Con la suerte en los tacones

Imagen relacionada

Cuando terminó de ver el último capítulo de la última temporada de la serie que le había tenido pegado al sillón en los cinco últimos años, el vacío se apoderó de X. Aquel jueves por la noche, una hora antes de que la melodía de violín, piano y guitarra española que tan bien conocía sonara en los cascos conectados al sistema de cine en casa que se había regalado las pasadas navidades, mientras las letras rojas y blancas del título y de los protagonistas bailaban en la pantalla, se había preparado un menú acorde con la ocasión: una lata de sardinillas gallegas en aceite de oliva, un tomate rajado con sal, un par de rodajas de lomo, unas cuñas de queso curado de oveja, un poco de pan y una botella de buen vino de Navarra enfriada en la vinoteca ubicada al lado del televisor. Nunca cenaba tanto, apenas un yogur o un vaso de leche y un poco de embutido, pero hoy era un día especial, el fin de una era, de una época fundamental en su vida. Ya nada volvería a ser lo mismo y quizás ya nada tendría sentido a partir de ahora.

Había temido ese momento, sabía que iba a llegar y se había estado preparando durante los últimos meses. Los jueves por la noche nada le había impedido asistir a un derroche de imaginación, misterio, tensión, terror e ironía como nunca había creído que una serie podría alcanzar. Pero todo tiene un principio y un fin. La eternidad sólo existe en la mente de algunos filósofos y en las creencias religiosas. Y él no era ni filósofo ni creyente, así que siempre había sabido que el final iba a llegar.

El capítulo transcurrió por los derroteros que se había imaginado. Algunos de los personajes secundarios a los que le había tomado cariño fueron desapareciendo, muriendo a manos del ser maligno que lo había aterrorizado desde la segunda temporada. El cerco se iba cerrando cada vez más. Parecía imposible encontrar una salida a tanta desgracia y con tantos problemas que se habían ido acumulando. El clímax y el frenesí se alcanzaron en los últimos minutos. El Bien y el Mal frente a frente, por fin, como tiene que ser. En el fondo sabía que los buenos casi siempre ganan, pero ese punto de incertidumbre que rodea a todo lo que es ficción le hacía dudar. ¿Y si al final los guionistas decidían que los dos protagonistas, Él y Ella, cayeran al Abismo en medio de una vorágine de dolor, odio y sufrimiento? ¿Y si resultaba que todo había sido un sueño del Doctor? ¿Y si la Tierra Prometida no existía y la lucha y el esfuerzo de tantos años no servían para nada? No quería imaginárselo, pero más de una vez había sufrido decepciones con otras series y un punto de duda siempre le atormentaba. Pero no, al final todo ocurrió como tenía que suceder y la mezcla de alivio por un final tan brillante, y de congoja por no poder esperar una nueva temporada, se mezclaron. Dejó que la conocida melodía se fuera apagando poco a poco mientras los títulos de crédito iban pasando lentamente por la pantalla de abajo arriba, hasta que un fundido en negro y la música chillona de un anuncio lo sacó de su ensimismamiento y lo trajo a la realidad de su vacío interior.

Apagó el televisor, encendió la luz de la lámpara de la mesita situada al lado del sillón y miró a su alrededor, ligeramente aturdido y con las últimas imágenes de la pantalla en su cabeza. Vio las paredes llenas de reproducciones de cuadros y de fotos, de estanterías con libros, el equipo de música, el espejo, la mesa del comedor. No tenía ganas de acostarse, pero tampoco quería leer ni escuchar música, así que llevó los restos de la cena a la cocina y decidió dar un paseo. En el mes de julio las madrugadas de la pequeña ciudad castellana son frescas e invitan a deambular por calles tenuemente iluminadas, tranquilas y solitarias, sin ruido de coches, con apenas algún transeúnte que fuma tranquilamente un cigarro o pasea a su perro. Le gustaban los sonidos amortiguados de la noche, los ladridos lejanos, las conversaciones a media voz o, mejor, el silencio a secas, ese silencio que sólo se puede percibir en la oscuridad de la meseta castellana o en los pequeños y escondidos valles de su Galicia natal.

Cuando salió a la calle pasaban unos minutos de las dos de la mañana. Cuatro o cinco personas andaban como sonámbulas por las aceras, perdidas en sus pensamientos. Estaba convencido de que a todas ellas les pasaba lo mismo que a él, necesitaban poner en orden sus ideas, digerir lo que habían visto y sentido en las últimas horas. La serie había sido un auténtico fenómeno social del que todo el mundo hablaba y que servía para llenar páginas enteras de los periódicos y horas en la televisión. Sus compañeros de trabajo también estaban enganchados y seguramente mañana se dedicarían a comentar el final, que no por previsible, dejaba de ser original.

Cruzó a la otra acera por un paso de peatones y comprobó que delante de él una mujer joven, algo más joven que él, con un vestido de color verde claro con flores amarillas, estaba hablando por su móvil y paseaba llevando su misma dirección. Se fue detrás de ella casi sin darse cuenta, siguiendo unos tacones blancos que le llamaron la atención y que sonaban apagados en la noche. Tenía una bonita figura, no muy alta y una melena morena que le llegaba a los hombros. No podía verle la cara, aunque se la imaginó guapa y quiso acompasar su paso y seguirla, sin saber bien por qué. Ella seguía hablando, pero en voz tan baja que no podía saber de qué iba la conversación. Se dio cuenta de que se estaba acercando demasiado, así que se detuvo un momento y dejó que se alejase, no quería dar una impresión equivocada.

Después de unos segundos, en los que aprovechó para encender un cigarrillo y mirar la hora en su reloj, siguió de lejos a la muchacha. Como la avenida era larga, volvió a cambiar de acera y la siguió sin perderla de vista. No dejaba de hablar por el móvil, riéndose de vez en cuando. Volvió a fijarse en los tacones blancos, altísimos. Siempre le había parecido un misterio y le había fascinado la capacidad y la habilidad de las mujeres para mantener el equilibrio elevadas sobre sus talones con unas piezas delgadas como agujas. Y aquellos tacones eran unas agujas finísimas. Una caída desde esa altura podía ser un grave problema.

Ella cambió de acera, después de mirar a un lado y a otro de la avenida y fijarse durante un instante en el único ser que en ese momento estaba a la vista, él. No debió sentir ningún temor pues cuando terminó de cruzar con un paso que a él le pareció más lento que el que llevaba con anterioridad, quedaron casi a la misma altura. Era realmente bonita, sí y con una voz muy agradable, que sonaba clara y risueña en el silencio de la noche. Como se había imaginado, estaba hablando con una amiga sobre los detalles de la serie, aunque también comentaba algo sobre una compañera de piso a la que no le gustaba y que le parecía cosa de niños. Él seguía pendiente de su paso, de sus tacones, de las piernas, del movimiento de sus caderas, de sus tacones blancos… En ese momento el tacón izquierdo se introdujo en un pequeño agujero de la acera y la muchacha torció el tobillo, balanceándose peligrosamente y emitiendo un pequeño grito, mezcla de dolor y susto. Antes de que cayera al suelo, él se precipitó a recogerla en sus brazos. No calculó bien el gesto y los dos rodaron por la acera. Durante un momento, que a él le parecieron horas, sus rostros permanecieron pegados. Él se levantó primero, con un rápido y ágil movimiento y la ayudó a levantarse. A ella le costó un poco más, pues el tacón se había roto y desprendido por la parte que se unía al talón, y el tobillo le dolía un poco, según le comentó cuando se pudo poner en pie.

Después de agradecerle la ayuda y dedicarle una sonrisa que le iluminó la cara, dirigió su mirada al suelo y dijo que había perdido su móvil en la caída. Los dos lo buscaron y a los pocos segundos él lo vio al lado de uno de los árboles que estaban plantados en la acera. Cuando se agachó a recogerlo comprobó que la pantalla se había roto y que estaba inutilizado. Se lo entregó y ella, de forma casi inaudible, aunque pudo entenderla perfectamente, masculló una frase poco elegante, una imprecación que a él le sorprendió. Inmediatamente se dio cuenta de lo que había dicho y se disculpó diciendo que el móvil era un regalo que le había hecho hacía poco su padre y no recordaba si estaba asegurado. Él le quitó importancia, era lógico que se enfadara pues era un buen móvil. También recogió y le entregó el tacón roto y el zapato que, al igual que el móvil, estaba totalmente inservible. Ella se quitó el otro zapato, se despidió de él dándole la mano, una mano suave pero que apretaba con firmeza y comenzó a andar descalza. Pero al segundo paso tuvo que detenerse, pues el tobillo le dolía al apoyar el pie en el suelo. Él acudió nuevamente, la sujetó por el codo y le dijo que si quería llamar a un taxi, pero ella se negó, ya que su casa estaba bastante cerca.

Él dudó apenas un segundo. No es que fuera demasiado tímido, pero con las mujeres siempre le pasaba lo mismo, le costaba entender sus reacciones y le daba una mezcla de miedo y vergüenza relacionarse con aquellas que no conocía. Sin embargo, esta vez presintió que se habían dado unas circunstancias extraordinarias, como si el destino hubiera puesto en su camino a aquella muchacha y los dados tirados al azar hubieran sacado su número. Así que se ofreció a acompañarla, si a ella no le importaba.

Había pasado poco más de media hora desde que había salido a pasear. La luna llena y las farolas iluminaban la avenida de manera que se podía vislumbrar cualquier detalle, sobre todo si estaba cerca, con total nitidez. Ella lo miró a los ojos, primero con seriedad y después con una sonrisa que se fue dibujando poco a poco en su bonito rostro y con naturalidad se cogió del brazo de él, le entregó el zapato y el tacón roto para que lo tirara en la primera papelera que viera y comenzaron a andar despacio. Al principio apenas hablaron, pero ella sacó la conversación sobre el final de la serie que había visto en casa de unos amigos, donde habían quedado para verla juntos. Ese fue el comienzo de todo.

Cuando llegaron a una esquina, él tiró el zapato roto en una papelera, pero se guardó el tacón en el bolsillo de su pantalón. Era su tacón de la suerte.

Navidad blanca, negra Navidad

Resultado de imagen de navidad en la cárcel

Pasar la Navidad en la cárcel no era mi primera opción, por supuesto. Aquellos que me conocéis sabéis que no soy malo, que no tengo mal corazón. Diréis que soy huraño, seco, poco sociable, antipático, pero nunca le he hecho, mejor dicho, nunca le había hecho daño a nadie. Sin embargo, a veces la vida te sorprende y te pone en situaciones ante las cuales no sabes cómo reaccionar y actúas de manera que nunca hubieras imaginado. Uno puede llegar al final de su vida sin saber realmente si es cobarde, valiente o violento porque no se han dado las circunstancias precisas.

¿Qué mejor época para entrar en la cárcel que la Navidad? Como ya sabéis, y si no lo sabéis os lo digo ahora, estoy en contra, me repele, tengo animadversión, a todo lo que rodea a una celebración que me parece de lo más hipócrita y excesiva. Las luces, la alegría fingida, los regalos obligatorios (sobre todo esa aberración del “amigo invisible”), las comidas en grupo, los villancicos, los belenes… Y qué decir de Papá Noel y de los Reyes Magos. Cuando los veo me entra como un sarpullido, un rechazo que no consigo evitar. Por eso, desde hace treinta años, la mitad de mi vida, cojo las vacaciones en estas fechas y me alejo lo más posible de una sociedad que parece vivir de espaldas a los problemas reales o que quiere aparcarlos durante unos días o aparentar felicidad. Al final es eso, la apariencia, el engaño. Por eso se envían fotos de lo bien que se pasa en las comidas, en los viajes, con la familia, con los amigos. Como yo no tengo familia ni amigos, me libro de toda esta hipocresía. Y no los tengo porque lo decidí en su momento, cuando la vida me dio un buen revolcón y tuve que tomar la decisión de alejarme lo más posible de los demás. No del todo, porque, al final, siempre se depende de un trabajo, de un médico, de un banco, de un técnico que arregle aquello que se estropea. Sí, amigos, queramos o no, vivimos en sociedad.

Así que me subo al avión y me voy a la Patagonia, al sur de África, a Turquía o a cualquier país donde no se celebre la navidad, por ejemplo, un país musulmán que no esté en guerra o en el que me puedan poner una bomba o secuestrarme, aunque cada vez quedan menos. Me desconecto de Internet y me adentro en selvas, desiertos, lugares inhóspitos y aislados. Es mi forma de protestar contra todo lo que nos han ido metiendo en la cabeza desde que somos niños. Hay que reír sin ganas, hablar sin tener nada que decir, alegrarse porque tenemos que estar alegres. Todo es falso, pero como estamos inmersos en un mundo en el que nada es lo que parece, la navidad es, precisamente, el paradigma de la hipocresía.

Hace diez años me tocó el gordo de la lotería de navidad. Y dio la casualidad de que fue en el único número del que llevaba dos décimos. Suelo jugar uno con los compañeros de trabajo. A veces compro también en la cafetería donde desayuno los domingos. Por seguir la tradición de la que fue mi familia y que ya no lo es por decisión propia, también compro un décimo en la Puerta del Sol. Ese es otro de los fastidios que tienen estas fechas, las costumbres de las que es muy difícil alejarse o desprenderse. Quiera o no quiera, a pesar de que soy una persona solitaria y alejada de todos los tics habituales, me resulta imposible evitar comprar lotería en navidad. Lo he intentado, pero debe ser tan difícil como dejar de fumar o de beber, porque no hay manera de que, llegado el momento, me niegue a comprar la lotería del trabajo o deje de ir a la Puerta del Sol a comprar el décimo.

Esa vez, recuerdo que era un sábado de diciembre por la mañana, pasé delante de una administración de loterías en Bravo Murillo. Yo vivía cerca, en un pequeño piso alquilado de la calle Lérida, una calle tranquila dentro de una de las zonas más populosas y populares de Madrid. El día era muy frío. Había amanecido la típica mañana madrileña de cielo azul intenso y ligero viento de la sierra de Guadarrama que cortaba la respiración y enrojecía la nariz, las orejas y las manos. Antes de salir del portal me abotoné bien el tabardo, me coloqué los guantes y me enrollé la bufanda alrededor del cuello. No podía permitirme coger un resfriado, pues los últimos días en la oficina eran realmente importantes, ya que se ultimaban muchos acuerdos y se cerraban los balances de todo el año. Reconozco que soy raro, pero también muy responsable en mi trabajo.

Como todos los fines de semana me dirigí a Cuatro Caminos por Bravo Murillo. Muchos comercios todavía estaban cerrados y había pocas personas y escasos coches por la calle. Compré el periódico en un kiosco sin entablar conversación con el kiosquero, que siempre lo intenta, pero al que nunca sigo la corriente, entré en la cafetería, pedí mi tradicional chocolate con churros de diciembre, cosa que no suelo hacer el resto del año, que me limito a desayunar café con leche y una tostada con aceite y, durante una hora me fui enterando de las noticias y comprobando que la cafetería y la calle se iban animando. El camarero me comentó que sólo quedaban dos décimos del número que se jugaba este año, que era muy bonito, que terminaba en 13 y que seguro tocaba. Lo miré muy serio y negué con la cabeza.

Terminé alrededor de las diez de la mañana y, remoloneando y mirando los escaparates de las tiendas que ya estaban abriendo, llegué a la altura de una administración de loterías. Nunca había entrado allí. En la puerta había un mendigo pidiendo limosna. En realidad, más que pedir, avanzaba con timidez, como avergonzándose, su mano derecha, que apenas sobresalía de una gastada chaqueta de cuadros. De manera excepcional, ya que no me gusta dar dinero por caridad, que para eso están los impuestos que le pago al Estado y al Ayuntamiento, que tienen muy buenos albergues y ayudas para estas personas, le di un par de euros que llevaba sueltos en el bolsillo del tabardo, la vuelta de lo que había desayunado en la cafetería. El mendigo, un anciano vestido con ropas humildes pero limpias, encorvado, enjuto y con una barba blanca que le llegaba a la mitad del pecho, tenía una gran dignidad en su figura y en su rostro, muy moreno, surcado de arrugas. Miró con extrañeza y asombro lo que yo le había dado y me dijo con un susurro “Muchas gracias, caballero. Va a tener suerte con el número que compre; si termina en 4, seguro que le toca”. Tenía pensado pasar de largo, pero estas palabras me extrañaron e intrigaron. Lo saludé con una pequeña inclinación de cabeza, entré y le pedí a la lotera que me diera un décimo del 78.294, que era uno de los que estaban colocados en la ventanilla.

Cuando salí, el mendigo volvió a darme las gracias y a desearme suerte. Pasaron los días, que siguieron siendo fríos y claros, con mucho trabajo en la oficina, situada en un edificio de Santa Engracia, al que puedo ir andando desde mi casa. Cuando llegó el día del sorteo, un martes, los compañeros de trabajo tenían puesta la radio con el sonsonete de los niños de San Ildefonso. Ese sonido también me molesta, los comentarios absurdos de los periodistas que retransmiten el sorteo, los lugares comunes, las entrevistas a los agraciados, las celebraciones con cava… Tener que aguantar eso todos los años y los sempiternos y alternativos comentarios de que lo importante es la salud, desgraciado en el juego, afortunado en amores, el dinero no da la felicidad y otras lindezas semejantes. Nunca se me ocurriría emitir frases tan simples. Me limito a quedarme sentado en mi mesa, a rellenar los formularios, escribir los informes y cuadrar los balances. Por eso puedo irme casi siempre a mi hora mientras que los demás no tienen más remedio que quedarse bastante más tiempo para terminar su trabajo.

Mientras estábamos haciendo un descanso para tomar el café de media mañana (en ese descanso es cuando únicamente comparto un poco de tiempo con mis compañeros), se oyó un grito al fondo de la sala “¡ha salido el gordo, ha salido el gordo!”. Todos salieron precipitadamente de la salita donde tenemos la máquina del café, menos yo, claro, que permanecí sentado. Al poco rato regresó una de las secretarias, que había dejado su café a medio terminar, diciendo que el primer premio había terminado en 4 y que, como siempre, no había tocado en el número que jugaba la empresa. Un poco más tarde llegó el jefe de seguridad, comentando que había tocado en una administración que estaba cerca, en Bravo Murillo. Reconozco que me dio un pequeño vuelco el corazón. Todavía no sabía cuál era el número agraciado, pero algo me decía que mis décimos, que tenía guardados en una pequeña caja de mi dormitorio, eran los premiados. Como es lógico, no mostré ningún nerviosismo, no dije nada ni participé en las charlas de mis compañeros de trabajo. Sin saber cómo, fui capaz de terminar los objetivos del día y a las tres en punto me despedí de todos, que se quedaron sentados para terminar lo que no habían hecho durante la jornada.

