Luisiño O Chosco

La mirada de Luisiño es la mirada de todos los niños que he conocido. Fue la primera mirada que me conmovió, que desarmó mis enfados de maestro inexperto y me enseñó a contemplar ese mundo que se abría ante mí, un mundo resumido en una clase con cuarenta y dos niños y niñas de siete años. No había nada más fuera de las cuatro paredes. Eran ochenta y tres ojos de todos los colores, azules, verdes, marrones, grises, negros que me miraban al principio con miedo y después con confianza. Y todos con la misma luz, con el mismo deseo de entender lo que ocurría dentro del mundo, dentro de la clase, ávidos de aprender, curiosos por naturaleza. Yo sólo tenía que leer alguna pequeña frase, dibujar una sola línea en la pizarra o quedarme callado durante unos segundos y entonces ocurría el milagro. Con los niños pequeños siempre ocurre lo mismo, sólo hay que cambiar algo, esperar el momento adecuado, callar cuando es preciso y hablar lo menos posible. Dejar que ellos se expresen, pregunten por cosas que no entienden y contestar, a veces, con otra pregunta. Un diálogo de preguntas. Maestro, ¿qué es el aire? ¿qué es el viento? Y no respondes, sino que devuelves la pregunta, ¿habéis visto una hoja moviéndose en el árbol?  ¿habéis visto volar a los pájaros? ¿Y moverse los barcos de vela en el mar? Y entonces, con la respuesta positiva, les hablas del aire y, si estás inspirado, recitas la poesía de Lorca, Mariposa del aire. La recitas despacio, Mariposa del aire/qué hermosa eres/mariposa del aire/dorada y verde.

Y los ochenta y tres ojos no se apartan, siguen mi paseo entre las mesas. Termino de leer y ellos, que no han dicho ni una palabra, están callados unos segundos esperando que yo siga. Me quedo al final de la clase y empiezo a dictar la poesía para que ellos la copien en sus cuadernos. Estoy de pie, al lado de Luisiño, que todavía no ha sacado la libreta ni el lápiz. Es siempre el último en hacerlo. Porque a Luisiño no le gusta escribir. Me lo dijo su abuela el primer día de clase: a Luisiño no le gusta escribir porque dice que tiene la letra muy grande y muy fea, como siempre le decía la maestra del curso pasado, menos mal que se jubiló, porque mi nieto no aprendió nada con ella.

Luisiño tiene un ojo vago y por eso el médico le ha puesto un parche en el ojo sano. Luisiño tiene unas pequeñas gafas de pasta porque también tiene un poco de miopía. Tendría que haber puesto a Luisiño en la primera fila desde el primer día, pero a él le gustaba estar al final, lejos de la pizarra y, sobre todo, lejos de los enfados del maestro. Porque Luisiño es el más revoltoso, el más inquieto, el más hablador, el que siempre está dando la lata. No le gustaba el colegio y sufría leyendo, escribiendo, haciendo cuentas. Pasó la primera semana y volví a decirle a Luisiño que se pusiera en la primera fila y esta vez aceptó. Yo le caigo bien porque hablo mucho con él durante el recreo y no le riño demasiado. Me hacen gracia sus expresiones, sus travesuras, aunque no puedo demostrárselo. Tiene un vocabulario muy rico, mucho más que sus compañeros de clase. Me extraña porque no le gusta leer y se lo pregunto a su abuela un día que vino a recogerlo. A Luisiño le gusta que yo le cuente cuentos, me dice, y que le lea historias y poesías. Y cuando recibe cartas de sus padres, que emigraron cuando él tenía cuatro años, a él le gusta encerrarse en su cuarto y leerlas a solas. El padre y la madre le cuentan lo que hacen en Suiza, en una ciudad que está al lado de un lago, con montañas cubiertas de nieve casi todo el año, con bosques más grandes que los de la aldea en la que nacieron sus padres y Luisiño. Es una pequeña aldea cerca de Carballo, pero decidieron venirse a Coruña y alquilar un piso en el Agra del Orzán para que el niño, que había nacido muy débil y con problemas en la vista, estuviera cerca de buenos médicos. Por eso decidieron emigrar y dejar al niño al cuidado de la abuela. Viven los dos solos. La abuela, una mujer de unos sesenta años, me contó un día que le pusieron Luis porque al padre le gustaba mucho el fútbol y admiraba a Luis Suárez, el mejor jugador, junto con Fran y Amancio, que ha dado el Deportivo.

A Luisiño los niños, con ese punto de crueldad que suelen tener de vez en cuando, empezaron a llamarle O Chosco, el tuerto en gallego, porque el médico le puso a Luisiño un parche en el ojo izquierdo y lleva con él ya tres años. Al principio se enfadaba mucho y no quería ir al colegio ni salir a la calle, le daba vergüenza, pero gracias a su abuela ahora está encantado y no se lo quiere quitar. Le contó historias de piratas con parche en el ojo que surcaban los mares en busca de tesoros y de aventuras, le contó la mitología de los Cíclopes y de Polifemo, el gigante con un solo ojo en la frente y todo ello le ayudó a admirar a personajes que eran capaces de ser más valientes, más fuertes y de ver más allá que las personas normales. Se sintió diferente, mejor que los niños normales que podían ver con los dos ojos. Tenía suerte, según me contó alguna vez mientras se comía el bocadillo que le había preparado su abuela.

La mirada transparente, distraída, muchas veces ausente, de Lusiño O Chosco, se iluminó un día, iluminó su ojo derecho, cerca ya del fin de curso, cuando las mañanas en el colegio están llenas de luz y de esperanza por la llegada de las vacaciones y las tardes son casi interminables. Yo les leí un poema de Gloria Fuertes titulado En mi cara redondita, que dice así:

En mi cara redondita

tengo ojos y nariz,

y también una boquita

para hablar y para reír.

Con mis ojos veo todo,

con la nariz hago achís,

con mi boca como como

palomitas de maíz.

Y después lo escribí en la pizarra. A todos les hizo mucha gracia, se rieron y disfrutaron con otras poesías de Gloria Fuertes, como La gallinita o El camello cojito. Nunca habían escuchado ni leído cosas parecidas. Les digo, entonces, tenéis que escribir una pequeña poesía sobre vosotros, parecida a la cara redondita, a ver qué se os ocurre.

No recuerdo cómo eran los poemitas que escribieron, aunque seguramente imitarían de manera descarada el que estaba en la pizarra. Sin embargo, el poema de Luisiño, que había mejorado mucho su escritura durante el curso, fue totalmente diferente y el más original, uno de los mejores que escribieron mis centenares de alumnos a lo largo de los años. Era mi primer año de maestro en una escuela que está frente a la casa de mis padres y leyendo el poema que escribió Luisiño comprendí que merecía la pena esa profesión, aunque sólo fuera por conseguir que mis alumnos llegaran a escribir cosas así y sentí que yo era parte de ese pequeño milagro. Repito que no recuerdo la poesía entera, que guardé durante muchos años, pero que se traspapeló y se perdió en los cambios de vivienda, o quizás esté escondida entre los papeles o en medio de alguna carpeta polvorienta que todavía conservo en el trastero. El comienzo decía así:

Yo soy un pirata y un gigante.

Pequeño de estatura, con un ojo grande.

Todo lo veo gracias a mi poder.

Si yo lo quiero nadie me ve.

En la hoja que me entregó Luisiño escribí al final una frase que tampoco se me ha olvidado: “El verso se hizo luz y habitó en tu mirada”. No sé si es la frase de algún poeta, si la había leído o escuchado alguna vez, pero me salió del alma

Una vez acabado el curso, ese mismo verano me fui a Córdoba a hacer el servicio militar y después ya comenzó mi periplo de maestro por Camariñas, Dos Hermanas, Montequinto. He tenido extraordinarios alumnos de los que todavía me acuerdo con cariño y con los que, gracias a las redes sociales, mantengo cierto contacto. Pero Luisiño O Chosco, al que hace más de cuarenta y cinco años que no veo, nunca dejará de estar en mi corazón.

