor.

O sea, que aquí me tenéis, otro jubilado que no tiene otra cosa mejor que hacer que publicar un libro de 208 páginas. Me gusta la edición, aunque solo he visto la maqueta, muy cuidada y atractiva, y una portada sugerente. Según el editor, el libro se presentará en Sevilla, en un lugar todavía sin determinar, aunque me ha dicho que será en un local en Triana o la Alameda, el miércoles 20 de abril, entre Semana Santa y Feria, una bonita fecha. Seguiré informando.

El horóscopo

Hay ocasiones en que se hacen las cosas sin pensar, sin planificar y salen bien, y otras, seguramente la mayor parte de las veces, salen mal. Actuar o hablar de manera irreflexiva o emocional suele conducir a situaciones imprevistas y catastróficas y por eso no me gusta actuar o hablar así, aunque a veces, por pensar demasiado las cosas, he dejado pasar muchas buenas oportunidades.

Dicen que los tauro somos personas previsibles, sistemáticas, prácticas, ordenadas, en suma, personas aburridas. Por eso no nos gusta improvisar, quizás porque tenemos aversión a las sorpresas y porque no tenemos reflejos para responder de la manera más apropiada a aquello que surge de repente. También dicen los expertos en astrología que somos personas tranquilas y plácidas la mayor parte del tiempo, pero impetuosos y brutales cuando se nos enfada o se nos cruzan los cables. Serios, trabajadores y pragmáticos, si se nos mete una cosa en la cabeza no paramos hasta conseguirla porque la constancia es una de nuestras más reconocidas virtudes. Pero la monotonía, la planificación o el orden tienen hoy muy mala prensa, por eso los tauro estamos de capa caída. Ahora hay que tener un pensamiento divergente, original, que se salga de lo corriente, saber improvisar, sorprender. Pero no busquéis en los tauro sorpresas, ni fuegos artificiales. Por lo menos en la mayor parte de los tauro, aunque habrá honrosas excepciones, supongo.

Eugenio y yo estábamos de acuerdo en muy pocas cosas; yo era del Madrid y él del Barça, a mi me gustaba hacer deporte y leer mucho y él se pasaba el tiempo libre tumbado viendo la televisión, a mí me gustaba viajar y él sólo se movía del pueblo para visitar a la familia o para ir al médico, yo de izquierdas y él de derechas, a mí me gustaban las morenas y delgadas y a él las rubias y gorditas. Total, que no compartíamos casi ningún gusto, pero simpatizábamos, vaya usted a saber por qué y siempre buscábamos momentos para estar juntos. Era un buen conversador y sabía argumentar sus razonamientos con mucha inteligencia y habilidad y me costaba, lo reconozco, vencerle en las discusiones. Por eso, quizás, me gustaba, porque veía en él un contrincante a mi altura con el que merecía la pena competir, sobre todo en ajedrez. Una de las pocas cosas que compartíamos era nuestra afición al ajedrez, pero en esto también diferíamos. A mi me gustaba plantear partidas tranquilas, con movimientos poco arriesgados, basándome en la defensa y arriesgándome sólo lo imprescindible. Una defensa Caro Kan, una india de dama o una Petrov eran mis favoritas mientras que a Eulogio le gustaban la siciliana o la india de rey. Él siempre buscaba sacrificios imposibles, aperturas raras para que yo no pudiera basarme en la teoría o distracciones de cualquier tipo para que no pudiera concentrarme. Yo quería planteamientos a largo plazo, situando mis piezas sin fisuras, pero él prefería los golpes de efecto, las improvisaciones, los movimientos arriesgados. «Prefiero morir matando a morirme de aburrimiento» era su frase preferida cuando llevábamos más de una hora sentados ante el tablero. «Eulogio, el ajedrez es un juego de lógica, de previsión, de planificación, no una forma de suicidio». La verdad es que yo era mejor jugador y ganaba la mayor parte de las partidas, pero a veces me sorprendía con jugadas maravillosas que después comentábamos cuando me ganaba. En las tardes de invierno, con el viento soplando furioso, las olas balanceando los barcos y las gotas de lluvia golpeando los cristales, un café caliente, una copa de brandy y una partida de ajedrez eran el mejor modo de pasar el tiempo.

En aquella época el tiempo transcurría con lentitud, con amable y tranquila pereza y las horas y los días se desgranaban sin apenas sobresaltos, unos iguales a otros, sin luces ni sombras ni altibajos ni estrépito. No éramos conscientes de que la vida era eso y no fuimos capaces de saborearla, de concentrarnos en apresar los momentos como un auténtico tesoro, como un placer de los sentidos, que se acorchaban sin remedio, ausentes y distraídos. El tiempo flotaba delante de nosotros, como las hojas doradas en el otoño, como globos irisados, y no supimos cerrar las manos alrededor y apresarlo y hacer un lazo y amarrarlo y esconderlo en lo más hondo y profundo del pecho para que nunca se escapara. Y se escapó. Y ya nunca más busqué el tiempo perdido ni lo encontré en una magdalena. El olvido arrinconó o diluyó demasiados recuerdos. Esos días, sin embargo, los puedo recordar con nitidez, como si hubieran transcurrido ayer, pero han pasado ya demasiados años.

Recuerdo a mi compañero Eulogio sentado al lado de la puerta del café, abriendo el periódico todas las mañanas por la página donde leía lo que los astros le deparaban. Supersticioso como pocas personas a las que he conocido, se creía al pie de la letra todo lo que pronosticaba el experto en astrología del diario, que seguramente también escribiría sobre deportes, sucesos o notas de sociedad y me leía en voz alta lo que allí se decía, mientras yo me tomaba el café con la tostada. Un escorpio como él era opuesto a mí, según decía, aunque también nos complementábamos. Me gustaba charlar con él y discutir sobre las cosas más variadas y peregrinas, de fútbol, de política, de mujeres, de economía, de pesca, del tiempo o de cualquier tema que surgiera.

Cuando los pronósticos del horóscopo eran favorables y el viento soplaba a favor, los días al lado de Eulogio eran alegres, divertidos, llenos de conversaciones inteligentes, irónicas, de largos paseos por los caminos que rodeaban el pueblo o que se asomaban a la ría. Pero si los pronósticos eran aciagos o pesimistas, yo tenía que alejarme, distanciarme de un ser que podía llegar a ser nocivo, incluso violento. Lo bueno es que los horóscopos raras veces predecían días totalmente negativos, sino que siempre dejaban una puerta a la esperanza y a eso me agarraba yo e intentaba que él también se apoyara en la parte más positiva. Pero en esos días los silencios se agrandaban, el gesto de su rostro era hosco, desagradable y la mirada perdida y baja, las manos en los bolsillos de la chaqueta o de los pantalones, los pasos largos. Como yo estaba acostumbrado a esa situación, caminaba a su lado y apenas le hablaba. Sólo cuando se iba acercando la medianoche y el día estaba a punto de terminar, las miradas al reloj eran cada vez más frecuentes y en su cara se percibía el cambio de humor. Entonces era cuando podíamos comenzar a hablar casi sin problemas ni malos modos.

Una tarde de invierno, anocheciendo, sentados frente al tablero de ajedrez al lado de la ventana que daba al puerto y a la ría, comentábamos un suceso que había ocurrido días atrás en la fábrica de conservas del pueblo. El dueño había echado a una mujer porque, según decía, había estado robando latas a lo largo de varios meses. El encargado había sospechado de ella y la estuvo vigilando durante dos o tres semanas. Efectivamente, la mujer, una señora casada con un carpintero y madre de cuatro hijos todavía pequeños, metía cada vez tres o cuatro latas de conservas en su bolso y se las llevaba a su casa. Después, según se comprobó, las vendía a las vecinas y se ganaba un dinero extra. Ese dinero, según comentó después ante magistratura, era para compensar lo poco que ganaba en la fábrica y que le permitía llegar a fin de mes. Nosotros conocíamos a la familia y considerábamos muy injusta la decisión de la magistratura, que le dio la razón al propietario y dejó a la mujer sin trabajo. «No hay derecho a que se explote así a la gente», «con los millones que gana la conservera, podían haber hecho la vista gorda o llamarle la atención y avisarla, pero no echarla, a ver qué van a hacer ahora, porque con lo que gana el marido imposible vivir dignamente», «y lo malo es que a ver ahora quién la contrata para hacer cualquier trabajo, porque en los pueblos ya se sabe». Cuando llevábamos hablando un buen rato sobre el tema, Eulogio dijo «esto no puede quedar así, tenemos que darle una lección al dueño para que aprenda». Yo estuve de acuerdo, pero dije que no se me ocurría nada, como no fuera intentar hablar con él para convencerle de que volviera a contratarla. «Eso seguro que no arregla nada, conociendo al personaje, que es un impresentable y un hijo de su madre» comentó mi compañero. «Pues ya me dirás, porque dejar de comprarle latas de conserva no me parece que sea demasiado eficaz, o hacer campaña en contra en el pueblo sería ineficaz y contraproducente, porque la mayor parte de las familias depende de ese trabajo», terminé de razonar. No veía una solución porque, entre otras cosas, la mujer había confesado los hurtos y el empresario no iba a dar marcha atrás, porque quería dar un escarmiento y que nadie volviera a intentar llevarse nada de la fábrica.

No me gusta tomar decisiones a la ligera porque me asustan las posibles consecuencias negativas, o el ridículo, o el qué dirán. Por eso, cuando Eulogio me dijo que se le había ocurrido algo, mientras nos dirigíamos hacia la fábrica que estaba situada en las afueras del pueblo, en la carretera que llevaba hacia la capital, algo me dijo que debería detenerlo. «A ver, qué se te ha ocurrido», dije con un pequeño temblor en la voz. «Ya lo verás, y si no quieres acompañarme, quédate aquí».

Hay situaciones, momentos en la vida o decisiones que pueden cambiar el destino de los hombres. La mayor parte de las veces son acciones sin importancia, que hacemos con frecuencia, como cruzar una calle distraído, pasar debajo de un balcón con macetas, comer sin masticar bien un trozo de pollo, decir sí o no, callar cuando tienes que hablar o hablar cuando deberías permanecer callado, llegar tarde a una cita, coger un avión o un coche… Todos los días realizamos gestos como esos y casi nunca tienen trascendencia. Pero un coche que se salta un semáforo, una maceta suelta, decir una palabra o una frase a destiempo, girar a la derecha en lugar de a la izquierda o aplazar un viaje, por ejemplo, pueden acabar con uno en un instante o con el futuro hecho trizas. Yo no sabía en ese momento que la decisión de seguir andando al lado de Eulogio o detenerme y darme la vuelta podía cambiar mi vida. Los tauro somos prudentes pero no cobardes y el tono de voz de Eulogio era desafiante, como un trapo rojo que ponía delante de mí y yo, sin dudarlo, acudí sin pensar al engaño. Ese es nuestro problema, a veces pensamos demasiado las cosas pero nos dejamos convencer o llevar con cierta facilidad. Eulogio no me engañó, pero me retó, y eso, todo hay que decirlo en honor a la verdad, suponía que Eulogio me conocía muy bien. No intentó convencerme, sino desafiarme, una de las mejores maneras de hacer actuar a un tauro.

Llegamos a una de las puertas de la fábrica, una nave enorme, paredes muy altas, con cierto aire decadente o de abandono, desconchones en las paredes, cristales sucios. Había dos coches aparcados en un lateral, uno de ellos lo conocíamos muy bien, un Mercedes negro con matrícula antigua, pero muy bien cuidado. El otro vehículo era un Ford Fiesta. Eulogio me dijo que diéramos una vuelta. Algunos focos iluminaban el exterior. Sabíamos que Luis, el guarda de la conservera, un  marinero jubilado que tenía muy malas pulgas, estaba de baja por una lesión en una pierna; lo veíamos todos los días acodado en la barra de uno de los bares del paseo marítimo charlando con otros marineros, contando sus aventuras en el Mar del Norte. En la fábrica no se necesitaba un guarda, nunca habían intentado robar, entre otras cosas porque en las oficinas no había dinero en efectivo y a nadie se le ocurriría, según se decía en el pueblo, robar latas de conservas. Pero Luis había sido amigo de la infancia del dueño, había trabajado en uno de sus barcos pesqueros y era una manera de agradecerle los servicios prestados y añadir algo de dinero a la escasa pensión.

Eulogio se asomó con precaución a la ventana de la oficina. Allí estaba el dueño, revisando un libro de cuentas y charlando con uno de sus hijos, el menor, el que seguramente se haría con las riendas de la fábrica ya que los otros dos, un médico y un arquitecto, se había ido del pueblo hacía años. El hijo era un muchacho alto, muy fuerte, acostumbrado a hacer deporte. Siempre en chándal, se paseaba por las calles luciendo palmito y atrayendo las miradas de las muchachas, guapo, rico, simpático, el mejor partido de la localidad. Él picaba aquí y allá, pero todavía no había elegido. Según decían las malas lenguas, le gustaba más la carne que el pescado, lo que en un pueblo marinero era una auténtica herejía.

Eulogio me hizo una señal para que nos deslizáramos bajo la ventana para evitar ser vistos. Sacó un spray de su chaquetón y se dirigió al Mercedes. Antes de que pudiera darme cuenta, había escrito con pintura blanca en el lateral “Conservera, mafia explotadora” y lo culminó con círculos y rayas alrededor de todo el coche. Intenté evitarlo, pero se dirigió al otro coche y escribió “Paco es maric”. Esto ya no lo pude consentir y antes de que terminara de escribir, intenté quitarle el spray. Hay líneas que no se deben traspasar. Yo era más fuerte y más ágil que Eulogio, pero se resistía con uñas y dientes. Los resoplidos y el forcejeo llamaron la atención de padre e hijo, que salieron a la puerta y nos vieron luchando. Al principio no se dieron cuenta de lo que pasaba y se acercaron con la intención de separarnos, diciéndonos que dejáramos de pelear. Pero Paco, viendo lo que Eulogio había escrito, se lo señaló a su padre, se enfureció, volvió a entrar en la oficina y salió con un bate de béisbol, que seguramente tendría el guarda como arma disuasoria. Sin mediar palabra, le dio un fuerte golpe a Eulogio en un costado y éste cayó al suelo retorciéndose entre gritos de dolor. Después se dirigió a mí e intentó hacer lo mismo. En aquella época yo era bastante fuerte y muy flexible, así que me eché a un lado y esquivé el primer golpe. El padre intentó impedir la pelea, mientras le decía a su hijo que no siguiera, que nos denunciarían y que ya pagaríamos lo que habíamos hecho. Pero Paco estaba ya fuera de sí porque había leído lo que se había intentado escribir en su coche. Me arrinconó en una esquina y lo último que recuerdo fue un estallido de luz y un enorme dolor en la cabeza.

