La vida no es aburrida

Hace tiempo vi un programa de televisión dedicado a esos pueblos que se distribuyen por la geografía española, fundamentalmente por las dos Castillas, que se han ido despoblando o en los que quedan apenas media docena de personas, casi todas ellas ancianas. En uno de esos pueblos vivía sólo un hombre, de unos sesenta o sesenta y cinco años, que había nacido allí, se había ido a trabajar a una gran ciudad y, una vez jubilado, decidió regresar al lugar donde había pasado su infancia. El lugar tenía poco más de una docena de casas, todas de piedra y con las puertas y ventanas cerradas menos la suya, una hermosa vivienda con un banco, también de piedra, adosado a la pared y un arriate de flores que me parecieron hortensias, un gran salón donde el fuego crepitaba alegremente en una chimenea situada en un rincón, con muebles de madera oscura que daban la impresión de ser antiguos y de calidad. En el salón, al que se accedía directamente desde la puerta de la calle, destacaba, sobre todo, una gran librería que ocupaba todo un testero, del suelo al techo y rebosante de libros y discos. La cámara se paseó lentamente por los libros y pude leer alguno de los títulos: La Celestina, la Divina Comedia, La Regenta, Episodios Nacionales, La colmena, El capitán Alatriste…. No se adivinaba un orden especial, una organización o una planificación por épocas, autores o alfabética. Creo que eso es lo mejor para las librerías personales, ir colocando los libros en los espacios que van quedando libres y, de vez en cuando, revisar y encontrarte con sorpresas, como me ocurrió hace poco, cuando vi un libro que había comprado hacía un par de años y que no recordaba que lo tenía. Aunque soy ordenado para algunas cosas, para esta en concreto soy un pequeño desastre. Me he planteado dedicar un tiempo a hacer una base de datos con todos los libros que tengo, apuntando una información muy básica: título, autor y estante en el que se encuentra. Pero siempre busco alguna excusa para no hacerlo.

El reportaje hacía un seguimiento del día a día del solitario personaje, que desgranaba con sencillez cómo transcurría el tiempo en un pueblo que, aunque no muy alejado de núcleos urbanos más grandes y poblados, sólo contaba con su presencia, sin nadie con quien conversar, distraerse o, en caso de necesidad, acudir para solicitar ayuda. Según dijo, estaba acostumbrado a vivir solo, nunca se había casado, era hijo único y cuando sus padres fallecieron, heredó la casa que ahora habitaba. Él cultivaba un pequeño huerto situado en la parte de atrás de la vivienda, daba largos paseos por los alrededores llegando hasta un arroyo de aguas transparentes y en el que se podía ver un fondo pedregoso. La periodista intentaba indagar en el pasado del personaje, qué le había llevado realmente a llegar a su situación actual, pero éste sólo quería hablar de su presente, de cómo organizaba el día, de las plantas que cultivaba, de cómo limpiaba de vez en cuando las hierbas que nacían entre las calles empedradas, de sus esporádicos viajes al pueblo cercano para comprar lo necesario, de sus visitas periódicas al médico para revisar su salud, que le preocupaba sobre todo para poder seguir disfrutando de su apacible vida.

—Teniendo salud, lo demás no me importa —le comentó a la periodista, que asistía con cierto asombro a una muestra de austeridad y de sobriedad del que su entrevistado hacía gala desde el comienzo del reportaje.

Para finalizar, la reportera preguntó:

—¿No se aburre con este tipo de vida, todo el año haciendo lo mismo no le resulta monótono?

Y nuestro personaje, que me caía cada vez más simpático y al que admiraba y envidiaba al mismo tiempo, se quedó mirando a la cámara y dijo:

—Hay muchos libros que leer, mucha música que escuchar y muchos caminos que recorrer. De ese modo, la vida nunca puede ser aburrida.

Fueron sólo un par de frases que resumían toda una filosofía de vida y que terminaron por ganarme. ¿Qué más se puede necesitar? Algunos dirán, o diremos, que la familia, los viajes, el amor. Y seguramente tendrán, tendremos, razón, porque todo eso es importante. Pero para alguien que ha tomado la decisión de vivir en soledad o para los que ya han superado y alcanzado algunas metas, las palabras de ese personaje solitario reflejan y explican lo que muchos pensamos y deseamos: la vida es maravillosa con un buen libro en las manos, una buena música sonando en un salón tranquilo y paseando por caminos que no lleven a ninguna parte.

Y si a todo eso sumamos los últimos días de mayo y los trece días de junio que llevamos, todo se torna apasionante: la sentencia del caso Gürtel en Madrid y Valencia, que demuestra que el PP se financió irregularmente; una moción de censura sin apenas posibilidades de salir adelante pero que, cosas de la política, ganó Pedro Sánchez; la formación de un gobierno que mayoritariamente está formado por mujeres; la acogida por España de los inmigrantes que se hacinan en el barco Aquarius; el fichaje de Lopetegui por el Madrid y su expulsión de la selección española; la sentencia del Supremo que ratifica el ingreso en prisión de Inaki Urdangarín; la dimisión del ministro de Cultura y Deporte, Maxim Huerta por defraudar a Hacienda… Y fuera de España, la entrevista entre dos personajes que dan risa y miedo a la vez, Trump y Kim Jong Un. Total, que es imposible aburrirse pero, por favor, que la política nos dé un respiro, que así no hay quien viva con sosiego.

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La caseta del jubilata. Romería de San Mamés 2018

No busquéis en las líneas que siguen palabras de alabanza altisonantes o un panegírico sobre la Romería de San Mamés que pretenda provocar la emoción porque no soy amigo de esas expresiones que en mi escritura serían vanas y huecas, o más bien hipócritas. Tampoco haré una descripción pormenorizada de todos los actos, sean religiosos o festivos. Seguramente otros lo harán con mucha más precisión y conocimiento. No soy una persona religiosa, nunca he sido llamado a seguir el camino de la fe, aunque respeto a aquellos que sí lo hacen y viven el día a día de la religión; son dignas de admiración y, en muchos casos, de envidia porque reciben un consuelo y una esperanza que, en otras circunstancias, no serían capaces de obtener. Pero no me digáis que esas personas son multitud; son más bien una minoría militante y comprometida porque el resto se limita a circunscribirse a las fiestas que van aparejadas a las celebraciones de la Iglesia. Navidades, Semana Santa, El Rocío o la misma Romería de San Mamés no se entenderían por parte de la mayoría de la gente si no hubiera fiesta gastronómica, bebida, caballos, estreno de ropa, cantos. Diversión, en suma.

Reconozco, sin embargo, que me atrae todo aquello que gira en torno a la liturgia, a la cultura que rodea al fenómeno religioso y que ha creado tanta belleza: el recogimiento de las pequeñas iglesias románicas, la majestuosidad de las catedrales góticas, el canto gregoriano, las pinturas bizantinas, el barroco… No podría entenderse occidente sin la influencia que en él ha tenido el cristianismo, como tampoco podría entenderse nuestro país y el norte de África, Asia Menor y muchas partes del mundo sin las costumbres, la arquitectura y las demás manifestaciones culturales musulmanas…

—A ver, José Manuel, deja de enrollarte y vamos al lío, que ya está bien de hacer este tipo de introducciones. ¿A quién le pueden importar estas digresiones que lo único que pretenden es demostrar tu capacidad de poner una palabra tras otra sin tino y sin cuento? Veamos, ¿tienes algo que decir sobre la Romería de San Mamés?

—Pues sí, y perdona por el despliegue de mis amplios y vastos conocimientos, que bien sé que te molestan. La envidia es muy mala, compañero. Diré, por ejemplo, que es la primera vez que participo en el montaje y desmontaje de nuestra caseta. Hasta ahora, como estaba trabajando en Sevilla, no podía llegar al pueblo hasta el viernes por la tarde y Manolo, Sebastián, Mari Loli y Concha ya se habían encargado de colocarlo todo. Es decir, que los que veníamos de fuera, Juan Esteban, Manoli, Carmen y yo, nos encontrábamos todo hecho y sólo teníamos que disfrutar de la fiesta. Pero este año, ya jubilados y después de un par de años que, por diferentes circunstancias no montamos la caseta y tuvimos que ser acogidos generosamente por la de enfrente, la de José Luis Ataca, mi cuñado Miguel Pedro, Manolo Pina, los Humanes, etc., por fin pudimos poner la nuestra.

Pasaré por alto el trabajo que le cuesta a un grupo de ocho personas, siete de las cuales están ya jubiladas, cargar todo lo necesario en una furgoneta, descargarlo, encaramarse a los hierros de la estructura de la caseta, fijar el toldo del techo y los laterales, instalar el enganche de luz, colgar los adornos, mover frigorífico y botelleros y llenarlos con la bebida y la comida… Un trabajo que nos llevó la tarde del jueves y la mañana del viernes y que, gracias a la experiencia adquirida a lo largo del tiempo, permitió que todo se realizara con relativa rapidez y facilidad. Tenemos más de sesenta años, pero todavía nos mantenemos en forma (unos más que otros, todo hay que decirlo).

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Así que la tarde del viernes pudimos descansar algo y ver la procesión de San Mamés por las calles del pueblo. No conozco demasiado el protocolo de este acto, pero sé que, acompañando a la imagen del santo iban las romeras y las romeras infantiles que fueron coronadas el viernes anterior así como la nueva directiva de la hermandad. La verdad es que no había mucha gente acompañando al santo, quizás porque la procesión sale demasiado tarde, cerca de las diez de la noche, y muchos aprovechan para coger sitio en las mesas de la plaza o en el casino y, cómodamente, verla pasar. Creo que si se realizara antes muchas personas se animarían, pero yo no soy nadie para hacer semejante propuesta.

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Llegó el sábado. Como siempre, me despertaron los cohetes y los tamborileros, aunque creo que esta vez lo hicieron más tarde y pude dormir más tiempo. Amaneció un día despejado pero que poco a poco se fue nublando, aunque sin amenazar lluvia. Para los que padecemos de alergia el tiempo era magnífico, pues no hacía calor y no había mucho polen en el aire. Otros años apenas podía disfrutar por culpa de los estornudos, el lacrimeo o la tos pero esta vez no padecí ninguno de estos síntomas.

En romerías anteriores yo dedicaba la mañana a cocer el pulpo, una especialidad que se me da bastante bien y que me ha hecho famoso en este y en otros lares (perdonad la inmodestia, pero es así, lo siento), pero que, para poder comerse caliente, que es como está bueno, tenía que hacerlo mientras pasaban los romeros y San Mamés por las calles del pueblo. O sea, que me perdía el ambiente de la mañana, que es realmente extraordinario. Pero ya me he negado y pude, desde primera hora de la mañana, comprobar que había mucha gente, muchos caballos y carruajes, mucha alegría y muchas ganas de divertirse. Para seguir la tradición nos fuimos al casino a tomarnos un aguardiente. Es la única vez que lo hago en todo el año porque no me gusta. Me recuerda a mis años de Camariñas, cuando en la pensión donde paré el primer curso de los tres que ejercí allí, la señora Carmen, la dueña, lo primero que hacía era ponerme por delante un aguardiente de orujo y no paraba hasta que me lo bebía entero. Los marineros, antes de salir a faenar, no tenían más remedio que hacerlo debido al frío, la humedad y la lluvia que calaba hasta los huesos en esa zona de la costa de la muerte. Sí calentaba todo el cuerpo, aunque no me parecía demasiado ejemplar ir a dar clase a niños pequeños oliendo a aguardiente. Pero como mis compañeros de pensión, un sargento de la guardia civil, el farero de Cabo Vilán y otro maestro más, lo bebían con fruición y deleitándose, no me quedaba más remedio que acompañarlos y hacer como que me gustaba. Así que, como iba diciendo, nos fuimos al casino mi mujer, Carmen, y mi cuñado y primo, Miguel Pedro y allí, rodeados por amigos y parientes, nos tomamos el aguardiente con agua, una palomita, esperando que se acercara la procesión. Y a hacer fotos a la familia, que también es tradición.

