Mi primer libro: La vida es un cuento

La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido. Macbeth, 5° acto, escena V. William Shakespeare

Hace cerca de siete años, cuando me jubilé, se me ocurrió crear un blog con el objetivo de escribir sobre todo aquello que me interesara, la fotografía, los viajes, el ajedrez, la política, los recuerdos…, para ocupar parte del tiempo libre que, teóricamente, iba a tener. Después de buscar varios títulos se me ocurrió el de TRECEGATOSNEGROS, el trece y el gato negro unidos, dos símbolos de la mala suerte, según parece, una forma de dar a entender la importancia que el azar o la suerte, lo que se llama destino o fatum tienen en nuestras vidas. Estar en el lugar y en el momento oportunos o inoportunos pueden conducir el futuro de nuestra vida en una dirección u otra, ejemplos hay que lo demuestran.

Después de algunas semanas de prueba comencé a insertar relatos, historias en las que dejaba volar la imaginación, contaba recuerdos y experiencias o mezclaba ambas cosas, un recuerdo adornado con algo de fantasía. Y reconozco que cada vez me gustaba más escribir esas historias. Llegué a plantearme incluso escribir una novela, redactando varios argumentos, imaginando lugares, personajes, tramas. Pero no me veía ni con fuerzas ni con paciencia para dedicar horas y horas a trabajar en la novela, así que deseché la idea y seguí con los relatos.

Desde entonces habré escrito unas sesenta historias y después de alguna duda decidí lanzarme al vacío y no sé si por osadía o inconsciencia, seleccioné veinticuatro de esos relatos y los envié a varias editoriales. Tres de ellas me propusieron la autoedición, o sea, pagar yo la impresión y venta de los libros, pero no me gustaba la idea de sablear a mis amigos o ir puerta por puerta vendiendo mi producto, y la cuarta editorial, Libros Indie, me publica la citada selección porque considera que tiene calidad y se arriesga a publicar la primera obra de un autor desconocido, a la que he titulado La vida es un cuento. Son relatos y microrrelatos que, entre otras historias, reflexionan y describen diferentes momentos de la vida de las personas, con alguna nota autobiográfica y experiencias personales. Héroes y villanos, jovenes y ancianos, ganadores y perdedores, realidad y fantasía, se entremezclan a lo largo de los relatos, sin un claro o definido hilo conductor.

O sea, que aquí me tenéis, otro jubilado que no tiene otra cosa mejor que hacer que publicar un libro de 208 páginas. Me gusta la edición, aunque solo he visto la maqueta, muy cuidada y atractiva, y una portada sugerente. Según el editor, el libro se presentará en Sevilla, en un lugar todavía sin determinar, aunque me ha dicho que será en un local en Triana o la Alameda, el miércoles 20 de abril, entre Semana Santa y Feria, una bonita fecha. Seguiré informando.

El horóscopo

Hay ocasiones en que se hacen las cosas sin pensar, sin planificar y salen bien, y otras, seguramente la mayor parte de las veces, salen mal. Actuar o hablar de manera irreflexiva o emocional suele conducir a situaciones imprevistas y catastróficas y por eso no me gusta actuar o hablar así, aunque a veces, por pensar demasiado las cosas, he dejado pasar muchas buenas oportunidades.

Dicen que los tauro somos personas previsibles, sistemáticas, prácticas, ordenadas, en suma, personas aburridas. Por eso no nos gusta improvisar, quizás porque tenemos aversión a las sorpresas y porque no tenemos reflejos para responder de la manera más apropiada a aquello que surge de repente. También dicen los expertos en astrología que somos personas tranquilas y plácidas la mayor parte del tiempo, pero impetuosos y brutales cuando se nos enfada o se nos cruzan los cables. Serios, trabajadores y pragmáticos, si se nos mete una cosa en la cabeza no paramos hasta conseguirla porque la constancia es una de nuestras más reconocidas virtudes. Pero la monotonía, la planificación o el orden tienen hoy muy mala prensa, por eso los tauro estamos de capa caída. Ahora hay que tener un pensamiento divergente, original, que se salga de lo corriente, saber improvisar, sorprender. Pero no busquéis en los tauro sorpresas, ni fuegos artificiales. Por lo menos en la mayor parte de los tauro, aunque habrá honrosas excepciones, supongo.

Eugenio y yo estábamos de acuerdo en muy pocas cosas; yo era del Madrid y él del Barça, a mi me gustaba hacer deporte y leer mucho y él se pasaba el tiempo libre tumbado viendo la televisión, a mí me gustaba viajar y él sólo se movía del pueblo para visitar a la familia o para ir al médico, yo de izquierdas y él de derechas, a mí me gustaban las morenas y delgadas y a él las rubias y gorditas. Total, que no compartíamos casi ningún gusto, pero simpatizábamos, vaya usted a saber por qué y siempre buscábamos momentos para estar juntos. Era un buen conversador y sabía argumentar sus razonamientos con mucha inteligencia y habilidad y me costaba, lo reconozco, vencerle en las discusiones. Por eso, quizás, me gustaba, porque veía en él un contrincante a mi altura con el que merecía la pena competir, sobre todo en ajedrez. Una de las pocas cosas que compartíamos era nuestra afición al ajedrez, pero en esto también diferíamos. A mi me gustaba plantear partidas tranquilas, con movimientos poco arriesgados, basándome en la defensa y arriesgándome sólo lo imprescindible. Una defensa Caro Kan, una india de dama o una Petrov eran mis favoritas mientras que a Eulogio le gustaban la siciliana o la india de rey. Él siempre buscaba sacrificios imposibles, aperturas raras para que yo no pudiera basarme en la teoría o distracciones de cualquier tipo para que no pudiera concentrarme. Yo quería planteamientos a largo plazo, situando mis piezas sin fisuras, pero él prefería los golpes de efecto, las improvisaciones, los movimientos arriesgados. «Prefiero morir matando a morirme de aburrimiento» era su frase preferida cuando llevábamos más de una hora sentados ante el tablero. «Eulogio, el ajedrez es un juego de lógica, de previsión, de planificación, no una forma de suicidio». La verdad es que yo era mejor jugador y ganaba la mayor parte de las partidas, pero a veces me sorprendía con jugadas maravillosas que después comentábamos cuando me ganaba. En las tardes de invierno, con el viento soplando furioso, las olas balanceando los barcos y las gotas de lluvia golpeando los cristales, un café caliente, una copa de brandy y una partida de ajedrez eran el mejor modo de pasar el tiempo.

En aquella época el tiempo transcurría con lentitud, con amable y tranquila pereza y las horas y los días se desgranaban sin apenas sobresaltos, unos iguales a otros, sin luces ni sombras ni altibajos ni estrépito. No éramos conscientes de que la vida era eso y no fuimos capaces de saborearla, de concentrarnos en apresar los momentos como un auténtico tesoro, como un placer de los sentidos, que se acorchaban sin remedio, ausentes y distraídos. El tiempo flotaba delante de nosotros, como las hojas doradas en el otoño, como globos irisados, y no supimos cerrar las manos alrededor y apresarlo y hacer un lazo y amarrarlo y esconderlo en lo más hondo y profundo del pecho para que nunca se escapara. Y se escapó. Y ya nunca más busqué el tiempo perdido ni lo encontré en una magdalena. El olvido arrinconó o diluyó demasiados recuerdos. Esos días, sin embargo, los puedo recordar con nitidez, como si hubieran transcurrido ayer, pero han pasado ya demasiados años.

Recuerdo a mi compañero Eulogio sentado al lado de la puerta del café, abriendo el periódico todas las mañanas por la página donde leía lo que los astros le deparaban. Supersticioso como pocas personas a las que he conocido, se creía al pie de la letra todo lo que pronosticaba el experto en astrología del diario, que seguramente también escribiría sobre deportes, sucesos o notas de sociedad y me leía en voz alta lo que allí se decía, mientras yo me tomaba el café con la tostada. Un escorpio como él era opuesto a mí, según decía, aunque también nos complementábamos. Me gustaba charlar con él y discutir sobre las cosas más variadas y peregrinas, de fútbol, de política, de mujeres, de economía, de pesca, del tiempo o de cualquier tema que surgiera.

Cuando los pronósticos del horóscopo eran favorables y el viento soplaba a favor, los días al lado de Eulogio eran alegres, divertidos, llenos de conversaciones inteligentes, irónicas, de largos paseos por los caminos que rodeaban el pueblo o que se asomaban a la ría. Pero si los pronósticos eran aciagos o pesimistas, yo tenía que alejarme, distanciarme de un ser que podía llegar a ser nocivo, incluso violento. Lo bueno es que los horóscopos raras veces predecían días totalmente negativos, sino que siempre dejaban una puerta a la esperanza y a eso me agarraba yo e intentaba que él también se apoyara en la parte más positiva. Pero en esos días los silencios se agrandaban, el gesto de su rostro era hosco, desagradable y la mirada perdida y baja, las manos en los bolsillos de la chaqueta o de los pantalones, los pasos largos. Como yo estaba acostumbrado a esa situación, caminaba a su lado y apenas le hablaba. Sólo cuando se iba acercando la medianoche y el día estaba a punto de terminar, las miradas al reloj eran cada vez más frecuentes y en su cara se percibía el cambio de humor. Entonces era cuando podíamos comenzar a hablar casi sin problemas ni malos modos.

Una tarde de invierno, anocheciendo, sentados frente al tablero de ajedrez al lado de la ventana que daba al puerto y a la ría, comentábamos un suceso que había ocurrido días atrás en la fábrica de conservas del pueblo. El dueño había echado a una mujer porque, según decía, había estado robando latas a lo largo de varios meses. El encargado había sospechado de ella y la estuvo vigilando durante dos o tres semanas. Efectivamente, la mujer, una señora casada con un carpintero y madre de cuatro hijos todavía pequeños, metía cada vez tres o cuatro latas de conservas en su bolso y se las llevaba a su casa. Después, según se comprobó, las vendía a las vecinas y se ganaba un dinero extra. Ese dinero, según comentó después ante magistratura, era para compensar lo poco que ganaba en la fábrica y que le permitía llegar a fin de mes. Nosotros conocíamos a la familia y considerábamos muy injusta la decisión de la magistratura, que le dio la razón al propietario y dejó a la mujer sin trabajo. «No hay derecho a que se explote así a la gente», «con los millones que gana la conservera, podían haber hecho la vista gorda o llamarle la atención y avisarla, pero no echarla, a ver qué van a hacer ahora, porque con lo que gana el marido imposible vivir dignamente», «y lo malo es que a ver ahora quién la contrata para hacer cualquier trabajo, porque en los pueblos ya se sabe». Cuando llevábamos hablando un buen rato sobre el tema, Eulogio dijo «esto no puede quedar así, tenemos que darle una lección al dueño para que aprenda». Yo estuve de acuerdo, pero dije que no se me ocurría nada, como no fuera intentar hablar con él para convencerle de que volviera a contratarla. «Eso seguro que no arregla nada, conociendo al personaje, que es un impresentable y un hijo de su madre» comentó mi compañero. «Pues ya me dirás, porque dejar de comprarle latas de conserva no me parece que sea demasiado eficaz, o hacer campaña en contra en el pueblo sería ineficaz y contraproducente, porque la mayor parte de las familias depende de ese trabajo», terminé de razonar. No veía una solución porque, entre otras cosas, la mujer había confesado los hurtos y el empresario no iba a dar marcha atrás, porque quería dar un escarmiento y que nadie volviera a intentar llevarse nada de la fábrica.

No me gusta tomar decisiones a la ligera porque me asustan las posibles consecuencias negativas, o el ridículo, o el qué dirán. Por eso, cuando Eulogio me dijo que se le había ocurrido algo, mientras nos dirigíamos hacia la fábrica que estaba situada en las afueras del pueblo, en la carretera que llevaba hacia la capital, algo me dijo que debería detenerlo. «A ver, qué se te ha ocurrido», dije con un pequeño temblor en la voz. «Ya lo verás, y si no quieres acompañarme, quédate aquí».

Hay situaciones, momentos en la vida o decisiones que pueden cambiar el destino de los hombres. La mayor parte de las veces son acciones sin importancia, que hacemos con frecuencia, como cruzar una calle distraído, pasar debajo de un balcón con macetas, comer sin masticar bien un trozo de pollo, decir sí o no, callar cuando tienes que hablar o hablar cuando deberías permanecer callado, llegar tarde a una cita, coger un avión o un coche… Todos los días realizamos gestos como esos y casi nunca tienen trascendencia. Pero un coche que se salta un semáforo, una maceta suelta, decir una palabra o una frase a destiempo, girar a la derecha en lugar de a la izquierda o aplazar un viaje, por ejemplo, pueden acabar con uno en un instante o con el futuro hecho trizas. Yo no sabía en ese momento que la decisión de seguir andando al lado de Eulogio o detenerme y darme la vuelta podía cambiar mi vida. Los tauro somos prudentes pero no cobardes y el tono de voz de Eulogio era desafiante, como un trapo rojo que ponía delante de mí y yo, sin dudarlo, acudí sin pensar al engaño. Ese es nuestro problema, a veces pensamos demasiado las cosas pero nos dejamos convencer o llevar con cierta facilidad. Eulogio no me engañó, pero me retó, y eso, todo hay que decirlo en honor a la verdad, suponía que Eulogio me conocía muy bien. No intentó convencerme, sino desafiarme, una de las mejores maneras de hacer actuar a un tauro.

Llegamos a una de las puertas de la fábrica, una nave enorme, paredes muy altas, con cierto aire decadente o de abandono, desconchones en las paredes, cristales sucios. Había dos coches aparcados en un lateral, uno de ellos lo conocíamos muy bien, un Mercedes negro con matrícula antigua, pero muy bien cuidado. El otro vehículo era un Ford Fiesta. Eulogio me dijo que diéramos una vuelta. Algunos focos iluminaban el exterior. Sabíamos que Luis, el guarda de la conservera, un  marinero jubilado que tenía muy malas pulgas, estaba de baja por una lesión en una pierna; lo veíamos todos los días acodado en la barra de uno de los bares del paseo marítimo charlando con otros marineros, contando sus aventuras en el Mar del Norte. En la fábrica no se necesitaba un guarda, nunca habían intentado robar, entre otras cosas porque en las oficinas no había dinero en efectivo y a nadie se le ocurriría, según se decía en el pueblo, robar latas de conservas. Pero Luis había sido amigo de la infancia del dueño, había trabajado en uno de sus barcos pesqueros y era una manera de agradecerle los servicios prestados y añadir algo de dinero a la escasa pensión.

