La moda masculina o ¿pero tú has visto cómo vas?

—Joselito, ¿pero tú has visto cómo vas?

Carmen dice es frase mientras espera delante del ascensor y yo, acabando de cerrar la puerta de casa, me dirijo hacia ella. Cuando emplea el término Joselito es para echarse a temblar, algo habré hecho mal. Doy un par de pasos más y en el momento que se abre la puerta del ascensor me miro en el gran espejo que, para mi desgracia, ocupa la parte posterior del habitáculo. Contemplo a un hombre maduro, delgado, con canas que ya sustituyen en su totalidad al abundante pelo castaño que no hace tanto tiempo cubría su cabeza y gafas de sol que impiden ver unos ojos inquietos que intentan encontrar alguna incongruencia en la vestimenta: zapatos negros, pantalón de tela azul no demasiado oscuro, camisa azul de no sé qué tonalidad ni nombre, aunque sé que no es azul marino ni azul turquesa ¿o sí? y chaleco también azul un poco más claro que la camisa.

El caso es que hemos estado en casa, nos hemos cruzado varias veces mientras ella y yo íbamos y veníamos en busca de un cinturón para mí, un pañuelo para ella, algo de colonia para los dos. Ella dándose los últimos retoques, yo subiéndome a la escalera para buscar los zapatos ¡cuidado, no te vayas a caer! me dijo, y seguramente ni me miró. Y si me vio, no echó cuenta, como siempre. Y encima, hemos estado haciendo tiempo porque todavía era demasiado temprano para salir. Pero no, ese no era el momento de decir nada.

—¿Pero no habíamos quedado en que había que eliminar ciertas combinaciones de colores? ¡Pero si llevo el mismo color en todo, menos en los zapatos! Ya he aprendido, por ejemplo, que no se puede poner azul con verde (los dos colores que más me gustan no se pueden combinar, vaya por Dios), rojo y naranja (en mi vida me pondría eso) y que no se pueden mezclar rayas y cuadros y…

Y ahí me quedé. Mi conocimiento de las reglas del vestir en los hombres no alcanza mucho más. Por supuesto, no soy, ni quiero serlo, un árbitro de la moda, un Petronio cualquiera, sobre todo porque no quiero terminar como él. Me da la impresión de que a la mayoría de los hombres de mi generación les pasa lo mismo, no echamos cuenta en las normas correctas (¿eso quién lo dictamina, digo yo, como no sean las casas de moda para fastidiarnos y hacer su agosto?). Sin embargo, los jóvenes parece que ya han aprendido, por lo menos, a preguntar. Mi hijo Santiago, por ejemplo, antes de vestirse consulta a su madre y a su hermana si lo que tiene pensado ponerse es adecuado: “¿esta corbata va bien con la camisa?”, “¿esta chaqueta pega con el pantalón?”, “¿este jersey combina bien con la camisa y con el pantalón?”. Yo reconozco que apenas me fijo. Cojo una camisa que me guste y que haga ya algún tiempo que no me pongo, un pantalón cómodo y, dependiendo de la época del año, chaleco, chaqueta, chaquetón o lo que haga falta. Reconozco que alguna vez me he puesto un pantalón de rayas y una camisa a cuadros, pero es por despiste porque ya he aprendido que eso puede conducir a la hoguera.

—Pero vamos a ver, vamos a ver —dice ella con un tono de voz bajo, ritmo lento y cierto desaliento, acompañado de una media sonrisa que quiere manifestar paciencia, pero que a mí me parece resignación—, ¿tú no ves que eso no pega ni con cola? ¿Cómo vas a ponerte tres tonos diferentes de azul, alma cándida?

El caso es que yo me miro en el espejo y no encuentro incongruencias. Pienso para mí, “pero si en la decoración de las casas, que lo he visto yo con estos ojitos en la tele, en ese programa que ve por las mañanas y también algunas tardes, se puede combinar casi cualquier cosa, ¿cómo es posible que en la moda no se puedan seguir esas mismas reglas? Pero si yo veo algunos desfiles de moda, como esos de Ágata Ruiz de la Prada, que da grima verlos y combina los colores como le da la gana”. Lo pienso, claro, pero no lo digo en voz alta, por si acaso su paciencia y resignación se convierten en otra cosa.

—Pues nada, media vuelta y a cambiarme. Y ahora, ven conmigo al armario y me dices que es lo que tengo que ponerme.

(Armario que, por cierto, está en la habitación de mi hijo que ya se ha ido de casa, por ahora, crucemos los dedos, porque en el mío yo no tengo narices a colgar nada. He podido conseguir una pequeña parcela, un rinconcito para mí solo porque el resto de la casa está invadida por la ropa de Carmen madre y Carmen hija. Lo hacen poco a poco, primero un pantalón, después un vestido, más adelante un abrigo… Y así, cuando me doy cuenta, ya me he quedado sin espacio y tengo que apretar los pantalones y las camisas con calzador y colgarlos de tres en tres o de cuatro en cuatro. Encima, cuando quiero ponerme algo y está arrugado me dicen que cómo no cuelgo bien las cosas. Me callaré y me morderé la lengua. Yo tengo que deshacerme periódicamente de pantalones, camisas y otras prendas que, según parece y dicen, están ya pasadas de moda o muy usadas. Pero ellas han ocupado totalmente el armario del pasillo y yo ahí no tengo espacio para colocar nada mío).

Total, pantalón azul, camisa blanca y jersey gris. Un aburrimiento, vamos. Lo clásico de lo clásico. Será porque mi señora no quiere que destaque y las muchachas y las damas se fijen en mí, supongo.

Menos mal que siempre salimos con tiempo y vamos a llegar al cine con mucha antelación. Tendré que poner un poco más de atención, buscar en Internet o, lo que es más cómodo, preguntar antes de ponerme algo. Todo sea por no tener que vestirme y desvestirme varias veces. Estoy esperando a que algún gurú de la moda saque un eslogan, como hizo en su día Adolfo Domínguez con lo de “la arruga es bella” y ponga de moda, valga la redundancia, algo así como “combina los colores, las rayas y los cuadros como quieras, sé original”. Hasta que no llegue ese momento, aviado voy.

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Paseo por el camino del Merendero, en Aroche

Las tardes de primavera invitan al paseo por el campo; la temperatura, la duración de los días, el colorido de las flores, el agua corriendo por barrancos y arroyos, la vida que renace. Pero aquellos que somos alérgicos al polen tenemos cierta reticencia a salir de casa en esta época. Cada vez que salgo a caminar tengo que cruzar los dedos, armarme de paciencia y valor y arriesgarme a que la histamina no haga de las suyas. Este año las lluvias han impedido que la polinización sea regular y por ahora me estoy librando de estornudos, toses, picor de ojos y ese malestar general que se asemeja a la gripe y que sufrimos todos aquellos que hemos sido tocados por la varita mágica de la hipersensibilización a las sustancias que nos agreden y que son producidas en abundancia por olivos, malezas, gramíneas, plataneros, pinos y otros enemigos del bienestar humano.

Pero todo sea por el placer de caminar, de sentirse liberado de tensiones, de comunicarse y fundirse con la naturaleza. Aunque yo podría ser definido como un urbanita, ese ser que se encuentra como pez en el agua entre coches, contaminación, ruido, asfalto y mucha gente, reconozco que me atrae el campo, el silencio, el canto de los pájaros, la contemplación de un atardecer en la montaña, la soledad. Soy un poco contradictorio o ecléctico, como se prefiera, pero con la edad que tengo ya no puedo ni quiero cambiar.

Así que, aprovechando que mi madre está en Aroche, voy a verla todas las semanas desde Sevilla y me paso allí dos o tres días, dedicándome a leer, a escuchar música, a olvidarme del ordenador y, sobre todo, a caminar. Intento encontrar lugares que todavía no he recorrido o repetir aquellos que me han gustado. Bajar hasta la Ribera del Chanza, llegar hasta el pantano, acercarme a la ermita de San Mamés o subir por el paseo de los frailes es lo que solía hacer habitualmente, pero en estos últimos tiempos prefiero salir del pueblo por la calle Torre Alta y seguir los diferentes senderos que se pueden encontrar a uno y otro lado. En las últimas semanas he subido y bajado cuestas por el Camino del Carmen y por el Camino Viejo del Cerro, dos recorridos muy diferentes y que sorprenden por la variedad de paisajes que atraviesan.

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Hoy dejé a un lado mis dos anteriores recorridos y, al llegar al cruce que bifurca el camino, cojo el de la izquierda. El cartel que indica “Camino del Merendero” está caído y lo levanto e intento colocarlo bien, pero no lo consigo, ya que  se ha despegado de la base y lo dejo como estaba. No sé si habrá “servicio de mantenimiento”, pero aquí dejo la información para ver si alguien consigue arreglarlo. Como ya estoy acostumbrado subir repechos, como esos ciclistas que suelo ver en verano en el tour de Francia tumbado en el sofá, esta vez parece que me cuesta menos trabajo porque, además, la pendiente no es demasiado acusada y el camino está muy bien. Demasiado bien, quizás, porque, sobre todo la primera parte, tiene una capa de cemento, supongo que para facilitar el paso de los coches con los que me cruzo o me adelantan de vez en cuando y que se dirigen a los cortijos y casas que voy encontrando. Hoy hace calor y el sudor y los grillos me acompañan durante todo el paseo. Adelanto a dos mujeres que van charlando y las saludo. El sendero es ancho y bastante más cómodo que el Camino Viejo del Cerro, aunque quizás carezca del encanto y de la variedad de éste. A un lado y a otro las fincas y los cortijos se van sucediendo y después de unos dos kilómetros de subida casi continua comienza el descenso.

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Puedo contemplar la sierra, las dehesas, las casas que nacen entre las encinas, los perros que se acercan ladrando y que, en algún momento me cogen desprevenido y me aceleran el pulso. Escucho a lo lejos un sonido que rompe la placidez de la tarde. Hasta ahora sólo el rumor de mis pasos sobre la tierra, el silbo de los pájaros, el balido de las ovejas, los ladridos o la brisa entre los árboles me había acompañado. Y el silencio, un silencio que lo envuelve todo en algunos momentos, como si nada quisiera romper la magia. Pero empiezo a escuchar una disonancia, algo que rompe el encanto, una sierra mecánica. Sigo andando y me encuentro a un hombre cortando con la sierra el tronco de lo que parece una encina. Se detiene un momento, se seca el sudor, me saluda y vuelve a arrancar, atronando, el arma asesina de La matanza de Texas. Por si acaso, acelero el paso y sigo descendiendo.

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Me encuentro, subiendo un repecho y cerca de un cortijo que se levanta al lado del camino, a un muchacho que viene andando en sentido contrario. Su indumentaria parece militar: pantalón de camuflaje verde y camiseta de manga corta lisa del mismo color. Es joven y ancho, sin llegar a ser grueso, pero con unos brazos que seguramente estarán acostumbrados a levantar fuertes pesos y a hacer ejercicio. Cuando llego a su altura me detengo y le pregunto que a dónde conduce el camino. Y él, sonriendo, me contesta:

—Si sigue andando llega hasta Cortegana.

 —Me parece que lo voy a dejar para otro día, ya es tarde, —le contesto. Y los dos seguimos nuestro camino.

Pero creo que ese sería un buen plan, salir temprano por la mañana, con una pequeña mochila, algo de comida y agua y llegar hasta Cortegana y, después de dar una vuelta por el pueblo, regresar por la tarde. Supongo, y eso sería cuestión de comprobarlo, que entre ida y vuelta serán unos veinte o veinticinco kilòmetros, nada que alguien acostumbrado a caminar no pueda hacer.

El paisaje vuelve a cambiar. Parece que me he trasladado sin darme cuenta a otra geografía, a otro país. Una arboleda tupida, de un verde exuberante, casi lujurioso, me acompaña durante un centenar de metros. En un recodo del camino el sonido del agua se hace intenso y veo un arroyo que lleva una gran cantidad de agua. Quizás sea la Ribera del Chanza, que nace a unos kilómetros de aquí, u otro arroyo que vierta sus aguas en ella. El caso es que vista y oído se alegran. Al poco rato diviso, escondida entre árboles y matorrales, una pequeña edificación con un panel solar. Me acerco y compruebo que hay una cancela cerrada con un nombre, “El Merendero”. Ahora me explico por qué el camino recibe este nombre. Lo que no sé es si realmente es un merendero al que se pueda venir a descansar y tomar algo después de una larga caminata o se corresponde con otro sentido. Sigo andando y unos cientos de metros después vuelvo a encontrarme con un caserío, un cortijo mucho más grande. Y cuando paso su lado, el nombre es el mismo, “El Merendero”. Ahora sí que no encuentro una explicación. Que dos viviendas separadas por unos centenares de metros tengan el mismo nombre no tiene demasiado sentido para mí. Tendré que preguntar en el pueblo.