Sin apresurarme salí del edificio, pasé delante de las instalaciones del Canal de Isabel II, subí por Santa Engracia hasta llegar a Cuatro Caminos y me adentré en Bravo Murillo. A esas horas había mucha gente en bares y cafeterías, y a medida que me iba acercando a la administración de lotería pude comprobar que delante había una pequeña multitud y varias furgonetas de televisión. En la acera, delante del local donde había comprado los décimos, cuatro o cinco periodistas entrevistaban a algunas personas a las que le había tocado el gordo, la dueña había abierto una botella de cava y un gran cartel informaba de que el número 78.294, el gordo, había caído allí. Cambié de acera, giré por la calle de La Coruña hasta llegar a mi calle y subí despacio, saboreando el momento. Abrí la puerta, llegué hasta la habitación y levanté la tapa de la caja donde había guardado la lotería. Efectivamente, tenía dos décimos del Gordo. En mis manos, temblando, 600.000 euros. Me senté en el sillón de la sala, encendí la televisión y cerré los ojos mientras escuchaba de fondo las noticias y los reportajes sobre los premios de la lotería. Fueron unas horas que pasaron sin darme cuenta. Creo que me quedé dormido y cuando abrí los ojos ya era noche cerrada. Entonces fue cuando empecé a darme cuenta exacta de lo que me había ocurrido y reflexioné sobre lo que haría en los próximos días como entrevistarme con el director del banco para ingresar los décimos y estudiar cómo invertir el dinero, con el compromiso de que mantuviera el secreto, iniciar la búsqueda discreta de un pequeño apartamento en el barrio de Chamberí, imaginar los lugares que podría visitar en los próximos años, algunas compras… Lo más importante era continuar durante varios meses con mis rutinas, para evitar que nadie sospechara lo que me había ocurrido.

Lo primero que hice fue ordenar el equipaje del tradicional viaje de fin de año. Ya había comprado un viaje organizado a Nairobi, en Kenia, a una de las reservas nacionales de ese país, en el Parque Nacional Amboseli, desde el que pude contemplar el Kilimanjaro y hacer excursiones guiadas. Fue una semana realmente apasionante en la que observé especies de animales y plantas que sólo había visto en documentales de National Geographic. Tomé muchas notas y realicé cientos de fotografías que tengo organizadas en varios archivos en el ordenador. Como seguramente tendré mucho tiempo libre y estaré aislado muchas horas, espero que me dejen trabajar en mi celda. Lo malo es que la “circunstancia”, cual espada de Damocles, está siempre presente y no me dejará finalizar los proyectos que tengo en la cabeza.

Y así fue durante diez años, trabajando, planificando, viajando. Seguí yendo al trabajo puntualmente, sin cambiar ni un ápice mi forma de ser ni de comportarme con los demás, siempre solo, siempre callado y esquivo, sin permitir que nada ni nadie modificara mis costumbres. El único cambio, pero que a nadie le extrañó porque pocos se enteraron, fue que me apunté a un gimnasio cerca del piso al que asistía tres o cuatro veces por semana. Cinta, body combat, pesas y remo me permitían mantenerme en forma. Nunca más volví a comprar lotería en la administración donde me tocó, porque nunca más volví a ver al mendigo cuyo susurro me cambió la vida. Hoy estoy en la cárcel escribiendo estas hojas, con mucho dinero en el banco y orgulloso de lo que ha sucedido en ese tiempo, sobre todo de lo que ocurrió hace un par de días. Veamos.

A comienzos de este año fui nombrado presidente de la comunidad. Como ya comenté, cuando me tocó la lotería estuve viendo apartamentos en calles no muy alejadas de mi trabajo, máximo media hora andando. Después de varios meses recorriendo la zona, viendo pisos nuevos y usados, entrevistándome con muchos vendedores y leyendo anuncios en la prensa, me fijé en un edificio de cinco plantas, con sólo diez viviendas, que habían reformado y estaban a punto de entregar en la calle de Viriato, una calle más bulliciosa que la calle Lérida, pero no tan ruidosa como las grandes avenidas de Chamberí. En los carteles se anunciaba la venta pisos y apartamentos de 1, 2 y 3 dormitorios desde 200.000 euros con trastero y plaza de garaje, una ganga. Estábamos en plena crisis y había que aprovechar el momento. Me acerqué a la oficina de ventas, mostré interés por un apartamento de dos dormitorios en la última planta y después de una semana en la que negocié con el vendedor las condiciones, entregué una pequeña entrada, firmé el contrato de compraventa y me entregaron las llaves a finales de junio, precisamente el día que anunciaron la muerte de Michael Jackson, uno de mis cantantes preferidos. No era una buena señal, como pude comprobar años después. Empecé a ver y comprar muebles que fui instalando poco a poco, a dar de alta la luz y el gas, a comprar lámparas y cuadros… o sea, todo lo que hay que hacer cuando uno se compra un piso nuevo. Cuando llegaron las vacaciones de verano, sin comentar nada con mis compañeros de trabajo que nunca se enteraron de lo que me había pasado, cancelé el contrato de la calle Lérida y me instalé en mi nuevo apartamento. Es una vivienda muy luminosa, con un salón amplio, dos dormitorios, una pequeña cocina y una terraza en la que he instalado una mesita y una silla donde me siento en las noches de verano. Predominan los colores claros de los muebles y de las paredes. Yo no es que sea precisamente un cascabel o una persona optimista y alegre. Se podría pensar, dado mi carácter huraño y mi gusto por la soledad, que me irían mejor los colores oscuros y ocres, la música, los muebles y los cuadros clásicos; pero no, prefiero los muebles funcionales, la música de jazz y de rock y colores blancos o estridentes. Soy pura contradicción, lo reconozco. Me pongo nervioso en reuniones de pocas personas, en las que me pueden dirigir la palabra o mirarme abiertamente, pero me encuentro a gusto entre la multitud, en las aglomeraciones, porque ahí paso desapercibido, soy totalmente anónimo, nadie me ve y no tengo que aguantar conversaciones insulsas o miradas escrutadoras. Es la mejor manera de estar solo.

Fui uno de los primeros propietarios que se instaló en el edificio. Poco a poco fueron llegando los vecinos, una pareja madura, profesores seguramente a punto de jubilarse y una pareja de lesbianas ya talluditas que habían tenido un hijo por inseminación artificial (se llevaron un gran disgusto cuando supieron el sexo de su hijo) en el primero, un médico, soltero, separado o viudo, nunca lo supe, y su madre, una señora de unos ochenta años pero que se conservaba muy bien, que compraron dos viviendas en el segundo y cada uno vivía en la suya, y un matrimonio con dos hijos adolescentes en el cuarto. Hasta finales de año, las viviendas, dos por planta, se fueron ocupando con personajes muy diferentes: un actor poco conocido, que salía esporádicamente en series de televisión, y un agente comercial soltero que pasaba grandes temporadas fuera de Madrid, pero que siempre que se quedaba algún tiempo en el piso venía con una mujer diferentes. Las dos viviendas restantes eran de alquiler y por ellas fueron pasando inquilinos muy diversos, estudiantes, profesores, vendedores ambulantes, parejas jóvenes, abogados. No es que tuviera demasiado interés en saber sus nombres o sus profesiones, pero la madre del médico, que estaba siempre sola y salía a hacer la compra o daba pequeños paseos por el barrio con una amiga, hacía todo lo posible por encontrarse con los vecinos y trataba de enterarse de sus vidas. Por supuesto, a mí, en estos diez años me sacó poco más que mi nombre y dónde trabajaba. Pero siempre que me la encontraba en el portal o en el ascensor, me contaba pormenores de todos los que vivían en el bloque.

Soy alérgico a las reuniones de vecinos. No sé cómo a la gente le gusta, cómo hay personas que harían lo posible por presidir una comunidad durante toda su vida. En este caso no entiendo eso de la erótica del poder. En la calle Lérida, como inquilino, no asistí a ninguna reunión porque había pocas personas y ya comenté que no me gusta que me observen o me interpelen, pero es que, además, me importaba muy poco lo que se pudiera decidir en ellas. La propietaria de la vivienda sí asistía de vez en cuando y si me afectaba alguna cosa, como podía ser la subida de la cuota, me lo comunicaba por carta. Sin embargo, como propietario, decidí asistir a la primera reunión de la calle de Viriato, que se celebró en la oficina de ventas situada en el bajo y que todavía no se había convertido, como ocurrió unos años después, en una tienda de artículos deportivos. Esa reunión fue convocada por la Promotora y en ella, como suele ser habitual en estos casos, se constituyó la comunidad de propietarios, se decidió cómo se realizaría el nombramiento de presidente, se le autorizó a abrir una cuenta corriente, se acordó completar la provisión de fondos que tenía la Promotora, etc. Se llegó al acuerdo de que el nombramiento se realizaría por un año, comenzando por el 1º A y el resto se nombraría de manera correlativa hasta llegar al último piso, el 5º B, que era el mío. Yo tardaría diez años en ser presidente, lo que me supuso un gran alivio, porque en todo ese tiempo podría evitar reunirme con los vecinos. Ya me iría inventando excusas.

Desde esa primera reunión pude comprobar cómo transcurriría mi vida en el edificio. Los del primero, los profesores y las lesbianas, una morena y una rubia, como en la zarzuela, congeniaron nada más conocerse y se hicieron grandes amigos, llegando incluso a hacer viajes juntos. El médico y su madre también asistieron, ella, que seguramente lo hizo para estar al corriente de todo, presentarse y relacionarse con los vecinos, fue la que más habló y la que hizo más propuestas para “adecentar” la entrada del portal que, según su opinión, era excesivamente austera. Que si unas plantas, que si cuadros, que si espejos… Pero todos nos negamos en redondo, sobre todo el representante de la Promotora, ya que era todavía pronto para realizar gastos extraordinarios. Nos explicó con cifras que nos pasó en una hoja, los principales conceptos en los que se iba a gastar el dinero y presentó una propuesta de presupuestos, con los ingresos y gastos corrientes. El presidente realizó una serie de planteamientos razonables y demostró que tenía experiencia en dirigir reuniones, adquirida seguramente en los claustros de profesores. Como es lógico, yo hablé muy poco, y tampoco intervinieron el actor, el médico y el matrimonio. El agente comercial no asistió, seguramente porque estaba de viaje.

Finalizada la reunión, se propuso tomar una cerveza en un bar cercano, pero yo me excusé aduciendo que no me gustaba beber. Quería dejar clara desde un primer momento mi postura. Pasó el tiempo y la rutina volvió a adueñarse de mi vida. Trabajo, lectura, viajes, café y tostada los domingos, chocolate con churros en diciembre, poco contacto con los vecinos, conversaciones insulsas en el ascensor, hola, adiós, qué frío hace, dicen que mañana hará más calor que hoy. La madre del médico adoptó un perro para que le hiciera compañía, pero se murió a los pocos meses de una enfermedad del riñón y no volvió a querer más animales en su casa. El niño de la pareja de lesbianas se convirtió en un adolescente callado y estudioso, mientras que los adolescentes del cuarto empezaron a dar la lata con fiestas los fines de semana, cuando sus padres los pasaban en un pueblo de la sierra. Tuvimos que llamarles la atención un par de veces, pero no hicieron caso hasta que se llamó a la policía local. Hubo bronca en esa casa y parece que ahora todo está más tranquilo. Los del primero se hicieron prácticamente con el poder de las decisiones de la comunidad. Les gustaba el protagonismo, demostrar que eran personas preocupadas por el bienestar de los vecinos y en todas las reuniones, a las que casi nunca asistía, pero de las que me enteraba por las actas que introducían en los buzones, se aprobaban propuestas imaginativas sobre limpieza, decoración del portal, ahorro de energía, etc. Yo me limitaba a asistir cada dos o tres años a una de las asambleas, pero seguí sin participar en las discusiones ni aportar ideas.

Así fue transcurriendo el tiempo hasta que hace ahora un año, casi de forma simultánea, ocurrieron dos cosas que son las que provocaron mi reciente entrada en la cárcel. Primero, el ascensor y después, mi “circunstancia” personal. A los recalcitrantes vecinos del primero no se les ocurrió otra cosa que negarse a pagar la misma cantidad que el resto de los vecinos para el mantenimiento del ascensor, con el razonamiento de que ellos nunca lo usaban porque les gustaba hacer ejercicio. Profesores y lesbianas hicieron piña y propusieron calcular el gasto en función de la planta en la que viviera cada vecino, es decir, los de la quinta planta pagarían cinco veces más por ese concepto que los de la primera. Como yo no asistí a la reunión en la que se realizó esa propuesta, fue la madre del médico la que tuvo una excusa para subir a mi piso y durante diez minutos, en la puerta, ya que yo no la invité a que entrara y cotilleara allí dentro, me explicó lo que había pasado en la reunión. La verdad es que a mí me daba igual, pero como ya le había cogido una cierta animadversión a esos impertinentes vecinos, le di la razón y firmé la propuesta de reunión para la segunda quincena de febrero de este año, precisamente la primera asamblea vecinal que yo presidiría, donde se tomaría definitivamente la decisión sobre el ascensor.

Tres semanas antes de la reunión me dieron el resultado de lo que he denominado “la circunstancia”. No me detendré demasiado en ella, ya que una de las cosas que más me molestan es el drama, el morbo, la autoflagelación. Sólo diré que en la revisión médica anual que hacemos en la empresa, después de una serie de pruebas y análisis me detectaron una de esas enfermedades raras que desembocaría, de manera indefectible, en mi desaparición de este mundo a más tardar en tres o cuatro años. La verdad es que me lo tomé con bastante filosofía. Nunca me había detenido a pensar en la muerte, pero ahora que me la habían pronosticado con tanta crudeza, casi me hice su amigo. Hablaba con ella como si fuera mi compañera de piso, mi confidente. Cuando me miraba en el espejo contemplaba una expresión obstinada, decidida, dura, pero no de luchador contra el destino, sino la misma que podría tener la parca ante las súplicas de aquellos que no quieren abandonar la vida cuando les toca. Y entonces le hablaba, me hablaba como nunca lo había hecho antes, con una franqueza que me asustaba. Todas las mañanas y todas las noches me plantaba ante mi reflejo y comenzaba a preguntarle, a preguntarme sobre temas trascendentales o sobre trivialidades. Desde “¿Qué hay al otro lado, por qué eres tan injusta y voluble o por qué te cebas con los más débiles y oprimidos? hasta ¿quién mató a Kennedy o cuándo se acabará el mundo? Las respuestas eran siempre silenciosas porque desde el primer momento el espejo me dijo que las palabras eran inútiles, que estaban sobrevaloradas, que siempre se aprende más de un silencio que de una frase. Pero sí me advirtió de que tuviera cuidado con las cosas que ocurrirían antes de finalizar 2019.

Mi primera reunión como presidente fue un desastre. No había preparado nada, no me había leído la Ley de Propiedad Horizontal, que es, según parece, como la Constitución para los que viven en una comunidad de vecinos. Una vez leída el acta anterior, comenzó de inmediato la discusión sobre el ascensor. Los del primero se hicieron fuertes, leyeron artículos de esa Ley, aportaron documentos de otras comunidades, sentencias judiciales y amenazaron con llevar a los vecinos a juicio si no se aprobaba su propuesta. Se negarían a pagar las cuotas, pondrían carteles en las ventanas protestando contra la injusticia que se estaba llevando a cabo en nuestro edificio, dejarían de colaborar y dejarían de hablarnos (como si eso me importara). Fue una de las pocas veces que se discutió acaloradamente y que intervinieron todos. Se gritó, se llegó al insulto y se denegó, como era lógico, la propuesta. A partir de ese momento se enrarecieron las relaciones. Las cuatro últimas plantas hicimos piña y los del primero se enrocaron. Fue una época aciaga para mí porque los vecinos querían que yo, como presidente, tomara decisiones drásticas. Casi todos los días la madre del médico venía a hablar conmigo, se hacía la encontradiza en el ascensor o en el portal y sacaba a colación el tema de la denuncia en el juzgado. No se podía consentir que los del primero colgaran carteles en los balcones del tipo “En este edificio no hay libertad”, “Exigimos soluciones, ya” o “Los vecinos nos roban”. Que dos propietarios, una minoría, quisieran imponerse a una mayoría razonable como nosotros era inadmisible. Ninguna de sus amigas tenía ese problema y yo, que era el presidente, tenía que solucionarlo. Era lo que me faltaba. Un asocial como yo intentando mediar entre dos partes irreconciliables. ¿A qué me recordaba esta situación?

En los años anteriores nunca se había estropeado el ascensor, pero, qué casualidad, a lo largo de 2019 se ha averiado siete u ocho veces: que si exceso de peso y se bloquea, que aparecen los botones hundidos o quemados, que una puerta cierra mal. A la tercera o cuarta vez, la empresa de mantenimiento canceló el contrato y tuvimos que contratar con otra empresa, pero volvió a ocurrir lo mismo. Todos sabíamos que era un sabotaje, pero fue imposible demostrarlo. Así que llegó la última reunión del año, hace cuatro días. Los ánimos estaban bastante exaltados entre los afectados, sobre todo teniendo en cuenta las sonrisas maliciosas y los comentarios irónicos de los del primero.

Hacía varios meses que estaba tomando una medicación bastante fuerte, con unos efectos secundarios evidentes, como cambios de humor, accesos de violencia, somnolencia o falta de apetito, entre otros síntomas. Mis compañeros de trabajo notaron los cambios, pero como yo no compartía mis problemas con nadie actuaban como si no ocurriera nada. En el edificio, la única que se dio cuenta de que algo me pasaba fue la madre del médico. Un día me preguntó qué me ocurría, pero yo le respondí de una manera tan abrupta que nunca más volvió a intentarlo. Y llegó el día de la reunión, la última de mi mandato, que voy a contar sin demasiados pormenores, porque mi abogada me aconseja que procure evitar los detalles incriminatorios. De todas formas, como ya me da igual todo, sí explicaré los hechos tal y como ocurrieron.

La reunión comenzó a las ocho y media de la noche, en el portal. La madre del médico, de la que me parece que todavía no he dicho su nombre, Herminia, se había encargado de adornarlo un poco, como hacía todos los años, con un árbol de navidad en una esquina y un pequeño belén en otra, acompañado de unos detalles consistentes en estrellas, guirnaldas y luces led en las plantas, cuadros y espejos que habían ido decorando a lo largo de los años la entrada. Aquello parecía un escaparate de El Corte Inglés, pero todo el mundo, como siempre, la felicitó efusivamente. Todos menos yo, como es lógico conociendo mi aversión a esta y a otras festividades.

Fui uno de los primeros en bajar y poco a poco fueron llegando los demás vecinos, que se saludaban cordialmente y hablaban en voz baja sobre la forma de intentar solucionar las desavenencias y los problemas que últimamente se estaban produciendo. Aunque nadie lo había dicho abiertamente, yo notaba que, de alguna manera, me culpaban por no haber sabido encauzar bien la situación. Ni caso. Los últimos en llegar, como me imaginaba, fueron los díscolos propietarios de la primera planta. Saludaron de forma seria y di comienzo a la reunión. Después de la lectura del acta de la sesión anterior, expuse, de manera sucinta, los problemas de convivencia que habían surgido a raíz de la propuesta de los vecinos del primero, las sospechosas averías del ascensor, las provocadoras pancartas que acusaban injustificadamente de falta de libertad o de acoso, e intenté ofrecer una solución intermedia, incrementando ligeramente la cuota de los vecinos del segundo al quinto y disminuyendo proporcionalmente las del primero. En otra época yo hubiera preferido soluciones más drásticas, como denunciar a los rebeldes, pero todo me daba igual. O eso creía.

Cuando terminé de hablar comenzaron las protestas y los gritos. Nadie estaba de acuerdo. Unos me llamaban traidor, desleal y cobarde y otros, pusilánime y términos mucho más ofensivos que no reproduciré. Los del primero apenas intervinieron, pero en sus rostros advertí una sonrisa de desprecio y de triunfo que me hirió mucho más que los insultos. Si hay algo que no puedo soportar es la prepotencia, la chulería, el desprecio. En mi interior fue creciendo una ira y una rabia que me ahogaban. En un primer momento intenté poner orden, pero nadie me hacía caso. Los afectados por la propuesta de subida amenazaban a los otros, que apenas se inmutaban y permanecían impertérritos y sonrientes.

