DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (III)

10 de noviembre de 2021. Un viaje inolvidable entre Coruña y Aroche.

Hay personas a las que no les gusta viajar porque se acomodan a un espacio conocido, a su pueblo, a su barrio, a su hogar. Todo lo que suponga salir de su ambiente les provoca cierto temor, una especie de desasosiego que les impide disfrutar de nuevas experiencias. Como se está en casa, no se está en ninguna parte, suelen decir mientras se beben un buen vino tinto acompañado de queso y jamón sentados en el salón de su casa viendo un partido de fútbol o cualquier otro programa de televisión. Saludar diariamente a los amigos, charlar con ellos horas y horas, tomarse un café o una cerveza en el bar al que acuden hace muchos años. Otras personas simplemente no pueden viajar porque su economía se lo impide o tienen que viajar obligatoriamente para escapar, huir de la miseria, del hambre, de la guerra. No son viajes de placer, son travesías hacia la esperanza y lo desconocido. En realidad, más que viajar la palabra exacta es emigrar, buscar una vida mejor. En España sabemos mucho de eso.

A mí siempre me ha gustado viajar, hacer turismo, conocer nuevos países, nuevas ciudades, nuevas culturas. No tengo ni el dinero ni la ambición, ni quizás el valor, para ser un viajero intrépido que recorre lugares casi inaccesibles, solitarios, peligrosos, desconocidos, aunque me hubiera gustado. Creo que mi primer viaje, cuando sólo tenía dos años, fue una pequeña odisea. Viajar en el año 1957 en una locomotora de vapor, en un vagón de tercera con asientos de madera desde Coruña a Sevilla y después en autobús de Sevilla a Aroche, tuvo que ser épico. Entre unas cosas y otras tardamos tres días y mis padres supongo que llegarían exhaustos, aunque dichosos, porque mi madre hacía nueve años que no regresaba a su pueblo. Como es lógico, no me acuerdo de nada, pero las fotos que conservo me muestran como un niño tímido, siempre cogido a las faldas de mi madre.

Ya he contado algunos viajes, como cuando viajé a Rusia, a Nueva York, a Londres o a Italia. En todos ha habido anécdotas y algunos momentos realmente difíciles y complicados, sobre todo cuando únicamente sabes hablar español y apenas entiendes algo de francés. De inglés, ni hablamos, nunca mejor dicho. Y eso que cada vez que salgo al extranjero y me encuentro con problemas de comunicación me planteo empezar a aprender inglés. Pero cuando me voy a poner en serio a la faena, porque en broma ya lo he intentado muchas veces, pienso que qué necesidad, que el español es el segundo idioma más hablado y que aprendan los demás el nuestro, que para eso tenemos al mejor novelista, Cervantes, y a la mejor liga del mundo, o eso dicen.

Hoy, sin embargo, quiero contar un viaje que se podría calificar de complicado, desastroso, épico, peligroso o cualquier otro adjetivo similar, aunque el que mejor le cuadra es el de inolvidable. Por supuesto que lo mejor sería olvidarlo, meterlo en una de esas cajas que según dicen tenemos en nuestra memoria, ponerle un cerrojo, cerrarlo y tirar la llave lo más lejos posible. Pero ya se sabe que la memoria es rebelde y que cuando menos se piensa salta la liebre. Ahí vamos, pero antes hay que ponerse en situación.

En el año 1981, cuando suceden los acontecimientos que voy a relatar a continuación, no había teléfonos móviles, no había tarjetas de crédito y, por supuesto, tampoco había Internet. Cuando uno quería viajar y llevar el dinero suficiente, una buena parte la llevaba en efectivo, guardada y escondida; también había cheques de viaje y, además, podía usarse la libreta de ahorros. Para ello había que acercarse al banco y en la oficina indicabas qué cantidad querías disponer durante los días que estuvieras viajando. Esa cantidad tenía un límite dependiendo de tus ahorros. En la libreta te acuñaban unas líneas para que, cuando necesitaras efectivo, acudieras a una oficina bancaria de una entidad asociada a este sistema y fueras retirando el dinero necesario que se iba inscribiendo en la libreta hasta completar la cantidad marcada. Si te surgía una urgencia un día festivo y no llevabas dinero encima, a ponerse a rezar. Todo mucho más complicado, como se puede comprender.

El fin de año 1981 lo pasamos en Coruña. Los años de noviazgo y los primeros años de casados Carmen y yo solíamos pasar las navidades en Aroche y el fin de año en Coruña, había que repartirse entre las dos familias, como es comprensible. Pero los Reyes también los pasábamos en Aroche, participando de la cabalgata que allí se celebra, un auténtico espectáculo al que hace ya muchos años que no asistimos. Así que el 5 de diciembre del nuevo año, después de cargar hasta arriba el maletero y los asientos traseros de nuestro Seat 127 amarillo, un coche muy popular en aquella época que a mí me dio muy buen resultado y al que le tenía mucho cariño y cuidaba como a un hijo, salimos de madrugada, calculo que sobre las cinco de la mañana. El viaje era largo, casi mil kilómetros y las carreteras muy malas, no como las de ahora. Solíamos tardar unas doce o trece horas, contando las paradas para comer y para descansar. Además de nuestro equipaje, un par de maletas llenas de varias mudas y mucha ropa de abrigo, el mayor volumen lo ocupaban las cajas con los regalos de reyes para la familia.

Los días anteriores había llovido mucho, pero afortunadamente el día de nuestra partida no había nubes y las estrellas brillaban en un cielo limpio y sin luna. El frío, sin embargo, era intenso y había mucha humedad.. Arranqué con cierta dificultad el coche y esperé a que el motor se calentara para encender la calefacción y caldear el interior. A esa hora no había tráfico y la salida de Coruña por la avenida de Alfonso Molina y el puente del Burgo fue muy tranquila. Algún que otro camión, coches aislados y poco más. Pasamos Betanzos, Guitiriz, Lugo, sin apenas compañía. A un lado y otro de la carretera, los árboles y las casas pasaban velozmente. En el radiocasete del coche, música de Pink Floyd, Beatles o Milladoiro. Carmen adormilada a mi lado. Llegamos a Becerreá y poco más adelante, la subida al puerto de Piedrafita. La nacional VI en aquella época era de doble sentido, así que como en los puertos de montaña o en zonas con muchas curvas te encontraras con un camión, había que echarle paciencia, reducir y esperar el mejor momento para adelantar. Yo conocía bien la carretera porque la había recorrido muchas veces, primero con mis padres, a bordo de un seat 600 primero, un seat 850 más tarde y por último con el 127 que después sería mío. Cuando Carmen y yo nos hicimos novios, aprovechaba las vacaciones para visitarla en Aroche, así que me sabía casi de memoria las rectas y las curvas, los pueblos y aldeas que yo iba memorizando y repitiendo, ahora viene Baamonde, falta poco para Begonte, casi estamos en Rábade, en Outeiro de Rei (en aquella época se escribía y decía Otero de Rey), ya casi estamos en Lugo… más adelante Corgo, Baralla, el puerto de Campo de Arbre, que muchos inviernos está cerrado por la nieve, y cuando llegábamos a Becerreá solíamos parar para tomar un café. Pero en este viaje todavía era muy temprano y estaba todo cerrado. El frío era cada vez más intenso y la calefacción estaba al máximo así que seguí camino rumbo a Piedrafita (hoy Pedrafita do Cebreiro) en el límite con la provincia de León, subiendo el puerto del mismo nombre. Pasábamos por Nogales (As Nogáis) y Noceda. Por suerte, apenas tuve que adelantar a algún camión que subía las rampas con dificultad. Tenía que tener mucho cuidado pues el asfalto estaba cubierto de hielo y podía llevarme algún susto. En Piedrafita no se veía un alma y sólo dos o tres luces en algunas casas daban fe de que el pueblo estaba habitado.

Comencé el descenso del puerto, lleno de curvas peligrosas y muy pocas rectas. Delante de mí, un camión que me impedía adelantar. El camión debía de ir vacío porque llevaba una gran velocidad, así que como era casi imposible pasarlo decidí reducir la marcha y dejar que se alejara. Ya llegaría el final del puerto y podría adelantarlo sin dificultad. Pasamos Ambasmestas, la Vega del Valcarce y Trabadelo. A un lado y otro de la carretera, altas montañas y bosques frondosos que la oscuridad impide ver pero se adivinan y, además, sé que están ahí y observan impasibles nuestra marcha. El río Valcarce, impetuoso, se cruza varias veces en el camino. No puedo verlo por la oscuridad pero sé que lleva mucha agua. Falta poco para Pereje, pienso y en ese momento, cuando intento reducir la marcha porque me estoy acercando a una curva cerrada, comienza el espectáculo. Sin saber qué pasa en un primer momento, me encuentro con la palanca de cambios en la mano, suelta totalmente del engranaje. Freno bruscamente porque me acerco a la curva y busco una zona donde pueda apartar el coche y parar. Menos mal que los frenos funcionan bien, la velocidad desciende y un poco más adelante encuentro un lugar llano fuera de la carretera. Intento maniobrar con la palanca, para ver si ha sido un fallo pasajero y puedo volver a engranar la marcha. Imposible, se ha roto el cambio de marchas. Noche cerrada, ni un alma ni una luz a la vista. Carmen se ha despertado y me pregunta qué pasa. ¿Que qué pasa? digo yo entre asustado y enfadado. Que nos hemos quedado tirados, que el coche se ha estropeado, que es de noche, que no veo nada, que el pueblo más cercano está a un kilómetro o más, que allí no habrá ningún taller, que no sé si esto tiene arreglo… Me estoy poniendo cada vez más nervioso, pero con mi proverbial capacidad de afrontar las dificultades, o eso dicen que tengo y yo me lo creo, empiezo a respirar profundamente y noto que el corazón, que se había desbocado, late ya más despacio.

Salgo del coche y espero unos minutos a ver si pasa algún vehículo, algún camión para hacerle señales y que me acerque a Pereje, para llamar desde allí al seguro y que me envíen una grúa. No pasa ni un alma, ni coche, ni camión ni ciclista ni peregrino, ni siquiera la santa compaña o algún alma en pena. Estamos solos en el mundo, seguro que una catástrofe mundial ha acabado con la humanidad y Carmen y yo somos los únicos supervivientes. Eso se me pasa por la cabeza un instante, sólo un instante, pero me llena de angustia. El río Valcarce suena a mi derecha, muy cerca, un rumor que, en lugar de tranquilizar, pone más nerviosa a Carmen. El coche está bien situado así que le digo a mi mujer que voy a llevarme la documentación del coche y llegar andando hasta Pereje, a ver si hay algún bar, algún comercio o algún alma caritativa que me permita usar el teléfono. Carmen se pone pálida y empieza a tartamudear, me me me vas a dejar aquí sola, en medio de la nada, con el frío que hace, con el miedo que me da la oscuridad, no no y no, ni hablar, me voy contigo, yo no me quedo aquí sola, faltaría más. Abre la puerta del coche y en cuanto nota el frío en la cara y en el cuerpo, vuelve a introducirse inmediatamente. Creo que lo ha pensado mejor.

Total, que después de otro intercambio de frases, ten cuidado, mira que apenas se ve, a ver si pasa algún coche y te puede acercar al pueblo, no te preocupes, tendré cuidado, te dejo el coche encendido con la calefacción, procura abrir un poco la ventanilla para que no te asfixies, eso, tú tranquilízame, jeje, hay que tomarse las cosas con humor en los peores momentos, me abrigo bien con mi lobo marino azul con el que parezco el capitán de un barco ballenero, sólo me falta el gorro y la pipa, paso a la izquierda de la carretera y comienzo la caminata a buen ritmo, no sólo por llegar antes, sino porque hace un frío que pela. Viene algún coche de frente y también pasan varios coches y un camión en mi mismo sentido pero ninguno para a pesar de que les hago señales. Mi figura no debe ser tranquilizadora pues en esa época tenía barba y el pelo bastante largo, un hippi o un asesino en serie, pensarían. La noche, aunque sin luna, es bastante clara y puedo ver las estrellas y las constelaciones en el cielo. El río y su murmullo me acompañan así como algunos ruidos de animales que no me tranquilizan precisamente, entre ellos uno que parece un búho, una lechuza o vaya usted a saber qué otro ave de no muy buen agüero. Diez o quince minutos después diviso las primeras casas de Pereje, casas de piedra con chimenea, de algunas de la cuales sale un tenue humo azulado. Miro el reloj, las siete y media y todavía es de noche, aunque observo que en el horizonte comienza a clarear ligeramente y ya se pueden ver las cimas de algunas montañas.

Albricias, una mujer está abriendo una especie de tienda, abacería o similar y es como si se me apareciera alguna virgen que viniera a auxiliarme. Le explico lo que me pasa y, por supuesto, me deja usar el teléfono. Llamo al seguro y después de dar mis datos y la ubicación aproximada del vehículo, me dicen que me enviarán una grúa desde Ponferrada. Regreso junto a Carmen. Parece que todo se va solucionando y ya estoy de mejor humor. Cuando llego al coche, Carmen está en shock, que si ha escuchado ruidos raros, que cómo he tardado tanto, que no vuelva a dejarla sola, que si llega a saber que iba a tardar tanto se hubiera ido conmigo, que está muerta de frío porque apagó el motor no fuera a asfixiarse… prefiero no decir nada porque entiendo su nerviosismo. Ahora sólo queda esperar la llegada de la grúa. Nos quedamos callados, los ojos cerrados, absortos en nuestros pensamientos, sin atrevernos a hacer pronósticos sobre el resto del viaje. Y menos mal, porque todavía nos quedaba lo mejor, o lo peor, según se mire.

