Relato XVIII: Quince meses y un día (y III)

Pasaron las semanas y, a finales de mayo o principios de junio, Sevilla, como las demás ciudades y pueblos de España, se llenó de carteles de propaganda electoral puesto que el BOE había publicado que el 15 de junio se celebrarían elecciones generales al congreso y al senado. Suárez. Fraga, Felipe, Carrillo, Tierno Galván. A esos nombres se unían otros menos conocidos entonces y más conocidos ahora: Ruiz-Jiménez, Eladio García Castro, Heribert Barrera, Jordi Pujol. La televisión, la radio y la prensa escrita se llenaban de artículos, de entrevistas, de noticias, casi todas relacionadas con unas elecciones que, por primera vez en más de cuarenta años, exactamente desde febrero de 1936, permitirían elegir democráticamente a los representantes del pueblo. Elecciones, democracia, pueblo. Tres palabras que, juntas, armonizaban con las ansias de renovación y de cambio, de ruptura con la dictadura anterior y de igualdad con los países de nuestro entorno que admirábamos y envidiábamos.

La vida en el cuartel, aunque seguía su ritmo de oficinas, guardias, saludos, toques de corneta, izado y arriado de bandera, había sufrido un pequeño cambio. La libertad que se vivía en el exterior se había convertido en más rigidez dentro del acuartelamiento, como una reacción que evitara que ese virus se instalara entre las cuatro paredes militares. Yo había pensado solicitar un permiso para visitar a mi familia en La Coruña, pero todos los que se habían presentado eran rechazados sin más explicaciones. De todas formas, entregué mi solicitud por si las moscas. Y entonces ocurrió un hecho que me facilitó las cosas.

A finales de mayo se publicaron las notas del graduado escolar y mis dos alumnos, el teniente y la hija del teniente coronel, aprobaron con buenas notas. En primer lugar, fui felicitado por el teniente y un par de días después un cabo primero que me conocía se presentó en la oficina y, dirigiéndose a mí, dijo en voz alta:

—Cabo Castro, tiene que presentarse al teniente coronel en su despacho. Acompáñeme.

A todo esto, tengo que decir que hacía unos meses había aprobado un pequeño examen que me permitió ascender a cabo rojo, denominación que se nos daba a aquellos que teníamos los galones rojos en las mangas de la guerrera, en la gorra y en los hombros. Era algo más simbólico que efectivo, pero me facilitaba algo más las cosas, sobre todo en el tema de las guardias porque los soldados hacían muchas más que los cabos.

Todos se volvieron hacia donde yo estaba, incluido el teniente que, desde su mesa, me interrogó con la mirada alzando la ceja derecha, que era un tic característico que unas veces significaba que estaba enfadado y otras que se divertía. No pude descifrar su significado esta vez, porque la situación y el miedo que me entró no me lo permitieron, pero mucho me temía que no podría ser nada bueno. Me levanté y, tras pedir permiso al teniente, como era reglamentario, seguí al cabo primero que, un paso por delante y sin volver la cabeza, me preguntó:

—Vamos a ver, Castro. ¿Has hecho algo malo?

Puedo asegurar que esas palabras no me tranquilizaron en absoluto, como se puede comprender. En los pocos segundos que pasaron  hasta que llegamos a la puerta cerrada del despacho de nuestro superior, intenté hacer memoria de los últimos días, intentando recordar qué había dicho, qué había hecho o qué había dejado de hacer. Pero no se me ocurría nada, a no ser que alguien se hubiera ido de la lengua y se hubiera chivado de lo que hacíamos en el piso, que tampoco era para tanto, ni siquiera para una sanción. Pero no las tenía todas conmigo. Entonces el cabo primero llegó al despacho del teniente coronel, y tras golpear suavemente la puerta, la abrió y solicitó permiso para entrar. Desde dentro se escuchó la voz que ya conocía y entré tras el cabo primero.

—Como ordenó usía, el cabo Castro.

El teniente coronel dejó de firmar unos papeles que estaban en una carpeta de piel y cerrándola, ordenó al cabo primero que saliera. Éste saludó y cerró la puerta, dejándome solo, confuso y envarado, muy tieso y mirando al frente por encima de la cabeza del teniente coronel, que dirigiéndose a mí, dijo:

—Descanse, cabo.

Durante unos segundos, que se me hicieron interminables, el teniente coronel buscó algo entre unas hojas que tenía encima del escritorio hasta que encontró un papel que leyó atentamente y después firmó. Entregándomelo, dijo:

—Vamos a ver. Desde hace unas semanas se han cancelado todos los permisos. De hecho, sólo he firmado dos por causas excepcionales que no vienen al caso; pero tú creo que te mereces un pequeño regalo por mi parte. He hablado con tu teniente y me ha asegurado que eres muy eficiente en tu trabajo. Yo también he quedado muy satisfecho con las clases que le has dado a mi hija, que nunca había sacado tan buenas notas. Así que aquí tienes el permiso que habías solicitado.

Sin saber apenas qué decir, balbuceé unas palabras de agradecimiento que el teniente coronel cortó diciendo:

—Puede retirarse cabo. Que disfrute de estos días con su familia.

Me retiré con un temblor de piernas que sólo desapareció cuando salí del despacho a la galería del primer piso que rodeaba la plaza central del cuartel. Me parecía mentira y miré la hoja con atención: ¡veinticinco días de permiso! Del 1 al 25 de junio. Siempre he sido una persona bastante comedida en la manifestación de mis emociones, pero di un salto enorme que hubiera podido ser récord olímpico o por lo menos de España. Salí corriendo como una exhalación hacia la oficina y, calmándome un poco, entré y me dirigí al teniente:

—Mi teniente, el teniente coronel ha autorizado el viaje a La Coruña que solicité hace unos días—. Y le entregué la hoja. La leyó durante unos segundos, y con una ligera sonrisa, que no era habitual en él, me dijo:

—Has tenido suerte, Castro, como siempre. Que te preparen los papeles. Y cuando los tengas listos, recoge tus cosas y puedes irte.

Así que en un par de horas ya tenía toda la documentación del viaje, había preparado el petate con mis cosas, me había despedido de mis compañeros y del teniente y había salido del cuartel, no sin antes haber escuchado varias veces las palabras enchufado, vendido, suertudo y cosas similares que, la verdad, me resbalaban. Cogí un taxi y me fui hasta la estación de Córdoba para saber a qué hora salía el tren hacia Madrid. Allí tenía pensado coger un avión hasta Coruña. Ahora todo es mucho más fácil, pero en aquella época, sin Internet ni teléfonos móviles, y con vuelos mucho más caros y sin tanta periodicidad como en estos tiempos, ya había comprobado que tren y avión era la forma más rápida, fácil y barata de ir desde Sevilla hasta mi ciudad.

Cuando pude organizar todos los traslados, que me ocuparon casi toda la tarde, y después de llamar a mis padres para comunicarles la noticia de mi viaje, acogida con las naturales muestras de sorpresa y alegría, fui a descansar al piso, que no quedaba lejos de la estación. El tren salía a las 10 y el viaje se hacía de noche, llegando, casi doce horas después, a Madrid. Esperaba que no hubiera ningún retraso, avería o similar, bastante frecuente en aquella época, porque el avión salía de Madrid a las cuatro de la tarde. No me detendré en más detalles porque no hubo ninguna incidencia digna de mención, a no ser el cansancio del viaje en tren, donde no pude pegar ojo y el miedo del viaje en avión, ya que se hacía en un cuatrimotor de hélice, con un ruido infernal y un aterrizaje en el aeropuerto de Alvedro digno de película de terror.

Aquellos días de junio de 1977 que pasé en Coruña los recuerdo como si hubiera estado dentro de un torbellino. Apenas retengo algunas imágenes de mítines de Santiago Carrillo en el Pabellón de Deportes y del PSP de Tierno Galván en una explanada en Mera, donde mi hermano tocó con su grupo para amenizar la fiesta, vestido con mi chupa militar con la que se fotografió y que casi me provoca un infarto, pues no sabía si eso estaría penado o no. Como es lógico, no pasó nada. Acompañado por mis amigos Antonio y Javier, a los que hace muchos años que no veo, recuerdo vagamente haber asistido a otros mítines pero sin figuras relevantes a nivel nacional, sino de los candidatos que se presentaban en la provincia. Era realmente emocionante mezclarse con los miles de personas que acudían a la llamada de los partidos, cantando la Internacional o el Himno Galego, que hasta hacía muy poco tiempo habían estado prohibidos. Más que los discursos, de los que no recuerdo nada, me acuerdo de la alegría y del enardecimiento de los asistentes, de las banderas, de las pancartas, del fervor, de los gritos a favor o en contra del gobierno o de los otros líderes. Todo era nuevo, vivificante, y mis veintidós años y el ambiente que se respiraba ayudaban a imaginar una España moderna, libre de prejuicios, de ataduras, igualitaria, justa.

Y llegó el día de las elecciones. El 15 de junio era miércoles, no como ahora, que todas las elecciones se celebran en domingo. Yo había comprobado que figuraba en las listas y podía votar, porque no las tenía todas conmigo ya que al estar realizando el servicio militar en Sevilla podría haber algún problema. Pero no lo hubo, así que, con auténtico nerviosismo y emoción me dirigí hacia el local donde tenía que votar. Ahora son colegios electorales, centros educativos que acondicionan algún salón donde se ubican las mesas, pero en los primeros años me tocó votar en una especie de almacén cercano a mi casa, donde por cierto fui presidente en dos elecciones que se celebraron el año 1979. Recuerdo que había una cola numerosa que salía del local y llegaba hasta la acera. Desde ese día, y ya han pasado muchos años y muchas elecciones, tengo la costumbre de votar a mediodía para tomar después un aperitivo con la familia. Aquella vez salí con Antonio y con Javier y fuimos a tomarnos unos vinos a la calle Barcelona, muy cerca de donde yo vivía, en el Agra del Orzán. El ambiente en la calle y en los bares era extraordinario y todo el mundo comentaba anécdotas que habían escuchado o vivido y que, desde entonces, se repiten: los que acuden sin documento de identidad y enseñan un carnet deportivo y discuten con el presidente para que los deje votar, los que se equivocan y meten el carnet en lugar de la papeleta, los que preguntaban si había que firmar el voto, y cosas similares. Pero nosotros lo único que hacíamos era intentar adivinar quién podía ganar. Y la verdad es que acertamos. Suárez fue elegido presidente y ahí comenzó una nueva historia que todavía no ha sido escrita en su totalidad aunque ahora, como suele hacerse en épocas de incertidumbre y crisis de valores e ideas, hay muchos que critican la forma en que se desarrolló la democracia española. No es el lugar ni el momento, pero es fácil hablar a toro pasado, sobre todo si no se ha vivido en esa época ni se tuvieron que tomar decisiones tan complejas, tan rápidas y poner de acuerdo a tantos que pensaban tan diferente y tenían intereses tan opuestos.

Y finalizo, que ya está bien con las batallitas del abuelo. Pasó el mes de junio. Regresé a Sevilla. Volvió la rutina del cuartel, los días interminables de verano, las mañanas de calor en la oficina sin aire acondicionado, las tarde soñolientas de julio y agosto en la cantina o en el dormitorio, porque dejamos el piso cuando regresé del permiso, las charlas en las cafeterías del centro comentando qué sería de nuestras vidas cuando regresáramos a nuestras casas, las promesas de seguir en contacto y escribirnos regularmente. No he vuelto a saber nada de mis compañeros. Años después, la foto de uno de los vascos apareció en la prensa. Era un integrante de un comando de apoyo de ETA y creo que fue absuelto o amnistiado. En la época que conocí su detención yo ya tenía otras preocupaciones y no seguí su caso.

