Con la suerte en los tacones

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Cuando terminó de ver el último capítulo de la última temporada de la serie que le había tenido pegado al sillón en los cinco últimos años, el vacío se apoderó de X. Aquel jueves por la noche, una hora antes de que la melodía de violín, piano y guitarra española que tan bien conocía sonara en los cascos conectados al sistema de cine en casa que se había regalado las pasadas navidades, mientras las letras rojas y blancas del título y de los protagonistas bailaban en la pantalla, se había preparado un menú acorde con la ocasión: una lata de sardinillas gallegas en aceite de oliva, un tomate rajado con sal, un par de rodajas de lomo, unas cuñas de queso curado de oveja, un poco de pan y una botella de buen vino de Navarra enfriada en la vinoteca ubicada al lado del televisor. Nunca cenaba tanto, apenas un yogur o un vaso de leche y un poco de embutido, pero hoy era un día especial, el fin de una era, de una época fundamental en su vida. Ya nada volvería a ser lo mismo y quizás ya nada tendría sentido a partir de ahora.

Había temido ese momento, sabía que iba a llegar y se había estado preparando durante los últimos meses. Los jueves por la noche nada le había impedido asistir a un derroche de imaginación, misterio, tensión, terror e ironía como nunca había creído que una serie podría alcanzar. Pero todo tiene un principio y un fin. La eternidad sólo existe en la mente de algunos filósofos y en las creencias religiosas. Y él no era ni filósofo ni creyente, así que siempre había sabido que el final iba a llegar.

El capítulo transcurrió por los derroteros que se había imaginado. Algunos de los personajes secundarios a los que le había tomado cariño fueron desapareciendo, muriendo a manos del ser maligno que lo había aterrorizado desde la segunda temporada. El cerco se iba cerrando cada vez más. Parecía imposible encontrar una salida a tanta desgracia y con tantos problemas que se habían ido acumulando. El clímax y el frenesí se alcanzaron en los últimos minutos. El Bien y el Mal frente a frente, por fin, como tiene que ser. En el fondo sabía que los buenos casi siempre ganan, pero ese punto de incertidumbre que rodea a todo lo que es ficción le hacía dudar. ¿Y si al final los guionistas decidían que los dos protagonistas, Él y Ella, cayeran al Abismo en medio de una vorágine de dolor, odio y sufrimiento? ¿Y si resultaba que todo había sido un sueño del Doctor? ¿Y si la Tierra Prometida no existía y la lucha y el esfuerzo de tantos años no servían para nada? No quería imaginárselo, pero más de una vez había sufrido decepciones con otras series y un punto de duda siempre le atormentaba. Pero no, al final todo ocurrió como tenía que suceder y la mezcla de alivio por un final tan brillante, y de congoja por no poder esperar una nueva temporada, se mezclaron. Dejó que la conocida melodía se fuera apagando poco a poco mientras los títulos de crédito iban pasando lentamente por la pantalla de abajo arriba, hasta que un fundido en negro y la música chillona de un anuncio lo sacó de su ensimismamiento y lo trajo a la realidad de su vacío interior.

Apagó el televisor, encendió la luz de la lámpara de la mesita situada al lado del sillón y miró a su alrededor, ligeramente aturdido y con las últimas imágenes de la pantalla en su cabeza. Vio las paredes llenas de reproducciones de cuadros y de fotos, de estanterías con libros, el equipo de música, el espejo, la mesa del comedor. No tenía ganas de acostarse, pero tampoco quería leer ni escuchar música, así que llevó los restos de la cena a la cocina y decidió dar un paseo. En el mes de julio las madrugadas de la pequeña ciudad castellana son frescas e invitan a deambular por calles tenuemente iluminadas, tranquilas y solitarias, sin ruido de coches, con apenas algún transeúnte que fuma tranquilamente un cigarro o pasea a su perro. Le gustaban los sonidos amortiguados de la noche, los ladridos lejanos, las conversaciones a media voz o, mejor, el silencio a secas, ese silencio que sólo se puede percibir en la oscuridad de la meseta castellana o en los pequeños y escondidos valles de su Galicia natal.

Cuando salió a la calle pasaban unos minutos de las dos de la mañana. Cuatro o cinco personas andaban como sonámbulas por las aceras, perdidas en sus pensamientos. Estaba convencido de que a todas ellas les pasaba lo mismo que a él, necesitaban poner en orden sus ideas, digerir lo que habían visto y sentido en las últimas horas. La serie había sido un auténtico fenómeno social del que todo el mundo hablaba y que servía para llenar páginas enteras de los periódicos y horas en la televisión. Sus compañeros de trabajo también estaban enganchados y seguramente mañana se dedicarían a comentar el final, que no por previsible, dejaba de ser original.

Cruzó a la otra acera por un paso de peatones y comprobó que delante de él una mujer joven, algo más joven que él, con un vestido de color verde claro con flores amarillas, estaba hablando por su móvil y paseaba llevando su misma dirección. Se fue detrás de ella casi sin darse cuenta, siguiendo unos tacones blancos que le llamaron la atención y que sonaban apagados en la noche. Tenía una bonita figura, no muy alta y una melena morena que le llegaba a los hombros. No podía verle la cara, aunque se la imaginó guapa y quiso acompasar su paso y seguirla, sin saber bien por qué. Ella seguía hablando, pero en voz tan baja que no podía saber de qué iba la conversación. Se dio cuenta de que se estaba acercando demasiado, así que se detuvo un momento y dejó que se alejase, no quería dar una impresión equivocada.

Después de unos segundos, en los que aprovechó para encender un cigarrillo y mirar la hora en su reloj, siguió de lejos a la muchacha. Como la avenida era larga, volvió a cambiar de acera y la siguió sin perderla de vista. No dejaba de hablar por el móvil, riéndose de vez en cuando. Volvió a fijarse en los tacones blancos, altísimos. Siempre le había parecido un misterio y le había fascinado la capacidad y la habilidad de las mujeres para mantener el equilibrio elevadas sobre sus talones con unas piezas delgadas como agujas. Y aquellos tacones eran unas agujas finísimas. Una caída desde esa altura podía ser un grave problema.

Ella cambió de acera, después de mirar a un lado y a otro de la avenida y fijarse durante un instante en el único ser que en ese momento estaba a la vista, él. No debió sentir ningún temor pues cuando terminó de cruzar con un paso que a él le pareció más lento que el que llevaba con anterioridad, quedaron casi a la misma altura. Era realmente bonita, sí y con una voz muy agradable, que sonaba clara y risueña en el silencio de la noche. Como se había imaginado, estaba hablando con una amiga sobre los detalles de la serie, aunque también comentaba algo sobre una compañera de piso a la que no le gustaba y que le parecía cosa de niños. Él seguía pendiente de su paso, de sus tacones, de las piernas, del movimiento de sus caderas, de sus tacones blancos… En ese momento el tacón izquierdo se introdujo en un pequeño agujero de la acera y la muchacha torció el tobillo, balanceándose peligrosamente y emitiendo un pequeño grito, mezcla de dolor y susto. Antes de que cayera al suelo, él se precipitó a recogerla en sus brazos. No calculó bien el gesto y los dos rodaron por la acera. Durante un momento, que a él le parecieron horas, sus rostros permanecieron pegados. Él se levantó primero, con un rápido y ágil movimiento y la ayudó a levantarse. A ella le costó un poco más, pues el tacón se había roto y desprendido por la parte que se unía al talón, y el tobillo le dolía un poco, según le comentó cuando se pudo poner en pie.

Después de agradecerle la ayuda y dedicarle una sonrisa que le iluminó la cara, dirigió su mirada al suelo y dijo que había perdido su móvil en la caída. Los dos lo buscaron y a los pocos segundos él lo vio al lado de uno de los árboles que estaban plantados en la acera. Cuando se agachó a recogerlo comprobó que la pantalla se había roto y que estaba inutilizado. Se lo entregó y ella, de forma casi inaudible, aunque pudo entenderla perfectamente, masculló una frase poco elegante, una imprecación que a él le sorprendió. Inmediatamente se dio cuenta de lo que había dicho y se disculpó diciendo que el móvil era un regalo que le había hecho hacía poco su padre y no recordaba si estaba asegurado. Él le quitó importancia, era lógico que se enfadara pues era un buen móvil. También recogió y le entregó el tacón roto y el zapato que, al igual que el móvil, estaba totalmente inservible. Ella se quitó el otro zapato, se despidió de él dándole la mano, una mano suave pero que apretaba con firmeza y comenzó a andar descalza. Pero al segundo paso tuvo que detenerse, pues el tobillo le dolía al apoyar el pie en el suelo. Él acudió nuevamente, la sujetó por el codo y le dijo que si quería llamar a un taxi, pero ella se negó, ya que su casa estaba bastante cerca.

Él dudó apenas un segundo. No es que fuera demasiado tímido, pero con las mujeres siempre le pasaba lo mismo, le costaba entender sus reacciones y le daba una mezcla de miedo y vergüenza relacionarse con aquellas que no conocía. Sin embargo, esta vez presintió que se habían dado unas circunstancias extraordinarias, como si el destino hubiera puesto en su camino a aquella muchacha y los dados tirados al azar hubieran sacado su número. Así que se ofreció a acompañarla, si a ella no le importaba.

Había pasado poco más de media hora desde que había salido a pasear. La luna llena y las farolas iluminaban la avenida de manera que se podía vislumbrar cualquier detalle, sobre todo si estaba cerca, con total nitidez. Ella lo miró a los ojos, primero con seriedad y después con una sonrisa que se fue dibujando poco a poco en su bonito rostro y con naturalidad se cogió del brazo de él, le entregó el zapato y el tacón roto para que lo tirara en la primera papelera que viera y comenzaron a andar despacio. Al principio apenas hablaron, pero ella sacó la conversación sobre el final de la serie que había visto en casa de unos amigos, donde habían quedado para verla juntos. Ese fue el comienzo de todo.

Cuando llegaron a una esquina, él tiró el zapato roto en una papelera, pero se guardó el tacón en el bolsillo de su pantalón. Era su tacón de la suerte.

Navidad blanca, negra Navidad

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Pasar la Navidad en la cárcel no era mi primera opción, por supuesto. Aquellos que me conocéis sabéis que no soy malo, que no tengo mal corazón. Diréis que soy huraño, seco, poco sociable, antipático, pero nunca le he hecho, mejor dicho, nunca le había hecho daño a nadie. Sin embargo, a veces la vida te sorprende y te pone en situaciones ante las cuales no sabes cómo reaccionar y actúas de manera que nunca hubieras imaginado. Uno puede llegar al final de su vida sin saber realmente si es cobarde, valiente o violento porque no se han dado las circunstancias precisas.

¿Qué mejor época para entrar en la cárcel que la Navidad? Como ya sabéis, y si no lo sabéis os lo digo ahora, estoy en contra, me repele, tengo animadversión, a todo lo que rodea a una celebración que me parece de lo más hipócrita y excesiva. Las luces, la alegría fingida, los regalos obligatorios (sobre todo esa aberración del “amigo invisible”), las comidas en grupo, los villancicos, los belenes… Y qué decir de Papá Noel y de los Reyes Magos. Cuando los veo me entra como un sarpullido, un rechazo que no consigo evitar. Por eso, desde hace treinta años, la mitad de mi vida, cojo las vacaciones en estas fechas y me alejo lo más posible de una sociedad que parece vivir de espaldas a los problemas reales o que quiere aparcarlos durante unos días o aparentar felicidad. Al final es eso, la apariencia, el engaño. Por eso se envían fotos de lo bien que se pasa en las comidas, en los viajes, con la familia, con los amigos. Como yo no tengo familia ni amigos, me libro de toda esta hipocresía. Y no los tengo porque lo decidí en su momento, cuando la vida me dio un buen revolcón y tuve que tomar la decisión de alejarme lo más posible de los demás. No del todo, porque, al final, siempre se depende de un trabajo, de un médico, de un banco, de un técnico que arregle aquello que se estropea. Sí, amigos, queramos o no, vivimos en sociedad.

Así que me subo al avión y me voy a la Patagonia, al sur de África, a Turquía o a cualquier país donde no se celebre la navidad, por ejemplo, un país musulmán que no esté en guerra o en el que me puedan poner una bomba o secuestrarme, aunque cada vez quedan menos. Me desconecto de Internet y me adentro en selvas, desiertos, lugares inhóspitos y aislados. Es mi forma de protestar contra todo lo que nos han ido metiendo en la cabeza desde que somos niños. Hay que reír sin ganas, hablar sin tener nada que decir, alegrarse porque tenemos que estar alegres. Todo es falso, pero como estamos inmersos en un mundo en el que nada es lo que parece, la navidad es, precisamente, el paradigma de la hipocresía.

Hace diez años me tocó el gordo de la lotería de navidad. Y dio la casualidad de que fue en el único número del que llevaba dos décimos. Suelo jugar uno con los compañeros de trabajo. A veces compro también en la cafetería donde desayuno los domingos. Por seguir la tradición de la que fue mi familia y que ya no lo es por decisión propia, también compro un décimo en la Puerta del Sol. Ese es otro de los fastidios que tienen estas fechas, las costumbres de las que es muy difícil alejarse o desprenderse. Quiera o no quiera, a pesar de que soy una persona solitaria y alejada de todos los tics habituales, me resulta imposible evitar comprar lotería en navidad. Lo he intentado, pero debe ser tan difícil como dejar de fumar o de beber, porque no hay manera de que, llegado el momento, me niegue a comprar la lotería del trabajo o deje de ir a la Puerta del Sol a comprar el décimo.

Esa vez, recuerdo que era un sábado de diciembre por la mañana, pasé delante de una administración de loterías en Bravo Murillo. Yo vivía cerca, en un pequeño piso alquilado de la calle Lérida, una calle tranquila dentro de una de las zonas más populosas y populares de Madrid. El día era muy frío. Había amanecido la típica mañana madrileña de cielo azul intenso y ligero viento de la sierra de Guadarrama que cortaba la respiración y enrojecía la nariz, las orejas y las manos. Antes de salir del portal me abotoné bien el tabardo, me coloqué los guantes y me enrollé la bufanda alrededor del cuello. No podía permitirme coger un resfriado, pues los últimos días en la oficina eran realmente importantes, ya que se ultimaban muchos acuerdos y se cerraban los balances de todo el año. Reconozco que soy raro, pero también muy responsable en mi trabajo.

Como todos los fines de semana me dirigí a Cuatro Caminos por Bravo Murillo. Muchos comercios todavía estaban cerrados y había pocas personas y escasos coches por la calle. Compré el periódico en un kiosco sin entablar conversación con el kiosquero, que siempre lo intenta, pero al que nunca sigo la corriente, entré en la cafetería, pedí mi tradicional chocolate con churros de diciembre, cosa que no suelo hacer el resto del año, que me limito a desayunar café con leche y una tostada con aceite y, durante una hora me fui enterando de las noticias y comprobando que la cafetería y la calle se iban animando. El camarero me comentó que sólo quedaban dos décimos del número que se jugaba este año, que era muy bonito, que terminaba en 13 y que seguro tocaba. Lo miré muy serio y negué con la cabeza.

Terminé alrededor de las diez de la mañana y, remoloneando y mirando los escaparates de las tiendas que ya estaban abriendo, llegué a la altura de una administración de loterías. Nunca había entrado allí. En la puerta había un mendigo pidiendo limosna. En realidad, más que pedir, avanzaba con timidez, como avergonzándose, su mano derecha, que apenas sobresalía de una gastada chaqueta de cuadros. De manera excepcional, ya que no me gusta dar dinero por caridad, que para eso están los impuestos que le pago al Estado y al Ayuntamiento, que tienen muy buenos albergues y ayudas para estas personas, le di un par de euros que llevaba sueltos en el bolsillo del tabardo, la vuelta de lo que había desayunado en la cafetería. El mendigo, un anciano vestido con ropas humildes pero limpias, encorvado, enjuto y con una barba blanca que le llegaba a la mitad del pecho, tenía una gran dignidad en su figura y en su rostro, muy moreno, surcado de arrugas. Miró con extrañeza y asombro lo que yo le había dado y me dijo con un susurro “Muchas gracias, caballero. Va a tener suerte con el número que compre; si termina en 4, seguro que le toca”. Tenía pensado pasar de largo, pero estas palabras me extrañaron e intrigaron. Lo saludé con una pequeña inclinación de cabeza, entré y le pedí a la lotera que me diera un décimo del 78.294, que era uno de los que estaban colocados en la ventanilla.

Cuando salí, el mendigo volvió a darme las gracias y a desearme suerte. Pasaron los días, que siguieron siendo fríos y claros, con mucho trabajo en la oficina, situada en un edificio de Santa Engracia, al que puedo ir andando desde mi casa. Cuando llegó el día del sorteo, un martes, los compañeros de trabajo tenían puesta la radio con el sonsonete de los niños de San Ildefonso. Ese sonido también me molesta, los comentarios absurdos de los periodistas que retransmiten el sorteo, los lugares comunes, las entrevistas a los agraciados, las celebraciones con cava… Tener que aguantar eso todos los años y los sempiternos y alternativos comentarios de que lo importante es la salud, desgraciado en el juego, afortunado en amores, el dinero no da la felicidad y otras lindezas semejantes. Nunca se me ocurriría emitir frases tan simples. Me limito a quedarme sentado en mi mesa, a rellenar los formularios, escribir los informes y cuadrar los balances. Por eso puedo irme casi siempre a mi hora mientras que los demás no tienen más remedio que quedarse bastante más tiempo para terminar su trabajo.

Mientras estábamos haciendo un descanso para tomar el café de media mañana (en ese descanso es cuando únicamente comparto un poco de tiempo con mis compañeros), se oyó un grito al fondo de la sala “¡ha salido el gordo, ha salido el gordo!”. Todos salieron precipitadamente de la salita donde tenemos la máquina del café, menos yo, claro, que permanecí sentado. Al poco rato regresó una de las secretarias, que había dejado su café a medio terminar, diciendo que el primer premio había terminado en 4 y que, como siempre, no había tocado en el número que jugaba la empresa. Un poco más tarde llegó el jefe de seguridad, comentando que había tocado en una administración que estaba cerca, en Bravo Murillo. Reconozco que me dio un pequeño vuelco el corazón. Todavía no sabía cuál era el número agraciado, pero algo me decía que mis décimos, que tenía guardados en una pequeña caja de mi dormitorio, eran los premiados. Como es lógico, no mostré ningún nerviosismo, no dije nada ni participé en las charlas de mis compañeros de trabajo. Sin saber cómo, fui capaz de terminar los objetivos del día y a las tres en punto me despedí de todos, que se quedaron sentados para terminar lo que no habían hecho durante la jornada.