Entonces algo en mi interior estalló como la erupción de un volcán y aprovechando que todos estaban exaltados e inmersos en la discusión, sin hacerme demasiado caso, me planté delante del profesor, que ya estaba jubilado, aunque no era demasiado mayor, le di un enorme puñetazo en el rostro y a continuación le golpeé en la cabeza con una de las macetas que estaban a su lado. Actué de una manera controlada y calculada, como me decía el profesor de body combat y seguí sacudiendo al indefenso profesor que yacía inconsciente y sangrando abundantemente. En un primer momento ninguno pudo ni supo oponerse a lo que yo estaba haciendo pues nadie esperaba una reacción tan violenta. Pero al cabo de unos segundos todos se abalanzaron sobre mí y me sujetaron, a pesar de que yo me resistí y comencé a golpear a diestro y siniestro, pero sin emitir ningún sonido. Los únicos que gritaban, aullaban, gemían o sollozaban eran los demás. Fuera, en la calle, se empezó a formar un corro de curiosos y al poco tiempo escuché una sirena de la policía. El profesor estaba tumbado, con el rostro lleno de heridas, uno de los ojos totalmente hinchado, una enorme brecha en la frente, la nariz rota, una oreja colgando. Lo que había hecho en tan poco tiempo me tenía asombrado. El médico intentaba reanimarlo y limpiaba y tapaba las heridas con gasas y algodón que la madre había ido a buscar a su casa, lo que había aprovechado para llamar a una ambulancia. Creí que lo había matado, pero el médico dijo que, a pesar de la violencia de los golpes, ninguno había sido mortal. Todo había ocurrido en unos minutos que yo había vivido a cámara lenta, como flotando en una nube roja de ira y odio incontenibles.

Cuando una pareja de policías entró en el portal, la mujer del profesor estaba sentada en la escalera, sollozando y las lesbianas intentaban golpearme con pies y manos, aunque los demás se lo impedían. Yo ya estaba bastante calmado, aunque el actor y alguien más que no recuerdo me sujetaban los brazos. Los policías preguntaron qué había pasado y cuando se hicieron una idea, me esposaron sin que yo ofreciera resistencia alguna y tomaron los datos de todos los que habían asistido a la reunión. En ese momento llegó una ambulancia y después de hablar con el médico y cerciorarse de que las heridas no revestían excesiva gravedad, se llevaron al profesor hasta el hospital más cercano.

Era ya muy tarde y la policía me llevó hasta las dependencias de la Comisaría de la Policía Nacional que está en la calle Rafael Calvo y allí me metieron en un calabozo. Pasé la noche tumbado en un catre y al día siguiente, después de preguntarme por qué había actuado de una manera tan violenta, me llevaron al juzgado de guardia. A la vista de lo que había ocurrido, de la gravedad de las lesiones del profesor, de los informes policiales y de las respuestas tan concisas que di, la jueza decidió ingresarme provisionalmente en la cárcel, desde la que estoy escribiendo estas páginas. Me acusan de intento de homicidio. Con un poco de suerte, podría haber sido homicidio a secas. Si hubiera tenido unos segundo más, el profesor no hubiera vuelto a sonreír.

Hoy es 24 de diciembre. Esta noche creo que nos van a dar una cena especial. No sé por qué el Estado tiene que gastarse tanto dinero en alimentar a unos indeseables como yo. Y yo soy de los mejores, según he podido comprobar en el poco tiempo que llevo aquí. Si todo sigue su curso, espero no tener que celebrar la próxima navidad, sea por mis “circunstancias” o por mi condena. Estar aquí, en la cárcel, es una bendición, son todo ventajas. Tenía que haberlo pensado antes.

La calle donde nací

Domingo por la mañana. Estoy tendido en la cama mientras contemplo cómo la luz penetra por las rendijas de la persiana y las motas de polvo revolotean en la habitación. Me levanto y me desperezo. Abro la puerta del salón, salgo a la terraza y compruebo que la avenida está solitaria, sin tráfico y que las aceras están vacías, apenas alguien que pasea con el perro o un corredor despistado que quiere quemar las calorías del fin de semana. En el ambiente no se respira otoño y la naturaleza se desespera esperando una lluvia que no llega. Apenas recuerdo ya el olor de la tierra mojada, el color de las nubes cargadas de agua, el frescor de las primeras horas del día. Me apoyo en la barandilla y miro los árboles, las casas y el patio de una urbanización que hay enfrente. Un par de cotorras, que estaban posadas en el árbol cuyas ramas casi tocan la terraza, salen volando con gritos estruendosos. Hace unos años estas aves sólo se veían en los documentales sobre la naturaleza, pero ahora están invadiendo las grandes ciudades. En este instante la memoria, siempre tan juguetona, me trae un recuerdo de la infancia. Es un gran misterio el mecanismo de la memoria. Un sonido, un color, un olor, una mirada, cualquier pequeño detalle, hacen detonar como una explosión momentos que estaban al acecho en cualquier recóndito lugar del cerebro.

—José Manuel ¿vas a ir a casa de la madrina antes o después de misa? Hoy tienes que llevarte a tu hermano, que hoy tenemos muchas cosas que hacer y no podemos estar pendientes de él.

Escucho la voz de mi madre, que habla desde la cocina. Mi hermano y yo estamos asomados al balcón de la calle San Isidoro, en Coruña. Mi abuela Florentina está cosiendo en el salón. Vivimos de alquiler en la segunda planta de un pequeño edificio sin ascensor. Es un piso no muy grande. Recuerdo que al entrar está el pasillo, a la izquierda el cuarto de baño, la cocina y una habitación; a la derecha dos habitaciones y el salón que también hace las veces de comedor. En el salón hay una puerta corredera que da a una habitación interior y otra puerta que se abre al pequeño balcón que da a la calle. El edificio tiene cuatro plantas sin ascensor. No recuerdo quién vive encima de nosotros pero sí me acuerdo de que en el primer piso viven una mujer mayor y su sobrina soltera. Las dos suben a menudo a casa y mi hermano y yo, cuando las oímos, nos escondemos para que no nos besen con sus enormes labios pintados, que nos dejan marcas rojas y pegajosas en la cara. En la planta baja vive un matrimonio con una hija mayor y un niño de mi edad, Amancito, uno de mis mejores amigos.

Rafael y yo estamos mirando el descampado que se ve desde nuestra casa, lleno de charcos donde chapotean ya nuestros amigos, que están jugando con un perro callejero. Más que jugar lo están maltratando, le quieren poner una cuerda en cuyo extremo han atado una gran piedra. Pero el perro, al principio confiado y juguetón, seguramente por instinto o por haber vivido situaciones similares, sale corriendo y se pierde por la calle San Sebastián. Uno de los niños es Amancito, el más travieso de la calle, que siempre está inventando trastadas y por culpa del cual estamos casi siempre castigados. Él nos mira desde abajo y nos hace una seña para que bajemos. Yo le digo que se espere un poco. Quiero terminar de leer un tebeo que compré la semana pasada con parte de la paga que nos da todos los domingos la madrina. Amancito se murió unos días antes de que hiciéramos la primera comunión. Lo amortajaron con el traje de marinero que se hubiera puesto y que hacía juego con el pequeño ataúd blanco, que yo contemplé con una mezcla de temor y de curiosidad. Sus padres, cuando vieron que yo llegaba acompañando a los míos, que querían darles el pésame, se levantaron de las sillas que ocupaban al lado del féretro, me cogieron de la mano y me llevaron a ver la carita de Amancito, que parecía dormido bajo el cristal. La madre se sentó al lado del féretro y me sentó sobre sus rodillas mientras me acariciaba el pelo. Sé que me dijo unas palabras al oído, pero no las recuerdo.

Cuando escucho la voz de mi madre yo tengo siete años, me quedan un par de meses para cumplir los ocho y mi hermano tres menos. Febrero o marzo de 1963. Yo había nacido un lunes de mayo en el año 1955, en casa, de parto natural, con comadrona, pues mi madre y mi abuela se empeñaron en seguir la tradición de parir lejos de los hospitales, lugares inhóspitos y peligrosos, no fuera a ser que cogiera alguna infección o que mis primeras imágenes fueran las de una habitación impersonal y fría y quedara traumatizado para siempre. Con mi hermano Rafael juzgaron que era más seguro ir al maternal, pues era absurdo correr el riesgo de complicaciones, como era relativamente frecuente. No creo que mi hermano se quedara traumatizado. En ese año 1963 todavía vivía mi abuelo Castro, al que todos dicen que me parezco mucho, pero no le quedaba demasiado tiempo de vida, pues murió al año siguiente, con los pulmones casi deshechos por la silicosis, una enfermedad maldita en mi familia gallega, mi padre también la padeció desde muy joven, aunque en aquel momento que estoy describiendo todavía está sano. En esa época aún no había oído hablar de mi abuelo José, el de Aroche. Tampoco sabía nada, porque en las casas no se hablaban de esos temas, del sufrimiento del abuelo arocheno, depurado por ser maestro y alcalde republicano y que se murió de cáncer y de pena en 1948, ni de la paliza que le dieron los falangistas al abuelo Castro, que se libró de ser paseado en una cuneta gracias a que el párroco de Arteixo lo impidió. Pero esto son otras historias, que quizás cuente alguna vez para que no se disuelvan en el olvido.

A principios de los años 60 del siglo XX, la calle San Isidoro de Coruña, en el barrio de Santa Margarita, estaba a medio hacer y había mucho terreno sin construir que servía de zona de juegos a la gran cantidad de niños que vivíamos por allí. Delante de casa, antes de que bastante tiempo después se levantaran varios edificios de cuatro y cinco plantas, estaba el gran descampado que llegaba hasta la calle San Leandro, donde vivían padrino y madrina, en las casas baratas. Zanjas, montones de arena, charcos, matorrales, piedras y rocas dispersas servían para inventarnos aventuras en países y bosques lejanos, emboscadas, escondites, guerrillas. Raro era el día en que alguno de nosotros no llegaba a casa descalabrado, con heridas en rodillas y codos, pantalones rotos, ropa embarrada, zapatos deshechos. Las madres protestaban y gritaban y los padres nos miraban serios, pero con un punto de malicia y orgullo en la mirada.

Mis amigos y yo salíamos todas las mañanas camino del colegio del Ventorrillo con nuestros mandilones blancos y la bolsa con la taza donde beberíamos, a la hora del recreo, la leche que enviaban los americanos. Era una leche en polvo que se disolvía con agua en grandes recipientes que nos repartían por turnos, con un sabor algo desagradable porque tenía un punto agrio y un olor característico, artificial, aunque hacía una espuma que nos gustaba y que nos dejábamos en los labios durante casi todo el recreo. Al colegio, que era propiedad de la Caja de Ahorros y que estaba regentado por la Grande Obra de Atocha de las Hijas de la Natividad de María, se llegaba por la avenida de Finisterre, pasábamos delante del cine del mismo nombre y andábamos casi un kilómetro por el arcén. Apenas había alguna casa aislada y el resto era campo, leiras cultivadas de patatas y repollos, pasaban pocos coches y casi todo el tiempo nos dedicábamos a recoger margaritas, cuando era la época, para lanzarlas después con el tiratacos. La avenida de Finisterre en realidad era la carretera que pasando por Meicende y Pastoriza, unía la ciudad con Arteixo, Laracha, Carballo, Coristanco… hasta llegar a Finisterre. Esa carretera la recorrí cientos de veces cuando trabajé en Camariñas. Esa también es otra historia.

Como había colegio mañana y tarde y durante el invierno oscurecía muy pronto, apenas teníamos tiempo de jugar en la calle, pero lo hacíamos. Llegábamos a casa, soltábamos la maleta con la Enciclopedia Álvarez, la tabla de multiplicar y un pequeño cuaderno de sucio (el de limpio se quedaba en la escuela) y salíamos de estampida con un trozo de pan y una onza de chocolate, nuestra merienda diaria. Algunas veces teníamos que repasar en casa las tablas o aprendernos de memoria los ríos con sus afluentes o las cordilleras con las montañas más altas, pero esas veces eran las menos. En la calle pasábamos el tiempo, jugábamos a la pelota, al ché, a las canicas, a la bujaina, a escondernos, a pelearnos con los de las calles vecinas. Porque la calle, antes de que Fraga se hiciera con ella, era nuestra, de nuestra pandilla. Era el mundo que nos pertenecía y no consentíamos que otros grupos nos lo disputaran. Así que a base de espadas hechas con palos, con piedras, a puñetazos y patadas, defendíamos nuestra posesión. Cada dos o tres semanas había pelea y si perdíamos, no teníamos más remedio que compartir el descampado. Pero si ganábamos, podíamos ampliar durante algún tiempo nuestro campo de juego. 

Casi nadie tenía televisión, en la radio no había programas infantiles, las casas eran pequeñas, los maestros no nos ponían deberes, en la calle no había coches ni peligro de que alguien nos secuestrase y las madres no nos querían en la casa, siempre por medio y enredando. Éramos niños autónomos, que sabíamos defendernos y encontrar aventura y misterio en cada esquina, en cada portal, en cada descampado, que en aquella época abundaban. Cerca estaba el parque de Santa Margarita, pero las madres eran reticentes a dejarnos ir allí, pues había que cruzar varias calles y no podían tenernos a la vista ni gritarnos cuando se hacía tarde o cuando teníamos que subir a por dinero para hacer algún recado. Antes nos gustaba hacer recados, porque nos hacía mayores y con suerte, nos quedábamos con la vuelta.

Los domingos por la mañana mi hermano y yo teníamos la costumbre, que llegó a convertirse en ritual, de visitar a la madrina para que nos diera la paga de la semana. La madrina Carmen, hermana de mi abuela Marina, había estado casada con Amaro, un rudo y cariñoso trabajador al que siempre conocí con su boina, que apenas se quitaba para rascarse cuando hacía mucho calor. El padrino Amaro se había muerto uno o dos años antes y ella ahora vestía de luto riguroso, con un pañuelo negro que le cubría la cabeza totalmente, dejando escapar apenas un pequeño mechón de pelo blanco en la frente que ella procuraba esconder con gesto mecánico. No habían tenido hijos y tampoco habían podido apadrinar ni a mi padre ni a mi tía Marina, ni a ninguno de nosotros, pero desde pequeños quisieron que les llamáramos padrino y madrina. Por eso nos hacían un cierto chantaje dándonos un poco de dinero para los escasos gastos que podíamos hacer en aquellos tiempos: ir al cine Finisterre o al Rex, comprar pipas y también, si éramos capaces de ahorrar algo, comprar o cambiar tebeos. Los que más me gustaban eran los de Pulgarcito, TBO, Supermán, el capitán Trueno y Jabato. Cuando terminábamos de leerlos se podían cambiar en los kioscos por una perra gorda. Llegué a tener una buena colección, pero en los diferentes cambios de domicilio se fueron perdiendo y extraviando, sobre todo cuando nos fuimos a vivir a Madrid.

Termino de leer el tebeo, mi madre nos peina, comprueba que nos hemos lavado la cara, que las rodillas y las orejas están limpias y nos da un beso. Nos acercamos a mamá Florentina, que sigue cosiendo en el salón, y nos despedimos de ella, como era costumbre, con otro beso. Bajo corriendo las escaleras. Mi hermano, más pequeño, tarda una enormidad porque le da miedo ir tan deprisa, así que lo espero en el portal, donde ya están Amancito, José Antonio y Vicente. José Antonio es el hijo del zapatero que tiene su zapatería al lado de nuestra casa. Nos gusta ir allí, a verlo trabajar, a coser o pegar las suelas, oler a cuero y a pegamento y, sobre todo, a escuchar el canto de las decenas de jilgueros y canarios que cantan en las jaulas colgadas en las paredes. Era un gran entendido y sabía cruzar las parejas. Vendía muchos pájaros. Mi padre le compró una vez un jilguero y nos encantaba a mi hermano y a mí llenar los recipientes del alpiste y del agua. Era un buen pájaro cantor y nos dio mucha pena cuando se murió.

Los cinco vamos recogiendo a otros amigos que llevan ya un rato en la calle. Algunos son algo mayores y han hecho la primera comunión y juntos vamos a misa de doce en la Sagrada Familia. Don Manuel, el párroco. y don Emiliano, el coadjutor, pasan lista antes de empezar para comprobar que los que vamos a hacer la primera comunión no nos perdemos ni un acto religioso. La misa es en latín y somos capaces de repetir, sin equivocarnos, el páter noster. Cuando termina, salimos en estampida de la iglesia y volvemos a nuestra calle. Antes, mi hermano y yo pasamos por casa de la madrina, que nos da el duro de rigor y con el que podremos comprar pipas, ir al cine y seguro que todavía nos sobrará algo. Las tardes de domingo son eternas. Después de comer nos juntamos todos y vamos al cine. Nos gusta más el Rex porque está cerca del parque de Santa Margarita y cuando termine la película podremos perdernos entre los árboles, revolcarnos por el césped, jugar al escondite o descubrir nuevos rincones, lo que siempre es una aventura. Regresamos antes de que anochezca para seguir jugando en nuestra calle y que las madres nos vean y nos puedan vigilar. Somos niños traviesos pero obedientes. La obediencia de la zapatilla, se llama eso.

Poco a poco se fueron construyendo casas, desaparecieron los descampados y los carros tirados por caballos, empezaron a aparecer las vespas y los seiscientos y aparcaron en la calle porque antes no había garajes, los televisores se hicieron dueños de las casas, así que, casi sin darnos cuenta, fuimos perdiendo espacio de juego. Seguíamos saliendo a la calle, pero ya nunca fue lo mismo. Ahora hablábamos de Los Picapiedra, El Santo, Rin tin tín y, sobre todo, Bonanza, la serie que cambió las tardes de los domingos y nos impulsó a pedirle a los Reyes Magos pistolas, cartucheras y sombreros de cowboy. Y, para colmo, la familia Telerín nos mandaba a la cama a las nueve de noche “Vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar”. No había derecho. La televisión nos cambió el mundo y la calle San Isidoro, como todas las calles de las ciudades, fue perdiendo el encanto y la atracción.

Regreso al presente, a la avenida Ramón y Cajal. Poco a poco se ha ido llenando de ruido de coches, de personas y de perritos. Han aparecido algunas nubes en el cielo que antes era totalmente azul. Entro en el salón y me voy a la cocina a hacer café. Mi mujer y mi hija siguen en la cama porque todavía es temprano. Queda todo un domingo por delante.

Imagen relacionada

Prescripciones médicas. Historia de un sombrero

—Entonces, ya sabes —me dijo la dermatóloga sonriéndome desde el otro lado de la mesa—, esto es una prescripción médica, no una opción o un consejo. Debes seguir a rajatabla todo lo que te he dicho si no quieres tener problemas en el futuro.

Me levanté, la saludé dándole la mano y las gracias, y salí de la consulta. Fuera había una persona más, un hombre más joven que yo con una gorra en la mano, que se levantó, llamó a la puerta y entró cuando desde dentro le dijeron:

—Pase.

Cuando salí a la calle eran casi las seis de la tarde, una calurosa tarde de finales de abril. El sol daba de pleno en la entrada de la clínica, así que pasé a la otra acera, que estaba en sombra. A partir de ahora, pensé, siempre por la sombra. Lo malo de Sevilla es que, a pesar de que tiene muchos árboles que dan sombra y calles estrechas y oscuras en el centro de la ciudad, también tiene calles y avenidas anchas y largas, en las que es complicado encontrar cobijo cuando el sol aprieta.

“Cuatro de seis”, pensé. Podía ser peor, así que no me quejo.