Eulogio se asomó con precaución a la ventana de la oficina. Allí estaba el dueño, revisando un libro de cuentas y charlando con uno de sus hijos, el menor, el que seguramente se haría con las riendas de la fábrica ya que los otros dos, un médico y un arquitecto, se había ido del pueblo hacía años. El hijo era un muchacho alto, muy fuerte, acostumbrado a hacer deporte. Siempre en chándal, se paseaba por las calles luciendo palmito y atrayendo las miradas de las muchachas, guapo, rico, simpático, el mejor partido de la localidad. Él picaba aquí y allá, pero todavía no había elegido. Según decían las malas lenguas, le gustaba más la carne que el pescado, lo que en un pueblo marinero era una auténtica herejía.

Eulogio me hizo una señal para que nos deslizáramos bajo la ventana para evitar ser vistos. Sacó un spray de su chaquetón y se dirigió al Mercedes. Antes de que pudiera darme cuenta, había escrito con pintura blanca en el lateral “Conservera, mafia explotadora” y lo culminó con círculos y rayas alrededor de todo el coche. Intenté evitarlo, pero se dirigió al otro coche y escribió “Paco es maric”. Esto ya no lo pude consentir y antes de que terminara de escribir, intenté quitarle el spray. Hay líneas que no se deben traspasar. Yo era más fuerte y más ágil que Eulogio, pero se resistía con uñas y dientes. Los resoplidos y el forcejeo llamaron la atención de padre e hijo, que salieron a la puerta y nos vieron luchando. Al principio no se dieron cuenta de lo que pasaba y se acercaron con la intención de separarnos, diciéndonos que dejáramos de pelear. Pero Paco, viendo lo que Eulogio había escrito, se lo señaló a su padre, se enfureció, volvió a entrar en la oficina y salió con un bate de béisbol, que seguramente tendría el guarda como arma disuasoria. Sin mediar palabra, le dio un fuerte golpe a Eulogio en un costado y éste cayó al suelo retorciéndose entre gritos de dolor. Después se dirigió a mí e intentó hacer lo mismo. En aquella época yo era bastante fuerte y muy flexible, así que me eché a un lado y esquivé el primer golpe. El padre intentó impedir la pelea, mientras le decía a su hijo que no siguiera, que nos denunciarían y que ya pagaríamos lo que habíamos hecho. Pero Paco estaba ya fuera de sí porque había leído lo que se había intentado escribir en su coche. Me arrinconó en una esquina y lo último que recuerdo fue un estallido de luz y un enorme dolor en la cabeza.

Treinta y cinco años después, a mil kilómetros de distancia, sentado en un banco frente a un mar tranquilo por el que algunos veleros navegan perezosamente, no sé por qué hoy me viene a la memoria lo que ocurrió ese día. Según me contaron después, estuve cerca de un mes en coma, rodeado de máquinas que me ayudaban a respirar, cables que monitorizaban corazón, pulmones, tensión arterial, ondas cerebrales. El golpe había sido brutal en la frente y estuvo a punto de matarme. Poco a poco, sin embargo, fui recuperándome, salí del coma y comencé a mover los ojos, las manos, los brazos, empecé a hablar, a recordar, lentamente, lo que había pasado. Sufría, y sufro todavía, grandes lagunas de memoria, aunque lo sucedido ese día, curiosamente, lo recuerdo con total claridad, pero la movilidad de las piernas costó mucho más. Años de rehabilitación, fuertes dolores en la cabeza, lapsus en el habla y otros problemas neurológicos me impidieron volver a dar clase. Me dieron la baja definitiva y desde entonces cobro una pensión que me permite vivir sin problemas. Me alejé del pueblo y busqué otro lugar tranquilo, también al lado del mar. Me sería imposible vivir lejos de la gran madre, de donde todos venimos, de su arrullo, de su abrazo, lánguido a veces, furioso otras, pero siempre amoroso.

La conservera desapareció. Después del incidente, la policía investigó el suceso y encontró que el dueño de la conservera y su hijo se dedicaban al tráfico de drogas, al blanqueo de dinero y a otros negocios sucios, incluido el tráfico de mujeres. A ellos los metieron en la cárcel, donde estuvieron muchos años y hoy, muerto el padre, no se sabe dónde está el hijo que me agredió. Quizás saliera del país, se haya establecido en algún paraíso fiscal o en algún lugar donde no se pueda localizar.

Mi amigo Eugenio me viene a ver a veces. Se jubiló hace tres o cuatro años y tampoco se casó. “No soy capaz de aguantarme a mí mismo, como para aguantar a otra persona; al único que soportaba un poco era a ti”, me dice muchas veces, sonriendo. Él tuvo más suerte que yo, sólo tres o cuatro costillas rotas y un pequeño golpe en la cabeza. Después del incidente dejó de leer el horóscopo “menuda mierda de predicción la de aquel día, que tendríamos un día lleno de aventuras, claro que fue una aventura, pero estuvo a punto de costarnos la vida y de eso no decía nada, así que ya no lo leo nunca”. “Pues mira tú, yo sí que me aficioné a leer el horóscopo”, le dije “porque más acertado ese día no pudo ser”.

Desde entonces miro la vida con otros ojos. He dejado de ser tauro y ahora me he apuntado a los piscis, a los que más les gusta improvisar del zodiaco. Abro todos los días la página por donde el periodista, el astrólogo o el becario de turno escriben aquello que se les ocurre sobre lo que me sucederá a lo largo del día y dejo que ellos y el destino decidan por mí, total, si el azar o las estrellas lo dirigen todo, para qué preocuparse.

El pasillo del miedo

Durante el día, el pasillo que va del salón comedor a la cocina tiene una luz que entra por la primera puerta, la que está a la izquierda, la habitación de los padres. A la derecha está la habitación de mi abuela, pero esa es una habitación interior, no tiene ninguna ventana y por ahí no entra luz alguna. Durante el día, la puerta de la habitación de los padres está siempre abierta, se ve la cama perfectamente hecha, el armario, la mesilla de noche y la lámpara con apliques que cuelga del techo. La luz entra por el balcón que está frente a la puerta. Es una luz tenue pues las cortinas no permiten que el sol entre a raudales. No es de buen gusto que los vecinos puedan ver los dormitorios. A mitad del pasillo está la puerta de entrada al piso, con su mirilla para comprobar si quien llama es alguien conocido o no. Cuando me quedo solo, me prohíben abrir la puerta; si suena el timbre tengo que permanecer callado, como si no hubiera nadie en casa.

Al final del pasillo está el baño, pero ahí sólo hay un ventanuco cerca del techo que apenas deja entrar alguna claridad, está siempre como en una especie de penumbra por lo que hay que encender la bombilla que cuelga del techo. A un lado del baño está la cocina, con la mesa que sirve para desayunar y colocar algunos platos, una panera y algunos botes con harina, arroz, azúcar o sal. Encima de la mesa está la repisa y sobre ella la radio, siempre encendida con canciones dedicadas o radionovelas. Frente a la cocina y al lado del baño está mi habitación. Es una habitación pequeña, con una cama, una mesilla con una lamparita y una mesa de estudio. La mesa de estudio está bajo la ventana, que se asoma a un pequeño descampado al final del cual está una carretera de salida de la ciudad. Vivimos casi en las afueras, aunque la ciudad está creciendo por esa zona y cada vez se construyen más casas y se asfaltan más calles. En esa carretera hay una parada de autobuses de los que se bajan las mujeres que traen por la mañana la leche, las lechugas, las berzas y las patatas que luego venden en el mercado o en los puestos que ponen cerca de casa. Esa ventana tiene que estar casi siempre cerrada pues da al norte y por ahí entra mucho frío y mucha humedad, pero también mucha luz. Yo me distraigo viendo pasar las nubes, los pájaros y las gaviotas que revolotean sobre los edificios en los días de temporal y esos días no soy capaz de concentrarme para estudiar la tabla de multiplicar o el catecismo.

Durante el día voy del comedor a mi habitación, al baño o a la cocina sin ningún problema, andando sin prisa, mirando las fotos y los cuadros que hay en las paredes. Uno de los cuadros es un paisaje desértico, con algunas palmeras y una tienda de tela, una jaima dice mi padre que se llama. Seguramente lo trajo mi tío, que estuvo haciendo el servicio militar en África. Otro tío estuvo en Brasil y trajo una foto de una enorme montaña de piedra encima de la cual hay un Cristo con los brazos abiertos.

Durante el día, por las tardes, cuando subo de la calle o regreso del colegio, el único sitio en el que juego con tranquilidad es el pasillo. En el salón comedor no me dejan jugar casi nunca, mi madre y mi abuela planchando, haciendo calceta o viendo la televisión y cuando mi padre está en casa lee mucho, el periódico, novelas del oeste, de un tal Homero, libros de la colección Austral o de viajes, mi padre es un gran lector y aunque nunca estudió una carrera tiene mucha cultura. Cuando tengo alguna duda del colegio o de alguna cosa que sale por televisión o dicen por la radio, mi padre siempre sabe la respuesta. De mayor me gustaría parecerme a mi padre.

Durante el día, cuando llego del colegio o de jugar en la calle, quiero seguir jugando, yo no leo, no tengo libros que me gusten, no entiendo los que lee mi padre y otras veces, cuando quiero coger alguno de la estantería me dicen que eso no se puede leer, que no es lectura para niños y entonces me entra la curiosidad. A los niños no nos dejan hacer muchas cosas, pero sí puedo jugar en el pasillo, siempre que no haga demasiado ruido, no se puede molestar a los mayores, pero los niños siempre molestan a los mayores en casa, por eso nos dejan estar mucho tiempo en la calle. Por eso puedo cerrar la puerta que comunica el salón comedor con el pasillo y juego con la pelota, sin darle fuerte, o juego a las chapas o a las canicas. A veces sube mi amigo Felipe y jugamos los dos. Felipe es mi mejor amigo, estudiamos los dos en el mismo colegio y estamos casi siempre juntos. Felipe tiene un balón de reglamento que es la envidia de todos los niños de la calle. En el pasillo no podemos jugar al escondite, ni a quedar, porque no hay sitio para esconderse, así que lo único que nos queda es el balón, las canicas o las chapas. Él es mejor que yo jugando al balón, pero yo siempre le gano a las chapas y a las canicas.

Por la noche el pasillo se convierte en otra cosa, en un terreno desconocido, terrorífico, solitario, silencioso, el pasillo del miedo. Cenamos temprano en el salón viendo la televisión y después ayudo a mi madre y a mi abuela a recoger las cosas y llevarlas a la cocina. Me gusta ayudarlas porque me siento importante y porque me estoy haciendo mayor. Cuando era más pequeño no me dejaban ayudar porque decían que se me podían caer las cosas al suelo y romperse. Ahora ya no, ahora tengo mucho cuidado. Las luces del pasillo y de la cocina se encienden para que no tropecemos y cuando está todo recogido nos quedamos a ver la televisión. Mi padre no, mi padre sigue leyendo y sólo levanta la cabeza cuando sale alguna noticia que le interesa y la comenta con mi madre. A mi no me gustan las noticias, sólo veo los dibujos animados y una serie de marionetas que me hace mucha gracia.

Me acuesto pronto, cuando en la pantalla salen unos dibujitos que les dicen a los niños que tienen que acostarse “vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar”. Cuando termina la canción, mi madre me mira y ya sé lo que tengo que hacer. Y en ese momento empieza la angustia. Yo ya soy mayor, ya me sé la tabla de multiplicar casi entera, la del siete es la que se me atraganta un poco, y me dejan ayudar a poner y a quitar la mesa y me envían a la tienda a comprar. Ya soy mayor y los niños mayores no pueden demostrar que tienen miedo, los niños, si tienen miedo, se aguantan, tienen que ser valientes, pero las niñas sí pueden tener miedo y llorar, eso no es justo. En esos momentos me gustaría ser una niña y decirle a mi madre que me da miedo irme solo a la cama, que en la habitación, que está a oscuras, puede haber algún monstruo, algún fantasma o algún demonio. Mi madre, mi abuela, en la radio, cuentan muchas historias y muchos cuentos que me dan miedo. Me gusta escucharlos, pero cuando abro la puerta del pasillo me acuerdo del hombre del saco, de Hansel y Gretel, de Pulgarcito, de Caperucita Roja. Siempre hay una bruja, un gigante, un monstruo que está escondido y que engaña a los niños, a los que se atreven a ir solos por el bosque o por pasillos oscuros y solitarios. Yo supongo que esas historias se contarán para que tengamos miedo y no nos vayamos a sitios peligrosos. A mí siempre me ha dado miedo la oscuridad porque me parece que ahí siempre se esconde un peligro desconocido, un ser que desaparece durante el día pero que aparece por la noche acechando a los niños incautos y se muestra cruel e implacable con ellos.

El pasillo es largo, interminable y está lleno de sombras. El pasillo ya no es un pasillo ni un camino sino un laberinto en el desierto, con palmeras que se inclinan hacia la arena, intentando atrapar a los que pasan a su lado, un mar que se mueve acompasadamente con el viento, un mar en el que nadan monstruos de ojos rojos, dientes afilados y aletas vigorosas, que suben hasta la superficie para mirar a los que se atreven a pasar por allí para hipnotizarlos, para tragarlos de un solo bocado e introducirse con ellos hacia las profundidades, como nos contó una vez el maestro de una ballena que se tragó a un hombre y lo tuvo tres días en su vientre. Recuerdo que ese hombre se llamaba Jonás, un nombre muy raro, como casi todos los de la Biblia, porque esa historia es de la Biblia. Yo he leído una biblia para niños, pero la verdad es que muchas de las historias que allí se cuentan también dan mucho miedo, no parece un libro para niños, la verdad.

Enciendo la luz del pasillo, pero es una luz que apenas sirve para ver que al final del pasillo está mi habitación a oscuras. No sé si en la habitación hay alguien, siempre me parece que algo se mueve allí o que de allí sale algún ruido extraño. Durante el día me gusta estar solo en mi habitación, sin que nadie me moleste, pero por la noche mi habitación es un mundo extraño y desconocido hasta que enciendo la luz y puedo comprobar que no hay nadie y que nada ni nadie hay debajo de la cama. Pero el camino por el pasillo es puro terror. Yo voy recitando en voz baja la tabla del cinco, que me la sé muy bien y me tranquiliza, pero me acerco a mi habitación y empiezo con la tabla del siete y me equivoco y me asusto y quiero regresar al lado de mis padres y de mi abuela pero ellos ya han cerrado la puerta del salón y yo estoy solo y no me atrevo a entrar, dudo entre salir corriendo hacia la seguridad del salón o atreverme a encender la luz de mi habitación y comprobar aterrorizado que allí hay un demonio o una ballena o una bruja o el hombre del saco. Pero no puedo volverme atrás, ya estoy en la puerta y pulso el botón de la luz y compruebo que la ventana está cerrada, que la persiana está bajada, que no hay nadie y me atrevo a mirar debajo de la cama, muy asustado, y allí tampoco hay nada. Y respiro aliviado.

