Viaje a Croacia (y VII). Epílogo

“El viaje no acaba nunca. Solo los viajeros acaban. E incluso estos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: “no hay nada más que ver”, sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino.”
“Viaje a Portugal”. José Saramago

Los viajes de regreso después de unas vacaciones suelen albergar dos sentimientos contradictorios. Por un lado, pena por tener que volver a la rutina diaria, a los horarios estrictos cuando uno se incorpora al trabajo o, como es nuestro caso de tres parejas de jubilados, a los quehaceres propios de nuestra situación: finaliza el verano, los días más cortos, la luz mortecina de las tardes de otoño, los paseos, las lecturas, el deporte, la escritura, planificación de pequeños viajes durante los próximos meses (ahora que lo pienso, no es tan duro el regreso). Y por otro lado,  volver a terrenos conocidos, olores, sabores, sonidos y paisajes que, aunque es bueno dejar durante un tiempo, permanecen en la trastienda y sabemos que están ahí agazapados y nos reclaman, la alegría de volver a ver a la familia y a los amigos que dejamos en nuestro país, las costumbres conocidas y deseadas, las comidas caseras y las que hacemos cuando nos reunimos de vez en cuando, descargar y organizar los cientos de fotografías que hemos hecho durante estos días. Supongo que habrá personas que no pueden arraigarse y que no les importa ir de un sitio para otro continuamente. Pero nosotros necesitamos regresar a terrenos conocidos. Somos así y así nos han educado, qué se le va a hacer.

Día 28. El regreso a Madrid

El avión sale del aeropuerto de Dubrovnik, que está a una media hora del hotel, a las once menos cinco de la mañana. El autobús debe salir, para llegar con tiempo, a las 8,30, pero se retrasa porque alguien ha puesto un coche de tal forma que impide la salida. Después de un cuarto de hora de espera, logramos arrancar. Hay bastante tráfico y tardamos más de lo previsto, pero todavía hay tiempo de sobra, o eso creemos. Lo malo es que la facturación se demoró mucho, pero aún así, a las 10,20 ya estábamos listos para embarcar. Como nos sobraban algunas kunas, comenzamos a mirar por las tiendas del aeropuerto para gastarlas y llevar algún recuerdo. Pero antes de poder comprar algo, por los altavoces se escuchó, en inglés, la última llamada para los pasajeros de nuestro vuelo. Nos miramos sin entender bien lo que pasaba, porque todavía quedaba más de media hora, así que me acerco hasta el mostrador y, efectivamente, me confirman que tenemos tres minutos para embarcar, que es un vuelo charter y que han decidido adelantar la salida. Como no queremos discutir, y además es la primera vez que un vuelo se adelanta en lugar de retrasarse, hay que vivir esa experiencia. Así que en lugar de despegar a las 10,55 lo hicimos a las 10,45. Lo que no sé es qué habría pasado si alguno se hubiera despistado o hubiera llegado a la hora que figuraba en el billete, ¿lo habrían dejado en tierra?

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Llegamos a Madrid a las dos de la tarde en medio del diluvio. Hacía tiempo que no veía llover tanto. Ni nos planteamos realizar el viaje como a la ida, en el cercanías hasta Atocha, entre otras cosas porque no quiero imaginarme ir con las maletas bajo la lluvia desde la estación hasta el cercano hotel que hemos reservado para esta noche. Nos quedamos un día más porque queremos ver a mi hijo Santiago, que trabaja en Madrid desde hace unos meses y aprovechar para ver alguna exposición temporal de las que suele haber en los museos madrileños. El taxi nos acercó hasta casi el vestíbulo del hotel, entrando el coche en la acera para evitar que nos mojáramos, todo un detalle.

En el hotel Paseo del Arte casi nos conocen, porque hemos estado allí varias veces. Está muy bien situado si vienes en el Ave o si te apetece ir andando hasta el centro, porque por la calle Atoche se tardan quince o veinte minutos y, además, tiene un precio muy asequible en relación con la calidad que ofrece. Comemos al lado del Museo Reina Sofía y después nos vamos a hotel a dormir un poco de siesta, que falta nos hace.

Santiago llega sobre las siete y nos vamos dando un paseo hasta la Plaza Mayor, porque allí cerca ha reservado la cena en el restaurante Metro Bistro. Echábamos de menos este tipo de comida, bien elaborada y con un trato exquisito por parte de los camareros. ¿Es chovinismo decir que en España se come mejor que en casi cualquier país del mundo? Nos despedimos de Santiago, que coge el metro en Sol y nosotros regresamos bajando por Atocha hasta el hotel. Hay que bajar la cena.

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Día 29 de agosto.

Me levanto temprano, para no perder la costumbre. Antes de desayunar me doy un paseo solo, los demás ni se han levantado, por la Cuesta Moyano y llego hasta el Retiro. Muchos operarios están echando tierra sobre los charcos que dejaron los aguaceros de ayer. El aire es limpio y la temperatura invita a recrearse y perderse por los caminos del parque. Pero me llaman al móvil y me dicen que van a bajar a desayunar. Miro el reloj y son las 9 y media. Regreso por el Paseo del Prado, demorándome un poco y recordando los paseos que daba con mis padres cuando, durante un año, vivimos en Madrid, allá por el año 1965 (quizás lo cuente alguna vez).

Después del desayuno en el hotel, Jesús e Isabel se van a ver a su hija, a su yerno y a sus nietos que viven en San Martín de la Vega y nosotros subimos hasta la entrada del Museo del Prado. Visitamos la exposición temporal “Tesoros de la Hispanic Society of America. Visiones del mundo hispánico”, una auténtica maravilla y descubro la labor de un personaje del que había oído hablar pero que a partir de ahora admiraré y respetaré mucho más: Archer Milton Huntington, un coleccionista e hispanista americano que creó una institución que, a través de una biblioteca y unas colecciones de arte elegidas de manera erudita y sistemática, fomenta la apreciación de la cultura española y profundizara en el estudio de la literatura y el arte de España, Portugal y América Latina.

Tesoros de la Hispanic Society of America

Nos demoramos unas dos horas en el museo y cuando salimos nos dirigimos al museo Thyssen, para ver la exposición El Renacimiento en Venecia.

Carmen, Juan Esteban y Manoli salieron camino de la Puerta del Sol para buscar un sitio donde comer por los alrededores y comprar lotería en Doña Manolita, como es tradición, y yo me quedé un poco más en el museo para ver las colecciones permanentes. Hacía mucho tiempo que no entraba en el Thyssen y me apetecía.

Y después de comer, poco más, ya que el Ave salía a las 7 de la tarde y nos daba tiempo a tomarnos un café, recoger las maletas en el hotel y llegar a la estación. Todo había salido casi a la perfección. Y digo casi porque la perfección no existe y porque las imperfecciones son las que hacen la vida más interesante, si no, menudo aburrimiento.

Terminaré con una frase de San Agustín que oí o leí no sé cuándo ni dónde pero que resume muy bien lo que pienso sobre nuestra pasión por viajar y que esperamos seguir fomentando y repitiendo:

“El mundo es un libro y aquellos que no viajan solo leen una página”.

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Viaje a Croacia (VI). Dubrovnik en dos días

 

Será que Dubrovnik es una de las ciudades europeas de moda porque pocas veces he visto tanta gente en tan poco espacio. Mira que se lo dije a mis compañeros: viajar a finales de agosto es una temeridad, porque medio mundo va de un lado para otro y el otro medio no va porque no puede, que si no… Pero salvando este inconveniente, grande o pequeño según se mire, la antigua Ragusa, capital de la República del mismo nombre y cuyo lema era la libertad no se vende ni por todo el oro del mundo (en latín, “Non bene pro toto libertas venditur auro”), no decepciona, No me extraña que Lord Byron la definiera como “la perla del Adriático” y que Bernard Show la calificara como “el paraíso en la Tierra”. Y quizás por eso la agencia de viajes, al planificar el recorrido por Croacia, dedicara dos días completos a esta ciudad. En la anterior entrada describí un paseo nocturno en el que pudimos deleitarnos con un ambiente que, a pesar de la gran cantidad de turistas que como nosotros disfrutaban de la ciudad, no resultaba agobiante. Pero la mañana siguiente fue diferente.

26 de agosto. Dubrovnik e isla de Lopud

Por la mañana el autobús nos dejó frente a la puerta de Pile, donde suelen parar los autobuses turísticos y descargar a cientos de personas que se dedican a realizar fotos que apenas mirarán cuando regresen a sus casas. Si os fijáis, un porcentaje bastante alto de turistas apenas escuchan a los guías,profesionales generalmente muy bien preparados, y se dedican a hacerse selfies, fotografiar con móviles o cámaras, detenerse a comprar recuerdos o interrumpirlos con preguntas absurdas. Menos mal que suelen estar acostumbrados y responden con una agradable sonrisa, porque la educación y la paciencia entran en el sueldo. Nos recibe una guía local, una colombiana que llegó a Croacia hace muchos años y aquí se quedó. Se nota que es una enamorada de este país y de esta ciudad en concreto.