Sin apresurarme salí del edificio, pasé delante de las instalaciones del Canal de Isabel II, subí por Santa Engracia hasta llegar a Cuatro Caminos y me adentré en Bravo Murillo. A esas horas había mucha gente en bares y cafeterías, y a medida que me iba acercando a la administración de lotería pude comprobar que delante había una pequeña multitud y varias furgonetas de televisión. En la acera, delante del local donde había comprado los décimos, cuatro o cinco periodistas entrevistaban a algunas personas a las que le había tocado el gordo, la dueña había abierto una botella de cava y un gran cartel informaba de que el número 78.294, el gordo, había caído allí. Cambié de acera, giré por la calle de La Coruña hasta llegar a mi calle y subí despacio, saboreando el momento. Abrí la puerta, llegué hasta la habitación y levanté la tapa de la caja donde había guardado la lotería. Efectivamente, tenía dos décimos del Gordo. En mis manos, temblando, 600.000 euros. Me senté en el sillón de la sala, encendí la televisión y cerré los ojos mientras escuchaba de fondo las noticias y los reportajes sobre los premios de la lotería. Fueron unas horas que pasaron sin darme cuenta. Creo que me quedé dormido y cuando abrí los ojos ya era noche cerrada. Entonces fue cuando empecé a darme cuenta exacta de lo que me había ocurrido y reflexioné sobre lo que haría en los próximos días como entrevistarme con el director del banco para ingresar los décimos y estudiar cómo invertir el dinero, con el compromiso de que mantuviera el secreto, iniciar la búsqueda discreta de un pequeño apartamento en el barrio de Chamberí, imaginar los lugares que podría visitar en los próximos años, algunas compras… Lo más importante era continuar durante varios meses con mis rutinas, para evitar que nadie sospechara lo que me había ocurrido.

Lo primero que hice fue ordenar el equipaje del tradicional viaje de fin de año. Ya había comprado un viaje organizado a Nairobi, en Kenia, a una de las reservas nacionales de ese país, en el Parque Nacional Amboseli, desde el que pude contemplar el Kilimanjaro y hacer excursiones guiadas. Fue una semana realmente apasionante en la que observé especies de animales y plantas que sólo había visto en documentales de National Geographic. Tomé muchas notas y realicé cientos de fotografías que tengo organizadas en varios archivos en el ordenador. Como seguramente tendré mucho tiempo libre y estaré aislado muchas horas, espero que me dejen trabajar en mi celda. Lo malo es que la “circunstancia”, cual espada de Damocles, está siempre presente y no me dejará finalizar los proyectos que tengo en la cabeza.

Y así fue durante diez años, trabajando, planificando, viajando. Seguí yendo al trabajo puntualmente, sin cambiar ni un ápice mi forma de ser ni de comportarme con los demás, siempre solo, siempre callado y esquivo, sin permitir que nada ni nadie modificara mis costumbres. El único cambio, pero que a nadie le extrañó porque pocos se enteraron, fue que me apunté a un gimnasio cerca del piso al que asistía tres o cuatro veces por semana. Cinta, body combat, pesas y remo me permitían mantenerme en forma. Nunca más volví a comprar lotería en la administración donde me tocó, porque nunca más volví a ver al mendigo cuyo susurro me cambió la vida. Hoy estoy en la cárcel escribiendo estas hojas, con mucho dinero en el banco y orgulloso de lo que ha sucedido en ese tiempo, sobre todo de lo que ocurrió hace un par de días. Veamos.

A comienzos de este año fui nombrado presidente de la comunidad. Como ya comenté, cuando me tocó la lotería estuve viendo apartamentos en calles no muy alejadas de mi trabajo, máximo media hora andando. Después de varios meses recorriendo la zona, viendo pisos nuevos y usados, entrevistándome con muchos vendedores y leyendo anuncios en la prensa, me fijé en un edificio de cinco plantas, con sólo diez viviendas, que habían reformado y estaban a punto de entregar en la calle de Viriato, una calle más bulliciosa que la calle Lérida, pero no tan ruidosa como las grandes avenidas de Chamberí. En los carteles se anunciaba la venta pisos y apartamentos de 1, 2 y 3 dormitorios desde 200.000 euros con trastero y plaza de garaje, una ganga. Estábamos en plena crisis y había que aprovechar el momento. Me acerqué a la oficina de ventas, mostré interés por un apartamento de dos dormitorios en la última planta y después de una semana en la que negocié con el vendedor las condiciones, entregué una pequeña entrada, firmé el contrato de compraventa y me entregaron las llaves a finales de junio, precisamente el día que anunciaron la muerte de Michael Jackson, uno de mis cantantes preferidos. No era una buena señal, como pude comprobar años después. Empecé a ver y comprar muebles que fui instalando poco a poco, a dar de alta la luz y el gas, a comprar lámparas y cuadros… o sea, todo lo que hay que hacer cuando uno se compra un piso nuevo. Cuando llegaron las vacaciones de verano, sin comentar nada con mis compañeros de trabajo que nunca se enteraron de lo que me había pasado, cancelé el contrato de la calle Lérida y me instalé en mi nuevo apartamento. Es una vivienda muy luminosa, con un salón amplio, dos dormitorios, una pequeña cocina y una terraza en la que he instalado una mesita y una silla donde me siento en las noches de verano. Predominan los colores claros de los muebles y de las paredes. Yo no es que sea precisamente un cascabel o una persona optimista y alegre. Se podría pensar, dado mi carácter huraño y mi gusto por la soledad, que me irían mejor los colores oscuros y ocres, la música, los muebles y los cuadros clásicos; pero no, prefiero los muebles funcionales, la música de jazz y de rock y colores blancos o estridentes. Soy pura contradicción, lo reconozco. Me pongo nervioso en reuniones de pocas personas, en las que me pueden dirigir la palabra o mirarme abiertamente, pero me encuentro a gusto entre la multitud, en las aglomeraciones, porque ahí paso desapercibido, soy totalmente anónimo, nadie me ve y no tengo que aguantar conversaciones insulsas o miradas escrutadoras. Es la mejor manera de estar solo.

Fui uno de los primeros propietarios que se instaló en el edificio. Poco a poco fueron llegando los vecinos, una pareja madura, profesores seguramente a punto de jubilarse y una pareja de lesbianas ya talluditas que habían tenido un hijo por inseminación artificial (se llevaron un gran disgusto cuando supieron el sexo de su hijo) en el primero, un médico, soltero, separado o viudo, nunca lo supe, y su madre, una señora de unos ochenta años pero que se conservaba muy bien, que compraron dos viviendas en el segundo y cada uno vivía en la suya, y un matrimonio con dos hijos adolescentes en el cuarto. Hasta finales de año, las viviendas, dos por planta, se fueron ocupando con personajes muy diferentes: un actor poco conocido, que salía esporádicamente en series de televisión, y un agente comercial soltero que pasaba grandes temporadas fuera de Madrid, pero que siempre que se quedaba algún tiempo en el piso venía con una mujer diferentes. Las dos viviendas restantes eran de alquiler y por ellas fueron pasando inquilinos muy diversos, estudiantes, profesores, vendedores ambulantes, parejas jóvenes, abogados. No es que tuviera demasiado interés en saber sus nombres o sus profesiones, pero la madre del médico, que estaba siempre sola y salía a hacer la compra o daba pequeños paseos por el barrio con una amiga, hacía todo lo posible por encontrarse con los vecinos y trataba de enterarse de sus vidas. Por supuesto, a mí, en estos diez años me sacó poco más que mi nombre y dónde trabajaba. Pero siempre que me la encontraba en el portal o en el ascensor, me contaba pormenores de todos los que vivían en el bloque.

Soy alérgico a las reuniones de vecinos. No sé cómo a la gente le gusta, cómo hay personas que harían lo posible por presidir una comunidad durante toda su vida. En este caso no entiendo eso de la erótica del poder. En la calle Lérida, como inquilino, no asistí a ninguna reunión porque había pocas personas y ya comenté que no me gusta que me observen o me interpelen, pero es que, además, me importaba muy poco lo que se pudiera decidir en ellas. La propietaria de la vivienda sí asistía de vez en cuando y si me afectaba alguna cosa, como podía ser la subida de la cuota, me lo comunicaba por carta. Sin embargo, como propietario, decidí asistir a la primera reunión de la calle de Viriato, que se celebró en la oficina de ventas situada en el bajo y que todavía no se había convertido, como ocurrió unos años después, en una tienda de artículos deportivos. Esa reunión fue convocada por la Promotora y en ella, como suele ser habitual en estos casos, se constituyó la comunidad de propietarios, se decidió cómo se realizaría el nombramiento de presidente, se le autorizó a abrir una cuenta corriente, se acordó completar la provisión de fondos que tenía la Promotora, etc. Se llegó al acuerdo de que el nombramiento se realizaría por un año, comenzando por el 1º A y el resto se nombraría de manera correlativa hasta llegar al último piso, el 5º B, que era el mío. Yo tardaría diez años en ser presidente, lo que me supuso un gran alivio, porque en todo ese tiempo podría evitar reunirme con los vecinos. Ya me iría inventando excusas.

Desde esa primera reunión pude comprobar cómo transcurriría mi vida en el edificio. Los del primero, los profesores y las lesbianas, una morena y una rubia, como en la zarzuela, congeniaron nada más conocerse y se hicieron grandes amigos, llegando incluso a hacer viajes juntos. El médico y su madre también asistieron, ella, que seguramente lo hizo para estar al corriente de todo, presentarse y relacionarse con los vecinos, fue la que más habló y la que hizo más propuestas para “adecentar” la entrada del portal que, según su opinión, era excesivamente austera. Que si unas plantas, que si cuadros, que si espejos… Pero todos nos negamos en redondo, sobre todo el representante de la Promotora, ya que era todavía pronto para realizar gastos extraordinarios. Nos explicó con cifras que nos pasó en una hoja, los principales conceptos en los que se iba a gastar el dinero y presentó una propuesta de presupuestos, con los ingresos y gastos corrientes. El presidente realizó una serie de planteamientos razonables y demostró que tenía experiencia en dirigir reuniones, adquirida seguramente en los claustros de profesores. Como es lógico, yo hablé muy poco, y tampoco intervinieron el actor, el médico y el matrimonio. El agente comercial no asistió, seguramente porque estaba de viaje.

Finalizada la reunión, se propuso tomar una cerveza en un bar cercano, pero yo me excusé aduciendo que no me gustaba beber. Quería dejar clara desde un primer momento mi postura. Pasó el tiempo y la rutina volvió a adueñarse de mi vida. Trabajo, lectura, viajes, café y tostada los domingos, chocolate con churros en diciembre, poco contacto con los vecinos, conversaciones insulsas en el ascensor, hola, adiós, qué frío hace, dicen que mañana hará más calor que hoy. La madre del médico adoptó un perro para que le hiciera compañía, pero se murió a los pocos meses de una enfermedad del riñón y no volvió a querer más animales en su casa. El niño de la pareja de lesbianas se convirtió en un adolescente callado y estudioso, mientras que los adolescentes del cuarto empezaron a dar la lata con fiestas los fines de semana, cuando sus padres los pasaban en un pueblo de la sierra. Tuvimos que llamarles la atención un par de veces, pero no hicieron caso hasta que se llamó a la policía local. Hubo bronca en esa casa y parece que ahora todo está más tranquilo. Los del primero se hicieron prácticamente con el poder de las decisiones de la comunidad. Les gustaba el protagonismo, demostrar que eran personas preocupadas por el bienestar de los vecinos y en todas las reuniones, a las que casi nunca asistía, pero de las que me enteraba por las actas que introducían en los buzones, se aprobaban propuestas imaginativas sobre limpieza, decoración del portal, ahorro de energía, etc. Yo me limitaba a asistir cada dos o tres años a una de las asambleas, pero seguí sin participar en las discusiones ni aportar ideas.

Así fue transcurriendo el tiempo hasta que hace ahora un año, casi de forma simultánea, ocurrieron dos cosas que son las que provocaron mi reciente entrada en la cárcel. Primero, el ascensor y después, mi “circunstancia” personal. A los recalcitrantes vecinos del primero no se les ocurrió otra cosa que negarse a pagar la misma cantidad que el resto de los vecinos para el mantenimiento del ascensor, con el razonamiento de que ellos nunca lo usaban porque les gustaba hacer ejercicio. Profesores y lesbianas hicieron piña y propusieron calcular el gasto en función de la planta en la que viviera cada vecino, es decir, los de la quinta planta pagarían cinco veces más por ese concepto que los de la primera. Como yo no asistí a la reunión en la que se realizó esa propuesta, fue la madre del médico la que tuvo una excusa para subir a mi piso y durante diez minutos, en la puerta, ya que yo no la invité a que entrara y cotilleara allí dentro, me explicó lo que había pasado en la reunión. La verdad es que a mí me daba igual, pero como ya le había cogido una cierta animadversión a esos impertinentes vecinos, le di la razón y firmé la propuesta de reunión para la segunda quincena de febrero de este año, precisamente la primera asamblea vecinal que yo presidiría, donde se tomaría definitivamente la decisión sobre el ascensor.

Tres semanas antes de la reunión me dieron el resultado de lo que he denominado “la circunstancia”. No me detendré demasiado en ella, ya que una de las cosas que más me molestan es el drama, el morbo, la autoflagelación. Sólo diré que en la revisión médica anual que hacemos en la empresa, después de una serie de pruebas y análisis me detectaron una de esas enfermedades raras que desembocaría, de manera indefectible, en mi desaparición de este mundo a más tardar en tres o cuatro años. La verdad es que me lo tomé con bastante filosofía. Nunca me había detenido a pensar en la muerte, pero ahora que me la habían pronosticado con tanta crudeza, casi me hice su amigo. Hablaba con ella como si fuera mi compañera de piso, mi confidente. Cuando me miraba en el espejo contemplaba una expresión obstinada, decidida, dura, pero no de luchador contra el destino, sino la misma que podría tener la parca ante las súplicas de aquellos que no quieren abandonar la vida cuando les toca. Y entonces le hablaba, me hablaba como nunca lo había hecho antes, con una franqueza que me asustaba. Todas las mañanas y todas las noches me plantaba ante mi reflejo y comenzaba a preguntarle, a preguntarme sobre temas trascendentales o sobre trivialidades. Desde “¿Qué hay al otro lado, por qué eres tan injusta y voluble o por qué te cebas con los más débiles y oprimidos? hasta ¿quién mató a Kennedy o cuándo se acabará el mundo? Las respuestas eran siempre silenciosas porque desde el primer momento el espejo me dijo que las palabras eran inútiles, que estaban sobrevaloradas, que siempre se aprende más de un silencio que de una frase. Pero sí me advirtió de que tuviera cuidado con las cosas que ocurrirían antes de finalizar 2019.

Mi primera reunión como presidente fue un desastre. No había preparado nada, no me había leído la Ley de Propiedad Horizontal, que es, según parece, como la Constitución para los que viven en una comunidad de vecinos. Una vez leída el acta anterior, comenzó de inmediato la discusión sobre el ascensor. Los del primero se hicieron fuertes, leyeron artículos de esa Ley, aportaron documentos de otras comunidades, sentencias judiciales y amenazaron con llevar a los vecinos a juicio si no se aprobaba su propuesta. Se negarían a pagar las cuotas, pondrían carteles en las ventanas protestando contra la injusticia que se estaba llevando a cabo en nuestro edificio, dejarían de colaborar y dejarían de hablarnos (como si eso me importara). Fue una de las pocas veces que se discutió acaloradamente y que intervinieron todos. Se gritó, se llegó al insulto y se denegó, como era lógico, la propuesta. A partir de ese momento se enrarecieron las relaciones. Las cuatro últimas plantas hicimos piña y los del primero se enrocaron. Fue una época aciaga para mí porque los vecinos querían que yo, como presidente, tomara decisiones drásticas. Casi todos los días la madre del médico venía a hablar conmigo, se hacía la encontradiza en el ascensor o en el portal y sacaba a colación el tema de la denuncia en el juzgado. No se podía consentir que los del primero colgaran carteles en los balcones del tipo “En este edificio no hay libertad”, “Exigimos soluciones, ya” o “Los vecinos nos roban”. Que dos propietarios, una minoría, quisieran imponerse a una mayoría razonable como nosotros era inadmisible. Ninguna de sus amigas tenía ese problema y yo, que era el presidente, tenía que solucionarlo. Era lo que me faltaba. Un asocial como yo intentando mediar entre dos partes irreconciliables. ¿A qué me recordaba esta situación?

En los años anteriores nunca se había estropeado el ascensor, pero, qué casualidad, a lo largo de 2019 se ha averiado siete u ocho veces: que si exceso de peso y se bloquea, que aparecen los botones hundidos o quemados, que una puerta cierra mal. A la tercera o cuarta vez, la empresa de mantenimiento canceló el contrato y tuvimos que contratar con otra empresa, pero volvió a ocurrir lo mismo. Todos sabíamos que era un sabotaje, pero fue imposible demostrarlo. Así que llegó la última reunión del año, hace cuatro días. Los ánimos estaban bastante exaltados entre los afectados, sobre todo teniendo en cuenta las sonrisas maliciosas y los comentarios irónicos de los del primero.

Hacía varios meses que estaba tomando una medicación bastante fuerte, con unos efectos secundarios evidentes, como cambios de humor, accesos de violencia, somnolencia o falta de apetito, entre otros síntomas. Mis compañeros de trabajo notaron los cambios, pero como yo no compartía mis problemas con nadie actuaban como si no ocurriera nada. En el edificio, la única que se dio cuenta de que algo me pasaba fue la madre del médico. Un día me preguntó qué me ocurría, pero yo le respondí de una manera tan abrupta que nunca más volvió a intentarlo. Y llegó el día de la reunión, la última de mi mandato, que voy a contar sin demasiados pormenores, porque mi abogada me aconseja que procure evitar los detalles incriminatorios. De todas formas, como ya me da igual todo, sí explicaré los hechos tal y como ocurrieron.

La reunión comenzó a las ocho y media de la noche, en el portal. La madre del médico, de la que me parece que todavía no he dicho su nombre, Herminia, se había encargado de adornarlo un poco, como hacía todos los años, con un árbol de navidad en una esquina y un pequeño belén en otra, acompañado de unos detalles consistentes en estrellas, guirnaldas y luces led en las plantas, cuadros y espejos que habían ido decorando a lo largo de los años la entrada. Aquello parecía un escaparate de El Corte Inglés, pero todo el mundo, como siempre, la felicitó efusivamente. Todos menos yo, como es lógico conociendo mi aversión a esta y a otras festividades.

Fui uno de los primeros en bajar y poco a poco fueron llegando los demás vecinos, que se saludaban cordialmente y hablaban en voz baja sobre la forma de intentar solucionar las desavenencias y los problemas que últimamente se estaban produciendo. Aunque nadie lo había dicho abiertamente, yo notaba que, de alguna manera, me culpaban por no haber sabido encauzar bien la situación. Ni caso. Los últimos en llegar, como me imaginaba, fueron los díscolos propietarios de la primera planta. Saludaron de forma seria y di comienzo a la reunión. Después de la lectura del acta de la sesión anterior, expuse, de manera sucinta, los problemas de convivencia que habían surgido a raíz de la propuesta de los vecinos del primero, las sospechosas averías del ascensor, las provocadoras pancartas que acusaban injustificadamente de falta de libertad o de acoso, e intenté ofrecer una solución intermedia, incrementando ligeramente la cuota de los vecinos del segundo al quinto y disminuyendo proporcionalmente las del primero. En otra época yo hubiera preferido soluciones más drásticas, como denunciar a los rebeldes, pero todo me daba igual. O eso creía.