Otra noche que he sido valiente, o eso creen mis padres, que no sé si se dan cuenta del miedo que paso o si se dan cuenta, no me dicen nada para que vaya aprendiendo a soportar el miedo. Eso no se hace con un niño. Entonces me acuesto, rezo las oraciones que me enseñó mi abuela y tardo poco en dormirme. Seguramente volveré a soñar con monstruos que se arrastran por el pasillo o por cuevas oscuras y se comen a los hombres y a los niños incautos que se atreven a meterse en cuevas. Y me despertaré por la noche gritando y nadie me escuchará porque la habitación de mis padres y de mi abuela están al final de pasillo del miedo y no me atreveré a levantarme para decirles que me da miedo dormir solo. No puedo decirles eso porque ya soy un niño mayor.

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El perro Adolfo

—¿Crees que le gustará el regalo a Ana? —me preguntó Alberto mientras abría la caja que llevaba en la mano. Habíamos entrado los dos en el ascensor, charlando animadamente sobre lo bonito que había quedado el arreglo del vestíbulo del bloque. “Menos mal que, por lo menos, no hemos tirado el dinero de la comunidad comprando chorradas como otras veces”, dije yo. El mármol gris del suelo contrastaba con la calidez del revestimiento rosáceo de las paredes y con la madera clara de los plintos y el pequeño banco que se había colocado junto a la jardinera, donde un hermoso helecho vigilaba atentamente nuestro paso. La verdad es que había quedado muy bien y todos habíamos felicitado efusivamente al presidente de la comunidad tanto en persona como en la última reunión de vecinos, en la que hacíamos constar nuestro agradecimiento por la encomiable labor de buscar y encontrar un presupuesto ajustado que no lesionara gravemente las cuentas ni ocasionara un grave quebranto en el presupuesto ni una derrama excesiva que los vecinos no estábamos dispuestos a afrontar. Palabras de agradecimiento del presidente que reiteró su ofrecimiento de continuar en la presidencia del bloque otro año más. Suspiros de satisfacción y de alivio acompañaron estas últimas palabras.

Lo que en principio me parecía una caja de zapatos, aunque difería un poco en cuanto a tamaño y material, pues no era de cartón, sino de plástico con algunos agujeros en la tapa y en los laterales, resulta que contenía una especie de ovillo de lana de color gris oscuro, casi negro. Pero en cuanto el ovillo vio la luz, se desenrolló y resultó ser un cachorrillo que cabía en la palma de la mano. El ovillo, digo el cachorro, tenía los ojos cerrados, como si le molestara la luz de la cabina del ascensor, que brillaba intensamente pues también se habían cambiado los dos ascensores hacía tres o cuatro años, con dos espejos en los que uno se podía contemplar de frente y de perfil. El bloque había mejorado mucho, lo que suponía un incremento del valor de los pisos y satisfacía a todos aquellos que estaban deseando vender su vivienda y largarse de allí, una barriada situada en las afueras de la ciudad. Entre ellos estaba yo. Todo el que se había comprado un piso en esa zona era porque no podía permitirse el lujo de comprarlo en otro sitio, como es lógico.

—Yo no entiendo mucho de perros ni de ningún animal de compañía, Alberto, pero supongo que a Ana Luisa sí le gustará —dije para tranquilizarlo, pues me estaba mirando con una especie de súplica en los ojos y con la boca un poco abierta, anhelante, esperando mi respuesta.

—El perrito es un schnauzer mini —me explicó, como si yo supiera lo que era eso—. Tiene su pedigrí y todo y me valió un pastizal. Lo malo es que esto no es un vestido o una joya, y no podré devolverlo. Si a ella no le gusta, ¿te importaría quedártelo tú? Seguro que a tu mujer le encantará.

“Sí, hombre, lo que me faltaba”, pensé yo con una medio sonrisa que intentaba disimular mi negativa más rotunda y mi aversión a todo bicho viviente que no fuera humano y que conviviera con nosotros en un piso de setenta metros cuadrados. Ni perros, ni gatos, ni canarios, ni pececitos de colores ni boas constrictor, como el vecino del cuarto B, que el día que se le escapara iba a liar una buena.

—No te preocupes, seguro que le gusta a Ana Luisa —contesté mientras el ascensor se paraba en mi piso, el sexto—. Es un cachorrillo precioso y, además, no crecerá demasiado, supongo, siendo un no sé qué mini.

Unas veces la llamábamos Ana y otras veces Ana Luisa, porque así es como se presentó ella cuando llegaron al bloque. Entrábamos los dos matrimonios en el vestíbulo y ella, que era siempre la que llevaba la voz cantante, dijo “hola, buenos días, somos los nuevos vecinos del séptimo, mi marido, que es este que está aquí a mi lado, se llama Alberto y yo Ana Luisa, aunque este me llama a veces Analisa, lo que me molesta bastante, parece que trabajo en un laboratorio de análisis clínicos, pero no, yo trabajo en el banco de Santander y él también, es analista de sistemas y claro, está todo el día analizando datos y me ha puesto lo de Analisa, que le hace mucha gracia y a mí ninguna”. Todo esto lo dijo en un santiamén, un torrente de palabras, como ella, que era un vendaval en todos los aspectos. Nerviosa, sin parar de mover las manos, vestía con elegancia, según me dijo mi mujer. Yo, la verdad, no me fijé en su ropa, sino en la cara y en el tipo. Muy guapa, con unos grandes ojos negros que miraban fijamente sin apenas pestañear y que parecían taladrar a todo el que la miraba, el pelo recogido en un moño que dejaba al descubierto un rostro fino, agraciado, bien proporcionado, pero excesivamente serio. El cuerpo también se resaltaba pues llevaba un traje de chaqueta negro ajustado y unos tacones de aguja sobre los que parecía imposible sostenerse. Alberto, su marido, era un poco más bajo y más grueso, también trajeado, pero mucho menos elegante. Venía cargado de bolsas de El Corte Inglés que le impidieron darnos la mano “perdonad, pero venimos de comprar muchas cosas para el piso, y todavía tenemos el coche cargado, cuando ya estemos instalados, a ver si venís un día a tomar algo y nos vamos conociendo”. Esto lo dijo también Ana, pasando como un torbellino delante de nosotros sin comprobar si su marido la seguía o no. Alberto intentó seguir a duras penas su paso y la alcanzó cuando ya las puertas del ascensor estaban a punto de cerrarse.

—Creo que éste es un calzonazos de tomo y lomo —dijo mi mujer—. Una cosa es la igualdad y otra la falta de personalidad. Ya veremos si quiero ir a tomar algo con ellos.

Esta afirmación tan contundente se confirmó a lo largo del tiempo. Sin embargo, nos hicimos relativamente amigos, sobre todo gracias a Alberto, un buenazo que estaba siempre dispuesto a hacer favores. Ella no, ella era de esas personas que hablan impartiendo cátedra, convencida de que sus opiniones eran siempre las correctas, sin ningún atisbo de duda, la que llevaba siempre la razón. Era la que mejor cocinaba, la que sabía más de política, de negocios, de moda o de cualquier tema que saliera en la conversación. Las reuniones de comunidad a las que asistía eran temibles, pues nada de lo que hiciera el presidente o de lo que se nos ocurriera a los vecinos, mortales humanos normales y corrientes, merecía la pena tenerse en cuenta. Subdirectora de una oficina bancaria, se creía la reina del mambo.

Total, que al cabo de unas semanas de la escena del ascensor, bajaron Alberto y Ana Luisa. Ella venía exultante, una de las pocas veces que la vi contenta y sonriendo de oreja a oreja.

—Os presento a Adolfo —dijo mostrando al perrito que, todo hay que reconocerlo, era una auténtica monería. Lo traía en una cesta que dejó al lado del sofá donde nos sentamos a charlar. Allí ella nos explicó que Alberto la había sorprendido con un regalo que no esperaba. “Por una vez”, dijo mirando a su marido con una especie de condescendencia que a mi mujer y a mí nos fastidió, como siempre que ella hablaba de él o con él. “Porque casi nunca acierta con los regalos, y mira que le doy pistas, pero nada, no hay manera, pero esta vez, sí, esta vez ha conseguido emocionarme. Ahora sólo hace falta que acierte con lo de tener un hijo, porque a este paso, se me va a pasar el arroz, y mira que lo intentamos, pero me da la impresión de que sus espermatozoides son tan lentos y despistados como él”.

Para reconducir la situación que, como casi siempre, se volvía incómoda cuando Ana hablaba de Alberto, pregunté de una manera inocente e intentando hacer un pequeño chiste:

—¿No le habréis puesto Adolfo por Hitler, supongo?

El escaso sentido del humor de nuestros vecinos, sobre todo el de Analisa, desde este momento empezamos a llamarla así mi mujer y yo, pero nunca delante de ella para que no se rompieran definitivamente los escasos lazos que nos unían, se manifestó en su airada respuesta:

—¿Cómo se te ocurre pensar eso? Menuda tontería, menuda idiotez. Alberto y yo somos demócratas y tú lo sabes y no me gusta que hagas bromas sobre un asunto tan serio. Le hemos puesto Adolfo por nuestro presidente, el que ha traído la paz, la democracia, la libertad a nuestro país, el que ha conseguido acabar con el franquismo y sepultar para siempre el odio y la confrontación entre los españoles. Porque si hubiera sido por Felipe, no me hubiera extrañado que otra vez surgiera el Frente Popular…

“Pues como yo tenga un hijo, un perro, un gato o un grillo, pensé mirándola con uno ojos que apenas parpadeaban, ten por seguro que le pondré Felipe. Y si tengo dos, al primero Felipe y al segundo Alfonso, a ver qué te vas tú a creer”. Pero como siempre, me callé, aplicando la máxima de que uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras o aquello de que en boca cerrada no entran moscas.

Pero claro, aquí mi mujer lanzó un bufido y dio un pequeño golpe en la mesa. Buena era ella para aguantar discursos de alguien que no permitía la mínima crítica ni que nadie le llevara la contraria.

—Mira, Ana, tengamos la fiesta en paz. Ya va siendo hora de que vayas conociendo un poco a mi marido, ya sabes que los gallegos son así, qué se le va a hacer, ¿cómo iba a pensar en serio que le habías puesto Adolfo por ese nazi, tú que eres tan demócrata y respetas tanto las opiniones de los demás? —no me lo podía creer, mi mujer también tirando de ironía. Ahora yo esperaba una sarta de gritos de Analisa.

Pero no, la mujer de Alberto, después de unos instantes en los que estoy seguro de que dudaba de la intención de las palabras anteriores, levantó a Adolfo de la cesta y nos lo mostró orgullosa, como si lo que tuviera entre las manos fuera una de las joyas de la corona inglesa.

—Creo que va a ser el perro más bonito de la urba, la del segundo se va a morir de envidia, ella que está presumiendo siempre de su chihuahua, hay que ver qué cara más fea tiene, pero claro, como una vez ganó un concurso, nos lo está restregando continuamente. Si ese ganó un concurso, Adolfo ganará tres o cuatro, y si no, al tiempo.

Después de estas conversaciones y otras similares tan amenas y de tanta enjundia y de tomarnos un café con pastas, Analisa y Alberto, que apenas tartamudeó un par de frases sobre el tiempo, las vacunas que ya le habían puesto al perro y de que dentro de un mes más o menos lo sacarían a pasear por primera vez, se levantaron y se despidieron, prometiéndonos que la siguiente vez nos tomaríamos unas cervezas en su casa. Besos sin tocarnos la cara, muá, muá y hasta otro día.

Las semanas fueron pasando sin pena ni gloria. Los días cada vez más largos, los trabajos cada vez más pesados y los niños sin venir, o sea, que ni ellos ni nosotros teníamos descendencia. Mejor, pensábamos mi mujer y yo, tal y como está el mundo, les íbamos a dejar un planeta sin árboles, los mares contaminados y la tierra reseca. Así que, a vivir, que son dos días. Y eso hacíamos, viajar, salir a comer con los amigos, leer, escuchar música, ver buenas películas y series de televisión, lo normal en una pareja que ya se acercaba peligrosa y rápidamente a la cuarentena.

Además de Alberto, Analisa y Adolfo, la triple A, como también se conocía en el bloque, estaban los Profetas, los dos hermanos Isaías y Daniel, solteros a mucha honra y los Rojos, el matrimonio y los dos hijos del tercero, pelirrojos como zanahorias. El que solía poner los motes, que sólo conocíamos unos pocos, los normales, como nos llamaba a todos los demás, era Julio, un profesor de lengua jubilado que dedicaba las horas a leer, a escuchar música, a ver películas en blanco y negro y a escribir una biografía sobre Matusalén, que esperaba terminar antes de morir. Pero claro, la historia de un hombre que vivió cientos de años según la Biblia, tendría que ser como los Episodios Nacionales. Cuando Julio, un hombre con un humor socarrón e inteligente, nos veía salir juntos a nosotros y a Alberto, a Analisa y al perro, que ya había empezado a pasear y a mearse y cagarse en cualquier sitio, decía para sus adentros “ea, ya salen los A-normales”. Eso sólo lo comentaba en petit comité, como es natural, no se atrevía a decirlo delante de Analisa ni de la del segundo del chihuahua, una cotorra que lo largaba todo, Polda, como la llamábamos todos a petición suya, porque en realidad se llamaba Leopolda, como figuraba en su DNI y en las listas de asistentes a las reuniones de comunidad. El administrador, cuando pasaba lista, se detenía especialmente en su nombre, diciéndolo en voz más alta y regodeándose ligeramente también en el segundo apellido, Schneider (Eshnaida, pronunciaba él, demostrando su conocimiento del alemán, ya que había vivido varios años en Hamburgo, Jambok, decía él), pues la madre de Leopolda era alemana.

Alberto sacaba a pasear a Adolfo todas las noches, después de llegar del trabajo. Aunque viniera agotado, su tarea, ordenada como es lógico por Analisa, que planificaba hasta el más mínimo detalle de la vida matrimonial, desde compras hasta inversiones, pasando por viajes y visitas familiares, se ocupaba de otros menesteres caseros, era salir a pasear con Adolfo. Desde que era un cachorro de pocos meses, cada vez que salía a la calle, ladraba mucho, sobre todo cuando se cruzaba con niños. Era un ladrido corto y continuo, desagradable, pero al que nos habíamos acostumbrado todos. Fuera de la urbanización había un pequeño parque arbolado donde se juntaba con otras personas con perros y los soltaban para que retozaran y jugaran. Allí se explicaban los problemas que les daban, las soluciones, cómo comían, como los educaban y acostumbraban a obedecer. Lo típico y normal entre dueños de perros, según parece.