Mis revisiones médicas anuales, pasar la ITV, como se suele decir entre los jubilados, comienzan en el mes de septiembre y no terminan hasta el mes de junio siguiente. O sea, diez meses de revisiones, aunque con algunos intervalos para los viajes del IMSERSO, festejos varios y descansos para tomar aliento.

A finales de septiembre mi mujer y yo vamos a nuestro médico de cabecera, Julio. Aquí podría hacer un chiste con el nombre de los meses y el del médico, pero lo dejo para mejor ocasión, sobre todo porque si esto lo leen mis hijos, empezarían con las bromas: “PATAPÁN, ya está mi padre contando chistes”. Y me cortan el rollo.

Seguimos. Cuando vamos a ver a Julio tenemos que ir con paciencia, sin prisas. Conocemos a nuestro médico de cabecera desde hace más de treinta años, así que ya existe entre nosotros una relación de amistad y de confianza que son muy necesarias entre médico y paciente. Ya lo dijo creo que Marañón: “el mejor instrumento para revisar a los pacientes no es el fonendoscopio, ni los rayos X, ni cualquier otro utensilio; lo mejor es la silla en la que se sienta el enfermo, para que cuente sus problemas”. Y eso se nota, entre otras cosas, porque solemos estar más de media hora hablando de casi todo menos de lo que nos lleva allí: la revisión médica anual, que consiste en análisis de sangre y de orina. Después de charlar sobre las vacaciones, los hijos y sus problemas, la política, el fútbol y cualquier tema que se tercie, nos rellena los volantes de los análisis y me mide la tensión sanguínea. “Sigue alta, así que hay que seguir tomando las pastillas”. Una de una. Nos deseamos que ganen el Betis y el Dépor, que pierdan el Sevilla y el Barça y nos despedimos hasta que nos den los resultados

Nos hacemos los análisis y, por suerte, sólo nos da alto el colesterol. Mira que solemos comer mucha fruta, verdura y legumbres, pocas grasas, poco azúcar… Pues a pesar de todo eso y de que hacemos, por lo menos yo, bastante ejercicio, no hay manera, otra vez el maldito colesterol. Le llevamos los resultados a Julio, otra media hora de charla y la prescripción médica de Julio: más pastillas. Dos de dos. Voy a por el pleno.

La siguiente revisión es la de la próstata en el mes de diciembre, antes de las fiestas navideñas. A esta voy yo solo, creo que Carmen no me ha acompañado nunca. Y lo prefiero, por lo delicado del tema (sin embargo, yo siempre la acompaño al ginecólogo, véase la diferencia). Como Julio ya sabe las costumbres del urólogo, también me ha mandado analizar el PSA, que para aquellos que no lo sepan, que serán muchos y no quieran irse a Google, les diré que es una proteína producida por la próstata y que indica, si su nivel es alto, que puedes tener problemas en esa glándula. Como a mí me ha dado un nivel muy bajo, el urólogo dice que muy bien, pero que este año toca hacerse una ecografía, que ya hace tiempo que no me hago una. Menos mal que la prueba del dedo ya pasó a la historia, porque no debía ser muy agradable. ¡Ah!, me dicen algunos que todavía se sigue haciendo. Hay médicos que son muy sádicos.

Paso sin sustos esta revisión, así que dos de tres.

La siguiente prueba es la de la vista en febrero. Yo soy miope, aunque no demasiado y apenas tengo que utilizar gafas para ver de lejos. Resulta que con la edad me ha ido disminuyendo la miopía. Debe ser de las pocas cosas en las que he mejorado con la edad. De cerca, cuando tengo que leer letras muy pequeñas, uso gafas. Lo bueno es que como casi siempre leo en el libro electrónico y puedo poner la letra al tamaño que quiero, tampoco las necesito demasiado. Lo peor de esta revisión, sin embargo, es que hace unos años me detectaron hipertensión ocular, que puede degenerar, si no la corrijo, en glaucoma. Esto son palabras mayores. Así que pido cita al oculista y me hace todas las pruebas habidas y por haber: me mide la tensión ocular, me manda hacer una paquimetría (medir el espesor de la córnea) y una perimetría (una prueba del campo visual que soy capaz de detectar). Todo correcto… ¿todo correcto? Resulta que ya no tengo hipertensión ocular. Me quita las gotas que llevaba tiempo echándome y me cita para después del verano, a ver si esto de la hipertensión ocular ya ha desaparecido definitivamente. Dos de cuatro, vamos mejorando.

Llega la primavera, que en mi caso suele alterarme mucho, sobre todo por la maldita alergia. Ya en su momento escribí algo sobre el tema. Así que, a finales de marzo o principios de abril, pido cita para el alergólogo. Con este doctor me pasa como con Julio, se lleva charlando conmigo un montón de tiempo. Y cuando venía también mi hija Carmen era todavía peor. Como ella es química, se liaban a hablar de las investigaciones en el hospital, de los especialistas que trabajaban con él, de los tratamientos. Total, una tarde perdida.

Primero me pregunta cómo me fue el año pasado y como últimamente parece que ya no me hacen tanto efecto los pólenes, me dice que lo quiere comprobar y que pase a la sala donde está la ayudante del médico.

La ayudante, también médico especialista en alergología, según dice un diploma que cuelga en una de las paredes, me hace las pertinentes pruebas. La primera es medir mi capacidad pulmonar, soplando a través de un tubo que está unido a una máquina que calcula si me llega bien el aire a los pulmones. Esto lo supero siempre con nota, aquí se demuestra que hacer deporte es bueno. Pero cuando llega el momento de los pinchazos con una lanceta en el brazo, para introducir pequeñas cantidades de alergeno para ver cómo reacciono, ya sé el resultado. Me hace unas veinte punciones y en cada una de ellas pone un extracto de aquello a lo que puedo ser alérgico: ácaros del polvo y pólenes de todo tipo. Casi todas se ponen rojas, se hinchan y me pican una enormidad. No puedo rascarme, claro y lo único que me alivia es soplar sobre el antebrazo, pero ni con esas. Paso al despacho del médico y me dice lo que ya sabía: sigo reaccionando con bastante virulencia a la presencia de olivo, gramíneas, malezas y plátanos de sombra. Así que debo comenzar la medicación. Tampoco me libraré este año de los estornudos, toses y picor en los ojos, sobre todo cuando voy a la Romería de Aroche, que es a finales de mayo. Tres de cinco, vuelve a empeorar la estadística.

Para finalizar la ITV pido cita al dermatólogo, mejor dicho, a la dermatóloga. Aunque el número de mujeres médicos, o médicas, como se prefiera, ha aumentado significativamente en los últimos años, a mí me ven pocas mujeres todavía. Yo no llego ni de lejos a la paridad, así que no sé cómo me atrevo a votar a la izquierda, vergüenza debería darme. Y menos mal que hace un año cambié de especialista, porque antes también era un hombre. A veces me planteo intentar igualar este aspecto, pero no sé a quien cambiar. Al urólogo desde luego no, porque examina partes delicadas e íntimas de mi organismo que no me apetece enseñar a cualquiera. Como tampoco me cambiaría a una proctóloga, faltaría más.

Cuando me ve entrar la dermatóloga lo primero que hace es levantarse de su sillón, dirigirse hacia mí y examinarme la frente y el cuello. Pasa los dedos por encima de algunas pequeñas manchas rojizas que me han aparecido hace unos meses. También le digo que en la cabeza me han salido dos o tres granitos que me molestan bastante. Me separa el cabello en las zonas que yo le indico y frunce el ceño. Ufff, malo, pensé yo.

—José Manuel, lo que te ha salido en la frente y en el cuero cabelludo es una queratosis actínica.

 ¡Toma ya! Y eso, ¿qué demonios será? Antes de que formule la pregunta en voz alta, me lo explica:

—La queratosis actínica es una manifestación del envejecimiento de la piel que suele aparecer a partir de los 50 años. Se produce por haber pasado tiempo al sol sin haber tenido una protección adecuada.

Ya estamos. Cuando uno envejece, de todo aparece. De joven, ni próstata, ni hipertensión, ni colesterol, ni vista cansada ni piel arrugada. Me están saliendo pareados a punta pala, pero maldita la gracia que me hacen.

—Tenemos varias opciones —me dice–. Una, utilizar crioterapia, es decir, enfriamiento mediante nitrógeno líquido. Otra, mediante electrocirugía. Estos dos suelen tener efectos secundarios como cicatrices, infecciones, etc. Y un tercero, que es el que más me gusta utilizar, es un tratamiento con una crema que está dando muy buenos resultados. Tú eliges.

—Por supuesto, la tercera (la c, la c, como se diría en el chiste). —Prefiero la crema, que será menos doloroso.

Ella sonríe y me muestra las fotos de un libro que tiene encima de la mesa. En ella se ve a un paciente con queratosis en la calva, con un pie de foto que dice “Paciente antes del tratamiento”. La tiene casi toda llena de manchas rojas y marrones, además de pecas. Pasa la hoja y se ve la misma foto, pero algo en ella ha cambiado. En el pie de página pone “Primera semana de tratamiento”. Ahora se ve que las manchas se han oscurecido y agrandado bastante, cubriendo casi toda la cabeza. Pero lo peor viene en la siguiente foto, la de la segunda semana de tratamiento. Las manchas se han convertido en costras, en heridas, como si le hubiera caído aceite encima.

Viendo mi cara de susto, la alergóloga me dice:

—No debes preocuparte demasiado. No todos los pacientes sufren la misma reacción.

Y me enseña otras fotos en las que, efectivamente, apenas se ven los efectos del tratamiento.

—Y ahora mira cómo queda la piel después de terminar, pasado un mes y medio.

La calva del primer paciente está perfectamente como si no hubiera tenido la enfermedad. Como yo suspiro de alivio y a mi rostro volvió una tímida sonrisa, me preguntó:

—Entonces, ¿te decides por la crema?

Aunque dudé un poco, le contesté que sí. Me hizo una receta en la que indicaba cómo tenía que darme la pomada y me despidió diciéndome que volviera una semana después de terminar el tratamiento,

Ahora prefiero no describir lo que pasé durante el mes y medio que duró la tortura. Hay fotos y testimonios que lo atestiguan. Me acuerdo, sobre todo, de la cara de mi hijo cuando me vio en Madrid. Tuve que explicarle que no era lo que parecía, que no me había caído una sartén de aceite hirviendo ni me había caído en una marmita de agua caliente. Tuve que explicar a amigos y vecinos, unas veinte o treinta veces en total, lo que me pasaba. La gente se quedaba más tranquila porque, entre otras cosas, había empezado a hacerme el vacío y alejarse de mí, como si yo estuviera apestado, como si tuviera una enfermedad contagiosa.

Al cabo de dos meses de haber ido por primera vez a la consulta, unas dos semanas después de finalizado el tratamiento, volví a la alergóloga. Apenas me quedaban rastros de la queratosis. La doctora revisó detenidamente toda la frente y el cuero cabelludo y me dijo que ya no tenía nada, que podía quedarme tranquilo, pero que me aconsejaba, mejor dicho, me ordenaba, que a partir de ahora me pusiera en la cara una crema de protección total, que evitara en lo posible la exposición al sol y que, obligatoriamente, tenía que ponerme una gorra o un sombrero.

—Esto es una prescripción médica, José Manuel. Es tanto o más importante para ti evitar el sol en las horas centrales del día, ponerte un sombrero y una gorra y darte la crema protectora, como para un diabético ponerse insulina o para un hipertenso evitar la sal. Así que, tú verás.

Seguimos hablando unos minutos más y al final se despidió con la frase que da inicio a este pequeño relato.

Regresé a mi casa andando. Aunque está bastante lejos de la consulta, me gusta mucho andar. Por el camino iba mirando a todas las personas que llevaban sombrero o gorra. Según mi criterio, a unos los envejecía, a otros los hacía parecer ridículos, a otros les sentaba como a un Cristo dos pistolas; y algunos, pocos, seguramente los que estaban acostumbrados a llevarlos desde jóvenes, les sentaba muy bien. ¿A qué grupo pertenecería yo? ¿Qué tipo de sombrero me compraría o qué gorra debería usar? Tenía claro que, con ropa deportiva, gorra y con ropa normal, de vestir, sombrero. Hasta ese momento yo sólo me había puesto un gorrito cuando era pequeño, unos cinco o seis años. Lo sé porque hay fotos que lo demuestran: mi hermano y yo, vestidos iguales y con gorritas de paja en la cabeza. Estamos para vernos. También me puse una vez, en la Romería de Aroche, un sombrero de ala ancha, que no sé quién me prestó. Me lo puse una vez, vi la foto que me hicieron, en la que estoy con Carmen, mi mujer, y decidí no ponérmelo más. Horrible experiencia.

Cuando llegué a casa y le expliqué a mi mujer lo que me había dicho la alergóloga, se puso muy contenta:

—Mañana mismo vamos a la sombrerería y te compro un sombrero. Te lo voy a regalar por tu cumpleaños.

¡Qué error! ¡Qué inmenso error! Dejar que mi mujer decidiera por mí la compra del sombrero fue un fallo enorme. Como yo iba por la mañana a mi clase de ópera, quedamos en vernos en la calle Alcaicería, donde está una de las sombrererías más antiguas y de más tradición de Sevilla. Cuando llegué, ella ya me estaba esperando en la esquina de la calle que da a la Plaza de la Alfalfa. Anduvimos unos metros y entramos en la tienda. Para mi sorpresa, había cinco o seis clientes. Y yo que pensaba que nadie compraba sombreros en estos tiempos. Pues no, y más sorpresa, la mayoría eran bastante más jóvenes que yo. Eso me tranquilizó.

Mientras esperábamos nuestro turno, miramos los sombreros que había en las estanterías. Cuando le señalé uno que más o menos me gustaba, me dijo:

—De eso nada, parece que vas a ir a arrancar jaguarzos.

Desde el primer momento, Carmen se decidió por un modelo que a mí no me gustaba nada. Me imaginaba con él puesto, como si fuera un antiguo señorito andaluz montado a caballo o un romero que se dirige al Rocío.

—¡Qué elegante vas a estar con él puesto! —decía entusiasmada. Yo no sabía dónde meterme. Me dieron ganas de salir corriendo, pero en eso, que ya nos toca.

—Por favor, me puede enseñar ese sombrero de ahí —dijo dirigiéndose a una empleada. —Es para mi marido, aquí presente.

La mujer me miró, calculó mentalmente mi talla, se fue al almacén y al cabo de unos minutos regresó con un par de sombreros del mismo tipo, pero de distintos tamaños. Me probé el primero, me miré al espejo y en él se reflejó un señor mayor, de mirada asombrada, como no entendiendo lo que estaba viendo. “¿Pero, ese que está ahí soy yo, de verdad?” Estuve a punto de soltar un exabrupto, una maldición, una grosería, pero escuché la voz de mi mujer.

—¡Qué bien te queda! Como un guante, no cabe duda. ¿Verdad? —dijo en voz alta, para que la escuchara todo el mundo.

—La verdad es que sí —dijeron al unísono las empleadas y una señora que estaba con su marido comprándole un sombrero andaluz de ala ancha. El hombre me miró con conmiseración y agachó la cabeza.  “Di algo, por favor, aunque sólo sea por solidaridad”. Pero se calló, el muy cobarde.

—Creo que me queda un poco grande —me atreví a decir. Casi no me salía la voz, de avergonzado que estaba.

—Pruébese este, caballero. Seguro que le quedará bien —susurró la empleada, pero yo noté que su cara reflejaba cierta duda.

—Éste sí que te queda perfecto —exclamó alborozada mi mujer. —Nos lo llevamos, no se hable más.

Y no se habló. Porque, encima, para más escarnio, tuve que llevar el sombrero puesto desde la tienda a casa “para que te vayas acostumbrando”, primero andando por el centro de Sevilla y después en el tranvía. Para que me viera toda la ciudad, vamos. Yo no quería mirarme en los reflejos de los escaparates, ni mirar a los ojos a las personas que se cruzaban con nosotros, ni a la chica que se sentó frente a mí en el tranvía. Me dediqué a mirar hacia el frente o hacia el cielo, como quien espera que le caiga un meteorito encima y lo libre de semejante tortura. Pero no pasó nada.

Llegamos a casa y a mi hija también le gustó, pero viendo mi cara y como ya me conoce, me preguntó:

—Papá, ¿a ti te gusta de verdad? Porque no te veo convencido. Si no te gusta y no te lo vas a poner, mejor descámbialo por otro.

Y entonces pude desahogarme.

—¿Yo, convencido? ¿Convencido yo? Pues no. No estoy convencido, no me gusta el sombrero, parezco un viejo de derechas, me parece un sombrero antiguo, pasado de moda, ni me gusta ni me gusto. Así que mañana mismo lo voy a descambiar.

Lo dije casi gritando, con firmeza, para evitar que Carmen pudiera replicar y me intentara convencer de lo contrario. Esperaba una discusión, pero, para mi sorpresa, dijo:

—Nada, sin problemas. Aquí tienes el recibo. Guarda bien el sombrero, mételo en su caja y vete a la tienda. Pero yo no te voy a acompañar. Si te compras un adefesio, será tu culpa, no la mía.

Cuando llegué a la tienda, como el día anterior, el local estaba lleno de gente. Tuve que esperar bastante rato y, mientras tanto, observé con atención los diferentes sombreros que se exponían en los anaqueles. Esta vez vi uno que sí me gustó. Era un sombrero blanco, de paja, con una cinta negra. El ala ligeramente curvada por detrás y casi plana por delante. Era mucho menos aparatoso que el que me había comprado Carmen y parecía más ligero, más veraniego, lo que en Sevilla se agradece.

Al fin llegó mi turno y me atendió la misma empleada. Cuando puse la caja con el sombrero en el mostrador, antes de que yo comentara nada, la vendedora dijo con una sonrisa:

—Viene a descambiarlo, ¿verdad? Ayer no quise comentar nada, este modelo no va con su estilo. Pero como su mujer estaba tan entusiasmada y usted no protestó, no me atreví a contradecirla. Creo que el que mejor le puede sentar es éste.

Y me mostró precisamente el modelo que yo había seleccionado, un sombrero panamá, mucho más elegante según mi gusto. Me probé distintos tamaños hasta que encontré uno que se ajustó perfectamente a mi cabeza. Cuando me miré al espejo, esta vez no sentí vergüenza, más bien al contrario, me gustó cómo me quedaba. Y los comentarios de las empleadas, esta vez no coaccionadas por Carmen, me dieron la razón.

Cuando llegué a casa, ¡oh, sorpresa!, mi mujer también me dio la razón. “Te queda mucho mejor que el otro, es más elegante”. “Pero que no sirva de precedente”, me dijo.

Los primeros días, cuando salía a la calle, siempre se me olvidaba ponérmelo, por la falta de costumbre y porque lo dejé en su caja, encima de la mesa de la habitación de Santiago, que está vacía. Pero ahora, que ya está colgado en la entrada, siempre salgo con él. Al final, me he convencido de que no me sienta tan mal y de que es un buen aliado contra las lesiones solares. Hay prescripciones médicas que merece la pena seguir.

20190524_193136

Alergia. Alegría

Alergia. Es primavera. Hace casi un mes que empezó y los estragos ya se están notando. Sevilla es una ciudad llena de árboles. Rara es la calle donde no se hayan plantado naranjos, plátanos de sombra o jacarandás. Los parques y jardines abundan, no creo que haya urbe con más metros cuadrados de parque por habitante. Las buganvillas, los rosales, los nardos, el romero, el tomillo, el mirto, la retama, la dama de noche. Los jardines están llenos de plantas aromáticas que, además, llenan el aire de polen. Sufro.