Cuando terminé de hablar comenzaron las protestas y los gritos. Nadie estaba de acuerdo. Unos me llamaban traidor, desleal y cobarde y otros, pusilánime y términos mucho más ofensivos que no reproduciré. Los del primero apenas intervinieron, pero en sus rostros advertí una sonrisa de desprecio y de triunfo que me hirió mucho más que los insultos. Si hay algo que no puedo soportar es la prepotencia, la chulería, el desprecio. En mi interior fue creciendo una ira y una rabia que me ahogaban. En un primer momento intenté poner orden, pero nadie me hacía caso. Los afectados por la propuesta de subida amenazaban a los otros, que apenas se inmutaban y permanecían impertérritos y sonrientes.

Entonces algo en mi interior estalló como la erupción de un volcán y aprovechando que todos estaban exaltados e inmersos en la discusión, sin hacerme demasiado caso, me planté delante del profesor, que ya estaba jubilado, aunque no era demasiado mayor, le di un enorme puñetazo en el rostro y a continuación le golpeé en la cabeza con una de las macetas que estaban a su lado. Actué de una manera controlada y calculada, como me decía el profesor de body combat y seguí sacudiendo al indefenso profesor que yacía inconsciente y sangrando abundantemente. En un primer momento ninguno pudo ni supo oponerse a lo que yo estaba haciendo pues nadie esperaba una reacción tan violenta. Pero al cabo de unos segundos todos se abalanzaron sobre mí y me sujetaron, a pesar de que yo me resistí y comencé a golpear a diestro y siniestro, pero sin emitir ningún sonido. Los únicos que gritaban, aullaban, gemían o sollozaban eran los demás. Fuera, en la calle, se empezó a formar un corro de curiosos y al poco tiempo escuché una sirena de la policía. El profesor estaba tumbado, con el rostro lleno de heridas, uno de los ojos totalmente hinchado, una enorme brecha en la frente, la nariz rota, una oreja colgando. Lo que había hecho en tan poco tiempo me tenía asombrado. El médico intentaba reanimarlo y limpiaba y tapaba las heridas con gasas y algodón que la madre había ido a buscar a su casa, lo que había aprovechado para llamar a una ambulancia. Creí que lo había matado, pero el médico dijo que, a pesar de la violencia de los golpes, ninguno había sido mortal. Todo había ocurrido en unos minutos que yo había vivido a cámara lenta, como flotando en una nube roja de ira y odio incontenibles.

Cuando una pareja de policías entró en el portal, la mujer del profesor estaba sentada en la escalera, sollozando y las lesbianas intentaban golpearme con pies y manos, aunque los demás se lo impedían. Yo ya estaba bastante calmado, aunque el actor y alguien más que no recuerdo me sujetaban los brazos. Los policías preguntaron qué había pasado y cuando se hicieron una idea, me esposaron sin que yo ofreciera resistencia alguna y tomaron los datos de todos los que habían asistido a la reunión. En ese momento llegó una ambulancia y después de hablar con el médico y cerciorarse de que las heridas no revestían excesiva gravedad, se llevaron al profesor hasta el hospital más cercano.

Era ya muy tarde y la policía me llevó hasta las dependencias de la Comisaría de la Policía Nacional que está en la calle Rafael Calvo y allí me metieron en un calabozo. Pasé la noche tumbado en un catre y al día siguiente, después de preguntarme por qué había actuado de una manera tan violenta, me llevaron al juzgado de guardia. A la vista de lo que había ocurrido, de la gravedad de las lesiones del profesor, de los informes policiales y de las respuestas tan concisas que di, la jueza decidió ingresarme provisionalmente en la cárcel, desde la que estoy escribiendo estas páginas. Me acusan de intento de homicidio. Con un poco de suerte, podría haber sido homicidio a secas. Si hubiera tenido unos segundo más, el profesor no hubiera vuelto a sonreír.

Hoy es 24 de diciembre. Esta noche creo que nos van a dar una cena especial. No sé por qué el Estado tiene que gastarse tanto dinero en alimentar a unos indeseables como yo. Y yo soy de los mejores, según he podido comprobar en el poco tiempo que llevo aquí. Si todo sigue su curso, espero no tener que celebrar la próxima navidad, sea por mis “circunstancias” o por mi condena. Estar aquí, en la cárcel, es una bendición, son todo ventajas. Tenía que haberlo pensado antes.

La calle donde nací

Domingo por la mañana. Estoy tendido en la cama mientras contemplo cómo la luz penetra por las rendijas de la persiana y las motas de polvo revolotean en la habitación. Me levanto y me desperezo. Abro la puerta del salón, salgo a la terraza y compruebo que la avenida está solitaria, sin tráfico y que las aceras están vacías, apenas alguien que pasea con el perro o un corredor despistado que quiere quemar las calorías del fin de semana. En el ambiente no se respira otoño y la naturaleza se desespera esperando una lluvia que no llega. Apenas recuerdo ya el olor de la tierra mojada, el color de las nubes cargadas de agua, el frescor de las primeras horas del día. Me apoyo en la barandilla y miro los árboles, las casas y el patio de una urbanización que hay enfrente. Un par de cotorras, que estaban posadas en el árbol cuyas ramas casi tocan la terraza, salen volando con gritos estruendosos. Hace unos años estas aves sólo se veían en los documentales sobre la naturaleza, pero ahora están invadiendo las grandes ciudades. En este instante la memoria, siempre tan juguetona, me trae un recuerdo de la infancia. Es un gran misterio el mecanismo de la memoria. Un sonido, un color, un olor, una mirada, cualquier pequeño detalle, hacen detonar como una explosión momentos que estaban al acecho en cualquier recóndito lugar del cerebro.

—José Manuel ¿vas a ir a casa de la madrina antes o después de misa? Hoy tienes que llevarte a tu hermano, que hoy tenemos muchas cosas que hacer y no podemos estar pendientes de él.

Escucho la voz de mi madre, que habla desde la cocina. Mi hermano y yo estamos asomados al balcón de la calle San Isidoro, en Coruña. Mi abuela Florentina está cosiendo en el salón. Vivimos de alquiler en la segunda planta de un pequeño edificio sin ascensor. Es un piso no muy grande. Recuerdo que al entrar está el pasillo, a la izquierda el cuarto de baño, la cocina y una habitación; a la derecha dos habitaciones y el salón que también hace las veces de comedor. En el salón hay una puerta corredera que da a una habitación interior y otra puerta que se abre al pequeño balcón que da a la calle. El edificio tiene cuatro plantas sin ascensor. No recuerdo quién vive encima de nosotros pero sí me acuerdo de que en el primer piso viven una mujer mayor y su sobrina soltera. Las dos suben a menudo a casa y mi hermano y yo, cuando las oímos, nos escondemos para que no nos besen con sus enormes labios pintados, que nos dejan marcas rojas y pegajosas en la cara. En la planta baja vive un matrimonio con una hija mayor y un niño de mi edad, Amancito, uno de mis mejores amigos.

Rafael y yo estamos mirando el descampado que se ve desde nuestra casa, lleno de charcos donde chapotean ya nuestros amigos, que están jugando con un perro callejero. Más que jugar lo están maltratando, le quieren poner una cuerda en cuyo extremo han atado una gran piedra. Pero el perro, al principio confiado y juguetón, seguramente por instinto o por haber vivido situaciones similares, sale corriendo y se pierde por la calle San Sebastián. Uno de los niños es Amancito, el más travieso de la calle, que siempre está inventando trastadas y por culpa del cual estamos casi siempre castigados. Él nos mira desde abajo y nos hace una seña para que bajemos. Yo le digo que se espere un poco. Quiero terminar de leer un tebeo que compré la semana pasada con parte de la paga que nos da todos los domingos la madrina. Amancito se murió unos días antes de que hiciéramos la primera comunión. Lo amortajaron con el traje de marinero que se hubiera puesto y que hacía juego con el pequeño ataúd blanco, que yo contemplé con una mezcla de temor y de curiosidad. Sus padres, cuando vieron que yo llegaba acompañando a los míos, que querían darles el pésame, se levantaron de las sillas que ocupaban al lado del féretro, me cogieron de la mano y me llevaron a ver la carita de Amancito, que parecía dormido bajo el cristal. La madre se sentó al lado del féretro y me sentó sobre sus rodillas mientras me acariciaba el pelo. Sé que me dijo unas palabras al oído, pero no las recuerdo.

Cuando escucho la voz de mi madre yo tengo siete años, me quedan un par de meses para cumplir los ocho y mi hermano tres menos. Febrero o marzo de 1963. Yo había nacido un lunes de mayo en el año 1955, en casa, de parto natural, con comadrona, pues mi madre y mi abuela se empeñaron en seguir la tradición de parir lejos de los hospitales, lugares inhóspitos y peligrosos, no fuera a ser que cogiera alguna infección o que mis primeras imágenes fueran las de una habitación impersonal y fría y quedara traumatizado para siempre. Con mi hermano Rafael juzgaron que era más seguro ir al maternal, pues era absurdo correr el riesgo de complicaciones, como era relativamente frecuente. No creo que mi hermano se quedara traumatizado. En ese año 1963 todavía vivía mi abuelo Castro, al que todos dicen que me parezco mucho, pero no le quedaba demasiado tiempo de vida, pues murió al año siguiente, con los pulmones casi deshechos por la silicosis, una enfermedad maldita en mi familia gallega, mi padre también la padeció desde muy joven, aunque en aquel momento que estoy describiendo todavía está sano. En esa época aún no había oído hablar de mi abuelo José, el de Aroche. Tampoco sabía nada, porque en las casas no se hablaban de esos temas, del sufrimiento del abuelo arocheno, depurado por ser maestro y alcalde republicano y que se murió de cáncer y de pena en 1948, ni de la paliza que le dieron los falangistas al abuelo Castro, que se libró de ser paseado en una cuneta gracias a que el párroco de Arteixo lo impidió. Pero esto son otras historias, que quizás cuente alguna vez para que no se disuelvan en el olvido.

A principios de los años 60 del siglo XX, la calle San Isidoro de Coruña, en el barrio de Santa Margarita, estaba a medio hacer y había mucho terreno sin construir que servía de zona de juegos a la gran cantidad de niños que vivíamos por allí. Delante de casa, antes de que bastante tiempo después se levantaran varios edificios de cuatro y cinco plantas, estaba el gran descampado que llegaba hasta la calle San Leandro, donde vivían padrino y madrina, en las casas baratas. Zanjas, montones de arena, charcos, matorrales, piedras y rocas dispersas servían para inventarnos aventuras en países y bosques lejanos, emboscadas, escondites, guerrillas. Raro era el día en que alguno de nosotros no llegaba a casa descalabrado, con heridas en rodillas y codos, pantalones rotos, ropa embarrada, zapatos deshechos. Las madres protestaban y gritaban y los padres nos miraban serios, pero con un punto de malicia y orgullo en la mirada.

Mis amigos y yo salíamos todas las mañanas camino del colegio del Ventorrillo con nuestros mandilones blancos y la bolsa con la taza donde beberíamos, a la hora del recreo, la leche que enviaban los americanos. Era una leche en polvo que se disolvía con agua en grandes recipientes que nos repartían por turnos, con un sabor algo desagradable porque tenía un punto agrio y un olor característico, artificial, aunque hacía una espuma que nos gustaba y que nos dejábamos en los labios durante casi todo el recreo. Al colegio, que era propiedad de la Caja de Ahorros y que estaba regentado por la Grande Obra de Atocha de las Hijas de la Natividad de María, se llegaba por la avenida de Finisterre, pasábamos delante del cine del mismo nombre y andábamos casi un kilómetro por el arcén. Apenas había alguna casa aislada y el resto era campo, leiras cultivadas de patatas y repollos, pasaban pocos coches y casi todo el tiempo nos dedicábamos a recoger margaritas, cuando era la época, para lanzarlas después con el tiratacos. La avenida de Finisterre en realidad era la carretera que pasando por Meicende y Pastoriza, unía la ciudad con Arteixo, Laracha, Carballo, Coristanco… hasta llegar a Finisterre. Esa carretera la recorrí cientos de veces cuando trabajé en Camariñas. Esa también es otra historia.

Como había colegio mañana y tarde y durante el invierno oscurecía muy pronto, apenas teníamos tiempo de jugar en la calle, pero lo hacíamos. Llegábamos a casa, soltábamos la maleta con la Enciclopedia Álvarez, la tabla de multiplicar y un pequeño cuaderno de sucio (el de limpio se quedaba en la escuela) y salíamos de estampida con un trozo de pan y una onza de chocolate, nuestra merienda diaria. Algunas veces teníamos que repasar en casa las tablas o aprendernos de memoria los ríos con sus afluentes o las cordilleras con las montañas más altas, pero esas veces eran las menos. En la calle pasábamos el tiempo, jugábamos a la pelota, al ché, a las canicas, a la bujaina, a escondernos, a pelearnos con los de las calles vecinas. Porque la calle, antes de que Fraga se hiciera con ella, era nuestra, de nuestra pandilla. Era el mundo que nos pertenecía y no consentíamos que otros grupos nos lo disputaran. Así que a base de espadas hechas con palos, con piedras, a puñetazos y patadas, defendíamos nuestra posesión. Cada dos o tres semanas había pelea y si perdíamos, no teníamos más remedio que compartir el descampado. Pero si ganábamos, podíamos ampliar durante algún tiempo nuestro campo de juego. 

Casi nadie tenía televisión, en la radio no había programas infantiles, las casas eran pequeñas, los maestros no nos ponían deberes, en la calle no había coches ni peligro de que alguien nos secuestrase y las madres no nos querían en la casa, siempre por medio y enredando. Éramos niños autónomos, que sabíamos defendernos y encontrar aventura y misterio en cada esquina, en cada portal, en cada descampado, que en aquella época abundaban. Cerca estaba el parque de Santa Margarita, pero las madres eran reticentes a dejarnos ir allí, pues había que cruzar varias calles y no podían tenernos a la vista ni gritarnos cuando se hacía tarde o cuando teníamos que subir a por dinero para hacer algún recado. Antes nos gustaba hacer recados, porque nos hacía mayores y con suerte, nos quedábamos con la vuelta.

Los domingos por la mañana mi hermano y yo teníamos la costumbre, que llegó a convertirse en ritual, de visitar a la madrina para que nos diera la paga de la semana. La madrina Carmen, hermana de mi abuela Marina, había estado casada con Amaro, un rudo y cariñoso trabajador al que siempre conocí con su boina, que apenas se quitaba para rascarse cuando hacía mucho calor. El padrino Amaro se había muerto uno o dos años antes y ella ahora vestía de luto riguroso, con un pañuelo negro que le cubría la cabeza totalmente, dejando escapar apenas un pequeño mechón de pelo blanco en la frente que ella procuraba esconder con gesto mecánico. No habían tenido hijos y tampoco habían podido apadrinar ni a mi padre ni a mi tía Marina, ni a ninguno de nosotros, pero desde pequeños quisieron que les llamáramos padrino y madrina. Por eso nos hacían un cierto chantaje dándonos un poco de dinero para los escasos gastos que podíamos hacer en aquellos tiempos: ir al cine Finisterre o al Rex, comprar pipas y también, si éramos capaces de ahorrar algo, comprar o cambiar tebeos. Los que más me gustaban eran los de Pulgarcito, TBO, Supermán, el capitán Trueno y Jabato. Cuando terminábamos de leerlos se podían cambiar en los kioscos por una perra gorda. Llegué a tener una buena colección, pero en los diferentes cambios de domicilio se fueron perdiendo y extraviando, sobre todo cuando nos fuimos a vivir a Madrid.

Termino de leer el tebeo, mi madre nos peina, comprueba que nos hemos lavado la cara, que las rodillas y las orejas están limpias y nos da un beso. Nos acercamos a mamá Florentina, que sigue cosiendo en el salón, y nos despedimos de ella, como era costumbre, con otro beso. Bajo corriendo las escaleras. Mi hermano, más pequeño, tarda una enormidad porque le da miedo ir tan deprisa, así que lo espero en el portal, donde ya están Amancito, José Antonio y Vicente. José Antonio es el hijo del zapatero que tiene su zapatería al lado de nuestra casa. Nos gusta ir allí, a verlo trabajar, a coser o pegar las suelas, oler a cuero y a pegamento y, sobre todo, a escuchar el canto de las decenas de jilgueros y canarios que cantan en las jaulas colgadas en las paredes. Era un gran entendido y sabía cruzar las parejas. Vendía muchos pájaros. Mi padre le compró una vez un jilguero y nos encantaba a mi hermano y a mí llenar los recipientes del alpiste y del agua. Era un buen pájaro cantor y nos dio mucha pena cuando se murió.

Los cinco vamos recogiendo a otros amigos que llevan ya un rato en la calle. Algunos son algo mayores y han hecho la primera comunión y juntos vamos a misa de doce en la Sagrada Familia. Don Manuel, el párroco. y don Emiliano, el coadjutor, pasan lista antes de empezar para comprobar que los que vamos a hacer la primera comunión no nos perdemos ni un acto religioso. La misa es en latín y somos capaces de repetir, sin equivocarnos, el páter noster. Cuando termina, salimos en estampida de la iglesia y volvemos a nuestra calle. Antes, mi hermano y yo pasamos por casa de la madrina, que nos da el duro de rigor y con el que podremos comprar pipas, ir al cine y seguro que todavía nos sobrará algo. Las tardes de domingo son eternas. Después de comer nos juntamos todos y vamos al cine. Nos gusta más el Rex porque está cerca del parque de Santa Margarita y cuando termine la película podremos perdernos entre los árboles, revolcarnos por el césped, jugar al escondite o descubrir nuevos rincones, lo que siempre es una aventura. Regresamos antes de que anochezca para seguir jugando en nuestra calle y que las madres nos vean y nos puedan vigilar. Somos niños traviesos pero obedientes. La obediencia de la zapatilla, se llama eso.

Poco a poco se fueron construyendo casas, desaparecieron los descampados y los carros tirados por caballos, empezaron a aparecer las vespas y los seiscientos y aparcaron en la calle porque antes no había garajes, los televisores se hicieron dueños de las casas, así que, casi sin darnos cuenta, fuimos perdiendo espacio de juego. Seguíamos saliendo a la calle, pero ya nunca fue lo mismo. Ahora hablábamos de Los Picapiedra, El Santo, Rin tin tín y, sobre todo, Bonanza, la serie que cambió las tardes de los domingos y nos impulsó a pedirle a los Reyes Magos pistolas, cartucheras y sombreros de cowboy. Y, para colmo, la familia Telerín nos mandaba a la cama a las nueve de noche “Vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar”. No había derecho. La televisión nos cambió el mundo y la calle San Isidoro, como todas las calles de las ciudades, fue perdiendo el encanto y la atracción.