La vista desde la plaza que se encuentra frente a la puerta de Pile nos retrotrae a cinco o seis siglos atrás. No puedo evitar acordarme otra vez de Juego de Tronos y de aquellas escenas que se rodaron aquí. He encontrado un enlace donde se recrean los diferentes escenarios: Escenarios de Juego de Tronos en Dubrovnik.

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Entramos en el caso antiguo y una de los primeros lugares que vemos es la Gran Fuente de Onofrio, donde nos detenemos un momento antes de entrar en el primer edificio que visitamos, el Monasterio Franciscano, en cuyo interior se encuentra una de las farmacias mas antiguas de Europa y un museo en el que se conservan restos del bombardeo que sufrió la ciudad el 6 de diciembre de 1991, durante la guerra yugoslava. DSC_0368

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Continuamos la visita caminando por la calle principal, Stradun, hasta desembocar en la plaza Luza donde se encuentran la Columna de Orlando, la Torre de la Campana y la Pequeña Fuente de Onofrio. Entramos en el Palacio del Rector, edificio que combina los estilos gótico y renacentista. Según nuestra guía, era la sede del electo Rector regente de la República de Ragusa y la sede de la administración del Estado. Durante el período de gobierno (solamente de un mes), el rector no podía salir del edificio sin el permiso del Senado. Hoy en día este palacio se ha convertido en el Museo de Historia de la República de Ragusa. Entramos y nos encontramos con un patio central de bellas arcadas y unas escaleras que llevan a las estancias superiores, donde se encuentran valiosas piezas que dan muestra de la riqueza de la República.

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Una vez finalizada la visita entramos en la Catedral de Dubrovnik, también conocida como Iglesia de la Asunción, un edificio que fue primero una basílica bizantina, después un templo románico y por último, después de un terrible terremoto en 1667, la edificación que se construyó fue de estilo barroco. En él se conservan reliquias de San Blas, un santo cuya imagen se repite en toda la ciudad.

San Blas

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Por la tarde hacemos un recorrido en barco por las Islas Elafiti, situadas frente a Dubrovnik y desembarcamos en una de ellas, Lopud. El viaje, de unos 40 minutos, nos permitió admirar la costa dálmata, que desde el mar ofrece unas vistas preciosas. Entran ganas de alquilar un barco. Carmen y yo aprovechamos para darnos un baño en el Adriático. El agua estaba deliciosa, una pena que estuviéramos apenas una hora en la isla y no pudimos recorrerla, como nos hubiera gustado.

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Por la noche bajamos a la piscina del hotel donde hay también un bar y un escenario con actuaciones. Nos quedamos un rato tomándonos unas copas y comentando las inevitables anécdotas del día. Además, como mañana tenemos día libre no habrá que madrugar así que aprovechamos para relajarnos, que llevamos un ritmo…

Día 27 de agosto.

Hoy tenemos día libre, por fin, así que no tenemos que madrugar. Por la mañana compramos en el hotel la Dubrovnik Card de un día, una tarjeta que te permite visitar muchos de los monumentos más importantes de la ciudad y utilizar el transporte público gratis durante un día. Nos costó unos 20 euros al cambio y vale la pena, ya que con que subas a las murallas y utilices una vez el transporte prácticamente se amortiza.

Cogemos el autobús que nos acerca hasta la conocida puerta de Pile y atravesamos toda la calle Stradun hasta llegar a la plaza Luza, ya que nos recomendó la guía que cerca estaba la mejor entrada para recorrer las murallas. Es mejor hacerlo temprano porque el calor aprieta a mediodía y hay muchas cuestas y escaleras. Si visitas Dubrovnik, tienes que recorrer sí o sí, como diría el expresidente de un equipo sevillano, las murallas que rodean la ciudad vieja, pero sin prisas, deteniéndote a cada momento para ver las estrechas calles que cruzan transversalmente la ciudad hasta desembocar en la arteria principal, la calle Stradun, los tejados de las casas, un noventa por ciento de los cuales tuvieron que restaurarse debido al bombardeo del año 1991, los palacios, las iglesias, las plazas… Aunque dicen que se pueden recorrer en menos de una hora (tienen casi dos kilómetros de longitud), si queremos detenernos a contemplar la ciudad, subir a alguna de sus torres, sacar fotos, etc., se tarda casi dos horas. Por eso es mejor hacer lo que hicimos nosotros, comenzar a recorrerlas antes de las diez de la mañana.

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Antes de comer nos separamos porque había diferentes pareceres sobre qué hacer antes de comer. Así que nos dividimos en tres grupos. Juan Esteban, Jaime y yo visitamos el museo naval y después nos sentamos a tomarnos unas cervezas frente al puerto. Un buen plan, sí señor.

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Comimos, también frente al puerto, en el Restaurante Arsenal, muy elegante y con unas vistas magníficas. La relación calidad-precio, bastante buena.

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Antes de salir otra vez por la puerta de Pile me llamó la atención un hombre sentado al lado del Convento de Santa Clara, delante de una mesita redonda con un tablero de ajedrez y algunos libros, con un cartel en inglés que decía: “Gordan Markotic, juega y aprende ajedrez con un maestro internacional”. Porque no quería dejar solos a mis amigos y a mi mujer, y desconozco el inglés, pero me hubiera encantado sentarme con él un rato y echar alguna partida. Me apenó que alguien que llegó a ser un conocido jugador a nivel internacional tuviera que ganarse la vida así. ¿Será también otro daño colateral de la guerra?

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Y por la tarde, descanso, aunque yo aproveché para darme otro baño en la playa que está debajo del hotel y en la piscina. Después, Carmen y yo nos dimos un paseo por los alrededores. Teníamos que relajarnos pues el viaje llegaba casi a su fin y la semana había sido muy, muy intensa. Y todavía teníamos que hacer las maletas. Pero una tarde da para mucho.

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Viaje a Croacia (V). Split y Dubrovnik

Estuve tentado de escribir un poco de historia antes de continuar con el relato de nuestro viaje a Croacia. Hubiera sido una muestra de seriedad que demostraría bien a las claras el amor de nuestro grupo por la cultura, además de por la gastronomía, que algunos se creen que solo pensamos en comer. Pero no quiero agobiaros con la biografía de Diocleciano. Así que si acudís a cualquier enciclopedia o página web de Historia, como esta de Mundohistoria, podréis encontrar mucha información sobre este emperador romano, con luces y sombras como cualquier personaje histórico que se precie, pero que tuvo una excelente ocurrencia: además de ser el primero de todos los emperadores en abdicar voluntariamente (jubilación anticipada lo llamaríamos hoy) se construyó un palacio-ciudad en Spalato, la actual Split, para cuando llegara el momento de decir ahí os quedáis. A algunos nos hubiera encantado hacer lo mismo, pero Montoro y los que lo precedieron no nos dejaron. Así que ahora, a viajar con el Imserso y, de vez en cuando, alguna ruta como la que aquí se describe. Y no nos podemos quejar, claro que no.

Día 25 de agosto

“Esta mañana, muy tempranito, salí del pueblo con el hatico…”

Realmente no es eso, pero todos estos días me he levantado con esta canción de La rosa del azafrán en mi cabeza, una zarzuela que mi madre cantaba y sigue cantando a menudo, que a mí se me ha quedado grabada. Es que no es normal pegarse estos madrugones cuando uno está de vacaciones, pero qué se le va a hacer: el que algo quiere algo le cuesta. Además, salir de un hotel tan malo, según mi humilde opinión, aunque experta en hoteles, como el Katarina, fue más bien un alivio. Otra vez las maletas al autobús, en donde nos montamos para recorrer los quince kilómetros que nos separan de Split. Nos dejó al comienzo del paseo marítimo y muy cerca de una de las puertas del edificio más importante de la Dalmacia, al que le hemos dedicado toda la mañana: el Palacio de Diocleciano. Y puedo asegurar que merece la pena. Aunque sólo sea por pasar un día ahí, el viaje a Croacia es totalmente recomendable.

Han pasado dieciocho siglos, y sin embargo el esplendor y la opulencia todavía se pueden contemplar en las ruinas de un palacio que, según muchos entendidos, son las mejor conservadas no sólo en Croacia sino en todo el mundo. Durante varias horas recorrimos el peristilo, entramos y salimos por varias puertas de las murallas que lo rodeaban, descendimos a los sótanos, nos hicimos cientos de fotos y, cómo no decirlo, este palacio sirvió para el rodaje de la cuarta temporada de Juego de Tronos, del que me confieso un fan incondicional. ¿Qué podríamos destacar del palacio? Es complicado, porque allí nos encontramos el mausoleo de Diocleciano, convertido hoy en la Catedral de Split, en cuyo acceso, antes de subir al campanario que como ya habréis adivinado también  visité, se encuentran varias esfinges procedentes del yacimiento del faraón egipcio Tutmosis III, un baptisterio que antiguamente era el templo de Júpiter, y los subterráneos. Estos últimos me recordaron en algún momento al Gran Bazar de Estambul, pues hay muchas tiendas similares. Un recorrido realmente magnífico.