Una calurosa noche de verano, después de cenar, le dije a mi mujer que si quería dar un paseo, que no me apetecía quedarme en el piso viendo la televisión o leyendo, pero ella prefirió quedarse tumbada en el sofá, viendo una serie policíaca que a mi no me gustaba. Llamé al ascensor y cuando se abrieron las puertas vi a Alberto, que salía a dar su habitual paseo nocturno con Adolfo. Me preguntó que si quería acompañarlo en su paseo canino y yo, que no tenía nada mejor que hacer, respondí que sí. Después de saludar a varios vecinos que habían pensado lo mismo que yo y charlaban animadamente sentados en los bancos, nos dirigimos al parque entre los ladridos y tirones de correa de Adolfo. Allí, como todas las noches, Alberto soltó al perro, que se dedicó a acercarse a los otros perros, a olisquearles el culo (nunca pude entender cómo Analisa era capaz de besar el morro de Adolfo sabiendo en donde lo metía, ni cómo Alberto era capaz de besarla a ella, sólo de pensarlo me entraban arcadas) y a jugar retozando y saltando. Sin echarle demasiada cuenta, nos pusimos a charlar con los cuatro o cinco vecinos que hacían lo mismo que nosotros. Esta vez el tema de conversación era la sequía, pertinaz como todas las sequías, y la ola de calor que se había instalado sobre media España, cruel e imperturbable, desde hacía semanas. Estábamos hablando con otro hombre que fumaba un cigarro sentado tranquilamente en uno de los bancos del parque, cuando Alberto se dio cuenta de que Adolfo ya no estaba con los otros perros. Al principio lo buscamos sin ningún tipo de temor, pues era frecuente que los perros, jugando, se escondieran y aparecieran al cabo de unos minutos. Pero esta vez Adolfo no apareció a pesar de que lo llamamos todos con grandes voces y recorrimos el parque de un extremo a otro. Alberto empezó a sudar copiosamente, mezclándose el sudor del calor con la transpiración de la angustia. Al cabo de media hora de búsqueda infructuosa por el parque y sus alrededores, me suplicó que saliéramos a buscarlo por la barriada. Los otros hombres también se ofrecieron y, acompañados de sus perros, comenzamos la batida. Después de un par de horas llegamos a la conclusión de que Adolfo se había extraviado, que había decidido escaparse en busca de aventuras o que alguien se lo había llevado sin que nos diéramos cuenta

Alberto estaba a punto de llorar. Sólo pensaba en lo que le diría Ana cuando se presentara en su casa y le contara lo que había sucedido. Yo también me imaginaba la escena y no me habría gustado estar en la piel de mi vecino. Me suplicó que lo acompañara hasta su piso y que le contáramos los dos lo que había pasado. En un principio pensé que aquello no era mi problema y que Alberto apechugara solo con la bronca, que seguramente se escucharía en toda la urbanización, pero por otro lado salió la vena sádica y curiosa que todos tenemos y, viendo además el rostro compungido y abatido de Alberto, en el fondo me dio lástima y subí con él, aunque primero nos pasamos por mi piso para informar a mi mujer. La encontré dormida en el sofá con la televisión encendida, como solía suceder todas las noches, así que, sin hacer ruido, volví a cerrar la puerta del piso y subimos las escaleras.

Podía ver y oler el miedo de Alberto, la lentitud con la que subía los escalones, el reguero húmedo que iba dejando en el pasamanos, la respiración fatigosa y los suspiros. Cada vez me daba más lástima. “No te preocupes, Alberto, Ana lo comprenderá y aunque se enfade al principio después entrará en razón. Mañana te ayudaré a poner carteles por toda la barriada y seguro que lo encontraremos. Díselo así y se calmará”. No sé si Alberto me escuchaba, pero cuando entró la llave en la cerradura, me miró con la mirada que los condenados a muerte deben tener cuando se dirigen al cadalso.

—Hola, Ana, ya estoy aquí, me acompaña también el vecino —dijo Alberto con una voz que quería parecer alegre, pero cuyo temblor y cierto tartamudeo delataban el nerviosismo.

Ana, que estaba sentada y adormilada en el salón sólo dijo “¿por qué has tardado tanto? Adolfo tendría que estar acostado hace ya una hora”.

—De eso precisamente te quería hablar, cariño, de Adolfo —yo nunca le había oído decir cariño a su mujer y eso fue lo que la despertó.

—¿Dónde está Adolfo, Alberto, dime dónde has dejado a Adolfo, por qué no está contigo?

La voz de Analisa fue subiendo con cada palabra, terminando con una especie de grito o más bien alarido que seguramente despertó a mi mujer y a toda la vecindad que en ese momento no estuviera en los brazos de Morfeo.

El “contigo” dicho en un tono amenazante e hiriente, además de elevado, acabó con la poca entereza de Alberto. Ahora sí que me daba lástima. Intentó explicar entre balbuceos, tartamudeos y susurros lo que había sucedido. Yo, que en el fondo me estaba divirtiendo viendo la descomposición de Analisa y el lamentable estado de Alberto, intenté mediar en la situación, pero nada más abrir la boca, la mirada de Analisa me detuvo.

—Mejor me voy, que aquí no pinto nada —y antes de que Alberto intentara detenerme, cogí el portante y salí de allí rápidamente, no fuera a caerme también a mí, sin comerlo ni beberlo, una bronca.

Cuando entré en casa, mi mujer se había despertado y me preguntó que qué eran esos gritos. Yo le expliqué todo y cuando terminé, ella me abrazó y me dijo al oído “sabes una cosa, que me alegro, a ver si se le bajan un poquitín los humos. Lo siento por Alberto, pero si con esto no espabila y aguanta el chaparrón que le está cayendo, se merece todo lo que ella le haga”.

Adolfo fue la causa de la separación de Alberto y Analisa. De Adolfo nunca más se supo. Durante una semana, varios vecinos pusimos carteles con la foto del perro, hicimos algunas batidas por las calles, las parcelas y los campos de los alrededores, sin resultados. Después de eso, apenas vimos al matrimonio. Salían muy temprano camino del trabajo y regresaban muy tarde, evitando encontrarse con nadie. Como las relaciones nunca habían sido demasiado cercanas ni agradables, nosotros no hicimos nada por verlos y ningún vecino tampoco. Dejamos de llamarlos la Triple A, como es lógico, aunque Julio, amante del baloncesto, empezó a llamarlos el doble doble, por lo de la doble A y el doble cabreo, el de Analisa por la pérdida del perro y el de Alberto por haber sido tan estúpido de haber aguantado a su mujer tanto tiempo.

Primero se fue Analisa, tres meses después del episodio, sin despedirse de ningún vecino. Y Alberto también se fue unos días después. Él sí se despidió y pudimos comprobar que ya era otro hombre, mucho más seguro, más delgado y más alegre. El día que bajó a despedirse nos comentó que había solicitado el traslado a otra oficina para no estar con su exmujer, que ahora salía con una muchacha diez años más joven, que era el hombre más feliz del mundo y que la única condición que le puso a su nueva pareja es que nunca tuvieran un perro.

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DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (III)

10 de noviembre de 2021. Un viaje inolvidable entre Coruña y Aroche.

Hay personas a las que no les gusta viajar porque se acomodan a un espacio conocido, a su pueblo, a su barrio, a su hogar. Todo lo que suponga salir de su ambiente les provoca cierto temor, una especie de desasosiego que les impide disfrutar de nuevas experiencias. Como se está en casa, no se está en ninguna parte, suelen decir mientras se beben un buen vino tinto acompañado de queso y jamón sentados en el salón de su casa viendo un partido de fútbol o cualquier otro programa de televisión. Saludar diariamente a los amigos, charlar con ellos horas y horas, tomarse un café o una cerveza en el bar al que acuden hace muchos años. Otras personas simplemente no pueden viajar porque su economía se lo impide o tienen que viajar obligatoriamente para escapar, huir de la miseria, del hambre, de la guerra. No son viajes de placer, son travesías hacia la esperanza y lo desconocido. En realidad, más que viajar la palabra exacta es emigrar, buscar una vida mejor. En España sabemos mucho de eso.

A mí siempre me ha gustado viajar, hacer turismo, conocer nuevos países, nuevas ciudades, nuevas culturas. No tengo ni el dinero ni la ambición, ni quizás el valor, para ser un viajero intrépido que recorre lugares casi inaccesibles, solitarios, peligrosos, desconocidos, aunque me hubiera gustado. Creo que mi primer viaje, cuando sólo tenía dos años, fue una pequeña odisea. Viajar en el año 1957 en una locomotora de vapor, en un vagón de tercera con asientos de madera desde Coruña a Sevilla y después en autobús de Sevilla a Aroche, tuvo que ser épico. Entre unas cosas y otras tardamos tres días y mis padres supongo que llegarían exhaustos, aunque dichosos, porque mi madre hacía nueve años que no regresaba a su pueblo. Como es lógico, no me acuerdo de nada, pero las fotos que conservo me muestran como un niño tímido, siempre cogido a las faldas de mi madre.

Ya he contado algunos viajes, como cuando viajé a Rusia, a Nueva York, a Londres o a Italia. En todos ha habido anécdotas y algunos momentos realmente difíciles y complicados, sobre todo cuando únicamente sabes hablar español y apenas entiendes algo de francés. De inglés, ni hablamos, nunca mejor dicho. Y eso que cada vez que salgo al extranjero y me encuentro con problemas de comunicación me planteo empezar a aprender inglés. Pero cuando me voy a poner en serio a la faena, porque en broma ya lo he intentado muchas veces, pienso que qué necesidad, que el español es el segundo idioma más hablado y que aprendan los demás el nuestro, que para eso tenemos al mejor novelista, Cervantes, y a la mejor liga del mundo, o eso dicen.

Hoy, sin embargo, quiero contar un viaje que se podría calificar de complicado, desastroso, épico, peligroso o cualquier otro adjetivo similar, aunque el que mejor le cuadra es el de inolvidable. Por supuesto que lo mejor sería olvidarlo, meterlo en una de esas cajas que según dicen tenemos en nuestra memoria, ponerle un cerrojo, cerrarlo y tirar la llave lo más lejos posible. Pero ya se sabe que la memoria es rebelde y que cuando menos se piensa salta la liebre. Ahí vamos, pero antes hay que ponerse en situación.

En el año 1981, cuando suceden los acontecimientos que voy a relatar a continuación, no había teléfonos móviles, no había tarjetas de crédito y, por supuesto, tampoco había Internet. Cuando uno quería viajar y llevar el dinero suficiente, una buena parte la llevaba en efectivo, guardada y escondida; también había cheques de viaje y, además, podía usarse la libreta de ahorros. Para ello había que acercarse al banco y en la oficina indicabas qué cantidad querías disponer durante los días que estuvieras viajando. Esa cantidad tenía un límite dependiendo de tus ahorros. En la libreta te acuñaban unas líneas para que, cuando necesitaras efectivo, acudieras a una oficina bancaria de una entidad asociada a este sistema y fueras retirando el dinero necesario que se iba inscribiendo en la libreta hasta completar la cantidad marcada. Si te surgía una urgencia un día festivo y no llevabas dinero encima, a ponerse a rezar. Todo mucho más complicado, como se puede comprender.

El fin de año 1981 lo pasamos en Coruña. Los años de noviazgo y los primeros años de casados Carmen y yo solíamos pasar las navidades en Aroche y el fin de año en Coruña, había que repartirse entre las dos familias, como es comprensible. Pero los Reyes también los pasábamos en Aroche, participando de la cabalgata que allí se celebra, un auténtico espectáculo al que hace ya muchos años que no asistimos. Así que el 5 de diciembre del nuevo año, después de cargar hasta arriba el maletero y los asientos traseros de nuestro Seat 127 amarillo, un coche muy popular en aquella época que a mí me dio muy buen resultado y al que le tenía mucho cariño y cuidaba como a un hijo, salimos de madrugada, calculo que sobre las cinco de la mañana. El viaje era largo, casi mil kilómetros y las carreteras muy malas, no como las de ahora. Solíamos tardar unas doce o trece horas, contando las paradas para comer y para descansar. Además de nuestro equipaje, un par de maletas llenas de varias mudas y mucha ropa de abrigo, el mayor volumen lo ocupaban las cajas con los regalos de reyes para la familia.

Los días anteriores había llovido mucho, pero afortunadamente el día de nuestra partida no había nubes y las estrellas brillaban en un cielo limpio y sin luna. El frío, sin embargo, era intenso y había mucha humedad.. Arranqué con cierta dificultad el coche y esperé a que el motor se calentara para encender la calefacción y caldear el interior. A esa hora no había tráfico y la salida de Coruña por la avenida de Alfonso Molina y el puente del Burgo fue muy tranquila. Algún que otro camión, coches aislados y poco más. Pasamos Betanzos, Guitiriz, Lugo, sin apenas compañía. A un lado y otro de la carretera, los árboles y las casas pasaban velozmente. En el radiocasete del coche, música de Pink Floyd, Beatles o Milladoiro. Carmen adormilada a mi lado. Llegamos a Becerreá y poco más adelante, la subida al puerto de Piedrafita. La nacional VI en aquella época era de doble sentido, así que como en los puertos de montaña o en zonas con muchas curvas te encontraras con un camión, había que echarle paciencia, reducir y esperar el mejor momento para adelantar. Yo conocía bien la carretera porque la había recorrido muchas veces, primero con mis padres, a bordo de un seat 600 primero, un seat 850 más tarde y por último con el 127 que después sería mío. Cuando Carmen y yo nos hicimos novios, aprovechaba las vacaciones para visitarla en Aroche, así que me sabía casi de memoria las rectas y las curvas, los pueblos y aldeas que yo iba memorizando y repitiendo, ahora viene Baamonde, falta poco para Begonte, casi estamos en Rábade, en Outeiro de Rei (en aquella época se escribía y decía Otero de Rey), ya casi estamos en Lugo… más adelante Corgo, Baralla, el puerto de Campo de Arbre, que muchos inviernos está cerrado por la nieve, y cuando llegábamos a Becerreá solíamos parar para tomar un café. Pero en este viaje todavía era muy temprano y estaba todo cerrado. El frío era cada vez más intenso y la calefacción estaba al máximo así que seguí camino rumbo a Piedrafita (hoy Pedrafita do Cebreiro) en el límite con la provincia de León, subiendo el puerto del mismo nombre. Pasábamos por Nogales (As Nogáis) y Noceda. Por suerte, apenas tuve que adelantar a algún camión que subía las rampas con dificultad. Tenía que tener mucho cuidado pues el asfalto estaba cubierto de hielo y podía llevarme algún susto. En Piedrafita no se veía un alma y sólo dos o tres luces en algunas casas daban fe de que el pueblo estaba habitado.