Regreso al presente, a la avenida Ramón y Cajal. Poco a poco se ha ido llenando de ruido de coches, de personas y de perritos. Han aparecido algunas nubes en el cielo que antes era totalmente azul. Entro en el salón y me voy a la cocina a hacer café. Mi mujer y mi hija siguen en la cama porque todavía es temprano. Queda todo un domingo por delante.

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El vestido de novia

Aquí estoy, en mi mesa de trabajo, diseñando un vestido de novia. Levanto la mirada y contemplo, a través del amplio ventanal, el jardín, el estanque y los parterres con flores que en este momento está cuidando Juan, el jardinero que viene todos los meses. Estoy cansado de dibujar y necesito un pequeño descanso. Desde hace algún tiempo noto que cada vez me gusta más echar la vista atrás. Estamos en noviembre y recuerdo aquellos días en el pueblo…

Mi madrina y yo bajamos todos los 15 de noviembre al cementerio a llevar flores a la tumba del padrino. No queremos ir el día de difuntos, no nos gustan las romerías, las muchedumbres, las manifestaciones, sean de dolor, de alegría o de protesta. Nos levantamos temprano, desayunamos chocolate con churros, nos vestimos elegantemente, como si fuéramos a una boda y salimos a la calle. Andamos unos minutos y pasamos por la única floristería del pueblo a recoger el ramo que la madrina encarga todos los años. Después salimos a la carretera y muy despacio, charlando de cualquier cosa que se nos ocurra, pasamos las ruinas del molino, cruzamos el puente del río y en pocos minutos llegamos a las puertas del cementerio. Allí, mientras ella se dirige al nicho del padrino, yo me dedico a visitar y leer las lápidas. La primera ante la que me detengo es la de Policarpo y Carpofora, una pareja que murió durante la guerra civil, según me contaron hace tiempo. Desde pequeños se gustaron, quizás por las chanzas de los niños que siempre que los veían, pues eran vecinos y solían jugar juntos, les cantaban: “Policarpo y Carpofora juntos van a todos sitios y a todas horas”. Ellos, quizás por no llevarles la contraria, decidieron hacerse novios y pasearon durante varios años por la carretera sin llegar hasta el molino, para evitar las habladurías de la gente, él con las manos en los bolsillos, callado y tímido, la mirada baja y una sonrisa permanente en los labios y ella con los brazos cruzados y una larga melena que le llegaba hasta la cintura, hablando sin parar, nerviosa y coqueta. Ella y sus hermanas ayudaban en las labores de la casa a su madre y él trabajaba de aparcero con su padre en el campo del señorito Antonio. Con apenas dieciocho años se casaron a comienzos de julio de 1936. Tuvieron la mala suerte de nacer y vivir en la época y el lugar equivocados. A los pocos días de empezar la guerra él apareció muerto con un tiro en la cabeza en las tapias del cementerio, como otros muchos, y ella y la niña que llevaba en su vientre murieron a comienzos de 1937 durante el parto. Quizás la pena, el dolor o el aislamiento a la que se vio sometida desde la muerte de Policarpo, Poli, como lo llamaban todos, debilitaron su cuerpo. Ahora los tres están en un nicho en la primera fila de la segunda calle a la izquierda, después de pasar la pequeña explanada que se encuentra nada más cruzar el arco de la puerta.

Miro otras lápidas, casi todas con flores naturales ya marchitas, aunque cada vez más abundan las de tela o plástico para que duren más tiempo. El chino que hay al lado de la casa de la madrina se está haciendo de oro vendiendo esas flores. El cementerio está limpio, blanqueado, silencioso. Una vieja vestida de luto, con un cubo en una mano y varios trapos en la otra, limpia uno de los nichos. Me detengo ante una sencilla lápida sin flores en la que sólo figura un nombre, dos fechas, la del nacimiento y la muerte y una frase “Todos estamos muertos”. Todos estamos muertos, repito varias veces, al principio con un cierto estremecimiento, pensando en el terrible sentido de esas palabras, pero después me digo que esa es la única verdad, la incontestable, la que no se puede refutar. Ni siquiera Descartes, con su “pienso, luego existo”, pudo encontrar una verdad más absoluta, la primera, la de que todos estamos muertos desde que nacemos. Seguramente se le ocurrió, pero, siguiendo su lógica, pensaría cómo desarrollar una teoría filosófica a partir de esa frase. Porque la única conclusión posible es la de que nada tiene sentido, para qué esforzarse si la vida es sólo un pequeño paréntesis, un instante, un fulgor que se apaga casi antes de nacer.

Sigo paseando, demorando los pasos por las solitarias calles de la pequeña necrópolis del pueblo. Sé que la madrina todavía estará un tiempo más delante de la lápida del padrino. Y pienso que me gustan los cementerios porque aquí es donde uno puede pensar con más libertad, relativizando todo lo que nos ocurre. Y también se me ocurre si alguien se acercará a ver mi lápida y lo que pondrán en ella. Quizás me invente alguna frase ingeniosa que haga sonreír al que la lea, como “Os espero aquí tumbado, no tengo prisa” o “Si me queréis, iros” (no, esta no, que ya está inventada) o “No lloréis por mí, contadme un chiste”. Porque la risa, la sonrisa, es de las pocas cosas que merecen la pena. Me alegro de haber bajado con la madrina. Me alegro de alegrarme en un cementerio, ese lugar al que muchas personas evitan ir porque, según dicen, ya irán cuando les toque. Pero creo que es mejor irse familiarizando con el lugar y saludar a los que serán mis vecinos.

La visita al cementerio es una tradición que se remonta a la época del terrible accidente en que nos quedamos huérfanos y la luz ya no volvió a brillar como antes. Yo era muy joven, apenas un adolescente que repartía la vida entre el instituto y la calle, recorriendo la distancia de las horas perezosamente y demorando los instantes entre conversaciones triviales con los amigos y peleas interminables con mis padres. El resto del tiempo me dedicaba a leer todo lo que caía en mis manos, sobre todo las novelas de Zane Grey y de Marcial Lafuente Estefanía que llenaban una de las estanterías de la pequeña biblioteca del salón de casa. Fue por esa época cuando los planetas se alinearon, la luna brilló como nunca y, creo recordar, un cometa permaneció en el horizonte durante muchos días. Decidí irme de casa, donde apenas podía respirar porque las paredes estaban húmedas de gritos y de reproches y mi habitación era un calabozo. Mis padres no podían conmigo y yo tampoco quería poder con ellos. La cercanía nos repelía, como dos imanes con el mismo polo, así que la hermana mayor de mi padre, mi madrina, casada sin hijos, resolvió la ecuación: me iría a vivir con ella y con el padrino al cercano pueblo durante una temporada para comprobar si la lejanía calmaba los afanes de pelea. Y la vida volvió a tomar forma y las palabras comenzaron a tener un sentido que se había desvanecido en los últimos años.

El padrino y la madrina siempre me habían mimado mucho, me querían como al hijo que ellos no habían podido tener. Ella, unos años mayor que él, se dedicaba a coser y a arreglar ropa. Tenía una clientela fija que la apreciaba mucho porque sus trabajos eran pura artesanía y delicadeza. En una habitación de la casa baja en la que vivían había instalado un taller con una máquina de coser, una mesa larga y varios muebles y estantes en los que se guardaban telas, patrones, tijeras, agujas, hilo y todo lo necesario para su labor. Había decorado las paredes colgando láminas de revistas de moda con modelos estilizadas que a mí me gustaba contemplar cuando me quedaba solo. Al principio cosía ella sola, pero como su fama de buena modista se fue extendiendo, llamó a su amiga Flora, que también cosía muy bien y, un poco más adelante, amplió el cuarto tirando un tabique y contrató a dos muchachas más, dos modistillas que aprendieron poco a poco el oficio.

El padrino era viajante de comercio y recorría el norte de España mostrando las telas de una empresa en la que llevaba trabajando desde que era casi un niño. Primero había comenzado de recadero, llevando muestras a las modistas que hacía años abundaban en la cercana ciudad. Una de aquellas modistillas, todavía aprendiza con su madre en un taller del centro, lo encandiló con su mirada tranquila, llena de promesas y silencios, que surgía de unos ojos oscuros enmarcados en largas pestañas que resaltaban en una cara de porcelana y en un cuerpo pequeño y ligeramente redondeado. Después de unos años de noviazgo, durante los cuales él fue subiendo en la empresa y aprendiendo todo lo que se podía saber sobre telas, combinaciones de colores y prendas, se casaron y se fueron a vivir al pueblo, a una casita baja con un pequeño jardín trasero, en el que plantaron un manzano, un limonero y un rosal, que al cabo de unos años dieron frutos y flores que perfumaban la casa con un aroma inconfundible a felicidad y sosiego. Lo único que ensombrecía una vida plácida que discurría sin sobresaltos era la falta de un hijo que alegrara la casa, que la llenara de risas y de carreras. Así que, cuando ya habían perdido toda esperanza, surgió la oportunidad y yo me fui a vivir con ellos y los tres ganamos.

De vez en cuando visitaba a mis padres en la ciudad. Me recibían con cierta distancia y con muestras de un cariño superficial, plagado de frases hechas y de gestos forzados. No podía entender lo que nos separaba, ese muro invisible pero que yo era capaz de percibir, casi de tocar. No parecían mis padres. Y, en realidad, no lo eran, como supe mucho más tarde, cuando ya ninguno de ellos vivía.

Hace veinte años, por esas mismas fechas, cuando yo estaba en el instituto aburriéndome en una clase de latín y escribía un pequeño poema a la chica que entonces me gustaba, se abrió la puerta de la clase y entró el director. Todos nos levantamos y saludamos con la cortesía que se suponía en un colegio de curas y por la obligación que emanaba de los castigos si no te levantabas. El director habló en voz baja con el profesor que en ese momento escribía el comienzo de La Eneida, de Virgilio, y que desde entonces nunca se me ha olvidado, aunque, también he de decirlo, provocó que nunca leyera completa esa obra:

“Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris

Italiam, fato profugus, Laviniaque venit

litora,…”

Cuando terminaron de hablar, los dos se dirigieron a mi pupitre, muy serios, las manos cruzadas sobre la sotana y las miradas fijas en mí. Delante el director, don Emiliano, un hombre bajo, de mirada dura tras unas gafas de gruesos cristales ligeramente oscurecidos, nariz achatada y torcida como la de un viejo boxeador, la cabeza grande con un cráneo en el que crecían unos pocos cabellos y un cuerpo rechoncho de barriga abultada. Siempre andaba muy despacio, como pisando sobre brasas ardientes. Pero su lentitud era engañosa, como la del felino que acecha a la presa y que, de repente, corre y salta sin dar opción a la víctima. Don Manuel, el profesor de latín, era mucho más alto y delgado, con brazos y piernas muy largos y manos grandes y delicadas. De mirada triste y ausente, nos trataba siempre con amabilidad y no le importaba repetir las ideas una y otra vez hasta que las comprendíamos. Todos los alumnos lo apreciábamos en la misma medida en que temíamos y odiábamos al director. Asustado, arrugué el papel donde apenas había esbozado unas torpes palabras glosando la belleza de mi amada y lo escondí entre las hojas del libro. Cuando llegaron a mi altura, el director puso una mano sobre mi hombro y me invitó a acompañarlo a su despacho, en un tono que nunca había escuchado en él, que siempre se dirigía a nosotros para amonestarnos, para reñirnos por nuestro mal comportamiento. Sentía la mirada de todos mis compañeros y sin comprender lo que estaba sucediendo, avergonzado, salí de la clase detrás del director. Don Manuel, cuando pasé por su lado, me detuvo un momento, me levantó la barbilla y me dio una palmadita en la cara. Sus ojos me miraran con compasión y estuvo a punto de decirme algo, pero ningún sonido salió de su boca.

Mientras cruzábamos los pasillos del colegio acercándonos al despacho de Don Emiliano, yo intentaba recordar qué trastada había hecho, pero no encontraba nada que pudiera explicar la bronca segura que me aguardaba. Todavía recordaba la última, esta vez con mis padres delante, cuando tuve que reconocer que había falsificado las notas del curso anterior, lo que me costó un verano casi enclaustrado estudiando las dos asignaturas que me habían quedado para septiembre.

El despacho, siempre en penumbra, apenas iluminado con la escasa luz que entraba por la ventana semicerrada con dos postigos, seguía manteniendo un olor indefinible a muebles antiguos y encerados, incienso y sudor que nunca se me ha olvidado. El director se sentó detrás de la imponente mesa de caoba que conocía bien, aquella que tenía un crucifijo, un flexo metálico y una pequeña biblia que leía constantemente y que nos hacía leer cuando éramos llamados a su presencia, escogiendo versículos que después escribiríamos cien veces, como ese de Ezequiel que dice “Arrepiéntanse y apártense de todas sus maldades, para que el pecado no les acarree la ruina”. Con gesto serio me indicó que me sentara y permaneció unos segundos en silencio, mirando hacia el crucifijo y moviendo ligeramente los labios, como si estuviera musitando una oración. Después, con una voz apenas susurrada, me dijo que mi padrino había tenido un accidente, que estaba muy grave y que un profesor me llevaría en su coche al hospital comarcal donde lo habían ingresado. No recuerdo bien lo que pasó a continuación. Una especie de niebla ha empañado las imágenes, las palabras, sólo un eco que suena lejos, muy lejos. Un pasillo largo que me acerca a la entrada del instituto, las escaleras que descienden hacia la explanada, el coche, la madrina que está sentada en el asiento de atrás, que me ve, que sale del vehículo y sin decir nada me abraza y me besa. Después el hospital, más pasillos, un médico que habla con mi madrina, el grito sofocado, las lágrimas. El funeral. El entierro. El triste y lento regreso a la casa.

Días grises, lluviosos, tristes, amigos que se acercan a casa. No quiero salir, no quiero estudiar. A pesar de los intentos de mis padres, de mi hermana y, sobre todo, de la madrina, abandono los estudios y me pongo a trabajar con ella en su taller, con Flora y las dos modistillas que aprendían, como yo, el oficio. Tener las manos y la mente ocupadas me ayudaban, apenas necesitaba pensar, sólo dibujar, medir, cortar, coser. Eso me calmaba, me relajaba, permitía el olvido, arrinconaba el dolor, aunque este permaneciera escondido y, de vez en cuando, surgía sin avisar.

Poco a poco fui aprendiendo los secretos de las medidas, los encajes, los alfileres, el corte, las telas, el diseño, la confección. La compañía femenina me calmaba y me animaba. Al principio sonreía con timidez, sin participar en las bromas, escuchando los chismes, los chistes, los dimes y diretes, las noticias y las novedades de un pueblo en el que todos se conocían, las confesiones en voz baja. Y sin apenas darme cuenta me fueron considerando un igual, uno más del pequeño grupo y no se cortaban a la hora de descubrirme las ilusiones de las muchachas con sus novios, los problemas en el hogar, los disgustos, los miedos. Aquellos años, tantas horas entre mujeres, me permitieron abrir la mente, descubrir un mundo diferente al de mis amigos, con los que poco a poco fui otra vez saliendo y divirtiéndome los fines de semana. Era una sensibilidad diferente, con matices que se manifestaban en frases sin terminar, en gestos, en miradas, en silencios sutiles que fui aprendiendo a traducir y a entender, aunque nunca fui capaz de alcanzar rincones que siempre permanecieron y permanecerán a oscuras.

Con el paso del tiempo, me fui dando cuenta de que yo tenía una especie de don para la costura. La madrina me dejaba hacer los diseños, pues me gustaba dibujar y según los profesores, lo hacía muy bien. Al principio me fijaba en los modelos de las revistas que compraba y que guardaba en varios cajones. Copiaba los vestidos según el gusto de las clientas, pero poco a poco fui modificando los dibujos, añadiendo o quitando detalles, cambiando las telas, siempre bajo la atenta mirada de mi madrina, que me animaba a seguir aprendiendo para que me convirtiera en un nuevo Balenciaga, en Valentino o en Armani. Decía que tenía madera, buen gusto e imaginación y que lo único que me faltaba era experiencia. Además, según ella, ser hombre era un punto a mi favor porque éramos más serios, las mujeres y los hombres se fiaban más de nosotros y podíamos crear un negocio con más facilidad que ellas, ya que tenían muchas más limitaciones por tener que compaginar, la mayoría de las veces, el hogar y el trabajo.

Con poco más de treinta años abrí mi primera tienda de modas en la ciudad, en un bajo que alquilé gracias a los ahorros que pude realizar con el sueldo que me daba la madrina. El resto ya lo sabéis pues mi nombre suele salir en la prensa. Me consideran uno de los mejores modistos del mundo, el que ha revolucionado la moda introduciendo materiales nuevos, investigando formas, abriendo nuevos caminos, pero sin perder de vista la tradición. No me gusta que me observen, que me vigilen, que intenten investigar mi vida privada. Por eso vivo en una mansión alejada del ruido mediático donde diseño y hago las pruebas que después envío a los talleres, tengo pocos amigos, apenas salgo. Y eso, sin que yo lo haya pretendido, ha creado en torno a mi persona un cierto halo de misterio que, en el fondo, me gusta alimentar, pues todos tenemos, lo confesemos o no, un punto mayor o menor de vanidad.

La madrina sigue viviendo conmigo. Es una anciana pequeñita, delgada, algo encorvada por la edad y por la delicada salud, que anda a cámara lenta, arrastrando los pies como una muñeca con las pilas gastadas. Pero sigue siendo coqueta, siempre con su pelo blanco perfectamente arreglado y unos vestidos de color claro, pues se quitó el luto muy pronto. Los vestidos se los hago yo siguiendo sus indicaciones. De vez en cuando me ayuda con la costura, aunque apenas ve y le tiembla ligeramente la mano derecha. Me gusta su olor a limpio, a jabón Heno de Pravia. Es la única persona con la que realmente me siento a gusto. Damos pequeños paseos muy despacio por la finca, que tiene varias hectáreas de árboles frutales, pequeños bosquecillos y muchas flores y plantas que a los dos nos gusta cuidar. Solemos descansar en un banco que está frente a un estanque en el que hay algunos peces de colores y plantas acuáticas que le dan un aspecto agreste, rústico, como de otro tiempo, de un tiempo que nunca fue mejor, pero que guarda instantes y momentos felices, llenos de ternura, que recordamos entre risas, ella cogiendo mis manos entre las suyas. No sé si llamarlo nostalgia, pero echo de menos la vida en el pueblo con ella, el sosiego de las tardes en el taller con mis compañeras de aprendizaje, el ruido de las máquinas de coser, la música de la radio sonando a todas horas.

Veíamos juntos la televisión y comentábamos las noticias, los programas de cotilleo, algunas series. Pero a ella lo que más le seguía gustando era la radio. Yo le había comprado un pequeño aparato con unos cascos y había aprendido a sintonizar las emisoras que más le gustaban. Por la mañana, las noticias y después, música, sobre todo española. Por las tardes, cuando yo había terminado de trabajar, me ponía a leer mientras ella escuchaba la radio y canturreaba en voz baja.