Cíclope Pirata/ Pirate Cyclops | Karim Estefan | Flickr

Senderismo por Chelo

Hacía muchos años que no visitaba Chelo, un lugar, una fraga, área natural que bordea el río Mandeo, muy cerca de Betanzos. Cuando en muchas zonas de España los ríos bajan casi sin agua y los campos amarillean, Chelo parece que se aísla en el espacio y en el tiempo con una exuberancia que apabulla. Robles, chopos, fresnos, alisos, helechos, líquenes, se disputan, centímetro a centímetro,  las márgenes del río. En muchas zonas, los rayos del sol no llegan al suelo y la luz, irreal, se esconde entre tanto verdor.

Mis padres, mi hermano y yo solíamos ir en verano, primero en el 600 y después en el 850. Eran coches que podían recorrer sin dificultad el estrecho camino asfaltado que desciende hasta el Mandeo, por el que ahora, con vehículos bastante más voluminosos, hay que hacer auténticos juegos malabares cuando se cruzan dos coches. Si por casualidad te encuentras con algún camión de los que cargan troncos, hay que rezar a San Cristóbal.

Antes había un merendero en el que comprábamos las bebidas o tomábamos un café. La comida la preparaba mi madre con la clásica tortilla de patatas, filetes empanados, empanada de atún o similar. Mi hermano y yo pasábamos el día bañándonos en las heladas aguas, cerca de la represa que saltaban los salmones para remontar río arriba a desovar. Reconozco que nunca tuve la oportunidad de ver alguno, pero seguro que abundan, según cuentan las crónicas y los pescadores.

En la zona de la represa, la más cercana a los aparcamientos y donde la amplitud y profundidad permite bañarse y nadar con comodidad, hay también mesas y bancos, parrillas para hacer churrasco o sardiñadas. Mis padres preferían espacios más tranquilos y alejados del bullicio, aunque nosotros, unos niños todavía, buscábamos compañía para jugar y demostrar nuestra habilidad en el agua.

Años más tarde, ya adolescente, íbamos amigos y amigas a pasar el día, con tocadiscos portátiles y discos de Los Brincos, Los Beatles o Los Pekenikes. No me extraña que los salmones o las truchas se escondieran. Primeros amores, primeras ilusiones, primeras decepciones que no han dejado huellas ni cicatrices, aunque sí bonitos recuerdos.

De todo eso hablamos mi hermano Rafael y yo mientras recorríamos el sendero izquierdo del Mandeo. Yo llevé mi cámara réflex e intenté recoger tanta belleza, pero es imposible, todavía no domino el secreto de la luz, que se esconde y juega conmigo. Imágenes demasiado claras u oscuras. Sombras, reflejos en el agua, en los troncos de los árboles, en las húmedas hojas de los helechos o en el amarillo verdoso de los líquenes se escapan al objetivo, se me escapan. Pero retengo las imágenes en mi retina y el sonido del agua que salta veloz entre las rocas, entre las raíces sumergidas.

El sendero, un camino pedregoso e irregular en la orilla izquierda del río, invita a detenerse a menudo y contemplar el misterioso juego del agua que se precipita entre pequeñas cascadas y rápidos cuando el cauce se estrecha. Y de pronto, un remanso que incita al baño. La tarde, tibia, pero húmeda, nos hace sudar. Subidas y bajadas, muchas piedras, algún viejo eucalipto fuera de lugar, arroyos y cintas de agua que desembocan en el Mandeo y muchos árboles, muchos helechos. Hay que tener cuidado y pisar bien para no resbalar.

Dejamos a nuestra derecha un puente de hierro y poco más adelante aparecen los restos de un antiguo balneario, dos edificios que casi desaparecen entre la vegetación. Parecen ruinas mayas. Entre ambos, una pequeña fuente de agua sulfurosa, la que se utilizaba en el balneario para los males de la piel y del hígado. Un incendio, en los años cuarenta del siglo pasado, destrozó los edificios y nunca volvieron a funcionar. Dentro de la primera construcción, el sonido del agua y de los pájaros se amortigua, como si entráramos en otra dimensión, a años luz de cualquier lugar habitado o conocido. Nos detenemos unos minutos a descansar y decidimos regresar. Cuando llegamos al puente de hierro nos sentamos con las piernas colgando y, en silencio, contemplamos abortos todo lo que nos rodea. Aprovechamos para reponer líquidos con una bebida reconstituyente y con un poco de chocolate. Yo tengo una camiseta de manga corta y estoy sudando, casi empapado. Cruzamos el puente y regresamos por la otra orilla. Hasta el momento no nos hemos encontrado con nadie y podemos respirar con total libertad, sin mascarillas. Un lujo.

El camino es bastante más cómodo y ancho, apenas presenta dificultades y tardamos menos tiempo que a la ida. Aquí sí que nos cruzamos con otros senderistas y a veces tenemos que volver a taparnos la boca. En un determinado momento comprobamos que hay un desprendimiento de rocas que llega hasta el río causado, seguramente, por las abundantes lluvias del invierno. Hay árboles caídos, ramas y piedras que, por suerte, no han llegado a taponar el cauce.

Casi sin darnos cuenta llegamos al coche. Hora y media de caminata. Chelo nunca decepciona y sigue manteniendo el encanto de lo oculto, de lo misterioso y desconocido. Jamás me cansaré de recorrerlo.

Martes de carnaval

Febrero de 1978. Mañana es miércoles de ceniza por lo que hoy es martes de entroido, martes de carnaval. En Camariñas no suele celebrarse, quizás dentro de unos años, sí. Aquí tiene más tradición la romería de la Virxe do Monte y la Virxe do Carmen. No es festivo, hay que dar clase.

Sefa entra la sala de profesores. Al fondo estamos los más jóvenes, hablando de cualquier cosa, relajándonos después de las dos primeras horas de clase. Sefa se acerca a Javier, su marido y dice, dirigiéndose también a nosotros:

–Te recuerdo, Javier, que hoy es martes de entroido y que no hemos preparado nada. Cuando estudiábamos en Santiago nos disfrazábamos siempre. Todavía no he hecho las filloas ni las orejas.

Yo llevo sólo cuatro meses en Camariñas. Me incorporé a finales de septiembre después de hacer la mili. Soy el más joven, el más inexperto y el más tímido. Espero que nadie haga caso y que la indirecta de Sefa caiga en saco roto. Desde que llegué, Javier, Sefa, Mari Carmen, María Jesús, Arturo, Áurea y yo hemos congeniado y solemos reunirnos muchas tardes en casa de Javier y Sefa, un piso que han comprado en la entrada del pueblo. Allí charlamos de todo, incluso de política, escuchamos música, organizamos excursiones para cuando haga buen tiempo, leemos poesía. Es un grupo de gente, alegre, abierta. He tenido suerte. Desde el salón, la vista del puerto de Camariñas es magnífica. Barcos de pesca grandes y pequeños, barcas para navegar por la ría, algún velero fondeado durante unos días. Hay una pequeña zona de arena, sin llegar a ser playa, en la parte más cercana. Allí se ven varadas siempre tres o cuatro barcas, alguna de ellas inutilizada para salir a la mar.

–Ya –dice Javier– pero es que aquí nadie se disfraza, mientras que, en Santiago, sobre todo cuando estudiábamos, hacíamos hasta concursos. Y muchas veces ganábamos nosotros. Pero aquí haríamos el ridículo.

Sefa está comiendo un poco de fruta que ha sacado del bolso. Tiene esa costumbre durante el recreo. Es una muchacha alta, de pelo rubio recogido siempre en una trenza, con un rostro serio que se ilumina cuando sonríe o suelta una carcajada que nos asusta por ser siempre intempestiva. Hace un par de semanas nos enteramos de que está embarazada, pero todavía no se le nota. Javier es ligeramente más bajo que ella, el rostro redondo y con una ligera barba muy cuidada, a diferencia de la mía, que no sé cómo recortarla bien. Desde que llegué del servicio militar no me he afeitado. Una costumbre muy propia de aquella época, casi todos los que regresábamos de la mili estábamos un tiempo sin cortarnos el pelo ni la barba.

