Viaje a La Manga (y IV)

Sexto día. 5 de abril

Hoy nos hemos dado una paliza de autobús. La Manga está muy bien aunque aburrida en esta época, el hotel es bueno, las comidas abundantes, variadas y de calidad, pero la situación para poder recorrer Murcia no es la más adecuada ya que está en un extremo de la provincia y las ciudades y pueblos más importantes están muy alejados. Si uno quiere descansar y desconectar, pues bueno, puede elegir La Manga, pero como quiera conocer la Comunidad mejor que elija otro lugar.

La segunda excursión que hemos programado con Mundiplan es a Caravaca de la Cruz y al Santuario de la Virgen de la Esperanza en Calasparra. Hasta Caravaca hay una hora y media de viaje en autobús, unos 135 kilómetros. Como salimos sobre las nueve de la mañana llegamos allí a las diez y media aproximadamente. Aunque las carreteras son buenas, no deja de ser un viaje pesado. El autobús nos deja en el restaurante donde comeremos a mediodía. Desde allí vamos dando un paseo por el pueblo hasta llegar al Museo de los caballos del vino, situado en una casa-palacio del siglo XVIII. En diferentes salas, mediante una visita guiada, se puede ver todo lo relativo a esta fiesta que se celebra el 2 de mayo y que gira en torno a la importancia del caballo y que culmina con la carrera en la que diferentes peñas rivalizan para recorrer en el menor tiempo posible la cuesta del castillo. Los caballos están cubiertos con mantos bordados durante el año y cuatro mozos se agarran a los lados y corren a la par. El caballo queda eliminado si alguno de los mozos se suelta. Aunque no he visto la celebración en directo las imágenes de la carrera son realmente espectaculares.

Después nos dirigimos por el mismo camino por el que discurre la carrera al Santuario de la Vera Cruz, una cuesta bastante empinada. Mucha gente, no sólo los que vamos de excursión se acerca a la Basílica en peregrinación para besar la pequeña cruz en la que se encuentra el Lignum Crucis, es decir, un fragmento de la cruz en la que Jesucristo fue crucificado. Tanto el interior de la Basílica, sobre todo el presbiterio, como la portada, que asemeja a un retablo barroco, son dignos de resaltar. A continuación visitamos el Museo de la Vera Cruz, adosado al Santuario, donde se encuentra la Custodia de la Cruz, una pieza de gran valor ornamental.

Después del almuerzo volvemos al autobús y, por una carretera estrecha y con muchas curvas nos acercamos al Santuario de la Virgen de la Esperanza, en Calasparra. El Santuario está situado en una gruta excavada en la Roca y en él se encuentran dos imágenes de la Virgen: La Pequeñica y La Grande. Subimos hasta el camerino de La Grande y podemos contemplar las joyas y los mantos de la Virgen. El río Segura, que en este lugar lleva bastante caudal, corre a pocos metros, entre una abundante vegetación que contrasta con la sequedad con la que nos encontramos generalmente en Murcia. La verdad es que tanto el Santuario como el entorno merecen la pena visitarse. Regresamos por una carretera diferente, pero el paisaje sigue siendo casi el mismo: tierras calizas y arcillosas, escasa vegetación, muy poca agua, y la poca que hay es la que vemos en el trasvase del Tajo-Segura y muchas huertas. Es admirable la capacidad de estas gentes de cultivar la tierra sin apenas agua. No me puedo imaginar lo que harían si lloviera un poco más lo que, por cierto, no ocurrió ni una sola vez en los diez días que estuvimos por aquí mientras que en el resto de España las borrascas regaban prácticamente a todas las provincias.

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Séptimo día. 6 de abril

Hoy visitamos Lorca, tercera ciudad en importancia de la región, tras Murcia y Cartagena. Si ayer llegamos bastante cansados de la excursión a Caravaca de la Cruz y Calasparra hoy no nos podemos quejar, pues tanto el viaje en autobús como el recorrido por la ciudad y el castillo han sido bastante más tranquilos. José Luis y Magdalena no han venido porque ellos ya habían parado en Lorca cuando vinieron a La Manga y, además, habían dormido en el Parador, que se encuentra dentro del recinto del castillo.

El autobús nos deja muy cerca del Centro de Atención al Visitante de Lorca, donde nos dejan un plano de la ciudad, nos explican que es el segundo término municipal más extenso, tras Cáceres, y comenzamos la visita. Primero nos detenemos en una de las puertas de la antigua muralla que cerraba la ciudad medieval y que bajaba desde el castillo. Callejeando, entre numerosos edificios en los que se observan todavía los estragos del terremoto de 2011, llegamos hasta la Plaza de España, donde se encuentran el Ayuntamiento y la iglesia ex-colegiata de San Patricio, en la que entramos y deambulamos por ella mientras la guía nos explica los puntos de mayor interés. Al salir nos detenemos delante del Imafronte, la fachada principal y uno de los elementos más destacados de la iglesia. En una esquina de la plaza nos encontramos también el Palacio del Corregidor y las Salas Capitulares, lo que hace que el conjunto de la plaza sea realmente extraordinario y una de las plazas más bonitas que conozco.

Como la guía nos deja un poco de tiempo libre, mientras Carmen y Manoli se quedan comprando en los alrededores de la plaza, Juan Esteban y yo andamos un poco y nos dirigimos a la Calle Mayor, una de las principales vías de la ciudad. Allí preguntamos a varias personas donde podemos comprar los dulces más famosos de Lorca, las yemas. Nos recomiendan una pastelería en esa calle y compramos de dos tipos: las tradicionales de caramelo y unas de ron que nos dan a probar y, por supuesto, caemos en la tentación.

Regresamos al punto de encuentro, el Museo de Bordados del Paso Blanco (MUBBLA). Aquí debo mencionar una de las tradiciones más famosas de Lorca, las procesiones de Semana Santa, que se realizan el Viernes de Dolores, el Domingo de Ramos, el Jueves Santo y el Viernes Santo. Aunque hay procesiones exclusivamente religiosas, las más conocidas son los desfiles bíblico-pasionales en los que se contemplan, a modo de los desfiles de moros y cristianos, diferentes representaciones de la Biblia y algunos personajes históricos. El pueblo hebreo, Cleopatra, cuadrigas de caballos, romanos, egipcios o etíopes se entremezclan con imágenes religiosas. Había visto algunos reportajes en la televisión, pero ver los bordados y las imágenes en el MUBBLA, ubicado en el antiguo convento de Santo Domingo, realmente es espectacular. El trabajo artesano de las bordadoras o la riqueza de las imágenes es de las cosas que más nos han gustado. Después de una hora de visita callejeamos un poco por Lorca, comprobando que es una ciudad monumental, con grandes palacios e iglesias.

Después de comer subimos al Castillo de Lorca por una carretera sinuosa y estrecha. En el interior del castillo está el Parador de Lorca. Recorremos los diversos espacios, subimos a las almenas y a una de las torres, concretamente la Torre del Homenaje, desde donde podemos observar no sólo la ciudad de Lorca, sino los valles y montañas que la rodean. También entramos en la sinagoga que se encuentra dentro del castillo, quizás la mejor conservada de España. Si uno lo piensa bien, prácticamente todos los monumentos que se admiran en los viajes y a nuestro alrededor tienen que ver con la religión y con la guerra; en definitiva, con el poder y con el miedo. O sea, con el poder.

Y regreso a La Manga.

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Días octavo, noveno y décimo. 7, 8 y 9 de abril

Voy a condensar estos tres días en unas pocas líneas porque apenas nos movimos. El sábado dimos un paseo andando hasta el Zoco, una zona comercial que está a un par de kilómetros del hotel. Mientras Juan Esteban, José Luis y yo nos quedamos tomando un café en un mesón que tenía unas mesas en un patio exterior, Carmen, Manoli y Magdalena se dedicaron a recorrer las tiendas y comprar algunos regalos. Después de casi dos horas regresamos en autobús al hotel. Por la tarde, paseo tranquilo entre los dos mares.

El domingo fuimos andando hasta el mercadillo de Cabo de Gata, más por curiosidad y por matar el tiempo que por ganas de comprar algo porque, efectivamente, nada compramos. Pero pudimos comprobar el éxito de estos mercadillos porque cientos de nacionales y extranjeros deambulaban entre los puestos entre la curiosidad y la esperanza de encontrar alguna ganga.

Y el lunes, regreso en avión, aunque José Luis y Magdalena, que llegaron un par de días más tarde, se quedaron hasta el miércoles. La verdad es que nos sobraron dos o tres días de estancia porque con seis o siete sobra para descansar y ver lo más importante. Tomamos nota para otra ocasión.

