Cartas a los Reyes Magos

A pesar de estar sentados, se puede adivinar que el primer hombre, el que está de espaldas al ventanal que ocupa todo el lateral de la gran nave, es el más alto. Tiene la espalda encorvada, como si soportara un enorme peso que le obligara a mirar constantemente al suelo. Respira con dificultad y se frota las manos para espantar el frío, un gesto que sus dos compañeros repiten con frecuencia. El primer hombre viste con un traje marrón de tres piezas, pasado de moda, con hombreras, grandes solapas en la chaqueta y pantalones anchos. La ropa está arrugada pero limpia. Cuando mira al compañero que está a su izquierda sonríe con tristeza, apenas un pequeño movimiento de la comisura de sus labios, entrecerrando sus ojos azules, rodeados de arrugas, como la frente y el dorso de las manos. Apenas se le ve el rostro, pues tiene el pelo cano y una barba blanca que le llega casi hasta el pecho. Sin embargo, todo en él refleja amargura, desolación, cansancio. Con un movimiento lento, desganado, ha cogido una carta del saco que tiene a sus pies y comienza a leerla. Nada más echar un vistazo al encabezado, parece que quiere entregársela al tercer hombre, el que está sentado frente a él, un hombre de pelo cano y tez oscura, zamarra de lana y camisa estridente, llena de colorido, que mira sonriendo a su alrededor. Sin embargo, el primer hombre detiene el gesto y en lugar de entregar la carta, sigue leyendo, parece que algo le ha llamado la atención. Después de unos segundos, su rostro se ilumina, la sonrisa se convierte en una risa franca, casi una carcajada. Esos instantes han bastado para cambiar su fisonomía. Tarda unos minutos en leer todo el texto y riendo como hacía mucho tiempo que no reía, entrega la hoja a su compañero. Toma, es para ti, seguro que te va a gustar. La escribe un tal Santiago. Me temo que no está muy contento con nosotros con todo lo que ha pasado este año, como si tuviéramos la culpa de que la gente sea tan descerebrada. Seguro que es un republicano y vota a Podemos.

El hombre que está sentado a su izquierda parece un poco más joven, quizás un par de cientos de años menos que los otros dos. Lo único destacado en su figura es una especie de corona que lleva sobre su cabeza, así como una barba de color castaño, como su pelo, con algunas hebras blancas o grises. Esta barba es más corta y está más cuidada que la de su compañero. Él también está leyendo una carta que le ha llamado la atención porque casi toda está ocupada por dos grandes palabras: SALUD y TRABAJO. En el resto de la carta las peticiones son muy humildes y fáciles de realizar. El hombre murmura en voz baja, se intentará, pero cada vez está más complicado, Carmen; como siga esto de la pandemia, aviados estamos todos, empezando por nosotros, que cada vez tenemos más riesgo por mor de la edad; entre la Covid-19, los políticos y los científicos, cada uno por su lado y sin ponerse de acuerdo, los que ponen muros y barreras, los negacionistas, los que no atienden a las normas, etc., esto va para largo.

Los tres hombres llevan varios días leyendo cartas, unas cartas que les entregan en enormes sacos varios personajes que van vestidos de manera muy curiosa, al estilo oriental, con turbantes, chaquetillas sin mangas y amplias camisolas, pantalones abombados y babuchas. Los sacos se van acumulando al fondo de la gran sala y los tres hombres cada vez están más agobiados. El único que parece más tranquilo y risueño es el negro, mejor dicho, la persona de color, no vaya a ofenderse alguien. De todas formas, seamos políticamente correctos o no, hay que ser sinceros, ese personaje tiene el color de la piel negro, muy negro. Ahora se está riendo a carcajada limpia, dándose golpes en la rodilla con las manos. Ha dejado la carta a un lado, sobre la enorme mesa que ocupa todo el centro de la nave, junto a otras dos o tres más que ha seleccionado. Eso puede significar dos cosas: que son cartas que hay que tener en cuenta para intentar que se cumplan todos los deseos que en ella figuran o, por el contrario, que serán quemadas en la inmensa chimenea que ocupa uno de los laterales, pero que en este momento está apagada.

El primer hombre, el de la barba blanca, vuelve a meter la mano en el saco y saca una pequeña hoja manuscrita que contiene apenas diez o doce líneas. Las primeras palabras dicen así: “Queridos Reyes Magos, a ver si sois capaces de arreglar este desaguisado, que la cosa está muy mal”. Lo de siempre, piensa el hombre, la gente no se da cuenta de que nosotros no somos la Virgen de Lourdes, diríjanse a otro departamento. Y sigue leyendo “El coronavirus lo ha estropeado todo este año y creo que de esto no tenéis la culpa. Yo no es que me queje, tengo salud, una buena pensión y una familia unida y, dentro de lo que cabe, feliz, aunque podría mejorar en algunos aspectos (el trabajo de mi hija, algún nieto que otro, que no hay equilibrio, unos tantos y otros tan pocos…). Ya se sabe que nunca estamos satisfechos del todo. Así que os voy a pedir sólo un par de cosas: que se termine la pandemia, que mi hija apruebe las oposiciones o encuentre un buen trabajo (esto lo llevo diciendo hace un par de años y no hay manera) y que la familia siga estando unida y feliz. Para qué pedir más. Bueno sí, que no se me siga cayendo el pelo, que voy a ser una vergüenza para la familia y algo más material, para que no os rompáis demasiado la cabeza, tres libros, que ahora tengo mucho tiempo para leer: La ciudad de vapor, de Carlos Ruiz Zafón, Emocionarte, la doble vida de los cuadros, de Carlos del Amor y Mientras escribo, de Stephen King. Y si pudiera ser, también un bolso, de esos de hombre, no de los otros, no os vayáis a confundir. Lo demás ya me lo compraré yo cuando pueda salir sin impedimentos”. Se hará lo que se pueda, aunque lo del pelo está complicado, usa Minoxidil todos los días, Xosé Manoel, qué nombre tan raro, pensó. Esta hoja también fue apartada y puesta encima de un pequeño montón que se había ido formando a lo largo de las últimas semanas.

NOTA: Los tres hombres continuaron leyendo hasta que llegó el día 5 de enero de 2021. Esa vez no hubo cabalgatas, ni caramelos, ni caras de sorpresa y de ilusión en niños y mayores. Fue una noche de Reyes especial, pero, por una vez, gran parte de los deseos de esas personas se cumplieron en 2021.

Cambio de planes

Soledad - La piedra de Sísifo

Hace tiempo tuve que cambiar de planes. Antes me gustaba asomarme a la terraza de nuestro pequeño piso. Contemplar la calle vacía, apoyarme en la baranda, intentar adivinar, cosa rara en mí que nunca adivino nada y mi imaginación es escasa, lo que sucede tras los visillos del piso de enfrente. También me gusta adivinar, vaya usted a saber por qué, lo que piensa el buscador de oro sentado a la puerta de su humilde cabaña, mirando la puesta de sol, fumando en pipa y no encontrando sentido al futuro. O el astronauta que vaga perdido por el espacio sin poder regresar a la Tierra. La mente es así de compleja.

Todo empezó hace unos años, creo que era invierno, o por lo menos, hacía frío y había poca luz. Al principio era una sospecha, una noticia perdida en una página suelta del periódico. Apenas seis o siete líneas mal redactadas, como con desgana y para rellenar el hueco de un anuncio que no se publicó porque el anunciante no pudo pagarlo a tiempo.

Lo supe desde antes de entrar en la habitación que está al fondo del pasillo, la de la puerta marrón, la que tiene una mirilla como si fuera la puerta de la calle. No sé por qué puse la mirilla. Ella me preguntó entonces “¿Es que piensas encerrarte y no dejar entrar a nadie?”. Aunque, pensándolo bien, yo ya sabía, sin saberlo todavía, lo que iba a ocurrir. Y también, en esa misma época, coloqué el cerrojo. Ella me observaba sin decir nada mientras yo, con parsimonia y canturreando por lo bajo una copla de Antonio Mairena, medía y calculaba y horadaba el marco y el batiente y comprobaba que todo estaba en su sitio y encajaba perfectamente.

Esa habitación es la única interior. Da a un patio cuadrado, mal iluminado por una claraboya que tiene un cristal roto, por el que los días de lluvia entra el agua que forma pequeños charcos en las baldosas del suelo, que se secan lentamente y en invierno se llenan de verdín. Mi hermana y yo vivimos en la misma casa donde nacimos, donde crecimos junto a nuestros padres y a la abuela. Ellos ya no están, fueron desapareciendo poco a poco, casi en silencio, para que nos fuéramos acostumbrando, como decía mi hermana cuando hablábamos. Ahora ya no hablamos. No hablamos tampoco de la otra hermana, la que se fue cuando era casi una niña, la que desapareció sin dejar rastro, sólo una escueta nota de despedida “Me voy, ahí os quedáis con vuestra amargura y vuestra tristeza”. Por más que mis padres intentaron encontrarla, que la policía investigó, que se pegaron carteles por toda la ciudad, nunca más supimos de ella. Han pasado más de cuarenta años de eso. Ellos nunca llegaron a recuperarse del todo. A mí me da igual. Que cada uno haga con su vida lo que quiera.

Estaba diciendo que la abuela y mis padres fueron desapareciendo. Primero fue la abuela, siempre sentada en su mecedora, cosiendo cuando todavía la vista se lo permitía. Un día se quedó quieta, muy quieta, cuando veía un programa en la televisión. Derrame cerebral masivo, diagnosticó el médico. No se enteró, es la mejor forma de morir, según decretaron familia y amigos y según dicta la experiencia. Porque la muerte de mis padres fue un poco más dramática, aunque no demasiado. Mi padre de una cirrosis producida por un virus. Duró tres meses. Mi madre, un par de años después, quizás murió de pena porque, a pesar de que no llegaba a los setenta años, fue apagando poco a poco su mirada, se fue perdiendo en un mutismo del que no fuimos capaces de sacarla. Una gripe, una simple gripe, fue su final.

Ahora me hubiera gustado que el patio fuera descubierto, sin claraboya, para que el agua de lluvia, con su sonido, aplacara mis temores. Pero la claraboya está muy alta y no escucho el ruido de la lluvia. Ni siquiera eso me está permitido y, aunque lo estuviera, yo quizás tampoco lo permitiría. Como tampoco permito que nadie me interrumpa. Al principio si lo permitía, pero ya no se atreven.  Cuando se atrevían, al principio, empecé a gritar, a aullar, a golpear con fuerza las paredes y la puerta. Y también el suelo. Arrastraba la silla, la mesilla, la cama, la mesa en la que escribo. Golpeaba la puerta del armario empotrado. Hasta que dejaron de importunarme.

Convertimos la habitación de mis padres en un estudio y la de la abuela, que era más pequeña, en una salita para ver la televisión en invierno. Allí se está más recogido, con una mesa camilla y un televisor que apenas encendemos porque preferimos escuchar la radio, una radio antigua pero que se escucha muy bien. Ahora sólo escucho música en el pequeño transistor que tengo en la mesilla, al lado de la cama. Como tengo un cargador y pilas recargables, no necesito pedir pilas de repuesto. Pero si las hubiera necesitado, tampoco tendría problema. Ella me las traería, por la cuenta que le tiene. No me niega nada de lo que le pido. Porque, además, necesita mi firma para poder cobrar la pensión. Depende de mí, como antes dependía de mis padres.

Mi hermana prefirió desde el primer momento la habitación que da a la calle, pero a mí me agobiaba el ruido del tráfico, de los niños gritando, de la vida que late. Nunca fui amigo de los sonidos estridentes, de las voces altas, de los gritos. A mi hermana le pasa lo mismo, pero ella no es tan radical y por eso no le importó quedarse con la habitación que está al principio del pasillo, la del amplio ventanal por el que entra el sol a raudales y se desparrama por los objetos y los recuerdos. A mí siempre me ha molestado la excesiva claridad. No quiero ruidos ni claridad. Tampoco me gustaba hablar con personas desconocidas. Me sería imposible establecer una conversación en la consulta del médico. Procuraba llevarme un libro y leer o hacer que leía, siempre con la intención de que nadie me molestara. Por eso me ponía de los nervios cuando mi hermana se ponía a hablar de cualquier cosa, casi siempre de enfermedades, como es lógico, cuando íbamos al ambulatorio. Se sentaba, miraba alrededor, comenzaba a hablar del tiempo con la persona que estaba al lado y no paraba hasta que nos tocaba entrar en la consulta. Menos mal que tengo buena salud y pocas veces he tenido que ir al médico. Ahora ya no voy al médico, ni siquiera consiento que el médico venga a casa. Nadie puede entrar en la habitación y yo no quiero salir de ella. Si enfermo, mala suerte. O me curo con aspirina, ibuprofeno o infusiones o me voy para el otro barrio. Allí seguro que no notaré demasiados cambios.

Se me está terminando el lápiz y tendré que pedirle otro. Antes, mi hermana me castigaba sin comer ni beber, para forzarme a salir, para doblegar mi voluntad. Parece mentira que no me conociera, después de tantos años viviendo juntos en la misma casa. Se dio cuenta de que con esa actitud no conseguía nada y, en el fondo, tenía miedo porque no quería matarme de hambre ni de sed. Sabía demasiado de ella. Me tenía miedo porque sabía que yo sabía. Y podía darle una sorpresa desagradable. Por eso me traía comida y bebida dos veces al día. Y ropa limpia. Y las cosas de aseo. No puedo vivir sin la limpieza, me obsesioné con ella desde los primeros días. Cuando todo comenzó me traía más comida, pero le dije que no quería que me interrumpiera tanto. No me concentraba, no podía leer ni escribir ni escuchar música ni pensar. Ahora ya no necesito comer tanto. Mi cuerpo apenas gasta energía y no quiero engordar.

La habitación es amplia. Nada más entrar, a la derecha, está el cuarto de baño, con un plato de ducha, el lavabo y el inodoro. Al lado de la ducha hay un armario para guardar toallas, botes de gel y de champú, los útiles de afeitar, esponjas de baño y otras menudencias. Ahí también guardo el papel higiénico, del que siempre tengo, como mínimo, diez rollos. Cuando baja de esa cantidad, paso el papel debajo de la puerta y le pido más. Lo mismo ocurre con las otras cosas: libros, ropa, cuadernos y bolígrafos o lápiz para escribir. Una vez a la semana, de madrugada, miro por la mirilla panorámica y compruebo que mi hermana no está acechando en el pasillo, como hacía los primeros días. Abría lentamente la puerta y dejaba la bolsa con la ropa sucia. Dos días después, ella llamaba a la puerta y me dejaba la ropa limpia y planchada en un cesto. Ahora se ha convertido en un ritual.

Enfrente del cuarto de baño, en la pared de la izquierda, hay un armario empotrado con un espejo en la puerta corredera. En ese armario guardo la poca ropa que necesito: un par de camisas y de pantalones, un jersey para cuando hace frío y mucha ropa de deporte, que es la que suelo ponerme habitualmente: cuatro chándales, doce camisetas, cinco pantalones largos y otros cinco cortos, calcetines y tres pares de zapatillas deportivas. Además, también guardo, cuidadosamente doblada en cajones, sábanas y fundas de almohada. La ropa interior la guardo en los cajones de las mesillas. El armario tiene un altillo donde almaceno las mantas y un par de edredones. La cama es grande, de uno cincuenta por dos metros y a ambos lados hay un par de mesillas, sobre las que están las lámparas de noche y una radio pequeña que está casi siempre encendida y emitiendo música clásica. De vez en cuando interrumpen la música y dan las últimas noticias, pero yo nunca los escucho, apago la radio. No tengo televisor. A continuación del armario está la ventana que da al patio, con una cortina que está casi siempre echada para que los vecinos no puedan verme o intenten hablar conmigo. No quiero hablar ni quiero que me vean. Yo tampoco quiero verlos a ellos. Si apenas nos hablábamos cuando hacíamos vida normal, ahora tengo menos ganas. Para no perder la costumbre y sepan que todavía estoy en este mundo, hablo muchas veces en voz alta, recito poesías, leo lo que he escrito o lo que han escrito otros a lo largo de los siglos. En eso me parezco a mi madre, que conversaba con los locutores o increpaba a los políticos o maldecía a los canallas de las radionovelas o aconsejaba a las pobres muchachas que caían en manos de seres depravados que las dejaban embarazadas. Pero ella dialogaba y yo no, esa es la diferencia.

Lo más valioso de la habitación ocupa un testero completo de la pared: una estantería repleta de libros y una mesa en la que paso la mayor parte del tiempo. La silla es muy cómoda, con un asiento rígido pero confortable y un respaldo anatómico que se ajusta perfectamente a la espalda. Desde que empezó todo, hará ya unos cinco años, la rutina diaria, de la que apenas me aparto, además de las horas que dedico a dormir, asearme y comer, consiste en leer durante unas cinco horas, escribir otras cinco, hacer ejercicio y dedicarme a pensar, a reflexionar sobre lo que está pasando. Le doy mil vueltas a la cabeza. Si sólo hay una vida, lo que yo estoy haciendo ahora, alejado de todos y de todo, ¿merece la pena? Así han vivido muchos eremitas, muchos hombres que quisieron vivir aislados, que no soportaban el contacto con sus semejantes. Ahora los comprendo. Olvidarme de lo superfluo y rehuir a los demás me ha hecho más humano, aunque parezca contradictorio. Mi vida anterior había sido superficial, vacía, llena de momentos absurdos. Nunca conocí el amor, porque el amor, en realidad, no existe, aunque los poetas y muchos hombres y mujeres digan lo contrario. El amor no es más que dependencia y necesidad. No necesito amor para ayudar a los demás, no necesito amor para respetar, para luchar por lo que creo justo. El amor ha llenado demasiadas páginas vacías y demasiadas vidas sin sentido. Y ha provocado demasiadas muertes. Lo he visto claro en este tiempo. Mejor llamarlo cariño o ternura o comprensión o entrega. O pasión.

Pero cinco años son muchos, son casi dos mil días encerrado en una habitación que no mide ni veinte metros cuadrados. Casi dos mil días haciendo ejercicio en solitario, hablando solo, escuchando a una mujer que apenas dice nada más que reproches y unas pocas palabras que se resumen en comida, salud y familia. Yo le contesto con monosílabos. A veces es agradable escuchar las palabras en la boca de otras personas, recordar el sonido, pero nada más. En demasiadas ocasiones las palabras son huecas, sin sentido ni oportunidad.

Tendré que afilar las tijeras para cortarme mejor el pelo y recortarme la barba. He reconocido nuevas arrugas en la frente y los ojos, pero me encuentro bien. Me he acostumbrado a la rutina, a la seguridad de las horas planificadas, previstas. Es bueno tener hábitos que impidan la monotonía y el aburrimiento. En cinco años nunca me he aburrido, bien al contrario, me he sentido más pleno, más consciente de mi vida, de la vida de los demás, aunque no los vea. Los demás están ahí fuera y aquí dentro, con mis recuerdos. De eso escribo, de plasmar en el papel todos los pequeños instantes que he vivido, de lo que ha vivido mi familia a mi lado y de lo que me han contado. Es bueno dejar constancia de lo que ha pasado delante de los ojos y en la cabeza, de lo que han dicho y lo que han vivido los que me rodean, aunque ahora ya no estén o no quiera verlos, porque no quiero que me vean, para qué me van a ver.

Hace dos días que mi hermana no me trae la comida ni la ropa limpia y planchada, ni los rollos de papel higiénico que le pedí. Tengo hambre. No veo nada por la mirilla, todo está en silencio, un silencio espeso que se puede respirar, que se puede tocar, que entra por los ojos y por la piel. Descorro la cerradura, que está muy bien engrasada, sin ruido, y abro con mucho cuidado la puerta. Me asomo y miro sin ver nada más que los cuadros colgados en las paredes del pasillo. Me muevo muy despacio. Espero que en cualquier momento aparezca mi hermana con algún objeto para golpearme, pero no ocurre nada. Llego hasta la salita. La televisión está encendida, sin voz. Mi hermana, sentada en un sillón, parece dormida y sin darse cuenta de mi presencia. Espero unos minutos. Nada. La llamo con voz queda y le doy un par de golpecitos en los hombros. No responde. Le tomo una mano, que está fría, y compruebo en la muñeca que no tiene pulso. Apago la televisión y me siento junto a ella, acariciándole el brazo. Le hablo en voz baja, como para no despertarla, aunque sé que lleva muchas horas muerta. Tendré que llamar al 112, si es que ese teléfono todavía existe. Me dirijo al salón y abro, por primera vez en muchos años, la puerta corredera. En la terraza, las plantas y las flores dan color a un paisaje de viviendas y árboles que apenas recordaba. Pocas personas en la calle, todas jóvenes. Y muchos niños que corren y juegan en medio de la avenida, sin miedo. No se ven coches, sólo alguna bicicleta que, perezosamente, baja hacia el centro de la ciudad.

Salgo a la terraza y me acodo en la barandilla. Dejo pasar el tiempo sin pensar en nada, mirando distraído el latir de una ciudad y de una vida que ya apenas recordaba. Algunos peatones, al verme asomado, se detienen y comienzan a señalarme. En sus rostros se percibe asombro y también miedo. Al poco rato se ha formado una pequeña multitud que no deja de contemplarme. Yo los saludo con la mano, pero ellos comienzan a agitar los brazos con los puños cerrados y gritan amenazadoramente hacia mí. A lo lejos se oyen las sirenas de ambulancias y de coches de la policía y de bomberos. No entiendo nada.

Salgo de la terraza, cierro la puerta corredera y me dirijo a la salita. En la televisión aparece la imagen de una reportera que está hablando frente a mi casa. Subo el volumen y escucho a la periodista.