Ayer la madrina entró en el cuarto donde trabajo con los diseños y las telas. Es un cuarto amplio, luminoso, con una mesa grande sobre la que deposito las hojas que voy rellenando de dibujos. También tengo un buen ordenador de pantalla grande en el que he aprendido a realizar los dibujos y a conectarme con todo el mundo. Gran invento el de Internet.

La madrina traía una foto en la mano.

 —Neniño, quiero pedirte un favor —me dijo con una ligera sonrisa en el rostro. En su voz había un pequeño temblor, que no supe distinguir si era de emoción o de duda. —¿Te acuerdas de esta foto? —continuó diciendo mientras me la enseñaba.

—Claro que me acuerdo —dije mirándola, mientras intentaba recordar dónde y cuándo la había visto por última vez—. Creo que estaba en la mesilla de noche de tu habitación en el pueblo.

En la foto, ella y el padrino posaban el día de su boda delante de la iglesia. En el encuadre se veía un pórtico románico con pequeñas figuras en las columnas y en el tímpano, aunque no llegaba a verse completa la arquivolta. Los dos estaban muy sonrientes, él con un traje oscuro, alto, con el pelo engominado, negro y brillante, siempre elegante, “parecía un marqués”, como decía ella; la madrina cogida de su brazo, apenas llegándole al hombro, con el vestido blanco, drapeado y con algunos encajes, que ella misma había hecho con la ayuda de Flora y que había comenzado a diseñar desde el momento en que el padrino y ella se hicieron novios formalmente.

La madrina volvió a coger la foto y mirándola, me dijo:

—Me gustaría que me enterraran con un vestido de novia parecido al que llevaba cuando me casé.

—Pero madrina, ¿qué dices?, ¿cómo se te da ahora por hablar de tu entierro? Calla, calla.

Ella sigue hablando:

—La semana que viene, creo que el jueves, vuelve a ser 15 de noviembre. Pero este año no me encuentro con fuerzas ni con ganas para bajar al cementerio. Así que bajarás tú solo y llevarás las flores al padrino. Y seguramente el año que viene, ya estaremos él y yo juntos para siempre, como siempre quisimos y como tiene que ser.

Desde hacía algunas semanas había observado que a la madrina le costaba trabajo andar y respirar y ya apenas paseábamos. El médico, que nos conocía desde hacía muchos años y venía de vez en cuando a casa para tomarle la tensión y recetarle algunos complejos vitamínicos para reforzar las defensas, me había comentado que no la veía bien y que deberíamos ir a que le hicieran algunas pruebas a la clínica en la que él trabajaba. Pero ella se negaba a hacerse ningún tipo de análisis: “Bastantes me hice ya cuando quería quedarme embarazada. Cuando tenga que llegarme la hora, estaré bien preparada, no te preocupes”.

Conozco muy bien a la madrina y sé que cuando se le mete una idea en la cabeza es imposible quitársela, y con los años, peor, así que dejé que siguiera hablando. Se sentó a mi lado y empezó a contarme, por enésima vez, el noviazgo, la boda, el corto viaje de novios, la esperanza de tener muchos hijos, la amargura de sus abortos, mi adopción por mis padres, que en el fondo nunca me quisieron, la ilusión y la alegría que provocó mi llegada a su hogar. Su voz va perdiendo fuerza y se calla, deslizando la mirada por los dibujos que estoy haciendo.

—Por favor, neno, haz un dibujo de mi vestido de novia.

Y aquí estoy, dibujando el vestido de novia que llevará mi madrina en su último viaje. Y pienso que, más que un vestido de novia, parece un vestido de primera comunión.

Y nunca será, por supuesto, una mortaja.

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Un viaje espacial

“Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya.”

El Principito. Antoine de Saint-Exupéry

A comienzos del año 1969 X tenía 13 años y estudiaba cuarto de bachillerato elemental en el Instituto Masculino de La Coruña, que ahora se llama IES Salvador de Madariaga. Cuarto no fue un curso especialmente brillante para X, apenas una media de cinco, y un poco más, no demasiado, en el examen de reválida. La foto del Libro de Calificación Escolar emitido por el Ministerio de Educación Nacional muestra a un preadolescente que mira a la cámara de una manera segura y tranquila, con grandes gafas de pasta y el pelo largo y oscuro peinado con una raya al lado. Por cierto, antes nadie decía A Coruña, como se dice ahora, y casi ninguno de sus amigos hablaba gallego. En casa su padre lo hablaba muy bien y él lo fue aprendiendo de manera natural, escuchándolo y usando de vez en cuando alguna palabra suelta, pero apenas lo empleaba en la familia, quizás porque su madre es andaluza, pero, sobre todo, porque en aquellos tiempos hablar gallego era casi un estigma, era “falar mal”, una forma de expresarse de “pailanes”, de gente sin cultura, ignorante, aldeana. Sin embargo, cuando iba en vacaciones o los fines de semana al Barral, en Arteijo (nadie decía entonces Arteixo), donde había nacido y vivido su padre en la infancia y donde vivían tíos y primos, entonces sí hablaba gallego con ellos. Y lo hacía de forma natural, sin apenas darse cuenta. Aunque lo consideraban un niño de la ciudad y se burlaban al principio de él, le encantaba jugar con una libertad que no tenía en Coruña.

El Barral, O Barral, era lo que en Galicia se conoce como lugar, un grupo de apenas seis o siete casas a lo largo de un camino de tierra y piedras que en invierno estaba siempre embarrado. Como el padre no compró el seiscientos hasta el año 1967, la familia llegaba hasta la aldeíta en autobús de línea, que los dejaba en la carretera de arriba, la que unía Coruña con Arteixo, a un centenar de metros de la casa de sus abuelos. Rodeado de leiras, de pequeños bosquecillos de pinos y eucaliptos, siempre moviendo sus copas porque raro el día que no hacía algo de viento o soplaba una ligera brisa, de corredoiras estrechas y umbrías y de algunas tierras sin cultivar, O Barral le parecía un sitio fuera del tiempo y del mundo conocido, algo irreal, fascinante y misterioso. Las mujeres, calzadas con zuecos y llevando enormes cargas de toxos o acompañadas de varias vacas para llevarlas a pastar al campo, los hombres con boinas negras, delante de los carros de bueyes a los que, de vez en cuando aguijoneaban con una vara acabada en una punta de hierro. Niños y niñas sucios sentados a las puertas de las casas, comiendo alguna mazorca de maíz o un mendrugo de pan y que miraban con grandes ojos asombrados. Pequeños hilos de humo salían de las chimeneas a todas horas, calentando el hogar y el pote que estaría colgado sobre la lareira. Aunque fuera verano, siempre recordaba un hilillo de agua que corría en medio del camino, humedeciéndolo, llenándolo de hierbas y de barro que ensuciaba los zapatos. Supongo que de ahí vendrá el nombre de Barral.

“Xa está aquí o primo” (ya está aquí el primo), decía J.R. a los demás.

J.R., además de su primo, era el jefe de la pandilla por varios motivos: porque les llevaba dos o tres años, porque era mucho más alto y fuerte que los demás y porque tenía autoridad, no la que se obtiene con la fuerza bruta sino con la sensatez, porque convencía y proponía cosas que a los demás les gustaban. Parecía un adulto pequeño. Tenía una cabeza grande, con el pelo casi negro, siempre despeinado, cara ancha, pecosa, sonriente, con un punto de malicia. Al contrario que los demás, que iban en pantalón corto, él llevaba un pantalón largo de pana, gastado. Cuando se veían por primera vez después de un tiempo, llegaba el momento que X más temía, el del abrazo que duraba unos segundos que le parecían interminables y casi le asfixiaban. Después de recobrar el aliento, X empezaba a hablar, a saludarles, primero en castellano y poco a poco pasaba al gallego, al principio con miedo y timidez, por si se reían de él, pero eso no pasaba y X seguía hablando cada vez con más soltura. Pasados unos minutos ya era uno más y corría y saltaba y se caía. Tendría entonces unos siete u ocho años y era un niño delgaducho y con una salud delicada, siempre resfriado, con dolor de garganta y de oídos y con frecuencia tenía fiebre. Así que los médicos aconsejaban a sus padres que pasara temporadas en el campo, al aire libre, para ver si se fortalecía.

Cuando llegaba a la casa de los abuelos, una casa de piedra de dos plantas, lo primero que hacía era recorrerla de arriba abajo porque, acostumbrado como estaba a vivir en un pequeño piso de ciudad, aquella casa le parecía llena de encanto y de rincones misteriosos. En la planta baja estaba la cocina, que hacía las veces de sala y comedor con una gran mesa de madera donde comían todos, abuelos, padres, tías, su hermano, unos años más pequeño, y X. En un rincón estaba la lareira, casi siempre encendida, un pequeño cuarto trastero y, al fondo de la sala, una puerta que daba a un gran huerto con manzanos, perales, ciruelos y otros árboles cuyo nombre desconocía y nunca preguntó. También había un pozo del que su madre, su abuela y una de sus tías sacaban el agua y llenaban las sellas que después llevaban a la cocina sobre la cabeza, con un equilibrio que él admiraba. En la planta alta, a la que se accedía por unas escaleras, estaban las habitaciones y un pequeño cuarto de baño. Había un pasillo con suelo de madera a lo largo de toda la planta y en medio de él una trampilla en el suelo que daba al cortello, a la cuadra, que estaba debajo. En muchas casas de la aldea había un establo con un par de vacas y algún buey. Leche, trabajo, calor. Un par de vacas eran un auténtico tesoro. X no recuerda cuántas tenían sus abuelos y sus tías, pero de lo que sí se acuerda es que aprendió a ordeñarlas y siempre que podía, se acercaba con alguno de sus abuelos al establo. Al principio le daba miedo el tamaño de los animales, sus mugidos y el movimiento continuo de los rabos espantando a las moscas. El abuelo se sentaba en una pequeña banqueta y comenzaba a hablar despacio, dando pequeñas palmadas en el costado de la vaca y después de colocar el caldero de latón debajo del animal, comenzaba a acariciar las ubres y a apretar las tetillas de las que salía un chorro de leche caliente que, al golpear contra el recipiente, hacía un ruido característico, al principio metálico, cuando apenas había líquido, pero que después se amortiguaba a medida que iba llenándose.

Uno de los juegos favoritos de sus amigos del Barral era ir en busca de nidos. Casi todas las tardes, después de comer, iban a buscar a X a casa. En O Barral, como ya se comentó, apenas había seis o siete viviendas a lo largo de un camino de tierra, todas de piedra, algunas con dos plantas, como la de sus abuelos. Pero nunca entraban en las casas de los amigos, porque había una especie de pudor, de vergüenza en mostrar y ver la excesiva humildad de los hogares, la pobreza, salpicada de vez en cuando por algunas pinceladas de algo que podría llamarse abundancia o exceso: sucedía cuando alguna familia había emigrado y se había traído algún ahorro y compraba un pequeño tractor o una motocicleta o un frigorífico, como fue el caso de los padres de Tonecho. El hogar de los niños eran las leiras, las corredoiras, los bosques de pinos y de eucaliptos, las carballeiras. Y allí se entretenían andando por los estrechos senderos llenos de helechos, toxos y moreiras, jugando al escondite, recogiendo piñas que después llevaban a casa para encender la lareira y, sobre todo, buscando nidos. X nunca entendió demasiado bien el placer de buscar los nidos, subir a los árboles para cogerlos o, lo que era peor, cazar pájaros con los tirachinas. Nunca fue muy hábil con ellos, a pesar de que su padre le hizo algunos que eran la envidia de sus amigos. Aunque entrenaba mucho, tanto en Coruña como en el Barral, apenas era capaz de darle a un tronco grande. Así que lo de cazar pájaros era una quimera para X. Tampoco era demasiado hábil subiendo a los árboles, por lo que la mayor parte de las ocasiones se limitaba a mirar como sus amigos subían con agilidad y bajaban trayendo un nido en el que había dos o tres huevecillos. Como él era el niño de la ciudad, el señorito, como algunas veces le llamaban para reírse a su costa, no era capaz de distinguir si era un nido de jilguero, de mirlo o de cualquier otro pájaro, pero ellos sí lo sabían y disfrutaban y presumían diciéndoselo. Ellos podían presumir siempre porque eran más rápidos, más fuertes, más ágiles y conocían el nombre de los árboles, de las flores, de los arbustos, de los pájaros. X pensaba que de nada le servía leer y estudiar tanto en la escuela si después no era capaz de silbar imitando el sonido de un jilguero o de un mirlo, si no sabía distinguir un toxo de un helecho, si nunca ganaba en las carreras y, sobre todo, si no era capaz de subir a un carballo para bajar con un nido, todas esas cosas tan importantes para un niño y que fue aprendiendo poco a poco con ellos. Todas menos la fuerza para tirar las piedras más lejos, ganar un pulso o la habilidad para subir a los árboles.

Después de bajar el nido al suelo, contar los huevos y ver cuánto tiempo les faltaba para que saliera algún pájaro, casi siempre volvían a subirse para dejarlo en su sitio. Pero X recuerda una vez en la que, además de los huevos, había una pequeña cría que piaba desconsolada. Los muy bestias la cogían y la tiraban al aire para ver si volaba, pasándosela unos a otros, pero todavía no era capaz porque sólo tenía un ligero plumón, apenas visible y aunque movía sus alitas desesperada, no lograba volar. “Mira, X, se parece a ti cuando saltas un regato”, dijo uno de ellos, Tonecho, un chaval menudo, lleno de arañazos y de postillas en las piernas, fuerte, con pelo crespo y rubio y unos ojos azules casi transparentes. Era el más bajito de todos, pero también el más atrevido y travieso, el que siempre se inventaba los juegos y las aventuras más arriesgadas y el que más se metía con él, sobre todo cuando mostraba mi torpeza en alguna de las actividades que proponía. Cuando le tocó recogerla a X, no quería tirarla otra vez al aire y se la quedó unos segundos entre las manos. El calor y el piar del pajarillo, que se estremecía espantado, le angustió y quiso llevárselo, pero los demás niños lo rodearon y se lo quitaron. X se enfadó y salió corriendo hacia su casa, con lágrimas de rabia y de pena en los ojos, porque no entendía esa crueldad, no veía la diversión por ninguna parte. Aunque lo llamaron a voces, no regresó porque, a pesar de todo, tenía su orgullo y no quería que le vieran llorar. Sus padres le preguntaron qué le pasaba, pero X, entre avergonzado y rabioso, sólo pudo balbucear alguna mentira y se encerró en el cuarto. Se prometió no volver a jugar con ellos, que no respetaban a seres indefensos y disfrutaban haciéndoles sufrir. Todo lo contrario de lo que hacía con sus amigos en la ciudad, que se limitaban a jugar al fútbol en los descampados que había frente a su casa, a las canicas o a las chapas, a indios y vaqueros, a cambiar cromos y tebeos… Alguna que otra vez cogían una lagartija y le cortaban la cola, porque sabían, porque se lo había explicado una vez la maestra, que al poco tiempo le crecía una nueva. Pero su crueldad no pasaba de ahí.

Al día siguiente del enfado se fueron a Coruña porque sus padres querían hacer unas compras, sobre todo ropa, y arreglar algunos papeles, como decía el padre y dos o tres días después regresaron al Barral. El mismo día que llegó, J.R., que según los abuelos había ido a preguntar continuamente por él, entró en casa mientras X estaba merendando un poco de pan con chocolate y le dijo que el pájaro ya volaba y que ellos lo dejaban tranquilo y no intentaban ni siquiera cazarlo. Aunque X seguía enfadado con su primo y con todos los demás, salió y fueron los dos a reunirse con el resto de los chavales, que le acogieron como si nada hubiera sucedido. Se dirigieron al árbol del nido y después de unos minutos pudo ver a varios pajarillos, tres o cuatro, que revoloteaban, todavía con cierta torpeza, entre los árboles. Uno de ellos era al que habían maltratado y hecho sufrir con sus juegos, pero no pudo distinguirlo de los demás. A partir de ese momento, iban a verlos todas las tardes hasta que finalizó el verano y todos se despidieron entre empujones, carreras y abrazos. Las visitas a Arteixo, al Barral, se fueron espaciando cada vez más hasta que los abuelos vendieron la casa y se fueron a vivir definitivamente a Coruña. Aunque seguían yendo a ver a los tíos y a los primos, eran visitas de un día, iban a las playas de Arteixo, a Valcobo, a Barrañán, al Rañal, compraban las empanadas de Rozas, paseaban por el campo, recogían moras y flores que su madre colocaba después en un jarrón. Pero ya nunca fue lo mismo porque perdió el contacto con la pandilla y, sobre todo, con José Ramón, que era mayor que él y con el tenía más confianza, pero que empezó salir desde muy joven con una chica, se volvió demasiado serio y decía, cuando comía alguna vez con la familia, que X todavía era un crío y que él ya no quería hacer tonterías Nunca volvió a ver a Tonecho ni a Míguez, otro de los chavales de la pandilla, porque se fueron a vivir a otros pueblos. X no recuerda el nombre ni cómo eran los demás. O Barral fue cambiando, los caminos de tierra se convirtieron en calles asfaltadas y las casas de piedra fueron desapareciendo para ser sustituidas por feas casas de cemento, ladrillo y azulejos. Al mismo tiempo que se alejaba la niñez, también fue desapareciendo la belleza y la inocencia de un lugar que ya sólo se conserva en la memoria. Hace un par de años X regresó para comprobar cómo era ese lugar de su infancia y apenas pudo reconocerlo. Se arrepintió de haber querido recuperar un pedazo de su niñez.

El recuerdo del pájaro nunca le abandonó, sobre todo el calorcillo y el temblor espantado del animal, el obligado vuelo de mano en mano, el temor a que se cayera y se estrellara contra el suelo, el inútil sufrimiento, la absurda diversión. Y volvió con fuerza unos años más tarde, cuando estaba en el Instituto estudiando cuarto de bachillerato elemental… creo que eso ya se dijo al principio. El profesor de lengua propuso participar en un concurso de redacción que había organizado una conocida marca de refrescos con el título “Un viaje espacial”. El profesor seleccionaría dos trabajos por clase y los enviaría al concurso. En aquellos meses casi no se hablaba de otra cosa. La Nasa llevaba varios años preparando la llegada del hombre a la Luna, en una carrera que quería ganar a toda costa a los rusos. Raro el día que en televisión no saliera una noticia sobre los preparativos del viaje, sobre el peligro que podrían correr los astronautas, las grandes dificultades técnicas, las opiniones de los expertos, los grandes avances que beneficiarían a la humanidad, el prometedor futuro que se abría ante los hombres, la conquista del espacio. Para un adolescente como X, lleno de sueños y ávido lector de libros de ciencia ficción, el viaje a la luna le parecía una aventura fascinante, un sueño en el que le gustaría participar de algún modo. El concurso de redacción era una oportunidad de desplegar sus conocimientos sobre el tema, los que había ido adquiriendo con la lectura de los libros de Julio Verne, de Isaac Asimov, de Ray Brabury, de H.G. Wells. También había ido a ver la película 2001, una odisea en el espacio, pero no la había entendido demasiado bien, le había parecido muy lenta y no comprendió cuál era el significado del final, así que sólo la utilizaría para describir algo de la nave y de los trajes de los astronautas.