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Y comenzaron a llegar los caballos. Uno, y otro, y otro, en dos filas interminables. Hombres y mujeres solos, parejas, niños y niñas, ellos perfectamente equipados con sus chaquetillas, zahones, sombreros de ala ancha, ellas con trajes de gitana y flores en el pelo, aunque muchas amazonas también lucías sus habilidades solas en el caballo (este párrafo me recuerda a las descripciones del NODO, pero lo voy a dejar para que no se diga).

 Una vez que dejaron de pasar los caballos aparecieron los tamborileros, las mujeres de la hermandad con sus varas y, detrás, la carroza tirada por dos bueyes con la imagen de San Mamés. La maniobra de girar en la calle Real siempre me ha parecido peligrosa, pero que yo recuerde los boyeros siempre lo han hecho con habilidad y nunca ha ocurrido nada. Y detrás del Santo, una auténtica multitud de hombres, mujeres y niños cantando. Esta vez sí había una gran masa de gente, como pocas veces había visto. Una vez que pasó toda la comitiva comenzó la segunda parte: cargar los coches con la comida y dirigirnos a los Llanos de la Belleza. Nos fuimos por la carretera vieja, como es lógico, pues por la otra bajaba la procesión. En el cruce con la carretera general me paró una pareja de tráfico y me hizo soplar. 0,0, como es lógico. No es lo mismo soplar a la una del mediodía que a las doce de la noche. Después de dejar todo bien colocado en la caseta, esperamos a que comenzaran a sonar las campanas anunciando la llegada de la procesión, que lo hizo pasadas las tres, por lo que nos dio tiempo a tomarnos un par de cervezas.

 Como ya comenté, no me emocionan especialmente las manifestaciones religiosas, pero reconozco que la llegada de San Mamés a la ermita, el canto de la nana al Santo, las lágrimas de mucha gente, quizás recordando a las personas que ya no están o que no pueden venir, hizo que se me pusieran los pelos de punta, quizás por simpatía, por solidaridad, por cercanía a los que me rodeaban. ¡Qué se le va a hacer, uno no es de piedra!

Y regresamos a nuestra caseta. Comimos, bebimos y cantamos y bailamos poco, pues no somos muy dados al folclore. Nos visitó mucha gente y en un determinado momento Cristina, la hija de Manolo y Mari Loli, sacó la tarta que nos había regalado por las jubilaciones de prácticamente todos los miembros de la caseta, que seguramente pasará a llamarse a partir de ahora “La caseta del jubilata”. Antes habíamos intentado ponerle el nombre de “El florido pensil” o “La caseta del pulpo”, pero ninguno cuajó. A ver si éste dura un poco más.

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(La hija de Cristina, Alegría, y la mujer de Sebastián, Concha, son los únicos “no jubilatas” de la foto, como podrá uno imaginarse).

Ese día se jugaba la final de la Champions entre el Madrid y el Liverpool, así que mientras unos se iban al Rosario, otros nos dedicamos a disfrutar del fútbol. Como ganó el Madrid, todos contentos menos algún “degenerado barcelonista o antimadridista”, dicho con todo el cariño, que esa noche no puedo descansar bien. No nos acercamos al bingo, que le tocó a José Pedro el veterinario, sobrino de mi mujer, ni al concurso de sevillanas, que no sé quién ganó. Y nos fuimos alrededor de la una de la madrugada para casa, que habían sido tres días muy intensos y había que descansar. Esta vez, menos mal, no me paró tráfico.

El domingo bajamos un poco antes de que comenzara la misa. Yo dejé a Carmen en la ermita y seguí con Pilar y con Vicente, que vinieron con nosotros, hasta la caseta de la hermana de Carmen. Allí siempre nos reciben bien y se come mejor. No se me olvida el guarrito, Pilar.

Seguimos comiendo y bebiendo, como no podía ser de otra manera. Y mediada la tarde nos fuimos parte del grupo a la caseta de nuestros amigos José Luis Ataca, los Humanes, Manolo Pina, etc. En la nuestra se quedaron Mari Loli, Sebastián y Concha, agasajando al cura párroco y a dos jóvenes amigos suyos que se acercaron y que dieron buena cuenta de las viandas. En la caseta de los amigos pasamos un rato estupendo porque al poco de llegar nosotros entraron los tamborileros que comenzaron a tocar sevillanas y allí que se arrancaron mi mujer y mis cuñadas, que bailaron con Manolo “Gallito” y con Vicente, como podéis ver en las fotos.

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Como soy poco bailarín y no tengo ni idea de bailar sevillanas, me dediqué a charlar con la gente y a hacer fotos y entre ellas destacaré la de mi buen amigo Manolo Pina y su mujer Carmen, a los que les prometí que sacaría en este blog. Y como suelo cumplir las promesas, ahí están.

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Siguió la tarde, siempre con muy buena temperatura, lo que nunca podré agradecer suficiente. Como se acercaba la hora de la procesión de San Mamés, acompañado por la comitiva romera por todo el recinto de los Llanos de la Belleza, nos fuimos casi todos a verla pasar. Y vuelvo a reconocer que este tipo de actos me gustan, sobre todo por el colorido, la alegría y la hora, porque los colores están como difuminados y el campo y la gente se ve como a través de un fino velo (o será cosa del vino y la cerveza que me bebí a lo largo del día, no sé).

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Poco a poco, la tarde se fue apagando y oscureciendo. Comenzó a hacer frío y casi a medianoche, cayó una fina lluvia. Tuvimos que cerrar las cortinas, abrigarnos y tomarnos un caldo caliente que nos sentó de maravilla y allí, solos los socios de la caseta y Alegría, que estaba a lo suyo con todos los juguetes que le compraron sus abuelos, comentamos las anécdotas de estos días. Y termino. No cuento cómo fue la mañana del lunes, que dedicamos a desmontar todo. Otra Romería más.

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De la encina a la caseta

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Soy gallego de La Coruña, A Coruña o simplemente Coruña, como decimos por allí para no molestar a nadie, aunque los de Ferrol, Santiago y Vigo sí que se molestan porque nos tienen envidia, qué se le va a hacer, será porque la nuestra es la ciudad más bonita y alegre de Galicia y de más allá. Mi madre y mi mujer, que se llaman igual, Carmen, son de Aroche, un pueblo del norte de la provincia de Huelva, encaramado a un cerro desde el que se puede contemplar una sierra, los Picos de Aroche, últimas estribaciones de Sierra Morena, y un valle que ha ido creando a lo largo de miles de años el río Chanza.

Mi mujer y yo, a pesar de haber nacido a mil kilómetros uno del otro, somos primos segundos. Para que se entienda lo explicaré en pocas frases: nuestras abuelas eran hermanas, Florentina y Carmen. Mi abuela Florentina estudió magisterio en Sevilla, pero, a pesar de terminar la carrera nunca recogió el título porque, cosas de aquellos tiempos, tuvo que irse al pueblo a cuidar a sus padres. Mi abuelo José, maestro y alcalde republicano de Aroche durante unos meses, fue represaliado y no pudo ejercer más, así que tuvo que ganarse la vida dando clases particulares y vendiendo casi todo lo que tenía. Falleció en el año 1946 y un par de años después, un tío mío, Juan José, que trabajaba cantando en Coruña (formó parte de un grupo que tuvo cierto éxito en su momento, Luisa Linares y los Galindos, que algunos quizás conozcan porque son los que cantaron por primera vez Dinero al bote o el pasodoble de Aroche), llamó a mi abuela y a mi madre, que en aquella época tenía 20 años, para que se fueran a vivir con él. Así que lo demás se puede adivinar: mi madre conoció a un gallego, se casó con él, tuvo dos hijos y al cabo de un tiempo, comenzó a visitar Aroche con cierta asiduidad. Cuando yo tenía trece o catorce años conocí a la que después sería mi mujer, Carmen, hija de un primo hermano de mi madre, Pedro. A finales de los setenta mis padres construyeron una casa en Aroche a la que llamamos “el chalet”, donde me refugio a veces para leer, escuchar música o iniciar los paseos de los que alguna vez he hablado.

¿A qué viene todo esto? ¿Qué tiene que ver con el título que, como algunos quizás hayan adivinado, tiene relación con la Romería de Aroche? Paciencia, queda todavía un poco de historia, que, por cierto, estoy escribiendo con bastante más extensión, pero con mucha pereza pues he querido novelarla y ahí estoy atascado.

Pues resulta que, casualidades de la vida, tuve que hacer el servicio militar en Andalucía, la primera parte en el campamento de Cerro Muriano y el resto en el cuartel de Intendencia de Sevilla, en la Puerta de la Carne. Estamos hablando de los años 1976 y 1977. En mayo de este último año fui por primera vez a la romería. Yo tenía 22 años recién cumplidos. Aproveché que me habían dado permiso el fin de semana y cogí el autobús el sábado por la mañana. Para aquellos que son más jóvenes, les informaré que antes la romería se organizaba de otra manera: el sábado había misa en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, el domingo era cuando el Santo, en procesión, se llevaba hasta la ermita de San Mamés (o de San Pedro de la Zarza), se oficiaba la misa, las familias se ubicaban en las encinas del llano de la Belleza y al anochecer, el Santo regresaba otra vez al pueblo. El lunes, que creo recordar que era festivo, también se dedicaba a actividades lúdicas, entregándose los premios a los diferentes concursos como el de la mejor pareja o el mejor caballista.

Lo malo es que no recuerdo prácticamente nada de mi primera romería. Yo nunca he sido una persona bebedora porque le alcohol me sienta mal. Pero yo era soldado, estaba fuera del cuartel, hacía un día precioso (de eso sí me acuerdo), iba con mis primos y amigos de Aroche, todo era libertad, lo que no tenía en Sevilla. Así que durante el camino comencé a beber manzanilla y fino (nada de cerveza o rebujito, como ahora) y cuando llegamos a la Belleza, yo ya casi no sabía ni donde estaba. Después me contaron que seguí bebiendo con alguien de Cortegana, que nos pusimos a cantar, que casi perdí el conocimiento y que tuvieron que llevarme al pueblo donde estuve durmiendo muchas hora. Quizás no lo creáis, pero no recuerdo si regresé a Sevilla ese mismo día en el coche de alguien o si cogí el autobús, que sale muy temprano, el lunes por la mañana. Lo que sí puedo asegurar, lo recuerde o no, es que tendría un dolor de cabeza enorme, porque es lo que me pasa cuando bebo demasiado. El caso es que hay como un agujero negro de esos días que impide que los recuerdos salgan a la superficie. Esa experiencia me sirvió para alejarme del fino y de la manzanilla durante un tiempo, aunque ahora no le hago ascos a ninguna de esas bebidas. De todas formas, no todo hay que achacarlo al vino, los cuarenta y un años que han pasado también tienen la culpa.

Mi segunda romería ya es del año 1981, cuando ya vivía en Sevilla y era novio de la que unos meses después sería mi mujer, Carmen. El sábado a mediodía y por la noche el ambiente en el pueblo era extraordinario y, a pesar de que al día siguiente había que levantarse temprano era imposible hacerlo antes de las dos o tres de la mañana. El domingo, entre los cohetes y la diana no había quien durmiera. Desde primera hora se notaba el trasiego de caballos, coches y mucha gente que se iba hasta la Plaza de la Constitución (antigua Queipo de Llano) pues desde allí salía y sale actualmente la procesión.