Cerca de una hora después, sobre las ocho y media o nueve de la mañana, ya con el sol sobre el horizonte y con buena visibilidad, comprobamos que estamos muy cerca de un pequeño puente sobre el río Valcarce. Para desentumecernos, salimos del coche y nos acercamos a ver el río. Si no fuera por la situación, seguro que disfrutaríamos del paisaje. Bosques tupidos, prados de un verde intenso, montañas en alguna de las cuales hay nieve, un río de aguas cristalinas y un hermoso amanecer. Pero lo único que queremos es que llegue lo antes posible la grúa. Y llegó, claro.

Pasaré por alto, porque realmente no recuerdo mucho eso, el viaje con el coche estropeado sobre la grúa. Cuando llegamos a Ponferrada, serían ya cerca de las diez de la mañana. El dueño del taller nos dijo que el arreglo iba a ser caro, pero que el coche podría continuar el camino sin problemas, que tardaría un par de horas y que fuera preparando un buen fajo de billetes. Yo estaba temblando, porque miré el saldo del que podía disponer en la libreta de ahorros y aunque era una cantidad bastante elevada no sabía si bastaría para pagar la avería. Dejamos el coche en el taller y nos fuimos a desayunar a una cafetería cercana. Allí preguntamos por una sucursal bancaria donde saqué todo el dinero disponible, creo que unas veinte o veinticinco mil pesetas, que en aquella época era la mitad del sueldo de un mes, un dineral, porque la hipoteca del piso nos dejaba los ahorros tiritando, sobre todo en enero.

Aunque parezca mentira, el arreglo se llevó la práctica totalidad de lo que teníamos, menos unas dos o tres mil pesetas para gasolina. Estamos hablando de unos quince euros actuales, para hacerse una idea del coste de la vida en aquellos tiempos. Salimos de Ponferrada cerca de la una de la tarde. El coche funcionaba perfectamente así que, dejando a un lado el dineral de la avería, que no se me quitaba de la cabeza, lo que yo podría haber hecho con ese dinero, la de cuotas de hipoteca que habría quitado de en medio, las comidas y viajes… mejor no pensar. Una vez pasada Salamanca, serían las cuatro de la tarde, decidimos parar, arrimando el coche al arcén para comernos los bocadillos que Carmen había preparado la noche anterior. Error, inmenso error. El arcén era de tierra apisonada, o eso parecía, así que frené y giré el coche para sacarlo de la carretera en un larga recta. Nada más pisar la tierra las dos ruedas laterales derechas, el coche se hundió más de dos cuartas. La abundante lluvia caída los días anteriores había convertido la tierra en un barrizal que no pudo aguantar el peso. Así que teníamos un nuevo problema. Yo salí del coche dando gritos y andando a grandes zancadas carretera adelante, echando por la boca sapos y culebras, acordándome de todo lo que se movía en el universo, y de lo que no se movía también me acordaba. Carmen no podía salir por su puerta, ya que tropezaba con la tierra, así que, aprovechando su agilidad, salió por la puerta del conductor e intentó tranquilizarme. Ahora era yo el nervioso. Otra vez ejercicios de respiración profunda y acompasamiento de los latidos del corazón. Intentamos mover algo el coche, tarea imposible, cada vez se hundía y escoraba más. Lo malo es que esta vez el pueblo más cercano estaba a bastantes kilómetros, así que la única alternativa era que algún alma caritativa pudiera ayudarme. Mientras tanto, nos pusimos a comer los bocadillos, las penas con pan son menos.

Apenas habíamos dado dos o tres mordiscos cuando se paró un land rover delante de nosotros. Ahí estaba el alma caritativa, un hombre corpulento, más bien rollizo, yo diría que muy entrado en carnes, gordo, para qué andarse con florituras, pero muy amable. Salí rápidamente del coche y le expliqué la situación, aunque el hombre, que sabía lo que se hacía, no metió las ruedas en la cuneta. Vamos a sacar el coche con una cuerda, y mientras lo decía, sacaba una soga que seguramente serviría para colgarse de alguna viga en momentos de desesperación. Menos mal que yo no tenía una a mano hacía unos minutos. Así que ató la cuerda con un nudo a nuestro parachoques delantero y con otro nudo a su vehículo. Otro craso, crasísimo error, porque en cuanto arrancó el land rover, mi parachoques salió arrastrando por la carretera y el coche no se movió ni un milímetro. Se me quedó cara de tonto.

Claro, dijo el hombre con una media sonrisa, tendría que haber atado la cuerda a la carrocería, no al parachoques, ha sido un fallo mío, pero esto tiene fácil arreglo, ya verá. Dicho y hecho, con una habilidad que todavía no me explico, fue capaz de atar con varias cuerdas el parachoques y colocarlo perfectamente, y esta vez sí que lo hizo todo bien. Total, resumiendo, que esto ya se está haciendo muy largo y todavía quedan muchas aventuras, que a los poco minutos el 127 estaba ya listo para seguir camino. Quise darle al hombre mil pesetas por su trabajo, aunque esto supusiera, quizás, quedarme tirado sin gasolina, pero no lo consintió, lo cual agradecí en el fondo, así que nos despedimos con muchas muestras de agradecimiento, abrazos del oso varios, suyos sobre mí y mi mujer, y deseos de vernos en mejor situación para tomarnos alguna botella de vino.

Estábamos todavía a mitad de camino y llevábamos ya once horas de viaje. Yo calculaba que me quedarían otras seis horas, o sea, llegaríamos a Aroche, con suerte, a las 12 de la noche. Con suerte, nunca mejor dicho. Terminamos los bocadillos y continuamos rumbo a nuestro destino, que yo vislumbraba lejano, muy lejano. La siguiente población importante era Béjar. El puerto de Béjar ahora se pasa sin dificultad, pero hace cuarenta años era como el Tourmalet, una carretera con muchas curvas y bastante pendiente. Yo estaba con la mosca tras la oreja, cambiando de marcha lo menos posible por si volvía a fallar la mecánica y pendiente también del parachoques, no fuera a caerse y darme un susto. Yo tenía pánico de encontrarme, tanto a la subida como a la bajada del puerto, con una de esas trilladoras o segadoras que ocupan casi toda la calzada porque eso supondría perder mucho más tiempo, pero no nos encontramos con ninguna. La suerte parecía estar cambiando.

Baños de Montemayor y Aldeanueva fueron los siguientes pueblos que cruzamos. Estábamos ya en Extremadura. Cáceres y Badajoz eran y siguen siendo dos provincias interminables, con un paisaje lleno de encinas y un campo que invita a parar y descansar, pero nosotros estábamos deseando llegar a Aroche. Antes de llegar a Plasencia la carretera se estrecha y se llena de curvas. Ahora, gracias a la autovía, se circunvala y se deja a un lado, pero entonces se atravesaba la población, cruzando un puente sobre el río Jerte. Nada más entrar, vemos en la carretera, pasado el acueducto, una barrera metálica y una señal que nos desvía hacia la derecha, al centro del pueblo. Estarán de obras, pensé, así que callejeando, intenté encontrar otra vez la carretera. Mi sentido de la orientación (otra cosa no tendré pero sí sentido de la orientación, eso tengo que reconocerlo) me llevó otra vez a la ruta principal. Delante de mí, una especie de carreta con muchos adornos me impedía pasar. A un lado y a otro, gente gritando en las aceras, muchas familias con niños haciéndonos señas y riéndose. Pequeños golpes en el techo, que poco después descubrimos que eran caramelos. No entendíamos nada, hasta que Carmen, mirando hacia atrás, y con una exclamación de asombro, me dice ¡estamos en la cabalgata de Reyes! Yo no me lo podía creer, formábamos parte sin ser conscientes de ello, de la cabalgata de Reyes de Plasencia. Durante cinco o diez minutos disfrutamos, entre Gaspar y Baltasar, como unos actores más, como si fuéramos pajes, romanos, pastores o cualquier otro personaje. Encima, llevábamos juguetes en el maletero, toda una premonición. Cuando ya saludábamos como si fuéramos los protagonistas, un policía local, con poco sentido del humor y muy enfadado, nos hizo señas para que saliéramos del cortejo. Nos detuvo y cuando ya iba a multarnos o a llevarnos al calabozo, le explicamos nuestra odisea, casi con lágrimas en los ojos. Hasta creo que mi mujer hizo algunos pucheros para darle más dramatismo a la historia. En resumen, que tuvimos que esperar a que la cabalgata pasara, más de una hora parados. Noche cerrada, supongo que las diez o las once de la noche, ya ni me acuerdo. Después de Plasencia, Cáceres y Mérida, sin incidentes reseñables. Paramos a echar gasolina y gastarnos los últimos billetes que nos quedaban. No teníamos ni para cenar.

A la altura de Almendralejo se me cerraban los ojos. Ya llevaba diecisiete o dieciocho horas al volante y tuve que parar a descansar. A Carmen se le ocurrió la idea entrar en Los Santos de Maimona, donde vivía una prima suya, para pasar la noche con ella y llegar al día siguiente a Aroche, pero en esas fechas su prima estaba pasando los Reyes en el pueblo, así que nuestro gozo en un pozo. Fregenal de la Sierra e Higuera la Real eran los siguientes pueblos, este último frontera con la provincia de Huelva. Y aquí empezaban los temibles Arriscaeros, una de las carreteras con más curvas que conozco, muy estrecha y sin arcén. Hace mucho que no paso por allí, supongo que ya la habrán arreglado y mejorado. Para más inri, la niebla cayó sobre nosotros impidiendo ver más allá de cinco o diez metros. Se me quitó el sueño de golpe. Árboles, rocas, barrancos, animales que durante un instante se detenían delante del coche abriendo mucho un par de ojos que se iluminaban como si fueran fantasmas y desaparecían al momento. Yo había apagado hacía mucho rato el casete, no me apetecía escuchar música y quería concentrarme sólo en la carretera. No pasaba de segunda y sólo en algunos momentos muy puntuales era capaz de meter tercera. Yo no suelo rezar, pero estoy seguro de que durante los eternos minutos que tardamos en cruzar los Arriscaeros, recé todas las oraciones que conocía. Cuando llegamos a La Nava parecía que habíamos llegado a Nueva York, porque la carretera empezó a ensancharse y a tener más rectas. Desembocamos en la Nacional 433 y aquello ya era otra cosa, aunque seguía habiendo curvas, pero todo era mucho más conocido y seguro. El Repilado, Cortegana y ¡por fin! Aroche. Veintitrés horas después de salir de Coruña llegamos al chalet, metimos el coche en la cochera y sin apenas decir nada, subimos las escaleras y nos tiramos en la cama, deshechos física y mentalmente. La media, poco más de cuarenta kilómetros a la hora, a paso de tortuga con artritis. Me río yo de la Odisea de Ulises, el nuestro sí que fue un viaje heroico e inolvidable.

SEAT segunda mano en Badalona | WALLAPOP - Página 3

DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (II)

2 de noviembre de 2021

Me gusta visitar los cementerios, sobre todo en estas fechas. Me atrae el silencio escondido entre las tumbas y que revolotea sobre las paredes blanqueadas, el olor de las flores recién cortadas, colocadas con amor por hijos, padres, sobrinos o amigos, la paz de los muertos que vigilan atentos, callados, expectantes, sabiendo que tarde o temprano les haremos compañía. Son los primeros días de otoño y suele oler a lluvia y a tierra mojada, estos últimos días ha llovido mucho. Los sonidos apagados y las conversaciones en voz baja apenas se escuchan. Hombres y mujeres recorren las calles deteniéndose de vez en cuando ante una lápida, recordando a un pariente, a un amigo que dejó hace mucho o poco este mundo. Quizás alguno reza una pequeña oración y después sigue su camino, leyendo nombres y apellidos, frases que recuerdan al ser querido o contemplando un retrato del que allí descansa y por último se detiene ante un nicho, una tumba, un panteón o una lápida. El corazón se encoge un poco y tal vez un pequeño nudo en la garganta, un escalofrío o una repentina humedad en los ojos se presenta de manera inesperada. Hace tiempo que no voy al cementerio de Coruña. Cada vez que visito la ciudad me propongo acercarme hasta San Amaro y contemplar las tumbas, los nichos y la vista de la ría que se extiende poco más allá de los muros. Allí están mi padre y mis tíos, pero siempre lo pospongo y quizás no supiera encontrar el nicho de mi padre. Mi madre ya no está capaz de ir, como hacía todos los años hasta hace muy poco tiempo. Ahora es mi prima María Esther la que suele hacerlo “le voy a llevar unas flores a padrino”, me dijo hace unos días.

