Un turista en Nueva York (y VI). Otra excursión y paseo por Central Park. Punto y final

De hoy no pasa. Reconozco que estas entradas sobre el viaje a Nueva York no han sido tanto para dar envidia a aquellos que todavía no conocen esta ciudad o para hacer una reseña que sirva para futuros viajeros (yo no soy experto en guías de viajes), sino como una especie de diario que me permita recordar momentos e instantes que de otro modo caerían en el olvido.Y si, además, puede servir a otros para que planifiquen mejor su viaje, estupendo. Continuaré describiendo la segunda excursión que hicimos durante los nueve días de estancia en Nueva York: Washington.

DOS EXCURSIONES CONTRATADAS (II)

Esta excursión fue una incógnita durante nuestros primeros días. Así como la de Contrastes en Nueva York teníamos claro que queríamos hacerla, la de Washington estuvo en duda hasta un par de días antes, porque queríamos comprobar si nos daba tiempo a ver todo lo que habíamos previsto. Como se estaban cumpliendo todos los objetivos sin ningún tipo de incidente (menos el tiempo, ya que la lluvia y el frío nos estaban retrasando el picnic en Central Park), dos días antes contratamos esta excursión con Civitatis. Una opción bastante más económica es ir en tren o en autobús, como se describe en esta página Washington en un día, pero de esta forma estábamos más tranquilos y, después de la experiencia, creo que volvería a hacerlo así. De entrada diré que es una auténtica paliza: casi nueve horas en minibús (ida y vuelta) de un total de dieciséis, por lo que únicamente te quedan siete horas para ver una ciudad que, realmente, merece la pena, aunque sólo sea para conocer sus lugares más emblemáticos.

Fernando, el excelente guía que nos acompañó en esta excursión, nos recogió a las seis menos cuarto de la mañana en nuestro hotel, un madrugón. A partir de ahí fuimos recogiendo a los otros viajeros hasta completar trece, mal número, aunque con Fernando éramos catorce: nosotros siete, una valenciana, una ecuatoriana (jóvenes las dos), un padre y una hija chilenos y un matrimonio de argentinos. Buen grupo con el que congeniamos e hicimos un agradable viaje. He de decir que ese día, lunes 9 de mayo, Santiago y yo cumplíamos años, con lo que fue una excelente manera de celebrarlo.

Salimos de Manhattan pasadas las seis de la mañana por el Lincoln Tunnel y entramos en el estado de New Jersey. Todo el viaje de ida lo hicimos por autopista y Fernando, que al mismo tiempo que conducía nos iba explicando la historia de los lugares por los que pasábamos, resultó un guía muy preparado y ameno. Después de New Jersey llegamos al estado de Delaware y paramos a desayunar en una enorme área de servicio, con tres o cuatro cafeterías y restaurantes, un Starbucks, cómo no, tiendas de compras… Seguramente Santiago hará una descripción detallada de cómo fue el desayuno en su blog Kimochi, porque tuvo anécdotas graciosas.

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A continuación llegamos a Maryland y pasamos cerca de su capital, Baltimore, pero no paramos. Y por fin, tras cinco horas de viaje y unos 350 kilómetros (o 260 millas, como prefiráis), y después de atravesar el río Potomac, llegamos al destino. Primer problema: casi todo el tiempo estuvo lloviendo, por lo que era complicado aguantar el paraguas y hacer fotos al mismo tiempo. En primer lugar, y tras rodear el Pentágono, nos dirigimos al Cementerio Nacional de Arlington, donde descansan los militares estadounidenses que participaron en todas las guerras, sean de la religión que sean. Es una visita obligada como casi todo lo que vimos en Washington. Aunque lo hemos visto muchas veces en cine y televisión, es realmente impresionante. Las tumbas de John F. Kennedy, de sus hermanos y de su esposa Jacqueline están en una zona elevada y con una llama que jamás se apaga. El silencio que rodea esta zona es casi absoluto.

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Después de casi una hora deambulando entre tumbas y monumentos, volvemos otra vez al autobús que nos lleva a uno de los lugares más conocidos de Washington: el National Mall, la explanada con el obelisco a un lado y el Monumento a Lincoln en otro. Recordé muchas películas que se desarrollan en este entorno entre ellas, cómo no, Forrest Gump y su reencuentro con Jenny. Más fotos y más paraguas.

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Seguimos con la visita y llegamos hasta la denominada “Calle Principal de América”, es decir, la Avenida de Pensilvania, que conecta el Capitolio y la Casa Blanca. Y otra vez me volví a acordar de Jenny, la actriz Robin Wright, esta vez como Claire Underwood protagonista de la serie House of Cards (¡cómo terminó la 4ª temporada, madre mía!)

En todas partes cientos de turistas y en esta zona, además, decenas de policías con perros. Muchas fotos y esperando que Obama saliera a recibirnos, pero no ocurrió. Ni tampoco salió Kevin Spacey como Frank Underwood, nueva decepción.

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Llega la hora de comer y el autobús nos deja frente al Capitolio, cuya cúpula está en obras. Para nuestra decepción no pudimos visitarlo, así que entramos en uno de los mejores museos que nos encontramos en el viaje: la Galería Nacional de Arte. Reconozco mi ignorancia, pero creo que no sabía de la importancia y de la calidad de las obras que contiene. Con una gran ventaja: es muy cómodo, las obras están perfectamente organizadas y no hay aglomeraciones como en la mayoría de los museos que visitamos en Nueva York. La pena es que tuvimos poco tiempo para recorrerlo, y eso que comimos en el restaurante que hay en la planta baja.

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El viaje de regreso se hizo más pesado porque, además, buena parte lo hicimos por carretera nacional y no por autopista. A todo esto, he decir que el paisaje de los estados que atravesamos es precioso: grandes ríos y bosques, pequeñas colinas, lagos… Un descanso para la vista.

Llegamos a Nueva York cerca de las once de la noche, cansados pero contentos de haber pasado una jornada intensa y bien aprovechada. Lo bueno que tienen este tipo de excursiones es que te quedas con ganas de volver.