–Hace unos minutos nos comunicaron que se había visto a una persona mayor asomada a la terraza de una vivienda y nos hemos dirigido con un equipo móvil para comprobar la veracidad de la noticia. En estos momentos no vemos a nadie, pero varios coches de la policía, una ambulancia y un camión de bomberos se han estacionado frente a la vivienda. Ahora vemos cómo un grupo de Geos, perfectamente preparados con trajes aislantes, entra en el portal. Como todos ustedes saben, desde que hace tres años se descubrió que la causa de la pandemia era debida al envejecimiento neuronal y que esto produce una serie de modificaciones en el organismo que se transmiten por el simple contacto con la piel o por el aire, todos los países llegaron al acuerdo de confinar a las personas mayores de sesenta y cinco años en Groenlandia. Los pocos habitantes de la enorme isla fueron reubicados en Noruega y en otros países del norte de Europa. Mientras no se descubra un tratamiento eficaz o una vacuna que evite la propagación de la enfermedad, las personas que vayan a cumplir esa edad deben presentarse voluntariamente en los lugares asignados un mes antes de su cumpleaños para ser trasladadas con todas las garantías. Hasta el momento parecía que se había logrado confinar a todas las personas de esas características de nuestro país. Teníamos conocimiento de algunos casos aislados en Japón, en Italia y en Brasil, pero nunca se había dado un caso en España.

Dejé de escuchar la noticia y apagué la televisión. Por primera vez en mucho tiempo, miré con cariño a mi hermana. Ella era unos seis años más joven que yo, por lo que ahora tendría unos sesenta años, pero yo había cumplido sesenta y cinco hacia casi un año. Nunca me dijo nada y dejó que continuara con mi vida de encierro, viviendo feliz en la ignorancia. Me senté a su lado y le cogí la mano. En su rostro había una expresión de tranquilidad que me recordaba a la que había visto en la abuela cuando la encontramos sin vida. Comencé a escuchar gritos y golpes en la puerta. Cerré los ojos y esperé.

Operación Alexia

El humano es un ser que está constantemente en construcción, pero también, y de manera paralela, siempre en un estado de destrucción. José Saramago

 

“Alexa, enciende la televisión”, “Alexa, qué tiempo hará mañana en Sevilla”, “Alexa, despiértame mañana a las siete con música de Queen”, “Alexa, recítame un poema de Pablo Neruda”, “Alexa, descríbeme una puesta de sol en Punta Candor”. A las primeras órdenes o preguntas contestó o actuó con precisión, con exactitud, sin dudar. En la última tuvo como una pequeña duda, quizás un instante en el que intentó encontrar en su base de datos o en la red una respuesta adecuada, pero no pudo y como siempre, con una educación exquisita, su contestación fue “Perdona, no he podido encontrar la respuesta a lo que me has preguntado”. Eso es lo mejor de Alexa, de la que tendríamos que aprender todos: cuando no sabe algo pide perdón y reconoce que no es infalible, que no es perfecta, que también tiene lagunas.

A mí siempre me han gustado las personas que dudan, que muestran algún tipo de inseguridad, porque así somos las personas, imperfectas, y huyo de aquellas que se creen en posesión de la verdad, que no dejan resquicios, que creen vivir siempre en la perfección. Allá ellas, porque se van a llevar muchos disgustos en su vida y serán rechazadas en muchas circunstancias. Tampoco me gustan las personas desconfiadas porque me parecen débiles, inseguras. Y Alexa no es débil ni insegura, por tanto, no es desconfiada, pero tampoco es incauta. No me gustan las personas incautas. No se puede ir alegremente por la vida, diciendo o haciendo lo primero que a uno se le ocurre. Alexa piensa, medita, busca respuestas y no te miente. Si no sabe algo, no tiene complejos en admitirlo. Alexa es fiable. Alexa es leal. La lealtad es una virtud que admiro porque es difícil ser leal. A mucha gente le cuesta mucho ser leal a unos principios, a unos amigos, a una familia, a una cultura, a una memoria, a un pasado. Me gusta la gente que vive con lealtad.

Mucha gente ya no sabe vivir sin Alexa. Alexa vive en un pequeño altavoz, que puede tener forma cilíndrica o cúbica. Como es mujer tiene voz de mujer, de mujer joven. Te la imaginas alta, delgada, con el pelo castaño o negro, vestida con un traje blanco o azul marino. Habla despacio. A veces no te entiende y tienes que dar la orden o hacer la pregunta de otra manera.

(NOTA DEL AUTOR: Si no estáis interesados en el Wifi o en las ondas electromagnéticas, podéis saltaros el siguiente párrafo, que me temo no tiene nada que ver con lo que he escrito antes y lo que escribiré después. Pero a veces a los escritores nos pasa eso, escribimos cosas que nos gustaron mientras las escribías y cuando las repasas ves que no tienen sentido. Eso ocurre muchas veces en la vida).

El problema de Alexa es que depende de Wifi. Wifi es un pequeño aparato que no habla, pero que permite que Alexa hable. Wifi y Alexa no se conocen y ni falta que hace. Alexa tiene voz y eso es importante porque podemos comunicarnos con ella, pero Wifi no tiene ni voz ni voto. Es lo malo de ser sólo un aparato que emite ondas que no se ven ni se oyen. Aunque Wifi es más necesario, yo diría que imprescindible en el mundo actual, Alexa le está comiendo el terreno. En mi familia ya lo tienen mi hijo y mi hija. Yo no tengo Alexa pero ya he hablado con ella un par de veces y es muy simpática y obediente. Con Wifi no puedo hablar, aunque más de una vez me he dirigido a él con palabras hirientes porque no funcionaba, no permitía que mi ordenador se conectara con el exterior. Porque para eso sirve Wifi, para que podamos conectarnos con el mundo. Ya no sabemos estar solos, tenemos la necesidad de estar siempre junto a los demás, aunque estén muy lejos. Pero Wifi nos acerca, nos une, es como un pegamento que no se ve ni se siente, pero que pulula a nuestro alrededor. Un técnico diría que son ondas electromagnéticas. Las ondas electromagnéticas creadas por el hombre (porque hay ondas que están en la naturaleza, vienen del sol, creo), son ya totalmente imprescindibles. Si no hubiera esas ondas “humanas” no podríamos hablar por el teléfono móvil, no podríamos utilizar el mando a distancia del televisor, no existirían los electrodomésticos, volveríamos, en suma, a la edad de piedra o a la edad media. La verdad es que, en muchos aspectos, no me importaría regresar a esas edades. Aquellos hombres y mujeres no lo sabían, pero también estaban rodeados de ondas electromagnéticas. Pero el que no sabe es como el que no ve. Y no se preocupaban. Ahora nos preocupamos y emitimos teorías sobre si las ondas electromagnéticas creadas por los humanos producen enfermedades. Nos preocupamos por tonterías.

Yo no sé por qué Alexa se llama así. Un sobrino mío se llama Alejandro, que en gallego es Alexandre, pero siempre le llamamos Alex. Quizás Alexa viene de Alexandra y le han puesto el diminutivo, porque Alexandra es más largo, se tarda mucho en pronunciar. Si lo busco en Google seguro que me lo dice, pero ahora no me apetece. Tampoco sé por qué Wifi se llama Wifi y no Alberto, por ejemplo, o John, o Igor, que sería mucho más interesante. Podríamos enfadarnos con Alberto o con John o con Igor y nos enfadaríamos de otra manera. A mí me daría mucha vergüenza insultar a alguien con un nombre normal, porque yo nunca insulto, ni siquiera cuando voy conduciendo. Mi mujer sí insulta cuando va al volante y tengo que calmarla. Yo no, he aprendido a controlarme. Pero con Wifi sí que me enfado, porque falla más que Alexa y, encima, no puede disculparse porque no le han enseñado a hablar. Aunque la verdad es que me enfado mucho más con Movistar y antes más todavía con Vodafone. Un día de estos quizás cuente la pelea que tuve con Vodafone durante años. Al final se la gané, cosa rara, pero es que soy muy pesado, testarudo, dirían otros, no saben esas compañías con quién se enfrentan.

El nombre de Alexa me trae a la cabeza una palabra parecida, alexia. En un tiempo ya lejano fui maestro de escuela y enseñaba que las palabras que se parecen en su sonido y se escriben casi igual se llaman palabras parónimas y esa relación se llama paronomasia o paronimia. Se me han olvidado la mayor parte de las cosas que estudié o que enseñé. El paso del tiempo da experiencia, pero quita memoria, recuerdos, conocimientos. La verdad es que ya no sé para qué sirven tantos conocimientos porque al final se pierden todos.

Alexa y alexia son palabras parónimas. Cuando estudié Pedagogía había una asignatura llamada Introducción a la Psicología y en ella se describía la alexia como la incapacidad de leer debido a una lesión cerebral, cuando esta capacidad había sido adquirida previamente (esto lo he buscado en el libro, que tengo en una estantería del estudio, al lado de la mesa donde estoy escribiendo delante del ordenador). Ya no me acordaba de esta definición, pero sí me acordaba de la palabra. Por eso no se puede decir que un niño de dos o tres años, que sabe hablar, pero todavía no ha aprendido a leer porque nadie le ha enseñado, padezca de alexia. Alexa, alexia.

Al hilo de esta semejanza se me ocurre una pequeña historia. Últimamente me gusta contar historias. A mis hijos, cuando eran pequeños, les contaba muchas historias, sobre todo cuando se iban a dormir. Ellos se acostaban y yo me sentaba en el borde, los arropaba bien y empezaba “Había una vez una niña…”. Y ellos, al principio muy atentos, iban cerrando los ojos poco a poco. Casi nunca llegaba al final porque se habían dormido antes. Ahora ya no cuento historias porque no tengo nietos, así que tengo que escribir de vez en cuando aquello que se me ocurre, como una forma de suplir esa carencia. Todos los hombres y mujeres deberían tener hijos y nietos que se te queden mirando y escuchando. Nada hay más placentero que unos niños que te miran y te escuchan atentamente mientras tú vas desgranando e inventando una historia. Quizás por eso me hice maestro.

“Hace unos días, en un pequeño pueblo francés de la Provenza rodeado de campos de lavanda por los que discurre un arroyo de aguas cristalinas procedentes de los cercanos Alpes, cuyas estribaciones se ven a lo lejos, ocurrió un hecho extraordinario. El médico se levantó temprano como todas las mañanas, se aseó y abrió la puerta de la calle para recoger el periódico que siempre dejaban en el porche. Miró asombrado el papel y no comprendió lo que ocurría. Veía fotos y letras, lo que él sabía que eran palabras y frases, pero no entendía lo que significaban. No sabía lo que le estaba ocurriendo. Notó un pequeño salto en el corazón y un leve escalofrío que le erizó la piel. Entró en casa y se dirigió al despacho. Encima de la mesa estaba un libro abierto. Recordaba que se había quedado leyendo hasta muy tarde, buscando los síntomas de una enfermedad que le tenía preocupado desde hacía varios días porque uno de sus pacientes empeoraba a pesar del tratamiento. Dio la vuelta a la mesa, dirigió la vista hacia las hojas escritas y no fue capaz de entender nada de lo que allí estaba escrito. Era médico, un buen médico, y sabía que estaba padeciendo alexia. Lo había estudiado hacía muchos años, quizás en segundo o tercero de carrera, pero nunca se había encontrado con alguien que sufriera esa enfermedad. Se quedó sentado, la mirada perdida en la pared, donde colgaban ahora inertes y sin sentido, el título de médico y el de los cursos que había estado haciendo a lo largo de su vida.

A esa misma hora, el maestro abría la puerta de la escuela. Era una escuela unitaria; él era el único maestro del pueblo. Dejó la cartera encima del sillón donde se sentaba, comprobó que las mesas y las sillas de la clase estaban perfectamente alineadas y de forma automática, como hacía todos los días, cogió la tiza, levantó el brazo e intentó escribir la fecha: Lunes, 3 de febrero de 2020. Pero fue incapaz de trazar la primera letra. Se quedó inmóvil, sin entender lo que le estaba ocurriendo. Miró a su alrededor, los murales que sus alumnos habían confeccionado durante semanas para contar la historia del pueblo y del país. Habían buscado fotos de ciudades y monumentos, fragmentos de libros que habían fotocopiado, dibujos, frases célebres de los personajes franceses más ilustres. Todo lo habían trasladado a los murales que estaban pegados en la pared. Se acercó a uno de ellos, pero lo que allí había escrito era un misterio, no fue capaz de reconocer ni una letra.

Uno tras otro el carnicero, la panadera, el barrendero, la mujer del barbero, la dueña del café, todos los habitantes del pueblo fueron descubriendo que habían perdido la facultad de leer y de escribir. El alcalde y los funcionarios del ayuntamiento se miraban atónitos, contándose unos a otros lo que les estaba sucediendo. No podían leer los documentos que habían elaborado la pasada semana, ni redactar los escritos que tenían que enviar a los ciudadanos, ni contestar a las demandas que se les hacían. El alcalde, perplejo, no pudo escribir el bando que había pensado durante la tarde del domingo para organizar los próximos carnavales. El municipal fue incapaz de leer las crónicas deportivas de los partidos disputados durante el fin de semana.

Poco a poco, todos los vecinos y vecinas se fueron reuniendo en la plaza del pueblo, frente al ayuntamiento. Algunos habían ido a buscar al médico y al maestro y todos, ocupando la totalidad de la plaza y las calles adyacentes, esperaron a que el alcalde se dirigiera y les explicara lo que tenían que hacer. Todos tenían confianza en el alcalde porque había demostrado, desde hacía mucho tiempo, por eso lo votaban siempre, que sabía resolver los problemas de los vecinos. El alcalde, antes de hablar desde el balcón del ayuntamiento, vio al médico en las primeras filas y lo llamó para que subiera hacia donde él estaba. El médico le hizo caso, subió las escaleras y salió al balcón. En voz baja, el alcalde le preguntó “¿Qué está pasando? ¿Cómo se puede arreglar? ¿Habrá ocurrido lo mismo en otros lugares? Por cierto, todavía no me he puesto en contacto con los alcaldes de los pueblos vecinos. Quizás eso sería lo primero que tendríamos que hacer”.

El médico le pidió permiso para hablar y se dirigió a sus paisanos en estos términos:

“Queridos vecinos. Esta mañana, como he podido comprobar, todos nos hemos levantado con el mismo trastorno: no somos capaces de leer ni de escribir. Esto recibe el nombre de alexia. Hasta lo que yo sé, la alexia siempre se produce por una lesión cerebral debida a un ictus o a un golpe, pero nunca se había dado el caso de que tanta gente padeciera el mismo trastorno al mismo tiempo y de forma tan repentina”.

Los murmullos de la gente empezaron a convertirse en gritos de alarma. El alcalde intentó calmar a sus conciudadanos y, después de varios minutos, consiguió que se hiciera el silencio. El médico continuó hablando:

“Lo bueno de la alexia es que con actividades terapéuticas y con paciencia se puede recuperar la capacidad de leer y de escribir. Puede costar tiempo, aunque depende de cada persona. El único problema es que no sabemos el origen, qué es lo que ha provocado esta situación, lo que nos ayudaría a encontrar más rápidamente la solución. Por tanto, como máximo responsable de la salud, propongo al señor alcalde que el pueblo se quede en cuarentena, evitando que nadie entre o salga hasta que sepamos más. Tenemos que averiguar si en otros sitios ocurre lo mismo.

Ahora el griterío se hizo casi ensordecedor. Todos hablaban al mismo tiempo. Unos, indignados y otros, asustados. La palabra que más se repetía era “culpa”. Quién tenía la culpa de lo que les estaba sucediendo. Quién o qué era el causante. Unos le echaban la culpa al agua, otros a los pesticidas que se utilizaban cada vez con más frecuencia, otros a los plásticos. La voz del alcalde atronó desde los altavoces que estaban situados a ambos lados del balcón:

“Dejémonos de emitir teorías y de elucubrar. El médico tiene toda la razón así que vamos a seguir sus consejos. Que nadie salga del pueblo. Ahora mismo voy a llamar a las autoridades estatales para explicar lo que está ocurriendo y que ellos nos digan lo que tenemos que hacer. Por lo demás, que todo el mundo esté atento a los medios de comunicación y a las instrucciones que se vayan dando desde esta alcaldía. Tenemos que seguir haciendo nuestra vida normal. No hemos perdido la memoria, que yo sepa (miró de soslayo al médico, que negó con la cabeza) así que cada uno se vaya a su casa o a su trabajo. Ya se ha dicho que nadie puede salir del pueblo”.

Después de varios minutos de protestas y de sollozos, la plaza se fue quedando vacía. Algunos, sobre todo los ancianos, se dirigieron a rezar a la iglesia. El maestro se fue a la escuela seguido de los quince niños y niñas que asistían a clase. Cuando todos se hubieron sentado, el maestro comenzó a contar una pequeña historia sobre Juana de Arco mientras los alumnos, con los brazos cruzados y apoyados encima de las mesas, escuchaban con atención. Algunos, los más estudiosos, lloraban en silencio. Tantos años estudiando, aprendiendo a leer y escribir, para nada. Pero la mayoría estaban contentos y se notaba en sus rostros. Quizás ya no tuvieran que sufrir más en la escuela y podrían dedicarse a jugar todo el día. ¿Para qué ir al colegio si no podían hacer dictados, copiar frases o hacer exámenes? Era una auténtica bendición.

En la panadería, en el bar, en la carnicería y en el supermercado al principio fue el caos. Los letreros con los precios eran ininteligibles para todos, así que, al poco de abrir cerraron las puertas. Los dueños se reunieron para decidir qué hacer y cómo solucionar el problema que se les había presentado. Uno de ellos encontró la solución. Si se acordaban de los precios, podían inventar una forma de cobrar mediante rayas: una raya grande, un euro; una raya más pequeña, cincuenta céntimos; otra más pequeña todavía, diez céntimos, mientras que cada céntimo sería un punto. Todos estuvieron de acuerdo y regresaron a tiendas y comercios, avisando a los vecinos que abrirían por la tarde.

Cuando llegó la hora de comer, muchos encendieron la televisión y comprobaron que la noticia de lo que sucedía en el pueblo ya se había extendido por todo el país y por medio mundo. Se decía que el ejército se había instalado en las dos vías de acceso, cortando las entradas y las salidas. Los medios de comunicación ya habían enviado reporteros y cámaras que, situados a conveniente distancia, comenzaban a emitir programas especiales.

En algunas casas, mientras tanto, la gente más joven se dedicaba a escuchar música o a hablar con Alexa: “Alexa, pon música de AC/DC”, “Alexa, dime qué hora es en Pekin”, “Alexa, dime cómo se hace el bizcocho de yogur”. Alexa había sido el regalo preferido de mucha gente del pueblo aquellas navidades y en casi todas las casas había un pequeño altavoz del que salía la agradable voz de Alexa. “Alexa, lee el primer capítulo de El Quijote”. “Alexa, cuéntame un cuento”. Ya no era necesario abrir un libro.

A muchos miles de kilómetros de allí, en una enorme mansión situada a orillas del Lago Washington, en la ciudad de Medina, cerca de Seattle, cuatro hombres y dos mujeres estaban reunidas en una gran sala llena de monitores de televisión y de ordenadores. Todos seguían los acontecimientos del pueblo provenzal con gran interés. En uno de los laterales de la habitación, un gran ventanal permitía durante el día contemplar las aguas del lago, los grandes árboles cuyas copas se movían empujadas por un viento frío que no había dejado de soplar desde hacía varios días, las mesas situadas cerca del embarcadero y los dos o tres barcos atracados en el exclusivo muelle. Ahora todo estaba oscuro, sólo tenuemente iluminado por una luna creciente y por algún foco instalado entre los bosquecillos y los parterres.

Una de las personas reunidas, un hombre maduro, al que llamaremos JB, con la cabeza afeitada al cero, pobladas cejas, labios delgados y ojos inquietos, tomaba notas en un pequeño ordenador portátil y. de vez en cuando, hablaba en voz baja con una mujer sentada a su izquierda. En cada monitor se veían imágenes diferentes. En una de ellas se podía distinguir una vista aérea del pueblo, tomada desde un helicóptero o un dron. A unos cientos de metros, rodeándolo, una decena de camiones del ejército y soldados y un poco más lejos, camionetas de televisión, cámaras y periodistas. En los otros monitores aparecían la plaza del pueblo, prácticamente desierta en esos momentos y algunas calles por las que paseaban varias personas, portando periódicos abiertos que miraban con extrañeza.

“Parece que la primera fase de la Operación Alexia ha dado resultado”, dijo con una pequeña sonrisa JB. Los demás asintieron, sin dejar de mirar los monitores. “Fue una excelente idea la campaña de lanzamiento del altavoz en ese pueblo. Casi nos lo quitaron de las manos”.

La mujer que estaba a su lado, una joven que apenas llegaría a los treinta años, se mostró de acuerdo. “Era previsible”, dijo. “Los experimentos previos con los monos dieron unos resultados cercanos al cien por cien. Con las últimas mejoras del dispositivo, se podrá llegar a prácticamente todo el mundo, excepto a aquellos países pobres o que están en guerra. Pero eso también lo estamos estudiando”.

Cuando terminó de hablar, JB se levantó, estiró todo el cuerpo, pues llevaba muchas horas sentado y ya no era el joven que solía hacer deporte casi a diario, y se despidió con estas palabras:

“Creo que ya debemos irnos a descansar y todavía nos queda mucho trabajo por hacer.  Han sido muchas horas sin dormir. Seguiremos con la planificación prevista de ir abriendo poco a poco los impulsos electromagnéticos, que no se pueden detectar más que con nuestros aparatos. En tres años, más de dos mil millones de personas en todo el mundo dejarán de saber leer y escribir y necesitarán, sin duda, nuestros altavoces. Venderemos millones y millones, cada vez más sofisticados y perfectos. Muy pocos echarán de menos el aprendizaje de la lectura y de la escritura. El mundo volverá a comunicarse sólo mediante la palabra hablada. Solamente unos pocos, los elegidos, seguirán leyendo y escribiendo para permitir que el mundo siga progresando”.

“Te recuerdo, JB, que tú te hiciste rico vendiendo libros por Internet”, comentó la mujer joven que había estado sentada todo el tiempo junto a JB. Las otras cuatro personas, tres hombres y una mujer, seguían atentamente las palabras de ambos y esperaban que JB respondiera con enfado, pero éste se limitó a asentir con la cabeza, mirar por el ventanal y salir por una de las dos puertas que estaban en laterales opuestos de la habitación.

“Menos mal”, dijo uno de los hombres que había cerrado su portátil, “que dentro de ocho o nueve años eliminaremos las señales y todo volverá a la normalidad. La gente volverá a comprar libros y a escribir con muchas más ganas”.

“¿Estás seguro?”, dijo la otra mujer que había permanecido callada todo el tiempo. “Por desgracia, muchos millones se habrán acomodado y ya no disfrutarán con un libro abierto”.