El domingo pasado Carmen, Concha, a la que habíamos recogido en el pueblo y yo, como solemos hacer todos los años, detuvimos el coche en la rotonda de entrada del cementerio de Aroche. A Carmen no le gusta entrar, pero si lo hace conmigo parece que encuentra algo de valor. El cementerio de Aroche, el nuevo, está en el cruce de la carretera que lleva a Portugal y la que va a Encinasola. En el antiguo, ya abandonado y hasta hace poco lleno de maleza y escombros que ya se han limpiado y arreglado, en la “carretera del cañón”, una de las entradas al pueblo, se construyó un pequeño memorial con los nombres de las personas represaliadas, entre ellos mi abuelo José Díaz. Mi abuelo quizás fuera de los primeros que se enterró en el nuevo cementerio. Su nicho, en el que también está enterrada mi abuela Florentina, está situado entrando a la izquierda, después de atravesar la pequeña entrada abovedada que da paso a una amplia y diáfana explanada. El exterior, con paredes encaladas, presenta en su parte central tres arcos y otros en los laterales y en la parte superior una espadaña con una pequeña campana. Desde fuera se pueden ver las copas de los cipreses que suelen crecer en los cementerios, como una reminiscencia griega y romana, que permite encaminar y guiar, con sus troncos rectos y frondosos hacia la copa, las almas de los difuntos hacia los cielos.

Como siempre suelo hacer, coloqué unos claveles blancos en el jarroncito lateral del nicho y me detuve unos minutos, recordando a mis abuelos y comprometiéndome a seguir profundizando en la historia de la familia. Realmente ya no me queda demasiado material para finalizar su vida y andanzas, dignas de una saga. Carmen y Concha se habían adelantado para acercarse a los nichos de sus padres. Muy cerca están también los de sus abuelos, tíos y otros parientes. Los apellidos de la familia, Vázquez, Fernández, Lobo, Soria o Cañado son casi mayoría entre tumbas y nichos. Claveles blancos y flores amarillas, que Carmen había comprado el día anterior en Sevilla, fueron colocados en diferentes lugares para adornar y alegrar las lápidas. El día, que había amanecido lluvioso, se aclaró y sólo algunas nubes recorrían perezosas el cielo. Una hora después de llegar, regresamos al pueblo, comimos en el Mesón San Mamés una buena carne a la brasa y unas salchichas, lo típico, como debe hacerse cuando uno visita la sierra y nos fuimos a casa a descansar, a tomar un café con dulces que habíamos comprado en la venta Los Ángeles de Valdeflores por la mañana y a media tarde regresamos a Sevilla. Con el cambio de hora, oscurece muy pronto y no queríamos demorarnos en la carretera. Realmente fue un buen día.

Los cementerios de Huelva incluidos en el Catálogo de Patrimonio Histórico  Andaluz

DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (I)

29 de octubre de 2021

Empezar un diario un día cualquiera como hoy, 29 de octubre de 2021, puede deberse a diferentes causas. En mi caso, lo confieso, no hay ningún motivo definido. Tendría que haberlo comenzado en una fecha señalada, como hacen los que quieren dejar de fumar o apuntarse a un gimnasio, un primero de año, el día de mi cumpleaños, cuando me jubilé o cuando terminé mi primera maratón, pero no se me ocurrió. Simplemente, no tenía necesidad alguna. Escribir, desde mi punto de vista, seguramente equivocado, no es una imposición, un trabajo, un quehacer diario al que hay que dedicarle horas y horas. Eso lo dejo para los profesionales que se ganan la vida con la escritura, los que disfrutan haciéndolo, los que quieren dejar algo para la posteridad o los que tienen la necesidad imperiosa de rellenar el tiempo y no aburrirse. Pero ni soy un profesional, ni disfruto demasiado, ni tengo la menor intención de dejar algo para la posteridad, ni necesito rellenar el tiempo. Para mí es un pasatiempo, algo que realizo esporádicamente, una forma de plasmar en un papel en blanco aquello que veo y que me gusta o que se me ocurre o una frase cazada al azar cuando voy en el autobús o andando por la calle. No tengo la suficiente imaginación ni facilidad para la escritura. De vez en cuando me siento delante del ordenador o escribo en una libreta que tengo en el estudio y apunto una idea. Tengo páginas y páginas con ideas para relatos, para novelas, para la historia de mi familia. Incluso para escribir algún poema. Pero me canso muy pronto.

Así que he decidido empezar a escribir un diario. En él voy a ir reflejando todo aquello que se me vaya ocurriendo. Más que nada es para tener un pequeño horario, ahora que los días son más cortos y las tardes más largas. Quizás me imponga un horario de escritura, a ver si la inspiración me llega trabajando, como decía Picasso. Pero me conozco y sé que esto será, si no flor de un día, ramo de una semana. De todas formas, esto me ha servido para estar escribiendo durante un cuarto de hora seguida, lo que ya es un logro. No me imagino estar sentado durante cuatro o cinco horas diarias, eso no está hecho para mí.

Hoy no me ha ocurrido nada digno de reseñar, como suele ser habitual. Fui a comprar a Carrefour para reponer la despensa, después de haber estado casi dos semanas entre Coruña y Madrid. Desde que me jubilé hace ya seis años, me gusta pasar tiempo con mi madre, sobre todo cuando celebra su cumpleaños en octubre. Son ya noventa y cuatro y espero ir a mi ciudad natal a seguir celebrando que podamos disfrutar de su memoria y de sus anécdotas.

Me gusta ir a comprar y creo que lo hago bien. Me fijo en los precios y suelo comprobar la relación calidad precio. Llevaba apuntadas ocho o diez cosas, lo más imprescindible, pero como suele ocurrirme casi siempre, terminé comprando muchas más. El problema viene cuando hay que descargar el coche y subir las bolsas a casa.

Decían que iba a llover mucho y que iban a bajar las temperaturas, así que cuando regresé de la compra me dediqué a cambiar la ropa, guardando la de verano hasta el año que viene. Es un trabajo que me cansa y me aburre, pero es necesario. Siempre pienso lo mismo, si tuviera dinero para comprarme una vivienda más grande, tendría un vestidor para organizar toda la ropa colgada o guardada en cajones; un armario y cajones para la ropa de verano y lo mismo para la de invierno. Pero me temo que eso tendré que dejarlo para otra vida. A ver si en mi próxima reencarnación el destino me tiene reservada una vida de rico terrateniente o empresario, porque lo que es de funcionario no da para demasiados vestidores.

Terminé de leer Anna Karenina, de Tolstoi. Gran novela con una recreación pesimista de la vieja Rusia, de la hipocresía y amoralidad de la aristocracia y de unos personajes que van evolucionando a través, fundamentalmente, de dos historias. Una de ellas, el triángulo amoroso entre Anna, una mujer hermosa casada con Karenin y el amante de Anna, Vronski, un oficial del ejército que se enamora de Karenina. La otra historia es la relación entre Kitty, cuñada de Anna, que inicialmente quería casarse con Vronski, pero finalmente se casa y es feliz con Levin. A lo largo de la novela se presentan las dudas y las contradicciones de los personajes, así como la falsedad de la alta sociedad rusa, que estigmatiza y margina a Anna, pero comprende e incluso alaba la infidelidad de su hermano Stephan.

Después de leer a Tolstoi, comencé la lectura de El doctor Zhivago, de Boris Pasternak. Esto va por rachas, así que ahora me toca la novela rusa. La película es una de mis preferidas y supongo y espero que la novela sea todavía mejor. Lo malo es que no sé si Omar Sharif (Yuri), Julie Christie (Larisa, Lara), Alec Guinnes (el teniente Yevgraf) y Geraldine Chaplin (Tonya), los actores de la película, me condicionarán demasiado para imaginarme los personajes de la novela. Tampoco sé si David Lean, el director, habrá captado y reflejado la atmósfera de la novela, o si la música de Maurice Jarre me permitirá evocar el ambiente de la Rusia zarista y revolucionaria o los paisajes nevados de Rusia o de Varikino, la casa de campo de la familia.

El día finalizó de la mejor manera, viendo por enésima vez Con faldas y a lo loco. Nunca me canso de ver a Jack Lemmon, a Marilyn Monroe y a Tony Curtis. Ni tampoco me canso de admirar a Billy Wilder, un genio del cine. Me fui a la cama con una sonrisa. No sé si mañana escribiré algo, ya veremos.

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Luisiño O Chosco

La mirada de Luisiño es la mirada de todos los niños que he conocido. Fue la primera mirada que me conmovió, que desarmó mis enfados de maestro inexperto y me enseñó a contemplar ese mundo que se abría ante mí, un mundo resumido en una clase con cuarenta y dos niños y niñas de siete años. No había nada más fuera de las cuatro paredes. Eran ochenta y tres ojos de todos los colores, azules, verdes, marrones, grises, negros que me miraban al principio con miedo y después con confianza. Y todos con la misma luz, con el mismo deseo de entender lo que ocurría dentro del mundo, dentro de la clase, ávidos de aprender, curiosos por naturaleza. Yo sólo tenía que leer alguna pequeña frase, dibujar una sola línea en la pizarra o quedarme callado durante unos segundos y entonces ocurría el milagro. Con los niños pequeños siempre ocurre lo mismo, sólo hay que cambiar algo, esperar el momento adecuado, callar cuando es preciso y hablar lo menos posible. Dejar que ellos se expresen, pregunten por cosas que no entienden y contestar, a veces, con otra pregunta. Un diálogo de preguntas. Maestro, ¿qué es el aire? ¿qué es el viento? Y no respondes, sino que devuelves la pregunta, ¿habéis visto una hoja moviéndose en el árbol?  ¿habéis visto volar a los pájaros? ¿Y moverse los barcos de vela en el mar? Y entonces, con la respuesta positiva, les hablas del aire y, si estás inspirado, recitas la poesía de Lorca, Mariposa del aire. La recitas despacio, Mariposa del aire/qué hermosa eres/mariposa del aire/dorada y verde.

Y los ochenta y tres ojos no se apartan, siguen mi paseo entre las mesas. Termino de leer y ellos, que no han dicho ni una palabra, están callados unos segundos esperando que yo siga. Me quedo al final de la clase y empiezo a dictar la poesía para que ellos la copien en sus cuadernos. Estoy de pie, al lado de Luisiño, que todavía no ha sacado la libreta ni el lápiz. Es siempre el último en hacerlo. Porque a Luisiño no le gusta escribir. Me lo dijo su abuela el primer día de clase: a Luisiño no le gusta escribir porque dice que tiene la letra muy grande y muy fea, como siempre le decía la maestra del curso pasado, menos mal que se jubiló, porque mi nieto no aprendió nada con ella.

Luisiño tiene un ojo vago y por eso el médico le ha puesto un parche en el ojo sano. Luisiño tiene unas pequeñas gafas de pasta porque también tiene un poco de miopía. Tendría que haber puesto a Luisiño en la primera fila desde el primer día, pero a él le gustaba estar al final, lejos de la pizarra y, sobre todo, lejos de los enfados del maestro. Porque Luisiño es el más revoltoso, el más inquieto, el más hablador, el que siempre está dando la lata. No le gustaba el colegio y sufría leyendo, escribiendo, haciendo cuentas. Pasó la primera semana y volví a decirle a Luisiño que se pusiera en la primera fila y esta vez aceptó. Yo le caigo bien porque hablo mucho con él durante el recreo y no le riño demasiado. Me hacen gracia sus expresiones, sus travesuras, aunque no puedo demostrárselo. Tiene un vocabulario muy rico, mucho más que sus compañeros de clase. Me extraña porque no le gusta leer y se lo pregunto a su abuela un día que vino a recogerlo. A Luisiño le gusta que yo le cuente cuentos, me dice, y que le lea historias y poesías. Y cuando recibe cartas de sus padres, que emigraron cuando él tenía cuatro años, a él le gusta encerrarse en su cuarto y leerlas a solas. El padre y la madre le cuentan lo que hacen en Suiza, en una ciudad que está al lado de un lago, con montañas cubiertas de nieve casi todo el año, con bosques más grandes que los de la aldea en la que nacieron sus padres y Luisiño. Es una pequeña aldea cerca de Carballo, pero decidieron venirse a Coruña y alquilar un piso en el Agra del Orzán para que el niño, que había nacido muy débil y con problemas en la vista, estuviera cerca de buenos médicos. Por eso decidieron emigrar y dejar al niño al cuidado de la abuela. Viven los dos solos. La abuela, una mujer de unos sesenta años, me contó un día que le pusieron Luis porque al padre le gustaba mucho el fútbol y admiraba a Luis Suárez, el mejor jugador, junto con Fran y Amancio, que ha dado el Deportivo.

A Luisiño los niños, con ese punto de crueldad que suelen tener de vez en cuando, empezaron a llamarle O Chosco, el tuerto en gallego, porque el médico le puso a Luisiño un parche en el ojo izquierdo y lleva con él ya tres años. Al principio se enfadaba mucho y no quería ir al colegio ni salir a la calle, le daba vergüenza, pero gracias a su abuela ahora está encantado y no se lo quiere quitar. Le contó historias de piratas con parche en el ojo que surcaban los mares en busca de tesoros y de aventuras, le contó la mitología de los Cíclopes y de Polifemo, el gigante con un solo ojo en la frente y todo ello le ayudó a admirar a personajes que eran capaces de ser más valientes, más fuertes y de ver más allá que las personas normales. Se sintió diferente, mejor que los niños normales que podían ver con los dos ojos. Tenía suerte, según me contó alguna vez mientras se comía el bocadillo que le había preparado su abuela.