Esta vez bajé en coche, como todas las siguientes hasta hoy porque alguien tiene que encargarse de las mesas, las sillas, la comida, la familia y eso siempre me toca a mí, así que me pierdo la alegría, las canciones y el ambiente de romeros y romeras que hacen el camino hasta la ermita acompañando la carreta de San Mamés. El ritual era siempre el mismo: esperar a que los últimos carruajes, personas y caballos de la procesión salieran del pueblo y empezar a cargar los coches. Después, bajar por la Corredera hasta la antigua carretera que enlaza con la N-433 y por el carril que está frente a la gasolinera, atravesar la Belleza y buscar una encina bien situada y con abundante sombra. Aunque más de una vez tuvimos que quedarnos en el coche porque la lluvia y el mal tiempo impedían que montáramos el tinglado. Juan Esteban, Manolo, Mari Loli, Manoli y nosotros bajábamos todo de los coches, calculábamos hacia dónde se movía el sol para aprovechar la sombra y comenzaba el ritual de ubicar correctamente mesas y sillas. La comida, que estaba en las neveras, la dejábamos para el final y se quedaba en los maleteros. Mientras tanto, esperábamos a que la procesión se acercara y en ese momento todos nos íbamos a recibir a San Mamés a la puerta de la ermita: campanas, cohetes y vivas al santo y al “chiquinino”, como se le conoce cariñosamente entre los arochenos. Después, dentro de la ermita, sevillanas y canciones romeras.

Cuando se terminaba el acto religioso volvíamos a la encina. Y allí comenzábamos a sacar poco a poco comida y bebida, se atendía a los amigos que nos visitaban, a los familiares que nos acompañaban y, cuando habían pasado unas horas, también nos dedicábamos a buscar las encinas de los conocidos y estar con ellos. Al atardecer se terminaba todo. Recogíamos los bártulos y los montábamos en el coche antes de que la romería regresara al pueblo (recuerdo que esto se hacía el domingo) y nosotros volvíamos a Sevilla.

Durante unos años decidimos alejarnos un poco del jaleo que rodeaba a la caseta de San Mamés y buscamos una ubicación cercana a la ribera. Allí, ayudados por nuestros hijos, que se dedicaban a recoger ramas, jaramagos y plantas similares, construíamos alrededor de la encina un pequeño cercado que daba al recinto algo más de alegría y originalidad. El problema es que unos años después comenzaron las excavaciones de Turóbriga y ya no pudimos aposentarnos allí. Además, hubo un cambio importante en los primeros años 90 del siglo XX, ya que se adelantó el día grande de la romería del domingo al sábado, lo que nos permitía a los que vivíamos fuera del pueblo organizarnos mejor y descansar el domingo, aunque también era día de romería, pero ya con menos agobios. Pero esto comenzó a cambiar desde que la romería pasó de hacerse un día, el domingo, a celebrarse en dos días, sábado y domingo.

No soy muy amigo de la nostalgia, de la saudade, de la morriña, como decimos los gallegos. A veces la he tenido y por eso respeto ese sentimiento, lo comprendo, pero creo que no ayuda mucho. Añorar un tiempo pasado, un lugar, alguien que se fue, forma parte de la vida, es inevitable, pero no debemos caer en esa especie de tristeza que nos invade cuando contemplamos alguna foto, escuchamos una canción o hablamos de aquellos que ya no están. No me gusta la nostalgia, pero sí la memoria. Admiro a esas personas que son capaces de recordar conversaciones, gestos, momentos que ocurrieron hace muchos años. Reconozco que mi memoria es frágil, que cuando alguien habla de hechos que compartimos y que el otro es capaz de describir con todo tipo de detalles y yo no recuerdo absolutamente nada, envidio esa capacidad. Porque la vida, en realidad, consiste en eso, en estar continuamente recordando para, con la experiencia, proyectar el futuro. El presente no existe. Lo que yo estoy escribiendo o hablando apenas dura una milésima de segundo, por tanto, ya es pasado. Y no sigo por este camino porque entraría en una discusión filosófica que muchos otros antes que yo ya han recorrido, analizado y debatido.

¿Y por qué he hecho ese pequeño paréntesis sobre la nostalgia? Porque a partir de mediados de los años 90 mucha gente comenzó a pasar la noche del sábado en los llanos de la Belleza y a levantar casetas particulares. De la sencillez de la encina se pasó a la sofisticación de la caseta, se llevó corriente eléctrica a todo el recinto de la romería para que pudieran conectarse frigoríficos, congeladores, bombillas y cocinas eléctricas, de la tortilla, el aliño y la ensaladilla se pasó a los guisos, el pulpo y platos cada vez más complicados. El trabajo se multiplicó, lo que antiguamente sólo requería bajar los días previos para colocar un cartel indicando que la encina estaba reservada ahora precisaba todo un protocolo de encargar la estructura metálica, los toldos y las cortinas, bajarlos con una furgoneta o un camión, montar y levantar la caseta, adornarla, alquilar los botelleros, encargar y colocar la bebida…

Total, que todo tiene sus pros y sus contras. Ahora, gracias a la caseta, se puede soportar mejor el calor, el frío o la lluvia, agasajar de forma más adecuada a los amigos, y estar más cómodos. Pero sigo recordando con cierta añoranza los tiempos de la encina. El campo, no debemos olvidarlo, tiene el suficiente encanto sin necesidad de adornarlo artificialmente. Y una romería no deja de ser una fiesta religiosa y también lúdica. ¿Para qué tanta complicación y tanto trabajo? ¿Realmente merece la pena?

Dejo estas preguntas en el aire.

Por cierto, en los siguientes enlaces se explica muy bien la evolución de la Romería de San Mamés.

Romería de San Mamés, Aroche

Romería de San Mamés, una devoción popular transfronteriza en Aroche (Huelva)

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La moda masculina o ¿pero tú has visto cómo vas?

—Joselito, ¿pero tú has visto cómo vas?

Carmen dice es frase mientras espera delante del ascensor y yo, acabando de cerrar la puerta de casa, me dirijo hacia ella. Cuando emplea el término Joselito es para echarse a temblar, algo habré hecho mal. Doy un par de pasos más y en el momento que se abre la puerta del ascensor me miro en el gran espejo que, para mi desgracia, ocupa la parte posterior del habitáculo. Contemplo a un hombre maduro, delgado, con canas que ya sustituyen en su totalidad al abundante pelo castaño que no hace tanto tiempo cubría su cabeza y gafas de sol que impiden ver unos ojos inquietos que intentan encontrar alguna incongruencia en la vestimenta: zapatos negros, pantalón de tela azul no demasiado oscuro, camisa azul de no sé qué tonalidad ni nombre, aunque sé que no es azul marino ni azul turquesa ¿o sí? y chaleco también azul un poco más claro que la camisa.

El caso es que hemos estado en casa, nos hemos cruzado varias veces mientras ella y yo íbamos y veníamos en busca de un cinturón para mí, un pañuelo para ella, algo de colonia para los dos. Ella dándose los últimos retoques, yo subiéndome a la escalera para buscar los zapatos ¡cuidado, no te vayas a caer! me dijo, y seguramente ni me miró. Y si me vio, no echó cuenta, como siempre. Y encima, hemos estado haciendo tiempo porque todavía era demasiado temprano para salir. Pero no, ese no era el momento de decir nada.

—¿Pero no habíamos quedado en que había que eliminar ciertas combinaciones de colores? ¡Pero si llevo el mismo color en todo, menos en los zapatos! Ya he aprendido, por ejemplo, que no se puede poner azul con verde (los dos colores que más me gustan no se pueden combinar, vaya por Dios), rojo y naranja (en mi vida me pondría eso) y que no se pueden mezclar rayas y cuadros y…

Y ahí me quedé. Mi conocimiento de las reglas del vestir en los hombres no alcanza mucho más. Por supuesto, no soy, ni quiero serlo, un árbitro de la moda, un Petronio cualquiera, sobre todo porque no quiero terminar como él. Me da la impresión de que a la mayoría de los hombres de mi generación les pasa lo mismo, no echamos cuenta en las normas correctas (¿eso quién lo dictamina, digo yo, como no sean las casas de moda para fastidiarnos y hacer su agosto?). Sin embargo, los jóvenes parece que ya han aprendido, por lo menos, a preguntar. Mi hijo Santiago, por ejemplo, antes de vestirse consulta a su madre y a su hermana si lo que tiene pensado ponerse es adecuado: “¿esta corbata va bien con la camisa?”, “¿esta chaqueta pega con el pantalón?”, “¿este jersey combina bien con la camisa y con el pantalón?”. Yo reconozco que apenas me fijo. Cojo una camisa que me guste y que haga ya algún tiempo que no me pongo, un pantalón cómodo y, dependiendo de la época del año, chaleco, chaqueta, chaquetón o lo que haga falta. Reconozco que alguna vez me he puesto un pantalón de rayas y una camisa a cuadros, pero es por despiste porque ya he aprendido que eso puede conducir a la hoguera.

—Pero vamos a ver, vamos a ver —dice ella con un tono de voz bajo, ritmo lento y cierto desaliento, acompañado de una media sonrisa que quiere manifestar paciencia, pero que a mí me parece resignación—, ¿tú no ves que eso no pega ni con cola? ¿Cómo vas a ponerte tres tonos diferentes de azul, alma cándida?

El caso es que yo me miro en el espejo y no encuentro incongruencias. Pienso para mí, “pero si en la decoración de las casas, que lo he visto yo con estos ojitos en la tele, en ese programa que ve por las mañanas y también algunas tardes, se puede combinar casi cualquier cosa, ¿cómo es posible que en la moda no se puedan seguir esas mismas reglas? Pero si yo veo algunos desfiles de moda, como esos de Ágata Ruiz de la Prada, que da grima verlos y combina los colores como le da la gana”. Lo pienso, claro, pero no lo digo en voz alta, por si acaso su paciencia y resignación se convierten en otra cosa.

—Pues nada, media vuelta y a cambiarme. Y ahora, ven conmigo al armario y me dices que es lo que tengo que ponerme.

(Armario que, por cierto, está en la habitación de mi hijo que ya se ha ido de casa, por ahora, crucemos los dedos, porque en el mío yo no tengo narices a colgar nada. He podido conseguir una pequeña parcela, un rinconcito para mí solo porque el resto de la casa está invadida por la ropa de Carmen madre y Carmen hija. Lo hacen poco a poco, primero un pantalón, después un vestido, más adelante un abrigo… Y así, cuando me doy cuenta, ya me he quedado sin espacio y tengo que apretar los pantalones y las camisas con calzador y colgarlos de tres en tres o de cuatro en cuatro. Encima, cuando quiero ponerme algo y está arrugado me dicen que cómo no cuelgo bien las cosas. Me callaré y me morderé la lengua. Yo tengo que deshacerme periódicamente de pantalones, camisas y otras prendas que, según parece y dicen, están ya pasadas de moda o muy usadas. Pero ellas han ocupado totalmente el armario del pasillo y yo ahí no tengo espacio para colocar nada mío).

Total, pantalón azul, camisa blanca y jersey gris. Un aburrimiento, vamos. Lo clásico de lo clásico. Será porque mi señora no quiere que destaque y las muchachas y las damas se fijen en mí, supongo.

Menos mal que siempre salimos con tiempo y vamos a llegar al cine con mucha antelación. Tendré que poner un poco más de atención, buscar en Internet o, lo que es más cómodo, preguntar antes de ponerme algo. Todo sea por no tener que vestirme y desvestirme varias veces. Estoy esperando a que algún gurú de la moda saque un eslogan, como hizo en su día Adolfo Domínguez con lo de “la arruga es bella” y ponga de moda, valga la redundancia, algo así como “combina los colores, las rayas y los cuadros como quieras, sé original”. Hasta que no llegue ese momento, aviado voy.