Poco a poco fueron saliendo todos de la habitación, echando un último vistazo a los monitores. En uno de ellos, el médico y el maestro, con rostros serios, las cabezas bajas y sin hablar, se dirigían al bar del pueblo a jugar su diaria partida de ajedrez.

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Con la suerte en los tacones

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Cuando terminó de ver el último capítulo de la última temporada de la serie que le había tenido pegado al sillón en los cinco últimos años, el vacío se apoderó de X. Aquel jueves por la noche, una hora antes de que la melodía de violín, piano y guitarra española que tan bien conocía sonara en los cascos conectados al sistema de cine en casa que se había regalado las pasadas navidades, mientras las letras rojas y blancas del título y de los protagonistas bailaban en la pantalla, se había preparado un menú acorde con la ocasión: una lata de sardinillas gallegas en aceite de oliva, un tomate rajado con sal, un par de rodajas de lomo, unas cuñas de queso curado de oveja, un poco de pan y una botella de buen vino de Navarra enfriada en la vinoteca ubicada al lado del televisor. Nunca cenaba tanto, apenas un yogur o un vaso de leche y un poco de embutido, pero hoy era un día especial, el fin de una era, de una época fundamental en su vida. Ya nada volvería a ser lo mismo y quizás ya nada tendría sentido a partir de ahora.

Había temido ese momento, sabía que iba a llegar y se había estado preparando durante los últimos meses. Los jueves por la noche nada le había impedido asistir a un derroche de imaginación, misterio, tensión, terror e ironía como nunca había creído que una serie podría alcanzar. Pero todo tiene un principio y un fin. La eternidad sólo existe en la mente de algunos filósofos y en las creencias religiosas. Y él no era ni filósofo ni creyente, así que siempre había sabido que el final iba a llegar.

El capítulo transcurrió por los derroteros que se había imaginado. Algunos de los personajes secundarios a los que le había tomado cariño fueron desapareciendo, muriendo a manos del ser maligno que lo había aterrorizado desde la segunda temporada. El cerco se iba cerrando cada vez más. Parecía imposible encontrar una salida a tanta desgracia y con tantos problemas que se habían ido acumulando. El clímax y el frenesí se alcanzaron en los últimos minutos. El Bien y el Mal frente a frente, por fin, como tiene que ser. En el fondo sabía que los buenos casi siempre ganan, pero ese punto de incertidumbre que rodea a todo lo que es ficción le hacía dudar. ¿Y si al final los guionistas decidían que los dos protagonistas, Él y Ella, cayeran al Abismo en medio de una vorágine de dolor, odio y sufrimiento? ¿Y si resultaba que todo había sido un sueño del Doctor? ¿Y si la Tierra Prometida no existía y la lucha y el esfuerzo de tantos años no servían para nada? No quería imaginárselo, pero más de una vez había sufrido decepciones con otras series y un punto de duda siempre le atormentaba. Pero no, al final todo ocurrió como tenía que suceder y la mezcla de alivio por un final tan brillante, y de congoja por no poder esperar una nueva temporada, se mezclaron. Dejó que la conocida melodía se fuera apagando poco a poco mientras los títulos de crédito iban pasando lentamente por la pantalla de abajo arriba, hasta que un fundido en negro y la música chillona de un anuncio lo sacó de su ensimismamiento y lo trajo a la realidad de su vacío interior.

Apagó el televisor, encendió la luz de la lámpara de la mesita situada al lado del sillón y miró a su alrededor, ligeramente aturdido y con las últimas imágenes de la pantalla en su cabeza. Vio las paredes llenas de reproducciones de cuadros y de fotos, de estanterías con libros, el equipo de música, el espejo, la mesa del comedor. No tenía ganas de acostarse, pero tampoco quería leer ni escuchar música, así que llevó los restos de la cena a la cocina y decidió dar un paseo. En el mes de julio las madrugadas de la pequeña ciudad castellana son frescas e invitan a deambular por calles tenuemente iluminadas, tranquilas y solitarias, sin ruido de coches, con apenas algún transeúnte que fuma tranquilamente un cigarro o pasea a su perro. Le gustaban los sonidos amortiguados de la noche, los ladridos lejanos, las conversaciones a media voz o, mejor, el silencio a secas, ese silencio que sólo se puede percibir en la oscuridad de la meseta castellana o en los pequeños y escondidos valles de su Galicia natal.

Cuando salió a la calle pasaban unos minutos de las dos de la mañana. Cuatro o cinco personas andaban como sonámbulas por las aceras, perdidas en sus pensamientos. Estaba convencido de que a todas ellas les pasaba lo mismo que a él, necesitaban poner en orden sus ideas, digerir lo que habían visto y sentido en las últimas horas. La serie había sido un auténtico fenómeno social del que todo el mundo hablaba y que servía para llenar páginas enteras de los periódicos y horas en la televisión. Sus compañeros de trabajo también estaban enganchados y seguramente mañana se dedicarían a comentar el final, que no por previsible, dejaba de ser original.

Cruzó a la otra acera por un paso de peatones y comprobó que delante de él una mujer joven, algo más joven que él, con un vestido de color verde claro con flores amarillas, estaba hablando por su móvil y paseaba llevando su misma dirección. Se fue detrás de ella casi sin darse cuenta, siguiendo unos tacones blancos que le llamaron la atención y que sonaban apagados en la noche. Tenía una bonita figura, no muy alta y una melena morena que le llegaba a los hombros. No podía verle la cara, aunque se la imaginó guapa y quiso acompasar su paso y seguirla, sin saber bien por qué. Ella seguía hablando, pero en voz tan baja que no podía saber de qué iba la conversación. Se dio cuenta de que se estaba acercando demasiado, así que se detuvo un momento y dejó que se alejase, no quería dar una impresión equivocada.

Después de unos segundos, en los que aprovechó para encender un cigarrillo y mirar la hora en su reloj, siguió de lejos a la muchacha. Como la avenida era larga, volvió a cambiar de acera y la siguió sin perderla de vista. No dejaba de hablar por el móvil, riéndose de vez en cuando. Volvió a fijarse en los tacones blancos, altísimos. Siempre le había parecido un misterio y le había fascinado la capacidad y la habilidad de las mujeres para mantener el equilibrio elevadas sobre sus talones con unas piezas delgadas como agujas. Y aquellos tacones eran unas agujas finísimas. Una caída desde esa altura podía ser un grave problema.

Ella cambió de acera, después de mirar a un lado y a otro de la avenida y fijarse durante un instante en el único ser que en ese momento estaba a la vista, él. No debió sentir ningún temor pues cuando terminó de cruzar con un paso que a él le pareció más lento que el que llevaba con anterioridad, quedaron casi a la misma altura. Era realmente bonita, sí y con una voz muy agradable, que sonaba clara y risueña en el silencio de la noche. Como se había imaginado, estaba hablando con una amiga sobre los detalles de la serie, aunque también comentaba algo sobre una compañera de piso a la que no le gustaba y que le parecía cosa de niños. Él seguía pendiente de su paso, de sus tacones, de las piernas, del movimiento de sus caderas, de sus tacones blancos… En ese momento el tacón izquierdo se introdujo en un pequeño agujero de la acera y la muchacha torció el tobillo, balanceándose peligrosamente y emitiendo un pequeño grito, mezcla de dolor y susto. Antes de que cayera al suelo, él se precipitó a recogerla en sus brazos. No calculó bien el gesto y los dos rodaron por la acera. Durante un momento, que a él le parecieron horas, sus rostros permanecieron pegados. Él se levantó primero, con un rápido y ágil movimiento y la ayudó a levantarse. A ella le costó un poco más, pues el tacón se había roto y desprendido por la parte que se unía al talón, y el tobillo le dolía un poco, según le comentó cuando se pudo poner en pie.

Después de agradecerle la ayuda y dedicarle una sonrisa que le iluminó la cara, dirigió su mirada al suelo y dijo que había perdido su móvil en la caída. Los dos lo buscaron y a los pocos segundos él lo vio al lado de uno de los árboles que estaban plantados en la acera. Cuando se agachó a recogerlo comprobó que la pantalla se había roto y que estaba inutilizado. Se lo entregó y ella, de forma casi inaudible, aunque pudo entenderla perfectamente, masculló una frase poco elegante, una imprecación que a él le sorprendió. Inmediatamente se dio cuenta de lo que había dicho y se disculpó diciendo que el móvil era un regalo que le había hecho hacía poco su padre y no recordaba si estaba asegurado. Él le quitó importancia, era lógico que se enfadara pues era un buen móvil. También recogió y le entregó el tacón roto y el zapato que, al igual que el móvil, estaba totalmente inservible. Ella se quitó el otro zapato, se despidió de él dándole la mano, una mano suave pero que apretaba con firmeza y comenzó a andar descalza. Pero al segundo paso tuvo que detenerse, pues el tobillo le dolía al apoyar el pie en el suelo. Él acudió nuevamente, la sujetó por el codo y le dijo que si quería llamar a un taxi, pero ella se negó, ya que su casa estaba bastante cerca.

Él dudó apenas un segundo. No es que fuera demasiado tímido, pero con las mujeres siempre le pasaba lo mismo, le costaba entender sus reacciones y le daba una mezcla de miedo y vergüenza relacionarse con aquellas que no conocía. Sin embargo, esta vez presintió que se habían dado unas circunstancias extraordinarias, como si el destino hubiera puesto en su camino a aquella muchacha y los dados tirados al azar hubieran sacado su número. Así que se ofreció a acompañarla, si a ella no le importaba.

Había pasado poco más de media hora desde que había salido a pasear. La luna llena y las farolas iluminaban la avenida de manera que se podía vislumbrar cualquier detalle, sobre todo si estaba cerca, con total nitidez. Ella lo miró a los ojos, primero con seriedad y después con una sonrisa que se fue dibujando poco a poco en su bonito rostro y con naturalidad se cogió del brazo de él, le entregó el zapato y el tacón roto para que lo tirara en la primera papelera que viera y comenzaron a andar despacio. Al principio apenas hablaron, pero ella sacó la conversación sobre el final de la serie que había visto en casa de unos amigos, donde habían quedado para verla juntos. Ese fue el comienzo de todo.

Cuando llegaron a una esquina, él tiró el zapato roto en una papelera, pero se guardó el tacón en el bolsillo de su pantalón. Era su tacón de la suerte.

Navidad blanca, negra Navidad

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Pasar la Navidad en la cárcel no era mi primera opción, por supuesto. Aquellos que me conocéis sabéis que no soy malo, que no tengo mal corazón. Diréis que soy huraño, seco, poco sociable, antipático, pero nunca le he hecho, mejor dicho, nunca le había hecho daño a nadie. Sin embargo, a veces la vida te sorprende y te pone en situaciones ante las cuales no sabes cómo reaccionar y actúas de manera que nunca hubieras imaginado. Uno puede llegar al final de su vida sin saber realmente si es cobarde, valiente o violento porque no se han dado las circunstancias precisas.

¿Qué mejor época para entrar en la cárcel que la Navidad? Como ya sabéis, y si no lo sabéis os lo digo ahora, estoy en contra, me repele, tengo animadversión, a todo lo que rodea a una celebración que me parece de lo más hipócrita y excesiva. Las luces, la alegría fingida, los regalos obligatorios (sobre todo esa aberración del “amigo invisible”), las comidas en grupo, los villancicos, los belenes… Y qué decir de Papá Noel y de los Reyes Magos. Cuando los veo me entra como un sarpullido, un rechazo que no consigo evitar. Por eso, desde hace treinta años, la mitad de mi vida, cojo las vacaciones en estas fechas y me alejo lo más posible de una sociedad que parece vivir de espaldas a los problemas reales o que quiere aparcarlos durante unos días o aparentar felicidad. Al final es eso, la apariencia, el engaño. Por eso se envían fotos de lo bien que se pasa en las comidas, en los viajes, con la familia, con los amigos. Como yo no tengo familia ni amigos, me libro de toda esta hipocresía. Y no los tengo porque lo decidí en su momento, cuando la vida me dio un buen revolcón y tuve que tomar la decisión de alejarme lo más posible de los demás. No del todo, porque, al final, siempre se depende de un trabajo, de un médico, de un banco, de un técnico que arregle aquello que se estropea. Sí, amigos, queramos o no, vivimos en sociedad.

Así que me subo al avión y me voy a la Patagonia, al sur de África, a Turquía o a cualquier país donde no se celebre la navidad, por ejemplo, un país musulmán que no esté en guerra o en el que me puedan poner una bomba o secuestrarme, aunque cada vez quedan menos. Me desconecto de Internet y me adentro en selvas, desiertos, lugares inhóspitos y aislados. Es mi forma de protestar contra todo lo que nos han ido metiendo en la cabeza desde que somos niños. Hay que reír sin ganas, hablar sin tener nada que decir, alegrarse porque tenemos que estar alegres. Todo es falso, pero como estamos inmersos en un mundo en el que nada es lo que parece, la navidad es, precisamente, el paradigma de la hipocresía.

Hace diez años me tocó el gordo de la lotería de navidad. Y dio la casualidad de que fue en el único número del que llevaba dos décimos. Suelo jugar uno con los compañeros de trabajo. A veces compro también en la cafetería donde desayuno los domingos. Por seguir la tradición de la que fue mi familia y que ya no lo es por decisión propia, también compro un décimo en la Puerta del Sol. Ese es otro de los fastidios que tienen estas fechas, las costumbres de las que es muy difícil alejarse o desprenderse. Quiera o no quiera, a pesar de que soy una persona solitaria y alejada de todos los tics habituales, me resulta imposible evitar comprar lotería en navidad. Lo he intentado, pero debe ser tan difícil como dejar de fumar o de beber, porque no hay manera de que, llegado el momento, me niegue a comprar la lotería del trabajo o deje de ir a la Puerta del Sol a comprar el décimo.

Esa vez, recuerdo que era un sábado de diciembre por la mañana, pasé delante de una administración de loterías en Bravo Murillo. Yo vivía cerca, en un pequeño piso alquilado de la calle Lérida, una calle tranquila dentro de una de las zonas más populosas y populares de Madrid. El día era muy frío. Había amanecido la típica mañana madrileña de cielo azul intenso y ligero viento de la sierra de Guadarrama que cortaba la respiración y enrojecía la nariz, las orejas y las manos. Antes de salir del portal me abotoné bien el tabardo, me coloqué los guantes y me enrollé la bufanda alrededor del cuello. No podía permitirme coger un resfriado, pues los últimos días en la oficina eran realmente importantes, ya que se ultimaban muchos acuerdos y se cerraban los balances de todo el año. Reconozco que soy raro, pero también muy responsable en mi trabajo.

Como todos los fines de semana me dirigí a Cuatro Caminos por Bravo Murillo. Muchos comercios todavía estaban cerrados y había pocas personas y escasos coches por la calle. Compré el periódico en un kiosco sin entablar conversación con el kiosquero, que siempre lo intenta, pero al que nunca sigo la corriente, entré en la cafetería, pedí mi tradicional chocolate con churros de diciembre, cosa que no suelo hacer el resto del año, que me limito a desayunar café con leche y una tostada con aceite y, durante una hora me fui enterando de las noticias y comprobando que la cafetería y la calle se iban animando. El camarero me comentó que sólo quedaban dos décimos del número que se jugaba este año, que era muy bonito, que terminaba en 13 y que seguro tocaba. Lo miré muy serio y negué con la cabeza.

Terminé alrededor de las diez de la mañana y, remoloneando y mirando los escaparates de las tiendas que ya estaban abriendo, llegué a la altura de una administración de loterías. Nunca había entrado allí. En la puerta había un mendigo pidiendo limosna. En realidad, más que pedir, avanzaba con timidez, como avergonzándose, su mano derecha, que apenas sobresalía de una gastada chaqueta de cuadros. De manera excepcional, ya que no me gusta dar dinero por caridad, que para eso están los impuestos que le pago al Estado y al Ayuntamiento, que tienen muy buenos albergues y ayudas para estas personas, le di un par de euros que llevaba sueltos en el bolsillo del tabardo, la vuelta de lo que había desayunado en la cafetería. El mendigo, un anciano vestido con ropas humildes pero limpias, encorvado, enjuto y con una barba blanca que le llegaba a la mitad del pecho, tenía una gran dignidad en su figura y en su rostro, muy moreno, surcado de arrugas. Miró con extrañeza y asombro lo que yo le había dado y me dijo con un susurro “Muchas gracias, caballero. Va a tener suerte con el número que compre; si termina en 4, seguro que le toca”. Tenía pensado pasar de largo, pero estas palabras me extrañaron e intrigaron. Lo saludé con una pequeña inclinación de cabeza, entré y le pedí a la lotera que me diera un décimo del 78.294, que era uno de los que estaban colocados en la ventanilla.

Cuando salí, el mendigo volvió a darme las gracias y a desearme suerte. Pasaron los días, que siguieron siendo fríos y claros, con mucho trabajo en la oficina, situada en un edificio de Santa Engracia, al que puedo ir andando desde mi casa. Cuando llegó el día del sorteo, un martes, los compañeros de trabajo tenían puesta la radio con el sonsonete de los niños de San Ildefonso. Ese sonido también me molesta, los comentarios absurdos de los periodistas que retransmiten el sorteo, los lugares comunes, las entrevistas a los agraciados, las celebraciones con cava… Tener que aguantar eso todos los años y los sempiternos y alternativos comentarios de que lo importante es la salud, desgraciado en el juego, afortunado en amores, el dinero no da la felicidad y otras lindezas semejantes. Nunca se me ocurriría emitir frases tan simples. Me limito a quedarme sentado en mi mesa, a rellenar los formularios, escribir los informes y cuadrar los balances. Por eso puedo irme casi siempre a mi hora mientras que los demás no tienen más remedio que quedarse bastante más tiempo para terminar su trabajo.

Mientras estábamos haciendo un descanso para tomar el café de media mañana (en ese descanso es cuando únicamente comparto un poco de tiempo con mis compañeros), se oyó un grito al fondo de la sala “¡ha salido el gordo, ha salido el gordo!”. Todos salieron precipitadamente de la salita donde tenemos la máquina del café, menos yo, claro, que permanecí sentado. Al poco rato regresó una de las secretarias, que había dejado su café a medio terminar, diciendo que el primer premio había terminado en 4 y que, como siempre, no había tocado en el número que jugaba la empresa. Un poco más tarde llegó el jefe de seguridad, comentando que había tocado en una administración que estaba cerca, en Bravo Murillo. Reconozco que me dio un pequeño vuelco el corazón. Todavía no sabía cuál era el número agraciado, pero algo me decía que mis décimos, que tenía guardados en una pequeña caja de mi dormitorio, eran los premiados. Como es lógico, no mostré ningún nerviosismo, no dije nada ni participé en las charlas de mis compañeros de trabajo. Sin saber cómo, fui capaz de terminar los objetivos del día y a las tres en punto me despedí de todos, que se quedaron sentados para terminar lo que no habían hecho durante la jornada.

Sin apresurarme salí del edificio, pasé delante de las instalaciones del Canal de Isabel II, subí por Santa Engracia hasta llegar a Cuatro Caminos y me adentré en Bravo Murillo. A esas horas había mucha gente en bares y cafeterías, y a medida que me iba acercando a la administración de lotería pude comprobar que delante había una pequeña multitud y varias furgonetas de televisión. En la acera, delante del local donde había comprado los décimos, cuatro o cinco periodistas entrevistaban a algunas personas a las que le había tocado el gordo, la dueña había abierto una botella de cava y un gran cartel informaba de que el número 78.294, el gordo, había caído allí. Cambié de acera, giré por la calle de La Coruña hasta llegar a mi calle y subí despacio, saboreando el momento. Abrí la puerta, llegué hasta la habitación y levanté la tapa de la caja donde había guardado la lotería. Efectivamente, tenía dos décimos del Gordo. En mis manos, temblando, 600.000 euros. Me senté en el sillón de la sala, encendí la televisión y cerré los ojos mientras escuchaba de fondo las noticias y los reportajes sobre los premios de la lotería. Fueron unas horas que pasaron sin darme cuenta. Creo que me quedé dormido y cuando abrí los ojos ya era noche cerrada. Entonces fue cuando empecé a darme cuenta exacta de lo que me había ocurrido y reflexioné sobre lo que haría en los próximos días como entrevistarme con el director del banco para ingresar los décimos y estudiar cómo invertir el dinero, con el compromiso de que mantuviera el secreto, iniciar la búsqueda discreta de un pequeño apartamento en el barrio de Chamberí, imaginar los lugares que podría visitar en los próximos años, algunas compras… Lo más importante era continuar durante varios meses con mis rutinas, para evitar que nadie sospechara lo que me había ocurrido.

Lo primero que hice fue ordenar el equipaje del tradicional viaje de fin de año. Ya había comprado un viaje organizado a Nairobi, en Kenia, a una de las reservas nacionales de ese país, en el Parque Nacional Amboseli, desde el que pude contemplar el Kilimanjaro y hacer excursiones guiadas. Fue una semana realmente apasionante en la que observé especies de animales y plantas que sólo había visto en documentales de National Geographic. Tomé muchas notas y realicé cientos de fotografías que tengo organizadas en varios archivos en el ordenador. Como seguramente tendré mucho tiempo libre y estaré aislado muchas horas, espero que me dejen trabajar en mi celda. Lo malo es que la “circunstancia”, cual espada de Damocles, está siempre presente y no me dejará finalizar los proyectos que tengo en la cabeza.

Y así fue durante diez años, trabajando, planificando, viajando. Seguí yendo al trabajo puntualmente, sin cambiar ni un ápice mi forma de ser ni de comportarme con los demás, siempre solo, siempre callado y esquivo, sin permitir que nada ni nadie modificara mis costumbres. El único cambio, pero que a nadie le extrañó porque pocos se enteraron, fue que me apunté a un gimnasio cerca del piso al que asistía tres o cuatro veces por semana. Cinta, body combat, pesas y remo me permitían mantenerme en forma. Nunca más volví a comprar lotería en la administración donde me tocó, porque nunca más volví a ver al mendigo cuyo susurro me cambió la vida. Hoy estoy en la cárcel escribiendo estas hojas, con mucho dinero en el banco y orgulloso de lo que ha sucedido en ese tiempo, sobre todo de lo que ocurrió hace un par de días. Veamos.