Una mañana de mediados de octubre de 1977, quince meses y un día después de mi viaje desde La Coruña hasta Cerro Muriano, salí vestido de paisano por el portón del cuartel de Intendencia con mi cartilla blanca en la que el teniente coronel jefe rubricaba con su firma la evaluación que habían hecho mis superiores durante el tiempo de servicio:

  • Valor: Se le supone
  • Conducta: Buena
  • Carácter: Normal
  • Aplicación: Buena
  • Amor al servicio: Normal
  • Aseo y presentación: Bueno

O sea, que como no había participado en guerra alguna, se podía suponer que yo tenía valor para enfrentarme al enemigo. Qué poca psicología, yo que siempre he sido antimilitarista. Lo de amor al servicio normal habría que analizarlo porque no sé qué amor al servicio puede tener alguien que no pudo elegir y fue llevado en contra de su voluntad a pasar quince meses y un día haciendo algo que no le gustaba. Pero había que disimular. Y todavía no soy capaz de entender lo que significa tener un carácter normal. Es decir, que no sobresalía ni para bien ni para mal, que era una persona gris y aburrida, que no me ponía a discutir con los superiores o a dar gritos como loco. Pues vaya. Seré normal entonces.

Anduve despacio durante muchos minutos, horas quizás, con una pequeña bolsa de deportes en la que había metido las pocas pertenencias que tenía. Atravesé el barrio de Santa Cruz, desemboqué en la plaza del Triunfo y entré un momento en la catedral, no para rezar sino para aislarme y reflexionar sobre lo que había vivido y lo que me esperaba. Tantos momentos con amistades eternas que duraron unos meses, la diferencia entre el muchacho que salió un día de su ciudad y el hombre que regresaba a ella, los cambios que se habían producido en tan poco tiempo. Han pasado cuarenta años pero hay cosas que recuerdo como si hubieran ocurrido ayer. Quizás dentro de cuarenta años alguien escriba un pequeño relato de esta época en la que él tenía veintidós años. Y espero que sus recuerdos sean tan hermosos como los míos.

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Relato XVIII: Quince meses y un día (II)

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Y llegó el mes de abril de 1977. Y con él la semana santa, y seguramente sabréis lo que pasó el sábado santo, más conocido como el “sábado santo rojo”. Sí, eso es, se legalizó el Partido Comunista de España de Santiago Carrillo. Yo no estaba en el cuartel porque desde hacía unos meses los siete amigos, es decir, el madrileño, el catalán, el valenciano, los tres vascos y yo, habíamos alquilado un piso en la calle Torneo, una calle que estaba separada de las vías del ferrocarril de la estación de Córdoba, que corrían paralelas al río Guadalquivir, por un horrible muro lleno de pintadas poco estéticas. La exposición universal del 92 derribó el muro, eliminó las vías del tren y ahora la calle Torneo es una calle ancha y con excelentes vistas al río, no la calle triste y sucia de entonces. El piso era muy antiguo, de dos habitaciones, una de ellas interior, y un salón con un balcón que daba a la calle, una pequeña cocina y un cuarto de aseo, con desconchones y humedad en las paredes, muebles viejos y desvencijados, cuadros descoloridos y mucha suciedad que nosotros, que sólo pasábamos allí seis o siete días al mes, no teníamos ganas de limpiar. No recuerdo ni una sola vez que pasáramos una fregona por el suelo ni quitáramos el polvo a los muebles. Tampoco limpiábamos la cocina porque no hacíamos de comer. Sólo queríamos el piso para charlar con libertad, beber, fumar, escuchar música y tener un lugar donde dormir cuando teníamos algún día libre y nos dejaban pasar la noche fuera del cuartel. Para no tener que lavar sábanas y mantas, que el propietario no nos había proporcionado ni queríamos comprar, cada uno se llevó un saco de dormir.

Ahí fue cuando mis gustos musicales y literarios comenzaron a dar un giro radical. Hasta ese momento yo no pasaba de los Beatles, Serrat, Juan Pardo, Cervantes, Pardo Bazán o Baroja, todo muy convencional. En el piso de la calle Torneo, mientras el madrileño, un chaval alto y desgarbado, siempre sonriente y gastando bromas, con unas pequeñas gafitas a lo Jonh Lennon, me descubría a grupos como Black Sabbat o The Who, a David Bowie y a Janis Joplin, entre otros, los vascos, que a pesar de la fama de hombretones eran más bajos que yo aunque bastante más fuertes, y el catalán, rubio y con una cara ancha y llena de granos, con un fuerte acento que intentaba disimular en el cuartel pero que asomaba cuando hablaba con nosotros en el piso o por la calle, me acercaron a la canción protesta de Llach, Paco Ibáñez o Labordeta y a las canciones sudamericanas de Violeta Parra, Víctor Jara o Quilapayún. El catalán tocaba la guitarra estupendamente y se conocía casi todas las canciones, que cantaba con una voz de barítono que llegué a envidiar, yo, que siempre había tenido fama de ser un buen cantante. El valenciano, que tenía un pequeño bigote y unas gafas que lo asemejaban a un funcionario de hacienda, era el más callado y siempre con un libro en la mano me abrió las puertas a un mundo de lecturas que, aunque había oído hablar de él nunca hubiera sospechado que me pudiera gustar: Walt Whitman, Cernuda, Sartre, Borges, Neruda. Todo era nuevo, refrescante, auténtico, libre de ataduras. Yo, que me creía una persona formada, culta, con inquietudes, me di cuenta de que había vivido en un ambiente cerrado, con horizontes muy limitados. Nada sabía de música, de política, de literatura y ahora se me abría un mundo totalmente diferente a lo que conocía y que, además de prohibido o censurado, mostraba una fuerza y un poder que cambió mi forma de pensar y de afrontar la vida en muchos aspectos. Las discusiones políticas, la crítica a lo que estaba haciendo la izquierda en ese momento, cómo plantear la lucha al franquismo, las aspiraciones nacionalistas, los derechos de los trabajadores… Todo eso que ahora puede exponerse con tranquilidad y sin temor a represalias, centraba nuestras charlas y discusiones mientras fumábamos y bebíamos y comíamos unos bocadillos y cuando nos cansábamos el catalán se ponía a cantar, el madrileño ponía música en un reproductor de cassette o el valenciano nos recitaba unos poemas de Neruda o de Alberti. Tardes y noches inolvidables, sensación de estar rompiendo con un mundo viejo y que, como una crisálida, nacería una nueva estructura, un nuevo país, una atmósfera más limpia y menos opresiva.

Y llegó, repito, la Semana Santa de 1977. Aunque intentamos conseguir algunos días libres y poder hacer alguna escapada, no hubo manera. La superioridad no consideró conveniente dejar abandonado el cuartel y, teniendo en cuenta que no era solo yo el enchufado ni el más poderoso pues no era hijo, sobrino o nieto de un oficial de alta graduación, otros consiguieron los correspondientes permisos y los demás nos tuvimos que quedar. Menos mal que los siete magníficos solo teníamos que estar durante el día en el cuartel y a partir de las siete u ocho de la tarde podíamos salir con el llamado “pase de pernocta”, que consistía en dormir en tu casa o donde quisieras y regresar por la mañana temprano. Lo malo es que los únicos que lo teníamos éramos el valenciano, el madrileño y yo, así que los demás tenían que esperar al fin de semana, en el que algunas ocasiones los demás también podían dormir fuera del cuartel. Esa semana santa comencé a admirar con la ayuda de un cabo nazareno, no uno que hace estación de penitencia con su hábito y su capirote, sino uno que era de Dos Hermanas, las procesiones de Sevilla. Sus explicaciones nos gustaban y nos permitían admirar situaciones y circunstancias que nos podían pasar desapercibidas y que él explicaba con verdadero fervor y apasionamiento. Pero al tercer día ya estábamos cansados de ver cofradías, imágenes, pasos y miles de nazarenos, así que decidimos dedicarnos a recorrer los alrededores de Sevilla en autobús: Carmona, Alcalá de Guadaira, Écija, Utrera. En todas ellas huíamos de las procesiones y nos centrábamos en visitar los monumentos, pasear por las calles, comer en tascas y tabernas, descansar en los parques. Hasta que llegó el sábado. Ese día nos quedamos en Sevilla y, después de dar algún paseo y comprarnos unos bocadillos, nos fuimos a pasar la tarde en el piso. La verdad es que nos habíamos quedado sin un duro y teníamos que ahorrar. Así que nos acostamos relativamente temprano y nos dormimos pronto mientras en la calle se escuchaban gritos, cantos, bocinas de coches y mucho ruido, que achacamos a que, según la tradición católica, Cristo había resucitado y la gente sevillana mostraba así su alegría.

El domingo de resurrección nos levantamos sobre las siete de la mañana pues teníamos que llegar antes de las ocho al cuartel y, callejeando por Sevilla, nos encontramos a un grupo de jóvenes que portaban banderas rojas con la hoz y el martillo y cantaban a voz en grito la Internacional. Paramos a uno de ellos y nos dio la noticia que ya se sabía desde la noche anterior y que nosotros aún no conocíamos: Adolfo Suárez había legalizado el Partido Comunista. Nos abrazamos a ellos, aunque ya estábamos vestidos de soldados y eso podía haber sido peligroso en aquellos tiempos, y dándonos mucha prisa para no llegar tarde, llegamos al cuartel cuyo portón estaba cerrado a cal y canto. Llamamos al cabo de guardia, que nos abrió la puerta peatonal y nos instó a que subiéramos rápido a los dormitorios para que bajáramos cuando sonara el toque de diana, que los domingos se hacía una hora más tarde. Todos los soldados ya estaban despiertos, incluidos nuestros amigos vascos y el catalán, y el tema único de conversación era la legalización del PCE y qué harían los militares. Sonó el quinto levanta y bajamos presurosos a formar en el patio. Adivinamos que algo inusual pasaba porque, además del cabo primero y el sargento que solían pasar revista, también había varios tenientes y un comandante. Este último se dirigió a nosotros con un tono mucho más serio de lo habitual. Sin hacer mención a lo que había sucedido la noche anterior, nos dijo que se cancelaban todos los permisos y que se doblaban las guardias. El portalón de entrada permanecería cerrado durante todo el día y sólo se abriría la puerta de peatones cuando algún militar tuviera que entrar o salir por algo excepcional. Debía evitarse, a toda costa, que se concentraran demasiadas personas delante del cuartel y no se tolerarían provocaciones.

Cuando nos mandaron romper filas y antes de dirigirnos al comedor para desayunar, nos reunimos los siete magníficos y decidimos no mostrar demasiada alegría pues el horno no estaba para bollos. Y el catalán comentó, asustado, si cuando pasaran unos días no irían a registrar la casa que teníamos alquilada y encontrarían alguna propaganda subversiva que allí teníamos y varios ejemplares de la revista Ajoblanco, Cambio 16, Cuadernos para el Diálogo. Como no sabíamos cuándo podríamos salir decidimos que nos desharíamos de todo eso en la primera ocasión. Pero no hubo necesidad pues una semana después se convocaron elecciones generales y casi todo lo que hasta entonces era subversivo y peligroso dejó de serlo. Aunque algunos partidos trotskistas, leninistas, estalinistas, maoístas y otros istas más fueron legalizados más tarde, se presentaron bajo diferentes siglas y pudieron participar en las elecciones. Los militares no podríamos manifestar expresamente nuestra ideología, sobre todo si era de izquierdas, pero no sería delito, nos dijimos, tener en nuestra casa escritos que defendieran la democracia desde diferentes perspectivas. Nunca ocurrió nada, pero la desazón, sobre todo a mí, poco dado a heroicidades, no me abandonó en unas semanas.