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Miro el móvil y compruebo en la aplicación Mi Fit que ya llevo andados cuatro kilómetros y medio y unos cincuenta minutos. Me detengo y durante unos segundos dudo entre seguir hasta llegar a los cinco kilómetros o dar media vuelta. Son ya las siete y media de la tarde y me queda algo más de una hora de luz, pero recuerdo que los últimos kilómetros he estado bajando por lo que, ahora, durante bastante tiempo, tengo que subir. Así que me giro y comienzo el regreso. No me había dado cuenta pero la cuesta en muy pronunciada. Menos mal que el calzado y la ropa son muy cómodas y me facilitan el trabajo. Cuando termino la cuesta estoy casi empapado; no quiero ni imaginarme lo que puede ser hacer este recorrido en verano. Menos mal que ahora todo va a ser bajada. A la izquierda hay un pequeño cortijo y el perro que me había ladrado a la ida vuelve a intentar intimidarme y ganarse la pitanza de hoy. Ahora, además, lo acompaña el graznido (¿se llamará así?) de los pavos, que le hacen competencia. Sigo mi camino sin hacerles caso, lo que desanima a los animales y dejan de saludarme.

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La temperatura ha bajado algo, muy poco, pero por lo menos ya no me agobia el calor que hacía al principio. A lo lejos veo un grupo de mujeres que, seguramente con más experiencia en estas caminatas, han salido a andar más tarde y se van acercando. Cuando nos cruzamos las saludo y creo reconocer a alguna, pero soy muy despistado y no recuerdo quién es. Bajo un poco el ritmo pues quiero disfrutar de los últimos momentos. Mañana regreso a Sevilla y como mi madre también se irá a La Coruña, ya tendré menos ocasiones para repetir estos paseos. Además, el calor irá aumentando y la alergia no me permitirá disfrutar como lo he hecho estos días.

Cuando llego a casa mi madre me pregunta que por dónde he ido hoy y se lo explico. Ella se fue del pueblo hace setenta años, cuando era muy joven, y no conoce ninguno de los sitios que he recorrido estos días, pero le gusta escuchar mis explicaciones. Y como sé que la memoria es frágil y traicionera, me pongo a escribir estas notas para que no se olviden los momentos y los lugares que espero poder repetir lo antes posible.

Tarde de paseo por Aroche. El camino del Carmen

Después de unas semanas de lluvia que habían dejado el aire limpio y fresco, las piedras de las calles relucientes y la tierra encharcada, aquella mañana había amanecido con un sol radiante que mostraba el pueblo y el campo en todo su rotundo esplendor. El blanco parecía más blanco y el verde adquiría tonos esmeraldas y olivas que competían con el intenso color azul del cielo que se reflejaba en charcos y albercas. A diferencia de los días anteriores ni una sola nube se adivinaba en el horizonte. Una ligera brisa movía perezosamente las hojas del naranjo y del limonero de la huerta. Salí al porche y contemplé las casas de tejados a dos aguas, las terrazas, los balcones, el campanario de la iglesia, la torre de la cilla, el castillo y, al fondo, la sierra, recortando el horizonte con sus matices verdes y grisáceos.

La mañana había discurrido tranquilamente, bajar al sótano para subir unos troncos y unos palos para encender la chimenea, el desayuno en la sala mientras veía las noticias en la televisión y las comentaba con mi madre, las compras en el supermercado, el café en el casino, saludos a los conocidos. De vuelta a casa, y como me quedaba poco para terminar el libro que estaba leyendo, me sumergí en las últimas páginas y escuché a Paco Ibáñez en el equipo de música. Una cerveza y unos cacahuetes de aperitivo, una comida ligera, recoger la mesa, fregar los platos y una cabezada en el sillón, tapado con la ropa de la mesa camilla, pues dentro de la casa hace más frío que fuera, el ruido del televisor al fondo. Me desperecé de la breve siesta. Mi madre seguía durmiendo, la boca abierta y las gafas en la punta de la nariz. El fuego de la chimenea se había apagado pero la luz que, tamizada por la cortina, entraba por la ventana, me alejó el pensamiento de avivarlo. Me levanté sin hacer ruido y salí para coger las últimas naranjas del árbol. Algunas se habían caído esta noche y reposaban en el suelo. Me agaché a recogerlas, las limpié de la tierra que se había pegado a la piel y terminé de llenar una bolsa que rebosaba de frutos. Después recogí la ropa que mi madre había tendido fuera esta mañana, aprovechando que es el primer día sin lluvia y con sol después de mucho tiempo. Mi madre ya se había despertado y, saliendo en bata y con el pelo revuelto me preguntó que qué estaba haciendo, que cómo no la había avisado, que se aburre sin hacer nada. Le sonreí y le dije que volviera a entrar en casa, que todavía hacía frío, aunque hubiera salido el sol. Entró protestando y volvió a sentarse en la mesa camilla.

La tarde anterior había bajado hasta los Llanos de la Belleza, pasando al lado del cortijo y observando las nuevas plantaciones de árboles frutales y de arándanos que desde hace unos años han cambiado la fisonomía del campo, cubriéndolo de plástico. Todo sea por el trabajo y la riqueza que está proporcionando, pero el paisaje ha perdido encanto. Ya queda poco espacio sin cultivar y la agreste perfección de una llanura de hierba virgen que unos años antes sólo estaba salpicada por algunas ovejas ha desaparecido. Seguí andando por el camino de los Lobos hasta llegar a la Rivera del Chanza. En el cielo una bandada de buitres negros volaba alto haciendo círculos y un avión, mucho más arriba, dejaba una larga estela blanca. En el puente me detuve a contemplar la gran cantidad de agua que, gracias a las últimas lluvias, había limpiado y llenado el cauce. Seguramente habría habido alguna crecida los días anteriores porque ramas y pequeños troncos salpicaban la orilla. Me quedé un rato acodado en la baranda, esperando ver a la nutria que, según había escuchado unos días antes, solía acercarse. Pero no hubo suerte y regresé al pueblo sin subir, como hice la semana pasada, hasta el Cortijo de Los Lobos.

Esta tarde decidí cambiar de recorrido. Alrededor de las seis, después de ponerme ropa y calzado cómodo y de abrigarme bien, pues refresca mucho cuando se pone el sol, salí por la parte de atrás al callejón. El olivar del cercado en pendiente cuya sombra enfría las casas y que impide que el sol las caliente hasta bien entrada la tarde ha sembrado de hojitas el suelo húmedo. Debo tener cuidado para no resbalar. Llegué hasta la Fuente Nueva, saltando sobre el pequeño regato que sale de las piedras que sostienen los inclinados huertos y que se introduce por un aliviadero que lo llevará hasta el barranco de la Vica, saludé a Santito que, como siempre, está arreglando coches y al llegar a la altura del Salón Félix Lunar dejé la calle Puerta de Sevilla y giré a la izquierda subiendo por la empinada calle San Mamés. Apenas hay gente. Las cuestas del pueblo son para personas entrenadas pues la pendiente es continua y andar por las calles empedradas dificulta la caminata. Volví a girar a la izquierda, pasando por la calle Águila y la calle Senabra, dejando a mi derecha la Almena, la Torre de San Ginés. Una vez abandonadas las últimas casas del pueblo continué subiendo por un camino rural que hace unos años era de tierra y se embarraba con facilidad, pero lo han arreglado y ahora se puede andar mucho más cómodamente.

La pendiente se suavizó un poco. A un lado pequeños cercados de huertos, olivos, encinas y alcornoques en los que se ve, de vez en cuando, a alguien trabajando la tierra; a mi derecha, un desnivel abrupto que desciende hasta el ambulatorio, las casas que se levantaron donde se ubicaba el antiguo colegio y, poco más allá, el colegio nuevo. Sigo caminando sin prisa. Saludo a un hombre con un morral al hombro que me dice “amoallá”, vamos allá, un saludo habitual por estos lares, como si las personas adivinaran hacia donde uno se dirige. Me detengo ante un azulejo que han debido colocar hace poco y que informa de que estoy en el Camino Viejo del Cerro o Camino Antiguo del Hurón, un camino circular que enlaza con el Carril del Mármol. Me entra una duda porque justo al lado sale una estrecha senda muy inclinada y con piedras sueltas que no invita, precisamente, a adentrarse en ella. ¿Cuál será el Camino Viejo, el que estoy siguiendo o la pequeña senda? Ya se lo preguntaré a alguien.

Miro el reloj y son casi las seis y media. El sol todavía está bastante alto, aunque las sombras se han ido alargando y la temperatura ha descendido. El paisaje cambia un poco más adelante. El camino, que se había allanado durante unos cientos de metros, vuelve a subir y se bifurca. Un cartel indica que a la derecha hay un camino particular y ahí mismo, una finca con una piara de cerdos. Me acuerdo de la frase “dar de comer margaritas a los cerdos” y recojo algunas que crecen en los bordes de la finca. Dos o tres cochinillos se acercan curiosos y yo les tiro las margaritas, y aunque alguno hace ademán de comerlas, al final se da media vuelta y se aleja para seguir hozando en la tierra, rebuscando bellota entre las encinas.

El campo muestra la exuberancia que le proporciona el agua. Si yo entendiera de flora y fauna, si me hubiera criado en un pueblo, si mi padre no hubiera enfermado tan pronto, él que entendía tanto del campo y que me ayudaba a distinguir un roble de un castaño, un pino de un abeto o el canto de un mirlo del de un jilguero… Pero la enfermedad le atrapó demasiado pronto a él y demasiado niño a mí y le impidió acompañarme en los paseos por las corredoiras y por los bosques. En cuanto andaba unos metros se asfixiaba. Yo apenas tenía ocho años y ya no pude aprender con él. Casi todos los fines de semana íbamos a la aldea, a jugar con los primos y a corretear por el campo, pero él apenas podía seguirme y yo no tenía paciencia para andar a su ritmo. Por eso, cuando veo los árboles, las flores, los arbustos, los pájaros, sólo me queda acordarme de todo lo que he leído y escuchado. Sí reconozco las encinas, los olivos, los alcornoques, los pinos, los castaños, los naranjos…, pero poco más. Sé muchos nombres: quejigos, hayas, chopos, fresnos, álamos, alisos, pero no sabría distinguirlos. Y por el camino voy encontrando una gran variedad. Muchos de ellos nacen justo en el borde, sobrepasando las alambradas o los muros de piedra que, según me contaron hace tiempo, construyeron por aquí cuadrillas de gallegos, grandes expertos en levantar esos muros que separan unas leiras de otras, las fincas de los vecinos, los caminos de las tierras de labor.

El sendero ahora ya no está empedrado, sino que le han echado una capa de cemento. Donde antes las ovejas y las bestias caminaban sobre tierra y guijarros, ahora, seguramente para facilitar el paso de los coches, lo hacen sobre una superficie mucho más dura. El camino se bifurca y dos letreros me informan de que uno se llama “Camino del Merendero” y otro “Camino del Carmen”. Elijo este último. El camino sigue subiendo, pero la cuesta se hace más llevadera. A la derecha veo, a lo lejos, restos del mármol de la cantera. Poco más adelante sonrío al ver un muñeco con la cabeza de goma y el cuerpo de trapo colocado boja abajo sobre una alambrada, observando el paso de los caminantes. Durante una decena de metros se ven las marcas del paso de un rebaño que pasaría sobre el cemento cuando la argamasa estaría todavía fresca. Se van sucediendo fincas y dehesas con cerdos, cabras, ovejas, perros que me ladran al pasar o que se acercan curiosos y moviendo la cola. Ahora la vereda vuelve a ser de tierra y los charcos y los hilos de agua que corren al lado me acompañan con su sonido y se suman al canto de los pájaros, ¿serán jilgueros, pinzones, petirrojos, herrerillos…?