Treinta y cinco años después, a mil kilómetros de distancia, sentado en un banco frente a un mar tranquilo por el que algunos veleros navegan perezosamente, no sé por qué hoy me viene a la memoria lo que ocurrió ese día. Según me contaron después, estuve cerca de un mes en coma, rodeado de máquinas que me ayudaban a respirar, cables que monitorizaban corazón, pulmones, tensión arterial, ondas cerebrales. El golpe había sido brutal en la frente y estuvo a punto de matarme. Poco a poco, sin embargo, fui recuperándome, salí del coma y comencé a mover los ojos, las manos, los brazos, empecé a hablar, a recordar, lentamente, lo que había pasado. Sufría, y sufro todavía, grandes lagunas de memoria, aunque lo sucedido ese día, curiosamente, lo recuerdo con total claridad, pero la movilidad de las piernas costó mucho más. Años de rehabilitación, fuertes dolores en la cabeza, lapsus en el habla y otros problemas neurológicos me impidieron volver a dar clase. Me dieron la baja definitiva y desde entonces cobro una pensión que me permite vivir sin problemas. Me alejé del pueblo y busqué otro lugar tranquilo, también al lado del mar. Me sería imposible vivir lejos de la gran madre, de donde todos venimos, de su arrullo, de su abrazo, lánguido a veces, furioso otras, pero siempre amoroso.

La conservera desapareció. Después del incidente, la policía investigó el suceso y encontró que el dueño de la conservera y su hijo se dedicaban al tráfico de drogas, al blanqueo de dinero y a otros negocios sucios, incluido el tráfico de mujeres. A ellos los metieron en la cárcel, donde estuvieron muchos años y hoy, muerto el padre, no se sabe dónde está el hijo que me agredió. Quizás saliera del país, se haya establecido en algún paraíso fiscal o en algún lugar donde no se pueda localizar.

Mi amigo Eugenio me viene a ver a veces. Se jubiló hace tres o cuatro años y tampoco se casó. “No soy capaz de aguantarme a mí mismo, como para aguantar a otra persona; al único que soportaba un poco era a ti”, me dice muchas veces, sonriendo. Él tuvo más suerte que yo, sólo tres o cuatro costillas rotas y un pequeño golpe en la cabeza. Después del incidente dejó de leer el horóscopo “menuda mierda de predicción la de aquel día, que tendríamos un día lleno de aventuras, claro que fue una aventura, pero estuvo a punto de costarnos la vida y de eso no decía nada, así que ya no lo leo nunca”. “Pues mira tú, yo sí que me aficioné a leer el horóscopo”, le dije “porque más acertado ese día no pudo ser”.

Desde entonces miro la vida con otros ojos. He dejado de ser tauro y ahora me he apuntado a los piscis, a los que más les gusta improvisar del zodiaco. Abro todos los días la página por donde el periodista, el astrólogo o el becario de turno escriben aquello que se les ocurre sobre lo que me sucederá a lo largo del día y dejo que ellos y el destino decidan por mí, total, si el azar o las estrellas lo dirigen todo, para qué preocuparse.

El pasillo del miedo

Durante el día, el pasillo que va del salón comedor a la cocina tiene una luz que entra por la primera puerta, la que está a la izquierda, la habitación de los padres. A la derecha está la habitación de mi abuela, pero esa es una habitación interior, no tiene ninguna ventana y por ahí no entra luz alguna. Durante el día, la puerta de la habitación de los padres está siempre abierta, se ve la cama perfectamente hecha, el armario, la mesilla de noche y la lámpara con apliques que cuelga del techo. La luz entra por el balcón que está frente a la puerta. Es una luz tenue pues las cortinas no permiten que el sol entre a raudales. No es de buen gusto que los vecinos puedan ver los dormitorios. A mitad del pasillo está la puerta de entrada al piso, con su mirilla para comprobar si quien llama es alguien conocido o no. Cuando me quedo solo, me prohíben abrir la puerta; si suena el timbre tengo que permanecer callado, como si no hubiera nadie en casa.

Al final del pasillo está el baño, pero ahí sólo hay un ventanuco cerca del techo que apenas deja entrar alguna claridad, está siempre como en una especie de penumbra por lo que hay que encender la bombilla que cuelga del techo. A un lado del baño está la cocina, con la mesa que sirve para desayunar y colocar algunos platos, una panera y algunos botes con harina, arroz, azúcar o sal. Encima de la mesa está la repisa y sobre ella la radio, siempre encendida con canciones dedicadas o radionovelas. Frente a la cocina y al lado del baño está mi habitación. Es una habitación pequeña, con una cama, una mesilla con una lamparita y una mesa de estudio. La mesa de estudio está bajo la ventana, que se asoma a un pequeño descampado al final del cual está una carretera de salida de la ciudad. Vivimos casi en las afueras, aunque la ciudad está creciendo por esa zona y cada vez se construyen más casas y se asfaltan más calles. En esa carretera hay una parada de autobuses de los que se bajan las mujeres que traen por la mañana la leche, las lechugas, las berzas y las patatas que luego venden en el mercado o en los puestos que ponen cerca de casa. Esa ventana tiene que estar casi siempre cerrada pues da al norte y por ahí entra mucho frío y mucha humedad, pero también mucha luz. Yo me distraigo viendo pasar las nubes, los pájaros y las gaviotas que revolotean sobre los edificios en los días de temporal y esos días no soy capaz de concentrarme para estudiar la tabla de multiplicar o el catecismo.

Durante el día voy del comedor a mi habitación, al baño o a la cocina sin ningún problema, andando sin prisa, mirando las fotos y los cuadros que hay en las paredes. Uno de los cuadros es un paisaje desértico, con algunas palmeras y una tienda de tela, una jaima dice mi padre que se llama. Seguramente lo trajo mi tío, que estuvo haciendo el servicio militar en África. Otro tío estuvo en Brasil y trajo una foto de una enorme montaña de piedra encima de la cual hay un Cristo con los brazos abiertos.

Durante el día, por las tardes, cuando subo de la calle o regreso del colegio, el único sitio en el que juego con tranquilidad es el pasillo. En el salón comedor no me dejan jugar casi nunca, mi madre y mi abuela planchando, haciendo calceta o viendo la televisión y cuando mi padre está en casa lee mucho, el periódico, novelas del oeste, de un tal Homero, libros de la colección Austral o de viajes, mi padre es un gran lector y aunque nunca estudió una carrera tiene mucha cultura. Cuando tengo alguna duda del colegio o de alguna cosa que sale por televisión o dicen por la radio, mi padre siempre sabe la respuesta. De mayor me gustaría parecerme a mi padre.

Durante el día, cuando llego del colegio o de jugar en la calle, quiero seguir jugando, yo no leo, no tengo libros que me gusten, no entiendo los que lee mi padre y otras veces, cuando quiero coger alguno de la estantería me dicen que eso no se puede leer, que no es lectura para niños y entonces me entra la curiosidad. A los niños no nos dejan hacer muchas cosas, pero sí puedo jugar en el pasillo, siempre que no haga demasiado ruido, no se puede molestar a los mayores, pero los niños siempre molestan a los mayores en casa, por eso nos dejan estar mucho tiempo en la calle. Por eso puedo cerrar la puerta que comunica el salón comedor con el pasillo y juego con la pelota, sin darle fuerte, o juego a las chapas o a las canicas. A veces sube mi amigo Felipe y jugamos los dos. Felipe es mi mejor amigo, estudiamos los dos en el mismo colegio y estamos casi siempre juntos. Felipe tiene un balón de reglamento que es la envidia de todos los niños de la calle. En el pasillo no podemos jugar al escondite, ni a quedar, porque no hay sitio para esconderse, así que lo único que nos queda es el balón, las canicas o las chapas. Él es mejor que yo jugando al balón, pero yo siempre le gano a las chapas y a las canicas.

Por la noche el pasillo se convierte en otra cosa, en un terreno desconocido, terrorífico, solitario, silencioso, el pasillo del miedo. Cenamos temprano en el salón viendo la televisión y después ayudo a mi madre y a mi abuela a recoger las cosas y llevarlas a la cocina. Me gusta ayudarlas porque me siento importante y porque me estoy haciendo mayor. Cuando era más pequeño no me dejaban ayudar porque decían que se me podían caer las cosas al suelo y romperse. Ahora ya no, ahora tengo mucho cuidado. Las luces del pasillo y de la cocina se encienden para que no tropecemos y cuando está todo recogido nos quedamos a ver la televisión. Mi padre no, mi padre sigue leyendo y sólo levanta la cabeza cuando sale alguna noticia que le interesa y la comenta con mi madre. A mi no me gustan las noticias, sólo veo los dibujos animados y una serie de marionetas que me hace mucha gracia.

Me acuesto pronto, cuando en la pantalla salen unos dibujitos que les dicen a los niños que tienen que acostarse “vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar”. Cuando termina la canción, mi madre me mira y ya sé lo que tengo que hacer. Y en ese momento empieza la angustia. Yo ya soy mayor, ya me sé la tabla de multiplicar casi entera, la del siete es la que se me atraganta un poco, y me dejan ayudar a poner y a quitar la mesa y me envían a la tienda a comprar. Ya soy mayor y los niños mayores no pueden demostrar que tienen miedo, los niños, si tienen miedo, se aguantan, tienen que ser valientes, pero las niñas sí pueden tener miedo y llorar, eso no es justo. En esos momentos me gustaría ser una niña y decirle a mi madre que me da miedo irme solo a la cama, que en la habitación, que está a oscuras, puede haber algún monstruo, algún fantasma o algún demonio. Mi madre, mi abuela, en la radio, cuentan muchas historias y muchos cuentos que me dan miedo. Me gusta escucharlos, pero cuando abro la puerta del pasillo me acuerdo del hombre del saco, de Hansel y Gretel, de Pulgarcito, de Caperucita Roja. Siempre hay una bruja, un gigante, un monstruo que está escondido y que engaña a los niños, a los que se atreven a ir solos por el bosque o por pasillos oscuros y solitarios. Yo supongo que esas historias se contarán para que tengamos miedo y no nos vayamos a sitios peligrosos. A mí siempre me ha dado miedo la oscuridad porque me parece que ahí siempre se esconde un peligro desconocido, un ser que desaparece durante el día pero que aparece por la noche acechando a los niños incautos y se muestra cruel e implacable con ellos.

El pasillo es largo, interminable y está lleno de sombras. El pasillo ya no es un pasillo ni un camino sino un laberinto en el desierto, con palmeras que se inclinan hacia la arena, intentando atrapar a los que pasan a su lado, un mar que se mueve acompasadamente con el viento, un mar en el que nadan monstruos de ojos rojos, dientes afilados y aletas vigorosas, que suben hasta la superficie para mirar a los que se atreven a pasar por allí para hipnotizarlos, para tragarlos de un solo bocado e introducirse con ellos hacia las profundidades, como nos contó una vez el maestro de una ballena que se tragó a un hombre y lo tuvo tres días en su vientre. Recuerdo que ese hombre se llamaba Jonás, un nombre muy raro, como casi todos los de la Biblia, porque esa historia es de la Biblia. Yo he leído una biblia para niños, pero la verdad es que muchas de las historias que allí se cuentan también dan mucho miedo, no parece un libro para niños, la verdad.

Enciendo la luz del pasillo, pero es una luz que apenas sirve para ver que al final del pasillo está mi habitación a oscuras. No sé si en la habitación hay alguien, siempre me parece que algo se mueve allí o que de allí sale algún ruido extraño. Durante el día me gusta estar solo en mi habitación, sin que nadie me moleste, pero por la noche mi habitación es un mundo extraño y desconocido hasta que enciendo la luz y puedo comprobar que no hay nadie y que nada ni nadie hay debajo de la cama. Pero el camino por el pasillo es puro terror. Yo voy recitando en voz baja la tabla del cinco, que me la sé muy bien y me tranquiliza, pero me acerco a mi habitación y empiezo con la tabla del siete y me equivoco y me asusto y quiero regresar al lado de mis padres y de mi abuela pero ellos ya han cerrado la puerta del salón y yo estoy solo y no me atrevo a entrar, dudo entre salir corriendo hacia la seguridad del salón o atreverme a encender la luz de mi habitación y comprobar aterrorizado que allí hay un demonio o una ballena o una bruja o el hombre del saco. Pero no puedo volverme atrás, ya estoy en la puerta y pulso el botón de la luz y compruebo que la ventana está cerrada, que la persiana está bajada, que no hay nadie y me atrevo a mirar debajo de la cama, muy asustado, y allí tampoco hay nada. Y respiro aliviado.

Otra noche que he sido valiente, o eso creen mis padres, que no sé si se dan cuenta del miedo que paso o si se dan cuenta, no me dicen nada para que vaya aprendiendo a soportar el miedo. Eso no se hace con un niño. Entonces me acuesto, rezo las oraciones que me enseñó mi abuela y tardo poco en dormirme. Seguramente volveré a soñar con monstruos que se arrastran por el pasillo o por cuevas oscuras y se comen a los hombres y a los niños incautos que se atreven a meterse en cuevas. Y me despertaré por la noche gritando y nadie me escuchará porque la habitación de mis padres y de mi abuela están al final de pasillo del miedo y no me atreveré a levantarme para decirles que me da miedo dormir solo. No puedo decirles eso porque ya soy un niño mayor.

