Alergia. Alegría

Alergia. Es primavera. Hace casi un mes que empezó y los estragos ya se están notando. Sevilla es una ciudad llena de árboles. Rara es la calle donde no se hayan plantado naranjos, plátanos de sombra o jacarandás. Los parques y jardines abundan, no creo que haya urbe con más metros cuadrados de parque por habitante. Las buganvillas, los rosales, los nardos, el romero, el tomillo, el mirto, la retama, la dama de noche. Los jardines están llenos de plantas aromáticas que, además, llenan el aire de polen. Sufro.

Desde hace unos días lo primero que hago al levantarme es estornudar. Cinco o seis estornudos seguidos. Es la mejor manera de despertarse. Después de asearme un poco y desayunar, comienza el ritual de echarme gotas en los ojos y hacer un par de inhalaciones de antihistamínicos. Pero todo es pa ná. En cuanto piso la calle, qué digo, antes de salir del portal, empiezan los primeros síntomas: dos o tres estornudos más, picor en la garganta y en los ojos, toses. Y después es peor. Empiezo a pasear y el aroma del azahar lo impregna todo. Hay a quien le gusta. Yo lo odio, aunque hace muchos años me encantaba.

Recuerdo que la primera vez que vine a Sevilla lo que más me llamó la atención fue el olor, el color y el sonido de la Semana Santa. La mezcla de azahar e incienso, el colorido y la belleza de las imágenes, la música que las acompaña, el azul del cielo, el respeto de la gente, la saeta, el silencio en las calles estrechas. Todo eso forma un conjunto y crea una atmósfera que subyuga al visitante. Los sevillanos ya están acostumbrados, pero no dejan de asombrarse todos los años ante el misterio y el encanto de los sentidos. Otras ciudades también celebran la Semana Santa, pero es difícil, yo diría que imposible, encontrar tanta belleza y tanta armonía.

Pero yo sufro en estos meses. Es tiempo de alergia. Gramíneas, plátanos de sombra, malezas, olivos, casi todo lo que tenga hojas verdes y polen es mi enemigo. Por eso odio el campo y vivo en la ciudad aunque la ciudad, por desgracia, también quiere imitar al campo. ¿Quién les habrá dicho a los alcaldes que las ciudades con muchas plantas son más bonitas? Si la gente quiere verde y respirar aire puro que salga de la ciudad. En el campo, prohibido el asfalto. En la ciudad, prohibido el campo. No es tan difícil de entender, digo yo. A mí, eso de las medias tintas, las medias verdades, los medios lo que sea, no me gustan. Si quiero ver animalitos que se comen unos a otros, cascadas, montañas nevadas, bosques, praderas, etc., me siento delante del televisor y pongo un documental de La 2. No falla, a los diez minutos estoy dormido, entre otras cosas, porque suelen ponerlo después de comer y siesta y documental de La 2 son casi sinónimos.

De todas formas, debo decir que de pequeño me gustaba ir con mis padres a la aldea, jugar en los prados, aspirar un aire distinto al del asfalto y el humo de los coches, aunque es verdad que en aquella época había pocos. Pero tenía una libertad de la que carecía en las calles. El campo, los senderos, los árboles, los arroyos, la tierra, las rocas. Todo era nuevo y misterioso, diferente y único. Pero ahora, vaya a usted a saber por qué me ha tocado a mí, se han convertido en seres y objetos hostiles que me atacan y me torturan.

En Galicia tosía y estornudaba cuando tocaba, es decir, en invierno, con lluvia y frío. Cuando menos te lo esperabas te caía una manta de agua encima que te calaba hasta los huesos. Al día siguiente, resfriado. Pero eso es lo normal: enfriamiento igual a catarro. Te tomabas un caldito caliente, una aspirina y a sudar. En dos o tres días, como nuevo. Pero esto de toser, estornudar y llorar por culpa del polen es antinatural, no lo entiendo. Hace calor y estornudo; hace un poco de viento y me pican los ojos y la garganta; ando junto a los naranjos y me entra un ataque de tos.

Yo, que durante una época formé parte de los boy scouts, que firmo todas las peticiones para salvar la tierra y todos los animalitos y plantas que la pueblan, que intento concienciar a familiares y amigos de la necesidad de cuidar la naturaleza, que me cabreo con lo del calentamiento global por culpa de la contaminación, que me horroriza ver los mares llenos de plásticos, voy a terminar por pasarme al lado de los negacionistas: ni hay calentamiento global ni me creo lo de la contaminación ni lo del agujero de la capa de ozono. Donde se ponga una buena capa de cemento y de asfalto, que se quiten todas las hierbecitas y plantitas que me rodean.