C y B, los odiados empollones, los más listos de la clase, los que siempre ganaban todos los concursos de matemáticas, de redacción, de ciencias o de cualquier tema que se plantease, se iban a enterar. El profesor de lengua, un hombrecillo calvo, con gafitas metálicas, bajo y delgado, vestido con una chaqueta que le quedaba grande, una corbata que le molestaba pues se metía el dedo índice entre el cuello y la camisa y subido siempre a la tarima desde la que se dirigía a los alumnos con voz engolada, sabía de antemano quiénes serían los finalistas, pero esta vez X les daría una sorpresa. Él estaba totalmente seguro de que ninguno de los dos le superaba en conocimientos astronómicos. Conocía los últimos avances de la ciencia espacial, dominaba, porque lo había leído muchas veces, el libro de Verne, De la Tierra a la Luna. Y también Crónicas marcianas, de Bradbury, que había comentado hacía poco con su compañero Casanova. Lo único que le hacía dudar era que las últimas redacciones que había escrito no habían merecido más que un aprobado raspado, con comentarios más bien hirientes por parte del profesor, como “escaso vocabulario”, “estructura simple y demasiado tradicional”, “pésimas descripciones” o, y éste fue el que más le dolió, “carente de imaginación”. Daban ganas de dedicarse a destripar terrones, frase que de manera despectiva muchos profesores dedicaban a aquellos pobres estudiantes que apenas eran capaces de aprobar más que Religión, Gimnasia o Formación del Espíritu Nacional, las tres Marías.

La misma tarde del día en que se planteó el reto de la redacción, X se puso a la tarea. Tenía un par de semanas por delante, pero él quería esmerarse, encontrar el argumento adecuado, los personajes, el vocabulario. No quería que le pasara como siempre, así que rebuscó entre los libros de su pequeña biblioteca y puso encima de su mesa de estudio a Asimov, Verne, y H.G. Wells. Hojeó los libros que casi conocía de memoria y escribió algunas de las frases que más le gustaban en una hoja en blanco, para después aprovecharlas y, cambiando algunas cosas, escribirlas en la redacción. Su primer borrador era muy simple: un par de astronautas son lanzados en un cohete camino a Marte. La Nasa ya había realizado otros viajes anteriores y había dejado mucho material en el planeta rojo. El reto era encontrar vestigios de vida y comenzar una colonización que ya se había iniciado con éxito en la Luna.

En los días siguientes escribió varias páginas, pero no le terminaba de convencer ni el argumento ni las descripciones. Y el vocabulario seguía pareciéndole muy pobre y simple. Intentó meter con calzador algunas de las frases de los libros que tenía encima de la mesa, sobre todo el comienzo de “La guerra de los mundos”, de Wells:

En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él; que mientras los hombres se ocupaban de sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua.

La redacción de X quería, al contrario que el libro de Wells, mostrar que la humanidad colonizaría Marte, pero de una manera pacífica, sin aniquilar a los posibles seres vivos que poblaran el planeta. Era una idea razonablemente buena, pero no terminaba de gustarle. Y así pasó una semana, sin encontrar un buen tema. Cuando ya estaba a punto de tirar la toalla recordó que su tío A le había regalado hacía unos años un libro que le había gustado mucho y que también hablaba de planetas y de viajes siderales: El Principito. X buscó el libro y lo encontró casi escondido entre el Quijote y algunos Episodios Nacionales. Comenzó a hojearlo y a recordar la extraña sensación que siempre le producía su lectura, sus raros personajes, las frases, a veces tan complejas para ser dichas por un niño y, sobre todo, la tristeza que siempre le producía leer el final.

Sin saber bien por qué, X relacionó El Principito con la experiencia de su infancia en Barral, el cruel juego de su pandilla con el pobre pajarillo que no sabía volar, el calor y el temblor del pájaro, la angustia que seguramente sentiría.

Y entonces se le ocurrió el argumento, casi sin pensar, de manera espontánea: dos astronautas realizan experimentos en una nave que vuela alrededor de la Tierra para comprobar el efecto de la falta de gravedad en animales y plantas (había visto en la televisión un reportaje sobre eso, aunque no recordaba si se habían producido resultados). Uno de los experimentos se hacía con varios huevos de pato, para comprobar cómo les afectaba, y si, al llegar a la Tierra, los patitos serían capaces de volar. Poco a poco la redacción comenzó a tomar forma y el final, al contrario que en El Principito, fue un final feliz. Lo más complicado fue encontrar la frase que diera comienzo al texto, que impactara, que interesara al profesor de lengua, porque era él el que tenía que seleccionar a los finalistas. Daba por descontado que C y B serían sus grandes rivales, que se inventarían historias deslumbrantes y conmovedoras. Así que él tendría que competir con otras armas, con la originalidad que siempre le había faltado, con la sorpresa. Le dio muchas vueltas hasta que creyó hallar las palabras adecuadas:

Cuando el patito fue capaz de romper el cascarón que llevaba intentando abrir desde hacía un buen rato, lo primero que vio fue una cabeza muy grande, un par de ojos que le miraban con curiosidad y una mano que se acercaba para ayudarlo a salir. Su instinto le susurró que aquella debería ser su madre y desde el primer momento sintió un gran amor hacia ella.

A partir de ese momento, la historia se desarrollaba en el interior de la nave. Después de conocer a su madre se dio cuenta de que al fondo había otro ser vivo parecido, lo que le hizo suponer que aquel sería su padre. Y se sintió feliz y protegido. El patito flotaba en el reducido espacio, mirando todos los instrumentos y los aparatos con gran curiosidad, las luces que parpadeaban, los tubos, la mesa grane con mandos. Al poco tiempo de nacer el primer patito, otros tres comenzaron a romper sus cascarones y los cuatro comenzaron a jugar a esconderse, a chocar lentamente en el aire, a volar sin mover sus alitas flotando de un lado para otro sin ton ni son. Mientras tanto, sus padres, los dos astronautas que habían sido enviados para realizar experimentos durante varios meses dando vueltas alrededor de la Tierra en la nave espacial más grande construida hasta entonces, jugaban de vez en cuando con ellos, acariciándolos, dándoles de comer y beber en unos pequeños recipientes en los que tenían que meter sus picos para hacerlo y dejándoles mirar por una de las ventanillas laterales que daban al exterior, por la que se veían pequeñas lucecitas y una especie de globo muy grande y azul, alrededor del cual daban vueltas continuamente. También veían otro globo más pequeño, blanco y brillante y, más lejos, una pequeña bola de fuego. Pasaron varias semanas y se convirtieron en cuatro patos grandes que pasaban la mayor parte del tiempo dentro de una jaula para evitar que llenaran el interior de la nave con sus excrementos y que les molestaran con sus continuas ganas de jugar.

Un día vieron, con gran asombro, que sus padres se colocaban unos trajes muy raros y que se sentaban en los dos sillones que había frente al cristal. A las pocas horas comenzaron a notar una sensación muy extraña, una opresión en el cuerpo, un peso que los aplastaba contra el suelo. También notaron un calor muy fuerte y unos movimientos y ruidos que los atemorizaron durante muchos minutos. De pronto, un golpe brusco y todo, el tiempo incluido, pareció detenerse. Los patos se miraron asustados, sin saber lo que pasaba y poco después se abrió una puerta que ellos no habían visto y aparecieron otros seres que se parecían mucho a sus padres. Al cabo de unos momentos todos, sus padres y los patos, fueron sacados de la nave e introducidos en una especie de caja grande que se mecía sobre una superficie azul que se movía de una manera muy curiosa.

Pero lo que más le llamaba la atención era esa sensación que les oprimía todo el cuerpo, impidiendo que se movieran con la libertad que tenían cuando estaban en la nave. Poco a poco fueron aprendiendo que aquello era el peso de la gravedad y que tendrían que acostumbrarse a él, pues los acompañaría toda su vida.

El final de la redacción, que sólo podía tener cuatro páginas como máximo, consistía en que dejaron de ver a sus padres y que al cabo de unos días ya los habían olvidado, que fueron observados por multitud de personas con batas blancas y, sobre todo, que aprendieron a volar. La frase final, aquella que los lectores, sobre todo el profesor de lengua, no podrían olvidar fue:

La sensación de flotar sobre los campos, sobre los ríos, entre las nubes, moviendo con fuerza sus alas y dirigiéndose hacia tierras lejanas y extrañas, era mucho más placentera que cualquier viaje espacial del hombre, algo que este nunca podría llegar a sentir.

X entregó la redacción el mismo día que terminaba el plazo y esperó con ansiedad los resultados. Y llegó el anhelado momento en que el profesor, subiéndose a la tarima, dejó su cartera encima de la mesa, sacó un sobre en el que, seguramente, estarían las obras seleccionadas y miró sonriente a la clase. Esperó unos segundos que a X le parecieron interminables. Le gustaba crear expectación, como el consumado director teatral que era, pues también dirigía las obras de teatro que anualmente se representaban a final de curso en el salón de actos del Instituto.

—Aunque no todos habéis participado en el concurso de redacción, porque era una actividad voluntaria —comenzó diciendo—, el número de trabajos presentados ha sido muy grande, se nota que el tema y el premio, todo hay que decirlo, os han motivado.

Volvió a hacer una pausa y después continuó:

—He de reconocer que la elección ha sido difícil, pues hay varias redacciones muy buenas. Y me he llevado alguna sorpresa muy agradable.

En ese momento, X sabía que se estaba refiriendo a él, estaba convencido. Después de otros segundos de silencio, el profesor siguió:

—He estado dudando hasta el último momento entre varios trabajos que sobresalen sobre el resto. Pero, al final, me he decidido por el de dos compañeros vuestros que nunca me han decepcionado y siempre han demostrado la gran calidad de sus textos. C y B, me gustaría que vinierais aquí y leyerais las redacciones a vuestros compañeros.

X no se lo podía creer. Sabía que se había cometido una enorme injusticia. Sintió una rabia enorme y un sabor agridulce le llenó la boca. Parecía como si le faltara el aire, los oídos comenzaron a zumbarle y las lágrimas asomaron a sus ojos. No quería que los demás se dieran cuenta y bajó la vista. Vio por el rabillo del ojo cómo sus compañeros se dirigían hacia la mesa del profesor y uno de ellos comenzó a leer, con voz lenta, pausada, una historia maravillosa sobre el heroísmo de un grupo de personas que habían decidido dar su vida para enfrentarse a unos invasores extraterrestres que los citaban en la Luna. Si los humanos ganaban, los invasores tendrían que irse; en caso contrario, la humanidad sería aniquilada. Al final, ganaron los hombres y la Tierra se salvó. Había que reconocerlo, era una historia preciosa, de entrega, de valentía, de generosidad, de héroes y villanos, de tensión e intriga. La otra historia hablaba de saltos en el tiempo, de viajes interestelares, de descubrimiento de nuevos planetas… Otra preciosa historia, como las que le gustaban a él. Las dos, había que reconocerlo, eran mejores que la suya.

Después de escuchar a sus compañeros notó un cierto alivio. La elección había sido justa, no podía negarlo. Tendría que seguir leyendo más, escribiendo más, esforzándose más, aunque sabía que nunca sería capaz de llegar a la altura de esos dos talentos. Pero entonces volvió a escuchar la voz del profesor:

—No quiero terminar la clase sin mencionar otro excelente trabajo que me ha sorprendido mucho, sobre todo porque no me lo esperaba. Es el de vuestro compañero X, que ha demostrado una gran originalidad, saliéndose de los argumentos habituales y utilizando la imaginación como pocas veces había visto en esta clase. Es una pena que haya tenido pequeños fallos gramaticales y léxicos, así como un incorrecto uso de determinadas formas verbales. Pero eso se puede pulir con esfuerzo y con trabajo. Enhorabuena. ¿Te importa leer la redacción a tus compañeros?

Pocas veces había sentido X tanta alegría, tanto orgullo. Había pasado en un momento de la rabia y la desesperación a la euforia. Notaba su rostro rojo como un tomate y comenzó a andar hacia sus dos compañeros que, como toda la clase, prorrumpían en un largo y sonoro aplauso. Ese fue uno de los momentos más memorables de su vida, uno de los que jamás olvidaría.

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Yo también hice un máster

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Me ha costado mucho tiempo reconocerlo porque la vergüenza y el sentido de culpabilidad me atenazaban. Siempre lo he mantenido en silencio, oculto y únicamente mi familia más cercana lo sabe, pero les había hecho prometer, jurar incluso, que no dijeran nada. Durante catorce años, catorce largos años, el secreto no ha salido a luz, lo cual es realmente milagroso. Sé que hay personas que han investigado, que han utilizado los más sórdidos recursos y las estratagemas más odiosas para averiguar la verdad. Noches y noches enteras sin dormir, días y días pegado a la televisión, a la radio, al teléfono, esperando el fatídico momento en que algún avispado periodista o un amigo traidor que hubiera sonsacado o sospechado algo, acabaran por delatarme, por encontrar un resquicio, una prueba. A veces, algunos comentarios aislados me hacían temer lo peor, que alguien se hubiera ido de la lengua, pero al final mis temores eran siempre infundados. Hasta ahora nadie había sabido nada.

Pero ya no puedo más. He envejecido prematuramente, mis cabellos se han cubierto de canas, la tristeza se ha apoderado de mi mirada y una continua opresión se ha instalado en mi pecho. Mi mujer y mis hijos sabían lo que me pasaba y, sin embargo, siempre estaban a mi lado con una frase, una caricia, un silencio a tiempo. Nunca podré agradecerles suficientemente su apoyo, las palabras de ánimo, el saber mantener la boca cerrada a pesar de que, seguramente, les habrán ofrecido mucho dinero o muchas prebendas por una mínima prueba, por un documento que me delatara. La familia es lo único que se puede salvar en un mundo traidor, envidioso, cruel, que busca hundir a aquellos que sobresalen un poco. Los enemigos buscan tu caída, cuanto más estrepitosa y humillante, mejor; pero tus amigos pretenden lo mismo y aunque delante de ti se muestren apesadumbrados y te apoyen, la verdad es que se alegran porque así podrán ocupar tu lugar y deshacerse de alguien que les impida crecer o alcanzar mejores puestos.

Así que, después de meditarlo mucho, de consultarlo con la almohada, con mi mujer y mis hijos, hoy he decidido contar la verdad, lanzarla a los cuatro vientos, publicarla en las redes sociales, llamar a la prensa y mostrar las pruebas: en el curso 2003-2004 hice un Máster de Nuevas Tecnologías Aplicadas a la Educación. En abril de 2004, después de haber realizado todas las actividades que mi tutor me indicaba, aunque nunca discutí con él la facilidad de alguna de ellas, haber aprobado todos los módulos, trece en total, a pesar de que no asistí ni una vez a una clase presencial, aunque en mi descarga diré que era un máster on line organizado por la UOC, Universidad Oberta de Catalunya (más oprobio y vergüenza, una universidad catalana, no sé si cercana al independentismo, vade retro), entregué el Proyecto Final de Máster titulado “La formación de asesores y asesoras de Andalucía en Tecnologías de la Información y la Comunicación”. Elegí ese tema porque en ese momento, más oprobio, más vergüenza, no sé si podré salir de todo esto, era el Jefe del Subprograma de Formación del Profesorado de Andalucía, es decir, el coordinador de los centros del profesorado andaluces y responsable, entre otras cosas, de que los asesores y asesoras de dichos centros estuvieran bien preparados. En junio de 2004 defendí el Proyecto, también de manera on line. Me encerré en el estudio, me conecté a la UOC vía Internet y con una webcam, durante una hora contesté a las preguntas del tribunal, tres o cuatro profesores, no recuerdo bien, que intentaron ayudarme lo más posible y que, al final, me dieron un notable alto y meses después, la UOC me envió el título, que, nada más recibirlo, guardé bajo siete llaves en un rincón del trastero.

Por fin he confesado. Al fin estoy libre y podré dormir tranquilo. Y puedo decir, sin rubor y con cierto orgullo, que no he querido esperar a que un periódico sacara a la luz la noticia. No sé si recibí trato de favor, si alguien manipuló las notas, si realicé todos los trabajos que se requerían para aprobar, si al final me dieron una calificación mayor de la que merecía. Yo sólo hice lo que me dijo mi tutor y el director del Máster. Si hubo alguna irregularidad no es mi culpa, será de ellos o de algún funcionario malintencionado y ya puedo exhibir con tranquilidad el título, que por cierto, no sé si podré encontrarlo o si la humedad y las polillas me impedirán colgarlo en una de las paredes del pasillo, junto con los títulos que mis hijos han colgado allí.

Espero de vuestra benevolencia que sepáis perdonarme y comprender lo que hice. No calculé ni fui capaz de prever lo que podría ocurrir muchos años después. Menos mal que no elegí la Universidad Rey Juan Carlos ni el director del Máster fue Álvarez Conde porque entonces, además de Cifuentes, Casado y Montón, mi apellido se hubiera visto arrastrado por el fango.

La moda masculina o ¿pero tú has visto cómo vas?

—Joselito, ¿pero tú has visto cómo vas?

Carmen dice es frase mientras espera delante del ascensor y yo, acabando de cerrar la puerta de casa, me dirijo hacia ella. Cuando emplea el término Joselito es para echarse a temblar, algo habré hecho mal. Doy un par de pasos más y en el momento que se abre la puerta del ascensor me miro en el gran espejo que, para mi desgracia, ocupa la parte posterior del habitáculo. Contemplo a un hombre maduro, delgado, con canas que ya sustituyen en su totalidad al abundante pelo castaño que no hace tanto tiempo cubría su cabeza y gafas de sol que impiden ver unos ojos inquietos que intentan encontrar alguna incongruencia en la vestimenta: zapatos negros, pantalón de tela azul no demasiado oscuro, camisa azul de no sé qué tonalidad ni nombre, aunque sé que no es azul marino ni azul turquesa ¿o sí? y chaleco también azul un poco más claro que la camisa.

El caso es que hemos estado en casa, nos hemos cruzado varias veces mientras ella y yo íbamos y veníamos en busca de un cinturón para mí, un pañuelo para ella, algo de colonia para los dos. Ella dándose los últimos retoques, yo subiéndome a la escalera para buscar los zapatos ¡cuidado, no te vayas a caer! me dijo, y seguramente ni me miró. Y si me vio, no echó cuenta, como siempre. Y encima, hemos estado haciendo tiempo porque todavía era demasiado temprano para salir. Pero no, ese no era el momento de decir nada.