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Paseo por el camino del Merendero, en Aroche

Las tardes de primavera invitan al paseo por el campo; la temperatura, la duración de los días, el colorido de las flores, el agua corriendo por barrancos y arroyos, la vida que renace. Pero aquellos que somos alérgicos al polen tenemos cierta reticencia a salir de casa en esta época. Cada vez que salgo a caminar tengo que cruzar los dedos, armarme de paciencia y valor y arriesgarme a que la histamina no haga de las suyas. Este año las lluvias han impedido que la polinización sea regular y por ahora me estoy librando de estornudos, toses, picor de ojos y ese malestar general que se asemeja a la gripe y que sufrimos todos aquellos que hemos sido tocados por la varita mágica de la hipersensibilización a las sustancias que nos agreden y que son producidas en abundancia por olivos, malezas, gramíneas, plataneros, pinos y otros enemigos del bienestar humano.

Pero todo sea por el placer de caminar, de sentirse liberado de tensiones, de comunicarse y fundirse con la naturaleza. Aunque yo podría ser definido como un urbanita, ese ser que se encuentra como pez en el agua entre coches, contaminación, ruido, asfalto y mucha gente, reconozco que me atrae el campo, el silencio, el canto de los pájaros, la contemplación de un atardecer en la montaña, la soledad. Soy un poco contradictorio o ecléctico, como se prefiera, pero con la edad que tengo ya no puedo ni quiero cambiar.

Así que, aprovechando que mi madre está en Aroche, voy a verla todas las semanas desde Sevilla y me paso allí dos o tres días, dedicándome a leer, a escuchar música, a olvidarme del ordenador y, sobre todo, a caminar. Intento encontrar lugares que todavía no he recorrido o repetir aquellos que me han gustado. Bajar hasta la Ribera del Chanza, llegar hasta el pantano, acercarme a la ermita de San Mamés o subir por el paseo de los frailes es lo que solía hacer habitualmente, pero en estos últimos tiempos prefiero salir del pueblo por la calle Torre Alta y seguir los diferentes senderos que se pueden encontrar a uno y otro lado. En las últimas semanas he subido y bajado cuestas por el Camino del Carmen y por el Camino Viejo del Cerro, dos recorridos muy diferentes y que sorprenden por la variedad de paisajes que atraviesan.

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Hoy dejé a un lado mis dos anteriores recorridos y, al llegar al cruce que bifurca el camino, cojo el de la izquierda. El cartel que indica “Camino del Merendero” está caído y lo levanto e intento colocarlo bien, pero no lo consigo, ya que  se ha despegado de la base y lo dejo como estaba. No sé si habrá “servicio de mantenimiento”, pero aquí dejo la información para ver si alguien consigue arreglarlo. Como ya estoy acostumbrado subir repechos, como esos ciclistas que suelo ver en verano en el tour de Francia tumbado en el sofá, esta vez parece que me cuesta menos trabajo porque, además, la pendiente no es demasiado acusada y el camino está muy bien. Demasiado bien, quizás, porque, sobre todo la primera parte, tiene una capa de cemento, supongo que para facilitar el paso de los coches con los que me cruzo o me adelantan de vez en cuando y que se dirigen a los cortijos y casas que voy encontrando. Hoy hace calor y el sudor y los grillos me acompañan durante todo el paseo. Adelanto a dos mujeres que van charlando y las saludo. El sendero es ancho y bastante más cómodo que el Camino Viejo del Cerro, aunque quizás carezca del encanto y de la variedad de éste. A un lado y a otro las fincas y los cortijos se van sucediendo y después de unos dos kilómetros de subida casi continua comienza el descenso.

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Puedo contemplar la sierra, las dehesas, las casas que nacen entre las encinas, los perros que se acercan ladrando y que, en algún momento me cogen desprevenido y me aceleran el pulso. Escucho a lo lejos un sonido que rompe la placidez de la tarde. Hasta ahora sólo el rumor de mis pasos sobre la tierra, el silbo de los pájaros, el balido de las ovejas, los ladridos o la brisa entre los árboles me había acompañado. Y el silencio, un silencio que lo envuelve todo en algunos momentos, como si nada quisiera romper la magia. Pero empiezo a escuchar una disonancia, algo que rompe el encanto, una sierra mecánica. Sigo andando y me encuentro a un hombre cortando con la sierra el tronco de lo que parece una encina. Se detiene un momento, se seca el sudor, me saluda y vuelve a arrancar, atronando, el arma asesina de La matanza de Texas. Por si acaso, acelero el paso y sigo descendiendo.

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Me encuentro, subiendo un repecho y cerca de un cortijo que se levanta al lado del camino, a un muchacho que viene andando en sentido contrario. Su indumentaria parece militar: pantalón de camuflaje verde y camiseta de manga corta lisa del mismo color. Es joven y ancho, sin llegar a ser grueso, pero con unos brazos que seguramente estarán acostumbrados a levantar fuertes pesos y a hacer ejercicio. Cuando llego a su altura me detengo y le pregunto que a dónde conduce el camino. Y él, sonriendo, me contesta:

—Si sigue andando llega hasta Cortegana.

 —Me parece que lo voy a dejar para otro día, ya es tarde, —le contesto. Y los dos seguimos nuestro camino.

Pero creo que ese sería un buen plan, salir temprano por la mañana, con una pequeña mochila, algo de comida y agua y llegar hasta Cortegana y, después de dar una vuelta por el pueblo, regresar por la tarde. Supongo, y eso sería cuestión de comprobarlo, que entre ida y vuelta serán unos veinte o veinticinco kilòmetros, nada que alguien acostumbrado a caminar no pueda hacer.

El paisaje vuelve a cambiar. Parece que me he trasladado sin darme cuenta a otra geografía, a otro país. Una arboleda tupida, de un verde exuberante, casi lujurioso, me acompaña durante un centenar de metros. En un recodo del camino el sonido del agua se hace intenso y veo un arroyo que lleva una gran cantidad de agua. Quizás sea la Ribera del Chanza, que nace a unos kilómetros de aquí, u otro arroyo que vierta sus aguas en ella. El caso es que vista y oído se alegran. Al poco rato diviso, escondida entre árboles y matorrales, una pequeña edificación con un panel solar. Me acerco y compruebo que hay una cancela cerrada con un nombre, “El Merendero”. Ahora me explico por qué el camino recibe este nombre. Lo que no sé es si realmente es un merendero al que se pueda venir a descansar y tomar algo después de una larga caminata o se corresponde con otro sentido. Sigo andando y unos cientos de metros después vuelvo a encontrarme con un caserío, un cortijo mucho más grande. Y cuando paso su lado, el nombre es el mismo, “El Merendero”. Ahora sí que no encuentro una explicación. Que dos viviendas separadas por unos centenares de metros tengan el mismo nombre no tiene demasiado sentido para mí. Tendré que preguntar en el pueblo.

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Miro el móvil y compruebo en la aplicación Mi Fit que ya llevo andados cuatro kilómetros y medio y unos cincuenta minutos. Me detengo y durante unos segundos dudo entre seguir hasta llegar a los cinco kilómetros o dar media vuelta. Son ya las siete y media de la tarde y me queda algo más de una hora de luz, pero recuerdo que los últimos kilómetros he estado bajando por lo que, ahora, durante bastante tiempo, tengo que subir. Así que me giro y comienzo el regreso. No me había dado cuenta pero la cuesta en muy pronunciada. Menos mal que el calzado y la ropa son muy cómodas y me facilitan el trabajo. Cuando termino la cuesta estoy casi empapado; no quiero ni imaginarme lo que puede ser hacer este recorrido en verano. Menos mal que ahora todo va a ser bajada. A la izquierda hay un pequeño cortijo y el perro que me había ladrado a la ida vuelve a intentar intimidarme y ganarse la pitanza de hoy. Ahora, además, lo acompaña el graznido (¿se llamará así?) de los pavos, que le hacen competencia. Sigo mi camino sin hacerles caso, lo que desanima a los animales y dejan de saludarme.

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La temperatura ha bajado algo, muy poco, pero por lo menos ya no me agobia el calor que hacía al principio. A lo lejos veo un grupo de mujeres que, seguramente con más experiencia en estas caminatas, han salido a andar más tarde y se van acercando. Cuando nos cruzamos las saludo y creo reconocer a alguna, pero soy muy despistado y no recuerdo quién es. Bajo un poco el ritmo pues quiero disfrutar de los últimos momentos. Mañana regreso a Sevilla y como mi madre también se irá a La Coruña, ya tendré menos ocasiones para repetir estos paseos. Además, el calor irá aumentando y la alergia no me permitirá disfrutar como lo he hecho estos días.

Cuando llego a casa mi madre me pregunta que por dónde he ido hoy y se lo explico. Ella se fue del pueblo hace setenta años, cuando era muy joven, y no conoce ninguno de los sitios que he recorrido estos días, pero le gusta escuchar mis explicaciones. Y como sé que la memoria es frágil y traicionera, me pongo a escribir estas notas para que no se olviden los momentos y los lugares que espero poder repetir lo antes posible.

Tarde de paseo por Aroche. El camino del Carmen

Después de unas semanas de lluvia que habían dejado el aire limpio y fresco, las piedras de las calles relucientes y la tierra encharcada, aquella mañana había amanecido con un sol radiante que mostraba el pueblo y el campo en todo su rotundo esplendor. El blanco parecía más blanco y el verde adquiría tonos esmeraldas y olivas que competían con el intenso color azul del cielo que se reflejaba en charcos y albercas. A diferencia de los días anteriores ni una sola nube se adivinaba en el horizonte. Una ligera brisa movía perezosamente las hojas del naranjo y del limonero de la huerta. Salí al porche y contemplé las casas de tejados a dos aguas, las terrazas, los balcones, el campanario de la iglesia, la torre de la cilla, el castillo y, al fondo, la sierra, recortando el horizonte con sus matices verdes y grisáceos.

La mañana había discurrido tranquilamente, bajar al sótano para subir unos troncos y unos palos para encender la chimenea, el desayuno en la sala mientras veía las noticias en la televisión y las comentaba con mi madre, las compras en el supermercado, el café en el casino, saludos a los conocidos. De vuelta a casa, y como me quedaba poco para terminar el libro que estaba leyendo, me sumergí en las últimas páginas y escuché a Paco Ibáñez en el equipo de música. Una cerveza y unos cacahuetes de aperitivo, una comida ligera, recoger la mesa, fregar los platos y una cabezada en el sillón, tapado con la ropa de la mesa camilla, pues dentro de la casa hace más frío que fuera, el ruido del televisor al fondo. Me desperecé de la breve siesta. Mi madre seguía durmiendo, la boca abierta y las gafas en la punta de la nariz. El fuego de la chimenea se había apagado pero la luz que, tamizada por la cortina, entraba por la ventana, me alejó el pensamiento de avivarlo. Me levanté sin hacer ruido y salí para coger las últimas naranjas del árbol. Algunas se habían caído esta noche y reposaban en el suelo. Me agaché a recogerlas, las limpié de la tierra que se había pegado a la piel y terminé de llenar una bolsa que rebosaba de frutos. Después recogí la ropa que mi madre había tendido fuera esta mañana, aprovechando que es el primer día sin lluvia y con sol después de mucho tiempo. Mi madre ya se había despertado y, saliendo en bata y con el pelo revuelto me preguntó que qué estaba haciendo, que cómo no la había avisado, que se aburre sin hacer nada. Le sonreí y le dije que volviera a entrar en casa, que todavía hacía frío, aunque hubiera salido el sol. Entró protestando y volvió a sentarse en la mesa camilla.