Desde hace unos días lo primero que hago al levantarme es estornudar. Cinco o seis estornudos seguidos. Es la mejor manera de despertarse. Después de asearme un poco y desayunar, comienza el ritual de echarme gotas en los ojos y hacer un par de inhalaciones de antihistamínicos. Pero todo es pa ná. En cuanto piso la calle, qué digo, antes de salir del portal, empiezan los primeros síntomas: dos o tres estornudos más, picor en la garganta y en los ojos, toses. Y después es peor. Empiezo a pasear y el aroma del azahar lo impregna todo. Hay a quien le gusta. Yo lo odio, aunque hace muchos años me encantaba.

Recuerdo que la primera vez que vine a Sevilla lo que más me llamó la atención fue el olor, el color y el sonido de la Semana Santa. La mezcla de azahar e incienso, el colorido y la belleza de las imágenes, la música que las acompaña, el azul del cielo, el respeto de la gente, la saeta, el silencio en las calles estrechas. Todo eso forma un conjunto y crea una atmósfera que subyuga al visitante. Los sevillanos ya están acostumbrados, pero no dejan de asombrarse todos los años ante el misterio y el encanto de los sentidos. Otras ciudades también celebran la Semana Santa, pero es difícil, yo diría que imposible, encontrar tanta belleza y tanta armonía.

Pero yo sufro en estos meses. Es tiempo de alergia. Gramíneas, plátanos de sombra, malezas, olivos, casi todo lo que tenga hojas verdes y polen es mi enemigo. Por eso odio el campo y vivo en la ciudad aunque la ciudad, por desgracia, también quiere imitar al campo. ¿Quién les habrá dicho a los alcaldes que las ciudades con muchas plantas son más bonitas? Si la gente quiere verde y respirar aire puro que salga de la ciudad. En el campo, prohibido el asfalto. En la ciudad, prohibido el campo. No es tan difícil de entender, digo yo. A mí, eso de las medias tintas, las medias verdades, los medios lo que sea, no me gustan. Si quiero ver animalitos que se comen unos a otros, cascadas, montañas nevadas, bosques, praderas, etc., me siento delante del televisor y pongo un documental de La 2. No falla, a los diez minutos estoy dormido, entre otras cosas, porque suelen ponerlo después de comer y siesta y documental de La 2 son casi sinónimos.

De todas formas, debo decir que de pequeño me gustaba ir con mis padres a la aldea, jugar en los prados, aspirar un aire distinto al del asfalto y el humo de los coches, aunque es verdad que en aquella época había pocos. Pero tenía una libertad de la que carecía en las calles. El campo, los senderos, los árboles, los arroyos, la tierra, las rocas. Todo era nuevo y misterioso, diferente y único. Pero ahora, vaya a usted a saber por qué me ha tocado a mí, se han convertido en seres y objetos hostiles que me atacan y me torturan.

En Galicia tosía y estornudaba cuando tocaba, es decir, en invierno, con lluvia y frío. Cuando menos te lo esperabas te caía una manta de agua encima que te calaba hasta los huesos. Al día siguiente, resfriado. Pero eso es lo normal: enfriamiento igual a catarro. Te tomabas un caldito caliente, una aspirina y a sudar. En dos o tres días, como nuevo. Pero esto de toser, estornudar y llorar por culpa del polen es antinatural, no lo entiendo. Hace calor y estornudo; hace un poco de viento y me pican los ojos y la garganta; ando junto a los naranjos y me entra un ataque de tos.

Yo, que durante una época formé parte de los boy scouts, que firmo todas las peticiones para salvar la tierra y todos los animalitos y plantas que la pueblan, que intento concienciar a familiares y amigos de la necesidad de cuidar la naturaleza, que me cabreo con lo del calentamiento global por culpa de la contaminación, que me horroriza ver los mares llenos de plásticos, voy a terminar por pasarme al lado de los negacionistas: ni hay calentamiento global ni me creo lo de la contaminación ni lo del agujero de la capa de ozono. Donde se ponga una buena capa de cemento y de asfalto, que se quiten todas las hierbecitas y plantitas que me rodean.

Pero ayer la naturaleza fue justa conmigo y me hizo un gran favor. Estoy de suerte. En pleno Jueves Santo, cuando estaba poniendo todas las excusas posibles para quedarme en casa viendo las procesiones por televisión, ocurrió el milagro: otros años por esta época mi respiración asmática, mis ojos llorosos y mi nariz roja eran la viva imagen de la persona alérgica por excelencia, tanto que podría servir para un anuncio de televisión; pero este año, el 18 de abril, cayó una de las mayores granizadas y tormentas de agua que se recuerdan en esta tierra de María Santísima. Las avenidas parecían ríos, las plazas eran como pistas de hielo llenas de granizo. Y sobre todo, y ese es el verdadero milagro, los naranjos y la mayor parte de las plantas de esta ciudad se quedaron sin flores. Todas fueron arrancadas casi de cuajo y terminaron sembrando las calles, mezclándose el blanco del granizo con el blanco del azahar. Una imagen preciosa.

Llevo un par de días sin tomarme una pastilla, ni inhalando ni aspirando budesonida. No toso, no estornudo, no lloro. Puedo andar por la ciudad sin miedo, respirando a pleno pulmón, llenándome de oxígeno mezclado con el humo de los coches. Pero estoy feliz, supongo que durante pocos días, porque las malditas plantas son capaces de sacar a relucir en poco tiempo sus atributos florales. Pero mientras eso sucede, cambio el orden de un par de letras a la palabra maldita y ahora digo en voz alta… ¡Alegría!

Imagen relacionada

El vestido de novia

Aquí estoy, en mi mesa de trabajo, diseñando un vestido de novia. Levanto la mirada y contemplo, a través del amplio ventanal, el jardín, el estanque y los parterres con flores que en este momento está cuidando Juan, el jardinero que viene todos los meses. Estoy cansado de dibujar y necesito un pequeño descanso. Desde hace algún tiempo noto que cada vez me gusta más echar la vista atrás. Estamos en noviembre y recuerdo aquellos días en el pueblo…

Mi madrina y yo bajamos todos los 15 de noviembre al cementerio a llevar flores a la tumba del padrino. No queremos ir el día de difuntos, no nos gustan las romerías, las muchedumbres, las manifestaciones, sean de dolor, de alegría o de protesta. Nos levantamos temprano, desayunamos chocolate con churros, nos vestimos elegantemente, como si fuéramos a una boda y salimos a la calle. Andamos unos minutos y pasamos por la única floristería del pueblo a recoger el ramo que la madrina encarga todos los años. Después salimos a la carretera y muy despacio, charlando de cualquier cosa que se nos ocurra, pasamos las ruinas del molino, cruzamos el puente del río y en pocos minutos llegamos a las puertas del cementerio. Allí, mientras ella se dirige al nicho del padrino, yo me dedico a visitar y leer las lápidas. La primera ante la que me detengo es la de Policarpo y Carpofora, una pareja que murió durante la guerra civil, según me contaron hace tiempo. Desde pequeños se gustaron, quizás por las chanzas de los niños que siempre que los veían, pues eran vecinos y solían jugar juntos, les cantaban: “Policarpo y Carpofora juntos van a todos sitios y a todas horas”. Ellos, quizás por no llevarles la contraria, decidieron hacerse novios y pasearon durante varios años por la carretera sin llegar hasta el molino, para evitar las habladurías de la gente, él con las manos en los bolsillos, callado y tímido, la mirada baja y una sonrisa permanente en los labios y ella con los brazos cruzados y una larga melena que le llegaba hasta la cintura, hablando sin parar, nerviosa y coqueta. Ella y sus hermanas ayudaban en las labores de la casa a su madre y él trabajaba de aparcero con su padre en el campo del señorito Antonio. Con apenas dieciocho años se casaron a comienzos de julio de 1936. Tuvieron la mala suerte de nacer y vivir en la época y el lugar equivocados. A los pocos días de empezar la guerra él apareció muerto con un tiro en la cabeza en las tapias del cementerio, como otros muchos, y ella y la niña que llevaba en su vientre murieron a comienzos de 1937 durante el parto. Quizás la pena, el dolor o el aislamiento a la que se vio sometida desde la muerte de Policarpo, Poli, como lo llamaban todos, debilitaron su cuerpo. Ahora los tres están en un nicho en la primera fila de la segunda calle a la izquierda, después de pasar la pequeña explanada que se encuentra nada más cruzar el arco de la puerta.

Miro otras lápidas, casi todas con flores naturales ya marchitas, aunque cada vez más abundan las de tela o plástico para que duren más tiempo. El chino que hay al lado de la casa de la madrina se está haciendo de oro vendiendo esas flores. El cementerio está limpio, blanqueado, silencioso. Una vieja vestida de luto, con un cubo en una mano y varios trapos en la otra, limpia uno de los nichos. Me detengo ante una sencilla lápida sin flores en la que sólo figura un nombre, dos fechas, la del nacimiento y la muerte y una frase “Todos estamos muertos”. Todos estamos muertos, repito varias veces, al principio con un cierto estremecimiento, pensando en el terrible sentido de esas palabras, pero después me digo que esa es la única verdad, la incontestable, la que no se puede refutar. Ni siquiera Descartes, con su “pienso, luego existo”, pudo encontrar una verdad más absoluta, la primera, la de que todos estamos muertos desde que nacemos. Seguramente se le ocurrió, pero, siguiendo su lógica, pensaría cómo desarrollar una teoría filosófica a partir de esa frase. Porque la única conclusión posible es la de que nada tiene sentido, para qué esforzarse si la vida es sólo un pequeño paréntesis, un instante, un fulgor que se apaga casi antes de nacer.

Sigo paseando, demorando los pasos por las solitarias calles de la pequeña necrópolis del pueblo. Sé que la madrina todavía estará un tiempo más delante de la lápida del padrino. Y pienso que me gustan los cementerios porque aquí es donde uno puede pensar con más libertad, relativizando todo lo que nos ocurre. Y también se me ocurre si alguien se acercará a ver mi lápida y lo que pondrán en ella. Quizás me invente alguna frase ingeniosa que haga sonreír al que la lea, como “Os espero aquí tumbado, no tengo prisa” o “Si me queréis, iros” (no, esta no, que ya está inventada) o “No lloréis por mí, contadme un chiste”. Porque la risa, la sonrisa, es de las pocas cosas que merecen la pena. Me alegro de haber bajado con la madrina. Me alegro de alegrarme en un cementerio, ese lugar al que muchas personas evitan ir porque, según dicen, ya irán cuando les toque. Pero creo que es mejor irse familiarizando con el lugar y saludar a los que serán mis vecinos.

La visita al cementerio es una tradición que se remonta a la época del terrible accidente en que nos quedamos huérfanos y la luz ya no volvió a brillar como antes. Yo era muy joven, apenas un adolescente que repartía la vida entre el instituto y la calle, recorriendo la distancia de las horas perezosamente y demorando los instantes entre conversaciones triviales con los amigos y peleas interminables con mis padres. El resto del tiempo me dedicaba a leer todo lo que caía en mis manos, sobre todo las novelas de Zane Grey y de Marcial Lafuente Estefanía que llenaban una de las estanterías de la pequeña biblioteca del salón de casa. Fue por esa época cuando los planetas se alinearon, la luna brilló como nunca y, creo recordar, un cometa permaneció en el horizonte durante muchos días. Decidí irme de casa, donde apenas podía respirar porque las paredes estaban húmedas de gritos y de reproches y mi habitación era un calabozo. Mis padres no podían conmigo y yo tampoco quería poder con ellos. La cercanía nos repelía, como dos imanes con el mismo polo, así que la hermana mayor de mi padre, mi madrina, casada sin hijos, resolvió la ecuación: me iría a vivir con ella y con el padrino al cercano pueblo durante una temporada para comprobar si la lejanía calmaba los afanes de pelea. Y la vida volvió a tomar forma y las palabras comenzaron a tener un sentido que se había desvanecido en los últimos años.

El padrino y la madrina siempre me habían mimado mucho, me querían como al hijo que ellos no habían podido tener. Ella, unos años mayor que él, se dedicaba a coser y a arreglar ropa. Tenía una clientela fija que la apreciaba mucho porque sus trabajos eran pura artesanía y delicadeza. En una habitación de la casa baja en la que vivían había instalado un taller con una máquina de coser, una mesa larga y varios muebles y estantes en los que se guardaban telas, patrones, tijeras, agujas, hilo y todo lo necesario para su labor. Había decorado las paredes colgando láminas de revistas de moda con modelos estilizadas que a mí me gustaba contemplar cuando me quedaba solo. Al principio cosía ella sola, pero como su fama de buena modista se fue extendiendo, llamó a su amiga Flora, que también cosía muy bien y, un poco más adelante, amplió el cuarto tirando un tabique y contrató a dos muchachas más, dos modistillas que aprendieron poco a poco el oficio.

El padrino era viajante de comercio y recorría el norte de España mostrando las telas de una empresa en la que llevaba trabajando desde que era casi un niño. Primero había comenzado de recadero, llevando muestras a las modistas que hacía años abundaban en la cercana ciudad. Una de aquellas modistillas, todavía aprendiza con su madre en un taller del centro, lo encandiló con su mirada tranquila, llena de promesas y silencios, que surgía de unos ojos oscuros enmarcados en largas pestañas que resaltaban en una cara de porcelana y en un cuerpo pequeño y ligeramente redondeado. Después de unos años de noviazgo, durante los cuales él fue subiendo en la empresa y aprendiendo todo lo que se podía saber sobre telas, combinaciones de colores y prendas, se casaron y se fueron a vivir al pueblo, a una casita baja con un pequeño jardín trasero, en el que plantaron un manzano, un limonero y un rosal, que al cabo de unos años dieron frutos y flores que perfumaban la casa con un aroma inconfundible a felicidad y sosiego. Lo único que ensombrecía una vida plácida que discurría sin sobresaltos era la falta de un hijo que alegrara la casa, que la llenara de risas y de carreras. Así que, cuando ya habían perdido toda esperanza, surgió la oportunidad y yo me fui a vivir con ellos y los tres ganamos.

De vez en cuando visitaba a mis padres en la ciudad. Me recibían con cierta distancia y con muestras de un cariño superficial, plagado de frases hechas y de gestos forzados. No podía entender lo que nos separaba, ese muro invisible pero que yo era capaz de percibir, casi de tocar. No parecían mis padres. Y, en realidad, no lo eran, como supe mucho más tarde, cuando ya ninguno de ellos vivía.

Hace veinte años, por esas mismas fechas, cuando yo estaba en el instituto aburriéndome en una clase de latín y escribía un pequeño poema a la chica que entonces me gustaba, se abrió la puerta de la clase y entró el director. Todos nos levantamos y saludamos con la cortesía que se suponía en un colegio de curas y por la obligación que emanaba de los castigos si no te levantabas. El director habló en voz baja con el profesor que en ese momento escribía el comienzo de La Eneida, de Virgilio, y que desde entonces nunca se me ha olvidado, aunque, también he de decirlo, provocó que nunca leyera completa esa obra:

“Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris

Italiam, fato profugus, Laviniaque venit

litora,…”

Cuando terminaron de hablar, los dos se dirigieron a mi pupitre, muy serios, las manos cruzadas sobre la sotana y las miradas fijas en mí. Delante el director, don Emiliano, un hombre bajo, de mirada dura tras unas gafas de gruesos cristales ligeramente oscurecidos, nariz achatada y torcida como la de un viejo boxeador, la cabeza grande con un cráneo en el que crecían unos pocos cabellos y un cuerpo rechoncho de barriga abultada. Siempre andaba muy despacio, como pisando sobre brasas ardientes. Pero su lentitud era engañosa, como la del felino que acecha a la presa y que, de repente, corre y salta sin dar opción a la víctima. Don Manuel, el profesor de latín, era mucho más alto y delgado, con brazos y piernas muy largos y manos grandes y delicadas. De mirada triste y ausente, nos trataba siempre con amabilidad y no le importaba repetir las ideas una y otra vez hasta que las comprendíamos. Todos los alumnos lo apreciábamos en la misma medida en que temíamos y odiábamos al director. Asustado, arrugué el papel donde apenas había esbozado unas torpes palabras glosando la belleza de mi amada y lo escondí entre las hojas del libro. Cuando llegaron a mi altura, el director puso una mano sobre mi hombro y me invitó a acompañarlo a su despacho, en un tono que nunca había escuchado en él, que siempre se dirigía a nosotros para amonestarnos, para reñirnos por nuestro mal comportamiento. Sentía la mirada de todos mis compañeros y sin comprender lo que estaba sucediendo, avergonzado, salí de la clase detrás del director. Don Manuel, cuando pasé por su lado, me detuvo un momento, me levantó la barbilla y me dio una palmadita en la cara. Sus ojos me miraran con compasión y estuvo a punto de decirme algo, pero ningún sonido salió de su boca.

Mientras cruzábamos los pasillos del colegio acercándonos al despacho de Don Emiliano, yo intentaba recordar qué trastada había hecho, pero no encontraba nada que pudiera explicar la bronca segura que me aguardaba. Todavía recordaba la última, esta vez con mis padres delante, cuando tuve que reconocer que había falsificado las notas del curso anterior, lo que me costó un verano casi enclaustrado estudiando las dos asignaturas que me habían quedado para septiembre.

El despacho, siempre en penumbra, apenas iluminado con la escasa luz que entraba por la ventana semicerrada con dos postigos, seguía manteniendo un olor indefinible a muebles antiguos y encerados, incienso y sudor que nunca se me ha olvidado. El director se sentó detrás de la imponente mesa de caoba que conocía bien, aquella que tenía un crucifijo, un flexo metálico y una pequeña biblia que leía constantemente y que nos hacía leer cuando éramos llamados a su presencia, escogiendo versículos que después escribiríamos cien veces, como ese de Ezequiel que dice “Arrepiéntanse y apártense de todas sus maldades, para que el pecado no les acarree la ruina”. Con gesto serio me indicó que me sentara y permaneció unos segundos en silencio, mirando hacia el crucifijo y moviendo ligeramente los labios, como si estuviera musitando una oración. Después, con una voz apenas susurrada, me dijo que mi padrino había tenido un accidente, que estaba muy grave y que un profesor me llevaría en su coche al hospital comarcal donde lo habían ingresado. No recuerdo bien lo que pasó a continuación. Una especie de niebla ha empañado las imágenes, las palabras, sólo un eco que suena lejos, muy lejos. Un pasillo largo que me acerca a la entrada del instituto, las escaleras que descienden hacia la explanada, el coche, la madrina que está sentada en el asiento de atrás, que me ve, que sale del vehículo y sin decir nada me abraza y me besa. Después el hospital, más pasillos, un médico que habla con mi madrina, el grito sofocado, las lágrimas. El funeral. El entierro. El triste y lento regreso a la casa.

Días grises, lluviosos, tristes, amigos que se acercan a casa. No quiero salir, no quiero estudiar. A pesar de los intentos de mis padres, de mi hermana y, sobre todo, de la madrina, abandono los estudios y me pongo a trabajar con ella en su taller, con Flora y las dos modistillas que aprendían, como yo, el oficio. Tener las manos y la mente ocupadas me ayudaban, apenas necesitaba pensar, sólo dibujar, medir, cortar, coser. Eso me calmaba, me relajaba, permitía el olvido, arrinconaba el dolor, aunque este permaneciera escondido y, de vez en cuando, surgía sin avisar.