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Viaje a La Manga (III)

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Cuarto día. 3 de abril

Hoy nos hemos quedado en La Manga y la hemos recorrido en autobús las tres parejas. Por la mañana, visita a Veneziola, uno de los extremos de La Manga perteneciente a Cartagena. La otra, el extremo norte, son los arenales de San Pedro del Pinatar. La verdad es que no nos gustó demasiado la mezcla de naturaleza virgen, muy poca, y las edificaciones. En este país habría que tener un debate en profundidad sobre la conservación de los espacios naturales, como sobre la educación, la sanidad, la precariedad laboral, la inmigración… No es este el lugar ni el momento por lo que no me extiendo.

Por la tarde, otra vez a Cabo de Palos, que ya nos lo conocemos bastante bien. Nada digno que reseñar en una tranquila tarde de paseo.

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Quinto día. 4 de abril

Hoy viajamos hasta Cartagena. Yo había leído hacía poco un libro de Santiago Posteguillo, Africanus, el hijo del cónsul, donde se relata la conquista de Qart Hadasht o Cartago Nova, la ciudad fundada por el general cartaginés Asdrúbal, por parte de Publio Cornelio Escipión, el Africano. Así que tenía muy presente la batalla y los lugares que se describen en la novela que, una vez allí, es difícil encontrar. Así, el antiguo estero o mar interior, luego laguna (Almarjal) por la que pudieron atacar los romanos ya no existe, sino que  se rellenó y se convirtió en el actual Ensanche. Quedan algunos lienzos de la antigua muralla cartaginesa y lo que sí se conserva muy bien es el teatro romano, restaurado por el arquitecto Rafael Moneo.

Después de llegar a la estación de autobuses y de conseguir un plano de la ciudad en un cercano punto de información turística, comenzamos la visita en el Palacio de Riquelme, sede del Museo del Teatro Romano que, a través de un pasaje subterráneo, comunica con salas donde se exponen piezas halladas en las excavaciones del teatro y mediante una escalera mecánica se accede al teatro romano. Solamente por contemplarlo merece la pena visitar Cartagena. Una vez finalizada esta visita nos dirigimos al puerto y allí visitamos el Museo Nacional de Arqueología Subacuática que conserva restos relacionados con el tráfico marítimo en el Mediterráneo con materiales fenicios, cartagineses o romanos, entre otros. Destacan también los restos de los barcos fenicios de Mazarrón y de barcos romanos.

Después de comer en el puerto llegamos al cercano Museo Naval de Cartagena, donde se puede contemplar el submarino Isaac Peral y numerosas piezas relacionadas con la construcción naval, cartografía y navegación, artillería naval, etc. Y después visitamos el Ayuntamiento, un edificio modernista construido a comienzos del siglo XX que sufrió diversos daños pero que ha sido restaurado y abierto otra vez en 2006. Tras subir por una espléndida escalera imperial, la guía que enseña el ayuntamiento nos mostró la sala de plenos, el despacho del alcalde y otras dependencias.

Y después de pasear por el centro de Cartagena regresamos a la estación de autobuses pues terminamos bastante cansados y nos quedaba casi una hora de camino hasta nuestro hotel. Además, teníamos ganas de ver otra vez a nuestra querida amiga catalana con su lazo amarillo. ¿Habría más personas con banderas de España? Nuestro gozo en un pozo porque nos enteramos que esa mañana había abandonado el hotel pues había finalizado su estancia en La Manga.

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Viaje a La Manga (II)

Segundo día. 1 de abril

Como el horario de desayuno habitual es de 8 a 10 de la mañana, nos demoramos todo lo que podemos y bajamos casi a última hora. Lo malo es que todo el mundo ha pensado lo mismo, hoy es domingo y el comedor está a reventar. Como se ve que la cosa está complicada, el responsable del comedor abre un anexo y allí nos sentamos. Buen desayuno: fruta, zumo de máquina, café, tostadas con aceite, algún dulce. Y si hubiera querido, huevos revueltos o duros, salchichas… Antes dije que hoy es domingo, así que Manoli y Carmen buscan una iglesia para ir a misa. En recepción se informa de todo, así que buscamos horarios y ubicación de las iglesias que hay en La Manga. Sólo hay dos y una más en Cabo de Palos. Se deciden por una que empieza a las 12 y media y que está aproximadamente a un kilómetro del hotel. Vamos paseando. Pasamos primero por una Gola, un canal semiartificial, es decir, que se ha aprovechado una pequeña salida natural del Mar Menor al Mediterráneo para ampliarla y así las aguas de ambos mares se pueden comunicar. Como la información que nos habían dado no era demasiado exacta, tuvimos que preguntar varias veces hasta encontrar la iglesia, situada muy cerca del mar, amplia y moderna. Faltaba más de media hora para que empezara la ceremonia, así que Juan Esteban y yo decidimos dejarlas y seguir caminando hasta la población de Cabo de Palos. Es un paseo muy cómodo que deja a la izquierda el Mediterráneo, que se va divisando entre edificios de apartamentos, casas bajas y hoteles. Legamos a una zona más despejada desde la que se ve, elevado sobre un pequeño promontorio, el faro de Cabo de Palos.

Tras casi una hora de tranquilo paseo llegamos hasta las primeras edificaciones del pueblo, un Mercadona, la oficina de turismo y varios comercios cerrados. Baja gente con muchas bolsas que viene del mercadillo que se organiza todos los domingos por la mañana. Juan y yo no somos muy dados a este tipo de cosas así que esperamos en la parada del autobús que nos lleve de regreso al hotel. Pasa un primer autobús que viene lleno y, poco después, un segundo que, aunque también está bastante cargado, nos permite subir. Es un trayecto corto y llegamos en menos de diez minutos. Carmen y Manoli llegan un poco después y otra vez al comedor.

Por la tarde decidimos ir en autobús hasta Cabo de Palos. Por mí hubiera ido andando los poco más de tres kilómetros que hay desde el hotel al pueblo, pero el personal que me acompaña no está por la labor. Les recuerdo que anduvimos mucho más cuando fuimos hace un par de años a Nueva York, pero ni caso. Esto es un viaje del Imserso y hay que demostrarlo. Así que fuimos a la parada del autobús y cuando estábamos esperando se acerca un taxi y nos dice que por seis euros nos acerca hasta el Cabo. No lo pensamos así que nos subimos y nos acercó hasta la base de cabo. Hay que subir por un pequeño camino asfaltado en el que se pueden leer frases como “Salvemos el faro” o “No a la especulación”. Resulta que hay un proyecto de convertir los faros en hoteles, privatizándolos y se pretende evitar que, como siempre, unos pocos se beneficien y la mayoría no pueda acceder a los lugares públicos.

Estuvimos una hora visitando la base del faro, haciendo fotos, divisando las Islas Hormigas y recreándonos en las vistas del pueblo y de la Manga. Tarde espléndida de sol y sin apenas viento, una sorpresa. Bajamos hasta el pueblo y, frente al puerto nos tomamos un café. Yo aproveché para tomarme un café asiático, una especialidad de la zona de Cartagena (la mayor parte de La Manga pertenece a ese municipio) a base de café, como es lógico, leche condensada, coñac, Licor 43 y canela. Muy rico, pero una bomba de calorías. Regresamos en autobús hasta el hotel, aunque hay que comentar que el servicio de autobuses está demasiado espaciado, pasa cada tres cuartos de hora; supongo que en verano el horario se ampliará.

En la cena vuelve a repetirse la pasarela con el lazo amarillo, que se pasea de un lado a otro del comedor, exhibiéndose orgullosamente. La pareja está hoy comiendo sola, no sé si porque sus compañeros no han bajado a cenar o porque ya se han ido. El caso es que, a su lado, y al nuestro, pues sólo nos separan un par de mesas, un hombre se ha puesto un pin con una bandera española en el jersey. Ya empezamos con la guerra de símbolos y de banderas. Siento alguna inquietud por si hubiera algún incidente, pero no pasa nada. ¿Qué necesidad hay de todo esto?

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Tercer día. 2 de abril

Hoy toca la primera excursión organizada y el primer madrugón. El autobús sale a las nueve menos cuarto, así que tenemos que bajar al comedor a desayunar a primera hora, es decir, a las ocho. Siempre me he preguntado por qué, cuando se está de vacaciones, tiene uno que sacrificarse más que cuando está en su casita. Ahora que estoy jubilado no tengo horario, pero levantarme antes de las ocho me parece una herejía. Tampoco es que me quede demasiado tiempo remoloneando en la cama, pero ya hace mucho que no me levanto temprano.