La tarde anterior había bajado hasta los Llanos de la Belleza, pasando al lado del cortijo y observando las nuevas plantaciones de árboles frutales y de arándanos que desde hace unos años han cambiado la fisonomía del campo, cubriéndolo de plástico. Todo sea por el trabajo y la riqueza que está proporcionando, pero el paisaje ha perdido encanto. Ya queda poco espacio sin cultivar y la agreste perfección de una llanura de hierba virgen que unos años antes sólo estaba salpicada por algunas ovejas ha desaparecido. Seguí andando por el camino de los Lobos hasta llegar a la Rivera del Chanza. En el cielo una bandada de buitres negros volaba alto haciendo círculos y un avión, mucho más arriba, dejaba una larga estela blanca. En el puente me detuve a contemplar la gran cantidad de agua que, gracias a las últimas lluvias, había limpiado y llenado el cauce. Seguramente habría habido alguna crecida los días anteriores porque ramas y pequeños troncos salpicaban la orilla. Me quedé un rato acodado en la baranda, esperando ver a la nutria que, según había escuchado unos días antes, solía acercarse. Pero no hubo suerte y regresé al pueblo sin subir, como hice la semana pasada, hasta el Cortijo de Los Lobos.

Esta tarde decidí cambiar de recorrido. Alrededor de las seis, después de ponerme ropa y calzado cómodo y de abrigarme bien, pues refresca mucho cuando se pone el sol, salí por la parte de atrás al callejón. El olivar del cercado en pendiente cuya sombra enfría las casas y que impide que el sol las caliente hasta bien entrada la tarde ha sembrado de hojitas el suelo húmedo. Debo tener cuidado para no resbalar. Llegué hasta la Fuente Nueva, saltando sobre el pequeño regato que sale de las piedras que sostienen los inclinados huertos y que se introduce por un aliviadero que lo llevará hasta el barranco de la Vica, saludé a Santito que, como siempre, está arreglando coches y al llegar a la altura del Salón Félix Lunar dejé la calle Puerta de Sevilla y giré a la izquierda subiendo por la empinada calle San Mamés. Apenas hay gente. Las cuestas del pueblo son para personas entrenadas pues la pendiente es continua y andar por las calles empedradas dificulta la caminata. Volví a girar a la izquierda, pasando por la calle Águila y la calle Senabra, dejando a mi derecha la Almena, la Torre de San Ginés. Una vez abandonadas las últimas casas del pueblo continué subiendo por un camino rural que hace unos años era de tierra y se embarraba con facilidad, pero lo han arreglado y ahora se puede andar mucho más cómodamente.

La pendiente se suavizó un poco. A un lado pequeños cercados de huertos, olivos, encinas y alcornoques en los que se ve, de vez en cuando, a alguien trabajando la tierra; a mi derecha, un desnivel abrupto que desciende hasta el ambulatorio, las casas que se levantaron donde se ubicaba el antiguo colegio y, poco más allá, el colegio nuevo. Sigo caminando sin prisa. Saludo a un hombre con un morral al hombro que me dice “amoallá”, vamos allá, un saludo habitual por estos lares, como si las personas adivinaran hacia donde uno se dirige. Me detengo ante un azulejo que han debido colocar hace poco y que informa de que estoy en el Camino Viejo del Cerro o Camino Antiguo del Hurón, un camino circular que enlaza con el Carril del Mármol. Me entra una duda porque justo al lado sale una estrecha senda muy inclinada y con piedras sueltas que no invita, precisamente, a adentrarse en ella. ¿Cuál será el Camino Viejo, el que estoy siguiendo o la pequeña senda? Ya se lo preguntaré a alguien.

Miro el reloj y son casi las seis y media. El sol todavía está bastante alto, aunque las sombras se han ido alargando y la temperatura ha descendido. El paisaje cambia un poco más adelante. El camino, que se había allanado durante unos cientos de metros, vuelve a subir y se bifurca. Un cartel indica que a la derecha hay un camino particular y ahí mismo, una finca con una piara de cerdos. Me acuerdo de la frase “dar de comer margaritas a los cerdos” y recojo algunas que crecen en los bordes de la finca. Dos o tres cochinillos se acercan curiosos y yo les tiro las margaritas, y aunque alguno hace ademán de comerlas, al final se da media vuelta y se aleja para seguir hozando en la tierra, rebuscando bellota entre las encinas.

El campo muestra la exuberancia que le proporciona el agua. Si yo entendiera de flora y fauna, si me hubiera criado en un pueblo, si mi padre no hubiera enfermado tan pronto, él que entendía tanto del campo y que me ayudaba a distinguir un roble de un castaño, un pino de un abeto o el canto de un mirlo del de un jilguero… Pero la enfermedad le atrapó demasiado pronto a él y demasiado niño a mí y le impidió acompañarme en los paseos por las corredoiras y por los bosques. En cuanto andaba unos metros se asfixiaba. Yo apenas tenía ocho años y ya no pude aprender con él. Casi todos los fines de semana íbamos a la aldea, a jugar con los primos y a corretear por el campo, pero él apenas podía seguirme y yo no tenía paciencia para andar a su ritmo. Por eso, cuando veo los árboles, las flores, los arbustos, los pájaros, sólo me queda acordarme de todo lo que he leído y escuchado. Sí reconozco las encinas, los olivos, los alcornoques, los pinos, los castaños, los naranjos…, pero poco más. Sé muchos nombres: quejigos, hayas, chopos, fresnos, álamos, alisos, pero no sabría distinguirlos. Y por el camino voy encontrando una gran variedad. Muchos de ellos nacen justo en el borde, sobrepasando las alambradas o los muros de piedra que, según me contaron hace tiempo, construyeron por aquí cuadrillas de gallegos, grandes expertos en levantar esos muros que separan unas leiras de otras, las fincas de los vecinos, los caminos de las tierras de labor.

El sendero ahora ya no está empedrado, sino que le han echado una capa de cemento. Donde antes las ovejas y las bestias caminaban sobre tierra y guijarros, ahora, seguramente para facilitar el paso de los coches, lo hacen sobre una superficie mucho más dura. El camino se bifurca y dos letreros me informan de que uno se llama “Camino del Merendero” y otro “Camino del Carmen”. Elijo este último. El camino sigue subiendo, pero la cuesta se hace más llevadera. A la derecha veo, a lo lejos, restos del mármol de la cantera. Poco más adelante sonrío al ver un muñeco con la cabeza de goma y el cuerpo de trapo colocado boja abajo sobre una alambrada, observando el paso de los caminantes. Durante una decena de metros se ven las marcas del paso de un rebaño que pasaría sobre el cemento cuando la argamasa estaría todavía fresca. Se van sucediendo fincas y dehesas con cerdos, cabras, ovejas, perros que me ladran al pasar o que se acercan curiosos y moviendo la cola. Ahora la vereda vuelve a ser de tierra y los charcos y los hilos de agua que corren al lado me acompañan con su sonido y se suman al canto de los pájaros, ¿serán jilgueros, pinzones, petirrojos, herrerillos…?

Sin darme cuenta el sol ha descendido mucho y mi sombra se ha alargado. La luz se tamiza entre las hojas de los árboles, que en algunos momentos se cierran sobre mi cabeza. Son cerca de las siete, casi una hora de marcha y decido dar la vuelta pues no quiero andar de noche por lugares que no conozco demasiado bien. En otra ocasión tendré que salir más temprano o hacerlo cuando la primavera esté más avanzada y las tardes sean más largas y cálidas. Varios coches me adelantan y tengo que apartarme pues el camino es estrecho. Los paisanos, que seguramente habrán estado trabajando durante todo el día en sus campos, regresan al pueblo. Uno se detiene un momento para preguntarme si me quiero subir con él al coche, que me acerca hasta donde yo quiera. Se lo agradezco, pero le contesto que prefiero ir caminando, que han sido muchos días encerrado en casa por la lluvia y que me apetece andar, que la tarde es perfecta para hacerlo. Me saluda y se aleja.

El sol se pone entre los cerros y diviso las primeras casas del pueblo. Hago una última foto con el teléfono móvil, aprovechando el contraluz, y me adentro en las calles silbando el pasodoble de Aroche.

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Pedir papas o sobre lo más importante

—¿Pides papas?

La pregunta me sorprendió. Hacía años que no la escuchaba. Cuando era pequeño o un poco más joven de lo que ahora soy y alguien te proponía un acertijo, una adivinanza o un problema, y pasaba el tiempo y no encontrabas la respuesta, el otro te conminaba a rendirte, a abandonar, a darte por vencido preguntando, a veces con sorna “¿pides papas?”. Casi nunca queríamos rendirnos, por eso casi nunca pedíamos papas, éramos demasiado orgullosos. Preferíamos quedarnos con la duda a ser humillados, ya encontraríamos la respuesta o la solución otra vez o preguntando más adelante, pero rendirse, jamás y pedir papas, menos. He buscado en Internet, en el diccionario de la RAE, en diccionarios de uso de la lengua y no he encontrado la expresión. ¿Se utilizará solamente en Galicia, como ocurre con “pedir colo”, “estar chosco”, “non vaia a ser o demo”, “vaiche boa” y otras muchas más? Quizás provenga de algún país sudamericano, a donde muchos gallegos emigraron durante la primera mitad del siglo veinte, como hicieron mi abuelo Castro, que emigró a Cuba y mis tías Pepita y Elena, hermanas de mi abuela Marina, que emigraron a Uruguay cuando eran casi unas niñas y allí estuvieron más de una década. Cuando esos paisanos míos regresaron, puede ser que introdujeran la expresión porque los gallegos no decimos “papas” sino “patacas”. Seguiré buscando la explicación y pensando cómo contar las historias de mi abuelo, de mis tías y de otros tíos un poco más lejanos que emigraron a Inglaterra, pues sus experiencias allí tuvieron que ser épicas.

Pero volvamos al principio. Llevaba un buen rato intentando encontrar la respuesta a un dilema que nos preocupaba. Un grupo de policías insulta y amenaza en un chat a su alcaldesa diciendo, entre otras lindezas “es terrible que ella no estuviera en el despacho de Atocha cuando mataron a sus compañeros”, “que se muera la vieja zorra ya”, “ojalá explote la sexta con todos ellos dentro y que ese día estén también Pablo Iglesias y Rufián”. A pesar de esas barbaridades, el juez no ve delito de odio y no lo investiga porque no hay denuncia. Por otro lado, el Supremo ratifica la prisión de tres años y medio para el rapero Valtonyc por expresiones como “un pistoletazo en la frente de tu jefe está justificado o siempre queda esperar a que le secuestre algún GRAPO”, “que explote un bus del PP con nitroglicerina cargada” o “mataría a Esperanza Aguirre, pero antes, le haría ver como su hijo vive entre ratas”. Si se analiza bien, apenas hay diferencia entre unos y otros. Tendríamos que ponernos en contexto, ver qué variables atenúan o agravan las frases, pero, aun sin ser experto en leyes ni contar con toda la información ni con las resoluciones judiciales completas, extraña la diferencia de criterio. Yo estoy a favor de la libertad de expresión, sobre todo cuando se produce en un ámbito como el artístico que en muchas épocas ha causado escándalo, aunque reconozco que todo lo que he reproducido líneas arriba me parece de muy mal gusto y poco artístico. Pero creo que hay una diferencia en cada uno de los actos. Me da la impresión de que las letras del rapero, que no son precisamente un dechado de virtudes literarias, lo único que pretenden es provocar, acosar, fustigar, denunciar. En todas las épocas, desde griegos y romanos, pasando por la Edad Media o el Siglo de Oro (Aristófanes, Plauto, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, los hermanos Bécquer…), escritores o pintores han criticado, a veces de manera muy cruel, a los poderosos. Casi siempre de forma sutil e inteligente, aunque muchas veces llegaban al insulto. Por eso es chocante que siglos después haya habido un retroceso en este ámbito. Podríamos seguir con las últimas noticias de estos días: la retirada de Arco de una obra de Santiago Sierra, el secuestro por orden judicial del libro Fariñala condena a Cassandra Vera por sus tuits sobre Carrero Blanco, etc. Así que resulta cuanto menos llamativo que los policías se hayan ido de rositas, sin un apercibimiento ni reconvención, porque sus expresiones podrían considerarse más graves, ya que son servidores públicos, teóricamente garantes del cumplimiento de las leyes, pagados con el dinero de los impuestos y cuyo cometido es proteger a los ciudadanos y no acosarlos, insultarlos o amenazarlos. Y, encima, con permiso para llevar y utilizar armas, yo no digo nada.