Poco a poco fui aprendiendo los secretos de las medidas, los encajes, los alfileres, el corte, las telas, el diseño, la confección. La compañía femenina me calmaba y me animaba. Al principio sonreía con timidez, sin participar en las bromas, escuchando los chismes, los chistes, los dimes y diretes, las noticias y las novedades de un pueblo en el que todos se conocían, las confesiones en voz baja. Y sin apenas darme cuenta me fueron considerando un igual, uno más del pequeño grupo y no se cortaban a la hora de descubrirme las ilusiones de las muchachas con sus novios, los problemas en el hogar, los disgustos, los miedos. Aquellos años, tantas horas entre mujeres, me permitieron abrir la mente, descubrir un mundo diferente al de mis amigos, con los que poco a poco fui otra vez saliendo y divirtiéndome los fines de semana. Era una sensibilidad diferente, con matices que se manifestaban en frases sin terminar, en gestos, en miradas, en silencios sutiles que fui aprendiendo a traducir y a entender, aunque nunca fui capaz de alcanzar rincones que siempre permanecieron y permanecerán a oscuras.

Con el paso del tiempo, me fui dando cuenta de que yo tenía una especie de don para la costura. La madrina me dejaba hacer los diseños, pues me gustaba dibujar y según los profesores, lo hacía muy bien. Al principio me fijaba en los modelos de las revistas que compraba y que guardaba en varios cajones. Copiaba los vestidos según el gusto de las clientas, pero poco a poco fui modificando los dibujos, añadiendo o quitando detalles, cambiando las telas, siempre bajo la atenta mirada de mi madrina, que me animaba a seguir aprendiendo para que me convirtiera en un nuevo Balenciaga, en Valentino o en Armani. Decía que tenía madera, buen gusto e imaginación y que lo único que me faltaba era experiencia. Además, según ella, ser hombre era un punto a mi favor porque éramos más serios, las mujeres y los hombres se fiaban más de nosotros y podíamos crear un negocio con más facilidad que ellas, ya que tenían muchas más limitaciones por tener que compaginar, la mayoría de las veces, el hogar y el trabajo.

Con poco más de treinta años abrí mi primera tienda de modas en la ciudad, en un bajo que alquilé gracias a los ahorros que pude realizar con el sueldo que me daba la madrina. El resto ya lo sabéis pues mi nombre suele salir en la prensa. Me consideran uno de los mejores modistos del mundo, el que ha revolucionado la moda introduciendo materiales nuevos, investigando formas, abriendo nuevos caminos, pero sin perder de vista la tradición. No me gusta que me observen, que me vigilen, que intenten investigar mi vida privada. Por eso vivo en una mansión alejada del ruido mediático donde diseño y hago las pruebas que después envío a los talleres, tengo pocos amigos, apenas salgo. Y eso, sin que yo lo haya pretendido, ha creado en torno a mi persona un cierto halo de misterio que, en el fondo, me gusta alimentar, pues todos tenemos, lo confesemos o no, un punto mayor o menor de vanidad.

La madrina sigue viviendo conmigo. Es una anciana pequeñita, delgada, algo encorvada por la edad y por la delicada salud, que anda a cámara lenta, arrastrando los pies como una muñeca con las pilas gastadas. Pero sigue siendo coqueta, siempre con su pelo blanco perfectamente arreglado y unos vestidos de color claro, pues se quitó el luto muy pronto. Los vestidos se los hago yo siguiendo sus indicaciones. De vez en cuando me ayuda con la costura, aunque apenas ve y le tiembla ligeramente la mano derecha. Me gusta su olor a limpio, a jabón Heno de Pravia. Es la única persona con la que realmente me siento a gusto. Damos pequeños paseos muy despacio por la finca, que tiene varias hectáreas de árboles frutales, pequeños bosquecillos y muchas flores y plantas que a los dos nos gusta cuidar. Solemos descansar en un banco que está frente a un estanque en el que hay algunos peces de colores y plantas acuáticas que le dan un aspecto agreste, rústico, como de otro tiempo, de un tiempo que nunca fue mejor, pero que guarda instantes y momentos felices, llenos de ternura, que recordamos entre risas, ella cogiendo mis manos entre las suyas. No sé si llamarlo nostalgia, pero echo de menos la vida en el pueblo con ella, el sosiego de las tardes en el taller con mis compañeras de aprendizaje, el ruido de las máquinas de coser, la música de la radio sonando a todas horas.

Veíamos juntos la televisión y comentábamos las noticias, los programas de cotilleo, algunas series. Pero a ella lo que más le seguía gustando era la radio. Yo le había comprado un pequeño aparato con unos cascos y había aprendido a sintonizar las emisoras que más le gustaban. Por la mañana, las noticias y después, música, sobre todo española. Por las tardes, cuando yo había terminado de trabajar, me ponía a leer mientras ella escuchaba la radio y canturreaba en voz baja.

Ayer la madrina entró en el cuarto donde trabajo con los diseños y las telas. Es un cuarto amplio, luminoso, con una mesa grande sobre la que deposito las hojas que voy rellenando de dibujos. También tengo un buen ordenador de pantalla grande en el que he aprendido a realizar los dibujos y a conectarme con todo el mundo. Gran invento el de Internet.

La madrina traía una foto en la mano.

 —Neniño, quiero pedirte un favor —me dijo con una ligera sonrisa en el rostro. En su voz había un pequeño temblor, que no supe distinguir si era de emoción o de duda. —¿Te acuerdas de esta foto? —continuó diciendo mientras me la enseñaba.

—Claro que me acuerdo —dije mirándola, mientras intentaba recordar dónde y cuándo la había visto por última vez—. Creo que estaba en la mesilla de noche de tu habitación en el pueblo.

En la foto, ella y el padrino posaban el día de su boda delante de la iglesia. En el encuadre se veía un pórtico románico con pequeñas figuras en las columnas y en el tímpano, aunque no llegaba a verse completa la arquivolta. Los dos estaban muy sonrientes, él con un traje oscuro, alto, con el pelo engominado, negro y brillante, siempre elegante, “parecía un marqués”, como decía ella; la madrina cogida de su brazo, apenas llegándole al hombro, con el vestido blanco, drapeado y con algunos encajes, que ella misma había hecho con la ayuda de Flora y que había comenzado a diseñar desde el momento en que el padrino y ella se hicieron novios formalmente.

La madrina volvió a coger la foto y mirándola, me dijo:

—Me gustaría que me enterraran con un vestido de novia parecido al que llevaba cuando me casé.

—Pero madrina, ¿qué dices?, ¿cómo se te da ahora por hablar de tu entierro? Calla, calla.

Ella sigue hablando:

—La semana que viene, creo que el jueves, vuelve a ser 15 de noviembre. Pero este año no me encuentro con fuerzas ni con ganas para bajar al cementerio. Así que bajarás tú solo y llevarás las flores al padrino. Y seguramente el año que viene, ya estaremos él y yo juntos para siempre, como siempre quisimos y como tiene que ser.

Desde hacía algunas semanas había observado que a la madrina le costaba trabajo andar y respirar y ya apenas paseábamos. El médico, que nos conocía desde hacía muchos años y venía de vez en cuando a casa para tomarle la tensión y recetarle algunos complejos vitamínicos para reforzar las defensas, me había comentado que no la veía bien y que deberíamos ir a que le hicieran algunas pruebas a la clínica en la que él trabajaba. Pero ella se negaba a hacerse ningún tipo de análisis: “Bastantes me hice ya cuando quería quedarme embarazada. Cuando tenga que llegarme la hora, estaré bien preparada, no te preocupes”.

Conozco muy bien a la madrina y sé que cuando se le mete una idea en la cabeza es imposible quitársela, y con los años, peor, así que dejé que siguiera hablando. Se sentó a mi lado y empezó a contarme, por enésima vez, el noviazgo, la boda, el corto viaje de novios, la esperanza de tener muchos hijos, la amargura de sus abortos, mi adopción por mis padres, que en el fondo nunca me quisieron, la ilusión y la alegría que provocó mi llegada a su hogar. Su voz va perdiendo fuerza y se calla, deslizando la mirada por los dibujos que estoy haciendo.

—Por favor, neno, haz un dibujo de mi vestido de novia.

Y aquí estoy, dibujando el vestido de novia que llevará mi madrina en su último viaje. Y pienso que, más que un vestido de novia, parece un vestido de primera comunión.

Y nunca será, por supuesto, una mortaja.

Resultado de imagen de dibujo vestido de novia

Un viaje espacial

“Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya.”

El Principito. Antoine de Saint-Exupéry

A comienzos del año 1969 X tenía 13 años y estudiaba cuarto de bachillerato elemental en el Instituto Masculino de La Coruña, que ahora se llama IES Salvador de Madariaga. Cuarto no fue un curso especialmente brillante para X, apenas una media de cinco, y un poco más, no demasiado, en el examen de reválida. La foto del Libro de Calificación Escolar emitido por el Ministerio de Educación Nacional muestra a un preadolescente que mira a la cámara de una manera segura y tranquila, con grandes gafas de pasta y el pelo largo y oscuro peinado con una raya al lado. Por cierto, antes nadie decía A Coruña, como se dice ahora, y casi ninguno de sus amigos hablaba gallego. En casa su padre lo hablaba muy bien y él lo fue aprendiendo de manera natural, escuchándolo y usando de vez en cuando alguna palabra suelta, pero apenas lo empleaba en la familia, quizás porque su madre es andaluza, pero, sobre todo, porque en aquellos tiempos hablar gallego era casi un estigma, era “falar mal”, una forma de expresarse de “pailanes”, de gente sin cultura, ignorante, aldeana. Sin embargo, cuando iba en vacaciones o los fines de semana al Barral, en Arteijo (nadie decía entonces Arteixo), donde había nacido y vivido su padre en la infancia y donde vivían tíos y primos, entonces sí hablaba gallego con ellos. Y lo hacía de forma natural, sin apenas darse cuenta. Aunque lo consideraban un niño de la ciudad y se burlaban al principio de él, le encantaba jugar con una libertad que no tenía en Coruña.

El Barral, O Barral, era lo que en Galicia se conoce como lugar, un grupo de apenas seis o siete casas a lo largo de un camino de tierra y piedras que en invierno estaba siempre embarrado. Como el padre no compró el seiscientos hasta el año 1967, la familia llegaba hasta la aldeíta en autobús de línea, que los dejaba en la carretera de arriba, la que unía Coruña con Arteixo, a un centenar de metros de la casa de sus abuelos. Rodeado de leiras, de pequeños bosquecillos de pinos y eucaliptos, siempre moviendo sus copas porque raro el día que no hacía algo de viento o soplaba una ligera brisa, de corredoiras estrechas y umbrías y de algunas tierras sin cultivar, O Barral le parecía un sitio fuera del tiempo y del mundo conocido, algo irreal, fascinante y misterioso. Las mujeres, calzadas con zuecos y llevando enormes cargas de toxos o acompañadas de varias vacas para llevarlas a pastar al campo, los hombres con boinas negras, delante de los carros de bueyes a los que, de vez en cuando aguijoneaban con una vara acabada en una punta de hierro. Niños y niñas sucios sentados a las puertas de las casas, comiendo alguna mazorca de maíz o un mendrugo de pan y que miraban con grandes ojos asombrados. Pequeños hilos de humo salían de las chimeneas a todas horas, calentando el hogar y el pote que estaría colgado sobre la lareira. Aunque fuera verano, siempre recordaba un hilillo de agua que corría en medio del camino, humedeciéndolo, llenándolo de hierbas y de barro que ensuciaba los zapatos. Supongo que de ahí vendrá el nombre de Barral.

“Xa está aquí o primo” (ya está aquí el primo), decía J.R. a los demás.

J.R., además de su primo, era el jefe de la pandilla por varios motivos: porque les llevaba dos o tres años, porque era mucho más alto y fuerte que los demás y porque tenía autoridad, no la que se obtiene con la fuerza bruta sino con la sensatez, porque convencía y proponía cosas que a los demás les gustaban. Parecía un adulto pequeño. Tenía una cabeza grande, con el pelo casi negro, siempre despeinado, cara ancha, pecosa, sonriente, con un punto de malicia. Al contrario que los demás, que iban en pantalón corto, él llevaba un pantalón largo de pana, gastado. Cuando se veían por primera vez después de un tiempo, llegaba el momento que X más temía, el del abrazo que duraba unos segundos que le parecían interminables y casi le asfixiaban. Después de recobrar el aliento, X empezaba a hablar, a saludarles, primero en castellano y poco a poco pasaba al gallego, al principio con miedo y timidez, por si se reían de él, pero eso no pasaba y X seguía hablando cada vez con más soltura. Pasados unos minutos ya era uno más y corría y saltaba y se caía. Tendría entonces unos siete u ocho años y era un niño delgaducho y con una salud delicada, siempre resfriado, con dolor de garganta y de oídos y con frecuencia tenía fiebre. Así que los médicos aconsejaban a sus padres que pasara temporadas en el campo, al aire libre, para ver si se fortalecía.

Cuando llegaba a la casa de los abuelos, una casa de piedra de dos plantas, lo primero que hacía era recorrerla de arriba abajo porque, acostumbrado como estaba a vivir en un pequeño piso de ciudad, aquella casa le parecía llena de encanto y de rincones misteriosos. En la planta baja estaba la cocina, que hacía las veces de sala y comedor con una gran mesa de madera donde comían todos, abuelos, padres, tías, su hermano, unos años más pequeño, y X. En un rincón estaba la lareira, casi siempre encendida, un pequeño cuarto trastero y, al fondo de la sala, una puerta que daba a un gran huerto con manzanos, perales, ciruelos y otros árboles cuyo nombre desconocía y nunca preguntó. También había un pozo del que su madre, su abuela y una de sus tías sacaban el agua y llenaban las sellas que después llevaban a la cocina sobre la cabeza, con un equilibrio que él admiraba. En la planta alta, a la que se accedía por unas escaleras, estaban las habitaciones y un pequeño cuarto de baño. Había un pasillo con suelo de madera a lo largo de toda la planta y en medio de él una trampilla en el suelo que daba al cortello, a la cuadra, que estaba debajo. En muchas casas de la aldea había un establo con un par de vacas y algún buey. Leche, trabajo, calor. Un par de vacas eran un auténtico tesoro. X no recuerda cuántas tenían sus abuelos y sus tías, pero de lo que sí se acuerda es que aprendió a ordeñarlas y siempre que podía, se acercaba con alguno de sus abuelos al establo. Al principio le daba miedo el tamaño de los animales, sus mugidos y el movimiento continuo de los rabos espantando a las moscas. El abuelo se sentaba en una pequeña banqueta y comenzaba a hablar despacio, dando pequeñas palmadas en el costado de la vaca y después de colocar el caldero de latón debajo del animal, comenzaba a acariciar las ubres y a apretar las tetillas de las que salía un chorro de leche caliente que, al golpear contra el recipiente, hacía un ruido característico, al principio metálico, cuando apenas había líquido, pero que después se amortiguaba a medida que iba llenándose.

Uno de los juegos favoritos de sus amigos del Barral era ir en busca de nidos. Casi todas las tardes, después de comer, iban a buscar a X a casa. En O Barral, como ya se comentó, apenas había seis o siete viviendas a lo largo de un camino de tierra, todas de piedra, algunas con dos plantas, como la de sus abuelos. Pero nunca entraban en las casas de los amigos, porque había una especie de pudor, de vergüenza en mostrar y ver la excesiva humildad de los hogares, la pobreza, salpicada de vez en cuando por algunas pinceladas de algo que podría llamarse abundancia o exceso: sucedía cuando alguna familia había emigrado y se había traído algún ahorro y compraba un pequeño tractor o una motocicleta o un frigorífico, como fue el caso de los padres de Tonecho. El hogar de los niños eran las leiras, las corredoiras, los bosques de pinos y de eucaliptos, las carballeiras. Y allí se entretenían andando por los estrechos senderos llenos de helechos, toxos y moreiras, jugando al escondite, recogiendo piñas que después llevaban a casa para encender la lareira y, sobre todo, buscando nidos. X nunca entendió demasiado bien el placer de buscar los nidos, subir a los árboles para cogerlos o, lo que era peor, cazar pájaros con los tirachinas. Nunca fue muy hábil con ellos, a pesar de que su padre le hizo algunos que eran la envidia de sus amigos. Aunque entrenaba mucho, tanto en Coruña como en el Barral, apenas era capaz de darle a un tronco grande. Así que lo de cazar pájaros era una quimera para X. Tampoco era demasiado hábil subiendo a los árboles, por lo que la mayor parte de las ocasiones se limitaba a mirar como sus amigos subían con agilidad y bajaban trayendo un nido en el que había dos o tres huevecillos. Como él era el niño de la ciudad, el señorito, como algunas veces le llamaban para reírse a su costa, no era capaz de distinguir si era un nido de jilguero, de mirlo o de cualquier otro pájaro, pero ellos sí lo sabían y disfrutaban y presumían diciéndoselo. Ellos podían presumir siempre porque eran más rápidos, más fuertes, más ágiles y conocían el nombre de los árboles, de las flores, de los arbustos, de los pájaros. X pensaba que de nada le servía leer y estudiar tanto en la escuela si después no era capaz de silbar imitando el sonido de un jilguero o de un mirlo, si no sabía distinguir un toxo de un helecho, si nunca ganaba en las carreras y, sobre todo, si no era capaz de subir a un carballo para bajar con un nido, todas esas cosas tan importantes para un niño y que fue aprendiendo poco a poco con ellos. Todas menos la fuerza para tirar las piedras más lejos, ganar un pulso o la habilidad para subir a los árboles.

Después de bajar el nido al suelo, contar los huevos y ver cuánto tiempo les faltaba para que saliera algún pájaro, casi siempre volvían a subirse para dejarlo en su sitio. Pero X recuerda una vez en la que, además de los huevos, había una pequeña cría que piaba desconsolada. Los muy bestias la cogían y la tiraban al aire para ver si volaba, pasándosela unos a otros, pero todavía no era capaz porque sólo tenía un ligero plumón, apenas visible y aunque movía sus alitas desesperada, no lograba volar. “Mira, X, se parece a ti cuando saltas un regato”, dijo uno de ellos, Tonecho, un chaval menudo, lleno de arañazos y de postillas en las piernas, fuerte, con pelo crespo y rubio y unos ojos azules casi transparentes. Era el más bajito de todos, pero también el más atrevido y travieso, el que siempre se inventaba los juegos y las aventuras más arriesgadas y el que más se metía con él, sobre todo cuando mostraba mi torpeza en alguna de las actividades que proponía. Cuando le tocó recogerla a X, no quería tirarla otra vez al aire y se la quedó unos segundos entre las manos. El calor y el piar del pajarillo, que se estremecía espantado, le angustió y quiso llevárselo, pero los demás niños lo rodearon y se lo quitaron. X se enfadó y salió corriendo hacia su casa, con lágrimas de rabia y de pena en los ojos, porque no entendía esa crueldad, no veía la diversión por ninguna parte. Aunque lo llamaron a voces, no regresó porque, a pesar de todo, tenía su orgullo y no quería que le vieran llorar. Sus padres le preguntaron qué le pasaba, pero X, entre avergonzado y rabioso, sólo pudo balbucear alguna mentira y se encerró en el cuarto. Se prometió no volver a jugar con ellos, que no respetaban a seres indefensos y disfrutaban haciéndoles sufrir. Todo lo contrario de lo que hacía con sus amigos en la ciudad, que se limitaban a jugar al fútbol en los descampados que había frente a su casa, a las canicas o a las chapas, a indios y vaqueros, a cambiar cromos y tebeos… Alguna que otra vez cogían una lagartija y le cortaban la cola, porque sabían, porque se lo había explicado una vez la maestra, que al poco tiempo le crecía una nueva. Pero su crueldad no pasaba de ahí.