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Después de otra caminata por el resto de la ciudad, regresamos por el paseo marítimo, donde anoche nos sentamos para tomarnos algo y disfrutar del ambiente .

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Salimos de Split, comimos por el camino y comenzó un viaje de unos 225 kilómetros por la costa dálmata que nos llevó hasta Dubrovnik. La carretera es una auténtica maravilla y los paisajes son únicos. El color del mar pasa del azul turquesa al verde esmeralda sin solución de continuidad y las islas cercanas invitan a detenerse y contemplar con tranquilidad una costa escarpada que tiene pocas playas de arena pero muchas calas rocosas de aguas limpias y transparentes. Nos preguntamos cómo pueden bajar los bañistas hasta esas calas, porque la carretera se desliza la mayor parte del tiempo por acantilados en los que apenas se descubren caminos de tierra. De vez en cuando el autobús desciende y pasa por pueblecitos con puertos coquetos y dársenas y muelles en los que conviven chiquillos bañándose y pequeños barcos de pesca o de recreo.

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Cuando llevábamos unas dos horas de viaje nos detuvimos en la frontera de Bosnia-Herzagovina, donde se encuentra la ciudad de Neum, la única parte de Bosnia con salida al mar. La guía nos advirtió de que no hiciéramos fotos para evitar problemas ya que a veces los guardias se molestan. Después de unos minutos, nos autorizaron a continuar y nos detuvimos, aún en Bosnia, para tomar café y hacer pequeñas compras.

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Continuamos un viaje que, a pesar de durar cerca de cuatro horas, se hace corto, por lo menos en autobús. Quizás en coche, por una carretera tan sinuosa y bordeada de acantilados, sea más pesado pero más emocionante. Reconozco que a mí me gustaría hacerlo con un coche de alquiler y pararme donde me apeteciera porque hay muchos lugares que merecen la pena.

Y llegamos a Dubrovnik, la perla del Adriático, la antigua Ragusa. Bueno, en realidad llegamos a la península de Babin kuk en donde se encuentra un complejo turístico llamado Valamar (nuestro hotel era el Valamar Club), que fue donde nos alojamos, y que está situado a unos veinte minutos en autobús de la ciudad vieja de Dubrovnik. Esto es otra cosa, tanto el hotel y sus instalaciones como los alrededores. Tenía incluso una playa casi privada.

A pesar del cansancio, Katia nos ofreció la posibilidad de hacer una salida nocturna después de cenar para conocer la ciudad. Y todos nos apuntamos. Mereció la pena porque Dubrovnik de noche es tanto o más bonita que de día y con menos aglomeraciones. Música, pasacalles, placitas, calles estrechas y concurridas, aunque no tanto como por el día. Nada más entrar por la Puerta de Pile y traspasar las murallas, accedimos a una plaza donde se encuentra la gran Fuente de Onofrio y a partir de ahí comenzamos a callejear. El ambiente era muy tranquilo, con mucha gente pero sin agobios. Nos sentamos en una terraza, en la calle principal, Stradum o Placa, que conecta la Puerta de Pile con la Plaza Luza. Todos estos lugares los describiré más extensamente en el próximo artículo.

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Viaje a Croacia (IV). Zadar, Sibenik, Trogir y Split.

De locos, hoy ha sido un día de locos. No recomiendo a nadie que quiera conocer, aunque sea superficialmente, alguna zona de cualquier país, incluso el propio, que se recorra cuatro ciudades en un solo día. Porque al final lo único que va a conseguir es que en su cabeza se forme un caos que le impida recordar si la plaza que vio era de Trogir o de Zadar, si aquella calle tan bonita era de Split o Sibenik o si el café que se tomó sentado en una terraza era de Burgos o de León. Y eso es lo que me está pasando a mí cuando repaso las fotografías (y menos mal que ahora con las cámaras digitales es más fácil saberlo porque te informan del día y la hora en que sacaste la foto).

Estamos a mitad de viaje y volvemos a cambiar de hotel, así que otra vez a hacer maletas y llevarlas todo el día en el autobús. En cuatro días, tres hoteles, no está mal.

24 de agosto.

Volvemos a madrugar, cómo no. Nos despedimos del Hotel Kolovare  y, para aquellos que lo visiten, recomiendo que se sienten en los sillones que están frente a recepción y hurguen en ellos, porque se pueden encontrar con la sorpresa de que aparezcan como por arte de magia monedas varias, como le pasó a nuestro amigo Juan Esteban, que hurgando, hurgando recogió hasta 17 kunas, que no es mucho pero da para una cerveza. Una típica anécdota que suele suceder en los viajes y que sirve para comentar cuando nos reunamos dentro de un tiempo.

Cargamos las maletas en el autobús, que nos lleva hasta la pequeña península que conforma el centro de Zadar, y nos deja cerca de un parque rodeado por un muro y próximo también al puerto. Tomamos referencias porque luego tendremos que regresar solos. La guía inicia el recorrido por el casco antiguo, deteniéndonos en la Plaza del Pueblo (Narodni Trg, en croata), donde se encuentra el edificio City Sentinel, de 1562, con un hermoso reloj.

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Seguimos andando por la Kalelarga hasta desembocar en la zona principal de la ciudad, el Foro Romano, donde se encuentran la iglesia de San Donato (siglo IX), de planta circular y la catedral de Santa Anastasia (siglo XIII), con un campanario al que también subí, como a casi todos los que me fuimos encontrando durante el viaje. El conjunto impresiona, ya que nos encontramos en un espacio reducido con tres monumentos que aglutinan diez siglos de historia.

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(Carmen y Manoli escuchando atentamente las explicaciones de la guía delante de la iglesia de San Donato y de la Catedral de Santa Anastasia)

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(Isabel y Jesús, con la guía, cuyo nombre no recuerdo, andando hacia la Columna de la Vergüenza, donde se encadenaba a gente que había cometido delitos menores).

Después nos dirigimos hacia el Órgano del mar y el Saludo al sol, que están muy cerca. El primero es un conjunto de tubos que se activan con las olas que rompen en unas escaleras que dan al mar; el segundo es un círculo de 22 metros de diámetro realizado a bases de placas de vidrio que representa el Sistema Solar y que se ilumina por la noche. Descansamos un poco porque llevamos un buen ritmo.

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20170824_095422El grupo se divide, cada uno a su bola, unos a comprar, otros a callejear. Yo me dirijo hacia el mercado (no sé por qué, pero siempre me ha gustado el ambiente que se vive en cualquier mercado, mucho más natural y menos contaminado por el turismo) y me fijo en los productos que se venden y en la gente que deambula, comprando o curioseando. Más tarde me voy a la plaza y me encuentro con Jesús y Juan Esteban, con los que me tomo un café. Como se acerca la hora de salir, esperamos que lleguen los demás y nos vamos hacia el autobús.

Después de comer nos dirigimos a Sibenik, en la desembocadura del río Krka, que forma un parque natural. En esta ciudad se rodó Juego de Tronos y aquí le saben sacar mucho partido.

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Es una delicia pasear por sus calles. Parece que hemos hecho un viaje en el tiempo y aterrizado en la Edad Media o en el Renacimiento. La Catedral de Santiago y la Plaza del Ayuntamiento son dos auténticas joyas. Pero el tiempo apremia y estamos poco más de hora y media en esta bonita ciudad.

Catedral de Santiago en Sibenik, Croacia

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Ahora nos dirigimos, por una carretera con vistas extraordinarias, a Trogir. Es una ciudad pequeña, de callejas y plazas con mucho encanto, situada sobre una isla a la que se accede por un puente que nos permite entrar en la parte antigua. Después de andar por algunas calles estrechas y cuidadas, llegamos a la catedral de San Lorenzo, que tiene una preciosa portada y un campanario al que, como es lógico subí y desde el que pude contemplar unas vistas que impresionan. Después de deambular por calles y plazas, salimos al puerto y llegamos hasta el Castillo del Camarlengo, un edificio situado en el extremo del paseo marítimo que bordea al puerto y destinado por los venecianos, que lo construyeron en el siglo XV, a residencia del gobernador y a puesto de vigilancia. Nos demoramos todo lo que pudimos, ya que el paseo, con la luz de media tarde, el mar, una temperatura muy agradable y la cantidad de rincones que invitaban al descanso, fue de las cosas más bonitas que realizamos en todo el viaje.

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Con pesar, nos alejamos de Trogir camino de Split, que está a unos 20 kilómetros. Llegamos casi anocheciendo y la entrada a la ciudad fue más lenta de lo normal ya que esa noche se jugaba un partido entre el Hajduk Split y un equipo inglés. El autobús bordeó la ciudad pues el hotel Katarina se encontraba a unos quince kilómetros. No quiero hacer una propaganda excesivamente negativa, pero ese hotel no debería estar en los circuitos turísticos de cierta calidad. Creemos que para evitar muchas quejas, Katia nos dijo que después de cenar haríamos una visita nocturna al Palacio de Diocleciano y a la Plaza de la República, que aunque los veríamos con calma y en profundidad por la mañana, merecía la pena visitarlos de noche. Y eso hicimos. Y claro que mereció la pena, pues sobre todo el palacio, del que hablaré en la siguiente entrada, es una ciudad en sí misma. El ambiente nocturno de esas dos zonas no tiene nada que envidiar a ninguno de los grandes lugares que he visitado hasta ahora. Conciertos, iluminación cuidada, terrazas al aire libre, ambiente festivo. Todo invitaba a quedarnos hasta altas horas de la madrugada. Pero sólo pudimos estar hora y media, pues mañana, cómo no, teníamos que visitar la ciudad por la mañana y después un viaje de muchas horas hasta Dubrovnik.