Sin darme cuenta el sol ha descendido mucho y mi sombra se ha alargado. La luz se tamiza entre las hojas de los árboles, que en algunos momentos se cierran sobre mi cabeza. Son cerca de las siete, casi una hora de marcha y decido dar la vuelta pues no quiero andar de noche por lugares que no conozco demasiado bien. En otra ocasión tendré que salir más temprano o hacerlo cuando la primavera esté más avanzada y las tardes sean más largas y cálidas. Varios coches me adelantan y tengo que apartarme pues el camino es estrecho. Los paisanos, que seguramente habrán estado trabajando durante todo el día en sus campos, regresan al pueblo. Uno se detiene un momento para preguntarme si me quiero subir con él al coche, que me acerca hasta donde yo quiera. Se lo agradezco, pero le contesto que prefiero ir caminando, que han sido muchos días encerrado en casa por la lluvia y que me apetece andar, que la tarde es perfecta para hacerlo. Me saluda y se aleja.

El sol se pone entre los cerros y diviso las primeras casas del pueblo. Hago una última foto con el teléfono móvil, aprovechando el contraluz, y me adentro en las calles silbando el pasodoble de Aroche.

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Pedir papas o sobre lo más importante

—¿Pides papas?

La pregunta me sorprendió. Hacía años que no la escuchaba. Cuando era pequeño o un poco más joven de lo que ahora soy y alguien te proponía un acertijo, una adivinanza o un problema, y pasaba el tiempo y no encontrabas la respuesta, el otro te conminaba a rendirte, a abandonar, a darte por vencido preguntando, a veces con sorna “¿pides papas?”. Casi nunca queríamos rendirnos, por eso casi nunca pedíamos papas, éramos demasiado orgullosos. Preferíamos quedarnos con la duda a ser humillados, ya encontraríamos la respuesta o la solución otra vez o preguntando más adelante, pero rendirse, jamás y pedir papas, menos. He buscado en Internet, en el diccionario de la RAE, en diccionarios de uso de la lengua y no he encontrado la expresión. ¿Se utilizará solamente en Galicia, como ocurre con “pedir colo”, “estar chosco”, “non vaia a ser o demo”, “vaiche boa” y otras muchas más? Quizás provenga de algún país sudamericano, a donde muchos gallegos emigraron durante la primera mitad del siglo veinte, como hicieron mi abuelo Castro, que emigró a Cuba y mis tías Pepita y Elena, hermanas de mi abuela Marina, que emigraron a Uruguay cuando eran casi unas niñas y allí estuvieron más de una década. Cuando esos paisanos míos regresaron, puede ser que introdujeran la expresión porque los gallegos no decimos “papas” sino “patacas”. Seguiré buscando la explicación y pensando cómo contar las historias de mi abuelo, de mis tías y de otros tíos un poco más lejanos que emigraron a Inglaterra, pues sus experiencias allí tuvieron que ser épicas.

Pero volvamos al principio. Llevaba un buen rato intentando encontrar la respuesta a un dilema que nos preocupaba. Un grupo de policías insulta y amenaza en un chat a su alcaldesa diciendo, entre otras lindezas “es terrible que ella no estuviera en el despacho de Atocha cuando mataron a sus compañeros”, “que se muera la vieja zorra ya”, “ojalá explote la sexta con todos ellos dentro y que ese día estén también Pablo Iglesias y Rufián”. A pesar de esas barbaridades, el juez no ve delito de odio y no lo investiga porque no hay denuncia. Por otro lado, el Supremo ratifica la prisión de tres años y medio para el rapero Valtonyc por expresiones como “un pistoletazo en la frente de tu jefe está justificado o siempre queda esperar a que le secuestre algún GRAPO”, “que explote un bus del PP con nitroglicerina cargada” o “mataría a Esperanza Aguirre, pero antes, le haría ver como su hijo vive entre ratas”. Si se analiza bien, apenas hay diferencia entre unos y otros. Tendríamos que ponernos en contexto, ver qué variables atenúan o agravan las frases, pero, aun sin ser experto en leyes ni contar con toda la información ni con las resoluciones judiciales completas, extraña la diferencia de criterio. Yo estoy a favor de la libertad de expresión, sobre todo cuando se produce en un ámbito como el artístico que en muchas épocas ha causado escándalo, aunque reconozco que todo lo que he reproducido líneas arriba me parece de muy mal gusto y poco artístico. Pero creo que hay una diferencia en cada uno de los actos. Me da la impresión de que las letras del rapero, que no son precisamente un dechado de virtudes literarias, lo único que pretenden es provocar, acosar, fustigar, denunciar. En todas las épocas, desde griegos y romanos, pasando por la Edad Media o el Siglo de Oro (Aristófanes, Plauto, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, los hermanos Bécquer…), escritores o pintores han criticado, a veces de manera muy cruel, a los poderosos. Casi siempre de forma sutil e inteligente, aunque muchas veces llegaban al insulto. Por eso es chocante que siglos después haya habido un retroceso en este ámbito. Podríamos seguir con las últimas noticias de estos días: la retirada de Arco de una obra de Santiago Sierra, el secuestro por orden judicial del libro Fariñala condena a Cassandra Vera por sus tuits sobre Carrero Blanco, etc. Así que resulta cuanto menos llamativo que los policías se hayan ido de rositas, sin un apercibimiento ni reconvención, porque sus expresiones podrían considerarse más graves, ya que son servidores públicos, teóricamente garantes del cumplimiento de las leyes, pagados con el dinero de los impuestos y cuyo cometido es proteger a los ciudadanos y no acosarlos, insultarlos o amenazarlos. Y, encima, con permiso para llevar y utilizar armas, yo no digo nada.

Mi interlocutor, Felipe, un vecino que había llegado hacía poco y que nos había invitado a su casa a mi mujer y a mí para presentarse y conocernos un poco más, comenzó a decirnos que había llegado a la ciudad por motivos de trabajo, una gran empresa farmacéutica en la que él trabajaba como comercial y visitador. Alto y delgado, bien vestido con ropa de marca, con una pequeña barba muy cuidada, en la que ya se podían apreciar algunas canas,  y unas gafas modernas de pasta, casi siempre estaba sonriendo, pero su mirada era un poco más fría, distante y calculadora de lo normal, como si estuviera siempre alerta, intentando adivinar qué pensaba yo; seguramente era un defecto profesional, los vendedores, los que intentan convencer para que se les compre un producto, deben averiguar cuáles son las debilidades, incluso los secretos de los demás. Eso me intranquilizaba, me provocaba una cierta desazón desde que me lo encontré por primera vez en el ascensor. Parecía una persona afable, acostumbrada a tratar con la gente, a caerle bien a las personas y a estudiarlas, a conocerlas a fondo. Su voz era ronca, profunda, modulada con educación y su lenguaje denotaba cultura y aplomo. Hablaba de forma pausada, sin apenas levantar la voz, pero siempre con la intención de persuadir, de convencer. Más que lo que decía, que muchas veces no dejaban de ser lugares comunes, llamaba la atención cómo lo decía, con qué seguridad y convencimiento.

Su mujer, bastante más joven que él y que apenas pasaría de los treinta, era mucho más tímida, quizás un poco acomplejada ante el dominio que mostraba su marido. Su ropa también era cara, como me susurró mi mujer en un aparte, cuando el matrimonio se levantó un momento para ir a la cocina a preparar unos aperitivos. Melena corta que movía con gracia y que dejaba ver un poco de su largo cuello, de pelo castaño claro con algunas mechas rubias, se movía con elegancia, como si flotara. Daba la impresión de ser una deportista, lo que nos confirmó un poco más adelante cuando comentó que salía a correr casi todos los días y que, en su anterior ciudad, acudía periódicamente a un gimnasio. No trabajaba, había terminado los estudios de derecho, pero se habían casado jóvenes y el trabajo de su marido requería que cambiaran con frecuencia de ciudad por lo que nunca se pudo centrar en la búsqueda de un empleo. Sin embargo, ahora tomó la decisión colocarse en algún bufete, aunque fuera como becaria, porque les habían prometido en la empresa que esta vez iban a permanecer al menos dos o tres años allí, no tenían hijos y no quería pasarse sola en casa todo el tiempo. Mi mujer la animó y le dijo que la ayudaría, que tenía mucho tiempo libre porque los dos estábamos jubilados y que no le importaba acompañarla hasta que conociera mejor la ciudad. En un momento de la conversación se levantaron las dos porque Anabel, nuestra anfitriona, quería enseñarle el piso y algunas reformas que quería hacer.

Mientras Felipe y yo charlábamos de cómo eran el resto de los vecinos, de si había problemas en la comunidad, de la rivalidad entre Betis y Sevilla y de otras cosas más banales, nos detuvimos un momento a escuchar en la televisión la noticia de que el Supremo había confirmado la condena a Valtonyc. La presentadora del informativo resumió la noticia, haciendo hincapié en las injurias al Rey y al enaltecimiento del terrorismo, incluyendo alguna de las desafortunadas frases del rapero que se reproducían en la sentencia. En ese momento Felipe hizo un comentario de manera muy exaltada, lo que me extrañó, “ya era hora de que pusieran en su sitio a estos malnacidos”, porque hasta entonces me había parecido una persona muy tranquila y que controlaba sus emociones, y porque todavía no teníamos la suficiente confianza como para expresar opiniones que, de alguna manera, podían molestar a alguien a quien no conocía y con el que pretendía establecer una buena relación.

Yo permanecí callado unos momentos, valorando si debería intervenir o no. No tenía claro si lo que había dicho era una forma de ponerme a prueba, de provocarme para comprobar cómo pensaba, de qué lado me decantaría. Podía ser una táctica de vendedor, la manera de conocer mis simpatías políticas o mi capacidad de encajar opiniones adversas, de discutir, de expresarme. Pero sólo fue un instante, porque suelo ser vehemente cuando me provocan, sobre todo si es de una forma tan explícita y, por qué no decirlo, tan grosera. A pesar de que estaba “en territorio enemigo”, opiné que me parecía que en los últimos años se había producido un retroceso en la libertad de expresión y que, tirando de refranero español, “no ofende quien quiere sino quien puede” y una frase de Diógenes que me había aprendido para demostrar mi vasta cultura en determinadas circunstancias, y ésta era propicia: “el insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe”. Ahí queda eso, pensé yo. No creas que me vas a cerrar la boca tan fácilmente. Y si lo has hecho sólo para provocarme o para conocerme más, mejor que mejor.

Felipe volvió a sonreír e hizo un gesto con la mano como diciendo que no tenía importancia y que no quería discutir. Ese gesto me molestó todavía más, no hay cosa más me fastidie que la displicencia, la prepotencia, el estar por encima de los demás. Mal habíamos empezado.

—Perdona por la frase, —me dijo, —pero algunos se están pasando de la raya y no está de más que se los ponga en su sitio. No todo vale en democracia, creo. Guardar las formas, respetar las instituciones y la ley son la norma básica de los estados democráticos modernos. De un tiempo a esta parte algunos se creen que pueden usar la libertad de expresión impunemente, sin ningún tipo de cortapisas ni de respeto. Así que estas sentencias me parecen ejemplarizantes. Y yo diría más, en algunos casos, como el de los insultos a las víctimas del terrorismo, la justicia tendría que ser aún más dura.

—De acuerdo en lo del respeto a la ley, —dije—, pero entonces, ¿por qué los jueces, que son los encargados de impartirla, castigan a unos con tanta severidad y otros no son ni amonestados? ¿No es la ley igual para todos? ¿Cómo se explica la disparidad de criterios? ¿Crees, de verdad, que la justicia se ha impartido igual? —Yo no estaba dispuesto a ceder ante unos hechos que me parecían injustos y desproporcionados en unos casos, mientras que el de los policías madrileños era inadmisible.

—Dímelo tú, porque supongo que tendrás una opinión formada, por lo que veo, sobre estas actuaciones de la justicia. Yo tengo la mía pero, si no te importa, me gustaría escuchar primero la tuya.

—La única explicación posible y lógica, a la vista de los hechos, es que la justicia no es tal, que hay muchos jueces politizados y con convicciones retrógradas, ancladas en un pasado que ya suponíamos superado. Mientras que la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y el Constitucional sean elegidos por los políticos y no por méritos estrictamente profesionales y demostrados, nunca habrá una justicia imparcial y objetiva.

—Sí, pero los jueces lo único que hacen es aplicar la ley o, como mucho, interpretarla. Son los políticos en el Congreso y en el Senado los que las elaboran y aprueban. Además, hay instancias superiores que pueden revocarlas, como ha ocurrido en bastantes ocasiones. Y si algunos creen que la justicia española no actúa correctamente, siempre se puede acudir al Tribunal de Estrasburgo, digo yo. Además, fíjate en una cosa: los policías escribieron los insultos y amenazas en un chat privado, mientras que en las otras situaciones eran públicos. Supongo que la difusión será un motivo agravante. No es lo mismo lo que yo diga y exprese en público o en las redes sociales que lo que manifieste en privado. 