Tras casi una hora y tres cuartos de viaje el autobús nos deja frente al Ayuntamiento, que estaba siendo engalanado para la lectura del Pregón. Da la casualidad de que mañana martes es el día grande las fiestas de primavera de Murcia, al que aquí llaman El Bando de la Huerta y desde allí llegamos andando hasta la Plaza Belluga. Se nota que hay buen ambiente, pues por casi todos lados hay trabajadores del Ayuntamiento colocando flores, levantando andamios y palcos, etc. En la plaza Belluga, aunque habría que decir más correctamente Plaza del Cardenal Belluga, ilustre personaje del que habría que hablar largo y tendido, nos encontramos lo que un estudioso de la arquitectura urbana definiría como eclecticismo: la catedral de Murcia, el Palacio Episcopal y el Ayuntamiento nuevo, anexo al que mencioné anteriormente. Para asombro y enfado de muchos murcianos, el arquitecto Rafael Moneo diseñó y construyó un edificio que rompe con el estilo de los edificios anteriores. No quiero entrar en polémicas, pero no me parece mal y, encima, me gustan sus líneas rectas y sencillas.

Antes de entrar en la catedral, contemplamos la torre-campanario, realmente excepcional. Según nos explica la guía, es la segunda más alta de España, tras la de Sevilla. Entramos en la catedral y recorremos sus naves y capillas, deteniéndonos sobre todo en la capilla de los Vélez. Al salir, rodeamos el espléndido edificio y después nos dirigimos andando hasta la calle Trapería, una de las más importantes de la ciudad y donde se encuentra otro edificio que merece la pena visitar, el Real Casino de Murcia. Otro edificio de estilo ecléctico, algo muy habitual en esta ciudad, donde al lado de iglesias o catedrales barrocas o neoclásicas, te encuentras de pronto con obras rompedoras y vanguardistas. La verdad es que el Casino merece la pena visitar.

Nos dejan un poco de tiempo libre que aprovechamos para recorrer el centro de la ciudad y nos encontramos con hombres y mujeres vestidos con el traje típico de la huerta murciana pues van a hacer una especie de desfile por las principales calles hasta llegar al ayuntamiento. Aprovechamos para charlar y hacernos fotos con ellas y nos dicen que vienen representantes de Valencia y de Alicante vestidas también con sus trajes típicos. Volvemos al autobús para que nos acerque al Museo Salzillo, para contemplar las obras de este escultor. En Sevilla estamos acostumbrados a ver imágenes extraordinarias la Semana Santa: Martínez Montañés, Juan de Mesa…, pero las esculturas de Francisco Salzillo tienen una calidad y una expresividad únicas. Visita imprescindible.

Comemos en La Alberca, una pedanía en las afueras de Murcia, antes de subir al Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta, que es la patrona de Murcia. Esta virgen sustituyó a la anterior patrona, la Virgen de la Arrixaca debido, según parece, a que tenía más mano a la hora de acabar con las sequías que, periódicamente, asuelan esta zona. La vista desde el Santuario de toda la vega murciana es magnífica. En el exterior del edificio se puede destacar la fachada central y en el interior el retablo y la imagen de la Virgen.

Regresamos sobre las siete y media y nos encontramos con José Luis y Magdalena, que han hecho el viaje desde Sevilla en coche y que estarán con nosotros hasta el lunes día 9, que es cuando termina nuestra estancia aquí.

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Viaje a La Manga (I)

Primer día. 31 de agosto

Si no fuera porque el Imserso ofrece unas condiciones muy ventajosas, casi imposibles de rechazar, nunca se me habría ocurrido plantearme pasar diez días en La Manga del Mar Menor. Había visto reportajes sobre la masificación de hoteles y edificios, sobre el colapso que está a punto de sufrir ese mar por la contaminación, las medusas y el cemento, sobre los problemas de tráfico en verano, cuando el número de habitantes se multiplica por veinte… O sea, no me apetecía mucho. Pero como las fechas eran buenas y otros destinos ya los conocíamos, nos decidimos Carmen, yo y el grupo de amigos que solemos viajar juntos, a visitar ese rincón. Y nunca mejor dicho lo de rincón, porque hay que ver lo arrinconado que está.

Salimos el día 31 de marzo, sábado santo. Después de semanas y meses de lluvia, la semana santa se había presentado radiante, con apenas algún chubasco que no deslució para nada las procesiones. Así que el sábado, después de dejar el coche en el aparcamiento de larga duración del aeropuerto (mucho más cómodo y más barato que el taxi), salimos hacia Alicante Juan Esteban, Manoli, Carmen y yo. Aterrizamos a mediodía en El Altet, el aeropuerto de Alicante-Elche, tras poco menos de una hora de vuelo. Allí nos trasladaron en autobús hasta el hotel de La Manga, el Cavanna. Echamos más tiempo en este traslado que en el viaje de avión, cerca de una hora y media.

Hotel antiguo, de los años sesenta, no demasiado remodelado en todo este tiempo, pero en general, bien. Después de instalarnos en la habitación, amplia y limpia, con excelentes vistas a los dos mares, y de colgar alguna ropa en los armarios, bajamos a realizar nuestra primera comida. Para la mayor parte de las personas que utilizan el Imserso, este momento es fundamental. ¿Será comida abundante, variada, sana, bien cocinada, de calidad? Cuando entramos en el comedor, éste ya estaba casi lleno, pero de un primer vistazo las preguntas anteriores fueron contestadas positivamente. Arroz, costillas de cerdo asadas, lasaña, pollo, mucha ensalada, dulces… Los platos rebosaban, lo que siempre me hace pensar por qué, siendo un bufé del que puede uno llenar el plato las veces que quiera, tiene que llenarse sin dejar ni un hueco, como si fuera a acabarse la comida. No sé si será por pereza, por no tener que levantarse varias veces de la mesa, por reminiscencias de la época del hambre de la posguerra (la edad de algunos hace adivinar que seguramente la sufrieron), pero la verdad es nunca dejo de sorprenderme de que una y otra vez se repita la misma escena. Encontramos una mesa de cuatro y, como estábamos hambrientos pues hacía horas que no tomábamos nada, llenamos a rebosar nuestros platos, pero en nuestra descargar diré que no sobró nada en ellos.

Subimos a la habitación y después de una reparadora siesta, como diría algún cursi, aproximadamente a las seis de la tarde bajamos a un salón a recibir la charla informativa que, ineludiblemente, se recibe cuando uno comienza este tipo de viajes: teléfonos de urgencia para caso de problemas de salud, horario médico, excursiones previstas y que hay que pagar aparte… Después de un pequeño debate entre los cuatro, decidimos realizar tres excursiones organizadas y una o varias más por nuestra cuenta en los ocho días completos que todavía nos quedan: Murcia, Caravaca de la Cruz y Lorca. Finalizada la charla y pagadas las excursiones decidimos dar una vuelta por los alrededores y conocer un poco la zona. Nos recibió un frío y una brisa que no esperábamos y que nos acompañó durante toda la estancia en La Manga. Será por su situación pero siempre soplaba viento, lo que aprovechan los practicantes de kitesurf para divertirse y hacer piruetas. Lo primero que llama la atención es la estrechez de La Manga. Entre el Mar Menor y el Mediterráneo hay puntos que apenas tienen 100 metros de ancho, aunque otros, los menos, alcanzan el kilómetro. Los 18 kilómetros que tiene de largo se pueden recorrer en un autobús que lleva desde el Cabo de Palos, la población más cercana, hasta Veneziola, el extremo donde se abre un estrecho que permite la comunicación de las aguas y que impide que la salinidad del Mar Menor sea excesiva. El primer paseo lo hicimos por el Mar Mayor, como lo llaman por aquí, bien abrigados. En la playa apenas había un par de personas, demasiadas para el frío que hacía. Cuando llegamos al final de un pequeño paseo marítimo, y como no teníamos ganas de llenarnos de arena, cruzamos la carretera y pasamos al Mar Menor. Algunas tiendas, pocas, abiertas, casi todas las ventanas cerradas, algún coche de vez en cuando. No se puede llamar desolación, pero si no fuera por los del Imserso y por algún extranjero que hace deporte en el agua, esto estaría desierto.

El Mar Menor, a diferencia del Mediterráneo, en el que las olas rompían con cierta fuerza en la orilla, era una balsa de aceite. Nos llamó la atención la poca profundidad que tenía en la playa. Algunos kitesurfistas se adentraban metros y metros en el agua y ésta les cubría sólo hasta las rodillas. A poca distancia de la costa una isla, la Isla del Ciervo, a la que, según nos informó una mujer que iba en bicicleta y que se paró a hacernos una pregunta, se puede llegar andando sin que te cubra el agua, pues hay una especie de pasarela que en su momento estaba señalizada que está a poca profundidad. Como el tiempo es demasiado desapacible no creo que probemos.