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El perro Adolfo

—¿Crees que le gustará el regalo a Ana? —me preguntó Alberto mientras abría la caja que llevaba en la mano. Habíamos entrado los dos en el ascensor, charlando animadamente sobre lo bonito que había quedado el arreglo del vestíbulo del bloque. “Menos mal que, por lo menos, no hemos tirado el dinero de la comunidad comprando chorradas como otras veces”, dije yo. El mármol gris del suelo contrastaba con la calidez del revestimiento rosáceo de las paredes y con la madera clara de los plintos y el pequeño banco que se había colocado junto a la jardinera, donde un hermoso helecho vigilaba atentamente nuestro paso. La verdad es que había quedado muy bien y todos habíamos felicitado efusivamente al presidente de la comunidad tanto en persona como en la última reunión de vecinos, en la que hacíamos constar nuestro agradecimiento por la encomiable labor de buscar y encontrar un presupuesto ajustado que no lesionara gravemente las cuentas ni ocasionara un grave quebranto en el presupuesto ni una derrama excesiva que los vecinos no estábamos dispuestos a afrontar. Palabras de agradecimiento del presidente que reiteró su ofrecimiento de continuar en la presidencia del bloque otro año más. Suspiros de satisfacción y de alivio acompañaron estas últimas palabras.

Lo que en principio me parecía una caja de zapatos, aunque difería un poco en cuanto a tamaño y material, pues no era de cartón, sino de plástico con algunos agujeros en la tapa y en los laterales, resulta que contenía una especie de ovillo de lana de color gris oscuro, casi negro. Pero en cuanto el ovillo vio la luz, se desenrolló y resultó ser un cachorrillo que cabía en la palma de la mano. El ovillo, digo el cachorro, tenía los ojos cerrados, como si le molestara la luz de la cabina del ascensor, que brillaba intensamente pues también se habían cambiado los dos ascensores hacía tres o cuatro años, con dos espejos en los que uno se podía contemplar de frente y de perfil. El bloque había mejorado mucho, lo que suponía un incremento del valor de los pisos y satisfacía a todos aquellos que estaban deseando vender su vivienda y largarse de allí, una barriada situada en las afueras de la ciudad. Entre ellos estaba yo. Todo el que se había comprado un piso en esa zona era porque no podía permitirse el lujo de comprarlo en otro sitio, como es lógico.

—Yo no entiendo mucho de perros ni de ningún animal de compañía, Alberto, pero supongo que a Ana Luisa sí le gustará —dije para tranquilizarlo, pues me estaba mirando con una especie de súplica en los ojos y con la boca un poco abierta, anhelante, esperando mi respuesta.

—El perrito es un schnauzer mini —me explicó, como si yo supiera lo que era eso—. Tiene su pedigrí y todo y me valió un pastizal. Lo malo es que esto no es un vestido o una joya, y no podré devolverlo. Si a ella no le gusta, ¿te importaría quedártelo tú? Seguro que a tu mujer le encantará.

“Sí, hombre, lo que me faltaba”, pensé yo con una medio sonrisa que intentaba disimular mi negativa más rotunda y mi aversión a todo bicho viviente que no fuera humano y que conviviera con nosotros en un piso de setenta metros cuadrados. Ni perros, ni gatos, ni canarios, ni pececitos de colores ni boas constrictor, como el vecino del cuarto B, que el día que se le escapara iba a liar una buena.

—No te preocupes, seguro que le gusta a Ana Luisa —contesté mientras el ascensor se paraba en mi piso, el sexto—. Es un cachorrillo precioso y, además, no crecerá demasiado, supongo, siendo un no sé qué mini.

Unas veces la llamábamos Ana y otras veces Ana Luisa, porque así es como se presentó ella cuando llegaron al bloque. Entrábamos los dos matrimonios en el vestíbulo y ella, que era siempre la que llevaba la voz cantante, dijo “hola, buenos días, somos los nuevos vecinos del séptimo, mi marido, que es este que está aquí a mi lado, se llama Alberto y yo Ana Luisa, aunque este me llama a veces Analisa, lo que me molesta bastante, parece que trabajo en un laboratorio de análisis clínicos, pero no, yo trabajo en el banco de Santander y él también, es analista de sistemas y claro, está todo el día analizando datos y me ha puesto lo de Analisa, que le hace mucha gracia y a mí ninguna”. Todo esto lo dijo en un santiamén, un torrente de palabras, como ella, que era un vendaval en todos los aspectos. Nerviosa, sin parar de mover las manos, vestía con elegancia, según me dijo mi mujer. Yo, la verdad, no me fijé en su ropa, sino en la cara y en el tipo. Muy guapa, con unos grandes ojos negros que miraban fijamente sin apenas pestañear y que parecían taladrar a todo el que la miraba, el pelo recogido en un moño que dejaba al descubierto un rostro fino, agraciado, bien proporcionado, pero excesivamente serio. El cuerpo también se resaltaba pues llevaba un traje de chaqueta negro ajustado y unos tacones de aguja sobre los que parecía imposible sostenerse. Alberto, su marido, era un poco más bajo y más grueso, también trajeado, pero mucho menos elegante. Venía cargado de bolsas de El Corte Inglés que le impidieron darnos la mano “perdonad, pero venimos de comprar muchas cosas para el piso, y todavía tenemos el coche cargado, cuando ya estemos instalados, a ver si venís un día a tomar algo y nos vamos conociendo”. Esto lo dijo también Ana, pasando como un torbellino delante de nosotros sin comprobar si su marido la seguía o no. Alberto intentó seguir a duras penas su paso y la alcanzó cuando ya las puertas del ascensor estaban a punto de cerrarse.

—Creo que éste es un calzonazos de tomo y lomo —dijo mi mujer—. Una cosa es la igualdad y otra la falta de personalidad. Ya veremos si quiero ir a tomar algo con ellos.

Esta afirmación tan contundente se confirmó a lo largo del tiempo. Sin embargo, nos hicimos relativamente amigos, sobre todo gracias a Alberto, un buenazo que estaba siempre dispuesto a hacer favores. Ella no, ella era de esas personas que hablan impartiendo cátedra, convencida de que sus opiniones eran siempre las correctas, sin ningún atisbo de duda, la que llevaba siempre la razón. Era la que mejor cocinaba, la que sabía más de política, de negocios, de moda o de cualquier tema que saliera en la conversación. Las reuniones de comunidad a las que asistía eran temibles, pues nada de lo que hiciera el presidente o de lo que se nos ocurriera a los vecinos, mortales humanos normales y corrientes, merecía la pena tenerse en cuenta. Subdirectora de una oficina bancaria, se creía la reina del mambo.

Total, que al cabo de unas semanas de la escena del ascensor, bajaron Alberto y Ana Luisa. Ella venía exultante, una de las pocas veces que la vi contenta y sonriendo de oreja a oreja.

—Os presento a Adolfo —dijo mostrando al perrito que, todo hay que reconocerlo, era una auténtica monería. Lo traía en una cesta que dejó al lado del sofá donde nos sentamos a charlar. Allí ella nos explicó que Alberto la había sorprendido con un regalo que no esperaba. “Por una vez”, dijo mirando a su marido con una especie de condescendencia que a mi mujer y a mí nos fastidió, como siempre que ella hablaba de él o con él. “Porque casi nunca acierta con los regalos, y mira que le doy pistas, pero nada, no hay manera, pero esta vez, sí, esta vez ha conseguido emocionarme. Ahora sólo hace falta que acierte con lo de tener un hijo, porque a este paso, se me va a pasar el arroz, y mira que lo intentamos, pero me da la impresión de que sus espermatozoides son tan lentos y despistados como él”.

Para reconducir la situación que, como casi siempre, se volvía incómoda cuando Ana hablaba de Alberto, pregunté de una manera inocente e intentando hacer un pequeño chiste:

—¿No le habréis puesto Adolfo por Hitler, supongo?

El escaso sentido del humor de nuestros vecinos, sobre todo el de Analisa, desde este momento empezamos a llamarla así mi mujer y yo, pero nunca delante de ella para que no se rompieran definitivamente los escasos lazos que nos unían, se manifestó en su airada respuesta:

—¿Cómo se te ocurre pensar eso? Menuda tontería, menuda idiotez. Alberto y yo somos demócratas y tú lo sabes y no me gusta que hagas bromas sobre un asunto tan serio. Le hemos puesto Adolfo por nuestro presidente, el que ha traído la paz, la democracia, la libertad a nuestro país, el que ha conseguido acabar con el franquismo y sepultar para siempre el odio y la confrontación entre los españoles. Porque si hubiera sido por Felipe, no me hubiera extrañado que otra vez surgiera el Frente Popular…

“Pues como yo tenga un hijo, un perro, un gato o un grillo, pensé mirándola con uno ojos que apenas parpadeaban, ten por seguro que le pondré Felipe. Y si tengo dos, al primero Felipe y al segundo Alfonso, a ver qué te vas tú a creer”. Pero como siempre, me callé, aplicando la máxima de que uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras o aquello de que en boca cerrada no entran moscas.

Pero claro, aquí mi mujer lanzó un bufido y dio un pequeño golpe en la mesa. Buena era ella para aguantar discursos de alguien que no permitía la mínima crítica ni que nadie le llevara la contraria.

—Mira, Ana, tengamos la fiesta en paz. Ya va siendo hora de que vayas conociendo un poco a mi marido, ya sabes que los gallegos son así, qué se le va a hacer, ¿cómo iba a pensar en serio que le habías puesto Adolfo por ese nazi, tú que eres tan demócrata y respetas tanto las opiniones de los demás? —no me lo podía creer, mi mujer también tirando de ironía. Ahora yo esperaba una sarta de gritos de Analisa.

Pero no, la mujer de Alberto, después de unos instantes en los que estoy seguro de que dudaba de la intención de las palabras anteriores, levantó a Adolfo de la cesta y nos lo mostró orgullosa, como si lo que tuviera entre las manos fuera una de las joyas de la corona inglesa.

—Creo que va a ser el perro más bonito de la urba, la del segundo se va a morir de envidia, ella que está presumiendo siempre de su chihuahua, hay que ver qué cara más fea tiene, pero claro, como una vez ganó un concurso, nos lo está restregando continuamente. Si ese ganó un concurso, Adolfo ganará tres o cuatro, y si no, al tiempo.

Después de estas conversaciones y otras similares tan amenas y de tanta enjundia y de tomarnos un café con pastas, Analisa y Alberto, que apenas tartamudeó un par de frases sobre el tiempo, las vacunas que ya le habían puesto al perro y de que dentro de un mes más o menos lo sacarían a pasear por primera vez, se levantaron y se despidieron, prometiéndonos que la siguiente vez nos tomaríamos unas cervezas en su casa. Besos sin tocarnos la cara, muá, muá y hasta otro día.

Las semanas fueron pasando sin pena ni gloria. Los días cada vez más largos, los trabajos cada vez más pesados y los niños sin venir, o sea, que ni ellos ni nosotros teníamos descendencia. Mejor, pensábamos mi mujer y yo, tal y como está el mundo, les íbamos a dejar un planeta sin árboles, los mares contaminados y la tierra reseca. Así que, a vivir, que son dos días. Y eso hacíamos, viajar, salir a comer con los amigos, leer, escuchar música, ver buenas películas y series de televisión, lo normal en una pareja que ya se acercaba peligrosa y rápidamente a la cuarentena.

Además de Alberto, Analisa y Adolfo, la triple A, como también se conocía en el bloque, estaban los Profetas, los dos hermanos Isaías y Daniel, solteros a mucha honra y los Rojos, el matrimonio y los dos hijos del tercero, pelirrojos como zanahorias. El que solía poner los motes, que sólo conocíamos unos pocos, los normales, como nos llamaba a todos los demás, era Julio, un profesor de lengua jubilado que dedicaba las horas a leer, a escuchar música, a ver películas en blanco y negro y a escribir una biografía sobre Matusalén, que esperaba terminar antes de morir. Pero claro, la historia de un hombre que vivió cientos de años según la Biblia, tendría que ser como los Episodios Nacionales. Cuando Julio, un hombre con un humor socarrón e inteligente, nos veía salir juntos a nosotros y a Alberto, a Analisa y al perro, que ya había empezado a pasear y a mearse y cagarse en cualquier sitio, decía para sus adentros “ea, ya salen los A-normales”. Eso sólo lo comentaba en petit comité, como es natural, no se atrevía a decirlo delante de Analisa ni de la del segundo del chihuahua, una cotorra que lo largaba todo, Polda, como la llamábamos todos a petición suya, porque en realidad se llamaba Leopolda, como figuraba en su DNI y en las listas de asistentes a las reuniones de comunidad. El administrador, cuando pasaba lista, se detenía especialmente en su nombre, diciéndolo en voz más alta y regodeándose ligeramente también en el segundo apellido, Schneider (Eshnaida, pronunciaba él, demostrando su conocimiento del alemán, ya que había vivido varios años en Hamburgo, Jambok, decía él), pues la madre de Leopolda era alemana.

Alberto sacaba a pasear a Adolfo todas las noches, después de llegar del trabajo. Aunque viniera agotado, su tarea, ordenada como es lógico por Analisa, que planificaba hasta el más mínimo detalle de la vida matrimonial, desde compras hasta inversiones, pasando por viajes y visitas familiares, se ocupaba de otros menesteres caseros, era salir a pasear con Adolfo. Desde que era un cachorro de pocos meses, cada vez que salía a la calle, ladraba mucho, sobre todo cuando se cruzaba con niños. Era un ladrido corto y continuo, desagradable, pero al que nos habíamos acostumbrado todos. Fuera de la urbanización había un pequeño parque arbolado donde se juntaba con otras personas con perros y los soltaban para que retozaran y jugaran. Allí se explicaban los problemas que les daban, las soluciones, cómo comían, como los educaban y acostumbraban a obedecer. Lo típico y normal entre dueños de perros, según parece.