Al día siguiente del enfado se fueron a Coruña porque sus padres querían hacer unas compras, sobre todo ropa, y arreglar algunos papeles, como decía el padre y dos o tres días después regresaron al Barral. El mismo día que llegó, J.R., que según los abuelos había ido a preguntar continuamente por él, entró en casa mientras X estaba merendando un poco de pan con chocolate y le dijo que el pájaro ya volaba y que ellos lo dejaban tranquilo y no intentaban ni siquiera cazarlo. Aunque X seguía enfadado con su primo y con todos los demás, salió y fueron los dos a reunirse con el resto de los chavales, que le acogieron como si nada hubiera sucedido. Se dirigieron al árbol del nido y después de unos minutos pudo ver a varios pajarillos, tres o cuatro, que revoloteaban, todavía con cierta torpeza, entre los árboles. Uno de ellos era al que habían maltratado y hecho sufrir con sus juegos, pero no pudo distinguirlo de los demás. A partir de ese momento, iban a verlos todas las tardes hasta que finalizó el verano y todos se despidieron entre empujones, carreras y abrazos. Las visitas a Arteixo, al Barral, se fueron espaciando cada vez más hasta que los abuelos vendieron la casa y se fueron a vivir definitivamente a Coruña. Aunque seguían yendo a ver a los tíos y a los primos, eran visitas de un día, iban a las playas de Arteixo, a Valcobo, a Barrañán, al Rañal, compraban las empanadas de Rozas, paseaban por el campo, recogían moras y flores que su madre colocaba después en un jarrón. Pero ya nunca fue lo mismo porque perdió el contacto con la pandilla y, sobre todo, con José Ramón, que era mayor que él y con el tenía más confianza, pero que empezó salir desde muy joven con una chica, se volvió demasiado serio y decía, cuando comía alguna vez con la familia, que X todavía era un crío y que él ya no quería hacer tonterías Nunca volvió a ver a Tonecho ni a Míguez, otro de los chavales de la pandilla, porque se fueron a vivir a otros pueblos. X no recuerda el nombre ni cómo eran los demás. O Barral fue cambiando, los caminos de tierra se convirtieron en calles asfaltadas y las casas de piedra fueron desapareciendo para ser sustituidas por feas casas de cemento, ladrillo y azulejos. Al mismo tiempo que se alejaba la niñez, también fue desapareciendo la belleza y la inocencia de un lugar que ya sólo se conserva en la memoria. Hace un par de años X regresó para comprobar cómo era ese lugar de su infancia y apenas pudo reconocerlo. Se arrepintió de haber querido recuperar un pedazo de su niñez.

El recuerdo del pájaro nunca le abandonó, sobre todo el calorcillo y el temblor espantado del animal, el obligado vuelo de mano en mano, el temor a que se cayera y se estrellara contra el suelo, el inútil sufrimiento, la absurda diversión. Y volvió con fuerza unos años más tarde, cuando estaba en el Instituto estudiando cuarto de bachillerato elemental… creo que eso ya se dijo al principio. El profesor de lengua propuso participar en un concurso de redacción que había organizado una conocida marca de refrescos con el título “Un viaje espacial”. El profesor seleccionaría dos trabajos por clase y los enviaría al concurso. En aquellos meses casi no se hablaba de otra cosa. La Nasa llevaba varios años preparando la llegada del hombre a la Luna, en una carrera que quería ganar a toda costa a los rusos. Raro el día que en televisión no saliera una noticia sobre los preparativos del viaje, sobre el peligro que podrían correr los astronautas, las grandes dificultades técnicas, las opiniones de los expertos, los grandes avances que beneficiarían a la humanidad, el prometedor futuro que se abría ante los hombres, la conquista del espacio. Para un adolescente como X, lleno de sueños y ávido lector de libros de ciencia ficción, el viaje a la luna le parecía una aventura fascinante, un sueño en el que le gustaría participar de algún modo. El concurso de redacción era una oportunidad de desplegar sus conocimientos sobre el tema, los que había ido adquiriendo con la lectura de los libros de Julio Verne, de Isaac Asimov, de Ray Brabury, de H.G. Wells. También había ido a ver la película 2001, una odisea en el espacio, pero no la había entendido demasiado bien, le había parecido muy lenta y no comprendió cuál era el significado del final, así que sólo la utilizaría para describir algo de la nave y de los trajes de los astronautas.

C y B, los odiados empollones, los más listos de la clase, los que siempre ganaban todos los concursos de matemáticas, de redacción, de ciencias o de cualquier tema que se plantease, se iban a enterar. El profesor de lengua, un hombrecillo calvo, con gafitas metálicas, bajo y delgado, vestido con una chaqueta que le quedaba grande, una corbata que le molestaba pues se metía el dedo índice entre el cuello y la camisa y subido siempre a la tarima desde la que se dirigía a los alumnos con voz engolada, sabía de antemano quiénes serían los finalistas, pero esta vez X les daría una sorpresa. Él estaba totalmente seguro de que ninguno de los dos le superaba en conocimientos astronómicos. Conocía los últimos avances de la ciencia espacial, dominaba, porque lo había leído muchas veces, el libro de Verne, De la Tierra a la Luna. Y también Crónicas marcianas, de Bradbury, que había comentado hacía poco con su compañero Casanova. Lo único que le hacía dudar era que las últimas redacciones que había escrito no habían merecido más que un aprobado raspado, con comentarios más bien hirientes por parte del profesor, como “escaso vocabulario”, “estructura simple y demasiado tradicional”, “pésimas descripciones” o, y éste fue el que más le dolió, “carente de imaginación”. Daban ganas de dedicarse a destripar terrones, frase que de manera despectiva muchos profesores dedicaban a aquellos pobres estudiantes que apenas eran capaces de aprobar más que Religión, Gimnasia o Formación del Espíritu Nacional, las tres Marías.

La misma tarde del día en que se planteó el reto de la redacción, X se puso a la tarea. Tenía un par de semanas por delante, pero él quería esmerarse, encontrar el argumento adecuado, los personajes, el vocabulario. No quería que le pasara como siempre, así que rebuscó entre los libros de su pequeña biblioteca y puso encima de su mesa de estudio a Asimov, Verne, y H.G. Wells. Hojeó los libros que casi conocía de memoria y escribió algunas de las frases que más le gustaban en una hoja en blanco, para después aprovecharlas y, cambiando algunas cosas, escribirlas en la redacción. Su primer borrador era muy simple: un par de astronautas son lanzados en un cohete camino a Marte. La Nasa ya había realizado otros viajes anteriores y había dejado mucho material en el planeta rojo. El reto era encontrar vestigios de vida y comenzar una colonización que ya se había iniciado con éxito en la Luna.

En los días siguientes escribió varias páginas, pero no le terminaba de convencer ni el argumento ni las descripciones. Y el vocabulario seguía pareciéndole muy pobre y simple. Intentó meter con calzador algunas de las frases de los libros que tenía encima de la mesa, sobre todo el comienzo de “La guerra de los mundos”, de Wells:

En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él; que mientras los hombres se ocupaban de sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua.

La redacción de X quería, al contrario que el libro de Wells, mostrar que la humanidad colonizaría Marte, pero de una manera pacífica, sin aniquilar a los posibles seres vivos que poblaran el planeta. Era una idea razonablemente buena, pero no terminaba de gustarle. Y así pasó una semana, sin encontrar un buen tema. Cuando ya estaba a punto de tirar la toalla recordó que su tío A le había regalado hacía unos años un libro que le había gustado mucho y que también hablaba de planetas y de viajes siderales: El Principito. X buscó el libro y lo encontró casi escondido entre el Quijote y algunos Episodios Nacionales. Comenzó a hojearlo y a recordar la extraña sensación que siempre le producía su lectura, sus raros personajes, las frases, a veces tan complejas para ser dichas por un niño y, sobre todo, la tristeza que siempre le producía leer el final.

Sin saber bien por qué, X relacionó El Principito con la experiencia de su infancia en Barral, el cruel juego de su pandilla con el pobre pajarillo que no sabía volar, el calor y el temblor del pájaro, la angustia que seguramente sentiría.

Y entonces se le ocurrió el argumento, casi sin pensar, de manera espontánea: dos astronautas realizan experimentos en una nave que vuela alrededor de la Tierra para comprobar el efecto de la falta de gravedad en animales y plantas (había visto en la televisión un reportaje sobre eso, aunque no recordaba si se habían producido resultados). Uno de los experimentos se hacía con varios huevos de pato, para comprobar cómo les afectaba, y si, al llegar a la Tierra, los patitos serían capaces de volar. Poco a poco la redacción comenzó a tomar forma y el final, al contrario que en El Principito, fue un final feliz. Lo más complicado fue encontrar la frase que diera comienzo al texto, que impactara, que interesara al profesor de lengua, porque era él el que tenía que seleccionar a los finalistas. Daba por descontado que C y B serían sus grandes rivales, que se inventarían historias deslumbrantes y conmovedoras. Así que él tendría que competir con otras armas, con la originalidad que siempre le había faltado, con la sorpresa. Le dio muchas vueltas hasta que creyó hallar las palabras adecuadas:

Cuando el patito fue capaz de romper el cascarón que llevaba intentando abrir desde hacía un buen rato, lo primero que vio fue una cabeza muy grande, un par de ojos que le miraban con curiosidad y una mano que se acercaba para ayudarlo a salir. Su instinto le susurró que aquella debería ser su madre y desde el primer momento sintió un gran amor hacia ella.

A partir de ese momento, la historia se desarrollaba en el interior de la nave. Después de conocer a su madre se dio cuenta de que al fondo había otro ser vivo parecido, lo que le hizo suponer que aquel sería su padre. Y se sintió feliz y protegido. El patito flotaba en el reducido espacio, mirando todos los instrumentos y los aparatos con gran curiosidad, las luces que parpadeaban, los tubos, la mesa grane con mandos. Al poco tiempo de nacer el primer patito, otros tres comenzaron a romper sus cascarones y los cuatro comenzaron a jugar a esconderse, a chocar lentamente en el aire, a volar sin mover sus alitas flotando de un lado para otro sin ton ni son. Mientras tanto, sus padres, los dos astronautas que habían sido enviados para realizar experimentos durante varios meses dando vueltas alrededor de la Tierra en la nave espacial más grande construida hasta entonces, jugaban de vez en cuando con ellos, acariciándolos, dándoles de comer y beber en unos pequeños recipientes en los que tenían que meter sus picos para hacerlo y dejándoles mirar por una de las ventanillas laterales que daban al exterior, por la que se veían pequeñas lucecitas y una especie de globo muy grande y azul, alrededor del cual daban vueltas continuamente. También veían otro globo más pequeño, blanco y brillante y, más lejos, una pequeña bola de fuego. Pasaron varias semanas y se convirtieron en cuatro patos grandes que pasaban la mayor parte del tiempo dentro de una jaula para evitar que llenaran el interior de la nave con sus excrementos y que les molestaran con sus continuas ganas de jugar.

Un día vieron, con gran asombro, que sus padres se colocaban unos trajes muy raros y que se sentaban en los dos sillones que había frente al cristal. A las pocas horas comenzaron a notar una sensación muy extraña, una opresión en el cuerpo, un peso que los aplastaba contra el suelo. También notaron un calor muy fuerte y unos movimientos y ruidos que los atemorizaron durante muchos minutos. De pronto, un golpe brusco y todo, el tiempo incluido, pareció detenerse. Los patos se miraron asustados, sin saber lo que pasaba y poco después se abrió una puerta que ellos no habían visto y aparecieron otros seres que se parecían mucho a sus padres. Al cabo de unos momentos todos, sus padres y los patos, fueron sacados de la nave e introducidos en una especie de caja grande que se mecía sobre una superficie azul que se movía de una manera muy curiosa.

Pero lo que más le llamaba la atención era esa sensación que les oprimía todo el cuerpo, impidiendo que se movieran con la libertad que tenían cuando estaban en la nave. Poco a poco fueron aprendiendo que aquello era el peso de la gravedad y que tendrían que acostumbrarse a él, pues los acompañaría toda su vida.

El final de la redacción, que sólo podía tener cuatro páginas como máximo, consistía en que dejaron de ver a sus padres y que al cabo de unos días ya los habían olvidado, que fueron observados por multitud de personas con batas blancas y, sobre todo, que aprendieron a volar. La frase final, aquella que los lectores, sobre todo el profesor de lengua, no podrían olvidar fue:

La sensación de flotar sobre los campos, sobre los ríos, entre las nubes, moviendo con fuerza sus alas y dirigiéndose hacia tierras lejanas y extrañas, era mucho más placentera que cualquier viaje espacial del hombre, algo que este nunca podría llegar a sentir.

X entregó la redacción el mismo día que terminaba el plazo y esperó con ansiedad los resultados. Y llegó el anhelado momento en que el profesor, subiéndose a la tarima, dejó su cartera encima de la mesa, sacó un sobre en el que, seguramente, estarían las obras seleccionadas y miró sonriente a la clase. Esperó unos segundos que a X le parecieron interminables. Le gustaba crear expectación, como el consumado director teatral que era, pues también dirigía las obras de teatro que anualmente se representaban a final de curso en el salón de actos del Instituto.

—Aunque no todos habéis participado en el concurso de redacción, porque era una actividad voluntaria —comenzó diciendo—, el número de trabajos presentados ha sido muy grande, se nota que el tema y el premio, todo hay que decirlo, os han motivado.

Volvió a hacer una pausa y después continuó:

—He de reconocer que la elección ha sido difícil, pues hay varias redacciones muy buenas. Y me he llevado alguna sorpresa muy agradable.

En ese momento, X sabía que se estaba refiriendo a él, estaba convencido. Después de otros segundos de silencio, el profesor siguió:

—He estado dudando hasta el último momento entre varios trabajos que sobresalen sobre el resto. Pero, al final, me he decidido por el de dos compañeros vuestros que nunca me han decepcionado y siempre han demostrado la gran calidad de sus textos. C y B, me gustaría que vinierais aquí y leyerais las redacciones a vuestros compañeros.

X no se lo podía creer. Sabía que se había cometido una enorme injusticia. Sintió una rabia enorme y un sabor agridulce le llenó la boca. Parecía como si le faltara el aire, los oídos comenzaron a zumbarle y las lágrimas asomaron a sus ojos. No quería que los demás se dieran cuenta y bajó la vista. Vio por el rabillo del ojo cómo sus compañeros se dirigían hacia la mesa del profesor y uno de ellos comenzó a leer, con voz lenta, pausada, una historia maravillosa sobre el heroísmo de un grupo de personas que habían decidido dar su vida para enfrentarse a unos invasores extraterrestres que los citaban en la Luna. Si los humanos ganaban, los invasores tendrían que irse; en caso contrario, la humanidad sería aniquilada. Al final, ganaron los hombres y la Tierra se salvó. Había que reconocerlo, era una historia preciosa, de entrega, de valentía, de generosidad, de héroes y villanos, de tensión e intriga. La otra historia hablaba de saltos en el tiempo, de viajes interestelares, de descubrimiento de nuevos planetas… Otra preciosa historia, como las que le gustaban a él. Las dos, había que reconocerlo, eran mejores que la suya.

Después de escuchar a sus compañeros notó un cierto alivio. La elección había sido justa, no podía negarlo. Tendría que seguir leyendo más, escribiendo más, esforzándose más, aunque sabía que nunca sería capaz de llegar a la altura de esos dos talentos. Pero entonces volvió a escuchar la voz del profesor:

—No quiero terminar la clase sin mencionar otro excelente trabajo que me ha sorprendido mucho, sobre todo porque no me lo esperaba. Es el de vuestro compañero X, que ha demostrado una gran originalidad, saliéndose de los argumentos habituales y utilizando la imaginación como pocas veces había visto en esta clase. Es una pena que haya tenido pequeños fallos gramaticales y léxicos, así como un incorrecto uso de determinadas formas verbales. Pero eso se puede pulir con esfuerzo y con trabajo. Enhorabuena. ¿Te importa leer la redacción a tus compañeros?

Pocas veces había sentido X tanta alegría, tanto orgullo. Había pasado en un momento de la rabia y la desesperación a la euforia. Notaba su rostro rojo como un tomate y comenzó a andar hacia sus dos compañeros que, como toda la clase, prorrumpían en un largo y sonoro aplauso. Ese fue uno de los momentos más memorables de su vida, uno de los que jamás olvidaría.

Imagen relacionada

Yo también hice un máster

Resultado de imagen de máster

Me ha costado mucho tiempo reconocerlo porque la vergüenza y el sentido de culpabilidad me atenazaban. Siempre lo he mantenido en silencio, oculto y únicamente mi familia más cercana lo sabe, pero les había hecho prometer, jurar incluso, que no dijeran nada. Durante catorce años, catorce largos años, el secreto no ha salido a luz, lo cual es realmente milagroso. Sé que hay personas que han investigado, que han utilizado los más sórdidos recursos y las estratagemas más odiosas para averiguar la verdad. Noches y noches enteras sin dormir, días y días pegado a la televisión, a la radio, al teléfono, esperando el fatídico momento en que algún avispado periodista o un amigo traidor que hubiera sonsacado o sospechado algo, acabaran por delatarme, por encontrar un resquicio, una prueba. A veces, algunos comentarios aislados me hacían temer lo peor, que alguien se hubiera ido de la lengua, pero al final mis temores eran siempre infundados. Hasta ahora nadie había sabido nada.

Pero ya no puedo más. He envejecido prematuramente, mis cabellos se han cubierto de canas, la tristeza se ha apoderado de mi mirada y una continua opresión se ha instalado en mi pecho. Mi mujer y mis hijos sabían lo que me pasaba y, sin embargo, siempre estaban a mi lado con una frase, una caricia, un silencio a tiempo. Nunca podré agradecerles suficientemente su apoyo, las palabras de ánimo, el saber mantener la boca cerrada a pesar de que, seguramente, les habrán ofrecido mucho dinero o muchas prebendas por una mínima prueba, por un documento que me delatara. La familia es lo único que se puede salvar en un mundo traidor, envidioso, cruel, que busca hundir a aquellos que sobresalen un poco. Los enemigos buscan tu caída, cuanto más estrepitosa y humillante, mejor; pero tus amigos pretenden lo mismo y aunque delante de ti se muestren apesadumbrados y te apoyen, la verdad es que se alegran porque así podrán ocupar tu lugar y deshacerse de alguien que les impida crecer o alcanzar mejores puestos.

Así que, después de meditarlo mucho, de consultarlo con la almohada, con mi mujer y mis hijos, hoy he decidido contar la verdad, lanzarla a los cuatro vientos, publicarla en las redes sociales, llamar a la prensa y mostrar las pruebas: en el curso 2003-2004 hice un Máster de Nuevas Tecnologías Aplicadas a la Educación. En abril de 2004, después de haber realizado todas las actividades que mi tutor me indicaba, aunque nunca discutí con él la facilidad de alguna de ellas, haber aprobado todos los módulos, trece en total, a pesar de que no asistí ni una vez a una clase presencial, aunque en mi descarga diré que era un máster on line organizado por la UOC, Universidad Oberta de Catalunya (más oprobio y vergüenza, una universidad catalana, no sé si cercana al independentismo, vade retro), entregué el Proyecto Final de Máster titulado “La formación de asesores y asesoras de Andalucía en Tecnologías de la Información y la Comunicación”. Elegí ese tema porque en ese momento, más oprobio, más vergüenza, no sé si podré salir de todo esto, era el Jefe del Subprograma de Formación del Profesorado de Andalucía, es decir, el coordinador de los centros del profesorado andaluces y responsable, entre otras cosas, de que los asesores y asesoras de dichos centros estuvieran bien preparados. En junio de 2004 defendí el Proyecto, también de manera on line. Me encerré en el estudio, me conecté a la UOC vía Internet y con una webcam, durante una hora contesté a las preguntas del tribunal, tres o cuatro profesores, no recuerdo bien, que intentaron ayudarme lo más posible y que, al final, me dieron un notable alto y meses después, la UOC me envió el título, que, nada más recibirlo, guardé bajo siete llaves en un rincón del trastero.