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Viaje a Croacia (III). Parque nacional y lagos de Plitvice

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Aquello parecía la portada de la Feria de Sevilla el día de la inauguración del alumbrado, o la Gran vía de Madrid en el puente de la Inmaculada. O las Ramblas en la fiesta de San Jordi. No recordaba tanta gente haciendo cola desde la Expo del 92. ¿Cómo se puede consentir que en un parque natural dejen entrar en el mismo día varias decenas de miles de personas? Supongo que será por la pela, que diría un catalán ahora que están tan de moda.

Día 23 de agosto.

Hoy es nuestro último día en el hotel Jadrán porque esta noche dormiremos en Zadar, así que la tarde anterior dejamos las maletas listas. Después del madrugón de turno y un buen desayuno para comenzar el día, nos subimos al autobús y Katia, nuestra guía, nos explica el plan para hoy, que consistirá en recorrer una parte del Parque nacional y los lagos de Plitvice, zona forestal situada a 500 metros sobre el nivel del mar y Reserva Natural de la UNESCO desde 1979. Nos advierte, para que no nos coja por sorpresa, que suele haber mucha gente y que quizás tengamos que esperar “algo” para poder entrar al parque. A medio camino hacemos una parada en el paralelo 45, cerca de la ciudad de Senj, frente a la gran isla de Krk, con carteles que indicaban que estábamos a 5.000 kilómetros del polo norte y a otros 5.000 kilómetros del ecuador. Fotos de rigor porque no siempre se tiene la oportunidad de estar en un lugar tan señalado.

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Seguimos camino y volvemos a detenernos en un puesto en el que se venden productos típicos de la zona: miel, queso, conservas, cerámica… Al lado hay una serie de viviendas en las que se pueden observar todavía impactos de proyectiles de la guerra. Supongo que los conservarán (ya que se nota que las casas han sido restauradas) como recordatorio de la barbarie que se vivió en la antigua Yugoslavia durante cinco largos años. Aunque de vez en cuando Katia hace mención al conflicto, hemos comprobado que, salvo raras excepciones, prefieren pasar de puntillas sobre este tema, todavía demasiado reciente y que ha dejado muchas grietas y mucho dolor en los pueblos que sufrieron esta terrible experiencia.

En este pequeño vídeo se resume el conflicto. Nunca deberíamos perder de vista la historia cuando visitamos un país, pues nos dice mucho de sus gentes, de su organización, de sus costumbres, de la construcción de sus ciudades… Y nos parece mentira que a finales del siglo XX, en una Europa moderna y modelo para muchas otras zonas del mundo, se pudiera haber vivido un odio tan intenso.

Bosnia, Serbia y Croacia: la guerra de Yugoslavia en 6 minutos.

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Llegamos al parque y comemos en un restaurante cerca de la entrada. Podemos observar los cientos de personas que ya están entrando. Pero no podíamos imaginarnos lo que nos íbamos a encontrar cuando, sobre las cuatro de la tarde, nos bajamos del autobús.

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Sólo diré que no disfruté demasiado de esta experiencia. El calor, las pasarelas atestadas de gente, las colas para esperar el barco que nos trasladó de un extremo a otro de uno de los lagos, las esperas hasta conseguir que se hiciera un pequeño vacío a tu alrededor para hacer una foto decente… Todo eso hizo que no nos sintiéramos cómodos. Además, y según nos comentó la guía, este año había sido muy seco y no había tanta agua como en los anteriores. De todas formas, merece la pena acercarse, ya que, a pesar de todo, el paisaje, el agua, las cascadas, el verdor, son únicos, pero recomiendo que se haga en otra época del año. Y el paseo en barco por el lago no merece la pena, es preferible bordearlo andando, que se hace en menos de media hora, mientras que en la cola estuvimos cerca de una hora y el paseo dura poco más de quince minutos.

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Logramos salir del parque a duras penas, luchando con el gentío y con las cuestas. Y al atardecer llegamos al hotel Kolovare, en Zadar, donde nos alojaremos esta noche. La guía nos dice que podríamos visitar el centro de la ciudad, que está a unos veinte minutos, y ver  el curioso Saludo al Sol, un gigantesco círculo de 22 metros de diámetro realizado a base de placas de vidrio que representa el Sistema Solar (por la noche se ilumina). Como estamos cansados, lo dejaremos para el día siguiente, aunque no lo podremos ver iluminado.

Por cierto, aprovecho para recomendar una página que visité días antes de viajar a Croacia y que me dio muchos consejos y muchas pistas para recorrer lugares que, aunque al hacerlo en grupo con guías y con horarios muy estrictos no pudimos ver, sí podría serviros para aquellos que hagáis turismo por vuestra cuenta. Se llama Los apuntes del viajero y aquí os dejo el enlace a Croacia:

http://www.losapuntesdelviajero.com/europa/croacia/

Viaje a Croacia (II). La Península de Istria

El día 21 de agosto, lunes, el despertador sonó a las seis de la mañana. Hacía dos días que estábamos en Sevilla, donde el calor apretaba de lo lindo y que, después de pasar las semanas anteriores en Galicia y Rota, parecía la antesala del infierno. Apenas había pegado ojo por el bochorno y el nerviosismo. Repaso a los últimos detalles: sobre todo la documentación (incluido el pasaporte, por si acaso) , confirmación del tiempo que va a hacer en Croacia, tomar algo de fruta, cerrar las maletas y la puerta de casa… Salimos a la avenida y, confiando en que por ella suelen pasar taxis con frecuencia, esperamos casi diez minutos. No cunde el pánico porque tenemos mucho margen y la estación del ave está cerca. Cuando llegamos ya están allí los Anarte y poco después llegan los “Marines”. Esta vez no ha habido percances de última hora, así que llegamos a Madrid a las 10,15 y como el vuelo sale de Barajas a las 13,45, nos atrevemos a coger el cercanías de la misma estación. Es muy cómodo y, además, gratuito si el vuelo y el tren se hacen en el mismo día. Mis compañeros de viaje, acostumbrados a desplazarse como señores en taxis y limusinas (véanse las entradas anteriores tituladas Un turista en Nueva York) eran un poco reticentes pero los convencí y allí nos mezclamos con otra muchedumbre que, como nosotros, salía de viaje. Hay que tener en cuenta que el cercanías deja en la terminal 4, por lo que si el vuelo sale de otra terminal hay que tomar una lanzadera, que es lo que tuvimos que hacer nosotros. Carmen dice que ella no vuelve a hacer esto, que donde se ponga un taxi que se quiten estas complicaciones, que subir y bajar maletas de trenes y autobuses es un atraso… Y los demás secundan la idea. Menos mal que todos somos de izquierda y apostamos por los servicios públicos y gratuitos. Me callo.

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Como no hubo incidencias en el vuelo, comentaré que llegamos a Pula a las 16,20. Resulta que la hora española y la croata es la misma por los misterios de unos gobernantes que desde hace décadas (exactamente desde que Franco lo decidió en 1940) nos mantienen en el uso horario de Berlín. ¿A nadie se le ha ocurrido cambiarlo desde entonces? Porque resulta que en Croacia amanece y anochece dos horas antes que en nuestro país, pero tenemos el mismo horario. Menos mal que nos habíamos comido unos bocadillos en el aeropuerto porque si no habríamos llegado muertos de hambre, ya que en el avión nos dieron agua y un pequeño sobre con patatas fritas o algo parecido. Ténganlo en cuenta aquellos turistas que hagan el viaje a la misma hora y en la misma compañía aérea SmartWings. Y encima no pudimos pararnos a merendar algo porque en al aeropuerto nos recogió un autobús que nos llevó hasta Rijeka (la antigua Fiume italiana), nuestro primer destino y en donde pasaríamos dos noches. El viaje de casi dos horas nos permitió contemplar un paisaje, el de la Península de Istria, que en cierto modo se parece al de mi tierra, Galicia, muy verde, con suaves colinas y muchos bosques. Empezamos bien. Como el hotel Jadran estaba bastante alejado del centro y ya era algo tarde, decidimos cenar temprano y andar un poco por los alrededores. Lo mejor del hotel, las vistas al Adriático, con unos grandes ventanales que nos permitían contemplar el puerto y la bahía de Carnaro, así como la isla de Krk (pronúnciese Kirk, como el capitán de la nave Enterprise o el actor apellidado Douglas).