Comencé el descenso del puerto, lleno de curvas peligrosas y muy pocas rectas. Delante de mí, un camión que me impedía adelantar. El camión debía de ir vacío porque llevaba una gran velocidad, así que como era casi imposible pasarlo decidí reducir la marcha y dejar que se alejara. Ya llegaría el final del puerto y podría adelantarlo sin dificultad. Pasamos Ambasmestas, la Vega del Valcarce y Trabadelo. A un lado y otro de la carretera, altas montañas y bosques frondosos que la oscuridad impide ver pero se adivinan y, además, sé que están ahí y observan impasibles nuestra marcha. El río Valcarce, impetuoso, se cruza varias veces en el camino. No puedo verlo por la oscuridad pero sé que lleva mucha agua. Falta poco para Pereje, pienso y en ese momento, cuando intento reducir la marcha porque me estoy acercando a una curva cerrada, comienza el espectáculo. Sin saber qué pasa en un primer momento, me encuentro con la palanca de cambios en la mano, suelta totalmente del engranaje. Freno bruscamente porque me acerco a la curva y busco una zona donde pueda apartar el coche y parar. Menos mal que los frenos funcionan bien, la velocidad desciende y un poco más adelante encuentro un lugar llano fuera de la carretera. Intento maniobrar con la palanca, para ver si ha sido un fallo pasajero y puedo volver a engranar la marcha. Imposible, se ha roto el cambio de marchas. Noche cerrada, ni un alma ni una luz a la vista. Carmen se ha despertado y me pregunta qué pasa. ¿Que qué pasa? digo yo entre asustado y enfadado. Que nos hemos quedado tirados, que el coche se ha estropeado, que es de noche, que no veo nada, que el pueblo más cercano está a un kilómetro o más, que allí no habrá ningún taller, que no sé si esto tiene arreglo… Me estoy poniendo cada vez más nervioso, pero con mi proverbial capacidad de afrontar las dificultades, o eso dicen que tengo y yo me lo creo, empiezo a respirar profundamente y noto que el corazón, que se había desbocado, late ya más despacio.

Salgo del coche y espero unos minutos a ver si pasa algún vehículo, algún camión para hacerle señales y que me acerque a Pereje, para llamar desde allí al seguro y que me envíen una grúa. No pasa ni un alma, ni coche, ni camión ni ciclista ni peregrino, ni siquiera la santa compaña o algún alma en pena. Estamos solos en el mundo, seguro que una catástrofe mundial ha acabado con la humanidad y Carmen y yo somos los únicos supervivientes. Eso se me pasa por la cabeza un instante, sólo un instante, pero me llena de angustia. El río Valcarce suena a mi derecha, muy cerca, un rumor que, en lugar de tranquilizar, pone más nerviosa a Carmen. El coche está bien situado así que le digo a mi mujer que voy a llevarme la documentación del coche y llegar andando hasta Pereje, a ver si hay algún bar, algún comercio o algún alma caritativa que me permita usar el teléfono. Carmen se pone pálida y empieza a tartamudear, me me me vas a dejar aquí sola, en medio de la nada, con el frío que hace, con el miedo que me da la oscuridad, no no y no, ni hablar, me voy contigo, yo no me quedo aquí sola, faltaría más. Abre la puerta del coche y en cuanto nota el frío en la cara y en el cuerpo, vuelve a introducirse inmediatamente. Creo que lo ha pensado mejor.

Total, que después de otro intercambio de frases, ten cuidado, mira que apenas se ve, a ver si pasa algún coche y te puede acercar al pueblo, no te preocupes, tendré cuidado, te dejo el coche encendido con la calefacción, procura abrir un poco la ventanilla para que no te asfixies, eso, tú tranquilízame, jeje, hay que tomarse las cosas con humor en los peores momentos, me abrigo bien con mi lobo marino azul con el que parezco el capitán de un barco ballenero, sólo me falta el gorro y la pipa, paso a la izquierda de la carretera y comienzo la caminata a buen ritmo, no sólo por llegar antes, sino porque hace un frío que pela. Viene algún coche de frente y también pasan varios coches y un camión en mi mismo sentido pero ninguno para a pesar de que les hago señales. Mi figura no debe ser tranquilizadora pues en esa época tenía barba y el pelo bastante largo, un hippi o un asesino en serie, pensarían. La noche, aunque sin luna, es bastante clara y puedo ver las estrellas y las constelaciones en el cielo. El río y su murmullo me acompañan así como algunos ruidos de animales que no me tranquilizan precisamente, entre ellos uno que parece un búho, una lechuza o vaya usted a saber qué otro ave de no muy buen agüero. Diez o quince minutos después diviso las primeras casas de Pereje, casas de piedra con chimenea, de algunas de la cuales sale un tenue humo azulado. Miro el reloj, las siete y media y todavía es de noche, aunque observo que en el horizonte comienza a clarear ligeramente y ya se pueden ver las cimas de algunas montañas.

Albricias, una mujer está abriendo una especie de tienda, abacería o similar y es como si se me apareciera alguna virgen que viniera a auxiliarme. Le explico lo que me pasa y, por supuesto, me deja usar el teléfono. Llamo al seguro y después de dar mis datos y la ubicación aproximada del vehículo, me dicen que me enviarán una grúa desde Ponferrada. Regreso junto a Carmen. Parece que todo se va solucionando y ya estoy de mejor humor. Cuando llego al coche, Carmen está en shock, que si ha escuchado ruidos raros, que cómo he tardado tanto, que no vuelva a dejarla sola, que si llega a saber que iba a tardar tanto se hubiera ido conmigo, que está muerta de frío porque apagó el motor no fuera a asfixiarse… prefiero no decir nada porque entiendo su nerviosismo. Ahora sólo queda esperar la llegada de la grúa. Nos quedamos callados, los ojos cerrados, absortos en nuestros pensamientos, sin atrevernos a hacer pronósticos sobre el resto del viaje. Y menos mal, porque todavía nos quedaba lo mejor, o lo peor, según se mire.

Cerca de una hora después, sobre las ocho y media o nueve de la mañana, ya con el sol sobre el horizonte y con buena visibilidad, comprobamos que estamos muy cerca de un pequeño puente sobre el río Valcarce. Para desentumecernos, salimos del coche y nos acercamos a ver el río. Si no fuera por la situación, seguro que disfrutaríamos del paisaje. Bosques tupidos, prados de un verde intenso, montañas en alguna de las cuales hay nieve, un río de aguas cristalinas y un hermoso amanecer. Pero lo único que queremos es que llegue lo antes posible la grúa. Y llegó, claro.

Pasaré por alto, porque realmente no recuerdo mucho eso, el viaje con el coche estropeado sobre la grúa. Cuando llegamos a Ponferrada, serían ya cerca de las diez de la mañana. El dueño del taller nos dijo que el arreglo iba a ser caro, pero que el coche podría continuar el camino sin problemas, que tardaría un par de horas y que fuera preparando un buen fajo de billetes. Yo estaba temblando, porque miré el saldo del que podía disponer en la libreta de ahorros y aunque era una cantidad bastante elevada no sabía si bastaría para pagar la avería. Dejamos el coche en el taller y nos fuimos a desayunar a una cafetería cercana. Allí preguntamos por una sucursal bancaria donde saqué todo el dinero disponible, creo que unas veinte o veinticinco mil pesetas, que en aquella época era la mitad del sueldo de un mes, un dineral, porque la hipoteca del piso nos dejaba los ahorros tiritando, sobre todo en enero.

Aunque parezca mentira, el arreglo se llevó la práctica totalidad de lo que teníamos, menos unas dos o tres mil pesetas para gasolina. Estamos hablando de unos quince euros actuales, para hacerse una idea del coste de la vida en aquellos tiempos. Salimos de Ponferrada cerca de la una de la tarde. El coche funcionaba perfectamente así que, dejando a un lado el dineral de la avería, que no se me quitaba de la cabeza, lo que yo podría haber hecho con ese dinero, la de cuotas de hipoteca que habría quitado de en medio, las comidas y viajes… mejor no pensar. Una vez pasada Salamanca, serían las cuatro de la tarde, decidimos parar, arrimando el coche al arcén para comernos los bocadillos que Carmen había preparado la noche anterior. Error, inmenso error. El arcén era de tierra apisonada, o eso parecía, así que frené y giré el coche para sacarlo de la carretera en un larga recta. Nada más pisar la tierra las dos ruedas laterales derechas, el coche se hundió más de dos cuartas. La abundante lluvia caída los días anteriores había convertido la tierra en un barrizal que no pudo aguantar el peso. Así que teníamos un nuevo problema. Yo salí del coche dando gritos y andando a grandes zancadas carretera adelante, echando por la boca sapos y culebras, acordándome de todo lo que se movía en el universo, y de lo que no se movía también me acordaba. Carmen no podía salir por su puerta, ya que tropezaba con la tierra, así que, aprovechando su agilidad, salió por la puerta del conductor e intentó tranquilizarme. Ahora era yo el nervioso. Otra vez ejercicios de respiración profunda y acompasamiento de los latidos del corazón. Intentamos mover algo el coche, tarea imposible, cada vez se hundía y escoraba más. Lo malo es que esta vez el pueblo más cercano estaba a bastantes kilómetros, así que la única alternativa era que algún alma caritativa pudiera ayudarme. Mientras tanto, nos pusimos a comer los bocadillos, las penas con pan son menos.

Apenas habíamos dado dos o tres mordiscos cuando se paró un land rover delante de nosotros. Ahí estaba el alma caritativa, un hombre corpulento, más bien rollizo, yo diría que muy entrado en carnes, gordo, para qué andarse con florituras, pero muy amable. Salí rápidamente del coche y le expliqué la situación, aunque el hombre, que sabía lo que se hacía, no metió las ruedas en la cuneta. Vamos a sacar el coche con una cuerda, y mientras lo decía, sacaba una soga que seguramente serviría para colgarse de alguna viga en momentos de desesperación. Menos mal que yo no tenía una a mano hacía unos minutos. Así que ató la cuerda con un nudo a nuestro parachoques delantero y con otro nudo a su vehículo. Otro craso, crasísimo error, porque en cuanto arrancó el land rover, mi parachoques salió arrastrando por la carretera y el coche no se movió ni un milímetro. Se me quedó cara de tonto.

Claro, dijo el hombre con una media sonrisa, tendría que haber atado la cuerda a la carrocería, no al parachoques, ha sido un fallo mío, pero esto tiene fácil arreglo, ya verá. Dicho y hecho, con una habilidad que todavía no me explico, fue capaz de atar con varias cuerdas el parachoques y colocarlo perfectamente, y esta vez sí que lo hizo todo bien. Total, resumiendo, que esto ya se está haciendo muy largo y todavía quedan muchas aventuras, que a los poco minutos el 127 estaba ya listo para seguir camino. Quise darle al hombre mil pesetas por su trabajo, aunque esto supusiera, quizás, quedarme tirado sin gasolina, pero no lo consintió, lo cual agradecí en el fondo, así que nos despedimos con muchas muestras de agradecimiento, abrazos del oso varios, suyos sobre mí y mi mujer, y deseos de vernos en mejor situación para tomarnos alguna botella de vino.

Estábamos todavía a mitad de camino y llevábamos ya once horas de viaje. Yo calculaba que me quedarían otras seis horas, o sea, llegaríamos a Aroche, con suerte, a las 12 de la noche. Con suerte, nunca mejor dicho. Terminamos los bocadillos y continuamos rumbo a nuestro destino, que yo vislumbraba lejano, muy lejano. La siguiente población importante era Béjar. El puerto de Béjar ahora se pasa sin dificultad, pero hace cuarenta años era como el Tourmalet, una carretera con muchas curvas y bastante pendiente. Yo estaba con la mosca tras la oreja, cambiando de marcha lo menos posible por si volvía a fallar la mecánica y pendiente también del parachoques, no fuera a caerse y darme un susto. Yo tenía pánico de encontrarme, tanto a la subida como a la bajada del puerto, con una de esas trilladoras o segadoras que ocupan casi toda la calzada porque eso supondría perder mucho más tiempo, pero no nos encontramos con ninguna. La suerte parecía estar cambiando.

Baños de Montemayor y Aldeanueva fueron los siguientes pueblos que cruzamos. Estábamos ya en Extremadura. Cáceres y Badajoz eran y siguen siendo dos provincias interminables, con un paisaje lleno de encinas y un campo que invita a parar y descansar, pero nosotros estábamos deseando llegar a Aroche. Antes de llegar a Plasencia la carretera se estrecha y se llena de curvas. Ahora, gracias a la autovía, se circunvala y se deja a un lado, pero entonces se atravesaba la población, cruzando un puente sobre el río Jerte. Nada más entrar, vemos en la carretera, pasado el acueducto, una barrera metálica y una señal que nos desvía hacia la derecha, al centro del pueblo. Estarán de obras, pensé, así que callejeando, intenté encontrar otra vez la carretera. Mi sentido de la orientación (otra cosa no tendré pero sí sentido de la orientación, eso tengo que reconocerlo) me llevó otra vez a la ruta principal. Delante de mí, una especie de carreta con muchos adornos me impedía pasar. A un lado y a otro, gente gritando en las aceras, muchas familias con niños haciéndonos señas y riéndose. Pequeños golpes en el techo, que poco después descubrimos que eran caramelos. No entendíamos nada, hasta que Carmen, mirando hacia atrás, y con una exclamación de asombro, me dice ¡estamos en la cabalgata de Reyes! Yo no me lo podía creer, formábamos parte sin ser conscientes de ello, de la cabalgata de Reyes de Plasencia. Durante cinco o diez minutos disfrutamos, entre Gaspar y Baltasar, como unos actores más, como si fuéramos pajes, romanos, pastores o cualquier otro personaje. Encima, llevábamos juguetes en el maletero, toda una premonición. Cuando ya saludábamos como si fuéramos los protagonistas, un policía local, con poco sentido del humor y muy enfadado, nos hizo señas para que saliéramos del cortejo. Nos detuvo y cuando ya iba a multarnos o a llevarnos al calabozo, le explicamos nuestra odisea, casi con lágrimas en los ojos. Hasta creo que mi mujer hizo algunos pucheros para darle más dramatismo a la historia. En resumen, que tuvimos que esperar a que la cabalgata pasara, más de una hora parados. Noche cerrada, supongo que las diez o las once de la noche, ya ni me acuerdo. Después de Plasencia, Cáceres y Mérida, sin incidentes reseñables. Paramos a echar gasolina y gastarnos los últimos billetes que nos quedaban. No teníamos ni para cenar.