En el cuartel se produjo una auténtica conmoción. En esos días tuve que hacer un par de guardias y los comentarios que escuché de los oficiales podrían ser considerados, vistos en perspectiva, abiertamente golpistas. Que si “España se va al carajo”, “los que asesinaron en Paracuellos ahora son héroes”, “si se me pusiera por delante Carrillo se le iba a borrar las sonrisa de golpe” y otras lindezas por el estilo. Eran otros tiempos, el cambio había sido muy rápido y drástico y la costumbre de influir de manera decisiva en la vida política durante los últimos cuarenta años no se iba a diluir de un plumazo. De hecho, cuatro años después, un 23 de febrero, se demostró que el ejército todavía quería mantener el protagonismo. La sociedad ya había cambiado y no había un caldo de cultivo adecuado para que triunfaran. Pero esa es otra historia.

Relato XVIII: Quince meses y un día (I)

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En junio de 1977 tenía yo 22 años y estaba haciendo el servicio militar en el cuartel de Intendencia de Sevilla, en la Puerta de la Carne, que recibe su nombre de una de las puertas que permitían la entrada y la salida de la ciudad cuando ésta estaba amurallada. Se llama así porque hace siglos la puerta estaba frente al matadero municipal. Y para completar la información diré que parte del cuartel se construyó sobre un antiguo cementerio judío, lo que explicaría algunos fenómenos paranormales que ocurrieron durante mi estancia allí y que quizás describa en otra ocasión. Hace ya muchos años que el edificio dejó de ser cuartel y se convirtió en sede de la Diputación; es decir, que antes se dedicaba a la gestión y aprovisionamiento de los recursos militares y ahora se dedica al aprovisionamiento de muchos políticos y, según dicen, a la gestión y al reparto de recursos entre los pueblos de la provincia. No entremos en más detalles y no discutamos sobre la necesidad de la existencia o no de este organismo que genera tantas controversias.  Mentes más agudas y preparadas se han encargado de cuestionar o alabar su existencia.

Aunque el edificio no llama la atención por su belleza arquitectónica, quizás sí por su tamaño ya que ocupa una hectárea de superficie, su situación es magnífica: enfrente están los Jardines de Murillo, que flanquean una de las murallas del Alcázar; se encuentra muy cerca del barrio de Santa Cruz, del edificio de la Real Fábrica de Tabacos, hoy Rectorado de la Universidad de Sevilla, del Parque de María Luisa, de la Plaza de España… Si en lugar de estar cumpliendo con la obligación que, felizmente para las nuevas generaciones aunque esto podría ser objeto de una acalorada discusión en la que se pueden encontrar pros y contras de todo tipo, se imponía en aquellos tiempos, de levantarse y acostarse a golpe de corneta, saludos marciales y continuos a todo el que llevara insignias o estrellas, amenazas de castigo por cualquier tontería como no tener bien los botones de la camisa o la guerrera, guardias de 24 horas, mañanas en la oficina rellenando oficios y escritos absurdos y tardes interminables que se sobrellevaban gracias a la camaradería y buen ambiente que reinaba entre los soldados, frío indescriptible en invierno —sí, frío en Sevilla aunque no os lo creáis—  y calor insufrible en verano, si en lugar de todo eso, repito, estuviera en un apartamento o en un hotel ubicado en el mismo lugar que el cuartel, podría llegar a los principales monumentos y lugares de interés en muy poco tiempo y me hubiera dedicado a menesteres más placenteros, interesantes o productivos. Pero no, estaba haciendo el servicio militar en una época que, vista desde la perspectiva del tiempo, fue realmente histórica e irrepetible y que se conoce como Transición española. Hacía menos de dos años que se había muerto Franco, ese hombre, que el Rey Juan Carlos había nombrado presidente del gobierno a Adolfo Suárez, el osado, después de defenestrar a Arias Navarro, el triste, que se había aprobado mediante referéndum, en el que no pude participar porque la superioridad no dio permiso para votar, no fuera que dicho acto se hiciera costumbre, la Ley para la Reforma Política que derogó el sistema franquista y que conmocionó a un país acostumbrado al ordeno y mando y al no rechistes que te denuncio y te enchirono. Una época que merece ser recordada y admirada porque generó una ilusión y un entusiasmo como pocas veces se vivió ni creo que pueda vivirse en este país, y porque, con todos los errores y fallos que se cometieron, el resultado no fue tan malo. Y si no, fijaos en lo que ha ocurrido con la primavera árabe, por ejemplo. Sé que esto es también motivo de discusión y revisionismo por algunos, ahora que se revisa todo y se critica y cuestiona lo que se hizo en esos años. Los que vivimos el sobresalto, el tumulto, el apasionamiento, la esperanza, el miedo y el torbellino que nos rodeaba y amenazaba, damos por bueno lo alcanzado. Por lo menos yo.

Meses de vértigo que no pude vivir plenamente porque en julio de 1976 me llevaron con algunos cientos de jóvenes más, no diré como borregos pero algo parecido, desde Coruña a Córdoba en un viaje en tren que duró cerca de 24 horas porque todavía no había ave ni los trenes eran rápidos y no teníamos prioridad y parábamos para dejar pasar otros trenes de mercancías o viajeros, y después en un camión militar de Córdoba a Cerro Muriano, en la sierra cordobesa, donde pasé dos meses de instrucción haciendo mucho ejercicio, con comida que seguramente hoy no pasaría los más elementales controles sanitarios, ejercicios de tiro, gritos y amenazas de cabos y sargentos, clases teóricas y prácticas sobre cómo reconocer a los diferentes mandos, leyes militares, cómo desmontar y montar un rifle y lo que más me gustaba, clases para enseñar a reclutas que no sabían leer ni escribir ni nunca habían salido de sus aldeas o pueblos y que se asombraban y amedrentaban con cualquier circunstancia que se saliera un poco de lo normal. Y calor, mucho, mucho calor con restricciones de agua debido a la sequía. Recuerdo compañeros que se desmayaban en plena marcha de veinte o treinta kilómetros por los montes cordobeses, subiendo y bajando cuestas por caminos polvorientos y con el sonido ensordecedor de las cigarras, cargados con más de veinte kilos de peso a nuestras espaldas, azuzados por los gritos de los suboficiales que exigían más rapidez o marcialidad. Todo el tiempo ensayando cómo desfilar con y sin fusil para mostrar el día de la jura de bandera la excelente preparación del soldadito español.

Cuando faltaban unos días para el solemne acto, que estuvo presidido por el capitán general de la II Región Militar Pedro Merry Gordon (que más parece por sus apellidos un general americano o inglés que español; pero es lógico, dado que nació en Jerez y ya se sabe la estrecha relación entre la pérfida Albión y la capital del Sherry) tristemente conocido por algunos hechos ocurridos unos años después, nos informaron a dónde nos iban a destinar. A mí me tocó la lotería de continuar el servicio a la Patria durante once meses más en Sevilla, casi en el centro de una ciudad que visité por primera vez cuando tenía unos tres años, según me contaron mis padres y he podido comprobar en alguna foto que se guarda en casa y que, cosas del destino y de circunstancias que también debería contar, pero en otra ocasión, continúa siendo la ciudad en la que vivo. Todos me felicitaron porque, según las referencias, era el mejor destino. Y lo fue, lo reconozco, como contaré más adelante. Nos volvieron a trasladar en camiones militares y llegamos al cuartel creo recordar que a mediados de septiembre. Aunque ya éramos soldados y no reclutas y se nos suponía una cierta experiencia, la llegada al destino nos causaba una cierta desazón pues los veteranos del campamento nos habían descrito las novatadas que solían realizarse en los cuarteles y algunas ponían los pelos de punta. Falsa alarma porque en ningún momento sufrimos vejaciones, torturas o hechos similares.

Los primeros días en el cuartel fueron de tanteo y reconocimiento del terreno. En primer lugar los cuarenta o cincuenta soldados que habíamos llegado por la mañana formamos perfectamente alineados en el gran patio central mientras nos contemplaban con curiosidad algunos soldados desde la galería de la primera planta. Un joven oficial, en un tono jovial y no exento de ironía, nos dio la bienvenida y nos explicó el horario y otros pormenores de nuestra estancia. A continuación subimos al dormitorio, una enorme nave  con techos altos y algunas ventanas que daban al patio central y a otro patio situado en la parte trasera, en la que había varias decenas de literas. Cada uno eligió el catre y la taquilla donde dormir y guardar las escasas pertenencias que cabían en el petate y que habíamos podido traer desde el campamento. Desde el primer instante me hice amigo de un valenciano, un madrileño, un catalán y tres vascos, dos de ellos mellizos y el tercero…, bueno, del tercero es mejor no hablar porque años después vi su foto y su nombre en un periódico y no porque hubiera recibido un premio, precisamente. Todos teníamos estudios superiores e inquietudes intelectuales y políticas, aunque estas últimas apenas podían expresarse en el recinto cuartelario porque las paredes oían y había fantasmas que podían no ser amigos y porque cualquier desliz podía costarte un disgusto.

Por las mañanas nos dedicábamos a trabajar en la oficina, bajo la supervisión de un teniente bastante menos simpático que el que nos había recibido, al que teníamos que entregar diariamente cuatro o cinco escritos dirigidos a diferentes destinos militares, dar entrada y salida y archivar documentos de todo tipo y, sobre todo, la mayor parte del tiempo se destinaba a darle clase al susodicho teniente que estaba preparando el examen de graduado escolar. Problemas de matemáticas, redacciones, análisis de texto, geografía, historia… Diariamente el madrileño y yo teníamos que preparar ejercicios, explicar contenidos y corregir los exámenes que le hacíamos todos los viernes (por cierto, algunos elaborados con muy mala idea, para disfrutar viendo cómo el teniente sudaba y maldecía por lo bajo cuando no era capaz de resolverlos a plena satisfacción). Tan contento quedó nuestro teniente que se lo comentó al Teniente Coronel Jefe, la máxima autoridad del cuartel, que me llamó a su despacho y me propuso darle clase a su hija que también estaba preparando dicho examen. Como es lógico acepté encantado, aunque tampoco podría haberle dado otra respuesta, claro, y todas las tardes salía vestido de paisano, todo un privilegio reservado a los enchufados, y yo me había convertido en uno de ellos. Poder entrar y salir del cuartel con una autorización así provocaba la envidia de mis compañeros y el respeto de mis superiores. Más no se podía pedir en situación tan precaria.