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En la cena nos sentamos en una mesa de ocho, donde ya se encontraba un matrimonio de Burgos que nos acompañó a lo largo de todo el viaje por Croacia. Jaime y María Teresa estaban celebrando sus bodas de oro y la verdad es que no lo parecía porque se conservan bastante bien. En esa primera cena ya empezamos a pagar las bebidas: seis cervezas, 124 kunas, es decir, unos 18 euros. Y así durante todas las comidas y cenas del viaje. Parece que no, pero al final se nota. Por eso es importante que ese tipo de detalles se conozcan antes de contratar el viaje o que, por lo menos, se informe convenientemente.

Como nos habíamos levantado muy temprano, decidimos acostarnos pronto porque a la mañana siguiente, como ocurriría todos los días, tendríamos otro madrugón. Menos mal que la habitación era muy buena, la televisión panorámica y la cama, mejor.

Día 22 de agosto. Región de Opatija, Porec y Rovinj

Suena el despertador del móvil a las 6,30, hora croata y española. Si estuviera en Rota a estas horas estaría dormido. O no, porque últimamente duermo menos, será cosa de la edad. En otras circunstancias me tomaría media pastilla para dormir, pero tengo miedo de quedarme dormido. El desayuno es a las siete. Aprovechamos que el autobús no sale hasta las ocho y podemos contemplar nuestras primeras horas de la mañana en el Adriático. Ya hay gente bañándose y la tibia luz del sol se refleja en unas aguas cristalinas que invitan a sumergirse en ellas. No tenemos tiempo y la verdad es que los envidio. En la terraza del comedor unas gaviotas se posan en las mesas, esperando que algún incauto se acerque y puedan birlarle la comida. Me acuerdo de Alfred Hitchcock.

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El autobús nos lleva a Opatija, a la que llegamos en poco más de media hora. Es una ciudad muy turística, aunque todavía no llega a alcanzar el esplendor que adquirió durante la dominación del imperio austro-húngaro, con un paseo marítimo en el que se encuentra una zona similar al paseo de las estrellas de Hollywood, pero con nombres de personajes croatas. Allí podemos ver a Nikola Tesla y a Drazen Petrovic, inventor y jugador de baloncesto, respectivamente, muy admirados en su país, donde se los nombra frecuentemente. Los croatas, como es lógico, se indignan con aquellos inventores como Edison y Marconi, que se llevaron los méritos y la fama (véase este artículo para comprobarlo) en lugar de su compatriota, que realmente fue el inventor de la corriente alterna y de la radio. Después de un paseo de una hora regresamos al autobús para seguir camino hacia Porec, en la costa occidental de la península de Istria.

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El autobús nos llevó hasta una estación desde la que nos dirigimos al centro de la ciudad, de unos veinte mil habitantes. Tiene un casco antiguo en el que todavía se puede observar la influencia romana y bizantina y en la que destaca sobre todo la Basílica de San Eufrasio, del siglo VI, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Recorrer la basílica, detenerse en las diferentes salas y en la capilla y subir a la torre-campanario, es una experiencia que nadie que visite Croacia debería perderse. El recorrido nos llevó una hora, aunque podríamos haber estado mucho más tiempo. Ese es uno de los problemas que más me molestan de los viajes en grupo, que los horarios son excesivamente estrictos y te impiden disfrutar de aquello que realmente te gusta. Ya lo dice el refrán: el que mucho abarca, poco aprieta.

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Después de comer en una especie de venta a las afueras de Porec, salimos hacia Rovinj. Reconozco que nunca había oído hablar de esta ciudad, como me ocurre con la mayor parte de las ciudades croatas, exceptuando la capital Zagreb, Zadar (por el equipo de baloncesto), Split (por el equipo de fútbol), Dubrovnik y pare usted de contar. Y luego dirán que el deporte no es cultura. Tendré que repasar geografía.

En Rovinj nos esperaba Fortunato, un guía que resultó todo un personaje. Nos contó que había aprendido español navegando por todo el mundo con marineros españoles, estuvo viajando por España y vivió un mes en Cádiz, donde, además de perfeccionar el idioma con los gaditanos, también practicaba (el idioma) con una marroquí que limpiaba en su en su casa y que dominaba muy bien el castellano ya que había servido durante años en la casa de un militar en Ceuta. La manera de explicarnos la historia y la cultura croatas habría servido para escribir una novela. Antes de recorrer la ciudad nos dio una visión histórico-cultural de Rovinj que hubiera dejado boquiabierto a cualquier profesor de universidad. Después de pasar por el mercado, donde nos explicó que allí la fruta era casi toda importada (un ejemplo: un kilo de uvas valía 7 euros), nos detuvimos en una pequeña plaza frente al puerto, en donde nos comentó que ese lugar era un canal que separaba la península de la isla, la antigua Ruvigno, y que fue rellenado a mediados del siglo XVIII. Comenzamos a subir por una calle (Ulica Carera) hasta la Basílica de Santa Eufemia, en lo alto de la colina que domina la ciudad vieja. Las vistas del Adriático y de las islas cercanas son de las más bonitas que se pueden contemplar en la península de Istria. Lo más notable de la iglesia, que no es de las más bonitas que se pueden encontrar en el país, es la gran torre de 60 metros de alto imita al campanile de San Marcos y el sepulcro de la santa que se encuentra en el interior.

No voy a explicar aquí la controversia sobre los restos de la santa, una de cuyas reliquias se encuentra en Antequera, de la que es su patrona, ni el milagro del sepulcro de siete toneladas que flotaba en el mar, ni otros hechos extraordinarios que nos relató Fortunato, porque me extendería demasiado. Descendimos de la colina por otro camino, contemplando la costa y fotografiando un precioso mar azul salpicado de pequeñas islas que reverberaban con la luz de la tarde. Nos detuvimos a tomar un café en una cafetería cercana al puerto y regresamos al hotel cuando ya estaba anocheciendo. Día intenso, como todos los que nos esperaban en lo que restaba de semana.

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Viaje a Croacia (I). Preparación

Según leí no hace mucho, uno de los primeros turistas fue Mark Twain, el creador de dos personajes inolvidables, Tom Sawyer y Huckleberry Finn y calificado por Faulkner como el padre de la literatura norteamericana. En un artículo de Luis Martínez, Turistas de nosotros, se mencionaba el primer tour organizado que ha conocido el mundo moderno, en 1861, y que fue descrito con su habitual humor por el escritor norteamericano en su libro Guía para viajeros inocentes. Ahí ya se decía una verdad que después se ha ido confirmando sin remisión: hacer turismo es y será la más gozosa de las pesadillas. Lamentablemente ya no hay viajeros, por mucho que algunos se nieguen a reconocerlo. Esos personajes, reales o imaginarios, que recorrían un mundo casi virgen, inexplorado en muchas ocasiones y que después lo contaban a sus coetáneos, plagados de aventuras y anécdotas (¿dónde están los Willy Fogg que daban la vuelta a mundo en 80 días o los Washington Irving que recorrían una Andalucía casi primigenia) han desaparecido. Desde 1841 con Thomas Cook o 1861 con Mark Twain, todos somos turistas.

La auténtica verdad de los viajes en verano, aquella que nadie quiere reconocer pero que todos sabemos, es que son insufribles. Aunque ya he dicho que casi nadie es viajero en el mundo actual, muchos quieren creer que todavía pertenecen o permanecen en un mundo ya perdido en que el asombro, la inocencia, la aventura o la novedad se encuentran en cada recodo del camino. Pero ya hemos perdido la capacidad de asombrarnos y la mayor aventura se esconde, seguramente, a la vuelta de la esquina.

Se dice que el turista viaja siempre en grupo y el viajero es un lobo solitario, que los primeros viajan para conocer nuevas culturas y paisajes diferentes en los que prefieren dedicar el tiempo a realizar cientos de fotos que luego comentarán con sus amigos (a los que les importa un bledo lo bien que te lo has pasado y las anécdotas que te han ocurrido y que a ti te hacen mucha gracia pero que a ellos lo único que les provoca es aburrimiento), en lugar de pasear despacio por las calles, salirse de las rutas trilladas, hablar con la gente, aspirar los olores que son característicos de cada lugar y apreciar sus diferentes colores, acentos, miradas y silencios. El turista quiere cambiar la monotonía de su vida diaria por la monotonía de las estaciones de autobús, de los aeropuertos, de las multitudes que pasean por los mismos lugares, visitan los mismos monumentos y comen los mismos platos preparados en restaurantes que tanto podrían estar en Estambul como en un pueblo de la Patagonia. El viajero prefiere buscar y encontrar su propio camino, el turista aprecia la seguridad que le proporciona el grupo, la experiencia de los demás, la tranquilidad de lo ya vivido y experimentado por otros, la comodidad. El viajero nunca se acomodará. Y por eso ya casi nadie es viajero, porque ya todo está vivido y contado y experimentado. Ya no hay caminos ni paisajes desconocidos o por descubrir. Y en la actualidad todos los viajes son cómodos y seguros (no me refiero, claro, a los que huyen de las guerras o del hambre) aunque se hagan andando y con mochila.