PASEO POR CENTRAL PARK

Último día en Nueva York y, por fin, sale el sol. Pensé que no íbamos a verlo en todos los días de nuestra estancia aquí. Así que, después de dejar las habitaciones, entregar las llaves en recepción y dejar las maletas guardadas en una habitación de la planta baja,  pudimos pasear por este auténtico oasis dentro de una enorme ciudad. Como desde el hotel es un pequeño paseo, nos detuvimos primero en el Hotel Plaza y nos hicimos fotos en el vestíbulo (poco que ver con el Shoreham, como es lógico). El parque tiene forma rectangular, con unos cuatro kilómetros de largo y algo menos de un kilómetro de ancho. Mi intención era haber corrido una de las mañanas, pero con ese tiempo no tenía ganas de coger una pulmonía. Y el último día no era plan ya que hubiera tenido que levantarme demasiado temprano y llevar la ropa sudada en una bolsa dentro de una maleta. Carmen no me lo hubiera permitido.

Lo primero que llama la atención del parque es que parece casi totalmente natural, aunque su diseño y construcción datan de mediados del siglo XIX (véase esta entrada de la Wikipedia: Central Park). Poco a poco fuimos recorriéndolo, dando un paseo muy agradable. Salimos para ver el edificio Dakota, pero su fachada estaba totalmente en obras, así que apenas pudimos verlo. Muy cerca, dentro del parque, hay una zona de homenaje a John Lennon que, como sabéis, fue asesinado cuando salía del Dakota. Siempre hay gente haciéndose fotos y cantando canciones suyas. Llegamos hasta el lago más grande del parque, el Reservoir y, después de casi tres horas de paseo, salimos. Se iba acercando la hora de comer. Por esa zona hay pocos restaurantes pero encontramos uno que no estuvo mal, el New Amitie, en Madison Avenue. Cuando terminamos, Santiago, Isabel y yo continuamos andando y bajamos por Madison, pero los demás no tenían ganas de más ejercicio y cogieron un taxi para descansar un poco en el hotel. Los tres paseantes nos compramos un café que fuimos tomando por la calle, para seguir y terminar con una tradición neoyorquina.

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El final y la salida de Nueva York fueron apoteósicos. Habíamos encargado en recepción un transporte que nos llevara del hotel al aeropuerto y cuando llegó la hora, sobre las cinco de la tarde, comprobamos con asombro que no era un microbús, como cuando llegamos, sino una limusina. Lo que nos faltaba para rematar un viaje que había salido mucho mejor de lo que habíamos planificado. Pero nos llevamos un buen susto porque a esa hora salir de Manhattan y atravesar Queens es un suplicio. Tardamos casi dos horas en llegar al JFK por lo que casi entramos en pánico, aunque habíamos salido con bastante antelación Pero al final no tuvimos problemas.

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Salimos el día 10 de mayo a las 21,30 de Nueva York y llegamos a Londres el día 11 a las 9,30 de la mañana (cosas de los husos horarios). Tanto el viaje de vuelta en avión a Heathrow, como el traslado en un minibús hasta Gatwick y el viaje a Sevilla transcurrieron sin incidentes. Total, que tras diez días puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que este viaje es uno de los mejores que he hecho. Nueva York es una ciudad fascinante, que no deja indiferente a nadie. Allí te encuentras con un ambiente,una cultura, unas gentes, que es un compendio de todos los ambientes, culturas y personas de los lugares que he visitado hasta ahora. No tiene el encanto de París o Londres, la historia de Roma o Florencia, la personalidad de Viena o Praga, la belleza de Estambul. Pero en muchos de sus rincones puedes encontrar un trozo de cada uno de ellos. Todavía me quedan muchos países, ciudades y rincones por ver y visitar, pero si alguna vez me proponen volver a Nueva York, seguro que lo haré.

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Un turista en Nueva York (V). Primera excursión

Me estoy acercando al número de entradas que tenía previstas para describir todo el viaje a Nueva York, pero creo que me he quedado corto, porque todavía me faltan muchas cosas por explicar. Intentaré ser más escueto, porque, además, lo breve, si bueno, es más breve (o lo bueno, si breve, es mejor… ya no sé muy bien lo que escribo).

DOS EXCURSIONES CONTRATADAS (I)

Intentar ver Nueva York en ocho días os puedo asegurar que es una tarea imposible. Sólo Manhattan puede llevarte un mes, y si quieres conocerla en profundidad, toda una vida. Creo que eso pasa con cualquier ciudad, porque yo llevo viviendo 35 años en Sevilla y todavía no conozco muchos de sus rincones, así que figuraos una ciudad que, creo recordar, es doce o trece veces más grande que la antigua Híspalis.

Por tanto, y siguiendo los consejos de muchos foros y blogs de viajes, contratamos una excursión que se llama Contrastes de Nueva York. En esta excursión se visitan cuatro barrios, que si los quieres hacer por tu cuenta, te llevarían varios días o semanas: Harlem, Bronx, Queens y Brooklin (comparándolo con Sevilla, es como si te llevaran a Triana, Las Tres Mil Viviendas, Nervión y…, bueno, Queens no sé con qué barrio de Sevilla compararlo, lo reconozco). El problema de esta excursión, desde mi punto de vista, es que da la impresión de que nos convertimos en voyeurs, sobre todo en el Bronx y los lugares por los que se pasa y en los que nos detenemos. En determinados momentos dan ganas de no seguir mirando y de abandonar la visita: el guía nos explica que aquí asesinaron a un niño, allí venden droga, en esta otra calle incendiaron casas durante una serie de protestas…  Y no es que no quiera conocer una realidad que está ahí, pero hacerlo de esta manera, haciendo fotos desde un minibús con otras quince o dieciséis personas que dentro de unas horas se olvidarán de estas miserias y regresarán a su vida plácida y cómoda, no me parece, ahora desde la perspectiva de un par de semanas, lo más adecuado.

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Me llevé una decepción con el Cotton Club. Este no tiene nada que ver con el que fue un mito durante los años 20. El actual data de 1978 y está situado en una calle horrible de Harlem.