La mirada transparente, distraída, muchas veces ausente, de Lusiño O Chosco, se iluminó un día, iluminó su ojo derecho, cerca ya del fin de curso, cuando las mañanas en el colegio están llenas de luz y de esperanza por la llegada de las vacaciones y las tardes son casi interminables. Yo les leí un poema de Gloria Fuertes titulado En mi cara redondita, que dice así:

En mi cara redondita

tengo ojos y nariz,

y también una boquita

para hablar y para reír.

Con mis ojos veo todo,

con la nariz hago achís,

con mi boca como como

palomitas de maíz.

Y después lo escribí en la pizarra. A todos les hizo mucha gracia, se rieron y disfrutaron con otras poesías de Gloria Fuertes, como La gallinita o El camello cojito. Nunca habían escuchado ni leído cosas parecidas. Les digo, entonces, tenéis que escribir una pequeña poesía sobre vosotros, parecida a la cara redondita, a ver qué se os ocurre.

No recuerdo cómo eran los poemitas que escribieron, aunque seguramente imitarían de manera descarada el que estaba en la pizarra. Sin embargo, el poema de Luisiño, que había mejorado mucho su escritura durante el curso, fue totalmente diferente y el más original, uno de los mejores que escribieron mis centenares de alumnos a lo largo de los años. Era mi primer año de maestro en una escuela que está frente a la casa de mis padres y leyendo el poema que escribió Luisiño comprendí que merecía la pena esa profesión, aunque sólo fuera por conseguir que mis alumnos llegaran a escribir cosas así y sentí que yo era parte de ese pequeño milagro. Repito que no recuerdo la poesía entera, que guardé durante muchos años, pero que se traspapeló y se perdió en los cambios de vivienda, o quizás esté escondida entre los papeles o en medio de alguna carpeta polvorienta que todavía conservo en el trastero. El comienzo decía así:

Yo soy un pirata y un gigante.

Pequeño de estatura, con un ojo grande.

Todo lo veo gracias a mi poder.

Si yo lo quiero nadie me ve.

En la hoja que me entregó Luisiño escribí al final una frase que tampoco se me ha olvidado: “El verso se hizo luz y habitó en tu mirada”. No sé si es la frase de algún poeta, si la había leído o escuchado alguna vez, pero me salió del alma

Una vez acabado el curso, ese mismo verano me fui a Córdoba a hacer el servicio militar y después ya comenzó mi periplo de maestro por Camariñas, Dos Hermanas, Montequinto. He tenido extraordinarios alumnos de los que todavía me acuerdo con cariño y con los que, gracias a las redes sociales, mantengo cierto contacto. Pero Luisiño O Chosco, al que hace más de cuarenta y cinco años que no veo, nunca dejará de estar en mi corazón.

Cíclope Pirata/ Pirate Cyclops | Karim Estefan | Flickr

Paseo hasta el Portiño

Un rayo de luz comienza a flotar sobre el horizonte y las estrellas se esconden poco a poco. He salido a caminar temprano, aprovechando la buena temperatura de estos días. El invierno se acurruca entre los montes, esperando mejores días, sabe esperar pacientemente. Cerca de casa, después de atravesar la calle, todavía solitaria, está la explanada donde descansan los coches durante la noche. Veo al fondo una figura solitaria que se acerca despacio. Lleva una bolsa vacía y doblada en la mano.

Al otro lado de la explanada comienza el camino de tierra que asciende lentamente. Me detengo a atarme bien los cordones de las zapatillas deportivas. La luz del día va ganando protagonismo y el brillo de las farolas apenas se percibe ya. La mujer llega a mi altura y me saluda con un bon día que respondo de igual manera. El suelo de tierra está mojado de los chubascos que cayeron hace un par noches y algunos charcos salpican aquí y allá el terreno. A un lado tojos, silvas y matorrales y al otro un huerto urbano dividido en pequeñas parcelas cuadradas y rectangulares muy cuidadas, con lechugas, patatas y otras plantas que no distingo bien. En un lateral está la caseta de madera donde se guardan, seguramente, las herramientas. Nadie está trabajando todavía la tierra, la gente de la ciudad no está acostumbrada a madrugar.

El camino se ensancha de manera continua y casi imperceptible. La claridad se acentúa y el sol está a punto de salir, aunque los edificios de la ciudad, a mi derecha, me impedirán contemplar su salida. La última vez que recorrí el sendero lo hice corriendo, pero mis rodillas dijeron basta hace unos meses y ahora me conformo con dar largos paseos, añorando el esfuerzo, el cansancio, el sudor y la libertad del cuerpo. Hay que reconocer los mensajes de nuestro cuerpo y saber adaptarse a las limitaciones que nos impone el paso del tiempo.

La primavera se asoma con timidez, pintando de blanco las flores de algunos árboles que se dispersan por el campo. Escucho ladridos lejanos y el motor de un coche arrancando. Delante de mí, una corta pendiente que cuesta subir. A mi izquierda una fuente escondida entre arbustos deja correr un hilo de agua que se pierde entre hierbas altas. Después de la cuesta el camino gira a la derecha y se hace más llano. Un gato me observa expectante, esperando desde lo alto del muro que rodea una casa y cuando me acerco desaparece de un salto. La casa tiene un pequeño terreno alrededor, con un rastrillo, una pala y una carretilla llena de hierba. En la primera planta, una galería acristalada rodea la vivienda.

Continúo caminando, rodeado ahora de pastos, bosquecillos, casas dispersas. Hay un trozo asfaltado porque voy a pasar por el túnel que está bajo la carretera que circunvala la ciudad, ahora llamada Ronda Real Club Deportivo de La Coruña (pobre Dépor, quizás dentro de poco sea sólo un recuerdo). Pintadas en las paredes, el hombre siempre dispuesto a dejar su impronta, siempre la necesidad de comunicación, de expresarse, pero estas no son pintadas artísticas, sino groseras, insultantes, agresivas. Salgo del túnel y ahora el camino vuelve a ascender, más estrecho y oscuro, con más charcos, terraplenes, maleza que crece salvaje. A unos cien metros el camino termina en la carretera que sube hasta el Parque de Bens a la izquierda y baja hasta las casas de San Pedro de Visma. Dudo un momento, pero ya estoy cansado de subir y decido tirar hacia las casas. Cruzo la carretera y acelero el paso un poco, aprovechando la inercia. Las casas son feas, como casi todas las de esta zona. Viviendas de dos o tres plantas, sin gracia, anodinas, grises. A los cinco minutos llego a otro cruce con una pequeña rotonda y aquí vuelvo a dudar. Si sigo de frente subiré hasta el Monte de San Pedro, con las mejores vistas de la ciudad, la Torre de Hércules, las playas, las rías, el océano; a la izquierda baja la carretera hasta el Portiño y el comienzo del paseo marítimo, y a la derecha se baja hasta Los Rosales y la Ronda de Outeiro para regresar otra vez a casa. Miro el reloj y son poco más de las ocho, no me apetece seguir subiendo ni regresar, así que me dirijo hasta el Portiño.

Los coruñeses le tenemos un cariño especial a esta zona alejada de la ciudad, pero lo suficientemente cerca para poder llegar andando sin excesivo esfuerzo. Recuerdo mi adolescencia, cuando llegar allí era una pequeña aventura y mi pandilla de amigos disfrutábamos atravesando campos, leiras, bosques que nos atemorizaban, rodear el Monte de San Pedro, una zona militar prohibida, las chabolas de Penamoa, peligrosas si te aventurabas demasiado, y llegar hasta ese diminuto puerto que a veces nos servía para darnos un baño en verano. Nos quedábamos sentados contemplando las cuatro islas de San Pedro y las olas que suelen romper con fuerza. Alguna vez nos planteamos cruzar el pequeño estrecho que las separa de la costa, pero nunca nos atrevimos.

El Portiño fue siempre un lugar ideal para contemplar el atardecer. Un pequeño bar, frecuentado por jóvenes y adultos que buscan la tranquilidad y el contacto con una naturaleza que ahí se muestra, sobre todo en invierno, en todo su esplendor. En verano es otra cosa, demasiado multitudinaria y estridente. Ahora, con la pandemia y la inauguración hace unos meses del local de la Estrella de Galicia, ha perdido su encanto, pero sigue siendo un lugar que, para aquellos que la visitan por primera vez, es fascinante.

Cuando llego, algunas personas están paseando ya por el paseo marítimo. También hay un corredor que me da mucha envidia. El Portiño está lleno de barcas y de lanchas sobre el muelle y un par de barquitos, en el mar, se mueven acompasadamente con el ligero oleaje. Las olas rompen con fuerza en las islas, pero el agua llega mansa hasta las dos embarcaciones. No bajo hasta allí, sino que me paro contemplando la playita, las islas y la costa. Después de unos minutos, decido regresar, pues no he desayunado y tengo hambre. Todavía me quedan unos días en Coruña. Intentaré disfrutar, si el tiempo no lo impide, de paseos como éste.

Atardecer en El Portiño

Martes de carnaval

Febrero de 1978. Mañana es miércoles de ceniza por lo que hoy es martes de entroido, martes de carnaval. En Camariñas no suele celebrarse, quizás dentro de unos años, sí. Aquí tiene más tradición la romería de la Virxe do Monte y la Virxe do Carmen. No es festivo, hay que dar clase.

Sefa entra la sala de profesores. Al fondo estamos los más jóvenes, hablando de cualquier cosa, relajándonos después de las dos primeras horas de clase. Sefa se acerca a Javier, su marido y dice, dirigiéndose también a nosotros:

–Te recuerdo, Javier, que hoy es martes de entroido y que no hemos preparado nada. Cuando estudiábamos en Santiago nos disfrazábamos siempre. Todavía no he hecho las filloas ni las orejas.

Yo llevo sólo cuatro meses en Camariñas. Me incorporé a finales de septiembre después de hacer la mili. Soy el más joven, el más inexperto y el más tímido. Espero que nadie haga caso y que la indirecta de Sefa caiga en saco roto. Desde que llegué, Javier, Sefa, Mari Carmen, María Jesús, Arturo, Áurea y yo hemos congeniado y solemos reunirnos muchas tardes en casa de Javier y Sefa, un piso que han comprado en la entrada del pueblo. Allí charlamos de todo, incluso de política, escuchamos música, organizamos excursiones para cuando haga buen tiempo, leemos poesía. Es un grupo de gente, alegre, abierta. He tenido suerte. Desde el salón, la vista del puerto de Camariñas es magnífica. Barcos de pesca grandes y pequeños, barcas para navegar por la ría, algún velero fondeado durante unos días. Hay una pequeña zona de arena, sin llegar a ser playa, en la parte más cercana. Allí se ven varadas siempre tres o cuatro barcas, alguna de ellas inutilizada para salir a la mar.

–Ya –dice Javier– pero es que aquí nadie se disfraza, mientras que, en Santiago, sobre todo cuando estudiábamos, hacíamos hasta concursos. Y muchas veces ganábamos nosotros. Pero aquí haríamos el ridículo.

Sefa está comiendo un poco de fruta que ha sacado del bolso. Tiene esa costumbre durante el recreo. Es una muchacha alta, de pelo rubio recogido siempre en una trenza, con un rostro serio que se ilumina cuando sonríe o suelta una carcajada que nos asusta por ser siempre intempestiva. Hace un par de semanas nos enteramos de que está embarazada, pero todavía no se le nota. Javier es ligeramente más bajo que ella, el rostro redondo y con una ligera barba muy cuidada, a diferencia de la mía, que no sé cómo recortarla bien. Desde que llegué del servicio militar no me he afeitado. Una costumbre muy propia de aquella época, casi todos los que regresábamos de la mili estábamos un tiempo sin cortarnos el pelo ni la barba.

–Pues a mí me apetece disfrazarme hoy –dice Sefa, con un ligero mohín y con un tono más bien caprichoso.

–Ea, la embarazada empieza con los antojos –dice Arturo, el mayor de todos–. Tendréis que disfrazaros, Javier, no vaya a salir el niño o la niña con una mancha en forma de careta de peliqueiro. Arturo es el más alto, con una gran melena y una barba que le llega casi hasta la cintura. Según me dijo una vez, toca la guitarra en un grupo de rock en su pueblo de la costa de Lugo. También es un gran bebedor de todo lo que lleve alcohol, no le hace ascos a nada. Por su culpa casi me convierto en un alcohólico en los tres años que pasé en Camariñas.

Javier nos mira compungido, esperando que los demás lo apoyemos. Mari Carmen, que da clase en 7º de EGB y que también es la que ensaya el teatro con los niños para el festival de fin curso, dice entre risas:

–Esta noche nos disfrazamos todos. María Jesús y yo nos encargamos de los disfraces, que tenemos experiencia con el teatro. Con un poco de ropa vieja, unas sábanas, unas bolsas de basura, unas escobas, unas cartulinas y maquillaje, en un par de horas, cuando salgamos de clase por la tarde, lo preparamos todo. Si alguno tiene interés en algún personaje concreto, que lo diga. Y si no, improvisamos, que es mejor.