Como acabo de decir, todas las tardes salía del cuartel y me iba dando un paseo hasta los Remedios, el barrio donde vivía el teniente coronel. Como nadie preguntaba a qué hora tenía la clase y nunca se preocuparon de hacerlo, me cambiaba la ropa, salía un poco después de comer y disfrutaba de esos momentos de libertad. Pocas veces he tenido esa sensación, después de traspasar el cuerpo de guardia y salir a la avenida, de poder respirar llenándome los pulmones sin sentir ningún tipo de opresión. Andaba despacio, atravesaba el parque de María Luisa recreándome en el frescor y el sonido del agua y de los pájaros, cruzaba el puente sobre el río y, poco después, tras más de media hora de paseo, llegaba a mi destino. El primer día me esperaba la familia, padre, madre e hija y me recibieron con cordialidad y educación, aunque con un cierto distanciamiento, sobre todo la madre. Lo primero que vi en el recibidor fue una enorme fotografía a tamaño casi natural en la que el general Franco, serio y circunspecto como casi siempre, saludaba al teniente coronel, que bajaba la cabeza en señal de respeto y yo diría que sumisión. Esa imagen inicial de la casa me impactó de tal manera que todavía la recuerdo. A continuación, y sin más preámbulos, alumna y profesor pasamos a la cocina, que desde aquel día fue nuestra zona de estudio. Y a partir del día siguiente, en lugar de abrirme la puerta principal, era recibido por la puerta de servicio que daba directamente a la cocina, no fuera yo a pensar que podía tomarme confianzas. Como eso quedó meridianamente claro y teniendo en cuenta quién era el padre, jamás se me ocurrió iniciar algún tipo de acercamiento galante a pesar de que la muchacha estaba de buen ver. Durante un par de horas diarias seguí casi al pie de la letra las mismas actividades, ejercicios y contenidos que preparaba por la mañana al teniente. Reconozco que ambos, teniente e hija (fijaos que no digo sus nombres porque no los recuerdo; y aunque los recordara tampoco lo diría para no dar pistas por si acaso, ya que quizás sigan viviendo por estos lares), eran estudiantes aplicados e inteligentes, así que, cuando llegaron los exámenes en el mes de mayo los superaron con facilidad y buena nota, lo que, como se podrá comprobar más adelante, contribuyó a mejorar mi situación en el cuartel, que ya de por sí era relativamente buena.

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Relato XVII: Un nuevo personaje

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Hoy ha aparecido de manera silenciosa, sin avisar, casi a traición, un personaje nuevo. Me he asustado porque no esperaba una presencia tan contundente, tan real, a trasmano de todo lo que me rodeaba. Ni el lugar, ni la hora, ni siquiera la forma, me indujeron a pensar que ocurriría. Todo estaba perfectamente planificado, medido, pesado. La situación no presagiaba nada fuera de lo normal. En la habitación se estaba desarrollando una escena habitual, tranquila. Roberto y Ángela estaban charlando como otras veces, como las últimas tardes de ese otoño interminable, quejándose y alejándose poco a poco, de manera imperceptible, como dos navíos que han seguido el mismo rumbo y ahora eligen su derrota en busca de destinos distantes. La única diferencia es que Roberto estaba algo distraído, como sopesando una idea que iba a expresar de un momento a otro y Ángela se estaba dando cuenta.

—Tú no puedes ir por la vida esperando que ésta te reciba siempre con los brazos abiertos. Despierta, Roberto,  porque mañana puede ser el comienzo o el fin de todo—, dijo Ángela elevando el tono de voz a medida que iba hablando.

—Sé que tienes razón, Ángela, pero cada uno afronta las circunstancias de manera diferente—, respondió Roberto mientras miraba por la ventana. —Tú siempre has tenido el apoyo de tu familia, de tus amigos, pero sabes que llevo demasiado tiempo solo, alejado del mundo y me cuesta trabajo entender lo que pasa a mi alrededor. Todo es demasiado complejo y las relaciones sociales contienen demasiadas normas, demasiados sobreentendidos. que los demás comprendéis y yo no entiendo—.

La tarde se iba apagando y el ruido de los coches llegaba en sordina, como si un manto de nieve comenzara a caer y se posara lentamente en las calles de la ciudad. Las cortinas estaban descorridas y los cristales sucios de la ventana dejaban entrever los altos edificios que rodeaban la plaza, una plaza pequeña pero acogedora, con bancos donde las madres se sentaban a hablar y vigilar cómo los niños jugaban entre los árboles y las farolas. Ángela y Roberto se miraron y ella contempló, en la mirada perdida de su compañero, un punto de tristeza, de nostalgia, y también de rabia contenida. Sabía que iba a seguir hablando y que no le iba a gustar.

En ese momento llamaron a la puerta, con los nudillos, pues el timbre estaba estropeado. Tres golpes espaciados, el último casi imperceptible, como si escondiera una duda, como si no quisiera sonar, como si contuviera un arrepentimiento en el último momento. Ángela y Roberto se miraron sorprendidos, pues no esperaban a nadie y nadie, teóricamente, sabía que estaban allí..

Yo también me sobresalté, como si esa llamada se produjera en ese mismo instante en la puerta de mi estudio. La historia continuaba con una fuerte discusión, en la que Roberto acusaba a Ángela de infidelidad, de falta de paciencia, de orgullo. Sus cinco años en la cárcel los habían distanciado. Él sospechaba que en todo ese tiempo ella lo había engañado con Miguel, su amigo de la infancia, su correligionario, el número dos del partido que habían creado en la clandestinidad con otros estudiantes de la facultad, entre ellos Ángela. Sus ideas extremistas los habían llevado a luchar contra la dictadura, primero con pintadas y carteles en los que exigían libertad y justicia, después con asaltos a bancos para conseguir dinero con el que financiar más propaganda y comprar armas con las que luchar contra las fuerzas represivas. Mientras tanto, la relación entre Roberto y Ángela se fue estrechando y llegaron a convivir durante unos meses en un piso que habían alquilado cerca de la facultad de derecho.

Cuando ya habían decidido dar un salto cualitativo y pasar a la acción armada, uno de los estudiantes resultó ser un chivato de la policía y los denunció. En poco tiempo todos fueron detenidos y encarcelados. Él, como cabecilla y máximo responsable, fue juzgado y condenado a más de diez años de cárcel. Miguel, Ángela y los otros compañeros sufrieron condenas menos severas y pudieron salir en un par de años. Cuando murió el dictador y después se aprobó la Ley de Amnistía, Roberto salió de la cárcel una húmeda mañana de octubre. Sólo fueron a recibirlo Miguel, Ángela y María, la compañera de Miguel, con la que vivía desde que ambos terminaron la carrera y pudieron crear un bufete de abogados laboralistas.

Toda la novela giraba en torno a la vida de los cuatro personajes, sus ilusiones, su lucha durante la dictadura, sus amores y desencuentros, la nostalgia de una infancia y una adolescencia feliz y sin preocupaciones, aunque la de Roberto, con la ausencia del padre, que los había abandonado sin dejar rastro, había sido más complicada. Pero el trasfondo era el desamparo, la amargura de las personas insatisfechas con su vida, desencantadas con una sociedad que se había adormecido, anestesiado con promesas que al poco tiempo se mostraban crudamente vacías de contenido. Era mi vida, la vida de mis semejantes la que se exponía en las trescientas páginas que ya había escrito. La novela se desarrollaba en una ciudad del norte de España. El clima húmedo y frío, las calles tristes, el silencio de las personas que transitaban alrededor de los protagonistas, la miseria moral de aquellos que habían medrado durante la dictadura y ahora también habían sabido adaptarse sin pudor a los nuevos tiempos, aprovechándose de su experiencia y de sus amenazas. Todo era muy sabido, ya había sido tratado en otras novelas de autores de mi generación. Pero yo necesitaba expresarlo con mis propias palabras, con mi experiencia personal, con mis dudas, con las miserias de las situaciones que yo había vivido y conocido. El previsible final era el del acomodamiento de los cuatro protagonistas, la aceptación de sus complejos, de sus culpas, de sus miserias. Y el distanciamiento definitivo de Roberto y Ángela, que terminarían su relación y unirían su futuro a otras causas más pragmáticas. Un final amargo y acorde con el ánimo con el que había afrontado la novela porque yo tampoco me encontraba en mi mejor momento personal. La novela se componía de capítulos cortos, cada uno de los cuales, a partir de noticias de las diferentes épocas y con saltos atrás en el tiempo para definir y colocar a los personajes en su sitio, mostraba a unos seres que afrontaron sus vidas con coraje, con ilusión, con ganas de cambiar una sociedad gris que despertaba poco a poco, pero demasiado despacio para sus aspiraciones y deseos.

El presente de la obra se desarrollaba a mediados de los noventa, cuando los protagonistas Roberto, Ángela, Miguel y María tenían alrededor de cuarenta años, una edad alejada de la pasión, del torbellino y de los ideales que los habían impulsado en su juventud pero que los había curtido y preparado para afrontar cualquier revés, cualquier situación complicada. Habían vivido intensamente, arriesgando, atesorando experiencia, cayendo y levantándose continuamente, pero siempre con la ilusión y el objetivo de ser mejores y hacer mejor la vida de los que los rodeaban. El final se iba prefigurando porque no quería sorprender al lector. No era un argumento tramposo ni pretendía ser original. La amistad, el amor, la lucha política, la cotidianidad, la evolución de los personajes y del país. Todo muy previsible, medido y argumentado, aderezado con anécdotas reales que me habían ocurrido, que había escuchado o que había leído en la prensa. La imaginación se quedaba a un lado, quería desplazarla de la novela, desnudarla de artificio, de complejidad. La única licencia eran los saltos en el tiempo porque contenían la explicación de lo que ocurría en el presente; cada anécdota o suceso del pasado tenía su correlato en la actualidad, se trataba de ir componiendo un puzle de emociones, de contradicciones, de vidas que discurrían muchas veces al margen de los deseos de los personajes.

Pero ahora aparecía algo nuevo. Alguien llamaba a la puerta sin estar previsto. Yo no lo había previsto. Ni siquiera los personajes de la novela lo habían previsto. Porque no tenía sentido que después de trescientas páginas la historia cambiara, porque eso podría significar dar un vuelco innecesario o modificar un final que yo deseaba, porque, y eso era lo peor y lo que me aterrorizaba, quizás tuviera que cambiarlo todo, empezar de nuevo, reescribir desde la primera página lo que me había costado más de un año organizar, planificar, argumentar, investigar y vivir dentro de mí. Yo me había identificado con Roberto, un héroe anónimo, un esforzado defensor de la igualdad y la justicia, un inconfesable romántico que se jugó todo el futuro a una carta y perdió.

Miré la pantalla del ordenador, mis dedos posados sobre el teclado. Últimamente escribía más rápido, más seguro, sin mirar apenas las teclas, siempre a la pantalla, comprobando cómo las palabras y las frases se deslizaban con fluidez, fuente Calibri, tamaño 12, alineación justificada, interlineado sencillo, sin sangrías, el cursor parpadeando al final de los puntos suspensivos. Y continué escribiendo.

Roberto se levantó y abrió la puerta. De pie, con un traje gris impecable y una pequeña maleta de viaje, se encontraba un hombre de unos sesenta años, con pelo cano, una barba recortada y unos ojos azules que le recordaban a alguien. Era un poco más bajo que él y más delgado, aunque el traje dejaba adivinar un cuerpo fibroso y atlético. Tenía un rostro agradable y la sonrisa revelaba unos dientes blancos y perfectamente alineados. El hombre lo miró de arriba abajo durante unos instantes sin dejar de sonreír y preguntó con un acento que denotaba un origen sudamericano:

—¿Tú eres Roberto, verdad? Yo también me llamo Roberto y, si no me engaño, soy tu padre.

A partir de ese momento, y como me temía, tuve que rehacer la novela y la historia cambió radicalmente. Ya no se centró en la lucha antifranquista, ni en el amor y los desencuentros de Ángela y Roberto, ni en las utopías perseguidas y perdidas, ni en el desencanto de la generación que vivió entre dos regímenes antitéticos, dictadura y democracia. Ahora el hilo conductor giraba sobre el padre desaparecido y su búsqueda, la desesperación de una madre sola que tiene que luchar por salir adelante, el hijo que crece sin el referente paterno y que soporta las burlas y los comentarios hirientes de sus amigos.