Pero ayer la naturaleza fue justa conmigo y me hizo un gran favor. Estoy de suerte. En pleno Jueves Santo, cuando estaba poniendo todas las excusas posibles para quedarme en casa viendo las procesiones por televisión, ocurrió el milagro: otros años por esta época mi respiración asmática, mis ojos llorosos y mi nariz roja eran la viva imagen de la persona alérgica por excelencia, tanto que podría servir para un anuncio de televisión; pero este año, el 18 de abril, cayó una de las mayores granizadas y tormentas de agua que se recuerdan en esta tierra de María Santísima. Las avenidas parecían ríos, las plazas eran como pistas de hielo llenas de granizo. Y sobre todo, y ese es el verdadero milagro, los naranjos y la mayor parte de las plantas de esta ciudad se quedaron sin flores. Todas fueron arrancadas casi de cuajo y terminaron sembrando las calles, mezclándose el blanco del granizo con el blanco del azahar. Una imagen preciosa.

Llevo un par de días sin tomarme una pastilla, ni inhalando ni aspirando budesonida. No toso, no estornudo, no lloro. Puedo andar por la ciudad sin miedo, respirando a pleno pulmón, llenándome de oxígeno mezclado con el humo de los coches. Pero estoy feliz, supongo que durante pocos días, porque las malditas plantas son capaces de sacar a relucir en poco tiempo sus atributos florales. Pero mientras eso sucede, cambio el orden de un par de letras a la palabra maldita y ahora digo en voz alta… ¡Alegría!

Imagen relacionada

Anuncios

Dos meses intensos

Diez de abril. Son las seis de la tarde. He terminado de leer un capítulo de La forja, la primera de las novelas biográficas que componen la trilogía La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Llevaba mucho tiempo queriendo leer esta obra, pero siempre encontraba una excusa, alguna lectura que alguien me recomendaba, me prestaba o me regalaba, algún éxito literario que sobresalía de la mediocridad y que me llamaba poderosamente la atención, alguna crítica que me encandilaba o cierta entrevista a un autor que vendía con habilidad su último éxito. Pero esta vez ya no lo he dejado pasar. Los primeros capítulos me han enganchado describiendo la infancia de un niño de principios del XX en Madrid, una ciudad pobre, provinciana, con personajes humildes, sencillos, que pasan penurias y calamidades, pero que viven con intensidad cada instante.

Me caliento en el microondas un poco de café descafeinado con leche semidesnatada y mojo en la taza una galleta mientras leo en el ordenador las últimas noticias que giran, desde hace mucho tiempo, sobre dos grandes temas: el juicio del procés (pronúnciese prucés) y la eterna precampaña electoral que amenaza con engullir nuestras vidas y dejarnos exhaustos, aunque hoy, cosa rara, casi todos los periódicos y noticieros de televisión vespertinos abren con una noticia científica: la primera foto de un agujero negro que, según los periodistas y los expertos en física cuántica, demuestran que Einstein vuelve a tener razón, por si quedaba alguna duda.

El juicio ha caído en una cierta monotonía con las declaraciones de policías y guardias civiles que describen los momentos de tensión que vivieron en la jornada del 1-O. Los fiscales se frotan las manos, aunque es difícil que puedan demostrar que lo ocurrido fue una rebelión o una sedición. Hace unas semanas habían declarado los mossos, que según parece, son menos independentistas que Santiago Abascal. Y no detuvieron a Puigdemont porque nadie se lo dijo, si no ahora estaría entre rejas y delante de Marchena, que se está convirtiendo en un juez estrella, como antes lo fueron Garzón, Gómez Bermúdez o Pablo Ruz. Para que aprenden los americanos, que parecía que tenían la exclusiva de las películas sobre juicios (véase Vencedores o vencidos o Matar a un ruiseñor, dos películas que nunca me canso de ver). La realidad siempre supera a la ficción. Lo único malo es que hay testigos que son muy aburridos y después de casi dos meses de juicio es difícil que ya nos sorprenda algo.