Yo no digo nada. Estoy buscando una disculpa para no participar. Bastante tiempo estuve disfrazado durante trece meses, con ropa color caqui, para tener que volver a beber de ese cáliz. Cuando estaba a punto de decir que tenía mucho trabajo, muchos cuadernos que corregir, muchas clases que preparar, que me dolía la cabeza o cualquier otra excusa, Arturo, dándome un codazo, dice:

–José Manuel y yo nos queremos disfrazar de curas. Yo estudié en el seminario todo el bachillerato y José Manuel me dijo el otro día que había sido catequista, así que ese papel nos viene que ni pintado.

Me giro hacia él y le digo aterrado:

–¿Estás loco, Arturo? ¿Y de dónde vamos a sacar las sotanas?

–De curas no, pero de Papa es muy fácil –dice Mari Carmen, que ya está haciendo diseños en un folio.

Siempre admiré su capacidad y su imaginación para dibujar, para confeccionar disfraces, para decorar el escenario con muy pocos materiales. Los demás se ponen detrás de ella para ver qué es lo que está dibujando. Yo no me atrevo. Me levanto y salgo al patio de recreo.

Nunca me he disfrazado, ni en carnaval ni en ninguna representación teatral. Nunca participé en obra de teatro alguna, ni me atreví a subirme a ningún escenario. Cuando era estudiante y tenía que salir a la pizarra para resolver algún problema o contestar al profesor, me bloqueaba, empezaba a sudar, a tartamudear y terminaba diciendo cualquier tontería. Lo que más me costó durante el año de prácticas de Magisterio fue ponerme delante de los niños y explicar el tema que me proponían o que me tocaba. Con el tiempo fui cambiando, pero los primeros años de maestro fueron un sufrimiento. Menos mal que los cuatro o cinco primeros cursos di clase a niños pequeños, de primero a cuarto de primaria. En esas edades me encontraba a gusto, era capaz de ponerme a su altura, les contaba cuentos, historias y dejaba correr la imaginación para explicar cualquier tema de lengua, de matemáticas o de sociales. Eso no me costaba ningún trabajo. Después ya fue todo coser y cantar. Pero en esa época, en Camariñas, apenas intervenía en los claustros y sólo era capaz de hablar en los círculos más íntimos de amigos. Con las mujeres era todavía peor. Como ellas no tomaran la iniciativa, yo era incapaz.

Tocó la sirena para regresar a clase. Cada profesor tiene una zona donde esperar a los niños de su clase, que se colocan en fila perfectamente alineados para entrar cuando el director lo diga. Peor que en la mili. Años después eso será una utopía, cada niño entrará en el aula dando empujones. La clase de Arturo y la mía están juntas y las filas también. Mientras esperamos a que se dé la orden para entrar, Arturo me dice:

–Hemos quedado en casa de Javier y Sefa a las seis, que nos invitan a merendar. Después, entre todos, hacemos los disfraces. Cuando sean las nueve o las diez, depende, nos vamos a ir en dos coches hasta la playa do Lago. Allí podremos cenar cualquier cosa, escuchar música, cantar. Javier ha convencido a los demás para no salir aquí en el pueblo, porque unos maestros que encima tienen fama de juerguistas no deberían dar la nota disfrazados por las calles, así que sólo vamos a vernos nosotros.

Menos mal, pienso. Por lo menos no haremos el ridículo. Sólo de imaginarme la cara de la señora Carmen, la del sargento, la de las madres que nos vieran por la calle o las de cualquier compañero del colegio, me pongo enfermo.

Pasan las horas en el colegio muy lentamente. Los niños me notan distraído y aprovechan para hablar más de la cuenta o para levantarse sin permiso. Se tiran papeles, hacen ruido con las sillas. De vez en cuando les llamo la atención, pero tengo la cabeza en otro sitio. Me entran sudores sólo de pensar que alguien nos vea. O que mis amigos me vean. Siempre he tenido miedo al ridículo. Bueno, hace años que ya me importa menos lo que piensen los demás, pero en aquella época, con 22 años, yo era una persona muy diferente.

Y llegaron las seis de la tarde, la hora fatídica. Arturo y yo, que tenemos una habitación cada uno en la pensión de la señora Carmen, nos acercamos en su coche hasta la puerta de la casa, a pesar de que está a poco más de cien metros. Por la noche, cuando salgamos disfrazados, María Jesús y yo vamos a ir con él, Mari Carmen, Áurea, Sefa y Javier en el otro coche. Viven en el segundo piso. El panadero está en la puerta de la casa y nos da las buenas tardes. Es el dueño de todo el edificio, un bajo donde está la panadería, el primero, donde viven el panadero, su mujer y dos hijas y el segundo, donde viven Javier y Sefa.

Cuando llegamos Arturo y yo, ya están todos los demás en faena. Sefa en la cocina haciendo filloas, orejas y café, ayudada por Áurea. Los otros están en el salón, rodeados de sábanas viejas, cartulinas recortadas, pegamento, lanas de distintos colores, tijeras… Mari Carmen, María Jesús y Javier están recortando unas sábanas que, según dice Javier, son viejas y nada más que iban a servir para hacer trapos. Los demás nos ponemos a recortar cartulinas según los diseños que ha dibujado Mari Carmen. No me caracterizo por mi habilidad, pero como sólo hay que seguir las líneas dibujadas, eso sí que soy capaz de hacerlo sin salirme. Apruebo.

Sefa y Áurea, una maestra regordita y pecosa a la que le gusta mucho la cocina, se acercan con un par de bandejas. Dulces, café, leche y colacao sirven para hacer un alto y tomar fuerzas. Las filloas y las orejas están muy buenas y el café muy cargado, para que podamos aguantar por la noche. Antes de que sea más tarde, Arturo y yo nos acercamos al bar del paseo para que nos hagan unos bocadillos y compramos también un poco de empanada, queso, chorizo, vino, cervezas…. Tenemos que cenar bien en la playa y meternos calorías para el cuerpo, que hará mucho frío y, sobre todo, humedad. Menos mal que hace un par de días que no llueve.

Cerca de las nueve ya está todo terminado. Me parece increíble haber sido capaces de hacer siete disfraces en un par de horas. Arturo y yo, con sábanas, unas cuerdas como cíngulos, unas cartulinas en la cabeza simulando tiaras y los palos de escobas como báculos, somos la perfecta representación del Papa Pablo VI. Por cierto, ese año 1978 fue el año de los tres papas: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. No sé si nuestros disfraces fueron una premonición o una maldición. Prefiero no saberlo

Javier y Sefa, para complementar nuestros disfraces, se vistieron de monjas. Los hábitos estaban hechos con bolsas de basura y las tocas con trozos de sábana y cartulinas. Mari Carmen, María Jesús y Áurea, de fantasmas de la Santa Compaña, con velas y cadenas hechas de bolas con cartulina negra, cuerdas y bolsas de basura. No sé cuántas sábanas se cortaron ese día, pero me parece que el ajuar de Sefa y Javier menguó bastante. Todavía no puedo comprender cómo nos pudimos disfrazar en tan poco tiempo.

Llegó la hora de la verdad. Como buen Papa, yo rezaba a todos los santos y vírgenes para que nos viera nadie. Era noche cerrada. Los dos coches estaban aparcados delante de la puerta. Como el edificio estaba relativamente alejado del centro del pueblo y era la hora de la cena, tuve suerte, aunque los demás formaban bastante jaleo. Los fantasmas ululando, y los demás rezando en voz alta el rosario en latín, como era menester para evitar que la Santa Compaña nos llevara al inframundo o a recorrer la Tierra durante las noches.

Por suerte, nadie nos vio, o eso creo. Una vez en los coches, respiré aliviado. Cruzamos Xaviña, Ponte do Porto pasando sobre el río Grande y cogimos por la carretera que bordea la ría frente a Camariñas. Era una noche relativamente clara, con una luna en cuarto creciente y algunas estrellas. Hacía frío. La carretera, solitaria, bordeada de pinos y eucaliptos. A la derecha se adivina la ría. Arturo ha puesto en el radiocasete del coche música de los Beatles. María Jesús protesta, quiere escuchar a Fuxan os Ventos, pero Arturo se niega. María Jesús está casada, su marido es profesor de instituto en un pueblo de Orense y se ven todos los fines de semana en Santiago, donde viven habitualmente. Es una muchacha menuda, delgada, con una nariz aguileña que le da un gran carácter a su rostro. Siempre habla de política, es militante del Movimiento Comunista y nos intenta concienciar sobre la lucha de clases. La mayor parte de nosotros está en otra onda, más nacionalista.

En algo menos de media hora estábamos,  ya en la Playa do Lago. La playa es una de las más bonitas de la Costa da Morte, con una arena muy fina y los pinos llegando casi hasta la orilla. Allí desemboca el río Lago, formando un pequeño meandro que se ensancha al subir la marea. Cuando llegue el buen tiempo iremos casi todas las tardes a darnos un chapuzón. Desde allí se ve perfectamente el pueblo de Camariñas, una línea de luces al otro lado de la ría. En un extremo de la playa hay un pequeño faro cuya luz destellea acompasadamente, dos destellos largos.

Bajamos de los coches cerca de las once de la noche y lo primero que hacemos es cenar. Estamos muertos de hambre. Primero terminamos los bocadillos y después dimos buena cuenta de empanada, queso, chorizo y unos chicharrones que a última hora trajo Sefa. Está en todo. No sé cuánto bebimos, pero tuvo que ser mucho. Y entonces empezamos a cantar “A saya da Carolina” a voz en grito. Monjas, papas y fantasmas girando cogidos de la mano en círculo, con dos o tres velas encendidas en medio. Si alguien nos hubiera visto en esos momentos hubiera huido despavorido, pero estamos en medio de la nada, no hay un alma en kilómetros a la redonda. Quizás nos escuchen enfrente o en algún barco que haya salido a pescar. Después siguieron otras canciones y música instrumental de Milladoiro. Sefa paró a descansar muy pronto, pero los demás continuamos sin freno. Yo ya no me acordaba de mi timidez y era el que más alto cantaba y el que daba los saltos más grandes.

Pero todo acabó de golpe. En plena fiesta de saltos, gritos y música, dos potentes luces nos deslumbraron y la voz de alguien que hablaba por un megáfono cortó en seco nuestra alegría:

–Hagan el favor de callarse y acercarse. Somos la guardia civil de Muxía.

Bastó esa simple frase para que la alegría y el jolgorio cesaran. Todos nos fuimos acercando a las luces, que salían de un Land Rover verde aparcado en una pequeña elevación entre los pinos. María Jesús era la que abría el grupo, rezongando sobre la falta de libertad, sobre la dictadura, sobre la represión, y yo el que lo cerraba, muerto de miedo y de vergüenza. Formábamos una pandilla que, ahora lo pienso, era muy sospechosa. Playa gallega, de noche, atuendos bastante inapropiados por no decir ridículos, medio borrachos, época de contrabando de tabaco… Como para meternos en la cárcel sin preguntar y sin juicio. Todavía no se había aprobado la Constitución, faltaban unos meses, así que estaban vigentes las leyes franquistas. Yo me veía torturado en una celda, condenado por escándalo público, expedientado y apartado de la carrera, como mi abuelo, pero con mucha menos dignidad. Tiritaba de frío, el alcohol se había evaporado de golpe y notaba que se me estaba descomponiendo el vientre.

Llegamos hasta el coche y vimos que en realidad eran dos vehículos y cuatro guardias armados de metralletas. Lo primero que hicieron fue pedirnos la documentación. Menos mal que todos la llevábamos encima. Mientras la revisaban, María Jesús, Javier y Sefa les explicaban quiénes éramos, dónde trabajábamos y qué era lo que estábamos haciendo. Sin decirnos una palabra, uno de los guardias se metió en el Land Rover y comenzó a hablar por radio con alguien. Al poco rato, más sonriente, nos devolvió los DNI y nos tranquilizó. Había contactado con el puesto de la guardia civil de Camariñas y el sargento, al que yo conocía porque comía en la misma pensión que yo, les había confirmado quiénes éramos.

–Haced el favor de no venir otra vez de noche por aquí –nos dijo–. En esta zona se producen desembarcos de tabaco y nosotros patrullamos para detener a los contrabandistas, así que también puede ser peligroso para vosotros si, por casualidad, coincidís con ellos.

Dando las gracias y pidiendo disculpas, incluida la comunista María Jesús, nos despedimos y regresamos a los coches. No paramos de hablar en todo el camino, comentando todo lo ocurrido, riéndonos a carcajadas cuando nos mirábamos y veíamos las pintas que llevábamos, dos papas y una fantasma. Llegamos a Camariñas sobre las dos o tres de la madrugada y subimos al piso. No había un alma en el pueblo, menos mal. Intentando no hacer demasiado ruido empezamos a cambiarnos, pero las carcajadas de Sefa nos contagiaron y el resto de la noche siguió entre risas, humo de tabaco y cubatas. Mañana sería otro día.