Tenemos el primer turno de cena, a las ocho de la tarde, así que regresamos al hotel y después de darnos una ducha, bajamos al comedor. Otra vez casi lleno y otra vez problemas para encontrar una mesa de cuatro. Al fondo había una, cerca de un grupo de seis y ocho personas que charlaban animadamente en catalán. Allí nos sentamos y comenzamos el ritual de investigar qué sorpresas culinarias nos tenían preparadas. Nos cuidan muy bien a los pensionistas porque también la cena es variada, sana y abundante. Mientras comemos, Manoli se da cuenta de que algunos de nuestros vecinos catalanes llevan un pin metálico grande con el lazo amarillo. Dentro de unos años seguramente nos habremos olvidado de esto, porque no creo que se estudie en los libros de historia, pero entre nosotros comentamos que, respetando como es lógico cualquier manifestación política y la libertad de expresión no nos parece ni el momento ni el lugar de reivindicar lo que algunos definen como “libertad para los presos políticos”. Una de las que lleva el lazo se levanta varias veces y se pasea entre las mesas, yo diría que con mirada y actitud desafiante, aunque no puedo asegurarlo. Parece como si esperara que alguien dijera algo, que seguramente tendría preparada una respuesta para aquel que se atreviera a llamarle la atención, pero nadie en el gran comedor hace comentario alguno, más bien la tratan con indiferencia. Si yo fuera independentista catalán, pienso, lo último que haría sería viajar a un país como España que les roba, que los maltrata, que los oprime, que utiliza la represión y la violencia para acallar las justas reivindicaciones, un país atrasado, inculto, lleno de fascistas que no les comprenden. Pero así son las cosas de contradictorias: me quiero independizar del país, pero me sigo aprovechando de las ventajas que me proporciona. Como siempre se ha hecho y se seguirá haciendo.

Después de cenar tomamos una infusión en el Café Britannia, allí mismo en el hotel. Seguimos hablando y planificando lo que haremos mañana domingo pues hasta el lunes no tenemos la primera excursión. Y temprano, pues el día ha sido intenso, como siempre ocurre cuando se viaja, nos vamos a la habitación y dormimos profundamente.

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Viaje a Croacia (y VII). Epílogo

“El viaje no acaba nunca. Solo los viajeros acaban. E incluso estos pueden prolongarse en memoria, en recuerdo, en relatos. Cuando el viajero se sentó en la arena de la playa y dijo: “no hay nada más que ver”, sabía que no era así. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia, ver la siembra verdeante, el fruto maduro, la piedra que ha cambiado de lugar, la sombra que aquí no estaba. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino.”
“Viaje a Portugal”. José Saramago

Los viajes de regreso después de unas vacaciones suelen albergar dos sentimientos contradictorios. Por un lado, pena por tener que volver a la rutina diaria, a los horarios estrictos cuando uno se incorpora al trabajo o, como es nuestro caso de tres parejas de jubilados, a los quehaceres propios de nuestra situación: finaliza el verano, los días más cortos, la luz mortecina de las tardes de otoño, los paseos, las lecturas, el deporte, la escritura, planificación de pequeños viajes durante los próximos meses (ahora que lo pienso, no es tan duro el regreso). Y por otro lado,  volver a terrenos conocidos, olores, sabores, sonidos y paisajes que, aunque es bueno dejar durante un tiempo, permanecen en la trastienda y sabemos que están ahí agazapados y nos reclaman, la alegría de volver a ver a la familia y a los amigos que dejamos en nuestro país, las costumbres conocidas y deseadas, las comidas caseras y las que hacemos cuando nos reunimos de vez en cuando, descargar y organizar los cientos de fotografías que hemos hecho durante estos días. Supongo que habrá personas que no pueden arraigarse y que no les importa ir de un sitio para otro continuamente. Pero nosotros necesitamos regresar a terrenos conocidos. Somos así y así nos han educado, qué se le va a hacer.

Día 28. El regreso a Madrid

El avión sale del aeropuerto de Dubrovnik, que está a una media hora del hotel, a las once menos cinco de la mañana. El autobús debe salir, para llegar con tiempo, a las 8,30, pero se retrasa porque alguien ha puesto un coche de tal forma que impide la salida. Después de un cuarto de hora de espera, logramos arrancar. Hay bastante tráfico y tardamos más de lo previsto, pero todavía hay tiempo de sobra, o eso creemos. Lo malo es que la facturación se demoró mucho, pero aún así, a las 10,20 ya estábamos listos para embarcar. Como nos sobraban algunas kunas, comenzamos a mirar por las tiendas del aeropuerto para gastarlas y llevar algún recuerdo. Pero antes de poder comprar algo, por los altavoces se escuchó, en inglés, la última llamada para los pasajeros de nuestro vuelo. Nos miramos sin entender bien lo que pasaba, porque todavía quedaba más de media hora, así que me acerco hasta el mostrador y, efectivamente, me confirman que tenemos tres minutos para embarcar, que es un vuelo charter y que han decidido adelantar la salida. Como no queremos discutir, y además es la primera vez que un vuelo se adelanta en lugar de retrasarse, hay que vivir esa experiencia. Así que en lugar de despegar a las 10,55 lo hicimos a las 10,45. Lo que no sé es qué habría pasado si alguno se hubiera despistado o hubiera llegado a la hora que figuraba en el billete, ¿lo habrían dejado en tierra?

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Llegamos a Madrid a las dos de la tarde en medio del diluvio. Hacía tiempo que no veía llover tanto. Ni nos planteamos realizar el viaje como a la ida, en el cercanías hasta Atocha, entre otras cosas porque no quiero imaginarme ir con las maletas bajo la lluvia desde la estación hasta el cercano hotel que hemos reservado para esta noche. Nos quedamos un día más porque queremos ver a mi hijo Santiago, que trabaja en Madrid desde hace unos meses y aprovechar para ver alguna exposición temporal de las que suele haber en los museos madrileños. El taxi nos acercó hasta casi el vestíbulo del hotel, entrando el coche en la acera para evitar que nos mojáramos, todo un detalle.

En el hotel Paseo del Arte casi nos conocen, porque hemos estado allí varias veces. Está muy bien situado si vienes en el Ave o si te apetece ir andando hasta el centro, porque por la calle Atoche se tardan quince o veinte minutos y, además, tiene un precio muy asequible en relación con la calidad que ofrece. Comemos al lado del Museo Reina Sofía y después nos vamos a hotel a dormir un poco de siesta, que falta nos hace.

Santiago llega sobre las siete y nos vamos dando un paseo hasta la Plaza Mayor, porque allí cerca ha reservado la cena en el restaurante Metro Bistro. Echábamos de menos este tipo de comida, bien elaborada y con un trato exquisito por parte de los camareros. ¿Es chovinismo decir que en España se come mejor que en casi cualquier país del mundo? Nos despedimos de Santiago, que coge el metro en Sol y nosotros regresamos bajando por Atocha hasta el hotel. Hay que bajar la cena.

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Día 29 de agosto.

Me levanto temprano, para no perder la costumbre. Antes de desayunar me doy un paseo solo, los demás ni se han levantado, por la Cuesta Moyano y llego hasta el Retiro. Muchos operarios están echando tierra sobre los charcos que dejaron los aguaceros de ayer. El aire es limpio y la temperatura invita a recrearse y perderse por los caminos del parque. Pero me llaman al móvil y me dicen que van a bajar a desayunar. Miro el reloj y son las 9 y media. Regreso por el Paseo del Prado, demorándome un poco y recordando los paseos que daba con mis padres cuando, durante un año, vivimos en Madrid, allá por el año 1965 (quizás lo cuente alguna vez).

Después del desayuno en el hotel, Jesús e Isabel se van a ver a su hija, a su yerno y a sus nietos que viven en San Martín de la Vega y nosotros subimos hasta la entrada del Museo del Prado. Visitamos la exposición temporal “Tesoros de la Hispanic Society of America. Visiones del mundo hispánico”, una auténtica maravilla y descubro la labor de un personaje del que había oído hablar pero que a partir de ahora admiraré y respetaré mucho más: Archer Milton Huntington, un coleccionista e hispanista americano que creó una institución que, a través de una biblioteca y unas colecciones de arte elegidas de manera erudita y sistemática, fomenta la apreciación de la cultura española y profundizara en el estudio de la literatura y el arte de España, Portugal y América Latina.

Tesoros de la Hispanic Society of America

Nos demoramos unas dos horas en el museo y cuando salimos nos dirigimos al museo Thyssen, para ver la exposición El Renacimiento en Venecia.

Carmen, Juan Esteban y Manoli salieron camino de la Puerta del Sol para buscar un sitio donde comer por los alrededores y comprar lotería en Doña Manolita, como es tradición, y yo me quedé un poco más en el museo para ver las colecciones permanentes. Hacía mucho tiempo que no entraba en el Thyssen y me apetecía.

Y después de comer, poco más, ya que el Ave salía a las 7 de la tarde y nos daba tiempo a tomarnos un café, recoger las maletas en el hotel y llegar a la estación. Todo había salido casi a la perfección. Y digo casi porque la perfección no existe y porque las imperfecciones son las que hacen la vida más interesante, si no, menudo aburrimiento.