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Sin embargo, sí me gustaron otros lugares: la Catedral de San Juan el Divino, la Universidad de Columbia, que se estaba preparando para los actos de graduación, el extraordinario ambiente del Estadio de los Yankees, el parque de Flushing Meadows o el barrio de Queens, con sus “pequeñas casitas”.

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Tenía ganas de ver el barrio judío ultraortodoxo de Williamsburg. Y no me decepcionó, bien al contrario, me impactó. Coincidió que era sabbath, por lo que todos iban vestidos de gala. Nos bajamos y nos cruzamos con muchas familias que iban caminando hacia la sinagoga. El guía nos advirtió que no hiciéramos fotos, o por lo menos, no de manera demasiado evidente. Yo me colgué la cámara del pecho y, sin enfocar, fui haciendo algunas fotos, pero pocas salieron bien. Las mujeres siempre detrás de sus esposos y estos, cogiendo de la mano a sus hijos. Procuraban no curzarse con nosotros, sino cambiar de acera: somos impuros para ellos.

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Finalizamos entre los puentes de Manhattan y de Brooklyn, otra perspectiva extraordinaria de una ciudad que nunca decepciona. A veces parece un decorado de película, aunque la mayoría del tiempo te das cuenta de que es el auténtico compendio de todas las grandezas y miserias que se pueden encontrar en la naturaleza humana. Nos despedimos ahí de todo el grupo y del guía y, después de las fotos de rigor, cruzamos despacio el puente de Brooklyn, junto con otros varios de miles de turistas. Los neoyorquinos suelen cruzarlo en bicicleta o en coche.

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Una vez en Manhattan, nos dirigimos hacia Chinatown y Little Italy, otras zonas imprescindibles de Nueva York. Comimos en esta última, en una de las pizzerías más famosas, no sólo de la ciudad, sino de toda Norteamérica, ya que dicen que es la primera pizzería que se abrió en Estados Unidos: Lombardi’s. La verdad es que mereció la pena, porque las pizzas que comimos estaban riquísimas. Cuando paseas por las calles de ambos barrios, quieres sumergirte en ese ambiente, muy vivo, alejado de la frialdad de los enormes edificios de la Quinta o de Madison. Podrías reconocer, con sus particularidades y diferencias, cualquier barrio de cualquier ciudad europea.

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Como me temía, hoy tampoco he terminado el viaje a Nueva York. Pero mi propósito es que el próximo capítulo sea ya el último, que esto es ya muy pesado.

Un turista en Nueva York (III). Cantando bajo la lluvia

Llueve y hace frío en Nueva York. No es una lluvia fuerte ni continua, pero nos obliga a ir abrigados, casi siempre con paraguas y caminando pegados a los edificios. Me llama la atención que poca gente los lleva, deben de estar acostumbrados, pero nosotros no queremos coger un resfriado que nos estropee las vacaciones y por eso hemos venido bien pertrechados. Apenas vimos el azul del cielo en los días que pasamos allí; los edificios eran enormes agujas que se perdían entre las nubes, como alfileres pinchados en algodón. Sin embargo, el día que llegamos, tal y como lo reflejaban las previsiones meteorológicas que habíamos buscado en Internet, no cayó una gota. También vaticinaban que en esta semana llovería poco y haría algo de frío; se equivocaron en lo primero y también en lo segundo porque hizo bastante más frío del previsto durante los nueve días que pasamos allí.

Ni el vuelo hasta Madrid ni el que nos llevó a Nueva York tienen nada reseñable, más allá de las muchas horas en el avión (más de nueve, contando los dos vuelos) y las que pasamos en los aeropuertos. Total, que salimos de casa a las 8,30 de la mañana y llegamos a Nueva York a las 19 horas de allí, es decir, la una de la madrugada en España (os recuerdo que hay seis horas de diferencia, aunque algunas semanas al año es de sólo cinco, por el cambio horario verano/invierno). Pero todavía nos quedaba la parte más pesada: los controles en el aeropuerto JFK. Cientos, miles de personas que llegan al mismo tiempo y que deben demostrar que no son terroristas, ni trafican con droga, ni introducen mortadela o jamón de Jabugo entre la ropa. Después de esperar pacientemente en una de las filas, llegas hasta el policía de turno, que comprueba si tu cara es la que aparece en el pasaporte y te mira fijamente para ver si te pones nervioso. Después te hacen una foto sin gafas, supongo que para reírse un rato cuando finalice la jornada. En el avión ya has tenido que rellenar un papel en el que prometes y juras por lo más sagrado que eres una buena persona y que no cometerás delitos ni dirás falso testimonio ni mentirás y el trago de pasar por la aduana es tal y como se describe en este enlace: Cómo pasar por la aduana de Estados Unidos. Si yo hubiera leído esta información no me habría puesto tan nervioso. Pero, felizmente, todos pasamos la prueba sin problemas.

PRIMERA NOCHE EN MANHATTAN

Una vez realizado el trayecto del aeropuerto al hotel sin incidentes, y mirando como tontos por las ventanillas como si nunca hubiéramos salido de casa, llegamos al hotel sobre las 10 de la noche, después de aproximadamente una hora de trayecto. El hotel Shoreham tiene un aspecto poco atractivo desde el exterior, en una calle, la 55 de Manhattan, estrecha y que en ese momento, como casi toda la ciudad, estaba en obras. Pero la pequeña y acogedora recepción cambia esa primera impresión y, además, hablan español, así que sin problemas para comunicarnos. Dejamos las maletas en las habitaciones y Santiago y yo solos, ya que los demás están muy cansados o no les apetece, salimos a dar un paseo por los alrededores. Como traemos un buen plano de Manhattan, salimos primero a la Quinta Avenida y ya comienzan a aparecer las emociones contradictorias que nos acompañarán a lo largo de estos días: saber que nunca hemos estado allí, pero todo es conocido y desconocido a la vez, todo está descubierto y por descubrir y todo tiene sabor a aventura y a cotidianidad al mismo tiempo. Estamos a la altura de la Torre Trump, personaje muy famoso últimamente porque quizás sea el próximo presidente de los Estados Unidos y que puede hacer que George Bush hijo sea una hermanita de la caridad a su lado. La vista de la Quinta Avenida a esa hora es realmente preciosa. Unos metros más arriba Tiffany’s, y muy cerca, la tienda de Apple, Central Park y el Hotel Plaza. Ya es de noche pero la ciudad brilla como si fuera de día.