Ya es hora de entrar en materia. Quiero aclarar que yo he sido siempre un turista y no un viajero, a mucha honra. Aunque muchos de mis viajes no han sido en grupo ni organizados por agencias, he buscado siempre lugares conocidos, con gente, ciudades y también paisajes, puestas de sol, playas o pueblos recónditos, naturaleza pero civilizada. No me busquéis en el desierto ni en el Amazonas. Me dan miedo los animales salvajes y los insectos y soy alérgico a las picaduras de mosquitos. Así que si sois aventureros seguramente este artículo sobre mi experiencia en Croacia os aburrirá, por lo que os recomiendo que no sigáis leyendo y cambiéis de página.

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Preparación del viaje.

Por esta vez, y sin que sirva de precedente, el viaje no lo organicé yo, sino mis amigos Jesús y Juan Esteban (yo estaba de viaje en Galicia y, después, pasando unos días en Rota por lo que no podía dedicarme a esos menesteres). El primero se dirigió a una agencia de viajes, pidió información sobre circuitos para conocer Croacia y, después de un par de reuniones, se decidió contratar uno denominado Gran Tour de Croacia, 8 días y 7 noches visitando de norte a sur cuatro zonas del país: Región de Opatija, región de Zadar, región de Split y Dubrovnik (es decir, península de Istria y Dalmacia). El segundo se encargó de los viajes en tren de Sevilla a Madrid ida y vuelta y del hotel donde nos alojamos el día de regreso. Lo que menos me gustó fueron los días elegidos: del 21 al 28 de agosto, pues me temía, como así ocurrió, que nos íbamos a encontrar con millones de turistas como nosotros. En régimen de todo incluido (menos la cerveza o el vino, como se comentará más adelante), lo primero que hicimos, como corresponde a personas que les gusta preparar los viajes, fue buscar información sobre el país. Google y la Wikipedia no tienen precio para estas cosas. La primera curiosidad, si se observa el mapa, es su forma: unos dicen que se parece a un dragón y otros a un caballito de mar, cada uno que se apunte a lo que quiera. En cuanto a tamaño es más pequeño que Andalucía y un poco más grande que Aragón; en concreto tiene una extensión de 56 594 km², incluidas las más de mil islas que se ubican frente a la costa en el Mar Adriático. Esa es una de las cosas que más me llamó la atención; cuando recorrimos el país en autobús, casi siempre junto al mar, en pocas ocasiones se podía ver el horizonte marino ya que era tapado por las islas y dando la impresión de que era un continuo, enorme y alargado estrecho que separara dos continentes.

Croacia es miembro de la Unión Europea desde el 1 de julio de 2013 pero no se encuentra dentro del espacio común europeo de régimen Schengen. Sin embargo, los ciudadanos españoles podemos entrar en Croacia con pasaporte o con un DNI vigente para estancias inferiores a 90 días. La validez del pasaporte o del documento nacional de identidad debe cubrir toda la duración de la estancia prevista en Croacia.

La moneda local es la kuna que se cambia, dependiendo de las zonas, a 0,14 euros. Eso en el mejor de los casos. Como nosotros utilizamos la tarjeta EVO, cuando retirábamos en un cajero 1000 kunas, al cambio eran 140,11 euros. Pero si cambiáis euros en hoteles o establecimientos de cambio, lo habitual es que por 100 euros os den 680 kunas, por lo que recomiendo que, siempre que se pueda, se pague con tarjeta en la moneda local.

En cuanto a la comida, como la mayor parte de las veces era ya contratada por la agencia, sólo diré que comimos mucho pollo, ensaladas y poco pescado. La cerveza es muy buena, o por lo menos a mi me gustó. La más conocida es la Ozujsko. Los precios no son baratos, pensando que el nivel de vida es bastante inferior al español. Para que os hagáis una idea, en el enlace siguiente podéis encontrar los precios de los artículos más comunes: precios en Croacia 2017.

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No voy a recordar aquí las vicisitudes de la guerra de independencia croata, que ocurrió no hace demasiado tiempo (realmente terminó en 1995), pero sí advertiré de que a lo largo del viaje tanto Katja, la guía que nos acompañó desde el primer momento, como el resto de guías locales, la mencionaron con frecuencia. Y en algunas zonas todavía se dejan ver las consecuencias.

Si vais a visitar este precioso país os recomiendo, entre otras páginas y foros la Guía de Turismo de Croacia, la guía de Lonely Planet y el foro de losviajeros.com. Otra guía que me gusta bastante es la de turistaloserastu.es.

Seguiré en próximas entregas.

 

 

 

 

Un turista en Nueva York (y VI). Otra excursión y paseo por Central Park. Punto y final

De hoy no pasa. Reconozco que estas entradas sobre el viaje a Nueva York no han sido tanto para dar envidia a aquellos que todavía no conocen esta ciudad o para hacer una reseña que sirva para futuros viajeros (yo no soy experto en guías de viajes), sino como una especie de diario que me permita recordar momentos e instantes que de otro modo caerían en el olvido.Y si, además, puede servir a otros para que planifiquen mejor su viaje, estupendo. Continuaré describiendo la segunda excursión que hicimos durante los nueve días de estancia en Nueva York: Washington.

DOS EXCURSIONES CONTRATADAS (II)

Esta excursión fue una incógnita durante nuestros primeros días. Así como la de Contrastes en Nueva York teníamos claro que queríamos hacerla, la de Washington estuvo en duda hasta un par de días antes, porque queríamos comprobar si nos daba tiempo a ver todo lo que habíamos previsto. Como se estaban cumpliendo todos los objetivos sin ningún tipo de incidente (menos el tiempo, ya que la lluvia y el frío nos estaban retrasando el picnic en Central Park), dos días antes contratamos esta excursión con Civitatis. Una opción bastante más económica es ir en tren o en autobús, como se describe en esta página Washington en un día, pero de esta forma estábamos más tranquilos y, después de la experiencia, creo que volvería a hacerlo así. De entrada diré que es una auténtica paliza: casi nueve horas en minibús (ida y vuelta) de un total de dieciséis, por lo que únicamente te quedan siete horas para ver una ciudad que, realmente, merece la pena, aunque sólo sea para conocer sus lugares más emblemáticos.

Fernando, el excelente guía que nos acompañó en esta excursión, nos recogió a las seis menos cuarto de la mañana en nuestro hotel, un madrugón. A partir de ahí fuimos recogiendo a los otros viajeros hasta completar trece, mal número, aunque con Fernando éramos catorce: nosotros siete, una valenciana, una ecuatoriana (jóvenes las dos), un padre y una hija chilenos y un matrimonio de argentinos. Buen grupo con el que congeniamos e hicimos un agradable viaje. He de decir que ese día, lunes 9 de mayo, Santiago y yo cumplíamos años, con lo que fue una excelente manera de celebrarlo.

Salimos de Manhattan pasadas las seis de la mañana por el Lincoln Tunnel y entramos en el estado de New Jersey. Todo el viaje de ida lo hicimos por autopista y Fernando, que al mismo tiempo que conducía nos iba explicando la historia de los lugares por los que pasábamos, resultó un guía muy preparado y ameno. Después de New Jersey llegamos al estado de Delaware y paramos a desayunar en una enorme área de servicio, con tres o cuatro cafeterías y restaurantes, un Starbucks, cómo no, tiendas de compras… Seguramente Santiago hará una descripción detallada de cómo fue el desayuno en su blog Kimochi, porque tuvo anécdotas graciosas.

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A continuación llegamos a Maryland y pasamos cerca de su capital, Baltimore, pero no paramos. Y por fin, tras cinco horas de viaje y unos 350 kilómetros (o 260 millas, como prefiráis), y después de atravesar el río Potomac, llegamos al destino. Primer problema: casi todo el tiempo estuvo lloviendo, por lo que era complicado aguantar el paraguas y hacer fotos al mismo tiempo. En primer lugar, y tras rodear el Pentágono, nos dirigimos al Cementerio Nacional de Arlington, donde descansan los militares estadounidenses que participaron en todas las guerras, sean de la religión que sean. Es una visita obligada como casi todo lo que vimos en Washington. Aunque lo hemos visto muchas veces en cine y televisión, es realmente impresionante. Las tumbas de John F. Kennedy, de sus hermanos y de su esposa Jacqueline están en una zona elevada y con una llama que jamás se apaga. El silencio que rodea esta zona es casi absoluto.

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Después de casi una hora deambulando entre tumbas y monumentos, volvemos otra vez al autobús que nos lleva a uno de los lugares más conocidos de Washington: el National Mall, la explanada con el obelisco a un lado y el Monumento a Lincoln en otro. Recordé muchas películas que se desarrollan en este entorno entre ellas, cómo no, Forrest Gump y su reencuentro con Jenny. Más fotos y más paraguas.

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Seguimos con la visita y llegamos hasta la denominada “Calle Principal de América”, es decir, la Avenida de Pensilvania, que conecta el Capitolio y la Casa Blanca. Y otra vez me volví a acordar de Jenny, la actriz Robin Wright, esta vez como Claire Underwood protagonista de la serie House of Cards (¡cómo terminó la 4ª temporada, madre mía!)