Reconozco que me estaba quedando sin argumentos. Felipe era un duro contrincante, acostumbrado a ganar, a vencer con su retórica, a convencer a sus oponentes, a sus clientes. Yo me sentía empequeñecido y a punto de tirar la toalla. No se me ocurría nada mejor para rebatir su argumentación.

—¿No tienes otra explicación, no quieres argumentar algo más? —Felipe seguía sonriendo y yo tenía ganas de borrarle esa sonrisa de superioridad, aunque fuera a base de tortazos. Pero no era plan, ya que suelo ser un invitado educado y poco proclive a los excesos, sobre todo a los que emplean la violencia. Además, estoy seguro de que por la fuerza, él también me ganaría. Era más alto, más joven y más robusto que yo. —Quizás mi último razonamiento te pueda convencer —esta vez lo dijo con un tono mucho más serio.

Dudé durante unos segundos. Aproveché que había empezado a llover después de mucho tiempo, tanto que ya se decía que estábamos en prealerta por sequía, me levanté del sofá y me acerqué a la puerta de cristales del salón que daba a la avenida. Me quedé hipnotizado viendo los goterones que golpeaban contra el asfalto y contra las hojas de los árboles que casi llegaban a la altura del piso. Había oscurecido muy rápido, sin darnos cuenta y las farolas comenzaron a encenderse con una luz amarillenta que apenas iluminaba. Entonces surgió la pregunta que me desconcertó y me hizo revivir mi infancia y mi juventud, ya muy lejanas en el tiempo pero cercanas en la memoria, pues cada vez dedicaba más horas a rememorar anécdotas, personas y lugares, como suelen, solemos hacer, las personas cuyo presente es sólo un pálido reflejo de lo vivido y que nunca alcanzará el color y la intensidad de antaño.

—¿Pides papas?

Me di media vuelta y me acerqué despacio hasta donde estaba sentado. Me quedé mirándolo con un gesto en el que seguramente él vería sorpresa, curiosidad, desconcierto. Y eso era realmente lo que yo sentía en esos momentos. Me había olvidado por completo de la discusión, de las leyes, de los jueces, de raperos y policías. Ahora sólo quería saber una cosa.

—¿Tú, por casualidad, no serás gallego, no? Porque si lo eres, no tienes acento, pareces más bien castellano, madrileño o incluso, navarro. ¿Eres gallego, como yo? Porque esa expresión sólo la he escuchado en Galicia. Y me trae muchos recuerdos.

Y entonces, cuando él me respondió que sí, que era gallego y que se alegraba mucho de tener como vecino un paisano, dejamos de discutir y comenzamos a contarnos cosas de nuestra tierra, de nuestras vivencias, de lo que habíamos dejado atrás y de lo que nos gustaría hacer si regresábamos. Y cuando Anabel y mi mujer regresaron al salón, nos encontraron charlando animadamente, riendo, como si nos conociéramos de toda la vida. Y es que hay cosas más importantes que la política o las leyes.

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La magia del sofá

En el equipo de música suena el melancólico solo de clarinete con el que comienza E lucevan le stelle. “Y brillaban las estrellas, y se olía la tierra, rechinaba la puerta del huerto…”. Clarinete y voz dialogan durante unos segundos que son eternos, inmortales. Cavaradossi, a punto de ser ejecutado, recuerda en su celda los momentos vividos con Tosca. Está a punto de amanecer, la hora final de los condenados. Dejo de escribir y me concentro en el aria. Pavarotti lo vive, lo siente y transmite toda la emoción que requiere el momento. Antes de que finalice la orquesta, los aplausos y los bravos rompen el ensueño.

Estoy escribiendo sentado en el sofá mientras escucho música y mi madre cose y me interrumpe de vez en cuando acordándose de cosas que le sucedieron en su juventud y que ya me ha contado muchas veces. Escribo en un cuaderno cuadriculado y pienso que hacía mucho tiempo que no utilizaba la pluma. Ésta me la regalaron mis hijos en Reyes y creo que voy a seguir escribiendo así, sentado en el sofá del salón, escuchando música, solo o acompañado, porque delante del ordenador me distraigo, soy incapaz de concentrarme y la pantalla me absorbe las ideas, me paraliza. El papel, sin embargo, me llama, me susurra palabras, me define y concreta lo que pienso. Es un aliado, un amigo, alguien que me comprende, que está ahí siempre.

Ahora recuerdo las horas de estudio tumbado en el sofá de mi casa en Coruña. No sé cómo adquirí esa costumbre, pero era incapaz de concentrarme sentado en una silla, con el libro abierto encima de la mesa. Únicamente cuando tenía que hacer algún trabajo escrito me levantaba, entraba en mi cuarto y me sentaba delante de la mesa que estaba frente a la ventana que daba a un pequeño patio del que sólo podía ver una pared y un par de ventanas de mis vecinos. Las paredes de la habitación estaban empapeladas con posters de cantantes y grupos musicales de finales de los sesenta y principios de los setenta. El poco dinero que podía ahorrar lo dedicaba a comprar discos y revistas de música. Llegaba al kiosco, hojeaba las que me gustaban y elegía aquella que trajera una foto o un dibujo a doble página de grupos como Led Zeppelin, Credence, The Who, Deep Purple, Chicago… Cuando llegaba a casa lo primero que hacía era sacar el póster y pegarlo a la pared. Llegó un momento en que ya no había más espacio y tuve que ir retirando alguno y sustituirlo por los nuevos grupos.

Vivíamos en un edificio de color gris, con la fachada cubierta de manchas de humedad que se oscurecían más cuando llovía, que era casi siempre. Aunque nuestro piso era alto entraba poca claridad y casi siempre tenía que encender la luz del flexo. Aquellos otoños, inviernos y primaveras de estudiante eran siempre oscuros, fríos, lluviosos. Sólo se iluminaban en vacaciones y los fines de semana. Antes llovía más y las nubes apenas dejaban ver un cielo que en escasas ocasiones era realmente azul. La niebla, el cielo plomizo, el orballo, casi nunca dejaban ver con nitidez el horizonte, el paisaje. Semanas y meses que pasaban entre brumas, mañanas aburridas en las clases y tardes encerrado estudiando. Cuando tenía tiempo salía a pasear con mi pandilla de amigos o leía un libro, casi siempre de intriga, de misterio, con personajes complejos, brumosos, inacabados, como envueltos en una niebla que impide ver lo que hay dentro, como un reflejo de lo que yo veía y sentía. Estaba convencido, como lo estoy ahora, de que nunca podemos ni siquiera adivinar lo que se esconde en el interior de las personas, como si siempre estuvieran, estuviéramos actuando. Sólo los escritores que inventan historias y personajes pueden llegar hasta el fondo, moldearlos o crear protagonistas que responden a estereotipos o que son un mosaico de todos aquellos individuos que conocen o que se cruzan en sus vidas. Divago.

Me deprimía sentarme en mi pequeño cuarto, en el que apenas cabían dos camas donde dormíamos mi hermano y yo, y una mesa que también compartíamos. Como yo era el mayor necesitaba más tiempo de estudio y no podía concentrarme con mi hermano al lado, así que me iba al salón. Me acostumbré a estudiar conviviendo con los sonidos que llegaban del televisor o de la radio. Llegó un momento en que ya no era capaz de retener las ideas en silencio, sino que necesitaba escuchar música de fondo o deslizar la vista por las imágenes en blanco y negro del televisor. Mis padres no podían creerse que yo fuera capaz de estudiar así, pero llegaban las notas del Instituto e invariablemente aprobaba, menos aquel año que me suspendieron las matemáticas de tercero, pero eso no fue culpa de la radio o del televisor, sino que a mí no me gustaban y no las entendía.

Sigo escribiendo estas pequeñas notas que no quieren llegar a ninguna parte, palabras que aparecen en la hoja sin ningún objetivo, sin pretensión de reflejar alguna idea preconcebida. Pero me distraigo y disfruto, improviso y me dejo llevar. Después las pasaré al ordenador y, seguramente, al blog. He emborronado un par de páginas mientras sigo escuchando música, esta vez de versiones acústicas de conocidas canciones de Beatles, Elton John, Elvis. Mi madre sigue cosiendo y Carmen, que acaba de sentarse a mi lado después de haber estado cocinando algo, comienza a leer un libro que, me confiesa, le está cansando. Pero, y ya es cuestión de orgullo, quiere terminarlo, aunque le aburra. Siempre está el consuelo de que el final sea mejor y deslumbre. Todo está tranquilo y pienso que estos son los momentos que hay que saborear y disfrutar. Porque, y esta vez filosofo un poco, demasiadas veces la vida pasa delante de nosotros esperando que suceda lo extraordinario, aquello que dejará una huella indeleble y que recordaremos hasta el fin. Vamos dejando pasar el tiempo, los días y las noches transcurren con placidez, pero no estamos a gusto, todo nos parece monótono. Ver amanecer, charlar con los amigos, una comida en familia, una tarde de pesca, leer un libro, ver el capítulo de una serie que nos gusta. Disfrutamos con eso, sí, pero no estamos satisfechos, siempre esperamos más, una emoción fuerte, mucho más intensa. Hay momentos puntuales, el nacimiento de un hijo, un beso apasionado, un atardecer lleno de colores increíbles. Recordamos esos instantes y esperamos que se repitan una y otra vez. Volvemos a los lugares, reproducimos las situaciones, pero ya no es lo mismo, la magia del instante ha pasado.

Pero no nos damos cuenta de que lo cotidiano, las risas lejanas que nos alegran las tardes del domingo, el párrafo perfecto de un libro que nos hipnotiza, el fragmento de una ópera, la mirada intensa que nos contempla desde un cuadro, esa es realmente la esencia de la felicidad, la que se repite día a día, los pequeños instantes no calculados ni deseados. Y termino la hoja. El sofá sigue siendo mi gran aliado, mi compañero inseparable, mi fuente de inspiración.

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El primer recuerdo

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—¿Que cuál es mi primer recuerdo, me pregunta? No sé por qué los psiquiatras tienen esa obsesión por los recuerdos infantiles. Es verdad que la infancia marca el futuro de las personas, pero retorcer el pasado, sobre todo el de una época que suele ser, en las personas normales, la más feliz de la vida, me parece innecesario. Que ahora mismo tenga una pequeña depresión, seguramente producto de la ansiedad que me provoca el trabajo, no creo que tenga nada que ver con mi infancia. Mi jefe es el culpable, seguro. O mi mujer, que está todo el día dale que dale con que hagamos viajes, que salga de casa, que haga deporte. Pero si a mí lo que más me gusta es estar delante de la televisión o leer un libro repantingado en el sofá o quedarme quieto mirando a las musarañas. No quiero pensar, sólo deseo que la vida vaya pasando despacio, sin agobios, sin sobresaltos. Bastantes disgustos me han dado mis hijos, que se fueron sin siquiera despedirse, y mis amigos, que se fueron alejando, alejando sin dar una explicación, yo que siempre los llamaba para salir a tomarnos unas cañas o a jugar un partido de futbito. O mi hermana, la única que tengo y que siempre me había apoyado, pero que ahora ya ni me felicita en navidades. Pero ya que lo dice, intentaré recordar, aunque no puedo asegurar que lo que voy a contar haya ocurrido realmente. A veces sueño cosas que se repiten varias veces y creo que me han sucedido, como esa en la que me veo a orillas de un río que corre por un valle rodeado de frondosos bosques. Veo también, al fondo, algunas casas y campos verdes. Una pequeña columna de humo sale de la chimenea de una de las casas y me parece escuchar la voz de alguien, quizás mi padre, que me dice algo que no entiendo. No veo a nadie, sólo escucho la voz. Debe de estar detrás de mí. Estoy tumbado en la hierba y muerdo, distraído, un pequeño tallo. Levanto la vista y veo un cielo muy azul, sin nubes. Todo se desarrolla muy lentamente. No pasa nada, pero siento una enorme paz, como si estuviera dentro de una campana de cristal que me protegiera contra todo, contra todos. Y el tiempo se detiene y deja de fluir el río y el humo de la chimenea también se queda quieto. De pronto me doy cuenta de que estoy viendo un cuadro que estaba en casa de mis abuelos, encima del aparador donde también hay un retrato en sepia de un matrimonio que mira a la cámara muy serio. Supongo que eso será un recuerdo de la infancia, de cuando tenía cuatro o cinco años, no más, porque después mi abuelo se murió, mi abuela vendió la casa y se vino a vivir con nosotros. A veces le preguntaba por el cuadro pero ella me decía que encima del aparador del comedor había un cuadro de la Santa Cena y que no recordaba un cuadro como el que yo le describía. Por eso ya no sé si lo que acabo de contar sólo fue un sueño u ocurrió en realidad.