Bajamos por la Sexta Avenida (o Avenida de las Américas) y nos vamos encontrando con edificios altísimos, el hotel Hilton, a la izquierda, en la calle 54, detrás de nuestro hotel, el MOMA, un poco más abajo el Radio City Music Hall… Totalmente emocionados y subyugados por el espíritu neoyorquino, Santi y yo nos compramos un perrito caliente en uno de los miles de carritos que hay por toda la ciudad. Lo malo es que no inmortalizamos ese momento con una foto y mirad que hicimos miles. Seguimos bajando y de pronto, mirando hacia la derecha, vemos una luces que ya sabemos lo que significa: a unos cien metros, Times Square. Eso ya fue el remate. Rápidamente nos dirigimos allí y alucinamos con la luces de neón y los anuncios que habíamos visto miles de veces en las películas y en la televisión, sobre todo en la noche de fin de año.

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DSC_0052.JPGTodavía sin reponernos de la emoción, vamos regresando al hotel y pasamos por el Rockefeller Center y por la Catedral de San Patricio. En menos de dos horas habíamos visto muchas de las cosas que teníamos previsto ver. Hemos aprovechado muy bien el tiempo ya que el hotel, como se puede comprobar, tiene una ubicación inmejorable.

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PRIMER DÍA EN NUEVA YORK

No sé para qué se hace una planificación día a día un viaje si después apenas se cumple. Lo digo porque hay muchos factores que influyen para que cualquier pequeño incidente lo cambie todo. Cuando nos levantamos, a las siete de la mañana que hay que aprovechar el tiempo, comprobamos que está lloviendo. La vista desde la habitación es deprimente: un patio con los motores de calefacción y refrigeración. Y encima, con un color grisáceo en el cielo y unos goterones que deprimen todavía más. Después de las correspondientes abluciones matinales bajamos para decidir qué hacemos hoy. Lo primero, claro, desayunar, pero no en el hotel, sino en alguna cafetería cercana para ir conociendo el ambiente neoyorquino. Cerca está Astro (bar, cafetería, restaurante…) donde comienza nuestra experiencia gastronómica americana. La mayoría de nosotros pide café (un tazón que es rellenado casi de forma automática en cuanto comprueban que está vacío), huevos revueltos, tostadas, fruta… Hay que tomar fuerzas porque tememos que las jornadas pueden ser duras. Primeras propinas, que incrementan bastante la cuenta final. Al salir, sigue lloviendo con fuerza, así que desechamos la idea de acercarnos hasta el MET caminando por Central Park y cogemos nuestros primeros taxis amarillos (dos, porque somos siete y tenemos que repartirnos).

El Metropolitan es realmente espectacular y pasamos cuatro horas admirando parte de sus colecciones (semanas habría que estar dentro para verlo todo). Siempre me pasa lo mismo, cuando llevo tres o cuatro horas en un museo de estas características (me pasó en el Louvre, en la National Gallery, en el British o en el Prado) ya estoy saturado, cansado de estar de pie o de luchar con doscientos japoneses para ver cualquier cuadro o escultura. Prefiero ir dos o tres veces en días diferentes a tirarme un día entero dentro de un museo.

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Cuando salimos sigue lloviendo, así que nos planteamos, esta vez, cambiar de servicio público y utilizar el autobús. Nos acercamos hasta Park Avenue y utilizamos gratis el autobús gracias a nuestra torpeza: no habíamos comprado previamente el billete, como es obligatorio allí, y el conductor, viendo que éramos unos pardillos, nos dejó subir sin cobrarnos. Llegamos hasta la Estación Central y después de una visita por un lugar que ha salido en numerosas películas y de hacernos unas fotos delante del edificio Chrysler, comemos muy bien en un pub cercano (donde televisaban, por cierto, el partido Bayern de Múnich-Atlético de Madrid). A continuación visitamos la Biblioteca Pública y subiendo por la Quinta, llegamos hasta el Rockefeller Center (Santiago se empeñó en entrar en la tienda de Lego y hacerse una foto) y entramos en la Catedral de San Patricio. Nos dio tiempo también a disfrutar con el ambiente de Times Square, que he visitado dos veces en menos de veinticuatro horas. El cuentakilómetros echaba humo, por lo que, al llegar bien entrada la noche al hotel, caímos destrozados en la cama. Primer día agotador pero contentos, porque esta ciudad no aburre nunca.

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Un turista en Nueva York (II). Houston, tenemos un problema

“Las cosas de este mundo siempre te salen por donde menos te esperas. Precisamente por eso es interesante vivir.”

Haruki Murakami

“Lo esperado no sucede, es lo inesperado lo que acontece.”

Eurípides

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Estamos a 18 de abril y faltan exactamente dos semanas para comenzar nuestro viaje. He hecho una lista con dos columnas: las cosas que están hechas, que es la más numerosa, y las que nos faltan por hacer, sólo pequeños detalles, como comprar los candados TSA, tener en cuenta el roaming para las comunicaciones en Estados Unidos, ver cómo evoluciona el tiempo en Nueva York y las previsiones para las próximas semanas, calcular las maletas que necesitaremos por si hace falta comprar alguna, hacer una relación de las medicinas que nos tenemos que llevar, como por ejemplo analgésicos, pastillas para la hipertensión, pastillas para el colesterol, algo para la ansiedad del vuelo o para dormir por lo del jetlag, tiritas… (pensad en la edad de los viajeros, no os riáis).