¿Quién dijo que escribir una historia era fácil y que sólo había que buscar un buen argumento, encontrar el lenguaje y el tono adecuados o crear unos personajes creíbles y que sean capaces de conectar con los futuros lectores? El problema es que en demasiadas ocasiones los personajes nacen y crecen a espaldas del escritor y son capaces de vivir independientemente de lo que quieren sus creadores. Y si para colmo el escritor no es capaz ni de manejar a su antojo la presentación, el nudo y el desenlace porque hay un nuevo personaje que aparece cuando menos se lo espera, mejor dedicarse a preparar oposiciones a bibliotecario. Por lo menos tendrás en tus manos historias acabadas y conocidas y podrás organizarlas a tu antojo y sin sobresaltos.

Relato XVI: El moscardón y la declaración de la renta

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Pues resulta que una noche, después de un día agotador en el trabajo y un descanso merecido tomándome unas cervezas y unos güisquis con los amigos, estaba embarcado en la ardua e ingrata tarea de examinar en el ordenador el borrador de la declaración de la renta, con la ventana abierta esperando que entrara un poco de aire fresco en una habitación recalentada desde hace semanas por la más extraña primavera que conocieron los siglos —exagero, claro está, porque habrá que ver cuántas primaveras calurosas y extrañas se habrán producido a lo largo de la historia, pero la hipérbole forma parte por estos lares del lenguaje coloquial, como por ejemplo Eres más pesao que una vaca en brazos o Eres más bruto que un arao o Es terco como una mula, y vivo en una ciudad que vive con, de, en y para la hipérbole, y yo no voy a ser menos, faltaría más—, cuando un moscardón entró y comenzó a volar alocadamente por toda la habitación y a chocar contra paredes, cristales y puertas. Al principio no hice mucho caso, abrí la ventana y descorrí las cortinas para facilitar la salida del molesto díptero, que con su grave zumbido y su descontrolado vuelo, comenzó poco a poco a alterar mis ya soliviantados nervios por la comprobación de que la declaración de la renta también me iba a salir a pagar este año, como todos los anteriores, a pesar de que los sufridos ciudadanos con muchos trienios a las espaldas bastante tenemos con sobrellevar resignadamente el peso y el paso del tiempo, las horas que circunvalan la memoria y los achaques producidos por y asociados a una juventud descontrolada y a una edad adulta alejada de los más mínimos criterios de contención.

Intenté concentrarme en los enrevesados, abstrusos e incomprensibles entresijos de las casillas que conforman el mencionado borrador, sobresaltándome con conceptos cuyo significado solo está al alcance de expertos en derecho tributario o de los siniestros funcionarios del ministerio de hacienda, como Régimen de atribución de rentas y rendimientos del capital y de actividades económicas y ganancias y pérdidas patrimoniales. Aquí me inflamo porque me han asignado una cantidad en la casilla 208 cuyo título es Ganancias patrimoniales no derivadas de transmisiones, atribuidas por la entidad. Cielos, qué será eso y por qué el borrador me incluye una cantidad cercana a los mil euros. Investigo, busco papeles que me han enviado bancos, oenegés y otras entidades y encuentro uno del administrador de la propiedad del piso que me informa de que tenemos que incluir esa cantidad en nuestra declaración porque hemos arreglado los ascensores, además de con nuestro peculio particular, con un préstamo a fondo perdido de la Junta de Andalucía. Yo ni había leído semejante carta y me asombro. O sea, que encima de que nos hemos gastado un dineral arreglando los ascensores que estaban hechos un asco y pedimos una subvención a la administración, ahora resulta que se la tengo que devolver vía impuestos. Lo comido por lo servido. Continúo enfadándome con el ministro de hacienda, con los funcionarios que siguen lealmente sus absurdas consignas, con el administrador de la comunidad que no nos informó debidamente en su momento, con la página de la agencia tributaria que se ha colgado —colgar, lo que dice colgarse, colgaba a quien yo me sé—, con la Junta de Andalucía y con el sursum corda, y sigo con la declaración. Estoy agotado, pero quiero terminar el suplicio hoy mismo, darle al botón de enviar y olvidarme hasta el año que viene, que volverá a repetirse la misma historia.

Se me vienen a la mente, no sé por qué, la declaración de la guerra de independencia, la declaración a mi mujer una calurosa tarde de julio, la declaración de los derechos humanos. ¿Habrá algo más inhumano que una mañana perdida haciendo números, rompiéndome la cabeza, luchando contra el ordenador? Sí, ya sé que es un poco exagerado, que hay cosas mucho más inhumanas, mucho peores. Pero como dije antes es un decir, una hipérbole, una exageración, un… Maldita sea, otra vez el moscardón entra en escena. Ahora comienza a volar como un loco alrededor de la mesa de trabajo, se da contra el cristal de la ventana en lugar de salir por la parte que he dejado abierta y medio atontado, choca contra la pantalla del ordenador. No sé qué me molesta más, si el revoloteo o el zumbido. Lo sigo con la mirada y compruebo que se posa en un lateral de la estantería. Es la mía, pienso con una sonrisa que se dibuja en mis labios, la primera de todo el día. El rostro se relaja, el ceño deja de fruncirse y lentamente, saboreando la escena que se va a desarrollar a continuación, me levanto del sillón, me quito una zapatilla y me acerco despacio, muy despacio, al incauto animal. Debe ser mi imaginación, pero parece que se escucha una vocecita ronca parecida al chillido de una rata acatarrada. Miro alrededor y no veo nada, así que me sigo acercando dando pasos muy cortos y observo con horror y estupefacción que en lugar de la cabeza con sus antenas, sus enormes ojos y su trompa, veo una cabeza humana blanca, casi calva, con grandes orejas, ojos pequeños y una expresión aterrada. No puede ser, seguro que estoy soñando porque esa cabeza es la de… la del ministro de Hacienda. Bebí demasiado, me digo, porque esto es lo mismo que sucede en la película La mosca, que repusieron hace unos días en uno de los canales de televisión. Cada vez que veo la película me angustia el personaje, un científico que inventa una máquina para teletransportar materia que experimenta consigo mismo, produciéndose un terrible fallo al introducirse una mosca en la máquina y mezclándose los átomos, con lo que la cabeza y un brazo tienen la forma de mosca y el resto del cuerpo es humano. Eso implica que hay otro ser con cabeza y un brazo humanos y el resto del cuerpo con patas y alas que quedó volando por ahí.

Con la zapatilla levantada, a punto de golpear al horrible insecto, algo me detiene. Es la mirada que me atraviesa, que me conmueve, que me suplica. Ahora se me viene a la mente Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis, de Kafka, un personaje con el que siempre simpaticé por la crueldad de su situación y la incomprensión y asco que provocaba en su familia. El moscardón ha conseguido una primera victoria, impedir que lo aplaste. Esta vez no sonríe con la suficiencia con la que suele dirigirse a los diputados, a la prensa, a los contribuyentes, sino que, con el rostro muy serio y gritando para que yo pudiera escucharle, me contó que hacía unos días, cuando iba en el coche del ministerio a una rueda de prensa, leyendo unas notas preparadas por su secretaria y bebiendo de una botella de agua que le había proporcionado el conserje antes de subir al coche, empezó a sentirse muy raro. Notó como un cosquilleo en la piel y un fuerte dolor de cabeza y se desmayó. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero al despertarse comprobó con horror que todo era enorme, que veía de una manera muy rara y que, en lugar de manos y piernas tenía patas y alas. El conductor del coche estaba hablando por su móvil con alguien que debía ser importante porque lo trataba con gran deferencia, diciendo que no sabía lo que había pasado, que había estado viendo al ministro por el retrovisor todo el tiempo pero que, en un momento dado, había desaparecido. Sin embargo, su ropa, sus gafas y el maletín seguían en el asiento de atrás. Es como si se hubiera volatilizado, decía con voz nerviosa. No tenía explicación alguna.

Al cabo de un momento se presentaron varios policías y aprovechando que el conductor abrió la puerta, salió volando como un meteoro. Todo lo hacía de manera instintiva. No sabía cómo enviaba las órdenes a las alas para que se movieran a tal velocidad. Tampoco era capaz de averiguar por qué se movía a un lado o a otro. Todo era nuevo, incomprensible, irreconocible, enorme, cercano y a la vez muy lejano. Reconoció que la sensación de volar libremente y contemplar la ciudad desde lo alto le produjo una sensación de placer y de plenitud indescriptibles, pero eso duró poco, porque el pánico volvió a apoderarse de él, pasados los primeros momentos de euforia, de libertad, de ingravidez.

Durante varias horas estuvo volando sin rumbo, sin sentido, evitando a los pájaros para no terminar atravesado por sus picos y en sus buches. No había perdido ni por un momento su capacidad de razonar, de pensar con frialdad pero no es lo mismo dedicar el tiempo a encontrar modos y formas de recaudar más dinero que a buscar la manera de salir del atolladero en el que se encontraba. Primero tenía que refugiarse en un lugar seguro donde meditar, saber por qué le había ocurrido esa metamorfosis y cómo salir de ella, regresar a su estado anterior, a ser el azote de empresarios y trabajadores, el que exprimía hasta el último céntimo a asalariados y autónomos, el que era más permisivo con los que se forraban pero dejaban una pequeña parte, unas migajas, en las arcas del Estado. ¿Sería que alguien lo había hechizado, le había echado un mal de ojo? Él no creía en esas cosas, pero si muchos millones de españoles le deseaban el mal quizás esa fuerza negativa se había concentrado y canalizado de alguna forma y lo habían convertido en un ser indefenso, diminuto y al albur de cualquier contratiempo que lo aplastara, que lo hiciera desaparecer del mundo sin dejar rastro. Eso era lo que más le dolía; él, una persona temida y odiada, conocida por su vanidad y su inteligencia, por su experiencia, por su lucidez, podía acabar engullido por un ave, aplastado por un manotazo o enviado a mejor vida por el rabo de un bóvido. No lo podía consentir, tenía que encontrar la causa de todo aquello, buscar una solución y volver a su estado natural, aunque fuera como simple inspector de hacienda o, poniéndose en el peor de los casos, como pensionista de la seguridad social. Todo menos seguir mosqueado… Vaya, pensó, a pesar de todo sigo conservando mi famoso sentido del humor, ese que tanto le molesta a la opinión pública y, sobre todo, a la oposición.

Después de un tiempo, ya más acostumbrado a deambular entre edificios, coches y personas que no se percataban de quién era, y aprendiendo a controlar la dirección y la velocidad del vuelo, el ministro-mosca se elevó un poco y vio una ventana abierta en la primera planta de una casa en la que no se apreciaba movimiento. Con precaución, disminuyendo la velocidad para no estrellarse, porque sus ojos eran demasiado pequeños y no controlaba bien las distancias, entró en la vivienda, pero iba demasiado rápido, demasiado, y se golpeó varias veces contra la pared, contra la puerta, contra… ¡Pero si hay una persona en la habitación! ¡Tengo que salir como sea! Siguió volando y se golpeó contra el cristal de la ventana con tal fuerza que por un instante cayó atontado al suelo, pero se rehízo y continuó el vuelo, esta vez con más cuidado, aunque también se golpeó contra la pantalla de un ordenador. Por un instante creyó ver allí una página de la declaración de la renta, pero lo achacó a su estado de ansiedad y a su estado, como diríamos, ¿moscardonil? Seguro que no existía esa palabra, pero tanto le daba, ahora era una mosca, un moscardón o algo similar, así que se podía permitir el lujo de inventarse palabras, igual que se inventaba modos de exprimir a los contribuyentes.