Una calurosa noche de verano, después de cenar, le dije a mi mujer que si quería dar un paseo, que no me apetecía quedarme en el piso viendo la televisión o leyendo, pero ella prefirió quedarse tumbada en el sofá, viendo una serie policíaca que a mi no me gustaba. Llamé al ascensor y cuando se abrieron las puertas vi a Alberto, que salía a dar su habitual paseo nocturno con Adolfo. Me preguntó que si quería acompañarlo en su paseo canino y yo, que no tenía nada mejor que hacer, respondí que sí. Después de saludar a varios vecinos que habían pensado lo mismo que yo y charlaban animadamente sentados en los bancos, nos dirigimos al parque entre los ladridos y tirones de correa de Adolfo. Allí, como todas las noches, Alberto soltó al perro, que se dedicó a acercarse a los otros perros, a olisquearles el culo (nunca pude entender cómo Analisa era capaz de besar el morro de Adolfo sabiendo en donde lo metía, ni cómo Alberto era capaz de besarla a ella, sólo de pensarlo me entraban arcadas) y a jugar retozando y saltando. Sin echarle demasiada cuenta, nos pusimos a charlar con los cuatro o cinco vecinos que hacían lo mismo que nosotros. Esta vez el tema de conversación era la sequía, pertinaz como todas las sequías, y la ola de calor que se había instalado sobre media España, cruel e imperturbable, desde hacía semanas. Estábamos hablando con otro hombre que fumaba un cigarro sentado tranquilamente en uno de los bancos del parque, cuando Alberto se dio cuenta de que Adolfo ya no estaba con los otros perros. Al principio lo buscamos sin ningún tipo de temor, pues era frecuente que los perros, jugando, se escondieran y aparecieran al cabo de unos minutos. Pero esta vez Adolfo no apareció a pesar de que lo llamamos todos con grandes voces y recorrimos el parque de un extremo a otro. Alberto empezó a sudar copiosamente, mezclándose el sudor del calor con la transpiración de la angustia. Al cabo de media hora de búsqueda infructuosa por el parque y sus alrededores, me suplicó que saliéramos a buscarlo por la barriada. Los otros hombres también se ofrecieron y, acompañados de sus perros, comenzamos la batida. Después de un par de horas llegamos a la conclusión de que Adolfo se había extraviado, que había decidido escaparse en busca de aventuras o que alguien se lo había llevado sin que nos diéramos cuenta

Alberto estaba a punto de llorar. Sólo pensaba en lo que le diría Ana cuando se presentara en su casa y le contara lo que había sucedido. Yo también me imaginaba la escena y no me habría gustado estar en la piel de mi vecino. Me suplicó que lo acompañara hasta su piso y que le contáramos los dos lo que había pasado. En un principio pensé que aquello no era mi problema y que Alberto apechugara solo con la bronca, que seguramente se escucharía en toda la urbanización, pero por otro lado salió la vena sádica y curiosa que todos tenemos y, viendo además el rostro compungido y abatido de Alberto, en el fondo me dio lástima y subí con él, aunque primero nos pasamos por mi piso para informar a mi mujer. La encontré dormida en el sofá con la televisión encendida, como solía suceder todas las noches, así que, sin hacer ruido, volví a cerrar la puerta del piso y subimos las escaleras.

Podía ver y oler el miedo de Alberto, la lentitud con la que subía los escalones, el reguero húmedo que iba dejando en el pasamanos, la respiración fatigosa y los suspiros. Cada vez me daba más lástima. “No te preocupes, Alberto, Ana lo comprenderá y aunque se enfade al principio después entrará en razón. Mañana te ayudaré a poner carteles por toda la barriada y seguro que lo encontraremos. Díselo así y se calmará”. No sé si Alberto me escuchaba, pero cuando entró la llave en la cerradura, me miró con la mirada que los condenados a muerte deben tener cuando se dirigen al cadalso.

—Hola, Ana, ya estoy aquí, me acompaña también el vecino —dijo Alberto con una voz que quería parecer alegre, pero cuyo temblor y cierto tartamudeo delataban el nerviosismo.

Ana, que estaba sentada y adormilada en el salón sólo dijo “¿por qué has tardado tanto? Adolfo tendría que estar acostado hace ya una hora”.

—De eso precisamente te quería hablar, cariño, de Adolfo —yo nunca le había oído decir cariño a su mujer y eso fue lo que la despertó.

—¿Dónde está Adolfo, Alberto, dime dónde has dejado a Adolfo, por qué no está contigo?

La voz de Analisa fue subiendo con cada palabra, terminando con una especie de grito o más bien alarido que seguramente despertó a mi mujer y a toda la vecindad que en ese momento no estuviera en los brazos de Morfeo.

El “contigo” dicho en un tono amenazante e hiriente, además de elevado, acabó con la poca entereza de Alberto. Ahora sí que me daba lástima. Intentó explicar entre balbuceos, tartamudeos y susurros lo que había sucedido. Yo, que en el fondo me estaba divirtiendo viendo la descomposición de Analisa y el lamentable estado de Alberto, intenté mediar en la situación, pero nada más abrir la boca, la mirada de Analisa me detuvo.

—Mejor me voy, que aquí no pinto nada —y antes de que Alberto intentara detenerme, cogí el portante y salí de allí rápidamente, no fuera a caerme también a mí, sin comerlo ni beberlo, una bronca.

Cuando entré en casa, mi mujer se había despertado y me preguntó que qué eran esos gritos. Yo le expliqué todo y cuando terminé, ella me abrazó y me dijo al oído “sabes una cosa, que me alegro, a ver si se le bajan un poquitín los humos. Lo siento por Alberto, pero si con esto no espabila y aguanta el chaparrón que le está cayendo, se merece todo lo que ella le haga”.

Adolfo fue la causa de la separación de Alberto y Analisa. De Adolfo nunca más se supo. Durante una semana, varios vecinos pusimos carteles con la foto del perro, hicimos algunas batidas por las calles, las parcelas y los campos de los alrededores, sin resultados. Después de eso, apenas vimos al matrimonio. Salían muy temprano camino del trabajo y regresaban muy tarde, evitando encontrarse con nadie. Como las relaciones nunca habían sido demasiado cercanas ni agradables, nosotros no hicimos nada por verlos y ningún vecino tampoco. Dejamos de llamarlos la Triple A, como es lógico, aunque Julio, amante del baloncesto, empezó a llamarlos el doble doble, por lo de la doble A y el doble cabreo, el de Analisa por la pérdida del perro y el de Alberto por haber sido tan estúpido de haber aguantado a su mujer tanto tiempo.

Primero se fue Analisa, tres meses después del episodio, sin despedirse de ningún vecino. Y Alberto también se fue unos días después. Él sí se despidió y pudimos comprobar que ya era otro hombre, mucho más seguro, más delgado y más alegre. El día que bajó a despedirse nos comentó que había solicitado el traslado a otra oficina para no estar con su exmujer, que ahora salía con una muchacha diez años más joven, que era el hombre más feliz del mundo y que la única condición que le puso a su nueva pareja es que nunca tuvieran un perro.

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DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (I)

29 de octubre de 2021

Empezar un diario un día cualquiera como hoy, 29 de octubre de 2021, puede deberse a diferentes causas. En mi caso, lo confieso, no hay ningún motivo definido. Tendría que haberlo comenzado en una fecha señalada, como hacen los que quieren dejar de fumar o apuntarse a un gimnasio, un primero de año, el día de mi cumpleaños, cuando me jubilé o cuando terminé mi primera maratón, pero no se me ocurrió. Simplemente, no tenía necesidad alguna. Escribir, desde mi punto de vista, seguramente equivocado, no es una imposición, un trabajo, un quehacer diario al que hay que dedicarle horas y horas. Eso lo dejo para los profesionales que se ganan la vida con la escritura, los que disfrutan haciéndolo, los que quieren dejar algo para la posteridad o los que tienen la necesidad imperiosa de rellenar el tiempo y no aburrirse. Pero ni soy un profesional, ni disfruto demasiado, ni tengo la menor intención de dejar algo para la posteridad, ni necesito rellenar el tiempo. Para mí es un pasatiempo, algo que realizo esporádicamente, una forma de plasmar en un papel en blanco aquello que veo y que me gusta o que se me ocurre o una frase cazada al azar cuando voy en el autobús o andando por la calle. No tengo la suficiente imaginación ni facilidad para la escritura. De vez en cuando me siento delante del ordenador o escribo en una libreta que tengo en el estudio y apunto una idea. Tengo páginas y páginas con ideas para relatos, para novelas, para la historia de mi familia. Incluso para escribir algún poema. Pero me canso muy pronto.

Así que he decidido empezar a escribir un diario. En él voy a ir reflejando todo aquello que se me vaya ocurriendo. Más que nada es para tener un pequeño horario, ahora que los días son más cortos y las tardes más largas. Quizás me imponga un horario de escritura, a ver si la inspiración me llega trabajando, como decía Picasso. Pero me conozco y sé que esto será, si no flor de un día, ramo de una semana. De todas formas, esto me ha servido para estar escribiendo durante un cuarto de hora seguida, lo que ya es un logro. No me imagino estar sentado durante cuatro o cinco horas diarias, eso no está hecho para mí.

Hoy no me ha ocurrido nada digno de reseñar, como suele ser habitual. Fui a comprar a Carrefour para reponer la despensa, después de haber estado casi dos semanas entre Coruña y Madrid. Desde que me jubilé hace ya seis años, me gusta pasar tiempo con mi madre, sobre todo cuando celebra su cumpleaños en octubre. Son ya noventa y cuatro y espero ir a mi ciudad natal a seguir celebrando que podamos disfrutar de su memoria y de sus anécdotas.

Me gusta ir a comprar y creo que lo hago bien. Me fijo en los precios y suelo comprobar la relación calidad precio. Llevaba apuntadas ocho o diez cosas, lo más imprescindible, pero como suele ocurrirme casi siempre, terminé comprando muchas más. El problema viene cuando hay que descargar el coche y subir las bolsas a casa.

Decían que iba a llover mucho y que iban a bajar las temperaturas, así que cuando regresé de la compra me dediqué a cambiar la ropa, guardando la de verano hasta el año que viene. Es un trabajo que me cansa y me aburre, pero es necesario. Siempre pienso lo mismo, si tuviera dinero para comprarme una vivienda más grande, tendría un vestidor para organizar toda la ropa colgada o guardada en cajones; un armario y cajones para la ropa de verano y lo mismo para la de invierno. Pero me temo que eso tendré que dejarlo para otra vida. A ver si en mi próxima reencarnación el destino me tiene reservada una vida de rico terrateniente o empresario, porque lo que es de funcionario no da para demasiados vestidores.

Terminé de leer Anna Karenina, de Tolstoi. Gran novela con una recreación pesimista de la vieja Rusia, de la hipocresía y amoralidad de la aristocracia y de unos personajes que van evolucionando a través, fundamentalmente, de dos historias. Una de ellas, el triángulo amoroso entre Anna, una mujer hermosa casada con Karenin y el amante de Anna, Vronski, un oficial del ejército que se enamora de Karenina. La otra historia es la relación entre Kitty, cuñada de Anna, que inicialmente quería casarse con Vronski, pero finalmente se casa y es feliz con Levin. A lo largo de la novela se presentan las dudas y las contradicciones de los personajes, así como la falsedad de la alta sociedad rusa, que estigmatiza y margina a Anna, pero comprende e incluso alaba la infidelidad de su hermano Stephan.

Después de leer a Tolstoi, comencé la lectura de El doctor Zhivago, de Boris Pasternak. Esto va por rachas, así que ahora me toca la novela rusa. La película es una de mis preferidas y supongo y espero que la novela sea todavía mejor. Lo malo es que no sé si Omar Sharif (Yuri), Julie Christie (Larisa, Lara), Alec Guinnes (el teniente Yevgraf) y Geraldine Chaplin (Tonya), los actores de la película, me condicionarán demasiado para imaginarme los personajes de la novela. Tampoco sé si David Lean, el director, habrá captado y reflejado la atmósfera de la novela, o si la música de Maurice Jarre me permitirá evocar el ambiente de la Rusia zarista y revolucionaria o los paisajes nevados de Rusia o de Varikino, la casa de campo de la familia.

El día finalizó de la mejor manera, viendo por enésima vez Con faldas y a lo loco. Nunca me canso de ver a Jack Lemmon, a Marilyn Monroe y a Tony Curtis. Ni tampoco me canso de admirar a Billy Wilder, un genio del cine. Me fui a la cama con una sonrisa. No sé si mañana escribiré algo, ya veremos.

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Luisiño O Chosco

La mirada de Luisiño es la mirada de todos los niños que he conocido. Fue la primera mirada que me conmovió, que desarmó mis enfados de maestro inexperto y me enseñó a contemplar ese mundo que se abría ante mí, un mundo resumido en una clase con cuarenta y dos niños y niñas de siete años. No había nada más fuera de las cuatro paredes. Eran ochenta y tres ojos de todos los colores, azules, verdes, marrones, grises, negros que me miraban al principio con miedo y después con confianza. Y todos con la misma luz, con el mismo deseo de entender lo que ocurría dentro del mundo, dentro de la clase, ávidos de aprender, curiosos por naturaleza. Yo sólo tenía que leer alguna pequeña frase, dibujar una sola línea en la pizarra o quedarme callado durante unos segundos y entonces ocurría el milagro. Con los niños pequeños siempre ocurre lo mismo, sólo hay que cambiar algo, esperar el momento adecuado, callar cuando es preciso y hablar lo menos posible. Dejar que ellos se expresen, pregunten por cosas que no entienden y contestar, a veces, con otra pregunta. Un diálogo de preguntas. Maestro, ¿qué es el aire? ¿qué es el viento? Y no respondes, sino que devuelves la pregunta, ¿habéis visto una hoja moviéndose en el árbol?  ¿habéis visto volar a los pájaros? ¿Y moverse los barcos de vela en el mar? Y entonces, con la respuesta positiva, les hablas del aire y, si estás inspirado, recitas la poesía de Lorca, Mariposa del aire. La recitas despacio, Mariposa del aire/qué hermosa eres/mariposa del aire/dorada y verde.