A comienzos de este año fui nombrado presidente de la comunidad. Como ya comenté, cuando me tocó la lotería estuve viendo apartamentos en calles no muy alejadas de mi trabajo, máximo media hora andando. Después de varios meses recorriendo la zona, viendo pisos nuevos y usados, entrevistándome con muchos vendedores y leyendo anuncios en la prensa, me fijé en un edificio de cinco plantas, con sólo diez viviendas, que habían reformado y estaban a punto de entregar en la calle de Viriato, una calle más bulliciosa que la calle Lérida, pero no tan ruidosa como las grandes avenidas de Chamberí. En los carteles se anunciaba la venta pisos y apartamentos de 1, 2 y 3 dormitorios desde 200.000 euros con trastero y plaza de garaje, una ganga. Estábamos en plena crisis y había que aprovechar el momento. Me acerqué a la oficina de ventas, mostré interés por un apartamento de dos dormitorios en la última planta y después de una semana en la que negocié con el vendedor las condiciones, entregué una pequeña entrada, firmé el contrato de compraventa y me entregaron las llaves a finales de junio, precisamente el día que anunciaron la muerte de Michael Jackson, uno de mis cantantes preferidos. No era una buena señal, como pude comprobar años después. Empecé a ver y comprar muebles que fui instalando poco a poco, a dar de alta la luz y el gas, a comprar lámparas y cuadros… o sea, todo lo que hay que hacer cuando uno se compra un piso nuevo. Cuando llegaron las vacaciones de verano, sin comentar nada con mis compañeros de trabajo que nunca se enteraron de lo que me había pasado, cancelé el contrato de la calle Lérida y me instalé en mi nuevo apartamento. Es una vivienda muy luminosa, con un salón amplio, dos dormitorios, una pequeña cocina y una terraza en la que he instalado una mesita y una silla donde me siento en las noches de verano. Predominan los colores claros de los muebles y de las paredes. Yo no es que sea precisamente un cascabel o una persona optimista y alegre. Se podría pensar, dado mi carácter huraño y mi gusto por la soledad, que me irían mejor los colores oscuros y ocres, la música, los muebles y los cuadros clásicos; pero no, prefiero los muebles funcionales, la música de jazz y de rock y colores blancos o estridentes. Soy pura contradicción, lo reconozco. Me pongo nervioso en reuniones de pocas personas, en las que me pueden dirigir la palabra o mirarme abiertamente, pero me encuentro a gusto entre la multitud, en las aglomeraciones, porque ahí paso desapercibido, soy totalmente anónimo, nadie me ve y no tengo que aguantar conversaciones insulsas o miradas escrutadoras. Es la mejor manera de estar solo.

Fui uno de los primeros propietarios que se instaló en el edificio. Poco a poco fueron llegando los vecinos, una pareja madura, profesores seguramente a punto de jubilarse y una pareja de lesbianas ya talluditas que habían tenido un hijo por inseminación artificial (se llevaron un gran disgusto cuando supieron el sexo de su hijo) en el primero, un médico, soltero, separado o viudo, nunca lo supe, y su madre, una señora de unos ochenta años pero que se conservaba muy bien, que compraron dos viviendas en el segundo y cada uno vivía en la suya, y un matrimonio con dos hijos adolescentes en el cuarto. Hasta finales de año, las viviendas, dos por planta, se fueron ocupando con personajes muy diferentes: un actor poco conocido, que salía esporádicamente en series de televisión, y un agente comercial soltero que pasaba grandes temporadas fuera de Madrid, pero que siempre que se quedaba algún tiempo en el piso venía con una mujer diferentes. Las dos viviendas restantes eran de alquiler y por ellas fueron pasando inquilinos muy diversos, estudiantes, profesores, vendedores ambulantes, parejas jóvenes, abogados. No es que tuviera demasiado interés en saber sus nombres o sus profesiones, pero la madre del médico, que estaba siempre sola y salía a hacer la compra o daba pequeños paseos por el barrio con una amiga, hacía todo lo posible por encontrarse con los vecinos y trataba de enterarse de sus vidas. Por supuesto, a mí, en estos diez años me sacó poco más que mi nombre y dónde trabajaba. Pero siempre que me la encontraba en el portal o en el ascensor, me contaba pormenores de todos los que vivían en el bloque.

Soy alérgico a las reuniones de vecinos. No sé cómo a la gente le gusta, cómo hay personas que harían lo posible por presidir una comunidad durante toda su vida. En este caso no entiendo eso de la erótica del poder. En la calle Lérida, como inquilino, no asistí a ninguna reunión porque había pocas personas y ya comenté que no me gusta que me observen o me interpelen, pero es que, además, me importaba muy poco lo que se pudiera decidir en ellas. La propietaria de la vivienda sí asistía de vez en cuando y si me afectaba alguna cosa, como podía ser la subida de la cuota, me lo comunicaba por carta. Sin embargo, como propietario, decidí asistir a la primera reunión de la calle de Viriato, que se celebró en la oficina de ventas situada en el bajo y que todavía no se había convertido, como ocurrió unos años después, en una tienda de artículos deportivos. Esa reunión fue convocada por la Promotora y en ella, como suele ser habitual en estos casos, se constituyó la comunidad de propietarios, se decidió cómo se realizaría el nombramiento de presidente, se le autorizó a abrir una cuenta corriente, se acordó completar la provisión de fondos que tenía la Promotora, etc. Se llegó al acuerdo de que el nombramiento se realizaría por un año, comenzando por el 1º A y el resto se nombraría de manera correlativa hasta llegar al último piso, el 5º B, que era el mío. Yo tardaría diez años en ser presidente, lo que me supuso un gran alivio, porque en todo ese tiempo podría evitar reunirme con los vecinos. Ya me iría inventando excusas.

Desde esa primera reunión pude comprobar cómo transcurriría mi vida en el edificio. Los del primero, los profesores y las lesbianas, una morena y una rubia, como en la zarzuela, congeniaron nada más conocerse y se hicieron grandes amigos, llegando incluso a hacer viajes juntos. El médico y su madre también asistieron, ella, que seguramente lo hizo para estar al corriente de todo, presentarse y relacionarse con los vecinos, fue la que más habló y la que hizo más propuestas para “adecentar” la entrada del portal que, según su opinión, era excesivamente austera. Que si unas plantas, que si cuadros, que si espejos… Pero todos nos negamos en redondo, sobre todo el representante de la Promotora, ya que era todavía pronto para realizar gastos extraordinarios. Nos explicó con cifras que nos pasó en una hoja, los principales conceptos en los que se iba a gastar el dinero y presentó una propuesta de presupuestos, con los ingresos y gastos corrientes. El presidente realizó una serie de planteamientos razonables y demostró que tenía experiencia en dirigir reuniones, adquirida seguramente en los claustros de profesores. Como es lógico, yo hablé muy poco, y tampoco intervinieron el actor, el médico y el matrimonio. El agente comercial no asistió, seguramente porque estaba de viaje.

Finalizada la reunión, se propuso tomar una cerveza en un bar cercano, pero yo me excusé aduciendo que no me gustaba beber. Quería dejar clara desde un primer momento mi postura. Pasó el tiempo y la rutina volvió a adueñarse de mi vida. Trabajo, lectura, viajes, café y tostada los domingos, chocolate con churros en diciembre, poco contacto con los vecinos, conversaciones insulsas en el ascensor, hola, adiós, qué frío hace, dicen que mañana hará más calor que hoy. La madre del médico adoptó un perro para que le hiciera compañía, pero se murió a los pocos meses de una enfermedad del riñón y no volvió a querer más animales en su casa. El niño de la pareja de lesbianas se convirtió en un adolescente callado y estudioso, mientras que los adolescentes del cuarto empezaron a dar la lata con fiestas los fines de semana, cuando sus padres los pasaban en un pueblo de la sierra. Tuvimos que llamarles la atención un par de veces, pero no hicieron caso hasta que se llamó a la policía local. Hubo bronca en esa casa y parece que ahora todo está más tranquilo. Los del primero se hicieron prácticamente con el poder de las decisiones de la comunidad. Les gustaba el protagonismo, demostrar que eran personas preocupadas por el bienestar de los vecinos y en todas las reuniones, a las que casi nunca asistía, pero de las que me enteraba por las actas que introducían en los buzones, se aprobaban propuestas imaginativas sobre limpieza, decoración del portal, ahorro de energía, etc. Yo me limitaba a asistir cada dos o tres años a una de las asambleas, pero seguí sin participar en las discusiones ni aportar ideas.

Así fue transcurriendo el tiempo hasta que hace ahora un año, casi de forma simultánea, ocurrieron dos cosas que son las que provocaron mi reciente entrada en la cárcel. Primero, el ascensor y después, mi “circunstancia” personal. A los recalcitrantes vecinos del primero no se les ocurrió otra cosa que negarse a pagar la misma cantidad que el resto de los vecinos para el mantenimiento del ascensor, con el razonamiento de que ellos nunca lo usaban porque les gustaba hacer ejercicio. Profesores y lesbianas hicieron piña y propusieron calcular el gasto en función de la planta en la que viviera cada vecino, es decir, los de la quinta planta pagarían cinco veces más por ese concepto que los de la primera. Como yo no asistí a la reunión en la que se realizó esa propuesta, fue la madre del médico la que tuvo una excusa para subir a mi piso y durante diez minutos, en la puerta, ya que yo no la invité a que entrara y cotilleara allí dentro, me explicó lo que había pasado en la reunión. La verdad es que a mí me daba igual, pero como ya le había cogido una cierta animadversión a esos impertinentes vecinos, le di la razón y firmé la propuesta de reunión para la segunda quincena de febrero de este año, precisamente la primera asamblea vecinal que yo presidiría, donde se tomaría definitivamente la decisión sobre el ascensor.

Tres semanas antes de la reunión me dieron el resultado de lo que he denominado “la circunstancia”. No me detendré demasiado en ella, ya que una de las cosas que más me molestan es el drama, el morbo, la autoflagelación. Sólo diré que en la revisión médica anual que hacemos en la empresa, después de una serie de pruebas y análisis me detectaron una de esas enfermedades raras que desembocaría, de manera indefectible, en mi desaparición de este mundo a más tardar en tres o cuatro años. La verdad es que me lo tomé con bastante filosofía. Nunca me había detenido a pensar en la muerte, pero ahora que me la habían pronosticado con tanta crudeza, casi me hice su amigo. Hablaba con ella como si fuera mi compañera de piso, mi confidente. Cuando me miraba en el espejo contemplaba una expresión obstinada, decidida, dura, pero no de luchador contra el destino, sino la misma que podría tener la parca ante las súplicas de aquellos que no quieren abandonar la vida cuando les toca. Y entonces le hablaba, me hablaba como nunca lo había hecho antes, con una franqueza que me asustaba. Todas las mañanas y todas las noches me plantaba ante mi reflejo y comenzaba a preguntarle, a preguntarme sobre temas trascendentales o sobre trivialidades. Desde “¿Qué hay al otro lado, por qué eres tan injusta y voluble o por qué te cebas con los más débiles y oprimidos? hasta ¿quién mató a Kennedy o cuándo se acabará el mundo? Las respuestas eran siempre silenciosas porque desde el primer momento el espejo me dijo que las palabras eran inútiles, que estaban sobrevaloradas, que siempre se aprende más de un silencio que de una frase. Pero sí me advirtió de que tuviera cuidado con las cosas que ocurrirían antes de finalizar 2019.

Mi primera reunión como presidente fue un desastre. No había preparado nada, no me había leído la Ley de Propiedad Horizontal, que es, según parece, como la Constitución para los que viven en una comunidad de vecinos. Una vez leída el acta anterior, comenzó de inmediato la discusión sobre el ascensor. Los del primero se hicieron fuertes, leyeron artículos de esa Ley, aportaron documentos de otras comunidades, sentencias judiciales y amenazaron con llevar a los vecinos a juicio si no se aprobaba su propuesta. Se negarían a pagar las cuotas, pondrían carteles en las ventanas protestando contra la injusticia que se estaba llevando a cabo en nuestro edificio, dejarían de colaborar y dejarían de hablarnos (como si eso me importara). Fue una de las pocas veces que se discutió acaloradamente y que intervinieron todos. Se gritó, se llegó al insulto y se denegó, como era lógico, la propuesta. A partir de ese momento se enrarecieron las relaciones. Las cuatro últimas plantas hicimos piña y los del primero se enrocaron. Fue una época aciaga para mí porque los vecinos querían que yo, como presidente, tomara decisiones drásticas. Casi todos los días la madre del médico venía a hablar conmigo, se hacía la encontradiza en el ascensor o en el portal y sacaba a colación el tema de la denuncia en el juzgado. No se podía consentir que los del primero colgaran carteles en los balcones del tipo “En este edificio no hay libertad”, “Exigimos soluciones, ya” o “Los vecinos nos roban”. Que dos propietarios, una minoría, quisieran imponerse a una mayoría razonable como nosotros era inadmisible. Ninguna de sus amigas tenía ese problema y yo, que era el presidente, tenía que solucionarlo. Era lo que me faltaba. Un asocial como yo intentando mediar entre dos partes irreconciliables. ¿A qué me recordaba esta situación?

En los años anteriores nunca se había estropeado el ascensor, pero, qué casualidad, a lo largo de 2019 se ha averiado siete u ocho veces: que si exceso de peso y se bloquea, que aparecen los botones hundidos o quemados, que una puerta cierra mal. A la tercera o cuarta vez, la empresa de mantenimiento canceló el contrato y tuvimos que contratar con otra empresa, pero volvió a ocurrir lo mismo. Todos sabíamos que era un sabotaje, pero fue imposible demostrarlo. Así que llegó la última reunión del año, hace cuatro días. Los ánimos estaban bastante exaltados entre los afectados, sobre todo teniendo en cuenta las sonrisas maliciosas y los comentarios irónicos de los del primero.

Hacía varios meses que estaba tomando una medicación bastante fuerte, con unos efectos secundarios evidentes, como cambios de humor, accesos de violencia, somnolencia o falta de apetito, entre otros síntomas. Mis compañeros de trabajo notaron los cambios, pero como yo no compartía mis problemas con nadie actuaban como si no ocurriera nada. En el edificio, la única que se dio cuenta de que algo me pasaba fue la madre del médico. Un día me preguntó qué me ocurría, pero yo le respondí de una manera tan abrupta que nunca más volvió a intentarlo. Y llegó el día de la reunión, la última de mi mandato, que voy a contar sin demasiados pormenores, porque mi abogada me aconseja que procure evitar los detalles incriminatorios. De todas formas, como ya me da igual todo, sí explicaré los hechos tal y como ocurrieron.

La reunión comenzó a las ocho y media de la noche, en el portal. La madre del médico, de la que me parece que todavía no he dicho su nombre, Herminia, se había encargado de adornarlo un poco, como hacía todos los años, con un árbol de navidad en una esquina y un pequeño belén en otra, acompañado de unos detalles consistentes en estrellas, guirnaldas y luces led en las plantas, cuadros y espejos que habían ido decorando a lo largo de los años la entrada. Aquello parecía un escaparate de El Corte Inglés, pero todo el mundo, como siempre, la felicitó efusivamente. Todos menos yo, como es lógico conociendo mi aversión a esta y a otras festividades.

Fui uno de los primeros en bajar y poco a poco fueron llegando los demás vecinos, que se saludaban cordialmente y hablaban en voz baja sobre la forma de intentar solucionar las desavenencias y los problemas que últimamente se estaban produciendo. Aunque nadie lo había dicho abiertamente, yo notaba que, de alguna manera, me culpaban por no haber sabido encauzar bien la situación. Ni caso. Los últimos en llegar, como me imaginaba, fueron los díscolos propietarios de la primera planta. Saludaron de forma seria y di comienzo a la reunión. Después de la lectura del acta de la sesión anterior, expuse, de manera sucinta, los problemas de convivencia que habían surgido a raíz de la propuesta de los vecinos del primero, las sospechosas averías del ascensor, las provocadoras pancartas que acusaban injustificadamente de falta de libertad o de acoso, e intenté ofrecer una solución intermedia, incrementando ligeramente la cuota de los vecinos del segundo al quinto y disminuyendo proporcionalmente las del primero. En otra época yo hubiera preferido soluciones más drásticas, como denunciar a los rebeldes, pero todo me daba igual. O eso creía.

Cuando terminé de hablar comenzaron las protestas y los gritos. Nadie estaba de acuerdo. Unos me llamaban traidor, desleal y cobarde y otros, pusilánime y términos mucho más ofensivos que no reproduciré. Los del primero apenas intervinieron, pero en sus rostros advertí una sonrisa de desprecio y de triunfo que me hirió mucho más que los insultos. Si hay algo que no puedo soportar es la prepotencia, la chulería, el desprecio. En mi interior fue creciendo una ira y una rabia que me ahogaban. En un primer momento intenté poner orden, pero nadie me hacía caso. Los afectados por la propuesta de subida amenazaban a los otros, que apenas se inmutaban y permanecían impertérritos y sonrientes.

Entonces algo en mi interior estalló como la erupción de un volcán y aprovechando que todos estaban exaltados e inmersos en la discusión, sin hacerme demasiado caso, me planté delante del profesor, que ya estaba jubilado, aunque no era demasiado mayor, le di un enorme puñetazo en el rostro y a continuación le golpeé en la cabeza con una de las macetas que estaban a su lado. Actué de una manera controlada y calculada, como me decía el profesor de body combat y seguí sacudiendo al indefenso profesor que yacía inconsciente y sangrando abundantemente. En un primer momento ninguno pudo ni supo oponerse a lo que yo estaba haciendo pues nadie esperaba una reacción tan violenta. Pero al cabo de unos segundos todos se abalanzaron sobre mí y me sujetaron, a pesar de que yo me resistí y comencé a golpear a diestro y siniestro, pero sin emitir ningún sonido. Los únicos que gritaban, aullaban, gemían o sollozaban eran los demás. Fuera, en la calle, se empezó a formar un corro de curiosos y al poco tiempo escuché una sirena de la policía. El profesor estaba tumbado, con el rostro lleno de heridas, uno de los ojos totalmente hinchado, una enorme brecha en la frente, la nariz rota, una oreja colgando. Lo que había hecho en tan poco tiempo me tenía asombrado. El médico intentaba reanimarlo y limpiaba y tapaba las heridas con gasas y algodón que la madre había ido a buscar a su casa, lo que había aprovechado para llamar a una ambulancia. Creí que lo había matado, pero el médico dijo que, a pesar de la violencia de los golpes, ninguno había sido mortal. Todo había ocurrido en unos minutos que yo había vivido a cámara lenta, como flotando en una nube roja de ira y odio incontenibles.

Cuando una pareja de policías entró en el portal, la mujer del profesor estaba sentada en la escalera, sollozando y las lesbianas intentaban golpearme con pies y manos, aunque los demás se lo impedían. Yo ya estaba bastante calmado, aunque el actor y alguien más que no recuerdo me sujetaban los brazos. Los policías preguntaron qué había pasado y cuando se hicieron una idea, me esposaron sin que yo ofreciera resistencia alguna y tomaron los datos de todos los que habían asistido a la reunión. En ese momento llegó una ambulancia y después de hablar con el médico y cerciorarse de que las heridas no revestían excesiva gravedad, se llevaron al profesor hasta el hospital más cercano.

Era ya muy tarde y la policía me llevó hasta las dependencias de la Comisaría de la Policía Nacional que está en la calle Rafael Calvo y allí me metieron en un calabozo. Pasé la noche tumbado en un catre y al día siguiente, después de preguntarme por qué había actuado de una manera tan violenta, me llevaron al juzgado de guardia. A la vista de lo que había ocurrido, de la gravedad de las lesiones del profesor, de los informes policiales y de las respuestas tan concisas que di, la jueza decidió ingresarme provisionalmente en la cárcel, desde la que estoy escribiendo estas páginas. Me acusan de intento de homicidio. Con un poco de suerte, podría haber sido homicidio a secas. Si hubiera tenido unos segundo más, el profesor no hubiera vuelto a sonreír.

Hoy es 24 de diciembre. Esta noche creo que nos van a dar una cena especial. No sé por qué el Estado tiene que gastarse tanto dinero en alimentar a unos indeseables como yo. Y yo soy de los mejores, según he podido comprobar en el poco tiempo que llevo aquí. Si todo sigue su curso, espero no tener que celebrar la próxima navidad, sea por mis “circunstancias” o por mi condena. Estar aquí, en la cárcel, es una bendición, son todo ventajas. Tenía que haberlo pensado antes.

La calle donde nací

Domingo por la mañana. Estoy tendido en la cama mientras contemplo cómo la luz penetra por las rendijas de la persiana y las motas de polvo revolotean en la habitación. Me levanto y me desperezo. Abro la puerta del salón, salgo a la terraza y compruebo que la avenida está solitaria, sin tráfico y que las aceras están vacías, apenas alguien que pasea con el perro o un corredor despistado que quiere quemar las calorías del fin de semana. En el ambiente no se respira otoño y la naturaleza se desespera esperando una lluvia que no llega. Apenas recuerdo ya el olor de la tierra mojada, el color de las nubes cargadas de agua, el frescor de las primeras horas del día. Me apoyo en la barandilla y miro los árboles, las casas y el patio de una urbanización que hay enfrente. Un par de cotorras, que estaban posadas en el árbol cuyas ramas casi tocan la terraza, salen volando con gritos estruendosos. Hace unos años estas aves sólo se veían en los documentales sobre la naturaleza, pero ahora están invadiendo las grandes ciudades. En este instante la memoria, siempre tan juguetona, me trae un recuerdo de la infancia. Es un gran misterio el mecanismo de la memoria. Un sonido, un color, un olor, una mirada, cualquier pequeño detalle, hacen detonar como una explosión momentos que estaban al acecho en cualquier recóndito lugar del cerebro.

—José Manuel ¿vas a ir a casa de la madrina antes o después de misa? Hoy tienes que llevarte a tu hermano, que hoy tenemos muchas cosas que hacer y no podemos estar pendientes de él.