Por fin he confesado. Al fin estoy libre y podré dormir tranquilo. Y puedo decir, sin rubor y con cierto orgullo, que no he querido esperar a que un periódico sacara a la luz la noticia. No sé si recibí trato de favor, si alguien manipuló las notas, si realicé todos los trabajos que se requerían para aprobar, si al final me dieron una calificación mayor de la que merecía. Yo sólo hice lo que me dijo mi tutor y el director del Máster. Si hubo alguna irregularidad no es mi culpa, será de ellos o de algún funcionario malintencionado y ya puedo exhibir con tranquilidad el título, que por cierto, no sé si podré encontrarlo o si la humedad y las polillas me impedirán colgarlo en una de las paredes del pasillo, junto con los títulos que mis hijos han colgado allí.

Espero de vuestra benevolencia que sepáis perdonarme y comprender lo que hice. No calculé ni fui capaz de prever lo que podría ocurrir muchos años después. Menos mal que no elegí la Universidad Rey Juan Carlos ni el director del Máster fue Álvarez Conde porque entonces, además de Cifuentes, Casado y Montón, mi apellido se hubiera visto arrastrado por el fango.

La vida no es aburrida

Hace tiempo vi un programa de televisión dedicado a esos pueblos que se distribuyen por la geografía española, fundamentalmente por las dos Castillas, que se han ido despoblando o en los que quedan apenas media docena de personas, casi todas ellas ancianas. En uno de esos pueblos vivía sólo un hombre, de unos sesenta o sesenta y cinco años, que había nacido allí, se había ido a trabajar a una gran ciudad y, una vez jubilado, decidió regresar al lugar donde había pasado su infancia. El lugar tenía poco más de una docena de casas, todas de piedra y con las puertas y ventanas cerradas menos la suya, una hermosa vivienda con un banco, también de piedra, adosado a la pared y un arriate de flores que me parecieron hortensias, un gran salón donde el fuego crepitaba alegremente en una chimenea situada en un rincón, con muebles de madera oscura que daban la impresión de ser antiguos y de calidad. En el salón, al que se accedía directamente desde la puerta de la calle, destacaba, sobre todo, una gran librería que ocupaba todo un testero, del suelo al techo y rebosante de libros y discos. La cámara se paseó lentamente por los libros y pude leer alguno de los títulos: La Celestina, la Divina Comedia, La Regenta, Episodios Nacionales, La colmena, El capitán Alatriste…. No se adivinaba un orden especial, una organización o una planificación por épocas, autores o alfabética. Creo que eso es lo mejor para las librerías personales, ir colocando los libros en los espacios que van quedando libres y, de vez en cuando, revisar y encontrarte con sorpresas, como me ocurrió hace poco, cuando vi un libro que había comprado hacía un par de años y que no recordaba que lo tenía. Aunque soy ordenado para algunas cosas, para esta en concreto soy un pequeño desastre. Me he planteado dedicar un tiempo a hacer una base de datos con todos los libros que tengo, apuntando una información muy básica: título, autor y estante en el que se encuentra. Pero siempre busco alguna excusa para no hacerlo.

El reportaje hacía un seguimiento del día a día del solitario personaje, que desgranaba con sencillez cómo transcurría el tiempo en un pueblo que, aunque no muy alejado de núcleos urbanos más grandes y poblados, sólo contaba con su presencia, sin nadie con quien conversar, distraerse o, en caso de necesidad, acudir para solicitar ayuda. Según dijo, estaba acostumbrado a vivir solo, nunca se había casado, era hijo único y cuando sus padres fallecieron, heredó la casa que ahora habitaba. Él cultivaba un pequeño huerto situado en la parte de atrás de la vivienda, daba largos paseos por los alrededores llegando hasta un arroyo de aguas transparentes y en el que se podía ver un fondo pedregoso. La periodista intentaba indagar en el pasado del personaje, qué le había llevado realmente a llegar a su situación actual, pero éste sólo quería hablar de su presente, de cómo organizaba el día, de las plantas que cultivaba, de cómo limpiaba de vez en cuando las hierbas que nacían entre las calles empedradas, de sus esporádicos viajes al pueblo cercano para comprar lo necesario, de sus visitas periódicas al médico para revisar su salud, que le preocupaba sobre todo para poder seguir disfrutando de su apacible vida.

—Teniendo salud, lo demás no me importa —le comentó a la periodista, que asistía con cierto asombro a una muestra de austeridad y de sobriedad del que su entrevistado hacía gala desde el comienzo del reportaje.

Para finalizar, la reportera preguntó:

—¿No se aburre con este tipo de vida, todo el año haciendo lo mismo no le resulta monótono?

Y nuestro personaje, que me caía cada vez más simpático y al que admiraba y envidiaba al mismo tiempo, se quedó mirando a la cámara y dijo:

—Hay muchos libros que leer, mucha música que escuchar y muchos caminos que recorrer. De ese modo, la vida nunca puede ser aburrida.

Fueron sólo un par de frases que resumían toda una filosofía de vida y que terminaron por ganarme. ¿Qué más se puede necesitar? Algunos dirán, o diremos, que la familia, los viajes, el amor. Y seguramente tendrán, tendremos, razón, porque todo eso es importante. Pero para alguien que ha tomado la decisión de vivir en soledad o para los que ya han superado y alcanzado algunas metas, las palabras de ese personaje solitario reflejan y explican lo que muchos pensamos y deseamos: la vida es maravillosa con un buen libro en las manos, una buena música sonando en un salón tranquilo y paseando por caminos que no lleven a ninguna parte.

Y si a todo eso sumamos los últimos días de mayo y los trece días de junio que llevamos, todo se torna apasionante: la sentencia del caso Gürtel en Madrid y Valencia, que demuestra que el PP se financió irregularmente; una moción de censura sin apenas posibilidades de salir adelante pero que, cosas de la política, ganó Pedro Sánchez; la formación de un gobierno que mayoritariamente está formado por mujeres; la acogida por España de los inmigrantes que se hacinan en el barco Aquarius; el fichaje de Lopetegui por el Madrid y su expulsión de la selección española; la sentencia del Supremo que ratifica el ingreso en prisión de Inaki Urdangarín; la dimisión del ministro de Cultura y Deporte, Maxim Huerta por defraudar a Hacienda… Y fuera de España, la entrevista entre dos personajes que dan risa y miedo a la vez, Trump y Kim Jong Un. Total, que es imposible aburrirse pero, por favor, que la política nos dé un respiro, que así no hay quien viva con sosiego.

Imagen relacionada

La caseta del jubilata. Romería de San Mamés 2018

No busquéis en las líneas que siguen palabras de alabanza altisonantes o un panegírico sobre la Romería de San Mamés que pretenda provocar la emoción porque no soy amigo de esas expresiones que en mi escritura serían vanas y huecas, o más bien hipócritas. Tampoco haré una descripción pormenorizada de todos los actos, sean religiosos o festivos. Seguramente otros lo harán con mucha más precisión y conocimiento. No soy una persona religiosa, nunca he sido llamado a seguir el camino de la fe, aunque respeto a aquellos que sí lo hacen y viven el día a día de la religión; son dignas de admiración y, en muchos casos, de envidia porque reciben un consuelo y una esperanza que, en otras circunstancias, no serían capaces de obtener. Pero no me digáis que esas personas son multitud; son más bien una minoría militante y comprometida porque el resto se limita a circunscribirse a las fiestas que van aparejadas a las celebraciones de la Iglesia. Navidades, Semana Santa, El Rocío o la misma Romería de San Mamés no se entenderían por parte de la mayoría de la gente si no hubiera fiesta gastronómica, bebida, caballos, estreno de ropa, cantos. Diversión, en suma.

Reconozco, sin embargo, que me atrae todo aquello que gira en torno a la liturgia, a la cultura que rodea al fenómeno religioso y que ha creado tanta belleza: el recogimiento de las pequeñas iglesias románicas, la majestuosidad de las catedrales góticas, el canto gregoriano, las pinturas bizantinas, el barroco… No podría entenderse occidente sin la influencia que en él ha tenido el cristianismo, como tampoco podría entenderse nuestro país y el norte de África, Asia Menor y muchas partes del mundo sin las costumbres, la arquitectura y las demás manifestaciones culturales musulmanas…

—A ver, José Manuel, deja de enrollarte y vamos al lío, que ya está bien de hacer este tipo de introducciones. ¿A quién le pueden importar estas digresiones que lo único que pretenden es demostrar tu capacidad de poner una palabra tras otra sin tino y sin cuento? Veamos, ¿tienes algo que decir sobre la Romería de San Mamés?

—Pues sí, y perdona por el despliegue de mis amplios y vastos conocimientos, que bien sé que te molestan. La envidia es muy mala, compañero. Diré, por ejemplo, que es la primera vez que participo en el montaje y desmontaje de nuestra caseta. Hasta ahora, como estaba trabajando en Sevilla, no podía llegar al pueblo hasta el viernes por la tarde y Manolo, Sebastián, Mari Loli y Concha ya se habían encargado de colocarlo todo. Es decir, que los que veníamos de fuera, Juan Esteban, Manoli, Carmen y yo, nos encontrábamos todo hecho y sólo teníamos que disfrutar de la fiesta. Pero este año, ya jubilados y después de un par de años que, por diferentes circunstancias no montamos la caseta y tuvimos que ser acogidos generosamente por la de enfrente, la de José Luis Ataca, mi cuñado Miguel Pedro, Manolo Pina, los Humanes, etc., por fin pudimos poner la nuestra.

Pasaré por alto el trabajo que le cuesta a un grupo de ocho personas, siete de las cuales están ya jubiladas, cargar todo lo necesario en una furgoneta, descargarlo, encaramarse a los hierros de la estructura de la caseta, fijar el toldo del techo y los laterales, instalar el enganche de luz, colgar los adornos, mover frigorífico y botelleros y llenarlos con la bebida y la comida… Un trabajo que nos llevó la tarde del jueves y la mañana del viernes y que, gracias a la experiencia adquirida a lo largo del tiempo, permitió que todo se realizara con relativa rapidez y facilidad. Tenemos más de sesenta años, pero todavía nos mantenemos en forma (unos más que otros, todo hay que decirlo).

IMG-20180514-WA0015

IMG-20180525-WA0007

Así que la tarde del viernes pudimos descansar algo y ver la procesión de San Mamés por las calles del pueblo. No conozco demasiado el protocolo de este acto, pero sé que, acompañando a la imagen del santo iban las romeras y las romeras infantiles que fueron coronadas el viernes anterior así como la nueva directiva de la hermandad. La verdad es que no había mucha gente acompañando al santo, quizás porque la procesión sale demasiado tarde, cerca de las diez de la noche, y muchos aprovechan para coger sitio en las mesas de la plaza o en el casino y, cómodamente, verla pasar. Creo que si se realizara antes muchas personas se animarían, pero yo no soy nadie para hacer semejante propuesta.

20180525_221918_001

Llegó el sábado. Como siempre, me despertaron los cohetes y los tamborileros, aunque creo que esta vez lo hicieron más tarde y pude dormir más tiempo. Amaneció un día despejado pero que poco a poco se fue nublando, aunque sin amenazar lluvia. Para los que padecemos de alergia el tiempo era magnífico, pues no hacía calor y no había mucho polen en el aire. Otros años apenas podía disfrutar por culpa de los estornudos, el lacrimeo o la tos pero esta vez no padecí ninguno de estos síntomas.

En romerías anteriores yo dedicaba la mañana a cocer el pulpo, una especialidad que se me da bastante bien y que me ha hecho famoso en este y en otros lares (perdonad la inmodestia, pero es así, lo siento), pero que, para poder comerse caliente, que es como está bueno, tenía que hacerlo mientras pasaban los romeros y San Mamés por las calles del pueblo. O sea, que me perdía el ambiente de la mañana, que es realmente extraordinario. Pero ya me he negado y pude, desde primera hora de la mañana, comprobar que había mucha gente, muchos caballos y carruajes, mucha alegría y muchas ganas de divertirse. Para seguir la tradición nos fuimos al casino a tomarnos un aguardiente. Es la única vez que lo hago en todo el año porque no me gusta. Me recuerda a mis años de Camariñas, cuando en la pensión donde paré el primer curso de los tres que ejercí allí, la señora Carmen, la dueña, lo primero que hacía era ponerme por delante un aguardiente de orujo y no paraba hasta que me lo bebía entero. Los marineros, antes de salir a faenar, no tenían más remedio que hacerlo debido al frío, la humedad y la lluvia que calaba hasta los huesos en esa zona de la costa de la muerte. Sí calentaba todo el cuerpo, aunque no me parecía demasiado ejemplar ir a dar clase a niños pequeños oliendo a aguardiente. Pero como mis compañeros de pensión, un sargento de la guardia civil, el farero de Cabo Vilán y otro maestro más, lo bebían con fruición y deleitándose, no me quedaba más remedio que acompañarlos y hacer como que me gustaba. Así que, como iba diciendo, nos fuimos al casino mi mujer, Carmen, y mi cuñado y primo, Miguel Pedro y allí, rodeados por amigos y parientes, nos tomamos el aguardiente con agua, una palomita, esperando que se acercara la procesión. Y a hacer fotos a la familia, que también es tradición.

20180526_103421

20180526_10344720180526_103855

Y comenzaron a llegar los caballos. Uno, y otro, y otro, en dos filas interminables. Hombres y mujeres solos, parejas, niños y niñas, ellos perfectamente equipados con sus chaquetillas, zahones, sombreros de ala ancha, ellas con trajes de gitana y flores en el pelo, aunque muchas amazonas también lucías sus habilidades solas en el caballo (este párrafo me recuerda a las descripciones del NODO, pero lo voy a dejar para que no se diga).

 Una vez que dejaron de pasar los caballos aparecieron los tamborileros, las mujeres de la hermandad con sus varas y, detrás, la carroza tirada por dos bueyes con la imagen de San Mamés. La maniobra de girar en la calle Real siempre me ha parecido peligrosa, pero que yo recuerde los boyeros siempre lo han hecho con habilidad y nunca ha ocurrido nada. Y detrás del Santo, una auténtica multitud de hombres, mujeres y niños cantando. Esta vez sí había una gran masa de gente, como pocas veces había visto. Una vez que pasó toda la comitiva comenzó la segunda parte: cargar los coches con la comida y dirigirnos a los Llanos de la Belleza. Nos fuimos por la carretera vieja, como es lógico, pues por la otra bajaba la procesión. En el cruce con la carretera general me paró una pareja de tráfico y me hizo soplar. 0,0, como es lógico. No es lo mismo soplar a la una del mediodía que a las doce de la noche. Después de dejar todo bien colocado en la caseta, esperamos a que comenzaran a sonar las campanas anunciando la llegada de la procesión, que lo hizo pasadas las tres, por lo que nos dio tiempo a tomarnos un par de cervezas.

 Como ya comenté, no me emocionan especialmente las manifestaciones religiosas, pero reconozco que la llegada de San Mamés a la ermita, el canto de la nana al Santo, las lágrimas de mucha gente, quizás recordando a las personas que ya no están o que no pueden venir, hizo que se me pusieran los pelos de punta, quizás por simpatía, por solidaridad, por cercanía a los que me rodeaban. ¡Qué se le va a hacer, uno no es de piedra!

Y regresamos a nuestra caseta. Comimos, bebimos y cantamos y bailamos poco, pues no somos muy dados al folclore. Nos visitó mucha gente y en un determinado momento Cristina, la hija de Manolo y Mari Loli, sacó la tarta que nos había regalado por las jubilaciones de prácticamente todos los miembros de la caseta, que seguramente pasará a llamarse a partir de ahora “La caseta del jubilata”. Antes habíamos intentado ponerle el nombre de “El florido pensil” o “La caseta del pulpo”, pero ninguno cuajó. A ver si éste dura un poco más.

IMG-20180526-WA0031

(La hija de Cristina, Alegría, y la mujer de Sebastián, Concha, son los únicos “no jubilatas” de la foto, como podrá uno imaginarse).

Ese día se jugaba la final de la Champions entre el Madrid y el Liverpool, así que mientras unos se iban al Rosario, otros nos dedicamos a disfrutar del fútbol. Como ganó el Madrid, todos contentos menos algún “degenerado barcelonista o antimadridista”, dicho con todo el cariño, que esa noche no puedo descansar bien. No nos acercamos al bingo, que le tocó a José Pedro el veterinario, sobrino de mi mujer, ni al concurso de sevillanas, que no sé quién ganó. Y nos fuimos alrededor de la una de la madrugada para casa, que habían sido tres días muy intensos y había que descansar. Esta vez, menos mal, no me paró tráfico.

El domingo bajamos un poco antes de que comenzara la misa. Yo dejé a Carmen en la ermita y seguí con Pilar y con Vicente, que vinieron con nosotros, hasta la caseta de la hermana de Carmen. Allí siempre nos reciben bien y se come mejor. No se me olvida el guarrito, Pilar.

Seguimos comiendo y bebiendo, como no podía ser de otra manera. Y mediada la tarde nos fuimos parte del grupo a la caseta de nuestros amigos José Luis Ataca, los Humanes, Manolo Pina, etc. En la nuestra se quedaron Mari Loli, Sebastián y Concha, agasajando al cura párroco y a dos jóvenes amigos suyos que se acercaron y que dieron buena cuenta de las viandas. En la caseta de los amigos pasamos un rato estupendo porque al poco de llegar nosotros entraron los tamborileros que comenzaron a tocar sevillanas y allí que se arrancaron mi mujer y mis cuñadas, que bailaron con Manolo “Gallito” y con Vicente, como podéis ver en las fotos.

IMG-20180527-WA0026IMG-20180527-WA0027IMG-20180527-WA0029

Como soy poco bailarín y no tengo ni idea de bailar sevillanas, me dediqué a charlar con la gente y a hacer fotos y entre ellas destacaré la de mi buen amigo Manolo Pina y su mujer Carmen, a los que les prometí que sacaría en este blog. Y como suelo cumplir las promesas, ahí están.

20180527_175348

Siguió la tarde, siempre con muy buena temperatura, lo que nunca podré agradecer suficiente. Como se acercaba la hora de la procesión de San Mamés, acompañado por la comitiva romera por todo el recinto de los Llanos de la Belleza, nos fuimos casi todos a verla pasar. Y vuelvo a reconocer que este tipo de actos me gustan, sobre todo por el colorido, la alegría y la hora, porque los colores están como difuminados y el campo y la gente se ve como a través de un fino velo (o será cosa del vino y la cerveza que me bebí a lo largo del día, no sé).

 20180527_205255

Poco a poco, la tarde se fue apagando y oscureciendo. Comenzó a hacer frío y casi a medianoche, cayó una fina lluvia. Tuvimos que cerrar las cortinas, abrigarnos y tomarnos un caldo caliente que nos sentó de maravilla y allí, solos los socios de la caseta y Alegría, que estaba a lo suyo con todos los juguetes que le compraron sus abuelos, comentamos las anécdotas de estos días. Y termino. No cuento cómo fue la mañana del lunes, que dedicamos a desmontar todo. Otra Romería más.

20180527_232820