–Pues a mí me apetece disfrazarme hoy –dice Sefa, con un ligero mohín y con un tono más bien caprichoso.

–Ea, la embarazada empieza con los antojos –dice Arturo, el mayor de todos–. Tendréis que disfrazaros, Javier, no vaya a salir el niño o la niña con una mancha en forma de careta de peliqueiro. Arturo es el más alto, con una gran melena y una barba que le llega casi hasta la cintura. Según me dijo una vez, toca la guitarra en un grupo de rock en su pueblo de la costa de Lugo. También es un gran bebedor de todo lo que lleve alcohol, no le hace ascos a nada. Por su culpa casi me convierto en un alcohólico en los tres años que pasé en Camariñas.

Javier nos mira compungido, esperando que los demás lo apoyemos. Mari Carmen, que da clase en 7º de EGB y que también es la que ensaya el teatro con los niños para el festival de fin curso, dice entre risas:

–Esta noche nos disfrazamos todos. María Jesús y yo nos encargamos de los disfraces, que tenemos experiencia con el teatro. Con un poco de ropa vieja, unas sábanas, unas bolsas de basura, unas escobas, unas cartulinas y maquillaje, en un par de horas, cuando salgamos de clase por la tarde, lo preparamos todo. Si alguno tiene interés en algún personaje concreto, que lo diga. Y si no, improvisamos, que es mejor.

Yo no digo nada. Estoy buscando una disculpa para no participar. Bastante tiempo estuve disfrazado durante trece meses, con ropa color caqui, para tener que volver a beber de ese cáliz. Cuando estaba a punto de decir que tenía mucho trabajo, muchos cuadernos que corregir, muchas clases que preparar, que me dolía la cabeza o cualquier otra excusa, Arturo, dándome un codazo, dice:

–José Manuel y yo nos queremos disfrazar de curas. Yo estudié en el seminario todo el bachillerato y José Manuel me dijo el otro día que había sido catequista, así que ese papel nos viene que ni pintado.

Me giro hacia él y le digo aterrado:

–¿Estás loco, Arturo? ¿Y de dónde vamos a sacar las sotanas?

–De curas no, pero de Papa es muy fácil –dice Mari Carmen, que ya está haciendo diseños en un folio.

Siempre admiré su capacidad y su imaginación para dibujar, para confeccionar disfraces, para decorar el escenario con muy pocos materiales. Los demás se ponen detrás de ella para ver qué es lo que está dibujando. Yo no me atrevo. Me levanto y salgo al patio de recreo.

Nunca me he disfrazado, ni en carnaval ni en ninguna representación teatral. Nunca participé en obra de teatro alguna, ni me atreví a subirme a ningún escenario. Cuando era estudiante y tenía que salir a la pizarra para resolver algún problema o contestar al profesor, me bloqueaba, empezaba a sudar, a tartamudear y terminaba diciendo cualquier tontería. Lo que más me costó durante el año de prácticas de Magisterio fue ponerme delante de los niños y explicar el tema que me proponían o que me tocaba. Con el tiempo fui cambiando, pero los primeros años de maestro fueron un sufrimiento. Menos mal que los cuatro o cinco primeros cursos di clase a niños pequeños, de primero a cuarto de primaria. En esas edades me encontraba a gusto, era capaz de ponerme a su altura, les contaba cuentos, historias y dejaba correr la imaginación para explicar cualquier tema de lengua, de matemáticas o de sociales. Eso no me costaba ningún trabajo. Después ya fue todo coser y cantar. Pero en esa época, en Camariñas, apenas intervenía en los claustros y sólo era capaz de hablar en los círculos más íntimos de amigos. Con las mujeres era todavía peor. Como ellas no tomaran la iniciativa, yo era incapaz.

Tocó la sirena para regresar a clase. Cada profesor tiene una zona donde esperar a los niños de su clase, que se colocan en fila perfectamente alineados para entrar cuando el director lo diga. Peor que en la mili. Años después eso será una utopía, cada niño entrará en el aula dando empujones. La clase de Arturo y la mía están juntas y las filas también. Mientras esperamos a que se dé la orden para entrar, Arturo me dice:

–Hemos quedado en casa de Javier y Sefa a las seis, que nos invitan a merendar. Después, entre todos, hacemos los disfraces. Cuando sean las nueve o las diez, depende, nos vamos a ir en dos coches hasta la playa do Lago. Allí podremos cenar cualquier cosa, escuchar música, cantar. Javier ha convencido a los demás para no salir aquí en el pueblo, porque unos maestros que encima tienen fama de juerguistas no deberían dar la nota disfrazados por las calles, así que sólo vamos a vernos nosotros.

Menos mal, pienso. Por lo menos no haremos el ridículo. Sólo de imaginarme la cara de la señora Carmen, la del sargento, la de las madres que nos vieran por la calle o las de cualquier compañero del colegio, me pongo enfermo.

Pasan las horas en el colegio muy lentamente. Los niños me notan distraído y aprovechan para hablar más de la cuenta o para levantarse sin permiso. Se tiran papeles, hacen ruido con las sillas. De vez en cuando les llamo la atención, pero tengo la cabeza en otro sitio. Me entran sudores sólo de pensar que alguien nos vea. O que mis amigos me vean. Siempre he tenido miedo al ridículo. Bueno, hace años que ya me importa menos lo que piensen los demás, pero en aquella época, con 22 años, yo era una persona muy diferente.

Y llegaron las seis de la tarde, la hora fatídica. Arturo y yo, que tenemos una habitación cada uno en la pensión de la señora Carmen, nos acercamos en su coche hasta la puerta de la casa, a pesar de que está a poco más de cien metros. Por la noche, cuando salgamos disfrazados, María Jesús y yo vamos a ir con él, Mari Carmen, Áurea, Sefa y Javier en el otro coche. Viven en el segundo piso. El panadero está en la puerta de la casa y nos da las buenas tardes. Es el dueño de todo el edificio, un bajo donde está la panadería, el primero, donde viven el panadero, su mujer y dos hijas y el segundo, donde viven Javier y Sefa.

Cuando llegamos Arturo y yo, ya están todos los demás en faena. Sefa en la cocina haciendo filloas, orejas y café, ayudada por Áurea. Los otros están en el salón, rodeados de sábanas viejas, cartulinas recortadas, pegamento, lanas de distintos colores, tijeras… Mari Carmen, María Jesús y Javier están recortando unas sábanas que, según dice Javier, son viejas y nada más que iban a servir para hacer trapos. Los demás nos ponemos a recortar cartulinas según los diseños que ha dibujado Mari Carmen. No me caracterizo por mi habilidad, pero como sólo hay que seguir las líneas dibujadas, eso sí que soy capaz de hacerlo sin salirme. Apruebo.

Sefa y Áurea, una maestra regordita y pecosa a la que le gusta mucho la cocina, se acercan con un par de bandejas. Dulces, café, leche y colacao sirven para hacer un alto y tomar fuerzas. Las filloas y las orejas están muy buenas y el café muy cargado, para que podamos aguantar por la noche. Antes de que sea más tarde, Arturo y yo nos acercamos al bar del paseo para que nos hagan unos bocadillos y compramos también un poco de empanada, queso, chorizo, vino, cervezas…. Tenemos que cenar bien en la playa y meternos calorías para el cuerpo, que hará mucho frío y, sobre todo, humedad. Menos mal que hace un par de días que no llueve.

Cerca de las nueve ya está todo terminado. Me parece increíble haber sido capaces de hacer siete disfraces en un par de horas. Arturo y yo, con sábanas, unas cuerdas como cíngulos, unas cartulinas en la cabeza simulando tiaras y los palos de escobas como báculos, somos la perfecta representación del Papa Pablo VI. Por cierto, ese año 1978 fue el año de los tres papas: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. No sé si nuestros disfraces fueron una premonición o una maldición. Prefiero no saberlo

Javier y Sefa, para complementar nuestros disfraces, se vistieron de monjas. Los hábitos estaban hechos con bolsas de basura y las tocas con trozos de sábana y cartulinas. Mari Carmen, María Jesús y Áurea, de fantasmas de la Santa Compaña, con velas y cadenas hechas de bolas con cartulina negra, cuerdas y bolsas de basura. No sé cuántas sábanas se cortaron ese día, pero me parece que el ajuar de Sefa y Javier menguó bastante. Todavía no puedo comprender cómo nos pudimos disfrazar en tan poco tiempo.