No pegamos ojo y cuando llegó la hora de ir a trabajar, casi todos teníamos dolor de cabeza y mal cuerpo, pero cumplimos nuestro deber con total profesionalidad, creo. No sé si alguno de los maestros notó algo raro, pero en la sala de profesores, las carcajadas de Sefa sonaron como nunca.

Una noche de carnaval inolvidable mágica e irrepetible. Una pena que en aquella época no hubiera móviles para hacernos selfis, ni Instagram. Hubiéramos sido trending topic, seguro.

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Un escritor asesino

Me gusta escribir en el estudio, la puerta cerrada para que nadie me interrumpa, lo que es una tontería porque vivo solo, pero me da una sensación de aislamiento que no encuentro con la puerta abierta. Tengo que escribir con música de fondo en el tocadiscos para concentrarme bien. El silencio completo me agobia. Antes de sentarme elijo el disco, generalmente rock tranquilo o alguna obra clásica, que forman una especie de mar de fondo donde sumergirme cuando me canso de escribir o cuando me quedo atascado en alguna frase, lo que sucede con demasiada frecuencia. No tengo un horario fijo, porque suelo escribir ocasionalmente, cuando se me ocurre alguna idea que considero original, cuando estoy aburrido y no me apetece salir o ver la televisión o cuando hay alguna noticia que me llama la atención y la comento, casi siempre sobre política, lo que da mucho juego. Después de escribir en el procesador de textos paso el texto al blog y lo cuelgo en Facebook. Como mucho, dedicaré a la escritura seis o siete horas semanales. Me lee muy poca gente, así que no tengo problemas a la hora de expresar abiertamente mis opiniones, pero me doy cuenta de que la política suele producir ampollas y la gente se enfada cuando la opinión de otro no coincide con la suya. Pero disfruto, me gusta la polémica.

Ahora estoy en racha. Me he enganchado a una historia que se me ocurrió hace un mes sobre un grupo de indeseables que se dedican a secuestrar a personas, generalmente jóvenes y niños, para traficar con sus órganos. A veces con engaños y otras por la fuerza, los retienen en una venta de las afueras de un pueblo, habilitada con seis o siete habitaciones perfectamente acondicionadas e insonorizadas en un sótano, así como una sala con un quirófano donde se realizan las operaciones de extracción de las diferentes partes del cuerpo. El dueño de la venta, su mujer, su hijo y dos vecinos del pueblo, albañiles que han construido poco a poco el siniestro refugio, son ayudados por un médico sin escrúpulos. Los secuestros se realizan muy espaciados y en lugares diferentes, para que la policía no investigue demasiado.

(En este momento oigo una pequeña llamada en la puerta del estudio, que se abre y escucho la voz de la mujer que viene a limpiar dos veces por semana:

–¿Me puedes decir dónde está el rascador de la vitrocerámica, que no lo encuentro?

Me levanto, abro el cajón donde ha estado siempre y se lo doy.

–Vaya, no habré mirado bien –dice con descaro, sin pedir disculpas por haberme interrumpido sin motivo.

Estoy acostumbrado a sus desplantes desde que mi mujer y yo nos divorciamos y prefirió quedarse conmigo porque yo le pago más. Pero alguna vez tendré que pararle los pies).

Vuelvo al estudio. El tocadiscos se ha detenido porque el disco que puse (uno de Pink Floyd) ha terminado en su cara A. Le doy la vuelta y comienza Have a cigar. Me entretengo mirando la portada del LP, dos hombres trajeados dándose la mano en la calle de un polígono industrial. Uno de los hombres, el de la derecha, tiene llamas en el pelo, en un brazo y en una pierna. Supongo que la imagen tendrá que ver con alguna de las letras del disco, pero como no sé inglés, no tengo una explicación.

Continúo con la historia de los traficantes de órganos. Ahora estoy enredado con la descripción de uno de los personajes, el médico que realiza las operaciones. Era un médico de prestigio, número uno de su promoción, persona generosa cuando comenzó a ejercer, afable y cercano con los pacientes, pero la envidia de varios compañeros, el mal resultado de una difícil operación y la denuncia de los familiares del enfermo provocaron que lo despidieran de la clínica y tuviera que irse a un pueblo como médico de familia. Amargado y dolido, es contactado por una red que se dedica al comercio ilegal de órganos.

(Cuando llevo escritas unas quince o veinte líneas, totalmente concentrado y entusiasmado porque, por fin, encuentro el ritmo y las frases adecuadas, vuelvo a escuchar golpecitos en la puerta.

–Me puedes ayudar a quitar las ventanas del salón, que yo sola no puedo?

Levanto las manos del teclado, me giro lentamente y la miro a los ojos durante un par de segundos.

–Hasta ahora siempre lo has hecho tú sola –intento hablar con tranquilidad, pero noto que la voz me tiembla ligeramente.

–Sí, es verdad, pero hoy me duele algo la espalda y tengo miedo de que me dé un parraque y me quede como una alcayata –me dice con una medio sonrisa, como disculpándose.

Miro las últimas frases en la pantalla del ordenador, esperando que cuando regrese no haya perdido la inspiración, aunque estoy casi seguro de que no va a ser así. Me levanto, ayudo a la mujer a quitar las ventanas, que hay que reconocer que pesan mucho porque son de climalit y me vuelvo al estudio).

Como me temía, no soy capaz de finalizar el último párrafo sobre el médico. La frase “Estaba sentado en la puerta de la casa, contemplando un paisaje de cielo gris azulado y nubes que se acercaban amenazadoras, como un reflejo de su vida actual, gris e inquietante, sumergida en un líquido espeso que lo tenía atrapado…”. No sé cómo continuar. Escribo palabras que no tienen sentido y las borro con furia en la pantalla.

Dejo la descripción del médico y cambio de página. Ahora me dedico a describir el miedo y la desesperación de una de las personas atrapadas en una habitación. Es una mujer maltratada que huye de su casa con el rostro tumefacto después de la última paliza de su pareja. Llevaban conviviendo dos años y en ese tiempo, lo que comenzó como una apasionada historia de amor, se ha convertido en un infierno de insultos, gritos, golpes y vejaciones de todo tipo. No quiero detenerme demasiado en su historia, porque lo que me interesa es reflejar la angustia, el pánico que siente desde hace tres semanas, el tiempo que lleva secuestrada. Contactó con ella el hijo del dueño, un muchacho de unos veinticinco años, de aspecto agradable, siempre sonriente y muy hablador, aunque sus fríos ojos verdes desentonan en el conjunto. Vio a la mujer en la estación de autobuses de una ciudad del centro del país, y desde el primer momento supo que era una víctima fácil.

(Maldita sea, vuelvo a escuchar los golpes en la puerta y esta vez, antes de que se abra, casi grito:

–¿Qué quieres ahora? ¿No puedes dejarme trabajar sin interrumpirme cada cinco minutos?

–Perdona, sólo quiero que me ayudes a poner las ventanas en su sitio –me dice con un ligero retintín–. No creo que eso sea demasiada molestia, que a ti no te cuesta ningún trabajo.

Vuelvo a levantarme, cada vez más enfadado. La mujer lleva sólo una hora en casa y ya he tenido que suspender la escritura tres veces. Poner las ventanas me cuesta mucho más trabajo, más de un cuarto de hora. Termino sudando y maldiciendo la hora en que se me ocurrió mantenerla a mi servicio. Si hubiera contratado a una mujer del este o sudamericana, seguro que tendría menos problemas. O acudir a una empresa de limpieza, que sería mucho más cómodo, aunque también más caro, y mi economía, después del divorcio y con la pensión que le tengo que pasar a mi ex todos los meses no está demasiado boyante. Pero esta señora ya ha cogido demasiadas confianzas y es más un estorbo que una ayuda. Mi enfado va subiendo varios grados por momentos, así no hay quien trabaje ni quien se concentre).

¿Dónde me había quedado? En el miedo de la mujer maltratada, sí. Ahora vuelvo atrás y describo con crudeza los insultos del marido, los golpes, las patadas. Me identifico con él y cada golpe lo doy con furia, disfrutando, sin atender a las súplicas, a los gemidos, a la sangre que brota de los labios partidos, a los moratones que aparecen en la piel de la cara, cada vez más tumefacta. Un párrafo, dos, tres. Y cuando estoy a punto de terminar esta parte, saboreando el momento y viendo, como si fuera una escena a cámara lenta, el puño levantado, la sonrisa malvada del marido que sabe dónde va a golpear para que duela más…

(Tres golpes enérgicos en la puerta. Esto no está sucediendo, me digo. Esta vez no se atreve o no quiere abrir la puerta.

–Necesito que me des dinero para ir a comprar lejía, que se ha terminado y no puedo seguir limpiando).

Noto que algo ha cambiado en mi interior. Dejo de escribir, le doy un último vistazo a la última frase, me levanto despacio y cojo un candelero de bronce que está en una repisa al lado de la puerta. Nos lo regaló mi suegra, al año de casados, para que decoráramos un poco la casa, que según ella parecía un hospital robado, sin adornos de ningún tipo. Es un candelero pesado, con una base redonda más ancha y que me va a servir perfectamente. Nunca lo habíamos utilizado para poner una vela y encenderla, ni siquiera en las cenas íntimas que organizábamos cuando aún quedaba algún rescoldo de cariño. Pero ahora le voy a dar un uso muy adecuado.

Abro la puerta y antes de que la mujer pueda abrir la boca ni hacer un gesto, le asesto un golpe tremendo en la cabeza. Veo su mirada asombrada, pero no asustada. No le ha dado tiempo a proferir ni un grito y cuando cae, sigo golpeando, siempre en la cabeza, hasta que ésta se convierte en una masa informe. Ahora ya sé perfectamente lo que siente un asesino y podré utilizarlo en mi novela. En esta o en las próximas que voy a escribir.

Tengo la ropa, la cara y las manos llenas de sangre y así, sin lavarme, vuelvo a sentarme delante del ordenador. Me pongo en situación y termino la descripción del maltrato. En mi novela, el hombre no mata a la mujer, pero hay que ir pensando en alguna historia de asesinos en serie. Termino y, sin mirar hacia la puerta donde está la asistenta muerta, cojo el teléfono y llamo a la policía. Sale una voz ronca que me pregunta qué deseo.

–Acabo de matar a la mujer que viene a limpiar a casa. Mi dirección es… Por cierto, ¿sabe usted si en la cárcel permiten tener un ordenador, una máquina de escribir o, en su defecto, folios y bolígrafo?

Resultado de imagen de asesino y escritor

¡Cómo se estropean los cuerpos!

Hasta este año de cuyo número prefiero no acordarme ni nombrar, solía programar las visitas a los médicos especialistas a lo largo de los meses para realizar los chequeos que, como comprenderéis con los años que llevo a mis espaldas y sobre los hombros, son necesarios, imprescindibles, yo diría que obligatorios. Los coches, cuando cumplen cuatro años, tienen que pasar una ITV, primero cada dos años y después una vez al año, hasta que, cumplida su misión, se llevan al desguace. Y la visita a su último destino se puede dilatar dependiendo de cómo lo hayamos cuidado. Las personas no somos tan previsibles ni somos todas iguales; las hay que apenas visitan médicos y hospitales a lo largo de su vida y otros los visitan constantemente, en ocasiones por necesidad y otras por hipocondría. Pero llegados a una edad, que suele rondar la cincuentena, a veces antes, nuestro chasis, el motor, los amortiguadores y otras piezas, comienzan a desgastarse más o menos, dependiendo del trato que les hayamos dado y tenemos que empezar a preocuparnos y, seguramente, a notar los síntomas del desgaste, con lo que comenzamos a pasar las correspondientes ITV. No sé si la comparación de nuestro cuerpo con un coche es la más original o adecuada pero no se me ocurre otra. Y no digamos comparar la ITV del coche con los chequeos médicos periódicos, eso sí que es una metáfora y no las de Góngora. Los que habéis leído algo de lo que escribo ya habréis comprobado que soy poco amigo de frases ampulosas y menos aún de descripciones prolijas, adjetivos innecesarios, oraciones subordinadas, anáforas, alegorías, hipérboles y otras virguerías del lenguaje. Eso lo dejo para los que saben escribir, ya sabéis.

Así que, debido a eso que todos conocemos y que tampoco quiero nombrar, meigas fora, no he tenido más remedio que concentrar todas las revisiones en los últimos meses. Os haré un breve resumen, por si os puedo dar ideas de cómo organizarse y qué hacer. Si os duele algo o tenéis alguna sospecha, no lo dudéis, acudid al médico. Y ahora porque no se permite que en las esperas de las consultas haya mucha gente, pero os puedo asegurar que es uno de los lugares más divertidos que uno puede visitar. Si sois observadores, lo podréis comprobar. Empecemos con las revisiones.