Terminaré con una frase de San Agustín que oí o leí no sé cuándo ni dónde pero que resume muy bien lo que pienso sobre nuestra pasión por viajar y que esperamos seguir fomentando y repitiendo:

“El mundo es un libro y aquellos que no viajan solo leen una página”.

Viaje a Croacia (VI). Dubrovnik en dos días

Será que Dubrovnik es una de las ciudades europeas de moda porque pocas veces he visto tanta gente en tan poco espacio. Mira que se lo dije a mis compañeros: viajar a finales de agosto es una temeridad, porque medio mundo va de un lado para otro y el otro medio no va porque no puede, que si no… Pero salvando este inconveniente, grande o pequeño según se mire, la antigua Ragusa, capital de la República del mismo nombre y cuyo lema era la libertad no se vende ni por todo el oro del mundo (en latín, “Non bene pro toto libertas venditur auro”), no decepciona, No me extraña que Lord Byron la definiera como “la perla del Adriático” y que Bernard Show la calificara como “el paraíso en la Tierra”. Y quizás por eso la agencia de viajes, al planificar el recorrido por Croacia, dedicara dos días completos a esta ciudad. En la anterior entrada describí un paseo nocturno en el que pudimos deleitarnos con un ambiente que, a pesar de la gran cantidad de turistas que como nosotros disfrutaban de la ciudad, no resultaba agobiante. Pero la mañana siguiente fue diferente.

26 de agosto. Dubrovnik e isla de Lopud

Por la mañana el autobús nos dejó frente a la puerta de Pile, donde suelen parar los autobuses turísticos y descargar a cientos de personas que se dedican a realizar fotos que apenas mirarán cuando regresen a sus casas. Si os fijáis, un porcentaje bastante alto de turistas apenas escuchan a los guías,profesionales generalmente muy bien preparados, y se dedican a hacerse selfies, fotografiar con móviles o cámaras, detenerse a comprar recuerdos o interrumpirlos con preguntas absurdas. Menos mal que suelen estar acostumbrados y responden con una agradable sonrisa, porque la educación y la paciencia entran en el sueldo. Nos recibe una guía local, una colombiana que llegó a Croacia hace muchos años y aquí se quedó. Se nota que es una enamorada de este país y de esta ciudad en concreto.

La vista desde la plaza que se encuentra frente a la puerta de Pile nos retrotrae a cinco o seis siglos atrás. No puedo evitar acordarme otra vez de Juego de Tronos y de aquellas escenas que se rodaron aquí. He encontrado un enlace donde se recrean los diferentes escenarios: Escenarios de Juego de Tronos en Dubrovnik.

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Entramos en el caso antiguo y una de los primeros lugares que vemos es la Gran Fuente de Onofrio, donde nos detenemos un momento antes de entrar en el primer edificio que visitamos, el Monasterio Franciscano, en cuyo interior se encuentra una de las farmacias mas antiguas de Europa y un museo en el que se conservan restos del bombardeo que sufrió la ciudad el 6 de diciembre de 1991, durante la guerra yugoslava. DSC_0368

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Continuamos la visita caminando por la calle principal, Stradun, hasta desembocar en la plaza Luza donde se encuentran la Columna de Orlando, la Torre de la Campana y la Pequeña Fuente de Onofrio. Entramos en el Palacio del Rector, edificio que combina los estilos gótico y renacentista. Según nuestra guía, era la sede del electo Rector regente de la República de Ragusa y la sede de la administración del Estado. Durante el período de gobierno (solamente de un mes), el rector no podía salir del edificio sin el permiso del Senado. Hoy en día este palacio se ha convertido en el Museo de Historia de la República de Ragusa. Entramos y nos encontramos con un patio central de bellas arcadas y unas escaleras que llevan a las estancias superiores, donde se encuentran valiosas piezas que dan muestra de la riqueza de la República.

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Una vez finalizada la visita entramos en la Catedral de Dubrovnik, también conocida como Iglesia de la Asunción, un edificio que fue primero una basílica bizantina, después un templo románico y por último, después de un terrible terremoto en 1667, la edificación que se construyó fue de estilo barroco. En él se conservan reliquias de San Blas, un santo cuya imagen se repite en toda la ciudad.

San Blas

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Por la tarde hacemos un recorrido en barco por las Islas Elafiti, situadas frente a Dubrovnik y desembarcamos en una de ellas, Lopud. El viaje, de unos 40 minutos, nos permitió admirar la costa dálmata, que desde el mar ofrece unas vistas preciosas. Entran ganas de alquilar un barco. Carmen y yo aprovechamos para darnos un baño en el Adriático. El agua estaba deliciosa, una pena que estuviéramos apenas una hora en la isla y no pudimos recorrerla, como nos hubiera gustado.

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Por la noche bajamos a la piscina del hotel donde hay también un bar y un escenario con actuaciones. Nos quedamos un rato tomándonos unas copas y comentando las inevitables anécdotas del día. Además, como mañana tenemos día libre no habrá que madrugar así que aprovechamos para relajarnos, que llevamos un ritmo…

Día 27 de agosto.

Hoy tenemos día libre, por fin, así que no tenemos que madrugar. Por la mañana compramos en el hotel la Dubrovnik Card de un día, una tarjeta que te permite visitar muchos de los monumentos más importantes de la ciudad y utilizar el transporte público gratis durante un día. Nos costó unos 20 euros al cambio y vale la pena, ya que con que subas a las murallas y utilices una vez el transporte prácticamente se amortiza.

Cogemos el autobús que nos acerca hasta la conocida puerta de Pile y atravesamos toda la calle Stradun hasta llegar a la plaza Luza, ya que nos recomendó la guía que cerca estaba la mejor entrada para recorrer las murallas. Es mejor hacerlo temprano porque el calor aprieta a mediodía y hay muchas cuestas y escaleras. Si visitas Dubrovnik, tienes que recorrer sí o sí, como diría el expresidente de un equipo sevillano, las murallas que rodean la ciudad vieja, pero sin prisas, deteniéndote a cada momento para ver las estrechas calles que cruzan transversalmente la ciudad hasta desembocar en la arteria principal, la calle Stradun, los tejados de las casas, un noventa por ciento de los cuales tuvieron que restaurarse debido al bombardeo del año 1991, los palacios, las iglesias, las plazas… Aunque dicen que se pueden recorrer en menos de una hora (tienen casi dos kilómetros de longitud), si queremos detenernos a contemplar la ciudad, subir a alguna de sus torres, sacar fotos, etc., se tarda casi dos horas. Por eso es mejor hacer lo que hicimos nosotros, comenzar a recorrerlas antes de las diez de la mañana.

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Antes de comer nos separamos porque había diferentes pareceres sobre qué hacer antes de comer. Así que nos dividimos en tres grupos. Juan Esteban, Jaime y yo visitamos el museo naval y después nos sentamos a tomarnos unas cervezas frente al puerto. Un buen plan, sí señor.

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Comimos, también frente al puerto, en el Restaurante Arsenal, muy elegante y con unas vistas magníficas. La relación calidad-precio, bastante buena.

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Antes de salir otra vez por la puerta de Pile me llamó la atención un hombre sentado al lado del Convento de Santa Clara, delante de una mesita redonda con un tablero de ajedrez y algunos libros, con un cartel en inglés que decía: “Gordan Markotic, juega y aprende ajedrez con un maestro internacional”. Porque no quería dejar solos a mis amigos y a mi mujer, y desconozco el inglés, pero me hubiera encantado sentarme con él un rato y echar alguna partida. Me apenó que alguien que llegó a ser un conocido jugador a nivel internacional tuviera que ganarse la vida así. ¿Será también otro daño colateral de la guerra?

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Y por la tarde, descanso, aunque yo aproveché para darme otro baño en la playa que está debajo del hotel y en la piscina. Después, Carmen y yo nos dimos un paseo por los alrededores. Teníamos que relajarnos pues el viaje llegaba casi a su fin y la semana había sido muy, muy intensa. Y todavía teníamos que hacer las maletas. Pero una tarde da para mucho.

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Viaje a Croacia (V). Split y Dubrovnik

Estuve tentado de escribir un poco de historia antes de continuar con el relato de nuestro viaje a Croacia. Hubiera sido una muestra de seriedad que demostraría bien a las claras el amor de nuestro grupo por la cultura, además de por la gastronomía, que algunos se creen que solo pensamos en comer. Pero no quiero agobiaros con la biografía de Diocleciano. Así que si acudís a cualquier enciclopedia o página web de Historia, como esta de Mundohistoria, podréis encontrar mucha información sobre este emperador romano, con luces y sombras como cualquier personaje histórico que se precie, pero que tuvo una excelente ocurrencia: además de ser el primero de todos los emperadores en abdicar voluntariamente (jubilación anticipada lo llamaríamos hoy) se construyó un palacio-ciudad en Spalato, la actual Split, para cuando llegara el momento de decir ahí os quedáis. A algunos nos hubiera encantado hacer lo mismo, pero Montoro y los que lo precedieron no nos dejaron. Así que ahora, a viajar con el Imserso y, de vez en cuando, alguna ruta como la que aquí se describe. Y no nos podemos quejar, claro que no.