Los que sí nos sorprenden son los políticos. ¿Para qué queremos humoristas o monologuistas con personajes como los que quieren gobernar este país? Esos sí que se superan día a día. Si uno dice una barbaridad otro le gana por una cabeza y el de más allá, que no quiere quedarse atrás, inventa una sandez mayor. El caso es llenar titulares, competir por las frases más absurdas y peregrinas. Que si los neandertales eran expertos en abortos, que si en Nueva York se mata a los niños que ya han nacido (o sea, ya no es aborto, es directamente infanticidio… si Adolfo Suárez, el verdadero, levantara la cabeza), que si todos los españoles de bien deberíamos llevar armas, que si el adversario prefiere tener las manos manchadas de sangre que pintadas de blanco, y otras lindezas por el estilo. Yo creo que lo hacen a propósito, que les pagan a sus asesores para que se inventen las barbaridades y puedan llenar páginas en los periódicos y minutos en los telediarios. Y ahora, con esto de los fichajes estrella (periodistas, toreros, actores, militares…) el Congreso va a ser mucho más divertido. Antes nos sorprendíamos con la política italiana, que solía llevarse la palma en ese sentido: actrices porno, cantantes, estrellas del humor, pero ya les vamos ganando, no íbamos a ser menos que ellos. Me imagino a un militar franquista y a un torero defendiendo los presupuestos generales del estado o una ley educativa. Si las cadenas de televisión o las radios no le sacan partido a eso es que no se merecen el sueldo. 

Quedan sesenta días intensos: Semana Santa, campaña electoral, elecciones generales el 28 de abril, Feria de Sevilla del 4 al 11 de mayo, mi cumpleaños y el de Santiago el 9 de mayo, jueves de feria, otra campaña electoral que empieza cuando termina la feria, elecciones municipales, europeas y autonómicas el 26 de mayo, la romería de Aroche el 31 de mayo y el 1 y el 2 de junio, la exhumación de Franco (si el PP y Vox no lo impiden) el 10 de junio. Eso sin contar con las oposiciones de mi hija Carmen, que empezaron el 6 de abril y que, con una poca de suerte, las aprobará en junio. Así, sin descanso ni dejando respirar. Y yo con un tratamiento de queratosis actínica que me ha puesto la frente como un ecce homo. Resulta que me recetaron una pomada que se llama Zyclara que es una bomba, que arrasa todo lo que toca. Su componente principal debe ser el ácido sulfúrico, o similar. A ver quién sale a la calle lleno de costras como si me hubiera caído de una moto. Cuando voy andando los niños me señalan con el dedo y le preguntan a sus madres ¿qué le ha pasado a ese señor? Y yo pongo cara de pena y de sufrimiento, como si me doliera mucho. No va a quedar bien que me ponga chaqueta y corbata en Semana Santa y en Feria y la gente, en lugar de admirar mi porte elegante, sólo se fije en mi frente. Y cuando vaya a votar, el presidente de la mesa dudará entre pedirme el carnet de identidad o un certificado médico de que lo mío no es contagioso.

Sólo quedan dos meses. Y después, los pactos. Pero ese será otro tema.

Resultado de imagen de elecciones generales 2019

Acuerdo histórico

Aunque parezca increíble, todos los partidos políticos del arco parlamentario catalán, sí, todos, desde el PP a la CUP, se han puesto de acuerdo en una cosa: no utilizar la inmigración, el racismo y la xenofobia como arma electoral. Además de los partidos políticos, también se han sumado el Ayuntamiento de Barcelona, la Asociación Catalana de Municipios, la Sindicatura de Greuges (el defensor del pueblo catalán) y cincuenta entidades más. Esta noticia, que tendría que abrir los telediarios, los titulares de los periódicos y de las radios y llenara los espacios de las tertulias políticas, ha pasado casi desapercibida. De hecho, la he encontrado por casualidad, porque tengo la costumbre, sana costumbre, de hacer un recorrido matinal por los periódicos, tanto los nacionales como los nacionalistas y los digitales. Y mira por dónde, leyendo un periódico digital, ahí estaba la noticia. 

Lo que ocurre es que en la misma noticia nos encontramos con algunas incongruencias, desde mi punto de vista. Por ejemplo, cuando el presidente Torra dice que  “Catalunya es, ha sido y será una tierra de acogida y solidaridad” y que es un “país de adhesión y no de oposición”. Bueno, vale, el problema es que las palabras son muy bonitas pero después la realidad es muy otra. Lo de tierra de acogida y solidaridad, teniendo en cuenta la situación de millones de catalanes no independentistas y el concepto que los independentistas tienen de otras comunidades de España, como Andalucía, Murcia, Extremadura, etc., desmienten estas palabras. Y ya el colmo es que diga que Catalunya es un país de adhesión y no de oposición. Hombre, o yo desconozco algún significado oculto en el término adhesión o alguien que quiere separarse muy adherente no es.

Pero bueno, dejemos la fiesta en paz y celebremos que, aunque sólo sea por una vez, los políticos de este país, sobre todo los catalanes, estén de acuerdo en algo. A ver si cunde el ejemplo.

Acuerdo para un debate responsable sobre inmigración y contra el racismo y la xenofobia