Mi interlocutor, Felipe, un vecino que había llegado hacía poco y que nos había invitado a su casa a mi mujer y a mí para presentarse y conocernos un poco más, comenzó a decirnos que había llegado a la ciudad por motivos de trabajo, una gran empresa farmacéutica en la que él trabajaba como comercial y visitador. Alto y delgado, bien vestido con ropa de marca, con una pequeña barba muy cuidada, en la que ya se podían apreciar algunas canas,  y unas gafas modernas de pasta, casi siempre estaba sonriendo, pero su mirada era un poco más fría, distante y calculadora de lo normal, como si estuviera siempre alerta, intentando adivinar qué pensaba yo; seguramente era un defecto profesional, los vendedores, los que intentan convencer para que se les compre un producto, deben averiguar cuáles son las debilidades, incluso los secretos de los demás. Eso me intranquilizaba, me provocaba una cierta desazón desde que me lo encontré por primera vez en el ascensor. Parecía una persona afable, acostumbrada a tratar con la gente, a caerle bien a las personas y a estudiarlas, a conocerlas a fondo. Su voz era ronca, profunda, modulada con educación y su lenguaje denotaba cultura y aplomo. Hablaba de forma pausada, sin apenas levantar la voz, pero siempre con la intención de persuadir, de convencer. Más que lo que decía, que muchas veces no dejaban de ser lugares comunes, llamaba la atención cómo lo decía, con qué seguridad y convencimiento.

Su mujer, bastante más joven que él y que apenas pasaría de los treinta, era mucho más tímida, quizás un poco acomplejada ante el dominio que mostraba su marido. Su ropa también era cara, como me susurró mi mujer en un aparte, cuando el matrimonio se levantó un momento para ir a la cocina a preparar unos aperitivos. Melena corta que movía con gracia y que dejaba ver un poco de su largo cuello, de pelo castaño claro con algunas mechas rubias, se movía con elegancia, como si flotara. Daba la impresión de ser una deportista, lo que nos confirmó un poco más adelante cuando comentó que salía a correr casi todos los días y que, en su anterior ciudad, acudía periódicamente a un gimnasio. No trabajaba, había terminado los estudios de derecho, pero se habían casado jóvenes y el trabajo de su marido requería que cambiaran con frecuencia de ciudad por lo que nunca se pudo centrar en la búsqueda de un empleo. Sin embargo, ahora tomó la decisión colocarse en algún bufete, aunque fuera como becaria, porque les habían prometido en la empresa que esta vez iban a permanecer al menos dos o tres años allí, no tenían hijos y no quería pasarse sola en casa todo el tiempo. Mi mujer la animó y le dijo que la ayudaría, que tenía mucho tiempo libre porque los dos estábamos jubilados y que no le importaba acompañarla hasta que conociera mejor la ciudad. En un momento de la conversación se levantaron las dos porque Anabel, nuestra anfitriona, quería enseñarle el piso y algunas reformas que quería hacer.

Mientras Felipe y yo charlábamos de cómo eran el resto de los vecinos, de si había problemas en la comunidad, de la rivalidad entre Betis y Sevilla y de otras cosas más banales, nos detuvimos un momento a escuchar en la televisión la noticia de que el Supremo había confirmado la condena a Valtonyc. La presentadora del informativo resumió la noticia, haciendo hincapié en las injurias al Rey y al enaltecimiento del terrorismo, incluyendo alguna de las desafortunadas frases del rapero que se reproducían en la sentencia. En ese momento Felipe hizo un comentario de manera muy exaltada, lo que me extrañó, “ya era hora de que pusieran en su sitio a estos malnacidos”, porque hasta entonces me había parecido una persona muy tranquila y que controlaba sus emociones, y porque todavía no teníamos la suficiente confianza como para expresar opiniones que, de alguna manera, podían molestar a alguien a quien no conocía y con el que pretendía establecer una buena relación.

Yo permanecí callado unos momentos, valorando si debería intervenir o no. No tenía claro si lo que había dicho era una forma de ponerme a prueba, de provocarme para comprobar cómo pensaba, de qué lado me decantaría. Podía ser una táctica de vendedor, la manera de conocer mis simpatías políticas o mi capacidad de encajar opiniones adversas, de discutir, de expresarme. Pero sólo fue un instante, porque suelo ser vehemente cuando me provocan, sobre todo si es de una forma tan explícita y, por qué no decirlo, tan grosera. A pesar de que estaba “en territorio enemigo”, opiné que me parecía que en los últimos años se había producido un retroceso en la libertad de expresión y que, tirando de refranero español, “no ofende quien quiere sino quien puede” y una frase de Diógenes que me había aprendido para demostrar mi vasta cultura en determinadas circunstancias, y ésta era propicia: “el insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe”. Ahí queda eso, pensé yo. No creas que me vas a cerrar la boca tan fácilmente. Y si lo has hecho sólo para provocarme o para conocerme más, mejor que mejor.

Felipe volvió a sonreír e hizo un gesto con la mano como diciendo que no tenía importancia y que no quería discutir. Ese gesto me molestó todavía más, no hay cosa más me fastidie que la displicencia, la prepotencia, el estar por encima de los demás. Mal habíamos empezado.

—Perdona por la frase, —me dijo, —pero algunos se están pasando de la raya y no está de más que se los ponga en su sitio. No todo vale en democracia, creo. Guardar las formas, respetar las instituciones y la ley son la norma básica de los estados democráticos modernos. De un tiempo a esta parte algunos se creen que pueden usar la libertad de expresión impunemente, sin ningún tipo de cortapisas ni de respeto. Así que estas sentencias me parecen ejemplarizantes. Y yo diría más, en algunos casos, como el de los insultos a las víctimas del terrorismo, la justicia tendría que ser aún más dura.

—De acuerdo en lo del respeto a la ley, —dije—, pero entonces, ¿por qué los jueces, que son los encargados de impartirla, castigan a unos con tanta severidad y otros no son ni amonestados? ¿No es la ley igual para todos? ¿Cómo se explica la disparidad de criterios? ¿Crees, de verdad, que la justicia se ha impartido igual? —Yo no estaba dispuesto a ceder ante unos hechos que me parecían injustos y desproporcionados en unos casos, mientras que el de los policías madrileños era inadmisible.

—Dímelo tú, porque supongo que tendrás una opinión formada, por lo que veo, sobre estas actuaciones de la justicia. Yo tengo la mía pero, si no te importa, me gustaría escuchar primero la tuya.

—La única explicación posible y lógica, a la vista de los hechos, es que la justicia no es tal, que hay muchos jueces politizados y con convicciones retrógradas, ancladas en un pasado que ya suponíamos superado. Mientras que la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y el Constitucional sean elegidos por los políticos y no por méritos estrictamente profesionales y demostrados, nunca habrá una justicia imparcial y objetiva.

—Sí, pero los jueces lo único que hacen es aplicar la ley o, como mucho, interpretarla. Son los políticos en el Congreso y en el Senado los que las elaboran y aprueban. Además, hay instancias superiores que pueden revocarlas, como ha ocurrido en bastantes ocasiones. Y si algunos creen que la justicia española no actúa correctamente, siempre se puede acudir al Tribunal de Estrasburgo, digo yo. Además, fíjate en una cosa: los policías escribieron los insultos y amenazas en un chat privado, mientras que en las otras situaciones eran públicos. Supongo que la difusión será un motivo agravante. No es lo mismo lo que yo diga y exprese en público o en las redes sociales que lo que manifieste en privado. 

Reconozco que me estaba quedando sin argumentos. Felipe era un duro contrincante, acostumbrado a ganar, a vencer con su retórica, a convencer a sus oponentes, a sus clientes. Yo me sentía empequeñecido y a punto de tirar la toalla. No se me ocurría nada mejor para rebatir su argumentación.

—¿No tienes otra explicación, no quieres argumentar algo más? —Felipe seguía sonriendo y yo tenía ganas de borrarle esa sonrisa de superioridad, aunque fuera a base de tortazos. Pero no era plan, ya que suelo ser un invitado educado y poco proclive a los excesos, sobre todo a los que emplean la violencia. Además, estoy seguro de que por la fuerza, él también me ganaría. Era más alto, más joven y más robusto que yo. —Quizás mi último razonamiento te pueda convencer —esta vez lo dijo con un tono mucho más serio.

Dudé durante unos segundos. Aproveché que había empezado a llover después de mucho tiempo, tanto que ya se decía que estábamos en prealerta por sequía, me levanté del sofá y me acerqué a la puerta de cristales del salón que daba a la avenida. Me quedé hipnotizado viendo los goterones que golpeaban contra el asfalto y contra las hojas de los árboles que casi llegaban a la altura del piso. Había oscurecido muy rápido, sin darnos cuenta y las farolas comenzaron a encenderse con una luz amarillenta que apenas iluminaba. Entonces surgió la pregunta que me desconcertó y me hizo revivir mi infancia y mi juventud, ya muy lejanas en el tiempo pero cercanas en la memoria, pues cada vez dedicaba más horas a rememorar anécdotas, personas y lugares, como suelen, solemos hacer, las personas cuyo presente es sólo un pálido reflejo de lo vivido y que nunca alcanzará el color y la intensidad de antaño.

—¿Pides papas?

Me di media vuelta y me acerqué despacio hasta donde estaba sentado. Me quedé mirándolo con un gesto en el que seguramente él vería sorpresa, curiosidad, desconcierto. Y eso era realmente lo que yo sentía en esos momentos. Me había olvidado por completo de la discusión, de las leyes, de los jueces, de raperos y policías. Ahora sólo quería saber una cosa.

—¿Tú, por casualidad, no serás gallego, no? Porque si lo eres, no tienes acento, pareces más bien castellano, madrileño o incluso, navarro. ¿Eres gallego, como yo? Porque esa expresión sólo la he escuchado en Galicia. Y me trae muchos recuerdos.

Y entonces, cuando él me respondió que sí, que era gallego y que se alegraba mucho de tener como vecino un paisano, dejamos de discutir y comenzamos a contarnos cosas de nuestra tierra, de nuestras vivencias, de lo que habíamos dejado atrás y de lo que nos gustaría hacer si regresábamos. Y cuando Anabel y mi mujer regresaron al salón, nos encontraron charlando animadamente, riendo, como si nos conociéramos de toda la vida. Y es que hay cosas más importantes que la política o las leyes.