Día 25 de agosto

“Esta mañana, muy tempranito, salí del pueblo con el hatico…”

Realmente no es eso, pero todos estos días me he levantado con esta canción de La rosa del azafrán en mi cabeza, una zarzuela que mi madre cantaba y sigue cantando a menudo, que a mí se me ha quedado grabada. Es que no es normal pegarse estos madrugones cuando uno está de vacaciones, pero qué se le va a hacer: el que algo quiere algo le cuesta. Además, salir de un hotel tan malo, según mi humilde opinión, aunque experta en hoteles, como el Katarina, fue más bien un alivio. Otra vez las maletas al autobús, en donde nos montamos para recorrer los quince kilómetros que nos separan de Split. Nos dejó al comienzo del paseo marítimo y muy cerca de una de las puertas del edificio más importante de la Dalmacia, al que le hemos dedicado toda la mañana: el Palacio de Diocleciano. Y puedo asegurar que merece la pena. Aunque sólo sea por pasar un día ahí, el viaje a Croacia es totalmente recomendable.

Han pasado dieciocho siglos, y sin embargo el esplendor y la opulencia todavía se pueden contemplar en las ruinas de un palacio que, según muchos entendidos, son las mejor conservadas no sólo en Croacia sino en todo el mundo. Durante varias horas recorrimos el peristilo, entramos y salimos por varias puertas de las murallas que lo rodeaban, descendimos a los sótanos, nos hicimos cientos de fotos y, cómo no decirlo, este palacio sirvió para el rodaje de la cuarta temporada de Juego de Tronos, del que me confieso un fan incondicional. ¿Qué podríamos destacar del palacio? Es complicado, porque allí nos encontramos el mausoleo de Diocleciano, convertido hoy en la Catedral de Split, en cuyo acceso, antes de subir al campanario que como ya habréis adivinado también  visité, se encuentran varias esfinges procedentes del yacimiento del faraón egipcio Tutmosis III, un baptisterio que antiguamente era el templo de Júpiter, y los subterráneos. Estos últimos me recordaron en algún momento al Gran Bazar de Estambul, pues hay muchas tiendas similares. Un recorrido realmente magnífico.

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Después de otra caminata por el resto de la ciudad, regresamos por el paseo marítimo, donde anoche nos sentamos para tomarnos algo y disfrutar del ambiente .

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Salimos de Split, comimos por el camino y comenzó un viaje de unos 225 kilómetros por la costa dálmata que nos llevó hasta Dubrovnik. La carretera es una auténtica maravilla y los paisajes son únicos. El color del mar pasa del azul turquesa al verde esmeralda sin solución de continuidad y las islas cercanas invitan a detenerse y contemplar con tranquilidad una costa escarpada que tiene pocas playas de arena pero muchas calas rocosas de aguas limpias y transparentes. Nos preguntamos cómo pueden bajar los bañistas hasta esas calas, porque la carretera se desliza la mayor parte del tiempo por acantilados en los que apenas se descubren caminos de tierra. De vez en cuando el autobús desciende y pasa por pueblecitos con puertos coquetos y dársenas y muelles en los que conviven chiquillos bañándose y pequeños barcos de pesca o de recreo.

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Cuando llevábamos unas dos horas de viaje nos detuvimos en la frontera de Bosnia-Herzagovina, donde se encuentra la ciudad de Neum, la única parte de Bosnia con salida al mar. La guía nos advirtió de que no hiciéramos fotos para evitar problemas ya que a veces los guardias se molestan. Después de unos minutos, nos autorizaron a continuar y nos detuvimos, aún en Bosnia, para tomar café y hacer pequeñas compras.

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Continuamos un viaje que, a pesar de durar cerca de cuatro horas, se hace corto, por lo menos en autobús. Quizás en coche, por una carretera tan sinuosa y bordeada de acantilados, sea más pesado pero más emocionante. Reconozco que a mí me gustaría hacerlo con un coche de alquiler y pararme donde me apeteciera porque hay muchos lugares que merecen la pena.

Y llegamos a Dubrovnik, la perla del Adriático, la antigua Ragusa. Bueno, en realidad llegamos a la península de Babin kuk en donde se encuentra un complejo turístico llamado Valamar (nuestro hotel era el Valamar Club), que fue donde nos alojamos, y que está situado a unos veinte minutos en autobús de la ciudad vieja de Dubrovnik. Esto es otra cosa, tanto el hotel y sus instalaciones como los alrededores. Tenía incluso una playa casi privada.

A pesar del cansancio, Katia nos ofreció la posibilidad de hacer una salida nocturna después de cenar para conocer la ciudad. Y todos nos apuntamos. Mereció la pena porque Dubrovnik de noche es tanto o más bonita que de día y con menos aglomeraciones. Música, pasacalles, placitas, calles estrechas y concurridas, aunque no tanto como por el día. Nada más entrar por la Puerta de Pile y traspasar las murallas, accedimos a una plaza donde se encuentra la gran Fuente de Onofrio y a partir de ahí comenzamos a callejear. El ambiente era muy tranquilo, con mucha gente pero sin agobios. Nos sentamos en una terraza, en la calle principal, Stradum o Placa, que conecta la Puerta de Pile con la Plaza Luza. Todos estos lugares los describiré más extensamente en el próximo artículo.

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Viaje a Croacia (IV). Zadar, Sibenik, Trogir y Split.

De locos, hoy ha sido un día de locos. No recomiendo a nadie que quiera conocer, aunque sea superficialmente, alguna zona de cualquier país, incluso el propio, que se recorra cuatro ciudades en un solo día. Porque al final lo único que va a conseguir es que en su cabeza se forme un caos que le impida recordar si la plaza que vio era de Trogir o de Zadar, si aquella calle tan bonita era de Split o Sibenik o si el café que se tomó sentado en una terraza era de Burgos o de León. Y eso es lo que me está pasando a mí cuando repaso las fotografías (y menos mal que ahora con las cámaras digitales es más fácil saberlo porque te informan del día y la hora en que sacaste la foto).

Estamos a mitad de viaje y volvemos a cambiar de hotel, así que otra vez a hacer maletas y llevarlas todo el día en el autobús. En cuatro días, tres hoteles, no está mal.

24 de agosto.

Volvemos a madrugar, cómo no. Nos despedimos del Hotel Kolovare  y, para aquellos que lo visiten, recomiendo que se sienten en los sillones que están frente a recepción y hurguen en ellos, porque se pueden encontrar con la sorpresa de que aparezcan como por arte de magia monedas varias, como le pasó a nuestro amigo Juan Esteban, que hurgando, hurgando recogió hasta 17 kunas, que no es mucho pero da para una cerveza. Una típica anécdota que suele suceder en los viajes y que sirve para comentar cuando nos reunamos dentro de un tiempo.

Cargamos las maletas en el autobús, que nos lleva hasta la pequeña península que conforma el centro de Zadar, y nos deja cerca de un parque rodeado por un muro y próximo también al puerto. Tomamos referencias porque luego tendremos que regresar solos. La guía inicia el recorrido por el casco antiguo, deteniéndonos en la Plaza del Pueblo (Narodni Trg, en croata), donde se encuentra el edificio City Sentinel, de 1562, con un hermoso reloj.

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Seguimos andando por la Kalelarga hasta desembocar en la zona principal de la ciudad, el Foro Romano, donde se encuentran la iglesia de San Donato (siglo IX), de planta circular y la catedral de Santa Anastasia (siglo XIII), con un campanario al que también subí, como a casi todos los que me fuimos encontrando durante el viaje. El conjunto impresiona, ya que nos encontramos en un espacio reducido con tres monumentos que aglutinan diez siglos de historia.

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(Carmen y Manoli escuchando atentamente las explicaciones de la guía delante de la iglesia de San Donato y de la Catedral de Santa Anastasia)

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(Isabel y Jesús, con la guía, cuyo nombre no recuerdo, andando hacia la Columna de la Vergüenza, donde se encadenaba a gente que había cometido delitos menores).

Después nos dirigimos hacia el Órgano del mar y el Saludo al sol, que están muy cerca. El primero es un conjunto de tubos que se activan con las olas que rompen en unas escaleras que dan al mar; el segundo es un círculo de 22 metros de diámetro realizado a bases de placas de vidrio que representa el Sistema Solar y que se ilumina por la noche. Descansamos un poco porque llevamos un buen ritmo.