En todas partes cientos de turistas y en esta zona, además, decenas de policías con perros. Muchas fotos y esperando que Obama saliera a recibirnos, pero no ocurrió. Ni tampoco salió Kevin Spacey como Frank Underwood, nueva decepción.

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Llega la hora de comer y el autobús nos deja frente al Capitolio, cuya cúpula está en obras. Para nuestra decepción no pudimos visitarlo, así que entramos en uno de los mejores museos que nos encontramos en el viaje: la Galería Nacional de Arte. Reconozco mi ignorancia, pero creo que no sabía de la importancia y de la calidad de las obras que contiene. Con una gran ventaja: es muy cómodo, las obras están perfectamente organizadas y no hay aglomeraciones como en la mayoría de los museos que visitamos en Nueva York. La pena es que tuvimos poco tiempo para recorrerlo, y eso que comimos en el restaurante que hay en la planta baja.

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El viaje de regreso se hizo más pesado porque, además, buena parte lo hicimos por carretera nacional y no por autopista. A todo esto, he decir que el paisaje de los estados que atravesamos es precioso: grandes ríos y bosques, pequeñas colinas, lagos… Un descanso para la vista.

Llegamos a Nueva York cerca de las once de la noche, cansados pero contentos de haber pasado una jornada intensa y bien aprovechada. Lo bueno que tienen este tipo de excursiones es que te quedas con ganas de volver.

PASEO POR CENTRAL PARK

Último día en Nueva York y, por fin, sale el sol. Pensé que no íbamos a verlo en todos los días de nuestra estancia aquí. Así que, después de dejar las habitaciones, entregar las llaves en recepción y dejar las maletas guardadas en una habitación de la planta baja,  pudimos pasear por este auténtico oasis dentro de una enorme ciudad. Como desde el hotel es un pequeño paseo, nos detuvimos primero en el Hotel Plaza y nos hicimos fotos en el vestíbulo (poco que ver con el Shoreham, como es lógico). El parque tiene forma rectangular, con unos cuatro kilómetros de largo y algo menos de un kilómetro de ancho. Mi intención era haber corrido una de las mañanas, pero con ese tiempo no tenía ganas de coger una pulmonía. Y el último día no era plan ya que hubiera tenido que levantarme demasiado temprano y llevar la ropa sudada en una bolsa dentro de una maleta. Carmen no me lo hubiera permitido.

Lo primero que llama la atención del parque es que parece casi totalmente natural, aunque su diseño y construcción datan de mediados del siglo XIX (véase esta entrada de la Wikipedia: Central Park). Poco a poco fuimos recorriéndolo, dando un paseo muy agradable. Salimos para ver el edificio Dakota, pero su fachada estaba totalmente en obras, así que apenas pudimos verlo. Muy cerca, dentro del parque, hay una zona de homenaje a John Lennon que, como sabéis, fue asesinado cuando salía del Dakota. Siempre hay gente haciéndose fotos y cantando canciones suyas. Llegamos hasta el lago más grande del parque, el Reservoir y, después de casi tres horas de paseo, salimos. Se iba acercando la hora de comer. Por esa zona hay pocos restaurantes pero encontramos uno que no estuvo mal, el New Amitie, en Madison Avenue. Cuando terminamos, Santiago, Isabel y yo continuamos andando y bajamos por Madison, pero los demás no tenían ganas de más ejercicio y cogieron un taxi para descansar un poco en el hotel. Los tres paseantes nos compramos un café que fuimos tomando por la calle, para seguir y terminar con una tradición neoyorquina.

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El final y la salida de Nueva York fueron apoteósicos. Habíamos encargado en recepción un transporte que nos llevara del hotel al aeropuerto y cuando llegó la hora, sobre las cinco de la tarde, comprobamos con asombro que no era un microbús, como cuando llegamos, sino una limusina. Lo que nos faltaba para rematar un viaje que había salido mucho mejor de lo que habíamos planificado. Pero nos llevamos un buen susto porque a esa hora salir de Manhattan y atravesar Queens es un suplicio. Tardamos casi dos horas en llegar al JFK por lo que casi entramos en pánico, aunque habíamos salido con bastante antelación Pero al final no tuvimos problemas.

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Salimos el día 10 de mayo a las 21,30 de Nueva York y llegamos a Londres el día 11 a las 9,30 de la mañana (cosas de los husos horarios). Tanto el viaje de vuelta en avión a Heathrow, como el traslado en un minibús hasta Gatwick y el viaje a Sevilla transcurrieron sin incidentes. Total, que tras diez días puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que este viaje es uno de los mejores que he hecho. Nueva York es una ciudad fascinante, que no deja indiferente a nadie. Allí te encuentras con un ambiente,una cultura, unas gentes, que es un compendio de todos los ambientes, culturas y personas de los lugares que he visitado hasta ahora. No tiene el encanto de París o Londres, la historia de Roma o Florencia, la personalidad de Viena o Praga, la belleza de Estambul. Pero en muchos de sus rincones puedes encontrar un trozo de cada uno de ellos. Todavía me quedan muchos países, ciudades y rincones por ver y visitar, pero si alguna vez me proponen volver a Nueva York, seguro que lo haré.

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Un turista en Nueva York (V). Primera excursión

Me estoy acercando al número de entradas que tenía previstas para describir todo el viaje a Nueva York, pero creo que me he quedado corto, porque todavía me faltan muchas cosas por explicar. Intentaré ser más escueto, porque, además, lo breve, si bueno, es más breve (o lo bueno, si breve, es mejor… ya no sé muy bien lo que escribo).

DOS EXCURSIONES CONTRATADAS (I)

Intentar ver Nueva York en ocho días os puedo asegurar que es una tarea imposible. Sólo Manhattan puede llevarte un mes, y si quieres conocerla en profundidad, toda una vida. Creo que eso pasa con cualquier ciudad, porque yo llevo viviendo 35 años en Sevilla y todavía no conozco muchos de sus rincones, así que figuraos una ciudad que, creo recordar, es doce o trece veces más grande que la antigua Híspalis.

Por tanto, y siguiendo los consejos de muchos foros y blogs de viajes, contratamos una excursión que se llama Contrastes de Nueva York. En esta excursión se visitan cuatro barrios, que si los quieres hacer por tu cuenta, te llevarían varios días o semanas: Harlem, Bronx, Queens y Brooklin (comparándolo con Sevilla, es como si te llevaran a Triana, Las Tres Mil Viviendas, Nervión y…, bueno, Queens no sé con qué barrio de Sevilla compararlo, lo reconozco). El problema de esta excursión, desde mi punto de vista, es que da la impresión de que nos convertimos en voyeurs, sobre todo en el Bronx y los lugares por los que se pasa y en los que nos detenemos. En determinados momentos dan ganas de no seguir mirando y de abandonar la visita: el guía nos explica que aquí asesinaron a un niño, allí venden droga, en esta otra calle incendiaron casas durante una serie de protestas…  Y no es que no quiera conocer una realidad que está ahí, pero hacerlo de esta manera, haciendo fotos desde un minibús con otras quince o dieciséis personas que dentro de unas horas se olvidarán de estas miserias y regresarán a su vida plácida y cómoda, no me parece, ahora desde la perspectiva de un par de semanas, lo más adecuado.

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Me llevé una decepción con el Cotton Club. Este no tiene nada que ver con el que fue un mito durante los años 20. El actual data de 1978 y está situado en una calle horrible de Harlem.

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Sin embargo, sí me gustaron otros lugares: la Catedral de San Juan el Divino, la Universidad de Columbia, que se estaba preparando para los actos de graduación, el extraordinario ambiente del Estadio de los Yankees, el parque de Flushing Meadows o el barrio de Queens, con sus “pequeñas casitas”.

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Tenía ganas de ver el barrio judío ultraortodoxo de Williamsburg. Y no me decepcionó, bien al contrario, me impactó. Coincidió que era sabbath, por lo que todos iban vestidos de gala. Nos bajamos y nos cruzamos con muchas familias que iban caminando hacia la sinagoga. El guía nos advirtió que no hiciéramos fotos, o por lo menos, no de manera demasiado evidente. Yo me colgué la cámara del pecho y, sin enfocar, fui haciendo algunas fotos, pero pocas salieron bien. Las mujeres siempre detrás de sus esposos y estos, cogiendo de la mano a sus hijos. Procuraban no curzarse con nosotros, sino cambiar de acera: somos impuros para ellos.

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Finalizamos entre los puentes de Manhattan y de Brooklyn, otra perspectiva extraordinaria de una ciudad que nunca decepciona. A veces parece un decorado de película, aunque la mayoría del tiempo te das cuenta de que es el auténtico compendio de todas las grandezas y miserias que se pueden encontrar en la naturaleza humana. Nos despedimos ahí de todo el grupo y del guía y, después de las fotos de rigor, cruzamos despacio el puente de Brooklyn, junto con otros varios de miles de turistas. Los neoyorquinos suelen cruzarlo en bicicleta o en coche.