A la altura de Almendralejo se me cerraban los ojos. Ya llevaba diecisiete o dieciocho horas al volante y tuve que parar a descansar. A Carmen se le ocurrió la idea entrar en Los Santos de Maimona, donde vivía una prima suya, para pasar la noche con ella y llegar al día siguiente a Aroche, pero en esas fechas su prima estaba pasando los Reyes en el pueblo, así que nuestro gozo en un pozo. Fregenal de la Sierra e Higuera la Real eran los siguientes pueblos, este último frontera con la provincia de Huelva. Y aquí empezaban los temibles Arriscaeros, una de las carreteras con más curvas que conozco, muy estrecha y sin arcén. Hace mucho que no paso por allí, supongo que ya la habrán arreglado y mejorado. Para más inri, la niebla cayó sobre nosotros impidiendo ver más allá de cinco o diez metros. Se me quitó el sueño de golpe. Árboles, rocas, barrancos, animales que durante un instante se detenían delante del coche abriendo mucho un par de ojos que se iluminaban como si fueran fantasmas y desaparecían al momento. Yo había apagado hacía mucho rato el casete, no me apetecía escuchar música y quería concentrarme sólo en la carretera. No pasaba de segunda y sólo en algunos momentos muy puntuales era capaz de meter tercera. Yo no suelo rezar, pero estoy seguro de que durante los eternos minutos que tardamos en cruzar los Arriscaeros, recé todas las oraciones que conocía. Cuando llegamos a La Nava parecía que habíamos llegado a Nueva York, porque la carretera empezó a ensancharse y a tener más rectas. Desembocamos en la Nacional 433 y aquello ya era otra cosa, aunque seguía habiendo curvas, pero todo era mucho más conocido y seguro. El Repilado, Cortegana y ¡por fin! Aroche. Veintitrés horas después de salir de Coruña llegamos al chalet, metimos el coche en la cochera y sin apenas decir nada, subimos las escaleras y nos tiramos en la cama, deshechos física y mentalmente. La media, poco más de cuarenta kilómetros a la hora, a paso de tortuga con artritis. Me río yo de la Odisea de Ulises, el nuestro sí que fue un viaje heroico e inolvidable.

SEAT segunda mano en Badalona | WALLAPOP - Página 3

DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (II)

2 de noviembre de 2021

Me gusta visitar los cementerios, sobre todo en estas fechas. Me atrae el silencio escondido entre las tumbas y que revolotea sobre las paredes blanqueadas, el olor de las flores recién cortadas, colocadas con amor por hijos, padres, sobrinos o amigos, la paz de los muertos que vigilan atentos, callados, expectantes, sabiendo que tarde o temprano les haremos compañía. Son los primeros días de otoño y suele oler a lluvia y a tierra mojada, estos últimos días ha llovido mucho. Los sonidos apagados y las conversaciones en voz baja apenas se escuchan. Hombres y mujeres recorren las calles deteniéndose de vez en cuando ante una lápida, recordando a un pariente, a un amigo que dejó hace mucho o poco este mundo. Quizás alguno reza una pequeña oración y después sigue su camino, leyendo nombres y apellidos, frases que recuerdan al ser querido o contemplando un retrato del que allí descansa y por último se detiene ante un nicho, una tumba, un panteón o una lápida. El corazón se encoge un poco y tal vez un pequeño nudo en la garganta, un escalofrío o una repentina humedad en los ojos se presenta de manera inesperada. Hace tiempo que no voy al cementerio de Coruña. Cada vez que visito la ciudad me propongo acercarme hasta San Amaro y contemplar las tumbas, los nichos y la vista de la ría que se extiende poco más allá de los muros. Allí están mi padre y mis tíos, pero siempre lo pospongo y quizás no supiera encontrar el nicho de mi padre. Mi madre ya no está capaz de ir, como hacía todos los años hasta hace muy poco tiempo. Ahora es mi prima María Esther la que suele hacerlo “le voy a llevar unas flores a padrino”, me dijo hace unos días.

El domingo pasado Carmen, Concha, a la que habíamos recogido en el pueblo y yo, como solemos hacer todos los años, detuvimos el coche en la rotonda de entrada del cementerio de Aroche. A Carmen no le gusta entrar, pero si lo hace conmigo parece que encuentra algo de valor. El cementerio de Aroche, el nuevo, está en el cruce de la carretera que lleva a Portugal y la que va a Encinasola. En el antiguo, ya abandonado y hasta hace poco lleno de maleza y escombros que ya se han limpiado y arreglado, en la “carretera del cañón”, una de las entradas al pueblo, se construyó un pequeño memorial con los nombres de las personas represaliadas, entre ellos mi abuelo José Díaz. Mi abuelo quizás fuera de los primeros que se enterró en el nuevo cementerio. Su nicho, en el que también está enterrada mi abuela Florentina, está situado entrando a la izquierda, después de atravesar la pequeña entrada abovedada que da paso a una amplia y diáfana explanada. El exterior, con paredes encaladas, presenta en su parte central tres arcos y otros en los laterales y en la parte superior una espadaña con una pequeña campana. Desde fuera se pueden ver las copas de los cipreses que suelen crecer en los cementerios, como una reminiscencia griega y romana, que permite encaminar y guiar, con sus troncos rectos y frondosos hacia la copa, las almas de los difuntos hacia los cielos.

Como siempre suelo hacer, coloqué unos claveles blancos en el jarroncito lateral del nicho y me detuve unos minutos, recordando a mis abuelos y comprometiéndome a seguir profundizando en la historia de la familia. Realmente ya no me queda demasiado material para finalizar su vida y andanzas, dignas de una saga. Carmen y Concha se habían adelantado para acercarse a los nichos de sus padres. Muy cerca están también los de sus abuelos, tíos y otros parientes. Los apellidos de la familia, Vázquez, Fernández, Lobo, Soria o Cañado son casi mayoría entre tumbas y nichos. Claveles blancos y flores amarillas, que Carmen había comprado el día anterior en Sevilla, fueron colocados en diferentes lugares para adornar y alegrar las lápidas. El día, que había amanecido lluvioso, se aclaró y sólo algunas nubes recorrían perezosas el cielo. Una hora después de llegar, regresamos al pueblo, comimos en el Mesón San Mamés una buena carne a la brasa y unas salchichas, lo típico, como debe hacerse cuando uno visita la sierra y nos fuimos a casa a descansar, a tomar un café con dulces que habíamos comprado en la venta Los Ángeles de Valdeflores por la mañana y a media tarde regresamos a Sevilla. Con el cambio de hora, oscurece muy pronto y no queríamos demorarnos en la carretera. Realmente fue un buen día.

Los cementerios de Huelva incluidos en el Catálogo de Patrimonio Histórico  Andaluz

DIARIO DE UN APRENDIZ DE ESCRITOR (I)

29 de octubre de 2021

Empezar un diario un día cualquiera como hoy, 29 de octubre de 2021, puede deberse a diferentes causas. En mi caso, lo confieso, no hay ningún motivo definido. Tendría que haberlo comenzado en una fecha señalada, como hacen los que quieren dejar de fumar o apuntarse a un gimnasio, un primero de año, el día de mi cumpleaños, cuando me jubilé o cuando terminé mi primera maratón, pero no se me ocurrió. Simplemente, no tenía necesidad alguna. Escribir, desde mi punto de vista, seguramente equivocado, no es una imposición, un trabajo, un quehacer diario al que hay que dedicarle horas y horas. Eso lo dejo para los profesionales que se ganan la vida con la escritura, los que disfrutan haciéndolo, los que quieren dejar algo para la posteridad o los que tienen la necesidad imperiosa de rellenar el tiempo y no aburrirse. Pero ni soy un profesional, ni disfruto demasiado, ni tengo la menor intención de dejar algo para la posteridad, ni necesito rellenar el tiempo. Para mí es un pasatiempo, algo que realizo esporádicamente, una forma de plasmar en un papel en blanco aquello que veo y que me gusta o que se me ocurre o una frase cazada al azar cuando voy en el autobús o andando por la calle. No tengo la suficiente imaginación ni facilidad para la escritura. De vez en cuando me siento delante del ordenador o escribo en una libreta que tengo en el estudio y apunto una idea. Tengo páginas y páginas con ideas para relatos, para novelas, para la historia de mi familia. Incluso para escribir algún poema. Pero me canso muy pronto.

Así que he decidido empezar a escribir un diario. En él voy a ir reflejando todo aquello que se me vaya ocurriendo. Más que nada es para tener un pequeño horario, ahora que los días son más cortos y las tardes más largas. Quizás me imponga un horario de escritura, a ver si la inspiración me llega trabajando, como decía Picasso. Pero me conozco y sé que esto será, si no flor de un día, ramo de una semana. De todas formas, esto me ha servido para estar escribiendo durante un cuarto de hora seguida, lo que ya es un logro. No me imagino estar sentado durante cuatro o cinco horas diarias, eso no está hecho para mí.

Hoy no me ha ocurrido nada digno de reseñar, como suele ser habitual. Fui a comprar a Carrefour para reponer la despensa, después de haber estado casi dos semanas entre Coruña y Madrid. Desde que me jubilé hace ya seis años, me gusta pasar tiempo con mi madre, sobre todo cuando celebra su cumpleaños en octubre. Son ya noventa y cuatro y espero ir a mi ciudad natal a seguir celebrando que podamos disfrutar de su memoria y de sus anécdotas.

Me gusta ir a comprar y creo que lo hago bien. Me fijo en los precios y suelo comprobar la relación calidad precio. Llevaba apuntadas ocho o diez cosas, lo más imprescindible, pero como suele ocurrirme casi siempre, terminé comprando muchas más. El problema viene cuando hay que descargar el coche y subir las bolsas a casa.

Decían que iba a llover mucho y que iban a bajar las temperaturas, así que cuando regresé de la compra me dediqué a cambiar la ropa, guardando la de verano hasta el año que viene. Es un trabajo que me cansa y me aburre, pero es necesario. Siempre pienso lo mismo, si tuviera dinero para comprarme una vivienda más grande, tendría un vestidor para organizar toda la ropa colgada o guardada en cajones; un armario y cajones para la ropa de verano y lo mismo para la de invierno. Pero me temo que eso tendré que dejarlo para otra vida. A ver si en mi próxima reencarnación el destino me tiene reservada una vida de rico terrateniente o empresario, porque lo que es de funcionario no da para demasiados vestidores.

Terminé de leer Anna Karenina, de Tolstoi. Gran novela con una recreación pesimista de la vieja Rusia, de la hipocresía y amoralidad de la aristocracia y de unos personajes que van evolucionando a través, fundamentalmente, de dos historias. Una de ellas, el triángulo amoroso entre Anna, una mujer hermosa casada con Karenin y el amante de Anna, Vronski, un oficial del ejército que se enamora de Karenina. La otra historia es la relación entre Kitty, cuñada de Anna, que inicialmente quería casarse con Vronski, pero finalmente se casa y es feliz con Levin. A lo largo de la novela se presentan las dudas y las contradicciones de los personajes, así como la falsedad de la alta sociedad rusa, que estigmatiza y margina a Anna, pero comprende e incluso alaba la infidelidad de su hermano Stephan.

Después de leer a Tolstoi, comencé la lectura de El doctor Zhivago, de Boris Pasternak. Esto va por rachas, así que ahora me toca la novela rusa. La película es una de mis preferidas y supongo y espero que la novela sea todavía mejor. Lo malo es que no sé si Omar Sharif (Yuri), Julie Christie (Larisa, Lara), Alec Guinnes (el teniente Yevgraf) y Geraldine Chaplin (Tonya), los actores de la película, me condicionarán demasiado para imaginarme los personajes de la novela. Tampoco sé si David Lean, el director, habrá captado y reflejado la atmósfera de la novela, o si la música de Maurice Jarre me permitirá evocar el ambiente de la Rusia zarista y revolucionaria o los paisajes nevados de Rusia o de Varikino, la casa de campo de la familia.

El día finalizó de la mejor manera, viendo por enésima vez Con faldas y a lo loco. Nunca me canso de ver a Jack Lemmon, a Marilyn Monroe y a Tony Curtis. Ni tampoco me canso de admirar a Billy Wilder, un genio del cine. Me fui a la cama con una sonrisa. No sé si mañana escribiré algo, ya veremos.

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Luisiño O Chosco

La mirada de Luisiño es la mirada de todos los niños que he conocido. Fue la primera mirada que me conmovió, que desarmó mis enfados de maestro inexperto y me enseñó a contemplar ese mundo que se abría ante mí, un mundo resumido en una clase con cuarenta y dos niños y niñas de siete años. No había nada más fuera de las cuatro paredes. Eran ochenta y tres ojos de todos los colores, azules, verdes, marrones, grises, negros que me miraban al principio con miedo y después con confianza. Y todos con la misma luz, con el mismo deseo de entender lo que ocurría dentro del mundo, dentro de la clase, ávidos de aprender, curiosos por naturaleza. Yo sólo tenía que leer alguna pequeña frase, dibujar una sola línea en la pizarra o quedarme callado durante unos segundos y entonces ocurría el milagro. Con los niños pequeños siempre ocurre lo mismo, sólo hay que cambiar algo, esperar el momento adecuado, callar cuando es preciso y hablar lo menos posible. Dejar que ellos se expresen, pregunten por cosas que no entienden y contestar, a veces, con otra pregunta. Un diálogo de preguntas. Maestro, ¿qué es el aire? ¿qué es el viento? Y no respondes, sino que devuelves la pregunta, ¿habéis visto una hoja moviéndose en el árbol?  ¿habéis visto volar a los pájaros? ¿Y moverse los barcos de vela en el mar? Y entonces, con la respuesta positiva, les hablas del aire y, si estás inspirado, recitas la poesía de Lorca, Mariposa del aire. La recitas despacio, Mariposa del aire/qué hermosa eres/mariposa del aire/dorada y verde.

Y los ochenta y tres ojos no se apartan, siguen mi paseo entre las mesas. Termino de leer y ellos, que no han dicho ni una palabra, están callados unos segundos esperando que yo siga. Me quedo al final de la clase y empiezo a dictar la poesía para que ellos la copien en sus cuadernos. Estoy de pie, al lado de Luisiño, que todavía no ha sacado la libreta ni el lápiz. Es siempre el último en hacerlo. Porque a Luisiño no le gusta escribir. Me lo dijo su abuela el primer día de clase: a Luisiño no le gusta escribir porque dice que tiene la letra muy grande y muy fea, como siempre le decía la maestra del curso pasado, menos mal que se jubiló, porque mi nieto no aprendió nada con ella.