Comencé en septiembre por la visita a mi querida dermatóloga, que tiene nombre de personaje de Don Juan Tenorio, Inés. Es una mujer muy simpática, todavía joven, pero con experiencia y con un notable sentido del humor, además de ser una gran especialista. El año pasado me diagnosticó una queratosis actínica y el tratamiento consiguiente me dejó la frente y parte del cuero cabelludo como un campo de minas. Hay fotos que lo demuestran, pero, como es lógico, no voy a mostrarlas aquí. Además, me aconsejó que utilizara un sombrero que me protegiera del sol, así que, a partir de ese momento, el mencionado adminiculo me acompaña en los meses de verano y me proporciona una figura que es la envidia de todos aquellos que me contemplan y que acuden presurosos a comprarse uno similar. Este año, nada más verme y tras los saludos de rigor, me espetó, así, sin anestesia: me parece, José Manuel, que se te está cayendo el pelo (sí, pensé, se me cayó en el verano, cuando recibí una llamada de Hacienda que me dejó la cuenta corriente temblando, pero no comenté nada, como comprenderéis). Sí, contesté, ya me había dado cuenta, pero pensaba que eran figuraciones mías. Se levantó de la silla, rodeó la mesa, se acercó a mí y me observó los cabellos con una lupa durante unos instantes que me parecieron eternos. Tiró de algunos de ellos y los arrancó con cierta facilidad. Pues sí, me temo que tienes una alopecia frontal fibrosante, algo que es más propio de las mujeres que de los hombres, pero esta vez te ha tocado a ti. Lo que me faltaba, me digo, una enfermedad propia de mujeres, no es sólo que me vaya a quedar calvo, lo que ya de por sí es bastante frustrante, teniendo en cuenta que en mi familia no hay calvos. Bueno, dice con una medio sonrisa irónica, pero también cada vez hay más hombres que la padecen, debe de ser cosa de la alimentación, del tipo de vida, de la contaminación, vaya usted a saber, todavía no hay estudios que lo confirmen, me dice viendo mi rostro abochornado. Vuelve a sentarse, escribe algo en una hoja y me la da. Este es el tratamiento, a ver si podemos evitar que se te quede la cabeza como a los payasos, que ese suele ser el resultado de la enfermedad. Lo que me faltaba, vuelvo a decirme una y otra vez. Me levanté alicaído y me despedí con una breve frase que no recuerdo. La verdad es que no sé siquiera si me despedí. Nos vemos dentro de seis meses, a ver si ha dado resultado el tratamiento. Como no dé resultado va a venir tu abuela, que yo no vengo con la cabeza así. Primero me voy a Turquía, a que me hagan un trasplante capilar.

El siguiente especialista fue el cardiólogo, al que tengo que visitar cada seis meses, no por gusto, claro, sino porque la última vez me descubrió un prolapso en la válvula mitral, es decir, que la válvula no se cierra adecuadamente. Ea, a rebajar el nivel del ejercicio, pensé, tendré que dejar para mi siguiente vida lo de volver a correr maratones, dije en voz alta. Y por qué, me dice el médico, yo no te he dicho que tengas que dejar de hacer ejercicio. Pero es que el corazón es una cosa muy seria, volví a decir. Ya, pero esto no tiene demasiada importancia, este prolapso lo tiene mucha gente, incluso deportistas de élite, y hacen una vida normal, lo único es que hay que vigilarlo. Además, di la verdad, tú ya no estás para correr maratones. Maratones no, digo, pero salgo a correr dos o tres veces por semana unos seis o siete kilómetros. Sin problema, me dice, no intentes batir récords y sigue con tu vida normal. Pues nada, mejor, porque lo de dejar de correr no me apetecía nada. Todo eso ocurrió la primera vez que me vio, ahora me dijo que todo seguía igual, ni mejor ni peor, así que a seguir con las mismas pautas de vida. Menos mal, podré seguir comprando mis maravillosas zapatillas Asics, cosa que suelo hacer casi todos los años en verano, aprovechando las rebajas.

A continuación, el dentista, que vive debajo de mi casa. Limpieza de boca y ya está, no hay caries ni ninguna cosa rara. Hasta la próxima. Salgo más alegre que unas castañuelas, porque las últimas veces salía con cincuenta o cien euros menos. No me extraña que haya tantas clínicas dentales, que cuando vas por la calle te encuentras una cada cincuenta metros.

Cuarto especialista, el oftalmólogo. En las últimas revisiones todo había ido muy bien, ni me había aumentado la miopía ni el astigmatismo, no tuve que cambiar gafas ni cristales, más ahorro. Esta vez, después de un exhaustivo análisis del fondo del ojo, de la córnea, del humor vítreo, etc., me dice que tengo la tensión ocular alta y que tengo que hacerme diversas pruebas, a ver si está dañada la retina. Acongoje general, sudoración, incremento de las pulsaciones. Al cabo de tres días me hago las pruebas y nada, está todo normal. Ven dentro de un mes, para controlar esa tensión. Regresé y ya había bajado a dieciocho en cada ojo (antes la tenía a veintiuno). A partir de ahora tengo que ir cada tres o cuatro meses. Otra preocupación más, o menos, según se mire.

La penúltima visita, al urólogo. Este personaje, no la persona, que sí me cae bien, no me gusta demasiado. Estudia una zona delicada, que cuando eres joven da mucho juego pero que, a partir de ciertas edades, entre las que me encuentro, más que goce da dolores de cabeza. Las personas humanas hombres tenemos un órgano denominado próstata que tiene diversas funciones necesarias e imprescindibles en la juventud y en la edad adulta, pero que, en estos momentos apenas la necesito, o la necesito en un grado digamos que mínimo. Sin embargo, puede ser muy puñetera porque, no sé bien por qué, suele aumentar de tamaño con el paso de los años y obligarte a visitar el cuarto de baño más veces de las que uno quisiera, sobre todo por las noches, no sé si debido a la posición horizontal durante el sueño. El caso es que hasta ahora no tengo demasiados problemas y el tamaño de mi glandulita sigue prácticamente igual que cuando era un adolescente, o por lo menos eso es lo que me dice mi especialista. Lo único malo es que todos los años me receta una ecografía de abdomen y un análisis de sangre y de orina, que me lo hago unas semanas antes de ir a verle y llevarle los resultados. La ecografía, bien, pero esta vez los análisis son regulares: 235 de colesterol, ha subido bastante desde el año pasado. Y la glucemia, 100, lo que tampoco me tranquiliza ya que hace un par de años la tenía en 80. No le da demasiada importancia y lo achaca al estrés y al menor ejercicio provocado por…, lo que todos habéis adivinado.

Por último, el traumatólogo, que no es una visita que yo realice habitualmente pero que este año estoy obligado, porque hace unas semanas que me duele la rodilla derecha. Así que, medio cojeando, me acerco a la consulta. Y digo que medio cojeando porque me niego a utilizar el coche, primero porque aparcar en donde está ubicada es una tarea ímproba y casi imposible, y segundo porque hay que hacer ejercicio, que tengo que bajar el colesterol y el azúcar. Saludo al doctor, al que conozco desde hacer 23 años, según me comenta al leer mi expediente, y me tiende en la camilla. Esperemos que no sea una rotura de menisco o el ligamento cruzado, le digo, que no soy Messi ni Cristiano. Sonríe, manipula pierna y rodilla y, tras una pequeña opresión en determinada zona, suelto un medio aullido de dolor. El puñetero médico sabe dónde hacer daño, siempre hace lo mismo, no tendría precio como torturador nazi. Creo que ya sé lo que es, me dice, un problema en la rótula, pero vamos a confirmarlo, hazte esta resonancia magnética.

Cojeando más que cuando llegué, porque ha debido romperme algún hueso con la manipulación en la rodilla, pido cita en una clínica a la que he ido muchas veces. No voy a contar la odisea de la recogida de los resultados porque, además de enfadarme cada vez que lo recuerdo y subirme la tensión, me dan ganas de regresar y pegarle fuego. Sólo informar de que tuve que ir cuatro veces y esperar cada una de ellas cerca de dos horas. Problemas con la informática, me decían cada vez. Y un cuerno, me digo yo. Inútiles, sería la palabra que mejor los definiría. Pero dejaremos eso para mejor ocasión. El resultado de la prueba es, según el radiólogo: cambios degenerativos y condromalacia rotuliana grado III. O sea, en lenguaje llano y comprensible, o en román paladino, como prefiráis, que mi rótula es una degenerada debido a la mala vida que le he dado durante cincuenta años de carreras, que he calculado, así por encima, que he entrenado y corrido unos 50.000 kilómetros. Y de andar, ni hablamos. Ya lo dice mi médico de cabecera, que es bético y sabe mucho de esto: correr es de cobardes, dedícate al golf, cosa que también me recomienda mi amigo José Enrique. El traumatólogo, sin embargo, no es tan tajante. Unas pastillas para intentar regenerar lo que se pueda y ejercicios de rehabilitación que comenzaré pasadas las fiestas.

Como decía la gran Lina Morgan: ¡cómo se estropean los cuerpos!

Ya queda poco para que empecemos a preparar la cena de fin de año, a ver si le podemos dar una fuerte patada a este que termina y entramos con buen pie, aunque sea cojeando, en el próximo. ¡Feliz año!

Mentes hechas pedazos | Iconoclasta. La provocación en estado puro

El Quijote y la misa

Don Quijote de La Mancha | Don quijote dibujo, Frases de don quijote,  Quijote de la mancha

Hace ya mucho tiempo que C no sale de casa para escuchar misa en la parroquia. Mejor dicho, hace ya mucho tiempo que C no sale de casa. No es que padezca agorafobia, trastorno de la personalidad, reniegue de las relaciones sociales ni nada por el estilo, pero parece que la actual situación la ha paralizado, rechaza todo aquello que suponga pisar la calle. Desde el mes de octubre, se pueden contar con los dedos de una mano las veces que ha salido. Antes de que empezara la pandemia, teníamos la costumbre de acercarnos hasta el centro de la ciudad dando un largo paseo. Avenida Ramón y Cajal, la Enramadilla, el Prado de San Sebastián, calle San Fernando, avenida de la Constitución, Plaza Nueva y calle Tetuán hasta llegar a la Iglesia del Santo Ángel. Era un paseo agradable, aprovechando que las mañanas de domingo en Sevilla suelen ser muy luminosas, incluso cuando está el cielo cubierto o llueve. Es una luz que pinta las casas y las calles, los jardines y los parques con una paleta de colores muy definidos y reconocibles, diferentes a otros lugares. Mientras que en Coruña, mi otra ciudad, en esta época las líneas y las formas se difuminan como si mirásemos a través de un velo que suavizara los objetos o se fundieran en un abrazo, en Sevilla cada cosa se distingue con nitidez, se individualiza, se destaca de los otros y brilla con luz propia. Son dos paletas de colores distintas, cada una con su belleza, con su encanto, las dos admirables. C entraba en la iglesia y yo aprovechaba para dar un paseo o sentarme en una terraza a tomar un café y leer el periódico. Y cuando terminaba la misa, yo la recogía y nos íbamos al Salvador o a cualquiera de las muchas tabernas que hay en Sevilla a beber un vino o una cerveza. La mayoría de las veces terminábamos comiendo con un par de tapas y regresábamos a casa caminando o cogiendo el tranvía.

Pero todo eso terminó cuando la pandemia cambió nuestra forma de vivir. C no quiere entrar en una iglesia por muchas restricciones, medidas de seguridad, distancia, gel y mascarillas que se utilicen. No se fía ni siquiera de andar al aire libre por un parque solitario, así que, desde entonces, a pesar de que ya no estamos confinados desde hace muchos meses, C decidió no ir a misa, quedarse en casa y verla por televisión. Así que suelo quedarme sentado en el salón leyendo mientras ella ve y escucha la misa. Sigue la liturgia realizando todos los ritos establecidos: se levanta, se sienta, se persigna y reza cuando es menester. A mí no me molesta. De vez en cuando levanto la vista del libro y me fijo en lo que emite la televisión. La misa se retransmite cada día desde lugares diferentes. Hoy se celebra el Día de la Inmaculada Concepción y la televisión pública se ha desplazado hasta un pueblo de la provincia de Toledo. No me he fijado en el nombre, pero compruebo que la iglesia es amplia, de paredes blancas, con una nave central y dos naves laterales. Las columnas son rectangulares y se unen mediante arcos de medio punto. Está decorada con austeridad, apenas se ven imágenes, aunque el retablo que la preside destaca por su color dorado, cuatro o cinco santos y una virgen con un niño en brazos. Parece que se respetan las medidas de seguridad establecidas por el gobierno, sólo dos personas en cada banco. En total debe haber unos cincuenta fieles en la iglesia, pero me llama la atención el número tan grande que puebla el altar mayor, doce, entre sacerdotes, diáconos y monaguillos, todos con mascarilla, pero sin mantener ni la más mínima distancia social. Mal ejemplo.

Es una misa concelebrada y cantada. Los sacerdotes visten casulla de color azul celeste, como corresponde a tan señalado día. Hay un coro en el lateral con instrumentos de cuerda y de percusión. Cuando entran los celebrantes, precedidos por una nube de incienso que sale del incensario que mueve el diácono, el coro comienza a cantar. Esto va para largo, me digo, así que abro el Quijote que comencé a leer hace una semana. Este Quijote es la versión traducida al castellano actual por Andrés Trapiello. Después de haber leído las primeras páginas llego a la conclusión de que si nuestros estudiantes se hubieran acercado al Quijote en esta versión, el número de lectores se habría multiplicado, porque reconozco la dificultad de leer el libro en un castellano del siglo XVII, más alejado del nuestro de lo que se cree. Deslizo la vista por el comienzo del capítulo XXV, aquel en que Don Quijote, a imitación de Amadís de Gaula, comienza a realizar la penitencia que él mismo se ha impuesto.

