Valor y precio

Precio y Valor

No soy experto en cuestiones económicas, a veces creo que me quedé en la peseta, en los dos reales, en los duros. Acostumbrado desde que era poco más que un adolescente, con sólo veinte años, a cobrar nóminas del Estado (sí, lo reconozco, fui funcionario y ahora soy pensionista), lo único que hice fue gastar poco y ahorrar poco, pues poco era lo que cobraba al principio. La libreta de ahorros empezaba y terminaba el año casi igual, con un saldo que se movía muy poco. No había tarjetas de crédito ni cajeros automáticos, así que había que entrar a menudo en la oficina del banco a retirar el dinero, de dos mil en dos mil pesetas, o sea, de 12 en 12 euros de ahora, parece mentira, y el empleado te conocía y después te saludaba por la calle e incluso te tomabas un vino con él, lo de tomarse unas cervezas fue posterior. Después pude juntar algo más porque me casé con otra funcionaria y la historia cambió porque con veinticinco años no tuve más remedio que aprender, a la fuerza ahogan, a tener una cuenta corriente, a firmar cheques, a pedir préstamos hipotecarios, a subrogar hipotecas (todavía me cuesta trabajo entender qué significa eso), a comprar a crédito muebles y electrodomésticos, a realizar equilibrios para llegar a fin de mes. Pero de todo fuimos saliendo. Incluso me atreví, osado de mí, a comprar acciones de Telefónica con las que creo que gané algún dinero.

En mi familia el único que sabía bastante de cuentas era mi padre, pues trabajó en la construcción y montó con otro socio una empresa que se dedicaba, fundamentalmente, a asfaltar las calles de La Coruña y que llegó a levantar un pequeño edificio en Pontedeume, a unos kilómetros de la ciudad herculina. Recuerdo que se pasaba tardes enteras haciendo cálculos para cuadrar los balances y pagar las nóminas, para acudir a concursos de obras y ofrecer las mejores propuestas, a dirigir a los trabajadores, a negociar créditos, etc. Pero a mí me aburría todo eso, me daba miedo equivocarme con el dinero, arriesgar, perder los ahorros o arruinarme si algo salía mal. Para eso hay que valer. Así que me dediqué a la enseñanza, en la que también da miedo que te equivoques con algún alumno, a veces pierdes los papeles aunque se encuentran pronto, te arriesgas a aburrir y nunca te aburres. Pero era otra cosa, me gustaba enseñar y aprender, comprobar que poco a poco, unos más y otros menos, casi todos los estudiantes salían adelante, mejoraban y, en muchos casos, agradecían tu trabajo y te saludaban muchos años después, recordando el tiempo que habían pasado en el colegio o en el Instituto.

El caso es que nunca fui bueno con los números, con los balances, con las inversiones. Y nunca, tampoco, he sabido si el valor de algo se corresponde con el precio que he pagado por él. A mucha gente le pasa lo mismo. Por ejemplo, si voy a comprar una prenda de ropa a una tienda y poco después compruebo que la misma es mucho más barata en otra me pregunto qué criterios se han seguido para poner un precio tan diferente. Porque se supone que el valor es el mismo. Será porque el primero paga más impuestos por el local, tiene más empleados o se gasta más en publicidad. Pero a mí, que soy el cliente, me da lo mismo, lo que me importa es que me den la misma calidad por un precio menor. Esto pasa en muchos ámbitos, sobre todo ahora que hay tanta competencia y tanta oferta.

Pero sigue sin haber un criterio claro cuando hablamos de materiales, objetos, servicios, obras o elementos en los que intervengan factores como el tiempo y el material empleado, por ejemplo, en artesanía, en gastronomía o en arte. Es difícil calcular el precio porque va a depender del valor que tiene para el creador, los beneficios que espera obtener por su esfuerzo o dedicación, por la preparación previa o los estudios que ha tenido que realizar (estoy pensando también en la enseñanza, en la medicina, en la ingeniería o en cualquier otro trabajo que requiere una educación a la que se le ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo). Así que todo se complica cuando alguien tiene que fijar un precio para algo y quiere que otro lo compre, si es que el comprador está dispuesto a valorar y a cuantificar todos los aspectos que he mencionado. Y no digamos ya si, encima, intervienen aspectos emocionales, porque eso sí que es imposible cuantificar. ¿Qué valor tendría esa joya que perteneció a la familia durante generaciones y que ahora pones a la venta? ¿Qué precio pagarían por ella sin que un nudo en la garganta te impidiera decir que no la vendes?

¿A qué viene todo esto? Si os acordáis, escribí un pequeño artículo titulado ¿A alguien le interesa un chalet en Aroche?, donde explicaba las razones de la venta de una casa que mi madre tiene en el pueblo, una casa en la que pasaba temporadas pero que ya, con 90 años y viviendo en La Coruña dice que no tiene sentido mantener. Pues resulta que debí valorar en exceso la vivienda y me dejé llevar por el impulso emocional, por el aprecio que le tengo, por los buenos momentos que allí hemos pasado. Pero eso, como me han hecho ver las personas que me han llamado o escrito interesándose por la vivienda, está muy lejos del precio que, actualmente, se paga en el mercado. Me aconsejaron que preguntara, que visitara portales de venta de casas (ya sabéis, Fotocasa, Idealista, Milanuncios…) y que utilizara una herramienta del BBVA para valorar las viviendas, BBVA Valora. Esta última me dio una primera pista ya que el precio que indica es de 150.000 euros. Vaya, me dije, me he pasado, como mínimo, en 30.000 euros. Por eso en los portales donde he anunciado el chalet bajé el precio de venta hasta esa cantidad. Aun así, la última persona que me llamó me dijo que todavía era demasiado, que yo no vendería el chalet por ese precio.

Y ahora me encuentro en una encrucijada. ¿Merece la pena que siga con la venta si creo que nadie va a pagar el precio que yo considero justo? ¿Debo seguir esperando? ¿Tendré que bajar aún más, 140.000, 130.000…? ¿Haré como hacen los americanos, y cada vez más en nuestro país, una subasta para ver hasta dónde se puede llegar?

Como tengo muchos amigos y el artículo mencionado sobre la venta del chalet sigue teniendo muchas visitas, espero vuestros consejos. Y si alguien se anima, ya sabe, estoy dispuesto a escuchar ofertas.

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