—¿Pero no habíamos quedado en que había que eliminar ciertas combinaciones de colores? ¡Pero si llevo el mismo color en todo, menos en los zapatos! Ya he aprendido, por ejemplo, que no se puede poner azul con verde (los dos colores que más me gustan no se pueden combinar, vaya por Dios), rojo y naranja (en mi vida me pondría eso) y que no se pueden mezclar rayas y cuadros y…

Y ahí me quedé. Mi conocimiento de las reglas del vestir en los hombres no alcanza mucho más. Por supuesto, no soy, ni quiero serlo, un árbitro de la moda, un Petronio cualquiera, sobre todo porque no quiero terminar como él. Me da la impresión de que a la mayoría de los hombres de mi generación les pasa lo mismo, no echamos cuenta en las normas correctas (¿eso quién lo dictamina, digo yo, como no sean las casas de moda para fastidiarnos y hacer su agosto?). Sin embargo, los jóvenes parece que ya han aprendido, por lo menos, a preguntar. Mi hijo Santiago, por ejemplo, antes de vestirse consulta a su madre y a su hermana si lo que tiene pensado ponerse es adecuado: “¿esta corbata va bien con la camisa?”, “¿esta chaqueta pega con el pantalón?”, “¿este jersey combina bien con la camisa y con el pantalón?”. Yo reconozco que apenas me fijo. Cojo una camisa que me guste y que haga ya algún tiempo que no me pongo, un pantalón cómodo y, dependiendo de la época del año, chaleco, chaqueta, chaquetón o lo que haga falta. Reconozco que alguna vez me he puesto un pantalón de rayas y una camisa a cuadros, pero es por despiste porque ya he aprendido que eso puede conducir a la hoguera.

—Pero vamos a ver, vamos a ver —dice ella con un tono de voz bajo, ritmo lento y cierto desaliento, acompañado de una media sonrisa que quiere manifestar paciencia, pero que a mí me parece resignación—, ¿tú no ves que eso no pega ni con cola? ¿Cómo vas a ponerte tres tonos diferentes de azul, alma cándida?

El caso es que yo me miro en el espejo y no encuentro incongruencias. Pienso para mí, “pero si en la decoración de las casas, que lo he visto yo con estos ojitos en la tele, en ese programa que ve por las mañanas y también algunas tardes, se puede combinar casi cualquier cosa, ¿cómo es posible que en la moda no se puedan seguir esas mismas reglas? Pero si yo veo algunos desfiles de moda, como esos de Ágata Ruiz de la Prada, que da grima verlos y combina los colores como le da la gana”. Lo pienso, claro, pero no lo digo en voz alta, por si acaso su paciencia y resignación se convierten en otra cosa.

—Pues nada, media vuelta y a cambiarme. Y ahora, ven conmigo al armario y me dices que es lo que tengo que ponerme.

(Armario que, por cierto, está en la habitación de mi hijo que ya se ha ido de casa, por ahora, crucemos los dedos, porque en el mío yo no tengo narices a colgar nada. He podido conseguir una pequeña parcela, un rinconcito para mí solo porque el resto de la casa está invadida por la ropa de Carmen madre y Carmen hija. Lo hacen poco a poco, primero un pantalón, después un vestido, más adelante un abrigo… Y así, cuando me doy cuenta, ya me he quedado sin espacio y tengo que apretar los pantalones y las camisas con calzador y colgarlos de tres en tres o de cuatro en cuatro. Encima, cuando quiero ponerme algo y está arrugado me dicen que cómo no cuelgo bien las cosas. Me callaré y me morderé la lengua. Yo tengo que deshacerme periódicamente de pantalones, camisas y otras prendas que, según parece y dicen, están ya pasadas de moda o muy usadas. Pero ellas han ocupado totalmente el armario del pasillo y yo ahí no tengo espacio para colocar nada mío).

Total, pantalón azul, camisa blanca y jersey gris. Un aburrimiento, vamos. Lo clásico de lo clásico. Será porque mi señora no quiere que destaque y las muchachas y las damas se fijen en mí, supongo.

Menos mal que siempre salimos con tiempo y vamos a llegar al cine con mucha antelación. Tendré que poner un poco más de atención, buscar en Internet o, lo que es más cómodo, preguntar antes de ponerme algo. Todo sea por no tener que vestirme y desvestirme varias veces. Estoy esperando a que algún gurú de la moda saque un eslogan, como hizo en su día Adolfo Domínguez con lo de “la arruga es bella” y ponga de moda, valga la redundancia, algo así como “combina los colores, las rayas y los cuadros como quieras, sé original”. Hasta que no llegue ese momento, aviado voy.

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Paseo por el camino del Merendero, en Aroche

Las tardes de primavera invitan al paseo por el campo; la temperatura, la duración de los días, el colorido de las flores, el agua corriendo por barrancos y arroyos, la vida que renace. Pero aquellos que somos alérgicos al polen tenemos cierta reticencia a salir de casa en esta época. Cada vez que salgo a caminar tengo que cruzar los dedos, armarme de paciencia y valor y arriesgarme a que la histamina no haga de las suyas. Este año las lluvias han impedido que la polinización sea regular y por ahora me estoy librando de estornudos, toses, picor de ojos y ese malestar general que se asemeja a la gripe y que sufrimos todos aquellos que hemos sido tocados por la varita mágica de la hipersensibilización a las sustancias que nos agreden y que son producidas en abundancia por olivos, malezas, gramíneas, plataneros, pinos y otros enemigos del bienestar humano.

Pero todo sea por el placer de caminar, de sentirse liberado de tensiones, de comunicarse y fundirse con la naturaleza. Aunque yo podría ser definido como un urbanita, ese ser que se encuentra como pez en el agua entre coches, contaminación, ruido, asfalto y mucha gente, reconozco que me atrae el campo, el silencio, el canto de los pájaros, la contemplación de un atardecer en la montaña, la soledad. Soy un poco contradictorio o ecléctico, como se prefiera, pero con la edad que tengo ya no puedo ni quiero cambiar.

Así que, aprovechando que mi madre está en Aroche, voy a verla todas las semanas desde Sevilla y me paso allí dos o tres días, dedicándome a leer, a escuchar música, a olvidarme del ordenador y, sobre todo, a caminar. Intento encontrar lugares que todavía no he recorrido o repetir aquellos que me han gustado. Bajar hasta la Ribera del Chanza, llegar hasta el pantano, acercarme a la ermita de San Mamés o subir por el paseo de los frailes es lo que solía hacer habitualmente, pero en estos últimos tiempos prefiero salir del pueblo por la calle Torre Alta y seguir los diferentes senderos que se pueden encontrar a uno y otro lado. En las últimas semanas he subido y bajado cuestas por el Camino del Carmen y por el Camino Viejo del Cerro, dos recorridos muy diferentes y que sorprenden por la variedad de paisajes que atraviesan.

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Hoy dejé a un lado mis dos anteriores recorridos y, al llegar al cruce que bifurca el camino, cojo el de la izquierda. El cartel que indica “Camino del Merendero” está caído y lo levanto e intento colocarlo bien, pero no lo consigo, ya que  se ha despegado de la base y lo dejo como estaba. No sé si habrá “servicio de mantenimiento”, pero aquí dejo la información para ver si alguien consigue arreglarlo. Como ya estoy acostumbrado subir repechos, como esos ciclistas que suelo ver en verano en el tour de Francia tumbado en el sofá, esta vez parece que me cuesta menos trabajo porque, además, la pendiente no es demasiado acusada y el camino está muy bien. Demasiado bien, quizás, porque, sobre todo la primera parte, tiene una capa de cemento, supongo que para facilitar el paso de los coches con los que me cruzo o me adelantan de vez en cuando y que se dirigen a los cortijos y casas que voy encontrando. Hoy hace calor y el sudor y los grillos me acompañan durante todo el paseo. Adelanto a dos mujeres que van charlando y las saludo. El sendero es ancho y bastante más cómodo que el Camino Viejo del Cerro, aunque quizás carezca del encanto y de la variedad de éste. A un lado y a otro las fincas y los cortijos se van sucediendo y después de unos dos kilómetros de subida casi continua comienza el descenso.

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Puedo contemplar la sierra, las dehesas, las casas que nacen entre las encinas, los perros que se acercan ladrando y que, en algún momento me cogen desprevenido y me aceleran el pulso. Escucho a lo lejos un sonido que rompe la placidez de la tarde. Hasta ahora sólo el rumor de mis pasos sobre la tierra, el silbo de los pájaros, el balido de las ovejas, los ladridos o la brisa entre los árboles me había acompañado. Y el silencio, un silencio que lo envuelve todo en algunos momentos, como si nada quisiera romper la magia. Pero empiezo a escuchar una disonancia, algo que rompe el encanto, una sierra mecánica. Sigo andando y me encuentro a un hombre cortando con la sierra el tronco de lo que parece una encina. Se detiene un momento, se seca el sudor, me saluda y vuelve a arrancar, atronando, el arma asesina de La matanza de Texas. Por si acaso, acelero el paso y sigo descendiendo.

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Me encuentro, subiendo un repecho y cerca de un cortijo que se levanta al lado del camino, a un muchacho que viene andando en sentido contrario. Su indumentaria parece militar: pantalón de camuflaje verde y camiseta de manga corta lisa del mismo color. Es joven y ancho, sin llegar a ser grueso, pero con unos brazos que seguramente estarán acostumbrados a levantar fuertes pesos y a hacer ejercicio. Cuando llego a su altura me detengo y le pregunto que a dónde conduce el camino. Y él, sonriendo, me contesta:

—Si sigue andando llega hasta Cortegana.

 —Me parece que lo voy a dejar para otro día, ya es tarde, —le contesto. Y los dos seguimos nuestro camino.

Pero creo que ese sería un buen plan, salir temprano por la mañana, con una pequeña mochila, algo de comida y agua y llegar hasta Cortegana y, después de dar una vuelta por el pueblo, regresar por la tarde. Supongo, y eso sería cuestión de comprobarlo, que entre ida y vuelta serán unos veinte o veinticinco kilòmetros, nada que alguien acostumbrado a caminar no pueda hacer.

El paisaje vuelve a cambiar. Parece que me he trasladado sin darme cuenta a otra geografía, a otro país. Una arboleda tupida, de un verde exuberante, casi lujurioso, me acompaña durante un centenar de metros. En un recodo del camino el sonido del agua se hace intenso y veo un arroyo que lleva una gran cantidad de agua. Quizás sea la Ribera del Chanza, que nace a unos kilómetros de aquí, u otro arroyo que vierta sus aguas en ella. El caso es que vista y oído se alegran. Al poco rato diviso, escondida entre árboles y matorrales, una pequeña edificación con un panel solar. Me acerco y compruebo que hay una cancela cerrada con un nombre, “El Merendero”. Ahora me explico por qué el camino recibe este nombre. Lo que no sé es si realmente es un merendero al que se pueda venir a descansar y tomar algo después de una larga caminata o se corresponde con otro sentido. Sigo andando y unos cientos de metros después vuelvo a encontrarme con un caserío, un cortijo mucho más grande. Y cuando paso su lado, el nombre es el mismo, “El Merendero”. Ahora sí que no encuentro una explicación. Que dos viviendas separadas por unos centenares de metros tengan el mismo nombre no tiene demasiado sentido para mí. Tendré que preguntar en el pueblo.

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Miro el móvil y compruebo en la aplicación Mi Fit que ya llevo andados cuatro kilómetros y medio y unos cincuenta minutos. Me detengo y durante unos segundos dudo entre seguir hasta llegar a los cinco kilómetros o dar media vuelta. Son ya las siete y media de la tarde y me queda algo más de una hora de luz, pero recuerdo que los últimos kilómetros he estado bajando por lo que, ahora, durante bastante tiempo, tengo que subir. Así que me giro y comienzo el regreso. No me había dado cuenta pero la cuesta en muy pronunciada. Menos mal que el calzado y la ropa son muy cómodas y me facilitan el trabajo. Cuando termino la cuesta estoy casi empapado; no quiero ni imaginarme lo que puede ser hacer este recorrido en verano. Menos mal que ahora todo va a ser bajada. A la izquierda hay un pequeño cortijo y el perro que me había ladrado a la ida vuelve a intentar intimidarme y ganarse la pitanza de hoy. Ahora, además, lo acompaña el graznido (¿se llamará así?) de los pavos, que le hacen competencia. Sigo mi camino sin hacerles caso, lo que desanima a los animales y dejan de saludarme.

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La temperatura ha bajado algo, muy poco, pero por lo menos ya no me agobia el calor que hacía al principio. A lo lejos veo un grupo de mujeres que, seguramente con más experiencia en estas caminatas, han salido a andar más tarde y se van acercando. Cuando nos cruzamos las saludo y creo reconocer a alguna, pero soy muy despistado y no recuerdo quién es. Bajo un poco el ritmo pues quiero disfrutar de los últimos momentos. Mañana regreso a Sevilla y como mi madre también se irá a La Coruña, ya tendré menos ocasiones para repetir estos paseos. Además, el calor irá aumentando y la alergia no me permitirá disfrutar como lo he hecho estos días.

Cuando llego a casa mi madre me pregunta que por dónde he ido hoy y se lo explico. Ella se fue del pueblo hace setenta años, cuando era muy joven, y no conoce ninguno de los sitios que he recorrido estos días, pero le gusta escuchar mis explicaciones. Y como sé que la memoria es frágil y traicionera, me pongo a escribir estas notas para que no se olviden los momentos y los lugares que espero poder repetir lo antes posible.

Tarde de paseo por Aroche. El camino del Carmen

Después de unas semanas de lluvia que habían dejado el aire limpio y fresco, las piedras de las calles relucientes y la tierra encharcada, aquella mañana había amanecido con un sol radiante que mostraba el pueblo y el campo en todo su rotundo esplendor. El blanco parecía más blanco y el verde adquiría tonos esmeraldas y olivas que competían con el intenso color azul del cielo que se reflejaba en charcos y albercas. A diferencia de los días anteriores ni una sola nube se adivinaba en el horizonte. Una ligera brisa movía perezosamente las hojas del naranjo y del limonero de la huerta. Salí al porche y contemplé las casas de tejados a dos aguas, las terrazas, los balcones, el campanario de la iglesia, la torre de la cilla, el castillo y, al fondo, la sierra, recortando el horizonte con sus matices verdes y grisáceos.

La mañana había discurrido tranquilamente, bajar al sótano para subir unos troncos y unos palos para encender la chimenea, el desayuno en la sala mientras veía las noticias en la televisión y las comentaba con mi madre, las compras en el supermercado, el café en el casino, saludos a los conocidos. De vuelta a casa, y como me quedaba poco para terminar el libro que estaba leyendo, me sumergí en las últimas páginas y escuché a Paco Ibáñez en el equipo de música. Una cerveza y unos cacahuetes de aperitivo, una comida ligera, recoger la mesa, fregar los platos y una cabezada en el sillón, tapado con la ropa de la mesa camilla, pues dentro de la casa hace más frío que fuera, el ruido del televisor al fondo. Me desperecé de la breve siesta. Mi madre seguía durmiendo, la boca abierta y las gafas en la punta de la nariz. El fuego de la chimenea se había apagado pero la luz que, tamizada por la cortina, entraba por la ventana, me alejó el pensamiento de avivarlo. Me levanté sin hacer ruido y salí para coger las últimas naranjas del árbol. Algunas se habían caído esta noche y reposaban en el suelo. Me agaché a recogerlas, las limpié de la tierra que se había pegado a la piel y terminé de llenar una bolsa que rebosaba de frutos. Después recogí la ropa que mi madre había tendido fuera esta mañana, aprovechando que es el primer día sin lluvia y con sol después de mucho tiempo. Mi madre ya se había despertado y, saliendo en bata y con el pelo revuelto me preguntó que qué estaba haciendo, que cómo no la había avisado, que se aburre sin hacer nada. Le sonreí y le dije que volviera a entrar en casa, que todavía hacía frío, aunque hubiera salido el sol. Entró protestando y volvió a sentarse en la mesa camilla.

La tarde anterior había bajado hasta los Llanos de la Belleza, pasando al lado del cortijo y observando las nuevas plantaciones de árboles frutales y de arándanos que desde hace unos años han cambiado la fisonomía del campo, cubriéndolo de plástico. Todo sea por el trabajo y la riqueza que está proporcionando, pero el paisaje ha perdido encanto. Ya queda poco espacio sin cultivar y la agreste perfección de una llanura de hierba virgen que unos años antes sólo estaba salpicada por algunas ovejas ha desaparecido. Seguí andando por el camino de los Lobos hasta llegar a la Rivera del Chanza. En el cielo una bandada de buitres negros volaba alto haciendo círculos y un avión, mucho más arriba, dejaba una larga estela blanca. En el puente me detuve a contemplar la gran cantidad de agua que, gracias a las últimas lluvias, había limpiado y llenado el cauce. Seguramente habría habido alguna crecida los días anteriores porque ramas y pequeños troncos salpicaban la orilla. Me quedé un rato acodado en la baranda, esperando ver a la nutria que, según había escuchado unos días antes, solía acercarse. Pero no hubo suerte y regresé al pueblo sin subir, como hice la semana pasada, hasta el Cortijo de Los Lobos.

Esta tarde decidí cambiar de recorrido. Alrededor de las seis, después de ponerme ropa y calzado cómodo y de abrigarme bien, pues refresca mucho cuando se pone el sol, salí por la parte de atrás al callejón. El olivar del cercado en pendiente cuya sombra enfría las casas y que impide que el sol las caliente hasta bien entrada la tarde ha sembrado de hojitas el suelo húmedo. Debo tener cuidado para no resbalar. Llegué hasta la Fuente Nueva, saltando sobre el pequeño regato que sale de las piedras que sostienen los inclinados huertos y que se introduce por un aliviadero que lo llevará hasta el barranco de la Vica, saludé a Santito que, como siempre, está arreglando coches y al llegar a la altura del Salón Félix Lunar dejé la calle Puerta de Sevilla y giré a la izquierda subiendo por la empinada calle San Mamés. Apenas hay gente. Las cuestas del pueblo son para personas entrenadas pues la pendiente es continua y andar por las calles empedradas dificulta la caminata. Volví a girar a la izquierda, pasando por la calle Águila y la calle Senabra, dejando a mi derecha la Almena, la Torre de San Ginés. Una vez abandonadas las últimas casas del pueblo continué subiendo por un camino rural que hace unos años era de tierra y se embarraba con facilidad, pero lo han arreglado y ahora se puede andar mucho más cómodamente.

La pendiente se suavizó un poco. A un lado pequeños cercados de huertos, olivos, encinas y alcornoques en los que se ve, de vez en cuando, a alguien trabajando la tierra; a mi derecha, un desnivel abrupto que desciende hasta el ambulatorio, las casas que se levantaron donde se ubicaba el antiguo colegio y, poco más allá, el colegio nuevo. Sigo caminando sin prisa. Saludo a un hombre con un morral al hombro que me dice “amoallá”, vamos allá, un saludo habitual por estos lares, como si las personas adivinaran hacia donde uno se dirige. Me detengo ante un azulejo que han debido colocar hace poco y que informa de que estoy en el Camino Viejo del Cerro o Camino Antiguo del Hurón, un camino circular que enlaza con el Carril del Mármol. Me entra una duda porque justo al lado sale una estrecha senda muy inclinada y con piedras sueltas que no invita, precisamente, a adentrarse en ella. ¿Cuál será el Camino Viejo, el que estoy siguiendo o la pequeña senda? Ya se lo preguntaré a alguien.