Llegó la hora de la verdad. Como buen Papa, yo rezaba a todos los santos y vírgenes para que nos viera nadie. Era noche cerrada. Los dos coches estaban aparcados delante de la puerta. Como el edificio estaba relativamente alejado del centro del pueblo y era la hora de la cena, tuve suerte, aunque los demás formaban bastante jaleo. Los fantasmas ululando, y los demás rezando en voz alta el rosario en latín, como era menester para evitar que la Santa Compaña nos llevara al inframundo o a recorrer la Tierra durante las noches.

Por suerte, nadie nos vio, o eso creo. Una vez en los coches, respiré aliviado. Cruzamos Xaviña, Ponte do Porto pasando sobre el río Grande y cogimos por la carretera que bordea la ría frente a Camariñas. Era una noche relativamente clara, con una luna en cuarto creciente y algunas estrellas. Hacía frío. La carretera, solitaria, bordeada de pinos y eucaliptos. A la derecha se adivina la ría. Arturo ha puesto en el radiocasete del coche música de los Beatles. María Jesús protesta, quiere escuchar a Fuxan os Ventos, pero Arturo se niega. María Jesús está casada, su marido es profesor de instituto en un pueblo de Orense y se ven todos los fines de semana en Santiago, donde viven habitualmente. Es una muchacha menuda, delgada, con una nariz aguileña que le da un gran carácter a su rostro. Siempre habla de política, es militante del Movimiento Comunista y nos intenta concienciar sobre la lucha de clases. La mayor parte de nosotros está en otra onda, más nacionalista.

En algo menos de media hora estábamos,  ya en la Playa do Lago. La playa es una de las más bonitas de la Costa da Morte, con una arena muy fina y los pinos llegando casi hasta la orilla. Allí desemboca el río Lago, formando un pequeño meandro que se ensancha al subir la marea. Cuando llegue el buen tiempo iremos casi todas las tardes a darnos un chapuzón. Desde allí se ve perfectamente el pueblo de Camariñas, una línea de luces al otro lado de la ría. En un extremo de la playa hay un pequeño faro cuya luz destellea acompasadamente, dos destellos largos.

Bajamos de los coches cerca de las once de la noche y lo primero que hacemos es cenar. Estamos muertos de hambre. Primero terminamos los bocadillos y después dimos buena cuenta de empanada, queso, chorizo y unos chicharrones que a última hora trajo Sefa. Está en todo. No sé cuánto bebimos, pero tuvo que ser mucho. Y entonces empezamos a cantar “A saya da Carolina” a voz en grito. Monjas, papas y fantasmas girando cogidos de la mano en círculo, con dos o tres velas encendidas en medio. Si alguien nos hubiera visto en esos momentos hubiera huido despavorido, pero estamos en medio de la nada, no hay un alma en kilómetros a la redonda. Quizás nos escuchen enfrente o en algún barco que haya salido a pescar. Después siguieron otras canciones y música instrumental de Milladoiro. Sefa paró a descansar muy pronto, pero los demás continuamos sin freno. Yo ya no me acordaba de mi timidez y era el que más alto cantaba y el que daba los saltos más grandes.

Pero todo acabó de golpe. En plena fiesta de saltos, gritos y música, dos potentes luces nos deslumbraron y la voz de alguien que hablaba por un megáfono cortó en seco nuestra alegría:

–Hagan el favor de callarse y acercarse. Somos la guardia civil de Muxía.

Bastó esa simple frase para que la alegría y el jolgorio cesaran. Todos nos fuimos acercando a las luces, que salían de un Land Rover verde aparcado en una pequeña elevación entre los pinos. María Jesús era la que abría el grupo, rezongando sobre la falta de libertad, sobre la dictadura, sobre la represión, y yo el que lo cerraba, muerto de miedo y de vergüenza. Formábamos una pandilla que, ahora lo pienso, era muy sospechosa. Playa gallega, de noche, atuendos bastante inapropiados por no decir ridículos, medio borrachos, época de contrabando de tabaco… Como para meternos en la cárcel sin preguntar y sin juicio. Todavía no se había aprobado la Constitución, faltaban unos meses, así que estaban vigentes las leyes franquistas. Yo me veía torturado en una celda, condenado por escándalo público, expedientado y apartado de la carrera, como mi abuelo, pero con mucha menos dignidad. Tiritaba de frío, el alcohol se había evaporado de golpe y notaba que se me estaba descomponiendo el vientre.

Llegamos hasta el coche y vimos que en realidad eran dos vehículos y cuatro guardias armados de metralletas. Lo primero que hicieron fue pedirnos la documentación. Menos mal que todos la llevábamos encima. Mientras la revisaban, María Jesús, Javier y Sefa les explicaban quiénes éramos, dónde trabajábamos y qué era lo que estábamos haciendo. Sin decirnos una palabra, uno de los guardias se metió en el Land Rover y comenzó a hablar por radio con alguien. Al poco rato, más sonriente, nos devolvió los DNI y nos tranquilizó. Había contactado con el puesto de la guardia civil de Camariñas y el sargento, al que yo conocía porque comía en la misma pensión que yo, les había confirmado quiénes éramos.

–Haced el favor de no venir otra vez de noche por aquí –nos dijo–. En esta zona se producen desembarcos de tabaco y nosotros patrullamos para detener a los contrabandistas, así que también puede ser peligroso para vosotros si, por casualidad, coincidís con ellos.

Dando las gracias y pidiendo disculpas, incluida la comunista María Jesús, nos despedimos y regresamos a los coches. No paramos de hablar en todo el camino, comentando todo lo ocurrido, riéndonos a carcajadas cuando nos mirábamos y veíamos las pintas que llevábamos, dos papas y una fantasma. Llegamos a Camariñas sobre las dos o tres de la madrugada y subimos al piso. No había un alma en el pueblo, menos mal. Intentando no hacer demasiado ruido empezamos a cambiarnos, pero las carcajadas de Sefa nos contagiaron y el resto de la noche siguió entre risas, humo de tabaco y cubatas. Mañana sería otro día.

No pegamos ojo y cuando llegó la hora de ir a trabajar, casi todos teníamos dolor de cabeza y mal cuerpo, pero cumplimos nuestro deber con total profesionalidad, creo. No sé si alguno de los maestros notó algo raro, pero en la sala de profesores, las carcajadas de Sefa sonaron como nunca.

Una noche de carnaval inolvidable mágica e irrepetible. Una pena que en aquella época no hubiera móviles para hacernos selfis, ni Instagram. Hubiéramos sido trending topic, seguro.

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El Quijote y la misa

Don Quijote de La Mancha | Don quijote dibujo, Frases de don quijote,  Quijote de la mancha

Hace ya mucho tiempo que C no sale de casa para escuchar misa en la parroquia. Mejor dicho, hace ya mucho tiempo que C no sale de casa. No es que padezca agorafobia, trastorno de la personalidad, reniegue de las relaciones sociales ni nada por el estilo, pero parece que la actual situación la ha paralizado, rechaza todo aquello que suponga pisar la calle. Desde el mes de octubre, se pueden contar con los dedos de una mano las veces que ha salido. Antes de que empezara la pandemia, teníamos la costumbre de acercarnos hasta el centro de la ciudad dando un largo paseo. Avenida Ramón y Cajal, la Enramadilla, el Prado de San Sebastián, calle San Fernando, avenida de la Constitución, Plaza Nueva y calle Tetuán hasta llegar a la Iglesia del Santo Ángel. Era un paseo agradable, aprovechando que las mañanas de domingo en Sevilla suelen ser muy luminosas, incluso cuando está el cielo cubierto o llueve. Es una luz que pinta las casas y las calles, los jardines y los parques con una paleta de colores muy definidos y reconocibles, diferentes a otros lugares. Mientras que en Coruña, mi otra ciudad, en esta época las líneas y las formas se difuminan como si mirásemos a través de un velo que suavizara los objetos o se fundieran en un abrazo, en Sevilla cada cosa se distingue con nitidez, se individualiza, se destaca de los otros y brilla con luz propia. Son dos paletas de colores distintas, cada una con su belleza, con su encanto, las dos admirables. C entraba en la iglesia y yo aprovechaba para dar un paseo o sentarme en una terraza a tomar un café y leer el periódico. Y cuando terminaba la misa, yo la recogía y nos íbamos al Salvador o a cualquiera de las muchas tabernas que hay en Sevilla a beber un vino o una cerveza. La mayoría de las veces terminábamos comiendo con un par de tapas y regresábamos a casa caminando o cogiendo el tranvía.