Y los ochenta y tres ojos no se apartan, siguen mi paseo entre las mesas. Termino de leer y ellos, que no han dicho ni una palabra, están callados unos segundos esperando que yo siga. Me quedo al final de la clase y empiezo a dictar la poesía para que ellos la copien en sus cuadernos. Estoy de pie, al lado de Luisiño, que todavía no ha sacado la libreta ni el lápiz. Es siempre el último en hacerlo. Porque a Luisiño no le gusta escribir. Me lo dijo su abuela el primer día de clase: a Luisiño no le gusta escribir porque dice que tiene la letra muy grande y muy fea, como siempre le decía la maestra del curso pasado, menos mal que se jubiló, porque mi nieto no aprendió nada con ella.

Luisiño tiene un ojo vago y por eso el médico le ha puesto un parche en el ojo sano. Luisiño tiene unas pequeñas gafas de pasta porque también tiene un poco de miopía. Tendría que haber puesto a Luisiño en la primera fila desde el primer día, pero a él le gustaba estar al final, lejos de la pizarra y, sobre todo, lejos de los enfados del maestro. Porque Luisiño es el más revoltoso, el más inquieto, el más hablador, el que siempre está dando la lata. No le gustaba el colegio y sufría leyendo, escribiendo, haciendo cuentas. Pasó la primera semana y volví a decirle a Luisiño que se pusiera en la primera fila y esta vez aceptó. Yo le caigo bien porque hablo mucho con él durante el recreo y no le riño demasiado. Me hacen gracia sus expresiones, sus travesuras, aunque no puedo demostrárselo. Tiene un vocabulario muy rico, mucho más que sus compañeros de clase. Me extraña porque no le gusta leer y se lo pregunto a su abuela un día que vino a recogerlo. A Luisiño le gusta que yo le cuente cuentos, me dice, y que le lea historias y poesías. Y cuando recibe cartas de sus padres, que emigraron cuando él tenía cuatro años, a él le gusta encerrarse en su cuarto y leerlas a solas. El padre y la madre le cuentan lo que hacen en Suiza, en una ciudad que está al lado de un lago, con montañas cubiertas de nieve casi todo el año, con bosques más grandes que los de la aldea en la que nacieron sus padres y Luisiño. Es una pequeña aldea cerca de Carballo, pero decidieron venirse a Coruña y alquilar un piso en el Agra del Orzán para que el niño, que había nacido muy débil y con problemas en la vista, estuviera cerca de buenos médicos. Por eso decidieron emigrar y dejar al niño al cuidado de la abuela. Viven los dos solos. La abuela, una mujer de unos sesenta años, me contó un día que le pusieron Luis porque al padre le gustaba mucho el fútbol y admiraba a Luis Suárez, el mejor jugador, junto con Fran y Amancio, que ha dado el Deportivo.

A Luisiño los niños, con ese punto de crueldad que suelen tener de vez en cuando, empezaron a llamarle O Chosco, el tuerto en gallego, porque el médico le puso a Luisiño un parche en el ojo izquierdo y lleva con él ya tres años. Al principio se enfadaba mucho y no quería ir al colegio ni salir a la calle, le daba vergüenza, pero gracias a su abuela ahora está encantado y no se lo quiere quitar. Le contó historias de piratas con parche en el ojo que surcaban los mares en busca de tesoros y de aventuras, le contó la mitología de los Cíclopes y de Polifemo, el gigante con un solo ojo en la frente y todo ello le ayudó a admirar a personajes que eran capaces de ser más valientes, más fuertes y de ver más allá que las personas normales. Se sintió diferente, mejor que los niños normales que podían ver con los dos ojos. Tenía suerte, según me contó alguna vez mientras se comía el bocadillo que le había preparado su abuela.

La mirada transparente, distraída, muchas veces ausente, de Lusiño O Chosco, se iluminó un día, iluminó su ojo derecho, cerca ya del fin de curso, cuando las mañanas en el colegio están llenas de luz y de esperanza por la llegada de las vacaciones y las tardes son casi interminables. Yo les leí un poema de Gloria Fuertes titulado En mi cara redondita, que dice así:

En mi cara redondita

tengo ojos y nariz,

y también una boquita

para hablar y para reír.

Con mis ojos veo todo,

con la nariz hago achís,

con mi boca como como

palomitas de maíz.

Y después lo escribí en la pizarra. A todos les hizo mucha gracia, se rieron y disfrutaron con otras poesías de Gloria Fuertes, como La gallinita o El camello cojito. Nunca habían escuchado ni leído cosas parecidas. Les digo, entonces, tenéis que escribir una pequeña poesía sobre vosotros, parecida a la cara redondita, a ver qué se os ocurre.

No recuerdo cómo eran los poemitas que escribieron, aunque seguramente imitarían de manera descarada el que estaba en la pizarra. Sin embargo, el poema de Luisiño, que había mejorado mucho su escritura durante el curso, fue totalmente diferente y el más original, uno de los mejores que escribieron mis centenares de alumnos a lo largo de los años. Era mi primer año de maestro en una escuela que está frente a la casa de mis padres y leyendo el poema que escribió Luisiño comprendí que merecía la pena esa profesión, aunque sólo fuera por conseguir que mis alumnos llegaran a escribir cosas así y sentí que yo era parte de ese pequeño milagro. Repito que no recuerdo la poesía entera, que guardé durante muchos años, pero que se traspapeló y se perdió en los cambios de vivienda, o quizás esté escondida entre los papeles o en medio de alguna carpeta polvorienta que todavía conservo en el trastero. El comienzo decía así:

Yo soy un pirata y un gigante.

Pequeño de estatura, con un ojo grande.

Todo lo veo gracias a mi poder.

Si yo lo quiero nadie me ve.

En la hoja que me entregó Luisiño escribí al final una frase que tampoco se me ha olvidado: “El verso se hizo luz y habitó en tu mirada”. No sé si es la frase de algún poeta, si la había leído o escuchado alguna vez, pero me salió del alma

Una vez acabado el curso, ese mismo verano me fui a Córdoba a hacer el servicio militar y después ya comenzó mi periplo de maestro por Camariñas, Dos Hermanas, Montequinto. He tenido extraordinarios alumnos de los que todavía me acuerdo con cariño y con los que, gracias a las redes sociales, mantengo cierto contacto. Pero Luisiño O Chosco, al que hace más de cuarenta y cinco años que no veo, nunca dejará de estar en mi corazón.

Cíclope Pirata/ Pirate Cyclops | Karim Estefan | Flickr

Cambio de planes

Soledad - La piedra de Sísifo

Hace tiempo tuve que cambiar de planes. Antes me gustaba asomarme a la terraza de nuestro pequeño piso. Contemplar la calle vacía, apoyarme en la baranda, intentar adivinar, cosa rara en mí que nunca adivino nada y mi imaginación es escasa, lo que sucede tras los visillos del piso de enfrente. También me gusta adivinar, vaya usted a saber por qué, lo que piensa el buscador de oro sentado a la puerta de su humilde cabaña, mirando la puesta de sol, fumando en pipa y no encontrando sentido al futuro. O el astronauta que vaga perdido por el espacio sin poder regresar a la Tierra. La mente es así de compleja.

Todo empezó hace unos años, creo que era invierno, o por lo menos, hacía frío y había poca luz. Al principio era una sospecha, una noticia perdida en una página suelta del periódico. Apenas seis o siete líneas mal redactadas, como con desgana y para rellenar el hueco de un anuncio que no se publicó porque el anunciante no pudo pagarlo a tiempo.

Lo supe desde antes de entrar en la habitación que está al fondo del pasillo, la de la puerta marrón, la que tiene una mirilla como si fuera la puerta de la calle. No sé por qué puse la mirilla. Ella me preguntó entonces “¿Es que piensas encerrarte y no dejar entrar a nadie?”. Aunque, pensándolo bien, yo ya sabía, sin saberlo todavía, lo que iba a ocurrir. Y también, en esa misma época, coloqué el cerrojo. Ella me observaba sin decir nada mientras yo, con parsimonia y canturreando por lo bajo una copla de Antonio Mairena, medía y calculaba y horadaba el marco y el batiente y comprobaba que todo estaba en su sitio y encajaba perfectamente.

Esa habitación es la única interior. Da a un patio cuadrado, mal iluminado por una claraboya que tiene un cristal roto, por el que los días de lluvia entra el agua que forma pequeños charcos en las baldosas del suelo, que se secan lentamente y en invierno se llenan de verdín. Mi hermana y yo vivimos en la misma casa donde nacimos, donde crecimos junto a nuestros padres y a la abuela. Ellos ya no están, fueron desapareciendo poco a poco, casi en silencio, para que nos fuéramos acostumbrando, como decía mi hermana cuando hablábamos. Ahora ya no hablamos. No hablamos tampoco de la otra hermana, la que se fue cuando era casi una niña, la que desapareció sin dejar rastro, sólo una escueta nota de despedida “Me voy, ahí os quedáis con vuestra amargura y vuestra tristeza”. Por más que mis padres intentaron encontrarla, que la policía investigó, que se pegaron carteles por toda la ciudad, nunca más supimos de ella. Han pasado más de cuarenta años de eso. Ellos nunca llegaron a recuperarse del todo. A mí me da igual. Que cada uno haga con su vida lo que quiera.

Estaba diciendo que la abuela y mis padres fueron desapareciendo. Primero fue la abuela, siempre sentada en su mecedora, cosiendo cuando todavía la vista se lo permitía. Un día se quedó quieta, muy quieta, cuando veía un programa en la televisión. Derrame cerebral masivo, diagnosticó el médico. No se enteró, es la mejor forma de morir, según decretaron familia y amigos y según dicta la experiencia. Porque la muerte de mis padres fue un poco más dramática, aunque no demasiado. Mi padre de una cirrosis producida por un virus. Duró tres meses. Mi madre, un par de años después, quizás murió de pena porque, a pesar de que no llegaba a los setenta años, fue apagando poco a poco su mirada, se fue perdiendo en un mutismo del que no fuimos capaces de sacarla. Una gripe, una simple gripe, fue su final.

Ahora me hubiera gustado que el patio fuera descubierto, sin claraboya, para que el agua de lluvia, con su sonido, aplacara mis temores. Pero la claraboya está muy alta y no escucho el ruido de la lluvia. Ni siquiera eso me está permitido y, aunque lo estuviera, yo quizás tampoco lo permitiría. Como tampoco permito que nadie me interrumpa. Al principio si lo permitía, pero ya no se atreven.  Cuando se atrevían, al principio, empecé a gritar, a aullar, a golpear con fuerza las paredes y la puerta. Y también el suelo. Arrastraba la silla, la mesilla, la cama, la mesa en la que escribo. Golpeaba la puerta del armario empotrado. Hasta que dejaron de importunarme.

Convertimos la habitación de mis padres en un estudio y la de la abuela, que era más pequeña, en una salita para ver la televisión en invierno. Allí se está más recogido, con una mesa camilla y un televisor que apenas encendemos porque preferimos escuchar la radio, una radio antigua pero que se escucha muy bien. Ahora sólo escucho música en el pequeño transistor que tengo en la mesilla, al lado de la cama. Como tengo un cargador y pilas recargables, no necesito pedir pilas de repuesto. Pero si las hubiera necesitado, tampoco tendría problema. Ella me las traería, por la cuenta que le tiene. No me niega nada de lo que le pido. Porque, además, necesita mi firma para poder cobrar la pensión. Depende de mí, como antes dependía de mis padres.

Mi hermana prefirió desde el primer momento la habitación que da a la calle, pero a mí me agobiaba el ruido del tráfico, de los niños gritando, de la vida que late. Nunca fui amigo de los sonidos estridentes, de las voces altas, de los gritos. A mi hermana le pasa lo mismo, pero ella no es tan radical y por eso no le importó quedarse con la habitación que está al principio del pasillo, la del amplio ventanal por el que entra el sol a raudales y se desparrama por los objetos y los recuerdos. A mí siempre me ha molestado la excesiva claridad. No quiero ruidos ni claridad. Tampoco me gustaba hablar con personas desconocidas. Me sería imposible establecer una conversación en la consulta del médico. Procuraba llevarme un libro y leer o hacer que leía, siempre con la intención de que nadie me molestara. Por eso me ponía de los nervios cuando mi hermana se ponía a hablar de cualquier cosa, casi siempre de enfermedades, como es lógico, cuando íbamos al ambulatorio. Se sentaba, miraba alrededor, comenzaba a hablar del tiempo con la persona que estaba al lado y no paraba hasta que nos tocaba entrar en la consulta. Menos mal que tengo buena salud y pocas veces he tenido que ir al médico. Ahora ya no voy al médico, ni siquiera consiento que el médico venga a casa. Nadie puede entrar en la habitación y yo no quiero salir de ella. Si enfermo, mala suerte. O me curo con aspirina, ibuprofeno o infusiones o me voy para el otro barrio. Allí seguro que no notaré demasiados cambios.

Se me está terminando el lápiz y tendré que pedirle otro. Antes, mi hermana me castigaba sin comer ni beber, para forzarme a salir, para doblegar mi voluntad. Parece mentira que no me conociera, después de tantos años viviendo juntos en la misma casa. Se dio cuenta de que con esa actitud no conseguía nada y, en el fondo, tenía miedo porque no quería matarme de hambre ni de sed. Sabía demasiado de ella. Me tenía miedo porque sabía que yo sabía. Y podía darle una sorpresa desagradable. Por eso me traía comida y bebida dos veces al día. Y ropa limpia. Y las cosas de aseo. No puedo vivir sin la limpieza, me obsesioné con ella desde los primeros días. Cuando todo comenzó me traía más comida, pero le dije que no quería que me interrumpiera tanto. No me concentraba, no podía leer ni escribir ni escuchar música ni pensar. Ahora ya no necesito comer tanto. Mi cuerpo apenas gasta energía y no quiero engordar.