Como todavía estaba aturdido, buscó un sitio escondido, en el lateral de una estantería, donde creía que el individuo que miraba tan atentamente el ordenador no lo vería. Pero se equivocaba. Allí estaba yo, dispuesto a acabar con sus problemas, aplastándolo como se suele hacer con los mosquitos, las moscas, las cucarachas o cualquier otro insecto nauseabundo. Y él lo era por partida doble, por ser un ministro odioso y por el ser en el que se había convertido. Yo tenía en mi mano un poder absoluto sobre la vida de una de las personas que más animadversión concitaba en todo el país. Si en esos momentos pudiera hacer un referéndum seguro que ganaría por mayoría absoluta la opción A: hacer desaparecer al ministro. Y yo no soy alguien que se mueva entre minorías ni que le guste llevar la contraria a las opiniones más extendidas. Así que se concitaron los hados contra el señor ministro y yo lo ejecuté sin miramientos, aplastándolo con todas mis fuerzas contra el mueble. Mi grito de triunfo y su grito de terror se mezclaron en una especie de chillido ronco que despertó a mi mujer, que se había quedado dormida, como casi todas las noches, en el sofá del salón. Acudió corriendo, asustada, creyendo que me había pasado algo malo. Y me encontró en el estudio con una zapatilla en la mano, riendo y balbuceando palabras inconexas, entre las que distinguía renta… hacienda… mosca… ministro…  ventana… Yo la miraba con una expresión de triunfo que ella no comprendía. ¿No estabas haciendo la declaración de la renta? Sí, le contesté. Este año seguro que nos sale a devolver. Y si no, da igual, siempre saldremos ganando.

Relato XV: El torturador

La tortura en México es recurrente como método de las fuerzas policiales para obtener confesiones.

Lo que más me gusta es el principio. Siempre comienza igual. Se abre la puerta y el individuo se sienta frente a mí. Unas veces saluda tímidamente, otras veces se muestra desafiante, orgulloso, combativo; en ocasiones entra llorando, abatido, pero casi siempre el silencio es el saludo que lo acompaña. La puerta se cierra, la cierran. Yo permanezco callado. El individuo se sienta frente a mí, en una silla un poco más baja y que me permite mirarlo desde una altura que impide cualquier señal de rebeldía, mira a su alrededor y después me mira. Mi rostro es una máscara y mis ojos no se apartan de los suyos. Sé lo que ven porque después me lo cuentan. Yo les enseño lo que me interesa y que la imaginación trabaje. El potro de tortura, las tenazas, las sierras, el soplete, las agujas…

Lo importante es mantener la calma, impedir que la compasión, aunque sea por un instante, se instale en la atmósfera. Hay que saber crear el clima adecuado, las palabras, los silencios, los gestos precisos. En eso no hay quien me supere y todos me lo dicen, sumisos y aduladores, sobre todo mis compañeros que, en el fondo, envidian mi dominio de la situación. La experiencia adquirida en años de entrenamiento es fundamental. He tenido muy buenos profesores, ejemplos excelentes que me enseñaron todo lo que ahora pongo en práctica. Pero yo he mejorado las técnicas, la experiencia de años me ha permitido afinar la psicología, el lenguaje de los gestos, de los silencios calculados, de las frases precisas dichas con el tono adecuado. Apenas necesito las herramientas ancestrales, que se han quedado obsoletas, anticuadas, sobre todo porque las víctimas ya las conocen y saben cómo enfrentarse a ellas.

Noto su estremecimiento y una oleada de placer me recorre la espina dorsal. Aquellos que nunca han tenido este poder sobre las personas no conocen realmente el éxtasis, la voluptuosidad, la felicidad auténtica. El individuo al principio lo niega todo, busca excusas, quiere encontrar una explicación y convencerme, utiliza los argumentos más absurdos o los más lógicos. Pero no lo consigue. Permanezco impasible y esa es la auténtica fortaleza, la que me proporciona la ventaja definitiva. Sigo mirando, callando o utilizando las palabras que más convienen y veo cómo se derrumba. No necesito nada más.

–Vamos a ver, alma cándida. ¿Me quieres decir por qué te has peleado con tu compañero? ¿Por qué has faltado a clase? ¿Por qué has fumado en el servicio? ¿Por qué has falsificado las notas? ¿Por qué…?

Y siempre me cuenta la verdad y se arrepiente, promete no volver a hacerlo. Nunca he fallado. Y por eso soy el Jefe de Estudios del Instituto y nadie se atreve a hacerme sombra. Que se atrevan, si son capaces.

Relato XIV: Bajo la piedra

“Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Sirve para eso, para caminar.”

EDUARDO GALEANO  de su obra “Las palabras andantes”.

 

Mi padre me contó que Germán Gonzales comenzó a cavar su tumba cuando el reloj de la iglesia dio la última campanada del año en que yo nací. También me contó otras cosas que quiero recordar para que mis hijos o quizás mis nietos lean esta pequeña historia y no olviden.

Germán tenía poco más de cuarenta años y gran parte de ese tiempo lo dedicó a luchar sobre una tierra seca, polvorienta, llena de guijarros que la azada no conseguía eliminar y de algunos cardos que absorbían la poca humedad que las frías noches posaban en el suelo. Año tras año se dedicó a limpiar y a trabajar el terreno que su padre le dejó y a buscar, sin éxito, algún pozo de agua que aliviara la sed. Todas las mañanas se levantaba mucho antes de que el sol saliera para recalentar la llanura y comenzaba el ritual diario de hacer el café en la candela, mojarse un poco la cara aprovechando el agua que, en las escasas tormentas que acaecían muy de cuando en cuando recogía en tinajas que administraba de forma milagrosa, y vestirse de manera pausada, como si fuera una ceremonia, empezando por los raídos pantalones de pana, una vieja camisa que hacía años había dejado de ser azul y ahora tendía más al gris y unas botas de cuero que había arreglado docenas de veces en el cercano pueblo. Cuando hacía frío solo se ponía encima una chaqueta también gastada. Tenía ropa más nueva y moderna, pero aquella le gustaba especialmente porque era más cómoda y, sobre todo, porque se la había regalado su mujer. Abría el ventanuco que estaba orientado al este, como había querido cuando diseñó y construyó la vivienda con sus propias manos, poco a poco a lo largo de los años, sin más ayuda que la del mulo que le permitía acarrear la madera y las piedras que necesitaba. Aunque todavía era de noche, podía ver las escasas luces del pueblo y algunas estrellas que titilaban sobre el horizonte.

Después de desayunar frugalmente migando el café con pan duro, salía a la puerta de la casa y cerraba los ojos, concentrándose en los escasos ruidos que a esas horas podían escucharse en el campo, como algún ratón correteando, un perro que ladraba asustado a lo lejos, el vuelo nocturno de una lechuza. Ese era el mejor momento, aquel en el que se fundían el recuerdo y la esperanza, el deseo y el olvido, la ausencia y los afanes. Un leve escalofrío le recorría la espalda y era entonces cuando encendía el único cigarrillo que fumaba en todo el día, apoyado en la puerta, aspirando el humo lentamente, dejándolo unos segundos en los pulmones y expulsándolo poco a poco, como con miedo a que se perdiera en el aire como se pierden las últimas imágenes del último sueño de la noche. Después iba al pequeño cuarto que utilizaba como almacén, cogía la azada y salía al campo a cuidar la pequeña huerta que la mayor parte de los años se perdía por la escasez de agua, pero que le servía como distracción y como una especie de homenaje a su padre, un hombre de campo que nunca pudo ver cumplido su sueño de poseer y trabajar una tierra fértil y generosa.

Aquel día vio cómo se apagaba la estrella de luz que habían colocado en la torre de la iglesia para iluminar las ilusiones de las buenas gentes. Él no era creyente, pero no le molestaba la alegría de los demás, sobre todo la de los niños que correteaban por las calles, a los que miraba con cierta tristeza acordándose de aquel pequeño ser sin vida que acunó unos minutos en sus manos y que nunca tuvo un nombre para no incrementar el dolor, porque pensó que un cuerpo sin nombre se hundiría en su memoria y desaparecería en poco tiempo. Pero no fue así. La mujer duró un poco más, unos días que lo consumieron a solas en el hospital hasta que todo se acabó. Y cuando regresó a lo que había sido un hogar y ahora eran solo cuatro paredes frías y llenas de recuerdos, cogió todo lo que era de ella, su ropa, la silla en la que se sentaba por las tardes a coser y el escaso ajuar que había ido tejiendo desde que se hicieron novios, y lo quemó cerca de la casa, mirando absorto cómo las llamas consumían la poca felicidad que la vida le había proporcionado. Después reunió las cenizas, las guardó en una caja metálica de galletas, las que ella solía comer por las tardes cuando tomaban café, y enterró la caja cerca de la casa y del camino que llevaba al pueblo. Solo guardó en el cajón de su mesilla de noche la única foto de la boda, dos jóvenes cargados de ilusiones y esperanzas que miraban tímidamente a la cámara.

Habían pasado más de quince años pero el recuerdo de la mujer y del niño acudía a su mente a diario, cada vez que se ponía en camino hacia el pueblo para abrir la pequeña tienda en la que trabajaba desde que terminó los estudios que su padre le obligó a hacer contra su voluntad. Pasaba delante de la piedra que colocó donde había enterrado la caja y se detenía un instante para no olvidar las ilusiones que habían forjado en el poco tiempo que pasaron juntos. Ninguna se había cumplido. Tuvo que vender el mulo y la casa del pueblo para pagar los gastos de la enfermedad del padre y el dinero restante lo gastó poco después en el entierro de la esposa y del hijo. Y sin embargo, no podía quejarse porque tenía un trabajo que le permitía vivir sin agobios, las gentes del pueblo lo apreciaban, lo querían, lo saludaban y charlaban con él amigablemente.

Cuando llegaba a la tienda se ponía la bata gris que le había comprado su jefe y repasaba con la vista todas las estanterías donde las latas de conserva, las botellas de leche, las cajas de galletas, las legumbres y todos los demás productos que allí se vendían. Poco después llegaban el panadero y el frutero, con los que charlaba mientras colocaba el pan, la fruta y la verdura en las cajas correspondientes. Cuando se iban limpiaba el mostrador, barría un poco el suelo, abría la caja registradora y comprobaba que había cambio suficiente. Un poco antes de las nueve de la mañana levantaba las persianas metálicas de las ventanas y de la puerta y abría, paseaba despacio por el pasillo y esperaba a que entrara el primer cliente, casi siempre alguna mujer mayor que venía de misa. Al poco rato llegaba su jefe, el dueño de la tienda, algo más joven que él y que había llegado al pueblo cuando todavía era un niño, hijo de guardia civil al que habían destinado allí y que unos años después se quiso ir al norte porque quería saber lo que era el miedo, el riesgo y volvió a los pocos meses dentro de un féretro envuelto en una bandera roja y gualda, acompañado de personas importantes que le dieron la mano y hablaron del valor del padre y de la cobardía de los que lo habían matado. Su madre y él se quedaron allí porque el padre había comprado la tienda a una viuda y eso les permitió vivir con holgura y distraer a la mujer durante un tiempo, hasta que se murió, dicen, de pena. Nunca volvió al cementerio porque lo que más había querido, sus padres, su mujer, su hijo, ya no existían, eran solo gusanos, huesos, polvo.