El psiquiatra está callado y escribe algo en su cuaderno. Yo no estoy tumbado, como veo en las películas que están los pacientes. Él está sentado en un cómodo sillón detrás de una mesa sobre la que hay varios libros y un teléfono. Yo me siento en una silla y apoyo de vez en cuando uno de los codos en el borde de la mesa, fijándome en una pequeña mancha que parece una quemadura, como si alguien hubiera dejado un cigarro y éste hubiera quemado un poco el barniz. Cuando quiero concentrarme necesito fijarme en algo que me permita aislarme y olvidar lo que me rodea. Es como si todos los objetos y las personas se diluyeran en una penumbra y se convirtieran en sombras mudas que me observan y atienden expectantes a lo que pienso o digo. Ahora sigo hablando.

—Creo que mi primer recuerdo es un viaje en tren que hice con mis padres al sur, un viaje que duró dos días, haciendo una pequeña parada en Madrid. Tan cansado debía de  estar que sólo quería acurrucarme en los brazos de mi madre, que me cantaba canciones infantiles y coplas de Marifé de Triana o de doña Concha Piquer. Por eso me gusta tanto la copla, creo. Pero eso no lo recuerdo, pero sí guardo una imagen, sólo una, de un andén. Yo estoy andando por él, de la mano de mis padres, y de pronto me asusto con un fuerte ruido, quizás del vapor del tren o del silbido, porque tengo la imagen grabada de gente con maletas, de las ruedas del tren, de la estructura metálica de la estación. Supongo que sería la estación del norte o la de Atocha, no lo sé.

— ¿El recuerdo de un viaje es su primer recuerdo? —pregunta el psiquiatra. —Es curioso y muy significativo, dice. No me explica por qué, pero me anima a seguir hablando…

La verdad es que casi todo me lo acabo de inventar. Nunca he ido a un psiquiatra, ni mi mujer me habla continuamente de hacer viajes, sino más bien al contrario, soy yo el que la castiga con el tema. No tengo una hermana, sino un hermano. Ni mis hijos se han ido sin despedirse ni mis amigos se han ido alejando. Pero esto, que comenzó como un pequeño juego de una tarde de enero en la que mi mujer y mi hija se fueron a ver trajes de gitana y me dejaron solo, me ha dado pie para comenzar a escribir un relato en el que voy a insertar recuerdos de infancia y de juventud, mezclados con parte de la historia de la familia. Supongo que muchos escritores habrán comenzado así, partiendo de lo cercano y conocido a lo más extraño. Ya veremos cómo termina esta experiencia, si es que termina.

Relato XIX: Una mañana en la consulta del médico

Hacía tiempo que las enfermedades me respetaban y no tenía que acudir al médico. Pero ya se sabe que el invierno es traicionero, sobre todo si previamente el otoño ha sido una continuación del verano y la ropa de abrigo sigue colgada en la parte menos accesible del armario. O simplemente, no la has bajado de los altillos donde suele guardarse cuando llegan los primeros calores. De pronto, una mañana, cuando menos te lo esperas y ya te has convencido de que este país se ha trasladado de forma misteriosa a una zona tropical cercana al golfo de Guinea o al Caribe, cual ocurre en La balsa de piedra de Saramago, abres la ventana y el frío te da una bofetada. Así, sin previo aviso, sin encomendarse ni a dios ni al diablo. Antes de que me dé cuenta estoy tiritando. El frío se me ha colado en los huesos y no hay manera de quitármelo de encima. Acudo al armario y no tengo ni un jersey gordito, ni un chaquetón a la vista. En mis pies, unas chanclas de verano. Así que, antes de hacer el café o tomarme mi zumo de naranja y mi fruta, sin hacer demasiado ruido para no despertar al resto del personal que vive conmigo, descuelgo la escalera y me encaramo a uno de los altillos donde supongo que hace meses se guardó la ropa de invierno. Empiezo a bajar bolsas y a colocarlas encima de la cama de mi hijo, que como ya no vive aquí se utiliza como improvisada tabla de salvación para múltiples actividades: para colocar la ropa planchada y sin planchar, bolsas de compras varias de El Corte Inglés, almohadas o cojines que apenas se usan, etc. Empiezo a abrir las bolsas del altillo y encuentro de todo menos mi ropa de invierno: edredones, sábanas, cortinas, zapatos, ropa de invierno de mi mujer, mantas (aparto un par de ellas para poner en la cama esta noche)… pero ni rastro de mi ropa de invierno, que estará en los altillos de la habitación donde duerme mi hija. Pero no voy a despertarla que todavía no son las nueve de la mañana. Mi mujer sigue dormida en el sofá del salón con la televisión encendida; después me dirá que ha pasado mala noche y que por eso se levanta tarde. Así que con las chanclas y mi pijama de verano, empiezo a hacer el café. Mientras está pasando el agua, el primer estornudo que seguro ha despertado a toda la vecindad; en primer lugar a mi mujer, claro, que con cara de sueño entra en la cocina, me da los buenos días y comenta lo obvio: ¡hay que ver qué frío hace! La miro con cara de circunstancias y le explico lo que he estado haciendo hasta ahora. Pues habrá que despertar a la niña… pero antes de que termine la frase, aparece mi hija en la cocina, también con cara de sueño, los pelos como si hubiera visto una aparición y abriendo la boca. ¡Hay que ver qué frío hace! No, si esta mañana la conversación va a girar en torno al frío. Segundo y tercer estornudos seguidos. Me empieza a picar la garganta y tengo que acudir a los pañuelos de papel pues se me está cayendo la moquilla.

Entre estornudo y estornudo, toses varias, sorbos de café y mordiscos a la tostada, organizamos la búsqueda de la ropa de invierno. Yo me subiré a la escalera, iré bajando las bolsas y mi mujer y mi hija la irán sacando y apartando. Además, aprovecharemos para guardar la ropa de verano, cómo no. Me empieza a doler la cabeza y no paro de toser y estornudar. Mala señal, ¿será gripe? Mujer e hija se apartan. ¡Claro, como estás con el pijama y las chanclas de verano, vas a coger una pulmonía! Las miro con cara de odio: ¿acaso tengo yo la culpa de que ayer hiciera un día de verano y hoy estemos en Siberia? Me callo por no liarla, porque, además, saldría perdiendo. Me entran escalofríos, ¿tendré fiebre? Se me ha debido poner mala cara porque ambas, mujer e hija, me miran de forma rara. ¡José, bájate de la escalera y ya te estás poniendo otra ropa, que has cogido frío! Sí, bwana, pienso y no replico.

La mañana pasa muy lentamente. Cada vez me siento peor. Me he tomado un frenadol pero no hace efecto. ¡Ya estamos yendo a urgencias, que esto va a ser gripe y ya no eres un niño! ¡Mira que te dije que te pusieras la vacuna, pero nada, ni caso! Me callo otra vez, pero los pensamientos asesinos se acumulan en mi mente. ¿Cómo iba a ponerme la vacuna si hace un par de días estuvimos bañándonos en la playa? Pienso en Psicosis, en La matanza de Texas, en el estrangulador de Boston. Frena, José Manuel, que vas por mal camino y la cabeza ya no te rige bien. Entre otras cosas, porque parece que me va a estallar. Y sigo tosiendo, moqueando, doliéndome la garganta. Al final, decidimos ir a urgencias. ¿Quieres que te acompañe o puedes ir solo? La b, la b. El ambulatorio está cerca, así que me visto en condiciones, bien abrigado con la ropa arrugada de estar varios meses doblada, pero más calentito. Salgo a la calle. Todavía hay gente que pasea en pantalón corto y camiseta. Hace falta estar loco. El camino hasta el ambulatorio es un sufrimiento. Cada vez me encuentro peor. Esto va a ser neumonía o el virus del ébola, vaya usted a saber, pero gripe seguro que no.

Entro en el ambulatorio y todavía tienen puesto el aire acondicionado porque, claro, dice una celadora, es que ayer hacía más de treinta grados y no se paraba. Cuando no se para es ahora, le replico. Qué pasa, ¿es que quieren cargarse a todos los pensionistas para ahorrarle un dinero al gobierno? Haga usted el favor de no gritar, me dice una señora que ha venido en bata a la consulta. ¿Gritar yo? Usted no sabe lo que es gritar, señora. Me calmo porque no he podido seguir hablando por un ataque de tos. Me dirijo a la máquina que da el turno y consigo un asiento lejos de la puerta de entrada, aunque no sé si hace más frío dentro que fuera, pero por lo menos evitaré las corrientes de aire. Ya dijo Napoléon que tenía más miedo a una corriente de aire que una bala. La verdad es que no sé si lo dijo él u otro personaje histórico, pero alguien lo dijo alguna vez. O lo dirá. A mi lado hay dos gitanas que no paran de hablar. Las dos llevan unas zapatillas de estar en casa con calcetines de lunares, un moño en todo lo alto de la cabeza y chaquetas de lana. ¡Hay que ver qué frío hace hoy! dice una de ellas. Eso mismo dijeron esta mañana mi mujer y mi hija, les digo. Y lo mismo dijo mi Manué, dice la otra. Entablamos una animada conversación hasta que me da un ataque de tos, me pongo rojo como un tomate y las dos gitanas se levantan como un resorte. A ver si nos va a contagiar usté algo malo, dicen. Ah, ¿pero ellas no están malas? Cuando se alejan, un hombre con un poblado bigote que está sentado enfrente me dice que seguramente no, que las ve muy a menudo por aquí y se ponen a charlar. A lo mejor es que han venido al mercado, que está al lado del ambulatorio, y vienen a descansar. ¿A usted que le pasa?, me pregunta. Habré cogido frío esta mañana, le digo, porque me encuentro para el arrastre. Sí, es que ¡hay que ver el frío que hace hoy! me suelta mi enfrentado acompañante. Me hago el loco mirando para mi móvil. No tengo ganas de hablar del tiempo.

Cerca hay una pareja joven con un niño casi recién nacido en un carrito de bebé. El niño parece dormido. Ellos no dejan de mirar sus móviles y no paran de reírse. ¿Has visto el vídeo del perro? No, ahora estoy hablando por whatsapp con mi prima, que está de viaje por el extranjero. Pues cuando puedas ve el vídeo del perro que ha mandado el Yonni, es pa mearse, dice él. Ahora no, Paco, que mi prima me está diciendo que hay una tormenta y que no pueden salir del hotel, vaya mala suerte, para una vez que viaja y llevan dos días sin poder ver nada. A quién se le ocurre viajar en estas fechas, dice el Paco, lo mejor es el verano. Claro, dice la Vanessa, que es así como la ha llamado él hace un rato, como que la gente puede viajar cuando quiere. Con lo caro que es viajar en verano. Ahora, ahora es cuando se pueden coger buenas ofertas. Si no tuviéramos a la niña (resulta que es una niña, no un niño) podríamos haber ido con ella. ¿Y con el trabajo, qué hago con el trabajo? dice el Paco, ¿me lo llevo también de viaje? Desconecto de la pareja y miro a la pantalla y al papelito que me ha dado la máquina de turnos. Tengo más de diez personas delante. Voy a estar toda la mañana aquí.

¿Pero es que no se puede quitar el aire acondicionado? grita alguien al fondo de la sala de espera. Apoyo lo moción, me digo para mí mismo. No quiero hablar en voz alta para no señalarme ante la celadora, que en ese momento coge el teléfono y habla con alguien. Después de unos segundos de charla, informa de que se va a poner la calefacción, pero que todavía tardará un rato porque ese cambio lleva tiempo. Explica no sé qué de unas turbinas, de una palanca y de un responsable (no sé si de la palanca o de las turbinas, pero responsable de algo). Gritos de alivio en el personal. Vuelvo a desconectar y me fijo en una señora que está sentada al lado del hombre del bigote. Lleva un abrigo largo y una carpeta abultada de la que ha sacado un par de hojas que mira con atención. Debe ser profesora porque parece que está corrigiendo ejercicios con un rotulador rojo. De vez en cuando mueve la cabeza, tacha frases de las hojas y escribe en los márgenes. Sí, es profesora porque la he visto poner una nota y rodearla con un círculo. Como yo he sido profesor, me solidarizo con ella. Me dan ganas de ponerme a hablar de la educación, pero no quiero molestarla porque está concentrada en su labor. De vez en cuando comenta algo en voz baja y dice algo así como “mira que lo he explicado veces, pues nada, que no se enteran, estarán pensado en las musarañas, cada vez se estudia menos…” Más solidaridad.