Pero todo eso terminó cuando la pandemia cambió nuestra forma de vivir. C no quiere entrar en una iglesia por muchas restricciones, medidas de seguridad, distancia, gel y mascarillas que se utilicen. No se fía ni siquiera de andar al aire libre por un parque solitario, así que, desde entonces, a pesar de que ya no estamos confinados desde hace muchos meses, C decidió no ir a misa, quedarse en casa y verla por televisión. Así que suelo quedarme sentado en el salón leyendo mientras ella ve y escucha la misa. Sigue la liturgia realizando todos los ritos establecidos: se levanta, se sienta, se persigna y reza cuando es menester. A mí no me molesta. De vez en cuando levanto la vista del libro y me fijo en lo que emite la televisión. La misa se retransmite cada día desde lugares diferentes. Hoy se celebra el Día de la Inmaculada Concepción y la televisión pública se ha desplazado hasta un pueblo de la provincia de Toledo. No me he fijado en el nombre, pero compruebo que la iglesia es amplia, de paredes blancas, con una nave central y dos naves laterales. Las columnas son rectangulares y se unen mediante arcos de medio punto. Está decorada con austeridad, apenas se ven imágenes, aunque el retablo que la preside destaca por su color dorado, cuatro o cinco santos y una virgen con un niño en brazos. Parece que se respetan las medidas de seguridad establecidas por el gobierno, sólo dos personas en cada banco. En total debe haber unos cincuenta fieles en la iglesia, pero me llama la atención el número tan grande que puebla el altar mayor, doce, entre sacerdotes, diáconos y monaguillos, todos con mascarilla, pero sin mantener ni la más mínima distancia social. Mal ejemplo.

Es una misa concelebrada y cantada. Los sacerdotes visten casulla de color azul celeste, como corresponde a tan señalado día. Hay un coro en el lateral con instrumentos de cuerda y de percusión. Cuando entran los celebrantes, precedidos por una nube de incienso que sale del incensario que mueve el diácono, el coro comienza a cantar. Esto va para largo, me digo, así que abro el Quijote que comencé a leer hace una semana. Este Quijote es la versión traducida al castellano actual por Andrés Trapiello. Después de haber leído las primeras páginas llego a la conclusión de que si nuestros estudiantes se hubieran acercado al Quijote en esta versión, el número de lectores se habría multiplicado, porque reconozco la dificultad de leer el libro en un castellano del siglo XVII, más alejado del nuestro de lo que se cree. Deslizo la vista por el comienzo del capítulo XXV, aquel en que Don Quijote, a imitación de Amadís de Gaula, comienza a realizar la penitencia que él mismo se ha impuesto.

Este es el lugar, oh cielos, que destino y escojo para llorar la desventura en que vosotros mismos me habéis puesto. Este es el sitio donde el humor de mis ojos acrecentará las aguas de este pequeño arroyo, y mis continuos y profundos suspiros moverán sin cesar las hojas de estos montaraces árboles, en testimonio y señal de la pena que padece mi asendereado corazón.

Continúo leyendo y admirándome del dominio, de la precisión, del humor, del lenguaje de Cervantes, cuando levanto la vista y compruebo que el diácono está leyendo una epístola. En este momento viene a mi memoria un pasado ya lejano, cuando durante un año mis amigos y yo nos hicimos catequistas. Don José, el párroco de San Antonio, me conocía por haber estudiado yo en el Ventorrillo, donde él decía misa y muchas veces yo le ayudaba de monaguillo porque la señorita Lola, la directora, me había recomendado por mi buen comportamiento. Muchos años después, la señorita Lola fue mi compañera de claustro en Camariñas (alguna vez debería escribir algo sobre mi paso por las escuelas del Ventorrillo y mis experiencias en Camariñas, que fueron muchas y muy variadas, pero no sé si me atreveré, porque algunas anécdotas no son para ser contadas ni para ser leídas por personas decentes y de buenas costumbres). Las misas se decían en latín y a mí me gustaba ser protagonista, estar en el altar y que viera todo el mundo lo bien que tocaba la campanilla cuando el sacerdote levantaba la hostia y lo bien que lo acompañaba durante toda la ceremonia. Por eso, cuando el Jueves Santo se realizaba el lavatorio de pies, yo era el primero en apuntarme de voluntario. Los actos litúrgicos de la Semana Santa se celebraban en el patio del colegio y asistían todos los alumnos y sus padres. Era un auténtico espectáculo y yo no cabía en mí de orgullo, sentado en primera fila y siendo observado por cientos de personas mientras don José nos lavaba los pies. Años después, cuando ya estaba estudiando primero o segundo de magisterio, el sacerdote se dirigió a mí al final de la misa, porque entonces yo iba todos los domingos y fiestas de guardar, no como ahora, que sólo voy a entierros, funerales, bodas o bautizos, quién me ha visto y quién me ve, y me planteó la posibilidad de que me hiciera catequista. Yo había sido un buen feligrés, un buen alumno y, encima, estudiaba magisterio. Tenía todas las papeletas para no negarme. Y así fue. JA, J, F y yo nos hicimos catequistas, yo por compromiso con Don José y los demás porque había unas chicas catequistas que eran guapas y simpáticas. Como se comprenderá, esto último también jugó a favor de que yo me decidiera. Nos dieron una breve charla, un pequeño libro y durante aquel año dedicábamos un día a la semana a enseñar los preceptos del cristianismo. Yo seguía poco el libro, y más bien me dedicaba a charlar con los niños, a contarles cuentos sobre historia sagrada, que es muy jugosa y poco más. Pero lo que más nos gustaba eran las reuniones y los guateques que celebrábamos una vez terminadas las charlas. Aquí lo dejo.

Sigo con mi lectura del Quijote. En esa página, El Caballero de la Triste Figura está diciéndole a Sancho quién era Dulcinea del Toboso y la sorpresa que se llevó el escudero cuando supo que era en realidad Aldonza Lorenzo, a la que describe, en contra de las perfecciones que se figura D. Quijote, como una campesina fuerte y decidida.

La conozco bien, dijo Sancho, y sé decir que lanza el fierro en el juego de la barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador que es moza con arrestos, hecha y derecha y de pelo en pecho!

Vuelvo a dejar la lectura y escucho con atención el canto en latín que hace el coro. La directora es extranjera, polaca quizás, y lo hace muy bien. En el altar, ni distancia social ni nada por el estilo. Sacerdotes, diáconos y monaguillos campan a sus anchas, Illa y Fernando Simón se deben estar haciendo cruces, nunca mejor dicho. Pero el movimiento acompasado de los oficiantes, las genuflexiones, las bendiciones, las palabras de los concelebrantes, el cántico de los sacerdotes y de los fieles, el movimiento del incensario, todo como si estuviera perfectamente ensayado, me hipnotiza y no puedo dejar de mirar. Cierro el libro por unos instantes. Y aquí me vuelve a venir a la memoria una anécdota que me contaron alguna vez pero que yo no he leído. Según parece, durante la República, Azaña o algún otro ministro, fue invitado a unirse a la masonería y él aceptó. Cuando se produjo el acto de iniciación, una especie de bautismo mediante el que la persona se convierte en francmasón, con una serie de ritos que podrían asemejarse de algún modo a los rituales cristianos, le preguntaron al final que qué le había parecido y él contestó: “Prefiero una misa” y no volvió a asistir nunca más a las reuniones. Vuelvo al Quijote porque a la misa todavía le queda todavía un buen rato.