El dueño revisaba las cuentas, los gastos y las compras que había que realizar y se iba al poco rato, dejándolo solo hasta que llegaba la hora de cerrar. Se llevaban muy bien y nunca habían tenido ni el más mínimo problema porque Germán siempre había demostrado su capacidad de trabajo y su seriedad. El tiempo pasaba lentamente, un trasiego monótono de caras, conversaciones, comerciales, reponedores. A la hora de comer se acercaba al bar de mi padre y allí charlaba en la barra un rato con él, tomándose un vaso de vino y hablando de cualquier tema, siempre en voz baja, dejando que las palabras se fundieran con otras conversaciones y saludando a todo el que entraba. Después se iba a comer solo a una mesa, siempre la misma, en un rincón alejado al que nadie se acercaba pues sabían que le gustaban esos momentos de tranquilidad. Cuando terminaba el último plato se tomaba un café con leche y mi padre le acercaba el periódico del día que leía atentamente, con parsimonia y rellenaba el crucigrama. Algunas veces se llevaba un libro que pedía prestado en la biblioteca pública y leía moviendo ligeramente los labios, apoyado el respaldo de la silla en la pared. Media hora antes de abrir la tienda por la tarde salía del bar y daba un paseo por las afueras del pueblo, buscando la sombra de los pocos árboles que crecían desperdigados por la llanura. Así día tras día, año tras año.

Las tardes eran aburridas, sobre todo en verano. Entraban muy pocos clientes y entonces se dedicaba a recordar su vida pasada, las pocas anécdotas que le habían ocurrido. Su infancia en el colegio, los  veranos en el pueblo de su madre con los primos, el noviazgo, los planes que habían hecho juntos, los viajes planeados y no realizados. Una noche de invierno leyeron, sentados bajo la bombilla que colgaba del cielo raso de la casa, un inquietante cuento de un escritor del que nunca habían oído hablar, Jorge Luis Borges, titulado Utopía de un hombre que está cansado. Le había pedido a la bibliotecaria un libro de cuentos porque a su mujer le cansaban las novelas con muchos personajes. Decía que los escritores no sabían nada de la vida real, que se inventaban historias porque no comprendían el mundo en que vivían y tenían que vivir en otros mundos que fueran menos duros y crueles. A ella le hizo gracia la palabra utopía y buscaron su significado en el pequeño diccionario que Germán tenía en su mesilla, como otros tenían una biblia, que consultaba todas las noches. Cuando él le explicó lo que quería decir ella se quedó un momento pensativa y dijo que no le gustaría vivir en un mundo perfecto, que lo bonito era reír y llorar, sentir placer y sentir dolor, caer y levantarse. Que lo demás eran tonterías, como el paraíso del que hablaban los curas, toda la eternidad riendo y mirando a Dios, qué aburrimiento. El cuento les produjo una gran tristeza y comentaron que vivir en un futuro así no merecía la pena. Esa noche concibieron al pequeño que nunca llegó a vivir ni a conocer qué significa el paso del tiempo.

Nunca había imaginado un futuro lleno de luz, pero tampoco esperaba este presente gris, este vacío que lo agotaba y lo consumía. Buscaba una salida, un camino que le llevara a un sitio diferente, pero la piedra bajo la que estaban sus recuerdos más queridos lo atraía como un imán y le impedía alejarse de allí. Y poco a poco fue perdiendo la ilusión, las ganas de vivir. Su cuerpo era todavía joven, pero en su espíritu se había acelerado el tiempo y notaba que un peso insufrible le oprimía algo más que el pecho o el corazón.

No supo cuándo, quizás después del verano, en los primeros días en los que el silencio comienza a adueñarse de las tardes, cuando el viento del oeste hace caer las hojas de los árboles, preparándose para el desasosiego que antecede al invierno. Los pensamientos se fueron oscureciendo y se adueñaron del campo yermo que era su vida sin sentido. Pocos notaron la transformación, entre ellos mi padre. Apenas sonreía con las ocurrencias de los parroquianos en el bar, las comidas eran cada vez más frugales y ya no le interesaba la lectura del periódico ni de los libros. Se quedaba ensimismado, ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Se levantaba cuando terminaba de comer, salía y paseaba por todo el pueblo, las manos metidas en los bolsillos, la cabeza baja y saludando distraído a los que se cruzaban con él. Atendía la tienda con su amabilidad y presteza de siempre, pero a veces se olvidaba de apuntar los encargos o se equivocaba con el cambio. El dueño le tuvo que llamar la atención alguna vez y él asentía en silencio, respondiendo que no volvería a suceder. El regreso a su casa suponía una liberación, el encuentro con lo único que apreciaba, la piedra y lo que estaba enterrado debajo. Y sentado delante de ella, mirando el retrato que estaba cada vez más desvaído, la idea comenzó a tomar forma.

El último día del año trabajó hasta las dos de la tarde. El dueño se había acercado un poco antes y le había dicho que no abriera después de comer y que cenara aquella noche con ellos, con su mujer, sus dos hijas y sus suegros, pero él, aunque agradeció la invitación, contestó que no, que prefería estar solo, que ese tipo de celebraciones siempre le entristecían, que prefería irse temprano a la cama. Cogió dos sobres, algunas hojas de papel y un bolígrafo, echó una última mirada y cerró despacio la puerta. Como hacía todos los días, se dirigió al bar de mi padre, que ese día estaba más concurrido de lo normal, con los parroquianos bebiendo y brindando por el año que iba a comenzar en unas horas. También como todos los días, charló un poco en la barra y después se sentó en su mesa. Mi padre vio cómo sacaba una hoja de papel de un bolsillo de la chaqueta y comenzaba a escribir, deteniéndose cada poco tiempo, como buscando palabras que no encontraba. Era la primera vez que lo veía escribir. Se acercó a llevarle el primer plato del menú y Germán se lo agradeció con su tímida sonrisa, más triste de lo habitual. Mi padre lo observaba con curiosidad y comprobó que apenas probaba bocado y seguía escribiendo despacio, como dudando, pero sin hacer tachaduras. Cuando le hizo una seña, le retiró el plato y poco después llevó el segundo. Mi padre ya no pudo seguir mirando porque había mucha gente y tuvo que seguir atendiendo a los demás clientes. Germán terminó la primera hoja, la firmó y la metió en uno de los sobres. Después siguió escribiendo hasta casi la hora del cierre del bar en el que sólo quedaban él y mi padre y cuando terminó le entregó uno de los sobres, rogándole que no lo abriera hasta el día siguiente. El otro sobre se lo guardó en uno de los bolsillos y se despidió de mi padre como nunca lo había hecho hasta entonces, con un fuerte abrazo y deseándole un feliz año nuevo.

Germán regresó a la tienda, la abrió y dejó el sobre al lado de la caja registradora, bien visible. Por la noche apenas cenó y esperó sentado a la puerta de la casa, como hacía siempre, reconociendo los ruidos amortiguados que llegaban como murmullos del pueblo. La luna, en lo más alto del cielo, inundaba el paisaje con su luz blanquecina, pero le impedía ver y reconocer aquellas estrellas que el maestro le había enseñado hacía muchos años y que nunca había olvidado. Esperó pacientemente y escuchó las campanadas de las diez, de las once y poco antes de que sonaran las últimas del año se levantó y cogió la azada, el pico y la pala que guardaba en el pequeño cuarto destinado a las herramientas, una linterna y un cuchillo de cocina. Fue contando una a una las doce campanadas y cuando se apagó el eco de la última, retiró la piedra solitaria que formaba parte de su vida y comenzó a cavar, primero con fuerza y después con delicadeza, para no estropear la caja de los recuerdos. Cuando llegó a ella la cogió un momento y la colocó al lado del agujero, que fue agrandando poco a poco. No pensaba en nada, solo quería terminar, impedir que la luz del sol cegara su determinación.

Después de cuatro o cinco horas consideró que ya tenía el tamaño y la profundidad suficiente. Estaba de pie y la cabeza no le llegaba al borde, la luz de la luna apenas iluminaba el fondo del hoyo. Descansó durante unos minutos mientras miraba la caja y la foto, en la que apenas reconocía los rostros. Después, con parsimonia, como cuando se desenvuelve un regalo que ya conocemos, abrió la caja e introdujo la foto en ella.

El tiempo se detuvo. Ya no existían los minutos ni los siglos, ni el ayer ni el mañana, ni siquiera un presente que nunca había poseído, que se le había ido escapando de las manos esperando algo, no sabía qué. Se tumbó boca arriba, los ojos cerrados aunque hacía mucho que ya no miraban y colocó el cuchillo sobre el corazón.

Mi padre leyó la carta varias veces, solo, en su habitación y después la rompió. Era temprano, pero mi madre ya se había levantado y estaba preparando el café. No le comentó nada. Desayunaron juntos, callados, aunque mi madre, con una sonrisa tímida y a la vez radiante, le dio la noticia que hacía años estaban esperando. Con las manos entrelazadas, de pie frente la ventana que daba a la calle, se miraron a los ojos durante algunos minutos. Yo nacería un caluroso día de principios de agosto de ese año.

Mi padre dijo que quería pasear por el campo, que necesitaba salir a tomar el aire y mi madre, que tenía que preparar la comida de ese día de fiesta a la que asistirían su hermana y su cuñado,  asintió, aunque presentía que había algo más. Se montó en la bicicleta y llegó a la casa de Germán. Vio el agujero, la tumba, y comprobó que el cuerpo estaba boca arriba, con el cuchillo clavado en el corazón. No sintió pena ni lástima por el amigo, sólo una pequeña punzada en el estómago, un vacío por su ausencia y por la suerte que, esquiva, nunca le había acompañado.

Tal y como le había rogado Germán, cogió el saco de cal viva que guardaba en el almacén y lo echó sobre el cuerpo. Esperó unos minutos y después comenzó a tapar la tumba con la tierra que, en montones, había alrededor del agujero. Cuando terminó volvió a colocar la piedra en el mismo sitio, guardó las herramientas y el saco, cerró la puerta y comprobó que apenas quedaban señales de lo que había hecho. Todo el mundo de Germán estaba bajo la piedra.

Regresó a casa, mi madre lo miró y supo, de alguna forma, que algo grave había pasado, pero no hizo preguntas. Al día siguiente, el dueño de la tienda se acercó al bar y le enseñó a mi padre la carta que le había dejado Germán, en la que decía que el nuevo año le había abierto los ojos, que necesitaba cambiar de aires, irse del pueblo y buscar fortuna lejos, donde los recuerdos y su vida pasada no lo alcanzaran y que algún día, quizás, regresaría. Brindaron a su salud y el dueño, aunque dolido por la forma en que se había despedido, deseó que el futuro deparara a Germán una vida mejor que la que había dejado atrás.

Han pasado muchos veranos. Mis padres han muerto y casi todos los que conocieron a Germán Gonzales, también. Ahora estoy delante del ordenador, vigilando por la ventana cómo mis dos nietos juegan en el patio de la casa mientras mi hijo y mi nuera ayudan en la cocina a mi mujer. Estoy escribiendo la historia que mi padre me contó el día que cumplí dieciocho años. No la escribí antes porque me hizo prometer que esperara a que el tiempo borrara de la memoria a ese hombre, que había pasado por el pueblo sin ruido y que sin ruido se fue.

Poco a poco la casa de Germán se fue deteriorando, algunos desaprensivos rompieron la puerta y se llevaron lo poco de valor que allí había y destrozaron las ventanas. La gente del pueblo dejó de hablar de él y su recuerdo se fue perdiendo. El olvido es el mejor aliado del tiempo o el tiempo es el mejor amigo del olvido, tanto da, porque al final solo queda la piedra o su sombra.