La mañana va pasando y los números se van acercando al mío. La consulta está casi vacía. El teléfono  vibra y compruebo que mi mujer me ha enviado un mensaje. ¿Cómo te encuentras, te falta mucho? Estoy mu malito, ya me falta poco para entrar, escribo y pongo un emoticono de pena, con una lágrima. Eres un quejica, ya verás como no es nada, recibo por respuesta. Ajolá, respondo. Te estoy haciendo un caldito, para que el cuerpo te entre en caja, leo en la pantalla. Muchas gracias, reina, qué haría yo sin tí. Te dejo que ya voy a entrar.

Cuando mi número aparece en la pantalla, me levanto con dificultad ya que los músculos se me han agarrotado (engarrotado, que dice la muchacha que viene a casa). Golpeo suavemente la puerta de la consulta, en la que está escrito el nombre del médico, doctor Nwelati Ahmed. Vaya, un médico sirio o árabe. ¿Este hombre sabrá algo de resfriados? porque en su país seguro que verá pocos, con el calor que hará allí. Escucho una voz que dice pasen y entro. Son casi las dos de la tarde. En la consulta ya no queda nadie. Soy el último paciente de la mañana.

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Relato XVIII: Quince meses y un día (y III)

Pasaron las semanas y, a finales de mayo o principios de junio, Sevilla, como las demás ciudades y pueblos de España, se llenó de carteles de propaganda electoral puesto que el BOE había publicado que el 15 de junio se celebrarían elecciones generales al congreso y al senado. Suárez. Fraga, Felipe, Carrillo, Tierno Galván. A esos nombres se unían otros menos conocidos entonces y más conocidos ahora: Ruiz-Jiménez, Eladio García Castro, Heribert Barrera, Jordi Pujol. La televisión, la radio y la prensa escrita se llenaban de artículos, de entrevistas, de noticias, casi todas relacionadas con unas elecciones que, por primera vez en más de cuarenta años, exactamente desde febrero de 1936, permitirían elegir democráticamente a los representantes del pueblo. Elecciones, democracia, pueblo. Tres palabras que, juntas, armonizaban con las ansias de renovación y de cambio, de ruptura con la dictadura anterior y de igualdad con los países de nuestro entorno que admirábamos y envidiábamos.

La vida en el cuartel, aunque seguía su ritmo de oficinas, guardias, saludos, toques de corneta, izado y arriado de bandera, había sufrido un pequeño cambio. La libertad que se vivía en el exterior se había convertido en más rigidez dentro del acuartelamiento, como una reacción que evitara que ese virus se instalara entre las cuatro paredes militares. Yo había pensado solicitar un permiso para visitar a mi familia en La Coruña, pero todos los que se habían presentado eran rechazados sin más explicaciones. De todas formas, entregué mi solicitud por si las moscas. Y entonces ocurrió un hecho que me facilitó las cosas.

A finales de mayo se publicaron las notas del graduado escolar y mis dos alumnos, el teniente y la hija del teniente coronel, aprobaron con buenas notas. En primer lugar, fui felicitado por el teniente y un par de días después un cabo primero que me conocía se presentó en la oficina y, dirigiéndose a mí, dijo en voz alta:

—Cabo Castro, tiene que presentarse al teniente coronel en su despacho. Acompáñeme.

A todo esto, tengo que decir que hacía unos meses había aprobado un pequeño examen que me permitió ascender a cabo rojo, denominación que se nos daba a aquellos que teníamos los galones rojos en las mangas de la guerrera, en la gorra y en los hombros. Era algo más simbólico que efectivo, pero me facilitaba algo más las cosas, sobre todo en el tema de las guardias porque los soldados hacían muchas más que los cabos.

Todos se volvieron hacia donde yo estaba, incluido el teniente que, desde su mesa, me interrogó con la mirada alzando la ceja derecha, que era un tic característico que unas veces significaba que estaba enfadado y otras que se divertía. No pude descifrar su significado esta vez, porque la situación y el miedo que me entró no me lo permitieron, pero mucho me temía que no podría ser nada bueno. Me levanté y, tras pedir permiso al teniente, como era reglamentario, seguí al cabo primero que, un paso por delante y sin volver la cabeza, me preguntó:

—Vamos a ver, Castro. ¿Has hecho algo malo?

Puedo asegurar que esas palabras no me tranquilizaron en absoluto, como se puede comprender. En los pocos segundos que pasaron  hasta que llegamos a la puerta cerrada del despacho de nuestro superior, intenté hacer memoria de los últimos días, intentando recordar qué había dicho, qué había hecho o qué había dejado de hacer. Pero no se me ocurría nada, a no ser que alguien se hubiera ido de la lengua y se hubiera chivado de lo que hacíamos en el piso, que tampoco era para tanto, ni siquiera para una sanción. Pero no las tenía todas conmigo. Entonces el cabo primero llegó al despacho del teniente coronel, y tras golpear suavemente la puerta, la abrió y solicitó permiso para entrar. Desde dentro se escuchó la voz que ya conocía y entré tras el cabo primero.

—Como ordenó usía, el cabo Castro.

El teniente coronel dejó de firmar unos papeles que estaban en una carpeta de piel y cerrándola, ordenó al cabo primero que saliera. Éste saludó y cerró la puerta, dejándome solo, confuso y envarado, muy tieso y mirando al frente por encima de la cabeza del teniente coronel, que dirigiéndose a mí, dijo:

—Descanse, cabo.

Durante unos segundos, que se me hicieron interminables, el teniente coronel buscó algo entre unas hojas que tenía encima del escritorio hasta que encontró un papel que leyó atentamente y después firmó. Entregándomelo, dijo:

—Vamos a ver. Desde hace unas semanas se han cancelado todos los permisos. De hecho, sólo he firmado dos por causas excepcionales que no vienen al caso; pero tú creo que te mereces un pequeño regalo por mi parte. He hablado con tu teniente y me ha asegurado que eres muy eficiente en tu trabajo. Yo también he quedado muy satisfecho con las clases que le has dado a mi hija, que nunca había sacado tan buenas notas. Así que aquí tienes el permiso que habías solicitado.

Sin saber apenas qué decir, balbuceé unas palabras de agradecimiento que el teniente coronel cortó diciendo:

—Puede retirarse cabo. Que disfrute de estos días con su familia.

Me retiré con un temblor de piernas que sólo desapareció cuando salí del despacho a la galería del primer piso que rodeaba la plaza central del cuartel. Me parecía mentira y miré la hoja con atención: ¡veinticinco días de permiso! Del 1 al 25 de junio. Siempre he sido una persona bastante comedida en la manifestación de mis emociones, pero di un salto enorme que hubiera podido ser récord olímpico o por lo menos de España. Salí corriendo como una exhalación hacia la oficina y, calmándome un poco, entré y me dirigí al teniente:

—Mi teniente, el teniente coronel ha autorizado el viaje a La Coruña que solicité hace unos días—. Y le entregué la hoja. La leyó durante unos segundos, y con una ligera sonrisa, que no era habitual en él, me dijo:

—Has tenido suerte, Castro, como siempre. Que te preparen los papeles. Y cuando los tengas listos, recoge tus cosas y puedes irte.

Así que en un par de horas ya tenía toda la documentación del viaje, había preparado el petate con mis cosas, me había despedido de mis compañeros y del teniente y había salido del cuartel, no sin antes haber escuchado varias veces las palabras enchufado, vendido, suertudo y cosas similares que, la verdad, me resbalaban. Cogí un taxi y me fui hasta la estación de Córdoba para saber a qué hora salía el tren hacia Madrid. Allí tenía pensado coger un avión hasta Coruña. Ahora todo es mucho más fácil, pero en aquella época, sin Internet ni teléfonos móviles, y con vuelos mucho más caros y sin tanta periodicidad como en estos tiempos, ya había comprobado que tren y avión era la forma más rápida, fácil y barata de ir desde Sevilla hasta mi ciudad.

Cuando pude organizar todos los traslados, que me ocuparon casi toda la tarde, y después de llamar a mis padres para comunicarles la noticia de mi viaje, acogida con las naturales muestras de sorpresa y alegría, fui a descansar al piso, que no quedaba lejos de la estación. El tren salía a las 10 y el viaje se hacía de noche, llegando, casi doce horas después, a Madrid. Esperaba que no hubiera ningún retraso, avería o similar, bastante frecuente en aquella época, porque el avión salía de Madrid a las cuatro de la tarde. No me detendré en más detalles porque no hubo ninguna incidencia digna de mención, a no ser el cansancio del viaje en tren, donde no pude pegar ojo y el miedo del viaje en avión, ya que se hacía en un cuatrimotor de hélice, con un ruido infernal y un aterrizaje en el aeropuerto de Alvedro digno de película de terror.

Aquellos días de junio de 1977 que pasé en Coruña los recuerdo como si hubiera estado dentro de un torbellino. Apenas retengo algunas imágenes de mítines de Santiago Carrillo en el Pabellón de Deportes y del PSP de Tierno Galván en una explanada en Mera, donde mi hermano tocó con su grupo para amenizar la fiesta, vestido con mi chupa militar con la que se fotografió y que casi me provoca un infarto, pues no sabía si eso estaría penado o no. Como es lógico, no pasó nada. Acompañado por mis amigos Antonio y Javier, a los que hace muchos años que no veo, recuerdo vagamente haber asistido a otros mítines pero sin figuras relevantes a nivel nacional, sino de los candidatos que se presentaban en la provincia. Era realmente emocionante mezclarse con los miles de personas que acudían a la llamada de los partidos, cantando la Internacional o el Himno Galego, que hasta hacía muy poco tiempo habían estado prohibidos. Más que los discursos, de los que no recuerdo nada, me acuerdo de la alegría y del enardecimiento de los asistentes, de las banderas, de las pancartas, del fervor, de los gritos a favor o en contra del gobierno o de los otros líderes. Todo era nuevo, vivificante, y mis veintidós años y el ambiente que se respiraba ayudaban a imaginar una España moderna, libre de prejuicios, de ataduras, igualitaria, justa.

Y llegó el día de las elecciones. El 15 de junio era miércoles, no como ahora, que todas las elecciones se celebran en domingo. Yo había comprobado que figuraba en las listas y podía votar, porque no las tenía todas conmigo ya que al estar realizando el servicio militar en Sevilla podría haber algún problema. Pero no lo hubo, así que, con auténtico nerviosismo y emoción me dirigí hacia el local donde tenía que votar. Ahora son colegios electorales, centros educativos que acondicionan algún salón donde se ubican las mesas, pero en los primeros años me tocó votar en una especie de almacén cercano a mi casa, donde por cierto fui presidente en dos elecciones que se celebraron el año 1979. Recuerdo que había una cola numerosa que salía del local y llegaba hasta la acera. Desde ese día, y ya han pasado muchos años y muchas elecciones, tengo la costumbre de votar a mediodía para tomar después un aperitivo con la familia. Aquella vez salí con Antonio y con Javier y fuimos a tomarnos unos vinos a la calle Barcelona, muy cerca de donde yo vivía, en el Agra del Orzán. El ambiente en la calle y en los bares era extraordinario y todo el mundo comentaba anécdotas que habían escuchado o vivido y que, desde entonces, se repiten: los que acuden sin documento de identidad y enseñan un carnet deportivo y discuten con el presidente para que los deje votar, los que se equivocan y meten el carnet en lugar de la papeleta, los que preguntaban si había que firmar el voto, y cosas similares. Pero nosotros lo único que hacíamos era intentar adivinar quién podía ganar. Y la verdad es que acertamos. Suárez fue elegido presidente y ahí comenzó una nueva historia que todavía no ha sido escrita en su totalidad aunque ahora, como suele hacerse en épocas de incertidumbre y crisis de valores e ideas, hay muchos que critican la forma en que se desarrolló la democracia española. No es el lugar ni el momento, pero es fácil hablar a toro pasado, sobre todo si no se ha vivido en esa época ni se tuvieron que tomar decisiones tan complejas, tan rápidas y poner de acuerdo a tantos que pensaban tan diferente y tenían intereses tan opuestos.