Luisiño tiene un ojo vago y por eso el médico le ha puesto un parche en el ojo sano. Luisiño tiene unas pequeñas gafas de pasta porque también tiene un poco de miopía. Tendría que haber puesto a Luisiño en la primera fila desde el primer día, pero a él le gustaba estar al final, lejos de la pizarra y, sobre todo, lejos de los enfados del maestro. Porque Luisiño es el más revoltoso, el más inquieto, el más hablador, el que siempre está dando la lata. No le gustaba el colegio y sufría leyendo, escribiendo, haciendo cuentas. Pasó la primera semana y volví a decirle a Luisiño que se pusiera en la primera fila y esta vez aceptó. Yo le caigo bien porque hablo mucho con él durante el recreo y no le riño demasiado. Me hacen gracia sus expresiones, sus travesuras, aunque no puedo demostrárselo. Tiene un vocabulario muy rico, mucho más que sus compañeros de clase. Me extraña porque no le gusta leer y se lo pregunto a su abuela un día que vino a recogerlo. A Luisiño le gusta que yo le cuente cuentos, me dice, y que le lea historias y poesías. Y cuando recibe cartas de sus padres, que emigraron cuando él tenía cuatro años, a él le gusta encerrarse en su cuarto y leerlas a solas. El padre y la madre le cuentan lo que hacen en Suiza, en una ciudad que está al lado de un lago, con montañas cubiertas de nieve casi todo el año, con bosques más grandes que los de la aldea en la que nacieron sus padres y Luisiño. Es una pequeña aldea cerca de Carballo, pero decidieron venirse a Coruña y alquilar un piso en el Agra del Orzán para que el niño, que había nacido muy débil y con problemas en la vista, estuviera cerca de buenos médicos. Por eso decidieron emigrar y dejar al niño al cuidado de la abuela. Viven los dos solos. La abuela, una mujer de unos sesenta años, me contó un día que le pusieron Luis porque al padre le gustaba mucho el fútbol y admiraba a Luis Suárez, el mejor jugador, junto con Fran y Amancio, que ha dado el Deportivo.

A Luisiño los niños, con ese punto de crueldad que suelen tener de vez en cuando, empezaron a llamarle O Chosco, el tuerto en gallego, porque el médico le puso a Luisiño un parche en el ojo izquierdo y lleva con él ya tres años. Al principio se enfadaba mucho y no quería ir al colegio ni salir a la calle, le daba vergüenza, pero gracias a su abuela ahora está encantado y no se lo quiere quitar. Le contó historias de piratas con parche en el ojo que surcaban los mares en busca de tesoros y de aventuras, le contó la mitología de los Cíclopes y de Polifemo, el gigante con un solo ojo en la frente y todo ello le ayudó a admirar a personajes que eran capaces de ser más valientes, más fuertes y de ver más allá que las personas normales. Se sintió diferente, mejor que los niños normales que podían ver con los dos ojos. Tenía suerte, según me contó alguna vez mientras se comía el bocadillo que le había preparado su abuela.

La mirada transparente, distraída, muchas veces ausente, de Lusiño O Chosco, se iluminó un día, iluminó su ojo derecho, cerca ya del fin de curso, cuando las mañanas en el colegio están llenas de luz y de esperanza por la llegada de las vacaciones y las tardes son casi interminables. Yo les leí un poema de Gloria Fuertes titulado En mi cara redondita, que dice así:

En mi cara redondita

tengo ojos y nariz,

y también una boquita

para hablar y para reír.

Con mis ojos veo todo,

con la nariz hago achís,

con mi boca como como

palomitas de maíz.

Y después lo escribí en la pizarra. A todos les hizo mucha gracia, se rieron y disfrutaron con otras poesías de Gloria Fuertes, como La gallinita o El camello cojito. Nunca habían escuchado ni leído cosas parecidas. Les digo, entonces, tenéis que escribir una pequeña poesía sobre vosotros, parecida a la cara redondita, a ver qué se os ocurre.

No recuerdo cómo eran los poemitas que escribieron, aunque seguramente imitarían de manera descarada el que estaba en la pizarra. Sin embargo, el poema de Luisiño, que había mejorado mucho su escritura durante el curso, fue totalmente diferente y el más original, uno de los mejores que escribieron mis centenares de alumnos a lo largo de los años. Era mi primer año de maestro en una escuela que está frente a la casa de mis padres y leyendo el poema que escribió Luisiño comprendí que merecía la pena esa profesión, aunque sólo fuera por conseguir que mis alumnos llegaran a escribir cosas así y sentí que yo era parte de ese pequeño milagro. Repito que no recuerdo la poesía entera, que guardé durante muchos años, pero que se traspapeló y se perdió en los cambios de vivienda, o quizás esté escondida entre los papeles o en medio de alguna carpeta polvorienta que todavía conservo en el trastero. El comienzo decía así:

Yo soy un pirata y un gigante.

Pequeño de estatura, con un ojo grande.

Todo lo veo gracias a mi poder.

Si yo lo quiero nadie me ve.

En la hoja que me entregó Luisiño escribí al final una frase que tampoco se me ha olvidado: “El verso se hizo luz y habitó en tu mirada”. No sé si es la frase de algún poeta, si la había leído o escuchado alguna vez, pero me salió del alma

Una vez acabado el curso, ese mismo verano me fui a Córdoba a hacer el servicio militar y después ya comenzó mi periplo de maestro por Camariñas, Dos Hermanas, Montequinto. He tenido extraordinarios alumnos de los que todavía me acuerdo con cariño y con los que, gracias a las redes sociales, mantengo cierto contacto. Pero Luisiño O Chosco, al que hace más de cuarenta y cinco años que no veo, nunca dejará de estar en mi corazón.

Cíclope Pirata/ Pirate Cyclops | Karim Estefan | Flickr

Paseo hasta el Portiño

Un rayo de luz comienza a flotar sobre el horizonte y las estrellas se esconden poco a poco. He salido a caminar temprano, aprovechando la buena temperatura de estos días. El invierno se acurruca entre los montes, esperando mejores días, sabe esperar pacientemente. Cerca de casa, después de atravesar la calle, todavía solitaria, está la explanada donde descansan los coches durante la noche. Veo al fondo una figura solitaria que se acerca despacio. Lleva una bolsa vacía y doblada en la mano.

Al otro lado de la explanada comienza el camino de tierra que asciende lentamente. Me detengo a atarme bien los cordones de las zapatillas deportivas. La luz del día va ganando protagonismo y el brillo de las farolas apenas se percibe ya. La mujer llega a mi altura y me saluda con un bon día que respondo de igual manera. El suelo de tierra está mojado de los chubascos que cayeron hace un par noches y algunos charcos salpican aquí y allá el terreno. A un lado tojos, silvas y matorrales y al otro un huerto urbano dividido en pequeñas parcelas cuadradas y rectangulares muy cuidadas, con lechugas, patatas y otras plantas que no distingo bien. En un lateral está la caseta de madera donde se guardan, seguramente, las herramientas. Nadie está trabajando todavía la tierra, la gente de la ciudad no está acostumbrada a madrugar.

El camino se ensancha de manera continua y casi imperceptible. La claridad se acentúa y el sol está a punto de salir, aunque los edificios de la ciudad, a mi derecha, me impedirán contemplar su salida. La última vez que recorrí el sendero lo hice corriendo, pero mis rodillas dijeron basta hace unos meses y ahora me conformo con dar largos paseos, añorando el esfuerzo, el cansancio, el sudor y la libertad del cuerpo. Hay que reconocer los mensajes de nuestro cuerpo y saber adaptarse a las limitaciones que nos impone el paso del tiempo.

La primavera se asoma con timidez, pintando de blanco las flores de algunos árboles que se dispersan por el campo. Escucho ladridos lejanos y el motor de un coche arrancando. Delante de mí, una corta pendiente que cuesta subir. A mi izquierda una fuente escondida entre arbustos deja correr un hilo de agua que se pierde entre hierbas altas. Después de la cuesta el camino gira a la derecha y se hace más llano. Un gato me observa expectante, esperando desde lo alto del muro que rodea una casa y cuando me acerco desaparece de un salto. La casa tiene un pequeño terreno alrededor, con un rastrillo, una pala y una carretilla llena de hierba. En la primera planta, una galería acristalada rodea la vivienda.

Continúo caminando, rodeado ahora de pastos, bosquecillos, casas dispersas. Hay un trozo asfaltado porque voy a pasar por el túnel que está bajo la carretera que circunvala la ciudad, ahora llamada Ronda Real Club Deportivo de La Coruña (pobre Dépor, quizás dentro de poco sea sólo un recuerdo). Pintadas en las paredes, el hombre siempre dispuesto a dejar su impronta, siempre la necesidad de comunicación, de expresarse, pero estas no son pintadas artísticas, sino groseras, insultantes, agresivas. Salgo del túnel y ahora el camino vuelve a ascender, más estrecho y oscuro, con más charcos, terraplenes, maleza que crece salvaje. A unos cien metros el camino termina en la carretera que sube hasta el Parque de Bens a la izquierda y baja hasta las casas de San Pedro de Visma. Dudo un momento, pero ya estoy cansado de subir y decido tirar hacia las casas. Cruzo la carretera y acelero el paso un poco, aprovechando la inercia. Las casas son feas, como casi todas las de esta zona. Viviendas de dos o tres plantas, sin gracia, anodinas, grises. A los cinco minutos llego a otro cruce con una pequeña rotonda y aquí vuelvo a dudar. Si sigo de frente subiré hasta el Monte de San Pedro, con las mejores vistas de la ciudad, la Torre de Hércules, las playas, las rías, el océano; a la izquierda baja la carretera hasta el Portiño y el comienzo del paseo marítimo, y a la derecha se baja hasta Los Rosales y la Ronda de Outeiro para regresar otra vez a casa. Miro el reloj y son poco más de las ocho, no me apetece seguir subiendo ni regresar, así que me dirijo hasta el Portiño.

Los coruñeses le tenemos un cariño especial a esta zona alejada de la ciudad, pero lo suficientemente cerca para poder llegar andando sin excesivo esfuerzo. Recuerdo mi adolescencia, cuando llegar allí era una pequeña aventura y mi pandilla de amigos disfrutábamos atravesando campos, leiras, bosques que nos atemorizaban, rodear el Monte de San Pedro, una zona militar prohibida, las chabolas de Penamoa, peligrosas si te aventurabas demasiado, y llegar hasta ese diminuto puerto que a veces nos servía para darnos un baño en verano. Nos quedábamos sentados contemplando las cuatro islas de San Pedro y las olas que suelen romper con fuerza. Alguna vez nos planteamos cruzar el pequeño estrecho que las separa de la costa, pero nunca nos atrevimos.

El Portiño fue siempre un lugar ideal para contemplar el atardecer. Un pequeño bar, frecuentado por jóvenes y adultos que buscan la tranquilidad y el contacto con una naturaleza que ahí se muestra, sobre todo en invierno, en todo su esplendor. En verano es otra cosa, demasiado multitudinaria y estridente. Ahora, con la pandemia y la inauguración hace unos meses del local de la Estrella de Galicia, ha perdido su encanto, pero sigue siendo un lugar que, para aquellos que la visitan por primera vez, es fascinante.

Cuando llego, algunas personas están paseando ya por el paseo marítimo. También hay un corredor que me da mucha envidia. El Portiño está lleno de barcas y de lanchas sobre el muelle y un par de barquitos, en el mar, se mueven acompasadamente con el ligero oleaje. Las olas rompen con fuerza en las islas, pero el agua llega mansa hasta las dos embarcaciones. No bajo hasta allí, sino que me paro contemplando la playita, las islas y la costa. Después de unos minutos, decido regresar, pues no he desayunado y tengo hambre. Todavía me quedan unos días en Coruña. Intentaré disfrutar, si el tiempo no lo impide, de paseos como éste.

Atardecer en El Portiño

Martes de carnaval

Febrero de 1978. Mañana es miércoles de ceniza por lo que hoy es martes de entroido, martes de carnaval. En Camariñas no suele celebrarse, quizás dentro de unos años, sí. Aquí tiene más tradición la romería de la Virxe do Monte y la Virxe do Carmen. No es festivo, hay que dar clase.

Sefa entra la sala de profesores. Al fondo estamos los más jóvenes, hablando de cualquier cosa, relajándonos después de las dos primeras horas de clase. Sefa se acerca a Javier, su marido y dice, dirigiéndose también a nosotros:

–Te recuerdo, Javier, que hoy es martes de entroido y que no hemos preparado nada. Cuando estudiábamos en Santiago nos disfrazábamos siempre. Todavía no he hecho las filloas ni las orejas.

Yo llevo sólo cuatro meses en Camariñas. Me incorporé a finales de septiembre después de hacer la mili. Soy el más joven, el más inexperto y el más tímido. Espero que nadie haga caso y que la indirecta de Sefa caiga en saco roto. Desde que llegué, Javier, Sefa, Mari Carmen, María Jesús, Arturo, Áurea y yo hemos congeniado y solemos reunirnos muchas tardes en casa de Javier y Sefa, un piso que han comprado en la entrada del pueblo. Allí charlamos de todo, incluso de política, escuchamos música, organizamos excursiones para cuando haga buen tiempo, leemos poesía. Es un grupo de gente, alegre, abierta. He tenido suerte. Desde el salón, la vista del puerto de Camariñas es magnífica. Barcos de pesca grandes y pequeños, barcas para navegar por la ría, algún velero fondeado durante unos días. Hay una pequeña zona de arena, sin llegar a ser playa, en la parte más cercana. Allí se ven varadas siempre tres o cuatro barcas, alguna de ellas inutilizada para salir a la mar.

–Ya –dice Javier– pero es que aquí nadie se disfraza, mientras que, en Santiago, sobre todo cuando estudiábamos, hacíamos hasta concursos. Y muchas veces ganábamos nosotros. Pero aquí haríamos el ridículo.

Sefa está comiendo un poco de fruta que ha sacado del bolso. Tiene esa costumbre durante el recreo. Es una muchacha alta, de pelo rubio recogido siempre en una trenza, con un rostro serio que se ilumina cuando sonríe o suelta una carcajada que nos asusta por ser siempre intempestiva. Hace un par de semanas nos enteramos de que está embarazada, pero todavía no se le nota. Javier es ligeramente más bajo que ella, el rostro redondo y con una ligera barba muy cuidada, a diferencia de la mía, que no sé cómo recortarla bien. Desde que llegué del servicio militar no me he afeitado. Una costumbre muy propia de aquella época, casi todos los que regresábamos de la mili estábamos un tiempo sin cortarnos el pelo ni la barba.

–Pues a mí me apetece disfrazarme hoy –dice Sefa, con un ligero mohín y con un tono más bien caprichoso.