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20170824_095422El grupo se divide, cada uno a su bola, unos a comprar, otros a callejear. Yo me dirijo hacia el mercado (no sé por qué, pero siempre me ha gustado el ambiente que se vive en cualquier mercado, mucho más natural y menos contaminado por el turismo) y me fijo en los productos que se venden y en la gente que deambula, comprando o curioseando. Más tarde me voy a la plaza y me encuentro con Jesús y Juan Esteban, con los que me tomo un café. Como se acerca la hora de salir, esperamos que lleguen los demás y nos vamos hacia el autobús.

Después de comer nos dirigimos a Sibenik, en la desembocadura del río Krka, que forma un parque natural. En esta ciudad se rodó Juego de Tronos y aquí le saben sacar mucho partido.

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Es una delicia pasear por sus calles. Parece que hemos hecho un viaje en el tiempo y aterrizado en la Edad Media o en el Renacimiento. La Catedral de Santiago y la Plaza del Ayuntamiento son dos auténticas joyas. Pero el tiempo apremia y estamos poco más de hora y media en esta bonita ciudad.

Catedral de Santiago en Sibenik, Croacia

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Ahora nos dirigimos, por una carretera con vistas extraordinarias, a Trogir. Es una ciudad pequeña, de callejas y plazas con mucho encanto, situada sobre una isla a la que se accede por un puente que nos permite entrar en la parte antigua. Después de andar por algunas calles estrechas y cuidadas, llegamos a la catedral de San Lorenzo, que tiene una preciosa portada y un campanario al que, como es lógico subí y desde el que pude contemplar unas vistas que impresionan. Después de deambular por calles y plazas, salimos al puerto y llegamos hasta el Castillo del Camarlengo, un edificio situado en el extremo del paseo marítimo que bordea al puerto y destinado por los venecianos, que lo construyeron en el siglo XV, a residencia del gobernador y a puesto de vigilancia. Nos demoramos todo lo que pudimos, ya que el paseo, con la luz de media tarde, el mar, una temperatura muy agradable y la cantidad de rincones que invitaban al descanso, fue de las cosas más bonitas que realizamos en todo el viaje.

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Con pesar, nos alejamos de Trogir camino de Split, que está a unos 20 kilómetros. Llegamos casi anocheciendo y la entrada a la ciudad fue más lenta de lo normal ya que esa noche se jugaba un partido entre el Hajduk Split y un equipo inglés. El autobús bordeó la ciudad pues el hotel Katarina se encontraba a unos quince kilómetros. No quiero hacer una propaganda excesivamente negativa, pero ese hotel no debería estar en los circuitos turísticos de cierta calidad. Creemos que para evitar muchas quejas, Katia nos dijo que después de cenar haríamos una visita nocturna al Palacio de Diocleciano y a la Plaza de la República, que aunque los veríamos con calma y en profundidad por la mañana, merecía la pena visitarlos de noche. Y eso hicimos. Y claro que mereció la pena, pues sobre todo el palacio, del que hablaré en la siguiente entrada, es una ciudad en sí misma. El ambiente nocturno de esas dos zonas no tiene nada que envidiar a ninguno de los grandes lugares que he visitado hasta ahora. Conciertos, iluminación cuidada, terrazas al aire libre, ambiente festivo. Todo invitaba a quedarnos hasta altas horas de la madrugada. Pero sólo pudimos estar hora y media, pues mañana, cómo no, teníamos que visitar la ciudad por la mañana y después un viaje de muchas horas hasta Dubrovnik.

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Viaje a Croacia (III). Parque nacional y lagos de Plitvice

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Aquello parecía la portada de la Feria de Sevilla el día de la inauguración del alumbrado, o la Gran vía de Madrid en el puente de la Inmaculada. O las Ramblas en la fiesta de San Jordi. No recordaba tanta gente haciendo cola desde la Expo del 92. ¿Cómo se puede consentir que en un parque natural dejen entrar en el mismo día varias decenas de miles de personas? Supongo que será por la pela, que diría un catalán ahora que están tan de moda.

Día 23 de agosto.

Hoy es nuestro último día en el hotel Jadrán porque esta noche dormiremos en Zadar, así que la tarde anterior dejamos las maletas listas. Después del madrugón de turno y un buen desayuno para comenzar el día, nos subimos al autobús y Katia, nuestra guía, nos explica el plan para hoy, que consistirá en recorrer una parte del Parque nacional y los lagos de Plitvice, zona forestal situada a 500 metros sobre el nivel del mar y Reserva Natural de la UNESCO desde 1979. Nos advierte, para que no nos coja por sorpresa, que suele haber mucha gente y que quizás tengamos que esperar “algo” para poder entrar al parque. A medio camino hacemos una parada en el paralelo 45, cerca de la ciudad de Senj, frente a la gran isla de Krk, con carteles que indicaban que estábamos a 5.000 kilómetros del polo norte y a otros 5.000 kilómetros del ecuador. Fotos de rigor porque no siempre se tiene la oportunidad de estar en un lugar tan señalado.

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Seguimos camino y volvemos a detenernos en un puesto en el que se venden productos típicos de la zona: miel, queso, conservas, cerámica… Al lado hay una serie de viviendas en las que se pueden observar todavía impactos de proyectiles de la guerra. Supongo que los conservarán (ya que se nota que las casas han sido restauradas) como recordatorio de la barbarie que se vivió en la antigua Yugoslavia durante cinco largos años. Aunque de vez en cuando Katia hace mención al conflicto, hemos comprobado que, salvo raras excepciones, prefieren pasar de puntillas sobre este tema, todavía demasiado reciente y que ha dejado muchas grietas y mucho dolor en los pueblos que sufrieron esta terrible experiencia.

En este pequeño vídeo se resume el conflicto. Nunca deberíamos perder de vista la historia cuando visitamos un país, pues nos dice mucho de sus gentes, de su organización, de sus costumbres, de la construcción de sus ciudades… Y nos parece mentira que a finales del siglo XX, en una Europa moderna y modelo para muchas otras zonas del mundo, se pudiera haber vivido un odio tan intenso.

Bosnia, Serbia y Croacia: la guerra de Yugoslavia en 6 minutos.

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Llegamos al parque y comemos en un restaurante cerca de la entrada. Podemos observar los cientos de personas que ya están entrando. Pero no podíamos imaginarnos lo que nos íbamos a encontrar cuando, sobre las cuatro de la tarde, nos bajamos del autobús.

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Sólo diré que no disfruté demasiado de esta experiencia. El calor, las pasarelas atestadas de gente, las colas para esperar el barco que nos trasladó de un extremo a otro de uno de los lagos, las esperas hasta conseguir que se hiciera un pequeño vacío a tu alrededor para hacer una foto decente… Todo eso hizo que no nos sintiéramos cómodos. Además, y según nos comentó la guía, este año había sido muy seco y no había tanta agua como en los anteriores. De todas formas, merece la pena acercarse, ya que, a pesar de todo, el paisaje, el agua, las cascadas, el verdor, son únicos, pero recomiendo que se haga en otra época del año. Y el paseo en barco por el lago no merece la pena, es preferible bordearlo andando, que se hace en menos de media hora, mientras que en la cola estuvimos cerca de una hora y el paseo dura poco más de quince minutos.

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Logramos salir del parque a duras penas, luchando con el gentío y con las cuestas. Y al atardecer llegamos al hotel Kolovare, en Zadar, donde nos alojaremos esta noche. La guía nos dice que podríamos visitar el centro de la ciudad, que está a unos veinte minutos, y ver  el curioso Saludo al Sol, un gigantesco círculo de 22 metros de diámetro realizado a base de placas de vidrio que representa el Sistema Solar (por la noche se ilumina). Como estamos cansados, lo dejaremos para el día siguiente, aunque no lo podremos ver iluminado.