Este es el lugar, oh cielos, que destino y escojo para llorar la desventura en que vosotros mismos me habéis puesto. Este es el sitio donde el humor de mis ojos acrecentará las aguas de este pequeño arroyo, y mis continuos y profundos suspiros moverán sin cesar las hojas de estos montaraces árboles, en testimonio y señal de la pena que padece mi asendereado corazón.

Continúo leyendo y admirándome del dominio, de la precisión, del humor, del lenguaje de Cervantes, cuando levanto la vista y compruebo que el diácono está leyendo una epístola. En este momento viene a mi memoria un pasado ya lejano, cuando durante un año mis amigos y yo nos hicimos catequistas. Don José, el párroco de San Antonio, me conocía por haber estudiado yo en el Ventorrillo, donde él decía misa y muchas veces yo le ayudaba de monaguillo porque la señorita Lola, la directora, me había recomendado por mi buen comportamiento. Muchos años después, la señorita Lola fue mi compañera de claustro en Camariñas (alguna vez debería escribir algo sobre mi paso por las escuelas del Ventorrillo y mis experiencias en Camariñas, que fueron muchas y muy variadas, pero no sé si me atreveré, porque algunas anécdotas no son para ser contadas ni para ser leídas por personas decentes y de buenas costumbres). Las misas se decían en latín y a mí me gustaba ser protagonista, estar en el altar y que viera todo el mundo lo bien que tocaba la campanilla cuando el sacerdote levantaba la hostia y lo bien que lo acompañaba durante toda la ceremonia. Por eso, cuando el Jueves Santo se realizaba el lavatorio de pies, yo era el primero en apuntarme de voluntario. Los actos litúrgicos de la Semana Santa se celebraban en el patio del colegio y asistían todos los alumnos y sus padres. Era un auténtico espectáculo y yo no cabía en mí de orgullo, sentado en primera fila y siendo observado por cientos de personas mientras don José nos lavaba los pies. Años después, cuando ya estaba estudiando primero o segundo de magisterio, el sacerdote se dirigió a mí al final de la misa, porque entonces yo iba todos los domingos y fiestas de guardar, no como ahora, que sólo voy a entierros, funerales, bodas o bautizos, quién me ha visto y quién me ve, y me planteó la posibilidad de que me hiciera catequista. Yo había sido un buen feligrés, un buen alumno y, encima, estudiaba magisterio. Tenía todas las papeletas para no negarme. Y así fue. JA, J, F y yo nos hicimos catequistas, yo por compromiso con Don José y los demás porque había unas chicas catequistas que eran guapas y simpáticas. Como se comprenderá, esto último también jugó a favor de que yo me decidiera. Nos dieron una breve charla, un pequeño libro y durante aquel año dedicábamos un día a la semana a enseñar los preceptos del cristianismo. Yo seguía poco el libro, y más bien me dedicaba a charlar con los niños, a contarles cuentos sobre historia sagrada, que es muy jugosa y poco más. Pero lo que más nos gustaba eran las reuniones y los guateques que celebrábamos una vez terminadas las charlas. Aquí lo dejo.

Sigo con mi lectura del Quijote. En esa página, El Caballero de la Triste Figura está diciéndole a Sancho quién era Dulcinea del Toboso y la sorpresa que se llevó el escudero cuando supo que era en realidad Aldonza Lorenzo, a la que describe, en contra de las perfecciones que se figura D. Quijote, como una campesina fuerte y decidida.

La conozco bien, dijo Sancho, y sé decir que lanza el fierro en el juego de la barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador que es moza con arrestos, hecha y derecha y de pelo en pecho!

Vuelvo a dejar la lectura y escucho con atención el canto en latín que hace el coro. La directora es extranjera, polaca quizás, y lo hace muy bien. En el altar, ni distancia social ni nada por el estilo. Sacerdotes, diáconos y monaguillos campan a sus anchas, Illa y Fernando Simón se deben estar haciendo cruces, nunca mejor dicho. Pero el movimiento acompasado de los oficiantes, las genuflexiones, las bendiciones, las palabras de los concelebrantes, el cántico de los sacerdotes y de los fieles, el movimiento del incensario, todo como si estuviera perfectamente ensayado, me hipnotiza y no puedo dejar de mirar. Cierro el libro por unos instantes. Y aquí me vuelve a venir a la memoria una anécdota que me contaron alguna vez pero que yo no he leído. Según parece, durante la República, Azaña o algún otro ministro, fue invitado a unirse a la masonería y él aceptó. Cuando se produjo el acto de iniciación, una especie de bautismo mediante el que la persona se convierte en francmasón, con una serie de ritos que podrían asemejarse de algún modo a los rituales cristianos, le preguntaron al final que qué le había parecido y él contestó: “Prefiero una misa” y no volvió a asistir nunca más a las reuniones. Vuelvo al Quijote porque a la misa todavía le queda todavía un buen rato.

En el capítulo XXVI, Sancho deja a D. Quijote con su penitencia y se apresta a llevar la carta que le ha dado su amo para llevársela a su amada, al pueblo del Toboso. Llega a la venta donde había sido manteado y se encuentra con el cura y el barbero, que lo convencen para volver a buscar a D. Quijote y hacerle regresar a su casa con una estratagema. Es un capítulo corto y paso al XXVII, donde los tres personajes se encuentran con Cardenio, que está recitando sus famosos versos:

¿Quién menoscaba mis bienes?

Desdenes.

Y ¿quién aumenta mis duelos?

Los celos.

Y ¿quién prueba mi paciencia?

Ausencia.

De ese modo, en mi dolencia

ningún remedio se alcanza,

pues me matan la esperanza

desdenes, celos y ausencia.

Me sumerjo en la lectura y dejo de mirar la televisión. Cardenio cuenta al cura, al barbero y a Sancho su desventura, el engaño del que fue objeto por parte de Fernando, que mediante mentiras fue capaz de convencer a Cardenio de que se alejara de su pueblo mientras él se dedicaba a seducir a su amada Luscinda, casándose con ella y sumiendo en la desesperación y la desdicha al joven enamorado, que, casi enloquecido, fue a parar a lo más profundo del bosque en Sierra Morena.

Cuando estoy a punto de terminar ese capítulo, compruebo que la misa ya ha finalizado, que C se ha levantado para trastear en la cocina y que el día está muy bueno para salir a dar un paseo, por lo que cierro el libro y aprovecho para concluir yo también porque, como diría Sancho “Lo poco agrada y lo mucho cansa”.

Cartas a los Reyes Magos

A pesar de estar sentados, se puede adivinar que el primer hombre, el que está de espaldas al ventanal que ocupa todo el lateral de la gran nave, es el más alto. Tiene la espalda encorvada, como si soportara un enorme peso que le obligara a mirar constantemente al suelo. Respira con dificultad y se frota las manos para espantar el frío, un gesto que sus dos compañeros repiten con frecuencia. El primer hombre viste con un traje marrón de tres piezas, pasado de moda, con hombreras, grandes solapas en la chaqueta y pantalones anchos. La ropa está arrugada pero limpia. Cuando mira al compañero que está a su izquierda sonríe con tristeza, apenas un pequeño movimiento de la comisura de sus labios, entrecerrando sus ojos azules, rodeados de arrugas, como la frente y el dorso de las manos. Apenas se le ve el rostro, pues tiene el pelo cano y una barba blanca que le llega casi hasta el pecho. Sin embargo, todo en él refleja amargura, desolación, cansancio. Con un movimiento lento, desganado, ha cogido una carta del saco que tiene a sus pies y comienza a leerla. Nada más echar un vistazo al encabezado, parece que quiere entregársela al tercer hombre, el que está sentado frente a él, un hombre de pelo cano y tez oscura, zamarra de lana y camisa estridente, llena de colorido, que mira sonriendo a su alrededor. Sin embargo, el primer hombre detiene el gesto y en lugar de entregar la carta, sigue leyendo, parece que algo le ha llamado la atención. Después de unos segundos, su rostro se ilumina, la sonrisa se convierte en una risa franca, casi una carcajada. Esos instantes han bastado para cambiar su fisonomía. Tarda unos minutos en leer todo el texto y riendo como hacía mucho tiempo que no reía, entrega la hoja a su compañero. Toma, es para ti, seguro que te va a gustar. La escribe un tal Santiago. Me temo que no está muy contento con nosotros con todo lo que ha pasado este año, como si tuviéramos la culpa de que la gente sea tan descerebrada. Seguro que es un republicano y vota a Podemos.

El hombre que está sentado a su izquierda parece un poco más joven, quizás un par de cientos de años menos que los otros dos. Lo único destacado en su figura es una especie de corona que lleva sobre su cabeza, así como una barba de color castaño, como su pelo, con algunas hebras blancas o grises. Esta barba es más corta y está más cuidada que la de su compañero. Él también está leyendo una carta que le ha llamado la atención porque casi toda está ocupada por dos grandes palabras: SALUD y TRABAJO. En el resto de la carta las peticiones son muy humildes y fáciles de realizar. El hombre murmura en voz baja, se intentará, pero cada vez está más complicado, Carmen; como siga esto de la pandemia, aviados estamos todos, empezando por nosotros, que cada vez tenemos más riesgo por mor de la edad; entre la Covid-19, los políticos y los científicos, cada uno por su lado y sin ponerse de acuerdo, los que ponen muros y barreras, los negacionistas, los que no atienden a las normas, etc., esto va para largo.

Los tres hombres llevan varios días leyendo cartas, unas cartas que les entregan en enormes sacos varios personajes que van vestidos de manera muy curiosa, al estilo oriental, con turbantes, chaquetillas sin mangas y amplias camisolas, pantalones abombados y babuchas. Los sacos se van acumulando al fondo de la gran sala y los tres hombres cada vez están más agobiados. El único que parece más tranquilo y risueño es el negro, mejor dicho, la persona de color, no vaya a ofenderse alguien. De todas formas, seamos políticamente correctos o no, hay que ser sinceros, ese personaje tiene el color de la piel negro, muy negro. Ahora se está riendo a carcajada limpia, dándose golpes en la rodilla con las manos. Ha dejado la carta a un lado, sobre la enorme mesa que ocupa todo el centro de la nave, junto a otras dos o tres más que ha seleccionado. Eso puede significar dos cosas: que son cartas que hay que tener en cuenta para intentar que se cumplan todos los deseos que en ella figuran o, por el contrario, que serán quemadas en la inmensa chimenea que ocupa uno de los laterales, pero que en este momento está apagada.

El primer hombre, el de la barba blanca, vuelve a meter la mano en el saco y saca una pequeña hoja manuscrita que contiene apenas diez o doce líneas. Las primeras palabras dicen así: “Queridos Reyes Magos, a ver si sois capaces de arreglar este desaguisado, que la cosa está muy mal”. Lo de siempre, piensa el hombre, la gente no se da cuenta de que nosotros no somos la Virgen de Lourdes, diríjanse a otro departamento. Y sigue leyendo “El coronavirus lo ha estropeado todo este año y creo que de esto no tenéis la culpa. Yo no es que me queje, tengo salud, una buena pensión y una familia unida y, dentro de lo que cabe, feliz, aunque podría mejorar en algunos aspectos (el trabajo de mi hija, algún nieto que otro, que no hay equilibrio, unos tantos y otros tan pocos…). Ya se sabe que nunca estamos satisfechos del todo. Así que os voy a pedir sólo un par de cosas: que se termine la pandemia, que mi hija apruebe las oposiciones o encuentre un buen trabajo (esto lo llevo diciendo hace un par de años y no hay manera) y que la familia siga estando unida y feliz. Para qué pedir más. Bueno sí, que no se me siga cayendo el pelo, que voy a ser una vergüenza para la familia y algo más material, para que no os rompáis demasiado la cabeza, tres libros, que ahora tengo mucho tiempo para leer: La ciudad de vapor, de Carlos Ruiz Zafón, Emocionarte, la doble vida de los cuadros, de Carlos del Amor y Mientras escribo, de Stephen King. Y si pudiera ser, también un bolso, de esos de hombre, no de los otros, no os vayáis a confundir. Lo demás ya me lo compraré yo cuando pueda salir sin impedimentos”. Se hará lo que se pueda, aunque lo del pelo está complicado, usa Minoxidil todos los días, Xosé Manoel, qué nombre tan raro, pensó. Esta hoja también fue apartada y puesta encima de un pequeño montón que se había ido formando a lo largo de las últimas semanas.

NOTA: Los tres hombres continuaron leyendo hasta que llegó el día 5 de enero de 2021. Esa vez no hubo cabalgatas, ni caramelos, ni caras de sorpresa y de ilusión en niños y mayores. Fue una noche de Reyes especial, pero, por una vez, gran parte de los deseos de esas personas se cumplieron en 2021.