En el capítulo XXVI, Sancho deja a D. Quijote con su penitencia y se apresta a llevar la carta que le ha dado su amo para llevársela a su amada, al pueblo del Toboso. Llega a la venta donde había sido manteado y se encuentra con el cura y el barbero, que lo convencen para volver a buscar a D. Quijote y hacerle regresar a su casa con una estratagema. Es un capítulo corto y paso al XXVII, donde los tres personajes se encuentran con Cardenio, que está recitando sus famosos versos:

¿Quién menoscaba mis bienes?

Desdenes.

Y ¿quién aumenta mis duelos?

Los celos.

Y ¿quién prueba mi paciencia?

Ausencia.

De ese modo, en mi dolencia

ningún remedio se alcanza,

pues me matan la esperanza

desdenes, celos y ausencia.

Me sumerjo en la lectura y dejo de mirar la televisión. Cardenio cuenta al cura, al barbero y a Sancho su desventura, el engaño del que fue objeto por parte de Fernando, que mediante mentiras fue capaz de convencer a Cardenio de que se alejara de su pueblo mientras él se dedicaba a seducir a su amada Luscinda, casándose con ella y sumiendo en la desesperación y la desdicha al joven enamorado, que, casi enloquecido, fue a parar a lo más profundo del bosque en Sierra Morena.

Cuando estoy a punto de terminar ese capítulo, compruebo que la misa ya ha finalizado, que C se ha levantado para trastear en la cocina y que el día está muy bueno para salir a dar un paseo, por lo que cierro el libro y aprovecho para concluir yo también porque, como diría Sancho “Lo poco agrada y lo mucho cansa”.

De José Manuel 1 a Xosé Manoel 23742

A veces las calculadoras sirven para algo más que para realizar operaciones aritméticas. Hace poco me enteré de que una de las funciones de la calculadora de Windows permite establecer qué día de la semana era en una fecha determinada o cuántos días han transcurrido desde que nací hasta el día de hoy. Soy curioso por naturaleza, así que abrí la calculadora y la correspondiente función y ahí estaba: el 9 de mayo de 1955 era lunes y desde aquella fecha hasta hoy, que cumplo 65 años, han pasado 23.742 días. Apenas una milésima de micra en la línea del tiempo del universo desde el big bang, pero miles de momentos en mi pequeña línea del tiempo.

Estuve tentado de escribir una larga reflexión rememorando los sucesos, alegres unos, tristes otros, que jalonan mi vida, pero es una tarea absurda que no le interesa a nadie, ni siquiera a mí. Entre otras cosas porque soy enemigo de la nostalgia y el recuerdo se tiñe demasiadas veces de esa, para mí, perniciosa emoción. La vida se trenza y se destrenza en un continuo fluir de instantes, la mayor parte de los cuales se sumergen en recónditos lugares de la memoria que, de vez en cuando, vuelven salir a la superficie sin saber bien por qué. Así que sólo haré una pequeña referencia a algunos hechos que hoy me gusta recordar.

Nací a media tarde en el segundo piso del número 10 de la calle San Isidoro, en La Coruña, un lunes 9 de mayo del año 1955. Mi madre no recuerda si hacía buen tiempo, aunque seguramente llovía, porque en aquella época solía llover desde el uno de septiembre hasta el treinta de junio, con pequeños intervalos de buen tiempo. Ahora apenas llueve en mayo y cuando lo hace ya no es como antes, una lluvia mansa que empapaba la tierra y la cubría de charcas que servían de juegos a los niños. Los niños ya no juegan en las calles ni hay charcos ni llueve tanto ni hay tanta luz, aunque antes el cielo estuviera cubierto de nubes o las calles apenas estuvieran iluminadas con farolas.

Nueve años viviendo en esa calle que estaba a medio hacer, con grandes descampados y pocas casas, con amigos con los que nos pegábamos un día y reíamos al siguiente, como si nada hubiera pasado. Eso era, esa es, la auténtica amistad. Antes de examinarme de ingreso, con 9 años, una nefritis. Varios meses en cama, con una dieta durísima, sin poder salir a la calle. Allí leí centenares de tebeos, varias decenas de revistas de Selecciones del Reader Digest (hace unos días, Victoria y José Enrique me sorprendieron con un tomo de esas revistas del año 1961); me enganché al transistor, un Toshiba que mi tío Arcadio había traído de Brasil y aprendí a apreciar el tiempo, cosa que un niño de esa edad apenas sabe que existe. Después, una vez curado, nos fuimos unos meses al lugar de Casablanca, un pequeño y alegre oasis entre vías de tren y frente a la playa de Lazareto. Mi madre y mis abuelas oreaban las sábanas en la hierba, sujetas con piedras para que no volaran. Mi hermano, mi padre y yo íbamos muchas veces a la playa para recoger entre las rocas minchas, mejillones, lapas y erizos que después se cocían por la noche.

Un año viviendo en Madrid, en el Paseo de los Castellanos de Carabanchel Bajo. Recuerdo pocas cosas, pero no se me olvida la primera vez que subí al metro, una auténtica aventura. Después regreso a Coruña, primero a la avenida de Finisterre y después a Monasterio de Caaveiro, un trasiego de calles y barrios que me permitieron ampliar horizontes y amistades. Los años del Instituto Masculino, de Magisterio en la Normal, de escapadas para ver entrenar al Deportivo, el equipo ascensor que se aburría de estar siempre en la misma división, un año en primera y otro en segunda. En 1977 cambio de nombre aprovechando una modificación de la ley: de José Manuel a Xosé Manoel. Era mi época rebelde, nacionalista, reivindicativa. No es que ahora no lo sea, pero tamizada y amortiguada por el tiempo, por la experiencia.

El servicio militar en Córdoba y Sevilla, el noviazgo entre Aroche y Camariñas, el traslado a Andalucía, el matrimonio en julio de 1981. El nacimiento de Carmen una fría tarde de febrero. El médico me la entregó en un pasillo de la clínica. Yo no sabía cómo mantenerla entre los brazos ni qué hacer con aquel pedacito de vida. La llamada telefónica el 22 de enero de 1988, la voz temblorosa comunicando la noticia más triste, el viaje precipitado a Coruña, la angustia y el enfrentamiento terrible con la muerte de un ser querido, enfermo en plena juventud, cariñoso, al que siempre echaré de menos y del que nunca me olvido. El nacimiento de Santiago el mismo día de mi cumpleaños, el mejor regalo que uno pueda imaginar. El trabajo, los viajes, la jubilación. Familiares y Amigos de la infancia, de la adolescencia, de la juventud y de la edad adulta, estos que, con la complicidad de mi mujer y de mis hijos han montado un vídeo precioso que me ha hecho un nudo en la garganta.

Cientos, miles de anécdotas, todas alegres y dignas de ser contadas. Las tristes no merecen la pena, rascar las heridas es absurdo porque así siempre están sangrando y nunca se curan. ¡Cómo condensar esto si no es a través de miles de páginas! Pero no merece la pena. Para qué, si el pasado ya pasó y hay que dejarlo en paz. Si puedo sacar alguna buena lección, está bien, pero si no, lo olvido ya que nada gano recordando mis amarguras de ayer. En cuanto al futuro, también hay que dejarlo en paz porque siempre está por llegar.

Hace un año, Santiago y yo celebramos nuestro cumpleaños en la caseta de feria. Era un caluroso jueves del mes de mayo, bullicioso, muy alegre. Comimos en la caseta y se organizó una sorpresa para mi hijo, que cumplía 30 años: amigos y amigas que llegaron de muchos lugares de España y de Italia. Otro de esos momentos inolvidables, como todos los nueve de mayo, padre e hijo soplando las velas.