Por cierto, aprovecho para recomendar una página que visité días antes de viajar a Croacia y que me dio muchos consejos y muchas pistas para recorrer lugares que, aunque al hacerlo en grupo con guías y con horarios muy estrictos no pudimos ver, sí podría serviros para aquellos que hagáis turismo por vuestra cuenta. Se llama Los apuntes del viajero y aquí os dejo el enlace a Croacia:

http://www.losapuntesdelviajero.com/europa/croacia/

Viaje a Croacia (II). La Península de Istria

El día 21 de agosto, lunes, el despertador sonó a las seis de la mañana. Hacía dos días que estábamos en Sevilla, donde el calor apretaba de lo lindo y que, después de pasar las semanas anteriores en Galicia y Rota, parecía la antesala del infierno. Apenas había pegado ojo por el bochorno y el nerviosismo. Repaso a los últimos detalles: sobre todo la documentación (incluido el pasaporte, por si acaso) , confirmación del tiempo que va a hacer en Croacia, tomar algo de fruta, cerrar las maletas y la puerta de casa… Salimos a la avenida y, confiando en que por ella suelen pasar taxis con frecuencia, esperamos casi diez minutos. No cunde el pánico porque tenemos mucho margen y la estación del ave está cerca. Cuando llegamos ya están allí los Anarte y poco después llegan los “Marines”. Esta vez no ha habido percances de última hora, así que llegamos a Madrid a las 10,15 y como el vuelo sale de Barajas a las 13,45, nos atrevemos a coger el cercanías de la misma estación. Es muy cómodo y, además, gratuito si el vuelo y el tren se hacen en el mismo día. Mis compañeros de viaje, acostumbrados a desplazarse como señores en taxis y limusinas (véanse las entradas anteriores tituladas Un turista en Nueva York) eran un poco reticentes pero los convencí y allí nos mezclamos con otra muchedumbre que, como nosotros, salía de viaje. Hay que tener en cuenta que el cercanías deja en la terminal 4, por lo que si el vuelo sale de otra terminal hay que tomar una lanzadera, que es lo que tuvimos que hacer nosotros. Carmen dice que ella no vuelve a hacer esto, que donde se ponga un taxi que se quiten estas complicaciones, que subir y bajar maletas de trenes y autobuses es un atraso… Y los demás secundan la idea. Menos mal que todos somos de izquierda y apostamos por los servicios públicos y gratuitos. Me callo.

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Como no hubo incidencias en el vuelo, comentaré que llegamos a Pula a las 16,20. Resulta que la hora española y la croata es la misma por los misterios de unos gobernantes que desde hace décadas (exactamente desde que Franco lo decidió en 1940) nos mantienen en el uso horario de Berlín. ¿A nadie se le ha ocurrido cambiarlo desde entonces? Porque resulta que en Croacia amanece y anochece dos horas antes que en nuestro país, pero tenemos el mismo horario. Menos mal que nos habíamos comido unos bocadillos en el aeropuerto porque si no habríamos llegado muertos de hambre, ya que en el avión nos dieron agua y un pequeño sobre con patatas fritas o algo parecido. Ténganlo en cuenta aquellos turistas que hagan el viaje a la misma hora y en la misma compañía aérea SmartWings. Y encima no pudimos pararnos a merendar algo porque en al aeropuerto nos recogió un autobús que nos llevó hasta Rijeka (la antigua Fiume italiana), nuestro primer destino y en donde pasaríamos dos noches. El viaje de casi dos horas nos permitió contemplar un paisaje, el de la Península de Istria, que en cierto modo se parece al de mi tierra, Galicia, muy verde, con suaves colinas y muchos bosques. Empezamos bien. Como el hotel Jadran estaba bastante alejado del centro y ya era algo tarde, decidimos cenar temprano y andar un poco por los alrededores. Lo mejor del hotel, las vistas al Adriático, con unos grandes ventanales que nos permitían contemplar el puerto y la bahía de Carnaro, así como la isla de Krk (pronúnciese Kirk, como el capitán de la nave Enterprise o el actor apellidado Douglas).

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En la cena nos sentamos en una mesa de ocho, donde ya se encontraba un matrimonio de Burgos que nos acompañó a lo largo de todo el viaje por Croacia. Jaime y María Teresa estaban celebrando sus bodas de oro y la verdad es que no lo parecía porque se conservan bastante bien. En esa primera cena ya empezamos a pagar las bebidas: seis cervezas, 124 kunas, es decir, unos 18 euros. Y así durante todas las comidas y cenas del viaje. Parece que no, pero al final se nota. Por eso es importante que ese tipo de detalles se conozcan antes de contratar el viaje o que, por lo menos, se informe convenientemente.

Como nos habíamos levantado muy temprano, decidimos acostarnos pronto porque a la mañana siguiente, como ocurriría todos los días, tendríamos otro madrugón. Menos mal que la habitación era muy buena, la televisión panorámica y la cama, mejor.

Día 22 de agosto. Región de Opatija, Porec y Rovinj

Suena el despertador del móvil a las 6,30, hora croata y española. Si estuviera en Rota a estas horas estaría dormido. O no, porque últimamente duermo menos, será cosa de la edad. En otras circunstancias me tomaría media pastilla para dormir, pero tengo miedo de quedarme dormido. El desayuno es a las siete. Aprovechamos que el autobús no sale hasta las ocho y podemos contemplar nuestras primeras horas de la mañana en el Adriático. Ya hay gente bañándose y la tibia luz del sol se refleja en unas aguas cristalinas que invitan a sumergirse en ellas. No tenemos tiempo y la verdad es que los envidio. En la terraza del comedor unas gaviotas se posan en las mesas, esperando que algún incauto se acerque y puedan birlarle la comida. Me acuerdo de Alfred Hitchcock.

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El autobús nos lleva a Opatija, a la que llegamos en poco más de media hora. Es una ciudad muy turística, aunque todavía no llega a alcanzar el esplendor que adquirió durante la dominación del imperio austro-húngaro, con un paseo marítimo en el que se encuentra una zona similar al paseo de las estrellas de Hollywood, pero con nombres de personajes croatas. Allí podemos ver a Nikola Tesla y a Drazen Petrovic, inventor y jugador de baloncesto, respectivamente, muy admirados en su país, donde se los nombra frecuentemente. Los croatas, como es lógico, se indignan con aquellos inventores como Edison y Marconi, que se llevaron los méritos y la fama (véase este artículo para comprobarlo) en lugar de su compatriota, que realmente fue el inventor de la corriente alterna y de la radio. Después de un paseo de una hora regresamos al autobús para seguir camino hacia Porec, en la costa occidental de la península de Istria.

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El autobús nos llevó hasta una estación desde la que nos dirigimos al centro de la ciudad, de unos veinte mil habitantes. Tiene un casco antiguo en el que todavía se puede observar la influencia romana y bizantina y en la que destaca sobre todo la Basílica de San Eufrasio, del siglo VI, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Recorrer la basílica, detenerse en las diferentes salas y en la capilla y subir a la torre-campanario, es una experiencia que nadie que visite Croacia debería perderse. El recorrido nos llevó una hora, aunque podríamos haber estado mucho más tiempo. Ese es uno de los problemas que más me molestan de los viajes en grupo, que los horarios son excesivamente estrictos y te impiden disfrutar de aquello que realmente te gusta. Ya lo dice el refrán: el que mucho abarca, poco aprieta.

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Después de comer en una especie de venta a las afueras de Porec, salimos hacia Rovinj. Reconozco que nunca había oído hablar de esta ciudad, como me ocurre con la mayor parte de las ciudades croatas, exceptuando la capital Zagreb, Zadar (por el equipo de baloncesto), Split (por el equipo de fútbol), Dubrovnik y pare usted de contar. Y luego dirán que el deporte no es cultura. Tendré que repasar geografía.

En Rovinj nos esperaba Fortunato, un guía que resultó todo un personaje. Nos contó que había aprendido español navegando por todo el mundo con marineros españoles, estuvo viajando por España y vivió un mes en Cádiz, donde, además de perfeccionar el idioma con los gaditanos, también practicaba (el idioma) con una marroquí que limpiaba en su en su casa y que dominaba muy bien el castellano ya que había servido durante años en la casa de un militar en Ceuta. La manera de explicarnos la historia y la cultura croatas habría servido para escribir una novela. Antes de recorrer la ciudad nos dio una visión histórico-cultural de Rovinj que hubiera dejado boquiabierto a cualquier profesor de universidad. Después de pasar por el mercado, donde nos explicó que allí la fruta era casi toda importada (un ejemplo: un kilo de uvas valía 7 euros), nos detuvimos en una pequeña plaza frente al puerto, en donde nos comentó que ese lugar era un canal que separaba la península de la isla, la antigua Ruvigno, y que fue rellenado a mediados del siglo XVIII. Comenzamos a subir por una calle (Ulica Carera) hasta la Basílica de Santa Eufemia, en lo alto de la colina que domina la ciudad vieja. Las vistas del Adriático y de las islas cercanas son de las más bonitas que se pueden contemplar en la península de Istria. Lo más notable de la iglesia, que no es de las más bonitas que se pueden encontrar en el país, es la gran torre de 60 metros de alto imita al campanile de San Marcos y el sepulcro de la santa que se encuentra en el interior.

No voy a explicar aquí la controversia sobre los restos de la santa, una de cuyas reliquias se encuentra en Antequera, de la que es su patrona, ni el milagro del sepulcro de siete toneladas que flotaba en el mar, ni otros hechos extraordinarios que nos relató Fortunato, porque me extendería demasiado. Descendimos de la colina por otro camino, contemplando la costa y fotografiando un precioso mar azul salpicado de pequeñas islas que reverberaban con la luz de la tarde. Nos detuvimos a tomar un café en una cafetería cercana al puerto y regresamos al hotel cuando ya estaba anocheciendo. Día intenso, como todos los que nos esperaban en lo que restaba de semana.

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