–Ea, la embarazada empieza con los antojos –dice Arturo, el mayor de todos–. Tendréis que disfrazaros, Javier, no vaya a salir el niño o la niña con una mancha en forma de careta de peliqueiro. Arturo es el más alto, con una gran melena y una barba que le llega casi hasta la cintura. Según me dijo una vez, toca la guitarra en un grupo de rock en su pueblo de la costa de Lugo. También es un gran bebedor de todo lo que lleve alcohol, no le hace ascos a nada. Por su culpa casi me convierto en un alcohólico en los tres años que pasé en Camariñas.

Javier nos mira compungido, esperando que los demás lo apoyemos. Mari Carmen, que da clase en 7º de EGB y que también es la que ensaya el teatro con los niños para el festival de fin curso, dice entre risas:

–Esta noche nos disfrazamos todos. María Jesús y yo nos encargamos de los disfraces, que tenemos experiencia con el teatro. Con un poco de ropa vieja, unas sábanas, unas bolsas de basura, unas escobas, unas cartulinas y maquillaje, en un par de horas, cuando salgamos de clase por la tarde, lo preparamos todo. Si alguno tiene interés en algún personaje concreto, que lo diga. Y si no, improvisamos, que es mejor.

Yo no digo nada. Estoy buscando una disculpa para no participar. Bastante tiempo estuve disfrazado durante trece meses, con ropa color caqui, para tener que volver a beber de ese cáliz. Cuando estaba a punto de decir que tenía mucho trabajo, muchos cuadernos que corregir, muchas clases que preparar, que me dolía la cabeza o cualquier otra excusa, Arturo, dándome un codazo, dice:

–José Manuel y yo nos queremos disfrazar de curas. Yo estudié en el seminario todo el bachillerato y José Manuel me dijo el otro día que había sido catequista, así que ese papel nos viene que ni pintado.

Me giro hacia él y le digo aterrado:

–¿Estás loco, Arturo? ¿Y de dónde vamos a sacar las sotanas?

–De curas no, pero de Papa es muy fácil –dice Mari Carmen, que ya está haciendo diseños en un folio.

Siempre admiré su capacidad y su imaginación para dibujar, para confeccionar disfraces, para decorar el escenario con muy pocos materiales. Los demás se ponen detrás de ella para ver qué es lo que está dibujando. Yo no me atrevo. Me levanto y salgo al patio de recreo.

Nunca me he disfrazado, ni en carnaval ni en ninguna representación teatral. Nunca participé en obra de teatro alguna, ni me atreví a subirme a ningún escenario. Cuando era estudiante y tenía que salir a la pizarra para resolver algún problema o contestar al profesor, me bloqueaba, empezaba a sudar, a tartamudear y terminaba diciendo cualquier tontería. Lo que más me costó durante el año de prácticas de Magisterio fue ponerme delante de los niños y explicar el tema que me proponían o que me tocaba. Con el tiempo fui cambiando, pero los primeros años de maestro fueron un sufrimiento. Menos mal que los cuatro o cinco primeros cursos di clase a niños pequeños, de primero a cuarto de primaria. En esas edades me encontraba a gusto, era capaz de ponerme a su altura, les contaba cuentos, historias y dejaba correr la imaginación para explicar cualquier tema de lengua, de matemáticas o de sociales. Eso no me costaba ningún trabajo. Después ya fue todo coser y cantar. Pero en esa época, en Camariñas, apenas intervenía en los claustros y sólo era capaz de hablar en los círculos más íntimos de amigos. Con las mujeres era todavía peor. Como ellas no tomaran la iniciativa, yo era incapaz.

Tocó la sirena para regresar a clase. Cada profesor tiene una zona donde esperar a los niños de su clase, que se colocan en fila perfectamente alineados para entrar cuando el director lo diga. Peor que en la mili. Años después eso será una utopía, cada niño entrará en el aula dando empujones. La clase de Arturo y la mía están juntas y las filas también. Mientras esperamos a que se dé la orden para entrar, Arturo me dice:

–Hemos quedado en casa de Javier y Sefa a las seis, que nos invitan a merendar. Después, entre todos, hacemos los disfraces. Cuando sean las nueve o las diez, depende, nos vamos a ir en dos coches hasta la playa do Lago. Allí podremos cenar cualquier cosa, escuchar música, cantar. Javier ha convencido a los demás para no salir aquí en el pueblo, porque unos maestros que encima tienen fama de juerguistas no deberían dar la nota disfrazados por las calles, así que sólo vamos a vernos nosotros.

Menos mal, pienso. Por lo menos no haremos el ridículo. Sólo de imaginarme la cara de la señora Carmen, la del sargento, la de las madres que nos vieran por la calle o las de cualquier compañero del colegio, me pongo enfermo.

Pasan las horas en el colegio muy lentamente. Los niños me notan distraído y aprovechan para hablar más de la cuenta o para levantarse sin permiso. Se tiran papeles, hacen ruido con las sillas. De vez en cuando les llamo la atención, pero tengo la cabeza en otro sitio. Me entran sudores sólo de pensar que alguien nos vea. O que mis amigos me vean. Siempre he tenido miedo al ridículo. Bueno, hace años que ya me importa menos lo que piensen los demás, pero en aquella época, con 22 años, yo era una persona muy diferente.

Y llegaron las seis de la tarde, la hora fatídica. Arturo y yo, que tenemos una habitación cada uno en la pensión de la señora Carmen, nos acercamos en su coche hasta la puerta de la casa, a pesar de que está a poco más de cien metros. Por la noche, cuando salgamos disfrazados, María Jesús y yo vamos a ir con él, Mari Carmen, Áurea, Sefa y Javier en el otro coche. Viven en el segundo piso. El panadero está en la puerta de la casa y nos da las buenas tardes. Es el dueño de todo el edificio, un bajo donde está la panadería, el primero, donde viven el panadero, su mujer y dos hijas y el segundo, donde viven Javier y Sefa.

Cuando llegamos Arturo y yo, ya están todos los demás en faena. Sefa en la cocina haciendo filloas, orejas y café, ayudada por Áurea. Los otros están en el salón, rodeados de sábanas viejas, cartulinas recortadas, pegamento, lanas de distintos colores, tijeras… Mari Carmen, María Jesús y Javier están recortando unas sábanas que, según dice Javier, son viejas y nada más que iban a servir para hacer trapos. Los demás nos ponemos a recortar cartulinas según los diseños que ha dibujado Mari Carmen. No me caracterizo por mi habilidad, pero como sólo hay que seguir las líneas dibujadas, eso sí que soy capaz de hacerlo sin salirme. Apruebo.

Sefa y Áurea, una maestra regordita y pecosa a la que le gusta mucho la cocina, se acercan con un par de bandejas. Dulces, café, leche y colacao sirven para hacer un alto y tomar fuerzas. Las filloas y las orejas están muy buenas y el café muy cargado, para que podamos aguantar por la noche. Antes de que sea más tarde, Arturo y yo nos acercamos al bar del paseo para que nos hagan unos bocadillos y compramos también un poco de empanada, queso, chorizo, vino, cervezas…. Tenemos que cenar bien en la playa y meternos calorías para el cuerpo, que hará mucho frío y, sobre todo, humedad. Menos mal que hace un par de días que no llueve.

Cerca de las nueve ya está todo terminado. Me parece increíble haber sido capaces de hacer siete disfraces en un par de horas. Arturo y yo, con sábanas, unas cuerdas como cíngulos, unas cartulinas en la cabeza simulando tiaras y los palos de escobas como báculos, somos la perfecta representación del Papa Pablo VI. Por cierto, ese año 1978 fue el año de los tres papas: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. No sé si nuestros disfraces fueron una premonición o una maldición. Prefiero no saberlo

Javier y Sefa, para complementar nuestros disfraces, se vistieron de monjas. Los hábitos estaban hechos con bolsas de basura y las tocas con trozos de sábana y cartulinas. Mari Carmen, María Jesús y Áurea, de fantasmas de la Santa Compaña, con velas y cadenas hechas de bolas con cartulina negra, cuerdas y bolsas de basura. No sé cuántas sábanas se cortaron ese día, pero me parece que el ajuar de Sefa y Javier menguó bastante. Todavía no puedo comprender cómo nos pudimos disfrazar en tan poco tiempo.

Llegó la hora de la verdad. Como buen Papa, yo rezaba a todos los santos y vírgenes para que nos viera nadie. Era noche cerrada. Los dos coches estaban aparcados delante de la puerta. Como el edificio estaba relativamente alejado del centro del pueblo y era la hora de la cena, tuve suerte, aunque los demás formaban bastante jaleo. Los fantasmas ululando, y los demás rezando en voz alta el rosario en latín, como era menester para evitar que la Santa Compaña nos llevara al inframundo o a recorrer la Tierra durante las noches.

Por suerte, nadie nos vio, o eso creo. Una vez en los coches, respiré aliviado. Cruzamos Xaviña, Ponte do Porto pasando sobre el río Grande y cogimos por la carretera que bordea la ría frente a Camariñas. Era una noche relativamente clara, con una luna en cuarto creciente y algunas estrellas. Hacía frío. La carretera, solitaria, bordeada de pinos y eucaliptos. A la derecha se adivina la ría. Arturo ha puesto en el radiocasete del coche música de los Beatles. María Jesús protesta, quiere escuchar a Fuxan os Ventos, pero Arturo se niega. María Jesús está casada, su marido es profesor de instituto en un pueblo de Orense y se ven todos los fines de semana en Santiago, donde viven habitualmente. Es una muchacha menuda, delgada, con una nariz aguileña que le da un gran carácter a su rostro. Siempre habla de política, es militante del Movimiento Comunista y nos intenta concienciar sobre la lucha de clases. La mayor parte de nosotros está en otra onda, más nacionalista.

En algo menos de media hora estábamos,  ya en la Playa do Lago. La playa es una de las más bonitas de la Costa da Morte, con una arena muy fina y los pinos llegando casi hasta la orilla. Allí desemboca el río Lago, formando un pequeño meandro que se ensancha al subir la marea. Cuando llegue el buen tiempo iremos casi todas las tardes a darnos un chapuzón. Desde allí se ve perfectamente el pueblo de Camariñas, una línea de luces al otro lado de la ría. En un extremo de la playa hay un pequeño faro cuya luz destellea acompasadamente, dos destellos largos.

Bajamos de los coches cerca de las once de la noche y lo primero que hacemos es cenar. Estamos muertos de hambre. Primero terminamos los bocadillos y después dimos buena cuenta de empanada, queso, chorizo y unos chicharrones que a última hora trajo Sefa. Está en todo. No sé cuánto bebimos, pero tuvo que ser mucho. Y entonces empezamos a cantar “A saya da Carolina” a voz en grito. Monjas, papas y fantasmas girando cogidos de la mano en círculo, con dos o tres velas encendidas en medio. Si alguien nos hubiera visto en esos momentos hubiera huido despavorido, pero estamos en medio de la nada, no hay un alma en kilómetros a la redonda. Quizás nos escuchen enfrente o en algún barco que haya salido a pescar. Después siguieron otras canciones y música instrumental de Milladoiro. Sefa paró a descansar muy pronto, pero los demás continuamos sin freno. Yo ya no me acordaba de mi timidez y era el que más alto cantaba y el que daba los saltos más grandes.

Pero todo acabó de golpe. En plena fiesta de saltos, gritos y música, dos potentes luces nos deslumbraron y la voz de alguien que hablaba por un megáfono cortó en seco nuestra alegría:

–Hagan el favor de callarse y acercarse. Somos la guardia civil de Muxía.

Bastó esa simple frase para que la alegría y el jolgorio cesaran. Todos nos fuimos acercando a las luces, que salían de un Land Rover verde aparcado en una pequeña elevación entre los pinos. María Jesús era la que abría el grupo, rezongando sobre la falta de libertad, sobre la dictadura, sobre la represión, y yo el que lo cerraba, muerto de miedo y de vergüenza. Formábamos una pandilla que, ahora lo pienso, era muy sospechosa. Playa gallega, de noche, atuendos bastante inapropiados por no decir ridículos, medio borrachos, época de contrabando de tabaco… Como para meternos en la cárcel sin preguntar y sin juicio. Todavía no se había aprobado la Constitución, faltaban unos meses, así que estaban vigentes las leyes franquistas. Yo me veía torturado en una celda, condenado por escándalo público, expedientado y apartado de la carrera, como mi abuelo, pero con mucha menos dignidad. Tiritaba de frío, el alcohol se había evaporado de golpe y notaba que se me estaba descomponiendo el vientre.

Llegamos hasta el coche y vimos que en realidad eran dos vehículos y cuatro guardias armados de metralletas. Lo primero que hicieron fue pedirnos la documentación. Menos mal que todos la llevábamos encima. Mientras la revisaban, María Jesús, Javier y Sefa les explicaban quiénes éramos, dónde trabajábamos y qué era lo que estábamos haciendo. Sin decirnos una palabra, uno de los guardias se metió en el Land Rover y comenzó a hablar por radio con alguien. Al poco rato, más sonriente, nos devolvió los DNI y nos tranquilizó. Había contactado con el puesto de la guardia civil de Camariñas y el sargento, al que yo conocía porque comía en la misma pensión que yo, les había confirmado quiénes éramos.

–Haced el favor de no venir otra vez de noche por aquí –nos dijo–. En esta zona se producen desembarcos de tabaco y nosotros patrullamos para detener a los contrabandistas, así que también puede ser peligroso para vosotros si, por casualidad, coincidís con ellos.

Dando las gracias y pidiendo disculpas, incluida la comunista María Jesús, nos despedimos y regresamos a los coches. No paramos de hablar en todo el camino, comentando todo lo ocurrido, riéndonos a carcajadas cuando nos mirábamos y veíamos las pintas que llevábamos, dos papas y una fantasma. Llegamos a Camariñas sobre las dos o tres de la madrugada y subimos al piso. No había un alma en el pueblo, menos mal. Intentando no hacer demasiado ruido empezamos a cambiarnos, pero las carcajadas de Sefa nos contagiaron y el resto de la noche siguió entre risas, humo de tabaco y cubatas. Mañana sería otro día.

No pegamos ojo y cuando llegó la hora de ir a trabajar, casi todos teníamos dolor de cabeza y mal cuerpo, pero cumplimos nuestro deber con total profesionalidad, creo. No sé si alguno de los maestros notó algo raro, pero en la sala de profesores, las carcajadas de Sefa sonaron como nunca.

Una noche de carnaval inolvidable mágica e irrepetible. Una pena que en aquella época no hubiera móviles para hacernos selfis, ni Instagram. Hubiéramos sido trending topic, seguro.

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