La tarde del 18, lunes, voy a la reunión de Conocer Sevilla para una charla sobre rutas literarias: la ruta cervantina, la de Luis Cernuda o la de Antonio Machado, por ejemplo. Estoy apuntado desde enero y me gusta pertenecer al grupo, con su parte teórica los lunes, con presentaciones sobre diferentes aspectos de la arquitectura y el arte sevillanos, y las visitas y rutas los miércoles por la ciudad: iglesias, palacios, museos, calles, rincones… La charla dura aproximadamente una hora pero cuando falta poco para terminar comienzo a sentirme mal, con retortijones y ganas de vomitar. Aguanto hasta el final y le digo a mis amigos que me voy a casa en lugar de tomarme un café con pasteles o churros, que es lo que solemos hacer cuando terminamos. Nada más llegar a casa comienza un espectáculo que prefiero no describir y que dura toda la tarde y la noche, dejándome absolutamente debilitado. Por la mañana sólo soy capaz de tomarme un poco de líquido y me quedo en cama todo el día, sin ganas de hacer nada, ni leer ni ver la televisión. No enciendo ni el móvil ni el ordenador.

La mañana del día 20, un poco repuesto pero todavía muy débil y sin ganas de comer, me siento delante del ordenador para abrir el correo y leer las noticias de los periódicos digitales. Después de apenarme leyendo diversas informaciones sobre el terremoto de Ecuador y cabrearme con todos los partidos políticos por su incapacidad para ponerse de acuerdo y evitar unas nuevas elecciones, abro el correo. La vista se desliza por los veinte o veinticinco mensajes recibidos, y el corazón me da un vuelco cuando leo el asunto de uno recibido el día 18: “Cancelación viaje de reserva con ID Booking…”. Miedo me da abrirlo pero eso no va a solucionar ni evitar el posible desastre. Compruebo lo que me temía por el título: se ha cancelado el viaje de Sevilla a Madrid y si deseo encontrar un vuelo alternativo, debo contactar directamente con la aerolínea, en este caso Iberia, o bien, cancelar el viaje y solicitar el reembolso. Lo primero que hago es reenviar el correo a todos los que vamos a Nueva York, para que sean conscientes del problema.

A pesar de la debilidad, hablo con Rumbo (un 902, por supuesto) y les digo que yo he contratado el viaje con ellos, les he pagado y que deben ser ellos también, como es lógico, los que busquen la solución. Que si quieres arroz, Catalina. El empleado de turno, con un acento extranjero que no identifico, dice que pasará la queja al departamento responsable y que me llamarán lo antes posible. Después de esperar varias horas, cada vez más nervioso, vuelvo a llamar y la misma respuesta, ya se pondrán en contacto conmigo. Estamos a 20 de abril, y resulta que, después de dos meses, con todo ya reservado y faltando doce días para comenzar el viaje, todo está en el aire.

Como ni el cuerpo ni el ánimo están para tirar cohetes, llamo a mi amigo Juan Esteban y le pido (según luego me cuenta, con una voz que parecía de ultratumba) que siga él haciendo las gestiones, que yo no me encuentro capaz. Si habéis leído “El proceso” de Kafka, entenderéis lo que ocurrió en los siguientes diez días. Llamadas a Iberia y a Rumbo, correos electrónicos, promesas de que todo se se a arreglar, WhatsApp entre los miembros del grupo…, pero ninguna solución. Encima, nos dicen en Iberia que podrían cancelarse todos los vuelos contratados porque formaban parte de un paquete único.

Pero no terminan aquí las complicaciones. Quizás conozcáis la Ley de Pudder, una de las muchas variantes de las Leyes de Murphy: “Todo lo que empieza bien acaba mal y todo lo que empieza mal acaba peor”. No teníamos suficiente con el problema de los vuelos, pues señores, la madre de Manoli, con 92 años, se cae y se rompe la cadera el día 21. Seguimos para bingo. Ahora entra en juego la fortaleza de una persona de esa edad que se tiene que someter a una operación y a una posterior recuperación. La operan el viernes 22 y todo se desarrolla a la perfección, pero hay que ver cómo evoluciona en los próximos días. Menos mal que hemos contratado un seguro de cancelación, que contempla esta situación, pero sería una pena que Juan Esteban y Manoli no pudieran venir (todo eso contando con que se solventen los problemas de los vuelos, claro, porque  en ese caso no podría viajar ninguno de nosotros). A todo esto, me planteo otra opción: cancelar el viaje con Rumbo y buscar nuevos vuelos. Pero con menos de diez días de antelación es casi imposible encontrar ofertas para siete personas y en los días que nosotros queríamos. Lo que encuentro casi triplica lo que nos ha costado y no estamos dispuestos a pagarlo.

Se iba acercando el día 2 y teníamos dos frentes abiertos, uno que parecía que se iba solucionando y otro mucho más complicado. Pero, llegados a este punto, me doy cuenta de que estoy alargando mucho el post y voy a resumir, porque esto no es una novela de misterio ni yo soy Edgar Allan Poe. La madre de Manoli se recuperó de una manera que podría catalogarse de milagrosa y el día 30 de abril, o sea, cuando faltaban menos de 48 horas para comenzar nuestro viaje, después de la enésima bronca por teléfono y de llegar a amenazar con emprender acciones legales y solicitar daños y perjuicios, consigo hablar con alguien que tiene cierta responsabilidad en Rumbo y en diez minutos, sí, diez minutos, me soluciona el problema. Me ofrece un vuelo que sale de Sevilla a las 10,45 y llega a Madrid a las 13,15, manteniéndose el resto de los vuelos como estaba previsto en un principio. No me lo creí hasta que me llegó el correo de Rumbo y la confirmación telefónica de Iberia.

Atención, responsables de Rumbo o de cualquier otra agencia de viajes: procuren ser más profesionales y no jugar con el tiempo y las ilusiones de las personas. Han dado con un grupo educado y tranquilo, pero no siempre será así. Por la cabeza se nos pasó la idea de ocupar la sede de Rumbo o de prenderle fuego, para qué andarse con tonterías.