Como inolvidable será este comienzo de año 2020 y esta atípica celebración de hoy. Un sábado de mayo de calles silenciosas, casi vacías, el regalo que con grandes peripecias me envía José Antonio desde su confinamiento en Ponferrada. Fiesta a distancia con Santiago, él en Madrid y nosotros en Sevilla, comiéndonos una tarta y después disfrutando del vídeo en el que tantos habéis participado. Recordaremos el año y la fecha: ¿te acuerdas de la pandemia del 2020? ¿dónde estábamos? ¿qué hicimos? ¿cómo pasamos el 9 de mayo? Mascarillas, distanciamiento, higiene de manos, confinamiento, fases de desescalada… Anécdotas para contar a los nietos que algún día espero tener y que deseo que nunca pasen por una experiencia similar. Batallitas del abuelo. Hoy, 23742 días después, aquel recién nacido, hoy adulto agradecido, mira sin añoranza el tiempo pasado y confía en el futuro. Porque lo único que tengo, lo único que tenemos todos, es el día de hoy, una vida entera en miniatura. Veintitrés mil setecientas cuarenta y dos vidas condensadas en una sola, en la del nueve de mayo de dos mil veinte. Gracias.

Los estudiantes responden con memes ante la suspensión de las ...

 

La calle donde nací

Domingo por la mañana. Estoy tendido en la cama mientras contemplo cómo la luz penetra por las rendijas de la persiana y las motas de polvo revolotean en la habitación. Me levanto y me desperezo. Abro la puerta del salón, salgo a la terraza y compruebo que la avenida está solitaria, sin tráfico y que las aceras están vacías, apenas alguien que pasea con el perro o un corredor despistado que quiere quemar las calorías del fin de semana. En el ambiente no se respira otoño y la naturaleza se desespera esperando una lluvia que no llega. Apenas recuerdo ya el olor de la tierra mojada, el color de las nubes cargadas de agua, el frescor de las primeras horas del día. Me apoyo en la barandilla y miro los árboles, las casas y el patio de una urbanización que hay enfrente. Un par de cotorras, que estaban posadas en el árbol cuyas ramas casi tocan la terraza, salen volando con gritos estruendosos. Hace unos años estas aves sólo se veían en los documentales sobre la naturaleza, pero ahora están invadiendo las grandes ciudades. En este instante la memoria, siempre tan juguetona, me trae un recuerdo de la infancia. Es un gran misterio el mecanismo de la memoria. Un sonido, un color, un olor, una mirada, cualquier pequeño detalle, hacen detonar como una explosión momentos que estaban al acecho en cualquier recóndito lugar del cerebro.

—José Manuel ¿vas a ir a casa de la madrina antes o después de misa? Hoy tienes que llevarte a tu hermano, que hoy tenemos muchas cosas que hacer y no podemos estar pendientes de él.

Escucho la voz de mi madre, que habla desde la cocina. Mi hermano y yo estamos asomados al balcón de la calle San Isidoro, en Coruña. Mi abuela Florentina está cosiendo en el salón. Vivimos de alquiler en la segunda planta de un pequeño edificio sin ascensor. Es un piso no muy grande. Recuerdo que al entrar está el pasillo, a la izquierda el cuarto de baño, la cocina y una habitación; a la derecha dos habitaciones y el salón que también hace las veces de comedor. En el salón hay una puerta corredera que da a una habitación interior y otra puerta que se abre al pequeño balcón que da a la calle. El edificio tiene cuatro plantas sin ascensor. No recuerdo quién vive encima de nosotros pero sí me acuerdo de que en el primer piso viven una mujer mayor y su sobrina soltera. Las dos suben a menudo a casa y mi hermano y yo, cuando las oímos, nos escondemos para que no nos besen con sus enormes labios pintados, que nos dejan marcas rojas y pegajosas en la cara. En la planta baja vive un matrimonio con una hija mayor y un niño de mi edad, Amancito, uno de mis mejores amigos.

Rafael y yo estamos mirando el descampado que se ve desde nuestra casa, lleno de charcos donde chapotean ya nuestros amigos, que están jugando con un perro callejero. Más que jugar lo están maltratando, le quieren poner una cuerda en cuyo extremo han atado una gran piedra. Pero el perro, al principio confiado y juguetón, seguramente por instinto o por haber vivido situaciones similares, sale corriendo y se pierde por la calle San Sebastián. Uno de los niños es Amancito, el más travieso de la calle, que siempre está inventando trastadas y por culpa del cual estamos casi siempre castigados. Él nos mira desde abajo y nos hace una seña para que bajemos. Yo le digo que se espere un poco. Quiero terminar de leer un tebeo que compré la semana pasada con parte de la paga que nos da todos los domingos la madrina. Amancito se murió unos días antes de que hiciéramos la primera comunión. Lo amortajaron con el traje de marinero que se hubiera puesto y que hacía juego con el pequeño ataúd blanco, que yo contemplé con una mezcla de temor y de curiosidad. Sus padres, cuando vieron que yo llegaba acompañando a los míos, que querían darles el pésame, se levantaron de las sillas que ocupaban al lado del féretro, me cogieron de la mano y me llevaron a ver la carita de Amancito, que parecía dormido bajo el cristal. La madre se sentó al lado del féretro y me sentó sobre sus rodillas mientras me acariciaba el pelo. Sé que me dijo unas palabras al oído, pero no las recuerdo.

Cuando escucho la voz de mi madre yo tengo siete años, me quedan un par de meses para cumplir los ocho y mi hermano tres menos. Febrero o marzo de 1963. Yo había nacido un lunes de mayo en el año 1955, en casa, de parto natural, con comadrona, pues mi madre y mi abuela se empeñaron en seguir la tradición de parir lejos de los hospitales, lugares inhóspitos y peligrosos, no fuera a ser que cogiera alguna infección o que mis primeras imágenes fueran las de una habitación impersonal y fría y quedara traumatizado para siempre. Con mi hermano Rafael juzgaron que era más seguro ir al maternal, pues era absurdo correr el riesgo de complicaciones, como era relativamente frecuente. No creo que mi hermano se quedara traumatizado. En ese año 1963 todavía vivía mi abuelo Castro, al que todos dicen que me parezco mucho, pero no le quedaba demasiado tiempo de vida, pues murió al año siguiente, con los pulmones casi deshechos por la silicosis, una enfermedad maldita en mi familia gallega, mi padre también la padeció desde muy joven, aunque en aquel momento que estoy describiendo todavía está sano. En esa época aún no había oído hablar de mi abuelo José, el de Aroche. Tampoco sabía nada, porque en las casas no se hablaban de esos temas, del sufrimiento del abuelo arocheno, depurado por ser maestro y alcalde republicano y que se murió de cáncer y de pena en 1948, ni de la paliza que le dieron los falangistas al abuelo Castro, que se libró de ser paseado en una cuneta gracias a que el párroco de Arteixo lo impidió. Pero esto son otras historias, que quizás cuente alguna vez para que no se disuelvan en el olvido.

A principios de los años 60 del siglo XX, la calle San Isidoro de Coruña, en el barrio de Santa Margarita, estaba a medio hacer y había mucho terreno sin construir que servía de zona de juegos a la gran cantidad de niños que vivíamos por allí. Delante de casa, antes de que bastante tiempo después se levantaran varios edificios de cuatro y cinco plantas, estaba el gran descampado que llegaba hasta la calle San Leandro, donde vivían padrino y madrina, en las casas baratas. Zanjas, montones de arena, charcos, matorrales, piedras y rocas dispersas servían para inventarnos aventuras en países y bosques lejanos, emboscadas, escondites, guerrillas. Raro era el día en que alguno de nosotros no llegaba a casa descalabrado, con heridas en rodillas y codos, pantalones rotos, ropa embarrada, zapatos deshechos. Las madres protestaban y gritaban y los padres nos miraban serios, pero con un punto de malicia y orgullo en la mirada.