Relato XIII: La historia más corta

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Hoy el escritor podría demostrar su ingenio y su originalidad escribiendo la historia más corta, como aquella en la que alguien se despierta y comprueba que el dinosaurio todavía estaba allí o la del hombre que era invisible pero nadie se percató de ello o la que me hace más gracia, cuando la pantera dice te devoraré y la espada contesta peor para ti. Hay días en que la brevedad del tiempo y la claridad de ideas van de la mano y permiten que el folio blanco o la pantalla del ordenador se vayan llenando de microrrelatos, de palabras que adquieren más sentido cuanta menos cantidad y menos sonidos tengan. Veamos algunos ejemplos que se le ocurren un jueves por la mañana:

  • El átomo te tomó de la mano y te timó.
  • El ciego alzó la mirada y no pudo ver el cielo color ceniza.
  • Él la besó y ella le dijo: -No abuses de los besos si no son bálsamos de amor.
  • La historia se repite cuando repites la misma historia que se repite.

Así podría continuar varias líneas más, alineando palabras y frases que demuestran el ingenio y que satisfacen su deseo de originalidad. Pero un inoportuno ataque  de tos le hace derramar el vaso de agua que tiene siempre sobre la mesa y que cae sobre el teclado del ordenador, creando un caos de lápices y bolígrafos que vuelan descontrolados, sillas arrastradas de golpe, carreras para ir rápidamente en busca de trapos que empapen las superficies e impidan que el desastre sea mayor, hojas y libros mojados, maldiciones e improperios por la torpeza, gritos de la mujer desde la cocina preguntando sobre el desastre. Las musas corren despavoridas y asustadas y dejan al pobre aprendiz de escritor mascullando insultos y deseando que el dinosaurio se coma al hombre invisible, a la pantera o a su mujer, que sigue gritando en la cocina.

Relato XII: La culpa

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Lucía leyó lo que su marido había escrito aquella mañana. Como siempre, las primeras hojas nunca le convencían y las tiraba a la papelera, pero esta vez había algo especial y, tras la discusión y el golpe, él se había encerrado en el despacho y escribió frenéticamente durante más de tres horas. Después salió a la calle sin que ella se diera cuenta. Al comienzo de su matrimonio, a Lucía le encantaba analizar y estudiar cómo iban surgiendo las novelas, las distintas alternativas, los laberintos y las dudas de los personajes. Pero ahora…

“Después de cometer el atentado, se dirigió con sus dos compañeros al vehículo y, nada más iniciar la marcha, conectaron con la frecuencia de la policía. Tuvieron que esperar unos minutos hasta que comenzaron a escuchar las primeras comunicaciones: se ha producido una fuerte explosión en la Avenida Ramón y Cajal provocada por un coche-bomba, parece que hay dos víctimas, una de ellas todavía está viva, aunque muy grave… Pasada media hora, se confirmaron las sospechas. La explosión se había producido demasiado tarde, después de haber pasado el vehículo oficial, alcanzando de lleno a un turismo que circulaba inmediatamente detrás y matando a un médico y a su mujer.

–¡Maldita sea!– exclamó Juan, –otro error, y esta vez se ha escapado un general–”

Al margen, escritas a mano, podían leerse las siguientes frases:

Este personaje no está bien definido. Debe mostrar algún indicio de arrepentimiento. A pesar de su crueldad, debo buscar la manera de que se sienta culpable…  El lector quiere encontrar una  esperanza, sobre todo  en las situaciones límite.

Lucía acarició pensativamente su pómulo derecho. La hinchazón había remitido un poco desde aquella mañana, cuando su marido le había dado el puñetazo. Y pensó en la policía, en su marido…

                en la bomba,

                        en su marido,

                              en la bomba,

                                    en la culpa…

Relato XI: Rutina (y III)

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Sus compañeros fueron llegando poco a poco y, aunque le saludaban cortésmente, evitaban iniciar las charlas que antes eran frecuentes y que versaban casi siempre sobre política o deporte. Desde que comenzaron a publicarse algunos reportajes en un periódico local, y que tuvieron eco en la prensa nacional, que dudaban de la limpieza de la Consejería en las adjudicaciones de algunas obras, le fueron haciendo el vacío, dejaron de hacerle partícipe de las bromas y de los comentarios que servían de distracción y amenizaban los tediosos días de trabajo. Su jefa apenas le dirigía la palabra, a pesar de que era el funcionario más antiguo de su departamento y el que más experiencia, y seguramente conocimientos, tenía. Hacía varias semanas que no le convocaba a reuniones o le llamaba a su despacho para hacerle alguna consulta. No sabía bien por qué, pero sospechaban que él era el que filtraba las informaciones y esto se había extendido como una mancha de aceite por todos los departamentos de la Consejería. No era verdad, él nunca habría facilitado datos de manera anónima, sino que, previamente, habría denunciado los hechos ante cualquier instancia superior y, si no le hubieran hecho caso, habría acudido a un juez. Pero él no era un quijote y sabía que si se hubiese atrevido, sus últimos años en la Consejería serían un infierno. Seguramente sería alguno de los enchufados que se sentaban frente a él y cuyos méritos consistían en hacer comentarios graciosos, copiar y pegar documentos y presentarlos como originales, hacer fotocopias o actividades similares. Pero no le preocupaba, ya no le preocupaba.

Así que, después de descartar varios planes, decidió utilizar el viejo sistema que ya se estaba empleando, pero de una manera mucho más sutil. En las últimas semanas había estado haciendo copias de documentos y correos, incluso de borradores y los guardaba en su pen, eliminando cualquier rastro de su ordenador. Su amigo Julián el informático le dio unas pequeñas clases y claves para hacerlo sin dejar huella. Sabía cómo entrar en los ordenadores de sus compañeros, como desencriptar archivos, cómo hacerse con sus claves… Todo era demasiado sencillo, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de los sistemas operativos y programas del departamento eran piratas, que los ordenadores eran antiguos y que nadie se había preocupado de invertir en seguridad informática. Hoy era el día decisivo, el final de la cuenta atrás, la caída del castillo de naipes.

Llegó la jefa de servicio y la saludó con un gesto, al que ella no contestó. Leyó el correo, clasificó algunos documentos y envió otros, navegó por algunos periódicos de internet para enterarse de las últimas noticias, tomó de pie, solo, el indescriptible café de la máquina, pues ninguno de sus compañeros le invitó a sumarse al grupo, salió a la calle a media mañana para despejarse y llevó un borrador de unas instrucciones al departamento jurídico. La misma rutina desde hacía años, con alguna pequeña modificación.

Al final de la mañana copió el último archivo que estaba encriptado en su ordenador, el que demostraba de manera definitiva que varios altos cargos de la Consejería y cinco o seis empresarios se habían apropiado de cantidades importantes de dinero público. Tenía material suficiente para escribir esa novela que rondaba en su cabeza desde que decidió sacar a la luz todo el entramado. Pero sabía que no tenía madera de escritor. Borró todo vestigio de su ordenador, repasando varias veces los pasos que le había recomendado Julián. Cuando finalizó era casi la hora de salir y lo hizo un poco antes que sus compañeros, saludándolos con un ¡hasta luego! al que nadie respondió. Eso le alegró, porque así no tendría remordimientos cuando todo saliera a la luz y la mayor parte de ellos tuvieran que buscarse la vida en otros lares. Se lo merecían por chivatos, por aduladores.

Esta vez no regresó andando por el mismo camino de siempre, sino que torció en la primera bocacalle y después de andar durante media hora y comprarse un bocadillo, entró en un locutorio alejado del trabajo y de su casa. Se sentó delante de un ordenador libre, introdujo su clave y entró en el disco virtual que había creado semanas antes, con un nombre ficticio, El Fantasma de la Libertad, que había elegido de una novela de Paul Auster, Leviatán. Ese personaje, un escritor algo desequilibrado, fantasioso y que por ironías del destino se había convertido en un aprendiz de terrorista, siempre le había fascinado. Copió el último archivo en la nube y a partir de entonces comenzaron a entrarle las dudas, porque había llegado el momento de cerrar el círculo, abrir el correo electrónico, escribir un pequeño texto explicando el contenido de los archivos que iba a adjuntar y dirigirlo al periodista que había comenzado a destapar el escándalo de la Consejería. Pero hasta ahora los datos se referían a pequeñas fechorías. Lo que iba a enviar era el escándalo, la ignominia, la prueba fehaciente de la gran mentira que habían urdido bajo su mirada y que, en cierto modo, había consentido y ocultado. Por eso se preguntaba si era correcto lo que iba a hacer, si tenía derecho a traicionar a los que habían sido sus compañeros, aunque no le cayeran bien, aunque supiera que eran unos delincuentes, porque él también lo era, por acción y por omisión. El caso es que nadie podía acusarle de nada, no había pruebas contra él, no se había beneficiado. Pero se había callado y había mirado para otro lado. Los demás iban a pagar y él no. En el fondo sabía que era injusto y que tendría que saldar cuentas de alguna manera. Se comió despacio el bocadillo, pensando en lo que iba a hacer. No es lo mismo planificar hasta el último detalle que pasar a la acción. Pulsar el botón es siempre lo más difícil, y él no era precisamente una persona decidida.

No estaba preparado, no podía hacer eso, no era un traidor ni un chivato. Cerró el correo, quitó el pen, apagó el ordenador y pagó al encargado del locutorio. Eran cerca de las siete de la tarde y lentamente fue desandando el camino, acercándose con recelo a su casa, temiendo a la soledad que le impediría tranquilizar su conciencia. Se fue deteniendo en escaparates, observando cómo las farolas y las luces de neón se iban encendiendo, cómo el cielo se oscurecía y las primeras estrellas, con Venus de vigía y director de la escena, aparecían en el cielo. Llegó al portal desalentado y sin aliento, como si hubiera hecho un esfuerzo sobrehumano. Esta vez no pudo subir al piso andando, como hacía siempre, y subió en el ascensor. Cuando abrió la puerta, comenzó la rutina nocturna de quitarse la ropa, lavarse las manos, ponerse el pijama, prepararse la cena, cada vez más frugal, y sentarse a comer delante del televisor.

Hoy debería descansar más, pensó, pues mañana tendría que tomar la decisión, quizás la más difícil de su vida. Así que llevó los restos de la cena a la cocina, se lavó los dientes, llevó al salón el vaso de agua, puso la manta y el mando de la televisión cerca, apagó la luz, se acostó en el sillón y se concentró en lo que había hecho a lo largo del día. Lo recordaba como si fuera una película y cada instante, cada encuadre, cada pensamiento, ahondaban en el remordimiento, en la culpa, en el desasosiego. Cuando llegó a la escena del locutorio ya se había decidido.

Volvió a levantarse, cogió el ordenador portátil, lo encendió e introdujo el pen en uno de los puertos usb. Descargó los archivos en el ordenador y los comprimió en un nuevo documento llamado “conciencia.zip”. Abrió su correo personal y sin pensarlo dos veces lo envió al periodista con un pequeño mensaje que quizás no entendiera: “No soy el Fantasma de la Libertad, ya no tengo miedo aunque sí me remuerde la conciencia. Pero ahora ya podré mirar a los ojos a mis hijos”.

Apagó el ordenador y se fue directamente a la cama. Mañana sería otro día y, seguramente, se acabaría la rutina durante mucho tiempo.

FIN