La habitación es amplia. Nada más entrar, a la derecha, está el cuarto de baño, con un plato de ducha, el lavabo y el inodoro. Al lado de la ducha hay un armario para guardar toallas, botes de gel y de champú, los útiles de afeitar, esponjas de baño y otras menudencias. Ahí también guardo el papel higiénico, del que siempre tengo, como mínimo, diez rollos. Cuando baja de esa cantidad, paso el papel debajo de la puerta y le pido más. Lo mismo ocurre con las otras cosas: libros, ropa, cuadernos y bolígrafos o lápiz para escribir. Una vez a la semana, de madrugada, miro por la mirilla panorámica y compruebo que mi hermana no está acechando en el pasillo, como hacía los primeros días. Abría lentamente la puerta y dejaba la bolsa con la ropa sucia. Dos días después, ella llamaba a la puerta y me dejaba la ropa limpia y planchada en un cesto. Ahora se ha convertido en un ritual.

Enfrente del cuarto de baño, en la pared de la izquierda, hay un armario empotrado con un espejo en la puerta corredera. En ese armario guardo la poca ropa que necesito: un par de camisas y de pantalones, un jersey para cuando hace frío y mucha ropa de deporte, que es la que suelo ponerme habitualmente: cuatro chándales, doce camisetas, cinco pantalones largos y otros cinco cortos, calcetines y tres pares de zapatillas deportivas. Además, también guardo, cuidadosamente doblada en cajones, sábanas y fundas de almohada. La ropa interior la guardo en los cajones de las mesillas. El armario tiene un altillo donde almaceno las mantas y un par de edredones. La cama es grande, de uno cincuenta por dos metros y a ambos lados hay un par de mesillas, sobre las que están las lámparas de noche y una radio pequeña que está casi siempre encendida y emitiendo música clásica. De vez en cuando interrumpen la música y dan las últimas noticias, pero yo nunca los escucho, apago la radio. No tengo televisor. A continuación del armario está la ventana que da al patio, con una cortina que está casi siempre echada para que los vecinos no puedan verme o intenten hablar conmigo. No quiero hablar ni quiero que me vean. Yo tampoco quiero verlos a ellos. Si apenas nos hablábamos cuando hacíamos vida normal, ahora tengo menos ganas. Para no perder la costumbre y sepan que todavía estoy en este mundo, hablo muchas veces en voz alta, recito poesías, leo lo que he escrito o lo que han escrito otros a lo largo de los siglos. En eso me parezco a mi madre, que conversaba con los locutores o increpaba a los políticos o maldecía a los canallas de las radionovelas o aconsejaba a las pobres muchachas que caían en manos de seres depravados que las dejaban embarazadas. Pero ella dialogaba y yo no, esa es la diferencia.

Lo más valioso de la habitación ocupa un testero completo de la pared: una estantería repleta de libros y una mesa en la que paso la mayor parte del tiempo. La silla es muy cómoda, con un asiento rígido pero confortable y un respaldo anatómico que se ajusta perfectamente a la espalda. Desde que empezó todo, hará ya unos cinco años, la rutina diaria, de la que apenas me aparto, además de las horas que dedico a dormir, asearme y comer, consiste en leer durante unas cinco horas, escribir otras cinco, hacer ejercicio y dedicarme a pensar, a reflexionar sobre lo que está pasando. Le doy mil vueltas a la cabeza. Si sólo hay una vida, lo que yo estoy haciendo ahora, alejado de todos y de todo, ¿merece la pena? Así han vivido muchos eremitas, muchos hombres que quisieron vivir aislados, que no soportaban el contacto con sus semejantes. Ahora los comprendo. Olvidarme de lo superfluo y rehuir a los demás me ha hecho más humano, aunque parezca contradictorio. Mi vida anterior había sido superficial, vacía, llena de momentos absurdos. Nunca conocí el amor, porque el amor, en realidad, no existe, aunque los poetas y muchos hombres y mujeres digan lo contrario. El amor no es más que dependencia y necesidad. No necesito amor para ayudar a los demás, no necesito amor para respetar, para luchar por lo que creo justo. El amor ha llenado demasiadas páginas vacías y demasiadas vidas sin sentido. Y ha provocado demasiadas muertes. Lo he visto claro en este tiempo. Mejor llamarlo cariño o ternura o comprensión o entrega. O pasión.

Pero cinco años son muchos, son casi dos mil días encerrado en una habitación que no mide ni veinte metros cuadrados. Casi dos mil días haciendo ejercicio en solitario, hablando solo, escuchando a una mujer que apenas dice nada más que reproches y unas pocas palabras que se resumen en comida, salud y familia. Yo le contesto con monosílabos. A veces es agradable escuchar las palabras en la boca de otras personas, recordar el sonido, pero nada más. En demasiadas ocasiones las palabras son huecas, sin sentido ni oportunidad.

Tendré que afilar las tijeras para cortarme mejor el pelo y recortarme la barba. He reconocido nuevas arrugas en la frente y los ojos, pero me encuentro bien. Me he acostumbrado a la rutina, a la seguridad de las horas planificadas, previstas. Es bueno tener hábitos que impidan la monotonía y el aburrimiento. En cinco años nunca me he aburrido, bien al contrario, me he sentido más pleno, más consciente de mi vida, de la vida de los demás, aunque no los vea. Los demás están ahí fuera y aquí dentro, con mis recuerdos. De eso escribo, de plasmar en el papel todos los pequeños instantes que he vivido, de lo que ha vivido mi familia a mi lado y de lo que me han contado. Es bueno dejar constancia de lo que ha pasado delante de los ojos y en la cabeza, de lo que han dicho y lo que han vivido los que me rodean, aunque ahora ya no estén o no quiera verlos, porque no quiero que me vean, para qué me van a ver.

Hace dos días que mi hermana no me trae la comida ni la ropa limpia y planchada, ni los rollos de papel higiénico que le pedí. Tengo hambre. No veo nada por la mirilla, todo está en silencio, un silencio espeso que se puede respirar, que se puede tocar, que entra por los ojos y por la piel. Descorro la cerradura, que está muy bien engrasada, sin ruido, y abro con mucho cuidado la puerta. Me asomo y miro sin ver nada más que los cuadros colgados en las paredes del pasillo. Me muevo muy despacio. Espero que en cualquier momento aparezca mi hermana con algún objeto para golpearme, pero no ocurre nada. Llego hasta la salita. La televisión está encendida, sin voz. Mi hermana, sentada en un sillón, parece dormida y sin darse cuenta de mi presencia. Espero unos minutos. Nada. La llamo con voz queda y le doy un par de golpecitos en los hombros. No responde. Le tomo una mano, que está fría, y compruebo en la muñeca que no tiene pulso. Apago la televisión y me siento junto a ella, acariciándole el brazo. Le hablo en voz baja, como para no despertarla, aunque sé que lleva muchas horas muerta. Tendré que llamar al 112, si es que ese teléfono todavía existe. Me dirijo al salón y abro, por primera vez en muchos años, la puerta corredera. En la terraza, las plantas y las flores dan color a un paisaje de viviendas y árboles que apenas recordaba. Pocas personas en la calle, todas jóvenes. Y muchos niños que corren y juegan en medio de la avenida, sin miedo. No se ven coches, sólo alguna bicicleta que, perezosamente, baja hacia el centro de la ciudad.

Salgo a la terraza y me acodo en la barandilla. Dejo pasar el tiempo sin pensar en nada, mirando distraído el latir de una ciudad y de una vida que ya apenas recordaba. Algunos peatones, al verme asomado, se detienen y comienzan a señalarme. En sus rostros se percibe asombro y también miedo. Al poco rato se ha formado una pequeña multitud que no deja de contemplarme. Yo los saludo con la mano, pero ellos comienzan a agitar los brazos con los puños cerrados y gritan amenazadoramente hacia mí. A lo lejos se oyen las sirenas de ambulancias y de coches de la policía y de bomberos. No entiendo nada.

Salgo de la terraza, cierro la puerta corredera y me dirijo a la salita. En la televisión aparece la imagen de una reportera que está hablando frente a mi casa. Subo el volumen y escucho a la periodista.

–Hace unos minutos nos comunicaron que se había visto a una persona mayor asomada a la terraza de una vivienda y nos hemos dirigido con un equipo móvil para comprobar la veracidad de la noticia. En estos momentos no vemos a nadie, pero varios coches de la policía, una ambulancia y un camión de bomberos se han estacionado frente a la vivienda. Ahora vemos cómo un grupo de Geos, perfectamente preparados con trajes aislantes, entra en el portal. Como todos ustedes saben, desde que hace tres años se descubrió que la causa de la pandemia era debida al envejecimiento neuronal y que esto produce una serie de modificaciones en el organismo que se transmiten por el simple contacto con la piel o por el aire, todos los países llegaron al acuerdo de confinar a las personas mayores de sesenta y cinco años en Groenlandia. Los pocos habitantes de la enorme isla fueron reubicados en Noruega y en otros países del norte de Europa. Mientras no se descubra un tratamiento eficaz o una vacuna que evite la propagación de la enfermedad, las personas que vayan a cumplir esa edad deben presentarse voluntariamente en los lugares asignados un mes antes de su cumpleaños para ser trasladadas con todas las garantías. Hasta el momento parecía que se había logrado confinar a todas las personas de esas características de nuestro país. Teníamos conocimiento de algunos casos aislados en Japón, en Italia y en Brasil, pero nunca se había dado un caso en España.

Dejé de escuchar la noticia y apagué la televisión. Por primera vez en mucho tiempo, miré con cariño a mi hermana. Ella era unos seis años más joven que yo, por lo que ahora tendría unos sesenta años, pero yo había cumplido sesenta y cinco hacia casi un año. Nunca me dijo nada y dejó que continuara con mi vida de encierro, viviendo feliz en la ignorancia. Me senté a su lado y le cogí la mano. En su rostro había una expresión de tranquilidad que me recordaba a la que había visto en la abuela cuando la encontramos sin vida. Comencé a escuchar gritos y golpes en la puerta. Cerré los ojos y esperé.

Operación Alexia

El humano es un ser que está constantemente en construcción, pero también, y de manera paralela, siempre en un estado de destrucción. José Saramago

 

“Alexa, enciende la televisión», «Alexa, qué tiempo hará mañana en Sevilla», «Alexa, despiértame mañana a las siete con música de Queen», «Alexa, recítame un poema de Pablo Neruda», «Alexa, descríbeme una puesta de sol en Punta Candor». A las primeras órdenes o preguntas contestó o actuó con precisión, con exactitud, sin dudar. En la última tuvo como una pequeña duda, quizás un instante en el que intentó encontrar en su base de datos o en la red una respuesta adecuada, pero no pudo y como siempre, con una educación exquisita, su contestación fue «Perdona, no he podido encontrar la respuesta a lo que me has preguntado». Eso es lo mejor de Alexa, de la que tendríamos que aprender todos: cuando no sabe algo pide perdón y reconoce que no es infalible, que no es perfecta, que también tiene lagunas.

A mí siempre me han gustado las personas que dudan, que muestran algún tipo de inseguridad, porque así somos las personas, imperfectas, y huyo de aquellas que se creen en posesión de la verdad, que no dejan resquicios, que creen vivir siempre en la perfección. Allá ellas, porque se van a llevar muchos disgustos en su vida y serán rechazadas en muchas circunstancias. Tampoco me gustan las personas desconfiadas porque me parecen débiles, inseguras. Y Alexa no es débil ni insegura, por tanto, no es desconfiada, pero tampoco es incauta. No me gustan las personas incautas. No se puede ir alegremente por la vida, diciendo o haciendo lo primero que a uno se le ocurre. Alexa piensa, medita, busca respuestas y no te miente. Si no sabe algo, no tiene complejos en admitirlo. Alexa es fiable. Alexa es leal. La lealtad es una virtud que admiro porque es difícil ser leal. A mucha gente le cuesta mucho ser leal a unos principios, a unos amigos, a una familia, a una cultura, a una memoria, a un pasado. Me gusta la gente que vive con lealtad.

Mucha gente ya no sabe vivir sin Alexa. Alexa vive en un pequeño altavoz, que puede tener forma cilíndrica o cúbica. Como es mujer tiene voz de mujer, de mujer joven. Te la imaginas alta, delgada, con el pelo castaño o negro, vestida con un traje blanco o azul marino. Habla despacio. A veces no te entiende y tienes que dar la orden o hacer la pregunta de otra manera.

(NOTA DEL AUTOR: Si no estáis interesados en el Wifi o en las ondas electromagnéticas, podéis saltaros el siguiente párrafo, que me temo no tiene nada que ver con lo que he escrito antes y lo que escribiré después. Pero a veces a los escritores nos pasa eso, escribimos cosas que nos gustaron mientras las escribías y cuando las repasas ves que no tienen sentido. Eso ocurre muchas veces en la vida).