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Una vez en Manhattan, nos dirigimos hacia Chinatown y Little Italy, otras zonas imprescindibles de Nueva York. Comimos en esta última, en una de las pizzerías más famosas, no sólo de la ciudad, sino de toda Norteamérica, ya que dicen que es la primera pizzería que se abrió en Estados Unidos: Lombardi’s. La verdad es que mereció la pena, porque las pizzas que comimos estaban riquísimas. Cuando paseas por las calles de ambos barrios, quieres sumergirte en ese ambiente, muy vivo, alejado de la frialdad de los enormes edificios de la Quinta o de Madison. Podrías reconocer, con sus particularidades y diferencias, cualquier barrio de cualquier ciudad europea.

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Como me temía, hoy tampoco he terminado el viaje a Nueva York. Pero mi propósito es que el próximo capítulo sea ya el último, que esto es ya muy pesado.

Un turista en Nueva York (III). Cantando bajo la lluvia

Llueve y hace frío en Nueva York. No es una lluvia fuerte ni continua, pero nos obliga a ir abrigados, casi siempre con paraguas y caminando pegados a los edificios. Me llama la atención que poca gente los lleva, deben de estar acostumbrados, pero nosotros no queremos coger un resfriado que nos estropee las vacaciones y por eso hemos venido bien pertrechados. Apenas vimos el azul del cielo en los días que pasamos allí; los edificios eran enormes agujas que se perdían entre las nubes, como alfileres pinchados en algodón. Sin embargo, el día que llegamos, tal y como lo reflejaban las previsiones meteorológicas que habíamos buscado en Internet, no cayó una gota. También vaticinaban que en esta semana llovería poco y haría algo de frío; se equivocaron en lo primero y también en lo segundo porque hizo bastante más frío del previsto durante los nueve días que pasamos allí.

Ni el vuelo hasta Madrid ni el que nos llevó a Nueva York tienen nada reseñable, más allá de las muchas horas en el avión (más de nueve, contando los dos vuelos) y las que pasamos en los aeropuertos. Total, que salimos de casa a las 8,30 de la mañana y llegamos a Nueva York a las 19 horas de allí, es decir, la una de la madrugada en España (os recuerdo que hay seis horas de diferencia, aunque algunas semanas al año es de sólo cinco, por el cambio horario verano/invierno). Pero todavía nos quedaba la parte más pesada: los controles en el aeropuerto JFK. Cientos, miles de personas que llegan al mismo tiempo y que deben demostrar que no son terroristas, ni trafican con droga, ni introducen mortadela o jamón de Jabugo entre la ropa. Después de esperar pacientemente en una de las filas, llegas hasta el policía de turno, que comprueba si tu cara es la que aparece en el pasaporte y te mira fijamente para ver si te pones nervioso. Después te hacen una foto sin gafas, supongo que para reírse un rato cuando finalice la jornada. En el avión ya has tenido que rellenar un papel en el que prometes y juras por lo más sagrado que eres una buena persona y que no cometerás delitos ni dirás falso testimonio ni mentirás y el trago de pasar por la aduana es tal y como se describe en este enlace: Cómo pasar por la aduana de Estados Unidos. Si yo hubiera leído esta información no me habría puesto tan nervioso. Pero, felizmente, todos pasamos la prueba sin problemas.

PRIMERA NOCHE EN MANHATTAN

Una vez realizado el trayecto del aeropuerto al hotel sin incidentes, y mirando como tontos por las ventanillas como si nunca hubiéramos salido de casa, llegamos al hotel sobre las 10 de la noche, después de aproximadamente una hora de trayecto. El hotel Shoreham tiene un aspecto poco atractivo desde el exterior, en una calle, la 55 de Manhattan, estrecha y que en ese momento, como casi toda la ciudad, estaba en obras. Pero la pequeña y acogedora recepción cambia esa primera impresión y, además, hablan español, así que sin problemas para comunicarnos. Dejamos las maletas en las habitaciones y Santiago y yo solos, ya que los demás están muy cansados o no les apetece, salimos a dar un paseo por los alrededores. Como traemos un buen plano de Manhattan, salimos primero a la Quinta Avenida y ya comienzan a aparecer las emociones contradictorias que nos acompañarán a lo largo de estos días: saber que nunca hemos estado allí, pero todo es conocido y desconocido a la vez, todo está descubierto y por descubrir y todo tiene sabor a aventura y a cotidianidad al mismo tiempo. Estamos a la altura de la Torre Trump, personaje muy famoso últimamente porque quizás sea el próximo presidente de los Estados Unidos y que puede hacer que George Bush hijo sea una hermanita de la caridad a su lado. La vista de la Quinta Avenida a esa hora es realmente preciosa. Unos metros más arriba Tiffany’s, y muy cerca, la tienda de Apple, Central Park y el Hotel Plaza. Ya es de noche pero la ciudad brilla como si fuera de día.

Bajamos por la Sexta Avenida (o Avenida de las Américas) y nos vamos encontrando con edificios altísimos, el hotel Hilton, a la izquierda, en la calle 54, detrás de nuestro hotel, el MOMA, un poco más abajo el Radio City Music Hall… Totalmente emocionados y subyugados por el espíritu neoyorquino, Santi y yo nos compramos un perrito caliente en uno de los miles de carritos que hay por toda la ciudad. Lo malo es que no inmortalizamos ese momento con una foto y mirad que hicimos miles. Seguimos bajando y de pronto, mirando hacia la derecha, vemos una luces que ya sabemos lo que significa: a unos cien metros, Times Square. Eso ya fue el remate. Rápidamente nos dirigimos allí y alucinamos con la luces de neón y los anuncios que habíamos visto miles de veces en las películas y en la televisión, sobre todo en la noche de fin de año.

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DSC_0052.JPGTodavía sin reponernos de la emoción, vamos regresando al hotel y pasamos por el Rockefeller Center y por la Catedral de San Patricio. En menos de dos horas habíamos visto muchas de las cosas que teníamos previsto ver. Hemos aprovechado muy bien el tiempo ya que el hotel, como se puede comprobar, tiene una ubicación inmejorable.

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PRIMER DÍA EN NUEVA YORK

No sé para qué se hace una planificación día a día un viaje si después apenas se cumple. Lo digo porque hay muchos factores que influyen para que cualquier pequeño incidente lo cambie todo. Cuando nos levantamos, a las siete de la mañana que hay que aprovechar el tiempo, comprobamos que está lloviendo. La vista desde la habitación es deprimente: un patio con los motores de calefacción y refrigeración. Y encima, con un color grisáceo en el cielo y unos goterones que deprimen todavía más. Después de las correspondientes abluciones matinales bajamos para decidir qué hacemos hoy. Lo primero, claro, desayunar, pero no en el hotel, sino en alguna cafetería cercana para ir conociendo el ambiente neoyorquino. Cerca está Astro (bar, cafetería, restaurante…) donde comienza nuestra experiencia gastronómica americana. La mayoría de nosotros pide café (un tazón que es rellenado casi de forma automática en cuanto comprueban que está vacío), huevos revueltos, tostadas, fruta… Hay que tomar fuerzas porque tememos que las jornadas pueden ser duras. Primeras propinas, que incrementan bastante la cuenta final. Al salir, sigue lloviendo con fuerza, así que desechamos la idea de acercarnos hasta el MET caminando por Central Park y cogemos nuestros primeros taxis amarillos (dos, porque somos siete y tenemos que repartirnos).

El Metropolitan es realmente espectacular y pasamos cuatro horas admirando parte de sus colecciones (semanas habría que estar dentro para verlo todo). Siempre me pasa lo mismo, cuando llevo tres o cuatro horas en un museo de estas características (me pasó en el Louvre, en la National Gallery, en el British o en el Prado) ya estoy saturado, cansado de estar de pie o de luchar con doscientos japoneses para ver cualquier cuadro o escultura. Prefiero ir dos o tres veces en días diferentes a tirarme un día entero dentro de un museo.

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Cuando salimos sigue lloviendo, así que nos planteamos, esta vez, cambiar de servicio público y utilizar el autobús. Nos acercamos hasta Park Avenue y utilizamos gratis el autobús gracias a nuestra torpeza: no habíamos comprado previamente el billete, como es obligatorio allí, y el conductor, viendo que éramos unos pardillos, nos dejó subir sin cobrarnos. Llegamos hasta la Estación Central y después de una visita por un lugar que ha salido en numerosas películas y de hacernos unas fotos delante del edificio Chrysler, comemos muy bien en un pub cercano (donde televisaban, por cierto, el partido Bayern de Múnich-Atlético de Madrid). A continuación visitamos la Biblioteca Pública y subiendo por la Quinta, llegamos hasta el Rockefeller Center (Santiago se empeñó en entrar en la tienda de Lego y hacerse una foto) y entramos en la Catedral de San Patricio. Nos dio tiempo también a disfrutar con el ambiente de Times Square, que he visitado dos veces en menos de veinticuatro horas. El cuentakilómetros echaba humo, por lo que, al llegar bien entrada la noche al hotel, caímos destrozados en la cama. Primer día agotador pero contentos, porque esta ciudad no aburre nunca.

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