Miro el reloj y son casi las seis y media. El sol todavía está bastante alto, aunque las sombras se han ido alargando y la temperatura ha descendido. El paisaje cambia un poco más adelante. El camino, que se había allanado durante unos cientos de metros, vuelve a subir y se bifurca. Un cartel indica que a la derecha hay un camino particular y ahí mismo, una finca con una piara de cerdos. Me acuerdo de la frase “dar de comer margaritas a los cerdos” y recojo algunas que crecen en los bordes de la finca. Dos o tres cochinillos se acercan curiosos y yo les tiro las margaritas, y aunque alguno hace ademán de comerlas, al final se da media vuelta y se aleja para seguir hozando en la tierra, rebuscando bellota entre las encinas.

El campo muestra la exuberancia que le proporciona el agua. Si yo entendiera de flora y fauna, si me hubiera criado en un pueblo, si mi padre no hubiera enfermado tan pronto, él que entendía tanto del campo y que me ayudaba a distinguir un roble de un castaño, un pino de un abeto o el canto de un mirlo del de un jilguero… Pero la enfermedad le atrapó demasiado pronto a él y demasiado niño a mí y le impidió acompañarme en los paseos por las corredoiras y por los bosques. En cuanto andaba unos metros se asfixiaba. Yo apenas tenía ocho años y ya no pude aprender con él. Casi todos los fines de semana íbamos a la aldea, a jugar con los primos y a corretear por el campo, pero él apenas podía seguirme y yo no tenía paciencia para andar a su ritmo. Por eso, cuando veo los árboles, las flores, los arbustos, los pájaros, sólo me queda acordarme de todo lo que he leído y escuchado. Sí reconozco las encinas, los olivos, los alcornoques, los pinos, los castaños, los naranjos…, pero poco más. Sé muchos nombres: quejigos, hayas, chopos, fresnos, álamos, alisos, pero no sabría distinguirlos. Y por el camino voy encontrando una gran variedad. Muchos de ellos nacen justo en el borde, sobrepasando las alambradas o los muros de piedra que, según me contaron hace tiempo, construyeron por aquí cuadrillas de gallegos, grandes expertos en levantar esos muros que separan unas leiras de otras, las fincas de los vecinos, los caminos de las tierras de labor.

El sendero ahora ya no está empedrado, sino que le han echado una capa de cemento. Donde antes las ovejas y las bestias caminaban sobre tierra y guijarros, ahora, seguramente para facilitar el paso de los coches, lo hacen sobre una superficie mucho más dura. El camino se bifurca y dos letreros me informan de que uno se llama “Camino del Merendero” y otro “Camino del Carmen”. Elijo este último. El camino sigue subiendo, pero la cuesta se hace más llevadera. A la derecha veo, a lo lejos, restos del mármol de la cantera. Poco más adelante sonrío al ver un muñeco con la cabeza de goma y el cuerpo de trapo colocado boja abajo sobre una alambrada, observando el paso de los caminantes. Durante una decena de metros se ven las marcas del paso de un rebaño que pasaría sobre el cemento cuando la argamasa estaría todavía fresca. Se van sucediendo fincas y dehesas con cerdos, cabras, ovejas, perros que me ladran al pasar o que se acercan curiosos y moviendo la cola. Ahora la vereda vuelve a ser de tierra y los charcos y los hilos de agua que corren al lado me acompañan con su sonido y se suman al canto de los pájaros, ¿serán jilgueros, pinzones, petirrojos, herrerillos…?

Sin darme cuenta el sol ha descendido mucho y mi sombra se ha alargado. La luz se tamiza entre las hojas de los árboles, que en algunos momentos se cierran sobre mi cabeza. Son cerca de las siete, casi una hora de marcha y decido dar la vuelta pues no quiero andar de noche por lugares que no conozco demasiado bien. En otra ocasión tendré que salir más temprano o hacerlo cuando la primavera esté más avanzada y las tardes sean más largas y cálidas. Varios coches me adelantan y tengo que apartarme pues el camino es estrecho. Los paisanos, que seguramente habrán estado trabajando durante todo el día en sus campos, regresan al pueblo. Uno se detiene un momento para preguntarme si me quiero subir con él al coche, que me acerca hasta donde yo quiera. Se lo agradezco, pero le contesto que prefiero ir caminando, que han sido muchos días encerrado en casa por la lluvia y que me apetece andar, que la tarde es perfecta para hacerlo. Me saluda y se aleja.

El sol se pone entre los cerros y diviso las primeras casas del pueblo. Hago una última foto con el teléfono móvil, aprovechando el contraluz, y me adentro en las calles silbando el pasodoble de Aroche.

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Pedir papas o sobre lo más importante

—¿Pides papas?

La pregunta me sorprendió. Hacía años que no la escuchaba. Cuando era pequeño o un poco más joven de lo que ahora soy y alguien te proponía un acertijo, una adivinanza o un problema, y pasaba el tiempo y no encontrabas la respuesta, el otro te conminaba a rendirte, a abandonar, a darte por vencido preguntando, a veces con sorna “¿pides papas?”. Casi nunca queríamos rendirnos, por eso casi nunca pedíamos papas, éramos demasiado orgullosos. Preferíamos quedarnos con la duda a ser humillados, ya encontraríamos la respuesta o la solución otra vez o preguntando más adelante, pero rendirse, jamás y pedir papas, menos. He buscado en Internet, en el diccionario de la RAE, en diccionarios de uso de la lengua y no he encontrado la expresión. ¿Se utilizará solamente en Galicia, como ocurre con “pedir colo”, “estar chosco”, “non vaia a ser o demo”, “vaiche boa” y otras muchas más? Quizás provenga de algún país sudamericano, a donde muchos gallegos emigraron durante la primera mitad del siglo veinte, como hicieron mi abuelo Castro, que emigró a Cuba y mis tías Pepita y Elena, hermanas de mi abuela Marina, que emigraron a Uruguay cuando eran casi unas niñas y allí estuvieron más de una década. Cuando esos paisanos míos regresaron, puede ser que introdujeran la expresión porque los gallegos no decimos “papas” sino “patacas”. Seguiré buscando la explicación y pensando cómo contar las historias de mi abuelo, de mis tías y de otros tíos un poco más lejanos que emigraron a Inglaterra, pues sus experiencias allí tuvieron que ser épicas.

Pero volvamos al principio. Llevaba un buen rato intentando encontrar la respuesta a un dilema que nos preocupaba. Un grupo de policías insulta y amenaza en un chat a su alcaldesa diciendo, entre otras lindezas “es terrible que ella no estuviera en el despacho de Atocha cuando mataron a sus compañeros”, “que se muera la vieja zorra ya”, “ojalá explote la sexta con todos ellos dentro y que ese día estén también Pablo Iglesias y Rufián”. A pesar de esas barbaridades, el juez no ve delito de odio y no lo investiga porque no hay denuncia. Por otro lado, el Supremo ratifica la prisión de tres años y medio para el rapero Valtonyc por expresiones como “un pistoletazo en la frente de tu jefe está justificado o siempre queda esperar a que le secuestre algún GRAPO”, “que explote un bus del PP con nitroglicerina cargada” o “mataría a Esperanza Aguirre, pero antes, le haría ver como su hijo vive entre ratas”. Si se analiza bien, apenas hay diferencia entre unos y otros. Tendríamos que ponernos en contexto, ver qué variables atenúan o agravan las frases, pero, aun sin ser experto en leyes ni contar con toda la información ni con las resoluciones judiciales completas, extraña la diferencia de criterio. Yo estoy a favor de la libertad de expresión, sobre todo cuando se produce en un ámbito como el artístico que en muchas épocas ha causado escándalo, aunque reconozco que todo lo que he reproducido líneas arriba me parece de muy mal gusto y poco artístico. Pero creo que hay una diferencia en cada uno de los actos. Me da la impresión de que las letras del rapero, que no son precisamente un dechado de virtudes literarias, lo único que pretenden es provocar, acosar, fustigar, denunciar. En todas las épocas, desde griegos y romanos, pasando por la Edad Media o el Siglo de Oro (Aristófanes, Plauto, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, los hermanos Bécquer…), escritores o pintores han criticado, a veces de manera muy cruel, a los poderosos. Casi siempre de forma sutil e inteligente, aunque muchas veces llegaban al insulto. Por eso es chocante que siglos después haya habido un retroceso en este ámbito. Podríamos seguir con las últimas noticias de estos días: la retirada de Arco de una obra de Santiago Sierra, el secuestro por orden judicial del libro Fariñala condena a Cassandra Vera por sus tuits sobre Carrero Blanco, etc. Así que resulta cuanto menos llamativo que los policías se hayan ido de rositas, sin un apercibimiento ni reconvención, porque sus expresiones podrían considerarse más graves, ya que son servidores públicos, teóricamente garantes del cumplimiento de las leyes, pagados con el dinero de los impuestos y cuyo cometido es proteger a los ciudadanos y no acosarlos, insultarlos o amenazarlos. Y, encima, con permiso para llevar y utilizar armas, yo no digo nada.

Mi interlocutor, Felipe, un vecino que había llegado hacía poco y que nos había invitado a su casa a mi mujer y a mí para presentarse y conocernos un poco más, comenzó a decirnos que había llegado a la ciudad por motivos de trabajo, una gran empresa farmacéutica en la que él trabajaba como comercial y visitador. Alto y delgado, bien vestido con ropa de marca, con una pequeña barba muy cuidada, en la que ya se podían apreciar algunas canas,  y unas gafas modernas de pasta, casi siempre estaba sonriendo, pero su mirada era un poco más fría, distante y calculadora de lo normal, como si estuviera siempre alerta, intentando adivinar qué pensaba yo; seguramente era un defecto profesional, los vendedores, los que intentan convencer para que se les compre un producto, deben averiguar cuáles son las debilidades, incluso los secretos de los demás. Eso me intranquilizaba, me provocaba una cierta desazón desde que me lo encontré por primera vez en el ascensor. Parecía una persona afable, acostumbrada a tratar con la gente, a caerle bien a las personas y a estudiarlas, a conocerlas a fondo. Su voz era ronca, profunda, modulada con educación y su lenguaje denotaba cultura y aplomo. Hablaba de forma pausada, sin apenas levantar la voz, pero siempre con la intención de persuadir, de convencer. Más que lo que decía, que muchas veces no dejaban de ser lugares comunes, llamaba la atención cómo lo decía, con qué seguridad y convencimiento.

Su mujer, bastante más joven que él y que apenas pasaría de los treinta, era mucho más tímida, quizás un poco acomplejada ante el dominio que mostraba su marido. Su ropa también era cara, como me susurró mi mujer en un aparte, cuando el matrimonio se levantó un momento para ir a la cocina a preparar unos aperitivos. Melena corta que movía con gracia y que dejaba ver un poco de su largo cuello, de pelo castaño claro con algunas mechas rubias, se movía con elegancia, como si flotara. Daba la impresión de ser una deportista, lo que nos confirmó un poco más adelante cuando comentó que salía a correr casi todos los días y que, en su anterior ciudad, acudía periódicamente a un gimnasio. No trabajaba, había terminado los estudios de derecho, pero se habían casado jóvenes y el trabajo de su marido requería que cambiaran con frecuencia de ciudad por lo que nunca se pudo centrar en la búsqueda de un empleo. Sin embargo, ahora tomó la decisión colocarse en algún bufete, aunque fuera como becaria, porque les habían prometido en la empresa que esta vez iban a permanecer al menos dos o tres años allí, no tenían hijos y no quería pasarse sola en casa todo el tiempo. Mi mujer la animó y le dijo que la ayudaría, que tenía mucho tiempo libre porque los dos estábamos jubilados y que no le importaba acompañarla hasta que conociera mejor la ciudad. En un momento de la conversación se levantaron las dos porque Anabel, nuestra anfitriona, quería enseñarle el piso y algunas reformas que quería hacer.

Mientras Felipe y yo charlábamos de cómo eran el resto de los vecinos, de si había problemas en la comunidad, de la rivalidad entre Betis y Sevilla y de otras cosas más banales, nos detuvimos un momento a escuchar en la televisión la noticia de que el Supremo había confirmado la condena a Valtonyc. La presentadora del informativo resumió la noticia, haciendo hincapié en las injurias al Rey y al enaltecimiento del terrorismo, incluyendo alguna de las desafortunadas frases del rapero que se reproducían en la sentencia. En ese momento Felipe hizo un comentario de manera muy exaltada, lo que me extrañó, “ya era hora de que pusieran en su sitio a estos malnacidos”, porque hasta entonces me había parecido una persona muy tranquila y que controlaba sus emociones, y porque todavía no teníamos la suficiente confianza como para expresar opiniones que, de alguna manera, podían molestar a alguien a quien no conocía y con el que pretendía establecer una buena relación.

Yo permanecí callado unos momentos, valorando si debería intervenir o no. No tenía claro si lo que había dicho era una forma de ponerme a prueba, de provocarme para comprobar cómo pensaba, de qué lado me decantaría. Podía ser una táctica de vendedor, la manera de conocer mis simpatías políticas o mi capacidad de encajar opiniones adversas, de discutir, de expresarme. Pero sólo fue un instante, porque suelo ser vehemente cuando me provocan, sobre todo si es de una forma tan explícita y, por qué no decirlo, tan grosera. A pesar de que estaba “en territorio enemigo”, opiné que me parecía que en los últimos años se había producido un retroceso en la libertad de expresión y que, tirando de refranero español, “no ofende quien quiere sino quien puede” y una frase de Diógenes que me había aprendido para demostrar mi vasta cultura en determinadas circunstancias, y ésta era propicia: “el insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe”. Ahí queda eso, pensé yo. No creas que me vas a cerrar la boca tan fácilmente. Y si lo has hecho sólo para provocarme o para conocerme más, mejor que mejor.

Felipe volvió a sonreír e hizo un gesto con la mano como diciendo que no tenía importancia y que no quería discutir. Ese gesto me molestó todavía más, no hay cosa más me fastidie que la displicencia, la prepotencia, el estar por encima de los demás. Mal habíamos empezado.

—Perdona por la frase, —me dijo, —pero algunos se están pasando de la raya y no está de más que se los ponga en su sitio. No todo vale en democracia, creo. Guardar las formas, respetar las instituciones y la ley son la norma básica de los estados democráticos modernos. De un tiempo a esta parte algunos se creen que pueden usar la libertad de expresión impunemente, sin ningún tipo de cortapisas ni de respeto. Así que estas sentencias me parecen ejemplarizantes. Y yo diría más, en algunos casos, como el de los insultos a las víctimas del terrorismo, la justicia tendría que ser aún más dura.

—De acuerdo en lo del respeto a la ley, —dije—, pero entonces, ¿por qué los jueces, que son los encargados de impartirla, castigan a unos con tanta severidad y otros no son ni amonestados? ¿No es la ley igual para todos? ¿Cómo se explica la disparidad de criterios? ¿Crees, de verdad, que la justicia se ha impartido igual? —Yo no estaba dispuesto a ceder ante unos hechos que me parecían injustos y desproporcionados en unos casos, mientras que el de los policías madrileños era inadmisible.

—Dímelo tú, porque supongo que tendrás una opinión formada, por lo que veo, sobre estas actuaciones de la justicia. Yo tengo la mía pero, si no te importa, me gustaría escuchar primero la tuya.

—La única explicación posible y lógica, a la vista de los hechos, es que la justicia no es tal, que hay muchos jueces politizados y con convicciones retrógradas, ancladas en un pasado que ya suponíamos superado. Mientras que la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y el Constitucional sean elegidos por los políticos y no por méritos estrictamente profesionales y demostrados, nunca habrá una justicia imparcial y objetiva.

—Sí, pero los jueces lo único que hacen es aplicar la ley o, como mucho, interpretarla. Son los políticos en el Congreso y en el Senado los que las elaboran y aprueban. Además, hay instancias superiores que pueden revocarlas, como ha ocurrido en bastantes ocasiones. Y si algunos creen que la justicia española no actúa correctamente, siempre se puede acudir al Tribunal de Estrasburgo, digo yo. Además, fíjate en una cosa: los policías escribieron los insultos y amenazas en un chat privado, mientras que en las otras situaciones eran públicos. Supongo que la difusión será un motivo agravante. No es lo mismo lo que yo diga y exprese en público o en las redes sociales que lo que manifieste en privado. 

Reconozco que me estaba quedando sin argumentos. Felipe era un duro contrincante, acostumbrado a ganar, a vencer con su retórica, a convencer a sus oponentes, a sus clientes. Yo me sentía empequeñecido y a punto de tirar la toalla. No se me ocurría nada mejor para rebatir su argumentación.

—¿No tienes otra explicación, no quieres argumentar algo más? —Felipe seguía sonriendo y yo tenía ganas de borrarle esa sonrisa de superioridad, aunque fuera a base de tortazos. Pero no era plan, ya que suelo ser un invitado educado y poco proclive a los excesos, sobre todo a los que emplean la violencia. Además, estoy seguro de que por la fuerza, él también me ganaría. Era más alto, más joven y más robusto que yo. —Quizás mi último razonamiento te pueda convencer —esta vez lo dijo con un tono mucho más serio.

Dudé durante unos segundos. Aproveché que había empezado a llover después de mucho tiempo, tanto que ya se decía que estábamos en prealerta por sequía, me levanté del sofá y me acerqué a la puerta de cristales del salón que daba a la avenida. Me quedé hipnotizado viendo los goterones que golpeaban contra el asfalto y contra las hojas de los árboles que casi llegaban a la altura del piso. Había oscurecido muy rápido, sin darnos cuenta y las farolas comenzaron a encenderse con una luz amarillenta que apenas iluminaba. Entonces surgió la pregunta que me desconcertó y me hizo revivir mi infancia y mi juventud, ya muy lejanas en el tiempo pero cercanas en la memoria, pues cada vez dedicaba más horas a rememorar anécdotas, personas y lugares, como suelen, solemos hacer, las personas cuyo presente es sólo un pálido reflejo de lo vivido y que nunca alcanzará el color y la intensidad de antaño.

—¿Pides papas?

Me di media vuelta y me acerqué despacio hasta donde estaba sentado. Me quedé mirándolo con un gesto en el que seguramente él vería sorpresa, curiosidad, desconcierto. Y eso era realmente lo que yo sentía en esos momentos. Me había olvidado por completo de la discusión, de las leyes, de los jueces, de raperos y policías. Ahora sólo quería saber una cosa.

—¿Tú, por casualidad, no serás gallego, no? Porque si lo eres, no tienes acento, pareces más bien castellano, madrileño o incluso, navarro. ¿Eres gallego, como yo? Porque esa expresión sólo la he escuchado en Galicia. Y me trae muchos recuerdos.

Y entonces, cuando él me respondió que sí, que era gallego y que se alegraba mucho de tener como vecino un paisano, dejamos de discutir y comenzamos a contarnos cosas de nuestra tierra, de nuestras vivencias, de lo que habíamos dejado atrás y de lo que nos gustaría hacer si regresábamos. Y cuando Anabel y mi mujer regresaron al salón, nos encontraron charlando animadamente, riendo, como si nos conociéramos de toda la vida. Y es que hay cosas más importantes que la política o las leyes.

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