Así que ahora todo volvía a la normalidad y podíamos pensar en Nueva York sin que nos aparecieran fantasmas ni tuviéramos pesadillas. Comenzamos a preparar las maletas y a ir tachando cosas de la lista. Las Leyes de Murphy no se cumplieron y quizás se podría aplicar esa que dice que los gitanos no quieren buenos principios para sus hijos. Aunque me estoy adelantando a los acontecimientos, ya puedo avanzar que, exceptuando algunos pequeños inconvenientes, tanto el viaje como la estancia en Nueva York fueron un éxito.

(continuará)

Un turista en Nueva York (I). Preparando el viaje

NUEVA YORK, 
mujer, estatua de mujer
que alza en una mano un harapo llamado libertad,
una hoja de papel que llamamos historia,
mientras con la otra estrangula a una niña
cuyo nombre es Tierra.

ADONIS (Ali Áhmed Saíd Ésber)

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean en las aguas podridas.

FEDERICO GARCÍA LORCA (Poeta en Nueva York)

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Si hace unos años, no muchos, me hubieran preguntado qué país, lugar o ciudad me gustaría visitar, comenzaría seguramente por Bagdad,  Marrakech, Machu Pichu… o bien Borneo, Egipto, Nueva Zelanda o México, por ejemplo. Culturas muy diferentes, lugares exóticos o lejanos que desde siempre me han fascinado. Las circunstancias actuales han limitado mucho las posibilidades de viajar y, a no ser que uno sea muy intrépido o le gusten las emociones fuertes, los turistas normales y corrientes, como es mi caso, nos tenemos que conformar con ir a países y ciudades que nos ofrezcan cierta seguridad. París, Londres, Berlín, Roma, Estambul, la Toscana, la Selva Negra, Normandía son lugares que conozco en su mayor parte o pienso visitar dentro de poco.

Suelo viajar con la familia o con amigos, pero ni aquella ni estos tenemos espíritu aventurero, no nos gustan los lugares excesivamente solitarios o salvajes, tenemos cierto reparo a realizar turismo de naturaleza; nos atraen los museos, las catedrales, los restos arqueológicos, la arquitectura… Por eso, cuando nos planteamos realizar algún viaje, pensamos en zonas de España que no conocemos o ciudades o regiones europeas que ofrecen un rico patrimonio cultural. Unas veces con circuitos organizados o bien aprovechando las ventajas que actualmente ofrece Internet para buscar ofertas, hemos viajado por casi toda España y buena parte de Europa. Una de las últimas ciudades que nos habríamos planteado visitar era Nueva York. Quizás sea por el recelo a volar tantas horas, el poco dominio del idioma o la cierta aversión que en el fondo sentimos por el imperio americano, el caso es que era una las últimas opciones.

Pero cuando mi hijo Santiago nos dijo a Carmen, mi mujer, y a mí, que había pensado viajar a Nueva York en mayo, una pequeña luz se encendió en mi cerebro: ahora o nunca, pensé. Era una oportunidad que no podía dejar escapar. A Carmen le produce cierta aversión el viaje en avión, pero si iba su niño, seguro que ya no era un problema. Así que, tras una breve conversación con ella y con su consentimiento, se lo propuse a Santiago. Es un buen actor cuando quiere y esta era una buena ocasión para demostrarlo. Con la mejor de sus sonrisas nos dijo que no había ningún problema, que estaría encantado de viajar con nosotros, como había hecho muchas veces. El caso es que, sin consultárselo, también hablé con otras dos parejas de amigos con las que suelo viajar. Conocen a Santiago desde que nació, él se lleva muy bien con ellos y, total, donde viajan tres también pueden viajar siete, digo yo. Así que, antes de que Santi se diera cuenta, ya estaba yo empezando a informarme sobre vuelos, alojamiento, traslados de aeropuerto, excursiones y todo lo que conlleva un viaje de esas características. Estamos hablando de mediados de febrero y el viaje se iba a realizar a comienzos de mayo, así que había tiempo más que suficiente para organizarlo sin prisas.

PREPARANDO EL VIAJE

Preparando el viaje necesario qué embalar

Reconozco que disfruto preparando los viajes. Creo que eso le pasa a mucha gente, porque las expectativas suelen ser máximas y la imaginación juega un papel muy importante, sobre todo ahora que se pueden elegir con más libertad los medios de transporte o los hoteles (en el caso de los lugares la cosa se ha acotado bastante, sobre todo si queremos ir a determinados países de África o del Oriente Medio). Hace unos años había que limitarse a lo que te ofrecían las agencias de viajes, que solían organizar paquetes muy cerrados, con hoteles, tiempos e itinerarios excesivamente planificados y con poca capacidad de elección. Aunque no soy un viajero en el sentido habitual de la palabra, y casi nadie lo es en la actualidad, tampoco soy un turista típico (véanse las semejanzas y diferencias entre ambos en ¿Viajero o turista?). Me gusta planificar, organizar, prever en lo posible los problemas que me puedo encontrar, pero tampoco me desagradan las sorpresas, encontrar lugares y situaciones no previstas inicialmente. El viajero lo puede ser en la medida en que viaja solo o con muy pocas personas, que tengan similares perspectivas y objetivos y pueda disponer de mucho tiempo. Cuando un grupo de amigos planifica un viaje de diez o doce días o menos a un lugar que no conoce pero que es muy conocido por mucha gente, lo normal es basarse en las experiencias de los demás, dejarse aconsejar, evitar los problemas que otros han tenido y disfrutar de lo que han disfrutado. Así, que con estas premisas, comienza la preparación del viaje a Nueva York.