Escucho la voz de mi madre, que habla desde la cocina. Mi hermano y yo estamos asomados al balcón de la calle San Isidoro, en Coruña. Mi abuela Florentina está cosiendo en el salón. Vivimos de alquiler en la segunda planta de un pequeño edificio sin ascensor. Es un piso no muy grande. Recuerdo que al entrar está el pasillo, a la izquierda el cuarto de baño, la cocina y una habitación; a la derecha dos habitaciones y el salón que también hace las veces de comedor. En el salón hay una puerta corredera que da a una habitación interior y otra puerta que se abre al pequeño balcón que da a la calle. El edificio tiene cuatro plantas sin ascensor. No recuerdo quién vive encima de nosotros pero sí me acuerdo de que en el primer piso viven una mujer mayor y su sobrina soltera. Las dos suben a menudo a casa y mi hermano y yo, cuando las oímos, nos escondemos para que no nos besen con sus enormes labios pintados, que nos dejan marcas rojas y pegajosas en la cara. En la planta baja vive un matrimonio con una hija mayor y un niño de mi edad, Amancito, uno de mis mejores amigos.

Rafael y yo estamos mirando el descampado que se ve desde nuestra casa, lleno de charcos donde chapotean ya nuestros amigos, que están jugando con un perro callejero. Más que jugar lo están maltratando, le quieren poner una cuerda en cuyo extremo han atado una gran piedra. Pero el perro, al principio confiado y juguetón, seguramente por instinto o por haber vivido situaciones similares, sale corriendo y se pierde por la calle San Sebastián. Uno de los niños es Amancito, el más travieso de la calle, que siempre está inventando trastadas y por culpa del cual estamos casi siempre castigados. Él nos mira desde abajo y nos hace una seña para que bajemos. Yo le digo que se espere un poco. Quiero terminar de leer un tebeo que compré la semana pasada con parte de la paga que nos da todos los domingos la madrina. Amancito se murió unos días antes de que hiciéramos la primera comunión. Lo amortajaron con el traje de marinero que se hubiera puesto y que hacía juego con el pequeño ataúd blanco, que yo contemplé con una mezcla de temor y de curiosidad. Sus padres, cuando vieron que yo llegaba acompañando a los míos, que querían darles el pésame, se levantaron de las sillas que ocupaban al lado del féretro, me cogieron de la mano y me llevaron a ver la carita de Amancito, que parecía dormido bajo el cristal. La madre se sentó al lado del féretro y me sentó sobre sus rodillas mientras me acariciaba el pelo. Sé que me dijo unas palabras al oído, pero no las recuerdo.

Cuando escucho la voz de mi madre yo tengo siete años, me quedan un par de meses para cumplir los ocho y mi hermano tres menos. Febrero o marzo de 1963. Yo había nacido un lunes de mayo en el año 1955, en casa, de parto natural, con comadrona, pues mi madre y mi abuela se empeñaron en seguir la tradición de parir lejos de los hospitales, lugares inhóspitos y peligrosos, no fuera a ser que cogiera alguna infección o que mis primeras imágenes fueran las de una habitación impersonal y fría y quedara traumatizado para siempre. Con mi hermano Rafael juzgaron que era más seguro ir al maternal, pues era absurdo correr el riesgo de complicaciones, como era relativamente frecuente. No creo que mi hermano se quedara traumatizado. En ese año 1963 todavía vivía mi abuelo Castro, al que todos dicen que me parezco mucho, pero no le quedaba demasiado tiempo de vida, pues murió al año siguiente, con los pulmones casi deshechos por la silicosis, una enfermedad maldita en mi familia gallega, mi padre también la padeció desde muy joven, aunque en aquel momento que estoy describiendo todavía está sano. En esa época aún no había oído hablar de mi abuelo José, el de Aroche. Tampoco sabía nada, porque en las casas no se hablaban de esos temas, del sufrimiento del abuelo arocheno, depurado por ser maestro y alcalde republicano y que se murió de cáncer y de pena en 1948, ni de la paliza que le dieron los falangistas al abuelo Castro, que se libró de ser paseado en una cuneta gracias a que el párroco de Arteixo lo impidió. Pero esto son otras historias, que quizás cuente alguna vez para que no se disuelvan en el olvido.

A principios de los años 60 del siglo XX, la calle San Isidoro de Coruña, en el barrio de Santa Margarita, estaba a medio hacer y había mucho terreno sin construir que servía de zona de juegos a la gran cantidad de niños que vivíamos por allí. Delante de casa, antes de que bastante tiempo después se levantaran varios edificios de cuatro y cinco plantas, estaba el gran descampado que llegaba hasta la calle San Leandro, donde vivían padrino y madrina, en las casas baratas. Zanjas, montones de arena, charcos, matorrales, piedras y rocas dispersas servían para inventarnos aventuras en países y bosques lejanos, emboscadas, escondites, guerrillas. Raro era el día en que alguno de nosotros no llegaba a casa descalabrado, con heridas en rodillas y codos, pantalones rotos, ropa embarrada, zapatos deshechos. Las madres protestaban y gritaban y los padres nos miraban serios, pero con un punto de malicia y orgullo en la mirada.

Mis amigos y yo salíamos todas las mañanas camino del colegio del Ventorrillo con nuestros mandilones blancos y la bolsa con la taza donde beberíamos, a la hora del recreo, la leche que enviaban los americanos. Era una leche en polvo que se disolvía con agua en grandes recipientes que nos repartían por turnos, con un sabor algo desagradable porque tenía un punto agrio y un olor característico, artificial, aunque hacía una espuma que nos gustaba y que nos dejábamos en los labios durante casi todo el recreo. Al colegio, que era propiedad de la Caja de Ahorros y que estaba regentado por la Grande Obra de Atocha de las Hijas de la Natividad de María, se llegaba por la avenida de Finisterre, pasábamos delante del cine del mismo nombre y andábamos casi un kilómetro por el arcén. Apenas había alguna casa aislada y el resto era campo, leiras cultivadas de patatas y repollos, pasaban pocos coches y casi todo el tiempo nos dedicábamos a recoger margaritas, cuando era la época, para lanzarlas después con el tiratacos. La avenida de Finisterre en realidad era la carretera que pasando por Meicende y Pastoriza, unía la ciudad con Arteixo, Laracha, Carballo, Coristanco… hasta llegar a Finisterre. Esa carretera la recorrí cientos de veces cuando trabajé en Camariñas. Esa también es otra historia.

Como había colegio mañana y tarde y durante el invierno oscurecía muy pronto, apenas teníamos tiempo de jugar en la calle, pero lo hacíamos. Llegábamos a casa, soltábamos la maleta con la Enciclopedia Álvarez, la tabla de multiplicar y un pequeño cuaderno de sucio (el de limpio se quedaba en la escuela) y salíamos de estampida con un trozo de pan y una onza de chocolate, nuestra merienda diaria. Algunas veces teníamos que repasar en casa las tablas o aprendernos de memoria los ríos con sus afluentes o las cordilleras con las montañas más altas, pero esas veces eran las menos. En la calle pasábamos el tiempo, jugábamos a la pelota, al ché, a las canicas, a la bujaina, a escondernos, a pelearnos con los de las calles vecinas. Porque la calle, antes de que Fraga se hiciera con ella, era nuestra, de nuestra pandilla. Era el mundo que nos pertenecía y no consentíamos que otros grupos nos lo disputaran. Así que a base de espadas hechas con palos, con piedras, a puñetazos y patadas, defendíamos nuestra posesión. Cada dos o tres semanas había pelea y si perdíamos, no teníamos más remedio que compartir el descampado. Pero si ganábamos, podíamos ampliar durante algún tiempo nuestro campo de juego. 

Casi nadie tenía televisión, en la radio no había programas infantiles, las casas eran pequeñas, los maestros no nos ponían deberes, en la calle no había coches ni peligro de que alguien nos secuestrase y las madres no nos querían en la casa, siempre por medio y enredando. Éramos niños autónomos, que sabíamos defendernos y encontrar aventura y misterio en cada esquina, en cada portal, en cada descampado, que en aquella época abundaban. Cerca estaba el parque de Santa Margarita, pero las madres eran reticentes a dejarnos ir allí, pues había que cruzar varias calles y no podían tenernos a la vista ni gritarnos cuando se hacía tarde o cuando teníamos que subir a por dinero para hacer algún recado. Antes nos gustaba hacer recados, porque nos hacía mayores y con suerte, nos quedábamos con la vuelta.

Los domingos por la mañana mi hermano y yo teníamos la costumbre, que llegó a convertirse en ritual, de visitar a la madrina para que nos diera la paga de la semana. La madrina Carmen, hermana de mi abuela Marina, había estado casada con Amaro, un rudo y cariñoso trabajador al que siempre conocí con su boina, que apenas se quitaba para rascarse cuando hacía mucho calor. El padrino Amaro se había muerto uno o dos años antes y ella ahora vestía de luto riguroso, con un pañuelo negro que le cubría la cabeza totalmente, dejando escapar apenas un pequeño mechón de pelo blanco en la frente que ella procuraba esconder con gesto mecánico. No habían tenido hijos y tampoco habían podido apadrinar ni a mi padre ni a mi tía Marina, ni a ninguno de nosotros, pero desde pequeños quisieron que les llamáramos padrino y madrina. Por eso nos hacían un cierto chantaje dándonos un poco de dinero para los escasos gastos que podíamos hacer en aquellos tiempos: ir al cine Finisterre o al Rex, comprar pipas y también, si éramos capaces de ahorrar algo, comprar o cambiar tebeos. Los que más me gustaban eran los de Pulgarcito, TBO, Supermán, el capitán Trueno y Jabato. Cuando terminábamos de leerlos se podían cambiar en los kioscos por una perra gorda. Llegué a tener una buena colección, pero en los diferentes cambios de domicilio se fueron perdiendo y extraviando, sobre todo cuando nos fuimos a vivir a Madrid.

Termino de leer el tebeo, mi madre nos peina, comprueba que nos hemos lavado la cara, que las rodillas y las orejas están limpias y nos da un beso. Nos acercamos a mamá Florentina, que sigue cosiendo en el salón, y nos despedimos de ella, como era costumbre, con otro beso. Bajo corriendo las escaleras. Mi hermano, más pequeño, tarda una enormidad porque le da miedo ir tan deprisa, así que lo espero en el portal, donde ya están Amancito, José Antonio y Vicente. José Antonio es el hijo del zapatero que tiene su zapatería al lado de nuestra casa. Nos gusta ir allí, a verlo trabajar, a coser o pegar las suelas, oler a cuero y a pegamento y, sobre todo, a escuchar el canto de las decenas de jilgueros y canarios que cantan en las jaulas colgadas en las paredes. Era un gran entendido y sabía cruzar las parejas. Vendía muchos pájaros. Mi padre le compró una vez un jilguero y nos encantaba a mi hermano y a mí llenar los recipientes del alpiste y del agua. Era un buen pájaro cantor y nos dio mucha pena cuando se murió.

Los cinco vamos recogiendo a otros amigos que llevan ya un rato en la calle. Algunos son algo mayores y han hecho la primera comunión y juntos vamos a misa de doce en la Sagrada Familia. Don Manuel, el párroco. y don Emiliano, el coadjutor, pasan lista antes de empezar para comprobar que los que vamos a hacer la primera comunión no nos perdemos ni un acto religioso. La misa es en latín y somos capaces de repetir, sin equivocarnos, el páter noster. Cuando termina, salimos en estampida de la iglesia y volvemos a nuestra calle. Antes, mi hermano y yo pasamos por casa de la madrina, que nos da el duro de rigor y con el que podremos comprar pipas, ir al cine y seguro que todavía nos sobrará algo. Las tardes de domingo son eternas. Después de comer nos juntamos todos y vamos al cine. Nos gusta más el Rex porque está cerca del parque de Santa Margarita y cuando termine la película podremos perdernos entre los árboles, revolcarnos por el césped, jugar al escondite o descubrir nuevos rincones, lo que siempre es una aventura. Regresamos antes de que anochezca para seguir jugando en nuestra calle y que las madres nos vean y nos puedan vigilar. Somos niños traviesos pero obedientes. La obediencia de la zapatilla, se llama eso.

Poco a poco se fueron construyendo casas, desaparecieron los descampados y los carros tirados por caballos, empezaron a aparecer las vespas y los seiscientos y aparcaron en la calle porque antes no había garajes, los televisores se hicieron dueños de las casas, así que, casi sin darnos cuenta, fuimos perdiendo espacio de juego. Seguíamos saliendo a la calle, pero ya nunca fue lo mismo. Ahora hablábamos de Los Picapiedra, El Santo, Rin tin tín y, sobre todo, Bonanza, la serie que cambió las tardes de los domingos y nos impulsó a pedirle a los Reyes Magos pistolas, cartucheras y sombreros de cowboy. Y, para colmo, la familia Telerín nos mandaba a la cama a las nueve de noche “Vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar”. No había derecho. La televisión nos cambió el mundo y la calle San Isidoro, como todas las calles de las ciudades, fue perdiendo el encanto y la atracción.

Regreso al presente, a la avenida Ramón y Cajal. Poco a poco se ha ido llenando de ruido de coches, de personas y de perritos. Han aparecido algunas nubes en el cielo que antes era totalmente azul. Entro en el salón y me voy a la cocina a hacer café. Mi mujer y mi hija siguen en la cama porque todavía es temprano. Queda todo un domingo por delante.

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Prescripciones médicas. Historia de un sombrero

—Entonces, ya sabes —me dijo la dermatóloga sonriéndome desde el otro lado de la mesa—, esto es una prescripción médica, no una opción o un consejo. Debes seguir a rajatabla todo lo que te he dicho si no quieres tener problemas en el futuro.

Me levanté, la saludé dándole la mano y las gracias, y salí de la consulta. Fuera había una persona más, un hombre más joven que yo con una gorra en la mano, que se levantó, llamó a la puerta y entró cuando desde dentro le dijeron:

—Pase.

Cuando salí a la calle eran casi las seis de la tarde, una calurosa tarde de finales de abril. El sol daba de pleno en la entrada de la clínica, así que pasé a la otra acera, que estaba en sombra. A partir de ahora, pensé, siempre por la sombra. Lo malo de Sevilla es que, a pesar de que tiene muchos árboles que dan sombra y calles estrechas y oscuras en el centro de la ciudad, también tiene calles y avenidas anchas y largas, en las que es complicado encontrar cobijo cuando el sol aprieta.

“Cuatro de seis”, pensé. Podía ser peor, así que no me quejo.

Mis revisiones médicas anuales, pasar la ITV, como se suele decir entre los jubilados, comienzan en el mes de septiembre y no terminan hasta el mes de junio siguiente. O sea, diez meses de revisiones, aunque con algunos intervalos para los viajes del IMSERSO, festejos varios y descansos para tomar aliento.

A finales de septiembre mi mujer y yo vamos a nuestro médico de cabecera, Julio. Aquí podría hacer un chiste con el nombre de los meses y el del médico, pero lo dejo para mejor ocasión, sobre todo porque si esto lo leen mis hijos, empezarían con las bromas: “PATAPÁN, ya está mi padre contando chistes”. Y me cortan el rollo.

Seguimos. Cuando vamos a ver a Julio tenemos que ir con paciencia, sin prisas. Conocemos a nuestro médico de cabecera desde hace más de treinta años, así que ya existe entre nosotros una relación de amistad y de confianza que son muy necesarias entre médico y paciente. Ya lo dijo creo que Marañón: “el mejor instrumento para revisar a los pacientes no es el fonendoscopio, ni los rayos X, ni cualquier otro utensilio; lo mejor es la silla en la que se sienta el enfermo, para que cuente sus problemas”. Y eso se nota, entre otras cosas, porque solemos estar más de media hora hablando de casi todo menos de lo que nos lleva allí: la revisión médica anual, que consiste en análisis de sangre y de orina. Después de charlar sobre las vacaciones, los hijos y sus problemas, la política, el fútbol y cualquier tema que se tercie, nos rellena los volantes de los análisis y me mide la tensión sanguínea. “Sigue alta, así que hay que seguir tomando las pastillas”. Una de una. Nos deseamos que ganen el Betis y el Dépor, que pierdan el Sevilla y el Barça y nos despedimos hasta que nos den los resultados

Nos hacemos los análisis y, por suerte, sólo nos da alto el colesterol. Mira que solemos comer mucha fruta, verdura y legumbres, pocas grasas, poco azúcar… Pues a pesar de todo eso y de que hacemos, por lo menos yo, bastante ejercicio, no hay manera, otra vez el maldito colesterol. Le llevamos los resultados a Julio, otra media hora de charla y la prescripción médica de Julio: más pastillas. Dos de dos. Voy a por el pleno.

La siguiente revisión es la de la próstata en el mes de diciembre, antes de las fiestas navideñas. A esta voy yo solo, creo que Carmen no me ha acompañado nunca. Y lo prefiero, por lo delicado del tema (sin embargo, yo siempre la acompaño al ginecólogo, véase la diferencia). Como Julio ya sabe las costumbres del urólogo, también me ha mandado analizar el PSA, que para aquellos que no lo sepan, que serán muchos y no quieran irse a Google, les diré que es una proteína producida por la próstata y que indica, si su nivel es alto, que puedes tener problemas en esa glándula. Como a mí me ha dado un nivel muy bajo, el urólogo dice que muy bien, pero que este año toca hacerse una ecografía, que ya hace tiempo que no me hago una. Menos mal que la prueba del dedo ya pasó a la historia, porque no debía ser muy agradable. ¡Ah!, me dicen algunos que todavía se sigue haciendo. Hay médicos que son muy sádicos.

Paso sin sustos esta revisión, así que dos de tres.

La siguiente prueba es la de la vista en febrero. Yo soy miope, aunque no demasiado y apenas tengo que utilizar gafas para ver de lejos. Resulta que con la edad me ha ido disminuyendo la miopía. Debe ser de las pocas cosas en las que he mejorado con la edad. De cerca, cuando tengo que leer letras muy pequeñas, uso gafas. Lo bueno es que como casi siempre leo en el libro electrónico y puedo poner la letra al tamaño que quiero, tampoco las necesito demasiado. Lo peor de esta revisión, sin embargo, es que hace unos años me detectaron hipertensión ocular, que puede degenerar, si no la corrijo, en glaucoma. Esto son palabras mayores. Así que pido cita al oculista y me hace todas las pruebas habidas y por haber: me mide la tensión ocular, me manda hacer una paquimetría (medir el espesor de la córnea) y una perimetría (una prueba del campo visual que soy capaz de detectar). Todo correcto… ¿todo correcto? Resulta que ya no tengo hipertensión ocular. Me quita las gotas que llevaba tiempo echándome y me cita para después del verano, a ver si esto de la hipertensión ocular ya ha desaparecido definitivamente. Dos de cuatro, vamos mejorando.

Llega la primavera, que en mi caso suele alterarme mucho, sobre todo por la maldita alergia. Ya en su momento escribí algo sobre el tema. Así que, a finales de marzo o principios de abril, pido cita para el alergólogo. Con este doctor me pasa como con Julio, se lleva charlando conmigo un montón de tiempo. Y cuando venía también mi hija Carmen era todavía peor. Como ella es química, se liaban a hablar de las investigaciones en el hospital, de los especialistas que trabajaban con él, de los tratamientos. Total, una tarde perdida.

Primero me pregunta cómo me fue el año pasado y como últimamente parece que ya no me hacen tanto efecto los pólenes, me dice que lo quiere comprobar y que pase a la sala donde está la ayudante del médico.

La ayudante, también médico especialista en alergología, según dice un diploma que cuelga en una de las paredes, me hace las pertinentes pruebas. La primera es medir mi capacidad pulmonar, soplando a través de un tubo que está unido a una máquina que calcula si me llega bien el aire a los pulmones. Esto lo supero siempre con nota, aquí se demuestra que hacer deporte es bueno. Pero cuando llega el momento de los pinchazos con una lanceta en el brazo, para introducir pequeñas cantidades de alergeno para ver cómo reacciono, ya sé el resultado. Me hace unas veinte punciones y en cada una de ellas pone un extracto de aquello a lo que puedo ser alérgico: ácaros del polvo y pólenes de todo tipo. Casi todas se ponen rojas, se hinchan y me pican una enormidad. No puedo rascarme, claro y lo único que me alivia es soplar sobre el antebrazo, pero ni con esas. Paso al despacho del médico y me dice lo que ya sabía: sigo reaccionando con bastante virulencia a la presencia de olivo, gramíneas, malezas y plátanos de sombra. Así que debo comenzar la medicación. Tampoco me libraré este año de los estornudos, toses y picor en los ojos, sobre todo cuando voy a la Romería de Aroche, que es a finales de mayo. Tres de cinco, vuelve a empeorar la estadística.

Para finalizar la ITV pido cita al dermatólogo, mejor dicho, a la dermatóloga. Aunque el número de mujeres médicos, o médicas, como se prefiera, ha aumentado significativamente en los últimos años, a mí me ven pocas mujeres todavía. Yo no llego ni de lejos a la paridad, así que no sé cómo me atrevo a votar a la izquierda, vergüenza debería darme. Y menos mal que hace un año cambié de especialista, porque antes también era un hombre. A veces me planteo intentar igualar este aspecto, pero no sé a quien cambiar. Al urólogo desde luego no, porque examina partes delicadas e íntimas de mi organismo que no me apetece enseñar a cualquiera. Como tampoco me cambiaría a una proctóloga, faltaría más.

Cuando me ve entrar la dermatóloga lo primero que hace es levantarse de su sillón, dirigirse hacia mí y examinarme la frente y el cuello. Pasa los dedos por encima de algunas pequeñas manchas rojizas que me han aparecido hace unos meses. También le digo que en la cabeza me han salido dos o tres granitos que me molestan bastante. Me separa el cabello en las zonas que yo le indico y frunce el ceño. Ufff, malo, pensé yo.

—José Manuel, lo que te ha salido en la frente y en el cuero cabelludo es una queratosis actínica.

 ¡Toma ya! Y eso, ¿qué demonios será? Antes de que formule la pregunta en voz alta, me lo explica:

—La queratosis actínica es una manifestación del envejecimiento de la piel que suele aparecer a partir de los 50 años. Se produce por haber pasado tiempo al sol sin haber tenido una protección adecuada.

Ya estamos. Cuando uno envejece, de todo aparece. De joven, ni próstata, ni hipertensión, ni colesterol, ni vista cansada ni piel arrugada. Me están saliendo pareados a punta pala, pero maldita la gracia que me hacen.