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La magia del sofá

En el equipo de música suena el melancólico solo de clarinete con el que comienza E lucevan le stelle. “Y brillaban las estrellas, y se olía la tierra, rechinaba la puerta del huerto…”. Clarinete y voz dialogan durante unos segundos que son eternos, inmortales. Cavaradossi, a punto de ser ejecutado, recuerda en su celda los momentos vividos con Tosca. Está a punto de amanecer, la hora final de los condenados. Dejo de escribir y me concentro en el aria. Pavarotti lo vive, lo siente y transmite toda la emoción que requiere el momento. Antes de que finalice la orquesta, los aplausos y los bravos rompen el ensueño.

Estoy escribiendo sentado en el sofá mientras escucho música y mi madre cose y me interrumpe de vez en cuando acordándose de cosas que le sucedieron en su juventud y que ya me ha contado muchas veces. Escribo en un cuaderno cuadriculado y pienso que hacía mucho tiempo que no utilizaba la pluma. Ésta me la regalaron mis hijos en Reyes y creo que voy a seguir escribiendo así, sentado en el sofá del salón, escuchando música, solo o acompañado, porque delante del ordenador me distraigo, soy incapaz de concentrarme y la pantalla me absorbe las ideas, me paraliza. El papel, sin embargo, me llama, me susurra palabras, me define y concreta lo que pienso. Es un aliado, un amigo, alguien que me comprende, que está ahí siempre.

Ahora recuerdo las horas de estudio tumbado en el sofá de mi casa en Coruña. No sé cómo adquirí esa costumbre, pero era incapaz de concentrarme sentado en una silla, con el libro abierto encima de la mesa. Únicamente cuando tenía que hacer algún trabajo escrito me levantaba, entraba en mi cuarto y me sentaba delante de la mesa que estaba frente a la ventana que daba a un pequeño patio del que sólo podía ver una pared y un par de ventanas de mis vecinos. Las paredes de la habitación estaban empapeladas con posters de cantantes y grupos musicales de finales de los sesenta y principios de los setenta. El poco dinero que podía ahorrar lo dedicaba a comprar discos y revistas de música. Llegaba al kiosco, hojeaba las que me gustaban y elegía aquella que trajera una foto o un dibujo a doble página de grupos como Led Zeppelin, Credence, The Who, Deep Purple, Chicago… Cuando llegaba a casa lo primero que hacía era sacar el póster y pegarlo a la pared. Llegó un momento en que ya no había más espacio y tuve que ir retirando alguno y sustituirlo por los nuevos grupos.

Vivíamos en un edificio de color gris, con la fachada cubierta de manchas de humedad que se oscurecían más cuando llovía, que era casi siempre. Aunque nuestro piso era alto entraba poca claridad y casi siempre tenía que encender la luz del flexo. Aquellos otoños, inviernos y primaveras de estudiante eran siempre oscuros, fríos, lluviosos. Sólo se iluminaban en vacaciones y los fines de semana. Antes llovía más y las nubes apenas dejaban ver un cielo que en escasas ocasiones era realmente azul. La niebla, el cielo plomizo, el orballo, casi nunca dejaban ver con nitidez el horizonte, el paisaje. Semanas y meses que pasaban entre brumas, mañanas aburridas en las clases y tardes encerrado estudiando. Cuando tenía tiempo salía a pasear con mi pandilla de amigos o leía un libro, casi siempre de intriga, de misterio, con personajes complejos, brumosos, inacabados, como envueltos en una niebla que impide ver lo que hay dentro, como un reflejo de lo que yo veía y sentía. Estaba convencido, como lo estoy ahora, de que nunca podemos ni siquiera adivinar lo que se esconde en el interior de las personas, como si siempre estuvieran, estuviéramos actuando. Sólo los escritores que inventan historias y personajes pueden llegar hasta el fondo, moldearlos o crear protagonistas que responden a estereotipos o que son un mosaico de todos aquellos individuos que conocen o que se cruzan en sus vidas. Divago.

Me deprimía sentarme en mi pequeño cuarto, en el que apenas cabían dos camas donde dormíamos mi hermano y yo, y una mesa que también compartíamos. Como yo era el mayor necesitaba más tiempo de estudio y no podía concentrarme con mi hermano al lado, así que me iba al salón. Me acostumbré a estudiar conviviendo con los sonidos que llegaban del televisor o de la radio. Llegó un momento en que ya no era capaz de retener las ideas en silencio, sino que necesitaba escuchar música de fondo o deslizar la vista por las imágenes en blanco y negro del televisor. Mis padres no podían creerse que yo fuera capaz de estudiar así, pero llegaban las notas del Instituto e invariablemente aprobaba, menos aquel año que me suspendieron las matemáticas de tercero, pero eso no fue culpa de la radio o del televisor, sino que a mí no me gustaban y no las entendía.

Sigo escribiendo estas pequeñas notas que no quieren llegar a ninguna parte, palabras que aparecen en la hoja sin ningún objetivo, sin pretensión de reflejar alguna idea preconcebida. Pero me distraigo y disfruto, improviso y me dejo llevar. Después las pasaré al ordenador y, seguramente, al blog. He emborronado un par de páginas mientras sigo escuchando música, esta vez de versiones acústicas de conocidas canciones de Beatles, Elton John, Elvis. Mi madre sigue cosiendo y Carmen, que acaba de sentarse a mi lado después de haber estado cocinando algo, comienza a leer un libro que, me confiesa, le está cansando. Pero, y ya es cuestión de orgullo, quiere terminarlo, aunque le aburra. Siempre está el consuelo de que el final sea mejor y deslumbre. Todo está tranquilo y pienso que estos son los momentos que hay que saborear y disfrutar. Porque, y esta vez filosofo un poco, demasiadas veces la vida pasa delante de nosotros esperando que suceda lo extraordinario, aquello que dejará una huella indeleble y que recordaremos hasta el fin. Vamos dejando pasar el tiempo, los días y las noches transcurren con placidez, pero no estamos a gusto, todo nos parece monótono. Ver amanecer, charlar con los amigos, una comida en familia, una tarde de pesca, leer un libro, ver el capítulo de una serie que nos gusta. Disfrutamos con eso, sí, pero no estamos satisfechos, siempre esperamos más, una emoción fuerte, mucho más intensa. Hay momentos puntuales, el nacimiento de un hijo, un beso apasionado, un atardecer lleno de colores increíbles. Recordamos esos instantes y esperamos que se repitan una y otra vez. Volvemos a los lugares, reproducimos las situaciones, pero ya no es lo mismo, la magia del instante ha pasado.

Pero no nos damos cuenta de que lo cotidiano, las risas lejanas que nos alegran las tardes del domingo, el párrafo perfecto de un libro que nos hipnotiza, el fragmento de una ópera, la mirada intensa que nos contempla desde un cuadro, esa es realmente la esencia de la felicidad, la que se repite día a día, los pequeños instantes no calculados ni deseados. Y termino la hoja. El sofá sigue siendo mi gran aliado, mi compañero inseparable, mi fuente de inspiración.

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El primer recuerdo

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—¿Que cuál es mi primer recuerdo, me pregunta? No sé por qué los psiquiatras tienen esa obsesión por los recuerdos infantiles. Es verdad que la infancia marca el futuro de las personas, pero retorcer el pasado, sobre todo el de una época que suele ser, en las personas normales, la más feliz de la vida, me parece innecesario. Que ahora mismo tenga una pequeña depresión, seguramente producto de la ansiedad que me provoca el trabajo, no creo que tenga nada que ver con mi infancia. Mi jefe es el culpable, seguro. O mi mujer, que está todo el día dale que dale con que hagamos viajes, que salga de casa, que haga deporte. Pero si a mí lo que más me gusta es estar delante de la televisión o leer un libro repantingado en el sofá o quedarme quieto mirando a las musarañas. No quiero pensar, sólo deseo que la vida vaya pasando despacio, sin agobios, sin sobresaltos. Bastantes disgustos me han dado mis hijos, que se fueron sin siquiera despedirse, y mis amigos, que se fueron alejando, alejando sin dar una explicación, yo que siempre los llamaba para salir a tomarnos unas cañas o a jugar un partido de futbito. O mi hermana, la única que tengo y que siempre me había apoyado, pero que ahora ya ni me felicita en navidades. Pero ya que lo dice, intentaré recordar, aunque no puedo asegurar que lo que voy a contar haya ocurrido realmente. A veces sueño cosas que se repiten varias veces y creo que me han sucedido, como esa en la que me veo a orillas de un río que corre por un valle rodeado de frondosos bosques. Veo también, al fondo, algunas casas y campos verdes. Una pequeña columna de humo sale de la chimenea de una de las casas y me parece escuchar la voz de alguien, quizás mi padre, que me dice algo que no entiendo. No veo a nadie, sólo escucho la voz. Debe de estar detrás de mí. Estoy tumbado en la hierba y muerdo, distraído, un pequeño tallo. Levanto la vista y veo un cielo muy azul, sin nubes. Todo se desarrolla muy lentamente. No pasa nada, pero siento una enorme paz, como si estuviera dentro de una campana de cristal que me protegiera contra todo, contra todos. Y el tiempo se detiene y deja de fluir el río y el humo de la chimenea también se queda quieto. De pronto me doy cuenta de que estoy viendo un cuadro que estaba en casa de mis abuelos, encima del aparador donde también hay un retrato en sepia de un matrimonio que mira a la cámara muy serio. Supongo que eso será un recuerdo de la infancia, de cuando tenía cuatro o cinco años, no más, porque después mi abuelo se murió, mi abuela vendió la casa y se vino a vivir con nosotros. A veces le preguntaba por el cuadro pero ella me decía que encima del aparador del comedor había un cuadro de la Santa Cena y que no recordaba un cuadro como el que yo le describía. Por eso ya no sé si lo que acabo de contar sólo fue un sueño u ocurrió en realidad.

El psiquiatra está callado y escribe algo en su cuaderno. Yo no estoy tumbado, como veo en las películas que están los pacientes. Él está sentado en un cómodo sillón detrás de una mesa sobre la que hay varios libros y un teléfono. Yo me siento en una silla y apoyo de vez en cuando uno de los codos en el borde de la mesa, fijándome en una pequeña mancha que parece una quemadura, como si alguien hubiera dejado un cigarro y éste hubiera quemado un poco el barniz. Cuando quiero concentrarme necesito fijarme en algo que me permita aislarme y olvidar lo que me rodea. Es como si todos los objetos y las personas se diluyeran en una penumbra y se convirtieran en sombras mudas que me observan y atienden expectantes a lo que pienso o digo. Ahora sigo hablando.

—Creo que mi primer recuerdo es un viaje en tren que hice con mis padres al sur, un viaje que duró dos días, haciendo una pequeña parada en Madrid. Tan cansado debía de  estar que sólo quería acurrucarme en los brazos de mi madre, que me cantaba canciones infantiles y coplas de Marifé de Triana o de doña Concha Piquer. Por eso me gusta tanto la copla, creo. Pero eso no lo recuerdo, pero sí guardo una imagen, sólo una, de un andén. Yo estoy andando por él, de la mano de mis padres, y de pronto me asusto con un fuerte ruido, quizás del vapor del tren o del silbido, porque tengo la imagen grabada de gente con maletas, de las ruedas del tren, de la estructura metálica de la estación. Supongo que sería la estación del norte o la de Atocha, no lo sé.