Una vez habíamos decidido que las fechas serían del 2 al 10 de mayo, empecé a buscar los vuelos, que es lo que más trabajo y problemas suele dar (ya veremos que así fue). Ahora es bastante fácil hacer la búsqueda ya que hay muchos portales que facilitan la labor: KAYAK, Scayscanner, Rumbo, lastminute, Atrapalo, Logitravel, etc. Al final me decidí por Rumbo porque ofrecía la mejor relación calidad/precio y los mejores horarios de vuelos (queríamos llegar relativamente temprano a Nueva York para aprovechar la primera tarde). La propuesta de Rumbo fue la siguiente: lunes día 2 de mayo Sevilla-Madrid en AVE por la mañana y vuelo Madrid-Nueva York que salía a las cinco de la tarde y llegaba al aeropuerto JFK a las siete de la tarde hora local, tras ocho horas de vuelo (primer escalofrío). El viaje de regreso se hacía el martes 10, saliendo del JFK a las 9,30 de la noche, llegada al aeropuerto de Londres-Heathrow a las 9,30 de la mañana del día 11 y salida del aeropuerto de Gatwick, tras una escala de 5,30 horas  a las 15,00 para llegar a Sevilla 18,45. Muchas horas de vuelo pero aprovechábamos muy bien tanto el día de llegada como el de salida. Rumbo nos confirmó todos estos detalles el 23 de febrero, es decir, quedaban más de dos meses para continuar organizando lo que faltaba.

Lo siguiente fue la búsqueda de alojamiento. Nuestra primera opción fue intentar encontrar un apartamento o piso con cuatro habitaciones y tres o cuatro cuartos de baño. Hay que tener en cuenta que íbamos tres matrimonios (de más de sesenta años, dato que es importante conocer para hacerse una idea de las necesidades) y un pico de 26 años, es decir, mi hijo Santiago. Santi tiene una versión diferente: que viajaba él, un chico joven, soltero y sin compromiso, con un pico o lastre de seis jubilados, dos de los cuales eran sus padres (la verdad es que dicho así y visto en perspectiva, no sé cómo tuvo valor para aceptar nuestra propuesta). Por cierto, si queréis tener otra versión de este viaje, no os perdáis su blog Kimochi.es. Os garantizo la diversión.

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Seguro que todos conocéis, sobre todo por los anuncios en televisión, portales con Trivago o Wimdu. También están airbnb, housetrip o homeaway, entre otros. Los primeros que vimos en Wimdu eran una auténtica maravilla: las fotos, la situación o el precio nos hacían pensar que alojarse en Nueva York, y concretamente en Manhattan, como queríamos, iba a ser una ganga. Por menos de 50 euros por persona y día nos ofrecían unos alojamientos de cine, habitaciones amplias y decoradas con un gusto exquisito, cuartos de baño de mármol y con jacuzzi algunos de ellos, buen emplazamiento… Después de consultarlo con mis compañeros de viaje, realicé la primera reserva. Pero cuando intenté confirmarla y hacer el pago, me encontré con la sorpresa de que el dueño del apartamento quería que lo hiciera no a través de Wimdu, sino de manera particular. Eso me hizo sospechar y me puse en contacto con la agencia, que me contestó rápidamente informándome de que ese piso no cumplía las condiciones que ellos exigían, es decir, que todo se realizara con su mediación. Así ocurrió varias veces hasta que, vistos los problemas, busqué en foros de viajes de Internet y comprobé que hay muchas estafas en el alquiler de apartamentos, sobre todo si se hace entre particulares, a no ser que se utilicen portales de intercambio de viviendas, como se informa en este artículo de El País: Intercambio mi casa para el verano (o para cualquier otra época del año).

Así que tras varios intentos fallidos, opté por buscar hoteles, también en Manhattan. Aunque los precios ya no eran los mismos, tampoco se disparaban demasiado. La búsqueda dio pronto resultados, a través del portal Venere, que tiene una gran variedad de alojamientos, es fácil de utilizar, muy intuitiva y me facilitó mucho las cosas. Al final encontré un hotel cuya relación calidad/precio/situación/amabilidad del personal/limpieza, etc. es difícilmente mejorable. Me refiero al Shoreham Hotel. Situado en la calle 55, entre la Quinta y la Sexta Avenida, está cerca de casi todo lo importante de Nueva York en Manhattan: Central Park, Times Square, Rockefeller Center, Catedral de San Patricio, MOMA (prácticamente al lado), MET…, cerca de estaciones de metro y de autobús. Puedes llegar andando a todos estos lugares. La primera impresión no es demasiado buena, ya que la entrada y la recepción son muy pequeñas, pero ese es el único, llamemos, inconveniente. Enfrente está el Peninsula Hotel, uno de los mejores de Nueva York y un poco más lejos el Plaza o el Hilton, así que si vuestro problema no es el dinero, ya sabéis, pero la situación no es mejor ni mucho menos. Y las habitaciones son amplias y cómodas, la limpieza es exquisita y la amabilidad tanto en la recepción como en el resto de las instalaciones es perfecta. Un auténtico descubrimiento. Para que os hagáis una idea, el precio por habitación y noche nos salió por 225 euros. Seguro que habrá hoteles y apartamentos más baratos, pero difícilmente reunirán todas las condiciones que he descrito. La confirmación del hotel me llegó el 19 de marzo, o sea, que mes y medio antes de salir ya teníamos prácticamente reservado lo más importante: vuelos y alojamiento.

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Ahora nos quedaba tiempo para que, de forma tranquila y relajada, nos informáramos de otros aspectos que, si los pasábamos por alto, podían estropearnos el viaje. Así que comencé a entrar en blogs de viajes, y aproveché la selección que cada año realiza el periódico El País: 25 blogs de viajes en español para 2016, y más en concreto, la entrada titulada 20 cosas que nunca haría en Nueva York. Otro blogs que me sirvieron, muy amenos y que contienen una gran cantidad de lugares para visitar, fotos, comentarios y, sobre todo, una serie de consejos prácticos sobre el viaje son Diario de un mentiroso y ¿Tienes planes hoy?

Por supuesto, también es imprescindible la Guía de Nueva York, excelente forma de conocer la ciudad, consejos, visitas, planificador personal para organizar las rutas favoritas y descargarlas en PDF, etc. y la página NuevaYork.net.