—Tenemos varias opciones —me dice–. Una, utilizar crioterapia, es decir, enfriamiento mediante nitrógeno líquido. Otra, mediante electrocirugía. Estos dos suelen tener efectos secundarios como cicatrices, infecciones, etc. Y un tercero, que es el que más me gusta utilizar, es un tratamiento con una crema que está dando muy buenos resultados. Tú eliges.

—Por supuesto, la tercera (la c, la c, como se diría en el chiste). —Prefiero la crema, que será menos doloroso.

Ella sonríe y me muestra las fotos de un libro que tiene encima de la mesa. En ella se ve a un paciente con queratosis en la calva, con un pie de foto que dice “Paciente antes del tratamiento”. La tiene casi toda llena de manchas rojas y marrones, además de pecas. Pasa la hoja y se ve la misma foto, pero algo en ella ha cambiado. En el pie de página pone “Primera semana de tratamiento”. Ahora se ve que las manchas se han oscurecido y agrandado bastante, cubriendo casi toda la cabeza. Pero lo peor viene en la siguiente foto, la de la segunda semana de tratamiento. Las manchas se han convertido en costras, en heridas, como si le hubiera caído aceite encima.

Viendo mi cara de susto, la alergóloga me dice:

—No debes preocuparte demasiado. No todos los pacientes sufren la misma reacción.

Y me enseña otras fotos en las que, efectivamente, apenas se ven los efectos del tratamiento.

—Y ahora mira cómo queda la piel después de terminar, pasado un mes y medio.

La calva del primer paciente está perfectamente como si no hubiera tenido la enfermedad. Como yo suspiro de alivio y a mi rostro volvió una tímida sonrisa, me preguntó:

—Entonces, ¿te decides por la crema?

Aunque dudé un poco, le contesté que sí. Me hizo una receta en la que indicaba cómo tenía que darme la pomada y me despidió diciéndome que volviera una semana después de terminar el tratamiento,

Ahora prefiero no describir lo que pasé durante el mes y medio que duró la tortura. Hay fotos y testimonios que lo atestiguan. Me acuerdo, sobre todo, de la cara de mi hijo cuando me vio en Madrid. Tuve que explicarle que no era lo que parecía, que no me había caído una sartén de aceite hirviendo ni me había caído en una marmita de agua caliente. Tuve que explicar a amigos y vecinos, unas veinte o treinta veces en total, lo que me pasaba. La gente se quedaba más tranquila porque, entre otras cosas, había empezado a hacerme el vacío y alejarse de mí, como si yo estuviera apestado, como si tuviera una enfermedad contagiosa.

Al cabo de dos meses de haber ido por primera vez a la consulta, unas dos semanas después de finalizado el tratamiento, volví a la alergóloga. Apenas me quedaban rastros de la queratosis. La doctora revisó detenidamente toda la frente y el cuero cabelludo y me dijo que ya no tenía nada, que podía quedarme tranquilo, pero que me aconsejaba, mejor dicho, me ordenaba, que a partir de ahora me pusiera en la cara una crema de protección total, que evitara en lo posible la exposición al sol y que, obligatoriamente, tenía que ponerme una gorra o un sombrero.

—Esto es una prescripción médica, José Manuel. Es tanto o más importante para ti evitar el sol en las horas centrales del día, ponerte un sombrero y una gorra y darte la crema protectora, como para un diabético ponerse insulina o para un hipertenso evitar la sal. Así que, tú verás.

Seguimos hablando unos minutos más y al final se despidió con la frase que da inicio a este pequeño relato.

Regresé a mi casa andando. Aunque está bastante lejos de la consulta, me gusta mucho andar. Por el camino iba mirando a todas las personas que llevaban sombrero o gorra. Según mi criterio, a unos los envejecía, a otros los hacía parecer ridículos, a otros les sentaba como a un Cristo dos pistolas; y algunos, pocos, seguramente los que estaban acostumbrados a llevarlos desde jóvenes, les sentaba muy bien. ¿A qué grupo pertenecería yo? ¿Qué tipo de sombrero me compraría o qué gorra debería usar? Tenía claro que, con ropa deportiva, gorra y con ropa normal, de vestir, sombrero. Hasta ese momento yo sólo me había puesto un gorrito cuando era pequeño, unos cinco o seis años. Lo sé porque hay fotos que lo demuestran: mi hermano y yo, vestidos iguales y con gorritas de paja en la cabeza. Estamos para vernos. También me puse una vez, en la Romería de Aroche, un sombrero de ala ancha, que no sé quién me prestó. Me lo puse una vez, vi la foto que me hicieron, en la que estoy con Carmen, mi mujer, y decidí no ponérmelo más. Horrible experiencia.

Cuando llegué a casa y le expliqué a mi mujer lo que me había dicho la alergóloga, se puso muy contenta:

—Mañana mismo vamos a la sombrerería y te compro un sombrero. Te lo voy a regalar por tu cumpleaños.

¡Qué error! ¡Qué inmenso error! Dejar que mi mujer decidiera por mí la compra del sombrero fue un fallo enorme. Como yo iba por la mañana a mi clase de ópera, quedamos en vernos en la calle Alcaicería, donde está una de las sombrererías más antiguas y de más tradición de Sevilla. Cuando llegué, ella ya me estaba esperando en la esquina de la calle que da a la Plaza de la Alfalfa. Anduvimos unos metros y entramos en la tienda. Para mi sorpresa, había cinco o seis clientes. Y yo que pensaba que nadie compraba sombreros en estos tiempos. Pues no, y más sorpresa, la mayoría eran bastante más jóvenes que yo. Eso me tranquilizó.

Mientras esperábamos nuestro turno, miramos los sombreros que había en las estanterías. Cuando le señalé uno que más o menos me gustaba, me dijo:

—De eso nada, parece que vas a ir a arrancar jaguarzos.

Desde el primer momento, Carmen se decidió por un modelo que a mí no me gustaba nada. Me imaginaba con él puesto, como si fuera un antiguo señorito andaluz montado a caballo o un romero que se dirige al Rocío.

—¡Qué elegante vas a estar con él puesto! —decía entusiasmada. Yo no sabía dónde meterme. Me dieron ganas de salir corriendo, pero en eso, que ya nos toca.

—Por favor, me puede enseñar ese sombrero de ahí —dijo dirigiéndose a una empleada. —Es para mi marido, aquí presente.

La mujer me miró, calculó mentalmente mi talla, se fue al almacén y al cabo de unos minutos regresó con un par de sombreros del mismo tipo, pero de distintos tamaños. Me probé el primero, me miré al espejo y en él se reflejó un señor mayor, de mirada asombrada, como no entendiendo lo que estaba viendo. “¿Pero, ese que está ahí soy yo, de verdad?” Estuve a punto de soltar un exabrupto, una maldición, una grosería, pero escuché la voz de mi mujer.

—¡Qué bien te queda! Como un guante, no cabe duda. ¿Verdad? —dijo en voz alta, para que la escuchara todo el mundo.

—La verdad es que sí —dijeron al unísono las empleadas y una señora que estaba con su marido comprándole un sombrero andaluz de ala ancha. El hombre me miró con conmiseración y agachó la cabeza.  “Di algo, por favor, aunque sólo sea por solidaridad”. Pero se calló, el muy cobarde.

—Creo que me queda un poco grande —me atreví a decir. Casi no me salía la voz, de avergonzado que estaba.

—Pruébese este, caballero. Seguro que le quedará bien —susurró la empleada, pero yo noté que su cara reflejaba cierta duda.

—Éste sí que te queda perfecto —exclamó alborozada mi mujer. —Nos lo llevamos, no se hable más.

Y no se habló. Porque, encima, para más escarnio, tuve que llevar el sombrero puesto desde la tienda a casa “para que te vayas acostumbrando”, primero andando por el centro de Sevilla y después en el tranvía. Para que me viera toda la ciudad, vamos. Yo no quería mirarme en los reflejos de los escaparates, ni mirar a los ojos a las personas que se cruzaban con nosotros, ni a la chica que se sentó frente a mí en el tranvía. Me dediqué a mirar hacia el frente o hacia el cielo, como quien espera que le caiga un meteorito encima y lo libre de semejante tortura. Pero no pasó nada.

Llegamos a casa y a mi hija también le gustó, pero viendo mi cara y como ya me conoce, me preguntó:

—Papá, ¿a ti te gusta de verdad? Porque no te veo convencido. Si no te gusta y no te lo vas a poner, mejor descámbialo por otro.

Y entonces pude desahogarme.

—¿Yo, convencido? ¿Convencido yo? Pues no. No estoy convencido, no me gusta el sombrero, parezco un viejo de derechas, me parece un sombrero antiguo, pasado de moda, ni me gusta ni me gusto. Así que mañana mismo lo voy a descambiar.

Lo dije casi gritando, con firmeza, para evitar que Carmen pudiera replicar y me intentara convencer de lo contrario. Esperaba una discusión, pero, para mi sorpresa, dijo:

—Nada, sin problemas. Aquí tienes el recibo. Guarda bien el sombrero, mételo en su caja y vete a la tienda. Pero yo no te voy a acompañar. Si te compras un adefesio, será tu culpa, no la mía.

Cuando llegué a la tienda, como el día anterior, el local estaba lleno de gente. Tuve que esperar bastante rato y, mientras tanto, observé con atención los diferentes sombreros que se exponían en los anaqueles. Esta vez vi uno que sí me gustó. Era un sombrero blanco, de paja, con una cinta negra. El ala ligeramente curvada por detrás y casi plana por delante. Era mucho menos aparatoso que el que me había comprado Carmen y parecía más ligero, más veraniego, lo que en Sevilla se agradece.

Al fin llegó mi turno y me atendió la misma empleada. Cuando puse la caja con el sombrero en el mostrador, antes de que yo comentara nada, la vendedora dijo con una sonrisa:

—Viene a descambiarlo, ¿verdad? Ayer no quise comentar nada, este modelo no va con su estilo. Pero como su mujer estaba tan entusiasmada y usted no protestó, no me atreví a contradecirla. Creo que el que mejor le puede sentar es éste.

Y me mostró precisamente el modelo que yo había seleccionado, un sombrero panamá, mucho más elegante según mi gusto. Me probé distintos tamaños hasta que encontré uno que se ajustó perfectamente a mi cabeza. Cuando me miré al espejo, esta vez no sentí vergüenza, más bien al contrario, me gustó cómo me quedaba. Y los comentarios de las empleadas, esta vez no coaccionadas por Carmen, me dieron la razón.

Cuando llegué a casa, ¡oh, sorpresa!, mi mujer también me dio la razón. “Te queda mucho mejor que el otro, es más elegante”. “Pero que no sirva de precedente”, me dijo.

Los primeros días, cuando salía a la calle, siempre se me olvidaba ponérmelo, por la falta de costumbre y porque lo dejé en su caja, encima de la mesa de la habitación de Santiago, que está vacía. Pero ahora, que ya está colgado en la entrada, siempre salgo con él. Al final, me he convencido de que no me sienta tan mal y de que es un buen aliado contra las lesiones solares. Hay prescripciones médicas que merece la pena seguir.

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Alergia. Alegría

Alergia. Es primavera. Hace casi un mes que empezó y los estragos ya se están notando. Sevilla es una ciudad llena de árboles. Rara es la calle donde no se hayan plantado naranjos, plátanos de sombra o jacarandás. Los parques y jardines abundan, no creo que haya urbe con más metros cuadrados de parque por habitante. Las buganvillas, los rosales, los nardos, el romero, el tomillo, el mirto, la retama, la dama de noche. Los jardines están llenos de plantas aromáticas que, además, llenan el aire de polen. Sufro.

Desde hace unos días lo primero que hago al levantarme es estornudar. Cinco o seis estornudos seguidos. Es la mejor manera de despertarse. Después de asearme un poco y desayunar, comienza el ritual de echarme gotas en los ojos y hacer un par de inhalaciones de antihistamínicos. Pero todo es pa ná. En cuanto piso la calle, qué digo, antes de salir del portal, empiezan los primeros síntomas: dos o tres estornudos más, picor en la garganta y en los ojos, toses. Y después es peor. Empiezo a pasear y el aroma del azahar lo impregna todo. Hay a quien le gusta. Yo lo odio, aunque hace muchos años me encantaba.

Recuerdo que la primera vez que vine a Sevilla lo que más me llamó la atención fue el olor, el color y el sonido de la Semana Santa. La mezcla de azahar e incienso, el colorido y la belleza de las imágenes, la música que las acompaña, el azul del cielo, el respeto de la gente, la saeta, el silencio en las calles estrechas. Todo eso forma un conjunto y crea una atmósfera que subyuga al visitante. Los sevillanos ya están acostumbrados, pero no dejan de asombrarse todos los años ante el misterio y el encanto de los sentidos. Otras ciudades también celebran la Semana Santa, pero es difícil, yo diría que imposible, encontrar tanta belleza y tanta armonía.

Pero yo sufro en estos meses. Es tiempo de alergia. Gramíneas, plátanos de sombra, malezas, olivos, casi todo lo que tenga hojas verdes y polen es mi enemigo. Por eso odio el campo y vivo en la ciudad aunque la ciudad, por desgracia, también quiere imitar al campo. ¿Quién les habrá dicho a los alcaldes que las ciudades con muchas plantas son más bonitas? Si la gente quiere verde y respirar aire puro que salga de la ciudad. En el campo, prohibido el asfalto. En la ciudad, prohibido el campo. No es tan difícil de entender, digo yo. A mí, eso de las medias tintas, las medias verdades, los medios lo que sea, no me gustan. Si quiero ver animalitos que se comen unos a otros, cascadas, montañas nevadas, bosques, praderas, etc., me siento delante del televisor y pongo un documental de La 2. No falla, a los diez minutos estoy dormido, entre otras cosas, porque suelen ponerlo después de comer y siesta y documental de La 2 son casi sinónimos.

De todas formas, debo decir que de pequeño me gustaba ir con mis padres a la aldea, jugar en los prados, aspirar un aire distinto al del asfalto y el humo de los coches, aunque es verdad que en aquella época había pocos. Pero tenía una libertad de la que carecía en las calles. El campo, los senderos, los árboles, los arroyos, la tierra, las rocas. Todo era nuevo y misterioso, diferente y único. Pero ahora, vaya a usted a saber por qué me ha tocado a mí, se han convertido en seres y objetos hostiles que me atacan y me torturan.

En Galicia tosía y estornudaba cuando tocaba, es decir, en invierno, con lluvia y frío. Cuando menos te lo esperabas te caía una manta de agua encima que te calaba hasta los huesos. Al día siguiente, resfriado. Pero eso es lo normal: enfriamiento igual a catarro. Te tomabas un caldito caliente, una aspirina y a sudar. En dos o tres días, como nuevo. Pero esto de toser, estornudar y llorar por culpa del polen es antinatural, no lo entiendo. Hace calor y estornudo; hace un poco de viento y me pican los ojos y la garganta; ando junto a los naranjos y me entra un ataque de tos.

Yo, que durante una época formé parte de los boy scouts, que firmo todas las peticiones para salvar la tierra y todos los animalitos y plantas que la pueblan, que intento concienciar a familiares y amigos de la necesidad de cuidar la naturaleza, que me cabreo con lo del calentamiento global por culpa de la contaminación, que me horroriza ver los mares llenos de plásticos, voy a terminar por pasarme al lado de los negacionistas: ni hay calentamiento global ni me creo lo de la contaminación ni lo del agujero de la capa de ozono. Donde se ponga una buena capa de cemento y de asfalto, que se quiten todas las hierbecitas y plantitas que me rodean.

Pero ayer la naturaleza fue justa conmigo y me hizo un gran favor. Estoy de suerte. En pleno Jueves Santo, cuando estaba poniendo todas las excusas posibles para quedarme en casa viendo las procesiones por televisión, ocurrió el milagro: otros años por esta época mi respiración asmática, mis ojos llorosos y mi nariz roja eran la viva imagen de la persona alérgica por excelencia, tanto que podría servir para un anuncio de televisión; pero este año, el 18 de abril, cayó una de las mayores granizadas y tormentas de agua que se recuerdan en esta tierra de María Santísima. Las avenidas parecían ríos, las plazas eran como pistas de hielo llenas de granizo. Y sobre todo, y ese es el verdadero milagro, los naranjos y la mayor parte de las plantas de esta ciudad se quedaron sin flores. Todas fueron arrancadas casi de cuajo y terminaron sembrando las calles, mezclándose el blanco del granizo con el blanco del azahar. Una imagen preciosa.

Llevo un par de días sin tomarme una pastilla, ni inhalando ni aspirando budesonida. No toso, no estornudo, no lloro. Puedo andar por la ciudad sin miedo, respirando a pleno pulmón, llenándome de oxígeno mezclado con el humo de los coches. Pero estoy feliz, supongo que durante pocos días, porque las malditas plantas son capaces de sacar a relucir en poco tiempo sus atributos florales. Pero mientras eso sucede, cambio el orden de un par de letras a la palabra maldita y ahora digo en voz alta… ¡Alegría!

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El vestido de novia

Aquí estoy, en mi mesa de trabajo, diseñando un vestido de novia. Levanto la mirada y contemplo, a través del amplio ventanal, el jardín, el estanque y los parterres con flores que en este momento está cuidando Juan, el jardinero que viene todos los meses. Estoy cansado de dibujar y necesito un pequeño descanso. Desde hace algún tiempo noto que cada vez me gusta más echar la vista atrás. Estamos en noviembre y recuerdo aquellos días en el pueblo…

Mi madrina y yo bajamos todos los 15 de noviembre al cementerio a llevar flores a la tumba del padrino. No queremos ir el día de difuntos, no nos gustan las romerías, las muchedumbres, las manifestaciones, sean de dolor, de alegría o de protesta. Nos levantamos temprano, desayunamos chocolate con churros, nos vestimos elegantemente, como si fuéramos a una boda y salimos a la calle. Andamos unos minutos y pasamos por la única floristería del pueblo a recoger el ramo que la madrina encarga todos los años. Después salimos a la carretera y muy despacio, charlando de cualquier cosa que se nos ocurra, pasamos las ruinas del molino, cruzamos el puente del río y en pocos minutos llegamos a las puertas del cementerio. Allí, mientras ella se dirige al nicho del padrino, yo me dedico a visitar y leer las lápidas. La primera ante la que me detengo es la de Policarpo y Carpofora, una pareja que murió durante la guerra civil, según me contaron hace tiempo. Desde pequeños se gustaron, quizás por las chanzas de los niños que siempre que los veían, pues eran vecinos y solían jugar juntos, les cantaban: “Policarpo y Carpofora juntos van a todos sitios y a todas horas”. Ellos, quizás por no llevarles la contraria, decidieron hacerse novios y pasearon durante varios años por la carretera sin llegar hasta el molino, para evitar las habladurías de la gente, él con las manos en los bolsillos, callado y tímido, la mirada baja y una sonrisa permanente en los labios y ella con los brazos cruzados y una larga melena que le llegaba hasta la cintura, hablando sin parar, nerviosa y coqueta. Ella y sus hermanas ayudaban en las labores de la casa a su madre y él trabajaba de aparcero con su padre en el campo del señorito Antonio. Con apenas dieciocho años se casaron a comienzos de julio de 1936. Tuvieron la mala suerte de nacer y vivir en la época y el lugar equivocados. A los pocos días de empezar la guerra él apareció muerto con un tiro en la cabeza en las tapias del cementerio, como otros muchos, y ella y la niña que llevaba en su vientre murieron a comienzos de 1937 durante el parto. Quizás la pena, el dolor o el aislamiento a la que se vio sometida desde la muerte de Policarpo, Poli, como lo llamaban todos, debilitaron su cuerpo. Ahora los tres están en un nicho en la primera fila de la segunda calle a la izquierda, después de pasar la pequeña explanada que se encuentra nada más cruzar el arco de la puerta.

Miro otras lápidas, casi todas con flores naturales ya marchitas, aunque cada vez más abundan las de tela o plástico para que duren más tiempo. El chino que hay al lado de la casa de la madrina se está haciendo de oro vendiendo esas flores. El cementerio está limpio, blanqueado, silencioso. Una vieja vestida de luto, con un cubo en una mano y varios trapos en la otra, limpia uno de los nichos. Me detengo ante una sencilla lápida sin flores en la que sólo figura un nombre, dos fechas, la del nacimiento y la muerte y una frase “Todos estamos muertos”. Todos estamos muertos, repito varias veces, al principio con un cierto estremecimiento, pensando en el terrible sentido de esas palabras, pero después me digo que esa es la única verdad, la incontestable, la que no se puede refutar. Ni siquiera Descartes, con su “pienso, luego existo”, pudo encontrar una verdad más absoluta, la primera, la de que todos estamos muertos desde que nacemos. Seguramente se le ocurrió, pero, siguiendo su lógica, pensaría cómo desarrollar una teoría filosófica a partir de esa frase. Porque la única conclusión posible es la de que nada tiene sentido, para qué esforzarse si la vida es sólo un pequeño paréntesis, un instante, un fulgor que se apaga casi antes de nacer.

Sigo paseando, demorando los pasos por las solitarias calles de la pequeña necrópolis del pueblo. Sé que la madrina todavía estará un tiempo más delante de la lápida del padrino. Y pienso que me gustan los cementerios porque aquí es donde uno puede pensar con más libertad, relativizando todo lo que nos ocurre. Y también se me ocurre si alguien se acercará a ver mi lápida y lo que pondrán en ella. Quizás me invente alguna frase ingeniosa que haga sonreír al que la lea, como “Os espero aquí tumbado, no tengo prisa” o “Si me queréis, iros” (no, esta no, que ya está inventada) o “No lloréis por mí, contadme un chiste”. Porque la risa, la sonrisa, es de las pocas cosas que merecen la pena. Me alegro de haber bajado con la madrina. Me alegro de alegrarme en un cementerio, ese lugar al que muchas personas evitan ir porque, según dicen, ya irán cuando les toque. Pero creo que es mejor irse familiarizando con el lugar y saludar a los que serán mis vecinos.