— ¿El recuerdo de un viaje es su primer recuerdo? —pregunta el psiquiatra. —Es curioso y muy significativo, dice. No me explica por qué, pero me anima a seguir hablando…

La verdad es que casi todo me lo acabo de inventar. Nunca he ido a un psiquiatra, ni mi mujer me habla continuamente de hacer viajes, sino más bien al contrario, soy yo el que la castiga con el tema. No tengo una hermana, sino un hermano. Ni mis hijos se han ido sin despedirse ni mis amigos se han ido alejando. Pero esto, que comenzó como un pequeño juego de una tarde de enero en la que mi mujer y mi hija se fueron a ver trajes de gitana y me dejaron solo, me ha dado pie para comenzar a escribir un relato en el que voy a insertar recuerdos de infancia y de juventud, mezclados con parte de la historia de la familia. Supongo que muchos escritores habrán comenzado así, partiendo de lo cercano y conocido a lo más extraño. Ya veremos cómo termina esta experiencia, si es que termina.

Relato XIX: Una mañana en la consulta del médico

Hacía tiempo que las enfermedades me respetaban y no tenía que acudir al médico. Pero ya se sabe que el invierno es traicionero, sobre todo si previamente el otoño ha sido una continuación del verano y la ropa de abrigo sigue colgada en la parte menos accesible del armario. O simplemente, no la has bajado de los altillos donde suele guardarse cuando llegan los primeros calores. De pronto, una mañana, cuando menos te lo esperas y ya te has convencido de que este país se ha trasladado de forma misteriosa a una zona tropical cercana al golfo de Guinea o al Caribe, cual ocurre en La balsa de piedra de Saramago, abres la ventana y el frío te da una bofetada. Así, sin previo aviso, sin encomendarse ni a dios ni al diablo. Antes de que me dé cuenta estoy tiritando. El frío se me ha colado en los huesos y no hay manera de quitármelo de encima. Acudo al armario y no tengo ni un jersey gordito, ni un chaquetón a la vista. En mis pies, unas chanclas de verano. Así que, antes de hacer el café o tomarme mi zumo de naranja y mi fruta, sin hacer demasiado ruido para no despertar al resto del personal que vive conmigo, descuelgo la escalera y me encaramo a uno de los altillos donde supongo que hace meses se guardó la ropa de invierno. Empiezo a bajar bolsas y a colocarlas encima de la cama de mi hijo, que como ya no vive aquí se utiliza como improvisada tabla de salvación para múltiples actividades: para colocar la ropa planchada y sin planchar, bolsas de compras varias de El Corte Inglés, almohadas o cojines que apenas se usan, etc. Empiezo a abrir las bolsas del altillo y encuentro de todo menos mi ropa de invierno: edredones, sábanas, cortinas, zapatos, ropa de invierno de mi mujer, mantas (aparto un par de ellas para poner en la cama esta noche)… pero ni rastro de mi ropa de invierno, que estará en los altillos de la habitación donde duerme mi hija. Pero no voy a despertarla que todavía no son las nueve de la mañana. Mi mujer sigue dormida en el sofá del salón con la televisión encendida; después me dirá que ha pasado mala noche y que por eso se levanta tarde. Así que con las chanclas y mi pijama de verano, empiezo a hacer el café. Mientras está pasando el agua, el primer estornudo que seguro ha despertado a toda la vecindad; en primer lugar a mi mujer, claro, que con cara de sueño entra en la cocina, me da los buenos días y comenta lo obvio: ¡hay que ver qué frío hace! La miro con cara de circunstancias y le explico lo que he estado haciendo hasta ahora. Pues habrá que despertar a la niña… pero antes de que termine la frase, aparece mi hija en la cocina, también con cara de sueño, los pelos como si hubiera visto una aparición y abriendo la boca. ¡Hay que ver qué frío hace! No, si esta mañana la conversación va a girar en torno al frío. Segundo y tercer estornudos seguidos. Me empieza a picar la garganta y tengo que acudir a los pañuelos de papel pues se me está cayendo la moquilla.

Entre estornudo y estornudo, toses varias, sorbos de café y mordiscos a la tostada, organizamos la búsqueda de la ropa de invierno. Yo me subiré a la escalera, iré bajando las bolsas y mi mujer y mi hija la irán sacando y apartando. Además, aprovecharemos para guardar la ropa de verano, cómo no. Me empieza a doler la cabeza y no paro de toser y estornudar. Mala señal, ¿será gripe? Mujer e hija se apartan. ¡Claro, como estás con el pijama y las chanclas de verano, vas a coger una pulmonía! Las miro con cara de odio: ¿acaso tengo yo la culpa de que ayer hiciera un día de verano y hoy estemos en Siberia? Me callo por no liarla, porque, además, saldría perdiendo. Me entran escalofríos, ¿tendré fiebre? Se me ha debido poner mala cara porque ambas, mujer e hija, me miran de forma rara. ¡José, bájate de la escalera y ya te estás poniendo otra ropa, que has cogido frío! Sí, bwana, pienso y no replico.

La mañana pasa muy lentamente. Cada vez me siento peor. Me he tomado un frenadol pero no hace efecto. ¡Ya estamos yendo a urgencias, que esto va a ser gripe y ya no eres un niño! ¡Mira que te dije que te pusieras la vacuna, pero nada, ni caso! Me callo otra vez, pero los pensamientos asesinos se acumulan en mi mente. ¿Cómo iba a ponerme la vacuna si hace un par de días estuvimos bañándonos en la playa? Pienso en Psicosis, en La matanza de Texas, en el estrangulador de Boston. Frena, José Manuel, que vas por mal camino y la cabeza ya no te rige bien. Entre otras cosas, porque parece que me va a estallar. Y sigo tosiendo, moqueando, doliéndome la garganta. Al final, decidimos ir a urgencias. ¿Quieres que te acompañe o puedes ir solo? La b, la b. El ambulatorio está cerca, así que me visto en condiciones, bien abrigado con la ropa arrugada de estar varios meses doblada, pero más calentito. Salgo a la calle. Todavía hay gente que pasea en pantalón corto y camiseta. Hace falta estar loco. El camino hasta el ambulatorio es un sufrimiento. Cada vez me encuentro peor. Esto va a ser neumonía o el virus del ébola, vaya usted a saber, pero gripe seguro que no.

Entro en el ambulatorio y todavía tienen puesto el aire acondicionado porque, claro, dice una celadora, es que ayer hacía más de treinta grados y no se paraba. Cuando no se para es ahora, le replico. Qué pasa, ¿es que quieren cargarse a todos los pensionistas para ahorrarle un dinero al gobierno? Haga usted el favor de no gritar, me dice una señora que ha venido en bata a la consulta. ¿Gritar yo? Usted no sabe lo que es gritar, señora. Me calmo porque no he podido seguir hablando por un ataque de tos. Me dirijo a la máquina que da el turno y consigo un asiento lejos de la puerta de entrada, aunque no sé si hace más frío dentro que fuera, pero por lo menos evitaré las corrientes de aire. Ya dijo Napoléon que tenía más miedo a una corriente de aire que una bala. La verdad es que no sé si lo dijo él u otro personaje histórico, pero alguien lo dijo alguna vez. O lo dirá. A mi lado hay dos gitanas que no paran de hablar. Las dos llevan unas zapatillas de estar en casa con calcetines de lunares, un moño en todo lo alto de la cabeza y chaquetas de lana. ¡Hay que ver qué frío hace hoy! dice una de ellas. Eso mismo dijeron esta mañana mi mujer y mi hija, les digo. Y lo mismo dijo mi Manué, dice la otra. Entablamos una animada conversación hasta que me da un ataque de tos, me pongo rojo como un tomate y las dos gitanas se levantan como un resorte. A ver si nos va a contagiar usté algo malo, dicen. Ah, ¿pero ellas no están malas? Cuando se alejan, un hombre con un poblado bigote que está sentado enfrente me dice que seguramente no, que las ve muy a menudo por aquí y se ponen a charlar. A lo mejor es que han venido al mercado, que está al lado del ambulatorio, y vienen a descansar. ¿A usted que le pasa?, me pregunta. Habré cogido frío esta mañana, le digo, porque me encuentro para el arrastre. Sí, es que ¡hay que ver el frío que hace hoy! me suelta mi enfrentado acompañante. Me hago el loco mirando para mi móvil. No tengo ganas de hablar del tiempo.

Cerca hay una pareja joven con un niño casi recién nacido en un carrito de bebé. El niño parece dormido. Ellos no dejan de mirar sus móviles y no paran de reírse. ¿Has visto el vídeo del perro? No, ahora estoy hablando por whatsapp con mi prima, que está de viaje por el extranjero. Pues cuando puedas ve el vídeo del perro que ha mandado el Yonni, es pa mearse, dice él. Ahora no, Paco, que mi prima me está diciendo que hay una tormenta y que no pueden salir del hotel, vaya mala suerte, para una vez que viaja y llevan dos días sin poder ver nada. A quién se le ocurre viajar en estas fechas, dice el Paco, lo mejor es el verano. Claro, dice la Vanessa, que es así como la ha llamado él hace un rato, como que la gente puede viajar cuando quiere. Con lo caro que es viajar en verano. Ahora, ahora es cuando se pueden coger buenas ofertas. Si no tuviéramos a la niña (resulta que es una niña, no un niño) podríamos haber ido con ella. ¿Y con el trabajo, qué hago con el trabajo? dice el Paco, ¿me lo llevo también de viaje? Desconecto de la pareja y miro a la pantalla y al papelito que me ha dado la máquina de turnos. Tengo más de diez personas delante. Voy a estar toda la mañana aquí.

¿Pero es que no se puede quitar el aire acondicionado? grita alguien al fondo de la sala de espera. Apoyo lo moción, me digo para mí mismo. No quiero hablar en voz alta para no señalarme ante la celadora, que en ese momento coge el teléfono y habla con alguien. Después de unos segundos de charla, informa de que se va a poner la calefacción, pero que todavía tardará un rato porque ese cambio lleva tiempo. Explica no sé qué de unas turbinas, de una palanca y de un responsable (no sé si de la palanca o de las turbinas, pero responsable de algo). Gritos de alivio en el personal. Vuelvo a desconectar y me fijo en una señora que está sentada al lado del hombre del bigote. Lleva un abrigo largo y una carpeta abultada de la que ha sacado un par de hojas que mira con atención. Debe ser profesora porque parece que está corrigiendo ejercicios con un rotulador rojo. De vez en cuando mueve la cabeza, tacha frases de las hojas y escribe en los márgenes. Sí, es profesora porque la he visto poner una nota y rodearla con un círculo. Como yo he sido profesor, me solidarizo con ella. Me dan ganas de ponerme a hablar de la educación, pero no quiero molestarla porque está concentrada en su labor. De vez en cuando comenta algo en voz baja y dice algo así como “mira que lo he explicado veces, pues nada, que no se enteran, estarán pensado en las musarañas, cada vez se estudia menos…” Más solidaridad.

La mañana va pasando y los números se van acercando al mío. La consulta está casi vacía. El teléfono  vibra y compruebo que mi mujer me ha enviado un mensaje. ¿Cómo te encuentras, te falta mucho? Estoy mu malito, ya me falta poco para entrar, escribo y pongo un emoticono de pena, con una lágrima. Eres un quejica, ya verás como no es nada, recibo por respuesta. Ajolá, respondo. Te estoy haciendo un caldito, para que el cuerpo te entre en caja, leo en la pantalla. Muchas gracias, reina, qué haría yo sin tí. Te dejo que ya voy a entrar.

Cuando mi número aparece en la pantalla, me levanto con dificultad ya que los músculos se me han agarrotado (engarrotado, que dice la muchacha que viene a casa). Golpeo suavemente la puerta de la consulta, en la que está escrito el nombre del médico, doctor Nwelati Ahmed. Vaya, un médico sirio o árabe. ¿Este hombre sabrá algo de resfriados? porque en su país seguro que verá pocos, con el calor que hará allí. Escucho una voz que dice pasen y entro. Son casi las dos de la tarde. En la consulta ya no queda nadie. Soy el último paciente de la mañana.

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