Y finalizo, que ya está bien con las batallitas del abuelo. Pasó el mes de junio. Regresé a Sevilla. Volvió la rutina del cuartel, los días interminables de verano, las mañanas de calor en la oficina sin aire acondicionado, las tarde soñolientas de julio y agosto en la cantina o en el dormitorio, porque dejamos el piso cuando regresé del permiso, las charlas en las cafeterías del centro comentando qué sería de nuestras vidas cuando regresáramos a nuestras casas, las promesas de seguir en contacto y escribirnos regularmente. No he vuelto a saber nada de mis compañeros. Años después, la foto de uno de los vascos apareció en la prensa. Era un integrante de un comando de apoyo de ETA y creo que fue absuelto o amnistiado. En la época que conocí su detención yo ya tenía otras preocupaciones y no seguí su caso.

Una mañana de mediados de octubre de 1977, quince meses y un día después de mi viaje desde La Coruña hasta Cerro Muriano, salí vestido de paisano por el portón del cuartel de Intendencia con mi cartilla blanca en la que el teniente coronel jefe rubricaba con su firma la evaluación que habían hecho mis superiores durante el tiempo de servicio:

  • Valor: Se le supone
  • Conducta: Buena
  • Carácter: Normal
  • Aplicación: Buena
  • Amor al servicio: Normal
  • Aseo y presentación: Bueno

O sea, que como no había participado en guerra alguna, se podía suponer que yo tenía valor para enfrentarme al enemigo. Qué poca psicología, yo que siempre he sido antimilitarista. Lo de amor al servicio normal habría que analizarlo porque no sé qué amor al servicio puede tener alguien que no pudo elegir y fue llevado en contra de su voluntad a pasar quince meses y un día haciendo algo que no le gustaba. Pero había que disimular. Y todavía no soy capaz de entender lo que significa tener un carácter normal. Es decir, que no sobresalía ni para bien ni para mal, que era una persona gris y aburrida, que no me ponía a discutir con los superiores o a dar gritos como loco. Pues vaya. Seré normal entonces.

Anduve despacio durante muchos minutos, horas quizás, con una pequeña bolsa de deportes en la que había metido las pocas pertenencias que tenía. Atravesé el barrio de Santa Cruz, desemboqué en la plaza del Triunfo y entré un momento en la catedral, no para rezar sino para aislarme y reflexionar sobre lo que había vivido y lo que me esperaba. Tantos momentos con amistades eternas que duraron unos meses, la diferencia entre el muchacho que salió un día de su ciudad y el hombre que regresaba a ella, los cambios que se habían producido en tan poco tiempo. Han pasado cuarenta años pero hay cosas que recuerdo como si hubieran ocurrido ayer. Quizás dentro de cuarenta años alguien escriba un pequeño relato de esta época en la que él tenía veintidós años. Y espero que sus recuerdos sean tan hermosos como los míos.

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Relato XVIII: Quince meses y un día (II)

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Y llegó el mes de abril de 1977. Y con él la semana santa, y seguramente sabréis lo que pasó el sábado santo, más conocido como el “sábado santo rojo”. Sí, eso es, se legalizó el Partido Comunista de España de Santiago Carrillo. Yo no estaba en el cuartel porque desde hacía unos meses los siete amigos, es decir, el madrileño, el catalán, el valenciano, los tres vascos y yo, habíamos alquilado un piso en la calle Torneo, una calle que estaba separada de las vías del ferrocarril de la estación de Córdoba, que corrían paralelas al río Guadalquivir, por un horrible muro lleno de pintadas poco estéticas. La exposición universal del 92 derribó el muro, eliminó las vías del tren y ahora la calle Torneo es una calle ancha y con excelentes vistas al río, no la calle triste y sucia de entonces. El piso era muy antiguo, de dos habitaciones, una de ellas interior, y un salón con un balcón que daba a la calle, una pequeña cocina y un cuarto de aseo, con desconchones y humedad en las paredes, muebles viejos y desvencijados, cuadros descoloridos y mucha suciedad que nosotros, que sólo pasábamos allí seis o siete días al mes, no teníamos ganas de limpiar. No recuerdo ni una sola vez que pasáramos una fregona por el suelo ni quitáramos el polvo a los muebles. Tampoco limpiábamos la cocina porque no hacíamos de comer. Sólo queríamos el piso para charlar con libertad, beber, fumar, escuchar música y tener un lugar donde dormir cuando teníamos algún día libre y nos dejaban pasar la noche fuera del cuartel. Para no tener que lavar sábanas y mantas, que el propietario no nos había proporcionado ni queríamos comprar, cada uno se llevó un saco de dormir.

Ahí fue cuando mis gustos musicales y literarios comenzaron a dar un giro radical. Hasta ese momento yo no pasaba de los Beatles, Serrat, Juan Pardo, Cervantes, Pardo Bazán o Baroja, todo muy convencional. En el piso de la calle Torneo, mientras el madrileño, un chaval alto y desgarbado, siempre sonriente y gastando bromas, con unas pequeñas gafitas a lo Jonh Lennon, me descubría a grupos como Black Sabbat o The Who, a David Bowie y a Janis Joplin, entre otros, los vascos, que a pesar de la fama de hombretones eran más bajos que yo aunque bastante más fuertes, y el catalán, rubio y con una cara ancha y llena de granos, con un fuerte acento que intentaba disimular en el cuartel pero que asomaba cuando hablaba con nosotros en el piso o por la calle, me acercaron a la canción protesta de Llach, Paco Ibáñez o Labordeta y a las canciones sudamericanas de Violeta Parra, Víctor Jara o Quilapayún. El catalán tocaba la guitarra estupendamente y se conocía casi todas las canciones, que cantaba con una voz de barítono que llegué a envidiar, yo, que siempre había tenido fama de ser un buen cantante. El valenciano, que tenía un pequeño bigote y unas gafas que lo asemejaban a un funcionario de hacienda, era el más callado y siempre con un libro en la mano me abrió las puertas a un mundo de lecturas que, aunque había oído hablar de él nunca hubiera sospechado que me pudiera gustar: Walt Whitman, Cernuda, Sartre, Borges, Neruda. Todo era nuevo, refrescante, auténtico, libre de ataduras. Yo, que me creía una persona formada, culta, con inquietudes, me di cuenta de que había vivido en un ambiente cerrado, con horizontes muy limitados. Nada sabía de música, de política, de literatura y ahora se me abría un mundo totalmente diferente a lo que conocía y que, además de prohibido o censurado, mostraba una fuerza y un poder que cambió mi forma de pensar y de afrontar la vida en muchos aspectos. Las discusiones políticas, la crítica a lo que estaba haciendo la izquierda en ese momento, cómo plantear la lucha al franquismo, las aspiraciones nacionalistas, los derechos de los trabajadores… Todo eso que ahora puede exponerse con tranquilidad y sin temor a represalias, centraba nuestras charlas y discusiones mientras fumábamos y bebíamos y comíamos unos bocadillos y cuando nos cansábamos el catalán se ponía a cantar, el madrileño ponía música en un reproductor de cassette o el valenciano nos recitaba unos poemas de Neruda o de Alberti. Tardes y noches inolvidables, sensación de estar rompiendo con un mundo viejo y que, como una crisálida, nacería una nueva estructura, un nuevo país, una atmósfera más limpia y menos opresiva.

Y llegó, repito, la Semana Santa de 1977. Aunque intentamos conseguir algunos días libres y poder hacer alguna escapada, no hubo manera. La superioridad no consideró conveniente dejar abandonado el cuartel y, teniendo en cuenta que no era solo yo el enchufado ni el más poderoso pues no era hijo, sobrino o nieto de un oficial de alta graduación, otros consiguieron los correspondientes permisos y los demás nos tuvimos que quedar. Menos mal que los siete magníficos solo teníamos que estar durante el día en el cuartel y a partir de las siete u ocho de la tarde podíamos salir con el llamado “pase de pernocta”, que consistía en dormir en tu casa o donde quisieras y regresar por la mañana temprano. Lo malo es que los únicos que lo teníamos éramos el valenciano, el madrileño y yo, así que los demás tenían que esperar al fin de semana, en el que algunas ocasiones los demás también podían dormir fuera del cuartel. Esa semana santa comencé a admirar con la ayuda de un cabo nazareno, no uno que hace estación de penitencia con su hábito y su capirote, sino uno que era de Dos Hermanas, las procesiones de Sevilla. Sus explicaciones nos gustaban y nos permitían admirar situaciones y circunstancias que nos podían pasar desapercibidas y que él explicaba con verdadero fervor y apasionamiento. Pero al tercer día ya estábamos cansados de ver cofradías, imágenes, pasos y miles de nazarenos, así que decidimos dedicarnos a recorrer los alrededores de Sevilla en autobús: Carmona, Alcalá de Guadaira, Écija, Utrera. En todas ellas huíamos de las procesiones y nos centrábamos en visitar los monumentos, pasear por las calles, comer en tascas y tabernas, descansar en los parques. Hasta que llegó el sábado. Ese día nos quedamos en Sevilla y, después de dar algún paseo y comprarnos unos bocadillos, nos fuimos a pasar la tarde en el piso. La verdad es que nos habíamos quedado sin un duro y teníamos que ahorrar. Así que nos acostamos relativamente temprano y nos dormimos pronto mientras en la calle se escuchaban gritos, cantos, bocinas de coches y mucho ruido, que achacamos a que, según la tradición católica, Cristo había resucitado y la gente sevillana mostraba así su alegría.

El domingo de resurrección nos levantamos sobre las siete de la mañana pues teníamos que llegar antes de las ocho al cuartel y, callejeando por Sevilla, nos encontramos a un grupo de jóvenes que portaban banderas rojas con la hoz y el martillo y cantaban a voz en grito la Internacional. Paramos a uno de ellos y nos dio la noticia que ya se sabía desde la noche anterior y que nosotros aún no conocíamos: Adolfo Suárez había legalizado el Partido Comunista. Nos abrazamos a ellos, aunque ya estábamos vestidos de soldados y eso podía haber sido peligroso en aquellos tiempos, y dándonos mucha prisa para no llegar tarde, llegamos al cuartel cuyo portón estaba cerrado a cal y canto. Llamamos al cabo de guardia, que nos abrió la puerta peatonal y nos instó a que subiéramos rápido a los dormitorios para que bajáramos cuando sonara el toque de diana, que los domingos se hacía una hora más tarde. Todos los soldados ya estaban despiertos, incluidos nuestros amigos vascos y el catalán, y el tema único de conversación era la legalización del PCE y qué harían los militares. Sonó el quinto levanta y bajamos presurosos a formar en el patio. Adivinamos que algo inusual pasaba porque, además del cabo primero y el sargento que solían pasar revista, también había varios tenientes y un comandante. Este último se dirigió a nosotros con un tono mucho más serio de lo habitual. Sin hacer mención a lo que había sucedido la noche anterior, nos dijo que se cancelaban todos los permisos y que se doblaban las guardias. El portalón de entrada permanecería cerrado durante todo el día y sólo se abriría la puerta de peatones cuando algún militar tuviera que entrar o salir por algo excepcional. Debía evitarse, a toda costa, que se concentraran demasiadas personas delante del cuartel y no se tolerarían provocaciones.

Cuando nos mandaron romper filas y antes de dirigirnos al comedor para desayunar, nos reunimos los siete magníficos y decidimos no mostrar demasiada alegría pues el horno no estaba para bollos. Y el catalán comentó, asustado, si cuando pasaran unos días no irían a registrar la casa que teníamos alquilada y encontrarían alguna propaganda subversiva que allí teníamos y varios ejemplares de la revista Ajoblanco, Cambio 16, Cuadernos para el Diálogo. Como no sabíamos cuándo podríamos salir decidimos que nos desharíamos de todo eso en la primera ocasión. Pero no hubo necesidad pues una semana después se convocaron elecciones generales y casi todo lo que hasta entonces era subversivo y peligroso dejó de serlo. Aunque algunos partidos trotskistas, leninistas, estalinistas, maoístas y otros istas más fueron legalizados más tarde, se presentaron bajo diferentes siglas y pudieron participar en las elecciones. Los militares no podríamos manifestar expresamente nuestra ideología, sobre todo si era de izquierdas, pero no sería delito, nos dijimos, tener en nuestra casa escritos que defendieran la democracia desde diferentes perspectivas. Nunca ocurrió nada, pero la desazón, sobre todo a mí, poco dado a heroicidades, no me abandonó en unas semanas.