La visita al cementerio es una tradición que se remonta a la época del terrible accidente en que nos quedamos huérfanos y la luz ya no volvió a brillar como antes. Yo era muy joven, apenas un adolescente que repartía la vida entre el instituto y la calle, recorriendo la distancia de las horas perezosamente y demorando los instantes entre conversaciones triviales con los amigos y peleas interminables con mis padres. El resto del tiempo me dedicaba a leer todo lo que caía en mis manos, sobre todo las novelas de Zane Grey y de Marcial Lafuente Estefanía que llenaban una de las estanterías de la pequeña biblioteca del salón de casa. Fue por esa época cuando los planetas se alinearon, la luna brilló como nunca y, creo recordar, un cometa permaneció en el horizonte durante muchos días. Decidí irme de casa, donde apenas podía respirar porque las paredes estaban húmedas de gritos y de reproches y mi habitación era un calabozo. Mis padres no podían conmigo y yo tampoco quería poder con ellos. La cercanía nos repelía, como dos imanes con el mismo polo, así que la hermana mayor de mi padre, mi madrina, casada sin hijos, resolvió la ecuación: me iría a vivir con ella y con el padrino al cercano pueblo durante una temporada para comprobar si la lejanía calmaba los afanes de pelea. Y la vida volvió a tomar forma y las palabras comenzaron a tener un sentido que se había desvanecido en los últimos años.

El padrino y la madrina siempre me habían mimado mucho, me querían como al hijo que ellos no habían podido tener. Ella, unos años mayor que él, se dedicaba a coser y a arreglar ropa. Tenía una clientela fija que la apreciaba mucho porque sus trabajos eran pura artesanía y delicadeza. En una habitación de la casa baja en la que vivían había instalado un taller con una máquina de coser, una mesa larga y varios muebles y estantes en los que se guardaban telas, patrones, tijeras, agujas, hilo y todo lo necesario para su labor. Había decorado las paredes colgando láminas de revistas de moda con modelos estilizadas que a mí me gustaba contemplar cuando me quedaba solo. Al principio cosía ella sola, pero como su fama de buena modista se fue extendiendo, llamó a su amiga Flora, que también cosía muy bien y, un poco más adelante, amplió el cuarto tirando un tabique y contrató a dos muchachas más, dos modistillas que aprendieron poco a poco el oficio.

El padrino era viajante de comercio y recorría el norte de España mostrando las telas de una empresa en la que llevaba trabajando desde que era casi un niño. Primero había comenzado de recadero, llevando muestras a las modistas que hacía años abundaban en la cercana ciudad. Una de aquellas modistillas, todavía aprendiza con su madre en un taller del centro, lo encandiló con su mirada tranquila, llena de promesas y silencios, que surgía de unos ojos oscuros enmarcados en largas pestañas que resaltaban en una cara de porcelana y en un cuerpo pequeño y ligeramente redondeado. Después de unos años de noviazgo, durante los cuales él fue subiendo en la empresa y aprendiendo todo lo que se podía saber sobre telas, combinaciones de colores y prendas, se casaron y se fueron a vivir al pueblo, a una casita baja con un pequeño jardín trasero, en el que plantaron un manzano, un limonero y un rosal, que al cabo de unos años dieron frutos y flores que perfumaban la casa con un aroma inconfundible a felicidad y sosiego. Lo único que ensombrecía una vida plácida que discurría sin sobresaltos era la falta de un hijo que alegrara la casa, que la llenara de risas y de carreras. Así que, cuando ya habían perdido toda esperanza, surgió la oportunidad y yo me fui a vivir con ellos y los tres ganamos.

De vez en cuando visitaba a mis padres en la ciudad. Me recibían con cierta distancia y con muestras de un cariño superficial, plagado de frases hechas y de gestos forzados. No podía entender lo que nos separaba, ese muro invisible pero que yo era capaz de percibir, casi de tocar. No parecían mis padres. Y, en realidad, no lo eran, como supe mucho más tarde, cuando ya ninguno de ellos vivía.

Hace veinte años, por esas mismas fechas, cuando yo estaba en el instituto aburriéndome en una clase de latín y escribía un pequeño poema a la chica que entonces me gustaba, se abrió la puerta de la clase y entró el director. Todos nos levantamos y saludamos con la cortesía que se suponía en un colegio de curas y por la obligación que emanaba de los castigos si no te levantabas. El director habló en voz baja con el profesor que en ese momento escribía el comienzo de La Eneida, de Virgilio, y que desde entonces nunca se me ha olvidado, aunque, también he de decirlo, provocó que nunca leyera completa esa obra:

“Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris

Italiam, fato profugus, Laviniaque venit

litora,…”

Cuando terminaron de hablar, los dos se dirigieron a mi pupitre, muy serios, las manos cruzadas sobre la sotana y las miradas fijas en mí. Delante el director, don Emiliano, un hombre bajo, de mirada dura tras unas gafas de gruesos cristales ligeramente oscurecidos, nariz achatada y torcida como la de un viejo boxeador, la cabeza grande con un cráneo en el que crecían unos pocos cabellos y un cuerpo rechoncho de barriga abultada. Siempre andaba muy despacio, como pisando sobre brasas ardientes. Pero su lentitud era engañosa, como la del felino que acecha a la presa y que, de repente, corre y salta sin dar opción a la víctima. Don Manuel, el profesor de latín, era mucho más alto y delgado, con brazos y piernas muy largos y manos grandes y delicadas. De mirada triste y ausente, nos trataba siempre con amabilidad y no le importaba repetir las ideas una y otra vez hasta que las comprendíamos. Todos los alumnos lo apreciábamos en la misma medida en que temíamos y odiábamos al director. Asustado, arrugué el papel donde apenas había esbozado unas torpes palabras glosando la belleza de mi amada y lo escondí entre las hojas del libro. Cuando llegaron a mi altura, el director puso una mano sobre mi hombro y me invitó a acompañarlo a su despacho, en un tono que nunca había escuchado en él, que siempre se dirigía a nosotros para amonestarnos, para reñirnos por nuestro mal comportamiento. Sentía la mirada de todos mis compañeros y sin comprender lo que estaba sucediendo, avergonzado, salí de la clase detrás del director. Don Manuel, cuando pasé por su lado, me detuvo un momento, me levantó la barbilla y me dio una palmadita en la cara. Sus ojos me miraran con compasión y estuvo a punto de decirme algo, pero ningún sonido salió de su boca.

Mientras cruzábamos los pasillos del colegio acercándonos al despacho de Don Emiliano, yo intentaba recordar qué trastada había hecho, pero no encontraba nada que pudiera explicar la bronca segura que me aguardaba. Todavía recordaba la última, esta vez con mis padres delante, cuando tuve que reconocer que había falsificado las notas del curso anterior, lo que me costó un verano casi enclaustrado estudiando las dos asignaturas que me habían quedado para septiembre.

El despacho, siempre en penumbra, apenas iluminado con la escasa luz que entraba por la ventana semicerrada con dos postigos, seguía manteniendo un olor indefinible a muebles antiguos y encerados, incienso y sudor que nunca se me ha olvidado. El director se sentó detrás de la imponente mesa de caoba que conocía bien, aquella que tenía un crucifijo, un flexo metálico y una pequeña biblia que leía constantemente y que nos hacía leer cuando éramos llamados a su presencia, escogiendo versículos que después escribiríamos cien veces, como ese de Ezequiel que dice “Arrepiéntanse y apártense de todas sus maldades, para que el pecado no les acarree la ruina”. Con gesto serio me indicó que me sentara y permaneció unos segundos en silencio, mirando hacia el crucifijo y moviendo ligeramente los labios, como si estuviera musitando una oración. Después, con una voz apenas susurrada, me dijo que mi padrino había tenido un accidente, que estaba muy grave y que un profesor me llevaría en su coche al hospital comarcal donde lo habían ingresado. No recuerdo bien lo que pasó a continuación. Una especie de niebla ha empañado las imágenes, las palabras, sólo un eco que suena lejos, muy lejos. Un pasillo largo que me acerca a la entrada del instituto, las escaleras que descienden hacia la explanada, el coche, la madrina que está sentada en el asiento de atrás, que me ve, que sale del vehículo y sin decir nada me abraza y me besa. Después el hospital, más pasillos, un médico que habla con mi madrina, el grito sofocado, las lágrimas. El funeral. El entierro. El triste y lento regreso a la casa.

Días grises, lluviosos, tristes, amigos que se acercan a casa. No quiero salir, no quiero estudiar. A pesar de los intentos de mis padres, de mi hermana y, sobre todo, de la madrina, abandono los estudios y me pongo a trabajar con ella en su taller, con Flora y las dos modistillas que aprendían, como yo, el oficio. Tener las manos y la mente ocupadas me ayudaban, apenas necesitaba pensar, sólo dibujar, medir, cortar, coser. Eso me calmaba, me relajaba, permitía el olvido, arrinconaba el dolor, aunque este permaneciera escondido y, de vez en cuando, surgía sin avisar.

Poco a poco fui aprendiendo los secretos de las medidas, los encajes, los alfileres, el corte, las telas, el diseño, la confección. La compañía femenina me calmaba y me animaba. Al principio sonreía con timidez, sin participar en las bromas, escuchando los chismes, los chistes, los dimes y diretes, las noticias y las novedades de un pueblo en el que todos se conocían, las confesiones en voz baja. Y sin apenas darme cuenta me fueron considerando un igual, uno más del pequeño grupo y no se cortaban a la hora de descubrirme las ilusiones de las muchachas con sus novios, los problemas en el hogar, los disgustos, los miedos. Aquellos años, tantas horas entre mujeres, me permitieron abrir la mente, descubrir un mundo diferente al de mis amigos, con los que poco a poco fui otra vez saliendo y divirtiéndome los fines de semana. Era una sensibilidad diferente, con matices que se manifestaban en frases sin terminar, en gestos, en miradas, en silencios sutiles que fui aprendiendo a traducir y a entender, aunque nunca fui capaz de alcanzar rincones que siempre permanecieron y permanecerán a oscuras.

Con el paso del tiempo, me fui dando cuenta de que yo tenía una especie de don para la costura. La madrina me dejaba hacer los diseños, pues me gustaba dibujar y según los profesores, lo hacía muy bien. Al principio me fijaba en los modelos de las revistas que compraba y que guardaba en varios cajones. Copiaba los vestidos según el gusto de las clientas, pero poco a poco fui modificando los dibujos, añadiendo o quitando detalles, cambiando las telas, siempre bajo la atenta mirada de mi madrina, que me animaba a seguir aprendiendo para que me convirtiera en un nuevo Balenciaga, en Valentino o en Armani. Decía que tenía madera, buen gusto e imaginación y que lo único que me faltaba era experiencia. Además, según ella, ser hombre era un punto a mi favor porque éramos más serios, las mujeres y los hombres se fiaban más de nosotros y podíamos crear un negocio con más facilidad que ellas, ya que tenían muchas más limitaciones por tener que compaginar, la mayoría de las veces, el hogar y el trabajo.

Con poco más de treinta años abrí mi primera tienda de modas en la ciudad, en un bajo que alquilé gracias a los ahorros que pude realizar con el sueldo que me daba la madrina. El resto ya lo sabéis pues mi nombre suele salir en la prensa. Me consideran uno de los mejores modistos del mundo, el que ha revolucionado la moda introduciendo materiales nuevos, investigando formas, abriendo nuevos caminos, pero sin perder de vista la tradición. No me gusta que me observen, que me vigilen, que intenten investigar mi vida privada. Por eso vivo en una mansión alejada del ruido mediático donde diseño y hago las pruebas que después envío a los talleres, tengo pocos amigos, apenas salgo. Y eso, sin que yo lo haya pretendido, ha creado en torno a mi persona un cierto halo de misterio que, en el fondo, me gusta alimentar, pues todos tenemos, lo confesemos o no, un punto mayor o menor de vanidad.

La madrina sigue viviendo conmigo. Es una anciana pequeñita, delgada, algo encorvada por la edad y por la delicada salud, que anda a cámara lenta, arrastrando los pies como una muñeca con las pilas gastadas. Pero sigue siendo coqueta, siempre con su pelo blanco perfectamente arreglado y unos vestidos de color claro, pues se quitó el luto muy pronto. Los vestidos se los hago yo siguiendo sus indicaciones. De vez en cuando me ayuda con la costura, aunque apenas ve y le tiembla ligeramente la mano derecha. Me gusta su olor a limpio, a jabón Heno de Pravia. Es la única persona con la que realmente me siento a gusto. Damos pequeños paseos muy despacio por la finca, que tiene varias hectáreas de árboles frutales, pequeños bosquecillos y muchas flores y plantas que a los dos nos gusta cuidar. Solemos descansar en un banco que está frente a un estanque en el que hay algunos peces de colores y plantas acuáticas que le dan un aspecto agreste, rústico, como de otro tiempo, de un tiempo que nunca fue mejor, pero que guarda instantes y momentos felices, llenos de ternura, que recordamos entre risas, ella cogiendo mis manos entre las suyas. No sé si llamarlo nostalgia, pero echo de menos la vida en el pueblo con ella, el sosiego de las tardes en el taller con mis compañeras de aprendizaje, el ruido de las máquinas de coser, la música de la radio sonando a todas horas.

Veíamos juntos la televisión y comentábamos las noticias, los programas de cotilleo, algunas series. Pero a ella lo que más le seguía gustando era la radio. Yo le había comprado un pequeño aparato con unos cascos y había aprendido a sintonizar las emisoras que más le gustaban. Por la mañana, las noticias y después, música, sobre todo española. Por las tardes, cuando yo había terminado de trabajar, me ponía a leer mientras ella escuchaba la radio y canturreaba en voz baja.

Ayer la madrina entró en el cuarto donde trabajo con los diseños y las telas. Es un cuarto amplio, luminoso, con una mesa grande sobre la que deposito las hojas que voy rellenando de dibujos. También tengo un buen ordenador de pantalla grande en el que he aprendido a realizar los dibujos y a conectarme con todo el mundo. Gran invento el de Internet.

La madrina traía una foto en la mano.

 —Neniño, quiero pedirte un favor —me dijo con una ligera sonrisa en el rostro. En su voz había un pequeño temblor, que no supe distinguir si era de emoción o de duda. —¿Te acuerdas de esta foto? —continuó diciendo mientras me la enseñaba.

—Claro que me acuerdo —dije mirándola, mientras intentaba recordar dónde y cuándo la había visto por última vez—. Creo que estaba en la mesilla de noche de tu habitación en el pueblo.

En la foto, ella y el padrino posaban el día de su boda delante de la iglesia. En el encuadre se veía un pórtico románico con pequeñas figuras en las columnas y en el tímpano, aunque no llegaba a verse completa la arquivolta. Los dos estaban muy sonrientes, él con un traje oscuro, alto, con el pelo engominado, negro y brillante, siempre elegante, “parecía un marqués”, como decía ella; la madrina cogida de su brazo, apenas llegándole al hombro, con el vestido blanco, drapeado y con algunos encajes, que ella misma había hecho con la ayuda de Flora y que había comenzado a diseñar desde el momento en que el padrino y ella se hicieron novios formalmente.

La madrina volvió a coger la foto y mirándola, me dijo:

—Me gustaría que me enterraran con un vestido de novia parecido al que llevaba cuando me casé.

—Pero madrina, ¿qué dices?, ¿cómo se te da ahora por hablar de tu entierro? Calla, calla.

Ella sigue hablando:

—La semana que viene, creo que el jueves, vuelve a ser 15 de noviembre. Pero este año no me encuentro con fuerzas ni con ganas para bajar al cementerio. Así que bajarás tú solo y llevarás las flores al padrino. Y seguramente el año que viene, ya estaremos él y yo juntos para siempre, como siempre quisimos y como tiene que ser.

Desde hacía algunas semanas había observado que a la madrina le costaba trabajo andar y respirar y ya apenas paseábamos. El médico, que nos conocía desde hacía muchos años y venía de vez en cuando a casa para tomarle la tensión y recetarle algunos complejos vitamínicos para reforzar las defensas, me había comentado que no la veía bien y que deberíamos ir a que le hicieran algunas pruebas a la clínica en la que él trabajaba. Pero ella se negaba a hacerse ningún tipo de análisis: “Bastantes me hice ya cuando quería quedarme embarazada. Cuando tenga que llegarme la hora, estaré bien preparada, no te preocupes”.

Conozco muy bien a la madrina y sé que cuando se le mete una idea en la cabeza es imposible quitársela, y con los años, peor, así que dejé que siguiera hablando. Se sentó a mi lado y empezó a contarme, por enésima vez, el noviazgo, la boda, el corto viaje de novios, la esperanza de tener muchos hijos, la amargura de sus abortos, mi adopción por mis padres, que en el fondo nunca me quisieron, la ilusión y la alegría que provocó mi llegada a su hogar. Su voz va perdiendo fuerza y se calla, deslizando la mirada por los dibujos que estoy haciendo.

—Por favor, neno, haz un dibujo de mi vestido de novia.

Y aquí estoy, dibujando el vestido de novia que llevará mi madrina en su último viaje. Y pienso que, más que un vestido de novia, parece un vestido de primera comunión.

Y nunca será, por supuesto, una mortaja.

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Un viaje espacial

“Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya.”

El Principito. Antoine de Saint-Exupéry

A comienzos del año 1969 X tenía 13 años y estudiaba cuarto de bachillerato elemental en el Instituto Masculino de La Coruña, que ahora se llama IES Salvador de Madariaga. Cuarto no fue un curso especialmente brillante para X, apenas una media de cinco, y un poco más, no demasiado, en el examen de reválida. La foto del Libro de Calificación Escolar emitido por el Ministerio de Educación Nacional muestra a un preadolescente que mira a la cámara de una manera segura y tranquila, con grandes gafas de pasta y el pelo largo y oscuro peinado con una raya al lado. Por cierto, antes nadie decía A Coruña, como se dice ahora, y casi ninguno de sus amigos hablaba gallego. En casa su padre lo hablaba muy bien y él lo fue aprendiendo de manera natural, escuchándolo y usando de vez en cuando alguna palabra suelta, pero apenas lo empleaba en la familia, quizás porque su madre es andaluza, pero, sobre todo, porque en aquellos tiempos hablar gallego era casi un estigma, era “falar mal”, una forma de expresarse de “pailanes”, de gente sin cultura, ignorante, aldeana. Sin embargo, cuando iba en vacaciones o los fines de semana al Barral, en Arteijo (nadie decía entonces Arteixo), donde había nacido y vivido su padre en la infancia y donde vivían tíos y primos, entonces sí hablaba gallego con ellos. Y lo hacía de forma natural, sin apenas darse cuenta. Aunque lo consideraban un niño de la ciudad y se burlaban al principio de él, le encantaba jugar con una libertad que no tenía en Coruña.

El Barral, O Barral, era lo que en Galicia se conoce como lugar, un grupo de apenas seis o siete casas a lo largo de un camino de tierra y piedras que en invierno estaba siempre embarrado. Como el padre no compró el seiscientos hasta el año 1967, la familia llegaba hasta la aldeíta en autobús de línea, que los dejaba en la carretera de arriba, la que unía Coruña con Arteixo, a un centenar de metros de la casa de sus abuelos. Rodeado de leiras, de pequeños bosquecillos de pinos y eucaliptos, siempre moviendo sus copas porque raro el día que no hacía algo de viento o soplaba una ligera brisa, de corredoiras estrechas y umbrías y de algunas tierras sin cultivar, O Barral le parecía un sitio fuera del tiempo y del mundo conocido, algo irreal, fascinante y misterioso. Las mujeres, calzadas con zuecos y llevando enormes cargas de toxos o acompañadas de varias vacas para llevarlas a pastar al campo, los hombres con boinas negras, delante de los carros de bueyes a los que, de vez en cuando aguijoneaban con una vara acabada en una punta de hierro. Niños y niñas sucios sentados a las puertas de las casas, comiendo alguna mazorca de maíz o un mendrugo de pan y que miraban con grandes ojos asombrados. Pequeños hilos de humo salían de las chimeneas a todas horas, calentando el hogar y el pote que estaría colgado sobre la lareira. Aunque fuera verano, siempre recordaba un hilillo de agua que corría en medio del camino, humedeciéndolo, llenándolo de hierbas y de barro que ensuciaba los zapatos. Supongo que de ahí vendrá el nombre de Barral.

“Xa está aquí o primo” (ya está aquí el primo), decía J.R. a los demás.

J.R., además de su primo, era el jefe de la pandilla por varios motivos: porque les llevaba dos o tres años, porque era mucho más alto y fuerte que los demás y porque tenía autoridad, no la que se obtiene con la fuerza bruta sino con la sensatez, porque convencía y proponía cosas que a los demás les gustaban. Parecía un adulto pequeño. Tenía una cabeza grande, con el pelo casi negro, siempre despeinado, cara ancha, pecosa, sonriente, con un punto de malicia. Al contrario que los demás, que iban en pantalón corto, él llevaba un pantalón largo de pana, gastado. Cuando se veían por primera vez después de un tiempo, llegaba el momento que X más temía, el del abrazo que duraba unos segundos que le parecían interminables y casi le asfixiaban. Después de recobrar el aliento, X empezaba a hablar, a saludarles, primero en castellano y poco a poco pasaba al gallego, al principio con miedo y timidez, por si se reían de él, pero eso no pasaba y X seguía hablando cada vez con más soltura. Pasados unos minutos ya era uno más y corría y saltaba y se caía. Tendría entonces unos siete u ocho años y era un niño delgaducho y con una salud delicada, siempre resfriado, con dolor de garganta y de oídos y con frecuencia tenía fiebre. Así que los médicos aconsejaban a sus padres que pasara temporadas en el campo, al aire libre, para ver si se fortalecía.