El problema de Alexa es que depende de Wifi. Wifi es un pequeño aparato que no habla, pero que permite que Alexa hable. Wifi y Alexa no se conocen y ni falta que hace. Alexa tiene voz y eso es importante porque podemos comunicarnos con ella, pero Wifi no tiene ni voz ni voto. Es lo malo de ser sólo un aparato que emite ondas que no se ven ni se oyen. Aunque Wifi es más necesario, yo diría que imprescindible en el mundo actual, Alexa le está comiendo el terreno. En mi familia ya lo tienen mi hijo y mi hija. Yo no tengo Alexa pero ya he hablado con ella un par de veces y es muy simpática y obediente. Con Wifi no puedo hablar, aunque más de una vez me he dirigido a él con palabras hirientes porque no funcionaba, no permitía que mi ordenador se conectara con el exterior. Porque para eso sirve Wifi, para que podamos conectarnos con el mundo. Ya no sabemos estar solos, tenemos la necesidad de estar siempre junto a los demás, aunque estén muy lejos. Pero Wifi nos acerca, nos une, es como un pegamento que no se ve ni se siente, pero que pulula a nuestro alrededor. Un técnico diría que son ondas electromagnéticas. Las ondas electromagnéticas creadas por el hombre (porque hay ondas que están en la naturaleza, vienen del sol, creo), son ya totalmente imprescindibles. Si no hubiera esas ondas «humanas» no podríamos hablar por el teléfono móvil, no podríamos utilizar el mando a distancia del televisor, no existirían los electrodomésticos, volveríamos, en suma, a la edad de piedra o a la edad media. La verdad es que, en muchos aspectos, no me importaría regresar a esas edades. Aquellos hombres y mujeres no lo sabían, pero también estaban rodeados de ondas electromagnéticas. Pero el que no sabe es como el que no ve. Y no se preocupaban. Ahora nos preocupamos y emitimos teorías sobre si las ondas electromagnéticas creadas por los humanos producen enfermedades. Nos preocupamos por tonterías.

Yo no sé por qué Alexa se llama así. Un sobrino mío se llama Alejandro, que en gallego es Alexandre, pero siempre le llamamos Alex. Quizás Alexa viene de Alexandra y le han puesto el diminutivo, porque Alexandra es más largo, se tarda mucho en pronunciar. Si lo busco en Google seguro que me lo dice, pero ahora no me apetece. Tampoco sé por qué Wifi se llama Wifi y no Alberto, por ejemplo, o John, o Igor, que sería mucho más interesante. Podríamos enfadarnos con Alberto o con John o con Igor y nos enfadaríamos de otra manera. A mí me daría mucha vergüenza insultar a alguien con un nombre normal, porque yo nunca insulto, ni siquiera cuando voy conduciendo. Mi mujer sí insulta cuando va al volante y tengo que calmarla. Yo no, he aprendido a controlarme. Pero con Wifi sí que me enfado, porque falla más que Alexa y, encima, no puede disculparse porque no le han enseñado a hablar. Aunque la verdad es que me enfado mucho más con Movistar y antes más todavía con Vodafone. Un día de estos quizás cuente la pelea que tuve con Vodafone durante años. Al final se la gané, cosa rara, pero es que soy muy pesado, testarudo, dirían otros, no saben esas compañías con quién se enfrentan.

El nombre de Alexa me trae a la cabeza una palabra parecida, alexia. En un tiempo ya lejano fui maestro de escuela y enseñaba que las palabras que se parecen en su sonido y se escriben casi igual se llaman palabras parónimas y esa relación se llama paronomasia o paronimia. Se me han olvidado la mayor parte de las cosas que estudié o que enseñé. El paso del tiempo da experiencia, pero quita memoria, recuerdos, conocimientos. La verdad es que ya no sé para qué sirven tantos conocimientos porque al final se pierden todos.

Alexa y alexia son palabras parónimas. Cuando estudié Pedagogía había una asignatura llamada Introducción a la Psicología y en ella se describía la alexia como la incapacidad de leer debido a una lesión cerebral, cuando esta capacidad había sido adquirida previamente (esto lo he buscado en el libro, que tengo en una estantería del estudio, al lado de la mesa donde estoy escribiendo delante del ordenador). Ya no me acordaba de esta definición, pero sí me acordaba de la palabra. Por eso no se puede decir que un niño de dos o tres años, que sabe hablar, pero todavía no ha aprendido a leer porque nadie le ha enseñado, padezca de alexia. Alexa, alexia.

Al hilo de esta semejanza se me ocurre una pequeña historia. Últimamente me gusta contar historias. A mis hijos, cuando eran pequeños, les contaba muchas historias, sobre todo cuando se iban a dormir. Ellos se acostaban y yo me sentaba en el borde, los arropaba bien y empezaba «Había una vez una niña…». Y ellos, al principio muy atentos, iban cerrando los ojos poco a poco. Casi nunca llegaba al final porque se habían dormido antes. Ahora ya no cuento historias porque no tengo nietos, así que tengo que escribir de vez en cuando aquello que se me ocurre, como una forma de suplir esa carencia. Todos los hombres y mujeres deberían tener hijos y nietos que se te queden mirando y escuchando. Nada hay más placentero que unos niños que te miran y te escuchan atentamente mientras tú vas desgranando e inventando una historia. Quizás por eso me hice maestro.

«Hace unos días, en un pequeño pueblo francés de la Provenza rodeado de campos de lavanda por los que discurre un arroyo de aguas cristalinas procedentes de los cercanos Alpes, cuyas estribaciones se ven a lo lejos, ocurrió un hecho extraordinario. El médico se levantó temprano como todas las mañanas, se aseó y abrió la puerta de la calle para recoger el periódico que siempre dejaban en el porche. Miró asombrado el papel y no comprendió lo que ocurría. Veía fotos y letras, lo que él sabía que eran palabras y frases, pero no entendía lo que significaban. No sabía lo que le estaba ocurriendo. Notó un pequeño salto en el corazón y un leve escalofrío que le erizó la piel. Entró en casa y se dirigió al despacho. Encima de la mesa estaba un libro abierto. Recordaba que se había quedado leyendo hasta muy tarde, buscando los síntomas de una enfermedad que le tenía preocupado desde hacía varios días porque uno de sus pacientes empeoraba a pesar del tratamiento. Dio la vuelta a la mesa, dirigió la vista hacia las hojas escritas y no fue capaz de entender nada de lo que allí estaba escrito. Era médico, un buen médico, y sabía que estaba padeciendo alexia. Lo había estudiado hacía muchos años, quizás en segundo o tercero de carrera, pero nunca se había encontrado con alguien que sufriera esa enfermedad. Se quedó sentado, la mirada perdida en la pared, donde colgaban ahora inertes y sin sentido, el título de médico y el de los cursos que había estado haciendo a lo largo de su vida.

A esa misma hora, el maestro abría la puerta de la escuela. Era una escuela unitaria; él era el único maestro del pueblo. Dejó la cartera encima del sillón donde se sentaba, comprobó que las mesas y las sillas de la clase estaban perfectamente alineadas y de forma automática, como hacía todos los días, cogió la tiza, levantó el brazo e intentó escribir la fecha: Lunes, 3 de febrero de 2020. Pero fue incapaz de trazar la primera letra. Se quedó inmóvil, sin entender lo que le estaba ocurriendo. Miró a su alrededor, los murales que sus alumnos habían confeccionado durante semanas para contar la historia del pueblo y del país. Habían buscado fotos de ciudades y monumentos, fragmentos de libros que habían fotocopiado, dibujos, frases célebres de los personajes franceses más ilustres. Todo lo habían trasladado a los murales que estaban pegados en la pared. Se acercó a uno de ellos, pero lo que allí había escrito era un misterio, no fue capaz de reconocer ni una letra.

Uno tras otro el carnicero, la panadera, el barrendero, la mujer del barbero, la dueña del café, todos los habitantes del pueblo fueron descubriendo que habían perdido la facultad de leer y de escribir. El alcalde y los funcionarios del ayuntamiento se miraban atónitos, contándose unos a otros lo que les estaba sucediendo. No podían leer los documentos que habían elaborado la pasada semana, ni redactar los escritos que tenían que enviar a los ciudadanos, ni contestar a las demandas que se les hacían. El alcalde, perplejo, no pudo escribir el bando que había pensado durante la tarde del domingo para organizar los próximos carnavales. El municipal fue incapaz de leer las crónicas deportivas de los partidos disputados durante el fin de semana.

Poco a poco, todos los vecinos y vecinas se fueron reuniendo en la plaza del pueblo, frente al ayuntamiento. Algunos habían ido a buscar al médico y al maestro y todos, ocupando la totalidad de la plaza y las calles adyacentes, esperaron a que el alcalde se dirigiera y les explicara lo que tenían que hacer. Todos tenían confianza en el alcalde porque había demostrado, desde hacía mucho tiempo, por eso lo votaban siempre, que sabía resolver los problemas de los vecinos. El alcalde, antes de hablar desde el balcón del ayuntamiento, vio al médico en las primeras filas y lo llamó para que subiera hacia donde él estaba. El médico le hizo caso, subió las escaleras y salió al balcón. En voz baja, el alcalde le preguntó «¿Qué está pasando? ¿Cómo se puede arreglar? ¿Habrá ocurrido lo mismo en otros lugares? Por cierto, todavía no me he puesto en contacto con los alcaldes de los pueblos vecinos. Quizás eso sería lo primero que tendríamos que hacer».

El médico le pidió permiso para hablar y se dirigió a sus paisanos en estos términos:

«Queridos vecinos. Esta mañana, como he podido comprobar, todos nos hemos levantado con el mismo trastorno: no somos capaces de leer ni de escribir. Esto recibe el nombre de alexia. Hasta lo que yo sé, la alexia siempre se produce por una lesión cerebral debida a un ictus o a un golpe, pero nunca se había dado el caso de que tanta gente padeciera el mismo trastorno al mismo tiempo y de forma tan repentina».

Los murmullos de la gente empezaron a convertirse en gritos de alarma. El alcalde intentó calmar a sus conciudadanos y, después de varios minutos, consiguió que se hiciera el silencio. El médico continuó hablando:

«Lo bueno de la alexia es que con actividades terapéuticas y con paciencia se puede recuperar la capacidad de leer y de escribir. Puede costar tiempo, aunque depende de cada persona. El único problema es que no sabemos el origen, qué es lo que ha provocado esta situación, lo que nos ayudaría a encontrar más rápidamente la solución. Por tanto, como máximo responsable de la salud, propongo al señor alcalde que el pueblo se quede en cuarentena, evitando que nadie entre o salga hasta que sepamos más. Tenemos que averiguar si en otros sitios ocurre lo mismo.

Ahora el griterío se hizo casi ensordecedor. Todos hablaban al mismo tiempo. Unos, indignados y otros, asustados. La palabra que más se repetía era «culpa». Quién tenía la culpa de lo que les estaba sucediendo. Quién o qué era el causante. Unos le echaban la culpa al agua, otros a los pesticidas que se utilizaban cada vez con más frecuencia, otros a los plásticos. La voz del alcalde atronó desde los altavoces que estaban situados a ambos lados del balcón:

«Dejémonos de emitir teorías y de elucubrar. El médico tiene toda la razón así que vamos a seguir sus consejos. Que nadie salga del pueblo. Ahora mismo voy a llamar a las autoridades estatales para explicar lo que está ocurriendo y que ellos nos digan lo que tenemos que hacer. Por lo demás, que todo el mundo esté atento a los medios de comunicación y a las instrucciones que se vayan dando desde esta alcaldía. Tenemos que seguir haciendo nuestra vida normal. No hemos perdido la memoria, que yo sepa (miró de soslayo al médico, que negó con la cabeza) así que cada uno se vaya a su casa o a su trabajo. Ya se ha dicho que nadie puede salir del pueblo».

Después de varios minutos de protestas y de sollozos, la plaza se fue quedando vacía. Algunos, sobre todo los ancianos, se dirigieron a rezar a la iglesia. El maestro se fue a la escuela seguido de los quince niños y niñas que asistían a clase. Cuando todos se hubieron sentado, el maestro comenzó a contar una pequeña historia sobre Juana de Arco mientras los alumnos, con los brazos cruzados y apoyados encima de las mesas, escuchaban con atención. Algunos, los más estudiosos, lloraban en silencio. Tantos años estudiando, aprendiendo a leer y escribir, para nada. Pero la mayoría estaban contentos y se notaba en sus rostros. Quizás ya no tuvieran que sufrir más en la escuela y podrían dedicarse a jugar todo el día. ¿Para qué ir al colegio si no podían hacer dictados, copiar frases o hacer exámenes? Era una auténtica bendición.

En la panadería, en el bar, en la carnicería y en el supermercado al principio fue el caos. Los letreros con los precios eran ininteligibles para todos, así que, al poco de abrir cerraron las puertas. Los dueños se reunieron para decidir qué hacer y cómo solucionar el problema que se les había presentado. Uno de ellos encontró la solución. Si se acordaban de los precios, podían inventar una forma de cobrar mediante rayas: una raya grande, un euro; una raya más pequeña, cincuenta céntimos; otra más pequeña todavía, diez céntimos, mientras que cada céntimo sería un punto. Todos estuvieron de acuerdo y regresaron a tiendas y comercios, avisando a los vecinos que abrirían por la tarde.

Cuando llegó la hora de comer, muchos encendieron la televisión y comprobaron que la noticia de lo que sucedía en el pueblo ya se había extendido por todo el país y por medio mundo. Se decía que el ejército se había instalado en las dos vías de acceso, cortando las entradas y las salidas. Los medios de comunicación ya habían enviado reporteros y cámaras que, situados a conveniente distancia, comenzaban a emitir programas especiales.

En algunas casas, mientras tanto, la gente más joven se dedicaba a escuchar música o a hablar con Alexa: “Alexa, pon música de AC/DC”, “Alexa, dime qué hora es en Pekin”, “Alexa, dime cómo se hace el bizcocho de yogur”. Alexa había sido el regalo preferido de mucha gente del pueblo aquellas navidades y en casi todas las casas había un pequeño altavoz del que salía la agradable voz de Alexa. “Alexa, lee el primer capítulo de El Quijote”. “Alexa, cuéntame un cuento”. Ya no era necesario abrir un libro.