Después de todas estas lecturas caí en la cuenta de que todavía me quedaba mucho que hacer, así que paso a enumerar casi todo lo que debemos preparar:

Nuevo pasaporte

  • Tener el pasaporte en vigor y solicitar con antelación el ESTA , que es una autorización obligatoria para viajar a Estados Unidos. Hace unos años se necesitaba un visado, pero actualmente, tal y como se informa en la Embajada de los Estados Unidos, sólo se precisa la citada autorización.
  • Hacerse un seguro de viaje que cuesta, dependiendo de los días que se vaya a estar allí, entre 20 y 50 dólares. Hay que recordar que, fuera de la Unión Europea, la Seguridad Social no cubre los gastos médicos, y que en Estados Unidos la sanidad es muy cara. Es importante tener un seguro de cancelación del viaje, que se puede hacer cuando se reservan los billetes de avión, por si surge algún problema de última hora. Iati Seguros es uno de los más baratos.
  • Traslado del aeropuerto al hotel. Después de analizar varias opciones me decidí por Shuttlefare y no me arrepentí, pues el servicio fue muy bueno y relativamente económico, ya que siete personas con diez maletas en un monovolumen que nos llevó desde el JFK hasta el centro de Manhattan nos costó 130 dólares, lo que al cambio actual son unos 114 euros (o sea, 16 euros por persona). La salida de Nueva York camino del aeropuerto la contratamos en el mismo hotel y, para nuestra sorpresa, la hicimos en una limusina que nos costó todavía menos, 110 dólares (pero de esto hablaré más adelante). El traslado entre el aeropuerto de Heathrow y el de Gatwick lo contratamos con Great Britain Cars, que nos costó 103 euros, también en un monovolumen muy cómodo.

  • Comprar adaptadores para los enchufes. En Estados Unidos tanto la corriente eléctrica como los enchufes son diferentes a los europeos en general y a los españoles en particular. La corriente eléctrica es de 110-120 voltios y las clavijas son planas, así que es preciso comprarse un o varios adaptadores y, como consejo práctico y por si acaso, un ladrón o enchufe múltiple, ya que seguro que tendréis que recargar al mismo tiempo varios aparatos: móviles, tablets, batería de la cámara, etc.

  • Si vuestras maletas no tienen un candado TSA (que pueden ser abiertos con una llave maestra y que se identifican por un pequeño rombo rojo) podéis tener problemas si las facturáis. Si en la aduana de EEUU quieren revisar el equipaje y se encuentran con un candado diferente al TSA, no tienen ningún problema en romperlo y abrir la maleta, dejándote un cartel informándote de que fueron ellos. Así que, o bien le ponéis una brida de plástico o compráis ese modelo de candado. Se pueden encontrar por menos de 3 euros en IKEA o en Amazon.

  • Comprar la City Pass, una tarjeta que por 116 dólares (unos 100 euros) os permite acceder a 6 lugares que son muy conocidos y habitualmente visitados por los turistas, por un precio bastante inferior a si se compraran por separado. Si se va a estar una semana o diez días merece la pena:

Experiencia Empire State Building

Museo Americano de Historia Natural

Museo Metropolitano de Arte

Observatorio del Top of the Rock  O   Museo Guggenheim

Estatua de la Libertad e isla Ellis  O   Cruceros Circle Line

Memorial y Museo del 11S  O   Museo Intrepid del Mar, Aire y Espacio

  • Hay que tener en cuenta la diferencia de moneda y los tipos de cambio, que pueden incrementar considerablemente los gastos. Aconsejo hacerse con una tarjeta para sacar dinero de los cajeros sin que te cobren. La mayor parte de los bancos, tanto en España como fuera de ella, suelen cobrar comisiones tanto por retirar dinero en efectivo como por pagar con una tarjeta de crédito. Después de indagar y de entrar en numerosas páginas de Internet, como por ejemplo esta de Mejores tarjetas para usar en el extranjero sin comisiones, me decidí por la de EVO Banco. Como íbamos en grupo y la mayor parte de los gastos (comidas, transporte, excursiones, etc.), eran comunes, calculamos una cantidad por persona y me hicieron un ingreso. Y realmente no tuvimos ningún problema ni nos cobraron comisiones cuando pagamos y retiramos dinero en Nueva York.

En este punto hago mención a las propinas. En Nueva York es prácticamente obligatorio dejar propina en cafeterías, restaurantes, bares, taxis…, que según los casos está entre el 10% y el 20% del total. En muchos sitios nos encontramos que, al entrar en grupo, ya marcan la propina en la cuenta total, casi siempre del 18%. Si no, al entregarte la cuenta dejan un espacio para que tú indiques la cantidad. Si pagas con tarjeta la incluyen en el total. También puedes pagar con tarjeta el coste indicado y dejar la propina en efectivo, como quieras. Si queréis saber más sobre el tema pinchad en el enlace Las propinas en Nueva York.

También nos  planteamos sacar la tarjeta MetroCard, una tarjeta para usar con los transportes públicos, pero como  no estábamos seguros de si  íbamos a utilizarla con frecuencia, no la compramos.

Estando ya en Nueva York, y haciendo caso de lo que se contaba en los foros, reservamos el tour Contrastes de Nueva York (con Nueva York Metro Contrastes) y el viaje a Washington con Civitatis. Los dos fueron un completo éxito, aunque el segundo te deja con la miel en los labios, ya que son quince horas (te recogen a las seis de la mañana en el hotel y llegas a las nueve de la noche, con algo más de cuatro horas de viaje en cada sentido) y da poco tiempo para ver esta ciudad. Es importante que los guías sean amenos y estén preparados y ambos lo estaban.

Por último, nunca está de más consultar las Recomendaciones de viaje del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cómo evitar timos en Nueva York, que también me sirvieron para que evitar situaciones desagradables.

Con todo esto, más la experiencia de Clara, la hija de Juan Esteban y Manoli, una de las parejas que forman parte del grupo, que nos proporcionó un planning detallado día a día de lo que podíamos hacer, a falta de dos semanas para salir ya estaba casi todo hecho. Sólo faltaban pequeños detalles: qué ropa, siempre cómoda y adaptada al tiempo previsto (entrar en la página de Accuweather para ver el pronóstico del tiempo con antelación) y qué maletas llevar, hacerse con algún plano o guía de la ciudad, comprobar cámara de fotos y batería de repuesto y poco más. Todo estaba previsto y controlado, o eso parecía.

Pero comenzaron a surgir los problemas…

(continuará)