Cuando llegaba a la casa de los abuelos, una casa de piedra de dos plantas, lo primero que hacía era recorrerla de arriba abajo porque, acostumbrado como estaba a vivir en un pequeño piso de ciudad, aquella casa le parecía llena de encanto y de rincones misteriosos. En la planta baja estaba la cocina, que hacía las veces de sala y comedor con una gran mesa de madera donde comían todos, abuelos, padres, tías, su hermano, unos años más pequeño, y X. En un rincón estaba la lareira, casi siempre encendida, un pequeño cuarto trastero y, al fondo de la sala, una puerta que daba a un gran huerto con manzanos, perales, ciruelos y otros árboles cuyo nombre desconocía y nunca preguntó. También había un pozo del que su madre, su abuela y una de sus tías sacaban el agua y llenaban las sellas que después llevaban a la cocina sobre la cabeza, con un equilibrio que él admiraba. En la planta alta, a la que se accedía por unas escaleras, estaban las habitaciones y un pequeño cuarto de baño. Había un pasillo con suelo de madera a lo largo de toda la planta y en medio de él una trampilla en el suelo que daba al cortello, a la cuadra, que estaba debajo. En muchas casas de la aldea había un establo con un par de vacas y algún buey. Leche, trabajo, calor. Un par de vacas eran un auténtico tesoro. X no recuerda cuántas tenían sus abuelos y sus tías, pero de lo que sí se acuerda es que aprendió a ordeñarlas y siempre que podía, se acercaba con alguno de sus abuelos al establo. Al principio le daba miedo el tamaño de los animales, sus mugidos y el movimiento continuo de los rabos espantando a las moscas. El abuelo se sentaba en una pequeña banqueta y comenzaba a hablar despacio, dando pequeñas palmadas en el costado de la vaca y después de colocar el caldero de latón debajo del animal, comenzaba a acariciar las ubres y a apretar las tetillas de las que salía un chorro de leche caliente que, al golpear contra el recipiente, hacía un ruido característico, al principio metálico, cuando apenas había líquido, pero que después se amortiguaba a medida que iba llenándose.

Uno de los juegos favoritos de sus amigos del Barral era ir en busca de nidos. Casi todas las tardes, después de comer, iban a buscar a X a casa. En O Barral, como ya se comentó, apenas había seis o siete viviendas a lo largo de un camino de tierra, todas de piedra, algunas con dos plantas, como la de sus abuelos. Pero nunca entraban en las casas de los amigos, porque había una especie de pudor, de vergüenza en mostrar y ver la excesiva humildad de los hogares, la pobreza, salpicada de vez en cuando por algunas pinceladas de algo que podría llamarse abundancia o exceso: sucedía cuando alguna familia había emigrado y se había traído algún ahorro y compraba un pequeño tractor o una motocicleta o un frigorífico, como fue el caso de los padres de Tonecho. El hogar de los niños eran las leiras, las corredoiras, los bosques de pinos y de eucaliptos, las carballeiras. Y allí se entretenían andando por los estrechos senderos llenos de helechos, toxos y moreiras, jugando al escondite, recogiendo piñas que después llevaban a casa para encender la lareira y, sobre todo, buscando nidos. X nunca entendió demasiado bien el placer de buscar los nidos, subir a los árboles para cogerlos o, lo que era peor, cazar pájaros con los tirachinas. Nunca fue muy hábil con ellos, a pesar de que su padre le hizo algunos que eran la envidia de sus amigos. Aunque entrenaba mucho, tanto en Coruña como en el Barral, apenas era capaz de darle a un tronco grande. Así que lo de cazar pájaros era una quimera para X. Tampoco era demasiado hábil subiendo a los árboles, por lo que la mayor parte de las ocasiones se limitaba a mirar como sus amigos subían con agilidad y bajaban trayendo un nido en el que había dos o tres huevecillos. Como él era el niño de la ciudad, el señorito, como algunas veces le llamaban para reírse a su costa, no era capaz de distinguir si era un nido de jilguero, de mirlo o de cualquier otro pájaro, pero ellos sí lo sabían y disfrutaban y presumían diciéndoselo. Ellos podían presumir siempre porque eran más rápidos, más fuertes, más ágiles y conocían el nombre de los árboles, de las flores, de los arbustos, de los pájaros. X pensaba que de nada le servía leer y estudiar tanto en la escuela si después no era capaz de silbar imitando el sonido de un jilguero o de un mirlo, si no sabía distinguir un toxo de un helecho, si nunca ganaba en las carreras y, sobre todo, si no era capaz de subir a un carballo para bajar con un nido, todas esas cosas tan importantes para un niño y que fue aprendiendo poco a poco con ellos. Todas menos la fuerza para tirar las piedras más lejos, ganar un pulso o la habilidad para subir a los árboles.

Después de bajar el nido al suelo, contar los huevos y ver cuánto tiempo les faltaba para que saliera algún pájaro, casi siempre volvían a subirse para dejarlo en su sitio. Pero X recuerda una vez en la que, además de los huevos, había una pequeña cría que piaba desconsolada. Los muy bestias la cogían y la tiraban al aire para ver si volaba, pasándosela unos a otros, pero todavía no era capaz porque sólo tenía un ligero plumón, apenas visible y aunque movía sus alitas desesperada, no lograba volar. “Mira, X, se parece a ti cuando saltas un regato”, dijo uno de ellos, Tonecho, un chaval menudo, lleno de arañazos y de postillas en las piernas, fuerte, con pelo crespo y rubio y unos ojos azules casi transparentes. Era el más bajito de todos, pero también el más atrevido y travieso, el que siempre se inventaba los juegos y las aventuras más arriesgadas y el que más se metía con él, sobre todo cuando mostraba mi torpeza en alguna de las actividades que proponía. Cuando le tocó recogerla a X, no quería tirarla otra vez al aire y se la quedó unos segundos entre las manos. El calor y el piar del pajarillo, que se estremecía espantado, le angustió y quiso llevárselo, pero los demás niños lo rodearon y se lo quitaron. X se enfadó y salió corriendo hacia su casa, con lágrimas de rabia y de pena en los ojos, porque no entendía esa crueldad, no veía la diversión por ninguna parte. Aunque lo llamaron a voces, no regresó porque, a pesar de todo, tenía su orgullo y no quería que le vieran llorar. Sus padres le preguntaron qué le pasaba, pero X, entre avergonzado y rabioso, sólo pudo balbucear alguna mentira y se encerró en el cuarto. Se prometió no volver a jugar con ellos, que no respetaban a seres indefensos y disfrutaban haciéndoles sufrir. Todo lo contrario de lo que hacía con sus amigos en la ciudad, que se limitaban a jugar al fútbol en los descampados que había frente a su casa, a las canicas o a las chapas, a indios y vaqueros, a cambiar cromos y tebeos… Alguna que otra vez cogían una lagartija y le cortaban la cola, porque sabían, porque se lo había explicado una vez la maestra, que al poco tiempo le crecía una nueva. Pero su crueldad no pasaba de ahí.

Al día siguiente del enfado se fueron a Coruña porque sus padres querían hacer unas compras, sobre todo ropa, y arreglar algunos papeles, como decía el padre y dos o tres días después regresaron al Barral. El mismo día que llegó, J.R., que según los abuelos había ido a preguntar continuamente por él, entró en casa mientras X estaba merendando un poco de pan con chocolate y le dijo que el pájaro ya volaba y que ellos lo dejaban tranquilo y no intentaban ni siquiera cazarlo. Aunque X seguía enfadado con su primo y con todos los demás, salió y fueron los dos a reunirse con el resto de los chavales, que le acogieron como si nada hubiera sucedido. Se dirigieron al árbol del nido y después de unos minutos pudo ver a varios pajarillos, tres o cuatro, que revoloteaban, todavía con cierta torpeza, entre los árboles. Uno de ellos era al que habían maltratado y hecho sufrir con sus juegos, pero no pudo distinguirlo de los demás. A partir de ese momento, iban a verlos todas las tardes hasta que finalizó el verano y todos se despidieron entre empujones, carreras y abrazos. Las visitas a Arteixo, al Barral, se fueron espaciando cada vez más hasta que los abuelos vendieron la casa y se fueron a vivir definitivamente a Coruña. Aunque seguían yendo a ver a los tíos y a los primos, eran visitas de un día, iban a las playas de Arteixo, a Valcobo, a Barrañán, al Rañal, compraban las empanadas de Rozas, paseaban por el campo, recogían moras y flores que su madre colocaba después en un jarrón. Pero ya nunca fue lo mismo porque perdió el contacto con la pandilla y, sobre todo, con José Ramón, que era mayor que él y con el tenía más confianza, pero que empezó salir desde muy joven con una chica, se volvió demasiado serio y decía, cuando comía alguna vez con la familia, que X todavía era un crío y que él ya no quería hacer tonterías Nunca volvió a ver a Tonecho ni a Míguez, otro de los chavales de la pandilla, porque se fueron a vivir a otros pueblos. X no recuerda el nombre ni cómo eran los demás. O Barral fue cambiando, los caminos de tierra se convirtieron en calles asfaltadas y las casas de piedra fueron desapareciendo para ser sustituidas por feas casas de cemento, ladrillo y azulejos. Al mismo tiempo que se alejaba la niñez, también fue desapareciendo la belleza y la inocencia de un lugar que ya sólo se conserva en la memoria. Hace un par de años X regresó para comprobar cómo era ese lugar de su infancia y apenas pudo reconocerlo. Se arrepintió de haber querido recuperar un pedazo de su niñez.

El recuerdo del pájaro nunca le abandonó, sobre todo el calorcillo y el temblor espantado del animal, el obligado vuelo de mano en mano, el temor a que se cayera y se estrellara contra el suelo, el inútil sufrimiento, la absurda diversión. Y volvió con fuerza unos años más tarde, cuando estaba en el Instituto estudiando cuarto de bachillerato elemental… creo que eso ya se dijo al principio. El profesor de lengua propuso participar en un concurso de redacción que había organizado una conocida marca de refrescos con el título “Un viaje espacial”. El profesor seleccionaría dos trabajos por clase y los enviaría al concurso. En aquellos meses casi no se hablaba de otra cosa. La Nasa llevaba varios años preparando la llegada del hombre a la Luna, en una carrera que quería ganar a toda costa a los rusos. Raro el día que en televisión no saliera una noticia sobre los preparativos del viaje, sobre el peligro que podrían correr los astronautas, las grandes dificultades técnicas, las opiniones de los expertos, los grandes avances que beneficiarían a la humanidad, el prometedor futuro que se abría ante los hombres, la conquista del espacio. Para un adolescente como X, lleno de sueños y ávido lector de libros de ciencia ficción, el viaje a la luna le parecía una aventura fascinante, un sueño en el que le gustaría participar de algún modo. El concurso de redacción era una oportunidad de desplegar sus conocimientos sobre el tema, los que había ido adquiriendo con la lectura de los libros de Julio Verne, de Isaac Asimov, de Ray Brabury, de H.G. Wells. También había ido a ver la película 2001, una odisea en el espacio, pero no la había entendido demasiado bien, le había parecido muy lenta y no comprendió cuál era el significado del final, así que sólo la utilizaría para describir algo de la nave y de los trajes de los astronautas.

C y B, los odiados empollones, los más listos de la clase, los que siempre ganaban todos los concursos de matemáticas, de redacción, de ciencias o de cualquier tema que se plantease, se iban a enterar. El profesor de lengua, un hombrecillo calvo, con gafitas metálicas, bajo y delgado, vestido con una chaqueta que le quedaba grande, una corbata que le molestaba pues se metía el dedo índice entre el cuello y la camisa y subido siempre a la tarima desde la que se dirigía a los alumnos con voz engolada, sabía de antemano quiénes serían los finalistas, pero esta vez X les daría una sorpresa. Él estaba totalmente seguro de que ninguno de los dos le superaba en conocimientos astronómicos. Conocía los últimos avances de la ciencia espacial, dominaba, porque lo había leído muchas veces, el libro de Verne, De la Tierra a la Luna. Y también Crónicas marcianas, de Bradbury, que había comentado hacía poco con su compañero Casanova. Lo único que le hacía dudar era que las últimas redacciones que había escrito no habían merecido más que un aprobado raspado, con comentarios más bien hirientes por parte del profesor, como “escaso vocabulario”, “estructura simple y demasiado tradicional”, “pésimas descripciones” o, y éste fue el que más le dolió, “carente de imaginación”. Daban ganas de dedicarse a destripar terrones, frase que de manera despectiva muchos profesores dedicaban a aquellos pobres estudiantes que apenas eran capaces de aprobar más que Religión, Gimnasia o Formación del Espíritu Nacional, las tres Marías.

La misma tarde del día en que se planteó el reto de la redacción, X se puso a la tarea. Tenía un par de semanas por delante, pero él quería esmerarse, encontrar el argumento adecuado, los personajes, el vocabulario. No quería que le pasara como siempre, así que rebuscó entre los libros de su pequeña biblioteca y puso encima de su mesa de estudio a Asimov, Verne, y H.G. Wells. Hojeó los libros que casi conocía de memoria y escribió algunas de las frases que más le gustaban en una hoja en blanco, para después aprovecharlas y, cambiando algunas cosas, escribirlas en la redacción. Su primer borrador era muy simple: un par de astronautas son lanzados en un cohete camino a Marte. La Nasa ya había realizado otros viajes anteriores y había dejado mucho material en el planeta rojo. El reto era encontrar vestigios de vida y comenzar una colonización que ya se había iniciado con éxito en la Luna.

En los días siguientes escribió varias páginas, pero no le terminaba de convencer ni el argumento ni las descripciones. Y el vocabulario seguía pareciéndole muy pobre y simple. Intentó meter con calzador algunas de las frases de los libros que tenía encima de la mesa, sobre todo el comienzo de “La guerra de los mundos”, de Wells:

En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él; que mientras los hombres se ocupaban de sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua.

La redacción de X quería, al contrario que el libro de Wells, mostrar que la humanidad colonizaría Marte, pero de una manera pacífica, sin aniquilar a los posibles seres vivos que poblaran el planeta. Era una idea razonablemente buena, pero no terminaba de gustarle. Y así pasó una semana, sin encontrar un buen tema. Cuando ya estaba a punto de tirar la toalla recordó que su tío A le había regalado hacía unos años un libro que le había gustado mucho y que también hablaba de planetas y de viajes siderales: El Principito. X buscó el libro y lo encontró casi escondido entre el Quijote y algunos Episodios Nacionales. Comenzó a hojearlo y a recordar la extraña sensación que siempre le producía su lectura, sus raros personajes, las frases, a veces tan complejas para ser dichas por un niño y, sobre todo, la tristeza que siempre le producía leer el final.

Sin saber bien por qué, X relacionó El Principito con la experiencia de su infancia en Barral, el cruel juego de su pandilla con el pobre pajarillo que no sabía volar, el calor y el temblor del pájaro, la angustia que seguramente sentiría.

Y entonces se le ocurrió el argumento, casi sin pensar, de manera espontánea: dos astronautas realizan experimentos en una nave que vuela alrededor de la Tierra para comprobar el efecto de la falta de gravedad en animales y plantas (había visto en la televisión un reportaje sobre eso, aunque no recordaba si se habían producido resultados). Uno de los experimentos se hacía con varios huevos de pato, para comprobar cómo les afectaba, y si, al llegar a la Tierra, los patitos serían capaces de volar. Poco a poco la redacción comenzó a tomar forma y el final, al contrario que en El Principito, fue un final feliz. Lo más complicado fue encontrar la frase que diera comienzo al texto, que impactara, que interesara al profesor de lengua, porque era él el que tenía que seleccionar a los finalistas. Daba por descontado que C y B serían sus grandes rivales, que se inventarían historias deslumbrantes y conmovedoras. Así que él tendría que competir con otras armas, con la originalidad que siempre le había faltado, con la sorpresa. Le dio muchas vueltas hasta que creyó hallar las palabras adecuadas:

Cuando el patito fue capaz de romper el cascarón que llevaba intentando abrir desde hacía un buen rato, lo primero que vio fue una cabeza muy grande, un par de ojos que le miraban con curiosidad y una mano que se acercaba para ayudarlo a salir. Su instinto le susurró que aquella debería ser su madre y desde el primer momento sintió un gran amor hacia ella.

A partir de ese momento, la historia se desarrollaba en el interior de la nave. Después de conocer a su madre se dio cuenta de que al fondo había otro ser vivo parecido, lo que le hizo suponer que aquel sería su padre. Y se sintió feliz y protegido. El patito flotaba en el reducido espacio, mirando todos los instrumentos y los aparatos con gran curiosidad, las luces que parpadeaban, los tubos, la mesa grane con mandos. Al poco tiempo de nacer el primer patito, otros tres comenzaron a romper sus cascarones y los cuatro comenzaron a jugar a esconderse, a chocar lentamente en el aire, a volar sin mover sus alitas flotando de un lado para otro sin ton ni son. Mientras tanto, sus padres, los dos astronautas que habían sido enviados para realizar experimentos durante varios meses dando vueltas alrededor de la Tierra en la nave espacial más grande construida hasta entonces, jugaban de vez en cuando con ellos, acariciándolos, dándoles de comer y beber en unos pequeños recipientes en los que tenían que meter sus picos para hacerlo y dejándoles mirar por una de las ventanillas laterales que daban al exterior, por la que se veían pequeñas lucecitas y una especie de globo muy grande y azul, alrededor del cual daban vueltas continuamente. También veían otro globo más pequeño, blanco y brillante y, más lejos, una pequeña bola de fuego. Pasaron varias semanas y se convirtieron en cuatro patos grandes que pasaban la mayor parte del tiempo dentro de una jaula para evitar que llenaran el interior de la nave con sus excrementos y que les molestaran con sus continuas ganas de jugar.

Un día vieron, con gran asombro, que sus padres se colocaban unos trajes muy raros y que se sentaban en los dos sillones que había frente al cristal. A las pocas horas comenzaron a notar una sensación muy extraña, una opresión en el cuerpo, un peso que los aplastaba contra el suelo. También notaron un calor muy fuerte y unos movimientos y ruidos que los atemorizaron durante muchos minutos. De pronto, un golpe brusco y todo, el tiempo incluido, pareció detenerse. Los patos se miraron asustados, sin saber lo que pasaba y poco después se abrió una puerta que ellos no habían visto y aparecieron otros seres que se parecían mucho a sus padres. Al cabo de unos momentos todos, sus padres y los patos, fueron sacados de la nave e introducidos en una especie de caja grande que se mecía sobre una superficie azul que se movía de una manera muy curiosa.

Pero lo que más le llamaba la atención era esa sensación que les oprimía todo el cuerpo, impidiendo que se movieran con la libertad que tenían cuando estaban en la nave. Poco a poco fueron aprendiendo que aquello era el peso de la gravedad y que tendrían que acostumbrarse a él, pues los acompañaría toda su vida.

El final de la redacción, que sólo podía tener cuatro páginas como máximo, consistía en que dejaron de ver a sus padres y que al cabo de unos días ya los habían olvidado, que fueron observados por multitud de personas con batas blancas y, sobre todo, que aprendieron a volar. La frase final, aquella que los lectores, sobre todo el profesor de lengua, no podrían olvidar fue:

La sensación de flotar sobre los campos, sobre los ríos, entre las nubes, moviendo con fuerza sus alas y dirigiéndose hacia tierras lejanas y extrañas, era mucho más placentera que cualquier viaje espacial del hombre, algo que este nunca podría llegar a sentir.

X entregó la redacción el mismo día que terminaba el plazo y esperó con ansiedad los resultados. Y llegó el anhelado momento en que el profesor, subiéndose a la tarima, dejó su cartera encima de la mesa, sacó un sobre en el que, seguramente, estarían las obras seleccionadas y miró sonriente a la clase. Esperó unos segundos que a X le parecieron interminables. Le gustaba crear expectación, como el consumado director teatral que era, pues también dirigía las obras de teatro que anualmente se representaban a final de curso en el salón de actos del Instituto.

—Aunque no todos habéis participado en el concurso de redacción, porque era una actividad voluntaria —comenzó diciendo—, el número de trabajos presentados ha sido muy grande, se nota que el tema y el premio, todo hay que decirlo, os han motivado.

Volvió a hacer una pausa y después continuó:

—He de reconocer que la elección ha sido difícil, pues hay varias redacciones muy buenas. Y me he llevado alguna sorpresa muy agradable.

En ese momento, X sabía que se estaba refiriendo a él, estaba convencido. Después de otros segundos de silencio, el profesor siguió:

—He estado dudando hasta el último momento entre varios trabajos que sobresalen sobre el resto. Pero, al final, me he decidido por el de dos compañeros vuestros que nunca me han decepcionado y siempre han demostrado la gran calidad de sus textos. C y B, me gustaría que vinierais aquí y leyerais las redacciones a vuestros compañeros.

X no se lo podía creer. Sabía que se había cometido una enorme injusticia. Sintió una rabia enorme y un sabor agridulce le llenó la boca. Parecía como si le faltara el aire, los oídos comenzaron a zumbarle y las lágrimas asomaron a sus ojos. No quería que los demás se dieran cuenta y bajó la vista. Vio por el rabillo del ojo cómo sus compañeros se dirigían hacia la mesa del profesor y uno de ellos comenzó a leer, con voz lenta, pausada, una historia maravillosa sobre el heroísmo de un grupo de personas que habían decidido dar su vida para enfrentarse a unos invasores extraterrestres que los citaban en la Luna. Si los humanos ganaban, los invasores tendrían que irse; en caso contrario, la humanidad sería aniquilada. Al final, ganaron los hombres y la Tierra se salvó. Había que reconocerlo, era una historia preciosa, de entrega, de valentía, de generosidad, de héroes y villanos, de tensión e intriga. La otra historia hablaba de saltos en el tiempo, de viajes interestelares, de descubrimiento de nuevos planetas… Otra preciosa historia, como las que le gustaban a él. Las dos, había que reconocerlo, eran mejores que la suya.

Después de escuchar a sus compañeros notó un cierto alivio. La elección había sido justa, no podía negarlo. Tendría que seguir leyendo más, escribiendo más, esforzándose más, aunque sabía que nunca sería capaz de llegar a la altura de esos dos talentos. Pero entonces volvió a escuchar la voz del profesor:

—No quiero terminar la clase sin mencionar otro excelente trabajo que me ha sorprendido mucho, sobre todo porque no me lo esperaba. Es el de vuestro compañero X, que ha demostrado una gran originalidad, saliéndose de los argumentos habituales y utilizando la imaginación como pocas veces había visto en esta clase. Es una pena que haya tenido pequeños fallos gramaticales y léxicos, así como un incorrecto uso de determinadas formas verbales. Pero eso se puede pulir con esfuerzo y con trabajo. Enhorabuena. ¿Te importa leer la redacción a tus compañeros?

Pocas veces había sentido X tanta alegría, tanto orgullo. Había pasado en un momento de la rabia y la desesperación a la euforia. Notaba su rostro rojo como un tomate y comenzó a andar hacia sus dos compañeros que, como toda la clase, prorrumpían en un largo y sonoro aplauso. Ese fue uno de los momentos más memorables de su vida, uno de los que jamás olvidaría.

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