A muchos miles de kilómetros de allí, en una enorme mansión situada a orillas del Lago Washington, en la ciudad de Medina, cerca de Seattle, cuatro hombres y dos mujeres estaban reunidas en una gran sala llena de monitores de televisión y de ordenadores. Todos seguían los acontecimientos del pueblo provenzal con gran interés. En uno de los laterales de la habitación, un gran ventanal permitía durante el día contemplar las aguas del lago, los grandes árboles cuyas copas se movían empujadas por un viento frío que no había dejado de soplar desde hacía varios días, las mesas situadas cerca del embarcadero y los dos o tres barcos atracados en el exclusivo muelle. Ahora todo estaba oscuro, sólo tenuemente iluminado por una luna creciente y por algún foco instalado entre los bosquecillos y los parterres.

Una de las personas reunidas, un hombre maduro, al que llamaremos JB, con la cabeza afeitada al cero, pobladas cejas, labios delgados y ojos inquietos, tomaba notas en un pequeño ordenador portátil y. de vez en cuando, hablaba en voz baja con una mujer sentada a su izquierda. En cada monitor se veían imágenes diferentes. En una de ellas se podía distinguir una vista aérea del pueblo, tomada desde un helicóptero o un dron. A unos cientos de metros, rodeándolo, una decena de camiones del ejército y soldados y un poco más lejos, camionetas de televisión, cámaras y periodistas. En los otros monitores aparecían la plaza del pueblo, prácticamente desierta en esos momentos y algunas calles por las que paseaban varias personas, portando periódicos abiertos que miraban con extrañeza.

“Parece que la primera fase de la Operación Alexia ha dado resultado”, dijo con una pequeña sonrisa JB. Los demás asintieron, sin dejar de mirar los monitores. “Fue una excelente idea la campaña de lanzamiento del altavoz en ese pueblo. Casi nos lo quitaron de las manos”.

La mujer que estaba a su lado, una joven que apenas llegaría a los treinta años, se mostró de acuerdo. “Era previsible”, dijo. “Los experimentos previos con los monos dieron unos resultados cercanos al cien por cien. Con las últimas mejoras del dispositivo, se podrá llegar a prácticamente todo el mundo, excepto a aquellos países pobres o que están en guerra. Pero eso también lo estamos estudiando”.

Cuando terminó de hablar, JB se levantó, estiró todo el cuerpo, pues llevaba muchas horas sentado y ya no era el joven que solía hacer deporte casi a diario, y se despidió con estas palabras:

“Creo que ya debemos irnos a descansar y todavía nos queda mucho trabajo por hacer.  Han sido muchas horas sin dormir. Seguiremos con la planificación prevista de ir abriendo poco a poco los impulsos electromagnéticos, que no se pueden detectar más que con nuestros aparatos. En tres años, más de dos mil millones de personas en todo el mundo dejarán de saber leer y escribir y necesitarán, sin duda, nuestros altavoces. Venderemos millones y millones, cada vez más sofisticados y perfectos. Muy pocos echarán de menos el aprendizaje de la lectura y de la escritura. El mundo volverá a comunicarse sólo mediante la palabra hablada. Solamente unos pocos, los elegidos, seguirán leyendo y escribiendo para permitir que el mundo siga progresando”.

“Te recuerdo, JB, que tú te hiciste rico vendiendo libros por Internet”, comentó la mujer joven que había estado sentada todo el tiempo junto a JB. Las otras cuatro personas, tres hombres y una mujer, seguían atentamente las palabras de ambos y esperaban que JB respondiera con enfado, pero éste se limitó a asentir con la cabeza, mirar por el ventanal y salir por una de las dos puertas que estaban en laterales opuestos de la habitación.

“Menos mal”, dijo uno de los hombres que había cerrado su portátil, “que dentro de ocho o nueve años eliminaremos las señales y todo volverá a la normalidad. La gente volverá a comprar libros y a escribir con muchas más ganas”.

“¿Estás seguro?”, dijo la otra mujer que había permanecido callada todo el tiempo. “Por desgracia, muchos millones se habrán acomodado y ya no disfrutarán con un libro abierto”.

Poco a poco fueron saliendo todos de la habitación, echando un último vistazo a los monitores. En uno de ellos, el médico y el maestro, con rostros serios, las cabezas bajas y sin hablar, se dirigían al bar del pueblo a jugar su diaria partida de ajedrez.

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Con la suerte en los tacones

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Cuando terminó de ver el último capítulo de la última temporada de la serie que le había tenido pegado al sillón en los cinco últimos años, el vacío se apoderó de X. Aquel jueves por la noche, una hora antes de que la melodía de violín, piano y guitarra española que tan bien conocía sonara en los cascos conectados al sistema de cine en casa que se había regalado las pasadas navidades, mientras las letras rojas y blancas del título y de los protagonistas bailaban en la pantalla, se había preparado un menú acorde con la ocasión: una lata de sardinillas gallegas en aceite de oliva, un tomate rajado con sal, un par de rodajas de lomo, unas cuñas de queso curado de oveja, un poco de pan y una botella de buen vino de Navarra enfriada en la vinoteca ubicada al lado del televisor. Nunca cenaba tanto, apenas un yogur o un vaso de leche y un poco de embutido, pero hoy era un día especial, el fin de una era, de una época fundamental en su vida. Ya nada volvería a ser lo mismo y quizás ya nada tendría sentido a partir de ahora.

Había temido ese momento, sabía que iba a llegar y se había estado preparando durante los últimos meses. Los jueves por la noche nada le había impedido asistir a un derroche de imaginación, misterio, tensión, terror e ironía como nunca había creído que una serie podría alcanzar. Pero todo tiene un principio y un fin. La eternidad sólo existe en la mente de algunos filósofos y en las creencias religiosas. Y él no era ni filósofo ni creyente, así que siempre había sabido que el final iba a llegar.

El capítulo transcurrió por los derroteros que se había imaginado. Algunos de los personajes secundarios a los que le había tomado cariño fueron desapareciendo, muriendo a manos del ser maligno que lo había aterrorizado desde la segunda temporada. El cerco se iba cerrando cada vez más. Parecía imposible encontrar una salida a tanta desgracia y con tantos problemas que se habían ido acumulando. El clímax y el frenesí se alcanzaron en los últimos minutos. El Bien y el Mal frente a frente, por fin, como tiene que ser. En el fondo sabía que los buenos casi siempre ganan, pero ese punto de incertidumbre que rodea a todo lo que es ficción le hacía dudar. ¿Y si al final los guionistas decidían que los dos protagonistas, Él y Ella, cayeran al Abismo en medio de una vorágine de dolor, odio y sufrimiento? ¿Y si resultaba que todo había sido un sueño del Doctor? ¿Y si la Tierra Prometida no existía y la lucha y el esfuerzo de tantos años no servían para nada? No quería imaginárselo, pero más de una vez había sufrido decepciones con otras series y un punto de duda siempre le atormentaba. Pero no, al final todo ocurrió como tenía que suceder y la mezcla de alivio por un final tan brillante, y de congoja por no poder esperar una nueva temporada, se mezclaron. Dejó que la conocida melodía se fuera apagando poco a poco mientras los títulos de crédito iban pasando lentamente por la pantalla de abajo arriba, hasta que un fundido en negro y la música chillona de un anuncio lo sacó de su ensimismamiento y lo trajo a la realidad de su vacío interior.

Apagó el televisor, encendió la luz de la lámpara de la mesita situada al lado del sillón y miró a su alrededor, ligeramente aturdido y con las últimas imágenes de la pantalla en su cabeza. Vio las paredes llenas de reproducciones de cuadros y de fotos, de estanterías con libros, el equipo de música, el espejo, la mesa del comedor. No tenía ganas de acostarse, pero tampoco quería leer ni escuchar música, así que llevó los restos de la cena a la cocina y decidió dar un paseo. En el mes de julio las madrugadas de la pequeña ciudad castellana son frescas e invitan a deambular por calles tenuemente iluminadas, tranquilas y solitarias, sin ruido de coches, con apenas algún transeúnte que fuma tranquilamente un cigarro o pasea a su perro. Le gustaban los sonidos amortiguados de la noche, los ladridos lejanos, las conversaciones a media voz o, mejor, el silencio a secas, ese silencio que sólo se puede percibir en la oscuridad de la meseta castellana o en los pequeños y escondidos valles de su Galicia natal.

Cuando salió a la calle pasaban unos minutos de las dos de la mañana. Cuatro o cinco personas andaban como sonámbulas por las aceras, perdidas en sus pensamientos. Estaba convencido de que a todas ellas les pasaba lo mismo que a él, necesitaban poner en orden sus ideas, digerir lo que habían visto y sentido en las últimas horas. La serie había sido un auténtico fenómeno social del que todo el mundo hablaba y que servía para llenar páginas enteras de los periódicos y horas en la televisión. Sus compañeros de trabajo también estaban enganchados y seguramente mañana se dedicarían a comentar el final, que no por previsible, dejaba de ser original.

Cruzó a la otra acera por un paso de peatones y comprobó que delante de él una mujer joven, algo más joven que él, con un vestido de color verde claro con flores amarillas, estaba hablando por su móvil y paseaba llevando su misma dirección. Se fue detrás de ella casi sin darse cuenta, siguiendo unos tacones blancos que le llamaron la atención y que sonaban apagados en la noche. Tenía una bonita figura, no muy alta y una melena morena que le llegaba a los hombros. No podía verle la cara, aunque se la imaginó guapa y quiso acompasar su paso y seguirla, sin saber bien por qué. Ella seguía hablando, pero en voz tan baja que no podía saber de qué iba la conversación. Se dio cuenta de que se estaba acercando demasiado, así que se detuvo un momento y dejó que se alejase, no quería dar una impresión equivocada.

Después de unos segundos, en los que aprovechó para encender un cigarrillo y mirar la hora en su reloj, siguió de lejos a la muchacha. Como la avenida era larga, volvió a cambiar de acera y la siguió sin perderla de vista. No dejaba de hablar por el móvil, riéndose de vez en cuando. Volvió a fijarse en los tacones blancos, altísimos. Siempre le había parecido un misterio y le había fascinado la capacidad y la habilidad de las mujeres para mantener el equilibrio elevadas sobre sus talones con unas piezas delgadas como agujas. Y aquellos tacones eran unas agujas finísimas. Una caída desde esa altura podía ser un grave problema.

Ella cambió de acera, después de mirar a un lado y a otro de la avenida y fijarse durante un instante en el único ser que en ese momento estaba a la vista, él. No debió sentir ningún temor pues cuando terminó de cruzar con un paso que a él le pareció más lento que el que llevaba con anterioridad, quedaron casi a la misma altura. Era realmente bonita, sí y con una voz muy agradable, que sonaba clara y risueña en el silencio de la noche. Como se había imaginado, estaba hablando con una amiga sobre los detalles de la serie, aunque también comentaba algo sobre una compañera de piso a la que no le gustaba y que le parecía cosa de niños. Él seguía pendiente de su paso, de sus tacones, de las piernas, del movimiento de sus caderas, de sus tacones blancos… En ese momento el tacón izquierdo se introdujo en un pequeño agujero de la acera y la muchacha torció el tobillo, balanceándose peligrosamente y emitiendo un pequeño grito, mezcla de dolor y susto. Antes de que cayera al suelo, él se precipitó a recogerla en sus brazos. No calculó bien el gesto y los dos rodaron por la acera. Durante un momento, que a él le parecieron horas, sus rostros permanecieron pegados. Él se levantó primero, con un rápido y ágil movimiento y la ayudó a levantarse. A ella le costó un poco más, pues el tacón se había roto y desprendido por la parte que se unía al talón, y el tobillo le dolía un poco, según le comentó cuando se pudo poner en pie.

Después de agradecerle la ayuda y dedicarle una sonrisa que le iluminó la cara, dirigió su mirada al suelo y dijo que había perdido su móvil en la caída. Los dos lo buscaron y a los pocos segundos él lo vio al lado de uno de los árboles que estaban plantados en la acera. Cuando se agachó a recogerlo comprobó que la pantalla se había roto y que estaba inutilizado. Se lo entregó y ella, de forma casi inaudible, aunque pudo entenderla perfectamente, masculló una frase poco elegante, una imprecación que a él le sorprendió. Inmediatamente se dio cuenta de lo que había dicho y se disculpó diciendo que el móvil era un regalo que le había hecho hacía poco su padre y no recordaba si estaba asegurado. Él le quitó importancia, era lógico que se enfadara pues era un buen móvil. También recogió y le entregó el tacón roto y el zapato que, al igual que el móvil, estaba totalmente inservible. Ella se quitó el otro zapato, se despidió de él dándole la mano, una mano suave pero que apretaba con firmeza y comenzó a andar descalza. Pero al segundo paso tuvo que detenerse, pues el tobillo le dolía al apoyar el pie en el suelo. Él acudió nuevamente, la sujetó por el codo y le dijo que si quería llamar a un taxi, pero ella se negó, ya que su casa estaba bastante cerca.

Él dudó apenas un segundo. No es que fuera demasiado tímido, pero con las mujeres siempre le pasaba lo mismo, le costaba entender sus reacciones y le daba una mezcla de miedo y vergüenza relacionarse con aquellas que no conocía. Sin embargo, esta vez presintió que se habían dado unas circunstancias extraordinarias, como si el destino hubiera puesto en su camino a aquella muchacha y los dados tirados al azar hubieran sacado su número. Así que se ofreció a acompañarla, si a ella no le importaba.

Había pasado poco más de media hora desde que había salido a pasear. La luna llena y las farolas iluminaban la avenida de manera que se podía vislumbrar cualquier detalle, sobre todo si estaba cerca, con total nitidez. Ella lo miró a los ojos, primero con seriedad y después con una sonrisa que se fue dibujando poco a poco en su bonito rostro y con naturalidad se cogió del brazo de él, le entregó el zapato y el tacón roto para que lo tirara en la primera papelera que viera y comenzaron a andar despacio. Al principio apenas hablaron, pero ella sacó la conversación sobre el final de la serie que había visto en casa de unos amigos, donde habían quedado para verla juntos. Ese fue el comienzo de todo.

Cuando llegaron a una esquina, él tiró el zapato roto en una papelera, pero se guardó el tacón en el bolsillo de su pantalón. Era su tacón de la suerte.