En el cuartel se produjo una auténtica conmoción. En esos días tuve que hacer un par de guardias y los comentarios que escuché de los oficiales podrían ser considerados, vistos en perspectiva, abiertamente golpistas. Que si “España se va al carajo”, “los que asesinaron en Paracuellos ahora son héroes”, “si se me pusiera por delante Carrillo se le iba a borrar las sonrisa de golpe” y otras lindezas por el estilo. Eran otros tiempos, el cambio había sido muy rápido y drástico y la costumbre de influir de manera decisiva en la vida política durante los últimos cuarenta años no se iba a diluir de un plumazo. De hecho, cuatro años después, un 23 de febrero, se demostró que el ejército todavía quería mantener el protagonismo. La sociedad ya había cambiado y no había un caldo de cultivo adecuado para que triunfaran. Pero esa es otra historia.

Relato XVIII: Quince meses y un día (I)

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En junio de 1977 tenía yo 22 años y estaba haciendo el servicio militar en el cuartel de Intendencia de Sevilla, en la Puerta de la Carne, que recibe su nombre de una de las puertas que permitían la entrada y la salida de la ciudad cuando ésta estaba amurallada. Se llama así porque hace siglos la puerta estaba frente al matadero municipal. Y para completar la información diré que parte del cuartel se construyó sobre un antiguo cementerio judío, lo que explicaría algunos fenómenos paranormales que ocurrieron durante mi estancia allí y que quizás describa en otra ocasión. Hace ya muchos años que el edificio dejó de ser cuartel y se convirtió en sede de la Diputación; es decir, que antes se dedicaba a la gestión y aprovisionamiento de los recursos militares y ahora se dedica al aprovisionamiento de muchos políticos y, según dicen, a la gestión y al reparto de recursos entre los pueblos de la provincia. No entremos en más detalles y no discutamos sobre la necesidad de la existencia o no de este organismo que genera tantas controversias.  Mentes más agudas y preparadas se han encargado de cuestionar o alabar su existencia.

Aunque el edificio no llama la atención por su belleza arquitectónica, quizás sí por su tamaño ya que ocupa una hectárea de superficie, su situación es magnífica: enfrente están los Jardines de Murillo, que flanquean una de las murallas del Alcázar; se encuentra muy cerca del barrio de Santa Cruz, del edificio de la Real Fábrica de Tabacos, hoy Rectorado de la Universidad de Sevilla, del Parque de María Luisa, de la Plaza de España… Si en lugar de estar cumpliendo con la obligación que, felizmente para las nuevas generaciones aunque esto podría ser objeto de una acalorada discusión en la que se pueden encontrar pros y contras de todo tipo, se imponía en aquellos tiempos, de levantarse y acostarse a golpe de corneta, saludos marciales y continuos a todo el que llevara insignias o estrellas, amenazas de castigo por cualquier tontería como no tener bien los botones de la camisa o la guerrera, guardias de 24 horas, mañanas en la oficina rellenando oficios y escritos absurdos y tardes interminables que se sobrellevaban gracias a la camaradería y buen ambiente que reinaba entre los soldados, frío indescriptible en invierno —sí, frío en Sevilla aunque no os lo creáis—  y calor insufrible en verano, si en lugar de todo eso, repito, estuviera en un apartamento o en un hotel ubicado en el mismo lugar que el cuartel, podría llegar a los principales monumentos y lugares de interés en muy poco tiempo y me hubiera dedicado a menesteres más placenteros, interesantes o productivos. Pero no, estaba haciendo el servicio militar en una época que, vista desde la perspectiva del tiempo, fue realmente histórica e irrepetible y que se conoce como Transición española. Hacía menos de dos años que se había muerto Franco, ese hombre, que el Rey Juan Carlos había nombrado presidente del gobierno a Adolfo Suárez, el osado, después de defenestrar a Arias Navarro, el triste, que se había aprobado mediante referéndum, en el que no pude participar porque la superioridad no dio permiso para votar, no fuera que dicho acto se hiciera costumbre, la Ley para la Reforma Política que derogó el sistema franquista y que conmocionó a un país acostumbrado al ordeno y mando y al no rechistes que te denuncio y te enchirono. Una época que merece ser recordada y admirada porque generó una ilusión y un entusiasmo como pocas veces se vivió ni creo que pueda vivirse en este país, y porque, con todos los errores y fallos que se cometieron, el resultado no fue tan malo. Y si no, fijaos en lo que ha ocurrido con la primavera árabe, por ejemplo. Sé que esto es también motivo de discusión y revisionismo por algunos, ahora que se revisa todo y se critica y cuestiona lo que se hizo en esos años. Los que vivimos el sobresalto, el tumulto, el apasionamiento, la esperanza, el miedo y el torbellino que nos rodeaba y amenazaba, damos por bueno lo alcanzado. Por lo menos yo.

Meses de vértigo que no pude vivir plenamente porque en julio de 1976 me llevaron con algunos cientos de jóvenes más, no diré como borregos pero algo parecido, desde Coruña a Córdoba en un viaje en tren que duró cerca de 24 horas porque todavía no había ave ni los trenes eran rápidos y no teníamos prioridad y parábamos para dejar pasar otros trenes de mercancías o viajeros, y después en un camión militar de Córdoba a Cerro Muriano, en la sierra cordobesa, donde pasé dos meses de instrucción haciendo mucho ejercicio, con comida que seguramente hoy no pasaría los más elementales controles sanitarios, ejercicios de tiro, gritos y amenazas de cabos y sargentos, clases teóricas y prácticas sobre cómo reconocer a los diferentes mandos, leyes militares, cómo desmontar y montar un rifle y lo que más me gustaba, clases para enseñar a reclutas que no sabían leer ni escribir ni nunca habían salido de sus aldeas o pueblos y que se asombraban y amedrentaban con cualquier circunstancia que se saliera un poco de lo normal. Y calor, mucho, mucho calor con restricciones de agua debido a la sequía. Recuerdo compañeros que se desmayaban en plena marcha de veinte o treinta kilómetros por los montes cordobeses, subiendo y bajando cuestas por caminos polvorientos y con el sonido ensordecedor de las cigarras, cargados con más de veinte kilos de peso a nuestras espaldas, azuzados por los gritos de los suboficiales que exigían más rapidez o marcialidad. Todo el tiempo ensayando cómo desfilar con y sin fusil para mostrar el día de la jura de bandera la excelente preparación del soldadito español.

Cuando faltaban unos días para el solemne acto, que estuvo presidido por el capitán general de la II Región Militar Pedro Merry Gordon (que más parece por sus apellidos un general americano o inglés que español; pero es lógico, dado que nació en Jerez y ya se sabe la estrecha relación entre la pérfida Albión y la capital del Sherry) tristemente conocido por algunos hechos ocurridos unos años después, nos informaron a dónde nos iban a destinar. A mí me tocó la lotería de continuar el servicio a la Patria durante once meses más en Sevilla, casi en el centro de una ciudad que visité por primera vez cuando tenía unos tres años, según me contaron mis padres y he podido comprobar en alguna foto que se guarda en casa y que, cosas del destino y de circunstancias que también debería contar, pero en otra ocasión, continúa siendo la ciudad en la que vivo. Todos me felicitaron porque, según las referencias, era el mejor destino. Y lo fue, lo reconozco, como contaré más adelante. Nos volvieron a trasladar en camiones militares y llegamos al cuartel creo recordar que a mediados de septiembre. Aunque ya éramos soldados y no reclutas y se nos suponía una cierta experiencia, la llegada al destino nos causaba una cierta desazón pues los veteranos del campamento nos habían descrito las novatadas que solían realizarse en los cuarteles y algunas ponían los pelos de punta. Falsa alarma porque en ningún momento sufrimos vejaciones, torturas o hechos similares.

Los primeros días en el cuartel fueron de tanteo y reconocimiento del terreno. En primer lugar los cuarenta o cincuenta soldados que habíamos llegado por la mañana formamos perfectamente alineados en el gran patio central mientras nos contemplaban con curiosidad algunos soldados desde la galería de la primera planta. Un joven oficial, en un tono jovial y no exento de ironía, nos dio la bienvenida y nos explicó el horario y otros pormenores de nuestra estancia. A continuación subimos al dormitorio, una enorme nave  con techos altos y algunas ventanas que daban al patio central y a otro patio situado en la parte trasera, en la que había varias decenas de literas. Cada uno eligió el catre y la taquilla donde dormir y guardar las escasas pertenencias que cabían en el petate y que habíamos podido traer desde el campamento. Desde el primer instante me hice amigo de un valenciano, un madrileño, un catalán y tres vascos, dos de ellos mellizos y el tercero…, bueno, del tercero es mejor no hablar porque años después vi su foto y su nombre en un periódico y no porque hubiera recibido un premio, precisamente. Todos teníamos estudios superiores e inquietudes intelectuales y políticas, aunque estas últimas apenas podían expresarse en el recinto cuartelario porque las paredes oían y había fantasmas que podían no ser amigos y porque cualquier desliz podía costarte un disgusto.

Por las mañanas nos dedicábamos a trabajar en la oficina, bajo la supervisión de un teniente bastante menos simpático que el que nos había recibido, al que teníamos que entregar diariamente cuatro o cinco escritos dirigidos a diferentes destinos militares, dar entrada y salida y archivar documentos de todo tipo y, sobre todo, la mayor parte del tiempo se destinaba a darle clase al susodicho teniente que estaba preparando el examen de graduado escolar. Problemas de matemáticas, redacciones, análisis de texto, geografía, historia… Diariamente el madrileño y yo teníamos que preparar ejercicios, explicar contenidos y corregir los exámenes que le hacíamos todos los viernes (por cierto, algunos elaborados con muy mala idea, para disfrutar viendo cómo el teniente sudaba y maldecía por lo bajo cuando no era capaz de resolverlos a plena satisfacción). Tan contento quedó nuestro teniente que se lo comentó al Teniente Coronel Jefe, la máxima autoridad del cuartel, que me llamó a su despacho y me propuso darle clase a su hija que también estaba preparando dicho examen. Como es lógico acepté encantado, aunque tampoco podría haberle dado otra respuesta, claro, y todas las tardes salía vestido de paisano, todo un privilegio reservado a los enchufados, y yo me había convertido en uno de ellos. Poder entrar y salir del cuartel con una autorización así provocaba la envidia de mis compañeros y el respeto de mis superiores. Más no se podía pedir en situación tan precaria.

Como acabo de decir, todas las tardes salía del cuartel y me iba dando un paseo hasta los Remedios, el barrio donde vivía el teniente coronel. Como nadie preguntaba a qué hora tenía la clase y nunca se preocuparon de hacerlo, me cambiaba la ropa, salía un poco después de comer y disfrutaba de esos momentos de libertad. Pocas veces he tenido esa sensación, después de traspasar el cuerpo de guardia y salir a la avenida, de poder respirar llenándome los pulmones sin sentir ningún tipo de opresión. Andaba despacio, atravesaba el parque de María Luisa recreándome en el frescor y el sonido del agua y de los pájaros, cruzaba el puente sobre el río y, poco después, tras más de media hora de paseo, llegaba a mi destino. El primer día me esperaba la familia, padre, madre e hija y me recibieron con cordialidad y educación, aunque con un cierto distanciamiento, sobre todo la madre. Lo primero que vi en el recibidor fue una enorme fotografía a tamaño casi natural en la que el general Franco, serio y circunspecto como casi siempre, saludaba al teniente coronel, que bajaba la cabeza en señal de respeto y yo diría que sumisión. Esa imagen inicial de la casa me impactó de tal manera que todavía la recuerdo. A continuación, y sin más preámbulos, alumna y profesor pasamos a la cocina, que desde aquel día fue nuestra zona de estudio. Y a partir del día siguiente, en lugar de abrirme la puerta principal, era recibido por la puerta de servicio que daba directamente a la cocina, no fuera yo a pensar que podía tomarme confianzas. Como eso quedó meridianamente claro y teniendo en cuenta quién era el padre, jamás se me ocurrió iniciar algún tipo de acercamiento galante a pesar de que la muchacha estaba de buen ver. Durante un par de horas diarias seguí casi al pie de la letra las mismas actividades, ejercicios y contenidos que preparaba por la mañana al teniente. Reconozco que ambos, teniente e hija (fijaos que no digo sus nombres porque no los recuerdo; y aunque los recordara tampoco lo diría para no dar pistas por si acaso, ya que quizás sigan viviendo por estos lares), eran estudiantes aplicados e inteligentes, así que, cuando llegaron los exámenes en el mes de mayo los superaron con facilidad y buena nota, lo que, como se podrá comprobar más adelante, contribuyó a mejorar mi situación en el cuartel, que ya de por sí era relativamente buena.

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