Mis amigos y yo salíamos todas las mañanas camino del colegio del Ventorrillo con nuestros mandilones blancos y la bolsa con la taza donde beberíamos, a la hora del recreo, la leche que enviaban los americanos. Era una leche en polvo que se disolvía con agua en grandes recipientes que nos repartían por turnos, con un sabor algo desagradable porque tenía un punto agrio y un olor característico, artificial, aunque hacía una espuma que nos gustaba y que nos dejábamos en los labios durante casi todo el recreo. Al colegio, que era propiedad de la Caja de Ahorros y que estaba regentado por la Grande Obra de Atocha de las Hijas de la Natividad de María, se llegaba por la avenida de Finisterre, pasábamos delante del cine del mismo nombre y andábamos casi un kilómetro por el arcén. Apenas había alguna casa aislada y el resto era campo, leiras cultivadas de patatas y repollos, pasaban pocos coches y casi todo el tiempo nos dedicábamos a recoger margaritas, cuando era la época, para lanzarlas después con el tiratacos. La avenida de Finisterre en realidad era la carretera que pasando por Meicende y Pastoriza, unía la ciudad con Arteixo, Laracha, Carballo, Coristanco… hasta llegar a Finisterre. Esa carretera la recorrí cientos de veces cuando trabajé en Camariñas. Esa también es otra historia.

Como había colegio mañana y tarde y durante el invierno oscurecía muy pronto, apenas teníamos tiempo de jugar en la calle, pero lo hacíamos. Llegábamos a casa, soltábamos la maleta con la Enciclopedia Álvarez, la tabla de multiplicar y un pequeño cuaderno de sucio (el de limpio se quedaba en la escuela) y salíamos de estampida con un trozo de pan y una onza de chocolate, nuestra merienda diaria. Algunas veces teníamos que repasar en casa las tablas o aprendernos de memoria los ríos con sus afluentes o las cordilleras con las montañas más altas, pero esas veces eran las menos. En la calle pasábamos el tiempo, jugábamos a la pelota, al ché, a las canicas, a la bujaina, a escondernos, a pelearnos con los de las calles vecinas. Porque la calle, antes de que Fraga se hiciera con ella, era nuestra, de nuestra pandilla. Era el mundo que nos pertenecía y no consentíamos que otros grupos nos lo disputaran. Así que a base de espadas hechas con palos, con piedras, a puñetazos y patadas, defendíamos nuestra posesión. Cada dos o tres semanas había pelea y si perdíamos, no teníamos más remedio que compartir el descampado. Pero si ganábamos, podíamos ampliar durante algún tiempo nuestro campo de juego. 

Casi nadie tenía televisión, en la radio no había programas infantiles, las casas eran pequeñas, los maestros no nos ponían deberes, en la calle no había coches ni peligro de que alguien nos secuestrase y las madres no nos querían en la casa, siempre por medio y enredando. Éramos niños autónomos, que sabíamos defendernos y encontrar aventura y misterio en cada esquina, en cada portal, en cada descampado, que en aquella época abundaban. Cerca estaba el parque de Santa Margarita, pero las madres eran reticentes a dejarnos ir allí, pues había que cruzar varias calles y no podían tenernos a la vista ni gritarnos cuando se hacía tarde o cuando teníamos que subir a por dinero para hacer algún recado. Antes nos gustaba hacer recados, porque nos hacía mayores y con suerte, nos quedábamos con la vuelta.

Los domingos por la mañana mi hermano y yo teníamos la costumbre, que llegó a convertirse en ritual, de visitar a la madrina para que nos diera la paga de la semana. La madrina Carmen, hermana de mi abuela Marina, había estado casada con Amaro, un rudo y cariñoso trabajador al que siempre conocí con su boina, que apenas se quitaba para rascarse cuando hacía mucho calor. El padrino Amaro se había muerto uno o dos años antes y ella ahora vestía de luto riguroso, con un pañuelo negro que le cubría la cabeza totalmente, dejando escapar apenas un pequeño mechón de pelo blanco en la frente que ella procuraba esconder con gesto mecánico. No habían tenido hijos y tampoco habían podido apadrinar ni a mi padre ni a mi tía Marina, ni a ninguno de nosotros, pero desde pequeños quisieron que les llamáramos padrino y madrina. Por eso nos hacían un cierto chantaje dándonos un poco de dinero para los escasos gastos que podíamos hacer en aquellos tiempos: ir al cine Finisterre o al Rex, comprar pipas y también, si éramos capaces de ahorrar algo, comprar o cambiar tebeos. Los que más me gustaban eran los de Pulgarcito, TBO, Supermán, el capitán Trueno y Jabato. Cuando terminábamos de leerlos se podían cambiar en los kioscos por una perra gorda. Llegué a tener una buena colección, pero en los diferentes cambios de domicilio se fueron perdiendo y extraviando, sobre todo cuando nos fuimos a vivir a Madrid.

Termino de leer el tebeo, mi madre nos peina, comprueba que nos hemos lavado la cara, que las rodillas y las orejas están limpias y nos da un beso. Nos acercamos a mamá Florentina, que sigue cosiendo en el salón, y nos despedimos de ella, como era costumbre, con otro beso. Bajo corriendo las escaleras. Mi hermano, más pequeño, tarda una enormidad porque le da miedo ir tan deprisa, así que lo espero en el portal, donde ya están Amancito, José Antonio y Vicente. José Antonio es el hijo del zapatero que tiene su zapatería al lado de nuestra casa. Nos gusta ir allí, a verlo trabajar, a coser o pegar las suelas, oler a cuero y a pegamento y, sobre todo, a escuchar el canto de las decenas de jilgueros y canarios que cantan en las jaulas colgadas en las paredes. Era un gran entendido y sabía cruzar las parejas. Vendía muchos pájaros. Mi padre le compró una vez un jilguero y nos encantaba a mi hermano y a mí llenar los recipientes del alpiste y del agua. Era un buen pájaro cantor y nos dio mucha pena cuando se murió.

Los cinco vamos recogiendo a otros amigos que llevan ya un rato en la calle. Algunos son algo mayores y han hecho la primera comunión y juntos vamos a misa de doce en la Sagrada Familia. Don Manuel, el párroco. y don Emiliano, el coadjutor, pasan lista antes de empezar para comprobar que los que vamos a hacer la primera comunión no nos perdemos ni un acto religioso. La misa es en latín y somos capaces de repetir, sin equivocarnos, el páter noster. Cuando termina, salimos en estampida de la iglesia y volvemos a nuestra calle. Antes, mi hermano y yo pasamos por casa de la madrina, que nos da el duro de rigor y con el que podremos comprar pipas, ir al cine y seguro que todavía nos sobrará algo. Las tardes de domingo son eternas. Después de comer nos juntamos todos y vamos al cine. Nos gusta más el Rex porque está cerca del parque de Santa Margarita y cuando termine la película podremos perdernos entre los árboles, revolcarnos por el césped, jugar al escondite o descubrir nuevos rincones, lo que siempre es una aventura. Regresamos antes de que anochezca para seguir jugando en nuestra calle y que las madres nos vean y nos puedan vigilar. Somos niños traviesos pero obedientes. La obediencia de la zapatilla, se llama eso.

Poco a poco se fueron construyendo casas, desaparecieron los descampados y los carros tirados por caballos, empezaron a aparecer las vespas y los seiscientos y aparcaron en la calle porque antes no había garajes, los televisores se hicieron dueños de las casas, así que, casi sin darnos cuenta, fuimos perdiendo espacio de juego. Seguíamos saliendo a la calle, pero ya nunca fue lo mismo. Ahora hablábamos de Los Picapiedra, El Santo, Rin tin tín y, sobre todo, Bonanza, la serie que cambió las tardes de los domingos y nos impulsó a pedirle a los Reyes Magos pistolas, cartucheras y sombreros de cowboy. Y, para colmo, la familia Telerín nos mandaba a la cama a las nueve de noche «Vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar». No había derecho. La televisión nos cambió el mundo y la calle San Isidoro, como todas las calles de las ciudades, fue perdiendo el encanto y la atracción.

Regreso al presente, a la avenida Ramón y Cajal. Poco a poco se ha ido llenando de ruido de coches, de personas y de perritos. Han aparecido algunas nubes en el cielo que antes era totalmente azul. Entro en el salón y me voy a la cocina a hacer café. Mi mujer y mi hija siguen en la cama porque todavía es temprano. Queda todo un domingo por delante.

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